Anarquía Coronada

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La “escisión” es política

Hasta hace algún tiempo lo verdaderamente difícil era elucidar la escisión que producía el kirchnerismo en las conciencias políticas individuales, y colectivas. A la velocidad del instante el completo arco de partidos, de movimientos y de grupos de todo tipo se tensó hasta la fractura, la descomposición o la mutación repentina. La velocidad del proceso es tal que, sin acabar de elaborar esa sensación de descoloque vertiginoso, se abren delante nuestro nuevos dilemas de más urgente interrogación. Cuestiones menos referidas a la polarización (la necesidad de tomar partido a favor o en contra del replanteo político iniciado en el 2003), y más a la tensión gobernabilidad/ingobernabilidad que el propio proceso conlleva y amplia en su interior.
No faltan quienes atribuyen este vértigo a las particularidades de la coalición gobernante: menos evidente pero más significativo me resulta el hecho que este tipo de tensiones responden a una dinámica social amplificada impuesta a todos los gobiernos sucesivos a partir del 2001.
No hace falta volver sino ver los realineamientos de los últimos años para tomar conciencia de la violenta reconfiguración de alianzas, representaciones y amistades en un tiempo demasiado breve e intenso para el balance útil y complejo. Contra quienes aceptan la naturalidad de estos realineamientos, me parece que hay en estas dinámicas información política de primera calidad. En primer lugar, porque esa violencia se recorta sobre una violencia antagonista que determinó un cierto fin de juego en torno al 2001. En segundo lugar, porque aún existe perplejidad por el ritmo sorpresivo de los reposicionamientos y en tercero, porque no existe una común actitud en torno a lo que de violencia hay en la nueva situación. En los hechos, se cruzan llamados a la serenidad por parte de quienes consideran que no se trata de “pelearse” con la época, y quienes en cambios conciben la potencia de la época precisamente como una oportunidad largamente esperada para desplegar toda clase de peleas.
Habrá que sobrellevar estos ritmos, incluso por la vía de aprender a eludirlos. Como sea, constituyen una condición de época, y conllevan, en su corazón, una pregunta más larga e inquietante por la cuestión del “gobierno”. La idea de que el gobierno está siendo injustamente atacado, amenazado, que los grupos de privilegio intentan “destituirlo” ha generado una nueva vida “militante” cuyo norte parece ser precisamente, la defensiva fundada en los afectos, en el dolor de quienes se han identificado con algunas políticas oficiales. Al mismo tiempo, lo más interesante de este período es el potencial de ingobernabilidad que incuba. Algunos lo atribuyen a un déficit de gestión. Otros, a la necesidad de mover masas de maniobra en la lucha por el poder. Ambas perspectivas resultan insuficientes. La disputa por el presupuesto que maneja el estado a partir de los precios para los productos de exportación es objeto de una disputa salvaje. El movimiento social se recrea en partes a este ritmo, y en muchas, muchas ocasiones lo hace por fuera de las instituciones políticas previstas para el caso.
Tal potencial persiste como TRANSA, INVENCIÖN EN INSTITUCIONES, SUBJETVIDADES EN DESPOJO/EXCESO.
La defensa del “gobierno” (sobre todo el nacional, pero podría decirse lo mismo del de la Ciudad de Buenos Aires) no identifica del todo a su enemigo, porque su enemigo es una fuerza aún informe. Las derechas no han logrado capitalizar estas dinámicas de desgobierno, a pesar que las movidas por el rechazo de la 125 mostraron hasta qué punto tal perspectiva no resulta desechable. Pero las izquierdas no kirchneristas no han tenido tampoco la menor lucidez al respecto.
Irrepresentables al fin, estas dinámicas tienen algo de los 90, algo de 2001 y algo del proceso abierto durante el 2003. Lo notable del caso es que la imposibilidad de desplegar iniciativa capaces de ir más allá de la defensa del planteo de la gobernabilidad (unainversa exacta del discurso menemista de los 90) tiende a resolverse en los mismos términos –con sentido diferente-que entonces: a través de una continua síntesis mediática. El periodismo reabre sus enfrentamientos larvados, y se presentan ante la sociedad como querellantes de la verdad. Nuevos desgarros entre quienes observan escépticos y expectantes este presente.
Leemos en las noticias de esta semana: sentada junto a Hebe de Bonafini, la presidente Fernández de Kirchner “acusó a grupúsculos sin representación» por las protestas callejeras que, reconoció, «generan bronca» en los ciudadanos. Y los acusó de hacerlo «con el ánimo de que alguien vayan a reprimirlos para tener una víctima. Hace tiempo que están buscando una víctima, pero les aseguro que mientras sea presidenta no va a surgir una orden para que haya una víctima». La acción de “grupúsculos sin representación” constituye sin dudas la parte más incómoda del “clima destituyente”. La interpretación oficial, según la cual el objetivo de sus acciones es buscar un muerto desluce la firme decisión de este gobierno de no matar. La misma semana Morales de Solá afirma que quien buscar un muerto es el gobierno. El “muerto” que todos atribuyen al deseo de los otros aterriza groseramente la irritación ante la presencia del desgobierno.
Tengo para mí, sin embargo, que la exigencia del «decir verdad» como producción colectiva sobre lo social no se recobrará en este tipo de escenas, y que tal vez tenga razón Foucault con aquello de que la verdad no se dice en lengua política sino «ante» la política. El periodismo esgrime, desde hace un par de décadas ese derecho, pero no lo consuma. La filosofía se vuelve abstracta y especializada. Los intelectuales que cuentan luchan por encontrar un registro propio. ¿Estamos mirando bien cuando suponemos que de ese mundo surgirá el decir-verdad que las fuerzas del no-gobierno activan?
EL CIRCUNCISO

Un lobo suelto en los festejos…

El sábado Lobo suelto visitó el paseo del bicentenario. Mucha, pero mucha gente. La antigua crisis de representación que a partir del 2001 ligaba fiesta con crisis y lucha mutó en fiesta de unidad sin “peros”. Sabe el Lobo que en esto hay algo efímero, una estabilidad que tienta a la destrucción, pero se trata sin dudas de algo significativo y hasta cierto punto sorpresivo. Las carpas de las Provincias colmadas, la de derechos humanos bastante patética pero imprescindible en su obviedad. Por todos lados frases. Frases que Lobo creía expresivas de fuertes movimientos de lucha y revolución, pero que ahora sabe que pueden convivir con grises difíciles de identificar. Las frases del Che, que hablan del revolucionario movido por amor (y no aquellas que refieren al revolucionario como máquina de matar, olvidadas, como obliterando el hecho que el Che fue un revolucionario en guerra, en guerra de guerrillas) confirmaban la complejidad del uso de los símbolos: no se trata ya de “hacer la revolución”, pero sí del trato festivo con fuerzas populares dolidas. En un extremo, Corrientes y 9 de julio, hubo una fenomenal intervención del Grupo de Arte Callejero. Como parte de los festejos ellas hicieron su anti-festejo contemplado: con un video-graph (tipo info trans) que hacía de arco, de puerta de acceso para quienes venían de la avenida Corrientes. Entre otras consignas que halagaron al Lobo había cosas de este calibre: “Adivinanza: ¿quién financió la campaña del desierto? Respuesta: la Sociedad Rural Argentina”. O “¿quién pretende apoderarse de nuestros cuerpos y regular nuestro goce sexual? : la iglesia”; y así… Es cierto que también cantó Víctor Heredia, y que la gente coreaba “el que no salta es militar”. Pero ¿no están estas escenas de los años 80 inscriptas de modo indeleble en los genes de las instituciones de la democracia representativa argentina? En el otro extremo, como llegando a avenida Belgrano, un niño de unos 8 años se sacaba unas fotos abrazado a unos 4 ó 5 policías de la federal, chochos, y festejados por la familia del menor. Como si fueran granaderos. En los parlantes se anunciaba a Gilberto Gil y a Pablo Milanes. Imagina Lobo que buena parte de quienes poblaron días después la plaza de los Dos Congresos con la consigna de un “bicentenario de los pueblos” estarían escuchando esa music. Lobo no llegó a Plaza de mayo. Allí ocurrió lo más fuerte. Mucho más fuerte que la exhibición de los muchachos del Diego ante el penoso seleccionado de Canadá. El arribo de las columnas de los pueblos que se llaman a sí mismos “originarios”. Sabedor de que el origen está “en todas partes”, como dice cierto filósofo argentino que el Lobo lee, no es este retorno al grado 0 de la tierra lo que lo conmueve, sino esas presencias que por fin se instalan en la conciencia de un país que no puede festejar sin escuchar lo que traen para mostrar. Si: “para mostrar” más que para decir. Sí: Lobo “escucha imágenes”. Los originarios que digan lo que quieran, no es asunto del Lobo, pero las imágenes lo dicen todo, no son “mudas”, y lo que dicen lo dicen de un modo preciso, justo.
LOBO

Imágenes de los festejos…

El desfile que puso fin a los festejos del Bicentenario, organizado por el talentoso y vanguardista artista Diqui James (De la guarda, Fuerza Bruta), concluyó con una escena final que dejó boquiabierta a la eufórica multitud que colmaba la Diagonal Norte. El cuadro evocaba al último momento histórico que se había pensado representar esa noche: se trataba de un gran camión hidrante y unas doscientas motos de la Policía Federal, con dos actores cada una; el de atrás llevaba una escopeta e iba disparando a la gente. La emulación de la represión de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 fue tan real que el público agolpado detrás de las vallas iba cayendo redondo con cada disparo certero. Sobre todo los jóvenes que estaban trepados en las rejas de los bancos para tratar de ver mejor el despliegue escénico. El realismo logrado por los actores de Fuerza Bruta y los supuestos extras que caían ante cada fogonazo, provocó el asombro sólo en algunos de los asistentes: la mayoría, al igual que los Presidentes que seguían el paso del desfile desde el palco, seguían avivando con sus banderitas y globos el colorido paso de la carroza.
Los sonidos de la carroza anterior y el cántico “el que no salta es militar” que había suscitado la representación de la vuelta de la democracia, quedaron tapados por esta escena final que evocaba con agudeza aquella imagen de la Argentina que, como han demostrado los festejos patrios, ya ha quedado, por suerte, definitivamente, atrás…

Caetano y el cierre del Bicentenario

Era una foto por lo menos rara la de Caetano Veloso de ese afiche. Unas pocas semanas antes en esa misma esquina había estado el anuncio del show en el Rex. Daba entonces una primera sensación de deja vu, de extrañeza; pero la foto misma parecía fuera de lugar: estaba solo con la guitarra y con la expresión de quien fue tomado desprevenido -el ángulo y definición de la imagen hacían pensar en la captura de una cámara digital o incluso de un celular. Y el marco escéptico, despojado, de la estética macrista: el amarillo característico y un globito arriba a la derecha (donde parecía enfocar la mirada vacía del retratado) que decía “cultura”. Caetano ya había dado sus recitales anuales de rigor presentando su último disco en el Rex: el público porteño que lo adora, que lo considera “un genio”, había dado muestras de su fidelidad soportando estoico un recital completo en el formato rock modernoso que adoptó luego de separarse de Jaques Morelembaum y asociarse al grupo de amigos de su hijo (Moreno Veloso). “Este Caetano me pone los pelos de punta” decía hace unos años Darío Grandinetti en Hable con ella de Pedro Almodóvar. Era el año 2002, en plena crisis Barcelona era la solución europea a los problemas argentinos, y Caetano era el centro de una escena rodeada de “guiños”: “Rucucucucú paloma” canta mientras en el público aparecen como actores de reparto Fito Páez y Cecilia Roth. Unos años antes había comenzado su consagración como ícono latinoamericano cosmopolita con Circulado Vivo y Fina Estampa (con sus respectivos discos en vivo) y luego con Livro. Este último coincidente con la salida de su pretencioso pero muy buen libro Verdade Tropical.
Pero volvamos al afiche. Ya había dado su show, había hecho dos Rex, había salido después del show el hombre cordial a regalar a sus estoicos adoradores un par de canciones, él y su guitarra, había parado los pelos de esos miles de Daríos Grandinetti… había hecho, en fin, lo que hace ya hace algunos años con el publico porteño… ¿Qué volvía a hacer ahí en ese afiche? El gobierno porteño había visto aquella escena de fascinación y generosidad de los vecinos de la ciudad, habían tomado nota y trataban de aprovechar la corriente de simpatía. Caetano -a diferencia de Gilberto Gil (su viejo compañero bahiano con quien cayeron presos y fueron al exilio) quien fuera Ministro de Cultura del gobierno de Lula por varios años-, quien acostumbra ser un destacado opinador en los medios de comunicador brasileños, ha señalado ya, como lo más positivo de la llegada al ejecutivo de Lula, el hecho de que de una vez por todas esto iba a permitir que el PT dejase de ser el soporte del viejo mito de la clase obrera como redentora. Sin compromisos con la izquierda ni con el gobierno, Caetano ha elegido renovar sus propuestas estéticas constantemente: ha elegido el eclecticismo como forma de llevar su madurez intelectual y su vejes musical.
Entonces, lo invitó el gobierno de la ciudad autónoma de buenos aires para el 1 de Mayo, coincidente con el fin de semana “fuerte” de la Feria del Libro, a tocar en los bosques de Palermo junto a Sandra Mehanovich y Tania Libertad y le entregaron un premio como huésped de honor. Todas las crónicas del evento son fantásticas en la descripción de la relación de Caetano con su público (de Clarín a Página/12). No vale la pena volver sobre esto ahora. Pero hoy a horas de terminados los festivales del 25 de Mayo, tan próximo en el tiempo… la foto apurada, él descolocado, agarrado a una guitarra que no toca mientras pregunta con una mueca, a alguien que se encuentra fuera del cuadro, que qué dicen… Pienso en Fito Páez, menos de un mes después, cerrando el Recital del Bicentenario. Estaba cantado, ¿a quién invitar de Brasil?
Heredia, Gieco, Fito. No sé que sentido tuvo esta progresión, pero fue la de los anfitriones del recital. Siguiendo la lógica imperante en la propuesta, le hubiese correspondido cerrar a Charly. Fito-Milanes era en realidad Charly-Sosa. Pero no pudo ser… Fue el cierre de la era de recitales que venía de los noventa, que había tenido su momento intenso de conformación como “dispositivo” el 1996 en la marcha por los 20 años del golpe (y luego reproducido hasta el cansancio por los diferentes gobiernos de la ciudad) [En aquel acto además de ingresar una nutrida y ruidosa columna de hijos, fue también ocasión de un discurso de Hebe de Bonafini llamando a la militancia barrial]. Fito-Caetano hubiese ensamblado bien.[ En lugar del errático Juanse que vagó por el escenario (gigante el escenario!), se trepó a una columna (el miedo a que le pasara lo de River con los Guns! Que se cayera, que se quebrara una pata!) e hizo de pomelo].
Fue, finalmente, Fito-Fito. Que se brindó a si mismo un homenaje, de esos que se prodiga cada vez que sale a escena. La megalomanía orquestal de la propuesta va de maravilla con el arte total propuesto por el gobierno. La idea repetida y proyectada en la imagen gigante de él haciendo de director de una orquesta imaginada, de espaldas al público, agitando los brazos dramáticamente: El caso Fito. Con su multiplicación infinita de recursos todo está dispuesto para ver al actor! Esto es notorio en el recurso obligado de modificar las melodías, in situ, puro arte presente. La escenificación del transe creativo presentificado en los fraseos improvisados reinventa las canciones, las vuelve a la orbita de la soberanía del creador; y al mismo tiempo que las consagra en cada actuación monumental, dando lugar a la posibilidad del rito colectivo, la melodía se mantiene oculta para todos salvo para él. ¡El mago de las palabras-talismán!
La música había empezado a dejar de ser lo central, desplazada por las orquestas y bandones, y súper presentaciones en vivo, etc. ya desde el disco que siguió a El amor…, Le siguieron la pasión por la reversión mediante el ya mencionado recurso de la modificación de las melodía (véase Euforia). El piano ni hablar, es apenas un poco más que parte de la escenografía. Le siguieron las letras largas, como de un tipo que te habla y te tira la justa, con Sabina por ejemplo. Y finalmente por las largas letras, sin melodías, con una voz casi hablada, dando imágenes sobre la argentinidad o contando en primera persona una historia de amor; todo esto dividido por sucesivas modulaciones que establecen momentos diferentes como en una opera.
Así, en sus primeros treinta se despidió de la música como actividad principal y sacó una película bastante buena con guión de Alan Pauls, Vidas privadas. Desde entonces Fito ya tiene un público formado que le permite sacar un disco y presentarlo dignamente y rentablemente, sin que su oficio sea nunca un problema. ¿Qué dice él sobre lo que hace? Menciona estilos, referencias musicales, influencias, instrumentos, orquestaciones, etc. que se encadenan eclécticamente. Soporte sonoro y escénico de una biografía personal. Tal la pócima descrita anoche [seguir por Youtube por favor]: “Ésta canción que viene ahora está buenísima, no parece mía [voz aflautada a lo Spinetta]. Creo que tiene algunas de las cosas que tuve la suerte de escuchar en mi casa en Rosario que mi padre me hizo escuchar hace muchos años. Y están por allí los acordes de Astor. Están por allí las melodías floridas de Virgilio Esposito, están por allí también los acordes de Mc Carney, y todo eso, por supuesto, comandado por la mente extraordinaria y maravillosa de Charly García… no? Tumbas de la Gloria…”.
En fin, todo este recorrido simplemente porque no entiendo cómo es que se eligen tipos cansados, retirados de sus oficios, descreídos de sí mismos, para colocarlos en el centro de la escena haciendo algo que ya no hacen con autenticidad hace años, para que todos nos sintamos identificados.
ETSON VERA

¡El periodismo ha muerto, vivan los periodistas!

Entre las cosas que se creían perimidas hace apenas unos años, estaba la legitimidad del periodismo. Su rol y su autoridad estelar. Algunos, incluso, se animaron a decretar su fin a manos de las nuevas tecnologías (proliferación de blogs, cronistas amateurs y nuevos soportes de escritura e información). Esa figura tan mitológica y moderna del periodista -que va del militante heroico al analista político y del trabajador de prensa al opinólogo tout court-, asentada fuertemente en el brillo de un nombre y en la firma como marca, parecía no resistir al tembladeral de la crisis de la representación. ¿Por qué creer en un yo que enuncia y que pone su trayectoria individual como capital de su modo de decir? Fue entonces -insisto: hace apenas unos años- cuando los periodistas se quedaron sin saber qué decir/escribir, desconcertados ante su propia incapacidad para leer lo que pasaba en las calles, teniendo que acudir a alguna novedad rápida de las ciencias sociales para explicar, por ejemplo, qué eran los nuevos pobres o por qué los jóvenes se resistían a la disciplina laboral. Surgieron entonces experiencias de crónica e investigación (más o menos) novedosas, (más o menos) colectivas, pero que sin dudas desafiaban al mundo periodístico y sus jergas.Hoy, sin embargo, han vuelto al estrellato. Con todo. De un modo que ni ellos mismos se lo esperaban. Hoy con decir un par de apellidos de periodistas famosos alcanza para trazar el ring de la discusión ideológica. Con otro par de apellidos parece que se logra explicar el conflicto de la propiedad de los medios de comunicación. Y tal vez con otros dos se resume los debates que a algunos intelectuales les llevaría páginas y páginas elucidar. Ni hablar de aquellos que, en el súmmun del fragor de la profesión, devienen verdaderos líderes de masas y bajadores de línea profesionales, organizando -como nunca llegaron a soñar- la percepción de muchos televidentes y lectores, en un verdadero trabajo de esclarecimiento veloz. Así el campo queda dividido. Todo queda prolijamente delimitado. ¿Es antagonismo? Ni siquiera. Porque repone los lugares más clásicos de enunciación como si nada hubiese pasado para llevarlos a la crisis. Periodismo, y del televisivo: nueva religión. Al fin podemos superar la mera apariencia del mundo y acceder a una verdad en la que creer. Al fin podemos creer. Una pena que creer sea, en esta nueva religión, creer en los hechos.¡El periodismo ha muerto. Vivan los periodistas!
ALAN FONSECA

Entrevista a Laura Adalfassi

Entrevista a Laura Adalfassi, Coronel Pringles (1973), escritora y poeta, licenciada en Historia (UBA), investiga sobre la relación entre memoria y nación. Está preparando la publicación de su primer libro de ensayos La comunidad irresuelta.




Lobo Suelto entrevistó a Laura en su casa de Villa Celina; combina en su estudio fotos de Foucault y Maradona y sabe mezclar Piazzola con Damas Gratis.
Igualmente alejada de los modelos de intelectuales forjados por Sarlo o Forster, Laura se le anima a las preguntas de Lobo…

­-¿Cómo viviste este Bicentenario?
-Fue una fiesta como no se vivía desde los años 80 en torno a la llamada primavera democrática. Los que estuvimos en la Plaza de Mayo en la Semana Santa del 87 (yo muy pequeña, había venido con mi familia), recordamos el quiebre de un modo de ligar civilidad y política… en ese sentido el “Felices pascuas” de Alfonsín fue tremendo…
El 2001, en cambio, lo viví como adulta, ya en Buenos Aires, pero se trató de una situación completamente excepcional, que mostró la verdad desnuda de nuestro país, en su faz dramática, que es difícil recordar como una fiesta.
Creo que la experiencia de estos festejos marcan un antes y un después por el calor de millones de cuerpos juntos sacudiéndose la amenaza del miedo de estar en la calle, amenaza difundida desde arriba por las élites.
Rescato el policlasismo que se vio en la calle. Vi entusiasmo de los jóvenes de este barrio por ser parte de los festejos, pero también a las familias del interior que en otro momento se las hubiese identificado con el conservadurismo de las élites del campo o subordinadas a ellas…
Si bien este no fue un acto estrictamente político, su simbología sí lo era. En la elección de las carrozas y las escenas que representaban hay un contenido histórico-político que no podemos pasar por alto.
Una cosa muy importante del Bicentenario es que nos miramos más en Latinoamérica que en los centros de poder de Occidente.
Creo que la avenida 9 de Julio fue una verdadera narración colectiva de nuestra historia, que superó los modos tradicionales que teníamos de representarnos la Nación… Dejó planteado un fuerte desafío a la historiografía local, que va mucho más allá de la polémica entre liberales y revisionistas…
-Desde Europa nos miran con asombro: ellos en crisis y nosotros festejando… ¿Qué pensás de eso?
-La realidad sudamericana se caracteriza por dos o tres componentes esenciales: la recomposición del precio de la venta de materias primas fundamentalmente hacia el mercado asiático, junto a una apuesta al resurgimiento de un mercado interno; el segundo componente es la irrupción de los movimientos sociales en todo el continente que derrotaron el rostro más duro del neoliberalismo, y, por último, la conquista de una autonomía regional respecto del centro imperial, acompañada por una reapropiación de la capacidad de narrar la propia realidad histórica de la región. Efectivamente Europa haría bien en preguntarse por la salud del eurocentrismo…
-¿Cómo creés que influyeron los festejos en la situación política?
-Es claro que la escena se polarizó entre la apertura del Colón y la 9 de Julio… pero a mí me hubiera gustado más que el contrapunto se planteara entre el Bicentenario “oficial” y el Bicentenario de los pueblos, el de la Plaza del Congreso… Yo también estuve ahí y estaba lleno de militancia social… Además hay toda una perspectiva local desarrollada por jóvenes intelectuales de algunas provincias que en la Ciudad de Buenos Aires pasan completamente inadvertidos, y que cuestionan el modo simplificado con que por momentos se identifica a un pueblo homogéneo con cierta idea acrítica de Nación.
Yendo más a la coyuntura, es evidente que esta situación pacífica, pero no lo hace sobre base de la derrota del gobierno propuesta por las elites a partir del conflicto de la 125. Y digo esto, porque a pesar de las notorias inconsecuencias del gobierno, percibo cierto entusiasmo por el modo en que se abre una discusión sobre las bases materiales de la soberanía. Creo que es lo que viene, una discusión sobre el poder financiero, la explotación de la tierra en torno a la soja, la minería y el petróleo. Es evidente, por lo demás, que el actual boom de consumo es otro de los combustibles de esta movilización.
Desde una perspectiva historiográfica, quiero resaltar la presencia de más de 20 mil personas de los pueblos originarios atravesando la Ciudad. El contraste entre la sabiduría relativamente muda de esos pueblos milenarios ante la relativa juventud de la llamada cultura nacional argentina…
-¿Te parece que la polarización entre el Gobierno y Clarín modifica el panorama político-comunicacional?
-Sí, abre nuevas perspectivas; a pesar del modo tan estúpido en que a veces se trata el tema, permite revisar la trama de complicidades con la dictadura en su faz no exclusivamente militar, los medios fueron articuladores necesarios de aquellas políticas, tanto como de la implementación del neoliberalismo reciente… Es vital para la democracia revisar todos estos puntos de complicidad de las últimas 3 décadas, no sólo acusando individualmente a algunos de sus protagonistas principales sino también aprendiendo de los mecanismos que fueron puestos en juego para terminar de desarmarlos.
-¿Cómo interpretás la vuelta del sentimiento patriótico en torno al Bicentenario y al Mundial de Fútbol?
-Como una necesidad espiritual. Hay una tensión en lo que es identificarse con Argentina cuando ésta está redefiniéndose. Es una identificación imposible y a la vez prometedora… Me parece muy interesante que la simbolización de esta identidad que se redefine haya estado dramatizada por un grupo de vanguardia como lo es Fuerza Bruta y no sólo por las viejas imágenes escolares y aquellos referentes de la música popular de las décadas del 80 y 90…
-¿Pero esos símbolos no estaban siendo redefinidos justamente por la narrativa joven contemporánea?
-Sí, muchas veces la literatura se adelanta en su poder de pensar lo nuevo. En cierto modo, la Buenos Aires que vimos estos días estaba ya anticipada por esos relatos.
Hay decenas de editoriales jóvenes e independientes que están elaborando todas estas mutaciones… personalmente, es ahí donde me interesa mirar en este momento…

Agasajo Bicentenario

 

El clima estaba muy tenso, se había enrarecido. Cuando todo parecía estar listo para la gran celebración, un nuevo incidente, de esos que abundan cotidianamente, parecía amenazar la fiesta. Por primera vez en estos doscientos años de historia, el Estado argentino reconocía trayectorias de lucha que no podían encuadrarse en la clásica figura del obrero peronista. En la previa del Ministerio de Desarrollo Social todo destilaba fervor. Los viejos cuadros setentistas, ahora desde sus oficinas que comandan el ministerio, habían dispuesto la escenografía y el cotillón. Dos imágenes que inspiraron a la juventud revolucionaria copaban la escena. Una gigantografía de Evita con el pelo suelto y otra con la famosa foto del Che tomando mate se situaban a cada lado del escenario. Para el evento, se contrató a la misma empresa que hace más de un año atrás había montado un escenario igualmente imponente en el monumento de los españoles, en ocasión del acto de la Mesa de Enlace contra la política impositiva del gobierno frente a los productores agropecuarios. Ahora, dispuesto sobre la 9 de Julio, la estructura emergía alterando los humores ciudadanos. El periodista Sandro Piazzotti había estado toda la mañana alertando sobre el caos de tránsito que generaría el aluvión de manifestantes que llegaban desde las provincias a pleno centro. Se preguntaba si valían la pena los trastornos ocasionados mientras el país necesita trabajar. Era, sin lugar a dudas, otra maniobra más de la “derecha mediática” que intentaba empañar los festejos apelando a la iracundia urbana. ¿Por qué alguien que había trabado buenas relaciones con el progresismo por su denuncia de la represión y la corrupción en la década neoliberal, ahora resultaba ser un títere de los monopolios mediáticos? Como sea, no valía la pena detenerse en estas disquisiciones. Los organizadores confrontaban en los medios aliados. El periodista e intelectual Fernando Marrone y la periodista, antes dedicada a las cuestiones de género, Wanda Trusso, develaban los verdaderos intereses que movían a estos periodistas, mercenarios de las corporaciones. Los acusaban de racistas y de agitar el miedo frente a un acto histórico que buscaba reconciliar el estado nacional con los excluidos durante tantas décadas.

Veinticuatro horas antes del acto, la situación estalló en el propio ministerio. El sindicato oficialista Unión Personal Burocrático de la Nación (UPBN) tomó el edificio en demanda de “mejores condiciones laborales”, “igualdad de trato y oportunidad” y “pago de las horas extras adeudadas”. Su gremio oponente, con quién libraban una sorda batalla por ocupar espacios de poder, la Central de Agentes Estatales (CAE), no quiso quedarse al margen de la contienda. Sospechaban que si no accionaban rápidamente sus bases (fundamentalmente compuestas por estudiantes o egresados de la carrera de Trabajo Social, sin funciones directivas en el ministerio) los desbordarían. Reclamaban el “pasaje a Planta Permanente de todos los contratos precarios”. La ministra estaba desconsolada. Les gritó a los dirigentes: “cómo van a arruinar este homenaje a los luchadores populares”. El delegado de UPBN, que había declarado el estado de Asamblea Permanente, le contestó de inmediato: “me importan un carajo los luchadores populares, los trabajadores no podemos esperar más”. Algo más cautos, los representantes de la CAE dijeron: “si son de izquierda demuéstrenlo en los hechos y no simbólicamente”. La cosa se complicaba cada vez más. El ministerio estaría tomado al momento de la condecoración. La ministra llamó de inmediato a su jefe de gabinete, el Negro Nahuel Medina. Viejo referente del sindicalismo, se puso rápidamente manos a la obra. Su experiencia le indicaba que, en las últimas décadas, detrás de los lenguajes de derechos se escondían intereses algo más turbios. El conflicto se terminó resolviendo con la oferta de diez contratos de locación de obra para UPBN y cinco para CAE, y el compromiso de lugares destacados en el palco para sus dirigentes, la participación de los empleados en los festejos y dos francos compensatorios que alargarían el fin de semana. Asunto resuelto, aunque costoso para el ajustado presupuesto. A todos los que impugnaron el acuerdo alcanzado por su incierta sustentabilidad presupuestaria, Medina los tildó de “ajustistas neoliberales”. De esa manera, y con palabras sensibles, logró legitimar su negociación y encolumnar detrás de ella a todos en el ministerio.

Finalmente el día esperado llegó. 

Las columnas avanzaban lentamente. Lideradas por una decena de camionetas Mercedes Benz Sprinter 0 KM pertenecientes a la fundación “Insubordinación y Utopía”. En ellas estaba inscripta la leyenda “la verdadera lucha es revolución”. Nadie salía de su asombro por el crecimiento de la flota de la fundación. A un costado, sobre la calle Lima, se ubicaban los compañeros del sindicato de Camioneros, con sus pecheras verdes y los de Dragado y Balizamiento con otras pecheras amarillas que rezaban “Cecilio Conducción” en referencia al jefe de la CGT. Ambos sindicatos estaban a cargo de la preparación del gran locro popular que alimentaría a los manifestantes. Para ello dispusieron fogatas con grandes ollas donde, para horror de transeúntes y ciudadanos escandalizados, revolvían incesantemente el guisado con unos palos grandes. Al pasar las camionetas, los militantes gremiales se sonreían pensando para sí mismos: “la verdadera lucha es negociación…”.

Detrás de las camionetas venían marchando los organismos de derechos humanos, seguidos por la agrupación de Gays Travestis y Lesbianas que despertaban cierta sorna en los robustos cocineros. Más atrás, miles de indígenas de la agrupación Bartolina Sisa liderada por sus aguerridos dirigentes, avanzaba envuelta en banderas Wiphalas. Otros tantos manifestantes, pertenecientes a los movimientos Septiembres, Comunas a Pie y La Federación Popular de Trabajo y Bienestar cerraban las columnas. Todos ellos habían sido re-encuadrados dentro del programa de cooperativas “Buenos Aires Despierta”.

Sobre la calle Bernardo de Irigoyen una extensa columna de intelectuales se acercaba al escenario. Pertenecían al grupo Manifiesto Nacional y Popular, de enorme repercusión desde hacía algún tiempo. Marxistas, lacanianos, sartreanos, hegelianos, gramscianos, benjaminianos y spinozistas, habían logrado construir un grupo en la “diversidad”. Se proponían “renovar el lenguaje de la política” respecto a sus más rústicas enunciaciones, defender a “un gobierno popular elegido democráticamente” de las acciones golpistas de una “nueva derecha” que pivotea sobre los grandes conglomerados comunicacionales. Liderados por sus referentes, Arnaldo Loster, Gervasio Tapiales, Rogelio Zelaya, Sergio Tristán y Marcos Bigotti, quién a su vez operaba como enlace de los movimientos sociales, se abrían paso entre la multitud. Iban tomados del brazo, con los ojos empañados entre los aplausos. No podían creer lo que estaban experimentando. Agradecían profundamente la posibilidad que se les abrió a partir de este gobierno de volver a vivir esta alegría. Muchos de ellos refugiados en sus cátedras universitarias en los noventa, ahora regresaban para protagonizar un intenso activismo. “Volvió la política”, decían en sus manifiestos, y con ella las posibilidades de un nuevo vínculo entre intelectuales y trabajadores. Sus intervenciones colectivas las hacían a través de los manifiestos políticos que surgían de una nueva dinámica asamblearia. Otras veces, se podía conocer la mirada de alguno de sus integrantes los fines de semana en sus columnas de opinión publicada por los diarios más afines. Unas veces más poéticas, como por ejemplo aquella que festejaba el retorno de la “negritud” y su visibilidad en el espacio público, dando cuenta de las imponentes movilizaciones sindicales que expresaban la recuperación de las gestas de las horas históricas. Otras más incisivas en su crítica. Entre la muchedumbre, un obrero de Dragado y Balizamiento le acercó a Loster un pote de Locro. Acostumbrado a los restaurantes palermitanos, atendidos por delicados estudiantes de cine o profesoras de yoga, y no ya por los antiguos y antipáticos mozos del sindicato gastronómico, Loster no pudo contener las lágrimas. Lloraba desconsoladamente de emoción. El morocho operario, devenido dirigente y gourmet del evento, pasó su corpulento brazo por su espalda. Sus manos pesadas le dieron unas palmadas que sonaron fuerte al impactar sobre su campera de cuero marrón. “No es nada, ya pasó compañero…”. Sus palabras, lejos de aventar las lágrimas las multiplicaron.

