Anarquía Coronada

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Vamos todos a nuestra fiesta desesperada // Ignacio Lewkowicz

Sobre Rodrigo, la cumbia villera y la subjetivación

No hay salida de la villa, incluso se puede caer de la villa, caer en la calle. Pero que no haya salida no significa que no haya subjetivación. Habrá que pensar la villa como condición. Un modo de subjetivación que no tiene los oropeles sarmientinos de la civilización es la fiesta. La cumbia villera es el modo de articulación de la situación fiesta. El clima de euforia de la cumbia villera está sostenido en un fondo absoluto de desesperación. La velocidad, el ritmo, el desacople rítmico, los desfasajes de velocidad son cocaína desesperada, desesperada por la amenaza de la caída. Caída por ejemplo del bajón postmerca; caída por ejemplo de que la fiesta se acaba. La fiesta se termina pero no es la fiesta de Serrat en que el pobre vuelve a su pobreza. No hay retorno al punto de partida porque no hubo salida: hubo fiesta. Si el tango según Discepolo es un pensamiento triste que se baila, y el rocanrol según Solari es un pensamiento crítico que se baila, habrá que pensar a la cumbia villera como una subjetivación desesperada o una desesperación sin pensamiento que se baila. Esta cumbia tiene una conexión con sus condiciones prácticas subjetivas ue no es expresiva, no se nombran esas condiciones, no se denuncian, no se tematizan: están, pero están tan presentes que no se nombran, están ahí en la salida, en cada silencio, está ahí presente. Es decir que la fiesta no se organiza en base al olvido ni en base a la denuncia: la condición práctica es ser fondo omnipresente, evidente, no nombrado de la euforia desesperada.

Rodrigo canta fuera de ritmo. El aislamiento, en principio, según cualquier canon musical, es desesperante, pero en gran medida el desacople rítmico con la banda expresa la desesperación, pero además indica la conexión con la fiesta: está más conectado con la fiesta que con la banda. Por supuesto que esa fiesta incluye la desesperación. También la desesperación del éxito, que incluye a su vez dos figuras, que aparecen permanentemente en los reportajes a Rodrigo: el terror de caer en el éxito y el terror de caerse del éxito. Ese borde, caída en el éxito, vorágine que lo aniquila o caída en derrota –nada que lo aniquila– marca un borde, y ese borde, esa desesperación es lo que se escucha. En ese borde, Rodrigo está investigando el máximo de equilibrio entre apropiarse del vértigo impuesto sin detención posible y claudicar ante el vértigo impuesto sin detención posible; ni se resiste a los imperativos mediáticos ni agradece: intenta en principio aprovecharse de eso. No se trata de vértigo o reposo, sino más bien de un vértigo alienado y propio a la vez, de una indiscernibilidad entre lo propio y lo ajeno, como el aprovechamiento de los romances con Nikita cuando Michael está en prisión. La banda trabaja como la sección uno en una dinámica desesperada de afinación de la subida al micro, bajada de los equipos, tocar, volver a subir al micro: están en misión.

La cumbia villera es la versión postmoderna del cuarteto cordobés o la cumbia tropical. En la cumbia villera la villa es la condición de enunciación absoluta. Se habita la villa desde el sesgo de la desesperación y no desde el sesgo de la pobreza. La música no es buena ni mala, uno conecta con eso o no. Si conecta, la emoción es desbordante, es decir que apunta materialmente a un centro de desolación que no se enuncia ni se estetiza ni se disimula: está. Un término de la desesperación es que la fiesta se acaba: hay que hacer lo más posible porque esto se acaba. El acordeón tiene que meter la mayor cantidad de notas posibles en un tiempo sin fisura porque en la fisura aparece el que la fiesta se acaba. El acordeón tiene que meter la mayor cantidad de notas posibles porque está apoyado en nada; es una banda en la cual los dos términos más característicos se escuchan solos, pero desconectados con la fiesta desde el sesgo de la desesperación –Rodrigo y el acordeón–. Esa desesperación, a diferencia del desgarro flamenco y de la tristeza tanguera, no es expresable, no es estetizable, no es nombrable. La desesperación es una condición presente en silencio. Con esa desesperación uno conecta sin interpretar; ni la música ni la letra dicen algo de eso: uno conecta con un sentido que está más allá del sentido –o más acá, mucho más acá…– en la desesperación pura. El acordeón es la música que queda, lo único que hay de musical, el resto es puro ritmo y vértigo. Pero el acordeón no apoya sobre ese ritmo, suena solo, suena sin sustento, y si uno conecta es porque la villa, la fiesta terminada, es la condición general de la subjetividad contemporánea. A diferencia del cuarteto cordobés, la cumbia villera habla de nuestra condición universal y no de un ellos pobres marginados poetizables. El pobre de Zitarrosa está como otro, una condición de la poesía. Pero el pobre no es el expulsado, y el expulsado es el fondo que irrumpe sin poder estar, el expulsado no es representable y estamos todos tomados por esa condición de expulsión. La cumbia villera habla de nuestra condición subjetiva más íntima, pero no en las letras ni en la música sino en la desesperación de una fiesta que está por terminar.

21-06-01

Nosotras paramos // YoNoFui

Nosotras paramos por todas las mujeres presas en cualquier punto del territorio.

Paramos por las que zafaron antes de entrar, por las que entraron y salieron de institutos de menores, por las que no les quedó otra que volver a delinquir y regresaron a la cárcel, una y otra vez hasta creer que ése era su lugar.

Paramos porque la cárcel no puede ser nunca una casa para nosotras y nuestros hijes.

Paramos para visibilizar todas las violencias que sufren las mujeres adentro de la cárcel.

Paramos para decir basta a la discriminación y el estigma que marcan nuestros cuerpos por haber estado presas, lo que termina siendo una doble condena.

Paramos porque la cárcel destruye nuestros vínculos con el afuera, resquebrajando nuestros mundos afectivos y toda posibilidad de reorganización material de nuestra vida.

Paramos para exigir el arresto domiciliario a todas las mujeres madres con hijos menores de edad en contraposición a lo que hace la justicia patriarcal que no duda en otorgar el arresto domiciliario a los genocidas.

Paramos porque el mismo Estado que nos encierra, luego nos arroja a un afuera, en el que no hay lugar para nosotras.

Paramos porque no queremos que el delito sea nuestra opción, pero tampoco queremos seguir mendigando en los pasillos de los Ministerios Públicos para que nos digan que no mil veces, cuando se trata de reclamar por nuestros derechos.

Paramos porque no queremos que discriminen a nuestros hijes en las escuelas porque sus madres están presas.

Paramos porque estando presas y enfermas no recibimos atención médica, y somos tratadas como desechos.

Paramos porque en las cárceles provinciales vivimos amontonadas en lugares inmundos, con ratas, cables colgando y techos que se nos caen encima.

Paramos porque queremos trabajar pero no ser explotadas por el Servicio Penitenciario Bonaerense, que nos paga 16 centavos la hora de trabajo.

Paramos por las que sufrieron violencia obstétrica, maltratadas por el Servicio Penitenciario y los agentes de salud, y por las que parieron en los pasillos de un penal.

Paramos por las que fueron violadas y abusadas sexualmente en la cárcel y por las que sobrevivieron a ese infierno. Paramos por las que murieron asesinadas en la cárcel en manos del Estado.

Paramos porque no queremos negociar nuestros derechos ni adentro ni afuera. Paramos porque nuestros cuerpos también cuentan.

Paramos por las que se fueron sabiendo que una parte nuestra siempre se muere en el penal, pero que otra más fuerte toma su lugar cuando se convierte en lucha colectiva.

YoNoFui es una colectiva feminista que lucha por los derechos de las personas privadas de libertad. Trabajamos con talleres de artes y oficios en las cárceles de mujeres, y afuera una vez que recuperan la libertad. Somos además, una cooperativa de Trabajo. Contacto: Facebook: @yonofuiorg info@yonofui.org.ar

Las mejores armas de las pibas // Diego Valeriano

El desencanto que hoy siente Ailén no necesariamente afecta su necesidad de salir, de gozar, de pasar a buscar a las pibas, de caminar hasta la parada del bondi para viajar juntas y morirse de risa hasta Primera Junta, de guardar el rencor y transformarlo en un motivo más para irse de este lugar de mierda. Tiene mil historias y todas con ellas, todas de aguante y segundeo. Clínicas clandestinas,  agites en cualquier lado, farmacias de turno en Libertad, el 15 de Mari, una vez que se perdieron yendo a Flores, horas eternas en guardias de hospitales, la primera vez que pegaron un veinti, comer chocolates mirando series, llorar como solo lloran las amigas, mil selfies en el Sarmiento y esa vez en ese patrullero que solo recuerdan para no olvidar.

Ya no hay expectativas, ni cuentitos, ni chamuyos posibles. Hay sí, entre las pibas, cuidados, atención y momentos. Momentos en los que es imperioso bancar a Melli porque nadie la banca con Josué y hacer de tías es un gesto político, momentos de ir a encarar a los pibitos que para ser machos se hacen los atrevidos cuando ellas andan solas, momentos de acompañar las veces que sea necesario al juzgado, momentos de hablar, hablar y hablar hasta que no quede escabio. Ya no hay explicaciones, ni consejeros, ni buenas intenciones, ni un ortiba en patrullero que se hace el comprensivo y les habla que tienen que taparse más para no tener problemas. Ya no hay posibilidad de que cada agresión no sea respondida. Ya no hay contingencia en la que no se planten, ya no aceptan que se les prohíba nada, ya no arrancan si ellas no quieren. Ya no hay obediencia.

Tienen el grupo de wasap como gesto de alianza, se ríen y se cuidan, se preguntan cómo llegaron, se organizan para salir o para no volver solas. También afirman su alianza todos los miércoles a la noche, se juntan en lo de Priscila, escabian, fuman, se ríen, deliran sobre el mundo entero y hablan mucho de ellas. A veces el dolor se hace lugar y Ailén se acuerda de lo que le paso cuando empezaba el año. “Salir es estar en guerra”, dice, y se hace un breve silencio. “Quedarse también”, grita Milli, casi atragantada, desde el fondo de la piecita, tirada en la cama y sin sacar la vista del Instagram. Entre ellas discuten si es mejor el gas pimienta o la picana, y Mara insiste en que no hay como llevar una faca en la mochila. Igual saben que el aguante y el segundeo son las mejores armas de las pibas. También está el escrache a los giles y volver cuando ya salió el sol, o al menos eso dicen como excusa en casa. 

 

Foto: ww.sub.coop 

Sobre angustia e incertidumbre // Ignacio Lewkowicz

La frase de Deleuze que suelo citar contiene una ambigüedad. En la página 202 de Qué es la filosofía dice:

“No hay otra cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo. Las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos.”

La ambigüedad está entre doloroso y angustiante. Yo diría “nada más doloroso que la velocidad con que se nos escapa el pensamiento, nada más doloroso que el escaparse del pensamiento”.

La ambigüedad está en la equivalencia entre dolor y angustia. Parece que nada es más natural que llamar técnicamente angustia a la efectividad del dolor. Sin embargo, quisiera plantear que la angustia es un fenómeno más circunscripto, si se quiere más históricamente circunscripto que el dolor.

La angustia como forma histórica del dolor se relaciona con la problemática del objeto. El objeto lo hemos perdido, el objeto se nos presentifica, la presencia del objeto nos angustia, la ausencia del objeto nos angustia, la promesa del objeto nos angustia, la amenaza del objeto nos angustia. En definitiva tenemos toda una variación de angustias ligadas con el objeto. Sin embargo, en la frase de Deleuze el objeto ha desaparecido, y lo único que produce sufrimiento es la relación del pensamiento consigo mismo, su escaparse de sí; no es el objeto sino la velocidad del sujeto, no es el pensamiento que no puede agarrar algo sino el pensamiento que no puede agarrarse, que no puede alcanzarse a sí mismo. Esta figura, si se quiere sin objeto, del sufrimiento del puro sujeto, del sufrimiento del exceso de potencia del sujeto si llamamos sujeto al pensamiento, no debería llamarse angustia. Diría que se sufre de potencia, una potencia desmesurada del pensamiento respecto de sí. Pero si el pensamiento se ejerce sólo al capturarse, se sufre de contingencia. Puede capturarse y puede no capturarse. “Nada más doloroso que la velocidad con que se nos escapa el pensamiento” significa que la problemática en que estamos metidos es la de la velocidad del escaparse y no la de la pérdida del objeto.

La fluidez, la fluidez del pensamiento, la fluidez del sujeto, la fluidez implacable termina destituyendo la problemática del objeto en nombre de una problemática históricamente inédita del puro sujeto. En fluidez prima la incertidumbre por sobre la angustia. En fluidez prima la indeterminación del escaparse del pensamiento por sobre la inminencia, la proximidad o la ausencia del objeto del deseo.

La incertidumbre es el modo de relación con la potencia en la fluidez. La incertidumbre podría llamarse aquí contingencia del pensamiento.

«Un llamado a repolitizar la vida cotidiana” // Silvia Rivera Cusicanqui

La totalidad de la nota pertenece al sitio web amigo LA TINTA que la ha publicado el 27 y 28 de Febrero en dos partes (Parte 1: “Un llamado a repolitizar la vida cotidiana” y Parte 2: “Está momentáneamente adormecida la política de las calles en Bolivia”). Aquí publicamos ambas partes reunidas en una nota.

En La Paz, Bolivia, todos los años Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga, historiadora y ensayista integrante del colectivo Ch’ixi, lleva adelante una cátedra libre. “Sociología de la Imagen” se convierte así en un espacio de formación para descolonizar nuestras miradas. Estuvimos un mes compartiendo ese espacio y hacia el final del mismo, la entrevistamos con la intención de seguir comprendiendo nuestros feminismos latinoamericanos.

Por Redacción La tinta

Silvia Rivera Cusicanqui considera que su postura personal la ha colocado en cierto modo, “al costado” de toda la problemática planteada por el feminismo desde la década de 1960. “Digo al costado, no porque no me sienta interpelada por las ideas y esperanzas feministas, sino porque siempre he vivido la identidad femenina desde el interior histórico y político del colonialismo interno, donde la mujeridad se construye también colonizada”, narra Silvia en su libro Violencias (re) encubiertas en Bolivia.

En la entrevista que le realizamos, le preguntamos acerca de esto que ella nombra como una “forma práctica de ser mujer feminista, sin estar militando en grupos feministas”. Ella considera que ha sido, ante todo indianista, pensando que la opresión femenina y la opresión india son homólogas. Silvia nos planteó que hoy, el indianismo está totalmente abocado en un discurso nacionalista de buscar un estado aymara y una nación aymara y que para ella, “el nacionalismo es lo más antifemenino que hay. Es una vocación de poder totalmente centrada en un ethos masculino”. En esta primera entrega de la entrevista que le realizamos, conversamos con ella acerca de los encuentros y desencuentros entre indianismo y feminismo, los modos en que se estructura la violencia de género hoy y los vestigios coloniales que hay allí.

Nos gustaría comprender cómo identificas la presencia del patriarcado en distintos momentos históricos, cómo éste se fue exacerbando o constituyendo cada vez con mayor fuerza hasta la actualidad. Y en paralelo, pensar cómo se estructuró el poder y la supervivencia de las mujeres en estos siglos desde la conquista española.

Como les decía, hay elementos patriarcales en la estructura pre hispánica andina, pero yo creo que atenuado por el paralelismo de género, por el carácter bilateral de la autoridad y la existencia por un lado de panakas y aillus que permitían un espacio autónomo de las mujeres donde además el papel ritual que tenían ellas, era además un papel productivo: es un conocimiento de las recetas, de la chicha, de los tejidos, de las canciones y todo eso como un saber femenino reservado interiormente a las mujeres del cual no tenían conocimiento los varones. Por lo tanto había como una cierta autonomía y las fuentes de poder tenían esa doble naturaleza, el ancestro femenino y el ancestro masculino.

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Foto: Colectivo Manifiesto

Todo eso va a ser trastocado por la invasión, sobre todo la parte ritual, pero debido a la propia ceguera de los colonizadores que enfocaron todas sus herramientas de exacción sobre el varón como jefe de familia, hubo como cierta invisiblidad de las mujeres. El rol de ellas como ritualistas de los márgenes se trasladó al margen del comercio, en tanto el varón estaba desarrollando su actividad en el centro de la comunidad, en el espacio de la producción, la mujer cada vez más tendía a ir a intercambiar fuera de la comunidad. De eso surge toda esa presencia que les impresionaba a los españoles de las mujeres en los tambos. En el siglo XVII hubo un censo y ellos planteaban “esas mujeres qué hacen ahí, deben estar vendiendo sus cuerpos”. O sea, desde la experiencia de ellos en España, la presencia de mujeres en el espacio público sólo podía interpretarse como prostitución en tanto que en realidad, las mujeres fueron claves en el nexo entre la coca y la plata en Potosí y también en el Cuzco.

Entonces a lo largo del siglo XVII, XVIII, esta presencia femenina en las ciudades se estableció como una suerte de tercera república y permitió el surgimiento de ciudades matricentradas donde el papel de estas mujeres era central. Además había un proceso como de aculturación e imitación de las mujeres españolas que terminó generando una sociedad que se podía reproducir a sí misma y que estaba en el intersticio entre la sociedad comunitaria del campo y la sociedad estamental de las ciudades. Esta presencia ha sido persistente. Tu has visto en la rebelión de Tupac Katari, el papel militar, incluso de las mujeres, llegó a ser importante y a lo largo del siglo XIX también. Entonces esos momentos de crisis de la economía exportadora eran momentos de auge del mercado interior y ahí el papel de las mujeres era muy importante. En todo esto, obviamente se ha reproducido el patriarcado porque ha habido una suerte de alianza tácita entre los varones de la sociedad dominada y la sociedad conquistadora.

Entonces, en cada caso ha habido mecanismos como de defensa de todo tipo, pero el destino de las mujeres en las ciudades oscilaba entre el comercio y la servidumbre doméstica. Y ahí ya hay todo un fenómeno de mestizaje asociado a los hijos ilegítimos de mujeres que prestaban servicios en las casas y tenían hijos para el patrón. Entonces todo eso genera una sociedad despreciada por su promiscuidad y todos estos estigmas de género. Pero a la vez, una cierta fortaleza por el carácter colectivo que tenían estas opciones. Esto lo ves ya a principios del siglo XX con la fuerza que tienen los sindicatos de mujeres, tanto de las culinarias como de las vendedoras de los mercados, las lecheras, etcétera que van a constituir los sindicatos más fuertes y perdurables en su adhesión al anarquismo.

Va a llegar al punto en que en un tiempo post guerra del Chaco, las mujeres eran la columna vertebral de la Federación Obrera Local (FOL). La Federación Obrera Femenina (FOF), llegó a ser el principal aglutinante de las y los trabajadores una vez que varios gremios de los varones fueron cooptados por el Estado y por los partidos políticos. Ahí hubo como una cierta tenacidad de las mujeres de mantener su espacio de autonomía al punto que los varones tuvieron, de alguna manera, que plegarse a las luchas de las mujeres.

Todo eso se vino abajo con la Revolución del 52, que entre otras cosas instala la forma moderna del partido y de la sociedad basada en la división de lo público y lo privado y la reclusión femenina en los hogares, a pesar de que había un grupo que se llamaban las Barsolas que no eran más que una suerte de grupo de choque femenino. En realidad las mujeres terminaron siendo muy secundarias en la política hasta los años ochenta o noventa: esta presencia de las mujeres en la política era marginal y lo sigue siendo hasta cierto punto.

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Foto: Colectivo Manifiesto

Cuando vos nombrás la política, ¿a qué te referís? ¿A las formas de hacer política más autónomas?

—Al espacio público en general. Si bien hay una apertura a nuevas formas de trabajo fuera de la casa, son formas que reproducen los roles femeninos tradicionales: enfermeras, educadoras.

Vos nombrabas que en la Revolución del 52, la “higienización” fue una política de estado que apuntó a que la llevaran adelante las mujeres en el ámbito doméstico.

—Eso es una política estatal que viene de la época de la oligarquía de los últimos años, del Servicio Cooperativo Interamericano de Educación del departamento de Estado. Allí se introduce toda una cuestión de que la causa de la pobreza indígena es la mugre. Y además, esto viene a ser como un mercado para los detergentes, jabones y todo esto y tiene como efecto el intento de encerrar a la mujer en el hogar al cuidado de los niños y la limpieza del hogar para separar a las mujeres de las labores productivas. Obviamente que esto no lo logran de completo, porque es importantísima la labor productiva en la agricultura, la mujer es fundamental, pero de todas maneras hay un intento muy serio de instalar, pues, el american way of life generalizado a través de políticas higienistas.

En el artículo “Mujeres y estructuras de poder en los Andes: de la etnohistoria a la política”, vos hacés una historización acerca del papel de la mujer antes de la colonia, y marcás como la sociedad boliviana, es una sociedad que tiene una historia de la mujer habitando los espacios públicos de manera muy fuerte, cuestión que hoy pareciera ha quedado un poco oculta. Teniendo en cuenta esta historia de estas mujeres, nosotras nos preguntamos cómo construir hoy un feminismo “con los pies en la tierra”.


—Yo veo que el terreno de unión es la defensa de la madre tierra. Y el nexo con las luchas territoriales y ambientales sobre todo de indígenas de tierras bajas en Bolivia. Yo creo que ahí está el lugar del nexo más fructífero porque une las reivindicaciones feministas con las luchas más territoriales y ambientales de los pueblos indígenas. De hecho yo creo que en este gobierno van de la mano las agresiones a las comunidades y las agresiones a las mujeres, de la mano de un gran incremento de los femicidios, esto es impresionante.


Las mujeres son las que más están poniendo el cuerpo en las luchas socioambientales, no solamente acá en Bolivia sino en toda América Latina.

—Sí. Y es un nexo fructíferamente fuerte en términos teóricos. Se ha pensado siempre que el cuidado, el alimento, son las cosas del mundo privado, son las cosas de las mujeres y que las mujeres debían salir de eso, salir al mercado del trabajo… eso es un feminismo burgués, de la modernidad. Pero hoy en día, procurar el alimento tiene implicaciones cósmicas. Cuidar de la salud, del cuerpo y de la vida, son cosas de una implicación política mucho más grande a través de este nexo con el tema de la Madre Tierra. Una política de los afectos y del cuidado es hoy una forma de hacer política, es un llamado universal a repolitizar la vida cotidiana.

Inicio de PARTE 2:

Silvia Rivera Cusicanqui, es una de las voces críticas necesarias para comprender el momento social y político que está atravesando Bolivia. En esta segunda parte de la entrevista que le realizamos en La Paz, Bolivia en el mes de febrero de este año, indagamos en el vínculo entre patriarcado y Estado, el servicio militar que sigue siendo obligatorio en el Estado Plurinacional de Bolivia, la relación entre mujer y trabajo y los aportes de la mirada ch’ixi a los feminismos latinoamericanos.

Por Redacción La tinta

¿Por qué no podemos admitir que tenemos una permanente lucha en nuestra subjetividad entre lo indio y lo europeo? 
(Silvia Rivera Cusicanqui)

En un horizonte de lucha planetario y bioregional, invocando desde su chuyma la energía descolonizadora del sentir-pensando (amuyt’aña), Silvia Rivera Cusicanqui nos invita a reflexionar desde una mirada ch’ixi nuestras realidades y coyunturas latinomericanas. En su libro Sociología de la Imagen, plantea que lo ch’ixi “literalmente se refiere al gris jaspeado, formado a partir de infinidad de puntos negros y blancos que se unifican para la percepción pero permanecen puros, separados”.

Ella lo define como “un modo de pensar, de hablar y de percibir que se sustenta en lo múltiple y lo contradictorio, no como un estado transitorio que hay que superar (como en la dialéctica), sino como una fuerza explosiva y contenciosa, que potencia nuestra capacidad de pensamiento y acción”.

Lo ch’ixi se opone así a las ideas de sincretismo, hibridez, y a la dialéctica de la síntesis, “que siempre andan en busca de lo uno, la superación de las contradicciones a través de un tercer elemento, armonioso y completo en sí mismo”, escribe Silvia. Es entonces, desde esta mirada que reflexiona, en su libro “Mito y desarrollo en Bolivia. El giro colonial del gobierno del MAS” acerca del proyecto neodesarrollista del Estado Plurinacional y la episteme indígena a través de las luchas que varios pueblos están llevando adelante en defensa de la Madre Tierra.

Silvia escribe con la intención de inspirarnos a las lectoras un “optimismo cauteloso” o “pesimismo alegre” que permita “invocar la episteme indígena como parte esencial de un pensar propio y creativo, capaz de ir más allá de la caricatura folclórica estatal”. De la misma manera, sus lecturas nos inspiraron para reflexionar acerca de los vínculos entre patriarcado y Estado en Bolivia.

Nos gustaría que nombres los elementos patriarcales que vos identificás que han estado presentes en la conformación y continuidad del Estado Plurinacional de Bolivia

—Yo lo que veo, en términos fácticos, el nexo que hay, es el pacto entre los militares y el Movimiento al Socialismo (MAS). Eso viene desde el principio. La Fuerza aérea y la Fuerza naval tienen un poder inmenso, un poder de control territorial y de recursos, la impunidad, la corrupción y la tolerancia a la corrupción. Todo eso marca una herencia de la época del pacto militar-campesino, una especie de pacto militar-cocalero mafioso. Que es un elemento que trae graves consecuencias para las mujeres. Es ahí donde hay cuarteles, donde empiezan los prostíbulos, la trata de mujeres. Y todo eso es tolerado, fomentado por el Estado. Además de que la impunidad militar, es espantosa.

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Foto: Sofía Bensadon

El hecho mismo de que el servicio militar siga siendo obligatorio en Bolivia, es algo importante a analizar cuando una piensa los espacios de conformación de vínculos e identidades masculinas. Vos hablabas en uno de los encuentros de la Cátedra Libre de Sociología de la Imagen, que el servicio militar obligatorio, que se instala después de la Guerra del Chaco, pasa a ser un “rito”, una forma de “ciudadanización aceptada por las clases subalternas” y como espacio de conformación del “ser hombre”.

—Exacto. El servicio militar es un servicio colonial, de violentar los cuerpos. Realmente mueren muchos jóvenes por maltrato en el cuartel. Y el hecho de que hay una impunidad y un velo y una cantidad de privilegios y prebendas que gozan los militares, tiene efectos muy graves en la normalización del patriarcado y de la opresión y de la impunidad frente al femicidio.

Pensando en esto que trabaja Rita Segato sobre “la guerra contra las mujeres” en un momento en el cual, pensar las estrategias de supervivencia, es casi una necesidad básica para nosotras, es que nos preguntamos también qué posibilidades hay de pensar no sólo estrategias de supervivencia, sino también alternativas de emancipación. Vos hablabas de volver al vínculo con la madre tierra. En este contexto de crisis civilizatoria, cómo damos esos pasos, cómo construimos recordando a esas mujeres prehispánicas de los márgenes.

—Yo creo que hoy día hay muchas comunidades dispersas, pero que están haciendo cosas: agricultura, ecología. En las ciudades, en todos lados, en toda América Latina. Ahí se están retomando los vínculos prácticos entre el ser mujer y las políticas más amplias ambientales y de cuidado de la tierra. Yo creo que hay un momento.

Además, en algunos países como en la Argentina está súper activo el Ni una Menos y tiene un arraigo popular que no tiene en Bolivia. Acá en cambio es muy de ONG la cosa del Ni una Menos, las marchas son muy débiles. En cambio, allá casi se podría hablar de un movimiento social de mujeres. De todas maneras esto está momentáneamente adormecido, porque está momentáneamente adormecida la política de las calles en Bolivia, estamos muy adormilados.


Aquí han hecho la ley de igualdad de género donde se acepta el cambio de sexo y el transgénero, pero no se permite el matrimonio homosexual. En fin, son recortes muy formales, aflojar por un lado para ajustar por el otro. Entonces se afloja por ejemplo en tema de aborto pero se ajusta en el extractivismo y en toda la agresión que hay a los territorios indígenas.


En algún punto ¿podrían considerarse demandas liberales hacia el Estado?

—La lucha por el matrimonio me parece una barbaridad, heterosexual y homosexual. El matrimonio es una institución conservadora y reaccionaria. Pero acá se afloja en algunos términos para poder seguir con la política extractivista. Y ahí es donde las mujeres tenemos que estar más firmes que nunca.

En relación al vínculo entre mujeres y trabajo. Traíamos las reflexiones tuyas, escuchadas en la cátedra libre, acerca de lo que implicó la creación de un orden social tras la llegada de los colonizadores, basado en un mundo donde los que dominan, no trabajan. Vos planteabas que esto, para el mundo andino “es el mundo al revés”, donde el trabajo es visto como castigo, donde el trabajo es explotación. Esta vuelta de rosca de pensar cuán distinto es el trabajo en el mundo andino, cuando existe un vínculo con la Madre tierra, con la Pachamama.

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Foto: Sofía Bensadon

—Sí, en el mundo andino, el trabajo también está vinculado con las fiestas, con el mundo ético y con el cosmos.

Vemos que en Bolivia se da muy fuertemente que la mujer incursiona en rubros que en otras territorios, son roles ocupados por hombres, ahora e históricamente. Por ejemplo, en la construcción, es un trabajo que en muchas sociedades se lo considera sólo de hombres y acá se da hace bastante tiempo ya que la mujer ingresa a ese rubro y de alguna manera lo hace propio.

—Bueno eso ya comenzó en la Guerra del Chaco, habían maestras albañiles, masivamente las mujeres entraron en puestos de trabajo de varones y a través de toda una política de autoconstrucción. Porque la mayoría de los casos, cualquier obra estatal, el Estado ponía los materiales y la mujer el trabajo y ahí las mujeres estaban picando piedras y pavimentando. Pero hay en general una sensación de que no hay límites para las mujeres en término de tipos de trabajo. No hay tabúes.

Y crees que eso se puede dar acá en Bolivia por toda la historia de la mujer con el trabajo en el campo…

—Sí, absolutamente, porque la migración es diferencial. En las comunidades básicamente hay mujeres, viejos y niños. Entonces el grueso de la labor agrícola está en manos de mujeres. Aparte de que el trabajo es visto pues como algo absolutamente dignificante.

Por último, para cerrar, queríamos preguntarte cuáles son los aportes que el pensamiento ch’ixi tiene para hacer a los feminismos latinoamericanos.

La Gayatri Spivak decía que estamos cansadas de ser socias honorarias de los clubes masculinos. Yo pienso que tampoco queremos que los varones sean socios honorarios de los clubes femeninos. Y ahí es donde entra lo ch’ixi, la posibilidad a la vez de compatibilizar lo individual con lo colectivo, lo femenino con lo masculino. Y un poco eso lo hemos puesto en práctica aquí en el colectivo, nosotras no somos las que cocinamos y ellos hacen, sino que interactuamos en todos los terrenos. Pero también manteniendo ciertos espacios diferenciados. Entonces la idea es también, como coexistir entre diferentes estableciendo lugares en los que la diferencia no se disuelva con el sometimiento de uno al otro, sino que permanezca como cierta energía en el propio conflicto. Esta es una forma en la cual lo ch’ixi podría resolver esta paradoja.

“No sabemos lo que puede un pueblo”. Reseña de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia, de Diego Tatián // Mariano Pacheco

“No sabemos lo que puede un pueblo”. Reseña de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia, de Diego Tatián (editorial Las cuarenta)

Por Mariano Pacheco, La luna con gatillo

Los lectores de Diego Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos; sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante, pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. La situación vuele a repetirse con este nuevo libro, publicado hace unos meses por la editorial Las cuarenta, en el que Tatián reúne doce ensayos bajo el título de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia; textos en los que una cantidad de nombres propios y fechas claves nos ayudan a pensar una serie de temas como la universidad pública; la traducción; el ejercicio crítico de estudiar, escribir e investigar; la tensión entre la herencia y la invención; el rol del arte; el vínculo entre vida, muerte y filosofía y, como el título mismo del libro lo indica, entre filosofía y democracia.

Se reúnen así, en este libro, un conjunto de reflexiones teórico-políticas situadas, en donde puede visualizarse un doble esfuerzo. Por un lado, un esfuerzo narrativo, recuperando una vasta tradición que conecta a la filosofía con la literatura; por otro lado, un esfuerzo vinculado con la cuestión política, para conectar las grandes ideas de occidente con América Latina, pero también, con Argentina y la provincia que habita, que en las últimas décadas no deja de hacer gala de un provincianismo ramplón. Pensamiento situado, entonces, no cerrazón endogámica o apología de un esencialismo de pago chico.

NOMBRES

Decíamos que, quien se meta con este libro, se topará con una serie de nombres propios a partir de los cuales pueden pensarse una determianda cantidad de problemáticas. Así, se recupera a uno de los héroes de la gesta de mayo, vinculado a su preocupación por difundir El contrato social de Rousseau (“prologado, editado y quizá traducido por Mariano Moreno para ser usado como texto escolar”); libro que en nuestro país corrió la misma suerte que su difusor, aunque logró quedar inscripto en los catálogos de la Biblioteca Mayor de Córdoba. Y más allá del debate historiográfico/bibliográfico en torno a si efectivamente fue el Secretario de la Junta quien tradujo el texto de Rousseau, Tatián destaca el hecho de concebir el saber como bien de uso; en este caso un uso militante determinado por la urgencia de un contexto revolucionario. Moreno -dice Tatián- fue efectivamente un “traductor revolucionario”, porque concibió la tarea de “introducir y popularizar” las ideas ilustradas como parte de una obra política (y política aparece en itálicas en el libro, es decir, subrayada).

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Otro de los nombres propios a través de los cuales podemos pensar el vínculo entre Córdoba y parte de la tradición del pensamiento occidental es el de Rodolfo Mondolfo, aquel profesor italiano llegado a Buenos Aires en mayo de 1939, luego de ser expulsado de Europa por las leyes raciales promulgadas el año anterior por el régimen fascista.

Tatián reconstruye en su libro el paso de Mondolfo por Córdoba (1940-1947) apelando a datos de legajos internos de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) para situar el domicilio del pensador marxista y, a partir de ese dato, reconstruir imaginariamente los lugares por donde éste caminó, para reparar así en la paradoja de que el italiano pudo haberse cruzado gran cantidad de veces con los reformistas cordobeses, como Deodoro Roca, fallecido en 1942. “¿Hubo contanto entre Mondoldo y los intelectuales de la Reforma del 18?”, se pregunta el ex decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, para luego ir tras unas huellas que parecen desvanecerse sin dejar

rastros de dicho encuentro. Tatián repara también en los cruces entre Spinoza y Marx realizadospor el italiano y, a su vez, en la “presencia tangencial” del “pulidor de lentes” en la cultura reformista.

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Sarmiento y Tocqueville, otros nombres propios para pensar los nudos problemáticos del libro. Sarmiento viajero y traductor, sí, pero también coleccionista (de datos y documentos). “Volvió a la Argentina con un baúl lleno de documentos y textos útiles: estadísticas y censos acerca de la demografía, el crimen, la educación y la inmigración”, puede leerse en una nota al pie del libro en el que otros nombres aparecen como referencia para nuevos debates. Ya sea Walter Benjamin o el ya mencionado Deodoro Roca, Kant, Descartes o Kafka, lo que puede leerse a través de ellos son una serie de preguntas en torno a la filosofía, la política y los sitios que habitamos. En caso del autor de este libro, obviamente, la universidad, la UNC, no casualmente dentro del debate de los ideales reformistas Latinoamericanos hace 100 años atrás.

CONCEPTOS

“El tiempo es olvido, y es memoria”, supo escribir Jorge Luis Borges en su poema “Milonga d Albornoz”. ¿Qué es el tiempo?, se pregunta Tatian hacia el final de Lo interrumpido. “El tiempo es producción inmanente de deseo”, afirma Tatián, luego de argumentar que el tiempo no impone un curso necesario a los hechos del mundo, ni su condición mecánica, ni su experiencia puramente psicológica, ni su transcurso una serialidad cuantitativa trascendente a los acontecimientos e independiente de ellos. Y “la duración”, no solo un concepto cronológico. “La tarea de perseverar se pierde cuando su propósito es solo conservador y se realiza si incorpora rupturas e innovaciones”. Así, la “duratio democrática”, resulta de la autoinstitución ininterrumpida bajo el modo de la novedad que fue atesorada por la historia.

Para terminar, un retorno al principio, al menos de este libro.

Es en “Filosofía y democracia en América Latina”, el ensayo que abre esta publicación, donde Tatián se detiene más específicamente en una conceptualización política.

Recuperando el realismo materialista de Spinoza, nos interpela a los lectores a desenmascararnos del idealismo que postula por principio del pensamiento una representación de cómo los ciudadanos deberían ser. También rescata la idea de comunidad, de lo común como lo impropio, lo que no es propiedad de nadie. No algo dado, al alcance de todos sino lo común como opacidad, que necesita de un “trabajo” de descubrimiento o, más bien, de composición; una experiencia que a veces resulta una vida entera, según podemos leer (“no sabemos lo que puede un pueblo”).

De allí que se entienda a la democracia no tanto como “sistema de gobierno”, sino más bien como “decisión común” por mantener abierta la pregunta que interroga por lo que los cuerpos y las inteligencias pueden -ser y hacer-. Cerca de Alain Badiou (y también de Jaques Ranciere, a quien cita por ahí), Tatián entiende a la democracia como “una forma de sociedad que activa declaraciones de igualdad, y un régimen político que concreta esas declaraciones en instituciones sensibles a la novedad humana”. La referencia a “los cuerpos y las inteligencias” no sólo recupera el monismo spinozista y un legado inmanentista, sino que además pone en cuestión el “anti-intelectualismo” tan en boga en las últimas décadas (“pulsión anti-intelectual reaccionaria muy antigua que bloquea la experimentación con la lengua, la vitalidad de las formas y la invención de nuevas prácticas”). De hecho, la referencia al ser humano como una “cosa que piensa”, junto con la declaración de la necesidad de construir las condiciones de irrupción de un “poder popular y un intelecto general” para ganar y sostener conquistas, demuestran que en su concepción el pensamiento no es el saber exclusivo de un pensador sino un bien común, que necesita “cuidar y defender la interrogación por las ideas” (por supuesto, y así queda explicitado, esto no niega los oficios concretos, las horas destinadas a “lidiar con las palabras y con las ideas, con la interpretación de los sentidos y el desciframiento de los signos que entrega la época”). Lo común, entonces, es también la capacidad de resistir la imposición de una lengua única o bibaria, se aclara,

para rematar que el carácter comunitario o comunista del pensamiento es “el principio mismo de la democracia”.

Pero como decíamos al comienzo de esta nota, os lectores de Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos; sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante, pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. Y esta tensión se exacerba cuando se presenta la “cuestión democrática en Latinoamérica” como situación inscripta en un “entre” la política y el Estado. Es que luego de leer una cita de Antonio Negri, en donde se caracteriza al poder constituyente como “plural, multidireccional e indeterminado”, como fuerza que “irrumpe, interrumpe y desquicia”, nos encontramos con una reivindicación del Estado como “contrapoder instituido” (aunque se aclara: siempre y cuando emerja de los movimientos sociales y la vitalidad popular).

Sorprende un poco -al menos eso le ha pasado a este cronista- que la reivindicación de algunos de los gobiernos Latinoamericanos de los últimos tiempos pueda sostenerse desde algunas ideas-fuerza que aparecen en este libro, como aquella que sostiene sobre la igualdad. Y cito in extenso para que se entienda a qué me refiero:

“Igualdad significa asimismo que cualquiera es sujeto capaz de imaginar -entre otras muchas cosas- particiones de la riqueza diferentes a las inmediatamente dadas, y actuar para su puesta en obra; en este sentido, lo otro de la representación del individuo como mero objeto merecedor de una redistribución más conveniente decidida en otra parte y sin su intervención. Igualdad no es en principio una más justa redistribución de bienes sino un reconocimiento más intenso y más extenso de las personas como fuerzas productivas de pensamiento (palabras con la que incluyo aquí las acciones políticas) acerca de lo justo, y acerca de muchas otras cosas.

La institución de la igualdad comienza por una declaración que desmantela los órdenes jerárquicos legitimados como naturaleza de las cosas”

Como también sucede con algunos de los textos más lúcidos de Eduardo Rinesi, quienes no adherimos a los proyectos de los proyectos neodesarrollistas de la región (las más de las veces también “neoextractivistas”), pero leemos con entusiasmo teórico-político este tipo de reflexiones, quedamos pasmados ante ciertas premisas que se derivan de postulados que nunca imaginamos, al comenzar a leerlos, que podrían desembocar en apoyos activos a este tipo de gestiones progresistas del ciclo (que nunca dejaron de sostenerse, por otra parte, en fuertes mojones neoliberales). Por supuesto, la crítica no es moral sino política, y por lo tanto prescindiremos aquí de conceptos tales como “cooptación” o delimitaciones del tipo “buenos y malos”, porque de lo que se trata es discutir ideas y de ser coherentes con las posiciones que cada uno sostiene.

En este sentido, no puede negarse, Lo interrumpido no deja de ser un notable aporte al debate de ideas de la actualidad.

El Maizal y la pregunta por las comunas // Marco Teruggi

La Comuna El Maizal se convirtió en centro de gravedad del debate comunero. Las razones son tres: la realidad productiva y política que ahí existe, la vocación de crecimiento, y la respuesta del poder constituido ante esa situación. Están concentradas variables de manera nítida, con tal evidencia que se produjo un movimiento de solidaridad de organizaciones, individuos y comunas en torno al conflicto que emergió a finales del año pasado.

Qué es lo que se defiende en lo concreto del caso: el reconocimiento de la victoria de Ángel Prado, vocero de la comuna, como alcalde ganador del municipio. Ángel, constituyente electo, no fue autorizado por el Consejo Nacional Electoral ni la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) a presentarse como candidato para las elecciones del pasado diez de diciembre. Las razones en lo legal para impedirle presentarse fueron poco sólidas, en cuanto a lo legítimo nunca tuvieron con qué sostenerse. En términos sintetizados, le impidieron presentarse, consiguió hacerlo, y le quitaron los votos que le daban la victoria.

La traducción en términos políticos es que el poder constituido le cerró violentamente las puertas al poder constituyente, un poder con la legitimidad de la construcción comunal y el liderazgo genuino.

Sería necesario darle contenido al concepto de “poder constituido” en el cuadro del proceso revolucionario. ¿El Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) es ese poder? Si se lo ve en términos de dirección lo es, en particular porque esa misma dirección es quien está en los principales puestos de gobierno. Si se lo ve en términos de las bases del partido, que hacen vida política en los territorios, resulta difícil afirmar lo mismo. ¿La ANC es el poder constituyente? En su proceso de emergencia lo es, en su composición también, en las lógicas de su funcionamiento se aleja de ese sentido. Se pueden complejizar estas respuestas, el asunto es que las ideas de poder constituido y poder constituyente son flexibles y complejas en un proceso donde lo constituyente pasa a ser constituido y cuestionado por un nuevo constituyente.

En este caso el constituyente es El Maizal, que se propuso no solamente conformar una experiencia productiva y de gobierno comunal -algo de una gran dificultad de por sí- sino también disputar el poder político de la alcaldía. El razonamiento es sencillo: si, como en el caso de la mayoría de las comunas, el vínculo con la alcaldía es malo en el sentido del no reconocimiento al sujeto comunal, entonces por qué no acceder a esa institución y poner en marcha experiencias de cogobierno y cogestión. Significaría ampliar el campo de acción, de posibilidades, de crecimiento.

Esa conclusión, producto del desarrollo colectivo, no fue exclusiva de El Maizal. También sucedió en la Comuna Cagigal, estado Sucre, y en el Municipio Páez, estado Apure. En el primer caso se trata de una experiencia similar al Maizal, donde el vocero principal fue propuesto para la candidatura, en el segundo, un candidato proveniente de la construcción de la Ciudad Comunal Campesina Socialista Simón Bolívar, impulsada por la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora. En Cagigal ganó por fuera del Psuv, en Apure yendo como candidato del Psuv.

No resulta sorprendente que varios procesos lleguen a síntesis similares. Descartar la disputa del poder político estatal sería una mirada zapatista, algo que nunca estuvo planteado en el proceso chavista. Al contrario, Chávez siempre desarrolló la idea de un círculo virtuoso -¿imposible?- entre el Estado como impulsor de políticas contra el mismo Estado. La disputa por el Estado fue un punto nodal: el Estado no hace revoluciones, pero no se puede transitar un proceso revolucionario sin el Estado. Que varias comunas se propongan disputar espacios institucionales, al tiempo que construyen una nueva institucionalidad en su territorio, es una maduración que era esperable. Las respuestas desde el poder constituido también lo eran.

Digo “las respuestas” porque los casos de Cagigal y Apure ayudan a complejizar el cuadro y no llegar a la conclusión de que siempre el Psuv actúa de manera cerrada, o que ningún comunero tiene posibilidad de acceder a una alcaldía por fuera del Psuv. En el caso de El Maizal es innegable que la respuesta fue autoritaria, burocrática, desconociendo al sujeto de la revolución, al chavismo que resiste la avalancha de dificultades económicas, construye y vota a favor del proceso.

Estas diferentes resoluciones no pueden tampoco desdibujar el trazo generalizado respecto a la cuestión comunera: no está en agenda. No estar en agenda significa que casi no aparece en medios oficiales, y que las políticas de gobierno no suelen apuntar en esa dirección, llegando a veces, en algunos territorios, a ir directamente contra. ¿El Clap es la forma de comunalizar el poder en esta etapa de enfrentamiento de guerra? Puede ser un argumento para intentar tapar una orientación. No significa que los Clap no sean imprescindibles, que muchas comunas no trabajen con los Comités, los hagan parte de las dinámicas comunales: las políticas no son lineales, son el resultado entre orientaciones y capacidad de (re)significar en cada lugar. Pero en términos generales la situación es de un poder constituido que no reconoce al constituyente comunal, lo percibe como amenaza, no piensa en transferencias de recursos, competencias, en abrir espacios. No es algo nuevo.

Se puede contestar a esto con la afirmación de que quienes no han estado a la altura han sido las comunas, el movimiento comunero, que no logró construir instancias reales de autogobierno y autogestión. Sin dudas existen dificultades, debido a lo ambicioso de los objetivos, a la complejidad de poner en pie experiencias con esa potencia, los tiempos que toma conformar un sujeto histórico que se autogobierne, las culturas políticas del chavismo dependientes del Estado. No creo que la hipótesis de la igualdad de responsabilidades sea válida, por las evidentes desigualdades de poder, recursos económicos, herramientas.

En estos casos concretos, El Maizal, la Comuna Cagigal, y la experiencia de Apure, son reales, producen -3 millones de kilos de maíz en el 2017 en el caso de El Maizal- avanzan en la capacidad de ejercer poder, y lo hacen en esta época donde la situación general barre con fuerza. Son muchas más experiencias en todo el territorio nacional.

Hay algo más, y es la defensa del proyecto comunal, es decir la construcción colectiva que busca la transformación de raíz, que puede permitir el desarrollo de lógicas políticas, económicas, culturales, que vayan más allá del capital. Las comunas no son un capricho, son una de las llaves centrales para abrir pasos al camino del socialismo, que no es los mismo que políticas sociales combinadas con administración imposible del capital en tiempos de guerra. Debatir las comunas es debatir el proyecto estratégico, una de las principales posibilidades para la transición.

Por ese conjunto de razones El Maizal cobró centralidad, volvió a poner el tema comunal arriba de la mesa, aunque todavía no alcance masividad. Según han dicho irán en dirección a la conformación de dos Ciudades Comunales en el municipio, al tiempo que resistirán a los ataques que les han hecho, como la quema de parte de sus tierras. El Maizal muestra una voluntad que vive en el chavismo, que empuja a pesar de las adversidades, los fuegos cruzados, y que conducirá a que los votos vayan a favor de Nicolás Maduro el 22 de abril. Porque las únicas condiciones que puedan existir para avanzar en las comunas serán en el marco del chavismo, con sus límites y potencias. El asunto es poner en pie una correlación de fuerzas que permita empujar en las direcciones revolucionarias de la revolución. Significa que uno de los mayores actos de solidaridad que se pueda hacer con el universo comunal es construir comunas.

 

Fuente: 15 y último

Anomalía cristiana y rechazo del trabajo // Oscar Ariel Cabezas

A diferencia de lo que ocurrirá a mediados del siglo XX (explosión del movimiento de derechos civiles) y comienzos del siglo en curso (crisis del trabajo y emergencia de nuevas identidades políticas) el siglo XIX y gran parte del XX están hegemonizados por la clase obrera como sujeto de la política emancipatoria. Con relación al trabajo, hay una distancia importante de la política marxista con prácticamente todas las teologías políticas de la modernidad en las que se supone que el trabajo redime. Marx es un subversivo porque su punto de mira es la destrucción del trabajo capitalista, que opera como supuesto de la comunidad de salvación moderna. No se trata simplemente de la lucha por el salario o por el aumento del empleo; su filosofía se halla desplegada como movimiento profano en las antípodas del desarrollismo fundado en la expropiación de la fuerza de trabajo. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 el joven hegeliano descubrirá el papel de la conciencia enajenada del trabajo, y en El capital el fetichismo de la mercancía y la acumulación de plusvalía en virtud de la explotación y extracción de la plusvalía producida en los procesos de trabajo. El trabajo asalariado no sólo es el punto nodal de la crítica a las formas de acumulación de la modernidad capitalista, es también la reproducción de una conciencia esclava al comercio de la fuerza de trabajo. La venta de la mano de obra, su conversión en mercancía, es la manera en que la célebre teoría de Étienne de la Boétie sobre la servidumbre voluntaria llega a encarnarse en el deseo de trabajo como deseo por salario (dinero). El salario, como expresión traductiva del dinero, es una sustancia fantasmática y su potencia mercantilizadora tocará rápidamente el tuétano mismo del capitalismo industrial. El efecto de esta sustancia en los partidos políticos

modernos es inmediato. Con muy pocas excepciones, los partidos verán en la lucha por la mejora del salario el horizonte de reproducción de la vida social y del Estado moderno. El límite de este horizonte militante y de compromiso con el sujeto del mundo industrial es el límite del mundo burgués. De manera que este límite movilizará las arrugas de la piel de los esclavos de nuevo tipo; esos sísifos contemporáneos que en el movimiento infinito y circular del trabajo reconocerán en el dinero el amo absoluto. Como Dios de sustitución desplegado en el espacio de la «muerte de Dios», sin la sustancia fantasmática de ese cuerpo sin cuerpo del dinero no hubiesen tenido ninguna importancia los proyectos socialdemócratas o, incluso, socialcristianos que dominarán el ámbito de la política durante más o menos dos siglos.

Con excepción de la creación del Partido Comunista proclamada en el Manifiesto de 1848, los partidos modernos no aspiran a destruir el orden burgués, sino más bien a ser el garante del Estado burgués liberal. Durante la modernidad industrial el modo de articulación afectivo-política de estos partidos tiende a la reproductibilidad del orden. Esta tendencia les viene dada porque el orden emergente en el siglo XIX, así como el que se desplegará, inscrito en la matriz burguesa, hasta mediados de los años ochenta está sostenido por la inseparabilidad del pacto entre la clase obrera y el Estado moderno. En tanto relato político fundado en la sustancia fantasmal del dinero, es decir, en políticas de mejoramiento salarial, las tendencias modernas de partidos socialdemócratas y socialcristianos constituyen la aspiración última de la reducción de las luchas obreras a la afectividad del salario. La historia empírica de los partidos comunistas no es muy distinta de esta tendencia, puesto que, salvo quizá ciertos lugares importantes de las experiencias anarquistas como la de caso español, no hay lógica de los partidos modernos que no esté regulada por el pacto entre clase obrera y Estado moderno. Desde una

comprensión de la modernidad capitalista como «sistema-mundo», este pacto indisoluble no distingue posiciones de izquierda y de derecha en la medida en que el pacto constituye el mecanismo de aseguramiento de la producción industrial. Sin ir más lejos, con la emergencia de la Guerra Fría que toma lugar después de la Segunda Guerra Mundial, el orden de la producción industrial borra las diferencias entre el orden socialista de la URSS y el orden liberal de los EEUU. Dicho en breve, entre una potencia mundial y la otra no habría habido una diferencia sustantiva que indicara la destrucción del trabajo capitalista como trabajo asalariado.

La modernidad capitalista centrada en el paradigma de la producción industrial se cierra con la apertura de los años de Reagan, Thatcher y Kohl. Desde ningún punto de entenderse como el fin del trabajo capitalista y sus velocidades hegemonizadas por la industria taylor-fordista. En virtud de una deliberada estrategia política de deterioro y descomposición del pacto entre la clase obrera y el Estado moderno, el cierre del imaginario industrial se abre al llamado ciclo de la globalización. El debilitamiento del Estado orientado a la «cuestión social» y la desregulación de la economía será la consigna privilegiada del neoliberalismo que hegemoniza el planeta y se expande como una plaga. La imposición del neoliberalismo tiene en su base la destrucción del pilar con el que se había erguido la modernidad capitalista, es decir, el Estado. Fundado en la soberanía popular y débilmente profano, el Estado entrará en un proceso de metamorfosis y de apogeo del apocalipsis del trabajo propiamente moderno. En otras palabras, el «trabajo libre» entendido como la venta de la mano de obra que había emergido con la desterritorialización de los campos y del fin de la esclavitud llegará a su fin como trabajo industrial articulado por el pacto entre la clase obrera, sus poderosos sindicatos y el Estado moderno. Este proceso no significa la muerte del trabajo capitalista que durante toda la modernidad del derecho burgués se había elevado a estado

de juridicidad de la regulación de los salarios. En contextos de globalización planetaria y ampliación de los derechos civiles, el derecho burgués ha sido ampliado, no destruido. Su continuidad hace imposible regresar a la problematización del comunismo moderno como crítica radical a la beatificación de la propiedad y del salario regulado por el derecho burgués. Esto nos permite volver a nuestro punto de partida.

En un mundo dominado por el capitalismo financiero, falsamente profano porque beatifica el dinero, esa sustancia fantasmática, a niveles nunca antes imaginados, Wall Street aparece como la iglesia más reciente de la postsoberanía. Se trata de la iglesia que se levanta sobre las ruinas del trabajo industrial moderno y sobre un Estado precarizado que solo puede cumplir funciones de máquina policial o, en el peor de los casos, de máquina narcoasesina. Bajo condiciones de postsoberanía o soberanía absoluta del capital, los modos de articulación del fin del trabajo moderno están concentrados en lo que el discurso teórico contemporáneo suele identificar con sociedades de la información, sociedades en redes, sociedades postindustriales, capitalismo cognitivo, sociedades del postrabajo; es decir, sociedades en las que la tendencia es la acumulación de signos. Wall Street es el gran palacio de la administración bursátil de signos monetarios y el lugar quizá más importante e intenso de realización formal del trabajo inmaterial. Se trata del trabajo abstracto que desensibiliza los afectos que mueven las pasiones colectivas de la política en nombre del sueño de la riqueza monetaria. En su irrupción inmediata, el movimiento Occupy Wall Street es deseo por rechazar el trabajo de la especulación que pone fin al trabajo moderno. Más allá del Fausto desarrollista, es en la estela de los movimientos de rechazo o, si se prefiere, de negatividad con respecto al dominio de la especulación financiera y su miserable correlato en el fetichismo del salario dónde deberíamos situar la figura literaria de Bartleby como una anomalía inscrita en las

tendencias imposibles de un conato de revolución contra el trabajo (moderno) y el postrabajo asalariado (postsoberano). Más que identificarse en las figuras convencionales de la izquierda tradicional, la insurrección callejera del 2008 del movimiento Occupy Wall Street se reconoció en el personaje literario Bartleby, creado a fines del siglo XIX por el escritor estadounidense Herman Melville.

El movimiento social Occupy Wall Street no sólo no se reconocía en los partidos políticos tradicionales de la izquierda, no parecía siquiera contar con demandas y reivindicaciones que justificaran su protesta. Sin embargo, el rechazo a las formas de dominio inscritas en la lógica del olvido de la soberanía popular hizo aparecer en la revuelta una demanda de carácter estructural. Occupy Wall Street no fue un mero reventón social detonado por una crisis bursátil, fue también la alegoría del agotamiento de los partidos modernos (tradicionales). A pesar de un evidente debilitamiento de la modernidad, a través de la literatura de Melville ésta siguió hablando, como si quisiera orientar el vacío dejado por la crisis de los partidos tradicionales o incluso colmarlo con una anómala forma de la militancia (no)moderna. Desde las napas del siglo XIX apareció Bartleby como alegoría de la crisis de la política moderna. A través de un enunciado educado y soft expresa el rechazo absoluto hacia el trabajo. A través de la frase «I would prefer not to» (preferiría no hacerlo), el escribano del cuento de Melville, que amablemente rechaza revisar/escribir documentos relacionados con gente rica de Nueva York, se aloja en los intersticios de la protesta en Wall Street. Bartleby es el hijo figural de la mejor literatura del novecientos y, sin duda, uno de los mejores cuentos de la gran literatura americana. Pero ¿por qué esta figura vuelve a reaparecer en los movimientos contra el capitalismo financiero? Bartleby permite problematizar el pasado y el futuro de las militancias en la interioridad de las metamorfosis del trabajo. Es insoslayable que el escribano del cuento de Melville

pertenece a esas figuras trágicas de la historia de la militancia, y aunque muchas imágenes pueblan el suelo de la relación entre tragedia y política, hay en Bartleby una especificidad que se sustrae, se resta, a las formas modernas del partido y de la militancia política. Se podría mostrar que las figuras trágicas –desde Antígona hasta el Che Guevara, pasando por el Cristo revolucionario y el desdichado Fausto– son el resultado de una militancia a la que ni puede sustraérsele la política del sacrificio ni menos aún el sacrificio como lógica del trabajo.

A diferencia de los movimientos de lucha del presente (feministas, antirracistas, indígenas, entre otros), que no logran zafarse del esencialismo identitario, y que cuando lo hacen es en base a enormes esfuerzos teóricos y epistemológicos, la singularidad del cuento de Melville reside en que restituye la crítica activa al trabajo capitalista. Pero el límite de este rechazo es la imposibilidad de ofrecer una política emancipatoria que indique el camino de salida al capitalismo postsoberano, el cual se nutre de la usura legitimada en los grandes centros bursátiles del poder del capital. Bartleby rechaza copiar y escribir los documentos que legitiman este orden de la usura en la que Wall Street funciona como morada. No es casual que el movimiento Occupy apareciera en la escena de la protesta como un movimiento de reforma moral. De hecho, no faltaron los despistados, los conservadores fundamentalistas, los anticomunistas furibundos que se atrevieron a declamar que Estados Unidos es una nación cristiana y que el comunismo de Occupy era el deseo por destruir el país de los valores de Cristo. Además de usar una playera estampada con la frase de Bartleby y participar activamente en la consigna «We are the 99%», Slavoj Žižek recuerda que el fundamentalismo conservador y anticomunista olvidaba los valores esenciales del cristianismo. La idea del Espíritu Santo está basada en la igualdad de la comunidad libre de creyentes unidos por el amor, y para Žižek este es, precisamente, el espíritu de la protesta de Occupy. Mientras que los valores paganos de Wall Street continúan adorando falsos ídolos –tales como el toro creado por el artista Arturo Di Modica después de la crisis bursátil de 1987, para simbolizar la fuerza y el poder neoimperial de los Estados Unidos–, el fundamentalismo conservador olvida los principios más básicos del cristianismo.

