¿Qué es el pensamiento crítico? // Amador Fernández-Savater
Solemos asociar el pensamiento crítico a estas dos operaciones:
– La sospecha hacia lo dado. El crítico no se limita ni da por buenas las apariencias, los fenómenos, lo dado. Mira por debajo, por detrás, entre bambalinas. Y ahí descubre las fuerzas que realmente tiran de los hilos: el poder, el dinero, etc.
– El juicio y la denuncia. El crítico juzga la realidad desde un modelo o ideal y señala los defectos, las limitaciones, las carencias. El mundo no es lo que debería ser. Evalúa negativamente, pone en la picota, a caldo, a parir.
La crítica tiene hoy un gran prestigio. No es ingenua, sino que ve por doquier las trampas de un poder omnipresente. No es conformista, muestra queja, descontento, insatisfacción. No es falsa o hipócrita, dice siempre la verdad de lo que piensa. No es cómplice, toma partido. El prestigio de la crítica es el de la «lucidez» sin subterfugios, consuelos ni coartadas.
Me parece que hay muchos problemas en este planteamiento tan reconocido y celebrado (véase el gran éxito de los críticos en las redes sociales). La crítica en nuestro mundo es masiva y cotidiana, sin embargo apenas araña el estado de cosas. ¿Por qué?
Para sugerir una respuesta quisiera plantear otra idea-práctica de pensamiento crítico, en oposición y alternativa a la primera. Ese otro pensamiento crítico sería el que describe la pelea que constituye la realidad. El que nos hace ver, oír y sentir una batalla en curso. El que mira la realidad desde la orilla de lo que no se deja capturar o gobernar.
Aterricemos este planteamiento con un ejemplo. Pensemos en internet. Hoy en día tiene todo el prestigio de la «lucidez crítica» afirmar hasta qué punto está subordinado a las lógicas de poder y de mercado, hasta qué punto nosotros mismos reproducimos esas lógicas con cada uno de nuestros tuits y de nuestros likes, hasta qué punto son ingenuos los planteamientos que ven posibilidades subversivas y emancipadoras en la red. Puede ser. Pero si esto es así se debe a que se ha perdido -o mejor dicho se va perdiendo, es un proceso- una pelea, una batalla, un conflicto. Entre las distintas fuerzas que disputaban por hacer de la red una u otra cosa. El resultado que vemos hoy es contingente, provisional y arbitrario, no estaba inscrito en un origen, una fatalidad, en un ser-así de la tecnología.
La lucidez crítica se pone siempre al margen de esa disputa, como si ella misma no estuviese involucrada en lo que describe. Es un pensamiento exterior, no simplemente porque el crítico no esté implicado en la pelea, sino porque no la escucha, no recoge nada de ella, no la considera un dato relevante para pensar. Esa exterioridad del crítico se presenta habitualmente como «objetividad».
La lucidez crítica mira el mundo desde el punto de vista del poder, desde lo que el poder hace con él. Es una mirada fetichizadora porque congela las cosas en la definición que el enemigo da de ellas, deshistorizando y borrando de la vista las fuerzas que la impugnan. Una mirada de Medusa.
La lucidez crítica no cambia nada porque no toca los cuerpos, sino que sólo añade «conciencia» a una impotencia. No describe funcionamientos o estrategias en un conflicto abierto, sólo leyes, determinaciones, fatalidades. Nunca ve el toma y daca en la lucha infinita entre fuerzas, sólo una «vuelta de tuerca» más en el poder eterno de la dominación. La crítica redobla así el punto de vista de los vencedores.
Se discute hoy sobre la impotencia de la izquierda. Se explica por ejemplo que se debe a la ausencia de ideales y utopías. No lo creo. Lo que hay es una desconexión del discurso con todo lo que lucha, todo lo que resiste, todo lo que no encaja y grita. Los horizontes y las alternativas vienen siempre después, primero es la resistencia. La lucidez crítica es resabiada, determinista e impotente. Al no tener contacto con las resistencias cotidianas, se apoya en la superioridad moral, siempre estéril y contraproducente.
Pero no vayamos a caer en la crítica de la crítica. Mejor repasar brevemente, para observar su funcionamiento concreto, algunos pensamientos capaces de hacer lo que aquí nos interesa: escuchar y hacer escuchar el fragor de la batalla.
Con y contra el marxismo: Castoriadis y John Holloway
Los primeros provienen muy directamente de Marx. Marx y el marxismo son un filón importantísimo de esta otra manera de entender la crítica. Al hacer de la historia la historia de la lucha de clases. Al emplear la dialéctica entre contrarios como un método de análisis. Al pensar la emancipación de la clase obrera como «su propia tarea, su propia obra». Al considerar la economía como una división conflictiva entre dueños y desposeídos de las condiciones de producción.
A día de hoy, cuando uno lee los análisis que se hacen del mundo del trabajo en términos de la filosofía jurídico-liberal del contrato libre o el cuentito de Yuval Harari en Homo deus sobre el capitalismo como «procesador de datos», advierte hasta qué punto Marx está aún por delante de nosotros, por redescubrir y reactualizar, como un verdadero clásico.
Pero este impulso de Marx y el marxismo siempre convivió con otro: la teorización pretendidamente científica. Contra ella carga el pensador greco-francés Cornelius Castoriadis cuando denuncia que «la lucha de clases está ausente de El capital». Sigamos el argumento.
Según Marx, la fase de la «acumulación originaria» consiste en la expropiación y privatización de los medios de producción. El capitalismo no es sólo la ampliación del intercambio de equivalentes (la ley del valor) a toda la sociedad, sino en primer lugar una violencia expropiadora. Nace así, envuelta en sangre, una clase de desposeídos que sólo puede vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esa fuerza de trabajo, prosigue Marx, no es una mercancía como las otras, sino que al ser empleada produce más valor. Ese plus está en el origen del beneficio capitalista.
Castoriadis coincide en que la fuerza de trabajo no es una mercancía como las demás, pero por otras razones: tanto su «valor de uso» como su «valor de cambio» están indeterminados. Es decir, tanto el rendimiento efectivo que se podrá extraer de ella a lo largo de una jornada de trabajo (valor de uso) como los costes de reproducción que fijan el salario (valor de cambio) son el resultado de una pelea que recomienza cada día.
La lucha cotidiana de los proletarios co-determina en un grado decisivo la configuración de lo real. La historia entera del capitalismo ha dependido (y depende) de ella: la evolución de la técnica, de los métodos de gestión del trabajo, del reparto de la riqueza, de los niveles de empleo, de los derechos sociales, etc. Al abstraer la lucha para pensar mejor las regularidades o leyes del capital, nos quedamos con una visión unilateral que sólo ve lo que el capital «hace ser» a la realidad.
¿Cuál es la dificultad? Pues que la lucha no es una «cosa», la resistencia obrera no se deja «deducir» de una hipótesis teórica, hay que escucharla. Su forma, su intensidad, su impacto, sus agentes, no se pueden presuponer. La crítica que nos interesa tiene la vista en el oído. No sólo abstrae o contempla (theoria), sino que abre bien los oídos, activa todos los sentidos para pensar.
