Anarquía Coronada

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El Papa militante

por Facundo Salomón


Muchas controversias ha generado en la Argentina en los últimos años la palabra “militante”. La resignificación de la participación política activa en el territorio –no solo en las redes sociales- y la aproximación de muchos ciudadanos a espacios de construcción, tanto oficialistas como opositores, ha molestado mucho a aquellos que anhelan un papel secundario, rezagado, para la política. Entre estos sectores se encuentran desde ya el poder económico concentrado e incluso algunos políticos (y otros que se hacen llamar políticos aunque no pasan de meros gerentes de entidades públicas) que ejercitan la nostalgia noventista a diario.

Algunos entienden la militancia como acción territorial partidista combinada con concientización y acción social. Otros limitan su servicio a las redes sociales y a la participación en actos de protesta organizados “sin banderías políticas”, lo cual representa un desafío lógico insondable, nihilismo reeditado. El ingreso de la política a las escuelas secundarias y los debates internos del periodismo forman parte de este cuadro. No en vano antes del centenario de la patria el régimen conservador le regalo al país la ley de residencia (1902) que decretaba la expulsión de los inmigrantes revoltosos. Es innegable que el pueblo argentino tiene, en su corta historia, una tradición de participación política muy arraigada.


El nuevo Papa Francisco no es ajeno a esta tradición. Él se ha mantenido, en el tiempo que lideró la Iglesia de Buenos Aires, cerca de los llamados “curas villeros” y de la estructura de contención social que tiene la Iglesia Católica en Buenos Aires. Ha colaborado con entidades civiles que combaten al trabajo esclavo y la trata de personas poniendo a disposición las “casas seguras” de la Iglesia en todo el país. Sin embargo, el lamentable papel de la jerarquía eclesiástica durante la dictadura militar 76-83, la acción de ciertos grupos refractarios a las religiones en general y la pérdida de fieles a manos, fundamentalmente, de las iglesias evangélicas ha ido limando la base de sustento de la Iglesia.

Es sabido que existen fuertes internas y luchas de poder en la Iglesia. Tal vez estas sean las causas que hacen que la conducta de su jerarquía se aleje del mensaje cristiano. En las primeras palabras que ha pronunciado como Papa, Francisco (además de dar gestos para la tribuna como pedir que el anillo del pescador sea de cobre o bronce y no de oro o pagar la tarifa del hotel donde se hospedó) da cuenta de la imperiosa necesidad de revitalización que la institución tiene, advirtiendo que si los pastores no caminan, la Iglesia corre el riesgo de transformarse en una ONG piadosa. También aconsejó no ceder ante el pesimismo. Esto no es otra cosa que un programa de acción, de tomar la posta dicho en buen criollo. Hay que dejar los espacios de comodidad, hay que interactuar, hay que construir. Hay que militar.
Francisco, por su perfil conocido por los argentinos, será un Papa político, impulsor y difusor de la doctrina social de la Iglesia. Es políticamente pueril creer que no se inmiscuirá en los asuntos internos de su pago chico. Lo ha hecho –sin demasiado éxito- sin ocupar el trono de Pedro. Suponer que por ocupar tan alta dignidad se desentenderá de la Argentina es un grave error a mi criterio. Juan Pablo II hizo lo propio en Polonia, no así Benedicto XVI, cuyo papado pueda tal vez sindicarse como “de transición” en un mundo que todavía no ha reordenado sus fuerzas desde el vacío de poder que dejó la caída del campo socialista en 1991.

La oposición en la Argentina se encontraba en un largo letargo, a la espera de un milagro político que le diera nuevas energías y perspectivas a sus alicaídos dirigentes, tal vez una nueva gesta como intentó ser el lockout patronal de 2008. El oficialismo por su parte experimentaba su propia incertidumbre, ante la falta de candidatos confiables para que peleen por el sillón de Rivadavia en el 2015, lugar que no podrá ocupar la Presidenta a menos que lleve adelante la reforma constitucional.

Hace algunos años leí una obra del brillante novelista y deficiente analista político Mario Vargas Llosa, “La Fiesta del Chivo”. Una novela más, sin muchas luces, pero con una frase, desconozco si fruto de la imaginación del peruano o parte de la realidad, que Perón le dice durante su estadía en República Dominicana a Trujillo, dictador de dicho país: “a mi no me tiraron las botas, sino las sotanas”. La irrupción de Francisco desde el escenario internacional, potenciando a sus adalides locales tanto dentro de la curia como fuera de ella, será el nuevo desafío al que deberá enfrentarse Cristina.

Urgente: Comunicado de Prensa


Hace unos días nuestro querido colaborador Juan Pablo Maccia sufrió un agudo accidente cardiovascular que, aunque conciente, lo mantiene internado en Terapia Intensiva en un nosocomio de su Santa Fe natal,
 razón por la cual se verá mermada significativamente su actividad periodística.

En un correo que lleva su firma (junto a la socarrona expresión “el convaleciente”), Juan Pablo nos hace saber que se encuentra estable e incluso dichoso “de haber sobrevivido al tironeo de la Huesuda”. Cuenta que el médico que lo atiende atribuyó su afección al “modo de vida occidental”, y que no le parece casual que el ACV haya sobrevenido mientras escribía –perturbado y no exento de rabia–Sotanas de Hierro, la biografía no autorizada de “Papa argentino”, donde revela las andanzas de Jorge Mario Bergoglio durante los primero años ’70.

En menos de un año Juan Pablo se ha convertido para nosotros en una figura entrañable: en su homenaje publicamos una de sus mejores piezas, la entrevista que le hicieran desde la Juventud de Carta Abierta a principios de este año.

Esperamos, compañero, tenerlo pronto con nosotros nuevamente.


***


La política se arruina cuando se hace de la opinión un negocio



Durante el mes de febrero la Juventud de Carta Abierta organizó una serie de encuentros para charlar de forma abierta con militantes e intelectuales que sostienen diferencias amables con el kirchnerismo. A continuación publicamos el encuentro con Juan Pablo Maccia. Agradecemos la gentileza del envío a Ricardo Foster.


JCA.  -¿Por qué publicar hoy en un blog, en tu cao Lobo Suelto!, y cómo definís tu apuesta por la comunicación política en el actual contexto de la “batallas de las ideas”?

JPM: -Lo único que retengo de mi paso frustrado por la carrera de comunicación, en Rosario, es lo siguiente: que la comunicación es el peor de los clichés. Que pasa por ser la respuesta a todos los males cuando en realidad se trata del más pesado de los lastres. Esto funciona, sobre todo, para el discurso que se quiere político. Lejos de toda pretensión de comunicar algo del orden de las imágenes y los sentimientos (eso que hoy pasa por lucha “hegemónica”) apuesto por la paradoja y el simulacro dado que sólo encuentro verdadera fiesta en la incomunicación. Eso es lo que extraño del 2001 y de ciertos momentos excepcionales del gobierno de Néstor: un escenario político en el cual felizmente teníamos poco y nada que decir y todo por experimentar en el nivel de la creación de lazo, de imaginación, de economías en diversos órdenes.

Es cierto que hoy publico principalmente en medios electrónicos, blogs y diarios digitales, de hecho en este momento es mi única actividad pública, pero éste es para mí un fenómeno muy nuevo. A fin del año pasado escribí sobre  un extraño libro llamado Posthegemonía, de un tal Jon Beasley-Murray, que aporta una argumentación que me interesa mucho. Él dice que está harto –y lo dice de un modo realmente muy sencillo pero verdadero– del carácter culturalista con que se recubre la política “populista”, en el sentido positivo con que se usa hoy entre nosotros el término. Él se pronuncia por un retorno a los afectos y a los hábitos (es decir, una dimensión ajena a la representación), como lo real de la política.

Lo que me gusta de esta posición es que se interesa por la política fundada en las intensidades. Y que confía mucho menos en el aspecto retórico. No se trata de una desconfianza ingenua de la lengua, sino de una nueva atención a la sensibilidad y a los problemas que surgen de la estructura material de nuestras sociedades antes de ser organizados por el régimen mediático y representativo. Creo que, contra lo que dicta la actual profesionalización de las militancias, una sensibilidad de este tipo requiere de mucho laburo, de pensamiento en serio, cosa que la mayoría de los intelectuales públicos más talentosos han ido abandonando en favor de un tipo mucho menos interesante de intervención, ligada a un ideal de la batalla política puramente argumentativa, pseudo-belicista, muy verbal y excesivamente preocupada por cuestiones de estilo.

JCA: ¿Y cómo concebís entonces el compromiso político en tu tarea?

JPM: -Lo que yo siento, la verdad, es que buena parte de los intelectuales, así como una mayoría de los militantes y del público “comprometido”, dan vida a una formidable división ideológica, muy importante por razones que todos conocemos, pero que por desgracia tiende a agotarse casi exclusivamente en el reino de la opinión. Encuentro que en el presente lo importante es mostrarse con una opinión. Es la gran satisfacción. La opinión política se ha convertido en la actualidad en uno de los códigos sociales más difundido. Es una gran novedad, digo, el hecho de que el discurso político funcione según la los requerimientos de una ecuación mercantil del tipo: tener una opinión = tener una identidad. Es como tener un valor propio para circular. Y ojo que no es una boludez, se invierte mucho esfuerzo en todo esto, en adquirir una opinión, en confrontarla, en defenderla a muerte. Lo curioso de todo esto es que la opinión nunca implica una práctica. Las prácticas han desaparecido bajo el rubro emergente de la pura opinión. Creo que la política está en problemas cuando se reduce a este juego.

Respondo más directo, entonces. Me interesa la política, desde ya, pero la política es para mí, si se me disculpa el exabrupto setentero, “creación y lucha”. Cuando digo que la política se da en el nivel de las prácticas hablo, como es lógico, de las prácticas inseparables de la cuestión del poder. No me interesa demasiado el discurso del que “sabe” de política, el discurso que en definitiva tributa a la cosa universitaria. Menos aún el discurso periodístico, que se ha vuelto muy pobre. En fin, no me siento contento con las retóricas que hoy nos gobiernan, porque las veo animadas por una tendencia muy despolitizante.

JCA: -Es extraño esta afirmación en un período de politización tan intensa, sobre todo de la juventud… 

JPM –Pero es que justamente desconfío de lo que hoy se llama “politizarse”. Al contrario de lo que se suele escuchar y leer casi en todos lados, mi impresión es que la política surge de los conflictos materiales de la vida en su conjunto. Y si bien la retórica es parte de cualquier política (y no dudo de que, efectivamente, vuelve a existir hoy un condimento político en los discursos sociales) no me resulta admirable el hecho de que la verba del sujeto político se autonomice, se aparte a tal punto de los problemas que van surgiendo, del modo en que surgen, digo. Los problemas políticos son sobre todo de mucha complejidad y están ligados a problemas como el trabajo, la infraestructura, la tenencia de la tierra, el tipo de tecnologías a las que tenemos acceso, la imagen de felicidad y de desarrollo (es decir, de bienestar) que estamos consumiendo, en fin, toda una gamas de cuestiones que son inseparables de un enfoque a fondo de lo que podemos seguir llamando, ¡por qué no!, la lucha de clases.

JCA: -No comparto tu desprecio por la opinión… me hace recordar lo que dice Rancière del “odio a la democracia”.

JPM: -No tengo gran simpatías por el señor Ranciére (como sabrán, hace poco se pronunció en contra de la re-relección presidencial con una irresponsabilidad que, en definitiva no debería sorprendernos tanto). Pero vuelvo, entonces, a la opinión. El punto, para mí, es que la opinión deja de ser la sustancia común de la democracia cuando es trabajada al modo del mercado. Yo rescato totalmente la opinión como expresión genuina de las pasiones, de la capacidad de deliberación entre iguales, pero creo que hoy no debemos ser ingenuos con el modo en que funciona el “régimen de la opinión” como parte de una administración comercial muy desarrollada.

En este contexto, me parece que hay que dejar atrás toda una épica del “dar la palabra”. El periodista comprometido no tiene nada ejemplar que hacer o decir, sino que su valor depende de su capacidad para participar de modo sensible (es decir, inteligente) en el  enhebrado colectivo. Se trata hoy de devolverle a lo colectivo su capacidad de variación. Y para eso tenemos que enfrentar la estructura emergente del poder simbólico que pretende instalarse de forma ominosa e irreversible. Me refiero, de nuevo, al hecho de que la opinión se vaya transformando en una fuente –a veces muy notable- de renta simbólica, como parte de un mercado surcado por todo tipo de intereses económicos y afectivos que no tienen ya nada que ver con lo que me parece que es la interrogación política.

JCA: -Pero entonces, ¿qué sería para vos la política?

JPM: -Yo creo en lo que llamo “la interrogación política” como brújula de las militancias. No es nada raro, sino lo que pasa cada vez que los acontecimientos nos fuerzan a actuar sin libreto. Este tipo de virtuosismo sólo existe hoy en el kirchnerismo. Sin embargo su modo de existencia es paradojal: se nos ofrece cada día como espectáculo a la vez que se nos veda a nivel de la experiencia cotidiana (es el sentido de programas como 6, 7 y 8, que todos los días nos cuentan muy pedagógicamente qué pensar ante lo que pasa).

Pensemos nomás en lo que pasó durante este verano. Es más fácil hablar sobre la Fragata, o sobre el escrache a Kicillof que sobre los saqueos, o sobre lo que Diego Valeriano viene llamando el “capitalismo runfla” (piensen, sino, en lo que sucede estos días con la violencia narco y policial en los barrios del Gran Rosario). Mientras que la primera serie de acontecimientos son “fáciles”, porque se nos dan de inmediato los recursos subjetivos para tratarlos –y por eso se habla y habla sobre ellos-, los segundos son mas jodidos, y por eso se los hurta del régimen de opinión (o se los manipula de modo indigno, como podemos ver a diario en medios como C5N, Radio 10, la señal de TN y Canal Trece, etc). Para mí, la militancia consiste en plantear desde abajo los verdaderos problemas. Son ellos los que nos hacen crecer, porque nos devuelven una imagen de nosotros mismos que no esperamos, que a veces no queremos, y, sobre todo, que arruina nuestro jueguito de la opinión-satisfacción.

JCA: Me parece injusto que digas que hay cosas que se sacan del debate. Este gobierno puso, como nunca, todos los temas del país en discusión como ningún otro.

JPM: Sin dudas, sin dudas. No quiero ser un boludo quisquilloso (por lo menos, no uno quisquilloso). Lo que digo es que si diferenciamos el régimen de la opinión (donde todo tiene un lugar, y en esto no es nada menor el mérito del gobierno) del debate en serio nos vamos a encontrar con cuestiones que son verdaderamente difíciles de elaborar. Por ejemplo: ¿con quién y cómo se discutió el hecho tan cargado de consecuencias para todos nosotros de que la “salida de la crisis” se desarrollase en base a la exportación de dos o tres granos, en condiciones completamente impuestas por la especulación financiera a nivel del mercado mundial, cuestión que –agrego condimentos nada simpáticos, lo sé bien- posee implicancias sociales desastrosas (lo que es aún más claro si ampliamos la lente hasta incluir a las economías extractivas a gran escala, a cargo de grandes multinacionales y del estado nacional)? Digo, este tema no es un tema abierto a la discusión. Podes, desde luego, ensayar una “opinión” y, va de suyo que todos queremos tener una posición al respecto sea del tipo “no a la minería” o al contrario, una afirmación del “crecimiento con inclusión”, bancándote estos costos. Pero, de hecho estas opiniones en torno de las cuales surgen las mayorías y las minorías, no surgen de un debate profundo. Digo ¿no había opciones? ¿hoy no podemos pensar opciones? Y no es sólo el tema de la soja, repito, son todos los problemas políticos de fondo.

Les doy otro ejemplo más indisimulablemente político: ¿por qué las transformaciones que se hacen hoy desde el gobierno deben apoyarse sí o sí en la estructura del peronismo, en su poder sindical y territorial, si ya es bastante claro, para la cúpula que está hoy –afortunadamente- en el gobierno, que esta estructura es una parte fundamental del problema y no de la solución? La respuesta es sencilla: tal y como sucede con la soja, o con los planes sociales como modo de tratar la pobreza, hay estructuras que debemos aceptar, porque en los hechos se escapan a la discusión política. Se nos presentan hechos duros, inmodificables, que los que bancamos este proyecto nos habituamos a aceptar sin más. Surgen así verdades catastróficas de este tipo: sencillamente no se puede derrotar ni ignorar al peronismo, y entonces hay que admitirlo como base fundamental de apoyo. Y sabemos que no es gratis, ¿no?  Por eso, como les digo, todo esto no se pone en discusión, salvo como parte de las internas, de la tácticas chiquitas, la chicana. Y aclaro de inmediato que si pongo este tipo de ejemplos, que conciernen nuestro gobierno, es porque el resto de las expresiones políticas son demasiado patéticas, no vale la pena hablar de ellas.

JCA: -Aunque yo diría las cosas de otro modo, puedo entender en general lo que decís. Lo que no entiendo bien es cómo asumís tu papel en la batalla de las ideas, desde un espacio que no es “kirchnerista”, aunque vos sí lo seas, sin enfatizar que todos estos problemas que planteás se dan dentro de un proceso innegable de cambios muy positivos en el país y en la región.

JPM: -Sí, sí, por supuesto, en este ámbito estoy dando por sobre-entendido la importancia de los cambios que se dan en muchos campos, y que conocemos de memoria. Tal vez soy anacrónico, pero, como les vengo diciendo, yo creo en la crítica con respecto al propio espacio ideológico. Y lo cierto es que escribo, a pesar de todo lo que vengo diciendo, notas “de opinión” como cualquiera. Pero intento escribirlas sin inocencia, aportando una dosis fuerte de ironía ante tanta paparruchada que nos agobia. El texto que me interesa escribir es el que es capaz de forzar al máximo la veracidad del propio género de “opinión”, poniendo en cuestión –ojalá lo lograse- el valor y el prestigioso del que goza.

En los hechos, mi argumentación busca la apariencia de quien sigue todas las reglas la opinión calificada, que incluso logra anticiparse a ella (como pasó hace poco cuando Beatriz Sarlo hizo referencia a un texto mío), pero por debajo y en el fondo la apuesta pasa por introducir la paradoja, y de introducirla a partir de radicalizar el propio juego de la opinión en el que estamos todos inmersos. Quizás sea un propósito algo triste y no pase de mostrar que en partes vivimos en un juego miserable. No me parece contradictorio con que en otros niveles pasen cosas muy positivas. Creo que vivimos un período “objetivamente fértil” y “subjetivamente estéril”, que muchos prefieren simplificar, llamándolo “apasionante”. Yo creo que hay un poco de ilusión en tanto apasionamiento.

JCA: Pero la pasión y la ilusión son parte de un nuevo clima, luego de tanto desánimo y frustración. Lo que decís me recuerda aquello del “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”…
JPM: ¡Es que estamos atrapados! Cuando pensamos libremente damos una falsa impresión de desanimo. No me parece justo. Aceptar esto es conceder demasiado a las posiciones de las que me estoy quejando. No es cierto que nos falte buena voluntad o ánimo optimista. Si de algo carecemos es de oportunidades reales en las que poner en juego todo el entusiasmo, y hasta el desparpajo del que somos capaces. Pero para eso hay que cortarla con toda esa mojigatería ideológica a la que uno debe someterse cuando habla en público, ¿no creen?
JCA: Lo que yo creo es que hoy el entusiasmo y la libertad no son abstractos, sino que parten de defender claramente el rumbo del gobierno…

JPM: Está bien, está bien, ¿ven? Es desalentador todo esto. También yo banco el rumbo del gobierno. No veo otro (y los que veo son horripilantes). En todo caso, tomo esta charla como ejemplo vivo de lo que digo. Lo que más me interesa, ahora, es buscar un lugar… ¿cómo llamarlo? Digamos, un lugar “inexistente”, desde el cual zafar de toda esta carga tan fastidiosa… yo quiero un espacio con suficiente libertad para sorprenderme de mis propias impresiones e ideas.

JCA: La verdad es que tu posición es bastante inclasificable…

JPM: -Me doy perfecta cuenta. Y de hecho, para mucha gente soy, o bien un operador del gobierno, o bien alguien que está en contra el gobierno (aunque nunca oculté mis simpatías por el kirchnerismo). ¡Y hasta se ha sugerido que mi nombre es falso, un pseudónimo! Gracioso sería que más que una persona de carne y hueso mi nombre tuviera un destino colectivo (“La Maccia”, por ejemplo). Pero lo entiendo, después de todo, mi vida, por fuera de mi escritura, no es más que la de un monotributista de provincias.

Sucede que me llevo mal con la cultura “progre”. En mi vida personal tomo posiciones firmes, pero no creo en eso de “tomar de la palabra” como modo de amplificar mi subjetividad. En este terreno –y espero que sólo en este- me siento más bien un liberal clásico. Para mi la palabra pública tiene que ser siempre crítica y nunca apologética. Y con relación a la escritura, les confieso que me repugna cuando se trata meramente de trasladar al texto de una opinión que se tenía de antemano. No veo dignidad alguna en esta tarea. Escribir es algo muy distinto, más vinculado con un proceso “involuntario” en el cual uno adquiere conciencia de quién es realmente y qué lugar ocupa en el flujo de la mente social. Creo que recordar que Sartre tenía este tipo de reflexiones sobre la escritura en relación a una libertad y no a una autolimitación de tipo moralista (no sé si luego él mismo no se habrá traicionado en esto).

JCA: En algunos de tus textos tomas a las generaciones como objeto de reflexión política. Si recuerdo bien, sostenes allí que tanto la generación que militaba en el 73, como la juventud que actualmente ingresa a la política arrancan con experiencias históricas primaverales, mientras que situás a la que protagoniza el 2001 –en  la que te inscribís- como “otoñal”…  ¿es así? ¿Los que tuvieron la experiencia de “militar contra el estado” hoy se sienten más proximidad con las cacerolas que del kirchnerismo?

JPM: Aclaro que mi generación es la de los “setentas”, la de quienes nacimos en los setentas. Somos los hijos de la década loca y siniestra de la de historia nacional. Mi generación, que hizo su bautismo luchando contra el poder, contra el estado (la dictadura, la impunidad, el estado neoliberal) no puede ser hoy cacerolera. Es algo que no logro entender. La palabra “dictadura” es demasiado importante como para que quede en manos de los descerebrados que “toman la palabra” y usan las redes sociales pidiendo “libertad”.

Estoy convencido, y lo escribí en mi última nota, que para nosotros lo político es totalmente inseparable de una larga reflexión sobre la relación entre capitalismo y dictadura, un tema clásico –muy caro para Lenin, que para mí sigue siendo el gran maestro de la política- que estamos obligados a pensar en nuevas condiciones. En ese artículo me pregunto si nuestra cultura política ligada al rechazo de la dictadura y de todo autoritarismo (Hebe y Foucault, digamos), es un capital a reactivar para enfrentar o, al contrario, un nuevo lastre que nos impide asumir los nuevos problemas.

¿Sigue siendo el del terror el fundamento de la hegemonía del capital y de las finanzas? ¿O debemos abandonar definitivamente esta tesis leninista, con rumbos desconocidos asumiendo, por ejemplo, como hoy dicen muchos, que el mundo neoliberal o post-neoliberal va dejando atrás el núcleo duro de la violencia, el autoritarismo y la dominación? No veo que se pueda comprender el significado histórico que tiene el kirchnerismo para mi generación sin ensayar alguna idea –aun si provisoria- respecto de de estas cuestiones.

JCA: Mientras te escuchaba pensaba que por momentos ligas tus comentarios a la crítica de las izquierdas al kirchnerismo (que es banal, que es falso) y por momentos pareces tomártelo muy en serio, como el síntoma real de este presente. 

JPM: Es que el momento actual es el de una mezcla muy extraña entre motivos muy caros, muy profundos e importantes con una dosis impresionante de banalidad, también en los actos de gobierno. Muchas veces me pregunto de dónde surge este sentimiento de que todo es tan trucho, y no encuentro una respuesta acabada: ¿surge del modo de apelación a la juventud? Es evidente que, como decíamos antes, es un tema –el generacional- bastante clave y bastante patético por momentos; ¿proviene del contraste entre una retórica militante y una contraparte que se revela (como decirlos…) de una fuerte subjetividad consumista?; ¿o procede más bien del hecho de que banderas como la de los derechos humanos quede en manos de cuadros del PJ? Seguramente es una mezcla de todo esto.

JCA: Bueno, vamos terminando, esperamos que te hayas sentido cómodo, ¿querés agregar algo más?

JPM: -No, sólo decir que para lo difícil realmente jodido de esta época es que para hablar de estas cosas tenés que inventarte un personaje. Porque siempre va a pesar sobre vos la pregunta ¿“desde donde hablás”? Y yo detesto la identidad personal como lugar de elaboración política. No creo en la coherencia, sino en la inspiración. Creo que somos unos cuantos los que vivimos estos años haciendo de nosotros mismo una máscara. Nietzsche –y parece termino como empecé, recordando textos mal leídos hace demasiados años-  hablaba de esto, creo. Una máscara es un falso rostro que no esconde debajo nada auténtico. Lo único que importa en el enmascarado es la mutación de los rasgos que habilita. Y al final la máscara, que pretendía ocultar bajo unos rasgos inconmovibles una forma demasiado débil para exponerse por sí misma, acaba siendo ella misma el objeto de la mutación, la fisonomía alterada. Y todo esto sólo puede decirse con humor, con sano humor.      

Entrevista a Giorgio Agamben: “Dios no murió. Se transformó en Dinero”

“El capitalismo es una religión, y es la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrupto cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero”, afirma Giorgio Agamben.
Giorgio Agamben es uno de los mayores filósofos vivos. Amigo de Pasolini y de Heidegger, Giorgio Agamben fue definido por Times y por Le Monde como una de las diez  cabezas pensantes más importantes del mundo. Según él, “el nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas“. Así, “la tarea que nos espera consiste en pensar integralmente, del principio al fn, aquello que hasta ahora habíamos definido con la expresión, poco clara en si misma de, “vida política”, afirma Agamben.
El gobierno Monti invoca la crisis y el estado de necesidad, y parece ser la única salida tanto de la catástrofe financiera como de las formas indecentes que el poder habia asumido en Italia. ¿ La convocatoria de Monti era la única salida, o podria, al contrario, servir de pretexto para imponer una seria limitación a las libertades democráticas?
“Crisis” y “economia” actualmente no son usadas como conceptos, sino como palabras de orden, que sirven para imponer y para hacer que se acepten medidas y restricciones que las personas no tienen ningún motivo para aceptar. ”Crisis” hoy en día significa simplemente “vos debés obedecer!”. Creo que sea evidente para todos que la llamada “crisis” ya dura decenios y nada más es sino el modo normal como funciona el capitalismo en nuestro tiempo. Y se trata de un funcionamiento que nada tiene de racional.

Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrupto cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco – con sus funcionarios grises y especialistas – asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que docilmente abdicaron de su soberania ), manipula y administra la fe – la escasa, incierta confianza – que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, al hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el titulo de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos dias atrás: “salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Sólo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudo-religiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas.
¿La crisis económica que amenaza llevarse consigo parte de los Estados europeos puede ser vista como condición de crisis de toda la modernidad?
La crisis atravesada por Europa no es apenas un problema económico, como les gustaria que fuese vista, sino que es antes de más nada es una crisis da relación con el pasado. El conocimiento del pasado es el único camino de acceso al presente. Es buscando comprender al presente que los seres humanos – por lo menos nosotros, europeos – son obligados a interrogar al pasado. Yo dije “nosotros, europeos”, pués me parece que, si admitimos que la palabra “Europa” tenga un sentido, él, como hoy aparece como evidente, no puede ser ni político, ni religioso y menos todavía económico, sino tal vez consista en eso, en el hecho de que el hombre europeo – a diferencia, por ejemplo, de los asiáticos y de los estadounidenses, para quienes la historia y el pasado tiene un significado completamente diferente – puede tener acceso a su verdad unicamente a través de una confrontación con el pasado, unicamente haciendo las cuentas con su historia.
El pasado no es, pués, apenas un patrimonio de bienes y de tradiciones, de memorias y de saberes, sino también y sobre todo un componente antropológico esencial del hombre europeo, que sólo puede tener acceso al presente mirando, de cada vez, a lo que él fue. De ahí nace la relación especial que los países europeps (Italia, o mejor, Sicilia, sobre este punto de vista es ejemplar) tiene en relación a sus ciudades, a sus obras de arte, a su paisaje: no se trata de conservar bienes más o menos preciosos, mientras sean exteriores y disponibles; se trata, eso si, de la propia realidad de Europa, de su indisponible supervivencia. En este sentido, al destruír, con el cemento, con las autopistas y la Alta Velocidad, al paisaje italiano, los especuladores no nos privam apenas de un bien, sino que destruyen nuestra propia identidad. La propia expresión “bienes culturales” es engañadora, pués sugiere que se trata de bienes entre otros bienes, que pueden ser disfrutados económicamente y tal vez vendidos, como si fuese posible liquidar y poner en venta a la propia identidad.
Hace muchos años, un filósofo que también era un alto funcionario de la Europa naciente, Alexandre Kojève, afirmaba que el homo sapiens habia llegado al fin de su historia y ya no tenía nada frente a si a no ser dos posibilidades: el acceso a una animalidad pos-histórica (encarnado por el american way of life) o el esnobismo (encarnado por los japoneses, que continuaban celebrando sus ceremonias del te, vaciadas, sin embargo, de cualquier significado historico). Entre una América del Norte integralmente re-animalizada y un Japón que sólo se mantiene humano al precio de renunciar a todo contenido histórico, Europa podria ofrecer la alternativa de una cultura que continua siendo humana y vital, incluso después del fin de la historia, porque es capaz de confrontarse con su propia historia en su totalidad y capaz de alcanzar, a partir de esta confrontación, una nueva vida.
Su obra más conocida, Homo Sacer, pregunta por la relación entre poder político y vida desnuda, y hace evidentes las dificultades presentes en los dos términos. ¿Cuál es el punto medio posible entre los dos polos?
Mis investigaciones demostraron que el poder soberano se fundamenta, desde su origen, en la separación entre vida desnuda (la vida biológica, que, en Grecia, encontraba su lugar en la casa) y vida politicamente calificada (que tenía su lugar en la ciudad). La vida desnuda fue excluída de la política y, al mismo tiempo, fue incluída y capturada a través de su exclusión. En este sentido, la vida desnuda es el fundamento negativo del poder. Tal separación alcanza su forma extrema en la biopolítica moderna, en la cual el cuidado y la decisión sobre la vida desnuda se torna aquello que está en juego en la política. Lo que pasó en los estados totalitarios del siglo XX reside en el hecho de que es el poder (también en la forma de ciencia) que decide, en último análisis, sobre lo que es una vida humana y sobre lo que ella no es. Contra eso, se trata de pensar en una política de las formas de vida, a saber, de una vida que nunca sea separable de su forma, que jamás sea vida desnuda.
El malestar, para usar un eufemismo, con que el ser humano común se pone frente al mundo de la política ¿tiene que ver especificamente con la condición italiana o es de algún modo inevitable?

Creo que actualmente estamos frente a un fenómeno nuevo que va más allá del desencanto y de la desconfianza recíproca entre los ciudadanos y el poder y tiene que ver con el planeta entero. Lo que está pasando es una transformación radical de las categorias con que estábamos acostumbrados a pensar la política. El nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas. Y que este modelo sea, del punto de vista del poder, más económico y funcional está probado por el hecho de que fue adoptado también por aquellos regímenes que hasta hace pocos años atrás eran dictaduras. Es más simple manipular a la opinión de las personas a través de los medios y de la televisión que tener que imponer en cada oportunidad las propias decisiones con la violencia. Las formas de la política conocidas por nosotros– el Estado nacional, la soberania, la participación democrática, los partidos políticos, el derecho internacional – ya llegaron al fin de su historia. Ellas continúan vivas como formas vacías, pero la política tiene hoy la forma de una “economia”, a saber, de un gobierno de las cosas y de los seres humanos. La tarea que nos espera consiste, por lo tanto, en pensar integralmente, desde el principio al fin, aquello que hasta ahora habíamos definido con la expresión, ya poco clara en si misma, “vida política”.

El estado de excepción, que ud. vinculó al concepto de soberania, hoy en día parece asumir el carácter de normalidad, pero los ciudadanos quedaron perdidos frente a la incerteza en la cual viven cotidianamente. ¿Es posoble atenuar esta sensación?
Vivimos hace decenios en un estado de excepción que se tornó regla, exactamente así como sucede en la economia en que la crisis se tornó la condición normal. El estado de excepción – que deberia siempre ser limitado en el tiempo – es, al contrario, el modelo normal de gobierno, y eso precisamente en los estados que se dicen democráticos. Pocos saben que las normas introducidas, en materia de seguridad, después del 11 de setiembre (en Italia ya habían empezado a partir de los años de plomo) son peores de lo que aquellas que estaban vigentes bajo el facismo. Y los crímenes contra la humanidad cometidos durante el nazismo fueron posibles exactamente por el hecho de que Hitler, enseguida después que asumió el poder,  proclamó un estado de excepción que nunca fue revocado. Y con seguridad él no disponía de las posibilidades de control (datos biométricos, videocámaras, celulares, tarjetas de crédito) propias de los estados contemporáneos. Se podría afirmar hoy que el Estado considera a todo ciudadano como un terrorista virtual. Eso no puede sino empeorar y hacer imposible aquella participación en la política que deberia definir la democracia. Una ciudad cuyas plazas y cuyas avenidas son controladas por videocámaras no es más un lugar público: es una prisión.
La gran autoridad que muchos atribuyen a estudiosos que, como ud., investigan la naturaleza del poder político ¿podrá traernos esperanzas de que, diciéndolo de forma banal, el futuro será mejor que el presente?

Optimismo y pesimismo no son categorias útiles para pensar. Como escribía Marx en carta a Ruge: ”la situación desesperada de la época en que vivo me llena de esperanza”.

¿Podemos hacerle una pregunta sobre la lectio que ud dió en Scicli? Hubo quiem leyera la conclusión que se refiere a Piero Guccione como si fuese un homenaje debido a una amistad enraizada en el tiempo, mientras que otros vieron en ella una indicación de como salir del jaque mate en el cual el arte contemporáneo está involucrado.

Se trata de un homenaje a Piero Guccione y a Scicli, pequeña ciudad en que viven algunos de los más importantes pintores vivos. La situación del arte hoy en día es tal vez el lugar ejemplar para comprender la crisis en la relación con el pasado, del que acabamos de hablar. El único lugar en que el pasado puede vivir es el presente, y si el presente no siente más al propio pasado como vivo, el museo y el arte, que de aquel pasado es la figura eminente, se tornan lugares problemáticos. En una sociedad que ya no sabe qué hacer de su pasado, el arte se encuentra apretado entre la Escila del museo y la Caribdis de la mercantilización. Y muchas veces, como pasa en los templos de lo absurdo que son los museos de arte contemporáneo, las dos cosas coinciden.

Duchamp tal vez haya sido el primero a darse cuenta del callejón sin salida en que el arte se metió. ¿Qué haceDuchamp cuando inventa el ready-made? Él toma un objeto de uso cualquiera, por ejemplo, un inodoro, e, introduciéndolo en un museo, lo fuerza a presentarse como obra de arte. Naturalmente – a no ser el breve instante que dura el efecto del extrañamiento y de la sorpresa – en realidad nada alcanza aqui la presencia: ni la obra, pués se trata de un objeto de uso cualquiera, producido industrialmente, ni la operación artística, porque no hay de ninguna forma una poiesis, producción – y ni siquiera el artista, porque aquel que firma con un irónico nombre falso el inodoro no actúa como artista, sino, como filósofo o crítico, o, de acuerdo a como le gustaba decir a Duchamp, como “alguién que respira”, un simple ser vivo.
En todo caso, en verdad él no queria producir una obra de arte, sino desobstruir el caminar del arte, cerrado entre el museo y la mercantilización. Ustedes saben: lo que de hecho pasó es que una colusión, infelizmente todavía activa, de hábiles especuladores y de “vivos” transformó el ready-mad en obra de arte. Y el llamado arte contemporáneo nada más hace repetir el gesto de Duchamp, llenando con no-obras y performances a museos, que son meros organismos del mercado, destinados a acelerar la circulación de mercaderias, que, así como el dinero, ya alcanzaron el estado de liquidez y quieren todavía valer como obras. Esta es la contradicción del arte contemporaneo: abolir la obra y al mismo tiempo estipular su precio.

Santiago López Petit: “No se necesita tener una alternativa para decir no”

Por Julio Santamaría
El filósofo y químico Santiago López Petit (Barcelona, 1950) ha dedicado toda su vida a conocer en qué consiste ese concepto del “querer vivir”. Todos sus libros tienen esa coletilla final. Para él, finalmente se trata de un grito, un estado que hay que ejercer con radicalidad, sin esperar mucho a cambio. Quien nada espera es el que sale vencedor. Y mucho más en estos tiempos en los que la movilización debe venir acompañada de una reflexión. De todo esto hablamos en esta entrevista a raíz de su libro Entre el ser y el poder: una apuesta por el querer vivir.