Hay, sin duda, una especie de resto cristiano en la protesta de Occupy y quizá sea esto lo que explica la fascinación por el escribano que se resiste a trabajar. El residuo cristiano y sacrificial de Bartleby resiste la propia cultura protestante que dispone los cuerpos a una ética ciega por y para el trabajo. En las oficinas escribano se resiste el paganismo del dinero que pone a circular la fuerza y el poder del toro de Di Modica. Pero ¿qué resistencia militante expresa la posición de Bartleby? En un sentido opuesto a las militancias de la izquierda tradicional moderna, es la figuración de la aflicción y del sufrimiento de un tipo de militancia acéfala, anómala, porque no es siquiera reconocible en la utopía anárquica de una sociedad sin instituciones de poder. Bartleby repele incluso la diferencia entre la posición pasiva y la posición activa de las militancias que han recorrido la historia de las luchas sociales por más de dos siglos. En su no-posición, el rechazo al trabajo del escribano deviene disolución de la acción pasiva o activa. El motor de su resistencia no es la fuerza militante ni tampoco el movimiento de ocupación de masas de instituciones de Estado. No se trata de un líder político. Su mesianismo sin liderazgo ni partido bordea y habita la locura. En las oficinas de la modernidad de Wall Street Bartleby es una anomalía salvaje. Su mesianismo no tiene punto de comparación en las formas de las militancias modernas. Por eso, quizás, es un personaje literario que está más cerca de la locura del personaje fílmico de Eliseo Subiela de Hombre mirando al Sudeste (1986). El hombre que mira al Sudeste, personaje cristológico, viene a anunciar, al igual que Bartleby, que hay algo en los afectos que no funciona o que ha dejado de funcionar respecto de un orden que está de cabo a rabo malogrado por el espíritu del capital, un orden que se refiere a la escritura del derecho burgués que complicita con la reproducción del orden. El mesianismo de Bartleby no tiene liderazgo, su partido político es la mónada subjetiva de su resistencia individual. Al escribano nadie lo sigue, no tiene partisanos al servicio de su causa hasta el punto en que a lo largo del cuento el lector no está seguro de si Bartleby defiende alguna causa.

¿Cuál es la causa de la resistencia de Bartleby al trabajo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que su resistencia a trabajar está compuesta por el hálito del desencanto, la tristeza, el agobio de los nadie. Pero, como un nadie, Bartleby es una figura trágica y mesiánica. En esto último consiste el carácter excepcional de lo que suponemos que viene a anunciar. Su negación del trabajo lo lleva a la cárcel acusado de vagabundaje, donde se entrega a una huelga de hambre hasta que perece sin seguidores ni secuaces de su desobra. Muere como un nadie, muere en el anonimato absoluto de la negación de toda comunidad de inscripción. Muere como muchos mueren en el anonimato de la anomia sin que nadie sepa en nombre de qué o por quién ha muerto. Se podrá, sin duda, decir que Bartleby muere por la comunidad de los que no tienen comunidad. Pero lo cierto es que la pulsión heroica de ninguna epopeya revolucionaria está vinculada a su resistencia moderna. La modernidad de su resistencia al trabajo es también su no-modernidad, su salida del círculo virtuoso entre militancia y salario, entre militancia y lucha por el acceso al consumo. Bartleby es una especie de Cristo solapado en la oscuridad de la pulsión melancólica que anuncia el fin de lo que ata la escritura a las leyes del capital. Bartleby es la ausencia completa de inscripción en la comunidad de la política. Su resistencia se sustrae a los partidos modernos que aspiran al Estado o incluso a la destrucción del Estado que durante todo el siglo XIX y XX gozaron de tanta popularidad. Por la relación que los partidos políticos tienen y han tenido con

la estructura de la producción capitalista, el rechazo del trabajo es también el rechazo a la organización política de la sociedad. De ahí que no podamos exactamente saber en nombre de qué o de quién muere el escribano. Sería demasiado fácil decir que muere en nombre del comunismo por venir. Pero en la figuración de este hombre dócil y amable que se resiste a escribir hay toda una teoría de la militancia imposible. A diferencia del militante moderno que es en sí y para sí el sujeto de duelo por las sociedades que preceden a la modernidad capitalista, en Bartleby el duelo se revela como imposibilidad. Es decir, desde un punto de vista psicoanalítico, el escribano padece de una melancolía profunda. Su militancia es patológica e imposible de cuajar en las filosofías modernas del progreso cuya empresa última es la organización del trabajo. La genialidad del cuento de Melville consistiría en haber concebido la idea de un sujeto que palideciendo en el espesor de su melancolía, actúa sin actuar; actúa sin el comando de un programa o de un partido, actúa desde la condición acéfala de una mónada que se ha hundido en los pliegues de la melancolía profunda y sin afuera. La no-acción como desobra del trabajo de la posición militante es la pulsión que provoca la intensidad de un cuerpo que es movilizado desde una pasividad sin posición. Esta pasividad anuncia que el cuerpo inmóvil, el cuerpo sin movimientos, es el cuerpo muerto del rechazo absoluto al trabajo.

Si tuviésemos que buscar una genealogía moderna del rechazo al trabajo para situar la memoria de las huelgas de hambre, la figura del escribano de Melville sería un candidato importante. Hay algo en la militancia no-moderna de la modernidad de Bartleby que permite enlazar su resistencia pasiva con la violencia pacífica que desde Gandhi hasta los diversos movimientos de derechos humanos suponen poner el cuerpo. En la medida que la afirmación y creación de una situación de ingobernabilidad, tenue o fuerte, pertenecen a la figura del

escribano de Wall Street, la genealogía de la posición sin partisanismo político anuncia que hay en los cuerpos melancólicos el recuerdo de algo que repela sustantivamente el trabajo capitalista. En otras palabras, Bartleby alegoriza el paro de la producción y, quizá, su atractivo, su anomalía salvaje, sea el hecho de que también alegoriza el fin de la escritura como suplemento de la juricidad de la propiedad capitalista. Esto, sin duda, es una alegoría del duelo que no se completa, es decir, del duelo en el que no hay ninguna sustitución, ninguna utopía que pueda funcionar como espacio de transferencia. Muy distinto al Fausto desarrollista de Goethe, el monstruo cristiano inventado por Melville muestra, como todo monstruo, que la melancolía como política es imposible y que, no obstante, en esta imposibilidad reside no solo la mejor posibilidad de rechazo al trabajo capitalista, sino también el impulso por imaginar la potencia del comunismo como comunidad de los que han sido despojados de toda comunidad. Bartleby es el comunista imposible que anuncia la profanación del trabajo capitalista. Su comunismo es también un comunismo anómalo porque hace posible un pensamiento que, si bien supone es de suyo melancólico, trata de una melancolía sin objeto de pérdida. La hipótesis comunista que habrá que trabajar es la que el escribano de Wall Street abre, es decir, la hipótesis de que hay una melancolía sin objeto, sin pérdida del origen. Hay una melancolía comunista que, en el rechazo a la organización capitalista, es negación ex nihilo; movimiento oscuro del cuerpo que resiste su subordinación a la estructura de dominación del trabajo. La tarea del comunismo por venir debe comenzar con la muerte del Cristo del rechazo al trabajo como afirmación de la experiencia común que vendrá, pero nada nos asegura que la anomalía de un Bartleby, todavía incompletamente profano, pueda deconstruir la hegemonía del capitalismo financiero.

LaTempestad.N.127.(México)

Barthes y la China // Simon Leys

En abril de 1974, Roland Barthes hizo un viaje a China con un pequeño grupo de sus amigos de Tel Quel. Esta visita había coincidido con una purga colosal y sangrienta, que el régimen maoísta desencadenó en todo el país – la siniestramente famosa “campaña de denuncia de Lin Biao y Confucio” (pi Lin pi Kong).

A su regreso, Barthes publicó en Le Monde un artículo que daba una visión curiosamente jovial de esta violencia totalitaria: “Su nombre mismo, en chino Pilin-Pikong, tintinea como un alegre cascabel, y la campaña se divide en dos juegos inventados: una caricatura, un poema, un sketch de niños en el transcurso del cual, de repente, una niñita maquillada corta entre dos ballets el fantasma de Lin Biao: el Texto político (pero únicamente él) engendra estos mismos happenings.”

En esa época esta lectura me trajo a la memoria un pasaje de Lu Xun – el panfletista chino más genial del siglo XX: “Nuestra civilización china tan elogiada no es más que un festín de carne humana condimentada para los ricos y los poderosos, y eso que llaman China no es más que la cocina en la que se elabora minuciosamente ese guiso. Los que nos alaban sólo pueden ser disculpados en la medida en que no saben de qué hablan, como hacen esos extranjeros que por su encumbrada posición y su existencia acomodada se volvieron completamente ciegos y obtusos.”

Dos años más tarde, el artículo de Barthes se reeditó en una plaqueta de lujo exclusiva para bibliófilos – con el agregado de un postfacio que me inspiró la siguiente nota: “(…) El señor Barthes nos explica aquí en qué consiste la contribución original de su testimonio (que algunos groseros fanáticos habían entendido muy mal en ese entonces): se trataba, nos dice, de explorar un nuevo modo de comentario, ″el comentario de tono no comment″ que sea una manera de ″suspender nuestra enunciación sin llegar a abolirla″. El señor Barthes, que ya tenía muchos títulos en la consideración de la gente culta, acaba tal vez de adquirir uno que le valdrá la inmortalidad, convirtiéndose en el inventor de esta inaudita categoría: el ″discurso ni asertivo, ni negador, ni neutro″, ″las ganas de silencio en forma de discurso especial″. Por este descubrimiento cuyo alcance no se revela de entrada, Barthes llega de hecho – ¿se dan cuenta de ello? – a investir con una dignidad enteramente nueva, a la vieja actividad, tan injustamente desvalorizada, del hablar-para-no-decir-nada. En nombre de las legiones de las ancianas señoras que, todos los días de cinco a seis, parlotean en los salones de té, queremos darle las gracias de manera emotiva. Por último, en este mismo postfacio, y sin duda es algo por lo que muchos deberán estarle agradecidos, el Sr. Barthes define con audacia lo que debería ser el verdadero lugar del intelectual en el mundo contemporáneo, su verdadera función, su honor y su dignidad: se trata, según parece, de mantener con coraje, hacia y contra todos la ″sempiterna parada del Falo″ de la gente comprometida y otros pérfidos defensores del ″sentido brutal″, ese chorreo exquisito de una canillita de agua tibia.“

Y ahora este mismo editor nos entrega el texto de los cuadernos en los que Barthes había consignado día a día los diversos acontecimientos y experiencias de este famoso viaje. ¿Esta lectura podría llevarnos a revisar nuestra opinión?

En estos cuadernos, Barthes anota en fila india, y muy escrupulosamente, toda la interminable perorata de propaganda que le sirven en el transcurso de sus visitas a las comunas agrícolas, a las fábricas, escuelas, jardines zoológicos, hospitales, etc.: “Legumbres: en el último año, 230 millones de libras + manzanas, peras, uva, arroz, maíz, trigo; 22000 cerdos + patos (…) Trabajos de irrigación. 550 bombeos eléctricos; mecanización: tractores + 40 monocultivos (…) Transportes: 110 camiones, 770 tiros de carros; 11000 familias = 47 000 personas (…) = 21 brigadas de producción, 146 equipos de producción”… Estas valiosas informaciones llenan 200 páginas.

Están mezcladas con breves anotaciones personales, muy elípticas: “Almuerzo: ¡sorpresa, papas fritas! – Olvidé de lavarme las orejas – Meaderos – Lo que extraño: no hay café, no hay ensalada, no hay flirts – Migrañas – Náuseas.” El cansancio, la monotonía, el aburrimiento cada vez más abrumador apenas si están matizados por escasos rayos de sol – por ejemplo un tierno y largo apretón de manos que le concede un “lindo obrero”.

¿El espectáculo de este inmenso país aterrorizado e idiotizado por la rinoceritis maoísta anestesió completamente su capacidad de indignación? No, pero se la guardó para denunciar la detestable comida que Air France le sirvió en el avión de regreso: “El almuerzo de Air France es tan repugnante (pancitos como peras, pollo informe en salsa con olor a fritanga, ensalada coloreada, repollo con fécula chocolateada – ¡y nada de champagne!) que ya estoy a punto de escribir una carta para protestar.” (El subrayado es mío.)

Pero no seamos injustos: cada uno de nosotros anota una montaña de tonterías para nuestro uso privado; no se nos puede juzgar sino por las tonterías que usamos públicamente. Sea lo que sea que pensemos de Roland Barthes, nadie podría negar que tenía ingenio y gusto. Y que también se abstuvo de publicar estos cuadernos. Entonces, ¿quién cuerno tuvo la idea de esta exhumación lamentable? Si esta extraña iniciativa proviene de sus amigos, esto me recuerda entonces el llamado de atención de Vigny: “Un amigo no es más malo que cualquier otro hombre.”

En el último número del Magazine Littéraire, Philippe Sollers estima que estos cuadernos reflejan la virtud que celebraba George Orwell, “la decencia ordinaria”. Al contrario a mí me parece que, en lo que allí se calla, Barthes manifiesta una indecencia extraordinaria. De todas maneras esta comparación me parece incongruente (la “decencia ordinaria” según Orwell se basa en la sencillez y el coraje; Barthes tenía por cierto cualidades, pero no ésas). Ante los escritos “chinos” de Barthes (y de sus amigos de Tel Quel), me viene a la memoria esta cita de Orwell: “Usted debe formar parte de la intelligentsia para escribir semejantes cosas; ningún hombre común podría ser tan estúpido.”

Esta lectura de Simon Leys fue publicada en La Croix del 9 de febrero del 2009 y es un comentario a la publicación del Diario de mi viaje a China de Roland Barthes.

Traducción: Hugo Savino

Fuente: Entrelazos

«8M | Constelación Feminista» // Verónica Gago, Raquel Gutiérrez Aguilar, Susana Draper, Mariana Menendez, Marina Montanelli y Suely Rolnik entrevistada por Marie Bardet


#ParoInternacionalDeMujeres.

Lanzamiento del libro «8M | Constelación Feminista»

Raquel Gutiérrez Aguilar, Susana DraperMariana Menendez, Marina Montanelli y Suely Rolnik entrevistada por Marie Bardet

El 8 de marzo convertido en paro internacional de mujeres abrió un nuevo terreno de práctica política a nivel global. ¿Cuál es el tiempo que produce la huelga de mujeres? ¿Cómo se conecta el paro con otras luchas? ¿En qué sentido elaboramos la violencia contra las mujeres como una ofensiva del capital? ¿Cómo respondemos a la normativa estatal que limita gestos y lenguajes? ¿Cómo fortalecemos las luchas feministas con un horizonte popular y autónomo?
Estas preguntas se enhebran, se amplían y se interseccionan en los textos de esta compilación. Un cruce de geografías (Argentina, México, Estados Unidos, Uruguay, Italia y Brasil). Una apuesta a la política del deseo que sentimos está tomando las calles y que nos impulsa a pensar la transformación radical como revolución existencial.

Conseguilo en La Periférica Distribuidora Cooperativa La AsambleariaBruxes Libreria y en mano en asambleas y calles.

El Ritmo (prueba 5): un atentado-escénico contra el “querer decir” // Ana Laura García

“(…) una mujer arriba de otra mujer, arriba de otra mujer

se queda quieta como una piedra

piensa en un bosque

piensa en los árboles de un bosque

piensa en las hojas de las ramas de los árboles de un bosque

¿Qué mierda hago yo acá?

¿Qué mierda hago?

¿Qué hago yo acá?

¿Qué mierda hago?”[1]

 

A Juliana Muras

por la cualidad de su actuar

 

Actuación: Guillermo Angelelli, Juliana Muras, Maitina de Marco, Ariel Pérez de María, Paula Pichersky, María Zubirí (2017) Leticia Mazur (2018), Matthieu Perpoint.

Dramaturgia, composición y dirección: Matías Feldman.

Asistencia artística: Juan Francisco Reato.// Producción: Melisa Santoro.// Dramaturgismo: Juan Francisco Dasso.// Colaboración coreográfica: Rakhal Herrero.// Colaboración musical: Nicolás Varchausky.// Registro audiovisual: Martín Berra.// Colaboración artística: Luciano Suardi y Lorena Vega.// Diseño de luces: Matías Sendón.// Vestuario: Lara Sol Gaudini.// Escenografía: Cecilia Zuviale//  Asistencia de escenografía: Julieta Italiano

 

Reestreno: A partir del 10 de marzo.

Sábados 22.30 y domingos 20 horas, en el Galpón de Guevara (Guevara 326, CABA)

Las “Pruebas” son composiciones fragmentarias en “estado de laboratorio- escénico”, que culminan en un montaje final. No se trata de “obras” en el sentido habitual del término, sino de investigaciones teatrales- críticas relacionadas con la percepción, el lenguaje, las técnicas y los modelos de representación. Más que obras, constituyen verdaderos “atentados” contra las formas dadas y los estilos consagrados. Construcciones al borde del abismo, las Pruebas son abordadas desde tres aspectos en simultáneo: la experimentación grupal de otras formas de realización teatral, la escritura del proceso creativo de trabajo (Bitácora) y la exploración de nuevas formas de aproximación a los espectadores, mediante workshops con el público en los que se comparten las investigaciones realizadas.

“El Ritmo” es la prueba 5 de la Companía Buenos Aires Escénica, dirigida por Matías Feldman. Estuvo precedida por la Prueba 1: “El Espectador”, la Prueba 2: “La Desintegración”, la Prueba 3: “Las convenciones” y la Prueba 4: “El tiempo”. Se exhibió en el Teatro Sarmiento durante el 2017 y el próximo 10 de marzo reestrena en el Galpón de Guevara.

La Prueba 5 parte de un diagnóstico crítico del presente y nos pone delante de escenas que caracterizarían el tiempo histórico en el que vivimos. Escenas que funcionan como si fuesen espejos: es imposible no verse reflejado en ellas y no sentirse afectado. Y justamente porque nos afectan, las imágenes de “El Ritmo” no son sólo un reflejo, convocan a un actuar. Un actuar que esté en función del ritmo y no de otra cosa. Quizá por eso “el ritmo sea la más política de las Pruebas”[2], justamente porque no hay “líneas” que bajar. Dramaturgo y también pianista, Matías Feldman trabaja las escenas no como relatos sino como vibraciones, que activan en nosotros distintas resonancias, y que llaman a un “latir juntos”[3].

Feldman se nutre del filósofo italiano Franco Berardi (Bifo) para componer esas visiones del presente, pero su principal astucia consiste en trabajar las mutaciones en la sensibilidad y en la percepción que plantea Bifo, más allá de él. Es decir, desencadenando una profunda investigación escénica y actoral, que transforma el concepto en otra cosa: una sensación. Lo importante ya no es “lo representable” de una idea, sino “lo experimentable” juntos, lo que conecta con el sentido. Esta búsqueda los lleva a hacer perforaciones de todo tipo en el relato (introducir ruidos, repeticiones obsesivas, fisuras corporales, rupturas estilísticas, ralentizaciones y exacerbaciones verbales), a perseguir la mínima intención actoral y argumentativa en el texto y a lograr un minimalismo escenográfico, para que el ritmo pueda ser escuchado. El ritmo, se percibe justamente, cuando no predomina ningún “querer decir” fuerte en la escena.

Eso que “yace” en los agujeros del relato, necesita un lugar, un receptáculo que lo pueda alojar. Se trata de percibir “el ritmo como significante mayor”, como dice el poeta y traductor H. Meschonnic. Una escucha de ese tipo, transforma el espacio teatral en metalúrgico, porque desenvuelve e inventa un espacio agujereado, que modifica a quien lo habita. Dice Deleuze que “los agujeros no son una falta, no son una ausencia. Hacer agujeros no es simplemente hacer vacío, es encontrar lo que existe en los agujeros” (Deleuze, 2017: 380)[4]. Esta Prueba nos pone en contacto con esos yacimientos rítmicos que existen y nos ofrece itinerarios de fuga para escapar a la captura de lenguaje.

Pero todo esto ocurre en un depósito de traslado de mercaderías, donde los personajes “viven trabajando” sin saber con exactitud qué hacen cuando trabajan. ¿Trabajan?, ¿de qué trabajan? ¿dónde están en realidad? Sin jefes ni patrones reconocibles, sin derechos, sin forma de organización estable, ese lugar de trabajo visualiza sobre todo una dinámica de flujos. Flujos de mercaderías, de dinero, de información, de relaciones “amistosas”, precarias y flexibles. Es un lugar deslocalizado, hiperconectado y desolado. Estamos dentro del trabajo “full- life” en tiempos de capitalismo financiero.

¿Cómo impacta el “infotrabajo”[5] en el ritmo de nuestras vidas? ¿Qué ritmo es ese que acompaña el “semiocapitalismo”[6] actual? Estos interrogantes que la obra abarca, no se cierran ni se responden de modo acabado, sino que conducen a diferentes líneas de exploración e investigación, desencadenan ensayos, nuevas preguntas más punzantes (“¿qué mierda hago yo acá?, ¿qué mierda hago…”), llevan a estudios y una multiplicidad de pruebas teatrales, que son parte de la riqueza, de la textura de esta Prueba.

Feldman es prolífico, compone y produce a un ritmo bien acelerado. Pero también es profundo y  fecundo. La aceleración en el ritmo de la producción teatral es modulada, en su caso, con una experiencia de intensidad, que se manifiesta en un riguroso entrenamiento coreográfico, en disciplinados tiempos de encuentro y ensayo y en un virtuosismo actoral exquisito, del elenco que lo acompaña. Saben que el teatro puede ser otra cosa que lo “rápido y liviano” a lo que nos estamos habituando, y trabajan para que eso ocurra, abriendo otra percepción, otra experiencia del tiempo y del actuar juntos.

Se lo propongan o no, el trabajo de este colectivo de artistas consiste en crear imágenes- sensibles y componer visiones, que pueden funcionar como alucinaciones o fabulaciones, permitiendo el acceso a otros devenires- imperceptibles[7]. Ver sin leer, sin textualizar la mirada, es alucinar, como dice el filósofo y pintor Del Estal[8]. Y el teatro nos permite esa alucinación: contemplar esa configuración sensible del mundo a la que no se accede por la vía de la significación discursiva. Es lo que el teatro puede actuar, allí radica su potencia ensoñada. Por eso, la filosofía necesita apasionarse más por el teatro. Para entrar en contacto con esa zona de libertad que brinda.

El Ritmo hace visible que un espacio y un tiempo propiamente teatral, permite renovar las imágenes de potencia que tenemos disponibles y nos dispone a entrar en conexión con esas fuerzas de resistencia

[1]     Fragmento del monólogo que interpreta Juliana Muras en la obra.

[2]     Bitácora de “El Ritmo” (Prueba 5), Companía Buenos Aires Escénica, Proyecto Pruebas. (p.3).

[3]     Esta expresión corresponde a Bifo y es retomada en el trabajo de investigación que se plasma en la Bitácora de “El Ritmo” (Prueba 5), Companía Buenos Aires Escénica, Proyecto Pruebas. (p.3). “Latir juntos” es una estrategia de vibración colectiva, un llamado que se ofrece como contrapeso a la desensibilización, virtualización y financiarización de las relaciones humanas.

[4]     Deleuze, Gilles. (2017) Derrames II. Aparatos de Estado y Axiomática Capitalista. Cactus. Serie Clases. CABA

[5]     El “infotrabajo” para Bifo es el tipo trabajo cognitivo que caracteriza a este tiempo y que se manifiesta en la recombinación de signos e información digital previamente compatibilizada.

[6]     Bifo define el “semiocapitalismo” como el modo de producción predominante en una sociedad en la que el proceso de trabajo se realiza a través de recombinar signos e intercambiar información. La valorización del signo- mercancía necesita que la comunicación sea rápida y liviana, la simplificación de los recorridos del usuario, la mínima interpretación y ambigüedad posible, para que nada interfiera en la transferencia de la información. La desensibilización y la pérdida de la empatía entre los cuerpos, serían algunas de las consecuencias de este modo de producción, mutaciones en las formas de afectividad y de vida que el capitalismo actual trae aparejadas. (Berardi, “Generación post- alfa” (Tinta Limón, 2007) y “Fenomenología del Fin” (Caja Negra, 2017)

[7]     La figura de “la vieja” interpretada por Maitina De Marco con su rítmica discordante; la visión del bosque del personaje interpretado por Juliana Muras en medio de la pesadilla que es su vida cotidiana; al aula marxiana  y el final ocioso, constituyen, a mi entender, escenas o momentos privilegiados de acceso a esa materia poética y ensoñada que es el ritmo.

[8]     Del Estal, Eduardo. Sobre lo visible y lo legible. (mimeo)

 

CONVERSACIONES ANTE LA MAQUINA // El poder terapéutico. Conversación con Santiago López Petit

Para nosotros Florencio Varela, en el conurbano bonaerense, viene siendo un espacio a partir del cual pensamos la conflictividad social, las luchas populares, el devenir narco. Sin embargo, en estos días es noticia porque el intendente Julio Pereyra anunció que instalarán un barrio espiritual financiado por el cineasta David Lynch. Entonces recordamos que en los libros de Santiago López Petit aparece la idea del poder terapéutico. ¿Qué es eso, Santiago?
 
Podemos empezar diciendo que el poder terapéutico es una cara más del poder, que consiste en hacer persistir nuestras vidas en lo que son. Es como un poder que nos mantiene en vida para seguir funcionando dentro de la máquina. Pero no es simplemente un poder de medicalización, es muchas cosas a la vez: medicinas, terapias, un conjunto de prácticas que buscan que carguemos con nuestra vida. Yo lo empecé a teorizar a partir de una experiencia en una cárcel de Asturias, en España. En esta cárcel los presos de algún modo auto controlaban el espacio y los carceleros eran sustituidos por terapeutas. Quien entraba allí, firmaba un contrato en el que admitía que su vida fuera rehecha. Fue una experiencia exitosa y para nosotros fue la matriz para comprender cómo el poder terapéutico se extiende sobre toda la sociedad.
 
Pensábamos que al mismo tiempo hay una espiritualidad de los dirigentes. Ahora mismo, el Papa argentino tiene una importante influencia sobre las elites políticas y empresariales de la región.
 
Se los voy a decir un poco bestia, pero desde San Agustín se postula la existencia de un espacio interior en el hombre, cosa que no se había pensado antes. Un espacio interior en el que el hombre se encuentra a sí mismo. San Agustín lo construye como un espacio del miedo, en la medida en que en este espacio interior me veo ante Dios, que verá si me salva. En ese espacio entra toda la espiritualidad, que luego se hará control. Lo complicado es que el espacio interior, en estos momentos de sobreexposición, puede entenderse también como un lugar de resistencia. En la opacidad, es un salir fuera de una visibilidad absoluta bajo un ojo del poder. Pero abocarse a la meditación trascendental es absurdamente nefasto cuando lo que no hay son casas. Creer que la disposición de los muebles te hará más feliz me parece absolutamente vomitivo. Es el uso de la interioridad para ponerla en función de la propia máquina capitalista. El poder terapéutico busca neutralizar lo político y ubicar en conflicto en cada quién. Es la gestión de los residuos humanos por un lado, y de las vidas precarizadas por el otro. Funciona como un agarradero: en el fondo, con la auto contemplación te ofrecen un bloque de eternidad, lo cual para mucha gente es bastante. Sin embargo, hoy el espacio interior puede ser un lugar para partir, un punto para volver a atacar al mundo. Sospecho que hay algo en vaciarse que puede ser liberador, quitar el miedo y los deseos construidos por la publicidad.
 
¿Hay alguna relación entre esa parte positiva de la meditación, aquella que vacía la vida marca, y tu idea del “gesto político”?
 
Antes la gran dicotomía era “o ser una mercancía o vivir”. Esto era lo que planteaban los situacionistas y muchísima gente en los ‘70. Yo creo que hoy la dicotomía  a la que nos enfrentamos es “ser una unidad de la movilización o ser una anomalía”. Ser una pieza o ser alguien que no va a encajar en esto y que va a pagar por ello. Yo creo que ciertas terapias pueden ayudar a que esta anomalía, que uno debe ser si quiere enfrentarse al mundo, subsista de alguna manera y no se gire hacia la autodestrucción. Este es el punto crucial: si hay un criterio a la hora de cortar las terapias y plantear que pueden ser elitistas, nefastas, ligadas al capital. Ahora, cerrar los ojos ante esto también me parece equivocado. Hay una terapia que indica “relajarse bien para trabajar mejor”. Pero el gesto radical, el gesto revolucionario es dejar de ser uno mismo. O sea, en la política más radical ya hay una forma de terapia que es dejar de ser lo que la realidad te obliga a ser.
 
¿A qué llamás fascismo posmoderno y cómo se relaciona con el poder terapéutico?
 
El fascismo posmoderno es un espacio público pseudo privatizado, es la autogestión de tu propia vida, es un espacio de opinión y decisiones. Durante mucho tiempo para mí el fascismo posmoderno fue esta movilización en la que tú crees que diriges tu propia vida. El fascismo posmoderno, la máquina de la movilización, el vivir en esta sociedad destruye la mente, aniquila, en el fondo tu vida no vale nada. Entonces al poder terapéutico interviene como una aseguradora para que no te hundas. Te mantiene con el mínimo de vida para que puedas seguir vivo y trabajando. Entonces, ¿nos hacemos pieza de la máquina o intentamos en esta destrucción ser la anomalía que se pueda convertir en cierta potencia? Hay terapias que te reconducen dentro de la máquina y otras que pueden hacer de la propia enfermedad un arma. Aquí está la cosa: asumirse anomalía, asumirse una forma del dolor.
 

Plurinacionalidad y Vivir Bien/Buen Vivir. Dos conceptos leídos desde Bolivia y Ecuador post-constituyentes // Salvador Schavelzon

«En el contexto de los debates que acompañaron los procesos constituyentes y post-constituyentes recientes de Bolivia y Ecuador, revisaremos dos conceptos con lugar destacado en las discusiones: «Vivir Bien/Buen Vivir» y «plurinacionalidad». El recorrido por su genealogía nos llevará a preguntarnos por las lecturas que los componen entre el Estado y la comunidad, entre el discurso del desarrollo y la autonomía, entre el movimiento indígena y los gobiernos progresistas. Al mismo tiempo buscaremos dar cuenta de un momento de quiebre en que los gobiernos que impulsaron la inclusión de estos conceptos en las Constituciones aprobadas en 2008 y 2009 se alejan de sus aliados indígenas y de la implementación de los mismos, que ellos defendían. Es desde la dinámica cambiante de los procesos de ambos países que buscamos leer y recopilar significaciones de ambos conceptos, entendidos como espacio de combinación compleja de distintas miradas y experiencias políticas.»
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“No se necesita tener una alternativa para decir no” // Santiago López Petit:

El filósofo y químico Santiago López Petit (Barcelona, 1950) ha dedicado toda su vida a conocer en qué consiste ese concepto del “querer vivir”. Todos sus libros tienen esa coletilla final. Para él, finalmente se trata de un grito, un estado que hay que ejercer con radicalidad, sin esperar mucho a cambio. Quien nada espera es el que sale vencedor. Y mucho más en estos tiempos en los que la movilización debe venir acompañada de una reflexión. De todo esto habla en esta entrevista a raíz de su libro Entre el ser y el poder: una apuesta por el querer vivir.

 
 
Estamos inmersos en una avalancha de datos, previsiones, estadísticas, balances. En este universo de cifras parece que el espacio para la reflexión filosófica no tiene cabida. ¿Es así? ¿O sólo es una distorsión en muchos casos debida a la información que nos dan los medios?
 
 
La filosofía no tiene nada que ver con un saber hecho de estadísticas, balances… y datos que se manipulan como se quiere. Tampoco con defender una opinión en una mesa de tertulianos. La filosofía se ocupa de crear conceptos. Los conceptos permiten pensar la realidad y la propia vida. En este sentido me gustaría emplear dos metáforas para caracterizar rápidamente la filosofía. La primera, aunque suene un poco fuerte, sería afirmar que los conceptos son cócteles molotoff contra la realidad, armas con las que intervenir en el combate en el que todos estamos metidos: ¿quién y cómo se construye la realidad? Pero la filosofía, una constelación de conceptos, es también la pista del aeropuerto que puede permitirme levantar el vuelo, es decir, hacerme dueño de mi propia vida. Evidentemente, la filosofía entendida así no tiene lugar propio en el hilo musical que no cesa y nos encadena. Repito, no porque se ocupe de cosas extemporáneas, sino al contrario, porque indaga en lo esencial, en lo que verdaderamente nos importa. Los problemas filosóficos que son nuestros problemas, tienen a menudo una cara histórica y otra ahistórica. ¿Por qué esta realidad concreta nos aplasta? ¿Por qué la precariedad nos inocula miedo? Pero también ¿Qué sentido tiene la vida? La filosofía es subversiva, y va a la raíz de las cuestiones. Por eso su objetivo no es resolver problemas, es decir, ofrecer soluciones simples que acaban finalmente por cerrar la posibilidad de pensar. La filosofía ayuda a vivir porque no te hace fácil la vida.
 
 
Parece que, más que querer vivir, nos basta con sobrevivir, en contraste con años pasados hemos ajustado nuestras expectativas. ¿Puede que hasta ahora hubiésemos vivido en un engaño en el que el consumo era el fin último pero también el medio? Sabiendo que dedica todo un libro a este concepto, pero en pocas palabras ¿puede decirnos que es “querer vivir”?
 
 
 
Se dice a veces que un filósofo no tiene que pensar muchas cosas, le basta con pensar una sola idea. Ahora bien, esta idea hay que pensarla hasta el final, con todas sus consecuencias. En mi caso, he intentado pensar durante más de treinta años una sola idea:el querer vivir. Casi todos mis libros tienen como subtítulo: “una apuesta por el querer vivir”, “el querer vivir como desafío”, “el odio del querer vivir”. Y el libro sobre la noche en el que trabajo actualmente lleva por subtítulo “la enfermedad del querer vivir”. Mi reflexión acerca del querer vivir empezó al plantearme la pregunta ¿qué relación existe entre el Ser y el Poder? En el fondo de esta cuestión estaba fundamentalmente la constatación cotidiana de que no somos lo que podemos. Fue entonces cuando introduje un desplazamiento clave en mi opinión: la vida no existe, existe el querer vivir. La vida es sencillamente el nombre que damos a una constelación de cuerpos, cosas y palabras cuando nos posibilita conjugar el verbo querer vivir. El querer vivir es lo que nos constituye, lo que cada uno es más propiamente. Y sin embargo, no nos pertenece sino que lo compartimos porque es inmanente a la relación que establezco con el otro. El querer vivir es también una decisión, aunque lo es solamente cuando flaquea, por ejemplo, ante una enfermedad grave que nos amenaza. Si la vida es una palabra, el querer vivir es un grito. Ahora bien, como se anunciaba en la pregunta, el querer vivir es en sí mismo la pura ambivalencia. Lo mejor y lo peor del ser humano. Por eso mi objetivo ha sido siempre pensar ¿cómo hacer del querer vivir un desafío? La fuerza oscura que vive en el querer vivir se traduce ciertamente en ambigüedad política. Pero, justamente, es de esta extraña oscuridad, de esta opacidad tan impenetrable, de la que puede nacer un desafío.
 
 
 
Usted habla en el libro de la desarticulación de la clase obrera como objeto político. ¿No cree que en estos años se ha roto un poco la pasividad en la que estábamos inmersos y las protestas sociales han devuelto a la ciudadanía a la escena política?
 
 
 
La clase trabajadora protagonista del ciclo de lucha de finales de los años setenta fue derrotada. El Mayo del 68 francés, el largo mayo italiano desde el 69 hasta el 77, la transición política en España… son algunos de los momentos. La derrota política, económica, y cultural de la clase trabajadora supuso su desarticulación en tanto que sujeto político, y lo que se conoce como neoliberalismo que empieza con Thacher, Reagan y los demás, no es más que la prolongación de esta derrota. Descentralización productiva y fábrica difusa, trabajo negro, deslocalizaciones, precarización laboral (y existencial), hipotecas… se trata de una verdadera ingeniería social encaminada a destruir una clase trabajadora que había alcanzado demasiado contrapoder, a reconstruir la obligación del trabajo. Lo que se conoce como “la crisis” no es más que un nombre para un proceso de expropiación de la riqueza colectiva y de los derechos sociales conseguidos. Ciertamente se están produciendo reacciones ante este ataque. Pero, por ejemplo, lo primero que habría que aclarar es el mismo término ciudadanía. ¿Sirve el concepto de ciudadano para calificar esta fuerza colectiva que tomó las plazas? Yo creo que no. El ciudadano es la pieza esencial de lo democrático, y lo democrático es la forma fundamental de dominio. Sí que es verdad que hay una resistencia pero la desproporción entre el ataque y la respuesta es por desgracia apabullante.
 
 
 
¿El concepto de proletariado y lucha no ha quedado excesivamente difuminado en este modelo económico global?
 
 
 
En la época global, y podríamos escoger el 11-S del 2001 como el momento simbólico de su inicio, el capitalismo tiende a identificarse absolutamente con la realidad. En otras palabras, no hay afuera. Podríamos emplear una metáfora: vivimos dentro de la bestia que nosotros mismos alimentamos simplemente viviendo. Estamos en el corazón de lo insoluble. La consigna capitalista que funcionó en una parte del mundo durante años fue “paz social a cambio de dinero”. Patronal y sindicatos llamaban a esta transacción pacto social, política de rentas. Ahora la consigna capitalista que rige el mundo es simplemente “Esto es lo que hay”. Se trata de un nuevo escenario en el que el espacio de la negociación se ha ido apagando. Es fácil de entender. Como afirmaba recientemente uno de los hombres más ricos del mundo [Warren Buffet]: “¡Y tanto que existe la lucha de clases, pero la vamos ganando nosotros!”. En términos políticos podríamos calificar la situación en la que estamos como un impasse. La acción política que se quiere radical está abocada al siguiente dilema: si se concreta – y debe concretarse para hacerse efectiva – pierde consistencia política, se hace arbitraria y es absorbida por la propia realidad. Pero si no se concreta, para evitar caer en la trampa de la particularidad, permanece abstracta e incapaz de morder la realidad. Lo que es políticamente factible no cambiará nada, y las acciones que podrían traer consigo cambios realmente significativos son políticamente impensables. La reivindicación ciertamente necesaria parece agotada, abocada a un callejón sin salida. Las formas clásicas de lucha se topan con sus propios límites. Por ejemplo. ¿Para qué sirve una huelga general de un día? La reivindicación tiene que hacerse gesto radical. El gesto radical no tiene en cuenta la correlación de fuerzas porque se hace con un cuerpo que se resiste hasta el final. Por ejemplo, la plaza de Tahrir del Cairo.
 
 
 
¿A quién representa la política profesional? La gran mayoría de los ciudadanos no se ven representados por sus políticos, los vemos como meros defensores de intereses económicos.
 
En uno de sus libros más conocidos Platón cuenta el mito de la caverna. Lo resumo porque es muy conocido. En el interior de una caverna hay unos hombres encerrados que contemplan el paso de unas sombras. Así transcurre su vida. Es parecido a estar ante la televisión. Pero a uno de ellos se le ocurre que la vida no puede ser eso, y decide salir afuera. Allí descubre el Sol. Ahora no importa qué es el Sol. El hombre se encuentra bien en la intemperie iluminada y no tiene ganas de regresar a la caverna. Platón nos dice entonces que tenemos el deber de volver a la caverna. Aunque esto nos suponga el ridículo o la misma muerte. “Las cosas de los hombres no valen mucho la pena, pero no hay más remedio que preocuparse de ellas”. En definitiva, hay que ensuciarse las manos. Platón ofrece una solución en cierto modo autoritaria, si bien afirma algo fundamental: la política, en el mejor sentido de la palabra, es la administración colectiva de la vida, la autoorganización social en marcha y tenemos que contribuir a a su buen funcionamiento. Creo que es insuficiente criticar a los políticos y actualmente demasiado fácil. Por supuesto hay que gritarles “Que se vayan todos” o “Nadie nos representa”. Pero a continuación defender que la política se hace en el lugar de producción, en la escuela, en la calle… El movimiento del 15M con la toma de plazas supuso recuperar, aunque sólo fuera por unos momentos, un espacio político en el que la palabra era puesta en el centro y a disposición de todos. Evidentemente, la política de los políticos profesionales no tiene nada que ver con esto. Nosotros lo sabemos bien. La transición postfranquista fue, entre otras cosas, el secuestro de este espacio político real, su substitución por un espacio político ficticio, su transformación en Parlamento. La política, que está esencialmente ligada a la vida, fue convertida en el código gobierno/oposición. Este código del cual los políticos profesionales son sus gestores rige la sociedad. Todo lo que no se exprese en su lenguaje no existe, no puede existir. Los políticos profesionales, en el fondo, no son más que los meros guardianes de este código, de “lo democrático”, que por supuesto, no tiene nada que ver con la democracia. No es de extrañar, pues, que este modo de representación facilite y promueva la corrupción.
 
El capitalismo parece haber fracasado estrepitosamente y sin embargo esa profunda reforma que preconizaron políticos como Sarkozy no llega. Desterrado el comunismo, ¿es el capitalismo el único sistema viable?
 
 
 
A veces es necesario recuperar una mirada histórica sobre la realidad. Entonces nos damos cuenta de que nada es eterno. El capitalismo evidentemente tampoco. Se ha transformado mil veces, y lo ha hecho porque ha sido capaz de poner el desorden en su propio centro. Sólo así, admitiendo la inestabilidad podía ser innovador y persistir. Este “desorden” motor de su desarrollo fue denominado por Marx “trabajo vivo”, es decir, la clase trabajadora portadora de antagonismo y de creatividad. De aquí que, por definición el capitalismo sea sinónimo de crisis. Hasta ahora esta crisis era reconducida como un momento del ciclo económico y servía para “hacer limpieza” de las empresas poco competitivas, de todo lo que le suponía un obstáculo o una disfuncionalidad. En la actualidad estamos viviendo más bien una fuga hacia adelante que amenaza a la humanidad por su carácter fundamentalmente destructivo. Yo no sé si hay alternativa al capitalismo pero sí sé que este modo de producción que aúna la miseria de la abundancia y la abundancia de la miseria debe ser combatido. No se necesita tener una alternativa para decir No, para rechazar esta realidad detestable.
 
 
 
Cometemos un abuso del término nihilismo, muchos lo usan para desprestigiar la deriva de la sociedad actual sin conocer toda la profundidad que la palabra encierra. ¿Es esta una sociedad nihilista que ha rechazado, por ejemplo, el asidero de la religión? ¿Hemos renunciado a ciertos valores de lo absoluto?
 
El significado del concepto de nihilismo no es fácil de resumir ya que tiene una larga historia tras de sí. Nietzsche es quien formuló la definición posiblemente más útil, y a la vez, más cercana a nosotros: “Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al ¿para qué? ¿Qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizan”. El nihilismo implica decadencia, pesimismo etc. Según él, estos fenómenos surgirían como consecuencia de la muerte de Dios, aunque el cristianismo a causa de su desprecio de la vida ya los comportaba. Nietzsche nos propondrá girar la pasividad decadente del nihilismo en afirmación de la vida, en nihilismo activo. Más allá de la crítica que podamos efectuar a su concepción de lo trágico, y por tanto a su propuesta, su acierto es constatar la irrupción de la nada. No se trata de un problema intelectual. Un vagón de metro lleno de gente en silencio, sin mirarse porque sólo miran su móvil, es el mejor ejemplo de esta llegada del nihilismo. Nihilismo significa, en este caso, que ya “no hay nada” de relación social, puro autismo, o exposición del Yo en la red. El Estado-guerra, que mata a los enemigos que él mismo se construye, es nihilista. La movilización global en la que estamos metidos y que llamamos vida, es una maquina nihilista que tritura nuestras vidas. Podríamos seguir poniendo ejemplos de cómo el nihilismo triunfa, de la crisis de sentido que conlleva. No cabe, sin embargo, oponer valores absolutos a su avance. Todos nosotros sabemos que las religiones son un gran engaño, y a pesar de ello, es innegable la necesidad de creer. ¿Cómo poder luchar sin creer en algo? Por lo menos habrá que creer en nuestras propias fuerzas. Es aquí donde interviene para mí de nuevo el querer vivir. Creer en lo que nos hace vivir es un buen punto de partida para medirse con el nihilismo. Y lo que nos hace vivir ¿qué es sino el propio querer vivir?
 
 
 
Plantea usted que existen varios tipos de apuesta, la apuesta entre el miedo y la esperanza, la apuesta prevaricante, resistir sin esperar nada. ¿Entre qué dos términos podemos apostar actualmente? ¿Qué podemos esperar? ¿O no tenemos que esperar y ponernos manos a la obra?
 
Después de la derrota de los años setenta se abrió una larga travesía del desierto. No quise inventarme nuevos sujetos políticos. Sustituir el antiguo movimiento obrero por nuevos movimientos sociales cada uno con su reivindicación específica, y en mucho casos, identitaria. Preferí formular una apuesta loca, y que además socavaba lo más esencial de toda apuesta: la esperanza. La llamé apuesta prevaricante porque este término curiosamente recogía ambos significados. Esta apuesta consistía en resistir sin esperar nada. Gracias a ella pude seguir en pie. Y muchos como yo descubrimos que era posible luchar sin horizontes. Con esta apuesta intentaba acercar al máximo nihilismo y querer vivir, la radicalización del nihilismo y la afirmación del querer vivir. En estos momentos creo que esta apuesta tiene que ser pensada de nuevo. Sigo creyendo que sólo la potencia de la nada puede llegar a hundir esta realidad absolutamente capitalista. Una potencia de la nada que va asociada seguramente a una fuerza colectiva anónima. Ocurre, sin embargo, que es problemático pretender radicalizar el nihilismo cuando vemos que está extendiéndose por toda la sociedad. Cuando la realidad, al mostrarse en su máxima obscenidad (corrupción, miseria, injusticias…), parece haber encontrado paradójicamente una vía para su propio reforzamiento. “Esto es lo que hay”: nada de nada. El nihilismo se ha consumado. Lo que me pregunto, y aún no tengo respuesta, es si se puede abandonar el no-horizonte nihilista sin perder la potencia de la nada, esta fuerza oscura que está en todos nosotros y que es la única que verdaderamente puede hacer daño.
 
 
Julio Santamaría

Estamos en guerra // Diego Valeriano

 

Porque odiamos a los pibes, porque hay muertos por todos lados, porque es insoportable tener un transa en la esquina, porque tenemos el 911 fácil, porque andamos con miedo cuando baja el sol, porque no toman prisioneros, porque el vecino hizo una piecita arriba y nos tapó la poca luz que entraba, porque justificamos asesinatos a sangre fría, porque hay que esperar que amanezca para volver, porque ya no hay más bautismos que los bautismos de fuego. Estamos en guerra.

Cuando reconocemos que lo mejor de las situaciones extremas es que nos conducen a posiciones extremas, cuando el gordo de la rotisería acaricia el frio brillo de la 9mm cada vez que abre la registradora,  cuando salir a tomar el bondi requiere de estrategias defensivas, cuando la madre llora frente a las cámaras porque pasó lo que siempre pasa, cuando el guacho se desangra orgulloso camino al hospital. Estamos en guerra. Y  morir es devenir,   lastimar es posibilidad,   amor es arrancar, y  en lugar de hacer mundo cada vez, solo se hace campo de batalla.

Estamos en guerra por el consumo, por la fiesta, por deambular por la ciudad, contra la normalidad viciada que devuelve imágenes estáticas, por tanta falopa que anda dando vuelta, porque ya no creemos en nada, porque siempre es mejor morir que ser empleado, porque los pibitos se ríen de las maestras,  porque las pibas dijeron basta.

Estamos en guerra. Y no entendemos ni a Pablo, ni a Luis, ni sus viajes, frustraciones, dolores y encierros, ni a la vieja muerta de miedo que riega atrás de las rejas y ya casi no sale, ni a las nenas que ya vieron demasiado, ni a las víctimas de Once, ni al dolor de Matilde que solo puede sentir cómo sus hijos se le escurren entre los dedos, ni ese paredón infinito y oscuro donde la queda siempre alguien.

Sobre el concepto de política // Ignacio Lewkowicz

Por distintas vías, cada vez me queda más claro que la idea misma de política remite a una configuración específica, moderna. No sé si la palabra “política” es pertinente para nombrar los movimientos de subjetivación contemporáneos, porque que la suposición de unos términos estables del campo llamado política ya preconfigura y precodifica una situación de estado –aunque la política se mantenga lejos de él.

Ahora, a partir de una serie de conversaciones con Diego, aparece paulatinamente la idea de que lo que caracteriza el pensamiento político es el hecho de trabajar como pensamiento, como actividad de pensamiento, como máquina de pensar, en multitud de cuerpos, de cabezas, de prácticas. No está destinado a todos sino que está trabajando en todos. Es decir que el pensamiento político no remite a la figura textual de autor sino al trabajo de determinación desde la inmanencia de cada situación. Y esto solo es posible desde el sesgo de la inconsistencia de la situación[1]

Por ejemplo, en torno a las variantes del marxismo en los años ´70 en Argentina habíamos visto que el advenimiento de grandes masas a la política, –es decir, no la incorporación de muchos a una idea sino el trabajo de pensamiento de esos muchos en la situación– hace que en una acepción política de la ley de Murphy, todas las posibilidades se den, todas las combinatorias se den, simultáneamente y a una gran velocidad.

Por otra parte, vimos con Maquiavelo que la modernidad política consiste en situar no al hombre sino a los hombres en el centro; y no al hombre de razón –ese sí sería unificable– sino a los hombres hechos de razón y pasión –esos sí no unificables en “el hombre”–. Así, en ese centro no está la unidad científica sino la multiplicación política. También ahí el pensamiento político piensa en y desde la multitud que piensa.

Pero la figura moderna de la política se organiza en torno del estado y el poder. En rigor, en la medida en que estado y poder son los términos cantados de la política, esta política trabaja en torno de invariantes. El pensamiento de la multitud estará ligado, si se quiere, de manera inmanente con esta trascendencia no vista como trascendencia, no percibida como trascendencia, no vista como estructura, que es el estado. En nuestra situación actual, la figura de estado resta inmanencia al pensamiento político. Pero la categoría política remite en tanto que categoría precisamente a esta trascendencia extrasituacional que es el estado. Es decir que en un pensamiento contemporáneo, en un pensamiento situacional, la categoría estado no es central, a veces ni siquiera necesaria. De modo que la categoría política es ajena al pensamiento situacional.

El pensamiento que llamamos político desde una serie de convenciones y hábitos, no se llama político desde sí. Desde sí sólo encuentra sus puntos de afirmación para un recorrido subjetivo.[2]El pensamiento político piensa políticamente cuando la palabra política desaparece de su horizonte. La palabra política resulta irrevocablemente metafísica en la medida en que extrasituacionalmente permite reconocer una dimensión de las situaciones desde la mirada del filósofo, si se quiere. Badiou decía que la verdad era un concepto filosófico que permitía captar las políticas como pensamiento desde la filosofía. Yo diría que la categoría política misma es una categoría filosófica para captar la subjetivación en nombre de eso. Para pensar subjetivamente en términos de situación, para pensar políticamente las situaciones, será imprescindible suprimir el término política como referente supuestamente inmanente de esa actividad.

Para radicalizar la posición, diría que no hay política en situación, es decir, una realidad transituacional que se afirme en distintos polos o distintos puntos de constitución situacional, sino que más bien la política –si llamamos política a la voluntad afirmativa– trata precisamente de afirmar las situaciones. Política del pensamiento, política de situación, es ante todo afirmación de la situación, afirmación del pensamiento, afirmación de la situación como pensamiento y del pensamiento como situación. El componente que solemos llamar político exige que esa situación sea tramada en pensamiento por la composición múltiple de sus habitantes.

En síntesis, la palabra política no es política sino metapolítica.

Bs. As., 7 de junio de 2001

[1] Nota para la discusión con Diego: ¿cómo se abre la inmanencia? ¿Está siempre ontológicamente dada? ¿Procede de un acontecimiento?

[2] Caminando me di cuenta de que los gestos con la cara para afirmar y negar contienen una metáfora: afirmar es poner firme, y el gesto ascendente pero sobre todo descendente, es un transmutado lejano del implantar un término en el piso, de plantar algo. Afirmar es poner firme, es plantar. La negación, correlativamente, es el gesto de suprimir, de correr, de borrar, de desplantar.

Poder, ética, transferencia: otro juego posible // Ignacio Lewkowicz

por Ignacio Lewkowicz

  1. Anticipo. Intento pensar la posible transformación contemporánea en los términos de la correlación poder-ética-transferencia. Conjeturo que esta transformación abre el campo de otro juego posible. Como el recorrido argumental requiere armar unas condiciones específicas de lectura, anticipo la tesis del texto.

Las alteraciones entremezcladas de la subjetividad y las teorías de la subjetividad contemporáneas determinan un cambio posible en los modos de pensar las relaciones entre poder, ética y transferencia. Las modalidades de pensar el anudamiento de ambos términos pueden esquematizarse en dos formulaciones. En la primera, la ética es un limitante razonable ante los abusos posibles de poder en la intimidad del campo transferencial. En la segunda, la ética es una indicación afirmativa – y no restrictiva – acerca de los poderes instituyentes – y no intrusivos – en el vínculo transferencial nuevo – y no repetitivo.

  1. Clima. Algo cambia. No cambia todo; tampoco es nada lo que cambia. Cambia algo. ¿Pero qué es lo que cambia? Se enfrentan dos posiciones al respecto. De un lado se anuncia una nueva era. De otro, se niega la supuesta novedad: se trata nada más que de la continuidad de la hegemonía del capital. En la hipótesis de la nueva era, los hombres, la subjetividad, las estructuras son pulverizados por la drástica mutación civilizatoria que atravesamos. En la hipótesis de la permanencia del mismo régimen, los hombres, la subjetividad, las estructuras transcurren en circunstancias diversas, con variaciones de énfasis y grado. Las teorías devienen obsoletas para la nueva era; en cambio, permanecen vigentes (aunque ideológicamente atacadas por los propagandistas de siempre) en la continuidad del capitalismo. Las estrategias de intervención están fatalmente condenadas a la inutilidad del museo de la historia en la nueva era; están llamadas a salvarnos de la ofensiva globalizante según la interpretación de la permanencia del mismo régimen. ¿Qué es lo que cambia y qué es lo que permanece? ¿Y qué valor adquiere lo que cambia por cambiar y lo que permanece por permanecer? Porque nada más sencillo que atribuirle a las permanencias el valor estratégico fundamental nada más que porque permanecen. La polémica ideológica así planteada no tiene mayor producción en el pensamiento. Ambas posiciones fingen observar el cambio desde fuera. Desde allí, describen cómo el mundo era, cómo es, cómo será. Pero no es más que una ficción. No existe ese tal fuera del mundo desde el cual podríamos describirlo. Nuestras categorías pertenecen a ese mismo mundo que cambia. No tienen el don trascendente de la observación. Habitan bajo la condición inmanente de la implicación. La alteración que analizan a la vez las altera.

  1. Perspectiva. Si algo cambia, el historiador se prepara a intervenir. Según su definición actual (recientemente aclimatada) su objeto no es el pasado de las sociedades humanas: su terreno de implicación es el cambio social. La historicidad actual es el sitio de intervención específico. La historicidad pretérita quizá no haya sido más que un campo de entrenamiento en el que se ha adiestrado para el uso de una serie de herramientas y estrategias de comprensión. En la historicidad pretérita los cambios ya han acontecido. En la historicidad actual, no disponemos del sitio trascendente – el resultado – desde el cual imaginar la posición de observador. Nuestras categorías proceden del mismo campo en el que trabajan. Están sometidas también a la historicidad del devenir. No disponemos de mejor herramienta para captar el devenir que el devenir mismo de las herramientas. El historiador que piensa el cambio lo está pensando precisamente desde el cambio mismo. Pero además lo está pensando mediante el cambio de las herramientas pertinentes para comprender ese cambio. El cambio cambia: las herramientas para pensarlo en una situación no son aptas para pensar el cambio mismo de esa situación por otra.

Algo cambia en la subjetividad. Ni todo ni nada. Algo cambia en la subjetividad. ¿Cambian también nuestros modos de pensar la subjetividad? Pues podría tratarse de un cambio en la subjetividad que estudiamos (la subjetividad objeto); pero también podría tratarse de un cambio en los modos de pensar la subjetividad: un cambio en los modos de pensar una realidad que no se ha alterado. Para los dos cambios tenemos esquemas: permanencia del objeto y cambio de la teoría, permanencia de la teoría y cambio del objeto. No es nuestra situación: no gozamos de los beneficios de la exterioridad mutua entre los términos supuesta en los dos esquemas. Los dos términos de la ecuación no son autónomos: el modo de pensar la subjetividad es un término de la subjetividad. Y si los dos términos varían y además no son independientes entre sí, estamos en una situación sin punto exterior fijo, una situación en principio caótica. Sin embargo, es preciso pensarla.

  1. Simplificación. La situación, extremadamente compleja, autoriza el recurso a las simplificaciones. Los términos implicados en la problemática del encuentro son infinitamente sutiles. No sólo pertenecen a campos disciplinarios diversos sino también a escuelas doctrinarias opuestas en el seno de los campos disciplinarios. La sociología, el psicoanálisis, la filosofía son campos vecinos del historiador. Sin embargo, la vecindad es litigiosa. Nunca termina uno por comprender cabalmente cómo funcionan los términos en el campo vecino.

La perspectiva de historiador se aproxima a los términos ética, poder, transferencia en una clave específica y con unos recaudos específicos. La clave es la transformación contemporánea de la subjetividad y su pensamiento. Los recaudos no atañen solo a la simplificacion forzada de los términos por la naturaleza disciplinaria de sus sutilezas. Tampoco atañen sólo a la diversidad de procedencia de cada uno de los términos. Quizá el recaudo principal se deba a la transformación misma en la que está implicado nuestro modo de pensar la transformación.

  1. Estrategia. En la perspectiva historiadora consignada, intento pensar la alteración de los tres términos en su mutua correlación estratégica y no en su autonomía. Contrapongo dos esquemas simplificados de anudamiento entre los términos y no dos concepciones de cada uno de los términos por separado. Los dos esquemas del nudo poder – ética – transferencia no describen dos realidades separadas por un abismo: describen dos modalidades de funcionamiento que bien pueden trabajar de forma simultánea y heterogénea en el mismo campo multiforme. Sin embargo, las dos configuraciones del nudo anticipado implican estrategia de intervención diferentes, según concepciones de la subjetividad diversas. Precisamente ese cambio en la concepción de la subjetividad es una de las principales transformaciones actuales[1]. Pues – en perspectiva de historiador – los modos de pensar son efecto de una subjetividad específica. Pero a la vez son instituyentes de una subjetividad específica.

  1. Monologismo. Los modos de pensar implicados en el primer nudo poder-ética-transferencia revelan a su vez un modo de pensar la constitución de la subjetividad. Presento un esquema simplificado de la configuración es este nudo. Las sutilezas – como había anticipado – han sido brutalmente suprimidas en nombre de la claridad del esquema.

Si la ética es la capacidad necesaria de limitación ante los abusos de poder siempre posibles en la transferencia, es porque así se configura una concepción a partir de unos recursos de pensamiento. Si la transferencia es reedición de un vínculo con unos objetos internos, o unos otros primordiales, ése que transfiere es un ser ya constituido que requiere de otro como término necesario para desplegar las determinaciones que lo constituían. Cualquier positividad específica de ese otro de la transferencia es una intromisión indebida en la lógica del término transferente. Las únicas determinaciones cuya entrada en escena son legítimas son las preconstituidas.

Pero este modo de pensar la subjetividad se corresponde, por un lado, con la institución moderna del sujeto fundado desde sí. Y por otro, con la institución clásica de una lógica monológica centrada en el principio de identidad. Descartemos desde ya que se trate de errores de comprensión de una naturaleza humana ya dada en sí: se trata de un modo entre otros de instituir prácticamente la naturaleza humana según los parámetros específicos de la situación en que se instituye.

El despliegue del uno constitutivo de cada configuración individual es la posibilidad de establecer las articulaciones coherentes de un discurso que ha sido perturbado en su principio de unidad. Los fragmentos dislocados de ese discurso, articulados (a partir de la transferencia) en su coherencia restaurada, ya no causarán el mismo sufrimiento psíquico que causaban. Los elementos sepultados de esa coherencia, cuya expulsión ocasionaba formas incomprensibles de padecimiento, una vez aflorados e insertados en su sitio pertinente, se integran en un logos que ahora sí se aproxima a su ideal. La armonía del logosaquí se obtiene – en la medida precisa en que sea posible – sin la introducción de ningún elemento nuevo. Nada ha de presentarse en acto que no estuviera ya situado en potencia en la organización subjetiva en cuestión. Desde allí – desde el despliegue de las potencias – se organiza la transferencia y la cura. La armonía posible del uno se conquista mediante la expulsión a priori de cualquier circunstancia exterior que pueda inmiscuirse en su despliegue. Cualquier presencia de un elemento exterior a ese uno en el campo transferencial es una irrupción intempestiva.

