Por Damián Fau
Esta entrevista reúne el testimonio de María Santucho, hija de Oscar Asdrúbal Santucho e integrante de una familia profundamente vinculada a la militancia revolucionaria argentina de las décadas de 1960 y 1970. A partir de un relato en primera persona, reconstruye su historia familiar, las experiencias de la persecución política, la clandestinidad, el exilio y la reconstrucción de su vida en Cuba.
A lo largo de la entrevista, María reflexiona sobre la memoria, el compromiso político, el amor y el cariño familiar en momentos difíciles, el papel de las mujeres en la militancia, las consecuencias del terrorismo de Estado y los desafíos de transmitir estas experiencias a las nuevas generaciones. Su testimonio constituye una valiosa fuente para comprender, desde una perspectiva personal y humana, uno de los períodos más significativos de la historia de aquella generación que quiso construir un proyecto revolucionario para nuestro país.
Damián Fau: Para quienes no te conocen, ¿podés hacer una síntesis de tu vida? ¿Cómo viviste los 70 y la salida del país? ¿Tu regreso?
María Santucho: Bueno, soy la hija mayor de un matrimonio que se casa en el año 59 en Santiago del Estero: Oscar Asdrubal Santucho y Ofelia Paz Ruiz. Mi viejo, Oscar Asdrúbal Santucho, es el séptimo hijo de Francisco Santucho y Elmina Juárez. Cuando mi papá tiene cuatro años, mi abuela Elmina muere. Cuento esto para que se conozca un poco la familia nuestra, que es muy singular. Mi abuelo Francisco se casa con la hermana de Elmina, que es Manuela Juárez. Y de hecho mi papá, la mamá que conoce es a Manuela. Después nacen los últimos tres hijos de ese segundo matrimonio de mi abuelo, que Mario Roberto “Roby” Santucho, Manuela Santucho, le decíamos Nenita en la familia, y Julio Santucho. Mi padre se casa con mi madre, te decía, en el año 59.
Nazco en abril de 1960. El 15 de abril de 1960. Soy ariana. Ariana y rata. Doy fe que lo soy. Y mis amigos y mi familia también. Crecí en Santiago del Estero. Una familia de clase media popular. Mi viejo tenía una fabriquita de sellos. Mi vieja era empleada en la caja de ahorro. Empezó desde abajo en la Caja de Ahorro hasta ser jefa de un departamento. Y yo soy de un barrio, el barrio Belgrano, zona sur de Santiago del Estero, un barrio de clase media con familias también de bajos ingresos. Con un río a pocas cuadras de mi casa, con un asentamiento a pocas casas de mi cuadra, con amigos de todos los sectores más o menos clase media y populares. Y crecí en ese ambiente muy de barrio, muy de provincia, con un papá que militaba casi silenciosamente. Que nos explicaba algunas de las cosas que pasaban. Que nos decía, “acá van a venir amigos, que van a dormir, y ustedes no van a preguntar mucho, y va a haber reuniones, y ustedes no le van a contar a nadie”. Nosotras desde muy chiquitas, muy chiquitas, aprendimos a que teníamos una vida doble. Que había una vida de la que podíamos hablar, y que había otra vida de la que no se podía hablar, porque podía ser peligroso. Eso lo tengo yo instalado. Mis hermanas y yo.
Yo no siento que haya creado en mí como una fractura. Al contrario, creo que me dio la posibilidad de asumir, en determinadas otras circunstancias de mi vida, situaciones en las cuales podía hablar de esto y no podía hablar de esto otro.
Y así crecí. Entre este padre militante, una madre que no quería saber nada con la militancia, que tenía mucho miedo, muy cristiana, sin ser practicante feroz. Hicimos el catecismo con mis hermanas. Con una de mis hermanas lo hicimos juntas. A mi viejo lo empiezan a perseguir por aquel tiempo. Mi viejo hasta tanto vivía legalmente en Santiago del Estero, era perito mercantil y llevaba los réditos, entre comillas, de todo un sector del campesinado santiagueño. Que en realidad era gente con la que iba trabajando políticamente. Recuerdo eso como una película. Verlo a él y acompañarlo en algunos momentos a ese recorrido. Y cuando íbamos de vacaciones, él usaba las vacaciones nuestras para hacer eso. Creo que a mi vieja no le gustaba mucho. Me parece que ella hubiera preferido una vacación más clásica. Ella era una mujer que había empezado desde muy abajo en la vida. Y como todo lo había hecho con mucho esfuerzo lógicamente lo cuidaba.
En 1970 cuando fueron a buscar a mi papá, fue el primer allanamiento del que soy testiga. Mis hermanas y yo. Haberme despertado, sentir golpes, ruidos, patadas, cosas que caen. Y despertarme y tener a un milico con su FAL apuntándome a la cabeza. Diez años tenía cuando van a buscar a mi padre. Y ahí empieza toda una historia para nosotros de infancia clandestina. Mitad de infancia clandestina, porque nosotros nos quedamos viviendo en Santiago.
