Anarquía Coronada

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Una clase de capitalismo en serio

Entrevista a Raúl Zibechi 
por Lobo Suelto!
Andando y andando, buscando donde respirar, llegué a lo de Don Raúl Zibechi, del otro lado del Río de la Plata. Por lo que me contaron, el periodista tuvo acceso privilegiado a lo sucedido en el encuentro de dos de las tres presidentes claves de este mundo: Ángela Merkel y Dilma Rousseff y, a partir de allí, a una nueva actitud geopolítica del Brasil. Lo que sigue es la conversación que, a pesar de hablar lenguas tan distantes, mantuvimos ayer por la tarde en un café de la calle Tristán Narvaja.
LS: ¿Qué pasó en esa entrevista que mantuvieron Dilma Rousseff y Ángela Merkel el pasado 5 de marzo en Alemania?
RZ: -Fue tensa y poco cordial. La presidenta de Brasil se viene quejando del tsunami monetario, como bautizó la política monetaria expansionista de Europa y Estados Unidos, que perjudica la industria de los países emergentes. Se despachó contra la política económica especulativa que impulsa la canciller alemana y advirtió que Brasil es una economía soberana y, por lo tanto, tomará todas las medidas para protegernos. El objetivo de Rousseff fue demostrar que los países centrales están tomando medidas proteccionistas, a las que consideró una forma artificial de protección del mercado. Hasta se permitió darle lecciones a la alemana: es importante que los países desarrollados no hagan políticas monetarias expansionistas, sino políticas de expansión de las inversiones, porque eso mejora la demanda interna.

LS: ¿Eso quiere decir que para comprender la política interna brasileña hay que prestar atención al modo en que se gestiona la crisis de los países europeos?
RZ: -En su comparecencia ante la Comisión de Asuntos Económicos del Senado, el Ministro de Haciendo, Guido Mantega, dijo que si Brasil no hubiera tomado medidas para evitar una revaluación del real la cotización del dólar habría caído hasta 1.40 (hoy es de 1.80) y toda la industria brasileña ya estaría quebrada, no tendría condiciones de competitividad y no conseguiría exportar nada. El ministro recordó que los países del norte inyectaron 9 billones de dólares en la economía, y que ante la devaluación de sus monedas, que considera una guerra monetaria, Brasil no puede hacer el papel de tonto. Hasta ahora la principal medida, además de la compra masiva de dólares por parte del Banco Central, consiste en la ampliación del impuesto a las operaciones financieras, de 6 por ciento a las transacciones a menos de cinco años, y no a dos como antes. El que quiera que tome préstamos a más de cinco años, que son más saludables al ser para inversiones, dijo Mantega, al anunciar que se profundizarán medidas para impulsar la industria y las exportaciones.
LS: ¿Y cómo repercuten esta actitud de Brasil?
RZ: -Apenas conocerse la noticia, el Financial Times, vocero del capital financiero internacional, tituló que Brasil declaró la guerra de divisas contra Estados Unidos y Europa. El artículo finaliza advirtiendo sobre guerras comerciales masivas en el horizonte como resultado de las políticas en curso. En el mismo momento que el gobierno brasileño ingresaba en la guerra de divisas, la Casa Blanca suspendía el contrato que había ganado la brasileña Embraer en una licitación de 20 aviones de ataque Super Tucano por 355 millones de dólares para la fuerza aérea de Estados Unidos. Si Embraer lograba ingresar en el selecto grupo de proveedores de la principal fuerza aérea del mundo, se hubiera consolidado como industria aeronáutica militar. Embraer es la tercera empresa del mundo en aviones civiles, detrás sólo de Boeing y Airbus, pero recién este año consiguió ingresar en la lista de las 100 mayores empresas militares del mundo, ocupando el puesto 94.
LS: ¿Sugerís que se ha iniciado una ruptura mayor entre EE.UU. y los países llamados desarrollados y Brasil y los países del ex tercer mundo?
RZ: -La cancillería brasileña, habitualmente comedida, no ocultó su desagrado, en especial por el momento y la forma, semanas antes de la visita oficial de Rousseff a Wahington. Pero el dato mayor es otro: la cancillería asegura que esa decisión no contribuye a la profundización de las relaciones entre los dos países en materia de defensa. Este año Brasil decidirá la compra de 36 cazabombarderos de última generación, y lo hará entre el Rafale de la francesa Dassault y el F-18 Super Hornet de la estadounidense Boeing. La preferencia siempre fue por el Rafale, aunque es mucho más caro, porque Francia asegura una completa transferencia de tecnología, sin precedentes en la industria militar. En septiembre de 2009 el presidente Lula firmó un acuerdo de cooperación militar por el cual Brasil ya comenzó la construcción de submarinos convencionales y nucleares, y de helicópteros militares, aplazando por el momento la compra de los cazas. El acuerdo convierte a Brasil en potencia industrial-militar y parte del selecto grupo de países capaces de fabricar submarinos nucleares y cazas de quinta generación. Algo que no es del agrado de Washington.
Dos hechos nuevos deben constatarse. En las relaciones entre Brasil y los países del norte hay un nuevo tono. El modo como Rousseff encaró a Merkel habla por sí solo. Los países desarrollados quieren canibalizar a los emergentes, dijo la presidenta, lo que no vamos a permitir. En el terreno militar es igual. El jefe del estado mayor de las fuerzas armadas, general José Carlos de Nardo, habló el 20 de marzo ante 44 oficiales que pasaron a desempeñarse en el Ministerio de Defensa: “No hay lugar para conflictos en América del Sur. Podemos enfrentar pequeñas crisis en nuestras fronteras, que resolveremos con el traslado rápido de efectivos”. Agregó que el continente posee abundancia de hidrocarburos, recursos hídricos, producción de alimentos y biodiversidad, y que el papel de Brasil consiste en contribuir en el proceso de disuasión continental contra la codicia de las potencias extranjeras. Más claro, imposible. Cuando un país del tamaño de Brasil decide ingresar en una guerra como la monetaria, es porque está preparado en todos los terrenos para afrontar las consecuencias.
El segundo hecho es que la región camina a marchas forzadas hacia una creciente convergencia política, económica y financiera. La guerra monetaria en curso es apenas el anticipo de la división del mundo en bloques comerciales, en un ambiente de crispado proteccionismo que comenzaría a plasmarse hacia finales de este año. La Unasur puede comenzar a debatir, en cualquier momento, sobre una moneda común, por la necesidad de defenderse en un mundo de creciente inestabilidad que está buscando alternativas al dólar.

Italia no es Grecia

por Franco Berardi

No puedo decir lo que pienso del  pienso del presidente de la republica italiana porque a causa de una ley idiota y liberticida acabaría en la cárcel. Quien quiera conocer a este viejo estalinista convertido al totalitarismo de las finanzas puede leer el libro de Ermanno Rea Mistero Napolitano en el que se cuenta el suicidio de una comunista y libertaria llamada Francesca Spada. Lo que no podía prever es que este señor, al que le parece normal firmar la ley mafiosa que ha destruido el sistema comunicativo y el sistema escolar italiano, adoptase el lenguaje y la forma demente del racismo italiota. Rompemos los riñones a Grecia[i] prometió un tipo al que en 1922 un rey de Italia había entregado el poder absoluto. Napolitano más modestamente se limita a hacer notar que Italia no es Grecia.
Gracias presidente, era lo que queríamos oírnos decir. Que Italia no sea Grecia comienzo a sospecharlo yo también. El pueblo griego tiene el coraje de responder con el fuego a la violencia financiera mientras que el pueblo italiano parece, de momento, completamente atontado por la sensación de que el gobierno Monti sea distinto y mejor que el que lo ha precedido mientras no es sino su continuación más eficiente y criminal.
La sociedad griega ha sido sometida al tratamiento de la banca europea a partir de la primavera del 2010. En el transcurso de un año y medio el producto interior bruto ha caído un 7.2%. La dictadura financiera ha tenido a bien mandar a hacer puñetasal presidente elegido por los griegos, Papandreou, porque se había atrevido proponer un referéndum para restituir al pueblo el derecho a decidir su propio destino. La democracia ha sido cancelada en el país en que había sido concebida dos mil quinientos años antes. El tratamiento europeo ha seguido adelante y ahora la economía está definitivamente colapsada, aunque los criminales de la banca central no paran de pedir sangre: ciento cincuenta mil despidos en el sector publico (como si no bastasen los que ya se han realizado) y reducción del 20% de los salaries y de las pensiones.
Los trabajadores y los estudiantes griegos parecen esta volta decididos a parar la masacre. Quizá están aprendiendo de los rebeldes egipcios y sirios que si es preciso morir es mejor hacerlo con la cabeza alta. En Italia el tratamiento griego está solo empezando. En estos momentos el asesor de Goldmann Sachs va por el mundo prometiendo a sus patronos que en los próximos meses los derechos laborales serán definitivamente cancelados. Vamos ya muy adelantados, y cualquier mes el tratamiento griego tendrá sus efectos también en Italia. La catástrofe ya anunciada de la producción y del consumo hará necesarios nuevos recortes y así hasta el infinito mientras quede algo que robar.
Grecia está en llamas. ¿Por qué en Italia no experimentamos una nueva forma de acción, que quizá consista en la inacción, en el rechazo a participar, a colaborar, a contribuir? ¿Por qué no probamos a organizar el Do Nothing Day, como ha propuesto una joven griega, Alexandra Odette Kypriotaki, después de constatar que el pueblo griego con la acción y la movilización no ha conseguido nada?[ii]
[i] La expresión Spezzeremo le reni que se traduciría por «Les romperemos los riñones». Permaneció en la lengua italiana como una forma de decir algo generalmente, irónico. El 18 de noviembre de 1940, dos semanas después de la invasión italiana de Grecia, el Duce Benito Mussolini celebró un discurso beligerante desde el balcón del Palazzo Venezia: “Dije que le habíamos roto los riñones a Negus (Emperador de Etiopía). Ahora con la misma certeza absoluta, repito absolutamente, lo dicho le vamos a romper los riñones a Grecia.”
[ii] ¿Y si no hiciésemos nada? http://blogs.publico.es/fueradelugar/date/2012/02

Inventar el común

por Judith Revel y Antonio Negri


Partimos de una constatación muy simple ya que a veces es más fácil razonar empezando por el final: vivimos en un mundo donde la producción se ha convertido en un acto común. Algunos de nosotros todavía tienen en mente los análisis de Foucault sobre la doble tenaza que la industrialización impuso a los cuerpos y las mentes de los hombres desde finales del siglo XVIII. De una parte la individualización. la separación, la desobjetivación, el adiestramiento de cada individuo, reducido a unidad productiva en forma de monada, sin puertas ni ventanas, totalmente desarticulado y rearticulado en función de las exigencias de rendimiento y maximización de los beneficios; por otra, la construcción en serie de estas monadas productivas, su masificación, su constitución en personas indiferenciadas, su carácter intercambiable, puesto que el gris siempre equivale al gris y un cuerpo amaestrado vale por otro. Individualización, serialización -he aquí la bendita tenaza del capitalismo industrial, la maravilla de una racionalidad política que no duda en redoblar su procedimiento de control y de gestión, en morder la carne de ese individuo que está formando a su imagen y semejanza, en encuadrar a aquellas personas que se inventa, para asegurar definitivamente su poder sobre la vida y explotar su potencia. Oyendo esto, algunos releen Vigilar y Castigar.

Otros, simplemente, tienen en mente el ritmo de la cadena productiva, los brazos rotos, la impresión de no existir más, el cuerpo que se transforma en carne de cañón para la producción en serie, la repetición sin fin, el aislamiento, la fatiga. La impresión de haber sido tragado por una ballena y haber sido masticado como tantos otros.

Todo esto es cierto. Todo esto existe todavía. Pero va existiendo en menor medida. Desde sus inicios, Multitudes [2] ha tratado de dar cuenta de esta mutación, de describir esta realidad -esta “tendencia” que atravesaba la existencia y excavaba dentro de la íntima consistencia- de analizar las consecuencias. Esta mutación ha tocado, al mismo tiempo, las condiciones de la explotación, las relaciones de poder, el paradigma del trabajo, la producción de valor. Este transformación también ha investido las posibilidades de resistencia porque esta transformación, paradójicamente, también ha reabierto y multiplicado sus posibilidades.

Uno de los puntos más difíciles y más polémicos para los que todavía hoy se mantienen en el viejo modelo de la producción en serie, en la figura de la fábrica y la historia de la resistencia de la clase obrera, es pensar que un nuevo modo de explotación -más fuerte, más eficaz, más extenso- pueda acrecentar la posibilidad de conflictividad y de sabotaje, de rebelión y de libertad. Para nosotros, decir que el modelo de producción (y por tanto de explotación) ha cambiado, decir que es necesario dejar de pensar en la fábrica como la única matriz de producción y de conflictividad proletaria, es también pensar en una mayor resistencia. Cuando hablamos de «nuevo capitalismo», de capitalismo cognitivo, de trabajo inmaterial, de cooperación social, de circulación del saber, de inteligencia colectiva, intentamos describir, al mismo tiempo, la existencia de un nuevo saqueo capitalista de la vida, su investimento no solo en la fábrica sino en toda la sociedad, pero también la generalización del espacio de la lucha, la transformación del lugar de resistencia y la figura de la metrópoli como lugar de producción, convertida hoy en el espacio de resistencias posibles. Nosotros decimos que hoy el capitalismo no puede ya permitirse desobjetivar -individualizar, serializar- a los hombres, no puede triturar la carne para hacerla un golem de dos cabezas (el «individuo» como unidad productiva, las «personas» como objeto de gestión masificada). El capitalismo no puede permitírselo porque lo que produce valor actualmente es la producción común de la subjetividad. Cuando nosotros decimos que la producción es común, no negamos que existen todavía fábricas, cuerpos destrozados y trabajo en cadena. Afirmamos que el principio mismo de la producción, su centro de gravedad, se ha desplazado; que la creación de valor, hoy, consiste en poner en red la subjetividad y capturar, desviar, apropiarse de la actividad común. El capitalismo necesita de la subjetividad, es parasitario. Por tanto está encadenado a aquello que paradójicamente lo pone en peligro: porque la resistencia, la afirmación de libertad, es precisamente hacer valer la potencia de invención subjetiva, su multiplicidad singular, su capacidad de producir el común a partir de las diferencias. Los cuerpos y los cerebros han pasado de carne de cañón a armas contra el capitalismo. Sin el común, el capitalismo ya no puede existir. Con el común la posibilidad de conflicto, de resistencia y de reapropiación se incrementan infinitamente. Formidable paradoja de una época que por fin a conseguido librarse de los ornamentos de la modernidad.

Desde el punto de vista de lo que puede llamarse la «composición técnica» del trabajo, la producción ha devenido en común. Desde el punto de vista de su «composición política», se necesitaría entonces que a esta producción común se correspondiesen nuevas categorías jurídico-políticas, capaces de organizar este «común», para expresar su centralidad, para describir sus nuevas instituciones y su funcionamiento interno. Actualmente estas nuevas categorías son insuficientes. De hecho, disfrazamos las nuevas exigencias del común, continuamos pensándolas en términos obsoletos -como si el lugar de producción fuese todavía la fábrica, como si los cuerpos estuvieran todavía encadenados, como si no hubiese elección entre estar solos (individuo, ciudadano, monada productiva, número de celda en una prisión o trabajador en cadena, pinocho solitario en el vientre de la ballena) y ser indistintamente masificado (población, pueblo, nación, fuerza de trabajo, raza, carne de cañón por la patria, bol digestivo en el vientre de la ballena)-, de hecho, por tanto, continuamos actuando como si nada hubiese ocurrido, como si nada hubiese cambiado: esta es la más perversa capacidad de mistificación del poder. Debemos abrir el vientre de la ballena, debemos derrotar a Moby Dick.

Esta mistificación reposa en particular sobre la proposición casi permanente de dos términos, que funcionan como otros tantos engaños pero al mismo tiempo corresponden a dos maneras de apropiarse del común. La primera es el recurso a la categoría de lo «privado»; la segunda, el recurso a la categoría de lo «público». En el primer caso, la propiedad -Rousseau dixit: y el primer hombre que ha dicho «esto es mío»… – es una apropiación del común por parte de uno solo, es decir, la expropiación de todos los demás. Hoy, la propiedad privada consiste propiamente en negar a los hombres su derecho común sobre lo que solo su cooperación es capaz de producir. La segunda categoría, al contrario, es la de lo público. El buen Rousseau, que era tan duro con la propiedad privada que, con razón, la consideraba la fuente de todas las corrupciones y sufrimientos humanos, cae inmediatamente en la trampa. El problema del contrato social -el problema de la democracia moderna es por qué la propiedad privada genera desigualdad, cómo se podrá inventar un sistema político donde todo, perteneciendo a todos, no pertenezca a ninguno. La trampa se cierra sobre Rousseau -y sobre todos nosotros al mismo tiempo. Esto es por tanto lo público: lo que pertenece a todos pero a ninguno, es decir lo que pertenece al Estado. Y puesto que el Estado debería ser nosotros, entonces se necesita inventar algo para rendir la manumisión del común, haciéndonos creer por ejemplo que nos representa, y si el Estado se arroga los derechos sobre lo que nosotros producimos, es porque el «nosotros» que somos, no es lo que producimos en común, que creamos y organizamos como común, sino aquello que nos permite existir. El común, nos dice el Estado, no nos pertenece, porque no lo creemos en realidad. El común, es nuestro suelo, nuestro fundamento, lo que nosotros tenemos bajo los pies: nuestra naturaleza, nuestra identidad. Y si esto no nos pertenece -ser no es tener- la manumisión del Estado sobre el común no se llama apropiación sino gestión (económica), delegación, delegación y representación (política). CVD: implacable belleza dal pragmatismo público.

La naturaleza y la identidad son las mistificaciones del paradigma moderno del poder. Para reapropiarnos de nuestro común, es necesario ante todo producir una crítica radical. Nosotros no somos nada y no queremos ser nada. «Nosotros» no es una posición o una esencia, una «cosa» que es fácil declarar pública. Nuestro común no es nuestro fundamento, es nuestra producción, nuestra invención continuamente renovada. «Nosotros» es el nombre de un horizonte, el nombre de un devenir. El común está delante de nosotros, siempre, es un progreso. Nosotros somos este común: hacer, producir, participar, moverse, dividir, circular, enriquecer, inventar, relanzar.

Todavía nosotros seguimos pensando, tras casi tres siglos, la democracia como la administración de la cosa pública, es decir como la instituto de la apropiación estatal del común. Hoy, la democracia ya no puede ser pensada sino en términos radicalmente diferentes: como gestión común del común. Esta gestión implica a su vez una redifinición del espacio -compopolita; y una redifinición de la temporalidad- constituyente. No se trata ya de definir una forma de contrato que haga que todo, siendo de todos, no pertenezca a ninguno. No, todo, siendo producido por todos, pertenece a todos.

En el dossier que algunos hemos propuesto en la “maggiore” de este número de Multitudes (a partir las experiencias llevadas a cabo desde hace unos años y a partir también de la constatación de que estas experiencia están ahora generalizándose), nosotros intentamos hacer visible este común, hacer recuentos de las estrategias de reapropiación del común. En la actualidad, la metrópoli se ha convertido en tejido productivo generalizado: es donde se da y se organiza la producción común, es donde la acumulación del común se realiza. La apropiación violenta de esta acumulación se hace todavía a título privado o público -y lo que se llama «la renta» del espacio metropolitano es ahora un enjeu económico importante, y es sobre este punto que las estrategias de control se cristalizan- pero nosotros no queremos entrar aquí en los análisis de la relación de esta renta con el beneficio ni tampoco en la de la «externalidad productiva»… nos es suficiente, por el momento, fijar el hecho de que la apropiación privada es a menudo garantizada y legitimada por la apropiación pública, y viceversa.

Retomar el común, reconquistar no ya una cosa sino un proceso constituyente, significa también el espacio en que eso se desarrolla: el espacio de la metrópoli. Trazar diagonales dentro del espacio rectilíneo del control: oponer las diagonales a los diagramas, los intersticios a las quadrillages, los movimientos a las posiciones, los devenires a las identidades, las multiplicidades culturales sin fin a las naturalezas simples, las artificios a las demandas de origen . En un bello libro, hace algunos años, Jean Starobinski ha hablado del siglo de las Luces como de un tiempo que había visto «la invención de la libertad». Si la democracia moderna ha sido la invención de la libertad, la democracia radical, hoy, quiere ser la invención del común.
 Traducido por Nemoniente
[1] http://uninomade.org/inventare-il-comune-degli-uomini/
[2] http://multitudes.samizdat.net/

El capitalismo contra el amor

Primeros materiales para una 

TEORÍA DE LA JOVENCITA

  Tiqqun

Este es un libro de amor. Habla sobre la imposibilidad del amor en nuestra estructura económica. ¿Qué significa esto?
El capitalismo no está ahí fuera: en el FMI, la OMC o el BCE. El capitalismo es una promesa de paraíso en la tierra, una idea de éxito y realización, un poder de fascinación.
Tiqqun le pone nombre y le da figura: la Jovencita. La Jovencita no es mujer ni hombre, sino una imagen, un modelo, un ideal. Eterna juventud, seducción ilimitada, placer indiferente, amor asegurado contra todo riesgo, control de las apariencias, cero defectos.
Impersonal, implacable, impecable, impermeable e imposible, la Jovencita se apodera de nuestra mirada, de nuestro deseo y de nuestro imaginario. Es una máquina de guerra. No se deja tocar y nunca pierde.
Tiqqun dibuja el campo de batalla: nos lo hace ver. De qué modo un bolso, un culo, una sonrisa, un perfume, unas botas o unos bíceps pueden ser armas en una guerra. Librada entre nosotros y en el interior de cada uno. Una guerra contra el azar y los encuentros sin garantías, la belleza y la sensualidad singulares, el tiempo de toda duración, la violencia del abandono y la entrega. Contra el amor verdadero.
Fragmento a fragmento, Tiqqun disecciona a la Jovencita. Sin piedad, porque hay que conjurar su poder de fascinación. El hechizo que nos hace ver la realidad repleta de arrugas, fracasos, peligros, grasas y ataduras. Brutalmente, porque el objetivo es desvelar la verdad que esconde su promesa de paraíso: vulgaridad, angustia y soledad.
Y al trasluz de la crítica, nos propone una nueva educación sentimental.
Esta edición incluye el texto «Hombres-máquina: modo de empleo», donde Tiqqun desarrolla el análisis del biopoder contemporáneo: la reducción de la vida humana a simple carne que vigilar y gestionar según parámetros estandarizados de belleza, salud o placer.

La Jovencita no se ama a sí misma, lo que “ama” es su imagen

«No lo dejo hacer nada, lo controlo todo el tiempo, siempre soy dura con él” (la Jovencita Carla Bruni, hablando sobre su cuerpo)
“Más aún que la Jovencita femenina, la Jovencita masculina manifiesta con su musculatura de cartón-piedra todo el carácter absurdo, es decir de sufrimiento, de lo que Foucault llamaba ‘la disciplina de la cuerpos’”

“La Jovencita vive secuestrada en su propia belleza”

 
“Una puede ser bonita, verse rodeada, acosada por proposiciones indecentes y, sin embargo y en el fondo, estar sola”

“Me han herido en lo más preciado: mi imagen” (la Jovencita Silvio Berlusconi, tras ser agredida en la cara con una estatuilla de la catedral de Milán)

“La seducción como guerra. Se habla de estar como un ‘cañón’, con una metáfora que pertenece cada vez menos al registro de la estética y cada vez más al de la balística”.

 


“A la Jovencita no le gustan las arrugas; las arrugas no son apropiadas; las arrugas son la escritura de la vida; la vida no es apropiada. La Jovencita teme tanto a las arrugas como, por lo demás, a toda expresión auténtica”.

 

“No hay, sin lugar a dudas, sitio en el que uno se sienta tan cruelmente solo como en los brazos de la Jovencita”

“La Jovencita lleva en su sonrisa toda la desolación de las discotecas”

 

“Lo que demuestra la Jovencita es que no hay una superficie bella sin una profundidad terrible”

 

“El origen de la Jovencita es el fracaso del feminismo”

 “Ni castidad ni depravación: sencillamente, la Jovencita es ajena tanto a sus deseos como a su cuerpo”

“Cuando la Jovencita suelta sus risitas, también trabaja”

  

“A la Jovencita le dan mareos cuando el mundo deja de girar en torno a ella”

“La Jovencita no se empareja por un arrebato hacia el otro, sino para huir de su insoportable nada”

“La Jovencita es optimista, radiante, positiva, alegre, entusiasta, en otros términos, sufre”

  

“La Jovencita es una ilusión óptica. Desde lejos, es un ángel y de cerca, una bestia”

 

“En todas sus manifestaciones, la Jovencita refleja la rabia impaciente por abolir la materia y el tiempo. Es un cuerpo sin alma que se sueña alma sin cuerpo”

I did love you once” (Shakespeare, Hamlet)

El 15M como insurrección del cuerpo-máquina

Por Raúl Sánchez Cedillo

Cuando escribimos el presente texto, han pasado más de seis meses desde la irrupción del 15 de mayo de 2011. Desde entonces, el 15M ha vivido lo suficiente para que quepa advertir sus efectos en el sistema político y ha desplegado lo bastante sus capacidades para que podamos reconsiderar las hipótesis que al respecto podíamos elaborar hace unos meses, a saber: ¿es un movimiento capaz de refundar la democracia y de qué modo? Dicho de otra manera: ¿hasta qué punto y bajo qué condiciones es o puede devenir un movimiento constituyente, un poder constituyente (y por ende, es portador de novedad e invención radicales)? O dicho aún de otra manera: ¿hasta qué punto es portador de un proyecto nuevo de revolución (como forma del poder constituyente) y cuáles son las características determinantes de su tempo y proceso revolucionarios? Asimismo, una última e importante cuestión: ¿es una excepción sin modelo, o bien cabe pensar,mutatis mutandis, en una reproducibilidad-traducibilidad en otros contextos continentales y globales?