Sólo se registraron un par de incidentes aislados en la, también bautizada por el canal oficial, “fiesta de los movimientos sociales”. El Ministerio de Control y Seguridad dispuso un amplio operativo, con sendos cordones policiales que protegían a los manifestantes. El comisario René Gómez, viejo gladiador de refriegas callejeras que había tenido cierta participación en los agitados días de 2001, no podía entender con facilidad por qué ahora los mandaban a custodiar a los que antes tenían que reprimir. “Es el gobierno de los zurdos”, pensó para sí mismo. Pero se encogió de hombros; poco importaba cuál fuera el “objetivo” pues los adicionales por horas extras no reconocían ideología y había negociado un buen paquete para toda la tropa. Sus intervenciones fueron muy precisas. En primer lugar cuando tres de pibes, a quiénes el comisario reconoció como pungas de la Estación Constitución, se infiltraron en las filas de los intelectuales. Su estética no coincidía con la de la columna del Manifiesto Nacional y Popular. Hubieran pasado desapercibidos en las filas de los movimientos desocupados, pero allí desataban las sospechas del agente a cargo del operativo. Cubiertos por las capuchas de sus camperas deportivas se movían anárquicamente sin estar encuadrados. El comisario los siguió hasta que quisieron consumar un arrebato y, junto a dos cabos que oficiaban de laderos, los aprendió en medio de la sorpresa de quienes se encontraban cerca. El otro incidente fue más delicado. En la plazoleta que divide la calle Irigoyen de la 9 de Julio, se alojaba un grupo de bolivianos liderados por Rigoberto Mamani, sindicado como jefe de los talleres textiles clandestinos. Habían bordado banderas con los símbolos de los movimientos sociales para vender en el acto. Cuando advirtió esa presencia, el gerente general de la fundación “Insubordinación y Utopía”, Claudio Lipesker, se les acercó con sus muchachos a increparlos directamente. No podía tolerar que le expropiaran el “merchandising” de su organización. “Qué hacen acá bolivianos de mierda! ¿Quién los mandó, el jefe de gobierno Fabricio Derqui?”. Ninguno de los que presenció el suceso salía de su asombro. Comenzaron a forcejear hasta que el comisario Gómez, quién también estaba arreglado con los puesteros que ofrecían gaseosas, garrapiñadas, gorros y bufandas, intervino llevando calma y llamando a la tolerancia. No dejaba de ser curioso que fuera él, en medio del gentío progresista, quién proclamara el respeto al “Otro”. “Son trabajadores que buscan su sustento”, decía. Finalmente los dispersó y tuvieron que irse con las banderas que habían preparado a la espera de mejores oportunidades para colocar la mercadería. El comisario habló con ellos y quedó en avisarles cuando hubiese otra marcha.

El acto seguía su curso. En el palco, además de funcionarios, sindicalistas y dirigentes sociales, había un nutrido grupo de empresarios. Juanito Mongio y Luis Carmona, otrora considerados como beneficiarios de la “patria contratista”, ahora representaban a los empresarios nacionales que sostenían un “modelo de desarrollo”, “crecimiento” y “equidad”. Sabían que podrían concretar unas jugosas operaciones vendiéndoles caños, maquinaria y accesorios a las cooperativas que desarrollaban viviendas y tuberías para los desechos cloacales. Ya habían trabajado con movimientos sociales en los barrios de Ezpeleta y Berazategui proveyendo los insumos para la construcción de cunetas y la limpieza de zanjas. Las posibilidades eran muy tentadoras. Aplaudían a rabiar cada vez que un dirigente era llamado por la ministra para entregarle su plaqueta de reconocimiento a la trayectoria de lucha. Finalmente, apareció la presidenta quién dio un discurso desde un atril con dos micrófonos que convergían desde uno y otro lado, según decían, para cuidar el perfil de la Jefa de Estado. Llamó a la “unidad de los sectores productivos”, contra los “capitales especuladores” y contra aquellos que quieren sólo dar “malas noticias”. Forjar una patria grande, como la que soñaron San Martín, Bolívar, Belgrano, Artigas y Moreno demandaba esfuerzos gigantes, pero también una lucha interpretativa por el “relato” de los acontecimientos presentes. A los discursos le siguieron las cumbias y las coplas norteñas ejecutadas por artistas populares especialmente contratados para la ocasión. El locro circulaba y el fervor acompañaba la fiesta.

Cuando todo terminó, el negro Nahuel Medina se fue a su casa. Se tiró en su sillón preferido mientras, tomando un whisky, repasaba la jornada. La presidenta lo había felicitado por la organización de todos los detalles. Pensó que eso le sumaría unos puntitos para heredar el puesto de la ministra cuando ésta sea candidata a gobernadora de su provincia. Recordó la heterogeneidad del acto, sus dirigentes, los empresarios, los funcionarios, las complejas negociaciones con la policía, con las empresas encargadas de la logística, con los artistas contratados y con los sindicatos del ministerio. No sabía si lo embargaba la alegría o la tristeza. Pensaba en todo lo que hay que hacer para lograr este reconocimiento a los compañeros. A aquellos que no están y a los que hoy recuperan sus banderas. Cansado, entre esos recuerdos, el negro se durmió con el vaso en la mano y sin terminar de comprender la complejidad de todo lo que había sucedido ese día.
SUSANA GOMERA

Cuestiones de anacronismo

El 25 de mayo pensé mucho en el Tío. Toda esa gente en la calle me hicieron recordar sus hazañas.


Hace tiempo ya que no lo veo. Viene poco a capital. Pero de seguro estuvo en los festejos. Y lo debe haber disfrutado de lo lindo.
Voy a llamarlo para que me cuente, a ver si agrego un capítulo más a esta secuencia que ahora que lo pienso cubre una década de sorpresivas irrupciones. Porque lo cierto es que por h o por b, mientras él estuvo en todas, yo me perdí cada uno de estos tres decisivos acontecimientos.
***

A las tres de la tarde del 20 de diciembre de 2001 una extraña guerra civil tenía lugar en Corrientes y 9 de julio. En un país definitivamente sin destino y que vivía el verano más caluroso que se recuerde, bandas policiales arremetían a muerte contra oleadas de jóvenes que atacaban sin remeras ni objetivos. El Tío llegó al obelisco guiado por su olfato de animal militante. Pero al toque se supo en el medio de una pelea que no comprendía. No alcanzaba a distinguir ni las reglas ni la lógica del combate.

Le impresionó que los chicos prácticamente se inmolaran con cada piedra que arrojaban. Corrían hasta posicionarse a escasísimos metros de la yuta que disparaba con balas de plomo, casi a quemarropa. Y luego no retrocedían lo suficiente ni se procuraban refugio. O lo hacían sólo para tomar un nuevo impulso y hacerse de algún pedazo de adoquín, hasta que la nueva señal de avance resurgía como un grito guerrero en sus gargantas colmadas de adrenalina.

Pero no podría decirse que el Tío dudó. El problema era que su cuerpo no encajaba. Entonces sintió que debía aportarle racionalidad al enfrentamiento, trasmitiendo algunos criterios que hicieran más eficaces y ordenados los ciegos embates de sus circunstanciales aliados callejeros. Así que se dirigió a dos muchachos, para pedirles que no se expusieran tanto. No había terminado de aconsejar a los pibes, cuando otro chico se le acercó por la espalda y le lanzó con desparpajo: “mi viejo, tené cuidado que la cosa está pesada”.

De golpe comprendió todo.

Los parámetros que lo guiaban respondían a enfrentamientos en los que había participado durante los años setenta. Pero esa memoria no se correspondía con las sensaciones que ahora experimentaba. Estaba literalmente fuera de lugar y sus movimientos resultaban un tanto torpes. Se apartó para mirar con más distancia aún y sólo entonces creyó percibir que la multitud distinguía espontáneamente dos funciones: de un lado los pibes que iban al frente y más atrás un grupo de edades heterogéneas ocupados en hacer el aguante, acercando piedras y ánimos, noticias o agua.

Una extraña alegría lo estremeció. En ese cómico instante sintió que dejaba de ser un “sobreviviente”. Todo volvía a comenzar… pero de otro modo.

***

El martes 15 de julio de 2008 no fue al Congreso sólo, como en aquel diciembre, pero tampoco con su grupo, como acostumbraba. Acordó encontrarse con un amigo de viejas tropelías, en Callao y Perón. Y a último momento se enteró que lo acompañaría su sobrina.

Como el acto había sido convocado por el Partido Justicialista, lo primero que recordó fue su temprana renuncia a esa estructura partidaria, 35 años antes, inmediatamente después de la masacre de Ezeiza. El orador principal sería el mismísimo Néstor Kirchner, que subía la apuesta del enfrentamiento con “la nueva oligarquía rural”, aprovechando la revuelta de los empresarios para recuperar la menguada mística militante de sus seguidores. Con el escenario polarizado al máximo, según el Tío no había lugar a dudas: había que estar en la plaza, para evitar un retroceso que lamentaríamos por muchos años más.

Ella llegó a la cita pocos minutos después de las 16. La esquina ya era un hormiguero. Ellos esperaban a unos pocos metros, nerviosos y expectantes. Les hizo señas con las manos, pero parecían reconcentrados: el Tío daba indicaciones al oído, mientras el tucumano escuchaba con atención. Atinó a apurar el paso, pero ya habían salido disparados en dirección contraria. Le hubieran pasado por al lado sin verla, de no haber sido porque ella alcanzó a tomar al Tío por el brazo, un tanto inquieta por lo ridículo de la situación.

– “Ah, llegaste. Pensamos que te había pasado algo y estaba yendo a llamarte”, dijo el Tío entre risas, con esa mezcla infantil de adrenalina y alegría que lo caracteriza.

Finalmente decidieron recorrer la Plaza de los dos Congresos. Estaba casi llena y la euforia del Tío crecía, sus desplazamientos se hacían más ágiles y sus gestos se volvían teatrales, como si hubiera sido trasportado temporal y espacialmente. Pero lo verdaderamente sorprendente era la actitud asumida por el Tucumano, que les abría camino entre la multitud y los protegía celosamente de cualquier aglomeración desagradable. Hacía el trabajo con una rara habilidad, valiéndose de precisos movimientos con su grueso cuerpo, generando espacios o anticipando los excesos de presión que sobre ellos se ejercían. Este fue guardaespaldas alguna vez, pensó ella, mientras comenzaba a sentirse incómoda por el esfuerzo. Así que decidió irse cuando se acercaba la hora de los discursos, sabiendo que sus acompañantes se quedarían hasta el final.

Al llegar a la casa leyó los titulares de los diarios en Internet y supo que el discurso había sido combativo, duro con los opositores. Había tenido incluso ribetes sensibleros, con convocatorias a la lucha en defensa del gobierno popular. Por eso quedó sorprendida cuando más tarde llamó al Tío para controlar que hubiera llegado bien, y a modo de balance éste aseguró que los discursos le habían gustado porque “fueron componedores y serenos, como el momento lo exige”.

Pero si los medios dicen todo lo contrario… ¿Tan mentirosos pueden ser? ¿Cuántos discursos hubo?

Sólo el de Kirchner. En realidad yo no escuchaba bien y el tucumano me iba traduciendo lo que decía. ¿Qué fue lo que dijo entonces?

La risa se escuchó en ambos lados del teléfono, pero la inflexión era distinta. De un lado se solicitaba cándidamente complicidad, como un chico que le ruega al otro guardar un secreto. Del otro la carcajada que provoca darse cuenta de la altísima proporción de banalidad que flota en el ambiente.
RAQUEL RIZZONI

La Argentina de la ‘buena onda’



Hasta hace no tanto, ser un tipo feliz o un pobre diablo, estar contento y con ganas de clavarte medio litro de estricnina, ser alguien que sabe disfrutar de la vida o la víctima irremediable de una existencia de mierda parecían opciones vitales más o menos restringidas al ámbito de lo “personal”, un modo íntimo de ser que no se vinculaba –al menos no directamente— con lo político. El contexto social, claro, cooperaba: no era lo mismo ser una niña que corretea desnuda entre alucinados participantes de Woodstock que otra que lo hace esquivando bombas de Napalm en Vietnam. Así y todo, era mucho más evidente cómo la política producía el (buen o mal) humor de las personas que a la inversa.


La historia nos invita ahora a presenciar una vuelta de tuerca en la que esta relación se invierte: estar de buen humor, tener buena onda, decir a viva voz que atravesamos un periodo de fiesta y denunciar la mala onda de los grandes medios de comunicación es (como otrora organizarse en un sindicato, poner un “caño” o expropiar un camión de leche y repartirlo en un barrio obrero del conurbano) un aporte fundamental al proceso de transformación que estamos viviendo. Sin embargo, ¿cómo fue que el proclamarse feliz pasó a ser una contribución a la liberación nacional? ¿Desde qué momento la verdad de la política comenzó a jugarse en el buen o mal humor de la gente, tal como lo exhiben los diarios, los noticieros y los programas de TV? ¿Era San Martín un tipo divertido? ¿Tendría Alem la risa sonada de Lucho Galende? ¿Era Perón un buena onda?



Y si la metáfora del humor de los mercados no fue nunca fácil de digerir (aunque la materialidad de dicho humor sea indiscutible a la hora de la suba o baja de los valores en la bolsa), la del humor social como mecanismo de valorización de la política es, aunque inquietante, mucho más tangible. La buena onda deviene, así, fundamento y motor de la política.


Y no es tanto la inaprensible felicidad ni, mucho menos, una dionisíaca alegría (que habilitaría desbordes, alteraciones, caos); no, es la buena onda, una pasión light, una sensibilidad propia de estas democracias de pecho tibio. Como todo gran concepto político, tuvo una dinámica exitosa previa ajena a ese campo: más de un amigo, por ejemplo, venía encontrando en el par buena/mala onda el eficaz modo de ordenarle, de jerarquizarle el mundo a su cándido niño en reemplazo de lo que, otrora, hubiesen sido otros pares más densos: lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, la perfección y el vicio. Así, si el amiguito te presta los juguetes, es buena onda, si te los arrebata de un manotazo, es mala onda; si la película causa risa, es buena onda, si es un embole infumable, es mala onda, si el morfi está rico es buena onda, si te da cagadera, es mala onda… (y así al infinito).


Pero, claro, es más atrás adonde hay que remontarse para ver el fúlgido origen, su esplendoroso advenimiento; quizás, al momento en el que mi amigo y la democracia transitaban, juntos, su infancia. Corría 1988 y el mal humor social parecía crecer a pasos de gigante. Se reiteraban los levantamientos militares y la hiperinflación era, ya, incontrolable. Se propuso un plan económico con un nombre re buena onda, pero con una nula eficacia: el plan primavera. En ese marco, insistimos, de palpable mal ánimo, aparece en canal 7 (dónde, si no) un programa dispuesto a combatir el desaliento y la angustia. Aquel olvidado precursor de 6, 7, 8 iba a medianoche y su barbado Lucho Galende no era otro que el insuperable Raúl Portal. “Noti Dormi” era el nombre de aquel exitoso y masivo programa televisivo cuyo objetivo no era otro que crear los conceptos que conjuraran el “operativo desánimo” del momento: nociones como las de Caracúlicos, Tiramerdis o Crotófalos caracterizaban a los Marcelo Bonelli, a los Morales Solá del momento; estaba Atilio, el hombre que nunca sonreía y el perro Tristonio. Ante este bestiario del mal humor, “Hop hop, arriba y buena onda”, “Tirá la buena que vuelve” y Jurujujaja. Una maravilla.


No obstante, importa menos el recuerdo de estas glorias pasadas que su insigne actualización: como replica invertida de las fotos loser del Duro de Domar de Pettinato, “El club de la buena onda” de 6, 7, 8 recibe nuestras fotos felices, aquellas que en lugar de engalanar la intimidad del hogar evidenciando la siempre venturosa constitución familiar, deciden volverse públicas, salir a la arena política y hacer su contribución –inmensa y nimia a la vez- al proceso de transformación social.

Sonrientes, abrazados, siempre dos o más (nadie se enfiesta solo, parece), con los pulgares levantados, con los dedos en “v” (muchos, muchísimos), brindando, con carteles en las manos y mirando al frente, a cámara. Todos mirando a cámara. La sucesión de fotos es un “acá estamos”, “somos nosotros”, los que tenemos buena onda con el proyecto K. El desfile de imágenes, presentado antes y después de cada corte, es acompañado por cortinas elaboradas con grandes hitos de nuestra cultura musical como «Todo el mundo está feliz», de Xuxa, «Hoy puede ser un buen día», de Serrat o «Buena Onda», del dúo Pimpinela. Otra maravilla: no hay operativo desánimo que pueda resistir este embate de alegría y energía positiva.


Con todo, la multiplicidad de fotos que se ofrecen, se dedican, se contemplan, se intercambian parece haberse vuelto signo sobresaliente de una época dominada por facebooks y fotologs. De las multitudes apiñadas en una plaza con la vista congelada en un balcón, a la multitud de imágenes que pasan inquietas, una tras otra, haciendo el aguante, el verdadero aguante. “Al final, los vencedores siempre son los que saben salir bien en la fotografía”, dijo alguna vez el Manuel Vicent. Claro, asentimos, y los que se cargan la realidad al hombro con buena onda.


Horacio Tintorelli (Intelectual, militante de la Asamblea de Pensamiento Marxista)

La eficacia carancha

Vale la pena echarle un vistazo a “Carancho”, la reciente película de Pablo Trapero. La narración se centra en una Argentina cruda que actúa como doble fondo de todos los discursos e imaginarios que hay sobre el país. Como si en esa verdadera red material de prácticas (que combinan el abandono, la desidia, la corrupción, la pobreza y la ilegalidad) se tramase toda la energía (económica, productiva, social) sobre la que se apoya el país formal, discursivo y mediático. Ningún personaje de la película es nítido. Pese al gesto concesivo del director por implantar una historia romántica, de heroísmos personales y personajes taquilleros (Darín) para conquistar espectadores, o la placa que aparece al principio alertando sobre las muertes en accidentes como “flagelo social”, hay una lógica de hierro que parece invencible. Los caranchos (merodeadores de desgracias) no son perversos “tiempo completo” aunque, claro, son fagocitados incesantemente por la maquinaria carancha que exige su reproducción perpetua. Su eficacia se centra en el tipo de normalidad (excepcional) en la que se asienta. Un tiempo circular urdido por episodios violentos y fatalidades que se alimenta de la precariedad de la vida. Una razón económica implacable que enlaza “víctimas” y “victimarios” y que opera sobre el fondo del asfalto conurbano, regado de cuerpos ensangrentados, baldíos y desarmaderos; en las oscuras oficinas o bares de San Justo, teatro de las operaciones clandestinas; y en los pasillos hospitalarios plagados de cuerpos desechos, médicos sombies que no pueden sostener su cotidianeidad, y bandas que se mueven entre la basura hospitalaria acumulada en los pisos.
Trapero relata con escenas muy cuidadas la amalgama de vidas que se dan cita en la eficacia carancha. La ausencia de un “final feliz” relativiza las propias debilidades de la película. Y, a la vez, nos invita a pensar cuáles son las huídas posibles de los entramados sombríos sobre los que se despliegan las vidas contemporáneas.
ROGELIO BRUMA

“Hay un cambio de etapa para los trabajadores” – Entrevista a Marcelo Fernández

Marcelo Fernández, dirigente  sindical. Nacido en 1963, empezó su militancia a mediados de los años ’80 en la planta de Quilmes. Actualmente es dirigente de la Federación Argentina de Trabajadores Cerveceros de la república Argentina (FATCA) de Luján, donde recibe a Lobo Suelto para conversar sobre la convulsionada relación entre sindicalismo y kirchnerismo.

LS: ¿Cómo se sitúa una nueva generación de militantes sindicales ante el evidente cambio de circunstancias: las paritarias, la recomposición del trabajo y del mercado interno y la emergencia de un discurso oficial neodesarrollista?

MF: En primer lugar hay que comprender la importancia de lo que estamos viviendo. Desde la época de la dictadura, los trabajadores hemos sufrido el peso de un modelo de desindustrialización, de destrucción del consumo interno y de apuesta sostenida a la timba financiera. Un modelo que no cerraba sin represión. Hay una continuidad entre aquellos años de persecución y la Ley Banelco de De la Rúa, pasando por la traición menemista. Para nosotros, representantes de los trabajadores, hay enseñanzas fundamentales que extraer de este largo período.  Sobre todo, en lo que hace a la complicidad de cierto gremialismo que, primero, fue alcahuete de los militares y, luego, de la patronal, adoptando un modelo de sindicalismo empresarial. Pero hoy estamos en  un punto de inflexión, donde se toma más en cuenta el derecho de la persona, del trabajador, y en el que el bienestar del pueblo vuelve a estar en el centro de la discusión política y gremial. Pasamos de un momento de resistencia a otro en el que surgen nuevos desafíos para la dirigencia sindical. Por un lado, llevar a fondo la recuperación de aquellos derechos que fuimos perdiendo en los ’90. Y, por otro, asumir una representación genuina del protagonismo de los trabajadores en  este nuevo período.

LS: ¿Como parte de esos desafíos está el surgimiento de comisiones internas rebeldes, que no adhieren al verticalismo del sindicalismo tradicional y que están, muchas veces, vinculadas a grupos de izquierda?

MF: Sí, claro, esta realidad no puede negarse. Nos pone en el desafío de la integración de experiencias jóvenes, importantes en la lucha, pero que tenemos que saber incluir también en el momento de la unidad de la clase.  Muchas de los conflictos que ustedes describen tienen que ver con las décadas de neoliberalismo de que hablaba recién, con la tercerización de servicios en condiciones precarias. Pero también con el desgaste y burocratización de algunas conducciones que en estos años fueron parte de grandes negocios. Creo que hay que tomar estas luchas (las del subte, las de Kraft, las de los Call centers, etc.) como parte de un nuevo movimiento de los trabajadores capaz de registrar las transformaciones de los últimos años en el mundo del trabajo.

LS: ¿Esto es posible bajo el modelo de liderazgo de Moyano?

MF: Sí, creo que en esta etapa sí. Se suele resaltar el aspecto tradicional, en cuanto estilo de dirigencia de  Moyano. Sin embargo, es evidente que Moyano fue un pionero de la lucha de los movimientos sociales contra el neoliberalismo. Las luchas del MTA durante el gobierno de Menem son una referencia indiscutible. El protagonismo de gremios tan poderosos como el de los camioneros es parte del proceso. Pero sería un error reducir todas las expresiones de lucha en esa conducción. Hay compañeros jóvenes haciendo experiencias importantes en todo el país. La crisis de representación afectó a todos los actores políticos. Pero hoy que hemos superado esa etapa tenemos que ser capaces de integrar a todas las voces del trabajo y, sobre todo, como decíamos antes, a quienes no tienen la cultura de la unidad.    

LS: ¿Cómo se organiza, desde la perspectiva sindical, la amplia economía informal y los trabajadores en negro?

MF: Lo primero es reconocer a todos los trabajadores como lo que son, trabajadores con plenos derechos. Para eso es fundamental partir de una amplitud de criterios para reconocer la complejidad de situaciones laborales: trabajadores precarizados, en negro, temporarios, domésticos. También a las organizaciones sociales de los desocupados hay que pensarlas como parte de esta complejidad.  Luego, tenemos que asumir, con todos los compañeros, un debate profundo sobre el tipo de unidad que podemos lograr entre todos. Yo creo que la clave sería discutir a fondo la distribución de la riqueza. Discutir la participación en la ganancia de las empresas, empresas que han ganado fortunas en los últimos años, y lo siguen haciendo.

LS: ¿Se terminó, entonces, la crisis?

MF: No, pero hay un cambio de tendencia importante. Ya no estamos en la fase de resistencia. Esto lo podemos ver, por ejemplo, con los planes “Argentina Trabaja”. Desde el propio gobierno se difunde la cultura del trabajo. La discusión ahora es política. De proyecto de país. Tenemos que discutir a fondo qué pasa con esos compañeros que ya no están abandonados, que con la recuperación de un Estado presente, activo, vuelven a tener la posibilidad de ser trabajadores con plenos derechos. 

LS: ¿Crees que el Peronismo sigue siendo la identidad política que mejor entiende estas mutaciones en el trabajo?

MF: Yo distingo entre cultural popular y herramienta electoral. La identidad cultural del peronismo cambia. El PJ, en cambio, ha traicionado muchas veces. Tenemos que construir una herramienta política capaz de interpretar al pueblo trabajador, a los peronistas, y a los que no lo son, valorando el proceso que estamos viviendo, y buscando el modo de profundizar las transformaciones. 

LS: ¿Es realista aspirar a la vuelta del pleno empleo en la globalización?

MF: Cada vez que abandonamos ese horizonte nos ha ido muy mal. Somos conscientes de que ya no vivimos en los ‘60, que hay nuevas realidades. Pero nos parece fundamental mantener la cultura del trabajo como forma principal, aunque no exclusiva, de integración social. No hay igualdad ni justicia social si se renuncia a esa idea. Sé que en otras partes se discuten sobre la renta universal y cosas similares, pero no creo que esta discusión esté madura entre nosotros.

LS: ¿Qué cree de la disyuntiva “unidad sindical” o “reconocimiento de la CTA”?

MF: El tema es complejo. Como dije antes, hay que situar las discusiones en su proceso. La creación de la CTA fue muy importante para todos nosotros a mediados de los ‘90.  Recuerden que veníamos del liderazgo combativo de Ubaldini, y todo eso. La Central fue la primera que asumió la situación de los desocupados, jubilados, de las amas de casa y estudiantes como parte del mundo del trabajo. Son los que más insistieron con la realidad de la pobreza y la precarización laboral. Yo creo que este patrimonio hay que valorarlo. Hay algunas de esas cosas que, con el cambio de etapa, quedan ya un poco anacrónicas, pero otras tantas que no, y en ese sentido el valor de autonomía que la CTA nos ha propuesto sigue siendo indispensable.

La vida en 140 caracteres

Qué bien jugó hoy Argentina. Pudieron ser cinco goles. Felicidades camarada Maradona.”

Tweet enviado por Hugo Chávez luego del triunfo ante Nigeria
Es uno de los tantos momentos grises, turbios de la historia argentina. Uno de esos momentos obviados –por su dramatismo- por los manuales de historia y soslayados –por su carácter íntimo, personal- por los historiadores de la Academia. Lisandro De la Torre ostentaba una rala y prolija barba; barba que no hacía sino ocultar los tres magnos cortes que el sable de su otrora compañero Don Hipólito Yrigoyen (neófito en estas artes, en contraste con la diestra y juvenil mano de Lisandro) le habían producido en ocasión de un Duelo a muerte. Eran los primero años del siglo XX y uno de los últimos retos a duelo de los que se tenga memoria: hasta el siglo anterior y desde el medioevo, había sido ésta una práctica habitual para resolver situaciones en las que el honor de alguno de los contrincantes había sido mancillado. Sin embargo, en tiempos como los actuales, tiempos en los que la historia y el honor vuelven a ocupar su lugar (junto con el trabajo, la familia, la escuela y otros retornos anómalos), la práctica del Duelo parece recuperar el espacio perdido.
Dicen los que azarosamente se anoticiaron, que fue un cruce muy duro, extrañamente duro. Que en democracia, se creía, estas cosas ya no pasaban. Que, quizá, era parte de la crispación creciente. O de la mala onda que muchas veces tiñe la esfera pública. Lo cierto es que hace unos días y en esta metrópolis –apadrinado, uno, por un ex presidente de la República; el otro, por el actual Jefe de gobierno de la Ciudad Buenos Aires- tuvo lugar, entre un caballero de aristocrático apellido y otro de clara extracción plebeya, el singular y violento Duelo que abajo reproducimos:

Aníbal Fernández: En las estructuras organizadas de poder, la decisión criminal se adopta en la cúspide.

Esteban Bullrich: Estimado Aníbal, ¿lo dice por Néstor K y Ricardo Jaime o por Oyarbide y Ud.?
AF: Cuando se expida la Cámara de Apelaciones, espero que no desaparezcas.
EB: Confío en la Justicia, que por suerte es más grande q algún juez. Pero, Ud., ¿ya sabe algo de la Cámara q esta tan seguro?
AF: No, pero si ladra, tiene patas de perro, cola de perro, cara de perro… es un perro.
EB: Gracias por la clase de Zoología. Pero, ¿Ud. sabe quién es el dueño del perro?
AF: Don Franco. ¿Porque vive de Franco, no?
EB: Don Aníbal póngale tiza al taco. El dueño del perro es Néstor.
Tremendo. Iracundo. Una escena digna de un film de Tarantino. Y si no hubo heridos, y si la cosa no pasó a mayores (y si la sangre no llegó al río, hubiera dicho mi abuela la del campo) fue porque, armado uno (el Jefe de Ministros de la Nación) con su Mouse,  y, el otro (el Ministro de Educación porteño), con su iPhone, el Duelo se llevó a cabo en Twitter.

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Sí, la política es anterior al cristianismo. La política emerge a la par de lo que comúnmente suele entenderse por civilización. Una herencia de la sabiduría helena, de su Democracia ateniense. El agora, los sofistas y filósofos, la palabra pública: la política como «teoría de la ciudad” (polis) y de los vínculos que en ella se producen. La política, la ciudad y la palabra pública, entonces, como elementos inherentes de cualquier democracia, incluso de estas democracias de pecho frío.

La política (antes y después de los sablazos) se articula en torno a la palabra, a la palabra pública, a la palabra persuasiva, a la palabra que (con)vence con argumentos. Pero, ¿qué pasa con la palabra y su capacidad persuasiva cuando es arrastrada por la velocidad y sitiada por 140 caracteres? (Este breve párrafo, que aún no dice nada, ¡ya tiene 367 caracteres!)? ¿Qué pasa, en este marco, con la política?

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El vínculo entre escritura y brevedad es extenso y prolífico. Muchas veces la economía de recursos se volvió un modo posible y deseado de la palabra: un arte, una virtud que pocos podían ostentar. Ahí está esa milenaria forma poética japonesa de sólo tres versos (de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente) a la que llaman Haikú para certificarlo. La escasez de elementos utilizados es proporcional a la atención que generan sus versos perdidos en el blanco (en este caso, en el negro) de la hoja:

La rama seca
Un cuervo
Otoño-anochecer.
A contrapelo de la inquietud que estas obras parecen producir en un público poco curtido en la arcana profundidad de la sabiduría nipona, Octavio Paz –que hacía ya cerca de tres lustros dedicaba sus horas de ocio a descifrarla— propone que la lectura de Haikú en general –y de éste de Basho en particular— es un verdadero calmante, pero de una “calma alerta y aligeradora” que en nada se parece al letargo de la droga ni a la modorra de la digestión.
No obstante, la brevedad en la literatura no es atribuible sólo a la poesía. Borges y Bioy Casares, por ejemplo, dedicaron largas horas de sus largas charlas a rastrear y compilar –bajo el título Cuentos breves y extraordinarios- narraciones de tan sólo una carilla, de dos o tres párrafos, de pocas palabras. Cómo olvidar aquel relato cuya lectura no ocupa más que el aire que cabe en nuestros pulmones:
Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que ahora soñaba ser un hombre
Pero si incluso estos cuentos absurdamente cortos pueden parecer extensos, hay un género literario aún más exiguo, más menudo, más parco; una forma literario-filosófica transitada por los grandes nombres del pensamiento y de las letras –de Oscar Wilde a Nietzsche y de Lichtenberg a José Narosky–: es el aforismo, donde la brevedad es ley. Presentemos algunos, de claro cuño nacional:
“Las leyes condenan al que roba un pan y absuelven a quién roba una ilusión”

o

“Cuando el amor es rey, no necesita palacio”

¡Cuánta sabiduría, cuánta experiencia esconden estas sentencias! Su concisa conclusividad (“no necesita palacio”) no puede sino dejarnos conmovidos, afectados; tan conmovidos y afectados como cuando líneas arriba leímos (no sin cierta alarma por la fogosidad de la denuncia): El dueño del perro es Néstor.

***

Pero volvamos, luego de este recorrido que echa por tierra cualquier intento de presentar como extremadamente novedoso el vínculo entre brevedad y escritura propuesta por la red de microblogging de los 140 caracteres, a la relación entre Twitter y la palabra pública. Volvamos para reafirmar cómo, de un tiempo a esta parte, twittear se ha vuelto una praxis inevitable del ser social, una habilidad indispensable si de deportistas, actores, músicos, modelos, políticos, fabricantes de chocolate o de cualquier otro integrante del star sistem se trata.   

Los deportistas, por ejemplo, la utilizan (alguno muy sabiamente) como modo de evitar la mediación de la prensa: Ginóbili –para graficar con un caso por todos conocido- utiliza esta red social tanto para calificar los triunfos o derrotas de su equipo de básquet (“Jugaron mucho mejor que nosotros. Gran trabajo y buena suerte”, escribió el mes pasado cuando los Spurs quedaron afuera de los Play off) como para notificar cuestiones personales: contó por ese medio que contraía matrimonio, que su prometida había quedado encinta, que iba a tener mellizos, que estos nacieron sanitos y con los diez dedos, etc., etc. Del Potro, por nombrar un segundo y un último caso deportivo en miles, va ofreciendo por medio de tweets pistas de su celada vida personal: “La cirugía fue corta y todo salió muy bien”, se supo hace unos días.
En el plano de la política, de derecha a izquierda, el uso de este sistema de comunicación es cada vez más extendido. El colorado del tatuaje excéntrico lo tiene como uno de sus principales recursos: ya sea para confirmar su alejamiento de Marcri, (“Macri nos manda emisarios a decirnos que nos tenemos que juntar y después nos trata con menosprecio”) o para piropear a Reutemann (“Es una persona con experiencia y sabe medir sus tiempos”); ya sea para mandarle un feliz cumpleaños a Gabriela Michetti o para saludar al pueblo argentino en su Bicentenario (“Con el dulce sabor del Bicentenario, donde el pueblo dio una lección única de fortaleza y unidad, arranquemos ya a construir el país del ‘Tri”’).
También el macrismo lo usa con sobrada asiduidad: “¡¡Buen día!! Quiero desearles a todos los argentinos trabajo, paz y amor para los próximos 100 años” fuel el modo pro que encontró Macri para recibir, vía Twitter, el Bicentenario. Por su parte, el ya citado ministro de apellido aristocrático lo utiliza, entre otros menesteres, para comunicar despidos y ajustes: “La decisión que tomé fue reducir los contratos de nuestra propia gestión, la estructura política, no estamos reduciendo planta docente”. Y la siempre agradable diputada Gabriela Michetti hace digno uso de esta herramienta para hacer comprometedoras denuncias ante embates que ponen en jaque la República: “Mi casilla d mails” (sic) fue infiltrada. “¡Qué lindo es vivir así, con tanta seguridad y tanta paz!”.
 
También el afamado Cleto, el del voto no-positivo, lo utiliza con frecuencia, en este caso, para chicanear a su vencedor en las internas del radicalismo bonaerense: “Para ser campeón del Mundial hay que ganar todos los partidos. Ojalá haya muchos candidatos radicales para disputar en el 2011”.
En el oficialismo preferimos no abundar (sí, por miedo), pero el ya citado Jefe de Ministros encabeza el ranking de twitteros oficiales.

Empero, nadie ha llegado tan lejos en la exploración y reivindicación de esta novedosa práctica como líder de la Revolución Bolivariana: persuadido de que las redes sociales “son un arma que tiene que ser usada por la revolución«, su cuenta en Twitter (chavezcandanga) cuenta a la fecha con más de 300.000 seguidores. Incluso como parte de una política de consolidación de alianzas continentales, insto a Evo Morales («Evo, ¿tú no estás en Twitter? Invitamos a Evo al Twitter», dijo) y a Fidel Castro («Agarra tu Twitter ahí, Fidel”) a que se sumen a esta ola que, es evidente, no para de crecer.

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Dicen los que saben que el amanuense o copista medieval –pluma, raspador y tinta en mano- era un trabajador incansable: su jornada podía extenderse hasta 16 horas diarias, en las que copiaba entre uno y tres folios de un libro que podía llevarle meses, años. La temporalidad del medioevo y el silencio monasteril lo posibilitaban. A ellos les debemos las grandes obras de la antigüedad clásica, los textos fundantes de nuestra civilización, de nuestras Ciencias, Artes y Letras.

Dicen los que saben que un adolescente de hoy en día envía –a desmesurada velocidad- alrededor de 750 palabras diarias a sus contactos, entre mails, mensajes de texto, tweets, mensajes por Facebook o MySpace, comentarios en blogs y fotologs, etc., etc. etc. La temporalidad de nuestro presente así lo exige. Todas sus palabras se desvanecen en el éter segundos después de haber sido leídas.

