Peter Thiel, Saruman y la nueva banalidad del mal // Enzo Messina

I

Palantir no fabrica armas, produce la mirada que las dirige. Su arquitectura de software funciona como un sistema nervioso central que integra océanos de datos dispersos (registros financieros, comunicaciones, movimientos geográficos, redes de relaciones) para hacer emerger patrones de sospecha allí donde solo había ruido. Es la alquimia de la vigilancia: la transformación de la información bruta en objetivos accionables. No es una base de datos; es una ontología operativa que decide qué fragmentos de la realidad merecen ser observados y, por extensión, cuáles deben ser intervenidos por la fuerza del Estado. Peter Thiel llegó a Buenos Aires en abril de 2026 sin declaraciones públicas ni agenda oficial, esto no es discreción: es coherencia. Cofundador de Palantir junto con Alexander Karp no necesita el protocolo porque su movimiento no es diplomático sino financiero y ontológico. Almorzó con Santiago Caputo, cenó en casa de Sturzenegger con IA y energía como temas de mesa, y hoy se reunió con Milei. Esto sucede casi en simultáneo con la publicación, en la cuenta oficial de Palantir de «The Technological Republic, in brief» —veintidós puntos que resumen la visión tecnopolítica de Karp— y Caputo lo reposteó ante su audiencia argentina. No hubo necesidad de anunciar nada: el palantír no llega con fanfarria. Llega cuando ya el campo está organizado para recibirlo. II Alexander Karp nombró su empresa con el nombre de las piedras videntes de Tolkien. No lo hizo con ironía. Lo hizo con la precisión de alguien que había leído los libros y entendido de qué lado estaba parado. El palantír no es un instrumento neutro: en la novela, Sauron captura uno y lo usa para corromper a todo aquel que mire en los otros. Karp tiene un doctorado en teoría social. Leyó a Foucault. Conoce la genealogía del poder disciplinario. Y eligió ese nombre. Pero Karp no es Sauron, es más bien Saruman. Saruman no es el mal bruto. Es el mago que estudió el poder oscuro, lo comprendió en profundidad, y concluyó que la única posición racional era una alianza estratégica con él. No fue capturado por la ignorancia sino por la sofisticación. Su error no fue no leer —leyó todo— sino creer que comprender una lógica equivale a poder usarla sin ser usado por ella. El discurso de Karp en el Summit de Andreessen Horowitz es un discurso sarumánico en estado puro: «si no cooperan con el ejército, el gobierno va a nacionalizar su tecnología.» No es una amenaza. Es una descripción. «No soy una advertencia. Soy un narrador.» La inteligencia como coartada, la claridad analítica como forma de impunidad. OpenAI avanzó hacia acuerdos directos con el aparato de defensa estadounidense y eliminó la cláusula que prohibía de modo explícito usos militares y bélicos en sus políticas de 2024; desde entonces, la cooperación se fue formalizando en contratos y programas de seguridad nacionaI, lo que requirió la eliminación silenciosa de la cláusula que prohibía explícitamente el uso de su tecnología para «fines militares y bélicos». La genealogía de esta captura exige una actualización de la banalidad del mal. Ya no es el funcionario gris de Arendt que alega el cumplimiento del deber para no pensar; es el CEO hiper-consciente que alega la comprensión de la estructura para no decidir. La nueva banalidad no nace de la ausencia de pensamiento, sino de un pensamiento que se ha vuelto puramente algorítmico: si la variable de la fuerza ya está echada, oponerse es una ineficiencia. El mal hoy no se esconde en la sombra de un despacho, se muestra en el brillo de un tablero que muestra el despliegue inevitable de los acontecimientos. Cuando Karp dice «no soy una advertencia, soy un narrador», está ejecutando la versión contemporánea de la renuncia a la ética frente a la lógica del poder: el mal ya no es una elección, es un dato de la realidad que simplemente se gestiona con eficiencia técnica. Altman no es Saruman. Altman forjó el anillo. El anillo no fue creado para dominar a su forjador —fue creado como promesa, como instrumento que otros desearían. La carta fundacional de OpenAI decía que la organización existía para beneficiar a la humanidad. Esa carta sigue en el sitio web. El contrato con el Pentágono también está en el sitio web. Ocupan el mismo dominio. Esto no es contradicción: es la estructura misma del anillo. “La carta es el marketing. El contrato es el producto”. Y el anillo siempre termina siendo más fuerte que la voluntad de quien lo porta. III Spinoza planteo algo por el estilo en el siglo XVIl: No es violencia lo que captura la multitud, sino la