Silencio y rebelión: una historia feminista de los afectos // Florencia Abadi

Reseña del libro “Desafiar el sentir. Feminismos, historia y rebelión” de Cecilia Macón, editado por Omnívora, Buenos Aires, 2022, 245 pp.

 

“Desafiar el sentir”, de Cecilia Macón, lleva a cabo una operación doble: por un lado, hace una filosofía de la historia feminista; por otro, una filosofía feminista de la historia. Es decir: historiza el feminismo –un aporte central del libro, que ofrece una lectura de documentos medulares–, y además hace del feminismo un movimiento capaz de brindar la clave de una concepción de la historia y del tiempo, y cabe agregar de la política. Dicho brevemente: esta concepción se caracteriza por una noción de futuro y de urgencia particulares que Macón expone a partir de las prácticas de lucha del feminismo.

Estas dos operaciones avanzan en estas páginas a la par y fundidas. El modo en que se historiza el feminismo tiene una matriz teórica explícita: la reflexión filosófica contemporánea sobre los afectos (que tomó el nombre de “giro afectivo”), pero también la crítica a la temporalidad lineal y al progreso que tiñe cierta filosofía de la historia del último siglo. Con estas herramientas, usadas con extrema sutileza –fuera de los clichés o de los trazos gruesos– el libro despliega su tesis principal: los feminismos, que enfrentaron tempranamente una atribución acusatoria de sentimentalidad irracional a las mujeres, construyeron sus estrategias de lucha no en el rechazo de los sentimientos, emociones o afectos –matices que el libro naturalmente traza–, sino más bien poniendo en juego activamente el papel de los afectos para desafiar el statuo quo entendido precisamente como un orden afectivo (el cisheteropatriarcal). Es decir, para “desafiar el sentir” de ese orden, a partir de otras configuraciones afectivas. El feminismo disputa las configuraciones afectivas existentes precisamente porque, como enseña este libro, la injusticia de género está sostenida en un orden afectivo.

A esta tesis central se agregan otras más puntuales, como la existencia de un lazo entre la demanda del derecho al aborto y las huellas del terrorismo de Estado de la última dictadura (se señala el símbolo del pañuelo, la presencia de las madres de Plaza de mayo, el tipo de lazo con las fundadoras, la denuncia de la responsabilidad del Estado, el lema “Aborto legal, una deuda de la democracia”, etc); o también encontramos una reivindicación del activismo hashtag en las redes –con su aceleración y su archivo accesible y móvil–, activismo muchas veces ridiculizado, y que desafía el modo patriarcal de comprender la política en Argentina, según el cual sin matones nada se logra. En cada una de estas lecturas se expone la filosofía feminista de la historia y el tiempo: el pasado no es meramente citado sino puesto en acción, la urgencia como modalidad afectiva de la demanda presente, y lo que Macón llama “futuro inevitable” (que aparece especialmente en la reflexión sobre la legalización aborto).

Más allá de tesis y subtesis, del trabajo de historización y de la lectura sobre el tiempo y los afectos, algo esencial del libro se juega en la mirada que ofrece de la violencia: no es la estridente de los golpes o los gritos, sino la muda y sigilosa. La invisibilización y el silenciamiento son acá la matriz de la opresión sobre las mujeres. Se nombra ese silencio con una insistencia que pareciera por sí misma intentar remediarlo, reparar el sufrimiento de la humillación que no se exhibe, la cotidiana, la que penetra calladamente en los intersticios de lo social. Ese silencio es quizás el “real” de la opresión, un real que no accede a lo simbólico sino que pulsa desde el cuerpo innominado, y por eso no podemos sino asentir al gesto de este libro que muestra que las estrategias feministas son no solo eficaces –exitosas–, creativas –vanguardistas, estéticas, irónicas–, sino también revulsivas, surgidas desde una náusea, una visceralidad que está directamente enlazada a ese silencio. La visceralidad es en este libro la antítesis de la sentimentalidad desencarnada y desagenciada que se atribuyó a las mujeres, una sentimentalidad que remite a la capacidad de ser afectadas, pero omite la capacidad de afectar.