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Escritura breve y veloz como condición de época. Las palabras y sus soportes se transforman. La lengua se reduce y agiliza. Todo se vuelve más liviano. Lo más profundo es la piel, dicen. Pero ¿cuán vastas son estas transformaciones? ¿En qué medida estas dinámicas alternar modos de pensamiento y procesos cognitivos? ¿Nos hallamos ante un fenómeno más o menos pasajero, más o menos de moda, que tarde o temprano algún dispositivo pedagógico logrará neutralizar o, en cambio, asistimos a la constitución de un nuevo modo de vincular lo vivo, lo público y el lenguaje? ¿Qué modos adopta la palabra pública en estas condiciones? ¿Qué instituciones son las apropiadas para estos modos?

Horacio Tintorelli (Pensador – APM – CA)

A propósito de la extorsión democrática

Los demás desaparecerán y el silencio será suyo, enteramente suyo
C.A.B

Hoy que veo esa cara tan parecida a la de su padre y vuelvo a escuchar ese apellido y hasta se plantea como un buen recambio del actual gobierno, no puedo dejar de pensar en Alfonsín. Me había quedado grabada una nota de cuando murió, salida en esos días en la contratapa de Pagina/12. Su autora hoy es toda una heroína que, rejuvenecida y agresiva, encabeza la batalla mediática de –como se dio en llamar en este mismo blog– la Argentina de la buena onda.

“…y no hay sangre en la Argentina”, se llamaba la nota y reclamaba que el imaginario colectivo que de modo mezquino (usaba la palabra “progresista” despectivamente) apenas había retenido la primera parte de la frase con la que Alfonsín había cerrado las movilizaciones y la concentración de Semana Santa, incorporara la segunda parte de la frase para hacer justicia a ese gran hombre que ahora estábamos despidiendo, (creíamos) que definitivamente: “Felices Pascuas, la casa está en orden… y no hay sangre en la argentina”.


Parece pertinente volver sobre esto porque vivimos sin duda un momento alfonsinista; ahora que el kirchnerismo se muestra recuperado de la caída del 28 de junio del año pasado, después de los festejos del 25 de Mayo y la enorme repercusión de optimismo que estalló, incluso alcanzando a los medios no oficialistas. Parece claro que ya no es legítimo ordenar la tropa con el fantasma del golpe.

Coloco la palabra golpe en itálica porque no estoy seguro de que se corresponda literalmente con las referencias a las que aludo y, sobre todo, porque no sé si alguien se haría cargo hoy de asumirlo como propio. Pero es el viejo golpe alfonsinista el que se evoca metaforizado (“los tanques mediáticos”, “la desaparición de goles”) o refinado teóricamente (“clima destituyente”). Estamos ahora justo en el punto en que la hipótesis del golpe se desvanece y desaparece con ella todo el discurso que tenemos elaborado sobre la democracia y las formas de participación: la democracia llama a participar solo cuando está amenazada. Nunca convoca positivamente. 

Nosotros elegimos tomar como cierta la hipótesis con la que trabaja el kirchnerismo cultural: la semana del 25 de Mayo fue una gran fiesta democrática. El espacio fue la calle, primó la buena leche y las ganas de estar. Etc. Etc. Nos gusta esta hipótesis, justamente, porque nos permite volver por otro lado sobre una cuestión que en algún momento creímos dirimida: la cuestión de la extorsión democrática fundada por el alfonsinismo y resucitada con el conflicto de la 125 por el kirchnerismo. 
¿Qué fue lo que agotó el recurso de apelar al golpe que usaba Alfonsín para legitimar sus actos de gobierno? La cuestión del vínculo entre democracia y movilización callejera que él prefirió disociar en Semana Santa en el nombre de la paz y el no derramamiento de sangre. Escuchemos in extenso la explicación de la ya referida más arriba, Sandra Russo: “Alfonsín nunca fue un líder revolucionario, y esta sociedad jamás podría haber tenido uno. No estamos llamados a esos cambios bruscos, sino al lento fluir de un sistema que nos evita el derramamiento de sangre. Alfonsín enfrentó aquel terrible dilema de los carapintadas atrincherados y la multitud en la Plaza con su confeso y nítido punto de vista radical. Optó por asegurarse la continuidad de un sistema que ahora se encarga de esos juicios. Sería justo que de ahora en adelante recordáramos, al menos, la frase completa”.

Bueno, es un horror para cualquiera que tenga un mínimo de cultura política leer este párrafo. Decir que la Argentina no estaba llamada a hacer la revolución en semana santa del 1987 es tan cierto como que nadie dijo nunca que el dilema de Alfonsín hubiese sido el de la revolución. Su dilema era, justamente, el de la democracia y sus límites: si se construía una democracia apoyada en la movilización popular o se optaba por otra, la que se empezó a construir desde aquel domingo, sin sangre, ni fuera ni dentro de las venas, lo que aquí en este blog Palomino llamó democracia de pecho tibio -o incluso frío.

Que jamás esta sociedad pueda tener un líder revolucionario es algo que ella explica por “un gen tanático y perverso que nos acosa”, colocando la cuestión lejos de nuestras posibilidades de análisis. Pero que los argentinos preferimos “el lento fluir de un sistema que nos evita el derramamiento de sangre” es lisa y llanamente una formulación insostenible que sólo se explica por la necesidad que tiene de cerrar su argumento de defender a Alfonsín: era un radical cuya conciencia política era el poder partidario.

Es tan enfermantemente alfonsinista que se hace difícil seguir leyendo y escribiendo sobre él: no voy a volver a ver del mismo modo a la autora de este texto. No puedo dejar de pensar que si gana Alfonsín va a ser la Ministra de Cultura. Estas cosas van a estar escritas en los manuales, repetidas en todos los documentales del canal oficial de entonces. ¡La historia argentina es la historia de un discurrir por las instituciones evitando derramar sangre! 

Lo que estaba propuesto para aquel domingo, era una marcha desde Plaza de Mayo a Campo de Mayo encabezada por Alfonsín. De estadistas cagones y alzamientos militares, la historia argentina está llena. De movilizaciones que movieran el fiel, una: el 17 de Octubre. Y no hubo, precisamente, una revolución. Los mismos milicos que lo desplazaron y nunca consiguieron un apoyo explicito del ressto de las fuerzas, a las pocas horas estaban buscándol a Perón para que volviera, y no disparando sobre la población. Hubo, por el contrario, sí, un proceso de fortalecimiento del Estado burgués mediante el reconocimiento de los derechos civiles políticos y económicos de una porción importante de la clase trabajadora.

¿Qué estaba en juego en Semana Santa? ¿No optando por la alternativa “revolucionaria”, Alfonsín salvó a los partidos políticos y con ellos a la democracia? ¡Pero si los partidos políticos dieron su apoyo! Y sino, ¿de qué modo se establecen los límites en una democracia, si no es mediante las movilizaciones? ¿Cómo se frenaba, por ejemplo, la represión que iba a caer sobre las barriadas de varias provincias con la implementación del Estado de sitio en diciembre de 2001?

Con la multitud concentrada en la plaza avivándolo, Alfonsín decide, no obstante, no marchar a Campo de Mayo. La negociación con los carapintadas ya estaba cerrada de antes, los emisarios del poder ejecutivo habían aceptado las condiciones sin negociar: cese a los procesamientos y Obediencia Debida, es decir, volver todo atrás, salvo para los miembros de la Junta. Los carapintadas, dicen que para cerrar el trato, quieren al presidente personalmente en Campo de Mayo. Es frente a esa disyuntiva que Alfonsín se para frente a la Plaza y pide que nadie marche a Campo de Mayo, que es él quien va a ir, que no es necesario ir todos, que él se ocupa, que no se calienten porque es algo que no hay que hacer: calentarse. Él va a ir a hablar con los rebeldes y vuelve, que lo esperen. Su verba inflamada disfraza de heroicidad su claudicación: va a rendirse frente a un puñado de sublevados, pero le comunica al pueblo que va a imponer la democracia sobre el autoritarismo. ¿Es este un “confeso y nítido punto de vista radical”? Sobre todo: ¿¡“confeso”!? ¡Pero si decidió no decir nada de lo que iba a hacer! ¡Al menos que confesara!

Esto es lo que le falta a la frase para completarla: reproducir correctamente la disyuntiva en la cual fue formulada. De lo contrario de lo que se trata es de una alta dosis de extorsión institucionalista. Cuando nos aclara que Alfonsín no era revolucionario (¡no era necesario, te lo juro!) esta queriendo decirnos lo siguiente: “vos que le reclamas que sea un revolucionario no estás comprendiendo las reglas del juego”. “Él era un radical, un viejo bonachón con principios, que estaba hecho del material del que está hecho el hombre común, que le gusta derivar o fluir por los canales del no derramamiento de sangre de la institucionalidad democrática.” Te está diciendo que sos un zarpado, un zurdo, un guerrillero, un trosko, un aventurero.

¡Por dios! ¡Que falta de sangre! ¡Y de transpiración! ¡Es la democracia del pecho frío!

Es la democracia que va de la calle al living, espacio privado que Russo evoca para mofarse del progresismo que repite la frase cortada al medio, la media verdad. ¡¡Pero si fue el propio Alfonsín el que nos mandó a discurrir la democracia en el living!! Escuchemos todo, ni la primera frase sola, ni apenas la segunda, todo el párrafo final: “Le pido al pueblo que ha ingresado a Campo de Mayo que se retire, es necesario que así lo haga. Y les pido a todos ustedes, vuelta a sus casa, a besar a sus hijos, a celebrar las pascuas en la paz de la Argentina.” A la casa, porque “es necesario que así lo haga”(!).



Volviendo, entonces, pero llenos ahora de discurso seissieteochista o peladowirtzista recargado de historicidad: ¿Se termina la extorsión? ¿Qué consecuencias tendría la permanencia de este eje discursivo? Aventuro: o el kirchnerismo cambia de estrategia discursiva o todo el entusiasmo k, todo el kirchnerismo cultural se vuelve un discurso reaccionario. Agitar la amenaza de un golpe conservador cuando el gobierno logra establecerse nuevamente (¡está ahora preocupado por ver si alcanza el 40% en primera vuelta!), pertrechado, además, en este último tiempo de una importante parafernalia mediática, sería ya entrar en el terreno del cinismo.

Agitar la necesidad de estar todos juntos los que estamos a favor de la democracia, los Derechos Humanos, la vida y la buena onda y no hacerle el juego a la derecha cuando alguien quiere hablar del violento retorno a las economías extractivas que está experimentando nuestro país y América latina. O cuando se denuncian las formas de trabajo precario y abiertamente trucho que se esconden atrás de los discursos del fifty-fifty y la vuelta al estado fuerte. O cuando se dice que la calle está durísima para curtirla por la cana, por el abandono, las rejas, la guita que se necesita para todo, por la falta de lugares comunes.

No hay problemas en aceptar que Kirchner se respalde en las intendencias del conurbano y la CGT cuando uno es apenas espectador de una escena en la que tiene, sí, enemigos y favoritos, pero no es nunca protagonista. Pero, ¿y si estamos diciendo que es indudable que la gente está bien, que ya pasó la ofensiva de la derecha, que hay espacio para moverse? ¿Y si nos entusiasmamos y de verdad salimos a la calle? ¿Y si abrimos nuestras casas? ¿Y si es verdad que se van a repartir los medios de comunicación y todos queremos de verdad hablar? ¿Y pensar juntos? ¿Quiénes quieren de verdad discutir estas cosas, así dejo de pelearme con el televisor?

¿No nos van a decir ustedes mismos, desde la tele, por facebook y por radio que nos vayamos a tomar la sopa temprano, que les demos un beso a nuestra mujer, a nuestros hijos y nos dediquemos a juntar la guita para tenerlos felices, en paz, y con el pecho bien fresco?


Etson Vera
etsonvera@gmail.com

La “potencia” del estado


I.                    La división de lo político
Hasta hace poquito más de década creíamos fervientemente en aquello de que la política era una esfera relativamente separada de la praxis en su conjunto. Algo así como su culminación positiva. Aquello que re-totalizaba y ennoblecía al conjunto en superación de sí mismo. Situados en un momento aplazado de esa auto-superación, trabado por una pluralidad de injusticias y bloqueos, así como por una multiplicidad de divisiones anacrónicas que debíamos enfrentar. La política se nos aparecía como restitución/creación de un proceso de reconciliación virtuosa por alcanzar en el espacio de un antagonismo por dar contenido a una nación refundada. Todo lo cual implicaba, como mínimo, el control efectivo del estado, como el más relevante de sus dispositivos. Es decir: el manejo, al menos provisorio de la instancia del poder cristalizado.
Algo sucedió, sin embargo, en nuestras cabezas adolescentes. La experiencia de un estado nacional gestionado por partidos socialistas, populistas y socialdemócratas de otras regiones más vastas del mundo hizo trizas aquellas ilusiones en que se sustentaban nuestros esquemas heredados (en síntesis, me refiero a la entonces añorada ecuación socialismo libertario = partidos de izquierda en el poder). Algo más ocurrió. Al mismo tiempo que esta debacle se sucedía, y por un sistema de enlaces causales simultáneos, esta frustración vino acompañada por la exacerbación de los atributos de la potestad del capital concentrado, en muchas ocasiones más poderosos que los estados mismos, o con recursos suficientes para orientarlos según sus intereses. El capital resolvió (globalizó) por arriba, lo que las luchas intentaban replantear -de modo antagónico- por abajo. Los estados se convirtieron ellos mismos en instancias globales de producción de narraciones nacionales (“Movistar, sponsor de la selección argentina”, etc).    
Las luchas sociales, las aventuras intelectuales y las militancias de vocación emancipatoria tuvieron entonces  que asumir una polémica histórica, que estimo aún hoy irresuelta: ¿conservamos o mutamos nuestra propia  comprensión de lo político, es decir, del modo de transformar las sociedades? La aparición del zapatismo, allá por enero de 1994, dio inicio formal a esta compleja reflexión en el terreno de las ideas y de las prácticas.
II.                  Ciclos
Estamos lejos de un balance definitivo, pero percibimos dos momentos claros (siempre pensando en Argentina y, a los sumo en América Latina). Un primer momento,  de excentración del estado y la mirada tradicional de la política con su eje clase/pueblo/partido/estado, y la proliferación de un nuevo protagonismo social expresado de modos variados (organizaciones sociales, grupos intelectuales, múltiples militancias) cuyo principal logro fue destituir los rasgos centrales (represión, uso de lenguaje) del llamado neoliberalismo (Digamos: del 1 de enero de 1994 a la llegada al poder de Evo Morales Bolivia, durante el 2006).
El segundo momento (iniciado en algún momento de la secuencia 2003/2006) es el llamado retorno de lo político (y con él, del estado), a partir de la constitución de gobiernos llamados progresistas, en parte de Sudamérica. Visto desde la perspectiva del ciclo anterior, se trata de un proceso cargado de avances y de ambigüedades. Del mismo modo, si se observa aquella primera fase desde esta segunda pude decirse que se trató de un momento fenomenal de apertura, incluso de un punto de inflexión, aunque incapaz de determinar constructivamente un nuevo contenido en el nivel institucional. La actual recurrencia a dispositivos más tradicionales en el orden institucional obedece, sobre todo, a este juego de interpretaciones. Así, los gobiernos progresistas ocupan un estado que ha vuelto a funciona como “condensación política de fuerzas” sociales.
¿Tenemos, entonces, que volver a las viejas ideas, como si el debate hubiese concluido?

III.                Distribución de lo sensible
Quienes afirman que sí, adosan su interpretación propia a la exhibición de la potencia del estado en derechos humanos, en asistencia social, en desarrollo industrial, y tienden a sonrojarse cuando se enuncia la ineficacia de esas mismas instituciones a la hora de plasmar la dimensión libertaria que atribuyen a tales progresos, o la perduración de invariantes de la acumulación neoliberal.  Una renovada modernidad capitalista –mucho más interesante y sensible que la de la fase neoliberal pura- se propone, entonces, como horizonte emancipativo, o por lo menos, como un pase en ese camino. La complejidad de la coyuntura, en la que cada día se avanza o retrocede unos centímetros se torna entonces en el horizonte absoluto de este “retorno de lo político”.
Los militantes, intelectuales y movimientos que operan en este nivel, suelen hacerlo lúcida y apasionadamente, si bien en coexistencia con un entramado no exactamente “idealista” de redes sociales e institucionales con las que deben lidiar noche y día. Pero junto a ello, otra pasión se activa: la de la refutación a todos aquellos que no acabamos de entusiasmarnos con los términos de esta re-identificación entre lo político, el estado y una nueva versión de su autonomía relativa.
Como se ve, el debate entre modos de pensar lo político se continúa también en esta nueva fase. Para la militancia que sostiene como prioridad difundir los puntos de vista de los gobiernos progresistas, se activa una visión reactiva respecto de los rasgos dominantes de la primera fase. Como si al organizar su práctica tuviesen que demostrar que no hay praxis política por fuera de su propia concepción.
A la inversa, quienes vemos con ojos que se resisten en aceptar la pretendida autonomía de lo político, no podemos evitar insistir en los evidentes síntomas de una crisis persistente de representación. Y, junto a ella, costado más reaccionario de la reposición de una idea de orden, de institución soberana representativa,  de desplazamiento de las prácticas sociales a un estatuto de “pre-político”.
IV.               Lo sagrado y lo profano
Esta semana la presidenta Cristina de Kirchner afirmó que ya no hay violencia en Argentina. De un modo del todo comprensible se refería a que ya no existen prácticas institucionales sistemáticas de desaparición de personas ni golpes de estado. Y que quienes insisten con el discurso de la argentina violenta e insegura son, sobre todo, aquellos miembros de porciones de las élites que fueron desplazas luego de la crisis del 2001, y del proceso iniciado durante mayo del 2003.
En el mismo momento en que la presidenta hablaba, y en que quien esto escribe sentía satisfacción por oír esas palabras, se iniciaba una pueblada en la ciudad de Bariloche, con tres muertos de una barriada popular en manos de una policía provincial que utilizó balas de plomo.
La complejidad de esta puesta en serie es evidente: ¿desmiente esta violencia el espíritu de las palabras de la presidenta? Evidentemente no, en la medida en que la represión policial no es directamente imputable a medidas resueltas por el gobierno nacional; porque constituye una verdad cierta (tan apreciable como defendible) que no hay un tratamiento sistemático de represivo del conflicto social y, más polémico, porque esta violencia no atañe de modo directo a “militantes políticos”, categoría que inviste hoy de un poder sagrado (la ambivalencia es clara: efecto democrático y operación de separación). Sin embargo, y a mismo título de verdad, puede responderse que sí estamos ante una pavorosa desmentida, en la medida en que el retorno de la “potencia del estado” deviene inseparable de su capacidad de ordenar lo social por medio de un conjunto de distinciones entre aquello que es “político” y aquello que no lo es (lo “social” o pre-político/profano).
Cada una de estas verdades no es tal que pueda negar sin más a la otra como su verdad. Al contrario, las condiciones de la lucha contra la represión han mutado favorablemente en general. Sin embargo, hay algo evidente en los casos de gatillo fácil: a 25 años de la normalización institucional estos casos se ha convertido en consustanciales de la democracia neoliberal, y ya no pueden ser pensados solo como herencia no elaborada de la dictadura.
V.                 Democracia y soberanía
Esta misma semana se ha levantado el corte de rutas más largo, visible y e incómodo para el gobierno: el que sostenía la asamblea de Gualeguaychú. Hubo amenazas de todo tipo, diálogos secretos, tácticas cambiantes: aprietes, elogios, tentativas, idas y venidas, pero desde el inicio el gobierno se comprometió a no reprimir, y no reprimió. Esa ardua negociación se tejió con el hilo de una trama que alcanza, por ejemplo, la reciente presidencia de Néstor Kirchner en Unasur.
¿Se puede relatar este conflicto a partir de la potencia de un estado que hace cumplir la ley enfundado en sus potestades soberanas? Evidentemente no. La paz surge de la paciencia mutua, y la negociación. De la potencia de la acción directa, de la persistencia en la masividad, y en el carácter inmediatamente trasnacional del conflicto mismo.
La paradoja es evidente: la represión que hubiese ratificado la declamada recomposición soberana del estado argentino sobre sus rutas es del todo incompatible con el proceso político en curso. Duhalde, que dijo que “no se puede gobernar con asambleas” y que luego de pasar al acto tuvo que irse antes de tiempo, dio paso a un tipo de gobierno muy diferente del conflicto social, fundado en la negociación y el juego de reconocimientos parciales. La evidencia de contradicciones entre proceso democrático y doctrina soberanista del monopolio de la violencia legítima constituye un punto admirable de sutil pugna social y encuentro no reglado entre dinámicas de desborde del dispositivo clásico de la soberanía, y técnicas ad hoc de producir gobernanza de lo social en su estado actual.
VI.                Dialéctica de gobierno y “desgobierno”
El punto de partida divergente puede entonces presentarse del siguiente modo: lo que para unos representa el “retorno de la política” (la vuelta de una instancia de autonomía de lo político, de lo simbólico) luego de la fase neoliberal/crisis, para otros representa una fase de “disolución de lo político” en la medida en que la praxis resistente da lugar a una distancia entre prácticas que son “políticas” y las que ya no lo son  (es decir, consideradas “meramente sociales”).
Esta prolongada divergencia, que ha ido mutando durante los últimos años hasta casi desaparecer de la esfera visibilidad, vuelve a hacerse presente, sin embargo, bajo la forma de una puja por los modos de usufructuar el común. Mi hipótesis es que no es posible separar de un modo determinante la capacidad de crear dispositivos jurídicos, políticos y narrativos para gobernar lo social, de la multiplicación de signos que refieren a un desborde continuo de lo social mismo respecto de aquellos dispositivos de gobierno.
¿Constituye este “desborde” una ocasión para fundar otra imagen de lo político, aún a sabiendas de que lejos de crear momentos “constituyentes” estas dinámicas suelen resolverse en una consistencia promiscua resistente a cualquier molde de politización? ¿Debemos, por el contrario, festejar esta nueva disposición gubernamental de desplazar sus bordes mismos hasta volver a enlazar estos desplazamientos al orden político y legal, incluso cuando constatamos que en no pocas ocasiones esa resolución no hace sino restituir los términos de una división jerárquica de lo político/social?
Preguntas, y más preguntas, porque la situación es compleja. Desestimar el reconocimiento logrado, y los espacios conquistados tras décadas de luchas sería tan retrogrado (antes quienes sueñan con dar pasos atrás) como admitir, en nombre de estos logros, las dimensiones persistentes de gobierno reaccionario de lo social. ¿Se abren posibilidades nuevas de pensar y actuar cuando se redefinen de este modo las tensiones del momento?
VII.             Sociología y almanaques
Lo reaccionario, me parece, consiste en desplazar la fecha del almanaque del 2001 al 2003. Y, más aún, de hacerlo a partir del impulso razonante del sociólogo, cuya lección consiste en dividir a los movimientos emancipatorios en dos partes opuestas, al atribuir a los obreros la lucha por los lazos comunitarios y contra la miseria, y a los jóvenes hijos de la clase media y alta el deseo individualista de creatividad autónoma, ganas a la coacción de los antiguos lazos comunitarios.  “Emancipación social” para los primeros, y “emancipación estética” para los segundos, en detrimento de los primeros.

Ranciére nos recuerda, de este modo, lo que habíamos empezado a olvidar con el ajuste del calendario: que la lucha colectiva por la emancipación obrera no ha estado jamás separada de una experiencia nueva de vida y de capacidades individuales, ganadas a la coacción de los antiguos lazos comunitarios, implicando una ruptura con los viejos modos de sentir, ver y decir que caracterizaba a lo obrero en el orden jerárquico antiguo.       

VIII.           Potencia del tiempo
Existen estos períodos de un auténtico desorden de clases y de identidades que la sociología conjura en pos de otros períodos de activación de los mecanismos de reconstitución institucional, y de una distribución más estable entre “clase”, “manera de ser” y “formas de acción”.
Percibida esta dinámica, podemos examinar las tensiones que recorren todo a todo el debate en torno a la naturaleza de los multitudinarios festejos del último bicentenario.
Hemos sido testigos –sino víctimas- durante años de una pugna por el tiempo, por controlarlo, por dominarlo, por retomar un poder de las élites sobre el porvenir. En eso ha consistido la nunca del todo desaparecida teoría moderna de la revolución y de la hegemonía, con sus infinitos matices. Percibo que este modo de explicar las cosas se ha vuelto más y más restrictivo, cuando la lucha esencial –lo político mismo en tanto que capacidad de crear lazo social- aparece ahora como territorio mixto, en disputa, recorrido por una pluralidad de dinámicas y pugnas por el reconocimiento pleno de las potencias de los otros.
Fatigoso pasaje de una fase en que la lucha por el tiempo constituía el sentido de lo político, a una fase en la cual el tiempo constituye él mismo el escenario de una pugna incesante, un escenario que se reabre cada vez que se lo intenta simplificar demasiado. Un espacio complejo, de unificación imposible, que no ceja de desmultiplicarse para exhibir las formas de un desborde aún incompresible y desafiante que desestabiliza todo orden de identidades en que descansa el paradigma de la gubernamentalidad.

DS, apuntes del sábado 19 junio de 2010

Sobre la contradicción principal en dos movimientos


Primer movimiento (marxista)
“Existen muchas contradicciones en el proceso de desarrollo de una cosa compleja; entre éstas, una necesariamente es la contradicción principal; su existencia y su desarrollo determina o influencia la existencia y el desarrollo de las demás”
Mao Tse Tung
Ahogados en un mar de dudas, de incertezas, de vacilaciones y de preguntas, de conjeturas, de prejuicios y de temores, de sospechas y de fobias, una sola, pero persistente convicción recorre, de pies a cabeza, nuestra ya poco grácil superficie corporal: somos marxistas. Sí, de Carlos Marx. Y en tanto tales sabemos que el único modo de derrotar definitivamente al capitalismo es detectar la contradicción principal, su talón de Aquiles, su punto de máxima debilidad. Es esta, y no otra, la precisa y adecuada forma de transformar el injusto modo de producción imperante.
El aludido filósofo teutón lo explica de una manera simple e iluminadora con estas palabras:
Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social”.
O, de un modo más simple e iluminador aún, lo reformula la compañera Martha Harnercker:
Si el Capitalismo sigue como hasta ahora, la propia contradicción entre la burguesía capitalista y los trabajadores (es decir, entre los dueños de los medios de producción y aquellos que sólo tienen para vender su fuerza de trabajo) conducirá indefectiblemente a la Revolución Socialista”.
De esta verdad pura, dura e irrefutable, se fueron desprendiendo, como del árbol semillas de nuevos árboles, múltiples pensamientos que, a lo largo de los últimos dos siglos, se propusieron desnudar la mencionada contradicción principal. Podríamos hacer un recorrido por los grandes pensadores de la tradición marxista (de Lenin a Néstor Kohan, pasando por Mao y Gorgy Lukács); podríamos analizar los modos en los que eruditos de raigambre nacional recrearon, a su modo, esta contradicción expresándola en diversos pares antagónicos (expresiones como la nación versus las potencias imperiales, o el pueblo versus la oligarquía, o la burguesía nacional versus los monopolios internacionales no son sino expresiones de esta lógica recurrente); podríamos, finalmente, encontrar innumerables actualizaciones, desde el Terrorismo Global versus la Democracia Global, los Grandes Medios de Comunicación versus los Gobiernos Revolucionarios de América Latina o, a nivel local, la Oligarquía del Campo versus el Gobierno Popular.
Con todo, descubrir cuál es la contradicción principal y tener la capacidad de operar sobre ella constituye, de Maquiavelo a esta parte, el elemento clave de la política, el acertijo que todo proyecto transformador debe poder develar, exhibir y hacer estallar. Estas humildes apostillas se inscriben en esa larga búsqueda.
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Lancemos nuestra sospecha, cenit de este escrito, sin más vueltas ni mediaciones: la contradicción principal del capitalismo contemporáneo —elemento que le es constitutivo y vértice de su máxima vulnerabilidad— parece fundarse en el encuentro entre el imperativo categórico “sé feliz” como máxima social, el consumo como el modo socialmente hegemónico de su realización y la insatisfacción como elemento inherente a la acción de consumir.
O, más en concreto, la cuestión parece funcionar de un modo bastante obvio: se arman un conjunto de imágenes identificatorias de la felicidad; imágenes que no son linealmente las de los “objetos” factibles de ser consumidos (de autos a viajes y pilchas, de color de piel a razas de perros), sino atributos que se les confieren a estos (cierto auto expresará prestigio o independencia o sensualidad, cierta ropa, belleza o espontaneidad y ciertas razas de perro, alegría, elegancia o madurez). Así, cuál combos, se proponen modelos de vidas organizados en torno a estos atributos altamente valorados, atributos que componen imágenes de felicidad individual como meta única e indiscutida. La publicidad, las marcas y el star system global y nacional desplegarán, de millones de modos posibles, estas imágenes.
No obstante, en segundos se devela la argucia, la arbitraria conexión entre los estados del alma y el régimen de los objetos. Casi como por arte de magia, las cosas una vez adquiridas pierden rápidamente su encanto: el auto, finalmente, es sólo un auto, el televisor, un televisor y el puré instantáneo, un puré instantáneo. El pico de felicidad fue, quizás, demasiado fugaz, demasiado tenue. Habrá que probar cambiando el celular. O los muebles de la cocina. O volver a hacerse las tetas. La insatisfacción parece estar inscripta en la acción misma de consumir. Como si el segundo posterior a cada nueva adquisición llevase inscripto la leyenda: “Lo siento. Inténtelo nuevamente”.  
En suma, un juego sin grandes secretos (lo más profundo es la piel, se decían por ahí): la exigencia social de ser feliz, la adquisición de cosas como modo de lograrlo y la insatisfacción inherente a este proceso; insatisfacción que deviene raudamente en malestar; malestar que parece querer decirnos que una vida no puede reducirse a esta mecánica.
Así, ¿cuál es el vínculo entre consumo y soledad, entre este malestar y la proliferación de ansiolíticos, antidepresivos y demás variedades de fármacos que intentan neutralizar las angustias contemporáneas? ¿En que medida las llamadas “enfermedades del vacío” (ataques de pánico, depresiones, fobias diversas) no son producto, más o menos directo, de esta paradójica dinámica que, fundada en el consumo, exige lo imposible? Y, finalmente, ¿en qué medida no es este malestar el que organiza, a su modo, lo social?
Segundo movimiento (kirchnerista)
Es mejor dejarlo claro de entrada: somos marxistas (lo dijimos en el movimiento anterior), pero somos parte activa —espiritual y materialmente— de este gobierno popular. Nuestros esfuerzos militantes, desde que se logró ordenar el caos que caracterizó el umbral de siglo (corralitos, cacerolas, muerte en la calle y en el puente, un que se vayan todos para que no venga nadie) y desde que, luego de un largo impasse, volvió la política, se enfocan en ese sentido. No dudamos ni un segundo en usar nuestra incisiva pluma —en éste y otros blogs hermanos— como trincheras de pensamiento; ni en acudir a cada acto al que convocaron los intelectuales comprometidos con la transformación de la realidad, hoy reunidos —en gesto desafiante ante tanta moda tecnológica que no hace más que alienar y dominar— en torno a un clasicismo epistolar que no cesa de proliferar; ni en adherir a muchos de los grupos de apoyo al gobierno en Facebook, ni en mandar nuestras fotos al Club de la alegría de 6, 7, 8. Ocupamos, además, nuestros jueves, viernes, sábados, domingos y lunes bancando con ahínco el “Fútbol para Todos”, al tiempo que dejamos de comprar Clarín y borramos de nuestro control remoto el canal 11 (donde está TN), el 12 (que es, en realidad, el 13), el 2 (porque es de De Narváez), el 3 (Crónica, porque es una grasada), el 14 (Magazine, porque es de Clarín), el 17 (TyC Sports, de Clarín), el 18 (TyC Max, de Clarín), el 35 (Volver que es de Clarín), el 60 (Ciudad Abierta, porque es de Macri) y tantos otros que no viene al caso detallar.
Queremos decir, entonces, que somos marxistas-kirchneristas (como Carlos Heller, como Martín Sabbatella, como Marcelo Fernández); y que, en tanto tales, nos sentimos obligados a presentar a debate público nuestras consideraciones en torno a la contradicción principal que estructura políticamente nuestro presente histórico. Pero antes de entrar de lleno en este tópico, demos un petit rodeo.
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Domingo 20 de junio. En diversos puntos de este cuerpo celeste al que sin mucha originalidad dieron en llamar “Tierra” se festeja el Día del Padre (o Día de los Padres), sobrio ritual mediante el cual la sociedad toda ofrenda con los más variados regalos (en nuestro caso, sirva de ejemplo, nos agasajaron con una salida de baño y con unas inmejorables pantuflas) a quienes tienen la ventura de gozar de esa condición. En esta ocasión, además, la mencionada festividad adquiere un tinte particular debido a que celebra su Centenario. Efectivamente, cuenta la leyenda que el referido Día nace un 19 de junio de 1910 cuando Sonora Smart —oriunda de Spokane, una zona rural en Washington— honró a su padre, Henry Smart, veterano de la guerra civil, viudo y portador de seis críos­. Algunas décadas después, en 1966, el presidente Lyndon Johnson oficializó el Día del Padre como festividad nacional el tercer domingo de junio. Y de ahí, al mundo.
Mas no miremos el pasado, sino el presente; no nos extraviemos en territorios foráneos, sino concentrémonos en nuestro terruño. Del franco y cándido homenaje con el que una agradecida Sonora enalteció a su prolífico padre a la inmejorable ocasión para que todos y cada uno de los elementos racionales de este poco trascendente punto del globo pongamos a circular parte, en muchos casos significativa, de nuestros precarios salarios en función de adquirir y luego obsequiar alguna baratija. Así, distintos estudios de marketing and publicity señalan que para este Día del Padre hubo en la Argentina una “explosión de ventas”, que en los presentes que distinguen a la mencionada celebración la gente gastó el doble que el año pasado (el precio promedio (¡promedio!) gastado fue de 150 pesos, cuando el año pasado había sido de 75). Electrónica e informática (LCD, notebooks), ropa deportiva y todo el merchandising de la Selección Argentina fueron los rubros destacados. Pero los televisores LCD (que cuestan de 4.000 a 15.000 pesos) fueron, sin duda, la estrella de esta orgía de consumo: el furor de las promos  (“Hoy la gente compra promociones”, sostienen los comerciantes) y las 50 cuotas parecen ser los elementos claves de esta situación. Acontecimientos dispares (como el Bicentenario y el clima festivo por el Mundial de fútbol) reforzaron esta tendencia. Reina la buena onda entre la gente y eso, parece, empuja las ventas: “Por el buen ánimo que dejó el Bicentenario y ahora con el Mundial hay más ganas de festejar el Día del Padre y de comprar”, explican.
El vínculo entre “buen ánimo” y “consumo” no deja de ser significativo: si en alguna parte de este mismo blog se destacaba la buena onda como motor de la política, acá pareciera devenir base espiritual de la mercancía, estímulo del gasto y condición del hiperconsumo de masas. Una multitud alegre y festiva que desborda los shoppings.
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Demos un paso más y aproximémonos al problema que queremos afrontar. Hace ya un tiempo que comenzamos a sospechar que la principal base de legitimación del kirchnerismo no es la política de Derechos Humanos ni el descuelgue del cuadro de Videla, no es la sin duda interesantísima Ley de Radiodifusión, ni la fundamental Asignación Universal por Hijo, tampoco la creación de cooperativas, ni el fútbol gratis, aunque todas estas medidas aporten su granito de cal en esta construcción. La principal base de legitimación del gobierno popular es su innegable capacidad —desde hace ya más de siete años— para  posibilitar el consumo y el hiperconsumo. Este es, nos guste más o menos, su as de espadas, su verdadero talismán. Una de esas verdades límpidas, diáfanas, que parece estar más allá de la crispación, más allá del conflicto con Clarín y con el campo, más allá de los discursos de izquierda y de derecha, más allá del Bicentenario y del Mundial, más allá del bien y del mal.
Es en este marco, además, donde el kirchnerismo deviene verdadero movimiento de masas, donde la movilización se vuelve constante, sistemática, fluida. Se mueve pueblo, energía, deseos, dinero. Quizá sea una imagen algo distante de aquella del proletariado organizado. Tampoco coincide con la de nuestros cabecitas negras vislumbrando su primavera con las patas en la fuente ni con la de las nutridas columnas de la gloriosa JP que, en los primeros años del ’70, hacían estallar la Plaza y vibrar el balcón. Quizá poco quede de aquello. Pero el movimiento… pero el movimiento es incesante y rabioso: los shoppings estallan de deseantes masas populares.
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El Yin y el Yan, el Sol y la Luna, el Hombre y la Mujer: pareciera que la naturaleza misma organiza su equilibrio a partir de pares opuestos. Así, como contracara maldita de esta fiesta, de esta verdadera fiesta popular, parece crecer la insatisfacción y la soledad. Estudios tan sensatos como los anteriores (que incluyen, por ejemplo, al mismísimo Ministerio de Salud de la Nación) señalan que en los últimos años aumentó significativamente el consumo, pero, en este caso, el consumo de pastillas para “rendir más y sentirse bien”.
«Los argentinos indicamos, sugerimos, aconsejamos, prescribimos y convidamos medicamentos. Así, se suele tomar una píldora para dormir y otra para despertarse, una para estar activo y otra para estar tranquilo, una para vivir y otra para morir, una para el estreñimiento y luego otra para la flojedad«.
Sedantes, diuréticos, antidepresivos, ansiolíticos, polivitamínicos: en los últimos cuatro años las ventas de estos fármacos aumentaron un 20 por ciento y sólo en el último año se comercializaron 48.682.392 cajas de este tipo de medicamentos. “Al Rivotril, por ejemplo, ya se lo consume como si fueran pastillas de menta. Y es una droga muy adictiva«, confesaba un mortificado farmacéutico.
La Argentina feliz y empastillada. El imperativo categórico sé feliz insiste en cada momento, en cada instante de nuestra vida. El consumo se expande hasta ocuparla por completo. La insatisfacción viene por añadidura. El malestar duele en el cuerpo. La industria farmacéutica procura neutralizar el dolor. La tristeza. La ansiedad. La soledad. Y hace negocios.
Ya lo dijo el Gran Timonel: existen muchas contradicciones en el proceso de desarrollo de una cosa compleja como el proceso de transformación al que estamos asistiendo, pero, entre éstas, una necesariamente es la contradicción principal (dado que su existencia y su desarrollo determina o influencia la existencia y el desarrollo de las demás), contradicción que mina por dentro la transformación. Sospechamos que nuestro gobierno popular está entrampado en esta situación, acorralado en un callejón sin salida: buena onda, consumo intensísimo, empastillamiento popular. ¿Cuál será la salida? ¿Cómo torcer un rumbo que parece irrevocable?
Horacio Tintorelli
(un kirchnerista en contradicción)

«¿Quién sois, lobo?» inquiere, inocente, Caperucita.



