Papel Continuo (sobre Cosas extrañas, muestra* de Sergio Langer) // Rubén Mira

“Vos ya tocas muy, muy bien. Ahora toca bien.”

John Lennon

Cosas Extrañas es un momento de un largo gesto de desprendimiento y la consecuencia del encuentro de una bobina de papel. La bobina apareció este año, el gesto, en cambio, comenzó hace tiempo, a fines de los años 90.

Hasta entones Langer había sido un noble oficinista del humor gráfico.  Pero resulta que alguien le regaló un pincel japonés de cartucho descartable, ese pincel indócil reemplazó a la Rotring uniforme del humorista, su trazo se volvió variable y se vino la anarquía. El dibujo comenzó a dejar de ser funcional y se convirtió en indagación, producción de conocimiento. Con ese pincel, Langer se desprendió de algunos de los lugares comunes del oficio, estableció una conexión posible entre el under y los grandes medios y renovó al humor gráfico argentino.

Gracias al efecto pincel su intuición satírica comenzó a derivar del guion al dibujo y con el dibujo encontró una metodología de indagación acorde a su antena para conectar con lo que pasa.  Con la Rotring Langer se esmeraba, con el dibujo a pincel entraba en una especie de trance exploratorio.

Del dibujo a pincel surgieron las capturas que hoy resultan anticipaciones: los primeros ejemplares del empresariado barra brava, los emergentes del micro fascismo de clase media. Dibujando como si se estuviese quedando dormido, lo vi encontrar los hallazgos más notables de La Nelly, desde el chorizo parlante, el chorizo del ser nacional, hasta la predicción literal de la icónica motosierra, la que usa Milei, la que Nelly usaba para tronchar árboles o salir a hacer las compras.

Langer siempre dijo que dibujar es lo que más le gusta hacer. Sin embargo, mientras trabajó en los medios, sufría los horarios de cierre, se quejaba del día de entrega, del guion cuando reclamaba mucho trabajo y del trabajo cuando no conseguía estar de vacaciones. Ahora, cuando el humor gráfico dejó de ser una necesidad de los grandes periódicos impresos y el oficio entró en declive, se quedó sin trabajo y su trabajo comenzó a ser no dejar de dibujar.

Langer combatió heroicamente entre los restos, buscó audiencia en las redes, exploró la pintura de caballete o la cerámica, hizo cuadritos, títeres y hasta le aconsejé, lo recuerdo, tomar una clínica de obra. Mientras tanto, aceptaba sugerencias mínimas que con convicción exagerada le fui acercando. Usar papel obra en formatos grandes, no bocetar e ir directo al trazo, usar pinceles gruesos y pintura látex. Entonces trabajó en pliegos de un metro por setenta y a trabajar parado, sintetizó información cambiando línea por pinceladas. Surgieron payasos, hombres tanques, negros y judíos, armas.

Pero la caja no se abría. El desprendimiento era incompleto, el traslado del humor gráfico al dibujo artístico era casi automático.  Yo buscaba el equivalente al pincel de los 90 y no lo encontraba. Langer no soltaba. Entonces, apareció la bobina.

Fue en febrero de este año. Se me había roto la llave del auto, el auto estaba en el cerrajero, el cerrajero estaba por cerrar y yo por quedarme sin el auto que, esa noche, era indispensable. Sali corriendo y ahí estaba, en Casafoust casi Warnes, a metros de mi trabajo, cerquita de Cacho Suspensión. Una bobina de papel continúo traslucido y encerado, de un metro sesenta de largo, no menos de cuarenta centímetros de diámetro. Una bobina grande, gratuita, sola, abandonada bajo el sol agobiante del verano.

Fue amor a primera vista. La bobina era el pincel a tinta que había estado buscando para Langer. La emoción era tanta que tarde en avivarme, no tenía como llevarla. Si iba a buscar el auto, seguro al volver no la encontraría. Si renunciaba a llevarla me arrepentiría. Llamar un Uber, pedir ayuda en el trabajo, suponían fracasos intermedios. Pensé en todos los dibujos que sin ella no ocurrirían, pensé en bajón de contar mil veces la oportunidad perdida, pero fue la imagen de la bobina alejándose en un carrito de cartonero lo que me decidió.

De Warnes y Casafoust hasta el taller del cerrajero había ocho cuadras. Si llegaba hasta ahí podía cargarla en el baúl abierto y llegar victorioso al estudio de Langer. Tanteé la bobina, calculé mis chances: masculino de más de sesenta, sobrepeso, arritmia. Pensé en las pocas veces que un encuentro afirma el destino. Probé levantar la bobina, la bajé, me reí de mi arranque de heroísmo. Igual, la levanté y empecé a caminar.

Dos meses después Langer me llamó ansioso, había estado trabajando, quería mostrarme los resultados. Cuando vi lo que había ocurrido supe que cada paso dado con la bobina al hombro estaba justificado. El gesto de desprendimiento se había acelerado. Un flujo aluvional de dibujo había arrastrado no solo residuos del oficio, sino también viejas perezas. Langer había producido como nunca no sólo en cantidad, sino en entusiasmo.