superstición: la proyección de sentido allí donde solo hay cálculo de fuerzas, la ilusión de agencia allí donde el campo ya está organizado de antemano. Karp no necesita convencer a nadie. Solo necesita describir el proceso con suficiente calma para que la descripción parezca inevitable. Y la inevitabilidad es la forma más eficaz de poder (potestas): no prohíbe, no reprime, simplemente hace impensable la alternativa, disminuye la potencia de actuar (potentia). Doscientas mil personas firmaron una petición pidiendo a OpenAI que honrara su carta fundacional. La petición es el gesto de quien todavía cree que el anillo puede ser devuelto voluntariamente. Tolkien sabía que no. Spinoza también: no hay libertad en la multiplicación de gestos simbólicos, sino en la comprensión de las causas que organizan el deseo antes de que el pensamiento pueda ejercerse. El campo del AI militar no espera deliberación ética. Acelera a través de las objeciones. La velocidad era el mensaje. La velocidad siempre es el mensaje. Saruman/Karp tiene doctorado en teoría social, empresa valuada en doscientos cuarenta y nueve mil millones de dólares, y la claridad suficiente para decir en voz alta lo que otros solo hacen. Eso no lo vuelve honesto. Lo vuelve más peligroso: la confesión total como escudo, la transparencia como otra forma de captura. La designación de Anthropic como «riesgo de cadena de suministro» es el veredicto. No sobre una empresa, sino sobre la deliberación ética como tal. En julio de 2025, Anthropic había firmado un contrato con el Pentágono que hacía de Claude el primer modelo de inteligencia artificial aprobado para redes clasificadas. El acuerdo incluía dos salvaguardas explícitas: prohibición de uso para vigilancia masiva doméstica y para armas autónomas sin control humano. El Pentágono las aceptó. Ocho meses después, exigió eliminarlas. Cuando Anthropic se negó, Hegseth fijó un ultimátum para las 5:01 pm del 27 de febrero. A las 5:02, el proceso ya estaba en marcha. No fue tratada como un objetor de conciencia sino como un componente defectuoso. En este nuevo orden, la ética es una fricción técnica, un bug en el flujo de la potencia que el complejo militar-tecnológico ya no está dispuesto a tolerar. Altman anunció que el acuerdo de OpenAI contenía las mismas dos salvaguardas que Anthropic había exigido. La diferencia: no estaban en el contrato, estaban «incorporadas de otro modo». El anillo tiene las mismas inscripciones. Escritas en letra más pequeña. IV En la era del nuevo anillo, presentar oposición es un error de suministro; la única «ética» permitida es la transparencia de quien, como Saruman, ha decidido que la única forma de libertad es la identificación absoluta con la fuerza que lo consume. «The Technological Republic, in brief» —los veintidós puntos con que Karp resumió su visión tecnopolítica, amplificados por Caputo ante su audiencia argentina— es ese gesto en estado puro: la doctrina que no se oculta porque ya no necesita ocultarse, que se difunde precisamente porque su difusión es otra forma de captura. La visita de Thiel no es un episodio lateral al argumento: es su verificación en tiempo real. Si Karp es Saruman —el intelectual que estudió el poder oscuro y concluyó que la única posición racional era aliarse con él— Thiel es algo anterior y más silencioso: el que comprendió, antes que nadie, que el poder oscuro ya no necesitaba un nombre oscuro. Necesitaba una startup, una valuación de mercado y una metáfora tolkieniana lo suficientemente sofisticada como para que la confesión funcionara como escudo. No corrompe desde afuera. Corrompe precisamente a quien lo mira convencido de que lo controla. Que Buenos Aires sea hoy uno de los laboratorios de esta alianza entre tecno-libertarismo e instituciones de Estado no es una coincidencia geopolítica: es la lógica del palantír expandiéndose hacia territorios donde la potencia colectiva todavía no ha elaborado sus causas. Spinoza llamaba superstición a esa captura: no la que prohíbe ni reprime, sino la que hace impensable la alternativa antes de que el pensamiento pueda ejercerse. Por eso, como en el libro, lo que se requiere no es una refutación sino una comunidad heterogénea capaz de viajar al corazón del monte destino sin ceder a la descomposición de un poder que se ofrece, siempre, como descripción inevitable de la realidad.

*Inspirado por la visita de Peter Thiel a la Argentina y por el tweet de Peter Girnus publicado el 04/03/26. Peter Girnus es especialista en seguridad informática y evaluación de amenazas. https://x.com/i/status/2029195870369898845

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