Por ejemplo Socialismo o Barbarie, el grupo donde militó Castoriadis durante dos décadas, inventó procedimientos concretos de escucha (encuesta obrera, etc.) a través de los cuales percibieron que la resistencia proletaria no sólo se expresaba como un conflicto explícito por el salario a través de organizaciones formales como los sindicatos, sino también de luchas informales y cotidianas (sabotaje, chapuza, interrupción de la cadena de montaje) mediante las cuales se cuestionaban asimismo las condiciones de trabajo.
En un sentido parecido a Castoriadis, John Holloway habla del carácter dual del trabajo en el capitalismo: como trabajo abstracto, indiferenciado y general, trabajo para hacer dinero; como hacer concreto, con su propio tiempo, su propio proceso, sus propios fines. Entre ambos no hay identidad o subordinación completa, sino tensión, conflicto, antagonismo.
Hay una captura del hacer concreto en el trabajo abstracto: intensificar la productividad, precarizar las condiciones, acelerar los ritmos. Pero la determinación nunca es total: hay pelea. El hacer concreto busca defender su temporalidad, su carácter cualitativo, sus propios objetivos: «hacer las cosas bien», como decimos a veces. Se sustrae, escapa, resiste. La tendencia del hacer es la contradicción del capitalismo, pero no una contradicción «objetiva» o «cíclica», sino viva y subjetiva. Hay que escucharla, sin presuponerla.
No cabe disociar el análisis del capitalismo y el de las luchas como si fueran dos cosas distintas y que van cada una por su lado. La financierización de la economía, el crédito y el endeudamiento, no sólo es una «vuelta de tuerca» del capital en su voracidad insaciable, sino una «fuga hacia adelante» frente a algo que se resiste y lo agrieta. La lucha es una dinámica presente que habita en el corazón mismo del capital, la sustancia de sus crisis y la única base material de un cambio posible.
Pensar en exterioridad el capital y las luchas implica considerar al capital como un «sujeto automático», estudiar su crisis final como un «colapso objetivo», en el fondo una posibilidad vacía… La realidad no sólo se define desde el poder, sino desde unas resistencias que debemos escuchar cada vez. El trabajo, pero también las tecnologías, las imágenes, los lenguajes y los deseos son el resultado siempre incierto e indeterminado de una pelea permanente, de un toma y daca infinito.
El punto de vista de la plebe: Foucault y Diego Sztulwark
Escuchar las resistencias cada vez significa cuestionar que estas asuman siempre la misma forma y sigan siempre una misma lógica. Es lo que Foucault trató de plantear en 1977 en una célebre entrevista con Jacques Rancière titulada ‘Poderes y estrategias’.
En ella Foucault llama «plebe» a las resistencias, «lo que responde a toda avanzada del poder con un movimiento para deshacerse de él». La plebe no se opone al poder como si fuese un duelo, una batalla napoleónica, un frente a frente, sino que más bien «hay plebe» allí donde hay relaciones de poder y ambas atraviesan la superficie social entera. Lo que se cuestiona en este planteamiento de Foucault es el esquema y la lógica de la contradicción. Hay relaciones de poder y plebe tanto en el proletariado como en la burguesía. El conflicto no siempre opone dos bloques simétricos, sino que es una dinámica viva y cambiante, movediza y nómada.
¿Qué es entonces la crítica? Foucault habla de «pensar por funcionamientos». Algo muy distinto a un juicio o una condena moral, a una queja victimista o una denuncia, a una proyección de sueños o utopías. Es la descripción de las distintas estrategias que se despliegan en la pelea, de los distintos movimientos de las fuerzas en presencia. No trata de explicarlo todo a partir de un punto de origen o un foco central de dominación (el Poder, el Valor, el Espectáculo, etc.), sino de describir los funcionamientos concretos enzarzados en un determinado conflicto. Estrategias móviles, dinámicas específicas, no La Gran Contradicción.
«Tomar el punto de vista de la plebe, que es el del reverso y el límite en relación al poder, es indispensable para hacer el análisis de sus dispositivos, a partir de ahí pueden comprenderse su funcionamiento y sus transformaciones». Sólo desde la vida dañada de los locos, los enfermos o los prisioneros y sus resistencias se puede entender el manicomio, el hospital, la prisión. Sólo desde la anomalía podemos entender la normalización.
La crítica totalizadora es perezosa y repetitiva porque aplica sobre cualquier punto de la sociedad el mismo esquema a priori, jerarquizando las resistencias (antes los obreros que las mujeres, antes las mujeres que los trans…) en lugar de analizar el impacto de cada lucha, lo que cada una pone en juego y cuestiona, su extensión propia y sus conexiones específicas. No escucha singularidades. Es una mirada desde las cumbres, a vuelo de águila, mientras que el punto de vista situado de la plebe produce «saberes estratégicos».
Un buen ejemplo de este proceder crítico-estratégico me parece que sería hoy la forma en que construyen hoy saberes y movimiento ciertos feminismos latinoamericanos, en los que el «género» funciona como una especie de perspectiva desde la cual percibir, describir y conectar las distintas formas de explotación del trabajo formal e informal, las distintas violencias que se ejercen contra los cuerpos y las tramas comunitarias (desde el endeudamiento hasta el femicidio), las distintas rebeldías e insumisiones al sistema capitalista patriarcal. No a priori, según un esquema teórico, sino concretamente y punto a punto.
La plebe es también uno de los ejes principales de La ofensiva sensible de Diego Sztulwark. Hoy, cuando la línea del frente nos atraviesa por el medio, la plebe pasa adentro, se vuelve interior. El neoliberalismo es la tentativa de confundir deseo y mercado, de convertirnos en sujetos de rendimiento 24/7, de someternos al mandado de productividad total, pero nuestros cuerpos se agrietan y gritan. Por todas partes se abren fisuras y agujeros: ansiedad, depresión, cansancio. Son los «síntomas» Frente a la patologización o culpabilización de los síntomas, Sztulwark nos invita a escucharlos, a aliarse con ellos, a pensar a partir de ellos. Son los agujeros a través de los que podemos ver más allá y pasar más allá.
La crítica ya no es entonces un discurso exterior, que añade conciencia a una impotencia, sino que nos pasa por el cuerpo y elabora algo del cuerpo. Ya no describe simplemente lo que el poder hace, sino que mira desde lo que se rompe, se quiebra y no se deja capturar. Ya no enjuicia o denuncia desde la superioridad moral, sino que habla y busca el contagio desde las propias heridas, las averías y las grietas. La crítica sintomática nos hace escuchar el estruendo de una batalla que se da a la vez dentro y fuera de nosotros mismos.
Tomar este punto de vista de la plebe interior, que es de nuevo el del reverso y el límite en relación al poder, resulta nuevamente indispensable para hacer el análisis de los dispositivos neoliberales: coaching, transparencia, seguridad, fluidez, comunicabilidad. Sin captar el malestar que roe todas las relaciones sociales no podemos entender nada de nuestro presente. Veremos por ejemplo en los fascismos posmodernos que afloran hoy la enésima «vuelta de tuerca» del capitalismo, cuando en realidad son una respuesta a la crisis de neoliberalismo incapaz de imponer plenamente sus modos de vida.
Indeterminación y co-determinación, grietas y hacer, saberes estratégicos y funcionamientos, plebe y síntomas… Distintos caminos para reinventar la crítica como pensamiento de la pelea, como método de la crisis, como escucha de los agujeros que se abren una y otra vez en la dominación.