Como se ve, los recursos del pensamiento heredado (clásico y moderno) están presentes en esta configuración del nudo poder-ética-transferencia estableciendo una exigencia. Como el logos es logos precisamente por la exclusión de cualquier acto de fuerza, entonces el único modo de pensar el poder es como acto de fuerza exterior al logos que no puede más que dañarlo. Como el sentido procede del logos, el sinsentido procede de ese poder exterior que lo daña. Como la experiencia humana es la experiencia del sentido, la quiebra del sentido es la causa del sufrimiento. Cualquier forma de poder es una amenaza para el logos, el sentido, la curación.

Las condiciones transferenciales son condiciones de extrema sutileza y exposición del paciente. El afloramiento de lo que estaba sepultado es posible a partir de estas condiciones transferenciales. Estas condiciones constituyen a la vez la ocasión máxima y el riesgo supremo para la restauración (en la medida de lo posible) de la coherencia del logos que un individuo es. De ahí que la posición del psicoanalista deba ser rigurosamente custodiada para aprovechar la ocasión sin sucumbir ante los riesgos. La condición privilegiada del psicoanalista lo dispone como un ser dotado de enorme poderes de intromisión en el monólogo que es su paciente. Su capacidad legítima consiste el permitir y articular los términos dispersos de la serie constitutiva de su paciente. Su abuso de poder consiste en la introducción de elementos foráneos a la constitución psíquica del paciente, violentando así (para fines nobles o viles) la posibilidad de organización del logosque el paciente es. Su abuso de poder es condición del sufrimiento iatrogénico.

En consonancia con esta línea, la ética consistirá en impedir cualquier interferencia de los intereses, los valores, las pasiones, los ideales o los deseos del analista se presenten en el campo transferencial. La ética consistirá en limitar los abusos de poder siempre posibles en las explosivas condiciones transferenciales. En este esquema puede interpretarse una dimensión fundamental de las éticas psicoanalíticas que consistan en la observancia de las reglas técnicas de abstinencia o neutralidad, en la des-represión del deseo, en el despliegue simbólico o en el respeto del otro.

Este primer nudo entonces sitúa la transferencia como condición de apertura de la vida psíquica para un posible despliegue, el poder como puro riesgo de abuso iatrogénico, la ética como límite imprescindible para que el poder no ejerza la influencia deletérea del abuso.

  1. Alteración. Pero el campo parece haberse alterado. Las alteraciones se presentan en diversos registros, en principio descoordinados entre sí. ¿Se han alterado los modos de constitución subjetiva? Hace unos años, los encuentros psicoanalíticos transcurren en torno de lo nuevo. ¿Las novedades proceden de la alteración en la subjetividad o de ajusten en la comprensión psicoanalítica de estructuras clínicas establecidas? El vector de ingreso de la novedad alteradora ha sido el conjunto heteróclito de las llamadas “nuevas patologías”. ¿Se trata de nuevas formas de presentación de las entidades nosográficas intemporales o de nuevas entidades nosográficas? Y si se tratara sólo de nuevas formas de presentación, ¿las modalidades transferenciales son las mismas, independientemente de la alteración en los modos de presentación? ¿Los modos de operar en el campo transferencial están regidos por la misma ética de restricción de los abusos de poder? ¿El poder se concibe del mismo modo, como intromisión indebida en un campo cuya salud depende de su autoorganización clausurada a la intromisión exterior?

Naturalmente, el historiador no puede responder. Sólo puede señalar algunas condiciones que abonan el campo del problema.

  1. ¿Logos?. Una cadena, una estructura, un modelo, una organización, una configuración, un aparato, constituyen otros tantos modos de esquematizar las ligaduras entre los distintos componentes de unas representaciones, unos objetos o unos significantes. Las ligaduras son un núcleo etimológico del término lógica. Un cambio de lógica, en esta línea, en un cambio en los modos de ligar.

Ahora bien, en el campo del pensamiento contemporáneo, uno de los rasgos más notables es el retorno problemático sobre el núcleo ontología-lógica. Si el pensamiento se orienta a unos cambios en el ser y la lógica que le es consustancial es signo de que algo decisivo está cambiando en nuestra situación. Si los modos de pensar son constitutivos de la subjetividad y a la vez son un índice del tipo de subjetividad que se exige pensarlos, un cambio en el campo de la lógica es a su vez el índice de un cambio esencial en los modos de ligar propios de la subjetividad contemporánea.

Lo cierto es que en muy diversos planos ha estallado el problema de la nueva subjetividad. Esquemáticamente, y sólo para indicar el carácter multifacético de esta presentación, nombro tres dimensiones: la reflexión filosófica en el campo de la lógica-ontología; la reflexión histórico-social en el campo de las modalidades del lazo social y su soporte subjetivo; la reflexión psicoanalítica en torno de las nuevas patologías. Pero también es cierto que estas tres líneas de reflexión han permanecido relativamente desarticuladas entre sí. El núcleo sobre el cual confluyen las dimensiones onto-lógica, social y psíquica de las alteraciones es el posible campo de la nueva normalidad. Esa posible nueva normalidad radica en otro modo de ser, de ligar, de vincularse, de constituirse, de sufrir – y de curar[2]. Si se trata de interdisciplina – o mejor, de indisciplina – la confluencia de estas tres líneas parece el terreno más complejo y decisivo de nuestra coyuntura teórica. La filosofía piensa el cambio en el ser y la lógica – es decir : en el pensar – ; las ciencias sociales piensan el cambio en las prácticas y discursos constitutivos del lazo social y su soporte subjetivo; el psicoanálisis piensa el cambio en los modos de ligadura psíquica. Son tres vertientes para pensar la mutación. El lugar (vacío) sobre el que confluyen, ¿a qué disciplina pertenece?[3] Ese espacio in-disciplinario se constituye a partir de la alteración conjunta (sin punto exterior fijo para leerla) de los supuestos ejes independientes de los que hablaba recién.

Es en este campo que puede conjeturarse un modo distinto del anudamiento poder-ética-transferencia.

  1. Dia-logos. En la hipótesis monológica, el otro de la transferencia es un término esencialmente vacío, negado en su positividad, debidamente restringido en la presentación posible de su alteridad[4]. El poder ejercido es sinónimo del abuso de poder. La ética es la limitación correlativa del abuso siempre posible. El ideal es que de la suma de ética y poder resulte cero.

Ahora bien, diversos recorridos del pensamiento contemporáneo permiten jugar con los términos del nudo poder-ética-transferencia en otra estrategia[5]. La diversidad de estos recorridos no confluye en un torrente común. Sólo desde una exigencia práctica concreta (por ejemplo: clínica) pueden coordinarse entre sí según las funciones específicas para las cuales los convoca el problema en cuestión. Más claramente, los senderos de Foucault no son los de Badiou. Las peripecias del vínculo transferencial no son las del sujeto político. No se articulan sin más la temprana espiritualidad cristiana con los vericuetos contemporáneos de la relación analítica. Cualquier intento de sumatoria incurre en pecado de eclecticismo – pecado teórico mortal en el campo teórico. Pero otra cosa sucede si en lugar de intentar una vana articulación entre las teorías se intenta arrimar distintos esquemas de pensamiento en torno de un potente agujero problemático en una práctica específica. Quizá las dificultades actuales en la práctica psicoanalítica, ligadas no sólo con las nuevas patologías sino también con las dificultades para sostener los encuadres tradicionales en las actuales condiciones de la subjetividad constituyan semejante condición de necesidad para el recurso a herramientas conceptuales heterogéneas.

  1. Poderes. El recorrido en pensamiento de M.Foucault ha alterado las condiciones de pensabilidad del poder – o mejor, de las relaciones de poder[6]. Si el pensamiento occidental había abominado de las relaciones de fuerza en nombre de la consistencia armónica del logos, la fuerza debía permanecer en el campo de lo impensado, de lo carente de cualquier positividad, de una realidad puramente negativa. La reflexión sobre este mal en el campo del pensar no podía consistir en pensarlo sino en eliminarlo. El poder fue instituido tradicionalmente como una patología del pensar. Sin embargo, la sustancia del poder insistía en presentarse en los escenarios de los cuales supuestamente había sido eliminado. Una patología regular, ineliminable por los medios que el logos establece para su consistencia propia, introduce –una vez detectada su regularidad ineliminable – la sospecha de que no se trata sólo de una patología. Un mal que no puede ser eliminado mal se piensa bajo el equívoco nombre moral de mal. El poder cambia su rostro (no deviene benéfico, pero sí pensable) cuando se suspende la abominación espontánea. El poder no es lisa y llanamente el abuso de poder. El abuso puede ser una patología del poder, pero el poder no es una patología.

La intervención de Foucault instaura la noción de un poder instituyente. El poder no es una interferencia que impide sino una fundación que permite. No hay una subjetividad establecida naturalmente que venga a ser violentada por la indebida presencia del poder sino que las relaciones de poder instauran la subjetividad de los que están tramados por ese juego de relaciones. El logos no es la transparencia opuesta a la opacidad de los poderes sino que es también es despliegue de unos poderes. El discurso no es el despliegue del logos interferido por la instrusión del poder; el discurso es el logosespecífico posibilitado por las relaciones de poder específicas que están en juego en la enunciación de ese discurso. La subjetividad – efecto de discurso – es efecto de las relaciones de poder constitutivas de cualquier discursividad instituyente.

Las relaciones de poder requieren en esta línea otro esquema. Ya no se trata de una sustancia homogénea (el poder) que alguien detenta en detrimento de otros sino que estamos ante una producción en relación, que distribuye poderes específicos, diferenciales, heterogéneos. Si hace falta una ilustración esquemática, las relaciones de poder entre los géneros pueden resultar ejemplares. Poco se gana si en perspectiva tradicional uno imagina que el poder lo tiene uno u otro. Las relaciones efectivas distribuyen y producen cualidades heterogéneas de poder (femenino, masculina) según las circunstancias. No importa quién tiene el poder sino qué poderes específicos se producen en la relación de diferencia. El poder aquí no es sustancia sino verbo: qué puede cada uno en los términos específicos de la situación.

Sin embargo, el recorrido de Foucault no se ha detenido en esta postulación. Su último ciclo de pensamiento ha insistido en la aparición de otras formas de poder, de otras prácticas subjetivantes. Además de los dispositivos “sociales” de producción de subjetividad serial, en diversas situaciones existen dispositivos de subjetivación de esa subjetividad instituida por los dispositivos seriales o repetitivos. La relación con un maestro en la antigüedad filosófica o la relación con un guía espiritual en el temprano cristianismo constituyen el espacio de las prácticas de sí. Estas prácticas de sí instauran una relación específica de subjetivación mediante la relación con otro. Pero este otro no es otro neutro que permite la liberación de lo que estaba reprimido por la subjetividad instituida. Tampoco constituye un montaje alienante por el cual se prescriben nuevos modos de ser desde una heteronomía abusiva. Mediante la relación con un maestro o un guía, en relación con la verdad, se inventan modos de ser inéditos para el individuo en cuestión, se inventa otro que el que era sin que en ello medie inautenticidad alguna: se establece la posibilidad de devenir otro con otro. En esta vía de subjetivación, la relación de poder es central, sin que ello implique la anulación o la reducción subjetiva de uno de los dos polos de la relación. El poder activamente ejercido en el seno de una práctica de sí es un recurso fundamental de la subjetivación auténtica. El abuso de poder, patología de las relaciones de poder, aquí consiste – a la inversa del planteo tradicional – en la supresión de las capacidades de alteración de uno u otro de los términos de la relación.

La condición está puesta. Que sea de utilidad su relación con las dificultades de la práctica psicoanalítica depende de las exigencias específicas del campo clínico y de la habilidad para convocar los términos adecuados, desde el interior problemátoico del campo, para superar el impasse.

  1. Éticas 1. El recorrido de pensamiento de Levinas[7] ha alterado las condiciones de pensabilidad de la alteridad, núcleo de su reflexión sobre la Ética. El pensamiento tradicional tiene origen griego. El pensamiento griego tiene por base la ontología y la lógica. Las doctrinas del ser y del decir-ligando están basadas en el principio de identidad. La metafísica occidental es el despliegue ya agotado de las posibilidades de articulación de una identidad desplegada. Bajo el principio de identidad, la relación con los otros está comandada desde imperativos lógicos y ontológicos antes que éticos. La moral de raíz griega regula las relaciones con los otros en tanto que semejantes. Pero la regulación ética de respeto con el otro como semejante lo suprime como otro. Soporte y espejo de la identidad, el otro ahí no es otro sino una función de lo mismo. La identidad prima sobre la diferencia y la alteridad ha sido suprimida. Quizá se pueda encontrar en este imperativo de la identidad lógica y semejanza ontológica la raíz del pensamiento que sitúa el poder como abuso patológico. La presentación de la alteridad como alteridad suprime las condiciones de consistencia del logos, basadas en el principio de identidad. Esa irrupción de la alteridad impide la continuidad de la hegemonía del logosmonológico. La filosofía (el modo de pensar efecto y causa de nuestra subjetividad occidental) presionada desde siempre por el reaseguro de las identidades y las totalidades no abre ninguna posibilidad al pensamiento de otro como otro. Y la Ética comienza allí donde ya no puede sostenerse la identidad filosófica. La primacía de la ontología en el campo del pensamiento sólo puede conducir al exterminio de la alteridad en formas más brutales o más delicadas.

La subjetividad judía señala otro comienzo posible para el pensamiento, ya no bajo la primacía de la lógica-ontología sino bajo los imperativos de una ética de la alteridad – más allá de cualquier principio de semejanza que asegure las relaciones entre los términos vinculados. La eficacia de la alteridad del otro no consiste en un completamiento o una oposición en el mismo campo al que se completa o en el que se opone. Que otro sea otro significa que la totalidad del uno se abre al infinito. La infinitud es una función de la alteridad del otro. En tal caso, no hay posibilidad de establecer una ética de limitación de los poderes de uno sobre otro. Porque así se restablecería la hegemonía de la semejanza. Más allá del respeto, la alteridad del otro impone una consagración a las capacidades alteradoras de la alteridad. La infinitud de la alteración es la vía de una auténtica subjetivación de otro orden.

Nuevamente, se abre la posibilidad de devenir otro mediante la consagración a lo infinito de un vínculo de alteridad con otro. Que la relación transferencial pueda ser pensada y practicada bajo estas condiciones de alteridad depende, nuevamente, de los apremios de las situaciones clínicas y las orientaciones de pensamiento implicadas en la intervención.

  1. Éticas 2. El recorrido de pensamiento de A.Badiou[8] ha alterado las condiciones de pensabilidad de la verdad, núcleo de su reflexión Ética.

No basta con que haya carne humana implicada en una situación para que se pueda hablar de humanidad. En las situaciones normales, en las situaciones estructuradas, reguladas por algún mecanismo de homogeneización, campea el animal humano. Que el animal en su lucha por la supervivencia esté en posición de víctima o de victimario, en nada altera la situación. Las situaciones ordinarias transcurren bajo la regularidad de un patrón – la transgresión está también pautada por su regularidad. El juego de los intereses está más acá de lo verdadero y lo falso. Nada de lo que ocurre escapa al régimen preestablecido. Los hechos constituyen otras tantas variaciones en torno de invariantes inamovibles.

Más allá del animal humano, azarosamente, un acontecimiento dispone la condición absoluta para un devenir heterogéneo. Un acontecimiento no es un hecho regular; tampoco es un hecho espectacular. Es la irrupción evanescente de una heterogeneidad imposible en el campo de las regularidades dadas. El animal humano, en la traza del acontecimiento se humaniza. Porque humanidad no es otra cosa que una capacidad para las verdades. Y el acontecimiento es el punto de inicio de una verdad. Pues aquí la verdad no es ya la adecuación de lo que se dice con lo que es; la verdad no es un juicio descriptivo o explicativo de una supuesta realidad. El acontecimiento ha agujereado la consistencia de una situación revelando su inconsistencia puntual. El animal humano (la subjetividad instituida según los parámetros de regularidad dados) no dispone de recursos para hacerse cargo de esa inconsistencia supernumeraria. Deberá alterarse para trabajarse a partir de una ruptura. Pero la inconsistencia no prescribe ningún modo de continuidad. Por el contrario, en la medida en que delata la inconsistencia de base en la que estaba apoyada la situación, su ser inconsistente se revela como punto de partida de la verdad de la situación. La verdad arranca de ese punto de inconsistencia. No se trata entonces de describirla o conocerla: la dimensión epistemológica de la verdad se revela aquí como inoperante. Y no se la puede conocer, describir, explicar o comprender precisamente porque carece ontológicamente de cualquier consistencia. La consistencia de la verdad ha de ser heterogénea a los parámetros que hasta entonces regían la situación. La verdad habrá de ser fundada ontológicamente en el recorrido subjetivo que se inicia a partir de la irrupción del acontecimiento.

El azar de un acontecimiento ha abierto una situación en un punto de inconsistencia; los animales humanos que la habitan pueden humanizarse, pueden devenir sujeto en relación con la verdad de la situación que se inicia. La dimensión ética altera su carácter. No hay ética en las situaciones habitadas por el animal humano. Las prescripciones de limitación sólo operan en el espacio homogéneo compartido por víctimas y victimarios. No hay verdad (y por lo tanto, no hay ética posible) en el campo de las situaciones normales, que están más acá de lo verdadero y lo falso. La ética no es un contrapoder limitativo de los excesos de poder. La ética es la potencia afirmativa de una posibilidad de alteración. La ética se inicia cuando uno puede ser fiel a una verdad. Y como la verdad no es más que una ruptura, la ética se inicia cuando uno puede ser fiel a una ruptura.

Pero la fidelidad a una ruptura tiene una serie de características diferenciales respecto de otro tipo de fidelidades. La ética no es un regulador de la relación con otros sino un imperativo en relación con la verdad de una situación que altera a sus habitantes. Lo que ha acontecido era un imposible de la situación. Nadie sabía – de modo consciente o de cualquier otro – cuál era esa posibilidad abierta por el acontecimiento porque esa posibilidad sencillamente era imposible. La irrupción del acontecimiento y la verdad que se inicia destotaliza los saberes de cualquier índole. El imperativo ético de fidelidad a la verdad establece: persevera en lo que te ha atrapado y roto.Ya no se trata de la fidelidad al otro, inaccesible al cual uno podría consagrarse. En la fidelidad a la verdad de una situación que a ambos afecta por igual desde el sesgo de la inconsistencia, el problema consiste en cómo ser fiel a una ruptura. Y entonces no hay más posibilidad que inventar modos de ser y de hacer, modos de pensar para hacerse otro a la medida incierta de una verdad indeterminada y productiva.

Nuevamente, la ética no remite aquí a una estrategia prescriptiva de limitaciones ante abusos posibles sino que instaura una exigencia de fidelidad alteradora para los habitantes de una situación – situación clínica, por ejemplo – abriendo así y sólo así la posibilidad de la subjetivación.

  1. Transferencia. En nuestras condiciones subjetivas – de las cuales el pensamiento teórico es tanto un índice, como un sostén y una posibilidad – ¿la transferencia puede ser pensada bajo esquemas distintos[9]? El trabajo de I.Berenstein[10] así lo postula. La relación con un objeto suprime al otro en tanto que otro. La presencia del analista en este esquema es nada más que una ausencia. La condición ya estructurada del paciente obliga al analista a imponerse de modo una desaparición. El despliegue del mundo interno, la cadena significante o el universo de representaciones exige un observador tomado en el campo, pero tomado en tanto que observador. Las peripecias de la contratransferencia – o de sus diversas traducciones en otros lenguajes psicoanalíticos – testimonian la serie de dificultades que acarrea la suposición de una presencia ausente, una presencia vacía, una presencia exterior o trascendente.

Las distintas teorías de la constitución subjetiva confluyen en la misma estrategia de ausentamiento del analista. Si el sujeto se constituye desde sí, desde sus pulsiones, en analista será un representante sobre el cual desplegar los objetos internos resultantes del juego instintivo. Si el sujeto se constituye a partir de Otro, el analista ocupa el lugar de aquel Otro a partir del cual se ha constituido la cadena significante que se despliega en la situación analítica. En ambas líneas, la realidad efectiva del analista como otro (ni objeto ni el Otro) concreto, específico, etc., se ha evaporado saludablemente. La situación clínica, entonces, no es otra cosa que el despliegue del mundo interno o de la relación constitutiva con el Otro. En ningún caso se trata de una situación nueva, de un vínculo inédito, instituyente actual de subjetividad, al modo de las prácticas de sí, el encuentro con la alteridad o la fidelidad a la verdad de una situación.

Ambas líneas para pensar la transferencia remiten a una concepción semejante de la organización subjetiva. Partiendo desde el mundo instintivo o desde la estructura del orden simbólico, el sujeto psíquico es una entidad estructura en sus comienzos tempranos. En una entidad necesariamente estructurada que se relaciona con otros a partir de las determinaciones propias de esa estructuración, los encuentros no tienen capacidad de producción sino de despliegue de las determinaciones ya constituidas. Si los vínculos actuales no tienen capacidad instituyente, ¿de dónde podría obtenerla el vínculo analítico?

Para poder situar en el análisis una práctica instituyente de subjetividad, para poder otorgarle al vínculo analítico una capacidad de alteración, será preciso concebir de otro modo la organización de la subjetividad. No tendrá que ser originada a partir de sí ni a partir de Otro[11]. En rigor, no tendrá que ser originada. Tendrá que originarse a partir de cada encuentro, en cada situación, en cada dispositivo. No habrá ya un sujeto organizado a priori como centro de la diversidad de las experiencias sino una subjetividad que se organiza en situaciones a partir de los encuentros.

En estas condiciones es posible pensar que la transferencia sea a la vez un hecho nuevo y una producción vincular. Ese vínculo inédito pondrá condiciones de emergencia de unas posibilidades subjetivas entes inexistentes. El campo de la transferencia será el de la experiencia de un vínculo nuevo, alterador, productor de subjetividad (¿en ambos polos de la relación?)

  1. Detención. En perspectiva historiadora, transcurrimos en un espacio de experiencia que está imponiendo transformaciones drásticas en los modos de ser, de hacer, de pensar. Los modos de organización de la vida colectiva han perdido su norte con el desvanecimiento de la potencia instituyente de los estados nacionales. Los referentes de la subjetividad estatal (ley, progreso, totalidad, identidad) se destituyen en la operatoria real del mercado que no segrega los ordenadores simbólicos supuestamente sustitutivos.

El lazo social centrado en el mercado instaura unos soportes subjetivos distintos que los del estado. La fluidez del devenir sin progreso impone una valoración distinta de la diferencia entre las situaciones originarias y las situaciones que actualmente se habitan. Si en un tiempo de progreso las invariantes subjetivas permanecen a lo largo de la existencia con su valor estructurante, en el mundo fragmentado que habitamos nada garantiza que la organización originaria no tenga que ser re-originada en diversas situaciones. Los modos de constitución subjetiva que ya no se basan en la omnipotencia de las circunstancias originarias impiden que pueda pensarse cómodamente el sujeto centrado en sí mismo o centrado en otro. La subjetividad actual induce un descentramiento subjetivo más radical que el que había establecido el psicoanálisis con su irrupción. Pues no se trata de un descentramiento que dé lugar a un nuevo recentramiento sino de un descentramiento que da lugar a una serie descentrada de descentramientos: el descentramiento se convierte en el modo estable de ser en las situaciones heterogéneas en que se organiza la experiencia de un mundo fragmentado (un mundo que ya no es uno de ninguna manera).

Si la experiencia no se organiza ni desde sí ni desde el otro, si la experiencia no se organiza desde en comienzo, si la experiencia se reorganiza radicalmente en diversas circunstancias, la constitución subjetiva no es ya algo que ha acontecido en un supuesto origen a develar sino algo que se está produciendo en cada situación subjetivamente heterogénea.

Estos cambios en la dimensión socio-histórica de la subjetividad sugieren también la posibilidad de una correlación activa con la alteración en los modos de pensar los términos del nudo cuyo devenir actual analizamos. Brevemente, el nudo poder-ética-transferencia transcurre ahora en otro mundo, ¿puede transcurrir por otros andariveles?

[1] A lo largo del escrito proliferan los términos cambio, mutación, transformación, alteración. En este contexto, trabajan como sinónimos estrictos. No ignoro que en campos específicos designan distintas profundidades para los efectos del devenir. Sin embargo, en la medida en que el presente escrito no postula uno u otro de los modos específicos del devenir, la dispersión terminológica indica con precisión la vaguedad del campo al que se refieren.

[2] Naturalmente, el término nueva normalidad tiene sus bemoles – sobre todo los bemoles del término normalidad. Y más aún si se trata de una nueva. Porque nada – salvo los hábitos- autoriza a suponer que el reparto normal-patológico sea el modo de clasificación propio de esta supuesta nueva normalidad.

[3] Nuevamente, una advertencia. Partimos de las disciplinas existentes tal como están constituidas. Así, el espacio es interdisciplinario, transdisciplinario o interdiscursivo (según la nomenclatura adoptada). Pero no es aventurado vaticinar que una mutación tan drástica como la que estamos sondeando termine por disolver el esquema disciplinario propio de de la subjetividad moderna hoy en crisis.

[4] La contraposición entre las figuras monológica y dialógica procede de la reflexión ¨sociolingüística¨ de Bajtín. De ahí tomo el esquema de las figuras puras. La tesis se refiere al esquema puro de pensamiento y no a los vericuetos técnicos y teóricos que se han desarrollado activamente en las distintas corrientes psicoanalíticas respecto del concepto estratégico de transferencia a partir del esquema de referencia.

[5] Última aclaración. La designación de pensamiento contemporáneo, tan vacía como se quiera, apunta a afirmar la indistinción disciplinaria de los territorios en los que se han dado las transformaciones del campo conceptual. Lamentablemente, aquí es inevitable el recurso a nombres propios. La confusión propia de nuestra circunstancia sobrevalúa el papel de los nombre propios. En ausencia de ordenadores simbólicos de la coyuntura teórica, un nombre bien puede ser una ubicación: “Este texto nombra a los autores A,B,C. Por lo tanto pertenece a tal grupo”. Así, los nombres funcionan como signos de pertenencia y no como referencias conceptuales específicas. Antes que el recurso a tal o cual concepto para pensar tal o cual problema, nuestra recepción espontánea codifica los nombres como pura toma de partido. De más está decir que lo nombres que de aquí en más aparezcan no constituyen nombres de partidos a los que uno estuviera afiliado sino sólo localización de unas formas de pensar que a priori se presentan como activas respecto de la mutación que estamos intentando pensar.

[6] M.Foucault. Hermenéutica del sujeto, Altamira, Buenos Aires.

[7] E.Levinas. Totalidad e Infinito. Sígueme, Salamanca, 1987.

[8] A.Badiou. La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal. En revista Acontecimiento 8, Buenos Aires.

[9] En este punto es más clara la dificultad del historiador para proseguir en el recorrido. Las sutilezas del concepto de transferencia serán completamente evitadas, como señalara en el punto 4.

[10] I.Berenstein. Transferencia: hecho nuevo y/o repetición, producción vincular y/o individual. En Psicoanálisis de las configuraciones vinculares 1-XXII-1999.

[11] Aunque ignore el reso de los asuntos, no ignoro aquí dos hechos. El primero es que el eje repetición-transformación es el núcleo más conflictivo en el campo psicoanalítico,una zona de impasses lógicos transitados siempre clínicamente: la teorización de la interrupción de las repeticiones en nombre de una transformación terapéutica se topa regularmente con inconsistencias lógicas en este punto (inconsistencias del tipo: “repetición y tambiéntransformación”). En segundo lugar, aunque aquí también funcionen como sinónimos equívocos, tampoco ignoro que la subjetividad no es el sujeto según las distintas corrientes analíticas. Pero nuevamente queda en suspendo el pensamiento sobre esta relación subjetividad sijeto, más allá de la declaración sobre la diferencia. Porque de ninguna manera puede tratarse de una diferencia inerte (“como la subjetividad no es el sujeto, nada de la alteración de la subjetividad trabaja sobre el mopdo de pensar el sujeto”). Pero de declarar que la diferencia no es inerte a haber pensado los modos de intrincación entre una y otra hay más de un paso – paso que aún no hemos dado. Como se ve, la última aclaración había sido penúltima – por ahora.

Sindicalismo turbio // Jun Fujita Hirose en diálogo con Diego Sztulwark

El 22 de febrero, Jun Fujita Hirose, filósofo japonés autor de varios libros -entre ellos Cine- Capital-,[1] envió un “comentario a tu texto” a propósito de la publicación de Vitalismo “turbio” o los movimientos aberrantes en Gilles Deleuze.[2] Un intento de leer políticamente la filosofía de Deleuze a propósito de la salida del libro Deleuze: los movimientos aberrantes, de David Lapoujade.[3] Fujita retoma la noción de un vitalismo “turbio” que reencuentra en uno de los últimos textos de Guattari a propósito de una experiencia sindical chilena, y nos entrega una reflexión que cobra sorprendente utilidad cuando la leemos en la Argentina, unos días después del acto gigantesco del 21F, y mientras se prepara el Paro Mundial de Mujeres para el 8M.

Diego Sztulwark

 

Intentaré retomar desde el punto de vista guattariano la cuestión que planteaste de la aberrancia, a partir de tu lectura del libro de David Lapoujade sobre la filosofía de Gilles Deleuze.

En uno de los últimos escritos antes de su muerte, en 1992, Felix Guattari se mostró muy interesado en las experiencias sindicales de nuevo tipo que se estaban desarrollando por entonces en Chile: “Los militantes del ‘sindicalismo territorial’ no se preocupan únicamente de la defensa de los trabajadores sindicalizados, sino también de las dificultades que encuentran los desocupados, las mujeres y los niños del barrio en el que está ubicada la empresa. Participan en la organización de programas educativos y culturales, se implican en problemas de salud, de higiene, de ecología, de urbanismo” (“Una refundación de las prácticas sociales”, Plan sobre el planeta,[4] p.130). Este es un buen ejemplo de los “movimientos aberrantes”. Imagino que es algo semejante a lo que llamas “plebeyismo obrero” a propósito de la propuesta de John W. Cooke. Es un sindicalismo “turbio”. Guattari añade: “Esta ampliación del campo de competencias de la acción obrera no está muy bien vista por las instancias jerárquicas del aparato sindical” (ibid). El aumento aberrante de la potencia de actuar es así lo que la estructura sindical clásica no puede soportar en el sindicalismo territorial, al cual podríamos calificar de “esquizoide” o de “maquínico”, según la terminología guattariana.

La oposición que Guattari estableció entre “estructura” y “máquina” es conocida. Un sistema maquínico se desarrolla de modo disyuntivo, polifónico (polívoco), es decir, en diálogo permanente con un Todo Afuera, a diferencia de lo estructural cuya articulación es conjuntiva, biunívoca. En una organización sindical «limpia», modelada según la representación estructuralista, los agentes colectivos de enunciación deben quedar sometidos al sujeto del enunciado, es decir, a la conciencia en la cual se encarna el interés de clase (“Nosotros, obreros, reclamamos…”).

Un grupo estructuralmente organizado determina su potencia a partir de la lógica de “ser” (un obrero es obrero), con el objeto de producir un robusto (contra-)poder homogéneo (imponer el reconocimiento del interés de clase al Estado como “modelo de realización” de la axiomática capitalista mundial), mientras que un grupo maquínico busca ampliar o aumentar a lo infinito su propia potencia según la lógica de “y” (los obreros y los desocupados y las mujeres y los niños y…), produciendo de cero una nueva subjetividad a cada adición transversal. Retomando la distinción sartriana, Guattari llama «grupo sometido» a lo primero y «grupo-sujeto» a lo segundo, pero al mismo tiempo dice que, incluso en un grupo sometido, siempre hay líneas de fuga por las cuales los agentes colectivos de enunciación se desterritorializan en o, lo que es lo mismo, se reterritorializan sobre conexiones disyuntivas, procesos maquínicos. Es decir, la estructura es una particular “economía restringida” en la “economía general” maquínica de los flujos. Guattari afirma así la primacía ontológica del “proceso” maquínico sobre el “estado” estructural (incluso allí donde la relación de primacía aparece a la inversa desde el punto de vista epistemológico, tal como se da en el caso de una organización sindical clásica).

El sindicalismo territorial chileno conectó un “medio” barrial con un “plan de consistencia”, y se reterritorializó sobre o creó un nuevo concepto de tierra. Precisamente en este sentido se llamó “territorial”. Sobre el plan de consistencia así creado, la potencia sindical se aumenta a lo infinito en su articulación disyuntiva, maquínica: un obrero se desterritorializa en un devenir-todo-el-mundo, mientras todo el mundo (los obreros, los desocupados, las mujeres, los niños) se reterritorializa(n) al mismo tiempo sobre un devenir-revolucionario, es decir, sobre un proceso deseante no sometido a ningún sujeto de enunciado.

En “El abecedario”[5], Deleuze dice que uno entra en un devenir-todo-el-mundo a partir del momento en el que “percibe el horizonte” y “(se) percibe al horizonte”. ¿Qué se debe entender por “percibir el horizonte”? Es percibir, por ejemplo, el hecho de que en el sistema capitalista el interés de clase obrero no es compatible con el de las mujeres. Como nos repite Silvia Federici, los obreros masculinos no pueden establecer su alianza social con los capitalistas sin esclavizar a las mujeres, sin colonizar los úteros. En este sentido, el devenir-mujer de un obrero es una catexis inconsciente de deseo “contra naturaleza”. Pero la percepción del horizonte también concierne a las propias mujeres. Si bien es cierto que las mujeres necesariamente luchan por su interés (“nosotras, mujeres, reclamamos…”), no lo es menos que en su lucha llega un momento en que perciben el hecho de que su reterritorialización sobre un estado mayoritario no se puede hacer sin dejar que la axiomática capitalista cree otras minorías explotadas y dominadas. Las mujeres mismas deben entrar en un devenir-mujer y, a través de este, en un devenir-desocupado, en un devenir-niño, etcétera. Solamente se pueden hacer estallar los engranajes de la axiomática capitalista mundial cuando todo el mundo se reterritorializa(n) en un devenir-minoritario, en un movimiento aberrante o en un proceso esquizoide, invirtiendo cada uno la subordinación paranoica de la producción deseante a la catexis preconsciente de interés”.

Jun Fujita Hirose, 22 de febrero de 2018

[1] Jun Fujita Hirose, Cine-Capital: cómo las imágenes devienen revolucionarias, Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones, 2014.

[2] (https://lobosuelto.com/?p=18771)

[3] David Lapoujade, Deleuze: los movimientos aberrantes, Buenos Aires, Cactus, 2016.

[4] Felix Guattari, Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Buenos Aires, Traficantes de Sueños y Tinta Limón Ediciones, 2016.

[5] https://www.youtube.com/watch?v=zmxB7FBvj7w

 

¿Por qué paramos? // Flores para acabar – Asamblea feminista

Paramos para darnos espacio, debatirnos, pensarnos, acariciarnos y reconocernos.
Paramos para organizarnos, porque no hay paro sin organización.
Paramos para dejar de querer gustar y empezar a gustarnos, para reinventar el lenguaje y recrearnos, para hacer la puebla en la calle. 
Paramos porque sentimos y confiamos que hay posibles sin marido, sin amo y sin estado, porque lo inaudito nos habita y grita fuerte en nuestros pechos y porque la complicidad existencial nos palpita.
Porque queremos acabar con la jerarquía invisible que nos pone debajo de los varones en nuestros lugares de trabajo. Porque no queremos voces que hablen en nuestro nombre y sí ser nosotras quienes nos nombramos: lesbianas, travestis, bisexuales, putas y aborteras.
Paramos para para sentir la fuerza que tenemos juntas, sin miedo, con amor.
Paramos con nuestra marea feminista porque el mundo no se nos acomoda y porque todo el tiempo somos las que nos faltan, por las que se fueron, por las que murieron en las cárceles, por aquellas que no están comprendidas en ninguna ley y porque la cárcel no sirve para nada y ninguna mujer debería estar allí.
Paramos para decir en voz alta que una mujer recibe mayor pena que un hombre por una misma carátula, porque en los medios de comunicación se visibiliza con bombos y platillos un delito que comete una de nosotras por sobre los cientos de femicidios y travesticidios.
Paramos por las que vendrán.
Paramos para convertir la bronca en grito que hermana nuestras gargantas para quebrar el silencio. Paramos porque nos podemos enojar.
Porque migrar no es un delito y porque ninguna es ilegal.
Paramos en contra del mandato social que nos ordena tener hijos, para dejar de parir.
Paramos alerta porque sabemos que el neoliberalismo está siempre listo para atacar.
Porque le gritamos a la luna nuestros deseos orgásmicos que no vamos a negociar. No más orgasmos postergados ni interrumpidos por los tiempos del otre, modelados según las imágenes de películas porno, simuladas para satisfacer egos ajenos.
Paramos para acabar cómo, dónde y cuándo queremos.
Paramos porque nos estamos moviendo
Paramos y es una fiesta.
Paramos para acabar.

¡Construirnos la potencia! // Lucía Naser

Feminismos hacia la movilización y contra la parálisis; el proceso hacia el Paro Internacional de Mujeres 2018. 
Sobre el disenso como catalizador o paralizador de los feminismos en movimiento

Febrero. Las asambleas se suceden, las gremiales se organizan, las calles se alborotan, los medios desorientan, la contrarrevolución antifeminista desea paralizar, las colectivas investigan formas de hacer y pensar, el sujeto del feminismo está en debate, hay murgas de mujeres, se crean falsas oposiciones entre feminismo y libertad (la libertad de quién, es la pregunta), las transformaciones subjetivas no escuchan moción de orden, las pasiones militantes buscan ser alegres, el cruce de luchas arma diálogos entre lenguajes que no siempre se entienden, el empoderamiento avanza, el 8M se acerca, se hacen leyes que quedan en nada, se elaboran políticas que cambian vidas, se rechaza a “la política” para inventar otra o se le reclama que sea otra (urgentemente!), por momentos la escucha logra apagar el caos de ansiedad y se abren agujeros para situarnos en el presente.
La acumulación y crecimiento del movimiento feminista lo enfrenta al problema de la representación, lo enfrenta al problema del disenso, lo enfrenta al desafío del pluralismo y los diferentes estilos de hacer, de distinguir lo que son diferencias ideológicas innegociables de aquellos espacios en los que con un poco de flexibilidad el espacio se ensancha y el feminismo enamora y cuida la vida de más mujeres.
La creciente visibilidad también hace que los significantes que los diferentes feminismos producen vayan ganando peso y se disputen la atención de los medios y del poder. Esto involucra inclusive a los movimientos y grupos que se posicionan explícitamente en contra de orientar su acción hacia la aparición o negociación en ese espacio conocido como “sistema político”.
¿Como abordar de formas no capitalistas la acumulación del potencial del movimiento feminista y de las herramientas del 8M y del Paro Internacional de Mujeres?
Los feminismos tienen el desafío de ser una articulación entre dos planos que construyeron su historia como si fueran autónomos: la micro y la macro política y todas las confusiones derivadas de esa dicotomía útil y a la vez perversa, real y a la vez falsa.
Los feminismos son tejido conjuntivo entre la política de la vida cotidiana y la política como forma de movilización y acción colectiva en el espacio público.
Una vez que reconocemos que estos planos de acontecimiento de la política no se anulan entre sí, es de esperar que tampoco lo hagan los movimientos que priorizan en su ideología y accionar la adscripción a uno de ellos. Están entonces las colectivas que se niegan a identificarse, institucionalizarse y consolidarse, pues entonces dejarían de ser política de la vida cotidiana, política de los afectos, redes que no necesitan formalizarse para existir . Y están las colectivas que se institucionalizan e identifican para ganar peso en espacios donde sólo así son visibles; es decir en el espacio de la política extracotidiana, ese donde se pone en escena el poder y se definen actos decisivos para la tragedia contemporánea que viven tantas mujeres.
La analogía con el teatro es en algún punto injusta pero – además de considerar que la palabra espectáculo define a nuestra cultura/política desde hace más de 60 años – al mismo tiempo apunta al carácter de representación y al juego de apariciones que constituye el juego político gubernamental, legislativo, judicial. Analizar la performance de sus actoras con ojos de quien observa a redes autónomas o a agentes actuando espontáneamente en la vida cotidiana es errarle a la perspectiva crítica (aunque sin duda hay muchas cosas criticables en estos movimientos, sobre todo lo difícil que resulta involucrarse en dichos ambientes sin mimetizarse un poco con ellos).
Del otro lado, observar a los movimientos feministas autónomos que apuestan a politizar las formas de vida, a la invención de otras formas de política, a la experimentación colectiva y sensible por sobre la búsqueda de estrategias efectivas como si se estuviera mirando a jugadoras de War o inversoras financieras / actores de teatro como si fueran de cine a las que se critica porque no están “bien organizadas” para la conquista, es también aplicar un marco ideológico a un movimiento que tiene otro sustancialmente diferente. Esto que vive el feminismo es también una dificultad de la izquierda, pero quizás se hace más visible en el feminismo porque está en construcción y cada bloque y cada viga llevan mucho debate, fuerza, desentendimiento.
Somos obreras de un proyecto cuya forma final no sabemos y esta ingeniería de alianzas y afectos requiere mucho de improvisación, mucho de sensibilidad, de escucha. Requiere de saber qué lugar tiene más sentido para una. En lo personal no quiero ir a debatir leyes ni reglamentos (que bien nos haría que de veras funcionaran) sino estar en la calle, discutiendo y construyendo creativamente lejos del tóxico mundo de la alta política, pero le agradezco a las compañeras que se metan en ese baile porque las mujeres que encuentro en la calle necesitan protección legal, necesitan ayuda económica, necesitan asistencia y empatía médica, necesitan empoderarse y ser protegidas en los espacios nada feministas de los que no se elige de un día para el otro estar afuera (por ejemplo: la pobreza). A su vez el feminismo no existe si no es en el día a día, en el tejido denso de la vida cotidiana y las relaciones de todos los días.
Las disputas a nivel micro generan movimientos a nivel macro; las batallas a nivel macro generan tensiones en las micropolíticas que hacen a nuestras vidas. Sino pensemos en las polémicas sobre las políticas culturales de género y en los cambios que se dan en las casas, en los trabajos, en los movimientos. Nada puede evitar ese desborde.
Por otra parte, aunque desde una perspectiva de corto plazo el feminismo es un movimiento en emergencia, si miramos no sólo hacia atrás sino hacia adelante podemos ver que viene de lejos y llegará a lugares que no sabemos. Es de esperar que en 10 años el feminismo haya cambiado tanto la política y la cultura que pensar demasiado apegadas a sus dificultades y dudas en el presente – como si la unidad del movimiento fuera ahora o nunca – es desaprovechar la historicidad del movimiento. Y además lleva demasiado rápido a la frustración de que las cosas no son exactamente como queremos.
Por otra parte los feminismos se mueven en uruguay sobre el mapa de una torta política toda trozada y delimitada, y tiene el desafío extra de no ser chupado por ese bizcochuelo movedizo, pero al mismo tiempo la necesidad de formar parte del “sistema” o campo político, de cruzarse con otras luchas como la anticapitalista, la antirepresiva, la antimanicomial. ¿Cómo hacerlo pero insistiendo en formas singulares de hacer política? ¿Cómo construir subjetividades militantes que sin desconocer las posiciones y disensos existentes puedan practicar más allá de las chicanas y mezquindades una política en femenino?
Estas palabras que suenan quizás razonables – al menos para quien escribe – se vuelven demasiado tibias si una piensa en que la urgencia del feminismo no viene tanto (o no solo) de consolidarse como movimiento político sino de las vidas vividas en el esquema de dominación patriarcal y las violencias que pasan por el género y por nuestros cuerpos.
Mis proposiciones también resultan ingenuas si vemos que además de su articulación interna, los feminismos de diferentes vertientes sufren ataques y amenazas y rechazos permanentemente. ¿Como organizar una subjetividad colectiva no crispada ante esta situación?
Pero la percepción de una situación también se compone colectivamente. Y el desafío es construir una situación en la que nos percibamos fuertes, con pocos pero profundos objetivos comunes y diferenciando lo urgente de lo que no. Para esto se necesita un descentramiento kinético colectivo, generosidad y escucha. Se necesita mirar hacia afuera del movimiento para no perdernos en las lógicas internas que tanto criticamos a la “rosca política machirula”. Se necesita quizás pensar en feminismos en movimiento más que movimiento feminista.
Quizás ahí está la pista para que bajando las expectativas de consenso armónico a la interna podamos ver todo el terreno que tenemos para movernos juntas.
Los desafíos y desacuerdos no son sólo tácticos. En sus diferentes debates y acciones los feminismos ya están debatiendo la esencia del feminismo y disputando su ontología: ¿es un movimiento de mujeres, o de todxs quienes se piensen feministas? ¿incluye a las trans y nombra la singularidad de las lesbianas o alude a todas como “mujeres”? ¿es un movimiento de izquierda o no necesariamente? ¿es inherentemente anticapitalista o podría existir un feminismo basado en una alianza interclasista entre mujeres similar a la que ya existe entre hombres? ¿Incluye a los hombres o no y cómo?. Estas preguntas están en movimiento y encontrándose todo el tiempo. Sin embargo poner como precondición para la articulación entre los feminismos llegar a un acuerdo sobre su ontología, puede paralizar al movimiento.
Como en una danza o una marcha, no es necesario que todas compartamos los mismismos sentidos, las causas y las consecuencias de estar ahí haciéndola. Sin embargo algo sí es suficiente para que estemos ahí haciéndola. No se puede policiar la experiencia del activismo colectivo; son demasiadas vidas diferentes, demasiadas distancias de clase y de raza y de ideología y si le pedimos todo eso corremos el riesgo de obstruir al movimiento (desde adentro)
Una vez en una entrevista, me dijeron que todo colectivo es el fracaso de un movimiento y pienso que hay una gran verdad en ello (Erroristas, Argentina). Y es cierto que necesitamos colectivas pero la idea de una ola feminista abre un horizonte ancho y brillante que además permite desatrincherarnos de nuestras posiciones sin dejar de tomar posición, sino situándonos en un mapa más complejo y abierto.
Para avanzar hacia el paro y detener las posibles parálisis los feminismos necesitan combustible, cuerpas, apoyo gritado y otras veces silencioso o escuchante, necesitan hablar de sus contradicciones y como todo actor necesitan recuperar energía.
Las fuentes de energía militante pueden venir de dos lados; de reciclarse permanentemente buscando en las creencias y el colectivo el sentido de seguir haciendo, aún siendo difícil; o del odio que mueve la rosca de las enemistades y de los procesos de identificación por antagonismo.
La primera no es fácil de encontrar pero los feminismos saben que el amor es la única energía renovable y que la rosca a largo plazo solo lleva a secarse políticamente.
¿Cuándo la fragilidad se vuelve fuerza? Cuando descubrimos en las diferencias complementariedad, cuando pensamos en los feminismos como un proceso múltiple de transformación, cuando nos reconocemos desde las diferencias y aún así confiamos en que la lucha nos une sin hacernos uniformes.
Humedad y amistad hacen subir la marea.

Hegemonía: Gramsci, Togliatti, Laclau // Toni Negri

El discurso de Laclau representa para mí una variante neo-kantiana de lo que se podría definir como socialismo post-soviético. Ya en la época de la II Internacional el enfoque neo-kantiano funcionó como aproximación crítica en relación al marxismo: el marxismo no era considerado el enemigo, sino que la aproximación crítica, más bien, intentó sujetarlo y, en cierto modo, neutralizarlo. El ataque estaba dirigido contra el realismo político y la ontología de la lucha de clases. La mediación epistemológica consistía, entonces, en ese uso y abuso del trascendentalismo kantiano. Mutatis mutandis, esto es lo que me parece también, si nos situamos en época post-soviética, la línea de pensamiento de Laclau, considerada en su movimiento. Permítanme ser claro, aquí no se discute el revisionismo en general, a veces útil, a veces insoportable. Se discute el esfuerzo teórico y político de Laclau, en la época post-soviética, para confrontarlo con la contemporaneidad.

Partamos de un primer punto. La multitud caracteriza a las sociedades contemporáneas –nos dice Laclau–, pero la multitud no conoce determinaciones ontológicas y, mucho menos –hoy– reglas que puedan presidir su composición. Sólo desde el exterior (acorde con su naturaleza) será posible recomponer la multitud. Es la operación kantiana del intelecto que se enfrenta con la “cosa en sí”, irreconocible de otra manera que bajo el sello de la “forma”. La operación es la de la síntesis trascendental.

¿Es posible y deseable que subjetividades sociales heterogéneas se organicen espontáneamente a sí mismas o deben, en cambio, ser organizadas? La pregunta es insistente y está en la base del criticismo. A esta cuestión Laclau responde que hoy no existe ningún actor social para sí, “clase universal” (como era definida marxianamente la clase obrera) y ningún sujeto producto de la espontaneidad social, de una self-organization, podría siquiera reclamar hegemonía. Entonces, el marxismo clásico había operado una simplificación de la lucha social de clase bajo el capitalismo y había construido un sujeto, un actor de la emancipación, en el que coincidían autonomía y centralidad. Pero en la actualidad es precisamente ese terreno el que se descompone. Se impone, en cambio, un terreno compuesto de heterogeneidad: solo una construcción política puede hoy moverse en este espacio de no homogeneidad social (cuando se entiende por “homogeneidad” tanto aquello que se debería presuponer como cuando se limita a la constatación de lo que existe: en ambos casos la homogeneidad desaparece). He aquí lo que la teoría laclauniana de la hegemonía se propone abordar. Ésta no niega que haya momentos de autonomía auto-organizada ni subjetividades fuertes que surjan del momento histórico: descubre entre estas figuras subjetivas una “tensión” – e incluso piensa que ellas deberían ser “puestas en tensión”. Laclau considera esta tensión “constitutiva”.

Es la imaginación trascendental en acción. Laclau –me parece– considera que el contexto político se presenta como un Jano de dos caras y sitúa la tensión entre estas dos caras, como si se tratase de espacio y de lugar, como tejido y trama, que cada construcción de poder debe recorrer y trascender, resolver y determinar. Nace, así, la hegemonía/poder.

Segundo punto. Debe quedar claro que la inmanencia, la autonomía y la pluralidad constitutiva de la multitud no sólo son incapaces de construir poder, sino que representan verdaderos obstáculos para la constitución de cualquier escena política. Por este motivo, prosigue Laclau, si la sociedad fuese totalmente heterogénea, la acción política requeriría que las singularidades fuesen capaces de desarrollar, sobre un plano de inmanencia, un proceso de “articulación” con el fin de estructurar aquella tensión a la que referí brevemente y definir, entre las singularidades, las relaciones políticas. Pero ¿son éstas capaces?

La respuesta de Laclau es negativa. Y esta negación reenvía a un motor trascendental. La articulación es situada, así, sin alternativa posible, sobre un terreno formal, entendiendo bien que “forma” no significa en este caso “algo vacío”, sino más bien “envoltorio constitutivo”. A fin de que sea posible una articulación de la multitud, Laclau insiste en el hecho de que debe surgir una instancia hegemónica por encima del simple plano de inmanencia –una instancia hegemónica que sea capaz de dirigir el proceso y que funcione como centro de identificación de todas las singularidades. “No existe hegemonía sin la construcción de una identidad popular a partir de la pluralidad de demandas democráticas”.

Si el contexto social se configura a partir de una multitud des-homogénea, es necesario establecer una fuerza de articulación entre las diferentes partes de esta deshomogeneidad para garantizar su propia integración. La insistencia en la auto-organización o la remisión a sujetos preconstituidos no deben eliminar ni olvidar la necesidad de crear temas comunes y lenguajes homogeneizantes que circulan a través de las diferentes organizaciones locales. Tal articulación/mediación no puede en ningún caso repetir los viejos modelos de las “fuertes” organizaciones tradicionales (partido, iglesia, corporaciones, etc.). Esta articulación/mediación debe ser abordada, sobre todo, a partir de la noción de “significante vacío”. Ya habíamos precisado que “significante vacío” no significa aquí formas vacías de unidad dogmáticamente ligadas a un significado preciso, significa  más bien “envoltorio constitutivo”. No estamos más sobre el terreno kantiano de la estética o de la analítica, sino sobre el de la imaginación trascendental.

Hay un momento en el que Laclau, desde un enfoque diferente, vuelve a proponer el tema del significante “flotante” y “vacío” frente a la heterogeneidad de lo social en términos muy potentes –yo diría, si no fuera un forzamiento, ontológicamente productivo. Cuando Laclau aborda el tema de la “articulación” de diversas luchas sociales, ese momento (ya caracterizado en Hegemonía y estrategia socialista, en 1985) es un modelo de “antagonismo constitutivo” –casi un  doble poder “débil” que, surgiendo del conflicto y la disgregación, sobre una  frontera “radical”, constituye de conjunto una síntesis entre los viejos derechos de la soberanía y los derechos democráticos de autogobierno. Lo subrayaron bien Mezzadra y Neilson en La frontera como método (Duke University Press, 2013). Acercándose a la idea de una dialéctica de contrapoderes en conflicto, Laclau interpretaba entonces un primer pasaje, mejor, una primera emergencia, de un sentir común de los militantes socialistas, implicados en la crisis de la izquierda, desde los años ‘70, que se negaban a ver su caída a un ritmo implacable. En esa condición, dada la insuficiencia de instrumentos dialécticos, se volvía necesario reconstruir “un pueblo”, producir la unidad: esto será reconocido por Laclau como acto político “por antonomasia”. En 1985 se pregunta, con fuerza y ​rebelándose contra un amplio consenso, si la apertura de lo social a lo político era más que una “estructura discursiva”, una “práctica de articulaciones” que constituye y organiza las relaciones sociales. Pero este punto de vista será pronto invertido. Cito a Laclau: “En las sociedades industriales avanzadas se individualiza una asimetría fundamental entre la proliferación creciente de las diferencias –un excedente de significado de lo “social”– y las dificultades que enfrenta cualquier discurso que intenta fijar estas diferencias como momentos de una estructura estable de articulaciones”. Entonces, es necesario distanciarse de la noción misma de sociedad como una “totalidad autodefinida” en la que lo social se fija a sí mismo. Por lo general, se identifican “puntos nodales” que producen sentidos y direcciones parciales y le permitan cobrar forma a éstas o a aquellas formaciones de lo social. Se tratará cada vez más, por lo tanto, de rechazar toda solución dialéctica propuesta por conceptos como “mediación” o “determinación”. “La política emerge como problema de las condiciones trascendentales del juego entre articulaciones y equivalencias que se constituyen en lo social. La identidad de las fuerzas en lucha está sujeta a mutaciones constantes y exige un incesante proceso de redefinición”.

El equilibrio de esta articulación es, sin embargo, difícil de determinar. Se expone a dos peligros. Al primero lo llamaría “deriva de la demanda” o, mejor, deriva de la inconclusividad del encuentro de los equivalentes. Véase –veinte años después deHegemonía–, La razón populista, de 2005. Allí el discurso comienza otra vez con una inmersión en lo social, construyéndose alrededor de estímulos, de conatusmultitudinarios que impulsan hacia lo político. “Ahora –escribe Laclau– la unidad más pequeña de la que partiremos corresponde a la categoría de demanda social”. Por supuesto, esta demanda, por un lado, empuja hacia la profundización de las lógicas de formación de la identidad; por el otro, abre al antagonismo. El problema ahora deviene el siguiente: ¿cómo transformar la competición, el antagonismo dislocado y en continua proliferación, en un antagonismo visible y dualista? La “cadena de equivalencias”, ¿no se agota en una proliferación de la que se desconoce el final? El mismo Laclau parece tomar conciencia de esto: “la especificidad de la equivalencia es la destrucción de significado a través de su misma proliferación”. Este indefinido de las potencias de la inmanencia pone en riesgo (y ciertamente  amenaza) la construcción trascendental del significante.

La segunda dificultad está directamente relacionada a la consolidación definitiva del equilibrio tal y cual se presenta en el concepto de “hegemonía”.

Un pequeño paréntesis a propósito de esto. El concepto de hegemonía en Laclau se construye con referencia a Gramsci. Pero las cosas no son así de simples. Peter D. Thomas nota que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en Hegemonía y estrategia socialista, de 1985, sustituyen el dispositivo político de la hegemonía –tal como era definido por la tradición leninista— por un concepto discursivo, completamente formal. Estamos, según Thomas, en una fase de reflexión teórica del “eurocomunismo” que se desarrolla bajo la forma de un gramscismo “blando” y que señala el pasaje de una política radical a una democrática post-marxista. Más allá de si se está de acuerdo o no con el punto de vista de Peter Thomas, es necesario recordar aquí, en todo caso, que el pensamiento de Gramsci se organiza desde una posición marxista y leninista en la que la dictadura se presenta no como comando totalitario, sino precisamente como hegemonía; es decir, como la construcción orgánica de un poder constituyente revolucionario. No se puede negar que la referencia a Gramsci de Laclau es, en este sentido, más bien débil,  búsqueda retórica de una supuesta herencia más que verdadera filiación ontológica. El concepto de hegemonía en Gramsci (de la práctica turinesa de los Consejos a la teoría del nuevo Príncipe) se construye sobre la lucha de clases, mantiene una “solidez” materialista y produce un dispositivo de poder de los trabajadores en sentido comunista. El concepto gramsciano de hegemonía no puede, en ningún caso, reinterpretarse bajo la modalidad teorizada por Norberto Bobbio, es decir, como un producto superestructural de la “sociedad civil”, donde sociedad civil es un concepto reducido a la acepción hegeliana.

Además, lo que resulta extraño aquí es cómo en Laclau el concepto de hegemonía  –al que ya se le sustrajo la potencia gramsciana– puede ser referido a las políticas del Partido Comunista de Togliatti: en este punto, el equilibrio entre autonomía de base de los movimientos y Partido, como significante  por momentos “flotante” –pero ciertamente nunca “vacío”– podía aún orientarse hacia la izquierda, dado que el Partido se encontraba anclado a las políticas soviéticas. De esta manera, el eje de las abscisas hegemonía/sociedad y las coordenadas izquierda/derecha podían mantenerse en equilibrio debido a la imposibilidad del “significado” de volverse Estado –Yalta lo impedía. Repito: en Togliatti, en el comunismo italiano, lo “nacional-popular” pudo ser interpretado por izquierda (con los límites que, de todos modos, tenía toda acción opuesta a la lucha de clases) sólo porque el Partido Comunista no podía acceder al poder y hasta tanto y en cuanto, transformándose, accediera. Aquí, paradójicamente, el concepto de hegemonía se convierte en concepto de “centralidad” política.

En resumen: la figura y la función de la hegemonía de Laclau nos parece equivocadas: en lugar de analizar cómo funciona el capitalismo establecen cómo nos gustaría que funcionase una sociedad política que no conoce el capitalismo, o la confunden con una necesidad. Creo que se puede decir lo mismo para “pueblo”: brecha en el bloque hegemónico que Laclau llama “significante vacío”, el pueblo representa la ocupación del Estado por parte de un grupo capaz de determinar una nueva universalidad, pero esto no es del todo claro. Parece más bien que, por un lado, el pueblo es una deriva causada por la lucha de distintas facciones y que, por  otro, termina por representarse como una nueva cristalización de identidades políticas.

Por ello es que, en la filosofía de Laclau, el significante vacío representa una abstracción estructuralista que pierde de vista un hecho sin duda central: que lo que considera vacío es producto de un “éxodo” y no de una modificación estructural (como bien lo analiza Bruno Cava, un activista brasileño que estudió bien a Laclau). “Si hay algo hoy del todo evidente cuando se consideran las actuales formas de la política, es el distanciamiento del “pueblo” de las funciones de participación que le fueron consignadas en el derecho público moderno. El significante vacío se vacía aún más en la situación actual; no  muerde la multitud, sino que es fagocitado por fuertes poderes que no tienen nada que ver con el pueblo, la nación y todas las bellas palabras de la política de la modernidad. En cuanto a los movimientos, viven en la consistencia de una “universalidad concreta” que tiene la función de suturar y articular los significantes: sin embargo, su potencia reside en la multitud, que es un concepto de clase”.

