Anarquía Coronada

Pongan música // Luciano Debanne

En el día del periodista los convido a callarse  la boca. A callarse y escuchar.
 
A cerrar el pico, el culo, el orto, el ojete, la jeta. A callarse por una vez en la vida y a escuchar.
 
A ser un cacho más sensibles, más atentos, más respetuosos, menos porongas, menos policía, menos seguridad privada, menos patova contratado para que no entren los que están afuera.
 
A abrir las orejas, el corazón, los micrófonos, las redacciones esas sin ventanas, ni salida de emergencia, doble vidrio fijo, acustizada; a apagar la música funcional y el aire acondicionado del estudio; a cagarse un poco más de frío, de hambre, de gases, de lluvia, de ganas de salir a matar a todos estos imbéciles que no paran de boquear.
 
Como si supieran, como si hubiesen estado, como si alguna vez les hubiera tocado.
 
A dejar de ser paredón de palabras, que obtura, aleja, detiene, fusila y remata; para ser un poco más puente, pasarela, que ayude a pasar para el otro lado.
 
Los convido a segundear, a despejar y quedarse al fondo, a mantenerse al margen de la foto, al costado, más que ser todo el tiempo el figurón principal.
 
En el día del periodista los convido a dejar de ser tan periodistas e intentar ser uno más.
 
A ser sólo una mano en la cámara, sosteniendo el micrófono, anónima, reemplazable, ignota. Una mano que te alcance la birra en el verano y te de fuego en invierno. Y después siga.
 
Una mano que alguna vez llame al mozo canuto y pague la cuenta sin chistar, ni juntar la moneda entre pobres, ni dividir en partes iguales aunque unos coman falda y otros pulpa especial.
 
A hacer que la profesión desaparezca y que sea de todos el privilegio, cada vez más exclusivo que ustedes detentan de contar: lo que pasa, lo que queremos, lo que soñamos, lo que proponemos, lo que va a pasar, quizás.
 
Que sea de todos el carnecito de prensa que consiguieron asegurando que son inofensivos, que está todo bien, que casi no van a preguntar.
 
No me peguen, soy periodista, no vengo con ellos, estoy trabajando, prensa oficial.
 
Fíjense en las calles y en las escuelas y en los almacenes del barrio, y los polirubros y en las vidrieras y las florerías del centro: ¿ven que, en el día del periodista, nadie festeja más que los propios periodista?
 
Es que a nadie le importan aunque reciban regalos salameros de quienes les soban el lomo a cambio de una nota, de una cobertura amable, de publicidad.
 
Cállense y escúchense, hoy sólo son editoriales evangelizadoras, vendedores de ideas con auspicio de ropa cara, o de gaseosa barata, modelos de cartón. 
 
Los escuchamos porque no se callan nunca, pero cuando se vayan nadie los va extrañar.
 
Sepan que los periodistas que admiran los cargarían a tiros por panchos, y nadie se frenaría a ver qué pasa ni se tomaría el trabajo de irlos a enterrar.
 
Si no tienen nada que decir, háganse un favor y pongan música. 
 
O sigan, hagan la suya, pero no se asombren cuando los mandemos a cagar.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas de

Hasta siempre, Indio!

Los redondos, el Indio, ese movimiento inapropiable que tras su largo recorrido
Ir a Arriba