Referencias:
Cornelius Castoriadis, Marxismo y teoría revolucionaria y «Política del encuentro»
John Holloway, Agrietar el capitalismo y «Salir del capitalismo»
Michel Foucault, «Poderes y estrategias» en Microfísica del poder y «Por una nueva imaginación política»
Diego Sztulwark, La ofensiva sensible y «No hay neoliberalismo sin una violencia contra la sensibilidad»
Hacer vivir, hacer morir. Pliegues de un encierro que se extiende // Nati desde la Unidad 33 de Los Hornos
Tengo una hija de dos años y dos meses.
En este momento estoy tratando
de conseguir el arresto.
Yo no tengo dirección, tengo cinco chicos afuera
ellos están con mi suegra.
Cuando estuve dos meses en comisaría
antes de venir al penal, yo tenía abogado particular
me hizo hacer el psicológico, el psiquiátrico
y psiquiátrico criminalístico.
Yo tengo juzgado de Lomas
y fueron de La Plata.
Yo en ese momento estaba embarazada
me salió todo bien.
Mi suegra entregó la dirección de la casa
para que la ayude con mis hijos
ella pensó que yo iba a salir mal.
Cuando fue el móvil con asistente social
para hacer el ambiental a la casa
ella insultó a la asistente social
diciendo que no iba a alimentar otra boca
y se fueron.
Yo no tengo otra dirección
no me hablo con mi familia hace quince años
intenté hablar con ellos
para ver si me daban la dirección
pero no me dieron bola.
No tengo dirección.
Había conseguido la dire de un hogar
pero perdí comunicación con la gente
pintaba que era una iglesia
que era un hogar de mujeres
y me entero que vivían todos juntos
que se cruzaban.
Y yo quiero ir con mi hija
sola a un lugar.
No quiero estar con hombres
porque tuve experiencias horribles.
Yo estoy hace dos años y nueve meses
me dieron doce años
pero la defensora apeló y está en casación.
Yo ni enterada, estoy esperando la condena firme
pero no sabía, mi defensora apeló
y me dijo que me van a dar menos.
Me dan ganas de conseguir una dirección
quizás vaya a un hogar, pero no tengo la dirección.
Todavía estoy esperando
si aparece un lugar.
Yo la llevo como puedo
tengo mis días que estoy mal
no tengo comunicación con ellos
y eso me re pega.
Mi suegra me hizo una perimetral
hace poco mi marido habló con ella
de que yo necesitaba saber de ellos.
Ahora puedo hablar, pero cada tanto.
Me enteré que hace un año
dos de mis hijos desaparecieron
mi cuñada me hablaba a escondidas
le dije que sea sincera, vi la foto de mis hijos
de que estaban desaparecidos.
Yo le pregunté: ¿por qué no me avisaron?
estuvimos buscando con la poli, me dijo.
Les pedí que me avisen, me dijeron:
para qué te vamos a avisar
si vos no podés hacer nada ahí adentro.
Pero yo quería saber, yo soy la mamá.
Mirá si les pasa algo, me puse re mal
ponete en mi lugar.
Ellos aparecieron dos días después
yo no me enteré de nada
no sé nada de lo que les pasó.
Tengo una nena de 5 años
que tiene retraso madurativo
no puede empezar la escuela, la rechazan.
Ella está operada del corazón, habla muy poco
empezó a comer a los 2 años, solo tomaba leche.
Yo tendría que estar ahí, ocupándome de ella.
Queremos que los chicos que están acá, salgan
porque no hay medicamentos
a veces ni siquiera hay ibuprofeno
y te tratan mal.
Mi hija tiene broncoespasmos
se le está terminando el remedio
ya casi no queda
¿qué hago si se termina?
A veces los fines de semana no hay pediatras.
Estamos con problemas
con las encargadas de cocina:
nos mezquinan, no nos quieren dar casi nada
tuvimos que hablar con la jefa de cocina.
En el pabellón somos cinco
nos dan dos tazas de polenta
y no nos alcanza.
Yo no tengo visitas
nadie puede depositarme
a veces tengo que hacer trueques
porque no me alcanza ni el azúcar.
Quiero una casa
para poder irme
para estar con mi hijo.
Nati, desde la Unidad 33 de Los Hornos
Hacer vivir, hacer morir
Pliegues de un encierro que se extiende
Relatos urgentes recopilados entre mayo y junio de 2020
Colectivo Editorial Tinta Revuelta – YoNoFui
Colección: Escrituras amotinadas
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Colectivo Situaciones: Obras completas
De lo posible se sabe demasiado: una introducción al Colectivo Situaciones // Facundo Abramovich y León Lewkowicz Todo el ruido
Armar una época // YoNoFui, Diego Valeriano
Amor se dice arrancar, ocupar, respirar. Y tierra es otra forma de decir manija, alegría, pelea, plantarse. A Caro, la
El cuerpo del trabajo.Tres escenas cartografiadas desde el paro feminista // Verónica Gago
Fuente: A contra corriente [googlepdf url=»https://lobosuelto.com/wp-content/uploads/2019/05/document.pdf» download=»Download» ]
Rosa Luxemburgo, la última lectora // Pierina Ferretti
En un texto publicado en El último lector, Ricardo Piglia evoca escenas de la vida de Ernesto Guevara que le permiten reflexionar acerca de las relaciones tensas y productivas entre lectura y política. Una de las de mayor dramatismo se sitúa en el desembarco del Granma en diciembre de 1956. Guevara es herido y ante la inminencia de la muerte busca en la literatura un modelo para afrontar su final. “Inmediatamente -anota en Pasajes de la guerra revolucionaria- me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska”. El recuerdo lo visita como una lección de entereza y soberanía ante una muerte inevitable. La literatura, que le había servido de modelo para vivir, ahora le prestaba las herramientas morales para morir con templanza. Pero, como sabemos, no murió allí, sino once años después en Bolivia, donde transcurre otra de las escenas que recuenta Piglia. Ya capturado y mantenido como prisionero en la escuelita de La Higuera, Guevara es visitado por una profesora del pueblo que le lleva algo de comer. Con las pocas fuerzas que le quedan, el Che le indica que falta un acento en la oración que está escrita en la pizarra. La oración es: Yo sé leer. “Que sea esa la frase -subraya Piglia-, que al final de su vida lo último que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es como un oráculo, como una cristalización casi perfecta”.
Revisité este texto hace unos meses cuando me concentré en la correspondencia amorosa de Rosa Luxemburgo. Su relación con la lectura me pareció coincidente con la que Piglia encontraba en Guevara. Sin embargo, el conocimiento reciente de una escena previa a su asesinato -gracias a una exhaustiva investigación del cineasta alemán Klaus Gietinger-, me hizo pensar en afinidades más profundas entre estas dos figuras descollantes de la historia del movimiento revolucionario.
Getinger indagó por años en archivos judiciales y relatos de testigos, buscando materiales para filmar un documental sobre el asesinato de Rosa Luxemburgo. No pudo materializar su proyecto por falta de recursos pero acabó escribiendo un libro, estilo novela policial, en el que ofrece toda la documentación que logró reunir. Entre los anexos que acompañan su narración, se encuentran dos entrevistas realizadas a Waldemar Pabst, jefe de los paramilitares que asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebkchnet la noche del 15 de enero de 1919. En estas conversaciones, que datan de los años sesenta, Pabst entrega detalles del doble asesinato, sus móviles y la cadena de encubrimientos e impunidad en que grandes empresarios, paramilitares ultraderechistas y la dirección de la Socialdemocracia en el poder, se trenzaron sin aspavientos.
