I. Antesala
El texto empieza mal: lo firma un individuo, pero en su título compromete a otros. Es decir, la pregunta por un “quehacer” colectivo con la obra de León Rozitchner apela a una primera persona del plural que solicita algún tipo de justificación para ofrecer algo distinto que el mero ocultamiento del “yo” en un imaginario “nosotros”: ¿Quiénes somos los que hacemos algo con Rozitchner? ¿Quién será tildado de traidor en estas líneas? ¿Quién será exonerado del afecto nostálgico en el comercio con la prosa rozitchneriana? ¿Quiénes serán, en definitiva, aquellos convocados al pantano de lo plural?
Antes de intentar esbozar algunas respuestas es necesario señalar que la referencia colectiva se encuentra atravesada por una dificultad, presente en el problemático recorte generacional que la sostiene. Como es sabido, los inconvenientes para establecer la pertenencia a una generación radican en la ausencia de un criterio confiable: cierta franja etaria, algún acontecimiento histórico, un conjunto de interrogantes compartidos, o alguna invención tecnológica son, entre otras, las alternativas habituales para señalar el inicio o el fin de un trecho generacional.
Sin embargo, en este caso utilizaré un criterio tan poco confiable como los mencionados, pero quizás mucho más arbitrario: el “nosotros” propuesto refiere a quienes “trabajan” -es decir: leen, discuten, escriben y piensan a partir de- la obra de Rozitchner al interior de la academia, pero no lo han conocido. Se trata de aquellas personas que descubrimos la voz rozitchneriana por un material audiovisual y no por la vibración sonora de sus cuerdas vocales; quienes dialogamos imaginariamente desde la prosa dibujada en sus libros, pero no tuvimos la experiencia de una conversación; quienes aprendemos de él, pero no asistimos nunca a una de sus clases; quienes padecemos las consecuencias políticas de aquellos acontecimientos que el autor experimentó en primera persona; en definitiva, somos quienes resucitamos ideas sepultadas en el papel, como una forma de darle existencia a una vida que no compartimos.
Salta a la vista entonces que el contorno definitorio de este “nosotros” se sostiene en un motivo puramente autorreferencial: es uno quien trabaja con… y no ha conocido a…; sin embargo, la autorreferencia no responde exclusivamente a los típicos caracteres de la cuestión yoica que invaden nuestra época: el “nosotros” de este escrito parte de un yo-amplificado, un yo que reconoce en su propia labor individual las numerosas y diversas formas de -saludable- intromisión que tiene la otredad en uno mismo. Es decir, la formulación imaginaria de este “nosotros” se apoya en una práctica paradojalmente individual y compartida entre quienes abordamos la complejidad de inscribir la obra de León Rozitchner en el discurso académico. Resulta inevitable reconocer entonces que en cada artículo, ponencia, o capítulo de tesis están presentes de alguna manera implícita aquellos intercambios que no pueden ser referenciados por las normas APA. Los correos electrónicos, los chats de mensajería instantánea, las charlas nocturnas, las escrituras no-académicas, los grupos de lectura y todos los homenajes informales a la memoria del autor son algunas de las experiencias imposibles de ser congeladas en el formato de una cita, y que tienen como punto de partida una perplejidad generacionalmente compartida: ¿Qué hacemos “nosotros” con León Rozitchner?
Con la intención de no ser exhaustivo, encuentro en nuestra tarea dos figuras susceptibles de otorgar una respuesta al interrogante planteado: la traición y la nostalgia. Dos disposiciones que develan el carácter indomesticable del pensamiento rozitchneriano y me condenarán a cierto tono vago o ambiguo por el que debo pedir disculpas anticipadas parafraseando una fórmula del autor: finalmente pareciera que en la vida es necesario ser arbitrario impreciso para hacer decir cualquier cosa.
II. Traición
La escritura académica de Rozitchner supone algún tipo de fricción. El carácter mutuamente repelente entre el autor argentino y la academia deposita a quienes nos dedicamos a su pensamiento en un espacio de constante incomodidad: ¿cómo se escribe un paper sobre alguien que jamás se preocupó demasiado por los estilos, las normas y las lógicas habituales del registro académico? ¿Cómo se presenta una ponencia sobre el autor que escribió un texto titulado “Justificado para no ir a un Congreso de Filosofía”? ¿Cómo se solicita una beca al mismo organismo que rechazó el -quizás- libro más importante de Rozitchner? Sospecho que sólo contamos con una alternativa no elegida: traicionarlo.
