¿Qué pasa si metemos en una bolsa una sopa de murciélago, la destrucción de todo tratado posible, un genocidio y un incesto en esta nueva cibernética? Sale un fascismo cosplay. No, no me refiero al libro en sí, sino a uno de los tantos posibles reciclajes del viejo y peludo fascismo del siglo veinte, aquel obsesionado con disputar, instaurar y resolver una verdad única, definitiva y total, basada en la nación como la fuerza de la voluntad del pueblo, la raza como fundamento biológico, el líder como encarnación de la historia, el destino y la autoridad. En esta nueva versión excretada de las tripas de internet y amalgamada con los sedimentos podridos de la memoria, las nociones sobre la que se supo erigir el monumento del fascismo parecen haber quedado obsoletas, casi como una incoherencia material; si la composición de los totalitarismos clásicos podían ser representados con el hormigón y el metal, hoy se caracterizan por un vómito de litio y vidrio alfanumérico. Sin embargo, la consistencia resulta sustancialmente más líquida y no en términos adaptativos como hubiera señalado Bauman años atrás, si no por la capacidad de colarse entre las hendijas psíquicas y anímicas de la época sin siquiera poder advertirlo. Gramáticas de la violencia y la dominación imperceptibles por su velocidad de cálculo, su unidad mínima de medida y su fuerza reiterativa.
Me olvido de meter en la bolsa varios ingredientes, pero estoy siguiendo la receta de Luis García, fragmentaria, con agujeros e incompleta. Podría también incluir unas pizcas de la crítica al progresismo y el antiprogresismo junto a la batalla cultural, algunas finas hierbas de ansiedad y angustia, un poco de aderezo internacionalista y un glaseado final de esperanza, llamado a la acción y proyecto. Lamentablemente no serían los azarosos resultados de una bolsa dadaísta y por el contrario continuaría saliendo un fascismo cosplay con nuevas mutaciones o quizá no sé, en una de esas tengamos suerte y salga una Insurrección Otaku postpiquetera con voluntad de quemar unas Fate, espero. Pero en este libro, la urgencia por nombrar las cosas al calor de la razón, no determina una nueva verdad a la que habría que suscribir en tanto teoría definitiva sobre los nuevos fascismos. Más bien propone un ordenamiento posible, una interpretación inestable o una traducción cóncava/convexa que distorsiona los reflejos enceguecedores que todo lo banalizan. Luis en vez de oficiar de intermediario -figura bien parecida a un testaferro o un cafisho-, juguetea con el atuendo de médium, acorde a la bruja de cartulina que protagoniza la romcom con el presidente, nada más y nada menos que su hermana. Quiero decir que canaliza lo que sucede entre mundos aparentemente inconexos y representa en Fascismo Cosplay el anudamiento circunstancial de dichos mundos. Aunque sea insoportablemente palpable el diagrama de ofensa y arrasamiento al que el autor arribó, también alcanza cierto humor, alivio y vitalidad; algunas formas de ironía dan oxígeno y de fondo, el picor de la rabia mantiene la temperatura de los conflictos que observa.
Fascismo Cosplay hace un juego en torno al cansancio en dos direcciones. Por un lado señala la atrofia muscular de los grupos de poder y su devenir cyborg con implantes de prótesis digital, financiera, interplanetaria y en paralelo la fatiga generalizada del progresismo, las izquierdas y las instituciones. Es decir, vuelve al cansancio, marco de lectura. Por otro lado, asume que el régimen de atención triunfa y domina toda la escena manteniéndonos agotados, por lo que esta compilación exige un tiempo de lectura suficientemente breve antes de volver ansiosos a chequear nuestro celular. Es decir, vuelve al cansancio, metodología de lectura. Se produce un fenómeno curioso: es posible entrar en un doomscrolling físico-virtual intercalando memes y clickbaits con los textos sin perder la secuencialidad del timeline ni la cadencia del libro. Una especie de estallido hiperbólico de lo que plantea Benjamin en Calle de sentido único.
Justificadamente se arrebata y propone un primer corte a la mitad de la gestión de Milei, es que ya hay suficiente para varios tomos de análisis político, cuentos de terror o guiones de stand-up. Y aunque este conjunto de intervenciones pueda percibirse como un diagnóstico general de la cosa, prefiero pensar que los abordajes a las patologías sociales que propone, tienen que ver más con una lectura de sus propias condiciones de padecimientos; es decir, la constatación de su dolor y el de muchos. La contraseña con la que García busca hurgar en la coyuntura no es solo la rosca falseada de la construcción histórica sino también la dimensión anímica que la ultraderecha -intelectual, sensible y bastante pilla- sabe habitar para ejercer su plan de dominio.