Un fragmento del relato permite conocer la última escena de lectura en la vida de Rosa Luxemburgo. Corresponde al momento en que es interrogada por Pabst en una habitación del Hotel Edén, a la sazón cuartel general de un comando de freikorps. ““¿Es usted Frau Luxemburg?”. En respuesta, ella dijo: “Por favor, decida por usted mismo”. A lo que respondí: “de acuerdo con esta fotografía debe ser usted”. A lo que ella respondió: “¡Si usted lo dice!” […] Delante de Pabst, en cuya oficina estaba, arregló el dobladillo de su falda que se había dañado durante el viaje y leyó un poco del Fausto de Goethe”.
Rosa Luxemburgo, capturada y conducida al despacho del encargado de la operación que culminaría con su asesinato, realiza sus últimos actos de desafío al poder y de libertad interior. Se dirige con ironía a sus captores. “Decida por usted mismo” y “Si usted lo dice”, son formas de responder con insumisión. Luego, se arregla el vestido, otro gesto de dignidad, y lee unas páginas del Fausto de Goethe. La sola imagen de Rosa Luxemburgo leyendo a minutos de ser asesinada, provoca respeto y recogimiento, pero que su última lectura haya sido un libro de Goethe es todavía más conmovedor, por la relación que durante su vida había establecido con esta monumental figura del romanticismo.
La posición de Goethe en la cultura alemana de fines del siglo XIX y comienzos del XX no tiene parangón. Rosa Luxemburgo participó de la devoción que se construyó en torno a este genio mayor y en esto no hay nada que le sea particular o distintivo. Sin embargo, el lugar que la lectura ocupó en su economía íntima, y el de Goethe al interior de ella, no se agota en la absorción pasiva de la cultura oficial, sino que pasa, sobre todo, por el tipo de vínculo que Rosa Luxemburgo estableció con la literatura y, más ampliamente, con aquellas prácticas que, como la pintura, la botánica o la observación de la naturaleza, impactaban en su ánimo.
Su correspondencia abunda en ejemplos. A su amiga Sonia Liebknecht, compañera de Karl, le escribe desde la cárcel acerca del “efecto Goethe” a propósito de una poesía: “era la cadencia de las palabras y el encanto misterioso del poema lo que me seducía, envolviendo en calma mi espíritu. No sabría explicar por qué una bella poesía, de Goethe sobre todo, obra tan poderosamente sobre mí cuando me siento agitada o estremecida. La sensación que experimento en esos momentos es casi fisiológica, algo así como si, teniendo los labios resecos, bebiera un delicioso licor que refrescara todo mi ser, devolviendo la salud a mi alma y a mi cuerpo”.
La lectura como elemento reconstituyente del ánimo es una de las figuras recurrentes en las confesiones que Rosa hace a su círculo íntimo de amigas y de amantes. Leer como acto reconfortante, placentero y consolador. Asimismo, la literatura y los poetas como modelos de templanza para enfrentar el torbellino cruento de la historia, son invocados con frecuencia. A Luise Kautsky, otra de sus grandes amigas y destinataria habitual de sus cartas, le propone a Goethe como modelo para hacer frente a la adversidad:
“[…] cuando el mundo entero se sale de quicio, lo único que me preocupa es saber el qué y el por qué de lo que ocurre, y desde el momento en que sé que he hecho lo que tenía que hacer, recobro la tranquilidad y el buen humor. Ultra posse nemo obligatur. Además, todavía me queda todo cuanto hasta hace poco era para mí motivo de satisfacción: la música y la pintura, las nubes, y la herborización en primavera, y los buenos libros, y Mimí, y tú, y muchas otras cosas más; en fin, que soy tan rica como Creso y confío serlo hasta el último instante de mi vida. Este hundimiento total en medio de la miseria cotidiana es incomprensible e insoportable para mí. Observa, por ejemplo, la fría serenidad con que un Goethe se sobreponía a los acontecimientos. Y piensa por todo lo que hubo de pasar durante su vida: la gran Revolución francesa, que, vista de cerca, debía de producir el efecto de una mascarada sangrienta y sin finalidad alguna; luego, de 1793 a 1815, una serie de guerras que se suceden sin interrupción y que vuelven a dar al mundo la apariencia de un manicomio suelto. ¡Y con qué tranquilidad, con qué equilibrio intelectual proseguía él, entretanto, sus estudios sobre la metamorfosis de las plantas, sobre la teoría de los colores, sobre mil cosas diversas! Yo no te pido que hagas versos, como Goethe, pero su modo de concebir la vida -el universalismo de los intereses, la armonía interior- está al alcance de cualquiera, o, por lo menos, todos pueden pugnar por alcanzarla. Y si me dices que Goethe no era un político militante, te replicaré que el político de acción es quien debe sobreponerse a los acontecimientos, si no quiere naufragar, estrellándose contra el primer escollo que se presente”.
La literatura como escuela ética y estética al alcance de todos quienes estén dispuestos a trabajar sobre su propia existencia. La vida como una materia moldeable, como resultado un trabajo conciente, como una obra de arte, son tópicos del ideario romántico del que Goethe era el representante mayor. En él, y en otros poetas, escritores y artistas, Rosa Luxemburgo encontró los elementos para trabajar su concepción del mundo, su universo sensible y su modelo humano.
En “Guevara, rastros de lectura”, Piglia propone la hipótesis de que el Che es “el último lector”, es decir, una figura bisagra entre dos formas de vida, la lectura y la política, que colisionan. “Guevara es el último lector porque ya estamos frente al hombre práctico en estado puro, frente al hombre de acción […] el hombre de acción por excelencia, ese es Guevara (y a veces habla así). A la vez Guevara está en la vieja tradición, la relación que mantiene con la lectura lo acompaña toda su vida”.
Ahora bien, en esto que resalta Piglia, Guevara no es un ave extraña. Marx, Trotsky, Gramsci o Mariátegui, por nombrar cabezas de serie, pertenecen a su misma especie. Rosa Luxemburgo, por cierto, se ubica en esta constelación por derecho propio. Ella es un modelo paradigmático de la tensión entre acción política y lectura, entre actividad orientada a la transformación del mundo y trabajo interior. Ella encarna la coexistencia de estos dos espíritus en pugna. “En un principio existía la acción” debe haber leído tantas veces en el Fausto al tiempo que se rendía al placer solitario de leer, de pintar o de admirar la naturaleza. La acción y la contemplación como dos polos, dos campos gravitatorios que conforman la vida de los luchadores sociales y militantes políticos. José Carlos Mariátegui, que compartió la fina sensibilidad estética de Rosa Luxemburgo, reparó en este hilo que recorre la historia del movimiento revolucionario encarnado en sus grandes líderes.