Por otra parte, a las primaveras árabes de 2011 y a la ocupación de la Plaza Síntagma de Atenas han sucedido en otras ciudades del mundo irrupciones muy similares –fundamentalmente, la iniciada por «Occupy Wall Street» en los USA desde el 17 de septiembre de 2011– que a estas alturas nos permiten hablar de variantes o, más bien, de una variación continua de un prototipo global. Ahora bien, ¿un prototipo de qué?
Podemos afirmar que el 15M, como las primaveras árabes, es un movimiento de revolución democrática, radicalmente (inventor) de democracia y de democratización radical. Pero ante todo el 15M es un proceso de politización masiva de multitudes, de reapropiación de lo político por parte de cientos de miles de personas y, hasta cierto punto, de millones. No es un movimiento de opinión pública, ni de derechos civiles. Incluye estas dimensiones en lo que llamamos un proceso de movimiento-sistema-red.
Si hace unos meses podíamos atrevernos a plantear la hipótesis de que el 15M expresaba, in nuce, un prototipo de poder constituyente, hoy creemos que esa hipótesis encuentra aún más asideros en la fenomenología del movimiento. Téngase en cuenta que hablamos de poder constituyente, esto es, no de «movimiento social», de «sociedad civil», «opinión pública», «acción colectiva», etc. Sino de una multitud que se organiza y se conduce para la fundación de un orden político nuevo que invalida y destituye el vigente. En este sentido, podemos sostener que el 15M es un prototipo de un poder constituyente adecuado a la multitud contemporánea. Se trata, sin duda de un work in progress, de una invención radical, de un proceso abierto y discontinuo y en gran medida solo incipiente.
¿Por qué decimos «adecuado a la multitud contemporánea»? Pensamos, en efecto, que con el surgimiento del 15M se han puesto en práctica problematizaciones y líneas de fuga radicales respecto a buena parte de las aporías que acechan a la autoconstitución de una multitud capaz de autogobernarse. Nos referimos a las relaciones entre unidad y diferencia política; al problema de la decisión (¿quién, cómo, cuándo?); a la construcción del consenso entre una multiplicidad cualquiera de singularidades; a las relaciones entre alteridad e identidad, tanto en lo que atañe a la definición del amigo y el enemigo políticos como a las funciones de control que la identidad juega en el proceso; al problema de la fuerza y la legalidad y al problema de la ruptura política de la obediencia constitucional.
Desde la revolución tunecina contra Ben-Ali hasta el más reciente movimiento Occupy en Estados Unidos, la noción de una nueva modalidad de revuelta o de revolución de tipo distribuido, emergente, sin cabeza o jefatura identificables (donde el referente técnico es la arquitectura de red peer to peer), basada en el uso de las redes sociales en Internet y en general de las tecnologías de la información y la comunicación en red, se ha tornado en un tema de actualidad en los grandes medios y en el debate tanto académico como político. Sin embargo, tanto a favor como en contra, tanto desde la supuesta objetividad académica como desde la subjetividad del compromiso político, la discusión y el análisis sobre las llamadas «revoluciones 2.0» solo ha hecho énfasis en uno u otro aspecto de las mismas.
En primer lugar, y desde la simpatía, se ha glosado mucho sobre la acción colectiva emergente, rizomática, horizontal, distribuida, etc. Es decir, se ha escrito sobre la estructura del movimiento y su novedad radical respecto a las estructuras dominantes de la acción colectiva. Por otro lado, y con frecuencia desde las miradas adversarias, se ha escrutado el mensaje, el programa, la alternativa enunciada por tales movimientos, al objeto de descubrir su insuficiencia o su incompatibilidad respecto a las mediaciones políticas sensatas, aceptables o, desde posiciones «revolucionarias», de poner de manifiesto su carencia de un «cuerpo fuerte» y de la «dureza» necesaria para operar un cambio social radical (1).
Menos habituales han sido hasta ahora los enfoques que tratan de comprender estos procesos emergentes con arreglo a una modelización fuerte, capaz de dar cuenta exhaustiva de la fenomenología de tales movimientos desde un punto de vista estructural, genealógico e histórico. Como suele ocurrir, encontramos los esbozos más interesantes de esa comprensión entre analistas hostiles que se apasionan por su objeto. Es el caso, siempre inquietante, de David Ronfeldt, viejo analista y estratega de la contrainsurgencia para la RAND Corporation, que ha comenzado a analizar el movimiento Occupy en Estados Unidos conforme a su esquema de análisis de las relaciones entre formas tribales, instituciones jerárquicas, mercados y redes (TIMN), así como desde el punto de vista de las relaciones prácticas de los movimientos respecto a los factores conjugados espacio-tiempo-acción (STA) (2).
Volviendo al 15M, se trata de describir aquello que, out of the blue, ha prendido, sin que con plena seguridad podamos decir que «sigue ahí», atendiendo a lo que a nuestro modo de ver resulta decisivo, a saber, la «puesta en existencia», el ritornelo (3) constituyente del 15M. Si exploramos la fenomenología del movimiento encontramos la recurrencia de todos los elementos que se vienen enumerando en las descripciones de las «revoluciones 2.0», pero al mismo tiempo no podemos dejar de advertir la resistencia que esa misma fenomenología ejerce contra las distintas modelizaciones y «explicaciones». Cabe sospechar que, entre otros motivos, lo hace porque sigue siendo un proceso abierto, vivo.
Sin embargo, no cabe oponerse a las explicaciones parciales en nombre de una totalidad abierta sin considerar justamente cada uno de los elementos que se han aglomerado en esa totalidad o sistema, así como las características más relevantes de su formación. Al objeto de poner de manifiesto el exceso, la contingencia, el plusvalor de acontecimiento de su puesta en existencia.
Si partimos de la hipótesis de que el 15M es una modalidad événementielle –esto es, surgida de un acontecimiento improbable e impredecible– de sistema-red capaz de autoorganización, consideremos brevemente por separado sus aspectos fundamentales.
Proceso emergente, sin «sujeto», policéntrico, autopoiético
Atendamos brevemente al modo de surgimiento del 15M. Cabe rastrear genealogías de la movilización de red que en el caso español remiten sin duda a los enjambres del 13 de marzo de 2004. Un acontecimiento que ya ha ingresado en la historia paranoica del régimen constitucional español (casi como algo forclos, inconcebible, inimaginable, intolerable), pero que asimismo forma parte de la gramática de la movilización en red en el reino de España.
Pero el 13M fue unaflashmob, una multitud singularísima y evanescente. En cambio, con el 15M estamos ante una dinámica emergente que da origen a un proceso de autoalimentación y autoconstitución y a un movimiento que, por más que desbordante y regulado por umbrales antes que por límites, no ha dejado de ser reconocible, innegable, absolutamente presente. El movimiento del 15M no es un (gran) movimiento más. Es el más importante de los últimos treinta años en el reino de España. Pero además presenta una fisionomía que hace de él un movimiento radicalmente nuevo.
Ni que decir tiene que el desarrollo de las redes sociales ha abonado el terreno para este tipo de movilizaciones. Y, por supuesto, la primavera árabe produjo ese contagio en las «neuronas espejo» de muchas minorías en el reino de España.
Ahora bien, ¿cómo ha «funcionado» el 15M? ¿Cuál ha sido el «método»?
El 15M presenta en su origen las características de un proceso emergente, es decir, la sorpresa, la imprevisibilidad, la novedad y la nueva ordenación de lo preexistente, con el surgimiento de estructuras, comportamientos propiedades y pautas nuevas en un sistema complejo. Con Félix Guattari diremos que responde a una heterogénesis, esto es, se trata de una dislocación de lo posible que hace que una multiplicidad de elementos a priori incomposibles «prenda», de repente, en una nueva composición que encuentra formas de autoordenación. El 15 de mayo hubo manifestaciones en las principales ciudades españolas. Al término de una de ellas, una ínfima minoría de personas decide quedarse a acampar en la Puerta del Sol: ahí tenemos una heterogénesis.
Estructura policéntrica, componentes del movimiento-sistema-red y constitución de una esfera pública post-media
El 15M comenzó como un virus de afecto, cuyo vehículo lingüístico se resume en el lema de aquella jornada: «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». El contagio prende así, de manera simétrica y contraria a como prende el pánico o la euforia en los mercados financieros, y da lugar, cuando nadie lo esperaba, a manifestaciones masivas. Contagio y enjambre.
Así, pues, la red se presenta como la estructura fundamental, y la más profunda y rica de la heterogénesis del 15M. No hablamos solo de Internet y de las redes sociales, sino de la forma red de la cooperación y comunicación social general en la que, por así decirlo, el 15M se pone a funcionar. Y lo hace en conexión con esta forma red fundamental, que responde al patrón de una fully connected network, en la que todos los nodos están en condiciones de conectarse con todos los demás. O, como decíamos más arriba, responde a una arquitectura peer to peer, igualitaria, horizontal y equipolente.
Lo interesante es que esta forma red subsume o se subordina las redes de tipo asimétrico, esto es, las dominadas por centros de enunciación y emisión de consignas (partidos, sindicatos, ONGs, organizaciones de extrema izquierda, media mainstream). Esto ha introducido una ruptura radical en el régimen de producción mediática de la realidad. El sistema-red 15M se ha tornado desde el principio de su existencia en productor de cotas crecientes de realidad, puesto que, cuando es la red el agente fundamental de enunciación –y no el responsable, el portavoz o la organización–, la capacidad de controlar los comportamientos a partir de operaciones de enunciación sobre las acciones previsibles de los sujetos entra en una zona de radical indeterminación y disputa.
Desde este punto de vista, las acampadas se presentan como una espacialización y al mismo tiempo una pretensión de «representación» del 15M. Ponen en escena los cuerpos y sus palabras, y remiten la palabra al cuerpo y a su resistencia. Ficcionan y fabulan una soberanía y una asamblea de los muchos en la calle, en la desnudez potente de la multitud no autorizada. Replican el contagio en la erótica indiscriminada del contacto, de la composición de cualesquiera y de la complicidad anónima.
De las acampadas nacen las asambleas. Y éstas se ponen como estructuras de autogestión de la politización de la vida y de difusión, extensión y concreción del movimiento en el territorio y en sus problemas. Pero también, tendencialmente, como lugares de identidad, neutralizaciones del devenir.
De esta suerte, tenemos una estructura policéntrica sin centro principal, sin cuartel general. La tradición política desconfía radicalmente de la capacidad estratégica de una estructura semejante. Tanto la reaccionaria como la revolucionaria. Su unidad, parece, no puede ser más que efímera. Su capacidad de decisión eficaz resulta prácticamente imposible. Su autoorganización solo podría terminar con el tiempo en una entropía ininteligible. Lástima que una montaña de hechos demuestre lo contrario.
Pero la vocación de este texto tampoco es la de una apología, ni siquiera soterrada.
Ahora bien, ¿cómo es posible que en una estructura semejante la cooperación eficaz sea un hecho, al menos durante periodos sostenidos? No estamos aquí en un terreno ideal, arendtiano o habermasiano, de la deliberación y la acción política en concierto. Tales enfoques solo explican una parte, la más aparente y menos clara del 15M.
En lo que atañe a la capacidad de ataque, el 15M perfecciona las dinámicas del enjambre y de la ciberguerra en manifestaciones y concentraciones inesperadas y no autorizadas; en el bloqueo y los piquetes contra los desahucios o en las ocupaciones de inmuebles y en su defensa. Se sabe que solo inutilizando la infraestructura física de la red cabe evitar los enjambres, es decir, el control eficaz solo es posible bajo la forma de una dictadura de pura antiproducción (no es otra, por lo demás, la axiomática de la «austeridad»). Pues en la red misma, en sus códigos, protocolos y signaléticas reside el mecanismo de activación y modulación del enjambre.
El enjambre no es aquí una metáfora. No en vano se habla de cooperación distribuida de tipo estigmérgicoentre agentes espacial y temporalmente separados4. Y la cooperación estigmérgica remite a las marcas y las señales de todo tipo que permiten que individuos con facultad deliberativa no tengan que deliberar, es decir, dilatar en el tiempo y la incertidumbre su decisión y su activación cooperativa. Sino que pueden comportarse como agentes inteligentes no deliberativos que responden a las señales relevantes, activándose a la par que replicándola. Esta dimensión estigmérgica explica la viabilidad de la contramovilización total de varios meses desde el 15 de mayo. Pero tan importante como la dimensión antagonista que designa el prefijo «contra», lo es su dimensión de automovilización. Ahora bien, ¿qué o quién es aquello que se moviliza a sí mismo?
El 15M como sistema-red autopoiético abierto
Las principales estructuras y situaciones que ha presentado el 15M contienen incontables elementos y singularidades, es decir, no estamos, sin más, ante distintos tipos de comunicación y cooperación entre individuos. Desde el punto de vista espacial, la Puerta del Sol, por ejemplo, no es solo una amplia plaza del Madrid histórico, sino también un lugar que contiene una historia menor, en la frontera de lo oficial, de revuelta e insurrección. La carga de los mamelucos de Goya se sitúa en la Puerta del Sol, y las imágenes de la manifestación de la tarde del 14 de abril de 1931, en la que se celebra la proclamación de la II República española, han servido de ilustración de muchos manuales escolares y documentos didácticos. En otro ámbito, la fuerza mitopoiética de las intervenciones de Anonymousmoviliza universos de valor preñados de afectos transversalistas, cuya capacidad de contagio no encaja en la cuadrícula de análisis de los valores o las creencias del individuo que participa en la acción colectiva (en una protesta a través de Twitter, por ejemplo).
En este sentido, cabe afirmar que la cooperación estigmérgica en red y la aparición de universos de valor (ético, estético) y afecto han proporcionado el suplemento que permitió dar consistencia (y transistencia, esto es, capacidad de contagio, traducción, recombinación, hibridación) a la aglomeración a priori incomposible de elementos, singularidades y estructuras del 15M. Lo que de esta manera se determina es un proceso autopoiético, esto es, una autoproducción de sí de una sistema-red abierto. Lo propio de una autopoiesis, más allá de toda aproximación metafórica, es tanto la capacidad endógena de producción de nuevas estructuras y relaciones, como una reproducción de un conjunto de singularidades en su singularidad o, dicho de otra manera, una capacidad de metamorfosis que no destruye la unidad de su conjunto. Aunque tan solo aceptáramos su existencia durante unas semanas, o acaso unos días, podemos sostener que el 15M es la puesta en existencia de ese proceso autopoiético.
Ahora bien, ¿cómo explicar la fuerza de una autopercepción, el reconocimiento de sí entre singularidades anónimas y a priori individualizadas y separadas por una red de representaciones de pánico e inmunidad, esto es, el escenario dominante de la «crisis» y la «austeridad» en Europa?
Sabemos que ha habido un afecto dominante, la indignación, ese odio, que une a los individuos en una pasión civil. Todas las luchas sociales parten de una figura del odio. La determinación de un cuerpo indignado transindividual produce una mayor potencia, una alegría común, y por lo tanto una esperanza que hace perder el miedo (5). Digamos que tenemos en ello una causa eficiente de la unidad del sistema autopoiético del 15M, pero no una explicación convincente de su espesor e intensidad, ni de su extraordinaria resistencia a la normalización, la banalización y neutralización políticas. En cierto modo, podemos decir que el 15M ha ido contra el sentido común de lo político porque ha redescubierto o reinventado un común político de los sentidos.
A contrapelo del grado cero del significado que el problema de la conciencia tiene en el discurso político (también en lo que atañe a la «conciencia de clase»), el 15M ha renovado el interés y el valor del problema, precisamente en la medida en que ha multiplicado sus dimensiones y, sobre todo, porque las ha desindividualizado radicalmente. Nuestra idea de sistema-red permite anteponer esa conciencia intensiva y transindividual del sistema autopoiético en su proceso de autoproducción a toda asimilación a las nociones pantanosas de la conciencia ideológica o de la conciencia moral.
Para desplazar radicalmente el problema de la conciencia de tales tópicos podemos servirnos, mediante una extrapolación que consideramos no abusiva, de la teoría experimental de la conciencia de Antonio Damasio como el «sentimiento de lo que acontece» por parte de un organismo metaestable (en este caso un organismo colectivo híbrido y compuesto).
De esta suerte, un proceso de puesta en existencia, una aglomeración existencial de elementos heterogéneos accede a una unidad, a la propiedad de un sistema-red abierto en constante experiencia de afectar y ser afectado por su afuera, por el campo social, y en esa medida construye lo que con Damasio podríamos llamar un proto-self(hecho de señales y emociones que remiten a un cuerpo común emergente). Para ello podemos pensar que ha sido preciso que, más allá del nombre genérico, la indignación y sus gamas cromáticas, expresadas en miles de enunciados e imágenes en la red, hayan podido operar como lo que Guattari denomina un afecto problemático, es decir, una tensión afectiva y cognitiva que, por así decirlo, pone en suspenso, tornándolo susceptible de cambio y mutación enriquecedora, el régimen normal de las funciones de trabajo-vida sometidas a la movilización total (6).
Retomando las expresiones de Damasio, a partir de una protosubjetividad transindividual del afecto de indignación tendríamos una «core consciousness» (que corresponde a un «core self») (7), resultado de la emergencia de un mapa neuronal de las afecciones del sistema emergente 15M en sus encuentros e interacciones con otros cuerpos y objetos, un mapa de segundo orden que activa la inteligencia colectiva en una dinámica de apropiación-transformación del campo social (que correspondería, en términos de Damasio, a una «extended consciousness», que permite «considerar la mente del otro; la capacidad de sufrir con dolor en contraposición a sufrir dolor sin más y reaccionar ante el mismo; la capacidad de sentir la posibilidad de la muerte en sí mismo y en el otro; la capacidad de valorar la vida; la capacidad de construir un sentido de lo bueno y de lo malo distintos del placer y el dolor; la capacidad de tomar en consideración los intereses del otro y del colectivo […]») ( 8).
Una ruptura de las rutinas de la esclavitud maquínica
En este sentido decimos que la clave del 15M es una insurrección del cuerpo-máquina contra la destrucción de las condiciones biopolíticas de la democracia que suponen las políticas de austeridad. Cuando se habla de cuerpo-máquina no estamos, de nuevo, ante una aproximación metafórica.
La función trabajo-vida de la cooperación social en red se basa en sistemas de interfaces entre cuerpos y máquinas y en la expresión de las dimensiones maquínicas de lo humano. Christian Marazzi ha explorado hasta qué punto la separación entre capital fijo y capital variable se torna borrosa y aporética en el capitalismo cognitivo, en la precisa medida en que el capital fijo inmaterial memorizado en los cerebros se presenta como medio de producción, como «sedimentación de saberes codificados, conocimientos adquiridos históricamente, experiencias, en definitiva, trabajo pasado» (9). Esta interiorización o incorporación del capital fijo en los cerebros de los individuos, inseparable de su puesta en red a través de sistemas de máquinas, es el presupuesto de la actividad de valorización (de explotación) de la cooperación social o función vida-trabajo, y en esa misma medida (esto es, en la medida en que es medio de producción y, por ende, su reproducción forma parte del proceso global de producción) configura lo que Marazzi (así como, desde otro punto de vista, Robert Boyer) denomina un «modelo antropogenético», esto es, «un modelo de «producción del ser humano a través del ser humano» en el que la posibilidad del crecimiento endógeno y acumulativo viene dada sobre todo por el desarrollo del sector educativo (inversión en capital humano), del sector de la sanidad (evolución demográfica, biotecnologías) y del de la cultura (innovación, comunicación y creatividad)» ( 10). 
Resulta sumamente interesante vincular el problema principal que se plantea Marazzi en el texto que citamos –a saber, ¿quiénes y cómo pagan el coste de la amortización de los cuerpos-máquina en las condiciones de una producción basada en un modelo antropogenético?– con lo que podemos llamar la «génesis maquínica» del 15M. Puesto que, bajo las condiciones impuestas por el axioma de la «austeridad», el coste de la amortización lo pagan, en tiempo y calidad de vida, los propios cuerpos máquina. Y sobre todo quienes viven-trabajan en mayores condiciones de precariedad e invisibilidad social e institucional. La reducción a un mínimo de las partidas del welfare state, la precarización del acceso al cualquier tipo de renta, la desposesión de títulos de acceso a garantías sociales para sectores crecientes de la población, el funcionamiento automático de los mecanismos de expropiación vinculados al endeudamiento, etc., se traducen en un redoblamiento de la violencia sorda de la movilización total de la sociedad red, en un tempo que conduce a un límite de sostenibilidad las formas de vida de los sujetos, llevándolas a un paroxismo.
Consideremos hasta qué punto esto es así en las dimensiones de lo que Guattari denominaba la esclavitud [asservissement] maquínica, es decir, los procesos de captura de las funciones maquínicas humanas (desde el sistema psicomotriz a la expresión codificada de las emociones, pero también el reconocimiento y la respuesta a señales y expresiones codificadas de tipo lógico y semántico, como en la gramática de las redes sociales y en general de las web 2.0) por parte de sistemas de máquinas técnicas y lógicas más desterritorializadas (los interfaces de usuario de los distintos soportes informáticos y telemáticos, el sistema de conducción automovilística, en el ejemplo princeps de Guattari, o el sistema de atención, servicio y vigilancia de un equipo de asistentes de vuelo comercial o el protocolo de recepción y clasificación de un servicio hospitalario de urgencias, pero también el sistema de trabajo humano en una cadena de montaje taylorista). La esclavitud maquínica funciona con arreglo a automatismos de la percepción, la emoción y la cognición que no precisan de una conciencia focal plena salvo en situaciones límite. En esa medida no es un sistema de sometimiento que implique las dimensiones de identidad del sujeto o una interacción simbólica asimétrica, sino que es esclavitud en el sentido cibernético de la expresión, como cuando se habla de un «servomecanismo». Consideremos hasta qué punto la inmersión infocomunicativa de las funciones trabajo-vida en la sociedad red está hecha de tales automatismos prácticamente inconscientes bajo el control modulado de máquinas técnicas e informáticas. Si hay una infraestructura maquínica de la movilización total productiva, la encontramos en estas dimensiones de subordinación inconsciente o preconsciente. Y en esa misma medida, volviendo al 15M, algo ha debido producirse, una ruptura, una suspensión activa en esos automatismos para que tales funciones se hayan puesto al servicio de la emergencia de ese proto sí mismo de un sistema autopoiético, antes y después del 15 de mayo de 2011. En este sentido hablamos de una insurrección del cuerpo máquina, porque, antes de convertirse en un proceso deliberativo, discursivo y de reconocimiento entre sujetos e individuos –que se presentan como otros tantos niveles de consistencia del sistema red 15M–, una bifurcación perversa, una emergencia rítmica, una singularización contagiosa de las funciones de esclavitud maquínica ha tenido lugar, de tal suerte que ha entrado en juego la procesualidad de un inconsciente maquínico, esto es, de aquel que, según Guattari, «sería el de los campos posibilistas, el de las micropolíticas moleculares, así como […] el inconsciente alejado de los equilibrios estratificados». El inconsciente maquínico «está hecho del conjunto de posibles que pueden habitar todas las dimensiones del agenciamiento» (11).
De esta suerte, la clave de bóveda del sistema 15M se sitúa entre los ritornelos que se cifran en lemas como «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros. Democracia real ya» y, sobre todo, desde las plazas, el «No tenemos miedo». Una virtud transversalista en las imágenes y los signos, en el agenciamiento colectivo de enunciación que se construye a partir de actores emergentes como DRY, pero también y sobre todo en el gesto de la acampada de la Puerta del Sol y su resonancia de red, ha llegado al corazón mismo de las rutinas, de los ritornelos reiterativos de la función trabajo-vida vinculada a la esclavitud maquínica. Desviando tales rutinas y poniéndolas al servicio de la construcción de la «contra movilización total» de un sistema red. Generando, por así decirlo, un plusvalor maquínico que se ha traducido en una conversión en máquina de guerra de las modalidades más banales de interacción telemática. Así, por un lado, las imágenes de la Puerta del Sol han funcionado, en su resonancia con la plaza Tahrir, como un ritornelo sensible que ha dado una entidad a priori inverosímil a universos de valor capturados en hashtags como #spanishrevolution, adoptados irónicamente en un principio, pero tornados sobre la marcha en una creencia validada por el proceso mismo del 15M. Este tipos de ritornelos sensibles ha dado la realidad de una puesta en existencia, de un territorio existencial precario al circuito entre el espacio (público) físico y la red, entre los cuerpos en la calle y los cuerpos individualizados conectados a la red, que han podido ser percibidos por cada singularidad del 15M como modos y atributos de una misma sustancia. Por otro lado, el afecto problemático de lo que podríamos llamar una «indignación transversalista» se ha traducido en un «enloquecimiento» de las rutinas (tanto laborales como vitales) de cientos de miles de personas, ha recombinado y redireccionado (estigmérgicamente) los patrones neuronales entre atención, emoción, percepción, cognición y acción, alumbrando un tempo singularísimo del «deseo de la máquina» que antecede a toda deliberación o decisión del individuo. El «no tenemos miedo» ha podido alcanzar el corazón de los cuerpos-máquina.
Estructura paradójica de la decisión y la representación: entre el pueblo y la multitud. Las máscaras y proceso de autoconstitución
Resulta interesante considerar, a la luz de lo expuesto, las dificultades que en las acampadas y las asambleas se han presentado a la hora de tomar decisiones, de funcionar por consenso pero sin unanimidad, de instalar el disenso en su seno sin que éste cristalice en bloques e identidades. Mientras que la función de espacialización, así como de expresión del cuerpo y de ocupación y reapropiación física del territorio urbano por parte de las acampadas, las asambleas y las manifestaciones no autorizadas constituye uno de los puntos fuertes de su consistencia y las valida como uno de los centros del sistema-red 15M, sin embargo es notorio que el añadido o la superposición de las funciones de «ágora» de individuos cualesquiera y, en cierto modo, de «asambleas populares constituyentes» se ha encontrado con dificultades críticas que han lastrado su funcionamiento y su dimensión de «máquina de guerra» social en el territorio metropolitano. No obstante, la constante inmersión del subsistema de ocupaciones y asambleas en el conjunto (indeterminable en número y extensión en un momento dado) del sistema red 15M ha resuelto buena parte de tales atolladeros en las situaciones más críticas y que podían presagiar una parálisis y el comienzo de la descomposición. Entra aquí en juego la idea de una validación de las propuestas y de decisión por «recursividad», en la que la densidad y masividad de las intervenciones sucesivas en la red sobre problemas o alternativas planteadas hace que tales problemas y alternativas se reformulen sucesivamente a partir de oleadas de participación y, en cierto modo, emerjan «opciones atractoras» que, en el medio, activo y dominado por pasiones alegres cooperativas, del sistema red emergente, tienden a encontrar las soluciones más adecuadas para el problema (táctico, organizativo, etc.) planteado. Pero sería un error disociar esta «wisdom of the crowds» de las condiciones excepcionales y frágiles de un sistema red nutrido por la indignación (un odio) y la falta de miedo (una alegría contagiosa). Dicho sea para evitar toda apología de la espontaneidad óptima de los sistemas emergentes, que llevaría a entender el 15M como una más de sus ilustraciones.
Entendemos así mejor el «vamos lento, vamos lejos», que ha servido de respuesta a las exigencias de «resultados» o «soluciones» inmediatas. Se vislumbra en ello la conciencia intermitente de la irrepresentabilidad de una multitud, y por ende la necesidad de las máscaras y el perspectivismo intrínseco de la forma 15M. La condición es que el proceso se desenvuelva en un medio estigmérgico que permita romper los bloqueos que se dan en situaciones y espacios determinados. En este sentido es un sistema de apropiación perspectivista, es decir, que se apropia y constituye lo real a partir de una miríada de actos singulares de enunciación y de reapropiación, enriqueciendo la complejidad y al mismo tiempo tornándola legible y practicable en las dimensiones estigmérgicas de su uso parcial, perspectivista, por parte de unas u otras componentes del sistema-red 15M.
Así, más allá de la «toma del poder», el movimiento del 15M presenta una ambivalencia no resuelta entre reconocimiento, regeneración democrática y éxodo. Porque no cuesta entender que la valencia antagonista del odio (puesto que la indignación es un odio) esté subordinada al proceso del sistema autopoiético, a la puesta en existencia de sí mismo. Odio necesario, pero subordinado a la constitución de las nociones comunes del sistema red. Entendemos así mejor la función de las máscaras, las mil caras y los mil programas del 15M como una modalidad de sabotaje de las funciones de identidad coextensivas a la formalización de un antagonismo molar entre dos sistemas asimétricos, el sistema constitucional y el sistema-red 15M (12). Donde, en las condiciones del espacio político del Estado-nación, la molarización del enfrentamiento con el sistema constitucional solo puede terminar con la descomposición del 15M en los atolladeros acostumbrados de la sacrosanta unidad transcendente o las «patologías» del escisionismo, la representación parlamentaria o el abandono de la desobediencia civil no violenta ante el recrudecimiento de la represión policial y judicial. Los problemas de la desnacionalización del espacio político europeo, el de la inmersión del sistema-red en el diagrama antagónico de explotación y expropiación de las políticas de «austeridad» en cada ciudad y territorio, así como el de la formalización constituyente del proceso mismo de apropiación y transformación de lo real por parte del sistema red en su puesta misma en existencia, (que atañen a la creación de instituciones y a la contraposición de una escritura y de unos actos constituyentes a una norma constitucional que ampara la supresión de las condiciones materiales o biopolíticas de la democracia bajo el imperium del sistema de partidos), son la cifra de la crisis presente del 15M tras el último ápice de intensidad del 15 de octubre de 2011.
Espero que estas consideraciones nos ayuden a comprender el 15M sin hacer uso de interpretaciones que anulan su potencia y esplendor, la banalizan o la reducen a esquemas sociológicos y politológicos acostumbrados. El 15M explica o expresa antes de representar, y los explicadores han de ser explicados.


1. Citamos las palabras del crítico «por la izquierda» más célebre, Slavoj Žižek, en «Shoplifters of the World Unite», London Review of Books, 19 de agosto de 2011, http://www.lrb.co.uk/2011/08/19/slavoj-zizek/shoplifters-of-the-world-unite.
3. Entendemos aquí, con Guattari y Deleuze, el término musical de ritornelo como aquellas funciones no discursivas («expresividad de ritmo») de cualesquiera materias de expresión, encaminadas a la creación (poiesis) de territorios existenciales finitos, siempre en proceso de abandonar o abrirse a otros territorios en un devenir. En esa medida, los ritornelos son la matriz del arte, que trabaja con ritornelos desterritorializados para abrirse a territorios no humanos. Véase Gilles Deleuze y Félix Guattari, «Del ritornelo», Mil mesetas, Pretextos, Valencia, 1988, y Félix Guattari, «Ritournelles et affects existentiels», http://www.revue-chimeres.fr/drupal_chimeres/files/07chi03.pdf
4. «La estigmergia es un mecanismo de coordinación indirecta entre agentes o acciones. El principio es que la huella que una acción deja en el medio ambiente estimula el desempeño de una acción ulterior por parte del mismo agente o de otro diferente. De este modo, las acciones subsiguientes tienden a reforzarse y a construirse apoyándose una en otra, lo que conduce al surgimiento espontáneo de una actividad aparentemente sistemática.
La estigmergia es una forma de autoorganización. Produce estructuras complejas y aparentemente inteligentes sin necesidad de planificación, control o incluso comunicación directa entre los agentes. En cuanto tal, respalda la colaboración eficaz entre agentes sumamente sencillos, que carecen de toda memoria, inteligencia o incluso conciencia individual de los demás». De la definición de «Stigmergy» en: http://en.wikipedia.org/wiki/Stigmergy. Véase también Kevin Carson, «The Stigmergic Revolution», http://c4ss.org/content/8914 y, sobre todo, el blog de Mark Elliott, http://stigmergiccollaboration.blogspot.com/
5. «Indignatio est odium erga aliquem qui alteri malefecit», Spinoza, Ethica, parte 3, definición 20 de los afectos. «La indignación es el odio hacia alguien que ha hecho mal a otro».
6. Véase Félix Guattari, «Ritournelles et affects existentiels», cit., http://www.revue-chimeres.fr/drupal_chimeres/files/07chi03.pdf
7. «La conciencia básica se produce cuando los dispositivos de representación del cerebro generan una versión en imágenes, no verbal, de cómo el estado propio del organismo se ve afectado por el procesamiento de un objeto por parte del organismo, y cuando este proceso resalta la imagen del objeto causal, colocándolo así de forma destacada en un contexto espacial y temporal». Antonio Damasio, The Feeling of What Happens, SanDiego/Nueva York, Harvest, 1999, p. 169.
8. «El encadenamiento de precedencias es sumamente curioso: la señalización neuronal no consciente de un organismo individual engendra el proto sí mismo, que permite el sí mismo básico y la conciencia básica, que a su vez hacen posible un sí mismo autobiográfico, que permite una conciencia extendida. Al final de la cadena, la conciencia extendida permite la conciencia a secas», ibid., p. 209.
9. Christian Marazzi, «L’ammortamento del corpo-macchina», http://multitudes.samizdat.net/L-ammortamento-del-corpo-macchina.
10. Ibid.
11. Félix Guattari, «Les quatre inconscients», seminario del 13 de enero de 1981, http://www.revue-chimeres.fr/drupal_chimeres/files/810113.pdf. Pero también: «Hay un inconsciente maquínico molecular que atañe a sistemas automáticos, sistemas de moldeado, sistemas de imitación, etc., que no introducen ni cadenas semióticas, ni fenómenos de subjetivación de relaciones sujeto/objeto, ni fenómenos de conciencia, donde funciones y órganos entran directamente en interacción con sistemas maquínicos, sistemas semióticos.», Félix Guattari, «Présentation du séminaire», 9 de diciembre de 1980, http://www.revue-chimeres.fr/drupal_chimeres/files/801209.pdf.
12. Véase nuestro artículo «15M, multitud que se sirve de máscaras para ser una», http://uninomade.org/15m-multitud-que-se-sirve-de-mascaras-para-ser-una/

Clasificación y compensación

Por Dami
 

 

Según altísimas fuentes, en el día de ayer, por orden expresa de la Presidenta, el gabinete se reunió con el Servicio Meteorológico Nacional y algo Popular. Tras una extensa jornada, el  vocero oficial del ministerio de desarrollo y acción social, por fin declaró: estamos viendo la posibilidad de asignar una compensación por olvidarnos a la gente en la banquina. Probablemente, lleguemos a un acuerdo con Georgalos y entreguemos dos mil huevos para que todos tengan unas felices pascuas y una mejor voluntad. Las casas no se hacen solas.

Todo dependería, según dicen, de la clasificación de lo sucedido el miércoles de esta semana. Aún se debate si fue o no un tornado. De serlo, además de los huevos, se les entregaría chapas nuevas, palas, martillos y una onza de tierra a los damnificados. En lineamiento con la política oficial, el intendente de La Matanza, dijo: ya tenemos gente trabajando para identificar y ordenar los casos según la urgencia. Los que todavía no se ahogan, si son argentinos, son los que primero se comerán los huevos.
A la pregunta por los muertos, el intendente contestó: es el día de hoy que la Justicia sigue investigando y condenando los delitos de lesa humanidad. La impunidad ya no es la medida de las cosas. Ahora son las cosas la medida de la impunidad. Cuantos más ladrillos. Nunca menos.
Finalmente, de manera extra oficial, allegados al ejecutivo advirtieron que detrás del clima estaría Magnetto, la mafia siciliana, el grupo Boldt, etc. En este sentido, un reconocidísimo filósofo argentino, aportó la metafísica: si ustedes leyeran el Timeo, se darían cuenta de la gravedad del asunto. El demiurgo no descansa. Nosotros somos aristotélicos, y de Boca,terminó sentenciosamente.

Aquí no van a entrar las mineras

por Eliana Costa

Fuente de vida, el cerro Famatina pretende ser volado en mil partes por una minera canadiense para extraer oro, pero los pobladores, para quienes el cerro vale más que el oro, resisten y se organizan.

Hay muchos proyectos de explotación minera en Latinoamérica que son llevados adelante con métodos contaminantes y sin medir las consecuencias de la devastación que sufre la naturaleza. Pero así como hay muchas mineras, hay mucha resistencia y organizaciones conscientes que defienden la vida, el agua y la tierra.

Un ejemplo son los habitantes de Famatina, en La Rioja, Argentina. Ahí los pobladores, en su gran mayoría agricultores, defienden su principal fuente de agua, que es el cerro nevado de Famatina, donde surge el agua para toda la población y para poblaciones vecinas. Fuente de vida, el Famatina pretende ser volado en mil partes por un proyecto minero proveniente de Canadá para extraerle el oro. Para tal efecto, la minera pretende utilizar métodos como la separación del mineral por medio de cianuro mezclado con miles de litros de agua potable – la misma que los pobladores necesitan para vivir y para trabajar la tierra, que es su principal actividad económica-.
En este método, el agua es mezclada con el cianuro y se deposita luego en grandes piletas llamadas “dique de cola”, donde se espera su evaporación, un proceso al que llaman la “biodegradación del cianuro” y que por supuesto no es tal. En muchos casos estos diques han producido filtraciones y el cianuro terminó en ríos y fuentes acuíferas aledañas, produciendo el envenenamiento de peces y fauna marina. Hablamos de cianuro, uno de los venenos más potentes, mezclado con el agua.
Paradójicamente, en mayo de 2010 el parlamento europeo aprobó una resolución (RC-B7-0238/2010) donde prohibía -en los países miembros de la Unión Europea- la minería a base de cianuro.
El pueblo de Famatina logró detener el comienzo de las obras, pero actualmente la discusión sigue. Sin embargo, los agricultores aseguran que no dejarán avanzar el proyecto. “Todos apoyamos a Famatina, sabemos cuando la causa es justa y queremos la tierra y el agua. Somos muchos los que decimos no al cianuro, no a la mini, mega ni macro minería”.
Los habitantes de Famatina cuestionaron a los representantes del gobierno, quienes pretendían convencerlos de los “beneficios” que tendría aceptar la explotación minera del cerro.
“No pueden decirnos, si muere uno solo de nosotros, que se han equivocado. ¿Por qué en Canadá, de donde es la empresa que quiere llevar adelante la explotación, está prohibida la explotación minera a cielo abierto y acá no? ¿Por qué a nosotros?
“Estamos en una zona telúrica, ¿cómo van a sostener el almacenamiento sin peligro de pérdida de cianuro? ¿Sabía usted que la empresa dinamitó el camino del Inca que estaba a la derecha? ¿Por qué habla de preservar las reliquias arqueológicas cuando aquí se dinamitó todo?
“Nosotros no podemos reclamar nuestros derechos. Vienen y se llevan todo y ustedes siguen en la misma. ¿Hasta cuándo? Aquí hay un pueblo de pie. Mi familia hace más de cien años que vive acá y nosotros tenemos derecho sobre nuestra tierra. No somos tontos, la gente tiene conocimientos. Van a usar el agua y cianuro y nos van a dejar la desertificación. En Famatina y Chilecito no van a entrar las mineras”.

Tem Esculacho Popular No Brasil

(Hay Escrache Popular en el Brasil)

por Salvador para Lobo Suelto!


Los responsables de la dictadura pasean por la playa de Copacabana en Río de Janeiro o ven televisión en su living de São Paulo. Una ley de amnistía impide investigar. La elección de Dilma, que fue presa y torturada durante la dictadura, está movilizando el tema. Pero no por acciones desde el gobierno. Como con el fin de la esclavitud, de la monarquía y de la dictadura, siempre se dice que el Brasil tiene transiciones lentas. Dría impunes, más bien. Aún hoy es monstruoso el peso político del PMDB, partido cómplice de la dictadura (como oposición “legalizada” en el congreso). El partido de Sarney (desde el 80 presidente del Senado) es principal aliado en el congreso del Partido de los Trabajadores, con varios ministerios, cargos en empresas públicas y la vicepresidencia. Hace unos meses se dio lugar a una Comisión de la Verdad, pero sus miembros no fueron nombrados por el recurso de un partido de derecha que solicitó “miembros neutrales”.


El movimiento viene más bien desde las calles. El 1 de abril, aniversario del golpe de 1964, por primera vez hubo escrache en el acto de conmemoración que todos los años se hace en el círculo militar de Río de Janeiro. Hubo pintura roja y proyección de imágenes en la fachada. La división especial de la policía –estrella en películas y orgullo de los cariocas en la “pacificación” de favelas para las olimpiadas y el mundial– reprimió. En São Paulo hubo ya al menos tres escraches, el último contra un médico legista que firmaba informes de falsos suicidios para esconder asesinatos.

Acá algunos videos y noticias sobre los primeros esculachos o escrachos del Brasil:





y traducimos abajo una columna de Vladimir Safatle, filósofo de la USP publicada en el diario Folha de São Paulo. En Brasil también, si no hay justicia…


Honrar el país (publicado el 10 de abril de 2012)




Esos que hoy desafían la mudez del olvido y dicen, en voz alta, donde viven los que entraron por los recovecos de la dictadura brasilera para torturar, violar, asesinar, secuestrar y esconder cadáveres honran al país.



Cuando la dictadura extorsionó una amnistía votada en un Congreso sumiso y preñado de senadores “biónicos” [elegidos a dedo por el poder ejecutivo], rápidamente afirmaría que se trataba del resultado de un “amplio debate nacional”. Intentaba, con esto, esconder que el resultado de la votación de la Ley de Amnistía había sido sólo 206 votos a favor (todos del partido ARENA) y 201 contrarios (del MDB). O sea, los números demostraban una peculiar concepción de “debate” en el cual el vencedor no negocia, y simplemente impone.
Después de este señuelo, los torturadores creyeron poder dormir en paz, sin el riesgo de despertarse con los gritos indignados de la execración pública y la vergüenza. Ellos crearon un “vocabulario de la desmovilización”, que siempre era pronunciado cuando exigencias de justicia se volvían a hacer oír.


“Revanchismo”, “lucha contra la amenaza comunista”, “guerra contra terroristas” fueron palabras repetidas por 30 años con la esperanza de que la generación post-dictadura matara una vez más a los que murieron luchando contra el totalitarismo. Matara con las manos pesadas del olvido.


Pero he aquí que estos que nacieron después del fin de la dictadura ahora van a las calles para dar nombre a los que intentaron esconder sus crímenes en la sombra tranquila del anonimato.


Al rechazar el pacto de silencio y decir donde viven y trabajan los antiguos agentes de la dictadura, ellos dejaron un mensaje claro. Se trata de decir que tales individuos pueden hasta llegar a escapar del Poder Judicial, lo que no es muy difícil en un país que mostró, la semana pasada, como hasta quien abusa sexualmente de niños de 12 años no es castigado. Sin embargo, ellos no escaparán del desprecio público.


Esos jóvenes que apuntan el dedo para los agentes de la dictadura, diciendo sus nombres en las calles, honran el país por mostrar de donde viene la verdadera justicia. Ella no viene de un Ejecutivo tibio, de un Judicial cínico y de un Legislativo con olor a mercado persa. Ella viene de los que dicen que nada nos hará perdonar a esos que ni siquiera tuvieron la dignidad de pedir perdón.


Si el futuro que nos venden es este en que torturadores andan tranquilamente por las calles y generales escupen impunemente en la historia al llamar sus crímenes de “revolución”, entonces tengamos el coraje de decir que este futuro no es para nosotros.
Este país no es nuestro país, sino apenas una monstruosidad que pronto recibirá el desprecio del resto del mundo. En este momento, quien honra al verdadero Brasil es esta minoría que dice no al olvido. Esta minoría numérica es nuestra mayoría moral.

Ver texto original: http://www.vermelho.org.br/noticia.php?id_noticia=180304&id_secao=1

Clinämen: Fiesta y Resistencia, una política redonda

Conversamos con Ignacio Gago  y Agustín Valle, de Perros sin folleto, sobre la relación entre la cultura ricotera y las experiencias políticas del último tiempo. Los redondos como preparación para el 2001, Estallido redondo.


http://ciudadclinamen.blogspot.com.ar/

La izquierda marrón

por Eduardo Gudynas

Está quedando en claro que para los gobiernos progresistas o de la nueva izquierda, las cuestiones ambientales se han convertido en un flanco de serias contradicciones.  El decidido apoyo al extractivismo para alimentar el crecimiento económico, está agravando los impactos ambientales, desencadena serias protestas sociales, y perpetúa la subordinación de ser proveedores de materias primas para la globalización.  Se rompe el diálogo con el movimiento verde, y se cae en una izquierda cada vez menos roja porque se vuelve marrón.
Una rápida mirada a los países bajo gobiernos progresistas muestra que en todos ellos hay conflictos ambientales en curso.  Es impactante que esto no sea una excepción, sino que se ha convertido en una regla en toda América del Sur.  Por ejemplo, en estos momentos hay protestas frente al extractivismo minero o petrolero, no solo desde Argentina a Venezuela, sino que incluso en Guyana, Suriname y Paraguay.
En Argentina se registran conflictos ciudadanos frente a la minería en por lo menos 12 provincias; en Ecuador, la protesta local ante la minería sigue creciendo; y en Bolivia, poco tiempo atrás finalizó una marcha indígena en defensa de un parque nacional y ya se anuncia una nueva movilización.  En estos mismos países, los gobiernos progresistas alientan el extractivismo, sea amparando a las empresas que lo hacen (estatales, mixtas o privadas), ofreciendo facilidades de inversión o reduciendo las exigencias ambientales.  Los impactos sociales, económicos y ambientales son minimizados.  Los gobiernos en unos casos enfrentan la protesta social, en otros la critican ácidamente, y en un giro más reciente la criminalizan, y han llegado a reprimirlas.
La contradicción entre un desarrollo extractivista y el bienestar social acaba de alcanzar un clímax en Perú.  Allí, el gobierno de Ollanta Humala decidió apoyar al gran proyecto minero de Conga, en Cajamarca, a pesar de la generalizada resistencia local y la evidencia de sus impactos.  Esto generó una crisis en el seno del gabinete, la salida de muchos militantes de izquierda del gobierno, y una fractura en su base política de apoyo.  El gobierno se alejó de la izquierda al decidir asegurar las inversiones y el extractivismo.
Posiblemente el caso más dramático está ocurriendo en Uruguay, donde en unos pocos meses, el gobierno de José Mujica está decididamente volcado a cambiar la estructura productiva del país, para volverlo en minero.  Se propicia la megaminería de hierro, a pesar de la protesta ciudadana, sus impactos ambientales y sus dudosas ventajas económicas.  Paralelamente, se acaba de aprobar un controvertido puente en una zona ecológica destacada, cediendo a los pedidos de inversiones inmobiliarios, y por si fuera poco, ahora amenaza con desmembrar el Ministerio del Ambiente.  El gobierno Mujica no está rompiendo promesas de compromiso ambiental, ya que la coalición de izquierda es un caso atípico donde en su programa de gobierno carece de una sección en esos temas, sino que deja en claro que está dispuesto a sacrificar la Naturaleza para asegurar las inversiones extranjeras.
Estos son sólo algunos ejemplos de las actuales contradicciones de los gobiernos progresistas.  Estas resultan de estrategias de desarrollo de intensa apropiación de recursos naturales, donde se apuesta a los altos precios de las materias primas en los mercados globales.  Su macroeconomía está enfocada en el crecimiento económico, atracción de inversiones y promoción de exportaciones.  Se busca que el Estado capte parte de esa riqueza, para mantenerse a sí mismo, y financiar programas de lucha contra la pobreza.
Bajo ese estilo de desarrollo, la izquierda gobernante no sabe muy bien qué hacer con los temas ambientales.  En algunos discursos presidenciales se intercalan referencias ecológicas, aparece en capítulos de ciertos planes de desarrollo, y hasta hay invocaciones a la Pacha Mama.  Pero si somos sinceros, deberá reconocerse que en general las exigencias ambientales son percibidas como trabas a ese crecimiento económico, y que por ellos se las considera un freno para la reproducción del aparato estatal y la asistencia económica a los más necesitados.  El progresismo se siente más cómodo con medidas como las campañas para abandonar el plástico o recambiar los focos de luz, pero se resiste a los controles ambientales sobre inversores o exportadores.
Se llega a una gestión ambiental estatal debilitada porque no puede hincarle el diente a los temas más urticantes.  Es que muchos compañeros de la vieja izquierda que ahora están en el gobierno, en el fondo siguen soñando con las clásicas ideas del desarrollismo material, y están convencidos que se deben exprimir al máximo las riquezas ecológicas del continente.  Los más veteranos, y en especial los caudillos, sienten que el ambientalismo es un lujo que sólo se pueden dar los más ricos, y por eso no es aplicable en América Latina hasta tanto no se supere la pobreza.  Tal vez algunos de esos líderes, como Lula o Mujica, llegaron muy tarde a ocupar el gobierno, ya que esa perspectiva es insostenible en pleno siglo XXI.
¿Estas contradicciones significan que estos gobiernos se volvieron neoliberales?  Por cierto que no, y es equivocado caer en reduccionismos que llevan a calificarlos de esa manera.  Siguen siendo gobiernos de izquierda, ya que buscan recuperar el papel del Estado, expresan un compromiso popular que esperan atender con políticas públicas y generar cierto tipo de justicia social.  Pero el problema es que han aceptado un tipo de capitalismo de fuertes impactos ecológicos y sociales, donde sólo son posibles algunos avances parciales.  Más allá de las intenciones, la insistencia en reducir la justicia social  a pagar bonos asistencialistas mensuales los ha sumido todavía más en la dependencia de exportar materias primas.  Es el sueño de un capitalismo benévolo.
Parecería que el progresismo gobernante sólo puede ser extractivista, y que éste es el medio privilegiado para sostener al propio Estado y enfrentar la crisis financiera internacional.  Se está perdiendo la capacidad para nuevas transformaciones, y la obsesión en retener los gobiernos los hace temerosos y esquivos ante la crítica.  Esta es una izquierda al fin, pero de nuevo tipo, menos roja y mucho más progresista, en el sentido de estar obsesionada con el progreso económico.
Este tipo de contradicciones explican el distanciamiento creciente con ambientalistas y otros movimientos sociales, pero también alimentan la generalización de una desilusión con la incapacidad del progresismo gobernante en poder ir más allá de ese capitalismo benévolo.  Muchos recuerdan que en un pasado no muy distante, cuando varios de estos actores estaban en la oposición, reclamaban por la protección de la Naturaleza, monitoreaba el desempeño de los controles ambientales, y apostaban a superar la dependencia en exportar materias primas.  Esas viejas alianzas rojo – verde, entre la izquierda y el ambientalismo, se han perdido en prácticamente todos los países.