Y salíamos a ver a mi papá. Para salir a ver a mi papá había que hacer de todo un operativo muy cuidadoso. Nos trasladábamos en un colectivo hasta un lugar en Tucumán, siempre un fin de semana. Y la verdad que tengo un recuerdo hermoso de esos momentos… Parece terrible, pero no, tengo un recuerdo hermoso de ese momento porque yo viajaba sola a Tucumán con doce años a ver a mi papá. Habíamos decidido hacerlo de este modo para no despertar sospechas en nuestro vecindario. Estos encuentros me marcaron para siempre. Vi a un padre amoroso como no lo había visto nunca. Verlo conectado conmigo. Verlo tratando de que yo la pasara bien ese fin de semana. Me iba de viernes a domingo por la noche o el lunes por la mañana. Viendo todo eso creo que me formó en mi condición de madre, de compañera, de hermana. Siento que ahí se generó algo en mí, muy humano. Por un lado, él me hablaba mucho de su militancia. De lo que había que hacer, de lo que había que pensar. Me leía cosas de Ho Chi Minh. Me leía cosas del Che Guevara. Me leía cosas de Fidel. Me ponía discursos de Fidel. Tengo en mi memoria grabado a fuego un discurso de Fidel en el que decía un poema de un gran poeta cubano que leí en profundidad muchos años después. Mi papá me alcanzó toda esa literatura grabada, o dicha, o contada, o en los libros, que fue fantástico. Fue para mí una de las mejores etapas de mi vida.
Tuve una adolescencia extraordinaria desde los 10 hasta los 15 años. No puedo decir otra cosa. Pero claro, diferente a lo que debe ser, para una niña a los 12 años. Que no tiene que estar acompañando a un señor que buscan para matarlo. Pero a mí eso me inspiraba mucho, la verdad, me inspiraba mucho. No puedo decir otra cosa. No puedo decir “me daba miedo”. La primera vez que vi una pistola 45 fue en el placar donde él tenía su ropa. Fue conmovedor, pero no me asustó, porque me dio la medida de “ah, esto es en serio”. O sea, esto implica un riesgo.
Creo que lo viví con armonía. Me siento muy heredera de eso. Incluso aunque no piense hoy en un arma, me siento heredera de ese espíritu. De hay que darlo todo y si hay que dar la vida, bueno, hay que dar la vida. Me siento heredera de eso la verdad. Emocionada de que mi familia me haya haya transmitido eso.
Trelew, punto de inflexión
A los 12 o 13 años, para mí hay un quiebre. Porque fue la masacre de Trelew. Porque hasta ese momento, sólo habían agarrado presos a mis tíos. Recurdo que una vez mi viejo nosllevó a una visita a la cárcel de Villa Urquiza en Tcumán, cuando el Roby estaba allí. Yo nunca había ido a una cárcel. Esto fue un cambio. Empecé a sentir que iba a ser parte de nuestra vida. Pero pensaba que el peligro llegaba hasta la cárcel. Nosotros hasta ese momento no habíamos oído nunca, por lo menos en la infancia, que, a nuestros tíos, nuestras tías los torturaran. Eso lo vine a escuchar un tiempo después. Después de Trelew. Junto con Trelew te diría, pero antes no. Antes era, “bueno, ¿qué puede pasar?”, “te llevan preso ¿y qué puede pasar?”. Te puedes escapar. Porque Roby Santucho decía que los compañeros entraban a la cárcel, y lo primero que estaban pensando era en cómo escaparse.
Había toda una épica, no sé si era tan así, pero había algo como de admiración. De pensar en cómo habían sido las fugas. Extraordinario. Pero la masacre de Trelew lo cambió. Para mí fue el primer momento en el cual empecé a entender que no era solo ir a la cárcel, sino que la muerte era una triste posibilidad. De golpe, supe después del 15 de agosto, de la fuga, de lo que ocurrió esa semana en la base Almirante Zar. De los golpes, las torturas, el agua fría. Los cuerpos desnudos. El frío feroz que hace en el sur. Y después el fusilamiento… Fue como un aluvión de cosas difíciles de acomodar. Creo que ahí hice un proceso de maduración personal.
Siento que ahí maduré un montón. Dejé de pensar en cosas que eran normales para mi edad empecé a pensar cómo hacer para sumarme.
Yo me había propuesto, el día que fueron a buscar a mi viejo, ser la mejor alumna de la escuela donde vivía. Y fui la mejor alumna de la escuela. Fui la abanderada de la escuela. Porque yo lo que no quería, es que dijeran “la hija del extremista es la peor alumna”, “la más indisciplinada”, “la que se porta peor”, “la que saca peores notas”. Eso lo logré. Hice un esfuerzo enorme. Estudiaba de noche, hasta tarde. No me gustaba, y estudiaba, estudiaba, estudiaba. Era la que sacaba 10. Era la que no faltaba nunca. Iba enferma a la escuela. Después de eso, por supuesto, entrando en la secundaria, yo empecé a pensar “quiero militar”. Empecé a acercarme a la Juventud Guevarista en Santiago. Estoy hablando del año 73, cuando vuelve Perón. Cámpora es presidente. Se da la liberación de los presos, de los compañeros.
Mi viejo va una o dos veces a la casa de manera medio legal, pero el PRT no tenía confianza en la situación. Tenía preocupación de que fueran fichados. De que eso fuera una manera de llegar a ellos. De infiltrarse en la militancia.
