Anarquía Coronada

Santucho, a 50 años // Miguel Mazzeo

Hace exactamente cincuenta años, el 19 de julio de 1976, Mario Roberto Santucho y máximo dirigente del PRT-ERP murió a balazos en un enfrentamiento con un comando del ejército argentino. Santucho estaba reunido con otrxs cuatro compañerxs que también permanecen desaparecidos. Asumir legados no es una actividad automática, y por eso interesa prestar atención en la lectura de quienes ofrecen claves posibles. A continuación publicamos un texto de Miguel Mazzeo, “Santucho, a 50 años”, junto con un comentario de Diego Sztulwark, “19 de julio de 2026”, suscitado por el texto de Miguel. De conjunto, ambos textos invitan a la reflexión sobre los modos en que los pasados irrealizados reabren una posición inconformista en el presente.

 

 

… su mano posee el don de transformar las quimeras en realidad, es capaz de crear los hechos.

Witold Gombrowicz, Diario Argentino. 

 

Pocas figuras de la historia argentina han sido tan demonizadas como Mario Roberto Santucho. La estirpe de los verdugos se ha ensañado con él y con su recuerdo, pero, especialmente, con el fenómeno sociopolítico que encarnó, con los vectores históricos que puso en tensión o que sintetizó. Por eso Santucho es una de las sarmientinas sombras terribles de nuestra historia, acaso la más perturbadora. Pocas figuras de nuestra historia exponen tanta rigurosidad en el seguimiento de una meta y tamaña confianza en alcanzarla. Pocas figuras de nuestra historia cargan un mandato tan enérgico. Por eso Santucho es como el fantasma del padre de Hamlet. 

Sistemáticamente se ha negado el carácter eminentemente cívico y patriótico de la praxis de Santucho, orientada a transformar radicalmente un ordenamiento social neocolonial, jerárquico y clasista, y, por ende, injusto, represivo, alienante, reproductor de los privilegios de una minoría retrograda y prepotente. En sentido contrario, las clases dominantes, ajenas a toda racionalidad nacional constructiva, han erigido a Santucho en emblema de la “subversión apátrida” y han intentado desdibujar su fuerte inserción en la historia argentina y universal.

Previsibles y áridos, estúpidos y crueles, vacíos de programática nacional, los perros furiosos cebados por un anticomunismo de amplísimo espectro, han sido y son absolutamente incapaces de reconocer la íntima afinidad que en este país suele haber entre subversión y patria (sobre todo cuando esta última es soñada por las clases subalternas y oprimidas como un universo propio y aprehensible, como un recoveco arropador). Del mismo modo, exageran deliberadamente el carácter anómalo (al que juzgan “patológico”) de Santucho, negándole su estricta pertenencia a un tiempo. Lamentablemente, existen expresiones de la izquierda que, frente a Santucho, reiteran los prejuicios de los perros furiosos. 

Por otra parte, para eludir análisis profundos se apeló y se apela al más turbio y encubridor de los recursos: la condena abstracta a toda violencia “venga de donde venga”. Una condena que alimenta una deriva pacifista hipócrita, siempre cómplice de la violencia ejercida desde las posiciones dominantes (que suelen ser las posiciones de las clases dominantes). Lo difícil de aceptar, tanto para los sectores reaccionarios como para los (dizque) progresistas, es la posibilidad de una amalgama verdaderamente popular (no estatal) de fuerza (material y moral) y justicia, la mixtura de poder y autoridad.

Lo que se pretende ocultar es que la guerra como medio de la política solo ha sido deslegitimada como recurso de las víctimas subalternas y oprimidas. Mientras tanto, goza de renovada legitimidad cuando son los victimarios dominantes y opresores los que recurren a ella. He aquí otro rotundo fracaso de la filosofía occidental: solo logró extirparle la cuota (necesaria, indispensable) de Nicolás Maquiavelo a las y los condenados de la tierra; contribuyó al desarme de las y los débiles, las y los vació de astucias, les extirpó todas las estratagemas. 