Estamos inmersos en una avalancha de datos, previsiones, estadísticas, balances. En este universo de cifras parece que el espacio para la reflexión filosófica no tiene cabida. ¿Es así? ¿O sólo es una distorsión en muchos casos debida a la información que nos dan los medios?
La filosofía no tiene nada que ver con un saber hecho de estadísticas, balances… y datos que se manipulan como se quiere. Tampoco con defender una opinión en una mesa de tertulianos. La filosofía se ocupa de crear conceptos. Los conceptos permiten pensar la realidad y la propia vida. En este sentido me gustaría emplear dos metáforas para caracterizar rápidamente la filosofía. La primera, aunque suene un poco fuerte, sería afirmar que los conceptos son cócteles molotoff contra la realidad, armas con las que intervenir en el combate en el que todos estamos metidos: ¿quién y cómo se construye la realidad? Pero la filosofía, una constelación de conceptos, es también la pista del aeropuerto que puede permitirme levantar el vuelo, es decir, hacerme dueño de mi propia vida. Evidentemente, la filosofía entendida así no tiene lugar propio en el hilo musical que no cesa y nos encadena. Repito, no porque se ocupe de cosas extemporáneas, sino al contrario, porque indaga en lo esencial, en lo que verdaderamente nos importa. Los problemas filosóficos que son nuestrosproblemas, tienen a menudo una cara histórica y otra ahistórica. ¿Por qué esta realidad concreta nos aplasta? ¿Por qué la precariedad nos inocula miedo? Pero también ¿Qué sentido tiene la vida? La filosofía es subversiva, y va a la raíz de las cuestiones. Por eso su objetivo no es resolver problemas, es decir, ofrecer soluciones simples que acaban finalmente por cerrar la posibilidad de pensar. La filosofía ayuda a vivir porque no te hace fácil la vida.
Parece que, más que querer vivir, nos basta con sobrevivir, en contraste con años pasados hemos ajustado nuestras expectativas. ¿Puede que hasta ahora hubiésemos vivido en un engaño en el que el consumo era el fin último pero también el medio? Sabiendo que dedica todo un libro a este concepto, pero en pocas palabras ¿puede decirnos que es “querer vivir”?
Se dice a veces que un filósofo no tiene que pensar muchas cosas, le basta con pensar una sola idea. Ahora bien, esta idea hay que pensarla hasta el final, con todas sus consecuencias. En mi caso, he intentado pensar durante más de treinta años una sola idea:el querer vivir. Casi todos mis libros tienen como subtítulo: “una apuesta por el querer vivir”, “el querer vivir como desafío”, “el odio del querer vivir”. Y el libro sobre la noche en el que trabajo actualmente lleva por subtítulo “la enfermedad del querer vivir”. Mi reflexión acerca del querer vivir empezó al plantearme la pregunta ¿qué relación existe entre el Ser y el Poder? En el fondo de esta cuestión estaba fundamentalmente la constatación cotidiana de que no somos lo que podemos. Fue entonces cuando introduje un desplazamiento clave en mi opinión: la vida no existe, existe el querer vivir. La vida es sencillamente el nombre que damos a una constelación de cuerpos, cosas y palabras cuando nos posibilita conjugar el verbo querer vivir. El querer vivir es lo que nos constituye, lo que cada uno es más propiamente. Y sin embargo, no nos pertenece sino que lo compartimos porque es inmanente a la relación que establezco con el otro. El querer vivir es también una decisión, aunque lo es solamente cuando flaquea, por ejemplo, ante una enfermedad grave que nos amenaza. Si la vida es una palabra, el querer vivir es un grito. Ahora bien, como se anunciaba en la pregunta, el querer vivir es en sí mismo la pura ambivalencia. Lo mejor y lo peor del ser humano. Por eso mi objetivo ha sido siempre pensar ¿cómo hacer del querer vivir un desafío? La fuerza oscura que vive en el querer vivir se traduce ciertamente en ambigüedad política. Pero, justamente, es de esta extraña oscuridad, de esta opacidad tan impenetrable, de la que puede nacer un desafío.
Usted habla en el libro de la desarticulación de la clase obrera como objeto político. ¿No cree que en estos años se ha roto un poco la pasividad en la que estábamos inmersos y las protestas sociales han devuelto a la ciudadanía a la escena política?
La clase trabajadora protagonista del ciclo de lucha de finales de los años setenta fue derrotada. El Mayo del 68 francés, el largo mayo italiano desde el 69 hasta el 77, la transición política en España… son algunos de los momentos. La derrota política, económica, y cultural de la clase trabajadora supuso su desarticulación en tanto que sujeto político, y lo que se conoce como neoliberalismo que empieza con Thacher, Reagan y los demás, no es más que la prolongación de esta derrota. Descentralización productiva y fábrica difusa, trabajo negro, deslocalizaciones, precarización laboral (y existencial), hipotecas… se trata de una verdadera ingeniería social encaminada a destruir una clase trabajadora que había alcanzado demasiado contrapoder, a reconstruir la obligación del trabajo. Lo que se conoce como “la crisis” no es más que un nombre para un proceso de expropiación de la riqueza colectiva y de los derechos sociales conseguidos. Ciertamente se están produciendo reacciones ante este ataque. Pero, por ejemplo, lo primero que habría que aclarar es el mismo término ciudadanía. ¿Sirve el concepto de ciudadano para calificar esta fuerza colectiva que tomó las plazas? Yo creo que no. El ciudadano es la pieza esencial de lo democrático, y lo democrático es la forma fundamental de dominio. Sí que es verdad que hay una resistencia pero la desproporción entre el ataque y la respuesta es por desgracia apabullante.
¿El concepto de proletariado y lucha no ha quedado excesivamente difuminado en este modelo económico global?
En la época global, y podríamos escoger el 11-S del 2001 como el momento simbólico de su inicio, el capitalismo tiende a identificarse absolutamente con la realidad. En otras palabras, no hay afuera. Podríamos emplear una metáfora: vivimos dentro de la bestia que nosotros mismos alimentamos simplemente viviendo. Estamos en el corazón de lo insoluble. La consigna capitalista que funcionó en una parte del mundo durante años fue “paz social a cambio de dinero”. Patronal y sindicatos llamaban a esta transacción pacto social, política de rentas. Ahora la consigna capitalista que rige el mundo es simplemente “Esto es lo que hay”. Se trata de un nuevo escenario en el que el espacio de la negociación se ha ido apagando. Es fácil de entender. Como afirmaba recientemente uno de los hombres más ricos del mundo [Warren Buffet]: “¡Y tanto que existe la lucha de clases, pero la vamos ganando nosotros!”. En términos políticos podríamos calificar la situación en la que estamos como un impasse. La acción política que se quiere radical está abocada al siguiente dilema: si se concreta – y debe concretarse para hacerse efectiva – pierde consistencia política, se hace arbitraria y es absorbida por la propia realidad. Pero si no se concreta, para evitar caer en la trampa de la particularidad, permanece abstracta e incapaz de morder la realidad. Lo que es políticamente factible no cambiará nada, y las acciones que podrían traer consigo cambios realmente significativos son políticamente impensables. La reivindicación ciertamente necesaria parece agotada, abocada a un callejón sin salida. Las formas clásicas de lucha se topan con sus propios límites. Por ejemplo. ¿Para qué sirve una huelga general de un día? La reivindicación tiene que hacerse gesto radical. El gesto radical no tiene en cuenta la correlación de fuerzas porque se hace con un cuerpo que se resiste hasta el final. Por ejemplo, la plaza de Tahrir del Cairo.
¿A quién representa la política profesional? La gran mayoría de los ciudadanos no se ven representados por sus políticos, los vemos como meros defensores de intereses económicos.
En uno de sus libros más conocidos Platón cuenta el mito de la caverna. Lo resumo porque es muy conocido. En el interior de una caverna hay unos hombres encerrados que contemplan el paso de unas sombras. Así transcurre su vida. Es parecido a estar ante la televisión. Pero a uno de ellos se le ocurre que la vida no puede ser eso, y decide salir afuera. Allí descubre el Sol. Ahora no importa qué es el Sol. El hombre se encuentra bien en la intemperie iluminada y no tiene ganas de regresar a la caverna. Platón nos dice entonces que tenemos el deber de volver a la caverna. Aunque esto nos suponga el ridículo o la misma muerte. “Las cosas de los hombres no valen mucho la pena, pero no hay más remedio que preocuparse de ellas”. En definitiva, hay que ensuciarse las manos. Platón ofrece una solución en cierto modo autoritaria, si bien afirma algo fundamental: la política, en el mejor sentido de la palabra, es la administración colectiva de la vida, la autoorganización social en marcha y tenemos que contribuir a a su buen funcionamiento. Creo que es insuficiente criticar a los políticos y actualmente demasiado fácil. Por supuesto hay que gritarles “Que se vayan todos” o “Nadie nos representa”. Pero a continuación defender que la política se hace en el lugar de producción, en la escuela, en la calle… El movimiento del 15M con la toma de plazas supuso recuperar, aunque sólo fuera por unos momentos, un espacio político en el que la palabra era puesta en el centro y a disposición de todos. Evidentemente, la política de los políticos profesionales no tiene nada que ver con esto. Nosotros lo sabemos bien. La transición postfranquista fue, entre otras cosas, el secuestro de este espacio político real, su substitución por un espacio político ficticio, su transformación en Parlamento. La política, que está esencialmente ligada a la vida, fue convertida en el código gobierno/oposición. Este código del cual los políticos profesionales son sus gestores rige la sociedad. Todo lo que no se exprese en su lenguaje no existe, no puede existir. Los políticos profesionales, en el fondo, no son más que los meros guardianes de este código, de “lo democrático”, que por supuesto, no tiene nada que ver con la democracia. No es de extrañar, pues, que este modo de representación facilite y promueva la corrupción.
El capitalismo parece haber fracasado estrepitosamente y sin embargo esa profunda reforma que preconizaron políticos como Sarkozy no llega. Desterrado el comunismo, ¿es el capitalismo el único sistema viable?
A veces es necesario recuperar una mirada histórica sobre la realidad. Entonces nos damos cuenta de que nada es eterno. El capitalismo evidentemente tampoco. Se ha transformado mil veces, y lo ha hecho porque ha sido capaz de poner el desorden en su propio centro. Sólo así, admitiendo la inestabilidad podía ser innovador y persistir. Este “desorden” motor de su desarrollo fue denominado por Marx “trabajo vivo”, es decir, la clase trabajadora portadora de antagonismo y de creatividad. De aquí que, por definición el capitalismo sea sinónimo de crisis. Hasta ahora esta crisis era reconducida como un momento del ciclo económico y servía para “hacer limpieza” de las empresas poco competitivas, de todo lo que le suponía un obstáculo o una disfuncionalidad. En la actualidad estamos viviendo más bien una fuga hacia adelante que amenaza a la humanidad por su carácter fundamentalmente destructivo. Yo no sé si hay alternativa al capitalismo pero sí sé que este modo de producción que aúna la miseria de la abundancia y la abundancia de la miseria debe ser combatido. No se necesita tener una alternativa para decir No, para rechazar esta realidad detestable.
Cometemos un abuso del término nihilismo, muchos lo usan para desprestigiar la deriva de la sociedad actual sin conocer toda la profundidad que la palabra encierra. ¿Es esta una sociedad nihilista que ha rechazado, por ejemplo, el asidero de la religión? ¿Hemos renunciado a ciertos valores de lo absoluto?
El significado del concepto de nihilismo no es fácil de resumir ya que tiene una larga historia tras de sí. Nietzsche es quien formuló la definición posiblemente más útil, y a la vez, más cercana a nosotros: “Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al ¿para qué? ¿Qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizan”. El nihilismo implica decadencia, pesimismo etc. Según él, estos fenómenos surgirían como consecuencia de la muerte de Dios, aunque el cristianismo a causa de su desprecio de la vida ya los comportaba. Nietzsche nos propondrá girar la pasividad decadente del nihilismo en afirmación de la vida, en nihilismo activo. Más allá de la crítica que podamos efectuar a su concepción de lo trágico, y por tanto a su propuesta, su acierto es constatar la irrupción de la nada. No se trata de un problema intelectual. Un vagón de metro lleno de gente en silencio, sin mirarse porque sólo miran su móvil, es el mejor ejemplo de esta llegada del nihilismo. Nihilismo significa, en este caso, que ya “no hay nada” de relación social, puro autismo, o exposición del Yo en la red. El Estado-guerra, que mata a los enemigos que él mismo se construye, es nihilista. La movilización global en la que estamos metidos y que llamamos vida, es una maquina nihilista que tritura nuestras vidas. Podríamos seguir poniendo ejemplos de cómo el nihilismo triunfa, de la crisis de sentido que conlleva. No cabe, sin embargo, oponer valores absolutos a su avance. Todos nosotros sabemos que las religiones son un gran engaño, y a pesar de ello, es innegable la necesidad de creer. ¿Cómo poder luchar sin creer en algo? Por lo menos habrá que creer en nuestras propias fuerzas. Es aquí donde interviene para mí de nuevo el querer vivir. Creer en lo que nos hace vivir es un buen punto de partida para medirse con el nihilismo. Y lo que nos hace vivir ¿qué es sino el propio querer vivir?
Plantea usted que existen varios tipos de apuesta, la apuesta entre el miedo y la esperanza, la apuesta prevaricante, resistir sin esperar nada. ¿Entre qué dos términos podemos apostar actualmente? ¿Qué podemos esperar? ¿O no tenemos que esperar y ponernos manos a la obra?
Después de la derrota de los años setenta se abrió una larga travesía del desierto. No quise inventarme nuevos sujetos políticos. Sustituir el antiguo movimiento obrero por nuevos movimientos sociales cada uno con su reivindicación específica, y en mucho casos, identitaria. Preferí formular una apuesta loca, y que además socavaba lo más esencial de toda apuesta: la esperanza. La llamé apuesta prevaricante porque este término curiosamente recogía ambos significados. Esta apuesta consistía en resistir sin esperar nada. Gracias a ella pude seguir en pie. Y muchos como yo descubrimos que era posible luchar sin horizontes. Con esta apuesta intentaba acercar al máximo nihilismo y querer vivir, la radicalización del nihilismo y la afirmación del querer vivir. En estos momentos creo que esta apuesta tiene que ser pensada de nuevo. Sigo creyendo que sólo la potencia de la nada puede llegar a hundir esta realidad absolutamente capitalista. Una potencia de la nada que va asociada seguramente a una fuerza colectiva anónima. Ocurre, sin embargo, que es problemático pretender radicalizar el nihilismo cuando vemos que está extendiéndose por toda la sociedad. Cuando la realidad, al mostrarse en su máxima obscenidad (corrupción, miseria, injusticias…), parece haber encontrado paradójicamente una vía para su propio reforzamiento. “Esto es lo que hay”: nada de nada. El nihilismo se ha consumado. Lo que me pregunto, y aún no tengo respuesta, es si se puede abandonar el no-horizonte nihilista sin perder la potencia de la nada, esta fuerza oscura que está en todos nosotros y que es la única que verdaderamente puede hacer daño.

¿En qué estaban pensando?

por Santiago Sburlatti

Sentado en la barra del bar-comedor, André repite los versos que suenan con fuerza en los parlantes. Es de tarde, el preámbulo del ocaso y el ritual se repite: varios de los amigos senegaleses que trabajan en la posada inventan una pausa para estar simplemente allí, conversando y escuchando música en familia. En Casamance -como en muchos lugares de África-, los rituales cotidianos son compartidos, colectivos, nada más alejado del individualismo solitario occidental. Se come en familia, se mira la televisión en familia, se trabaja en familia, se escucha música o se toma el té en familia, y en cada momento la conversación, la risa, el debate y los afectos se multiplican, como la imposibilidad de concebir la vida de otro modo.


Los acordes de la canción van ejerciendo un efecto hipnótico y me acerco a ese ritual improvisado de las tardes, que a menudo consiste en cantar o bailar sin complejos. La voz de la cantante dibuja frases delicadas, en un tono de voz que coquetea con una desafinación precisa y estudiada, desgarrada por momentos. La melodía evoca cierto aire de reggae, mezclado maravillosamente con la percusión de tambores y un coro que se antoja inevitablemente danzarín. Parece alegre, pienso, parece festivo. Me doy cuenta que la canción no está en francés y le pregunto a André en qué está cantando. Es diola, me dice, y rápidamente hace el gesto concentrado de alguien que escucha atentamente y está por decir algo. Me mira con profundidad, interpelando mi propia atención y, sosteniéndome por el brazo me demanda: Escucha… escucha lo que dice. Hay algo de necesario y urgente en lo que está por decirme, algo que excede el momento específico de ese encuentro. Algo que evoca y proviene misteriosamente de esa voz sonando en los parlantes.

Escucha, repite… Ella está hablando de la esclavitud. El tono festivo que antes se me antojaba en la melodía, de pronto se vuelve grave, como si acabara de descubrir una tristeza escondida donde no debería estarlo. Ahí ella dice: en qué estaban pensando, hombres blancos, cuando tomaron nuestros abuelos, nuestros antepasados, para llenarlos de cadenas y venderlos como animales… en qué estaban pensando, hombres blancos
André repite la traducción, sin dejar de mirarme. Hay algo en la fuerza de sus palabras que desborda el diálogo, algo que no puedo comprender. Algo que se vuelve corporal y elude la madeja caprichosa de las palabras, habitando la mirada, el aire, los sonidos. Aunque soy un hombre-blanco, los dos sabemos que soy también sudamericano, producto histórico de una tierra que comparte con África la voracidad colonialista del occidente europeo. Y sin embargo, a la vez ese diálogo está hablando de una diferenciaracial que no se ha resuelto, de una memoria profunda, extensa y sumergida en los silencios cómplices o los enunciados vacíos, que celebran la diferencia étnica como si pudiera decretarse y resolverse de un plumazo.

La pregunta que se repite en el estribillo de la canción es tan sencilla, de una obviedad tan grande que duele cuando se la comprende. Y a la vez, comprenderla es necesariamente sentirse desvalido en el terreno de las palabras, habitar un lenguaje que recorre el cuerpo, que estremece y ante el cual no encontramos más respuestas que un silencio atento, de escucha, incluso de danza. André baila la canción, de algún modo la celebra y festeja acompañando un ritmo que nunca se deja ganar por la pesadumbre. El quiere que la entienda, que la pregunta se haga carne y un amigo blanco entienda el sentido de esa tragedia, pero que la tristeza no lo invada todo y petrifique para siempre el destino de una tierra anudándolo al dolor. Es necesario bailar esa tristeza, cantarla, porque ese ha sido el modo africano de nunca permitir la derrota… de no dejar que los que vencieron, lo sigan haciendo.
Hace un par de siglos, a uno de los pensadores más influyentes y decisivos para lo que hoy entendemos por occidente se le dio por hablar de África, claro que de una manera sumamente breve y escueta, como él entendía se lo merecía un tema menor al desarrollo del hombre moderno. Para Hegel, en los negros aparece como detalle saliente el hecho de que su conciencia no ha cristalizado todavía en puntos de mira de estricta objetividad, tal por ejemplo como los conceptos de Dios o ley, en los cuales el ser humano participase con su voluntad y tuviese en los mismos la imagen de su ser…”.

El énfasis en el todavía de la afirmación hegeliana evidencia no sólo sus dudas y reparos acerca del desarrollo intelecual del continente negro, sino la presunción evolutiva acerca de un momento histórico al que parecerían no haber llegado aún. Materia prima para el evolucionismo antropológico del siglo XIX, los conceptos del filósofo alemán se encargan de marcar cuanta diferencia posible con la civilización europea encuentra; ardid epistemológico que a la vez que descalifica y exotiza una cultura enfatiza y erige a la otra como cúspide de la historia del hombre (tal como Said lo advierte con la invención delorientalismo). Prosigue el filósofo: Lo que representan como poder no es, en consecuencia, nada objetivo, concreto y diferente, sino que puede serlo con absoluta indiferencia cualquier objeto al cual elevan a la categoría de un genio, ya sea un animal, una piedra o un palo totémico [….] De algunos de estos trazos se deduce que es la incivilidad lo que caracteriza al hombre de color…

Vale decir, desprovistos de un pensamiento mádesarrollado y huérfanos de una concepción del poder objetivado y cristalizado en una instancia separada, afirma Hegel que …al ser incorporados en un estado orgánico, llegan a ser necesariamente parte del avance de la sociedad, pues de una u otra manera resultan partícipes de cierta instrucción, de un nivel ético superior y también de una cultura en ascenso..Empresa encomiable y altruista por donde se la mire, remata nuestro adorabale pensador que por ello la única relación que han tenido los negros con los europeos y todavía tienen es la de la esclavitud. Por lo general no ven los africanos en la misma algo absolutamente repudiable. Es asíque tan luego los británicos, que tanto están haciendo en pro de la abolición de la esclavitud, son peor mirados por los negros…

Probablemente pocas veces se han dicho aberraciones tan grandes en la historia, especialmente cuando quien las dijo pretendía encarnar un punto cúlmine de la capacidad reflexiva y el discernimiento humanos. Matriz del pensamiento occidental, el sistema filosfófico hegeliano ve en el continente africano poco más que un páramo civilizatorio, habitado por seres que en el mejor de los casos guardan una inocencia pre-histórica, y a los que se vuelve imprescindible educar (humanizar, someter) a través de cualquier método. Por ello, en los escasos párrafos que dedica al continente africano en su tratadoFilosofía de la Historia, Hegel culmina sentenciando que Con esto abandonamos el tema de África, por cuanto no se trata en nuestro análisis de un continente histórico. No nos ofrece, en razón de su estatismo y de su falta de desarrollo, material de alcance constructivo.[….] Lo que entendemos como África es lo segregado y carente de historia, o sea lo que se halla envuelto todavía en formas sumamente primitivas, que hemos analizado como un peldaño previo antes de incursionar en la historia universal…
Al regesar a Dakar desde Casamance, frente a la costa se divisa como un manchón inerte y pesumbroso la isla de Gorée. Mojón de tierra enclavada en el océano, la isla fue durante más de tres siglos (de 1536 a 1848) uno de los centros de tráfico de esclavos más importantes de África, desde donde eran transportados hacia Brasil, el Caribe y América del Norte. Sin poder contar con cifras precisas e inapelables, de todos modos se calcula que millones de hombres, mujeres y niños que eran capturados en el continente, fueron vendidos como esclavos a los traficantes utilizando Gorée como lugar donde eran tenidos prisioneros en mazmorras de piedra que multiplicaban el hacinamiento y la humedad insoportables. Familias y aldeas enteras que encontraban allí su último destino antes de ser separados de acuerdo a la demanda del mercado -se los clasificaba por atributos físicos y habilidades-, enviados cada uno a puntos distintos del nuevo continente donde el incipiente extractivismo colonial deglutía cuerpos sin pausas. Recorrer Gorée es ser testigo del horror… es poder escuchar el silencio que el paso de tantas vidas dejaron, un silencio silbado en el soplo de la brisa marina a través de las diminutas ventanas de las mazmorras. Es tomar conciencia del salvajismo colonial que redujo lo humano a lo animal, afin de someterlo y explotarlo hasta la última gota de sangre sin remordimientos ni consideraciones o debates acerca del alma de los africanos. Hasta el propio Bartolomé de las Casas, poco antes de morir, confesó su arrepentimiento de haber preferido como solución inicial a la explotación del indígena, la utilización de esclavos africanos que llegaban masivamante a América y sobre los que no pesó discusión alguna acerca de su condición humana salvable a través del misterio divino.

La historia de Gorée, como los infintos relatos de nuestro continente, es la historia de ese capitalismo, cuna de la civilización occidental, que se erigió sobre la sangre de aquellos a los que despojó de humanidad, de cultura y de espíritu, para someterlos y afirmar al mismo tiempo un único curso posible de la historia. Y también es la afirmación y la actualización constantes del enunciado hegeliano en la idea deraza como diferencial humano, sobre la que se siguen montando nuevos colonialismos que no cesan de extraer, de los cuerpos, su potencia y sus esperanzas.
Por eso, no resulta tan difícil comprender la pregunta que se reiteraba en el estribillo de esa canción que André traducía con fuerza. Por eso, esa respuesta no habita solamente las palabras o la tristeza… por eso se hace danza, canto, grito, risa, llanto, tambor, lucha.

El consumo libera: seis hipótesis sobre el pasaje del viejo neoliberalismo excluyente al nuevo capitalismo runfla (que lo incluye y supera)

por Diego Valeriano

1. Durante la primera década de este siglo, y en paralelo con la crisis del capitalismo europeo, amplias capas de los sectores populares del mundo urbano (de Argentina y de otros lugares del mundo) viven un ciclo, favorable, de incorporación al consumo. Se puede pensar este nuevo acceso a la riqueza como parte de un proceso de liberación (y no, como reza la tradición “crítica”, como enajenación), a condición de definir con mayor precisión esta idea de “liberación”.


2. Con el aumento de consumo cambian los modos de sentir y de pensar, los vínculos, los modos de ser, de amar, de gozar y de morir. Se abren nuevas posibilidades y declinan los saberes tradicionales sobre cómo gobernar las poblaciones. Lejos de cualquier recaída en formas clásicas de organización, la acción colectiva se abre a un nuevo cauce, un tiempo inédito e imprevisible. De este proceso forman parte, muchas veces más allá de su voluntad, los más diversos actores, desde los sindicatos, ONG’s y organizaciones de base hasta vecinos que reclaman justicia y movimientos sociales aliados o no a los gobiernos.

3. El viejo neoliberalismo, aquel que producía exclusión social, fue destruido, antes que nada, desde abajo: esto es vivencia diaria para la inmensa población de la periferia. Sobre su cadáver se construyó, siempre desde abajo, lo que venimos llamando capitalismo runfla. Se trata de la fase nueva y superior del neoliberalismo, de raigambre popular e inclusiva. El estado, en concordancia con esta fase, despliega una retórica populista y toma medidas para sostener e intentar guiar este proceso.

4. Si nos animamos a plantear la liberación es porque el motor de este capitalismo “runfla” es el consumo de masas. Esto sucede, al menos por el momento, en buena parte de lo que en otra época era la periferia del sistema-mundo y en la actualidad conforma el formidable eje sur/sur (o corredor BRIC). La salud de este tipo de capitalismo depende, queda dicho, del acceso al consumo, auténtico motor político de estos procesos y de las transformaciones en curso. Es en este contexto que se pone en juego la posibilidad de la ruptura de lazos históricos de dependencia sur/norte en varios los planos (nacionales y regionales).

5. Este proceso de “liberación” hay que entenderlo de modo siempre relativo y como parte de un proceso en disputa. Es cierto que el mismo proceso que lleva al aumento del consumo puede ser interpretado como la base de nuevas dependencias (de tipo “objetivas”: mercado mundial, sistema financiero y tecnológico; y de tipo “subjetivas”, patrón de consumo, creciente subordinación del tiempo al mando ajeno para garantizar el consumo, etc.). Aún así, insistimos en el hecho de que en estos procesos se fortalece una vitalización de los pobres desde el consumo (por otro lado, largamente postergado). Los pobres, sin dejar de serlo (aunque tienden a liberarse, también, de este modo de categorizar de esa categoría) aprenden a explotar, en su beneficio, las jerarquías sociales. Y lo hacen, sobre todo, mediante la táctica de la transfiguración continua de los territorios hasta volverlos incomprensibles, inabarcables, irracionalizables. E Ingobernables (al menos, para los viejos saberes del arte de gobernar).

6. Esta fuerza que no se va a detener, esta “vitalidad de los pobres”, es confrontada desde múltiples ángulos: las estadísticas, la solidaridad, la reciclada “pobreza” franciscana (¿no es el énfasis en el “amor” cristiano un intento por reconducir lo que este proceso tiene de liberación?). Las batallas de este proceso de liberación son cotidianas y feroces. La confrontación crónica de los pobres con el aparato represivo estatal (y privado) va en aumento y por lo que se avizora no va a haber tregua alguna. En todo caso, el capitalismo “runfla” es inseparable de una generalización de micro-guerrillas urbanas, micro-políticas de la vida.

Francisco es Bergoglio: la verdad de cada uno es su propia historia

Por Rubén Dri


El ser humano no es una sustancia estática sino la sucesión de sus propios actos, que es como decir “su propia historia”. En ella se producen cambios a veces superficiales, muchas veces profundos y, en ciertas ocasiones, cualitativos. Pero en ningún momento esos cambios borran, eliminan, hacen desaparecer lo anterior. El caso de Pablo de Tarso que cae fulminado de su caballo no significa que su vida anterior quedase borrada. Siguió estando presente en la memoria. Tanto es así que él siempre recordó que fue perseguidor de los cristianos.

Un personaje importante de nuestra sociedad, llamado Jorge Bergoglio, parece que, desde su llegada al Vaticano, comenzó su historia a partir de cero, realizando en la práctica lo que Descartes había intentado en la teoría, partir de “pienso”, o sea, de la propia conciencia, como si la historia del pensamiento comenzase con él.
El intento cartesiano pronto mostró su fracaso en la medida en que Descartes siguió utilizando las categorías que siglos antes habían sido elaboradas por los filósofos que lo precedieron. Sorpresivamente vimos al Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel a contramano de lo que había afirmado anteriormente, decir que Francisco, o sea, Jorge Bergoglio, no había tenido nada que ver con la dictadura militar y a diversos referentes del kirchnerismo que Bergoglio siempre fue un compañero.
Pero la realidad no se puede borrar con algunas simples declaraciones. Es tozuda y sigue estando presente. Francisco es el mismo que, con el nombre de Bergoglio, y siendo arzobispo de Buenos Aires, enfrentó la política de Néstor y Cristina; es el mismo que procuró articular a la oposición; es el mismo que nunca se acercó ni a Madres, ni a Abuelas de Plaza de Mayo; es el mismo que se opuso a cuanto progreso se realizó en los derechos humanos; es el mismo que llamó a la guerra contra el diablo en el tema del matrimonio igualitario.
Es el mismo que ante la Justicia dijo no tener conocimiento de la apropiación de bebés; es el mismo que, luego de enterarse, nada hizo para poner luz sobre la participación de organizaciones o movimientos de la Iglesia, como el movimiento familiar cristiano, en esa tarea de apropiar bebés.
Es el mismo que por dos períodos consecutivos estuvo al frente de la Conferencia Episcopal Argentina, tiempo más que suficiente para abrir los archivos de la Iglesia sobre la represión durante la dictadura militar genocida y para quitarles las licencias al genocida Von Wernich y al pedófilo Julio César Grassi, sin que haya hecho nada de eso.
Es también el mismo que visitaba las villas, cuidaba de los sacerdotes villeros, hablaba de la pobreza, hacía de la austeridad su modo de vida. Ahora parece que sólo esta parte pertenece a Bergoglio-Francisco, pero no es así. En Bergoglio se encuentran los dos hemisferios enfrentados de manera aparentemente esquizofrénica. Digo “aparentemente”, porque en realidad forman parte de un mismo proyecto político-religioso o religioso-político.
Todo gira alrededor de los “pobres” según la Iglesia, o de los “empobrecidos” según los movimientos populares latinoamericanos. “Una Iglesia para los pobres” nos dice Francisco, pero en realidad debe leerse “los pobres son de la Iglesia” y, en consecuencia, el problema se soluciona con la política pastoral de la Iglesia, o sea, con la caridad.
De esa manera se enfrenta el proyecto político-popular para el cual no hay solución sin el “empoderamiento” popular, sin que los empobrecidos creen su propio poder, el “poder popular”, como lo expresara tan claramente Hugo Chávez en la plataforma con la que se postuló para la presidencia en la última elección.
Los “pobres” de Bergoglio no son los “empobrecidos” de la Teología de la Liberación. Dos proyectos antagónicos que, sin embargo, inevitablemente tendrán espacios de confluencia. La “caridad” es un paliativo necesario en casos frecuentes en nuestra sociedad para salvar situaciones de emergencia, pero no puede ser la solución al problema de la pobreza que sólo se puede ir solucionando en la medida en que los empobrecidos vayan construyendo su propio poder.
De estas dos caras de Bergoglio, la más oscura es la que se nos muestra en la manera con que trató a su antiguo profesor y hermano en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio, según quedó plasmado en el “recurso” que este último presentó ante el superior de todos los jesuitas, por intermedio del padre Moura, asistente de la Compañía de Jesús en Roma.
Yorio había sido profesor de Bergoglio, y ahora el ex alumno como superior de su antiguo profesor, lo zamarrea dejándolo en una nebulosa de acusaciones que lo hacían inepto para pronunciar sus votos en la compañía. “Nos parecía injusto –dice Yorio en el recurso–, el proceso de las ‘presiones’, sin que hubiese posibilidad de saber de qué se trataba, sin que el provincial nos acusara de nada y sin que nos hubiese ofrecido una salida concreta. Sólo al final una orden tajante, con la autoridad del general –el superior de todos los jesuitas– y con plazo breve y conminatorio”.
Finalmente, “el P. Bergoglio nos recomendó que fuéramos a ver a Msr. Raspanti. Que él (el provincial) informaría favorable y rápidamente para allanar el camino y que con Msr. Raspanti sería fácil”. Lo que viene muestra duplicidad, la hipocresía y sadismo.
Efectivamente, así continúa el recurso: “Msr. nos recibió muy bien. Se mostró muy dispuesto a aceptarnos. Incluso supimos que ya teníamos parroquias asignadas. Pero cuando llegaron los informes del provincial, todo se detuvo. Msr. Raspanti me pidió que fuera ante el provincial y me retractara. Yo le pregunté ‘¿De qué?’, porque no sabía de qué se trataba. Msr. Raspanti como vio que yo insistía en mi ignorancia me prometió que iba a volver a hablar con el provincial y que a mi vez yo conversara nuevamente con el P. Bergoglio”.
¿Qué había pasado? “Mientras tanto, el vicario de la diócesis y algunos sacerdotes nos dijeron que el obispo (Raspanti) había leído en reunión del Consejo Presbiterial una carta del P. provincial –o sea, de Bergoglio– donde había acusaciones contra nosotros, suficientes como para que no pudiéramos ejercer más el sacerdocio. Era secreto el tipo de acusaciones.”
Bien había dicho el Nobel de la Paz que Bergoglio era ambiguo, pero en realidad eso es poco decir. La actitud descripta en el “recurso” es verdaderamente maquiavélica. La saga sigue ahora así: “Fui a hablar con el P. Bergoglio –continúa Yorio–. Negó totalmente el hecho. Me dijo que su informe había sido totalmente favorable. Que Msr. Raspanti era una persona de edad que a veces se confundía. Msr. Raspanti volvió a hablar con el P. Bergoglio y, según le comunicó al P. Durron, el P. Bergoglio le confirmó todas las acusaciones que tenía contra nosotros. Volví a hablar con el P. Bergoglio y me dijo que según Msr. Raspanti sus sacerdotes se oponían a que nosotros entráramos en la diócesis”.
Como colofón, Bergoglio le comunica al arzobispo de Buenos Aires, Msr. Aramburu, que Yorio no pertenecía más a la Compañía de Jesús, a raíz de lo cual el arzobispo le quita las licencias para celebrar y la Armada tiene vía libre para secuestrarlo.

Clinämen: Conservadurismo populista y crisis de la hegemonía neoliberal


Conversamos con Osvaldo Saidón (médico, psicoanalista y escritor) precisamente sobre qué hacer con el «efecto Francisco»

http://ciudadclinamen.blogspot.com.ar/

El efecto Francisco: ¿Qué hacer?

por Osvaldo Saidón


El análisis de la institución Vaticana es especialmente difícil, pues se trata de  un consolidado instituido con tal  falta de transparencia y democracia que hace que todo análisis sea una especulación ante el misterio y el secreto que impera en su organización.
En estas circunstancias, debemos volver a preguntarnos ¿qué hacer? pues de lo contrario como estamos viendo,  los análisis, se vuelven interpretaciones, y las interpretaciones, especulaciones, y sólo terminan restando las opiniones, con la  carga moral y de violencia simbólica que la acompaña.
Debemos estar atentos al efecto Francisco, que querámoslo o no, influenciará menos seguramente en la propia institución de Roma, que en  las innumerables   manifestaciones donde la población de católicos o no, y de militantes de  las organizaciones populares, realizan sus actividades.

El modo de funcionamiento que vehiculiza la jerarquía eclesiástica de cualquier signo (cristiano, judío, musulmán) es  regulador de diversas  prácticas sociales (educativas, sanitarias, administrativas) donde el control, la obediencia y la repetición son fundantes,  para inmovilizar las fuerzas instituyentes de nuevos signos.
Aunque tal vez parezca prematuro, es importante ir afinando los dispositivos de análisis institucional, ante la nueva situación que se le presenta a las instituciones en Latinoamérica y en especial en la Argentina con la designación de Francisco.
El efecto sorpresa no ha hecho más que colaborar a un fenómeno de fascinación y ufanismo que poco se condice con la creciente pérdida de fieles y de  convicciones que la cristiandad tiene en esta región.
El institucionalismo se enfrenta al desafío de producir intervenciones que puedan contraefectuar la  andanada de representaciones, que lo instituido reproduce  y la  media inventa  y vehiculiza.
Es un buen momento para volver a preguntarnos acerca del modo de intervenir junto a esa mayoría que habita las más diversas instituciones, “los cualquiera”, afirmando una democracia directa que le dé consistencia a procesos de autonomía y autogestión. Cuando nos dicen que las masas vuelven a fascinarse con procesos arcaicos y secularmente instituidos como las monarquías papales con sus jerarquías,  liderazgos carismáticos y  populismos – que en renovado bricolage proclaman el  amor fatuo, la dominación y el  paternalismo, como políticas para los pobres -no tenemos porqué creerlo.
Eso nos desarma, nos llena de apatía y de resignación. Es una de esas interpretaciones inventadas  para entristecer los cuerpos y ponerlos en situación de ser obedientemente adaptados a las hegemonías de turno,
Las multitudes que se expresan en los movimientos sociales y en las organizaciones del peronismo deben plantearse cómo expandir la alegría de los encuentros,  su movimiento múltiple y heterogéneo. Se lo reduce a una unidad, a una molaridad a un rígido segmento cuando se proclama esa oportunista formula de “ peronista argentino y católico.”
Los procesos de institucionalización de un movimiento que se quiere histórico y moderno instituyen permanentemente novedades que pueden ser analizadas en los tres ejes de funcionamiento institucional: el eje libidinal, el lingüístico o simbólico, y el del poder  y el dinero.
En el libidinal trátase de expandir un erotismo inclusivo, de mayorías, que refleje las novedades y las diversidades.
En términos de lenguaje, retomar los signos que procedan  a un futuro, a una apertura cada vez más insólita en lugar de procesos de restauración simbólica.
Y en cuanto al poder, se trata de la promoción de dispositivos que marchen en el sentido de una mayor distribución de la riqueza, y por lo tanto, del poder a ella asociado.
Nada de esto anuncia un papa argentino y peronista. Por el contrario, tiende a homologar, a confundir: la vocación de servicio con la  militancia, renovando así una fragmentación que las fuerzas populares ya vivieron en los últimos  60 años en   diferentes oportunidades.
No nos detendremos aquí, pero ya se ha analizado en diversas oportunidades, las consecuencias trágicas que propició el sentimiento religioso cristiano en la actividad militante, en la lucha armada y revolucionaria  durante la década del 70 .
El institucionalismo se manifiesta en dos campos: el campo de análisis y el campo de intervención, que se interrelacionan y se contradicen según las circunstancias y la institución en cuestión.
El campo de intervención precisa de un espacio para operar. En la mayoría de los casos es lo que se llaman establecimientos: una escuela, una parroquia, una sala de hospital, una congregación, la sede de un sindicato. etc.
Veremos surgir  un efecto vaticano, papal, en las más diversas instituciones del estado o privadas, manifestándose en los comportamientos, en la subjetividad aterrorizada por la cruz, por la espada y la palabra que habita en lo más íntimo del cuerpo social.
El terror hecho carne en nosotros, y expresándose  en las instituciones jurídico administrativas del capitalismo planetario, han sido descriptas entre nosotros con inusitada lucidez por León Rozitchner.
No se  trata de opinar y/ o  interpretar, sino de saber qué hacer ante el modo en que este  instituido papal, intentará regimentar, proponiendo algún atisbo de cambio para no perder lo que queda de una iglesia definitivamente desacreditada.
 
¿Qué hacemos? ¿Cómo aprovechar este nuevo desafío que se le presenta al análisis institucional? ¿Cómo contraefectuar estas nuevas formas, que desde  una aparente doctrina social cristiana, intentan frenar los novedosos devenires de las comunidades que vienen.
El amor, la amistad, la solidaridad, el poder, y hasta la revolución, intentan una y otra vez, estar moralizados según la fe cristiana. Pero es justamente en sus impotencias en sus fallas, en sus fracasos, y en la pérdida cada vez más enorme de fieles y seguidores, que dejan un lugar para el análisis y la intervención institucional.
Continúan abiertos y se renuevan espacios para la acción política que deberían estar atentos a no reproducir en su seno el mismo tipo de comportamiento y vinculación contra el que se instituyeron.
Las instituciones y organizaciones que convocan a las juventudes que redescubren la política seguramente se tendrán que plantear estas cuestiones tanto en el plano de organización, como en la consistencia que le vayan dando a sus propuestas de vida.
Son las  agitaciones y acciones micro políticas, que por millares se realizan en barrios, escuelas, hospitales, prisiones., comunidades, las .que van instituyendo un modo de vida por  venir que escapa a los disciplinamientos y al control que los estados precisan imponer.
Algunas de estas acciones  las acompañan, curas, pastores o hermanos musulmanes, pero es el fulgor del acontecimiento que las alumbra y no la obediencia que toda religiosidad termina por imponer.
Hay pastores, hay creyentes, pero la mayoría del planeta de los que están y vendrán son ateos, laicos, agnósticos. Sujetos que no precisan de la trascendencia ni de la vida más allá de la muerte para habitar y fomentar la potencia y la alegría de los cuerpos en la cotidianidad de las  instituciones. 