Ahí se produce para mí un cierre de mi recorrido como una chica santiagueña que había hecho la comunión, había sido abanderada de la primaria. Ahí aparece mi intención de sumarme a la organización fundada por mis tíos y mi viejo y claro eso marca claramente que esa adolescente pasaba a ser y a hacer otra vida.
DF: Hay un episodio significativo antes de que vos te vayas del país, ¿no? Un cumpleaños…
MS: … que organicé [risas]. La chica que quería ser clandestina, que quería militar y organiza un cumpleaños lleno de gente.
Cuando yo empecé a militar en la Juventud Guevarista. En el 73, cuando ya estaba en el secundario. Cuando estaba en el primer y segundo año de la escuela de comercio de Santiago del Estero milité con un grupo, sobre todo con un chico que está desaparecido en Santiago, Claudio Kamaneski, un grosso. Él era dos años mayore que yo. Cuando terminé el segundo año, él estaba en cuarto. Fue muy fugaz ese intento de militancia en la Juventud Guevarista. Mi viejo, que nos seguíamos viendo igual, clandestinamente, todo el 73 y parte del 74, me dijo “No, hija ¿Por qué quemas a la gente? Y no vas a poder hacer nada. Con tu apellido, todo el mundo te conoce”. Y yo le dije, “¿bueno, pero yo quiero militar”. Y me dijo “Bueno, pidamos tu ingreso. El recorrido es así…”. Me hizo toda la explicación. “Primero simpatizante, que vos ya pasaste esa etapa, pues estuviste en la Juventud Guevarista. Y después aspirante, y después, bueno, serás militante si lo demuestras ¿no?”. Fue un momento hermoso.
La verdad que abracé desde el primer día, todo lo que los compañeros decían. Me mandaban siempre a la cocina a cuidar a los chicos. Aprendí mucho. Mi viejo me acompañó un montón. Para mí es como un referente. Durante mucho tiempo dije “mi ídolo, mi ídolo”. Y la verdad que no me daba cuenta de que al lado de ese ídolo, estaba una madre aterrorizada. Aterrorizada, aceptando todo lo que le íbamos proponiendo con mi viejo. Que era venirte de Santiago. Finalmente terminó viniendo de Santiago. Compramos una casa en Morón. Un chalecito pequeño con un patio delante. Donde la idea era que se reuniera el Estado Mayor del ERP. Era parte de la cobertura y de la organización de Monte Chingolo. Nosotros no lo sabíamos, por supuesto. Ni mi mamá, ni mi hermana, ni yo. Seguramente los compañeros que estaban ahí sí. Y mi viejo también. Pero en el 75, cuando ya estábamos instalados en esa casa, mi mamá dijo que sí, que se venía, que dejaba todo en Santiago. En abril le asignan a mi viejo que debe irse a Tucumán. Y justo en abril, el 15 de abril del 75, yo cumplía 15 años, y mi viejo decide celebrarlo con la familia un poco por la tradición de celebrar los 15 de las chicas y porque él se iba al Monte. Fue una locura ese festejo. Mi viejo y mi tío Robi entraron a toda la familia que estaba viviendo clandestina en Buenos Aires, tabicada en dos camionetas, para que yo tuviera un cumpleaños de 15. Fue maravilloso. Pero además, fue la última vez que se reunió toda la familia. La verdad es que tengo un recuerdo hermoso. Comimos asado. Bailábamos. Cantábamos. Jugábamos al fútbol. Y estaban todos en la casa de Morón. En esa misma casa donde después llegó el ejército. Imaginate si eso no me iba a inspirar a la vida. Para hacer un cumpleaños. Si el jefe lo hacía, ¿cómo no lo iba a hacer yo?
Entonces, fue hermoso la verdad. Estábamos todos o casi todos. Estaba Amílcar, su compañera Mabel Perea, la Negra. Dos de sus hijas. Tres de sus hijos. Porque estaba Jorge Santucho. Era muy chiquito. Era un niñito. Estaba Graciela Santucho que era militante del PRT. Estaba Mercedes Santucho. Que está desaparecida en La Perla. Una compañera extraordinaria mi prima, divina. Estaba Manuela, Diego chiquito, Mario Chiquito, de meses, porque había nacido en febrero. Estaba el Roby y Liliana Delfino. Nosotros le decíamos Ana, que era su nombre de guerra. Mi vieja, mi viejo, nosotras cuatro. Julio, Cristina, Camilo. No sé si Cristina estaba embarazada del Tano en ese momento. Pero bueno, te estoy nombrando gente con una historia tremenda, ¿no? Así que bueno, ahí se hizo ese cumpleaños.
Y mucho tiempo después, esta chica le organizó el cumpleaños a un niñito, que vivía con nosotros, que era el hijo de un compañero y una compañera. El hijo del turco Abdón, de Elías Abdón y de Elba Balestri, que había caído presa en una de las casas nuestras en la zona, en San Justo, embarazada de ocho meses. Y a mí la verdad que me producía una enorme tristeza no celebrarle el cumpleaños a este niñito. Entonces yo dije “le celebro el cumpleaños”. No había muchos chicos. Había un par de chicos que conocíamos en la cuadra. Íbamos a crear unas condiciones. Pero los chicos no entraron a la casa, porque la casa estaba llena de cosas. Escondidas todas, por supuesto. Estoy hablándote de armas. Estoy hablándote de material del PRT. Estoy hablando de publicaciones de El combatiente, la Estrella roja, boletines internos, etc.