Santucho fue hijo de una tradición popular argentina, expresión de la argentinidad crítica, sensible y revolucionaria, patrimonio congénito de este país, pese a quien le pese. Tal vez haya representado el pico más alto del proceso de desmantelamiento de la legitimidad liberal, proceso del cual, claro está, él mismo fue uno de sus hijos dilectos. De ahí provienen los rasgos mitológicos que su figura posee, inmunes a las maniobras que buscan encubrirlos. Por eso, ahora, queremos rescatarlo como momento (uno de los más intensos) de una genealogía, de un linaje, y no como una pieza de museo, o como un episodio más de una extensa historia de ideales nacionales y de sueños plebeyos malogrados. No queremos desenterrarlo como si fuera un dios antiguo o un santo.

Santucho supo resignificar la resistencia de los pueblos originarios del norte argentino contra el colonizador español primero, y contra los terratenientes criollos o extranjeros más tarde. Representó una línea de continuidad de rebeldías e insolencias típicamente argentinas: de las montoneras del siglo XIX, de algunas expresiones del liberalismo y el nacionalismo democráticos, del radicalismo yrigoyenista, de las y los anarquistas, de las y los comunistas, de la resistencia peronista.

A lo largo de nuestra historia, estas rebeldías e insolencias, con sus cuotas de violencia colectiva no originaria y socialmente justificada, fueron las respuestas lógicas a la violencia socio-política originaria de las clases dominantes expresada en injusticia estructural y endémica; fueron las respuestas espontáneas a la crueldad de las clases dirigentes, siempre proclives a despreciar todo proceso democrático que excediera las meras formalidades en busca de un meollo. Estas respuestas no carecieron de ribetes vengativos de varias afrentas históricas, próximas o lejanas, padecidas por las clases subalternas y oprimidas de Argentina. ¿Existe otro modo de responder al acopio de humillaciones? ¿Acaso la venganza, en determinados contextos históricos, no puede constituirse en una acción defensiva?

En un primer momento Santucho pensó una revolución quechua, lengua que aprendió para alfabetizar hacheros santiagueños y cañeros tucumanos. Pensó también el federalismo (hoy devenido en un pretexto reaccionario y en signo de la fragmentación del poder político) en clave revolucionaria. Aunque poco promovido, el rescate del Santucho liminar, el del Frente Indo-americano Popular (FRIP), no deja de ser un ejercicio válido. Sobre todo, porque después, más que una “superación” de esa experiencia, más que un “salto dialéctico”, sobrevino un corte abrupto que llevó al abandono de ideas que, posiblemente, hubiesen favorecido la constitución de plafones ideológico-políticos más amplios y más eficaces a la hora de luchar contra la opresión estructural; ideas que, probablemente, hubiesen permitido conjurar dogmatismos, reduccionismos y formalismos, y evitar todo culto a la objetividad. Hay una fluidez en la lengua inicial de Santucho que nunca se malogró del todo y que merece ser recuperada. Ese Santucho pedagogo amerindio, casi “pluricultural”, predispuesto a todos los mestizajes, provinciano, semi-rural, de algún modo “traductor”, se reviste hoy de nuevos sentidos.      

Luego, ya como jefe del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y como comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Santucho abrazó el fervorosamente el guevarismo. Su concepción del proceso revolucionario fue sumando otros actores destacados: el proletariado industrial, el estudiantado (o la “pequeña burguesía radicalizada”). Hubo algunos zigzagueos y no faltaron los ejercicios improductivos. Cabe destacar, por ejemplo, los pasajes del revisionismo histórico al mitrismo y del trotskismo a la defensa (casi resignada, por cierto) de la ya oxidada Unión Soviética. Se trató de gestos prácticamente accesorios que nunca lo acercaron a un estereotipo. Muchas veces, el pragmatismo revolucionario le impuso condiciones. Lógicamente, una excepcional vocación de poder hizo que algunos aspectos ideológicos quedaran relegados. Nada de esto hizo mella en su coherencia con el horizonte planteado por Ernesto Che Guevara. La autenticidad de Santucho estaba blindada.