Llegados a este punto, es oportuno recodar que, desde la mirada ambiental, se distingue entre los temas “verdes”, enfocados en áreas naturales o la protección de la biodiversidad, y la llamada agenda “marrón”, que debe lidiar con los residuos sólidos, los efluentes industriales o las emisiones de gases.  La mirada verde apunta a la Naturaleza, mientras que la marrón debe enfrentar los impactos del desarrollismo convencional.
Bajo este contexto, el progresismo gobernante en América del Sur se está alejando de la izquierda roja y al obsesionarse cada vez más con el progreso, se vuelve una “izquierda marrón”.  La “izquierda marrón” es la que defiende el extractivismo o celebra los monocultivos.  Frente a esa deriva, la tarea inmediata no está en la renuncia, sino en proseguir las transformaciones para que la izquierda sea tanto roja como verde. 

La saga del Ángel


1
tu juramento toca el techo del cielo
y rebota hasta el fondo del infierno
despierta néstor
que duerme encadenado a ese gordo maldito
el gordo que es su castigo
el ojo se le enciende ante tu reclamo
le parecen siglos los espacios entre las palabras
saltan los grilletes
cuando néstor se yergue
enorme
sobre la sombra del gordo
ahora es ángel vengador
demanda sangre
atraviesa los círculos del infierno
y se eleva sobre la tierra seca del sur argentino
su mirada se dirige al noreste
a las luces lejanas de buenos aires
rompe el sonido del viento cuando se aleja
2
los dedos rojos del atardecer
llevan algo más que sombra
la noche se derrite en el conurbano bonaerense
sobre la costa de dock sud se alzan fuegos fatuos
los creyentes se encierran en sus casas
todos en la misma pieza
y le rezan a evita
patrona de los milagros pequeños y de los grandes sacrificios
la oscuridad entra a la ciudad
y primero toma la boca
después san telmo y parque patricios
miles de camioneros levantan la testa y olisquean el cielo
huele a calor
y azufre
crece por las callecitas del centro
por la avenida corrientes
alcanza palermo
pero los chicos indie están tranquilos
tienen su remera de san perón
patrón de todo lo que se mueve
sopla un viento solano
y si te agarra bizco
te quedás así
empieza la venganza del ángel
3
el indio solari acerca el ojo al lector de retina
se abre la puerta con un chasquido
súper mágico
más allá se extienden los jardines
con árboles que el mismo indio eligió de un catálogo
los jardines de solari
el indio busca con la vista al personal de seguridad
ocupan los puestos de siempre
lo saludan con un movimiento de cabeza
unas azaleas
que el mismo indio hizo plantar al pie de la escalera
destacan sobre el resto de las flores
son sólo seis los escalones
pero mientras baja
la presión se le descontrola
en el último escalón se agarra fuerte de la baranda
clava los ojos en las azaleas
y respira hondo
cuando se siente mejor
y levanta la vista
los guardias ya no están
o no los ve
asume la posición de alerta
tantos años de artes marciales y pala
y más que alerta es una estatua el indio
en su jardín primitivo
lleno de flores
de árboles
los perros tampoco aparecen
y ya el indio
o la estatua que fue el indio
empieza a sentir en el cuerpo la presencia
al principio claro no comprende
después cae en la cuenta de que es él en su cuerpo
durante un segundo
que para el indio son horas
no pasa nada
entonces ve la sombra que carga en la espalda el ángel
ángel de alas negras
estallan los ojos del indio
los vasos del cerebro
cuando cae al piso
néstor ya se aleja
y las azaleas
como si fueran girasoles
quieren seguir el rastro del fantasma
que se pierde entre los árboles
4
recorre el país de sur a norte
está en varios lugares al mismo tiempo
exactamente a las 2 de la tarde
mueren todos los chicos de famatina
para las 5 la protesta deriva en misticismo
las madres doloridas matan a sus perros y a sus maridos
el orden no importa
después se matan como pueden
no tienen muchos recursos
se cortan las venas
toman veneno para vinchucas
improvisan
los mineros
y el sindicato de mineros entero
espera la reacción de su más grande referente
bigote domínguez
pero se quedan esperando
de brazos cruzados
todos al borde del piletón de cianuro
viendo con los ojos el veneno
y con el corazón el oro en el fondo
se quedan esperando
porque bigote está muerto
en su casa
dos menores que jamás de los jamases serán de la cámpora
lo mataron y se llevaron la tele
un plasma de cuarta
propiedad de algún ministerio
el aire se enrarece al borde del piletón
son los hombres más duros del país
por primera vez se miran a los ojos
ven en otros lo que son
se desnudan y tiran los trapos
se abrazan
lloran
saltan al cianuro y se disuelven
sin un grito
y se mezclan con el oro del fondo
barone agita la copa
balbucea algo sobre la télam guerrillera de los 90
pero nadie en la mesa lo escucha
tiene amigos de hierro orlando
pero si les preguntaran de que está hablando
no sabrían que decir
habla para escucharse resbalar
el labio se le llena de saliva
chorrea un poco en los silencios
agita la copa
se toca el puente de la nariz
en una pausa larga que algunos aprovechan para salir corriendo al baño
barone escancia el gañote el tinto
y empieza a sentir la presencia de néstor
se le nublan los ojos porque cree que es su fidelidad
su peronismo ferviente
que le juega chistes
pero el ángel toma posesión del cuerpo
y orlando empieza a hablar en lenguas
se le acumula saliva en la comisura
sesea y abre mucho un ojo
los amigos lo miran sin verlo
como están acostumbrados
asienten sin escucharlo
y hasta aplauden algún remate
entonces el cuerpo de barone se pone rígido
y todos en la mesa lo miran con asombro
una arcada profunda
y orlando vomita hacia sus compañeros
un líquido pestilente y oscuro
que arrastra los restos de los órganos licuados
orlando se vacía sobre los rostros deformados de sus amigos
la cantina completa se paraliza en una mueca
chorrea la última baba
y en el último eructo antes de caer desinflado
sale el ángel
algunos lo ven con el costado del ojo
pero cuando lo buscan
ya no está
6
alberto fernández tiene en el sótano de su casa
un equipo de radio de las segunda guerra
ahí nos damos cuenta de que es un doble agente
recorre los pasillos y las escaleras de su misteriosa morada
mesándose los bigotes
viste una bata morada
con bordes y orlas de oro
en el centro de un cuarto casi vacío
cuelga una foto de néstor
de su época nito mestre
lo único en la pieza
además de la foto
es una silla
a veces alberto se sienta ahí
y charla con el cuadro
no es raro oírlo levantar la voz
y a veces tiembla la noche
del mundo medieval en el que habita
esta vez es diferente
se queda solo un segundo delante del cuadro
y se va sin decirle nada
todavía hay algunos que creen en las premoniciones
pero no
nada de nada
alberto llega a la puerta de su cuarto
apoya el pulgar en el lector
clic-
en la recámara presidencial
(como le gusta decirle medio en chiste a sus amigos)
una luz tenue y amarilla se derrama sobre los delicados objetos
que llenan la estancia
una estatua de evita sin brazos
una serie de sillones
almohadones con estampas del kamasutra
todo ordenado con un gusto impecable
como el bigote
que se lo mesa
alberto se sienta en al borde de la cama
piensa como todas las noches
en tomar la decisión final
y abre el cajón
y el brillo negro le rebota en la cara
un viento súbito salido de la nada abre la ventana del cuarto
y unas hojas secas llegan a los pies de la cama
aún así no se da cuenta de nada
se pone de pie bastante molesto
cuál de las sirvientas habrá dejado la ventana abierta
no llega a dar cinco pasos
que el corazón le da un vuelco
se la traba la respiración
y como justo estaba tragando
se le llena la garganta de saliva y se ahoga un poco
convulsiona parado
y es rarísimo
el pelo perfecto de alberto
gris como el aluminio de silver surfer
creando figuras en el aire
al final cae
casi sin un ruido
dice algo
sin embargo
antes de vomitar una espesura
y dejar la firma del ángel
dice
yo no sabía

Clinâmen: Relato político y contrarelato


Tres momentos para pensar el relato político: el 24 de marzo, la guerra de Malvinas y la expropiación de YPF.
Conversamos con el historiador Bruno Napoli.

Ya parece florecer: qué significa YPF para nosotros

Por Darío Capelli y Florencia Gómez

La expropiación de la mayor parte de YPF por parte del Estado nacional -aunque todavía deba darse el debate parlamentario, entendemos que la ley consagratoria será sancionada-  es el corolario de un largo proceso histórico que empezó a construirse socialmente hace 16 años. El primer corte de ruta en la historia argentina reciente fue en el año 96 y los primeros piqueteros –heroicos en la resistencia al neoliberalismo- fueron, precisamente, las familias petroleras cesanteadas por la empresa en su etapa de recién privatizada. Las asambleas populares en las rutas de Cutral-có y Plaza Huincul en Neuquén y las movilizaciones en las localidades salteñas que más padecieron el desguace de YPF marcaron el inicio de una dura resistencia a las políticas que, ya en democracia, vinieron –como ha dicho recientemente Axel Kiciloff en su exposición frente al Senado- a consumar la entrega del patrimonio público (condición sine qua non del modo de acumulación noventista) que había iniciado la dictadura. Es que, en efecto, arrasando con toda posibilidad de resistencia a la liquidación del aparato productivo y concentrando –para eso- su carga represiva sobre los sectores obreros organizados, el estado que comandaron las fuerzas armadas estaba entonces preparando el terreno. Nos referimos no solamente a las consecuencias económicas sino, sobre todo, a las culturales; pues la dictadura, de ese modo, se propuso y casi logró cortar la historia en dos: lo que hubo antes no contaría, sólo valdría lo que viniese después. Quizás, ése haya sido su efecto más duradero. La condición histórica inaugurada por el terrorismo de estado, que hipostasiaba la ahistoricidad del presente, hizo de fondo sobre el cual se articuló el consumismo como dominante cultural en la transición democrática post-dictadura y que fue base de legitimación del modelo de crecimiento sin producción que encarnaba el menemismo. A mediados de los noventa, para una enorme cantidad de argentinos parecía no quedar otra más que volver a jugar sus fichas por Menem en las elecciones presidenciales. Pero no duró mucho esa falsa esperanza: como se dijo, en el 96 se produce el primer corte de ruta por parte de los trabajadores petroleros desempleados, quienes, ahora como piqueteros, empezaban a reconducir la historia a su cauce. Sabiéndolo o sin saberlo estaban iniciando la tarea de atar los cabos sueltos entre pasado y presente para continuarlo -al presente- renovado: su futuro, el de ellos, es este presente, el nuestro, en el que la mayor parte de la mayor empresa del país vuelve a ser de todos los argentinos. Hoy queda demostrado que el rol histórico de ese protagonismo inesperado de los petroleros sin trabajo ha trascendido las implicancias coyunturales. 

Un acontecimiento, incluso –o, justamente- por tratarse de una crispación del tiempo; un acontecimiento, decíamos, no está exento de la regla de oro de todo aquello que se precie de estar con vida: persistir, pasar del flujo a la consistencia. En la medida de expropiación resuelta por el Gobierno no vemos, así, que haya mera decisión política: hay historia condensada, de resistencias, de gritos, de masas y balas, de hombres  y nombres que ya son parte de la memoria popular. Nombres como el de Mosconi, que remite al ingeniero militar precursor de la nacionalización del petróleo y primer director de YPF, sí, pero que también remite (nótese cómo la historia está llena de ironías y retruécanos) al pueblo salteño en el que, como en los pueblos de Neuquén, surgían organizaciones de desocupados nutridas principalmente de trabajadores petroleros que habían quedado sin empleo a raíz del cambio de manos, de estatal a privadas, en el control de YPF. Desde esa localidad salteña, desde General Mosconi y desde sus piquetes, nos viene otro nombre, el de  Aníbal Verón, muerto en el año 2000 por la represión de la gendarmería a una manifestación piquetera y que posteriormente fue nombre –el de Aníbal Verón- de una coordinadora de trabajadores desocupados del conurbano sur de la provincia de Buenos Aires. De la Verón, como se la conocía a la coordinadora, eran militantes Kosteki y Santillán, también muertos por la represión en 2002, en un caso que implicaba al propio presidente Duhalde y que evidenció el precio que éste estaba dispuesto a hacer pagar al pueblo argentino a cambio de un poco de desahogo económico. Se conoce el final: la respuesta popular, contundente y democrática, a  la represión forzó la renuncia de Duhalde y el adelantamiento de las elecciones del 2003. Tímidamente, iba apareciendo Néstor Kirchner. Y junto a él, Cristina Fernández, la Presidenta que acaba de poner su firma al pie de un decreto de intervención de YPF y de la ley de expropiación elevada al Congreso. Su rúbrica sella mucho más que un proyecto que será discutido en los próximos días. Su firma es la propia marca de la época. Pero lo inverso también es cierto: su estilo y sus iniciativas, los de la Presidenta, llevan la marca de una época que se caracteriza por cerrar un ciclo, reparando muchos de los daños sociales que ese ciclo generó, y por alumbrar otro ciclo en el que los desplazados de la historia, sin deberle nada a nadie más que a ellos mismos, se redimen y reencuentran con un país que los había olvidado, como había olvidado su historia y dejado de imaginar su futuro.

Hasta aquí, no hemos hecho referencia explícita al siempre nebuloso concepto de generación. No vamos a hacerlo ahora aunque en nuestra próxima digresión sobrevuela la idea: quienes a mediados de los noventa nos iniciábamos en la aventura del pensamiento y empezábamos a transitar textos de la teoría social y de la filosofía política, fuimos sorprendidos por un acontecimiento, el de los cortes de ruta en Neuquén y Salta, que no era explicable ni por el inmanentismo sociológico que proclamaba la autopoiesis de los sistemas sociales y la tendencia a la homeostasis de los procesos históricos, ni por contractualismo alguno. Como sujetos políticos, también nosotros, no nos era del todo aceptable que aquello se tratara apenas de una manifestación de excluidos que reclamaban su derecho a ser parte de la sociedad y poco nos convencía que el costo de la inclusión fuera la suscripción a un nuevo pacto basado en una renovación de fe hacia las reglas de juego, de las que, eso sí, debía exigirse –en todo caso- mayor transparencia. 
Los piquetes le habían devuelto materia a la política o, según se vea, más que devolverle, se la daban por primera vez desde el 76: mujeres y hombres, tan argentinos como negados, empujaban sus cuerpos a la ruta e interrumpían, de ese modo, tanto el flujo “natural” de mercancías como el flujo “natural” de los sentidos. Esos hombres y esas mujeres (aun esos niños) que sorpresivamente aparecían en escena no parecían estar reclamando ser parte de algún re-ordenamiento del mismo sistema social ni daban indicio de pretender una renovación del estado, pues lo que se intuía más bien cierto era que cualquier renovación funcionaría como subterfugio para que el estado siguiera siendo el mismo. No era prolijidad de gestión lo que exigían. De hecho, no era fácil entender lo que exigían. Su sola presencia evidenciaba más lo que ya no querían que lo que pretendían. Lo que no iba más era un proyecto económico, social, cultural, político e histórico, aun en su consagración casi religiosa de lo ahistórico; y no iba más tampoco el estado que lo impulsaba. En ese contexto, estas formas de intervención política eran mucho más de resistencia que de proposición. Y, con más precisión, de resistencia anti-estatal. El punto clímax del período que se abría con los piquetes fue, como es sabido, el 20 de diciembre de 2001. De allí en adelante, las caracterizaciones y los balances difieren según sea el periódico partidario que se lea: reflujo, cierre, cooptación, impasse, estabilización, reconstitución de las instituciones, etc., etc., etc. En cualquier caso, no puede ponerse en duda que desde entonces el neoliberalismo se precipitó en picada a su agotamiento. Y lo que ayer fue resistencia al estado, hoy se expresa en la participación popular y en la democratización de lo que nos había sido quitado vía ajustes y represión.
La expropiación de la mayoría accionaria que estaba en manos de la multinacional Repsol y que hasta hoy controlaba YPF es un acto de justicia histórica. Justicia, en principio, con la serie de hechos vinculados al petróleo argentino desde sus orígenes y justicia, también, con los textos, discursos y hombres relacionados al pensamiento energético. Esa serie va desde Jorge Newbery hasta Pino Solanas e incluye los nombres de Yrigoyen, Mosconi, Perón, Scalabrini Ortiz y Frondizi. Pero hay otra serie, más reciente y menos altisonante, hecha de movilizaciones que por masivas y populares no dejan de aportar su dramatismo a la historia y sus propias figuras: Aníbal Verón, Teresa Rodríguez (empleada doméstica cutralquense que de no haber sido víctima de la represión policial hoy podría jubilarse gracias al reconocimiento legal de su actividad en el sistema público de reparto), todos los protagonistas de las jornadas decembristas del 2001, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Los piqueteros, los asambleístas que ocuparon plazas y esquinas de muchas ciudades para debatir la Argentina hace 10 años, los estudiantes que resistieron el empobrecimiento espiritual de la reforma educativa, los trabajadores que no entregaron la capacidad instalada de sus fábricas a pesar de la rabona patronal; en suma, todos esos sectores dinámicos de nuestro pueblo tienen hoy no una deuda de gratitud sino un motivo para celebrar. 
A los que nunca abandonaron el pensamiento energético les queda la satisfacción de que la historia reconoce hoy parte de su terquedad. A nosotros, los que a partir de los cortes de ruta empezamos a creer que la política era mucho más que una sucesión de agachadas frente a los poderes de hecho (el poder militar, el poder del capital, el poder de un estado privatizador), nos habita por estas horas una dicha íntima: la historia nos hace también un guiño. 
Cortar rutas fue abrir caminos: así lo expresaba una de las consignas piqueteras. El camino desde entonces fue el de un trabajoso aprendizaje democrático. Y exigente: pues se sostenía, y todavía se sostiene, con la activa participación popular. Esta vez, hay un gobierno que acompaña poniéndose a la cabeza. Una nueva Argentina, la de siempre pero más libre, ya parece florecer.

Desbordamientos culturales en torno al 15-M

por Luis Moreno-Caballud
El 15 de mayo de 2011, en medio de un clima de dureza e incertidumbre provocadas por la creciente situación de crisis económica, y desafiando al coro de apocalípticas llamadas a la austeridad que instaban a quedarse en casa aguantando el temporal, aparece en las calles de Madrid una pancarta insólita: “¡Democracia real ya! No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”. La propia existencia de esa pancarta, y del gentío que la acompaña, produce un segundo enunciado implícito, no tan evidente, que se añade al abiertamente planteado contra los políticos y los banqueros: “tampoco somos consumidores pasivos de la interpretación oficial de la realidad”. En este otro ámbito, que no es exactamente el de la economía ni el de la política institucional (aunque intersecta con ambas), se va a librar una batalla menos inmediata, pero quizás más profundamente transformadora e irreversible: es la guerra de las versiones, de los símbolos, de las creencias y de las narrativas que dan sentido a nuestras vidas. En ella, no sólo importa lo que se dice, sino quién lo dice, o más bien, quién tiene derecho a decir, quién tiene acceso a los foros en los que se producen y se debaten las ideas y los lenguajes sociales que nutren el sentido de nuestra existencia colectiva.
En ese ámbito, el movimiento 15-M puede ser entendido como un fuerte impulso a las tendencias democratizadoras de la producción del sentido que la aparición de nuevas formas de comunicación y relación social ha propiciado en las últimas décadas, amenazando a las élites que pretenden detentar el monopolio de la construcción simbólica de la realidad. En este artículo intentaremos desentrañar algunas de esas dinámicas de proliferación de prácticas y discursos que desbordan la producción de sentido ofrecida por los grandes grupos mediáticos, por los “opinadores” profesionales y por los individuos que ocupan lugares de prestigio en el “star-system” cultural del estado español. Estas otras prácticas y discursos habitan diversas redes y comunidades sociales que no se sostienen exclusivamente en el mundo digital, sino que atraviesan también espacios analógicos, privados y públicos. Todas ellas configuran una suerte de “nueva abundancia” discursiva y vital que contradice la supuesta coyuntura de escasez pregonada por las élites del neoliberalismo, ya que, con la mera existencia de sus tácticas colaborativas y de su capacidad para reproducirse exponencialmente, pone en entredicho la idea de que la vida en sociedad es siempre una guerra de todos contra todos en competencia por recursos insuficientes.