Discutiendo con quienes creían ver en el marxismo un bruto materialismo, sostuvo una airada polémica en la que subrayó la dimensión ética del socialismo resaltando la figura de Rosa Luxemburgo: “Marx inició este tipo de hombre de acción y pensamiento. Pero en los líderes de la revolución rusa aparece, con rasgos más definidos, el ideólogo realizador. Lenin, Trotsky, Bukharin, Lunatcharsky, filosofan en la teoría y la praxis. Lenin deja, al lado de sus trabajos de estratega de la lucha de clases, su Materialismo y Empiriocriticismo. Trotsky, en medio del trajín de la guerra civil y de la discusión de partido, se da tiempo para sus meditaciones sobre Literatura y Revolución. ¿Y en Rosa Luxemburgo, acaso no se unimisman, a toda hora, la combatiente y la artista? ¿Quién, entre los profesores, que Henri de Man admira, vive con más plenitud e intensidad de idea y creación? Vendrá un tiempo en que, a despecho de los engreídos catedráticos, que acaparan hoy la representación oficial de la cultura, la asombrosa mujer que escribió desde la prisión esas maravillosas cartas a Luisa Kautsky, despertará la misma devoción y encontrará el mismo reconocimiento que una Teresa de Ávila. Espíritu más filosófico y moderno que toda la caterva pedante que la ignora -activo y contemplativo al mismo tiempo-, puso en el poema trágico de su existencia el heroísmo, la belleza, la agonía y el gozo, que no enseña ninguna escuela de la sabiduría”.
Rosa Luxemburgo es también una “última lectora”. Una mujer que cruza el límite que separa literatura, vida y política; que encarna una forma extrema de leer y de vivir, condensada en esa escena final en que la vemos desafiando a sus asesinos e invocando a ese poeta que tenía el don de aliviar su angustia y de brindarle un modelo de serenidad ante las mascaradas sangrientas del devenir histórico que estaban a punto de arrastrarla hacia la muerte.
No sabemos qué fue exactamente lo que leyó antes de que un culatazo la dejara inconciente, de que un disparo le atravesara la sien, de que su cuerpo fuera arrojado a un canal y de que la soldadesca le robara su Fausto y una carta que no había alcanzado a enviarle a Clara Zetkin. Pero sí sabemos que Rosa Luxemburgo se convirtió en una figura libertaria universal, a la que generaciones y generaciones han acudido en busca de inspiración cada vez que la historia se ha abierto y el presente ha ido a buscar en el pasado los eslabones de esa cadena inmensa de precursores a la que está unido.
Hoy nos encontramos nuevamente en momentos de aceleración del tiempo e intensificación de la lucha. Y, como profetizó Mariátegui, Rosa Luxemburgo vuelve a despertar devoción y reconocimiento. Leerla nosotrxs, con la misma intensidad con la que ella leyó a Goethe hace un siglo atrás, puede ser nuestra mejor forma de rendirle homenaje y de prolongar esa especie de lectorxs a la que todxs estamos invitadxs a pertenecer.
Imagen: Priscilla Muñoz. Diseñadora y artista visual. @yampai_orfebreria
«El patriarcado está vivito y coleando» // Lila María Feldman
El patriarcado no es un fantasma. Es el sistema que opera legitimando y reproduciendo como “natural” su propia violencia, dirigida al cuerpo de las mujeres, a sus vidas. A veces de modos explicitos, otras veces sutiles, incluso enmascarados en teorías, y hasta en algún -mal- chiste. A veces ese mismo sistema permite (así opera) que te encuentres con una pregunta: ¿Será el patriarcado un fantasma femenino?» O bien con una humorada: «el patriarcado se terminó».
Cuando un psicoanalista se pregunta si el patriarcado es un fantasma femenino, es responsable de la perpetuación negacionista e impune del sistema patriarcal. Cuando supone que formular esa pregunta en esta época es apenas un “desacierto”, se excusa en el hecho de que las mujeres estamos muy sensibles en estos tiempos, o que hay cosas que hoy no queda bien decir. Supone finalmente que las cuestiones del patriarcado son un problema de la época, que tienen que ver con la “causa femenina” y sus reivindicaciones, que a él por supuesto no lo involucran. Supone que el poder que ellos ejercen es el poder del que hacen uso no porque pueden, y deciden hacerlo, sino porque las mujeres se los hemos otorgado “desde hace siglos” (culpa nuestra, y ancestralmente nuestra, una vez más…)
Los Feminismos y sus luchas, siguen y seguirán visibilizando los diversos modos en que el Patriarcado erotizó, subjetivó, y marcó nuestras vidas: nuestra sexualidad, nuestras identificaciones, nuestros destinos posibles, nuestros ideales.
Sigue vivito y coleando, agitando su cola en el lenguaje, colándose donde menos lo esperábamos, tanto en la escena psicoanalítica (sobre ello escribimos tiempo atrás un artículo con Marianella Manconi) como en la escena social y política. Como una gracia, como el permiso que alguien se arroga, con la impunidad que a veces el humor abraza (acerca de esto recomiendo escuchar el análisis lúcido e impecable de Cristina Lobaiza, quien explica cómo, en qué peculiar zona ocurre: las maniobras de subordinación nos acomodan con un chiste. Las maniobras de subordinación empiezan siempre en el lenguaje. A veces en lo dicho como al pasar, desplegando en el discurso toda su anatomía).
La consciencia feminista desactiva o desarma al patriarcado como territorio del don.
De lo que nos dan o nos quitan.
Es obra nuestra, de las nosotras todas, tirarlo abajo.
Y escribir los nombres de nuestra propia libertad. Gracias a esas escrituras el aborto es un derecho y es ley.
El patriarcado no es un fantasma. No es un chiste, se cobra vidas cada día. No se terminó. No aún.
Coordinadora Feminista 8M: “El estallido abrió la posibilidad de un momento de imaginación política radical” // Tinta Limón
La marea feminista, inevitablemente estalló también en las pacíficas costas chilenas previas al estallido de octubre. 2018 y el mismo 2019 habían sido de movilizaciones tremendas y ya en el revuelta, cuando la imaginación empezaba a menguar, apareció el grito que acusa y hace mover los cuerpos: “El estado violador es un macho opresor”. El tercer ciclo de un movimiento feminista que hace temblar el mundo se despliega al interior de la revuelta hasta volverse una fuerza determinante. Entre actividad y actividad, a unos meses del febril estallido, conversamos con Alondra Carrillo Vidal [1] y Javiera Manzi Araneda [2], voceras de la Coordinadora Feminista 8M.
Es Alondra quien cuenta que la Coordinadora surgió en el marco de las movilizaciones por el 8 de marzo de 2018. Se movilizaron más de 800 mil personas en todo el país, la marcha más grande de la historia de Chile hasta ese momento. Cada año se venían creando coordinadoras para organizar la acción del 8M y luego se disolvían. Pero en 2018 se decidió que siguiera existiendo. El propósito fue trabajar durante todo el año en la organización de un llamado a huelga general feminista en 2019. Es decir, instalar una idea de “huelga feminista” que no era nada obvia en un país en el que no existe derecho a huelga.[3] Además, agrega, “la Coordinadora es muy heterogénea, son muchas mujeres y disidencias organizadas. Eso no significa que sus organizaciones estén dentro de la Coordinadora: hay organizaciones que sí, com el Movimiento por el Agua y los Territorios (MAT) y otras que no; la Coordinadora no tiene un borde muy claro, es más bien poroso. Lo que nos obliga a ser bien claras, construir un programa y una voz propia para hablar”.
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¿Cómo caracterizan el estallido del 18 de octubre y qué rol pensás que tuvo y tiene el movimiento feminista en este proceso?
