Anarquía Coronada

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Narciso y Eros en la cruz del presente // Leandro Drivet

Esta reseña ha sido publicada en Junio del 2021 por Revista de Psicología UNLP y está disponible en https://revistas.unlp.edu.ar/revpsi/article/view/12278. Este trabajo puede citarse del siguiente modo: Drivet, L., «Eros y Narciso en la cruz del presente», Revista de Psicología (UNLP), junio 2021.

 

“El que ama ha sacrificado, por así decir, un fragmento de su narcisismo y sólo puede restituírselo a trueque de ser-amado.”

Sigmund Freud ([1914] 2003, p. 95)

I

En El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche describe la experiencia de lo dionisíaco como una mezcla de espanto y éxtasis delicioso que se produce cuando el principio de individuación pierde consistencia. La aproximación de la fuerza de la primavera, expresa el joven profesor de Basilea, o el influjo de alguna bebida narcótica [narkotischen Getränkes], propician la intensificación de las emociones que desdibujan la subjetividad “hasta llegar al completo olvido de sí” (Nietzsche, [1872] 1994, p. 45). Ante este pasaje, una sensación de desconcierto sacude al lector. La palabra “narcótico” deriva de la voz griega narke: parálisis, confusión o entorpecimiento asociados al contacto con el “pez torpedo” [narka] (anguila eléctrica) del cual se nos ilustra en el Menón (Platón, 1987, 80a-c, pp. 299-300). Ésta es una raíz que se halla en “narciso”, flor llamada así, según Plutarco (1987, 647b, p. 153) porque produce somnolencia, “aplaca los nervios y produce una pesadez narcotizante”. Ahora bien, ¿cómo podría estar ligada la experiencia dionisíaca del olvido de sí nada menos que a Narciso, quien parece, a todas luces, el ejemplo arquetípico de la incapacidad del descentramiento, un caso agudo del culto de sí mismo? Ocurre que las apariencias engañan y, después de todo, el mito de Narciso no enseña otra cosa. El delicado y feroz ensayo de Florencia Abadi resuelve el enigma: nos rescata de la descaminada interpretación de Narciso como un egoísta, y nos permite pensar esa figura mítica como un ser que no ha llegado a constituir un “sí mismo”, que no se conoce (hasta su muerte) ni se ama porque, por fuera de los ecos de la ensoñación materna, jamás ha sido tocado por un tercero. No es contradictorio, entonces, que Narciso sea presentado por Nietzsche en un contexto dionisíaco. Como la historia del espejo que los titanes obsequian con malicia al pequeño Dioniso, el reflejo del hijo de Liríope en la fuente de agua, y no en los ojos de otro, representa “la tragedia del imposible reencuentro del individuo consigo mismo” (Vernant, [1989] 2001, p. 161). Ni herido ni reconocido, Narciso muere por su imagen, a expensas de su cuerpo. Ésta es, nos dice Abadi, la clave sacrificial de su destino.

El desarrollo pormenorizado y polifacético de esta hipótesis de lectura abre una vía hermenéutica que le permite a la autora pensar un amplio conjunto de narraciones, que van de la “alta cultura” a las tradiciones populares, y de lo clásico a lo contemporáneo. En un presente hostil a las humanidades, este esquema interpretativo demuestra el valor de la literatura, no sólo por su capacidad para ofrecer goce estético, sino también debido a su fecundidad teórica. Aquí destacaremos que, en particular, interroga de modo insistente a los lectores de Freud, quien, tal vez por no detenerse en el sentido preciso del mito, a menudo confundió el narcisismo con el autoerotismo.

Chesterton expresó con gracia en algún lugar que «de Edipo sólo sabemos que no tenía el complejo». Abadi nos empuja a pensar que Narciso no sufrió de heridas narcisistas. ¿Cómo podría renunciar a la centralidad de sí, y cómo sería capaz, por consiguiente, de amar, quien no pudo desarrollar un “sí mismo”? Ante su imagen, que parece por todos los signos corresponderle, reflejada en una fuente “no tocada” por nada ni por nadie –puntualiza Ovidio (1983, p. 56)– Narciso permanece paralizado. Olvidado de comer y de dormir, con un ansia insaciable, sufre impotente ante el amor, y se arroja desesperado a los brazos de ese otro ilusorio en quien encuentra, sin saberlo hasta el final, su ser y su muerte. Su destino de autoconsumición nos devuelve a un Freud que, no por casualidad, encuentra las tentaciones tanáticas cuando, hacia 1920, se entrega a la especulación: actividad vinculada etimológicamente al espejo. Estudiando sobre la vida de los organismos unicelulares se convence de que la degradación de la vida y el deceso están ligados a la intoxicación con los propios –y sólo con los propios– desechos metabólicos. Como si, escapando al riesgo del erotismo, un deseo de muerte sobreviniera a causa de la mismidad. Inesperado reflejo de Narciso bajo el microscopio: De te observationis narratur.

 

II

Son diversos los modos con que nuestras tradiciones literarias y filosóficas se han referido a las tensiones entre el principio de individuación y el deseo de fundirse con el todo, entre la consolidación del yo y las fuerzas naturales y sociales que lo preceden y lo sobrepasan, entre la aspiración a la autosuficiencia y la inclinación a la interdependencia. Con aspectos compartidos y con notas singulares, la filología del futuro nietzscheana evocaba la dinámica entre Dioniso y Apolo, mientras que Freud percibía la opuesta complementariedad de la sexualidad y la autoconservación, el principio del placer y el de realidad, Eros y Ananké, Eros y destrucción. Desde estas perspectivas, la vida y la muerte se juegan entre el movimiento y la quietud, oscilando entre el apego al límite y su transgresión, en medio del fluir y el estancamiento, transitando la descarga y la inhibición, la transformación y la conservación. Es en esta constelación de problemas donde puede inscribirse El sacrificio de Narciso, a partir del dualismo entre Eros y Narciso que Florencia Abadi recupera con originalidad de la sabiduría griega. Así como Freud ([1932] 2006) descubría la complementariedad de los mitos de Hércules y de Prometeo para dar cuenta de la dialéctica de las pasiones, el reconocimiento del carácter contrapuesto y complementario de las figuras de los hijos de Venus y de Liríope es otro de los rasgos destacables de este ensayo. A Narciso, objeto de contemplación, lo detiene el temor a perderse, que le impide poner en juego su deseo. A Eros, por el contrario, lo persigue el miedo a ser identificado, como si el hechizo de la seducción pudiera ser conjurado por la atribución de rasgos fijos. Narciso es el nombre bajo el cual se agrupan la quietud, la inmovilidad, la voluntad de conservación, la estabilidad; Eros comprende la locura, la desintegración, la transitoriedad, el desequilibrio. El sentido así expuesto de las figuras míticas gana consistencia cuando Abadi, subrayando la lucidez de Calderón de la Barca, se detiene en las funciones opuestas cumplidas por las madres del demon y del cazador no cazado. Mientras que Venus propicia involuntariamente, y por la vía de la envidia, el despliegue del deseo de su hijo, Liríope atrapa en el cautiverio de su deseo a Narciso, condenándolo al aislamiento, y a la perpetuación de un estado psicológico larvario.

Abadi desbarata las hipócritas ilusiones de candidez de cierto erotismo contemporáneo, tanto como el arrogante y sobreactuado gesto de rechazo del (necesario) momento narcisista en nombre del deseo. Si el joven Nietzsche compone una reivindicación apolínea de la tragedia griega, y Freud insiste, para disgusto de los partidarios del imperio irrestricto del placer, en el valor cultural del principio de realidad y de la renuncia, Abadi apuesta, a contramano de la tradicional e injusta condena de Narciso como un exponente arquetípico de la soberbia y el egoísmo, por la equilibrada reivindicación de los aspectos narcisistas de la subjetividad que permiten resistir la tentación de la locura divina. El campo psicoanalítico encontrará en este libro una voz provocadora no sólo para añadir nuevas y estimulantes aristas a nociones y problemas conocidos, sino para tensionar algunos conceptos técnicos. En particular, pero no de modo exclusivo, para pensar por qué si el narcisismo es el amor a la imagen de sí, no puede ser equiparado al egoísmo. En un contexto en el que el desborde subjetivo se articula como mandato, y el deseo, que reclama sus derechos para liberarse de la prisión del “amor” tradicional, llega a mostrarse incapaz de abandonar el protagonismo (Freud insiste en que el deseo es antisocial) el encomio crítico de las dimensiones “sacrificiales” de la subjetividad no es un gesto de menor audacia.

 

III

Las lógicas contrapuestas en El sacrificio de Narciso son las del amor y el deseo. Éste es despiadado y caprichoso, inocente [unschuldig] (en otras palabras, perverso), fugaz, inestable, odioso; el amor es protector, equilibrado, conciliador. Si el erotismo pertenece a la esfera polifónica y amoral de las pulsiones, y se halla movido por la rivalidad y la envidia (Envidia es la tercera figura central de este libro, y resulta imperdible el análisis de las tres representaciones femeninas del ideal envidioso: la Esfinge, la Mantis religiosa, y la estatua del velo de Isis) el amor está asociado a la piedad, al cuidado, a la gratitud, a la complicidad, al recato, al velo. Pero no es el señalamiento de la “contradicción” entre estos ámbitos lo que distingue la tesis de este ensayo. En la provocadora perspectiva de Abadi, la oposición de esas lógicas está signada por la incompatibilidad.

Para Freud, el amor se compone de una corriente sensual y de una tierna, siempre en tensión, pero capaces de crecimiento y armonía en el orden cultural. Éste, por definición, nunca dejará de exigir renuncias. Si pensamos en la metafísica nietzscheana, lo dionisíaco y lo apolíneo marchan “casi siempre en abierta discordia entre sí y excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos” (Nietzsche, [1872] 1994, pp. 41-42) hasta que finalmente, por un milagro metafísico de la voluntad helénica, se muestran apareados entre sí, y acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática. Para ambos pensadores, las lógicas contradictorias son capaces, extraordinariamente, de fusionarse. En el contexto de El sacrificio de Narciso, en cambio, no hay conciliación posible entre amor y deseo: la expresión “amor erótico” es un “oxímoron” (Abadi, 2018, p. 20) y un “delirio” (Op. cit., p. 74). Como si fueran líneas paralelas, y no senderos que se bifurcan y trazan encrucijadas, deseo y amor se repelen: cuando se desea, no se ama; cuando se ama, no se desea. El deseo no admite estabilidad: es singular hasta el límite de lo impersonal y odioso de cualquier mismidad, incluida la propia. El amor, por el contrario, es compasivo y clemente. Si el deseo es imprevisible y no lo detiene consideración alguna por las expectativas y las ilusiones, el amor, complementariamente, es promesa y fidelidad. Asociado a la piedad y al cuidado, el amor, en la constelación abadiana, se aproxima a la caridad, al deber, a la ob-ligación y a la responsabilidad. ¿Tal vez a la culpa? Desprovisto de toda dimensión involuntaria (que le es atribuida al deseo) se asocia incluso a la capacidad de soportar el aburrimiento, y es definido como el “resto o sostén que hace falta cuando no hay deseo” (Abadi, 2018, p. 21). Abadi ofrece buenos argumentos para sostener esta tesis incómoda que ataca, precisamente, cierto orgullo “narcisista” sobre el amor y el deseo. Después de todo, es innegable que, agitado por las pulsiones parciales, el erotismo se asienta en un juego transitorio, seductor y riesgoso, de objetivación no sintetizable del amado y que, como contracara, el amor exige, a los fines de alojar a otro y hacer lazo, descentramientos, postergaciones y renuncias. Al mismo tiempo, hacia el final uno se pregunta si entre el deseo volátil y devorador, y el amor como el acto que sostiene y cuida, no hay matices, formas intermedias, combinaciones posibles menos evanescentes que el deseo, y menos abnegadas que este amor. ¿No hay acaso disposiciones relativamente estables a sentir deseo por alguien amado? ¿O confundimos la pura y azarosa renovación erótica con la regularidad? ¿Y no es conocida la inclinación a amar (como sujeto) al objeto deseado? Así como somos capaces de unirnos en el desprecio del “fuego sin lumbre” [the lightless fire] (Shakespeare, 2002, Luc 4, p. 243) ¿nos es dado crear un amor encendido?

Es tentador pensar que Eros personifica el deseo de un objeto, mientras que Narciso encarna el querer ser amado. Los extremos de este arco son mortificantes (para uno y/o para los otros) y su magnetismo amenaza con convertirnos en déspotas sin remordimiento o en esclavos de un ideal parasitario. No es que las zonas medias estén exentas de peligros, pero en nuestros días no es difícil de entender por qué el calor del erotismo que no guarda la más mínima expectativa de engendrar alguna forma de amor (por pequeña y transitoria que sea) se parece tanto al odio. La búsqueda de una aleación tal de amor y deseo, ¿no es quizá la verdadera superación de la tragedia de Narciso y de su antítesis, el absolutismo de Eros? Puesto que si aquel sacrifica su cuerpo en aras del amor a su imagen, no es menos cierto que destruye esa imagen al precipitarse sobre ella. ¿Deberíamos decir entonces que Narciso no ama, sino que desea su imagen?

El ensayo aquí reseñado puede leerse como una apuesta por el vivificante equilibrio inestable entre componentes antagónicos. Como un espejo invertido, trueca certezas por interrogantes, refracta nuestra mirada e incita a seguir. La multiplicación del preguntar en los lectores es acaso el mejor signo del carácter filosófico de una obra.

 

Referencias bibliográficas

Abadi, F. (2018). El sacrificio de Narciso. Hecho Atómico Editores.

Freud, S. ([1914] 2003). Introducción del narcisismo. En S. Freud, Obras completas. Trad.: J. L. Etcheverry, Tomo XIV (pp. 65-97). Amorrortu.

———–. ([1932] 2006). Sobre la conquista del fuego. En S. Freud, Obras completas, Trad.: J. Etcheverry, Tomo XXII (pp. 169-178). Amorrortu.

Nietzsche, F. ([1872] 1994). El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo. Trad.: A. Sánchez Pascual. Alianza.

Ovidio Nasón, P. (1983) Metamorfosis. Trad.: A. Pérez Vega. Cervantes Virtual.

Platón. (1987) Menón. En Platón. Diálogos II. Gorgias, Menéxeno, Eutidemo, Menón, Crátilo. Trad.: F. J. Olivieri (pp. 273-337). Gredos.

Plutarco. (1987). Moralia, Charlas de sobremesa (Quaestiones convivales). Trad.: F. Martín García. Gredos.

Shakespeare, W. (2002).The Rape of Lucrece. En W. Shakespeare, The Complete Sonnets

and Poems. Ed. C. Burrow, (pp. 243-338). Oxford.

Vernant, J-P. ([1989] 2001). El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia. Trad.: J. Palacio. Paidós.

 

 

* Este trabajo es una reseña del libro El sacrificio de Narciso publicado en Argentina por Hecho Atómico Ediciones en el año 2018 y en España por Punto de Vista Editores en el año 2020.

La Buena Amika. Reflexiones sobre las trampas del amor romántico en la amistad // LTA

Están uno frente a otro sin armas, sin palabras convenidas, 

sin nada que los asegure 

sobre el sentido del movimiento que los lleva  uno hacia el otro. 

Tienen que inventar desde la A a la Z 

una relación aún sin forma que es la amistad: 

es decir la suma de todas las cosas a través de las cuáles 

uno y otro pueden darse placer. 

Foucault



Escuchamos y decimos: “si no se nombra no existe”. Consigna que apuesta a la visibilidad de modos de vida marginales. Potencia de la palabra, potencia de nuevas categorías para dar cuenta de la multiplicidad. Categorías que luego seguro reventaremos, pero en el mientras tanto, las necesitamos para abrir mundo. 

No hay marco legal que ampare a la amistad. Por suerte. La amistad es una de las pocas relaciones que gambetea definiciones e instituciones. Deleuze plantea que la amistad implica entenderse tan bien sin la necesidad de ideas comunes, sin que pueda atribuirse a…”. Si somos capaces de no desesperar tanto por nombrar y explicar, y a la vez mirar con detenimiento y precisión qué hay, podemos encontrar ahí un primer gesto amigo.  

Ahí, la potencia del armado entre amigxs, pero también el lugar óptimo que encuentra este sistema brujo que es el capitalismo para capturar lo que se genera allí. Se inmiscuye en las amistades como lo hace en cada resquicio de la vida. A veces también en las amistades sentimos el cuerpo en situaciones y experiencias que nos dejan en orsai, sin entender mucho ese malestar que atraviesa la piel. También ahí, LTA.

Es por eso que nos preguntamos:

¿Qué decimos cuando se dice amigxs? 

¿Es lo mismo una alianza imprevista, las asociaciones esporádicas, las diferentes posibilidades que nos abre estar en red para algunos posibles y el sentirse amigx de alguien?

¿Existen celos entre amigxs? ¿Son más o menos válidos que en las relaciones con chongxs? ¿De qué maneras les damos lugar? ¿Hay jerarquías afectivas que se plantean entre unx chongx y lxs amigxs? ¿Y el utilitarismo o las relaciones de cambio? ¿Y los forzamientos? ¿Se produce también extractivismo entre amigxs?

Creemos que sobre el amor romántico hay mucho pensado, desenredado, escrito. Sobre la amistad pensamos que hay esfuerzos en definir las potencias y las particularidades de la belleza de lo que hace a la amistad, pero no encontramos mucho sobre las capturas tristes y desvitalizantes de las que es capaz de a ratos, ni porqué esto podría ocurrir.  Nos parece necesario avanzar y hacer foco en los vínculos de amigxs, relaciones tan importantes y tan poco pensadas.

Desromantizar las relaciones de amistad implica volver nuestra mirada sobre cómo nos relacionamos, cómo armamos entre amigxs, cómo nos sentimos. Poner entre paréntesis y hacernos preguntas sobre esta forma de estar con otrxs muchas veces incuestionada.

Del mismo modo en que se rigidizan y cristalizan modos de relación en los vínculos sexoafectivos esto puede ocurrir en las amistades. Tal vez son formas menos visibles pero no menos sentidas. Nos atraviesan, nos hacen ruido y también la queremos tirar afuera.  



Amigxs para siempre

 

En las amistades muchas veces la incondicionalidad se vuelve un encadenamiento difícil de explicar, pero fácil de sentir. ¿Cuál es la línea entre la obligación y el deseo? ¿Cómo intervienen las expectativas e ideales? ¿Cómo pensar relaciones que nos liberen en la amistad?

Se vuelve un juego complejo y trabado cuando sólo nos relacionamos desde funciones establecidas en el tiempo, formas estancas y fijas que determinan nuestros lugares y formas: “vos siempre estás”, “más allá de todo somos amigxs”, “somos amigxs para siempre”, “¿porqué no me escribiste/llamaste/viniste si somos amigxs?”, “no puedo creer que no sabía de esto siendo tu amiga”.

¿Qué quiere decir que siempre estamos para otrx? Existe una delgada línea que puede cruzarse sin que nos demos cuenta, perder de vista nuestros deseos y sentires para estar al servicio de, cumpliendo una función necesaria para otrx. Ser la que: siempre resuelve, siempre escucha, siempre acompaña, siempre define qué hacer, siempre requiere ser cuidadx, siempre empuja, etc. Quisiéramos precisar esto: no sería un problema en sí mismo que unx persona prioritariamente tenga empuje o sea elegida para acompañar, sea le divertide o quien ayuda a pensar, la cuestión es si esto se rigidiza tanto que, cualquier movimiento de esa función, tiene como efecto tirones y desconocimientos en la relación.  

Cuando la incondicionalidad se da por hecho, se desdibuja el otre y une misme. Estamos para le otre más allá de una misma, de lo que ocurre en la relación, de lo que va pasando. Se está “al servicio de” cuidando la continuidad de esa relación y más allá de lo que se va sintiendo. Estar cumpliendo una función porque es “lo que se hace ahí”, porque es parte de los deberes adquiridos. 

Esto nos recuerda a Sara Ahmed cuando nos dice que el feminismo es la “pelea que hay que dar para conseguir voluntad propia”. Porque lo propio se vuelve indispensable en un mundo que postula que algunos seres son propiedad de otrxs, son para otrxs y están a disposición: “afirmar que una no pertenece a nadie o que tiene una voluntad propia puede implicar un rechazo a estar dispuesta de ser para”.

Pensamos que tal vez en estos micropactos invisibles, se cuela una forma de estar juntxs que da rienda suelta al cálculo vincular, al forzamiento de relaciones sin deseo.  

Si desarmamos y desandamos la base de la incondicionalidad en la amistad, de amigas para siempre, como la eternidad en el amor: ¿qué nos queda? Tal vez la posibilidad de ver que (nos) sucede en ese vínculo, sin ampararnos en formas establecidas. Abrir espacio para aquello indefinido donde pueda darse mundo y lenguaje común, donde podamos ir reinventándonos como todo lo vivo.  



¿Qué lugar tienen las amikas?

 

El sistema en el que vivimos propone una especie de pirámide afectiva, una jerarquía vincular. La Vasallo nos diría que la monogamia no se trata solamente de tener una pareja exclusiva o un único vínculo sexoafectivo, sino que se trata de “un sistema organizador de nuestros afectos y vínculos sociales que sitúa en la cumbre al núcleo reproductor de manera identitaria”. De esa manera, ese núcleo formado en pareja se torna el vínculo más importante y central, las demás relaciones quedan como secundarias o satélites en relación a ese núcleo. 

Escuchamos en la diaria: “Todo bien, tengo amigas, pero necesito un novio para armar algo a futuro”, ”las amigas obvio, siempre están, hablo de otra cosa», “me embola mi amiga cuando se pone de novia, desaparece, solo arma con él o a lo sumo salidas de pareja”, “habíamos quedado en vernos, pero la agitó el chongo, tenía que aprovechar”.

 

Volver sobre estas situaciones que nos atraviesan el cuerpo, nos habla de este lugar extraño donde el vínculo entre lxs amigxs se da como dado y algo vago. Una relación de “baja escala” en relación a chongxs o novixs. 

¿Por qué me siento sola si no estoy en pareja teniendo otros vínculos a mi alrededor?

Muchas veces nos vemos centrando toda nuestra energía en la importancia de estar en pareja y lxs amigxs allí acompañando ese centramiento. La completud y la tranquilidad recién aparecerían si tengo esa relación central.

También sucede con lo familiar, allí viene, peleando el segundo puesto en el ranking de los afectos, la familia con toda su institución. No importa si ya no compartimos más nada, si mi vieja es de derecha o si tira comentarios que solo entristecen, ahí están esos vínculos “incondicionales”. Si te pasa algo “la familia siempre está”. De hecho, algunas de estas amistades incondicionales de las que hablábamos anteriormente se vuelven así: “familiares”. No importa el paso del tiempo o que estemos en otra, se convierten en  “hermanxs” de la vida. Remitimos a la familia para nombrarlos: “no es sólo una amiga, es como una hermana”. Y viceversa, cuando con un hermane hay mucha complicidad se aclara que “no sólo es mi hermane, es mi amigx”. Un ir y venir que utiliza la vara de la familia como máxima expresión del amor. Incondicionalidad, eterna, permanente, sin importar qué hace le otre.  

La centralidad disputada entre la familia y la pareja deja poco lugar para las amistades. ¿De que se trata, entonces?, ¿de revertir esa pirámide?, ¿de pensar en lxs amigxs como familia o chongxs y darles la centralidad “que merecen”? Nos parece que si entramos en ese juego justamente de centralidades, caemos en la misma trampa y atentamos a su potencia. La propuesta podría ser justamente, nutrir nuestros modos de estar de esa forma amorfa que tienen las amistades cuando no son cooptadas por las garras del capitalismo. Armar desde la indefinición que le es propia, desde los vericuetos que deja para risa y el segundeo, diría Valeriano. Hacer con y a partir de su lógica y expandirnos desde allí, más que darle “otro lugar” en nuestras vidas.



Prestar atención al aire 

 

Hemos citado varias veces a Amador que habla de ser fiel a las intensidades. Pensamos que para que eso sea posible hay que cultivar un modo de vida que se aleje lo más que se pueda de los automatismos. Hay que poder pensar y hacerse preguntas, no dar por sentado que el modo de vida propuesto es el único existente. 

Hay un potencial subversivo en la amistad como lo hay en los vínculos amorosos. Sentimos que la amistad en tanto relación menos atravesada por formatos definidos es un campo plagado de posibilidades pero que debe ser mirado con atención y delicadeza para que no sea comido por las fuerzas más hegemónicas del capitalismo con su extractivismo y utilitarismo individual como mordiscos de jaguar. Dice Ahmed: “Proceder sin suponer que hay una dirección correcta es avanzar de manera diferente. Decir que la vida no tiene por que ser de esta manera, tener esta forma o tomar esta dirección es hacer lugar a la suerte. Hacer lugar a la suerte puede experimentarse y juzgarse como la ruptura de lazos”.

Nos hace sentido pensar en la timidez de los árboles para reflexionar sobre esto. La timidez botánica ocurre en algunas especies de árboles en los cuales las copas frondosas no se tocan entre sí, formando un espacio con brechas o espacios que les permite desarrollarse sin comerse/invadir al resto. Estar juntxs pero con un espacio en el entre. Dar lugar a lo que pasa, allí en relación.

Cuestionar la idea de incondicionalidad de lxs amigxs. Romper con la idea de que todo es soportable por el amor que nos tenemxs podría dejarnxs más atentas y prestando atención a lo que crece en cada relación. La construcción de relaciones efectivamente horizontales y que no tiranizan a otrx implica el riesgo de asumir cabalmente la otredad.            

Quizás ser “buena amika” sea ese aire de posibilidad, dar lugar a esa suerte que nos encuentra sin prometer una incondicionalidad que se sabe/asumimos imposible. 

 

¿Qué es la deconstrucción? // Jacques Derrida

Hay que comprender este término, “deconstrucción”, no en el sentido de disolver o de destruir, sino en el de analizar las estructuras sedimentadas que forman el elemento discursivo, la discursividad filosófica en la que pensamos. Este analizar pasa por la lengua, por la cultura occidental, por el conjunto de lo que define nuestra pertenencia a esta historia de la filosofía.
La palabra “deconstrucción” existía ya en francés, pero su uso era muy raro. A mí me sirvió en primer lugar para traducir un par de palabras: la primera que viene de Heidegger, quien hablaba de “destrucción”, la segunda que viene de Freud, quien hablaba de “disociación”. Pero muy pronto, naturalmente, intenté señalar de qué modo, bajo la misma palabra, aquello que llamé deconstrucción no se trataba simplemente de algo heideggeriano ni freudiano. He consagrado no obstante bastantes de mis trabajos para marcar una cierta deuda tanto con Freud como con Heidegger, y al mismo tiempo una cierta reflexión sobre aquello que llamé deconstrucción.
Es por esto que soy incapaz de explicar lo que es la deconstrucción, para mí, sin recontextualizar las cosas. Fue en el momento en que el estructuralismo era dominante cuando yo me comprometí en mis tareas, y con esa palabra. La deconstrucción se trataba también de una toma de posición con respecto del estructuralismo. Por otro lado, fue en el momento en que las ciencias del lenguaje, la referencia a la lingüística y el “todo es lenguaje” eran dominantes.
Es aquí, hablo de los años 60, que la deconstrucción comenzó a constituirse como… no diría antiestructuralista, sino, en todo caso, desmarcada con respecto del estructuralismo, y protestando contra dicha autoridad del lenguaje.
Es por esto que siempre me he sorprendido y a la vez irritado ante la asimiliación tan frecuente de la deconstrucción a —¿cómo decirlo?— un “omnilingüistismo”, a un “panlingüistismo”, un “pantextualismo”. La deconstrucción comienza por lo contrario. Yo comencé protestando contra la autoridad de la linguística y del lenguaje y del logocentrismo. Siendo que para mí todo comenzó, y ha continuado, por una protesta contra la referencia lingüística, contra la autoridad del lenguaje, contra el “logocentrismo” —palabra que he repetido y recalcado—, ¿cómo puede ser que se acuse tan a menudo a la deconstrucción de ser un pensamiento para el que sólo hay lenguaje, texto, en un sentido estrecho, y no realidad? Es un contrasentido incorregible, aparentemente.
Yo no he renunciado a la palabra “deconstrucción”, porque implica la necesidad de la memoria, de la reconexión, del recuerdo de la historia de la filosofía en la que nosotros nos ubicamos, sin no obstante pensar en salir de dicha historia. Por otro lado, lleve a cabo ya muy temprano la distinción entre la clausura y el fin. Se trata de marcar la clausura de la historia, no de la metafísica globalmente — nunca he creído que haya una metafísica; esto también, es un prejuicio corriente. La idea de que haya una metafísica es un prejuicio metafísico. Hay una historia y unas rupturas en esta metafísica. Hablar de su clausura no conduce a decir que la metafísica haya terminado.
Así entonces, la deconstrucción, la experiencia deconstructiva, se coloca entre la clausura y el fin, se coloca en la reafirmación de lo filosófico, pero como apertura de una cuestión sobre la filosofía misma. Desde este punto de vista, la deconstrucción no es simplemente una filosofía, ni un conjunto de tesis, ni siquiera la pregunta sobre el Ser, en el sentido heideggeriano. De cierta manera, no es nada. No puede ser una disciplina o un método. A menudo se la presenta como un método, o se la transforma en un método, con un conjunto de reglas, de procedimientos que se pueden enseñar, etc.
No es una técnica, con sus normas y procedimientos. Desde luego pueden existir regularidades en las formas en que se colocan cierto tipo de cuestiones de estilo deconstructivo. Desde este punto de vista, creo que esto puede dar lugar a una enseñanza, tener efectos de disciplina, etc. Pero en su principio mismo, la deconstrucción no es un método. Yo mismo he intentado interrogarme sobre aquello que puede ser un método, en el sentido griego o cartesiano, en el sentido hegeliano. Pero la deconstrucción no es una metodología, es decir, la aplicación de reglas.
Si yo quisiera dar una descripción económica, elíptica, de la deconstrucción, diría que es un pensamiento del origen y de los límites de la pregunta “¿qué es…?”, la pregunta que domina toda la historia de la filosofía. Cada vez que se intenta pensar la posibilidad del “¿qué es…?”, plantear una pregunta sobre esta forma de pregunta, o de interrogarse sobre la necesidad de este lenguaje en una cierta lengua, una cierta tradición, etc., lo que se hace en ese momento sólo se presta hasta un cierto punto a la cuestión “¿qué es?”
Y esto es la diferencia de la deconstrucción. Ésta es, en efecto, una interrogación sobre todo lo que es más que una interrogación. Es por ello que vacilo todo el tiempo en servirme de esta palabra. Lleva consigo sobre todo aquello que la pregunta “¿qué es?” ha dirigido al interior de la historia de Occidente y de la filosofía occidental, es decir, prácticamente todo, desde Platón hasta Heidegger. Desde este punto de vista, en efecto, uno ya no tiene absolutamente el derecho a exigirle responder a la pregunta “¿qué eres?” o “¿qué es eso?” bajo una forma corriente.
(En el curso de una entrevista inédita del 30 de junio de 1992, Jacques Derrida dio esta larga respuesta oral).

 

El gusto del secreto (fragmentos) // Jacques Derrida

Estoy tentado de decir que mi experiencia de la escritura me lleva a pensar que no siempre se escribe con el deseo de que a uno lo entiendan; al contrario, hay un paradójico deseo de que eso no suceda…

***

… si la transparencia de la inteligibilidad estuviera garantizada, destruiría el texto, demostraría que no tiene porvenir, que no rebasa el presente, que de inmediato se consume; entonces, cierta zona de desconocimiento e incomprensión es también una reserva y una posibilidad excesiva: una posibilidad para el exceso de tener un porvenir y, por consiguiente, de generar nuevos contextos.

 

***

En la escritura subyace la exigencia de un exceso aun respecto de aquello que puedo comprender de cuanto digo: la necesidad de dejar una suerte de apertura, de juego, de indeterminación, que significa hospitalidad para el porvenir (…), apertura de un lugar dejado vacante para quien ha de venir, para el adviniente.

 

***

Si se da a leer algo completamente inteligible, plenamente saturado de sentido, no se lo da a leer al otro. Dar de leer al otro significa también dejar desear, o dejar al otro el lugar de una intervención con la cual podrá escribir su interpretación: el otro deberá poder firmar en mi texto. Y es en ese punto donde el deseo de que a uno no lo entiendan significa, simplemente, hospitalidad para la lectura del otro, y no rechazo del otro.

 
 
 
 

Fuente: Derrida, Jacques y Ferraris, Maurizio (1993). El gusto por el secreto. Entrevistas. Amorrortu. Buenos Aires, 2010.

Revista Adynata

 
 

Ficciones culturales // Juan Manuel Sodo

Si cuando renunció a su cargo en la Universidad por no soportar las exigencias de los sistemas internacionales de publicación con referato, ningún escritor del campo popular salió a respaldarlo (apoyo que tampoco recibió cuando renunció al Premio Itaú de ensayo por estar en desacuerdo con el convenio bilateral de producción automotriz con Brasil), lejos estuvo de sorprenderse al ver por el televisor del bar La Ópera cómo, en la Legislatura, el bloque peronista daba quorum para que la comisión de obra púbica aprobara el proyecto oficialista de licitación del Distrito Literario. Pensó: no hay salida. Lo supo: ahora sí estaba todo definitivamente terminado.

Unos años antes, con el desembarco invasor del tapeo en Buenos Aires, una línea de menues que, así recién llegada como se la veía, sabía que acabaría por extenderse e imponer más temprano que tarde una cultura individualista neoliberal en la gastronomía, ya había sentido el presagio de la partida. Fue ahí, aquel mediodía diáfano, al regresar de la Facultad. Volvía caminando a su departamento de la calle México cuando el avistaje de esa tipografía mediterránea, trazada con pulso new age en la pizarra exhibida al transeúnte sobre la vereda santelmitana, le marcó en el pecho que el final se acercaba.

Por eso, en la madrugada de maratónica sesión, ante la votación consumada, ni lo dudó: agarró los ahorros que le quedaban y compró un pasaje al exterior. Dejaba el país, literalmente, de la noche a la mañana. Pero antes de irse me llamó a la Redacción del Portal para, por fin, por alguna razón que sólo él conoce, acaso basada en la cordial relación mantenida desde que fuera mi profesor, aceptar la histórica entrevista a la que tantas veces se había negado.

Las posibilidades de la literatura ante la proliferación comunicacional, la crítica económica de objetos culturales como método, el negativismo exagerista, la ciudad palermitana y el rol de los escritores frente a las últimas novedades en el arte de gobernar: polémico, en la charla que a continuación presentamos al lector, Fernández Barrios habla de todo.

Lo primero que voy a hacer cuando llegue a mi nuevo destino trágico es escribir una carta pronunciando mi posición, dijo ni bien me vio, con su habitual mal carácter y la arrogancia de siempre. Hacemos la entrevista a condición de que no haya preguntas sobre mi exilio, disparó prepotente desde su bigote amarillento. Si de preguntas se trata, me pregunto cómo es que anoche en las discusiones nadie se interrogó por las relaciones entre cartelización de la obra pública y obra literaria. Llevaba una valija de cuero marrón y vestía un sobretodo igual de raído, a tono con el paisaje melancólico del Río de la Plata que se recortaba de fondo.

Eran las ocho AM de un día nublado de marzo de 2016 y nos sentamos en el sector fumadores del bar del hall. Pidió un café negro largo y estranguló en el cenicero un primer Marlboro Box. Desconocido para el gran público, una voz ausente en los medios, clave para entender las claves del presente, autor de materiales tan prolíficos como muchas veces anónimos*, tenía, ante mí, una enorme responsabilidad, a la vez que un gran privilegio. ¿Estaría a la altura? Había tiempo para averiguarlo. El último llamado a embarcar se anunciaría recién a las nueve.

 

“Cuanto más emite el sujeto, más se separa de sí mismo”

 

Releyendo su obra, uno puede notar cómo la interfaz entre escritura e instituciones lo convoca particularmente y cómo le permite caracterizar la política cultural de los últimos quince años. Sin ir más lejos, en su Cultura económica reciente, desarrolla un método de lectura e indagación que resulta sumamente estimulante. ¿Querría contar cómo surgió, profundizar la idea, en fin, comentar un poco al respecto?

En una investigación anterior había encontrado que para el sistema educativo escritura es acta, examen, proyecto, planificación. Es decir, una práctica vinculada más a una serie administrativo-evaluadora que a una serie expresivo-testimonial. Este libro comenzó teniendo la pretensión de determinar qué es la escritura para otros sistemas, como el cultural, pero esa inquietud fue quedando en segundo plano y terminé avanzando en otra dirección. Reuní el conjunto de revistas indexadas con temática humanística pertenecientes a universidades públicas, el corpus de tesis doctorales de ciencias sociales que se han presentado, proyectos de investigación postulados a beca Concert tanto en literatura como en la comisión de sociología y demografía, planes de trabajo concursados en el Fondo Nacional de las Artes Comparadas. Hubiera sido interesante tomar documentos internos de grupos de trabajadores de institutos y centros culturales, de bibliotecas nacionales. Escritos colectivos en los que se plasme un balance, una sistematización acerca de qué, cómo, con quién, con qué límites hicieron lo que hicieron. Nada de eso existe. Y esa es una ausencia que vivo de manera dramática.

¿Con qué se podría decir que se encontró, al reunir y trabajar sobre esos conjuntos y esos corpus de materiales estatal-escriturales?

Encontré fundamentalmente dos cosas. Una reducción del lenguaje a medio de comunicación. Y una explotación de la realidad. Su subsunción a parcelas de objetos redituables, tematizables, concursables. Pienso en Martínez Estrada.

El actual gobierno asumió hace unos meses y sin embargo ya puede vislumbrarse esta suerte de expropiación de la conflictividad del lenguaje que pareciera venir a proponer, que apunta a aplanar la percepción y a reducir la rugosidad de las cosas a slogans y hashtags. En algunos ámbitos se viene discutiendo mucho sobre el rol del escritor en el nuevo contexto. Preguntarle entonces por esa discusión.

Permítame un rodeo: la vida pública normaliza el lenguaje, lo estandariza y lo convierte en reglas de protocolo, lo institucionaliza, lo mecaniza. Paralelamente, la novedad del siglo XX es que al cuerpo se lo exige como a una máquina, que pasa a estar regulado con criterios de funcionalidad y rendimiento, como cualquier otra máquina. Entonces: si la vida social propiciaba una primera separación del lenguaje respecto de su naturaleza creadora orgánica, la maquinización del cuerpo va a propiciar una segunda. En la comunicación mediada por pantallas el poder nos obliga a emitir mensajes. ¿Pero tenemos todo el tiempo algo para decir?, ¿no llega un momento en el que la palabra acelerada, vertiginosa, se nos automatiza, se nos separa, se nos dispara y adopta una vida propia, una naturaleza ya no orgánica sino maquínica en la que dejamos de ser nosotros los que hablamos? Situaría en este punto la pregunta por el escritor. No es lo mismo el escritor en tiempos disciplinarios duros -donde viene a desencorsetar, a liberar la palabra, a descomponer y ahí ya el solo hecho de ser escritor lo coloca en un lugar de transgresión- que pensar al escritor en tiempos emiso-mediáticos, donde la palabra ya está disparada, dispersa, caotizada y todo puede ser dicho sin que eso signifique que se componga o se esté diciendo algo. De modo que la pedagogía del vaciamiento que propone el nuevo gobierno se vuelve un problema mucho más acuciante, porque la lógica del emisionismo puede multiplicarla exponencialmente hipetrofiando, saturando gravemente las posibilidades nerviosas que como sociedad tenemos para procesarla. Cuanto más emite el sujeto, más se separa de sí mismo, más se vacía. En este punto, creo que el papel que tenemos los escritores es triple: tratar de efectuar las posibilidades de la lengua cada vez que tomamos la palabra, no hablar con los lenguajes del dominador y hablar menos. No es con “más poesía menos policía” que se puede hacer una intervención política hoy, sino en todo caso con menos policiación de los lenguajes. Y ya que estamos, por qué no, con menos poesía.

Con esta suerte de tiro por elevación a la posición de ciertos colectivos de poetas, no puede uno dejar de recordar aquella polémica suscitada por sus dichos acerca de la formación curricular en las carreras de realización audiovisual…

Al pretender encontrar el conflicto en la historia que cuenta y no en la historia social en la cual transcurre la praxis de su contar, el guionista egresado promedio termina sintonizando con el gobierno actual. Creo que está todo dicho. El conflicto es al guionista lo que el sumario al periodista. Buscar lo conflictivo y hacer sumarios, son, vaya ironía, dos cosas que hace nuestra policía.

¿Cuáles les parece que son entonces los clivajes que dividen a la literatura de la época? ¿Mainstream-Underground? ¿Oficiales-Malditos? ¿Vitalistas-Cínicos? ¿Auditivos-Visuales? ¿Oncativo-Garnero? ¿Moreno-Di Natale?

Ninguno de esos pares me resulta elocuente. En régimen de expresión, el clivaje es mediático emisionistas versus animal orgánicos. En régimen de circulación, el clivaje es auto-lobystas versus encuentristas. En ética estética, Palermo contra todo lo que en el país y en el continente no es Palermo, que lamentablemente cada vez es menos, problema de una urgencia insoslayable, de acuciante tratamiento. Hay además otras zonas de indagación que me convocan. Señalo acá solamente algunas de las que trabajé en los ensayos agrupados en Un médico en la sala: relación de los escritores con la coyuntura. Adhiero a los escritores que tienen una relación no actualista, no agendista con la coyuntura. Relación de los escritores con los viajes. Así como los poetas de fines del XIX y principios del XX inventaron el viaje a Europa y Ernesto Guevara inventó el viaje por latinoamérica, ¿qué viaje inventamos hoy? No inventamos ningún viaje. Relación con la ciudad. No andamos en bandada por la ciudad. Andamos de a uno. Tenemos una relación mediática con la ciudad. La ciudad es eso que está en el medio del punto en el que estoy y el punto al que tengo que llegar. No permanecemos en la ciudad. Con lo linda que es. Eso es algo que a mí me llama poderosamente la atención y que vivo dramáticamente. Relación de los escritores con la materialidad de la arquitectura. Minimalismo durlockiano, ornamentalismo blanco, transparentismo vitricular. Tríadas, series dominantes, santas trinidades: Durlock, Cunington, Smartphone, como antes Winchester, Sociedad Rural, alambrado. Pero volvamos a las relaciones. Relación con lo inmobiliario. El que alquila no tiene escritura. Relación con la ecología. El gobierno autónomo está permanentemente haciendo obras que no sirven más que para mostrar que están haciendo obras. Del mismo modo, habría una porteñización de lo publicable: del evento para presentar el libro al libro para tener un evento. Ríos de tinta que ciertamente le generan una contaminación innecesaria al medioambiente. Otra relación: relación de los escritores con lo subalterno. Me convocan especialmente quienes mantienen una relación no imaginaria, es decir no académica, es decir no mediada por la fotocopiadora del centro de estudiantes de la vieja facultad de ciencias sociales con lo subalterno. ¿Qué hacemos, aparte de narrarlo?, ¿qué hacemos con lo subalterno? Relación con la crítica literaria. No se hace más crítica literaria, se hace reseña. No hay crítica cultural, hay suplemento. En rigor, relación con el papel. El papel es el árbol, el árbol es la sombra, la sombra el caballo, el caballo la tierra, la tierra es la madre. Me interesan las relaciones no telúricas ni pachamamescas con la tierra. Y las relaciones de los escritores con las madres.

Escuchándolo, uno puede notar cómo recurrentemente usa el No. “No actualistas”, “No telúricas”… Es como si encontrara en el No una potencia. La potencia del No. ¿Querría comentar algo sobre eso?

No.

Entonces podemos volver a Palermo. En otra entrevista ubicaba a Villa Urquiza ya también como parte de Palermo. ¿Lo sigue sosteniendo?

Enfáticamente. Villa Urquiza sigue los pasos de Villa Crespo. Barrios más diseñados que vividos. Para ser habitados como un turista. Como un diseñador lampiño. O como un diseñador turista. No hay Rapipago, hay Pagofácil. En esos barrios vivimos los escritores. ¿Quiere esto decir que para sostener una ética de la escritura tengamos que migrar a Villa Santa Rita o Villa Luro? No lo sé. Y esta incerteza se me presenta con un componente de dramaticidad francamente insoportable. De paso: ¿se han hecho las inversiones correspondientes en Villa Crespo para evitar el colapso habitacional al que está conduciendo el crecimiento exponencial de actores de teatro mudados al barrio en los últimos años? No lo sé tampoco.

Y esa incertidumbre se le vuelve dramática…

No, esa no.

Para aprovechar el rato que nos queda, me parece prioritario retomar ahora otra de sus inquietudes recientes. Si entendí bien lo que plantea en Viajeros, señoritos soñadores, tenemos que decir que hoy hacer crítica literaria es hacer crítica de la emisión. Pese a pertenecer a otra generación, y esto es algo que da cuenta de la curiosidad como incansable motor de la vitalidad de su pensamiento, trabaja usted la economía discursiva en las redes. Postula la hipótesis de la extinción de la gratuidad de la palabra a partir de dos casos. El caso del colaborador freelance, que sólo escribe en lugares con versión digital para compartir el link. Y el caso del joven académico, que sólo escribe en lugares indexados. Lo relaciono con uno de sus actuales trabajos en curso, El ciclo de la producción inmaterial, sobre la economía política de la etiqueta en facebook. Allí compara las maneras de citar en un texto académico, de agradecer en un discurso político y de etiquetar en un evento. ¿Hay algo que pueda adelantar sobre eso?

En la economía política del habla virtual existen dos grandes tipos de etiqueta: la etiqueta afectiva y la etiqueta financiera. La segunda está mediada por un cálculo de utilidades en un sistema de rendimientos.

La apelación constante al recurso de la enumeración hace pensar en el discurso clasificatorio y el discurso clasificatorio nos remite al discurso de la ciencia. Podemos recordar, por caso, aquella clasificación de los editores en meceno-coleccionistas, padrino-alentadores, interlocutores, videntes, guardianes de acceso y técnico-gestores. ¿Cómo se lleva con la posibilidad de ser tildado de cientificista en su discurso? ¿Lo asume como un riesgo?

No en rigor. Si por ello fuera, la pregunta misma referida a los clivajes sería considerada científica. Formulada con un lenguaje que no es autónomo sino importado de un campo exterior al de la literatura. Pienso, pregunto: ¿toda enumeración es una clasificación?, ¿qué relación existe entre lista y enumeración?, ¿y entre clasificación y lista? Propongo establecer esta hipótesis: la lista es un discurso de la clínica, la clasificación es un discurso de la ciencia y la enumeración es un recurso de la literatura.

Hablábamos del rol de los escritores en la actual coyuntura. La pantalla indica el último llamado a embarcar. No se me ocurre mejor manera de cerrar la conversación que volver a preguntarle por las politizaciones posibles de la literatura.

Son fundamentalmente tres. La literatura es la guardiana última de la densidad, la violencia y el conflicto del lenguaje, batalla semántica contra la pretendida transparencia de la comunicación. Esa es la primera politización. El hombre le cede cada vez más funciones a la máquina. Funciones de orientación en el espacio, funciones de memorización mental, funciones de erotización. Dramáticamente: la masturbación autónoma se perdió. Amputación de la autonomía de creación de imágenes placenteras propias, no mediadas por pantallas. Autonomía enunciativo-imaginal. A eso me estoy refiriendo. Algo análogo podemos pretender de la literatura. Postularla como el último bastión, el laboratorio de creación y experimentación de imágenes no-previsualizadas autónomas, resguardo final de lo orgánico y de una sensorialidad no-maquínica. Postulación de imágenes de ciudad. Una ciudad otra, sustraída de la ciudad técnica diseñada en función de circular. Todo eso daría forma al segundo plano de responsabilidad humanista, politizadora, que la literatura tendría. Tercera politización: la ironía como lo que remite al cuerpo, a la voz y a lo propiamente humano, aquello que rompe con la reducción a ceros y unos del pensamiento binario. Del algoritmo al ritmo. Del lenguaje como medio de comunicación eficiente al lenguaje como gratuidad creadora. Preservar el lenguaje de la ironía y la ironía del lenguaje.

 

Conciente del valor documental del producto obtenido, en un país proclive a la repetición, vuelvo a revivir el final de la secuencia. Chequeo que la entrevista haya quedado bien grabada en el teléfono, tomo el cortado frío que por la compenetración nunca llegué a tomar y pido la cuenta. San Martín, Rosas, ahora él. Páginas, capítulos de una misma historia. Algo familiar hay en la escena. Acodado en un rincón de la cubierta del Buquebus, adivinándolo fastidioso por el deambular molesto de los pasajeros con niños que no se quedan quietos y bajan y suben las escaleras, lo alcanzo a ver entre volutas de humo, en territorio patrio, acaso por última vez. Con destino a la vecina localidad de Colonia, olvidado y solo, el irreductible Fernández Barrios parte al destierro. Se acerca la camarera y pago: novecientos pesos con setenta.

 

 

(“Crítica literaria”. Relato perteneciente a Ficciones Culturales. Disponible, junto a otros dos libros del autor, en https://juansodo.com/libros/)

Irredimible. Entre el Wilcock de Bioy Casares y la leyenda Wilcock // Manuel Ignacio Moyano

 

¡Oh, perro, perro mío, aúlla, / ofréceme un poema de aullidos, concédeme esta gracia extrema, / tú mismo lo leerás, / mientras yo quemo los demás poemas!

Poema para la poesía, Virgilio Piñera.

 

1.

Si hay una vieja hazaña de la literatura, la más reputada y polémica, es la de legarnos nombres y, por eso, hacerlos también olvidar. Ese legado lo construye el mercado editorial, en primer lugar, y la cultura de lecturas, en segundo. En medio de ambos, los amigos. Pero en el fondo, la escritura, el pulso atroz del fraseo, el gesto que viene a poner en evidencia, desde un fondo innombrable, el nombre mismo: «lo primero que habrá escrito un escritor habrá sido su nombre. Digo, el primer libro quizá fue firmado antes de haber sido escrito», declara Wilcock en la entrevista de la RAI de 1973.

 La busca del legado que anima al último grito de la afantasmada Sur largó hace unos meses el Wilcock de Adolfo Bioy Casares, el cual es fundamental leer en contrapunto con el mastodonte anterior de los diarios de ABC que titularon Borges.

Hay que decirlo de una. El libro de Wilcock se intensifica solamente en dos o tres momentos. Las cartas del ingeniero convertido en poeta que se abren con la comicidad negativa que leemos en sus novelas, relatos y cuentos, y la anécdota de la ceja abierta de Bioy (ni siquiera las fotografías tienen mucho valor, salvo las que aparece Livio Bacchi-Wilcock). El resto es la asunción errada del diarista de una rivalidad que, en verdad, lo excluía: la forjada entre Borges y Wilcock bajo los ojos del propio Bioy y Silvina Ocampo.

Johnny era un extranjero en el círculo trino de JLB, ABC y SO; que reducidos a siglas no dejan de sonar a nombres de whiskys: quizás por eso Héctor Libertella bautizó al JB que le servían en el Varela Varelita con un «Pepe Bianco». Esa extranjería equivoca a Bioy, porque mientras él creía medirse con el exiliado, que dejó Buenos Aires por Roma, y Roma por sus márgenes, lo que en el fondo sucedía, para fortuna de la literatura argentina, era una grieta mucho más honda: la distancia entre el escritor-monumento, el domador de la escritura, y el escritor-leyenda, el exiliado perpetuo (que abre un punto de contacto entre lo mejor que vino después: Copi, Osvaldo Lamborghini, etc., etc.).

Se trata, una vez más, de ponerse en pose de combate y elegir una posición u otra, porque tanto el monumento como la leyenda tienen sus adalides y sus pequeñas guerras inútiles. Y de señalar la diferencia: ahí donde el monumento construyó una casa de sólidos fundamentos, donde cobijar a la grey y asignarle a cada uno una habitación específica (incluso dejando el sótano y el subsuelo para algunos, las ovejas negras), la leyenda quemó la casa y escapó.

Ya se sabe. Borges dispuso su obra como la Casa impertérrita, con sus parientes y sirvientes, la novela familiar que dejó en negativo sin escribir, y echó como a un perro a quienes no querían, o no podían, acomodarse a las circunstancias designadas: comer la comida que el monumento señalaba, armar las fiestas que el monumento quería, cantar las formas que el monumento deseaba. La leyenda estaba excluida por definición del monumento.

Y ¿qué era la leyenda? Respuesta: la leyenda era una vida que contenía dentro suyo, como un fuego precioso, un principio poético que ponía todo lo que tocaba en estado de literatura o de incendio. Era inevitable, entonces, que Wilcock, la leyenda Wilcock, haya dado tanto para decir, falsear, ficcionar, tanto que a esta altura ni siquiera la sombra del fantasma de esa biografía detalladísima que Ernesto Montequin prepara hace más de 20 años podrá controlar. No, las intrigas van a seguir porque el principio de la poesía motoriza las narraciones y no al revés: primero poetizar, después narrar.

 

2.