Cualquiera que haya tenido la suerte de cruzarse al autor, sabe que es larguero. Y aunque no le falte severidad, es cierto que goza mucho de extenderse, propio de quien desconfía de sus palabras o, mejor dicho, desconfía de sus certezas. Esto es un alivio, porque cuando uno lo escucha, puede sentir que sus enunciaciones parecen someterte, por un lado a una embriaguez alucinante y por otro, a una especie de ordalía medieval de la que no es posible salir vivo. Así que presenciar su derrape lo vuelve más cercano, más posible, más parecido. Su vehemencia huele más a nervios que a seguridades: está embelesado y desesperado, intenta comprender y componer desde la escritura y no le alcanza, aunque insista en que hoy, más que nunca, la batalla es en el lenguaje, ya no vaciado, si no secuestrado y vuelto a rellenar con veneno por un enemigo escurridizo y tentacular pero ya conocido. Cómo aggiornarnos seria una pregunta demasiado decorosa y un tanto vaga para describir la intervención que trae, quizá actualizar y redirigir nuestro vocabulario sería más preciso, aunque no lo sé, estos tipos se venden como expertos aikidokas con o sin dinero, dicen saber usar toda nuestra fuerza a su favor, que se yo, veremos.
No solo sus ideas y capacidad de aceleración resultan asombrosas sino también la voluntad de despliegue termina siendo abrumante. Sospecho que Luis no podría ser un buen tuitero, resumir en 280 caracteres lo debe considerar una ofensa. Entonces lanza su enmarañada arremetida en Instagram, una red social diseñada para imágenes en la que pareciera que nadie quiere leer, que la palabra es un accesorio irritante y que el berretín de su algoritmo se basa en la censura. Pero en el libro pasa otra cosa, porque el artefacto editorial admite algunos desplazamientos. Uno de ellos es la evidente perspectiva espacio-tiempo que hace de la reunión y el montaje una nueva obra. Otro es la posibilidad de trabajar un índice, que en este caso parece una poesía loca, un archivo de consignas para banderas, un manual de estudio del futuro. Es absurdo y divertido al igual que los títulos, juega la parodia como el gobierno de turno; Garcia deviene artista, humorista, cantautor batiendo provisoriamente la justa. Cada microensayo son himnos punks rápidos y al hueso, sintéticos y de literalidad excesiva, es que quiere imitar el reduccionismo del presidente. Lo observa con el prisma del Fascismo Fascinante de Susan Sontag, da la sensación de que quiere conversar con el Fenómeno Barrial para intentar entender; qué estomago Luis, que paciencia, cuánta tolerancia para detenerte en cada piedrazo.
Otra cosa que señala en algún momento, es el juego de temporalidades que plantea el título del libro, siendo cada término constitutivo y referencial de dos siglos; Fascismo, característico del siglo veinte, Cosplay, propio del siglo veintiuno. El pasado que parece nunca terminar y este que no para de comenzar. Esboza una sutura, cuando no, una frontera o el inicio-fin en bucle de dos ciclos. Esa temporalidad latente como fundamento, motor y efecto que actúa en el libro, no podría funcionar sin su ritmo singular, la aceleración.