Alondra Castillo: Desde antes del estallido, desde el 8 de marzo por lo menos, nosotras vemos un proceso de rebelión que tiene en su núcleo las condiciones de precarización de la vida. Esto es lo que nosotras planteamos cuando hicimos la convocatoria a la Huelga general feminista, como una movilización contra la precarización de la vida en general. Eso quiere decir que es un estallido que contiene un núcleo de sentido sumamente vivencial, que está anclado en las condiciones de precarización efectiva de la vida y su deterioro continuo. Y al mismo tiempo, el estallido implica una impugnación general de todos los marcos que han hecho posibles esa precarización a lo largo de últimos treinta años. Por eso la frase “no son 30 pesos, son 30 años” fue tan importante, porque indica un tiempo que no es abstracto sino el tiempo real en el que se ha extendido la política que es responsable de las condiciones de precarización contra las que hoy en día las personas se están rebelando.
Nosotras entendimos, y así lo planteamos, que era necesario y posible salir a arriesgarlo todo antes de seguir viviendo de la manera en que vivimos. Y esa impugnación fue creciendo y se fue multiplicando. Por eso, nuestra apuesta el 19 de octubre, el día siguiente del estallido, fue convocar a una huelga general como respuesta de los sectores organizados a este estallido de carácter inorgánico, espontáneo, que estaba surgiendo con una fuerza inusitada que nadie podía controlar, ni conducir, ni predecir, ni decir cómo se tenía que desarrollar. Nosotras dijimos: “bueno, lo que tenemos que hacer los sectores organizados es secundar este estallido espontáneo y poner a disposición toda la infraestructura y organización que hemos sido capaces de construir para dar un soporte orgánico para que esto siga creciendo, y siga encontrando su propia magnitud, y siga encontrando, en su despliegue, los recorridos de su propia fuerza”. Eso fue lo que dijimos y creo que condensa bien lo que pensamos del estallido.
Javiera Manzi: La frase “no son 30 pesos, son 30 años” me parece que explica muy bien el carácter de la impugnación en curso, lo que nosotras hemos llamado “juicio histórico popular” que se levanta en este momento. Un juicio que rápidamente dio lugar a una historicidad que es muy potente. Los pueblos levantaron esa voz que no habla solo de un malestar presente, sino ya de mucho tiempo. Encarna una impugnación al periodo de la transición, a cómo fue la administración de la precarización de nuestras vidas a lo largo de todos estos años, con las promesas incumplidas de lo que fue el fin pactado con la dictadura, que, como sabemos, fue mediante un plebiscito y con un llamado a una alegría que nunca llegó. Lo interesante es cómo esa historicidad empezó a complejizarse. Y decíamos 30 años, y luego fueron 47, es decir, el momento de la implantación del neoliberalismo en Chile. Por lo tanto, la impugnación del estallido también es contra la forma en que ha sido construida la economía, ese “oasis económico” que es Chile, la imagen del Jaguar de Latinoamérica y su crecimiento económico. Es muy potente cómo aparece eso que se radicaliza y ya no son 47, sino 500 años: la impugnación del carácter colonial del Estado chileno. Es al entramado de estas políticas económicas y al carácter colonial del Estado chileno, lo que impugna el estallido. Un momento de juicio histórico popular que aparece como un balance crítico en el que poder leer, no solo la precarización de las vidas, sino también las formas de la violencia policial, institucional, colonial. Además de las consignas, nos parecen muy significativos los rayados en las paredes, por ejemplo, el que dice: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”. Puede leerse ahí un llamado ético, político, internacionalista; un mandato en torno a cómo podemos hacernos cargo de esto. Algo que también vimos como una potencia radical del movimiento fue su carácter plurinacional, expresado en los lienzos y banderas que forman parte de la movilización, sobre todo las banderas mapuches. La bandera chilena al principio tuvo una presencia marcada, pero luego comenzó a ser reemplazada por la bandera negra chilena, que es de luto, incluso despatriada. Y es una bandera que habla de cómo se está resituando, o reconstruyendo la idea de Nación en este momento. Creo que esas son claves muy significativas de este proceso. Un proceso al que, como feministas, consideramos destituyente. Y desde ahí evaluamos las posibilidades que se abren, los horizontes de transformación en curso.
Lo primero que mostró el estallido es la necesidad de decir que no: no más a esta vida. No más a la deuda, no más a los abusos, no más a esta desigualdad, no más a esta vida precaria a la que hemos estado sometidas y sometidos, no más a la violencia de género. Es decir, un montón de cosas que explosivamente fueron saliendo a las calles el 18 de octubre, con una voracidad, miles de consignas. Pero para nosotras era inevitable volver al 8 de marzo, y ver que todos esos malestares que aparecían como puntos dispersos en el pueblo movilizado daban cuenta de la crisis estructural que estamos viviendo. Era muy notable el contraste entra esta fuerza y esta voracidad, y la imagen de Cecilia Morel, la esposa de Sebastián Piñera, diciendo que las calles de Chile estaban invadidas por aliens; lo que señala el desconocimiento total de la clase dirigente respecto de lo que está sucediendo. ¿Quiénes son esas personas? ¿Dónde está ese otro Chile al que nos habíamos acostumbrado? Lo que aparece ahí es la destitución de la vida en la forma en la que está siendo administrada. Y lo que aparece ahí es la destitución de la forma del gobierno que, hoy vemos, solo se sostiene a partir de la violación sistemática a los derechos humanos.
En ese sentido, para nosotras hoy no es posible hablar de un proceso constituyente si se desconoce la necesidad de destituir las condiciones en las que se ha sostenido un gobierno que es criminal, un gobierno que es responsable de la violación sistemática a los derechos humanos: de cada una de las torturas, mutilaciones, violaciones. La lucha contra la impunidad, para nosotras, como feministas, es central. De ahí nuestro llamado: “Piñera, fascista, te va a derrocar una ola feminista”. ¿Qué feminismo es este? Un feminismo que no se acoge a pensar en términos específicos o de una agenda particular, sino que es un feminismo que apunta a la transformación radical de la vida.
A.: Yo coincido, creo que hubo un silenciamiento del carácter destituyente del estallido, sobre todo después de la marcha del 25 de octubre, donde se movilizaron 1 millón 200 mil personas. Esa fue una marcha claramente contra el gobierno, contra Sebastián Piñera, más allá de lo que él haya salido a decir después. Fue uno de los personeros de la transición, Alejandro Guillier, candidato en las últimas elecciones del progresismo, que sale a decir que el gobierno no puede caer porque si cae el gobierno “caemos todos nosotros”. Y varios referentes sindicales, que al principio pedían la renuncia de Piñera, luego ya no lo dijeron más. Para nosotras esa dimensión destituyente era clave, y por eso hicimos mucho énfasis en la huelga general, porque esta medida nos permitía seguir profundizando este carácter destituyente, seguir dándole curso al estallido. Por fuera de esa situación no nos era posible pensar en instituir algo distinto. Lo dijo un compañero –y quedó filmado y por eso está siendo perseguido hoy por la Ley de seguridad interior del Estado–: tiene que caer el gobierno de Piñera y sobre sus cenizas tenemos que levantar una Asamblea Constituyente. Entonces, ahí vemos una continuidad del silenciamiento del afán destituyente que, sin embargo, está contenido en este movimiento y no va a dejar de estarlo, porque aparece todo el tiempo. Por eso fue tan necesario que todas las fuerzas del orden, más allá de quién encarna ese orden, adoptaran ese silencio.