¡

Ya quieren clavarle al Lobo la estaca de la identidad! 

Pero Lobo, verdadero animal salvaje -capaz de manada tanto como de soledad, amante de la luna tanto como del aullido ensordecedor- sólo acepta clavarse al instante del tiempo. Lobo nació este año y ya murió en los médanos, seguramente a manos de la policía. Caperusita tiene todas las razones del mundo para estar ansiosa, asustada y, seguramente, algo excitada. Porque aún muerto, Lobo Suelto sigue cronicando, temible, desde el otro lado de la noche.

Populismo de Palermo


El populismo es, crease o no, un sistema de “equivalencias” que expulsan de su interior un “exterior radical”. Al menos así lo presentan las filosofías que actualmente lo proyectan como un concepto positivo, noble e incluso sofisticado (Laclau). Esta formulación lógica (lógica “sin historia”, diríamos si tuviéramos ahora tiempo para desarrollar este filón crítico) conlleva la siguiente traducción al mundo de la política: el populismo trata de un conjunto de demandas que el sistema político no logra (por el motivo que fuera) satisfacer. La imagen es clara. El estado liberal –cuando y donde funcionan – trata por separado a cada demanda, y las va satisfaciendo de modo considerable. Cuando (y donde) dicha dinámica se frustra, cuando resulta insuficiente para alcanzar dicha satisfacción, se sobre-acumulan demandas, y una parte de la población queda disponible para nuevos procesos de identificación. Es la hora del populismo, que surge de enlazar dichas demandas en una serie de equivalencias (o mutua referencialidad horizontal) en busca de una consigna unificadora, y de un líder capaz de darles consistencia, gravitación e incluso aptitud para el antagonismo político. Esto, cuando ocurre en un país, se llama “populismo”. Cuando ese país es latinoamericano, se llama “populismo de izquierda” (a diferencia de lo que ocurre, por caso, en Europa, en donde el liberalismo es más logrado y el populismo amenaza como monstruosidad del pueblo).  Y bien, ¿cuál es el objetivo del populismo? Crear un sistema en que las demandas sean por fin satisfechas, por fuera del antiguo régimen que las desconocía. Es decir, volver innecesario –inactual por exitoso- nuevos cruces transversales de demandas, ahora satisfechas. El buen populismo victorioso, se entiende fácil, conduce a un tipo liberalismo “serio”, de esos que en la región suenan a mera utopía.  


El problema del populismo es menos su silenciosa y disimulada oferta de un liberalismo “serio” (capaz de confrontar contra el liberalismo realmente existente) sino el formalismo que lo produce como concepto y representación operante licuando todo lo que en el movimiento antagonista real hay de exceso, de posibilidad y de radicalidad en pos de un esquema desvitalizado, repetitivo e irreal. Hay algo en este formalismo que suena a fracaso antes de tiempo. Suena a equipo no se afirmará en la cancha, que jugará con puros esquemas en la cabeza, sin la garra que da el engarce, suena a equipo con la cabeza en las nubes y sin los pies en la tierra, es decir, a mucha distancia del balón. Suena, en definitiva, a que las condiciones efectivas para la gambeta, el encare y la unión mágica de la astucia, la fuerza y el humor que nos llevan a lo sublime futbolero será nuevamente hipotecado en nombre de alguna imagen simplona y muy poco “satisfactoria” de nuestras demandas, largamente desoídas.
Se trata, ciertamente, de un problema de traducción. Al aceptar que nuestras aspiraciones sean dispuestas como “demandas” ya hemos perdido la sed y el corazón. Ya encerraditos en el esquema de pizarrón sabemos lo que podemos esperar. Lo único real frente al pizarrón, como decía un amigo, es el polvito que cae tras la tiza rota.
Ese residuo o resto revela una verdad: las traducciones simbólicas impecables son estafas. Demandan de nosotros esfuerzo fisiológico concreto, un matrimonio (perdón por malograr palabras “divinas”) entre neurona y afecto, para devolvernos un clon, una copia sin falla y sin vida de lo vivo mismo.
Así funciona la cosa. Así funcionan los razonamientos estetizantes en torno el populismo: desangelando lo real. Pero así funcionan también ciertos mercados. ¿O no sabemos cómo funciona, por caso, la dinámica urbana llamada palermización? Extendida a una significativa porción de la ciudad (Villa crespo, Colegiales, Belgrano), tal “palermización” quiere decir eso: puesta en equivalencia puramente esquematizada de todo aquello que nacido de la vida y la creación de valores  para ser repuesto como belleza-mercancía a buen precio, excluyendo, de modo radical, los pelos y señales que necesariamente lo contaminaban en su origen vivo. Devolución abstracta y espectacular de todo eso que en su origen conlleva la marca de biografías surcadas por el trabajo, el goce popular y hasta de las derrotadas vanguardias políticas del pasado. Ropa “boliviana”, bares con “onda” (de viejos cafés izquierdistas), etc.
Las teorías del populismo, que hablan de “demandas” y “articulaciones” operan en el mismo nivel de abstracción de las singularidades, que las tiendas de la palermización.
La cosa no sería gravosa fuera del círculo estimado en un medio millón de personas que se acomodan entre la dinámica de la palermización y los textos “a la” Laclau. Sin embargo, algo de esa dinámica se ha vuelto ideología expansiva los últimos tiempos, hasta penetrar incluso las hebras más hondas de la sensibilidad.  El último mundial de fútbol que acaba de concluir con más penas que glorias –salvo para la gallegos, y para la gloriosa Celeste- da muestras de ello. Sobre todo cuando reparamos en el actuación del gran “narrador” gesticulante de nuestro presente (como se ha referido a Maradona cierta nueva sociología del fútbol llevada adelante por un tal Pablo Alabarces), generador único de singularidades tanto fubolísticas como lingüísticas, pero proclive a dilapidar esa magnífica capacidad fabulante, apostando a pobres mitologías.
Sobre la merecida e imprescindible presencia de Maradona en nuestro Panteón no hace falta detenerse.  Pero al mismo tiempo debemos señalar –corriendo los riesgos de colocarnos en contra a todo el populismo de Palermo- que no todo en él ha sido mágico en este mundial. O, mejor, que no toda su magia estuvo al servicio de narrar una argentina emancipada. Y no me refiero al sistema táctico utilizado en el partido contra Alemania, o a la frustrada participación de Riquelme en el seleccionado, sino a un gesto muy concreto. Faltando minutos para finalizar el partido contra Grecia, Maradona discute con Enrique y Mancuso y, contra la opinión de estos, propone al “loco” de Palermo, quien llega a entrar en contacto dos veces con la pelota. En una primera acción, se trata de una media vuelta absolutamente carente de gracia, cargada de un destrato único y característico del esférico, pifiando el tiro de modo grosero. La segunda jugada, empujada por la fuerza mitológica del narrador, la bocha entra. 
Al terminar el partido, Diego dice que le dijo a Palermo antes de entrar a la cancha: “definímelo”. Frase magnífica pero mal puesta ante un partido fácil y ya ganado. Este gesto resulta completamente impensado en un partido riesgoso.
Maradona es un creador de mitos. Buena parte de los gestos que hacen hoy a nuestra argentinidad llevan su marca. El “afecto imitatio” a que nos hemos entregado con él, como pueblo, nos ha enaltecido casi siempre (tanto en aquellos episodios futboleros del 86 como en los gestos de rebeldía del año 90) ante el resto del mundo.  Con el Diego hemos expuesto, a los ojos de un planeta entero, la cualidad única del gambeteador trágico, del guerrero danzarín, de una idea digna de la nación sumergida, y un uso no menos original y creativo de la lengua. En la cancha y fuera de ella el Diego inventa expresiones, hace vibrar, destruye el estereotipo y traiciona al sistema de lo previsible. Cuando tal capacidad crea “mística”, imaginando todos que algo de esa magia pueda ser compartida rozamos un algo de felicidad. Con sus oscilaciones, el maradonismo ha sabido rebelarse a los esquemas, escapar a las redes de con los que siempre intentaron pescarlo los oportunistas y poderosos de turno (No hace falta que nos extendamos sobre el modo en que Macri ha capitalizado estas circunstancias). Sería una pena, y no sólo una ilustración de triste pregnancia las ideologías de época, que esa capacidad de singularidad sea reducida a mero populismo de Palermo.
Gloria Ivanna Choa

Homenaje a Néstor

La desaparición de la homosexualidad
Néstor Perlongher
Publicado en El Porteño Nº 119, noviembre 1991

Archipiélagos de lentejuelas, tocados de plumas iridiscentes (en cada vertebración de la cadera trepidante, las galas de cien flamencos que flotan en el aire tornado un polvo rosa), constelaciones de purpurinas haciendo del rostro una máscara más, toda una mampostería kitsch, de una impostada delicadeza, de una estridencia artificiosa, se derrumba bajo el impacto (digámoslo) de la muerte. La homosexualidad (al menos la homosexualidad masculina, que de ella se trata) desaparece del escenario que tan rebuscadamente había montado, hace mutis por el foro, se borra como la esfumación de un pincelito en torno de la pestaña acalambrada, acaramelada. Toda esa melosidad relajante de pañuelitos y papel picado irrumpiendo en la paz conyugal del dormitorio, por ellas (o por ellos: ah, las elláceas), a gacelas subidas y por toros asidas y rasgadas, convertido en un campo de batallas de almohadones rellenos de copos de algodón hecho de azúcares pero en el fondo, siempre, como un dejo de hiel, toda esa parafernalia de simulaciones escénicas jugadas normalmente en torno de los chistes de la identidad sexual, derrumbase -diríamos, por inercia del sentido, con estrépito, pero en verdad casi suavemente-, en un desfallecimiento general. La decadencia sería romántica si no fuese tan transparente, tan obscena en su traslucidez de polietileno alcanforado. Desvanécese, pero sin descender a los abismos de donde supónese emergida gracias al escándalo de la liberación, sino yéndose, deshilachándose en un declive casi horizontal continuando cierta existencia menor -de una manera, claro está, atenuada, levísima como la difuminación de un esfumino- en una suerte de callado cuarto al lado -el cuarto de Virginia Wolf, tal vez, pero en silencio, habiendo renunciado a los célebres y conmovedores parties.

Es preciso aclarar: lo que desaparece no es tanto la práctica de las uniones de los cuerpos del mismo sexo genital, en este caso cuerpos masculinos (y de la parodia, renegación y franeleo de ésta dada -en el sentido de don- masculinidad, trata en abundancia su imaginario), sino la fiesta del apogeo, el interminable festejo de la emergencia a la luz del día, en lo que fue considerado como el mayor acontecimiento del siglo XX: la salida de la homosexualidad a la luz resplandeciente de la escena pública, los clamores esplendorosos del -dirían en la época de Wilde- amor que no se atreve a decir su nombre. No solamente se ha atrevido a decirlo, sino que lo ha ululado en la vocinglería del exceso. Acaba, podría decirse, la fiesta de la orgía homosexual, y con ella se termina (¿acaso no era su expresión más chocante y radical?) la revolución sexual que sacudió a Occidente en el curso de este tan vapuleado siglo. Se cumple, de alguna manera, el programa de Foucault, enunciado -para sorpresa de la mayoría y duradera estupefacción de los militantes de la causa sexual- en el primer volumen de la Historia de la sexualidad. El dispositivo de sexualidad, vaciado, saturado, revertido, vive -aun cuando sea posible vaticinarle el vericueto de alguna treta, alguna sobrevivencia en la adscripción forzada y subsunción a otros dispositivos más actuales y más potentes-, acaso en la cúspide de su saturación, un manso declive.

Un declive tan manso que si uno no se fija bien no se da cuenta es el de la homosexualidad contemporánea. Porque ella abandona la escena haciendo una escena patética y desgarradora: la de su muerte. Debe haber algún plano -no el de una causalidad- en que esa contigüidad entre la exacerbación desmelenada de los impulsos sexuales («verdaderos laboratorios de experimentación sexual», diría Foucault) y la llegada de la muerte en masa del Sida, algún espacio imaginario, o con certeza literario, donde esa contigüidad se cargue de sentido, sin tener obligatoriamente que caer en fáciles exorcismos de santón. Sea como fuere, hay una coincidencia. Cabrá a los historiadores determinar la fuerza y la calidad de la irrupción morbosa en el devenir histórico, comprenderlas. A los que ahora la sentimos no se nos puede escapar la siniestra coincidencia entre un máximo (un esplendor) de actividad sexual promiscua particularmente homosexual y la emergencia de una enfermedad que usa de los contactos entre los cuerpos (y ha usado, en Occidente, sobre todo los contactos homosexuales) para expandirse en forma aterradora, ocupando un lugar crucial en la constelación de coordenadas de nuestro tiempo, en parte por darse allí la atractiva (por misteriosa y ambivalente) conclusión de sexo y muerte.

Se puede pensar que nunca la orgía llegó a tal exceso como bajo la égida de la liberación sexual (y más marcadamente homosexual) de nuestro tiempo. El libro de Foucault puede anticipar esa inflexión -que ahora parece verificarse ya no en el plano de las doctrinas, sino en las prácticas corporales-, porque él nos muestra cómo la sexualidad va llegando a un grado insoportable de saturación, con la extensión del dispositivo de sexualidad a los más íntimos poros del cuerpo social.

El dispositivo social desarrollado en torno de la irrupción del Sida lleva paradójicamente a su máxima potencia la promoción planificada de la sexualidad -tratada ésta como un saber por un poder- y marca de paso el punto de inflexión y decadencia. Es curioso constatar cómo estamos a tal punto imbuidos de los modernos valores de la revolución sexual que nuestro primer impulso es denunciar coléricamente su reflujo. No vemos la historicidad de esa revolución, no conseguimos relativizar la homosexualidad tal como ella es dada (o era dada hasta ahora), enseñada y transmitida por médicos, psicólogos, padres, medios de comunicación, amantes y amantes de los amantes -siendo esa ilusión de ahistoricidad intemporal incentivada por buena parte del movimiento homosexual, que defiende la tesis de una esencia inmutable del ser homosexual. Nuestra homosexualidad es un sexpol, o al menos se presenta y maneja, a pesar de la homofobia de Reich, como uno de sus resultados. Un elemento político, un elemento sexual. Parece El Fiord de Osvaldo Lamborghini (pero un Lamborghini sin éxtasis). A decir bien, ¿sin éxtasis?

Sabemos gracias a Bataille que la sexualidad (el «erotismo de los cuerpos») es una de las formas de alcanzar el éxtasis. En verdad, Bataille distingue tres modos de disolver la mónada individual y recuperar cierta indistinción originaria de la fusión: la orgía, el amor, lo sagrado. En la orgía se llegaba a la disolución de los cuerpos, pero éstos se restauraban rápidamente e instauraban el colmo del egoísmo, el vacío que producen en su gimnasia perversa resulta ocupado por el personalismo obsceno del puro cuerpo (cuerpo sin expresión, o, mejor, cuerpo que es su propia expresión, o al menos lo intenta…). En el sentimentalismo del amor, en cambio, la salida de si es más duradera, el otro permanece tejiendo una capita que resiste al tiempo en el embargo de la sublimación erótica. Pero sólo en la disolución del cuerpo en lo cósmico (o sea, en lo sagrado) es que se da el éxtasis total, la salida de sí definitiva.

Estamos demasiado aprisionados por la idea de sexualidad para poder entender esto. La sexualidad vale por su potencia intensiva, por su capacidad de producir estremecimientos y vibraciones (¿sería, en esta escala, el éxtasis una suerte de grado cero?) que se sienten en el plano de las intensidades. Pero no quiere decir que sea la única forma, menos aún la forma obligatoria, como nos quieren hacer creer Reich y toda la caterva de ninfómanos que lo siguen, aún discutiéndole algo, pero imbuidos del espíritu de la marcha ascendente del gozo sexual.

Nos suena ya una antigualla. Pero pensemos cuánto se ha luchado por llegar, por conseguir, por alcanzar, ese paraíso de la prometida sexualidad. Con el Sida se va dando, sobre todo en el terreno homosexual (pienso más en el brasileño, muy avanzado, ello es, donde se llegó a un grado de desterritorialización considerable en las costumbres; en otros países menos osados ese proceso de reflujo tal vez no se pueda ver con tanta claridad; es que es ta desaparición de la homosexualidad está siendo discreta como una anunciación de suburbio, a muchos lugares la noticia tarda un poco en llegar, aún no se enteraron…), otra vuelta de tuerca del propio dispositivo de la sexualidad, no en el sentido de la castidad, sino en el sentido de recomendar, a través del progresismo médico, la práctica de una sexualidad limpia, sin riesgos, desinfectada y transparente. Con ello no quiero postular un viva la pepa sexual, dios nos libre, tras todo lo que hemos pasado (sufrido) en pos de la premisa de liberarnos, sino advertir (constatar, conferir) cómo se va dando un proceso de medicalización de la vida social. Esto no debe querer decir (confieso que no es fácil) estar contra los médicos ya que la medicina evidentemente desempeña, en el combate contra la amenaza morbosa, un papel central.

El pánico del Sida radicaliza un reflujo de la revolución sexual que ya se venía insinuando en tendencias como la minoritariamente desarrollada en los Estados Unidos que postulaban el retorno a la castidad. En verdad la saturación ya venía de antes. La saturación parece inherente al triunfo del movimiento homosexual en Occidente, al triunfo de la homosexualidad, que viene de un proceso bastante ajetreado y conocido que no hace falta repetir aquí. Recordemos que la homosexualidad es una criatura médica, y todo lo que se ha escrito sobre el pasaje del sodomita al perverso, del libertino al homosexual. Baste ver que la moderna homosexualidad es una figura relativamente reciente, que, puede decirse, y al enunciarlo se lo anuncia, ha vivido en un plano de cien años su gloria y su fin.

¿Qué pasa con la homosexualidad, si es que ella no vuelve a las catacumbas de las que era tan necesario sacarla, para que resplandeciese en la provocación de su libertinaje de labios refulgentemente rojos? Ella simplemente se va diluyendo en la vida social, sin llamar más la atención de nadie, o casi nadie. Queda como una intriga más, como una trama relacional entre los posibles, que no despierta ya encono, pero tampoco admiración. Un sentimiento nada en especial, como algo que puede pasarle a cualquiera. Al tornarla completamente visible, la ofensiva de normalización (por más que estemos tratando de cambiar la terminología, más después de que Deleuze lanzó la noción de sociedades de control, como sustituyente de las sociedades de disciplina de que habla Foucault, no es fácil llamar de una manera muy diferente a tan profunda reorganización, o intento de reorganización de las prácticas sexuales, indicada sensiblemente por la introducción obligatoria del látex en la intimidad de las pasiones) ha conseguido retirar de la homosexualidad todo misterio, banalizarla por completo. No dan ganas, es cierto, de festejarlo, al fin y al cabo fue divertido, pero tampoco es cuestión de lamentarlo. Al final, la homosexualidad (su práctica) no ha sido una cosa tan maravillosa cuanto sus interesados apologistas proclamaran. No hay, en verdad, una homosexualidad, sino, como dirían Deleuze y Guattari, mil sexos, o por lo menos, hasta hace bien poco, dos grandes figuras de la homosexualidad masculina en Occidente. Una, de las locas genetianas, siempre coqueteando con el masoquismo y la pasión de abolición; otra, la de los gays a la moda norteamericana, de erguidos bigotitos hirsutos, desplomándose en su condición de paradigma individualista en el más abyecto tedio (un reemplazo del matrimonio normal que consigue la proeza de ser más aburrido que éste). Me arriesgaría a postular que la reacción de gran parte de los homosexuales frente a las campañas de prevención está siendo la de dejar de tener relaciones sexuales en general, más que la de proceder a una sustitución radical de las antiguas prácticas por otras nuevas «seguras», o sea con forro.


La homosexualidad se vacía de adentro hacia afuera, como un forro. No es que ella haya sido derrotada por la represión que con tanta violencia se le vino encima (sobre todo entre las décadas del 30 y del 50, y, en el caso de Cuba, todavía ahora se la persigue: una forma torturante de que conserve actualidad y alguna frescura). No: el movimiento homosexual triunfó ampliamente, y está muy bien que así haya sido, en el reconocimiento (no exento de humores intempestivos o tortuosos) del derecho a la diferencia sexual, gran bandera de la libidinosa lidia de nuestro tiempo. Reconozcámoslo y pasemos a otra cosa. Ya el movimiento de las locas (no sólo político, sino también de ocupación de territorios: un verdadero Movimiento al Centro) empezó a vaciarse cuando las locas se fueron volviendo menos locas y tiesos los bozos, a integrarse: la vasta maroma que fundía a los amantes de lo idéntico con las heteróclitas, delirantes (y peligrosas) marginalidades, comenzó a rajarse a medida que los manflorones ganaron terreno en la escena social. El episodio del Sida es el golpe de gracia, porque cambia completamente las líneas de alianza, las divisorias de aguas, las fronteras. Hay sí discriminación y exclusión con respecto a los enfermos del Sida, pero ellos -recuérdese- no son solamente maricones. Ese estigma tiene más que ver, parece, con el escándalo de la muerte y su cercanía en una sociedad altamente medicalizada. Su promoción aterroriza y sirve para terminar de limpiar de una vez por todas los antiguos poros tumefactos y purulentos que la perversión sexual ocupaba, en los cuales reía con la risa de los Divine (la loca de «Nuestra Señora de las Flores», la inmensa travesti norteamericana). Asimismo, con la llegada de la visitante inesperada (así se llama la última pieza de Copi), los antiguos vínculos de socialidad, ya resquebrajados por la quiebra de los lazos marginales de que hablábamos, terminan de hacer agua y de venirse abajo. Es que con el Sida cambian las coordenadas de la solidaridad, que dejan de ser internas a los entendidos, como sucedía cuando la persecución, para pasarle por encima al sector homosexual y desbordarlo por todas partes . Así, se nota que son de un modo general las mujeres (las mujeres maduras) las que se solidarizan con los sidosos, mientras que sus colegas de salón huyen aterrados.

Toda esa promoción pública de la homosexualidad, que ahora, por abundante y pesada, toca fondo, no ha sido en vano. Ha dispersado las concentraciones paranoicas en torno de la identidad sexual, trayendo la remanida discusión sobre la identidad a los salones de ver TV, hasta que todos se dieran cuenta de su idiotez de base; al hacerlo, ha acabado favoreciendo cierto modelo de androginia que no pasa necesariamente por la práctica sexual. Dicho de otra manera: las locas fueron las primeras en usar arito; ahora se puede usar arito sin dejar de ser macho. Aunque ser macho ya no signifique mucho. De últimas, la desaparición de la homosexualidad no detiene el devenir mujer que el feminismo (otro fósil en extinción) inaugurara, lo consolida y asienta, más que radicalizarlo, y lima romando sus aristas puntiagudas.

Ahora, la saturación (por supuración) de esta trasegada vía de escape intensivo que significó, a pesar de todo, la homosexualidad, con su reguero de víctimas y sus jueguitos de desafiar a la muerte (pensemos en la pieza de Copi, víctima de Sida, Les Escaliers de lçotre Dame: una cohorte de travestis, chulos, malandras y policías juegan a desafiar a la muerte en las escalinatas de la catedral, que hace de fondo lejano; desafío que la llegada de la muerte masiva ha vuelto innecesario, entre macabro y ridículo), favorece que se busquen otras formas de reverberación intensiva, entre las que se debe considerar la actual promoción expansiva de la mística y las místicas, como manera de vivir un éxtasis ascendente, en un momento en que el éxtasis de la sexualidad se vuelve, con el Sida, redondamente descendente.

Con la desaparición de la homosexualidad masculina (la femenina, bien valga aclararlo, continúa en cierto modo su crecimiento y extensión, pero en un sentido al parecer más de corporación de mujeres que de desbarajuste dionisíaco), la sexualidad en general pasa a tornarse cada vez menos interesante. Un siglo de joda ha terminado por hartarnos. No es casual que la droga (aunque sean sus peores usos) ocupe crecientemente el centro de las atenciones mundiales. Mal que mal, la droga (o por lo menos ciertas drogas, los llamados alucinógenos) acerca al éxtasis y llama, mal que les pese a los cirqueros históricos, a algún tipo de ritualización que la explosión de los cuerpos en libertinaje desvergonzado nunca se propuso (aunque ya una heroína sadiana avisaba: «Hasta la perversión exige cierto orden»).
 

Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de sí.

Entrevista a Sergio Lipstein

 “Somos seres de la ley y del lenguaje, y tenemos que auspiciar una y otra vez el poder emancipador de esta constatación”

Sergio Lipstein (Bahía Blanca, 1971) es psicoanalista e investigador incansable de las subjetividades contemporáneas; miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y docente en la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL). Es coautor de libros como Efectos no deseados del psicoanálisis (Plural, 2003), Deseo, matema y politema en Lacan (Anáfora, 2006), Cuando un hombre ama a una mujer: una abordaje a lo imposible  (Plural, 2009).


Lobo: ¿Cómo interpretás la hiper-circulación de enunciados políticos de estos últimos dos años?
Sergio Lipstein: Siempre que la palabra aparece en escena algo bueno puede ocurrir. Pero estamos forzados a distinguir el goce mismo de la palabra en un sentido puramente ideológico o puramente mercantil (lo que Lacan llamó el Discurso del Amo y que hoy encarnan los grandes medios de comunicación) de otros usos que en la actualidad vemos, lentamente, aparecer. De a poco, vemos resurgir la argumentación, la creación de razonamientos implicados, el uso de un lenguaje que no reproduce sentidos dados, sino que intenta trabajar el síntoma social, que se hace cargo de las rupturas, de los vacíos y de los desplazamientos en torno a los cuales podemos hablar de lo político. Porque lo político es, antes que nada, discontinuidad de las significaciones. Un claro ejemplo de esto es el discurso del gobierno con el tema de los Derechos Humanos. Por un lado, luego de décadas de hipocresía, la palabra oficial se reviste de una responsabilidad y pasa al acto. Vemos cómo esta dinámica se extiende hasta implicar, incluso, al desesnmascaramiento del pacto perverso apropiador-apropiado en el caso de la señora de Noble. Pero hay que señalar que esta posibilidad de enunciación política se genera a partir de la novedad de ciertos movimientos colectivos que han asumido la importancia de la palabra.
Lobo: ¿Qué rebela, desde tu perspectiva, este resurgimiento de lo discursivo a nivel del lazo social?
SL: Como sabemos, el lazo social no existe. Sobre el vacío de lo real, inventamos vínculos. La idea de que hay un lazo social, una objetividad natural, es completamente reaccionaria: es la posición del poder, del capital contemporáneo. La política es el movimiento de subvertir ideas y representaciones, en pos de una libertad subjetiva más plena. Por eso, me interesa ampliar las consideraciones específicamente políticas al campo más amplio de lo “social”, allí donde más hondo ha calado el ideal del “todo es posible”, allí donde se constituye ese individuo hedonista impotentizado en sus deseos. Cuando Marx habla de fetichismo de la mercancía resulta más actual que nunca. No invento nada si afirmo que no podemos desconocer el papel de la angustia en la constitución del llamado “lazo social”. Argentina es uno de los países que más ansiolíticos y antidepresivos consume. La oscilación subjetiva que este consumo supone (el llamado “circuito cerrado ansiedad-depresión-ansiedad”), que queda privatizado en la relación médico-paciente, revela síntomas que no pueden no inquietarnos.       
Lobo: ¿Se puede hablar, como hacés habitualmente, de  un retorno de lo simbólico estallado luego del 2001?
La crisis del 2001 fue, ante todo, crisis de las representaciones. No sólo en un sentido estrictamente político, es decir, de adecuación del representante en relación al mandato que otorga al representado, según el supuesto de fondo de la democracia llamada –precisamente- representativa. Fue, también, crisis de la disposición de representaciones colectivas consistentes. Fue un auténtico estallido expresado en la consigna, imposible, “que se vayan todos”. Se habla de crisis, pero esta crisis hay que entenderla como desborde y deseo de salvación. Luego de la revolución frustrada de los años setentas y de la dictadura, hay una disolución del lazo entre salvación y violencia y, por tanto, entre política resistente y violencia. La Argentina de hoy es incomprensible sin este tono de salvación desesperada –esa que anima tanto el consumo de pastillas como de paco-, tono que tiñe, incluso, a los momentos festivos. No obstante, ya lo dijo Lacan: lo esencial es la reconstrucción, se trata menos de recordar que de reescribir la historia. Lo fundamental no es tanto qué se jugó en esa crisis sino cómo la reescribimos en función de nuestro presente. En ese sentido, el “retorno” de lo simbólico sobre el que preguntabas al comienzo es una posibilidad que tenemos que valorar seriamente. Cuando digo “retorno de lo simbólico” entiendo una reposición de la ley en términos productivos. Contra lo que cree cierto “deleuzianismo” ambiente, cierto anarquismo proliferante aquí y allá, la resistencia no se hace contra la Ley, sino contra sus efectos represivos. Dicho de otro modo: la ley es necesaria. Organiza y opera como condición de posibilidad de la significación. Somos seres de la Ley y del lenguaje, y tenemos que auspiciar una y otra vez el poder emancipador de esta constatación. La posibilidad de instituir al Estado nacional como lugar democrático de intervención implica un corte con el puro “flujo” de un mercado que deshace la capacidad de pensar. 
Lobo: ¿Cómo explicás, luego de un momento de tensión y distanciamiento, la actual reconstitución del vínculo entre gobierno y clase media?
SL: No estoy muy seguro de que las cosas hayan pasado así. Creo que, sobre todo, hubo una reacción ante la aparición de una derecha terrorífica, durante el largo conflicto del 2008 en torno a las retenciones a la exportación de granos. El manejo pésimo del gobierno en este tema es considerado, por mucho de nosotros, como un mal muy menor ante esta vuelta amenazante de la barbarie capitalista. Esa gente no tenía cómo organizar sus ideas de modo colectivo, porque el kirchnerismo nunca se preocupó seriamente por organizar la transversalidad. Y, entonces, ocurrió algo asombroso. No, como dicen los encuestadores, que una parte de la gente pasó a pensar de otro modo porque la televisión pública desarrolló una estrategia comunicativa exitosa. Sino, lo contrario: la televisión se convirtió en ese agora que el propio gobierno venía desdeñando. La efectividad de lo mediático sorprendió a propios y a extraños. El desafío ahora es como convertir todo esto en razonamiento público más extenso. 
Lobo: Sí, compartimos la importancia de que la palabra vuelva a escena, pero, por ejemplo, con la reciente aprobación del derecho al matrimonio homosexual, ¿no había posibilidad de plantear discusiones de fondo sin tener que seguir obedeciendo a esta pobreza de la polarización?
SL: Es posible. Hasta cierto punto, toda esta fiesta de la diferencia a la que hemos asistido (y que hemos apoyado por razones extremadamente elementales), sin embargo, me deja un gusto amargo en la boca. A diferencia de la secuencia de leyes que aprobó el parlamento luego de la derrota de junio del 2008 (Nacionalización de los fondos de las AFJP, Ley de medios audiovisuales, Asignación universal por hijo), el gobierno ha decidido bajar la conflictividad en las áreas de los llamados intereses materiales para pasar a promover una fiesta de la identidad: primero el Bicentenario, encadenado al mundial, y ahora esto. En este sentido, creo que es importante insistir con ligar los problemas atinentes a la subjetividad con aquellos que afectan a la economía política.  
Lobo: Según un artículo de Horacio Tintorelli, de la Asamblea de Pensamiento Marxista, que publicamos en Lobo Suelto recientemente, asistimos a una repolitización enteramente fundada en  una lógica del aumento de consumo…
SL: Sí, me parece interesante la idea. Liga un poco con lo que decía de la angustia, y con cierto uso meramente ideológico de la lengua política, sostenida en el vínculo aceitado con la mercancía. Es evidente que esta es una parte fundamental del momento. De acuerdo, pero no hay que perder de vista que en la fase neoliberal pura la condena de una parte muy significativa de la población a la restricción del consumo no implicó una pérdida de deseo en el objeto-mercancía sino su exacerbación violenta.
Lobo: ¿Cómo ves el uso de conceptos Lacan en la filosofía política y la postulación de “izquierda lacaniana”?
SL: Desde mi punto de vista, el discurso político actual se beneficiaría enormemente con la dupla Lacan-Marx, desde una óptica de la trama nacional-popular capaz de realizar todas las traducciones necesarias. Existen hoy exponentes muy importantes en Europa como Badiou, Zizek y Milner, pero también en Argentina como Laclau y Alemán, de esta relación entre teoría lacaniana y pensamiento político. Sin embargo, estoy convencido de que el pensamiento de Lacan es inseparable de la clínica. Y de una ética. Creo que aún no nos hemos beneficiado lo suficiente de sus enseñanzas.