Otra consecuencia. Es claro, entonces, que el pensamiento de Laclau se sitúa en una especie de era post-ideológica, donde la lucha de clases cede su lugar central a diversas y múltiples identidades (que se pueden investir según varias declinaciones). Pero me parece que este pensamiento no puede conducir a nada específico o, más bien, que conduce a un resultado nulo en el marco de las coordenadas a las que hicimos referencia anteriormente: el eje de abscisas hegemonía/sociedad y el eje de ordenadas derecha/izquierda. Esta mutación que des-ontologiza los sujetos, en este sistema de coordenadas, podría muy bien regirse sobre singularidades que colaboran de manera transversal y construir así, sobre un plano maquínico (para decirlo con Deleuze-Guattari), las variadas máquinas de guerra sociales diversas. “Máquinas de guerra” que no serían en ningún caso efecto de la urgencia de consolidar los contornos de una “hegemonía” o de una “nación”. La mutación puede representarse, entonces, como una ilusión. Nuevamente debemos preguntarnos si el “significante vacío”, sometido a estas tensiones, además de ser reducido a una figura “centrista” de la organización del poder, no sufre otra deriva: la de inmovilizar el proceso político debido a que su dinamismo, desplazado hacia el centro, es ahora incapaz de producir potencia. La síntesis trascendental, en este caso, está totalmente privada de movimiento.

De este modo llegamos aquí a un último y crucial punto: la concretización históricamente determinada de la forma trascendental.

El significante vacío opera en el terreno nacional. Para Laclau, no se puede aceptar un discurso cosmopolítico, ni siquiera como horizonte. Luego de haber eliminado todo otro punto de apoyo, el poder tiene necesidad, para tener una consistencia real, de la identidad nacional. Incluso en la globalización, cuando el poder del Estado nación declina, el concepto de Estado-nación no puede ser, sin embargo, abandonado. Abandonarlo no significa solo situarse sobre un terreno poco realista, sino sobre todo, peligroso. Sin la unidad nacional, la expansión horizontal de la protesta social y la verticalidad de una relación con el sistema político serían imposibles. E insiste Laclau, la experiencia de América Latina en los años ‘90/00 demuestra ampliamente esta condición.

Por el contrario, nos parece que el movimiento progresista que sacudió a América Latina en el veinteno que cabalga sobre los dos últimos siglos estuvo fuertemente comprometido con la superación, “hacia afuera”, de un ámbito nacional en el que, uno a uno, los Estados se doblegaron bajo el dominio norteamericano y sus valores imperialistas; y “hacia adentro” de América Latina, donde la horizontalidad de los movimientos se puso a prueba a gran escala, a veces anticipando y a veces siguiendo un nuevo espíritu continental que animó a los gobiernos populares y les permitió superar cualquier chovinismo –reaccionario tanto en la tradición latinoamericana como en la europea. Pero el nacionalismo de Laclau, es necesario reconocerlo, no puede soslayarse. Data del comienzo de su obra. En Política e ideología en la teoría marxista, de 1977, en contra de Althusser, ya sostiene que la clase obrera tiene una irreductible especificidad nacional. Y resalta la experiencia del peronismo que “tuvo un éxito innegable en la constitución de un lenguaje democrático-popular unificado a nivel nacional”.

Con esta opción nacionalista, según Stuart Hall, la posición discursiva de Laclau corre el riesgo nuevamente de perder toda referencia a la práctica el material y a las condiciones históricas de la lucha de clases: su potencia es neutralizada, por así decirlo, en referencia al contexto nacional. No se puede considerar a la sociedad como un campo discursivo completamente abierto y, sobre esto, fijar la hegemonía política en un horizonte nacional-popular: esta operación no puede producir un asalto a Fort Apache por parte de las otras fuerzas sociales en juego, como sucedió en Argentina. Consecuencia: el esquema laclauniano muestra también aquí que solo es capaz de disponerse como figura “centrista” de gobierno. No puede sino ofrecerse –tal como lo hace— como un positivismo de la soberanía ejercida por una autoridad centralmente eficaz. Es, de hecho, una trascendencia formal la que materialmente pone y justifica el poder.

Y aún hay que destacar que en el último Laclau la trascendencia del comando deja de representarse en términos estrictamente nacionales y en nombre de un centralismo estatal demasiado aparatoso. Se puede ver, incluso, cierto distanciamiento de la concepción original hobbesiana que veía el poder con capacidad de formar el pueblo. Y, no obstante, emerge de pronto una paradoja: si en efecto la trascendencia del comando, la tentación hobbesian se atenúa –porque siempre existirán, en la contemporaneidad, irregularidades crecientes del poder en las relaciones sociales–, incluso esta “imposibilidad trascendental” de nuevo se concretiza en la obra de Laclau, no buscada pero encontrada, no construida sino impuesta por la mecánica misma del trascendentalismo. En lugar de la síntesis de la multitud, el enfoque trascendental, para fundar lo político, verá compactarse cada vez más, en la emergencia del “pueblo”, un significante “pleno”. ¿Pasaje de criticismo a una concepción definitivamente entregada al idealismo objetivo?

Lo que podemos concluir es que, si Laclau demuestra de forma brillante que el pueblo no es una formación espontánea ni natural, sino que es constituido por mecanismos representativos que traducen la pluralidad y heterogeneidad de las singularidades en unidad; y si esta unidad, a través de la identificación con un líder, un grupo dominante y, en algunos casos, con un ideal, se convierte en realidad, esta visión parece aún tributaria, a pesar de todo, de una idea “aristocrática”, en lugar de democrática, que repite las declinaciones más profundas y continuas de la historia moderna del estado. Quizás aquí realmente hay una confirmación de un pasaje del criticismo al idealismo objetivo. La centralidad, para Laclau, de la función de los intelectuales y de la comunicación en la organización política es expresiva de esta desviación. Es completamente superado, de este modo, el concepto gramsciano de “intelectual orgánico”, dado que se asume una función autónoma del intelectual como una fuerza auxiliar en la construcción de hegemonía –¿o de leadership? Es exactamente eso lo que Laclau se negó a hacer durante toda su vida como militante democrático y socialista – démosle por ello un caluroso reconocimiento. Y, entonces, ¿por qué esta unidad de la  “autonomía de lo político” y del leadership intelectual?

Para concluir digamos que este cuerpo a cuerpo con el pensamiento de Laclau se fue repitiendo en los últimos veinte años. Lo digo con franqueza, como se lo dije a él directamente: creo que su pensamiento, la misma concepción de populismo, son el producto de una reflexión, más que sobre el poder, sobre el concepto de transición, y del poder en la transición en diferentes periodos de su organización. El populismo de Laclau es la invención de una forma móvil de mediación, de la y en la transición de los regímenes políticos –sobre todo, pero no sólo, de los sudamericanos. Una forma que yo aún considero débil, no conceptualmente sino por la realidad que registra, porque aquel “vacío” que él asume como problema, a menudo no es un vacío que llenar, sino un abismo en el que es probable que se caiga. Y esta debilidad se acentúa en Laclau por el hecho de que, al negarse a abrir una indagación ontológica y después de dar sentido a la emergencia de lo nuevo, incluso admitiendo que la governancede una transición no puede ser constituyente, esta constitución incierta acaba paradójicamente por repetir modelos de la modernidad. En particular, rechaza toda tensión emancipatoria. Al aceptar situarse en la tensión entre espontaneidad y organización, pero borrando las dimensiones materiales de la lucha de clases, Laclau termina regresando a algunos aspectos muy problemáticos del derecho público europeo. Por ejemplo: cuestionando el tema de los movimientos sociales, Carl Schmitt define su figura mediante el reconocimiento de que estos constituyen la trama de la composición popular del Estado –reconocimientode arriba a abajo que politiza la sociedad a fin de construir una identidad nacional. O, por otro lado, la definición schmittiana del lugar de la representación política como “presencia de una ausencia”; ausencia a llenar si se quiere que el Estado exista, presencia a vaciar si se quiere que el Estado se sitúe por encima de las partes,super partes. ¿Hasta qué punto el “significante vacío” repite el modelo schmittiano de representación? Pero lo que estamos subrayando son interferencias impropias –seguramente, para Laclau, simples instrumentos recuperables de los archivos del derecho público europeo. Porque –y esto es lo que creo– la importancia o, más bien, la grandeza del pensamiento de Laclau no consiste tanto en resolver la cuestión del significante político vacío, o por el contrario (visto desde la derecha), en la negativa a confiar en la lucha de clases y el conflicto social para llenarlo. Consiste más bien en haber vivido dentro de ese problema. Esa cosa flotante que vislumbró delante de sí, aquel truc, aquella machin que no era el viejo modelo de Estado, el Estado moderno, sino una cosa nueva. Hay una tensión constituyente que se extiende sobre el terreno de la crisis del estado democrático de la modernidad. No se trata de descubrir que ese Estado que teníamos se agotó, sino de construir otro. Inventarse un nuevo para una transición radicalmente democrática. Que el criticismo se exalte en su significado originario, no como eje de construcción trascendental del Estado, sino como un investimento problemático de su crisis.

Si se me permite este pequeño apéndice, quisiera concluir señalando algunos trastornos brutales de la enseñanza de Laclau. Cuando, por ejemplo, se impone un techo a los movimientos reales, no como si el techo, sino como si la medida fuese el problema: es lo que sucede a menudo en el actual debate español. O cuando, en nombre de Laclau, se remite –para purificar la sucia vitalidad del movimiento– a la imagen del viejo Partido Comunista Italiano como modelo de escucha y dirección de la palabra del pueblo, como es cada vez más frecuente, un poco en todos lados, en la izquierda europea y latinoamericana. Y en miles de otros casos que, incluso con las distorsiones que sufre, evidencian la extraordinaria vitalidad del pensamiento de Ernesto.

Traducción: Diego Picotto y Verónica Gago

 

Los mil colores de la unidad // Alejandra Dandan

El parlante abierto de una radio portátil retransmitía la voz de Hugo Moyano, a unos cien metros de los ingresos a la 9 de Julio, con bocacalles imposibles de cruzar y camioneros que pelaron cueros y tatuajes en el universo de gremios en conflicto, despedidos, jubilados, maestros, bancarios y dos mujeres desde el escenario que se alternaron en la conducción para subrayar diversidad. Moyano habló después de las tres de la tarde. Más de 400.000 personas en la calle, según datos de la organización. Envió los mensajes que tenía que enviar. Dijo que no estaba ahí solo, y lo dijo al comienzo, en un escenario que mostró lo que muchos entienden como un hito en el proceso de articulación popular abierto desde hace meses en Argentina y con punto de inflexión en diciembre pasado. Dijo que estaba ahí. Y con él, la parte del león de la CGT. Dijo que no estaba ahí por las causas judiciales, que no necesita nada de todo eso para defenderse porque “siempre puse las que tuve que poner”. Y en otro diálogo directo con el gobierno, dijo: “Esto es lo que venimos a decirle al gobierno: no amenazamos, no somos antidemocráticos, no somos desestabilizadores. Somos hombres y mujeres de trabajo que venimos a decirle basta a las políticas que hambrean a la gente”.

Moyano volvió a decir “no somos golpistas, como no somos aliados del golpe”. Y el dueño de la radio portátil dijo que los golpistas están en la casa Rosada. Moyano dijo mucho de lo que dijo con contraplano fornido de su tropa de camioneros. Le habló al gobierno, pero detrás de cada párrafo usó la palabra compañeros. Dijo que hacía mucho que no hablaba en público y que por eso estaba un poco deshilvanado, pero no se notó. Que el hombre común ya no le cree al gobierno. Que el gobierno “no le teme a los dirigentes, le teme a los trabajadores”. O: “No tengo miedo de ir preso” y “estoy dispuesto a dar la vida por los trabajadores, lo digo de corazón porque así lo siento”. “Por más que digan lo que digan, no me voy a ir del país, no tengo plata afuera como me quisieron inventar estos señores, a los modelos económicos que aplican ni ellos le tienen confianza, sino traerían la guita para invertir en el país”. Y dijo que quería dejarle una frase al presidente, una frase de un premio Nobel de México a quien no nombró:

Toda victoria es relativa. Y toda derrota es transitoria.

Lo dijo despacio. Y lo dijo otra vez:

Toda victoria es relativa. Y toda derrota es transitoria.

Al rato Omar Plaini informó en las redes sociales que la frase era de Octavio Paz. Como si Moyano hubiera citado a Borges. ¿Por qué no? El 21F daba para todo.

“Por eso, compañeros —siguió—, cuando llegue el momento vamos a mostrar la voluntad de saber elegir, y los que se pueden haber equivocado, piensen que los gorilas nunca pueden estar en la conducción de este país”. Estaba casi terminando. Se oían los bombos. A una cuadra de distancia, llegaba el eco de la voz ensamblada a la radio. El hombre de la portátil, Néstor Sinatra, campeón en primera división cincuenta años atrás, de Villa del Parque, solitario asistente de todas las marchas de los últimos diez años, entonces, también dijo: Eso que está haciendo es un mea-culpa.

A las once del día, las organizaciones comenzaron a acercarse a la avenida 9 de Julio de acuerdo al mapa que terminó de definirse la noche previa. El escenario quedó en esquina con avenida Belgrano, de espaldas a Desarrollo Social y enmarcado en el aire por la bella imagen de Evita. Camioneros y la CGT, básicamente Camioneros, ocuparon el centro del bulevar con paraguas, banderas fileteadas y parafernalia completa. Allí fue también la Corriente Federal de Sergio Palazzo. Sobre Lima se agruparon  la CTA de Hugo Yasky, ATE Capital, el Frente Milagro Sala y La Cámpora, entre otros. Y del otro lado de la avenida, sobre Bernardo de Irigoyen, ocuparon espacios los movimientos sociales de la CTEP. Atrás marcharon las organizaciones y partidos de izquierda. No hubo ni policías ni gendarmes a la vista. Camioneros se encargó del operativo de seguridad. Un cordón que buscó proteger las primeras líneas del escenario para evitar viejas escenas del queremos paro general o tensiones que aguaran los consensos. La noche previa, la mesa de trece organismos de derechos humanos también llamó a la convocatoria. Desde el escenario saludaron las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Hebe de Bonafini llegó en la combi de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo. Hubo una bandera de HIJOS en la esquina de Independencia y 9 de Julio, detrás de Unidos y Organizados y La Cámpora.

Al mediodía la circulación todavía tenia espacios vacíos. Y al escenario iban subiendo buena parte de los referentes que mapeaba la calle. “Esta convocatoria que inicialmente fue impulsada por Camioneros sumó luego a la CTA de los Trabajadores, a sindicatos de la CGT, a la Corriente Federal de los Trabajadores, a la CTA Autónoma, a organizaciones sociales, a la Cámara de la pequeña y media empresa y al movimiento de Mujeres”, diría más tarde Estela Díaz, secretaria de Género de la CTA. Y una de las dos voces de mujer que ¡por fin! condujeron las horas de espera en clave de género y una línea que buscó mostrar el 21 F como parte del camino de articulaciones para el paro internacional del 8 M. Estela intercaló lugares con Claudia Lazzaro del gremio de curtidores y Pablo de Camioneros. “¡No paran de llegar los y las trabajadoras de todo el país!”, dijo. “Porque unidos somos invencibles, exigimos paritarias libres”, volvió a decir cuando el Frente Milagro Sala avanzaba desde la calle Salta.

“Venimos después de la marcha de los ingenios azucareros del norte, y ahora acá vamos a agregar los reclamos por la reforma laboral, los despidos del Estado y del sector privado, para decirles que frenen la mano”, dice Juan Manuel Esquivel, diputado de la Túpac. Recién llegado de Jujuy, repasa agenda de conflictos de Río Turbio a Ledesma. “Han intentado a través de todos los medios desacreditar esta convocatoria, para decir que esta marcha es de los camioneros, que es por Moyano, y lo que hoy se va a demostrar es que Moyano es un actor más, que hoy somos los trabajadores con conciencia los que sabemos dónde tenemos que estar”.

El escenario pidió un abuelo para un niño perdido. “Estamos teniendo un problema: ¿dónde están los bombos que no se oyen?”, dijo Estela. “¿A ver, cómo se escuchan los trabajadores y las trabajadoras? Ahí vemos a la Asociación Bancaria, ¡fuerza en la lucha!”, gritó. “Están los camioneros de Santa Fe: a ver que no se escuchan, ¡flameen las banderas! ¡A ver los bocinazos de los camiones!”

Y sonaron las bocinas

En una esquina un grupo se le arremolinó a Raúl Eugenio Zaffaroni. A otro con pecheras de Judiciales lo atajaron para una foto. Luis Zamora pasó de ida y de vuelta. “¡Esto es una cosa increíble!”, explicó. Y una mujer, Graciela Altamirano, barrio Monserrat, en equilibrio entre torrentes de pecheras gremiales, se sorprendía porque “los medios se la pasaron diciendo que iban a haber problemas con la policía”. A unas cuadras avanzó un sobreviviente de Mansión Seré, Carlos García: “Yo por Moyano no estoy acá, estoy por la unidad, por el desastre de este gobierno”. Al lado, con la pechera de Suteba Lanús, Estela Gareis, hija de un obrero de la Ford secuestrado hace cuarenta años, decía que por eso había tanta gente. “Gente que la está pasando muy mal, y además acá hay que saber diferenciar y leer entrelineas: porque el enemigo es otro, es este neoliberalismo que nos deja rengo de las patas”.

Arrrrrriba esa bandera. ¡Revvvvienten los bombos!

Se escuchó. Y ahora era Pablo, varón de Camioneros, co-conductor del escenario. “Seguro que los medios no van a decir todo esto”, retomó Estela. “Pero no importa”, dijo. “Acá tenemos la presencia de miles de trabajadores, miles de trabajadoras, miles de dirigentes”. Y dijo: “En la avenida mas ancha del mundo, la unidad de los trabajadores”. Y él: “Porque no queremos que los ricos sean ricos a costillas de los trabajadores”. Y ella: “Acá no hay divisiones: el pueblo salió a gritar unido. ¡Que flameen las banderas, y si lo medios quieren invisibilizarnos, usemos las redes, usemos Facebook, usemos Instagram!”

La combi de las Madres intentó avanzar pero no pudo, frenada por la marea. Alicia les hizo el aguante. “Néstor nos prometió un sueño, Macri una pesadilla —dijo—: ninguno de los dos dejó sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno. Pero hoy, acá, tenés a la gente que está despertando”.

El fin del sueño o pesadilla comenzó en diciembre. Para varios, eso explica la marea. Moyano no estuvo en diciembre en la calle. Tampoco el triunvirato de la CGT. Estuvo la Corriente Federal, que es parte de la CGT, pero también es otra cosa. Pero Moyano, dicen, entendió la calle. Coco Garfagnini es coordinador nacional de la Túpac. “Creo que lo que sucedió en diciembre hace que hoy Moyano pueda plantearse confrontar contra el gobierno”, dice a El Cohete A la Luna. “Diciembre fue muy fuerte. Lo que se fue generando en la calle desde el espacio de una multisectorial que reúne a la Corriente Federal, ATE Capital, APYME, nosotros, los grupos de izquierda, producto de haber juntado a esos distintos sectores y lo que configuró, hace que hoy Moyano pueda cambiar de lugar. Moyano tiene olfato. Y vio que lo que ocurrió en diciembre fue una pueblada y que además vamos a entrar en una situación de conflictividad muy grande todo este año. Y lo sabe. Y sabe que el gobierno en algún momento se va a terminar. Los que venimos peleando desde hace dos años ahora lo vamos a acompañar porque se suma a un esquema de enfrentamiento con el gobierno. Y en ese contexto, le damos la bienvenida”.

Al escenario subieron los cinco oradores del día. Pablo Micheli de la CTA Autónoma dijo: “Si no paran con el ajuste, con los despidos, y no dan una respuesta, hay que planear la continuidad de esta lucha. Hay que construir un paro nacional”. Juan Carlos Schmid de la CGT dijo: “En estos dos años, lo único que logró este gobierno es que los trabajadores perdieran poder adquisitivo. El Gobierno logró endeudar al país de manera infinita, y que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres”. Sergio Palazzo de los Bancarios: “Pueden faltar dirigentes de algunas organizaciones, pero los trabajadores están acá, en la calle, diciendo basta al ajuste”. Hugo Yasky de la CTA: “Si quieren buscar ladrones, le pasamos una dirección: Balcarce 50. En la Rosada están los ladrones y ahí los tienen que ir a buscar”. Pero también dijo que esto era el comienzo de una nueva unidad sindical, que es algo más de la unidad en la acción. Y habló Esteban Castro de la CTEP.

El escenario volvió a pedir por el abuelo de Luisito. Clamó por las trompetas de ATE Avellaneda. Aplaudió las bocinas de camioneros. Y se también se sumaron al camioneeerros, vamos camioneeeerosvamos camioneeros. Alguien entró a una torre de sonido. El escenario pidió cuidado. El conductor pidió la intervención de los delegados. Y Estela dijo: “Cuidémonos compañeros. Cuidémonos solos. Hoy tenemos que cuidarnos entre todos y entre todas”.

Al final subió Hugo Moyano. Abajo estaban los trabajadores de Recolección, Larga Distancia, Aguas y Gaseosas, Remiseros, diarios y revistas, Lácteos. Pasó un heladero. “¡Helado!” —dijo—. ¡Vamos que se va Macri, helados!”

 

El Cohete a la Luna El Cohete a la Luna

“Creo que la escuela sólo tiene un sentido pedagógico si produce pensamiento” // Entrevista a Ignacio Lewkowicz

por Luis Calvo y Nora Nardo

¿Nos podría contar como ha sido su formación profesional?

 Mi formación básicamente es de historiador. Me dediqué largo tiempo a la historia griega antigua. También, paralelamente, estudié sistemáticamente el marxismo en el que estaba implicado antes aún de haber podido pensar. Desde esta doble condición entablé relación primero con los servicios de Salud Mental de los hospitales públicos, después con los psicólogos y psicoanalistas, después con escuelas públicas y privadas que estaban transitando los mismos problemas: nuestro ingreso en la posmodernidad. La subjetividad supuesta por las teorías y en las instituciones no coincidía, no podía coincidir, con la subjetividad de los cuerpos que efectivamente entraban en las instituciones. Y este desacople era fuente de sufrimiento, de malestar, de ineficacia. Veía –aunque no veía cómo– que era preciso pensar de otro modo porque todo estaba cambiando.

¿Qué nuevos paradigmas irrumpen en la época de la modernidad para que ésta caiga?

Me parece que irrumpen modos de ser, de pensar y de hacer que aún no se han configurado como paradigmas, y que acaso difícilmente se configuren como paradigma unificado. Las ideas de caos, de complejidad, de situación son nociones que, provenientes de distintos campos, señalan que el horizonte de determinación moderna está caduco, pero no pueden componerse entre sí en una visión integral. Hace un tiempo, intentamos pensar que las prácticas que desfondan la modernidad son todas prácticas de fluidez y contingencia. No tememos ya tanto la opresión como la dispersión; no padecemos sólo el sentido impuesto sino también –y acaso sobre todo– el sin sentido.

La institución escuela en la época de la modernidad se desarrolló de la mano del Estado Nación, importante agente prestador de educación. Caído éste: ¿cuáles son los principales problemas que la educación debe enfrentar?

Ignoro cuáles son los principales problemas que la educación debe enfrentar; pero seguramente debe enfrentarse ante todo a sí misma, a su vocación educativa, a la idea de largo plazo. Seguramente deba enfrentarse al desmoronamiento de la condición que la sostenía: la escuela se legitimaba en función de un futuro y, sin recurrir en profecía, hoy es difícil que un establecimiento cualquiera pueda afirmar que los instrumentos que proporciona tengan alguna eficacia en algún futuro. El futuro es demasiado incierto como para hipotecarle las funciones educativas actuales.

Creo que uno de los principales problemas que afronta la educación es el de cómo habitar, en el presente, los establecimientos educativos: para padres, para alumnos, para estudiantes, para docentes. Es decir, cómo configurar una situación escolar en la que esté en juego el pensamiento necesario para que la escuela sea efectivamente habitada. Parece pobre como proyecto respecto de la educación para un futuro, pero parece extremadamente rico como proyecto respecto de una desolación del presente. Me parece que la educación no tiene que proyectarse desde el presente hacia el futuro, sino que tiene que partir de un presente que no existe como tal y configurar efectivamente el presente como condición habitable. Por mi parte, no le pediría más. Creería que si le pido más seguramente desarticule el primer paso.

Leyendo uno de sus escritos nos dice que las instituciones educativas “nacidas para operar en terrenos sólidos, la velocidad del mercado amenaza la consistencia ya fragmentada de las instituciones. De esta manera, sin función ni capacidad a priori de adaptarse a la nueva dinámica se transforman en galpones”…

 Precisamente, llamamos galpones a lo que queda de las instituciones cuando ya no instituyen ni son instituidas. En condiciones de fluidez, no tenemos la oposición entre lo que cambia y lo que permanece –la clásica oposición entre ser y devenir– sino la oposición acaso más dramática entre lo emergente y lo residual. El galpón es el residuo de la destitución. En un galpón, ninguno de los cuerpos que transitan por ahí comparten con otros la definición de la situación. Diría que si no comparten la definición de situación con otros, no comparten nada. En un galpón estamos amontonados pero no juntos; en un galpón la materia humana está localizada pero la subjetividad está deslocalizada. Más claramente: un galpón se parece más a un vagón de subte que a una escuela, con la diferencia de que en el vagón de subte no necesitamos instituir nada más que el tiempo de espera para llegar a nuestra estación. Podemos decir que un galpón es un vagón de subte que no lleva a ninguna parte del que cuelga un cartel de institución.

Uno de los grandes relatos de la época de la modernidad fue que a través de la educación se podía conseguir mejores puestos de trabajo, mayor prestigio social por lo tanto mejor calidad de vida. Hoy que cada uno de cuatro universitarios no consigue empleo ¿cómo la escuela puede recuperar su sentido? ¿cómo legitima hoy su función?

Me parece que las dos preguntas del final son distintas. Una es recuperar su sentido y otra legitimar su función. Para jugar con las palabras diría que si recupera su sentido no legitima su función. Que para legitimar la función tiene que producirse para sí otro sentido y ese otro sentido me parece que no está ligado con los mejores puestos de trabajo o con el prestigio social ulteriores, sino con la capacitación efectiva para emprender actualmente proyectos. Este sentido está ligado con la capacidad efectiva para configurar con otros mundos posibles, con la capacidad efectiva para vincularse con otros y, al vincularse con otros, constituir situaciones habitables. Insisto, me parece que en nuestra dramática, el presente pesa más que el futuro como proyecto. El proyecto no es prepararse para un futuro sino colonizar el presente. Si la escuela pone estrategias para colonizar el presente –y no conozco otra estrategia que colonizando su propio presente– no podría legitimar su función.

¿El discurso mediático impulsa valores diferentes al dispositivo pedagógico?

En principio me parece que sí, que el discurso mediático impulsa valores diferentes del dispositivo pedagógico. Pero más en el fondo me parece que el discurso mediático destituye valores, que el discurso mediático se define por su velocidad e intensidad y no por los valores que predica, y que esas intensidades y esas velocidades destituyen los valores. No creo que haya una querella de valores entre los valores mediáticos y los valores pedagógicos, sino una disolución del suelo en el que operan los valores. La velocidad y la intensidad como prácticas desalojan la posibilidad misma de los valores.

En las escuelas encontramos que el agotamiento de los modelos de trasmisión traen mucho malestar, docentes que se quejan , alumnos que no aprenden y se aburren en un clima de violencia y perplejidad. ¿qué se puede hacer para recuperar el sentido pedagógico?

Veamos los términos de la pregunta y veremos que los problemas son enormes. Los modelos de transmisión traen mucho malestar. Los docentes se quejan, los alumnos no aprenden, los alumnos se aburren y el clima general es de violencia y perplejidad. Dada esta serie de condiciones, insisto en que no parece posible recuperar el sentido pedagógico. ¿Cómo encontrar modelos de transmisión que no creen malestar? Quizás la idea misma de transmisión haya quedado obsoleta, y entonces la violencia, el aburrimiento, la perplejidad, no aprender, aburrirse, quejarse, se deban a que seguimos sosteniendo el supuesto de que tenemos que transmitir algo. No sé bien si pienso lo que voy a decir, pero ahora me parece que la escuela no tiene un sentido pedagógico posible si transmite. Creo que sólo tiene un sentido pedagógico si produce pensamiento, si produce el pensamiento de cómo habitarla.

 

En tiempos de la modernidad, la ley preexistía, hoy ¿cuál es el concepto que subyace en estas nuevas subjetividades?

Creo que el concepto que subyace a estas nuevas subjetividades es que nada preexiste o, mejor, que nada subyace. Que en las subjetividades emergentes y residuales ha caído la preexistencia de la ley como fundamento de lo común. La ley era lo que todos los ciudadanos teníamos en común y lo que por lo tanto nos fundaba como miembros de una comunidad. La dinámica neoliberal disuelve lo común, y entonces me parece que la condición dramática contemporánea reside fundamentalmente en que nada común subyace a esta subjetividad., lo común se disuelve. Eso son los galpones. Creo que es tarea de la escuela encontrar en cada circunstancia lo que funda comunidad para docentes, alumnos, padres, lo que funda lo común – que no preexiste. Ya no podemos suponer la comunidad, ya no podemos observar lo común, es preciso producirlo de nuevo en cada situación. Extremadamente trabajoso, pero para nada inútil. No se trata de transmisión de un sentido de lo común, sino de producción singular específica en una situación específica de lo común específico. La escuela ganaría mucho y nosotros ganaríamos mucho de la escuela si pudiera producir en cada circunstancia la capacidad de generar lo común.

 

¿Por qué afirma que “un instante sustituye al anterior, que cae en la nada de lo insignificante…”?

 La dinámica mediática ha sido el principal disolvente de la condición histórica del pensamiento. Históricamente, un instante, una configuración, toma su sentido de la relación con el instante que lo precede y que lo sucede. El sentido se concebía, se producía, se practicaba como eminentemente histórico, como eminentemente temporal: lo que ocurre significa porque ha abandonado el punto que ha abandonado, porque ha superado el punto que ha superado, porque procede del punto del que procede y se dirige al punto al que se dirige. El presente tomaba su sentido de su relación de diferencia con su origen y su destino. En nuestras condiciones la relación entre un instante con los que lo rodean es bastante débil – no parecen ser su nada; sobre todo porque el instante actual parece gozar de una intensidad y una plenitud tales antes de caer que no convoca a un instante previo o ulterior para ganar sentido. Mediáticamente y, sobre todo, publicitariamente, la imagen es la potencia del instante. Ahora, el instante que pasa tampoco hace presente. Me parece que el instante actual es la condición para que en común tramemos un presente que le impida a ese instante pasar sin pena ni gloria, caer en la nada. No creo que tengamos que ligar el instante presente con el pasado y el futuro, creo más bien que habitar una situación es sostener el presente del presente de modo tal que se nos presente a todos, y ese presente sea lo común.

¿Hay algo más que le gustaría agregar?

No, no quisiera agregar nada. Quisiera que los que lean agreguen todo lo que no he sabido agregar de mi parte.

(fuente: www.generacionabierta.com.ar/)

 

La falla orgánica de la patria (A propósito de La amargura metódica. Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada, de Christian Ferrer) // Diego Sztulwark

Comentar es hacer callar un sentido ya establecido, un sentido fijado. Pero es también hacer callar la percepción inmediata que tenemos del texto para permitirle la posibilidad de hablar por sí mismo.

Edmond Jabès

Consistente en la comprensión del funcionamiento de las cosas, el proyecto crítico se relanza vía arañazos, sin su antigua pretensión de superación. Todo reciclaje destinado a embellecer la escena del pensar es mentiroso y tóxico; en último término, es desviante del único punto de partida saludable: la exigencia de decir rectamente la verdad de lo que somos.  El proyecto de la crítica es por lo tanto político; aun cuando el lenguaje de la política es refutado como mero vehículo de una voluntad de poder expresado por igual en el Estado y en las universidades, en los modelos de consumo y de fascinación por los objetos técnicos o en las militancias y en el mundillo de los intelectuales. Esa voluntad de poder (que se llama “política”) se consuma en la máquina “progresista” del capital. Este saber es el que pulsa en La amargura metódica.

No es necesario haber leído a Martínez Estrada para recibir de lleno la sacudida que su pensamiento produce gracias a de la escritura, simple a fuerza de cuidada, de Christian Ferrer: “palabra y estilo parecían venir –en aquel notable ensayista– de un potente drama somático”. Inclasificable e incómodo, Martínez Estrada nunca fue valorado como propio por las tradiciones intelectuales consolidadas. Pájaros e intelectuales caben por igual en el registro desencantado e hilarante de Ferrer. Más próxima a la historia que a la filosofía, su comprensión de Martínez Estrada gira en torno al “amargor de las cosas”, regusto de una prematura madurez del escritor en su comprensión del país.

Quien fuera capaz de radiografiar la pampa, “no disponía de un sistema teórico general ni procuraba conseguírselo”. Pensaba, en cambio, “a partir de estímulos y obsesiones”. A diferencia del universitario (“servidor de una máquina que produce saber”), la autodidaxia de Martínez Estrada se fundaba, dice Ferrer, en “engañarse lo menos posible” respecto de la realidad presente y, sobre todo, en no “entregarse apasionadamente a ningún prejuicio de que el mundo sea distinto de lo que es”. Su mecanismo de pensamiento se cifra en la amalgama entre la paradoja (“mueca mental […] unión de lo desemejante por la analogía única que pasa desapercibida”) y una incurable angustia personal por la fallida constitución de la Argentina.

En efecto, Martínez Estrada encuentra en el origen patrio una inadvertida pero evidente falla orgánica, una patología, una historia cruel e irresuelta fundada en el fratricidio y la guerra social (la pampa es hembra despreciada y la generalizada insatisfacción sexual es causa de revueltas políticas). Como en su hora Nietzsche, le diagnosticó al país una incontrolable manía por la “administración técnica y el derroche de esfuerzos” sin “posibilidad de transmutar la psique dañada o el símbolo despotenciado en algún tipo de grandeza”.

Sin embargo no eran pasiones tristes las que lo motivaban. No hay recelo, ni envidia ni odio en sus expresiones. Tampoco resignación. Más bien, sufría de superabundancia de amor: mecanismo de la crítica para comprender a la Argentina, la amargura metódica consiste en detectar una invariante histórica por debajo de la novedad rutilante. Evita, así, el remanido recurso nacional al optimismo y a la reducción del sentido, y a la buena voluntad transformadora, ambas disposiciones debilitantes por igual en la medida en que posponen y obliteran el enfrentamiento con lo trágico real del presente. Tal invariancia del destino se viene arrastrando desde los comienzos de lo que puede considerase como la historia argentina. Facundo, Rosas, Roca, Yrigoyen, Uriburu, Justo y Perón no son sino “reencarnaciones momentáneas de un estado de cosas irresuelto cuyas tres primeras vértebras siempre fueron el ejército, la iglesia y la burocracia pública”. Martínez Estrada no hace revisionismo histórico sino otra cosa (quizás algo más próximo al mundo “en estado de coartada” del que habla Horacio González en Besar a la muerta). Su crítica  del  “caudillaje institucionalizado” refiere a un mecanismo simple y siempre actual, que se repetirá una y otra vez a lo largo del tiempo: hacer leña del árbol caído. “Todo el mundo se declara caído del catre” mientras “las segundas líneas se trasvisten y las terceras se mimetizan con el entorno”.

El cuadro de lo que no cambió es el juego del odio y la frontera. El indio (“odioso obstáculo para los negocios”) es expropiado de sus tierras; el gaucho sabio y libre es reducido a peón de campo como corolario de una fulgurante modernización de la valorización agraria: “el fátum psíquico perdura”, se hacen negocios para unos pocos en nombre de todos. La frontera fue reabsorbida, pero no desapareció sino que transmigró, junto al odio, “a la villa miseria, a los arrabales”, a los asentamientos y a otros bordes; y “a los acuerdos de mafias variopintas ni tímidas ni secretas, y a la pasión por la ilegalidad de políticos y respectivos electores, en fin, a las oficinas estatales, donde se practica el gatopardismo rotativo”.

Y lo peor de todo es que los escritores, de quienes se podría esperar la palabra salvadora, se han involucrado por migajas. Contra su defensa de la escritura como procedimiento de “autodestrucción”, los intelectuales suelen moverse por el “ansia de los hombres de ideas por brindar apoyo a gobiernos, no importa de qué signos, pues eso es cuestión de gustos, sin que redunde en ruptura del círculo infernal de los gobernados”, expresión de la “causa metrópoli contra la historia rural e indígena”.

La “lengua argentina” se le aparecía, como al gaucho, lengua de la ciudad, extranjera. A “la labia de las ciudades le faltaba la conexión con el habla emocional más intuida que hecha responsable ante un canon, y además estaba muerta antes de nacer y desarrollarse, tanto en los ámbitos cultos como después en la escolarización obligatoria”. Y “así sigue sucediendo hoy”, agrega Ferrer. O bien: “de igual modo, hoy se nos articula al mercado mundial mediante variantes populistas de la instalación, la performance, la intervención callejera y las interfaces con máquinas de información. Un patriotismo de símbolos en épocas de vacas gordas, consignas de orden y menosprecio del pobre”.

Este “de igual modo” (como aquel “sigue sucediendo hoy”) indica bien la relación del ensayo sobre Martínez Estrada con el presente político en el (y al) que de un modo indirecto pero efectivo apunta Ferrer. En efecto, aunque el autor rechaza que su escrito dependa del tiempo veloz y, en última instancia, banal de lo “actual”, parece indudable que este elogio del intelectual autárquico, intuitivo y desbordado está signado por una admirable disposición polémica con los valores que el presente ha enarbolado en nombre de la batalla ideológica y otros eslóganes.

 

La incomodidad con lo efímero y la búsqueda de algo que permanezca es, quizás, el motor más efectivo de esta preocupación por la figura del biografiado. Menos con la voluntad explícita de destituir tal o cual aspecto de la actualidad que de impugnar el modo en que lo ilusorio y acomodaticio de la época devalúa sus posibilidades. Es este desencanto el que se deja atraer por las grandes sentencias de Don Ezequiel, curandero de la sociedad, que decía que había que “hablar del pueblo con el lenguaje de la purificación, no de la seducción”.

¿Saca partido Ferrer del aparente desencuentro “ontológico” entre el pensamiento de Martínez Estrada (“raíz de las cosas todo es oscuro, humilde y humillado”) y la política? Puesto que la terapia que ofrecía al país consistía en ver lo que realmente somos y en aquello que Foucault llamó parresía (tener el coraje de decir la verdad), lo político en juego se reviste de muy diferentes cualidades: el hecho de tener (o aparentar) razón en las discusiones pasa a ser del todo irrelevante y el juego de la clasificación amigo/enemigo queda impugnado dada su indisoluble ligazón con un horizonte de eliminación del adversario que le es propio. Asuntos importantes que se pierden de vista en tiempos de “optimismo” político, ya que “todo entusiasta político” pretende, en el fondo, que el gobierno sea como una superficie sobre la cual proyectar sus propios deseos en lugar de ver lo que efectivamente es: “el espejismo en política es siempre auto-retrato”.

Con todo, equivocado sería pensar que Martínez Estrada no tuvo ideas (federalistas, utópicas, tercermundistas, incluso ácratas, dirá  Ferrer) o que nunca se consagró a los entusiasmos políticos (como le sucedió con Fidel Castro, el Che Guevara y la Revolución Cubana). Pero en el retrato que construye este libro, estos pensamientos no son asuntos de transformación de la realidad, sino armas para demoler ídolos y funcionamientos sociales indignos. Martínez Estrada le permite a Christian Ferrer contar historias: la de la “sociología salvaje” de la Argentina y de la ciudad (previa a la sociología científica de Gino Germani); la de una historiografía nacional irreductible a la polarización entre cosmovisiones liberales y revisionistas; la de una materialidad del peronismo incomprendida, incluso por el peronismo mismo; la de una crítica de la universidad y de la Reforma Universitaria perfectamente vigente y la de una valoración autónoma de la literatura escrita en el país.

 

Este capítulo dedicado a la literatura argentina (a la que le faltó “solidaridad con los desdichados”, al decir de Martínez Estrada) tiene relatos cómicos de escritores (¡caso Gálvez!) y de la sociedad que los reunió durante años (la SADE); un fervoroso retrato del amor por Hudson y los pájaros, y otro de su  amistad con Victoria Ocampo y de la comunión espiritual con Héctor Murena (a quien se le dedican páginas importantes en el libro), así como de la ruptura con Borges y con los escritores liberales luego de la “fusiladora” y de la tensión con la revista Contorno.

La historia del Caribe, de Cuba y del anarquismo español-cubano que precede a la parte final del libro es verdaderamente original e interesante. Después de recibir el premio “Casa de las Américas”, Martínez Estrada vivió un par de años finales y felices en La Habana, aunque murió en la Argentina. Ferrer le reprocha este capítulo de su vida. Lo ve como una claudicación parcial del viejo, un entusiasmo inconsecuente que lo llevó a desdecirse de muchos de sus escritos. Deslumbrado por los brillos de los comienzos siempre “solares” de un pueblo en movimiento, lo real -dice Ferrer- es que “pronto correría sangre”. Y Martínez Estrada  “defendió los fusilamientos” ejecutados por el poder revolucionario.

Aun así, Ferrer distingue a Martínez Estrada de una larga lista de personas “y figurones” imantados por un “inoxidable romanticismo político” cuyo combustible es la idealización que otorga “sentido a la propia vida más que a la de los demás”. Lo que le interesa de esta época no son sus escritos en favor de la Revolución Cubana, sino aquellos que exploran la profecía americanista de José Martí (un “anarquista filosófico”) o las bellísimas páginas que dialogan con el poeta comunista Nicolás Guillén (que “habla de pueblo sin ser populista”, lanzando un desafío poético-somático a la literatura burguesa). Pero en el fondo y fundamentalmente, el reproche que le hace Ferrer a Martínez Estrada por su aventura cubana es el de un desvío y el de una incoherencia, porque “ponerse al servicio de la revolución cubana” supone “despedirse de la figura del intelectual autónomo”.

La discusión política es conducida así no tanto hacia el adversario peronista sino más frontalmente con la revolución socialista –cuyos nombres son, sobre todo para Ferrer, Stalin, Mao y Fidel. Cada uno de estos líderes es examinado en última instancia bajo el prisma del no matarás, en la estela de la polémica que hace unos años propuso el filósofo argentino Oscar del Barco. De trasfondo humanista, la pregunta última es: ¿importan los muertos asesinados? [1]. León Rozitchner, que conoció muy de cerca la experiencia cubana durante aquellos primeros años de la Revolución, participó de la discusión propuesta por del Barco[2]. Rozitchner plantea un razonamiento ético-político capaz de articular una condena muy firme de la violencia asesina, pero a partir de otros fundamentos e implicancias. En efecto, a partir de la toma en consideración del carácter agonístico de lo político (la cuestión de una “contraviolencia” de naturaleza por completo diferente a la de la violencia asesina), Rozitchner hace una crítica feroz no a la violencia en general –cosa en la que Ferrer tampoco cae, al menos cuando describe la violencia anarquista de comienzos del siglo XX–, sino a la presencia de la violencia “de derecha” en los hombres “de izquierda”. De todos modos, Ferrer no es del Barco y en este texto que se comenta apunta menos contra la violencia en nombre de las revoluciones que contra la indiferencia de quienes pueden pensar hoy sin hacerse cargo de esas muertes. La intensidad de esa preocupación redunda en una exigencia: no pensar ni vivir como si esas muertes, cada una de ellas, no importaran.

En síntesis, en más de 600 documentadísimas páginas y sin una sola nota al pie, Christian Ferrer construye el elogio del intelectual autárquico dedicado a forzar “las formas cristalizadas de la sociedad”, del escritor que transforma el “ensayo en género dramático” y moviliza una “energía autónoma” distante de las ofertas en pugna y para quien “los cambios sociales comienzan por la conducta recta”, porque quien “ama la política detesta la moral”,  dado que el pathos político es menos asunto de ideas que de consistencia ética. Una conciencia así puede constituirse, enseña Ferrer, con una palabra: No; y con esta otra: Basta.

[1] Para escuchar una conversación con Christian Ferrer sobre esta cuestión de los asesinados políticos pero también de la relación indirecta entre “amargura metódica” y el presente: http://anarquiacoronada.blogspot.com.ar/2014/11/clinamen-la-amargura-como-metodo-para.html

[2] La figura de Rozitchner fue incluida por Ferrer en otro texto, junto con Martínez Estrada y el propio Del Barco, en la serie de los disidentes, aquellos cuya palabra verdadera es esgrimida, puesta en juego críticamente, contra el sentido común y contra los poderes, como sucedió con su texto sobre la guerra de las Malvinas, con el coraje requerido para oponerse no solo a los poderes sino también a las ilusiones de las masas.

 

Como libera la marea feminista // Alejandra Rodríguez

Seguimos elaborando el tiempo del paro internacional de mujeres del 8M, muchas intensidades atraviesan nuestros cuerpos, porque este tiempo de preparación es también un tiempo de revolución política y vital.

Los encuentros feministas se multiplican, al igual que las desobediencias y los gritos de furia y rebelión. Nos encontramos en distintos lugares a pensarnos, a decir basta y a componer juntas las formas, los colores y los sonidos de nuestra resistencia. Las asambleas son herramientas desde las cuales nos reafirmamos en nuestra capacidad colectiva, afectiva y política. Nos reinventamos desde las heridas singulares a la vez que colectivas. Nos reconocemos en las marcas de dolores presentes y pasados desde los cuales construimos la fuerza para abrazar luchas y deseos postergados.

Esta semana salimos a las calles para agitar los pañuelos verdes y gritar a favor del aborto legal, seguro y gratuito. No se acallarán nuestras voces hasta que el Congreso apruebe la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Porque son años, historias y vidas las que resuenan desde nuestra gargantas. Porque sobre nuestros cuerpos queremos decidir nosotras.

Paramos porque queremos transformarlo todo. Nos movilizamos este 21F contra el ajuste macrista y los despidos que nos atraviesan. A la política del empresariado y del orden le oponemos transversalidad y resistencia feminista. Hoy estuvimos en las calles porque todas nos reconocemos trabajadoras en nuestra diversidad de experiencias de trabajo: asalariado, formal, informal, de cuidados, precario y doméstico.

En esos palcos que gesticulan oratorias de unidad, aun están ausentes nuestras voces, mientras nuestros cuerpos desbordan calles, enfrentan múltiples violencias y están al frente de innumerables conflictos. El tiempo de desobediencias al patriarcado ya está en marcha, y aunque intenten silenciarnos y negarnos, el 8M resonó hoy en ese escenario repleto de varones.

Nosotras nos seguimos organizando. En las villas, las escuelas, las oficinas, las fábricas y las plazas vamos entrelazando recorridos vitales, afectivos y amplificando nuestras voces que crecen e irrumpen con la fuerza que despliega la marea. No tenemos estrados. Nuestros escenarios son circulares y los construimos con cuerpos vibrantes y retoricas de revuelta. En este feminismo popular y heterogéneo no hay jerarquías, todas las palabras y los cuerpos cuentan porque estamos para nosotras.

Ser travesti es una fiesta, mi amor // Camila Sosa Villada

Angie Desireé era la travesti más linda del parque. No volví a ver a una travesti tan bella como ella en mi vida. Delgada, alta, siempre vibrando, siempre en movimiento como un hermoso árbol que jamás está quieto. No supe nunca su edad, era de esas travestis en las que calcular una edad es casi imposible. Una belleza joven la auspiciaba pero tenía una sabiduría de vieja que la precedía como un aura.

Cuando la conocí no tenía cirugías. Se depilaba mucho las cejas, finitas, como en los años ochenta. Tenía el pelo corto y contaba con mucha gracia que los hombres le decían Araceli González y era cierto porque era así de bonita. Había que ser muy bonita para ser travesti y andar con el pelo corto por ahí, mientras todas invertían en pelucas y extensiones, ella llevaba el pelo muy corto y mal teñido de rubio. Pero esto, lejos de afearla, la volvía más salvaje, más dañina incluso.

Andaba siempre con su primo, un maricón de 16 años que por las noches aprovechaba y se montaba entre los árboles del parque. En realidad, su travestismo consistía en soltarse el pelo negro y lacio como de indio que tenía, atarse la remera con un nudo que le dejaba toda la panza al aire, chata y lustrosa, se tiraba unas gotitas de perfume de Avon, un poco de brillo de labios y salía a cazar como una amazona de mucho más allá de la Circunvalación.

Tenía muchísimo éxito debido a su juventud el primo y se había elegido un nombre conforme a su ascendencia aborigen: Aylén. A veces el primo de Angie tomaba como un triunfo el hecho de no ser travesti y hacer más dinero que varias de nosotras juntas. Agarraba los billetes todos pegados y te daba cachetaditas y te decía y ahora nos vamos a tomar un helado y nos invitaba a su prima y a mí a tomar helado a una heladería al frente de la Plaza España. Todos nos miraban entonces y nosotras hacíamos la comedia de lamer el heladito como si estuviéramos felando a Marlon Brando, hasta que alguien nos insultaba y la cosa se ponía amarga. Y es que éramos chicas con poca paciencia.

Vivían ambas en Alta Gracia y cada noche se tomaban el colectivo para venir al parque y por la mañana, cuando el cielo se ponía rojo volvían juntas, Angie Desireé muy apresurada porque tenía que hacerle el desayuno al novio que era albañil y entraba muy temprano a trabajar.

Con ellas nos habíamos conocido en las escalinatas del parque, una noche en la que me había ido a llorar en soledad, como solía llorar en ese entonces. Ahí con alguna pena de amor supongo, empecé a oír carcajadas de travestis que ocupaban el parque como un grito. Se reían con todo ese cuerpo flaco que tenían y bajaban las escaleras sin mirar los escalones, tal como cuando veía por la televisión a las modelos que desfilaban en Donna Sotto L’Estele. Cuando me vieron sola, a la madrugada, en las escalinatas, supieron que podían seguir divirtiéndose. Ese fue el bautismo para una larga y tierna amistad. Las palabras que bautizaron esa amistad entre Angie Desireé, su primo transformista llamado Aylén y yo fue la letanía que siempre repetería Angie Desireé hasta el cansancio: “Yo me hice travesti porque ser travesti es una fiesta”.

Entonces para toda enfermedad ella lanzaba ese antídoto: ser travesti es una fiesta. Y ella lo vivía así, supongo que había nacido así. Como una flor carnosa y anaranjada brillando en medio de un aburrido desierto. “Pero no mi vida, no llorés por ese tipo que no te da nada, ser travesti es una fiesta mi vida, disfrutalo”.

Y aplicaba su filosofía al pie de la letra. Siempre sonriendo, siempre generosa, siempre llena de caramelitos en los bolsillos. Ella me pegó la costumbre de comer caramelitos durante el trabajo, porque suavizaban el aliento que venía regado de marihuana, alcohol y tabaco y también porque decía que practicarle sexo oral a un tipo con un caramelo de menta fuerte en la boca hacía que ellos te amaran más.

Tenía un novio que era albañil que aceptaba sin dramatismos la profesión de su novia y vivían juntos en Alta Gracia en una casita que había levantado él con sus propias manos y en la que Angie Desireé dejaba todo su sueldo. Nos invitaron a comer en algunas ocasiones, lástima que el talento que tenían para el amor y la vida no lo tenían para la cocina. Angie Desireé trabajaba mucho y ahorraba mucho también. Estaba dispuesta a tener todas las comodidades a su favor y había empezado por ponerse de novia con el minotauro más lindo que había podido comprar con el aleteo de sus pestañas y el veneno de su cariño.

Su chongo era el hombre más guapo que habían visto nuestros transexuales ojos. Era un moreno de ojos grises que parecía construido con ladrillos. Lo cierto es que no era objeto de deseo sólo por eso. Había salido con otras trans antes y se lo habían disputado a muerte más de una vez con navajas incluidas. Se decía que era dotado como un mulo y dulce como la miel. Yo intuía que esos dos estaban muy enamorados. Verdaderamente enamorados el uno del otro. Y ella que era una fiesta literalmente, por hermosa, por feliz, por imprevisible, era una cosita imposible de no adorar. En el parque había una reina. Y era ella.

Se reía y movía la cola orgullosa, porque en esa tierra de desposeídas ella tenía la más valiosa posesión: alguien que la esperaba en su casa con el corazón sobre la mesa. Una ternura como esa la he vivido muy pocas veces y ya de grande, algún amor de verano me acarició el rostro como el chongo de Angie Desireé tocaba el suyo y entendí por qué meneaba la cola como una perra contenta. En este mundo donde todo hueco se debe llenar con algo, una caricia viene a ponerlo todo plano, como una playa pacífica cuando baja la marea y no hay huecos que llenar sino una inmensa llanura donde dormirse al sol.

Un día con su prima Aylén tuvimos que intervenir en una pelea en la que ella iba perdiendo evidentemente porque se había enterado que tal travesti le había estado mandando mensajes a su hombre y la había ido a ajusticiar y a exigirle una satisfacción. No contaba con que la otra travesti era enorme y forzuda como un fenómeno de circo y que al primer revés de la zurda la tumbaría y le haría golpearse la cabeza con la raíz de un árbol. Ahí en el piso la había agarrado a patadas y nosotras que oímos los gritos nos fuimos a separarlas y yo a usar todo el poder de mi retórica para calmarla. Cuando finalmente la furia se disipó la travesti infiel le dio una sentencia: “No te hagás tanto la loca, amiga, porque no sabés qué clase de loca te podés cruzar en la calle”.

A mí no me gustó verla a Angie Desireé golpeada y asustada y mucho menos acompañarla al Hospital de Urgencias porque el golpe con la raíz había sido bravo y le sangraba un poco la sien. Era un poco traumático ver vulnerable a una heroína que una creía invencible. De todos modos, en parte porque vivíamos drogadas y al whisky lo tomábamos con clonazepam, ella se iba riendo y estaba segura de que su chongo jamás se acostaría con una travesti que tuviera tan feos bigotes.

Sólo una vez la ví llorar. No soportaba llorar ni que lloren y eso era un problema porque en ese tiempo las travestis éramos muy lloronas. Cuando alguna de nosotras estaba triste por algo, ella te invitaba a comer a Mc Donalds y te decía que ser travesti era una fiesta mi amor, sino mirá todas ellas que nos miran así (y señalaba a las chicas espantadas en la calle que nos miraban como si nosotras fuéramos extraterrestres) ya quisieran dar el placer que nosotras damos, mi vida, si ser travesti es una fiesta. Nosotras damos amor mi vida, les decía en la cara, y a mí el corazón se me hacía chiquitito como una pasa de uva porque admiraba la determinación con la que vivía y la simpleza con que auspiciaba sus razones.

Una noche, dos chicos muy bonitos, de esos chicos bonitos de los que siempre hay que desconfiar porque nadie tan bello puede tener un corazón bueno, nos invitaron a subir a su Kangoo, a hacer una fiesta con ellos. A mí las fiestas no me gustaban porque me ponía incómoda tener a otra travesti desnuda al lado, pero como a las cosas las había arreglado Angie, sabía que había buen dinero y que la fiesta no era tal, que cada una hacía su trabajo por su lado. Eran como las cuatro de la mañana de un sábado y nosotras sabíamos que era una hora peligrosa porque los muchachos empezaban a salir de los bailes y de los boliches y andaban muy borrachos y con muchas ganas de cruzar límites, con muchas ganas de ser los más rápidos del oeste, con muchas ganas de hacer daño, de vengarse. Era una hora peligrosa, pero también era una hora en que llegaban los mejores especímenes de chongos habidos y por haber. Los solitarios. Y nosotras nunca queríamos perdernos a los solitarios. Con los solitarios siempre todo iba bien, como si existiera la buena suerte y como si eso que decía Jesús de que los últimos serán los primeros, se estuviera cumpliendo en ese momento.

Madrugada. Nosotras duras como la estatua del Dante y heladas, sintiendo un frío que nos hacía doler la espalda, nos subimos a esa camioneta tentadas con estos hombrecitos tan bellos. Sabíamos que ese tipo de chicos pasan muy de cuando en cuando y los quisimos aprovechar. Dos principitos dorados un poco borrachos, bien vestidos y perfumados y con dinero en los bolsillos. Pero nos aprovecharon ellos, porque cuando nos subimos a la parte de atrás de la Kangoo y ellos vinieron con nosotras, se dejaron coger bien cogidos y luego, a la hora de pagar, nos dijeron que ellos por travestis no pagaban.

Angie Desireé se lo tomó como un insulto y dijo con su voz de travesti más desafinada que obvio mi amor que nos iban a pagar porque nosotras no les habíamos mentido y ellos dijeron que sí, que los habíamos embaucado porque no les habíamos aclarado que éramos putos y entonces yo quise mediar con mi retórica pero uno de los chicos le pegó en la boca a Angie y el otro chico me agarró del cuello y me empezó a pegar en la cabeza y empezamos a gritar y pedir auxilio y se armó un verdadero tole tole en el que Angie Desireé intentaba encontrar su navajita en el bolsillo de su jean y yo gritaba por favor auxilio y sentía que de ahí no íbamos a salir vivas y entre que nos pegaban en la panza y en la cara y en los huevos veo que la puerta de la Kangoo se corre y el cielo del parque entra por ahí, donde nos estaban haciendo conocer la fiesta que era ser travesti y aparece Cleopatra que era una travesti de un metro ochenta subida a unos tacos de diez centímetros y saca de la pierna al que me estaba pegando a mí y lo tira al suelo y empieza a darle piñas y patadas y a decirle que le iba a curar la malacostumbre de pegarle a una trava y en ese momento de confusión Angie Desireé encuentra su navaja y le corta la cintura al otro chico y me doy vuelta y la encuentro a ella con la cara ensangrentada y al chico lloriqueando como una nena de mamá agarrándose la panza y Cleopatra que nos grita “Salgan pelotudas” y vemos a una horda de travestis que vienen en nuestro rescate y lo sacan de adentro de la Kangoo y todas descargan su furia. La larga furia travesti acumulada por años y años. Los niños dorados esa noche aprendieron una lección y yo también.

Angie Desireé tenía una navaja muy especial que se había hecho ella misma y que consistía en un jaboncito de hotel con una hoja de Gillette agarrada con una gomita para el pelo. La podías llevar en la manga, en la cartera, en el bolsillo. Una noche me regaló una y me dijo “Ay amiga…” y me dio una navajita casera hecha con un jaboncito que olía a coco. Con esa navajita le dejó una cicatriz en la cintura al chonguito que nos había pegado en el parque sin muchas explicaciones. Me gusta pensar que como El Zorro con su espada dibujaba una z en cualquier camisa, ella le había escrito Angie Desireé con ese navajazo inesperado a nuestro agresor.

Esa noche Angie Desireé, mientras nos tirábamos agua mineral helada en los golpes me miró a los ojos y me dijo ay amiga y lloró. No se bien qué habrá pasado por su cabeza que se le acabó la fiesta de ser travesti, pero me miró a los ojos con los dientes manchados de sangre como quien se mancha con lápiz de labios y se tapó la boca mientras decía ay amiga y yo la acompañé a tomarse el colectivo a la terminal y ella me dijo gracias amiga y me dijo que me iba a invitar a comer a su casa la semana que viene, que su novio iba a hacer un asado.

Angie Desireé murió de SIDA y muchas de nosotras la vimos morir. Fue muy rápido, se puso flaca y verde y un día desapareció del parque. Su primo transformista me contó la desgracia con cierta indolencia que no me gustó nada y me dijo que no la veía desde hacía bastante pero que la tenían internada en el Rawson.

Cuenta la leyenda que murió tomada de la mano de su novio que no se separó de ella ni un minuto. A veces la iba a visitar antes de irme a la facultad y me lo encontraba sentado en las escaleras del Rawson llorando como un nene. Era muy joven, creo que tenía 19 años y estaba a dos pasos de convertirse en viudo. Un día me pidió plata para pagar el cable porque como no podían ir a trabajar estaban en la pampa y la vía y se la presté pensando que le estaba dando algo que llevarse a la muerte que era irse de este mundo sin deudas.

A mí me ponía el ánimo muy por el piso y a veces tenía que hacer grupos de estudio en la facultad y las niñas bonitas con las que me juntaba a estudiar tenían problemas que hubiera adorado tener. A los veintitantos años no es justo que una amiga se te muera por el bicho.

También cuenta la leyenda que su novio se casó con una chica y tuvo hijos. Las travestis dejaron de desearlo porque sospechaban que Angie Desireé le había pegado el bicho y entonces dejó de ser el sex symbol que nos ponía los pelos de punta para estar marcado como un portador indeseable. Era muy injusto, lo cierto es que nunca más lo vi.

Admiraba el amor que se tenían y no era cuento que me hayan contado. Era cierto el amor y era cierto que se daban la mano durante las horas de visita y era cierto el niño hermoso llorando y secándose las lágrimas con las manos cuarteadas por la cal. Creía que eran hermosos y que se cuidaban y que su corta vida había sido una fiesta y que él la había amado como merecen amarse ciertas cosas sagradas del mundo. Como ella, que era libre y sagrada.

