Ya cantaron el himno con una intensidad, una energía, que daba miedo que se cansaran de hacer tanta fuerza; lo terminaron y Lisandro Martínez cerró con un grito de arenga a puño cerrado que ya daba para que salgan lágrimas. Indios, dijo luego el deté: indios de Argentina. Jugando contra el país que tiene ocupado un pedazo de nuestro territorio. Contra el país que fue repelido en Obligado; el que invadió Buenos Aires dos veces, motivando un sentimiento local que derivó en la revolución emancipatoria. Aún hoy, claro, somos colonia, pero aún hoy, también, hay un subsuelo de la patria. El mundial es fútbol, pero el fútbol es algo muy difícil de delimitar. Nadie puede ser inmune al mundial. Aún este, este, que empezó con tan poco clima, que tanto menos que otros importaba. Hasta un canal televisivo de deportes hizo una propaganda interpelando a ese ánimo tenue, “¿de verdad se dan por hechos, no quieren repetir?”. Es que claro: por un lado, nos habíamos desquitado en Qatar. Desahogo, fiesta y alivio tras tantísimos años de dolores, ya está, quedamos en paz. Pero además, este Mundial venía horrible, con el “culin breik” y los estadios como gigantescas parafernalias de estímulos constantes de todo tipo -el fútbol uno más-, con pantallas inmensurables que dejan muy chiquito al cuerpo humano y parlantes arrolladores no solo antes y en el intervalo sino incluso durante el partido, tras los goles, máquinas de aplastar el milagroso grito multitudinal… Cada vez al fútbol lo rompen más, lo hacen más feo, y sin embargo, el subsuelo sublevado de una cultura. Le preguntaron a Lisandro Martínez por la bandera malvinera que nuestros muchachos pelaron al final -desobedeciendo a la FIFA y la patética venia del gobierno “argentino”-, y el Licha tuvo un ínfimo pero hermoso fallidito, dijo “no podíamos fallarle al fútbol argen… al pueblo argentino”, y es que sí: ellos son representantes de la argentina porque son emergentes de una cultura, la cultura futbolera nacional. El Chiqui tapia, moreno y panzón, cagándose de risa en redes sociales, “Chiqui Aura”, y su “Biutiful mórnin, ¿rait?”. El pueblo argentino no existe fuera de sus creaciones, de su cultura: de eso que existe solo porque existe el pueblo, de eso que existe solo porque existe un entramado vivo, a los ponchazos continuado hace cientos de años. Indios, son indios, que jugaron como si tuvieran siete u ocho años, dijo Scaloni, que además señaló: ganamos también en parte por la hinchada. La hinchada que ni siquiera está hecha toda de hinchas; muchos, tomados sueltos, son consuimdores, apenas “fans”. Pero el acontecimiento les provee un modo de ser, los involucra, de nuevo, en una cultura, esa de donde brotaron estos pibes, como Lionel Messi, que así se agarraba la camiseta al final, así tironeaba del escudo como agarrándose el corazón con la mano, así, festejando que él decidió ser argentino como decide amar quien se sabe enamorado: refirmando lo que no elegiste. Por eso debe quererlo tanto al Chiqui, ese otro indio atorrante que hace asados y en el mundial pasado, tras la derrota con Arabia, -dicen que- mandó doscientos barras para argentinizar los partidos, para bañarlos de la cultura futbolera nacional, y activar también en los jugadores el hincha tribunero que llevan dentro. En medio del circo, en medio del imperio, el filón de la tierra argenta se cuela y brilla más que ningún reflector. Por eso tanta habladuría anti argentina las semanas previas: simplemente no quieren que unos sudacas despojados pasen en tres años y medio de tener dos estrellas a tener -¡quiera Dios!- cuatro en el juego más importante del mundo. Decía Nacho Lewkowicz que los Juegos Olímpicos griegos no eran la suspensión calendaria de la guerra entre las polis, sino más bien su continuación por otros medios. Bien, el fútbol: allí los súbditos de la corona británica no tienen colmillos nucleares. El carozo del asunto fue su temor, cómo se asustaron, ¿ante qué?, ante esa combinación exacta de sentido colectivo y talento, es decir belleza, del equipo argentino. Ellos, los ingleses, inventaron el fútbol, se sabe, pero como decía un bigotudo teutón en aquellos decimonónicos años, la esencia de las cosas no está en su orígen, sino allí donde alcanza su mayor esplendor.