1. El 18 de noviembre de 2024, un día después de que un performer mileísta anunció en un acto de escenografía fascistoide la constitución su agrupación (“Fuerzas del cielo”) como brazo armado de la “nueva” derecha”, el filósofo Luis García hizo referencia al “fascismo cosplay”: una apropiación por parte de la “nueva” derecha de la “mascarada travesti” y de su enorme “potencia camaleónica”. El fascismo cosplay, dice García, incorpora una movilidad y una flexibilidad que el fascismo histórico rechazaba.
El cosplay es el modo de superar la “rigidez y estereotipia” que convirtió al fascismo en objeto de “parodia” (como ya vimos, por ejemplo, en “El gran dictador” de Chaplin). La autoparodia voluntaria le permite al fascista cosplay obtener un “mayor dominio sobre el campo de efectos de su performance”. El efecto de esta acción de “imitación” de sí introduce redundancia que le quita una credibilidad lineal: nadie “cree” que los jóvenes fascistas cosplay que participaron de aquel acto sean “realmente” fascistas. El carácter “pantomímico” y provocador de la actuación parece relevarlos de toda responsabilidad sobre los efectos de sus actos. García advierte que “el devenir travesti del fascismo es su estrategia más deslumbrante y genial”, la que le permite ingresar “en nuestro mundo pluralista y escéptico, fluido y veloz”. La autoparodia del fascista nos avisa, entre chascarrillos, que la cosa puede ir en serio.
Cité y cité este posteo de García en diferentes conversaciones públicas. Hasta que un día recibí un mensaje suyo que decía: ¿“pero no es lo único que escribí, por qué citas sólo eso”?
Fue su modo de avisarme: mira que acá hay en preparación un libro.
- Tiempo después, tenemos con nosotros el libro en cuestión. ¿Qué agregan el resto de los argumentos a esta idea fascinante según la cual el Fascismo –lo viejo– solo pude presentarse ante nuestros ojos a condición de hacerse “nuevo”, vía “cosplay”?
A mi modo de ver, lo que el libro agrega no es un simple protocolo interpretativo del tipo “no se puede leer lo nuevo desde lo viejo” (Sabemos: fascismo tiene algo de eterno). No hay subjetividad activa sin herencia. La cuestión parece ser más bien esta otra: ¿qué hacer ante el neofascismo cuando lo que entendemos por “nuevo” conlleva un tipo de perturbación cognitiva que no permite elaborar en tiempo real el modo en que se constituye el “ahora” de esta novedad?
Fascismo cosplay ofrece un criterio: si lo nuevo es nuevo no es tanto por su mero ser actual, como por el hecho de que su actualidad es anuncio y anticipo de un futuro. Lo nuevo es nuevo si se presenta como señal de una tendencia en realización. Este modo de pensar supone una transformación en los modos mismos de nuestro pensar. Quiero decir: si antaño identificábamos la novedad –y al pensamiento mismo– con la acción capaz de descompletar el mundo (de cuestionar lo dado como inmutable), es decir, si imaginábamos la novedad como producción de una inconsistencia y, por tanto, de una percepción de inacabamiento, es porque concebíamos el porvenir como indeterminación como un camino no trazado, un proceso de creación. Si ahora afirmamos –con Luis Ignacio– que lo nuevo, por el contrario, lo es en tanto que lo que se nos aparece, (pongamos: Lilia Lemoine y su sonrisa terraplanista) lo hace como fragmento de un futuro indetenible y como signo de despliegue de una temporalidad irrefrenable, entonces, cabría preguntar si los que hemos cambiado somos nosotrxs (que ya no confiamos en la secuencia de acción que descompleta, en la voluntad de crear). O, para seguir fiel al libro: cae sobre nosotrxs la exigencia de cambiar aún más (pues, para disputar lo nuevo debemos actuar de modo tal que nuestra voluntad de crear sea capaz de instituir una tendencia temporal futura de la cual nosotros seamos, a su vez, anunciadores!).
