Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas
Todo pensamiento falla cuando obvia, elude u olvida aquello que lo detiene. La Forma misma surge y se perfila en este olvido. El impulso, por vital que sea, encuentra un límite que lo delimita. A eso que pulsa y quiere se lo llama vida. A lo que lo frena y desiste, muerte. A la primera asociamos la tensión del presente hacia el porvenir, a la segunda lo que se detiene, pierde dinamismo y queda fijado como pasado. Hay una poética vitalista dice así: extraer vida sobre un fondo mortalista. La fórmula, conmovedora y bella, no será la que aquí nos guíe. Puesto que la pregunta que nos haremos es menos por la vida y por la muerte y más por los vivos y los muertos.
¿Están tristes nuestros muertos? La pregunta remite, claro, al título de una serie producida por Netflix. La cuestión de la producción no es irrelevante. Puesto no es posible saber exactamente a qué nos referimos con “nuestros” cuando la producción, aun haciendo usos ganancioso de virtuosos recursos –argentinos (elenco, ciudad, guion) y chilenos (por lo menos dirección)–, traslada beneficios a otras partes del mundo. El primer muerto triste sería, en todo caso, en nuestras actuales circunstancias, esa industria nacional llamada cine argentino. Vamos entrando en tema.
Las personas se mueren, pero al morir –suponemos– dejan de ser personas. Y sin embargo ellos, los muertos, hablan, gritan, gimen. La protagonista, Ema, una médica, los escucha, los ve. Interactúa con ellos. Pasa de un plano (los vivos, las personas) al otro (los muertos, no exactamente personas) pero no como lo haría una médium o una espiritista, entre ceremonias y ojos entrecerrados. No encarna ni mentaliza a los difuntos. No. Más bien vive entre ellos con la misma naturalidad con que vive entre los vivos. Los muertos con los que habla no son “todos” los muertos, sino solo aquellos que murieron mal, y necesitan una palabra de los vivos para emprender su viaje hacia la muerte. Esa incapacidad de partir de aquellos que murieron de modo trágico está en el centro de la cultura, la filosofía, la historia. Las generaciones pasadas “oprime la conciencia de los vivos” decía Marx. El pasado pesa. Asfixia. Pero a Ema parecen pesarle más los vivos. Con los muertos se entiende mejor: les quita la tristeza. Pero los vivos, liberados por esa acción, son desagradecidos.
Piedra Buena es un complejo habitacional donde muchísimas viviendas coexisten en una suerte de mapa simple como un dibujo a mano alzada de líneas que podría hacer cualquiera para indicar como llegar a un lugar específico. Su corazón contundente, enorme, es un tanque de agua que – en el centro y desde la altura–
abastece a todo el barrio. La estructura brutalista, combina con el hospital, el hospicio y la oficina de aguas sanitarias. La desidia burocrática y la precariedad son las venas por la que circula los humores.
La doctora Ema, ahora jubilada, expulsada del hospital, avanza siempre firme, con la cabeza en alto, sin que nada la detenga. Ningún ser –muerto ni vivo– es capaz de perturbar su andar chueco, cansino y persistente.
No hay simpatía, hay empatía. Un saber, una sensibilidad especial. Un modo de transcurrir de quien se sabe fuera de la norma y desde ese exterior convive normalmente con su monstruosidad y con la de los demás, desde siempre.
Las mujeres de una familia, todo un ramillete de personalidades, recorren el barrio, atravesadas por un don que no todas poseen, pero a todas las afecta de cerca. ¿Dónde está el ADN de una familia? ¿se esconde, en los dones que comparten? ¿en la repetición? ¿en la confusión compartida? ¿Son las peleas espiraladas que siempre terminan en las mismas conclusiones acerca de los seres queridos? Hay en la sangre algo que va de una generación a otra, portando alguna magia? Hay en los que mueren una información que se pierde? Se pierde solo un cuerpo o se pierde un mapa del tesoro que ya nunca nadie podrá conocer?
Lejos de la felicidad de las selfies y las historias de Instagram, Mis muertos tristes –tal el nombre de la serie– nos recuerda que no es posible esconderse: porque ellos, los muertos, encontrarán el modo de salir de donde están para dar su testimonio, a quien quiera escucharlo. No son muertos felices, no están tranquilos, no descansan, ni están en paz. Quedaron atrapados en una escena. Unas palabras bastan para moverlos y romper lo automático de la secuencia, pero quien puede hablar con los muertos ? Producir ese silencio, proporcionar un descanso en paz.
Es el terror y lo cotidiano de la mano. Algo en la memoria que trauma sujeta una escena que se repite al infinito si nadie interviene y si lo que duele se repite, es una pesadilla, un infierno.
Están ahí. Conviven con nosotros a través de líneas de apego.
Pablo Larrain, uno de los directores más interesantes de Latinoamérica, se apoya en un en libro complejo, en una suma nada despreciable de dinero y en un elenco sólido con el que puede moverse en la tragedia tanto como en el humor (negro). Crea un espacio perfecto para ordenar la acción, el barrio y la arquitectura como contención, pero sobre todas las cosas, con el conurbano bonaerense, que es el lugar donde todo esta historia encuentra su esplendor. La historia, los talentos, la mística del lugar, están contadas por un extranjero genial y por el reluciente dinero de una plataforma millonaria. Las ganancias fluyen del país y el talento local sigue buscando salir de la trampa en que se encuentra. Muertos, pues, son nuestros tristes. Porque es la tristeza y no la muerte misma la da ese aspecto fantasmal a quienes permanecen entrampados, buscando fundar experiencia en conexión con el pasado irresuelto. Esa tristeza que es soledad y miseria creciente, es, de un modo muy particular también, un dilema de toda (de)sensibilización que opera como contraste mórbido respecto de modos de existencia fundados en la visualización digital, sin espesor, en donde todo es vida, presente y felicidad.