No obstante, esta traición que ejercemos sobre su figura tiene, al menos, cuatro fórmulas distintas, susceptibles de ser clasificadas de la siguiente manera: 1) el ventrilocuismo; 2) el enciclopedismo; 3) la desfiguración; y 4) la sospecha. Antes de abordar cada una de ellas es necesario aclarar que, en mayor o menor medida, con acentos e intensidades diversas, es posible encontrar en los trabajos académicos sobre Rozitchner todas estas posiciones entremezcladas en un mismo escrito o alternadas entre diversos textos de un autor. Es decir, no son compartimentos estancos, sino tan sólo tonalidades afectivas que se gestan en la dificultosa tarea de escribir acerca de su obra en el ámbito académico.
La primera disposición traidora, el ventrilocuismo, responde a una modalidad típica de la vida intelectual. Aquí, pensar es sinónimo de repetir. Ya sea por comodidad, pereza o conveniencia, el ventrílocuo solamente se limita a parafrasear al autor en cuestión convidando una síntesis de la obra ajena. Esta tarea se lleva a cabo a partir de comienzos de oración tan diversos como similares: “Rozitchner señala…”, “Según el autor argentino…”, “Desde la perspectiva rozitchneriana…”, y otras opciones semejantes se ahogan en un profundo etcétera. Sin negar la eficacia académica que porta este registro de escritura, no obstante, salta a la vista el espíritu francamente anti-rozitchneriano que constituye a su traición: si algo evitó la filosofía de Rozitchner a lo largo del tiempo fue el refugio de la voz propia en la autoridad ajena.
En el segundo caso, la perspectiva enciclopedista consiste en tomar a su obra como un capítulo más al interior de la historia de la filosofía. Aquí agrupamos al pensamiento rozitchneriano en conjuntos más amplios sostenidos por parentescos conceptuales que nos permiten escribir textos de índole comparativa o asociativa: “La influencia de tal corriente en la filosofía de…”, “León Rozitchner y su vínculo con…”, “Análisis comparativo entre Rozitchner y cualquier otro autor que haya esbozado alguna idea parecida…”, aparecen como ejemplares típicos del enciclopedismo rozitchneriano. En este caso, la traición consiste en un doble movimiento: por un lado, se niega la singularidad de su obra (es decir, no ofrecemos al lector las particularidades que diferencian a Rozitchner de otros autores); y por el otro, desconocemos las diferentes formas de ninguneo, marginación y desvalorización padecidas por el autor a lo largo de su trayectoria que, justamente, imposibilitaron su inscripción al interior de un universo teórico más amplio. En definitiva, el enciclopedismo oculta una de las características fundamentales de su filosofía, esto es: la de haber sido un pensamiento profunda e involuntariamente solitario.
La desfiguración quizás sea la alternativa más rozitchneriana de todas y, por eso mismo, la más traidora. Consiste en hacerle decir a Rozitchner aquello que uno quiere. Sin lugar a dudas, esta modalidad explora una veta mucho más creativa, dado que permite encontrar en su prosa tesoros enterrados por uno mismo. Entonces las categorías rozitchnerianas pueden formar parte de un repertorio feminista, ecologista, kirchnerista, lacaniano, o posmarxista, entre algunas de las desfiguraciones susceptibles de ser mencionadas. Como se ve, esta modalidad consiste en repetir sobre él un gesto similar de su operatoria con otros autores. Es decir, la desfiguración es una forma de traicionarlo que, al mismo tiempo, recupera una disposición típica de su hermenéutica: la de haber sido un lector profundamente creativo y desleal.
Por último, la alternativa de la sospecha sobre la obra de Rozitchner funciona como el reverso negativo del ventrilocuismo. Para evitar la repetición sosa, se ejerce una posición de recelo donde se destacan debilidades, se señalan problemas, se resaltan inconsistencias, y se exploran las diversas dificultades que brotan de su escritura. Aquí la filosofía se confunde con la filología y uno se vuelve capaz de criticar -confieso haberlo hecho- la traducción de Freud utilizada por Rozitchner (en lo que constituye un absurdo mayúsculo, dado que en León la cosa no pasa ni por López Ballesteros ni por Etcheverry).
Esta disposición traidora, no obstante, recupera un imperativo fundamental que surge al enfrentarnos con su prosa: no se debe leer a Rozitchner con indulgencia. O, mejor dicho, no se puede hacerlo. Cada oración rozitchneriana es, en cierta medida, una provocación y un estímulo para la reflexión. Es decir, su escritura no persigue la búsqueda de humillar a sus lectores (a pesar de haber estudiado en Francia, no era francés), pero tampoco elige subestimarlos. El desafío rozitchneriano consiste en partir de una invitación polémica y hospitalaria al pensamiento (actividad que no se encuentra exenta de placeres y disgustos, así como también de enojos y credulidades). Sin embargo, la mirada sospechosa elude este desafío porque decide enfrentarlo desplazando a Rozitchner hacia otras coordenadas agonísticas de índole académica. En efecto, la sospecha es la disposición que más evidencia las fricciones presentes en la metabolización académica de Rozitchner, donde mejor se observa el desacople entre una forma de pensar y otra, justo allí donde se inaugura un abismo que por momentos estalla en una parodia.