3.El libro acude –en este sentido es clásicamente un ensayo– en auxilio de lo que no se comprende. No es que haya algo en este presente que no se pueda entender. Al contrario! Pero es que comprender es otra cosa que entender. Digo, entender alude a una dimensión lógica, mientras que comprender remite a otra cosa, a algo más: requiere de una implicancia subjetiva. Atendiendo a esa distinción, un poco esquemática pero que permite avanzar, creo que se puede decir lo siguiente: nuestro presente político –pues, de eso más que de ninguna otra cosa se trata el libro– resulta fácil y enteramente legible desde el punto de vista del entendimiento (es decir, desde las variables que la economía y la ciencia política, la estadística, la encuestología, la sociología de los intereses, y la elucidación programática). Como cualquier otro presente, se deja describir con cuadros y cifras de las hablamos a diario. Pero desde el punto de vista de su comprensión –es decir, de nuestra capacidad para compartir sentidos– chocamos con un obstáculo casi insuperable (el hecho de que mileísmo sea expresión a la vez de una mutación cultural, de un rechazo político y de una derrota de horizontes). Ese obstáculo es, precisamente, el que amenaza con dejarnos del lado de lo “viejo”, de lo que no logra fluir. Como si fuéramos nosotrxs, lectores, lectores bloqueados, los que quedamos varados a la vera misma del sentido, es decir, sin saber articular de modo práctico afectos con expectativas. El fascismo cosplay podría cantarnos: “el futuro ya llegó”.
4. Como el protagonista de una vieja película, “el día de la marmota”, que cae en un tiempo de pura repetición porque no encuentra nada en el tiempo indiferente que le permita crear un pasaje a otro tiempo, los sujetos anclados en torno a la “derrota” no encuentran el modo de colocar el pasado en el futuro. Porque para hacer del pasado un futuro resulta indispensable hallar las conexiones que permitan vivir lo sucedido no como inercia sino como irrealizado. Sin asumir su condición irredenta, el pasado no se coloca como porvenir. Sin esa conexión, por tanto, toda creencia permanece como esperanza. Y en la esperanza no sabemos cómo superar la dispersión material del querer. Si la esperanza olvida un pasado de rebelión irresuelta, la melancolía, su otra cara, queda fijada en él. Creo que podríamos decirlo así: ellos –los “enemigos”– poseen los medios técnicos para fijarnos a nuestra dispersión. Pero nosotros tenemos –casi siempre sin saberlo– los retazos de temporalidades en base a los cuales podrían surgir reanudaciones imprevistas. Ellos: la técnica articulada al capital. Nosotrxs: la desconexión que aún no se sobrepone.
5. Hago una Pausa.
Mientras suelto la escritura para respirar me llegan noticias de una encíclica del nuevo Papa. En ella se lee que la técnica «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza»; que las IA modernas están «más ‘cultivadas’ que ‘construidas'», pues los desarrolladores no diseñan cada detalle, sino una arquitectura sobre la cual la IA «crece». Y que, en consecuencia, «los aspectos científicos fundamentales —como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas— siguen siendo desconocidos”. Que la IA no vive experiencia, no tiene cuerpo, no conoce el amor ni el trabajo ni la responsabilidad, no tiene conciencia moral. Que IA puede simular empatía o comprensión, pero no conoce lo que produce. Que el riesgo de la IA de compañía no es tanto creer que hablas con una persona sino perder el deseo mismo de buscar realmente al otro». «Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia”. Me sorprenden algunas correspondencias entre esta crítica del Vaticano a IA y lo que tratamos de pensar sobre el tiempo histórico con fascismo cosplay.
Fin de la pausa.