Empecé a leer a Wilcock por consejo de un amigo al que le encanta la polémica («el mejor Aira es un mal Wilcock», me dijo y me enervó la curiosidad —¿cómo iba a decir eso del gran Aira?). Y entré por el Wilcock que escribía ya en esa «specie di italiano», como declara en una autotraducción de sus poemas en castellano de 1963, y pensé de inmediato en aquella película mal traducida de Andrei Tarkovski, El sacrificio. No se trató de un sacrificio, sino de una ofrenda: La ofrenda de quemar la propia casa (cualquiera puede recordar esa imagen). Ahí está la leyenda: quemando el castellano, que ya no daba para más, como repetía Wilcock, porque Borges, sí, Borges lo había agotado desde su torre de control infinita: dispuesta sobre todo el Sur, hasta globalizarlo.

A la leyenda Wilcock, el libro de Bioy no puede hacerle justicia porque cree erradamente que su amistad estaba tensada por una rivalidad congénita (por eso el primer retrato de Bioy, El perjurio de la nieve, donde el poeta y protagonista del cuento, Oribe, es un desagradable plagiador y de voz aguda como el Wilcock de carne y hueso muestra la verdad de esa amistad, la competencia, que se intensifica en la anécdota de la ceja abierta). Sin embargo, creo que la leyenda Wilcock, a diferencia del Wilcock de Bioy, está estructurada como una fuga. Y hay ahora, en la restitución de Wilcock al canon que el monumento y sus tentáculos crearon, y que ya no existe más sino como pasión de viejos vinagres, una intención contra la fuga: redimirlo, recordarlo, pagar la culpa, ¡ay!, del olvido y la exclusión (y, ¿por qué no?, del aborrecimiento con que lo excomulgaron), y reconocerlo como la oveja negra, ahora perdonada, de la divinidad trina.

Pero Wilcock, en su escritura, nombre, vida y obra, logró colocarse más allá del bien (no del mal): irredimible. Cualquier restitución que se pretende redentora, quiere, en la contracara de sus buenas intenciones, de las que siempre hay que desconfiar, practicar el deporte del patronato nacional: la doma: acomodar en la segunda línea, o tercera, de una época y una forma de hacer literatura, a un nombre y obra. Entonces Wilcock sería la mascota algo indómita con que se divertía y molestaba la santísima trinidad de Sur: JLB, ABC y SO. Su conversación sería, por eso, mejor que su escritura. La leyenda más importante que la obra, de la que podríamos, por eso, eludirnos de leer…

 

3.

Ante ese dios trino (¡y por eso cristiano!) que conformaron la alianza de JLB, ABC y SO, siempre en la mirada de Wilcock, y sus poderes de salvación, creo que lo mejor que hizo el ingeniero, yéndose a Italia a escribir en esa sublengua tildada de “specie di italiano”, fue convertirse en otro dios: putrefacto, maldito, con el cual impedir su manumisión. Porque solamente otro dios podría estar más allá de la redención con que el mercado y la cultura canonizarían un nombre, controlarían una llama.

Dejémosle, entonces, el infierno, al que pertenece con esa lengua de perversa inocencia a través de la que no pudo dejar de incendiarse su vida y obra: “Fuoco, compagno, caro amigo dell’ombra, / ardi e ti spegni e grazie a me riprendi / te disperato che bruceresti il mondo / e qui da solo bruci te stesso…” .

Empecemos, entonces, a leerlo de verdad, sin pretensiones de redención, entremos a su infierno y apaguemos de una vez las esperanzas. Lo inesperado nos espera. La literatura, el fuego —que acá, y siempre, rima con juego.

1956: se arma en un domingo de marzo una discusión literaria después de comer, sobre una edición de poemas de sor Juana Inés de la Cruz. Bioy declara dos errores. El segundo, la acentuación de “salgáis y tenéis”, a lo que Wilcock agrega, corrigiendo al lector: “Como todas las palabras agudas que terminan en n o s, se acentúan.” Bioy se desespera y corre arriba a buscar un Quijote para “dilucidar el punto, y, para agraviar el oprobio de ser corregido por un mozalbete”, pero en la oscuridad atropella la esquina de un ropero, se abre una ceja y sangra copiosamente. ¿Cómo no leer esto con una sonrisita? Y habría que corregir a Bioy, otra vez: no se trataba de la acentuación de las palabras, sino de la colocación de las tildes. ¿Se abrirá ahora la otra ceja?

Marceloté // Diego Sztulwark

La Sociales de Marceloté 2230 que recuerdo no llegó a ser del todo de la UBA. Fue más bien un intervalo en el tiempo, un edificio al borde de la institución. Allí practicamos un tipo entrañable del rigor con los conocimientos muy distinto al del discurso universitario. Como me lo explicó una brillante amiga de aquellos años, la rigurosidad aprendida iba del libro a la clase pública (para volver al libro de un modo apasionado), del estudio a las militancias (para plantearle al estudio unas preguntas urgentes y a la vez clásicas), del aula al café (por los pasillos imaginarios de una conversación infinita), del pizarrón a la calle (haciendo de ese viaje una experiencia universitaria de la ciudad y y una vivencia política de la universidad). Los más grandes y admirados docentes -Rubén Dri, León Rozitchner, Alcira Argumedo, Horacio González- no eran los hijos de la beca y el doctorado (aunque fueran doctores), sino de fuertes experiencias vitales e históricas volcadas sobre una relación muy propia con el lenguaje de la filosofía. Marcelo Matellanes, Silvia Siblat, Atilio Borón, Eduardo Gruner, Horacio Tarcus, Christian Ferrer, Alejandro Horowicz, Diego Baccarelli o Eduardo Rinesi no formaban profesionales (aún si también lo hicieran), sino que realizaban el milagro de sostener al borde del abismo una biblioteca extraoridnaria, en la que Platon, Maquiavelo, Hobbes, Spinoza, Hegel, Marx, Weber, Gramsci y Althusser eran evocados en un cuerpo a cuerpo Perón, Guevara y Hebe de Bonafini, mientras que lxs amigxs y comperñerxs -al menos los que mejor recuerdo- no éramos exactamente «buenos alumnxs», sino hacedores de desvíos complementarios: Cátedras alternativas, asambleas, marchas y revistas que no tenían contacto alguno con el aparato administrativo de la UBA. Me refiero a las que me más me marcaron: El ojo mocho, La escena contemporánea, o De mano en mano. Aunque recuerdo lecturas intensas de muchas otras, como Doxa, Aínda, Cauzas y Azares o El cielo por asalto. Elijo cuatro nombres, Alcira, Ruben, Horacio y León para recordar de qué puede estar hecho el paso por una institución, una facultad, una universidad. Es con esos nombres y desde esas marcas que puedo entender la sigla UBA

 

Epílogo a Las máquinas psíquicas de Emiliano Exposto // Diego Sztulwark

Las máquinas psíquicas: crisis, fascismos y revueltas admite ser leído como parte de un esfuerzo más amplio por actualizar una desafiante tradición política intelectual que ha caído en desuso, cuya saliente más visible es el artículo La izquierda sin sujeto, escrito hace más de medio siglo por León Rozitchner. Se reconoce esta tradición por un gesto único y extremo que la sitúa desde el comienzo al borde mismo de la extinción. Su toma de partido (decidida y existencial) en favor de una revolución anticapitalista, resulta inseparable de una clara conciencia de los obstáculos que impiden su “tránsito efectivo” en el plano histórico concreto. El gesto es difícil, o complejo, porque comienza con una frustración, ya que la encrucijada en la que se adentra el deseo revolucionario es la del choque de la voluntad, siempre insuficiente, contra una realidad siempre más fuerte. 

En su perseverancia estratégica, esa voluntad inicial se le aparecerá como débil y abstracta. Será sometida a crítica, pero también a reconstitución, buscando en el pensamiento la fuerza de la que carecía. El proceso no carece de violencia subjetiva, y sólo esa violencia es capaz de sacar al pensamiento de su sopor autocomplaciente habitual.

Se trata de un circuito propiamente spinoziano. Tal y como aparece descripto en el apéndice de la parte primera de Ética, la potencia de pensar no se da de manera automática. La filosofía materialista precisa dar cuenta de la torsión subjetiva en la que el deseo se descubre prolongado en el pensamiento. El “tránsito efectivo” supone que dicho proceso puede ser colectivo, venciendo el terror vivido en el enfrentamiento. Sin la elaboración de ese terror, que siendo colectivo ha sido interiorizado bajo la forma de una impotencia individual, no hay sujeto para la izquierda. 

La señal de efectividad del tránsito, por tanto, supone un doble movimiento por el cual la angustia individual da paso a una experiencia colectiva nueva, y el pensamiento asume el medio formado por unas determinaciones materiales, como la condición en la que deberá convertirse él mismo en causa activa, capaz de producir efectos reales.

 

*

 

Esta tradición, que no sé cómo llamar, pero tiene algo de spinoziana e izquierdista, adquiere en la figura de Rozitchner un matiz que a mi juicio la mejora, porque es capaz de pensar a fondo a partir de las derrotas sufridas.

Apenas resisto la tentación de referirme a una izquierda spinozista propiamente argentina, cuyo aporte específico sería partir de lo real de la derrota como exigencia materialista, para recomponer un deseo revolucionario efectivo. Es cierta evocación de este gesto lo que más me interesa del libro. Pero esa evocación no es directa. La presencia del filósofo en cuestión está en él diluida: presente en su ausencia, o mejor, dosificada en citas camufladas, como sucede con la subjetividad como “nido de víboras”, e incluso la referencia a un Freud ligado a Marx y la lucha de clases. 

En esas citas apenas develadas percibo el gesto agazapado de la abundante fraseología procedente del libro El Antiedipo, de Deleuze y Guattari. Hay allí una pregunta que hace de lo “psíquico” uno de los términos de una dialéctica desmitificante que permite comprender la ambivalencia de toda integración de lo subjetivo en lo objetivo. Al detectar lo subjetivo en lo objetivo como su contenido activo, se descubre la artificialidad de los cortes en nombre de los cuales la objetividad aparece escindida como un momento independiente, como peso de los hechos impuesto a los sujetos, como condena a la impotencia.

 

*

 

Si insisto en prestar atención a la máquina psíquica León Rozitchner es porque en su manera de ligar lectura y escritura se ponía en funcionamiento este tipo dialéctica, capaz de desmenuzar las operaciones de su integración. Dicha operación equivale a fundar un punto de vista crítico del capital como relación social. Si el punto de vista del capital es el de la integración de la sociedad, la analítica de lo subjetivo integrado, si resulta capaz de captar las resistencias, las tendencias autónomas y los desconciertos, se convierte en perspectiva de una posible (contra) coherencia, sin la cual no surgiría nunca un punto de vista de izquierda. El punto de vista propio del capital es el de la integración que pulveriza el cuerpo sensible que resiste, el de integración fundada en la separación fetichista, en la que lo subjetivo quedaba subordinado a una objetividad preconstituida, y en la que cada instancia del sujeto resulta convenientemente devaluada. Una degradación en la que se vislumbra la continuidad esencial que liga a lo cristiano con lo neoliberal. 

El punto de partida de Rozitchner siempre fue Marx. No es fácil leer a Marx desde Argentina, prescindiendo de la lectura de Rozitchner. Se trata de un Marx tomado en la trayectoria larga de un materialismo sensualista, que va de las pasiones en Spinoza al deseo inconsciente en Freud. Desde ahí concibió su polémica con la comprensión racionalista e idealista del sujeto, en una línea espiritualista que remontaba hasta San Agustín, pasaba por Descartes y aterrizaba entre nosotros en el marxismo de Althusser y el psicoanálisis de Lacan; hoy denominado populismo de izquierda o “izquierda lacaniana”. 

Creo que la máquina psíquica León Rozitchner también está presente en la idea de que se escribe para estar en sincronía con las militancias; para participar de la lucha de clases. Como sucedía en El Antiedipo, sí, pero sobre todo, en las páginas introductorias de Freud y los límites del individualismo burgués.

 

*

 

  Las máquinas psíquicas mantiene dos líneas de escritura. La primera va de los padecimientos a la revuelta, pasando por la crisis y soportando la reacción neofascista. Hay una segunda línea, que es la del propio entusiasmo de Exposto con ciertas ideas y ciertas lecturas. Un deseo de que la escritura haga converger ambas series. Una voluntad de feliz intersección, de encuentro entre los malestares, las politizaciones y la formulación de prácticas y enunciados. 

Si es cierto que la verdad debe ser creada, y esto vale tanto para las prácticas como para las teorías, el valor de los conceptos no debería ser medido por su capacidad para describir la realidad empírica de la precarización económica y psíquica, sino la realidad empírica de lo que puede ser esa precarización cuando es felizmente interceptada por conceptos y prácticas micropolíticas. 

El primer párrafo de este libro comienza con una cita apenas velada a El Antiedipo: “Nos dirigimos a los inconscientes que se rebelan”. Lo que llama la atención aquí es la enunciación en primera persona del plural. En el caso de Deleuze y Guattari, este “nosotros” se explicitaba como un “rizoma” que hacía del “entre” de los autores una multiplicidad. En el caso de Exposto, dicha multiplicidad se constituye por ese deseo al que hacía referencia en las primeras líneas. Hay un nosotros que apuesta a la producción de esas disidencias de los inconscientes. El primer párrafo dice así: “Buscamos aliados para una nueva lucha de clases”, que es como decir: “Hay un nosotros definido por una búsqueda”. Un nosotros en el que creo reconocer la presencia de otra escritura colectiva, una más activista, la del Comité Invisible. La hipótesis se confirma si uno lee con detenimiento la tercera oración: “Nuestros amigos están en las calles…”. 

El “nosotros” se establece por complicidad de luchas. Resta definir, en todo caso, en qué sentido es “nueva” esta “nueva lucha de clases”, difundida un poco en todos lados. Quizás Exposto alude a la novedad a partir de una convocatoria generacional, pero como el valor de lo generacional se establece a posteriori, es más interesante pensar que la misma proviene de los ciclos de recomposición de los malestares y las luchas. La propia pandemia marca un tiempo “nuevo”. 

El primer párrafo del libro termina con una frase que puede entenderse en esta clave de recomposición: “Un terreno sensible en el cual se realizan investigaciones militantes en diferentes prácticas”. Esa articulación entre ofensiva sensible y prácticas de investigación militante toca la intimidad de núcleos enunciativos presentes en el universal sensible de Rozitchner, el discurso de la feminista comunistarista Rita Segato, las resonantes intervenciones de Franco “Bifo” Berardi, y sobre todo, la intervención del Colectivo Situaciones entre los años 2000 y 2009. 

¿Cómo entender la política de escritura en la que esos nombres son al mismo tiempo evocados y suprimidos? La “nueva” lucha de clases se hace presente como una correntada que arrastra, subsume y amalgama nombres y palabras claves, y los recupera más allá de toda autoría, sin borrarlos o suprimirlos. La política de escritura militante de Exposto se da como un rapto de entusiasmo que quiere hacer funcionar, en un continuo, nociones procedentes de un lado y de otro, sin la molesta interferencia de la autoría. Esta relación entre entusiasmo y cita teórica eludida recorre el libro entero. Insisto: no es falta de reconocimiento a los textos leídos, es otra cosa. Es voluntad de funcionamiento. Sucede también con las preguntas que aparecen en la introducción. Según el curso sobre el poder que Deleuze dio sobre Foucault, publicado hace ya unos años por editorial Cactus, constituyen el método foucaultiano de estimación de las posibilidades de actuar en determinada coyuntura: ¿qué nuevos tipo de luchas surgen?, ¿qué nuevos modos de pensar y conocer?, ¿qué nuevas formas de vida? Luchas, ideas y sensibilidades constituyen la materia singular que, acorde a su disposición, nos permite estimar y evaluar nuestras intervenciones. Deleuze mismo aclaraba que estas disposiciones son variables, irrumpen como devenir atravesando la historia. Los años 80, en los que él mismo impartía su curso, era más bien una noche de las no preguntas. 

El texto de Exposto busca desesperadamente esa materia singular, situada y moviente en la que podemos actuar en un contexto de adversidad, cuando la amenaza de la noche de las no preguntas se cierne una y otra vez sobre nosotros.

 

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Lo que interesa en esta clase de textos es la pretensión de tocar el real al que apuntan, de afrontar eso que normalmente queda encubierto incluso en los discursos críticos. La mayor dificultad radica en atravesar la distancia invisible que se da entre la consistencia lógica de un discurso y su capacidad de participar del tránsito a la efectividad. Defender la posibilidad lógica de un discurso y concretar su posibilidad en potencia, son dos cosas distintas. 

En la obra de Rozitchner, esa diferencia se juega en el régimen de la guerra. En Freud y el problema del poder, la guerra es un asunto de fuerzas y enfrentamientos. De política real. De derrotas y revisiones dolorosas. De tácticas y estrategias. La guerra es el más exigente de los ámbitos en lo tocante al problema de la verdad y la verificación. Una nueva lucha de clases es también un nuevo terreno de verificación de las verdades sobre las que pronunciamos enunciados. 

Las máquinas psíquicas es más interesante cuando se lo lee atendiendo a la siguiente pregunta: ¿cómo leer y escribir luego de León Rozitchner? Al reconocer que la pura posibilidad lógica resulta insuficiente, se propone un punto de partida autoexigente. La pura posibilidad no colma la ruptura sucedida entre lo humano y el mundo. El pensamiento puramente lógico, con todo su prestigio, deja escapar lo efectivo del pensar. Su omnipotencia arroja impotencia como único resultado, y la impotencia como resultado no interesa. Interesa, sí, como inicio. No es lo mismo. Tomar en serio nuestra impotencia, ya sea intelectual o política, como inicio de algo, es algo completamente diferente, porque está ubicada, no en la conclusión de una pura posibilidad, sino en el inicio de una nueva efectividad. Nada que Exposto, como lector de Artaud, no conozca bien. 

El punto de partida de Las máquinas psíquicas es la impotencia de luchar como efectividad primera de una nueva lucha de clases, donde la lógica borra el obstáculo y la potencia nace de sentirse poca cosa en el choque con el obstáculo. No hay otro modo de tomar en serio la postulación de una “nueva” relación entre pensamiento y vida, en la que el saber es reemplazado por nuevas creencias y el discurso es devuelto al cuerpo. 

 

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Luego de años de comunicación intermitente con Exposto, hallo en algunas frases de este libro varios puntos de encuentro; proposiciones en las cuales se postulan la dimensiones cognitivas y terapéuticas como niveles de una disputa, y no como propiedad ya controlada por el capital como único sujeto. 

Si la “nueva” lucha es de clases, lo es porque son pensadas a partir de una “lucha” en la que las clases se conforman. Estas “clases” constituyen momentos de afirmación en el terreno del conocimiento y los cuidados, en un medio sometido a precarización, pero extrayendo de este medio disposiciones de lucha. Lo que me interesa de estas proposiciones es su carácter absorbente. El uso del término “precarización” es capaz de absorber al mismo tiempo la teorización “bifiana” y sus resonantes escritos sobre la precarización psíquica del cognitariado, y lo que el filósofo catalán Santiago López Petit y el Colectivo Espai en Blan han planteado sobre el poder terapéutico.

López Petit, en particular, es el autor de una filosofía entera que busca abrir el antagonismo sobre nuevas bases; localizando campos de disputa, donde tiende a regir la determinación. A la verdad evidente del realismo capitalista, le opone la verdad por desplazamiento, cuyo punto de partida es el malestar y el odio que esa realidad evidente difunde. Un Marx próximo al ya citado Artaud. 

Las máquinas psíquicas contiene enunciados absorbentes que tienden a pensar la inclusión de lo subjetivo en la objetividad. Si toda lectura se distingue de otras por el modo en que ciertas frases repercuten y operan conexiones en el cerebro-lector, en mi lectura de Las máquinas psíquicas resaltan frases como ésta: “Las crisis de las subjetividades están en el núcleo de la crisis de la objetividad”.

 

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En la línea de El Antiedipo, Exposto escribe: “Lo inconsciente es arena de las luchas de clases”. No es que haya un inconsciente por cada clase, sino que la producción del inconsciente es inseparable de estas arenas, de una tierra granulada en la que se da una disputa entre clases. Las tesis de la célebre querella de Deleuze y Guattari contra el psicoanálisis son conocidas: la reconducción del deseo al triángulo familiar, la práctica “psi” como parte de la axiomática capitalista, la insuficiencia de un discurso del deseo fundado en una filosofía de la negatividad (de las trascendencias), de la falta y la carencia, y del estructural lingüismo, con sus significantes amo, etc. 

Los autores propusieron su “esquizoanálisis” como alternativa. Una analítica del deseo adecuado a las prácticas de los grupos revolucionarios y los devenires minoritarios. Acorde con su postulación de una nueva lucha de clases, Exposto se propone una vía de actualización del esquizoanálisis. Del padecimiento a la revuelta. En su libro Spinoza ayer y hoy Toni Negri tiene la impresión de que la vigencia de El Antiedipo consiste, sobre todo, en la invención de nociones “maquínicas”. 

Luego de publicar dos libros claves, Spinoza y el problema de la expresión y Diferencia y repetición, Deleuze había operado una ruptura con la metafísica del individuo, íntimamente vinculada a la experiencia de la mercancía, la propiedad y la soberanía del estado. En El Antiedipo, Deleuze y Guattari desplegaron un nuevo espacio teórico, contextuado en una crítica del capitalismo contemporáneo, para estudiar la nueva composición de las relaciones entre humanos y máquinas, mostrando, sobre todo, dos regímenes en torno a los cuales se juega la posibilidad de una nueva inmanencia radical. 

En una célebre entrevista publicada con el nombre “Control y devenir”, Negri le preguntó a Deleuze por la posibilidad política de producir una coincidencia entre máquinas deseantes y técnicas, a través de una serie de actos comunistas de reapropiación de las máquinas técnicas del capitalismo postmoderno. ¿No sería su reapropiación una estrategia capaz de restituirle riqueza expresiva a los devenires minoritarios de los que Deleuze y Guattari hablaban en Mil mesetas

Deleuze dijo que no se trata nunca de una relación directa con las máquinas. Éstas no son sino la expresión de un funcionamiento colectivo de enunciación más amplio; cuestión que remite al capitalismo como axiomática. Para Deleuze no necesitamos más comunicación. Las palabras están tan podridas como el dinero. Más bien habría que sustraerse de la comunicación en favor de nuevos espacios silenciosos, aptos para aquello que realmente importa: los actos de creación. Y la creación es siempre resistencia a la muerte, extracción de vida a la muerte. 

Negri lee la respuesta de Deleuze como expresión de impotencia política. Una vacilación que impide saber qué implica, concretamente, la “politización” en el ámbito del deseo. Cuando Exposto escribe: “Los psicoanalistas no han hecho más que interpretar el inconsciente de diversos modos, cuando de lo que se trata es de politizarlo”, me asalta el mismo tipo de perplejidad. ¿Qué significa ésto? Menos resbaladiza y más orientadora me resulta esta otra formulación: “No existe ni una sola formación del inconsciente que no implique una investigación militante”. La articulación entre lucha de clases y formación inconsciente fracasa cuando un término aplasta al otro. De hecho, da la impresión de que El Antiedipo pretende aportar a la política fundada en la lucha de clases un aspecto del que carecía: una posición no servil del deseo. ¿Qué quiere decir exactamente “politización”, en esta actualización que Las máquinas psíquicas se propone hacer del esquizoanálisis? Una primera respuesta parece ser el clasismo. Politizar sería equivalente a asumir un punto de vista de clase. ¿Pero no es acaso un punto de vista que asume la conciencia? En el plano del inconsciente no hay teatro, hay fábrica. No hay representación, sino producción. Más que identificación con clases, se juega ahí la cuestión del enfrentamiento, como escribía Rozitchner en sus textos sobre Freud, en el cual lo deseante se subordina a las categorías y funcionamientos que organizan lo real, o bien apuntan a su profunda subversión, por medio de una articulación que será política en la medida en que se las arregle para dar curso a lenguajes, alianzas y estrategias, capaces de hacer crecer ese deseo de otra relación con el mundo. 

Es el problema que Negri le planteaba a Deleuze, sobre cómo el deseo se apropia concretamente de los medios de producción. Exposto apunta ahí cuando escribe que “la colonización del inconsciente es el resultado de la descomposición de los territorios obreros y populares. Depende a su vez de las reestructuraciones tecnológicas y laborales del capitalismo”. Creo que Deleuze podría responder que la colonización del inconsciente se produce en la formación propia de la clase como tal. Por eso el clasismo no implica por sí mismo una descolonización del inconsciente. Quizás durante fases de descomposición de las formaciones obreras pueda aparecer un tipo de clasismo más combativo. Algo de ésto pudo olfatearse durante el 2001 argentino

No se trata de una respuesta anti-obrera, sino de una teoría de la subjetivación en la que la agencia clasista depende de la liberación con respecto a la máquina social, que en el capitalismo opera axiomáticamente. Más que revoluciones, estos flujos libres crean enunciados “indecidibles” que pueden dar lugar a una recuperación capitalista, subjetivaciones neofascistas o devenires revolucionarios. Es en ese punto que urge la actualización del esquizoanálisis.

 

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Hay en el libro de Exposto una cita de un texto de Facundo Nahuel Martín sobre el problema del tiempo y las velocidades. Para salir del “realismo capitalista” habría en los marxismos dos tendencias básicas. Una aceleracionista, que pretende organizar el infinito a través de una reapropiación de la razón maquínica; y otra “gótica”, que aspira a hacer saltar la razón dominante mediante una ampliación de lo sensible. Exposto llama “aceleracionismo gótico” a la mezcla de componentes de ambas corrientes. Del aceleracionismo aspira a recoger un elemento de proyección, y del “gótico”, un espesor subjetivo, una “fascinación” con aquellos aspectos de la materia que la valorización capitalista desecha.

 

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Quiero decir algo más sobre cómo el llamado neofascismo le impone la guerra a los movimientos populares, y cómo éstos tienen que inventar modos de desactivarla. Por eso decía que urge la actualización del esquizoanálisis, más aún en pandemia. Rita Segato se pronuncia al respecto hacia el final de su libro La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juarez

Los movimientos populares no matan. Hace casi medio siglo que no practican la lucha armada por una razón relativamente simple. De los atentados anarquistas a las guerrillas de los años setentas, el problema de la contra-violencia sólo se plantea cuando la intensidad de la lucha de clases asciende a determinados niveles del enfrentamiento. Como lo explicó el general Karl Von Clausewitz, no hay guerra si la fuerza agredida no se defiende. Los sectores organizados políticamente desde el poder, en cambio, no han dejado de asesinar. Cada vez se muestran más dispuestos a defender la “libertad individual” y la “propiedad privada” a como dé lugar. 

Luego del aniquilamiento de las organizaciones armadas ocurrido en 1977, los movimientos populares desplegaron formas de lucha cuya violencia la violencia implicada en una huelga, un escrache o un piquete no aparejaba amenaza de muerte alguna. Aún así, esas acciones fueron interpretadas por los sectores de poder como un desafío directo a su modo de vida. De ahí que, incluso durante los últimos años, en la Argentina se sigan produciendo muertes políticas como las de Santiago Maldonado o Rafael Nahuel, en el contexto de la represión estatal a la lucha de comunidades mapuches en el sur del país; o el asesinato de Pablo Kukoc (rematado por el policía Luis Chocobar a pocos metros de distancia, cuando Pablo estaba ya herido y en el suelo). Asesinatos que el gobierno de Macri reivindicó como parte de la defensa de la propiedad privada, la libertad individual y la soberanía del estado. O las muertes de tantas mujeres violadas y asesinadas mediante actos criminales, que como nos enseñan los feminismos, son también actos de poder. Crímenes políticos. 

La performance de la derecha neofascista, acelerada durante la pandemia, plantea dos cuestiones que atañen a los planteos militantes de Exposto: ¿qué dimensiones puede adquirir este fenómeno en este momento histórico?, ¿cómo superar cierta impotencia política que parece caer sobre sujetos que suelen demostrar una capacidad muy superior de movilización, tanto física como mental?

Es imprescindible desarmar la paradoja según la cual quienes defienden férreamente el sistema actúan como si lo cuestionaran, y quienes lo cuestionan profundamente parecieran quedar a la defensiva. En función de este modo de presentar las cosas, la derecha más reaccionaria estaría logrando apropiarse de una actitud de rebeldía. Se los suele llamar «anti-sistema»; algo absurdo, ya que las manifestaciones neofascistas encarnan una defensa total del orden de la propiedad privada, del intercambio mercantil y de la idea de libertad individual que surge de dicho intercambio. 

Para defender el orden que sienten en riesgo, los neofascistas decidieron atacar lo que podemos llamar el “consenso”: un conjunto de restricciones perceptivas y lingüísticas que determinan lo que en la esfera de la comunicación suele llamarse lo “políticamente correcto”. Al atacar este consenso abren una brecha en el propio campo de la derecha, porque el consenso cuestionado no es otra cosa que la traducción burguesa en el estado y en los medios de comunicación del conjunto de las conductas sociales. Es, por tanto, una pieza fundamental del sistema mismo. 

¿Cuál es el contenido, el texto de ese consenso? Básicamente, se trata de una serie de eufemismos para excluir del mundo simbólico toda referencia a lo real de la desigualdad, del racismo, del sexismo, del odio, de la explotación y de la muerte. El consenso ha sido una pieza clave para que el sistema sea tolerable. Sin embargo, es en nombre de una defensa extrema del sistema que el neofascismo de hoy lo cuestiona. Entonces, no queda otra que preguntar: ¿quién ataca realmente al sistema?, ¿es que esta derecha, envuelta en un delirio de propietarios, ha enloquecido al punto de imaginar enemigos inexistentes? ¿Acaso la locura y el delirio no son efectividades claves, sin las cuales no se concibe la constitución de fuerzas históricas? Creen, ya que así lo dicen, que la propiedad y la libertad individual están bajo peligro. La pandemia intensificó ese miedo. Encarnan un presentimiento, una anticipación paranoica y preventiva de un hecho que todavía no termina de hacerse del todo presente. Intuyen una amenaza, por ahora virtual: la posibilidad de que parte de la sociedad reaccione contra la miseria que supone someterse a las categorías del neoliberalismo. Ven fantasmas y se aprestan a la guerra. La derecha procesa una evaluación práctica: ¿resulta conveniente romper este consenso, esta traducción burguesa de las relaciones sociales en el plano de la percepción y del lenguaje? Lo cierto es que incluso quienes adoptan compromisos con esta mediación consensual no dudan en violarlo cada vez que la defensa del sistema lo requiere. 

La paradoja se enuncia así: los grupos de poder desean asegurar los fundamentos del sistema muerte, despojo, explotación, sin evidenciar el carácter estructural de la división que promueve, y que sólo la lengua del consenso permite omitir o soportar. Ésto nos conduce al segundo problema. Lo único verdaderamente incómodo en esta situación es que las fuerzas que tienen legitimidad histórica para atacar al sistema, queden enredadas en la defensa de este consenso. 

En un artículo reciente, López Petit plantea que sólo si las izquierdas elaboran una relación no fascista con la muerte podrán situarse más allá del consenso, en el cuestionamiento del sistema. Se trataría, entonces, no sólo de plantearse una relación no fascista con la muerte y con el odio, sino también una relación no capitalista con la desigualdad y la explotación. Un modo de afrontar, sin hipocresía, y con un lenguaje directo y verdadero, cada una de estas cuestiones.

Algo que la cultura progresista elude sostenidamente, a pesar de contar con una entera filosofía argentina sobre la cuestión. Una filosofía que comienza con Rozitchner y resulta imprescindible actualizar por todos los medios posibles.  



Diego Sztulwark

Marzo de 2021



Presentación del libro Las máquinas psíquicas: crisis, fascismos y revueltas (La Docta Ignorancia, 2021): 

Martes 17 de agosto a las 20 hs.

Presentan: Vir Cano, Diego Sztulwark y Emiliano Exposto

Coordina: Tomás Pal

A través de Zoom y FB

 

FB: https://www.facebook.com/ladoctaignoranciapresentaciones

 

Zoom: ID: 851 9146 5239 Código de acceso: 591512

 

Lo peor de Alberto // Diego Valeriano

Lo peor de Alberto son tus posteos. Esos posteos donde de toque se te cayó la ficha de lo vigilante que eras, como tenías el teclado fácil para señalar, marcar, acusar, explicar. Todas esas veces que escribiste Tío Alberto, capitán Beto, Alberta. Que dijiste todo lo orgullosa que te sentías por tener un presidente que sabe hablar, explicar, contener, que es profesor, que la UBA, que los científicos, que Lito Nebia, que la educación pública, que giladas. Tweets, historias, estados delegando tu estado de ánimo, tus ganas, tu tiempo, tu manija. Refugiado, gobernada, responsable, catador de distancias en fotos ajenas. Agradeciste que te cuide, que te explique de manera certera con filminas, que te reten.  Le hiciste hacer a tu pobre hija un dibujito para que le llegue a él, la hiciste decir pavadas corte buchona para subir el videito o que agradezca la vacuna de la abuela. Tuiteaste para pedirle que te diga feliz cumpleaños, que te desee suerte en un examen, empezaste a seguir la cuenta de Dylan. Cómo te cabió Alberto y tu viveza que se te volvió en contra después de termear todo el año pasado a tus primos macristas en el grupo de wasap. Ahora viene el vuelto, ahora se te ríen fuerte, ahora sos un pancho, un chiste, un meme y tiene que saltar tu mamá a defenderte, a pedir que no hablen de política en el grupo familiar. Quedaste como festejante de cualquier gilada, idea, consigna, fake. Excitación, ansiedad, reseteo y aturdimiento. Caíste en la trampa ruidosa que pide obediencia, vigilancia, servilismo y likes. Flasheaste politización de los proyectos personales que son de otros, que no convidan, que se la quedan. Lo peor de Alberto somos nosotros que entramos todo el tiempo en batallas culturales que cuando pasan apenas unos meses ya son puro chamuyo.

A la izquierda de lo posible // Diego Sztulwark

Diego Sztulwark retoma la pregunta que se hiciera Daniel Bensaid con relación a qué tipo de posición es la que se sitúa “a la izquierda de lo posible” y desarrolla la idea de que esa expresión remite a la reacción ante el ataque neoliberal a toda mediación popular democrática. Sztulwark sostiene que quizá se trate de una inesperada vigencia de la tradición de los oprimidos, un tipo de presencia cuya única existencia consiste en el hecho de ser continuamente conjurada.

(para La Tecl@ Eñe)

“Moscú, tal como se presenta ahora, por el momento, reducidas a un esquema, todas las posibilidades: sobre todo, las del fracaso y del éxito de la revolución”.

Walter Benjamin, carta a Martin Buber

 

1. Geopolítica. Las ciudades ya no aspiran a realizar ciertas ideas, sino a corporizar la dinámica de los capitales. Lo que fue Moscú para el comunismo o Jerusalén para el sionismo es algo que pertenece, en cierto modo, al olvido. No hay más ciudades capitales de ideas, sino ciudades del capital. Jun Fujita Hirose ha escrito, en un libro reciente de filosofía política, que el Partido Comunista Chino es hoy el partido del capital global. El único partido que, por razones geopolíticas, es capaz de pensar una temporalidad que trascienda el corto plazo y una espacialidad que articule la polaridad norte-sur. El estado chino no es un estado más. Sino el que mejor efectúa la conversión de un tipo de modelo de acumulación de capital fundado en el petróleo, a otro fundado en metales raros. China se ha situado a la vanguardia de la articulación entre neoextractivismo sobre tierras raras e infocapitalismo, las grandes operaciones actuales del capital global. En contacto con las capitales, las ideas del siglo XX se disipan. Beijín, en cambio -en este nuevo siglo- parece ser otra cosa: la ciudad capital del capital.

 

2. Centinela. Del otro lado se encuentran las ideas tal y como han sabido preservarse del contacto con las instituciones estatales. Se trata de otro régimen de existencia. Daniel Bensaid se refiere a cierto régimen de cuidado de esa existencia frágil, que son las ideas que no aspiran a realizarse en ningún tipo de poder. Los cuidadores de esas ideas, que viven entre los libros y los sueños, en un estado puramente narrativo: los “centinelas”. Ellos asumen la función de preservar ese tesoro vulnerable, en atenta vigilancia. Conservan aquello que Walter Benjamin llamaba “la tradición de los oprimidos”. Una tradición que no cabe ni se resume en institución alguna, ni se “territorializa” del todo en ningún país. Walter Benjamin es un buen ejemplo de este régimen de existencia. La “tradición de los oprimidos”, formada por todos aquellos posibles que no fueron nunca realizados, que quedaron desplazados y olvidados en cada triunfo “en el prostíbulo de la historia”, tiene en las Tesis sobre el concepto de historia, un principio de escritura. Es pensando en Benjamin, que Bensaid habla de un “centinela mesiánico”. Se trata de una figura de rasgos precisos. Un marxismo que conserva los textos originales ante la malversación burocrática, un “comunismo marrano”, que no se confunde con las izquierdas modernizantes. Materialismo histórico y misticismo. Eso es Benjamin para Bensaid: un judaísmo “no religioso” y un comunismo “no estalinista”. La preservación de la tradición tiene un enemigo declarado: el conformismo. Así lo explica Bensaid en su libro Walter Benjamin, centinela mesiánico. A la izquierda de lo posible (Cuenco del plata, Bs-As, 2021) ¿Qué tipo de posición es ésta que Bensaid sitúa “a la izquierda de lo posible”?

 

3. Percepción. Decir que algo está “a la izquierda”, supone un espacio convencional (originalmente un cuerpo legislativo) visto en perspectiva. Es evidente que la expresión “a la izquierda de lo posible” no se refiere a este tipo de espacio, al menos no inmediatamente. Y por tanto apela a alguna forma especial de la percepción. Según John Berger, la percepción se constituye en una tensión entre la mirada, que viene siempre antes, y la palabra que trae siempre una creencia que la condiciona. Sin que se alcance nunca una adecuación entre lo que miramos y lo que decimos. La percepción ocurre en el mutuo relevo del mirar y del decir. En su bellísimo libro Modos de ver (GG, Barcelona, 2019), Berger da cuenta de cómo funciona la percepción: jamás capta un objeto aislado, siempre establece una relación entre una pluralidad de cosas. Pero, además, produce una relación entre esas cosas y nosotros mismos. Y entre nuestra percepción y el hecho de ser percibidos, lo cual, en el mundo de las palabras, conlleva una cierta tendencia a la conversación, y a la esfera pública. De hecho, leyendo a Berger alcanzamos a comprender con claridad el modo en que la percepción da paso a la representación, cuando las imágenes se autonomizan de la visión, volviéndose signos de otra cosa, presencia de una ausencia. Lo visto sustituido por su reproducción. A la larga, se asiste a un cierto poder -que Guy Debord llamó “espectáculo”- de la representación sobre lo representado, dando lugar a problemas fundamentales de la política. Lo político mismo se sitúa -muere y renace- en el juego de relevos y desfasajes que operan en la percepción, la creencia y la representación.

 

La mirada masculina de John Berger -

 

4. Experiencia. La idea misma de experiencia, sobre la que trabaja Walter Benjamin en El narrador, supone un juego atento sobre estas secuencias de percepciones, creencias y representaciones. Narrador es quien por medio de la oralidad y la memoria, torna comunicable el acontecimiento, hace de la experiencia algo transmisible entre generaciones. De la que dependen la trama interna y artesanal de la huelga y, a la larga, de todo desvío de los tiempos (verdarero objetivo de la política). Benjamin sitúa la narración en el anuncio mismo de una prosecución incesante, resistente al flujo de la información, del mundo tal como queda prefigurado por la industria capitalista de la comunicación. Hay una cierta relación necesaria, entonces, entre narración y tradición de los oprimidos, puesto que ambos recurren a la experiencia como momento de la interpretación, frente a la circulación infinita del dato, palabra sin saber vital.

 

5. Izquierda. Volvamos entonces al problema de percepción que plantea la expresión “a la izquierda de lo posible”, y al extraño lugar ubicado en la ostensible no coincidencia entre la mirada y las palabras. La expresión “a la izquierda de lo posible” remite a coordenadas espacio temporales que carecen de sentido por fuera de la memoria de la tradición. Ni fuera ni dentro, ni manifiesto, ni latente: “a la izquierda” nombra una existencia cuya posición resulta inasignable por fuera del desplazamiento que introduce. Un tipo de presencia cuya única existencia consiste en el hecho de ser continuamente conjurada.

 

6. Límite. Algo de esto parece intuirse en la actividad política. Ernesto Sanz, uno de los fundadores de la alianza UCR-PRO-CC, declaró hace unos días en una entrevista con elDiarioAR lo siguiente: “La única manera de resolver el problema del conurbano es con una gran alianza de construcción de poder con las organizaciones sociales y las pymes. No se puede seguir estigmatizando a los Grabois, a los Pérsico y a los padres Pepe Di Paola (…) Hoy la emergencia es el empleo y hay que trabajar con las organizaciones sociales que están administrando con mucha eficacia, en cuanto a que están evitando el estallido social”. La cita no dice nada que no sepamos. Aunque se mueve en el terreno de lo que venimos argumentado. Porque aunque lo sepamos, es preciso preguntarnos por esta clase de saberes. Según Sanz, las organizaciones sociales están “evitando el estallido”. Desde ya que la política agradece esta acción, de la que ella por sí misma sería del todo incapaz. No es esto lo que llama la atención, aunque es de agradecer que la labor de las organizaciones sociales no sea siempre y cada vez criminalizada. Lo que cuenta es el tipo de actualidad que le confiere al estallido. Presente y precariamente aplazado. El estallido ya casi existe. Es importante el “casi”, porque designa practicamente la dirección de concreción de una tendencia apenas postergable. Sanz dice algo al borde de lo que sabemos: que la política, gracias a las organizaciones sociales, logra por el momento contener (o posponer) algo que apenas si logramos imaginar. Porque: ¿qué sería ese estallido? ¿sería un 2001? ¿Pero, qué sería hoy un 2001? El 2001 vuelve a presentarse como límite. Límite de la política. Del otro lado del límite se encuentra lo que los políticos llaman la “antipolítica”. Ese lugar al que se arriba cuando la política de los políticos fracasa en sus términos.

 

7. Antipolítica. El 19 de diciembre de 2001 una multitud de personas coreó una consigna recurrente: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Muy distinta -que duda cabe- del “vamos a volver”, vigente en las movilizaciones populares de los años 2015 y 2019. Como señaló en su momento Horacio González, las calles de aquel diciembre se detenían en la plaza sin expectativas de una palabra que pudiera bajar desde el balcón de la rosada. Aquella marea ponía los pies del otro lado del límite: nada que proponer, nada que reponer. Visto retrospectivamente, esa situación contrasta con el uso del “Que se vayan todos” en boca de los reaccionario-libertarios. Las consignas funcionan en contextos concretos. No suena igual ese cantito en boca de los desposeídos, que en boca de los poseedores. Aunque vale la pena preguntarse, cómo es que las consignas pegan toda la vuelta entera antes de volverse neutras. ¿O alguien puede creer que esa consigna decía lo mismo en boca de movimientos piqueteros y asamblearios, contra el ministro Cavallo, que en boca de una nueva derecha que piensa como él? “Vamos a volver”, en cambio, fue una consigna que evitaba acercarse al límite. El antimacrismo tenía una memoria inmediata. Tenía a donde regresar, una meta próxima. Desde ahí se resistía. A diferencia del “Que se vayan todos”, había un desde donde tangible en el tiempo y en el espacio. Como lo tiene hoy esa derecha que se presenta como antipolítica. “Vamos a volver” trama e imagina una actividad estatal que aspira a condicionar en lo posible a los mercados. La derecha antipolítica, en cambio, imagina un mundo de mercado sin mediaciones, y procura controlar de modo directo el estado a esos fines.

 

werken rojo – narco politica

 

8. Escena. A la izquierda de lo posible se dan escenas como las que vimos durante fines de 2019 en las calles de Chile, y hace unas semanas, durante la apertura de la Convención Constituyente. No son escenas habituales, porque no son escenas neoliberales (aun cuando no alcancen, desde ya, para acabar con el neoliberalismo). Tampoco es una escena típicamente populista (no parece ser éste el tipo de articulación que el populismo piensa y desea). No es una escena típicamente “política” (mas bien se presenta como un inmenso cuestionamiento a dichas coordenadas). Menos aún una escena “antipolítica” (sino una escena de antagonismo directo a los poderes que sueñan con liquidar las mediaciones democráticas y populares). Se trata, sí, quizás de una escena atípica. En la que se activan percepciones, creencias y representaciones de otro orden. “Revés de trama”, diría David Viñas, para mostrar la emergencia de lo sujetos explotados en un cierto período. No es sólo Chile. Es algo más extendido e inasible, que no deja de aparecer un poco por todas partes. Es la reacción ante el ataque -lo que solemos llamar neoliberalismo- a toda mediación popular democrática. Una inesperada vigencia de la tradición -de los oprimidos-, sería otro modo de pensarlo.

 

9. Amargura. En Moscú, Benjamin se irrita con la “nueva burguesía” y con la nueva religiosidad del estado y su estética monumental. La “santificación de la técnica en detrimento del erotismo”, comenta Bensaid. El paso de los años y la burocratización desarticulan la relación entre consignas y experiencia. La política cívica que surge desde abajo resulta adulterada por la que viene de arriba. Benjamin abandona Moscú en febrero del 27. Marcha llorando a la estación de trenes. Su amargura proviene de la enfermedad de Asja Lacis. Pero hay algo más. Esa amargura –“metódica”, agregaría Christian Ferrer- concentra una “lucidez histórica en alerta”. Una lucidez que actúa una y otra vez recorre la concatenación entre percepciones, creencias y representaciones, y una disposición en alerta -que define al centinela- y recuerda -de otra forma, en otro mundo- una de las imágenes que proponía Horacio González en uno sus últimos textos, publicado en La Tecl@ Eñe: un “llorar hacia adentro”.

 

Crisis climática y las disputas de sentidos por venir // Alejo Di Risio

El informe más contundente sobre el cambio climático hasta hoy se publicó esta semana. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático fue lapidario. Hoy mismo, la crisis climática llega a todas partes del mundo. La amenaza etérea que algún día iba a llegar, está aquí y nos viene a cobrar la deuda que estábamos tomando del futuro. El acreedor parece inmaterial, pero su ardor se inscribe en los cuerpos y las mentes. ¿Cómo reposicionamos nuestras subjetividades para no caer en la parálisis? ¿Hay otros futuros posibles o nos sentamos a esperar el apocalipsis?

 

Las peores sospechas confirmadas: la senda de autodestrucción que los combustibles fósiles y el sistema agroalimentario han ocasionado nos llevará a la crisis climática. O mejor dicho, a una serie  de crisis de distintas dimensiones solapadas. Climática, seguro. El organismo que lo escribió por primera vez tiene la legitimidad para poner nombre y apellido a los culpables. Establece que no hay región del planeta donde el clima no haya sido modificado por actividades humanas y que olas de calor, sequías y lluvias torrenciales serán cada vez más frecuentes e intensas. El informe no menciona ni aborda el hecho de que los impactos de este clima extremo exacerban la crisis económica, alimentaria, sanitaria, de cuidados, de desigualdad y de precarización de la vida. Si ya había una atmósfera de sentidos que bloqueaba toda posibilidad de pensamiento y acción, tomar dimensión de la situación actual tiende sólo a exacerbarla. Pero la discusión de si la crisis climática existe o no ya queda caduca. La lucha debe ser ahora por disputar los sentidos y proyectos de futuro alrededor de qué vamos a hacer en torno a ella. 

 

Mientras la infosfera nos inunda de imágenes del clima extremo alrededor del mundo, es importante saber que esto no termina en apocalipsis. Los eventos climáticos abren heridas en el paisaje; arrasan en poco tiempo con el entramado social y el progreso de civilizaciones que se han construido dependientes de ecosistemas. Desbordan el espacio y el territorio en algunos lugares, y secan los ríos y las mentes: se llevan nuestra capacidad de imaginar otros futuros en el momento que más nos hace falta saber que todo lo podemos cambiar. La crisis no es sólo climática. Es política.

 

Y no hay apocalipsis. Las películas de Hollywood nos vendieron eventos de proporciones bíblicas que arrasarían con la vida en la tierra. Pero el colapso es más parecido a lo que estamos viviendo que a una gran caída. Inundaciones que vienen cada vez más seguido, y que cada vez son más largas, hasta que un día el agua simplemente no se va. El colapso es la pérdida de la capacidad de los ecosistemas de recuperarse, y tiene su reflejo económico en la lenta subida de precios de los bienes básicos para acceder al bienestar. La eco-dependencia se vuelve más evidente: la noción de que los sistemas económicos dependen absolutamente de la salud de los ecosistemas ecológicos. Ejemplos obvios sobran de estos tiempos. Con el Río Paraná casi seco, no hay cauce para el 80% de exportaciones sobre las cuales se basa la economía nacional. A futuro sabemos que a medida que el gas y el petróleo se hacen más difíciles y caros de sacar, más aumenta la luz y la nafta. Por eso hay algo en la percepción social que está cambiando: ya es imposible ocultar los efectos e impactos de esta precarización de la vida en todo sentido. Si la pandemia terminó de inscribirnos esa sensación de lento descenso en la precariedad, la crisis climática moviliza otra noción de urgencia, de desesperación. Pero al mismo tiempo trae la noción central de que es generada por la sociedad. Y si esto fue por acción humana, quiere decir que podemos construir otra. Estamos a tiempo del volantazo, siempre estamos a tiempo. 

 

Una señora alemana confiesa en cámara que siempre supo que esto iba a pasar, pero que pensaba que iba a ser en “los países pobres”. Mientras los milmillonarios sueñan con escapar al espacio, en la tierra se sienten los efectos cercanos, tangibles y corporales del clima extremo. Antes, las zonas de sacrificio eran lejanas, rurales, poco pobladas. Los impactos eran más evidentes sobre cuerpos feminizados, racializados y del sur global. El estilo de vida barato para las clases medias subvencionado por las violaciones a los derechos humanos y ambientales en otras partes del mundo aseguraba. 

 

Incluso a las regiones no tan lejanas, gracias a esa forma de imperialismo interno que permite que las poblaciones rurales tengan menos derechos humanos que quienes viven en las urbes. Un modelo de distribución que incluso hoy en día sigue apareciendo en las columnas de los economistas neoclásicos de diarios progresistas de tirada nacional. Según estos académicos varones blancos de traje, las comunidades que viven cerca de los bienes comunes deben sufrir los impactos del extractivismo en sus cuerpos, para que las clases medias urbanas puedan sembrar los beneficios de las divisas producto de la exportación.  Sacrificios humanos en nombre del desarrollo, la economía y las divisas. 

 

Pero la globalidad de la crisis climática revierte esos sentidos, degrada estos relatos. Los beneficiados de mantener el sistema energético y agroalimentario son cada vez menos. El poder concentrado se agolpa cada vez más en pocas empresas multinacionales que actúan como oligopolios en sus sectores. Hoy en día, las grandes ciudades también sienten los efectos de la expansión y profundización de la máquina extractiva que exige sacrificios humanos y territoriales para su necesidad de crecimiento infinito. 

 

La pandemia mundial, los incendios masivos, las inundaciones, la seca de los ríos y de las mentes y la precarización general de la vida ya no son algo que sucede en un futuro distante, en tierras lejanas. El humo se acerca, acecha a la vuelta de la esquina y se siente llegar, se huele en el viento, sofoca la capacidad de imaginar otros futuros, tapa la visión de los otros horizontes, envenena la posibilidad de alternativas, de adquirir nuevo aire que renueve las ganas de cambiarlo todo. Las empresas oligopólicas mantienen sus campañas millonarias para debilitar los sentidos que les asignan responsabilidad, que les exigen cambio de rumbo. 

 

El informe del IPCC de esta semana es el más contundente hasta ahora y sin embargo declara que los gases de efecto invernadero son, sin lugar a dudas, causados por actividades humanas. Pero las preguntas de fondo, que la ONU no se anima a responder, son: ¿Qué actividades humanas? ¿Quienes toman las decisiones sobre esas actividades? ¿Quienes se benefician del actual sistema? Si es por actividades propias de los humanos, no podemos cambiarlo estamos condenados. Pero si es por una serie de decisiones que un grupo muy particular y concentrado de humanos está tomando para beneficiarse es distinto. Si hay que desmantelar la industria de combustibles fósiles y cambiar el sistema agroalimentario la historia es otra. 

 

Mientras tanto, en las redes sociales y medios hegemónicos desbordan las salidas individualistas. Guías extensas y minuciosas listas con instrucciones para descarbonizarte paso a paso; todos los cambios individuales requeridos para hacer tu parte y asumir tu responsabilidad. Pero lo que estas publicaciones niegan es que la mayor parte de estos cambios individuales son posibles sólo a base de ciertos privilegios sociales. Poca gente puede dedicar tiempo, plata o capacidad emocional para modificar su entramado cotidiano en favor de causas globales. Casi todxs están muy ocupadxs lidiando con su propia precarización de la vida como para hacerse de este espacio. Sumado a esto, el factor de que las causas ecológicas están muchas veces atravesadas por las nociones individualistas del ambientalismo burgués urbano atraviesa el posicionamiento de superioridad moral. Se culpa y señala a individuos, que casi no tienen capacidad de acción, por no hacer  elecciones lo suficientemente responsables, ecológicamente hablando. No sólo queda afuera la conciencia de clase, sino una multidimensionalidad de facetas que atraviesan las decisiones personales y los modos de vida identificados con el bienestar a través del consumo. 

