El diario personal como resistencia // Luchino Sívori

“Uno siempre puede darse cuenta cuando una persona escribe su propio nombre. La mano se mueve de una manera particular”. 

 

Raymond Chandler.



     Se escribe un diario para no olvidar. Para vivir (en) otras vidas. Para recordar, como decía Javier Marías, que uno también es aquello que no fue. 

 

1.

   

   En un diario pueden aparecer acontecimientos que uno no recuerda como los más importantes. Esa sería su función ayuda memoria: trae a la vida personas y escenas presuntamente olvidadas, descartadas, borradas de nuestro disco duro personal.

    Lo mismo sucede a la inversa: vivencias que hoy jerarquizamos como pilares, determinantes, claves para nuestro presente, no aparecen entre sus páginas cuando las abrimos. Nuestras miradas se ven así sorprendidas en su labor de interpretantes del pasado escrito; por un lado, no encuentran lo que fueron a buscar, anhelantes, curiosas; por el otro, chocan con lo inusitado, desconcertándose consigo mismas.

    El presente se enfrenta de esta manera con el presente del ayer. Lejos de ser juzgado, sin embargo  -¿cómo hacerlo, siendo uno el fruto indirecto de ese producto?- lo mira con cierta indulgencia misericordiosa. Pequeñas licencias emergen así en su lectura, un derecho adquirido del género que, a diferencia del resto -cuyas poéticas son leídas con ojos menos personales- nació, como decía Gombrowicz, para dar señales de vida de uno mismo.

 

   Podríamos preguntarnos, retomando las palabras del escritor español, si no son esas ausencias, otrora no registradas, precisamente la cuenca desde la cual devino todo lo que se es hoy. El origen de lo que somos actualmente como huella y misterio. La lectura, y por ende la vida, se verían así doblegadas por un texto que se asumía en un principio como propio, y que ahora, paradójicamente -se fue al diario para recordar, para revivir, para reencontrarse con uno mismo y para sí- nos resulta extrañamente ajeno.

   Las palabras allí escritas comienzan a ser entonces asincrónicas, es decir, a decir cada vez menos de este reflejo que teníamos de nosotros mismos y que ahora se disuelve como niebla a medida que avanzamos en la lectura. Un proceso de desconocimiento, pues, comienza a elucubrar poco a poco: una palabra/ un vacío. “Creí vivir una existencia que se bastaba a sí misma”, nos decimos, mientras vemos que no era un recorte sobre el Todo aquello que nos definía. 

 

2.

 

“Hasta no hace mucho yo creía que escribir equivalía a empezar a conocerse a sí mismo; pero a medida que va pasando el tiempo me doy cuenta de que nunca sabré quién soy por culpa de escribir”.

 

Enrique Vila-Matas. 

 

     Cabe decir que cuando se escribe en un diario uno no lo hace desde la inocencia más pura; punto de fuga, complemento, lugar de enunciación, desvío, síntoma… Un millar de razones en apariencia disímiles justifican el hecho de sentarnos a escribirlo. Sin embargo, no importa tanto si ese lugar que se anhela consciente o inconscientemente es alcanzado; nos interesa, por el contrario, lo que permanece en todo dietario, a pesar de las versiones que nos demos a nosotros mismos cuando nos disponemos a justificarlo (como si la escritura precisara de un motivo).

 

El narrador

 

    El narrador -que no autor- es la muestra perfecta de lo que puede un diario, y no lo que afirma el texto, en apariencia altivo y seguro de sí. 

    Las palabras pronunciadas por esa voz que nos lee no habrían sido escritas, únicamente, para describir y narrar “escenas de la vida diaria”. Detrás de ellas se esconde un fraseo, que es en última instancia la forma estética de algo forjándose. 

   Como dijimos, quien escribe no se encuentra del todo en esos textos cuando los lee, percibiéndolos ajenos; sin embargo, es precisamente esta diferencia, este resto de la ecuación entre lo escrito y lo leído, lo único que perdura y no se desvanece cuando contactamos con él. 

    El narrador perdura, buscando su propio estilo, a lo largo de toda una vida escrita. Se reencuentra consigo mismo cuando se vuelve a su lectura (quizás sea esta la única razón por la que volvemos una y otra vez a leer lo que hemos escrito).  

 

3.

 

   Porque se escribe en un puro presente absoluto, el diario no es nostálgico. Sí, en cambio, es onírico. Su lenguaje lleva un aura de ensueño rozada por unas manos recién despiertas: tímidas, torpes. Diurnos, nos proponemos trazar un dibujo que solo aparece por las noches, confiando otra vez en el alud de la lengua.

   Tampoco notamos esa marca-distancia de la tercera persona tan típica de las novelas y los cuentos. Y a diferencia de una carta informal, no tiene a nadie en particular en su punto de mira (de allí el término insulso “lector ideal”). 

   Ni siquiera podríamos afirmar que un diario se escribe para ser leído. Ello lo convierte en un objeto extraño, un escrito freak que registra en sus páginas acontecimientos que morirían allí sin más si no fuese por la (propia) curiosidad hacia sí mismo. Una poética, pues, que no busca desvelar nada en su lectura (sólo en su escritura).

    Se escribe, pues, un diario como se escribe un sueño: uno quiere recoger lo que quedó, darle un canal a aquello que nos ha tocado profundamente. Las sobras, los restos, son el contenido jeroglífico que nadie, ni siquiera el autor, conoce del todo. Si lo lee (más que un revival es una resucitación) mucho tiempo después, querrá que sus partes aquí y allá queden encajadas, ser racional. Un timo. Hacer creer que cuenta algo su lectura, que abrirlo es ya un gesto comprometedor, es el último as en la manga del género. El primero es habernos hecho creer que la vida es más interesante que la literatura.

    

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