En definitiva, pareciera que quienes nos dedicamos académicamente a su obra no contamos con otra alternativa más que traicionarlo de diversas maneras. Aunque, quizás también, la traición tan solo sea una posibilidad imposible. No me refiero únicamente al intento por rescatar a su obra del espacio marginal en donde la han depositado las lógicas de domesticación académica, sino a la tonalidad afectiva que despierta dicha tarea. Porque cuando uno se acerca a la prosa rozitchneriana desde una postura ventrílocua, o desde una mirada enciclopédica, o con la intención de desestabilizar su aparato conceptual deformando o criticando sus posturas, inevitablemente, Rozitchner deshace parcialmente nuestras intenciones. Una y otra vez, su escritura desarma esas posturas distantes o eruditas, porque la frialdad del lápiz que subraya colapsa ante las conmociones que produce el ingreso al texto. Ya desde las introducciones y los prólogos se genera un embrujo contrario a la mirada helada de la crítica académica, porque allí se evidencia que todo aquello que está escrito sobre el papel solamente pudo ser pensado porque previamente fue sentido. Entonces, esas posturas traidoras que uno sostiene, al mismo tiempo, se tensionan y, finalmente, se desarman luego del punto final que cierra el artículo, la ponencia o la tesis; porque la admiración, en definitiva, es en la literatura y la filosofía como en el amor: cuando uno está cautivado, inevitablemente, también queda cautivo.
III. Nostalgia
Las traiciones mencionadas, quizás, se encuentren posibilitadas porque a “nosotros” no nos recubre ningún afecto nostálgico con Rozitchner. Como no compartimos vivencias con él, no somos capaces de lamentar o sufrir su pérdida. No podemos padecer su ausencia porque jamás experimentamos su presencia. No lo extrañamos, porque nunca lo tuvimos. La generación que trabaja con su obra y no lo ha conocido parte de una distancia afectiva, de cierta lejanía en comparación con quienes sí lo hicieron y también nadan en las aguas rozitchnerianas.
Sin embargo, esta falta de nostalgia no es tan rígida como parece. En efecto, como no contamos con un anhelo melancólico por el objeto perdido, nos posicionamos desde una cercanía distante o una lejanía próxima. Al no tener en nuestro inventario de vivencias la presencia del autor, quedamos liberados de sus efectos espectrales. Entonces, no somos capaces del lamento contrafáctico de su opinión con respecto a nuestra coyuntura; no podemos esbozar el interrogante afligido y nostálgico que parte de la sentencia: “¿Qué diría León sobre…?”. Y allí, paradójicamente, se abre un espacio disponible para la restitución de su pensamiento, para que sus libros sean la posibilidad de un archivo creativo, un insumo del cual extraer un modo específico de pensar y hacer, una materia prima para emular gestos, para robar sensibilidades, para encontrar en su reflexión sobre las derechas, las prácticas militantes o los quehaceres intelectuales, toda una serie de suministros que nos permitan pensar e intervenir sobre los nuestros o, inclusive también, para resonar en la perplejidad. No quiero decir con esto que quienes tuvieron la experiencia de haberlo conocido se encuentren imposibilitados de este movimiento restaurador de su pensamiento (efectivamente, sobran los ejemplos de quienes sí lo hacen y mucho mejor que uno). No obstante, otros son sus desafíos, sus cicatrices y sus paradojas; la nuestra es bien específica: como no experimentamos su muerte, sólo contamos con la posibilidad de mantenerlo vivo.
IV. Vitalidad
Este “nosotros” imaginario que he inventado para asumir la palabra se encuentra, entonces, conformado por un traidor sin nostalgia. Sin embargo, aquello que en un principio parecía distante, se nos mostró paradojalmente próximo; lo que a priori anunciaba una postura insensible y mezquina, se reveló como un posicionamiento afectuoso con su obra. Porque detrás de la burocratización académica de Rozitchner, donde la lectura o la escritura se han transformado en un medio para obtener certificados, opera un implícito gesto de agradecimiento. Recuperar del olvido su obra -inclusive bajo la forma de una traición sin nostalgia- forma parte de un precario homenaje que le rendimos quienes nos sentimos agradecidos por su compañía en esta tediosa y estimulante actividad del pensamiento. Y quizás todas esas fricciones mencionadas, el movimiento complejo y ambiguo que implica el trabajo académico con su obra, no sea más que una forma de evidenciar la vitalidad de un pensamiento indomable que no deja de rendirle honor al nombre de su autor.
* Este texto fue escrito para las II Jornadas “León Rozitchner. Contra la servidumbre voluntaria”, en conmemoración por los 100 años del nacimiento del filósofo argentino.
*