En la página 64 nos comparte una advertencia que tan solo meses después se tornó un lugar demasiado común: la velocidad no es instrumental sino constitutiva para este experimento posdemocratico. Entonces la dislocación que produce la lectura en diferido de acontecimientos bastante inmediatos pero lejanos a la vez, deja en evidencia lo que su tesis propone: este ritmo es inalcanzable y querer intervenir en él apretando el pedal a fondo es subordinación al backlash rancio de la ultraderecha versus lo común. Esto no es sólo clave política de Milei si no también un clima de época. Pero el peligro de la velocidad es adictivo, un trance febril. Apretar el freno, parar la pelota, la mesura, tomarse el tiempo, incluso hasta la paciencia, son mecanismos deserotizantes en esta era de dinámicas saturadas, si no le preguntemos a los cryptobros hace cuánto que no duermen. Hasta nos están convenciendo que los conservadores somos nosotros. ¿Cuándo empezó a dar cringe la justicia social?. Entonces me pregunto, si hoy apurarnos significa ir en contra de nosotros mismos y la democracia es un caracol demasiado lento para esta realidad, ¿qué tempo requiere la supervivencia? ¿En qué reloj podemos sincronizar una resistencia? Mientras nosotros debatimos si es pertinente hablar de fascismo para referirse a La Libertad Avanza, la motosierra sigue escupiendo aceite hirviendo contra todo el pueblo. Pero, ¿cómo dejar de hacerlo? ¿O acaso demorarnos en la reflexión dejó de ser instrumento para la transformación, ahora que pareciera no haber tiempo para nada? Creo que es urgente discernir entre paja mental, bucles intelectuales y procesos imaginativos en esta nube de infoxicación alienante, sino queremos desistir de nuestro afán por un mundo distinto.
“No puedo tragar tanto como quisiera vomitar”, dijo Max Lieberman cuando vio el desfile de las tropas nazis en Berlín. Algo parecido le pasa a Luis; él y su obstinación insisten aunque el reflujo gastroesofágico lo intente voltear. Y si bien la extensión de Instagram siempre será limitada para resumir todo lo que estamos presenciando desde el diez de diciembre del 2023, lo cierto es que alcanza un nivel de síntesis que en el conjunto del libro logra tomar oxígeno y articular una idea global del estado de cosas. Vomitó diariamente lo que pudo y en Fascismo Cosplay quedó en evidencia algo de lo mucho que tragamos a la fuerza quienes vivimos en estas latitudes.
Sigo con el problema de las redes sociales porque en el libro parecieran operar de telón de fondo que todo lo envuelve: son máquina de guerra, plataforma, vertedero, guarida, unidad básica. Todo a la vez sin distinción, homogeneizado en el brillo y foco de las pantallas, haciendo una mezcolanza hedionda indistinguible de la que parece no haber escapatoria. Si pensamos desde el target etario, Luis es un tipo de Facebook. Si atendemos el tono de las intervenciones, pareciera corresponder mejor con Twitter (me niego a respetar el bautismo de su nuevo padre Elon Musk) y si atendemos su velocidad, le calzaría mejor Tik Tok. A decir verdad, creo que hay mucho de Tinder en su manera de coquetear con las ideas, pero es cierto que Instagram termina siendo el mejor canal de entrega para estas crónicas, o eso cree un millennial perturbado con la exposición como yo.
O mejor dicho, el menos peor, porque aunque las redes nos seduzcan con la posibilidad de extrema customización en esa mierda llamada experiencia de usuario, lo cierto es que terminamos haciéndolas entrar a nuestra vida como un vestido de quinceañera que oprime y promete tu mejor imagen, aunque por dentro nos destruyan. Sabemos que las redes no son el canal más eficaz, pero ¿Cuál lo es? ¿Asambleas populares? ¿Paro general? ¿Existe acaso un plan de lucha de plataformas? ¿Cómo hacer para que la eficacia política sea otra cosa y no estrategia de gestión neoliberal? Me animo a decir que a Luis lo obsesiona la RealpoliTikTok y ya va siendo hora que las big tech diseñen contextos acordes para que neuróticos como nosotros no tengamos que adecuarnos a los antros donde no encajamos. ¡Laburen vagos, latigazos al cognitariado! Intuyo que si algunos de los presentes aparecieramos en Reddit o Discord, moriríamos de vergüenza, pero es cierto que tampoco tenemos coraje para abdicar de la monarquía virtual. Entonces nuestro ostracismo online es justamente quedarnos capturados en el centro de la cosa, excluidos adentro -como toda exclusión-, tratando de balbucear el código de la Generación Z, especulando sobre nuestro devenir troll y asumiendo que la fuerza inventiva del fake y la posverdad son signos de un modo de construcción social que ya no es tan nuevo y llegó para quedarse.