Cartografías políticas

Notas para la investigación política en el seno de las paradojas del post-neoliberalismo
Por Diego Sztulwark
Los conceptos son cócteles molotoff contra la realidad, armas con las que intervenir en el combate en el que todos estamos metidos
Santiago López Petit

1.      Tres nombres propios para describir una mutación

Partimos de tres términos imprecisos para describir un pasaje, un movimiento, unas circunstancias. Tomamos tres nombres propios bien conocidos del relato político argentino: los 90la crisis del 2001; y el modelo (de “crecimiento con inclusión”). Como sabemos, los 90 son recordados sobre todo como aquellos años en los que el “clima” propicio para los “negocios” (la apertura al flujo de capitales) socavó buena parte de la infraestructura pública y terminó por sumergir en la miseria a una buena parte de la población. Se trata de una síntesis parcial, pero contundente. Aquellos años fueron también los de una revolución capitalista en el agro en base a la incorporación de nuevas tecnológica, licencias, técnicas de gestión. Como veremos, no es este un dato menor.

La crisis del 2001 es recordada frecuentemente como una exposición general de las miserias y padecimientos que conlleva el neoliberalismo para las mayorías populares. La destrucción de puestos de trabajo, de derechos laborales, de mercados, de servicios sociales y de patrimonio estatal. Es cierto que el momento de la crisis coincide con la consolidación de nuevos movimientos de resistencia sindical y social, de una nueva y extendida subjetividad política. Pero por lo general, se acepta que la crisis del 2001 es un momento interno al neoliberalismo de los años 90, caracterizado como crecimiento con exclusión, desarrollo sin sensibilidad, puro movimiento de divisas incapaz de generar/distribuir nuevas riquezas. Desde este punto de vista, el valor de las luchas que emergieron durante la crisis es meramente negativo, pura impugnación. No poseen las claves para anunciar un nuevo tiempo, sino que disponen apenas de la fuerza suficiente para la clausura de un tiempo injusto.

Todas estas percepciones, memorias, concepciones pertenecen a la perspectiva actual, caracterizada como la de un período de transformaciones presentado como modelo de  “crecimiento con inclusión”. A diferencia de los 90, las retóricas del desarrollo del presente ya no se auto-representan como exteriores al mundo popular, a las razones de la comunidad. La idea de inclusión se ha vuelto fundamental. Más allá de la retórica que enfatiza en la reparación, en las políticas sociales y en la extensión del empleo, se verifica una ampliación de derechos vía ampliación del consumo. La articulación entre la exitosa inserción de la Argentina productora de alimentos y energía en el mercado mundial provee, mediación financiera mediante, de los recursos para la intervención del estado en políticas sociales. Y una nueva voluntad estatal, anclada en un contexto nacional, regional e internacional que la favorece, alienta la actividad económica como principal variable del proceso político en curso.

La situación ha cambiado respecto del pasado reciente. El sistema político se ha aproximado a lo social. Una nueva articulación entre política y sociedad se fue constituyendo luego del 2003. Más allá de los juegos artificiales entre oficialismo y oposición, del ejercicio retórico de críticos y defensores de la acción del gobierno, la sociedad ha gozado esta última década de un nuevo período de estabilidad, de consenso y convivencia sostenida en un ultra-activismo del estado, de la política, de la justicia, de la economía, de los medios.

2. ¿Adiós al neoliberalismo?

Vale la pregunta, entonces: ¿estamos dejando atrás al neoliberalismo?  Si prestamos atención a las retóricas gubernamentales así como a ciertos actores de peso en ámbitos diversos como el académico, de los derechos humanos, del sindicalismo, de las organizaciones sociales y de los medios de comunicación pareciera que sí, que la mutación se orienta en una nueva dirección. Esta impresión se consolida si echamos una mirada regional (la práctica de los nuevos gobiernos progresistas), e incluso internacional (el contraste entre la crisis de Europa, y la activación de una economía sur-sur con eje en el corredor BRIC).

Es desde todo punto de vista alentador verificar cómo las antiguas élites vinculadas a las dictaduras así como a la aplicación salvaje de las políticas promovidas por los organismos financieros internacionales parecen sumirse en la impotencia en aquellos lugares del mundo que aún gobiernan, mientras pierden su hegemonía en regiones enteras del planeta que se reapropian de su capacidad de autogobierno y de producir riquezas.

Cierto que surgen críticas, sino verdaderas luchas, que por lo menos relativizan la potencia de esta retórica post-neoliberal. A nadie se le puede escapar que la producción de riquezas, en nuestros países, depende siempre de una “neo-liberalización” de masas en lo que hace a las pautas de consumo. Lo mismo debemos decir respecto de los parámetros que articulan la exportación de alimentos, y energía.  

3. Nuestras paradojas

Encontramos, entonces, una serie de paradojas que vale la pena explorar,  y que tomamos en cuenta sobre todo en la medida en que afectan y determinan nuestros modos de vida y nuestras prácticas discursivas:

La conquista de una autonomía mayor en la región respecto del sistema imperialista normalmente representado por los EE.UU. coincide con una nueva integración subordinada en el mercado mundial. Esta inserción supone dinámicas violentas de mercantilización de la tierra, del régimen de producción y circulación de alimentos y de energía, con su correlato de padecimientos sociales en el campo (contaminación, destrucción de economías regionales, desplazamientos forzados de comunidades), y en la ciudad (contaminación, pérdida de calidad de alimentos, pérdida de soberanía alimentaria).

La constitución de una nueva voluntad política-estatal (que no se da sólo en la Argentina, sino que adopta diversas formas en la región y en muchas partes del mundo) ha resultado eficaz a la hora de reconocer actores y procesos históricos en el ámbito de la producción de derechos; de legitimar el sistema institucional y político nacional,  de incluir contingentes sociales en la ampliación de la esfera del consumo; de consumar procesos de inserción –sobre todo neo-extractivos y de producción de alimentos- en el mercado global; y de integración política regional. Sin embargo, su activismo no ha alcanzado a sustituir (ni por “arriba” ni por “abajo”) el poder de la razón neoliberal (Verónica Gago). Por arriba, porque los designios de los actores globales -tales como los mercados financieros y las grandes empresas multinacionales- no han sido desplazados por una nueva espacialidad social e institucional capaz de regular los procesos estratégicos (como la determinación de precios y regulación de contratos; la creación de dispositivos tecnológicos y pautas de consumo); por abajo, porque la ampliación del consumo y de derechos no ha venido de la mano de una nueva capacidad pública de comprender y regular las prácticas depredatorias ligadas a la promesa de “abundancia” (de la especulación inmobiliaria a las redes narcos;  de la economía informal a al lavado de dinero; del trabajo neo-esclavista, a la trata de personas).

Estas paradojas determinan las prácticas discursivas a la vez que se alimentan de ellas. Bien se concilia con las mismas admitiendo la complejidad con la que nos toca lidiar, bien se toma conciencia de las tendencias biopolíticas que ellas viabilizan (y que acaban por reconfigurar  la vida en común) y se las convierte en objeto de investigación política. 

4.      Tres orientaciones para la investigación política

El cambio de paisaje es evidente. Basta echar una mirada al mundo del trabajo, del campo, de los territorios, de los discursos intelectuales y políticos (Mezzadra). Sin embargo, la energía comunicacional, los debates de la esfera pública parecen agotarse en la lucha política inmediata en torno al control de la decisión política. La tarea de la investigación política queda relegada del debate público, y cae bajo sospecha de operar en función directa de esta disputa. De este modo, la primera víctima de la polarización política es la práctica del discurso político no especializado, aplastado por el sistema de la opinión, caracterizado por un lenguaje preelaborado por el mundo de los medios.

Esta es otra de nuestras paradojas: la ultra politización de la opinión (régimen periodístico, militante, jurídico, etc), acompañada de una pérdida relativa de la capacidad de elaborar lenguajes y preguntas de un modo autónomo. Llamamos investigación política a la invención de procesos de recuperación de potencia en relación con la capacidad de los no especialistas de elaborar preguntas, lenguajes, saberes sobre la existencia colectiva. 

Una primera orientación apunta a reconocer una disposición indispensable para la praxis de la investigación política: lo que podríamos llamar la “arbitrariedad” (palabra en la que insistía León Roztichner), es decir, las formas de la autorización que nos damos para advertir peligros. Para avisar sobre la connotación negativas que pueden tener determinadas prácticas, aunque nazcan de zonas queridas de nuestra propia experiencia.

Una segunda orientación fundamental refiere a la dirección de nuestra atención hacia lo que podríamos llamar, inspirados en la filosofía de Nietzsche,  las “zonas oscuras” de la existencia social, aquellas en las que se elaboran las fuerzas que luego nos afectan, y nos fuerzan a pensar. Esta dimensión opaca puede referir a zonas de la subjetividad, de la política y de la economía, a aquello escapa a la legalidad y a los umbrales de visibilidad instaurados por el régimen de la opinión (Guy Debord).

Una tercera indicación, que atribuimos a Foucault, tiene que ver con el método de la “problematización”, pretendidamente extra moral, que indaga en las mutaciones de las prácticas (prácticas discursivas) para evaluar tanto aquello que, en contacto con nuevas realidades, estamos dejando de ser, como aquello que estamos comenzando a ser. Con Foucault aprendemos a mirar más allá de la distinción legal/ilegal para captar dispositivos y diagramas.

Una cuarta observación surge de una enseñanza de la filosofía de Deleuze retomada por Jon Beasley Murray para la política. Se trata de tomar en serio el mundo de las intensidades, no sólo el de las significaciones discursivas. De poner en primer lugar “afectos” (y “hábitos”, es decir, articulación entre afectos), en contra posición con la inflación de “linguismo” que caracteriza a la idea de “hegemonía” o “batalla cultural” de las retóricas del llamado “populismo” sudamericano.  

Una quinta orientación de la investigación concierne a su propia vocación de participar de las formas actuales de politización (Rodolfo Walsh), referidas en muchos casos a las articulaciones menos visibles de lo que en un sentido amplio podemos llamar la “maquinaria” de gobierno de lo social (Félix Guattari) de producción de imágenes, gobierno de la moneda, soberanía en los territorios, gestión del consumo, etc.
5.      Semiología para un cambio de paisaje
Como enseña la antropóloga Rita Segato (La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez) la investigación política depende de una sensibilidad relativa a los signos. De hecho, oscuridad, nuevas fuerzas, peligros, nuevos fenómenos, son todas expresiones que requieren de un agudo sentido semiótico.

Efectivamente, procesos como la violencia dirigida a las mujeres, organizaciones de pandillas ligadas a la negocios que pueden alcanzar dimensiones globales, aceptación del “vitalismo” que acompaña al goce del consumo, la adrenalina del riesgo, son todos motivos de una fina comprensión de lo que ocurre en territorios en los que el neoliberalismo pulsa con las culturas populares, como lo indica la expresión “capitalismo runfla” (Diego Valeriano).

Se trata del mundo de la excepción permanente (Giorgio Agamben, Paolo Virno), en la que se conjuga hábito social, fuerza fáctica de los poderes y elaboración del derecho y las instituciones. Se trata también del gobierno de la producción de riquezas a partir de dispositivos financieros (Marrazzi/Vercellone). La hipótesis que intentamos abrir parte del hecho de que el poder del capital financiero es el de gobernar el mundo de la cooperación desde “afuera” (Negri), que esta exterioridad de la valorización capitalista respecto de los procesos de creación de valor del común (bienes, infraestructura, saberes) está en el corazón del sistema de la depredación.

Y a la inversa, que este mundo del común es también activa producción desacatada de imaginarios (Machete, Robert Rodríguez; Estación Zombi, Barrilete Cósmico).

Buenos Aires, abril de 2013

Sobre el silencio y las palabras: Vaticano y dictadura

por Alejandro Kaufman


La responsabilidad plena y directa de la jerarquía eclesiástica argentina en el exterminio argentino de 1976 no es evidente por sí misma en su totalidad ni está suficientemente dilucidada. Diversos aspectos generales de tales responsabilidades institucionales han sido discutidos y expuestos, lo mismo que numerosas trayectorias individuales de integrantes de la Iglesia implicados de diferentes maneras, victimarios, víctimas, cómplices y un reducido y ejemplar número de héroes y santos. Enseguida de conocida la noticia de la designación de Jorge Mario Bergoglio tuvieron repercusión –por haberse puesto de relieve- las intervenciones de Horacio González y de Horacio Verbitsky, destacadas entre varias otras, todas ellas constitutivas de un conjunto minoritario al que concurre lo aquí expuesto. González y Verbitsky fueron mencionados como referencias de la minoría disidente, así como señalados por su disenso hacia el desmesurado entusiasmo unanimista que siguió a la designación del nuevo Papa. La divergencia ante la aparente confluencia masiva alrededor de las esperanzas atribuibles a la designación fue presentada por muchas intervenciones como actitud equivocada o inoportuna, cuando se limitaba a la coherencia con lo que hasta el instante anterior a la designación se había mantenido durante años. Es de esperarse que las cosas vuelvan a un cauce más razonable, aunque el proferimiento difamatorio fue lanzado, hasta percibirse incluso la necesidad de reunir firmas para una solicitada en defensa de González y Verbitsky. En lugar de anunciarse una línea de demanda, resistencia y expectativa más amplia, como habría sido deseable, se produjo un frente de conformismo y silencio de indudable precariedad y vacilación ética y política. Solo se arribó a un acuerdo general sobre los asuntos entre estados soberanos, determinantes hacia sus titulares de actitudes políticas no traducibles de manera simplista a los debates públicos. Poner en cuestión lo que sea frente a las nuevas perspectivas abiertas no se pretende vinculante para la presidenta, en tanto jefa de estado y en su relación con quien se erige asimismo en jefe de estado. Estas y muchas otras consideraciones políticas también han sido ventiladas en forma abundante.

El tema más específico e intrincado que concierne a la designación del nuevo Papa es el de la relación entre la Iglesia y el terrorismo de estado en la Argentina. Si bien no nos encontramos ante una hoja en blanco sino con un conjunto de antecedentes de diversa índole, la designación introduce una transformación imposible de menospreciar por su magnitud y novedad. Tampoco es necesario volver aquí sobre el punto porque ha sido harto reiterado.

(No obstante, una y otra vez hay que repetirlo: el crimen de la desaparición excede al asesinato al privar deliberadamente del destino de los cuerpos a los deudos y configurar el contexto en el que se produjo la apropiación de bebés. Desde el punto de vista del acontecimiento colectivo, ambos actos criminales –la desaparición y la apropiación de bebés- mantienen sus efectos de manera indefinida, atenuados en apariencia cuando se encuentran restos mortales o se recuperan hijas e hijos. Quienes han participado de cualquier manera que los haga depositarios de información sobre aquellos destinos, mantienen en el tiempo su participación en la perpetración de los crímenes, dado que el silencio sobre aquello que se sabe y no se dice es una forma de perpetuar el dolor de los deudos y mantener el duelo en suspenso. El silencio implica crueldad e indiferencia ante el dolor de los deudos a sabiendas de lo que ocurre al respecto y cuando se tienen disponibles los medios para paliar ese dolor. Tal silencio no es discreción ni accidente sino que fue designio cruel de los perpetradores. El papel de las jerarquías eclesiásticas es inequívoco en este sentido. Si hay un secreto de confesión que pueda defenderse frente al conocimiento de crímenes de esta naturaleza, entonces la propia confesión perdería todo valor espiritual y moral ante las comunidades, ante la historia y ante Dios mismo, hay que decirlo. Dios no puede querer que permanezca en silencio un secreto de confesión semejante. Dios no puede querer que los deudos en ronda durante décadas estén condenados al dolor sin fin, cuando claman por él ante quienes saben que saben y no hablan. No hay Iglesia que pueda tolerar indefinidamente una situación así. Y son muchos de los integrantes de la Iglesia, religiosos y laicos, quienes mantienen vivo este reclamo.)

Lo primero que se aprecia –y que también se ha repetido- en cuanto a las relaciones entre Iglesia y dictadura es que el interlocutor, por el solo acto de la designación, cambia por completo el escenario del problema al elevarlo a un plano, digamos, universal. Ha prevalecido la idea de que al entronizarse como Papa a Bergoglio también se estaban entronizando sus actitudes y posiciones frente a la dictadura, y ello determinó un debate centrado sobre su persona, en la consideración de que el papado, al atribuirle una condición tan elevada, otorgaba sus cualidades tanto a su persona como a sus antecedentes. Una suerte de purificación o absolución dada por la jerarquía. Al confrontar sus antecedentes personales con esa condición, Horacio Verbitsky parecía erigirse en un fiscal que estaría impugnando u oscureciendo la designación, más allá de sus propósitos alegados de consecuencia con lo que él mismo y otros habían sostenido durante años. Esta transferencia ad hominem del problema, sin embargo, invirtió uno de los términos de la cuestión, porque el problema no es en absoluto de Verbitsky, sino que son Bergoglio y la Iglesia que lo designó quienes tendrán que habérselas con sus antecedentes, tanto individuales como colectivos, y no hay silencio oportunista ni declinación coyuntural que puedan modificar esta circunstancia. Aun cuando tuvieran razón quienes asumen la defensa de Bergoglio respecto de las indicaciones precisas que ha hecho Verbitsky, no cambia nada sustancial sobre su pertenencia a la jerarquía eclesiástica, antes, recientemente, y sobre todo ahora, en el Vaticano. Cierto que si en lugar de Bergoglio el nombrado fuera un sacerdote del Tercer Mundo estaríamos hablando de todo esto de manera diferente. No obstante, con toda la pertinencia que tiene esta discusión, es otro el tema que convoca a estas líneas.

La pregunta que querríamos formular aquí es sobre cómo enfocar de forma abarcadora y específica la responsabilidad de la Iglesia, de la jerarquía eclesiástica argentina en relación con la dictadura de 1976. ¿Forma parte como una actora más del abanico de partícipes y cómplices civiles del golpe de 1976, del terrorismo de estado y los crímenes contra la humanidad? En general prevalece esta idea, con los consiguientes análisis sobre las correspondencias administradas en favor de la dictadura.

Hay varias diferencias y especificidades que atañen a la Iglesia. La Iglesia es una institución irreductiblemente teológico política. Analizarla solo desde el punto de vista sociopolítico hace visible aquello que la óptica secular moderna deja ver en la superficie. De pronto la Iglesia se convierte en una entidad que “pierde prestigio y fieles” debido a su “imagen”, o porque se denuncian actos de corrupción sexual o económica. Desde luego que nadie puede estar exento de semejantes avatares en las sociedades contemporáneas, es decir, de tales enunciaciones en términos políticos y comunicacionales convencionales. Pero la Iglesia no es susceptible tan solo de tales descripciones porque no se trata de una ONG, ni de una entidad civil o llanamente política, sino de una maquinaria de administración de la subjetividad, arraigada en una tradición espiritual bimilenaria, que ha atravesado ese lapso inmenso de la historia cultural. Una institución semejante no se mide en términos temporales equivalentes a ninguna otra con la que podamos comparar, ni es pasible de limitar el registro de su influencia a recursos estadísticos o categorías creadas hace unos pocos años.

La Iglesia es una maquinaria de producción de subjetividad como no lo es ninguna otra que conozcamos porque su desenvolvimiento como tal es teológico político, es gestionario de la configuración de prácticas multitudinarias, no necesaria ni enteramente conscientes, ni susceptibles de representaciones. La fe no se mide por enunciados ni declaraciones, ni siquiera por la adhesión a la liturgia. Siglos de elaboraciones sobre las transacciones entre conducciones pastorales y multitudes, siglos de administraciones a la vez violentas y persuasivas de la pertenencia y la exclusión, la culpabilización y el perdón necesitan ser visitados para siquiera sospechar la magnitud de la cuestión.

La Iglesia es maquinaria de producción de subjetividad multitudinaria porque contiene a sus integrantes de un modo polimorfo, rígido hasta el doctrinarismo totalitario en algunos nodos singulares, flexible hasta la disipación en la figuración de una periferia enunciativa y práctica que deja sus límites más allá de una visibilización ingenua.

Por eso nos sorprendió el unanimismo entusiasta que acompañó súbitamente a la designación. Porque operó como síntoma, como irrupción de algo que estaba latente, implícito, y que en las  condiciones apropiadas salió a la superficie. Es una dialéctica de implicación y superficie aquello que podemos leer en innumerables circunstancias. Horacio Verbitsky dice que se interesó por la Iglesia a partir de un comentario lateral que surgió en su entrevista a Scilingo. Emilio Pérsico relató (¿confesó?) luego de la designación que había celebrado con anterioridad una misa en secreto con Bergoglio en favor de Chávez. Hubo algo que lo habilitó a decirlo, algo que había cambiado para que antes lo hubiese mantenido en secreto. Eso que lo habilitó fue el estatuto del ánimo multitudinario, que había cambiado de latente a visible. Se hizo explícita la pertenencia colectiva a la maquinaria de producción de subjetividad, pertenencia que puede ser secreta, porque su cifra no reside en el conocimiento público sino en la configuración de un vínculo intersubjetivo que sigue reglas definidas por la institución, emanadas desde el fondo de su historia, no subordinadas a las pautas sociopolíticas seculares.

Hablar de lo teológico político en sociedades seculares no supone una mera privatización de lo “religioso” como si fuera una actividad que se desenvuelve en el ocio, o fuera de la plaza pública y de la economía. Ese es un error cándido que solo concurre a confirmar el inconsciente católico, o catolicismo inconsciente que hemos visto cómo ha procedido en la historia moderna, cómo lo ha hecho en los países socialistas realmente existentes que habían contado con la extinción supuesta de las religiones. Ya es un lugar común, por pocos puesto en discusión, que las religiones han vuelto a reclamar su lugar en la experiencia colectiva. Reconocerlo como fenómeno general todavía no nos aporta las destrezas necesarias para nuestros desenvolvimientos sociopolíticos. La designación de un Papa argentino fue finalmente un catalizador de las formas en que la cuestión religiosa se dirime en nuestro país.

Se trata entonces de definir a la Iglesia –recordar esa definición- como maquinaria de producción multitudinaria de subjetividad, como administradora de prácticas sociopolíticas más allá de lo que se enuncia como creencia explícita. Se ha trabajado largamente sobre la elucidación de la subjetividad multitudinaria relativa a la hegemonía eclesiástica. Menos evidente resulta en la bibliografía más usual la intervención sobre algunas distinciones locales, regionales, precisamente cuando destacamos tal cualidad concerniente a la nueva designación. Y aún menos concurrido es el siguiente y decisivo problema.

Puesta al servicio del exterminio perpetrado por la dictadura argentina de 1976, la Iglesia fue mucho más que cómplice o partícipe civil de crímenes de lesa humanidad. La Iglesia, a la que pertenecían y pertenecen en su mayoría o totalidad los perpetradores, y en cuya supuesta defensa cometieron el exterminio, les proporcionó la sustentabilidad subjetiva que requiere un colectivo exterminador. Como se ha dicho, no es fácil matar. Se requiere un dispositivo sin el cual la eficacia homicida de cualquier índole es inviable, no importa si es “legal” o “ilegal”, “bélica” o “exterminadora”. Dicho dispositivo –exterminador- no es en modo alguno un mero aparato torturador o asesino en sus términos materiales, del modo en que un museo de la tortura y la desaparición podría exhibir sus objetos, sus herramientas, sus huellas, su materialidad. Un dispositivo exterminador requiere un régimen de pertenencia subjetiva, relevamiento psíquico, contención normativa, narrativa ideológica y fundamento moral. Ninguna guerra puede librarse tampoco sin un dispositivo específico de contención de la masa homicida. Sin narrativas, símbolos, nacionalismos, pensiones a las viudas, hospitales de veteranos, nada de ello se puede hacer. Es tan crucial un film como “Rescatando al soldado Ryan” (que nosotros vemos como entretenimiento o narrativa culturalmente importada), en el que se cita un caso similar de la Guerra Civil del siglo XIX, como la disponibilidad de las armas, tácticas y estratégicas. En este aspecto el colectivo homicida bélico “legal” exige tramas de sustentabilidad afiliadas a la historia cultural tal como procede desde Homero y mucho antes, por dar una referencia literaria precisa, para de inmediato recordar una y otra vez que el acontecimiento exterminador del siglo XX no tiene antecedentes en aquella historia bélica, y entonces el ocultamiento, la clandestinidad, el terrorismo difuso e implícito, la incredulidad con que se lo recibe cuando se lo conoce son sus rasgos distintivos. Así también de distintivo será en consecuencia su respectivo régimen de sustentabilidad, con sus narrativas clandestinas, sus secretos, sus ideologías, sus justificaciones, sus implicaciones inconscientes y latentes en la población que consiente con las atrocidades, sin “saber” que acontecen, y “olvidándolo” luego, para finalmente concurrir al Nunca más, que se profiere frente a lo irreductible, lo inaceptable, lo imperdonable, lo que no debería haber sucedido y no debe volver a suceder. Es una diferencia inconmensurable con la guerra, respecto de la cual no surgen enunciados semejantes, dado que todo Estado reside su entidad en la preparación para la guerra. Súmase que la juridicidad emergente interestatal posterior a la Segunda Guerra Mundial, el actual fundamento de la vigencia universal de los derechos humanos, sostiene la ilicitud del exterminio a la vez que la plausibilidad de la guerra. Al respecto la siempre ambigua y prescindente posición de la Iglesia Católica Apostólica Romana con respecto a estos temas demostró su fina capacidad de adaptación cuando cedió a la dogmática del perdón y la absolución y admitió frente al holocausto nazi el enunciado de la irreductibilidad del exterminio y la plausibilidad del “nunca más”. Lo hizo con una demora de medio siglo. Hasta entonces había sido una deuda que la Iglesia mantenía con la Humanidad. La designación de Bergoglio no hará más que ratificar la deuda homóloga en relación con el exterminio argentino. Probablemente él sea el indicado para emprender semejante tarea, como lo fue presumiblemente el Papa polaco, oriundo del territorio más comprometido con el holocausto nazi, y quien introdujo una respuesta novedosa en el discurso del Vaticano.

Resulta notable que algunas mentes ilustradas y sapientes sobre lo histórico social desciendan al sentido común más pedestre cuando analizan estos acontecimientos. Los reducen a moralismos de escuela primaria parroquial, de conmovedora ingenuidad, clausurados para distinguir entre las atrocidades cometidas por la dictadura de 1976 y la devastación que propinaron a las víctimas. Se atreven a pedir explicaciones o arrepentimientos a los sobrevivientes sin reparar en que lo que fue destruido, aparte de los cuerpos y en ellos, fue el dispositivo de contención de la subjetividad colectiva de la lucha armada, meta explícita del exterminio, en lo que el exterminio tuvo éxito, dejando en el infierno de la desaparición y la apropiación de niños todos aquellos discursos. Después, cuando reemergen en el contexto de la lucha por los derechos humanos como residuos narrativos, ecos lejanos de prácticas sociales sometidas en los cuerpos a los vejámenes más atroces, todavía se les piden cuentas, cuando no responsabilidades penales a quienes han sido castigados de las maneras más inimaginables. Sería el doble castigo, entonces, la doble retribución, la reiteración del vejamen, la indiferencia hacia el sufrimiento de años y años sin consuelo.

La Iglesia en su faz conservadora, reaccionaria e inquisitorial puso a disposición de los perpetradores -que iban a reivindicarla en esos términos y purificarla de sus propios desvíos-, de los recursos de administración de la subjetividad sin los cuales el exterminio tal como tuvo lugar no hubiera podido suceder. Puso a disposición de los perpetradores los sacramentos de la confesión y la eucaristía, sacramentos que permiten vivir en paz, o ir a la guerra, o aun exterminar, según hemos comprobado en la Argentina. La interpelación a la jerarquía eclesiástica es sobre si va a permitir que también hayan servido al exterminio.

No es tan evidente la magnitud y calidad de semejante acontecimiento. El nazismo, que venía a sustituir a las religiones y no a defenderlas en sus versiones conservadoras (no obstante algunas vacilaciones iniciales) tuvo que crear su propia maquinaria de producción de subjetividad. Cuando los nazis fueron vencidos en la guerra, dado que el dispositivo que habían creado era idéntico con su corporeidad estatal-político militar, se extinguieron, no tuvieron ninguna forma de legar su régimen de subjetividad, salvo en formas vestigiales –en general- que persistieron desde entonces como márgenes ilegales en los estados democráticos.

Las Fuerzas Armadas argentinas fueron moralmente vencidas por la sociedad civil porque la demanda de verdad y justicia adoptó la magnitud de un régimen contrahegemónico de construcción de subjetividad que confrontó con una institución abandonada en el trance de la derrota moral por los componentes civiles que fueron parte del dispositivo criminal. Los componentes civiles se replegaron e intentaron permanecer ajenos a la prosecución judicial. Intentaron con variado éxito permanecer en la vida sociopolítica como actores en los mismos términos con que se habían desempeñado históricamente.

Es el momento de recordar que el peronismo perdió las elecciones en 1983 porque interpretó que la balanza del poder se inclinaba en favor de aquellos poderes fácticos permanentes. En cambio el alfonsinismo ganó las elecciones con una plataforma que reconocía y defendía una versión mínima de los juicios a los principales responsables del exterminio. Es curioso cómo la designación de Bergoglio como Papa nos presentó una jornada que recuerda a aquella negligencia con respecto a los derechos humanos, aun por parte de quienes hasta la víspera los defendían, y seguramente lo seguirán haciendo. Hay una obturación en sus miradas respecto del papel de la jerarquía eclesiástica, que los lleva a naturalizar su poder espiritual y político, y a declinar actitudes opositoras a esos poderes, al precio del olvido. ¿No es notable que en aquellos años los mismos actores integraran la minoría que no aceptaba de plano el planteo del peronismo por amnésico (hasta el extremo de la renuncia al propio peronismo –sin perjuicio de que los tiempos en que tuvieron lugar los acontecimientos no fueron simultáneos-), ni la transacción alfonsinista por insuficiente? Fue cuando el CELS, que ahora protagoniza una respuesta, llevaba a su vicepresidente como único diputado que iba a defender consecuente y específicamente la causa de los derechos humanos en el Congreso y obtenía el número justo de votos en la Capital Federal para ocupar la banca, unos 70000. El propio Horacio González fue uno de los renunciantes a aquel peronismo moralmente paralizado. Puesto en esa perspectiva parece que el tiempo no hubiese transcurrido.

Habrá ocasión de proseguir esta discusión. Alcanzará aquí con señalar que la jerarquía eclesiástica argentina hubo de dotar a los perpetradores argentinos del exterminio de un dispositivo de sustentabilidad subjetiva que otros hubieran soñado con poseer. Lo que se defendía era su propia versión de la vida político cultural tal como la entendían esas jerarquías, al precio del exterminio de quienes desde su propia grey se habían “pasado al otro lado”.

En términos realistas, y más allá del inconsciente católico colectivo y sus sorpresas, el problema, si es que hay un problema, y lo hay, y es mayúsculo, lo tiene el Vaticano, lo tiene el Papa argentino, y si bien su magnitud es local y menos conocida a nivel universal, en el orden ético que compromete a la Iglesia podría ser más difícil de enfrentar que el de la relación entre Pio XII y el nazismo, ante el cual la Iglesia lidiaba crecientemente con un enemigo. Los perpetradores argentinos vinieron a defendera esta Iglesia según su jerarquía, a defenderla incluso de sus adversarios o herejes interiores, a permitirle perdurar en sus privilegios de asociación con el estado por varias décadas más, tal como sucedió. Vinieron a cometer un exterminio en su nombre. No será fácil para el Papa argentino dar cuenta de la deuda que tiene con los perpetradores que van siendo juzgados y encarcelados, aquellos a quienes acompaña desde las sombras en sus reclusiones, manteniéndolos en la adversidad dentro del mismo dispositivo de producción y contención, aquel que les permite hablar sin decir nada, mientras él, Bergoglio, calla, o calló hasta el presente. Su silencio, el de Jorge Mario, es el elocuente, mientras las palabras de Jorge Rafael no hacen más que perpetuar el gélido silencio de la crueldad y la mentira.

Para pasar el finde: “GasLand”



El director de cine Josh Fox recibió una carta en la que una compañía energética le ofrecía arrendar parte de su terreno, en el que se encontraba un importante yacimiento de gas natural, que la compañía en cuestión quería perforar y explotar (fracking). Viaje a través de 24 estados de Estados Unidos para averiguar las consecuencias de la explotación de gas natural. Descubriendo que en aquellas zonas en las que es explotado los habitantes no podían encender un mechero cerca del grifo sin que el agua corriente prendiese fuego debido a la contaminación por gas.        (Ver crítica)

El neoextractivismo como matriz del nuevo conflicto social

Taller Hacer Ciudad, 
Cazona de Flores, 2012
(Borrador de trabajo)


Hace unos pocos años hablamos de neo-extractivismo para referirnos a la dinámica económica fundada en la depredación de recursos naturales (básicamente minería e hidrocarburos, pero también la plantación de soja, etc) para exportación. Se trata de una realidad regional de Latinoamérica, producto del tipo de inserción lograda en los mercados globales. Entre los efectos que produce esta dinámica económica suelen citarse: el desplazamiento de comunidades, la restricción de la pluralidad de alternativas económicas a un patrón único, que supone empobrecimiento económico, social y cultural del país y una fisonomía colonial en los regímenes políticos que gestionan los territorios en donde se practica la extracción.
Sobre esta base, sin embargo, los últimos años ha funcionado una retórica de inclusión social y combate contra la pobreza, vinculada a un imaginario industrializador y neodesarrollista, en base a la generalización de planes (y diversos beneficios) sociales y estímulo del consumo. Además de enormes inversiones en infraestructura dirigida a la extracción, circulación y exportación de la riqueza natural.
Constatamos un desfasaje entre lo que podríamos llamar muy rápidamente dinámicas “urbanas” y “rurales”, dificultando la producción de imágenes políticas que articulen la realidad común de la explotación.
Sin embargo, la operatoria misma del capital financiero permite pensar una realidad común, precisamente “extractivista” dada la relación de exterioridad que el capital financiero plantea con respecto a las formas de la cooperación social. Y cabe añadir, que por un lado, el capital financiero representa hoy la forma dominante del poder económico, y por otro, las dinámicas de los mercados financieros globales juegan un papel cada vez mas importante en la determinación de los mismos precios de los recursos naturales (objetos de la actividad extractiva).
Esta actividad extractiva –en un sentido amplio, es decir, el conjunto de la actividad económica bajo el mando del capital financiera- produce efectos sobre el tejido de la vida cotidiana. Fundamentalmente sobre el patrón de consumo, ya que un modelo de desarrollo fundado en el extractivismo produce un patrón consumista extremo, en el sentido en que la redistribución de la riqueza a través de planes y subsidios se orienta a una modalidad cortoplacista del consumo.
¿En qué consiste entonces la relación entre explotación-extractivista y paradigma consumista, que encontramos en la base del llamado “nuevo conflicto social”? Nos parece que la exterioridad cada vez mayor del capital con respecto a la cooperación social -los procesos de trabajo- acaba por plantear el tejido común de la vida cotidiana menos como una instancia colectiva de valorización y más como un bien común a expoliar de modos diversos (del agro-negocio al narcotráfico, etc). La hipótesis que nos proponemos trabajar tiene que ver con la posibilidad de nombrar todas estas modalidades de apropiación de valor como “extractivo”.
El llamado walfer (bienestar), planteado desde arriba (planes sociales y subsidios) suponen un tejido social pasivo, desvalorizado en su capacidad productiva. Un cambio de perspectivas, que es lo que nos interesa, supone concebir al walfare a partir una valorización activa del proceso mismo de producción y reproducción de lo social, como un elemento activo, y capaz de autodefensa respecto de la violencia extractivo-terrorista que aparece bajo las formas del sicariato, el narco, y la violencia policial.

11 tesis para un país sin política

por Rosa Lugano


1. El neodesarrollismo no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de un estado que orienta el crecimiento de un modo saludable e integral, no se verifica. Lo que hay es un neocrecimentismo fundado en la inversión capitalista.

2. La recuperación de la soberanía nacional (o regional) no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de la investigación científico-técnica de acuerdo a parámetros de desarrollo autónomo, no se verifica. No se constatan requisitos elementales tales como la soberanía alimentaria y la creación de conceptos sociales y científicos propios. Lo que hay es un aumento de la capacidad de importación de modelos de consumo y de paquetes tecnológico, capitaneados por multiacionales y mediado por las instituciones públicas (ministerio de ciencia y técnica y universidades públicas).

3. La autentica alegría festiva no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de una cultura capaz de forjar imágenes diferentes de identificación y de felicidad pública, no se verifica. Lo que hay es adhesión a un patrón global de consumo, un conjunto de prótesis tecnológica de confort y un conjunto de frustraciones de la vida cotidiana compensadas con TV y pastillas.

4. La idea práctica de la nación no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el del control de los procesos de creación de riquezas, así como su regulación en el espacio tiempo propiamente argentino (o bien ampliado a la región), no se verifica. Lo que hay es una inserción exitosa, en términos capitalistas, de producción de tipo neo-extractiva en el mercado mundial.

5.    El retorno del estado no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de una precedencia soberana, no se verifica. Lo que hay es un proceso de construcción de potencias estatales definidas estrictamente por las necesidades de la inserción en el mercado global y una decisión de intervención creciente en función de sostener y alimentar el consumo y la circulación de mercancías.

6. La reanimación de una militancia juvenil no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de una nueva energía crítica capaz de atacar privilegios y miserias del modelo, no se verifica. Lo que hay es una creciente participación de la juventud en la gestión de la máquina estatal y de la población.       

7.  La vuelta de la política no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental, aquel según el cual son los conflictos y las fuerzas sociales funcionan como guía para el reequipamiento de la infraestructura del común y el bienestar social, no se verifica. Lo que hay es una gestión permanente y desastrosa de la catástrofe (de la infraestructura pública, de los derivados de la acumulación neo-extractiva y la desestructuración de la vida común en los barrios), único límite a la ilusión política que abraza a muchos. Sólo la catástrofe activa la memoria de la insurrección.

8. La discusión colectiva no existe entre nosotros. Su supuesto fundamental,  la correlación entre argumentos y voluntad de poder, no se verifica. Lo que hay es una intensificación del oportunismo de la comunicación.

9. El conflicto como división social productiva no existe entre nosotros.  Su supuesto fundamental, el de la lucha de clases por las condiciones de producción/apropiación de la riqueza (cuya expresión fundamental es el tiempo de vida), no se verifica. Lo que hay es una representación mediática de la guerra de opiniones que codifica y vuelve gobernable la trama social.   

10. El amor y la virtú no eixsten entre nosotros. Su supuesto fundamental, el de la articulación ética entre una voluntad colectiva capaz de devenir activa, de forjar su propia praxis, sus afectos y lenguajes, no se verifica. Lo que crece es la “runfla”, el nihilismo, el gobierno a través de una serie de consignas, la última de las cuales nos viene impuesta: el “amor” cristiano a los “pobres”.