Y en ese cumpleaños, vinieron dos o tres pibitos del barrio, de la cuadra. Y yo no tuve mejor idea que, para que este niño tuviera un cumpleaños con más niños, de ir a buscar a mis primos. Al hijo y a las hijas del Roby Santucho y de traerlos a casa. Con el consentimiento de la familia. No fue que yo hice esto arbitrariamente y no lo consulté. Se consultaba todo. Y me dijeron que sí. Yo me los llevé a Marito de bebé en brazos y a mis primas. En un colectivo los llevé hasta la casa. Y bueno, compramos una tortita, hicimos cosas, qué sé yo. Y estábamos festejando ese cumpleaños cuando llegó la patota. En un principio pensamos que había cantado algún compañero. Supimos muchísimo tiempo después que era parte del trabajo de espionaje que había hecho el Oso Ranier[*], que entregó esa casa. Entregó al turco Abdón, al comandante Pedro y a otros compañeros. Entregó Monte Chingolo.
El secuestro y la recuperación
Fuimos esa noche cargados, todos los chicos y mi mamá en autos del personal. Nos subieron a los autos y en el auto que me conducían a mí, nos tiraron en el piso del Ford Falcon. En la parte de atrás, en el asiento de atrás. Arriba pusieron a una hermana mía. El operativo empezó a eso de las cinco de la tarde. Estoy hablando del 8 de diciembre del 75. A las cinco de la tarde, es decir, a plena luz del día. Recién a las 8 salimos del operativo. Ellos revolvieron todo, agarraron todo. Luego empezaron a pintar las paredes “Viva el ERP”, y pintar la estrella roja, para que pareciera que había sido un secuestro del ERP. Y nos fueron llevando a todos y a todas en diferentes vehículos. Salimos a plena luz del día. Nos vio todo el barrio. Nos llevaron con las manos atadas a la espalda. Menos los niños más pequeños por supuesto. Todas nosotras y mi mamá. Éramos nosotras cuatro, mis hermanas y yo. Y las tres hijas grandes del Robbi, más Marito y Esteban Abdón.
A los cinco o diez minutos de haber salido, el copiloto le pregunta al piloto. El piloto es el que durante el operativo en la casa me preguntaba cosas. Es el que me lleva de un brazo. Me agarra por un brazo y me lleva al auto. Lo identifico desde el primer momento. Hasta el último día que estuve en el CCDE. Porque me iba a buscar para los interrogatorios. Yo ya lo conocía. Por el ruido de los pasos que daba. Porque tenía unos mocasines que tenían un taco que hacía ruido. Y después tenía un perfume que yo lo identificaba perfectamente. E identificaba la voz por supuesto. Me lleva hasta el auto y ahí me dice “Yo te voy a atender a vos. Yo la atendí a tu prima y ahora me ceba mate en la cárcel”. Se refería a Graciela Santucho que había caído presa unos meses antes. Hoy lo veo y digo, si una hija mía tiene que pasar por eso, yo creo que le prendo fuego al planeta. 15 años tenía. Vos sabés que muchos años después vi una película española, en Cuba, que era sobre la guerra civil española y que todo el periodo posterior al final de la guerra civil que llega Franco, de lo que había ocurrido en esos años y de toda la represión. Al final, en los créditos, la película decía “España durante el franquismo la gente no pudo hacer esto. Oír a los Beatles, los Rolling. Ver la película tal”. Y yo iba por el camino pensando “No hice esto, no hice aquello y me voy de este mundo”. O sea, creo que en ese momento tuve mucha conciencia de lo que estaba pasando. Estaba absolutamente convencida de lo que estaba pasando. Creo que me daba más miedo por mi mamá y por mis hermanas que por mí. Y bueno, el tipo le pregunta “Che ¿está muy lejos Campo de Mayo de acá?” Y el otro le dice “No, no, no. Llegamos en media hora”. Vos sabés que mucho tiempo después pensé “Ah, bueno, cuando salga, voy a decir que estuve en Campo de Mayo”. Si logramos salir, voy a decir que estaba. Y de pronto dije “No, no voy a salir. Porque si me dicen a dónde me están llevando. Es que no voy a salir”. Y después dije “No, no nos vamos a salir”. Ahí empezó ese largo proceso. Para allá, para acá. Esa noche estuvimos, y fueron llegando todos los compañeros. Una larga lista de caídas de compañeros por la acción de el “Oso”, entre los que estaban gente de mi familia. Incluso no de la familia Santucho, sino de la familia de mi madre. Estaba Sebastián Llorens, que es el ahijado de mi mamá, y Diana Triay, su compañera. Y ahí todas las compañeras le dan a mi mamá (mi mamá estaba con ellas, nosotros no estábamos con mi mamá) los números de teléfono de su familia. Mi mamá los memoriza, porque Diana Triay le dice “Ofelia, quedate tranquila, que vos vas a salir. Estás con los chicos”. Era un momento en que secuestrar niños era como un temón. No estaba pasando. No había pasado. Y le dijo “Vos vas a salir. Los chicos te van a salvar”. De hecho, salimos nosotras y mi vieja quedó. Con lo cual, me senté con mis hermanas y les dije que no iba a salir. Fue como muy terrible. Estábamos en el pozo de Quilmes y mi vieja no llegaba.