Salvación: Día Mandela en el Mundo

 Estréchese en un abrazo con un otro cualquiera, sin importar raza, género, clase social, religión, ideología, ni ninguna otra cosa. 
Regale al mundo una Sonrisa Mandela. 

Cuerpo del mensaje

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Instituciones postestatales

22 de julio de 2010

Dos presos se fugan de una cárcel argentina cutodiada por un muñeco

BUENOS AIRES (AFP) Dos condenados por robo a mano armada se fugaron de una cárcel de la sureña provincia argentina de Neuquén que, por falta de personal, era vigilada desde una garita por un muñeco apodado ‘Wilson’, admitió el miércoles una autoridad del Servicio Penitenciario.
Un vigilante de prisión observa como los reclusos prenden fuego a un colchón y lo arrojan por una de las ventanas durante un motín en una cárcel de la provincia argentina de Santiago del Estero, el 4 de noviembre de 2007.
Dos condenados por robo a mano armada se fugaron de una cárcel de la sureña provincia argentina de Neuquén que, por falta de personal, era vigilada desde una garita por un muñeco apodado ‘Wilson’, admitió el miércoles una autoridad del Servicio Penitenciario.
«Por una cuestión estratégica obviamente no lo podíamos sacar a la luz, pero ahora que se filtró, admito que tenemos un tipo maniquí, pero en ese sector funcionan las cámaras que nos permiten observar todo el movimiento del lugar», justificó el director del Servicio Penitenciario provincial, Daniel Vergés.
Los dos presos escaparon el sábado pasado tras escalar uno de los muros de la Unidad Penal Nº 11 de Neuquén frente a la mirada vigilante del guardia que estaba apostado en una garita, pero que era en realidad un muñeco puesto allí por falta de personal.
Los agentes penitenciarios apodan al muñeco ‘Wilson’, en alusión a la pelota que acompaña a Chuck Noland (protagonizado por Tom Hanks) en la película ‘Náufrago’ (‘Cast Away’) y bautizada así por una marca de equipamiento deportivo.
«Tenemos en una garita a ‘Wilson’, como el de la película ‘Náufrago’: hemos hecho un muñeco con una pelota y una gorra para que los presos vean una sombra y crean que están vigilados», contó al diario Río Negro un agente penitenciario que reconoció que sólo dos de las 15 garitas tienen vigilantes reales.
«Cuando estaban detenidos los chilenos acá, ‘Wilson’ estaba firme las 24 horas», ironizó el agente.
Esta cárcel neuquina albergó durante cerca de dos años a dos chilenos, Freddy Fuentevilla y Marcelo Villarroel Sepúlveda, extraditados en diciembre de 2009 a su país, donde estaban acusados de asesinar a un carabinero (Policía Militarizada).
Cámaras rotas y monitores en blanco y negros quemados, además de las carencias financieras para resolver los problemas técnicos, han sido denunciados en Neuquén y reconocidas por el jefe de la Policía provincial, Juan Carlos Lepén.

Rescatate: gramática de la salvación


Hay veces que uno puede elegir, no siempre. Y no me atrevo a afirmar que sean las ocasiones en que experimentemos la Libertad. Para evitar interminables querellas laberínticas aclaro de modo sumario que no creo que nada en la vida trate de cerca con una Libertad tal. Y que en todo caso la libertad, con minúscula, consiste en una secuencia de “posibles” a crear, mucho antes que de una elección, una alternativa a decidir o una deliberación entre opciones. Sólo cuando ya no estamos ante la situación de elegir, me parece, se abre ese modo de ser entregado a la creación –siempre con minúsculas- en el que uno sólo hace lo que puede (en el doble sentido que pone a prueba eso que uno puede, y al mismo tiempo descubre que en ciertas circunstancias poder es poder sólo eso que se puede).

En la novela La carretera, de Cormac Macarthy, un padre huye con su hijo pequeño hacia el sur para evitar que el invierno vuelva a agarrarlos sin chances de sobrevivir en circunstancias extremas: la catastrófica destrucción de la civilización, y de la naturaleza que le es consubstancia. Vagando entre seres y paisajes en ruina, el padre extrema su instinto de sobrevivencia mientras el niño le exige, hasta el final, “ser buenos”, ser “de los buenos”. Pero ¿qué cosa es ser de los buenos cuando todo proyecto colectivo se ha disuelto? Si el hombre busca salvar al niño del hambre y el frío, el niño exige que esa salvación tenga la forma de una interrogación abierta. 
Sucede que existen buenas razones, verdaderamente buenas, para la servidumbre y hasta para morir. Este es el asunto, creo, al que remite la salvación. Sea que la utilicen los evangelistas para congregar, que refiera a alguien que hizo fortuna fácil, o constituya una estructura interna de ciertos usos laicos de la promesa, suponemos –con el padre y el hijo en la carretera- la existencia de una suerte de salvación atea.
Para esta variante atea podríamos utilizar la expresión de rescate. Tan útil para describir una resistencia a las adicciones más pesadas (a las drogas, al alcohol, a las pastillas), o bien al destino de miseria, del choreo, o del laburo y de la banalidad. Si la adicción posee la estructura de la esclavitud (un objeto ajeno me da la norma de vida), el destino social encubre el peso de una condena certificada por las instituciones colectivas. Existen, como no, términos más finos como “emancipación”, pero los dejamos de lado por su (in)voluntaria remisión utópico-política.
Esos seres paradojales -resistentes ateos en busca de su salvación-  no hablan de rescate en cualquier sentido, sino de un rescata/se: desdoblamiento del yo por el cual “uno” mismo puede salvar-“se”, o rescatar ese poder impersonal abismado.
Retornado de la perdición misma, y hecha con sus mismos materiales, la operación atea del rescate no parte de un sujeto fuerte o de ideales  eternos, sin organizarse a partir de una activación esencial de una diferencia efectiva, cualquiera sea: se rescata el que aprende a dar (nuevo) curso a su resistencia.
Cuando lo político no incorpora esta dimensión salvífica, la palabra social desafectada forma parte de la condena misma, o de aquello a lo que es necesario aprender a resistir. Conatus en guerra: cuando tales resistencias aspiran a formas colectivas, ¿de qué clase de representaciones precisan?  ¿Sólo la literatura nos apremia?
Gloria Ivanna Choa

El libro rojo de Deleuze (o la amplitud del plano de inmanencia)

La reciente publicación del ABC de Deleuze (el célebre Abecedario del filósofo francés  en versión de manual “yo te la explico”), realizada por el colectivo editor “Devenir imperceptible”, me hizo pensar (y de allí todo un mérito) en los límites del gran (nomás por grande) movimiento (por ponerle un nombre peronista) deleuziano. Llamo movimiento o plano de inmanencia deleuziano a todo aquello que hoy “pulula” en los parajes aledaños al nombre “Deleuze”. ¡Por suerte el movimiento es amplio!
Esta edición, en estricto rojo marxista, quizá para evitar los peligros de decoloración del movimiento, parte de varios supuestos. Sucede que cuando se edita un libro, siempre se supone un lector. Claramente en este caso se supone un lector pelotudo. Y por otra parte un lector en peligro. ¿Cuál es el peligro? El propio pensamiento de Deleuze. Por eso se vuelve necesario “explicarlo”, tarea delicada si las hay, pero ¡Ay!, el universitario no puede privarse de hacerlo, ni puede reprimir ese impulso (no exento de altruismo y de buena voluntad) por ahorrarnos el peligro… de pensar.
Si algo no precisaba este abecedario de Deleuze era algo que lo prologara, y sobre todo algo tan estúpido como “la causa final”, claro está, edulcorada, como casi todo en este libro. Justo cuando Deleuze no se cansó de hablar contra las causas finales… y justo cuando el viejo Deleuze del abecedario ya vive (como siempre quiso) la vida en sí misma, sin relación a causas ni a fines. ¡Qué puntería el colectivo editor!
Y luego de una pobre traducción, plagada de pobreza interpretativa, del propio abecedario, ¡una pena, ya que este abecedario es una fiesta del pensamiento!, el colectivo editor se aboca a su tarea central, que es pedagógica: explicar(nos) a Deleuze. Y diría también, sin temor al exceso, que se aboca a la tarea ímproba de domesticarlo. Se trata de neutralizar parte de la potencia de su pensamiento, de cuadricularlo, de hacerlo un animal familiar, de dar una grilla interpretativa en ese caos. Se trata de matizarlo, de eludir las lecturas más excesivas, aquellas que toman al pie de la letra (o al pie de la vida) sus palabras… En una palabra, se trata de conjurar los peligros que envuelve la propia filosofía de Deleuze. En suma, se lo desactiva. O al menos se lo intenta. Deleuze para principiantes: hay que evitar que los chicos de la facu se confundan con esta ola irrefrenable, hay que delimitar las costas, las mareas, y ponerse la mallita.
Este abecedario no precisaba nada… y de golpe una lista de precauciones y señalamientos, de sí peros. El colectivo editor previene: “Hay que interferir en la proliferación de las lecturas de Deleuze, y evitar los contrasentidos”. Y la torpe justificación de que Deleuze hizo lo mismo con Nietzsche. ¡Ay, colectivo editor! ¿Lo mismo? Diría más bien lo inverso. Devolver el movimiento en Nietzsche, rehabilitar la diferencia en el seno de la repetición en el eterno retorno, es justo lo contrario de lo que hace el colectivo editor con Deleuze, acotar (a-costar) su movimiento y recobrar a Deleuze (a él y a sus “pobres víctimas”, hipnotizadas por su embrujo-influjo) arreándolos hacia orillas más seguras… y conocidas: ¡organicémonos, que en esta orgía yo no toco ni una teta!
Primer contrasentido, detectado sagazmente por el colectivo editor. Sobre el rizoma y el agenciamiento, creer que el pensamiento se puede ir al carajo. El colectivo grita: ¡NO!, chicos. Hay un sistema en el pensamiento de Deleuze, que incluso puede estudiarse en la facu, en cátedras horizontales y autogestivas….
Segundo contrasentido. Sobre el sinsentido y el caos, creer que afirman la insignificancia y lo indeterminado… ¡NO!, chicos, no es para tanto. No hay insignificancia (ni asignificancia).
Tercer contrasentido. Sobre el deseo, las líneas de fuga y la máquina de guerra, creer que exaltan la espontaneidad, el individualismo y la desorganización… ¡NO!, chicos, no se vuelvan loquitos. Hagamos una asamblea organizada, lista de oradores, organicémonos colectivamente… ¿Y las soledades en Deleuze? (……………   grillos)
Cuarto contrasentido. Sobre la afirmación, la alegría y la inocencia del pensamiento, creer que integran una apología de la pura positividad, de la horizontalidad indeterminada y de las ingenuidades del pensar… ¡NO!, chicos. Pero acá el colectivo editor no está tan errado, ya que estas son taras palpables que aquejan al movimiento.
Quinto contrasentido. Sobre el devenir, la diferencia y el acontecimiento, creer que son los rasgos reveladores de una teoría posmoderna… ¡NO!, chicos, cuco, caca, feo,  posmodernidad. Deleuze es de la segunda mitad del siglo XX, señalan los imperceptibles, no lo empujen tan adelante, no está fuera de la rica Historia de la filosofía. ¿Qué tanta distancia, al fin y al cabo, entre la Lógica de la sensación y la Lógica aristotélica (y en Puán la leímos, eh!)? Quizá solo una distancia de tiempo… ¡Ay, colectivo editor!
Para coronarla (y créanme que no parece una anarquía coronada), el colectivo editor nos revela (en un claro gesto futbolersitario) que el que mejor patea la pelota, aunque Deleuze sea bueno, es Cornelius Castoriadis (sic), que jugaba más de wing izquierdo, parece.
Lo cual me lleva a recordar (¡otro mérito del colectivo editor!) aquel consejo (y no daba muchos) del propio Deleuze: “No se metan con los autores que no aman, solo con los que aman profundamente”. Si lo hubiera hecho la muchachada inquieta del colectivo editor “Devenir imperceptible” quizá nos hubieran evitado su propio libro o, más bien, su propia interferencia.
¡Ah! ¿y el cuadro contextual presentado al final? Invalorable aporte, gracias por todo.
Ricardo Montiel
Solito y sin apuro

Sobre por qué soy kirchnerista (y sobre aquellos que lo son por comodidad)

 No sé si fue la lluvia, la ausencia de fútbol o la andanada de matrimonios gays, pero ayer no lograba conciliar el sueño. Oveja va, oveja viene, conseguí descifrar la razón de mi desvelo, aquello que me impedía entregarme sumiso a los brazos de Morfeo. Lo que me inquietaba no era, sino, una pregunta: ¿por qué soy kirchnerista?, ¿por qué la gente es kirchnerista?, ¿por qué mis amigos son (casi todos) kirchneristas? Como era de esperar, me dormí sin hallar la respuesta justa, exacta. Pero antes, borroneé en el anotador que tengo en la mesita de luz, algunas de las razones que, con torpeza, venían a mi sonámbula cabeza…
– Hay quienes son kirchnerista por la razón más evidente: por conveniencia. Simplemente, por que les es provechoso que sea este grupete el que haga el asado y no otro. Es el grupo de los amigos, de los compañeros, de los cercanos, de los aliados, de los parientes, de los socios, de los empleados y de todos aquellos que se benefician personalmente, de algún u otro modo, con su cercanía al poder y al estado. ¿En qué medida es ésta una conducta reprobable? Desde que la política es la trayectoria individual de los políticos (con sus posicionamientos y desplazamientos, con sus momentos de brillo y de oscuridad, con sus alianzas y reyertas) y no ya la consumación de un proyecto colectivo, no hay traidores ni rastreros, sólo aprovechadores ocasionales y festivos de la cosa pública.
– Hay quienes son kirchnerista por oportunismo: aledaño al grupo anterior, aquí se destacan tecnócratas, asesores y políticos menores que van saltando de un lado a otro, acomodándose en cargos y funciones, sin importar demasiado el nombre del proyecto, del partido o del candidato. Fidelidad les remite únicamente a una FM de su pueblo natal. La ocasión es su secreto: sólo es cuestión de estar atentos, de arremeter a tempo y de hacerse un lugar en el próximo tren. Son parásitos, tal vez, pero sin ellos la gran estructura institucional/gubernamental se caería a pedazos.
– Hay quienes son kirchnerista por casualidad, por azar… estaban ahí cuando la cosa pasó… no se sabía bien qué era lo que se gestaba (si algo se gestaba), quiénes eran (¿pingüinos?), qué proyecto tenían (¿proyecto?), qué hacer, con quién, quién heredaba a quién qué. Y, sobre todo, quién era Chapman y quién, Chirolita. Las revueltas de principio de siglo los habían dejado tan desconcertados, tan desesperanzados (¿desde dónde rearmar una carrera política?, ¿cómo edificar nuevamente una vida confortable?) que cualquier bondi los dejaba más o menos a tiro. Y más por casualidad que por otra razón no necesariamente menos loable, quedaron dentro del gobierno popular. Están, por ejemplo, aquellos que venían con Duhalde y que podrían haber terminado exactamente en el lado opuesto. O radicales que, sin grandes contradicciones, podrían estar con Carrió, con Cobos, con Alfonsín reloaded o con Stolbizer. O socialistas (los hay adentro y afuera, oficialistas y opositores). Y hasta comunistas (de diversos partidos, bancos y congresos más o menos extraordinarios, etc.)
– Hay quienes son kirchnerista por miedo, por miedo a la oposición, por miedo a la derecha, por miedo a la izquierda, por miedo a pasados asesinos, por miedo a la hiperinflación, por miedo a los ’90 y al (otro) neoliberalismo, por miedo a los saqueos, por miedo a los pobres, por miedo a los ricos, por miedo a la inseguridad, por miedo al vacío de poder, por miedo a la gente en la calle, a los milicos en la calle, a la calle, a la gente, a los milicos. (No vamos a ser nosotros ahora, en estas notas trasnochadas, los que descubramos la utilidad que para todo gobernante tiene el miedo).
– Hay quienes son kircheristas por revancha. No me consta, pero me contaron que hay quienes se habían quedado con las ganas (luego del insulto, la retirada y la masacre) de cortar ellos mismos el bacalao, de tomar las riendas del país y de llevarlo por los caminos de la liberación nacional. Dicen, no me consta, que al toque se dieron cuenta del error, del tiempo, de la distancia. Era tarde, y mejor quedarse que volver a la noche.
– Hay quienes son kirchnerista por resignación, porque los últimos 20, 30 o 40 años les enseñaron que todo puede ser peor. Qué los milicos fueron peores. Que el indulto y la hiper fueron peores. Que el menemato fue peor (mucho peor). Entonces, esto no es tan malo. Hay que ser pragmático y realista. Las cosas, bien o mal, se vienen haciendo. ¿Y vos viste a la oposición? Cada vez que habla Chiche Duhalde quiero correr a las urnas para que estos se queden diez años más. Qué digo diez, treinta! Y ni qué decir de la Sociedad Rural, de Macri o de Bergoglio. Sí, quizá esperábamos otra cosa, esperábamos poder decir algo, poder tener un lugar más activo (luego de tanta cháchara con la participación de la sociedad civil) en las decisiones que conciernen a nuestras vidas… pero esto es lo que hay y, en definitiva, no es tan malo.
– Hay, sin duda, quienes son kirchnerista por convicción: no son muchos, pero sí imprescindibles. Son aquellos que desde siempre confiaron en este proyecto, que lo fueron construyendo ladrillo a ladrillo, que a lo largo de décadas fueron ideando las medidas sociales y económicas que hoy son realidad. Que fueron formando sus conductores, sus cuadros políticos, sus dirigentes de base y su militancia. Pensaron consignas y slogans, decálogos y máximas. Fueron paso a paso generando las condiciones subjetivas y objetivas para que el gobierno popular irrumpiera en escena. Y todo sucedió tal cual lo previsto. Los torturadores y asesinos, a juicio. El patrimonio nacional (como Aguas Argentinas, Aerolíneas Argentinas, el fútbol argentino), recuperado. Las relaciones carnales, el FMI, el Banco Mundial, excomulgados. Y comenzaron a encadenarse las medidas populares siempre anheladas: la generación de trabajo e inclusión social, la Asignación universal por hijo, la Ley de Radiodifusión, la Ley de Matrimonio igualitario (o matrimonio puto, como le dicen los compañeros que todavía no logran acomodarse a estos nuevos tiempos). Y las que aún faltan por venir. Es un proyecto, éste, para décadas.
– Hay quienes, finalmente, son kirchnerista por comodidad, por pereza: es éste el grupo en el que creo encontrar a muchos de mis amigos y ex compañeros. Son kirchneristas porque les resulta más fácil que no serlo, porque les exige menos esfuerzo. Optan por lo simple, antes que por lo complejo; por posicionarse en la dicotomía antes que por hacerla estallar. El kirchnerismo les permite eso: ser animales políticos, pero con el libreto ya escrito; les posibilita una “militancia” tranqui dispuesta a comentar y apoyar decisiones que otros toman y llevan adelante. Se fatigan de sólo pensar (nuevamente) en aquellos momentos de apertura, de politización social, que hace ya casi una década los tuvieron como protagonistas. Prefieren creer que todo era una gran farsa de intelectuales, que todo fue una confusión momentánea, una situación excepcional. Y que ahora todo volvió a la normalidad (la política, al fin de cuentas, es la política y el Estado, el Estado). Las preguntas cansan. Las respuestas tranquilizan. Además, todo aquello se cayó, se desarmó. ¿Quién podía creer que podían subsistir asambleas de clase media en los barrios? (Acordate que cuando les devolvieron los ahorros (¿?), la mayoría se volvió a su casa) ¿Y los piqueteros? Si lo que querían era trabajo, era más Estado, y ahora lo tienen. ¿De qué se van a quejar? Aquello era inviable (¿te imaginás una Argentina viviendo del trueque, de micro-emprendimientos, de planes Trabajar?). ¿Querías movilización? Ahí la tenés: 6,7,8 o Moyano movilizan diez veces más de lo que podíamos juntar en seis meses. Y son más efectivos (¿Vos viste cuánto gana un camionero?)…
creo que fue ese el momento en el que me dormí, con la cara de Moyano estampada en mi inconsciente, ese gran agujero negro que (me) esconde las verdades más necesarias, más urgentes; ese magma en el que todo es represión y resistencia, y que ahora se niega revelar por qué soy kirchnerista o por qué no habría de serlo. 
Horacio Tintorelli (de la Asamblea de Pensamiento Marxista en Carta Abierta)

Polemizando con Barney (o sobre mustio oficio del editor)

«Debe lamentarse quien haya perdido el afecto de una mula
Filetas de la Isla de Cos
Cabe una aclaración, que no llega a ser un pedido de disculpas. Para presentar mi reflexión debo matizar el tono de mi intervención anterior. Es que, como en todo parto, el nacimiento de una idea es un trance cargado de violencia. Suele ocurrirme: el enojo como prefacio del desarrollo de una argumentación valedera, que brota intempestiva como insulto y ataque artero, para luego irse tornando autocrítica, muy lentamente, al ritmo en que las nuevas ideas se forjan en mi cerebro. Como viejo editor de la obra de Deleuze, mastico el amor y la furia respecto de todo lo que ocurre en derredor de ese nombre mágico y misterioso, que ora da de comer, ora da de pensar.
En un largo decurso personal fui afinando la mirada y estrechando el estómago: desde la militancia de izquierdas hasta el amor por la filosofía, del discurso de asamblea al mundo de la edición tercermundista. Más de un peaje tuve que pagar. Del paso del tiempo y la edad –es decir, del modo en que la vida nos atraviesa sin prudencia— suelen surgir cuerpos payasezcos y reacciones olvidables, ¡para que negarlo! Confieso, entonces, el lugar desde el cual hablo: he pecado. He prologado a Deleuze en mis primeros años de editor, allá lejos en tiempo y la memoria (¿quién se acuerda, a esta altura, del grupo Plataforma y de su autodisolución, del Goyo Baremblitt y del Canca De Brasi? Esos eran deleuzeanos de verdad, no estos pendejos universitarios de zona norte que pagan fortunas para que alguien les cuente El Anti-Edipo en lugar de leerlo y que hacen ediciones de mierda… no, no, perdón, perdón, me estoy crispando otra vez, me fastidio, me indigno, me salgo de mí… Inmanencia… Inmanencia… —mi terapeuta me dice que trate de tranquilizarme, que mire hacia adentro de mí mismo—. Retomemos…). Decía… he prologado, y por eso entiendo lo delicado de esta situación (la desesperación de la que uno es dócil víctima cuando sospecha que pocos —¡o nadie! — sabrá apreciar el real valor de lo que se tiene entre manos…) Por ello, esto no es una disculpa, no, sino un envite: lanzo la primera piedra sin esconder la mano,para discutir los carriles por donde transcurre este oficio. Un oficio, como tantos otros, que despunta fundado en el amor y en el idealismo más puro para acabar siendo —entre ires y venires— una deslucida y monótona forma de sobreviviencia. (Ya lo dijo ese gran poeta de neta formación post-estructuralista: “Me preguntaron como vivía, me preguntaron, // «Sobreviviendo» dije, «sobreviviendo». // Hace tiempo no río como hace tiempo, // y eso que yo reía como un jilguero. // Tengo cierta memoria que me lastima // y no puedo olvidarme lo de Hiroshima)”. Tiempo-jilguero-lastima-Hiroshima. Flujo. Línea de fuga. Máquina de guerra. Volvamos al oficio. Yo estaba convencido de que el de editor era, quizás, el más ilustre, el más digno, el más probo de los oficios. Que su mera existencia liberaba al saber, a la cultura, de las garras tanto del mecenazgo de los nobles y ricos como del subsidio público. Y qué el saber liberado, libera al hombre, redime a la Humanidad toda de la brutalidad que le es congénita, del Mal tallado en los genes de la especie, de la infinita estupidez que la singulariza. No obstante, es la imagen del mercader la que me arroja el espejo; la de un comerciante que en casi nada se distingue de un vendedor de chucherías o de un chino de minimercado. O, peor, de la de un transa, pero de un producto para minorías selectas (debe haber un lector cada 10 mil merqueros, un lector –incluyendo de diarios y revistas— cada 100 mil fumones). En el fondo, debo admitir, quizá tengan razón en su texto: minorías selectas y pelotudas, disputas a consumir libros cual si fueran perfumes, vinos o sandwicheras eléctricas. Para ellos, por ellos, casi quedo ciego (las traducciones, sobre todo, han corroído mis retinas), sordo (aturdido en el repiquetear de la vieja Olivetti) y obeso (la ansiedad ante la presentación de cada nueva obra venía acompañada del crecimiento desmedido y desgraciado de mi masa corporal). Y todo a cambio de nada. Y todo para acabar atrapado en esta forma tan degradada del discurso que es la polémica; una polémica con un colectivo que ni siquiera existe, insustancial, inmaterial. Un colectivo, como ese desagradable pseudopersonaje infantil, imaginario. ¿De qué color pinta el mundo Barney? ¿De qué color lo pinta el Colectivo Imaginario?

Ricardo Montiel (solito y te apuro)

El gusto por la polémica

 ¿La discusión esperada? Fuera de sus refugios habituales, se dio esta semana un cruce entre Gustavo Grobocopatel, empresario sojero  con veleidades en el campo del conocimiento aplicado al cultivo de granos, y Mempo Giardinelli, intelectual de vocación moral-progresista oriundo del Chacho.

Tiburones del espacio mediático, el género polémico no es nuevo para ninguno. Hace poco tiempo hubo de suspenderse (por “amenaza de bomba”, según rezaba el anuncio de un diario) una polémica entre “Gustavo” (también llamado “el zar de la soja”), y un fornido intelectual marxista que se presentaba de local en la Facultad de Filosofía y letras.  Grobo era ya muy conocido en los medios. Hace no tanto tiempo se lo podía escuchar departiendo amablemente con su amigo Alejandro Rozitchner en un programa de un desaparecido canal de cable, sobre vitalismo y desprejuicio, en contra de las izquierdas conservadoras de todo pelaje.

Mempo  Giardinelli es un veterano de mil palladas, como aquella célebre que lo enfrentó -hace un par de décadas- con Osvaldo Bayer en torno al derecho de matar al tirano (sugerente antecedente de la querella del “no mataras” que se disparó hace unos pocos años entre intelectuales setenteros a partir de una carta de Oscar del Barco).

¿Qué discuten estos días Gustavo y Mempo, como se llaman entre sí estos viejos amigos de la época del colegio, allá por Carlos Casares?  ? La valoración antagónica de dos asuntos que consideran trascendentales: 1. Lo que llaman el paradigma de la siempre directa, el grano transgénico y el glifosato y; 2. Las cualidades y oportunidad de un estado moderno regulador del desarrollo.
Ecos civilizados de la 125, donde la movilización popular autorganizada fue sustituida por la movilización desde arriba, a partir polaridades bien definidas
La primera intervención de “Gustavo” es magistral. En respuesta a las consideraciones contrarias al modelo sojero de “Mempo”, abre con un Qué alegría poder intercambiar ideas, con respeto, entre personas comprometidas con el interior del país, para pasar a exponer sus razones. Y de lleno revela sus intereses materiales en el asunto, mi interés está vinculado con el placer de la creación y la realización con otros. Encomiable. Ser empresario como vocación de querer compartir, realizar y crear. El problema del “modelo sojero” no radica por tanto en supuestos “intereses” oscuros del empresariado –como cree “Mempo”-. Hay que buscar por otro lado: : Todo lo que ves y te preocupa es sin duda una realidad que se debe no sólo al oportunismo de algunos pocos, sino a la falta de un Estado de calidad, responsable y respondible. Ergo: el problema de la 125 no fue la “oligarquía”, sino la falta radical de instituciones capaces de regular el desarrollo. ¿Qué es lo que ha ocurrido en el campo estos años, acontecimiento que el gobierno no supo ver?: La nueva agricultura, con campesinos transformados en emprendedores, en proveedores de servicios, con hijos en las universidades o escuelas técnicas, con condiciones de trabajo calificadas, creo que es lo mejor para toda la sociedad. Esta “revolución en el campo” no es perniciosa, sino auspiciosa, dice “Gustavo”: creo que los beneficios de la agricultura están distribuidos en la sociedad. La Argentina este año crecerá el 7 u 8 por ciento, de eso el 3 por ciento se debe a la soja. Y hay otros sectores vinculados: la industria automotriz, petroquímica, química, electrónica, metalmecánica, etcétera. No hubiesen sido posibles las Asignaciones por Hijo, los aumentos a jubilados, sin el aporte del campo. No es lo único, por favor; pero debemos reconocer y agradecer el aporte. Aunque sea sólo para que haya entusiasmo y seguir aportando. Es decir que los logros del gobierno que Mempo defiende en las pantallas de la tv pública deben más de lo que quisieran a la salud de esta nueva clase empresarial incomprendida.
¿Qué responde “Mempo”? Que el glifosato contamina, que el campo se desertifica, que la semilla transgénica es perjudicial en varios aspectos, que la tierra se concentra, que los trabajadores del campo están desprotegidos, y que la soja implica desocupación; que, además, hay una dimensión ideológica que no hay que subestimar en la disputa abierta a partir de la 125, que esa disputa se traslada al rechazo de los empresarios del campo a toda regulación estatal seria, y en un odio irracional a los K. Y remata: con un tu modelo productivo puede no convencerme yo valoro tu perfil de empresario y me encantaría que la Argentina tuviera muchos más como vos.
Ni una palabra, al momento, de la lucha por la tierra de varios movimientos campesino, del desplazamiento de la frontera sojera, de la necesidad de contar con un sistema de reapropiación de ganancias y de planificación de una soberanía alimenticia, ninguna pregunta sobre como democratizar la sociedad de conocimiento (con sus sistema de patentes, etc).
Esperando ver como sigue la discusión no podemos sino preguntarnos qué están discutiendo Mempo y Gustavo sino la articulación entre modelo sojero y estado, que la 125 aplazó?
Gloria Ivanna Choa

Las mujeres biodegradables y la política


“¡Qué lindo, qué lindo, qué lindo que va a ser, una clínica de plástica en el Sheraton hotel

Como luego de cada reunión de la Comisión de política internacional y turismo de Carta Abierta (alguna vez conté que en la Asamblea de Pensamiento Marxista resolvimos que era ése un espacio estratégico para dar las discusiones de fondo) los muchachos vinieron a picar algo a casa. La conversa discurrió por los canales más o menos habituales (esta vez, la cuestión del 82% móvil —¡Puro teatro para la gilada! ¡Si todo el mundo sabe que se lo vamo’ a vetar!— estuvo en el centro de una periferia de tópicos recurrentes). Ya apurando los últimos sorbos de café y mientras, a ciegas, tanteaba su campera, Ricardo, con mezcla de indignación y de asombro, insistía en que, a pesar del evidente proceso de transformación que estamos viviendo, notaba cierta baja social (y, de modo mucho más nítido, entre los compañeros) de las expectativas políticas. Cierto conformismo, decía él, impensable hace unos años atrás; cierta predisposición a asimilar los temas que van surgiendo, a tratar de acomodarse a ellos en su momento de tensión y a festejar o a putear cuando se  resuelven. Además, agregaba, esa progresiva baja de las expectativas políticas tiene como correlato el alza de la tasa de desigualdad socialmente aceptada (¡A veces nos hacemos los boludos, Horacio, no me jodas! ¡Vamos a terminar diciendo que pobres siempre hubo o que son pobres porque son vagos y no quieren trabajar!).

Cuando la indignación in crescendo le impedía encontrar su abrigo (dos veces creyó que Kautsky, el gato, era su bufanda) y acabar con el café ya helado, un grito del Gordo (que hacía ya más de quince minutos que tenía los ojos clavados en una pantalla que había pasado de 6,7,8 a Bailando por un sueño en una imperceptible maniobra de la que nadie, más tarde, se haría cargo) cortó el soliloquio: “a mí estas chicas todas iguales, con los pezones que parecen hechos de plastilina, ya me tienen las bolas llenas. Son todas de plástico. Las ves de cerca y ves que están todas operadas, los ojos, la boca, la nariz. A mí me gustan las mujeres biodegradables”. Las risas sonoras (algo espoleadas, seguramente, por los Santa Julia y la hora) y las adhesiones masivas velaron la remisión materialista de Lanzetta a las chicas de Carta como testimonio irrefutable de que la biodegradabilidad también tiene sus bemoles. Y las risas velaron, también, aquello que minutos después, cuando ya el silencio se había apoderado de la casa, se mostraba evidente: la conexión entre los dos enunciados.
Porque lo que decía el gordo no es más que lo que es (o fue) el sentido común de todos nosotros: las cirugías estéticas, las siliconas, los liftings (o estiramientos de cara hasta límites absurdos para disuadir arrugas) o los más modernos botox fueron, por definición, terreno enemigo, el otro absoluto. Cosas de vedettes más o menos infradotadas. O de mujeres desangeladas de maridos adinerados que negocian infidelidades a cambio de recauchutaje de tetas, culos, orejas o pómulos. Pero esa guerra de baja intensidad entre el cuerpo y el espejo no era propia, no era nuestra guerra. ¿Qué hubiéramos dicho de una compañera que aparecía en una reunión de núcleo con las tetas hechas a nuevo? ¿O que se preocupaba por el excesiva dimensión de sus tobillos? ¡Si hasta el maquillaje nos parecía una desviación burguesa!
Más bien, atesorábamos una batería de argumentos para refutar la obsesión por el cuerpo perfecto, argumentos que hoy, quizás, suenan algo torpes o algo rígidos (argumentos que iban desde priorizar problemas colectivos a problemas individuales hasta destacar el desarrollo intelectual por sobre el físico, o desde el intento de poner en cuestión modas y normas sobre cómo uno debía ser hasta que la salud se ocupara de quienes morían por enfermedades curables y no de quienes morían de ganas de tener una papada perfecta …). Sin embargo, no dejo de sentir cierta resignación (cierto desánimo, incluso), cada vez que esquivo estas razones para conjurar el riesgo de sonar anacrónico. No hace tanto, incluso, estas faenas estaban, aún, de la vereda de enfrente, eran parte de la fiesta menemista –fiesta  que incluyó, en su ocaso, a glorias de Frente Grande–Alianza, de Fernández Meijide a De la Rúa, ¿Y Chacho Álvarez? Ni me lo digas. (De sólo imaginar al tano De Gennaro sacándose grasita del cuello o retocándose los párpados me dan ganas de pedir a gritos que vuelvan los Ottalagano o los Margaride a la política de primera división).
Cierta resignación, decía, cierto desánimo que el proceso de transformación no logra conjurar del todo. La idea, sin embargo, es que no se note –la melancolía y el anacronismo son pasiones difíciles de digerir en nuestro crispado presente. No obstante, no logro encariñarme con el Shopping y sus marcas (el complemento, pienso ahora, ideal del cuerpo transformado: ¿cómo queda esta nariz redondeada con esta cartera Armani? ¿Esta rodilla re-esferizada con este par de botas tubulares Fendi?), no logro naturalizar el consumo como modo privilegiado de vincularse (con el otro, pero sobre todo con uno mismo, con la propia vida) ni como verificador de éxito político.
¿Restos de un ideologismo ramplón? ¿Endeble estela de un idealismo caprichoso? ¿Evidencia irrefutable de que después de los 50 mejor no apostar a nada más complejo que a un partido de Burako? ¿O, por el contrario, elemental inquietud ante un mundo que se inclina hacia su costado menos interesante, más jodido?
Pezones de plastilina, ¡qué gordo hijo de puta! Podría ser una canción de Serrat.
Horacio Tintorelli

“Que no quede… ni uno solo… Ooooh…”

Que una idea se origine en un sueño puede
resultar descabellado y hasta descalificador para nuestros parámetros
habituales de racionalidad. Y, sin embargo, lo cierto es que incluso el método
cartesiano debería ser calificado de sueño de la razón. Descartes mismo
admitió en su hora hasta qué punto sus pensamientos fueron primero engendrados
en clave imaginaria y nocturnal antes de aspirar a la exactitud
geométrico-matemática.