11. La idea de la realidad no debe ser solo estudiada sino sobre todo transformada no existe nosotros. Su supuesto fundamental, el de un sujeto capaz de atacar la realidad de la concentración capitalista, no se verifica. Lo que hay es una derrota política gestionada, que sólo nos otorga mediocres motivos para la ilusión y la creencia transitoria. En ese terreno, el poder pastoral es el que manda. Y su designio último sigue siendo la administración de la reproducción de las personas apuntando a controlar el cuerpo de las mujeres (su deseo, su decisión).

Encuentro en la Cazona de Flores

sábado 13 de abril /  15 hs.
la nueva conflictividad social
en el corazón del modelo de desarrollo

Invitados:

ANDRES CARRASCO / Investigador CONICET

CARLOS CARBALLO / Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria
de la Facultad de Agronomía de la UBAun debate sobre el vínculo entre
las instituciones de investigación públicas
y el complejo agroindustrial

Morón 2453

Barrio de Flores – CABA

Disparadores para la discusión:

1. Cómo se expresa en el nivel académico las disputas por el modelo alimentario. De qué manera las tecnologías y los saberes “de punta” contribuyen al crecimiento de las fuerzas productivas, reconfiguran las formas de valorización y determinan una cierta imagen de la felicidad. ¿Existen elaboraciones alternativas capaces de proponer otro modo de producción y de consumo distinto al desplegado por los agro-negocios?

2. ¿Qué tipo de articulaciones concretas se establecen entre el desarrollismo basado en los commodities y las universidades públicas o los centros de investigación dependientes del Estado? ¿Es posible reunir información sobre cómo se aplica la innovación tecnológica actualmente en nuestro país? ¿Se pueden definir cuáles son las líneas de investigación estratégicas planteadas por el Ministerio de Ciencia y Técnica nacional, y proponerse escenarios de cuestionamiento a tal orientación?


3. Tanto en los conflictos por la tierra que están teniendo lugar en zonas rurales como en la conflictividad que se vive en las periferias urbanas, aparece un tipo de violencia de características mafiosas que da cuenta de una específica articulación de negocios (netamente rentística, y muchas veces ligadas a fuentes de financiamientos ilegales). ¿Existen o deben preverse la emergencia de esta especie de brutalidad en otros niveles, como pueden ser la academia y los efectos en la salud de las poblaciones? Cómo inventar mecanismos de lectura y politización de esta nueva generación de conflictos sociales.

La Tortura

por Raúl Cerdeiras (Mar del Sud, 2013)


Slavoj Zizek escribió en The Guardian (luego reproducido por Clarín el 3-2-13) un trabajo sobre el horror de aceptar la tortura. Parte de la siguiente premisa: si se representa la tortura en un filme la obra debe condenarla, directa o indirectamente, pues no se puede ser neutral en ese tema tan estremecedor, eso implicaría aceptarla y le evitaría al artista tener que expresarse afirmativamente a favor de los tormentos. Y desde este presupuesto acusa a la directora de La noche más oscura, K. Bigelow, que su neutralidad trae aparejada la idea de la “normalización de la tortura”. Puede inferirse, sin mucha vacilación, que el filósofo esloveno está convencido que sería un desastre para la humanidad que la tortura sea una moneda común en la resolución de asuntos políticos extremos.
La defensa más obscena de la película, afirma el filósofo y psicoanalista, es la afirmación de que la misma “rechaza el moralismo barato y presenta de manera sobria la realidad de la lucha antiterrorista, por lo cual plantea preguntas difíciles y nos obliga a pensar”. Y a continuación dice que en relación a la tortura no hay que “pensar”.  Creo que en esta afirmación Zizek esgrime un argumento débil que le impide realmente pensarla dimensión política (y filosófica) del intento de las potencias mundiales de normalizar la tortura.

El Occidente capitalista, liberal, defensor de la libertad y los derechos humanos, paladines de la democracia y del consenso civilizado, levantan sus indignadas voces contra el terrorismo sanguinario de los totalitarismos ideológicos, poniendo en una misma bolsa a comunistas, nazis, fascistas, islamitas, o cualquier expresión política que pronuncie palabras como “revolucionario”, “ruptura”, “transformación de raíz”, “subversión”, etc., etc. En definitiva esta cadena de argumentos condenatorios desemboca en una afirmación que no puede discutirse: el valor más sagrado de la humanidad ante el cual todos debemos detenernos y recular es la vida. Pero entendámonos bien, no se trata de las diversas formasde vivir, es decir, las múltiples maneras en que un cuerpo biológico puede ponerse al servicio de una idea, de un pensamiento, sino el cuerpo biológico mismo, la vida en su constitución puramente biológica. Como bien dice Badiou, la proclama de “el fin de las ideologías” (como sinónimo de que algo totalitario felizmente se terminó) no es sino una voltereta elegante para imponer la máxima del capitalismo “democrático” (es decir, la Democracia S.A.): ¡vive sin ideas!
Cuando todo el peso de la existencia humana pasa a ser soportado por los cuerpos vivientes  —ya sean los cuerpos sufrientes de las víctimas o los cuerpos consumistas de los felices propietarios— lo que realmente pasa a regir a estas sociedades miserables es la muerte. La defensa a ultranza de la vida como tal no es otra cosa que el reinado de su aparente contra cara, la muerte. Y eso se trasluce en el despliegue de un tipo de existencia regida por la amenaza constante, el peligro, el miedo,  ¿a qué?, a la muerte o mutilación de nuestro cuerpo y a todo aquello que disminuya la posibilidad de gozarlo.
Los poderosos dicen que cuando se trata de defender a la vida frente a la muerte no hay nada que pensar, pero de esa forma renuncian a poner la dimensión ética de la existencia humana sobre la mesa de discusión, y en su lugar restauran la vieja moral que conlleva una matriz religiosa que en vez de poner a Dios por sobre todas las cosas y a él someterse, proclama que la Muerte es el Amo Absoluto. Y así actúan. La cuestión ética nos demanda que todo tratamiento de la conducta humana debe ser pensado dentro de la complejidad de una situación determinada, tratando de compatibilizar ciertos principios en el interior de la circunstancia concreta de que se trate y, si es necesario, inventando en el mismo momento nuevos principios. La ética milita del lado del pensamiento, la moral se instala del lado del dogma.
Es por esta circunstancia que encuentro desafortunado el argumento de Zizek en su crítica a Biguelow, no porque crea acertado el enfoque de la directora de La noche más oscura, sino porque queda absorbido dentro del mismo formato que rige hegemónicamente al pensamiento reaccionario, cuando este afirma: frente a la vida no hay nada que pensar. Esgrimir el argumento de que frente a la tortura no hay nada que pensar es quedar desarmado frente al poder y pasar automáticamente a dar un combate dentro de las reglas que impone el enemigo.
En el momento de escribir estas reflexiones se discute en el Congreso de EE.UU. la designación de John Owen Brennan al frente de la CIA. Los cuestionamientos que se le hacen son los que todos sabemos. Este individuo que ocupa el cargo de “asesor en antiterrorismo” y que entre otras cosas fue el primer director del recientemente creado Centro de Integración sobre Amenazas Terroristas, parece no tener suficientes antecedentes para corregir lo que hace la Central de Inteligencia por todos lados y sin disimulos, como es la tortura en los “black  sites” (prisiones secretas desparramadas por todo el mundo sin vigilancia política o pública). Estos “depósitos de sospechosos” de la guerra antiterrorista, junto con los aviones no tripulados llamados “drones”, con los que se viola constantemente las fronteras de cualquier país bajo la excusa de ir a la caza de terroristas y exterminarlos sin más (y si los sospechosos son ciudadanos de EE.UU ya la Casa Blanca ha declarado que esos ataques son “legales, éticos y sensatos”)  son suficientes evidencias para poner la piel de gallina a cualquiera. Sin embargo, en Norteamérica exigir que el director de la CIA sea un ciudadano que se oponga a estas prácticas nefastas da lugar a una posición progresista y sin duda de clara adhesión a la doctrina de la defensa de los Derechos Humanos, la cual, lo recuerdo una vez más, proclama como primer derecho y valor sagrado sobre cualquier otro, a la vida.
Entonces, si hay que luchar contra la tortura o su sutil normalización, y esto último sería lo que hace el film cuando dispensa sobre el tema una mirada aparentemente neutral, lo que debemos denunciar antes que nada es el sistema de valores impuesto por los dueños del mundo y compartidos masivamente como un sentido común, en virtud del cual se puede justificar la tortura. Y si estos valores son también sostenidos por aquellos que denuncian la tortura,  se nos presenta un cuadro de impotencia que es necesario romper.
Digámoslo de entrada: la tortura se justifica si con ella se puede eventualmente salvar vidas. Si esta última es el valor máximo en el que se singulariza la humanidad del hombre, entonces la aberrante mutilación de un cuerpo siempre será preferible a una supuesta posible muerte. Una supuesta posible muerte, porque ninguna tortura es necesaria para impedir en el actoque el torturado cometa un crimen. Sí, la tortura se justifica si con ella se evita una muerte. La masacre de las Torres Gemelas dió una excusa masiva para desatar esta visión salvaje de la política contemporánea por la que se invaden países supuestamente portadores de armas de destrucción masiva (Irak), se toman represalias de una crueldad estremecedora contra pueblos indefensos (represalias del Estado de Israel) y se cometen cientos de actos de torturas buscando siempre el mismo y santo fin: salvar vidas. Y todo esto sin olvidar que, como lo hizo el filósofo Karl Popper en su momento, la justificación de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaky fue una simple operación contable  entre el  debe y el haber, por el cual se demostraba que la cantidad de muertos que acarrearía derrotar al Imperio Nipón con los medios de una guerra convencional sería muy superior a los cientos de miles de cadáveres y las secuencias radiactivas que ocasionaría la decisión nuclear.
Cuando el Zizek dice que “un indicio de progreso ético es el hecho de que la tortura se rechaza como algo repulsivo sin necesidad alguna de argumentación”, acierta en lo que hace a su rechazo pero queda descolocado en cuanto afirma que no es necesario argumentar ese rechazo. Sobre todo porque no acusa a la directora del film en cuestión de estar a favor de la misma sino que su “neutralidad” tiende a que la tortura sea considerada cada vez más como algo normal. El punto ciego de esta posición es que los que quieren normalizarla avanzan también con la bandera de que no hay nada que argumentar cuando afirman que la vida (biológica) es el supremo bien de la humanidad y, frente a ello, cualquier cosa puede ser tolerada si se salva una vida.
El siempre agudo esloveno muestra no estar desconectado de esta circunstancia cuando se pregunta, y a la vez se contesta, lo siguiente: “¿La tortura salva vidas? Puede ser, pero sin dudas pierde almas, y su justificación más obscena es afirmar que un verdadero héroe está dispuesto a olvidarse de su alma para salvar la vida de sus compatriotas”. Toda la ambigüedad de su postura quizás resida en ese “puede ser” que la tortura salve vidas. ¿Y si las salva realmente? Nada obliga a que el torturador sea luego erigido en héroe moderno por sacrificar su alma para salvar vidas, aunque la película deje abierta esa ventana obscena. Basta justificarla sacando a relucir una vez más el mortífero argumento del mal menor.
¿Se trata de dos principios loables pero en un punto incompatible de tal manera que en determinadas circunstancias uno de ellos, el rechazo a la tortura, debe ceder frente a la jerarquía superior del otro que sostiene que la vida es sagrada? Decididamente, no. Si se quiere tomar esas afirmaciones como principios sería una muestra acabada que la humanidad del hombre tal como hoy se la interpreta masivamente está aprisionada en el interior de una visión completamente biologista, de una animalidad ampliada y, en última instancia, de un truculento racismo latente. Diría que son principios pero lejos de singularizar a la existencia humana la devuelven, sin reparar en las consecuencias que eso trae aparejado, al reino de la naturaleza, a la ley de la selva.
La existencia humana no puede renunciar a vivir sin principios pero estos deben afirmar ideas que no estén subordinadas a defender o aniquilar la vida biológica. Por ejemplo, si nos referimos a la política,  que ya de por sí no es una instancia natural de la humanidad sino un lugar de invención, de pensamiento, de apuestas y de polémicas, podríamos decir que la igualdad, la justicia, la libertad, la emancipación, etc., tienen la posibilidad de erigirse en principios o sostener principios que no vienen disparados desde las necesidades inmediatas. Esta es una clave que ayuda a pensar porqué nuestra época no puede producir un pensamiento inventivo acerca de la singularidad de lo humano, y en su lugar retrocede peligrosamente a buscar un refugio en los valores biológicos que se asientan en los cuerpos de los individuos. Y para rematar esta operación reaccionaria, responsabiliza de las muertes y  los horrores del siglo XX a todos los proyectos e ideas políticas de transformación revolucionaria que en él se desplegaron.
¿Qué diría Zizek frente al argumento hoy en boga de que defender la vida de un semejante es un principio que hay que aceptar ciegamente porque frente a la defensa de una vida no hay nada que pensar? ¿Aceptaría concluir que como consecuencia de este principio el Che Guevara, por dar un ejemplo, se transformaría en un vulgar asesino serial que se escondía en las selvas de diversos países? Si no hay nada que pensar…
Los dueños del mundo califican de terrorista a toda acción que no repara en nada para segar vidas y desparramar la muerte donde sea y cuando sea. Lo saben porque también ellos lo hacen. Sin embargo su bandera no es la muerte sino la vida, pero no tienen ninguna forma de vida que proponer que no sea la que se deposita en un cuerpo biológico, es la pura vida biológica. Entonces edifican una antinomia falsa que opone el eje de la vida al eje de la muerte. Mi intención es demostrar que cuando las cosas se llevan a ese extremo no hay sino un solo eje: el de la muerte. Pero los de arriba quieren mantener la ilusión de una lucha por la vida, y es esa misma lucha por la vida la que nos devuelve al reino animal. Un reino animal cuyo medioambiente se llama capitalismo globalizado, persecución ciega del lucro, goce individual de los cuerpos, certeza final de la finitud de nuestras vidas. Ese es el único personaje que la visión hegemónica de nuestras sociedades puede calificar de humano y toda su capacidad política se limita a construir un relato que satisfaga sus expectativas. Barbarie.
En definitiva, pienso que la normalización de la tortura no se facilita por hablar cada vez más abiertamente sobre ella desde un lugar “neutral” que la presenta como un “problema”. Para que esto suceda primero hay que abonar un terreno en el que esta operación pueda decantar y fluir libremente. Y el terreno que hoy pisamos se muestra fértil para esa tarea por cuanto está huérfano de pensamientos e ideas  políticas emancipativas, y la política que circula está atrapada por la lógica del capital que impone su ley de lucha a muerte por intereses y la satisfacción de las necesidades inmediatas, más la seguridad policial y del Estado sobre los cuerpos individuales, esperando resignadamente nuestro seguro entierro.
La penetrante mirada de Zizek parece percibir esto de manera, para mi gusto, muy colateral respecto al peso de sus otros argumentos. Es cuando termina diciendo que 20 años atrás (yo extendería a 40 esa cantidad) sería impensable que una película importante de Hollywood “hubiera presentado la tortura de forma similar”. Seguro, porque se vivía aún dentro de los coletazos moribundos de una época que, para bien o para mal, había forjado una política en la que se proyectaba la posibilidad de producir un Hombre Nuevo, con atributos no derivados precisamente de sus condicionantes biológicos.
Si hay algo que pensar de la tortura es precisamente que es un efecto que siempre se arroga una virtud extrema: la de operar, en su abominable bajeza,  la  salvación  de un sublime valor. Pero si desgarramos la aparente antinomia entre vida o muerte y develamos que solo reina la muerte en los dos bandos (en el film: EE.UU. Vs. Bin Laden) y en el medio la tortura, esta no puede salvar otra cosa que no sea al Amo Absoluto.


La 12

Por Rosa Lugano

Mis «11 tesis para un país sin política» han suscitado una polémica de proporciones dentro y fuera del Lobo Suelto! Con el propósito de incentivarla, agrego una tesis aclaratoria.

12. No existe entre nosotros una voluntad de poder. Su supuesto fundamental, la creación de nuevos valores y la consiguiente puesta en cuestión de las formas de producción/apropiación de la riqueza colectiva, no se verifica. Lo que hay, sí, es un régimen difusión de ilusiones muy efectivo a la hora de armar dispositivos para gobernar –no para prevenir– la catástrofe (y en la medida en que la catástrofe tiene una dimensión global, esta capacidad de armar dispositivos debería interesar también a nivel global).  

392

por Diego Valeriano


Agua, muchísima agua, el paquete de velas 20 mangos en Villa Elvira, cinco trabajadores esclavos que perdieron todo y tienen que pagarlo, Club Med; calles como ríos. Subiendo las cosas a la cama y después al armario y después se ahogan conmigo. Infinidad de gritos en la oscuridad, celulares última generación que no responden, redes sociales, cruzar nadando la calle para ayudar a la vieja que vive sola y los hijos nunca pasan a ver; una, dos, tres, cuatro horas y no para, autos flotando. Un chabón subido a un árbol en la plaza, sigue lloviendo, la 7 es un río tempestuoso que se lleva puesto todo. Paró, silencio, oscuridad. Los perros comienzan a ladrar, los chicos lloran y nadie duerme, el agua baja de a poco, solidaridad entre víctimas. Sale el sol y empiezan algunos saqueos, pocos, poquitos porque no quedo mucho, plasmas al lado de los cuerpos; bomberos, policías, municipales, militantes, funcionarios desconcertados. Aparecen más cuerpos, miles de miles de victimas, quince vecinos en la única casa de la cuadra con planta alta, gente deambulando, lagrimas, llantos, gritos de dolor; basura. Celulares que no andan, miedo, limpieza; aparecen más cuerpos, Facebook, rumores, me contó mi hermana que vive en Villa Motoro, solidaridad entre parientes. Macri, Bruera, Scioli, Cristina, Magnetto, Lanata; administración de las propias carreras; planes de emergencia, Twitter operando, medios operando, miedo operando. Dormir en el suelo, mandar los pibes a lo de un amiguito, no encontrar a la Tía. Agua potable y lavandina, bidón de cinco litros de agua de mesa a cuarenta pesos, Espadol y cagadera. Corte de calle, solidaridades; solidaridad oficialista, solidaridad opositora, volanteada convocando a la asamblea; colchones. Transformadores de Edelap, comida podrida en la heladera, comunicados de prensa, camiones de basura repletos que no pueden más, va volviendo la luz y quitando algo el miedo; gente que sale a correr, festeja cumpleaños y entierra a sus muertos. Marca a un metro setenta, rumores, especialistas, todos los muebles a la calle, olor que empieza a subir, gatos muertos, nenes que no aparecen. Gendarmería en los barrios destartalados de antes, hacemos un chino, militantes con todos los dientes entrando de pechito. Bandas con pecheras, bandas enfierradas, camiones repletos de mercadería que no llegan ¿Dónde compro merca? Solidaridad cristiana, solidaridad antipolítica en el club de rugby. Yo, yo y yo llevo la ayuda. Solidaridad televisada, oportunistas y calculadores. Hundidos y flotando, cagan a trompada a la peruana que vendía las velas a 20 mangos, reventa, cortes de calles, asambleas, clase media a la altura de la catástrofe, mezquindades, obviedades, asueto y bandera a media asta. Recolección de residuos, camiones y más camiones, ¿Por qué no paran en mi cuadra? Diputado oportunista dona su sueldo ¿a quién se lo dona? En la radio una señora lo felicita, termina el círculo. Panelista indignado, periodista se relame, cambio climático, ciudadanía movilizada feliz de hacerlo. Llamo a la radio y dejo el mensaje, posteo en facebook, puteo en twitter. Calculo infinito, desprecio por las víctimas, cada quien a su juego. Empezar de nuevo, todo a la calle, una mesa que trajo mi cuñada de Burzaco, una  tele que estaba en la pieza de Mateo; lo que más me duele son los libros, y también las fotos, si, si las fotos. Colchones que no hay, ropa que sobra; la ropa se seca, solidaridad con lo que sobra, solidaridad con lo que no se tiene. Dolor en el pecho, angustia y tristeza. Gimnasia empató y River le ganó a Racing: normalidad que comienza a salir a flote. 392 milímetros que no muestran nada nuevo.

La víctima, el político y el diluvio

por Marcelo Laponia y Diego Valeriano


“Sólo la victima descubre descarnadamente la ficción de la vida en sociedad, la victima ya sin nada que perder comienza un camino de restituciones y justicia, la victima deja de ser cómplice, a la víctima le cambia el escenario de su vida. Reconfigurando su futuro y sus temores”
I.
Desde el origen de los tiempos el diluvio depura, la catástrofe elimina a los injustos. El arca que preserva la vida ya no es la de Noé con sus animalitos, sino una fuerza movilizadora en torno a la víctima, que ha dejado de ser una figura pasiva para volverse el motivo más potente de movilización.
II.
La catástrofe es general porque además de la ruina de las vidas privadas lo que se destruye es el mecanismo mismo de hacer sociedad, de hacer ciudad. La catástrofe pone en descubierto que nadie está a salvo: ¡welcome to hell!
III.
Juan Cabandié –que no es precisamente una luminaria— fue quien vio más claro el asunto cuando dijo: “sin militancia, no hay estado”. Porque si un saldo, además de los muertos y los destrozos, dejó esta catástrofe es que las redes de solidaridad hicieron las veces de la “militancia”, y la militancia se convirtió en el dispositivo de emergencia para que el estado se haga –bien o mal– presente.
IV.
Entre los bienes destrozados conviene contabilizar también la idea misma de que el estado popular (en vías de desarrollo a tazas chinas) garantiza la seguridad de la población a través de la creación de infraestructura pública y de un cuidado pastoral sobre las vidas. Never in the puta life.
V.
Porque, al fin y al cabo, qué es la política sino el arte de someter a discusión aquello que no se discute. Así entendida (y tal como anotó esa tal Rosa Lugano), la política ya no existe entre nosotros. Hemos vivido en el pasado momentos intensos de política en los que los militantes inventaban organizaciones revolucionarias para tomar el poder del estado y acabar con las miserias estructurales, económicas y morales. Desde que esos militantes fueron derrotados política y militarmente quedó fuera de la discusión la propiedad de los medios de producción y apropiación de las riquezas. Incluso, bien obvio, el problema de la desigualdad. Siempre y cuando sostengas los niveles de consumo.
VI.
Desde entonces (salvo la irrupción de movimientos sociales de nuevo tipo en torno a la crisis del 2001) lo que hay espolíticos sin política. Los políticos hacen muchas cosas: por ejemplo, participan del espacio mediático y representativo. También asumen responsabilidades de gestión en ésta o aquella repartición pública. De allí que tengan discursos, equipos, imagen. Sin embargo, ninguno de esos atributos le es esencial. Un político puede cambiar de partido, de discurso, de equipos y de repartición pública.  Lo único que es real, en serio, para el político es su carrera (el self made man). Nada que reprochar en esto. Al contrario, este hecho elemental lo aproxima a personas que en las más diversas situaciones tienen también como real más verdadero su propia carrera (sea ésta en una empresa, en la universidad, en los medios, en el deporte, etc. etc.). Sin embargo, la carrera de un político es particularmente difícil: debe poner en juego surostro y exigir al máximo cuerpo, en especial para ascender; debe poder entrar y salir de todo tipo de discusiones. Pero, ante todo, debe “medir”: su dependencia de la imagen, de la encuesta, del mercado es implacable.
VII.
El odio a los “políticos” es demasiado fácil y está exageradamente difundido. Lo que se odia en el político son dos cosas. Una más evidente: se le acusa de que vela por el bien común con un ojo puesto en sus cálculos personales. Otra es más solapada: se le recrimina el no disponer de una voluntad suficiente para transformar la sociedad en un sentido de mayor justicia. La hipocresía que se agita en este tipo de odio es también doble: no solo porque se reniega del hecho de que todos nosotros somos parte de ese mercado post-político que se ilusiona y decepciona con los políticos, linchándolos cuando la desilusión es grande; sino además porque se espera del político una fuerza de cambio que sólo tendría si hubiese una fuerza popular colectiva en la que ya no creemos.
VIII.
El político debe saber de -y posicionarse ante- todos los temas: energía, matrimonio igualitario, ley de medios, despenalización del faso, reformas fiscales, vericuetos de la justicia y política internacional. Solo un tema le es ajeno: elrégimen de propiedad de la tierra, el control de los resortes de producción de riqueza, la invención de los modos dereapropiación de la riqueza. En esto el político se debe a su pueblo: si el pueblo no lucha, el político no se ilusiona con causas poco realistas que exigen demasiado esfuerzo.
IX.
En épocas en que no hay política la reflexión colectiva se aplana y el único vector consistente es el consumo. El consumo popular libera, moviliza, incentiva, asusta, forja aprendizajes. Aunque, sin duda, también condiciona (a nivel económico menos que a nivel del imaginario). La ausencia de política conduce, en este contexto, al encuentro catastrófico: consumo sin infraestructura del común.
X.
Bajo esas condiciones, sólo catástrofe hacer pensar: Once, Cromagnon, La Plata, pero también la inseguridad o la trata.En la catástrofe emerge la potencia de las víctimas.
XI.
No hay militantes revolucionarios. Hay políticos, a veces en alta, otras en baja. No hay más organizaciones sociales, sino kiosquitos en los territorios y redes de protagonismo basadas en una nueva ciudadanía popular profundamente vinculada a esta potencia de las víctimas.
XII.
Esa potencia hace las veces de diluvio purificador. Solo van a sobrevivir quienes en esas aguas se bañen. En ese poder redentor que hoy encandila se arropan las nuevas militancias,proyectando la imagen “bergogliana” de unos políticosnuevos que ya no tendrían por meta central sus propias carreras. ¿Será?
XIII.
En las calles anegadas hemos visto solidaridad, coraje y vidas runflas.

Llego la hora de la verdad

La lealtad como tragedia o como esperanza radical
por Roland Denis

Los votos lo dijeron clarito, el pueblo del 27 de febrero, el pueblo leal al mensaje libertario y la obra justiciera de Chávez, salvaron al límite este proceso en el momento en que ha podido desmoronarse por la acumulación arrogancias y garrafales errores que vienen conjugándose con los años. La votación prácticamente 50 a 50 tiene sus antecedentes en estos 14 años, pero en este caso no es lo mismo ni mucho menos tomando en cuenta los altos índices de participación electoral, en este caso se trató de un ejercicio estrictamente de lealtad (y reitero lo de la lealtad porque mucho del clientelismo político comprado por la maquinaria burocrática en este caso desvío por centenares de miles sus votos a la derecha sin complejo) hacia el propósito revolucionario. No obstante y no estando Chávez como candidato podemos asumir que es inmensa la sombra revolucionaria regada como hegemonía de los valores transformadores en estos años la que garantizó la ínfima victoria.

Pero al mismo tiempo tal y como le sucedieron en los terribles años treinta europeos a aquellos dirigentes como Bujarin o Zinoviev y casi toda la dirigencia bolchevique original, esa lealtad se vivió en sus últimos días como una tragedia, como aquellos que aceptaron ser acusados como los más viles conspiradores a la patria y la revolución obrera solo por salvar la causa final revolucionaria aunque el déspota de Stalin sea quien la liderice. Dieron toda su vida -fueron fusilados- y su gloria por la causa final del pueblo, al menos así los ha salvado la historia al interpretarlos de esa manera. Si tuvo sentido o no el gesto degradante de sumisión al déspota de aquellos hombres en el momento histórico que les tocó vivir, todavía podemos discutirlo. Lo que sí no tiene ningún sentido es que nosotros, esa mitad del pueblo venezolano, en una circunstancia radicalmente distinta, donde no hay déspota de por medio y no son nuestras vidas vidas individuales las que tenemos que medir en valor frente a una gigantesca causa revolucionaria, que vivamos igualmente esto como una tragedia. Es decir, que la lealtad del voto expuesto este 14 de Abril se convierta en un acto donde a conciencia oculta sabemos que esto es una causa perdida bajo el esquema de política, mando y comunicaciones que se ha solidificado a través de la costra corporativa-burocrática impuesta, pero aún así como último gesto y por odio a la vieja oligarquía tan bien sintetizada políticamente en Capriles, nos tiremos al río sin hacer nada y nos convirtamos en un “voto despido” por sumisión y por silencio.

Esa tragedia en nuestro caso es inaceptable precisamente porque al contrario de la URSS aquí no hay otro despotismo que el potencial fascismo de la derecha, porque nosotros podemos decirle ¡basta! con todo derecho y moral para hacerlo a toda esa realidad que ha supuesto el quiebre monetario, la vida del cacique Sabino entre tantos, el desmoronamiento del salario por inflación, la burocratización del liderazgo popular, el lenguaje moralista en boca de quienes lo niegan todos los días con su corrupción, el cierre del debate y la transparencia de verdades en los sistemas públicos de comunicaciones, el verticalismo cooptativo de partido, las finanzas para banqueros y jamás para el desarrollo autogestionario de inmensas fuerzas productivas que podríamos potenciar, la misión social social en manos de camarillas burocráticas inútiles y arrogantes. No hay derecho a que nuestra ínfima mayoría nos comportemos como Bujarín o Zinoviev. Aquí por razón de vida o muerte de la revolución por el contrario hay que alzar la palabra, lo otro es por seguro una guerra que la gran burguesía ya tiene todas las posibilidades de desatar de nuevo pero en este caso con un pueblo desmoralizado porque perdió la guerra inmediata contra los monstruos que nosotros mismos hemos dejado que se creen que crezcan y terminen hegemonizando el comportamiento real y discursivo del gobierno. No tenemos derecho a ello. Ni el más beneficiado por el consentimiento monetario del gobierno a tantos grupos de base tienen derecho a ello. El silencio, la autocensura, la criminalización del disenso y la lucha, el no ejercicio con dignidad y sin descanso de los derechos populares conquistados, es la traición originaria, el “salto de talanquera” es solo que viene a consecuencia, así nos fusilamos éticamente hasta no valer nada.

La lealtad por tanto tenemos que vivirla hoy como nunca como una esperanza radical. Como una autocrítica profunda frente a la quietud del silencio y la falta de autonomía política del pueblo en lucha, frente a la sumisión que muchos cuadros nobles de gobierno aceptan por lealtad a un ideal genérico que nada tiene que ver con sus jefes. Como una conciencia de que estamos a las puertas de una nueva ofensiva fascista que puede sin mayor problema desatar una conspiración inmensa contando con la traición interna que hoy se va a desatar y que ayer 14 de Abril mismo comenzó a funcionar al dar falsos avances de victoria al mediodía y desmovilizar a última hora la capacidad de arrastre que pueden tener las “multitudes movilizadas” como en efecto pasó el 7 de Octubre. Prácticamente ocho millones o más de cuerpos y conciencias que han hecho de la revolución verdadera su deseo y su necesidad vital es un caudal inmenso para enfrentar lo que venga, un milagro maravilloso de nuestra rebelión. Pero aquí es obligatorio actuar sin compasión con nada, el gesto compasivo como dicen los brujos naguales mexicanos no es más que una compasión hacia nosotros mismos, un gesto de miedo y debilidad que nos impide mover las energías internas necesarias para comprender y enfrentar la realidad que sea, desdoblándonos en los propios hechos, ayudando al otro aplastado a alzarse contra su condición y sin compasión. Por ello se trata de una esperanza radical donde asumimos de raíz nuestra condición de revolucionarios pase lo que pase. Los retos más difíciles, la contrarrevolución más agresiva como siempre ha sido desde hace 24 para acá debe engrandecernos. Lo que pasó ayer nos debe en ese sentido llenar de alegría porque hacía falta un hecho crucial, al límite de un definitivo abismo para hacer renacer el alma real de la historia actual venezolana, y nuevamente llegamos a él para poner a prueba la verdad libertadora que hemos defendido. Desde Nicolás para abajo, independientemente de juicios y de quien es y ha sido el presidente y quien el simple militante pero que lo mueve todo, estamos obligados a entrar en esa lealtad esperanzada que no se somete a nada, no tenemos derecho al sometimiento. Pero igual, estas alturas y priori no podemos creer en nadie, ese privilegio con justificación o no solo lo tuvo Chávez y ya no está y todo lo dejó…cada quien tendrá que probarse en los hechos y en su inteligencia, en su capacidad comunicante, organizadora y luchadora, en su capacidad de inventar en su terreno toda esa política hoy más que nunca posible de crear una patria libre y de autogobierno del pueblo, armas en mano. Vivir en la alegría y el reto de la esperanza, asumir de lleno lo fuerte y hermoso que es ¡por fin! vencer la opresión imperial y capitalista….nuevamente llegó la hora de la verdad ¡somos Chávez!, pero en este caso ya ésta no tiene después.

Cuatro sensaciones apresuradas sobre anteayer

por D.S.


1.

Hubo derrota anteayer en Venezuela. Por suerte, la cosa no fue tan trágica como para entregar el gobierno a Capriles. Pero todo indica que empezó a tomar forma el “post-chavismo” a nivel regional. 

La estrategia parece ser la de despojar al espacio BRICs de toda retórica emancipatoria. Parece imposible no sospechar que la movida que transformó a Bergoglio en el Papa Latinoamericano juega un papel en todo esto. No hay economía sin subjetividad: en este caso se trataría de convertir el conflictivo proceso de integración sur-sur en un amor desexuado por los pobres. El paso de Gianni Vattimo estos días por en Buenos Aires pareció alinear en ese sentido: se trata de borrar la marca de la insurrección para hablar ahora de valores cristianos. Maduro mismo tomó este camino en su discurso del domingo a la noche. 

De ahí que el «neodesarrollismo» avance ahora como lo que es: una reorganización geopolítica a nivel global sustentada en un crecimiento macroeconómico que, sin cuestionar jerarquías ni desigualdades, dispone una inclusión vía consumo. No es que no haya transformaciones importantes. Sino que estas derivan de la configuración misma del Brics, y se pierde la perspectiva emancipativa. En este cuadro, y sin saber cómo seguirá el proceso venezolano, las elecciones de anoche inquietan.

2.

El último domingo a la noche el programa de Lanata transmitió en TV un informe sobre un supuesto caso de corrupción del círculo más íntimo del gobierno. La información que se ofreció y el tratamiento de los símbolos políticos fueron despiadados. La fluidez con que se pasa de la denuncia a la condena, la falta de toda consideración al decir “chorro” al fantasma de Néstor Kirchner que habla desde el cielo revelan una desafección brutal respecto de los símbolos políticos del presente. Los efectos inmediatos de esta operación apuntan a anticipar a las cacerolas bastardas del próximo jueves, así como a fogonear a la oposición electoral. 

Con todo, la pobreza –no precisamente franciscana– de la oposición, su carencia de imaginación para sacar tajada sobre cada “tropezón” oficial lleva a preguntarse si no es precisamente Lanata nuestro Capriles. El tipo es el único creador efectivo de imágenes desapegadas del relato y la afectividad del kirchnerismo. Los que creen que Lanata representa al “mal”, pueden estar tranquilos con el hecho de que sus golpes no encuentran, por el momento, traducción electoral. Los más creyentes, los que creen que el kirchnerismo en bloque es “bueno”, pueden sentirse personalmente agraviados. Sin adoptar este punto de vista moralista –que empobrece el campo político– lo que espanta de Lanata es, por un lado, lo que sacar a la luz: ese tipo de operaciones ilegales que solemos suponer inevitables en todo gobierno puede coexistir con la política sin dañar los procesos de construcción de legitimidad siempre que sepan solaparse, disimularse, siempre que nos aparezcan como meros rumores, delitos ilocalizables.

Lo que de Lanata espanta, en segundo lugar, es su inscripción en una lógica canalla: lo que finalmente se pueda verificar como verdadero de lo denunciado (ya veremos) no hace sino alimentar un esquema cínico y postpolítico que sólo promete intensificar, con sucesivos estertores periodísticos, una guerra entre miserables.  

3.

La diferencia anteayer la hizo el CELS al lograr reabrir la cuestión de las cautelares que el gobierno no quería poner en discusión como parte del paquete destinado a reformar la justicia. La argumentación puesta en juego (es legítimo despojar del recurso a las cautelares al estado por parte de los poderosos, pero no a los “condenados de la tierra”) muestra que existe un modo de producción política muy diferente del electoral, vía privilegiada sino exclusiva para buena parte de la militancia actual. Horacio Verbitsky, director del CELS, puso en juego en este caso un tipo de influencia y una capacidad de abrir discusiones relevantes que no exhibe casi ningún otro sector del kirchnerismo (ni hablar de legisladores, intendentes y gobernadores que tienen legitimidad electoral propia).

Hay algo de este tipo de autonomía práctica –bastante excepcional– que por momentos logra evitar el cierre automático de quienes participan del dispositivo de gobierno. El CELS, más allá de la figura de su director, construye este tipo de legitimidad de la naturaleza de su trabajo constante con problemas que tienen que ver con la conflictividad social. Esa articulación entre prácticas y enunciados permite momentos luminosos como éste, en el que se interviene políticamente sin confirmar las dinámicas de polarización y, lo más interesante, no se intenta corregir el rumbo del gobierno en nombre de salvar al gobierno mismo de sus errores, sino a partir de la coherencia con la propia trayectoria de investigación jurídica y política. Hay algo que aprender de este episodio.

4.

A nivel regional y a nivel nacional es preciso dar curso a otro tipo de narraciones, es necesario que nunca articular procesos prácticos y enunciados políticos. Más allá del lenguaje jurídico, militante y periodístico –que conduce todo acontecimiento a su propio código–, hace falta retomar la capacidad de plantear de un modo más abierto y menos conservador los problemas de nuestro presente. Esta capacidad no se suele ejercitar al interior del gobierno (lo del CELS, dijimos, es una rara, aunque no única, excepción) y sería casi imposible buscarla con interés en las expresiones de la llamada “oposición”.   

Estas narraciones no pueden eludir una nueva violencia que circula en los territorios. La denuncia y la catástrofe son pésimas instancias para dar lugar a una reflexión de otra calidad. Ambas llevan a reforzar el paradigma gestionario del control.

No somos pocos quienes venimos imaginando la necesidad de inscribir los episodios que hablan de una nueva conflictividad en el marco renovado de la investigación militante bajo la siguiente hipótesis: la nueva conflictividad social se comprende mucho mejor al interior de la máquina financiera de gobierno sobre lo social, sobre los procesos de producción de lo común. En ese marco, poco importa que “lo financiero”, en sí mismo, no produzca valor: los procesos de valorización capitalistas funcionan hoy a partir de dispositivos propiamente financieros de captura de la riqueza y de gestión de la economía y la subjetividad.

Se ha dicho hasta el cansancio que América Latina es el lugar de una anomalía. Cada uno de los rasgos que la caracterizan co-funcionan (maquinalmente, como diría Guattari) en torno a “lo financiero”.  Esta modalidad global de apropiación y gobierno de la riqueza social (es decir, generada colectivamente), regla la producción de valor de un modo cada vez más exterior del proceso de valorización comunitaria. Tal “exterioridad” es abstracción, y determina, coaccionándolos, los procesos de producción/reproducción de lo común, sometiendo la trama colectiva de producción de la vida a mecanismos de valorización dineraria y a la desposesión de equipamientos sociales de bienestar.    