Entonces, ustedes plantean que el movimiento feminista tiene –ante este silenciamiento, ante el llamado al orden– una suerte de función y una capacidad específica: reponer el carácter destituyente de la revuelta.
J.: A mí me gusta pensar que nuestra insistencia en decir “no” es un rasgo propio de la política feminista. El “no”, para las feministas, es una acción política, vinculada a la autonomía de nuestros cuerpos y, también, a la autodeterminación de nuestros pueblos. Es la forma en la que hemos desplazado y hecha propia una política en relación a cómo enfrentamos la violencia y a con qué radicalidad impugnamos las fuerzas del orden. Porque, al mismo tiempo, nosotras vemos que se ha abierto la posibilidad de un momento de imaginación política radical. Es decir, la posibilidad de imaginar otra vida, de imaginar una vida más allá de esta “normalidad” a la que hemos estado sujetas y a la que Piñera y otros sectores políticos nos llaman a volver. Llamaban al pueblo a que vuelva a creer en las instituciones, a que vuelva a confiar en la delegación del poder, cuando lo que está en curso es la posibilidad de construir otras formas de poder, lo que se abre como posibilidad es la imaginación radical de otra vida. Y creo que eso aún está abierto, es una desobediencia que persiste, incluso en el curso institucional que ha tomado el proceso constituyente: es la posibilidad de seguir sosteniendo que queremos imaginar otra cosa que lo que se nos está ofreciendo.
Durante muchos años, esa imaginación sobre formas de vida alternativas era impulsada por sectores marginales, quedaba por fuera de los espacios de la política. Pero hoy son esos márgenes, es esa potencia alienígena la que está tomando las calles, la que está tomando la vida. Una idea que está muy lejos de cierto “realismo” capitalista, esa idea de que no hay otras vías. Y cierta confianza. Creemos que es muy importante empezar a confiar en nosotras mismas, que podemos hacer esa alternativa. Confiar en que está también en nosotras esa capacidad de imaginar, de pensar. Y no, como es muy propio de la política chilena, que todo quede reducido a ciertos sectores tecnocráticos, a ciertas voces autorizadas. Precisamente, son las que nunca tuvieron autoridad, las que nunca tuvieron ese saber técnico, las que hoy día están tomando la palabra. Eso es lo que sucede en las asambleas, y eso es lo que nosotras llamamos a hacer: a impulsar asambleas donde se discutiera la política y la vida, e imaginar eso que queríamos de manera colectiva. Y que nosotras, como mujeres y disidencias, nunca más volviéramos a ser segunda línea. Lo que implicaba un desafío, porque era cómo volver a la asamblea y que no fuera la asamblea de siempre ni las voces de siempre las que tomaran la palabra. O cómo volver a la huelga y no permitir que nos volvieran a hablar de una huelga que nos excluyera o que no fuera necesariamente productiva y reproductiva. Entonces, era doble el llamado: decíamos “huelga”, pero estábamos diciendo huelga en carácter feminista; decíamos “asamblea”, pero era una asamblea muy distinta a la de la tradición de la izquierda.
Este diagnóstico que ustedes hacen, el carácter destituyente del estallido, la impugnación de una clase política que carece de legitimidad, conecta con este elemento novedoso del movimiento en términos del modo de organización: la pluralidad de voces, la horizontalidad, la idea de ausencia de líderes: ¿qué formas de organización tiene hoy el feminismo para poner en común, como aporte específico a un movimiento amplio?
A.: Una forma de respuesta sería mirar el Encuentro de Mujeres. Esa es una tradición nueva en nuestro país. No es que no hubiera habido encuentros antes, pero no con el carácter de este “Encuentro Plurinacional de las que luchan”. En ese encuentro vamos a intentar abrir otro momento en este proceso constituyente. Un proceso que, tal como lo entendemos nosotras, no está teniendo lugar en la institucionalidad, sino como un proceso de constitución de la clase y que tiene a las mujeres y a las disidencias como uno de los sujetos protagonistas. Nosotras hemos entendido el proceso de emergencia del feminismo como una potencia de acción de masas, como una potencia de acción de la clase trabajadora que se expresa en toda su diversidad y que logra destituir nociones estrechas, como las que la reducen a personas asalariadas en condiciones laborales específicas. Cuando decimos “huelga general feminista”, precisamente, se está poniendo en discusión quién es la clase trabajadora, dónde está, cómo se constituye. Los aportes específicos organizacionales desde el feminismo tienen esa clave. Puede que parezcan poco relevantes, o poco novedosos, pero lo son en un escenario en el que las construcciones democráticas, y de carácter movimental, en nuestro país son sumamente restringidas. Y ha sido una de las cuestiones en las que el feminismo ha insistido. Hemos participado en espacios de articulación y de transformación, de marcos de unidad, y esos marcos de unidad prescinden absolutamente de la construcción democrática. Fue en el Encuentro Plurinacional de Mujeres de 2019 que construimos el programa de la huelga general feminista, un programa que hoy hay que pensar en clave constitucional, en clave de pliego de emergencias que podamos poner sobre la mesa; una respuesta inmediata a las condiciones que nos arrojan a la calle, que nos hacen salir a arriesgarlo todo –por no decir a quemarlo todo– con tal de no seguir viviendo así. Esa es una de esas apuestas orgánicas que, desde el feminismo, tienen un carácter abierto, fundacional.
J.: Como decíamos, algo muy potente de este proceso es el despliegue de la creatividad popular que se ve expresada en los muros, en las consignas, en la gráfica; es decir, en todas las formas que se materializa esta imaginación radical. Pero esto se da en paralelo a una violencia política muy radical. En su primer momento, la fuerza que tuvo el estallido fue de una violencia política total, radical, masiva, algo que no habíamos visto en Chile en todos estos años. Vale decir también que es un momento de acumulación, porque veníamos de una semana de conflicto, de movilización de secundarias y secundarios que llamaban a evadir en las estaciones de los metros y eran reprimidos fuertemente. Y lo que apareció ahí fue la voz de las personas. Incluso por la televisión les preguntaban: “Bueno, señora, ¿usted qué piensa de esta violencia? Y la señora decía: “Violencia es mi pensión, violencia es que a los cabros los estén reprimiendo, violencia es otra cosa”. Entonces ahí la violencia tomó un lugar en el discurso público que es muy interesante, desplazado la hegemonía comunicacional y política que veníamos viviendo y que presentaba todo en clave de criminalización. Los primeros días, quizá toda la primera semana, estuvo marcada por la posibilidad de esta acción directa: las barricadas, los cortes de calle, las protestas sin pedir permiso. En Chile la gente pide permiso para marchar. No podemos usar la calle sin pedir permiso, porque si no pides permiso a la intendencia te reprimen. No hay derecho a la protesta, a la marcha, a la manifestación. Entonces, comenzar a no pedir permiso para ocupar la calle, y hacerlo de manera masiva, entre vecinas, entre vecinos, entre personas que hace un mes no lo hubiesen hecho, no se hubiesen atrevido, también es muy constitutivo de cómo surge este proceso.