Santucho no fue un conductor de muchedumbres, ni un gran orador de masas. No fue ni un teórico, ni un ideólogo ni el creador de una doctrina original. En todo caso, cabe una discusión sobre sus dotes de estratega militar, sobre cuán creativo fue desde el punto de vista bélico, más allá de algunas innegables proezas “tácticas” del PRT-ERP. Esta discusión quedará para otra oportunidad. Son otros asuntos los que nos convocan ahora.

Lo cierto es que Santucho tendía a equiparar las condiciones del desarrollo de los procesos revolucionarios. A veces simplificaba al punto extremo de no diferenciar las condiciones de Argentina de las de Vietnam. Pecaba de cartesiano: era algo mecanicista y tendía a la esencialización de los métodos. Aspiraba a una “ciencia de la revolución”, concebida como una ciencia exacta basada en los postulados del marxismo-leninismo. Pensaba al mundo como un lugar mucho más sencillo y directo del que en realidad era.

Es evidente que, en ciertos aspectos, Santucho cometió los mismos incidentes críticos de la izquierda que, con dialectos literarios anacrónicos, lo tildaba (y aún lo tilda) de “guerrillerista” y lo acusaba (y lo acusa) de expresar una estrategia “pequeño burguesa” y un proyecto de poder orientado a encumbrar a un “frente policlasista”. Por cierto, Santucho también cometió errores originales que trascienden el reservorio de adjetivos fáciles, flexibles y abyectos de la izquierda antiguevarista.

Pero, a diferencia de esta izquierda, Santucho y el conjunto del PRT-ERP no se abastecieron únicamente en el almacén de las “líneas correctas”, de las historias meticulosas ya confeccionadas y de los artefactos políticos estandarizados. Dieron un paso fundamental: pusieron a prueba la validez de las ideas. Santucho prefirió equivocarse con el Che, en lugar de acertar con Vittorio Codovilla o con Nahuel Moreno. De estos últimos errores, de estas últimas equivocaciones podemos aprender muchísimo.

La concepción de la guerra popular sustentada por Santucho estaba teñida de cierto academicismo. Él, y prácticamente el PRT-ERP en su totalidad, solían caer en la seducción de las fórmulas. Pero nada de esto conspiró contra su liderazgo. Porque, paradójicamente, la fuerza que Santucho llegó a expresar mejor que nadie tenía otros soportes, menos ortodoxos, menos racionales: la fe, la pasión y la voluntad. Era una fuerza religiosa, mística, espiritual, al decir de José Carlos Mariátegui.

Al igual que otras organizaciones revolucionarias de estructura leninista, el PRT-ERP optó por no perseverar en la condición de la insurrección civil, la misma que lo proveyó de legitimidad política durante un período, y no pudo contrarrestar las trampas elitistas del militarismo, sus dinámicas alienantes, sus círculos viciosos.

¿La forma de un ejército era la más adecuada para organizar la violencia popular, para canalizar la violencia liberadora, para romper con los vínculos opresivos? Quedó claro que no. ¿Cómo evitar que la violencia instrumental devenga violencia final y pierda justificación social (y utilidad)? ¿Cómo contrarrestar las agresiones estructurales e institucionales sin reproducir los modelos del opresor y sin contribuir a que la guerra se instale como una realidad totalizadora? ¿Cómo evitar que la violencia engendre su propia justificación y que las justificaciones válidas y permanentes de la violencia queden de lado? Estas preguntas no toleran las respuestas sencillas, más bien habilitan hipótesis.

Es un lugar común afirmar que las armas conspiraron contra las mejores iniciativas políticas de las organizaciones revolucionarias de la década de 1970, que no pudieron contrarrestar las fuertes tendencias al aislamiento social y que, esencializadas, esas armas fallaron como instrumento de redención de las clases subalternas y oprimidas. El lugar común es válido porque es una verdad incontrastable. Hubo un momento en el que la guerra dejó ser servir a la política y la política intentó, de manera infructuosa y contraproducente, servir a la guerra. Las armas conspiraron contra el poder popular que emanaba de la confluencia de fuerzas diversas.

Tanto el PRT-ERP como otras organizaciones revolucionarias de la década de 1970, produjeron realidades contradictorias. Por un lado, gestaron realidades cerradas y, por el otro, alumbraron realidades abiertas. Por ejemplo, en contextos de arraigo fabril del PRT-ERP, o en momentos de expansión de diversos frentes de masas, como en el caso del Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS), Santucho ratificó la razón de las armas por sobre las armas de la razón.