Hablamos de “investigación”, pero no en el sentido universitario (o jurídico o periodístico) del término.  Estas investigaciones intentan dar cuenta de lo que sucede en la dimensión “visible” del fenómenos (es decir, las regulaciones explicitas, la normativa legal, la legitimidad tal y como se organiza en la opinión pública). No importa lo bien conocido que sea este 50% del fenómeno social, nos deja siempre ante el siguiente dilema: o bien cerrarse sobre lo que se puede conocer, pero desconociendo todo aquello que permanece oscuro al saber; o bien admitir que los conocimientos producidos, por precisos que sean, no dan cuenta de la totalidad de la maquinaria del poder.

Entre quienes se atreven a dar un paso más en la investigación siguiendo la realidad en sus oscuros desdoblamientos se plantea la cuestión de los signos, episodios trágicos (o mórbidos) que nos indican el estado actual del cuerpo social sin darnos un conocimiento sobre las relaciones que explican estos fenómenos. Una serie de asesinatos en el conurbano de una ciudad del sur de la región opera como signo, llamada de atención.

Es el camino que seguía Rodolfo Walsh hace medio siglo y es la vía que nos propone hoy la antropóloga Rita Segato (en un texto de inminente aparición por Tinta Limón Ediciones) cuando nos presenta la hipótesis de la violencia expresiva. A diferencia de la “violencia instrumental”, necesaria en la búsqueda de un cierto fin, la violencia expresiva engloba y concierne a unas relaciones determinadas y comprensibles entre los cuerpos, entre las personas, entre fuerzas sociales de un territorio. 

Se trata de una violencia que produce reglas implícitas, a través de la cual circulan consignas de poder (no legales ni explícitas, pero sí ultra efectivas). En otro momento hemos hablado, varios, de “investigación militante”. El nombre siempre es lo de menos. Lo que importa, en cambio, es que quiénes nos hacemos este tipo de preguntas nos vemos cada vez arrojados a interpretar este tipo de signos, a leer en ellos la pugna de nuevas fuerzas en los territorios, expresión de la naturaleza dual de una máquina soberana que se desdobla permanente entre regla y excepción, jerarquía y diferencia. En este desdoblamiento –que se observa en casi todas las instituciones de regulación, de los bancos a la policía– funciona lo que hay que desentrañar: la magia y la fuerza con la cual los dispositivos de control identifican y subsumen las máquinas de guerra en los territorios, en la economía. 

Se trata de crear una nueva sección en nuestro pensamiento para sacar de la página de “policiales” el tratamiento de estos problemas (que son monetarios, sociológicos, subjetivos, corpóreos y varios etcéteras): hacer de la investigación el oficio de nuevos detectives (salvajes) que sitúan en ese nivel, las claves del nuevo conflicto social que recorre el continente.

Sexo y política en Lugano

Por Marcelo Laponia


A partir de una involuntaria recomendación de mi viejo camarada Diego Valeriano he seguido con el mayor interés las tesis presentadas por Rosa Lugano en estas mismas páginas, así como las polémicas que éstas han generado entre sus sagaces lectores. A contracorriente de la tendencia politicista dominante en este tipo de intercambios, voy a enfatizar una perspectiva otra desde la que interpelar lo que se juega en estas escrituras vinculadas al peculiar momento político que estamos transitando.

Y lo hago a partir de la preocupación que me causa la “desatención” con las que son tratadas las cuestiones vinculadas al deseo y a la sexualidad en los debates que se vienen auspiciando. Como parte de una generación que vivió en carne propia la represión cultural y política (que son, obviamente, casi la misma cosa) no puedo sino llamar la atención sobre el riesgo –muy real a mi juicio– de insistir con un lenguaje irónico y un tono cínico que no hacen más que reproducir una cultura de muerte y de desapego afectivo que ya de por sí domina en la gramática de los grandes fenómenos de comunicación. Pero, ¿cuál es la tonalidad específica de nuestra generación? ¿Sobre qué signos –o sobre qué sentidos– se afianza?

El recordado Juan Pablo Maccia –a quien lamentablemente no he llegado a conocer más que por sus luminosos textos– escribió hacia el final de su vida sobre la fundamental cuestión de la represión en relación con las distintas generaciones. En ese sentido, los más jóvenes parecen vivir el fin de la violencia política ejercida por el Estado como una liberación absoluta. Sin embargo, no parece indagarse lo suficiente sobre el tipo de terror que produce el poderoso régimen neoliberal de circulación de las mercancías.

La circulación mercantil es, ante todo, un régimen de enunciados (Lacan lo llamaba el “discurso del Amo” o del “Capitalista”). Un régimen de enunciados y una disposición de los cuerpos y de las almas. Una reorganización de las voluntades y de las energías sociales e individuales. Es así como un nuevo tipo de servidumbre voluntaria comenzó a difundirse, sobre todo, entre los más jóvenes como resultado del proceso mediante el cual el capitalismo neoliberal aprende a ligar las búsquedas de un plus de goce con la máquina de la producción/circulación de mercancías. Y todo en nombre de valores tales como la libertad, la autenticidad y la creatividad. Este es el sesgo del Nuevo Amo.

¿Qué nos muestra la maquinal escritura de la bella Rosa sino, justamente, la impotencia del sujeto crítico –de la subjetividad política– ante la imposibilidad de “tomar el poder” de un destino colectivo orientado al goce de las multitudes? Melancolía pura. El objeto perdido no es sólo el de la política revolucionaria, sino el mismo discurso del saber –decía Lacan– universitario.

Los lectores de Lugano malentienden lo que está en juego cuando le piden, no sin cierta candidez, “ejemplos y demostraciones” a fin de hacer más consistente y persuasivo su discurso del saber. La malinterpretan cuando la creen decepcionada de un ideal estatal-desarrollista o cuando le espetan un izquierdismo abstracto que bordea lo reaccionario. Malheridos por una espina de su pétalo, equivocan el camino (porque lo sobre-politizan). Pues lo que se afirma en los textos de Rosa Lugano es la lógica femenina del No-Todo (que de Lacan a Adorno constituye un modelo potente de racionalidad contra la consistencia de lo fal(s)o-universal).

La escritura de Lugano (como ya evidenciaba hace mucho tiempo en sus maravillosas polémicas con Maccia) hace del discurso político una ocasión para desmontar esa totalidad ilusoria que sostiene la coherencia discursiva de lo político, junto a un irrefrenable deseo de huida. Es notable que los lectores que intervienen en la polémica no hayan destacado lo que a mi juicio es la gran enseñanza de esta aguda pensadora: el vínculo entre poder pastoral y sexualidad en la Tesis 11 (al margen, es demasiado obvio, Rosa, incluso infantil, el juego con aquella tesis 11 sobre Feuerbach en la que Marx llama a la praxis transformadora).
No pueden clausurarse estas reflexiones sin atender –aunque sea de modo sucinto– a los artículos de mi compadre Diego Valeriano. Con los matices del caso, creo que no se llega a apreciar tampoco aquí el papel jugado por el elemento sexual en lo que creo es, esencialmente, un discurso del deseo. Valeriano, lo conozco bien, es un perfecto perverso, en la medida en que su tentativa es la de destruir toda nostalgia crítica: esa a la que Lugano se apega para agujerear el Todo, para re-investir una realidad-Todo, afirmándola por entero y, a la vez, apaciguando lo que en ella hay de siniestro para revestirla de “vitalidad”. La fórmula principal, la insigne Vida Runfla, positiviza (masculiniza) y arma plenitud donde Rosa Lugano ubicaría la inconsistencias.

   

Los textos de Valeriano hablan de otro modo hasta constituirse en un intento de “fuga hacia adelante” (y no de repliegue o de huida hacia otra lógica): renuevan la realidad como fuente de goce. Su fuerza proviene del gesto viril de poner el pecho a la frustración narcisista (un intento de enmascarar la herida subjetiva, en medio la melancolía generalizada). Valeriano es una máquina libidinal de re-investimento sobre “todo lo que existe” (una versión potente de aquel viejo y deprimente “es lo que hay”) sobre fondo de un mundo des-erotizado, en el que escasea el vigor como rasgo estratégico de constitución subjetiva.

La astucia de Valeriano –su singular “perversión” – consiste, pues, en violentar los puntos de apoyo de la subjetivación crítica, acudiendo para ello a una –demasiado voluntarista, a mi juicio– hipostación de la “vida”.  El famoso vitalismo del mundo runfla: el consumo “libera” en la que se pierde lo rico –el No-Todo– de la operación de subjetivación: el corte que distancia y reorganiza las fronteras entre vida y lenguaje. No es sino la fragilidad en la que se mueve quien palpa y hace mundo en la inconsistencia de las cosas del mundo.

Esta subordinación sutil de lo simbólico a lo real tiene por meta eliminar el momento propiamente vaginal de la política. Borrar toda hendidura en lo real, todo no saber del lenguaje. Tal forzamiento (sin duda una vil violación) es lo que hay que desmontar. Su tarea apunta a dar por ya-hecho lo que la operación subjetiva debiera justamente poner en juego. Es la coartada última del perverso: la geni(t)al operación de Narciso-herido que hace del ultravitalismo el borramiento final de toda política femenina (de un goce no conocido).

Como se aprecia, lo que importa tras la apariencia del discurso político es la diferencia sexual. No quisiera excederme con el análisis emprendido. Continúo fiel al principio según el cual toda interpretación fuera de situación –terapéutica– equivale a una agresión. Sólo quiero indicar que los textos de Rosa Lugano (en contraposición con los de Valeriano), leídos como una política del deseo, dan en la tecla al permitirnos comprender nuestro presente en torno a la reanimación del “nombre del Papa”; así como nos permiten acceder a lo que se juega en la escena política fundamental de nuestro país en la cual una sensual-mujer-presidenta debe resistir los embates de un Padre cuya debilidad fálica lo conduce a sobreactuar un amor puramente espiritual.

Y, ya lo dijo Rozitchner, no es joda la figura del Padre que oculta su impotencia castrando a sus hijos: no es otra cosa que lo social afectando de castidad a las diferentes figuras del mundo político y penetrando con su mortífera vocación patriarcal a los pobres, esos sujetos que se han dedicado a gozar de estos años consumo y que hoy se intenta convertir –vía castración del espíritu– al amor-asexuado.

Creo que no debiéramos dejar pasar la ocasión para repolitizar la dimensión sexual del deseo que las militancias políticas –ellas mismas eunucas– debieran promover.

No Olvidamos

Documental del LAC en memoria de los seis niños y jóvenes de la comunidad boliviana que murieron durante el incendio del taller textil clandestino en donde trabajaban sus padres, ocurrido el 30 de marzo de 2006. El registro muestra una actividad realizada a dos años de la tragedia que puso en foco la esclavitud y las condiciones denigrantes del trabajo de muchos inmigrantes en el barrio de Caballito. Un grupo de personas se reunieron frente a las instalaciones abandonadas del local, en la calle Luis Viale 1269, para recordar a las víctimas y reclamar justicia.

Estar disponible


La “atención flotante” que Freud prescribe a los psicoanalistas es –para el autor de este texto– manifestación de un valor que se llama disponibilidad y que “no se ha desarrollado porque alteraría demasiado el edificio occidental del dominio de sí”. En China, en cambio, “la disponibilidad está en el principio del comportamiento del Sabio”, ya que “la capacidad de conocimiento tiene como condición el vaciamiento de la mente: conocer no es hacerse una idea de algo, sino volverse disponible a algo”.
  
Por François Jullien


“Disponibilidad” es una noción que permanece subdesarrollada en el pensamiento europeo: se la refiere a los bienes, posesiones y funciones, pero casi no tiene consistencia del lado de la persona o del sujeto. A lo sumo, es un término del escritor André Gide: “Toda novedad debe encontrarnos siempre enteramente disponibles”. Dado que no pertenece al orden de la moral ni tampoco al de la psicología, no es prescriptiva (o, si lo es, no podríamos precisar de qué) ni tampoco explicativa, por lo tanto no puede pensarse ni como virtud ni como facultad, que son los dos grandes pilares sobre los cuales hemos erigido nuestra concepción de la persona en Europa. La noción de disponibilidad queda en el estadio de la vaga exhortación, o se vierte en el subjetivismo y su emoción fácil, el mismo que mancha también la frase gideana. En suma, no ha ingresado en una construcción efectiva de nuestra interioridad. La posibilidad de que, a partir de ella, se elabore una categoría completa, ética y cognitiva a la vez, nunca se desarrolló.
¿Por qué ese subdesarrollo? ¿No será que, para promover la disponibilidad como categoría a la vez ética y cognitiva, haría falta que saliéramos del viejo tándem de la moral y la psicología, de las virtudes y facultades, y modificáramos profundamente la concepción misma de nuestro ethos? (N. de la R.: Este término suele referirse al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad.) Porque, discretamente, sin estridencias, deslizada incidentalmente entre nuestras frases, esa noción no deja de entablar una revolución. Socava el andamiaje en función del cual nos representamos: el sujeto pasa a concebirse ya no como pleno, sino como hueco. Para el sujeto se trata, nada menos, que de renunciar a su iniciativa de “sujeto”: un sujeto que presume y proyecta, elige, decide, se fija fines y se procura los medios. Si renuncia momentáneamente a ese poder de dominio, a lo cual lo invita la disponibilidad, entonces teme que la iniciativa de la que se vale no tenga límites y se vuelva intempestiva; que le cierre el paso a la “oportunidad”, lo bloquee en una conversación estéril consigo mismo y ya no lo deje acceder a nada. Pero, ¿acceder a qué? Justamente, no sabe “a qué”. Si el sujeto renuncia a su propia herencia, si desconfía de su propiedad, es porque presiente que el privilegio que se confiere a sí mismo, atándolo a sí mismo, lo encierra dentro de límites que ni siquiera puede sospechar.
Que es preciso abstenerse de privilegiar nada, presumir o proyectar nada; que por lo tanto es preciso mantener en pie de igualdad todo lo que se escucha para no dejar pasar el menor indicio que pondría sobre la pista, por más incongruente (inesperado) que parezca; que por consiguiente es preciso mantener la atención difusa y no focalizada, es decir, no regida por alguna intencionalidad, éste constituye el primer consejo que Freud le dirige al psicoanalistas (“Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, 1912). En el fondo, es el único que hay que observar. Porque todos los demás, de cerca o de lejos, conducen a él. La noción de “disponibilidad” no aparece allí, pero me parece que la reflexión de Freud gira alrededor de ella, e incluso diría que es aquello que aporta como su verdad.
Freud llega a ese punto por un interés estratégico, puesto que se trata de abrir una primera brecha en el sistema de defensa del paciente. No obstante, esa concepción de una captación que se realiza por desprendimiento alteraría demasiado todo el edificio occidental del dominio de sí como para ser abordada por él más explícitamente. Y Freud se interna en ese camino con extrema prudencia, en puntas de pie. Expone una fórmula que retomará varias veces: “atención flotante” o, traduzcamos del alemán con más precisión, “sobrevolando en igual suspenso”. La fórmula es paradójica: “atención” pero “flotante”: la mente se dirige hacia, se tiende hacia, pero sin nada en particular a lo cual estaría atenta. Se concentra (atención), pero sobre todo a la vez (dispersión). Que Freud no pueda expresar sino en una fórmula que roza la contradicción la primera regla práctica del psicoanalista ya deja ver bastante bien hasta qué punto ésta socava nuestro credo teórico, que realza las facultades (del conocimiento) y su capacidad de “control”.
¿Qué sería una atención que, sin embargo, se abstiene a su vez de concentrarse? O bien, ¿qué es una atención, pero que no se deja conducir por su intencionalidad? Al mismo tiempo que está atenta, desconfía del objeto de su atención. Porque desconfía sobre todo de aquello que, en lo que dice el analizante, le interesaría de entrada y la acapararía y, por ello, la haría pasar de largo; desconfía de aquello que le hablaría al oído al psicoanalista (en el sentido familiar, interesado, de “eso me suena”) y le impediría conservar el oído abierto, vigilante, y escuchar efectivamente.
Ya que resulta evidente que, al promover la figura autónoma del sujeto y su estructuración interior pensada a partir de sus facultades, el pensamiento occidental ha obstaculizado una capacidad de apertura semejante –salvo por un tratamiento reactivo y compensatorio en un plano místico–, ¿no es ya tiempo de buscar otras perspectivas? Pero la noción de disponibilidad sólo puede ser pensada como una manera de operar. Ars operandi: ya no separar lo ético y lo teórico de lo estratégico o, como sucede en el pensamiento chino, no separar la sabiduría de la eficacia. Es que, en China, la disponibilidad resulta ser el fondo mismo del pensamiento.
Sabio sin yo
La disponibilidad está en el principio mismo del comportamiento del Sabio: es anterior a todas las virtudes. Aunque es un principio que no es principio: erigir la disponibilidad como principio la contradeciría, por la misma razón que la disponibilidad es una disposición sin disposición fija. En esto concuerdan, ya sea que la aborden desde una u otra perspectiva, todas las escuelas chinas desde la Antigüedad(lo que denomino un fondo de acuerdo del pensamiento). E incluso resumiría la enseñanza del pensamiento chino de la siguiente manera: es sabio quien sabe acceder a la disponibilidad; con eso basta. Por tal motivo, el pensamiento chino nos sorprende con su antidogmatismo (aunque lo compense el ritualismo).
Podemos empezar por aproximarnos negativamente a la disponibilidad, tal como en esta fórmula de las Analectas de Confucio (IX, 4): “Cuatro cosas que el maestro no tenía: ni idea, ni necesidad, ni posición, ni yo”. La evidencia china (digo “evidencia” porque no es algo cuestionado) es que tener una idea o, mejor dicho, exponer una idea, ya implica dejar a las otras en sombras; es privilegiar un aspecto de las cosas en detrimento de otros y caer por ello en la parcialidad. Porque toda idea expuesta es al mismo tiempo un prejuicio sobre las cosas, que impide considerarlas en su conjunto, en un mismo plano y con equidad. Se ha entrado en la preferencia y la prevención. En efecto, hay que leer la fórmula en su continuidad. Si exponemos una “idea”, se nos impone entonces una “necesidad” (un “hay que” proyectado sobre la conducta); a consecuencia de este “hay que” al cual obedecemos, resulta una posición fijada en la que la mente se estanca y ya no evoluciona; por último, de ese bloqueo en una “posición” adviene un “yo”: un yo fijo en su surco y que presenta un carácter. Ese “yo”, preso de su “posición”, ha perdido su disponibilidad. Pero la fórmula también hace un círculo: debido a que el comportamiento se fijó en un “yo”, ese yo expone una “idea”, etcétera.
En las Analectas de Confucio, abundan las fórmulas en ese sentido: el hombre de bien es “completo” (II, 14), es decir que no pierde de vista la globalidad, no deja que el campo de los posibles se restrinja por ningún lado. No “se empeña a favor ni en contra”, sino que “se inclina” hacia lo que llama la situación (IV, 10). O bien, dice Confucio acerca de sí mismo, “no hay nada que pueda o no pueda hacer” (XVIII, 8). Dicho de otro modo, el Sabio mantiene abiertas todas las posibilidades, sin excluir a priori ninguna, y se mantiene dentro de lo componible. Por tal razón, no posee un carácter y no se lo podría calificar: sus discípulos no saben qué decir de él (Analectas, VII, 18). O bien cuando se clasifica a los sabios en categorías –por un lado, los intransigentes, que se niegan a sacar siquiera un poco la mano por el bien del mundo, y por otro lado, los acomodaticios, dispuestos a cualquier compromiso para salvarlo–, ¿qué dirán de Confucio? ¿Es intransigente? ¿Es acomodaticio? ¿Dónde ubicarlo (qué “posición” atribuirle) en esa tipología? Mencio responderá que “la sabiduría es el momento”: tan intransigente como los más intransigentes cuando conviene; tan acomodaticio como los más acomodaticios, también cuando conviene. Ya no está ligado a una u otra postura, sólo el “momento” sirve de referencia. Porque la “sabiduría” no tiene un contenido que la oriente o la predisponga; o bien no tiene otro contenido que volverse disponible en ocasión del momento, renovándose incesantemente.
Vemos así que el “justo medio”, un tema tedioso como pocos y que creeríamos que se deriva de la sabiduría popular, sale al fin de su chatura. Adquiere un relieve inesperado. Ya no es banal, sino radical. Ya no consiste en quedarse en un ámbito endeble, miedoso, a medio camino entre los opuestos y temiendo el exceso (“ni tanto ni tan poco”, como dice el refrán); evitando prudentemente aventurarse tanto hacia un lado como hacia el otro y afirmar fuertemente su preferencia. “Mediocridad” que no es “dorada”, como escribió Horacio (Aurea mediocritas), sino opaca, gris. En cambio, el justo medio, para quien sabe pensarlo con rigor (Wang Fuzhi) es poder hacer tanto lo uno como lo otro, ser capaz tanto de un extremo como del otro. Tres años de luto por la muerte del padre, nos dicen, no es demasiado; aunque beber copas sin medida durante un banquete tampoco es demasiado –de ningún modo exagero–. El riesgo consiste más bien en estancarse en un lado y que se nos cierre la otra posibilidad. En oposición a ello, la disponibilidad consistirá en mantener el abanico completamente abierto –sin rigidez ni evasión– de manera de responder plenamente a cada solicitación que surge. Plenamente quiere decir: sin dejar de lado ni desatender nada, porque ningún carácter o sedimentación interior habrá de obstaculizar esa ductilidad.
El pensamiento chino supo percibir especialmente la diferencia que hay entre “estar en el medio” y “estar ligado al medio”. Por un lado están aquellos que no sacrificarían un pelo por el bien del mundo, y por el otro aquellos que están dispuestos a hacerse masacrar por su salvación: un “tercer hombre”, que está en el medio de esas posturas adversas, parece “más próximo” (Mencio). Pero “estar ligado a ese medio sin sopesar la diversidad de los casos es aferrar una sola posibilidad” y “dejar ir otras cien”; y por lo tanto es “arruinar el camino”. Desde el momento en que nos atenemos a una posición, se fija un “yo”, el comportamiento se estanca, algún imperativo o algún “hay que” se estabiliza y ya no estamos en armonía: la plenitud pierde su amplitud y ya no reaccionamos a la diversidad que se ofrece. Porque la disponibilidad, como disposición interior que se abre a la diversidad, va acompañada de la oportunidad: está disponible aquel que sabe –como también dijo Montaigne aunque sin convertirlo en disposición del conocimiento– “vivir en buen momento”.
Este pensamiento, como dije, no es privativo en China de una escuela particular, y la misma capacidad de conocimiento tiene como condición el vaciamiento de la mente: el “conocer” chino no es tanto hacerse una idea de algo cuanto volverse disponible a algo. Se produce una purgación interior, no por medio de la duda que elimina los prejuicios, sino mediante un abandono generalizado, que se efectúa no a nivel del intelecto sino del comportamiento. De allí surge el desprendimiento, que le da su amplitud al acceso. Hay que cuidarse de dejar que la mente se vuelva una mente “dada”, dice Zhuangzi. Una mente dada, rígida, constituida, cuya actividad entonces se paraliza y que se encierra dentro de su perspectiva, se vuelve sin saberlo un punto de vista. Porque la primera exigencia, ya sin proyectar una preferencia o una reticencia, es mantener todas las cosas “en pie de igualdad”. Es incluso porque sabe mantener todo en un pie de igualdad, como muestra pertinentemente Zhuangzi, y está en condiciones de remontarse al fondo indiferenciado, “del tao”, de donde brotan todas las diferencias, que el Sabio está en condiciones de acoger la menor diferencia en su oportunidad, sin reducirla ni dejarla pasar. El “yo”, que deja de ser un obstáculo (lo que significa “perder su yo”, wang wo), puede escuchar entonces todas las músicas del mundo, diversas como son, en su espontáneo ser “así”, a placer, acompañando su despliegue singular.

Clinämen: ¿Estamos ante la apertura de una etapa poschavista?

Conversamos sobre la coyuntura política a partir de tres hechos: la ajustada victoria de Maduro en Venezuela, la posición del CELS ante el proyecto oficial de reforma del Poder Judicial y las denuncias de Lanata al kirchnerismo.

Si la realidad es tozuda… ¡las palabras insisten!

Cacerolas Bastardas

por el Colectivo Situaciones



Las cacerolas marcan los tiempos

No es sencillo de reconocer para la elite dirigente y sus numerosos militantes/adherentes: las cacerolas y las movilizaciones vuelven a marcar los tiempos. Queda en evidencia hasta qué punto la dinámica política en nuestro país (sobre todo en esta última década) tiene en la movilización callejera su fuerza. Es erróneo simplificar el cacerolazo del 13 de septiembre como si viniese de arriba (si bien es cierto que las grandes corporaciones prestaron logística simbólica-política, no orquestaron la movilización). Valorar el fenómeno nos exige reconstruir su contexto.
La impugnación de las cacerolas al gobierno coexiste con el fuerte respaldo del que sigue gozando el kirchnerismo, consolidado en base a una sucesión de políticas exitosas y a una eficaz maquinaria enunciativa. La oposición se muestra –por el momento- incapaz de ofrecer un horizonte estratégico y programático alternativo al movimiento de las cacerolas.
¿Qué significa, entonces, “marcar los tiempos”? El kirchnerismo es, luego del huracán destituyente de 2001, la única fuerza política capaz de re-inventar una y otra vez formas eficaces de gobierno de lo social. Solo que esta vez  se encontró frente a una plaza ajena que le cuestionó abiertamente y sin eufemismos la gestión de la crisis: las restricciones al cambio de moneda extranjera, el aumento de la presión impositiva, la política de medios de comunicación, la tentativa de relección, la política de planes sociales del gobierno, etc.
2001
Con los años se fue haciendo unánime el reconocimiento de cómo “la crisis de 2001” reorganizó (incluso de modo irreversible) la sensibilidad política. De ahí que, a lo largo de esta década, el 2001 no haya dejado de repetirse bajo mil máscaras. Se sigue soslayando (mistificando), sin embargo, lo que esa “crisis” arrojó como novedad: la irrupción intempestiva de lo que muchos teóricos han llamado (de un modo nunca lo suficientemente claro) las “luchas biopolíticas”.
¿Qué significa esto? Que el gobierno de lo social asume como problema central –de modo claro y directo– la gestión de la vida misma de la población (de las mayorías, de la fuerza de trabajo, etc.). Y que debe hacerlo desde el piso emplazado por el ciclo de luchas sociales que, desde mediados de los 90, confrontaron al neoliberalismo (ese modo, precisamente, más próximo al despojo de las vidas) con un conjunto de imágenes, movimientos, prácticas y enunciados que condicionaron la emergencia del kirchnerismo (como parte de los llamados gobiernos progresistas de la región). Desde entonces, la soberanía alimentaria y el problema de la representación/participación política; el uso de los recursos naturales y de la inteligencia colectiva, de las formas de vida, de trabajo y de ocio no han dejado de ser cuestiones de intensa disputa.
Esta situación se torna más clara desde el arribo, en 2003, de Néstor Kirchner al gobierno. Desde entonces, la polarización política se sustenta sobre dos interpretaciones contrapuestas: quienes entienden este gobierno de lo social como un modo de perfeccionamiento del neoliberalismo bajo nuevas condiciones y quienes, en cambio, asumen este hacerse cargo de la vida del pueblo como un cambio de fondo, un tránsito que niega y supera al neoliberalismo. Ambas perspectivas deben lidiar con un mismo desafío: ¿cómo evitar la autonomización de las resistencias biopolíticas?
De ahí que gobernar exija innovar en las formas de leer y de capturar la producción que surge de diferentes dinámicas sociales. Y esto a través de dispositivos de escucha, de contención y respuesta –siempre contingentes, siempre precarios–, que, no obstante, producen una escena política novedosa en términos de lenguaje, de articulaciones institucionales y de las formas de interpelación social.
Las paradojas del kirchnerismo se encuentran, de este modo, mucho menos en la siempre invocada mitología del viejo peronismo y mucho más en las modalidades propias de gobierno que trabaja bajo los efectos de una movilidad social a la que, en el mismo gesto, convoca y subordina para soldar un tipo de capitalismo inclusivo y de corte neodesarrollista.
Al mismo tiempo, 2001 ya no existe y está por todos lados.
El misterioso 54
Los números arrastran misterios. El 54% de los votos a favor de Cristina Kirchner obtenidos en la elección presidencial de octubre de 2011 posee significados diversos, la mayoría de los cuales sólo pueden comprenderse con el paso del tiempo y con el despliegue de los procesos que cruzan, determinan y explican –al menos parcialmente– nuestro presente. Destaquemos algunas claves.
La primera es evidente: luego de la crisis desatada por el conflicto sobre las retenciones “al campo” (2008) y la derrota en las elecciones parlamentarias (2009), el kirchnerismo se reinventa a partir de iniciativas capaces de construir nuevas y visibles mayorías: el Fútbol para todos, la estatización de las AFJP (antecedente de la reciente estatización de YPF), las leyes de Medios y de Matrimonio Igualitario y la Asignación Universal por Hijo.
Una segunda clave es el fenómeno político de convocatoria a los jóvenes tras la muerte de Néstor Kirchner. Aunque se la rodea –de parte de propios y ajenos– de significados insondables, lo cierto es que la desaparición física del ex presidente soldó en torno a la figura de Cristina Fernández de Kirchner una serie de significaciones, de sentidos, de afectos, producidos a lo largo de una década entera. Desde entonces, CFK no es una política más.
La tercera clave tiene que ver con la contundente decisión de apostar al mercado interno. Lo aseveró la Presidenta una vez afianzada sobre la cifra mágica: capitalismo es consumo. Y en la medida en que, para consumir, alguien tiene que producir, se trata de orientar al capital a la inversión productiva. Eso es lo que se llama, con cierta liviandad, “crecimiento” y que los críticos, por derecha, consideran una modalidad perversa del desarrollo planificado. La doctrina oficial se dice en una ecuación sencilla: cuando el capital invierte en la producción crea trabajo; cuando hay consumo, hay democracia¨.[1] La democracia afianzada sobre la ampliación del consumo es la lección aprendida post-2001 para garantizar la estabilidad de un sistema político y conjurar la amenaza destituyente.
No obstante, esta apuesta al “consumo” merece varias consideraciones. Una primera es que el consumo depende de una cierta relación con un mercado mundial en acelerada trasformación. El pasaje de una modalidad unilateral a otra multilateral (lo que se conoce como proceso de emergencia y consolidación del bloque BRIC) permitió a países como el nuestro una exitosa inserción global, sobre todo a partir de exportaciones de base extractivo-agropecuaria. La economía industrial ligada al esquema del biodisel y la soja, junto a la exportación de minerales y el posible cambio en la ecuación energética, constituyen un rasgo central del entramado del aumento de consumo.
De este modo –y tomemos la que sigue como una cuarta clave– en el 54% se juntan al menos tres procesos estructurales de la Argentina actual: (a) retórica oficial basada en los derechos humanos y sociales; (b) articulación entre exportación y consumo interno y (c) ensamble entre soberanía y desarrollo. Es sobre ese marco que CKF suele diagnosticar que la Argentina del futuro crecerá en torno a tres grandes aportes: alimentos, energía y conocimiento. No es fácil discutir este programa. De hecho, ningún partido político argentino lo hace de modo serio. El 54% es también la invención y delimitación de un espacio político al que podemos denominar ultracentro, apoyado en una articulación de las estructuras del viejo peronismo (sindicatos, intendencias, gobernaciones) y sectores progresistas (intelectuales, organismos de derechos humanos y organizaciones sociales).
Finalmente, quinta y última clave, en ese 54% hubo un mensaje para la llamada “oposición política”. Votar al oficialismo (FpV) fue un modo de castigar la mediocridad opositora por parte de un segmento del electorado que no tiene mayores compromisos con la política kirchnerista.
Acerca de la estupidez política
La estupidez es la autocomplacencia en el pensamiento, también en política. Pero, esta vez, la más visible es la estupidez cacerolera. No se trata, como dicen los intelectuales de izquierda, de un problema sociológico de las clases medias, ni de su escasa predisposición a embarrarse, ni siquiera de su congénito racismo. Se trata, más bien, de un modo de ser político –no exclusivo de las clases medias– que se organiza a partir de una premisa incuestionable: la constitución de una individualidad que irrumpe en la esfera pública animada en su estética y en sus lenguajes por el implícito de la propiedad privada.
En este marco, pareciera que uno de los motores principales de la movilización es el temor a que un tipo de inserción “con inclusión social” en un mercado mundial en crisis conduzca a poner en cuestión la propiedad privada. Lo que no es sino una lectura maniquea de las estatizaciones y demás políticas oficiales. De allí emergen afirmaciones –desacertadas y efectistas– del tipo “vivimos en una dictadura” (juicio “sustentado” en la proliferación de cadenas nacionales, en el laberíntico procedimiento para la obtención de dólares, en las ambiciones re-electoralistas; es decir, en la “chavización estatista” del país). Este tipo de afirmaciones evidencian la pobreza de las nociones de libertad, de seguridad, de democracia circulantes por esos espacios [2] y la absoluta ceguera respecto del papel neural del estado en el aseguramiento de los procesos de mercado.
En síntesis, es este “secretito” –la propiedad privada – el que subyace, de modo estúpido, a los reclamos y que permite una constitución subjetiva que va mucho más allá de la genéticamente anémica noción de clase media.
Hay otra estupidez en juego, una propiamente kirchnerista. Ya no se trata de esa movilización de naturaleza reaccionaria cuyo sentido primero es la defensa de la propiedad privada, sino la que surge de la ultraconcentración de la decisión política.
La idea de que la concentración de la decisión por parte de un grupo o persona que conduce un proceso político puede desencadenar una democratización mayor resulta del todo inconsistente. De este modo, la vuelta de la política que el oficialismo dice encarnar aparece, ante todo, como la operación de reponer un tipo de jerarquía, de mando y de demarcación entre los que deciden y aquellos a quienes se les comunican las decisiones –y en última instancia, bancan— la política. La política se reduce así a un fenómeno de comunicación (explicación y justificación), en lugar de ser el proceso de ampliación de las decisiones. El corolario de esta modalidad decisoria es una infantilización de las estructuras políticas militantes que redunda, por un lado, en una negación de la implicación entre estado, corporaciones y mercado y, por otro, en un bloqueo para la invención de procesos verdaderamente constituyentes.
Finalmente, “nuestra” propia estupidez: cierta complacencia con una fenomenología de la multitud (organización en red, autoconvocatorias relativamente espontáneas, ocupación callejera de los “muchos”, etc.) que desestima el carácter reaccionario que pueden adoptar estos procesos. Por este motivo, la analogía formal de estos fenómenos (cacerolazos recientes) con otras manifestaciones de la crisis global (“primavera árabe”, Occupy Wall Street, 15-M) no supone, de ningún modo, un contenido político equiparable.
Si Paolo Virno nos enseñó a pensar la “ambivalencia de la multitud” a partir del “tono afectivo” del territorio metropolitano (lo que explica la analogía formal), Toni Negri –desde hace décadas– insiste en ubicar en el corazón de la multitud el proceso real de constitución del “común” que la caracteriza (lo que explica la diferencia radical de contenido).[3]
Lo que vimos constituirse como contenido político en los últimos cacerolazos es un frente reaccionario que pone a la propiedad privada como base de constitución de toda subjetividad. En este sentido, la propiedad privada se vuelve condición transcendental o a priori de toda racionalidad pública. Nuestro problema, como eje de la politización que nos interesa, es exactamente el contrario: una política que toma como punto de partida y programa a crear las dinámicas de los movimientos que tienden a disolver el paradigma soberanista del poder, inventando nuevos modos de coordinación de la vida en común. Una producción de lo común, de la cooperación colectiva, que exige la invención de estructuras de decisión cada vez más amplias.
Escenarios
Bajo estas condiciones, los cacerolazos tensionan tres niveles de la coyuntura política: el modo de gobernar la crisis, la discusión sobre la “salida del neoliberalismo” (entendida como pasaje de un poder absoluto de los mercados a un paradigma de tipo “estatista”) y la posibilidad de armado de un frente anti-releccionista que aspira a bloquear la iniciativa oficial.
El virtual enhebrado de una “oposición arcoíris” (los blancos racistas de las cacerolas y los negros representados por la conducción de la CGT de Moyano) tiene consecuencias en varios niveles: por un lado, desplaza hacia la superestructura política –y a la pantalla de los grandes medios–  una extensa conflictividad entre modos de vida; por otro, tiende a promover candidaturas presidenciales capaces de “aterrizar” los componentes más irritativos de la fase política abierta a partir del 2001 y, finalmente, tiende a proponer una estrategia de boicot, en el tiempo, a la iniciativa política oficial (elecciones 2013/2015).
Al trenzar de este modo las dinámicas colectivas (relección vs. anti-relección; oficialismo vs. oposición), lo que se anula es la vía democrática en torno a la ampliación de las estructuras de decisión. A lo que no podemos más que contraponerle, una y otra vez, la necesidad de invención de nuevas formas de articular la decisión política en el nivel en el que se crean y arraigan los modos de vida.
Colectivo Situaciones
Buenos Aires, 21 de septiembre de 2012
***

[1] No hay más que recordar la publicidad clandestina del Frente para la Victoria unos días antes de las elecciones (“No seas rata, Rodolfo”) para comprender la variedad de la composición del 54%.

[2] No deja de ser curioso es que este mamarracho se presente bajo la forma de una verdadera fiesta de la clase media; “sujeto histórico” que, vaya uno a saber por qué motivos, acostumbra a presentarse como garantía de la democracia, de la honestidad y de la transparencia. “La que ya se está yendo de la plaza porque mañana tiene que trabajar”. “La que no vino en micro naranja ni por el plan social”. “La que se manifiesta por propia conciencia y voluntad”. Es una constante de la clase media (o clase mediática) asumir como universales sus representaciones y sus modos vida.

[3] Hay otra serie de “estupideces políticas” que aquí no vamos a desarrollar. Por ejemplo, una estupidez propiamente laborista –que bien encarna Hugo Moyano– que consiste en la incapacidad de advertir que el “trabajo” (el empleo formal asalariado) no es desde hace rato la única variable a mano para concebir las formas de reproducción de la vida popular, ni tampoco el horizonte hacia el que evoluciona una suerte de razón nacional-productiva, momificada en las veinte verdades peronistas. O la estupidez creciente dentro de la clase dirigente (de intendentes a gerentes de todos los partidos) en torno a un cierto espiritualismo: la idea de que la “paz interior” resuelve problemas políticos supone que estos se deben al stress y a las reacciones violentas. Además de banalizar saberes imprescindibles para la vida, este manotazo de chiches ideológicos new age no son sino una muestra más de la incapacidad por parte de quienes se conciben “dirigentes políticos” para pensar complejamente la situación.