Su primo no apareció más por el parque. Se lo tragó la tierra, decían algunas.

Cuando Angie murió me fui del parque. No era lo mismo sin ella. Nosotras, siempre con la petaca en la mano, peleando por los clientes, peleando por el dinero, discutiendo entre nosotras sobre De la Rúa y los patacones, queriendo siempre tener la pija más grande que la otra, nos habíamos olvidado de lo importante: que ser travesti era una fiesta y mi querida amiga Angie Desireé, la travesti más bella que vieron estos ojos, ya no estaba ahí para recordárnoslo.

Parallax

La fiesta no se discute // Diego Valeriano

Se roba, se planta, se arranca, se va preso. Se tira, se aguantan años encerrado, se pincha. Si hay que matar, se mata. Se aprenden códigos, se escucha a los más grandes, se practican pasos frente a la tele, se hace todo el recorrido del 269. Se pasa frío, se miente, se sale un viernes y se vuelve el domingo, se rocía con gas a los giles que son atrevidos. A veces se acompañan a comprar la píldora. Se hacen un montón de cosas, pero la fiesta no se discute.

Se gasta todo lo que se trabajó, se es generoso, se invita a las pibas, se busca a las amigas que segundean, se deambula hasta perderse. Se toma falopa sin saber que ya son las tres de la tarde. Se va al límite, se escribe la piel. Se traiciona, se caretea para pasar, no se cuida a nadie, se gede fuerte. Se vuelve peor, no se separa del mercado, es la fase superior de la guerra por el consumo.

Se va a la guardia, se rescata a los heridos, se juega la vida cada vez, se juntan los pedazos de vidrio cuando ya todos se fueron, se consuela a la madrina, se llora junto a la madre y la novia, se arranca de nuevo. Se retrocede cuidando las espaldas, se patean cabezas cuando el primer sol aparece, se aguantan los golpes con Clonazepan y escabio, se sube una historia enfierrados y a 220 por Panamericana. Se juran venganza en un post cuando termina el día. Se vuelve tambaleando a la estación sin pensar demasiado, con el recuerdo aun presente, con la sensación de que esta vez otra vez se pudo, que mañana se arranca de nuevo, que la vida es a todo ritmo y que la fiesta no se discute.

 

Un contra-entrenamiento para rehacer la fiesta // Ramiro Guggiari

Sobre el debate que surgió a propósito de la experiencia #EntrenarLaFiesta, del grupo ORGIE

 El debate comenzó cuando un texto de Silvio Lang, titulado “Descaretizar la fiesta” y publicado en este blog Lobo Suelto, a propósito de #EntrenarLaFiesta, seminario-happening bailable organizado por ORGIE (Organización Grupal de Investigaciones Escénicas), fue recusado por Juan Laxagueborde: «Si hay algo que no se puede preparar, entrenar o prever es el comportamiento para una fiesta (…) Lo único que queda de toda esta vida gris es la promesa de una fiesta, de algo más allá del barranco, una especie de renacimiento, un milagro (…) El único entrenamiento para la fiesta es la vida misma, dañada, el ritmo cotidiano del trabajo, que prepara para la apoteosis, el no cálculo, que supone la fiesta”.

Desde su página oficial, ORGIE respondió a esto con un comunicado en el que afirma: “La fiesta no es para nosotros una generalidad apolítica, separada del mercado, deshistorizada y espontánea, sino una fabricación deseante de cómo queremos gozar y enfiestarnos-relacionarnos y como tal exige ser pensada, elaborada, investigada, disputada, preparada, practicada y entrenada tanto como los cuerpos militantes lo hacen en el motín, la asamblea y la insurrección, con organización y formación política, activismo y procedimiento artísticos, práctica de deportes, ensayos y entrenamiento de tácticas de guerrilla y defensa urbana, hartazgo y odio, etc.”

El intercambió generó una amplia variedad de reacciones, poniendo sobre el tapete un tema interesante para pensar. La propuesta de ORGIE, con el provocativo título (y aparente oxímoron) de “Entrenar La Fiesta” (ELF), abrió un interrogante ahí donde parecía no haber más que el reino de la obviedad estéril. A partir de suspender la verdad axiomática de la primera impresión, por la cual la fiesta no era algo que pudiera ser entrenado; ORGIE permitió una pregunta que no parecía posible, y que ahora se revela como necesaria: ¿se puede entrenar la fiesta?, ¿cómo?, ¿qué implica tal cosa?

En primer lugar, sería mejor aclarar (y declarar) una diferencia, si es que acordamos sobre esto. Por “fiesta” no se está refiriendo Laxagueborde (ni nosotros) al sentido en que se usa la palabra cotidianamente sino a esa otra, que podría darse, incluso por afuera de una “fiesta”, en el sentido cotidiano de la palabra: la Fiesta con mayúscula, ese estado de excepción que parece bordear la imagen del carnaval, que elijo llamar “fiesta-acontecimiento”. Así, a la fiesta de la industria cultural la dejamos por el momento fuera de este debate. La pregunta pasa entonces a ser sobre qué es ese acontecimiento y si hay algo que los seres humanos podemos hacer para provocarlo, invocarlo, etc., o no. Afirma Laxagueborde: “La fiesta sucede poco y vale poco nuestro optimismo o la voluntad de hacerla, sucede generalmente por sobre nosotros, nos pasa por arriba. El punto es si entrenarse para una fiesta venidera no es negarla, preestabecerla para dominarla. (…) Me parece que fiesta es algo que nos agarra de un rapto, que es ingobernable e inesperada”

Acordemos en que la fiesta-acontecimiento (o tal vez, incluso, ya podemos hablar lisa y llanamente del acontecimiento), es: “ingobernable”, en el sentido en que lo es, por ejemplo, el inconsciente. El tinte metafísico que le fue adjudicado a las palabras de Laxagueborde, aparece en frases como “por sobre nosotros, nos pasa por arriba”. Por ejemplo, el inconsciente no nos pasa por arriba, es lo más simple y llano y cotidiano que hay. Lo que nos pasa por arriba es la conciencia, lo imaginario. Existe una sustancialización metafísica del inconsciente que circula a veces, errada. Propongo reemplazar esto por una mirada más materialista (no por eso determinista). El inconsciente está hecho nada más y nada menos que de las miles de imágenes, palabras, afectos, cuerpos, relaciones, que le damos de comer en nuestra experiencia de vida. Inconsciente es el cuerpo, inconsciente es el lenguaje; lo más cotidiano del mundo. Está hecho de lo que lo alimentamos. No es mágico. El acontecimiento tampoco es mágico. Es simplemente la emergencia de una configuración diferente de las relaciones. Una configuración no determinada; puede ser impredecible (impredecible su nueva configuración, seguramente), no determinada por los agentes determinantes de la experiencia que normalmente rigen la vida. Pero, ¿de dónde sale? No sale de algo mágico (la imagen del “rapto”, tiene una connotación evidentemente mágico-romántica). Si todo lo que hace el ser humano cotidianamente es entrenarse en ser cada día más igual a sí mismo: ¿la disrupción, no debería implicar, por lo menos, un contra-entrenamiento? Pensemos entonces en un contra-entrenamiento para la fiesta. Invito a que observen que un contra-entrenamiento implica a su vez un entrenamiento. La imagen instataneísta del acontecimiento, o de la revolución, suponen una intervención cuasi-magicista: ¿cómo no habrá entrenamiento para la revolución? Si no estudiamos, no aprendemos, no practicamos, si no ensayamos, ¿cómo esperamos que mágicamente aparezca algo distinto? Sobre todo, cuando la vida cotidiana es una vidriera permanente de cómo el acontecimiento fracasa en cada momento; gracias a las relaciones y hábitos impuestos, y entrenados. (Gracias a ese silencioso entrenamiento nos dominan).

Por otra parte: para clarificar algo de la palabra “entrenar”. Nadie dice que implica “un saber que es enseñado”, como afirma el sociólogo, es decir, como una instrucción sobre la forma que debe tener esa fiesta-acontecimiento. Estamos de acuerdo en que no implica eso. Importante entender el concepto de procedimiento. Lo que se trasmiten son procedimientos, modos de hacer. Pero esos modos son disparadores para la experimentación y el devenir de otros, y de ninguna manera determinan una forma final específica. A quienes lean esto incrédulos, les aseguro que si estuvieran ahí constatarían lo que estoy diciendo. Por lo tanto, la trasmisión de una serie de procedimientos para la experimentación no configura ninguna predeterminación ni “gobierno” de la experiencia, sino herramientas (como armas, escudos o lanzas), sin las cuales, ¿a qué guerra podríamos lanzarnos, sin más armas que las que, ya presentes en nuestro cuerpo, se direccionan en sentido contrario, gracias a nuestro entrenamiento cotidiano en la sumisión? De las tres horas que dura la experiencia de ELF, una hora y media se usa en bailar libremente, sin que nadie prohíba, dictamine, siquiera hable, y en donde los procedimientos originalmente practicados se deforman, mutan, y se convierten en otros; dando lugar a nuevas y sorpresivas formas. Pero esa “sorpresa” (consecuencia de lo inesperado) jamás hubiera ocurrido si antes no nos hubiéramos entrenado, por lo menos, en nuestra capacidad de salir de nuestras casas, con nuestros hábitos y comodidades; para agendarnos un espacio y tiempo, estar ahí, prepararnos, organizar, esforzarnos, escuchar, transpirar, y luego jugar, finalmente vivir, ahí, con esos cuerpos en ese lugar, y con esas armas (u otras, pero siempre otras, que alguien –o alguienes–, fabricaron, tal vez inconscientemente).

Spinoza ¿Militante? // Diego Sztulwark

Jonathan I. Israel compone una obra desde todo punto de vista formidable. Sus tesis nos interesan sobre manera hoy, en el momento que Europa destila oscuridad, crisis global y amenazas nacionalistas arcaizantes. Hoy, cuando la preocupación por la gobernabilidad, junto al decaimiento del ala radical de los movimientos, exige una activación de la conciencia política.

Su erudito estudio sobre la alta ilustración, entendida como proceso cultural y político de secularización del mundo cristiano, se apoya en tres grandes afirmaciones, todas ellas de elevada significación política:

  1. La ilustración no fue un fenómeno nacional (francés o inglés) sino inmediatamente paneuropeo;
  2. la llamada “ilustración radical”, lejos de resultar menor y/o periférica, constituyó un motor vital para la ilustración en su conjunto (y, en particular, en relación con la ilustración moderada), demostrando incluso una mayor consistencia intelectual sobre el plano internacional;
  3. la centralidad dominante de Spinoza y el spinozismo dentro de esta última corriente (a contrapelo de las versiones mitologizadas de un Spinoza genial pero carente de influencia).

 

La presentación de las dos alas rivales de la ilustración está en la base de todo el argumento: la ilustración moderada, “respaldada por numerosos gobiernos y facciones influyentes de las principales iglesias”, aspiraba, a partir del prestigio de figuras de la talla de Newton, Leibniz o Locke, a “vencer la ignorancia y la superstición” y a establecer “la tolerancia”, a “revolucionar las ideas, la educación y las actitudes por medio de la filosofía” preservando, eso sí, elementos de las “viejas estructuras, consideradas esenciales”, en una nueva síntesis entre la razón y la fe.

La ilustración radical, en cambio, “rechazaba todo compromiso con el pasado, y buscaba acabar con las estructuras existentes en su totalidad”, incluyendo la creencia en un Dios Creador del mundo, capaz de intervenir en los asuntos humanos, pero también con la influencia política de las iglesias así como con las jerarquías sociales (privilegios políticos, concentración de la propiedad de la tierra) fundadas en cualquier principio divino.

El trabajo de Jonathan I. Israel, La ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750,[[1]] no es detallista  solo en la descripción de la formación de las instituciones (las bibliotecas, la clandestinidad, las editoriales, la censura), y de las corrientes intelectuales y tonalidades afectivas del siglo XVII, sino que repara, sobre todo, en las hipótesis en torno a las cuales coaguló el ala “republicana radicalizada” (un movimiento más organizado de lo que se cree) cercana al “círculo” Spinoza: La inherencia del movimiento a la materia (contra la idea de que el movimiento nace del alma o del espíritu); la extensión de la mecánica y de las leyes del movimiento y reposo a la esfera universal de la material extensa-naturaleza (contra la división según la cual la física mecánica explicaría solo algunos movimientos, reservando el resto a las potestades divinas); la dialéctica afirmativa entre institución del poder político y multitud (contra la legitimación divina y vertical de la soberanía); el democratismo igualitario (contra la escisión entre una esfera de libertad de opinión, y un acceso restringido a la tierra); la afirmación de una única substancia eterna e infinita Dios sive Natura (recusando tanto la idea del Dios creador, como el dualismo alma/cuerpo); la afirmación de la naturaleza como campo absoluto de inmanencia (y el rechazo de los milagros); la tolerancia filosófica, republicana y antiteológica (contra la tolerancia teológica, concerniente a la libertad de culto); el combate sobre el fundamento teológico del orden social; y la negación de una autoría divina de la Biblia.

Celebrando la reciente aparición del libro en castellano, uno se pregunta si el legado de la ilustración radical, que como sabemos debe completarse en el plano histórico con una política igualmente radical en relación con la democracia y el igualitarismo, no constituye un momento privilegiado para pensar nuestra propia posición –en ciertos aspectos excepcional– en comparación con la producción intelectual y política europea contemporánea.

En efecto, la mencionada decadencia de aquella Europa ilustrada, que desde su margen izquierdo alimentó radicalidades diversas a partir de sus propios desarrollos de sectas/movimientos (spinozismo en el siglo XVII; marxismo a fines del siglo XIX y comienzos del XX), se nos aparece exhausta, a nosotros que nos hemos visto demasiado tiempo como seres más bien caducos, entre el atraso y la periferia.

Esta cartografía política es la que parece estar por fin mutando. Salvo para quienes se encuentran cómodos en el gozoso (o rentable) lamento victimal de los colonizados, la evidencia se acumula en una nueva orientación, según la cual la crítica ilustrada radical –luego marxiana– puede encontrar hoy, fuera de Europa, las mejores condiciones materiales e intelectuales para su desarrollo.

El desarrollo ya no europeo de un movimiento que se apropie y continúe la crítica desplegada por la ilustración radical de cuño spinozista supone una compleja tarea de reformulación del fundamento naturalista, materialista y republicano-igualitario-radical para nuestros contextos.[[2]] Dicha reformulación supone, desde ya, una recreación del estilo de participación en las batallas culturales y políticas desde una perspectiva extremo-igualitarismo-libertarismo, más atenta a las pulsiones colectivas tendientes a la apropiación de la riqueza colectiva y a la generación de un dinamismo de mayor sensualidad que a la promoción de modas universitarias y editoriales dependientes de los centros occidentales de producción de saberes y mercancías.

Solo un auténtico cosmopolitismo desoccidentalizante o no-europeo[[3]] puede abrir polémicas a la altura de este programa y más próximas a las aspiraciones expresadas por vastos movimientos sudamericanos a lo largo de la última década y media.

La obra de Israel adquiere particular valor a la luz de estas tareas, y destaca su esfuerzo de reconstrucción de las coordenadas culturales y políticas del siglo XVII a partir de una minuciosa exposición del aparato de censura europeo; de un comentario inesperado del papel de las mujeres y de la cuestión de la sexualidad; de una bellísima descripción de la creación de instituciones pan-europeas como las bibliotecas universales; y en general, la confección de un mapa estratégico de los poderes confesionales y estatales desafiados por la izquierda del movimiento de la ilustración (con sus ediciones clandestinas de libros, la circulación de manuscritos, sus revistas y tabernas).

Estas polémicas (constitutivas de nuestra razón política) sobre los poderes de la razón, la libertad y el Estado, constituyen aún hoy un suelo fértil para revisar nuestras posturas y convicciones en el contexto de una necesaria y una más radical ilustración comunista sudamericana.

Un ejercicio de esta índole supone hoy un renovado empeño en la constitución de prácticas no teológicas de la tolerancia (decididamente enfrentada al poder pastoral); la formación de ideas, praxis e instituciones políticas apoyadas en un democratismo absoluto; y una renovada teoría del poder de la materia no ya solo moviente y mutante, sino además ensoñada (como decía uno de nuestros ilustrados radicales: León Rozitchner [[4]], capaz de combatir y sobreponerse al dominio teológico-racional-científico del ensamblaje tecno-capitalista[[5]] y su espiritual ley del valor.

Sin dudas, este debate estalló en nuestros países hace más de una década. La relativa debilidad del movimiento dio lugar a gobiernos en ocasiones demasiado débiles, y cómodos desde una perspectiva recurrentemente nacional. Entre nosotros, la ilustración moderada se volcó de lleno a estabilizar la preocupación por la gobernabilidad en detrimento del programa radical.

Es preciso, al contrario, ampliar la idea de “gobierno” para dar cuenta de una relación más abierta y compleja entre mercado, Estado y multitud a través de la creación de instituciones que escapen a la trampa soberanista. Instituciones que no separen el espacio de la creación y desarrollo del reconocimiento de derechos del espacio de la reproducción en la esfera económica.

Lo que finalmente nos liga a la ilustración radical es el hecho de que la crítica de la teología y de la soberanía trascedente sigue constituyendo la premisa de toda crítica del presente. Israel nos cuenta, por ejemplo las correlaciones elaboradas en el siglo XVII entre libertad de pensamiento y distribución y acceso a la tierra (Alberto Radicati di Passerano, 1689-1737), o la toma de postura a favor de la realización no represiva de la libido sexual de hombres y mujeres por igual (Hadriaan Beverland, 1650–1716).

Es que la ilustración radical, o la crítica de la teología-política no solo se replantea la relación entre libertad e igualdad, sino que reabre la idea misma de la naturaleza humana, hacia nuevos agenciamientos colectivos (“La naturaleza es una y la misma para todos”, dice el autor del Tratado Teológico Político).

La ilustración radical, en conexión con los contextos de radicalización no europeos de nuestro tiempo, abre las puertas para trascender los límites hasta ahora impuestos por el liberalismo en terrenos tan duros como son la definición misma de lo que entendemos por democracia e igualdad.

Es en la obra de Spinoza, mucho antes que en la de Marx, donde con mayor coherencia se ha pensado una ontología relacional[[6]] como base para una alternativa a la tradición liberal. De hecho, la preocupación por el hombre y su estado “natural” como tentativa de determinar los conceptos de democracia y libertad, derramando sobre cuestiones fundamentales tales como el derecho a la tierra, estuvo –dice Israel- en el origen de todos los igualitarismos militantes y revolucionarios.

El ya citado Conde Alberto, o Radicati di Passerano, por ejemplo, creía que la democracia y la igualdad solo se alcanzarían con la propiedad comunal de la tierra, y con la abolición del matrimonio y la familia. Una larga serie de autores de la ilustración radical son revividos para nosotros por Israel: Anthony Van Dale; Balthasar Bekker; los hermanos Koerbagh; Friederik Van Leenhof; Antonio Conti; Ehrenfried Walther Von Tschirnhaus; John Toland; Anthoni Collins; Abraham Joannes Cuffeler; Jean Baptista Boyer, Conde de D`Argens; Johann Georg Watcher; Henri de Boulinvilliers; Bernard Mandeville. Todos ellos nos enseñan que vale muy poco la coexistencia de una intelectualidad libre y de un funcionariado satisfecho ante un pueblo substraido. Puesto que la democracia y la igualdad no son valores para la legitimación de un orden, sino criterios inmanentes a la praxis colectiva que hoy debe fortalecerse en la superación de los años del terror, recuperando aquel saber radical según el cual la sociedad es prolongación y no ruptura y olvido respecto de la igualdad natural que de Spinoza a Rousseau fundamentan la acción colectiva.

Durante el siglo XVIII, comenta Israel, la percepción general es que el spinozismo es la absoluta antítesis del cristianismo, y la autoridad política evidencia una tensión semejante en el mundo intelectual a la que se generó durante buena parte del siglo XX con los seguidores de Marx.

Para entonces, el cartesianismo francés (Descartes, Malebranche) se encuentra en franco retiro de la guerra internacional de las ideas, dejando el tablero estratégico ocupado por cuatro grandes posiciones: el aristotelismo-escolástico, ya en declive; las dos grandes corrientes de la ilustración moderada: el empirismo inglés de Boyle, Newton y Locke, y el racionalismo-cristiano alemán de Leibniz-Wolff; y la ilustración radical, fundamentalmente spinoziana.

El más perturbador de los ataques de Spinoza a la autoridad fue su crítica a la Biblia. Así lo relata el gran teólogo de su tiempo, el suizo Johan Heinrich Heidegger (1633-1698): “Nadie atacó los fundamentos de todo el Pentateuco más desvergonzadamente que Spinoza”, y reclama un esfuerzo proporcional para refutarlo.

Entre los intentos más ingeniosos de la ilustración moderada por aislar a su ala radical y pactar con las cabezas más abiertas el mundo teológico-político se encuentra el “argumento del diseño”, según el cual la mera disposición del hombre a contemplar la naturaleza revela y demuestra la armonía y perfección del mundo y de la creación, y que este ejercicio elemental nos acerca a la redención, esto es, a utilizar los ojos para ver, los oídos para oír, y los demás órganos naturales para similares propósitos demostrables. El argumento del diseño asocia la redención a la finalidad, y propone una negociación aceptable para no pocos científicos y filósofos de la época.

Israel refuta, también, las ideas de la tradición inglesa según la cual es Thomas Hobbes quien inspira el teísmo filosófico británico. Según sus fuentes, también en Gran Bretaña es Spinoza y el spinozismo quien funda, por su radicalismo democrático, el ala radical de la ilustración.

El spinozismo fue considerado en toda Europa como el más articulado y radical ataque a las autoridades bíblicas y políticas de la cristiandad. La contrafigura genial de Leibniz lo certifica, con su proyecto de una filosofía compatible con la unificación de la cristiandad.

Es notable, y este es otro mérito de la obra de Israel, la influencia de Spinoza sobre una pluralidad muy grande de movimientos ilustrados, democráticos y radicales de toda Europa. Surge así otro Spinoza, moldeado en la crítica del cristianismo como modelo de toda “crítica” (al decir del joven Marx[[7]]), incluso –de eso se trata– del capitalismo contemporáneo.

La cuestión de la potencia de una filosofía materialista y subversiva de la inmanencia depende, también en nuestra actualidad, de la capacidad de recobrar el vigor de la crítica forjada como crítica de la teológica. Pues incluso hoy, las viejas metafísicas dualistas que animaron al cristianismo lo siguen haciendo con su contenido espiritual secularizado en las instituciones de nuestras sociedades.

Israel goza repasando la lista de inútiles refutadores que durante siglos intentaron neutralizar –a partir de la denuncia del texto– al spinozismo. Antiguos refutadores (y actuales entusiastas) comparten la misma fe en la filosofía de Spinoza como asunto de pura letra y palabra. Tal énfasis en la explicación erudita[[8]] bien puede descuidar un orden intensivo y menos textualista[[9]] de Spinoza. Un orden capaz, tal vez, de otorgar a su filosofía una actualidad política exquisita (¡Anticristo en tiempos de Francisco!).

El texto de Israel es, además, una valiosa prueba –por si aun faltase evidencia– del valor del registro de lo escrito en el pasado. Del papel de archivo (“archivo” también en un sentido foucaultiano[[10]]) sobre el cual revivimos el riesgo de la escritura clandestina y la productividad de enunciados radicales que socavan la época.

Igualmente iluminador es la reconstrucción de la circulación de los libros y manuscritos clandestino, “raros, costosos e ilegales” escritos por estos eruditos  decididos a cuestionar la autoridad por medio de la filosofía sin esperar, de estos esfuerzos, ninguna recompensa económica o de posición institucional.

La extraordinaria narración de Israel termina en la revolución. En la Francesa. La filosofía radical se encuentra por detrás, como tejido laico, asumiendo una eficacia mundana que las academias suelen rechazar, por pudor y por temor. Por una vez, la filosofía política asume una perspectiva completamente atea del Estado, en la que el poder de los gobernantes no descansa (y no debe hacerlo) sobre algún tipo de separación del grupo dirigente (jacobinismo)[[11]] respecto de su fundamento material; ya que no hay lugar para el “buen dirigente” con independencia de las vicisitudes de la constitución colectiva de deseos y necesidades. El príncipe colectivo deviene multitud en el ámbito de la economía, cuando la reproducción material deja de actuar como esfera “baja”, objeto de condenas morales o de técnicas puramente gubernamentales.

 

[[1]] Editado por Fondo de Cultura Económica, México, 2012.

[[2]] Israel se refiere a la “alta ilustración” (que llegaría hasta 1750) diferente a la de Voltaire y sus amigos que se habrían dedicado más a sistematizar que a agregar ideas, según el parecer del autor. La importancia política de esta lectura, que retoma la centralidad del spinozismo en el proceso de secularización, concierne también a las posiciones de cierta izquierda argentina que discute sobre la ilustración en términos de un mínimo de pedagogía de masas en el combate de las supersticiones del mundo popular. La derrota del marxismo nos haría “volver a Voltaire”. Al contrario, con Israel es Voltaire quien viene siempre “después” a sistematizar y publicitar lo que la batalla internacional de las ideas ha producido, y la lucha igualitarista y libertaria no admite ser regulada por “etapas”.

[[3]] No-europeo de ningún modo puede significar antieuropeo. El “no” (de no-europeo) no supone rechazo a Occidente, sino desplazamiento, apertura de un nuevo espacio desde el cual apropiarse productivamente de parte de la tradición a partir de nuevos (nuestros) problemas.

 

[[4]] A lo largo de su obra, Rozitchner se ha preocupado de diversas maneras por reunir, en su formulación crítica, la distribución de la tierra y el tratamiento del cuerpo pulsional. En el nivel filosófico, esta crítica supone cuestionar el cierre del concepto y del lenguaje teórico  sobre sí mismo, en un discurso abstracto, y su reapertura al fondo sensible y poético que lo sostiene. Rozitchner consideraba que las oscuridades del lenguaje de la obra de Spinoza, así como su apariencia racionalista, se debía precisamente a la ausencia de una tierra no cristiana en la que una ilustración judía (que abarcaría también a Marx) hubiese podido asentarse con una lengua propia mejor desarrollada. La propia posición política de Rozitchner frente al peronismo en la Argentina debe ser interpretada a la luz de esta discusión teórica de largo aliento. Lo que Rozitchner busca, a lo largo de toda su obra, es refundar un materialismo histórico alejado del cientificismo y del teoricismo. Recientemente, Oscar Ariel Cabezas se ocupó de este aspecto de la obra de Rozitchner, en su libro Postsoberanía: literatura, política y trabajo (Ediciones La Cebra, Buenos Aires, 2013). El autor de este estudio expone con agudeza la crítica “materialista” de Rozitchner al capital global -postsoberano- que destrata a la materia viva, aún si queda por elucidar el carácter ensoñado como índice de verdad (y de potencia) de las subjetividades resistentes. Rozitchner concreta con máxima claridad y belleza su formulación en su última obra: “Ensoñación sería la ‘materia’ del ensueño anterior al sueño, el cuerpo afectivo que emana del cuerpo y que hace que cada relación vivida con alguien o algo pueda aparecer como sentida y calificada en su ser presencia como teniendo un sentido” (León Rozitchner, Materialismo ensoñado, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2011).

 

[[5]] Para una rica y minuciosa fenomenología del poder de los emplazamientos tecnológicos en nuestras vidas cotidianas ver: Christian Ferrer, El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo; Ediciones Godot, Buenos Aires, 2012. También la obra de Franco “Bifo” Berardi, que ofrece un enfoque directamente político de la cuestión.

[[6]] Nociones provenientes de la obra de Gilbert Simondon -particularmente en La individuación (Ediciones Cactus y La Cebra, Buenos Aires, 2009)- tales como trans-individualidad o equilibrio meta-estable aplicadas a la lectura de Ética iluminan aún más el potencial no-liberal de la ontología relacional en Spinoza.  Así lo comprendió y desarrolló Étienne Balibar en su artículo “Spinoza. De la individualidad, a la transindividualidad”, una jugosa conferencia que dio el filósofo en Rijnsburg, Holanda, en 1993 y que, luego de ser revisada, se publicó en castellano en el Nro. 25 de la revista Confines, de noviembre de 2009, y de modo independiente por la Editorial Brujas, en la ciudad de Córdoba, el mismo año.

 

[7] La recurrencia Spinoza-Marx/spinozismo-marxismo en Israel es explícita, aunque no desarrollada, y descansa en el hecho de que ambos fueron vistos por los poderes europeos como la “más absoluta antítesis y el primordial adversario del cristianismo y la autoridad”. Existe una pluralidad de fuentes para desarrollar los vínculos entre Spinoza y Marx. Los biógrafos de este último se han encargado de señalar la importancia del encuentro del joven Marx con la obra de Spinoza en 1841, cuando se entregó a la lectura del Tratado Teológico Político (Maximilien Ruble, Karl Marx. Ensayo de biografìa intelectual, Paidós, Buenos Aires, 1970). Esas lecturas quedaron registradas en un cuaderno de notas que se acaban de editar en castellano (Carlos Marx, Cuaderno Spinoza, edición a cargo de Nicolás González Varela, por la editorial española Montesinos). La influencia directa de Spinoza sobre Marx es objeto de una abundante investigación en el terreno de la filosofía política contemporánea. Miguel Abensour resume la cuestión de este modo: “De Spinoza, Marx retiene pues no solamente la tesis central del Tractatus Theologico Politicus favorable a la libertad de filosofar, sino la idea de que, para fundar la Res Publica, conviene destruir el nexus teológico-político, ese mixto impuro de fe, creencia y discurso que invita a la sumisión, esa alianza particular de lo teológico y lo político (tal el estado cristiano contemporáneo de Marx) en la que, por la invocación de la autoridad divina, lo teológico invade la ciudad, reduce a la comunidad política a la esclavitud y, peor aún, desequilibra totalmente su ordenamiento superponiendo a su lógica propia una lógica dependiente de otro orden” (Miguel Abensour, La democracia contra el Estado, Colihue, Buenos Aires, 1988). No resulta exagerado afirmar que la idea de una “crítica radical” en Marx se encuentra inspirada en gran medida en la crítica radical de Spinoza a la teología. Fue Gilles Deleuze quien con mayor claridad ha señalado que en la crítica spinozista de la  teología se elabora el modelo más coherente de toda trascendencia (incluida la específica trascendencia inmanentizada del capital).

[8] En efecto, la obra de Henri Meschonnic ofrece una reflexión sobre políticas de la lectura y de la interpretación y traducción de textos, fundada en una teoría lingüística del “ritmo” contrapuesta a la hegemonía del “signo”, cuyo ámbito es, de modo inherente, teológico político. Meschonnic se apoya en particular en la obra de Spinoza para elaborar su crítica al tratamiento de los textos de acuerdo con las modernas teorías linguísticas y de la lectura. A partir de la célebre fórmula “no se sabe nunca lo que puede un cuerpo”, para Meschonnic no se trata de explicar a Spinoza, sino de practicar un spinozismo vivo caracterizado por el continuo (concatenatio) entre cuerpo y palabra (¿Qué puede un cuerpo en el lenguaje?). Una nueva versión de la crítica materialista se esboza en el espacio del lenguaje y de la escritura, destacando el ritmo como momento de singularización subjetiva por sobre la tiranía del signo de las semióticas, demasiado significante, secretamente teológico (La poética como crítica del sentido, Mármol Izquierdo Editores, Buenos Aires, 2007).

 

[[9]] En su análisis de la relación de Goethe con Spinoza, Fritz Mauthner se refiere a la Ética de Spinoza como “mi antiguo asilo”; a ella recurre quien descubre que todo es vanidad, y pasa por inhumano, ateo y ajeno al mundo intentando pensar lo eterno. Aclara de inmediato que él no hubiese “firmado sus escritos” porque Goethe había descubierto que “nadie comprende al otro”, que “nadie piensa lo mismo cuando se pronuncian las mismas palabras”. La confianza de Goethe en la obra de Spinoza “reposaba sobre la calma que había producido” en su vida. El régimen de intensidad sobre el del puro entendimiento lógico textual. Las citas de Goethe pertenecen a  Fritz Mauthner, autor de Spinoza, bosquejo de una vida (Encuentro Grupo Editor, Córdoba, 2011).

[[10]] El archivo audiovisual como objeto de una filosofía que se esmera en considerar la ontología como una sucesión de a priori históricos, tal y como lo explica Gilles Deleuze en su recientemente publicado curso sobre Foucault, El saber. Curso sobre Foucault (Cactus, Buenos Aires, 2013).

[[11]] La historia que vincula a Spinoza con la Revolución requiere –así lo ha pensado Remo Bodei en su clásico Geometría de las pasiones. Miedo, esperanza, felicidad: filosofía y uso político (Fondo de Cultura Económica, México, 1997)- de algunas precisiones: “Spinoza no pide en absoluto a los individuos sacrificarse a sí mismos y a sus pasiones, ni en nombre del Estado, ni en nombre de Dios. Él es el defensor de la utilitas, de la tendencia a la auto-conservación previsora y no miope, que se robustece en alegría, sociabilidad y “amor intelectual” de Dios”; “El esfuerzo de los jacobinos ha sido el de cambiar el problema de la voluntad y de las pasiones de la esfera privada e individual a la pública y colectiva”; “La revolución pretende crear el ‘hombre nuevo’ no tanto a través del control endógeno o exógeno sobre las pasiones, cuando a través de la eliminación de los obstáculos y de los condicionamientos que provocan las desigualdades socialmente nocivas, la impotencia o la prepotencia en el obrar, las ilusiones y los conflictos”; “Spinoza y los jacobinos se hallan, respectivamente, en el origen y los finales de la crítica al Estado absolutista, pero están en las antípodas de la valoración del moi soleil, tanto como sujeto de soberanía, cuando como individuo o ciudadano moralmente responsable”. En definitiva, el problema revolucionario es asumido de maneras diferentes por spinozistas y jacobinos (de un modo que conserva toda la actualidad para nuestra propia coyuntura): “La respuesta spinosista consiste en decir que hasta que un individuo o grupo acumule en sí tanto poder que se imponga a los demás, todo escándalo por tales sacrificios será vano. El único remedio a semejante situación consiste en aliarse los ciudadanos para alcanzar juntos el poder común tal que impida toda excesiva desproporción de sus componentes”; al contrario, “los jacobinos –aun cuando implícitamente habrían aceptado esta solución– siguen, de hecho, en su breve experimento, un camino diametralmente opuesto. En vez de eliminar el miedo y la esperanza del horizonte individual y colectivo, los consolidan; en vez de transformar las pasiones las dividen (combatiendo aquellas frías y tranquilas, ligadas al “egoísmo” y a la indiferencia, y exaltando aquellas calientes, tórridas o “gélidas” ligadas a la amistad, a la fraternidad, al amor por la patria y la humanidad o bien al odio y al terror); en vez de practicar, spinozianamente, una “meditación de la vida”, retornan a una “meditación con la muerte”, reproduciendo, en trágicas circunstancias, el nexo clásico muerte-razón”; resulta que “con el modelo jacobino, la sabiduría filosófica se funde con las pasiones, se vuelve ideología, en cuanto unión de razones y pasiones, de filosofía y sentido común, de jefes políticos y masas. En el intento por influir sobre la naciente opinión pública, la distinción entre verdad y opinión, entre razón y deseo, se adelgaza hasta casi desaparecer. De la figura del sabio se pasa a aquella que quisiera definir del homo ideologicus moderno, el cual utiliza o cree utilizar las pasiones en última instancia  en beneficio de la razón, orientando –según “mitos racionales”, amasados con ilusiones conscientes y esperanzas fabricadas en serie– aquel mismo pueblo que antes había sido guiado a través de “mitos pasionales”. En cambio, “El sapiente spinosiano (que había rechazado el miedo y la esperanza) se transforma ahora en político-agitador-filósofo, en “intelectual” que opera por medio de ellos sobre la razón y sobre la sociedad, con el fin, sin embargo, de extender a todo el cuerpo social aquella libertad y aquella felicidad que Spinoza asignaba al sapiens”; “Spinoza y los jacobinos están además, en el origen de dos opuestas perspectivas de la democracia. EL filósofo holandés basa su reconocimiento del derecho de los individuos a la autodeterminación política sobre el poder efectivo que viene, cada vez, colegialmente conseguido por el cuerpo político; los revolucionarios franceses, sobre principios universales de emancipación humana, que establecen un programa y una dirección en marcha para practicarse en tiempo largos y difíciles y que presuponen un molde rígido o una adecuación del individuo a la “voluntad general”; “Rechazando toda propensión al ascetismo y a la renuncia de sí mismos, Spinoza indica el camino para una democracia no exclusivamente ‘formal’, para una individualidad que no deduzca sus derechos sólo de principios o de leyes universales (que aunque indispensables, pueden entrar en conflicto entre sí), sino del grado de la propia ‘potencia de existir’ lograda en relación y en alianza política con los propios semejantes”.

Vitalismo “turbio” o los movimientos aberrantes en Gilles Deleuze // Diego Sztulwark

Solo el náufrago devuelve a la isla su desierto, para hacer de ella nuevamente una tierra sin hombres.

  1. Devolver a los sonidos y a las imágenes su capacidad de lucha contra los poderes. Redescubrir las potencias de la tierra y sus poblaciones contra el paradigma securitista de despoblamiento. Tomar la palabra para hablar solo por aquello que permanece imperceptible, minoritario, contra aquellos que representan a los otros o hablan de sí mismos. Orientar el pensamiento hacia el sin fondo que se eleva junto con los trozos de ser –simulacros, fallas, partículas– que pueblan, irregulares, las superficies, contra los que pretenden un fundamento (o bien celebran el desfundamento como tal). Dotar de consistencia toda esa inestable heterogeneidad: ni caos ni orden, caósmosis. Tal el programa deleuziano de una anarquía coronada que David Lapoujade reconstruye minuciosamente (en colaboración con Felix Guattari), con elegancia y sin estridencias, en el libro Deleuze, los movimientos aberrantes.[1]

¿Por qué el autor –compilador de dos libros fundamentales de Deleuze: La isla desierta y Dos regímenes de locos– ha creído necesario o simplemente útil volver sobre el archiconocido arsenal de “acontecimientos”, “devenires nómades”, “cuerpos sin órganos”, “planos de inmanencia” y “rizomas”, tan celebrados como inofensivos, que sobreabundan desde hace años en la retórica de medios alternativos, militancias y universidades? ¿Y qué sentido de la oportunidad hay en la reedición de un discurso que pareciera ser parte de la promesa incumplida de la filosofía y la política radical a las rebeldías que animaron a buena parte de la  región sudamericana?

Lo primero que habría que decir es que el Deleuze de Lapoujade es sorprendente. Un abogado, un pensador del derecho volcado sobre cuestiones de jurisprudencia, preocupado por fundar los principios de legitimidad de lo que existe. Un lógico, un maestro de la razón suficiente capaz de dar cuenta de la génesis y el despliegue de todo aquello que escapa a las estructuras y formas acabadas, dedicado a la formalización en los más diversos campos: una lógica del sentido, otra de las sensaciones, otra más para el deseo y una para las multiplicidades. Y finalmente un agrimensor, un filósofo de la tierra y las poblaciones, cuya política pasa por el desierto y las ciudades, lo nómade y lo sedentario, lo molar y lo molecular, lo liso y lo estriado. En Deleuze y en Guattari, pensar y desterritorializar constituyen un mismo movimiento.

Un libro así vale por sus pretensiones. Pero quizás lo que en verdad importa sea el valor de uso que pueda tener para quienes necesitamos sobreponernos del agotamiento de un dispositivo de lectura apoyado en un ciclo de luchas –el de los llamados “movimientos sociales”– que pide ser recompuesto por entero. La filosofía puede animarnos a atravesar una cierta decepción –fracasar más, de otro modo– y proveernos de una sabia suspicacia para abrirse paso entre el orden y el nihilismo pasivo en el que arraiga. Tal el valor de estos movimientos aberrantes: nos hacen entrar en contacto con una nueva fuente del derecho de existir.

  1. Desarmar y recomponer dispositivos colectivos de lectura es un arte directamente político. No porque refiera a los avatares del Estado, sino porque conduce a la génesis de las fuerzas, a la naturaleza misma de lo político como mixto de potencia y legitimidad que afecta todo lo que existe. Los movimientos aberrantes remiten al problema de los pueblos, clases, sexos y formas de vida que permanecen imperceptibles, desconsiderados bajo el imperio del derecho tal y como resulta deducido de la axiomática del capitalismo mundial integrado.

El capitalismo, tomado como máquina global que funciona concretamente a partir de axiomas (que se adjuntan o substraen), oscila entre dos polos: uno flexible y socialdemócrata –o populista–, reconocible por la formación de un mercado interno y por su mejor recepción de las demandas y luchas populares; y otro más rígido y totalitario, que hace depender el funcionamiento social de unos pocos axiomas orientados al mercado exterior y al poder del Banco Central de controlar la inflación. Situar lo político como práctica que hace causa común con todo aquello que no se adecúa al sistema de legitimidades deducidos de la axiomática capitalista (el modo de distribución de la tierra y de las ideas, de los signos y de los cuerpos, del tiempo y de la información) nos introduce en una política –una lógica y una reivindicación– propiamente aberrante.

Esta cuestión afecta de lleno el pensamiento, tomado por las mismas existencias menores, el mismo abismo a-lógico del que emergen cada una de las pretensiones territoriales, catastrales y mentales. El pensamiento en Deleuze, anuncia Lapoujade, se efectúa entonces como un combate que se libra en al menos tres líneas. La primera de ellas se desarrolla en los frentes activos: materialismo vs. idealismo, empirismo vs. racionalismo, spinozismo vs. cartesianismo, etc.; y luego, en alianza con Guattari: esquizoanálisis contra el psicoanálisis, en defensa de un inconsciente fábrica. Se trata de una toma de partido que delimita un campo enemigo y uno de aliados. La segunda es completamente diferente. Ya no se trata del pensamiento tomando partido en un enfrentamiento, sino del modo singular en que se distribuyen las ideas en el propio pensamiento: es el combate que se traba con lo impensado del propio pensamiento, la sensibilidad con que se perciben ciertos problemas, el modo de desplazamiento de esos problemas. En este segundo nivel, más solitario quizás al inicio, pensar es comprender estos desplazamientos, descubrir las coordenadas de un movimiento del que se es paciente más que agente, sin disponer de soluciones preexistentes, y acompañado  por unos aliados que deben ser creados gradualmente. A diferencia de las tomas de partido que establecen posiciones relativamente fijas, este nivel de la lucha nos hace ocupar posiciones nuevas. Se ve con claridad que los combates del pensamiento son en realidad un asunto que concierne a la vida como tal. Esto se torna muy evidente en un tercer nivel, el más peligroso y el más característico de los movimientos aberrantes: en tanto que fenómenos de desborde, estas existencias anómalas o problemáticas traspasan los límites y arrojan el pensamiento hacia una línea de abolición, por la vía de una experimentación/despersonalización en la que la propia vida resulta amenazada. Vitalismo “turbio” de Deleuze –según Lapoujade–, en el que los movimientos aberrantes atañen de modo directo al fluir de la existencia sin eludir la cuestión central de la crueldad y la muerte.

La relación entre vida y muerte está captada en la fórmula con la que Deleuze explica a Foucault: “Un vitalismo sobre fondo de un mortalismo”. También en Nietzsche: la versión del eterno retorno deleuziana, dice Lapoujade, consiste en un doble movimiento mediante el cual la forma personal –con su arraigo territorial– debe morir (lo “mismo” es lo que no retorna) para que las potencias puedan afirmarse libres (nueva vida) como diferencia. Cambio de piel o renacimiento, o Acontecimiento. Se produce entonces una redistribución de las potencias –afectos, gustos, percepciones– sin respetar en lo más mínimo las consistencias o coherencias del pensador (crueldad mortecina de la vida sobre el viviente). Salvador Benesdra nos dice en su novela El traductor:[2] “Lo que quería era acabar con mi vida. Es decir, conmigo, con la vida que llevaba hasta entonces, con mi persona, con mi identidad. Con las cosas en las que había creído, con los gustos que había tenido. Para que cuand o todo acabara de derrumbarse volviera a aparecer esa última compañía infaltable que solo se avergonzaba de mis propias vergüenzas, que solo despreciaba mi propio desprecio de mí mismo, que solo me culpaba por mis sentimientos de culpabilidad, que solo aplaudía como cumbre de todos mis aciertos esa hazaña puramente casual de no haberme pegado un tiro. Quería empezar de veras de cero, aún con toda la arbitrariedad que había en poner en esa cifra el marcador cuando ya había recorrido 37 hitos del camino y me faltaban tan pocos para el final”.

El papel de lo negativo es el de lo insoportable, la incapacidad de tolerar la potencia vital con los cuerpos organizados y los pensamientos ya formados, el presentimiento de que para encontrar la vida hay que atravesar desorganizaciones, muertes. No se trata de la muerte empírica y orgánica –la que “viene de afuera”–, sino de una muerte de las formas personales, un “ya no” destructivo que señala la afirmación de una nueva vitalidad, “vida inorgánica” indiferente a los cuerpos que atraviesa y a los que arrastra y que, siguiendo a Salvador Benesdra, se confunde con el suicidio. Pero solamente se confunde, porque de derecho se trata de un combate múltiple –contra las tesis enemigas, contra nuestras propias formas, contra la deriva suicida de la pasión de abolición–, grito y guerra, fuerza crítica demoledora contra un régimen de muerte, una voluntad de control y de seguridad, un esclavismo maquínico y un despoblamiento de la tierra específicamente capitalista.

  1. ¿Es el pensamiento de Deleuze más oscuro de lo que muchos creíamos? Es preciso que así sea para que nos siga acompañando en una coyuntura más reaccionaria en la que ya no funciona la identificación rápida entre movimientos sociales y ser del devenir. Una buena parte de las luchas del ciclo autónomo que precedió al 2001 comprometió sus esfuerzos posteriores en el terreno de la adjunción de nuevos axiomas (“derechos”). Axiomas que hoy hay que defender ante el vuelco totalitario del Estado. ¿Cómo se lee la filosofía de Deleuze, filosofía orientada a trazar mapas y conectar con lo imperceptible, tan repulsiva de la forma humana –los cuerpos “organizados”, desechos de Edipo, y subjetivados bajo la interioridad propia del Aparato de Estado–, que solo le canta al “pueblo por venir” y a la “tierra que falta”? La noción de movimientos aberrantes permite recorrer el camino imposible, realizar las torsiones necesarias para conjugar una estrategia popular defensiva –defensa de axiomas, de derechos– junto a una ruptura del horizonte de posibles derivados de la máquina axiomática. Del movimiento social a los movimientos aberrantes se produce esta mutación conceptual: la emergencia de nuevos enunciados y visibilidades permite acentuar el carácter de ruptura y disidencia de las luchas defensivas respecto del régimen de sujeción. La “aberrancia” es una noción límite, puesto que nos hace pasar del mundo dado (mundo reconocible de los sujetos y las formas) al de los desvíos (en el cual se hacen perceptibles las potencias y las conexiones moleculares). Se trata de una noción fuertemente política –no es un concepto moral–, un modo de ser extraño a aquellos que se derivan –que extraen su legitimidad– del derecho provisto por los axiomas del capital. Ni neoliberalismo ni socialdemocracia –aunque no den igual–, ni mundo de las formas ni disolución en el caos –que no son lo mismo– sino un “entre” que no surge de la polémica entre los polos sino de seguir la línea sinuosa, un “ni…ni…” capaz de elaborar los “protocolos” de deserción de la forma humana, la ley soberana y el límite descendido de los cielos. Lapoujade comenta estos procedimientos perversos –invertir, plegar, crear simulacros, trazar dobles liberados de sus límites, contra-efectuar– y los compara con los esquizos –huir, fugar, vaciar, tender al límite– que aniquilan los posibles-dados en la medida en que ya no se soportan, parar abrir nuevas combinaciones (“¡un posible, o me ahogo!”). Perversos y Esquizos son los héroes de Lógica del sentido, los creadores de sinsentido –nuevos posibles– en las zonas paradójicas o ciegas del ser, inoculadores de anarquismo en medio de las individuaciones modelizadas emanadas de la axiomática capitalista.

La filosofía de Deleuze no es un optimismo (más bien pesimismo con lo humano), ni un pesimismo (más bien un asombro por “lo que el cuerpo puede”, a pesar de todo). Ni una cosa ni la otra, sino línea spinozista que pasa entre las formas haciendo causa común con todo aquello que es capaz de remontar el pensamiento para plantear nuevos problemas (fascinación de Deleuze por los grandes creadores). Quizás el libro de Lapoujade quiere decirnos una única cosa: en Deleuze no se da un Todo Abierto (un Interior en conquista de su Exterior, ni una “filosofía de lo Uno” como cree Badiou), sino un Todo Afuera, en el que solo hay Todo coincidiendo con el Afuera (sentido de la fórmula deleuziana de univocidad del ser). Los movimientos aberrantes dramatizan esta presencia del Afuera “en” el Todo, la acción de “entre” (o “ni, ni”) y los fenómenos de deformación y subversión asociados a su nueva comprensión de la noción de “límite”.

Esta dialéctica Todo Afuera trae aparejada, además, una nueva percepción del espacio del pensamiento: sustituye la imagen evolutiva por la de las coexistencias, en las que realidades diferentes (como por ejemplo Aparatos de Estado y Máquinas de Guerra) se afirman al mismo tiempo. El Afuera ya no es un mero exterior, sino aquello inconcebible, heterogéneo e informe que, sin embargo, participa de la existencia, incluso en lo más próximo o íntimo. Es lo impensado que el pensamiento no sabe pensar, y al mismo tiempo aquello que solo puede ser pensado bajo su influjo o provocación. Aquello que solo puede ser pensado cuando el pensamiento es llevado hacia sus límites (y lo mismo cabe decir de la sensibilidad:  es el “afuera” o lo insensible que la sensibilidad no sabe captar, y que solo puede ser sentido cuando una violencia la fuerza a llegar a su propio límite). El pensamiento por lo tanto viene de afuera. No es mero funcionamiento de una facultad. Es el producto de una violencia e implica siempre un trastorno, el atravesamiento de una zona de impotencias. François Zourabichvili[3] describe bellamente las figuras que adopta el pensamiento empantanado en esa impotencia: el Idiota no sabe, no puede hacer lo que todos saben (Proust, Kafka o Piglia declaran que no pueden escribir, mientras todos escriben); el Celoso se ha enterado, gracias a signos aleatorios que lo han perturbado, de una presencia inquietante, un problema o una idea, y se obsesiona con ellos. En otras palabras, las potencias se engendran sobre un fondo de impotencias, así como las ideas o las sensaciones se forman a partir de un fondo a-lógico y una materia intensiva. De allí la acertada aclaración de Lapoujade: cuando Deleuze escribe “lógica” hay que comprender “génesis”. Aclaración que tal vez se pueda extender del siguiente modo: cuando aparezca la palabra “potencia” habrá que ser capaz de leer “síntesis disyuntiva inclusiva”, es decir, aparición de ese Todo Afuera, capacidad de conectar lo heterogéneo, “encuentro” como instauración de relación entre cuerpos o términos que hasta el momento no lo tenían. Es la lógica del acontecimiento.

  1. Si interesa este vitalismo “turbio” es porque el vitalismo limpio no ha dejado de caracterizar al discurso del amo, prefiguración neoliberal, performatividad del capital: “crear mundos”, “superar límites”, “vivir auténticamente” son consignas emanadas de una razón mercantil exacerbada cuyo único propósito es hacer de la existencia un continuo de consumo, un consumo no de tal o cual producto, sino de vida como tal. Lo turbio caracteriza una potencia defectuosa, una vida inadecuada al régimen de visibilidad deducido de la axiomática capitalista. Una potencia que se engendra sobre un fondo de impotencias, una vida afectada de improductividad por la fragilidad, la enfermedad y la muerte. La potencia, tal y como la concibe el capital, es la idealización que desde este se hace del trabajo vivo como esclavitud motivada. La potencia de un vitalismo turbio, en cambio, existe en su reverso como crisis de esa idealización, como autonomización de la actividad humana respecto de todo modelo. Un vitalismo turbio se engendra en las zonas de inactividad capitalista. El desarrollo del capitalismo depende de un ejercicio continuo de superación-desplazamiento de sus propios límites (como lo explicaba Marx con su ley sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia), que consiste en la destrucción de parte del capital y en la creación de nuevas zonas de negocios –una axiomática global, engendrada a nivel del mercado mundial y efectuada en cada uno de los Estados nacionales–. Entre destrucción –descodificación– y creación –nuevas codificaciones–, a la axiomática del capital se le escapan flujos de existencia: unas vidas, unas poblaciones, unas tierras que se valorizan por sí mismas. Los movimientos aberrantes nombran aquellas existencias no deducibles del capital. Su misma existencia plantea entonces un conflicto en el nivel del derecho. ¿A qué derecho pueden aspirar estas existencias “menores” que no son reconocidas en el juego de la axiomática capitalista?[4] Desprovistos de un reconocimiento por parte del sistema de legitimidades fundado en la axiomática (derechos); imperceptibles dentro del rango de percepción que a partir de la axiomática se modula, el espacio formado por los flujos descodificados se puebla de enunciados indecidibles (potencialmente revolucionarios), un desvío sucio –simulacros, dobles perversos, realidades truchas– con respecto a la potencia pura como semblante del dinero.

Atravesando todo tipo de crisis, la lógica del capital aparenta una inconmovible fuerza evolutiva, colonización de un adentro –en el que el trabajo es determinado por cierta relación con el dinero– y un afuera siempre por conquistar –nuevas oportunidades y desafíos–. Una interioridad que los Estados organizan con los restos siempre reconstituidos de un poder soberano –estriamiento del espacio, puesta en resonancia de sus términos– y un exterior que amenaza como destrucción. A este par interior/exterior le corresponde una temporalidad como crisis/innovación, alternativa dramática de la axiomática global (derecho convencional).

Si algo distingue a la axiomática del capital de las existencias menores es la diferencia con relación al límite. Mientras el ensamble capital-Estado organiza un interior regular contra un exterior salvaje, desplazando una y otra vez sus fronteras, los movimientos aberrantes o existencias menores derivan el límite de su propia potencia (llevan lo que pueden al límite); su relación con el límite es de tipo membrana o filtro, es decir, de relación selectiva/creativa con su afuera, con el que no dejan de comerciar bajo todas las formas imaginables. Instauran relaciones fantásticas allí donde no hay relación entre términos, relaciones imperceptibles –pura audición, o visión–, expresiones de un sin fondo, de un Afuera Todo, esbozos de un nuevo derecho.

En otras palabras, la jurisprudencia como fuente del derecho –la expresión de conflictos del y en el propio derecho– revela la presencia de reivindicaciones y luchas que implican nuevas relaciones con la tierra, el cuerpo y el lenguaje. Nuevas poblaciones –no importa cuán minoritarias ni cuan antiguas– que Deleuze piensa como “devenires”, es decir, como mutación, descentramiento de la forma humana, creación de posibles. Esto es así en Diferencia y repetición, donde la diferencia se diferencia de sí misma a partir de una serie de repeticiones excéntricas; pero también en Mil Mesetas, donde las multiplicidades y sus “máquinas abstractas” tienen siempre una cara (o “punta”) desterritorializante, desestratificante. Dos modos de concebir la totalidad. La primera, soberana, que solo se abre para desplazar sus límites con el afuera. La segunda –la “máquina de guerra”, el esquizoanálisis– que actúa instaurando membranas, alisando el espacio, conectando con el afuera. Todo Abierto –apertura relativa– o Todo Afuera –apertura absoluta–. A cada uno de estos modos le corresponde una forma de desterritorialización: la relativa, propia del capitalismo (descodificación y desterritorialización de flujos de riqueza y de actividad humana, conjunción axiomatizada sobre la base de las conexiones del cuerpo social dominado por el dinero, del impulso del dinero-capital por ampliar sus límites), versus la otra, la absoluta (o “nueva tierra”, o “pueblo por venir”; libre conexión entre flujos que huyen de la axiomática del capital).

  1. Lo “turbio” en Deleuze no es un detalle menor, sino lo que puede permitirnos una reformulación del dispositivo crítico de lectura. Lo turbio se impone a la vida en la medida en que ella está afectada desde el inicio por una muerte. La vida “turbia” indica la presencia de la muerte, de la impotencia en la potencia, del sin fondo sobre la superficie. Como lo ha indicado Franco “Bifo” Berardi en varios de sus textos, el capital –de modo privilegiado en su versión norteamericana– es puritano y lee todo barroquismo o pliegue de lo real como distorsión y señal de fracaso tanto social como psíquico. El semio-capital depende de su capacidad de codificar las diferencias, extirpando cada una de las impurezas que obstaculicen la perfecta compatibilidad entre signos. En el mundo “peludo” del espesor de la materia, de las existencias corpóreas, los signos son a descifrar y requieren, por lo tanto, una aptitud sensible o sensual para la comprensión de lo no dicho, puesto que ni los signos ni la relación entre ellos han sido previamente programados. La “muerte” deleuziana (esa muerte no-empírica, que no hay que confundir con la que viene de afuera aunque a veces coincidan) es la distancia o el más allá respecto de este espacio-tiempo preformado o modélico, la percepción íntima de un Afuera heterogéneo, la exploración de relaciones inéditas, la comunicación contra natura entre singularidades propias y ajenas (devenires), la soledad, poblada o desértica, como inmanencia absoluta, plano de partículas-luz de las que se deducen los cuerpos como pura potencia. Ya es difícil entender que en Deleuze ser “de izquierda” sea adoptar las disposiciones necesarias para “querer el acontecimiento”. ¿Hay que agregarle a la fórmula una dificultad extra? Parece que sí, que “ser de izquierda” también puede decirse en el sentido de “querer lo turbio” o “querer la muerte” (en un sentido similar al que se suele atribuir a la idea de “muerte del hombre” en Nietzsche). La distinción entre ambas muertes es entonces fundamental: la muerte que se invoca en la filosofía de Deleuze es el punto exacto en el que el morir es destituido, momento de la “transmutación” donde la muerte es sustituida por una nueva figura vital.

De allí la sensación de falsedad que provocan las izquierdas cuando compiten por la pureza de la vida alternativa o de la potencia auténtica, con consignas que apelan al consentimiento de la voluntad (como “podemos” o “se puede”), que a la larga se adecúan mejor al discurso del tipo coaching. Las existencias “menores” –modos de vivir, de pensar– expresan el punto de vista de aquellos flujos de riqueza y de actividad humana no perceptibles, que han abandonado la forma –han muerto– en provecho de potencias –aberrancias– incapaces de legitimarse desde el punto de vista de la axiomática capitalista.  Quizás haya que leer así la célebre frase de Mil Mesetas: “Antes del Ser, está la política”. Piqueteros y Movimiento de Mujeres en Lucha,[5] Sin Tierra, Zapatistas y Mapuches no valen como renovación de un impulso de las vanguardias del autonomismo –modelos alternativos listos para usar o desafiar políticamente a las elites–, sino como salientes de un subdesarrollo plebeyo (o “runfla”) que atraviesa con potencia toda vida de un nuevo modo –abierto, “disyunción incluyente”– de hacer síntesis (y percibir multiplicidades) que escapan a la dialéctica convencional de las izquierdas; salientes que contactan a partir de sus distancias con otras tantas reivindicaciones minorizadas.

  1. Hay un trasfondo teológico del que la filosofía, la ética y la política (¿y el psicoanálisis?) no acaban de independizarse. La buena forma, la invariancia estructural, lo bien constituido, la idea acabada, la individuación cerrada sobre sí misma: el fundamento. Son otras tantas máscaras de la presencia del buen dios, principio trascendente e instancia garante del orden. Dios Creador, Dios Organizador. Ese dios exige evolución, salud, buena disposición, proyectos sustentables. Es ante él que la pura vitalidad deviene vitalidad pura. Todo orden responde a –y precisa de- una teología.

Tras la muerte de dios nacen las nuevas síntesis disyuntivas inclusivas. El eterno retorno ha destruido la síntesis por convergencias (Dios-Mundo-Yo). La dialéctica concierne ahora al Todo Afuera de la multiplicidad y la disparidad, y se da por igual dentro y fuera del pensamiento, ya que en el nivel de los cuerpos y de las ideas encontramos el mismo proceso de determinación. Este último se inicia por lo indeterminado entendido como coexistencia virtual de diferencias afirmadas en su disparidad; materia continua en la que los términos indeterminados se muestran también como determinables en la medida en que entran en relaciones de determinación recíproca que engendran las formas individuales. A la determinabilidad virtual y la determinación recíproca de la forma individual, Deleuze agrega la determinación completa o acontecimiento ideal, de la que cada individuo no es sino una cierta variación.