Esta nueva abundancia de formas de producir sentido no puede explicarse únicamente por la aparición de nuevas tecnologías digitales. Más profundamente, tiene que ver con una crisis generalizada de modelos de autoridad basados en el individualismo, y en su narrativa principal: “la vida es una carrera hacia el éxito individual y en esa carrera todo, incluidos los otros, debe ser instrumentalizado para alcanzar el objetivo”. La crisis de este paradigma, la creciente dificultad de seguir creyendo que la vida es eso, hace que proliferen tendencias sociales y tecnológicas que permiten explorar otros sentidos. Algunos estudiosos de los nuevos medios como Pierre Lévy, Henry Jenkins o Peter Walsh han venido rastreando las señales de estas nuevas necesidades en Internet, la cultura de masas y las redes sociales.
Historias no narrables
Recientemente, Peter Walsh, ha propuesto un símil histórico bien sencillo para comprender lo que está sucediendo: a principios del siglo XIX se inventó el “Fourdrinier”, una máquina para producir papel que abarató drásticamente los costes de producción del material impreso y posibilitó la aparición de lo que en Estados Unidos se iba a llamar “the penny press” (los “periódicos de un penique”). Antes de la existencia de este tipo de máquina de papel, las publicaciones periódicas sólo llegaban a una élite muy minoritaria (que las compraba por suscripción) y apenas contenían algo parecido a lo que hoy llamaríamos “noticias”. En EEUU, cuenta Walsh, los nuevos periódicos van a convertirse en la voz de las clases medias y a distribuir narraciones que ya estaban allí, pero que antes no hubieran podido circular en formato escrito. Son las “untellable stories” (“historias no narrables”) que desafiaban el consenso social promovido por las élites sobre cuestiones como por ejemplo la esclavitud. Cuando se produce el motín de esclavos del barco Amistad y el posterior juicio a los amotinados (1841), la penny press se encarga de narrar con toda clase de detalles estos eventos, que chocaban frontalmente con la premisa dominante de que los esclavos estaban contentos con su situación en América. Como señala Peter Walsh, sería imposible entender el auge del abolicionismo y la consecuente guerra civil americana sin atender al papel fundamental de la penny press como herramienta cuestionadora de las narraciones consensuadas por élites que entonces detentaban el monopolio de la interpretación de la realidad, y más concretamente, sin atender a la ruptura del consenso social sobre la legitimidad de esclavizar a los africanos.
Algo parecido, afirma Walsh, es lo que ha sucedido en relación con las redes sociales como Facebook y Twitter y las revueltas que se iniciaron en el año 2011 en diversas partes del mundo, notablemente en los países árabes, los mediterráneos y posteriormente en Estados Unidos. Aplicando un esquema general, Walsh explica que lo que sucede es que primero se produce una innovación tecnológica que abarata los costes de la comunicación y multiplica el tamaño de las audiencias involucradas, llegando a grupos sociales antes excluidos. Después, estos grupos sociales comienzan a intervenir en conversaciones políticas que estaban antes vetadas para ellos, e inmediatamente a contar sus “historias no narrables” que cortocircuitan los consensos previamente establecidos (1).
Sin necesidad de caer en el determinismo tecnológico ni en la fetichización del mundo digital (que en absoluto es inmune a la colonización por las élites y por el individualismo mercantilizado), este análisis nos puede ayudar a entender la importancia que tuvieron y siguen teniendo las redes sociales en torno al fenómeno 15-M, y más concretamente su centralidad en la articulación de la plataforma “Democracia real ya” que convocó la primera manifestación ese día de mayo en Madrid. De nuevo, no se trata de que la tecnología en sí misma provoque el cuestionamiento de las narrativas difundidas por las élites, sino de que, cuando existe una voluntad social de llevar a cabo ese cuestionamiento, algunas tecnologías resultan más adecuadas que otras para hacerlo. Cuando el día 21 de mayo la Junta Electoral declara ilegal la ya masiva Acampada en la Puerta del Sol, fueron notablemente Facebook y Twitter los canales que facilitaron el desafío directo a esa prohibición, que el Estado finalmente fue incapaz de respaldar. Como si de los amotinados del Amistad se tratara, esos indignados de la Puerta del Sol tienen en las redes sociales a una nueva penny press que va a difundir una versión completamente distinta a la que ofrece tanto el poder estatal, como los partidos políticos y los grandes medios de comunicación. Y la difusión de esta otra versión en las redes sociales tiene como resultado la masiva afluencia de ciudadanos a las calles para unirse a los amotinados de Sol.
A partir de estas instancias concretas de utilización de las redes sociales, es interesante pensar cómo nuevas formas de comunicación hacen posible la ruptura de consensos fuertemente asentados en la sociedad española. Guillem Martínez y Amador Fernández-Savater han utilizado el concepto de “Cultura de la Transición” para pensar precisamente todos los consensos tácitos o explícitos que se generaron en la época de la transición a la democracia y que han permanecido casi intocados hasta la aparición del 15-M (si bien Fernández-Savater propone además una genealogía de crisis previas que anticipan la irrupción de los indignados: el “no a la guerra”, el 11-M, las protestas de V de Vivienda)(2). Martínez y Fernández-Savater usan la palabra “cultura” en el sentido amplio de formas de pensar y de vivir: la “Cultura de la Transición” sería entonces un “horizonte de lo posible”, formado en este caso alrededor de la incuestionabilidad de dos elementos políticos fundamentales: el sistema de partidos y el capitalismo. Y son precisamente estos dos elementos los que están cuestionados ya en la citada pancarta de “Democracia real ya”, que abre la cabecera de la manifestación del 15 de mayo, con su referencia a los políticos y los banqueros y con su ruptura del tabú que en reinaba en España en torno a la palabra “democracia” (una palabra intocable, cuya mención servía para acabar con cualquier posible debate o disensión). De esta forma, nos damos cuenta de que lo que está en juego en el 15-M no es sólo una interpretación distinta de la crisis económica, del sistema de partidos o del propio capitalismo, sino la legitimidad de todo el engranaje elitista de producción y circulación de discursos que hacía que no se pudiera hablar de esos asuntos, o sea, la propia “Cultura de la Transición” (la CT), cuyo perfil describe así Fernández-Savater:
Cultura consensual, cultura desproblematizadora, cultura despolitizadora, la CT se aseguró durante tres décadas el control de la realidad mediante el monopolio de las palabras, los temas y la memoria. Cómo debe circular la palabra y qué debe significar cada una. En torno a qué debemos pensar y en qué términos. Qué debemos recordar y en función de qué presente debemos hacerlo. Durante años, ese monopolio del sentido se ejerció sobre todo a través de un sistema de información centralizado y unidireccional en el que sólo las voces mediáticas tenían acceso, mientras que el público jugaba el papel de audiencia pasiva y existían temas intocables.
Los intelectuales y el empobrecimiento
Esa división entre “voces mediáticas” y “público” es la que se cuestiona cada vez más con las transformaciones de la esfera pública provocadas por la crisis del modelo individualista y la proliferación de las redes sociales digitales. Las personas antes condenadas a ser espectadoras se convierten en activas participantes en la cultura que habitan, poniendo en peligro las estructuras tradicionales de acceso restringido al poder simbólico. Esto explicaría, quizás, que algunos personajes que ostentan lugares de prestigio en la esfera cultural y periodística del estado español hayan reaccionado tan agresivamente ante el 15-M, y particularmente ante su uso de las redes sociales. Notablemente, el escritor Enrique Vila-Matas publicó el 24 de Mayo de 2011 un artículo que llevaba por título “Empobrecimiento” y cuyo subtítulo ya anunciaba que “en la Spanish revolution se ha visto cómo los twits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer”. El artículo se puede leer como una de esas reflexiones más o menos apocalípticas acerca de la crisis del lenguaje en la nueva sociedad de la información que suelen aparecer en los medios, pero con el ingrediente novedoso de que Vila-Matas detecta como un síntoma más de esa crisis el uso de la red social Twitter por parte de los participantes en el movimiento 15-M. El argumento es sencillo: la brevedad del formato de los mensajes o twits que usan los del 15-M sería un indicador más del empobrecimiento generalizado del lenguaje en nuestra época.
Sin ni siquiera entrar, por el momento, en los argumentos que podrían defender la riqueza lingüística y la extraordinaria capacidad de creación colectiva que el 15-M ha puesto en marcha, no deja de resultar sorprendente que a un escritor heredero de la vanguardia, defensor de la “literatura portátil”, de la escritura que practica la auto-restricción y los juegos con formatos auto-impuestos, maneje este tipo de crítica a un tipo de expresión lingüística motivada por su brevedad. La sorpresa aumenta cuando observamos que también el escritor catalán Quim Monzó, otro gran admirador y heredero del grupo Oulipo, de Raymond Roussel, Robert Walser, Jorge Luis Borges y otros escritores amantes de la brevedad y del reto de los formatos limitados auto-impuestos, aparece en la prensa a los pocos días criticando cuestiones relacionadas con el flujo verbal del movimiento 15-M, como el uso de la propia expresión en inglés “Spanish revolution” (que denotaría dependencia respecto a los Estados Unidos), o la aparición de una pluralidad de mensajes, que Monzó considera síntoma de confusión y de “no saber lo que se quiere”.
¿Qué está pasando? ¿Por qué escritores que practican formas de producir sentido experimentales, híbridas y abiertas en literatura las condenan cuando las encuentran en este contexto de producción colectiva de discurso? Lo primero que uno pensaría es que tal vez reclaman una separación entre la literatura y la política, que quizás son revolucionarios en literatura pero no en política. Sin embargo, la cuestión parece bastante más complicada, pues, políticamente, la crítica que hacen al 15-M parece ser más bien, a veces, la de que no es un movimiento lo suficientemente revolucionario. La sombra del mayo del ‘68 francés planea sobre las intervenciones de los intelectuales consagrados que opinan sobre el 15-M. Tanto es así que El País invita al editor Mario Muchnick y al pintor Eduardo Arroyo a una conversación directamente centrada en la comparación entre ambos movimientos: “Sol visto desde mayo del ‘68”. En ella aparece una idea recurrente: el 15-M es una “revolución de mentiras”, un simulacro de revolución, un gesto insuficiente. “Estos quieren arreglar el sistema. Nosotros queríamos volarlo”, dice Eduardo Arroyo. Para Muchnik “Sol es un hito muy pobre” en comparación con el ‘68. Quim Monzó, por su parte, afirmaba también en su citado artículo que resulta vergonzoso llamar al 15-M “revolución” porque no se trata de un verdadero cambio en las estructuras políticas y económicas, sino tan sólo de una acampada. Arroyo añade que en el ‘68, los revolucionarios no necesitaban moderadores ni turnos de palabra porque simplemente “se la arrebatabas al compañero”. También dice que eslóganes fraguados en el 15-M como “no hay pan para tanto chorizo” no alcanzan la altura poética de los del ‘68 (“bajo los adoquines está la playa”, “prohibido prohibir”, etc.).
A juzgar por las palabras de estos intelectuales, parecería que se trata de portavoces de una guerrilla revolucionaria armada emitiendo un comunicado desde la clandestinidad. Pero no: son más bien profesionales de éxito perfectamente integrados en las instituciones culturales y políticas españolas. De nuevo, más allá de lo que se dice, es preciso comprender desde dónde se dice: qué estructuras de poder, qué comunidades discursivas, qué expectativas de sentido sostienen la posibilidad de que alguien diga algo y de que sea recibido con interés. En el caso de intervenciones como las de Vila-Matas, Monzó, Muchnik y Arroyo, el paradigma del intelectual que emite una opinión autorizada por su supuesta capacidad extraordinaria para comprender la sociedad va de la mano con el acceso limitado de la población a los canales mediáticos donde se emiten esas opiniones. Pero mientras ese sistema de producción de sentido sigue activo, en otras zonas de la sociedad están emergiendo formas de hablar y de hacer completamente distintas que lo van minando, que van cuestionando indirectamente su legitimidad. Margarita Padilla ha trazado apasionantes genealogías de esas otras zonas del discurso social, como son, por ejemplo, el mundo del activismo en Internet y sus cruces con el fenómeno “fan” y otras comunidades digitales en principio no politizadas.
Mientras tanto en la Red…
Padilla explica cómo precisamente para entender el surgimiento de estas otras zonas de producción de sentido hay que retrotraerse a la generalizada decepción respecto a ese mismo periodismo de investigación que nace con la penny press y que después se va viendo arrinconado por la progresiva comercialización y concentración de los medios en pocas manos. En búsqueda de una nueva democratización de la esfera pública, a finales de los 90 aparecen los medios independientes en Internet (como Indymedia, NO-DO50 y otros), siempre alentados por el famoso eslógan “don’t hate the media, become the media”. En este momento la contra-información se entiende más bien como la labor de una serie de portales donde los movimientos sociales explican lo que hacen, pero más tarde (en 2003) aparecen los blogs, cambiando el escenario: con ellos los individuos son capaces por fin de tener su propia “penny press” personal a través de la web. Sin embargo el entusiasmo dura poco tiempo: los blogs se reducen a la mitad hacia 2006; su problema es que hay demasiados, y que al final sólo le interesan a quien los escribe. A partir de ahí el objetivo de quienes habían estado excluidos de las élites de producción de sentido pasa a ser no sólo poder escribir públicamente, sino tener también cierto impacto mediático: se ha conseguido ya un enorme acceso a la difusión pública, se ha creado una nueva esfera masiva de discurso público, pero eso mismo hace que haya una verdadera saturación de contenidos, y que sea muy difícil orientarse en la nueva plaza digital.
Es entonces cuando, siempre según Padilla, empieza a aparecer un nuevo paradigma de organización de contenidos, en el que lo importante ya no va a ser tanto la producción individual como la selección y la colaboración colectiva en la configuración de flujos discursivos. Aparecen páginas de selección de contenidos como “Menéame”, que enseguida obtienen gran éxito porque permiten generar pequeños acuerdos acerca de qué es lo que vale la pena rescatar dentro del aluvión incesante de intervenciones. También se produce la explosión del nuevo “periodismo ciudadano”, que se diferencia de los blogs en que necesita fórmulas colaborativas para funcionar. De ese caldo de cultivo nace Wikileaks, que sin duda puede entenderse como “contra-información” (la información que el poder no quiere difundir), pero que, al contrario que los clásicos “indymedia”, se basa en lo que Margarita Padilla llama “dispositivos inacabados”: Wikileaks lanza grandes paquetes de filtraciones masivas que después otros se tienen que encargar de seleccionar, ordenar e interpretar, pero que por sí mismos son sólo un punto de partida, insuficiente para que haya verdadera “contra-información”.
En general, esta idea del “dispositivo inacabado” se convierte en la nueva clave de Internet en la era post-blogs. Con la llegada y el triunfo de las redes sociales se reafirma esta nueva lógica, que por lo demás siempre había estado ya favorecida por la propia estructura rizomática de Internet: nodos con autonomía relativa comparten dispositivos inacabados, renunciando a tener todo el control sobre los procesos comunicativos en los que intervienen. Ese es el momento en el que estamos y el que hace en parte posible un fenómeno como el 15-M, fraguado lentamente en las nuevas formas de compartir y de colaborar que la gente está ensayando en Internet y que se contagian a otros espacios de relación, como son las plazas públicas.
Consumidores que comparten y se politizan
Resulta especialmente interesante observar cómo es la propia cultura de masas y de consumo la que ha desarrollado estás lógicas de colaboración que podrían tal vez llegar a socavar sus cimientos individualistas e instrumentalizadores. Henry Jenkins ha llamado la atención sobre los efectos inesperados de la proliferación inter-mediática, que se suponía debía traer antes que nada una mayor personalización del consumo, es decir, que cada individuo pudiera elegir entre una oferta mucho mayor y de esta forma trazar un recorrido completamente único por los caminos del entretenimiento, la información y la comunicación de masas a través de las múltiples pantallas y formatos a su disposición. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que ese individuo que está ante la cultura inter-mediática se ha encontrado sobre todo con otros individuos que habitan también ese universo de pantallas, y que ha comenzado a interactuar con ellos.
Ya Michel de Certeau había advertido en contra de los prejuicios a veces sustentados sobre lecturas de los grandes críticos de la cultura de masas como Adorno y Horkheimer, que tienden a entender al consumidor como alguien aislado y pasivo. Para De Certeau (que escribía en los inicios de la explosión de la “era digital”), el consumo es una forma de producción secundaria, que no se manifiesta a través de sus propios productos, sino a través de las formas de usar los que vienen impuestos por un sistema económico dominante. En esas formas de usar se condensan miles de tácticas que conforman todo un sustrato informal de producción de sentido colectiva, lo que él llamaba “prácticas de lo cotidiano”. Con la eclosión del mundo inter-mediático, toda esa riqueza vital encuentra nuevos canales y de hecho aumenta su capacidad de apropiarse de los productos que lanza la sociedad de consumo. Jenkins pone ejemplos curiosos que nacen en la cultura del entretenimiento, como son las comunidades de “spoilers” en Internet. Una de las más notables es la que se dedicaba a descubrir lo que había pasado en la grabación del reality-show y concurso de la televisión norteamericana Survivor antes de que se emitiera, movilizando toda clase de recursos investigativos (desde cámaras por satélite hasta filtraciones personales de trabajadores y habitantes de las zonas del rodaje, pasando por análisis de imágenes emitidas en anteriores ediciones en las que se adivinaban pistas, etc…). Lo interesante es que este tipo de esfuerzos colectivos, dice Jenkins, no siempre se dedican a causas tan banales; las mismas lógicas de investigación colectiva se activaron por ejemplo cuando una serie de bloggeros americanos unieron esfuerzos para enviar reporteros imparciales a Irak, con el objetivo de desentrañar el escándalo de las torturas en la cárcel de Abu-Grahib(3).
El consumo en la era inter-mediática ya no se concibe de forma individual, sino en grupo, lo cual provoca la aparición de enormes comunidades, de ámbitos de relación humana mucho más amplios y complejos que antes. Aunque se gesten en torno al consumo mercantilizado y la cultura del entretenimiento, estas comunidades son a menudo capaces de dotarse de objetivos propios que pueden chocar frontalmente con los que les marcan los estados y las corporaciones mediáticas. Pierre Lévy entendió estas comunidades en términos de “inteligencia colectiva”, y las describió como grupos en los que todo el mundo sabe algo que está dispuesto a compartir, pero nadie sabe todo lo que sabe la comunidad.
La capacidad de las “culturas participativas” que describe Jenkins y de las “comunidades de conocimiento” que estudia Lévy para aunar fuerzas y habilidades corroe lo que Walsh llama “el paradigma del experto”. Este paradigma, vigente en la “Cultura de la Transición” española, presupone la existencia de cuerpos de conocimientos asimilables por un solo individuo, lo cual es cada vez menos frecuente en un mundo que presenta creciente interdisciplinaridad, problemas abiertos, realidades cambiantes y en flujo. Se empieza a percibir, entonces, que si se dejan en manos de expertos ciertos asuntos es debido a que prevalecen privilegios injustos, no porque así se logre mayor eficiencia. El paradigma del experto crea un dentro y un afuera (normas sobre el acceso al conocimiento, credenciales oficiales) que se revelan como innecesarios e incluso contraproducentes, porque mediante la inteligencia colectiva todo el mundo puede participar, sin importar de qué manera se accede al conocimiento que después se comparte.
En el estado español uno de los momentos más importantes en los que se verifica el “contagio” de este tipo de dinámicas colaborativas desde el mundo del entretenimiento y el consumo al de la política es durante la lucha contra la llamada “Ley Sinde” (que arranca en 2009 y se extiende hasta hoy). Se puede entender toda la polémica, más allá de los detalles técnicos legislativos o de utilización de Internet, como una verdadera confrontación de mundos distintos, de concepciones opuestas de lo que es la cultura y la información, un auténtico choque entre maneras distintas de valorar el mundo, tal como Amador Fernández-Savater explicó en su artículo “La cena del miedo”. Invitado por la entonces ministra González-Sinde a una cena con personas pertenecientes a las élites de la industria cultural y del espectáculo para hablar sobre cuestiones de propiedad intelectual y usos de Internet, Fernández-Savater escribe a su regreso un informe sobre lo que ha visto, provocando un intensísimo debate en Internet. Porque lo que ha visto es, sobre todo, miedo:
Tienen miedo a la Red. Esto es muy fácil de entender: la mayoría de mis compañeros de mesa piensan que “copiar es robar”. Parten de ahí, ese principio organiza su cabeza. ¿Cómo se ve la Red, que ha nacido para el intercambio, desde ese presupuesto? Está muy claro: es el lugar de un saqueo total y permanente.
Frente a ese miedo no es que haya sólo otra forma de entender Internet, sino todo un mundo de prácticas que están ya en otro lugar, que manejan otros presupuestos al usar la Red:
la Red está hecha de un millón de esos gestos desinteresados. Y miles de personas (por ejemplo, trabajadores culturales azuzados por la precariedad) se descargan habitualmente material de la Red porque quieren hacer algo con todo ello: conocer y alimentarse para crear. Es precisamente una tensión activa y creativa la que mueve a muchos a buscar y a intercambiar, ¡enteraos!
Por eso aunque textos como este de Fernández-Savater ayudan a clarificar las diferencias y a sistematizar lo que ya está pasando (y ejercen, en este caso, de detonadores), lo que sucede es que además grandes sectores de población que se han acostumbrado a las posibilidades de colaboración, participación y de trabajo colectivo que les ofrecen los nuevos soportes tecnológicos se politizan no tanto porque “tomen consciencia” del valor de Internet, sino porque las grandes industrias culturales (y los estados que las apoyan) deciden que esas prácticas tan naturales para ellos, son, de repente, ilegales.
De este tipo de procesos de criminalización surge por ejemplo la politización de usuarios de Internet que se articula alrededor de Anonymous. Margarita Padilla ha explicado el importante papel de Anonymous en la lucha contra la Ley Sinde, en la que los hackers coinciden con activistas que vienen de movimientos sociales más tradicionales formando lo que ella llama “alianzas monstruosas”. “Monstruosas” porque unen a gentes que vienen de experiencias y redes muy distintas: Anonymous se forma a partir de la subcultura de los “anon”, adictos a la descarga de videojuegos, películas y música que en realidad son extremadamente dependientes de la industria del espectáculo, pues crecen en su seno y con una fuerte mentalidad de consumidores, pero después van adquiriendo cada vez mayor autonomía. Sus propias formas de relación les habían preparado ya para ella: son capaces de hacer “enjambre” (swarming): “autoorganización en tiempo real, coordinación sin dar ni recibir órdenes”, y después, cumplido ya el objetivo, dispersión. Cuando el objetivo pasa de ser descargarse películas a sabotear los grupos de presión que quieren privatizar Internet, la potencia política de este tipo de grupos es completamente desbordante.
En los medios de comunicación de masas, se plantea habitualmente la cuestión de Internet como una lucha entre los internautas y los “propietarios” de la cultura (autores o empresas), pero lo que Internet enseña y permite es mucho más que descargar películas o música gratis: no se trata de “poseer” sino de hacer, alterar, circular, compartir, crear toda esa “producción secundaria” de la que hablaba Michel de Certeau. En Internet se crea una esfera de cooperaciones no basadas en identidades preexistentes, sino en objetivos concretos, que primero son actividades propias de los fans, como recopilación de información, análisis de sus ficciones favoritas, juegos, apropiaciones y transformaciones de productos de la cultura de masas, pero que inevitablemente se politizan, porque, como dice Jenkins, los fans acaparan poder frente a la industria del entretenimiento, y después trasladan ese poder a otros aspectos de sus vidas.
Ese “empoderamiento” es crucial para entender fenómenos que después han traspasado los límites de lo digital para tomar las calles, como el 15-M o, quizás incluso más directamente, el fenómeno “V de Vivienda”, que tuvo lugar en 2006. Se trataba de una movilización auto-convocada a través de Internet, sin más identidad que la voluntad de denunciar el difícil acceso a la vivienda en España, pero que eligió ese nombre en referencia cómplice a V de Vendetta, el comic de Alan Moore y la posterior adaptación fílmica de James McTeigue; un elemento completamente extraño respecto al discurso político tradicional, de izquierdas y derechas, que rompía así con las identidades establecidas y resultó por ello extraordinariamente inclusivo (entre otras cosas mediante el uso después tan popularizado de la máscara de Guy Fawkes, a menudo asociada con Anonymous).
De la democratización del sentido al procomún
Más allá de la irrupción de grupos que se presentan a sí mismos como “activistas” (incluso aunque se trate de un nuevo tipo de activismo no identitario, anónimo, de “cualquiera”), lo que se juega en estas politizaciones de comunidades formadas en torno a la sociedad de consumo es algo que afecta a mucha más gente. La aparición de Internet produce una experiencia generalizada de abundancia de los bienes inmateriales que contradice el presupuesto neoliberal de la escasez de los recursos. Como señala Padilla, Internet es recursiva: es un producto y a la vez su propio medio de producción, de forma que cuanto más se usa más se reproduce. Lo mismo se puede aplicar en general al conjunto de los bienes inmateriales:
ese nuevo conjunto de bienes inmateriales, que son a la vez medios de producción y productos de consumo, no se rige por las leyes del viejo mundo capitalista: son bienes que no se desgastan, pueden ser míos y tuyos al mismo tiempo, los podemos producir tú y yo en cooperación sin mando, se multiplican a coste cero y cuanto más se usan más crecen. Ni más ni menos, la revolución digital ha puesto en el mundo la posibilidad de una nueva abundancia ¡y sin necesidad de repartirla!
Desde esta perspectiva más general no son sólo los bienes digitales, sino en general toda la experiencia, la historia, el lenguaje y el pensamiento humanos los que se experimentan como ilimitados, infinitamente reproducibles y constitutivamente no privatizables, es decir, como un legado común que pertenece a todos y a nadie, como un “procomún”. Este concepto (“el procomún” o “los comunes”) está permitiendo conectar diversas experiencias de resistencia a la privatización y a la escasez artificialmente impuesta por el neoliberalismo que van más allá de lo inmaterial, pues, como señala el científico Antonio Lafuente (uno de los creadores del “Laboratorio del procomún” en el centro cultural Medialab de Madrid), se trata en realidad de un concepto muy viejo que nombraba ya en las sociedades pre-capitalistas todos aquellos recursos naturales o humanos recibidos de las generaciones anteriores por la comunidad y que no eran susceptibles de ser convertidos en propiedad privada o estatal (el aire, el agua, los bosques, las tradiciones, los símbolos, los mitos, etc.)(4).
El paradigma del procomún resulta extremadamente útil para pensar lo que aquí estamos llamando “democratización de la producción del sentido” porque nos provee de un marco más amplio en el que plantearse qué significa esa “democratización”. Mientras la concepción de raigambre moderna y liberal que sigue predominando en el lenguaje usado por nuestras instituciones políticas tiende a pensar que democratizar es incluir a más individuos en el debate social, la tradición del procomún nos invita a considerar la sociedad no sólo como una agregación de individuos, sino como todo aquello que compartimos y sin lo cual no podríamos siquiera desarrollar diferencias individuales, empezando por el aire que respiramos y pasando por todos los recursos, cuidados y saberes que hacen posible la reproducción de la vida humana en el planeta(5). El colectivo madrileño de “investigación militante” Observatorio Metropolitano ha explicado esto con claridad en uno de sus últimos textos hasta la fecha, La carta de los comunes: desde presupuestos individualistas no se puede garantizar la vida en común, por mucho que se creen instituciones que en principio aspiren a hacerlo, porque lo primero es establecer verdaderas relaciones comunitarias. Así, explican,
la recuperación de las esferas de reproducción social que garantizan la vida en común, no puede hacerse desde una relación mediada institucionalmente, sino que ésta debe colocarse en el punto en el que se anuda la materialidad de las relaciones comunitarias. Valor de uso, sostenibilidad y gestión colectiva y transparente son algunas de sus encarnaciones. Por eso es necesario entender que lo común no se deja reducir a los estatutos de propiedad existentes, ni la propiedad privada ni la propiedad pública están hoy en condiciones de realizar este proyecto de recuperación de los mecanismos sociales de reproducción, ni por extensión, de recuperar o articular forma alguna de sociabilidad no sumisa al mercado.
Ni desde el Estado ni desde el mercado parece en efecto posible hoy articular formas de gestión y disfrute de los bienes comunes materiales e inmateriales que permitan mantener su abundancia, su capacidad de reproducirse y de llegar a todos. La experiencia de las últimas décadas nos muestra como esas dos esferas han tendido a producir una distribución extremadamente desigual de la riqueza, expoliando lo común para crear una situación de escasez artificial que afecta a la mayoría de la población. Esto no significa, sin embargo, que las prácticas de lo común como “recuperación de los mecanismos sociales de producción” a las que se refiere Observatorio Metropolitano exijan un purismo que rechace todo contacto con el Estado y el mercado. Por el contrario, en la práctica, es casi siempre en situaciones de necesaria hibridación con estructuras estatales y mercantiles, públicas y privadas, donde vemos florecer la lógica de los comunes: proyectos y recursos gestionados por los mismos grupos de personas que los disfrutan, pero que no pueden situarse completamente fuera del mercado o el estado, sino que más bien entran en formas de relación con ellos de un modo tal que no pongan en peligro su autonomía relativa. Este es el caso paradigmático, por ejemplo, del espacio cultural y multifuncional madrileño “La Tabacalera”, que desarrolla sus actividades en una antigua fábrica de tabaco cedida por el gobierno regional de Madrid, pero que de hecho está gestionado de forma colectiva por quienes lo usan. También el mencionado espacio Medialab-Prado depende económicamente del Ayuntamiento de Madrid, pero su “Laboratorio del procomún” se ha convertido en un centro de referencia para la experimentación en torno a formas de compartir mecanismos de reproducción social (reproducción de cuidados, de saberes, de experiencias, de espacios, de relaciones)(6).
Poniendo un ejemplo más concreto, el laboratorio del procomún ha albergado recientemente una serie de conversaciones sobre edición y cultura libre propuestas por uno de los proyectos más interesantes surgidos del 15-M, la biblioteca abierta y colaborativa #Bookcamping. Lo interesante de las lógicas desarrolladas por proyectos como #Bookcamping es que llevan un paso más allá el desafío a la versión oficial de la crisis que se planteaba en esa pancarta fundacional del 15-M, como, por lo demás, hicieron ya enseguida las propias acampadas: no sé trata sólo de denunciar a los que la gente considera verdaderos responsables de la crisis (“políticos y banqueros”), sino también de demostrar que, frente a la inutilidad de las instituciones, los lazos comunitarios entre las personas, las redes de cooperación que se establecen para garantizar la reproducción de la sociedad, son capaces de hacer frente a esa crisis, o cuando menos son ya el germen de una recuperación de lo común expoliado por la lógica del beneficio individual y las privatizaciones. Así, #Bookcamping, en este caso, funciona como un proyecto que hace visible la gran abundancia de saberes escritos que rodean al 15-M, tomando como punto de partida la idea de recopilarlos “para entender como hemos llegado hasta aquí (porque no salimos de la nada)” (según se plantea en su página web). Desde que en su inicio lanzó la pregunta: “¿tú que libro te llevarías a una acampada?”, ha movilizado el interés y la capacidad de compartir de mucha gente que antes no disfrutaba de una plataforma de encuentro similar.
Como las múltiples bibliotecas y archivos físicos que se crearon en las acampadas, como también los múltiples proyectos de colaboración y archivo de audiovisuales que generó el 15-M (y que fueron reseñados secciones especiales de Cahiers du Cinema España y de la revista online Blogs & Docs), la biblioteca digital #Bookcamping es tan importante por su formato “procomún” (abierta a la participación, gestionada por sus usuarios, “de todos y de nadie”) como por los propios contenidos que alberga(7). En este sentido, el concepto de procomún nos ayuda también a entender que en esa profunda y larga guerra por la producción del sentido que se libra en paralelo a las batallas puntuales por los cambios en las instituciones políticas y en las decisiones macro-económicas, el 15-M y la esfera cultural que lo rodea introduce más bien un cambio en el escenario que en los actores. No se trata tanto de que aparezcan nuevos individuos o grupos sociales capaces de ser oídos en la esfera pública, sino de que la propia concepción de lo público se ve trastocada por el auge de formas de compartir que rompen con las lógicas individualistas y mercantilizadoras dominantes, sembrando una semilla que crece despacio, pero que va minando todo intento de apropiarse y de limitar el acceso a recursos que cada vez se perciben más como “del común”.
Desbordamientos: redes y calles
La convergencia de lo que se ha dado en llamar el movimiento internacional de las “tent cities” o de las “plazas” (desde Tahrir en El Cairo, pasando por Sol en Madrid, Syntagma en Atenas, hasta Liberty Square en Nueva York) con lo que David Bollier y otros llaman el “movimiento internacional de los comunes” es tal vez uno de los acontecimientos políticos con mayor potencial transformativo que puedan darse dentro de las coordenadas de la hegemonía neoliberal actual. Bollier ha caracterizado el movimiento de los comunes como “un gran gigante durmiente –un superpoder desconocido-, si tenemos en cuenta las muchas tribus transnacionales de ‘comuneros’ que existen”. Entre estas tribus Bollier menciona el movimiento de economías solidarias, el de “transition towns”, el activismo relacionado con el agua (el caso de Cochabamba en Bolivia resulta paradigmático), la Vía Campesina, el software libre, el movimiento cultura libre/creative commons, Wikipedia, la edición “open access” y los partidos piratas. Habría para él un procomún digital, agrícola, indígena, urbano y social, defendido por distintos grupos pero que operan en lógicas parecidas y que están encontrando nuevos espacios para el diálogo y la colaboración, como fue la International Commons Conference celebrada en noviembre de 2010 en Berlín o, en una escala menor, el congreso Building Digital Commons celebrado en Barcelona en octubre de 2011 y el “Making Worlds” Forum on the Commons organizado por Occupy Wall Street en Nueva York en febrero de 2012.
Pero precisamente, si ha habido hasta ahora un evento con capacidad de vivificar y reunir a todas esas tribus del procomún planetario, ese ha sido tal vez la irrupción de los nuevos movimientos de las plazas durante el año 2011, porque se trata de movimientos que lo que tienen de novedoso es su recuperación de la política como una actividad que ya no puede pertenecer sólo a los profesionales o a los expertos, sino que es de todos y de nadie. El hecho de que en las plazas no sólo se haya protestado o reclamado el derecho a intervenir en la esfera pública, sino que de hecho se hayan creado estructuras y lazos comunitarios capaces de sustentar la reproducción social de la vida cotidiana, muestra ya la conexión inherente de estos movimientos con la lógica del procomún. A nivel táctico, sin embargo, se plantea un problema muy sencillo: las plazas pueden reproducir la vida cotidiana en pequeña escala, pero no son la vida cotidiana. El campamento no es el mundo. A la larga las “tent cities” resultan insostenibles, y de ahí que en muchos casos (en la Puerta del Sol, por ejemplo) hayan sido los propios acampados quienes decidieron desmantelar sus pequeños asentamientos. La imaginación colectiva de millones de personas se ha puesto ya en movimiento alrededor de estos problemas tácticos, y sin duda pronto aparecerán otros modos de articular protesta y comunidad. Hoy por hoy, podemos decir que en estos procesos se juega una democratización del sentido que ya no consiste solamente en una mayor participación de individuos o grupos sociales en las estructuras de expresión y representación política existentes, sino más bien en la transformación de las redes de relación social que articulan lo político, entendido en el sentido amplio de vida con otros.
Por supuesto esta transformación puede pasar a veces casi desapercibida ante las manifestaciones espectaculares y las inevitables inercias de las antiguas formas de producir sentido. Después del 15-M, en España el partido conservador ha ganado unas elecciones por mayoría absoluta, las medidas de austeridad dictadas por las élites neoliberales siguen su curso y desde los grandes grupos mediáticos se siguen promulgando las mismas consignas que han vertebrado la Cultura de la Transición durante las últimas décadas: “confiemos en el consejo de los expertos, dejemos la política en manos de nuestros representantes profesionales”. En el mundo de la cultura los paradigmas banalizadores y espectacularizados se siguen combinando con la autoridad de los “opinadores” que hablan desde su supuesta genialidad o inteligencia individual excepcional. Sin embargo, la profunda democratización del sentido que está socavando el suelo bajo los pies de todo ese andamiaje socio-político y cultural continua avanzando, en paralelo. Del mismo modo que el apoyo de más del 80% de la población española al 15-M (según una encuesta publicada en El País) no se traduce de forma directa en la política de partidos ni en sus elecciones cada cuatro años, la nueva conversación colectiva que discurre a través de las redes sociales y de otras plataformas participativas no aspira a ocupar las tribunas del “star-system” cultural español. No hay tanto una confrontación directa con la CT, sino más bien un desplazamiento hacia otros formatos, que se viene re-actualizando en irrupciones puntuales callejeras (como las protestas del “no a la guerra”, el 11-M, V de Vivienda y 15-M), pero también en la propia Red, y en numerosos proyectos que atraviesan los dos ámbitos (calle y Red), como los aquí citados (Tabacalera, Medialab, #Bookcamping, Observatorio Metropolitano), que son tan sólo una muestra de las extensas redes de investigación, creación, ayuda mutua y acción política que están proliferando en torno a lógicas colaborativas, abiertas, participativas e inclusivas.
En este desplazamiento hacia formatos de producción de sentido que ponen en el centro lo común en lugar de lo individual, lo que está en juego inevitablemente es una redefinición profunda de la política, que nos vuelve a plantear una pregunta bien sencilla: ¿qué significa vivir con otros? ¿se trata de una lucha entre individuos que se disputan recursos limitados o, por el contrario, es precisamente la existencia de otros que no son yo la que hace posible una mejor gestión y reproducción de lo que tenemos en común? ¿Es el otro un competidor o un compañero en la abundancia? La reaparición de estas preguntas que la cultura individualista e instrumentalizadora del neoliberalismo había prácticamente cancelado desde los años ‘80 es, de momento, el signo de apertura y democratización de la producción del sentido que podemos dar por cierto, sean cuáles sean las respuestas que la humanidad elija darse en los próximos y decisivos años.
Notas: 
1. En sintonía con esta lectura, el filósofo francés Jacques Rancière ha llamado la atención sobre el potencial subversivo que tiene la intervención en política de quienes se supone que no están autorizados a hacerlo, no tanto porque vayan entonces a defender sus interese gremiales particulares, sino porque ese cambio de roles sociales pone en cuestión todo el tablero de juego político, toda la distribución del quién es quién y quién puede hacer qué en el escenario social. Ver la entrevista de Amador Fernández-Savater y otros a Rancière, “Universalizar las capacidades de cualquiera”.
 3. Por supuesto, no se pueden obviar esos otros fenómenos de investigación colectiva que proliferan en torno a las llamadas “teorías de la conspiración”. Aunque comparten metodologías descentralizadas, quizás lo que las distingue fundamentalmente de las lógicas de “dispositivos inacabados” que venimos reseñando es que en estas otras comunidades la renuncia al control individual supone en realidad un incremento paranoico de la voluntad de control en tanto que grupo: se trata de descentralizar provisionalmente para poder llegar a una verdad absoluta, es decir, para volver a cerrar la comunidad de los que saben, de la que quedarían excluidos todos los demás. En términos más generales, es preciso diferenciar, por tanto, los procesos de democratización que reintroducen de una u otra forma identidades fuertes y excluyentes de grupo (a veces acompañadas de pretensiones xenófobas e incluso violentas, como en el caso de los grupúsculos de la llamada “Nueva derecha”) y los que realmente mantienen la capacidad de auto-cuestionar las comunidades que generan, manteniéndolas abiertas. En lo que sigue intentaremos captar estos matices de las formas de democratización posible ayudándonos de la noción del “procomún”, que es precisamente aquello que, aunque esté gestionado por un grupo, se mantiene siempre como algo (bienes, recursos, capacidades) que es “de todos y de nadie”.
4. Para otras definiciones o discusiones en torno al procomún ver los textos de Caffentzis, Federici, Negri y Hardt, Bollier y Quilligan.
5. Para una reinterpretación del propio concepto de democracia desde parámetros ajenos al individualismo liberal moderno y más cercanos a lógicas comunitarias, como eran las de la democracia ateniense, ver el texto de Pablo Sánchez León “La ciudadanía que hemos perdido: el zoon politikon en perspectiva histórica”.
6. Para un análisis de las relaciones de la esfera común con el mercado, y más concretamente de los peligros de asimilación del procomún por parte del neoliberalismo, ver el artículo de Silvia Federici “Feminism and the Politics of the Commons”. El texto es en sí mismo también una excelente aproximación al tema general de los commons, con un énfasis en la cuestión de la necesidad de la reproducción material de la vida que contrasta con la deriva más “cognitarista” de autores como Negri y Hardt en su reciente Commonwealth.
7. Otros proyectos importantes emanados del clima de colaboración del 15-M son “Fundación Robo”, que agrupa a músicos reinventando en común la canción protesta, “Asalto”, que hace lo propio con la escritura de ficción politizada y “15-M.cc”, que se plantea como un proyecto multimedia de investigación sobre el 15-M (incluirá documental, libro y página web). Algunos proyectos anteriormente existentes han resultado fuertemente reforzados por el clima 15-M, como es el caso de la “Cooperativas integrales” de Cataluña, que aspira a crear redes en las que se pueda vivir enteramente al margen de la privatización de la riqueza común ejercida por el neoliberalismo, mediante cooperativas que gestionen alimentación, vivienda, salud, educación y el resto de necesidades básicas vitales.

OBRAS CITADAS
Bollier, David. “Surveying Commons Activism on the International Stage”. Bollier.org. 24 Feb 2012. Web 10 Marzo 2012.
Caffentzis, George. “A Tale of Two Conferences: Globalization, the Crisis of Neoliberalism and the Question of the Commons”. The Commoner. Diciembre 1 2100. Web 10 Marzo 2012.
Cahiers du Cinema España. “Cuaderno de Actualidad”. Cahiers du Cinema España July-August 2011.
Cavero, Eva. “Sol visto desde mayo del ’68 (entrevista a Mario Muchnik y Eduardo Arroyo)”. El País. 5 Junio 2011.
De Certeau, Michel. The Practice of Everyday Life. Berkeley: University of California Press, 1997.
Federici, Silvia. “Feminism and the Politics of the Commons”. The Commoner. 24 Enero 2011. Web 10 Marzo 2012.
Fernández-Savater, Amador.  “La cena del miedo”. Acuarela libros. 2011. Web 7 Marzo 2012.
Fernández-Savater, Amador, Garcés, Marina y Sánchez Cedillo, Raúl. “Universalizar las capacidades de cualquiera. Entrevista a Jacques Rancière”. Archipiélago, 73-74.
Hardt, Michael and Negri, Toni. Commonwealth. Cambridge, Mass: Belknap Press of Harvard University Press, 2009.
Jenkins, Henry. Convergence Culture. Where Old and New Media Collide. New York and London: New York University Press, 2006.
Lévy, Pierre. Collective Intelligence. Mankinds’s Emerging World in Cyberspace. Cambridge, MA: Basic Books, 1997.
Martínez, Guillem. “¿La cultura de la transición (CT) se muere?”. El País. 11 de Junio de 2011.
Monzó, Quim. “He aquí la Spanish revolution”. La Vanguardia. 19 de Mayo de 2011.
Observatorio Metropolitano. La carta de los comunes. Madrid: Traficantes de Sueños, 2011.
Padilla, Margarita. “Politizaciones en el ciberespacio”. Espai en Blanc 9-10-11 (2011): 43-71.
Quilligan, James. “People Sharing Resources. Toward a New Multilateralism of the Global Commons”. Kosmos Fall-Winter (2009).
Sánchez-León, Pablo. “La ciudadanía que hemos perdido: el zoon politikon en perspectiva histórica”.
Vila-Matas, Enrique. “Empobrecimiento”. El País. 24 de Mayo 2011.
Walsh, Peter. “That Withered Paradigm: the Web, the Expert, and the Information Hegemony”. Henry Jenkins and David Thorburn (eds) Democracy and New Media. Cambridge, MA: MIT Press, 2004.

«Estamos recuperando la gobernabilidad de la economía»

El economista argentino Aldo Ferrer, maestro y referente de las perspectivas desarrollistas y keynesianas, aceptó un breve diálogo con Lobo Suelto! sobre la coyuntura que se abre con el proyecto de expropiación de acciones de Repsol YPF. 
Por Lobo Suelto!

–¿Cómo ves la intención del Gobierno de expropiar las acciones Repsol?
–Creo que es una decisión correcta. La venta de YPF fue una de las peores medidas tomadas por el Estado neoliberal. En esa etapa se enajenaron herramientas fundamentales de la política pública. Brasil, por ejemplo, preservó el ejercicio de su soberanía, nosotros la entregamos. Entre esas entregas está la de YPF, con las consecuencias inevitables que conocemos. Como algunos lo advertimos en aquel momento, se verificó que las cosas no iban a andar bien. No sólo desde el costado específico de los hidrocarburos, sino también desde el punto de vista científico y tecnológico. Extranjerizar ese sector fue un retroceso muy grave. Este es el epílogo de un largo camino que llegó adonde tenía que llegar.
–Usted suele remarcar la diferencia entre el Estado neoliberal y el Estado nacional. ¿Cómo se inserta esta medida en ese esquema?
–La decisión es importante porque es un paso más en la recuperación del Estado nacional. En el período neoliberal se maniató al Estado para someterlo a los intereses privados, a la especulación financiera, que provocó el endeudamiento, desindustrialización, aumento en el desempleo, pobreza e indigencia. Desde la salida de la crisis reaparece el Estado nacional. Del mismo modo que la recuperación de la capacidad para hacer política monetaria, el manejo del tipo de cambio, la reforma del sistema previsional y la modificación del rol del Banco Central, YPF es un paso muy importante en la reconstrucción del Estado nacional. En el escenario mundial está claro que a los países que les va bien son aquellos que tienen fuertes políticas nacionales. El Estado neoliberal busca desmantelar la política pública para que no se puedan tomar medidas de transformación en un país en desarrollo como el nuestro. Se está recuperando la gobernabilidad de la economía argentina. Pienso también que la reparación del Estado nacional requiere de sólidos equilibrios macroeconómicos, en el plano fiscal y externo.
–¿Qué espera de una nueva YPF “estatal” (palabra que empleamos a sabiendas de que ni aún votado el proyecto actual en el parlamento se trataría de una empresas estatal)?
–Espero que se amplíen las reservas de hidrocarburos y la producción, que haya un esfuerzo para fortalecer el acervo científico de la firma y poder vincularlo al resto de la sociedad. Hay que recordar que el desarrollo es la capacidad de gestión del conocimiento. Esa dimensión científico-tecnológica es fundamental. Desde el punto de vista financiero, hay infinidad de posibilidades de conseguir recursos del exterior, ese aspecto no es el más complejo. Pero también se pueden hacer las inversiones con recursos propios. Si lográramos frenar la fuga de capitales, tendríamos el dinero para aumentar la extracción de hidrocarburos. Hay que tener en cuenta que el ahorro interno es la principal fuente de desarrollo económico del país. Esto no es para volver a la YPF que en muchos aspectos fue negativo, sino para recuperar la YPF del pasado que tuvo muchos aspectos positivos. Hay que tener cuidado con los manejos corporativos en la firma.
–¿Cómo explica que gran parte de la sociedad argentina haya de algún modo acompañado un proceso de privatización inédito en el mundo como fue el de YPF?
–La explicación pasa por la carencia de densidad nacional, la falta de suficiente cohesión social en Argentina. Eso sucede por una serie de cuestiones. Una de ellas es la falta de liderazgos con una impronta nacional. Hubo una sucesión extensa de líderes con una visión de país periférico, vinculados a intereses transnacionales. En segundo lugar, en el siglo pasado tenemos el record mundial de debilidad institucional, y eso se paga. Entonces se implantó el pensamiento alienado, el pensamiento neoliberal en la dictadura. Fue a través del terrorismo de Estado. Y en los ’90, a partir de un gobierno legítimo. Ese gobierno construyó el Estado neoliberal más ambicioso del mundo. No hay otro país que haya avanzado tanto, incluida la venta del petróleo. A la vez, existió una falta de pensamiento crítico. En definitiva, la falta de densidad nacional impidió tener un Estado al servicio del desarrollo. Eso explica que hayamos tomado cursos de acción tan negativos. En los últimos años se ha ido produciendo una cierta recuperación. Han emergido dirigencias con visión nacional, las instituciones mejoraron, existe pensamiento crítico con visión nacional mucho más fuerte y visible, como por ejemplo el Grupo Fénix. En definitiva, ha habido un fortalecimiento de la densidad nacional.

Fractura expuesta: yacimientos no convencionales en Argentina

¿Novedad o el horror potenciado?
 La voracidad energética del capitalismo continúa haciendo de las suyas. Diversos gobiernos y empresas están dando un fuerte impulso al desarrollo de los denominados yacimientos no convencionales -arenas bituminosas, petróleo y gas de pizarra o esquisto (shale gas y shale oil) y gas de arenas profundas/ compactas (tight gas)- a pesar de que requiere una ocupación más extensa e intensa del territorio, la utilización de grandes cantidades de agua y químicos de alta toxicidad, y que las tecnologías empleadas para su extracción redoblan el impacto generado por las explotaciones tradicionales.
La “revolución energética” que los no convencionales iniciaron en Estados Unidos a principios de milenio ha sido exportada al resto del mundo por las autoridades de la potencia del Norte a partir de la Iniciativa Global de Gas de Esquisto (Global Shale Gas Iniciative). De la noche a la mañana, Argentina se convirtió en la tercera reserva mundial de shale gas detrás de EE.UU. y China, generando un verdadero frenesí en las provincias con mayores dotaciones del recurso. En las cuencas tradicionales y hasta en ¡Entre Ríos! ha comenzado una carrera similar a la que se vive en otras regiones de América, Europa, Asia, África y Oceanía.

El mapa regional
En nuestro continente la Iniciativa Global de Gas de Esquisto –en la que participan Argentina, Chile, Colombia, Perú y Uruguay-, se potencia con el programa Alianza de Energía y Clima de las Américas (Energy and Climate Partnetship of the Americas), comandado por el Departamento de Estado norteamericano, y secundado por la Organización de Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización Latinoamericana de Energía, el Banco Mundial, entre otros.
Hasta el momento, los siderales “descubrimientos” de reservas que Repsol-YPF y otras empresas menores vienen anunciando desde fi nales de 2010, se extienden por buena parte de la geografía neuquina. Así, al ultra-contaminado yacimiento de Loma de La Lata podría sumársele la región de Zapala, donde una multisectorial en defensa del acuífero rechaza el proyecto, y la comunidad mapuche Gelay Ko –en cuyo territorio se realizó el primer pozo multifractura de Sudamérica- ocupó las instalaciones de la petrolera Apache para denunciar la contaminación y escasez de agua.
Estas señales favorables para el desarrollo de la actividad en la Patagonia alientan los intereses petroleros tanto en otras provincias como en otros países del Cono Sur. Desde la austral región chilena de Magallanes, donde la empresa estatal ENAP anunció su intención de realizar exploraciones, hasta la cuenca Chacoparanaense, que cubre casi la totalidad de Paraguay, el norte de Uruguay –que ya anunció exploraciones junto a Repsol-YPF-, el oriente boliviano, importantes regiones del sur de Brasil y la Mesopotamia y el noreste argentino.
Resistencias globales a una revolución planetaria
La experiencia contaminante en Estados Unidos –donde el 30% del gas que se consume proviene de yacimientos no convencionales- no sólo está impulsando el surgimiento de grupos de resistencia a nivel local sino también en el resto del mundo. En Canadá, pionera en la explotación de arenas bituminosas, el Estado de Quebec declaró una moratoria para en la aplicación del sistema de fracking o fractura hidráulica –utilizado necesariamente en los celebrados yacimientos.
En Francia una masiva movilización popular en 2011 logró que se aprobara una ley que prohíbe la técnica de fractura hidráulica. Si bien diversas organizaciones plantean reparos por el alcance de la medida, fue la primera de ese tenor a nivel mundial. En enero de 2012, y también por la presión popular, Bulgaria se sumó al país galo. Por su parte, en Inglaterra -donde se toma en cuenta la moratoria aprobada por la vecina Irlanda del Norte-, colectivos socio-ambientales persiguen el mismo objetivo, y en Suiza, el cantón Vaud prohibió la exploración de yacimientos no convencionales luego de accidentes ocurridos por perforaciones en el lago Léman.
Las licitaciones para exploración y explotación de no convencionales en el norte de España, principalmente en Cantabria y el País Vasco, genera fuertes resistencias. Lo mismo sucede en Polonia, principal reservorio en la Unión Europea, denominado “el cielo del fracking”.
En Australia, el Estado de Gales del Sur, declaró una moratoria para la fractura hidráulica hasta tanto se establezcan los riesgos ambientales y sanitarios de la técnica. Y en Nueva Zelanda los partidos Laborista, Verde y Mana llamaron a una moratoria sobre la fractura hidráulica. Mientras que Sudáfrica reglamentó un cese de la explotación de yacimientos no convencionales de gas en el desierto de Karoo, hasta que se realicen las consultas pertinentes y se garantice la no afectación de los escasos recursos hídricos existentes en la región. Las moratorias conseguidas sirven de aliento, ya que si la revolución de los hidrocarburos es global, también lo es la resistencia.

