Uno, dos, mil Gandalfs para el desierto argentino // Cynthia Berguier y Agustín Valle

Vienen por la tierra como si esto fuera un desierto; más aún, con la idea de que es un desierto repleto de riquezas pero con el pequeño problema de que hay un montón de argentinos… Vienen por todo y hasta se compran ranchos de lujo para tener una casa acá. Usar Argentina como laboratorio para la nueva gobernanza posdemocrática tecnofacha y de paso pasear, descansar. Descansan en el desierto que según parece es la política argentina en su capacidad de defensa de lo local. La política como alfombra roja para los tentáculos del poder mega concentrado sobre este territorio (se vio en la terna presidencial del 23: tres puertas por las que entrabas a la misma embajada). Un presunto desierto donde, sin embargo, emergieron vivientes contra la extranjerización de tierras; un presunto desierto donde, sin embargo, brotan uno, dos, mil Gandalfs para salvar a la patria…

Mientras que los edificios de la democracia se deshilachan en discusiones palaciegas cocinando un guiso agrio al calor de la épica del escritorio y la lapicera, inventando heroismos de salón que solucionan por teléfono las cosas importantes que ya no le importan a nadie, en una plaza de palermo chico se juntó un grupo de delirantes con las ideas bien puestas: la Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción. Fueron cayendo de a uno. Cuando se hizo la hora armaron una ronda medio escondida al reparo de unos árboles petisos. Repasaron los pasos a seguir, las cuestiones de seguridad y los fundamentos de la acción. “Desde las organizaciones muchas veces se discute a dónde hay que movilizarse, si al Congreso, a la Plaza de Mayo, a Tribunales… bueno, nosotros creemos que hay que ir a las casas de estos tecnoligarcas, encarnación de la plutocracia planetaria”, dijo una yihadista. Porque no hay que olvidarse que toda la información que flota en la nube, en realidad vive en discos rígidos gigantes, con cuerpos minerales y bien plantados bajo tierra. Todo tiene un soporte material. Los cuerpos, en algún lugar viven, reposan, arman sus fiestas. Y este justo se vino a vivir acá.

“Estamos ante la mayor concentración de poder de la historia de la humanidad, donde un puñado de tipos tienen la misma riqueza que la mitad de la población del planeta, y además de todo, son los dueños de las plataformas a las que les entregamos nuestros ojos, nuestro tiempo y nuestros sueños. No puede ser que uno de esos desembarca en la Argentina y el único referente político opositor que reacciona, lo que hace es ir a reunirse tres horas con él”, dijo otro yihadista. Mientras, llegaban los últimos del grupo trayendo tres bolsas negras que dejaron en el medio de la ronda, de donde cada uno fue agarrando su traje. Se vistieron: túnicas, sombreros, barbas, y la ronda se transformó en un aquelarre. 

Eran pocos, veinte, treinta; bastaron para hacer alto quilombo. Como aquella sábana de hotel convertida en trapo presentificante de las islas Malvinas, y por extensión, de la tierra argentina, en medio de aquellos estadios dominados por pantallas gigantescas y parlantes arrolladores. Un gesto se filtra activando sensibilidades que el desierto niega; fluye rápido mostrando su justeza. Treinta Gandalfs puteando a Peter Thiel, y miles y miles y miles festejándolos, muestran la sed de agite que hay ante el desierto de la política representacional argentina.

Fascismo cosplay, sí, pero también resistencia cosplay. En una época que no soporta más solemnidad, el delirio, que parece haber sido secuestrado por el poder global, puede volverse sustrato de la imaginación política. La solemnidad puede ser posibilista, o combativa, en todo caso reproduce formatos existentes, archi sabidos; jamás sorprende ni trae nuevos posibles. Los ultrarricos no se limitan a gestiones de escritorio; el capitalismo sigue revolucionando fronteras, y la casta suprema se permite flashearla. Realizan su propia ciencia ficción. Se apropian del lenguaje de la metafísica, de la épica, de la redención. De la libertad. Treinta Gandalfs recuperan el delirio para la resistencia; a Gandalf no le importa quién llamó por celular a quién para lobbear una Ley; Gandalf no tolera lo intolerable, sale a bancarla desoyendo el realismo impotente (paso total de vosotras). Dos docenas de Gandalfs aplauden a los granaderos, se enfiestan puteando al tecnorrico reaccionario que simboliza la sumisión al poder, y terminan, en esa vereda ultracheta, abrazados en ronda cantando el himno nacional argentino, blandiendo la bandera de You shall not pass la concha de tu madre -o mejor, el trapo, porque el delirio no tiene bandera, tiene trapos, que no son símbolos abstractos, sino huellas corpóreas de la rabia, que agitan a los que vendrán.



 

 

 

 

 

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