Cabe señalar, también, la adhesión de Santucho al centralismo y su marcado formalismo. A la distancia, podemos afirmar que le sobró Louis Auguste Blanqui y le faltó Antonio Gramsci. En un gesto abrumadoramente inútil podemos lamentarnos por las mixturas que no prosperaron, más allá de algunas iniciativas aisladas y con escaso poder de convocatoria: Vo Nguyen Giap y Rosa Luxemburgo o Tupac Amaru y Vladimir I. Lenin, por ejemplo. La prioridad asignada a la lucha por el poder político se desentendió de lo realmente estratégico en la construcción del socialismo. Se descuidaron terrenos fundamentales de la disputa con el imperialismo y el capitalismo. ¿Qué fácil es decirlo ahora? ¿Verdad? Avergüenza decirlo ahora, con todos los terrenos de disputa descuidados, al borde del abandono.

Lo cierto es que ningún catálogo de “errores”, “limitaciones” o “exageraciones”, podrá modificar lo que Santucho simbolizaba y simboliza. Porque es tan grande, tan descomunal lo que Santucho simbolizaba y simboliza que esos “errores”, esas “limitaciones” y esas “exageraciones”, aún con sus efectos abrasivos y trágicos, prácticamente resultan anécdotas menores. Ningún análisis histórico, ya sea que aspire a reivindicarlo o a defenestrarlo, podrá negar el impacto extraordinario de la presencia o la ausencia de Santucho.  

Porque Santucho no fue solo un hombre sino una época cuyos rasgos más salientes fueron la voluntad, la pasión y la autenticidad. Esta trilogía, tan desprestigiada, juzgada como extemporánea, sigue siendo indispensable para evitar el destino oscuro que nos acecha en este tiempo. En esta trilogía se funda la posibilidad de las clases subalternas y oprimidas de influir en el curso de la historia.

La utopía de Santucho fue la utopía de toda una generación fuerte e ilusionada. Una generación decidida a ocupar el centro del escenario de la historia, sin ningún interés en observar los acontecimientos desde la tercera fila. Santucho expresaba la máxima fidelidad a esa utopía. Una utopía genuinamente idílica. Una utopía realista, tal vez la utopía más realista de nuestra historia. De ahí su capacidad de arrasar a fuerza de fe, seguridad y autenticidad. De ahí su voluntad de vencer. Aquí subyacen los fundamentos (y el carácter cristalino y expansivo) de su liderazgo. Aquí hay que buscar los elementos que explican su esquema de conducción.   

Santucho fue la expresión más pura de una convicción y, por eso mismo, poseía una inmensa capacidad de transmitirla, con esa cadencia sin prisa y esa musicalidad dulce típicas de las santiagueñas y los santiagueños. ¿Cuántas veces en nuestra historia la izquierda apeló a esas entonaciones? Santucho arribó a esa orilla a partir de un arduo proceso de autoconstrucción. Convencía porque era el más creyente de una generación de creyentes. Eso le bastaba para despertar y elevar la moral, en primera instancia la de sus compañeras y compañeros, y luego la del conjunto de las clases subalternas y oprimidas. 

Simbólicamente, la gran derrota popular argentina del siglo XX se consumó con la caída en combate (o con la cacería, si se prefiere) de Santucho, el lunes 19 de julio de 1976. Derrota o fracaso, a esta altura da lo mismo. En nada se modifica el sentido último del gran clivaje que dio inició a un recorrido de las clases subalternas y oprimidas de Argentina por la espiral descendente del infortunio. Por otro lado, la historia no se detiene en estas sutilezas. Ese día una patrulla del Ejército tomó a sangre y fuego el departamento de la calle Venezuela, en Villa Martelli, en la provincia de Buenos Aires. Santucho, acorralado, murió como el Che. Murió de su muerte, al frente de su derrota. Como el Che, tenía 39 años. Durante cincuenta años hemos habitado, con mayor o menor intensidad, en los efectos de esa derrota.