YPF y UTD: los criminalizados tenían la razón

Esto es algo grande, esto es algo bueno. Ahora hay que ver cómo sigue, porque tampoco es cuestión que le den todo a los amigos de ellos” dice desde la cama del hospital de la capital salteña José Pepino Fernández, integrante de la histórica Unión de Trabajadores Desocupados (UTD) de General Mosconi, Salta, que reúne a los desplazados por la privatización menemista. “Esto abre una esperanza, y demuestra lo que siempre dijimos y por lo que siempre pelamos”. La estatización de parte de YPF vino a confirmar lo que la UTD denuncia desde hace años (el saqueo y la desinversión petrolera), recibiendo como respuesta estatal la criminalización, sitios a Mosconi, militarización de la zona, represiones de antología y la muerte de trabajadores como Aníbal Verón, Orlando Justiniano, Alejandro Matías Gómez, Carlos Santillán y Oscar Barrios.

El propio Pepino Fernández es un récord Guiness, con más de 80 causas abiertas en su contra e innumerables hospedajes en las cárceles salteñas anteriores al dictado de la Ley Antiterrorista, por lo cual ha zafado hasta ahora. De lo que no ha zafado es de la diabetes, y por eso habla desde el hospital en el que está tratándose la infección que podría obligar a amputarle un dedo. Pero Pepino prefiere hablar de otro tema: “El gobierno ha hecho algo positivo, y después de todo el abandono que provocaron estas multinacionales se puede generar un nuevo auge de trabajo”.
Para Fernández hay una reflexión obligada: “A la larga la lucha da resultado. Se han tomado decisiones que había que tomar para enfrentar a los grandes capitales”.
¿Cuál es el riesgo al que hay que estar atentos ante esta decisión gubernamental? “Queremos un cambio de fondo, no queremos que le den esto a los amigos de ellos sino a gente capaz, gente idónea, para que esto no sea sólo una esperanza, sino que funcione”.
Conveniencias
Otro referente de la UTD es Juan Carlos “Jipi” Fernández, hermano de Pepino. ¿Qué opina de la hipótesis de que el gobierno hizo esto por conveniencia o especulación de caja económica? “Le convenga o no le convenga al gobierno, para nosotros es una medida que sí o sí se tenía que tomar. Dejarle el petróleo a estas empresas provocó todo el empobrecimiento de la gente y que nos hayamos quedado casi sin reservas”.
Jipi Fernandez es rector honorario de la Universidad Popular que los trabajadores hicieron en Mosconi con los nombres de sus muertos JU.VE.GO.SA.BA (Justiniano, Verón, Gómez, Santillán, Barrios). Dice: “Sentimos que esto es una enorme oportunidad, que venimos reclamando desde hace 20 años, siempre muy solos. La UTD no nació por un plan social, ni nos van a llevar por un bolsón de comida. Somos una organización con autonomía, para pelear por el trabajo, el derecho, la soberanía y la naturaleza. Nació porque mucha gente quedó fuera del sistema y peleamos contra la concentración del pdoer económico. Y contra la discriminación. Mosconi es de las principales zonas productoras de gas y petróleo, pero aquí no tenemos gas y hoy mismo en el pueblo es imposible encontrar combustible”.
Petróleo & Minería
Jipi recuerda que “hemos sido presos y torturados en plena democracia, hemos sido perseguidos por el poder económico y por el Estado, pero siempre hemos trabajado con nuestras propuestas y proyectos productivos porque sabemos los efectos que genera todo esto”. El propio Jipi Fernández, que trabajó en las petroleras, tuvo algo que no sabe si llamar suerte o desgracia: “Estuve también en Barrick Gold, en algunos proyectos mineros que no pudo concretar acá en Salta. Por eso sé bien lo que envenenan esas empresas a nuestro pueblo, y sé que la lucha de los pueblos originarios y las comunidades que se oponen a las mineras son totalmente ciertas y justas, como la nuestra”.
Trabajadores socios
Un detalle hacia adelante: “A los trabajadores por ley nos corresponde el 10% de YPF por el Programa de Propiedad Participada. Nunca se cumplió. Ahora queremos que se cumpla, porque nosotros tenemos mucho conocimiento y mucho que aportar al futuro de la empresa”.
Agrega Jipi: “Las empresas venían sacando el petróleo de los pozos que ya estaban funcionando, pero abandonaron totalmente los pozos marginales, que hoy podrían provocar no una gran producción pero sí una reactivación que permita dar tiempo a nuevas exploraciones”.
La UTD organizó una marcha este 16 de abril para celebrar la medida oficial. Otras marchas más silenciosas y pequeñas tienen como meta el hospital, para acompañar al hombre más criminalizado del país que está dando otra pelea para poder volver al trabajo con sus compañeros.

YPF: «Hoy más que nunca es relevante la regulación del sector»

por Alejandro Frías
El proyecto de ley por el que el Estado argentino expropia el 51 por ciento de las acciones de YPF, actualmente en manos de Repsol, será aprobado esta próxima semana por el Senado, pasando luego a ser analizado por la Cámara de Diputados. Para Lobo Suelto! Alejandro Frías consultó sobre su posición al diputado Claudio Lozano, dirigente de la CTA y representante del Frente Amplio Progresista.
«Nosotros desde siempre hemos estado en desacuerdo con el proceso de retiro del Estado del sector hidrocarburífero, perpetrado primero con los decretos desreguladores de Menem y luego con la privatización de YPF, por lo tanto, cualquier definición que implique un avance para recuperar el control sobre un recurso estratégico como el petróleo y, al mismo tiempo, brindarle al Estado mejores condiciones para captar parte de la renta extraordinaria asociada a este recurso, nos parece una medida razonable, más allá de que vemos que hay varias cuestiones que la rodean y que merecerían fuertes observaciones y críticas, además de que probablemente las cosas podrían haberse hecho de otro modo y no como se están haciendo», comenzó diciendo Lozano, y agregó: «Más allá de estás consideraciones y asumiendo que el gobierno nacional es responsable directo del proceso de saqueo que sobre el petróleo se perpetró en los últimos ocho años y del comportamiento que Repsol tuvo al interior de YPF, que es corresponsable de todo esto, nos parece un paso que abre una oportunidad de mejorar la situación en materia hidrocarburífera en el país».
– ¿Cuáles serían esas cuestiones que merecerían un análisis más crítico?
– Son varias. La primera es que la YPF que nosotros estamos recuperando hoy es una YPF menor a la que teníamos. Hoy representa el 34 por ciento de la producción de petróleo y el 23 de la producción de gas, con los cual, más del 60 por ciento del petróleo y más del 70 por ciento del gas están fuera del manejo de nuestra petrolera. En ese sentido, hoy es mucho más relevante que en otros tiempos la regulación del sector, y luego de haber explicado las cosas que está explicando el gobierno, la verdad es que no se entiende cómo se envía este proyecto sin alterar el marco regulatorio vigente. Lo que habría que hacer es derogar los decretos de desregulación del sector que pusiera en marcha Menem y habría que restituir la vigencia de los artículos 25 y 34 de la ley 17.319, que impiden la concentración de áreas de exploración y explotación en manos de un mismo concesionario, y hay que revisar las definiciones de la ley corta, es decir, hay que caminar hacia una nueva ley nacional de hidrocarburos, y sobre este punto no hay absolutamente nada en el proyecto. El segundo punto es que no hay tampoco precisión en el proyecto respecto del valor que se va a pagar por la compañía. El tercer tema que tampoco está puesto en el proyecto es que ese 51 por ciento que hoy se está incorporando no se vaya a modificar en el futuro, es decir, no que no pueda reducirse la participación estatal; hay que garantizar que esto no ocurra. El otro elemento que tampoco se entiende es por qué vamos sobre las acciones de Repsol y no sobre las de Eskenazi, que nos permitirían tener un 76 por ciento del capital accionario, y más asumiendo que es un grupo que sin poner un solo peso ha sido partícipe del proceso de desinversión que el propio gobierno está denunciando. Tampoco se entiende por qué, si lo que estamos conformando es una sociedad anónima con participación estatal mayoritaria, se le quita esta categoría y se la quita de todo marco de control, por ejemplo, de la Auditoría General de la Nación. En el proyecto tampoco hay mención alguna al tratado bilateral de inversiones que tenemos con España y que habría que modificar. Hay varias cuestiones que nos parece que hay que agregar en esta discusión y que, lamentablemente, no están presentes en la propuesta oficial.

– En esta reducción de la participación de Repsol pero no de Eskenazi, ¿hay alguna intencionalidad en particular?
– Ahí están presente todas las dudas respecto del tipo de involucramiento en el negocio que tiene el propio gobierno a partir del comportamiento del matrimonio Kirchner, porque todo el mundo sabe que la incorporación del grupo Petersen sin poner un peso y estableciendo como marco que su participación accionaria se pague con las utilidades de la empresa es algo que se hizo bajo la bendición de Néstor Kirchner. Consecuentemente, está claro que no se toca esto por esta razón. Al mismo tiempo, todo el mundo sabe que Repsol es uno de los principales acreedores del grupo Eskenazi, con lo cual, si ahora Eskenazi no pagara el crédito que tiene sobre su cabeza, estas acciones volverían a mano de Repsol, que recuperaría el 25 por ciento. Lo que sí está claro es que son puntos oscuros, no vemos ninguna razón para que vayan por las acciones de Repsol y no por las de Eskenazi. En todo caso, uno puede no ir sobre aquellas partes del componente accionario que tienen que ver con la cotización en bolsa, pero aquello en que tiene que ver con la gestión de la empresa, francamente no hay ninguna razón para ir sobre uno y no sobre otro.
– ¿Cómo debe plantearse la futura administración de YPF?
– Esto tiene que ver con que lo relevante aquí, para poder tener una visión más clara de hacia adónde vamos, es el tema del cambio en el marco regulativo del sector, porque el problema que vemos es que no hay orientación para un grupo energético distinto, y la preocupación que tenemos es que si bien uno tiene un acuerdo con una medida que le transfiere al Estado el control sobre aproximadamente unos 1.500 millones de dólares de utilidades netas anuales, el tema es qué hacer con esto, porque nosotros creeemos que debería servir para ampliar la capacidad de exploración y explotación que en materia energética tiene la Argentina, y en tanto y en cuanto esto no sea expresamente establecido, puede terminar ocurriendo que simplemente sirva para poder importar hidrocarburos a precio internacional vendiéndolo más barato, consecuentemente, perdiendo las utilidades de la empresa, haciéndole cumplir un papel de subsidio a la actividad pero sin que resuelva en absoluto la posibilidad de una estrategia energética distinta. Dicho de otro modo, le estaríamos haciendo pagar a YPF un desvalance energético que tiene que ver con cómo funciona el conjunto del sector, incluyendo al resto de las firmas incluidas en él.
– Entonces, uno de los puntos sería reducir ese 60 por ciento de petróleo y 70 por ciento de gas que están fuera de la empresa.
– Por supuesto, ese es el punto por el cual hoy es mucho más importante la discusión. En la etapa en la que YPF era absolutamente monopólica, por lo tanto tenía un peso en el mercado mucho mayor, quien regulaba el mercado era YPF. Hoy efectivamente mantiene una posición dominante, porque tiene 34 por ciento de la producción de crudo y el 55 o 60 por ciento de lo que es comercialización, distribución y refinería, pero está claro que hay diversos actores que están involucrados en el negocio y que manejan la parte del mercado que en conjunto supera la de la propia petrolera, por lo tanto, hoy el marco regulatorio sigue siendo imprescindible, porque si el marco sigue siendo el mismo, corremos el riesgo de que YPF sea un rueda auxiliar de un capital privado que en la práctica sigue recibiendo los mismos beneficios, mientras nosotros transformamos esto en una suerte de caja de subsidios para sostener el precio interno del combustible y hacernos cargo de la importación a costos internacionales.
– En estos días se ha trazado más de una vez un parangón de lo que sucede con YPF y lo que pasó y pasa con Aerolíneas Argentinas. ¿Cómo ve este cuadro?
– A mí me parece que son actividades que tienen ser manejadas por el Estado. En ese sentido, yo he estado de acuerdo con el avance en la expropiación de Aerolíneas del mismo modo en que estoy de acuerdo en este caso, pero, vuelvo a decirlo, si bien comparto esto y además no nos parecía correcto dejar caer la aerolínea de bandera, que era lo que iba a pasar dada la situación de quiebra en la que se encontraba, ciertamente lo que está en discusión acá es la acción gubernamental. Está claro que Aerolíneas no ha tenido un plan de trabajo. Su equipamiento, su ampliación, su desarrollo y su mejora no han sido las claves principales. Está claro que la proporción que tiene el rubro equipamiento en el subsidio global que Aerolíneas está recibiendo ocupa un papel minoritario. Además, el plan de inversiones de la empresa debería haberse presentado al Congreso pero jamás existió, o sea que hay problemas serios de gestión. Nosotros no compartimos la gestión del gobierno ni en materia de lo que hace con Aerolíneas ni con lo que hace respecto de hidrocarburos, aunque sí creemos que forman parte de pases que permiten reconstituir el papel del Estado.

Lo que viene después del patio trasero

 
por Raúl Zibechi
 
Después de la reciente sexta Cumbre de las Américas quedan pocas dudas de que la región latinoamericana ha cambiado. Dejó de ser el patio trasero de un decadente imperio que tiene muy poco para ofrecerle salvo bases militares y flotas amenazantes. El doble fracaso estadunidense, de Barack Obama en Cartagena y de Hillary Clinton la semana siguiente en Brasilia, muestra la falta de propuestas constructivas para la región.
 

Como señaló Dilma Rousseff, los países de la región reclaman relaciones entre iguales, lo que fue interpretado por algunos analistas como una rebelión contra Estados Unidos. La principal consecuencia de la cumbre es la constatación del aislamiento de Estados Unidos y su inexistencia de políticas capaces de atraer al conjunto de la región como sucedió hasta mediados de la década de 1990. Encuentro cinco razones para el deterioro de las relaciones de Washington con todo el continente, que anticipan el nuevo escenario en formación.

La primera es el doble fracaso de la guerra contra las drogas y del embargo a Cuba. Luego de la caída de la Unión Soviética Washington debió fabricar un enemigo para seguir forzando la militarización de las relaciones internacionales. El tráfico de drogas ilegales cumplió con esa función durante un tiempo, pese a que nunca fue creíble porque no incluyó la reducción del consumo en los países del norte, los grandes consumidores de drogas ilegales.

Ahora la guerra contra las drogas perdió la batalla de la legitimidad. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos acaba de lanzar un estudio en el que afirma que no sólo fracasó en combatir el consumo y el tráfico, sino que la guerra contra las drogas ha creado una amenaza importante contra la seguridad internacional (La Jornada, 17 de abril). ¿No era ese acaso el objetivo buscado?

La segunda es el fin del tiempo de la OEA y la consolidación de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), que excluyen a Estados Unidos y Canadá y se ajustan a la nueva realidad global. Siguiendo la tendencia ya marcada por la Unasur desde 2009, la Celac se está convirtiendo rápidamente en el organismo capaz de resolver los problemas de la región y de trazar el rumbo de su soberanía frente a las potencias extracontinentales. Puede discutirse si ese es el tipo de integración que necesitan los pueblos latinoamericanos, pero no cabe duda de que, sea cual sea el camino que elijan, están excluyendo a los antiguos propietarios del patio trasero.
En tercer lugar, Estados Unidos ya no es el principal socio comercial de los principales países de la región, en particular de Sudamérica, y su decreciente mercado interno ya no tiene el atractivo de antaño ni se muestra en condiciones de captar las exportaciones latinoamericanas. La tendencia es que China y el conjunto de Asia sustituyan el papel que tuvo Estados Unidos desde principios del siglo XX hasta la crisis de 2008 como aliado comercial, y político, decisivo.

Hasta 2005 Estados Unidos compraba 1.5 millones de barriles diarios a Venezuela, cifra que cayó en 2011 a menos de un millón. Por el contrario, las exportaciones venezolanas a China, que eran casi inexistentes en 2005, treparon a casi medio millón de barriles diarios en 2011 (Geab No. 60, diciembre de 2011). La tendencia es que un mercado sustituya al otro.
Estados Unidos y la Unión Europea, en cuarto lugar, van camino de ser desplazados como los principales inversionistas en América Latina. China es el principal inversor en Venezuela, primera reserva mundial de petróleo, tercera de bauxita, cuarta reserva de oro, en sexta posición en gas natural y décima reserva de hierro en el mundo. China cuenta también con fuertes inversiones en Argentina y Brasil, las dos mayores economías suramericanas.
La segunda petrolera china, Sinopec, estaba interesada en comprar la parte de Repsol en YPF por 15 mil millones de dólares antes de la estatización decidida por el gobierno de Cristina Fernández (Financial Times, 18 de abril de 2012). Ahora puede ampliar sus inversiones en Argentina, donde es responsable de 6 por ciento de la oferta de crudo y de 1.7 por ciento de la de gas.
La región tiene también capacidades endógenas de inversión. El mejor ejemplo es el anuncio de la inversión de 16 mil millones de dólares por tres empresas brasileñas (Petrobras, Odebrecht y Braskem) en Perú, para extraer gas en Camisea, construir un gasoducto de más de mil kilómetros hacia el sur y un polo petroquímico en la ciudad portuaria de Ilo, el primero de la costa del Pacífico.
En quinto lugar, Estados Unidos ya no es el único aliado militar de la región. Venezuela mantiene una sólida alianza con Rusia, Brasil tiene acuerdos de cooperación con India en aeronáutica y con China en la industria espacial. Pero lo más notable es la progresiva integración de las industrias militares de la región, o sea el acople de los países suramericanos con la creciente industria militar brasileña.
El caso más notable es la alianza estratégica entre Brasil y Argentina, que se traduce en el desarrollo conjunto de blindados, un carguero militar que sustituirá a los Hércules, el desarrollo de misiles aire-aire que Brasil trabaja con África del Sur, y aviones no tripulados para vigilancia de fronteras. Ambos países conforman una masa crítica capaz de arrastrar a los demás para poner en pie una industria militar regional autónoma del norte.
El inminente triunfo del socialista François Hollande en las elecciones francesas activará una serie de cambios estratégicos que acelerarán las transiciones geopolíticas en curso, según estima el Laboratorio Europeo de Anticipación Política (Geab No. 54, 17 de abril de 2012). Uno de los principales virajes será la formación de una alianza estratégica Europa-BRICS. De alguna manera, esta alianza ya comenzó con el acuerdo militar Francia-Brasil de 2009 para construir submarinos y cazas de ataque. La autonomización de la región puede contar con aliados inesperados.

La re nacionalización de Repsol YPF: un ejemplo de cómo es irreversible la desoccidentalización

por Walter Mignolo
El gobierno español anuncia “represalias contundentes” al gobierno argentino por la nacionalizacion de REPSOL-YPF. Estados Unidos apoya a España y se comporta de acuerdo a hábitos paternalistas. Es difícil para los padres comprender que los chicos crecen. Aunque el tono indica el reconocimiento de que la desoccidentalización es irreversible.
Además de informar sobre las represalias, la prensa española subraya también que la expropiacion de REPSOL-YPF ha dejado intacto el 25% de la acciones que pertenecen al grupo Petersen, de la familia Eskenazi, socios introducidos en el 2008 por el entonces presidente Nestor Kirchner. Señala también un articulo en El Pais, de España, que fueron los Kirchner mismos quienes diez años antes, en 1998, apoyaron la compra de YPF por REPSOL.

Por su parte, la presidenta Cristina Kirchner puso de relieve que es la primera vez que Argentina tiene que importar petróleo. Las razones recayeron sobre la ineficacia administrativa de REPSOL. La situación apuntada por Cristina Kirchner nos recuerda un caso paralelo en el Sultanato Otomano a principios del siglo XIX : por primera vez el Sultanato comenzó a importar café desde Inglaterra mientras que, hasta entonces, habia sido el Sultanato que exportaba café a Inglaterra. Los otomanos tomaron medidas erróneas : reforzaron el ejército en lugar de confrontar las políticas económicas. El tiempo de la desoccidentalización está ya en marcha y consiste en desprenderse de los lazos imperiales en decisiones políticas que afectan la economía.
El caso YPF-REPSOL es un caso ejemplar en los procesos de desoccidentalización que comenzaron quizás con la decisión de Deng Xiaoping de transformar la revolución cultural de Mao Zedong en economía de mercado. Esto es, de confrontar el capitalismo controlado por Occidente y hacer que el gobierno de China tomara las riendas de la politica económica, desobedeciendo las reglas que para el desarollo tenían escritas el FMI y el Banco Mundial. Proceso semejante fue el de Lee Kwan-yew, primer ministro de Singapore, quien siguió una política paralela : capitalismo sí, pero lo manejamos nosotros. Este “nosotros” es complejo pero, en general, es un “nosotros” de nacionalización frente a un “nosotros” escondido bajo la retórica anti-nacionalista de la globalización.
En Argentina, el caso es también ejemplar por la inversión del proceso de privatización que comenzó con Menem-Cavallo a principios de los 90. En ese momento, las luces del triunfo neoliberal encandilaban. Las empresas nacionales, sin incentivos, languidecian, daban en realidad pérdidas. En cambio, la privatización, que traía la competencia a primer plano, pondría los ferrocarriles y la producción petrolifera por las nubes, y navegarían así en los cielos de la globalización. Esa era la renovada retórica de la modernidad. Pero como sabemos, la colonialidad es constitutiva de la modernidad. Los desastres de la privatización y del proyecto neoliberal son notables y notados no sólo en Argentina (el reciente accidente ferroviario), sino en Alemania. Vaya y pregunte usted a los alemanes:¿ qué pasó que los ferrocarriles andan tan pésimos ahora ? Es que antes pertenecian al Estado, le van a comentar, y ahora a empresas privadas. La privatización fue un error necesario, que ahora es necesario corregir. La desoccidentalización, irreversible, describe distintas maneras de desprendimiento político en la toma de decisiones económicas.
La diferencia entre la des-nacionalización de ayer y la consecuente privatización de principios de los 90 con la re-nacinalización y des-privatización actual, es la diferencia entre el mal paso y la corrección de ese mal paso, pero con la experiencia del mal paso dado. En aquel entonces, la creencia en el fin de la historia; el la fe en la marcha indefinida del progreso y el triunfo eterno de la modernización y el neoliberalismo, fueron las consecuencias de un acto de magia que encandiló a muchos. Veinte años después, la toma de conciencia del subterfugio es irreversible. La diferencia es sin embargo, radical : los procesos de re-nacionalización, hoy, ya no están ligados a fundamentalismos ideológicos del Estado, sino a los procesos irreversibles de desoccidentalización política en decisiones económicas.
La desoccidentalización tiene dos caracteristicas basicas :
a) Economía capitalista y
b) Ya no manejada por los legados del colonialismo, es decir, por la lógica unilateral de la colonialidad.
Esta es la política claramente adoptada por los BRICS en la Cuarta Cumbre que tuvo lugar en Delhi a finales de abril. Las decisiones en política internacional ya no serán unilaterales, lo cual significa que estamos ya en un mundo de colonialidad económica (capitalista en el vocabulario de liberales y marxistas) y de policentricidad política y epistémica. Además, la desoccidentalización torna la distinción entre Derecha e Izquierda (herencia tradicional de la modernidad) en obsoleta.
La desoccidentalización es un movimiento de izquierda en la medida en que confronta y se desprende de la hegemonía y dominancia construida y manejada durante cinco siglos por monarquías y Estados seculares nacionales de Europa occidental y Estados Unidos. Pero también se puede decir que es un movimiento de derecha porque no cuestiona la colonialidad económica, aquello que liberales y marxistas llaman ¨capitalismo¨, concepto que, por las mismas razones, va perdiendo su relevancia.
No obstante, tampoco es de derecha por que de la derecha serían en este momento los procesos de re-occidentalización, los cuales son antagónicos a los de desoccidentalización. De ahí la reacción de España. Sin embargo, las cosas se han mezclado puesto que Estados nacionales con historias coloniales pueden optar por ligarse, en vez de desprenderse, de la re-occidentalización. La VI Cumbre de las Américas en Cartagena, recientemente concluida, fue auspiciada por el presidente de Colombia, José Manuel Santos, e inaugurada por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Colombia y Chile han optado por la re-occidentalización. Brazil (como miembro del BRICS), Argentina, Ecuador, Bolivia, Venezuela apuntan decididamente hacia la des-occidentalización.

Los desafíos de la nueva YPF

Por Claudio Katz

La intervención de YPF y la introducción de una gestión estatal de la empresa son medidas necesarias para comenzar a revertir la depredación energética. Pero constituyen tan solo un punto de partida para recuperar los recursos petroleros.

Durante una década REPSOL lideró el vaciamiento de pozos, reservas e instalaciones pre-existentes. Extrajo lo máximo posible sin invertir y expatrió ganancias en forma escandalosa. Esta conducta no irritó a ninguno de los críticos neoliberales de la expropiación en curso. Ahora cuestionan la “violación orden jurídico”, olvidando el total incumplimiento de los contratos por parte de la firma. Esta doble vara es congruente con su habitual aprobación de los atropellos contra los derechos de los asalariados o jubilados. Nunca extienden a estos sectores los principios de la seguridad jurídica.


Falacias neoliberales

Los derechistas están recreando los fantasmas del 2001-2005 y repiten los mismos argumentos que difundieron luego del default. Advierten contra las terribles consecuencias de “aislarse del mundo”, omitiendo su récord de pronósticos fallidos.

Algunos exculpan a REPSOL afirmando que sufrió un castigo de precios desfavorables. Pero silencian los sucesivos ajustes de los últimos años, la autorización para liquidar divisas en el exterior y el permiso para exportar a costa del auto-abastecimiento. Las objetadas retenciones móviles a las ventas externas fueron una tenue compensación del terrible drenaje que sufrió el país. Tampoco recuerdan que la falta de inversiones se remonta a los años 90, cuando el combustible era muy caro en dólares.

Los voceros locales de REPSOL afirman que la expropiación ahuyentará las inversiones, que se necesitan para recomponer la producción. Pero el desarrollo petrolero de Argentina nunca provino de los capitales foráneos. Fue un resultado de la propiedad estatal del crudo y del equilibrio entre exploración y explotación de pozos, que se logró mediante un sistema integrado de extracción, refinación y comercialización. Este régimen fue demolido con la privatización y debería ser recompuesto para reconstruir el abastecimiento.

Cualquier paso en esa dirección es visto por la derecha como una expresión de “populismo, caja o demagogia nacionalista”. Pero con su sostén de la privatización ya demostraron cómo conciben el ideal opuesto de conductas republicanas, maduras y responsables.

Los defensores más descarados de REPSOL alertan contra el inminente conflicto entre argentinos y españoles que suscitará la expropiación, como si la firma afectada fuera la representación del pueblo ibérico. En realidad es una empresa privada de dudosa propiedad hispana, puesto que el grueso de su capital se encuentra distribuido en varios centros financieros del mundo. Como se especializa, además, en localizar sociedades en paraísos fiscales, potencia la evasión impositiva que ha deteriorado las finanzas españolas, precipitando el brutal ajuste que padece ese país.

REPSOL es naturalmente defendida por una monarquía y un gobierno reaccionario, que continúan desplegando soberbia neo-colonial con creciente despiste. La repetición local de esa diatriba es particularmente chocante. Como la firma recurrirá a sus aliados de Europa y el G 20 para generar un conflicto jurídico internacional, es imperioso que Argentina se retire del CIADI. Ese tribunal ya tiene preparado un fallo a favor de la petrolera.
¿Empresa mixta o estatal?

Los principales problemas de la nueva YPF no se ubican en el flanco externo. Es evidente que el gobierno decidió la expropiación por necesidad y no por convicción. Estaba acuciado por la caída de la producción y la consiguiente obligación de financiar importaciones con los pocos recursos que tiene la Tesorería. Presionado por esas circunstancias introdujo un giro de 180 grados en su idilio previo con la empresa afectada. Negoció sin resultados un compromiso de mayor inversión y finalmente optó por el choque con sus viejos socios. La expropiación no forma parte de una estrategia prevista, ni obedece al gran caudal de votos logrado en los últimos comicios.

La reconstrucción de YPF se encuentra ahora en manos de quienes participaron en su destrucción. Gran parte de la elite actual de funcionarios protagonizó el desguace menemista de la empresa y el remate de sus acciones. Su responsabilidad en el descalabro energético de los últimos ocho años es inocultable. De Vido es la antítesis de Mosconi. Por su despacho pasaron todas las autorizaciones requeridas para convalidar el aniquilamiento de YPF.

La iniciativa de expropiación es positiva, pero sus reales efectos dependerán de las próximas medidas. Una decisión clave se juega en el manejo de la indemnización. No se puede pagar por lo que es nuestro, ni premiar con mayores fondos a quienes descapitalizaron la empresa. Todavía hay que averiguar cuáles fueron las ganancias reales que acumuló REPSOL con la distribución de utilidades a costa de los activos energéticos y con la expansión internacional de la compañía, utilizando los recursos del subsuelo nacional.

Antes de hablar de cualquier valuación de la empresa (por cotización bursátil, contable o patrimonial) hay ver los resultados de una auditoría, que esclarezca el estado de los pozos y de los daños ambientales. Si se utilizan los fondos del ANSES, las reservas del Banco Central o la emisión de nueva deuda para pagarle a REPSOL, se repetirá la vieja historia de un estado bobo que se hace cargo de las pérdidas ocasionadas por ex concesionarios.

La nueva YPF es concebida como una sociedad anónima, siguiendo un modelo de empresa mixta muy distante de la vieja compañía íntegramente estatal. Esta decisión es errónea y conspira contra el proyecto de reconstrucción energética. No es casual que existan tantos ejemplos internacionales de manejo totalmente público de un recurso vital. Ese modelo de propiedad pública mantuvo la tasa de exploración requerida en el pasado para un país como Argentina, que tiene reservas limitadas y de costosa extracción.

La necesidad de un largo proceso de inversión no es compatible con los idealizados esquemas de compañías mixtas, que ya fueron ensayados en la primera etapa de privatización de YPF. Un test próximo de los problemas que enfrenta este modelo, saldrá a flote cuando deba resolverse la situación del grupo Eskenazi. Esta familia quedó como socia minoritaria de la nueva YPF, luego de haber perpetrado un fraude superior a las tropelías cometidas por REPSOL. Compró su participación sin poner un solo peso, recurriendo a un crédito a pagar con la distribución de utilidades. Su permanencia está en duda, desde el momento que deberá cancelar ese préstamo con su propio dinero. Si se concreta su deserción: ¿Quién se hará cargo de ese paquete? ¿El estado mediante pérdidas adicionales? ¿O habrá una transferencia a otros “capitalistas amigos” (Bulgheroni, Cristóbal López, Lázaro Báez, Eurekian), que ya se quedaron con varias áreas sin realizar ninguna inversión?

El peligro de la sociedad mixta no radica sólo en esos favoritismos. La fuerte presencia del capital privado dentro de la compañía exige operar con criterios de rentabilidad inmediata, que obstruyen la prioridad inversora. Este modelo induce, además, al aumento de los precios en boca de pozo por la presión por lograr mayores utilidades, generando un encarecimiento adicional del combustible.

Gestión, legislación y propiedad

El gobierno promete una administración profesional de la nueva YPF. Pero esta meta exige no sólo conocimientos técnicos, sino también gran independencia del lobby petrolero. Si las firmas privadas participan del directorio, aumentará el peligro de repetir los vicios del pasado (endeudamiento indebido de la compañía) o incurrir en nuevos desaciertos (uso de los recursos para financiar el bache de importaciones). Es evidente la trascendencia de definir cómo se administrará la compañía y ENARSA brinda un mal antecedente inmediato. Resulta imprescindible dotar a YPF de un genuino control social, popular y de los trabajadores.

Pero el mayor problema radica en lo que sucederá con el 70% de la actividad petrolera que actualmente se desarrolla fuera de YPF. El gobierno no ha definido qué tipo de modificaciones se introducirán, en un sector regido por principios neoliberales de libre disponibilidad del crudo por parte de los concesionarios.

La revisión de los contratos suscriptos con esas normas recién ha comenzado y en su gran mayoría afectó a pozos marginales. El proyecto de ley en curso no aclara qué ocurrirá con el marco legal que habilitó la atomización del sector y la proliferación de una gran variedad de gravosos convenios. Aquí se impone la inmediata recuperación de la atribución del estado para controlar toda la comercialización interna y externa, fijando las condiciones y los precios de extracción y procesamiento.

La propiedad provincial del subsuelo constituye otro impedimento para alcanzar esa meta. Mantiene el poder discrecional de los gobernadores para manejar un recurso de toda la nación. El compromiso de sindicatura común que se ha establecido con las provincias para el manejo de YPF, no se extiende al resto del sector y sólo pospone la necesidad de reintroducir la propiedad nacional. Marginar a las provincias no petroleras de la nueva conducción de YPF no contribuye a esa recomposición.

Con la expropiación se abre un nuevo capítulo de historia petrolera. Hay condiciones nacionales e internacionales muy favorables para reconstruir nuestro cimiento energético, avanzando hacia una empresa totalmente pública. Sólo este esquema permitirá equilibrar los costos de extracción con los precios requeridos para el desarrollo industrial. Este manejo es indispensable para diversificar la matriz energética, reducir la dependencia de los hidrocarburos y evitar un mayor deterioro del medio ambiente.

El logro de estos objetivos exige afectar los intereses capitalistas que hasta ahora protegió el gobierno y adoptar una actitud soberana frente a las presiones externas. La movilización popular con banderas propias es el gran instrumento para esta acción.

¿Qué conflictos existen en torno al modo de vida imperial?

por el Taller de Coyuntura
 

El encuentro anterior nos planteamos la existencia de una imagen única de felicidad pública, en torno a la cual se aglutinan los proyectos políticos de la época. ¿Podemos pensar que esa imagen de felicidad da lugar a un modo de vida igualmente dominante? Dos autores vieneses, Ulrich Brand y Markus Wissen, usan el concepto de modo de vida imperial para referirse a este fenómeno. “No se refiere simplemente a un estilo de vida practicado por diferentes ambientes sociales -explican- sino a patrones imperiales de producción, distribución y consumo, a imaginarios culturales y subjetividades fuertemente arraigados en las prácticas cotidianas de de las mayorías.”
 
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Crisis socioecológica y modo de vida imperial

  Acerca de la crisis y continuidad de las relaciones sociedad-naturaleza capitalistas 
 
Ulrich Brand y Markus Wissen (Universidad de Viena)

 Acerca de la relación entre crisis económica y ecológica 
 

En las sociedades capitalistas las crisis económicas son particularmente relevantes porque el capital y sus grupos, y también los asalariados y los representantes de sus intereses, deben temer por sus bases de reproducción. Luchan por opciones de aprovechamiento o empleos asalariados, así como por una estabilización social y planificación para asegurar la reproducción por lo menos a mediano plazo. A pesar de ello, el concepto según el cual “una crisis arranca lo conocido de sus fundamentos” y llama a “reorganizar las fuerzas” (Haug 2010:2121), nos parece ser una visión demasiado limitada. Por lo menos sólo aplica en forma parcial a las manifestaciones actuales de la crisis ecológica en las sociedades del Norte. A diferencia de las consecuencias de la crisis económica y las formas predominantes de su manejo, el drama ya poco negado del cambio climático y la radicalización de la protesta ecológica ―tal como se manifestó, por ejemplo, en Copenhague durante la COP15,1o frente al transporte de contenedores de desechos nucleares Castor en Alemania en noviembre de 2010, casi no se sienten en la vida cotidiana de los habitantes del norte global. La catástrofe del reactor nuclear de Fukushima incrementó el malestar difuso con respecto a una mega-tecnología, y generó – por lo menos en Alemania – declaraciones políticas y en junio 2011 leyes de que se abandonará la energía nuclear. Sin embargo, hasta la fecha no llevó a cuestionar críticamente los patrones de producción y consumo, posibles precisamente gracias a la energía nuclear. A pesar de que los diversos fenómenos de crisis están interrelacionados y a pesar del carácter de clase y género de la crisis ecológica, parece que su evolución se basa en una dinámica específica que la diferencia de otros fenómenos de crisis. Al mismo tiempo, la especificidad de la crisis ecológica tiene sus efectos sobre el desarrollo y el manejo de la crisis económica o energética.
A continuación, trataremos de analizar en mayor detalle y desde la perspectiva de una ecología política la relación entre continuidad y ruptura en la múltiple crisis actual. Para este fin, introducimos un término que nos parece importante desde la perspectiva de la teoría (anti)hegemónica: el modo de vida imperial, que no se refiere simplemente a un estilo de vida practicado por diferentes ambientes sociales, sino a patrones imperiales de producción, distribución y consumo, a imaginarios culturales y subjetividades fuertemente arraigados en las prácticas cotidianas de de las mayorías en los países del Norte, pero también y crecientemente de las clases altas y medias an los países emergentes del Sur. Según nuestra tesis, el concepto del modo de vida imperial permite, en primer lugar, explicar la contradicción (aparente) entre el hecho de que se observa, por un lado, un aumento real y ampliamente reconocido de los fenómenos de crisis en las relaciones sociales y ecológicas, mientras, por otro lado, las medidas sociopolíticas concebidas para combatir estos fenómenos de crisis siguen siendo muy insuficientes.