Langer había destrozado la bobina inventando nuevos formatos, algunos horizontales, verticales la mayoría. Había trabajado en el piso, en cuatro patas, gateando alrededor del papel. Y había desatado un desaforado uso de materiales acumulados en su estudio para usar algún día: pintura, tintas de sellos, marcadores viejos. Yo le había sugerido arrugar el papel, lo había estrujado y estirado y vuelto a estrujar dándole espesor y sobre la trama de arrugas había trabajado con un pincel de caligrafía china.

El resultado era desparejo pero abierto: prevalecían grandes retratos, con algo de afiche callejero o de trapo ricotero, la línea iba del dibujo a la pincelada rápida, pero sobre la superficie rugosa de un papel transparente adquiría una imprecisión esfumada y sombría. No era pintura ni dibujo. Era una especie de dibujo pintado. Con esta técnica se había asomado a una síntesis formal que iluminaba lo mejor de su trabajo anterior. Una versión igual de critica y visionaria, pero que tenía una ambigüedad característica no ya de la poética de la risa sino de la experiencia artística.

El gran tema de Langer es el poder, sus bordes obscenos, aquello que el poder nos hace ser. Pertenece a la gran estirpe de los artistas que trabajan desde la urgencia: quiere que su alarma ocupe ya mismo un lugar en nosotros. No le interesa expresar; buscar exorcizar sus demonios. No busca agradar; necesita poseer. Cuando pifia, se rebaja a la transgresión. Cuando acierta, se aferra e hipnotiza como el viejo marinero de Coleridge a su joven oyente. Es difícil que provoque indiferencia. Sabe sacar chispas chocando dos piedras fundantes de la sátira moderna: el retorno de la escatología salvaje y la crítica a la falsa moral del presente.

En los dibujos que Langer me mostró prevalecían sus bestias posesivas; la sátira mantenía su violencia. Había que separar excesos de armas y payasos, pero el grueso era magnífico: plantas, animales, y sobre todo planos medios de personas más o menos realistas, que parecían estar posando en actitudes casi clásicas. íncubos que Langer había sacado de adentro suyo y que querían intrusearme. No solo con su potencial de súcubos, sino forzando mi capacidad crítica, obligándome a revalorizar en ellos la necesidad política del retrato.

Los retratados que estaban ahí eran seres imaginarios, no tenían contexto ni fondo, pero sus rostros eran un instante de lo que está pasando y sus miradas un interrogante sobre lo que nos pasa.

Ese conjunto de grandes retratos se completaba con una serie de plantas y animales más o menos fantásticos. A primera vista se me ocurrió que se agrupaban en dos universos: uno gozoso y bestial, otro tenso y realista; el primero más cercano al retorno de lo salvaje, el segundo a la persistencia de la crítica moral. Esa visión se mantuvo hasta hoy y dio lugar a los dos capítulos de Cosas Extrañas.

En el primero, Negro, se agrupan criaturas de una génesis igualitaria, lejanas en su antigüedad, próximas al futuro. Carne de esclavo con taparrabos y cuellos plegados de los nobles del Barroco. Jefes tribales liberados de ley; señores esclavistas atrapados en su libertad de goce. Son fantasmas de un presente conjetural, donde nada es verdad y todo está permitido. Se trata del ensayo de un sueño de refundación. Los ganadores finalistas viven la fiesta mordaz de hacer sus tareas habituales como descubrimientos.

En el segundo, Blanco, se agrupan experiencias del repliegue. Víctimas recelosas y cazadoras feroces de sí mismas conviven con plantas suculentas de un jardín que, a pesar de necesitar poco cuidado, por descuido se vuelve monstruoso. Por ahí juegan mascotas, no son ni perros ni gatos. Son armadillos. Cachorros felices capaces enrollarse y blindarse en sí mismos, compañeros ejemplares para días sin otro refugio. Se trata de la mascarada del ocaso progresista, del paisaje yermo donde encarna la desesperación de ser.

Juntos componen una especie de yin y yang de los que nos toca vivir, langereano, pero en una versión amable y sutil de su inclemencia.

En la exposición, entiendo, la unidad está a la vista. Blanco y negro son imaginarios complementarios y podrían haberse exhibido juntos. Pero al agruparlos y presentarlos de manera sucesiva creo haber contribuido, a pesar de cierto abuso didáctico, a exponer con mayor claridad sus virtudes y favorecer lo que reclaman: una mirada dispuesta a dejarse poseer. Esta es, tal vez, la única decisión que podría llamarse curatorial.

Lo demás fue dotar al espacio acotado de El Local de un recorrido, destacar todo lo posible el relieve escultórico del papel transparente arrugado, algunas asociaciones temáticas y  el papel continúo de un gesto de desprendimiento. Solo eso. No soy curador y desprecio el abuso que se hace de esta dudosa profesión. Yo, si, cargué la bobina. Después, hice este trabajo para Sergio con el entusiasmo de un fan y la paciencia de un amigo.

Confío en que el artista que asoma en estas obras no nos dejará extrañar al mejor dibujante del último esplendor del humor gráfico argentino.

*La muestra Cosas extrañas puede visitarse en la galería El Local, J. B. Justo 4328, Bs.As.; su capítulo 1 del 8/8 al 28/9, y el 2 del 29/9 al 30/10

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