Con su habitual ironía, Slavoj Žižek cree ver en Deleuze un “paganismo”. También en Spinoza. Henri Meschonnic sostiene que Spinoza ha inmanentizado la divinidad –el principio de dar vida–. A ese registro –“línea de brujería”– pertenece la lógica de los movimientos aberrantes o demoníacos. Bajo el nombre de acontecimiento se agrupan una serie de fenómenos que manifiestan por su cuenta un poder temporalizante que consiste en redistribuir potencias, siendo el tiempo repetición a-centrada que decide un “antes”, un “durante” y un “después-abierto” a esta redistribución. Una línea diagonal  vuelve coexistente estos tres tiempos. Una actividad turbulenta que sustituye el “porvenir” (personal) por el “devenir” (impersonal). El acontecimiento es diabólico por cuanto hace coexistir en sí mundos “incomposibles”.

De modo que el ser es tiempo acontecimental, distribución impersonal de las potencias. Sucede que nos descubrimos incapaces de amar, de actuar políticamente, de escribir. Esta impotencia es ya una posición ante una tarea que nos importa y frente a la cual no podemos nada. Un “antes” propio del acontecimiento. Luego devenimos capaces cuando ya no dependemos de nuestras capacidades previas, gracias a una redistribución sorprendente que se produce en nosotros. Un  “durante” del acontecimiento. Por fin, notamos que esa nueva distribución de potencias no ha tenido la más mínima consideración por nosotros, algo “ha pasado” a nuestras espaldas, ya no somos los mismos. Un “después” del acontecimiento. El acontecimiento es la diagonal de tiempo que hace coexistir la redistribución entera. Y su forma subjetiva es el “presentimiento”, una cierta capacidad para sentir la simultaneidad diferencial que se activa cada vez que se introduce un fragmento de acontecimiento futuro. El presentimiento capta la influencia de lo que aún no existe sobre lo que existe, y acompaña un movimiento de deserción de la libido respecto del círculo de lo que existe (un asesinato del yo). La percepción del acontecimiento, en el presentimiento, es bajo la forma de la pregunta “¿qué ha pasado?”, y su abordaje antropológico –según dice Deleuze, en una de sus clases–[6] es un ejercicio de “estimación colectiva” (una lógica del presentimiento).

El acontecimiento se revela así como crueldad de la vida. Una destrucción que se lleva a cabo a nuestras espaldas. De pronto ya no queremos ni podemos lo que antes (“¿qué ha pasado?”). Eso que éramos ha muerto. Aspecto aniquilador con el que se afirman potencias de vida sin ninguna clase de consideración por la coherencia en la que nos afincamos. La crueldad es esta desconsideración respecto de aquellos objetos (y formas) a los que se aferran los sujetos. Si lo propio de esta afirmación de lo que difiere es deshacer todo lo que impide la distribución renovada de las potencias, el papel de lo negativo (lo “turbio”) en esta filosofía, dice Lapoujade, es la del duelo por el desgarramiento. Solo que este duelo y este desgarramiento son pensados como la autodestrucción que vuelve posible una nueva circulación para la vida. En todo caso, aquí el arte será el de evitar que este flujo destructivo se vuelva por entero sobre el sujeto aniquilándolo.

Arruinar el juicio de Dios, esa totalidad articulada en base a un fundamento del que se desprenden principios de distribución y selección, que a su vez aseguran –por la vía de la exclusión de lo divergente y de lo que difiere– conexiones legítimas de convergencia de los flujos, de políticas de población de la tierra. Aún cuando ese Dios esté muerto y en su lugar actúe una instancia muy diferente: un sorprendente “proceso maquínico” de producción de orden. Tal es, para Deleuze y Guattari, la originalidad de la noción de axiomática capitalista. Ya no se trata de un principio trascendente exterior-superior, sino de uno que actúa al mismo nivel de lo distribuido. Se trata de una trascendencia inmanentizada.

El acontecimiento vacía el efecto de sistematicidad de la realidad, arruina las síntesis convergentes y reenvía a un plano de inacabamiento y subdesarrollo, a una lógica en la cual las síntesis conectan lo que diverge –series o flujos–, e instaura así relaciones a través de sus distancias. Se trata de la ruina misma de la razón colonial, tan progresista ella, de un afuera como espacio a conquistar desde un adentro siempre incuestionado. La síntesis disyuntiva –capaz de afirmar al mismo tiempo lo que diverge– incluye y ensambla aquello que difiere en su diferencia y que por lo tanto otorga derechos. Anticristo, descodificación, o bien irrupción de una actividad plebeya autónoma que lleva los principios de la desterritorialización relativa –regulación burguesa de los flujos– a desterritorialización absoluta –aberrancia coronada–.

  1. Si todo acontecimiento es político puesto que implica un conflicto de potencia y legitimidad con el orden –fundamento, principio de distribución–, hay también un acontecimiento propiamente político cada vez que lo que está en juego es la adquisición de una potencia de actuar. ¿Cómo devenimos capaces de actuar (políticamente)? Evitemos la respuesta más obvia. El activismo de Deleuze, mucho o poco, ha sido atribuido al encuentro con Félix Guattari. Se trata de una narración que descuida las necesidades interiores del trabajo de Deleuze que condujeron a ese encuentro. Más allá de la historia romántica de un Guattari militante que se asocia a un Deleuze sistematizador, del hombre práctico que se unió a uno teórico, relato promovido entre otros por François Dosse,[7] Lapoujade sostiene que Guattari le permitió a Deleuze encontrar una salida para el impasse de su propio sistema filosófico. Si en Lógica del sentido –escribe Lapoujade– sobrevivían dos planos, uno correspondiente a las profundidades de los cuerpos desde donde se oía la voz esquizo de Artaud y otro a las superficies y al sentido donde jugueteaba Lewis Carroll, la irrupción de Guattari implica una reformulación de la totalidad de su arquitectónica a partir de la introducción del “cuerpo sin órganos” en el corazón del sistema. Se trata de un cuerpo de puras conexiones que rechaza toda unidad organizada. En El Antiedipo, primer trabajo conjunto, se impone un plano único de inmanencia en el cual también se elimina la distinción entre profundidades y superficies; se liquida el problema del sentido en beneficio de la noción pragmática de “uso”; se opera el tránsito del estructuralismo al maquinismo; y se consagra definitivamente el héroe esquizo, aquel que “pasa su tiempo en hacer morir un cuerpo para hacerse otro”, en detrimento del perverso. Es en este sentido que hay política en el encuentro con Guattari.

La potencia de actuar remite a la creación de “espacios-tiempos”, lo que Deleuze llama “posibles”. No los posibles que se nos ofrecen –prolongaciones de la axiomática del capital– sino aquellos que surgen del choque con la imposibilidad, creaciones de posibles justo donde lo imposible resulta insoportable. Junto a Guattari, Deleuze ha remitido esa formación de posibles a los movimientos de la tierra. A partir de allí nace una “geofilosofía”. La tierra, la “desterritorializada”, escriben Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, será contraintuitivamente no lo más fijo sino lo más fluido. Ya no lo más formado, “estratificado”, sino lo más informal. La Tierra es ese Todo Afuera, un magma de partículas que no deja de estratificarse por la vía de la molarización (fenómeno estadístico de articulación molecular que da lugar a grandes conjuntos con sus reglas fijas), Tierra a la que se le hacen territorios, Vida Afuera atrapada en la forma de vidas personales. Y al mismo tiempo, ese magma de partículas no cesa de dibujar líneas de fuga, movimientos de desterritorialización, no cesa de sacudirse sus fijaciones. La tierra –el desierto, la isla desierta, la tierra previa a lo humano– se pliega una y otra vez sobre sus poblaciones, de modo tal que Tierra Población desplaza la clásica relación sujeto-objeto. La “geofilosofía” deviene auténtica geopolítica que se ocupa de seguir los movimientos de un Pensamiento Naturaleza en sus territorializaciones y desterritorializaciones, creación de una Tierra Nueva, solo entre-vista por los movimientos plebeyos (de la desterritorialización absoluta). Como lo explica Jun Fujita Hirose,[8]la geofilosofía distingue, dentro de los movimientos de la tierra, desterritorializaciones relativas –reguladas por la burguesía–, absolutas –descodificación general, crisis de la lógica axiomática–, o de auténtico desvío –terremoto o temblor volcánico–. Este más allá de la regulación burguesa puede asumir el nombre de plebeyismo, o multitud que reclama su legitimidad sin pretender derivarla de un fundamento (el náufrago y la isla desierta). Algo que entre nosotros supo percibir John W. Cooke, quien esperaba que ese “gigante invertebrado y miope” declinara hacia un plebeyismo obrero y no hacia la integración en el juego de la axiomática capitalista.

  1. ¿Con qué derecho se afirma lo que se afirma? Deleuze ha compuesto un compendio general de los movimientos que no obedecen a la Forma o al Modelo. Su política opera desde las grietas y las fisuras, violentas por donde se las mire; desde un “por todos lados” propio de los movimientos aberrantes. Las “existencias menores” no son pretensiones –no aspiran al reconocimiento por parte de los principios jurídicos vigentes–, sino expresiones, es decir, testimonios de la presencia de lo anómalo. No hay movimiento social revolucionario, solo movimientos aberrantes. Movimientos portadores de una violencia de arrasamiento, deserción y desertificación que no se dejan confundir con su opuesto, esa violencia asesina y de derecha cuyas categorías son el sacrificio heroico y el aniquilamiento del otro anómalo, una violencia monopolizada que se ejerce en nombre de la Paz del Orden Global.

La violencia del Todo Afuera, afección de las fuerzas sobre los cuerpos, no es destructiva sino deformante (diferencia entre las dos muertes). Teratología micropolítica. Los cuerpos resurgen como monstruos en contacto con el Afuera: es el anticolonialismo de Deleuze. Se trata de una violencia sin la cual no hay idea (violencia del pensamiento) ni ser de sensación (violencia de la sensibilidad). Conceptos, afectos y perceptos son ante todo “gritos”. Y toda creación artística o filosófica supone una relación de forzamiento o perforación de los propios límites (perforar las barreras, el espacio, la propia tierra: buscar lo que yace, yacimientos), comunicación con el afuera, tiempo diagonal del acontecimiento, devenires no humanos de lo humano, muertes impersonales. Un ser de sensación, una idea que se forma a partir de relaciones de determinación recíproca entre partículas virtuales que emergen del sin fondo, requiere del sujeto que siente y piensa una involución, un subdesarrollo, un devenir larvario, una extrema pasividad y paciencia para soportar los retorcijones que liberan al cuerpo de su “organización”, al espacio de sus estriamientos. Solo una rebelión tal ante las facultades y de los órganos permite pensar lo impensable, sentir lo insensible. Es en ese más allá del límite donde pensamiento y sensibilidad se comunican esa violencia, y se plantean problemas inexplorados (en función de disparidades que aparecen como visiones y/o audiciones directas).

Esa violencia –esa aberrancia– es el testimonio de la presencia del otro ya no como un ser del mundo sino como aquel que permite extenderlo. El otro lo es en la medida en que estructura mi percepción envolviendo otro mundo posible: si desaparece, con él se evapora la categoría misma de lo “posible” y el mundo se desmorona. El otro como actividad del Todo Afuera que desmaleza (o bien hacer crecer la hierba). Que invita a desplegar un mapa de comunicaciones transversales, destituyendo las pretensiones de los “sujetos privilegiados”. Más que una búsqueda de sujetos de la emancipación, se trata de hacer causa común con las existencias minoritarias (seres de sensación, ideas; toda la enciclopedia de aberrancias que pueblan la tierra, a pesar de todo). El otro, así concebido –concebido casi al nivel de las partículas–, conlleva el trazado de alianzas insólitas, y escapa al vuelco etnográfico (o narcisista, al decir de Viveiros de Castro) de las prácticas de la investigación militante. Por lo mismo que lo aberrante es el reverso del espacio colonial, su lenguaje no puede ser el de la antropología o la sociología. Sea por exceso o por defecto, por substracción o por desvío, las existencias menores escapan al reportaje periodístico y a todo género de ficción. Lo suyo parece ser más bien la fabulación, un “hacer y hablar por los devenires” en torno a nuevos enunciados y visibilidades presentes en el campo social, bajo la forma de delirios que se desvían respecto del delirio soberano que interpela a sus poblaciones como derivando de un fundamento.

Los movimientos aberrantes, libres, materia no formada, constituyen el objeto cartográfico por excelencia y el contenido mismo de las ideas. Siguiendo su decurso, se abandona el canto a la gloria del cielo que engloba (o funda) y se adentra en los sacudimientos provenientes de la tierra. Más allá de los vaivenes de la axiomática. De los límites y posibles que ella regula. Lo que Lapoujade parece decirnos al oído es que son las percepciones micropolíticas las que engendran la potencia de actuar.

[1] David Lapoujade, Deleuze, los movimientos aberrantes, Editorial Cactus, Buenos Aires, 2016.

[2] Salvador Benesdra, El traductor, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2012.

[3] François Zourabichvili, Deleuze, una filosofía del acontecimiento, Amorrortu Ediciones, Buenos Aires, 2004.

[4] Lapoujade no profundiza en la lectura original que Deleuze y Guattari hacen de Marx. Por eso quizás convenga leer de modo simultáneo el libro de Guillaume Sibertin-Blanc, Política y Estado en Deleuze y Guattari: ensayo sobre el materialismo histórico-maquínico (Universidad de los Andes, Bogotá, 2017), que trabaja en detalle, además, la atención de los autores con respecto a la coyuntura política de los años ochenta. Lapoujade remite continuamente a los trabajos de Sibertin-Blanc, sin dejar de señalar cierta incomprensión althusseriana sobre el continuo de los saberes propio de Mil Mesetas, así como el hecho de considerar solo una mitad de los puntos de vista que Deleuze y Guattari asumen en sus libros conjuntos: el de las “síntesis” (y los maquinismos). El otro punto de vista, el de las “multiplicidades”, según Lapoujade, es mejor captado por Eduardo Viveiros de Castro en Metafísicas caníbales. Líneas de antropología postestructural (Katz Ediciones, Buenos Aires, 2011).

[5] A propósito del movimiento de mujeres, Lapoujade recuerda las célebres líneas sobre el “devenir mujer” del capítulo diez de Mil Mesetas, y su distinción entre una dimensión macropolítica, estratégica o reivindicativa (sujeto de enunciación), y un nivel propiamente molecular, una “microfeminidad” que pasa por debajo de la política molar: “la mujer como entidad molar tiene que devenir-mujer, para que el hombre también lo devenga o pueda devenirlo”. Devenir molecular quiere decir “emitir partículas que entran en relación de movimiento y de reposo” lindantes a esa microfeminidad, que le evita a la mujer quedar atrapada en una máquina dual que la determina en su forma, sus órganos y sus funciones, que la asigna como sujeto.

[6] Gilles Deleuze, Derrames II. Aparato de captura y axiomática capitalista, Editorial Cactus, Buenos Aires, 2017.

[7] François Dosse, Gilles Deleuze y Felix Guattari: biografía cruzada, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009.

[8] https://lobosuelto.com/?p=7600

Deodoro y el pasamontañas // Diego Tatián

Cien años de la Reforma Universitaria. Sería lindo poder decir: “un fantasma recorre Córdoba…”, pero en Córdoba el espectro de la Reforma y el de Deodoro están ausentes. Al menos, la conmemoración del Centenario en el momento de máxIma expresión del conservadurismo cordobés -el mismo contra el que se alzaron los reformistas en 1918-, nos da la oportunidad de una tarea: ser justos con alguien cuyo pensamiento corre el riesgo de una monumental malversación. Deodoro fue muchas cosas pero jamás un conservador. Fue antiimperialista, anticapitalista, anticlarical, antirracista, antifascista, creador del primer organismo de derechos humanos, defensor de presos políticos, indigenista, obrerista, latinoamericanista, socialista; un militante continuo (generador de muchas instituciones políticas contra los poderes fácticos de su tiempo). Despreció con toda su alma a la clase dominante, a la vulgaridad de los ricos, a la oligarquía… No es una herencia intelectual irrelevante cuando en la Argentina han vuelto los encarcelamientos políticos, la persecución de las comunidades originarias, el racismo social y cultural, la represión de militantes, el desdén hacia los pueblos latinoamericanos, las relaciones carnales con los poderosos del mundo y el capitalismo más predador y depredador que pudiéramos haber imaginado.
Pero además: la Reforma no fue un mero episodio retórico, respetuoso de las formas y de la autoridad –“democrático” en el sentido más anémico que suele adjudicársele a la palabra, como equivalente de “respeto de la ley”. Fue un hecho violento y una reivindicación de la violencia. Puede no gustarnos la violencia (a mí, por ejemplo, no me gusta), pero el alzamiento estudiantil de 1918 lo fue. ¿Por qué reivindicamos un hecho de hace cien años que fue cualquier cosa menos pacífico, “tolerante”, “respetuoso”, “pluralista” y demás conceptos que suelen pronunciarse en las homilías republicanistas? ¿Es necesario ocultar su naturaleza y presentarlo como lo que no fue para que tal reivindicación sea posible?
Si solo nos atenemos a sus palabras (tantas veces invocado y tan pocas veces leído), el Manifiesto dice: “La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta, porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y porque era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contra-revolucionarios de Mayo”. Y también: “Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas…”. Pocos meses más tarde, en un discurso en El Ateneo de Buenos Aires, Deodoro autointerpreta el espíritu de la Reforma como sigue: “[los estudiantes] fueron contra la universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado. Había estallado la revolución en las conciencias, una verdadera revolución… Una revolución se encausa en las grandes corrientes de la vida. Por eso la Iglesia, la familia, la propiedad y el Estado debieron replegarse, tocados en su injusticia”. ¿La crítica de la propiedad privada en el centro del ideario reformista? ¿La revolución en el corazón de la Reforma?¿Qué hacemos con esto? ¿Lo tomamos en serio? La Reforma Universitaria no fue sustantivamente un hecho puramente universitario que buscaba reformar planes de estudio (cosa que también, por supuesto, fue). Sino sobre todo un acontecimiento emancipatorio orientado por la justicia social que buscaba subvertir los valores (y no solo) de una sociedad injusta -y que tomó una de sus mayores inspiraciones en la Revolución Rusa. Los protagonistas de la Reforma estaban muy lejos del “reformismo” (de igual modo que Marx dijo alguna vez “solo sé que no soy marxista”, Deodoro hubiera podido decir “yo no soy reformista” –de hecho en la década del 30 lo dijo claramente: “no habrá reforma universitaria hasta tanto no haya reforma social”).
¿Qué es tomarse en serio la Reforma? ¿Una megacolación en la que se entregarán miles de títulos es la mejor manera de conmemorar una experiencia de rebeldía que se alzó contra la Universidad como “fábrica de títulos”? ¿Es la mejor manera de recordar al autor del Manifiesto Liminar, quien siendo Consejero egresado de su Facultad propuso la eliminación del Doctorado en Derecho con ironía formidable (“Todas las soluciones parten de que el doctorado es una institución seria. Yo pienso, en cambio, que debe ser suprimida. El ‘doctor’ es una cosa sin significación vital alguna, muerto que está insepulto, asunto que no atañe en realidad a la cultura. Se llega a ser doctor como se llega a ser mayor de edad: sin que el interesado pueda evitarlo”)?
Todas estas tribulaciones para llegar a un objeto. En diciembre último, la artista María Cristina Roca (nieta de Deodoro) intervino con un pasamontañas una cabeza de su abuelo realizada hace muchos años por el escultor español Emiliano Barral, y la expuso en el Museo Genaro Pérez. En mi opinión, esa imagen logra restituirle a Deodoro Roca lo que le era más propio y una persistente operación de negacionismo cultural se empecina en sustraerle.
A veces el arte alcanza a mostrar verdades de manera más contundente que cualquier trabajoso resguardo intelectual de las herencias.

Durante 2017 se cometieron 292 femicidios en Argentina // Redacción La tinta

El Observatorio de Femicidios del Defensor del Pueblo de la Nación dio a conocer el número de femicidios perpetrados el año pasado en el país. Se relevaron asesinatos cometidos por hombres caratulados como femicidios o muerte dudosa bajo sospecha de femicidio, contra mujeres (niñas, adolescentes y/o adultas) y mujeres trans, incluyendo los casos de femicidios vinculados.

Mientras que en 2016 el número había sido de 290, según La Casa del Encuentro, en el 2017 aumentó y la provincia con más cantidad de casos fue Buenos Aires, con un total de 119 en el año. Le siguió Córdoba con 26 casos; Salta y Santa Fe con 24 cada una y Santiago del Estero con 19. En el resto de las provincias también se verificaron un número significativo de hechos, sobre todo en la región del norte y centro del país.

El Observatorio, que tiene entre otras funciones, la de impulsar el desarrollo de estudios e investigaciones sobre la evolución, tipos y modalidades de violencia contra las mujeres, informó que entre el 1 de enero y el 31 de diciembre del 2017, el 17% de las víctimas de violencia machista fueron menores de 18 años – con una incidencia de casos de niñas de muy corta edad entre las cuales puede incluirse a menores de 4 años. El 33% fue de entre 19 y 30 años, el 34% de entre 31 y 50 años y el 15% fueron mujeres mayores de 50 años. De los 292, 5 víctimas fueron transfemicidios y 31 femicidios vinculados -homicidios cometidos contra personas que mantienen un vínculo familiar o afectivo con la mujer, para castigarla-.

A su vez, mientras que del total el 16,2% habían denunciado, en el 51,2% de los casos no se registró información. Sin embargo del 32,7% que no había realizado denuncias, testigos allegados a las víctimas reconocieron episodios de violencia previos.

En general, los femicidas fueron mayores de edad y utilizaron armas de fuego o apuñalamiento. Otras modalidades fueron la golpiza o el estrangulamiento.

De cara al Paro Internacional de Mujeres que se realizará el 8 de marzo y en relación con las cifras que dio a conocer, la Defensoría del Pueblo de la Nación se comprometió a redoblar sus esfuerzos y poner a disposición todas “las herramientas legales que tiene a su alcance y los compromisos internacionales que ha asumido”, para trabajar en casos de violencia de género.

latinta.com.ar

¿Quién es y cómo piensa Bifo? // Verónica Gago

 

Franco Berardi -más conocido por su seudónimo “Bifo”- (Bolonia, 1949) participó del movimiento insurreccional italiano del ’68 como estudiante de Letras y Filosofía. En 1970 publicó su primer libro, Contro il lavoro (Feltrinelli) y en 1975 fundó la revista A/traversa. Un año después participó de la fundación de Radio Alice, una de las más emblemáticas experiencias de comunicación libre. Cuando habla de aquella iniciativa recuerda: “La exigencia era intervenir sobre las formas del imaginario social, de poner en circulación flujos delirantes, es decir, capaces de des/lirar el mensaje dominante del trabajo, del orden, de la disciplina. Radio Alice nació conscientemente ‘fuera’, mejor dicho, ‘contra’ las teorías militantes y dialécticas: nuestra intención no era hacer una radio para adoctrinar o para hacer emerger la conciencia de clase escondida tras los comportamientos cotidianos”. A fines de los ’70, en el marco de las persecuciones contra militantes de la autonomía obrera, fue arrestado. Más tarde la radio fue clausurada por la policía y Bifo se refugió en París. Allí frecuentó a Félix Guattari y a Michel Foucault. Durante los años ’80 vivió entre Italia y Estados Unidos, donde colaboró con varias revistas y empezó a escribir sobre el cyberpunk. En los ’90 regresó a Italia y en 2002 fundó TV Orfeo, la primera televisión comunitaria italiana, experiencia de la que surgió su libro Telestreet – Macchina immaginativa non omologata (edición castellana en El Viejo Topo, 2003). Actualmente trabaja como docente en el Instituto Aldini Valeriani, una escuela media de Bolonia. Su investigación se desarrolla alrededor de un problema cada vez más presente: la compleja relación entre procesos sociales y la mutación tecnológica en curso, así como la lógica “recombinante” del capitalismo contemporáneo, teniendo en cuenta sus efectos sobre las subjetividades y los imaginarios sociales. La semana pasada estuvo por primera vez en Argentina para presentar su nuevo libro, Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (Tinta Limón Ediciones).

“La felicidad es subversiva”

Dice que la “deserotización” de la vida cotidiana es el peor desastre que la humanidad pueda conocer. Es que se pierde -explica- la empatía, la comprensión erótica del otro. Franco Berardi, antiguo militante insurreccional en Italia, analiza aquí, como en su obra toda, la compleja relación entre procesos sociales y los cambios tecnológicos en curso.

-Usted caracteriza el momento actual como “semiocapitalismo”. ¿Por qué?

-Semiocapitalismo es el modo de producción en el cual la acumulación de capital se hace esencialmente por medio de una producción y una acumulación de signos: bienes inmateriales que actúan sobre la mente colectiva, sobre la atención, la imaginación y el psiquismo social. Gracias a la tecnología electrónica, la producción deviene elaboración y circulación de signos. Esto supone dos consecuencias importantes: que las leyes de la economía terminan por influir el equilibrio afectivo y psíquico de la sociedad y, por otro lado, que el equilibrio psíquico y afectivo que se difunde en la sociedad termina por actuar a su vez sobre la economía.

-Precisamente usted habla de la economía actual como “una fábrica de la infelicidad”. ¿Podría especificar esta idea?

-Los efectos de la competencia, de la aceleración continua de los ritmos productivos, repercuten sobre la mente colectiva provocando una excitación patológica que se manifiesta como pánico o bien provocando depresión. La psicopatía está deviniendo una verdadera epidemia en las sociedades de alto desarrollo y, además, el culto a la competencia produce un sentimiento de agresividad generalizado que se manifiesta sobre todo en las nuevas generaciones. Recientemente la Durex, la mayor productora mundial de preservativos, encargó una investigación al Instituto Harris Interactive. Fueron elegidos veintiséis países de culturas diversas. Y en cada país fueron entrevistados miles de personas sobre una cuestión simple: qué satisfacciones experimentaban con el sexo. Sólo el 44 por ciento de los entrevistados respondió que experimentaba placer a través de la sexualidad. Esto significa que ya no somos capaces de prestarnos atención a nosotros mismos. Pero tampoco tenemos tiempo suficiente para prestar atención a aquellos que viven alrededor nuestro. Presos de la espiral de la competencia ya no somos capaces de entender nada del otro.

-Es lo que usted denuncia como “deserotización” de la vida cotidiana…

-La deserotización es el peor desastre que la humanidad pueda conocer, porque el fundamento de la ética no está en las normas universales de la razón práctica, sino en la percepción del cuerpo del otro como continuación sensible de mi cuerpo. Aquello que los budistas llaman la gran compasión, esto es: la conciencia del hecho de que tu placer es mi placer y que tu sufrimiento es mi sufrimiento. La empatía. Si nosotros perdemos esta percepción, la humanidad está terminada; la guerra y la violencia entran en cada espacio de nuestra existencia y la piedad desaparece. Justamente esto es lo que leemos cada día en los diarios: la piedad está muerta porque no somos capaces de empatía, es decir, de una comprensión erótica del otro.

-¿Cuál es la conexión entre estos fenómenos con la actual dinámica del capital?

-Creo que tenemos que tener en cuenta la relación entre ciberespacio -en constante ampliación y en constante aceleración- y cibertiempo, es decir, el tiempo de nuestra mente entendida en sus aspectos racionales y afectivos. El capitalismo empuja a la actividad humana hacia una aceleración continua: aumentar la productividad para aumentar los beneficios. Pero la actividad es hoy, sobre todo, actividad de la mente. Quien no logra seguir el ritmo es dejado de lado, mientras que para quienes buscan correr lo más velozmente posible para pagar su deuda con la sociedad competitiva, la deuda aumenta continuamente. El colapso es inevitable y de hecho un número cada vez más grande de personas cae en depresiones, o bien sufre de ataques de pánico, o bien decide tirarse debajo del tren, o bien asesina a su compañero de banco. En Inglaterra, la violencia homicida se está difundiendo en las escuelas, donde en los últimos meses ha habido una verdadera hecatombe: decenas se suicidaron con un tiro de revólver. La guerra por doquier: éste es el espíritu de nuestro tiempo. Pero esta guerra nace de la aceleración asesina que el capitalismo ha inyectado en nuestra mente.

-Ante este “diagnóstico”, ¿usted encuentra una relación entre política y acción terapéutica?

-Creo que la política no existe más, al menos en Europa y en Estados Unidos. El discurso es diferente tal vez para los países de América latina, donde se asiste a un retorno de la política que es muy interesante, pero es una contratendencia respecto del resto del mundo. Lo vemos muy bien en Italia, donde hay un gobierno de centroizquierda que hace exactamente la misma política que la derecha. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué los partidos que se proclaman socialistas o comunistas están constreñidos a aceptar una política económica hiperliberal? Porque la democracia representativa ya no cuenta más y las opciones fundamentales son impuestas desde los grandes grupos financieros, económicos y militares. El vacío de la política puede ser rellenado solamente por una práctica de tipo terapéutico, es decir, por una acción de relajación del organismo consciente colectivo. Se debe comunicar a la gente que no hay ninguna necesidad de respetar la ley, que no hay ninguna necesidad de ser productivo, que se puede vivir con menos dinero y con más amistad. Es necesaria una acción de relajamiento generalizado de la sociedad. Y es necesaria una acción psicoterapéutica que permita a las personas sentirse del todo extrañas respecto de la sociedad capitalista, que les permita sentir que la crisis económica puede ser el principio de una liberación, y que la riqueza económica no es en absoluto una vida rica. Más bien, la vida rica consiste en lo contrario: en abandonar la necesidad de tener, de acumular, de controlar. La felicidad está en reducir la necesidad.

-¿Qué significa la pregunta por la felicidad como desafío político?

-La cuestión de la felicidad no es sólo una cuestión individual, más bien es siempre una cuestión de lo más colectiva, social. Crear islas de placer, de relajación, de amistad, lugares en los cuales no esté en vigor la ley de la acumulación y del cambio. Esta es la premisa para una nueva política. La felicidad es subversiva cuando deviene un proceso colectivo.

-Ahora, ¿en qué consisten los movimientos de resistencia hoy? ¿Cuál es el papel de lo que usted llama “medioactivismo”?

-El medioactivismo es la acción autónoma de los productores semióticos liberados de las cadenas de la sumisión al trabajo. La nueva generación ha adquirido competencias de producción semiótica, técnica, informática, comunicativa, creativa, que el capital quiere someter a su dominio. Pero los productores semióticos pueden organizar sus competencias por fuera del circuito de la producción capitalista y pueden crear espacios de autonomía de la producción y también de la circulación cultural. Los centros sociales, las radios libres, los blogs alternativos, la televisión de calle (TV comunitaria) son esos espacios de autoorganización del trabajo semiótico.

-Usted declaró que los movimientos como los de Seattle, que se hacían “por los otros”, estaban destinados al fracaso. ¿Cuál es la crítica a ese modo de acción?

-El movimiento antiglobalización ha sido muy importante, pero no ha logrado transformar la vida cotidiana, no ha logrado crear autonomía en las relaciones sociales entre trabajo y capital. El sábado por la tarde éramos en una plaza miles de personas y al lunes siguiente todos regresábamos a trabajar en la fábrica o en la oficina y a someternos al comando del capital. Los movimientos logran producir efectos de verdadera transformación social cuando su energía deviene autonomía respecto de la explotación, cuando la energía que se acumula el sábado por la tarde en la manifestación se transfiere al lunes por la mañana en organización autónoma sobre el puesto de trabajo.

-¿Qué diferencia hay entre los nuevos espacios autónomos y los espacios autónomos creados en la década del ’70? ¿Se trata de diversas nociones de autonomía?

-Autonomía significa la capacidad de la sociedad para crear formas de vida independientes del dominio del capital. Sobre este punto hay una continuidad en la historia de los movimientos. Los movimientos son eficaces cuando no se limitan a protestar, a oponerse, y logran construir espacios liberados y, sobre todo, cuando logran hacer circular formas de pensamiento y de acción que sustraen la vida cotidiana al modo de la ganancia capitalista. En este sentido no veo diferencia entre aquello que la autonomía significaba en los años ’70 y lo que significa hoy. El problema es que hoy es mucho más difícil crear una autonomía del trabajo porque la precariedad obliga a los trabajadores a depender del despotismo del capital para poder sobrevivir. Sobre este punto es necesario afinar nuestros argumentos organizativos, para crear formas de vida y de acción que permitan a la comunidad obtener una renta sin deber pagar las ganancias del trabajo precario.

-Al mismo tiempo, usted dice que no tiene sentido oponerse al proceso de flexibilización del trabajo. ¿Por qué?

-La flexibilidad está implícita en la nueva organización tecnológica del trabajo. La red crea las condiciones para una fragmentación del trabajo, para una separación del trabajo respecto del trabajador. El capitalista ya no tiene necesidad del trabajo de una persona, pero necesita de los fragmentos temporales que la red puede recombinar. ¿Cómo se les puede impedir a los capitalistas que busquen el trabajo en las áreas pobres del mundo, donde los salarios son los más bajos? No hay ninguna posibilidad de controlar legislativamente esta precarización del trabajo. Hay un solo modo de oponerse a los efectos de la precariedad, para liberarse del miedo y de la sumisión: crear espacios de autonomía del trabajo y crear formas de vida en las cuales la propiedad esté administrada colectivamente. Los trabajadores precarios necesitan espacios colectivos y necesitan poder apropiarse de las cosas indispensables para la vida. El capitalismo obliga a aceptar trabajos según sus exigencias de flexibilidad, pero nosotros podemos sustraernos a su dominio si somos capaces de crear espacios autónomos que unan a los trabajadores y que permitan a los trabajadores precarios tener aquello que necesitan. ¿Los capitalistas no respetan el derecho de las personas a tener un ingreso? Nosotros debemos aprender a no respetar la propiedad de los capitalistas. Los trabajadores precarios tienen derecho a apropiarse de aquello que es necesario para su sobrevivencia. Si no tenemos salario debemos ir a tomar aquello que nos hace falta en el lugar donde eso esté.

-¿Usted cree que es posible una acción política desde el discurso de la precariedad?

-La acción política de organización de los trabajadores precarios es nuestra tarea principal. La derrota social que hace treinta años obliga a los trabajadores a la defensiva y permite al capital chantajear a los trabajadores depende propiamente del hecho de que el trabajo precario parece, hasta este momento, inorganizable. Pero verdaderamente aquí está el punto: ¿cómo es posible organizar el trabajo precario no obstante la falta de puntos de agregación estables? ¿Cómo es posible conquistar autonomía no obstante la dependencia que el precariado provoca en el comportamiento de los trabajadores? Hasta que no logremos responder a esta pregunta, hasta que no encontremos la vía de organización autónoma de los trabajadores precarios, el absolutismo del capital devastará la sociedad, el ambiente, la vida cotidiana.

-Usted considera que las nuevas generaciones son “post-alfabéticas”: es decir, que ya no tienen afinidad con la cultura crítica escrita. Entonces, ¿la politización tendría que valerse de otros medios?

-Marshall McLuhan, en un libro de 1964, Understanding media (Comprender los medios de comunicación, Paidós, Barcelona, 1996), había ya notado que la difusión de las tecnologías electrónicas habría de provocar una verdadera mutación. El pasaje de la tecnología de comunicación alfabética (la imprenta, lo escrito) a las tecnologías de comunicación electrónica habrían provocado un pasaje de las formas secuenciales a las instantáneas y una transición de un universo crítico a un universo neomítico. Hoy todo esto lo vemos bien en el comportamiento comunicativo y psíquico de la nueva generación, que se puede definir post-alfabética porque ha pasado de la dimensión secuencial de la comunicación escrita a la dimensión configuracional de la comunicación videoelectrónica y a la dimensión conectiva de la red.

-Pero, ante la “disneyficación del imaginario colectivo” que usted señala, ¿qué tipo de imaginarios cree que son movilizadores hoy en un sentido emancipatorio?

-No creo que haya imaginarios buenos e imaginarios malos. El imaginario es un magma en el cual nuestra mente se orienta gracias a selectores de tipo simbólico. La pregunta entonces debe ser reformulada en este sentido: ¿qué formas simbólicas tienen hoy la capacidad de orientar en sentido emancipatorio el imaginario social? La atención se vuelca así hacia la producción artística, literaria, cinematográfica. No intento, por cierto, reproponer la idea que sostiene que el arte se juzga sobre la base de criterios políticos. Intento solamente decir que el arte tiene a veces la capacidad de funcionar como factor de redefinición del campo imaginario. En la producción contemporánea existen autores que tienen esta capacidad, pienso en escritores come Jonathan Franzen o como Amos Oz, pienso en cineastas come Kim Ki duk o como el Ken Loach de It’s a free world (Este mundo es libre). Pero la relación entre factores de orientación simbólica e imaginario colectivo es una relación asimétrica, impredecible, irreductible a cualquier simplificación o a cualquier moralismo.

Entrevista a Franco Berardi “Bifo”

Por el Colectivo Situaciones
(Pubicado como prólogo al libro Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, editado por Tinta Limón ediciones, Buenos Aires, octubre de 2007)

En la introducción hablás del carácter rapsódico y no orgánico de este libro, pues recoge intuiciones y preocupaciones surgidas en épocas distintas y las desarrolla según campos disciplinarios diversos. Según argumentás, éste es el modo de composición que mejor expresa la investigación que venís desarrollando, que a veces percibe aperturas inusitadas y otras constata el cierre de las posibilidades existentes. Sin embargo, aquel carácter rapsódico es también, sospechamos, un rasgo fundamental del método recombinante que vos proponés como imagen del pensamiento en la sociedad contemporánea. Teniendo en cuenta que éste sería el primer libro tuyo que se edita en Argentina, nos parece oportuno que comentes brevemente los que consideres las principales características de esta modalidad del pensar.

La historia de los movimientos revolucionarios del siglo XX se funda en un método cognoscitivo y estratégico de tipo dialéctico. Totalidad contra totalidad. Afirmación, negación e inversión. Aquella visión estaba vinculada con una forma simple de la contradicción social en la industria: clase obrera contra burguesía. Pero la filosofía dialéctica se fundaba sobre una reducción de la complejidad real del mundo y abría el camino a formas de subjetivismo totalitario, como hemos visto en la historia del socialismo realizado.

Luego de la gran explosión social de los años ’60 y ’70, la reestructuración capitalista produce una pulverización de la relación entre capital y trabajo: flexibilidad, deslocalización, precarización, etc. Ya no existe ninguna posibilidad de describir el mundo en términos dialécticos, ya no existe la posibilidad de una estrategia de oposición simple, frontal. Ya no existe tampoco la posibilidad de pensar una inversión totalizante.

La nueva forma productiva se funda sobre un principio tecnológico que sustituye a la totalización por la recombinación. Informática y biogenética -las dos innovaciones tecnológicas de fines del siglo XX- están fundadas sobre un principio de recombinación: unidades capaces de multiplicarse, proliferar, recombinarse que se sustraen a la totalización. El plano de consistencia de la informática es un plano infinito, no totalizable, proliferante. Un nuevo signo puede cambiar el significado de todo el cuadro. Puede recombinarlo.

No era así el universo industrial territorializado y totalizable. Ahí un nuevo signo se agregaba a otros sin recombinar el efecto de significado. Era necesario atesorar fuerzas lentamente, transformar conciencias, acumular fuerzas políticas y militares hasta el asalto final en el que se conquistaba el Palacio de Invierno.

En la esfera recombinante, el poder es inaprensible, porque no está en ninguna parte y está en todas al mismo tiempo. Pero esto posibilita, también, transformar todo el cuadro a partir de una nuevo elemento, un signo, un virus.

La historia es un proceso generalmente imprevisible, pero existen grados diversos de imprevisibilidad. En la esfera industrial se podían hacer análisis de la situación objetiva de los cuales sacar conclusiones estratégicas para la acción y se actuaba en consecuencia. Los procesos de agregación subjetiva eran largamente previsibles, el comportamiento de las clases sociales era previsible y el ciclo económico también. Los factores de imprevisibilidad eran rupturas políticas turbulentas. Se podría pensar en la decisión de Lenin: tomar el poder en el país más atrasado. La imprevisibilidad (la locura) de la acción de Lenin cambia -después del ’17 y en el mundo entero- todos los términos del problema.

Hoy, el conjunto del sistema entró en una condición de imprevisibilidad mucho más radical, porque los actores se han multiplicado y el cuadro es infinitamente más complejo. Y, sobre todo, porque el funcionamiento viral no se puede reducir a ningún modelo determinista. Piensen en la actual crisis de las Bolsas, el desplome de las hipotecas subprime (préstamos hipotecarios de riesgo) en el mercado inmobiliario norteamericano. Los efectos son imprevisibles porque nadie puede decir con exactitud dónde acabarán los fragmentos de capital financiero basados sobre deudas ya no exigibles.

En esta situación, las estrategias totalizantes están destinadas al fracaso, a la ineficacia más absoluta. La acción debe ser de carácter puntual, viral, contagioso.

En el libro proponés la siguiente afirmación: “se puede llamar recombinante al capital financiero que asume un rol central en la política y la cultura de los años noventa”. Teniendo en cuenta la pregunta anterior, ¿cómo entender esta homología entre los funcionamientos del neoliberalismo y del pensamiento crítico? ¿Se trata de encontrar al interior de este terreno común los signos de un nuevo conflicto o es más bien esta “adecuación” del pensamiento al capital el principal nudo a desatar?

Hablan de homología entre el funcionamiento del capitalismo y del pensamiento crítico. Realmente es necesario encontrar esta homología si queremos lograr comprender el objeto sobre el que estamos hablando, el objeto que queremos deconstruir, el objeto del cual queremos sustraernos.

¿Existe una homología entre el análisis que Marx hace sobre el trabajo abstracto y el proceso de abstracción progresiva del trabajo? Verdaderamente existe. Sin esta homología la crítica de la economía política no es posible y se queda en el socialismo utópico pre-científico.

El pensamiento crítico se debe dar sobre el plano de consistencia del proceso real, de lo contrario se vuelve una forma de obsesión moralista sin base cognoscitiva ni práctica. Me explico. El movimiento obrero, los partidos comunistas europeos (como Refundación Comunista en Italia) se oponen a la flexibilidad del trabajo, a la precariedad. Con justicia, refutan los efectos sociales de la flexibilidad. Pero la oposición a la flexibilidad no puede funcionar. En el mejor de los casos, se trata de una forma de resistencia que puede retardar la afirmación del modelo flexible de producción.

Es necesario, en cambio, adecuar nuestros instrumentos analíticos a la realidad de la producción flexible. No sirve de nada lamentarse por lo que ha ocurrido, es necesario comprender las nuevas formas y deconstruir cognoscitivamente su funcionamiento; por lo tanto, encontrar su punto de debilidad y actuar sobre él.

Una de las líneas más audaces del libro es el esfuerzo que hacés para brindar una interpretación panorámica pero eficaz del devenir (post)humano en la actualidad, teniendo muy en cuenta la mutación radical (antropológica). Como parte de esta tentativa esbozás elementos de una periodización que nos gustaría que perfiles más claramente, aún si esto conlleva un alto riesgo de esquematización. Una aclaración de este tipo podría ordenar mejor una serie de recorridos de mucho interés.

Periodizar la transición post-humana es, realmente, una tarea peligrosa, porque se corre el riesgo de considerar la mutación antropológica como un proceso asimilable a la historia política, con sus fechas, sus plazos, sus revoluciones y sus restauraciones. Naturalmente, no es así: se trata de un fenómeno esencialmente cultural que trabaja al interior de la composición social.

Esto no nos impide ensayar una periodización basada en momentos de revueltas políticas, pero tiene que ser capaz de señalar, también, las corrientes de mutación profunda.

Partimos de los años ’60, que fue el periodo en el que la composición social industrial-obrera alcanza su plenitud, y vemos emerger -en el movimiento estudiantil del ’68- una nueva fuerza social: el trabajo intelectual de masas o cognitariado. En los años ’70, y particularmente en el año de la revuelta del ’77, veo una especie de fractura entre la historia moderna (céntrica, subjetivable, humanística, dialectizable) y el delinearse de una post-modernidad proliferante, irreducible a la ideología.

No por azar en aquellos años comienza la ofensiva liberal, puesta en marcha por Nixon con el desprendimiento del dólar del régimen de cambios fijos (1971), luego relanzada por Thatcher y por Reagan a comienzos de los años ’80. Los años ’80 son el periodo en el que la contraofensiva liberal se entrelaza con la efervescencia de un movimiento deseante ya completamente difundido en la vida cotidiana. Liberalismo (capitalista) y liberación (social, sexual, expresiva) son dos intencionalidades bien distintas y contrastantes; sin embargo, en la fenomenología de la cultura de los años ’80 las vemos entrelazadas.

El ’89 liquida definitivamente la descripción dialéctica del mundo, la bipolaridad desaparece y la proliferación toma su lugar. Utopía de un pluralismo pacífico rápidamente desmentida por el retorno de la guerra. El fin del industrialismo había señalado una desterritorialización social, productiva, cultural. 1989 lleva esta desterritorialización hasta la forma geopolítica del mundo.

No existe más la marca bipolar del territorio-mundo.

Pero, llegado este punto, se ponen en movimiento fuerzas inmensas de reterritorialización. La necesidad identitaria se apodera de las masas populares incapaces ya de reconocerse como clases sociales (revolución komeinista en Irán, puesta en marcha del integrismo islámico, reemergencia del nacionalismo en el este europeo, guerra serbo-croata, etc.). El capitalismo mundial se reterritorializa en torno a la guerra. Al mismo tiempo, la inmensa revolución de la red está tomando forma en la tecnología, y se difunde en la esfera de la cultura, del deseo, del consumo, de la producción. Un nuevo y potente movimiento de desterritorialización impulsado por la cibercultura y por la ideología felicista (optimista) que la acompaña.

En las últimas dos décadas del siglo se verifican dos procesos gigantescos y complementarios con un potente efecto psico-mutágeno: la introducción masiva de las mujeres en el circuito de la producción global y la difusión de las tecnologías video-electrónicas y, luego, conectivas. Este doble fenómeno -movilización productiva de la cognición femenina, sometimiento asalariado de la afectividad, el deseo puesto a trabajar y, al mismo tiempo, exposición de la mente infantil a un flujo maquínico de información, de formación, de modelación psico-cognitiva- transforma la consistencia antropológica profunda del campo social: el lenguaje, la relación entre lenguaje y afectividad y, por consiguiente, la capacidad de abrirse a lo social, a la solidaridad social.

Durante la lectura del libro nos llamó la atención ciertos tránsitos de ilusión-decepción, y el modo en que son relatados. Podríamos nombrar dos. El primero tiene que ver con el año 89 y la valoración de aquella coyuntura como una apertura democrática: la caída de los socialismos reales es interpretada como el desplome del “Imperio del Mal”. Luego, en la década de los 90, siempre según tus palabras, se habría establecido una alianza virtuosa entre el capital recombinante y el trabajo creativo inmaterial (o cognitariado), cuyo agotamiento coincide con la crisis de las empresas “punto.com” (2000) y con la crisis global de la “seguridad” (2001).

En ambos casos, y quizás por el hecho de habitar el contexto latinoamericano, nos produce curiosidad la forma en que valorás el elemento subjetivo. Por ejemplo, entre nosotros la exaltación de las transformaciones de la vida cotidiana y los intentos democratizadores de los países del llamado socialismo real nunca fueron considerados al margen del paralelo desencadenamiento de fuerzas extremadamente favorables al dominio capitalista de un mundo “rendido” a la hegemonía de los EE.UU. En el segundo caso, los años 90 en Latinoamérica fueron ante todo la década donde el neoliberalismo reinó con extremo salvajismo, subordinando toda expresión autónoma o resistente de la fuerza intelectual, política y laboral.

Lo que nos interesa indagar es qué teoría de la subjetividad se pone en juego en este contraste. Y por lo tanto: ¿qué factores tenemos en cuenta para construir nuestros proyectos políticos?

¿Cómo funciona la centralidad que solemos otorgarle a los modos de producción en esta consideración de lo subjetivo?

El circuito ilusión-decepción del cual ustedes hablan es el alma de la sucesión histórica y de la relación entre intención subjetiva y devenir del mundo. Toda estrategia (política, afectiva) es una ilusión, porque en el mundo real prevalece la heterogénesis de los fines, es decir, la sobredeterminación recíproca de las intencionalidades diferentes. En particular, en la historia social del siglo XX, la “ilusión” obrera ha producido desarrollo capitalista, ha producido industrialización forzada pero, también, ha producido escolarización de masas, aumento del consumo de bienes culturales, aumento de la esperanza de vida.

En el curso de mi vida militante, partiendo de 1968, cuando formaba parte de un colectivo estudiantil de Filosofía y Letras de Bolonia, he visto muchas ilusiones y muchas desilusiones, pero quiero continuar así. La ilusión es una intención situada. La desilusión es el efecto de transformación que tu intención ha producido encontrándose con las intenciones de infinitos otros actores. Es importante no transformar tus ilusiones en ideología y no tomar las desilusiones como la forma definitiva del mundo.

¿La ilusión del 89 se transformó en la desilusión de la guerra? Sí y no, porque se transformó, también, en la sorpresa de la proliferación de red.

¿La ilusión de los años ’90 y de la alianza entre trabajo cognitivo y capital recombinante se trasformó en la desilusión de la era Bush? Sí y no, porque la era Bush es, tal vez, el comienzo del derrumbe de la hegemonía norteamericana, y porque la historia del trabajo cognitivo no terminó, sólo está comenzando.

Nos interesa mucho presentarte nuestro contexto a la hora de compartir tus reflexiones sobre los dilemas constituyentes de la mente colectiva en sus dimensiones tecnológicas y afectivas. En Argentina, la crisis del 2001 operó como un masivo investimento del plano social a partir de la desvinculación previa de un importante segmento de la clase trabajadora que había quedado literalmente al margen de la institución laboral. El desenganche de las clases medias del mercado financiero alimentó, a su turno, este proceso. La sensación de que podía desarrollarse un espacio por fuera de los límites de la estatalidad y de la racionalidad del valor de cambio, sin embargo, fue dando lugar a un comportamiento más próximo al estándar subjetivo de la era del mercado global: la segmentación de las vidas, el apego a una interioridad fundada en el consumo de los más variados servicios, la psicologización de las patologías sociales, el consumo de pastillas y un compromiso particularmente intenso con el trabajo de cada quien.

¿Cómo percibís este proceso de normalización tras la aguda crisis de legitimidad del neoliberalismo, y qué relación podrías establecer con el contexto europeo?

No estoy en condiciones de analizar la diferencia entre la situación europea y la situación latinoamericana, que en este período aparece como una excepción, como un fenómeno de contratendencia. No estoy en condiciones de hablar porque no conozco suficiente la realidad sudamericana, y por eso estoy muy contento de ir a Buenos Aires y de conocer a los compañeros y amigos.

Lo que dicen respecto de la situación argentina luego de 2001 es interesantísimo. Por un lado, la ilusión (fecunda) de poder realizar formas de vida más allá del régimen de valor de cambio; por el otro, el proceso (claramente neoliberal) de la segmentación de las vidas. En esto, la situación argentina es asimilable a lo que se vio en Europa en los años ’80 y ’90. Pero en la situación argentina (y de manera distinta, también, en la situación venezolana, boliviana y, de manera nuevamente distinta, en la brasilera) está en curso una experimentación política de nuevo tipo que podría llevar a una fractura profunda entre “necesidad” económica impuesta por el capitalismo global y espacios de libertad social y cultural. Pero no puedo hablar de esto antes de haberlo conocido y antes de hablar con ustedes.

A menudo explicitás tus dudas sobre la factibilidad de seguir pensando políticamente los problemas que han emergido de la mutación de los últimos años. En el centro de esta incertidumbre aparece el problema de la relación entre las generaciones modernas y las que definís como generaciones post-alfabéticas. Todo parece indicar que el destino de la política misma se juega en la transmisión de una herencia que quizás hoy resulte obsoleta: la memoria de luchas y de creaciones culturales, pero también una sensibilidad que parece quedar en el olvido (el vínculo, por ejemplo, entre el lenguaje y los afectos). En la introducción de este libro afirmás que el desafío es complejo pues se trata de traducir un mensaje cuyo sentido no está en el contenido de lo que se dice.

En la Argentina la discusión sobre cómo politizar la memoria ha sido muy importante en los últimos años. Sin embargo, no estamos seguros de haber asumido el tipo de dilema que vos presentás y la inflexión que proponés. ¿Podrías contarnos mejor en qué consiste esta imagen de la transmisión?

La cuestión de la transmisión cultural es fundamental, tanto desde el punto de vista de la historia obrera y progresiva del siglo XX como desde el punto de vista de cultura laica iluminista y humanista que ha marcado el curso de la modernidad. Pero el problema de la transmisión es enormemente delicado, complicado. No puede ser reducido a un problema de transferencia de contenidos de la memoria política (la historia de la resistencia pasada, etc.). No puede reducírselo a un problema de transferencia intergeneracional de “valores”, porque esto es inevitablemente moralista y los valores no significan nada por afuera de las condiciones sociales, técnicas, antropológicas dentro de las que se modela el comportamiento humano.

Por lo tanto, entonces, ¿qué es el problema de la transmisión? Por cierto es importante narrar la historia de las revueltas pasadas, es importante la memoria histórica y política. Para esto sirve mucho más la literatura que la política. Pero es idiota pensar que narrando la historia de la autonomía del pasado se pueda transmitir un know how autónomo para el tiempo presente. No funciona así.

La cuestión de la transmisión es, sobre todo, un problema ligado a la sensibilidad. La historia de la modernidad es la historia de una modelación de la sensibilidad, de un proceso de refinamiento (pero, también, un proceso de disciplinamiento), el desarrollo de formas nuevas de tolerancia y de creatividad (pero, también, el desarrollo de nuevas formas de barbarie y de conformismo). La pregunta que debemos hacernos y, sobre todo, que debemos hacer a la gente que se está formando hoy, a los chicos, a la nueva generación, se refiere al placer, a la belleza:

¿Qué es una vida bella? ¿Cómo se hace para vivir bien? ¿Cómo se hace para estar abierto al placer? ¿Cómo se goza de la relación con los otros? Esta es la pregunta que debemos hacernos, una pregunta que no es moralista y que funda la posibilidad misma de un pensamiento ético.

Pero la pregunta que debemos hacernos es, sobre todo, ésta: ¿qué cosa es la riqueza? Es sobre este plano que el capitalismo venció la batalla del siglo XX.

¿Riqueza significa quizás acumulación de cosas, apropiación de valor financiero, poder adquisitivo? Esta idea de la riqueza (que es propia de la ciencia triste, la economía) transforma la vida en carencia, en necesidad, en dependencia. No tengo la intención de hacer un discurso de tipo ascético, sacrificial. No pienso que la riqueza sea un hecho espiritual. No, no, la riqueza es tiempo: tiempo para gozar, tiempo para viajar, tiempo para conocer, tiempo para hacer el amor, tiempo para comunicar.

Es precisamente gracias al sometimiento económico, a la producción de carencia y de necesidad que el capital vuelve esclavo nuestro tiempo y transforma nuestra vida en una mierda. El movimiento anticapitalista del futuro en el cual yo pienso no es un movimiento de los pobres, sino un movimiento de los ricos. Aquellos que sean capaces de crear formas de consumo autónomo, modelos mentales de reducción de la necesidad, modelos habitables a fin de compartir los recursos indispensables serán los verdaderos ricos del tiempo que viene. A la idea adquisitiva de la riqueza es necesario oponer una idea derrochativa, a la obsesión es necesario oponerle el goce.

En tu trabajo enfatizás la imagen de un cambio antropológico que se va acentuando en generaciones sucesivas, cada una de las cuales se desarrolla en un nuevo contexto tecnológico. A nosotros nos ha impresionado mucho tu idea de una modificación en la matriz cognitiva y afectiva de las generaciones pos-alfabéticas. ¿No existe, sin embargo, el riesgo de acudir a un determinismo tecnológico para explicar las transformaciones de los imaginarios y la modalidad de los vínculos?

A propósito de esta inquietud, en una escuela de la periferia de nuestra ciudad (donde solemos conversar sobre estos problemas) recibimos el siguiente comentario: “sí, es cierto que hay un cambio en los modos de atención y en el comportamiento de los chicos; pero no es fácil atribuir esta permuta al vínculo con las tecnologías digitales ya que en general los niños de nuestros barrios no están muy en contacto directo con las máquinas”. A partir de esta acotación: ¿te parece que en regiones donde la existencia de las tecnologías digitales no se han difundido como en Europa o Estados Unidos es posible pensar los dilemas y las nuevas figuras subjetivas en los mismos términos que describís o más bien creés que es preciso introducir matices?

La cuestión del determinismo está presente. En Mc Luhan, un autor para mí importantísimo que permite comprender buena parte de la transformación del último medio siglo, hay un riesgo de tipo determinista. Existe el riesgo de identificar una relación directa entre cambio tecno-comunicativo (de las tecnologías alfabéticas a las tecnologías electrónicas, por ejemplo) con un cambio de tipo cultural. Una relación entre técnica y cultura naturalmente existe, pero no es directa ni determinista.

Ciertamente, la constitución cognitiva de la generación que recibe las informaciones en el formato simultáneo de la electrónica es distinta a la constitución cognitiva de las generaciones alfabéticas. Pero en este pasaje se abre una bifurcación, esto es, la posibilidad de reconstruir condiciones lingüísticas, comunicacionales, afectivas, que produzcan autonomía, incluso al interior de un modelo técnico transformado. Es el problema esencial del mediactivismo contemporáneo, del subvertizing, de la creación de red. Vuelve aquí el problema de la transmisión intergeneracional. No se trata de transferir mecánicamente nociones, memorias, sino que se trata de activar autonomía dentro de un formato cognitivo transformado. Esto es verdaderamente difícil, dado que aún no hemos elaborado las técnicas capaces de restituir autonomía a organismos concientes y sensibles que se han formado según modelos esencialmente an-afectivos. Pero el punto de bifurcación está precisamente en el sufrimiento, en el sentimiento de incomodidad, de depresión. La pregunta a formular a la nueva generación no se vincula a los valores (¿sos solidario o egoísta?, ¿sos crítico o conformista?). Se vincula con la sensibilidad: ¿sos feliz o infeliz?

Es desde aquí que debemos partir, y entonces veríamos bien que la comunicación política hoy debe ser, ante todo, una acción terapéutica. Crear las condiciones de posibilidad de una felicidad del existir, de una felicidad de la relación con el otro, esta es la vía de la organización política en el tiempo que viene.

Respecto a lo que me cuentan en la segunda parte de la pregunta, naturalmente existen grados diferentes de integración con el sistema tecno-comunicativo global, existen grados diferentes de “aculturación electrónica”, etc., pero yo no nunca dije que la mutación corresponda solamente a una cuestión cuantitativa de exposición a la tecnología.

En esta objeción veo precisamente un dejo de determinismo. El problema no es si un chico usa el celular o navega en Internet, sino dentro de qué ambiente cultural y afectivo se encuentra en sus años de formación, en sentido acotado: familiar, pero también en sentido amplio: en la relación imaginaria con sus coetáneos del todo el planeta, en las modas culturales, musicales, consumistas.

En ese sentido, yo creo que la mutación tecnocomunicativa puesta en marcha en los años 80 con la difusión de la televisión, de las series televisivas, de la telenovela, de la videocassettera, de los videojuegos y, luego, del reality show ya había tenido un grado de homogeneidad planetario y una rapidez de difusión que no tiene comparación con épocas pasadas. En este sentido, la primera generación videoelectrónica alcanzó una relativa homogeneidad cultural en tiempos mucho más breves de lo que ocurría en épocas pasadas por medio de procesos de aculturación alfabética.

Aún más rápido se vuelve el tiempo de homologación de la generación conectiva, aquella que gracias a Internet y al teléfono videocelular ha podido entrar en circuitos globales incluso antes de haber formado una sensibilidad localizada. Este proceso prescinde en cierta medida de la cantidad de horas de exposición al aparato televisivo o telemático.

