Las horas en las que los libros van delante de la política // Diego Sztulwark

Seguimos creando mundo a través de los libros.

Ayer por la tarde, a las 18 hs., en el barrio de Palermo, se presentó, a sala repleta, el fantástico libro de Eduardo Grüner, Sartre contra la corriente. Argumentos para un retorno.

Liliana Heker planteó el contraste entre aquella generación hacedora de revistas, previa a la dictadura -y la relevancia que la noción de compromiso tuvo para ella- y el ensimismamiento cultural del presente. Christian Ferrer se preguntó, con su habitual erudición, por el resultado de aquellos compromisos. Enumeró, uno por uno, los hechos de poder que terminaron por anular la promesa emancipadora de los procesos africanos de descolonización, nombrando al pasar la situación de Venezuela.

Alejandro Horowicz recordó que la noción de situación tiene en su corazón un posible, y que no debe confundirse el balance de las revoluciones fracasadas con el fin de aquellos posibles capaces de sacarnos de la miserable situación actual.

En el fondo del asunto late una cuestión nada ajena a Sartre: Fanon y la violencia, problema al que el propio Grüner ha dedicado un libro reciente.

Más tarde, alrededor de las 20 hs., a menos de un kilómetro de distancia, en dirección a Villa Crespo, se presentó -también a sala hiperpoblada- el primer libro de Pablo Fernández Rojas, Tu futuro en la espalda. Wawpaq:

Facu Abramovich tomó la palabra y dijo que el de Pablo es un libro «existencialista en el sentido no técnico»: un libro escrito en la confrontación entre mundo-realidad y categorías internas. Sartre no tan lejos. Liliana Herrero hizo una agudísima reflexión en torno a la división que el libro establece entre sujetos de derechos de la ciudad y sujetos de no-derecho del gueto -palabra que utiliza Pablo y que remite también a su propia experiencia de vida en una villa de la ciudad-. Partiendo de la idea de industria cultural, Liliana cuestionó que en la ciudad haya, efectivamente, derechos, y preguntó: ¿a qué tipo de vínculos se está dispuesto desde los territorios? Es decir, ¿qué posibilidades existen de superar el contrato extractivista entre ambos en favor de algún tipo de amistad política auténticamente generadora?

Mario Santucho leyó el libro de Pablo como la emergencia de un punto de vista postdemocrático, que anuncia un tipo de «combate» por fuera de la aspiración democrática a los derechos.

A la salida de las presentaciones tengo el teléfono estallado. Los amigxs cuentan que, en la cadena presidencial, Milei hizo lo que se suponía: un intento de apropiarse del sentimiento nacional que, hace casi un mes, había arruinado su proyecto de extranjerización de tierras, profundizando al mismo tiempo su subordinación a los Estados Unidos.

Su denuncia -¡quién lo hubiera dicho!- del negocio británico-israelí de extracción petrolera cerca de las islas Malvinas, el anuncio de sanciones para las empresas que operen en territorio de soberanía argentina y la construcción, de resonancias hiper-galtieristas, de una base naval en Tierra del Fuego pueden ser leídos desde dos perspectivas.

Por un lado, parecen redactados por el Departamento de Estado o por el Comando Sur, en función de los intereses de un gobierno que manipula a un gobierno ya entregado: para negociar sus propios intereses con Europa y/o para apoderarse directamente del Atlántico Sur. Por otro lado, el gobierno argentino manosea fantasías y dolores populares que no tienen nada de superficiales.

En términos anticipadísimos -hace más de cinco décadas-, el cada vez más importante libro de León Rozitchner, Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia, nos enseñó a leer la ineficacia bélica de todo patrioterismo basado en grandilocuentes consignas nacionalistas, cuando estas se sostienen sobre la entrega de la riqueza nacional.

La destrucción de la vida económica de millones de familias y la enajenación de grandes recursos nacionales vuelven a poner a prueba el fantoche guerrerista -tal como en 1982- y abren una segunda oportunidad para el despertar de una crítica hecha desde el mundo nacional-popular y las izquierdas.

Esa crítica, pendiente desde la guerra de Malvinas, encuentra ahora una nueva oportunidad para hacer de la nación un problema cuyo centro no puede ser otro que el cuidado de los cuerpos y del territorio. Una nación que haga de la cooperación social y de la naturaleza la base de un nuevo tipo de política, frente a una política convencional que, una vez más, parece escapar de ambas de manera ciega, torpe y cómplice.

Seguimos creando mundo a través de los libros.

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