Días de Derecha

(Notas para una psicología del kirchnerismo)
Por Marcelo Laponia

Podemos llamar “días de derecha” a aquellos en los que los ánimos se exacerban, las sensibilidades se enervan, las pasiones se desinhiben y los pensamientos confusos entran en irrefrenable ebullición. Los llamo así por una razón sencilla: porque nos vuelven más conservadores de nuestras estabilidades (no importa cuán precarias sean).
Entre nosotros,  las recientes denuncias sobre el manejo de dinero en negro por parte de empresarios íntimamente ligados a la cúspide del poder político desencadenan insólitas reacciones. Me detengo en una que afecta a parte de la militancia oficialista: la negación. Me interesa sobre todo desde el punto de vista terapéutico. Se trata de un cuadro complejo, característico de la psicología kirchnerista. Ante la desorganización de las referencias que sostienen la creencia política se ensaya todo tipo de cancelaciones parciales de la realidad vivida. Las últimas 48hs pude verificar el desarrollo de esta patología en muchos compañeros de ruta.
El síndrome denegatorio opera del siguiente modo: ante la gravedad de la denuncia televisiva del programa Periodismo para todos –que conduce el impiadoso Jorge Lanata– se responde que la denuncia carece de efecto por ser éticamente nefasta, al tiempo que se la priva de toda connotación vinculante en la esfera jurídica. Se lee lo ocurrido, en efecto,  como “farandulización” de la política.
El mecanismo de compensación psíquico es razonable porque protege: sustituye lo que no se puede soportar (la amenaza directa a la continuidad del gobierno) por aquello que sí se puede asumir con menos costos subjetivos (la banalidad bajo la forma de una estética pseudo-menemista). En la jerga profesional hablamos de forclusión.
Si no fuese por el costo histórico que conlleva, sería un férreo partidario de este sistema de auto-sostén de la propia estima en mis propios pacientes. Porque, si no equivoco el diagnóstico (me refiero esta vez al político), el costo de “farandulizar” al kirchnerismo es aún mayor, en términos de legitimidad y de calidad moral del vínculo político, que la eventualidad de afrontar un proceso penal en personas próximas a la presidenta. El razonamiento que sigo es simple: angostar la diferencia política con el menemismo incluye a suprimir la singularidad del kirchnerismo.
No es un buen día para plantear esto, lo sé. Los días de derecha son inapropiados para pensar serena y radicalmente. En días como hoy todos nosotros somos oficialistas, sobre todo por razones conservadoras. Tememos que se nos acabe la estabilidad actual. Que vuelva la reacción. Que se pinche la economía. Que se manchen las banderas (sobre todo la de los Derechos Humanos). Por esos sostenemos negando y apoyando.
De entre todos mis amigos, en días como estos me consuelo escuchando al sabio José, que dice así: “Hasta hace unos años, salían a la calle los más pobres, salían a luchar, soportando la miseria y la represión. Hace unos años, en nuestros países la cosa ha cambiado. Los que salen son los más ricos, irritados y racistas, y se les garantiza hasta el extremo su derecho al patetismo público”. Esta noche, cuando los escuchemos las cacerolas vamos a poder sentir diáfana la diferencia. No seremos nosotros quienes le demos cuerpo, pero la ensancharemos al máximo. Cuando las cosas se serenen, cuando volvamos a plantearnos cuestiones radicales, tarde o temprano, nos veremos ante el dilema de revisar los efectos de esta psicología que el kirchnerismo nos ha forjado.   

La multitud volatil

por Horacio González

¿Es fácil reunir multitudes? ¿No es la historia moderna la historia de las grandes masas movilizadas? Estamos tentados a responder: absolutamente sí. Pero ahí comienzan los problemas. El concepto de multitud comenzó a gozar de gran prestigio, al punto de reemplazar el concepto de pueblo, cuando la alta teoría política entendió que la multitud era un evento volátil proveniente de la disolución de las clases trabajadoras organizadas, de las lógicas comunicacionales de contenido pulsional subterráneo que consumen signos consumibles y siguen a los grandes poderes mediáticos, pero también pueden desbordarlos.
No es fácil decir si este giro que hace unas décadas tomó el concepto de multitud –luego de significar para el análisis positivista una expresión rebajada de la opinión ilustrada– puede contribuir a entender el modo en que hoy se manifiesta una parte considerable de la población argentina. Da la impresión de que las tesis de cuño articulador de diferencias que propuso Ernesto Laclau tienen en estas multitudes televisivas –es esencial que se expresen en tomas televisivas que consagran esa multiplicidad errática– una consagración especial. Casi apoteósica. Es lo televisivo por excelencia: tomas largas, cortas, cámaras elevadas, contrapicado, montajes abruptos, multiplicidad territorial. Si es un anudamiento de diversidades, con las que Laclau caracterizó al populismo, aquí se daría, pero con fuertes connotaciones de derecha. ¿Pero, señor, usted no vio que están los representantes del socialismo, de la izquierda, personas jóvenes y sinceras que reclaman por cosas justas, que nadie podría negar en su sano juicio? Lo vi, sí que lo vi. Pero cuando digo derecha es necesario percibir que en esta configuración de la multitud populista tal como se ha manifestado –legítimanente, en democracia, creyéndose víctima de una dictadura inexistente, es decir, una multitud fuertemente imaginaria, protagonista con derecho propio a vivir de una ilusión– es necesario percibir, repito, un fuerte envión tan voluntario como involuntario, de una porción de gran importancia de la población argentina, hacia una derecha imaginaria, pero efectiva.
¿Qué es una derecha imaginaria? En principio, la componen dirigentes de todo tipo. Algunos de derecha o ultraderecha declarados. Pero la derecha imaginaria está conformada esencialmente por personas que no son ni nunca fueron de derecha. Dirigentes de antiguas trayectorias de interés social, incluyendo antiguos luchadores, que sería injusto decirles de derecha, pero no es injusto advertir que son protagonistas de una nueva experiencia de la derecha. Son centroizquierdistas con una aureola imaginaria –que no quiere decir que no sea efectiva– que tiene sobredeterminaciones de derecha. Esto quiere decir una sola cosa. Vivimos en sociedades donde se ha producido una brutal expropiación del lenguaje político. Las izquierdas pueden hacer un papel cuya estructura de efectos sea de derecha. Esta realidad no es posible adjudicársela a nadie en especial. Quizá la doctora Carrió, con su peculiar lenguaje abismal y conspirativo, con sus deidades intrigantes encerradas en sus miradas oblicuas, pudiera ser un verdadero ejemplo de esta política espectacular de las derechas que se saben tales. Carrió perdió votos, pero marcó un modo de la política donde es posible ser de una derecha inasible, espectral, inmune en su práctica semiológica, perdidosa de votos, pero feliz en su capacidad desestabilizadora.
Nada nuevo. Gobernar hoy, sobre todo si hay un proceso complejo, con tropezones que nadie niega, errancias existenciales que sin duda podrían evitarse, pero afloran como fatalidad de una tradición popular hija de escurridizos realismos políticos, mientras que la política de la multitud televisada tiene su fuerza semiológica en lo irreal del concepto. No es imaginación política, es política imaginaria. Pero nos equivocaríamos si no viéramos que produce realidades trans-políticas. El periodismo convertido en un lenguaje que reemplaza a la verdad por las artes nunca desdeñables del comediante, la movilización que se ve en el goce íntimo de estar atomizada, en estado válido para insultar libremente –no solo porque hay libertad total de insulto, forma expresiva consagrada por la era de la imagen– sino porque el ciudadano republicano que honestamente sale a la calle por lo que considera un bien perdido –¿y quién no los tiene?– en el estado de multitud sin forma ni rostro adquiere uno posible: la condición insultante.
¿Pero no hay política? ¿No habló Gil Lavedra con su sonrisa un poco sobradora y su análisis siempre escuchable? ¿No nos dijo Prat Gay que estábamos ante el pueblo real, cansado de la política de los “chorros y palafreneros”? Claro que hay. Hay una gran intensidad política que desborda a esos rostros políticos satisfechos porque les proponen lo que no entienden. Si el deber del Gobierno es entender profundamente lo que está pasando –porque todo gobierno es un ejercicio superior de entendimiento– no parece suceder lo mismo con estos dirigentes –que nos interesan, pues muchas veces dialogamos con ellos– que se ven inmersos por fin en la gloria multitudinaria que les prestan las imágenes que construyen el ser atmosférico –numeroso, sí, popular, sí, incluso democráticamente festejable– que juega con el abismo de las instituciones que dicen defender.
La naturaleza de la política ha cambiado. Hombres de partido gozan de sumergirse en la anulación de esos organismos a destiempo. Intelectuales del viejo liberalismo que no había abandonado el sentido de que la política es de índole nacional, que ocurre en naciones concretas, con lenguas cívicas efectivas, existentes en las pedagogías conocidas, gozan con la pérdida del lenguaje político clásico. En el mapa de las movilizaciones llenas de descontento –y éste sí es deber del Gobierno analizarlo con más precisión– se encierran viejos secretos de un nuevo miedo que ha crecido en las tradicionales profesiones intelectuales, en los acervos últimos de lo que durante mucho tiempo se llamó clase media, en los horizontes resquebrajados que durante largos ciclos históricos fue una dirigencia sindical forjada en doctrinas, ditirambos y canciones. Miedo a un estilo reformista moderado, que tiene en su haber muchas transformaciones y no pocos errores, en general reconocidos –aunque no con la palabra autocrítica, que se escucha aun sin ser dicha– y que es acusado desde arruinar la naturaleza hasta cerrar el país a las inversiones, desde promover la inseguridad hasta provocar escenas de tiranía y autoritarismo. En la profunda quiebra intelectual que esto supone del viejo andamiaje de las clases medias, sus intelectuales más caracterizados están de luto por la muerte de Margaret Thatcher y están dispuestos a pasar por alto que una palabra como “yegua” puede disimularse cual si fuera un argumento político, llamar a la conversación cívica, pero considerar a Bergoglio el mesías de ese diálogo, dispuestos a pasar por alto que es hijo de las encíclicas sociales más conservadoras de la Iglesia del siglo XX. Eran laicos. Ahora son de las religiones que subyacen en las operaciones periodísticas, en el uso más envilecido de las redes sociales y en muchos casos, aun reconociendo la absoluta congoja con la que muchos escriben, se tornan autores de refinados actos de retorno a las tesis de los dos demonios y del fin del ciclo de los derechos humanos.
Son multitudes reales, sí. Están en los cruces simbólicos que toda ciudad tiene como emblema, como Times Square o Ipiranga y avenida São João en San Pablo. Aquí: Acoyte y Rivadavia. ¡Salud! ¡Santa Fe y Callao! ¡Salud! Plaza de Mayo/Catedral. ¡Salud! Los saludamos, compañeros de las nuevas multitudes. No creemos que sean de derecha ni golpistas ni desagradables ni violentos. Nada de eso son, pero hay algo más para decir, que es la esencia de lo que muestran por televisión. No en el momento en que salen de su casa, en familia, para protagonizar lo que sin duda es un acto contundente. No, no allí. Sino en pantalla, en las pantallas cuyas bambalinas son la sede de vastas operaciones de sentido, de aglutinamiento pulsional, de un cóctel de sentidos cuya suma no da cero, sino una infinitud antojadiza. No porque no tengan reclamos reales dirigidos a un gobierno, un gobierno que debe sopesar, discutir, atender, recrear y hasta refutar. Es algo más que eso, es la marcha flotante y ligera de miles y miles de almas hacia una brutal expulsión en sus vidas de un sentido de la historia. La historia dura, inclemente de estos tiempos, donde restos de un lenguaje pasado –ridiculizado por sus virtudes, no por sus errores– luchan por establecer sentimientos colectivos válidos para transitar lo que pensadores como Mariátegui –qué antiguo, ¿no?– llamaron “la escena contemporánea” u hombres como José Ingenieros –más añoso, aún– llamaron “el difícil tiempo nuevo”. Esta marcha del 18 de abril no es una sigla ni una ordalía que llevará a la verdad por el sacrificio. Es el lugar que se llama 18 A, convertido en sigla abstracta o en gargantas desgarradas que cada vez que deforman el abecedario –korrupción, kretina, etc.– demoran la posibilidad de una vida política más plena. La tiranía que avizoran es lo que les permite tener la espectacularidad que originará nuevas discusiones. Escuchen. Escuchémonos. Escuchémoslos. Escúchense. Oíganse en el interior oscuro de esas vísceras de la historia que desprecian. Camínense en sus viejas heridas en sentido de mano y contramano. La verdad nunca surge fácil.
La historia no es amable y no se reencamina con injurias ni dando argumentos de izquierda para acciones de una regocijada derecha. El verdadero regocijo es el de la búsqueda de nuevas significaciones para renovar las estructuras de sentido que habitamos y nos habitan. Medios comunicacionales, instancias públicas de decisión, tribunales de justicia, concepciones sociales sobre la justicia social y el derecho público. Que la multitud volátil sepa llegar a esos pensamientos: cuando dicen que los tienen, y en muchos casos es cierto, es también preciso que los pongan en lugares más adecuados. No en el palimpsesto de las venganzas argentinas sino en el reconocimiento de diferencias válidas, no de grietas que en el deleite de la multitud pueden enviarnos por correo certificado a los buzones de muchas décadas atrás.

La clase media es el Otro

Por Diego Valeriano y Juan Pablo Maccia[1]


Todavía existe la política por el impulso constante de los sectores medios. De hecho, si no fuera por la clase media en este país no militaría absolutamente nadie. Nadie. 

Y esto se debe a que la clase media ostenta una moral superior basada en cuestiones estrictamente estéticas. Es esta moral la que le da fuerzas para entrar a la arena pública, para hacer vivir la política y para triunfar en ella. Ningún otro sector social se siente poseedor esas verdades, ni de los argumentos para confirmarlas.

Hay una cuestión de voluntad, claro: la clase media tiene ganas de militar, le gusta, lo necesita, cree que es importante. Discuten de política en las redes sociales, alzan la voz en las cenas familiares y tienen verdaderas peleas entre amigos de muchísimos años. La clase media crea y nutre, una y otra vez, cualquier ideología, le pone palabras e imágenes a cada grupo político que ande por ahí. 



Todos nosotros sabemos que la clase media es la clase que gestiona lo simbólico: los ricos controlan la riqueza y la vida runfla tiene lógicas que pasan por otros lados. La clase media es la que lee y escribe, la que comunica, la que administra los asuntos del alma y del sentido. La clase media se encarga de la ley, de la moral, de la literatura y de las ciencias. De la universidad, la universalidad y la cultura. La clase media es la clase que hace pedagogía, la que sabe y la que aprende. ¡Y la única con auténtica conciencia de clase! 

Se trata, en síntesis, de una clase que no quiere trabajar y que no tiene de qué vivir por fuera de esta gestión de los símbolos.

Por todo esto, la clase media es la clase del estado. Haciendo política hace estado y haciendo estado encuentra su verdadero destino en sociedad (La clase media sólo fue genuinamente anti-estatal cuando no hubo promesa de estado –entre el fracaso de la Alianza y los logros de Duhalde– que anticipaban ya al actual kirchnerismo, rebosante fiesta de la middle class).

Solo la clase media hace política, solo ella piensa en el otro, habla por el otro. Sólo ella vibra deseosa de representar a los otros. Habla que te habla de Trabajadorxs, de Niñxs, de Originarixs, de Justicia, de Pueblo, de Tercerizados, de Derechos Humanos, de Republica, de Soberanía, de Inclusión, de Patria, de Libertad. Hablan, ponen el cuerpo y se lukean

Así, hacer política queda siempre entre lo absurdo y lo heroico: lo absurdo se da en el modo de vestirse con la piel del otro, impostando y creyendo; lo heroico se da al jugarse por el otro hasta pagar con la propia vida. Lo que está en juego es el simbolismo en torno al cuerpo de la víctima: ir hacia ella y, en el límite, ocupar su lugar. Si la Patria es el Otro la solidaridad es la mejor de sus arma; y el sacrificio su ejemplo más extremo.

Las vidas runflas no hacen política, no les interesa perder tiempo en la fórmula del otro. La heroicidad o el absurdo son mucho más cotidianos: no es necesario salir a buscarlo afuera. Las vidas runfla se liberan de la política desde el consumo para no ser, siquiera, espectadores. 

La política es el Otro, esa es sin duda la mejor fórmula para la nación. El Otro es la categoría ética superior de nuestra política de clase media.

Clinämen: «Por una economía al cuidado de las vidas»

Conversamos con Natalia Quiroga Díaz, economista e investigadora en temas de economía feminista y economía social, sobre la actualidad en la región: desarrollismo y extractivismo, capitalismo y patriarcado,  mercadocentrismo, economía popular.

Memoria desdentada: Traición y Violencia

(A 40 años del triunfo de Héctor Cámpora)


por Bruno Nápoli




La repetición ponzoñosa de escenas, no pasadas, sino incubadas en la construcción de algún pasado (glorioso o maldito) por momentos se presenta como un quiste para la actual administración. Una gestión puntillosa de recuerdos rehabilitados con muchos esfuerzos, y con inmensos hiatos que prefiguran lo difícil (y a la vez efectivo) de la empresa. Pero de todas formas, en esa cadena de imágenes para traer u olvidar, está el Perón que muere y está su esposa que sigue su camino como presidenta. Claro que es imposible la comparación, por mil y un motivos: allí no hubo elecciones, ella era su vice, la actual presidenta legitima su mandato con millones de votos y sabe gobernar, y tantos, pero tantos etc. más; de todas formas la inclinación a las vidas paralelas es un hábito que por la negativa también se construye maliciosamente, y se intenta desanudar, pues la actual primera dama (segunda mujer en ejercer la presidencia de la Argentina, mal que nos pese) intenta la mímesis con la otra, con “esa” mujer, la peronista de verdad, la Eva, en un gesto por alejar cualquier fantasma de prefiguración asimilable al matrimonio peronista de los 70.

Pero a la vez, el juego direccional de las palabras en cada discurso, como reivindicación de una militancia tenaz combatiendo por una “patria justa”, desata los demonios de esa contradictoria rememoración. Si por un lado hay que parecerse al primer peronismo por nacimiento y pertenencia, hay que parecerse al “setentista”, por estrategia y representación política volcada a una apuesta con recambio generacional, que prefigure la imagen de una “militancia revolucionaria”. Los dos peronismos, el que en junio de este 2013 cumple 70 años de vida desde su nacimiento con un golpe de Estado, y el setentista, que se sabe decir “militante” del proyecto nacional y popular de mayo del ´73, se funden en la figura de Cámpora. Su imagen pareciera ser la conjunción perfecta, el número mágico para una igualación útil y efectiva, en la programación del actual formato de ejercicio de la política: la acumulación simbólica. La representación por voluntad de reivindicación y necesidad de diferenciarse de los últimos peronistas que gobernaron el país: Juan Perón, Isabel Perón y Carlos Menem.


Cámpora cumple los requisitos. Nace con el peronismo. Es funcionario del gobierno militar producto del golpe de Estado de junio de 1943, designado por esa dictadura, que lo junta con Perón en la función pública en 1944. Y es el presidente del peronismo de la resistencia de 18 años de proscripción que nace acunado en la idea del regreso del mismo Perón. Entre esos dos eventos constituidos como un solo relato que marcó la historia argentina (y sigue definiendo sus tiempos políticos) la gestación de la figura de Cámpora parece querer desentrañar, desde un olvido persistente, la revuelta emancipadora que su breve gobierno intentó capturar. Un “interinato” fugaz y contundente, que habla de revolución y liberación nacional, “…en mi calidad de presidente electo de los argentinos -dirá luego de su triunfo electoral- me dirijo al pueblo que el 11 de marzo me designó para encabezar el proceso revolucionario de liberación y reconstrucción nacional. Ese proceso revolucionario fue plebiscitado en las urnas. Ese mandato será ejecutado desde el principio, y hasta sus últimas consecuencias, en beneficio de todos nuestros compatriotas”; y que pretendió cambiar las nociones de violencia política de su presente, poniendo el acento en la crítica a la violencia represiva estatal.

Lamentablemente, la retahíla deshilachada de ofrendas que el relato actual le hace a la memoria política, desentona con la Historia y con sus eventos más absolutos: los de la Traición y la Violencia, como sucedáneos de una lealtad extemporánea. Una historia circular por momentos cancelada, que nos dice en los hechos que Perón va a reivindicar como propia la liberación nacional en el mismo acto de su regreso, pero anulando con esos dos conceptos en su diccionario, todo lo hecho por Cámpora. 

La Violencia

Con solo leer los fundamentos de la Amnistía Social propuesta por Cámpora en su discurso del 25 de mayo de 1973[1] es imposible no ver el cuestionamiento que supone al sistema de representación estatal de su tiempo. Una represión con basamento institucional de todos sus órdenes, impuesta por monopolio de la fuerza y de la historia de años de proscripción que el breve presidente, intenta socavar con su proyecto. Propone una amnistía para todos los presos condenados o procesados por delitos calificados de políticos, pero además pone en cuestión todos los procesos judiciales para presos comunes, pues sostiene que “si bien (…) nos ceñimos en esta ocasión a los presos políticos gremiales y estudiantiles, como a todos aquellos que han sufrido sanciones por su alzamiento contra el sistema, también es verdad que de una manera lógica debiera incluirse la pretensión de revisar la situación de quienes han sido presos o condenados por los denominados delitos comunes sin ninguna vinculación directa con fines políticos. Parecerá extraña esta afirmación, pero los considerandos expuestos en la parte denominada ‘la violencia como sistema’ muestran que es injusto haber penado a quienes en actitud de defensa por la vida, han violado las normas del Código Penal, dictadas sobre la base –que no se da en nuestro caso- de que el orden social es justo. Por vía de ejemplo cabría señalar que resulta irritante reconocer la existencia de millares de personas condenadas por la violación del derecho de propiedad en un país como el nuestro, en que son millones los que no tienen fuente de trabajo…”.[2] Sin rodeos, la cuestión así planteada reconoce sus palabras en las consignas que las organizaciones de resistencia convocaron para ejercer el derecho de violencia como continuación de una lucha que en el terreno político legal parecía agotada. Y los sucedáneos de estas propuestas serán la revisión de esas condenas, la libertad inmediata de los “presos de guerra” (como los definía “El Descamisado”) y la disolución inmediata de la Cámara Federal en lo Penal (CaFePe) un organismo que solo dedicó sus esfuerzos a encerrar militantes para “mantener el orden constitucional” bajo las órdenes de Onganía y Lanusse.

Quienes acompañaron este esquema con épica revolucionaria, fueron un grupo de gobernadores (Santa Cruz, Salta, Córdoba, Mendoza, Formosa y Buenos Aires) y otros tantos diputados de la juventud peronista, mas un espacio de poder importante en ministerios y secretarías. De todos modos, la decisión salvadora de incubar desde el Estado decisiones “revolucionarias” invitando a miles de voluntades a aunar fuerzas alrededor del proyecto liberador, no fue un suficiente dique de contención para detener las inveteradas alianzas que las burocracias repletas de privilegios habían establecido con un Estado represor e injusto, que ahora se ponía en cuestión. Un monopolio de fuerza y organización capaz de resistir cualquier vendaval revoltoso, por mas institucional que fuera.

La traición

En un marco de engaños y certezas, quienes determinaron su formación a base de privilegios prebendarios y no de trincheras polvorientas, no dudaron en descorazonar la capacidad de acción política de los “imberbes”, su proyecto de desembarco en pos de la “patria socialista”, y los eventuales socios que pudieran conseguir. Pero sobre todo, contaban con la figura patriótica, general, casi mítica, que podía desenfundar su sable sin ningún problema en beneficio de unos sobre otros. Sus pares, sus institucionales pares de la burocracia que lo ungieron en el 46 y ahora, viejos pero con todas las cartas marcadas, reclamaban lugar en la toma del Estado que tanto les había dado, exigieron el escarnio ante tanta irreverencia.

Con la presión sobre sus hombres y sus vidas, Cámpora es retirado de la escena sin siquiera la sombra de una victoria, y el programa de Reconstrucción Nacional prontamente será tomado por quienes se reivindican como los hacedores de la patria contra los antipatria. Y el Perón electo presidente firma el 1 de Octubre el documento que reza: “los grupos o sectores que en cada lugar actúen invocando adhesión al peronismo y al General Perón, deberán definirse públicamente en esta situación de guerra contra los grupos marxistas y deberán participar activamente en la acciones…” (Clarín, 02/10/73)*[3]

A los pocos días le toca el turno al más “leal” de todos, al que lo había traído del exilio, al que había aceptado ser presidente para no serlo: Cámpora es intimado por el Consejo Superior Peronista, a ratificar o rectificar si adhiere o no a la juventud peronista que agravia a Perón. (La Prensa, de Lima, el 23/10/73, bajo el título “Depuración Ideológica sigue”, destaca la inquina contra un ex presidente argentino. De todos modos y a pesar de sus dichos, echan a Cámpora del peronismo en mayo del ´74).

Mientras tanto, el gobierno de Córdoba está jaqueado y el de Mendoza sufre el paro total que declaran la CGT y la UOM locales, porque “se niega a la depuración ideológica de su gabinete”. Finalmente, el Consejo Superior Peronista “separa del peronismo al Gobernador de Mendoza”. (Télam, cable fechado el lunes 29/10/73)

En enero de 1974, una acción del ERP destruye las pocas vallas de autocontención que delimitaban la matanza ya comenzada y se desbocan los caballos: Perón invierte todo lo hecho por Cámpora impulsando profundas reformas del Código Penal (Clarín, 26/01/74) haciendo de este instrumento tan revoltosamente cuestionado por su antecesor, la herramienta de todo el rigor represivo del Estado en un formato legal. Es la inversión exacta de lo que la primavera camporista había planeado pocos meses antes. Y el presidente en ejercicio Juan Perón, vestido de uniforme, advierte: “a la lucha (…) no hay nada que hacerle, mas que imponerle y enfrentarla con la lucha. (..) nosotros desgraciadamente tenemos que actuar dentro de la ley porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya habríamos terminado en una semana. Estamos con las manos atadas dentro de la ley (…). Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualquiera sean las medios. Si no hay ley, fuera de la ley también, y lo vamos a hacer violentamente”. (Clarín. 23/01/74)*

Mercenarios Asesinos y Drogadictos

En paralelo, la tropilla hace loas de este retorno a las fuentes: las burocracias comienzan a firmar declaraciones de guerra y a la vez apoyo al antiguo líder.

“Contra los delirantes de la revolución utópica que hacen el juego con el terrorismo anárquico a la extrema derecha. (…) terminar con las sectas asalariadas que asesinan sin ningún freno”. Federación Argentina de Luz y Fuerza y Sindicado de Luz y Fuerza de Capital Federal. (La Razón. 22/01/74)

“Unidos contra la agresión apátrida”. Sindicato Obrero Marítimo (La Razón.23/01/74)

“Los intendentes de la tercera sección electoral unidos en la doctrina para la reconstrucción y la liberación nacional. Contra la barbarie de un minúsculo grupo de inadaptados y representantes de intereses antinacionales.” Firman los intendentes: Herminio Iglesias, Manuel Quindimil, José Rivela, Nicolas Milazzo, Oscar Alberto Blanco. (Clarín. 23/01/74)

“Una sola patria: la justicialista. Una sola bandera: la azul y blanca. Un solo líder: Juan Perón”. Unión Obrera Metalúrgica. (Clarín. 23/01/74)

“…repudiar a los agentes de la sinarquía internacional que van del brazo del comunismo apátrida. CGT La Matanza. (Clarín 25/01/74)
“La consigna es: a muerte defender a Perón”. Consejo Directivo de la Unión de Trabajadores Gastronómicos.

Los trabajadores de Sanidad, acusando a “infiltrados de afuera (…) tendencia izquierdizante y apátrida, bajo el pomposo título de Juventud Trabajadora Peronista deciden disolver su agrupación Eva Perón dentro del Gremio porque sostienen que “ante esa siniestra conjura de la izquierda trasnochada, preferimos quemar la nave antes que entregarla a los enemigos” Firma: Teresa Nocetti. (Clarín. 26/01/74)

 “…que las reformas en el código penal sean una valla de contención  a la reacción vil  y apátrida”. Agrupación Metalúrgica Peronista José Ignacio Rucci. (Clarín. 29/01/74)

Pero las palmas se las lleva una propaganda que aparecía en los diarios de la época, y ordenaba: argentino, no permitas que mercenarios asesinos y drogadictos destruyan tu país”; firmada por la Agrupación de Liberación Nacional, el texto era acompañado por la imagen de un joven barbudo golpeando y cortando un mapa de la Argentina con un martillo y una hoz. (en archivo FDCL s/f). Este discurso es coincidente con la declaración del Consejo de Seguridad Nacional formado por Perón en diciembre del 73, en el que dice: Deben ser reprimidos con mayor preocupación y severidad el tráfico de drogas, armas y literaturas que instruyan en la subversión y el caos, conscientes de que tales males, sería ingenuo no reconocerlo, responden al deseo de crear estados de angustia colectivos que no se compadecen de la realidad que construye el país día a día” (La Opinión, 21/12/73)*

El escarnio

Pronto, los gobernadores de la Tendencia serán borrados del mapa por el mismo Perón: el gobernador de Formosa (A. Gauna) debe renunciar en noviembre del ´73. Oscar Bidegain renuncia a la provincia de Bs As en enero del 74; al mes siguiente, el jefe de policía de Córdoba da un golpe de Estado y detiene al gobernador Obregón Cano (Perón dirá “que se cocinen en su propia salsa”, y una semana mas tarde envía a Antonio Cafiero como interventor) y en junio deja el cargo Martinez Baca, gobernador de Mendoza. Los dos restantes soportan un poco mas el asedio, pero ya con Isabel Perón como presidente de la nación (luego de la muerte de Juan Perón) Ragone en Salta es derrocado (y desaparecido por el mismo gobierno, aun permanece en esa situación) y Cepernic deja el sillón de Santa Cruz para ocupar un calabozo por años.
Un diario de La Paz publica La Juventud Peronista se reveló contra Perón”, destacando que no asistieron a la tradicional reunión de los jueves con el General. (diario Hoy, 29/01/74) A la semana siguiente, Perón les dice a los jóvenes que “es hora de dejar de pelear, porque si no saco un decreto de movilización y esto se acabó” (La Razón, 07/02/74). Para completar una imagen que condensa la temperatura de ese tiempo, el interventor de la Universidad del Comahue, Remus Tetú, ordena sacar la placa que bautizaba el aula magna con el nombre de Salvador Allende. (Diario de Neuquén, nota de Issca Gdansky, 29/01/74)

Definitivamente la violencia estatal, puesta en cuestión por Cámpora, había sido devuelta a la escena de mano de la traición. El Terrorismo de Estado había comenzado con Juan Perón, y continuaría con Isabel y sus jefes militares. Los discursos todos, son difíciles de diferenciar en autoría:

“Estamos en presencia de verdaderos enemigos de la Patria, organizados para luchar en fuerza contra el Estado (…) pido a todas las fuerzas políticas y al pueblo en general que tomen partido activo en defensa de la República que es la afectada”. (Juan Perón 02/01/74). “Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país (Jorge Rafael Videla a “La Prensa” 24/10/75). “Yo quiero significar que la ciudadanía argentina no es victima de la represión, la represión es contra una minoría a quien no consideramos argentina (Jorge Rafael Videla a “Clarín” 19/12/77)

Dos generales hablando el mismo idioma, en sintonía: los enemigos de la patria, los no argentinos, la lucha por la república y la seguridad….el mal absoluto contra los jóvenes.[4]

Epílogo inconcluso

La calificación de “setentistas” a las promesas de tribuna que, declamadas con más vigor que convicción, se desprenden de la construcción política mediática como formato de acumulación de voluntades, es pronunciada casi como reflejo impotente de los nostálgicos, más que como adjetivo inquino. Tiene poco vigor ya la palabra a la vista de estos hechos, y contiene más su peyorativo deseo de calificación, que su intensa significancia apocalíptica original. La gravitación de esas voluntades humanas que en los setenta denostaron modelos imperantes, combatieron al Estado, y pensaron que una Revolución es eso o nada, tiene muy poca comunión (en su sentido mas religioso) con la viralidad de palabras que se utilizan hoy para definir políticas de Estado, mas allá de la potencia de los símbolos actuales.
Si la memoria es un imprescindible juego de olvidos masacrados, que la construyen para saldar pasados, repararlos o sepultarlos, los ejercicios repetitorios de símbolos en blanco y negro, puestos ahora en color y con desagradables entonaciones histriónicas, no hacen más que obligarnos a pensar en las genealogías de esos olvidos. Y en los motivos de algunas desmemorias.

Las cualidades “revolucionarias” de los planteos camporistas originales, tal vez tengan poco que ver con el liberalismo capitalista exitoso que hoy se aplica y que no pretende ya una “patria socialista” sino todo lo contario: una patria sin socialistas ni “anarco-capitalistas”. Pareciera ser una reedición de los múltiples rostros que los peronismos mostraron en los últimos decenios: el industrialista, el militante, el neoliberal y el actual de “capitalismo humano”. Todos juntos en diferentes medidas y gestos. Y de todos esos, los actuales exégetas del buen militante rescatan solo 49 días para sus propios jóvenes. Más no estaría nada mal que esos mismos jóvenes se permitieran conocer de manera crítica la complejidad de todo el periodo, sobre todo para poder reconocerse herederos de algo mas que un fragata llena de marinos (símbolo de la Esma y el genocidio para miles de víctimas) o de la copa de leche Néstor Kirchner repartida en los pagos del conurbano. Y no nos referimos a los jóvenes funcionarios (esos solo están dedicados a acumular dinero y poder) sino a los sinceros militantes barriales que día a día patean la calle rememorando lo mejor de un relato que de todos modos, les es esquivo.


[1] Amnistía que se hace efectiva el mismo día que asume, mediante un decreto-indulto, y se aprueba en forma de ley dos días después.
[2] Sandler, Héctor, De la amnistía a la represión, imprenta del HCN, 1974.
[3] Todas las citas de Hemeroteca pertenecen al archivo personal del autor excepto las tres señaladas* que  figuran en  Franco, Marina, Un enemigo para la nación, FCE 2012.
[4] Juan Perón, en diciembre de 1973 designó a Videla Jefe del Estado Mayor del Ejército, y a Masera Comandante en Jefe de la Armada (la condición de peronista de este último le valió la confianza de Perón y fue el almirante  más joven en ese cargo, lo que obligó a pasar a retiro a 14 marinos para que asuma)

En pocas palabras

(para un país sin lenguaje político)
Por Rosa Lugano
Cuando dicen Pueblo, hay que ser capaz de oír “comando exitoso de las relaciones de producción”.
Cuando dicen Nación, hay que ser capaz de oír “espacio para el despliegue de ese comando”.
Cuando se dice que hay Corrupción, hay que ser capaz de oír “modelo de acumulación política”.
Cuando se dice Corporación, hay que ser capaz de oír “grupo de poder que no pertenece al armado propio”.
Cuando se dice Yegua, hay que ser capaz de oír “odio oligárquico”.
Cuando se dice Inclusión, hay que ser capaz de oír “revolución pasiva” (Gramsci dixit).
Cuando se dice Democracia, hay que ser capaz de leer “subordinación activa”.
Cuando se dice Peronismo, hay que ser capaz de oír “síntesis de pueblo y capital (nacional)”
Cuando se dice Antiperonismo, hay que ser capaz de oír “síntesis de ciudadanos y capital (global)”
Cuando se dice Crecimiento de la Economía, hay que ser capaz de oír “crecimiento del capitalismo”.
Cuando se dice Capitalismo en serio, hay que ser capaz de oír “capitalismo en serio” (es decir, Mundo-Bric).
Cuando se dice Soberanía, hay que ser capaz de oír “teología política”.
Cuando se dice República, hay que ser capaz de oír “propiedad privada”.
Cuando se dice Modelo, hay que ser capaz de oír post-neoliberalismo (no superación, sino continuidad con modificaciones).
Cuando se dice Neodesarrollismo, hay que ser capaz de oír “neoextractivismo”.
Cuando se dice que Vuelta del Trabajo y la Dignidad, hay que ser capaz de oír que “vuelta del consumismo” (aumento de la circulación del dinero sin correlatos de lazo social).
Cuando se dice Intervención del estado, hay que ser capaz de oír “esfuerzos por sostener el embrujo del mercado”.
Cuando se dice Que la crisis la paguen los ricos, hay que ser capaz de oír la “ineficacia de toda izquierda abstracta”.
Cuando se dice Aquí hay una dictadura chavista, hay que ser capaz de oír “acá hay un nabo que no entiende donde está parado”.
Cuando se dice Militancia juvenil, hay que ser capaz de oír “clase media que gestiona estéticas e ideologías”.

Nombrar un nuevo conflicto social:

entrevista a Neka Jara y Alberto Spagnolo, 

(del Movimiento de Colectivos “Maximiliano Kosteki” de Florencio Varela)


Por Maura Brighenti


– La noche del 30 de agosto representa un momento crucial en las experiencias de vida de ustedes. Un plan bien organizado que culmina con el robo y el incendio de su casa puso en evidencia la carga de violencia brutal que subyace en la nueva disputa por el control del territorio. Con el coraje de siempre, y gracias a la red de amigos, compañeros y organizaciones sociales que trabajan con ustedes, consiguieron de inmediato denunciar lo que pasó y revertir el diseño orquestado por una banda narco y sus varios cómplices. A la distancia de los meses transcurridos desde entonces, ¿cómo analizan políticamente lo que pasó aquella noche? 

– Lo que nos pasó a nosotros es la manifestación de una situación compleja que están viviendo muchos otros barrios del Conurbano bonaerense, y no sólo allí. A través de la complicidad política, judicial y policial funciona una red delictiva que gestiona, entre otros negocios, el narcotráfico. Esta red extiende su influencia a lo largo de todos los territorios urbanos, y no es sólo Buenos Aires, hay que ver lo que está pasando en Rosario.

Dicho esto, nosotros nunca buscamos un enfrentamiento directo con las bandas narcos. No nos consideramos jamás como “luchadores contra la droga”. El tema de la droga merece un debate profundo, serio: no todo se puede poner en la misma bolsa. Nuestra tarea ha sido otra, nos hemos dedicado a trabajar con los jóvenes, generando diferentes ámbitos de encuentro (clases de artes marciales, talleres de música, de baile folklórico, campamentos), momentos de una fuerte dimensión grupal que a los chicos les permite resignificar sus vidas que transcurren en contextos muy duros marcados por la agresividad de un neoliberalismo que afectó sistemáticamente la existencia de familias bombardeadas permanentemente por un ideal de consumo que exige tener un montón de cosas que están completamente fuera del alcance de nuestras economías. Los chicos viven constantemente con ese tipo de presión, que lleva muchas veces a considerar la posibilidad de hacer plata fácil. Es difícil no caer en esa. Este es el origen de una serie de problemáticas muy presentes en nuestros barrios como es el tráfico del paco.


No hablamos de “droga” sino de paco que es un veneno que se extendió en todos los barrios generando unas dinámicas bien específicas: primero hacen adictos a los chicos (haciéndoles cercano el paco, llevándolo hasta el colegio), después comienza el reclutamiento. En el barrio Pico de Oro (Partido de Florencio Varela), adonde vivíamos nosotros, comenzaron a llegar en un momento más de cien chicos-soldados, que andaban en bicicleta, hacían vigilancia, distribución, y con familias que también les brindaban apoyo y cobertura a la red narco (lugares donde se guardaban las armas, substancias químicas, mercadería). Se trata de una organización muy difundida, con ramificaciones en el los poderes del estado (policía, políticos, poder judicial), y que funciona bajo la forma de una red, dedicada a la producción y distribución del paco.