Durante los años 2000 y 2001 parece haber un cambio profundo en las fuerzas que dan forma a las subjetividades colectivas. Pero la era Bush está ligada a una remilitarización de buena parte del planeta. ¿Cuál es tu lectura de este proceso? ¿Lo percibís como una interrupción restauradora de la economía del petróleo y la industria fordista o, más bien, como el relanzamiento (ahora blindado) de la colonización del mundo por parte de la racionalidad imperial?

La figura política de George Bush II se recorta sobre el panorama histórico como un enigma extraordinario. Bush representa explícitamente los intereses de un sector agresivo, ignorante, oscurantista: los petroleros, el sistema militar-industrial.

Pero la narrow-mindedness (mentalidad estrecha) de este sector se está revelando como un clamoroso gol en contra para el sistema norteamericano. En mi opinión, los EE.UU. no se recuperarán de la catástrofe político-militar (e imaginaria) que la presidencia de Bush ha provocado. La derrota en Irak no es como la de Vietnam. En el 75 la guerra se concluye, la bandera norteamericana es izada en los edificios de la embajada, y todo termina allí (no realmente para la población vietnamita, para los locos de los boat people, etc.). Pero después de Irak no existe retiro militar. No es posible.

Los EE.UU. no pueden renunciar a la hegemonía sobre medio oriente. Pero la guerra iraquí mostró que esta hegemonía está perdida, es irreparable. Luego de Irak está el Irán de Ahmadinejiad, el Pakistán de Musharraf, bombas de tiempo incrustadas en la geopolítica mundial por una política no menos estúpida que criminal. La guerra infinita que los neoconservadores han concebido y que Bush ha provocado es la arena movediza en la que el más grande sistema militar de todos los tiempos está inexorablemente hundiéndose.

En el 2000, la victoria de Bush (mejor, el golpe de estado de Bush) desalojó el cerebro de la cumbre del mundo. El sector cognitario, el trabajo virtual, la ciberinteligencia fueron desalojados por la victoria de los músculos, los petroleros y los generales. Pero sin cerebro no se gobierna el mundo, como máximo se puede incendiarlo.

El final de esta alianza entre cognitariado y capitalismo recombianante que se había establecido de manera frágil, contradictoria, pero dinámica durante los años 90, ha marcado el regreso de un capitalismo idiota, representado por el sector mafioso y guerrero que guía las grandes potencias del mundo en el presente: Cheney, Putin, y todo lo que les sigue.

El grupo dirigente norteamericano se formó sobre el mesianismo apocalíptico de cuño cristiano, pero también sobre el pensamiento de James Burnham, un sociólogo de formación trotskista de los años ’30, y también sobre una recuperación del concepto de exportación de la revolución (no olvidemos que Pearle, Kristoll, el propio Wolfowitz tienen sobre sus espaldas una formación trotskista). Sería interesante estudiar también este aspecto: en qué medida la experiencia del terrorismo bolchevique (el terrorismo del materialismo dialéctico estalinista, pero, también, el terrorismo de la revolución permanente trotskista) se ha transferido al pensamiento estratégico imperialista (norteamericano, pero también francés).

Luego de ser depurada de sus elementos comunistas y obreros, la tradición bolchevique se ha vuelto parte de la cultura del capitalismo global, no solamente en la Rusia gobernada por la KGB redenominada FSB, sino también en los EE.UU. neoconservadores, o en la Francia sarkoziana esponsorizada por Glucksmann y por Kouchner.

Finalmente querríamos preguntarte por la dimensión política de la noción de autoorganización. En algún lugar enunciás que el antagonismo es una imagen política inútil para la situación presente, pues el deseo social se desplaza en paralelo a la innovación de la economía. Pero si el deseo no necesita contraponerse a lo que existe para proliferar, ¿qué lo llevaría a radicalizarse hacia horizontes de autoorganización? ¿Cómo percibís o imaginás ese impulso?

Creo que debemos reflexionar nuevamente sobre la noción de deseo. La lectura de Deleuze y Guattari por parte del pensamiento del movimiento a menudo ha malinterpretado la noción de deseo como si éste fuese una subjetividad, una fuerza positiva. Admito que alguna ambigüedad sobre este punto se encuentra en los textos de ambos filósofos, y en mi trabajo de “vulgarización movimentista” (si me permiten la expresión) he a veces identificado el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta.

El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

El campo del deseo es lo central en la historia, porque sobre este campo se mezclan, se superponen, entran en conflicto las fuerzas decisivas en la formación de la mente colectiva, por lo tanto la dirección predominante del proceso social.

El deseo juzga la historia, ¿pero quién juzga al deseo?

Desde que las corporaciones de la imageneering (Walt Disney, Murdoch, Mediaset Microsoft, Glaxo) se han apoderado del campo deseante, se han desencadenado la violencia y la ignorancia, se han cavado las trincheras inmateriales del tecno-esclavismo y del conformismo masivo. El campo del deseo ha sido colonizado por esas fuerzas.

Sobre este plano debe actuar el movimiento deseante. Y cuando usamos la expresión “movimiento deseante” no entendemos “subjetividad deseante que se hace movimiento”, que por el simple hecho de tener deseo es positiva, como si no hubiese deseo también en la violencia.

“Movimiento deseante” significa un movimiento capaz de actuar eficazmente en el campo de formación del deseo, un movimiento conciente de la centralidad del campo del deseo en la dinámica social.

El movimiento es una fuerza, el deseo un campo.

www.lavaca.org

DESCARETIZAR LA FIESTA // Silvio Lang

El mercado de la noche ha sometido nuestro deseo de fiesta a la propiedad del Yo: seducir; vestirse bien; reventarse con drogas y alcohol; exhibir los logros del gym, ahora, del crossfit; pagar entradas costosísimas mientras lxs laburantes de la noche están mal pagados; ser aceptades o excluídes según la apariencia de clase; contreñir el cuerpo en la dictadura del paso de baile; sacarse selfies; “hacer rostro”, dicen en el pueblo. Son las “rostricidades” de la fiesta del capitalismo totalitario, que se infiltra y modaliza cada plano de nuestras vidas. Pero quizás, la fiesta luego de las liberaciones e imaginaciones sexuales-políticas y las revoluciones sociales del siglo XX se trata de otra cosa. De una fábrica de sensaciones colectivas. De tráfico de sudores, de posibilidades de extender partes del cuerpo en otros fragmentos de cuerpos; de abrir, desplazar y desenrollar y maquinar un uso del espacio juntos; de experimentar la carne, los tejidos, la piel, sin significante familiar represivo; de descubrir y probar una manera de mover algo que no te imaginabas; de gritar, de cantar, de corear una canción de protesta mientras suena un reggaetón; de agotar la danza, reciclar y seguir un poco más con la fuerza que te dan les otres; de erotizarse con cualquier género y clase social sin imagen visual previa, con un ritmo, con una manera de tocar, con varios engarces; de devenir masa física y ritmo; de individualizarte colectivamente como no lo haces en ningún otro ámbito salvo un piquete o un motín; de agrandar tu cuerpo y sentir su ontología múltiple; de conversar desde la experiencia enfiestada. El cuerpo de nuestra fiesta es un cuerpo agigantado de salidas y entradas que hacen pasar gestos, figuras, palabras, ritmos, saberes técnicos de cuerpos múltiples. La coreografía no es para nosotros esa práctica de ordenamiento y moldeado de los cuerpos si no la capacidad técnica de crear y cruzar umbrales de intensidades, de concatenar fuerzas que actúan sobre y entre los cuerpos. Como en una “escena política” se trama una asamblea bailable desbordada donde puede entrar y salir cualquiera para componer en común.

Texto escrito sobre las experiencias del ciclo “Entrenar la fiesta”, organizado por ORGIE- Organización Grupal de Investigaciones Escénicas

Multiplicar y transversalizar las desobediencias // Alejandra Rodríguez

 

Viernes 9 de febrero, casi las seis de la tarde. El predio que rodea la Mutual Sentimiento se ensancha cada vez más para hacernos lugar. Cerca de 1500 mujeres nos encontramos en esta segunda asamblea hacia el 8M. Somos muchas y diversas.
En este feminismo abierto, heterogéneo y popular, entramos todas y ahí estamos: las negras, las putas, las que pasaron por la cárcel, las mujeres trans, las travas, las discapacitadas, las hijas de represores, las sindicalistas, las sueltas, las lesbianas, las trabajadoras de la economía popular, las villeras, las artistas, las desocupadas. Nos reconocemos en los hartazgos y furias, en la fuerza de las apuestas vitales y afectivas, alojadas por la marea feminista y por el deseo que nos mueve a transformarlo todo.
Nuestra herramienta política es la asamblea, nuestros cuerpos vibran en todas las voces, la emoción de sabernos juntas y decididas a parar con este neoliberalismo patriarcal y capitalista que intenta despojarnos de nosotras mismas. Nos encontramos para producir el tiempo del paro, tenemos matices, recorridos y luchas diversas, pero integramos esas diferencias como punto de partida para componer juntas la fuerza que necesitamos. No unificamos. Nos pensamos en situación, con una mirada transversal y múltiple, desde ahí ponemos en común los dolores, enlazamos luchas y reinventamos las vidas que queremos vivir.
Las desobediencias son múltiples, sobre cada dolor se imprime un gesto libertario, amoroso y deseante. Estamos para nosotras. No tenemos a priori, solo la certeza de las heridas históricas y la confianza en la soberanía del acto asambleario que se cocina desde las entrañas.
La apuesta desde el feminismo nunca será una unidad rancia, que gesticula desde la inercia impotente. Lo nuestro es movimiento y agite, palabra colectiva abierta, múltiple y gesto desobediente. No hablen por nosotras. Estamos vivas, libres y en asamblea permanente en cada barrio, en cada casa y en todos nuestros territorios existenciales, desde ahí construimos e irradiamos potencia, porque son nuestras vidas las que están en juego. Llevamos mucho tiempo imaginando esta revolución.

 

‘El traductor’, de Salvador Benesdra, un libro maldito que resiste el paso del tiempo // Diego Sztulwark

  A la Princesa Plumero                                                                    

«Una buena novela no se puede contar por teléfono.» Hugo Savino

 

Aunque se sigan buscando las lenguas del paraíso (lengua de la filosofía, lengua aria, lengua del Edén), el mundo post-babélico es el de la traducción. Henri Meschonnic[1] ha dicho lo suyo sobre las dificultades del oficio. Se suele traducir la lengua más que la obra, aunque es la obra la que crea la lengua. La obra aporta e introduce la violencia inicial que retuerce la lengua, la inviste y la enriquece. La obra es siempre fuga de su propio tiempo. La traducción para Meschonnic es, por lo tanto, un oficio de cara a la modernidad de la obra. Puesto que la modernidad ya no es para él un período específico entre otros sino la actividad capaz de crear efectos fuera de la contemporaneidad.

 

El Traductor de Salvador Benesdra funciona en esas coordenadas. Escrita y situada en los inicios de los años 90 –años sin gloria, de desplomes conceptuales y reestructuraciones empresariales, de repliegues cuentapropistas y de retiros voluntarios– retrata, elude y hace saltar –cierto que por medio del delirio– una existencia ensimismada en duros caparazones indispensables para sobrevivir, un achicamiento del campo de batalla a la propia vida. Ricardo Zevi se propone como un testigo resistente y narrador, un izquierdista heterosexual soltero, un judío sefaradí políglota, un empleado de la editorial Tuba (presumiblemente Página/12). Atormentado por la ruina de las referencias morales de la época que destrozan los supuestos de su oficio –engarces de la vida en la lengua, relaciones de implicancia, presencia de las rebeliones pasadas en la lengua presente–, se desdobla como experimentador y experimento y decide indagar a fondo –en sí mismo y en las recetas del new age llenas de ironías– las nuevas mezclas y proporciones de sumisión y libertad que la existencia admite y propicia en medio del vendaval, en un tiempo de reconversiones y ensimismamientos, forzándose a poner en palabras la entera gradación de afectos que componen una vida.

 

Como si la cumbre del arte de traducir fuera explorar las vías de la comunicación entre seres replegados y sensibilidades distanciadas; entre escena visible y procesamiento individual y silencioso; entre aquello que sucede casi sin palabras, solo recubierto de eufemismos empresariales, y escritura. Porque traducir es siempre escribir. Al situarse como precursor oscuro, artífice de enlaces entre series aún no conectadas, Zevi se descubrirá en el centro de la tormenta y sin reparo intentará dar un sentido a la materia rebelde de la experiencia, atravesando la demencia, bordeando el suicidio. Delirio y restitución literaria: “Lo que quería era acabar con mi vida. Es decir, conmigo, con la vida que había llevado hasta entonces, con mi persona, con mi identidad. Con las cosas en las que había creído, con los gustos que había tenido. Para que cuando todo acabara de derrumbarse volviera a aparecer esa última compañía infaltable que solo se avergonzaba de mis propias vergüenzas, que solo despreciaba mi propio desprecio de mí mismo, que solo me culpaba por mis sentimientos de culpabilidad, que solo aplaudía como cumbre de todos mis aciertos esa hazaña puramente casual de no haberme pegado un tiro”.

 

Escucho hablar sobre Benesdra desde hace muchos años. Algunos amigos cercanos a la producción novelística contaban que había sido militante del Partido Obrero, que se suicidó sin ver publicada su novela, que lo echaron de Página/12, que escribió varios artículos en la revista El Porteño y un libro –una fina ironía– de autoayuda. La solapa de la nueva edición de Eterna Cadencia confirma algunos de estos datos. Leí el libro prescindiendo de ellos, relegándolos a un borroso fondo legendario para dedicar atención exclusiva a la novela. Un libro extraordinario. Como repite Hugo Savino cada vez que puede, es imposible contar por teléfono una buena novela. Es buena por lo que escapa a su trama. Y esto no parece ser esa exigencia musical que muchos le imponen al lenguaje (poética). Tal vez se trate de otra cosa: de un desplazamiento de las visibilidades como potencia más propia del lenguaje. Dejar de decir lo que se ve y mostrar diciendo lo que no se ve. Visibilidades inaccesibles a no ser por medio de la escritura. No retratar la época ni el interior del autor, sino todo aquello de la época de lo que hay que escapar, todo aquello que huye de uno mismo.

 

Ricardo Zevi es un héroe del masoquismo. Su lucidez surge en la medida en que se confronta con el padecimiento propio y ajeno en dosis por momentos ultrajantes. Se trata de crear –por medios literarios– órganos para ver o escuchar la vida. Medios literarios, trabajo de escritura. No autoayuda. Como Gombrowicz, el escritor evalúa la vida en términos de fuerzas, puja y erotismo. Ambos creen indispensable medirse al respecto con Nietzsche, le reclaman el error de postular un superhombre. Un fraude. Sea porque –como cree el polaco– la vida no alcanza la plenitud en su acabamiento (pasaje de la “muerte del hombre” al “superhombre”) sino en su inmadurez, es decir, en la juventud; sea porque –como dice Zevi– aquí, el único “superhombre” de Nietzsche que hemos conocido hasta el momento es una burguesía que solo manda haciendo que los otros trabajen para ella. A la vida se la conoce si se la enfrenta mediante una lucha en la que es imposible evitar cuotas indisimulables de humillación. Ignorar esa imposición ingobernable no enseña, empobrece.

 

Solo la rebelión personal y política, la no resignación ante la esterilidad erótica y cultural, permite hacer el recorrido. Será un marido que corona su amor en la paternidad, pero no llegará al amor de Romina –una misionera adventista salteña a la que conoce en un café– sin pasar antes por una odisea de pastores, putas y clientes en la cual la propia Romina llega a prostituirse por él luego de maratónicas jornadas para vencer su frigidez en su departamento de Congreso (el Periscopio); comprará un taxi una vez despedido de esa empresa “bucanera” progre, único destino para los intelectuales que no quieren rajar del país, no sin antes convertirse en un activista sindical y de practicar todo tipo de piruetas tácticas en asambleas gremiales, en discusiones con las diferentes corrientes de la izquierda y de la burocracia sindical; terminará su traducción del libro de  Brockner, un teórico conservador alemán que razona la alianza entre nacionalismo de derecha y neoliberalismo con perturbadora solvencia (sostiene, por ejemplo, que Lacan introduce el principio de jerarquía entre los anarco-maoístas franceses, y recupera así el psicoanálisis para el control piramidal del deseo), no sin antes repasar la crisis del pensamiento contemporáneo expresado en el lenguaje alambicado de ese fraude que es, para él, el “estructuralismo” francés.

 

No se es capaz de acción sin afrontar un dilema, un nudo nada fácil de desatar pues cada hebra de ese hilo remite a sutiles disquisiciones históricas, introspecciones pasionales, recorridos por los barrios de la ciudad, indagaciones prostibularias (¿Por qué las putas se prohíben gozar con sus clientes? ¿Para no apropiarse de ellos?); desquiciados exámenes sobre cada uno de los trozos de personalidad que componen su propia identidad, tales como las diferencias entre un trotskista (profetas racionalistas), un stalinista (pragmático ideologista), un maoísta (poeta-sentimentalista); o entre un judío ashkenazi y uno proveniente del Sefarad, como el caso del propio Zevi que en el borde extraviado de la sensatez –y antes de ser internado provisoriamente en el hospital Borda– siente el llamado místico de su apellido, Shabetai Tzvi, célebre Mesías sefaradí que durante el siglo XVII desestabilizó las juderías occidentales con una movilización nunca vista en pos de la próxima liberación. En su intento de responder al llamado, erra su destino al intentar conquistar a un califa musulmán que pierde la paciencia y lo obliga a elegir entre su propia conversión pública a la fe de Mahoma o la muerte. El Mesías le pedía que ejerciera la traducción a fondo, es decir, como un acto de recomposición de todo lo que ante sus ojos se desgarraba: sumergirse en las reglas de pasaje y conversión, en los “códigos capaces de traducir el odio de un lenguaje a otro, el amor de un sentido a otro, la visión de un polo a otro, el orgullo del de abajo en los términos del patrón, el deseo del amo en las fórmulas del esclavo, el colectivismo de los individualistas en el individualismo de los comunistas, el derecho de sangre europeo en las fórmulas americanas del linaje por inmigración”.

 

Con enorme carga irónica, El traductor es la historia de una resurrección a través de la búsqueda del placer personal y de una moral provisoria, en medio del trastorno mayor que supone el desplome del mundo bipolar (encrucijada que Oriente no llegó a pensar jamás, ¡la liquidación de uno de los polos que ordenan el equilibro del mundo, del yin o del yang!), la implosión gorvachoviana y el giro yeltsiano-tatchereano-menemista. Es decir, el fin del período del Gran Miedo –para la burguesía–, los 120 años que van de la Comuna de París a la caída de la URSS. ¿Qué hacer en esas condiciones sino fantasear un nuevo y desmesurado ejercicio de traducción entre religiones, sabidurías y concepciones? ¿Cómo no soñar con todo en tendidos de puentes y transiciones que delineen algún principio común que pueda decirse en diferentes lenguas, un “poliglotismo de las ideas” más que de los idiomas?

 

Sobre el final algo se ha aclarado para Zevi, sea en el amor o en las relaciones sociales, ámbitos en los que no ha dejado de chocar con las barreras refractarias que el mundo le ha impuesto. Se trata de asimilar lo que se juega entre el sometimiento admirativo y el dominio irrestricto del otro; de tener una relación positiva y no extorsiva con los propios ideales, abriendo el juego a las pasiones en el instante deliberativo sobre sus actos; de asumir el riesgo de habitar un universo en el que la crueldad y la pornografía desempeñan un papel central en el juego de la libertad y la sumisión, que debe ser practicado en el mundo privado puesto que solo allí amo y esclavo son roles reversibles, y no en el mundo de lo público que se dispone invariablemente al servicio del patrón (jerarquías duras, irreversibles). La lección que Zevi desea compartir, agradecido por que al fin ha logrado superar aquellas barreras mortificantes, es la de la desconfianza y la vergüenza: “Cuando interrogo a esos últimos años que pasé en el Periscopio no lo hago debido a un sentimiento de culpabilidad, sino más bien por el interés pedestremente egoísta de saber quién soy”, lo que incluye saber “cuánto de maldad es indispensable si uno no quiere dejar de ser bueno cuando ya ha agotado los recursos obvios para serlo, cualquiera sea el significado que uno quiera atribuirle a la palabra ‘bueno’”. Unas relaciones capaces de tomar consistencia “sobre el abismo de una posible traición me parece incluso ahora infinitamente más creativa y fructífera que cualquier interacción desarrollada sobre el único registro del amor”.

 

 

[1] Henri Meschonnic, Para salir de lo posmoderno, Editorial Cactus y Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2017.

¿Vivimos aquí y ahora? // Amador Fernández-Savater

Nuestro problema no es vivir excesivamente instalados en el presente, sino en un tiempo contraído entre la lista de los pendientes y la proyección de los posibles.

Esta contracción del presente tiene que ver con la expansión “totalitaria” de las relaciones de mercado a toda la vida social: cualquier espacio, cualquier momento se vuelve una “ocasión de negocio”. Nunca es lo que es, sino lo que podría ser.

Vivir el presente pasa por percibirnos inscritos en situaciones y vinculados con otros, engarces de una inmensa malla donde también tejemos y destejemos. La fragmentación actual del mundo es una oportunidad para percibir con más claridad los aquí y ahora concretos que nos constituyen.

La potencia de transformación late en esas situaciones de vida y no “en otra parte”. Pero la concepción clásica de la política redirige siempre nuestra atención y nuestro deseo hacia un “más allá”: más lejos, más arriba, más tarde.

«Lo político” es más un adjetivo que un nombre. Una cierta elaboración de las situaciones. ¿Cuál? La fuga de la economía: la desmercantilización radical de la vida y el mundo. La experiencia del comunismo.

En el raso, Etchecolatz // Agustín J. Valle

“Hay que pudrirla en todos lados”; pudrirla de un modo que desconcierte un poco, desde posiciones no clicheteadas. Hace un tiempo entonces que vengo tirando, en todos los espacios públicos que puedo (una estación de servicio en Paternal, una florería en Chacarita, el subte, el bondi, un bar de minutas en Monte Grande, la caja del coto…), cosas como «juntemos todas las boletas de servicios y se las pasamos a los votantes de macri para que las paguen», o «ah, ¿billete de mil?, a ver cuándo se sinceran y ponen al gato matón…». Mi favorito, y más repetido por lejos, es «Gente, ¿vieron?, para todos los que votaron a Macri salió una amnistía: los perdonamos, arrepientansén tranquilos, ahora«.

Hago esto porque creo que hay que poder hablar con cualquiera -pero sobre todo con cualquiera a título de cualquiera: no hablar con la posición de alguien. La posición lleva a un repertorio sabido. Y hay que poder señalar motivos de desprecio -y de ridículo- sin sentar posición.

Además, hago esto porque aún creo en lo que pasa «por abajo»; y no me refiero a «las capas más postergadas de la sociedad», sino al llano de los intercambios y encuentros. Al ras. La discreta pero inmensurable cocina de los ánimos multitudinales. En realidad no existe el panorama, no hay punto panorámico; nadie sabe, nadie tiene saber. Los puntos que logran darse una panorámica, tienen el panorama de ese punto.

Sí hay observación atenta y constante: después de la marcha y la represión del 18/12, llamó a mi casa una «breve encuesta sobre seguridad», donde una máquina preguntaba «cómo califica usted el accionar de las fuerzas de seguridad el pasado lunes 18 en las inmediaciones del Congreso», e, incluso, «Si usted dirigiera las fuerzas de seguridad, ¿daría la orden de que reaccionen cuando son agredidas con piedras y palos? ¿O cuando hay destrozos en el espacio público?”. La encuesta trata -eficazmente- a la población como audiencia. Audiencia que tramita su resentimiento con un botoncito del teléfono que deviene gatillo sin dejar pólvora en las manos -gatillo para que alguien sea lastimado oficialmente-. Y demuestra, no obstante, que para el Gobierno, el consenso represor general no es inamovible. Deben relevarlo constantemente: ¿cómo están las ganas de ver sangre?, ¿sigue liderando el rating el deseo de crueldad?

Pero quería contar otra cosa. En una mini heladería de Chapadmalal, donde había esa noche una también mini peña, con un grupo de folclore, escucho que una señora, de unos sesenta años, pedía indicaciones para ir al bosque Peralta Ramos. Tenía unos sesenta años, maquillaje y bijuterí; no demasiado. Me metí: «¿Va a ir al bosque? Ojo que está peligroso, hay un violador, asesino, torturador y ladrón de bebés…». «Ah», me interrumpió en medio de mi frase: «¿violador? ¡Entonces voy! Ya no se puede andar eligiendo…».

La violencia, en una sociedad de cuerpos mediatizados, espectadores hiperactivos, no es solo fruto de la indiferencia producida por el régimen del contacto y la conexión; no es, tampoco, la violencia, solo un artefacto político que instaura otredad eliminable (y un nosotros incluido); es, también, la violencia, un deseo de los aburridos, una forma de que pase algo que aún estando quemados podamos sentir…

Punk-Nietzsche (o acerca de Los violadores como rock existencialista) // Mariano Pacheco

 Reseña de Más allá del bien y del punk. Ideas provocadoras: un libro de Pil y Juan Carlos Kreimer  (editorial Planeta).

Fue en 1991 cuando escuché hablar de Los violadores por primera vez, cuando tocaron de teloneros de Los Ramones en su segundo show en la Argentina (el primero había sido en 1987 y Los violadores no pudieron oficiar de teloneros porque estaban de gira fuera del país). Tenía apenas once años. Fue entonces que mi hermana mayor asistió al recital en Obras Sanitarias. Un año después, cuando logré ir con ella a Obras para ver a Los ramones, los teloneros ya no fueron Los viola (separados meses antes) sino Todos tus muertos, así que recién pude ver a Los violadores en vivo en 1995, en Cemento cuando Pil volvió a los escenarios, ya sin el resto de “los históricos”. En el medio pude visitar a Pil en su casa de Villa Urquiza, una calurosa tarde de 1994. Aún atesoro las fotos que sacamos entonces.

Veinte años después de aquella vuelta a los escenarios elegí “¿Y ahora que pasa, he?” y “Más allá del bien y del mal” como canciones para acompañar las artísticas de La luna con gatillo, programa radial semanal del que formo parte y al que entre los amigos solemos denominar como «trinchera radiofónica». Allí hablamos de cine; de teatro; de música; de la realidad política y social del país, y del mundo; y de libros, por lo general, varias de las novedades editoriales que nos interesan. Así, 30 años después de que los neoyorquinos inauguraran la ramones-manía, llegó a mis manos Más allá del bien y del punk. Ideas provocadoras, un libro de Pil y Juan Carlos Kreimer publicado por editorial Planeta que da cuenta de la historia de Los violadores con testimonios de todos sus integrantes e incluso un compilado de voces vinculadas de un modo u otro a la escena punk local.

En el principio fue el verbo… en un libro

Cuenta Pil que fue en el verano de 1981 cuando se topó con el libro Punk la muerte joven (de Kreimer) mientras recorría librerías en la calle Corrientes, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Un libro que se transformó en su biblia y que 35 años después, al recorrer los mismos rincones de la ciudad, pudo encontrar reeditado con un nuevo apartado titulado “Historias paralelas”, en el que aparecen… ¡Los violadores!

Fue en la madrugada del 27 de febrero de 1981 cuando Pil debutó en la banda, luego de que su primer cantante, Orlando García Paladini, se hubiese alejado del grupo tras el primer recital realizado el 19 de enero de 1980. Y si bien ocho días después, en el segundo recital, la banda zafó con el bajista (Beto) oficiando de cantante, también éste desertó de la banda tras ese segundo show «cansado de caer preso», según cuenta en su testimonio.

Esta historia del punk en Argentina no remite tanto al legado británico sino al polaco, o a una mezcla de ambos en realidad.

Roberto Zelazek llegó a la Argentina con su familia cuando tenía siete años. Desde chico sus padres lo llevaron al Centro Polaco de Buenos Aires, sitio al que también asistía la madre de Pedro Braun, el chico unos años mayor que él que en un momento determinado, en pleno Proceso de Reorganización Nacional, apareció con los pelos parados y alfileres de gancho en la solapa. Para entonces ya había estado en Londres, se hacía llamar Hari B y traía un disco de The Clash en la mochila que rápidamente hizo escuchar a su amigo “El Polaco”. Juntos emprendieron la conformación de una banda que con el tiempo pasó a llamarse Los violadores y tuvo en sus filas a Sergio Gramática en batería y a Stuka en guitarra, tras un breve paso por el bajo.

El 1o de diciembre de 1983, mientras el radical Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la Nación, Hari B abandonaba la banda para dedicarse a su otra pasión: el montañismo. Días antes había salido a las calles “Los violadores”: primer disco de la banda con doce canciones grabadas en dos días entre mayo y junio de 1982. Pero tuvieron que esperar un año y medio hasta que Umbral (un sello under especializado en folclore pero que ya había grabado con V8) aceptara promocionar a esa banda punk que cantaba canciones como “Sucio poder” o “Represión” en plena dictadura cívico-militar.

Punk-Nietzsche

¿Qué es el rock? ¿Y el punk-rock?

Henry Rollins dice que el rock no es una fiesta de cumpleaños: es una acto para hacer catarsis, un acto extremo para que los que asisten vean algo más allá de lo que ven siempre, dice Sergio Gramática en una frase que parece rememorar aquello que los formalistas rusos afirmaban respecto de la literatura: que su función era la de desautomatizar la mirada.

Hoy Nietzsche diría que una vida sin rock no tiene sentido, arriesga Stuka, quien supo tener su paso por la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Gramática, por su parte, define el estilo de Los viola como un engendro mutante de tipos medio alocados y sostiene que el punk es romper con lo establecido. Patear el tablero. Desobedecer. Y también: una revolución intestina dentro del rock, que cuenta con instrumentos como los fanzines para promover una lectura propia de las cosas. Aunque para muchos pueda parecer una sorpresa, hay una profunda posición intelectual detrás del punk, al menos de esta primera camada y de muchos que luego recogieron ese legado.

Pablo Cosso sostiene que el punk argentino es un colectivo de denuncia, agitación y resistencia. Tal vez por eso las palabras de este crítico musical aparecen citadas en el libro para reforzar dicha idea: el movimiento punk como radicalidad sin estructuras, que cuenta con las letras de sus canciones, los fanzines que edita y los flyers o afiches que promueve como sostenes comunicacionales y sus actuaciones y eventos culturales como focos de agitación.

Pocos advierten que los punks y sus primos hermanos los heavys son bichos intelectuales. Ni que debajo de su nihilismo hay lecturas, cine, pensamiento, reflexión, “cultura”. Las últimas décadas del siglo XX no tienen en el campo rockero argentino, quien mezcle con tanta virulencia la cosa literaria, la cosa filosófica, la cosa ideológica con la cosa musical y actitudinal. Editores de sus propios fanzines, escritores de cuentos y crónicas, de poesías, de análisis políticos, manifiestos, promotores de eventos, los punks no son diletantes. Más bien tenaces. Se hacen sus propios afiches, se producen sin plata, graban por su cuenta, afirma por su parte el crítico musical Leandro Donozo.

Algo de eso parecer querer corroborar Pil, cuando en su testimonio sostiene:

Los punks somos más cultos, leemos, pensamos, reflexionamos mucho, nos construimos una base cultural y desde ahí somos muy críticos. No atacamos a algo porque no nos gusta. O por prejuicio. O por resentimiento.

Puede verse que la crítica a los “viejos vinagres” del rock no era mera postura, sino modo de entender(se) en el mundo. Punk es existencialismo, dice Pil. Y aclara: preguntarte ¿quién soy? ¿qué hago acá? Y luego remata: una banda de rock es una revolución posible. En lo social y en lo personal. Idea que en otra parte del libro complementa con la de resistencia:

La resistencia consiste en recuperar el tiempo para reflexionar sobre lo que estamos haciendo, en no dejarse embalar por una corriente de cosas y hábitos que se nos van imponiendo y elegir qué hacer y qué no hacer. Es abrirse a otras voces, voces de personas que no transan, voces que aparecen en tus oídos y te advierten que algo huele mal…

Tal vez pensando esta idea sostenida por Pil, Kreimer escribe hacia el final del libro que el verbo del punk por excelencia es confrontar. Y aclara: no sólo al tipo que pasa desprevenido, o dormido, o muy seguro de que su visión es la que vale. También a vos mismo, para que no te quedes pegado a ninguna creencia.

Rabia, velocidad, ruido, incorrección, inconformismo, rechazo, oposición, descreimiento, provocación: los atributos centrales del punk-rock.

¿Intelectual punk?

Cuanta Pil que de jovencito trabajó en mil cosas. Fue zapatero, trabajó en una imprenta y en varios lugares más antes de entrar a cantar a Los violadores. Siempre destinó gran parte del dinero que cobraba a comprar libros y discos. El primero fue la edición argentina de The Clash, en diciembre de 1977. También cuenta que, varios años más adelante, un día agarró su CPU e impresora y los vendió: con esa plata fue y se compró una colección de libros clásicos: Goethe, Flaubert… y volvió a releer a Verne.

Tengo mis fetiches -dice Pil-. Uno es Stendhal, con Rojo y negro. La canción que se llama “Ellos son” dice: “Rojo y negro/ son diferentes emblemas”. Otra es “Le Rouge et le Noir”, que habla de un asesinato en una ópera. Y ahora una nueva “Rot und Schwwartz”, esos colores en alemán, inspirada en El jugador de Dostoievski, un tipo que va por la vida buscando gitanas que le adivinen su suerte, y solo juega al negro y al rojo. Me faltarían una “Rosso e Nero”, una “Red & Black”, un “Vermelho e Preto”, ¿no? Leía en la cama hasta que se me cerraban los ojos.

También Pil deja en clara su pasión por el cine en este libro:

Cuando estábamos ahí nos íbamos en el 140 a Corrientes, a la Cinemateca del SHA o a la Lugones del Centro San Martín. Si daban, no sé, un ciclo de Joseph Losey, de lunes a sábado, íbamos. ¿Cómo ver sin que te pase nada El sierviente o Kind and Country? El perro andaluz de Buñel, o Eréndira. El séptimo sello de Bergman… Éramos hípercinéfilos.

Hace cinco años ya que este cronista vive en la provincia de Córdoba, con lo cual está lejos de corroborar si, en plena “Revolución de la alegría”, la Lugones sigue dándole continuidad a esa rica historia. Pero puede asegurar que, hasta hace al menos unos años atrás, aún podían verse allí films documentales imposibles de conseguir en Argentina y también la obra completa de algunos grandes clásicos, como la del ruso Andréi Tarkovski o la del italiano Pier Paolo Pasolini.

Esta pasión cinéfila y literaria Pil muchas veces la expresó en sus canciones, como ya ha remarcado y como sigue contando en distintos tramos del libro:

Después aporté otro tema rápido, “Guerra total”, en el que empiezan mis ganas de meter la geopolítica en la banda, algo que no tenía y la necesitaba. Porque lo que pasaba era también la historia. A mí siempre me gustó saber cómo se dieron las situaciones, qué pasaba en el mundo para que se dieran determinados cambios y transformaciones, la sociedad industrial, el neocolonialismo.

Geopolítica pura, arremete en otro tramo del relato. Y aclara con orgullo: en eso fuimos pioneros. Bajábamos líneas con las letras que a los chicos les volaban la cabeza. Geopolítica e historia que conectan el destino sudamericano (en palabras de Jorge Luis Borges) con el devenir de la política mundial. Remata Pil:

Los “hijos predilectos” eran los alemanes que habían generado eso, la Segunda Guerra Mundial. Los hijos predilectos era la metáfora de lo que estaba pasando por los campos argentinos, el Olimpo, etcétera. Clarín titulaba “Enfrentamientos entre bandas subversivas y el Ejército: doce guerrilleros muertos”. No que “plantaban” cadáveres, que los mataban en un lado y los tiraban en otro diciendo que se habían muerto en un enfrentamiento. ¡Acá hay campos, acá hay campos!, desperté diciéndome un día. Por todos lados nos estaban violando y los malos de la película éramos nosotros que nos habíamos puesto ese nombre transgresor.

Con gran capacidad de síntesis y un humor ácido capaz de captar los microfascismos que por entonces circulaban en nuestra sociedad, Pil escribió en el último tramo de la dictadura una canción con el ritmo de la publicidad de Mantecol; pero en lugar de decir: “Mantecol a la vuelta de tu casa, Mantecol en el kiosco de la esquina, Mantecol en la panadería, Mantecol 24 horas al día”, Pil cantó el mismo ritmo suplantando la palabra Mantecol por represión. Fue el comienzo de una leyenda que se complementaría con “Uno, dos, ultraviolento”: tema inspirado en La naranja mecánica (film de Stanley Kubrick realizado en 1971 sobre la base de la novela homónima de ciencia ficción publicada en 1962 por Anthony Burgess) que se convirtió en hit en los años ochenta.

Punk, instantaneidad y legado

Pil es un tipo con historia dentro del punk, qué duda cabe. Fundó la primera banda del género que “la pegó” en la Argentina. Pero no es un nostálgico o alguien pegado al éxito de tiempos pretéritos. Supo salir adelante en los momentos más difíciles, fundar nuevas bandas, saber cuando “pactar” con los antiguos camaradas antaño enfrentados y rearmar Los violadores en más de una oportunidad. Pero también supo captar los nuevos aires de la historia, las lógicas de las nuevas generaciones estructuradas por las dinámicas de la revolución científico-técnica de las últimas dos décadas. Siempre, sin embargo, pervivió en él cierto espíritu punk ligado a la autogestión, al empuje, al asumir los problemas como desafíos.

En una época el “Sí” era terrible: se llevaba parte de la boletería a cambio de un destacado, dice Pil Trafa en referencia al Suplemento Cultural del diario Clarín, para luego reflexionar:

A puras redes sociales, con una plata mínima te garantizás unas trescientas, cuatrocientas entradas. Se ocupa tu mánager. Pone una pauta tipo promocionar publicación en facebook, crea contenidos, fotos, nosotros vamos agregando imágenes y actualizando nuestros sitios con esos materiales y los amigos nos etiquetan. El verdadero difusor de lo que hacés sos vos mismo. Los medios están para redondear la movida. En definitiva, para legitimarla.

De algún modo, con esto Pil propone volver a las fuentes pero utilizando todas las cuestiones tecnológicas a su alcance:

La alternativa es la del manual punk: venderla vos mismo en los shows. Cuando viajamos, casi siempre vendemos casi todos los CD que llevamos. Uno de cada tres del público se vuelve a su casa con uno. Los vendemos sin el recargo del distribuidor, a cien pesos. También vendemos muchas remeras, las mandamos a hacer nosotros mismos. Las últimas de Pilsen se vendieron todas. No es taaaanta plata lo que deja, pero apuntala otros gastos que no se ven: traslado, mantención de equipos, volantes…

Pil también destaca el hecho de que por más caro que le salga a una banda, hoy en día sin un video no existís. Pero también advierte que hay una sensibilidad del artista que suele no llevarse bien con el éxito. Y que para alimentar esa sensibilidad hay que cuidarse de que la presión (por ejemplo, de las discográficas que exigen sacar discos) no perfore la creatividad. Además, una banda punk no es una simple banda de rock. Es algo más fuerte que tiene que ver con las vibraciones del sonido. Por eso Pil destaca el hecho de que hoy en día en una computadora, en un mp3, el sonido no tiene la misma fuerza que antes tenía en un CD e incluso mucho antes en un vinilo. De allí que, si bien siempre lo consideró importante, hoy más que nunca crea que el punk mantiene cierta vitalidad ligada con su historia en el recital, en el en vivo. En los pubs recién me siento satisfecho  cuando la gente sentada empieza a pararse y saltar. Cuando algunos se suben a las mesas…, explica Pil. Y remata: el día que yo vea que eso deja de pasar con el público que nos va a ver, dejo de tocar. El día que termine con la gente sentada, ya está, ¡a descansar, abuelo!

Bonus track: ese punk que llevamos dentro

Desde que salieron por primera vez de Buenos Aires para tocar en Córdoba a fines de 1982, hasta que dieron por finalizada la experiencia a mediados de 1991, Los violadores viajaron por varios lugares del país y también visitaron otros países. Tocaron con Sumo y con V8; tuvieron a Andrés Calamaro como baterista en un ensayo; grabaron canciones para un disco en vivo con un tenor (Carlos Darío Saidman, el reconocido cantor de ópera que cantó en el Lincoln Center de Nueva York) y fueron teloneros de Los ramones, entre otras travesías.

Una década y media después, con la formación original, Los violadores se presentó en el Luna Park no sin un nuevo escándalo, puesto que el show fue prohibido para menores de 18 años por presiones ejercidas por la Iglesia Católica puesto que el nombre de la banda -se argumentó- resultaba “nocivo”. “Moral y buenas costumbres” titularon uno de los temas que pudo escucharse en el Lado B de su primer disco. ¿El eterno retorno nietzscheano de la sociedad argentina?

Un año y pico después de aquél recital Pil vuelve a figurar en los medios de comunicación, esta vez junto a Juan Carlos Kreimer, ambos autores de este libro que estamos reseñando en el que también aparecen los nombres de Patricia Pietrafesa, promotora del Fanzine Resistencia entre 1984 y 2001, actualmente bajista de la banda Kumbia Queers y el profesor de filosofía y conductor televisivo Darío Sztajnzrajber, quien destaca que el punk es nietzscheano o, más bien, que Federico Nietzsche supo ser un precursor del punk al propiciar una poética nihilista retomada por el movimiento musical centrada en destruir las falsas idealizaciones a la vez que proponer hacer pasar lo constructivo por esa destrucción. También está presente el testimonio de la filósofa Esther Díaz (profesora titular de la Cátedra de Pensamiento Científico del Ciclo Básico Común para ingresar a las distintas carreras de la UBA), quien se hizo leyenda no sólo por ir a los recitales punks sino por asistir a sus clases con borceguíes, tachas y ropas de cuero negro. Para Díaz, además de Nietzsche fueron los filósofos cínicos los precursores del punk (el primer aullido punk en la historia universal) ya que en el siglo IV a.C se oponían a los poderes dominantes, no se sometían a las pacatas normas sociales, incluían mujeres pensadoras que se burlaban de las lujosas vestimentas de los filósofos oficiales y de sus ideas universalistas al servicio de los poderosos.

Además de integrantes del Salón Pueyrredón, figuran testimonios de los ya mencionados críticos musicales Pablo Cosso y Leandro Donozo, para quien el punk trató de desarrollar la idea de auto-gobierno y crear una patria paralela (una internacional -aclara Donozo- rememorando el lenguaje de los viejos luchadores) que desenmascara a la hegemónica a la vez que propone alternativas de producción, de mirada sobre el mundo y de vida.

Qué duda cabe que en esa construcción crítica el rol de Los violadores fue fundamental.

https://www.lalunacongatillo.com

Sobre una foto de Louis Althusser // Étienne Balibar

Papeles Althusser

Louis Althusser cumpliría 100 años. El IMEC (Institut Mémoires de l’édition contemporaine[1]) toma como pretexto esta conmemoración invitando a grandes lectores de su obra a comentar algunas piezas emblemáticas de sus archivos.

Se trata de una obra mayor, tejida de tensiones y de contradicciones. Una obra esencial para pensar la contemporaneidad. Derrida subrayó la “fuerza radiante y provocativa de su pensamiento”. Es esta vitalidad la que Étienne Balibar, Jean-Claude Milner, Alain Badiou, Judith Revel, François Regnault, Jean-Luc Nancy y Toni Negri, entre tantos otros, evocaran a lo largo de todo el año, apoyándose en distintos documentos. Comentario, crítica, ensoñación… el archivo está abierto a su interpretación. Los Papeles Althusser invitan a poner en juego el movimiento de un pensamiento gracias al archivo y más allá del mismo.

Cada semana estará disponible un nuevo documento comentado por una persona diferente.

IMEC

 

Versión en francés: http://www.imec-archives.com/papiers/

 

Sobre una foto de Louis Althusser

Por Étienne Balibar

Acepté con placer aunque no sin inquietud la invitación de l’IMEC a contribuir a esta serie de homenajes consagrados a Louis Althusser por el centenario de su nacimiento y, si he comprendido bien, a iniciarlos. No elegí esta foto que se me propone comentar. No la rechazo, pero me inquieta. Se trata de él, tal como lo conocí, pero no lo reconozco verdaderamente. O más bien: compartí con Althusser muchos años. Trabajé, pensé, calculé, esperé, discutí con él. Pasamos vacaciones juntos. Lo visité en los hospitales y clínicas. Pero esta imagen me hace sentir fuertemente cuán poco lo comprendí. Sus “memorias”, su biografía dejada inacabada por Yann Moulier-Boutang, al igual que las conversaciones y los intercambios de recuerdos con otros amigos, antiguos alumnos y camaradas, me han enseñado muchas cosas, pero la parte oscura permanece, incluso ha crecido. Lo sigo pensando.

A primera vista esta imagen es convencional. He aquí un intelectual, un profesor en su “puesto de trabajo” (él amaba esta analogía “materialista”). Detrás y delante de él, sus “medios de producción”: libros, de donde surge únicamente visible, el nombre de Togliatti (todo un símbolo: el partido comunista italiano, al cual, sin dudas, hubiera deseado pertenecer). Un ejemplar de una revista con un título indescifrable (¿en polaco? En el campo de prisioneros, él había aprendido algo de esa lengua eslava, y estaba orgulloso de ello). Los marcadores. La máquina de escribir (¿Hermès?), donde fueron tipeadas miles de páginas públicas, privadas, literarias y filosóficas, pedagógicas, militantes, sentimentales (Althusser tipeaba durante noches enteras, y nunca vi semejante capacidad para tachar renglones completos en el teclado). Reconozco todo ese studium. El punctum, como diría Barthes (a quién una vez conocí en su casa, junto a un grupo de estudiantes), es por su puesto la mirada extraña: ¿a quién está dirigida? Al fotógrafo, sin dudas (¿un amigo?, ¿un periodista?, ¿un editor?). Ni sonriente, ni severa. Preocupante no, pero me parece, preocupado. ¿Y de qué, entonces? De él mismo, de los otros, del porvenir que “es largo” puede ser (no sé cuál es la fecha de la foto, diría que de principios de los años 70 o incluso 60: él está bastante delgado todavía. Pero la edad aparente de Althusser cambiaba todo el tiempo dependiendo de su estado).

Finalmente veo eso que me molesta: es que esta foto parece pedir a quien la mira (yo) algo que habría que decir sobre él, pero que falta. ¿Qué, entonces? ¿Qué puede faltarle a esta figura de hombre instruido a quien su imagen viene a servir de pantalla? Dos cosas esencialmente: el calor de la amistad, el enigma de la locura.

En lo que respecta a la primera, la experimenté y me beneficié de ella sin restricción, entre muchos otros, es verdad, pero de una manera singular. Porque aquello que caracterizó a Althusser fue hablar “exclusivamente” con cada uno de sus amigos, incluso en el seno del pequeño grupo de estudiantes y de discípulos que se formaron alrededor de él, y en ese mismo despacho. De ahí el milagro y la ambigüedad de una enseñanza y de una colaboración que, enseguida, invertía los roles. Ellos hacían de interlocutor y no de receptáculo de una doctrina, el confidente de un proyecto, o el personaje de una puesta en escena, ese Otro a quien la idea debe llegar, a quien le pide enérgicamente usar su cerebro. Nada de “discurso del maestro”, nada de análisis, nada de histeria, y el discurso “de la Universidad” enseguida se convertía en investigación de la idea verdadera por la vía de las “nociones comunes”. Pero es preciso convocar a la otra cara también, la locura, que escrutamos en vano en su mirada. La descubrí bien temprano en su persona, vacilante entre el terror y la piedad o permaneciendo prohibida (así cuando él me decía: de nosotros dos el que está loco no soy yo, eres tú…). Ella se oculta también en esta imagen, despertando la inquietud del pasado; pero lo que me sorprende aún más, es que siento que ella no le quita nada a la amistad, incluso cuando ella “sobredetermina” todas sus obras. Incluso, después, ella la intensifica.

¿Soy el único que ha experimentado este sentimiento, de no querer ni poder contrastar, separar los contrarios? Cuando lo observo mirarme así, todavía experimento un terrible deseo de llegar a él para contarle la última idea “teórica” o el último proyecto “político” que germinó en mi cabeza, una terrible nostalgia de no poder hacerlo. Y luego una terrible incertidumbre respecto a la cuestión de saber si se trata para mí de alienación o de libertad… ¿Pero qué humano sabe si es libre? Althusser, junto con otros poco frecuentes, no puede ser más que el intercesor privilegiado de esta pregunta que nos hacemos a nosotros mismos sin fin. Y que, gracias a tantos escritos suyos de los que yo ni siquiera sospechaba, ahora accesibles a todos, lo será también para otros que no son abrumados por una imagen que se les superpone.

[1] El IMEC reúne, preserva y pone en valor los fondos de archivo y los estudios consagrados a las principales casas editoriales, a revistas y a diferentes actores de la vida del libro y de la creación contemporánea: editores, escritores, artistas, investigadores, críticos, periodistas, etc. Entre otros materiales importantes, en el IMEC se encuentra reunido el fondo de archivos de Louis Althusser.

http://www.imec-archives.com/wp-content/uploads/2018/02/20ALT_althusser_Louis_2018_02_mel.pdf

Los pibes son los enemigos // Diego Valeriano

Si los enemigos no son los pibes ¿por qué se pide la pena de muerte? ¿Por qué se festeja su fusilamiento? ¿Por qué el presidente recibe al que tiró por la espalda? Si ellos no lo son ¿por qué los asesinan, los golpean, los suben al patrullero y le ponen la 9mm en la pierna mientras le prometen que si vuelve a dar vuelta por acá se lo devuelven a la vieja con una gamba menos? ¿Por qué llenan cárceles e institutos? ¿Por qué sabés que tenés que cruzar cuando vienen de frente? ¿Por qué cuando llegás caminando a tu casa y escuchás una moto en el medio de la noche rogás que sea un delivery? ¿Por qué los desaparecen?

Son los enemigos porque viven a todo ritmo, no negocian, saben lo que puede un cuerpo y empastillados tiran hasta el lunes. Porque aman, arrancan, odian, se plantan, tiran. Porque andan en shores con el fierro en el cintura tan sueltos de cuerpo, tan naturales, tan brutales y temerarios. Porque son unos atrevidos.

Si no son las enemigas ¿por qué les dan tantos talleres en los centros comunitarios, tantos programas del PNUD? ¿Por qué planificás una y otra vez? ¿Por qué un área específica en desarrollo? ¿Por qué se les prohíbe ir con shorcitos a la escuela? ¿Por qué intentás darles voz, explicarlas, representarlas? ¿Por qué intentás planificarles la vida? ¿Por qué vas al barrio los sábados a dar talleres? ¿Por qué te asustan esos ojos negros que te buscan en el bondi?

De tan enemigas ni lo saben, de tan atrevidas ni lo piensan. Tampoco les importa demasiado. Deambulan por ahí, corren el  que creen que es el último 166, dan vueltas demás hasta la estación  para esquivar giles, hacen cosas que no pueden contar por escabio, se ríen de los que marchan, son voraces y descanseras. Asumen lo vertiginoso de vivir acá sin tanta bandera. Aman, arrancan, odian, se plantan y también tiran. Le clavan por la espalda dos cuchillos al novio de la mamá.

 

 

La policía también va al muere // Sabina Frederic

¿Será el respaldo del gobierno de Macri al policía Chocobar, procesado por “exceso en la legítima defensa”, solo señal de apego al punitivismo y confrontación política con el garantismo? ¿O se trata en rigor de una impugnación a la ley y la administración de justicia? ¿No hay en el gesto presidencial una exaltación de la venganza que implica el homicidio de un joven a manos de otro? Sí hay algo claro es que no hay ley vigente en Argentina, ni en buena parte del mundo occidental, que ampare la actuación de Luis Chocobar como funcionario policial.

Estamos en presencia de un manifiesto del poder ejecutivo nacional de descreimiento y rechazo a la justicia, a ese cúmulo de acuerdos escritos convalidados por rigurosos procedimientos oficializados que nos regulan, aunque personalmente puedan disgustarnos. Al margen del derecho penal, proponer que la policía no es culpable en un enfrentamiento, como dijo Patricia Bullrich, es respaldar la conducta vengativa y revanchista, el “ojo por ojo” como régimen policial. Perseguir a un ladrón que hirió a un turista para rematarlo por la espalda cuando ya estaba caído y no representaba una amenaza, es venganza. Y la venganza viene cargando la atmósfera del clima de época, alimentando una cosmovisión que quienes nos gobiernan en Argentina no han perdido oportunidad para subrayar. Recordemos la prisión preventiva dictada y sostenida solo a funcionarios políticos del anterior gobierno, y el escarnio contenido en esas imágenes especialmente tomadas durante el momento de su detención, para el goce mediático de una parte la audiencia.

Macri y Bullrich conocían los detalles del expediente judicial mediante el cual el juez procesó y embargó al policía Luis Chocobar. También habían visto el video. Y aun así, recibieron al policía. Estaban plenamente convencidos de que era importante apoyar su conducta y desafiar lo que el Jefe de Gabinete denominó el “prejuzgamiento de la justicia”. Se refería a que la justicia al detener y embargar a Chocobar, velaba por los derechos del delincuente, en este caso asesinado, y no por los del policía. Si tomamos en serio la afirmación, por qué no hacerlo, el funcionario en cuestión (y el Gobierno) consideran que hay paridad entre la persona del delincuente y la persona del policía. Y la hay, son humanos, eran vecinos de la Boca, jóvenes. Pero el policía está investido por el Estado, actúa en nombre de este y ejerce una fuerza delegada, es decir una fuerza que no le es propia. Esta condición diferencial lo somete a numerosas y rígidas obligaciones impuestas a los integrantes de una institución del poder ejecutivo nacional según las leyes vigentes.

En fin, como todo acto de venganza, la propuesta es dejar fuera de juego la actuación judicial. “Cambió la doctrina, la Policía no es culpable en un enfrentamiento”, dijo Bullrich. Y agregó que es algo que “los jueces no entienden” y que terminaría en una reforma del código penal. Las imágenes del video niegan un enfrentamiento y el eufemismo nos retrotrae a los años de plomo. Así, el gobierno reivindica el derecho del policía a ejecutar extrajudicialmente y empuja a todas y todos los uniformados a ejercer esa fuerza delegada en casos de flagrancia como este.

El homicidio se convierte en el castigo merecido por el delincuente. Las persecuciones y tiroteos en plena ciudad quedarán justificados, aunque en la correría se hiera a ciudadanos “de a pie”. Como ocurrió cinco días después del caso Chocobar en la zona de Tribunales y en la misma jornada en que Bullrich redobló su apuesta. La Policía de la Ciudad se sintió “libre” o “alentada” a faltar al protocolo de actuación urbana que pondera daños y prohíbe la persecución en zonas de concentración de personas. ¿Justifica el robo a una joyería dejar tres personas heridas, entre ellas el delincuente, e instalar el pánico en la ciudad?

Pero los golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrado este gobierno no son señales evanescentes, se inscriben en una cosmovisión que los precede y a la vez, subrayan, profundizan y adornan. Basta ver las reacciones en las redes sociales luego del encuentro de Macri y Chocobar para constatar el numeroso público que aplaudió y defendió el gesto presidencial, y quiere ir por más: es el goce de algunos en identificar y condenar a los que no merecen la vida y para quienes la cárcel es poca condena. Es el goce de excluir a los no elegidos al reino de lo no humano hasta provocar su deceso, que les garantizará que no volverán a tocar el patrimonio ni el cuerpo de quienes lo supieron conseguir con esfuerzo y/o sabiduría. A la defensa del patrimonio de la víctima de un robo como al ataque de quien desespera por obtenerlo a cualquier precio, los une el valor simbólico que instala la profunda desigualdad.

La política de la venganza es parte del clima de época y de un proceso social de individuación y desconfianza interpersonal. Pero no es igual en todas partes, asistimos a profundas incertidumbres por derrumbe de idearios y proyectos colectivos que enlacen el pasado con el presente y el futuro. El gobierno anterior consiguió introducir a un porcentaje de la ciudadanía en un proyecto, mientras el otro se sostenía en su rechazo acérrimo. Este gobierno, al contrario, no produce un proyecto con pasado, presente y futuro, no tiene tradición, se alimenta de la desconfianza, la individuación y la revancha, mientras troca proyecto soberano por “cambio”, “creencias” y “doctrinas” del equipo de gobierno.

Vengadores  o policías

Chocobar dejó de comunicarse por Twitter y reza sin poder regresar a su casa. Bullrich declama un cambio de doctrina que proteja a Chocobar de la sanción legal. Pero él teme una represalia, ella no, claro. Ella sabe que por más protección local que exista al tipo de acciones de “ejecución extrajudicial” que el derecho humanitario internacional condena, la lógica de la venganza no recaerá sino sobre los policías. Los policías saben muy bien que no se puede volver a casa cuando se conoce el domicilio del funcionario que mató a un delincuente. Chocobar deberá esconderse mientras no esté detenido, por su seguridad y la de su familia.

La propuesta de exterminar al delincuente y proteger al policía para darle mayor eficiencia al “combate el delito” también actúa como una ideología de Estado. La lógica de la vendetta en ausencia de justicia está sostenida en ciclos interminables de homicidios que envuelven a las partes afectadas. Esta es la misma trama de venganzas que permite entender los homicidios entre bandas rivales que disputan negocios ilegales, inhabilitados para recurrir a la justicia y dirimir un conflicto. El honor, la reputación no están ausentes de la búsqueda de venganza, se ganan a través de ella. Así se alimenta el mundo simbólico de ciertos grupos.

La historia de la humanidad está plagada de épocas y escenarios donde imperó la venganza. Se cobró cientos de vidas y está demostrado que no fue posible sin la presencia del Estado. Estamos más familiarizados con el fenómeno por historias que nos llegan de otros territorios y envolvieron la dinámica social de algunas regiones en Brasil, México, Chicago o Nueva York. Como demostró Michel Misse para Brasil la policía militar es parte activa de la revancha.  Es que la espiral de violencia que implica la lógica de la venganza no sucede entre dos personas: aunque eso parezca a simple vista, implica necesariamente a los colectivos de los que la víctima y el victimario ocasional se sientan miembros (bandas narco, familias mafiosas, policías, empresarios o funcionarios).

Ahora bien, nada más lejos de la “nueva doctrina” que la enseñanza impartida a las policías en la Argentina. Ni en el curso más breve como aquel con el que egresaron 16.000 Policías Locales de las más de 50 escuelas de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 2014 y 2016; ni en la instrucción más sofisticada de las tropas de elite (Grupo Halcón, GEOF, Albatros o Alacranes) se al imparte. Esta dinámica que quiere imponer el gobierno aclamado por el goce desenfrenado -siempre que no tengan que ensuciarse las manos claro está- de quienes defienden la conducta de Chocobar, está en las antípodas de las declamaciones de una policía profesional. La propia política de formación, reentrenamiento y capacitación de la gestión de Bullrich tiene profundas continuidades con la gestión anterior: sigue orientada al conocimiento profundo de la ley, los derechos humanos y el uso proporcional y racional de la fuerza.

Además, hay muchos uniformados que rechazan ese respaldo a la conducta de la ley como ocurrió en los operativos contra los mapuches en la Patagonia y en la represión de diciembre en la Ciudad de Buenos Aires. Hubo integrantes de la policía y de la gendarmería que frenaron el descontrol de abajo y las órdenes políticas desmedidas de arriba.

La sobreactuación protectora de nuestros actuales gobernantes a las fuerzas policiales debería poner a los uniformados en alerta. Este apoyo anudado en la venganza es un camino hacia el descarte de sus integrantes. Total entrarán otros jóvenes a las policías y fuerzas de seguridad, buscando alejarse de quienes eran como ellos cuando no contaban con un destino auspicioso. La policía es desde hace un tiempo la vía privilegiada de los sectores bajos y medios bajos para acceder al empleo público, a una carrera sin riesgo al despido, un horizonte y un ámbito de pertenencia y reconocimiento social. Los riesgos son otros y en el reino de la venganza correrán peor suerte los y las uniformados/as. No conviene hacerles creer que el honor se gana matando delincuentes, porque ese reconocimiento les llegará a muchos después de muertos.

*Este artículo fue publicado en la revista ANFIBIA el 8 de febrero de 2018.

Cómo conseguir chicxs // Agustín J. Valle y Juan Manuel Sodo

                                                                                 Fuimos siempre imágenes, cuando menos desde el charco reflejante, que, acaso, haya sido el mismo que el verbo onduló dando comienzo.

