Pocas veces ocurre que pueda contarse una historia tan larga desde un entusiasmo inicial. Hace poco leí que, según García Márquez, Fidel no tenía ideas que no fueran descomunales. El agrónomo francés René Dumont, invitado varias veces por el gobierno cubano a ayudar con el modelo socialista, se quejaba en un viejo libro de los años setenta de esa grandilocuencia, que le resultaba insoportable. Sartre, en cambio, se dejó seducir por Fidel durante las semanas que pasó en La Habana en el año 60: lo creía sincero y veía en él a un hombre que había decidido desde pequeño no dejarse maltratar. Y que había llevado esa rebelión contra la humillación a razón nacional y social. Es interesantísimo el relato que hace el filósofo existencialista del líder cubano en Huracán sobre el Azúcar.
Parece ser que el joven Fidel fue célebre por su energía física y su conocida facilidad de palabra. Su padre, Ángel, nacido en Galicia, llegó a la isla como militar español. Castro padre combatió contra los patriotas independentistas inspirados por José Martí y luego compró grandes extensiones de tierra cerca de Mayarí. En su hacienda, luego nacionalizada por el gobierno revolucionario, llegaron a emplearse unos 500 trabajadores. El carácter de Ángel y su idiosincrasia hispánica animaban un fuerte antinorteamericanismo. Su segunda esposa, Lidia Ruz González, joven nacida en Pinar del Río, comenzó siendo cocinera en su casa. Fidel y Raúl, como se sabe, fueron educados en el Colegio La Salle, de los jesuitas, en el oriente de la isla. Frei Betto rescató los recuerdos marcantes de aquella época en su ya clásico libro Fidel y la religión.
Terminado el colegio, Fidel partió a La Habana, donde estudió derecho. Allí comenzó su militancia política y se dieron sus primeros contactos con la literatura marxista. Cinco años antes del golpe de Batista, Fidel participa como líder estudiantil de una frustrada invasión a República Dominicana destinada a derrocar al dictador Trujillo. Escapó de las represalias atravesando a nado la bahía de Nipe, que suele estar infectada de tiburones, con una ametralladora argentina a sus espaldas.
En 1948, fue parte de una celebración de la Conferencia Panamericana en Bogotá. Juan Domingo Perón pagó pasajes para la numerosa delegación argentina, pero también los de las delegaciones antimperialistas de otros países, como la cubana. Entre los objetivos del presidente argentino estaba el reclamo por Malvinas. Allí se celebraron encuentros de estudiantes comunistas, peronistas y nacionalismos populares varios. En esos días fue asesinado el popular líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Fidel fue testigo y partícipe activísimo del levantamiento popular conocido como el “Bogotazo”.
Unos años después, Fidel se casaba, con 22 años, con Mirta Díaz-Balart, con quien tuvo su primer hijo; obtenía un doctorado en derecho y, entre 1947 y hasta el año 52, fue activo militante juvenil del Partido Ortodoxo, entonces liderado por Chibás, el líder que se pegó un tiro en medio de una alocución radial para dar testimonio de su repulsión ante la degradación y corrupción que asediaba a la isla.
Luego comienza la historia más conocida. La toma por parte de un grupo de jóvenes revolucionarios, dirigidos por Fidel, del cuartel de Moncada, que da inicio al Movimiento 26 de Julio; la prisión “fecunda”; su legendaria defensa, publicada como La historia me absolverá; el exilio en México —y el encuentro con el Che—; la invasión guerrillera a Cuba en el Granma; la campaña de la Sierra Maestra; la toma del poder en enero de 1959; la reforma agraria y urbana; la batalla de Playa Girón; la Segunda Declaración de La Habana; la llamada Crisis de los Misiles; el apoyo de decenas de movimientos revolucionarios y anticoloniales de América, Asia y África; la alianza con la URSS y todo lo que conocemos suficientemente bien de la Cuba contemporánea.
Esta historia debería ser vista, desde ya, desde todos los puntos de vista posibles —que son muchos, según las épocas—, si se la quiere considerar a fondo. Y no dudo de que una enorme mayoría de latinoamericanos lleva consigo una cierta conciencia, menor o mayor, de la importancia singular que tuvo Fidel Castro en el continente.
En lo que hace a mi propia perspectiva, no me sumo al balance convencional fundado en el recuento de lo que se llaman “aciertos y errores”. El propio Fidel explica, de un modo ciertamente filosófico, que la verdad de las acciones revolucionarias no se deja apreciar por el juicio simplificado sobre sus resultados inmediatos, aunque no puedan tampoco escapar de ellos. Ni la frustrada toma del cuartel del Moncada, con la pérdida de varios compañeros asesinados en combate y en la represión posterior, ni el penoso desembarco del Granma, ni la derrota del Che en Bolivia le parecen ejemplos de estimaciones injustas o equivocadas. Y hay que admitir que sus explicaciones, que abarcan siempre cuestiones de principios y reflexiones sobre el papel de las contingencias en la historia, son agudas.
La idea de acierto y error supone un parámetro racional capaz de obrar como medida objetiva validante. Y es esa medida la que vacila. Decir que las UMAP, la Ofensiva Revolucionaria del 68 o el fusilamiento del general Ochoa fueron un “error” resulta tan poco iluminador como llamar “acierto” a la decisiva participación de tropas internacionalistas en Angola, al apoyo a la Revolución Sandinista en Nicaragua o al proceso de rectificación de errores de los años ochenta. La suma de errores y aciertos con el fin de cuantificar un juicio ecuánime y final, hecho de un inevitable balance de luces y sombras, es una idea demasiado desafectada para considerar estos 100 años de Fidel Castro.
Tampoco suena convincente cargarle toda la cuenta por la terrible situación que sufre hoy Cuba, como si debiéramos olvidar que la Revolución Cubana, su socialismo y el sistema político cubano, con todos sus déficits y dogmatismos, fueron desde un comienzo atacados, boicoteados, bloqueados y ahogados hasta el extremo de la inhumanidad, tal y como lo vemos ahora, sin límites ni atenuantes, desde el último 3 de enero.
Dada la indisimulable conexión emocional que muchos hemos sentido por el comandante de la barba intonsa, prefiero meditar sobre él en el recuerdo de una antigua conversación en La Habana con un viejo y genial sociólogo cubano llamado Juan Valdés Paz, para quien Fidel Castro fue una verdadera fuerza productiva: un político talentoso que hizo de una pequeña isla un factor fundamental en el juego geopolítico mundial, una condición él mismo no sustituible entre las tantas que hicieron posible la extraordinaria gesta cubana de la segunda mitad del siglo XX.
Gesta que deja legado antimperialista, de rebelión, de perspectivas regionales, de solidaridad tricontinental, pero también de experiencia para un balance realista, contextualizado y no canallezco de las tentativas del socialismo latinoamericano.
David Viñas eludía todo pensamiento político que cayera en la tentación de crear “comunidades de santos”. Ahora más que nunca se trata de poder admirar sin idealizar. Y uno piensa en personas como San Martín o Bolívar, no como santos, sino como pioneros en esa tarea tan atacada de pretender crear una soberanía popular para nuestros países. Personajes reales, figuras contradictorias, de las que nos proponemos aprender sin olvidar que forman parte de un tiempo ya ido.
Y se tiene entonces la impresión de que Fidel Castro fue alguien de esa magnitud. De los pocos, con esa magnitud, que actuaron y vivieron en nuestro siglo. Y que conviene encontrar en él inspiración, si es que no se quiere dar todo por perdido.