Al ciberpatrullaje algorítmico de Bullrich y la SIDE, junto a la cibermilitancia que tanto critica la vieja izquierda, quisiera agregar la categoría de cibervoyeurista para describirlo a Luis mirando por el ojo de la cerradura digital, un mundo que se retuerce. No está excitado si no exaltado; está caliente de bronca y no de placer. Ya se que están pensando, que todos somos cybervoyeuristas en la era de redes, pero lamentablemente creo que no es así, porque para ser voyeur tiene que haber libido y si hay algo que la ultraderecha logró desinflar, es nuestra potencia vital; el incel mayor nos convirtió en incels a todos, todas y todes. Somos pobres prosumidores de estímulos acariciando nuestros celulares, esperando que algún anzuelo visual haga saltar nuestro sensor aplanado por exceso de brillo, mendigando limosnas de dopamina entre guerras, porno y gatitos. Nos regocijamos por la complacencia del Chat GPT, nuestro flamante marido, jefe, terapeuta. Esperá Luis, no te ofendas tan rápido que lo de cybervoveurismo no es una acusación sino más bien una sorpresa, no es poco encontrar a alguien que hace otra cosa con esta rueda boba llamada internet. Quisiera aprenderlo pero es difícil para un millennial perturbado con la exposición como yo: mirame mirame mirame, pero hagamos de cuenta que no me estas mirando.
Si Parar la Oreja, también reciente libro de Gabriel Giorgi, se preocupa por la política de la escucha en época de aturdimientos, silencios y verborragia discursiva, podríamos decir que Fascismo Cosplay se preocupa por las formas de enunciación. Ambos atienden tanto el oído como la boca, literal y figurada, pero ubicando cada quien el conflicto en diferentes lugares del lenguaje. Intelección, censura, adoctrinamiento, discurso. Ambos habitan la psiquis como caja de resonancia y pareciera que la saturación de los umbrales es táctica de gobierno. ¿Qué vendrá después? ¿Sometimiento olfativo? ¿Anestesia táctil? ¿Totalitarismo del gusto?. Aunque el claustro sea su cuadrilátero, la lengua de Luis quiere lamer la comisura de la calle, y esto no es una pirueta estilística sino más bien un instrumento de rastrillaje para sondear, hurgar y acumular lo que el cuchicheo del campo popular necesita decir y no se anima. Lengua sismógrafo. Entonces esta especie de montaña de diarios del lunes tiene que ver más, con registrar para intervenir y por qué no recuperar las banderas que la ultraderecha insiste en hacer caer a fuerza de agotamiento físico y mental. Comparto con María Moreno cuando en su artículo sobre este libro señala que subtitularlo crónica se refiere más a un efecto que a la descripción de un método. Entonces me cuelgo de ella para pinchar sobre si argentino o global -que bastante lo desarrolla- y también me doy el gusto de preguntar sobre el laboratorio para variar de paisaje: ¿una cocina clandestina de sustancias? ¿Campo de batalla? ¿Un polvorín?. Desconcierto lo descarto porque si hay una certeza en todo esto, es la confusión. A diferencia del siglo pasado, incertidumbre y fascismo hoy son un par indivisible.
Un afiche amarillo con letras negras dice AHORA TODOS SOMOS THERIANS. Todos los ciudadanos de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación canina de therians. Ni los caniches de Peron, ni Blondi, la pastor Alemán que Hitler sacrificó con una pastilla de cianuro, ni Dylan, el perro de Alberto, fueron tan reales como los mastines ingleses de Milei: Conan, Milton, Murray, Robert y Lucas. Luis se detiene particularmente en la mascotización del esoterismo del presidente donde la disputa no es la raza ni la identidad, ni siquiera su condición material, es por la obediencia. Therians de alma o Therians peronistas. Ojalá el Perro Santillán, ojalá el Perro Verbitsky, aunque sea Jazmin, la Yorkshire de Susana, no sé, cualquiera. Pero no, la realidad perruna de la gestión se parece más al lado oscuro de Falkor de la Historia Sin Fin, siniestro y con hambre de destrucción. Toto nos avisa que el primer dólar argentino llevará la leyenda “IN DOG WE TRUST”. El bastón presidencial ahora es un báculo ocultista para el chamán de plástico, ceremonias de ladridos con animales muertos invocando la misión divina de destruirlo todo. Es que no es detalle menor la materialidad básica espiritual del gobierno justo en un nuevo coágulo histórico de guerras de fe. Martin De Mauro señala que el antecedente inmediato de la pérdida de racionalidad en la representación política, es Balcarce, el perro que Macri sentó en el sillón presidencial de la Casa Rosada, hoy actualizado en los perros fantasmas asesores de Milei. Cuatro de ellos se llaman igual que liberales yanquis salvo uno: el preferido y clonado, qué es nada más y nada menos que la figuración de la barbarie. Resulta estremecedor darse cuenta que tan ignorantes no son, que en algo creen, que su corazón cipayo bombea bien fuerte. Mientras el gobierno revienta el Hospital Bonaparte, en simultáneo nos somete a todos a vivir en en un manicomio devenido perrera pública privatizada. Para el presidente, los perros ficticios son la expresión del absurdo de la democracia a la vera de reemplazos algorítmicos financieros. Para nosotros, una clara expresión de la ausencia de representatividad y pérdida de soberanía. ¿para cuando la aparición de algún compañero dispuesto a arrebatar el trono? El problema también radica justo allí, en la diferencia de interpretación de esos efectos y nosotros somos perros que nos gusta demasiado correr nuestra propia cola. Pareciera que no sabemos hablar el lenguaje de esta guerra, si hasta los therians se organizan más rápido que la CGT. Al igual que su salud mental, los perros son el secreto necesario para el sostenimiento del poder: un enigma siempre pendiente es requerimiento básico de cualquier proyecto de dominio.
