El nudo maldito del 2001 (La temible conurbanización según Pagni)// Diego Sztulwark

“La tradición de los oprimidos nos enseña
que ‘el estado de excepción’ en que vivimos
es sin duda la regla.
Así debemos llegar a una concepción de la historia
que le corresponda enteramente.
Entonces ya tendremos a la vista como nuestra tarea
la instauración de un estado real de excepción;
con eso mejorará nuestra posición
en la lucha contra el fascismo”.
Walter Benjamin.

 

 

El héroe más reciente de una sociedad que aparenta detestar la política es, curiosamente, un héroe del análisis político. Un periodista liberal-conservador dedicado a comentar coyunturas y mencionar libros clásicos, que suele recibir consultas del mundo empresarial. El desfile de Carlos Pagni, columnista del diario La Nación y autor de El nudo –su último libro, recientemente publicado–, por las pantallas más codiciadas, hacen juego con un fenómeno de época: la postulación de mapas conceptuales –un modelo de lectura– capaz de suministrar sentidos a la porción de la sociedad que vive con desencanto los 40 años de democracia y que busca orientación por medio del consumo de bienes culturales. Ese público al que las editoriales más importantes del mercado le ofrecen textos sobre historia argentina reciente, sobre Raúl Alfonsín y Juan Domingo Perón, y que el cine hace viajar a 1985. Un clima de generalizado cuestionamiento a la actividad política se muestra, a pesar de todo, propicio para la aparición de una voz que (no sin ironía), se dedica a diseccionar los discursos políticos, localizando en ellos problemas irresueltos y modelos fallidos de comprensión.

El fallo del político profesional –la inoperancia de sus ideas– no es señalado como un defecto de la política ni de la lucha por el poder, sino más bien como una contaminación de su enviciada configuración actual. El efecto regenerativo del discurso de Pagni tiene un fondo moral, aunque la rivalidad discursiva que entabla con la racionalidad de lxs políticxs, el modo en que traza su diferencia, no pasa por la denuncia, sino por la modulación de un tono reflexivo que se apoya con frecuencia en un saber universitario de profesor de Historia. Esta postura analítica, alejada de la irritación escandalizada de una amplia mayoría de sus colegas, es lo que le permite interrogar aquello que lxs políticxs a los que entrevista eluden. En palabras de El nudo: el “nuevo sujeto de nuestro tiempo”.

 

Catástrofe y crisis

Ese sujeto adopta varios nombres a lo largo de su libro. Transcribo: “A fin de año de 2001 hubo otra irrupción” (otra con relación a octubre de 1945). “Eran los obreros los que se habían transfigurado en desocupados a lo largo de décadas, pero sobre todo, a lo largo de los últimos cuatro años de ajuste socio-laboral producido por la agonía recesiva de la convertibilidad”. A “gente nueva, nuevos métodos: el corte de ruta propio de los desocupados, el saqueo propio de los que no tenían qué comer, y una lucha por conducir el conflicto entre la vieja generación de punteros y los dirigentes de los incipientes movimientos sociales”. Aquel estallido fue una “sublevación” del Conurbano bonaerense y una “catástrofe” llena de lecciones.

El historiador Ignacio Lewkowicz empleó la misma noción para pensar 2001. Según él, la catástrofe se diferencia de la crisis –excepción momentánea del orden– por la intensidad arrasadora de los códigos sociales. Si la catástrofe de 2001 no dio lugar a un nuevo paradigma es porque, para decirlo con palabras de Pagni, fue sometida a una secuencia que va de una “catástrofe detenida” a una “catástrofe que hay que detener”. Vale la pena aproximar el foco a esta puesta en variación: al colocar en suspenso el derrumbe, la primera formulación admite una lectura abierta en la que pueden ensayarse delimitaciones entre las ruinas del orden –aquello que finaliza– y los rasgos de un posible tiempo por venir. En la segunda formulación, en cambio, “la catástrofe que hay que detener”, interviene una voluntad de control que clausura el trazado de nuevas delimitaciones y por tanto, la creación de salidas posibles.