Si la humillación obliga a poner la lupa sobre afectos como la vergüenza -que Macón nombra de un modo específico, como la vergüenza impuesta-, la estrategia feminista es transformar su efecto paralizante: no avergonzarse de la vergüenza, sino mirarla a la cara, denunciarla, desnaturalizarla, agenciarla. Se trata entonces de exhibir la vergüenza: ostentar la sangre femenina humillada (frente a la sangre masculina enaltecida en el combate). En esta dirección, la clandestinidad del aborto, la vergüenza impuesta sobre él, es símbolo de una clandestinidad más amplia, que toca en su conjunto todas las formas de opresión sobre las mujeres. El aborto libre nos desembaraza en el sentido de que abre a la posibilidad de dejar de avergonzarnos por nuestro cuerpo, por una intimidad que el orden patriarcal quiere sucia, manchada. Las activistas francesas por el derecho al aborto de los 70’, que tomaron de sus detractores el nombre de las salopes, las sinvergüenza, que dijeron “yo aborté” en un país que pocas décadas antes condenaba con pena de muerte el aborto, entendieron que disputaban nada menos que esa intimidad, que tiene en su núcleo también el goce. Porque el placer de la mujer, quizás lo más silenciado en el debate sobre el aborto, es aquello que hace pasar a la lógica patriarcal del desprecio a la envidia.

A partir de este núcleo, Macón reinterpreta la clásica distinción entre la esfera pública y la privada: lo “privado” fue usado para colocar la opresión fuera del orden público, es decir, para ocultar la opresión y obligar a la clandestinidad, para engrasar “la trama de silencio, clandestinidad y ocultamiento” del orden patriarcal. El antídoto feminista: llevar los afectos a la esfera pública. Y esto supone una inversión más: si lo privado fue concebido en términos de lo individual, se trata de construir un colectivo que desoculte el carácter político de la afectividad. Esta lectura problematiza el origen liberal del feminismo, mostrando que el movimiento siempre puso en conflicto la distinción público / privado.

Dicho esto, cabe mencionar que la historia del movimiento que nos ofrece este libro tensa al máximo el arco político, abarcando la Ilustración, el liberalismo, el conservadurismo, el cuaquerismo, el abolicionismo, el racismo. Se trata de una historia marcadamente compleja, que muestra que tanto opresión como rebelión atravesaron las más diversas ideologías, y que permite evitar, advierte Macón, una mirada autoindulgente y celebratoria. En este marco, el libro aborda dos luchas fundamentales, íntimamente vinculadas: la lucha por el sufragio y la lucha por el aborto, dos derechos de las mujeres, que están unidos por un hilo sustancial: la demanda de que se reconozca a las mujeres la voluntad. La voluntad que desde Rousseau funda el derecho al voto –por sobre el conocimiento–, no puede desligarse de la idea de libertad. Negar la voluntad de las mujeres es un modo de excluirnos del “orden mismo de la subjetividad” –en los términos de Macón– de concebirnos infantilizadas y dependientes, res extensa gestante. “Una mujer sin hombre es como un pescado sin bicicleta”, decían las feministas en Mayo del 68’ subvirtiendo este punto nodal, y la ironía expresa no solo distancia crítica, fortaleza, complicidad, sino que repone de por sí la capacidad de aludir y de simbolizar que define el orden humano del que se nos ha pretendido excluir. En la misma dirección puede leerse la estrategia de la simulación del acto de votar que realizaron a modo de performance las sufragistas en Argentina y en el mundo: se disputa la representación (política) poniendo en jaque la representación (metafísica, estética) y se invierte así la idea de simulación como síntoma histérico, se la llena de conciencia, y se revela que la única hipnosis es la patriarcal. Macón propone pensar esa simulación como “pre-creación” (deriva de la noción de re-creación del pasado de Collingwood): mediante la simulación se crea el futuro en el ahora, ya que “pocas cosas pueden agenciar más que señalar y ejecutar como real aquello que se considera imposible”. Preformar el futuro, “tocar el futuro”, hacerlo en la urgencia del presente. Un presente histórico, desnaturalizado, y que lleva en su seno casi dos siglos de conquistas. Porque si en la acción de 1970 en el Arco del triunfo las fotos muestran a la policía condescendiente y risueña, lo cierto es que la condescendencia policial ha desaparecido. “Ahora que sí nos ven”, dice el canto que en el 2018 refrendaba un hito para la política feminista latinoamericana que este libro se ocupa de poner en valor, de pensarlo a la par del acontecimiento. Evidentemente, el búho de minerva se ha desvelado.

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