Todo esto nos llevó a intentar no chocar de frente con estas redes, aunque sí tuvimos siempre una práctica con los jóvenes, procurándoles un ámbito que ofrezca y promueva cosas que tienen que ver con la vida. Sin buscarlo fuimos entrando en un antagonismo con las banditas narcos del barrio. De pronto nos vimos completamente inmersos en una disputa por el territorio que no deseábamos, pero sobre todo por la vida de estos chicos que entraban en contacto con las cosas que hacíamos y planteábamos desde el movimiento y muchas veces comenzaban a modificar las percepciones y los deseos en relación a sus propias vidas. Muchos de estos pibes que andaban con las banditas narco pasaron a formar parte de los grupos y las actividades que veníamos promoviendo.

Es en este contexto que uno de los narcos empezó a vender paco en frente de nuestra casa y comenzaron los problemas, empezamos a recibir todo tipo de presiones y amenazas, hasta que se concreta una maniobra ideada de manera inteligente contra nosotros, contra el movimiento: inventaron una denuncia gravísima de abuso y nos acusaron a nosotros, el asunto estaba completamente coordinado con la comisaría primera de Varela, de modo que mientras la banda nos atacaba en el barrio (saqueando e incendiando nuestra casa), la policía actuaba (dejando zona liberada a la patota y circulando el rumor que nos inculpaba) en completa complicidad con ellos.

Pudimos reaccionar a tiempo, llegamos a demostrar lo ilegítimo de todo lo que se planteaba, denunciamos a las cuatro o cinco personas que idearon la maniobra (siempre ligadas al narco). Una de estas personas está presa, otra está prófuga, y varios otros siguen aún sueltos. Lo que ellos buscaban era destruir una forma de vida que el movimiento tiene desde hace años y para lograrlo se propusieron golpear sobre nosotros de esta manera. Si les salía bien nosotros éramos linchados en el barrio, o en la comisaría. Y una cosa es morirte por militante, ¡otra muy distinta es que te cuelguen un rotulo infamante! Por suerte alcanzamos a revertir su maniobra.

– A la urgencia de la denuncia política siguió pronto la necesidad de analizar la situación más general. Un trabajo colectivo todavía en su comienzo, pero que ya expresa una doble voluntad política: entender, nombrar y visibilizar un “nuevo conflicto social” que está teniendo lugar en el conurbano de Buenos Aires como en muchos otros territorios del país y, al mismo tiempo, construir y consolidar una red de organizaciones y movimientos sociales alrededor de esta cuestión. Partimos del primer punto: ¿cómo se está diseñando este nuevo mapa de poder y control social en un territorio como Florencio Varela?

– Hoy en los barrios se están delineando relaciones de poder muy diferentes a las que se daban por ejemplo con los punteros. Con los punteros políticos era una disputa de territorio pero desde el punto de vista de una construcción mucho más política. Hoy la disputa es a partir del delito, de lo ilegal y es mucho más delicada porque las prácticas que tienen que ver con esto son muchos más oscuras. Toda la organización en torno al narco, específicamente en torno al paco (porque drogas hubo siempre en estos barrios, pero con otra lógica de venta, de consumo, de relaciones sociales) es sumamente disruptiva. La situación de poder que se genera es en torno al territorio, y por eso a nosotros nos quemaron la casa, por eso quieren que nos vayamos. A pesar de las diferencias de contexto, no es tan diferente lo que pasa en el norte, en Santiago del Estero, donde matan a campesinos que están trabajando la tierra para “limpiar” tierras y ponerlas a la venta para la producción de soja o madera. Se trata siempre de una matriz de negocios cuyo fundamento está ligado al delito, y a la violencia contra las riquezas comunes (como los lazos sociales, la tierra), y que se da siempre a partir del amparo por parte de poderes judiciales, policiales y políticos. Toda esta ilegalidad tiene un costado legal, porque la violencia y la depredación se legalizan, se amparan, no podemos pensar estos procesos sin el tipo de construcción mafiosa que las acompaña.

Es por eso que nosotros estamos ahora hablando de un “nuevo conflicto social”,  con otras formas, otros métodos, mucho más difusos. Es más complejo organizarte para enfrentar esta conflictividad porque muchas veces no sabés delante de quién estás parado. Por ahí estás hablando con un vecino y al otro día te enterás que en su casa se esconde el paco; que en la casa de otro vecino alguien de la familia hace de mulo, etc. Entonces hay un control mucho más complejo de lo que tenía el puntero político hace unos años atrás. Y por lo tanto hay nuevos desafíos, nuevas preguntas. Nos requiere pensar de nuevo cómo trabajar en el barrio, porque el territorio es una disputa importante.

– En los últimos meses comenzaron a pensar este nuevo conflicto social como algo que pertenece a la lógica neo-extractivista que sostiene el actual modelo de acumulación y valorización capitalista en Argentina como, más en general, en América latina. En este sentido, podríamos decir que las dinámicas complejas ligadas al narcotráfico desarticulan el tejido social que los movimientos y las redes de cooperación social y comunitaria produjeron en los territorios del Conurbano. Con una dinámica parecida, el agro-negocio desarticularía  una manera de vivir y producir practicada hace mucho por las comunidades indígenas y campesinas. En ambos casos, el neo-extractivismo parece incorporar una dinámica mortífera: desarticula, desertifica y mata. ¿Podríamos decir que es el reconocimiento de esta dinámica común la que los llevó a reencontrar los compañeros del Mocase? 

– Ciertamente. Porque la dinámica que hoy se está implementando tiene este trasfondo. La necesidad de tierra, de espacios territoriales que tienen las transnacionales, y sobre todo los sojeros, incorpora esta manera de contrainsurgencia que si bien parece muy distinta tiene una similitud en el hecho que la implementación del choque con esos campesinos a quien quieren quitarle la tierra lo están tratando de hacer aparecer como un problema que no tiene nada que ver con la empresa, ni tampoco con la política. Lo cual es un riesgo enorme porque ante la sociedad es mucho más complicada la visibilización.

Nos contaban, por ejemplo, que en Santiago del Estero hay bandas formadas, tal vez por lazos familiares, que  reclutan gente pobre, van a desalojar a los campesinos, se quedan con la tierra y luego llega la empresa y se instala. Entonces, ya el choque no es de forma directa con la policía, con una fuerza de represión, sino que hay más bien una terciarización de la contrainsurgencia. En nuestro caso también: aquellos que nos reprimieron actúan hoy de una forma mucho más sofisticada, porque el conflicto aparece como un caso policial, se despolitiza, no aparece como un choque entre fuerzas antagónicas y, de esta manera, ellos logran quedarse afuera del conflicto mismo.

Entonces para nosotros la similitud es muy grande y de allí la necesidad de articular de manera permanente –no sólo cuando matan a un compañero– para desarrollar una inteligencia común ante situaciones que son de mucho riesgo.

– Hay algo que ya subrayaron y que me llamó la atención acerca de las primeras representaciones políticas y periodísticas que intentan marcar también el sentido común: la idea de que lo que les pasó a ustedes –y no sólo a ustedes– sería un mero conflicto entre bandas barriales. Del mismo modo se pretende dar la imagen de que el asesinato de los dos compañeros del Mocase se debe a una dinámica atávica de cuchillo fácil todavía en boga entre las lejanas provincias del norte del país. Son formas de encubrimiento del conflicto social y de la complejidad de sus dinámicas bajo el manto de un cierto folklore… 

– Es un mecanismo grave por lo que encubre, por lo que quita a las organizaciones, porque de alguna manera desarticula una reacción como respuesta política. En Florencio Varela, cuando los narcos sacaron de sus viviendas a cinco familias paraguayas, hubo resistencia, se generó un enfrentamiento que los periódicos salieron de inmediato a describir como una pelea entre bandas. Fue la manera que tenían la policía y el Intendente de tapar un conflicto donde hay banda delictiva operando contra gente trabajadora. Lo grave es la injusticia que esto produce. Porque nosotros por ser conocidos, por tener una red de militancia desde hace muchos años, todo esto lo podemos revertir, pero esta gente del Paraguay no pudo, porque son gente pobre, sin esa red de contactos.

Es una manera para eliminar sistemáticamente a quien se opone, a lo que ven como el adversario, el enemigo. Es grave porque te deja en una situación de gran fragilidad. Y a menudo los medios alternativos no son suficientes para revertir la versión reproducida por los diarios cómplices. En Florencio Varela también el comisario tiene un diario propio, y es el primero que salió a dar una versión que curiosamente es la misma versión de la banda. Requiere mucho trabajo deconstruir todo esto cuando circula un montón de guita para la compra de voluntades, cuando están implicados partes importantes del poder político, judicial, de las fuerzas policiales: todo los que se pueden comprar se compran. Es un fenómeno que nos pone a la vez en una situación de fragilidad pero también de desafíos enormes para que los movimientos se desarrollen, crezcan y tengan también sus herramientas de defensa.  Que es lo que después de estos acontecimientos tenemos que gestar. Tenemos que repolitizar el conflicto. Ya lo hicimos hace años en el Puente Pueyrredón, cuando mataron a Darío y Maxi. Tenemos que seguir con esta tarea de resignificar y renombrar el conflicto que va asumiendo modalidades diferentes.

– Otra representación que funciona tanto para la lógica del narco como del agro-negocio es la de “zonas liberadas”, espacios “vacíos” que se “conquistan” para la actividad económica (sea para la venta del paco, sea para explotar masivamente con los monocultivos). En ambos casos se da la desarticulación de vínculos sociales y afectivos…

– La referencia a las zonas liberadas es muy llamativa. En realidad se trata de “zonas de control” más que de zonas liberadas. Las zonas liberadas son las de Chiapas, las creadas por los compañeros. Estas son zonas de dominación y de control. Son zonas de guerra, una guerra nunca declarada, pero que destruye el tejido social, el tejido comunitario y todo intento de cambio. Esto involucra, sobre todo, a la vida de los más jóvenes. Porque ellos son la fuente de energía para una transformación y están golpeando precisamente en los recambios generacionales. La juventud tiene en sí una vitalidad, una fuerza de cambio que a veces con los años uno va perdiendo. Entonces son los que van a continuar las luchas, van a continuar el empuje para una trasformación de esta sociedad.

Si antes el poder golpeaba de manera más evidente, hoy usa estrategias más sofisticadas, pero siguen siendo tareas del poder, nosotros no lo desvinculamos del poder. Escuché un comentario sobre los narcos en Brasil, que había un sector que no era tan jodido, que era más popular, y sinceramente nosotros no rescatamos nada porque se trata siempre de la acumulación de dinero que se lleva puesta de la vida de los de abajo. Porque el jefe de la banda seguramente irá a misa, tiene una familia modelo, es un buen padre…. Es un fantasma al que no conocemos. Porque la visibilización del narco en el barrio es el morocho, es el pobre, es él quien vive en el barrio y aparece como un peligro. Ya lo era antes como piquetero, y ahora el peligro se potencia: ¡piquetero y narco! Categorías que el sistema va inventando para desplazar siempre más la frontera social, para constituir una sociedad del control siempre más ancha. 

La gente tiene miedo y es un miedo real, no un miedo inventado. Es un miedo que se va cultivando, precisamente, para seguir desarticulando todo. Porque sobre el miedo no se construye nueva articulación, sino puro control. Entonces vamos a pasar de una etapa de democracia progresista a una etapa de fascismo con consenso, porque es la propia gente la que va a pedir rigor, va a pedir cámara, militares en la calle y si fusilan a veinte pibes de una villa, mucho mejor: ¡son veinte pibes menos! 

Entonces para nosotros ponerle palabras significa decir que hay una justicia elitista: en el momento en que tuvieron que actuar, allanaron las casas de los pibes de nuestro barrio, no del centro de Varela, ni de los jefes. Hay una cuestión racial, elitista, dominante que juega con la vida de los nuestros. Nosotros sabemos que no es el pibe nuestro enemigo: el enemigo está invisible, es un fantasma. ¡Tenemos que ser los “cazadores de fantasmas”! 

– Ya lo dijeron, pero me gustaría insistir sobre este punto: si bien de forma muy distinta, el agro-negocio y el narco constituyen modos de acumulación y valorización capitalista que van más allá de la frontera entre legal y ilegal. Las redes narcos cumplen una actividad ilegal amparada por el poder legal mientras que el agro-negocio es una actividad formalmente legal que, con el mismo tipo de cobertura política, recurre a las bandas para “liberar” de forma delictiva el acceso a la tierra… 

– El tema del agro-negocio tiene que ver con la etapa de desarrollo que estamos viviendo, y se vincula con una destrucción subjetiva de años. Lo grave del agro-negocio es el modo en que impacta sobre la comunidad, que sufre sus consecuencias. Pero a nivel general, a nivel social –en las ciudades por ejemplo– no es algo que se vea demasiado, no es algo que se cuestione.

Entonces, hay una situación planteada de tal modo que todo esto sea posible: es en nombre de la alimentación, de la energía, es en nombre del progreso y de la calidad de vida que se desarrolla todo este agro-negocio. Y no se ve al otro lado hasta que –como pasó con nosotros con los narcos– te queman la casa. Cuesta medir las consecuencias cuando todavía no tuviste un choque directo. Es tan fino el modo en que avanza esta nueva modalidad de capitalismo, prepara tan bien las cosas, tiene un modo de hacer posible todo esto…

Lo que pasa en Santiago del Estero, como decíamos antes, puede comparable con lo que nos pasó a nosotros. Hay una conexión similar entre construcción económica y política. Por ejemplo, en un contexto local como es Florencio Varela se ve bien cómo los narcos sostienen una campaña política, como funcionan en esquemas en donde la guita del negocio va a parar en partes para la policía y para los jueces. Hay complicidad directa de parte de estas instancias. Es un modelo de acumulación y de muerte que se sustenta sobre este entramado de poderes y complicidades. 

Es un modelo de poder que funciona a partir de la desarticulación de las redes y de las organizaciones existentes. No es un buen momento para los movimientos sociales que, si bien siguen actuando, no tienen hoy la visibilización y la capacidad de presionar que tuvieron durante el 2001. Sin embargo, lo que hacen representa una amenaza y por eso se produce el choque. Los compañeros del Mocase-Vía Campesina, por ejemplo, no tienen la pretensión de ocupar toda la tierra de Santiago del Estero, pero es su propia presencia la que pone en tensión la extensión del agro-negocio.

Estamos tratando de ponerle palabras a un fenómeno complejo que nos desconcierta y muchas veces nos deja sin respuestas. Los movimientos viven una etapa de incertidumbre, no pueden todavía ver con precisión y de aquí la importancia de construir una inteligencia colectiva, de construir red, primero para salvar nuestras vidas… En los últimos meses tuvimos una riquísima posibilidad de intercambio. Tenemos que aprender de las experiencias llevadas a cabo en regiones de América latina, como Colombia y México, que sufren hace muchos años este tipo de situación de violencia contrainsurgente, por supuesto. Entonces, ponernos en contactos con ellos va a significar para nosotros poder investigar, profundizar, ponerle palabras y crear nuevas prácticas de lucha. 

Otro desafío importante que tenemos como movimientos sociales en distintas partes del mundo es pensar el tema de la alimentación, cómo consumimos, el impacto que tienen nuestro hábitos de consumo en la reconfiguración del poder y de la desarticulación social y territorial. Tenemos que reflexionar sobre la alimentación industrializada, porque todo lo que se produce de esta manera se consume en algún lugar. El tipo de industrialización de la alimentación al que asistimos es muerte, y nosotros nos cuestionamos por ser parte de esa cultura.

Deberíamos también profundizar el debate sobre los derechos de la tierra y del ambiente, sobre cómo preservarlos. Un avance que se dio sobre todo en Bolivia.

– Me conecto a este último tema. Si bien de forma distinta, la acción del narco y del agro-negocio plantean la cuestión compleja del consumo. Por un lado, a través de las ganancias del agro-negocio, el gobierno pudo extender desarrollar una política para incentivar el consumo entre las clases populares, vía los planes sociales, por ejemplo. Por otro lado, parece difundirse una lógica de consumo desenfrenado, al que apelan tanto los narcos como las trasnacionales del agro-negocio que no dejan de extender su influencia. Da la impresión de que en el campo político-institucional ni el gobierno ni las diferentes vertientes de la oposición tienen algo por decir al sobre este modelo de acumulación neoextractivista y sobre el conflicto social que genera. ¿Cómo se puede en este contexto retomar la iniciativa?

– A pesar de que haya algún cuestionamiento y críticas de sectores de la oposición no está hoy planteada algo distinto al neo-extractivismo, a este tipo de construcción que sigue siendo mortal para las poblaciones. Creemos que es un desafío enorme hacia los movimientos. Se nos intenta hacer creer que esta es la única manera de pensarse en sociedad, y nosotros tenemos que deconstruir esta mirada, esto es lo más difícil: ¿cómo se sale de esta idea de progreso? Hoy todos hablan de progreso a partir de la explotación del campo, de la industria que se genera a través de la producción en torno a la soja, etc. No discutimos que hace falta industria, pero tenemos que pensar la actividad económica con otro cuidado de nuestros recursos. Estamos calculando todo al cortísimo plazo: ¡estamos jugando a la ruleta rusa!

Por contraste, notamos mucho la circulación de un deseo de liberación, de zafar de la situación del poder, de la dominación. Es algo que estalla en los momentos de crisis, como pasó en el 2001. O cuando se organizaba la ocupación de tierras por el problema de la vivienda. El punto es que cuando la crisis pasa, todo parece reacomodarse en el estado anterior. De pronto uno ve cosas y piensa: ¡esto es revolucionario! El famoso “¡Qué se vayan todos!”… romper con la representación…, y de pronto todo se reacomoda. En el 2001 esto está clarísimo: la clase media sale con todo el quilombo económico y al año todo se reacomoda de forma impresionante. Es la misma clase media la que hoy pide a gritos más policía en la calle que la que puteaba contra la “representación” en el 2001.

Son como momentos cíclicos que hay que alcanzar a leer para poder dar un paso más allá, para ir reinventando y poniéndole palabras nuevas a todo lo que se viene después. Sin esta capacidad de lectura no es posible salir del repliegue, construir nuevas prácticas de lucha.

– ¿Qué rol pueden tener los movimientos sociales hoy? 

– La idea misma de “movimientos sociales” es compleja. Hoy no se sabe mucho qué se entiende cuando se dice “movimientos sociales”. En el caso nuestro, por ejemplo, somos un conjunto de colectivos haciendo distintas cosas, pero si vos hoy decís “movimiento social” no decís mucho hacia afuera, porque el movimiento social hoy es el Movimiento Evita, que sigue una lógica bien distinta de que se veníamos construyendo los movimientos de hace unos años atrás. Se trata de una organización interna al estado, que se dedica a sostener la construcción social hecha por el kirchnerismo. Hay, claro, otros movimientos kirchneristas y después está la mayoría de los movimientos que se quedaron afuera, y que se encuentran hoy bastante desarmados, con muchas prácticas interesantes pero sin la posibilidad de ponerle un nombre y de darle una fuerza hacia afuera. 

Por eso hay también que repensar a esta idea del “movimiento social”. Esto es parte del desafío más general de articular, mapear y ponerle palabras a lo que está sucediendo. De ir proponiendo también construcciones concretas, nuevas formas de resistencia antes de que esta situación avance. 

Quizás sea esto lo que hoy tenemos en común los distintos movimientos a lo largo del país (y del continente): que seguimos creando mientras enfrentamos situaciones oscuras, poco claras, frente a las cuales no es fácil decidir cómo actuar. Esta intuición es la que nos está poniendo hoy en relación con las realidades que se viven en otros lugares. Estamos tratando de crear las maneras para resistir la fuerza con que estas situaciones se nos imponen, tanto en el campo como en la ciudad. Son muchas las personas que transcurren su vida defendiéndose de la agresiva expansión neo-extractivista. Se trata de alimentar una inteligencia colectiva, a partir de estas prácticas de resistencia. Necesitamos ponerlas en común, y si bien no creemos que se puedan replicar automáticamente, tenemos que estudiarlas, ubicarlas en nuestros contextos, y desarrollarlas. 

No tenemos mucha esperanza de que las instituciones existentes vayan a cambiar para mejor, que los jueces se vayan a volver más éticos, que la Policía Bonaerense se vaya a transformar en milicias que expresen los intereses populares… Somos los movimientos quienes debemos generar las condiciones para que lo que vaya creciendo encuentre otro tipo de acogida, de contención, de protección en base a las compañeras y los compañeros decididos a defenderlo. Debemos crear herramientas de presión hacia las instituciones, seguir denunciando y, al mismo tiempo, generar nuestra propia fuerza, nuestras propias dinámicas para la preservación de la vida. Debemos retirarle a las estructuras de poder todo lo que en estos años aprendieron de –y gracias a– nosotros (¡y cómo se nota); quitárselo, cambiárselo: es un flor de laburo. ¡Pura creación!

El problema del consumo en Diego Valeriano


(Subimos esta bien interesante reseña que nos envía el taller de Cartografías Políticasen el que, parece, se están discutiendo los textos de Diego Valeriano sobre Capitalismo Runfla).
Introducción
Analizamos una serie de textos de Diego Valeriano sobre capitalismo runfla, que es la fórmula con la que el autor se refiere a lo que pasa en los territorios luego de la transición de una situación de miseria hacia un contexto de cierta abundancia. La circulación de dinero trae aparejada un aumento de la capacidad de consumo, que Valeriano asocia a una mayor vitalidad en las periferias. El consumo, entonces, no queda automáticamente ligado al apaciguamiento y el control de los grupos sociales marginales, sino que introduce una complejidad que requiere ser pensada. 
Acerca de este nuevo escenario, la serie de textos sostiene las siguientes afirmaciones:
·          Hay una intensificación del capitalismo a través de la abundancia y no una “salida” del capitalismo.
·          La runfla reemplaza la organización social solidaria de la época de la crisis. 
·          Hay protagonismo de una ciudadanía popular centrada en la figura de la víctima.
·          La vida runfla es la instancia más activa en la lucha contra los ajustes del liberalismo económico.
Hipótesis
En torno a la vitalidad, Walter Benjamín dice en su “tesis IV” de Sobre el concepto de historia: “La lucha de clases es una lucha por las cosas burdas y materiales y sin las cuales no habrá las espirituales y refinadas… Pese a todo, estas últimas se encuentran presentes en la lucha de clases, pero no como la idea de un botín que gana el vencedor. En esta lucha están vivas en tanto que confianza, valentía, humor o astucia”.
A partir de esta cita, podemos preguntarnos si es pensable que aquella vitalidad que el marxismo preveía que se daría en la lucha de clases se esté dando hoy bajo la forma de una movilidad ligada al consumo. 
Decimos
·          No se trata de un fenómeno de inclusión en un modelo de las clases medias como producto de un ascenso social (vía consumo): aunque las clases bajas consuman más no ingresan al modelo cultural tradicional de la “clase media”. Esa topografía social (de lo alto- lo medio-lo bajo) se desacopla. Por eso, es muy impreciso hablar de “inclusión vía consumo”.
 
·          Cuando sectores antes postergados acceden al consumo, se genera una lucha por el sentido (por la significación) de los bienes, por los valores que traen asociados. Se abre una disputa que afecta al juego de la imagen de las marcas, por ejemplo. En este punto, el consumo puede ser democratizador.
·          Durante el primer peronismo hubo un acceso masivo de las clases populares al consumo. Habitualmente, este antecedente es narrado en términos de inclusión y de adquisición de derechos vinculados al mundo salarial del trabajo.
·          Para saber qué pasa en acceso actual al consumo quizás sea necesario mirar lo que sucede “antes” del consumo: ¿cómo se accede al poder de adquirir? Hay fuentes múltiples de ingresos: se llega al consumo a través del trabajo en blanco, en negro, ilegal; cobrando un plan social, una renta, un subsidio; o mediante el robo, el saqueo, etc. Un aspecto a tomar en cuenta cuando se busca una dimensión “emancipativa” está asociada al desacople entre consumo y trabajo.
·          Es posible pensar que la vitalidad asociada al consumo sea también una vitalidad que se genera a partir de una nueva productividad social, ya que las poblaciones de las periferias pasaron de una situación de exclusión del sistema de producción de valor a ser la franja más activa de la economía.
·          La tesis que asocia libertad y consumo (extensivo a sectores populares) pertenece a un neoliberalismo modificado, no-noventista. No hablamos de un neoliberalismo de austeridad y privatización (que avanza vía exclusión), sino de uno en el cual el consumo no es potestad exclusiva de las elites.
·          El caso argentino no es asimilable al neoliberalismo actual en los países europeos (similar al de los ‘90 en Argentina y al aún vigente en Chile). ¿Se trata, por eso, de un modelo no-neoliberal? ¿O estaremos en una “segunda etapa” del neoliberalismo (al que podemos llamar “post-neoliberal”)?
·          En la genealogía del capitalismo runfla ocupa un lugar central el peronismo, que, desde sus inicios, afirma el derecho popular al goce (al consumo) hasta entrelazar altos índices de consumo popular con legitimidad política del gobierno. En ese sentido, no se trataría de un desarrollismo de manual, en el cual el Estado piensa en términos estratégicos qué sectores potenciar para generar un tipo de crecimiento económico integral y sustentable, sino de una apuesta al crecimiento guiado por el derecho al goce para todos.  
·          Que la preocupación del Estado sea cómo hacer para asegurar que todos los sectores accedan al consumo genera la necesidad de sostener una velocidad de crecimiento, unas fuentes de energía, una determinada gestión de la divisa, del ambiente… En este contexto, la concepción de desarrollo deviene inseparable de una determinada concepción de la política.  
Próxima Reunión: Intensidades: afectos y hábitos en política
Materiales para la próxima: Prólogo y cap. 1 del libro “Poshegemonía”, de Jon Beasley Murray.
Taller Cartografías Políticas – partesnaturales@gmail.com

“No nos dejemos arrebatar las preguntas que la crisis nos impone”

Entrevista a Amador Fernández-Savater

por Daniel Arjona


Tan fuera de lugar que no resulta fácil presentarle. ¿Activista? ¿Pensador? ¿Periodista? ¿Editor? ¿Alien? Es esta última genealogía la que aduce Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) en el prólogo de su último libro, Fuera de lugar (Acuarela, 2013). En sus páginas reúne, prologadas y actualizadas, un puñado de inhabituales y sabrosas entrevistas publicadas en su momento en el extinto diario Público en el que el autor/entrevistador desarrolló una conflictiva y ambivalente actividad. Fernández-Savater decidió un día abandonar el camino de la militancia en los movimientos sociales para, sin por ello reconciliarse con el orden del mundo, interrogar las nuevas “politizaciones enigmáticas” que brotaban en torno suyo y cuya cosecha recogió el 15-M. Incómodo con la posición de “opinador” con respuesta para todo, decidió dedicarse más bien a recolectar un ramillete de voces que piensan el mundo desde diversos lugares: Franco Berardi (Bifo), Guillem Martínez, Jesús Palacios, María Naredo, Santiago López-Petit, Luis Navarro, Jacques Rancière, Margarita Padilla… El caleidoscópico resultado ofrece una topología de urgencia de la sociedad y la cultura que merece la pena visitar.

Pregunta.- Relata en el prólogo su viaje de hace unos años “fuera de los movimientos sociales” que habitaba. ¿De dónde partía y cuáles eran las razones de ese viaje?

Respuesta.- Partía de movimientos sociales como el estudiantil, la insumisión, la okupación o el movimiento antiglobalización, en los que participé o a los que estuve muy cercano durante los años 90. Movimientos con una fuerza enorme donde ya se prefiguraba una forma de entender y hacer política que no pasa simplemente por la delegación de la deliberación y la decisión sobre los asuntos comunes en los partidos políticos. Pero el “no a la guerra” en 2003, la reacción social a los atentados del 11-M en 2004 o el movimiento V de Vivienda en 2006 suponen un salto muy importante. Ni siquiera podemos hablar ya de movimientos sociales, sino de movimientos de la sociedad misma, en los cuales la gente común, la gente sin experiencia de politización previa, es la protagonista (ya no tanto los activistas de movimientos sociales ni, menos aún, los militantes de partidos políticos). En esa política al alcance de cualquiera, a la altura de la vida de cualquiera, y ya no sólo de los expertos o los especialistas, me pareció percibir una posibilidad de renovación de la vida política colectiva que yo quería entender, para lo cual necesité salir de mis espacios y ponerme a la escucha.

P.- Perseguía entender nuevas “politizaciones enigmáticas”, ¿cuál era el enigma común que ilustraban todos esos movimientos tan distintos y qué razones le convocaban a desvelarlo?

R.- Creo que hay varios elementos comunes a todos ellos, que el 15-M también comparte. Por un lado, la idea convencional de la política es que se trata de algo de lo que se ocupan “los que saben”. De ahí la potencia disruptiva que tiene la participación de la gente común y cualquiera, los concernidos por las decisiones de la política. Por otro lado, esos movimientos no se identifican a izquierda o derecha de nuestro tablero de ajedrez, sino que redefinen el mapa de posibilidades abriendo espacios donde cualquiera puede implicarse en primera persona (lo que el 15-M ha nombrado como “política de la inclusividad”). Atención: las movilizaciones más potentes de los últimos quince años ni se entienden ni se piensan a sí mismas en el eje izquierda/derecha. Por último, son movimientos que no buscan destruir este mundo para construir otro, sino proteger y enriquecer el mundo común que es el único que hay. La lucha actual contra los desahucios es muy ilustrativa de todo ello: los afectados directos son los protagonistas, el movimiento no se identifica en la dicotomía izquierda/derecha y se lucha por cuidar el mundo compartido y a tus vecinos, son luchas post-utópicas.

P.- Y entonces, en 2007, Público se cruza en su camino. ¿Por qué dice que comienza a participar “como un contrabandista, un ‘alien’?

R.- Público se dirigía muy claramente a esa sensibilidad que nace al calor de las nuevas politizaciones, por eso decidí colaborar. El problema es la figura de “opinador” que se me ofrecía para hacerlo. Pensar no consiste para mí en opinar sobre lo que la agenda político-mediática nos pone ante los ojos a cada momento, ni enjuiciar, cargarse de razón o “dar caña” al de enfrente (los de izquierdas a los de derechas y viceversa), sino “aprender de nuevo a ver”, como decía Albert Camus. Para hacerlo en un medio de comunicación hay que inventarse un dispositivo que permita otra relación con la actualidad y con los temas de los que se habla, otra voz e incluso otro uso del nombre propio. “Fuera de Lugar”, la sección de entrevistas y del blog que la acompañaba, fue el nombre del mío. Un cuerpo extraño, otra onda.

P.- ¿Y por qué aplicarse al género de la entrevista?

R.- La entrevista permite acompañar, catalizar y dar a conocer a otros el pensamiento de otros. En lugar de opinar sobre todo y cualquier cosa, se trataba de buscar y dar la palabra a algunas voces (más o menos visibles o escondidas) que investigan sobre cuestiones específicas. No hice ninguna entrevista de encargo o de relleno, sino que me dediqué a entrevistar a las personas a través de las cuales yo mismo pienso el mundo. Por eso el libro puede leerse como una especie de investigación coral sobre nuestra realidad en crisis y los modos de transformarla. No es simplemente una yuxtaposición de voces heterogéneas, sino una red de pensamiento donde resuenan preguntas, problemas y perspectivas compartidos. En el libro sugiero esas conexiones a través del ordenamiento en capítulos y de los tags que marcan cada entrevista.

P.- Creo que le interesan especialmente las posibilidades que ofrece la red para la interacción con los lectores.

R.- El papel y la red configuran dos esferas públicas de discusión muy distintas: una silenciosa y distante, la otra muy cercana y participada. En la red se va hilando una conversación colectiva. Diferida, muy precaria, llena de malentendidos, pero una conversación. Esto es un lujo y una gozada para quienes partimos de una pasión por compartir. Por supuesto hay muchos problemas. Ruido, porque la conversación no se da sólo entre amigos, sino en abierto y con cualquiera. Una presión constante a la producción: si no estás siempre visible, desapareces. Una “cultura del follower” poco exigente y distinta de la amistad intelectual. O una ansiedad de la recepción contra la que hay hacer un trabajo de, digamos, “disciplina espiritual”, porque los rebotes más interesantes no llegan siempre inmediatamente y pensar pasa por abrir preguntas incómodas. Pero son todos problemas de una esfera pública donde hay participación y conversación en lugar de silencio y jerarquía, así que bienvenidos sean. Podemos hacer algo con ellos.

P.- Las entrevistas recogidas en el libro van de 2008 a mediados de 2011 y abrazan así el nacimiento y auge de la crisis. Una crisis que para usted no se describe sólo con recortes, sino que es algo más, “un cambio radical de escenario” que fuerza a “pensar-crear”.

R.- Este libro es un libro sobre la crisis, pero en un sentido amplio. No sólo como crisis económica, sino como crisis de modelos, cultural, antropológica incluso. El libro la piensa desde lo filosófico (Peter Pal o Santiago López Petit), lo psicológico (Guillermo Rendueles), lo cinematográfico (Jesús Palacios), lo educativo (Concha Fernández Martorell), lo ecológico (Ramón Fernández Durán o Frederic Neyrat), lo artístico (Jacques Rancière, George Didi-Huberman o Leónidas Martín), etc. O desde lo que se plantea en las nuevas formas de hacer política (Antonio Lafuente, Amparo Lasén, Michel Bauwens, Margarita Padilla o Luis Navarro). Lo que hoy está en cuestión de forma profunda es una forma de relacionarnos con el mundo. La indiferencia a lo que tenemos en común, la concepción del yo como fortaleza, la delegación de los asuntos comunes en instancias externas de gestión y control, etc. Pero en toda crisis hay un enorme potencial de renovación de la vida individual y colectiva, no es sólo algo de lo que tengamos que salir o una avería que haya que reparar. Lo importante es no dejarnos arrebatar (por miedo o por comodidad) las preguntas que la crisis nos impone, no aferrarnos a la promesa de que todo siga igual que nos hacen quienes pretenden gestionar la crisis en nuestro nombre y por nosotros, salir de la posición de víctimas.

P.- Interpelar periodísticamente a esa nueva generación 15-M, que no está dispuesta a pagar por el periodismo y sostenerlo, ¿no es una aventura suicida?

R.- Hoy existen numerosos proyectos, aventuras arriesgadas y creativas, que además ponen en la red libremente sus contenidos y a la vez están sostenidas por sus socios/lectores, cuestionando lo que dice. Es en torno a los movimientos de cultura libre donde puedes encontrar a más gente dispuesta a pagar por los proyectos que asumen que el mundo es y será infinitamente reproducible. El “gratis total” es la falacia del hombre de paja. No hay receta y nada asegura la continuidad de esos proyectos, pero al menos están experimentando con las reglas del mundo que es y que viene.

P.- Esa metáfora de Baudrillard que cita en el prólogo sobre la política (representativa) como “un estadio vacío”. En ese estadio, ¿cuál es la tarea de quien intenta comprender?

R.- En ese estadio de que habla Baudrillard hay quien habla pero nadie puede contestar. Es la metáfora de la política que se hace sin gente, del pensamiento que se desarrolla sin conversación. La política-espectáculo es así: un modelo-televisión, donde sólo hablan los expertos y el público es simple audiencia. El 15-M ha significado por el contrario una rebelión de los públicos. De pronto hay alguien al otro lado, que te puede contradecir, silbar o con el que puedes hablar. Quizá ahora no hay un “gran relato” como fue el marxismo, pero hay muchas voces en conversación. Quizá tampoco hay un gran filósofo, pero hay redes de conceptos. La idea de autor con la que trabajo es la de alguien que acompaña y cuida esa conversación, retomándola y relanzándola, alguien que teje y pone en circulación fragmentos de discurso. Un punto de paso, ni comienzo ni fin. 

“Los gobiernos y los Estados aprenden de las luchas populares”

Entrevista a Carlos Aguirre Rojas


Desde el zapatismo mexicano, Aguirre Rojas reivindica el autonomismo de los movimientos sociales que tuvieron auge a principios del 2000 y que después fueron eclipsados por los gobiernos progresistas del continente.


– Cuando habla de los movimientos antisistémicos que incluye a los Sin tierra en Brasil, a las organizaciones campesinas en Bolivia y de los pueblos originarios en Perú, Colombia ¿cómo encaran su problemática y con qué métodos de lucha en América latina?

–El término de movimientos antisistémicos lo inventó el sociólogo norteamericano Emanuel Wallerstein. El lo utiliza para englobar tanto a los movimientos socialistas del centro del sistema como a los movimientos de liberación de la periferia, pero trato de darle otro sentido al término. Creo que hay movimientos anticapitalistas que luchan contra la explotación económica, el estado capitalista, las clases y la cultura capitalista, pero hay movimientos que se construyeron a partir de 1968 en adelante y que nos recuerdan una tesis de Marx que es muy valiosa pero muy poco recuperada, Marx nos dice en varios de sus textos que cuando el capitalismo termine se va a dar el fin de toda sociedad posible dividida en clases sociales y se va a dar el fin de la prehistoria humana y del reino de la necesidad se dará paso al reino de la libertad. El sentido del movimiento antisistema tiene justo este sentido, los movimientos actuales en la etapa de la crisis terminal del capitalismo no sólo luchan contra la explotación sino que luchan contra toda la herencia de la sociedades de clase y por eso emerge el movimiento feminista que lucha contra el machismo y el patriarcado o emerge el movimiento ecologista que lucha contra esta relación prepotente instrumental que el hombre estableció con la naturaleza desde hace cinco siglos o lucha contra la división entre el trabajo manual e intelectual. La lucha contra estas herencias de la sociedad clasista e incluso de la prehistoria humana forman el núcleo de la lucha antisistémica. En América latina los movimientos que están dando no sólo una lucha anticapitalista, sino también antisistémica serían, por ejemplo, de manera más desarrollada el zapatismo mexicano, el movimiento Sin Tierra en Brasil, más las bases del movimiento, ya que muchos de sus líderes poco a poco han adoptado una posición menos antisistémica y se han separado de las bases, por eso en diciembre pasado hubo una salida importante de 51 dirigentes del MST y pienso lo mismo de un sector de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas) ecuatoriana, sobre todo el sector amazónico, y pienso en el movimiento de Felipe Quispe en Bolivia o las Juntas Vecinales del Alto o sectores del movimiento mapuche o del movimiento indígena del Perú.


– Estos movimientos cómo se enmarcan en la nueva realidad del continente pues hay nuevos aires con la revolución bolivariana, con Correa, Evo, Dilma, Pepe Mujica ¿Estos movimientos ayudan a construir una nueva realidad como sujeto social?

