Intuir es tanto, es casi todo, es a veces más que saber
Persona, José Carlos Agüero
Es casi una meditación, el divagar por las calles de un hombre solitario
que ni siquiera se ha propuesto un paseo agradable.
La cabeza de Goliat, Ezequiel Martínez Estrada
Entre las fórmulas que le escuchamos y leemos a David Viñas hay una que siempre, por opaca y contundente, me fascinó: toda política es una teoría de la ciudad. Leído con la (imaginaria) voz de Viñas y su ceño fruncido, la afirmación toma una fuerza perturbadora, paranoizante.
Con esta idea puede arrimarse el lector al libro Tu futuro en la espalda. Ñawpaq, de Pablo Fernández Rojas: como una teoría de la ciudad. La ciudad pensada así sería una gramática cuyo sentido se realiza en los cuerpos y las voces que la atraviesan una y otra vez, y donde el autor ofrece lo propio para interpretarla.
En este libro, esa teoría de la ciudad parte de la constatación de la existencia de poblaciones enteras -conurbanas, villeras y migrantes- que viven una parte de su vida bajo el sometimiento a la ley ciudadana y su economía, haciendo funcionar silenciosamente la ciudad, y otra parte del día bajo su propia ley, en territorios y economías que llama alegales -es decir, ni legales ni ilegales-.
Estos desdoblamientos de la ciudad serían, para Pablo Fernández, el fondo implícito de un desencuentro trágico entre la vida popular y la política progresista y de izquierda, incapaz de imaginar otro tipo de libertad y de vínculos entre los sujetos de la ciudad; y -más aún- la ciudad organizada así sería el escenario de una producción constante de dolor y crueldad sobre la que se montan dispositivos racistas y “guetificantes” desde la “ciudad blanca” hacia los territorios a-legales. Violencia que, en su derrame, también genera una serie de jerarquías violentas que se producen al interior de estos territorios. La pandemia y la cuarentena son tomadas en este libro como la radiografía extrema y silenciada de la sociedad: fueron estos sujetos desplazados los que “se convirtieron en protagonistas silenciosos de una cuarentena ajena”. ¿Hasta qué punto -se pregunta el peruano Arguedas sobre Lima- estos invasores -indios y mestizos- han hecho cambiar el tradicional espíritu de la Capital?
Estas marcas urbanas son escritas -y descritas- en voces irregulares que a veces se dejan llevar, desigual y combinadamente, por la sorpresa, la alegría, el amor, la impotencia, la frustración, la impaciencia, la vergüenza -ese que, para Marx, era un sentimiento revolucionario- y la venganza. Pablo escribe por momentos con resentimiento o remordimiento, y al final nos dice que lo hace “sobre las cosas que ama del mundo”. Esta confusión irresuelta produce las escenas más interesantes del libro, donde, bajo estas marcas pasionales en el lenguaje, se busca convertir una forma de atravesar la ciudad en una forma de conocer el mundo y a sí mismo. Así, hacer la ciudad es ser capaz de leerla como un conjunto de signos -económicos, raciales, sexuales, lingüísticos- que posibilitan y excluyen todo el tiempo a los sujetos. De esta materia, creo, están hechas estas páginas: con ideas interesantes que a la vez tropiezan, se arman y desarman, toman fuerza aunque a veces sean injustas, desmedidas, equívocas. Pablo escribe y debe resolver -son “caprichos”, dice-. O más bien, siente la necesidad de hacerlo (“la villa es”, “la gendarmería es…”, “Avellaneda y La Salada son…”) y lo hace, como dice Diego Sztulwark en el prólogo, sin “garantías morales”. Es el tipo de riesgo que la época requiere y que casi nadie se atreve a correr. Por eso, en este libro puede leerse el método “afirmar y ver qué pasa” y, por lo tanto, solicita del lector una atención desmedida frente a lo que se lee.
Identidad y utopía
Ñawpaq, si no entiendo mal, no es solo el futuro en la espalda y el pasado “delante”. Es un movimiento casi circular, donde las formas del tiempo se desplazan permanentemente como si fuese una cinta de Moebius. No es solo una inversión: es la inversión permanente. Se trata de volver a empezar; y, al hacerlo, saber que no se empieza de nuevo, de cero. Así empieza el libro: narrando la migración, la llegada a una tierra utópica, llena de promesas. Con la llegada, la tierra utópica empieza a quedar detrás, pero ya no se trata de volver a donde se partió, sino de poder convertir la tierra nueva en un nuevo origen que contenga todo lo que se arrastra.
