El chirrido de las amoladoras cortando hierro siempre fue un sonido desagradable que terminaba volviéndose tolerable por lo abrumador de su cotidianidad. Todo sigue sonando igual, mientras se discute abstractamente -en argentina y en partes de europa- sobre «si argentina es o no racista». Solo alcanza con caminar por acá, sentir estos ruidos y olores, para responder esa pregunta.
La herrería es un oficio muy apreciado en las villas de esta ciudad. El hierro es sinónimo de conquista, ya que, a través de sus esqueléticas formas o de su simbólica fortaleza, se forjaba la ilusión del progreso. Una reja es necesaria para todas las casas y departamentos de la villa porque, más allá de la protección, implica la declaración de una acumulación de capital que permite su colocación y, al mismo tiempo, la declaración del cuidado sobre lo propio. También es moneda de cambio: los fierros tienen un valor inconmensurable en la construcción socioeconómica de un barrio en constante mutación. Son huesos dispuestos para la musculatura que somos nosotros. Por tal motivo, es muy probable que en cada casa exista una amoladora, herramienta primordial para el oficio herrero. Siempre ahí, siempre dispuesta para conquistar.
Los comercios y emprendimientos del habitante del gueto generalmente giran en torno a sus arterias principales. Es como si todas esas casas de pisos incontables hacia el cielo, en realidad, en vez de mirar a este, estuvieran dispuestas e inclinadas hacia las avenidas, casi como si desde un quinto piso uno viviera intencionalmente con la adrenalina de caerse.
Riestra, la avenida que surca la 1-11-14, por las noches, una vez terminados los horarios laborales, se satura de gente y de vida. Allí, dispuestos sobre sus no-veredas, se despliegan los diferentes negocios: desde locales gastronómicos hasta gimnasios y algún que otro bar cueva. La disposición del espacio forja entonces un caos, un caos que, en mi consideración, es aspirable. Es una especie de mutación de feria latinoamericana fusionada con una amorfa organización edilicia. Si entrás con un auto a través de esa avenida y no la conocés, es probable que no distingas dónde empieza un negocio y dónde una casa. Lo que sucede es que los negocios son una continuidad de estas. Tu vereda es tu gobierno y sobre ella es donde se conquista el espacio para el mercado. Los hierros son las estructuras que le dan continuidad, en los metros correspondientes a tu casa, a la fundación del negocio elegido. Siempre me pregunté si este modo de construcción tenía algún tipo de relación con la plena conciencia de la nula propiedad real del territorio que uno ocupa: tan precario, tan fácil de desmantelar, tan endeble.
Creo que la respuesta a esto la vi obscenamente en la comprensión ultrarrealista y efectiva del Gobierno de la Ciudad.
Hoy, miércoles 22 de julio, esos chirridos de amoladoras aumentaron sus decibeles, sobre todo en horarios que no eran los habituales. Pasadas las 17 horas, el gueto se vio cercado por fuerzas de seguridad, agentes de tránsito y fiscalizadores gubernamentales. Grúas y largos camiones ocuparon la avenida Riestra. Dentro de ellos había topadoras y vehículos destinados al desmantelamiento de estructuras edilicias. Solo que esta vez su función no sería esa.
Los agentes de seguridad y los funcionarios comenzaron a anunciarles a las primeras casas y negocios que todo aquello que ocupara algún centímetro de más sobre esas veredas corroídas por el agua de cloaca, construidas por los propios vecinos, sin baldosas y de alturas diversas, sería desalojado. Inmediatamente, de los camiones preparados para el operativo bajaron modernas y enormes amoladoras, con las que comenzaron a cortar los hierros de los negocios.
No pasaron ni cinco minutos antes de que los propios herreros del barrio se vieran abrumados por el trabajo correspondiente. Cada negocio de las cuadras siguientes, atento a la eventualidad, contrató a un herrero o ejerció por sí mismo el oficio y comenzó a desmantelar, en paralelo a los agentes del Gobierno, sus propias estructuras.
¿Por qué? Simple: si lograban ganar esa carrera de chispas metálicas, todavía podían recuperar parte de una inversión y rescatar, además, todo aquello que guardaban dentro de esos negocios.