 

Pero mientras no exista una real democracia y decisión popular sobre las macroestructuras (como el sistema energético o el sistema agroalimentario) las conductas individuales no serán suficientes. Incluso organismos hegemónicos sentencian que estos cambios individuales sólo podrían reducir el 4% de las emisiones totales. Lejos de restar importancia a los cambios que podemos inscribir en los cuerpos individuales, es posible entender a la reducción de emisiones o de huella ecológica a nivel personal como fundamental para nuestra capacidad de proyectar las formas de lo colectivo. Construir la legitimidad social y el respaldo sociopolítico para la necesaria transición socioecológica sólo será posible con la materialización y la condensación constante de la mayor parte de la ciudadanía. Porque es a partir de las huellas individuales y acciones atomizadas que aparecen los aportes a la construcción de procesos colectivos. ¿Cómo reorganizamos el entramado de la sociedad para buscar el bienestar colectivo? 

 

Mientras que la reducción de la energía y los materiales disponibles en las próximas décadas son inevitables, el colapso no lo es. No solamente tenemos por delante el desafío de frenar la crisis climática sino que también tenemos que dar ese volantazo. Y esa es la madre de todas las batallas. El ritmo, la profundidad y justicia con la que enfrentamos una transición de escala inusitada está por ser disputado. La ventana de oportunidad para configurarlo todo está abriéndose durante nuestras vidas. Es la hora de prefigurar cómo va a ser el futuro de nuestra sociedad para construir sus formas en el presente. 

 

Debemos estar más atentxs que nunca a la capacidad del poder de cooptar las imágenes del futuro. Los megaproyectos de energías renovables impuestas con violencia y violaciones a los derechos humanos sobre el territorio son un buen ejemplo de lógicas de siempre, pero con tecnologías de hoy. Mientras que el Norte global intentará avanzar en la descarbonización como único método de cambio para disminuir la crisis climática, es preciso que desde los sures pensemos en lógicas y formas de transición que no se conviertan en excusas para que los ricos del mundo puedan seguir con su actual estilo de vida, condenando al resto del mundo a una mayor precarización. 

 

Nuestro desafío es recuperar el futuro. Hacer carne la noción de que esto sigue y que sólo perdemos si nos resignamos. Disputar los sentidos que pueden cambiar el entramado social. Encontrar en los márgenes propuestas y proyectos que puedan volver a pensar en otros paradigmas. Priorizar el bienestar de las mayorías, rechazar el de las finanzas de unos pocos. Retomar la dimensión transformadora y crítica, y cuidar que eso no signifique ceder espacio ante el avance de neoderechas negacionistas (en un sentido múltiple), ni la intervención del Norte global. Recuperar la economía para las personas, no para el flujo financiero. Construir proyectos que puedan desmercantilizar la vida material. Dejar de privatizar el uso y disposición de los bienes comunes, especialmente los necesarios para una vida digna. 

 

Si la capacidad de nuestras sociedades ha llegado a modificar al mundo de una manera irreversible, quiere decir que también tenemos el potencial de hacer lo contrario. Desacoplar el consumo voraz de una pequeña parte de la población, que condena a toda la humanidad es posible. Pero requiere otros objetivos políticos. La crisis es política.

Amar esta mierda garpa // Joaquín Alfieri y Agustín J. Valle (en el taller de los miércoles)

Olores distintos en la ciudad mediatizada, en su rumor general, en los grafittis, en las
redes, en las charlas de café. Una posición subjetiva extendida, por ejemplo, es la que
insiste en que “todo está mal porque todo es una mierda, son todos iguales, viste, yo te
dije, yo sabía: una mierda”. Otra, su contraria, insiste en cosas como “ponele onda, amar
garpa”. Son tonalidades afectivas urbanas -muy capusotteables- que arman una
polaridad. Por un lado, el “fatalismo reconfortante”. Que goza con constatar la
mierdosidad de todo (y el prejuicio siempre encuentra material con que reconfirmarse).
Por otro, el “voluntarismo felizón”. Que insiste en que querer es poder…


El fatalismo reconfortante expresa una crispación de la subjetividad espectadora. Una
queja perenne donde se borra la posible incidencia nuestra en el orden de cosas. Señalo,
simplifico y me quejo. Un narcisismo triste y pobre, cuya reconfirmación de sí mismo -yo
sabía, yo te dije, etc- se apoya en una inconfesada pero evidente impotencia.
El voluntarismo felizón, por su parte, al revés: ostenta la presunción meritocrática de que
para ser feliz alcanza con quererlo bien. Como si el mundo nos afectara de puro porfiados
que somos. Como si lo único que faltara en el mundo para resolver todos los males es un
acuerdo universal de “hacer nacer lo bueno”. Como decía Vonnegut, allí donde tanto se
habla y se habla de amor, habría que reclamar un poco menos de amor y un poco más de
simple decencia.


Otra versión disponible del voluntarismo felizón no parte de la negación de la realidad,
sino que metamorfosea toda desgracia o padecimiento en una oportunidad para
inmunizarse de ella (“si sucede, conviene”).
El fatalismo reconfortante asume la realidad dada como una determinación total. El
voluntarismo felizón niega el poder condicionante de lo real (o relativiza su influencia para
afirmar la autonomía del individuo). Pero como dicen que decía Sartre, no hay que ser ni
tan cobarde como para pensar que somos lo que hacen de nosotros, ni tan ingenuo como
para pensar que somos lo que hacemos de nosotros. Somos lo que hacemos con lo que
hacen de nosotros. Ni determinismo total, ni ausencia de condicionamientos.


Ni el goce en la queja pura, ni la zoncería buenaondista. Ambos niegan lo político: no “la
política”, como esfera oficialmente destinada a la tramitación de los asuntos públicos, sino
lo político como la dimensión de tensión en las relaciones sociales, que nos condiciona,
nos agarra, nos limita, y donde a la vez siempre alguna dosis de fuerza tenemos. Quizás
una opción sea abandonar la oposición entre el “fatalismo reconfortante” y el
“voluntarismo felizón”, para observar en qué medida ambos parten de un mismo
presupuesto básico: la atomización del sujeto respecto de su realidad circundante, ya sea
para regodearse en la impotencia, o para enaltecer una omnipotencia boba).


Ahora, ¿qué fuerzas propagan estas tonalidades afectivas? ¿qué les da eficacia, es decir,
carnadura? ¿Qué estructuras de lo real nos invitan una y otra vez a participar del
fatalismo o del voluntarismo? ¿Qué transacciones subjetivas nos tornan fatalistas o
voluntaristas para recibir la habilitación a ser en este mundo? ¿Es acaso posible amar,
trabajar, socializar o desarrollar cualquier proyecto existencial sin tornar propio algo de
ambas disposiciones?
Una cosa es el nihilismo, dice Greil Marcus, y otra la negatividad o el rechazo. El nihilismo
niega el mundo globalmente, como si no le creyera. Dice que el amor se muere y no dice
más. La negatividad, en cambio, asume la existencia de otras personas: rechaza algo,
rechaza a alguien. El negativismo, dice, abre zonas de libertad; niega para ejercer una
presencia menos determinada; niega para estar.

Un ejemplo de negativista era el escritor Carlos Busqued. Que se la pasaba atacando;
rechazaba la Literatura y hacía literatura. Escribía contra la Literatura; o escribía contra la
Literatura en la arena pública para poder escribir contra los demonios en la intimidad. O
quizá, más que contra la Literatura, contra los Escritores. Para defender una zona de
libertad en la escritura, de exploración, rechazaba las figuras coaguladas de
profesionalización del escritor.
Rechazaba, Busqued, y se reía. Qué mejor crítica que una buena risa. Quizá esa sea
prueba de un negativismo no nihilista, un negativismo vital. El fatalismo reconfortante no
se ríe, no tiene gracia. Busqued era un gran despreciador, y acaso los grandes
despreciadores sean en el fondo quienes más aman el mundo -aman lo que está en
posición minoritaria respecto de los poderes, aman lo frágil, lo vulnerable, lo en gesta, lo
germinal, lo que se transmite por debajo de los códigos dominantes, aman perplejos y
enojados ante la crueldad, la zoncera, la frivolidad.


Y si vamos a insistir en amar, que sea a fondo, ¿no?: “Amar esta mierda garpa”. Amar la
tierra con su bosta, su barro, sus durezas, sus frutos, sus raíces trabadas, sus napas
corrientes, sus cadáveres, sus piedras preciosas, nuestras manos que se ensucian
porque intervienen.


Foto: Ana Gerez

Fuente: Bestias Posibles

 

EN SALUD MENTAL NECESITAMOS GARANTIZAR DERECHOS, NO QUITARLOS // Lic. Leonardo Gorbacz*

El campo de la salud mental ha sido, como todo ámbito atravesado por el estigma, invisible a la mirada ciudadana salvo por situaciones excepcionales.
Cuando esas situaciones se dan, lo que se hace visible es apenas un episodio, que no necesariamente es representativo de una generalidad.
La muerte de una persona en crisis y del policía que intentó controlarlo frente al Malba el año pasado, la muerte de un interno en el Hospital Borda atacado por una jauría de perros, un muchacho muerto en su departamento donde la principal sospecha recaería en los operadores de una comunidad terapéutica que lo fueron a buscar y lo habrían medicado para forzarlo a una internación y el reciente caso del cantante Chano Charpentier, son sólo algunos ejemplos de situaciones que se mediatizan, algunas más, otras menos.
Como suele suceder, muchos de estos acontecimientos generan un sinnúmero de opiniones, algunas desde el dolor y la desesperación, otras desde la especulación, y no siempre con conocimiento del tema y del contenido de las normas. Y se agitan ideas de soluciones rápidas, fáciles y definitivas para problemas complejos que nunca van a tener soluciones rápidas, fáciles ni definitivas. Como por ejemplo la propuesta de que reformando la ley de salud mental se resuelven estos problemas.
Las situaciones violentas vinculadas a crisis en salud mental o consumos problemáticos no nacieron en el 2010 con la ley 26.657 ni son patrimonio exclusivo de nuestro país.
¿Es razonable entonces pensar que la modificación o derogación de esta ley va a resolver todos estos problemas? No.
Pero entonces, si siguen pasando las mismas cosas, ¿qué cambió con la ley? ¿Cómo podemos mejorar el sistema de salud mental para intentar prevenir estas situaciones?
Intentemos ir respondiendo estas preguntas.
Quienes responsabilizan a la ley 26.657 de estos episodios no pueden explicar por qué este tipo de situaciones –y muchas otras- sucedían aún antes de su sanción, ni tampoco por qué situaciones muy parecidas e incluso más graves suceden en otros países como Estados Unidos, donde obviamente no rige la ley de salud mental argentina, y sin embargo cada tanto una persona con padecimientos mentales ingresa a una institución y produce una masacre con armas de fuego.
Los detractores de la ley tampoco pueden explicar exactamente cuáles artículos de la Ley de Salud Mental generan obstáculos y debieran ser modificados, y sólo refieren generalidades que contienen ideas falsas acerca de lo que la norma establece o prohíbe.
Algunos incluso plantean la propuesta de promover una ley específica en materia de adicciones, desconociendo que esa ley ya existe, lleva el número 26.934, fue impulsada por el entonces diputado nacional Horacio Pietragalla Corti, hoy secretario de derechos humanos, y establece un programa de abordaje integral de consumos problemáticos completo y ajustado a los parámetros de la Ley Nacional de Salud Mental.
Para decirlo claramente, la Ley Nacional de Salud Mental de nuestro país no sólo permite las internaciones involuntarias (sin contar con el consentimiento de la persona), sino que admite incluso la intervención de las fuerzas de seguridad en auxilio. En este punto la ley 26.657 es compatible con el nuevo Código Civil, que en su artículo 42 establece que “la autoridad pública puede disponer el traslado de una persona cuyo estado no admita dilaciones y se encuentre en riesgo cierto e inminente de daño para sí o para terceros, a un centro de salud para su evaluación. En este caso, si fuese admitida la internación, debe cumplirse con los plazos y modalidades establecidos en la legislación especial. Las fuerzas de seguridad y servicios públicos de salud deben prestar auxilio inmediato”.
La legislación argentina brinda un marco para desarrollar una política nacional de salud mental que sea respetuosa de los derechos de las personas, al mismo tiempo que brinda herramientas para accionar en situaciones graves que ponen en riesgo la integridad de la persona o de terceros.
La ley exige un “riesgo cierto e inminente” como requisito para internar a una persona en contra de su voluntad. Además, la ley prevé que en esos casos se deben poner en marcha mecanismos de control externo; porque una internación involuntaria es una restricción de un derecho fundamental (la libertad) y en un Estado de derecho las privaciones de la libertad deben ser controladas.
Algunos discuten el concepto de “riesgo cierto e inminente” como requisito para poder internar a una persona, y proponen que con la sola voluntad del médico o del equipo tratante una persona pueda ser internada sin consentimiento, solamente por portación de diagnóstico. La gravedad a la que nos llevaría una situación de esas características es mayúscula: todos estaríamos bajo libertad condicional.
Imagínense por un instante que se deprimen, o que atraviesan una situación de mucha ansiedad, o están bebiendo un poco más de lo habitual, o deciden cortar vínculos con algunas personas de su entorno. Si alguien considera que eso constituye una enfermedad mental, aunque ustedes no estén de acuerdo, podrían ser internados en un hospital psiquiátrico. O imaginen que tienen un patrimonio importante y quieren donar una parte a una entidad benéfica y sus hijos, que perderían eventualmente parte de su herencia, pidieran internarlos y declararlos incapaces para quitarles el manejo de su patrimonio. O imagínense, por último, que son artistas exitosos, como Britney Spears, y que atraviesan un problema de consumo y un juez decide no sólo que su patrimonio va a ser manejado por su padre, sino que van a tener que usar métodos anticonceptivos por decisión de terceros, aunque ustedes no quieran y ya hayan superado su crisis de consumo.
Todos estos son ejemplos de la realidad, no ficciones, aunque se parecen mucho a una película de terror. Estas son las situaciones que la Ley Nacional 26.657 procura evitar, a través de encuadres que al mismo tiempo permitan accionar en situaciones de urgencia.
Muchos de quienes aprovecharon el episodio sufrido por Chano para reclamar la reforma de la Ley de Salud Mental en realidad están postulando la idea de que quitando derechos la salud mental se gestiona mejor. Sin embargo, ya sabemos a dónde conducen estas ideas.
Es restituyendo derechos que podemos mejorar el acceso a la salud mental de nuestra población, y para eso la materia pendiente no es ninguna reforma legal sino la aplicación cada vez más extensa de lo que la ley nos propone.
Un sistema de salud mental y adicciones que no respeta a las personas está destinado a fracasar, porque nadie se acerca a pedir ayuda a una institución o sistema que no va a respetar sus derechos. Necesitamos que las personas que padecen se acerquen y no que se escondan del sistema.
Algunas provincias, como Buenos Aires, están demostrando que con voluntad política e inversión se pueden generar nuevos dispositivos y mejorar la accesibilidad a la atención, como por ejemplo lo muestra la implementación de la línea de acompañamiento en salud mental que alcanzó a 19.539 personas, para citar un ejemplo.
Es necesario mejorar la atención oportuna de las emergencias con equipos de salud mental debidamente entrenados, capacitar a las fuerzas de seguridad para cuando se necesite su intervención, multiplicar los equipos de salud mental en todos los hospitales generales y centros de atención primaria, crear viviendas con apoyo para las personas que no tienen red socio familiar que puedan contenerlos, entre otras medidas que la ley contempla
Trabajar en la plena implementación de la ley nos permitirá mejorar la atención de la salud mental de la población, aunque ninguna ley va a eliminar los problemas de salud mental ni va a impedir que sigan existiendo crisis difíciles de abordar.

 

*Director Nacional de protección de grupos en situación de vulnerabildiad

Secretaría de Derechos Humanos de la Nación

Diputado Nacional (MC) autor de la ley nacional 26657

Sobre el libro Memorias de mi cuarentena, de Silvia di Segni // Claudia López Mosteiro

Silvia nos invita a pasear por un paisaje que dibuja para habitarlo.
El libro comienza con la nostalgia del verano reciente, apenas antes de iniciar la cuarentena por estos lares, aún con el recuerdo de la arena en los pies, paisajes de playas que ya empiezan a estar vacías, despobladas, como cuando termina la temporada; o que ya anuncian soledades por venir.
Dice: una parte de mi mundo se cerró, pero entrevemos que alguna puerta fue abierta para compartir con otros ese mundo.
Ya la dedicatoria a sus hijas, tan cerca ellas (y tan lejos), mastica, repasa las distancias alteradas. Ellas en la pantalla, casi las únicas caras sonrientes a lo largo de estos dibujos.
Durante 2020 esperaba sus dibujos, me sorprendían los primeros que vi en su Facebook, casi con alegría coincidía en esa cierta mirada: “sí, es eso, es así”, pensaba a medida que iban apareciendo. Alguna vez le mandé fotos de personas en las terrazas que divisaba desde mi ventana–casi siempre solas, dibujando movimientos en el aire-. La vida imitando el arte de Silvia.
Nos trae a la memoria este libro, la creciente desorientación que percibíamos, en aquellos primeros meses del aislamiento, ante los lugares conocidos, familiares y sin embargo cambiados, no sabíamos aún en qué. Transitábamos perplejos, desalojados de nuestro habitual paisaje urbano.
Uno de los que más me conmovió: ¿Entramos? Un hombre y su perro, de espaldas, ante un parque desolado, detenidos ante una cinta sutil, que da a entender que no se puede pasar.
Nos cuenta que cuando su mundo se cerró, empezó a trabajar en dos espacios, a los que llama: Espacio Diurno, el de las témperas, y Espacio Nocturno, el de los bordados.
Espacios nombrados en una dimensión temporal.
Día y noche. Armar rutinas. Dibujar y bordar. Noche y día. Bordar y dibujar. En el entretiempo, mirar, animarse a salir, convertir quizás esa desolación en algo narrable, habitable.
Bordar la noche juega con animales coloridos, sin barbijos; dichosos ellos, atemporales.
La mayoría de los dibujos muestran figuras solas, y aunque haya dos o más personas, transmiten soledad. O insinúan que este fue, en ese día, el rato en compañía, entre tanto estar solitario.
Silvia nos convida a husmear en esas terrazas, balcones, calles, casi como espías entrando en una intimidad expuesta. Actos mínimos, un estar lento: pasear al perro, mirar el cielo desde lo alto del edificio- las manos atrás-, trotar en el balcón, hablar por teléfono, saltar la soga, tomar sol; abrigados o en bikini, un recorrido por todas las estaciones del año en pandemia. Tiempos suspendidos.
La bici del delivery, en ocasiones lo único que se veía moverse en las calles.
La ropa tendida, también trasmite soledad.
Y siempre por allí algún perro.
Me entraron ganas de obsequiarle unos hilos de seda hermosos de mi madre, que guardamos amorosamente en el cajón de objetos de otro tiempo.
Por si sigue la cuarentena.

 

Naturaleza muerta, témpera, 18×26 cm, ph Amadeo Azar

 

*La imagen que ilustra la nota es: Autorretrato, témpera, 23×15 cm, ph Amadeo Azar

 

 

Comunidad penatenciaria: sensibilidades habitan cuerpos // Laura Peretti

Lo viviente transvasa memorias sintientes

Marcelo Percia

 

Un texto, diario de viaje o recuerdo de experiencia hace lugar a una intervención de la que fui parte y partera, a partir de un trabajo de campo para una carrera de posgrado. La apuesta es fabricar una narrativa de los habitantes de una comunidad, varones que fueron invitados a hablar de su historia de vida en una cárcel. Grupalidad que reunió a personas privadas de libertad y trabajadores penitenciarios, un armado que insistió en crear y sostener los encuentros como formas instituyentes frente a las que resiste la institución.

  1.   De ingresos y destinos

Transito instituciones carcelarias como psicóloga. Cada entrada es un ritual que se repite sin dejar marcas, aunque el montaje parezca fijar destino. El personal penitenciario cambia, pero siempre piden lo mismo: nombre, DNI y profesión. La persona que abre el portón de ingreso, anota los datos en unas hojas sueltas, atadas con un gancho de chapa y separa con el trazo de una línea cada nombre al que da admisión. Registra la hora, y el papel se descarta al final del día. Esa anotación lejos está del registro formal, una vez un celador lo escribió en su mano.

¿Peretti se escribe con una t o dos t? ¿tiene jerarquía? son las preguntas que me esperan cada ingreso. Respondería muchas cosas, pero en ese momento, me ajusto al guion. Respondo con dos tt. Soy “actor/a externo”. Así le llaman a quiénes no pertenecemos al servicio penitenciario. Significante no menor, se emparenta al “agente externo” aquel que puede infectar la institución.

 Camino entre pasillos, y vuelvo a dar mis datos algunas veces más.  Cerca del consultorio a donde me dirijo, está la cocina del casino penal. El pasillo con una mezcla de olor a mierda y flores muertas. Antes de entrar al consultorio, hay una tapa de resumidero que refuerza el hedor del pasillo. Piso y entro, el olor es más fuerte. Una vez que ingreso, enciendo sahumerios como un ritual. Abro una pequeña ventana por la que circula aire. Entre las rejas hay un pequeño espacio donde ubicamos cuatro plantas suculentas, trasplantadas una mañana de octubre con un paciente.  La ventana da a un patio, donde frecuentan quienes asisten a la cocina penal. Primero faltó una maceta y después otra. Las dos que quedaron no pasaron los barrotes. Pienso en la sustracción, tan habitual y tan naturalizada en este lugar, pero ahora lo sustraído era algo vital. Pienso mientras camino ¿qué destino habrán tenido las suculentas?

 ¿Qué destino tiene la salud mental en una institución penitenciaria? ¿cómo se distribuyen los espacios físicos que habitamos? ¿cuál es la decisión política en esa administración? Si la cárcel es un destino elegido por la selectividad del sistema penal hacia jóvenes vulnerados desde antes del ingreso, ¿cómo construir y ofrecer otras metáforas y otros espacios a los del desecho, resumidero, escoria de la sociedad? ¿cómo invitar a que las palabras den lugar a nuevas narrativas?

  1. Ante la escucha, las sensibilidades

Kafka en el cuento Ante la ley, narra una relación desigual entre un guardián y un campesino, el intento de ingresar a una puerta, y el banquillo en el que permanece por años el campesino buscando la ley. ¿Qué sintieron los personajes? ¿qué les pasaría si hubiera habido una escucha que los singularice? ¿a qué posibilidades abriría esa invitación? Desde una política de la escucha, de la circulación de la palabra, se ramifican otros destinos desconocidos que dan lugar a las sensibilidades. Marcelo Percia, usa la expresión “sensibilidades que hablan” sugiere que las palabras gravitan sobre las afectividades. (Percia, 2020) También agrego, sensibilidades escuchan, escuchas sensibles crean horizontes, ni diagnósticos ni etiquetas estancas.

Desde estas citas leo algunos registros cotidianos en las prácticas. Empiezo por escribir los nombres de los pacientes, o nuevos consultantes, que llamo en cada jornada y entrego una lista al celador de turno. En este marco, observé con atención cómo llegaban al consultorio. Lo particular del contexto es que no llegan solos, es decir voluntariamente, sino que son “trasladados” por el personal penitenciario. Vienen atados con grillos o esposas[1], desde los pabellones donde se encuentran, hasta el lugar donde los espero.

El trabajador golpea la puerta avisando que llegó el paciente y yo salgo a recibirlo, me dispongo a abrir el consultorio. El consultorio es un cuarto propio, un lugar de diferenciación donde ficcionamos un afuera. Hay un mural de un paisaje, un río, árboles, y un cielo abierto; también armamos una biblioteca y una videoteca, donde circulan revistas, libros y películas. Cuando se abre la puerta del consultorio, comienza la “de-sujeción”. A veces ocurre que los celadores se van sin sacar los grillos, entonces hago el pedido de que, por favor, desate los puños. En ese gesto, empecé a notar que algunos podían poner la llave en el hierro frío de manera cálida, hasta a veces haciendo un chiste, o llamando al interno por el nombre. Y, por otro lado, quiénes ejercían un destrato, marcando el poder por tener la llave, imposibilitados de esperar a que la entrevista termine, irrumpiendo con ruidos detrás de la puerta, con los mismos grillos que habían sacado.

A partir de esas escenas, hubo un acto de lectura de los vínculos ¿cómo se percibe lo común? ¿se reconocen como parte de una misma institución? ¿qué sabe cada uno del otro con el que convive? ¿cómo armar algo del intercambio que incluya un registro de comunidad?

  1. Crear una propuesta

A partir de las preguntas que pude ir construyendo en el cotidiano de una institución que da certezas, inacciones y órdenes dirigidas a individualidades despojadas de palabras e historias de vida, me entusiasmó la posibilidad de presentarle al director la propuesta de trabajar en grupos que incluyan a los trabajadores penitenciarios. Población que el equipo general de salud mental al que pertenezco, no incluye. Tema que me convocaba al debate y a pensar. Entonces avancé en la propuesta, el trabajo de posgrado ofrecía la opción de hacer algo más que mi trabajo cotidiano. Me interesaba escuchar a los celadores, ya que depende del personal “disponible” el trabajo con la población privada de libertad ambulatoria. Me interesaba armar conversación, registros de otros con los que se vive, armar cercanías, acortar dualidades que rivalizan.

El entusiasmo en la grupalidad venía siendo un norte. Hacía tres años que junto a Pablo mi compañero de equipo, alguien sensible e inteligente, ofrecíamos un taller de escritura creativa para los escritores que desearan participar libremente. La potencia del grupo nos cautivaba, nos daba nuevos lazos a los que la institución resiste, nos daba palabras, y como dijo Emanuel, un escritor que participó del taller, nos daba “justicia por letra propia”. Taller que tres años después, por interés de sus participantes, reunió a músicos creando una banda, “Los propios”.

Un trabajo grupal que incluya a los trabajadores penitenciarios, no era una experiencia inédita, era una experiencia que tomé de mi director de tesis, Juan Carlos Dominguez Lostaló, titular de Ps Forense de la Facultad de Psicología de la UNLP. De quién tomo que lo forense tiene que ver con el foro, con los fundamentos primigenios de administración de justicia, anteriores a la plaza romana. Una forma comunitaria de debate de los conflictos, la escucha es fundante de la sanción en el acto del foro, a mayor capacidad de escucha mayor es la posibilidad de decir la propia palabra.  “El efecto de resonancia despierta un grado de participación y un efecto de jurado”  (Dominguez Lostaló, 2006).   Es fundamental el derecho al consenso como al disenso entre las voces, y el sentir particular -transferencias- entre los participantes.

Armé la propuesta de trabajo, fui con el material escrito y un aval de la carrera de posgrado a hablar con el director de la unidad. El director era un señor que se mostraba con amabilidad, en particular con las mujeres, tenía un semblante de actor, alto, y de ojos claros. Su traje celeste portaba una serie de estrellas doradas en el lado izquierdo del pecho y un cartel con su nombre en letra imprenta mayúscula. Le comenté del proyecto. Había elegido para trabajar un número de diez personas, cinco integrantes del taller de escritura, ya conocidos y quedaban por elegir cinco trabajadores. El director puso objeción. Los trabajadores no podían participar porque estaban en su horario laboral. En segundo lugar, dijo que no podían ser los mismos trabadores debido a que el personal era rotativo. Por ejemplo, todos los martes no iban a estar los mismos. Ese detalle, se me había pasado. La segunda objeción del director era más alentadora, entonces seguí por ahí. Le propuse hacer encuentros con las mismas personas cada 15 días, y dejaba sujeto al horario más conveniente, el que no afecte recuentos de pabellón ni actividades de traslados. Además, le hablé de la experiencia de haberse hecho en otras instituciones, de lo inédito de hacerlo en ésta, del aporte que iba a generar a los lazos, en fin, ponderé con coraje lo que no sabía que iba a resultar.

El director después de algunos rodeos aceptó la propuesta, convenimos los martes a las 14hs. Sugirió tres trabajadores, y yo propuse dos que conocía, que había notado con disponibilidad de hablar. Por otras reuniones y situaciones, estaba advertida que el “decir que sí” del director, no era signo de que sea posible. Pero continué el plan, asumiendo el desafío de las dificultades. Hablé individualmente con cada persona invitada, contando el proyecto que había nombrado: “historias de vida de los habitantes de una comunidad penitenciaria”[2]. Fueron aceptando la participación, con recepción de sorpresa por estar invitados a una actividad compartida dentro de la institución.

 

  1. Invitar a un lugar común

Los encuentros fueron cinco, a los primeros me acompañó Pablo como co-participante. El proyecto planteaba un tema por encuentro. El primero daba lugar a la presentación de cada uno, lugares de procedencia, y registros anteriores a la institución. Los temas posteriores fueron sobre salud, educación, trabajo, (como derechos humanos fundamentales) y violencia institucional. Temas que seguían el eje de la invitación a hablar de las “historias de vida”. Los escollos fueron apareciendo en cada encuentro, desde no tener el lugar asignado y reunirnos en el consultorio, un lugar bastante chico para tantas personas. También en insistir en que lleguen las personas citadas, la búsqueda de cada uno, llamados a pabellones, preguntas a oficiales. Todo fue con mucha dificultad y tenacidad para que las reuniones pudieran darse.

Recuerdo sentires variados, un compromiso en la escucha del otro, risas y malestares. La sorpresa, como factor común, por haber compartido los mismos lugares, escuelas, instituciones de salud, juegos de infancias, trayectos laborales precarizados, disconformidad hacia la institución, hacia la jerarquía, órdenes que recibían y no dependía de ellos.

Con el análisis de los encuentros, ubico al neoliberalismo, como otro lugar común, uno de los principales factores de causalidad en que ellos habiten una institución carcelaria. Las personas detenidas estaban por causas penales de “robo”[3] y los penitenciarios, por el argumento de tener un “sueldo fijo” mensual.

Se sumó a los encuentros un trabajador que hacía tres meses estaba en la actividad laboral. Su puesto era en las “garitas”, un puesto por fuera, que nadie quiere ocupar, un puesto de “derecho de piso”. Él dijo que tuvo un mes de “formación” en la escuela penitenciaria y luego pasó al cargo, con arma cargada y con responsabilidades que cumplir. Pudo decir que vivía con miedo e inexperiencia esa situación. Nos quedamos acompañando su relato, con las experiencias de los otros trabajadores en sus llegadas. Un tema con complejidades y variables de análisis.

En el tercer encuentro propuse una actividad de lectura y escritura. La consigna fue hablar sobre la Convención de los Derechos Humanos, leímos los artículos 1 Obligación de Respetar los Derechos, 5 Derecho a la Integridad Personal y 11 Protección de la Honra y de la Dignidad. Luego invité a escribir una breve reflexión sobre lo escuchado. Quiénes estaban por causa penal, hablaron del incumplimiento y la violación de los Derechos Humanos en la institución. Armaron reflexiones en torno a la igualdad y a la dignidad. Cabe destacar que había una presencia de la lectura y escritura más cercana, la idea de consiga era algo que compartían por el taller de escritura. Los trabajadores en cambio, se sorprendieron y tomaron con dificultades la actividad. Para ellos los derechos se cumplen, y en relación al artículo sobre las personas privadas de libertad, no avalaron la relación de separación entre procesados y condenados, de modo contrario al establecido en la convención de los Derechos Humanos[4].

El desconocimiento, la falta de información, también es un derecho vulnerado hacia los trabajadores. Como quién porta armas luego de ir un mes a la escuela penitenciaria. Los celadores se mostraron con malestar por su precariedad laboral, falta de vacaciones, rotación y traslado. La mayoría viajaba muchos kilómetros hasta el lugar de trabajo. Situación que los alejaba de su familia, “nosotros no tenemos fin de condena, ellos en algún momento se van”. Esa expresión, nos dejó habitando el silencio de la profundidad de lo dicho. El celador que hizo ese comentario, también planteó la necesidad de un espacio para hablar de su malestar, ya que un compañero trasladado un año atrás había cometido un quíntuple crimen. Aquel trabajador al regresar a su domicilio, con arma, mató a su ex mujer, y a cuatro familiares más. La sorpresa otra vez fue compartida, una sorpresa que abrió a lo siniestro, a la angustia ¿cómo no pudimos ayudarlo? Se preguntó ese trabajador, ¿cómo no hicimos nada, si yo lo veía que andaba ido? ¿cómo acompañar a otros que no están bien? Valiosas preguntas tomaron cuerpo.

Devenir al tema de las violencias familiares, una trama de tensiones que se repiten y multiplican ferozmente. El silencio fue parte de la sorpresa, un silencio ante la escucha de sensibilidades que hablan, y ponen palabras al horror.

 

  1. Comunidad Penatenciaria

La cárcel es una máquina de producir dolor, una bestia magnífica, dice Foucault. Varones portadores de armas, poco empáticos y sin poder llorar.

En los encuentros aparecieron vidas sufrientes, con sentires, con historias portadoras de fragilidades. Ante la escucha, se abren múltiples derivas, y el registro de la escritura permite una marca de diferenciación y de existencia.

La institución penitenciaria forcluye las penas, las rechaza. Pienso en la exigencia a la hombría, y recuerdo una cita de Rita Segato: “Mostrar y demostrar que se tiene la piel gruesa, encallecida, desensitizada, que ha sido capaz de abolir dentro de sí la vulnerabilidad que llamamos “compasión” y, por lo tanto, que es capaz de cometer actos crueles con muy baja sensibilidad a sus efectos. Todo esto forma parte de la historia de la masculinidad, que es también la historia de la vida del soldado”. (Segato, 2018)

Esa exigencia a ser visto por otros, como “macho”, a mostrar una masculinidad armada, hegemónica, sin fisuras, estalla. Cada vez más seguido de las peores maneras. No me refiero a cualquier muerte, me refiero a los feminicidios: la violencia extrema de matar a mujeres, travestis, trans, transgénero.

El sistema penal está formado por tres agencias: la policía, el sistema judicial y el sistema penitenciario. Eugenio Zaffaroni, plantea que “abarca desde que se detecta o supone que se detecta una sospecha de delito hasta que se impone y ejecuta una pena”.  (Zaffaroni, 2020) En este sentido, la pena es el resultado de un delito para el sistema penitenciario. Los términos jurídicos ubican que la pena es el “castigo” que se mide en tiempo.

¿Qué pasa con las penas, las emociones de las masculinidades, y en particular de quiénes habitan las cárceles? Recuerdo a un joven que escribió en el taller de escritura, una carta a una jueza de ejecución penal que decía, “señora jueza de ejecución de las penas, yo sólo quiero ver a mi hija”. El lapsus, como hallazgo, mostró la verdad de lo íntimo de su sentir, más allá de la intención de nombrar de modo público a una jueza de ejecución de la pena. Decir otra cosa, en esa otra escena está lo que el psicoanálisis nos enseña. Dispositivo que es posible de habitar cuando alguien habla, cuando hay escucha, y efectos de las palabras.

Traigo otros interrogantes ¿cómo poner a jugar las penas con las palabras? ¿cómo darle atención al sentir de cada uno? ¿cómo construir lo penatenciario? Pero no como un lugar de castigo, eso ya sería el no hablar penitenciario, sino con la posibilidad de de-sujetar la hombría y dar lugar a lazos humanizantes.

Cuando las penas se rechazan, crecen, retornan de diferentes formas y camuflajes. A veces devastando al entorno, como el celador del quíntuple crimen. Este punto de capitón redireccionó el trabajo inicial de investigación sobre los vínculos de la institución, permitiendo ubicar lecturas de género, e invitar a hablar del sufrimiento de las masculinidades enmudecidas. Marta Boccardo, fue mi co-directora del trabajo de posgrado y es una referente que acompaña en lecturas y escrituras de un psicoanálisis con perspectivas de género.

Al recordar los encuentros, me vuelve la cita de la canción de Atahualpa “las penas son de nosotros las vaquitas son ajenas”. Ese “nosotros” fue desde el encuentro con otros semejantes, pero no desde los fenómenos de masa que comandan la institución. Sino desde un lugar común con voces escuchadas, que comparten penas y también alegrías. La risa apareció frecuentemente, aunque tampoco es libre de manifestarse. Trayectorias de emociones vitales, que patriarcado mediante, no han recibido el don de la posibilidad de hablar.

Pedir ayuda, es un signo de la “comunidad penatenciaria”, aquella comunidad que puede poner atención a las penas, y también a la búsqueda de amor. Ubicando que no son ajenas, siguiendo la cita de Don Ata, las vaquitas en cambio sí. El poder, está en otro lado, no está preso, no viene de barrios vulnerados, ni tiene portación de cara del estereotipo de “delincuente”. Es el poder el que construye segregaciones, reincidencias, y penas cada vez más severas.

Las resonancias amplificaron cercanías. En el taller de escritura hablaron sobre la experiencia compartida, narrándola a quienes no habían participado. El rasgo de sorpresa seguía siendo una respuesta común, sobre todo por el modo que nombraban a los trabajadores que habían sido parte. Poder hablar del otro, desde una vivencia de las palabras y la escucha, produjo la apertura de nuevos registros para cada uno y entre todos.

Los celadores siguieron preguntándome por mi trabajo de la carrera, llamándome por mi nombre y yo por el de ellos. Esa marca de encuentros también generó mis propias cercanías a ubicar los sentires, las vulneraciones, las penas, más allá de los trajes y las investiduras. Después de los encuentros grupales, suelo preguntarles a los trabajadores por sus nombres. Se sorprenden con la pregunta. Muchos sonríen, encontrando en esas ceremonias mínimas, un modo más humano de habitar la institución.

 

Referencias

 

Boccardo, Marta (2018) Masculinidades y mandatos del patriarcado neoliberal. Buenos Aires: Entre Ideas

Dominguez Lostaló, J. (2006). El porqué de una psicología forense. UNLP: ficha de cátedra. Facultad de Psicología.

Percia, M. (2020). Sensibilidades en tiempos de hbalas del capital. Adrogué, Buenos Aires: La cebra.

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo.

Zaffaroni, E. R. (2020). Manual de derecho penal. Buenos Aires: Ediar.

 

 

[1] En el artículo Voces masculinas tras las rejas. Me detengo en este significante, en el lugar que también es nombrada la mujer para la cultura patriarcal.

[2] Hoy no le pondría el mismo título, la parte de historia de vida sí, pero lo de comunidad penitenciaria, abre un gran debate. En todo caso, hacia una comunidad penitenciaria.

[3] Es interesante las consideraciones sobre lo simple y agravado del robo. Quién evalúa esos criterios, y cómo las causalidades por vulnerabilidad, que establecen Las 100 reglas de Brasilia, quedan por fuera de estos puntos a determinar desde el poder judicial.

[4] Parte del Art 5 plantea: Nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.  Toda persona privada de libertad será tratada con el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano.  La pena no puede trascender de la persona del delincuente. Los procesados deben estar separados de los condenados, salvo en circunstancias excepcionales, y serán sometidos a un tratamiento adecuado a su condición de personas no condenadas.

 

Odian lo plebeyo // Diego Valeriano

Odian el gesto irónico, la insolencia, el desacato. El movimiento sin sentido, la voluntad de no ser gobernados, la deserción, la amistad y ese desdén al caminar. Odian que no se entienda, que no se amolde, que no hagan caso, no poder explicarlo. La violencia que no se encauza, la fiesta desaforada, la feria permanente. A la vagancia que no traiciona, a las que pierden el tiempo en una esquina, a los amanecidos. Ni plan, ni taller, ni caso, ni gato. Odian que se escapen para no ser psicologiadas, adormecidos, educadas, politizados, incluidas. Odian a Facundo, Alejandra, Santiago, Marquitos, Belén, Rafael. Odian al punto de olvidarlos, de hacer silencio, de esperar a ver lo que conviene, de usarlos. Odian tanto lo plebeyo que dicen jefa, tropa y gracias por las vacunas. Es tanto el odio que explican lingüística y políticamente al Diego para que su revulsión ya no diga nada. Aman a los que odian, a los que mandan, a las que saben. Flashean con Putin o Bolsonaro, con Berni o Bullrich. Retuitean al vigilante de Alemán, se empachan con chamuyos de otros. Haters de cualquier gesto desobediente, de las vidas que no valen nada, de los que no producen, de los que cobran sin salir a laburar. Se creen emprendedores y son empleados del odio. Odian tanto que explican un desalojo, la quema de ranchos, la tierra arrasada, el acoso de la gorra, la política en patrullero, las balas, está normalidad llena de cartones, basura, ropa vieja y chapas. De tanto que odian se parecen entre ellos. Señalan, vigilantean, postean, retan, termean, denuncian. Militante, burócrata, influencer, periodista, panelista. Odian lo plebeyo, lo que se abre a partir del afecto, lo que deambula, lo que no cuaja. Odian el deseo de no quedarse quietos, de seguir andando, de vivir de cualquier manera antes de seguir viviendo así. 

Hacer del descalabro la base de transformación de la vida // Toni Negri

Para celebrar el lanzamiento de «Historia de un comunista» de Toni Negri Tinta Limón comparte algunos fragmentos significativos del libro. La autobiogafía del pensador y militante italiano, protagonista del largo ciclo de luchas abierto a fines de los 60, oscila entre la memoria y el ensayo. Negri reconstruye su historia en tres momentos: su infancia y primeros años de formación en una Europa devastada por la guerra y el fascismo; los años de explosión del protagonismo político de los obreros y la gran redada del 7 de abril de 1979 que interrumpe violentamente este proceso y sienta las bases del orden neoliberal.

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Aún siento el paso veloz de mi madre, el ritmo de la caminata en el silencio absoluto de la ciudad a esas horas de la mañana. Cuando me digo a mí mismo que durante mucho tiempo sufrí patologías autistas, tal vez me equivoque –pero desde luego mi madre estaba entonces como loca y apretaba mi mano no solo para tirar de mí–. Nunca se me habría ocurrido escaparme de ella: ¿por qué me tenía prisionero? Se lo pregunté varias veces a amigos psiquiatras, a Félix Guattari, a David Cooper: se reían, decían que los comportamientos de Aldina eran completamente normales, que lo que habría debido de preocuparme hubiera sido que no los hubiera tenido. Nunca he sido capaz de discutir con los psiquiatras sobre su ciencia: les prefiero como filósofos, charlando de política o yendo de parranda. ¿Por qué no saben explicar el sufrimiento de aquel niño que era yo?

*

La montaña me gusta mucho, pero amo más el esfuerzo que el resultado, el deporte más que la emoción de la cumbre. En mis reflexiones y en mis comportamientos se torna central el descubrimiento de la fatiga de la vida. Atravesar la naturaleza con fatiga es el signo de la salida de la miseria que veo a mi alrededor y de la pobreza de mis posibles: el esfuerzo representa una especie de lucha para salir felizmente del estado de naturaleza. ¿Lo consigo? Es pronto para decirlo. Sin embargo, en aquel momento este espacio es también el terreno en el que he de derrotar a la enfermedad: cuando hago deporte no me ataca el asma. Me olvido de los síntomas cuando marcho a ritmo atlético y mi sudor cobra el gusto de la tierra roja de la pista.

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Unos días después, mi amigo de Bisacquino será asesinado: de nuevo la muerte se cruza en mi camino. No era un muchacho como yo, era un jornalero que había aprendido a escribir, padre de tres niños, un hombre honrado, un comunista: ¡es la muerte de un hermano y hay que vengarla! Explico y discuto lo que ha sucedido con los compañeros en Padua; planteo duras críticas a la línea política de Danilo Dolci, en particular sobre la no violencia: ¿qué sentido puede tener ese marchamo de pura propaganda moral, en un mundo donde el ejercicio de la violencia del más fuerte es inmediato, donde representa el orden mismo de la sociedad y ni siquiera está mistificado por el poder del derecho?

Algo cómica nuestra presunción: empezábamos a hacer política y ya nos hacíamos la ilusión de haber construido un partido, nos esforzábamos por salir del individualismo y ya nos sentíamos universales. Era interesante la propuesta de trabajar sobre los lenguajes, de construir la comunicabilidad de las hipótesis operativas que queríamos producir: ¿pero cómo caracterizar nuestra condición cultural? Un nuevo curso y una política válida de alternativa democrática, promovida por los partidos obreros, nos parece posible si en los distintos ámbitos de la organización social, desde la vida sindical a la universitaria, se desarrolla un discurso cultural y técnico autónomo, capaz de desvincular a los partidos obreros de la crisis en la que han terminado encontrándose frente a la especialización burguesa, en la que entonces se llamaba «política de las cosas». Lo cierto es que el lenguaje de los partidos obreros nunca se ha liberado de la subordinación a la cultura burguesa: de ahí la crisis derivada de una posición incoherente y ambigua –oportunismos tácticos y reformistas, o maximalismo subversivo–. Por eso nos parece urgente un trabajo de programación cultural autónoma, en un nivel especializado, en referencia a la lucha política de los partidos obreros.

*

Tras una década de vida común, el grupo termina aquí. Vuelvo a hacer dedo por unos días, completamente solo. En Lerici me detengo para pensar en soledad y tomar algo de sol. Miro mar adentro, por una vez me inquietan las ausencias. Luego voy a Lucca a perderme en discursos utópicos y razonamientos abstrusos con un par de amigos napolitanos ahora rebotados del Partido Comunista Italiano: ¿qué es la felicidad, qué es la liberación de la miseria capitalista de la vida, qué es ir más allá de la alienación y la reificación? Ninguna respuesta. ¿A quién puede sorprenderle? La solución de todos los problemas planteados solo podía ser hacer política, empezar la militancia: era lo único razonable; la ética consiste en construir nuevos objetivos comunes y en realizarlos. Había aprendido a sufrir por el fracaso de mis propósitos, pero también a reconocer que se trataba de superar ese fracaso, para construir condiciones de vida nuevas y siempre plurales. Del grupo quedará en mí una increíble nostalgia: ahora había que hacer de su descalabro la base de la transformación de mi vida.

*

Lo digo con ironía: siempre me ha impresionado el esfuerzo de los sindicalistas y los patrones en poner un precio al trabajo. Los imaginaba haciendo esfuerzos de medición, los patrones con el multiplicador de millones, los sindicalistas con los porcentajes y los decimales. Una reivindicación salarial nacía siempre de estas operaciones: los sindicalistas se presentaban ante los obreros más como matemáticos que como delegados para representarles. A su juicio, el objetivo sindical debía tener una apariencia «científica» (sic): por eso sólo se podía modificar si se encontraba un error de cálculo (es decir, de medición). En el sindicalista debía brillar alguna perla transcendental, ya fuera científica o mágica. Esto provocaba la risa de los hombres más inteligentes, que se habían adaptado a la función sindical: Bruno Trentin y Pierre Carniti me contaron numerosos contratiempos en el intento de medición.

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Durante aquellos meses el movimiento se había convertido en un enjambre, en una verdadera multitud de chicos y chicas, obreros inmigrantes y proletarios metropolitanos, que vivían juntos, formaban círculos y preparaban las luchas mientras se preparaban para la vida. Como quería el presidente Mao, la lucha de clase había que vivirla sobre todo en la experiencia del/en el pueblo, en la clase –¡vivir como revolucionarios, «disparar» sobre el cuartel general!– Nos reíamos de ello y nos provocaba asombro: a un filósofo que hubiera querido definir la categoría «acontecimiento», le habría bastado vivir esa situación. ¡En cambio, el lenguaje político y la escritura de los compañeros eran tan mecánicos y retóricos! El lenguaje del operaismo trontiano, elegante y fuerte, traducido a la experiencia juvenil y generalizado en las luchas, resultaba estirado, frígido.

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Había terminado el ‘68, había llegado a su fin el efecto de superficie de aquel acontecimiento extraordinario, empezaba a salir a la luz la naturaleza del proceso subversivo, su trama ontológica. Y, sabiendo lo difícil que era adecuar a esa ruptura de época las estructuras de la organización política, aprendíamos a nadar en las aguas profundas. Pero no era suficiente: había que construir barcas, veleros, acorazados, portaaviones –el futuro que se había abierto era distinto del pasado. No se trataba sólo de gestionar el presente, sino de inventar un camino «más allá», de extender un puente ante nosotros–.

*

Habíamos dado en el blanco: habíamos intuido no sólo que la explotación se había extendido de la fábrica a la sociedad, sino también que todos los trabajadores sometidos a esa explotación tomaban conciencia de ello, resistían, mientras esperaban una reacción. La organización no es un mecano ni un lego, es la combinación de un dispositivo teórico-práctico gestionado por minorías activas con un deseo colectivo, de resistencia. La iniciativa no tarda en organizarse por campañas, empezando por la denuncia y la destrucción de las «guaridas del trabajo en negro»: se trataba de combatir la redistribución del trabajo de las grandes fábricas a los pequeños obradores y talleres, que permitía despedir en la fábrica para producir de manera esclavista en el territorio.

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En esos años estalla un feminismo inteligente y duro. Con los grupos del «salario para el trabajo doméstico», las mujeres habían sido las primeras en extender la temática del salario a la sociedad: habían empezado a hablar de salario, con una concepción más rica del trabajo de reproducción –era más bien trabajo de cuidados–. Había aquí una enorme ampliación del concepto de fuerza de trabajo: tenía como ejemplo el trabajo de las mujeres, era fuerza de trabajo que constituía el trasfondo de la sociedad productiva. El feminismo que reivindicaba el salario para las mujeres por el trabajo doméstico era la punta de un iceberg que revelaba no sólo la importancia del trabajo femenino, sino la socialización del trabajo en general.

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Hablamos mucho de la cárcel. Luchamos junto a los reclusos cuando se rebelaron –y las rebeliones fueron muchas en esos años–: los presos en los techos de las prisiones, las manifestaciones alrededor de la cárcel, los contactos con los reclusos y los intentos de evasión organizados desde fuera. Yo mismo fui condenado por haber organizado una evasión –algo de lo que no me avergüenzo, pero no era cierto–. En ese momento, entre finales de 1978 y comienzos de 1979, se trata de comprender desde dentro la relación con esa cárcel contra la que hemos luchado desde fuera.

Contra los límites del lenguaje, la ética de la imagen [1] // Peter Pál Pelbart

                                                                                             

Un aficionado al cine desde la infancia, fanático por la clandestinidad de la sala oscura, Deligny siempre ha tenido una fascinación ambigua por este arte. Porque no es exactamente la película lo que le interesa, sino las imágenes. No es la narratividad, el contenido, el sentido, la moraleja de la historia, por decirlo brutalmente, sino lo que escapa al dominio del lenguaje o al predominio de la historia. Deligny se refiere a las imágenes como gansos. Existen aquellos, salvajes, que levantan vuelo, ya sea ante una amenaza, sea a punto de aparearse, en cualquier caso, en circunstancias que tienen que ver con la supervivencia de la especie. En contrapartida, hay quienes, domesticados, solo retienen de esa capacidad un tímido movimiento de alas, siempre abortado. Ya no pueden tomar vuelo. Del mismo modo, las imágenes: algunas toman vuelo, liberadas de lo que el lenguaje deposita en ellas, ya sea mensajes o contenidos, y otras, domesticadas, civilizadas, demasiado contaminadas por los sentidos que llevan, por los significados que transmiten, por los mensajes de los que son portadoras, por el lenguaje con el que están asociadas, apenas esbozan un movimiento propio. Están enfermas, de tan a cargo de transmitir lo que sea que no les pertenece y les es ajeno[3]. Lo que pierden, con eso, es precisamente el «movimiento» que está en su origen. Eso es lo que importa, el movimiento sobresaltado, el movimiento de actuar (en lugar de hacer, que apunta a un objetivo). Estas imágenes «libres» tienen una memoria- otra, “primitiva”. «Estamos asediados por un pueblo de imágenes», dice él. Estamos poblados por ellas, pero ellas no aparecen, demasiado sumergidas por las imágenes domesticadas. No es difícil domesticar un ganso, o una imagen. A pesar de esto, los gansos salvajes continúan levantando vuelo y cruzan los cielos en formación geométrica, en V. “Las imágenes verdaderas, aquellas que no están sobrecargadas de representar lo que sea, tienen, entre ellas, formas que solo esperan las circunstancias oportunas para desplegarse como antes»[4]. Una de las cuestiones del cine es crear tales circunstancias oportunas. 