Fue un momento, más de miedo, en pensar “Uy, pobre mi tío Robi. Debe estar destruido con esto”. Fue lo primero que pensé. Y la mamá de Marito debe estar destruida con esto. Y Elba, la compañera del Turco. Oímos cuando los torturaban. Al Turco y al comandante Pedro. Y ahí supimos que estaban ellos ahí.
Nos sacaron. Nos llevaron al pozo de Quilmes. A los chicos y a las chicas. Y ahí empezó como una cosa muy rara. Hasta que se apareció Carlos Españadero, que dirigía evidentemente al grupo de tareas que nos había secuestrado. Yo lo conocí como el Mayor Peirano. Este se apareció como a las dos noches, en el pozo de Quilmes con mi vieja. Y fue tremendo ese encuentro con mi mami. De los momentos más hermosos que recuerdo en mi vida. En mi vida. Fue un momento así de mucha, mucha, mucha adrenalina. Fuerte, ¿no? De amor, ¿no?
DF: ¿Y cuánto los tienen ahí? ¿Cómo salen?
MS: Ahí estamos tres días. El nueve, el diez, el once salimos de ahí. El once salimos de ahí con mi vieja. Él nos viene a buscar y nos sube a su auto. Y nos lleva. Empezamos a buscar hoteles. Y los hoteles a los que llegaban le decían que no. Decía “Traigo a la familia Santucho” y le respondían “No, no, no”. Hasta que llegamos a un hotel en Flores donde aceptan.
Él le da guita a mi vieja. Le dice que el ejército le dijo “Sacame este problema de encima”. Y que él estaba pensando qué hacer con nosotros.
Este tipo, el Mayor Peirano, el que me interrogaba a mí en su despacho (o en lo que era un despacho, no lo sé. Muchos años después, para la Causa Puente 12 se hizo toda la reconstrucción del lugar y varios compañeros y compañeras y yo coincidíamos que éramos llevados a ese despacho, que estaba justo al lado de la sala de tortura, en lo que se descubrió después que no era Campo de Mayo, sino Puente 12), nos lleva a este hotel. Hay un par de eventos en el hotel. Hasta que el tipo un día viene, y mi vieja le dice “Mirá, estamos sin ropa. Necesitamos ir a buscar la ropa que quedó en la casa”. Y él le dice “mañana la vengo a buscar”. Mi vieja va con una de mis hermanas a la casa nuevamente de Morón. Que, por supuesto cuando llegan, se la encuentran hecha bosta. Con todas las paredes pintadas. Agarran un par de cosas. Mientras esto está ocurriendo en la casa de Morón donde fuimos secuestradas llegan los compañeros a rescatarnos al hotel de Flores.
Yéndose mi vieja, llegan las compañeras. Una era la tía del nene, de Esteban Abdón, una de las hermanas del Turco. Y otra compañera que se llama Inés Urdampilleta, que estaba en el frente de solidaridad del PRT, la madre de Silvia Urdampilleta. Una histórica del PRT que se había escapado de la cárcel del Buen Pastor y era la compañera, en ese momento, del flaco Carrizo.
Cuando llega nos dicen “Tenemos que irnos. Ustedes se van para la Embajada de Cuba. Un grupo de compañeros está ahí afuera en unos autos. Los suben a ustedes y se van para la Embajada de Cuba, y a Marito y Esteban se los lleva esta compañera, porque ellos van a salir por otro lado”. A Esteban se lo daban a la familia y Marito salía por la frontera. Esa era la idea. Ahí me dicen “Nos vamos”. Y yo le digo “No, yo no me voy. Mi mamá está con Peirano. Mi mamá está con Peirano no la voy a dejar después de todo esto”. Entonces me anotan la dirección de la Embajada. Y me dan guita para un taxi. 15 años…
Cuando vuelven mi vieja y una de mis hermanas acompañada por Peirano, abro la puerta de una de las dos habitaciones en las que estábamos, y se genera algo raro porque estaba yo sola. Cruzamos miradas con mi mami, muy imperceptible. Peirano pregunta por el resto de los chicos le respondo “estaban muy, muy inquietos, y la verdad que tengo mucho dolor de cabeza. Los mandé a la plaza”. Una plaza cerca ahí del hotel. La plaza de flores. “Los mandé a la plaza porque no podía más, estoy con mucho dolor de cabeza”. Españadero me dice “Bueno, yo hablé con tu mamá, mañana vienen unas personas porque los vamos a llevar a un lugar para hacerles pasaportes falsos. Los vamos a sacar de Argentina. Tengo un amigo en Estados Unidos y se van a quedar con ese amigo hasta que esto se calme”. Le respondí “Muy bien”. No le hablaba mucho. Se va, yo cierro la puerta y la encaro a mi vieja “Tenemos que irnos a la embajada de Cuba, mami”, y ella dice “¿Cómo a la embajada de Cuba? Nos van a matar”. Le dije “No sé, pero tenemos que intentar ir a la embajada de Cuba. Los compañeros se fueron hace una hora”. Y nos fuimos. Llegamos a la esquina. Con lo cual deduzco que no nos estaban chequeando. Claro, nosotros cometíamos errores, pero ellos también cometían errores. Por suerte. Subimos a un taxi. Fue una travesía muy loca, con rastrillos de la policía en el medio.