Congelada en su irresolución, la catástrofe se eterniza y se agrava. Aquello que termina de morir sin dar lugar a un nuevo curso histórico es lo que Tulio Halperín Donghi llamó “la larga agonía de la Argentina peronista”. Esto es: la profundización sin fin de procesos de desindustrialización e informalización que impiden una toma de conciencia del agotamiento de una dinámica basada en la integración ciudadana de una clase obrera plenamente ocupada y que bloquean todo el diseño posible de un Estado modernizador. 2001 es ebullición de la crisis avanzada de ese modelo de reproducción social y punto de inflexión que empuja al poder político de la Provincia de Buenos Aires a tomar el poder del Estado nacional. Pagni llama a este proceso –aún en curso– “conurbanización” de la política argentina. Y lo explica así: se trata de la subordinación de las instituciones de la República a las necesidades de financiar la informalidad y el empobrecimiento de su Conurbano. La Argentina de post-crisis actúa en función de un único programa: la aplicación de retenciones a “los sectores más dinámicos para volcarlos en forma de subsidios en las víctimas de una organización material que excluye cada vez a más y más personas”. El llamado populismo se reduce a esto: una serie de respuestas de corto plazo para sostener el consumo popular como único recurso de una dirigencia política impugnada que intenta recuperar legitimidad en función de las variaciones del precio de la soja. O, dicho en el lenguaje de los medios: “administración de la pobreza”. La propuesta que nos hace Pagni ante semejante diagnóstico responde a una inspiración histórica. Tras derrotar militarmente a la poderosa Provincia de Buenos Aires, Julio Argentino Roca proclamó, junto con la federalización de la ciudad de Buenos Aires, la centralización del Estado nacional. Pagni recrea los términos de aquellos combates para enunciar la necesidad de un nuevo sometimiento de la Provincia y, en particular, de su populoso Conurbano.

Simbolizado como un nudo, una atadura endiablada que atora los diversos aspectos de la realidad impidiéndoles fluir, el Conurbano es descripto como un movimiento que arrastra consigo en estado residual toda la historia del trabajo y, con ella, los trastos en desuso de buena parte del pensamiento político del siglo XX. En particular, los imaginarios de tipo comunitarios resultan deshechos ante la cruda primacía de un micro-caudillismo de mil caras, que va de las redes clientelares a los punteros y de los transas a la barra brava, vestigios de vetustas estrategias de ciudadanización, de épocas de sustitución de importaciones en las que la cooperación humana valía como fuerza de trabajo. Es el entero mundo de las izquierdas y del peronismo el que habría quedado confinado –ya que no enterrado– en ese cementerio. Decadente y magmático, el Conurbano es un conjunto de recuerdos de antiguos combates y migraciones que florecieron un 17 de octubre para volver a irrumpir, ya sin potencia histórica, un diciembre de 2001. Un yacimiento enriquecido de narraciones populares oxidadas por la chatarra arrumbada, escombros de los sucesivos fracasos de las elites en concebir una inserción del país en el mercado mundial, compatible con una integración progresiva del mundo popular. Una teratología que paraliza y aterra.

Esta geografía monstruosa suscita en Pagni dos tipos de cuestiones. Una de ellas, referida a establecer las claves que permiten captar los movimientos subterráneos que operan produciendo efectos sin ser percibidos desde los clivajes con que las encuestadoras organizan el paisaje de la representación electoral. Por debajo de fenómenos como la derechización del electorado (no sólo del Conurbano) y del correlativo esfuerzo del sistema político por adecuarse a la demanda, actúan mutaciones anímicas, cognitivas y tecnológico-comunicacionales que redundan no sólo en la desafección, sino en la recusación del sistema político entero. Categorías politológicas que conjugan oposiciones tales como populismo/conservadurismo, progresismo/derecha o, incluso, peronismo/anti-peronismo no agotan la comprensión de lo que ocurre en una toma de tierras, un corte de ruta o en una feria como La Salada (por considerar escenas presentes en El nudo). Para acceder a esta dimensión infra-política es preciso reconocer en esas masas a sujetos activos, intérpretes calificados de las condiciones en las que les toca actuar.