               Pero sería necesario preguntar, antes de eso: ¿de dónde vendrían tales imágenes? Primera hipótesis a descartar: no provienen de la imaginación. De ahí esta afirmación lapidaria: las imágenes no se imaginan. Por supuesto, están las imágenes imaginadas, incluso por el cineasta- estas son las domesticadas. Pero las imágenes propiamente dichas, de las que estamos hablando, no son imaginadas, ellas están, son, existen y no se ven. Es decir, no están hechas para ser vistas, no presuponen una alteridad, o un sujeto, ni siquiera el propio sujeto que las porta. Las imágenes «tout court», como dice Deligny, existen sin el yo, sin el sujeto, sin ninguna intención, fuera de todo lenguaje. Si los humanos habitan el lenguaje, y piensan a través de él, y con la procesión de sentidos, intenciones, encadenamientos, finalidades que conlleva, ciertamente hay otro modo de pensar, preservado entre los autistas, y que se da a través de las imágenes. Tales imágenes no se refieren a un Si, no componen una reflexión… En el reino de tales imágenes, no hay nadie. He aquí una imagen que no representa, no reproduce, no tiene intención, no significa, no pertenece a nadie, y que solo puede aparecer en la improvisación, o inesperadamente, incluso si requiere una preparación cinematográfica larga y elaborada. Estas imágenes tal vez aparezcan solo «en el medio», «por casualidad», así como la hierba entre las plantas o en los márgenes de las carreteras, como un resto. Son imágenes que no le piden nada a nadie. ¡»La imagen existe y no quiere decir nada»![5], ella está por todas partes y no se puede ver, y persiste. Pero paradójicamente, es también aquella que huye, y que escapa sobre todo de lo que Deligny llama «preneur d´images», aquel que «toma» imágenes, o «las captura», y que llamamos cineasta. Pero, ¿cómo puede ser la imagen el alma del cine, si justamente esta imagen «verdadera» es aquella que huye, escapa, no tiene intención, no hace historia? De ahí la negativa en usar el verbo filmar. Solemos designar ciertas acciones a partir del instrumento que utilizamos (martillar, martillo), y no por el resultado obtenido. Por eso, no decimos librar cuando hacemos un libro. ¿Por qué, entonces, designamos la operación cinematográfica por el resultado en el que desemboca, y no por el proceso del que depende? Tal vez pudiésemos decir «camarar», en lugar de filmar, porque al usar la cámara podríamos hacerlo sin necesariamente apuntar a un resultado, más atentos al proceso que a la finalidad. A Deligny le gustaría pensar la toma de imágenes de forma tal que ellas no se sometiesen a tal o cual objetivo, proyecto, historia, finalidad… Por lo tanto, redescubrir la imagen a pesar de la historia del cine que la inclinó a sus designios. Contra el filmar, camarar. No hace falta decir que en el camarar se expulsa precisamente aquello que en el filmar está en el centro, el director, el ego, el yo, el sujeto o su proyecto, su intención, la obra final, el sentido. En el fondo, la imagen es justamente aquello que generalmente hace falta en una película, la imagen es lo que nos falta. Con eso, quizás Deligny sueña con un arte en el que no se quisiese, no se dejase, no se apuntase a nada … Captar algo bajo el signo del inquerer … Aunque está por todas partes, la imagen es como el átomo, no se ve … Si camarar sale en busca de la imagen, no significa que la encontrará, oculta que ha estado ahí durante tanto tiempo por las imágenes domesticadas, cultas, legitimadas, cuya función, además, consiste entre otras cosas en abolir las imágenes «verdaderas». No se trata, a través del camarar, de reencontrar algún objeto perdido, sino un movimiento persistente.

              

               Deligny escribió un libro, un poco a contramano de Heidegger, Acheminement vers l´image (el de Heidegger’s en francés fue publicado como Acheminement vers la parole). Pero el confiesa que debería llamarse Acheminement vers l´imager. «Imagear» es lo contrario de imaginar … Imaginar es anticipar imágenes. Imagear, por otro lado, es como atraer los gansos salvajes, «imágenes perdidas como lo son todos esos infinitivos que escaparon a la domesticación»[6]. Tal vez, en el fondo, y esta sería la hipótesis radical de Deligny, la imagen es «del reino animal», en otras palabras, proviene de la memoria de la especie humana y tiene algo en común con todas las demás especies. No se trata de hacer de esto una hipótesis científica, «colosal», como sería la freudiana, porque en el fondo no importa si es verdadero o falso, importa que esto ayude a deshacer ciertos hábitos de «imaginar» o «capturar imágenes» en el modo de filmar. “La imagen en el sentido en que la entiendo, la imagen misma, es autista. Quiero decir que ella no habla. Una imagen no dice nada, y, como en el caso de los niños autistas, esta es una razón más para que todos la obliguen a decir no sé qué. La imagen aguanta firme.» La imagen aguanta firme, es decir, ella se resiste a significar aquello que quieren imponerle. En eso hay algo de la ética, término confuso, dice Deligny, que nunca usó antes de leer a Wittgenstein. “La ética es el impulso que nos lleva a chocar contra los límites del lenguaje. Es exactamente el trabajo del creador de imágenes. Su trabajo esencial es estar impregnado con la idea de que se trata de exceder los límites del lenguaje, y no quedar esclavizado por no sé qué sistema simbólico. Es preciso atravesar eso. Esto es la ética”.[7] Por lo tanto, ir más allá o por debajo del lenguaje, esa es la apuesta, ese es el desafío, ese es el impulso. O simplemente reconocer esto: “La imagen es la imagen, el lenguaje es el lenguaje. La imagen no se convierte en lenguaje, ni al revés tampoco… Actuar no se convierte en hacer «. Hacemos sopa, lavamos platos, hacemos pan. Un autista, incluso si participa a su manera en esos haceres, “no hace nada. Él actúa «. Actuar contra hacer (Deligny entiende «actuar» de una manera muy singular, como actividad sin objetivo), imagen contra lenguaje, innato contra civilizado, inquerer contra intención, etología contra fenomenología. Si el estatuto de esas imágenes aún permanece nublado, es porque estamos demasiado enredados en una infinidad de imágenes (Deleuze las llamaría clichés) que las recubren. Quizás lo que mejor lo explicita es Deligny contando cómo los autistas a veces permanecen delante de los adultos como espectadores de cine o televisión, asistiendo a una novela tediosa que no termina nunca. De repente, se levantan y van a ver el agua corriendo. Es cuando su mirada despierta, extasiada.

 

               Chévrier tiene razón. Para Deligny, la imagen no es algo que está allí, esperándonos, -sería suficiente entrar al cine para encontrarla. Ella puede o no aparecer, puede revelarse o no en el transcurso de una película. Ella no está en la pantalla, sino «entre» la película y el espectador … Al mismo tiempo, en otro sentido, siempre está ahí, como trazo permanente de la especie, infra lingüística, memoria de especie. Quizás el instinto sea precisamente el conjunto de imágenes infra-culturales que perpetúan la especie… En otras palabras: el cine permanente de la vida libera imágenes que, aunque permanentes (en este fondo) son discontinuas (en su aparecer)… ¿Dónde aparecen? En el gesto disociado del discurso, en el mínimo gesto que salta de la rutina (de ahí el título de la película de Deligny: Le moindre geste).

               “Para Deligny, dice Chévrier, el autismo era una especie de prodigio de la existencia liberada de la reversibilidad del mirar. Janmari (el niño autista que él adoptó) fue la encarnación de la verdadera imagen. La verdadera imagen, que aparece, que no representa nada ni a nadie, tampoco necesita ser vista. Ella no precisa ser leída, descifrada, interpretada. Tiene una presencia física, material, ella existe, en un lugar determinado, pero no tiene un contenido a revelar (…) La verdadera imagen se libera de la marca del mirar. Se escapa del ojo. Ella no está más en la (recta) línea del mirar, ya que participa en el curso de las cosas, líquido o aéreo. ¡Ella levanta vuelo! La imagen no puede satisfacer el mirar (…) Pero ante el afán de ver, al ojo voraz puede responder, en otro plano, al éxtasis (o alzar el vuelo) de la imagen».

               El refugio de Deligny en las Cevenas fue una tentativa de «destituir el discurso», recuerda Chévrier, en un hermetismo quizá compensado por su escritura incesante. Se puede decir que Deligny se dejó poseer por Janmari, así como otros han hecho un voto de silencio. Todo esto para oponerse a la ideología, a los discursos llenos de palabras de orden, la movilización militar que se oculta en el lenguaje, en las instituciones que crea, en el partidismo finalista y voluntarista que los autistas ponen en jaque. Deligny “sueña con liberar la imagen de la previsión verbal. Sueña con una imagen encarnada que sería el trazo vivo de una existencia desnuda”, dice Chévrier. Y con eso, resuena con toda una crítica marxista contra el fetichismo de la mercancía, que hace de la vida una mercancía intercambiable.

               Una vez alcanzado este punto, uno se pregunta en qué medida esta perspectiva, experiencia, práctica, en su dimensión arcaica, puede decirnos algo, hoy, aquí, ahora, sobre el estado de la imagen en contextos singulares.

                                                                                                                          (Continuará…)

Traducción: Ana Laura García

Imágen: L′île d′en bas. 1969[2]     

[1] Texto pronunciado en el II Encontro Internacional Fernand Deligny. Gestos poéticos y prácticas políticas transversales. Río de Janeiro, octubre de 2019.

[2] Archivos Gisele Durand- Lin et Jacques Lin. Imagen extraída del libro: J. Lin (2019) “La vie de radeau. Le réseau Deligny au quotidien. Le mot y le reste. p. 87

[3] Deligny, Acheminement vers l´image. Oeuvres (2017). P. 1667-8.

[4] Ídem: 1671.

[5] Idem: 1690

[6] Idem: 1731

[7] Idem: 1765.

La última ofensiva sensible // Diego Valeriano

El aire que respiramos, la tierra que no tenemos, los abrazos, el viaje, la fiesta. Lo inimaginable, lo imposible, la guerra, estos 20 años que nos golpean de repente. Todas las formas de desobediencia que fuimos aprendiendo en la previa, en la cancha, en la huida, en las letras. Algunas palabras, cierta manera de caminar, la manija de ir hasta allá, un nervio muy especial cargado de información del futuro. Autopista Center, Racing, microestadio de Lanús, un superpancho en la Avenida San Martín, el mundo entero. Remisería, pabellón, Villa Maria, escabio, camping, armarse hasta los dientes y el Chateau Carrera como último llanto. Correr con miedo, correr contentos, sentir el gusto a sangre en la boca, seguir corriendo. Plantarse, no poder esquivar el enfrentamiento, hacerlo de manera gozosa. Recordar a los nuestros, combatir una época, segundear. No andar tan solos, buscar aire, una astilla, una amistad, buscar algo donde no queda nada. Sentir en todo el cuerpo el deseo de no ser gobernados, pero no necesariamente de hacer la revolución. Vagar, desertar, no mirar atrás. No sentirnos solos, vacías, ninguneados. Lo irónico, lo irreverente, igualitarista y libertario que se nos despertó cada vez y para siempre. Las  letras en la piel, los recuerdos, los nombres de nuestras hijas, de los que ya no están, de los que la quedaron. Lo que pudo ser y realmente existió. La última ofensiva sensible, un recuerdo, lo genuino, nuestros gestos plebeyos, el miedo que nos tenían, la lucha. Una especial comprensión del momento, un código, algo acá en el pecho, el mundo que se nos abrió a partir de esas buenas canciones. 20 años, toda nuestra vida entera. 

La literatura y la vida // Gilles Deleuze

Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción edípica, del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence, «si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son diferentes… ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a un niño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pagado». Pero la literatura sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad, sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un animal, un vientre, un niño… Las dos primeras personas no sirven de condición para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo (lo «neutro» de Blanchot). Indudablemente, los personajes literarios están perfectamente individualizados, y no son imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una joven, etc.) le hacen acceder a una visión, ve el oro, de tal forma que empieza a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido: un avaro…, algo de oro, más oro… No hay literatura sin tabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la  tabulación, la  función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.

No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche».

Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles. De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar. La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un único hombre». Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.9 Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre–madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio de dominación se mezcle con el delirio bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta. 

Critica y clínica. 

Carri y el carácter flotante de lo plebeyo // Diego Sztulwark

En su libro Isidro Velázquez, formas prerrevolucionarias de la violencia, Roberto Carri investiga las rebeliones populares espontáneas a partir de un caso de bandolerismo social sucedido en el Chaco durante los años sesenta. Sus protagonistas: Isidro Velázquez y Vicente Gauna.

Velázquez, “honesto peón rural de origen correntino, sufrió una serie de hostigamientos por parte de la policía de Colonia Elisa (Chaco), que culminaron con su detención y posterior fuga de la cárcel local”. Desde entonces, “comenzó una vida fuera de la ley y durante más de seis años tuvo en jaque a toda la policía provincial”. A pesar de que la acusación oficial contra él es de robo, reiteradas versiones insisten en que se trata de una persecución arbitraria, “un típico acto de violencia policial injustificado” que deriva en un alzamiento contra la ley. Entre los años 1962 y 1967, Velázquez –prófugo de la justicia– junto con Gauna –un “salvaje irreductible”– serán los bandidos que roban a los ricos (secuestran estancieros) y se burlan de las fuerzas del orden interpretando fugas desopilantes y acciones espectaculares. La leyenda, oriunda del pobrerío rural y de la comunidad indígena de la zona que les brindaba apoyo, le atribuye a Velázquez poderes especiales como el de volverse invisible para escapar de las emboscadas, así como su capacidad de dominar al enemigo con la mirada.

Carri se propone desentrañar el fenómeno que representa la popularidad de Velázquez: la enorme simpatía y la solidaridad activa que despertó entre los sectores más pobres de la población –“criollos de origen correntino, santiagueños e indígenas”–. El odio de estos sectores se proyecta sobre Velázquez, un rebelde individualista, convirtiéndolo en un héroe que enfrenta al régimen colonial dominado por los grandes propietarios blancos y sus fuerzas armadas. El autor caracteriza a estos trabajadores pobres que apoyan a Velázquez como un “proletario total”, muy diferente de las fracciones obreras urbanas integradas en la industria moderna, a las que la teoría revolucionaria (y a su modo también el desarrollismo) otorga el papel central del proceso emancipador. Junto a la desposesión total, este proletariado rural se caracteriza por su condición deambulatoria, migrante. En la página 44 de la edición de Colihue, puede leerse el siguiente texto: los trabajadores del monte, en su mayor parte provenientes de la provincia de Corrientes -principal exportadora de carne humana del país junto con Santiago del Estero- y en segundo término paraguayos y santiagueños, no pueden volver a su lugar de origen y deambulan por la provincia en busca de trabajo. Los más audaces van hacia las ciudades cercanas o al sur a engrosar la población de las villas miseria. Esta población que ha dejado de ser rural, todavía no se ha incorporado a la actividad económica urbana, forma un semiproletariado flotante de carácter semirural y semiurbano a la vez. En estos hombres y en los integrantes de las colonias indígenas va a encontrar Isidro Velázquez el mayor apoyo”.

El autor plantea elementos para una teoría no populista de la rebelión plebeya en torno al carácter deambulante de este semiproletariado. La historia de la violencia colonial es la historia de una tentativa por imponer al indio nómade la razón sedentaria y fijarlo en la explotación extrema del obraje. Hay en este estado de flotación un potencial de no obediencia que Carri capta sobre todo como la conservación de una solapada propensión a la venganza (a Velázquez se lo llama popularmente “el vengador”). La memoria de la desposesión y la criminalización del nomadismo (el hombre de piel oscura que se lleva a la mujer blanca, dice Carri) hacen del prófugo armado una figura límite o de contrapoder, una condición migrante o de vagabundeo que contrasta con la integración del proletariado urbano que trabaja en la industria, base del vandorismo.   

Pero esta efervescencia plebeya no da lugar a revoluciones triunfantes, y Hobsbawm la califica de “prepolítica”. Carri no acepta este punto de vista. Le parece que las izquierdas formalistas ignoran el potencial político contenido en esta flotación semiproletaria, un magma explosivo en el que convive el odio del indio, el pobre y el migrante ante la tentativa colonial de fijarlos en el espacio de explotación, junto a un estado de sospecha ante la integración en el Estado moderno del desarrollo (también en Marx se encuentra la indicación sobre el potencial revolucionario de la comunidad agraria, la que no necesariamente ha de ser disuelta por el moderno capitalismo, como se afirmó en nombre del marxismo durante décadas, sino que puede jugar un papel importante en la lucha por su superación, tal y como podemos estudiarlo en los apuntes marxianos publicados bajo el título Comunidad, nacionalismos y capital, textos inéditos de Karl Marx, editados por la Vicepresidencia de Bolivia en 2018).

Carri escribe sobre Velázquez siendo un joven sociólogo de 28 años. El libro, publicado originalmente en 1968 por la editorial de Ortega Peña, tiene un sentido polémico contra los reformadores progresistas que practican un tipo de pedagogía moral, modernizante, que pregona la extensión de las buenas formas sin reparar en la necesaria reforma de las estructuras materiales; se opone a las izquierdas formalistas que conciben la revolución según un prolijo guion o modelo que se despliega según reglas predeterminadas; y está en contra de los bandoleros sociológicos “que utilizan el conocimiento técnico al servicio de la coacción y el mantenimiento de orden”.

La sociología tercermundista de Carri –lector de Franz Fanon y del Eric Hobsbawm de Rebeldes primitivos– se interroga sobre el papel de las revueltas en las condiciones específicas en las que un moderno capitalismo prolonga relaciones sociales de tipo colonial basadas en la división de dos sociedades sin comunicación entre ellas, y sobre la utilización de la violencia policial como principal instrumento público de estabilización y, a la vez, de racialización de la pobreza, estrechamente asociada al color de la piel. Para Carri, la violencia de quienes soportan la desposesión total es justa.

La peligrosidad política del fenómeno Velázquez es percibida con claridad por las fuerzas del orden. “Después de muerto Velázquez se producen impresionantes desfiles populares frente a sus restos y los de Gauna” prohibidos por la policía. Y no solo eso. A partir de entonces se adopta la fecha del primero de diciembre como día de la policía loca: “es una revancha que toman los vigilantes ante el desprecio y el dolor del pueblo”.

¿Y Gauna? Carri lo describe como un “delincuente total”, un ser asocial que sigue a Velázquez –hombre de buenas formas y sensibilidad popular– por razones puramente delictivas, pero que desempeña, sin embargo, un papel fundamental en la constitución del sentido radical de la campaña: “el carácter irreductible de Gauna, en cierta forma, impide a Velázquez arribar a acuerdos con la ciudad, con la civilización”, preserva al héroe de la política local. Gauna, sujeto cruel y enemigo de la sociedad, bloquea la posibilidad del pacto y de la traición, y garantiza la fidelidad de Velázquez al pueblo, al tiempo que es él quien pone en peligro la vida de los hacendados y comerciantes. “Velázquez es más peligroso desde que Gauna está junto a él”.      

La fuga al monte, el apoyo popular, la vida nómada, la capacidad de escondite y las acciones espectaculares hicieron de Velázquez un precursor capaz de encender e intercomunicar un sentimiento de rebelión colectiva. Velázquez fue la expresión de la rebeldía comunal, encarnación del odio popular y de un profundo sentimiento de redención, la personificación más acabada de un deseo de venganza largamente postergado.

Leo este libro de la colección Puñalada (Colihue), a cargo de Horacio González, en cuyo epílogo Eduardo Luis Duhalde recuerda la trayectoria militante del autor, su paso por el Peronismo de Base y por Montoneros, y su desaparición, a los 36 años, en manos del terrorismo de Estado. Fue publicado en 2001. Seguramente es una casualidad.

La verdadera catástrofe es existencial y metafísica // Comité invisible

hace ya un siglo que el diagnóstico clínico del fin de la civilización occidental fue establecido, y ratificado por los acontecimientos. Disertar en esa dirección no ha sido desde entonces más que una manera de distraerse del asunto. Pero es sobre todo una manera de distraerse de la catástrofe que está ahí, y desde hace largo tiempo, de la catástrofe que somos nosotros, de la catástrofe que es Occidente. Esta catástrofe es en primer lugar existencial, afectiva, metafísica. Reside en la increíble extrañeza en el mundo del hombre occidental, la misma que exige, por ejemplo, que el hombre se vuelva amo y poseedor de la naturaleza — no se busca dominar más que aquello que se teme. No ha sido a la ligera que éste ha puesto tantas cortinas entre él y el mundo. Al sustraerse de lo existente, el hombre occidental lo ha convertido en esta extensión desolada, esta nada sombría, hostil, mecánica, absurda, que debe trastornar sin cesar por medio de su trabajo, por medio de un activismo canceroso, por medio de una histérica agitación de superficie. Arrojado sin tregua de la euforia al entorpecimiento y del entorpecimiento a la euforia, hace el intento de remediar su ausencia en el mundo con toda una acumulación de especializaciones, de prótesis, de relaciones, con todo un montón de chatarra tecnológica al fin y al cabo decepcionante. De manera cada vez más visible, él es ese existencialista superequipado que sólo para cuando lo ha ingeniado todo, recreado todo, al no poder padecer una realidad que, por todas partes, lo supera. “Para un hombre —admitía sin ambages el imbécil de Camus— comprender el mundo consiste en reducirlo a lo humano, a marcarlo con su sello.” El hombre occidental intenta llanamente reencantar su divorcio con la existencia, consigo mismo, con “los otros” —¡vaya infierno!—, nombrándolo su “libertad”, cuando esto no es sino a costa de fiestas deprimentes, de distracciones débiles o por medio del empleo masivo de drogas. La vida está efectivamente, afectivamente, ausente para él, pues la vida le repugna; en el fondo, le da nauseas. Es de todo aquello que lo real contiene de inestable, de irreductible, de palpable, de corporal, de pesado, de calor y de fatiga, de lo que ha logrado protegerse arrojándolo al plano ideal, visual, distante, digitalizado, sin fricción ni lágrimas, sin muerte ni olor, del Internet.

La mentira de toda la apocalíptica occidental consiste en arrojar al mundo el luto que nosotros no podemos rendirle. No es el mundo el que está perdido, somos nosotros los que hemos perdido el mundo y lo perdemos incesantemente; no es él el que pronto se acabará, somos nosotros los que estamos acabados, amputados, atrincherados, somos nosotros los que rechazamos de manera alucinatoria el contacto vital con lo real. La crisis no es económica, ecológica o política, la crisis es antes que nada de la presencia. Tanto es así que el must de la mercancía —típicamente el iPhone y la Hummer— consiste en un sofisticado equipamiento de la ausencia. Por un lado, el iPhone concentra en un solo objeto todos los accesos posibles al mundo y a los demás; es la lámpara y la cámara fotográfica, el nivel de albañil y el estudio de grabación del músico, la tele y la brújula, el guía turístico y los medios para comunicarse; por el otro, es la prótesis que barre con cualquier disponibilidad a lo que está ahí y me fija en un régimen de semi-presencia constante, cómoda, que retiene en sí misma y en todo momento una parte de mi estar-ahí. Recientemente se lanzó incluso una aplicación para smartphone que supuestamente remedia el hecho de que “nuestra conexión 24h/24 en el mundo digital nos desconecta del mundo real a nuestro alrededor”. Se llama alegremente GPS for the Soul. En cuanto a la Hummer, se trata de la posibilidad de transportar mi burbuja autista, mi impermeabilidad a todo, hasta a los rincones más inaccesibles de “la naturaleza”; y de volver intacto de ellos. El hecho de que Google anuncie la “lucha contra la muerte” como el nuevo horizonte industrial, dice bastante de cuánto se equivoca uno acerca de qué es la vida.

 

El desastre objetivo nos sirve en primer lugar para ocultar otra devastación, aún más evidente y masiva. El agotamiento de los recursos naturales está probablemente bastante menos avanzado que el agotamiento de los recursos subjetivos, de los recursos vitales, que sorprende a nuestros contemporáneos. Si tanto se place uno detallando la devastación del medio ambiente, es también para velar la aterradora ruina de las interioridades. Cada derrame de petróleo, cada llanura estéril y cada extinción de una especie es una imagen de nuestras almas harapientas, un reflejo de nuestra ausencia en el mundo, de nuestra íntima impotencia para el habitar. Fukushima [5] ofrece el espectáculo de este perfecto fracaso del hombre y de su dominio, que no engendra más que ruinas — y esas llanuras japonesas intactas en apariencia, pero donde nadie podrá vivir por decenas de años. Una descomposición interminable que concluye por hacer inhabitable el mundo: Occidente terminará por pedir prestado su modo de existencia a aquello que más teme — el deshecho radioactivo.A un paso de su demencia, el Hombre incluso se ha proclamado una “fuerza geológica”; ha llegado hasta a darle el nombre de su especie a una fase de la vida del planeta: se ha puesto a hablar de “antropoceno”. Una última vez, se atribuye el rol principal, sin importar que se acuse de haberlo destrozado todo —los mares, los cielos, los suelos y los subsuelos—, sin importar que se golpee el pecho por la extinción sin precedentes de las especies vegetales y animales. Pero lo más destacable es que, produciéndose el desastre por su propia relación desastrosa con el mundo, él se relaciona siempre al desastre de la misma desastrosa manera. Calcula la velocidad a la que desaparecen las masas de hielo flotante. Mide la exterminación de las formas de vida no humanas. No habla del cambio climático desde su experiencia sensible: tal pájaro que ya no vuelve en el mismo periodo del año, tal insecto cuyas estridulaciones ya no se escuchan, tal planta que ya no florece al mismo tiempo que tal otra. Habla de todo eso con cifras, promedios, científicamente. Piensa que tiene algo que decir tras haber establecido que la temperatura va a elevarse tantos grados y que las precipitaciones van a disminuir tantos milímetros. Habla incluso de “biodiversidad”. Observa la rarefacción de la vida terrestre desde el espacio. Lleno de orgullo, pretende ahora, paternalmente, “proteger el medio ambiente”, quien tanto así no le ha pedido. Hay muchos motivos para creer que aquí yace su última huida hacia adelante.

 

Cuando se le pregunta a la izquierda de la izquierda en qué consistiría la revolución, se apresura a responder: “poner lo humano en el centro”. De lo que no se da cuenta, esa izquierda, es de en qué medida el mundo está fatigado de la humanidad, de en qué medida nosotros estamos fatigados de la humanidad — esa especie que se ha creído la joya de la creación, que se ha estimado con total derecho a devastarlo todo, puesto que todo le correspondía. “Poner lo humano en el centro” era el proyecto occidental. Llevó a donde ya sabemos. Ha llegado el momento de abandonar el barco, de traicionar a la especie. No existe ninguna gran familia humana que existiría de manera separada de cada uno de los mundos, de cada uno de los universos familiares, de cada una de las formas de vida que siembran la tierra. No existe ninguna humanidad, sólo existen terrestres y sus enemigos — los occidentales, de cualquier color de piel que sean. Nosotros revolucionarios, con nuestro humanismo atávico, haríamos bien en fijarnos en los levantamientos ininterrumpidos de los pueblos indígenas de América Central y de América del Sur, estos últimos veinte años. Su consigna podría ser: “Poner la tierra en el centro”. Se trata de una declaración de guerra al Hombre. Declararle la guerra, ésa podría ser una buena manera de hacerle volver sobre tierra, si no se hiciera el sordo, como siempre.

Cincuenta y nueve segundos como máximo // Agustín J Valle

El tiempo ha dejado de ser un modo de medición o de existencia, una forma del mundo o de la eternidad. Hoy ha devenido mercancía. Lo podemos controlar. Y solo basta un botón. Sobre esto y otras cosas reflexiona aquí Agustín Valle a propósito de la nueva aplicación de teléfonos celulares que permite acelerar los audios. “La aceleración, dice Valle, no solo hace que pase más rápido la voz; la distorsión de la velocidad cambia la cualidad de la voz. Quedan voces de “ardillitas”. Se homogeneizan las voces; desaparece todo rastro del “grano de la voz” que, según Liliana Herrero, constituye la marca de una singularidad, a través de la cual un territorio, una historia, una tensión existencial situada -esta gente, este conflicto, estos dolores, estas ansias-, se expresa en un habla, o canto.”

 

1. Detesto el botón de acelerar audios, me parece horrible, pero lo uso igual; a veces lo “decido” y a veces me encuentro haciéndolo. Los botones tienden a eso, es tan fácil apretarlos, requieren tan poca voluntad, está tan lejos el cuerpo de los efectos que logra… ¿Qué dice este nuevo botón sobre el modo de vida actual? ¿Cómo nos lee, qué capta de nosotrxs, y, a su vez, qué potencia, a qué propende?

“Cincuenta y nueve segundos es el máximo de un audio decente”, broméabamos con amigos hasta hace poco. Un minuto ya es demasiado. No da. Gracias a Dios ahora tenemos el botoncito de acelerar (“Dios”, eso omnisciente que mora en la nube). Podemos escuchar a alguien sin perder tanto tiempo. Sin que nos secuestre su cadencia. A vos, que mandás audios de dos, tres, ¡cuatro minutos! Eternos. “Vos le das sentido al botón de acelerar los audios”, injuria nueva. A vos, la verdad, te metería el aceleradorcito en persona, si pudiera. ¡Dale!

Esto quizás es un poco extremo.

Al fin y al cabo, no es lo mismo estar con alguien en presencia que tenerlo como una fila más de una larga pila en una pantalla. Esa pila de conversaciones o “canales” de diálogo, que nunca están cerrados, exige comprimirse para entrar, para que no desborde. El dispositivo lo que dispone es el desborde -y subjetiva, así, en clave de déficit, siempre algo podemos estar perdiéndonos-. La lista de mensajes es virtualmente infinita, y las conversaciones están siempre ahí, en algún lugar. Cada cual un renglón con su rayita que titila. ¿Por qué titilan las rayitas de nuestro “cursor” o “comando” en la pantalla, la rayita donde escribiremos, la rayita que representa nuestra presencia activa en la pantalla? Para que la veamos latiendo. El aparato busca que nuestro pulso se identifique; que se componga con él.

Hablar en presencia con alguien es distinto; las diversas situaciones nos ponen en diverso estado, cada una nos dispone a su modo: una cosa es una mesa hogareña y un mate (dispositivo de lentitud), un banco de plaza, una mesa de bar y una bebida espirituosa, un ascensor, un pasillo, un recreo en el patio, un boliche, un cuarto propio, una videoconferencia, etcétera. Algunos dispositivos vertebran nuestra existencia, y nos ponen en un estado que más que estado es modo de ser, una subjetividad, desde la que luego llegamos a cualquier tipo de situación. Por eso vemos escenas que por sí producirían un registro y un tiempo distintos pero que no obstante son habitadas por personas que no pueden bajar su acelere conectivo. Desde nuestra subjetividad conectiva podemos hasta querer apretarle el botoncito para que acelere a la cocina de casa, al ruido del barrio, al propio pensamiento, al trabajo que estemos realizando, a dormir a nuestrxs hijxs, a lo que pasa, a la realidad toda. Al menos x 1.5…

 

2. Para los sujetos conectivos, hablar por teléfono resulta de una cercanía orgánica con otra persona excesiva. El mensaje de texto es más limpio, más liso, pero parece que aún el mensaje de voz resulta un exceso de presencia de corporalidad, para las exigencias de velocidad y disponibilidad que nos gobiernan. Así, nos comprimimos para sostener el apretujado lugar en la pila del continuo. Con el acelerador, podemos escuchar el mensaje sin escuchar a la persona, borrando al cuerpo vivo del emisor pero manteniendo la data.

Acaso la conversación sea una de las prácticas que más atentados sufrió en lo que va del siglo. No sufre aplastamiento por parte del silencio, sino del ruido, en un régimen de intercambio constante de mensajes sin que haya alguien. Y la conversación también es un formato subjetivante; también produce formas de la percepción, de la vincularidad, de vivir el tiempo y el espacio, las jerarquías y la paridad, la creación de sentido. Una buena conversación, y más aún la costumbre sostenida de tener conversaciones, interviene con fuerza en las imágenes que tenemos de nosotros mismos, de lo que somos (lo que Spinoza llama el alma). La conversación es una práctica subjetivante con mayor grado de autonomía que la subjetivación ritmada por los dispositivos diseñados por corporaciones concentradas. 

La aceleración no solo hace que pase más rápido la voz; la distorsión de la velocidad cambia la cualidad de la voz. Quedan voces de “ardillitas”. Se homogeneizan las voces; desaparece todo rastro del “grano de la voz” que, según Liliana Herrero, constituye la marca de una singularidad, a través de la cual un territorio, una historia, una tensión existencial situada -esta gente, este conflicto, estos dolores, estas ansias-, se expresa en un habla, o canto. Es que toda habla tiene algo de canto, de cantito. Tanto menos cuanto más aparatosa sea, cuanto más adecuada a la rítmica de algún patrón. No queda canto en la voz acelerada por el botón.

 

3. Como decía Héctor Schmucler, elegimos cómo usar los medios, pero siendo sujetos en buena medida producidos por el dispositivo. Podemos elegir o no si usamos el acelerador de voces, pero nuestra espontaneidad dista de ser inmaculada (tampoco lo es al conversar, por supuesto). Como dice Spinoza, los hombres creen que son libres porque tienen conciencia de sus apetitos, pero ignoran cuáles son las causas de sus apetitos. Este apetito de que te apures, de que se apure esta cosa; estas ganas de constantemente estar disponibles para lo que sigue, para que pase algo, y cuando pasa que pase rápido no sea cosa que bloquee el estar disponibles para que pase algo más; este modo de percibirle lentitud exasperante a las cosas, es una disposición oficial de los dispositivos de la religión -o religazón- contemporánea, que lleva la batuta del tiempo. La particularidad de los dispositivos cibernéticos es que, diseñados para gobernar lo cambiante e imprevisible, no disponen una forma determinada tanto como disponen un estado de disponibilidad permanente. Tan disponibles que ni escuchar el habla de alguien podemos. El disponibilismo pide no estar atado a nada y la voz, el habla de alguien, es en cierto sentido un lugar, tiene su pulso, su tono, su paisaje, su relieve; el habla de alguien te ata un poco, un agarre que dura lo que dura, como el abrazo de un baile.

 

4. La aceleración como tendencia dista de ser nueva; lo mismo su crítica. Pero la entronización misma de lo nuevo participa del imperio de la instantaneidad. El presente sufre un asedio aceleracionista, que además muestra, sí, ribetes específicos dentro de su historia: la racionalidad del capital dominante es financiera y el capital financiero también exige velocidad y disponibilismo. 

Para el capital financiero todo es pérdida salvo la ganancia máxima conseguible en cada instante. No requiere tanto trabajadores formados para el largo plazo sino seres disponibles a las oportunidades y los negocios desmontables y adaptables. Desde el punto de vista de la valorización financiera del capital, todo es dato. De allí su carácter despiadado, hambreador y biocida.

Hubo un entrenamiento para la aceleración de las voces: esas codas de las publicidades radiales, donde lo que deben decir por obligación se graba rápidamente y se le borran los silencios entre las palabras. Para vender su promesa de felicidad, hablan con cantito; para pasar los datos, suena una voz sin entres. Plana, lisa, continua. Una voz que no habla, pasa información. Una voz que no respira: una forma del horror. Acaso la aceleración de mensajes de voz exprese una pobreza respiratoria de nuestro cuerpo social. Con poco aire vivimos.

 

5. “Cualquier movimiento nos revela”, decía Montaigne. La propagación de este botoncito es un acontecimiento muy menor, pero vale de muestra del perfeccionamiento de un proyecto mediático-financiero de anulación de todo vestigio de presencia del otro, sustituyéndola por una pura información abstraída de las huellas propias de que hay alguien ahí. El sueño de estar nadando en conexiones, sin que nadie me moleste con su presencia rugosa, es una aspiración compartida por la subjetividad mediático-conectiva y por el capital financiero también. Para el capitalismo mediático financiero, es negocio que haya mensajes infinitos, pensamientos múltiples (o en rigor, discursos y enunciados múltiples); si en algún momento sufrimos el pensamiento único, hoy vemos la dominancia más profunda de un ritmo único.

No se trata, por supuesto, de criticar la velocidad. Queremos a Maradona, al cometa Halley, a Nadia Comaneci, a los átomos mismos inclusive. Se trata de cuidarnos de un patrón de velocidad único. De perder la pluralidad de velocidades posibles. Y quedar en aceleración permanente, viviendo todo (el barrio, los ríos, las gestiones de gobierno, una tarde de domingo, un dolor en el hombro) sin poder atender y habitar la singularidad de su presencia, por la sensación dominante de que ya se va y ya tenemos que estar disponibles para lo que puede ya estar pasando. No criticamos la aceleración sino la naturalización de su obviedad permanente. Al fin y al cabo, la alta velocidad también puede ser experimentada por entes inertes. Estar constantemente acelerados puede ser una forma de quedarse repitiendo lo mismo y, en rigor, no moverse -no moverse de lo dispuesto por lo dispositivos-. Moverse siempre es moverse respecto de algo, del medio; y si el medio es el de una aceleración sensible permanente, moverse es guardar la potencia de regular diversas velocidades. (Por ejemplo, como dicen los zapatistas, no vamos a resolver urgente lo que nos va a implicar toda la vida…).  

6. Y como dijo una filósofa mexicana, todo eso es cierto, pero quizá también es cierto que no es cierto; desde una perspectiva materialista, cualquier calle es doble mano (e incluso lugar de fiesta de arte de lucha de comida de juego…), y miles de trabajadores y trabajadoras ya saben que el botón de aceleración de audios se inventó para escuchar a les jefes.

Revista Bordes

Presentación de Spinoza y el problema de la expresión, de Gilles Deleuze // Diego Sztulwark

 No se piense que yo hubiera firmado sus escritos (los de Spinoza) y que me hubiese declarado al pie de la letra partidario de ellos. Pues ya había visto con claridad que nadie comprende al otro, que nadie piensa lo mismo cuando se utilizan las mismas palabras, que una conversación, una lectura, despiertan diferentes series de pensamientos en diferentes personas.

 

Johann Wolfgang von Goethe, Poesía y verdad

 

00. Lectura Quisiera dar cuenta de la lectura del libro que hoy presentamos. Hasta donde recuerdo lo leí tres veces, siempre en la ciudad de Buenos Aires: a fines de los años 90 como aspirante a docente-ayudante en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA; a comienzos del siglo, al calor de la crisis del 2001, buscando extraer enseñanzas políticas de la causa inmanente; y a inicios de la década siguiente, como coordinador de un pequeño y entusiasta grupo de estudio. Toda lectura supone un acto de historicidad propia, un momento fabulador en el que la ficción viene a completar en cierto sentido nuestra experiencia. Si subrayo el rasgo autodidacta y difusamente colectivo de mi aproximación a Spinoza y el problema de la expresión, es para dar cuenta desde el comienzo de una cierta dificultad –una cierta puesta a prueba– que supuso para mí afrontar el estudio de esta monografía académica, marcada por un denso rigor conceptual. Como se sabe, el libro es la tesis doctoral que Deleuze presenta en el año 1967, publicada posteriormente en la casa editorial Minuit. Y si bien Deleuze no ha dejado de volver sobre Spinoza en libros, clases y artículos, nos pareció que era en esta tesis donde debíamos buscar una relación –íntima, intuida– entre su Spinoza y el 68 francés, entre escritura y contexto, entre el pensamiento de la inmanencia absoluta y los devenires revolucionarios. Lo leíamos buscando algo que nos fuera útil para entender nuestro tiempo, quizás, nuestro 2001.

  1. Maldito. La edición argentina publicada por Isla Desierta –traducida por Diego Abadi–, vuelve ahora accesible un libro que, en su versión previa (Barcelona, Muchnik Editores, 1996, traducida por Horst Vogel), resultaba casi inaccesible. En la nueva portada se ve a un Spinoza caminando por las calles de la judería de Amsterdam: el lector maldito inmerso en la lectura, indiferente ante una comunidad masculina atemorizada y agresiva. La relación entre el libro y la libertad se contrapone a la correlación inversa entre el miedo y la intolerancia. El cuadro se llama Spinoza Wyklêti (Spinoza maldito), o Excommunicated Spinoza (Spinoza excomulgado). Fue pintado en 1907 por el judío polaco Samuel Hirszenberg (1865-1908), hijo de un obrero que trabajaba en una fábrica en la ciudad de Lodz. Según me cuentan, Hirszenberg pertenece a la primera generación de pintores judíos-polacos que se atreven a desafiar la prohibición de pintar cuerpos enteros.

 

  1. Expresión. En la primera página de la edición argentina, encontramos una nota al pie del traductor referida al verbo francés envelopper, que aparece en la traducción francesa de Ética que utiliza Deleuze. Aunque el verbo puede traducirse al castellano como “envolver” tanto como “implicar”, Abadi elige “implicar”, porque según su criterio “envolver” pareciera indicar una actividad del expresado sobre la expresión. Esta disquisición aparentemente técnica nos coloca de lleno, sin embargo, frente al problema de la expresión, que es tratada por Deleuze como un problema en la medida en que su funcionamiento es subyacente. Omnipresente en Ética, Spinoza no la considera objeto de definición ni de demostración, aunque el acto mismo de definir y demostrar depende de la expresión. Se trata de un mecanismo que trabaja por debajo de las relaciones de causalidad (causa-efecto) y de representación (idea-objeto), transformándolas. En palabras de Deleuze, la expresión es “manifestación inmediata” de lo que “no es visible”, a la vez que “mirada sobre la cual cae lo que se manifiesta”. Un ejemplo: la Naturaleza infinita está implicada en una serie de atributos, el pensamiento y lo corpóreo, que explican la esencia de esa Naturaleza. Segundo ejemplo: la “verdadera producción de cosas”, de cuerpos e ideas singulares, implica los atributos y explica una modificación de la Naturaleza infinita. La Naturaleza infinita se expresa primero en sí misma y luego en sus efectos. Décadas más tarde, en su libro ¿Qué es la filosofía?, Deleuze y Guattari escribirán que Spinoza es el “cristo de los filósofos”: aquel que logró encarnar por única vez el movimiento infinito, al Dios-Naturaleza.

 

  1. Lógica. La lógica de la expresión actúa según un doble movimiento de implicación (inclusión) y explicación (desarrollo) y posee un doble alcance: “ontológico”, ya que en tanto que expresión, cada cosa que existe –pensamientos, cuerpos– implica ya de cierta y determinada manera a la naturaleza infinita, y en esa medida la explica; y “gnoseológico”, puesto que la idea de la cosa expresa, en el pensamiento, el mismo orden de causalidades que actúa en la constitución de la cosa pensada. Con lo que el valor de la idea será determinado por su aptitud para expresar mayor causalidad. La lógica de la expresión es el agente de la completa articulación de la inmanencia absoluta. Y sus movimientos de implicación-explicación actúan directamente sobre la mente humana, haciendo posible la filosofía.

 

  1. Sentido. Deleuze describe la expresión como un doble movimiento que da lugar a una serie de tríadas. El doble movimiento, de la implicación y de la explicación, supone –produce– una relación de tres términos: aquello que “se expresa en” otra cosa (por ejemplo, la substancia en los atributos; la modificación de la substancia en los modos); la expresión misma con su doble movimiento (por ejemplo: los atributos, en tanto que implican la Naturaleza infinita y explican su esencia; los modos finitos, en tanto implican los atributos y explican una modificación de la Naturaleza infinita); y “lo expresado por”, que solo existe en la expresión (por ejemplo: la esencia de la Naturaleza infinita tal y como solo se da en los atributos; la modificación de la Naturaleza Infinita tal y como se da en los modos finitos). En resumen: según Deleuze aquello que se expresa (expresante) no se confunde con el término en que se expresa (expresión); la expresión como actúa según su doble movimiento (implicación-explicación); y lo expresado en la expresión es un tercer término que no existe fuera de ella (de la expresión), aunque refiere siempre al primer término (expresante). Un tercer ejemplo: la idea adecuada (expresión) implica potencia de pensamiento y explica aquello que posee en común con su objeto (la noción común es su expresado). Lo propio del término expresado es su incapacidad de existencia independiente, por fuera de las proposiciones que lo expresan. La presencia subterránea de la lógica de la expresión transforma las díadas –relaciones de causalidad y de representación– en tríadas, evidenciando un tercer término que expresa lo que los términos poseían en común. Lo expresado –dice Deleuze– es el sentido mismo de la expresión. Aquello que les es común a los términos formalmente diferentes. (Esta cuestión de la univocidad del sentido será el tema principal de su libro Lógica de sentido, de 1969.)

 

  1. Bucle. En su libro Estrategia del conatus (1996), Laurent Bove propuso la figura de un “bucle recursivo” para dar cuenta de la relación de expresión en sus dos direcciones simultáneas: la que va de la substancia hacia los atributos y a los modos y, a la inversa, aquella otra que parte de los sujetos que actúan y conocen, como punto de partida desde el cual es posible dar cuenta del orden y conexión de las causas. El agente de este bucle es el sujeto que resiste y que piensa, inmerso en una vía filosófica que es ya praxis colectiva: voluntad de apropiación del orden de las conexiones causales, para insertar allí el propio deseo de actuar y pensar (autonomía) como causa sui: una experiencia de la eternidad.

 

  1. Desvíos. Spinoza y el problema de la expresión es en sí mismo un desvío o un cierto punto de inflexión en múltiples direcciones. Respecto de la propia obra de Deleuze, respecto del campo de lecturas sobre Spinoza, respecto de la tradición más o menos hobbesiana de la filosofía política, y respecto de una manera de ser de izquierda. En un libro muy reciente, Spinoza ayer y hoy (Cactus, Buenos Aires, 2021), Toni Negri explica en qué consiste la condición inaugural de esta lectura que Deleuze hace de Spinoza. La noción de expresión se hace presente: 1) en la sustitución de la figura del individuo posesivo por la de las singularidades deseantes que hacen una experiencia de su potencia común en la cooperación social; 2) en la preexistencia de las relaciones de composición de estas singularidades, cuya forma política –la multitud–desborda las técnicas de mando con que se afirma la soberanía estatal; 3) en la centralidad estratégica que adquiere la noción de potencia, que contiene virtualmente una pluralidad de procesos de autovalorización por fuera de la metafísica de la mercancía. Spinoza y el problema de la expresión funcionó, junto a los textos de Louis Althusser, Alexandre Matheron, como punto de arranque de una izquierda spinozista europea que relevó desde fines de los años sesenta al marxismo clásico en retirada, tradición a la que pertenecen, entre otros, Étienne Balibar, Pierre Macherey, Laurent Bove y el propio Toni Negri, entre otrxs.

 

  1. 68. Las consecuencias provocadas por el doble encuentro, con la filosofía de Spinoza y con la coyuntura del 68, se desarrollan, en la obra de Deleuze, en dos direcciones principales. Por un lado, en su extensa colaboración con Félix Guattari, desplegará una nueva actualización de la crítica al capitalismo contemporáneo, presente sobre todo en El Antiedipo y Mil mesetas. Su original concepción del deseo y de las máquinas dará lugar a un nuevo campo de prácticas, un nuevo terreno de evaluación sobre las relaciones de determinación y contingencia, convergente con lo que el marxismo postobrerista italiano llama la “valorización autónoma de las singularidades” y lo que Foucault piensa bajo el concepto de “producción de subjetivación”. Es la dirección en la que se juega la relación de Deleuze –y de diversas maneras, de toda la izquierda spinozista– con Marx. La segunda dirección –y esto se vuelve más evidente en el segundo libro que escribió Deleuze sobre el autor del Tratado teológico-político: Spinoza, filosofía práctica, de 1970)– establece una continuidad entre la teoría spinoziana de “afecto” y su propia reflexión sobre los devenires. Se trata de un nuevo punto de vista sobre la potencia (Deleuze lo llama “etológico”), fundada en una zona de indiscernibilidad con lo animal –con la entera naturaleza–, en una postulación del cuerpo como dispositivo anti-teológico, abierto a variaciones, a composiciones y a nuevas comprensiones.

 

08. Exilio. Como anuncié en el inicio, se trata aquí de presentar una lectura, es decir, una reflexión sobre las conexiones en las que fue puesto a trabajar este texto en ciertas condiciones, como parte de una cierta experiencia. Y una de esas conexiones, creo que una de las más importantes, fue el contacto con una lectura argentina de Ética. En el prólogo de su libro Perón entre la sangre y el tiempo, escrito en el exilio de Venezuela en 1979, León Rozitchner lee a Spinoza: “De él se dijo: ‘cada filósofo tiene dos filosofías, la propia y la de Spinoza’. Su filosofía está detrás de cada uno de nosotros”. Rozitchner impartía, durante esos años de exilio, un seminario en la universidad de Caracas sobre el Tratado teológico-político. Pero, en su texto, Spinoza no es objeto de una explicación sistemática. Habla de él de otro modo, pensando en la derrota de la revolución en Argentina. Si los textos de Rozitchner pueden entrar –para este nosotros de una cierta elaboración colectiva– en comunicación con los de Deleuze y Negri, es porque con él podíamos reabrir las mismas preguntas que hacíamos a Spinoza, desde nuestra historia más reciente. Sigo citando a Rozitchner. Spinoza “nos invita a convertirnos en el lugar donde se elabora, como experiencia de vida, lo que la mera reflexión sólo enuncia como saber”. Pues ese “mero saber” es impotente si no contiene una referencia a lo que se elabora como “experiencia de vida”. Se trata, continúa Rozitchner, de “enfrentar entonces el riesgo de un nuevo e ignorado poder”. Porque el saber que se elabora en la experiencia es inmediatamente político: “Por eso nos advierte (sigue la referencia a Spinoza): ‘nadie sabe lo que puede un cuerpo’. El saber se despliega sólo luego de descubrir y ejercer este poder. El poder colectivo se revela desde el propio cuerpo individual amplificado cuando superamos la cerrazón sensible que el terror nos impuso al separarnos de los demás”. Según Rozitchner, Ética es “un tratado de insurgencia político moral. Nos muestra, más allá de las apariencias, dónde reside el verdadero poder: desde la sabiduría aún inconsciente de nuestro propio cuerpo”. Rozitchner escribía una poderosa filosofía del terror que enseñaba dos cosas importantes: por un lado, que pensar con Spinoza no equivalía necesariamente a explicar o enseñar sus categorías, sino que era posible hacer un uso directo de Spinoza (y de Freud, y de Marx), un uso práctico. Su práctica de la lectura era inseparable del de la escritura. Cuando se lee para escribir –para actuar– en una cierta coyuntura, resulta inevitable una confrontación de lenguajes, que tiende a fortalecer el lenguaje propio. La segunda enseñanza es que una filosofía escrita en la peor de las adversidades no tiene que ser una racionalización de la derrota. Que una filosofía que piensa el poder y el terror desde el exilio, siempre que sea una filosofía de la resistencia, conserva o incluso incrementa su vigencia en democracia, puesto que nos permite pensar el campo político sin ilusiones, es decir, como una tregua en la que el cese momentáneo del enfrentamiento, no se confunde con la democracia plena, sino con formas de dominación que prolongan en el terror bajo la forma de la economía neoliberal.

 

  1. 2001. En octubre de 2003 se publicó en Buenos Aires En medio de Spinoza, una buena parte del curso dado por Deleuze en 1980, en la Universidad de Vincennes, sobre el autor de Ética. El libro es una bomba y ofició de fondo conceptual de toda una época. En simultáneo con la feria La Salada o como los clubes de trueque de la Argentina emergentes de 2001, la editorial Cactus nacía –entre tantas otras que aún persisten, inevitablemente pienso en Tinta Limón Ediciones– como una estrategia en y para la crisis, proponiendo un plan de lecturas en medio de la debacle. En medio de Spinoza (una nueva edición del 2006 abarcaba ya el curso completo) vino a afirmar una tesis urgente en torno a la cuestión: ¿cómo hacernos filósofos en aquel contexto? A casi dos décadas de aquella edición, podemos responder que nuestras lecturas del Spinoza de Deleuze, en aquel contexto preciso, nos llevaron a sumergirnos por nuestra cuenta y riesgo en la alegría de la filosofía, a crear hábitos y mundos de lectura, y a apropiarnos de retazos del archivo europeo, para someterlo a las conexiones más libres y tal vez las más delirantes. ¿Y por qué era tan importante este libro sobre Spinoza para aquel contexto y probablemente también para el actual? Deleuze traza allí tres tipos de líneas que conforman todo un protocolo para la experimentación vital:
    1. No existe algo así como un mundo armónico, representable y preconstituido, a la espera de nuestro feliz arribo: la experiencia vital consiste siempre en organizar encuentros, componer relaciones, crear una cierta política de los afectos. En Spinoza hay un composicionismo.
    2. La ética –como opuesta a la moral, que enarbola valores trascendentes– es la práctica de evaluar los encuentros y las relaciones de modo tal que posibilite la extracción de conocimientos existencialmente útiles para esta política de la vida (el trayecto nunca del todo realizable de aprender a vivir).
    3. La crítica al poder como proyecto que obstaculiza esta política difundiendo tristezas (premios y castigos).

Si el libro es una bomba, es también porque inaugura la serie de las “Clases”, a un “Deleuze profesor”, cuya práctica de la enseñanza consiste en una caminata hacia el desierto, en busca de una cierta experiencia de la soledad, en la que descubrir una multiplicidad con velocidades propias, una libertad para crear las conexiones que necesitamos. Si bien el orden cronológico nos propone comenzar por Spinoza y el problema de la expresión, para seguir por Spinoza, filosofía práctica y terminar con En medio de Spinoza, la experiencia de estos años nos enseña que el camino más disfrutable es el exacto inverso, hasta llegar a mezclar las lecturas sin demasiado orden.

  1. Coyuntura. Un texto muy posterior –más bien reciente– de Diego Tatián, Spinoza disidente (Tinta Limón Ediciones, 2019), permite aproximarnos a las discusiones sobre el spinozismo en nuestra propia coyuntura. La relación que propone con Spinoza es política en un doble sentido: el modo particular en que el autor de Ética asumió los dilemas democráticos de su tiempo ilumina la comprensión de los desafíos democráticos del presente latinoamericano, para lo cual Tatián considera conveniente revisar la herencia de la izquierda spinozista europea. Para Tatián, coordenadas de nuestra realidad política, considerada sobre todo a partir de la experiencia de los gobiernos llamados progresistas de la región, conlleva un nuevo programa de investigación enfocado en una teoría del príncipe y de las instituciones en Spinoza. Una teoría capaz de realizar un cierto continuo entre movimiento social y estado. Contra el simplismo que opondría al estado del capital contra la multitud, se trata para él, más bien, de concebir el sistema de mediaciones en el que se despliega un radicalismo constituyente, que hace del estado -en ciertas condiciones- un contrapoder. Para discutir esta tesis, resulta relevante ver de cerca las secuencias de la coyuntura argentina y latinoamericana:
    1. A comienzos de siglo, estalla un ciclo de luchas populares de confrontación con estados neoliberales en toda la región, la emergencia de un contrapoder sin centro, quizás explica el fuerte interés militante por la filosofía que en aquellos años se tenía por la obra de Deleuze y Negri en torno a Spinoza.
    2. Durante el ciclo de gobiernos llamados progresistas, emerge una nueva manera de leer la filosofía política de Spinoza. A partir de los textos de Marilena Chauí y Diego Tatián, se multiplica el interés por converger, desde la universidad, con la promoción de derechos sociales (básicamente en torno a la experiencia del PT y del kirchnerismo).
    3. La victoria de la derecha electoral en la Argentina y del bolsonarismo en Brasil dio lugar a la búsqueda de un spinozismo antifascista –un spinozismo de la adversidad–, opuesto a la teología política de Carl Schmitt (al interior del cual incluiría la publicación en castellano del libro Spinoza, poema del pensamiento, de Henri Meschonnic (Cactus y Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2015). La dinámica abierta en el continente, entre golpes, triunfos electorales inesperados y movimientos insurreccionales (a la vanguardia de las cuales se sitúa, evidentemente, la coyuntura chilena) no permite estabilizar “un” spinozismo latinoamericano, sino, en todo caso, un esfuerzo apasionante por encontrar, a partir de los textos del judío excomulgado, hipótesis conducentes para un poder constituyente, en una coyuntura signada por la inestabilidad y la tensión extrema del juego entre las fuerzas.

