diré, en bocas ulteriores,
Revolución
Aldo Oliva
En una de sus ficciones más célebres, Borges se finge sorprendido por la predilección del Quijote de Pierre Menard por las armas, en desmedro de las letras. En un viejo militar como Cervantes, dice Borges, esta posición se explica: “¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas sofisterías!” Más allá de que, desde el propio título, el libro de Mariano recibe el eco de esta relación compleja entre armas y letras (como lo demuestra la famosa imagen acuñada por González Tuñón, “la luna con gatillo”, así como sus poemas cantados durante la Guerra Civil española), el anacronismo deliberado de Borges, este escritor tan notable por tantas cosas pero no, ciertamente, por sus simpatías revolucionarias, nos permite ingresar en Literatura y revolución por uno de los ejes que, a mi juicio, orientan los diversos ensayos. Parafraseando a Borges, este eje podría plantearse así: que Trotsky escriba Literatura y revolución en 1924, se justifica, incluso cuando ese mismo año, con la muerte de Lenin, comienza a alzarse una sombra que lo alcanzará en México en 1940, donde será asesinado por las fuerzas del estalinismo. ¡Pero que Mariano Pacheco –contemporáneo de la “revolución de la alegría” y de la “rebeldía de derecha” de la cual oímos hablar con frecuencia– reincida, cien años después, en esas nebulosas sofisterías! Por supuesto, como ocurre con el Quijote de Menard, el anacronismo del título de Pacheco no empequeñece el libro ni lo falsea, sino que le otorga otro espesor histórico y obliga a plantearse otras preguntas.
Porque, así como Mattio señala en el prólogo que las relaciones entre literatura y política implican la reflexión sobre quién enuncia, cuándo, en qué tipo de situación social o política, etc., y señala cómo Pacheco trabaja estas relaciones a partir de ciertas escenas biográficas de los autores estudiados (Tuñón, Viñas, Puig, Saer, Perlongher, Fogwill, Rozitchner y Piglia), la misma lógica analítica nos obliga a preguntarnos por las condiciones de enunciación (de escritura, pero también de publicación) del propio libro de Mariano. Si hemos de tomarnos en serio este libro –es decir, no como un producto oportunista sino como una apuesta indisociable de la aventura política que lleva adelante su autor, como se evidencia en la dedicatoria a “les compañeres de ruta que en la militancia aún apuestan por la revolución”–, entonces, creo, debemos preguntarnos: ¿qué quiere decir “revolución” hoy?
Y esta pregunta nos retrotrae, no solamente a la revolución rusa y al libro homónimo de Trotsky, sino también, más acá en el tiempo y en el espacio, a las experiencias argentinas de la izquierda que fueron derribadas a sangre y fuego por la última dictadura militar (dicho sea de paso, la simetría de las fechas es sorprendente: cien años del libro de Trotsky, ciento dos para ser exactos, cincuenta años del comienzo de la última dictadura militar, veinticinco de diciembre de 2001, la última experiencia disruptiva que conoció el país, y de la cual Mariano fue un participante activo). El legado de esta derrota inapelable de las izquierdas argentinas ha sido para Silvia Schwarböck, junto con la implementación del neoliberalismo como política económica que persiste hasta hoy, la condición ideológica y existencial de las “vidas de derecha” como únicas vidas posibles. Para la autora, la vida de derecha implica una desconexión de la vida individual respecto del proyecto político colectivo. Y si bien Mariano plantea, en un libro anterior –Desde abajo y a la izquierda, de 2019–, una “genealogía de la insurrección” entre 1996 y 2002 (desde las puebladas neuquinas hasta la “masacre de Avellaneda”), como modo de discutir ese carácter absoluto de la vida de derecha, ocurren dos cosas. La primera es que algunos de los autores estudiados son efectivamente herederos de esta derrota (cuando no murieron antes de 1976, como González Tuñón), que conforma su ethos durante la posdictadura. El caso emblemático es Viñas, que en la presentación del último poemario de Aldo Oliva, en el año 2000, afirmaba: “Podría decir: ‘yo soy un fracasado’, ‘Aldo Oliva es un fracasado’, ‘mi generación fracasó’, ‘el Che Guevara fracasó’ […] Nos fue mal, no pudimos, como queríamos, asaltar al cielo. No alcanzaron las escaleras, ese día estaba muy nublado el cielo, o algún santo de turno, probablemente un santo nos dijo ‘no entregamos las llaves’”. Y es también el caso de un autor que no es estudiado en el libro, pero que ingresa igualmente, significativamente, en el epígrafe que da el tono general del libro: hablo de Andrés Rivera y su revolución soñada eternamente.