Llegamos a la embajada y los compañeros que iban con el resto de la tropa se habían perdido. O sea que llegamos juntos a la embajada. Y fue un momento, así como de película. Así, todos amontonados en la puerta. El compañero que sale, no me lo olvido nunca más, un negro así enorme, de lentes, nos dicen “No les puedo abrir la puerta. Perdónenme. Pero el embajador no está acá. Está en Cuba”. Y la compañera, la abuela Inés les decía “Por favor, ábranos. Es la familia Santucho. Nos van a matar. Nos van a matar”. Le decía ella. Y en eso, vemos que se acerca un tipo con una pinta de cana terrible. Pensamos que habíamos cagado. Se acerca y dice “Abre la puerta, chico”. Era un cubano, era un cana, pero cubano. jajaja Era el cónsul, por suerte.
Ahí un año. Fue una escuelita, la verdad. Una escuela previa. Una escuela durísima, además, porque todos los días caía gente que conocíamos. Y bueno, fue justo la caída del Roby, y de los compañeros y las compañeras, el 19 de julio, que para nosotros fue como un mazazo. Un mazazo. Un momento realmente duro. Muy duro. Porque era la sensación “Se acabó todo”.
DF: Tu papá muere antes, ¿no?
MS: Claro, mi viejo se va a la Compañía de Monte en mayo del 75, aproximadamente. Y solo una vez lo volvemos a ver, en el invierno de julio. Una anécdota curiosa, graciosa, simpática. Estábamos adentro en el mes de julio, con mucho frío. Teníamos poca guita. Fue un momento difícil ahí en el PRT. Teníamos muy poca guita y teníamos calefacción solo en una de las habitaciones. En una de las habitaciones nos metíamos todas en la cama matrimonial de mi vieja y veíamos televisión ahí. Nos poníamos a ver tele las cinco juntas. Y estábamos viendo una serie, el personaje era interpretado por la actriz Norma Aleandro y se llamaba Ofelia, como mi vieja. Todo el tiempo, en la serie, le decían “Ofelia”. Alguien la llamaba “Ofelia, Ofelia”. Todo era “Ofelia”, qué sé yo. Y de pronto, una de mis hermanas, no me acuerdo cuál, dijo “Che, están diciendo Ofelia y yo no veo a nadie en la televisión diciendo Ofelia”. Salimos a un comedor cocina donde había unos ventanales, abrimos así un poquito, y estaba mi viejo en la entrada. Era mi viejo el que gritaba Ofelia… Hermoso. Y salimos corriendo a abrirle. Fue la última vez que lo vimos. Flaquísimo. Bronceado del monte. Flaquísimo, flaquísimo. Y ahí fue hermoso. Fue la última vez que estuvimos juntos con mi vieja y mi viejo. No sabíamos qué hacer para mimarlo ¿Viste? Y lo matan en octubre a mi viejo. Igual nos enteramos muchos días después.
Fue como muy terrible no poder hacer el duelo. Y había que salir a la calle. Recuerdo haber tomado el colectivo con una de mis hermanas. Como todos los días hacíamos como que íbamos a la escuela, cuando en realidad viajábamos a la casa de mis abuelos en San Antonoi de Padua. A esto le llamábamos minuto, porque no habíamos podido matricularnos en la escuela, porque no teníamos documentos de identidad con otros nombres. Salíamos con guardapolvo y en el camino nos lo quitábamos. Y ese día tocaba ir a la escuela. Era un lunes. Salimos con mi hermana. Recuerdo que estoy en el colectivo, estaba parada, no me daba cuenta, mi hermana se había sentado. Había una señora que me pregunta “nena, te pasa algo, ¿por qué llorás?”. Estaba llorando sin darme cuenta. Era una cosa del cuerpo. Tremendo.
Primero pensamos que mi vieja iba a querer volver a Santiago. A mí, por lo menos eso, no lo podía soportar. No podía soportar que mi vieja pensara que pudiera volver a sostener una vida normal. Pobre, se la merecía. Se merecía tener una vida normal. Estuvimos días, en los que nos juntamos por la nochecita. Hablábamos entre nosotras. Recordábamos a mi viejo. Leíamos las cartitas que él me había mandado del monte. Tenía un montón de cartitas así en un montón de papelitos chiquititos, escritos con tinta limón. Que le pasaba la plancha después y aparecía la letra.