6. Fascismo cosplay es un libro sobre los modos de leer. Luis Ignacio García piensa mucho en eso. De hecho, el libro surge como un experimento sobre los modos de escribir atormentados por la condición actual de la lectura. Un libro que surge de una insistente escritura en IG y, por tanto, consciente de estar pensando dentro de los formatos tecnológicos que operan dispersando ciertos modos de lectura. Queriendo hacer filosofía, Luis Ignacio se topa con que es necesario pensar prácticamente, en confrontación con los formatos que se supone que la impiden. Fascismo cosplay confía más de lo que parece, por tanto, en nuestros modos de leer y escribir. De otro modo le hubiese temido a las redes sociales (o hubiera constatado su esterilidad). Y no se hubiera aventurado a reflexionar sobre esos modos, eminentemente analógicos, en dichas plataformas. ¿Y cuáles son esos modos por así llamarlos clásicos de lectura crítica? Buscar puntos firmes en aquello que sí se comprende –con los viejos recursos: libros, artículos, conversaciones–, sabiendo que el objeto de comprensión demanda ajustes, críticas, nuevos usos, confrontaciones polémicas; luego leer las zonas confusas, contradictorias y turbias del presente desde esas otras zonas de sentido intelectualmente conquistadas. Creo que a este modo, le son propias algunas advertencias metodológicas: evitar la fascinación de lo fascinante (propia del fascismo), el fetichismo de lo que triunfa visualmente; y declarar una enemistad explicita que sacuda al pensamiento y lo ponga en guerra, como único modo de no sucumbir en el contacto con la materia incandescente de un presente a todas luces peligroso.
Supongo que es ahí donde hay que ubicar la mención a Beatriz Sarlo, como exponente de una generación que por razones más o menos obvias no es la nuestra. Generación que, si bien asocio a otros nombres, vuelve sobre nosotrxs de un modo ambiguo: los requerimos para librar combates que nos exceden y a la vez eximimos porque no nos gustaría verlos extraviados en ellos. Las citas de Sarlo consisten, en todo caso –más que nada– en evocar esos modos de leer. En acercarlos a estas plataformas en las que imaginamos que sólo los “enemigos” saben actuar. Y es ahí, en este cruce, que aparece el contraste mayor, la idea de que el mileísmo, siendo un fenómeno pretendidamente lector, es un “bovarismo”. Lo mismo, exactamente, dice Juan José Becerra en su reciente libro Milei fenómeno verbal. Milei como un modelo de lectura incapaz de sobreponerse a su propio monólogo interior. Como un lector histérico de sí mismo, es incapaz de moderar su puerilidad tanto cuando se exaspera contra sus “enemigos” como cuando se somete “mimoso” (para decirlo con Miriam Bregman) con sus amos. De hecho, su modo de leer no llega a ser del todo una lectura. Es más bien una predicación sobre un futuro predeterminado. El libro no es para él la pieza que suscita la meditación sino el objeto que asegura –para bien o para mal- una verdad constituida.
- Hay tres posiciones en el libro en lo que hace al “progresismo”. 1. Una “izquierda” que –por razones de narcisismos u otras– dejó de leer los cambios de la situación; 2. Una “izquierda” que se pliega a esos cambios de un modo empirista (la llama “izquierda trumpista” o anti woke) y; 3. Una “izquierda” que no cesa de buscar –para decirlo con García– un futuro que la ampare. La relación de la primera de ellas con la herencia, parece ser la de la malversación; la segunda, la de la inclusión en el balance provisto por el “enemigo” y la tercera, aparentemente, la de la selección de un futuro cuyas hebras le permitan seleccionar del pasado una coherencia.