Era una imagen extraña: ver quién era más hábil para destruir una estructura esquelética. Quizá aquellos que, a pesar de contar con herramientas menos ostentosas, habían levantado esas estructuras con sus propias manos fueran más rápidos. Se sabe dónde cortar y cómo hacerlo cuando uno mismo construyó aquello que ahora debe destruir.
Sin embargo, lo que más me llamaba la atención, incluso dentro de mi resignación, era hasta qué punto somos capaces de comprender, sin indignación, la realidad de nuestro mundo y de nuestro espacio. No hubo una revuelta. No hubo un reclamo. No hubo una conjura comunitaria de resistencia. Lo primero en lo que se pensó fue en el rescate mínimo de lo propio, de aquello que tanto había costado construir.
Sumado a eso, había algo implícito: el recuerdo de la no ciudadanía. No somos dueños. No somos propietarios. Y, más allá de un título de propiedad, tampoco lo somos porque estamos designados como cuerpos explotables según la coyuntura que corresponda, una coyuntura que nunca nos pertenece.
Es decir, en este momento preciso, después de haber festejado triunfos ajenos en un Mundial en el que nuestros idiomas quizás no estaban completamente representados y en el que nuestra exigencia de pertenencia no era más que acompañar los gritos y la imagen de una Argentina receptiva, se nos recuerda que no somos más que extranjeros en tierra ajena. También ese es el disciplinamiento regular: recordarnos hasta dónde nuestra espacialidad nos moldea. Según el espacio que podemos expandir o contraer, tenemos menos o más derechos.
También encuentro la sorna de sabernos un capital consumible para un «afuera». Es decir, esta misma medida, tan efectiva en lo afectivo y en lo ciudadano para nosotros, también lo es para quienes observan nuestros cuerpos. Para quienes consideran este territorio como algo que puede destruirse o desecharse; para esos gobiernos que entienden que la seguridad es el capital político de la época, acompañada por el racismo y la xenofobia profundos de este país en este momento particular; también para quienes, frente a este fenómeno de las «ultraderechas» y su competencia por demostrar quién dispara más, sobreteorizan y discuten soluciones urbanas. Esos debates parten de dar por entendido que aquello que es afectado, que esos cuerpos que constituyen el núcleo del conflicto, no son más que la carne que padece, mientras que quienes están designados para encontrar soluciones son la mente que piensa sobre ellos. De izquierdas y de derechas.
Afecta profundamente ver cómo la resignación ni siquiera ocupa una temporalidad mínima. No hay espacio para la vulnerabilidad. Uno no se detiene a pensar en ese momento, pero resulta profundamente conmovedor que quien construyó con sus propias manos su negocio, su fuente de ingresos, sea también quien se vea obligado a destruirlo, a cortarlo. Guardar los fierros para venderlos, para reconvertirlos en alguna otra cosa que ya no nos pertenecerá. Uno ni siquiera discute la legalidad o la jurisprudencia, porque no nos pertenecen; apenas nos corresponden las migajas que nos dejan. Dar por sentado que el propio territorio y el propio cuerpo no le pertenecen a uno. Ese recuerdo permanente de que quien vive allí no es más que eso, aun con cierta pretensión de no serlo.
«Tormenta Negra» y sus réplicas no son más que una gran respuesta a una discusión político-afectiva abandonada hace demasiado tiempo: la vivienda y el espacio como centro de las posibilidades. El reclamo por el significado de una urbanización y por la aspiración de una casa como determinación política central de toda discusión sobre la inclusión.
Estas derechas tienen sus formas y sus capacidades, pero, sobre todo, no tienen temor de hacerse cargo de estas discusiones de un modo serio, por fuera de lo teórico. Horrible y cruel es ver cómo entienden y comprenden, de manera casi quirúrgica, dónde y cómo golpear.
¿Alcanza acaso con la exposición de esto? ¿Este texto funciona más allá del simple testimonio de un vecino del lugar? ¿Es justo depositar estas discusiones en un afuera después de haber actuado únicamente como testigo de la crueldad?