No hace falta, entonces, sumergirse en la interpretación
de los sueños (que, antes que nada, se elaboró en el primer monoteísmo con José
—el judío de Egipto enaltecido por el Faraón—, siglos antes de devenir discurso
psicoanalítico) para dar entidad de pensamiento a aquellos signos confusos que
un posterior avatar diurno nos evoca bajo el modo pretencioso de la idea.
Me digo todo esto al tiempo que buceo en los
residuos apenas recordados de lo que parece haber sido un sueño claro e
intenso, y que no logro capturar sino con dos palabras insistentes: “hemos
traicionado”. A pesar de la gravedad del enunciado, el tono del sueño no
presenta espesor moral. Al contrario, sus rasgos determinantes son los de la
liviandad y los de la apertura, sentimientos comparables a los de quien accede,
por fin, a la comprensión de un cierto estado actual sobre el que ha intentado
pensar una y otra vez. Y me doy cuenta, mientras mis manos redactan lo que mi
conciencia aún no esclarece, que la lectura matinal de un reciente texto de Tintorelli opera como estímulo para decodificar mi sueño encriptado.
“Hemos traicionado”, insiste el recuerdo con
una claridad ajena a todo encierro, porque el tipo de condena a la que podría
dar lugar estas palabras se ve disminuida ante lo que conquistamos en el campo
del entendimiento sobre algunos interrogantes oscuros de nuestro presente. La
traición, me digo evocando otro pasaje claro de mi sueño, consiste en haber
vuelto a “poner en juego aquello que debía haberse ido”. Esta frase la recuerdo
casi textual. Algo de nosotros mismo, algo que habíamos identificado como
causante de la fase de barbarie social y política de las últimas décadas, había
sido conjurado con aquellos cantos rituales que repetían incansablemente “que
se vayan todos”.  Ese todos no podía no alcanzarnos. Y por eso
podíamos rematar entonces gritando “que no quede ni uno solo” (de “ellos”, ni
de “nosotros”).
Cansados de lidiar con la interpretación vulgar
de aquel sueño —que no se cansa de interpretar aquellas consignas como
referidas sólo ese “ellos” (los “políticos”, o los “corruptos”, o los
“capitalistas”)— hemos accedido al fácil juego de la desilusión porque al final
“no se fue nadie” (o casi nadie). Pobre reflexión auto-expiatoria.
Mi sueño, en cambio, parece aportar más verdad
que lo que en vigilia soy capaz de reflexionar. Un monólogo capaz de aligerar
el peso de una inmersión en la vida política. El texto de mi sueño decía: hemos
vuelto a poner en juego eso que habíamos aprendido a dejar de lado
, a
identificar como complicidad, miedo, cálculo o resignación ¿hemos asumido
nuevamente un retorno a las estructuras sensibles que el rechazo masivo y
público procuraba desterrar?
Saúl Tolli

Revelación

“Después de leer este informe, me quedó un sabor amargo y la certeza de que existe un poder que está por encima de la primera magistratura. Desde hace décadas que existe un poder que intenta subordinar al Estado a sus intereses. Esto lo pude ver en todo el expediente. Lamento decirle a ese poder que no seré funcional a sus intereses

(CFK sobre Papel Prensa, 25 de agosto 2010)

¡Lobo mete la cola!

“Las escuelas están siendo tomadas por pequeños grupos y hay mucha política acá que mete la cola”

“La revolución tiene que empezar ahora” es la premisa que, como un mantra, repite la agrupación Frente de Estudiantes en Lucha (FEL) y que produjo su distanciamiento del Partido Obrero –del que dependían–, tras pedir una mayor dureza en la lucha. La frase anterior esconde una interna que todavía se respira en la toma de los colegios porteños, en la que participan ambas organizaciones y en las que las agrupaciones no siempre muestran la homogeneidad y coordinación de los últimos días. Si bien la mayor parte de los que participaron en las protestas se declara independiente, casi todos los centros cuentan con presencia de una organización política. La más populosa es Lobo Suelto [http://loboesta.wordpress.com/].

Se definenen como “izquierda independiente”, pero con simpatías “latinoamericanistas” y son unos sesenta chicos diseminados en, al menos, once colegios. “Las escuelas están siendo tomadas por pequeños grupos y hay mucha política acá que mete la cola”, se quejó ayer el jefe de Gabinete porteño, Horacio Rodríguez Larreta. 

Lobo comunero, Lobo comunacho

Lobo suelto no habla de política, no sabe hacerlo. Pero tiene debilidad por las experiencias politizantes, por los momentos en los que del cruce de cuerpos y  palabras surgen, allí donde nadie se lo imagina, nuevos modos de vida en común. Lobo va con el hocico al ras del suelo, buceando en las superficies: es ahí donde encuentra vida, movimiento, calor. A Lobo lo cautivan los encuentros, las confluencias, los momentos de hibridación: cuando se tropieza aquello con lo distinto, lo uno con lo otro: cuando se evidencia la multiplicidad como condición de lo posible. Inquieto, suelto en la metrópolis (entre la calle y la red, entre la imagen y la idea, entre la palabra y la sospecha, entre la ironía y la perplejidad), Lobo husmea, explora, indaga. Y encuentra momentos que valen la pena fotografiar con palabras.
Miércoles. 18:30 hs. Escuela del barrio de Flores, Buenos Aires, Argentina (Lobo For Export). Reunión de vecinos convocados por el tema de las Comunas (Comunas remite al nuevo modo en que la Ley de Comunas propone organizar administrativa y políticamente la Ciudad de Buenos Aires que —luego de reiteradas dilaciones— va a entrar en vigencia a mediados del año que viene. Podría decirse que, al menos en teoría, este modo de organización democratiza la política, abre alguna rendija más a la participación ciudadana, habilita una experimentación concreta de poder local —con todo lo vago del término—. Una concesión mínima, digamos, del Estado a tod@s nosotr@s). Retomemos: reunión de vecinos del mencionado barrio por el tema de las Comunas con la Comisión de Descentralización y Participación Ciudadana de la legislatura porteña (expresada en la presencia de su Presidente, Rafael Gentilli —hombre de Lozano— y de su Vicepresidenta, María Raquel Herrero —mujer de Mauricio—). Lobo animal, pero no tonto: no se ilusiona ni un poquito. No espera encontrar refugio de doctos, sabios y suicidas. Ni grandes niveles de organización. Ni discusiones fluidas. Lobo no  posee intimidad, sino sensibilidad. Y algo de intuición.
Ciento cincuenta personas (o tal vez doscientas como indicó un orador algo excedido de entusiasmo). Laga fila de sillas en torno a los legisladores. Los más viejos y entendidos en este tipo de dinámicas (cuyo promedio de edad rondaba en los 75 años) posaban sus cuerpos (cansados) en estas sillas. Se los veía cómodos, acostumbrados. El resto boyaba alrededor de la “U” que dibujaban los pre-comuneros y los legisladores (además de quienes cumplían las siempre necesarias tareas burocráticas: otorgar el uso de la palabra, elaborar la lista de oradores, tomar registro de los dichos —registro, relévese el detalle, hecho con notebook… ¿murió la estenografía o esas máquinas tienen teclado con chirimbolitos?). Había algunos jóvenes. Pocos. Lo muy menos. Lobo se da cuenta (casi de inmediato) que allí domina una suerte de gerontocracia: son lo mayores (los muy mayores) los que efectiviza el uso de la  palabra, los que definen el espacio, los tonos y los temas). Un concurrente al oído (siempre hay alguien que en estas circunstancias te habla al oído) conjeturaba que el 75% del uso de la palabra fue para los mayores de 70 años; el 20% para los que tenían entre 70 y 40 años y el 5% restante para los cuatro menores de 40 (¡De 40!) que oraron.
Paradójicamente, piensa Lobo, había jóvenes, pero todos bordeaban el encuentro, conectaban desde un lugar lateral y más o menos arbitrario: pibes bolivianos que, festivos, grababan entrevistas para un programa de radio; otros, muy jóvenes, reunidos a un costado, organizaban la edición de una pasquín de cultura marginal; y otros, finalmente, de centros de estudiantes de colegios tomados del barrio, aprovecharon la reunión para informar sobre la situación y cascotear, de paso y con ímpetu adolescente, a la maltratada Señora Herrero… a todos ellos, en definitiva, las comunas parecían importarles un huevo.
Rafael Gentili, el legislador (o diputado de la ciudad) que es presidente de la mencionada comisión, es “joven” (¿cuarentayalguito?), serio, sólido, amable… demasiado prolijo para que su política sea interesante. Es de Proyecto Sur (Solanas-Lozano) y no es difícil imaginarle una trayectoria intelectual-progresista comenzada en el PI (Partido Intransigente, toda una institución en la década del ’80 de clase media progresista urbana), seguida en el Frente Grande —esperemos que haya evitado la Alianza y el ibarrismo— hasta derivar en PS. Parece un opositor constructivo. Del gobierno y del macrismo. Le es ajeno todo discurso de barricada y toda chicana. No aprovechó esa noche, por ejemplo, ni una de las mil oportunidades que se le presentaron para distanciarse y maltratar (aunque se un poco) a la bastante maltratada compañera del PRO. Lobo lo escucha con paciencia. Siente que podría haber algún nivel de encuentro, pero también mucha distancia.
María Raquel Herrero, también legisladora, pero en esta caso del PRO, tiene voz de tanguera y actitud de puntera. No cae simpática (ni a Lobo ni al estómago promedio medio progre/K que domina el ambiente). No es prolija ni sólida (más bien contesta a todo que no sabe, que no le compete, que va a averiguar y que, si bien falta, la gestión macrista hizo mucho en la Ciudad). Los vecinos hacen filas para gritarle, para hablarle con indignación, o con ironía, o con desprecio. Se la banca bastante bien, hay que decirlo —hay que jugar de 9 visitante en el Maracaná… te cagan a patadas los negros—.
Sobre el final (cuando restaba una última media hora de pura dispersión) advino María José Lubertino, también legisladora, en este caso por el kirchnerismo. Sus aires de star, su ropa de excéntricos violetas, sus poses y ademanes exigidos, sus sonrisas, su discurso impostado, sus fotógrafos personales-tarjeteros —repartían tarjetas de Lubertino (¿?)— y su guardaespaldas contrasta con la escena hasta allí armada (“Es increíble, pero hace los mismo en todas las reuniones de Comunas —confiesa el compañero de la legislatura que se encarga de organizar estas convocatorias—: llega un rato antes de que todo termine y con su glamour algo grotesco atrapa las miradas). Intenta ser políticamente correcta todo el tiempo y acaba siendo desagradable. Está medio chiflada, piensa Lobo. Hace el esfuerzo por evitarlo, pero le cae peor que la vieja puntera. Le parece más berreta: una suerte de Susana Giménez del campo popular.
Rewind: antes del desborde-Lubertino (una frutilla sobre una tortilla a la española), la reunión en sí. Y de la reunión en sí —piensa Lobo— nada. O no mucho. La Comuna estaba presente como telón de fondo, como escenografía, pero nunca (o casi nunca) se entró en el tema, nunca se armó un diálogo (aunque fuera desordenado o ríspido) con el tópico convocante como centro de la trama. En su lugar, las mil formas de putear (merecida, justa y alegremente) al PRO, a la puntera del PRO. Y las mil formas de encontrar los mil modos de rodear sin tocar el motivo del convite. Los tonos (una obsesión de Lobo) eran predominantemente ásperos (sobre todo, en muchas intervenciones de «vecinos»), aunque por momentos se volvían plomizos, monótonos (el tono de Gentilli —serio, sólido, pero aburrido como bailar con tu hermana— y de algún mayor que la hacía larga y difícil). En otros momentos, los tonos se volvían los propios de quien se defiende (claramente, la compañera procista) y, en otros, los propios de quien gusta de lo descabellado. Siembre, en toda reunión, en todo grupo, en todo edificio, en toda familia, hay algun piantado. En nuestro caso, el compañero Biderman, un fóbico extremos a la prostitución, recordado, entre otras proezas, por ponerse con un megáfono, a los gritos, frente a las cámaras de TV a decir: “Ahí hay un Fiat Uno negro, patente GHT 759, que está consumiendo prostitución en la vía pública; allá hay otro, un Corsa azul…» y demás cosas por el estilo).
Amigos en distinto grado de Lobo pululaban por el lugar. (Lobo es amigo de gente que no conoce, pero que su infalible olfato le permite, en segundos, estrechar una amistad anónima). Decían poco. Cruzaban miradas. Se preguntaban qué era exactamente lo que estaba pasando. ¿Cuáles eran los objetivos de cada quién? ¿Alguien se fue de allí con la sensación de objetivo cumplido? No es claro. ¿O la cosa funcionó y fue Lobo el que se fue con el gusto amargo en sus pezuñas? ¿O fue un boicot del que Lobo tuvo el papel de testigo ingenuo, pero necesario? ¿O fue un fracaso colectivo, uno más en los tanto a los que los deseos de vida colectiva nos tiene acostumbrados?
La noche se cierra. Lobo, sigiloso, acomete los tejados. Entre medianera y medianera, piensa que todo no fue más que una puesta en escena bastante decadente, cuyos actores —casi todos conocidos entre sí— hace años que boyan en los márgenes de lo márgenes de la política vaya uno a saber a la búsqueda de qué (¿un hueso?, ¿un amor perdido?, ¿una intensidad que les está vedada?). Una suerte de asamblea desvaída de la que, casi con certeza, nada muy bueno puede nacer. ¿Es éste el suelo sobre el que construir las comunascomo modo de facilitar la participación de la ciudadanía en el proceso de toma de decisiones y en el control de los asuntos públicos”? ¿Es con este material  que hay que “promover el desarrollo de mecanismos de democracia directa”? 

Quizá nos encaminemos al suicidio social, lamenta Lobo. ¿No será mejor formar un partido de cuadros?

LOBO

Rezos laicos

Luego de que un querido amigo me indicase, fastidiado, que ya no presta atención a los diarios, que se leen en 5 minutos, que por eso una fugaz mirada por Internet alcanza, que el rezo de los laicos del que hablaba Hegel -última  ilusión de una práctica coordinada que nos hace parte de una misma comunidad política- se había perdido, decidí volver a prestar atención al asunto comprando excepcionalmente La Nación, así como el habitual Página 12 para leerlos con atención, sobre tinta y papel y, sorpresa de las sorpresas, encontré varios párrafos que creo de interés.

Enfoques
Comencemos por el más ajeno diario La Nación, enfrentado al gobierno nacional por la política de Derechos Humanos, por la Ley de medios y ahora, también, por la querella de Papel prensa. Como mi amigo me indica, no vale la pena detenerse en los columnistas y editoriales que, efectivamente, no indican nada que no sea presumible, aburrido y canalla. Pero a cambio de esto, el suplemento Enfoques, que dedica sus páginas centrales a una nueva e insulsa denuncia del setentismo (1) -en la pluma de Sarlo, Larraqui, etc- publica una entrevista a Enrique Iglesias, ex titular del BID, del periodista Ricardo Carnepa con momentos iluminadores. Reproduzco un fragmento, para mi revelador, del pensamiento de las derechas más explicitas:
Hay varios analistas y dirigentes que le endilgan una ideología neoliberal. ¿Es así?
-Habría que ponerse a pensar qué se entiende por neoliberal. Si ser neoliberal es creer que el mercado tiene una función importante que cumplir, diría que sí. Si es creer que las fuerzas productivas se estimulan con un mercado eficiente, diría que sí. Ahora, si es creer que no tenemos que tener Estado, diría que no. Tenemos que tener mercado, pero tenemos que tener Estado. Y si algo demostró la crisis de los últimos tres años es que el mercado, solo, puede cometer grandes errores y meternos en grandes líos. Por tanto, tenemos que tener un Estado atento, que de alguna manera regule el mercado, se convierta en un habilitador de la sociedad y también sea compensador de los sectores más desfavorecidos. ¿A todo esto, en su conjunto, usted lo quiere llamar neoliberal, neointervencionista? No sé. En este momento, estas categorías son un tanto imprecisas y tienden a confundir más que a aclarar”.
No creo que valga la pena desarrollar ahora los argumentos que podríamos extraer de estas notas, salvo retener la equivalencia entre neoliberalismo de post crisis y neointervencionismo estatal. Resulta evidente, hoy, que el problema político ya no puede plantearse, entonces, como ecuación sencilla (del tipo más estado igual progresismo, menos estado igual neoliberalismo), sino de arriesgas una discusión mucho más compleja sobre qué fundamentos y qué naturalezas caracterizan al estado actual y cómo funcionan sus “intervenciones” de conjunto, así como de abrir un examen sobre el tipo de instituciones concretas que se forjan bajo ese –u otros–  nombre.
El  mismo suplemento dedica su contratapa a informar de la salida del libro “En busca del respeto”, del antropólogo Philippe Bourgois, quien se metió a vivir, allá por los años ’80, en un barrio de New York habitado por portorriqueño y dominado por el Crack. De Bourgois se afirma allí que:
De esos años allí -donde vivió con su mujer y nació su hijo- salió con, al menos, dos convicciones. Una, que la venta de drogas organizada, con sus códigos y las habilidades personales que demanda, es «la única fuente de empleo accesible para la gente del barrio». Otra, que, a pesar de eso, “la intención de integrarse en el mundo legal no se abandona nunca”. Desde afuera del sistema, los portorriqueños emigrados reproducían en la «cultura de la calle» el modelo norteamericano inaccesible, basado en el esfuerzo individual y la acumulación de dinero. «No son ´otros exóticos´ habitantes de un mundo irracional aparte, sino productos made in USA «, dice Bourgois”.
Podemos retener al menos una noción fundamental: las prácticas neoliberales penetraron en buena parte de las comunidades urbanas, promoviendo un tipo nuevo de relación con las reglas, con la legalidad. El desdibujamiento de las legalidades (que involucra lo que se ha dado en llamar una “crisis de la ciudadanía”) responde a situaciones muy concretas y comprensibles, y no corresponde plantearlo como un fenómeno de “ignorancia” popular o a desvíos que se puedan corregir con clases de ciudadanía universal. En otras palabras: que es absolutamente ingenuo plantear la restitución de la vieja ciudadanía (y sus instituciones) con independencia de las alteraciones de base de estas subjetividades.
Página
Con estas modestas enseñanzas a cuestas abrimos nuestro diario de cabecera de cuya lectura también rescatamos algunos párrafos sugerentes, procediendo con el mismo método de eludir querellas y caudal de información que no tenga la potencia de signo que lleva a aprender alguno nuevo. 
Me detengo entonces, en primer lugar –y a modo de homenaje a quien seguramente sea el periodista que más influyó en el modo de leer noticias de toda una generación- en la nota de Horacio Verbistsky: Piedra papel y tijera, un análisis de la coyuntura semanal sobredeterminada por el informe presentado por la presidenta sobre la empresa Papel prensa. Retengo sobre todo tres párrafos:
Pese a la dificultad de un análisis propio que eluda ese exacerbado antagonismo, es inocultable que los grupos económicos que estuvieron entre los grandes apoyos de Kirchner son hoy los mayores adversarios de CFK. Pero esta constatación desmiente el relato machacado a derecha e izquierda sobre el ex mandatario como única autoridad verdadera.
No hace falta ser experto decodificador para comprender el valor de estos enunciados: la línea de oposición a los grandes grupos económicos que hoy enfrentan al gobierno encuentra mejor expresión en quien aprendió a enfrentarlos, es decir, la propia Cristina Kirchner, que en el ex presidente Néstor, quien, a pesar del gesto de ordenar retirar la foto de Videla, ha gobernado en acuerdo y no en lucha con ellos (grupo Clarín incluido).
CFK ha continuado la reconstrucción de la autoridad presidencial y la primacía de la política sobre los poderes fácticos que Kirchner inició en 2003, cuando el descrédito del sistema representativo democrático había llegado a un punto intolerable. Pero además le agregó una dosis de institucionalidad que faltó cuando sólo había urgencias, algo que tampoco es fácil de apreciar a través del lente manchado con tinta de imprenta que enturbia las percepciones de la opinión pública”.
Efectivamente, el año 2003 es la clave que permite comprender la reacción de los políticos y, en general, de una buena parte de los grupos (también los de poder concentrado) que apoyaron al primer gobierno kirchnerista en su tentativa de construir bases alternativas para la legitimidad política perdida en las calles durante la crisis del 2001. Es este “punto intolerable” el que marca el umbral a partir del cual un sector de los políticos profesionales declara la necesidad de una renovación de las prácticas con independencia de lo obrado hasta entonces para constituir nuevos apoyos. Este núcleo de la sorpresa k -sobre la cual gira la polémica política desde hace años- explica tanto el consenso del primer gobierno kirchnerista, como las disputas abierta durante el segundo. Al respecto resulta tan relevante la dinámica misma de la disputa, como ambigua es esa “dosis de institucionalidad” a la que refiere HV. El “retorno de la política” al que el autor refiere implica una nueva impronta confrontativa con ciertos poderes antidemocráticos y antipopulares que abren cauces potenciales a nuevas luchas democráticas, y al mismo tiempo (y esto es lo difícil de asumir) exhibe su rostro peligros cuando se utiliza el prestigio que otorga retomar estas luchas anteriores en el nivel estatal para marginar desde allí a sectores populares que no adhieren al tipo de proposición institucionalidad  liberal-depurada a que, según muchos, tiende.
La oposición debe elegir entre representar el interés público, acompañando la iniciativa del Poder Ejecutivo al que aspira a suceder, o afirmarse en su intransigencia pero asociada a los intereses particulares más poderosos. No es una disyuntiva fácil”.
Efectivamente, la llamada oposición parlamentaria, y de un modo muy particular las articulaciones del llamado centroizquierda (sea de Sabatella/Yaski que conceden a la iniciativa oficial, sea la de Solanas/De Genaro que se oponen), que aspiran a profundizar/reorientar el proceso político sobre el mismo plano de eficacia en que opera el gobierno se han visto superadas continuamente por la magnitud de la tentativa de renovación de la política de los k. Lo que no resulta tan evidente es que estos dilemas deban neutralizar una extensa trama de protagonismo social que no tiene por qué aceptar el dilema entre ceder la iniciativa acríticamente al proyecto de renovación kirchnerista o bien quedar subordinada a sus verdugos directos que se aprestan a boicotear tal tentativa.
Todo esto puede discutirse mucho mejor si se lee detenidamente la entrevista al intelectual que con más tenacidad se liga a la política del gobierno, Ernesto Laclau, entrevistado por Federico Poore.
Laclau afirma la situación actual de Latinoamérica, al menos desde la cumbre de Mar del plata y el rechazo al Alca como “la etapa final de la quiebra de la dominación norteamericana”, lo cual abre nuevos espacios regionales a nivel global, y permite dar sumo valor a iniciativas como Mercosur y Banco del Sur. Habla también con insatisfacción sobre la incomprensión de la socialdemocracia europea respecto del kirchnerismo y el chavismo, y distingue la situación de Venezuela de la de Argentina por cuanto esta última “cuenta con una sociedad civil mucho más organizada, donde el estado tienen que negociar con elementos de diferente índole”.
Laclau, dice la nota, “está cansado. Su última semana en San Juan estuvo repartida entre conferencias, reconocimientos y cenas en su honor bien lejos de Londres, donde vive”. Lo cierto es que acaba de organizar un Congreso de Ciencia Política en esa provincia vanguardia en minería a cielo abierto, en donde fue condecorado con palabras de Néstor Kirchner en nombre de la Presidenta. No hay más que entrar en Internet (24 de agosto de 2010) para ver las repercusiones de tal evento para comprender los alcances de este acto en el que el filósofo pronunció las siguientes palabras: “Gioja sigue los ejes del peronismo, sigue los ejes de la redistribución”. Transcribo algunos pocos tramos del diálogo que publica hoy Página:
 “–Usted sostuvo que el modelo económico argentino “rompía con el neoliberalismo de los noventa”. ¿Dónde observa estas rupturas?
–En primer lugar, si no hubiese estado este gobierno, con su capacidad de resistencia a los dictados del FMI, estaríamos en pleno ajuste”.
Como sucede con Verbitsky, la indicación de este tipo verdades indiscutibles no posee las consecuencias unívocas que los declarantes pretenden. Basta recordar cómo finalizó el gobierno transitorio de Duhalde (2002/2003) para comprender la fuerza condicionante de los movimientos sociales la fórmula hasta entonces dominante de ajuste y represión. El gobierno actual tiene el enorme mérito de prolongar a su modo, en el nivel institucional, una prohibición de ajuste económico y represión al conflicto político que viene impuesto desde abajo. Esta indicación no es ociosa cuando se trata de ampliar la mirada y considerar el proceso regional incluyendo las dinámicas sociales como variable principal, anterior e incluso ahora simultánea respecto de la zaga de gobiernos de centroizquierda.
“–¿A qué se refiere al plantear que el kirchnerismo es un significante abierto?
Es un significante abierto en el sentido de que todo lo que empezó a surgir en el 2003 recién comienza a tomar una cierta imagen. En el 2003 era poca cosa: Kirchner salió elegido candidato por uno de esos movimientos internos casi incomprensibles del peronismo y empezó a fijarse en el imaginario colectivo con una cierta idea de unidad o de acuerdo, dado que tiene que representar un arco bastante amplio de fuerzas. Afortunadamente, su núcleo político es lo suficientemente razonado como para no hacer la ingenuidad de lanzarse a conducir un partido exclusivamente ideológico. La incorporación de las distintas fuerzas que se unieron bajo la denominación de “kirchnerismo” es la misma política que ha hecho Lula en Brasil. El Partido de los Trabajadores es ideológicamente muy limitado, pero cuando llegó al Gobierno tuvo que generar una política basada en la transversalidad con grupos de centroizquierda. Las alianzas son otras, y no necesariamente tienen que competir entre ellas. Además, tienen una excelente presidenta del Banco Central, que esperemos que pueda seguir, y un papel político perfectamente claro”.
Nunca tan claro el uso de “significante abierto” o “vacío”, tomados de la teoría de Laclua. Al remitirlos a un proceso de articulación que comienza en el 2003 puede atribuir el corazón del proceso actual a la suerte del “kirchnerismo” realzando los rasgos de este movimiento político y desplazando otros momentos de verdad del largo proceso de las resistencias al neoliberalismo que han resultado decisivas para dar por cerrado un ciclo, al menos de modo parcial. El planteo de Laclau permite aclarar la paradoja que planteaba más arriba Verbistsky: además de apoyar (“ceder protagonismo” al gobierno, lo que hace buena parte del mundo k) u oponerse (subordinándose  a las corporaciones, lo que hace buena parte de la llamada “oposición”) no cabría otra cosa que hacer. Cabría discutir, sin embargo, el modo en que las resistencias quedan articuladas a ciertos sectores de poder, y a cierto estilo del gobierno que la hegemonía kirchnerista promueve, promoviendo la necesidad de nuevos replanteos. Según esto, para el mundo K es vital leer el 2001 desde el 2003, mientras que para mantener la posibilidad de un replanteo del proceso abierto en el 2001 siempre será posible invertir el uso del calendario.
Pero me parece que el tramo decisivo, en este punto, es el siguiente:
“–¿Por qué dice que la división entre Estado y sociedad civil se está borrando?
–Porque hubo una politización de una cantidad de sectores de la sociedad civil. Hace cuarenta años, si uno pensaba cuáles sectores de la sociedad estaban politizados, tenía que decir: los sindicatos. Pero hoy, junto con los sindicatos hay otro tipo de organizaciones. Después de 2001 empezaron las fábricas recuperadas, los piqueteros, movilizaciones en la sociedad que necesariamente conducen a la ampliación del espectro democrático. Estas organizaciones son cuasiestatales: participan activamente de la esfera política, varían en el tiempo y empujan cada vez más límites. El kirchnerismo se ha favorecido por el desarrollo de esos movimientos”.
Este parece ser el aspecto central del razonamiento (suyo y nuestro), que con todo lo anterior componen una cierta coherencia: una nueva politización que exige nuevos modos de pensar, representar, y concebir la misma organización colectiva. Una extensión tal de estos nuevos modos del hacer que hace ruinosa toda vocación representativa. Una cuasiestatalidad que vuelve anacrónica la idea de un estado clásico que ignore esta nueva materia institucional que son los movimientos que Laclau describe. Es decir que en muchos aspectos Laclau destaca como nadie este punto de partida del que el kirchnerismo se ha beneficiado. Laclua destaca también una dinámica que podríamos llamar de desborde, de tendencia al límite, ensayando una “cuasiestatalidad” de “movimientos”. La pregunta que nos distancia, sin embargo, consiste en tomar esta dinámica de desborde como algo radicalmente diferente de una operación de renovación de la política tratando de reabrir, en estos movimientos, una capacidad de replantear las posibilidades colectivas de manera directa y no meramente de defender y publicitar las líneas de gobierno.
DS, 29 de agosto de 2010

(1) No es que la discusión sobre el tipo de vigencia que tiene hoy la discusión sobre los años setentas sea insulsa en sí. Al contrario, creo que esos años siguen pesando sobre la conciencia de los vivos de modo decisivo y que sólo un nuevo tipo de relación con ese pasado nos podría sacar de tanta “pseudo-redención” benjaminiana al uso de cada quien, en pos de romper las dinámicas mas reactivas del impasse actual de lo político-emancipador.

Lecciones semanales de vida del Hermano Antonio

Heterodoxias K

Hermanas y Hermanos, entusiastas cofrades nocturnos, fieles devotos de nuestra excelsa comuna de iguales: el mensaje dominical en esta ocasión será breve y preciso, una misiva fugaz destinada a alertarlos, a azuzar sus mentes y sus corazones y a evitar que, aturdidos, obren en modo desafortunado.

Hermanas y hermanos, vivimos tiempos aciagos, lo sabemos; tiempos en los que la palabra parece perder su peso, su densidad, su materialidad; tiempos en los que se estima posible que cualquiera diga cualquier cosa de cualquier modo, como si el efecto de verdad residiera más en  el sonido del decir (y, así, en el aparecer diciendo) que en el sentido de lo dicho. Tomemos, hermanas y hermanos, un caso al azar.

Nuestra señora Presidenta, luego de dudas, cabildeos y ensayos, ha decido formar parte de ese singular ágora contemporánea, de la conformación del tan mentado puente que aproxima los políticos a la gente; de esa asamblea virtual en la que, aparentemente, se deliberan y resuelven muchas de las diferencias que surcan los destinos de nuestra Patria, ha decidido formar parte, decimos, de esa experiencia actual, efectiva y revolucionaria de democracia directa a la que las fuerzas indescifrables del mercado dieron en llamar Twitter. Así, en una contundente decisión, la señora Presidenta hizo propia la cuenta @CFKArgentina. «Yo llevo en mi Blackberry la más maravillosa música que es, para mí, la palabra del pueblo argentino«, dicen que se le escuchó decir, no sin cierto sarcasmo, en la presentación íntima de su nueva herramienta de comunicación en Olivos… Y si hablamos de la cuenta cómo no aprovechar la ocasión, Hermanas y Hermanos, para evocar a aquel comprometido miembro de nuestra Comunidad que como asesor de imagen de la entonces Senadora, allá por el 2006, la persuadió de usar las iniciales como marca política que la identificara con el inolvidable JFK: “Si quiere ser presidenciable, señora mia, —dice que le dijo— tiene que lograr personificar la síntesis exacta de John Kennedy y de Marilyn Monroe, es decir, del gran estadista popular y de la hembra que todo hombre quiere tener y que toda mujer quiere ser”. Dice que cumplió y que así le fue.
Pero no es exactamente de esto de lo que hoy, Hermanas y Hermanos, seguidores fieles, les quería departir, sino de un derivado menor, pero significativo de este hecho; de un actor secundario que amenaza volverse figura principal de nuestra comedia, de un recienllegado que ya tiene libre y frecuente acceso al dormitorio presidencial: “Bienvenida compañera Cristina a Twitter. Aquí también la apoyamos a construir un país más justo con memoria, verdad y justicia”, twitteó el Canciller”.
¿Quién es “el Canciller”? ¿“Aquí también la apoyamos”? ¿En Twitter? ¿”La apoyamos”? ¿“Un país más justo con memoria, verdad y justicia…”?
El Canciller es el Ministro de Relaciones Exteriores, Héctor Timerman, encargado de las relaciones internacionales del País. Un hombre cada vez más cercano al riñón presidencial (¿¡cómo puede ser que “estar cerca de un riñón” pueda ser algo bueno!?). Un hombre de una basta experiencia polítiica harto compleja de desentrañar. Un heterodoxo. Un transversal. Lo mejor del kirchnerismo…y lo peor.

¿Qué nos dice su cara, sus gestos, sus ojos? No dicen, pero es sabido, que en su temprana juventud, allá por marzo del ‘76, fue Director del efímero diario La Tarde que condenaba al “extremismo”, a la “subversión” y a los “sediciosos”, mientras defendía la Dictadura y a sus Generales. Su cara no lo aclara, pero luego –cuando su padre Jacobo Timerman, fue secuestrado y torturado— abraza con ganas la causa de los Derechos Humanos (¡siempre se está a tiempo de cambiar, Hermanas y Hermanos! ¡Nunca lo olviden!) y termina exiliado en New York (¿hubo algún otro o fue el único exiliado en la Gran Capital?… Al margen, ¿puede ser confiable alguien que está tan a la derecha de su propio padre –a menos que tu padre sea Trotsky y ese es otro cantar–? 

El exilio neoyorquino devino en Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, en 1981, y del barrial La Tarde pasó a columnista en New York Times, Los Angeles Times, Newsweek y The Nation.
Debo decirles, fieles amigos, que yo lo último que desearía en el mundo es que una Hermana nuestra se sintiera atraída por alguien que porta esa mirada, esos ojos, esa expresión. Jamás  quisiera que ningún Hermano eligiera como socio a quien es capaz de hacer esos gestos y de usar esos anteojos de colores (y, mucho menos, a alguien que es capaz de poner Jordana y Amanda a sus hijas). 

Pero, sobre todo, jamás desearía yo tener abajo, como asistente, como subordinado, a alguien capaz de decir (como en esta imagen), con su sola expresión, “dame quince minutos y un serrucho y sabés cómo te pido el cambio, no”.