- Lo que parece estar en discusión, entonces, es nada menos que el estatuto del presente como posibilidad. (Ernst Bloch pensaba así, en términos del “ser en posibilidad”). Porque la “posibilidad” supone unas condiciones materiales objetivas que hacen que aquello que se desea resulte “ahora” alcanzable. Si las condiciones objetivas se dan –así pensaba Guevara en los 60– la subjetividad define. Es decir, cuando se dan las condiciones objetivas, la posibilidad pende de la subjetividad. Salvo que ingresemos en un mundo –y esta es la ideología del mileísmo– en el que la subjetividad esté ella misma tramada en un futuro prefigurado técnicamente. En ese mundo ya no serían las “fuerzas productivas” las que abrirían a nuevas “relaciones de producción”, sino a la inversa: las “relaciones de producción” modelizarían a las “fuerzas productivas”, separándolas de toda acción capaz de subjetividad transformadora. En una situación semejante, la lectura, entendida como actividad que sugiere descompletar el presente, quedaría neutralizada. Y leer sería un acto redundante, de mero registro de lo que esas relaciones de producción, en su “innovación” constante, dan a leer. El futuro, en un situación así, sería sólo confirmación y ya no transformación antropológica. O, mejor dicho: la transformación antropológica sería mero efecto de la producción. Las relaciones de producción serían –en ese universo imaginario– ellas mismas una política anti-insurreccional. Y toda tentativa de rechazo sería canalizable en favor de un mundo imposible de transformar, puesto que toda transformación sería ya absorbido por un futuro ya hecho, que simplemente adviene. En un mundo así de apabullante más que de ausencia de sujetos cabría hablar de unos sujetos caracterizados por la incapacidad de su fuerza para reabrir el tiempo. El presente de un universo se cerraría, en efecto, como “ser sin posibilidad”. Un ser que sólo existe como ser de actualización. Esta tesis de una temporalidad del modo de producción que tiende a colonizar los modos de conocer es demasiado triste para ser real.
9. Fuerzas técnicas y ficción se entretejen en el “fascismo cosplay”, haciendo gobernable lo ingobernable. El disfraz y la fantasía no como engaño sino como elementos que hacen juego con una redirección de toda voluntad de destrucción. El problema sobre cómo se disputa la radicalidad, que el mileísmo le propone objetivamente a las “izquierdas” (que no han podido orientar políticamente el malestar), supone que ellas no asuman esa disputa en un terreno sólo cuantitativo. Si la disputa adquiere una dimensión cualitativa, podríamos –entonces sí– especular con lo siguiente: la operación que descompleta, podría ser referida no tanto a lo que le falta al mundo como lo que le sobra (lo que satura) al tiempo preconstituido. Sin alguna clase de interrupción/disrupción es difícil imaginar la cita con un porvenir que eluda el futuro. A este tipo de radicalidad, que Bloch piensa con la fórmula de la “contemporaneidad de lo no contemporáneo” alude indirectamente Luis Ignacio García con su apelación al “nihilismo activo” nietzcheano. Si ya no queremos nada, hagamos pues de nuestro querer un poder de destrucción de lo que existe.
10. Bloch creía, por otra parte, que el propio nacional socialismo nació ya disfrazado. Los Nazis alemanes, sobre todo las SA, fueron a su modo ya cosplay al presentarse como obreristas y anticapitalistas. Creía también que la izquierda alemana no supo leer adecuadamente las claves de su época: el énfasis economicista habría hecho confiar en que la catástrofe (la depresión, y la inflación) llevaría a los trabajadores a la revolución. De ese modo se subestimó el peso del papel de la subjetividad en la historia. El fascismo, creía el filósofo, se presenta como la copia nublada y caricatural –fácil y sin riesgos– de la revolución.
- El progresismo parece haberse dedicado hasta acá a interpretar el presente confiando sus propias chances a la llegada inevitable de la crisis económica, delegando, por tanto, la cuestión de la subjetividad al fin de la hipnosis “enemiga”. De lo que se trata, sin embargo, es de ir más allá del progresismo, en el modo comprender que el poder de modelación subjetiva de las derechas se ancla en relaciones de producción humana que operan sobre la esfera del conocimiento, en la que los sujetos participan del teatro real del mundo. Si el fascismo cosplay se presenta como realización del futuro, a la “revolución” (sea lo que fuera la relación con el tiempo histórico que le atribuyamos a lo que designa hoy esa palabra) le toca elegir autónomamente sus vestimentas.
Buenos Aires, 25 de mayo