Traicionar la vieja tierra, traicionar la nueva: escribir también es abandonar el destino que nuestro país prepara para los migrantes -forma resumida de nominar a quienes vienen principalmente de Perú, Bolivia y Paraguay. Crear, en definitiva, con la escritura, aquello que no se crea: el origen.
Quiero que la escritura sea mi movimiento fundamental para abandonar mi piel de víctima, dice Pablo. Así, los lectores nos vemos desafiados a cuestionar nuestro propio origen. No solo por volver a poner en el centro las formas de construcción de la nacionalidad y el Estado, a partir del racismo y la violencia que se prolongan hasta hoy. Pero para eso no necesitamos, necesariamente, a Pablo. Me refiero más a un movimiento mucho más íntimo, que creo es el que política y existencialmente precisamos, que es el de animarse a inventar una herencia. Allí donde las legitimidades identitarias realmente existentes fracasan o no son deseadas -la academia a través del saber, las tradiciones políticas y sus pertenencias ideológicas, la nacionalidad con el rechazo de no concebirse migrante-, solo queda la herencia como lugar desde donde hablar. Pero esa herencia se inventa en este libro, a través de relatos familiares que, sin dejar de ser reales, son narrados por Pablo que imagina la historia familiar a través de las voces de sus hermanos.
Un ¿viejo? libro decía sobre Pablo de Tarso -San Pablo, Pablo en el Nuevo Testamento– que era el fundador del universalismo. Pues él también había migrado de ciudad y de religión, y había inaugurado una nueva que se proponía recibir a los nuevos fieles, sea cual sea la religión, comunidad o identidad de la que provengan. Ese libro veía en Pablo de Tarso un gesto de igualitarismo radical, el tipo ideal del “militante”. El resultado de esa historia aquí no importa. En el caso de nuestro Pablo, la conversión no deja de ser incompleta -no pertenecer nunca del todo-, por lo que no puede ser militante o predicador: pues se es migrante y no se es, se es escritor y no se es, se es víctima y no se es. Como el de Spinoza -filósofo judío pero excomulgado, de familia migrante y perseguido por el propio Estado Holandés donde nació-, el nombre Pablo vuelve como destino inconcluso. Fuera de lugar.
Indios, gendarmes y fronteras: nuestra tierra
Cuando esos dos gauchos, Fierro y el Moreno, se ponen a cantar,
olvidan toda afectación gauchesca y abordan temas filosóficos
El escritor argentino y la tradición, Jorge Luis Borges
Si bien se incluyen reflexiones fechadas, los últimos 30 años de argentina y sus variaciones políticas se uniforman en un bloque más dado por continuidades que por rupturas. Esa política “ciudadana” no reconoce temporalidades explícitas. De algún modo, son reflexiones que provienen del subsuelo de la patria humillada. ¿Cuál es, entonces, el grito de Pablo? El llamado, la exigencia, consiste en que hagamos un esfuerzo más por comprender los territorios y agenciamientos sociales “fronterizos” sin recaer en el deseo de controlar con políticas sociales y seguridad, como conservadores y progresistas hacen en diferentes proporciones sobre estos espacios.
Se trata de comprender las fronteras, allí donde los universos culturales, políticos, económicos que ordenan el mundo pierden forma, y donde se permiten no solo formas de violencia -como el narcotráfico que Rita Segato relata en Ciudad Juárez-, sino formas paradójicas de la solidaridad y la potencia comunitaria. La frontera es el estado de excepción y es el terreno donde los cuerpos de la ciudad ponen a prueba su valor. Cuánto valen las cosas y los cuerpos -por lo tanto, las formas del honor– ocupan un el corazón del libro.
Escribe Pablo: Cada avenida puede ser frontera. Cada galería comercial puede ser frontera(…) Cada pasillo de la villa, cada shopping, cada feria, cada estación de tren. Lo decisivo no es el límite físico, sino el tipo de sujeto que lo habita. Tal vez la ciudad no esté dividida entre centro y margen, entre legal e ilegal, entre ciudadano y extranjero. Tal vez esté compuesta por cuerpos-frontera que sostienen, tensan y reconfiguran constantemente esos límites.