Esta sociedad que habitamos y padecemos, esta sociedad tuerta del ojo izquierdo (el ojo del diablo), es la expresión más consumada de esa derrota. Cada una de sus miserias, cada una de nuestras desidias, nuestra falta de gallardía, nos los recuerda a diario. Algunos de los signos más visibles son: la violencia deshumanizadora y sin máscaras de las clases dominantes, la callada aceptación de los destinos más ínfimos por parte del grueso de la sociedad, la interiorización de la dominación social, es decir: el fatalismo que atraviesa a las clases subalternas y oprimidas que ya no saben, no pueden, diferenciar los campos antagónicos más sustantivos. Las opciones menesterosas y horadadas que pretendemos contrabandear como “alternativas” en el plano político, también son un signo de la derrota. 

Las clases subalternas y oprimidas han sido expulsadas de la república burguesa, una vez más, a gran escala. Están quienes conciben la política como vía para habilitar el ingreso a esa república, por cierto, cada día más degradada. Aunque no abundan, no faltan quienes promueven su reemplazo por institucionalidades y formas igualitarias y radicalmente democráticas. La pregunta insoslayable es: ¿hay espacio en la república burguesa para las clases subalternas y oprimidas? Todo indica que ese espacio, como requisito para su ocupación, no solo exige de estas clases altos niveles de sumisión, sino que tiende a angostarse cada vez más.       

Esta sociedad, que parece haber perdido toda capacidad de respuesta a los designios del capital, esta sociedad insegura y frustrada porque no confía en las posibilidades de sus propias ganas, se ha ido configurando como un verdadero trofeo para el imperialismo y las clases dominantes.

Aunque a la distancia los acontecimientos pueden parecernos simultáneos, la derrota había comenzado a labrarse tiempo antes del 19 de julio de 1976. Las señales no paraban de multiplicarse hacia mediados de la década de 1970. Los acontecimientos que conducían a ella se sucedían, y, si bien no faltaron las miradas y las voces lúcidas, nadie pudo revertir esa tendencia. La derrota no sobrevino en un solo golpe.

La perspectiva histórica nos permite identificar las concepciones del propio Santucho que contribuyeron a la derrota, algunas coyunturales: no prever el reflujo de masas, no replegar a tiempo, subestimar a las Fuerzas Armadas, descuidar la política, caer en una guerra de aparatos que conspiraba contra el protagonismo popular, etc. El mismo Santucho se percató de todo esto, antes de su caída en combate (o de su cacería). Por supuesto, pesaban también las concepciones más estructurales, prácticamente constitutivas del PRT-ERP, por ejemplo, el menosprecio de la posición defensiva en el plano militar, el determinismo de la acción, la certeza de atesorar una verdad trascendente, el acorazado dogmatismo. Hubo una afinidad letal entre las concepciones coyunturales y la estructurales.

Pero lo cierto es que con Santucho vivo la idea de una derrota no podía llegar a instalarse del todo. Con Santucho vivo la derrota era inconcebible para propios y ajenos, para amigos y enemigos. La misma palabra derrota era impronunciable. Pesaba la certeza de que, con Santucho vivo, el motor de la contradicción permanecería encendido, al igual que la esperanza de una victoria de los sectores revolucionarios. Eso simbolizaba Santucho, nada más y nada menos. 

La figura de Santucho oficiaba como garantía en un plano fundamental: el poder será desafiado, el pueblo (o alguien representativo, en su nombre) le hará frente a quienes se empeñen en atormentarlo, el pueblo (o alguna/alguno de sus mejores hijas/hijos) resistirá toda imposición de un ordenamiento social injusto, no habrá tregua con quienes pretendan reestructurar regresivamente el capitalismo argentino, la utopía revolucionaria encontrará alguna forma de supervivencia.