 
Dicho de otra manera: a pesar de que la crisis ecológica se politizó en los últimos tiempos y es también percibida como un problema en el discurso dominante, parece que los patrones de producción y consumo y los patrones culturales subyacentes se están consolidando y generalizando a nivel global – con el apoyo del Estado y de la esfera política. Cuando hablamos de generalización, no insinuamos que toda la gente esté viviendo igual, sino que existe una especie de lógica de desarrollo ampliamente aceptada que se inscribe en estructuras coercitivas y dispositivos de acción.
Por consiguiente, la crisis social y ecológica debe ser entendida en estrecha relación con las estructuras sociales dominantes, las relaciones de poder y de fuerzas, los contenidos de la política estatal, así como con la tendencia hacia la crisis que es propia de las sociedades capitalistas.
En segundo lugar, esta perspectiva de análisis nos permite ver algunas razones que suelen ser obviadas en los diagnósticos críticos de la crisis, y que dan cuenta de por qué en el norte global existen tan pocas iniciativas emancipadoras frente a esta múltiple crisis. Es decir, por qué la crisis funcional innegable del capitalismo financiero aún no se traduce, hasta la fecha, en una crisis de legitimación.

2. Modo de vida y modo de desarrollo
Una categoría central de la teoría de la regulación es el “modo de desarrollo”. Se refiere a la coherencia temporal entre el desarrollo histórico de unos patrones de producción y distribución, por un lado, y unos patrones de consumo, por el otro lado, dos patrones que en su conjunto constituyen un régimen de acumulación. La dinámica capitalista y la capacidad de lograr hegemonía se dan especialmente‚ aunque no exclusivamente‚ cuando se cristaliza un régimen de acumulación “estable”. Desde la teoría de la regulación, las diferentes ramas del proceso de producción (industrias de bienes productivos y de bienes de consumo) y sus normas correspondientes deben ser más o menos compatibles con las condiciones del consumo final y a las ideas socialmente dominantes de una “buena vida”, y al ocurrir crisis menores estas deben ser manejables. Para citar un ejemplo: la industria automovilística, involucrada globalmente en una competencia brutal, en sus secciones de investigación y desarrollo tecnológico debe proyectarse en base a una demanda global estimada, que recién se concretiza en el momento de la venta. Esto genera sobrecapacidades y destrucción de capital, como lo podemos observar en la actualidad.
Es decir que los conceptos de patrones y normas de consumo, tomados de la teoría de la regulación, no sólo hacen referencia al consumo de bienes y servicios, sino a todo un modo de desarrollo dinámico cuya dimensión material estructura la existencia social y las relaciones sociales, como son la alimentación, la vivienda y la movilidad, el trabajo asalariado y otras formas de trabajo socialmente necesarias, el tiempo libre, lo público en su sentido amplio y lo político en su sentido estrecho, así como la colectividad, la vida en familia y la individualidad. La forma concreta que toma el modo de desarrollo es el resultado de experiencias históricas, de conflictos y compromisos sociales, que terminan consolidándose en un determinado desarrollo tecnológico, ideológico e institucional. Al mismo tiempo, perdura la producción de subsistencia que también brinda un aporte importante a la reproducción de las sociedades capitalistas, en espacios muy diferentes y bajo la condición de relaciones de género extremadamente desiguales.
Nuestro concepto del modo de vida se basa en los conceptos del patrón de producción y consumo de la teoría de la regulación. Además se apoya en el concepto del modo de desarrollo. Sin embargo, se diferencia de este último en la medida en que da más importancia a las microprácticas cotidianas y al sentido común, que rara vez son abordados explícitamente por los teóricos de la regulación. Es decir que no son considerados factores autónomos que influyen en cómo determinados patrones de consumo llegan a generalizarse, o en cómo se crean ciertas condiciones para determinados patrones de producción, sino que solo suelen ser vistos en su funcionalidad y/o disfuncionalidad en el marco de la coherencia macroeconómica.2Para nuestro argumento es central suponer que en determinadas fases históricas, y en base a una congruencia entre los patrones de producción y de consumo, se genera un modo de vida hegemónico, es decir un modo de vida ampliamente aceptado, amarrado institucionalmente y profundamente arraigado en las prácticas cotidianas de la gente; un modo de vida relacionado con determinadas ideas sobre el progreso: Por ejemplo, se espera que las computadoras sean cada vez más potentes, y que los alimentos sean cada vez más baratos, sin importar las condiciones sociales y ecológicas en las que se producen.
Patrones de producción y consumo que se convierten en hegemónicos en determinadas regiones o países pueden generalizarse a nivel global de forma “capilar”, irregular, y con considerables diferencias en el espacio y en el tiempo. Esto tiene que ver con estrategias empresariales concretas e intereses de capital, con políticas estatales comerciales y de inversión, con geopolíticas, pero también con el poder adquisitivo y los imaginarios acerca de un modo de vida atractivo en aquellas sociedades a las que estos patrones de producción y consumo llegan por la vía del mercado mundial.
Cuando hablamos de “generalización,” ésta no significa que todas las personas vivan de la misma manera, sino que se generan determinados imaginarios profundamente arraigados acerca de lo que se entiende por calidad de vida, o buena vida, y por desarrollo social, que marcan la cotidianeidad de un número creciente de personas, no solamente a nivel simbólico, sino también en lo material. La dimensión simbólica no es solamente importante en términos de contribuir a la coherencia de un determinado régimen de acumulación, sino porque la creación y las prácticas cotidianas de un modo de vida tienen sus dinámicas propias (que, por cierto, no están totalmente separadas de lo macroeconómico). Resulta además importante anotar que este proceso no es socialmente neutro, sino que es transmitido vía las inequidades globales, así como vía relaciones de clase, de género, de etnia o etnizadas. Como lo demostraremos más adelante, es verdad que en el norte global el manejo de las contradicciones sociales se vuelve más fácil a raíz de la externalización de los costos ecológicos que surgen en la reproducción de la fuerza laboral. Sin embargo, los patrones de consumo inherentes al modo de vida imperial son muy específicamente clasistas.

3. El carácter imperial del modo de vida del norte global
Se puede hablar de un “modo de vida imperial” a partir de la colonización que arranca en el siglo XVI y el sistema-mundo liberal capitalista instaurado en el siglo XIX. Sin embargo, durante estos períodos, este modo de vida se limitaba a las clases altas, es decir que no era hegemónico en el sentido de caracterizar la vida de la mayoría de la población y, con ello, sus prácticas cotidianas. Fue recién con el desarrollo del fordismo en el siglo XX que se produjo un cambio amplio en las relaciones sociales y ecológicas y con ello en el modo de vida, es ahí cuando el modo de vida imperial se arraiga en la cotidianeidad de las mayorías particularmente del norte global.
La profunda transformación taylorista de la organización laboral y el incremento correspondiente de la producción en los centros capitalistas fueron una de las bases del modo de desarrollo fordista. La otra consistió en que la reproducción de los asalariados mismos se realizó cada vez más a través de bienes materiales/mercancías: la movilidad a través del automóvil, la alimentación a través de productos de fabricación industrial, la vivienda a través de la construcción y adquisición de casas de familia. Con la creciente productividad, se redujeron los costos de los bienes de consumo y con ello también los costos de reproducción de la fuerza laboral. Los asalariados participaron de la creciente plusvalía con el incremento de sus salarios reales, resultado del compromiso de clases fordista. Las innovaciones tecnológicas en áreas como la química, la agricultura, las telecomunicaciones, la construcción de maquinaria, la electrónica y el transporte, constituyeron elementos fundamentales de la dinámica fordista y tuvieron implicaciones específicas sobre las relaciones sociales y ecológicas. El automóvil y la vivienda propia, equipada con bienes de fabricación industrial, asegurados a través de políticas estatales y del sistema de crédito, fueron orientaciones hegemónicas de la producción y del consumo fordistas.
El modo de vida del Norte es “imperial” en la medida en que presupone un acceso en principio ilimitado, – normalmente vía el mercado mundial asegurado a través de políticas, leyes o mediante el ejercicio de la fuerza -, a los recursos, el espacio, las capacidades laborales y los sumideros del planeta entero. 3El desarrollo de la productividad y del bienestar de las metrópolis se basó en una repartición mundial de recursos muy favorable para éstas (Altvater 1992). El inmenso crecimiento experimentado durante el fordismo se logró gracias a la fuerte explotación de energías fósiles (primero carbón y luego sobre todo petróleo) y al uso indiscriminado de los sumideros de todo el planeta. Lo importante fue disponer de un superávit relativo permanente de recursos naturales baratos en cuanto a materias primas y al mercado agrario. El predominio militar y político de los Estados Unidos y el conflicto “frío” con la Unión Sovjética generó cierta estabilización de la situación política mundial, que también se vio reflejado en el acceso constante a recursos baratos como el petróleo. 
 
Después de la crisis del fordismo, en los años 1980, surgió un modo de desarrollo post-fordista en el marco de un proceso de restructuración duramente disputado. Si el fordismo puede ser entendido como una forma de acumulación intensiva que hizo posible un incremento de la plusvalía relativa a través de la intensificación permanente del proceso laboral, se debe anotar que a partir de los años 1980 y más aún de los 90s, se volvió predominante de nuevo un modo de acumulación más bien extensivo, basado en una extensión de los horarios de trabajo, pero sobre todo en el aumento mundial del número de asalariados en países como la China (Sablowski 2009). Otros hitos que marcan este proceso de restructuración que puede ser calificado como la neoliberalización de la sociedad (con elementos conservadores y socialdemócratas) son nuevos modelos de producción, una nueva división internacional del trabajo, la transformación del Estado en un Estado competitivo internacionalizado, un corporativismo competitivo aceptado por muchos sindicatos y estructuras sociales y subjetividades cambiantes (Candeias/Deppe 2001).
Al calificar el modo de vida fordista y postfordista como “imperial”, no queremos negar o desestimar las estrategias basadas en la fuerza cruda o estructural que adquirieron aún más importancia después del 11 de septiembre de 2001. Tampoco queremos, en forma abstracta y con gesto moralizador, criticar a los asalariados de las metrópolis capitalistas y las clases medias y altas de los llamados países (semi-)periféricos por sus hábitos de consumo y/o su estilo de vida. Las líneas de división se mantienen y son reproducidas en forma consciente o inconsciente. Pero consideramos que el término “modo de vida imperial” es adecuado para destacar el vínculo que existe entre las prácticas cotidianas hegemónicas, las estrategias estatales y empresariales, la crisis ecológica y las crecientes tensiones imperiales en la política internacional. “Modo de vida imperial” es un término estructural que debe ser entendido en el sentido de la teoría hegemónica (por eso, este texto no se refiere de manera tan explícita a actores políticos y sociales; por supuesto, son muy importantes). Permite elaborar el carácter y estado hegemónico de la sociedad en el sentido de consensos activos y pasivos y el escaso alcance para desarrollar estrategias emancipadoras en tiempos de “grandes crisis”. Va más allá del concepto clásico o reciente de imperialismo en el cual no se suele tomar en cuenta el modo de vida.
El carácter imperial del modo de vida del Norte se refleja sobre todo en el uso de la energía fósil, en su gran mayoría importada del sur global (al que incluimos también Europa del este). Su uso es la fuerza motriz del cambio climático que, a su vez, afecta más a la población en las sociedades del Sur.
Pero el carácter imperial del modo de vida del Norte se observa también en relación a los recursos de la “era de la información”, por ejemplo la explotación de metales raros como se da en la China, en condiciones altamente peligrosas para la salud y el medio ambiente, así como el manejo de los desechos sólidos que genera el modo de desarrollo postfordista. Lo vemos, por ejemplo, cuando niños africanos arriesgan su salud al extraer los elementos reciclables de la chatarra electrónica europea.
Para nuestro propósito, el hecho decisivo es que la profundización del modo de vida imperial se dio en dos direcciones: en primer lugar se reestructuró e intensificó el acceso a los recursos globales y la fuerza laboral vía el mercado global. Los patrones de consumo fosilistas (basados en energías fósiles), características del fordismo, no sólo sobrevivieron la crisis del fordismo sin sufrir ningún cambio, sino que salieron intensificados. Un ejemplo es la cantidad de vuelos en Alemania por la liberalización del mercado aereo y por la energía relativamente barata. La cantidad de vuelos dentro de Alemania, hacia o desde destinaciones en Alemania creció desde 24 milliones en 1990 a 66 milliones en 2006. Entre 1999 y 2010, la cantidad global de automóviles creció por casi 40 por ciento a 800-900 milliones de automóviles. El pronóstico global es que en 2030 habrá 1.600 millones. Si consideramos que hoy en Alemania hay 570 coches por 1000 habitantes, en China 10 por 1000 (pero en Beijing ya 100 por mil) y en la India 6 coches por 1000 habitantes, podemos imaginar ciertas dinámicas. De los más de 77 milliones de coches producidos globalmente en 2010 (después de 61 milliones en 2009 por la crisis) en China ya se produjo más de 18 milliones; en Japón caso 10 milliones, en los EE.UU. casi 8 milliones y en Alemania casi 6 milliones. Haberl et al. (2011) argumentan que todavía dos tercios de la humanidad se encuentran en la transición de economías y modos de vida basados fundamentalmente en la agricultura hacia economías y modos de vida industriales.
Y contrariamente al discurso de los años 1990 de la “virtualización” de la economía, las tecnologías de la comunicación moderna requieren de muchísimos recursos ―no sólo en cuanto al consumo de electricidad, sino también a los insumos materiales necesarios para su producción, que en su mayoría provienen de los paises del Sur.
En segundo lugar, en algunos países como China o India se están formando amplias clases altas y medias – llamados “nuevos consumidores” (Norman Myers y Jennifer Kent 2004) que asumen el modo de vida “occidental” como referente (en algunos países latinoamericanos este fenómeno ya se dio durante el fordismo).

4. Modo de vida imperial y crisis de la gestión de problemas desde el Estado
El problema central que surge con el auge de los países emergentes, sobre todo de la India y la China, es la expansión de los patrones de consumo y producción fosilistas y los imaginarios de una vida atractiva del Norte. Con esto tiende a generalizarse un modo de vida que desde una perspectiva ecológica no puede ser generalizado.4Como consecuencia, aumenta la demanda de recursos desde estos países emergentes, que a su vez reclaman el derecho a hacer uso por su parte de los sumideros globales. Es justamente por ello que el auge de países como la India y la China colisiona con el modo de vida imperial del Norte. Esta se basa en una exclusividad ecológica, ya que presupone que no todos los habitantes acceden de la misma manera a los recursos y sumideros de la tierra. Sólo así sus costos pueden ser externalizados en el espacio y el tiempo. Si nos referimos a la teoría imperialista clásica, se podría decir que el capitalismo desarrollado requiere de un “afuera” no-capitalista o por lo menos menos desarrollado, para no sucumbir a sus contradicciones ecológicas. Este “afuera” es la condición que permite el “arreglo medioambiental” de la socialización capitalista (véase Castree 2008: p.146 y sig.).
En la medida en que los cambios geopolíticos y geoeconómicos actuales cuestionan el uso exclusivo por parte del Norte tanto de los recursos humanos y naturales, así como de los sumideros del planeta, este “afuera” del capitalismo desarrollado se reduce. Con ello, disminuye también la posibilidad – espacial y en el tiempo – de externalizar sus costos ecológicos. Esta tendencia tiene implicaciones importantes para toda la arquitectura política que se creó desde los años 1990 para poder manejar la crisis ecológica, una arquitectura cuyo núcleo está conformado por las “instituciones de Río”, sobre todo el United Nations Framework on Climate Change (UNFCCC) y el Protocolo de Kyoto, firmado en el marco del mismo en el año 1997. Ambos se caracterizaron por una contradicción central desde su inicio. Por un lado, desde su base conceptual (no así su en formulación concreta y mucho menos en sus resultados desilusionantes) equivalían a una ataque gerencial contra el modo de vida imperial, ya que éste se basa precisamente en la idea de que el norte global, protegido por regulaciones jurídicas, puede disponer libremente y en forma sobre proporcionada de los sumideros de la tierra. El Protocolo de Kyoto limita este acceso, en la medida en que solo concede a los países industrializados una tasa de contaminación determinada. Por otro lado, el modo de vida imperial está profundamente arraigado en las relaciones de fuerzas sociales, el sentido común y las prácticas cotidianas de los habitantes del norte global, así como en la orientación general hacia el crecimiento económico y la competitividad. Se inscribe en los aparatos estatales y determina los patrones de percepción y acción de los y las políticos/as. Estos defienden los patrones de producción y consumo que están a la base del modo de vida imperial, cada vez que regatean los niveles de emisiones y vuelven a casa orgullosos de haber logrado negociar reducciones muy bajas para “su” país;; cada vez que subvencionan la agroindustria, o construyen centrales termoeléctricas en base a carbón, o gaseoductos.
Un ejemplo son los “bonos de chatarra” en Alemania. En la crisis económica, el Estado asegura los modos de vida dominantes. En la crisis 2008/2009 el gobierno alemán formuló „paquetes de conyuntura“; el segundo paquete incluyó una “prima medioambiental”. Entre enero hasta septiembre 2009 una persona recibió 2.500 EUR si su coche se volvió chatarra y si compró un nuevo coche. Era un enorme éxito: 1,75 millones de personas participaron y compraron un coche nuevo (en Alemania existen 42 milliones de coches personales en 2010; 40.000 con motores eléctricos o híbridos). Esta intervención política – acordada con las empresas y los sindicatos – aseguró la producción y puestos de trabajo en la industria durante la crisis, y mantuvo la base económica de un país que exporta muchos productos industriales: 25% de los ingresos de las exportaciones de Alemania en los últimos anyos viniero de la industria de transporte, 15% de la industria maquinaria y 15% de química.
Esta contradicción entre la defensa y el cuestionaminto implícito del modo de vida imperial es lo que ha caracterizado desde siempre el manejo de la crisis ecológica por parte del Estado. Por ello no sorprende que los Estados Unidos, hasta hace poco el mayor emisor mundial de CO2, y hasta ahora el mayor emisor per cápita, nunca hayan ratificado el Protocolo de Kyoto, y tampoco se comprometan a reducir sus emisiones.
La característica contradicción entre la arquitectura internacional y la política ambiental se mantuvo por mucho tiempo latente en el Norte. El hecho de que se haya agudizado en los últimos años se debe, por un lado, a que en la agenda estatal-política se ha dado mayor prioridad a la crisis ecológica debido a la publicación de informes como el Informe Stern sobre la Economía y el Cambio Climático (Stern 2006) y el Cuarto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC 2007). Sin embargo, otro factor aún más importante, pueden haber sido las implicaciones de los cambios geopolíticos y geoeconómicos para las instituciones de Río. Estas últimas fueron establecidas en un momento en el cual el predominio del Norte qqqparecía estar más consolidado que nunca. Poco antes, el socialismo real de los países de oriente sería descartado como sistema alternativo al capitalismo, y muchos países del sur global estaban sufriendo los efectos de las crisis financieras de los años 1980 y 1990. Las relaciones de fuerzas de la globalización neoliberal, marcadas por el norte global, fueron entonces las que se inscribieron en las instituciones de Río. Esto explica también la forma específica de definir y manejar la crisis: la crisis ecológica es presentada como un problema global cuyos efectos se sentirán sobre todo en el futuro. Con ello se ocultan las múltiples crisis y conflictos locales, y se favorece un manejo global y/o nacional de recursos (Bauhardt 2009; Goldman 1998) que pretende combatir la crisis ecológica con instrumentos de mercado (Brunnengräber 2009; Lohmann 2008), así como con nuevas tecnologías y productos. El dominio sobre las personas y la naturaleza es normalizado y/o “naturalizado” mediante un política hegemónica de coacción, lo que Erik Swyngedouw (2010) llama “condición post-política”. Tal como lo demuestran la producción forzada de agrocombustibles y el desplazamiento violento de las respectivas poblaciones de sus tierras, esta visión amenaza la existencia de formas alternativas de manejo de la naturaleza.5
Si uno entiende las instituciones de Río en el contexto de las relaciones de fuerzas globales de las que surgieron, el cambio de estas relaciones de fuerza no pudo sino tener efectos sobre la arquitectura de la política ecológica y el modo de vida imperial sobre el cual está asentado. La dimensión de los cambios se ve más claramente aún cuando se observa la política ecológica actual en el contexto de la profunda crisis económica y se la compara con las crisis financieras de los años 1990. Mientras el epicentro de estas últimas se ubicó en el sur global y el norte global salió más bien fortalecido (véase Harvey 2003; Panitch/Gindin), el epicentro de la crisis actual se encuentra en los Estados Unidos, seguidos por Europa y el Japón. Los países emergentes fueron mucho menos afectados y parecen estar recuperándose más pronto, por lo que “los pesos dentro de la economía global se desplazarán con mayor velocidad como causa de la crisis” (Boris/Schmalz 2009: 636).
El auge de los países emergentes se desarrolla en un camino fosilista, lo que implica a fin de cuentas que ya no están dispuestos a renunciar a “su” parte de los recursos y sumideros globales. Por ello, los cambios geopolíticos y geoeconómicos se expresan cada vez más en forma de conflictos ecológicos. Esto lleva, al mismo tiempo, a un mayor peso de los aparatos estatales internacionales dedicados a la política ecológica. Se transforman en los terrenos en los que se disputan y reparten las oportunidades del desarrollo fosilista y que por lo tanto determinan importantes cambios geopolíticos del futuro. Al mismo tiempo, estos aparatos se encuentran sobreexigidos: Los conflictos resultantes de estas decisiones están a punto de hacer reventar las instituciones de Río. Por ejemplo, en la COP16, Conferencia de Estados signatarios, organizada en diciembre de 2010 en Cancún, se logró con las justas salvar a la UNFCCC como espacio de negociación. La contradicción entre el cuestionamiento implícito y el profundo arraigo social del modo de vida imperial que caracterizó el tratamiento político de la crisis ecológica desde el comienzo se está agudizando en la medida en que las relaciones de fuerzas inscritas en las instituciones creadas al efecto se mueven. Esta contradicción se expresa en conflictos de recursos y en el bloqueo de instituciones internacionales de política ecológica (véase la Conferencia sobre el Clima de Copenhague en diciembre de 2009) en las cuales se lucha por la posibilidad y/o la limitación del desarrollo fosilista mediante la asignación de “derechos de contaminación” (Wissen 2010).

5. Crisis y continuidad de las relaciones ecológico-capitalistas
En nuestraopinión, una clave que permite explicar no sólo la crisis del manejo estatal del problema, sino también la simultaneidad de la crisis con la continuidad de las relaciones capitalistas con la naturaleza, se encuentra en el modo de vida imperial. Algunos aspectos que consideramos importantes serán esbozados a continuación.
La orientación de la sociedad hacia el crecimiento material, la base de un Estado dependiente de tributos fiscales, los compromisos institucionalizados entre el trabajo asalariado y el capital, así como la competencia entre capitales y diferentes sociedades se basan tendencialmente en la destrucción de las bases vitales naturales. Ahí reside la vulnerabilidad estructural de las formas predominantes de apropiación de la naturaleza. Sin embargo, es también un hecho que otorga a las dinámicas capitalistas y compromisos sociales y políticos una cierta permanencia y contribuye al manejo de otros fenómenos de crisis. Esto sucede en primer lugar en el marco de la sobreacumulación de capital que caracteriza también la crisis económica actual. Parece que este fenómeno de crisis se gestiona también a través de la inversión de capital excedente en la “naturaleza”, es decir en tierras, cultivos de alimentos y agrocombustibles o también en certificados de emisión (Zeller 2010; véase Dauvergne/Neville 2009). La difusión y modernización ecológica selectiva de los patrones de producción y consumo ecológicos (Jänicke 2009), se convierte, de esta manera, en el medio de gestión de los problemas de acumulación. Esto queda muy claro en los documentos estratégicos más recientes de la Unión Europea (European Commission / Comisión Europea 2010, 2011).

Otro aspecto es la reproducción de la fuerza laboral y la pregunta relacionada sobre la legitimación del modelo. Mediante una reestructuración de la división internacional de trabajo, se logró intensificar el acceso imperial a la capacidad laboral de los países del Sur y sus recursos. A ello contribuyeron además las políticas liberales de inversión y comerciales y una desregulación de los mercados de materias primas y productos mediante el fin de las medidas de estabilización de los precios o también la creación de la Organización Mundial del Comercio. En la actualidad, en nombre de la seguridad energética, las políticas estatales de materias primas juegan un papel cada vez más importante. A pesar de que el gasto total de recursos, por ejemplo de la Unión Europea, está estancado a un alto nivel desde mediados de los 1980, no sólo se observa un incremento de las importaciones de recursos, sino también de la “mochila ecológica” que se genera en los países exportadores del sur global.6El “injusto intercambio ecológico”, que se expresa en este valor, abastece a las economías del norte global con materias primas baratas y contribuye a que los gastos de reproducción de la fuerza laboral se mantengan en un nivel bajo.7
Al hacer referencia al carácter hegemónico del modo de vida imperial no se omite que la estructura social se diferenció y que se pudieron identificar diferentes ambientes con respecto al modo de vida. Especialmente para los ambientes alternativos “postmateriales”, muchas veces surgidos del movimiento ecológico o, por lo menos, política y culturalmente cercanos a éste, pero también para los ambientes conservadores, los temas ecológicos se han vuelto importantes. Sin embargo, los estudios demuestran que en materia de asuntos sociales y ecológicos, la conciencia y acción no necesariamente van de la mano. Especialmente las personas de alto nivel educativo, de ingresos relativamente altos y una fuerte conciencia ecológica tienen el consumo de recursos per cápita más alto; mientras que las clases o ambientes de poca conciencia ecológica, pero también con un menor nivel de ingresos, consumen menos recursos (Wuppertal Institut 2008: 144-154). Las visiones diferenciadas, aunque más o menos problemáticas desde el punto de vista social y ecológico del buen vivir al cual se aspira ― acopladas a estrategias empresariales y aseguradas por el Estado – explican desde la teoría hegemónica por qué en la crisis múltiple “se hace tan poco” desde una perspectiva emancipatoria.
Esto aplica también a la crisis ecológica en el sentido más estricto. Aquí, el modo de vida imperial tiene un efecto agudizante a la vez que convierte la crisis en algo que, dentro de cierto límite espacial y social, se vuelve procesable. La normalidad del modo de vida imperial actúa como un filtro de la percepción de la crisis y hace de corredor en el manejo de la misma. Por lo menos en el Norte, la crisis ecológica es considerada en primer lugar como un problema de medio ambiente y no como una crisis social general. Esto favorece una determinada forma de politización pública, tendencialmente catastrófica, y una gestión que en el mejor de los casos puede ser caracterizado como incremental: la crisis ecológica es una catástrofe que se debe a que “el hombre“ o la ”civilización humana” hayan irrespetado sus “límites naturales”; las “intervenciones” humanas perturbaron el equilibrio natural. Lo que se omite es el hecho de que las intervenciones del hombre en la naturaleza siempre se han caracterizado por su socialización. Con este artificio se logra prácticamente naturalizar las socializaciones predominantes, de modo que no pueda haber lugar para las alternativas o en caso de que sí, únicamente dentro de un marco establecido. El resultado es el predominio de patrones de manejo de crisis basados en el mercado (por ejemplo el comercio de certificados de carbono en la política climática) que tampoco son cuestionados en sus principios por las/los defensoras/es de una modernización ecológica más amplia y/o un Green New Deal. Es decir que el discurso sobre la crisis predominante en el Norte reconoce la existencia de una crisis ecológica, pero la politiza y maneja de una manera que no cuestiona sus patrones de producción y consumo, sino que termina por consolidarlos, no por último mediante una selectiva modernización ecológica.
Esto se facilita porque muchos aspectos de la crisis ecológica son relativamente indirectos. El cambio climático no se manifiesta en forma directa como el aire contaminado y los ríos sucios. Apenas se percibe puntualmente y en forma indirecta en la vida cotidiana, por ejemplo, en forma de tempestades o lluvias diluviales que según los/las climatólogas/as se deben al incremento de la temperatura promedio global. Además, al menos vistas desde el norte, estas catástrofes parecen afectar a todos por igual, independientemente de su posición social. El cambio climático es sobre todo imaginado como una catástrofe futura y global. El hecho de que, por lo menos en el norte global, la crisis ecológica sólo suele ser experimentada a través de descripciones científicas que se presentan al público como inseguras hasta cierto grado, abre un campo de interpretación disputado en el cual se trata de hacer coincidir las percepciones de crisis con las condiciones sociales fundamentales.
Las/los representantes de los subalternos que ante la crisis económica sí argumentan en forma más radical cuando se trata de la política social y del mercado laboral y desarrollan ideas que van más allá (vgl. Candeias/Röttger 2009) juegan un rol importante. Si los sindicatos alemanes estuvieron a favor y negociaron con el Gobierno alemán sobre la introducción del bono de chatarra, o si Klaus Ernst, dueño orgulloso de un Porsche y a la vez presidente del partido alemán “Die Linke” reflexiona en un artículo programático del semanal “Freitag” sobre cómo la oposición puede salir de su posición defensiva sin mencionar una sola palabra del tema de ecología, estamos hablando de estrategias y/ omisiones que dan continuación a la lógica de la definición de crisis predominante. 8Es decir que la interrelación entre crisis ecológica y patrones fosilistas de producción y consumo y, con ello también, el carácter de la crisis ecológica como cuestión global y social de distribución, son tratados como un no-tema también por representantes de los asalariados y defensoras/es de una política de redistribución. El modo de vida imperial implica que la crisis ecológica sea tratada ya sea como un fenómeno secundario a los temas sociales o presentada como una catástrofe inminente. En ambos casos, su carácter social (su relación con las relaciones sociales de poder y dominación, así como sus efectos sociales y globales desiguales) es invisibilizado. De esta manera se favorecen las estrategias de solución de mercado y tecnológicas, desde el comercio de los certificados de carbono, pasando por la fabricación de autos energéticamente más eficientes hasta la geoingeniería.9En el fondo se trata de eternizar, mediante su transformación, las relaciones ecológicas capitalistas presentándolas justamente no como tales sino como necesidades inevitables y sin alternativa a la apropiación de la naturaleza por el ser humano.

6. Conclusiones
El términomodo de vida imperial tiene una visión teórica y una dimensión diagnóstica referida al tiempo. Desde que se inició el desarrollo del mercado mundial capitalista, las condiciones de vida en los centros capitalistas se basan en los recursos y la fuerza laboral de otras regiones. El carácter hegemónico de las condiciones de producción y de vida capitalistas no puede ser explicado de otra manera. A pesar de ello, desde mediados del siglo XX, muchas sociedades experimentaron una generalización social hacia este modo de vida; especialmente las del Norte y cada vez más también y en forma dinámica, desde los años 1990, las del Sur.
El arraigo profundo del modo de vida imperial contiene la reproducción cotidiana de estructuras que contribuyen a la crisis de las relaciones sociales y ecológicas sin que esta crisis – y aquí está la diferencia con la crisis económica – haya hasta el momento justificado el planteamiento de una “ruptura“. Dicho de otra manera, el modo de vida imperial crea la simultaneidad de la continuidad y crisis de las relaciones sociales y ecológicas. Es imperial porque presupone, desde un principio, la apropiación ilimitada de los recursos y la capacidad laboral del Norte y Sur, al igual que el uso sobreproporcionado de los sumideros globales. Su expansión en los países emergentes llevó el mismo manejo estatal de la crisis ecológica a una crisis. El enorme impacto del modo de vida imperial puede explicarse, por un lado, con la reducción de los gastos de producción de la fuerza laboral; por otro lado, se reproduce hegemónicamente no sólo a través de las instituciones sociales, sino también en las microestructuras de la vida cotidiana; el modo de vida imperial favorece una politización del cambio climático (pero también de la pérdida de la biodiversidad) de una manera que vuelve invisible su socialización específica y que hace aparecer los principios estructurales del modo de producción capitalista ya no como causantes de la crisis, sino como mecanismo de solución sin alternativa.10
En nuestra opinión, la plusvalía política y científica del concepto del modo de vida imperial se refleja en los siguientes puntos: en primer lugar su diagnóstico en el tiempo permite explicar que la “reestructuración ecológica“ muchas veces considerada como necesaria, no sólo es frenada por poderosos grupos económicos y políticos, sino que se enfrenta también al hecho de que los factores determinantes de la crisis ecológica están ancladas en las estructuras políticas, económicas y culturales cotidianas (el mercado global es una relación que organiza el modo de vida cotidiano). Por ello, el concepto del modo de vida imperial nos protege de tener expectativas exageradas con respecto a las políticas estatales e intergubernamentales de transformación fundamental de las relaciones ecológicas, porque son las relaciones (de fuerza) sociales y orientaciones predominantes las que conforman la base de las relaciones ecológicas, y no pueden ser superadas únicamente por las políticas estatales. Podemos, por ejemplo, observarlo en los gobiernos progresistas de América Latina que hasta la fecha prácticamente no han desarrollado alternativas al extractivismo, es decir a la extracción incondicional de materias primas y el cultivo de productos agrícolas orientado hacia el mercado global (Gudynas 2009, 2011; www.otrodesarollo.org). Como resultado de las luchas sociales, estos países quieren un pedazo más grande de la torta del mercado global, pero no cuestionan la torta misma y las condiciones de su elaboración.
En segundo lugar, el concepto del modo de vida imperial relativiza las expectativas exigentes de argumentos buenos, discursos públicos racionales o intereses propios iluminados de la “humanidad” o hasta de las fuerzas dominantes. Esto es así porque muchas veces no son percibidas por las orientaciones profundamente arraigadas o integradas selectivamente. Como resultado, determinados patrones de consumo y producción son consolidados precisamente porque son parcialmente modernizados. Algo similar aplica a muchos enfoques (aparentemente) alternativos en los cuales los problemas hegemónicos casi no son tomados en cuenta como sucede en el proyecto de un Green New Deal. Hasta los años 1990, en Alemania ésta era entendida como una estrategia de alianza social en cuyo marco se podrían juntar el asunto social y el asunto ecológico, así como sus protagonistas sociales: sindicatos y la democracia social, por un lado, los partidos verdes y nuevos movimientos sociales, por el otro (Brüggen 2001). En la actualidad, el proyecto carece de esta orientación política de alianza y/o se limita a empresas verdes de tinte neoliberal y empresas con conciencia ecológica deseosas de lograr una modernización en vez de superar los patrones de producción y consumo que constituyen la base del modo de vida hegemónica (véase Brand 2009; Candeias/Kuhn 2008). Parece que la reciente re-politizicación de la crisis medioambiental que se articula con la crisis económica da emergencia a la orientación hacia un “capitalismo verde” (véase algunos documentos claves: UNEP/PNUMA 2009, 2011, DESA 2011, OECD 2011, críticas en Lander 2011, Arkonada/Santillana 2011, Kaufmann/Müller 2009).
En tercer lugar, al considerar nuestra argumentación, se debería incidir en otros análisis de crisis que se dedican a las dimensiones económicas en un sentido más estricto. Esto no se refiere únicamente a los mecanismos de manejo de crisis que dan más valor a la naturaleza (pensemos en términos de la apropiación de tierras, cultivos offshore o grandes proyectos de infraestructura como requisito de la valorización de la naturaleza), sino también al carácter hegemónico del modo de vida imperial descrito por nosotros.
En cuarto lugar, el concepto del modo de vida imperial esclarece los requisitos, enfoques y formas de una politización emancipatoria de la crisis ecológica. Nos parece importante oponerse al catastrofismo ecológico que es, como hemos visto, un instrumento propio de la consolidación de las relaciones que son las mismas causantes de la catástrofe imaginada. Esto no significa que debamos cerrar los ojos ante los escenarios bien argumentados del IPCCC. Pero aún si hay premura, no por último por la inminencia de los llamados “tipping points” o puntos críticos climáticos (como el deshielo de los suelos permahielo que liberaría enormes cantidades del agresivo gas invernadero metano), lo importante es mantenerse firmes con el proyecto de la emancipación y oponerse a las formas autoritarias y tecnocráticas del manejo de las crisis.
Un aspecto central en este contexto es la superación de la dicotomía entre la sociedad y naturaleza, ampliamente difundida también en las fuerzas sociales y políticas progresivas. Políticamente, esta dicotomía se refleja, entre otras cosas, para servirse de la cuestión ecológica en contraposición a la cuestión social. La tendencia de declarar a la ecología como contradicción secundaria, se manifiesta precisamente en la actual crisis económica en la cual el catastrofismo ecológico (“Nos queda muy poco tiempo“) y la ignorancia (“Ahora no hay tiempo para eso“) están formando una alianza peligrosa. Sin embargo, hay al mismo tiempo indicios claros de que la cuestión ecológica es politizada como cuestión social (y viceversa). Esto aplica al concepto de la justicia climática, promovido antes y después de la Conferencia sobre el Clima de Copenhague por los movimientos sociales. Se trata de un concepto que concibe el cambio climático no como una futura catástrofe socialmente neutra, sino como una cuestión social y global de distribución.11Esto incluye también una discusión sobre el término suficiencia y las propuestas y prácticas relacionadas.
A nivel analítico se trata de identificar, explicar y estimar, con respecto a su potencial político, las selectividades estructurales de la política estatal que privilegian determinados intereses, así como formas de conocimiento acerca de la crisis ecológica sobre otros/as. En lo político, consideramos que el desafío central consiste en formular los objetivos y exigencias de una manera que permita una intervención concreta, a la vez que cuestionen las reglas del juego existentes. La mejor manera de lograrlo es acoplar los conflictos sociales a las prácticas cotidianas de la gente. En el caso de las cuestiones ecológicas existen algunos enfoques posibles, por ejemplo en el ámbito de la movilidad, la alimentación o del consumo de energía. En este sentido, el concepto del modo de vida imperial sirve para la sensibilización: si los factores determinantes centrales de la crisis ecológica y sus patrones de manejo desde el poder y el dominio están arraigados en las relaciones de fuerzas sociales y en las prácticas cotidianas, entonces estas son un espacio importante para las luchas anti-hegemónicas. 
 