 

Los escenarios más temidos

La otra dimensión atañe a la preocupación del autor por los escenarios próximos que más teme. ¿Cómo se sale del círculo de un cortoplacismo suicida? ¿Se está a tiempo de evitar un nuevo estallido? ¿Cómo evitar que por ausencia de una clase política capaz de engendrar instituciones públicas lúcidas se incube un momento autoritario, al estilo de Jair Bolsonaro en Brasil?

En primer lugar, la crítica formulada al peronismo atribuye al movimiento fundado por Perón en el ’45 la función de contener los impulsos potencialmente revolucionarios de una emergente clase obrera. A partir de allí se pueden trazar dos direcciones críticas muy diferentes. Aquella liberal-institucionalista, que reprocha el carácter extorsivo y transaccional de la disciplina obrera respecto de las élites, y otra de izquierda, orientada a cuestionar el mando y la pedagogía del peronismo, que confinaba a las masas obreras a producir plusvalor. No es una mera disquisición histórica. La crítica liberal sigue aplicándose a las diversas organizaciones populares surgidas durante el kirchnerismo post-2001, juzgándolas ahora como herederas de un estilo de contención cuya amenaza se actualiza bajo la forma de estallido social en un marco de pobreza considerada improductiva. La crítica de izquierda, en cambio, acentúa los rasgos autónomos de acción popular, admitidos indirectamente por Pagni a propósito de 2001 en al menos tres aspectos:

 

  1. reconociendo que la renuncia de Fernando De la Rúa, aquel 20 de diciembre, no fue un golpe del PJ, sino un auténtico estallido popular;
  2. valorando a los trabajadores desocupados como constitutivos del principal grupo social activo durante la crisis (contra el consenso académico relativos a la imposibilidad de acciones colectivas por fuera de la fracción empleada y sindicalizada de la clase obrera);
  3. describiendo el papel del PJ bonaerense como incapaz de controlar a las masas desocupadas del Conurbano, lo que se hizo evidente cuando el propio Eduardo Duhalde debió renunciar a la Presidencia tras el asesinato de los militantes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

 

Esta actividad plebeya autónoma fue la premisa para que una discusión por izquierda operara sobre los términos en los que debía desplegarse una política popular. La intervención del kirchnerismo resolvió provisoriamente esta discusión, ofreciéndole a muchos de estos movimientos una mediación precaria y una representación electoral. Visto en perspectiva, los movimientos de 2001 fueron el motor de una resolución democrática de la crisis (la asamblea y la revalorización popular de los derechos humanos fueron rasgos centrales), pero no resultaron capaces de crear una forma política propia.

 

Omisiones y consensos

En segundo lugar, la narración que propone Pagni sobre el agotamiento de la Argentina peronista de mediados de los ’70 se torna aún más verdadera si se toma en consideración el papel que en ese agotamiento cumplió el terrorismo de Estado. La ausencia de la dictadura en El nudo contrasta con el consenso existente sobre la relación de causalidad que se da entre el programa del gobierno militar-corporativo y el fenómeno de desindustrialización e informalización del Conurbano. La intervención militar (la complementariedad de plan económico y represión masiva y clandestina) no se propuso instalar un modelo alternativo y superior en términos de modernización capitalista, sino más bien terminar con el menos deseado de los efectos de aquella Argentina industrial: la inestabilidad reiterada provocada por una clase trabajadora que no dejó de proponerse como eje de la democratización de la sociedad. El principal objetivo alcanzado por la dictadura del ’76-’83 fue la aniquilación no sólo de una generación de militantes, sino también de las bases industriales sobre las que se reproducía –no sin complejas contradicciones internas– esa tendencia democratizante.