Por eso no vale la pena detenerse demasiado en los “errores”, en las “limitaciones”, en las “exageraciones”. Porque el 19 de julio de 1976 con Santucho no moría, precisamente, el militarismo, el dogmatismo, el reduccionismo, el determinismo; mucho menos una desviación “guerrillerista” y “pequeño-burguesa”. Con Santucho moría una época y un sujeto. Moría el país que lo había parido, la trama que lo había urdido como un evento congruente. Moría el país que generaba las posibilidades de pensar y desear otro país más allá de la conciliación de clases. Morían las relaciones sociales (y las fuerzas sociales) que tornaron posible y altamente representativo a un hombre como Santucho. Moría una forma de materialización histórica de los intereses de la clase trabajadora argentina y se reposicionaba el proyecto de 1880, se recomponía la legitimidad liberal. Sin Santucho se extinguía, además, el tiempo de la voluntad y la pasión.   

Con Santucho moría una obsesión y un acicate. Moría la confianza en un triunfo popular. La confianza en el poder popular. Moría la certeza de que las y los de abajo podían cambiar el curso de la historia, apropiarse de ella, incluso “forzarla”, porque, en última instancia, la historia era pensada –equivocadamente– como una aliada que trabajaba silenciosamente para ellas y ellos.

Con Santucho moría el reconocimiento colectivo de la legitimidad de la violencia de las y los de abajo (una violencia que podía ser democrática y digna), mientras volvía a naturalizarse la violencia unidireccional: de arriba hacia abajo, es decir la violencia de las clases dominantes. Por supuesto, habrá que juzgar si en torno a esa legitimidad tiene sentido edificar toda una estrategia para la “toma del poder”, o conviene construir otra cosa.

La historia posterior de Argentina mostró que el espíritu insurgente popular no desapareció del todo, aunque se mostró esporádico, defensivo, desesperado, culposo y despolitizado.

Con Santucho moría una formidable e inédita voluntad política plebeya y su mística inherente. Moría una potencia transformadora. La potencia de unas masas organizadas, pero no disciplinadas, por ende: masas temibles. De eso se percataron las trabajadoras y los trabajadores que, en plena desmovilización acelerada por el terrorismo de Estado, hicieron un minuto de silencio por su muerte. No dudaron sobre el sentido más recóndito de esa muerte. Supieron que, con esa muerte, su poder para configurar la realidad social comenzaba a diluirse, que las formas más desarrolladas de la organización de la sociedad basadas en la planificación, la cooperación, la solidaridad y la participación que habían construido durante décadas serían arrasadas. Intuyeron que la vieja normalidad que las y los había dotado de fuerza social se esfumaba y que se imponía otra normalidad que las y los despojaba de esa fuerza. Intuyeron el tiempo donde se perderían cosas del orden de lo fundamental: el carácter de amenaza, la confianza en el desquite, el deseo de venganza. Intuyeron un desamparo social, pero, sobre todo, político.

Con inmensa lucidez, barruntaron que la muerte de Santucho, indefectiblemente, acobardaría a muchas y muchos por tiempo indeterminado. Dedujeron que dejarían de ser temibles y, por lo tanto, protagonistas. Supieron que esa muerte era uno de los episodios más expresivos de un escarmiento colectivo y que la paz que sobrevendría sería injusta, fundada en el abandono de las reivindicaciones populares y en la descomposición de diversas instituciones de la sociedad civil popular.

Con Santucho moría un paradigma militante fundado en la coherencia, la entrega, el espíritu de sacrificio, la heroicidad. Moría el paradigma de la/el militante que se autoconstruye de ese modo porque confía en el poder del ejemplo, la/el militante que asume la pesada carga de vivir como modelo y que es capaz de domesticar la idea de la muerte. Moría un paradigma de militancia revolucionaria. Seguramente varias aristas de este paradigma podrán ser criticadas (por cierto, algunas, lindantes con la negligencia o la inmolación, lo merecen), pero también habrá que reconocer su inmenso contraste con el paradigma del “militante” estatal, gestionario, blando; ese “militante” cuyo terreno no es el de la lucha de clases, no es el de las disputas por las conciencias, sino el de la mera “agitación electoral”, el de una intervención en los conflictos limitada al “cortejo” y/o el de las “políticas públicas”; ese activista político a-critico que no aspira a modificar radicalmente un orden económico-social y a cambiar la vida porque ha sucumbido al sortilegio de la política (burguesa) instituida.