1 La Conferencia de los Estados Signatarios de la Convención sobre el Cambio Climático (UNFCCC) que tuvo lugar en diciembre de 2009.
2 Véase la crítica del enfoque de regulación de Thomas Barfuss (2002: 30): “El concepto de regulación presupone, para su uso, un nivel de abstracción que no permite tomar en cuenta fenómenos singulares del cine, la publicidad, literatura o cultura cotidiana sin relacionarles de una manera demasiado generalizada con un determinado régimen de acumulación”.
3 Son llamados sumideros los ecosistemas capaces de absorber emisiones; por ejemplo, en el caso del CO2 los sumideros son los bosques y océanos.
4 Lander en este libro; recientemente Röckström et al. 2009, desde la perspectiva histórica Haberl et al. 2011.
5 véase Brand et al. 2009; Charkiewicz 2009, así como la edición especial del Journal of Peasant Studies 37[4] [2010].
6 La “mochila ecológica” denomina el volumen total de recursos usados para la fabricación de un producto, menos el volumen propio del producto.
7 Se habla de una “intercambio ecológico desigual” si un país “importa a la larga un volumen de energía, sustancias e – indirectamente – superficies mayor al volumen que exporta” (Wuppertal Institut für Klima, Umwelt, Energie 2005: 71)
8 Véase “Klingt das wirklich so verrückt? Schwarz-Gelb wird von der Unfähigkeit der Opposition im Amt gehalten. Das muss sich ändern. Ein Vorschlag“ (Aporte de Klaus Ernst en “Der Freitag“ del 20.08.2010, http://www.freitag.de/politik/1033-klingt-das-wirklich-so-verr-ckt).
9 Se trata aquí de intervenciones técnicas (hasta la fecha aún poco practicadas) en procesos geoquímicos como la fertilización de los océanos con el fin de incrementar su capacidad de absorción de CO2-, o el envío de dióxido de azufre a la estratósfera para que los rayos del sol se reflejen en dirección del universo.
10 Véase también Erik Swyngedouw (2010: 223): «While a proper analysis and politics would endorse the view that CO2-as-crisis stands as the pathological symptom of the normal, one that expresses the excesses inscribed in the very normal functioning of the system (i.e. capitalism), the policy architecture around climate change insists that this ‘excessive’ state is not inscribed in the functioning of the system itself, but is an aberration that can be ‘cured’ by mobilizing the very inner dynamics and logic of the system (privatization of CO2, commodification
and market exchange via carbon and carbon-offset trading)“.
11 En referencia al sur global, Bettina Köhler (2008) constata que “cada vez más, los conflictos sociales centrales se articulan en forma de conflictos por el control y las condiciones de acceso a los recursos naturales y/o de manera más generalizada, por la concepción de las relaciones sociales y ecológicas».

“No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social”

Ulrich Brand es un politólogo y economista alemán que promueve una teoría crítica para abordar lo que llama financierización de la naturaleza, los dispositivos de gobernabilidad global y las transformaciones del Estado. En esta entrevista, plantea los fundamentos de su visión y analiza la crisis del capitalismo, los desafíos actuales del sur y las salidas que encontró la Argentina.

Por Verónica Gago y Diego Sztulwark
–¿Cómo se vincula hoy la crítica al desarrollo y la cuestión de la crisis?
 

–En la cumbre de Copenhague de 2009 sobre el cambio climático por primera vez se formuló desde los movimientos sociales, y más allá de las ONG, una crítica muy fuerte diciendo basta a este modo de gestión global de los recursos. Esto se articula de modo directo con la crisis actual, aunque ya encontramos en el siglo XIX el debate entre Marx y Sismondi referido a qué significa el crecimiento como solución a los problemas. Esta vez, el disenso se articuló también entre las elites. Por ejemplo, Amartya Sen y Joseph Stiglitz dijeron que había que reconocer estas críticas frente a lo que se proponía como salida dominante: redinamizar el crecimiento. Por supuesto, hay cierta historia y cierta preocupación por cómo salimos de la crisis. Está la respuesta neoliberal, que es hoy la dominante en Europa y que consiste en la receta de la austeridad. Luego, la respuesta keynesiana, que pide inversiones y consumo interno para empujar la economía. Y, más al margen, está el debate sobre qué hacemos con el crecimiento. Algunos iconos al respecto son personas como el inglés Tim Jackson, que propone una fórmula ya famosa: bienestar sin crecimiento.


–¿Qué opina de esta posición a favor del decrecimiento?

–La postura del decrecimiento restringe el crecimiento a un materialismo inocente, muy positivista, que cree resolver los problemas ecológicos a través de menos consumo, menos producción, más eficacia en el uso de recursos. Lo que se pierde en esta discusión es que el crecimiento supone la comodificación de relaciones sociales y de la naturaleza. Esto significa que desde el decrecimiento no se piensan las formas sociales del crecimiento, ya que no se las vincula con las formas capitalistas ni con la cotidianidad de la gente. Otro problema es que todavía en Europa no se debate en serio sobre el desarrollo porque se sigue viendo como un concepto destinado únicamente al sur. Es por eso que desde el norte no surge una crítica al desarrollo.

–¿La postura del decrecimiento se presenta como anticapitalista?

–Quienes argumentan a favor del decrecimiento hablan de una crisis del capitalismo, pero sin pensar cómo terminar con las formas sociales capitalistas. No es suficiente. Hace veinte años que Japón no crece y es una sociedad capitalista. Argentina en los ’80 y ’90 no creció. Pero la cuestión es cambiar la forma del valor, la forma de la mercancía, la forma política del Estado. El capitalismo no se acaba sin crecimiento. El capitalismo es acumulación de capital. Y si hay crecimiento económico esa acumulación es más suave porque se puede repartir. Si no hay crecimiento, como ahora en Europa, la respuesta del capital es la austeridad o las privatizaciones. El carácter hegemónico del capitalismo se reproduce mejor cuando hay crecimiento. Pero decir que el no crecimiento lleva a que el capitalismo se acabe para mí es una tontería.

–¿El término posdesarrollo es más abarcativo?

–Sí. Es un debate mucho más pequeño, pero tiene como eje criticar los fundamentos epistémicos del desarrollo como valor universal y las relaciones de fuerza que están allí implicadas. El desafío es llevar este debate más allá, hacia lo que llamo modo de vida imperial, es decir, a cómo se sustenta cierto desarrollo incluso desde el punto de vista de la vida cotidiana.

–¿Esto incluiría una crítica a la modernidad?

–Exactamente. Acá, en el sur, es posible hablar de crisis civilizatoria, como algo mucho más profundo. En el norte, en cambio, la perspectiva es más estrecha: desde la izquierda se habla de crisis del capitalismo y la mayoría de los analistas simplemente señala la crisis del neoliberalismo como una crisis coyuntural que se resolvería con una mayor intervención del Estado.

–¿Cómo la definiría usted?

–Diría, en primer lugar, que es una crisis múltiple. Esto significa que no es solamente una crisis económica ni una crisis financiera, como plantea la perspectiva keynesiana. Desde ese análisis se propone que hay que regular los mercados financieros, hacer más inversión pública y luego se llegará a otro modelo de crecimiento. Yo diría, en cambio, que hay que pensar en la transformación del modo de producción y del modo de vida. Si finalmente esto implica crecimiento o no, lo van determinando las luchas concretas en contra de ciertas formas de la economía que sólo se median por dinero.

–¿Qué otras economías desafían la noción clásica del crecimiento?

–Me interesa abrir el debate sobre qué significa una economía de lo común, o solidaria, que no es parte de un crecimiento formal, pero que es parte efectiva de una vida mejor. Por ejemplo, esto implica discutir qué significaría en una ciudad como Buenos Aires la posibilidad de cuadruplicar el transporte público con precios muy bajos y no pensarlo como algo contra el crecimiento, sino en términos de aumento de movilidad de la población. En Europa, las huertas comunitarias hacen que un 20 por ciento de la comida esté asegurada por esa vía, lo cual implica un decrecimiento puro desde cierta lógica, pero es sobre todo un mejoramiento concreto de la vida.

–Es muy difícil, de todas maneras, romper la idea de que el crecimiento es bienestar…

–El crecimiento no puede ser una cuestión de creencias de la que se está a favor o en contra. Es un efecto de un acumulado de luchas. La cuestión para mí es si somos capaces de ampliar el espacio de la producción común, de la producción no capitalista.

–¿Cuál es la capacidad efectiva de esas otras economías?

–La economía pública-estatal es mercantil, sólo que se maneja el precio de un modo más político. La economía común, en cambio, es no mercantil. En el 2004, la estadística alemana hizo un cálculo que decía que había 56 mil millones de horas de trabajo asalariado y 96 mil millones de horas de trabajo no asalariado. ¿Qué significa esto? Que la referencia cuando se habla de trabajo no puede ser únicamente el trabajo asalariado. Hay que abrir esta idea, como ya han hecho las feministas, incluyendo las horas de cuidado y de actividad política o comunitaria como actividades centrales para mantener la sociedad. Me parece importante la perspectiva “4 en 1” de la filósofa Frieda Haug, que propone la orientación de vivir cuatro horas de trabajo asalariado, cuatro horas de un trabajo para nosotros mismos, cuatro horas de cuidado y cuatro horas de trabajo para la comunidad o de trabajo político, como forma de rearticular los modos del hacer y la idea misma de lo común.

–Usted habla desde una perspectiva de la ecología política. ¿Qué implica?

–La economía neoclásica supone que la sociedad se aprovecha de la naturaleza y la tecnología resuelve los problemas y los límites que van apareciendo. Para la economía ecológica los límites sí son un problema y se concentra allí. La ecología política, que es mi punto de vista a partir de la Escuela de Frankfurt, va un paso más allá: sostiene que la reproducción material de las sociedades es un proceso de dominación de la naturaleza en el mismo sentido que las relaciones de dominación que estructuran la sociedad. No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social. Me niego a tomar los límites del planeta como punto de partida.

–¿Entonces…?

–El punto de partida es la dominación social, la cual por supuesto implica un modo de dominación de la naturaleza. Y esto lleva a la pregunta bien concreta de cómo nos reproducimos en el contexto de la movilidad, de las ciudades, de las viviendas, del campo, de la sexualidad, de la comunicación, de lo que comemos. Acá hay un campo de formas de reproducirse materialmente que no son parte del mercado capitalista. La pregunta entonces cambia: ¿cuáles serían las formas emancipatorias de tratar con la naturaleza cambiando los modos de vivir en la ciudad, de moverse, de construir vivienda, de producir, etc.? En este punto la cuestión de la decisión democrática es decisiva.

–¿En qué sentido?

–¿Quién decide, por ejemplo, las formas de salida de la crisis en Argentina del 2001? Podríamos decir: es la soja, una forma de comodificación de la naturaleza. También la minería. Que es un modo de ver a la naturaleza como recurso. ¿Quién decide, por ejemplo, los materiales con los que se van a construir los celulares de la próxima generación? Son los núcleos de investigación y desarrollo de algunas empresas, no es la investigación pública. Si no ponemos sobre la mesa la cuestión de la democracia, es decir, quién decide cuáles son los corredores de salida de la crisis, la salida tarde o temprano es la austeridad. Ustedes en Argentina lo saben mejor que nosotros. En esto es urgente juntar la perspectiva roja y verde: si no luchamos hoy a favor de la democratización y nos quedamos en una posición defensiva, como los keynesianos, la próxima crisis se resuelve por medio de la austeridad del capitalismo autoritario.

–Insiste en que no se trata de una cuestión formal, ¿cómo se logra?

–Vinculando esto con la experiencia cotidiana de la gente. Porque democracia acá no es algo formal, sino cómo yo me apropio de la vida, cómo vivo. El problema es cuando la cuestión ecológica y la cuestión democrática van por caminos diferentes.

–¿Qué significa lo que llama el modo de vida imperial?

–Es la pregunta por cómo se está universalizando un modo de vida que es imperial hacia la naturaleza y las relaciones sociales y que no tiene ningún sentido democrático, en la medida que no cuestiona ninguna forma de dominación. En este sentido preciso, el modo de vida imperial es no democrático. El modo de vida imperial no se refiere simplemente a un estilo de vida practicado por diferentes ambientes sociales, sino a patrones imperiales de producción, distribución y consumo, a imaginarios culturales y subjetividades fuertemente arraigados en las prácticas cotidianas de las mayorías en los países del norte, pero también, y crecientemente, de las clases altas y medias an los países emergentes del sur.

–¿Se trata de una generalización en distintas escalas?

–Cuando hablamos de generalización, no insinuamos que toda la gente esté viviendo igual, sino que existe una especie de lógica de desarrollo ampliamente aceptada, que se inscribe en estructuras coercitivas y dispositivos de acción. A pesar de que la crisis ecológica se politizó en los últimos tiempos y es también percibida como un problema en el discurso dominante, parece que los patrones de producción y consumo y los patrones culturales subyacentes se están consolidando y generalizando a nivel global con el apoyo del Estado y de la esfera política.

–¿No puede pensarse que en la medida en que el sur amplía sus patrones de consumo aparece desde el norte una preocupación por los límites y la crisis ecológica del planeta?

–Desde los conservadores, efectivamente, se trata de contener el crecimiento del sur. Los neoliberales, en cambio, dicen ¡qué bien que el sur crece, necesitamos ampliar los límites y una creciente sustitución de la naturaleza por el capital a partir de los avances tecnológicos! El déficit del debate viene dado también porque ciertas izquierdas medioambientales tienen una perspectiva catastrófica.

–¿Qué sostienen?

–Un aspecto central en este contexto es la superación de la dicotomía entre la sociedad y la naturaleza, ampliamente difundida también en las fuerzas sociales y políticas progresivas. Políticamente, esta dicotomía se refleja, entre otras cosas, para servirse de la cuestión ecológica en contraposición a la cuestión social. La tendencia de declarar a la ecología como contradicción secundaria se manifiesta precisamente en la actual crisis económica, en la cual el catastrofismo ecológico (“Nos queda muy poco tiempo”) y la ignorancia (“Ahora no hay tiempo para eso”) están formando una alianza peligrosa.

–¿Cómo se discute esto en Europa?

–Hay un consejo muy importante del gobierno alemán que cada año hace un informe y que ahora diagnostica que necesitamos una “gran transformación”. Se refieren, sin embargo, a una transición: la perspectiva es la renovación de un Estado que ahora se ve como capturado por los neoliberales. Esto supone que una vía de salida a la crisis es poner precio a la naturaleza. No es sólo una posición neoclásica, es también keynesiana y de la economía ecológica. Todos comparten un mismo argumento: la naturaleza necesita un precio. Hay un famoso informe sobre biodiversidad en 2008 que sostiene que la única manera de salvar la biodiversidad es que se sepa su precio.

–¿El eje queda puesto en el papel del Estado?

–El debate queda encapsulado en la renovación del Estado. El neoliberalismo se asocia únicamente al imperio del mercado y hoy se supone que con el Estado interviniendo en la economía estaríamos en otra fase. Pero cuando hablamos de transformación hablamos de algo mucho más profundo: de la transformación de los modos de vida y las relaciones de producción, lo cual no puede empezar por el Estado. El Estado asegura las relaciones existentes, claro que resuelve algunos problemas, pero siempre al interior de la lógica capitalista. Hablando teóricamente, hay que pensar cuáles son los actores de la gestión y cuál es el objeto de la gestión, qué se quiere gestionar.

–Volviendo el eje al sur. ¿Cómo pensar una alternativa?

–Hay un miedo a China. El sur se tematiza como competidor industrial, por ejemplo India. Y como lugar de donde provienen los recursos. Pero no se lo percibe más allá de la competitividad internacional, dentro del paradigma global actual. Hay que impulsar el debate sobre qué sería una regulación del mercado mundial a partir de las luchas sociales. Por ejemplo, ¿qué pasaría si Bolivia exportara un tercio de lo que exporta hoy, pero manteniendo una renta que le permita una distribución democrática? ¿Cómo pensar que el mercado mundial debe pagar mucho más por un recurso que se extrae del sur? Esto tiene que ver, por supuesto, con las relaciones de poder. Y por eso la respuesta a nivel latinoamericano puede ser organizar un cartel de precios, imponiendo que Europa deba pagar tres veces más. Y la justificación debería ser la presión que imponen las luchas en este continente a favor de distribución más justa de la riqueza y de un extractivismo moderado.

–¿Supondría que los Estados, presionados por las luchas, negocian a nivel global otros precios?

–Es lo que hace la Unión Europea con los productos agrarios, que son tres veces más caros que en el resto del mundo. Entonces, cada tonelada de carne que viene de Argentina a Europa inmediatamente se triplica en precio. Esto no es decisión pura del Estado, sino presión social.

–¿Por qué tiene tanta repercusión el concepto del “buen vivir”?

–Porque implica tomar en serio que hay otras formas de reproducción social, material y espiritual, que no son capitalistas. Lo cual abre un espacio para repensar, a la altura de la modernidad, eso que llamamos buen vivir. Tomando por supuesto en serio los avances tecnológicos, las nuevas experiencias, las redes internacionales, etc. El riesgo es petrificar el buen vivir como algo indígena, puramente autóctono.

Posible / Imposibe

por Raúl Cerdeiras

“No siempre se puede hacer lo que uno quiere sino lo que se puede”. Así lo dijo CFK, dando entender que le hubiera gustado “nacionalizar” YPF tiempo atrás, cuando apoyó a Néstor en su labor de privatizarlo, pero…

La cuestión está planteada en el campo de lo posible. Por lo tanto hay que tener en cuenta que lo posible siempre es posible. Sin embargo, en el interior de lo posible siempre hay una posición extrema (Sartre) y es no hacerlo, aunque a uno lo obliguen. Cristina quería hacerlo pero no podía y entonces “cedió en su deseo” e hizo lo contrario de lo que quería, lo privatizó, y para colmo no estaba atada a una mesa de torturas. Era perfectamente posible no hacerlo. De tal manera nada justifica su acción de ir libremente en contra de lo que quería. Salvo…
Esta conducta es de una envergadura catastrófica y pone sobre el tapete los “códigos morales” de toda política que se la equipara a la gestión de lo posible. En el Congreso nadie le enrostró esta claudicación, porque cada uno de los “congresistas” es un experto practicante de esta moral. La acusan de “panqueque” (pirueta de la que también ellos son maestros) o de dudosa capacidad de administradora.
Si de emancipación se trata lo dramático es toparse con lo imposible. Por esa circunstancia nos aturden los oídos con el clamor del sentido común establecido (el poder más siniestro de los últimos 30 años) que señala nuestro aislamiento, inefectividad, y tantos otros estigmas. En cierta manera dan en el clavo. Porque nosotros pensamos que cualquiera puede rebelarse y siempre tiene razón. Si esta idea no puede abrir su propia capacidad transformadora e ingresar en el mundo de la política para subvertirla, no por eso vamos a ceder en nuestro deseo y subirnos al furgón de cola del tren del orden establecido que dice: “aquí viajan los que elijen el mal menor”. Pero tampoco vamos a bajarnos del tren y refugiarnos en el goce de un aislamiento masturbatorio. Preferimos ser pasajeros que no ceden en su deseo y que dicen lo inaudible para la política dominante. Decir, por ejemplo, que frente a las miserias más extremas que provoca el capitalismo, no debemos crucificar a los pueblos con la etiqueta de que son víctimas inocentes y asumir el papel de redentores laicos. Para que haya emancipación debemos afirmar que ellos también son responsables del orden que nos oprime, porque como cualquier otro pueden rebelarse. Así ponemos en movimiento el principio de igualdad entre los hombres en política, que nos impide dividir el mundo entre los que saben y conducen y los pobres ignorantes que no saben por qué sufren y buscan un salvador que los conduzca y calme sus males.
Es muy probable que ante esa circunstancia la mayoría de los pasajeros digan: ¿escuchaste eso?, ¡está loco!, ¿quién le va a dar bola? Pero hay que tener confianza en que, de repente, se puede escuchar el ruido del vidrio de una ventanilla rota. Allí hay que mirar, es nuestro precario lugar real en el tren.

Frente a la muerte

por Leandro Otero

Ustedes dirán que enloquecí, pero algo escalofriante ha sucedido en la esquina de mi casa, y debo ponerlo en palabras urgentes, para que mi angustia, pueda ser transformada en construcción vital. 

Me disponía a ver el clásico Independiente-Racing, sentado con mi pierna en alto, en recuperación de mi operación de ligamentos cruzados.

Con los equipos en la cancha sonaron cuatro estampidos, que confundí con petardos por el partido.

Pero inmediatamente por la ventana vi a la gente moverse raro. Y me alertó. Decidí salir a la calle, como pude, con mi renquera.

La gente iba a hacia a la esquina, y yo seguí, algo malo presentía. Llegue a la esquina, y unas 30 personas rodeaban el cuerpo de un pibe, tirado en la calle boca abajo, con sangre bajo su cuerpo. Ya de por sí la escena era desoladora. Alguien tirado en la calle, y como si estuviera apestado, ninguno de nosotros se acercaba a socorrerlo.

Sin saber que hacer, las voces de los ciudadanos ahí presentes aumentaban mi mareo. “Decile que se vaya ya…”(hablaban del matador). “Uno menos…”, contestaban otros poseídos por el demonio, o por Dios. Otra señora con su marido al lado, cuando me cruza dijo “Uno menos, que Dios me perdone”. Seguro que Dios, al ser todo amor, la va a perdonar, pienso ahora.

Frente a la desasosiego que vivía, pensaba en para que habíamos crecido durante 9 años al 8% anual, para qué, si todavía no habíamos logrado que los pibes chorros dejaran de serlo, para vivir una vida, dura, pero no mezclada con el delito de poca monta. ¿Para qué?

Sin saber que hacer, volví a la esquina para saber lo ocurrido, dejando atrás el cuerpo yaciente, solo.

Averigüé, que el asesino, que ya se había dado a la fuga, fue abordado por dos jóvenes, lo encañonaron, él saco el arma y les disparó. Los jóvenes salieron corriendo hacia las vías, y tras treinta metros de correr, uno de ellos cayó, y el otro huyo malherido (decían ahí, que era casi un niño).

Volví, luego de estas averiguaciones, al lugar del pibe caído, sentí, que debía romper el cerco mortal que el resto de los ciudadanos le poníamos a él, otra víctima del maldito sistema que tenemos.

Me acerqué, le hablé, lo toqué, pero ya era innecesario, creo. Había muerto solo, sin nadie que le diera una palabra de aliento para abandonar la vida.

Mientras esto pasaba, una señora, desde un balcón gritaba a la pequeñísima multitud reunida abajo, (estaba junto a sus dos hijos adolescentes) “Uno menos, acá, roban al mediodía”.

Ya no sabía que era mas doloroso de todo lo que vivía, si el asesino fugado, si el pibe tendido muerto solo, si la gente que gritaba uno menos, si yo, que no podía articular palabra, y explicar que nos es más fácil criticar a los monstruos, y no a los que fabrican a esas pequeñas bombas. Pensé en escribir, en escribirles.

Oscar, artista y taxista

Oscar maneja un taxi 12 horas diarias para ganarse la vida. Constantemente es atravesado por el bombardeo publicitario de la ciudad. En el baùl del Peugeot 504 lleva botellas con engrudo, pintura y recortes de afiches que le sirven para intervenir y «mejorar» el entorno visual de su ciudad. «El problema es que la gente toma la publicidad como algo natural, ni se le ocurre reaccionar frente a los avisos. Sería buenísimo que cada uno reaccionara, que se pusiera a pintar las propagandas callejeras como se le cante.» 





Más fotos acá
Oscar presenta su trabajo por primera vez en Europa acá.

El inconsciente y la política

Entrevista a Jacques-Alain Miller
especial de Lobo Suelto!
En un breve paso por Paris, Lobo suelto pudo conversar brevemente con Jacques-Alain Miller. Ex militante maoísta, discípulo de Althusser, yerno del mítico Lacan y celoso custodio, editor y continuador de su obra, el apellido Miller es cualquier cosa menos neutral. Su sola mención suele dar lugar a la reverencia o a la desconfianza. Tal vez debido al enorme publico que el autor posee en Buenos Aires, Miller accedió a una inusual conversación con Lobo sobre la política y el inconciente. Lo que sigue es una transcripción textual.



Lobo Suelto: ¿Es legitimo referir el inconsciente a la política o se trata de temporalidades esencialmente heterogéneas?


Jacques-Alain Miller: El inconsciente no conoce el tiempo, pero el psicoanálisis, sí. El psicoanálisis da lo que Stendhal llamaba “la audacia de no ser como todo el mundo”. Ahora bien, hoy en día, todo el mundo aspira a no ser como todo el mundo. Este era indudablemente el caso de Lacan y su modo de no ser como todo el mundo le fue por otra parte a menudo reprochado. En relación con la política, él enseñaba sobre todo la desconfianza respecto de los ideales, de los sistemas, de las utopías, que siembran el campo político. No creía en las leyes de la historia. Ni una palabra permite creer que mantenía la idea de una ciudad radiante, ya sea situada en el pasado o proyectada en el futuro. Ni nostalgia, ni tampoco esperanza, sino una gran sobriedad respecto de la política, acompañada de numerosos comentarios que iban desde la ironía hasta el cinismo, marcados por sarcasmos y burlas, que subrayan que la política es a la vez cómica y asesina. De las Memorias del cardenal de Retz había retenido lo siguiente: “Siempre son los pueblos los que pagan el precio del acontecimiento político”. Describía también al conquistador, llegando siempre con la misma orden en la boca: “¡A trabajar!”. Para Lacan, la alienación al trabajo era un hecho de estructura, pero que no introducía una revuelta colectiva propiamente dicha, la lucha de clases alentando a los explotados a combatir para convertirse en los explotadores de mañana. Resumiendo, diríamos que en el campo político Lacan estaba en contra de todo lo que está a favor.


LB: ¿Es decir que según usted se trata de elegir por una posición ética, derivada de la práctica del análisis, en oposición a las practicas mistificantes de lo político?

JAM: La política procede por identificaciones. Manipulando palabras clave e imágenes busca capturar al sujeto, mientras que lo propio del psicoanálisis consiste en operar a la inversa, ir en contra de las identificaciones del sujeto. Una a una, la cura las deshace, las hace caer como las capas de una cebolla. Enfrentar al sujeto con su propio vacío, permitiéndole así despejar el sistema que, a su pesar, ordenaba sus lecciones y su destino. En este sentido, el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política.

LS: ¿Quiere decir que el psicoanálisis oponiéndose a la política nos devela otra política, diferente, emparentada al inconsciente?

JAM: En efecto, el inconsciente es otra cosa. Lacan decía, justamente, que “el inconsciente es la política”. No es una sustancia escondida en el individuo, en su mundo cerrado, que se trataría de forzar. El inconsciente es una relación y se produce en una relación. Es por ello que tenemos acceso a él en una relación con ese otro que es un analista. En la vida psíquica de un sujeto, un otro siempre está ya implicado como modelo, objeto, sostén u obstáculo. La psicología individual es de entrada psicología social. Si el hombre es un animal político, es por ser a la vez hablante y hablado por los otros. Sujeto del inconsciente, recibe siempre de un otro, del discurso que circula en el universo, las palabras que lo dominan, que lo representan y que lo desnaturalizan también.

LS: ¿Sin embargo, es notorio cómo la política contemporánea ha aprendido mucho del piscoanálisis, y no necesariamente en un sentido ético?

JAM: El psicoanálisis enseña algo sobre el poder, la influencia que se puede ejercer; no hace falta mucho para imponerse: esencialmente, algunas palabras bien elegidas. Convertida en una industria capital para el consumo, la publicidad ha sacado ampliamente provecho de esto. En las democracias como las nuestras, la política ya no puede dirigirse a aquellos que todavía llamamos ciudadanos sin pasar por la publicidad. El marketing político se ha transformado en un arte e incluso en una industria que produce un montón de siglas, slogans, emblemas, pequeñas frases; y esto, en función de los datos recolectados por encuestas de opinión, sondeos agudos y grupos de discusión; escuchar lo que allí se dice sirve en primer lugar para cernir los términos susceptibles de imponerse a la opinión. Es asombroso que, lejos de ocultarse estas manipulaciones, se las exhibe. Informado de la existencia de las mismas, el público quiere conocerlas, visitar las bambalinas. No sólo se pone en escena el decorado, sino que también se convierte en espectáculo el reverso del decorado; al menos, uno de los reversos del decorado.

LS: ¿La política actual realiza entonces el sueño del psicoanálisis de un mundo plenamente lingüístico y sin ideales?

JAM: Los que practican la política son los primeros en saber que ésta no es más una cuestión de grandes ideales, sino de pequeñas frases. Ellos se las arreglan con eso y los ciudadanos parecen querer que así sea. Que la política no esté más idealizada no es una desgracia de la democracia. Sin duda ése es su destino, su lógica y, si así puedo decirlo, su deseo. La decadencia generalizada de lo absoluto en el campo político es notoria: algo bueno en oposición al fanatismo, pero que no abre la vía a la discusión racional entre ciudadanos desapasionadosEstamos en el reino de la opinión. El debate público se desarrolla sobre un fondo de increencia, de engaño, de manipulación declarada y consentida.

LS: ¿Y entonces, como criticar este “reino de la opinión en que vivimos son reponer los ideales?

JAM: Esta es la regla del juego, deplorarlo también forma parte de él. Ya nadie denuncia esto como abyecto, excepto algunos maldicientes o imprecadores, que por otra parte hemos reducido a la impotencia. Si acaso alguno de ellos tiene talento, nos felicitamos del condimento que aporta al debate público. Forma parte del mismo movimiento de la civilización que revela sin descanso el carácter artificial, construido, de todas las cosas en este mundo: el lazo social, las creencias, las significaciones. El psicoanálisis participa de esto, ya que ningún otro discurso ha sido más potente en sacudir los semblantes de la civilización.

LS: ¿Usted señala entonces que el psicoanálisis, llevando adelante una crítica que produce un saber, es también, por así decirlo, “cómplice” del estado actual de cosas?

JAM: Aquel que practica el psicoanálisis debe lógicamente querer las condiciones materiales de su práctica. La primera es la existencia de una sociedad civil stricto sensu, distinta del Estado. El psicoanálisis no existe allí donde no está permitido practicar la ironía. No existe allí donde no está permitido cuestionar los ideales sin sufrir por ello. En consecuencia, el psicoanálisis es claramente incompatible con todo orden totalitario. Al contrario, el psicoanálisis hace causa común con la libertad de expresión y el pluralismo. Mientras la división del trabajo, la democracia y el individualismo no hayan producido sus estragos, no habrá lugar para el psicoanálisis.

LS: ¿No lleva usted muy lejos lo que podríamos llamar un “maridaje” entre liberalismo y psicoanálisis?

JAM: El liberalismo no es, sin embargo, la condición política del psicoanálisis. En los Estados Unidos, por ejemplo, si bien el psicoanálisis lacaniano interesa a los intelectuales, su práctica real sólo subsiste. Según la opinión de Freud, el psicoanálisis se desnaturalizó al atravesar el Atlántico; los inmigrantes que lo difundieron dejaron Europa detrás como un mal recuerdo y sólo les quedó conformarse a los valores del american way of life. Esta expresión cayó en desuso, ya que este estilo de vida se está volviendo cada día más el nuestro; si el divorcio de las sensibilidades y de las costumbres entre Estados Unidos y Francia, incluso Europa, pudo por supuesto cristalizarse a nivel político, no impidió de ningún modo la americanización en marcha.

LS: ¿Siguiendo su razonamiento sobre la afinidad entre democracia liberal y pisconalisis, no queda aún la dimensión moral del analista individual y su opción por determinado compromiso político?

JAM: Como tal, el psicoanálisis ¿es revolucionario o reaccionario? Se trata de un Jano, un señuelo, que se utiliza explícitamente en los debates de sociedad en los que al psicoanálisis se le hace decir una cosa y su contrario. Pero su doctrina sólo requiere que un analista esté allí antes que nada para psicoanalizar y subsidiariamente para hacer avanzar al psicoanálisis y difundirlo en el mundo; aún mejor, si para esto interviene en el debate público.

LS: ¿Diría usted, entonces, que el proyecto de articular psicoanálisis y transformación de la sociedad ha sido un sueño infundado?

JAM: Indudablemente, el psicoanálisis no es revolucionario. Sin duda, se dedica más bien a poner en valor invariantes que a depositar sus esperanzas en cambios de orden político.Pretende operar a un nivel más fundamental del sujeto, donde los puntos del espacio-tiempo están en una relación topológica y ya no métrica. Lo más distante se revela de repente lo más próximo. Un psicoanalista es de buen grado partidario del “Nada nuevo. Más eso cambia y más es la misma cosa”, profesa el analista; salvo que tal vez pueda empeorar, si alguna vez se creyó que podía ser mejor.

LS: En nuestro país, como en el suyo, muchos pensadores levantarían autenticas protestas ante sus declaraciones!

JAM: El psicoanálisis no es revolucionario, pero es subversivo, que no es lo mismo, es decir que va en contra de las identificaciones, los ideales, las palabras clave. Es bien conocido que nos preocupamos cuando alguien cercano comienza un análisis: tememos que deje de honrar a su padre, a su madre, a su pareja y a su Dios; algunos, por otra parte, aspiraron, sin éxito, a un psicoanálisis adaptativo más que subversivo.

LS: ¿Subversión sin esperanzas, entonces?

JAM: No nos engañemos, “más eso cambia y más es la misma cosa”, pero ¡cambia de todos modos! Que siga siendo la misma cosa significa: lo que se gana por un lado, se pierde por otro, y esto no se reabsorbe. Si es subversivo, no por ello el psicoanálisis es progresista ni reaccionario. ¿Sería entonces desesperanzado? Digamos más bien que un psicoanálisis opera de la esperanza. Procede a la ablación de la esperanza y un cierto alivio resulta de ello.

LS: ¿Debe ser, entonces, el psicoanalista un militante de una cierta política del inconsciente?

JAM: No sólo los psicoanalistas no son militantes del psicoanálisis –excepto a veces, y no necesariamente para su felicidad–, sino que son más bien propensos a fastidiar a los militantes. Resulta de ello que los psicoanalistas se muestran frecuentemente muy abrumados por su operación que sacudió todos los semblantes, en particular todas las normas que atemperaban la relación sexual insertándola en la familia y la procreación. Los psicoanalistas hubieran querido que los semblantes de antes resistieran hasta el fin de los tiempos. ¡Lejos de ello! El psicoanálisis produjo daños sensacionales en la tradición. A estos desastres se sumaron las posibilidades inéditas que ofrecen los avances de la biología, la reproducción asistida, la clonación, el desciframiento del genoma humano, la perspectiva de que el hombre mismo se convierta en un organismo genéticamente modificado. Está claro que el Nombre-del-Padre ya no es más lo que era.