Quince minutos de pura heterodoxia K. Quince minutos en los que todo en el cosmos se re-alinea (incluso la planta, que podría ser Manzur, de Salud, o Georgi, de Producción). Un cuarto de hora para poner a cada uno en su lugar: el de la palabra de Honor, el del gesto ampuloso y la palabra ligera y su Alteza.
Con todo, Héctor Marcos Timerman es la imagen de la Argentina en el exterior, la imagen de todos y cada uno de nosotros, Hermanas y Hermanos. Pero, también, es una imagen vertida hacia el interior del propio país, es una imagen para todos nosotros, imagen nítida de la mismísima heterodoxia kirchnerista. Equivocado estaría quien dijese que expresa sólo los ribetes más ideológicamente confusos, más amorales o más torpes de este movimiento de masas (hermanos, hermanas: ¿quién está en condiciones de juzgar moralidades, ideologías o torpezas ajenas? ¡Por qué juzgarlas!). Mas miope sería quien no pudiese percibir, en términos positivos, lo que realmente es: la posibilidad misma de la política en el momento de su retorno; la evidencia de que la heterodoxia no es una apuesta ni un proyecto superador, sino una necesidad primaria, la manifestación más cristalina de que la política sólo puede existir si incorpora esa lógica post-política que conecta personajes, ideas, consignas, imágenes televisivas, tradiciones, twitters y amoríos. La política de los Macri y de los De Narváez, pero también de los Ibarra, de los Alfonsín, de los Solanas y de los Sabatella –y de cualquier otro personaje que cuente con algunos minutos de gloria, horas en algunos casos, en su haber. La política de los personajes. De ficción. De historietas. La política en la era del kirchnerismo (aunque éste crea batallar contra sí mismo).
Hermanas y hermanos, entusiastas cofrades nocturnos, fieles devotos de nuestra excelsa comuna de iguales: ya ahora estamos cerrando. No sin antes apuntarles que hemos desplazado temas de primerísimo orden, tópicos neurálgicos en la configuración del mapa político argentino. Uno de ellos, el caso Papel Prensa, con la necesaria exégesis del profundo y acalorado debate que se suscitó entre nuestra señora Presidenta, el señor Aníbal F, el nunca bien ponderado Leuco, Nelson “Roña” Castro, los amigos de 6, 7, 8, el siempre certero V. H. Morales y varios allegados y parientes del banquero David Graiver (que con 35 años era un empresario aventurero y multimillonario, además de financista de Montoneros: ¡Eso es heterodoxia! ¡Eso es transversalidad!). Otro, el caso Fibertel, una perla exquisita que evidencia cómo en relación a un tópico se puede discutirlo todo (la gestión y el control de las comunicaciones y de los vínculos en una sociedad) o absolutamente nada (“Yo tengo Fibertel desde el primer año. Si me lo sacan me vuelvo loco, afirmó con tono amenazante el gran Director de Obras maestras del cine nacional y actual  intelectual orgánico de la clase media twittera, Pino Solanas”).
Hermanas y hermanos, entusiastas cofrades nocturnos, fieles devotos de nuestra excelsa comuna de iguales: recuerden siempre cuidarse los unos a los otros y recuerden que  Kennedy murió asesinado (como el Che Guevara, como Lennon) y Marylin de sobredosis (como Janis Joplin o como Illia): murieron como no se podía morir de otro modo en los ’60. Por la boca y la tele, en cambio, mueren hoy –con mucha menos dramaticidadnuestros políticos; como no se puede morir de otro modo, ahora, al fin de la primera década del siglo XXI.


Infrapolítica // Diego Sztulwark

 

 

Acabo de leer un excelente artículo de Diego Tatián en el diario Página 12 de hoy, el mismo diario en el cual –ayer- Chantal Moufef explicaba la importancia de los llamados gobiernos populistas de Sudamérica.
Ha vuelto la política, de acuerdo. De acuerdo también en que ha vuelto bajo el modo en que se la había soñado en los años ‘80 y no en los ‘70. La distinción no es menor: la derrota sigue siendo el umbral infranqueable.
Esta política que ha vuelto no está asegurada ni ha logrado aún lo que nos proponemos, por eso hay que estar activos y atentos, de acuerdo, de acuerdo. Hay un piso mínimo: el programa de los años 80. Terminar de separar la paja del trigo en relación a la dictadura como un fenómeno militar, pero también civil. Destronar ciertas posiciones de privilegio que condicionan la democracia argentina. Muy de acuerdo.
Mientras tanto, se nos dice, hay que convivir con ciertas “complejidades” (como la minería, la privatización del petróleo, la concentración financiera, la imposibilidad de desarmar el aparato burocrático-represivo del estado, y el privado, el gatillo fácil,  etc). Hay que comprender estas situaciones como “invariantes” que escapan, aún, al poder político democrático, al menos hasta que podamos encontrar formas alternativas de gestionar eficazmente lo que estos aparatos resuelven a su modo.
Todo eso no lo entiendo, aunque concedo. Dado que jamás creí que se pidiera llegar hasta donde estamos, no me pongo en pelotudo, en izquierda-abstracta, y acepto tomar en cuenta lo real de las relaciones de fuerzas, los antecedentes históricos, los contextos regionales y, digamos, concedo.
De acuerdo en que la política, tal como vuelve, no sólo debe resultar de una declaración de intenciones (alfonsinismo), sino también lograr efectividades, sumergiéndose en el “barro de la historia” (kirchnerismo). Y que una interlocución positiva entre gobierno y demandas democráticas (Laclau, imagino) es preferible desde todo punto de vista a un estado que da espaldas a las perspectivas de cambio de la gente (lo que Mouffe llama “creación de un pueblo”).
Siempre me sorprendió como la gente que “hace” política tiene disponible un saber fundamental a su favor. Un saber sobre qué cosa es la política que surge de participar, de saberse y quererse políticos. Hay un saber supuesto real que nos enuncia este qué que la política sería.
La tapa del diario página 12 de ayer muestra a unos pocos chicos de las tomas de los colegios secundarios bajo un título que incluye la siguiente frase: “somos hijos del 2001”. Buscando dentro, el artículo traduce esta frase en dos tipos de enunciados: “desconfiamos de los políticos”, y nos interesa “la participación política” (piquete y asamblea).
A esta altura, llamaría infra-política (o, aún, micropolítica) a lo real de las experiencias que (con relaciones oscilantes y variables en relación con los “políticos” de los que desconfían) hacen sus cosas (es decir, hacen colectivo, hacen social) sin saber del todo qué cosa es la política. Ampliando y cuestionando las definiciones que, no por casualidad, nos dan quienes “saben-de-política”.
La desconfianza de la que hablan los pibes no me parece un dato secundario o contingente, sino inherente a la infrapolítica. Un dato que habla de lo irreversible de la experiencia y del saber que hizo síntesis durante la crisis del 2001. Esa desconfianza, en mi experiencia, es inseparable de un malestar inocultable en torno a la interpretación “política” de la pervivencia dos-mil-y-unera de la infrapolítica. Casi todos mis amigos y compañeros hablan de política y a veces, creo, conservan la idea de la política como síntesis y convergencia global, escena esencial que reúne y concluye lo que las prácticas y conflictos por separado no sabrían resolver de modo socialmente relevante.
De ahí su lúcido (pseudo)kirchnerismo (más o menos matizado). Malestar, digo, porque yo no logro sentir/pensar igual que ellos, y eso me trae distancias conmigo mismo, y con ellos. De alguna manera pesa sobre mí el haber sido marcado por ciertas impresiones del 2001. Una experiencia que, al hacer surco, deja su marca determinante de un gusto político. Gusto por lo infra-político.
Me “gustan” las prácticas que replantean, reabren y sostienen, ante todo, su desconfianza. Su modo de estar siempre al “acecho”, como los animales (robo esta idea a Deleuze para quien el animal está siempre atento a lo que pueda venir de cualquier lado).
De allí mi incapacidad de soportar el discurso de adhesión K, con sus implícitos tan fáciles de detectar y comprender. Si no te alineás con ellos desde lo subjetivo es porque, en el fondo, o bien sos un liberal, un individualista perdido; o bien sos un nabo que opone abstracciones a lo concreto en un momento iluminador de nuestra historia como nación.
El kirchnerismo me parece, hoy, insuperable desde el punto de vista de la política, y completamente insoportable desde el punto de vista de una infrapolítica.
Pero el asunto es difícil. Para alguien que se acostumbró a afirmarse pensando siempre en colectivo y a hablar en nombre de un “nosotros”, ¿cómo se resuelve esta tensión entre unos “amigos y compañeros” que se entusiasman con esta cara política, mientras que mi “yo” (flaquito e incapaz de ejercer su individualidad) queda del otro lado? ¿En quién confiar, en ellos o en mí? ¿Qué termino afirmar, el yo-flaquito o el colectivo que me es cada vez más ajeno? ¿Con ellos en la macro y conmigo y mis más próximos de los más próximos en la infra-política?
La cosa no funciona así. La infra-política, cada vez me resulta más claro, no renuncia a su desconfianza en la política, sino que hace de ella un arma, una distancia, un espacio diferente.   
Mis amigos, de modo mayoritario, se han vuelto “etapistas” (hay que entender la etapa, que viene luego de otra etapa y va, a su vez, hacia otra etapa; y así segmentan el tiempo a favor de sus apuestas). Pero yo ya no puedo retroceder de mi sensibilidad a favor mi ante-etapismo. A mí me parece evidente que el proceso político retrocede-avanza sin avanzar ni retroceder en bloque. Y al moverse de modo simultáneo en ambas direcciones, desdibuja la idea de un “adelante” y “atrás”. Por eso no acabo de entender muchas cosas que entusiasman a varios de mis más queridos compañeros.
No dejo de advertir que el tipo de imagen del tiempo que surge de esta reflexión es del tipo “neo-trotskysta”, al  llevar a fondo la idea de una temporalidad como intensificación permanente de lo “desigual y combinado”.
Un viejo argumento de la filosofía postrevolucionaria viene en mi apoyo de mi necesidad de una infrapolítica (o al menos eso intento). Me refiero al concepto de contra-efectuación.
La contra-efectuación es una contra-actualización. No tanto el querer lo que ocurre, sino más bien un querer la contra-efectuación de lo actual, “para así querer y pensar mejor el elemento virtual inherente al acontecimiento puro. Querer no lo que sucede, sino algo en lo que sucede”.(*)
Si nos movemos bajo la égida del concepto de revolución, si lo hacemos dentro de una ética de la efectuación de un posible igualitario —libertario— entre los hombres de una época, asumimos como supremo el momento en que tales posibles se inscriben en el estado de cosas, en las situaciones históricas concretas, en las instituciones. La revolución se conjuga con una lógica de la efectuación. Pero, claro está, toda revolución es traicionada. Los ecos trotskistas resultan insuficientes. En el extremo, toda pretensión de revolución auténtica queda anulada.
La revolución —lo que podemos hoy pensar como tal, eso que Laclau y Mouffe llaman “populismo de izquierda”— inscribe logros, avances, amplía derechos. Y no deja de constituir una ética sustentable posible para esta realización acontecimental, no importa lo limitada que nos parezca.
Sea que la revolución ya no es posible, sea que estamos viendo el curso de un nuevo tipo de revolución, la ética de la efectuación sostiene la afirmación de la actual “vuelta de la política” (y el paso de varios amigos a la política).
Volvamos a las razones de la infra-política. Junto con la ética de la efectuación sobre viene una ética posible de la contra-efectuación. Una ética de la repetición afirmada. Que reabre lo que la efectuación realiza (siempre en defensa de la diferencia actual).
La infra-política se liga con lo que cada acontecimiento tiene de “eterno”, y de allí su natural desconfianza respecto de la “política”. Quiere repetir lo actual recubriéndolo de virtualidades. Para que la cosa no muera en la inscripción. Para que siga ocurriendo por siempre, como exceso in-apropiable. Plus que rechaza de plano el cierre que nos ofrece la actualidad cerrada sobre sí misma, con sus puntos-representación a los que sólo queda obedecer.
La infrapolítica es ella misma hija del 2001. Habita un espacio-tiempo simultáneo, coextensivo y no idéntico respecto de la política (revolucionaria) o de la política a secas. Doblando su espesor, se anticipa a la traición inevitable, y se distancia, desconfiada, de ella. Contra-efectúar, me parece, quiere decir sostener, a pesar de todo, dilemas con los que la micro-política insiste contra las “soluciones” de la macro. Ética de la repetición ante toda totalización que realiza la diferencia en sí misma. La infra-política tiende a repetir el horizonte productivo de la diferencia, contra toda subsunción de lo real que nos libera del horror del pasado y nos ofrece una moral estable.
DS, 6 de septiembre de 2010
(*) “…doble obligación de desenmascarar las pretensiones de lo actual por las que quiere ser el único jugador, y de re-activar lo virtual en su proceso infinito de diferenciación respecto de sí mismo”. Ver: (ver en Boundas, “Las estrategias diferenciales en el pensamiento deleuziano”, en Gilles Deleuze y su herencia filosófica, Madrid 2007.

 

El fin de la diversidad (y otras buenas noticias)

«No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen«.
Néstor Perlongher
¡Viva la diversidad!
Carolina Píparo

Lo sabemos: la política no puede reducirse, bajo ninguna circunstancia, a una acumulación de hechos, sean estos positivos (el peronismo fue mucho más que un conjunto de Derechos laborales vueltos leyes) o negativos (el nazismos excedió por completo al conjunto de sus de genocidios). No puede rebajarse, jamás, a ser una práctica de la cuantificación, de la enumeración, del inventario. No puede quedar librada al mundo de los porotos ni del pase de lista. La política, incluso para invocarla, debe alojar en sus entrañas un plus (aquel que tuvieron el peronismo y nazismos, por ejemplo, pero también los más diversos partidos y movimientos del siglo XX). El plus que sella una diferencia, un salto hacia lo impensado, hacia lo invisible, hacia lo irrepresentable. De ningún modo un conjunto de medidas (por más progresistas o compañeras que sean), en ningún caso una suma de hechos han logrado conformarse en ese plus. Nunca hay salto hacia lo impensado. ¿Estamos de acuerdo?
Sin embargo, al menos en esta noche en la que me encuentro algo solo, no puedo sino hacerlo de ese modo.
(“Percanta que me amuraste // en lo mejor de mi vida, //dejándome el alma herida // y espina en el corazón”, tarareo sin pensar mientras relojeo por la ventana cómo día a día la noche en Buenos Aires se vuelve más desierta, más inmóvil… una bogotización desenfrenada, pienso, y recuerdo aquella consigna oficial que sintetizaba de modo exquisito la campaña contra la inseguridad desplegada en aquella ciudad: “Los  niños buenos se acuestan temprano, a los demás los acostamos nosotros«)
No puedo evitar, decía, referirme al proceso de transformación que estamos transitando, una vez más, en esos términos. Quizá sea ésta la última vez que lo haga. Ojalá. (¿Ojalá?). Pero no puedo dejar pasar por alto un hecho de los muchos, pero de los más singulares o, por lo menos, de los menos publicitados; un hecho, compañeros, que, sin la menor duda, constituye uno de los logros centrales de la gestión k del mundo; un logro que dicha gestión no alcanzó sola —muchas cuestiones, en suma, la exceden—, pero que sin su empeño y dedicación jamás hubiese sido posible. Estamos hablando, compañeras y compañeros, de la crisis del discurso de la diversidad y de la tolerancia.
Efectivamente, cualquier curioso puede relevar cómo —quizás entre piquetes y cacerolas, pero, también, a partir de un Estado que regresa y de una Política en sentido fuerte que se pone en marcha— algunos tópicos centrales y recurrentes de los defenestrados ’90 se fueron diluyendo, evaporando; cualquier interesado puede relevar cómo las nociones y consignas comienzan a ser otras, a ser nuevas, a dibujar paisajes diferentes. En ese marco, estos dos conceptos claves de la última década del siglo pasado, estas dos nociones fundamente de la subjetividad político-urbana-neoliberal pierden peso, presencia, materialidad, hasta casi desintegrarse. Estamos haciendo referencia, compañeros y compañeras, a piedras preciosas de la ideología de la derrota, a dos pilares del decálogo de la dominación encumbrado bajo el amigable alias de Consenso de Washington. Ser tolerante implicaba aceptar con resignación altísimos niveles de deterioro social y económico; aceptar la diversidad era festejar al otro en tanto otro, pero sin preocuparse por entablar con éste nada verdaderamente común.
Diversidad y tolerancia, entonces, comienzan a perderse, en una de esas pérdidas felices, como cuando uno pierde la virginidad o cuando uno pierde el celular como paso primero y necesario para adquirir uno mejor y más moderno. Pero ¿cómo fue que esto sucedió, Compañeros? ¿Cómo fue que pasó cas sin que nos diéramos casi cuenta?
En primer lugar, arriesgamos, aquel otrora estructurante discurso fue tapado (incluso, devastado) por el discurso de los Derechos Humanos. Si el discurso de la diversidad era la reapropiación despotenciada de un problematización política real durante los ‘60-’70 (el de la emergencia de los muchos en tanto muchos); el de los Derechos Humanos lo es de su homónimo de los ’80. Reapropiación despotenciada: lo actualizo sin el elemento desestabilizador. Traigo a escena el cadáver maquillado y perfumado para la ocasión. Vuelve el problema ya cerrado, ya resuelto. Y no es un problema de propietarios, sino de efectividades. Pero, también, de auto-percepciones. Si ya a fines de los ’80, el Perlongher epigrafeado denunciaba a gritos el pasaje del deseo a la tolerancia, de lo múltiple a lo diverso, ahora —con lo Derechos Humanos como centro de la problemática política— devenimos víctimas sociales de un poder (pasado, pero siempre actualizado) más que fuerzas diversas, potentes. La discusión, además, se torna una discusión de derechos. Algo (o mucho), es obvio, se pierde irremediablemente.
Un segundo motivo que podemos invocar en este soliloquio, compañeros, es el modo en que la ampliación (objetiva) del Estado desplazó a ONG’s, fundaciones y a otros tipos de organizaciones “sin fines de lucro” que ponían el acento en la diversidad como principal problema político y en la tolerancia como inexcusable virtud social. Así, grave era no abrirse a la diversidad, no ser tolerante (sobre todo, si esa diversidad estaba compuesta por brasileños que enseñan capoeira en los gimnasios o por paraguayas que ofician de mucama, pero todo daría por evitar cruzarme con peruanos con cara de secuestro o viajar sentada en el colectivo al lado de un boliviano —con el olor a ajo que tienen, por favor—. ¡Qué buena que es la diversidad! ¡Qué civilizada!
Hay un tercer motivo evidente: el sano y oportuno distanciamiento que el gobierno popular interpuso con los organismos multilaterales de crédito o financiamiento externo —como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional—; distanciamiento que cortó el flujo de dinero que (vía deuda externa) alimentaba experiencias sociales que tenían una discursividad acorde a aquellas nociones. ¡A buscar otro curro, compañeros oenegeistas! ¡A volver a mamar del gran seno estatal!
Un cuarto, y ya para ir cerrando, motivo, se vincula con que nosotros somos, de modo innato, natural, ejemplos nítidos de la real diversidad, de la tolerancia hacia adentro (hacia fuera, quizás, todo sea teatro). Heterodoxia K, leí en algún mal texto (u Omnidoxia, como muy atinadamente le fue corregido). Por eso somos los ganadores. Los que mejor la vimos. Los que más rápido actuamos.
Finalmente, entendemos que los compañeros confundidos de siempre insistan con que el neoliberalismo no ha terminado, que como en la Cuba pos-revolucionaria, permanezcan aristas del régimen anterior: ningún proceso de transformación aparece concluido en pocas mañanas. Pero digan lo digan y piensen lo que piensen, al nivel que venimos desarrollando no hay perpetuidad, no hay neoliberalismo. Esa discursividad chota, vacía, expropiadora, tendiente a enmarañar y a desarmar ya casi ha dejado de existir. Ya no se puede esconder, bajo ningún principio de tolerancia, el racismo que reaparece como reacción cotidiana al miedo ni detener, bajo ninguna idea de diversidad, las inquietantes manifestaciones de discriminación diseminadas por todo el tejido social. Porque quiérase o no, si se los mira de cerca, es esa su real dinámica social: tal como sospecha Daniel Molina del lenguaje políticamente correcto, esconden la realidad más que “mejorarla”, enmascaran los conflictos.
Alcemos nuestras copas, compañeras y compañeros, entonces, y brindemos porque el Estado ha regresado y ha puesto la casa en orden.
El más puro H.T. 

Caperucita Roja en la guerra de las ondas

Y resulta que un buen día se me ocurre prender la tele al mediodía. Me acomodo en el sillón con el gusto tramposo de quien se sabe partícipe de un ritual que le es ajeno: sentarse a ver el noticiero –el noticioso, decía mi abuela- del mediodía. Acaba de empezar América Noticias. Una mujer homogéneamente de negro –pelo, ojos, aros, blusa- anuncia la primera noticia de la emisión: Si nos habíamos indignado con la mujer que tiraba un gato a la basura, ¿se acuerdan?, ahora es mucho peor la imagen… Es una chiquita vestida de Caperucita tirando cachorritos recién nacidos al río. Coherente con la ¿línea ediorial?, el videograph reza: Tira perritos al río. La Caperucita que indigna al mundo. La imagen, claro, tiene la inconfundible calidad berreta de los videos de You Tube. Se ve una joven con un buzo rojo con capucha y pantalón negro, al borde de un riacho rodeado por abundante vegetación. Tiene un tacho blanco del cual saca uno a uno cinco o seis cachorritos y los va arrojando con fuerza, al medio del riacho. La voz en off  relata exactamente lo mismo que vemos como si no lo estuviéramos viendo, y le agrega adjetivos calificativos: “doloroso”, “aberrante”, “impune”. La voz en off -¿el periodista?- ni siquiera se anima a afirmar que los cachorritos son recién nacidos: aparentemente recién nacidos, dice. Nada se sabe de ella –de la joven-, aunque se presume que todo ocurriría en Croacia. O sea, no tiene la menor idea.
Como atento a mi carácter advenedizo, como descubriéndome polizón, como embistiendo contra el partícipe furtivo, el noticiero me reclamaba un sacrificio ritual o, al menos, un rito de iniciación. Mi ingenuidad se ahogó, junto con los cachorritos, en el asombro. ¿Amarillismo? ¡Obvio! Para empezar, buzo rojo y pantalón negro no califica como “vestida de Caperucita” ni en la peor fiesta de disfraces. ¡Y cachorritos aparentemente recién nacidos al río! La inocencia del perro, potenciada por la del cachorro, potenciada por la del recién nacido… No podía ser peor. Pero no era lo que me tuvo estupefacto. Finalmente, uno está acostumbrado al amarillismo. Calculo que habrán sido unos 40 o 50 segundos de muerte psíquica, hasta que entendí lo que me pasaba: como quien pierde el hilo de una conversación, se me había perdido el mundo, las coordenadas espacio-temporales. ¿Dónde ocurría la matanza? No es claro… En el noticiero, en la tele, en YouTube, en Internet… Si nos habíamos indignado con la mujer que tiraba un gato a la basura, ¿se acuerdan?, ahora es mucho peor la imagen… ¿“Ahora”? ¿Qué tiempo señalaba ese “ahora”? El de la memoria de la sucesión de imágenes indignantes vistas por televisión, ¿se acuerdan? Tiempo y espacio se definían en la interioridad de la relación entre el televidente y el noticiero. Ese era el sacrifico ritual: el sacrificio de toda situación.
En los ambientes bien pensantes suele darse por sentado que los cuentos infantiles transmiten “ideologías”. Caperucita roja, por caso, divide el mundo entre un interior seguro y un afuera peligroso (el bosque), en el que hay que cuidarse de los extraños (el Lobo suelto). Pero la Caperucita de América Noticias no hacía nada de esto, no nos anoticiaba acerca del mundo. En la noticia que no anoticia, lo que cuenta no son las demarcaciones o descripciones de los estados de cosas, sino la producción de estados de ánimo. La imagen vale como elemento de una situación que es puro estado anímico: estupefacción, horror, bronca.
 
Primero recordé una sátira que hacía Capusotto en Rock & Pop. Era un programa matutino tipo Radio 10, que se llamaba “¿Hasta cuándo?”. Lo conducía Armando Perez Manija, que decía, por ejemplo: 7:24 de la mañana. Otra vez los muertos, cuatro muertos acribillados en esta mañana. Protestas también de piqueteros que van a provocar caos en el tránsito y la posibilidad de que se dificulte el andar de las ambulancias y mucha gente muera por no llegar al hospital. La consultora Orteli nos prevé una inflación del %40 para este año y rumores de subas en las tarifas. Para el sábado la desocupación podría llegar al %79. Y seguimos con el ritmo de siempre. 7.25 de la mañana. Desabastecimiento de medicamentos y más muertos, entonces. Se comenta la quiebra de 15 bancos para esta tarde: congelamiento de depósitos, apertura y confiscación de cajas de ahorros. ¡Otro muerto más en la mañana! Y así empezamos la misma con toda la información, que a usted no le sirve para nada, pero le taladra la cabeza y de apoco lo va sacando y llenando de furia… Siendo las 7.25 de la mañana. A diferencia de la Caperucita de América, “¿Hasta cuándo?” sí daba noticias. Pero la presentación, la selección, la sucesión, el conjunto evidenciaba que aunque la descripción de estados de cosas no desaparece, se subordina a la producción de estados anímicos, a la lógica de Caperucita.  
Segundo, tuve que reconocer que la Operación 6, 7, 8 parte de una constatación –intuitiva o preclara, vaya uno a saber- cierta. Lo que haga con ella, el montaje  de un aparato en espejo, una contraofensiva de buena onda a base de Pimpinela y fotos de la familia, la niñez y la amistad, es otro cantar. Y es, por otra parte, lo que desata la “guerra de las ondas”. Pero la constatación es cierta: no alcanza con sentar intelectuales, periodistas o figuras variopintas a discutir las descripciones de estados de cosas, porque junto a ellas, o incluso organizándolas, hay en juego toda una tecnopolítica que tiene por objeto directamente los estados anímicos.

S.

Entrevista a Diego Rauz

CEO de una de las empresas más rentables del país y uno de los genios que alumbró el actual boom informático

Domingo a la tarde, Diego Rauz, gerente de ventas de Tech-te-let, una exitosa micro-empresa de tecnología informática, atiende a Lobo en su despacho, entre algunas latas de cerveza y pelotitas de ping-pong. Mientras acaricia su larga y no del todo higiénica barba, Rauz habla pausado, sosegado, displicente… con un ritmo algo más lento de lo habitual… aletargado. Su mirada suele perderse en el horizonte, allí donde suele ir a buscar ideas geniales e innovadoras. Así, este introvertido profesional condujo a Tech-te-let al primer puesto en diseño y ventas de Tecnología informática menor a domicilio, un mercado que hoy su empresa domina a conveniencia. Con música electrónica de fondo, nos ofrece un almohadón para que nos pongamos cómodos, y mientras juguetea con una pelotita de goma ecológica anti-stress, comienza la charla…

LS: Notamos que su empresa no es muy ortodoxa… nada es muy ordenado y sobrio… hay música, sofás y juegos en todas las oficinas… no parecen estar pasándola mal… ¿cómo entienden hoy ustedes el trabajo?
DR: Para nosotros, para nosotros el trabajo es jugar… y yo quiero seguir jugando… Si te aburrís en el trabajo es un garrón y nadie querría hacerlo. Así que nosotros buscamos la forma de divertirnos al mismo tiempo que cumplimos con nuestra tarea y producimos valor. Por ejemplo, todos nuestros empleados tienen derecho —te diría más, la obligación—de jugar al menos una hora diaria con la Play-Station. Quizá en el momento del almuerzo, o algunos llegan más temprano para jugar un rato a la mañana que la consola está más libre. También tenemos nuestros momentos liberados para contestar correos electrónicos y mensajes de texto. Bueno, pensá, nos tenemos que distraer: muchos entramos acá a las nueve de la mañana y nos vamos a las ocho o diez de la noche… y estamos todo el tiempo al palo, conectados, mirando pantallas…
LS: ¿Y a usted no le preocupa esta conexión continua, los efectos que puede producir en los trabajadores ese tiempo y dinámica de trabajo?
Un agente de Tel-te-lech en plena gestación de una idea innovadora.
DR: Sí, claro, como no me va a preocupar si yo soy uno de ellos, de los “afectados”. El enemigo acá no es tanto el aburrimiento como el burn-out, la quemadura de la bocha. Al principio solía negárselo, como si no existiera, como si fuera problema individual de cada agente. Pero ya hace un tiempo que es evidente que si no gestionamos bien nuestra vida y nuestro tiempo de trabajo la cabeza termina por estallar. Este no es problema menor para quienes trabajamos en este tipo de empresas… ni para los accionistas porque las pérdidas por licencias médicas y por juicios laborales por afecciones de salud son muy grandes. Aquí hemos desarrollado todos estos dispositivos que te contábamos y casi lo hemos neutralizado. Hay que aprender a vivir el día, hay saber descubrir las micro-felicidades.
LS: Es decir, proponen micro-felicidades para conjurar la quemadura de cabeza…
DR: Bueno, no sólo eso. Hemos desarrollado estos años diversas estrategias de (auto)cuidado, que van de talleres de prevención a la adicción al ordenador, es decir, una asistencia a aquellos que no pueden despejar su cabeza del trabajo, que no pueden alejarse de la máquina en ningún momento del día, hasta talleres de Reiki y relajación veloz. También podría contarte sobre los cursos y talleres semanales del Programa de Distracción Asistida: hay talleres de Salsa, de dibujo japonés con tina vegetal, de cocina mediterránea, de percusión africana, de boxeo virtual, de literatura contemporánea…Y te estoy nombrando solo algunos. También está el gimnasio de uso libre y medido, la sala de proyecciones con videos y películas… Incluso, te digo más, no nos oponemos al uso de moderado de cannavis sativa con fines recreativos (varias investigaciones que hemos financiado han demostrado que un trabajador fumado no sólo es algo más dócil y agradable al trato, sino sobre todo es mucho más creativo). Súmenle a todo esto que organizamos salidas todos juntos, sobre todo a boliches o a pubs alter office. Somos, en el fondo, un grupo de amigos. Acá todo lo que hacemos lo hacemos por nosotros, por quienes trabajamos acá: nadie nos puede decir que no nos ocupamos de nuestra propia felicidad.
LS: Y así y todo, ¿ganan plata?
DR: Sí, claro… nuestra empresa es primera en diseño y ventas de tecnología menor a domicilio, lo que nos reditúa alrededor cincuenta millones de dólares anuales. Nada mal para una empresa con pocos agentes… quiero decir, en realidad, un puñado de socios. El trabajo se completa con personal externo… más de doscientas motos en la calle… mecánicos, profes que dictan talleres, asistentes de higiene, etc. Todos entran y salen. Hay movimiento incesante. Todo fluye y conecta (de algún modo u otro). Hay creación. Hay vida, ¿ustedes lo pueden ver? ¿lo sienten?
 LS: Sí, sí, aunque todo es un poco extraño, una disciplina algo particular…
DR: Claro, es justamente eso lo que acá no nos cabe: la disciplina, que nos digan cómo tenemos que ser, qué tenemos que hacer, cuándo. Acá nos ponemos nuestra propias reglas, qué se puede hacer y qué no, cuándo sí, dónde sí. Tenemos espacios adecuados para fumar (está el smoking place) y espacios adecuados para descansar (o noni site). Si alguien necesita gritar o saltar o llorar, ¿por qué se lo vamos a prohibir? Después del estallido (dijo una vez un filósofo que vino a dar una charla acá… me olvidé de decirles, pero hay un taller muy activo de filosofía, del que todos participamos y una vez por mes viene algún filósofo reconocido a dar una conferencia); después del estallido, decía él, la comunidad. “Después del estallido, la comunidad” significa la imposibilidad de distinguir los espacios del trabajo, del cuidado, del afecto, de la amistad, de la diversión, de la creatividad… de la vida, decía él. Por lo tanto, debemos hacer germinar la propia comunidad en el trabajo.
LS: Es en ese marco en el que te decidiste a ser empresario… ¿Cómo se fundó esta empresa?
Un agente en pleno proceso productivo

DR: En mi caso, yo estudiaba en el colegio humanista alemán de Olivos, en el reconocido Zur kritikder hegelschen rechtsphilosophie, y a los 14 años me convocó Microsoft Argentina para una pasantía. Colaboré tres años con ellos, hasta que con un amigo se nos ocurrió la idea: armar un grupo en Facebook que se llamara “Yo quiero ayudar al Diego a que tenga su empresa”. No sé si porque los argentinos tienen una debilidad por el sinónimo local de Dios o porque el azar más puro así lo quiso, pero la gente se empezó a sumarse al grupo (en aquel momento, recuerdo, competía con aquel otro que se llamaba: “Echemos al hijo de puta de Posse del Ministerio de Educación”) y empezó a donar plata: que un peso, que un peso; que cinco pesos, cinco pesos; que alguien tradujo (nadie sabe quién) el nombre del grupo al inglés (“I want to help Diego to take their enterprise”); y pegó. Que un dólar, que otro dólar, que cien dólares. Aprovechamos y lo tradujimos al alemán (dado que era el idioma que teníamos a mano): “Ich möchte helfen Diego für Ihr Unternehmen treffen”. Y así durante un tiempo, corto, pero para cuando terminó, ya teníamos fundada la empresa y en funcionamiento. Y lo que vino después fue un torbellino de éxitos. En síntesis, como dice Osho, toda la verdad de la vida se reduce a una buena idea, a una sola. Después, el resto (cómo gestionarla, como mantenerla, como sacarle máximo provecho). Bueno, también, quizás, se requiera algo de suerte.

LS: Nos llamó la atención el slogan de la empresa: “Otro mundo es posible”, ¿por qué lo eligieron?
DR: Nos gustó, nos pareció que hablaba de nosotros, de nuestros ideales, de nuestros deseos, de nuestra ganas de vivir en un mundo que es real por virtual y virtual por real; y, por eso mismo, ya es otro. “Tech-te-let. Otro mundo es posible” surgió mientras mirábamos Lost, cuando la estábamos fundando. Ahí nos dijimos: “Qué flash no… pegó mal o hay otro mundo posible. Con sus tiempos, con sus paisajes, con sus leyes, con sus formas de vínculo. Un mundo posible pero que nadie puede hallar a menos que explícitamente se lo proponga”. Y así fundamos esta familia, una comunidad como la de Lost, una isla que, con sus modos, busca sobrevivir en conjunto. Como allí, todo aquí dentro se reduce a aprender a cooperar con el otro como regla mínima de supervivencia.
LS: Para ir cerrando, ¿cómo ven el futuro? ¿Creen que podrán seguir sosteniendo la performance de su empresa, sobre todo en un marco que muchos empresarios llaman de inseguridad empresarial y de improvisación estatal?
DR: Mirá, ni idea. A nosotros nos va muy bien. Las peleas son algo teatrales, como si se pelearan para decir “acá estamos”, “defendemos esto o lo otro”, “tenemos estas ideas”, “estos son los malos y nosotros los buenos”. Nosotros estamos muy lejos de eso. La realidad está muy lejos de eso. A veces nos parece que son todos iguales. Son un mundo, que está ahí, con el que podés interactuar, pero que también podés ignorar. Es verdad que alguna medida puede afectarte (alguna cuestión impositiva o alguna ligada a la supervisión y al control). Pero la verdad es que, en lo fundamental, está todo dicho. Las reglas posta del juego no las manejas. Las reglas son las que ponemos en funcionamiento acá adentro basadas en una regulación más general, global. Además, si preguntas acá adentro, muchos no tienen idea de quién es el Ministro de Economía (bah, ni yo me acuerdo). Y ni hablar del de Salud o Educación. Ellos en su mundo y nosotros en el nuestro. Somos nuestro propio Avatar. Este es nuestro Metaverse para nada menos real que el de ellos. O, lo contrario, ellos viven una realidad virtual algo torpe y anacrónica, e inaccesible para nosotros.
LS: Así y todo, en el plano comercial les va bien…
DR: Sí, claro. Nosotros vemos que se mueve mucha, mucha guita. Si ese es el parámetro de éxito, no veo quién lo puede negar. Con el diseño de pen drives Bicentenario vendimos muchísimo en la primera mitad del año: todos querían regalar uno. Fue nuestro aporte a algo muy groso que pasó. Y desde el año pasado comenzamos a exportar a nuestros diseños a China y a México. Una alta movida. Ahora estamos con el proyecto de amar un mouse inalámbricos –con MP4 incluido– con forma de quena. Estamos pensando en el mercado boliviano y peruano: “el ratón del altiplano”, se va a llamar. Esperamos tener suerte, man.