 

  1. Programa. Tengo la impresión, por tanto, de que un spinozismo latinoamericano actual, no puede desentenderse de un cierto conjunto de problemas persistentes:
    1. Un rasgo de autonomía de los contrapoderes, derivado menos de un espontaneísmo anti-institucional y más de la necesidad de una ruptura con el dispositivo de mando que liga a las instituciones estatales al dominio del capital, precarizando toda tentativa de constituir mediaciones sociales.
    2. Una concepción de mediaciones transversales o de instituciones de contrapoder que permitan contrarrestar las pasiones de la desigualdad: la relación virtuosa entre conatus y cooperación depende de la concreción de dispositivos igualitaristas, capaces de recrear la crisis de las teorías políticas revolucionarias, de las socialdemocracias y de los populismos.
    3. La revalidación de una función narrativa desde las luchas capaz de concretar, desde las disidencias, nuevas síntesis políticas.

 

12. Sugerencia. Tengo un recuerdo exacto del día en que Deleuze se suicidó. Un admirado profesor, Marcelo Matellanes, anunció que no impartiría su clase y en su lugar, para quienes desearan quedarse, escucharían el conmovedor retrato de una vida filosófica. En aquellos años, mis intereses se volcaban al marxismo teórico y militante, y sentía que leer a Deleuze era perder el tiempo con los “postmodernos”. Por esos días, consulté a Matellanes por los textos de Deleuze sobre Spinoza. Por entonces, Spinoza me llegaba por vía de Negri (ese año había leído El poder constituyente: ensayo sobre las alternativas de la modernidad), y me moría de curiosidad por esa conjunción entre el judío marrano y el de Tréveris. Nunca logré desprenderme de la respuesta de Matellanes: “No cometas la imprudencia de leer a Deleuze antes que a Spinoza”. Si la historia se repitiera hoy, y alguien de menos de veinticinco años me dirigiera una consulta similar, respondería así: “Deleuze impregna todo lo que toca. Es fascinante, pero esa fascinación contamina con su sola presencia”. Matellanes tenía razón: “Deleuze nos da un Spinoza genial: el Spinoza de Deleuze”. Son esos consejos que se agradecen una vida entera. 

¡Cuidado con Deleuze! Esa pantera rosa que pinta todo de su color. 

  1. Deleuze. En su cuento La carta robada (referencia que aparece en Lógica del sentido), Edgar Allan Poe cita la historia de un niño de ocho años que practicaba la adivinación. Su arte era el arte de la observación: concentrado en el rostro del participante, lograba “ver” sin yerro si la cantidad de bolitas encerrada en su puño eran pares o impares. Interrogado sobre su infalible método de videncia, el muchacho explicaba del siguiente modo su proceder a la hora de determinar cuán listo o bobo era su oponente, o bien cuáles eran sus pensamientos presentes: Modelo la expresión de mi cara, lo más exactamente que puedo, de acuerdo a la expresión de la suya, y espero para saber qué pensamientos o qué sentimientos nacerán en mi mente o en mi corazón. Así actúa el poder de adivinar: traduce las líneas de superficie que recorren los cuerpos en líneas metafísicas sobre superficies incorporales (acontecimiento puro). El niño-adivinador accede al sentido (lógica) a partir de una interpretación de las imágenes (cuerpos). ¿Leemos así quienes leemos a Deleuze? ¿Hacemos como este niño, tratando de adivinar cómo hay que ser para escribir esta o aquella expresión?
  2. Pedagogía. El punto, respecto de quienes hemos leído mucho a Deleuze, es saber si en algún momento se llega a romper cierta dependencia. Si la larga admiración que le profesamos da lugar a un aprendizaje. ¿Se llega finalmente a una soledad? ¿Somos capaces de seleccionar por nosotros mismos aquellas líneas que nos hacen un poco más libres? ¿Se puede llegar a esta libertad sin atravesar el horror de un cierto Deleuze apoderándose de nuestro cerebro y susurrando desde allí un cierto discurso? ¿Cómo distinguir esta dependencia de la reforma de la sensibilidad y del entendimiento que toda filosofía práctica está destinada a producir en sus apasionados lectores? ¿Qué decir de este modo –perverso– de presencia? En Iddish creo que lo llaman Dybbuk. Un embrujo. Estoy agradecido a Deleuze por enseñarme una experiencia de la filosofía como reforma del entendimiento y de la sensibilidad, y me pregunto si su lectura nos vuelve capaces de separarnos de él, liberando el simulacro de la copia. Y me respondo que sí, que es posible disfrutar plenamente de sus textos cuando logro convertirlos en otra cosa, fusionarlo con otros nombres, mutarlo en nuevos contextos, aplicarle torsiones divertidas, mixturarlo con referencias que –creo– jamás habría aprobado.

 

Las imágenes que acompañan al texto son autoría de Sebastián Dunphy.

 

 

 

El Racismo, una pasión que viene de arriba // Jacques Rancière

Me gustaría proponer algunas reflexiones en torno a la noción de «racismo de Estado», que figura en el orden del día de nuestra reunión. Estas reflexiones se oponen a una interpretación muy extendida de las medidas adoptadas recientemente por nuestro gobierno, desde la ley sobre el velo integral hasta las expulsiones de los romaníes. Dicha interpretación ve en estas medidas una actitud oportunista que busca explotar los temas racistas y xenófobos con fines electoralistas. Esta pretendida crítica lleva implícita la presuposición que hace del racismo una pasión popular, la reacción temerosa e irracional de las capas más retrógadas de la población, incapaces de adaptarse al nuevo mundo móvil y cosmopolita. El Estado es acusado de faltar a sus principios al mostrase complaciente de cara a estos sectores. Pero al mismo tiempo se ve reafirmado y confortado en su posición de representante de la racionalidad frente a la irracionalidad popular.
Ahora bien, esta disposición del terreno de juego, adoptada por la crítica «de izquierdas», es exactamente la misma que aquella en cuyo nombre la derecha lleva promulgando desde hace ya veinte años toda una serie de leyes y decretos racistas. Todas esta medidas se han tomado en nombre del mismo razonamiento: hay problemas de delincuencia y diversas molestias causadas por los inmigrantes y clandestinos, que pueden desencadenar reacciones racistas si no ponemos orden. Por lo tanto, hay que someter estos delitos y molestias a la universalidad de la ley para que no provoquen disturbios raciales. 
 
Se trata de un juego que se juega, tanto en la izquierda como en la derecha, desde las leyes Pasqua-Méhaignerie de 1993. Consiste en oponer a las pasiones populares la lógica universalista del Estado racional, es decir, en dar a las políticas racistas de Estado una coartada antirracista. Va siendo hora de dar la vuelta al argumento, para poner de relieve la solidaridad que existe entre la «racionalidad» estatal que ordena estas medidas y esa otra –ese adversario cómplice–  en la que tan cómodamente se apoya, la pasión popular. Porque en realidad no es que el gobierno actúe bajo la presión del racismo popular y en reacción a las pasiones llamadas populistas de la extrema derecha, sino que es la razón de Estado la que alimenta el racismo, confiándole la gestión imaginaria de su legislación real.
Hace unos quince años propuse el término racismo frío para designar este proceso. El racismo que hoy nos ocupa es, en efecto, un racismo frío, una construcción intelectual. Es, antes que nada, una creación del Estado. Hemos discutido aquí sobre la relación entre Estado de derecho y Estado policial. Pero la naturaleza misma del Estado es la de ser un Estado policial, una institución que fija y controla las identidades, los lugares y los desplazamientos, una institución en lucha permanente contra todo excedente del recuento de las identidades que gestiona, es decir, también contra ese exceso sobre las lógicas identitarias que representa la acción de los sujetos políticos. Este proceso se ha intensificado por el orden económico mundial. Nuestros Estados son cada vez menos capaces de contrarrestar los efectos destructores de la libre circulación de capitales para las comunidades que tienen a su cargo. Y son tanto más incapaces cuanto que no tienen el más mínimo deseo de hacerlo. Así las cosas, se rebajan y se concentran en aquello sobre lo que sí ejercen un poder, como es el caso de la circulación de personas. Toman como objetivo específico el control de esa otra circulación y como meta general la seguridad de los nacionales amenazados por estos migrantes, es decir, más precisamente la producción y la gestión del sentimiento de inseguridad. Esta es la tarea que va siendo cada vez más su razón de ser y su forma de legitimación.
De ahí se deriva un uso de la ley que cumple dos funciones esenciales: una función ideológica, que consiste en dar constantemente un cuerpo al sujeto que amenaza la seguridad; y una función práctica, que consiste en reordenar continuamente la frontera entre lo de dentro y lo de fuera, creando sin cesar identidades flotantes, susceptibles de hacer caer fuera a aquellos que estaban dentro. Legislar sobre la inmigración ha significado antes que nada crear una categoría de infra-franceses, hacer caer en la categoría flotante de inmigrantes a gente que ha nacido en Francia de padres nacidos franceses. Legislar sobre la inmigración clandestina ha significado hacer caer en la categoría de clandestinos a «inmigrantes» legales. Es la misma lógica la que ha ordenado el uso reciente de la noción de «franceses de origen extranjero». Y es esta misma lógica la que apunta hoy contra los romaníes, creando, contra el principio mismo de libre circulación en el espacio europeo, una categoría de europeos que no son verdaderamente europeos, de la misma manera que hay franceses que no son verdaderamente franceses. Para crear estas identidades en suspenso el Estado no se sonroja ante sus propias contradicciones, tal y como hemos visto con respecto a las medidas sobre los «inmigrantes». Por un lado, crea leyes discriminatorias y formas de estigmatización  basadas en la idea de la universalidad ciudadana y de la igualdad ante la ley. Por esa vía se sanciona o estigmatiza a aquellos cuyas prácticas se oponen a la igualdad y a la universalidad ciudadana. Pero por otro lado, crea en el seno de esta ciudadanía igual para todos, discriminaciones como la que distingue a los franceses «de origen extranjero». Así que por un lado todos los franceses son iguales, y ojo con los que no lo son, y por el otro no son todos iguales, y ay de aquellos que lo olviden.
Por lo tanto, el racismo de hoy es ante todo una lógica estatal y no una pasión popular. Y esta lógica estatal es sostenida en primer lugar, no por quién sabe qué grupos sociales retrógados, sino por una buena parte de la élite intelectual. Las últimas campañas racistas no llevan en absoluto la impronta de la extrema derecha llamada «populista». Han sido organizadas por una intelligentsia que se reivindica como intelligentsia de izquierdas, republicana y laica. La discriminación no se basa ya en argumentos sobre razas superiores e inferiores. Antes bien, se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», de la universalidad de la ley, de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de género. Dicho sea de paso, estos argumentos son a menudo esgrimidos por gente que ha hecho bien poco por la igualdad o el feminismo, pero esa contradicción no les preocupa. De hecho, con esta forma de argumentar se pretende sobre todo crear la amalgama requerida para identificar al indeseable: así la amalgama entre migrante, inmigrante, retrógado, islamista, machista y terrorista. En realidad, el recurso a la universalidad opera en beneficio de su contrario: para establecer un poder estatal discrecional a la hora de decidir quién pertenece y quién no a la clase de aquellos que tienen derecho a estar aquí -el poder, en breve, de conferir o suprimir identidades-. Ese poder tiene su correlato en el poder de obligar a los individuos a ser en todo momento identificables, a mantenerse en un espacio de visibilidad integral frente al Estado. Vale la pena, desde este punto de vista, volver sobre la solución que el gobierno ha dado al problema jurídico planteado por la prohibición del burka. Como hemos visto, era difícil hacer una ley que apuntara específicamente a algunos centenares de personas de una religión determinada, así que el gobierno dio con una solución: hacer una ley que prohíba en general cubrirse el rostro en un espacio público, una ley que apunte al mismo tiempo a la mujer portadora de un velo integral y al manifestante que se cubra con una máscara o pañuelo. El pañuelo se convierte así en el emblema común del musulmán retrógado y del agitador terrorista. Para esta solución, adoptada (como muchas otras medidas sobre la inmigración) con la benevolente abstención de la «izquierda», es también el pensamiento «republicano» el que ha dado la fórmula. Acordémonos si no de las diatribas furiosas de noviembre de 2005 contra esos jóvenes enmascarados y encapuchados que actuaban con nocturnidad. Acordémonos también del comienzo del asunto Redeker, el profesor de filosofía amenazado por una «fatwa» islámica. El punto de partida de la furiosa diatriba antimusulmana de Robert Redeker era… ¡la prohibición del tanga en la playita de París! En esta prohibición dictada por la alcaldía de París él discernía una medida de complacencia hacia el islamismo, hacia una religión cuyo potencial de odio y de violencia se había sido ya puesto de manifiesto en la prohibición de desnudarse en público. Los bellos discursos sobre la laicidad y la universalidad republicana vuelven, en definitiva, a este principio según el cual uno debe estar enteramente visible en el espacio público, ya sea el de adoquines o la playa.
Concluyo: mucha energía se ha gastado contra una cierta figura del racismo –la que ha encarnado el Frente Nacional– y una cierta idea de este racismo como expresión de los “white trash”, blancos xenófobos de las capas sociales atrasadas. Una buena parte de esa energía ha sido recuperada para construir la legitimidad de una nueva forma de racismo: un racismo de Estado y un racismo intelectual «de izquierdas». Quizás sea el momento de reorientar el pensamiento y el combate contra una teoría y una práctica de estigmatización, de precarización y de exclusión que constituyen hoy un racismo desde arriba: una lógica de Estado y una pasión de la intelligentsia.
Traducción: Álvaro García-Ormaechea

La vida que quieren otros // Diego Valeriano

Del acto por el cierre de listas al posteo y de ahí al patrullero ¿Quien no quiere estar cheto? Los cierres, los nombres, las risas, las fotos, las listas, la jefa, las twiteras, los panelistas, la caja y las ideas que ya no dicen nada porque son ideas nada, ideas paja. Termear fuerte como única forma de militancia. Gritar, obedecer, sumarse al ruido, flashear causas sin cambiar de vida, esquivar lo genuino, no dejar el teléfono, no respirar, tener miedo. ¿Es necesario opinar tanto? ¿Ser tan vigilante? ¿Tener un timeline coherente? ¿Un muro militante? ¿Ser parte del espectáculo? Odiar lo cheto pero admirarlo en secreto, envidiarlo, desearlo, querer vivir sus vidas. Votarlo, hacer caso, hacer miau miua por Whiskas, hacer todo lo que lo cheto necesita. Repostear, denunciar, festejar, estar atentos, estar en línea. Afirmar, señalar, ser parte de esta época llena de ruido, de haters, de acoso, de vigilantes que flashean militancia, de lo personal que se volvió policial y de lo policial que es político. Olvidar para seguir militando. Olvido patrulla, scroll, urgencia, kiosco, posteo. Olvido bien cheto. Excitación, ansiedad, reseteo y aturdimiento. Ser pollo, ser odio, ser gato de los proyectos personales de otros, caer siempre en la trampa. No segundear, perdonar solo por conveniencia, que te importe la víctima según quien sea el victimario, explicar un desalojo, una deuda infinita, el billete que no alcanza, la tristeza que nos gana. Justificar todo, vivir la vida que quieren otros, viciar el aire de palabras hasta que no quede nada por respirar. Scrollear rápido para volver a empezar, para no ver, para no acordarte, para poder seguir militando, para estar cheto.

Tierra arrasada en Espacio Callejón // Entrevista a Rhea Volij y Patricio Suárez

Por Cecilia Hopkins

 

Deconstruir imágenes arquetípicas con la idea de pegar un salto entre épocas y sexos, perturbar y multiplicar sentidos: esto se propone Rhea Volij con su danza. Reconocida intérprete de butoh, este viernes 23 estrena La trampa del paraíso perdido en codirección con Patricio Suárez, artista multidisciplinario también autor de la música del espectáculo que interpretan Popi Cabrera, Malena Giaquinta y la misma Volij. Con vestuario de Silvia Zavaglia, iluminación de Matías Sendón y escenografía de Sandra Iurcovich, la obra se presentará en Espacio Callejón, Humahuaca 3759, los viernes a las 21, hasta el 13 de agosto.

Según cuentan Volij y Suárez en la entrevista con Página/12, en los primeros meses de investigación “sobre la posibilidad de diluir ciertas fronteras identitarias entre géneros, pero también entre lo humano, lo animal y la máquina”, surgió la necesidad de referirse al mundo cyborg y al universo cyberpunk, influenciados también por la música del grupo alemán Neubauten que estaban usando en los ensayos. En cuanto a las lecturas que la dupla tomó a modo de guía, destacan Calibán y la bruja de Silvia Federicci, El género en disputa de Judith Butler, Simbolismo del cuerpo humano de Annick de Souzenelle y Manifiesto Cyborg, de Donna Haraway.

 

Si bien ambos artistas rechazan la idea mítica de paraíso perdido, luego de releer el libro del Génesis pensaron en el mundo actual en relación a los primeros seres humanos que vivieron sobre la faz de una tierra hoy convertida en “campos desertificados por el monocultivo de soja transgénica, tierras áridas regadas de bolsas plásticas enredadas en los alambres de púa o flotando sin rumbo por el viento”, según describen.

-¿Cómo comenzaron este trabajo ?

Rhea Volij: -En la larga sucesión de ensayos que tuvimos con Patricio, filmando mis improvisaciones, los disparadores iban desde Adán en el Paraíso, pintado por el Bosco, a Amy Winehouse condenada a ser estrella pop. Esto más toda una serie de imágenes en torno al carácter indecible de las fuerzas sexuales, las luchas en los propios cuerpos entre la coerción y el goce. Todo ese mundo se vio expandido y enriquecido al integrar el universo creativo de Popi Cabrera y Malena Giaquinta.

-¿La expresión «paraíso perdido» está utilizada en forma irónica o hace alusión a un universo que verdaderamente se hace extrañar?

R. V.: -De ningún modo extrañamos algún universo. Es una trampa sostener el mito de una pérdida.

Patricio Suárez: -No pensamos el paraíso de forma nostálgica, como una pérdida o desde el mito de la caída, sino que creemos que la idea de paraíso funciona justamente como cierre del presente histórico, en el sentido que nos enclaustra en un esquema donde el sentido estaría siempre en un pasado revolucionario o en una teleología progresista, hacia el futuro de una tierra prometida augurada antes por la religión, ahora por la ciencia.

-¿La obra habla acerca de los espejismos que entraña un estado de cosas instituido?

R. V.: -Absolutamente. De hecho, la escenografía podrían ser espejos/pantallas creando constantemente cuerpos ilusorios.

P. S.: -Por un lado, la obra indaga sobre la asfixia que produce la codificación casi total de la vida que el neoliberalismo actual pregona y expande. Intentamos atravesar con nuestros cuerpos esos problemas para poner en escena las contorsiones, transformaciones, dolor y risas que ese medio instituido nos produce, para poner el acento en la posibilidad de una autonomía no purista, sino compleja, contradictoria, promiscua.

-¿Cuál es el mundo representado en escena, poblado por esos tres seres a medio camino entre lo natural y lo cibernético?

R. V.: -Estos cuerpos pujan por salir de su técnica de domesticación sin conseguirlo plenamente. Hay entonces un sesgo constante entre el terror y el humor.

P. S.: -La dramaturgia interna de la obra avanza a saltos por distintos universos. A nivel estético, la obra intenta hibridar el mundo cyborg con la estética cyberpunk y los márgenes de lo orgánico y lo inorgánico, como también los márgenes normados de género y sexualidad.

-Ustedes hablan de domesticación…

P. S.: -Domesticación racial, heteronormativa, libidinal, económica, política, que una y otra vez nos dice qué podemos ser y qué no, y nos empuja a asumir una delegación de nuestro poder a otros: Estado, ciencia, redes, parámetros de éxito o fracaso como sentido último de la voluntad de vivir. Creemos que los que sentimos incomodidad o imposibilidad de adecuación a estos parámetros, estamos obligados a dar un paso más, siempre con otros, para ver qué otras posibilidades de vivir juntos se nos abren.

 

* La trampa del paraíso perdido, Espacio Callejón (Humahuaca 3759), los viernes a las 21, hasta el 13 de agosto.

 

Guerra y lenguaje en Amador Fernández-Savater // Diego Sztulwark

“La literatura no era el consuelo de los débiles, sino vida intensificada, vida exaltada y con sentido”

Estela Canto, sobre Borges, 1989.

 

  1. Dedicatorias. Amador Fernández-Savater publicó dos libros recientes: Habitar y gobernar, inspiraciones para una nueva concepción política, con epílogo de Rita Segato (NED, Madrid 2020) y La fuerza de los débiles, el 15M en el laberinto español. Un ensayo sobre eficacia política (Akal, Madrid, 2021). El primer libro comienza con una cita sin autor que dice así: “Los amigos -sin partido, sin instituciones, sin referencias fuerte, sin identidad- sirven para pensar la vida”. Y agrega: “A lxs amigxs, pues”. Si el agregado remite al libro de El comité invisible -llamado, precisamente, A nuestros amigos-, la frase inicial pertenece (me lo confesó Amador) al historiador argentino Ignacio Lewkowicz, autor del libro Pensar sin estado. Estas son las coordenadas iniciales. El segundo libro, el que más nos interesa ahora, está dedicado “A quienes inventaron una fidelidad”. Al movimiento de la Plaza Sol de Madrid, nacido un 15 de mayo. La apelación a la “fidelidad” es una evocación directa a la filosofía del acontecimiento de Alain Badiou. Ser fiel a una verdad, dice Amador, es prolongar ciertas intensidades experimentadas en un encuentro. La pregunta que recorre su libro podría formularse del siguiente modo: ¿Cómo se comunica una verdad puramente intensiva? ¿Qué tipo de lenguaje es capaz de expandir la “temperatura” que alcanzan los cuerpos en ciertas condiciones amorosas o políticas? Una comunicación supone algo mas que una teoría formal de los signos. Precisa de una serie de operaciones político-literarias propias. Estas son las coordenadas iniciales. Arranquemos.

01.Balance. Lo primero, piensa Amador, es decidirse a no pasar de largo ante las apuestas frustradas. El balance de un fracaso puede ocasionar un pensamiento necesario. Pero para que eso suceda, es preciso localizar puntos o causas específicas. Situado en España, Amador se pregunta: ¿Qué fracasó en el 36 (la lucha anarquista por introducir un máximo de subjetividad en la lucha militar contra el franquismo), en el 77 (la lucha autónoma para evitar que la transición discipline la lucha obrera), en el 2011 (incapacidad de dar forma política a las plazas del 15m)? Su respuesta es el libro mismo. Se trata de problematizar una reiterada incapacidad para afirmar un nuevo tipo de “eficacia” política, capaz de prolongar la fuerza de los débiles en una nueva forma colectiva. En todos los casos se acaba cediendo a la eficacia política convencional, fundada en la representación. Para explicar esta inconsecuencia, Amador desarrolla cuatro argumentos: 1. La descripción crítica del paradigma del poder disuasorio sobre el que se fundan las democracias actuales, a partir de ciertos argumentos provenientes de André Gluksmann (dice Amador “luego Gluksmann se convierte en “maestro pensador”: un adorador de las fuerzas de los fuertes”); 2. La analítica de las dinámicas propiamente semióticas que se juegan entorno a la relación entre signos e intensidades, que conducen a la codificación (representación) o bien a la prolongación de la intensidades de las fuerzas, a partir de ciertos textos de Jean-Francois Lyotard (agrega Amador que en los años ochentas el autor “se arrepiente” de estas tesis); para pensar la naturaleza del enfrentamiento entre las fuerzas de los débiles y los fuertes y la distinción de sus estrategias, acude a lecturas del filósofo argentino León Rozitchner (de quien afirma: “nunca se arrepintió de su primer impulso libertario de pensamiento, sino que lo prolongó una y otra vez con distintas formas”); Sobre las operaciones específicas de la traducción, en términos de signos autónomos, borrantes de la materialidad subjetiva, o bien de ritmos, Amador leyó algunos de los libros del poeta Henri Meschonnic. Esto por el lado de la bibliografía de La fuerza de los débiles.

 

02.Transcripción. El problema de las fuerzas en pugna se juega, para Amador, en la íntima relación entre guerra y lenguaje. La guerra decide por medio de la violencia una nueva relación entre vidas y palabras y el lenguaje es campo estratégico en el que se dirime la autonomía o la subsunción de la vida respecto del poder. Puesto a pensar el punto de fracaso específico del 15M, el paso dado en la dirección errada en la que ya no se incrementaban las propias fuerzas, Amador señala el pasaje a la estrategia del “asalto institucional” de Podemos. Un pasaje que despertó entusiasmos inútiles en no poco militantes profesionales sudamericanos. ¿Cómo lee ese pasaje Amador? Como un impasse. El 15M activa la fuerza de los débiles. Es interrupción, premisa y elaboración de una fuerza, encuentro transversal que pone en marcha otra sensibilidad, otra lengua y otro modo de pensar. Ocupación del espacio y apropiación del tiempo; Podemos, en cambio, ingresa en el campo del realismo político, asume -de un modo siempre minoritario- los recursos propios de la fuerza de los fuertes: estrategias publicitarias, concentración de un ámbito delimitado de toma de decisiones, diseño de un lenguaje y postulación de figuras para la identificación de un público, un electorado. Si la idea es darle política a la fuerza, el asalto institucional deja a la política sin fuerza. En la medida en que implique la renuncia a firmar aquello que hacía de lo débil una fuerza, el salto a lo político supone una castración de la diferencia fundamental. Las fuerzas que aspiran a representar a los movimientos quedan posicionadas como actores en el tablero dispuesto por los poderes que se pretende transformar.

 

  1. Literatura. En una antigua conferencia Borges se refiere a la esencia estética del lenguaje, que no se limita a duplicar la realidad diciendo lo que hay, sino que agrega siempre algo al mundo. No hay mera traducción entre cosa y palabra. Ni dirección única en la practica de la traducción entre lengua original y lengua de llegada. En su autobiografía, Borges escribe: “todos los libros que acabo de mencionar los leí en ingles. Cuando más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción”. Hay en el lenguaje algo de más, un plus o espíritu que la tradición materialista, desde la que Amador piensa las fuerzas -el “espíritu de las fuerzas”- piensa como potencia. En la medida en que los cuerpos son fuerzas no meramente son o están sino que pueden. Amador no cita a Spinoza, porque los tiene a Rozitchner y a Meschonnic. El primero enuncia que el pensamiento conoce en la medida en que los cuerpos hacen la experiencia de una composición que amplia la potencia, transponiendo los límites que el poder impone bajo la forma de amenaza de muerte. Meschonnic escribe que no se sabe nunca de antemano lo que el cuerpo puede en el lenguaje. El espíritu de las fuerzas, de los cuerpos es su potencia de hacer y pensar, expresada en una lengua propia.

 

 

  1. Dialéctica. Deleuze explica que la novedad de la filosofía de la voluntad de poder de Nietzsche atañe al pensamiento de las fuerzas y consiste en haber descubierto que débil y fuerte no designan cantidades desnudas, ni posiciones reversibles, sino más bien naturalezas diversas. Cuando lo débil vence, vence la debilidad. Cuando lo fuerte triunfa, triunfa la fortaleza. De otro modo, también Amador está leyendo la dialéctica del amo y el esclavo. Débil y fuerte son dos estrategias, dos subjetividades inconmensurables. Lo fuerte coloniza, abstrae, traduce. Impone, vacía, incluye. Ataca, formatea, objetualiza, universaliza un código para la inclusión esterilizada de toda diferencia. El débil resiste, nomadiza, escapa. Se vuelve territorio, población, fundamento de su propio poder. Defiende, se substrae el código de la traducción, desregla. Una mezcla entre la máquina de guerra descripta en Mil Mesetas, y la contra violencia elaborada por León Rozitchner a partir de su lectura de Maquiavelo, Spinoza, Marx, Clausewitz y Freud. En tanto que estrategias, las fuerzas se encuentran entre la guerra y la política. En la intersección entre enfrentamiento abierto y la dominación pacificadora Rozitchner piensa una situación particular, clave: la tregua.

 

  1. Conocimiento. Lo que Amador se propone pensar es el cruce entre lectura y poder. ¿Quién lee a quien y cómo? Los fuertes montan un aparato de lectura específico: mapean, traducen, transcriben a su lengua toda alteridad, desposeyendo y borrando en todo otrx cualquier posibilidad de lectura autónoma. Esa es la fuerza de los fuertes. Y sobre esa fuerza Amador quiere recordar algo esencial: esa fuerza de transcripción se apoya en un aparato capaz de dar la muerte a quien se resista. Hace unos años Jorge Dotti, filósofo argentino, señaló una obvia y sin embargo inadvertida semejanza entre la lógica del dinero como equivalente general y la del significante flotante, capaz de adoptar diversos contenidos y representar las diversas demandas. La teoría de la representación y sus formalismos no constituyen posición crítica alguna. Describen lo que es sin detectar obstáculo alguno ni resistencia alguna para el funcionamiento de sus categorías. Afirman una ilusión perniciosa en el campo del conocimiento. La ilusión de los vencidos, que no hay que confundir con la fuerza de los débiles. Estos últimos son resistente, y por tanto consientes del peso que las fuerzas de conquista imponen a los conquistados al transcribir el mundo según sus categorías. Si algo distingue a los débiles de los derrotados, según Amador, es que sólo estos últimos aceptan como propio el campo liso de la representación. Se trata de una ilusión, y de un modo de leer, que Amador llama “universitario”, según el cual el texto debe ser obedecido, él impone su lógica. Leer sería un desentrañamiento meramente teórico de los problemas. Y no habría mas obstáculos que aquellos de naturaleza lógica. Ignorando completamente la carga de violencia represiva que impide que el lector se aparte de la obediencia. El terror -Rozitchner- que circula asegurando la sujeción del lector y el funcionamiento de esa lógica. Amador no cita a Lukács, porque -nuevamente- lo tiene a Rozitchner. Y Meschonnic, para quiénes no hay pensamiento o lenguaje sin guerra. Si en Historia y conciencia de clase, el filósofo húngaro sitúa la praxis como coincidencia de un sujeto-objeto, el proletario comunista, accede a un punto de vista propio sobre la totalidad a partir de asumir su lugar estratégico en la producción, Amador apunta a señalar la dificultad de lograr esa tensión en la que el sujeto asume la inmanencia entre luchar y conocer, entre guerra y lenguaje, entre experiencia y lectura.

 

06 Democracia. La tregua se sitúa en un lugar propio entre la guerra (enfrentamiento) y la paz (política). El cese de enfrentamientos prolonga cierta relación de fuerzas, y al mismo tiempo ofrece una oportunidad para alterarlas antes de activar un nuevo enfrentamiento abierto. Nuestras democracias -dice Amador- se fundan en la permanencia subterránea del terror. La amenaza de muerte limita y condiciona tanto las posibilidades de la acción de los cuerpos, como de los propios pensamientos: imposible cuestionar efectivamente la concentración de la apropiación privada de lo que se produce colectivamente. No hay fuerza de los débiles sin desbordar mediante un acto de fuerza el tablero, el campo de la representación, el aparato de la comunicación, las fuentes del terror tal y como se instituyen hoy bajo la forma de la economía. Pero ese acto no puede ser cualquiera. En palabras de Amador, el pasaje al acto sólo reencuentra su eficacia propia cuando logra recolocarse como fundamento del poder. A este acto que es a la vez política y conocimiento, fuerza y literatura Amador lo llama praxis.

 

  1. Literatura. La historia la “escriben los vencedores y la narran los vencidos”, dice Ricardo Piglia en 1998: “hay un relato que va por abajo”, que tiene que ver con la derrota, con haber sido derrotados por el estado. Ejemplo eminente: las Madres de Plaza de mayo. La narración como experiencia del límite, “reverso del silencio”. La locura se encuentra con la ficción en cierto modo de “no poder callar”, de un “decir de más”. Ese exceso es el borde con la ficción. Del lado del anverso, el estado se presenta como narrador, creador de ficción. Apunta a tomar de rehén a la literatura. Pone a los escritores a hablar en torno de su política. El escritor conminado a hablar como ministro del interior. Contra esta situación se alza el universo antagónico dela república literaria, que carece de estado. En un texto previo de 1987 -reunido junto al anterior en un libro excepcional titulado Crítica y ficción, Piglia vuelve sobre una forma no estatal, literaria de la política. Lo hace refiriéndose a los indios -tal como los ve Mancilla, o Clastres-, a su modo de organizar autoridad en el desierto. El jefe ranquel ejerce un poder narrativo: un “mínimo de política”. Privado de los modos coercitivos de imposición, sólo puede acudir a la palabra. No hay garantía alguna de obtener obediencia: “en estas sociedades el Estado es el lenguaje”. El único poder del jefe narrador consiste en contar historias. “En esas sociedades que han sabido proteger el lenguaje, el uso de la palabra más que un privilegio es un deber del jefe. El poder otorgado al uso narrativo del lenguaje debe interpretarse como un medio que tiene el grupo de mantener la autoridad a salvo de la violencia coercitiva”.

 

  1. Posdata. Al distinguir, el pensamiento pasa del uno al dos. Al pensar la fuerza, ella misma se divide: fuerza de los fuertes, fuerza de los débiles. Y salvo que ese dos sea sometido a la peor de las abstracciones, sucede quelos polos no simplifican, sino que tienden a armar un espacio poblado de matices, intersecciones, comunicaciones. De modo que ese dos no lo subsume todo, sino que, al contrario, se abre a una multiplicidad de direcciones. Al pensar la política, Amador distingue dos polos nuevos: gobernar y habitar. El modo de dividir permite avanzar por senderos nuevos: hacer preguntas, ensayar caminos. Si La fuerza de los débiles es un ensayo sobre la guerra y la lectura en la España reciente, un balance sobre la interrupción de un proceso, que se lee de un tirón, Habitar y gobernar son las notas, las ocurrencias, las conexiones que aparecen en el momento en que el pensamiento está produciendo la distinción. Es un archivo, que puede leerse fragmentariamente, ya que cada segmento profundiza en un cierto aspecto. Tonos diversos, conversaciones: fuentes y líneas que pueden ser recorridas y profundizadas con cierta independencia entre sí. Es un libro lleno de conversaciones, apuntes y entrevistas. Ahí ya están Rozitchner y Gluksmann (aun no tan distinguidos entre si), está la conversación con Rita Segato, y su conocida insistencia en descristalizar el pensamiento binario. Pero sobre todo, está la entrevista con Francoise Jullen, autor del célebre Tratado de la eficacia. Al pensar la acción, oponiendo la sabiduría china a la metafísica griega, Jullen obtiene la idea de dos eficacias contrapuestas -una procesual e inmanente, otra voluntarista, trascendente. Este pensamiento le ha servido mucho a Amador, en conexión con la distinción débil y fuerte, defensiva y ofensiva. Para Jullen, sin embargo, la eficacia procesual no tiene punto de contacto con la idea de revolución, considerada como un ruidoso e improductivo, un invento europeo dependiente de la idea del progreso. Como si la revolución fuera un objeto dócil a una “deconstrucción” sumaria (procedimiento sumario que consiste en calificarla como “occidental”; como si lo occidental fuera un bloque macizo). Pero no es tan seguro que la idea de revolución se reduzca a la racionalidad del modelo de identificación, síntesis autoritaria. Aparecen fechas y nombres que perturban esa síntesis de brocha gorda: Emiliano Zapata y Frantz Fanon, Rosa Luxemburgo el anarquismo español del 36, la comuna de París y los soviets, Walter Benjamin y Ho Chi Minh, Rodolfo Walsh y Antonio Gramsci. Nombres y fechas que desbordan por todas partes el esquema rígido, y el elemento disciplinante. Alejandro Horowicz propone otro aspecto de la revolución en su libro El huracán rojo, una crónica de la revolución europea de 1789 a 1917. Se trataría más bien de una conmoción sostenida en la que un puñado de ideas igualitaristas se inscriben en lo real por medio de la fuerza -de los débiles- emergente de unxs cuerpos humanos organizados (aspecto militar de cualquier movimiento de masas). La revolución es la dialéctica de la política, la única inmanencia crítica, históricamente verificable. Su deconstrucción no nos sitúa del lado de la democracia sino del de la liquidación de las estrategias igualitaristas. De ahí lo desastroso de asumir la revolución con “categorías de la derecha” (advertencia fundamental de Rozitchner a la izquierda). Al proponerla (o recordarla) como un régimen de obediencia, se la pierde como principio cognitivo. Y yo creo que esta es la cuestión que inquieta particularmente a Amador: ¿Cómo dotar a la experiencia subversiva de una procesualidad inmanente ininterrumpida? ¿Cómo prolongar en el espacio y el tiempo, en el lenguaje y en todo aquello que queda del lado del “habitar”, esa elaboración crucial que hacen los cuerpos cuando se atreven a atravesar la línea prohibida de la amenaza de muerte y se descubren como fundamento de todo poder?

 

 

De alamar a la embajada // Diego Ortolani

No soy cubano de nacimiento, aunque llegué muy pequeñito a Cuba desde mi Argentina natal y de Cuba me enamoré desde la sensibilidad más básica al pisar su tierra. 

Arribé de exiliado, como tantos otros miles de latinoamericanos en aquella época de los 70, porque mis padres eran guerrilleros y los militares nos buscaban intensamente (mi mamá es una de los 30 mil desaparecidos por la última dictadura cívico-militar argentina; otros de la familia fueron asesinados o encarcelados).

No quiero aburrir a nadie con historias personales, solo lo rememoro por honestidad, para dejar sentado que también hablo desde la que considero, para mí mismo y por así decirle, mi media-cubanía, con todo el prurito y las disculpas que el caso amerita. 

Por elección, pero también porque si bien un día de los 90 volví a estos sures latinoamericanos buscando caminos que necesitaba recorrer (como tantos otros igual que uno), nunca me fui del todo de Cuba; mi segunda matria, a la que he vuelto una y otra vez todos estos años, física y espiritualmente, después de haber vivido en la Isla desde mi más temprana infancia hasta terminada la universidad, o sea, casi 20 años de esa etapa de la vida que a uno lo forma humana, moral y culturalmente. Así, compartí como un (casi) cubanito más, calle, becas en el campo, ilusiones y desilusiones, alegrías y amarguras, cultura, pasiones, buenas épocas y Períodos Especiales.

 

Dando un salto interestelar en el tiempo y el espacio, llego a lo que quiero contar: los sucesos en la Embajada de Cuba en este Chile al que me trajeron el amor y la vida, y donde también hemos compartido con tanta gente —igual que en Argentina— luchas, pasiones, alegrías y amarguras, porque ya se sabe, Nuestra América es una sola, desde el Bravo a la Patagonia. Aquí nos tocó vivir el 11J cubano y todo lo que abre.

Cuando supimos que el martes 13J manifestantes cubanos (y cubanas) se estaban congregando frente a la Embajada para protestar en este marco del 11J, y que a esa convocatoria estaban convergiendo también activistas de los peores grupos de la ultraderecha neofascista chilena, como Patria y Libertad, Capitalismo Libertario y el Partido Republicano, decidimos con mucha gente aquí autoconvocarnos en defensa y cuidado de la Embajada. Ambas convocatorias se repitieron este viernes 16J, en número todavía mayor y con similar composición. En la acera de enfrente, además de los cubanos y de los fascistas chilenos, convergió un buen número de emigrados venezolanos antichavistas.

En la acera de la Embajada no sólo había militantes de partidos de izquierda, que de hecho eran los menos aunque presentes, sino sobre todo mucha gente suelta, que vivió o no en Cuba, miembros de movimientos de solidaridad con la Isla, jóvenes activistas de asambleas territoriales, colectivos antifascistas y otras organizaciones populares de base ligadas a la rebelión chilena, y algunos cubanos y cubanas que viven aquí (si bien ciertamente en número harto menor a los que estaban en la acera de enfrente).

Nos hicimos amigos de un muchacho técnico industrial que manda lo que puede a su familia allá, o de un compañero ya veterano, docente, desempleado desde hace un tiempo y changaneando aquí (ambos cubanos, quiero decir), con los que compartíamos el aguante, la nostalgia y también la profunda preocupación. Asimismo compartíamos (con muchos amigos, amigas y compañeros que vivieron, crecieron y se formaron en Cuba allí presentes), el agradecimiento infinito a la tierra que nos acogió, solidaria como es, y la convicción de que, pese a cualquier pesar, teníamos que estar ahí poniendo el cuerpo.

 

El martes 13 la cosa no pasó de repertorio cruzado de cantos, consignas e improperios, de música que va y viene de un lado al otro (“Patria y Vida” desde allá, “Me dicen Cuba” o Silvio desde aquí), de algún amago de ataque por parte de los de enfrente, si bien la presencia de los fachos chilenos era muy inquietante, porque son grupos violentos, normalmente armados y que han pasado a la acción muchas veces en los últimos años, lesionando o hiriendo a estudiantes en tomas, a manifestantes y a disidentes sexuales.

Entre los cantos entonados al unísono, a la par de “Patria y Vida”, “Abajo la dictadura” y “Libertad para el pueblo cubano”, se escuchaban “vivas” a Pinochet y burlas a los desaparecidos y asesinados por su dictadura.

Ahora, el viernes 16 la situación se puso espesa, tuvimos que soportar varias andanadas de apedreos tanto de cubanos como de chilenos (algunos cambolos eran de muy grueso calibre), dos compañeros resultaron heridos de cierta consideración (a uno le partieron la cabeza de un palazo), y tras la última y furibunda andanada, tuvimos que retirarnos, también a petición del personal de la Embajada y de los pacos (carabineros), que en general separaban las aceras como podían para impedir agresiones mayores.

En nuestra acera, el consenso era no tirar, no responder en actitud de autodefensa, dado que el objetivo no era enfrentarnos a palazos y pedradas, sino cuidar la Embajada real y simbólicamente.

Hasta aquí los hechos. Pensándolos, es preciso decir que quienes estábamos defendiendo la Embajada lo hacíamos desde la convicción de que el bloqueo genocida es (sobre todo en este momento histórico), la causa principal de las asfixias que padece el pueblo cubano, y que la Revolución y el socialismo son condiciones sine qua non de la independencia y la soberanía de Cuba y su pueblo; soberanía que es y seguirá siendo la base de cualquier horizonte de justicia social, democracia real y derechos.

Otra convicción compartida es que los sucesos del 11J, siendo el punto de inflexión que parecen ser (y la Revolución cubana ha conocido varios en su historia), se inscriben en las operaciones de guerra no convencional o híbrida que el imperio estadounidense, las oligarquías y las contrarrevoluciones impulsan en Nuestra América y han impulsado en otras latitudes, con todo su repertorio de devastación de “estados fallidos” a través de “corredores e intervenciones humanitarias”, “golpes blandos”, “revoluciones de colores”, lawfare, guerra mediática y algorítimica vía redes sociales de internet, etc.; y cuyos episodios más recientes en nuestro continente son el golpe en Bolivia, las represiones salvajes bajo la óptica de la “defensa de la democracia” a las rebeliones populares en Chile, Colombia o Ecuador, y las agresiones mercenarias a Venezuela o Haití.

Sabemos que está todo conectado, y que para Estados Unidos es geopolítica de Estado permanente, más en una época de declinación relativa de su hegemonía global y de necesidad correlativa de aferrar en el puño monroísta a lo que siguen considerando su “patio trasero”, como evidencia la misma continuidad del bloqueo trumpista y su transición a bloqueo bidenista contra el pueblo cubano. En Nuestra América la guerra híbrida transcurre bajo conducción del tristemente célebre Comando Sur.

Es más, sabíamos también que en ese marco, el acoso a la Embajada de Chile aquí se inscribe en las batallas que estamos librando en todos los planos contra el neoliberalismo, y que ahora mismo este fin de semana tenían una estación importante, con las elecciones primarias de los candidatos presidenciales de las coaliciones que competirán en noviembre por la Presidencia del país.

Que Daniel Jadue, del Partido Comunista, pudiera resultar el candidato electo de la coalición Apruebo Dignidad, traza el hilo entre unas cosas y las otras, en medio de una furibunda campaña de terror simbólico en los medios hegemónicos y redes sociales contra una coalición de perfil más centroizquierdista que otra cosa, cuyo Programa incluso es considerado por muchos de nosotros como relativamente moderado (“comunista” sin dudas para el gran capital y la histeria reaccionaria).

Algo muy triste sobre los sucesos en la Embajada fue ver en la acera de enfrente a cubanos que hasta hace unos pocos días eran nuestros amigos, algunos prácticamente familia.

Uno se queda pensando en qué lluvias trajeron estos lodos. Pocas dudas hay sobre cómo el trumpismo-marcorubismo y la progresiva radicalización reaccionaria que engendran, alimentada por la propaganda goebbeliana en sus formas contemporáneas, pergeña estas situaciones (como en todo Occidente, donde el neofascismo avanza sin descanso, con sus marchas y contramarchas).

 

Quienes podemos ver, hemos visto cómo sus efectos queman cabezas y nublan entendimientos. Aunque también uno vea ahí otras razones, algunas incluso legítimas a su manera (nunca para compartir aceras con fascistas, eso sí), y que nos imponen otras reflexiones, más profundas y complejas.

Estas reflexiones resultan difíciles y dolorosas, pero la honestidad las convoca. Hablando ahora por mí y por mucha gente cercana, que estaba o no en la Embajada, urgen las complejidades y los matices.

Sabemos bien, y hemos visto acuciosamente toda la información que lo prueba, que el relato enemigo sobre los sucesos del 11J y días subsiguientes ha estado infestado de fake news, bulos, mentiras y manipulaciones de todo tipo, desde las más burdas mostrando niños ensangrentados en otros contextos o haciendo pasar manifestaciones de la Copa América por manifestaciones en Cuba, hasta las más sofisticadas (cuando digo “enemigo” me refiero al relato imperial, trumpista-marcorubista, etc..).

Sabemos que las protestas tuvieron un componente violento, seguramente fogoneado por operadores en terreno, y que todo ello se inscribe, como decía, en las directivas de la guerra no convencional. Esa guerra es doblemente cruel por trabarse en un momento socioeconómico y sanitario tan al límite para Cuba (luego de una gestión epidemiológica de la pandemia ejemplar hasta que fue posible, y con la perspectiva de la inmunización masiva por el logro extraordinario de las vacunas propias).

Igualmente, conocemos que las manifestaciones populares en defensa de la Revolución han sido auténticas y masivas. A la vez, comprendemos (y éstas son obviamente las complejidades) que las protestas tienen un componente popular legítimo, como el mismo discurso oficial parece reconocer cuando el Presidente Díaz-Canel habla de “revolucionarios confundidos” o “personas que sintieron la necesidad de manifestarse por las carencias que estamos viviendo” entre los manifestantes.

Esas razones reales están ancladas también en errores y déficits, dogmatismos y extremismos que han retrasado los cambios y reformas necesarios para que acabe de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, como reza la misma definición de Revolución de Fidel, y así (con bloqueo y todo, cuyo fin no está en las manos del pueblo y el Estado cubano y seguirá siendo un dato de la causa), la vida tanto material como espiritual del pueblo mejore todo lo que pueda mejorar. Seguramente sería bastante con esos cambios estancados, algunos retrasos explicables por cerrazón ideológica y otros seguramente por la defensa de intereses creados por burocracias con privilegios a defender.

No me extiendo en ellos ni hago citas de ello porque no me corresponde y en el debate cubano son de sobra conocidos. Todo eso es lo que uno siente y escucha allá en la Isla, cuando vuelve al barrio (en mi caso Alamar), anda La Habana y otras localidades, comparte un buche o un buchito de café con los amigos y amigas de todas las edades —extracciones y trayectorias— o con gente nueva que uno se cruza sentado en el Malecón, en el banquito de un parque o en un concierto. Uno siente los anhelos congelados, los horizontes borroneados, los cambios que se retrasan o no llegan, las amarguras y rabias que un día va y explotan. No es eso lo único que he compartido cogiendo trillo allá, claro, pero también.

Es más, sabiendo, como ya dije, todo lo que hay de fake news, manipulación y operación enemiga en la información sobre las protestas, hemos visto a la vez imágenes incontrovertibles o escuchado relatos plausibles de excesos y brutalidades policiales en la contención de la violencia y de las protestas mismas; detenciones arbitrarias frente a la misma legalidad que prescribe el Estado Socialista de Derecho sancionado por la nueva Constitución Socialista (también antes del 11J); intolerancias hasta infames a veces desde una perspectiva genuina (para uno al menos) de defensa de la Revolución; violaciones de derechos y abusos durante las detenciones en el marco de las protestas. 

Duele mucho decirlo, pero para quienes en el pasado hemos sufrido el terrorismo de Estado de nuestras dictaduras, o en el presente venimos sufriendo la represión neoliberal contra nuestras sublevaciones, cómo no desear que todo ello pare y se repare, ajustándose cualquier necesidad de contención de la violencia o la manifestación, a formas y protocolos apegados a la legalidad socialista y los derechos humanos, que se investiguen y sancionen sus violaciones durante estos acontecimientos.

En ese sentido, vimos llamados de no a la violencia ilegítima y fratricida, templanza y paz (insospechados de provenir de enemigos), incluso de figuras señeras de la cultura cubana, como Chucho Valdés, Leo Brower, Los Van Van, Adalberto y su Son, los López-Nussa y tantos otros. No podemos más que muy humildemente sumarnos a esos llamados.

Todo indica que los cambios necesarios (más aún ante un acontecimiento-bisagra como este), deberían ser no sólo de índole socioeconómica —que urgen y cómo—, sino también político-cultural, buscando el diálogo fraterno, sin intolerancias e inclusivo, intentando soluciones políticas creativas dentro de la democracia socialista, que evidentemente necesita ser profundizada, hacia una diversidad mucho más amplia en la unidad.

Y en ello, activando una imaginación instituyente, abierta a nuevas formas de auto-organización y participación popular: que amplíen la capacidad real de decisión del pueblo soberano sobre los asuntos de sus vidas, en los centros de trabajo, en los territorios de vida, en la vida cultural, en todo el campo social.

Esto está planteado en todas las latitudes, también en Cuba a su manera. Dichas invenciones son seguramente necesarias, también por las exigencias contemporáneas, los cambios generacionales, las obsolescencias de algunas de las antiguas formas y las derivas de los tiempos.

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PD: los movimientos de solidaridad con Cuba aquí en Chile, graduados de la ELAM y muchas otras personas, estamos en plena campaña para enviar donaciones de material médico-sanitario a la Isla; ya se había hecho un envío de jeringuillas, se está cerrando otro con material diverso, y la campaña sigue.

Tierras para vivir, feminismos para habitar // #YoNoFui

Hace un año comenzaba la recuperación de tierras en Guernica, en medio de la pandemia, la lucha por la tierra irrumpió para sacarnos del encierro, y para recordarnos que no hay política sin lucha y sin composición colectiva.
Desde los transfeminismos populares acompañamos y abrazamos este proceso. Hoy, una vez más compartimos las voces de compañeras que protagonizaron la toma, que siguen moviéndonos y transformando nuestras vidas.
“… acá estamos luchando para transformar eso, nuestra lucha no es solo por un pedazo de tierra,
es también para armar una época,
de recuperación de la tierra, de transformación de la política,
de reconstrucción de los vínculos».
Compartimos el libro “Tierra para vivir, Feminismos para habitar”, que, junto a Reunión, publicamos y liberamos en las redes.   link del libro: https://drive.google.com/…/1n…/view…
 
 
 
 

“La revuelta eclipsa todo lo que sea que el mundo tiene para ofrecernos” // Idris Robinson,

Entrevista Gerardo Muñoz

IDRIS ROBINSON es un joven pensador afroamericano cuya reflexión se inmiscuye en la noche de los sucesos de un país atravesado por una guerra civil en múltiples frentes. La aparición de su texto “How it might should be done” en julio de 2020 puso muchas cosas en claro para pensar las líneas en tensión suscitadas por el asesinato de George Floyd, la intensificación represiva del trumpismo, las formas capilares de protestas en los territorios, la expansión de los “hinterlands” (una tierra de nadie entre las ciudades y el mundo rural) y la nueva hegemonía técnica-espacial de las grandes metrópolis. En aquel texto, dotado de una fuerza poética y pasión analítica, Robinson invitaba a una discusión que todavía hoy permanece abierta; a saber, ¿qué supone el desenlace de una guerra civil que deja atrás los viejos paradigmas políticos de la autoridad, así como las mediaciones entre estado y sociedad civil? Obviamente que en este intersticio aparecía la pregunta por la destitución y las nuevas formas de éxodo en preparación para una posible vida ética. Desde entonces, hemos seguido pensando con los textos de Robinson al interior del oscuro momento del interregnum norteamericano. Robinson es filósofo de profesión en la Universidad de Nuevo México donde realiza una tesis doctoral sobre la lógica morfológica de Wittgenstein, pero también ha sido una de las figuras más sobresalientes del movimiento social tras el asesinato de George Floyd. En los últimos dos años ha venido colaborando con las plataformas Ill Will y Red May Seattle. A título personal, debo decir que a finales del pasado año algunos de nosotros comenzamos a dialogar con Robinson en el marco de una conferencia sobre los undercommons y la potencia destituyente sobre la relación entre guerra civil, el horizonte de la destitución, y la posibilidad de una transfiguración de la política contemporánea. Y fue a la luz de estos intercambios que surgió la idea de ordenar un poco algunos temas que ahora aparecen en formato de conversación para la Revista Disenso. En modo alguno se trata de un diálogo acabado, sino de una conversación inconclusa donde las posibilidades del pensamiento y la intempestividad del presente se dan cita en una época fuera de sí misma.