Todo lo que necesitas es amor

Entrevista a Alain Badiou
Por Eduardo Febbro

Alain Badiou es un pensador que podría llamarse polifónico: ha abordado la filosofía y la política, la historia, el marxismo y la vida contemporánea, pero siempre parece haberlo hecho con la mirada puesta en el presente: buscando los modos en que el pasado puede ayudarnos a construir un futuro mejor. Una semana antes de su llegada a Buenos Aires, Radar lo entrevistó en París para que desplegara ese mapa de su pensamiento por el que orbitan las revoluciones árabes y el desastre ecológico, el duelo por las revoluciones del siglo XX y la salud del capitalismo, el mercado de las opiniones contra la comunidad de las ideas y, fundamentalmente, el amor como centro de gravedad ineludible a partir del cual comenzar la construcción de una nueva forma de futuro.
Pensar el mundo a la velocidad que va; las revoluciones árabes; el colapso ecológico; el movimiento de los indignados; la crisis sistémica del capitalismo. Pensar también las matemáticas, la poesía; y pensar también lo que no tiene tiempo y nos compromete más que cualquier otra cosa: el amor. Esta es la dimensión polifónica del filósofo francés Alain Badiou. Objeto de adoración o de un sólido cuestionamiento, el pensador francés ha tejido una obra sin concesiones que abarca la filosofía analítica, la matemática, el teatro, la política, la literatura y hasta el amor como temas de una reflexión conectada a la raíz de las transformaciones y trastornos humanos. Su obra contiene una de las críticas más densas y lúcidas contra lo que Badiou llamó “el materialismo democrático”, ese orden mundial donde cada cosa tiene un precio, un interés material final. En pleno siglo XXI, y con los referentes históricos que se conocen, Alain Badiou alega todavía a favor de lo que él define como “la idea comunista”. El pensador francés rescata de esa ideología la “idea de la emancipación de toda la humanidad, la idea de la igualdad entre los componentes de la humanidad, el fin del racismo y de las fronteras”. En esa misma línea, Badiou reintroduce el pensamiento de Marx. Puesto en un cajón con las piedras del Muro de Berlín, Marx regresa hasta nosotros. Las revoluciones árabes lo reactualizaron en el sentido más estricto: el movimiento de las masas hacia su emancipación.
Invitado a Buenos Aires a partir del 7 de mayo por la Universidad Nacional de San Martín, Alain Badiou recibió a Página/12 en su casa de París. En este diálogo, el autor de Elogio del amor expone su análisis sobre los cambios históricos que se desprenden de las revoluciones árabes al tiempo que, en contra de la opinión optimista dominante, destaca que el sistema liberal está lejos de haber abdicado.

La lucha o la oposición contra las modalidades del sistema actual se ha multiplicado y solidificado. Revoluciones árabes, movimiento de los indignados, movilización creciente de los grupos que están contra la globalización, en todo el planeta surgen grupos de protesta. Analizando lo ocurrido, ¿qué les diría usted hoy a todos esos rebeldes del mundo para que su acción conduzca a una auténtica construcción?

–La consigna de antiglobalización parece sugerir que, a través de varias medidas, se puede rehumanizar la situación, incluida la rehumanización del capitalismo. Yo les diría que, para mí, más importante que eso es la globalización de la voluntad popular. Globalización quiere decir vigor internacional. Pero esa globalización internacional necesita una idea positiva para unirla y no sólo la idea crítica o la puesta en común de desacuerdos y protestas. Se trata de un punto muy importante. Pasar de la revuelta a la idea es pasar de la negación a la afirmación. Sólo en lo afirmativo podemos unirnos de forma duradera.
Varios filósofos apuntan el hecho de que los valores capitalistas destruyeron la dimensión humana. Usted cree, al contrario, que todavía persiste una potencia altruista en el ser humano. Usted, por ejemplo, ve en las revoluciones árabes la restauración de la generosidad, de la fuerza colectiva, de la capacidad del ser humano en activarse para despojarse de los totalitarismos.
–Nunca creí que esas manifestaciones en el mundo árabe iban a inventar un nuevo mundo de un día para otro, ni pensé que esas revueltas proponían soluciones nuevas a los problemas planetarios. Pero lo que me asombró fue la reaparición de la generosidad del movimiento de masa, es decir, la posibilidad de actuar, de salir, de protestar, de pronunciarse independientemente del límite de los intereses inmediatos y hacerlo junto a personas de las que ya sabemos que no comparten nuestros intereses. Ahí encontramos la generosidad de la acción, la generosidad del movimiento de masa, tenemos la prueba de que ese movimiento es aún capaz de reaparecer y reconstituirse. Con todos sus límites, también tenemos un ejemplo semejante con el movimiento de los indignados. Lo que resulta evidente en todo esto es que están ahí en nombre de una serie de principios, de ideas, de representaciones. Desde luego, el proceso será largo. A mí me parece más interesante el movimiento de la primavera árabe que el de los indignados, porque ese movimiento tiene objetivos precisos, o sea, la desaparición de un régimen autocrático y el tema fundamental que es el horror ante la corrupción. La lucha contra la corrupción es un problema capital del mundo contemporáneo. En los indignados hemos visto la nostalgia del viejo Estado providencia. Pero vuelvo a reiterar que lo interesante en todo esto es la capacidad de hacer algo en nombre de una idea, incluso si esa idea tiene acentos nostálgicos. Lo que a mí me interesa es saber si aún tenemos la capacidad histórica de actuar en el régimen de la idea y no simplemente según el régimen de la concurrencia o de la conservación. Eso es para mí fundamental. La reaparición de una subjetividad disidente, sean cuales fueren sus formas y sus referencias, me parece muy importante.
“La idea” es el eje rector de su filosofía. Desde una lectura más contemporánea, se tomó como un hecho ineluctable que la idea es un producto y no la plena relación humana. Sin embargo, en medio del híper liberalismo, del consumo, de la etiqueta de un precio puesto sobre cada cosa, incluido los sentimientos, de pronto surge el antídoto de la idea contra la materialidad del mercado.
–Algunos dirán que hay valores trascendentes, religiosos, y que es preciso someter al animal. Otros, al contrario, dirán: liberémonos de esos valores trascendentes, Dios ha muerto, vivan los apetitos salvajes. Pero entre ambas hay una solución intermediaria, dialéctica, que consiste en decir que, en la vida, a través de encuentros y metamorfosis, puede haber un trayecto que nos ligue a la universalidad. Eso es lo que yo llamo “una vida verdadera”, es decir, una vida que encontró al menos algunas verdades. Llamo idea a ese intermedio entre las verdades universales, digamos eternas para provocar un poco a los contemporáneos, y el individuo. ¿Qué es entonces una vida bajo el signo de la idea en un mundo como éste? Hace falta una distancia con la circulación general. Pero esa distancia no puede ser creada sólo con la voluntad, hace falta que algo nos ocurra, un acontecimiento que nos lleve a tomar posición frente a lo que pasó. Puede ser un amor, un levantamiento político, una decepción, en fin, muchas cosas. Allí se pone en juego la voluntad para crear un mundo nuevo que no estará a la orden del mundo tal como es, con su ley de circulación mercantil, sino por un elemento nuevo de mi experiencia. El mundo moderno se caracteriza por la soberanía de las opiniones. Y la opinión es algo contrario a la idea. La opinión no pretende ser universal. Es mi opinión y vale tanto como la de cualquier otro. La opinión se relaciona con la distribución de objetos y la satisfacción personal. Hay un mercado de las opiniones como hay un mercado de las acciones financieras. Hay momentos en que una opinión vale más que otra, después esa opinión quiebra como un país. Estamos en el régimen general del comercio de la comunicación en el cual la idea no existe. Incluso se sospecha de la idea y se dirá que es opresiva, totalitaria, que se trata de una alienación. ¿Y por qué ocurre esto? Pues simplemente porque la idea es gratis. A diferencia de la opinión, la idea no entra en ningún mercado. Si defendemos nuestra convicción, lo hacemos con la idea de que es universal. Esa idea es entonces una propuesta compartida, no se la puede poner en venta en el mercado. Pero, como con todo lo que es gratis, la idea está bajo sospecha. Se pregunta: ¿cuál es el valor de lo que es gratis? Justamente, el valor de lo gratis es que no tiene valor en el sentido de los intercambios. Su valor es intrínseco. Y como no se puede distinguir la idea del precio del objeto, la única existencia de la idea está en una suerte de fidelidad existencial y vital a la idea. La mejor metáfora la encontramos en el amor. Si queremos profundamente a alguien, ese amor no tiene precio. Hay que aceptar el sufrimiento, las dificultades, el hecho de que siempre hay una tensión entre lo que deseamos inmediatamente y la respuesta del otro. Es preciso atravesar todo esto. Cuando estamos enamorados se trata de una idea, y eso es lo que garantiza la continuidad de ese amor. Para oponerse al mundo contemporáneo se puede actuar en política, pero no es todo: estar cautivado completamente por una obra de arte o estar profundamente enamorados es como una rebelión secreta y personal contra el mundo contemporáneo.
Es casi una broma adelantar que el sistema liberal está en crisis. Para usted, ¿en qué fase se encuentra el capitalismo? No está derrotado, desde luego, pero la crisis lo golpeó.
–El capitalismo es un sistema de robo planetario exacerbado. Se puede decir que el capitalismo es un orden democrático y pacífico, pero es un régimen de depredadores, es un régimen de bandidismo universal. Lo llamo bandidismo de manera objetiva: llamo bandido a cualquiera que considere que la única ley de su actividad es el provecho. Pero un sistema como éste que, por un lado, tiene la capacidad de extenderse y, por el otro, de desplazar su centro de gravedad, es un sistema que está lejos de encontrarse moribundo. No hay que creer que, porque estamos en una crisis sistémica, nos encontramos al borde del hundimiento del capitalismo mundializado. Si creemos eso sería ver las cosas a través de la pequeña ventana de Europa. Creo que hay dos fenómenos que están entrelazados. El primero es el hundimiento de la segunda etapa de la experiencia comunista, el hundimiento de los Estados socialistas. Este hundimiento abrió una enorme brecha para el otro término de la contradicción planetaria que es el capitalismo mundializado. Pero también le abrió nuevos espacios de tensiones materiales. El desarrollo capitalista de países de la talla de China, de la India, así como la recapitalización de la ex Unión Soviética, tiene el mismo papel que el colonialismo en el siglo XIX. Abrió espacios gigantes de despliegue, de clientela y de nuevos mercados. Estamos ahora ante ese fenómeno: la mundialización del capitalismo que se hizo potente y se multiplicó por la extenuación de su adversario histórico del precedente período. Este fenómeno lleva a que, por primera vez en la historia de la humanidad, se pueda hablar realmente de un mercado mundial. Ese es un primer fenómeno. El segundo es el desplazamiento del centro de gravedad. Estoy convencido de que las antiguas figuras imperiales, la vieja Europa por ejemplo, la cual pese a su arrogancia tiene una cantidad considerable de crímenes para hacerse perdonar, y los Estados Unidos, pese al hecho de que aún ocupan un lugar muy importante, son en realidad entidades capitalistas progresivamente decadentes y hasta un poco crepusculares. En Asia, en América latina, con la dinámica brasileña, e incluso en algunas regiones de Medio Oriente, vemos aparecer nuevas potencias. Son nuevos centros de gravedad. El sistema de la expansión capitalista llegó a una escala mundial al mismo tiempo que el sistema de las contradicciones internas del capitalismo modifica su geopolítica. Las crisis sistémicas del capitalismo –hoy estamos en una grave crisis sistémica– no tienen el mismo impacto según la región. Tenemos así un sistema expansivo con dificultades internas.
Pero esos nuevos polos se desarrollan según el mismo modelo.

–Sí, y no creo que esos nuevos polos introduzcan una diferenciación cualitativa. Es un desplazamiento interno al sistema que le da margen de maniobra.
Ahora llegamos a Marx, mejor dicho a los dos Marx: el Marx marxista y el Marx de antes del marxismo. Usted reivindica plenamente la figura y la obra de Karl Marx. ¿Cuál de los dos prefiere usted: el Marx marxista o el que precede al marxismo?
–Marx y marxismo tienen significados muy distintos. Marx puede significar el intento de un análisis científico de la historia humana con los conceptos fundamentales de clase y de lucha de clases, y también la idea de que la base de las diferentes formas que adquirió en el curso de la historia la organización de la humanidad es la organización de la economía. En esta parte de la obra de Marx hay cosas muy interesantes como, por ejemplo, la crítica de la economía política. Pero también hay otro Marx que es un Marx filósofo, es un Marx que viene después de Engels y que intenta mostrar que la ley de las cosas hay que buscarla en las contradicciones principales que pueden percibirse dentro de las cosas. Es el pensamiento dialéctico, el materialismo dialéctico. En lo concreto, hay una base material de todo pensamiento y éste se de-sarrolla a través de sistemas de contradicción, de negación. Este es el segundo Marx. Pero también hay un tercer Marx, que es el Marx militante político. Es un Marx que, en nombre de la idea comunista, indica lo que hay que hacer: es el Marx fundador de la primera Internacional, es el Marx que escribe textos admirables sobre la Comuna de París o sobre la lucha de clases en Francia. Hay por lo menos tres Marx y el Marx que a mí más me interesa, incluso reconociendo el mérito inmenso de todos los Marx, es el Marx que intenta ligar la idea comunista en su pureza ideológica y filosófica a las circunstancias concretas. Es el Marx que se pregunta qué camino puede encontrarse para organizar a la gente políticamente a fin de que se oriente hacia la idea comunista. Hay ideas fundamentales que fueron experimentadas y que aún permanecen, y en cuyo centro encontramos la convicción según la cual nada ocurrirá mientras una fracción significativa de los intelectuales no acepte estar orgánicamente ligada a las grandes masas populares. Ese punto está totalmente ausente hoy en varias regiones del mundo. En Mayo del ’68 y en los años ’70, este punto fue abandonado. Hoy pagamos el precio de ese abandono que significó la victoria completa y provisoria del capitalismo más brutal. La vida concreta de Marx y de Engels consistió en participar en las manifestaciones en Alemania e intentar crear una Internacional. ¿Y qué era la Internacional? Pues la alianza de los intelectuales con los obreros. Por ahí se empieza siempre. Yo llamo entonces a que comencemos de nuevo: por un lado con la idea comunista y, por el otro, con un proceso de organización bajo esta idea que, evidentemente, tomará en cuenta el conjunto del balance histórico pero que, en cierto sentido, tendrá que empezar de nuevo.
Si tomamos en cuenta las revoluciones árabes, las crisis del sistema financiero internacional, el colapso ecológico y el poderío de las oligarquías, ha habido muchos trastornos en el último cuarto de siglo. Bajo el flujo de esta avalancha, muchas cosas cambiaron en el mundo. Pero, ¿cuál fue, según usted, la transformación íntima del ser humano en este período? ¿Cuál ha sido la dosis de inocencia que perdimos?
–Lo que cambió más profundamente es la división subjetiva. Las elecciones fundamentales a las que estuvieron confrontados los individuos durante el primer período estaban aún dominadas por la idea de la alternativa entre orientación revolucionaria y democracia y economía de mercado. Dicho de otra forma, estábamos en la constitución del debate entre totalitarismo y democracia. Ello quiere decir que todo el mundo estaba bajo el influjo del balance de la experiencia histórica del siglo XX. A escala mundial, esta discusión, que adquirió formas distintas según los lugares, se focalizó en cuál podría ser el balance de este siglo XX. ¿Acaso hay que condenar definitivamente las experiencias revolucionarias? ¿O acaso hay que abandonarlas porque fueron despóticas, violentas? En este sentido, la pregunta era: ¿debemos o no unirnos a la corriente democrática y entrar en la aceptación del capitalismo como un mal menor? La eficacia del sistema no consistió en decir que el capitalismo era magnífico sino que era el mal menor. En realidad, aparte de un puñado de personas, nadie piensa que el capitalismo es magnífico. Hace 20 años estábamos en ese contexto, o sea, la reactivación de una filosofía inspirada por la moral de Kant. O sea, no había que tener grandes ideas de transformación política voluntaristas porque ello nos conduce al terror y al crimen: lo que había que hacer era velar por una democracia pacificada dentro de la cual los derechos humanos estarían protegidos. Hoy, esta discusión está terminada, y está terminada porque todo el mundo ve que el precio pagado por esa democracia pacificada es muy elevado. Todo el mundo toma conciencia de que se trata de un mundo violento, pero con otras violencias, que la guerra sigue rondando todo el tiempo, que las catástrofes ecológicas y económicas están a la orden del día y que, encima, nadie sabe a dónde vamos. ¿Podemos acaso imaginar que esta ferocidad de la concurrencia y esta constante sumisión a la economía de mercado duren aún durante varios siglos? Todo el mundo siente que no, que se trata de un sistema patológico. Se ha revelado que este sistema, al que nos presentaron como un sistema moderado, sin dudas en nada formidable pero mejor que todo lo demás, es un sistema patológico y extremadamente peligroso. Esa es la novedad. No podemos tener más confianza en el futuro de esta visión de las cosas. Estamos en una fase de intervalo, incierta. Se introdujo la hipótesis de una suerte de humanismo renovado al que podríamos llamar un humanismo de mercado, el mercado pero humano. Creo que esa figura, que sigue vigente gracias a los políticos y a los medios, ha muerto. Es como la Unión Soviética: estaba muerta antes de morir. Creo que, en condiciones diferentes y en un universo de guerra, de catástrofes de competencia y de crisis, esta idea del capitalismo con rostro humano y de la democracia moderada ya ha muerto. Ahora será necesario no ya arbitrar entre dos visiones constituidas sino inventar una.
¿De esa ambivalencia proviene tal vez la sensación de que las jóvenes generaciones están como perdidas, sin confianza en nada?
–Eso es lo que siento en la juventud de hoy. Siento que la juventud está completamente inmersa en el mundo tal como es, no tiene idea de otra alternativa, pero al mismo tiempo está perdiendo confianza en este mundo, está viendo que, en realidad, este mundo no tiene porvenir, carece de toda significación para el porvenir. Creo que estamos en un período donde las propuestas de ideas nuevas están al orden del día, incluso si una buena parte de la opinión no lo sabe. Y no lo sabe porque aún no llegamos al final de este agotamiento interno de la promesa democrática. Es lo que yo llamo el período intervalo: sabemos que las viejas elecciones están perimidas, pero no sabemos aún muy bien cuáles son las nuevas elecciones.
Aunque a los lectores les resulte sorprendente en un autor resueltamente político como usted, uno de sus libros más universalmente conocidos es sobre el amor. Se trata de una meditación de una conmovedora sabiduría. Para un filósofo comprometido con la acción política y cuyo pensamiento integra las matemáticas, la aparición del tema del amor es poco común.
–El amor es un tema esencial, una experiencia total. El amor está bajo la amenaza de la sociedad contemporánea. En el amor lo fundamental está en que nos acercamos al otro con la condición de aceptarlo en mi existencia de forma completa, entera. Eso es lo que diferencia al amor del interés sexual. El interés sexual se fija sobre lo que los psicoanalistas llamaron “los objetos parciales”, es decir, yo extraigo del otro emblemas fetiche que me interesan y suscitan mi excitación deseante. No niego la sexualidad, al contrario. La sexualidad es un componente del amor. Pero el amor no es eso. El amor es cuando estoy en estado de amar, de estar satisfecho y de sufrir y de esperar a propósito de todo lo que viene del otro: la manera en cómo viaja, su ausencia, su llegada, su presencia, el calor de su cuerpo, mis conversaciones con él, sus gustos compartidos. Poco a poco, la totalidad de lo que el otro es se vuelve un componente de mi propia existencia. Esto es mucho más radical que la vaga idea de preocuparme por el otro. Es el otro con la totalidad infinita que representa, y con quien me relaciono en un movimiento subjetivo extraordinariamente profundo.
¿En qué está el amor amenazado por los valores contemporáneos?
–Porque el amor es gratuito y, desde el punto de vista del materialismo democrático, injustificado. ¿Por qué habría de exponerme al sufrimiento de la aceptación de la totalidad del otro? Lo mejor sería extraer de él lo que mejor corresponde a mis intereses inmediatos y mis gustos y desechar el resto. El amor está amenazado porque se lo distribuye en rodajas. Observemos cómo se organizan las relaciones en esos portales de Internet, allí donde la gente entra en contacto: el otro ya está pre-cortado en rodajas, un poco como la vaca en las carnicerías. Sus gustos, sus intereses, el color de sus ojos, si tiene los cabellos largos o cortos, es grande o pequeño, es amarillo o negro. Vamos a tener unos 40 criterios y al final de ellos vamos a decirnos: esto es lo que compro. Eso es todo lo contrario al amor. El amor es justamente cuando, en cierto sentido, no tengo ni la menor idea de lo que estoy comprando.
Y frente a esa modalidad competitiva de las relaciones, usted proclama que el amor debe ser reinventado para defendernos, que el amor debe reafirmar su valor de ruptura y de locura.
–El amor debe reafirmar el hecho de que está en ruptura con el conjunto de las leyes ordinarias del mundo contemporáneo. El amor debe ser reinventado como valor universal, como relación a la alteridad, a aquello que no soy yo. El amor implica una generosidad que es obligatoria. Si yo no acepto la generosidad, tampoco acepto el amor. Hay una generosidad amorosa que es inevitable, estoy obligado a ir hacia el otro para que la aceptación del otro en su totalidad pueda funcionar.
La política no está muy alejada de todo esto. Para usted, en la acción política hay una dimensión del amor.
–Sí, incluso puede resultar peligroso. Si buscamos una analogía política del amor diría que, al igual que en el amor donde la relación con una persona tiene que constituir su totalidad existencial como componente de mi propia existencia, en la política auténtica es preciso que haya una representación entera de la humanidad: en la política verdadera, que también es un componente de la verdadera vida, hay necesariamente esa preocupación, esa convicción según la cual estoy ahí en tanto que representante y agente de toda la humanidad. Igual que en el amor, donde mi preocupación, mi propuesta, mi actividad, están ligadas a la existencia del otro en su totalidad. Creo que el proyecto de pareja puede ser un arma contra los valores corrientes si no se disuelve, si no se metamorfosea en un proyecto que terminaría siendo en el fondo la acumulación de los intereses de unos y otros. No hay que perder el rumbo de nuestra experiencia. No hay que ceder. El mundo se recrea a partir de la experiencia amorosa. De esa forma salvaremos la idea y sabremos qué es exactamente la felicidad. No soy un asceta. No estoy por el sacrificio. La construcción amorosa es la aceptación conjunta de un sistema de riesgos y de invenciones.
Usted también introduce una idea peculiar y maravillosa: debemos hacer todo para preservar lo excepcional que nos ocurre.
–Ahí está el sentido completo de la vida verdadera. Una vida verdadera se plasma cuando aceptamos los regalos peligrosos que la vida nos hace. La existencia nos hace regalos pero, la mayor parte de las veces, estamos más espantados que felices por esos regalos. Creo que aceptar eso que nos ocurre y que parece raro, extraño, imprevisible, excepcional, que sea el encuentro con una mujer, o sea Mayo del ’68, aceptar eso y las consecuencias de ello, eso es la vida. Eso es la verdadera vida.

El acto de Vélez y nosotros

Notas sobre una semana de militancia, periodismo y filosofía
por Juan Pablo Maccia

I. Sin retorno
Los ‘70 aun conmueven, pero ya no asustan. Vuelven en palabras desfachatadas, impúdicos en su lengua militante. Pero esas palabras (ilusionadas, desesperadas) confiesan, en sordina, lo que todos sabemos: ese retorno ya no es posible en el régimen de los cuerpos.
Algunos meditan sobre esta paradoja de los tiempos con íntimo alivio; otros experimentan esta fractura del tiempo con una distancia muda. Pero cuando lo que diverge son las emociones, ya no concierne al mundo de las ideas y las razones argumentadas.
El acto de Vélez confirma impresiones. A unos y a otros. Como evento tan emotivo como expresivo de nuevos alineamientos (amén de la exhibición del fervor militante), se ha convertido en un preciado objeto interpretativo, rico en señales iluminadoras de nuestro insondable presente político.
II. El amor y los gurrumines
La presidenta, el dirigente más conceptuoso de las últimas décadas, parece haber encontrado (¡por fin!) el interlocutor de sus reflexiones públicas. Ha descubierto en la juventud militante lo que tanto buscaba y lo que tan abundantemente escaseaba: una inter-locución viva y real para desplegar el sentido de lo ocurrido durante la última década. Y lo ha encontrado del mejor modo: creándolo por medio de la interpelación directa.
Cuando el otro día visitaba San Antonio de Areco, aquí en la provincia de Buenos Aires, y un gurrumino así (hace el gesto de una altura baja con la mano) que no estaría más allá del primer o segundo año del secundario y me entregaba una bandera de una de las agrupaciones políticas juveniles y me decía yo soy militante. Digo: “la pucha, si tuviera que elegir entre todas las cosas que les mencioné desde que empecé a hablar hasta ahora, me quedo con ese pibe. Con la incorporación de miles y miles de pibes a la política. Es lo mejor que hemos hecho porque eso es sembrar futuro. ¿Y saben por qué? ¿Y saben por qué? Porque no somos eternos. ¿Y saben por qué? Porque no somos eternos y nos ha tocado comprobarlo dramáticamente. Que la vida se extingue aun cuando menos lo pensamos. Y entonces yo tengo mucha confianza que estas ideas… porque es precisamente en la adolescencia y en la juventud donde la gente se forma definitivamente en una orientación y en una forma de ver la vida y de sentir las cosas… Yo siento que los verdaderos custodios de este legado histórico no somos los que estamos en este escenario que ya estamos viejos muchos de nosotros, sino que son todos ustedes que no van a permitir jamás… son todos ustedes que no van a permitir jamás dar un paso atrás en todo esto que hemos logrado. Quiero agradecerles. Yo también los amo mucho”.
Esta juventud inesperada ha resultado esencial para escenificar eso que debió haber pasado en 1973 y que, como sabemos, no ocurrió: por fin esa juventud no fue maltratada, echada de la plaza, acusada de insolente por no comprender a una “experimentada” dirigencia sindical complaciente. Esta vez, toca a la maravillosa juventud inesperada tomar en sus propias manos el rumbo político del país. Todos lo sabemos: no será fácil. Pero tampoco será fácil desarmar los efectos de la interpelación presidencial.
III. Política de la memoria
¿Es pura casualidad que estos días se difunda la palabra reflexiva de Jorge Rafael Videla explicando con lujo de detalles los propósitos, aciertos y errores de la última dictadura militar de la que fuera jefe y emblema?
No. No lo es. La convergencia temporal tiene razones que no se dejan explicar por el azar ni por la conspiración. La palabra del sentenciado general ya no funciona como amenaza o deja vú, sino de un modo más perverso aun, si cabe: la del recuerdo de aquello que ya no puede volver a ser simplemente porque ha sido asesinado. Pura “política de la memoria”.
IV. En serio-en serio
Políticos e intelectuales lo saben: ya no vivimos tiempos de crisis. Se dirá que la precariedad aún es norma, y lo es. Pero eso no quita que toda norma que se precie genera, como lo recordaba Walter Benjamin, sus zonas de excepción. Siempre las mismas.
Este es el sentido de la fórmula presidencial “capitalismo en serio”: empresarios que produzcan, ciudadanos que consumen y votan, gobernantes que ganan elecciones y regeneran representación política. No es poco. Resulta, incluso, utópico para el capitalismo más maduro. 
En el mismo sentido se acaba de pronunciar Alian Badiou: el capitalismo no está en crisis, salvo para una mirada provinciana que no ve más allá de Europa y desconoce el hecho de que la dinámica productiva y subjetiva del mundo capitalismo se ha desplazado al ex tercermundo. El llamado BRIC se ha vuelto locomotora del capital: el rejuvenecimiento entero del sistema se juega en la suerte con que pueda ligar sus exigencias reproductivas con la subjetividad individual y colectiva, precisamente, en esta región.
De allí que la pregunta sobre si (¿son los gobiernos BRIC, con sus diferencias, alternativas progresistas, gubernamentalidades adecuadas?) no sea ociosa ni sencilla sino prácticamente informulable.
V.  La juve y la generación BRIC
En un reciente artículo, la pluma filosa hasta el veneno de la periodista Susana Viau se dedicaba refutar la idea que de que luego del 2003, o de la muerte de Néstor Kirchner, haya habido una vuelta de la juventud a la militancia política, recordando la militancia juvenil de los barrios de los años 90, y la formación de los MTD.  Evocación oportuna y estéril. En efecto, la periodista cae en el lugar común auto-refutativo de identificar aquella experiencia ligada al 2001 como “utópica” e “idealista”. Ese, exactamente, es el tópico de la juventud kirchnerista: el “realismo” político.
La militancia juvenil kirchnerista, obediente en la irreverencia, se ha colocado (gracias a su capacidad de acudir al llamado de la presidenta) en el centro del escenario político. Desde allí enfrenta grandes desafíos.  Dos opciones posible, seguramente simultáneas: aprovechar la oportunidad política que le brinda la presidenta y constituir, a partir de sus cuadros más encumbrados, una generación BRIC, es decir, una nueva inteligencia para la reinvención del capitalismo en nuevas condiciones, o bien radicalizarse –en caso de que no se encuentren las vías legales para una continuación del ciclo kirchnerista- a partir de una memoria, un liderazgo y un mito. 
V. Destiempos
En la Argentina de hoy hay algo evidente para todos. De la crisis del 2001 para acá no hay nada mejor (ni de cerca) que el kirchnerismo. Su legitimidad personal y política –se explique como se explique- se eleva por encima de la de los demás de los mortales.  Las alternativas son francamente indeseables y mediocres y no califican para la competición.
El sistema político, sin embargo, no tiene previstos canales institucionales para procesar momentos como estos. Y hasta que los “jóvenes” estén en condiciones de disputar el relevo “el proyecto” (el modelo) queda en suspenso por limitaciones legales.
Al menos por ahora, entonces, el único dirigente con peso propio para pelear en las urnas la herencia kirchnerista es Daniel Scioli. La presidenta ya ha decidido evitar este trance. Todos los elementos vivos de la situación presionan sobre la necesidad imperiosa de una reforma de la Constitución. Los próximos dos años giraran en torno a esta presión. La propia presidenta debe olvidar sus reparos personales a tanta exposición y desgaste. La pregunta evidente para casi todos es la siguiente: ¿realmente es necesario hacer las elecciones del 2015? ¿no sería mejor aplazarlas de facto, al menos, hasta 2019? Es evidente que sí.
VI. Sin lugar para los viejos
Cuando una generación que se creía envejecida (la del ‘73) se da la mano con la de sus nietos (la de Vélez), es señal de que el tiempo ha pasado. El ciclo que se consuma es también el de la exclusión de una experiencia –política, a pesar de todo- se cierra. Con ella se secundarizan saberes y actitudes pertenecientes a la era de la excepción: vidas políticas y nociones fantásticas constituidas en medio del abismo. Nada de todo esto definitivo. Somos eterno retorno.
No es solo un asunto de edades ni de trayectorias. A la vista está el éxito de varios miembros de la generación del 2001 en la cúspide del poder político. Y es cierto que si algo parece volver es la generación “setenista”, que se había dedicado mayoritariamente a tareas muy poco heroicas durante la larga noche neoliberal.
¿Qué nos queda a todos aquellos que, como nosotros, alcanzaron el hábito de pensar sin creer? Habiendo trabajado tan duramente para alcanzar esas cumbres, no será nada fácil desarmar esas adorables cabezas. Y será difícil, también, que la realidad deje de darnos, a su modo, la razón.  Somos eterno retorno. Una razón irreconocible. Menos cargada de potencialidades políticas de lo que hubiésemos estado dispuestos a admitir hace solo una década.
Todo indica que hemos devenido viejos. Pero ojo: viejos no quiere decir “hechos mierda”, sino testigos y habitantes de un cambio. Esta posición no parece cómoda, pero podría ser interesante si evitamos el patetismo de negar lo que ha cambiado. Aspirar al retorno, en medio de la mutación es, después de todo, siempre un gesto nuevo, con el que todo se inicia de nuevo. Una novedad muy vieja. Pero más nueva que la propia juventud.

Clinämen: «Estación zombi: pibe remundancia»


 
Compartimos lecturas y conversamos con lxs chicxs de Barrilete cósmico sobre «Estación zombi: pibe, repugnancia, abundancia«, corto + cuadernillo hecho con pibes del Conurbano Bonaerense.

La República del 99%

Por Amador Fernández-Savater

“¡Más madera, es la guerra!” El tren de los Hermanos Marx es hoy la imagen más exacta del capitalismo. Desbocado, en fuga hacia adelante, desmantelándose a sí mismo para seguir alimentando el fogón de la máquina. Derechos, garantías, vidas, riquezas, recursos, cuidados, vínculos, el edificio entero de la civilización social moderna. La loca carrera del capitalismo amenaza con devorarlo todo. No hay ningún plan de conjunto ni a largo plazo: sólo echar toda la madera necesaria para que la máquina siga funcionando. El capitalismo se ha vuelto completamente punk: “no future”.
Algo muy profundo se ha roto. Hacemos como si nada, pero lo sabemos. La sensación generalizada es: “todo se ha vuelto posible”. Que la UE saque a España del euro, un corralito o una insurrección. Cualquier cosa. Pero nos aferramos a la posibilidad más remota: que las cosas sigan igual, que volvamos a la “normalidad”. El capitalismo improvisa, pero también los movimientos que se le oponen. No hay brújula que valga, los mapas que tenemos se nos caen de las manos, no sabemos dónde vamos. Parece como si sólo nos quedara ir siguiendo los acontecimientos del día: ayer lo del Rey, hoy lo de Repsol, mañana ya veremos. The time is out of joint.
Protestar parece inútil. Los griegos han hecho ya más de diez huelgas generales sin lograr aminorar ni un ápice la velocidad absurda de la locomotora, ni disminuir su terrible poder de devastación. Es como si los poderes hubieran desconectado de la sociedad y no hubiese modo de afectarlos. Da miedo. El tiempo de destrucción del capitalismo se ha acelerado por mil desde 2008. Se come en segundos logros que exigieron décadas de trabajo y luchas. Y no sabemos cómo se para.
Si todo se hunde, participemos al menos en el hundimiento. Un amigo de Barcelona me comenta que la tolerancia hacia la violencia callejera durante la última huelga general fue masiva: “tu recortas, yo quemo”. Una respuesta legítima. ¿Qué es quemar un contenedor en comparación con millones de vidas quemadas? Más madera, es la guerra: recortes, represión, mentiras. Lo normal, lo obvio es la rabia, el odio, la violencia. Legítima pero inútil. Cabezazos contra la pared, cada vez más furiosos, ciegos y desesperados. Pero la pared no cede.
Ellos ponen los temas.
Ellos ponen los tiempos.
Ellos ponen los escenarios.
Nosotros reaccionamos.
¿Alguien por ahí ha visto Michael Collins? La película, sobre la vida del líder revolucionario irlandés, arranca en el Levantamiento de Pascua de 1916. El IRA toma un edificio administrativo, pero los ingleses les barren. No es la primera vez: según las reglas de la guerra convencional, el IRA lleva siempre las de perder. Dentro de la organización hay quien piensa que el continuo “sacrificio de sangre” ayuda al nacimiento de la nación irlandesa: la represión provocará adhesiones a la causa y nuevos levantamientos. Cuanto peor mejor.
Michael Collins no piensa ni desea nada de esto. En la cárcel, reflexiona y propone un giro estratégico radical: “desde ahora actuaremos como si la República Irlandesa fuese una realidad. Combatiremos al Imperio Británico ignorándolo. No seguiremos sus reglas, inventaremos las nuestras”. Así dio comienzo una guerra de guerrillas histórica que volvió locos durante años a los ingleses y les obligó finalmente a negociar el primer tratado de paz e independencia con los irlandeses.
Lo que Collins decide es dejar de dar cabezazos contra la pared. No quiere simplemente tener razón, ni sacrificar a nadie en nombre de un futuro mejor. Quiere vivir y ganar. Y eso significa: crear realidad. El verdadero contraataque es crear nueva realidad. Para ello propone paradojicamente una ficción: hagamos “como si” la República Irlandesa fuese un hecho.
Las ficciones son cosas serias. Los revolucionarios franceses del siglo XVIII decidieron “hacer como si” ya no fuesen más súbditos del Antiguo Régimen, sino ciudadanos capaces de pensar y redactar una Constitución. Los proletarios del siglo XIX decidieron “hacer como si” no fuesen las mulas de carga que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás, capaces de leer, escribir, hablar y autoorganizarse. Y cambiaron el mundo. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.
Ya no indignarse, reaccionar o demandar, sino actuar como si la República del 99% fuese una realidad, combatir al poder ignorándolo, no seguir sus reglas, sino inventar las nuestras. ¿Qué podría significar esto?
Imagino primero en todas las plazas una declaración masiva de ruptura con la realidad podrida de la monarquía, la economía y la política. Un gesto sereno, tranquilo: “estáis despedidos, nos despedimos”. Nuestro Juramento del Juego de Pelota. Luego tendríamos que sacar todas las consecuencias prácticas posibles de un imposible: la República del 99% es una realidad, ¿qué resulta de ello? Poner nosotros los tiempos, los temas y los escenarios. Hacerlos existir y respetar y durar y crecer. Habitar ya otro país: real y ficticio, visible e invisible, intermitente y continuo.
La mejor manera de defender algo es reinventarlo todo.
No para ti y los tuyos, sino para el 99% (seguimos todos en el mismo tren).
Nuestra venganza es ser felices.

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