Entrevista a Fernando Moiguer

De paso por Buenos Aires donde disertó en el marco del IV Congreso Nacional de Marketing, el titular de Compañía de Negocios Moiguer, Fernando Moiguer dialogó con Lobo. El empuje del consumo interno, la evolución de las marcas, los nuevos fenómenos del branding y la construcción de la marca K.
 
 
LS: ¿Cómo sigue el ritmo del consumo?

FM: El consumo vuela. Y sigue volando, aterrizará un poco en el segundo semestre y si Argentina crece 7 puntos este año, lo cual es probable, 5 puntos son consumo interno. El consumo vuela, no vuela homogéneo, pero es plazas como Córdoba el crecimiento del consumo se expande desde la lógica sojera. Marzo, abril, mayo han sido meses muy buenos.
LS: ¿Y cómo ha impactado en las marcas?
FM: Las grandes marcas no han sido afectadas en su pacto con los consumidores, pero hay unos movimientos donde los promedios ya no van porque hay pocos bienes transversales, que van a todos los niveles y edades como la telefonía celular. El otro punto es que si bien tenemos una inflación fenomenal no es una tasa que vaya a reventar y para el empleado en blanco no ha habido una fuerte pérdida de salario real. Sí ocurre en la economía en negro, pero se recupera con la Asignación Universal por Hijo.
LS: ¿Qué impacto final tendrá las 50 cuotas?
FM: Las 50 cuotas vienen justo a cerrar este punto porque van para todos los bienes. Lo que hay que entender es que el poder lo tienen los bancos y no el retail y eso es un problemón. El retail perdió el control y no pueden hacer nada y están cautivos de los bancos.
LS: ¿Con la inflación de costos hay solapamiento entre primeras y segundas marcas?
FM: Hay solapamiento entre primera y segunda y entre las nuevas primeras. Atrás de cualquier marca hoy hay un chinito, con lo cual las marcas son cada vez más fácil de comoditizar. Exagero, pero es así. Cada vez más calidad, mejor producto y la marca es el diferencial por eso ahora las marcas son del CEO. El CEO en la marca hoy encuentra uno de los pocos diferenciales para llevar el negocio adelante. Las marcas bien construidas son las que están caminando. Hoy las marcas son tarea de la alta dirección.
LS: Pagani y Crespo se “apropiaron” de la alianza Coca-Cola Arcor y construyen marcas en conjunto
FM: Exacto. Una marca como Arcor, pudiendo negociar con Coca-Cola, hace 10 años era imposible. Pero ambas se necesitan y se ponen de acuerdo los CEOs. El CEO de Coca tiene una construcción de marca mucho más potente, pero es natural y cada vez más va a ocurrir.
LS: ¿Qué se viene en el mundo del branding?
FM: Muchas cosas. Una es cómo las marcas procesen no Internet, sino entender que es una red. Que no pueden bajar de arriba, sino que son pares. Si una marca esta cerca de uno, no es oportunista ni agresiva, a la primera de cambio uno se sienta a tomar un café con la marca. Coca-Cola lo hace muy bien en general, pero hay categorías en las que no, la piña que se está comiendo en aguas saborizadas es extraordinaria.
LS: Hablas de un consumidor político, ¿cómo sería?
FM: El que te piquetea las marcas, piquetea y demanda lo que no recibe de otro lado. En la blogósfera se ven cosas infernales. O se da el caso de Fibertel donde la comunidad, la gente, lo que dice es “dejame elegir”, no dice Fibertel. No defiende a Fibertel, es un punto fantástico y la compañía lo entendió así. La marca tiene que acompañar lo que dice la gente. Y lo que puedo decir es que la manera cómo se resuelva el conflicto es cómo se van a construir las marcas en la Argentina los próximos 20 años.
LS: ¿Para tanto?
FM: Sí. Es tremendo, hay un antes y un después de cómo se resuelva esto.
LS: ¿Y el kirchnerismo tiene marca propia?
FM: Está construyendo muy bien la marca. Por oposición, tiene postura, genera promesas verificables, construye vínculo. Es una buena construcción. El kirchnerismo es marca y es post 125. Te guste o no te guste. Entre los jóvenes de Buenos Aires hay un fenómeno interesante porque es cool ser joven kirchnerista. En Córdoba no pasa porque es muy gorila. La pelea con Clarín le da identidad al kirchnerismo porque es encontrar alguien grande.
LS: ¿Y los medios?
FM: Los medios van a tener que cambiar su arquitectura de marca porque tienen que cambiar su pacto con la sociedad. Antes el pacto con el medio era informar y tener la primicia. Hoy no hay manera de llegar con algo rápido. Ahora el tema es qué se hace con la info.

 

Sacando la mierda de la escuela

 

Hay frases clarificadoras, frases cuya sola elocución consigue revelar, con excepcional talento, aquello que requeriría horas (o tomos) de paciente explicación; frases que logran condensar, de modo sublime, una sensibilidad social que, por decoro o hipocresía, suele relegarse a la intimidad de la cocina familiar o, como en este caso, escapar furtiva cuando las vallas psíquica de contención son desbordadas por incontrolables estallidos emocionales. Frases investidas de clandestina magia (como “Fue la mano de Dios” o “Se le escapó la tortuga”). Frases memorables.
Martes pasado, cuatro de la tarde en la 207 de josecepáz. Nuestra presencia allí obedecía tanto al azar como a que —como es público y sabido— nos apersonamos a fin de realizar un cobro para la emprendimiento de reparto de agua mineral en bidones que, aprovechando el crecimiento económico, montamos con otro compañero de la Asamblea de Pensamiento Marxista (en Carta Abierta). Allí, mientras la Directora firmaba el Remito —con su rostro endurecido, sus ojos cerrados, su mano temblorosa y su rancio y dulzón aroma a naftalina— advino, fulminante, el estallido (parece, según contó después Nelly, la portera, esta situación se repite tarde a tarde por distintos desencadenantes. En este caso, dicen, se debió a una travesura de los chicos de quinto: habían desnudado a un compañerito, habíanlo atado con cables y habíanlo confinado al interior del piano… con la consecuente sorpresa que este hecho suscitó en la maestra de música cuando, a minutos de haber comenzado su clase con los de segundo y dispuesta a entonar la por todos reconocible Fuego en Animaná, vio aflorar de adentro del cordófono simple a ese Adán sin hojita ni manzana… y amarrado como un hereje antes de ser incinerado en la hoguera). Junto al estallido —acá llegamos a dónde queríamos llegar— la frase clarividente y rabiosa:
No puede ser… no aguanto más… Con el trabajo que nos costó sacar a toda la mierda de la escuela, con esta Asignación Universal por Hijo nos la vuelven a meter… ¡Así no se puede seguir!
Noten, camaradas, la atormentada sabiduría que encierra este, quizá desmedido, testimonio; noten cómo da cuenta —quién podría negarlo— de un estado psíquico alterado, perturbado, desbordado; de un odio irrefrenable condensando en un solo ser; un ser que, impotente, se quiere autoridad… pero se quiere autoridad cuando se ha agotado toda posibilidad de serlo, cuando ya no hay recetas, ni modelos, ni imágenes disponibles para construirse —seguimos con la frases— como quien lleva “la sartén por el mango” o como quien “corta el bacalao”, por no decir, como decía mi abuela, la española, quien “maneja el cotarro” (¿qué carajo será el “cotarro”?)
Estudiante en su cotidianidad hiper-estimulada
Pero ¿es sólo una imagen pretérita, una imagen de lo agotado, de lo ya-sin-vida? ¿O, por el contrario, es imagen exquisita de una subjetividad bien actual, bien real, bien presente; imagen nítida de una suerte de fascismo contemporáneo, de un racismo naturalizado e incorporado, como axioma, a la vida? ¿Y qué pasa cuando este racismo se asume como piso, como invariable; cuándo corremos, con cierto disimulo —como quien pega el chicle abajo la silla— nuestros límites de tolerancia?

Debemos, no obstante, destacar una segunda cuestión, un segundo significado de aquella frase. Queremos decir: esta expresión también da cuenta (léase esto como una autocrítica, si así se lo quieren) del nivel de congénita improvisación, de cómo la política (tal cuál entiende por ella el ciudadano cualquiera) parece sólo poder existir como gestión de la dermis social, de lo que hay de más superficial en los vínculos sociales; de cómo el gobierno y la soberanía devienen necesaria gobernabilidad (“gobernar segundo a segundo y centímetro a centímetro”, solía decirnos el compañero Néstor allá por 2003, cuando todo esto recién empezaba). Visto desde aquí, no nos hallamos sino ante una sentencia que ensaya exponer, con inquietante énfasis, las implicancias psíquico-subjetivas de un plan que exige como contrapartida la escolarización compulsiva, pero que no prevé generar las condiciones reales para su realización… a menos que sea menos importante la realización efectiva que la curiosa eficacia de su mera existencia. Una experimentación sin previo aviso. Un salto (empujado) sin red.
                      
Estudiante en un evidente momento de sub-estimulación
De este modo, la frase citada no hace más que evidenciar la tensión entre el sustrato neoliberal de las instituciones que quedaron en pié (una escuela que —de modo antagónico a sus propios fundamentos modernos— funciona expulsando, excluyendo, “sacándose la mierda de encima”) y la incorporación compulsiva a la nada, a un vacío sabido y asumido, pero que existe como modo de señalar dónde está la capacidad de reglar, de inventar las reglas del juego. Una frase que, en este marco, no puede sino poner de relieve la fragilidad subjetiva (de la Directora, de todos nosotros), tanto como la fragilidad del proceso de transformación de nuestro gobierno popular.
Con todo, focalicemos en lo que hay de estructural en todo esto, puntualicemos en el racismo como rasgo contemporáneo de lo más arcaico que queda en nosotros, de lo más primitivo, de los más primario (cuando “primario” se vuelve sinónimo de no racionalidad, de estado de naturaleza animal, cavernícola); y en la gobernabilidad como el rasgo más actual, más novedoso, de la gestión de la vida, del mundo. ¿Es posible neutralizar el racismo? ¿Es posible el propio control de la vida?
Quién sabe…
Horacio Tintorelli (in Open Letter)

¿Cuánto soportamos por la puta guita?

Sobre el garrón laboral y el currículum oculto

Partimos de una certeza: ir a trabajar es un garrón. Pero, ¿qué es trabajar en las sociedades actuales? Digamos que si no pensamos nosotros estos malestares laborales, entonces lo hacen las empresas y las publicidades.

En la actualidad el trabajo no es “el ordenador social” principal de nuestra vida y de nuestro tiempo. El trabajo no nos otorga una identidad social relevante. No somos metalúrgicos, mecánicos, choferes… Está claro que no es el medio para acceder al reconocimiento social. Hoy en día se reconocen otros signos (como los del consumo: las llantas caras, el próximo-nuevo celular, el auto de las publicidades.). El sacrificio del “gil trabajador” ya no encandila, sino las habilidades del que “la hizo bien”.


Si lo principal es entonces la puta guita, se desfonda la idea de trabajo: vamos detrás del ingreso económico. Queremos la puta guita, pero no trabajar. De nuevo: trabajar es un garrón.
Pero, ¿qué hacemos en ese tiempo laboral?, ¿qué saberes sacamos del fondo de los bolsillos? ¿Cuándo aguantamos, cuándo soportamos, cuándo muleamos? ¿Qué hacemos con ese (¿inevitable?) garrón?
Los trabajos pueden volverse verdaderos campos de batalla en donde aparecen los diferentes fondos de pantalla sociales: el desierto (la lógica de la indiferencia), la selva (el canibalismo del “empleado del mes”, el individualismo, la autogestión), la exigencia al mango (como las publicidades de energizantes o los remedios que convocan nuestra fuerza vital para “rendir más”). Pero también en el trabajo se crean trincheras donde nos encontramos con otros (donde se dan escapes, huidas, que a veces se vuelven verdaderas fugas).
En los trabajos podemos mulear o soportar (estos momentos siempre son individuales). También podemos aguantar (creando nuevos espacios y tiempos, siempre requiriendo del otro). En los laburos podemos ser indiferentes con la situación de los otros, con el malestar de nuestros compañeros de laburo y con nuestro propio malestar. Pero también podemos ser indiferentes en versión activa: podemos desoír a la autoridad y a los mandatos sociales publicitarios.
El currículum oculto
Pensemos en la “oferta” de trabajos disponibles para los pibes y pibas. Y en los “requisitos” que nos ponen como condición para trabajar. ¿Qué saber necesitan de nosotros? ¿Qué información útil y necesaria portamos en nuestros cuerpos para el mercado o para el estado? Hay muchos datos que completar en un currículum vitae, pero ¿qué hay del “currículum oculto”?
Hay algo implícito y hasta obvio que requieren de nosotros y que no aparece como condición visible en el currículum.  Hay un currículum oculto del pibe y la piba: se trata de sus formas de vida, de las subjetividades, los saberes y la información que portamos para habitar y movernos en los territorios actuales.
Hay cosas que se requieren de nosotros y que no aparecen en la entrevista laboral: por ejemplo, el conocimiento de la calle en el caso de los motoqueros o los cadetes.
El aguante como saber y estrategia generacional, la creatividad, lo anímico, la disposición de todo nuestro cerebro y cuerpo para el trabajo. Un arma de doble filo para nuestros empleadores…
Cadeteando

Para cadetear la calle en moto, en bici, o a pata hay que bancarse miles de quilombos e imprevistos. Por eso las empresas requieren de tipos curtidos. Buscan tipos que la aguanten, que aprovechen todo su saber y experiencia callejera para desplazarse por la ciudad. Si hay que hacer cincuenta trámites en cinco horas, entonces… a desplegar estrategias. Ahí surge la solidaridad y la red. Vos bancas en una de las filas, mientras el otro te está bancando en aquella a vos. Pegás onda con las cajeras y cajeros, para ser más eficaz. Vas a mil por las calles. Y ante cualquier quilombo saltamos todos. Sabemos quiénes están en tal esquina y quiénes en la otra. Todo esto forma parte del currículum oculto. A todo eso se lo valora y se lo pone a trabajar. Todo eso es lo que termina volviendo difusos los límites entre trabajo y no-trabajo.

 Y entonces las preguntas nos apuran: ¿cuándo aguantamos, cuándo nos solidarizamos con el otro? ¿Cuándo nos volvemos creativos para nuestro propio beneficio y el de los amigos y cuándo para que nos sigan muleando y exprimiendo? ¿En qué punto le estamos regalando todo nuestro saber y experiencia al empleador? ¿O es eso lo que “vendemos” como fuerza de trabajo? ¿O esos gestos son grietas en el mundo laboral, escapes del tiempo-garrón que es el trabajo?
Siempre está el peligro de que seamos nosotros mismos los que nos exprimimos, convirtiéndonos en auto-empresas que gestionan cada vez más trámites para hacer unos pesitos extras, por ejemplo. ¿Cuánto valen las caídas, choques y muertes, por estar recorriendo la ciudad a las chapas? ¿Cuándo nos ponemos como combustibles de esta sociedad precaria y cuándo estamos creando zonas de libertad?
¿Cuándo le robamos “algo más” que la puta guita al laburo? ¿Cómo robarle espacios habitables a las horas laborales? ¿Cómo alargar los tiempos propios? Cuando los trabajos actuales son puros medios para obtener la puta guita, en ese “algo más” se juega todo. Algo más que el ingreso económico, algo intangible: los deseos, los anhelos. Ese “algo más” es la apuesta. Es el pasaje por los espacios laborales esquivando las muleadas o el mero “soportar”, para ir tejiendo libertades…
Colectivo Juguetes Perdidos

Tomarse las tomas en serio:

el humor como máximo nivel de elaboración política*

Lo más interesante del conflicto que estamos protagonizando es cómo éste logró alterar los lugares de cada quien, los roles que estaban legitimados. Nosotros, los chicos, conseguimos mayor capacidad de entendimiento del mundo escolar en el que nos movemos. Nos sirvió, además, para comprender muchas cosas de los adultos, de las instituciones, de los medios, pero también cosas sobre el funcionamiento de los jóvenes militantes y de su hacer política.

Hacer política

 
Por política no entendemos afiliarse a un partido o tener ciertos discursos generales. El “Fuera Macri” es coherente en sí, pero también es bastante obvio. Hay otras maneras. La toma es, sin duda, una forma importante de apriete al gobierno, una medida de lucha. Pero, al mismo tiempo, es una medida totalmente trillada y que rápidamente remite a otras épocas de este país, lo que genera en los estudiantes un sentimiento vinculado a un modo de hacer política muy tradicional: el de los compañeros.
Pero estamos, también, los que participamos de este movimiento de tomas de manera más ajena, más distante; los que nos damos cuenta de que algo anda mal cuando todos estamos reclamando y cuando esta forma basada en el reclamo no deja lugar a otros modos de involucrarnos que no sea el tradicional militante. O más puntualmente: nos involucramos cuando nos enteramos de que se iniciaba la toma, pero generamos una idea propia de la toma con nuestra actividad permanente. Y eso nos parece lo más interesante.
Lo que tenemos que buscar durante las tomas son nuevos discursos, no solamente sobre Macri, sino sobre cualquier otra cosa. Y eso no se logra fácilmente. Se consiguió hasta ahora un nivel de elaboración (¿política? ¿discursiva?) muy básico: se consiguió exigirle algunas cuestiones al gobierno (cuestiones que, hasta el momento, sólo se concedieron en algunos colegios), se consiguió hacerle saber a los estudiantes que está todo mal con Macri. Son cosas que están bien. Pero es lo máximo a lo que hemos llegado. El desafío sigue siendo llegar a otros niveles de la propia experiencia y del lenguaje con el que se la cuenta. Por ejemplo: contar la elaboración de pensamiento en los chicos. Agarrar y ponerte a hablar de cualquier cosa. A nosotros nos entretiene más hablar sobre lo que puede generar una película o discutir sobre lo que la tele está diciendo en torno a la inseguridad, y lograr diálogos interesantes. Eso nos parece mucho mejor (más divertido, más profundo) que quedarse en la confrontación con Macri.
Sobre los medios
En los medios aparece siempre el mismo tipo de pibe o piba, que dice siempre más o menos lo mismo. Pero la toma es mucho más heterogénea. Y pasan muchas más cosas que lo que los medios logran captar, muchas más cosas que las que este tipo de pibe o piba logran ver.
Nos parece interesante que se vea al adolescente haciendo algo. Nos parece mal que sólo se lo vea como el pibe toma-colegio con un discurso armado. Y eso fue lo que lograron los medios. Nos gustaría que discutan los pibes que tienen otro punto de vista, que se pueden quedar callados ante una respuesta o decirte no lo entiendo, en lugar del gesto militante de todo el tiempo responder buscando en sus archivos.
Si sos un periodista y querés llevar a alguien para discutir con Feinman vas llevar al pibe que esté gritando canciones ahí afuera y no al que está a un costado porque esas canciones le parecen lo más boludo que hay y, sin embargo, participa de la toma. Aún así, ¿qué le interesa al periodista ese pibe que está ahí con gorra, ropa deportiva, con cara de culo, mientras ve a un pibe al lado con buzo hippie, tocando la guitarra y fumando? ¿A quién va a preferir entrevistar?
Al margen, nosotros no dejamos entrar a los medios al colegio. Vino CQC y decidimos que no pasara, porque nos parecía funcional al gobierno de la ciudad.
El humor como lucidez
Estuvimos en la asamblea general de la Coordinadora Unificada de Estudiantes Secundarios (CUES) que se hizo en nuestro colegio y fue una pérdida de tiempo. Entre los chicos que van a la CUES no vemos muchas diferencias. Es dudoso que un chico como nosotros se movilizaría para ir a la CUES, porque de verdad nos parece poco interesante. Quizás nos hubiera gustado estar el día que se decidió la toma general en los 24 colegios, para ver lo que puede mover de otras maneras y hace estallar esa situación más convencional.
 Eso es exactamente lo que decimos que no se pudo elaborar: que ese chico agarre y se siente y piense de manera más abstracta por qué está ahí, que analice la situación. Lo que suele darse entre nosotros, con los amigos, es describir lo que pasa pero de manera más bien irónica, burda, tratando de desarmar los estereotipos que se imponen. Para nosotros ese tono de joda es pensamiento. Lo que pasa es que cuando te juntás con cuarenta personas ese modo ya es inaplicable. En la situación de asamblea hay que hablar de otra manera. Y lo hicimos porque nos tocó. Pero a nosotros nos hubiera encantado tener a 30 pibes jodiendo sobre lo que pasa y nos hubiera parecido increíble lograr eso en política. Porque la política, ya dijimos, es mucho menos afiliarse a un partido o tener ciertos discursos generales que que un grupo de pibes logre colectivamente problematizar una situación, encontrarle su lado grotesco, su lado estereotipado, sus lados agotados y sus posibilidades. No sabemos cómo hacerlo, pero si lográramos generar esos espacios se abriría otra manera de elaborar desde los pibes, con otro lenguaje. Que no sólo entiendan el estereotipo, sino que accedan a la situación en sí, a través de la burla y el absurdo. Porque ese tipo de humor es para nosotros entender la situación. Con ese humor podés diferenciar cada personaje, evaluar su papel. Y lograr ese reconocimiento junto a otras personas, a través de una situación de humor que es a la vez lúcida y entretenida. Creemos que llegar a hacer eso es lograr el máximo nivel de elaboración política posible. Ese tipo de humor te permite entender totalmente la situación y todo lo que interviene en ella. Estás totalmente lúcido de lo que pasa y podés bromear sobre cada cosa (¡sólo cuando comprendés de qué se trata cada cosa podés elaborar un buen chiste!).
Obviamente, también tenés que tener la capacidad de darte cuenta en qué situación la joda no debe hacerse. Por ejemplo, en los medios no podés bromear. Porque para que el chiste funcione tenés que tener cierta intimidad con el otro, necesitás haber compartido un tiempo con la persona y participar de la misma situación, estar sumergido en ella, comprenderla en el detalle. La lucidez depende también de la confianza.
¿Sería, entonces, como una Barcelona que se encarga de la situación de los colegios? No, porque ellos piensan todo el tiempo en las personas a quienes va ir dirigido el chiste y nosotros pensamos en las personas que estamos participando. Nos encantaría que hubiera más gente para integrar a esa relación, abrir la inteligencia que allí se crea a otros que estén en otros lados, pero no vemos forma de hacerlo.
El lenguaje de la ironía es selectivo, hay personas con las que no podés entenderte en estos términos. En cambio, la funcionalidad que tiene el discurso militante más clásico es que es un código fácilmente comprensible para todos, incluso para el que no está de acuerdo. Pero por eso mismo te encasilla. Pero por eso mismo muchas veces sospechamos que está agotado.
*Extracto de diálogo entre la agrupación Free (Frente Estudiantil) del Normal N° 4 y el Colectivo Situaciones / Buenos Aires, septiembre 2010.

Taller de coyuntura

Infrapolítica

Intentaremos darnos un concepto que nos permita pensar la politicidad actual más allá de lo que vemos y leemos en los medios masivos de comunicación. Si asumimos que la política es eso de lo que habla la sección Política de los medios, ¿podemos suponer que existe un espacio que acompaña a la política desde abajo, una dinámica que podríamos llamar infrapolítica?
Hablamos de infrapolítica para nombrar un fenómeno actual y coyuntural, que no es fácilmente asimilable a las categorías con las que venimos pensando lo político. En una nota recientemente publicada en el diario Página 12 sobre las tomas en los colegios secundarios de la Ciudad de Buenos Aires, los/as chicos/as dicen “somos hijos de la crisis de 2001”. No se trata de chicos del 2001. Sino de hijos de aquellas jornadas. Hijos muy diferentes a los hijos de la política de los años 70. Explican: “nos interesa la política pero desconfiamos de lo políticos”. Y esa desconfianza, intuimos, puede convertirse en un central de la micropolítica.  
Se trata de expresiones que difieren de los movimientos del 2001, pero son herederas de ellos. En aquel entonces, las asambleas barriales, los centros de trueque, los movimientos piqueteros y los grupos anticorralito se organizaron en un contexto de estallido de la macropolítica. Hoy, en cambio, hay una revitalización de la política. La pregunta es si junto a este reverdecer de la política no surgen dinámicas nuevas, subterráneas tal vez, prácticas que tratamos de entrever. 
Hablamos de infra y no ya de micro-política. Si bien Delueze y Guattari nunca se referían a la micropolítica como algo chico (la micro tiene siempre la misma extensión que la macro) los últimos años hemos experimentado micropolíticas del refugio en lo pequeño, reducidas a lo local. Como las micropolíticas, la infra comparte con las micropoliticas la ligazón con las situaciones concretas. Pero elegimos el nombre de infra para remarcar el modo en que estas micropolíticas actuales se extienden en toda la dimensión de lo político. Más que una diferencia de escala, lo que distingue macro y micro, macro e infra es una diferencia de reglas de constitución, de modos de existencia.  
La infrapolítica va cerca de la política, pero a distancia. Hace política y, al mismo tiempo, desconfía de la política. En esa desconfianza radica su heterogeneidad, su forma singular de actuar. La política está regida por una racionalidad pragmática (en el sentido que su lógica es de uso, de fuerzas, de tácticas). Lógica de poder, en la cual resulta imprescindible coaligarse con otros por pura necesidad. La infrapolitica, en cambio, es una dimensión ética, en el sentido que su punto de partida consiste en declarar que un estado de cosas nos resulta intolerable. Todo empieza cuando decimos: “esto no lo quiero”, “esto no lo soporto más”, “esto no”.
Los estudiantes, para seguir con nuestro ejemplo privilegiado, se niegan a seguir cursando en las condiciones edilicias en las que lo hacían. Las tomas se sostienen en esa expresión de disconformidad, que convive con las demandas de las agrupaciones políticas, y al mismo tiempo a una cierta distancia de lo político como tal. En una entrevista (“Tomar la toma en serio”, dialogo entre agrupación Free y Colectivo Situaciones), pibes y pibas del Normal 4 que sostienen la toma del colegio comentan su incomodidad con el discurso de los militantes, dicen que no se sienten representados, que ellos no hablan así, no piensan así.
La toma es el espacio de otras experiencias, de otros lenguajes, donde lo infrapolítico se habla cuando se charla sobre una película o sobre lo que dice un diario y no simplemente cuando se critica a Macri. Donde lo infrapolítico se habla en otros tonos, donde el chiste o la ironía encarnan una crítica a las formas tradicionales de hacer política. Una ironía que no es cinismo, porque no se coloca por fuera de lo que expresa, no pasiviza. Por eso la infrapolítica no es (en ningún sentido) semejante a una “antipolítica”, el rechazo a los intereses constituidos no se traduce en desinterés. 
En el escenario de la política los actores están siempre ya-constituidos y se enfrentan por intereses (igualmente constituidos: estado, clases). En las politicidades que describimos (infra) los actores están en constitución y no responden a intereses establecidos previamente. Son espacios en los que: (a) se generan modos de vida y modos de percepción, mientras que la macropolítica (b) es el reino de la representación.
El principio de representación permite hablar por otros, callar a unos, hacer hablar a otros a partir del lenguaje ya estructurado de la política. Un lenguaje que es el mismo que el de los medios de comunicación. Así funciona la lógica de los medios, creando estereotipos: de la diversidad de quienes participan en las tomas los medios eligen entrevistar a los militantes, cuyos discursos caben en las gramáticas de la política. Las otras voces son más difíciles de asumir en la televisión. Al igual que un sonido incomprensible no se interpreta como música sino como ruido, no se reconoce esas voces como discurso político.
Cuando esos tonos disonantes se acompasan y la experiencia de la toma cristaliza en un lenguaje político, en un “lenguaje de la toma”, eso es más el límite de la infrapolítica que su potencial. Eso que a quienes tenemos una afinidad política nos suena bien, nos produce empatía, evidencia una captura de la política.
Contra ello, la infrapolítica insiste con su “ruido” (ya decíamos en la reunión pasada que en la política había una cuestión de oído) que quiere expresarse. No se contenta con lo micro, con ser el lenguaje que se crea entre dos, en los intersticios. La infrapolítica irrumpe, es algo que acontece. Cuando emerge ¿podemos decir que está colonizando la política? No sabemos si la coloniza, pero si la interpela, la obliga a responder y, en ese punto, altera la fijeza del lenguaje establecido.
Hay una cierta fluidez entre los dos órdenes, que nos lleva a considerar a la política y la infrapolítica más como dos polos de un continum que como una dicotomía. La infrapolítica podría ser el suelo donde surgen los elementos que luego retoma la macropolítica, un nivel embrionario. Pero consideramos, al mismo tiempo, que la infrapolítica también puede retomar por su cuenta elementos de la política. 
La infrapolítica supone siempre un exceso sobre los códigos de la política: una emergencia de la multiplicidad de relaciones, algo imposible de subsumir a la lógica de la representación. Lógica de la proliferación y la ambigüedad, allí donde fracasa la idea de un “pueblo” más o menos homogéneo,  para quien politización equivale a representación, cuerpo único y todo unificable, representable. La infrapolítica designaría (si finalmente adoptamos el concepto) aquello que nunca se puede traducir por completo al lenguaje de la política, aquello que siempre sigue resonando como una política a (cierta) distancia de la política.  
Anexo: Lo que resuena la política
Nos preguntamos por lo que escuchamos cuando nos proponemos pensar la coyuntura política. Así como resulta evidente que en música o en el psicoanálisis hay un asunto de oído, podemos partir de que también en política hay una dimensión de oído. También en la política hay mucho ruido, melodías gastadas y clichés que tienden a repetirse. Entonces: ¿qué es lo que escuchamos cuando escuchamos, dónde ponemos la oreja, que pliegues, qué registros priorizamos?
Por ejemplo, entre las sonoridades de este último tiempo tenemos un gobierno que nos hace oír ciertas cosas en relación con la última dictadura. El gobierno interpela al empresariado y denuncia a los empresarios vinculados con ella, distinguiendo entre capital cómplice y capital no cómplice (seguramente los Grobo entran en esta última posición). ¿Esta de complicidad con la dictadura, a propósito de la batalla con Clarín, la historia del Papel Prensa, se deja interpretar como superación del neoliberalismo? ¿Estamos en un momento posneoliberal? ¿y que sería el posneoliberalismo?
Ante todo: ¿qué cosa es el neoliberalismo? Es un problema de oído. Puede que la dictadura haya sido más la destrucción de cierto “estado social” construido a partir del peronismo que la construcción sistemática de un estado neoliberal. Una destrucción a partir de la cual, en los 90, se afianzó una política centrada en el individuo y una economía centrada en el capital privado.
Es interesante hablar de estado-neoliberal. Porque la cantata “neo” hablaba contra la intervención del estado. Y cuando hoy se habla contra la fase neoliberal de los años noventa se afirma que el estado tiene que intervenir más. Desde ambas posiciones se silencia (como el silencio en la música) la existencia de un estado neoliberal, de intervenciones propiamente neoliberales.  
¿El neoliberalismo es un intento de recuperar el liberalismo de antaño o apunta a una nueva forma de relación entre estado y mercado? Gustavo Grobocopatel, un ejemplo de “capital-no cómplice” tuvo un debate con Mempo Giardinelli y Aldo Ferrer en Pagina 12 (lo esencial ocurrió entre el 11 al 18 de agosto de 2010). Allí sostiene que “es fundamental tener políticas de incentivo a la inversión, al combate contra la evasión y un estado fuerte y dinámico”. El empresario sojero –cuyas ganancias provienen del mercado internacional y no del consumo interno– pide un “estado fuerte”.
Una posición similar expresa hace solo dos semanas Enrique Iglesias, ex director del Bid quien se considera al mismo tiempo neoliberal y neointervencionista. Desde su punto de vista la crisis actual extrema la identidad entre mercado competitivo y fuerte intervención estatal. 
Una postura liberal estaría orientada a que el estado dejara libradas al mercado crecientes porciones de la economía. En el neoliberalismo, en cambio, el empresariado pide un estado que regule. Pero no se trata de agentes excluyentes, se deshace la disyuntiva-excluyente entre estado y mercado. El estado no limita al mercado desde afuera, sino que participa de su trama, lo incita y lo constituye.
Esta es una poco la lección de Foucault en “El nacimiento de la biopolítica”: en el neoliberalismo el estado brega por las extremadamente complejas condiciones en las cuales los mercados pueden funcionar.  

En vez de limitarse a que las políticas públicas beneficien a su sector, el reclamo de Grobocopatel se centra en que haya una política integral de desarrollo económico para el país. El neoliberalismo no es un discurso antipolítico, es un discurso político. No se trata solamente de un argumento de los empresarios para ganar más dinero. Existe también un neoliberalismo popular, una forma de ver las cosas, una racionalidad que ha penetrado tramas populares.

El neoliberalismo no impone “un” modelo de acción o un modelo de vida, su lema es “hace lo que quieras, pero que produzca valor mercantil”. Se trata de una racionalidad que supone que el principio racional de toda relación social debe estar orientado a generar dinero. Lo que no produce ganancia no tiene sentido. La vida es un capital humano que tiene que valorizarse. Los pobres no pueden tener muchos hijos porque si estos se echan a perder sus hijos no van a ser suficientemente productivos.
Esta racionalidad es efectiva en áreas enteras de la sociedad, más allá de la tónica del gobierno. Hoy el discurso oficial no es un discurso neoliberal, y se han tomado medidas que no son neoliberales, como la asignación por hijo o la ley de movilidad jubilatoria.
¿Se puede pensar a los planes de asistencia social como oportunidad de modos no-neoliberales de producción de lazos sociales, en tanto entrañan acciones que no están orientadas a generar valor mercantil? Desde una racionalidad eminentemente neoliberal, el objetivo de estos planes puede ser el de evitar que una porción de la población que podría ser conflictiva interrumpa el circuito de valorización capitalista. El neoliberalismo, que tiene como imperativo que todo lo que es en la sociedad produzca valor en el mercado, para funcionar necesita exceptuar ciertos cuerpos de esa valorización.
La exceptuación que así se aplica puede abrir a experiencias diferentes de las que produce el capital: relaciones sociales por fuera del trabajo. Fuera del trabajo no quiere decir fuera de la producción de lo social. Fuera del trabajo puede ser fuera de las delimitaciones de valor trazadas por el mercado, puede ser el espacio para una racionalidad donde toda vida es necesaria.

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