La amistad como canto inconcluso // Liliana Herrero

Con pequeñas variaciones comento el inicio de este libro. Un momento bellísimo y descarnado. Desde Bolivia una madre y cinco hijos emprenden el viaje desde Cochabamba, Bolivia hacia Argentina. Los espera un extenso recorrido, una inimaginable travesía. Todos supieron que dejaban atrás lo sido y que, al llegar, comenzarían a ser otros. No sospechaban aún que cuanto más tiempo se está en otro lugar, más regresa aquel del cual nos retiramos. En el presente siempre está el pasado. Acecha, se presenta y se retira. Con esos restos comienza otra historia, mientras el camino, el mapa señalaba la de otros, los que habían sido luchadores como el Che Guevara y los que vendrían a la política latinoamericana como Evo Morales. Temían olvidarse de ellos mismos, así como sentían que los que quedaban los olvidarían. Pero no hay vidas que no viajen y los recuerdos aún desdibujados, no desaparecen. El presente está atiborrado del pasado. Nunca sabemos bien dónde estamos, pero debemos confiar en esos restos neblinosos. Siempre estamos dentro y fuera de la memoria, dentro y fuera de la historia, dentro y fuera de la lengua.

Así comienza el libro de Pablo. A partir de ahí todo lo que leí me provocó una sorpresa tras otra ya que si en algo consiste esta escritura es en una reflexión vigorosa y aguda sobre mundos que uno puede desconocer al menos en el modo en que están expuestos. Pero sabemos que el desconocimiento no es homologable a la ignorancia y el conocimiento a la lucidez.  Es bastante más complejo el mundo o los mundos existentes en esta sociedad. Creo que es un libro que da vuelta la taba, (como sabemos es un hueso de la vaca), porque es una escritura feroz, sincera y polémica. Tal vez también enojada y provocadora. Pablo presenta sus ideas de tal modo que cada palabra, cada concepto desarman toda certeza adherida a consensos. Más bien los hace tambalear. Habrá que discutir entonces, habrá que polemizar, habrá que regresar al gran arte de la conversación. Todo aquello que pensemos debe crear un lazo profundo con el dilema y Pablo también lo tendrá que hacer. Mientras tanto desarma y sangra, palabras que tomo prestadas de Charly García.

El futuro en la espalda, gran título, me recuerda a la canción de Cabrera, El tiempo está después. Un día nos encontraremos en otro carnaval, tendremos suerte si aprendemos que no hay ningún rincón, ningún atracadero que pueda disolver en su escondite lo que fuimos, el tiempo ““tendremos suerte”. En Pablo no se trata de suerte, se trata de haber ejercido el esfuerzo de la lectura, de la crítica a los relatos dominantes y de la escritura. Diría al revés, la suerte esta vez vino en forma de libro “para criticar la actual visión occidental de la contemporaneidad” extensiva al concepto del tiempo como una flecha hacia el futuro.  En medio de esta parafernalia diría que es mejor no ser actuales, ni tilingos desinteresados de los daños. Pablo no pertenece a ninguna de las dos.

Su imperativo es hay que escribir un ensayo y este debe ser diferente a escritos que rechaza, sociologías vulgares, acartonadas, cartillas que no pueden explicar ni comprender. Tal ensayo debe moverse bajo diversas condiciones, debe tener movimiento, debe atentar contra todo y desplegar un horizonte apropiador. Entonces escribir supone guerrear. Escribir es un acto bélico, una confrontación contra los estereotipos que nos cautivan y nos transforman en sujetos pasivos. ¿Qué antorchas iluminan esa escritura?: dos, no evitar lo complejo y la visceralidad de la calle. En todo el libro no se priva de nombrar autores y libros emancipadores. Elige sus legados y ahí sí su expresión “todo es nuestro, todo nos pertenece” adquiere un enorme valor porque es un grito de guerra. Ya sabemos en toda actividad intelectual, política, artística hay legados. No se puede pensar sin ellos aún en el corazón mismo de la confrontación o de las tensiones, pero no se debe aceptar cuando nos devoran, cuando se transforman en mitos.

