Cambiar figus en el parque // Diego Skliar

Acompañé a mi hijo a cambiar figuritas del Mundial al Parque Rivadavia. Él, con la ilusión de encontrar las que le faltan para completar el álbum. Yo, con la de vivenciar una experiencia de lo común ocupando el espacio público. Siempre un iluso. 

Una masa de inquietud nerviosa tapona la avenida, los senderos alrededor de los puestos de libros y discos, el pasto y hasta los caniles. Al alumbrado público de interrogatorio se suma a la emitida por las pantallas de celulares. 

Los pibes la miran desde abajo: los mapadres tienen aplicaciones de celulares que les avisan lo que tienen y lo que falta. Son los adultos los que concretan las transacciones e intervienen si creen que sus hijos están cerrando un mal negocio. 

No hay países, colores, gestos que recordar. No hay relaciones posibles. Las figuritas ni se miran: se dice una abreviatura y un número: ARG 13, ENG 5, IRN 12. Hundido. Pantalla mediante, se exige lo que se necesita, se informa lo que se puede dar. 

Algunas personas ni siquiera permiten que un extraño toque su pilón de figuritas repetidas. Están ordenadas obsesivamente por algún criterio que, entienden, facilita la transacción y optimiza el tiempo. No sea cosa que se altere. Las manos de un pibe sosteniendo algo de su propiedad, tratando de recordar a la velocidad humana, resulta inconcebible.  

A nadie se le ocurre que si tengo 5 que te sirven y vos tenés 3, igual te puedo dar las 5 y vos me completás con 2 aunque yo las tenga. ¿Por qué haría eso? ¿Cambiar los datos de mi app de repes solo para que vos avances en tu proyecto? 

Después de algunas transacciones efectivas, estamos cansados y logramos salir. Al menos ahorramos dinero en paquetes caros. Pagamos con deterioro cognitivo y desilusión un avance considerable en el objetivo, suponiendo que solo se trate de llenar el álbum.  

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