Gerardo Muñoz: Idris, gracias por este diálogo sobre el actual momento norteamericano. Supongo que un punto de partida pertinente debe ser la guerra civil en curso. Este es un problema que te ha venido interesando desde hace algún tiempo. Ciertamente, esta guerra civil no es necesariamente entre dos bandos de familia, como a veces se suele recordar en la tradición política. En nuestros días, esta guerra civil se está produciendo también a escala de la legalidad (una ‘superlegalidad’) como la he llamado recientemente, pero que tiene todos los ingredientes de la forma estasiológica: movilización total, fragmentación, reconfiguración y despliegue del aparato policial (cuerpos armados, cibernética, pedagogía) y el creciente declive del principio de autoridad moderna. También pareciera que vemos ante nuestros ojos el agotamiento del poder constituyente y de la “sociedad civil” que en la tradición fueron los dos polos para la renovación del “We The People”. En otras palabras, estamos ahora en un momento que pudiéramos llamar destituyente. ¿Cuáles son las posibilidades que se abren, si, efectivamente, podemos caracterizar el momento como atravesado por una energía de la destitución?

Idris Robinson: Creo que estás en lo correcto al caracterizar los eventos recientes en los Estados Unidos como propios de una guerra civil. En efecto, Dimitris Chatzivasileiadis elocuentemente ha sintetizado la situación actual de esta manera: “Luego de siglos de esclavitud, la conciencia de una guerra civil está emergiendo en todas partes. Esto estaba silenciado mientras los tiranos del poder podían erradicarla de la memoria…pero el momento ha llegado para tomar las calles, y por extensión, todas las memorias y toda la historia de la lucha de clases, que ahora regresa como un volcán”. Es por esta razón que aprecio tu intervención teórica en Cuarto Poder, puesto que me gustaría insistir en la necesidad de pensar la guerra civil más allá del rechazo intelectual ante el que se enfrenta. Como sabemos, la clasicista Nicole Loraux ha demostrado convincentemente que el significado del término stasis – que denota no solo la guerra civil, sino que también un conflicto de facciones, familiar o de sedición – también puede aplicarse a la experiencia norteamericana de la misma manera en que surgió al interior de las sociedades del mundo antiguo. En otras palabras, la guerra civil sigue siendo un elemento constitutivo de la unidad política en los Estados Unidos, y es justamente esto lo que constantemente se busca reprimir de la conciencia histórica norteamericana. Incluso, me atrevería a decir que la guerra civil y la cuestión de la raza comparten el mismo estatuto de la razón política: ambas constituyen el núcleo irreducible y traumático que la nación debe evitar para su propia existencia.

Y, sin embargo, yo diría que hay una mediación vital entre la guerra civil y la potencia destituyente, aunque confieso que no estoy preparado para señalar el verdadero potencial que nos suscita este problema. Por ahora lo que sí puedo decir sigue algunas de las hipótesis de Giorgio Agamben sobre esta cuestión. Así, para mi la guerra civil es el juego de fuerzas que mutuamente presuponen una politización de campo privado y una despolitización de la esfera pública; y, de esta manera, es que se despeja una zona de indeterminación entre el oikos y la polis, entre lo domestico y la vida civil. En el marco norteamericano, queda muy claro que comenzamos a ver cómo la abolición de la “blanquitud” implica una fractura familiar, puesto que la causa de la liberación negra le corresponde el agotamiento del linaje de la blanquitud (“whiteness”). De esta misma forma, la plantación puede entenderse como un hogar donde ciertas formas de violencia libidinal se desplegaron para sustentar la compulsión del trabajo. Sin embargo, en nuestros días es obvio ver como buena parte de estas relaciones permanecen en pie en muchos estados.

De manera que podemos definir la potencia destituyente como la escisión de la red familiar de la constitución histórica y blanca del estado americano. Dicho esto, me gustaría señalar cómo algunos de los “lectores” de Agamben han intentado limar la centralidad de la guerra civil cuando ésta ha comenzado a tocar a nuestras puertas. En mi opinión, esta postura de denegación está íntimamente relacionada con una postura que Mario Tronti tematizó en su ensayo Hacia una crítica de la democracia política y que también aparece en su conocida entrevista sobre la potencia destituyente. Dice Tronti: «Después de todo, la democracia es siempre ‘democracia en América’; los Estados Unidos siempre han exportado la democracia con la guerra…de hecho, es después de la edad de las guerras civiles europeas y mundiales que la democracia realmente triunfó. Y la democracia fue finalmente decisiva para la victoria de Occidente en su última guerra, la Guerra Fría. Contrario a lo que a menudo escuchamos en los círculos progresistas, yo me resisto a creer que en la fase actual estemos experimentando la centralidad de una guerra. Me parece que este énfasis actual en la guerra de la paz es totalmente desproporcionado. Todas las guerras se están llevando a cabo en las fronteras del Imperio – en las grietas que se abren, podríamos decir – pero el Imperio vive internamente a través de su nueva paz, aunque no sé si durará otros cien años. Esta es la condición de una paz interna y de una guerra externa que hace que la democracia no solamente prevalezca, sino que también celebre su triunfo altisonante.” Pero ahora que la Pax Americana ha concluido y que el orden planetario neoliberal colapsa, los críticos más virulentos intentan inmiscuirse en sus madrigueras con el fin de preservar su comodidad desde sus butacas en el corazón del imperio. Al contrario, yo insisto en que la línea correcta es la que asume que su caos es nuestra paz, y que su confusión es nuestra cordura.

GM: Has tocado muchos elementos atendibles y en particular me interesa la manera en que estás pensando la cuestión de la stasis como un proceso de incisión y fragmentación (del lazo familiar, de la idealia de la blanquitud, pero también de la matriz de lo Social), y obviamente que al decir esto implícitamente aludes al viejo problema de la violencia. O tal vez pudiéramos hablar de una nueva “cultura de la violencia”. Desde luego, durante la época revolucionaria moderna (digamos del jacobinismo a la guerra de guerrillas de los 60s-70s) la violencia fue entendía como un mecanismo de descarada sacrificial del sujeto político, algo que desde mi punto de vista explicaría sus límites e insuficiencia. En otras palabras, la violencia revolucionaria moderna habría quedado atrapada en la entelequia sacrificial de la liturgia cristiana. Ahora bien, en nuestro presente ya no podemos hablar de una “vanguardia política”, de modo que en este punto puede acontecer una nueva forma de violencia por fuera de la concreción de la subjetividad, ese reducto del Humanismo. En tu texto “How it might should be done?” atiendes a esta cuestión de manera original y llegas a hablar de la táctica de la zorra. La zorra siempre sabe generar estrategias, porque sabe cuando retirarse y cuando avanzar. Esto me pareció curioso, y no es menor que lo pienses desde la forma de la fábula. ¿Pudieras decir un poco más sobre cómo estás pensando esta dimensión otra de la violencia?

IR: Como es bien sabido, la figura de la zorra es una referencia directa a Maquiavelo para quien hay dos tipos de bestias – el león y la zorra – en todo príncipe que desee adquirir la virtud y la Fortuna en el campo de la política. Por otro lado, el león puede sobreponer al lobo, y, sin embargo, también puede caer en la trampa de cazador. La zorra, al contrario, es lo suficientemente astuta para evitar la trampa y jamás terminaría como una presa del lobo. Desde la perspectiva de la política revolucionaria ambas figuras son necesarias: el león representa la fuerza bruta, la violencia y el desborde de las masas; mientras que la zorra representa la subversión y la capacidad de subvertir el poder sin que acometa un asalto frontal. En mi texto yo concebí la trampa como la tergiversación que se hizo sobre la rebelión de George Floyd como una especie de “no-acontecimiento” pacífico. Recientemente, hemos visto algunas comparaciones en algunos círculos progresistas entre la rebelión por George Floyd y lo ocurrido en el Capitolio el 6 de enero. En realidad, esto confirma la dimensión discursiva a la que aludía antes. En efecto, yo argumentaría que el engaño de la mentalidad liberal sobre la violencia y la raza ha llegado a niveles análogos al de la fantasía derechista de Q-Anon. Dicho esto, para mi todo lo que está asociado con interseccionalidad, identidad, o la política de privilegios es más o menos la misma trampa que impide cualquier posibilidad real de cambio. Puesto que todas estas trabas se han normalizado, yo creo que sólo la astucia disimulada de la zorra puede abrir otras rutas.

GM: Queda claro que hoy lo importante es afirmar lo que llamaríamos la dimensión del “acontecimiento” por encima de las formas y de las subjetividades. Y me parece que es a lo que aludes en tu lectura sobre los distintos instintos de animal en la política. Tal vez sólo la zorra puede sorprender un acontecimiento en el mundo. En esta línea, me gustaría plantear una pregunta que no creo que haya sido lo suficientemente explorada: ¿te parece que podemos pensar la irrupción de la revuelta por fuera de su forma estrictamente “política” (la insurrección, el tumulto, la ocupación de un espacio autonomía), y, por lo tanto, como un movimiento para atacar el aburrimiento y la inmovilidad? Un compañero de ruta habla de la “fiesta” como una revuelta de la vida cotidiana, más cercana a la amistad que a una movilización de una actividad política directa. El poder hoy busca articular la provocación y el cansancio sobre los cuerpos. ¿No te parece que la destitución es también una intuición vital, casi psíquica, contra el aburrimiento de toda sujeción de la vida?

IR: En la historia moderna de la revuelta encontramos ambas figuras: la sacrificial y la carnavalesca. Por ejemplo, Saint Just y Nechayev son claros ejemplos de la primera. Mientras que la secuencia revolucionaria del 68, con su énfasis en el partido y la fiesta, terminó favoreciendo a la segunda. Sin embargo, yo encuentro que ambas son deficientes, puesto que permanecen atrapadas en una dialéctica que finalmente termina en el estado. Yo creo que el mayor defecto lo encontramos en el análisis que Walter Benjamin lleva a cabo del derecho positivo en su “Crítica de la violencia”. Por un lado, el sacrificio pasa por alto lo individual para justificar un fin; por el otro, el carnaval afirma los medios para afirmar un goce personal. Esta entremezcla propia de un marco jurídico de medios y fines solo puede llevarnos a buscar una nueva configuración capaz de conectar la falta, el deseo, y la agencia. La mejor sugerencia que yo he visto sobre el tema ha sido la que ofrece Rodrigo Karmy desde la figura del mártir en su interpretación del Spartakus: simbología de la revuelta de Furio Jesi. Gracias a su experiencia de primera mano en el mayo francés, Jesi deparó en algo todo aquel que ha sido arrastrado por la fiebre de la revuelta puede dar fe: los insurgentes sumergidos en la rebelión entran en una relación otra con el tiempo.

En términos más genéricos, Jesi concluye diciéndonos que toda revuelta siempre provoca una suspensión del tiempo histórico, en la cual ninguno de los actores involucrados está en condiciones de prever sus consecuencias. De esto se deriva que la revuelta necesariamente involucre una disrupción de toda justificación para “unir” los medios con los fines, ya que se vuelve íntegramente imposible que el insurgente calcule los pases de la acción entre una cosa y la otra. El paradigma del mártir está dotado de una inmersión con la revuelta en la que cada individuo es incapaz de administrar las ramificaciones de sus actos en el acontecimiento. En otras palabras, la naturaleza de la revuelta es siempre excesiva; y, por lo tanto, ya no posee molestias físicas, psicológicas, financieras propias del status quo. Como sugiere Karmy, el mártir apuesta por un excedente de vida por fuera de una determinación subjetiva u objetiva. Una vez que hemos entendido esto, se vuelve claro porqué es fundamental identificar al mártir con el ascetismo, o con la renuncia o bien con el sacrificio. Como escribe Karmy en su Intifada (2020): «El arrojo de la revuelta, el «jugarse la propia persona» hacia la incalculable intensidad de la insurrección, implica «tender el nexo», abrir una intersección entre el mito y la propaganda política, entre la eternidad de un tiempo inmóvil y la contingencia de la historia.”

Por esta misma razón es que me gustaría enfatizar que en la tradición religiosa el martirologio se entiende como un regalo. Para nuestro propósito, podemos pensarlo como la rendición de algo menor porque tiene lugar algo muchísimo mayor: esto es, el juicio de que la humanidad y la experiencia vivida de la revuelta eclipsa lo que sea que el mundo tiene para ofrecer. Del otro lado, el mártir busca habitar esta suspensión temporal, congelando el destello de la rebelión y arranando algo así como una inmortalidad laica. La muerte de Rosa Luxemburgo, por ejemplo, fue una elección de permanecer para siempre en la verdad de la revuelta evitando caer en la falsedad cobarde de la democracia social. De un modo similar, Michael Reinoehl recogió las posibilidades abiertas por George Floyd para escapar la demencia que el poder político en Estado Unidos proyecta continuamente a sus ciudadanos.

GM: Es realmente conmovedor cuando hablas de la revuelta como una fuerza que puede eclipsar el mundo, algo que eleva a los cielos estrellados una imagen que jamás podrá ser apropiable o gobernada. Esa mirada extraviada en el cielo es la única que puede devolvernos algo transformador para habitar otra tierra. Sin embargo, mirando hacia abajo, vemos desplegarse una nueva metamorfosis del poder. Ya sea en el octubre chileno, en los Chalecos Amarillos, o en los acontecimientos rutinarios en capitales latinoamericanas, vemos que la metrópoli hoy ha emergido como una topología para la reproducción del mundo de la vida. En los Estados Unidos, como sabemos, aparece lo que Phil Neel ha llamado el “hinterland”, una tierra de nadie que, en virtud de su condición anómica, fragmenta la separación entre la metrópoli y su afuera. Te quería entonces preguntar por esto: dada la hegemonía de la metrópoli en la organización espacial norteamericana (Nueva York, San Francisco, Chicago, Silicon Valley), ¿estarías dispuesto a conceder que la metrópoli es hoy el centro desde el cual se intensifica la destitución?

IR: Habría mucho que decir sobre esta pregunta, de manera que solo podré recoger algunos puntos. Primero, creo que es importante que apuntes a la cuestión de los “hinterlands”, tal y como también lo has hecho en tu comentario sobre el nuevo libro Jason E. Smith y las revueltas del pasado verano. Yo también recordaría el importante texto “Fire on Main Street: Small Cities in the George Floyd Uprising” de Shemon, Arturo, and Atticus, pues nos aporta un análisis muy lúcido sobre este fenómeno. En lo que a mi me concierna, ciertamente he visto desde hace algún tiempo lo que pudiéramos llamar la “banlieueificación” de las ciudades norteamericanas. Luego de muchas décadas de proceses violentos de gentrificación, he sido testigo de repetidos desplazamientos de algunos de mis amigos y familiares. Lo que es realmente importante aquí es que la proletarización de la periferia ha dejado una huella en un ciclo de revueltas a lo largo de la década. Yo noté que algo cambió radicalmente durante la revuelta de Kimani Gray cuando la línea del metro de Manhattan a Flatbush en Brooklyn colapsó generando un cierto nivel de autonomía. Desde luego, también tenemos el levantamiento de Fergesun del 2015.

Es importante recalcar el papel de las ciudades pequeñas en las revueltas del verano pasado. Por otro lado, hay que decir que las ciudades norteamericanas han sufrido casi unánimemente una concentración de capital muy aguda, específicamente en las finanzas, en los seguros, y en los bienes raíces. Como consecuencia de este proceso, estas ciudades se han transformado en un completo páramo cultural. Esto tiene una dimensión antropológica importante, puesto que el vagabundo de la ciudad que internalizó los hábitos, conductas, y gustos de la vieja sociedad burguesa ahora ha devenido en una encarnación de completo vaciamiento. Esto evoca en la imaginación del status quo, ciertas fantasías de los proletarios rodeando, asediando y saqueando el centro de la ciudad. Y algo de esto vimos el verano pasado; aunque, con suerte, el levantamiento de George Floyd fue tan sólo un trailer de un próximo largometraje.

GM: Finalmente, permíteme terminar con una pregunta sobre la secuencia que se abre tras BLM y la insurrección por el asesinato de George Floyd: ¿es posible pensar en otras lógicas discontinuas de esta energía? Rodrigo Karmy, a quien ya hemos mencionado, ha hablado de una ritmicidad de la revuelta, que es una forma atendible para pensar el porvenir (mas no el futuro) de la duración del acontecimiento; esto es, pensarlo por fuera de una unificación del movimiento (lógica hegemónica), o una segunda fase de tipo “institucional” que traduce la entonación de los ritmos en un proceso de administración y redistribución social. En mi opinión, se trata de la pregunta de cómo liberar los fragmentos del conflicto a partir de lo que llamo una apertura posthegemónica. En cualquier caso, ¿cómo estás pensando este problema de cara a una fase venidera?

IR: Después del ascenso de Trump a la presidencia en el 2016 yo he dejado de hacer pronósticos. Todas las garantías que Estados Unidos había tenido anteriormente ahora se volvían objeto de burla, como lo dijeron Dave Chappelle y Chris Rock en ese notorio episodio de Saturday Night Live. Sin embargo, esta volatilidad impredecible es índice de cuán profundas son las grietas de la crisis en curso. Todo lo que puedo decir es que con tantos tumultos bajos el cielo, la situación es, desde luego, excelente…

Es imposible unir lo que separa // YoNoFui

Hace dos semanas, recibimos un mensaje muy lindo por parte de @caudal_grafico un círculo de mujeres artistas y artesanas, que comparten en común el oficio del grabado, entre otras técnicas. Nos enviaron una imagen que habían creado, a partir de la invitación de @gráfica.infinita para colaborar en una carpeta gráfica contra las cárceles, contra la persecución en todo el territorio de Abya Yala, y en apoyo de las personas detenidas en la revuelta en Chile. En la pieza incluyeron un fragmento de un poema de nuestra compañera Liliana Cabrera @lilinescabrera, visibilizando el trabajo de nuestro colectivo, como parte de las redes afectivas y territoriales que vamos generando.

Colectivo YoNoFui

Este es el poema completo

La reja se estrella
contra sí misma
y yo me estrello contra la reja.
El pasado, los años
las horas, el presente
el futuro, los minutos
cada segundo
queda aplastado
tras el estruendo.
La reja se cierra
deja surcos invisibles
en el mosaico
marcas que permanecen
como herida abierta
en las muñecas,
cortes verticales en las venas
de esos, que no se pueden suturar.
Ustedes allá, nosotras acá
en el medio un torrente de vida
que se escapa,
es imposible unir
lo que separa.

REESTRENO // LA TRAMPA DEL PARAÍSO PERDIDO

Danza / reestreno 2021

LA TRAMPA DEL PARAISO PERDIDO

Dirección y coreografía de

Patricio Suárez y Rhea Volij

Funciones en julio y agosto

Reestreno para público y prensa: viernes 23 de julio a las 21 hs.

Funciones: viernes 23 y 30 de julio, viernes 6 y 13 de agosto a las 21 hs

Teatro: Espacio Callejón

Dirección: Humahuaca 3759

Informes y reservas:

http://www.alternativateatral.com/obra64890-la-trampa-del-paraiso-perdido

Duración de la obra: 50 minutos

Sinopsis

¿Qué podemos afirmar hoy de lo humano en los confines de la técnica, en su vaivén existencial entre lo orgánico y lo inorgánico? ¿Qué experiencia física constituye lo Cyborg? ¿Qué formas de placer ensayamos dentro de nuestro paraíso indoor que se impone como expresión de la vida en la Metrópoli? 

 

Cuerpos anónimos, andróginos, técnico-humanoides. Cuerpos-pregunta que conectan con fuerzas que insisten: Adán entrando al paraíso sin saber qué hacer con el deseo que lo acecha; mujeres-pollito aprendiendo a caminar arriba de sus tacones; Amy Winehouse resucitada en el acto de ver y ser vista.

 

¿Será posible borronear la domesticación, hacerle una burla a la hipótesis de una historia evolutiva y binaria? ¿Qué chispas de subsistencia y humor podrán surgir de la fricción del cuerpo con un más allá cristalizado? 

 

Un espacio vacío cercado de pinturas en blanco, algún souvenir del paraíso perdido, y una criatura que se empecina en representarse a sí misma, frente a un espejo que adquirió luz propia.

 

¿Qué rebeliones del organismo hará estallar en medio del sinsentido, la confusión y el entusiasmo?

 

Entramos al paraíso. Bailamos la trampa…

Ficha artístico técnica:

Intérpretes: Popi Cabrera, Malena Giaquinta y RheaVolij

Música: Patricio Suárez / Escenografía: Sandra Iurcovich / Iluminación: Matías Sendón / Vestuario y Maquillaje: Silvia Zavaglia / Producción: Suárez y Volij / Diseño gráfico: SIKE/ Fotografías: Carolina Nicora

 

Asistencia de dirección: Maiá Noé

Idea y Dirección: Patricio Suárez y RheaVolij

Sobre el equipo

Rhea Volij

Es bailarina, coreógrafa, docente y directora. Se formó en danza contemporánea y clásica con prestigiosas maestras en Argentina y Francia, donde estudió butoh cinco años con Sumako Koseki. Tomó seminarios de butoh con Carlota Ikeda, Magy Ganiko, Hisako Horikawa, Tadashi Endo, Minako Seki, Ko Murobushi, Akira Kasai y Sankai Juku. Tuvo maestras de danza como Renate Schotelius, Luis Baldassarre, Nora Codina, Catherine Diverrés, etc. Es profesora de Expresión corporal. Unió su formación con las artes marciales (kung-fu y tai-chi) y la técnica de Fedora Aberasturi . estudia filosofía en la U.B.A y con Tomás Abraham, Silvio Maresca, Lamberto Arévalo. Ha presentado los siguientes solos: Amara la niña fuego; Habla Casandra, La Huella de la Espuma, Latitud, Resplandece, sangre, Flor de Arena, Bolero InmóvilContrastes para una Bailarina y dos Músicos y dirigido numerosas piezas grupales de danza como Horda, Muerde inframundo, Elefantes, Excepto los muertos, Breve deslizamiento, Talek, etc. Ha dirigido a Isabel Beteta en México; la Cía Trampaalojo (Córdoba): en Bs. As. a La Brizna, Himenóptera, Cía. Esteparia. Colaboró con Cristina Banegas y con Pompeyo Audivert en las puestas de El país de las brujas, La señora Macbeth, Medea, Antígona Vélez. Fue intérprete bajo la dirección de Sumako Koseki, Máximo Salas y Majo Goldín. Sus obras se han presentado en Festivales y funciones en Argentina, Uruguay, Brasil, México, Ecuador, Chile, USA, Francia, Alemania, Italia, España y Japón. Ha recibido el apoyo de PRODANZA, FNA Y Fondo Metropolitano. Ha sido docente en la UNSM, UNLP y la UNA, donde también ha dirigido al GEAM como directora invitada (2012/13/16/17). Participa en películas como protagonista de Todo se calma, mediometraje de V. Scaro y como bailarina y coreógrafa en  Cadáver exquisito, de Lucía Vasallo. Participa de varias publicaciones en Segunda, DCO, Notaciones abisales, etc. Es parte del Bíos poético, diplomado en línea. Su trabajo teórico indaga en el encuentro entre el butoh y las filosofías de la inmanencia occidentales.  Su obra Habla Casandra es parte del Catálogo de danza con las 10 obras más relevantes en estos últimos 10 años.

Patricio Diego Suarez:

 

Director en artes escénicas, investigador, músico, performer y docente. Está recibido de periodista en TEA, cursó la carrera de Filosofía en UBA y se formó en filosofía política con Diego Sztulwark (2007-2014). Actualmente cursa la Licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades en Universidad Nacional de Quilmes, trabaja en el Diploma Superior sobre Ciencias Sociales de FLACSO junto a Silvia Duschatzky y es coordinador y docente del trayecto audiovisual del Centro de Formación Profesional 24.

Dentro de las artes, actualmente es creador y director de “Carne Argentina. Preludio para un cyborg de las pampas” y la serie de instalaciones performáticas “De cómo aprender a estar solo”. También coreógrafo y director de la obra de danza “La trampa del paraíso perdido” junto a la bailarina Rhea Volij, con quien trabajó como dramaturgista, asistente y diseñador sonoro de obras anteriores. En 2018 fue intérprete del Laboratorio de Creación II del Teatro Nacional Cervantes, dirigido por Silvio Lang; actor de la obra Museo Ezeiza 73, dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone en el Centro Cultural San Martín. Recibió subsidios y becas del Fondo Nacional de las Artes, PRODANZA y el Instituto Nacional de Música.

En danza se formó con Rhea Volij, Juan Onofri y Amparo González, Silvio Lang, Andrea Manso y realizó distintos seminarios. En actuación, con Ricardo Bartís, Mariana Oberztern, Pompeyo Audivert, Andrés Mangone, Laura Paredes, Paula Acuña, y Julieta Carrera. Estudió dramaturgia con Mauricio Kartún, Mariano Tenconi Blanco y Nacho Bartolone.

Respecto a su carrera musical, es compositor y creador del proyecto Potlatch (2014), con un disco editado en 2019 (“Río Brujo”). Tiene dos discos solistas previos, Las otras formas (2011) y Crimen, fábula y disfraz (2013), este último distribuido por el sello Sura Music y reseñado y promocionado por el Club del disco. Se desenvuelve además como compositor y diseñador sonoro para artes escénicas.

 

Popi Cabrera

Es bailarina, actriz, performer e instructora de Qi Gong Tai Chi. Se formó inicialmente en Danza Clásica en la Escuela de Danza de la provincia de Tucumán (ESEA) 1994-2003. Académicamente en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán como Intérprete Dramática, mientras que en paralelo estudió Danza Contemporánea y Actuación en distintas Instituciones con destacadxs maestrxs. Actualmente en Buenos Aires continúa tomando seminarios y clases sobre distintas técnicas, géneros y estilos. Se forma en Danza Butoh con Rhea Volij con quien en diciembre del año 2018 estrenaron la obra «La Trampa del Paraiso Perdido» dirigida por Rhea Volij y Patricio Diego Suarez. Además, continúa su último año de estudio en Terápia Shiatzu y Guia Qi Gong con Jimena Díaz y Carlos Trossman en la Escuela Kan Gen Ryu, estudió en el año 2016 el Instructorado en Qi Gong Tai Chi con Anibal Bonelli en la Escuela Mundo Tai. Desde el año 2012 trabaja con la danza improvisación y movimiento consciente con los maestros Carlos Osatinsky y Fernando Nicolas Pelliccioli con quienes trabajó en Tucumán las obras «Pido el Silencio» año 2012 y «Nadie puede ser Alguien Alguien puede ser Nadie» año 2014. Ha participado profecionalmente en Tucumán en numerosas obras de teatro y danza desde la interpretación y dirección. Además, trabajó en distintas escuelas de la capital y el interior como tallerista de teatro y danza. En Buenos Aires participó como performer en «Furiamadre» obra con Fondo Nacional de las Artes dirigida por Rodrigo Herrera año 2017. Fue Performer en «Paso del Tiempo» dentro del marco Festival Arte Joven BEATS & ARTS 2016 con dirección de Tiziano Cruz. Fué Asistente en «Sin Valor Agregado» danzas más audiovisuales de Carlos Osatinsky y Fernando Nicolás  Pelliccioli dentro del marco Festival de Danza Buenos Aires, Teatro San Martín año 2016. En agosto del año 2017 impartió su primera residencia sobre experimentación en Danza Improvisación en la montaña (Valle Calchaquí) continuando con esta experiencia en el año 2018 y 2019 introduciendo la Danza Butoh como foco de los encuentros.

 

 

Malena Giaquinta

Es artista escénica. Su formación en danza comenzó en Mendoza en donde integró la Compañía de Danza Contemporánea de Lucía y Valentina Fusari (2008-2011). En Buenos Aires participó del Proyecto de Formación de Artistas Contemporáneos para la Escena F.A.C.E-UNTREF como alumna regular y como asistente (2013-2017). Es Danza Movimiento Terapeuta (Instituto Brecha, 2014) instructora de Pilates Reformer y de Stretching Global Activo. Recibió la beca Cazadores Edición 2016 de investigación, formación y producción coordinada por Pablo Rotemberg, Inés Armas y Sergio Bazán. Realizó seminarios intensivos con maestros nacionales e internacionales como Joao Fiadeiro, Fabiana Capriotti, Lucas Condró, Carmen Pereiro Numer, Marina Sarmiento, Pierrik Malebranche, Nicolás Pelliccioli y Carlos Osatinsky, Andrea Manso Hoffman, Miguel Robles. Como intérprete trabajó con directores como RheaVolij, Fagner Pavan, Inés Armas, Carlos Coccia, Nicolás Licera Vidal, Ana Caterina Cora,Ivana Zacharsky y Tamia Rivero. Integra el Colectivo Dominio Público con el cual realizóla obra Ciberpunks que recibió el apoyo del INT, Proteatro e Iberescena. Participó de festivales como el Festival Buenos Aires Danza Contemporánea, DA DA Danza, Ciclo Mirá!, LODO, Nuevas Tendencias, Danzafuera. Realizó performances y obras en el Centro Cultural San Martín, Centro Cultural Kirchner, Centro Cultural de la Cooperación, Ciudad Cultural Konex, entre otros. Dirigió Banco de Plaza (Ciclo Tardes de Butoh 2016/ Archi Piel Lago 2017) y Parque (C.C. Sábato 2018, apoyo de Galpón FACE).Actualmente es bailarina en la obra La Trampa del Paraíso Perdido de RheaVolij y Patricio Suárez; en Sinfonía Big Datade Fagner Pavan (co-producción de Revista Anfibia y Casa Sofía); en Es perro porque ladra de Nadia Lozano y en Cadáver Exquisito, película de Lucía Vasallo. Cursa la carrera de Licenciatura en Curaduría en Artes (UNA).

 

Para renovar la fuerza // Amador Fernández Savater

Para renovar la fuerza, íntima y colectiva, entrar en otro plano de percepción, a través de una disciplina espiritual por inventar, pero que empieza con (al menos) tres descartes o sustracciones:

-salir de la visión política del mundo: lo real definido como poder y cálculo de poder -borrada o subordinada toda dimensión existencial- en términos de lucha, acumulación de fuerzas, línea política, militancia militar. La realpolitik como saber triste, consideración de la fuerza como una sola: fuerza de los fuertes que se admira y se desea a las claras o en secreto.

-salir de la visión económica del mundo: lo real definido como mercado, borrada toda dimensión de generosidad, derroche, don, pérdida, opacidad. Uno mismo visto como su propia empresa: superación indefinida de sí, competitividad generalizada, transparencia, acumulación de contactos, visibilidad, proyectos, likes.

-salir de la visión mediática del mundo: lo real definido por los medios de comunicación, en primer lugar la tele, como sucesión de coyunturas impuestas al pensamiento, belén de personajes expertos en agitar un ruido nulo a su alrededor, paisaje de polémicas que son una trampa en su mismo planteamiento, guiones siempre renovados de la sociedad del espectáculo.

Salir más por un desvío de la atención que por la crítica como polémica: pelea de poder, incapaz por ello de salir del círculo de los objetos criticados; por la reapropiación de una relación de intimidad con uno mismo, la lateralidad del pensamiento y la escucha, la conquista de autonomía y de capacidad (afirmativa) de propuesta.

Filosofía Pirata

 

Un alarido // Leonardo Padura

Creo que nadie con un mínimo de sentimiento de pertenencia, con un sentido de la soberanía, con una responsabilidad cívica puede querer (ni siquiera creer) que la solución de esos problemas venga de cualquier tipo de intervención extranjera, mucho menos de carácter militar, como han llegado a pedir algunos, y que, también es cierto, representa una amenaza que no deja de ser un escenario posible.

Creo además que cualquier cubano dentro o fuera de la isla sabe que el bloqueo o embargo comercial y financiero estadounidense, como quieran llamarlo, es real y se ha internacionalizado y recrudecido en los últimos años y que es un fardo demasiado pesado para la economía cubana (como lo sería para cualquier otra economía). Los que viven fuera de la isla y hoy mismo quieren ayudar a sus familiares en medio de una situación crítica, han podido comprobar que existe y cuánto existe al verse prácticamente imposibilitados de enviar una remesa a sus allegados, por solo citar una situación que afecta a muchos. Se trata de una vieja política que, por cierto (a veces algunos lo olvidan) prácticamente todo el mundo ha condenado por muchos años en sucesivas asambleas de Naciones Unidas.

Y creo que tampoco nadie puede negar que también se ha desatado una campaña mediática en la que, hasta de las formas más burdas, se han lanzado informaciones falsas que al principio y al final solo sirven para restar credibilidad a sus gestores.

Pero creo, junto con todo lo anterior, que los cubanos necesitan recuperar la esperanza y tener una imagen posible de su futuro. Si se pierde la esperanza se pierde el sentido de cualquier proyecto social humanista. Y la esperanza no se recupera con la fuerza. Se le rescata y alimenta con esas soluciones y los cambios y los diálogos sociales, que, por no llegar, han causado, entre otros muchos efectos devastadores, las ansias migratorias de tantos cubanos y ahora provocaron el grito de desesperación de gentes entre las que seguramente hubo personas pagadas y delincuentes oportunistas, aunque me niego a creer que en mi país, a estas alturas, pueda haber tanta gente, tantas personas nacidas y educadas entre nosotros que se vendan o delincan. Porque si así fuera, sería el resultado de la sociedad que los ha fomentado.

La manera espontánea, sin la atadura a ningún liderazgo, sin recibir nada a cambio ni robar nada en el camino, con que también una cantidad notable de personas se ha manifestado en las calles y en las redes, debe ser una advertencia y pienso que es una muestra alarmante de las distancias que se han abierto entre las esferas políticas dirigentes y la calle (y así lo han reconocido incluso dirigentes cubanos). Y es que solo así se explica que haya ocurrido lo que ha ocurrido, más en un país donde casi todo se sabe cuando quiere saberse, como todos también sabemos.

Para convencer y calmar a esos desesperados el método no puede ser las soluciones de fuerza y oscuridad, como imponer el apagón digital que ha cortado por días las comunicaciones de muchos, pero que sin embargo no ha impedido las conexiones de los que quieren decir algo, a favor o en contra. Mucho menos puede emplearse como argumento de convencimiento la respuesta violenta, en especial contra los no violentos. Y ya se sabe que la violencia puede ser no solo física.

Muchas cosas parecen estar hoy en juego. Quizás incluso si tras la tempestad regresa la calma. Tal vez los extremistas y fundamentalistas no logren imponer sus soluciones extremistas y fundamentalistas, y no se enraíce un peligroso estado de odio que ha ido creciendo en los últimos años.

Pero, en cualquier caso, resulta necesario que lleguen las soluciones, unas respuestas que no solo deberían ser de índole material sino también de carácter político, y así una Cuba inclusiva y mejor pueda atender las razones de este grito de desesperación y extravío de las esperanza que, en silencio pero con fuerza, desde antes del 11 de julio, venían dando muchos de nuestros compatriotas, esos lamentos que no fueron oídos y de cuyas lluvias surgieron estos lodos.

Como cubano que vive en Cuba y trabaja y crea en Cuba, asumo que es mi derecho pensar y opinar sobre el país en que vivo, trabajo y donde creo. Ya sé que en tiempos como este y por intentar decir una opinión, suele suceder que «Siempre se es reaccionario para alguien y rojo para alguien», como alguna vez dijera Claudio Sánchez Albornoz. También asumo ese riesgo, como hombre que pretende ser libre, que espera ser cada vez más libre.

En Mantilla, 15 de julio de 2021

El sacrificio de Narciso // Florencia Abadi

 

El sacrificio de Narciso (seis tesis sobre el narcisismo)

Por Florencia Abadi

 

I. El narcisismo y el egoísmo se oponen

Contrariamente a lo que suele afirmarse, Narciso no se ama a sí mismo. Se enamora de su imagen, y se suicida en el intento de abrazarla. Le entrega así nada menos que su vida. Narciso es, en el fondo, una figura sacrificial: sacrifica su vida a su imagen.

Por eso, la definición freudiana del narcisismo como “el complemento libidinoso del egoísmo” no hace justicia al mito. El narcisista está lejos de ser un egoísta: el egoísmo, entendido como la prioridad otorgada a la propia persona (en caso extremo sin miramientos) por sobre lo demás, sería de hecho el camino de su cura. Aquí ocurre lo opuesto: el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro. O mejor dicho, para sostener una imagen ideal que supone condición del amor del otro.

En el vínculo de Narciso con su imagen opera un tercer elemento: la madre, figura primordial de la alteridad. En las Metamorfosis de Ovidio, la fuente más relevante en relación con el mito, el papel de Liríope es tan sutil como indicativo: “La ninfa, hermosísima con su acrecentado vientre, dio a luz a un niño (y ya entonces era digno de ser amado) al que llamó Narciso”. La hermosura le corresponde a su embarazo, y es ella quien le pone el nombre solitariamente (como corresponde al hijo de una violación, y es el caso). Si Liríope es una ninfa del agua con nombre de flor, el hijo se convertirá al morir en una flor de agua que llevará su nombre. Una identificación con la madre que se realiza precisamente a partir de la muerte sacrificial del héroe.

 

II. El narcisista sacrifica su cuerpo para sostener la imagen ideal

La visión dominante del narcisismo destaca su carácter monádico: reflexividad total, autoerotismo patológico, amor propio exagerado. Sin ventanas, una libido que se muerde la cola. El otro allí no tendría ningún lugar, desaparecería. Sin embargo, el que desaparece en la lógica del narcisismo es el propio narcisista, como lo muestra con toda claridad el mito. La mónada existe, pero en ella el otro es todo y él nada.

El narcisista no mimetiza su deseo con el del otro, sino que ignora –desconoce, no interroga siquiera– el propio en pos de cumplir con el ajeno. Se dirá que el deseo es siempre el deseo del otro. Pero el sacrificio no pertenece a la esfera desiderativa: es del cuerpo. El narcisista entrega su cuerpo –es decir su descanso, su alimentación, su placer– para satisfacer deseos, exigencias, expectativas. El narcisismo está lejos de llevar a cabo un culto al cuerpo, como a veces se afirma; su culto es siempre a la imagen (que puede ser también imagen del cuerpo). El narcisista quiere rendir pero más bien se rinde, y café y pastillas mediante hace de su organismo una variable de ajuste que somete a todo tipo de padecimiento.

 

III. El narcisismo es compasivo

Si el egoísta se prioriza, responde a sí mismo y en eso enoja al otro (pone un límite a su deseo), el narcisista no puede hacer lo mismo porque el otro es portador de su imagen (a la que él se debe). En realidad, no es que no pueda dañar al otro, lo que no puede dañar es su imagen. Teme que frustrar al otro genere una caída de la idealización que supone sostén del amor. A partir de esa imposibilidad de decir no, aparece lo que podemos llamar “compasión narcisista”: la compasión por ese otro a quien el narcisista le supone un sufrimiento intolerable frente a su negativa (tan importante se cree). Dice del otro, permanentemente, “pobre”, y a partir de allí, paradójicamente, es él quien se sacrifica. Busca “llenar sus agujeros”, estar siempre para el otro; cumple, cede, hace lo que esté a su alcance para evitarle toda frustración.

 

IV. El narcisismo es una forma de autodesprecio

En las antípodas de lo que suele afirmarse, el elemento esencial del narcisismo es el autodesprecio. El narcisista se desprecia en su interioridad, pero sobre todo en sus acciones. Su suicidio tiene que ser comprendido en su dimensión estructural: se suicida a diario, en sus acciones y decisiones cotidianas, en las que entrega su cuerpo y su vida para sostener la imagen de sí mismo. Cree que asimilándose a esa imagen podrá tapar su ser que lo avergüenza: solo así conseguirá que no se note quién es. “Que no se note que no valgo”, piensa. El aplauso que en apariencia busca no le provee en absoluto una fiesta egoica, sino apenas alivio: significa que pudo esconder, una vez más, la imagen degradada que tiene de sí. (Lo sabe el estudiante que necesita con angustia un 10 en cada examen.)

Detrás de todo narcisista hay un falso self. El gesto espontáneo del sujeto queda aniquilado. La autenticidad (que es mucho más que jerga irracionalista) le es completamente ajena. No casualmente es la ninfa Eco la amante de Narciso: un reflejo sonoro que no tiene voz propia.

 

V. El enamoramiento (narcisista) no es amor ni es deseo

En el enamoramiento se goza de ser objeto de la idealización de un otro que a su vez ha sido idealizado: este círculo libidiniza masivamente la imagen del yo. Este enamoramiento no solo se distingue del amor (que supone la investidura de un objeto, y no de una imagen), sino sobre todo del deseo, que está atravesado por la herida que supone la falta de libertad, lo que se impone al sujeto más allá de su bienestar. El narcisista solo conoce el dolor del rechazo. La herida narcisista es un “no” de otro: el otro puede no enamorarse. Cuando esto sucede, el narcisista se castiga, y el autorreproche junto a la necesidad de enmendar un presunto “error” cometido se adueñan de su conciencia. Cree haber fallado, supone que no colmó al otro, cuando simplemente no despertó su idealización amorosa. Imagina que el otro no se enamoró porque lo ha visto incompleto, cuando en realidad el otro sencillamente no se enamoró. La herida es vivida como una confirmación de sus sospechas: no merece más que el desprecio.

La herida narcisista es una inscripción de lo real en la imagen, una “caída en la realidad” de que esa imagen del yo, vinculada con la completud, es una mera idealización. La realidad no se adecua, y a su vez se impone. Como en el proceso de duelo, el arduo trabajo que se le exige al sujeto es la aceptación de esa realidad.

 

VI. Tres estadios de la noción del narcisismo: amor propio, ideal y sacrificio

Antes de la introducción por Freud del concepto de ideal (1914), no se había ido en la lectura del narcisismo más allá de las ideas de autoerotismo y amor propio. Ni Havelock Ellis (1898), ni Paul Näcke (1899) ni Otto Rank (1911) dan un paso en la dirección del descubrimiento de la imagen ideal como fundamento de la estructura narcisista. En el escrito de Rank la idea del amor propio es recurrente (“el narcisismo, es decir, el amor a sí mismo”, “amor narcisista por la propia persona”), sin que aparezca jamás la sospecha de que no es de sí mismo de quien está enamorado Narciso. Sin embargo, Freud no advirtió la dimensión sacrificial de la estructura narcisista. Esto no solo puede observarse en la vinculación que trazó entre narcisismo y egoísmo, sino sobre todo en el concepto de “sentimiento de sí” (Selbstgefuhl), que alude a la gratificación del sujeto narcisista cuando cumple con el ideal. Si lo que se entrega es todo, esa satisfacción no vale absolutamente nada. El desplazamiento desde la idea de amor propio hacia la de ideal fue un primer despertar teórico, pero para comprender a Narciso aún debemos recorrer el camino que lleva del ideal al sacrificio.

 

* Este texto es un capítulo del libro El sacrificio de Narciso publicado en Argentina por Hecho Atómico Ediciones en el año 2018 y en España por Punto de Vista Editores en el año 2020.

À bientôt Jacques Derrida, filósofo de la Memoria // Ana Levstein

Vayan estos «souvenirs» en torno al gran maestro jacques derrida, que en este 15 de julio estaría cumpliendo 91 años,  en agradecimiento a tantas huellas que nos seguirá legando…

 

“Pues mañana sucederá, para el `mi vida´ el ‘nuestra vida’, la de los otros, lo mismo que, ayer, sucedió para otros: más allá, pues del presente vivo en general.

 Ser justo: más allá del presente vivo en general – y de su simple reverso negativo- Momento espectral, momento que ya no pertenece al tiempo, si se entiende bajo este nombre el encadenamiento de los presentes modalizados (presente pasado, presente actual, “ahora”, presente futuro). Cuestionamos en este instante, nos interrogamos sobre este instante que no es dócil al tiempo, al menos a lo que llamamos así. Furtiva e intempestiva, la aparición del espectro no pertenece a ese tiempo, no da el tiempo, no ese tiempo…”

        Espectros de Marx


Hoy es ese tiempo, ese presente desquiciado, desajustado, no contemporáneo de sí. 

Hoy es ese presente sin el cual ninguna ética, ninguna política, revolucionaria o no, parece posible, ni pensable, ni justa, si no reconoce como su principio el respeto por esos otros que no son ya o que no están todavía ahí, los fantasmas de los que ya han muerto o de los que todavía no han nacido.

 Hoy es ese tiempo de la responsabilidad a través de la cual coinciden en el porvenir, el pasado y el futuro.

 Hoy, Jacques Derrida ha desgarrado ese instante infinito, en el que ya habrá dejado de pensarnos, por lo que algo nuestro se habrá ido con él, en el que tampoco habrá un encuentro, una espera, sino este doloroso “esperar no volver a esperarse”, en el que un Adieu habrá desplazado al à très bientôt. Sin embargo, un encarnizado à bientôt, cher maître, cher philosophe, sigue vivo en su duelo, para ser justo con su memoria, con el tiempo que (nos) dio, con sus huellas de porvenir, que, de cualquier modo, bajo una forma que ya no es la del presente vivo, nos seguirá pensando…

 Miércoles a las cinco de la tarde. Casi de noche en el brumoso invierno de París. Anfiteatro del Boulevard Raspail. Gente de todas las edades, de todas las geografías, de todos los idiomas. Algunos, los madrugadores, sentados en los bancos. Otros, menos prevenidos, par terre, o sea en el suelo, en la tarima, en cualquier parte. Todes tendremos la fortuna de compartir una mística. 

El reloj del anfiteatro marca las cinco de la tarde. Un hombre de estatura mediana, morocho, cabellera blanca, con un andar firme y enérgico, entra con su portafolio y su pipa. Un hombre más, entre millones de hombres, alguien que quizá caminando por una vereda cualquiera, nadie advertiría en su “presente vivo”, en el maravilloso e inconmensurable “presente” de su existencia, y quien, sin embargo, ha movilizado voluntades, energías, viajes, despedidas, becas, trámites y un caudal de “suplementos” para gozar de su presente vivo y de su cálida voz. 

 

¡Qué ironía! El filósofo de la escritura, el deconstructor de la metafísica de la presencia, es, en este anfiteatro, como Sócrates, “el que no escribe”. El es el Logos, el Sol, el Padre, el Capital, el Bien, el Alma o Psiché en su propio neuma, en su latido planetario que ninguna letra, ningún signo usurpador, ningún suplemento traicionero, ninguna escritura mentirosa puede eclipsar en su “presente vivo”, radiante y milagroso. Ni siquiera su propia escritura. Este filósofo es Jacques Derrida.

Su escritorio ya está lleno de grabadores (¿acaso no es todo cuestión de prótesis, Cher Maître? Y sus ojos profundos y pardos de filósofo africano se dirigen al auditorio. Derrida argelino, Derrida francés, Derrida judío, Derrida ecuménico, Derrida marrano, (“Tu sais: il est reputé un des 50 personnes plus inteligents de la planétè!”), no, no conocía ese dato, pero Derrida filósofo, Derrida sofista, Derrida escritor, Derrida orador, Derrida analista, Derrida mago, Derrida chef d´orchestre, acaba de ingresar al anfiteatro y todos intuimos que una taumaturgia está por producirse, en vivo, o, quizá, en su tiempo verbal favorito, se habrá producido.

 

De allí en más, dos horas y media con el alma en suspenso, con el alma acariciada por esa voz poderosa que atraviesa todos los registros: el coraje, la ternura, el humor, la fuerza intelectual y moral, nuevamente el pulso de una psiché gigantesca que habrá sido a la vez la de un hombre cualquiera más, entre millones de seres y la singularidad de un Hombre con Mayúsculas, la singularidad de un nombre propio, de una firma, de una huella… 

 

Y luego, habrá sido la diseminación, la torre de babel, la fuerza de una esperma sin bordes que habrá debido hacer marchar el mundo por “el lado bueno”, por el porvenir de un acontecimiento venturoso. Fuerza seminal que ya aporetiza, quijotea, se cae, se levanta, se re-cae y se re-levanta (¿acaso no es todo cuestión de iterabilidad, Cher philosophe?) y un abrazo que habrá sido el último y una sonrisa infinita como la memoria y la esperanza y un “on se fait de signes” para que la distancia no abrume con su pesada espectralidad, (¿es que acaso hay algo más que, signos de signos, huellas de huellas Cher Philosophe?).

Y luego, habremos sido devueltos a la realidad de París, el frío, el café multilingüe, la boca negra del metro y los empujones anónimos, hasta Denfert-Rochereau, Cité Universitaire después.

Y luego, una no habrá sido ya la misma, algo habrá advenido con esa presencia, con esa voz, alguien habrá venido a nuestro encuentro, quizá advenido, para iluminar lo mejor de nuestros secretos caminos.

Y luego, en la dimensión helada de la ausencia, habrá llegado la responsabilidad de un trabajo del duelo, tanto más inyunctivo cuanto que él ya no está entre nosotres en la plenitud de su presente vivo, de su don para dar, para ser faro de su tiempo y de los tiempos, irradiando todos los presentes, todos los dones, todas las promesas.

P.S : Oui, Cher philosophe, ne vous inquiétez pas. Même dans ce monde laberyntique, quizá pocas veces más out of joint que aquí-ahora, tal vez andaremos a tientas, tal vez tropezaremos en la oscuridad de lo indecidible, tal vez también un andar rengo, esforzado, doloroso, pero sus huellas habrán quedado aquí, de este lado, más allá de todo presente vivo, enseñando a vivir en la resistencia,   sosteniendo la experiencia abierta, desértica y expuesta que es la espera del otro y del acontecimiento.

 

Por eso, y por todo, je vous dis, de tout mon coeur, à bientôt, Jacques Derrida.

 

¿Fin del mundo o fin de los paraísos? // Silvia Di Segni [1]

Vivimos una época que algunos perciben como el fin del mundo. Habría motivos para ello dado que a las cíclicas crisis del capitalismo se ha sumado una impensable pandemia Covid con consecuencias sanitarias y económicas, además de una erupción masiva de volcanes y otras calamidades naturales habituales. En este contexto cabe preguntarse si habrán crecido las sectas que se reunían a esperar el Apocalipsis cuando nada hacía preverlo o si, por el contrario, el tenerlo, supuestamente, más cerca, ya no requiere de mesías anunciándolo.

 

Parece improbable que estemos ante el fin de toda la humanidad que habita este planeta, pero sí estaríamos ante el fin de un mundo que se creía omnipotente, con una medicina capaz de hacer inmortales a lxs más ricxs. Ese mundo, desde muy antiguo, ha construido paraísos en la Tierra a los cuales sólo tendría acceso una élite. La exclusión es un elemento esencial para crear en paraísos en los cuales sólo se encontrará a iguales iguales mientras lxs “otrxs” estarán en rol de sirvientes.

 

Los sectores privilegiados de Argentina crearon varios: 1. La costa de Mar del Plata fue su paraíso vacacional hasta que el primer peronismo habilitó que fueran a esa playa sectores de ingresos medios y bajos, haciendo huir a lxs más ricxs; 2. El destino cambió a otras playas selectas argentinas (Pinamar u otras más pequeñas) pero adquirió un gran prestigio Punta del Este, en el Uruguay. Toda la República Oriental tiene prestigio de ofrecer mejor calidad de vida que la nuestra, mejor economía y, en los últimos tiempos, vacunas estadounidenses para el Covid 19. Es interesante preguntarse por qué Uruguay tiene un número enormemente superior al de Argentina de emigrantes, muchxs de lxs cuales emigran a nuestro país, pero eso es un mero dato que nunca ha podido destruir la construcción de un paraíso. Pero, hace poco, ese lugar idílico mostró sus fisuras cuando Susana Giménez, que había recibido dos dosis de vacuna estadounidense cayó víctima del COVID y se encontró con que el sanatorio de su lugar en el mundo no podía proveerle la atención médica que quería y pidió volver a nuestro país, infectada con el virus, para ser curada por su propix profesional… argentinx. 3. El mismo sector social tuvo/tiene como meta Miami sea de vacaciones, destino jubilatorio o, últimamente, sólo para vacunarse con vacunas estadounidenses. Hasta que, por graves fallas en su mantenimiento, se derrumbó un edificio de departamentos en el que, entre otras personas, había argentinxs y, entonces, quienes habían viajado allí a vacunarse exigieron volver a la Argentina lo antes posible, aunque se hubieran cerrado, parcialmente, las fronteras por el riesgo de la variante delta (que no se generó en Argentina) como ocurrió en muchos otros países. 4. Sectores de ingresos altos y medios barnizaron a Canadá para convertirlo en modelo de país no sólo desarrollado económicamente sino también con amplias políticas de inclusión para migrantes. Hasta que supimos, ya lo había dejado entrever la serie Anne with an E, que Canadá ocultaba, en sus cimientos, el genocidio de miles de niñxs de sus pueblos originarios. Genocidio que también hubo en Argentina con niñxs y adultxs, provocado y aprovechado por algunas de las mayores riquezas del país, pero que algunxs de nuestrxs historiadorxs, que no construyen paraísos, han puesto en evidencia desde hace mucho tiempo. 5. Finalmente, para sectores medios y de pocos recursos también Europa ha sido un objetivo soñado, en particular por la descendencia de aquellxs inmigrantes que tuvieron que dejarla cuando se mostró expulsiva con los propixs (por hambrunas, guerras, leyes raciales..) hasta que varios de sus países manifestaron crisis económicas que cerraron puertas y puestos a lxs extracomunitarixs  sumado ahora a la pandemia COVID que, sorpresivamente tuvo pésimas consecuencias sanitarias en países muy idealizados como Bélgica o el Reino Unido.