Lo otro que ocurre es que entre 2019 y hoy pasó mucha agua abajo del puente: una pandemia, un gobierno fallido que mostró grietas internas (políticas) y externas (sociales) muy profundas, el desembozado avance de las ultraderechas que, si bien es un fenómeno mundial, tiene en Argentina una de sus puntas de lanza. En el manifiesto del mes de marzo de la revista Crisis volvemos a leer la palabra derrota: el estado de ánimo de nuestro campo, dicen, “se llama derrota. Una relación de fuerzas demasiado adversa que te aplasta. La prepotencia de una extrema derecha que no tiene pruritos y está decidida a arrasar sin miramientos con quien se le oponga. Una avanzada que, lejos de amainar, en 2026 acelera”. En este contexto, no se trata de negar esa genealogía de la insurrección que proponía Mariano (al contrario, tal vez haya que afirmarla más que nunca), pero sí de recalibrar nuestra posición en relación con ella, y con las alternativas que este presente nos ofrece o, principalmente, nos obtura.
Esta es la clave de lectura con la que propongo leer Literatura y revolución. Y es desde esta perspectiva que, a mi juicio, las preguntas y problemas que plantea el libro –la relación entre literatura y revolución, principalmente, pero también entre revolución política y revolución sexual en Puig, o los disciplinamientos sobre los cuerpos que imponían tanto los militares como las organizaciones militantes en Perlongher, o la relación entre guerra, dependencia y soberanía en Rozitchner– exceden su carácter de pesquisas académicas para transformarse en cuestiones que no hemos de soltar si vamos a contarnos entre aquellos a quienes el libro está dedicado.
El último capítulo del libro, que orienta el conjunto de los ensayos hacia la pregunta por la revolución luego de la caída del muro, es un estudio sobre la obra de Ricardo Piglia que recupera principalmente las novelas Respiración artificial (1980) y El camino de Ida (2013). En esta última novela aparece, como un emblema de la Resistencia al Nuevo Orden Mundial, el personaje de Thomas Munk, transfiguración literaria o alter-ego de Theodore Kaczynski, bautizado por el FBI como Unabomber: Kaczynski fue un filósofo y profesor de matemáticas que entre 1978 y 1995 envió dieciséis cartas bomba a universidades y aerolíneas de los Estados Unidos. Pese a los esfuerzos del FBI por capturarlo, Kaczynski recién pudo ser apresado luego de que fuera publicado su manifiesto La sociedad industrial y su futuro, debido a que su hermano reconoció la escritura del terrorista. En la novela, los ataques de Munk, su paradójico “manifiesto de uno solo”, contrastan con la “solidaridad horizontal” y las “respuestas colectivas” que Emilio Renzi, viviendo en Estados Unidos, recuerda de su Argentina natal, y que la avanzada neoliberal no ha logrado quebrar. “Les haría falta un poco de peronismo a los Estados Unidos”, bromea Renzi, escribe Piglia, cita Pacheco. Ahora bien, y lo formulo como pregunta: ¿siguen sin haber sido quebradas, hoy, las condiciones de la solidaridad horizontal y las respuetas colectivas? ¿Qué rasgos, qué características, qué posibilidades tiene hoy la resistencia al Nuevo Orden Mundial, como lo llama Mariano no sin ironía?
Son varios los que han encontrado ecos del Unabomber en el ataque solitario, “típicamente estadounidense” de Luigi Mangione, su violencia ácrata e individualista. Pero tal vez, en esta serie de espejos y anacronismos que nos habilita el recurso a Borges, podamos jugar con otra referencia, que nos permita pensar otros modos de la resistencia. El primero de marzo de 1887, el activista ruso Aleksandr Uliánov fue arrestado por el intento de asesinato del zar Alexander III; el ocho de mayo fue ahorcado en Shlisselburg. Su hermano menor, perteneciente a una clase media acomodada y más bien apolítico, no estaba al tanto de la militancia de Alekandr hasta su arresto y posterior ejecución, pero desde ese momento comenzó una actividad política ferviente y constante. Su nombre era Vladimir Illych Uliánov: Lenin. Lo que nos puede sugerir este contraste entre Theodore Kaczcynski, el terrorista solitario traicionado finalmente por su propio hermano, y Lenin volcándose hacia la política revolucionaria luego de la ejecución Aleksandr, son dos formas diferentes de plantearse la resistencia. O, como decía Walter Benjamin, de organizar el pesimismo.
Quisiera terminar con lo siguiente: es una tentación caer, volviendo a Borges, en el anacronismo deliberado y pensar nuestra época a imagen y semejanza de los fascismos históricos. Las semejanzas son elocuentes, y parte del proceso del pensar implica establecer lazos, continuidades, analogías, recuperaciones. Pero las diferencias entre ambas épocas también son notorias, y la ausencia de una alternativa revolucionaria, de un octubre rojo al menos como horizonte, no es la menor. Si, como dice Juan Mattio en su introducción, el libro de Mariano vuelve a lanzar la pregunta fundamental sobre la relación entre arte y política, lanza también, desde la literatura, otra pregunta no menos acuciante: qué vamos a hacer de la palabra “revolución” todos aquellos que no nos resignamos a abandonarla como significante vacío, ni mucho menos a entregársela al enemigo.