Hasta que un día nos avisaron los compañeros que iba a venir el Roby a vernos. Vino él solo. No sé si alguien lo trajo hasta la puerta. Se sentó con nosotras. Mi vieja le preguntaba todo el tiempo “¿pero estará vivo?”. Y ahí el Roby le respondió “no, no lo agarraron vivo”. Nos dijo que ese día por la tarde noche, pasearon los cuerpos de él y de Manolo Negrín, todos acribillados. Los pasearon por todo el pueblo para que la gente lo viera como escarmiento. Y sabemos que es él por la ropa que tenía. Porque él salió del campamento y el Roby fue la última persona que lo vio. Después eso también nos contó Pedregosa. Humberto Pedregosa nos contó un día que lo fuimos a ver, nos acompañó al monte. Estábamos con Marito, con Flor, con Naty. Nos contó que ese día, mi viejo fue a despedirse del Robi, y que se quedaron ellos tomando mate en el campamento. Al rato escucharon los disparos. Que Pedregosa le dijo “tranquilo, tranquilo, sonó por allá”, y el Robi le dijo “no, no, sonó por allá. Por donde fueron ellos”. Al poco tiempo encuentran el campamento. Estos mismos dueños de la finca donde lo matan a mi viejo, eran colaboradores del PRT. No hay certeza de que ellos hayan cantado nada, pero queda una nebulosa. Igual, están desaparecidos. Al poco tiempo llegan al campamento. Había una sospecha de que hayan entregado, a cambio de su propia vida. A ellos se los llevan. La noche que lo matan a mi viejo, el ejército está adentro de la casa. Lo estaban esperando. Hay un sobrino de ellos de visita en la casa esa noche. Esa madrugada que lo matan a mi viejo y a Manolo, Manuel Negrín. Hay un sobrino que cuando lo empiezan a golpear, el chico se asusta por supuesto, y le dice “yo vi una vez un hombre blanco, de ojos verdes que no es de la zona”. Que era mi viejo, que era el contacto de ellos, los dueños de la finca. Y los esperan. Con tanta mala suerte que el 8 baja mi viejo, el 8 de octubre. Y ahí los acribillan en el patio. Después, hablé con uno de los hermanos sobrevivientes, y me describió la misma ropa que me describió el Robi. Después, mucho tiempo después, pude hablar con una persona que recibió el cuerpo de mi viejo, en la escuelita de Famaillá. Un tipo al que llegamos por mi primo Luis Santucho. Fuimos a verlo a las termas y el tipo me contó, me dijo todo. No había dudas que había sido mi viejo al que habían matado.
Y esa charla con el Roby fue hermosa porque él le dijo a mi vieja, que la conocía mucho, “Ofelia, vengo a decirte que apoyo lo que vos quieras hacer. Querés ir a Santiago. Te querés ir de Argentina. Lo que vos quieras hacer”. Ella le dijo “quiero quedarme a acompañar a las chicas, que quieren seguir la historia de su papá”. En realidad, hablaba por mí, porque mis hermanas eran más chicas. Fue un momento tremendo para mí. Mi mamá dejó de ser esa señora que quería volver a Santiago a preservar su tranquilidad. Cambió mi mirada sobre ella.
DF: justo te quería preguntar sobre ese tema. Mucho se habla de “los” Santucho. El Robi, Asdrúbal, pero poco se habla de las mujeres Santucho. De su rol protagónico como militantes.
MS: Creo que hay una gran influencia en la familia de las mujeres de esos años. Se caracterizaron por ser fuertes y amorosas a la vez. Por ejemplo, mis ídolas en mi familia son mi tía Manuela, mis primas, María del Valle (Coty), Mercedes (Merce), Cristina, Gilda, mi vieja, Graciela, todas ellas de una u otra forma abrazaron la lucha. Después mi abuela. Todos esos hijos que le arrancaron. Una tía, que se habla poco de ella, Blanca Rina, la tía Pori, que acompañó un montón a mis abuelos, que acompañó un montón la búsqueda de sus hermanos. No se habla por eso, porque es una sociedad patriarcal. Pero para mí, las ídolas de toda esta historia son ellas. Tengo un recuerdo de mi tía Manuela, de Cristina, de militancia, de entrega, en medio de todo. Los recuerdos que me acercó a mí Adriana Calvo de Manuela Santucho, de Cristina Navajas y Alicia Dambra, cuando ella llega al Pozo de Banfield, cómo la sostuvieron. No le mencionaron jamás el nacimiento de Daniel. Cristina no le mencionó ese nacimiento, sólo para protegerla a ella, pues Adriana acababa de tener a Teresa. Eso habla de mujeres profundamente fuertes. Mucha fortaleza. La verdad que tengo a mis tías y a mis primas, y a mi vieja, en un lugar súper especial. Mi vieja, sin tener conciencia de militancia, sin haber militado nunca, en ninguna organización revolucionaria. Pudiendo haber decidido… porque parte de nuestra familia que se quedó en Santiago. Podía haberle dicho a mi viejo, “no”. Y dio ese gran paso de acompañar a mi viejo y a nostras. Un gran amigo, Eduardo Walger, director de cine, iba a hacer una película con esta historia y se murió de cáncer lamentablemente. Pero él me decía “Yo quiero hacer esa película. Porque tiene final feliz. Porque ustedes se fueron a Cuba. Y no hay mejor final feliz que eso”. Yo también creo que no hay mejor final feliz para esa historia.