 

1.

Marcos 33, diseñador y baterista; Jimena 29, repositora en Easy; Facundo 37, empresario de software; Sandra 38, ejecutiva de cuentas; Diana 35, profesora de educación física. Cada cual su divisa: “Amo los asados, el vino y lo simple de la vida”, “Sé reírme de mí si vos también”, “No tengo jefes y no quiero que nadie me diga cómo vivir”, “No confundas mi personalidad con mi actitud”. Y las fotos. Una mirando hacia arriba con trompita a la camarita que ella misma sostiene. Otra parada sobre una roca en un lago del sur. O con la torre Eiffel detrás. Uno, muchos, con torso desnudo ostentando músculos criados a conciencia. En la playa, en una pileta, manejando, en el baño, en el Machupichu. Otro con lentes oscuros y la guitarra, siempre la guitarra, de repente los chabones son todos músicos. Otra vestida de entrecasa con su gatito y gatito es para quilombo…

La pantallita, en principio, muestra un mosaico de fotos con nombre-edad-trabajo. Pero ingresando en cada persona hay más fotos y alguna frase (“Acerca de mí”). Bueno, “persona”: está claro que nosotros no somos eso, esas poses, frases de cabecera, no somos nosotros pero también sí. Somos lo que fingimos y por tanto debemos ser muy cuidadosos con lo que fingimos, dice Vonnegut (si un sinónimo habitual para “simular” es el giro “hacerse el/la”, ese hacer produce lo que simula, como quien se hace mucho el boludo, se hace el boludo, se hace y se hizo boludo nomás). Después te encontrás y te encontrás con la persona. ¿O sea que esos datos, lemas (“tengamos una charla copada, no una entrevista”), gustos (“viajar y ver series”), fotos de perfil, no eran la persona? Y viceversa, sabemos que el otro se encontrará, ahora sí, de frente, con nosotros.

 

Personas-producto en la pantallita del amor: hay cantidad. ¿Cómo no excitarse, ante tamaña oferta de carne? ¡¡¿Todos estos quieren garchar?!! Oferta semiótico-luminosa de carne erotizada; pasar y pasar personas que se ofrecen; que, si están ahí, están dispuestas. Solamente Happn, la segunda red más grande detrás de Tinder, tiene 950 mil usuarios en Argentina, 690 mil en Buenos Aires (segunda en el ranking mundial de ciudades). A diferencia de un boliche o un bar, donde puede pretenderse que la presencia responde a otros deseos (escuchar música, reunirse con amigxs) y solo quizá surjan ganas de ligar, estar en las “redes de citas” (parece pero no es el nombre de la producción de tesis doctorales contemporánea), o redecitas, es para ofrecerse y solicitar.

Y en la guerra por la atención, cada quien con su estrategia: boquita felante (¿no es acaso el sexo oral -el sexo que se dice- el propio de las subjetividades habituadas a la conversación permanente y las fábricas de la charla?); gancho humorístico; cara seria y cool de “hay más en mí que lo que una foto puede mostrar”; primerísimo primer plano de las tetas. El paseo por la oferta es un estímulo fenomenal para el cuerpo sedentario. Cuerpo exprimido de la urbe mediática 24/7, que pasa pocos ratos lejos de pantallas (un viaje largo en colectivo sin el celu es… ¿Hay alguien al que no le guste el celular? ¿Cuántas cosas como ese gusto son tan comunes en conjunto social?). Cuerpos que van en el bondi elevando sus pulsaciones fotosensibles con la góndola de gente enmarcada en el rectangulito del celular, pasando ofertas a pura yema.

Al fin y al cabo cada persona es un mundo y detrás de ese Germán 34, de rulos y electricista, puede haber mucha carcajada limpia, o esa Paola 29 esconder una vibra sexual para el recuerdo, o Johana 39 estilista ser, incluso, capaz de mirarnos como nadie nos ha mirado. El potencial es infinito. Y, encima, brilla. Si ya acariciamos la pantallita porque sí (cada día alguna dedeadita sin motivo se le da…) ¿cómo no sumarle la representación de personas que auguran emociones sudorosas? La pantallita embellece, da rozagancia, nos mejora. Sujetos editados, de mil fotos elegimos cuatro, sujetos que son todo promesa pero con efectos inmediatos: no hace falta querer coger o conocer a alguien para entrar un rato a la red, estar en ella produce el ansia. Catálogo de personas al por mayor y puedo elegir la que más se ajusta a lo que me gusta; después, veremos. Tinder es Zonaprop: verte con tipos, ver departamentos… Mientras tanto (y, Saer dixit, somos ciudadanos del mientras tanto), la emoción de ver, la emoción del megustear, la emoción del crush (o “match”, es cuando dos usuarios declaran gustarse, y ahí se abre el chat…), no precisa más que esta fabulosa galería de homo sapiens en oferta. La tan mentada objetualización de los cuerpos ha alcanzado el sumum en la incorpórea virtualidad.

 

“Estar sentado en el inodoro, pasando minas en el tinder, y a los dos días estoy sentado en un bar y aparece una chica y me dice hola qué tal, soy Lis y estoy más buena que las vacaciones”. Salvo para quienes maquinizan con la educación sentimental yanqui (un mundo de película doblada de sábado a la tarde en el que la gente tiene hobbies, tiene citas y primero quiere conocerse, un mundo en el que la concepción de género dispone que el hombre es el activo y es el que propone); exceptuando a esos, hoy coger está para cualquiera al alcance de la mano. Mientras se está en el laburo, aburrido en el futón del monoambiente o esperando el tren. Levante multitasking de los que aprendieron a escindirse, training en respuesta automática, entrenamiento en estar sin estar, estando de un lado a otro en trabajos precarios. “Estoy usando el dedo a full”. Dáctilo-pornografía. La yema con la que ingresamos al mercado garchístico de los cuerpos, la que en los trámites de registros y migraciones nos hace ciudadanos.

 

Por otra parte está la benemérita cuestión del control. Para entrar a la aplicación tenés que hacerlo vía tu cuenta de facebook (y hasta podes entregar los perfiles de facebook de tus amigos a cambio de más saludos gratis, chantaje emocional mediante, una noche de calenturismo que te copeteaste). El dispositivo geolocalizador de tu teléfono, tobillera electrónica, te va mostrando el punto del mapa en el que te cruzaste con tales y tales personas, la cantidad de veces y a qué horas; y si, megusteando, resulta que ambos os gustáis (“¡tienes un crush!”), se abre la posibilidad del chat (“hablar”). Para empezar, esto se inscribe en un marco de época en el que nuestra trayectoria urbana, el derrotero de la presencia corporal toda, es convertido en información. Dónde estamos en cada momento, qué movimientos son rutinas habituales, cuáles son ocasionales, a qué espectáculos vamos, cuánto tiempo en el shopping y qué fechas, etcétera, etcétera. La existencia extensa es trazada en un mapa, como si fuésemos potencialmente para alguien(es) cosa parecida a un ente enemigo cuyos movimientos analiza (¿O no hay una guerra para captar la vida? La guerra por la atención tiene al sujeto como fuente de información sobre sí constante, y captura cautivando). Niveles y tipos de actividad y todo combinado: ese día mandaste muchos saludos, entrás a mirar gente a la tarde, chateás en la oficina más que en tu casa y un largo etcétera de bytes acaso útiles mercantil y securitariamente: el erotismo como proveedor de información biopolítica. “Los argentinos se van a la cama tarde. Su utilización de happn aumenta con regularidad a lo largo del día. Entre las 20 y las 00hs se da el pico de likes. Las argentinas son las segundas más proactivas, después de las brasileñas”: información provista por la agencia de comunicación argentina de Happn.

Aunque el narcisismo (Narciso, el que se fascinó con su reflecta imagen plana) alimenta el control, el usuario puede descreer que exista o vaya a existir voluntad interesada y capaz de usar sus datos personales para algo. Lo que no puede es evitar verse reflejado en la vitrina de personas producto, personas paquetitos. No son datos personales, es la persona hecha datos. Los propios cuerpos se conciben a sí como conjunto de información tipificable. Seguramente nadie esté ni cerca de identificarse en pleno con la imagen que emite (aunque habría que ver), pero esto no modifica el hecho de que cada vez más el cultivo de sí consiste en procedimientos que implican habitar la concepción de uno mismo (y los otros) como paquete informacional que provee permanentemente sus actualizaciones. Desde ya, en la mayoría, o al menos muchos casos, quien usa las aplicaciones  de citas no se come el verso y simplemente eso: las usa. Usándolas como “una herramienta más para conseguir citas”, creyendo y no creyendo al mismo tiempo, haciendo lo mismo de siempre pero de otra forma, las “redecitas” son una fuente harto útil para enriquecer la vida, vida que, Mientras Tanto, se habitúa a pasar por el procedimiento fáctico -ni más ni menos que habitual- de hacerse pasar como modesta constelación de datos.

 

“Vas a un bar y ves que los flacos están todos con el celular mirando happn o tinder. Ya fue salir”. Si algo hacen estas redes es a) arrogarse un saber sobre vos (estás solo y caliente); b) infantilizarte (no podés solo); y c) facilitar: hacen mucho más fácil salir con alguien. Se alisa lo que era -y en paralelo sigue siendo- una experiencia rugosa con mayores complejidades. La lógica del aplicacionismo es esa: ahorrarte pasos, filtrarte mediaciones. De hecho el salto en relación a los chats de solos y solas que existen desde la masificación de internet, es la versión “aplicación” para el celular: ahora no es hace falta tener dificultades para conocer gente, ahora, para cualquiera, es más excitante, práctico, fácil y ahorrativo. Bañarte / Vestirte / Salir / que alguien te guste / que te vea / hablarle / llevarte el contacto para posteriormente otro día armar cita… Ahora te bañás y vestís solo cuando ya hay cita. “He tenido perfiles más claros y explícitos, con gustos de películas, diciendo que me interesa la política, y otras cosas. Restringe bastante, pero te ahorrás encontrarte con gente demasiado diferente a vos. Pero ahora lo tengo más abierto, no digo muchas cosas que restrinjan el target. La otra vez por ejemplo salí con una que trabajaba en marketing y era medio fanática del Estado de Israel; pero era una bomba. En este momento esas cosas no me las quiero perder; en otro prefiero encontrar menos pero más cercano en cuanto a gustos e intereses, que sepa quién es, no sé, Lula, Godard…”.

Ahorro sapiens somos, con aparatos para ahorrar experiencia. Y es que si algo compartimos los urbanitas contemporáneos es que no tenemos tiempo. Gente sin tiempo para experiencias carentes de utilidad prefigurada (si salimos es porque debería estar todo bien, el primer encuentro ya tiene una disposición clara). Y a la vez, paradoja, gente entrenada en el disponibilismo, en estar disponible para recibir y emitir mensajes en cualquier momento. Extraño es tener una sola ventana o chat activo por vez. Lo que fue clásicamente un problema de falta (¡cómo conseguir!) hoy es un catálogo donde hace problema la sobreabundancia. Una de las muchas redecitas existentes, Kickoff (“patada inicial”), ofrece los siguientes distintivos: “Calidad versus cantidad (mostramos solo personas que tus amigos ya conocen); Relevante (detalles que importan, tales como la escuela y el trabajo); Simple (tan solo unas pocas personas al día)”. ¿No es maravilloso? Tan solo unas pocas personas al día.

 

Tan fácil es coger que incluso es muy fácil encontrarse a coger sin tener ganas; basta con solo la idea de que uno debería tener ganas, basta la máquina que lo supone, máquina social que coincide prácticamente con el territorio de la ciudad… “Acababa de separarme, re deprimido por la otra hija de puta que amaba como la mierda y me dejó, y de pronto estaba encima de una mina que gritaba como loca y yo la veía y pensaba quién sos, qué te pasa que gritás así, qué hago acá…”. La erotización que las redes del garche producen logra independizarse del estado erótico afectivo de los cuerpos. Se ahorra soledad. Y se ahorra también el proceso de acercamiento, que informa sobre el estado afectivo. Tan fácil es, que le ahorra al cuerpo los pasos donde podía ir indicando -enterándose- qué necesitaba. Muchos usuarios se cansan entonces del sexo fácil, del toco y me voy; cansados por la repetitividad de sus formatos, o por encontrarse actuando de deseantes, hasta pueden volverse conservadores: “Ya fue, pierdo tiempo, prefiero estar sola, y esperar algo serio. Igual, tengo el perfil. Cuando me separé, me parecía que ya todos estaban en pareja y yo me iba a quedar sola. Tinder en ese sentido fue un punto de inflexión para mí. Me hizo ver lo solos que estamos todos”. Con poco más de tres años de vida, el Tinder está presente en casi todos los países y ha alcanzado los 10 mil millones de matches: más matches que gente.

Fuente: Revista Crisis

Feministas del mundo: unías!

ASÍ NOS ORGANIZAMOS

Las actividades de previa del #8M ya comenzaron! Conocé todos los puntos de movilización. Así nos organizamos! Queŕes sumar tu punto de encuentro? Escribinos a lainternacionalfeminista@gmail.com

🌐 ENERO

23/1

🔸Invitación Construcción #8M/ Belém, Brasil

🔸Reunión Construcción #8M /Manaus, Brasil

🔸Tertulia #HaciaLaHuelgaFeminista / Badajoz, España https://www.facebook.com/events/170768670352252/

🔸Segunda reunión de organización #8M /Chaco, Argentina

24/1

🔸Vaga General Feminista/ Barcelona, España https://www.facebook.com/events/1784684431833307/

🔸Plenaria #8MPy/ Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🔸Plenaria #8MPy/ Pilar, Paraguay

25/1

🔸Asamblea #8M /Corrientes, Argentina.

🔸Asamblea #8M / Biblioteca departamental, 17:30 hrs /Cali, Colombia

26 y 27/1

🔸Primer Encuentro de Mujeres de Amambay/ Pedro Juan Caballero, Paraguay

26/1

🔸Asamblea de Mujeres, Lesbianas y Trans/ Plaza de Cagancha, Montevideo, Uruguay. https://www.facebook.com/events/453566441738078/

27/1

🔸8 de Marz0 — Vem Construir/ Recife, Brasil

28/1

🔸Plenaria #8MPy /Ciudad Este, Paraguay

29/1

🔸 Segunda asamblea #8M, 17 h/ La Toma, Rosario, Argentina

30/1

🔸Primera Reunión para el #8M/ Rio de Janeiro, Brasil https://www.facebook.com/events/319024545254168

31/1

🔸Organización 8 de Marzo / Vitória, Brasil https://www.facebook.com/events/749113861945151/

🔸Asamblea #8M/ Salon de la Asociación se Trabajadorxs de Prensa, Tucumán, Argentina.

🔸Plenaria#8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🌐 FEBRERO

1/2

🔸Reunión Construcción #8M, 19.30 h/ Escuela Primaria N°118, Neuquén, Argentina

🔸 2da reunión articulación 8M, 17:30 h/ Biblioteca departamental, Cali

🔸Asamblea, Montevideo Uruguay, 19:30hs

2/2

🔸Primera reunión para el #8M/ Petropolis, Brasil https://www.facebook.com/events/146396996020267/

🔸Primera Asamblea #8M/ Buenos Aires, Argentina https://www.facebook.com/events/209720442917946/

🔸Asamblea, Petropolis Brasil, 18 hs
https://www.facebook.com/nosotrasparamos/photos/a.590440388014730.1073741828.588941878164581/599648080427294/?type=3&theater&notif_t=feedback_reaction_generic&notif_id=1517255158482190

3/2

🔸Primera Asamblea #8M en el Oeste/ El Transformador de Haedo, Buenos Aires, Argentina

🔸Asamblea #8M, 17:30h/ Calatayud, España

🔸Asamblea, La Paz Bolivia,Av 6 de agosto entre JJPerez y Aspiazu N548 APDH-LP 17 hs

🔸Segunda Reunión Cali, Colombia

🔸Primer plenaria abierta, Uruguay Montevideo

🔸Venezuela, reunión #8M

5/2

🔸Feministas del Abya Yala, 17.30 h /Buenos Aires, Argentina

🔸 Nosotras Paramos, 18 h/Local del PIP, Puerto Rico

🔸 Asamblea Ni una menos, 17 h / Rosario, Argentina

🔸Asamblea Ni una menos, Italia

🔸Tercer Plenaria, #8M Rosario Argentina

6/2

🔸 Reunión colectiva, 16.30 h / “La Chocolatada Popayán”, Colombia

🔸Acciones #8F, 14.30 h / San Pedro Sula, honduras

🔸Brasil, 2 reunião preparatória do #8M

🔸Reunión en Río de Janeiro, #8M

7/2

🔸Primera Asamblea #8M/ Córdoba, Argentina

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🔸 Primera Asamblea #8M, 17 h / Piacoteca, Pasto, Colombia

🔸 Reunión de organización colectiva, 20 h / Local AEBU, Maldonado, Uruguay

🔸4ta Asamblea Vaga Feminista, 19.00 hs/ Ca La Dona, Barcelona, España

🔸Organizaciones colectivas y procesos nos unimos entorno al #8M, Bogota Colombia, Cra. 8 #19–45 Plazoleta de las nieves

🔸 Costa Rica, Reunión abierta, Ni una menos, 7pm, Bar Acapulco

8/2

🔸Mateada feminista, 17.30 h / Campus UNGS, Los Polvorines, BsAs, Argentina

🔸 Volanteada feminista, 18 h/ Rambla Catalunya, Rosario, Argentina

🔸Río Negro, Fray Bentos: jueves 8 de Febrero primer reunion de coordinacion abierta en Plaza de las Mujeres a las 19 hs.

🔸Reunión salto Uruguay, 18 hs

🔸Santa Catarina/ Brasil 18–21 hs, tercera reunión #8M SC 2018

9/2

🔸 Segunda Asamblea, 17.30 h / Galpón frente a Mutual Sentimiento, BsAs, Argentina

🔸Río Negro, Young: Viernes 9 de Febrero, Casa de la Cultura en Young a partir de las 19 hs.

11/2
Reunión en Lago Pueblo, 18 hs en Lago Pueblo en la costa del lago, del muelle a la derecho
🔸Argentina

10/2

🔸Asamblea Labora, l0h/ Casa de la Solidaritat C/ Barcelona , España

14/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

15/2
🔸Reunión de construcción nio nes marcha #8M, Universidad Central Del Ecuador, 5pm

21/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

28/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🌐 MARZO

7/3

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

8/3

🔸#8M Recife/ Recife, Brasil https://www.facebook.com/events/209778092925252/

Fuente: La Internacional Feminista

Bloquear y transformar // Verónica Gago

#NosotrasParamos La voz colectiva que construye el internacionalismo de la medida del paro de mujeres para el próximo 8 de marzo. Transversalidad, alianza y transformación de un tiempo que ha dado tanta fuerza como malas noticias: la feminización de la pobreza aumenta, los femicidios no paran y la visibilidad de los casos de abuso demuestra que la impunidad ha sido la norma.

El paro internacional de mujeres de este 2018 nos vuelve a dar una cita, un punto de encuentro, donde convergen experiencias, militancias, espacios comunitarios, asambleas, reclamos y deseos. El paro expresa, otra vez, un horizonte organizativo aquí y ahora, construido desde abajo: como acción que ha revitalizado el amplio movimiento de mujeres, trans, lesbianas y travestis desde 2016 en Polonia y en Argentina, no ha dejado de crecer, de ampliarse y diversificarse. En América latina y el Caribe su fuerza se conjuga siempre como duelo y como lucha: en marzo recordamos un nuevo aniversario del asesinato de Berta Cáceres que hoy vive en las luchas hondureñas contra el gobierno del recién asumido Juan Orlando Hernández y también a las niñas fallecidas en el hogar de Guatemala, cuyos nombres suenan en la campaña global #NosDuelenLas56.

En 2017, hicimos paro en 55 países devolviendo al 8M su memoria obrera, acuerpándonos con las trabajadoras textiles de todas las épocas, con una memoria insurgente que está tramada de resistencias cotidianas. Arrancamos la fecha de un calendario que quería convertirlo en un ritual melancólico y formal. A través del paro revolucionamos nuestra práctica como movimiento al mismo tiempo que revolucionamos la herramienta misma del paro, clásicamente asociada sólo al estrecho mundo obrero masculino y asalariado.

¿Por qué?

  •  Porque el paro nos dio una práctica de transversalidad para poder justamente ser parte de una medida de fuerza organizada en común desde las diversas situaciones que habitamos como mujeres, lesbianas, trans y travestis. Desde el movimiento feminista, parar no es sólo dejar un trabajo o ausentarse de él, sino suspender, bloquear y sabotear todo tipo de tareas que históricamente han quedado a cargo de los cuerpos feminizados, de modo casi siempre invisible, no remunerado o mal remunerado. Tareas en general despreciadas políticamente pero que son la base de la reproducción de la sociedad en su conjunto.
  •   Porque el paro nos permite una doble dimensión: bloquear y transformar. No se trata de una acción puramente negativa, sino que a partir de la acción de parar, la pregunta sobre qué hacer se vuelve más rica, más importante, más colectiva. Queremos cambiarlo todo, hemos dicho. ¿De qué maneras concretas construimos esa transformación desde nuestras prácticas?

Como lo señala Silvia Federici en un video que será lanzado por la campaña del colectivo NiUnaMenos: “Parar significa no solo interrumpir ciertas actividades laborales, sino que significa también comprometernos en actividades que tengan algo transformador, que en cierta manera nos llevan más allá de las ocupaciones rutinarias y de la vida cotidiana y que contienen en sí mismas otras posibilidades”.

  •   Porque el paro fue también la clave de conexión entre países, regiones, y escalas muy diversas, dando a lo global una materialidad. Entonces: es una conexión territorial que significa una conexión entre luchas. Pero también una conexión de temporalidades: tiempos de las horas de paro, tiempos de insumisión que desbordan las horas de paro, tiempos de organización que van construyendo el paro, tiempos personales y colectivos, tiempos generacionales y de distintas luchas históricas y tiempos de rumiar cómo seguimos nutriendo la marea de feminismos. Por eso es una conexión de tiempos que significa una conexión entre historias heterogéneas. Así, la huelga es diferencia y conexión. Porque contiene y se nutre de la multiplicidad de tiempos y territorios (de nuestras labores, situaciones vitales, experiencias, organizaciones, y demandas) a la vez que las conecta en un mismo plano, donde la diferencia no es un fragmento sino una fuerza constituyente de lo que tenemos en común.
  •   Porque el paro se hace fuerte como proceso internacional, transnacional. Entre una fecha y otra no ha sido un tiempo vacío, de espera entre “acontecimientos”: hemos visto desplegarse un proceso de acumulación de fuerzas, de movilizaciones, de encuentros, de batallas, de campañas, de desafíos y desacatos. También notamos el empeoramiento de las condiciones de nuestras vidas. Como acaban de escribir feministas norteamericanas del 99% como Angela Davis, Nancy Fraser y Keeanga-Yamahtta Taylor <https://www.theguardian.com/profile/keeanga-yamahtta-taylor> entre otras varias firmantes (latfem.org/necesitamos-un-feminismo-para-el-99-por-eso-las-mujeres-haremos-huelga), hay que denunciar en concreto lo que significa el primer año de gobierno de Trump al mismo tiempo que valorizar la viralización de la campaña #MeToo, #UsToo y #TimesUp de denuncia de abusos. Estos testimonios, en su proliferación, fueron capaces de ir más allá de la enunciación personal. Es fundamental además remarcar –como ellas argumentan– que la violencia racializada es internacional y que, por tanto, también lo tiene que ser la campaña en su contra; también que la violencia en los campus universitarios tiene todo el aparato legal a favor de su encubrimiento; y que es el mismo estado el que financia a Israel contra la militante Ahed Tamimi y su familia y el que encarcela sobre todo a mujeres afroamericanas.
  •   Porque construimos una voz colectiva que insiste y persiste: #NosotrasParamos. Como expresan también de modo contundente en este texto las compañeras desde Estados Unidos, la voz colectiva va tomando fuerza en la medida que denunciamos y conectamos los silencios de los abusos con los abusos en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las cárceles y en la frontera. Esto además lo vamos construyendo en alianzas concretas que se ponen en marcha acá y allá y producen escenas de esta coalición ya en marcha. Por ejemplo, el domingo pasado se lanzó en Nueva York la huelga. Ya se había volanteado en la Women’s March. En el acto participaron Jeannette Vizguerra, luchadora migrante que logró evitar ser deportada; Lamis Deek, activista palestina y abogada de derechos humanos; María Inés Orjuela, trabajadora del Hotel Hilton, donde acaban de organizar un sindicato; Farah Tanis, fundadora de la organización Black Women’s Blueprint, entre otras.
  •   El paro deviene así una manera de conectarnos entre nosotras, una herramienta colectiva, capaz de asumir que parar es habilitar socialmente las condiciones para que todas podamos parar y narrar qué significa, desde cada situación concreta, reinventar la huelga. En esa inspiración y resonancia que nos va entrelazando, acabamos de saber que el Movimiento de Mujeres de Kurdistán toma la campaña del Paro Internacional de Mujeres en todos sus territorios (divididos entre cuatro países: Irán, Irak, Turquía y Siria). Lo hacen mientras la ciudad de Afrin (en el Kurdistán sirio) está siendo bombardeada por el estado de Turquía. Allí también se dice NiUnaMenos. Sabemos que no estamos solas cuando en cada territorio se inventa y se experimenta ese grito común que nos hace fuertes: ¡VivasYLibresNosQueremos!

 

LAS 12

https://www.pagina12.com.ar/93009-bloquear-y-transformar

El odio colonizado // Rodrigo Fedele

 

¿Puede este sentimiento convertirse en un terreno público a través de la política? ¿O está condenado a ser un espacio de negación popular y saqueo privado?

Si hay algo que el estado neoliberal sí regula, eso es el odio. Detrás de la mascarada de libertades individuales y democracia subyace un cúmulo de pulsiones de muerte y deseos de exterminio. Tales líneas de fuerza son las que construyen el verdadero contenido putrefacto que se encapsula en la política de las formas y el marketing indiscriminado.

En primera instancia, eso estriba en el nivel de desarrollo que ha alcanzado el capitalismo en la actualidad, en su etapa financiera de crisis y revisión de modelos. La experticia en las prácticas comunicacionales y tecnológicas son el gran valor para reproducir lo establecido y potenciar la acumulación de todos los tipos de capitales imaginables. También debería serlo para socavar el sistema, pero el nivel de complejidad desarrollada a través de siglos de asimetría es tal que la búsqueda de alternativas reales significa un desafío sin precedentes.

En ese sentido, podemos entender al odio como un capital universal, acumulable, multiplicable y, lo más importante, susceptible de ser regulado si se tienen las herramientas a disposición.

Por supuesto que el odio puede ser un elemento clave para sostener las relaciones de poder y construir un discurso que apele a vincularse con las masas (no hablamos de subjetividades porque, justamente, el contacto es únicamente con la emocionalidad, esquivando todo tipo de posibilidades críticas). De hecho, una performance de esas características (basada en el rencor y el resentimiento) es la única forma de movilizar voluntades religiosamente y a favor de un Mesías que da sobradas pruebas materiales de jugar en contra.

No importa que perjudiquen los intereses de los fieles, las figuras de los salvadores se sustentan sobre promesas de paraíso inmediato, invisibilización de la opresión y ataques evangélicos contra el otro, el odiado. En general, las personas y las organizaciones susceptibles de ser odiadas son aquellas que pueden ser asociadas con transformaciones en las costumbres y las comodidades, las ramas subversivas que amenazan con revolver el agua del tanque.

Porque el odio es conservador y sólo puede entenderse a través del miedo. Y sí creemos que la idea del “cambio” argentino resulta una paradoja, podemos pensar lo siguiente: se basa en construir una ficción del deseo cumplido, un holograma con final feliz de eso que, en realidad, no está visto como permisible (¿Quizás por trabajoso? ¿Quizás por promover la crisis?).

En la actualidad política, “cambio” indica continuidad y refuerzo opresivo. Quien lo apoya lo sabe, está implícito. La idea falsa de revolución optimista, el cartón pintado, funciona como una glándula que segrega opio y relaja porque cubre virtualmente ese faltante de felicidad, lo niega.

Hacerse cargo significaría reconocer –y, sobre todo, poder enunciar- la aceptación de la desigualdad, de la represión, de la violencia; significaría elaborar críticas personales, revolverse las tripas. Y ahí el miedo tomaría protagonismo. Nadie quiere eso, porque el miedo duele, es frío y lacerante. Pero, ¡cuidado!, tapar con tierra ese pánico, consentir la entrega del odio, puede llevarnos a perder la empatía y no ver el terror en los demás. Claro, la pregunta es: ¿por qué la advertencia si esto también está implícito?

Entonces, en ese momento, cuando el caldo hierve, una construcción política que predique sobre la unión, la armonía y la paz pero represente todo lo contrario puede aparecer para cerrar el círculo. Porque la solidaridad, el respeto y la eliminación de las pobrezas materiales y espirituales son valores de nuestra sociedad, nos representan moralmente a todos.

¡Compremos, entonces! Es mejor dejar a la conciencia tranquila, evitar la sospecha de considerarnos seres terribles y, así, perder el paraíso. El problema es que, para hacerlo, se alimenta al odio con el engaño propio, y eso, a su vez, multiplica el miedo.

Así funcionó la estrategia fabulosa y carente de toda ética que utilizó Cambiemos en su campaña electoral: tomar una sumatoria de demandas y exigencias de diversos sectores (aunque todas alimentadas por la animadversión y el terror) para ofrecer una respuesta mágica y, a todas luces, falsa.

Es deducible que muy pocos de los que apoyan al gobierno creyeron alguna vez en una verdadera transformación de las condiciones existentes. Era fácil dilucidar que la propuesta siempre fue sostener y profundizar la desigualdad. Incluso cuando los resultados ya son innegables, criticar al gobierno a través del cuentito “me traicionaron” puede seguir siendo una estrategia para engañarse, domar la conciencia y conservar un lugar en el paraíso.

¿Cuál es, entonces, la alternativa a ésta encerrona de sufrimiento? “Lo que está y no se usa nos fulminará”, escribió  Luis Alberto Spinetta en Elementales leches.  Reconocer nuestros odios, compartirlos, interpretarlos y vivirlos de modo consciente siempre es un gesto de lucha por la vida, de humanidad. Y si lo que queremos es que el mundo sea un lugar mejor, ser humanos es una tarea impostergable.

Investigar la belleza: una lectura sobre “El Peregrino” de J. Baker // Andrés Gabriel Fuentes

1-  Buscando la belleza

«Aquel fue mi primer peregrino. Desde entonces he visto muchos, pero ninguno que lo superase en velocidad y fuego. Durante diez años pasé todos mis inviernos buscando esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo. Diez años me he pasado con la vista en lo alto esperando esa ancla que muerde las nubes, la ballesta que surca el aire.»

Baker nos cuenta un acontecimiento: ver un halcón. Hay una aparición que resuena y que moviliza pasiones en su cuerpo. El vuelo del ave fue un martillazo que lo despertó de una vigilia desangelada para embriagarlo de una energía y una fuerza brutal.

A Baker lo activa la fascinación por lo bello. Belleza que no se define por un esquema invariable de rasgos estereotipados como una serie de propiedades estandarizadas a degustar. La belleza es una experiencia. Es un incendio de lo sensible y un viraje rotundo de nuestra constelación de emociones por el advenimiento de un poder desconocido. “El Peregrino” como investigación no nace de un plan ni de una voluntad: es la consecuencia de verse arrebatado por la presencia y el impacto de una energía conmovedora. En Baker la irrupción de una fuerza es el catalizador que enciende toda una máquina de pensamiento; sobre esta empatía se monta toda su investigación.

Hay algo de enamoramiento en el relato: un encuentro fugaz como una carambola que captura la sensibilidad más profunda de un cuerpo. Un cuerpo que si es poseído, si es conquistado en sus profundidades más íntimas, lo estaba esperando. Ya había algo en él que necesitaba de ese encuentro; palpitaba en secreto la invocación de aquello por venir. Moraleja: cuanto más convulsionantes sean nuestros encuentros, más los estábamos esperando.

Algo interesante: a Baker no lo mueve el sufrimiento como afección. El dolor tiene buena fama como fuente de conocimiento, como información que nos susurra que algo no anda bien y nos activa para reorganizarnos y salir para delante otra vez. La fascinación y la exaltación afectiva es un espectro para estas posturas. No las reconocen. Quedan limitadas a lo más oscuro de nuestra afectividad. Acá es diferente: se explora una conexión extática para expandirla, hacerla más grande y poderosa.

Todo cuerpo necesita investigar el estado de su fuerza; preguntarse por las afecciones que padece y por su capacidad de afectar aquello que lo afecta. Investigar no es un cúmulo de procedimientos y saberes especializados que pertenecen a un campo profesional en exclusiva. Para nada. Baker no es nadie: no es una estrella académica ni un best seller periodístico. Pero si desde la mirada oficial no es nadie, no deja de ser alguien. Un alguien que es todo; la expresión de una potencia común al resto: la de registrar, pensar y escribir. Cada página de «El peregrino» se justifica por la necesidad de investigar lo que embelesa los sentidos. Ese es su único respaldo. Nada más.

2-  Territorio

 «En mi diario de un solo invierno he intentado mantener la unidad, ligando el ave, el observador y el lugar que sostiene a ambos. Aunque todo lo que describo sucedió mientras lo observaba, no creo que con la observación honrada baste. Las emociones y el comportamiento del observador también son hechos y hay que registrarlos con fidelidad.»

¿Qué investiga Baker? Un territorio. Un territorio como la conjunción de tres elementos: la naturaleza, los halcones y él. ¿Dónde se reúnen estos tres componentes? En la afectividad. Baker sigue el rastro de sus propios afectos. Ahí está la clave: no en los halcones, no en el bosque y el cielo, ni siquiera en él mismo. Sino en la mezcla que se percibe en el registro sensible de su cuerpo. Su propio cuerpo es el reservorio de una información que brota de la naturaleza, el halcón y su ser.

Al poner la afectividad como el alma del territorio, se hace todo vivo. El mundo es una interacción constante y cambiante. Cada parte es componente de un todo que sus partes lo hacen; partes que mutan y muta el todo. Se desmoronan las fronteras de lo que existe para vislumbrarlo como un continuo. Continuo con diferentes paisajes, pero que forman parte del mismo mundo en un hacer y deshacerse perpetuo. Baker se reconoce como un cuerpo que forma parte de un cosmos en regeneración contante, que lo condiciona, pero que al ser parte de esa producción infinita también puede recrearla y recrearse.

Por eso les hablo de afectividad y no sentimientos. Los sentimientos son atributos de nuestra personalidad como cosa ya pulida y terminada. La afectividad son emociones que desbordan el perímetro de la fortaleza del yo. Esto es importante: Baker no busca tanto investigar los halcones en su entorno natural en sí mismo. Lo que busca es investigar su belleza, la energía que despliegan y como esa fuerza incide en él y lo transforma, lo hacen alguien distinto al que era. Por eso es afectividad. Si fuera sentimiento no habría cambio alguno; habría una satisfacción gris por estar midiendo correctamente lo que es, mas allá de lo que a él le suceda en esa observación.

3-  Escucha y mutación sensorial 

“Yo oteaba el cielo sin cesar buscando los círculos de un halcón, escudriñaba cada árbol y cada mata, recorría todos los cuadrantes de un cielo al parecer vacío. Es así como el halcón encuentra la presa y elude a los enemigos, y solo así es como uno puede esperar descubrirlo y compartir su caza. Los prismáticos y una vigilancia de halcón reducen la desventaja de la miope visión humana”.

“El Peregrino” es un libro descriptivo. Exuberante en comparaciones, metáforas e imágenes visuales, la prosa de Baker relata la caza de los halcones como una experiencia casi mística.

Pero hay pasajes donde notamos que el relato pega unos saltos y su registro ingresa en otra zona. Baker es testigo de cómo mutan sus sentidos y cobran una mayor potencia: aprende a volverse solitario, a camuflarse de las demás aves, y agudiza su vista y la percepción de su entorno.  Al salir a la caza de los halcones, se mimetiza con ellos. Cazar al cazador lo asemeja. Y en ese semejarse hay una reconfiguración de sus coordenadas vitales. Se trata de algo involuntario; algo que va pasando sin buscarlo. Ocurre. Y su transcurrir es registrado porque es parte de la investigación. Nunca olvidemos que Baker investiga un entre; lo que pasa en la sinergia entre la naturaleza, las aves y su propio cuerpo.

Si la belleza es oriunda de lo fuerte y nos magnetiza con su poder desatando energía, Baker indaga el impacto de lo bello al observar sus mutaciones sensoriales. La belleza se puede explicar: no de manera intelectualizada abstrayendo sus formas como esquemas que miramos a distancia, sino como un registro de la constatación de la incidencia de un ave y su entorno natural en un cuerpo que entra en un viaje profundo y radical.

«El Peregrino» demuestra que las emociones no interrumpen el pensar. Las pasiones no son un obstáculo para el despliegue de un análisis. Todo lo contrario. Son su materia prima, la fibra que le da su espesor. Desde la certeza de la atracción afectiva por las aves se enciende una indagación que se dota de los mejores insumos para pesquisar los efectos de la combustión generada. Baker demuestra cómo hay inteligencia en la pasión, y emoción al enhebrar ideas.

Es notoria en esta investigación la alianza entre el análisis y la imaginación. Aparecen transformaciones sensibles que necesitan interrogarse, registrarse, plasmarse en la escritura; acciones que para tomar forma necesitan de una imaginación lúcida e inspirada. Ante la novedad de los términos de la indagación a efectuar, se necesita de una inventiva intensa para estar a la altura de este proyecto.  Imaginación que fluye por la pasión que Baker le pone a su trabajo. ¿Para qué hace todo esto? No hay una búsqueda exterior a su deseo. No hay un para, sea el mandato del laburo o alguna autoridad a complacer. Es un hacer que en su propio hacerse está el gusto. Condición que permite que corra la imaginación y haya un alto vuelo en su pensar.

4-  El sentido

«Seguí al peregrino durante 10 años. Me había poseído. Para mí era el grial. Ahora ya está. La larga persecución se acabo. Quedan pocos peregrinos, habrá cada vez menos y quizá no sobrevivan. Muchos mueren de espaldas, insanamente aferrados al cielo en las timas convulsiones, mustios y consumidos por el polen sucio, insidioso de los pesticidas. Antes que sea tarde, he procurado recapturar la belleza extraordinaria d esa ave y transmitir la maravilla de la tierra donde vivían, una tierra para mi tan profusa y gloriosa como África. Es un mundo que agoniza, como Marte, pero aun resplandece.»

En «El Peregrino» no hay un sentido como premisa de la investigación. No hay un plan de arranque a plasmar en lo sucesivo gambeteando los obstáculos que haya que gambetear. Pero si hay un sentido como efecto de lo que se hace, que se descubre ahí, mientras se cocina. Los efectos de la investigación son mientras, no en su culminación. No es un darse cuenta que lo que buscamos lo encontramos, sino que desde el hacer mismo extraemos sentidos.

Un sentido está dado por la mutación sensorial del cuerpo y su capacidad sensible de recibir y afectar al mundo. De esto ya hablamos. Pero también hay reflexiones. Además de registrar los estados de su cuerpo, Baker indaga un poco más: se pregunta qué conexiones arma ese estado, qué consecuencias están provocando, con qué otras fuerzas debe batallar… Diferentes retazos filosóficos que Baker deja caer en los aleteos de su escritura: el pensamiento de los animales, el papel del miedo en la experiencia humana, el concepto de muerte en la naturaleza…

La investigación descubre sus sentidos en el mientras de su mismo hacerse. Pero una vez terminada puede vislumbrar otro sentido global. Así es: una vez concluida hay un veredicto. Que no deja de ser un mientras: ya no al interior de la investigación sino dentro de la vida de quien la hace. Por eso el sentido no se define por un decir «hice lo que hice por tal motivo» sino por un «lo que hice podría convertirse en…» Baker habla de un réquiem. Testimonio-homenaje de algo que existió y está por desparecer. Los halcones caen y se revuelcan en la tierra mirando hacia el cielo como un rey que agoniza y ve su trono vacío.

Para Baker el pensamiento es una potencia del cuerpo.  Pensar es una acción entre otras. Una acción que busca potenciar a las otras siempre desde un cuerpo que está cambiando al fascinarse con la belleza de las aves y toda la energía que irradian. El pensamiento no se autonomiza de lo sensible. Cuando el pensamiento piensa ideas olvidando su raíz corporal, genera ideas como un ideal a seguir a rajatabla que niega otros afectos que no sean los que se acoplan a ese ideal. Es la garantía de cualquier dominación social. Suprimir el cuerpo como núcleo de verificación de nuestras vivencias. Supresión mentirosa porque en la mistificación idealista que organiza nuestro cuerpo no desaparece nuestra sensibilidad. Todo lo contrario: el cuerpo piensa ideas que lo niegan por causas corporales. Aferrados al placer prometido por el ideal interiorizado, y el miedo a despegarnos de él y padecer la coerción del rebaño, se nos mantiene a raya.

5-  Tiempo y manijeo

«El tiempo se mide por un reloj de sangre. Cuando uno está activo, cerca del halcón persiguiendo, el pulso se precipita y el tiempo se acelera; cuando uno espera sin moverse el pulso se aquieta, el tiempo es lento. Siempre que uno acecha al halcón tiene a sensación opresiva de que el tiempo entra en tensión como un resorte contraído. Si uno dice las diez, o las tres no habla del tiempo gris y encogido de las ciudades; habla del recuerdo de cierta fulminación o declinación de la luz que fue única para un momento y un lugar precisos ese día, un recuerdo tan nítido para el cazador como un fogonazo de magnesio.»

Cualquier investigación implica su propia temporalidad. Arma su propio ritmo. Un pentagrama de sintonías definido por el tipo de encuentro que hay entre los cuerpos en un ambiente especifico. El tiempo para Baker se define por el avistaje o no de las aves, no por una planilla con horarios planificados de antemano. Se queda lo que hay que quedarse hasta que ocurra… Hay una espera. Espera definida por la sinergia entre cuerpos. Un tiempo rápido el del encuentro, un tiempo apelotonado el de la espera. Los cortes entre estas secuencias definen los lapsos, que quedan en la memoria no por un indicador abstracto -las agujas de un reloj- sino por las características del lugar que permitieron o bloquearon el encuentro.

¿Cómo se transita cada uno de estos compases, el del encuentro y el de la espera? La espera de dar con el tiempo justo. Dar con el momento adecuado en el lugar propicio nos obliga a prestar mucha atención al flujo de las cosas. Por eso dice Baker que cazar al halcón agudiza la vista al punto de la pericia de un halcón. Es la necesidad de percibir el detalle. Un pequeño movimiento, un susurro, un reflejo en el cielo, pueden vaticinar algo… No hay escenarios fijos y ya sabidos de antemano. Hay que buscar y buscar; los peregrinos no desfilan ante los ojos de Baker bajo el pulso de un cronometro de oficina. Él debe estar despierto para olfatear los ritmos que hay dando vuelta y así saber cuando puede irrumpir la fuerza que busca y lo maravilla. Belleza que cuando acontece hay que contemplarla tal cual es. Dejarse sorprender. No ver lo que se quiere ver. El deslumbrarse ante lo bello es un dejarse atravesar; una sensibilidad abierta a las afecciones y a lo que nos despierten.

El observar detalles y estar atento a los diferentes movimientos liberan la mente como un mantra; concentran para no congelarnos en las imágenes de lo ya conocido sino para dejarnos sorprender por lo extraordinario. Baker no es un espectador absorto en la transparencia de las imágenes que le llegan; contemplador activo, un artesano de las condiciones del percibir, sale renovado, experimenta una transformación profunda ante el evento de la belleza.

En nuestros tiempos precarios nuestra rutina no es una regularidad hecha de repeticiones anquilosadas. Nuestro mañana no será como hoy; hoy no fue igual que ayer. O capaz que sí. No sabemos. Y esa es la cuestión: la indefinición del correr del tiempo. Lo invariable de su sucesión. Instantes que no quiebran un bloque de cemento de continuidades lineales sino que gravitan en el centro de la duración desbaratando continuidades de manera frecuente. Es una diferencia.

Una precariedad que nos hace ansiosos y nos manijea. El manijeo es una atención casi obsesiva a la éspera de los instantes explosivos que trituran las series temporales que sostienen nuestros pies. Una percepción desesperada hasta la paranoia por vigilar que no se desintegre aquello que necesitamos. Un tipo de experiencia muy diferente a la del agobio de lo repetitivo del tiempo lineal. El instante ya no es salvador; es maldito. La pregunta que se abre es por un manija de lo maravilloso. Por una belleza que nos dé un envión que abra una duración de lo inesperado que nos saque de la intemperie pero sin rearmar un escenario existencial cargado de moral, programado para defender un tipo de existencia ya diseñada como absoluta y eterna. El desafío no es que las relaciones continúen o se terminen, que sean cortas o largas, sino que pase lo que pase siempre aumente nuestra potencia, que nuestro cuerpo gane en fuerza y energía.

6-  Muerte al humanismo

“La matanza que sigue al vuelo de caza de un halcón sobrevienen con una fuerza chocante, como si en un súbito rapto de locura el halcón matase lo que ama. La lucha de las aves por matar, o por salvarse de la muerte, es hermosa de ver. Cuanto mayor la belleza, más terrible la muerte”.

La belleza no es algo inmaculado. No es una energía pura sin restos de haber forzado a otros cuerpos. Es una fuerza que se hace lugar y tiempo conquistando otras fuerzas. Y así sigue: manteniéndose a flote apropiándose de otras porciones vitales. Es así con todos nosotros. Olvidar las muertes que nos sustentan es negar lo que somos.

Es la perspectiva herzobiana de la naturaleza: una orgía de luchas por crecer y sobrevivir. Es “la armonía del asesinato colectivo y arrollador”, como el propio Herzog nos dice. En su documental “Grizzly Man”, el protagonista Timothy Treadwell se hace amigo de los osos grises en un parque temático. Copia sus gestos, movimientos, aromas. Se gana su confianza. La convivencia parece pacifica. Hasta que un día todo cambia: Treadwell es atacado por un oso y es devorado. La naturaleza reacciona siguiendo su esencia; amistosa y beligerante, compañera y peligrosa. Como los halcones de Baker: vuelan, cazan y destripan sin piedad ni alevosía. Lo hacen porque lo hacen. Son así.

El mundo es. Punto. Las cosas pasan y en su pasar cualquier adjetivo que agreguemos -bello, feo, justo, injusto- proyectamos un querer propio. Error: la vida está hecha de una infinidad de cuerpos con sus múltiples sentidos donde no hay ninguno más verdadero que otro. Todos son y la suerte de su ser se dirime en un complejo equilibrio de  guerras y armisticios. De ahí que la compasión y las miradas inocentes que añoran de una utopía fraterna para todos se pudren en una inocencia insoportable.

Por eso es tan importante el enunciado de Baker “el miedo libera poder”. El miedo nos informa que una afección que nos lastimará es probable. Nos señala un eventual peligro. El miedo es una pasión que es imposible que en algún momento no experimentemos. Seriamos todopoderosos e inmortales. Seres infalibles. Lo cual no es cierto. Ya lo dije: la muerte acecha.

La pregunta es qué hacemos desde el temor. Una posibilidad es aferramos a posturas pasivas. Sea esperando ya entregados a que pase lo que tenga que pasar, o en todo caso nos deja reaccionando desde una lógica de la prevención empaquetamos los acontecimientos con etiquetas morales del estilo correctivo, buscando normalizar lo insólito a una matriz ya conocida, o reprimiendo y purgando lo que nos resulta peligroso. O en cambio encaramos lo que acontece desde un lugar más activo. Comprender que el sufrimiento es parte de la vida. Siempre vamos a sufrir alguna mutilación. Es así. Como pérdida, como descenso de nuestras facultades de actuar, pero también, como el quiebre de una atadura que nos arranca de una comodidad para ganar en fuerza y ser más potentes. Si es cierto aquello de que el problema no es el sufrimiento sino que el sufrimiento no tenga sentido, hay dolores que nos hacen bien. Uno de esos dolores son los de la belleza; el encantamiento que nos provoca un acontecimiento que se afirma con violencia sacudiéndonos de la órbita en la cual andábamos.

Una vida sin dolor es una vida sin belleza. Y una vida sin belleza es una vida moribunda. Eso Baker lo sabía bien. Por eso se lamenta de la extinción lenta pero sostenida de los peregrinos. Nunca extrañamos a una persona o a un lugar. Extrañamos como era nuestra existencia cuando en ella estaban presentes esa persona y ese lugar. Es distinto. Baker extraña a los halcones porque él mismo se resulta extraño; sin la magia de su belleza es un extranjero en su propio cuerpo. Antes mitad hombre-mitad halcón, ahora sabe del único miedo que debe preocuparnos: el de ser humanos, demasiado humanos.

Pensó que podía // Diego Valeriano

Pensó que podía. Como había podido con los dos guachos cerca de la estación la primera vez, como había podido con la pibita que le dijo que hacía cualquier cosa para que el viejo no se enterara mientras lo miraba con esos ojos negros enormes, como puede ahora cuando le pone el fierro en la boca a ese gil que se creía poronga y le dice que le diga pitufo. Como ellos pueden cuando dejan liberada ciertas zonas. Él siempre pudo, siempre caminó orgulloso con su uniforme, siempre creyó que hay que ser bien macho y tener huevos para andar enfierrado. Siempre lo creyó, siempre lo quiso. No cualquiera es policía local y se hace respetar así, piensa mientras camina haciendo algún trabajito extra en el centro de Avellaneda. No cualquiera se hace respetar a pesar de ser de la local, de esa boina de mierda que no quiere usar. A pesar de ser pitufo, de ser un poco gordo, de no ser policía del todo. No cualquiera sabe caminar de tal manera que el jefe de calle de la 1ra. confíe en él. No cualquiera ante un grito lleva la mano a la cintura, apunta y tira. Todo transcurre en un segundo. Grito, mano a la cintura, no duda y listo.

Él puede, ellos pueden, siempre se puede. Así lo aprendió desde hace cuatro años cuando se metió en la local y todo mejoró. Dejó de cortar pasto, empezó a tener un sueldo y algunos mangos extras, pudo por fin viajar y visitar a su hermano en Salta. Luis camina hacia el pibe que se desangra en la calle, apenas puede respirar y siente como todo el cuerpo se le llena de sangre.

Pablo mira que a unos metros un gordito con una 9 mm le sigue apuntando y camina hacia él. No puede creer que ese gordo cara de gil sea quien lo hizo perder, ni rati parece, parece ¿a quién se parece? ¿Por qué la va de justiciero? Intenta moverse, el cuerpo ya no responde. Piensa en Ivonne, en cómo la hace renegar, en las cosas que le va a decir cuando vuelva a la casa. También piensa en Valentina aunque hace mucho que no la ve. Piensa que ahora está solo. Piensa que no le duele nada. Siente mucho frío a pesar de la sangre hirviendo que corre por todo su cuerpo para escaparse. Siente orgullo también, no lo agarraron como a un gil. Y él vuelve mejor, vuelve grande. Va a caminar por esos pasillos que siempre soñó, con dos tiros. Va a caminar erguido, bien plantado, lo van a respetar. Va a ser paciente, va a conocer gente grande, va a aprender a escuchar, y después de unos pares de años va a volver al barrio, pero con un nombre, listo para lo que sigue.

Saber, denunciar, creer // Redacción La tinta

…Conciencia de desafiar el orden establecido, 
tono de voz que muestra que uno se sabe subversivo, 
ardor en conjurar el presente 
y en llamar a un futuro cuya hora 
uno piensa que contribuye a apresurar.
Michel Foucault. Historia de la sexualidad

Dicen que el miedo empieza a cambiar de bando y las mujeres ya no nos callamos más. Dicen también que el binomio hombre-mujer se empieza a desarmar y somos todas las oprimidas las que empezamos a pronunciar las violencias. No sólo aquellas explícitas. El golpe. La marca visible. El femicidio. La sangre. También aquellas violencias más difíciles de decir. Sabemos que estamos desafiando el orden establecido, con estas, nuestras voces que se saben subvirtiendo un orden marchista. Sabemos lo que dicen.

Nosotras, que siempre guardábamos secretos porque temíamos lo que podía pasar si se destapaba la olla, empezamos a hablar. Nosotras, que a veces nos culpabilizábamos de lo que nos ocurría, que justificábamos actos, empezamos a nombrarlos como violencias.

Al decir nuestras verdades sobre aquel amigo entrañable, la ex pareja que se dice feminista, el compañero de trabajo tan respetado o incluso, aquellas personas que guardaron silencios cómplices, dudamos esperando que nos crean. Hasta que nos dimos cuenta que somos una red inmensa de crédulas. De mujeres que pasamos por experiencias de violencias parecidas. Esas que pronunciamos y que ya no pueden volver a cocinarse tapadas.

Foto: Colectivo Manifiesto

Desnudar el machismo

Física, psicológica, sexual, económica, patrimonial, simbólica. Las violencias existen cuando se nombran y se las desviste colectivamente. Es bien sabido que las violencias machistas adoptan diversos ropajes. A veces se visten de rosa y nos susurran al oído cosas “románticas” como “sos mía y sin vos no puedo vivir. Si me dejás te mato”. Ni hablar de cuando aparecen por decenas una tarde de verano por la calle, “piropeando”, es decir, acosando. Otra veces las violencias se ponen unos borcegos militares y nos encierran en nuestras casas, prohibiendonos salir a menos que sea a hacer las compras y por la mañana. También ha ocurrido que las violencias se disfracen de conquistadores. Muchas, pero muchas veces, las violencias machistas se ponen traje y pasean por los juzgados.

Según la encuesta realizada por el Colectivo Ni Una Menos durante el 2016, el 97% de las mujeres sufrieron acoso en espacios públicos y privados. Este Primer Índice Nacional de Violencia Machista que obtuvo 59.380 respuestas de más de 1.800 localidades de todo el país, reveló que el 95% de las entrevistadas sintió alguna vez que estaba ante una situación que requería realizar una denuncia por violencia machista; de ellas, sólo el 21% pudo formalizarla en la comisaría, el 7% intentó pero no se la tomaron y el resto evaluó que no iba a ser tenida en cuenta.

En el último tiempo numerosas denuncias han salido a la luz, como declaraciones públicas, escraches en las redes sociales o denuncias formales. Los señalados como parte del problema fueron desde artistas internacionales, pasando por nacionales, hasta desconocidos escrachados en las redes. Una muestra de ello, es la web que surgió donde se enumeran todxs lxs artistas abusadores o cómplices, y abierta a que cada una se anime a seguir denunciando. El dominio va al hueso: “Tu ídolo es un forro”.

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(Foto: Colectivo Manifiesto)

La virilidad en decadencia

Respirar para sacar la voz,
despegar tan lejos como un águila veloz.
Respirar un futuro esplendor,
cobra más sentido si lo creamos los dos.
Liberarse de todo el pudor,
tomar de las riendas,
no rendirse al opresor.
Caminar erguido, sin temor,
respirar y sacar la voz.
Ana Tijoux. Sacar la voz

Rita Segato, desde hace muchos años, se viene preguntando por qué la masculinidad se transforma en violencia. Para desentramar la pregunta, la autora de La guerra contra las mujeres nos brinda algunas pistas. Una de ellas, se refiere a la “virilidad en decadencia”, consecuencia de pérdidas laborales y la caída económica. Según Segato, “Ellos” necesitan reafirmar que no están perdiendo ese poder que les da seguridad y entre otras muchas posibilidades, lo intentan retener siendo violentos contra mujeres u otras disidencias y con eso obtienen un efecto placebo temporal.

Pero ahora, los “machos” ya no pueden moverse cual pez en el agua. No pueden seguir reivindicando tan fácilmente el ser macho. Nosotras avanzamos, nos acompañamos, mientras las palabras van saliendo. A los gritos o silbando bajito. Con la vecina en la verdulería o en un taller de reflexión. Y así, vamos escuchando un “Yo te creo”, mientras compañeras, amigas, vecinas y hasta desconocidas, nos abrazan mientras decidimos denunciar.

Aunque la reacción en el entorno acompaña menos de lo que esperamos. No falta el que pregunta qué hacía a esa hora y en ese lugar la víctima, o la que cuestiona si tardó muchos años en hablar o duda acerca de por qué escupió tan rápidamente la verdad. Cuesta creerle a la víctima si no hay marcas físicas, o reprochan haber llegado hasta ahí solas y sin decir nada. La sociedad patriarcal tiene un inmenso aparato destinado a producir su “verdad”, esa que Foucault contribuyó a comprender en sus configuraciones mediante su trazado de la historia de la sexualidad, tratando de desentrañar los saberes que a ella se refieren.


Nos preguntamos por qué esa necesidad de que nos crean. Y ante estas palabras, nos re-preguntamos ¿Por qué no nos creerían, si en el mundo una de cada cinco mujeres ha sido violada? ¿Por qué no nos creerían, si una de cada tres ha sufrido abusos?


Cuando empezamos a desvestir al machismo, nos damos cuenta de dos cosas: la primera es que tiene un baúl añejo al lado lleno de prendas de todos los colores. La segunda es que si hurgamos en él, nos encontramos con algunas que nos resultan familiares, que vimos en algún momento de nuestras vidas en la calle o en nuestras casas o en la cama.

Cuerpos denunciantes

“…La jurisdicción es el propio cuerpo, 
sobre el cuerpo y en el cuerpo”.
Rita Segato

En Córdoba, el Centro de Comunicación Popular y Asesoramiento Legal (CECOPAL) -que integra la Red de Participación Social Córdoba- decidió recientemente suspender a un integrante de la asociación civil que hacía una veintena de años ocupaba un puesto jerárquico en la institución.

Cuando el violento dejó su cargo al frente del establecimiento, dos trabajadoras de Cecopal perdieron el miedo y decidieron contar lo que habían sufrido. Lo denunciaron por violencia psicológica, amenazas y hostigamiento. Ante esta situación, la asamblea de socios y socias de la asociación decidió confiar en el relato de sus compañeras, acompañar, y finalmente apartar al acusado.

Poder parar la pelota y tomar una determinación semejante es siempre un gran esfuerzo que requiere que se desencadene un recorrido difícil. Camino en el que la gran mayoría de las instituciones, personas o espacios suelen dar la espalda. Son muchos los varones que salen públicamente a defender a sus colegas abusadores con excusas terribles, sosteniendo el pacto entre machos. También son numerosas las mujeres que ponen en duda las palabras de las congéneres, siendo víctimas ellas también de diversas violencias machistas.

A mediados de agosto -de cara a este camino de revisión, deconstrucción y construcción- Cecopal inauguró en su sede un mural de mosaico titulado “Libres, autónomas y luchadoras”. En este marco, se reunieron organizaciones sociales, colectivos de mujeres y vecinxs para dialogar sobre la violencia hacia las mujeres en general, y sobre la violencia en las instituciones en particular.

En ese contexto Ana Bertarelli, coordinadora del Equipo de Jóvenes de la institución, se refirió a la violencia machista que se da en todos los ámbitos de la sociedad: “Nos preocupa, pero más que preocuparnos queremos compartir con ustedes que nos ocupa. Y nos ocupa al hacer un mural, cuando trabajamos en las escuelas con los jóvenes en los talleres, en la radio”.

Explicó además que “así como nos ocurre a las que trabajamos en distintos sectores de la ciudad escuchar a mujeres que son víctimas de violencia, nos pasa que en las mujeres con las que trabajamos nos cuesta más advertir que pueden estar atravesadas por problemáticas de violencia”.


Bertarelli llamó a los presentes a estar atentas y atentos, porque “incluso nos pasa a las organizaciones que trabajamos con mujeres. Nosotros como organización civil no escapamos a esto, nosotros también al interior de nuestras organizaciones tenemos que estar alertas”.


La verdadera lucha que tenemos que encarar contra el patriarcado se lleva a todos los espacios que habitamos, en cada rincón de nuestra vida, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Forma parte del todo no tolerar más esa violencia solapada o abierta a la que nos someten y levantarnos sin miedo, porque somos muchas las que nos creemos. Hacernos de las herramientas que tengamos a mano, ir mutando y transformando las maneras de vincularnos y sobre todo generar redes de contención.

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(Foto: Colectivo Manifiesto)

*Por Redacción La tinta / Imágenes: Colectivo Manifiesto.

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