En tercer lugar, y como efecto de la omisión del Terrorismo de Estado, queda excluido del análisis un factor determinante para comprender los últimos cuarenta años, y en particular el propio 2001: el papel jugado por los organismos de derechos humanos en la producción de ese nuevo sujeto social. Los rasgos popular-democráticos de aquellas asambleas y piquetes están directamente vinculados al notable diálogo que se produjo con los movimientos de derechos humanos. Quienes aseguran que, de producirse hoy un estallido, saldrían a la luz las peores de las oscuridades incubadas en las barriadas populares y consideran que todo estallido es anti-político, harían bien en preguntarse por qué aquel “Que se vayan todos” no dio lugar a un activismo social de tipo fascista, como el que hoy se teme.

En cuarto lugar, interesa considerar cómo proyecta Pagni su lectura del Conurbano sobre el presente político. Su tesis es que ninguna de las dos grandes fuerzas políticas actuales puede ser comprendida por fuera del impacto de 2001. A las referencias ya hechas al kirchnerismo, se suma una caracterización del PRO como fuerza anti-peronista que –a diferencia del radicalismo– se propone interpelar a los pobres, considerados con aspiraciones de progreso. Estas fuerzas quedan compuestas en El nudo como la representación ajustada de dos Argentinas: la de quienes son presentados como subsidiados, y la de quienes son estimados como productores ligados al mercado mundial. Lo que no parece consistente es sostener que ambos países están atrapados en la llamada “conurbanización”. Muy por el contrario, el propio razonamiento de Pagni lleva a considerar que la deuda contraída por el gobierno de Mauricio Macri con el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha funcionado como una respuesta directa a la crisis de principio de siglo. Si 2001 es la captura del Estado nacional por una Provincia de Buenos Aires quebrada, la deuda es la recaptura de este mismo aparato y su puesta a disposición de poderes extra-nacionales. El éxito de la operación quedó convalidado con el aval que una mayoría de legisladores del Frente de Todos hizo durante el gobierno de Alberto Fernández. El acuerdo funciona en los hechos como la imposición de un programa único de Estado para cualquiera de las fuerzas políticas vencedoras en las elecciones de 2023.

Finalmente, la propuesta de rescatar el aparato del Estado de las garras del Conurbano es para Pagni una condición para postular un nuevo contrato político que instituiría unas reglas de juego consensuadas a fin de poner en marcha una modernización democrática, entendida como inversión privada y acción estatal “inteligente” (lo que supone un mínimo piso material de inclusión social que aporte legitimidad). Hay un aire al ’83 en este planteo. Formulaciones normativas de este tipo, que se constituyen sobre la derrota de los sectores a los que se invita a pactar, suponen la presencia implícita –pero determinante– de un acto de fuerza. El contrato se torna inviable en términos democráticos si parte de la previa domesticación del salvajismo que atribuye al Conurbano.

Más que insistir por el lado de una teoría política asustada que sólo admite un gobierno conservador para la Provincia, convendría arriesgar una teoría política a la altura de ese salvajismo redistributivo e inorgánico de rostro amenazante alrededor del cual se plantea el contenido mismo de la palabra democracia. Porque ahí donde la redistribución de poder se frustra y el lazo social se oscurece, los antiguos temores de las élites a los desbordes igualitaristas se vuelven pánico hacia una agresividad colectiva que bien podría trasladarse al plano de la representación política. Por lo pronto, Pagni asume que “el enorme impacto político de la convulsión (entendido como) las movilizaciones, el caos, la violencia fueron una bomba de profundidad con efectos todavía perdurables (sobre todo en) el miedo de la élite, sobre todo de la élite política; el miedo de los ‘dirigentes’ a los ‘dirigidos’”. Resta averiguar si la desesperación popular se ha desembarazado por completo de expectativas igualitaristas o si, como pensaba John W. Cooke hace más de medio siglo, sobrevive en ese Conurbano invertebrado y miope un resto de aquel malditismo informe que impedía toda estabilización del orden burgués.

 

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