– Hay tres grandes fuerzas que se disputan el escenario político en América latina. Una la ligada al pasado, la más retardataria y la más regresiva que sería una derecha-ultraderecha que está representada en el gobierno de México de Felipe Calderón que acaba de salir pero también en el gobierno de Enrique Peña Nieto, que parece ser que está desarrollando más continuidades que diferencias respecto del gobierno anterior a pesar que uno sea del PAN y otro del PRI, pero también representado por el gobierno de Colombia de Juan Manuel Santos y el gobierno de Sebastián Piñera en Chile. Hay un sector de la derecha militante que se ha vuelto una derecha cínica, desvergonzada que ahora pelea por el poder político en las elecciones y lo gana a veces mediante el fraude como en México, pero es la fuerza que se está batiendo en retirada. En el otro extremo estos movimientos sociales antisistémicos que cada vez mas están ejerciendo una presión social fuerte y en todo el planeta aunque muchos de ellos se encuentran en América latina. Sólo ellos fueron capaces de derrotar con movilizaciones a gobiernos nacionales en Argentina, en Bolivia, en Ecuador y a gobiernos locales como sucedió en Chiapas por ejemplo. Sólo ellos tuvieron la iniciativa de organizar el Foro Social Mundial que es una iniciativa que fue muy importante y muy legítima en sus primeras cinco ediciones y después dejó de ser anti sistémica y se homogeneizó (nota de R: se refiere a parte de las ONG) y se volvió muchísimo más reformista, pero no debemos olvidar que nació en América latina, son movimientos que ya tienen 15 años, 20 años luchando y tienen una tradición de lucha consolidada que está sirviendo de modelo y de referente a nivel mundial. Y ubicaría a estos gobiernos que usted mencionaba: la revolución bolivariana, Rafael Correa, Evo Morales, Dilma Rousseff y otros, creo que son una expresión intermedia de esta presión popular que ha sido tan fuerte y ha provocado una crisis política tan grande que ha llevado al poder a grupos reformistas que representan hoy una opción social demócrata, es decir que mantiene el neoliberalismo pero ya no como neoliberalismo salvaje sino como neoliberalismo moderado y que lo tratan de emparchar con toda una serie de políticas sociales contra la pobreza, de becas familiares, o a través de formas que le dan más prioridad al gasto social pero manteniendo las estructuras capitalistas fundamentales, lo que hacen es representar a sus burguesías nacionales. Creo que sí son genuinamente antiimperialistas y están defendiendo los recursos naturales para el estado por lo cual se llevan a cabo renacionalizaciones del gas en Bolivia, YPF aquí, estimular el gasto social es para hacer crecer el mercado interno de sus respectivos países con lo cual se beneficia a sus burguesías nacionales porque produce para el mercado nacional. Dentro de una perspectiva temporal más larga creo que ellos son como una etapa de transición creada por esta fuerza creciente de los movimientos populares. Quiero ser optimista, creo que el día de mañana estos movimientos populares tendrán la fuerza y lograrán instaurar autogobiernos populares.

– ¿Lo dice porque no tocan la estructura de dominación?

– No tocan la estructura de dominación capitalista, el estado capitalista se ha mantenido en lo fundamental, en cambio lo social tiene un poco más de margen, se trata de ayudar a los sectores más desprotegidos, a las madres solteras o becas a los estudiantes pero la naturaleza del Estado capitalista que domina y despoja a los ciudadanos de sus derechos políticos no se ha eliminado. Es curioso lo que decían representantes del gobierno venezolano cuando definen el socialismo del siglo XXI: “No vamos a expropiar más que aquellos latifundios que estén ociosos pero los productivos los respetaremos”. Dicen: “socialismo no es atacar la propiedad privada sino que redistribuyan mejor sus ganancias” y decía que el socialismo era lo mismo que el cristianismo a nivel cultural.

– ¿Usted está planteando que el capitalismo tiene mucho maquillaje en la polvera pero cuál es la razón, entonces, de que la gran prensa esté tan en contra de estos gobiernos y actúe como un partido político de oposición variopinta?

– En México vivimos una situación similar. A nivel de la TV tenemos un monopolio, un grupo que se llama Televisa que incluso está presente en Estados Unidos y que muchos de sus programas se exportan a muchos países de América latina y Europa, Televisa ocupa el 80 por ciento del espectro de la televisión mexicana. Muchísimo. Los gobiernos han ido debilitando su capacidad de construcción de consenso, la gente cree cada vez menos en los Estados.

– Le preguntaba por el rol de la prensa que se ensaña con los gobiernos progresistas.

– Creo que estos grupos que están en los medios de comunicación adquirieron tal poder que se han propuesto fabricar presidentes y quitarlos. En México un candidato, Vicente Fox, fue fabricado por Televisa y ahora en la llegada al poder de Enrique Peña Nieto, del PRI, Televisa jugó un papel fundamental y ellos sienten que ese poder se ve amenazado por estos gobiernos progresistas. Lo mismo sucede con el grupo O Globo en Brasil. Ellos actúan cuando estos estados neo keynesianos y neo desarrollistas empiezan a avanzar con una política que toca un poco sus intereses porque, por ejemplo, casi todos estos gobiernos construyen sus canales estatales o proponen reformas para tener construcción de consenso y legitimarse. Esto agrede los intereses de estos grupos y es ahí donde ellos reaccionan con esta virulencia porque siempre quieren tener capacidad para manipular la información.

– Hay muchos que opinan que el capitalismo va a seguir ¿hay alguna posibilidad que estos movimientos antisistémicos triunfen en la perspectiva de una sociedad más solidaria?

– Aquí yo sigo los puntos de vista del propio Emmanuel Wallerstein que hace 20 años analiza la crisis terminal del capitalismo. El señala que en los últimos 30 años vivimos fenómenos que nunca habíamos vivido en el capitalismo por ejemplo con la crisis ecológica actual se está llegando a un punto de no retorno donde el hombre arriesga mucho. Y grandes científicos dicen que si seguimos este esquema depredador y de visión instrumental de la naturaleza donde pensamos como amo y señor y así explotarla sin límites, estamos produciendo el calentamiento global y el achicamiento de los polos o los fenómenos del Niño. Si la humanidad no cambia su modo de relacionarse se puede acabar la especie humana. Fue el capitalismo el que llevó esta postura depredatoria sin límites respecto del propio entorno natural. En la crisis económica los economistas decían que si hay estancamiento no hay inflación y si había inflación era porque había crecimiento, las mercancías y riquezas producidas ya son excedentarias para los circuitos capitalistas. ¿Por qué crecen los mercados negros en todo el mundo? Porque la producción de riqueza se siente constreñida en los circuitos de distribución y de comercio capitalista y eso construye las economías paralelas.

– Y la barbarie y la guerra, muchos conflictos armados se dan por la puja por el excedente.

– Así es. Esa idea de que los jóvenes ya no creen en la política, ese dicho que los argentinos inventaron y exportaron con éxito: “Que se vayan todos que no quede ni uno solo”, esta deslegitimación no sólo de los Estados sino de las clases políticas es un fenómeno que no se vivió antes, los jóvenes son educados en el individualismo y egoísmo feroz que cuando se lleva a la práctica provoca autodestrucción. La política está en crisis, la situación ecológica y económica, las relaciones sociales y la cultura creo que nos autorizan a hablar de una crisis terminal del sistema capitalista como esquema civilizatorio. Ya dio todo lo que pudo dar en términos positivos y llegó a su fin y esto acrecienta las chances de los movimientos anti sistémicos, nunca tuvieron más oportunidades de vencer que hoy.

– ¿Tampoco se ve una alternativa política?

– Hoy América latina es el frente de vanguardia mundial de la lucha antisistémica, aquí se está construyendo el germen, los nuevos mundos que podrían darnos el modelo de cómo será una sociedad distinta por ejemplo las Juntas de Buen Gobierno zapatistas, ahí se desarrollan otras relaciones económicas otro tipo de comercio otra relación con la naturaleza, la idea de la madre tierra que es una idea indígena, otra forma de hacer política, otro modo de cultura. En los barrios piqueteros acá, que empiezan a reestructurar su modelo pedagógico educativo o el proyecto de las fábricas recuperadas, son gérmenes de cómo puede funcionar una sociedad nueva sin relaciones de opresión ni discriminación. Estos movimientos vienen de un modelo que se remonta a la Comuna de París o los soviets y que fue recuperada por el movimiento de consejistas del movimiento socialista pero la tradición hegemónica era “tomen hagan el modelo stalinista, construyan desde arriba” y el pueblo vuelve a quedar marginado y eso nos da el socialismo fallido del siglo XX.
– ¿Podrán los movimientos sociales como el zapatismo evitar las presiones cada vez más fuertes de los sectores dominantes de los Estados Unidos?

– En el Manifiesto del Partido Comunista Marx escribió que cuando la lucha llega a un punto crítico las clases se enfrascan en un conflicto abierto y sólo hay dos opciones. O se construye una nueva sociedad o puede venir una barbarie en la que todo se destruye. Estados Unidos es una potencia cada vez más en decadencia, está sufriendo una derrota en el plano tecnológico, financiero geo político, económico cultural pero sigue siendo la primera potencia militar y puede utilizar el poder militar para revertir la situación y ahí corremos un riesgo todos pero debemos ser optimistas, creo que la humanidad es inteligente y el pueblo norteamericano reaccionará y los pueblos de Europa se levantarán contra todo aquel que quisiera hundirlos en una tercera guerra mundial.

– ¿En ese escenario usted ve que hay sectores de izquierda que terminan por coincidir de hecho con las acciones de la oposición conservadora y los intereses de las grandes corporaciones para acabar con el avance progresista en América latina?

– Los gobiernos y los Estados aprenden de las luchas populares y la burguesía trata de desactivar de reducir, de achicar y lo digo en el caso chiapaneco en México, donde el estado utilizó todas las estrategias y todas le han fracasado para enfrentarnos. Confrontar y el concepto de autonomía es un concepto de todos los movimientos de izquierda. En Bolivia la derecha pretende la autonomía de Santa Cruz. Si uno hace una crítica de estos gobiernos progresistas correría un riesgo de ser recapturado por la derecha pero creo que hay una manera muy sencilla de evitar eso y es precisamente reclamarles a estos gobiernos demandas anticapitalistas y antisistémicas que son irrecuperables por la propia derecha. Pongo un ejemplo claro: en México surgió el Movimiento 132 de los jóvenes y ellos decían al principio “democraticemos los medios de comunicación” y al no darle contenido, Carlos Slim, que es el hombre más rico del mundo, dijo “democraticemos porque yo quiero tener mi propia cadena de TV, que se abran otros 5 canales yo los compro todos”. Para darle un sentido anticapitalista y antisistémico a la idea de democratizar los medios de comunicación, no hay que plantearlo en abstracto sino devolverle a los medios de comunicación al pueblo, crear 200 radios comunitarias, 40 canales de TV de los movimientos sociales, en cada universidad que podamos hacer revistas, periódicos que se difundan ampliamente.

– Daría la impresión de que esos cambios se producen en forma gradual y no todo proceso es nacional del todo, siempre tiene algo que ver con lo internacional y lo que ocurre en Europa repercute aquí. ¿Cómo ve usted esta situación en el Viejo Continente?

– Son expresiones de la crisis terminal del capitalismo. Durante varias décadas Europa, Estados Unidos y Japón pudieron desplazar a la periferia sus crisis y ahora le llegó al corazón mismo. Francia y Alemania que son los pivotes que están imponiendo la peor de las recetas porque están creyendo que con más neoliberalismo, más austeridad y con más ajuste es como van a salvar la crisis y es como echarle gasolina al fuego. La crisis llegará a Francia y Alemania y provoca que la gente se comience a movilizar. En España la manifestación del 25 de septiembre de 2012 fue duramente reprimida porque la gente se citó alrededor del parlamento y planteó un nueva asamblea constituyente y en Grecia han estado a punto de tomar el parlamento todas las marchas alrededor de la Plaza Sintagma muy cerca del centro del poder político. Allí en las revueltas piden las mismas demandas de los zapatistas del primero de enero de 1994, luchan por libertad, luchan por democracia, luchan por educación, por alimentación, por vivienda. Son las once o doce demandas zapatistas tierra, techo trabajo y las mismas demandas zapatistas están reapareciendo en el primer mundo con sus modalidades y sus variantes, es una protesta que se está volviendo mundial. El lado triste de esta historia es que esa crisis nos va a pegar a nosotros. Estos gobiernos están haciendo medidas antiimperialistas, renacionalizan, incentivan el mercado interno propio y atemperan los efectos de la crisis, pero no pueden dar más y para que den más se necesitan gobiernos mucho más a la izquierda y que se tomen medidas radicales.

– ¿Cómo se trabaja en la subjetividad dado que hubo marchas antigubernamentales fogoneadas por la derecha y los grandes medios de comunicación?

– Los medios de comunicación mienten de una manera tan descarada y absurda que llega un punto en que la gente que vive en el mundo real se da cuenta que no corresponde con lo que le están contando, creo que se está erosionando la credibilidad de los medios de comunicación. Los movimientos sociales tienen que activar una estrategia de contra información y los medios tecnológicos dan muchas posibilidades. Un muchacho puede comprar una cámara y la imagen la puede difundir para dar la información verdadera y desarrollar un trabajo de concientización. Los medios de comunicación son cada día más autistas, más falsos, mas monopolizados y del otro lado la gente está apostando a otras maneras de informarse. Cuando hacemos análisis políticos creo que vale lo que decía Fernand Braudel que nos dejamos llevar por el ritmo de la coyuntura política pero por debajo de lo que está aconteciendo hay que tratar de ver la tendencia. Todo este poder de los medios de comunicación está reñida con el protagonismo de las clases populares, están poniendo en la agenda diaria tema centrales, en los últimos 30 años el grado de maduración política de las clases populares en América latina, de su conciencia y claridad con los logros de derrocar gobiernos les enseña que pueden hacerlo de una manera pacífica para pasar de un repliegue a una ofensiva en cada país según particularidades, según su historia. Aquí en el 2001 vi un libro que me gustó mucho cuyo título era Cuando el país entero era una asamblea. La sociedad argentina está movilizada. Gramsci tenía razón, se va construyendo un bloque nuevo que va creando consensos diferentes, crea una nueva cultura y termina por imponerse por la fuerza de las cosas, las clases dominantes ya no tiene nada que ofrecer.

Potencia de lo plebeyo

Conversación con Raúl Zelik

por D.S.

Henos aquí recibiendo la visita de Raúl Zelik, joven escritor y ensayista que por razones biográficas y políticas se mueve fluidamente tanto en la situación alemana como en la colombiana y venezolana. Raúl es algo así como un hombre orquesta. Combina la preocupación política con la literatura. De hecho, su paso por Buenos Aires se debe a la presentación que la prometedora editorial Cruce hace de su novela Situaciones Berlinesas.
En relación con la teoría política, Raúl enseña Ciencias Política en Colombia y se empeña en explicar el papel ambivalente del estado en los procesos reformistas de los años ‘80 en Europa y los actuales en Sudamérica. Para ello, intenta deshacerse de las imágenes del marxismo determinista que piensa las coyunturas a partir de una “evolución” que recorre la “correlación de fuerzas”, para pensar la complejidad del juego institucional (Poulantzas) y la noción de “agenciamiento” (Deleuze y Guattari). En sus términos, por ejemplo, el chavismo es un fenómeno plebeyo, tan singular como inaprensible, que habría que poder pensar como “agenciamiento productivo y problemático de prácticas de emancipación, oportunidades y nuevas segmentaciones”.
Este es su punto de enfoque respecto de los gobiernos de centroizquierda latinoamericanos (básicamente los que tuvieron asambleas constituyentes, Venezuela, Ecuador y Bolivia, y en alguna medida, la Argentina). Ellos pueden ser concebidos a partir del hecho de haber “generado las condiciones para un fortalecimiento del Estado que, si bien ha tenido efectos positivos para las clases populares en cuanto a la distribución de las riquezas, también contribuye a la profundización del modelo de desarrollo imperante y de las estructuras neo-exctractivistas”.[1] 

Zelik agrega respecto de Venezuela un punto importante en la construcción de una mirada crítica de los gobiernos progresistas de la región:

No es sólo el legado histórico del Estado colonial y luego rentista, el que genera unas contradicciones tan marcadas entre un discurso socio-económico transformador y la realidad de los países. La profundización del extractivismo tiene que ver con el propio proceso de transformación, en el cual unas élites  estatales emergentes se ven obligadas a legitimarse mediante la demostración de poder y éxito económico. La propuesta de convertir a Venezuela en una “potencia energética mundial” es obviamente contradictoria con las ideas del desarrollo endógeno o del eco-socialismo, defendidas por el mismo gobierno de Chávez y la empresa estatal petrolera PDVSA. Todos saben, además, que los intentos de incrementar la producción agrícola estarán condenados al fracaso si no se reduce drásticamente la importancia del petróleo para la economía nacional. Pero las lógicas de las nuevas estructuras estatales bolivarianas no son tan diferentes de aquellas que guiaron las viejas élites ‘puntofijistas’. Ésas también tratan de asegurar su persistencia como grupo social, mediante la reproducción de la estructura estatal-rentista y tienen que legitimar su rol de conducción a través de un asistencialismo a las clases populares”.

Perspectivas como las de Zelik no pueden inscribirse en el código binario de la polarización regional (que se plantea crecientemente en términos de pro o contra). Sus posiciones expresan un cuadro más amplio, en el que aparece una disidencia de izquierda interior a los procesos mismos de transformación, que se comprometen con los movimientos sociales que están en la base y el origen de estos procesos y desconfían sistemáticamente de aspectos importantes (la cara burocrática y funcional al capital global) de los gobiernos nacionales. Dice:

Para salir de este círculo vicioso, haría falta una democratización de la sociedad que implicaría un empoderamiento de las clases subalternas frente a las élites capitalistas tradicionales, por un lado, y frente al Estado fortalecido, por el otro. La proclamación de Venezuela como “democracia participativa y protagónica” ha abierto puertas en este sentido, pero no garantiza la materialización de los postulados. En la práctica se observa más bien lo contrario: muchas de las reformas democratizadoras como, por ejemplo, la Ley de los Consejos Comunales (que amplía los espacios de auto y cogestión comunitaria), han quedado paralizadas o revertidas. En una conferencia reciente en Caracas, el sociólogo Edgardo Lander (cf. 2010 y 2011) ha afirmado que esta restricción tiene rasgos sistemáticos. Según Lander, el Estado bolivariano busca imponer techos a las reformas democráticas. Si bien las comunidades han obtenido el poder de gestionar recursos y debatir problemas locales, siguen siendo excluidas de las decisiones económicas y políticas estructurales”.


En los actuales procesos latinoamercanos, voces como la de Raúl  desempeñan un papel esencial, dado que articulan el enfrentamiento al neoliberalismo y a las élites tradicionales, pero también al neopopulismo de las elites actuales, identificando mediante una mirada cartográfica los puntos de cierre y de apertura (sobre todo a partir de las tácticas de los plebeyos) del proceso en curso: 

El rechazo de la población a las maquinarias partidistas, incluyendo el izquierdista PSUV, ha hecho que la misma campaña electoral –normalmente un espacio poco apto para procesos de emancipación– haya permitido la articulación de movimientos populares. De este modo, el movimiento de pobladores (conformado por asambleas de inquilinos, conserjes, comités de tierra urbana, ocupadores de edificios, ‘campamentos’ urbanos y damnificados), la coordinadora de medios alternativos y las organizaciones campesinas, se movilizan para la defensa del presidente contra la oposición derechista. Esta integración a la campaña electoral chavista, que parte de una posición de autonomía ante los partidos, hace que las elecciones se conviertan en un foro de debates sobre los diferentes proyectos de país. Además, los movimientos han obtenido, de esta manera, una interlocución con el gobierno y conquistado algunas reformas legales favorables. Si bien se podría objetar que se trata sólo de pequeños nichos en el panorama político, tampoco se deben desconocer los logros de estas transformaciones. Los ocupadores de terrenos urbanos ociosos, por ejemplo, el llamado “Movimiento de Campamentos de Pioneros” que se plantea la creación de comunas urbanas auto-gestionadas, lograron que el Estado les garantizara los recursos financieros para la construcción de sus proyectos. Es cierto que estas medidas se podrían comparar con el apoyo económico prestado por gobiernos regionales europeos, para pacificar a los movimientos ‘ocupas’ de los años 1980. Pero justamente de esto se trata: la productividad de constelaciones políticas no depende primordialmente de los gobiernos”.

En ese sentido, la posición de Zelik se inscribe en la larga tradición que entre nosotros insiste en pensar la democracia como algo diferente a un momento de legitimación de estructuras y más como una dinámica de radicalización continua:

Comprender la democracia como un proceso inconcluso de apropiación social, define puntos de fuga para los proyectos de emancipación que van mucho más allá de las discusiones en torno a políticas gobernante”.

En su paso por Buenos Aires, Raúl se interesa por entender cómo se dan estas tensiones entre nosotros y cuáles pueden ser las dinámicas de radicalización plebeya, pregunta que también nos hacemos, y que, salta a la vista, precisar ser desarrollada en sus aspectos prácticos, no sólo en los teóricos.


[1] Las citas textuales pertenecen al artículo “De constelaciones y hegemonías. Sobre la necesidad de diferenciar entre gobiernos alternativos y políticas de emancipación”; publicado en el libro ¿Otros mundos posibles?: crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad / compiladores Daniel Pardo… [et al.]. – Berlín, Ger; Fundación Rosa Luxemburgo; Medellín, Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, 2012.

Clinämen: Soberanía, cristianismo y estado

 
Conversamos con Oscar Ariel Cabezas, profesor de Literatura y Cultura Hispanoamericana en University of British Columbia, sobre su libro «Postsoberanía. Literatura, política y trabajo».

No a Macri nunca MAS

To: Mauricio Macri y Guillermo Montenegro, Jefe de Gobierno BsAs – Ministro de seguridad del GCBA ; Helio Dante Rebot, Presidente Comisión Asuntos Institucionales de la Legislatura Porteña

Pedido de juicio político

Como ciudadano exijo el pedido de juicio político al jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires , la renuncia del ministro de seguridad y jefe de la policía Metropolitana responsables de la violenta represión que tuvo lugar en el hospital Salud Mental J. Borda dejando un saldo de mas de 50 heridos y una persona en grave estado

También exigimos que los responsables de que la policía Metropolitana sean llevados a la justicia ya que no solo trabajadores del hospital Borda resultaron heridos sino también periodistas y trabajadores de prensa que cubrían el hecho ocurrido esta mañana sufrieron impedimentos por parte de la misma policía para poder trabajar en el lugar y ademas varios de ellos sufrieron alguna agresión física y o verbal por parte de las autoridades presentes. 

Sinceramente, 
                  Lobo Suelto!

Movimiento Indígena exige verdad, justicia y reparación integral a las FARC


Señor:
TIMOLEÓN JIMÉNEZ
Comandante de las FARC
Demás miembros del Secretariado.
Con nuestro saludo.
Dolidos y preocupados por las consecuencias que deja la guerra en nuestros territorios pero a la vez con esperanza y expectativas porque en La Habana se negocie la terminación del conflicto armado, los indígenas del Cauca agrupados en ACIN, CRIC y ONIC, nos dirigimos a usted señor Timoleón Jiménez, comandante del Estado Mayor de las FARC para expresarle lo siguiente:
Desde nuestra visión de pueblos milenarios y desde nuestras acciones comunitarias autónomas de manera radical decidimos atravesarnos a la guerra, no obstante de los riesgos que esto significa porque nos cansamos de llorar nuestros muertos, reconociendo también el dolor de los demás.  Por eso, igual que una gran mayoría de colombianos le apostamos a que en Colombia se abra un verdadero proceso de paz que termine en justicia social, libertad, bienestar y dignidad desde la diversidad para el país. Así se demostró en la gigantesca, diversa y multitudinaria movilización del 9 de abril pasado en donde participamos los indígenas con convicción junto a comunidades que llegaron desde diferentes rincones de Colombia. Anhelo este que igual se manifestó en el pasado Congreso Nacional de Paz que se realizó en la ciudad de Bogotá entre el 19 y el 22 de abril en la sede de la Universidad Nacional.La gente quiere vivir en paz igual que ustedes señor comandante. En ambos espacios, con sus palabras, ustedes presentaron sus saludos, su vocación de paz y su compromiso con la sociedad por alcanzarla o ayudarla a construir. Así lo entendimos nosotros.
Desafortunadamente las conversas para abordar asuntos humanitarios que hemos realizado en diversas ocasiones con ustedes en la región por allá a finales de los 80s, en los 90s y los últimos realizados alrededor de los actuales diálogos de paz en La Habana, solo terminaron en discursos vacíos de parte de ustedes porque una cosa es lo que ustedes pregonan en ciertos escenarios, y otra cosa es la realidad que nos toca sufrir en las comunidades debido al accionar de sus subordinados combatientes. Lo decimos con dignidad y responsabilidad porque sabemos que ningún guerrillero, miliciano o comandante acciona las armas sin consentimiento, orden y directriz previa de los comandantes supremos, o sea ustedes. Mejor dicho señor comandante, todo esto hace parte de un cuidadoso plan de guerra finamente elaborado que no solo busca desestabilizar al gobierno oligárquico de Colombia, sino también a los gobiernos autónomos, legítimos y ancestrales de los pueblos indígenas del país. Es innegable que el modus operandi, las víctimas, los métodos son los mismos que ustedes utilizan en el Cauca, Nariño, Valle del Cauca, el Chocó, la Orinoquia, la Sierra Nevada entre otras regiones. Mire no mas señor comandante, tal y como sucedió en la década de los 80s, solo en los últimos tres meses han sido asesinados ocho comuneros entre los que se encuentran cuatro The’walas – Médicos Tradicionales del pueblo nasa – asesinados por milicianos de la organización que usted dirige, situación que se agrava si le sumamos los constantes señalamientos, el reclutamiento de menores, amenazas a líderes y miembros de la guardia indígena y las reiteradas campañas de estigmatización a nuestras organizaciones. Por eso nos toca decir que somos víctimas de toda una política sistemática para exterminar nuestro proceso. Quien haya dado la orden de muerte de nuestros The Walas – Médicos Tradicionales – señor comandante, odia nuestra cultura, y evidentemente no es un revolucionario.
Por eso y al no ver voluntad expresa por mejorar las cosas por parte de las fuerzas guerrilleras que operan en la región, el día 29 de abril del año en curso, haciendo uso legítimo en el marco de los Usos y Costumbres, aplicamos remedio a 2 milicianos de su organización, responsables del asesinato de nuestro guía espiritual Benancio Taquinás del resguardo de Jambaló. Reiterándole que así se seguirá haciendo en todo hecho donde resulten involucrados miembros de los grupos armados.
Pero como es costumbre en los pueblos indígenas, no obstante de estas dificultades, hoy volvemos a reiterar nuestra vocación de diálogo para superar precisamente estas dificultades. Por eso las condiciones que exigimos para el diálogo son: que nos dejen de matar, de señalar y de dividir. Que establezcamos como primer punto una agenda de diálogo como mecanismo satisfactorio de verificación internacional y de las propias comunidades. Que respeten nuestras autoridades indígenas y comunidad en general, y sobre todo, que respeten nuestro ejercicio de control territorial y que asuman Verdad, Justicia y Reparación. Si así lo considera usted señor comandante, la invitación pública y expresa a usted y a todo el secretariado para conversar, queda abierta para la fecha, la hora y el lugar que se acuerde. Por nuestra parte cuente con toda la disposición para preparar un posible encuentro. Quedamos atentos y esperamos encontrar eco positivo a nuestra solicitud.
C.c. Mesa de diálogo y negociación de la Habana
Atentamente,
AUTORIDADES INDÍGENAS, CONSEJO REGIONAL INDÍGENA DEL CAUCA – CRIC, ASOCIACIÓN DE CABILDOS INDÍGENAS DEL NORTE DEL CAUCA – ACIN – CXHAB WALA KIWE, ORGANIZACIÓN NACIONAL INDÍGENA DE COLOMBIA – ONIC
Toribío -. Cauca – Colombia, abril 29 de 2013.
“Cuenten con nosotros para la PAZnunca para la GUERRA

Mosquitos

por Diego Valeriano



Ya pasó un mes de las trágicas inundaciones en La Plata, el agua por suerte bajó y dejó al descubierto la inexistencia de la política. Lo primero que descubrimos ni bien el agua comenzó a irse fue la mezquindad y sectarismo del gobierno nacional, la inoperancia del provincial y la mentira y desorientación del municipal.  

El gobierno nacional decidió dejar la asistencia a las víctimas en manos de una ONG de militantes voluntarista y solidarios, pero sin ningún conocimiento del territorio y con un faccionismo obtuso. La provincia, responsable legal de la cuenca hídrica, se desentendió en absoluto del tema. Y el municipio hace y deshace pequeñas cosas sin una orientación clara.

Sería injusto –si hablamos de política­– quedarnos en los oficialismo gobernantes y no ahondar en cómo jugaron (sí, jugaron) las demás fuerzas (y fuercitas) políticas. Podemos hablar de las asambleas de vecinos, que justo son todos vecinos troskistas, orgánicos e inorgánicos. Como una remake del 2002 el PO salta de asamblea en asamblea agitando y creyendo, ¡vaya uno a saber por qué!, que pueden ser portavoces de las víctimas.

Pero no solo el PO hace “entrismo” y nutre las asambleas, el FAP también lo hace, pero esgrimiendo moderación, profesionalismo, socialmendemocracia y buscando votos para el futuro cercano.

El PTS tuvo su punto alto cortando, al otro día de la catástrofe, la esquina donde llegaban y salían las donaciones: después de semejante demostración de genialidad clasista no se los vio más.

Las organizaciones universitarias –felices como perro con dos colas– iban de aula en aula denunciando a todos por esconder los 370 muertos. ¿Cuánto peor mejor?: la catástrofe es el momento ideal para poner en juego las dos o tres pobres ideas/consignas que se tienen.

Y hablando de consignas, el Frente Popular Darío Santillán –siempre original–, salió a pintar una muy piola que ahora no recuerdo.

Antes de irme de los grupos políticos formales, quería hacer una especial mención a Vilma Ripoll que engalanó con su cara sonriente, su delineador celeste y su peluca ochentosa unos afiches que exigía que el gobierno dijera el número real de muertos por el temporal, y que Bruera, Cristina y Scioli eran los verdaderos culpables de las muertes.

Los que hacen política desde la antipolítica también tuvieron su momento de gloria; ya sea Caritas, el La Plata Rugby Club o la sociedad de fomento de Cadorna hicieron todo lo posible por ser la esperanza blanca de la solidaridad y esgrimirse como los verdaderos asistentes de las víctimas.

El agua bajó y dejó barro. En el barro nacieron unos mosquitos así de grandes (va mi mano como evidencia). Mosquitos fuertes,  robustos y grandotes, bien distintos a la política y sus hacedores.

Tema del traidor y del héroe

por Horacio González
¿Puede un hombre bueno, llegado su momento de revisión acongojada de los episodios superados de su vida, escribir un texto tan equivocado? Creo que sí, y los profundos errores que comete serán también los errores de un hombre bueno. Héctor Leis acaba de publicar un testamento de los años ’70, que por un lado es una interesante memoria personal, y por otro un extravío enorme que lastima. Cobra especial significación en el libro el relato de un incidente olvidado (no por todos) en un acto de conmemoración de los fusilamientos de 1956 en José León Suárez. Ese acto fue en 1973. Leis era militante montonero y portaba un arma. Al acudir en defensa de una compañera, él también debe disparar. Este hecho tiene carácter testimonial, pero se halla en su camino de revelaciones personales. Estas revelaciones, sin duda, nos deben acompañar siempre. La situación tiene cierta envergadura borgeana; se semeja al tiroteo en Tilsit que decide la vida posterior de un militante nacionalsocialista, el oficial Otto Dietrich Zur Linde. Con Héctor Leis es lo contrario, no solo por la diversidad radical del campo ideológico involucrado. Este evento adquiere estatura mítica para Leis y se inscribe en una tradición autorreflexiva, el inicio de una piedad necesaria en relación con lo que hacemos, con lo que nos hacen con lo que hacemos, y los daños que inadvertidamente podemos provocar. Una vida entera puede o no puede luego explicarlos.

La opción por las armas de toda una generación política puede poseer relatos como éste o muy parecidos. El momento iniciático de la política, si es un hecho de armas, puede desplegarse en el interior de una conciencia de múltiples maneras. Podemos optar por decir que lo explica la época, y la culpabilidad se escabulle hacia la epistemología social general en la que un historiador podrá hurgar luego. O podemos decir que nadie puede vivir la muerte ni los hechos vitales de otros, y que soy solo yo responsable de esos actos, por más que mediaran órdenes y recomendaciones organizativas. Lo que narra Leis es efectivamente interesante, tal como lo ocurrido con Hugo, en Las manos sucias, de Sartre, al exclamar “estoy solo en la historia con un cadáver”. Aunque Leis no resuelve en su relato el resultado final del disparo que saliera de su arma. No lo cuenta como el grito personal, como una hipótesis de trágica intimidad, que hace años decidió a Oscar del Barco a convertir en una escritura escueta y estremecedora el llamado a no matar, como una metafísica interior del alma política capaz de volver sobre sus pasos. No nos parece que sea el mismo caso de Héctor Leis.
Veo allí un sentido totalmente ajustado al debate actual, el sorprendente error de vaciar la historia argentina de sus clásicos enfrentamientos, no por haber sido violentos, sino por haber contado con un tipo de decisión armada por parte de los grupos insurreccionales de la época que no habrían poseído habilitación ética de ninguna especie. Esto no es así. Una cosa es condenar la violencia, sobre todo la que emana de órganos políticos que de alguna manera se burocratizan en torno de un lenguaje militar que anula la autorreflexión, y otra cosa es trocar en el alma del hablante el signo que lo hacía ser un joven militante armado (con críticas incluso muy drásticas a esas organizaciones) y asumir hoy la equívoca santidad de hablar desde el punto de vista de los otros. Para eso le sirve su tesis generacional, donde en vez de ver una tragedia de cuño elevado –como las tantas historias de esa índole que hay en la Argentina– en el cruce de vidas casi inenarrables que hay entre el general Alsogaray y su hijo muerto en la guerrilla, el ángulo de reflexión del que se parte es el que permite la figura del primero y no la del segundo. No se puede, en verdad, querer ser la voz del Padre y del Hijo al mismo tiempo. El Padre nunca lo es enteramente, y Leis comete el trágico error de querer sólo ser padre, abandonando el hijo que hay en todo padre. Abandonando así, siquiera traicionando ni desdiciendo, su propia historia.
Sería absurdo que no comprendiéramos estos dramas y no extrajéramos de allí todos los desmanes del espíritu que no estuvieron a nuestro alcance apreciar en aquel momento. Pero cuál es la razón para que, al apreciarlos ahora, cultivemos un esteticismo de la traición en vez de rodearnos de conmiseración autocrítica, menos silente que en estado de expansión. Esto nos llevaría a decisiones políticas incomprensibles. Sí, son decisiones de esa índole, querido Héctor, decir ahora que hay que hacer “una lista común de víctimas”, dejar “los muertos en paz”, “que nadie hable por mi condición humana, pues siempre puedo cambiar”, reclamar “un memorial conjunto de las víctimas que incluya desde los soldados muertos en Formosa hasta los estudiantes desaparecidos en La Plata”.
Se entiende la dificultad del problema. La que ocurrió entre nosotros no fue la que le permitió a René Char escribir el gran poemario de Feuillets d’Hypnos, en tiempos de la resistencia francesa al nazismo. La guerrilla, bajo la forma del llamado a una revolución social, corre muchos riesgos en su acción, no solo personales. Mueren inocentes a los que no se les puede aplicar, desde luego, el veredicto de la “astucia de la razón”, esos inconvenientes necesarios para que triunfe una razón superior. No lo dice sólo Leis. Es interesante que esto haya sido dicho desde las mentalidades revolucionarias del inmediato pasado. En su obra La Medida, Brecht, un comunista, trata justamente este tema. Leis no descubre nada nuevo, salvo el interés de su historia y de su escueta autobiografía, un testimonio valiente, pero que toma un partido inadecuado, ofensivo, para los que tenemos biografías parecidas, no fuimos ni somos violentos, y decidimos no tener como orgullo personal inmarcesible el “don de escapar de la historia”. No quisimos ser almas angelicales. Por eso nos tocó el llamado de Del Barco, respecto de la responsabilidad, atrevido llamado, pues incluía una autopunición espantosa de considerarnos victimarios sin haberlo sido. El vacío de justificación fáctica que tendría el proclamarnos agentes de un daño material que no hemos hecho es comprensible desde el punto de vista de una ética kantiana con cierto revestimiento válido, acaso sacerdotal.
Pero decirlo ahora, en medio de una idea de la historia paralizada, cerrando el ciclo de los juicios encarados desde los derechos humanos, ignorando que el dolor por lo pasado es transpolítico, que no solo abarca aquellos conscriptos sino cualquier otra situación de decisión política resuelta en términos de juicio sumarísimo de muerte, decirlo ahora, y decirlo en forma unilineal, es pues la peor forma de interrumpir ese río interior de la sociedad argentina, donde también se lucha por ganar el derecho de hacerse cargo de una explicación más duradera de lo ocurrido, y sostenida en antiguos saberes humanistas. El libro de Leis me suena como si esa responsabilidad por el signo de una interpretación quedase por fin en manos de las viejas fuerzas reaccionarias del país –habilitadas por una conversión sacrificial y personal que ellos publicarían muy contentos en sus diarios, impidiendo algo muy interesante en lo que hubiéramos debido esperar que alguna vez Leis participara–. La rara, póstuma e irrisoria ecuanimidad sobre la vida de los muertos, pero no antes de hacer el doloroso tránsito por la convicción de que solo desnutridas religiones mustias pueden igualar todas las situaciones. No, es preciso seguir sosteniendo que un modo de ser víctima, la de aquellos jóvenes de cuando el propio Leis era otro, que sin embargo pudieron haber matado pero estando a su vez casi todos muertos y desaparecidos, sigue sosteniendo el hilo de humanidad crítica de la nación argentina, y no el tipo de víctima que Leis dice que –fusionando todo con todo– llevaría a un “memorial conjunto”. Al desmitologizador de la historia le esperan más saludos conservadores que aplausos del historiador racionalista. Le amputarían la lengua social, crítica y democrática al país.
Me decidí a escribir estas breves líneas cuando, en la inauguración de la Feria del Libro, se escuchó al secretario de Cultura de la Ciudad, del gobierno de Macri, recomendar la lectura de Leis. Entre tantos números de libros que se mencionaron, este único libro me movió a señalar en el contexto de qué injusticia se mueve. Hay números implícitos en el libro de Leis que comienzan a manifestarse: hágase el cómputo de las balas de goma lanzadas por doquier en el Borda. En nuestras pequeñas conmemoraciones reconciliantes, ¿incluiríamos a la Policía Metropolitana en el listado común con algún sindicalista o periodista herido? Hay heridos de ambos lados, pero llamamos ética a la capacidad de condenar toda ejecución de un daño, desde un lugar explícito, humano, visible, que es único, puesto que en su excepcionalidad nos toca: el lugar que no desmantele la noción misma de justicia y de historia, que casi vendrían a ser lo mismo. Ni Borges equiparó en su famoso cuento la aparente complementariedad del traidor y del héroe.

Sábado 4: Parri-Cine en La Cazona de Flores


IXIMULEW – TIERRA REVUELTA

de Vaca Bonsai y Productora Estrella (Guatemala)

IXIMULEW – TIERRA REVUELTA se presenta a sí misma como «otra película sobre el cambio de era». Y se permite la ironía porque sabe que está bien lejos de ser vagón de cola de un tren apocalíptico que nunca llegó a tal destino. ¿Alguien se acuerda del fin del mundo? Durante el año 2012, mientras en el mundo se mercantilizaban las profecías mayas con dudosas interpretaciones, los realizadores de este documental polifónico se adentraron en tierras mayas, en el corazón de Guatemala, para escuchar, para atesorar, para compartir las voces del 13 B´ak´tun.

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