Como nadie, Santucho, tercamente rebelde, encarnó el “peligro revolucionario”. Desde el lunes 19 de julio de 1976, ese peligro dejó de acechar desde un monte, un cerro, un cañaveral, una fábrica, un barrio pobre. Ese peligro fue desapareciendo, reemplazado por otros peligros más fáciles de controlar, más fáciles de reprimir; peligros diluidos en escenarios políticos despolarizados y en léxicos mojigatos y burocráticos. La vida política argentina buscó otros modos de ser despiadada; modos más sutiles y, por supuesto, unidireccionales. Hasta el recuerdo de ese peligro fue extirpado de la memoria colectiva (aunque no descartamos la posibilidad de que algo subsista en algún resquicio). Sin ese peligro sobrevinieron los días chatos e intercambiables, la vida se tornó huidiza. Las clases subalternas y oprimidas se reposicionaron “más acá” de la conciliación de clases. Sin ese peligro, se fue delineando un mundo lúgubre, el mundo de la dominación sin fisuras del capital en sus formatos más retrógrados.

¿Como juzgar los “excesos de voluntad” desde la carencia absoluta de la misma? Hundidas y hundidos en el pozo de la desorientación, ni siquiera podemos acumular la voluntad necesaria para dar el primer paso. Sobrecargado de condicionamientos, nuestro criterio suele ser deplorable. ¿Con qué derecho criticar la fe desmedida en la acción que alumbra y la creencia en la magia de la práctica desde esta penumbra que nos disuade y desde esta parálisis que nos acobarda? Quienes tienen el sentido de la aventura atrofiado no tienen derecho de hablar de aventurerismo. Las criticas al voluntarismo solo pueden tener algún grado de legitimidad si son realizadas desde una voluntad lúcida, racional; desde una praxis orientada a la autoafirmación. Lo mismo cabe respecto de la crítica a la “sobre-valoración de la práctica”: antes de ejercerla, vendría bien cultivar alguna estima –preferentemente marxista, aunque no exclusivamente– por la práctica como medida (una más, no la única, por supuesto) de la eficacia de las ideas. ¿Cómo hablar de “excesos de audacia” y falta de realismo cuando los “excesos de prudencia” y el realismo extremo se parecen demasiado a la aceptación de lo instituido y a la cobardía?

Esta época sin un mandato histórico y desabastecida de praxis crítico-prácticas; esta época tan floja de expresiones y pulsiones contraculturales, incapaz de deslumbramientos, con el lenguaje mellado y la fantasía atrofiada; esta época que valora más la propiedad privada que la justicia, que exalta el individualismo y la competencia y propone buscar la satisfacción en la negación o la destrucción de la otra/el otro/el otre; esta época en la que los personeros del capitalismo neocolonial se jactan de no prever los desastres que engendran; esta época que busca erradicar toda conciencia de desigualdad y que ni siquiera está en condiciones de apreciar la praxis primordial de Robin Hood; esta época desencantada, sórdida, banal, alevosa e insensible tiene severas dificultades para abarcar una figura tan potente como Santucho.

¿Acaso morirá el recuerdo de Santucho absorbido por la distancia, desfigurado por la oscuridad y estragado por la melancolía? Mejor no andarse por las ramas. Habrá que hacer de las palabras semillas. Habrá que contar a Santucho una y otra vez. Contar es sembrar.  Habrá que buscar a Santucho en el fondo de la memoria, en las callejuelas del imaginario popular. Habrá que buscar sus huellas semiocultas, cubiertas por la hojarasca de la historia. Habrá que seguir librando exigentes batallas por la memoria social.

Tal vez, algún día no muy lejano, la mirada de Gertrudis (madre de Hamlet) pierda fuerza en la sociedad, y sean muchas y muchos las y los que desarrollen la capacidad de ver el espectro de Santucho. Tal vez, más temprano que tarde, la leyenda de Santucho pueda ser reactivada por una voluntad de poder popular, junto al hermoso peligro que conlleva. Tal vez la derrota, en contra de tanta evidencia acumulada, no sea tan irreversible como parece. 

 

Lanús Oeste, 8 de julio de 2026. 

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