Que las fronteras eran un tema fundamental también lo supo la Argentina del siglo XIX, y sus escritores -José Hernández, Mansilla, Sarmiento, los cronistas de frontera- armaron y desarmaron las fronteras en prosa y verso, crónica y ficción. Era la gauchesca una literatura de fronteras, no solo por el espacio imaginario en que se circunscribían los versos, sino porque en esos versos los cuerpos entraban en conflicto entre ellos -los indios contra los gauchos, los gauchos contra los negros, los soldados contra los gauchos- y con las leyes estatales. Josefina Ludmer, en su “tratado sobre la patria”, tomaba la literatura gauchesca para pensar la constitución del Estado a partir de un triple movimiento: el uso de las leyes, los cuerpos y las voces. En otras palabras, lograr la patria -realizar la Campaña del Desierto- requería de la confluencia entre la élite letrada -uso de las voces del gaucho en la literatura-, las leyes de ciudadanización forzada y ley de vagos -uso de las leyes- y el ejército -uso de los cuerpos- para desplazar y asesinar al indio.
La gauchesca fue para Ludmer el escenario imaginario donde estas contradicciones fueron habladas y donde, en definitiva, la élite letrada lograba plantear y resolver imaginariamente las contradicciones sociales. Así, los conflictos sociales podían ser leídos en y por la literatura, siendo ella misma conflicto porque cada vez que la élite progresista escribía (¿escribe?) hace hablar a los oprimidos -por ejemplo, el Martín Fierro– y en ese acto se conjugan una serie implícita de transacciones, violencias y distancias entre las clases sociales.
Cierto es que ya no es este el conflicto, y sin embargo tampoco es otro, aunque ya no transcurra en la frontera con los desiertos sino en las metrópolis. Este es el corazón de los ensayos que componen el libro. En este libro, aparecen los nuevos rostros fronterizos: la Gendarmería, los grandes mercados feriantes, la migración latinoamericana, las categorías comunitarias indígenas pervertidas por el mercado, los modos de la captura intelectual sobre lo popular, la militancia como economía sexual sobre los representados-pobres, los “pibes chorros” contra los “giles”, la Patria Grande como legalización implícita del trabajo en talleres clandestinos, las instituciones educativas como igualitarias y separadoras, entre otros “temas”. Fundamentalmente se trata del uso de los cuerpos -en el trabajo y en las fuerza de seguridad- y uso de la voz en la academia, la militancia y el periodismo.
Pero en esta historia ya no hay héroes, proyectos de país ni figuras ideales. Hay una voz con intuiciones lúcidas que también, por momentos, congelan las fronteras con una reafirmación identitaria para denunciar lo injusto. Como si por momentos Pablo dijera: en el fondo, los otros son injustos con nosotros, verdad que, de tan irrefutable, también detiene el pensamiento.
Cuando se me quiere, se me dice que es a pesar de mi color. Cuando se me odia, se añade que no es por mi color. Aquí o allí soy prisionero de un círculo infernal, escribía Fanon -aquel psiquiatra rebelde y negro de la colonizada isla Martinica- en aquel texto conmovedor donde narra la historia de cómo el racismo transformó su propia experiencia corporal. Fanon, como nombre de la rebelión, también es nuestro ñawpaq -si se me permite el uso.
Tener razón no es lo más importante, no es más que poder construir una verdad diferente. Es un libro, entonces, sobre derroteros y “derrotas” -sobre el dolor de no pertenecer nunca del todo a nada: la derrota de irse, del exilio, la derrota de llegar y no pertenecer, la derrota de nunca terminar de encajar dice Pablo-, pero ya la existencia del libro mismo desmiente todo tipo de cerrazón sobre ello. En el fondo, se corre el riesgo de que la propia crítica a las fronteras implícitas que contienen nuestros razonamientos “progresistas” e “izquierdistas” se convierta, también, en otro refugio identitario. Ese tipo de resolución congeladora de las fronteras -que nos muestra la necesidad de una nueva teoría de la ciudad– es un problema que ya nos compete a todos, autor y lectores, y el libro nos debe llevar al límite, a compartir el agobio del propio Pablo, para desarmar su propia trampa.