 

Por supuesto, siempre existe la posibilidad de creer en otros paraísos, aunque ahora sea más difícil ubicarlos en la Tierra. Por eso, quizás, hoy hay quienes quieren viajar privadamente a Marte (¿esos 8 que tienen la misma riqueza que los 3600 millones restantes?) a pesar de que la vida en ese planeta no aparezca mejor que estar totalmente encerradxs en la Tierra por la pandemia en una casa sin ninguna comodidad y casi sin ningún dispositivo electrónico a mano.

 

Lo que le toca vivir hoy a la población más rica, capaz de construirse paraísos, es aquello que conocen bien quienes menos tienen: la precariedad de la vida, la posibilidad de perderla con relativa facilidad o de sufrir las consecuencias de no tener medios para cubrir necesidades básicas porque, cuando todo está en crisis, sólo los estados pueden preservar lo imprescindible. Está claro que quienes más tienen siguen teniendo enormes ventajas en pandemia, pero sus voceros perciben que los paraísos han entrado en crisis y eso les genera ansiedad y, también, agresividad dado que se sentían privilegiadxs e inmunes y, parcialmente, han dejado de serlo.

 

En este caso, se trata de haber salido del paraíso artificial construido por el dinero que resultó ser no del todo confiable pero adictivo. Es claro que la agresividad no existiría en un supuesto paraíso, pero aparece como consecuencia de ser o sentirse echadxs de él, de tener que enfrentarse con la realidad antes acolchonada por lo que el dinero podía conseguir. Del mismo modo que un bebé siente su impotencia y berrea para conseguir lo que necesita hoy tenemos una buena cantidad de población manifestando su odio por lo que creyó que tenía, y merecía tener, y se les fue de las manos. Construir paraísos no parece una buena táctica de supervivencia, pero ese es otro tema.

 

 

 

 

[1] Dra. en medicina (UBA), psiquiatra, investigadora, docente, autora de Sexualidades. Tensiones entre la psiquiatría y los colectivos militantes (FCE, 2013) y Apuntes sobre la autoridad. Tensiones entre el patriarcado y los colectivos desautorizados (Noveduc, 2019). 
La imagen que ilustra la nota es: La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, fresco, Masaccio, 1424-1425. Capilla Brancacci, Iglesia de Santa María del Carmine, Florencia.

Cuba hoy: Patria, pueblo y soberanía // Julio César Guanche

El presidente Díaz Canel acaba de hacer un llamado “a la unidad de los cubanos”, al respeto de los cubanos, despojándonos de cualquier sentimiento de odio…”.1 En la circunstancia concreta, respecto al domingo pasado, es una declaración que puede ser muy importante.

A la vez, existe ya una historia de tres días documentada en videos confirmados que jamás se borrarán de la memoria nacional. Hay que hacer todo el esfuerzo cívico y patriótico para procesar el escenario de modos que mejoren las soluciones, y no empeoren aún más la crisis que vive la nación.

Quién es el pueblo de Cuba

El artículo 3 de la Constitución regula que la soberanía reside en el pueblo: “del cual dimana todo el poder del Estado”. Ese texto —aprobado por 86% de votos— obliga a respetar la soberanía popular y los derechos fundamentales.

El derecho de resistencia se regula contra “cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”, e incluye todas las vías. Por ser un recurso extremo, requiere el empleo previo de otros recursos.

El primero es buscarle soluciones políticas a la protesta. Luego, declarar el estado de emergencia con garantías para los derechos fundamentales. Saltarse todo eso, y pretender sin más el “derecho de resistencia” sería un uso ilegítimo, y plantearía un escenario completamente trágico para la nación.

El nacionalismo democrático (inclusivo, antimperialista, antixenofóbico) es uno de los contenidos más fuertes de la historia cubana hasta hoy. El contenido popular es su clave. En las calles cubanas no están los esclavistas del XIX, los oligarcas de 1912, los granburgueses de 1952. 

Está el pueblo de Cuba, o parte de él, que es tan pueblo como el resto, guste o no como hable, como actúe o como piense. El pueblo cubano, en su conjunto, es el soberano. El estado cubano está obligado a escucharlo, a respetarlo y a protegerlo.

Los llamados de cubanos a la intervención y a la violencia en el caos

Existe un llamado a la intervención estadunidense por partes del sector extremista del exilio cubano. Pagan por acciones violentas, producen a conciencia noticias falsas, incentivan a incendiar, saquear bienes, matar policías y a “poner el cuerpo” desde la trinchera de sus teléfonos. Cualquiera sea el resultado de esta situación, y de lo que se sufra en Cuba, van a seguir en su lugar.

Esa línea —que en caso alguno es todo el exilio, y menos la diáspora cubana— hará todo lo que tenga que hacer para lograr su versión del ya “se acabó”. Es imprescindible, en mi entender, distanciarse y oponerse a esa agenda por parte del espectro patriótico cubano, por radicales que sean las impugnaciones que se tengan sobre el Estado y el estado de la Isla.

 

En ningún caso, esa zona explica toda la protesta ni transfiere automáticamente su agenda a todos los que protestan. Es imprescindible distinguir y separar el uso instrumental de esas exhortaciones a la violencia civil, de las demandas y sujetos populares que hacen parte del escenario, y reconocer el espectro de las demandas en pugna.

El hecho de la intervención en sí es absolutamente inaceptable, pero más allá de su posibilidad real, la mera percepción de la amenaza de intervención incentiva el cierre de todo el campo posible de críticas hacia lo interno, y lo traslada hacia la defensa compacta de la nación, con justo derecho.

Cuba tiene un serio problema con la política estadunidense, pero también tiene problemas consigo misma y es imprescindible abrir el espacio para encararlos.

Los Estados unidos y el golpe blando

El presidente Biden ha continuado la política de sanciones, y no la ha modificado incluso en medio de la fase más grave de la pandemia. La política de bloqueo es una afrenta a la nación cubana, por ser de orden estrictamente colonial, y es un crimen contra el pueblo cubano. La actitud de Biden contradice la propia política que defendió durante la administración Obama, que aseguró que no podían alcanzarse nuevos objetivos a través de medios fracasados.

El que piense que esta situación empieza y termina aquí, o que solo se explica por el “golpe blando”, confunde el centro del problema.

 

El proyecto del golpe blando ha sido una realidad en varios procesos alrededor del mundo. El que sea agente comprobado de ese interés debe responder por ello, por ponerse al servicio de una potencia extranjera, pero no se puede cubrir toda la protesta social como si fuese una completa creación de tal empeño.

El uso desmedido de ese enfoque comporta un gran peligro político: no deja espacio a la legitimidad de ninguna demanda social que se exprese bajo protesta. Esa comprensión solo puede conducir a la represión de toda protesta. Reconocer la legitimidad de demandas que están hoy en juego es un golpe fuerte contra cualquier pretensión de golpe blando.

Qué se puede hacer

Se pueden y deben hacer algunas cosas ahora mismo. Comparto las siguientes desde la urgencia y la necesidad de ser útil, seguramente insuficientes, pero no irrelevantes.

Detener de inmediato toda represión policial sobre población desarmada, que se exprese pacíficamente. Contener con normas de proporcionalidad, y reglas claras de responsabilidad, las acciones violentas civiles contra personas y bienes. Prohibir el uso de armas letales excepto en caso inminente de peligro de muerte para cualquier persona. Ningún militar vestido de civil en la calle. Ninguna convocatoria a centros de trabajo, unidades del servicio militar, etc, a participar de respuestas violentas contra protestas.

 

Asimismo, procesar solo a personas que hayan cometido delitos graves sobre otras personas o bienes, teniendo en cuenta la gravedad de las consecuencias y el contexto en el que se produjo. Promesa, con garantías, de revisar la actuación policial con sanción firme para casos de excesos, con información precisa sobre los detenidos, retirada de cargos para todos los manifestantes pacíficos, y debido proceso para los actores civiles de violencia con daños calificables acorde a Derecho. Asegurar el servicio de internet. Facilitación de servicios de chequeo de fake news. Convocatoria a la paz social, en sentido fuerte, con ampliación y aplicación de derechos de participación y expresión, como el de manifestación pacífica.

También, adelanto urgente del plan legislativo de todas las leyes pendientes relacionadas con derechos civiles y políticos. Aceleración y puesta en práctica inmediata, con información precisa de sus cronogramas, de medidas de beneficio popular, como impulso mayor a los proyectos de producir alimentos en el ámbito nacional, con suspensión temporal de inversiones de largo plazo, y su recolocación en planes sociales de emergencia (ya se anunciaron medidas de este tipo, pero es necesario mucho más), con medidas renovadas de protección social especiales para los sectores más desfavorecidos como la vejez, los hogares unipersonales de personas con bajos ingresos,  las madres solteras, y los barrios más empobrecidos, con beneficios aduanales para productos de primera necesidad, y con la aceleración de la revisión y aceptación de demandas de la emigración cubana sobre sus derechos en y sobre el país.

 

Ya sabemos que Diubis Laurencio Tejeda ha muerto. Se ha repetido por años que el “primer muerto” sería un beneficio para el programa oficial estadunidense de agresión contra Cuba, pero hay algo anterior a ello: es la ética revolucionaria de la vida, para la que resulta intolerable un solo muerto, sea del “bando” que sea, y “beneficie a quien beneficie” su muerte.

Parte de esa ética es plantearse a fondo la pregunta sobre las causas de la rabia política y el odio radical que hemos visto recorrer el país, más allá de etiquetas como los “odiadores de siempre”, o los “mercenarios habituales”, que solo estigmatizan, esconden y reproducen el problema.

La protesta pacífica es un derecho, no lo es agredir personas ni bienes sociales. Todos los revolucionarios tienen derecho a defender sus convicciones, también de modo pacífico. Ni golpe blando, ni bloqueo, sí democratización, como decía Martí: pan y libertad, que como el verso, o se salvan juntos, o se condenan los dos.

***

Nota:

1 La cita completa es esta: “Díaz-Canel hizo un llamado “a la unidad de los cubanos, y llamando al respeto de los cubanos, despojándonos de cualquier sentimiento de odio, despojándonos de cualquier vulgaridad, de cualquier comportamiento indecente pero por supuesto exigiendo las normas de disciplina, las normas que garantizan en nuestra sociedad esa tranquilidad social. Y ya veremos, cuando en otro momento evaluemos lo que significó este momento y lo que quisieron hacer con Cuba y con nuestro pueblo, (…) cuánta mentira, cuánto odio, cuánta saña, cuánta maldad se calculó para todo esto”.

 
Fuente: OnCuba News
 

De salidas y esperanzas // Marina Chena

“Lucía me pidió que le desconecte el timbre. No espera más a nadie, dice, solo a despistados y mendigos”. Apenas empieza, La última esperanza negra nos hace saber -al modo de Lapoujade- que no tenemos una perspectiva sobre el mundo, sino que “nuestra perspectiva se encaja en otra, nuestro punto de vista en otro punto de vista”. La última esperanza negra es una constelación de puntos de vista. O mejor, una constelación de miradas en el armado de la perspectiva. Un universo de pequeñas historias en el que siempre son otrxs quienes nos dicen cómo es, siente o mira, cada una de las vidas que lo componen. Un artefacto al servicio de la dilución del yo, sin perder la construcción de una profunda intimidad subjetiva.

Cuerpos que parecen haber agotado su repertorio de posibles al punto de necesitar soñar o enloquecer. Lo que la conciencia no da. Desprenderse del amargo gesto de existir en sobriedad. La noche haciendo su trabajo en las cosas y los días. Sabemos hoy de esa atmósfera de fin de mundo, ¿y acaso no somos todxs esos animales desheredados de la especie, buscando el último refugio? Lo que se calla no es silencio, es la lengua de los que conquistaron el mundo y ya no supieron qué hacer en él.

La interioridad infinita. Asfixia y respiración. El mundo exterior como telón de fondo siempre presente y a la vez borroso. La última esperanza negra, la multiplicación de registros anímicos voraces, la inevitable constatación de que sin otrxs la vida no es posible y a la vez el rechazo a todo lo que tenga preestablecido el tiempo y el espacio del encuentro. Desplazarse, moverse, aparecer donde no se está ni sería posible –a simple vista- reconocerse.

La belleza que está en todo lo triste y el amor como medida de las cosas que dejamos de esperar. Pero nunca la estetización del dolor. Las almas plegadas en los interiores de un edificio de departamentos saben que la muerte no es el último aliento. Que el lenguaje no es la escritura. Que el cuerpo no es la palabra. Y sin embargo, no hay muerte sin suspiro, no hay escritura sin lenguaje y no hay palabra sin cuerpo.

Leer La última esperanza negra, es también saber un poco esas cosas y si algo desnuda, es la urgencia de un común donde hacerse un mundo.

Guevara // Rodolfo Walsh

¿Por quién doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el 59 y el 60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo.

Lo veo a Camilo, una mañana de domingo, volando bajo en un helicóptero sobre la playa de Coney Island, asomándose muerto de risa y la muchedumbre que gozaba con él desde abajo. Lo oigo al viejo Hemingway, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, decir esas palabras penúltimas: “Vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar”. Y ante mi sorpresa: “I´m not a yankee, you know”.

Interminablemente veo a Masetti en las madrugadas de Prensa Latina, cuando ya se tomaba mate y se escuchaba unos tangos, pero el asunto que volvía era el de esa revolución tan necesaria, aunque hoy se presenta tan dura, tan vestida con la sangre de la gente que uno admirado simplemente quiso.

Nunca sabíamos en Prensa Latina, cuándo iba a venir el Che, simplemente caía sin anunciarse, y la única señal de su presencia en el edificio eran dos guajiritos con el glorioso uniforme de la sierra, uno se estacionaba junto al ascensor, otro ante la oficina de Masetti, metralleta al brazo. No sé exactamente por qué daban la impresión de que se harían matar por Guevara, y cuando eso ocurriera no sería fácil.

Muchos tuvieron más suerte que yo, conversaron largamente con Guevara. Aunque no era imposible ni siquiera difícil yo me limite a escucharlo, dos o tres veces, cuando hablaba con Masetti. Había preguntas por hacer pero no daban ganas de interrumpir o quizá las preguntas quedaban contestadas antes de que uno las hiciera. Sentía lo que él cuenta que sintió al ver por única vez a Frank País: sólo podría precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida el hombre poseído por una causa y que ese hombre era un ser superior. Yo leía sus artículos en Verde Olivo, lo escuchaba por TV: Parecía suficiente, porque Che Guevara era un hombre sin desdoblamiento. Sus escritos hablaban con su voz, y su voz era la misma en el papel o entre dos mates en aquella oficina del Retiro Médico. Creo que los habaneros tardaron un poco en acostumbrarse a él, su humor frío y seco, tan porteño, debía caerles como un chubasco. Cuando lo entendieron, era uno de los hombres más queridos de Cuba.

De aquel humor se hacia la primera víctima. Que yo recuerde, ningún jefe de ejército, ningún general, ningún héroe se ha descrito a sí mismo huyendo en dos oportunidades. Del combate de Bueycito, donde se le trabo la ametralladora frente a un soldado enemigo que lo tiroteaba desde cerca, dice: “mi participación en aquel combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo”. Y refiriéndose a la sorpresa de Altos de Espinosa: “no hice nada más que una retirada estratégica a toda velocidad en aquel encuentro”. Exageraba él estas cosas, cuando todos sabían que acaba de recordar Fidel, que lo difícil era sacarlo del lugar donde hubiera más peligro. Dominaba su vanidad como el asma. En esa renuncia a las últimas pasiones, estaba el germen del hombre nuevo que hablaba.

Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. Pero esto, claro, no era cierto para los demás. Su altura era anonadante: resulta más fácil a veces desistir que seguirlo, y lo mismo ocurría con Fidel y la gente de la Sierra. Esta exigencia podía ponernos en crisis, y esa crisis tiene ahora su forma definitiva, tras los episodios de Bolivia.

Dicho más simplemente: nos cuesta a muchos eludir la vergüenza, no de estar vivos porque no es el deseo de la muerte, es su contrario, la fuerza de la revolución, sino de que Guevara haya muerto con tan pocos alrededor. Por supuesto, no sabíamos, oficialmente no sabíamos nada, pero algunos sospechábamos, temíamos. Fuimos lentos, ¿culpables? Inútil ya discutir la cosa, pero ese sentimiento que digo está, al menos para mí y tal vez sea un nuevo punto de partida.

El agente de la CIA que según la agencia Reuter codeó y panceó a cien periodistas que en Valle Grande pretendían ver el cadáver, dijo una frase en inglés: “awright, get the hell out of here”.

Esta frase con su sello, su impronta, su marca criminal, queda propuesta para la historia. Y su necesaria réplica: alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No serán los que nacieron en él. No será la memoria del Che.

Que ahora está desparramado en cien ciudades, entregado al camino de quienes no lo conocieron.

Fuente: http://contrahegemoniaweb.com.ar

Cuba sin hipocresía // Diego Sztulwark

El presidente de los EE.UU se adjudica el derecho de advertir a Cuba sobre su destino, con lo que la situación de la Isla se vuelve una vez más, un tema directamente internacional. Contra la tradición hipócrita e imperialista que llama libertad a la peor de las servidumbres, es preciso decir dos o tres cosas, para organizar una discusión decente y seria sobre las noticias que llegan desde ayer desde el caribe. La primera: es preciso escuchar de modo directo a quienes desde Cuba intentan pensar de nuevo y desde dentro la Revolución Cubana. En ese sentido reproduzco la entrevista que publicamos el 17 febrero 2021 en Revista Crisis, en Lobo Suelto y en El cohete a la luna junto con Florencia Lance y Mario Santucho a un grupo de jóvenxs intelectuales cubanos de plantean desde hace rato una serie de discusiones indispensables para renovar-profundizar desde un punto de vista de izquierda, socialista y antiimperialista la situación política en Cuba. Digo: es fundamental esa palabra desde la Isla. Y agrego lo que acaba de escribir el poeta Silvio Rodriguez, director de un blog que vale la pena por su independencia de criterio («Sólo de hoy tengo guardados más de 200 mensajes de heroicos anticastristas de la Florida incitando a la rebelión. Me gustaría saber si los que reprueban que se llame al pueblo a defender la Revolución están de acuerdo con esos alaridos de odio y de venganza”).
Segunda cuestión: es evidente que la cristalización política es el enemigo interno que asedia y agobia todo proceso popular y/o revolucionario, por lo que nada es más deseable que asumir la confrontación abierta, honesta y generosa con nuevos sujetos cuestionadores del estado de cosas, emergentes de la crisis extrema que la pandemia acentuó en Cuba y en todxs lados, porque ellxs plantean cuestiones fundamentales a la vez que inventan la existencia -feminismos, culturas juveniles- en un sentido que ningún socialismo autentico, es decir, dispuesto a reinventarse, puede negar. Estos conflictos son indispensables -y por tanto bienvenidos- y cruciales hoy en todas partes. Discutir la política a fondo, reinventarla, teniendo en claro el asunto de la enemistad planteado de los EE.UU (me refiero, desde ya, al insoslayable bloqueo criminal que sitúa a Cuba en una situación de país en guerra), forma parte de una larga y digna tradición democrática popular en nuestros países latinoamericanos. Y algo más. Cuando discutimos Cuba, Argentina o cualquier país del mundo, no podemos perder de vista que se trata siempre de realidades plurales, complejas, contradictorias, atravesadas por toda clase de conflictos y que aún así, respecto de Cuba, enemigxs y amigxs agregamos -justa o injustamente- un plus, porque Cuba tiene -para bien o para mal- una significación histórica especial: la revolución del 59, que conmovió el continente entero. Propuso algo que aun precisamos y a lo que pretendemos ser fieles a pesar de todo: independencia política, el humanismo internacionalista y un comunismo no burocrático (como dijo Julio Cesar Guanche desde La Habana: pan sin terror). Ese plus nos obliga a discutir sin prejuicios, a estar informadxs, a asumir la enorme complejidad de la situación y a no caer en ninguna clase prurito bienpensante que nos aleje de una historicidad popular latinoamericana en construcción.

“Es posible refundar Chile” // Pierina Ferretti

El domingo pasado Santiago de Chile fue el escenario de uno de los actos democráticos más trascendentes que se haya producido en los dos siglos de historia republicana del país: la instalación de la primera asamblea de representantes electos por votación popular con el mandato de redactar una nueva Constitución. Este hecho histórico es el resultado de la revuelta social de octubre de 2019, cuya envergadura inédita logró romper las sólidas barreras antidemocráticas que durante décadas impidieron la representación de los intereses populares en la política. Por eso, en reconocimiento a su origen, la primera jornada de la Convención comenzó en las calles, en las distintas concentraciones convocadas para llegar marchando hasta la sede en que se desarrollaría la reunión. Las imágenes del día fueron expresivas del ciclo abierto: las calles en las que se desarrolló la revuelta popular, ocupadas nuevamente por miles de personas y por los representantes de movimientos sociales, feministas, ambientalistas y naciones indígenas que estaban a punto de inaugurar ese espacio conquistado por el pueblo que va a acabar con la constitución de Pinochet y que va expresar en el ordenamiento jurídico una nueva relación de fuerzas sociales y de clase.

            La trascendencia histórica de la jornada, además de radicar en su carácter inédito y su vínculo con la revuelta, estuvo dada por una serie de momentos en los que asomó con elocuencia el carácter popular y democrático del proceso en curso y que anuncian nuevas formas de entender la política, la democracia y la soberanía de los pueblos.

“Mari mari pu lamgen. Mari mari kom pu che. Mari mari Chile Mapu”

Una imagen dio la vuelta al mundo: Elisa Loncón, mujer mapuche, asumiendo como presidenta de la Convención Constitucional y a su lado, acompañándola, la machi Francisca Linconao, ex presa política y respetada autoridad espiritual. Ambas al frente de la asamblea de todos los pueblos de Chile, con la bandera mapuche en alto. Esa imagen condensa como ninguna la hondura del proceso que se está viviendo. Hace pocos años atrás era impensable que una mujer mapuche -un pueblo perseguido por el Estado de Chile y despreciado por las clases dominantes-, estuviera encabezando el órgano representativo más importante del país. Hoy, sin embargo, no solo es una realidad sino que es un hito que enorgullece y alegra a amplios sectores de la sociedad chilena que ven allí una muestra de que es posible escribir una nueva historia, esta vez protagonizada por los sectores  históricamente postergados, bien representados por el pueblo mapuche.

            La elección de Elisa Loncón es por ello expresiva de transformaciones profundas en la sensibilidad de la sociedad chilena hacia el pueblo mapuche que se han hecho visibles sobre todo en los últimos años, tras el destape de operaciones y montajes policiales destinados a criminalizar su lucha y a casos como el asesinato del joven comunero Camilo Catrillanca, que remeció al país y generó amplio rechazo y la solidaridad de distintos sectores. Actualmente el pueblo mapuche es reconocido a lo largo del país como ícono de resistencia y dignidad y se ha convertido en un referente de lucha para los otros pueblos que habitan Chile, muy especialmente para la juventud popular durante la revuelta de octubre de 2019 hizo flamear la bandera mapuche por todos los rincones del territorio. Esa nueva sensibilidad se plasmó en el amplio apoyo que concitó la candidatura de Elisa Loncón, anunciada el 21 de junio de este año, en la fiesta del Wüñoy Tripantu, como un gesto político. La recepción favorable de la propuesta fue inmediata entre los representantes de movimientos sociales y el Frente Amplio, que manifestaron su apoyo abiertamente y votaron ordenadamente por la candidata mapuche cuando se desarrolló primera consulta de la Convención. Posteriormente, en la segunda vuelta, Loncón sumó el apoyo de los convencionales de la Lista del Pueblo, del Partido Comunista, del Partido Socialista y la mayoría de los independientes, obteniendo una contundente victoria.

            La elección de esta mujer de 58 años, activista por los derechos de los pueblos indígenas y académica de la Universidad de Santiago, fue un buen comienzo para las primeras naciones, pues mostró la adhesión de la mayoría de la Convención a una representante que ha sido clara en plantear la necesidad de proclamar a Chile como un Estado Plurinacional, una de las principales demandas de los pueblos originarios que para convertirse en realidad deberá ser apoyada por dos tercios de los convencionales.

“¡No a la represión!” El ocaso de la política de espaldas al pueblo

Si la elección de Elisa Loncón fue el episodio que trascendió las fronteras, es preciso reparar en el incidente que al comienzo de la ceremonia dio lugar a la primera demostración de fuerza de los sectores del campo popular que ingresaron a la Convención y que anunció inmediatamente una nueva forma de ejercer el rol de representantes del pueblo en un espacio institucional. La tensión comenzó mientras se interpretaba el himno nacional, lo que fue rechazado por los constituyentes indígenas y otros grupos que se negaron a participar de ese acto agraviante para las primeras naciones. Luego, entre pifias y consignas, la ceremonia, que había comenzado a las 10 de la mañana, debió suspenderse porque un conjunto numeroso de convencionales comenzó a protestar contra la represión policial desatada a las afueras del edificio donde estaban reunidos. Convencionales de movimientos sociales, feministas, de la Lista del Pueblo, de naciones originarias, a los que se sumaron los del Frente Amplio y del Partido Comunista, comenzaron a gritar consignas y a impedir el desarrollo del acto. “No más represión! No más represión!” se les escuchaba corear, al tiempo que la encargada de llevar adelante la instancia era conminada a suspender la actividad hasta el cese de la represión policial. De un momento a otro, la reunión tomaba la forma de una asamblea popular, ante la indignación de la derecha y la estupefacción de los grupos progresistas apegados a las buenas formas. Entre tanto, grupos de constituyentes abandonaron el acto y regresaron a las calles a sumarse a las manifestaciones y a exigir el fin de la represión. Pasado el medio día, tras el repliegue de las fuerzas policiales ordenado por el gobierno, se retomó la ceremonia.

            Esta fue la primera demostración de fuerza de una porción significativa de convencionales, provenientes de las luchas populares. Mostraron en esta acción una forma de hacer política que no va aceptar las normas de buena crianza y complicidad con la represión policial propias de las elites. El gesto de estos convencionales y su capacidad para movilizar a la mayoría de la asamblea contra la represión policial fue un acto político de la mayor relevancia y cumplió el objetivo de expresar la disposición disruptiva de una buena parte de los representantes del campo popular presentes en la asamblea.

Memoria, justicia y feminismo

La jornada, que ya había sido larga e intensa, culminó con tres gestos clave. Elisa Loncón, presidenta de la Convención, dirigiéndose a toda la asamblea invita a un minuto de silencio por los muertos en las luchas por la justicia. En su alocución invoca a los muertos del genocidio perpetrado contra los pueblos indígenas en la imposición del Estado nacional, a los asesinados y desaparecidos por la dictadura militar y a los muertos de la revuelta popular de 2019. La invitación de Loncón fue un gesto político  cuya trascendencia es difícil de conmensurar. Si la fundación del Estado chileno a fines del siglo XIX se fundamentó en la opresión al pueblo mapuche y si el Chile neoliberal se erigió sobre la derrota del movimiento popular, el nuevo Chile, que abrió la revuelta social, y cuyo costo en vidas, heridos y prisioneros fue enorme, se construirá sobre la memoria de esas luchas, sobre la justicia y sobre la reparación. Luego del minuto de silencio respetado solemnemente, Elisa Loncón y Jaime Bassa anunciaron como primer punto de la tabla de la siguiente jornada la elaboración de una declaración para exigir la libertad de los presos políticos de la revuelta popular que aún se encuentran encarcelados, en otra señal clara de voluntad de no repetir la impunidad que ha dominado las etapas anteriores comandadas por las elites. Finalmente, el día culminó con la entrega a la presidenta de la Convención de una propuesta reglamento feminista elaborado por activistas y militantes de diversos sectores y agrupaciones. Un coro de mujeres constituyentes, entre bailes y aplausos festivos, cerraron la jornada cantando “¡Abajo el patriarcado que va caer. Arriba el feminismo que va a vencer!”. 

            Sabemos que esto recién comienza y que resta mucho camino por delante, pero las imágenes que dejó la primera jornada de la Convención Constitucional alimentan la confianza, como dijo Elisa Locón en su discurso, en que es posible cambiar Chile. “Este sueño -para recuperar sus palabras- es un sueño de nuestros antepasados. Este sueño se hace realidad. Es posible, hermanas y hermanos, compañeras y compañeros, refundar este Chile”.

Texto publicado originalmente en la serie Chilenisches Tagebuch de Medico International https://www.medico.de/chile-kann-sich-aendern-18285

Querido diario // Julia Piasek

Cuando me mudé de la casa familiar elegí los objetos que me llevaría a la nueva vida de las decisiones. Traje las pocas cosas que junté con sentido después de la adolescencia.
La caja de cartón que más miedo me dio que se rompiera fue una de las tituladas “BIBLIOTECA ARRIBA”.

En el departamento en el que vivo hay dos lugares en los que guardo libros. Abajo, frente a esta computadora en la que escribo, están, desordenados, los que quiero tener al alcance del estiramiento de un brazo. Arriba, en mi habitación, está La Biblioteca en la cual, con una sencilla organización, encuentro los libros que ya leí, los que no leí y quiero leer, y los que creía que quería leer y ahora temo que nunca leeré. También guardo ahí los cuadernos en los que escribí.

Cada cuaderno tuvo un uso particular. Hay algunos en los que hice anotaciones aleatorias: listas de supermercado, firuletes, palabras que rebotaron de una llamada telefónica,  anotaciones de una generala en la que perdí, ideas germinales de textos literarios y obligaciones del día. Las hojas de estos cuadernos están arrancadas, rotas y las que quedaron enteras, fieles a la encuadernación, tuvieron el poder efímero de retener cierta información que fue utilizada en el corto plazo. También guardo los cuadernos en los que escribo cuentos, relatos, poemas y sueños. Su individualidad es que las hojas tienen una potencia única, desconocida por el brillo del Documento1 de Word, donde finalmente termino reescribiendo y editando el texto que guardaré como… en la carpeta informática llamada: “los textos tienen que estar aquí”.
En cambio, los diarios íntimos están formados por una sucesión de cartas en las que sin querer radiografié, a lo largo de los años, mi torrente sensible. A estas hojas nunca vuelvo. Las palabras permanecen tal como las encontré en el momento de la escritura. Fueron como un sudor, un escupitajo, un vómito que el cuerpo necesitó transformar en resto y desecharlo. Su existencia convierte en grafía la historia de mis sentimientos.

La caja más pesada de mi mudanza fue la de los diarios íntimos. No importa si pesaba más o menos kilogramos que las históricas vajillas familiares compradas en un país lejano, para mí esa caja tenía la carga de la vida entera.

Desde que soy chica le escribo al Querido Diario y sospecho que ese fue mi ingreso a la escritura y,  posteriormente, a la literatura. Sus tapas callan la tinta de todos mis secretos, hasta de los secretos que existen en los cuadernos y no en los recuerdos.

Comencé escribiendo, desde el berrinche de la cama, cartas hechas de súplicas y confesiones escritas con lágrimas desplazándose por los cachetes. El Diario era una figura salvadora, que sin responderme, recibía mis palabras. “Querido Diario: ya estoy mejor, alguna ayuda me habrás mandado…”

Por la sugerencia de mi educación  laica y el encuentro de poéticas símiles, las entradas dejaron de ser cartas melodramáticas y comenzaron a ser el registro de eventos ocurridos o pensados mientras ellos mismos sucedían, en un determinado día. Una foto con las palabras como el paisaje.

Escribir en un diario las repercusiones de mis heridas, de mis alegrías, de mis interpretaciones y de mis razones no se me ocurrió a mí, sino que es un componente constituyente de la recurrencia semiótica. Hay gestos culturales que reaparecen a lo largo de las sociedades de diferentes formas. ¿De dónde habré sacado, a los siete años, que para dejar de llorar tenía que escribirle al Querido Diario? No lo sé, pero sin dudas del pasado.

Ahora pienso en la escritura de un diario y aparece en mi mente Querido Diario (2011), un libro de Luis María Pescetti en el que se podían espiar las anotaciones de Natacha, un personaje, niña como yo, al que seguía en todos sus libros. O bien, pienso en la escritura de un diario y resuenan en mí algunos signos de una conversación con un terapeuta al que no puedo ver por estar recostada en un diván. También, pienso en la escritura de un diario e imagino que tiene rasgos similares a una confesión ante un sacerdote, que por juramento no puede  romper con el secreto en cuestión. O mejor aún: pienso que escribirle al Querido Diario es como hablarle al Dios mismo. Padre nuestro que estás en los cielos antecede todo diálogo entre el hombre y Dios, que nunca responde con nuestro lenguaje. Al igual que el Querido Diario antecede todo diálogo entre el hombre y ese ente etéreo que tampoco responde con nuestras palabras.

Pablo Katchadjian, en Amado Señor (2020), le dedica una novela epistolar entera al “Amado Señor”. En estas cartas sin respuesta lingüística, Katchadjian reflexiona sobre y con su receptor, que no existe pero existe cuando él le escribe y lo piensa. El Amado Señor de Katchadjian cambia de forma rápidamente porque nunca tuvo una. Las cartas comienzan a dirigirse a: Amado Reflejo, Amada Mata de Cactus, Amada Boca, Amada Nube de Bacterias, Amado Punto, entre muchas otras. En una entrada, el emisor le confiesa a su Amado Ruido Verdadero que la historia que le está contando la conoce porque en su familia existe un diario que se fue escribiendo de generación en generación. Esa escritura fue la encargada de mantener viva la memoria familiar. Enseguida le escribe al Amado Diario: “tenerte y leerte me hace pensar en qué de todo lo que pasó en mi familia antes de mí sedimentó en mí ”Entonces, escribirle el Amado Diario, o al Querido Diario, o a la Amada Utilidad es casi una intuición, sedimentada en nosotros por la historia previa a nosotros.

En el siglo XVIII, después de la Revolución Francesa, una serie de transformaciones en la producción impresa de los libros produjeron la llamada “Revolución de la lectura”. Los lectores cambiaron su modo de enfrentarse a los libros y empezó a surgir, en convivencia con otros modos de lectura, la lectura silenciosa e individual como forma de entretenimiento privado. Fue en este contexto de intimidad en el cual los lectores comenzaron a sentir cercanía con los personajes de las ficciones que leían y a su vez, comenzó a forjarse una relación con los autores que posibilitaban ese trance. Un caso famoso es el de Las penas del joven Werther (1774). Goethe, el autor, recibió miles de cartas de los lectores que tras leer su novela sintieron quebrantada su intimidad empática, al punto tal de poner de moda el suicidio, tal como lo hace el pobre Werther en la ficción.
En el caso particular de las mujeres-lectoras, el acto de lectura las encontró adentro de sus casas. Los libros comenzaron a desplazarlas de sus tareas domésticas para llevarlas a sus habitaciones donde llevaban a cabo El Acto de La Lectura. Lo privado comenzó ser peligroso porque estaba asociado con el deseo y los mundos posibles a los que la lectura las podría estar llevando. Siglos más tarde, Virginia Woolf escribiría Un cuarto propio (1929), un manifiesto a la necesidad del espacio personal como simbolismo de autonomía económica y emancipación social, ya no sólo para la lectura, sino además para la escritura íntima.

No sé si fue por resabios históricos o por consumos culturales que mediaron nuestras prácticas, mis compañeros de la escuela primaria no escribían diarios íntimos. Era algo yankee y de mujeres. Mis compañeras tenían sus diarios apoyados en las  mesas de luz. Algunos venían con claves y candados que mostraban que, ni aunque fuésemos las amigas más cercanas del grado, podríamos enterarnos de lo que el Querido Diario sí.


Después de la adolescencia, la relación con esa sustancia receptora cambió. Pienso que haberme encontrado con los diarios de la poeta Alejandra Pizarnik tuvo que ver. Recuerdo la sorpresa que me generó que una editora hubiera recolectado y, tras la muerte de la autora, publicado el testimonio de los días de Pizarnik, y que esos textos, a su vez, podían funcionar en un mercado editorial porque a muchos lectores, como a mí, les interesaba leerlos. En sus diarios, Alejandra menciona los diarios de otros escritores: Baudelaire, Katherine Mansfiel, Julien Green, entre otros. Los diarios, hacía tiempo, eran un género literario en sí mismo. Descubrí diarios de viajes, diarios de enfermedades, diarios del dinero, diarios de duelos, diarios de becas y los diarios de los escritores que yo leía.

Pizarnik, un 30 de abril, escribió – documentó-  que es casi imposible escribir un diario con la intención, a priori, de publicarlo. Sin embargo, en La novela luminosa (2005) Mario Levrero lo logra. Si bien el escritor construye el relato de sus días desde la soledad de su casa y, más puntualmente, desde la nocturnidad de su íntima computadora, hay una constante apelación al futuro lector de esos escritos. Esta escritura íntima está pensada para que un otro la lea. Levrero se disculpa por el aburrimiento que conlleva leer esas páginas y a su vez  se excusa con la creencia de que, como sigue siendo su diario un espacio privado, él debe poder seguir haciendo lo que quiera “sin pensar en el lector”. Presenta a al diario como un espacio de libertad. Si nadie se anima a ir a la casa de otra persona a cuestionar el color de las paredes y el orden y desorden los muebles porque es un espacio privado, nadie debería leer un diario para criticar su sintaxis o el aburrimiento que produce la lectura de los eventos narrados, al menos no en búsqueda de una “buena literatura”.
Al convertirse en un género literario en sí mismo, los diarios íntimos comenzaron a coquetear con la ficción. Las personas cercanas a Levrero, sus amigos y parejas, se transformaron en los personajes, con nombres ficticios, de su novela. O bien, en Los diarios de Emilio Renzi, Emilio Renzi no existe, sino que es un personaje, álter ego del escritor Ricardo Piglia. Por lo tanto, Piglia escribió su vida en sus diarios a partir de una cesión de su propia intimidad.

Ahora pienso que el diario es un cuaderno formado por textos cuyos títulos son las fechas del día en que escribo. Desde que sé que puedo ir a una librería y comprar diarios íntimos como compro novelas de ciencia ficción, la escritura íntima comenzó a desarmarse. El Diario dejó de ser el portador de las palabras resultantes de una ofensiva a la intimidad y comenzó a ser el ensayo de mi escritura.

Sé que esos cuadernos tienen la maldición de la eternidad a menos que una catástrofe o un mortal detengan su inercia. No quisiera que nadie lea las cartas que le escribí a mi antigua deidad, pero por ahora no puedo tirarlos ni leerlos. Su función será la de ocupar espacio y cargar, ellos, el peso de los años.

Sé que las cartas al Querido Diario son casi de un manual infantil, pero también siento que, distanciada de la infancia, el Diario se alejó de la intimidad porque dejó  de ser el lugar donde escribir sólo las verdades: aparecieron los artilugios.


Reivindico al Diario íntimo como espacio para la construcción del relato íntimo. No existe intimidad sin mundo, pero si el mundo enmaraña la intimidad al punto tal de ocultarla, el trabajo para volver a la verdad consistirá en, como propuso Julia Kristeva, una revuelta íntima. Una re-vuelta. Volver hacia la autonomía. No es necesario sólo tener un cuarto propio, sino además una hoja íntima, con –nuevos- límites y poros sensibles ante el mundo preexistente.

Crítica de la razón negra // Achille Mbembe

Ensayo sobre el racismo contemporáneo
    

Tres momentos marcan la biografía de este vertiginoso ensamblaje. El primero es el despojo llevado a cabo durante la trata atlántico entre los siglos XV y XIX, cuando hombres y mujeres originarios de África son transformados en hombres-objetos, hombres-mercancías y hombres-monedas de cambio. Prisioneros en el calabozo de las apariencias, a partir de ese instante pasan a pertenecer a otros. Víctimas de un trato hostil, pierden su nombre y su lengua; continúan siendo sujetos activos, pese a que su vida y su trabajo pertenecen a aquellos con quienes están condenados a vivir sin poder entablar relaciones humanas.
El segundo momento corresponde al nacimiento de la escritura y comienza hacia finales del siglo XVIII cuando, a través de sus propias huellas, los Negros, estos seres-cooptados-por-otros, comienzan a articular un lenguaje propio y son capaces de reivindicarse como sujetos plenos en el mundo viviente. Marcado por innumerables revueltas de esclavos y la independencia de Haití en 1804, los combates por la abolición de la trata, las descolonizaciones africanas y las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, este período se completa con el desmantelamiento del apartheid durante los años finales del siglo XX.
El tercer momento, a comienzos del siglo XXI, es el de la expansión planetaria de los mercados, la privatización del mundo bajo la égida del neoliberalismo y la imbricación creciente entre la economía financiera, el complejo post-imperial y las tecnologías electrónicas y digitales.
Por primera vez en la historia de la humanidad, la palabra Negro no remite solamente a la condición que se les impuso a las personas de origen africano durante el primer capitalismo (depredaciones de distinta índole, desposesión de todo poder de autodeterminación y, sobre todo, del futuro y del tiempo, esas dos matrices de lo posible). Es esta nueva característica fungible, esta solubilidad, su institucionalización en tanto que nueva norma de existencia y su propagación al resto del planeta, lo que llamamos el devenir-negro del mundo.
 
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Achille Mbembe nació en Camerún en 1957. Es profesor de Historia y Política en el Wits Institute for Social and Economic Research (WISER) de la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo. Fue profesor de historia en las universidades de Columbia (Nueva York) y de Pennsylvania; y ha dirigido, además, el Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África (CODESRIA), con sede en Dakar. Ha publicado los libros La Naissance du maquis dans le Sud-Cameroun (París, 1996), Sortir de la grande nuit. Essai sur l’Afrique decolonisée (París, 2010) y los influyentes On the Postcolony (Berkeley, 2001) y Crítica de la razón negra (París, 2013 – Barcelona, Ned Ediciones, 2016). Autor de una obra teóricamente novedosa, que renueva los debates en el marco de las teorías poscoloniales y de la colonialidad del poder.

Un llamamiento a la amistad // Santiago Sposito

Hace apenas unos días está circulando, de forma impresa, La No Sufras o la ética del segundeo (Milena Caserola 2021) la segunda novela de Diego Valeriano, feroz escritor del blog Lobo Suelto, entre otros espacios. Para quienes no lo conocen, el mundo de Valeriano esta atravesado por el barrio, la calle, la picardía de las pibas y los pibes, sus triunfos y sus tragedias, un profundo odio a la moral dominante, a la yuta, a los botones; y un irradiante y conmovedor amor por la amistad, por el aguante, por vagar, por segundear al otrx. Su filosofía es transgredir, provocar, pasar por arriba el orden establecido, buscar un nuevo paradigma de relaciones humanas libradas de lo careta.

La No Sufras… es una novela, digamos, contemporánea. Economiza cada palabra. Precisamente en ese recurso encuentra su potencia. Con una prosa en movimiento permanente que se escribe al andar, con vértigo, con ansiedad, como vaciando el cartucho de una ametralladora, Valeriano nos sumerge, nos empapa, nos agobia, en el mundo de La No Sufras y de todxs sus protagonistas. Un grupo de jóvenes, amigxs, giran en torno al universo de un personaje peculiar La no Sufras, o la flaca, o Alejandra. Ella hace de la supervivencia un arte de vida: vive en donde puede, en la salita de un hospital en Malvinas Argentinas, en alguna casilla de José C Paz, en los trenes, en las estaciones, en las calles, en las plazas, de día o de noche. No vive sola, siempre está con pibxs, que son suyos, pero no necesariamente por vínculos de sangre, sino por vínculos más profundos.

Para este grupo de amigxs encontrarse con La No Sufras significará un antes y un después en sus vidas. Un nuevo universo, una nueva atmosfera, una enseñanza. En la narración de Valeriano, cada unx de ellxs se convierte, por momentos, en la primera persona del relato y eso nos permite ver la magnitud de las sensaciones, los sentimientos y los pensamientos que van surcando. Viajes en tren, esperas infinitas donde la flaca nunca llega a horario ni a destino, sin un teléfono donde llamarla ni un lugar donde encontrarla; es la intuición quien genera los encuentros.

Valeriano describe con su estilo único la crudeza de la vida en las barriadas del conurbano: la picardía, la inteligencia de las pibas y los pibes (“los guachines”); rebuscársela cartoneando, laburar en el tren, las vueltas desde Retiro en el furgón del San Martín luego de un día extenuante, con frío o calor, bajo las miradas avergonzadas y punitivistas de algunos; la mirada hostil de las fuerzas represivas, siempre intentando intimidar. Valeriano saca belleza de esa escena, pero no la belleza que acostumbran los medios de comunicación, siempre en nombre de la meritocracia. La belleza la encuentra en el amor, en el aguante, en el estar con ellxs porque sí, en segundearse, en cagarse de risa, en “agitarla”, o simplemente mirar por la ventanilla y desconectar sabiendo que estaban juntos, peleando el día a día.

Pero Valeriano es crudo, no le interesa una narración de amor cliché, la típica historia que habla de los pibes de la calle y lo que pudieran haber sido y no son. No le interesa que algún progre guarde algún vuelto de lo que le sobre después de pagarle al FMI, y largue alguna medida mínima asistencial que casi no sirve para nada, más que para luego jactarse en cadena nacional de que un pibe, entre millones, logró pegarla y salir del hundimiento de la pobreza. Valeriano escupe sobre el papel, nos muestra el frío que se vive en las casillas, cuando no alcanza ni para la garrafa, el frío y lo agobiante de pasar las noches sin dormir, fumando cigarros, con la panza lavada, sin siquiera poder cargar el teléfono porque la energía del barrio está saturada. Así vive La No Sufras, sintiendo el frío en los huesos, dándole mantas y frazadas a los pibes y pibas que no tienen techo donde dormir y que cuando sale el sol, bajo su mirada, sin que ellos la vean, esconden la frazada para poder volverla a usar cuando no estén con ella.

En toda la historia late el amor, es una oda a la amistad, a su calidez. Pero también late el abismo, la tragedia… y llega, y cuando llega nos parte al medio. La bronca, la tristeza, el dolor, lo inexplicable, esa bronca que raja la espalda, se hace carne, desgarra. Desgarra a La No Sufras, la viven los demás protagonistas, y con seguridad la vivirán lxs lectorxs. Valeriano no romantiza nada, teje una fábula, una historia, que conmueve profundamente. Y como toda fábula deja una enseñanza: “no sufras”.

El último tramo se lee con los dientes apretados, con un nudo en la garganta, aguantando la humedad en demasía de los ojos. Aunque, quizá, la mejor forma de leer La No Sufras es entregarnos al viaje, dejar que nuestros sentimientos se hagan y se deshagan, atraviesen y hagan la historia, con sus risas y sus agudas tristezas, estar ahí, latir con ellxs. Intuyo que así Valeriano concibe la escritura. En palabras de Diego Sztulwark: “a la inversa de lo que ocurre con las personas que se convierten a sí mismas en personajes cuando comienzan a publicar, Diego Valeriano se engendró a sí mismo haciendo de la escritura flujo seminal y procedimiento de mundanización”.

Destituyamos el mundo // Comité invisible

Advertencia: lectura no recomendada para quienes sólo sitúen en la idea de destitución fantasmas desestabilizadores que quitan suelo/sueño institucional como único en el que pisar. No recomendada tampoco para quienes no soporten crítica alguna a sus creencias partidarias, ni para quienes deseen lecturas complacientes y casi en términos de reducción de daño. Mucho menos para quienes busquen en los textos verdades reveladas. Lectura recomendada en cambio para abismarse a pisar justito ahí donde un suelo pareciera desarmarse y otro inimaginable comenzase a constituirse. Recomendada también para necesidades de percibir que en el agrietarse de lo ya conocido pueda, tal vez, asomar un más acá de las formas de lo vivo y un más allá que amalgame con fuegos, azares y misterios.

 

80% de los franceses no tienen problemas en declarar que ya no esperan nada de los políticos, los que confían en el Estado y sus instituciones no son menos del 80%. Ningún escándalo, ninguna evidencia, ninguna experiencia personal consigue lastimar seriamente, en este país, el respeto a la institución. Los que se llevan las culpas son siempre los hombres que la encarnan. Si hubo algo, fue error, abuso, incumplimiento excepcional. Las instituciones, similares en esto a la ideología, están protegidas de lo que los hechos desmienten, incluso cuando es permanente. Bastó con que el Frente Nacional prometiera restaurar las instituciones para que, de alarmante, se volviera tranquilizador. No hay nada sorprendente en esto. Lo real tiene algo intrínsecamente caótico que los humanos necesitan estabilizar imponiéndole una legibilidad y, con ello, una previsibilidad. Y lo que cualquier institución procura es justamente una legibilidad detenida de lo real, una estabilización última de los fenómenos. Si la institución nos conforta tanto, es porque garantiza un tipo de legibilidad que nos ahorra sobre todo, a nosotros, a cada uno de nosotros, afirmar cualquier cosa, arriesgar nuestra lectura singular de la vida y de las cosas, producir en conjunto una inteligibilidad del mundo que nos sea propia y común. El problema es que renunciar a hacer esto equivale simplemente a renunciar a existir. Es dimitir ante la vida. En realidad, lo que necesitamos no son instituciones, sino formas. Ahora bien, sucede que la vida, ya sea biológica, singular o colectiva, es justamente creación continua de formas. Basta con percibirlas, aceptar dejarlas nacer, hacerles un sitio y acompañar su metamorfosis. Una costumbre es una forma. Un pensamiento es una forma. Una amistad es una forma. Una obra es una forma. Un oficio es una forma. Todo lo que vive no es más que formas e interacciones de formas.

La cosa es que estamos en Francia, el país donde incluso la Revolución se ha vuelto una institución, que ha exportado este equívoco a los cuatro confines del mundo. Existe una pasión específicamente francesa por la institución con la cual tenemos que arreglar cuentas si es que queremos un día poder volver a hablar de revolución, cuando no hacer una. Aquí, la más libertaria de las psicoterapias ha juzgado correcto clasificarse «institucional», la más crítica de las sociologías se ha dado el nombre de «análisis institucional». Si el principio nos viene de la Roma antigua, el afecto que lo acompaña es de procedencia claramente cristiana. La pasión francesa por la institución es el síntoma flagrante de la perdurable impregnación cristiana de un país que se cree emancipado de ella. Tanto más perdurable, por lo demás, porque se cree emancipado de ella. Nunca hay que olvidar que el primer pensador moderno de la institución fue ese tarado de Calvino, ese modelo de todos los despreciadores de la vida, y que nació en Picardía. La pasión francesa por la institución proviene de una desconfianza propiamente cristiana hacia la vida. La gran malicia de la idea de institución es pretender que nos liberaría del reino de las pasiones, de las vicisitudes incontrolables de la existencia, que sería un más allá de las pasiones cuando no es sino una de ellas, y ciertamente una de las más mórbidas. La institución pretende ser un remedio a los hombres, en quienes decididamente no se puede confiar, pueblo o dirigente, vecino, hermano o desconocido. Lo que la gobierna es siempre la misma tontería de la humanidad pecadora, sometida al deseo, al egoísmo, a la concupiscencia, que debe abstenerse de amar cualquier cosa en este mundo y ceder a sus inclinaciones uniformemente viciosas en su conjunto. No es su culpa si un economista como Frédéric Lordon no puede imaginarse una revolución que no sea una nueva institución. Pues es toda la ciencia económica, y no solamente su corriente «institucionalista», la que se reduce en última instancia a san Agustín. A través de su nombre y su lenguaje, lo que la institución promete es que una cosa, en este mundo de aquí, habría trascendido el tiempo, se habría sustraído del curso imprevisible del devenir, habría establecido un poco de eternidad palpable, un sentido unívoco, emancipado de los vínculos humanos y de las situaciones — una estabilización de lo real definitiva como la muerte.