DF: una de las cosas que te quería preguntar es sobre cómo fue justamente vivir en Cuba, que era el ideal de la revolución. Pasaste 40 años allí. ¿Cómo fue tu experiencia de vivir en ese lugar? Porque, en definitiva, el objetivo por el cual luchó tu familia era el de llegar a esa revolución…
MS: Sí, justamente hace unos cuantos años, no sé, 15 años creo, me dieron en Cuba una distinción que se le da a los trabajadores de la cultura. Yo fui funcionaria del Ministerio de Cultura, por el trabajo del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau que cree junto al poeta Víctor Casaus. Por gestión de Víctor justamente el Ministerio de Cultura me otorgó la orden importante por La Cultura Nacional. En el acto de entrega dije que tenía que agradecerle a Cuba muchas cosas, pero, sobre todo, que me hubiera permitido no tener resentimiento con una historia, con una lucha que me quitó tantas cosas. Porque Cuba me permitió saber, descubrir y disfrutar de que efectivamente es hermoso hacer la Revolución. Porque uno puede construir una revolución si uno quiere construir una sociedad así. Cuba me devolvió eso. No tengo resentimiento, no tengo enojo. Los enojos que tengo hoy con lo que se vive en Cuba no pasan por ahí. Ese agradecimiento hacia Cuba está intacto. Me enojo con los que no lograron sostener un proceso y un proyecto tan extraordinario, eso es lo que me enoja. Y me digo “bueno, uno sacrifica a gente que queda en el camino, pero es hermoso hacerlo y es posible hacerlo”. Cuba me devolvió eso. Me van a enterrar con ese pensamiento y estoy tratando de transmitírselo a mis hijas y nietos. Cuba me dio la posibilidad de seguir creyendo en la revolución, eso me pasó. Un montón. Y todos los días trato de hacer una devolución a eso. Porque no todos los días, no todos los exiliados, no todos los hijos de compañeros caídos en la lucha terminaron en Cuba. Siento que para mí fue hermoso haber terminado en Cuba. Haber vivido toda mi vida en Cuba. Viví más tiempo allá que acá, y mi alma es cubana. Me pasa todo el tiempo que la gente me dice “estás hablando en cubano”. Yo les digo que no, y me dicen “sí, estás hablando en cubano”. Pero porque está en mí, ya es parte de mi ADN.
DF: Se están por cumplir 50 años de la caída de la dirección del PRT, de la captura y asesinato del Robi. Mucho me has contado ya, pero la pregunta que te dejo es la siguiente ¿Qué crees vos que puede decirle a las nuevas experiencias militantes emancipatorias actuales, la experiencia de esa generación, de esa militancia y de la organización que construyeron, el PRT en este caso, más allá de los cambios de tiempos, de las subjetividades? ¿Qué pensás que es necesario e importante recuperar? ¿Qué conexiones?
MS: Sería importante decir que esa lucha sigue hoy de alguna manera. Siento que sigue en algunos sectores del pensamiento de izquierda, del progresismo, en sectores que militan la vida y el compromiso. Desde espacios que pueden parecer pequeños, pero no lo son. Yo estoy muy cerca de personas muy importantes para mí desde hace algunos años, desde que comencé a volver en 1986. Las puedo mencionar: Florencia Lance, Diego Sztulwark, Nati Fontana, Liliana Herrero, Raly Barrionuevo, Tere Laborde, mis hermanas y hermanos de la Comisión Vesubio-Puente 12, Pablo Llonto, mis primos Mario Santucho, Miguel el Tano Santucho, Diego Genodu, Luis Santucho, Francisco Santucho, por solo nombrar algunos. Yo encuentro en ese intercambio una fuerza que a mí me viene desde antes, siento que hay una mirada y una forma de pensar que a mí me interpela. Gente así, muy interesada en pensar las cosas sin esquemas. Allí encuentro charlas y debates sobre las luchas de los años 70 con una mirada más compleja, menos conservadora, menos complaciente y más profunda. Porque yo siento que hay cosas que me gustaría discutir, hablar. Me parece que de lo épico se ha hablado mucho. Hablemos de lo que no hemos hablado y eso nos va a permitir hoy construir espacios mucho más ricos en los cuales escuchemos un poco más. Sobre todo a las nuevas generaciones que vienen diciendo otras cosas. Que no pensemos que las cosas ya están terminadas, pues no están terminadas. Me parece que hay que darle un giro a todo esto. Me parece que hay que colocar la historia, la memoria y el presente sacarlo de la cancha donde se está jugando. No me gusta la cancha donde se está jugando. No me gusta cómo se está jugando. Porque sigue siendo una mirada complaciente. El enemigo es el enemigo y siempre va a ser el enemigo. Siempre va a ser un animal feroz y siempre nos va a querer devorar. Tengo ganas de colocar la militancia en otros espacios, y con otra mirada u otras miradas. Escuchar y reflexionar con mas hondura y haciéndonos cargo de ciertas responsabilidades que no terminamos de asumir. Paremos de darnos palmaditas y de llorar, y de abrazarnos. Creo que todo eso está muy bien, pero hay que, con amor y escuchándonos, buscar nuevos caminos, nuevos espacios, nuevas salidas a los tiempos tan adversos que vivimos. Eso pienso.
* El “Oso” Ranier se infiltró en sector de logística del PRT-ERP entre 1974 y 1976. Como colaborador del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), fue el responsable de brindar información clave en la emboscada que las FF.AA. llevan a cabo durante el asalto al cuartel de Arsenales Domingo Viejo Bueno, en Monte Chingolo, el 23 de diciembre de 1975. Tras ser sometido a juicio revolucionario, Ranier fue ejecutado en enero de 1976.