Devenir troll y devenir therian, dos caras de la misma patrulla, digo de la misma pantalla. Al igual que un therian no es menos animal por ser therian, un fascismo cosplay no es menos facho por usar disfraz, más bien indica el modo que funciona este aparato discursivo a partir de un juego de luces y sombras: ya no parecido a los espejos de colores de ojitos de cielo, si no a una narrativa dantesca automatizada, tragedia a carcajadas vía streaming, máscaras de excesiva transparencia emulando una verdad dispuesta a relativizar todo para que ya no exista verdad alguna, que no haya de donde aferrarse polarizando todo en un caos informativo.
Si en los últimos años pudimos renovar nuestra preocupación por la identidad inaugurada por las luchas postdictadura hace casi medio siglo atrás, hoy vemos grandes esfuerzos no por destruir la memoria sino por reprogramarla en el esquema neoliberal. Entonces si los therians son fusibles de distracción, el pueblo entero es therian ya que el ciudadano es el mayor estorbo en la agenda del gobierno. Una de las formas de eliminarlo es expresar la mentira de forma fehaciente y grotesca hasta que supure un nuevo engendro parecido a un pacto común que complazca a la gilada por un rato. Lo están logrando a través de una alegoría barata de la industria veterinaria retratada por imágenes de inteligencia artificial basura y en el recrudecimiento de la rivalidad civil por la defensa de fake news disparatadas.
Me pregunto si este libro ya está quedando viejo, es que los estribos del tiempo claramente lo lleva el fascismo, al menos por ahora y muy a nuestro pesar. Imagino que al día de la fecha, hubiera incluido alguna entrada sobre la muerte del negacionista Lopérfido o el absurdo remate de los glaciares, o la reforma laboral, o el brote en la apertura de sesiones, o vaya a saber qué otra atrocidad. Si total una nación es enorme, todavía les queda tanto por romper que de solo pensarlo se me cierra la glotis. Sin embargo, considero que no es tarea exclusiva ni de Luis ni del libro dar cuenta de una totalidad; ambos, juntos y separados, actúan como testigos de una parcela de la historia inmediata, un modo de génesis que no es el principio y lamentablemente tampoco el final, pero sí es un checkpoint relevante para tener un documento y registro de los repetitivos agravios cometidos por este presidente electo democráticamente junto a sus secuaces, ya que, frente a los próximos, no sé, ¿quince, treinta, cincuenta años? de desastre que se vienen como efectos de la destrucción a la que estamos presenciando, donde la aceleración, la distorsión de la verdad y la consagración de la violencia en su fase posdemocrática, tomará rumbos arbitrarios, se disfrazará de ropajes identitarios inesperados y sobre todas las cosas, terminarán de morirse formas de vida que tanto nos costó imaginar y construir. De fondo se escucha “Milei, basura, vos sos la democracia, Milei, basura, vos sos la democracia”.
No tengo la menor idea cuál es nuestra misión, pero quisiera que inventemos algún método para que la vergüenza política cambie de bando, una heurística del duelo que nos saque de la melancolía, quizá calmar la sed con nuestras lágrimas de zurdos, que se yo, al menos procurar alguna pregunta inteligente a Luis, pero sospecho que él tampoco sabe muy bien qué hacer, más que desear el día después de la obsolescencia programada de este modelo.