Todo este espejismo es el que se desvanece cuando estalla la revolución. Súbitamente lo que parecía eterno se hunde en el tiempo como en un pozo sin fondo. Lo que parecía hundir sus raíces en el corazón de los hombres resulta ser sólo una buena fábula para los bobos. Los palacios se vacían y uno descubre en los papeles del soberano dejados en desorden que él mismo no seguía creyendo en esto, si es que llegó a creer. Pues detrás de la fachada de la institución, lo que se trama es siempre algo más que lo que pretende ser, es incluso precisamente aquello de lo que ella pretendía haber emancipado al mundo: la humanísima comedia de la coexistencia de redes, de fidelidades, de clanes, de intereses, de linajes, de dinastías incluso, una lógica de lucha encarnizada por territorios, medios, títulos miserables, influencia, historias de faldas y cornamentas, viejas amistades y odios recocidos. Toda institución es, en su regularidad misma, el resultado de una intensa hojalatería y, en cuanto institución, del reniego de esta hojalatería. Su pretendida fijeza esconde un apetito glotón por absorber, controlar, institucionalizar todo lo que está a su margen y encubre un poco de vacío. El verdadero modelo de toda institución es universalmente la Iglesia. Del mismo modo en que la Iglesia no tiene manifiestamente por objetivo conducir el rebaño humano a la salvación divina, sino hacer su propia salvación en el tiempo, la función alegada de una institución es sólo un pretexto para su existencia. En toda institución es la Leyenda de El Gran Inquisidor lo que se repite cada año. Su objetivo verdadero es planamente el de persistir. Inútil precisar todas las almas y los cuerpos que hay que triturar para llegar a este resultado, y hasta dentro de su propia jerarquía. Uno no llega a ser líder sin ser, en el fondo, el más triturado — el rey de los triturados. Reducir la delincuencia, «defender la sociedad», son sólo el pretexto de la institución penitenciaria. Si, desde los siglos que existe, nunca lo ha conseguido, bien al contrario, y no obstante subsiste, es que su objetivo es otro: es continuar existiendo y crecer cuanto sea posible, y para esto salvaguardar el vivero de la delincuencia y gestionar los ilegalismos. El objetivo de la institución médica no es cuidar la salud de la gente, sino producir a los pacientes que justifiquen su existencia y una definición de la salud correspondiente. Nada nuevo, por este lado, desde Ivan Illich y su Némesis médica. No es el fracaso de las instituciones sanitarias lo que hemos terminado por vivir en un mundo de extremo a extremo tóxico y que pone a todo el mundo enfermo. Es por el contrario su triunfo. El fracaso aparente de las instituciones es, la mayoría de las veces, su función real. Si la escuela genera repudio a aprender a los niños no es de manera fortuita: ocurre que unos niños que tuvieran el gusto de aprender la volverían casi inútil. Ídem para los sindicatos, cuyo objetivo no es manifiestamente la emancipación de los trabajadores, sino más bien la perpetuación de su condición. En efecto, ¿qué podrían hacer con sus vidas los burócratas de las centrales sindicales si los trabajadores tuvieran la mala idea de liberarse verdaderamente? Existe, por supuesto, en toda institución gente sincera que cree verdaderamente que está ahí para cumplir su misión. Pero no es una casualidad si se ve sistemáticamente ante caminos repletos de trabas, es sistemáticamente apartada, castigada, hostigada, condenada pronto al ostracismo, con la complicidad de todos los «realistas» que se quedan callados. Estas víctimas privilegiadas de la institución tienen muchos problemas para comprender su doble lenguaje, y lo que ella en verdad les exige. Su destino consiste en ser tratados en su interior como aguafiestas, como rebeldes, y en sorprenderse de esto eternamente.

Contra la más mínima posibilidad revolucionaria en Francia, se encontrará siempre la institución del Yo y el Yo de la institución. En la medida en que «ser alguien» socialmente se reduce siempre, en última instancia, al reconocimiento de, a la lealtad a alguna institución, en la medida en que tener éxito sea conformarse al reflejo que se te estira en los palacios de hielo del juego social, la institución aferra a cada uno por medio del Yo. Todo esto no podría durar, estaría sin duda demasiado congelado, demasiado poco dinámico, si la institución no se empeñara a compensar su rigidez por medio de una atención constante a los movimientos que la trastornan. Existe una dialéctica perversa entre institución y movimientos, que testimonia su férreo instinto de supervivencia. Una realidad tan vieja, masiva, hierática, inscrita en los cuerpos y las mentes de sus súbditos desde hace centenas de años, el Estado francés no habría podido durar tanto tiempo si no hubiera sabido tolerar, observar y recuperar paso a paso a críticos y revolucionarios. El ritual carnavalesco de los movimientos sociales funciona aquí como una válvula de seguridad, como un instrumento de gestión de lo social y al mismo tiempo de renovación de la institución. Los movimientos sociales le aportan la agilidad, la carne fresca, la sangre nueva que de forma tan cruel le hacen falta. Generación tras generación, con su gran juicio, el Estado ha sabido cooptar a los que se mostraban dispuestos a dejarse comprar, y aplastar a los que se las daban de irreductibles. No es por nada que una gran cantidad de viejos cabecillas de movimientos estudiantiles han accedido de manera tan natural a cargos ministeriales. Se trata en efecto de gente que sólo puede tener el sentido del Estado, es decir, el sentido de la institución como máscara.

 

Quebrar el círculo que hace de su contestación el aliado de lo que domina, marcar una ruptura en la fatalidad que condena a las revoluciones a reproducir lo que echan fuera, romper la jaula de hierro de la contrarrevolución, tal es la vocación de la destitución. La noción de destitución es necesaria para liberar el imaginario revolucionario de todos los viejos fantasmas constituyentes que lo entorpecen, de toda la herencia engañosa de la Revolución Francesa. Es necesaria para hacer un corte en el seno de la lógica revolucionaria, para operar una partición en el interior mismo de la idea de insurrección. Pues existen las insurrecciones constituyentes, las que terminan como han terminado todas las revoluciones hasta este día: volcándose en su contrario, aquellas que se hacen «en nombre de…» — ¿en nombre de quién? El pueblo, la clase obrera o Dios, poco importa. Y existen las insurrecciones destituyentes, como lo fueron mayo de 1968, el mayo rampante italiano y una gran cantidad de comunas insurreccionales. A pesar de todo lo bello, vivo, inesperado que pudo pasar en él, Nuit Debout, del mismo modo en que antes el movimiento de las plazas español u Occupy Wall Street, mantenía todavía el viejo prurito constituyente. Lo que con él se puso espontáneamente en escena no fue otra cosa que la vieja dialéctica que pretende oponer a los «poderes constituidos» el «poder constituyente» del pueblo con la invasión del espacio público. No es por nada que en las tres primeras semanas de Nuit Debout, en plaza de la República, no menos de tres comisiones hayan aparecido que se atribuían la misión de reescribir una Constitución. Lo que aquí se repite es el mismo debate constitucional que se juega con ventanas cerradas en Francia desde 1792. Y parece que algunos no se cansan de esto. Es un deporte nacional. Ni siquiera se necesita refrescar la escenificación para volver a ponerlo al gusto del día. Hace falta decir que la idea de reforma constitucional presenta la ventaja de satisfacer a la vez el deseo de cambiarlo todo y el deseo de no cambiar nada — no son, finalmente, más que algunas líneas, modificaciones simbólicas. En la medida en que se debatan palabras, en la medida en que la revolución se formule en el lenguaje del derecho y de la ley, las vías de su neutralización son conocidas y están preparadas.

 

Cuando marxistas sinceros proclaman en un panfleto sindical «¡nosotros somos el poder real!», es una vez más la misma ficción constituyente la que opera, y que nos aleja de un pensamiento estratégico. El aura revolucionaria de esta vieja lógica es tal que en su nombre las peores mistificaciones consiguen hacerse pasar por evidencias. «Hablar de poder constituyente es hablar de democracia». Es con esta mentira hilarante como Toni Negri inicia su libro sobre el tema, y no está solo para pregonar este género de estupideces al margen del buen sentido. Basta con haber abierto la Teoría de la constitución de Carl Schmitt, a quien no se lo cuenta precisamente entre los grandes amigos de la democracia, para darse cuenta de lo contrario. La ficción del poder constituyente conviene de igual modo tanto a la monarquía como a la dictadura. «En nombre del pueblo», ¿este lindo eslogan presidencial no dice nada a nadie? Uno se avergüenza de tener que recordar que el abate Siéyès, el inventor de la funesta distinción entre poder constituyente y poder constituido, este truco de magia de genio, nunca fue un demócrata. ¿Acaso no decía él, en su famoso discurso del 7 de septiembre de 1789: «Los ciudadanos que se nombran a representantes renuncian y deben renunciar a hacer ellos mismos la ley; no tienen voluntad particular que imponer. Si dictaran voluntades, Francia no sería ya este Estado representativo; sería un Estado democrático. El pueblo, lo repito, en un país que no es democracia (y Francia no sabría serlo), el pueblo no puede hablar, no puede actuar más que mediante sus representantes»? Si hablar de «poder constituyente» no es forzosamente hablar de «democracia», éstas son dos nociones que conducen siempre, tanto una como otra, las revoluciones a un callejón sin salida.

 

Destituere en latín significa: poner de pie aparte, erigir aisladamente; abandonar; apartar, dejar caer, suprimir; decepcionar, engañar. En donde la lógica constituyente viene a estrellarse contra el aparato del poder, cuyo control intenta tomar, una potencia destituyente se preocupa más bien por escapársele, le retira toda posibilidad de dejarse tomar por él, en la misma medida en que gana en toma sobre el mundo, que al margen ella forma. Su gesto propio es la salida, tanto como el gesto constituyente es típicamente la toma por asalto. En una lógica destituyente, la lucha contra el Estado y el capital vale en primer lugar por la salida de la normalidad capitalista que en ella se vive, por la deserción de las relaciones de mierda consigo mismo, con los otros y con el mundo que en ella se experimenta. Así pues, en donde los constituyentes se colocan en una relación dialéctica de lucha con lo que reina para apoderarse de ello, la lógica destituyente obedece a la necesidad vital de desprenderse de ello. No renuncia a la lucha, se apega a su positividad. No se ajusta a los movimientos del adversario, sino a lo que requiere el incremento de su propia potencia. No tiene que ver, por tanto, con criticar: «Ocurre que o bien se sale de inmediato, sin perder el tiempo criticando, sencillamente porque uno se coloca en un lugar distinto a la región del adversario, o bien se critica, se conserva un pie adentro, mientras que se tiene el otro fuera. Hace falta saltar fuera y danzar por encima», como lo explica Jean-François Lyotard para saludar el gesto de El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari. Por otro lado, Deleuze anotaba lo siguiente: «Se reconoce de modo sumario a un marxista en que dice que una sociedad se contradice, se define por sus contradicciones, y particularmente sus contradicciones de clase. Nosotros decimos más bien que, en una sociedad, todo se fuga, y que una sociedad se define por sus líneas de fuga. […] Fugarse, pero al fugarse, buscar un arma». La cuestión no es luchar por el comunismo. Lo que importa es el comunismo que se vive en la lucha misma. La verdadera fecundidad de una acción reside en el interior de sí misma. Esto no significa que no exista, para nosotros, una cuestión de eficacia constatable de una acción. Significa que la potencia de impacto de una acción no reside en sus efectos, sino en lo que se expresa inmediatamente en ella. Lo que se edifica sobre la sola base del esfuerzo acaba siempre por derrumbarse por causa de agotamiento. De forma típica, la operación que el cortejo de cabeza hizo sufrir al dispositivo procesional de la manifestación sindical es una operación de destitución. Con la alegría vital que expresaba, con la agudeza de su gesto, con su determinación, con su carácter afirmativo tanto como ofensivo, el cortejo de cabeza atrajo hacia sí mismo todo lo que continuaba vivo en las filas militantes y destituyó la manifestación como institución. No con la crítica del resto de la marcha, sino haciendo un uso distinto al simbólico del hecho de tomar la calle. Sustraerse de las instituciones es todo salvo dejar un vacío, es positivamente ahogarlas.

 

Para empezar, destituir no es atacar la institución, sino la necesidad que tenemos de ella. No es criticarla —los primeros críticos del Estado son los propios funcionarios; en cuanto al militante, cuanto más critica el poder, más lo desea y más desconoce su deseo—, sino poner todo el empeño en lo que ella supuestamente hace, fuera de ella. Destituir la universidad es establecer lejos de ella lugares de investigación, de formación y de pensamiento más vivos y más exigentes de lo que ella no es —no es difícil—, ver afluir aquí los últimos espíritus vigorosos cansados de frecuentar a los zombis académicos, y solamente entonces darle el golpe de gracia. Destituir la justicia es aprender a arreglar nosotros mismos nuestros desacuerdos, y aportarles algo de método, paralizar su facultad de juzgar y ahuyentar a sus esbirros de nuestras vidas. Destituir la medicina es saber lo que es bueno para nosotros y lo que nos enferma, arrancar a la institución los saberes apasionados que sobreviven en el cajón y no encontrarse ya nunca solo, en el hospital, con el cuerpo entregado a la soberanía artística de un cirujano desdeñoso. Destituir el gobierno es hacerse ingobernables. ¿Quién habló de vencer? Superar lo es todo.

 

El gesto destituyente no se opone a la institución, no dirige contra ella una lucha frontal, la neutraliza, la vacía de su sustancia, marca un paso de distancia y la mira expirar. La reduce al conjunto incoherente de sus prácticas y hace un corte en medio ellas. Un buen ejemplo del carácter indirecto de la acción de una potencia destituyente es el modo en que el partido entonces en el poder, el Partido Socialista, fue arrastrado en el verano de 2016 a anular su universidad anual en Nantes. Lo que se constituyó en junio en Nantes en el núcleo de la asamblea «À l’abordage !» realizó lo que el cortejo de cabeza no había conseguido hacer durante todo el conflicto de la primavera: llevar los componentes heterogéneos de la lucha a encontrarse y a organizarse juntos más allá de una temporalidad de movimiento. Sindicalistas, nuitdeboutistas, estudiantes, zadistas, universitarios, jubilados, miembros de asociaciones y otros artistas se pusieron a preparar, para el PS, un comité de bienvenida bien merecida. Los riesgos eran grandes, para el gobierno, de que renaciera allí, con un grado de organización superior, la pequeña potencia destituyente que le había amargado la vida durante toda la primavera. Los esfuerzos convergentes de las centrales sindicales, la policía y las vacaciones para enterrar el conflicto habrían sido en vano. El PS se retiró entonces y renunció a librar batalla ante la amenaza que representaban la positividad misma de los vínculos que conformaron la asamblea «À l’abordage» y la determinación que de ella emanaba. De forma idéntica, la potencia de los vínculos que se articulan en torno a la ZAD es lo que la protege, y no su fuerza militar. Las más hermosas victorias destituyentes suelen ser aquellas en que simplemente la batalla nunca tiene lugar.

Fernand Deligny decía: «Para luchar contra el lenguaje y la institución, la clave es tal vez no luchar contra, sino tomar la mayor distancia posible, a riesgo de señalar su posición. ¿Por qué iríamos a pegarnos contra la pared? Nuestro proyecto no es el de ocupar la plaza». Deligny era manifiestamente lo que Toni Negri vomita como «un destituyente». Constatando a dónde lleva la lógica constituyente de combinación de los movimientos sociales con un partido que apunta a tomar el poder, la destitución tiene que ser el buen partido. Se habrá visto así, en los últimos años, a Syriza, esa formación «salida del movimiento de las plazas», hacerse el mejor retransmisor de las políticas de austeridad de la Unión Europea. En cuanto a Podemos, todos habrán podido apreciar la radical novedad de las peleas por el control de su aparato que enfrentaron a su número 1 y su número 2. Y cómo olvidar el enternecedor discurso de Pablo Iglesias durante la campaña legislativa de junio de 2016: «Somos la fuerza política de la ley y el orden. […] Estamos orgullosos de decir “patria”. […] Porque la patria tiene instituciones que permiten a los niños ir al teatro y a la escuela. Es por esto que somos los guardianes de la institución, los guardianes de la ley, porque los humildes sólo tienen la ley y el derecho». O esta edificante perorata de marzo de 2015, en Andalucía: «Quiero hacer un homenaje: ¡vivan los militares demócratas! Viva la Guardia Civil, esos policías que ponen las esposas a los corruptos». Las últimas lamentables intrigas politiqueras que conforman a partir ahora la vida de Podemos han arrancado a algunos de sus miembros esta constatación amarga: «Querían tomar el poder, y es el poder el que los ha tomado». En cuanto a los «movimientos ciudadanos» que pretendieron «okupar el poder» apoderándose por ejemplo del ayuntamiento de Barcelona, les han confiado ya a sus viejos amigos de las okupas aquello que todavía no pueden declarar en público: tras acceder a las instituciones, sin duda «tomaron el poder», pero desde aquí no pueden nada — salvo frustrar algunos proyectos hoteleros, legalizar una o dos okupas y recibir a lo grande a Anne Hidalgo, la alcaldesa de París.

 

La destitución permite repensar lo que se entiende por revolución. El programa revolucionario tradicional consistía en tomar de nuevo en sus manos el mundo, en una expropiación de los expropiadores, en una apropiación violenta de lo que es nuestro, pero de lo cual se nos había privado. Pero hay un problema: el capital se ha apoderado de cada detalle y de cada dimensión de la existencia. Ha hecho un mundo a su imagen. De explotación de las formas de vida existentes, se ha transformado en universo total. Ha configurado, equipado y vuelto deseables las maneras de hablar, pensar, comer, trabajar, salir de vacaciones, obedecer y rebelarse que le convienen. Haciendo esto, ha reducido a casi nada el trozo de lo que uno podría, en este mundo, querer reapropiarse. ¿Quién quiere reapropiarse las centrales nucleares, los almacenes de Amazon, las autopistas, las agencias de publicidad, los trenes de alta velocidad, Dassault, La Défense, las firmas de auditoría, las nanotecnologías, los supermercados y sus mercancías envenenadas? ¿Quién contempla una recuperación popular de las explotaciones agrícolas industriales en las que un solo hombre explota 400 hectáreas de tierras erosionadas al volante de su megatractor pilotado vía satélite? Nadie sensato. Lo que complica la tarea a los revolucionarios es que aquí también el viejo gesto constituyente ya no funciona. Tanto es así que los más desesperados, los más empeñados en querer salvarlo, han encontrado finalmente la artimaña: para acabar con el capitalismo ¡basta con reapropiarse el dinero mismo! Un negrista deduce esto del conflicto de la primavera de 2016: «Nuestro objetivo es el siguiente: ¡transformación de los ríos de dinero-mando que salen de los grifos del BCE en dinero como dinero, renta básica social incondicional! Hacer que vuelvan a descender los paraísos fiscales a la Tierra, atacar las fortalezas de las finanzas offshore, confiscar los depósitos de las rentas líquidas, garantizar a todas y todos el uso de la clave de acceso al mundo de la mercancía — el mundo en el cual realmente vivimos, nos guste o no. ¡El único universalismo que nos gusta es el del dinero! ¡Quien quiera tomar el poder que comience tomando el dinero! ¡Quien quiera instituir los commons del contra-poder, que comience asegurando las condiciones materiales a partir de las cuales esos contra-poderes pueden efectivamente ser construidos! ¡Quien quiera el éxodo destituyente, que considere las posibilidades objetivas de sustracción a la producción de las relaciones sociales dominantes inherentes a la posesión de dinero! ¡Quien quiera la huelga general y renovable, que reflexione en los márgenes de autonomía salarial concedidos por una socialización de la renta mínima digna de este nombre! ¡Quien quiera la insurrección de los subalternos, que no olvide la potente promesa de liberación contenida en la consigna “Tomemos el dinero”!». El revolucionario que estime su salud mental, antes que llegar a tales extremos discursivos, puede únicamente dejar detrás suyo la lógica constituyente y sus ríos imaginarios de dinero.

El gesto revolucionario no consiste ya, pues, a partir de ahora, en una simple apropiación violenta de este mundo; el gesto se desdobla. Por un lado, hay mundos que hacer, formas de vida que hacer crecer a la distancia de lo que reina, incluyendo a la distancia de lo que se pueda recuperar del estado de cosas actual, y por el otro, hay que atacar, hay que puramente destruir el mundo del capital. Doble gesto que a su vez se desdobla: evidentemente, los mundos que se construyen sólo mantienen su distancia con respecto al capital por la complicidad en el hecho de atacarlo y de conspirar en contra suya, evidentemente, ataques que no llevarían en su corazón otra idea vivida del mundo no tendrían ningún alcance real, se agotarían en un activismo estéril. En la destrucción se construye la complicidad a partir de la cual se construye lo que conforma el sentido de destruir. Y viceversa. Es solamente desde un punto de vista destituyente como se puede aferrar todo lo que hay de increíblemente constructivo en los actos de destrucción. Sin esto no se comprendería que un pedazo entero de manifestación sindical pueda aplaudir o cantar cuando finalmente cede y se derriba el escaparate de un concesionario automovilístico o cuando es reducido a pedazos algo de mobiliario urbano. Ni que parezca tan natural para un cortejo de cabeza de 10 000 personas romper todo lo que merece serlo, e incluso un poco más, a lo largo del recorrido de una manifestación como la del 14 junio de 2016 en París. Ni que toda la retórica antivándalos del aparato de gobierno, tan perfeccionada y en tiempo normal tan eficaz, no dejó de resbalarse sin convencer a nadie. Los destrozos se comprenden, entre otras cosas, como un debate abierto en público sobre la cuestión de la propiedad. Hace falta darle la vuelta al reproche de mala fe «rompen lo que no es suyo». ¿Cómo quieres romper algo si, en el momento de romperlo, la cosa no está en tus manos, no es, en cierto sentido, tuyo? Recordemos el Código Civil: «En materia de muebles, la posesión vale por título». Precisamente, aquel que rompe no se entrega a un acto de negación, sino a una afirmación paradójica, contraintuitiva. Afirma en contra de las evidencias establecidas: «¡Esto es nuestro!». Los destrozos, por tanto, son afirmación y apropiación. Manifiestan el carácter problemático del régimen de la propiedad que rige ahora todas las cosas. O al menos abre el debate a propósito de este punto espinoso. Y apenas existe otro modo distinto de emprenderlo, en la medida en que uno se apresura a cerrarlo desde que es abierto pacíficamente. Todos habrán notado, por lo demás, hasta qué punto el conflicto de la primavera de 2016 habrá sido un divino intermedio en el proceso de putrefacción del debate público.

Nada salvo una afirmación tiene la potencia de cumplir la obra de la destrucción. El gesto destituyente es por tanto deserción y ataque, elaboración y saqueo, y esto en un mismo gesto. Desafía en el mismo instante las lógicas admitidas de la alternativa y del activismo. Lo que se juega en él es un anudamiento entre el tiempo largo de la construcción y el más entrecortado de la intervención, entre la disposición a disfrutar de nuestro pedazo de mundo y la disposición a ponerlo en juego. Con el gusto de correr riesgos se pierden las razones de vivir. La comodidad, que atenúa las percepciones, se deleita de repetir palabras a las que vacía de sentido y prefiere no saber nada, es su verdadero enemigo, su enemigo interno. No es cuestión, aquí, de un nuevo contrato social, sino de una nueva composición estratégica de los mundos.

El comunismo es el movimiento real que destituye el estado de cosas existente.

 
 
  • Revista Adynata
    Publicado en el libro Ahora / Maintenant Pepitas de calabaza, traducción Diego Luis Sanromán, 2017.

El discurso del Sr. Neylas. Notas sobre El peronismo de Cristina de Diego Genoud – // Diego Sztulwark

“¿O vamos a entender ahora la política como renovación parcial de las cámaras legislativas o los vaivenes de las internas peronistas? En este país hay que hacer la revolución. Sobre esa base se puede hablar de política. De lo contrario…”.

Ricardo Piglia, 1985

00- Distinción. En tiempos no tan lejanos, se creyó conveniente distinguir “lo político”-división, conflicto e invención- de “la política” -dato permanente, sistema de instituciones, estabilización de la representación-. Si no prometía superar los marcos de la academia, la distinción alcanzó, sin embargo, una cierta utilidad para detectar las relaciones que se dan entre ambos polos: los mecanismos de neutralización -la política como enfriamiento y contención-, o bien de conflicto entre ambos, cuando lo social se politiza de modos inconvenientes, pero también los momentos en que lo político circula de modo vivo por la sociedad atravesando a la política misma. Actualmente la reivindicación de la política se ha vuelto unánime. Se habla tanto de política que ya no se la distingue de la comunicación. A tal punto se pavonea, que hasta el santo desconfía. ¿A qué viene tanta comunión entre quienes se odian? Las sospechas apuntan a un tipo de escenificación de las contradicciones más profundas como de aplazar y reconducir todo efecto disruptivo. La política no se vuelve comunicación sin que lo político quede envuelto en un pesado silencio: lengua inaudible y reverso de todo lo comunicable. La política arrincona, lo político se repliega en las exigencias de supervivencia. En épocas como estas, escribir sobre política es una trampa, o una dócil participación en la escena bien dispuesta por el discurso de los medios. O bien es otra cosa. Para decirlo con una imagen exageradamente clara: no se trata de periodismo como investigación del crimen para reponer la ley, sino de un tipo de periodismo -de noble tradición- que busca la escena del crimen como formando parte de la ley misma y que, por tanto, escribe desmontando las ilusiones y creencias que fomenta el orden. Con esto en mente -el periodismo como practica que desea iluminar el conflicto que la ley viene a pacificar-, leemos El peronismo de Cristina, libro de Diego Genoud que se desliza entre escenas, maniobras y personajes del llamado peronismo, entre 2015 y 2020.

1. Periodismo. Hay una escena notable en una película alemana reciente, El joven Marx. Un importante industrial alemán, el Sr. Neylas, es abordado por tres jóvenes que lo interrogan por el trabajo infantil en fábricas. Uno de ellos es el hijo de un querido amigo suyo: el Sr Engels. El grupo se completa con Mary Burns, proletaria irlandesa que trabajaba en una fábrica del Sr Engels, en Manchester, y el periodista Karl Marx. El Sr Neylas, propietario de fundiciones, considera que emplear niños es “duro pero necesario”, ya que “sin el trabajo infantil no seríamos capaces de competir”. Por lo demás, le resulta absurdo dar explicaciones de carácter personal por el hecho de recurrir a contrataciones irregulares a fin de eludir el pago de salarios justos. Un mínimo de conocimiento de economía política -razona- permite comprender que el monto salarial no obedece jamás a criterios personales sino mas bien a mecanismos objetivos, como son las determinaciones del mercado. Acota el Sr. Neylas, a título completamente subjetivo, lo siguiente: “no puedo ser el único que deje de contratar niños. Iría rápido a la bancarrota”. Y La bancarrota es inadmisible: “así funciona la sociedad”.

Marx: no se trata de “la sociedad”, sino de las “las relaciones de producción existentes”. Usted, Sr. Neylas, “no es la sociedad”.

Sr. Neylas: – “No sé qué quiere decir con relaciones de producción”. Y mirando a los ojos al periodista, completa: lo suyo “me suena a hebreo”.

El Sr. Neylas declara no comprender la diferencia -marxiana- entre sociedad y relaciones de producción, diferencia que le suena a “hebreo”, lengua de un crimen que para un burgués cristiano es cómodo de atribuir al judío, a un pasado mítico. Para Marx, en cambio, situar esa diferencia supone, ante todo, que el crimen se comete actualmente, y que el periodismo -y luego la crítica de la economía política- debe investigarlo produciendo las distinciones conceptuales necesarias. El campo de entendimiento del Sr. Neylas forma parte de un tipo específico de personificación de esas relaciones sociales, que se identifican a sí mismas como “la sociedad”, del mismo modo que la presencia de Mary Burns, en un salón burgués en que se prohíbe la presencia de mujeres, personifica de un modo nítido el antagonismo.

2. Comunicación. El discurso del Sr. Neylas es una presentación muy sintética de aquello que del discurso burgués no ha dejado de triunfar. No, quizás, bajo la forma de un capitalismo nacional-industrial. Pero sí en el punto en que la comunicación y el dinero se revisten mutuamente en una extensa red de signos que operan produciendo la identidad -la idea de una inocencia- entre sociedad y acumulación. Unión imaginaria de una comunidad en torno al capital, y la cómoda exclusión del hebreo, como el culpable a priori, que cargando con toda la culpa expía a la comunidad. De ahí la reconducción de la frase de Marx hacia el gueto, asimilado a un hermetismo de tipo talmúdico. Lo que Marx inquiere es estructuralmente incomprensible para la sociedad concebida como estructura sin crimen. ¿Quién es el criminal sino aquel que atenta contra un orden indiviso? El discurso del Sr. Neylas perdura incluso allí donde la burguesía como clase nacional industrial declina. Y en ese triunfo revela por sí mismo la íntima comunión entre comunicación y economía política. La lucha perpetua de las fuerzas de la civilización y del progreso por borrar de una vez toda inadecuación, y el conflicto no es más que un intento por eludir el carácter criminal del mundo del capital. Inadecuación propia de lo político como lucha de clases, que el periodismo aprendió a narrar con la máxima sofisticación en el texto político más agudo y penetrante: El 18 brumario de Luis Bonaparte. Si el discurso de la comunicación triunfa, es por escases de procesos revolucionarios que nos hagan pensar de otra forma. Se trata de un discurso –Guy Debord lo captó en 1967 como lógica del espectáculo- que opera reduciendo lo político a la política, que narra despojando a los protagonistas -sus peleas y sus contextos- de las fuerzas históricas que personifican. Son historias contadas desde la ley del vencedor como única razón comprensible.

3. Coyuntura. Leemos el libro de Diego Genoud no para refrescar la memoria de los episodios recientes -que tenemos muy presentes-, sino, en todo caso, para ver si comprendemos algo de lo que nos llega como flujo continuo de datos, y como sensación molesta de estar, a pesar de tanta conexión, perpetuamente mal informados. Leemos haciendo preguntas a la escritura para que nos revele conexiones que nos ayuden a entender mejor lo que nos sucedió durante estos años, lo que nos pasa ahora: ¿por qué Macri y los suyos, no lograron consolidarse en el control del estado? ¿qué se puede esperar de la coalición actualmente en el gobierno? Preguntamos a partir de la adopción de cierta secuencia cronológica como punto de partida elemental:

2011, CFK arrasa en las elecciones presidenciales con casi un 54% de los votos;

2013, Massa divide al peronismo bonaerense y comienza el declive del Frente para la Victoria;

2015, Macri gana la presidencia por casi tres puntos porcentuales;

2017, Macri revalida en elecciones de medio término;

2019, agosto: Macri pierde en las PASO por paliza. Octubre: la fórmula Fernández-Fernández es electa en primera vuelta.

Esta secuencia reduce la narración política a episodios pertenecientes al exclusivo terreno de lo parlamentario -el juego electoral y sus circunstancias-, y concluyen en el reiterado esquema de la polarización. Y en el orgullo que los principales agentes de la política sienten por la salud del sistema de representación, tal y como se lo construyó luego del 2001. Las preguntas que nos hacemos intentan ampliar la mirada hacia la zona no electoral de la política, y a la pregunta por el sistema político no como dato natural de partida, sino más bien como efecto deseado de la propia práctica política. Apuntan a desplazar las fronteras en las que se suele confinar la lectura de lo político en la coyuntura de estos últimos años: 1- Lo político en tanto anomalía que no se reduce a la política electoral (muy presente en el año 2017); 2- Los modos en que lo político es conducido a la representación (2018-19); 3- Las tensiones extremas que insinúa la pandemia (2020/21).

4. Peronismo. Nacido para mediar tensiones, procesar mutaciones y marcar límites a arbitrariedades sociales, el propio peronismo carga con el recuerdo persistente, sino amenazante, de 2001. Alejandro Horowicz llegó a contar la existencia sucesiva de cuatro peronismos (siendo el cuarto, un asunto de poder más que de programa). David Viñas consideraba que la perdurabilidad del peronismo en la vida de la lxs argentinxs se debía menos a una determinada coherencia política y más a una particular capacidad de expresar un modo del ser nacional. Y León Rozitchner escribió que al general Perón había que considerarlo en el extremo opuesto al del general Videla en el arco de la dominación burguesa que va del tiempo a la sangre. El peronismo sigue ocupando el centro estructural de las tres posiciones que determinan el juego de la política: el clasismo de tipo patronal, antiperonista clásico, que quiere borrar definitivamente toda mediación en la dominación de clases (formado políticamente en el espacio de intersección entre el radicalismo y el macrismo, con sus versiones más o menos agresivas); la voluntad de mediación, que va tomando formas diferentes según coyunturas, y que se expresa en las diversas tendencias del peronismo, muy distintas entre sí (desde hace casi dos décadas conducidas, con mejor o peor fortuna, por el kirchnerismo); la amenaza perpetua de la crisis desbordada, con la consiguiente emergencia de una lucha de clases por fuera del sistema político, como ocurrió en 2001, como por momentos se esboza en las luchas colectivas vinculadas a movimientos socio-ambientales, feministas o del ámbito de la precarización laboral, y como ocurre en los picos de las luchas que se observan en Colombia y sobre todo en Chile.

5. Fronteras. Si Cristina consigue liderar el peronismo y darle una fisonomía nueva, incluso luego de la derrota del 2015, es porque se había convertido simultáneamente -citamos palabras de Genoud- en garante de casi todo: “para el sistema político que la negaba, era todavía más importante: el dique de contención de sectores que se aferraban a su estampita para seguir creyendo en la partidocracia”. Fue el kirchnerismo quien aportó una comprensión de la crisis del 2001 capaz de conectar -pasando de un término al otro- desborde y política, reverso y anverso, excepción y norma, por medio de una “lectura institucionalista del desborde social” que, si bien reconocía el valor pasado de la inventiva popular, en el presente se convertía en una amenaza que la “política estaba obligada a conjurar”. Néstor y Cristina Kirchner actuaban como “políticos tradicionales que asumían un rol excepcional de figuras fronterizas” aunque sus adversarios “entre mezquinos y suicidas”, no estuvieran en condiciones de reconocer ese valor ni, por tanto, de agradecerlo. Esta operación de frontera es la clave para comprender el “espacio que edificaron, el sistema de partidos accedía a un grado de legitimidad sorprendente, tanto en relación con el pico de la crisis del 2001 como con una realidad social que nunca logró horadar el núcleo duro de la pobreza y comenzó a degradarse en forma acelerada a partir de 2015. Macri era el principal beneficiario de ese rol de contención que cumplía Cristina. Sin ella, también para él todo hubiera resultado más traumático”.

6. Continuidades. La política que renace luego de 2001 tiene una nueva conciencia del valor de la mediación y de la representación. Ese impulso dura casi una década, y es puesta a prueba a partir del 2013. Si la segunda década del siglo contiene un balance implícito negativo del anudamiento entre promesa de consumo y estructuración de la precariedad, la política como conciencia de la representación responde favorablemente, con un formato de polarización capaz de llevar los desencantos a las urnas, en una escenificación en la que no se perciben los vasos -o ríos- comunicantes entre ambas costas. En 2015 el experimento encuentra su diseño final –el “macrismo”- y dura tan poco -como mucho, dos años- hasta hacerse trizas en diciembre del 2017. Desde entonces, importantes sectores empresariales retoman el sueño menemista -nunca del todo abandonado-, la apuesta a un partido popular del orden, tan bien visto por segmentos importantes del propio peronismo (peronismos del medio, burocracias sindicales, gobernadores de provincias importantes). ¿Cómo olvidar la regia combinación de aquel menemato en el que las llamadas reformas del mercado articulaban adecuaciones geopolíticas, “clima de negocios” y voto popular? Las celebradas columnas políticas de Jorge Asís -tenidas en cuenta por Genoud- popularizan razonamientos en esa línea; y en el extremo de las apuestas, el economista-gurú de la Universidad de Columbia, Guillermo Calvo, anunció en julio del 19 (plena campaña electoral Macri/Fernández-) que sólo el triunfo del Frente de Todos haría posible un plan de ajuste. No deja de sorprender las variantes que puede adoptar el discurso del Sr. Neylas

7. Derrotas. El peronismo político es el efecto de una serie de maniobras. Su unidad, su programa y su liderazgo se definen en una arena táctica en la que  A cada coyuntura adversa, una iniciativa. Sólo ella cuenta como recurso con una conexión consistente con el mundo popular. Si 2015 fue el peor año, porque la derrota electoral derivó en dispersión definitiva del Frente para la Victoria, al 2017 llegó con la consolidación de Unidad Ciudadana, un frente anti ajuste, movimientista, casi basista. Ante el desafío del peronismo del medio en Provincia de Buenos Aires -Felipe Solá, Alberto Fernández, Sergio Massa, Florencio Randazzo- la candidatura de Cristina Fernández terminó de consolidar su primacía dentro del propio peronismo. Vista de cerca, aquella derrota estrecha fue una victoria táctica fundamental: el contraste entre el respaldo electoral de Cristina –“sola y perseguida”, precisa Genoud- y el del de los líderes peronistas involucrados en le operación de deskirchnerizar el peronismo –“los machos alfa”, los llama-, terminó de ordenar la dirección en que se formaría la nueva unidad: “con Cristina no alcanza, sin ella es imposible”. El año 2017 anticipa al 2019: una derrota victoriosa termina por romper el dispositivo montado -dentro y fuera del peronismo- para acabar con Cristina. A partir de ahí, el ingenioso operador de Puerto Madero -proveniente del PJ capital, diseñado en su momento por Carlos Grosso- abrirá las puertas a sus viejxs compañerxs, que no tardarán en encolumnarse tras ella, y será electo candidato a presidente. Y sin embargo, el valor principal de la jugada de Cristina haya pasado desapercibido: su victoriosa derrota del 2017 fue importante también porque la colocó como la única referente -de tipo electoral- capaz de conectar con el descontento popular que irrumpiría en las calles unos pocos meses después de la elección, en diciembre de 2017.

8. Piedras. El 7 de junio de este año -cuando El peronismo de Cristina ya estaba en las librerías-, ocurrió un diálogo inesperado, tan interesante como errado. El diputado nacional y referente económico de Juntos por el Cambio, Luciano Laspina, se desahogó en el programa televisivo de Carlos Pagni, quien había presentado a su invitado como alguien particularmente sagaz a la hora de leer la economía desde la política. Puesto a relatar las razones del fracaso de la estrategia de su propio gobierno -la toma masiva de deuda como complemento necesario al “gradualismo”-, el diputado sintió la necesidad de “hacer una salvedad”, al modo de una “lección para lo que viene”. En sus palabras: “A veces pasa inadvertido en el análisis histórico lo que fue el gobierno de Mauricio Macri”, el hecho que “diciembre del diecisiete fue, creo yo, la primera desestabilización, en Latinoamérica, a un gobierno centro liberal o de centro de mercado, que estaba intentando hacer reformas de consolidación fiscal”. A la pregunta obvia de Pagni “¿Te referís a lo que pasó en la plaza?”, el diputado de Juntos por el Cambio respondió: “Por supuesto, las 14 toneladas de piedras anticiparon lo que después pasó en Chile, a todo lo que le pasa a Colombia y lo que le pasó al propio Ecuador”. La conclusión de Laspina fue la siguiente: “Ese fue un golpe tremendo para el gobierno de Mauricio Macri, porque lo dejó totalmente en shock desde el punto de vista político, y venía de arrasar en las elecciones parlamentarias”. Interesante, decíamos, pero errado. Porque la Argentina no siguió el camino de las calles ni el de las piedras -no siguió el camino de Chile ni de Colombia. Si una ruptura se hizo evidente a partir de la irrupción masiva de la lucha callejera, fue la del gobierno de Macri con su propia base empresaria, que no tardó en comprender que ese presidente no sería capaz de aplicar las reformas prometidas. De ahí, la decisión de ir al FMI para sustituir la falta de apoyo interno en su propia clase. Pero 2017 no fue 2001. Porque incluso en su momento de mayor fragilidad, el sistema político supo conducir la calle hacia la representación. Lo que queda sin pensar en este tipo de desahogos es la presencia misma de la política en su sentido convencional, no sólo como cuenta de votos a las coaliciones mayoritarias sino como algo previo y más fundamental: como mecanismo de conversión de la acción colectiva en acción electoral.

9. Mafia. Lo de las piedras no fue la república sino la organización paraestatal de intimidación y espionaje que operó desde el corazón del gobierno de Macri. Genoud lo describe así: Armado hasta los dientes con todo tipo de recursos bélicos y tecnológicos. La operatoria mafiosa del apriete y el chantaje se ramificaba hacia el poder judicial, los servicios de inteligencia, los medios de comunicación, la comunidad de negocios, las estructuras policiales y difusas (precisas pero encubiertas) relaciones con EE.UU e Israel. De ese trasfondo surgió la operación de los Cuadernos de Centeno y de las causas judiciales armadas, cuyo objetivo último era “sepultar al kirchnerismo”. Genoud arriba por esta vía a lo que puede considerarse como la doble ineficacia del macrismo en el gobierno, a la hora de plasmar el programa político del bloque de poder que apostó por él: No logró destruir el obstáculo populista, y mucho menos plasmar la nueva síntesis nacional, anunciada en el slogan de “el cambio”. El doble fracaso en el cumplimento de sus objetivos devino en la rápida desintegración -durante el 2018- del bloque nacional que lo apoyaba y creó las condiciones del insólito reagrupamiento de la coyuntura del 2019. Sin esa dispersión hubiera sido impensable la vuelta al redil de muchos protagonistas clave del peronismo antikirchnerismo. Pero su arrepentimiento no hubiera bastado para concretar el retorno, si de manera simultánea el kirchnerismo no hubiese concluido por su cuenta que para triunfar en las elecciones del 2019 resultaba indispensable ampliar la oferta electoral. Bajo la consigna de la unidad del peronismo, El Frente de Todos no se constituía como un frente antineoliberal, sino como un frente nacional antimacrista, amplio y heterogéneo, reunión de aquellos que -de organizaciones populares a empresas de capital concentrado- tenían razones para acabar por la vía electoral con el gobierno del presidente Macri.

10. Pandemia. La pregunta que flota en el aire -lo que podría definir la cuestión que define la coyuntura- es difícil de definir en palabras, porque si bien reúne los temas urgentes de la deuda, las tarifas y los salarios, la cuestión a formular tiene que abarcar los efectos de la pandemia que, si bien terminó de romper cierto consenso neoliberal en el diseño de políticas públicas, no destrabó las relaciones de fuerza ni la claridad conceptual en torno a cómo avanzar en un sentido distinto. En otras palabras: ¿puede el sistema de partidos alumbrar un consenso no neoliberal, ser el eje en torno al cual cambie la economía, o bien, muy por el contrario, la falta de líneas claras de avance revierte en el sentido inverso, haciendo del eje actual el patrón de acumulación, la precondición inalterable a la que política debe adaptarse confrontando con la ingobernabilidad crónica que hace fracasar los proyectos conservadores? La política que tiende al centro pretende ignorar que la pandemia agrava las contradicciones previas. Desde el ángulo conservador, todo el problema se plantea en términos de fastidio con unos políticos populistas que desestabilizan a piedrazos para instaurar luego regímenes que consideran autoritarios. Su mirada tiende a obsesionarse con el mismo punto: ¿cómo hacer una política capaz de investir legitimidad a las deseadas “reformas de mercado”? Es la pregunta que divide a macristas de menemistas. Si una parte del bloque conservador se decantó por la agresividad directa, otra parte toma nota de la rápida derrota que Trump sufrió a manos del Covid. La salida de la pandemia, sin embargo, podría darse -según algunos pronósticos de economistas globales- por el lado de la letra “k”, esto es, la partición horizontal de dos tendencias simultáneas: una mitad de la población hundiéndose en la pobreza y la otra abrazada al telecapitalismo.

11. Milagros. “Lo primero que hay que entender es la lógica del poder permanente”. Estas son las cosas que algunas de sus fuentes le explican a Genoud. La referencia vale para el partido judicial y para el poder económico, reguladores externos de la función estabilizante del sistema político de bancas y partidos. Es la paradoja central que plantea Genoud. Los mismos que se benefician de las mediaciones que impiden que la pobreza estalle como anarquía, son los que más asedian a quienes se ocupan de las tareas de contención. Cosa que graficó el papa Francisco con su rostro, en aquel memorable encuentro con el presidente Macri en Roma. El paciente zurcido de mediaciones sociales pacíficas y representaciones institucionales, constituye, en la argentina actual un “milagro de la ciencia política”. Las palabras pertenecen a José Luis Manzano, figura de vanguardia en el proceso de indistinción y fusión de la función de dirección política, operación empresarial. Entrevistado por Diego Genoud -y esta entrevista es uno de los méritos indiscutibles del libro- el ex dirigente del peronismo renovador, antiguo jefe de bancada del bloque justicialista en el Congreso y ex ministro del interior del gobierno de Menem, declara: “Lo que más me conmueve es la sorprendente legitimidad que demuestra el sistema político en el país del que se vayan todos y en el continente de las convulsiones recurrentes”. En palabras de este activo accionista de empresas de energía, enfático defensor de un peronismo de centro izquierda, admirador de Cristina y defensor del actual gobierno de Fernández: “Si no se hubiera construido una coalición de centro izquierda que expresara las demandas de la gente, el corte hubiera sido horizontal” (como en 2001), y “se iba el sistema político para un lado y la gente para el otro”. Es la eficacia de la grieta. “Pensá que en otros países la gente sale a romper vidrieras y a putear”. Según Manzano, fue la capacidad de contención del sistema político lo que se puso en juego durante el colapso del macrismo: “Todo 2019 la gente fue mordiendo el freno”, es decir, aceptando trocar calle por urnas.

12. Clases. Otro entrevistado por Genoud, Horacio Rosatti -ministro de justicia de Néstor Kirchner y juez supremo nombrado por Macri, considerado un político peronista en una corte suprema macrista-, reflexiona sobre el peronismo en sus dos calidades. Como político, describe las virtudes del peronismo como “anárquica” en su trama interna (cualquiera puede entrar, cualquiera puede liderar), “flexible” en su valoración de la idea de “lealtad” (cada militante interpreta libremente a qué cosa le declara su fidelidad) y “adaptativo” a contextos diversos. Pero lo principal para entender al peronismo, dice, es una cierta aproximación a la cuestión social. A diferencia del marxismo -explica Rosatti- el peronismo busca la concordia colectiva, y sabe que para lograrla es preciso considerar la situación de los que menos tienen, “el marco de cierta armonía entre capital y trabajo”. Una perspectiva social diferente a la de la lucha de clases. En cuanto teórico del derecho, el juez considera que “el sistema que establece nuestra constitución para la relación capital trabajo es muy claro: Capitalismo, porque se habla de propiedad privada inviolable, pero no de cualquier manera sino en relación con lo social”. La cuestión de la regulación de las relaciones entre las clases sociales no deja plantearse, y según se desprende el libro de Genoud, el episodio del desalojo de las tierras de Guernica, en octubre del 2020, debe ser tomando cuenta, porque allí se hizo visible un límite fuerte del dispositivo político de gobierno: El gobernador Axel Kicillof, el secretario general de La Cámpora, el Cuervo Larroque y el secretario de seguridad, Sergio Berni, actuaron entonces forzados por la justicia, por buena parte de los intendentes del Frente de Todos y por la presión de los grandes medios nacionales de comunicación, y por la irresistible influencia del mercado inmobiliario. Genoud habla de impotencia política. Y de la decisión de ponerse “en la vereda de enfrente de un ejército de desocupados”. La impotencia vuelta decisión política: “El cristinismo decidió adoptar una costumbre que no figuraba en su manual de campaña: Ubicar a los desesperados en la esfera del delito”. Para conquistar un equilibrio dinámico capaz de navegar entre la presión del bloque conservador y los eventuales desbordes de la crisis, Genoud cree que el peronismo busca un funcionamiento a partir de la conducción en tándem bonaerense: Máximo Kirchner y Sergio Massa.

13. Escrituras. El periodismo no es sólo un oficio sino también un dilema en torno a las estrategias narrativas que organizan el flujo de la información. A la tensión entre datos y literatura se suma el problema mayor de las técnicas de control del lenguaje estandarizado impuesto por las formaciones empresarias de la comunicación. En el fondo -esto lo decía Piglia- toda narración remite a un crimen o un viaje. Por eso la palabra “independiente” no agrega nada. O en todo caso, el periodismo se torna independiente cuando activa estrategias en el orden del lenguaje y en el plano de la organización (tipo de relación con los medios de comunicación). Si leemos a Diego Genoud, no es tanto que comunicador, sino mas bien por el tipo de dramaturgia que pone en acto, en el que personajes, fechas y vínculo relatan el comportamiento de fuerzas -de viaje o de crimen- que es preciso conocer. Y seguramente también enfrentar. La filosofía implícita en Genoud -un residuo de su escritura, unas marcas personales- nos prepara para un realismo distinto al realismo de los poderes, que más tarde o más temprano puede resultarnos extremadamente necesario.

La tecl@ Eñe

El rizomático González. Homenaje a Horacio // Mariano Pacheco*

González es nuestro Horacio: el que llevó el ensayo a las cumbres del lenguaje, como el poeta.

Y siendo argentino, no podían sino estar presentes, en un ensayista de su talla, los dos emblemas fundamentales del enigma nacional: me refiero a Perón y Evita, claro, aunque una Eva y un General atravesados por el rayo gonzaliano, enhebrados por las agujas que entretejen los hilos de la metamorfosis y de la dialéctica, del latinoamericanismo y la gran tradición occidental, lo propio de las luchas de este suelo y la lejanía del exilio (del país, a fines de los años setenta, y un poco del peronismo también, desde los ochenta). Una Eva fantasmagórica “La militante en el camarín” de González, narrada en portugués, publicada en Brasil en 1983, recién recuperada en castellano en 2019 cuando fue publicada por la editorial de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. ¡Y qué decir de su Perón! Más de 400 páginas de una elocuencia fenomenal, cuando parecía que ya nada se podía decir o escribir sobre el “primer trabajador”.

¿Y el kirchnerismo? Su abordaje como “controversia cultural” lo llevó a repasar, en un ejercicio que en él nunca fue mera acumulación de datos, las polémicas e interpelaciones más diversas que generó el “meteoro kirchneriano” –como lo caracterizó–: de Verbitsky a Sarlo; de Viñas a Forster; de Caparrós a Laclau; de Galasso a Altamira; de Feinmann a Rozitchner; de Casullo a Tomás Abraham, pasando por Carta abierta, Vargas Llosa y 678, sin dejar de tener en cuenta que todo el análisis parte de una pregunta fundamental: ¿fue el kirchnerismo un modo creativo de respuesta a la crisis abierta por diciembre de 2001, donde emergen formas de habitar las instituciones del Estado con políticas porosas a aquella ebullición creativa que emergía de una práctica social que resignificaba antiguos métodos de lucha y formas de organización de las y los de abajo, como piquetes y asambleas, o por el contrario, Néstor y Cristina venían a “poner orden”, a bloquear el ciclo de luchas populares anteriores a su llegada a la Casa Rosada? Preguntas fundamentales que Horacio no dejó nunca de mantener un poco abiertas.

González escribió y habló las mil y una noches… y tardes; y vaya a saber uno cuantas mañanas también. Se metió con la tradición de las izquierdas y de los movimientos nacional-populares; con la filosofía y con el lenguaje; con la narrativa y también con la sociología, desde su modo específico de entenderla. También su modo peculiar de leer el periodismo aún da que hablar; un periodismo lejano a las enseñanzas de comunicación social, pero también, de las escuelas de periodismo, donde la serie  nacional entra en co-relación con la internacional y la Latinoamericana, en un entrecruce permanente entre narrativas y pensamientos de izquierda y nacional-populares, donde fluyen los nombres emblemáticos de tradiciones que pasan a ser simples legados. ¿Simples? Marx, Lenin y Gramsci –también Mariátegui–; José Hernández y Roberto Arlt o Rodolfo Walsh, sin dejar de tener en cuenta los fenómenos que se encuentran “del otro lado” de los modos de contar e informar que cultivamos o que Horacio nos interpela a cultivar: Clarín o La nación, o el nombre que sea, lo importantes no olvidar la importancia de que es preciso develar la trama de poder, problematizar la realidad, asumir esas complejidades como parte de nuestras desdichas nacionales.

La lista de sus libros y charlas se cuentan por decenas. Los temas abordados, también.

Aunque la bajada de “ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX” que acompaña al título del quizás su libro más emblemático, Restos Pampeanos, da cuenta de la complejidad del pensamiento-González, máquina de producción intelectual donde el debate en torno al “ser nacional” no puede estar ausente.

Revisar/ revisitar/ analizar/ recuperar su obra implicará de todos modos una labor colectiva, intergeneracional, que no puede sino ser a su vez un programa de estudio transdisciplinario que haga honor al modo rizomático con el que Horacio sostuvo esa tarea que tantas y tantos ya habían emprendido antes: la de soldar con el ejercicio de una crítica política de la cultura aquellos elementos de la vida social que la lógica liberal tiende a disociar.

En ese camino seguramente encontraremos nuestras propias tesis para el porvenir. Como insistía González en su libro La crisálida: al fin y al cabo lo importante no es la tesis en sí, sino el derecho a construir una propia lo que vale. Sabiendo que lo más propio es, paradójicamente, lo impropio, lo común, lo de un todxs que seamos capaces de construir.

Horacio como legado, entonces. O más bien: legado González como desafío para el siglo XXI.

 

 

Si querés escuchar el programa completo, con testimonios de Diego Sztulwark, María Pía López, Esteban Rodríguez Alzuelta y un recorte de archivos con la propia voz de Horacio González, podés hacerlo en en el Canal de Spotify de La Parte Maldita:

https://open.spotify.com/episode/5PMq4PJgGWfpUxljwNVkzK?si=_ha1BCeoToepQjCKC-gUsA&utm_source=whatsapp&dl_branch=1

 

 

* Escritor, militante, investigador popular. Director del Instituto Generosa Frattasi.  Conductor de “La parte maldita” (filosofía y rock) en Radio Gráfica.

 

 

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