Por fin, celebraciones sin cinismo. La alegría no tiene por qué ser ciega a los enormes problemas que le esperan a Lula. Cabe esperar que quienes se proponen derrotar el programa del mileísmo ofrezcan lecturas capaces de convertir esta alegría en líneas de acción eficaces para abrir paso a un nuevo proceso político.
A la espera de que eso ocurra, propongo tres ideas.
En las últimas semanas hemos asistido a una bellísima demostración de capacidad de movilización popular, capaz —ahora lo sabemos— de romper dispositivos de dominación muy poderosos. Está por verse si esa movilización podrá neutralizar la tendencia neofascista que pretende imponerse en la región, por no decir en todo Occidente.
La gran novedad es que los dispositivos que organizan la tendencia neofascista de las derechas están siendo cuestionados mediante una movilización popular masiva y combativa, que desborda desde abajo. Desde acá, esa movilización parece tener al menos tres rasgos decisivos:
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No se organiza en torno a consignas estrechamente partidarias, solemnes, controladas y sectariamente orgánicas. En cambio, despliega una multiplicidad de tonos e iniciativas que, en Francia, adquieren un carácter irónico y, en Brasil, se expresan a través de la sensualidad y el ritmo.
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Combina masividad con una gran libertad y sentido del humor en el uso de las redes. Más que un comando partidario, se parece a una multitud.
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Más que apuntar a «presionar al progresismo», su agresividad se dirige a destruir los dispositivos de dominación de la ultraderecha. Por eso, no se trata solamente de cuestionar un programa de gobierno, sino de romper con una tendencia más amplia de fascistización social.
¿Qué tipo de iniciativas y convocatorias podrían funcionar acá en un sentido semejante, obligando a las usinas electoralistas a aceptar una nueva dinámica de disputa?