Hay enunciados y acciones que revelan un pensamiento bíblico, sacrificial y culposo por ejemplo “bajar al territorio”. Esas palabras imprimen un pensamiento vertical, descendente y juzgador. Un pequeño paréntesis: esta afirmación tiene similitudes con Yupanqui quien busca un modelo humano que traduzca y al mismo tiempo manifieste todas las verdades que el que pasa por la tierra debe poder expresar. A este hombre él le pone un nombre. «el escuchado». Esos serán los profetas, Este es el ideal de hombre que ha logrado traducir la tierra. Confieso que es una vieja polémica personal con ciertos cánones de los folkloristas con los que debato y lo seguiré haciendo. Pero sigamos con este libro. Pablo afirma que hay que comprender un territorio y sus cuerpos, pero le agrega con sus complicidades y contradicciones con sus miserias y sus potencias. ¿Cómo sabemos cuáles son sus miserias y sus potencias? Sabiendo que son extranjeros de derechos. Sabiendo que el sujeto en las villas se constituye sólo cuando descubre sus deseos, sus afectos, sus derechos que la ciudad no reconocerá más que como fuerza de trabajo, Entonces ante esa situación es preferible escribir con un rugido.  Una música sin ese grito fundacional que, sin dudarlo, es exclusivamente colectivo, diverso y territorial no tiene valor para mí. La voz cuando canta piensa y construye un territorio. Lo demás es globalización, voces blancas hegemónicas en la historia de la música. Cuando digo territorio, digo tensiones de la historia en movimiento por lo tanto exige un procedimiento político ante un legado y una interrogación crítica sobre él.  Pablo piensa territorios en plural, primero ese espacio que se constituye en las márgenes entre los derechos ciudadanos y el territorio alegal. Lo que ocurre ahí es pura vulnerabilidad, dice: cuerpos que formados en esas pasiones terminan por reproducir esa misma anarquía en el territorio que transitan”. No hay colectivo, no hay comunidad. Hay comercio y todo tipo de infortunios. Igual me permito un pequeño desacuerdo. No creo que por vivir en la ciudad seas plenamente un sujeto de derechos por ejemplo la industria cultural (conceptos contradictorios si los hay) ya fijó el canon y el horizonte que nos propone está basado en insistir en lo que ya se sabe. Eso se garantiza con la repetición reproducida al infinito por las industrias fonográficas, los medios, el mercado, la tecnología. Ahí tenemos multitudes cautivas y robotizadas.

Por fuera de la ciudad, por fuera de las márgenes está el gueto propiamente dicho. Ese es el núcleo de la extranjerización, dice Pablo. La paradoja es que, en el corazón de su alegalidad, radica su máxima potencialidad, su libertad, por ejemplo, trabajo, organización, refugio, circuitos económicos como La salada y Avellaneda, las galerías dentro de la villa. Todas estas variaciones económicas requieren inteligencia, invención e improvisación para sobrevivir, para reafirmar su existencia, en definitiva, para no morir, aunque sepan que puede ocurrir en cualquier momento a manos de diversos actores. Es un mundo complejo, complejísimo, hay jerarquías también, sujetos que también extraen manos de obra barata, esclava, explotada. Sólo me detengo en el capítulo llamado Extractivismo porque ahí está el gran tema de la transmisión y el vínculo. El que extrae pertenece a una estructura maliciosa. Puede ser la academia, el periodismo, el cine, todo aquello que otorga al barrio visibilidad y en esa narración se auto concede una voz privilegiada y sesgada y el extraído se convierte en espectador sin cuerpo, sin relaciones y lo que es peor, pierde su valor que es comunitario y social.  ¿Pregunto ese es el único vínculo posible con los habitantes de un barrio al que uno no pertenece? Y a la inversa: ¿es el único vínculo que desean sus moradores con otros que se acercan sin pretensiones conceptuales? ¿Hay alguna identidad fija en las relaciones? Propongo responder con un acompañante, Horacio González y con un texto, La mitad de un echarpe o un canto inconcluso. Luisa Michel, una militante de la Comuna de París cuenta esta historia luego de haber fracasado el “asalto al cielo” en 1871. Ella es deportada a la Isla de Nueva Caledonia, una posesión francesa en la Polinesia. Pasan unos años más y le toca asistir a una sublevación canaca. Luisa Michel simpatizará con los canacos. Uno de los nativos canacos, Tiau, estaba empleado por la administración colonial francesa, encargado de llevar alimentos a los prisioneros de la Comuna. Tiau se había comprometido con la rebelión y Luisa relata el momento en que se despide de él. El joven canaco iba a nadar bajo una tempestad, para unirse a los suyos. “Entonces, la banda roja de la Comuna que yo había conservado a través de mis dificultades, la dividí por la mitad y se la di como recuerdo”. Concluye Horacio: nada mejor para representar la revolución como eso que queda, eso que excede y se transmite. No hay otra revolución que no sea la transmisión de un resto”. Cada rebelde, cada militante se queda con la mitad del echarpe. ¿En qué mitad está la revolución? En ninguna porque los grandes legados transformadores están en ese corte del echarpe, en ese acto de transmitir que será siempre abierto, múltiple, ilegal, irresuelto, impensable y mucho más

Pablo, celebrando este libro te digo: no me expulses, déjame continuar con mi canto inconcluso y con todos los que quieran pensar lo que queda, lo irresuelto ya que nosotros mismos somos motivo de extrañeza y de interrogación

 

 

 

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