Algunos sectores de la izquierda parlamentaria, en su intento de institucionalización y en su llamado permanente a la gobernabilidad, ha abandonado la calle y había desistido de este tipo de prácticas de acción directa, incluso hasta llegó a criminalizarlas. Es algo que veíamos en el Frente Amplio, que en su llamado a parlamentarizarse lo que hacía era también decir: esta es la vía correcta, la vía de la política, la vía de los cambios reales, todo lo demás queda afuera. Queda afuera porque ellos decían que la gente no iba a entender y no iban a querer participar; que las mujeres, las señoras, niñas, niños, no se iban a querer vincular a ese tipo de prácticas. Y el estallido le dio un giro radical a esa discusión. Es muy claro ese giro en la reivindicación de la “primera línea”, es decir, cuando un pueblo asume la necesidad de ese lugar de autodefensa. Ahí se puede ver a personas de todas las edades, pero sobre todo muchas mujeres, llevan alimento y ropa, preparan comida, en un intento de cuidar, de proteger; constituyéndose incluso como las madres de la primera línea, en una evocación a las Madres de Plaza de Mayo. Pero esta acción no se reduce al cuidado. No creemos que la “primera línea” sea un sector masculinizado, de dominio masculino. Es clave esta capacidad de sentir como propio lo que se está haciendo, sentirlo como una acción necesaria, como parte de despliegue mayor. Por supuesto que es importante lo que pasa en Plaza de la Dignidad, pero hemos visto llamados a participar, en muchas claves, en todos los barrios y en todos los territorios. Por poner un caso, en la Florida, que es una comuna residencial, se llaman continuamente a la barricada, es parte de un repertorio de acción permanente. Termina la asamblea, que es todos los sábados en la tarde, y la labor de algunas vecinas mayores es armar la barricada, ahí mismo.
A.: Respecto de estas diferentes lecturas de lo qué está pasando y de cuáles son las posibilidades de acción, el año pasado sacamos una respuesta al discurso de Sebastián Piñera en el Congreso. Se llamó: “Nos precarizan la vida, les desordenamos la casa”. Piñera hizo una Cuenta pública donde habló de que la función de este gobierno era iniciar una segunda transición, y que en ese inicio a la segunda transición ellos querían ser reflejo de los padres de la patria, ocupar ese lugar nuevamente. Y entre un montón de medidas menores, anuncios en el aire, las únicas medidas concretas eran represivas: castigar los rayados callejeros, castigar las barricadas, castigar las capuchas. Es decir, cuestiones que hasta ese momento no eran masivas, como ahora, pero que, de alguna manera, ellos anticipaban que iba a ocurrir.
Nosotras, en ese momento salimos a decir que el discurso de Sebastián Piñera y de este gobierno no era un discurso político, gubernamental, sino policial, que anunciaba un futuro de represión para las amplias mayorías de la población. Porque lo que se venía era un proceso de ajuste, de radicalización de las medidas económicas; es decir, reformas que iban a multiplicar las razones por las que la gente había salido a la calle. Y fue así tal cual que lo dijimos, y por eso nos llamamos a seguir ocupando la calle, a seguir movilizadas, a seguir empleando este tipo de herramientas como una forma de anticipar, también, lo que significa una segunda transición. El pueblo no olvida lo que fue la transición en Chile, un acuerdo por arriba que se sostiene golpeando a los de abajo para poder seguir acumulando. Y si nos anuncian una segunda transición tenemos que tener bien en claro lo que va a significar para nuestras organizaciones, para nuestra capacidad de seguir movilizadas. Esto fue el primero de junio del 2018, antes de la huelga general feminista.
J: Es que el estallido no puede separase de las muertes, de la masacre, que remite en nuestra memoria a lo que fue la dictadura. Nos vimos enfrentadas al negacionsimo del gobierno, al oscurantismo de instituciones que no daban respuesta a lo que estaba pasando con la violencia y las muertes. Esos primeros días más bien las negaban, o armaban montajes respecto a las causas de las muertes. La violencia del Estado hizo aparecer una rabia que se sumaba a la existente, a la que había producido el estallido por las condiciones de vida. En Chile hay una naturalización muy alta de las políticas de represión, nosotros estamos acostumbrados a que no hay movilización sin represión, a que no hay marcha que no termine con lacrimógenas y que no hay forma en que podamos protestar que no esté sujeta a la amenaza permanente de la represión policial. Y hoy en día podemos ver nuevas estrategias de represión, el uso de los balines pero también la forma en la que arrojan las bombas de gas lacrimógeno directamente al cuerpo. También la violencia política sexual, instancias de acoso o de abuso por parte de los pacos que ya venían denunciando las secundarias.
En ese contexto, el hecho de haber votado para aprobar una ley que criminaliza la manifestación se percibe como una traición profunda e imperdonable, porque decidieron ponerse, no en la defensa de los pueblos, sino en la defensa de quienes están siendo impugnados. Porque más allá de su pedido de perdón, o de los intentos por remediarlo, las políticas de criminalización siguieron en curso. Estas políticas fueron discutidas en las asambleas y en los movimientos, y el rechazo fue total e inmediato. Y esto es algo importante que nunca había sucedido. Las políticas que se generaban en el interior del parlamento tenían como una membrana hermética que hacía que muy pocas veces salieran de ese espacio. Hoy, cada una de las cosas relevantes que se aprueban, son discutidas fuera de ese espacio, se genera un balance, un posicionamiento. Entonces, lo que apareció con la aprobación de estas leyes fue el rechazo transversal y rotundo de todos los sectores movilizados (movimientos, sindicatos, etc.).
Justamente, uno de los ejemplos que los parlamentarios de derecha y los opinadores mediáticos ponían sobre la mesa para justificar estas leyes era “el que pasa, baila; el que baila, pasa”. Lo tomaban como una agresión sistemática, como un atropello a la libertad individual. Cuando, al mismo tiempo, no es difícil ver ahí, también, una invitación, un intento por acortar las distancias entre quienes protestan en la calle y quienes están en sus autos, un intento de empatizar, de hacerlos parte de una protesta que es, también, una fiesta, como se pudo ver luego, y durante largos días, en Plaza Dignidad.
J: ¡Claro! Los videos de “el que baila, pasa”, son, al comienzo de las jornadas, los más divertidos, porque son videos de la gente que sale del auto, que baila, que se ríe, que participa, y luego los dejan pasar. Básicamente, era una forma en la que el corte de calle no era definitivo, sino que en ciertas circunstancias podías pasar igual. La derecha rápidamente empezó a denunciar esa estrategia como la expresión máxima del fascismo del movimiento, “Es como los nazis”, decían, “obligan a bailar”. Obviamente, no mostraban la gente divirtiéndose ni disfrutando del baile. Y fue luego penalizado, criminalizado, con la aprobación de las leyes represivas en las cámaras de diputados y senadores. Algo que es muy importante es que nosotras entendemos que ese castigo a la movilización está directamente relacionado con la firma del Acuerdo por la paz y por la nueva Constitución. Es decir, ambas forman parte de una serie de llamadas o acuerdos nacionales que propone Piñera, que incluye el llamado a una agenda social que no era más que una serie de políticas subsidiarias, un acuerdo por la paz social que no era más que una forma de criminalizar las movilizaciones, porque “la paz” tiene como objetivo acallar a quienes nos hemos movilizado e ir desarticulando las luchas.
A.: Si pensamos en el estallido, lo que está contenido ahí es la necesidad de producir formas orgánicas que respondan a esta potencia política que está desarrollándose al interior de los movimientos: del movimiento feminista, de los movimientos socio-ambientales, en los distintos espacios que han venido luchando de manera dispersa y fragmentaria contra las manifestaciones múltiples del neoliberalismo en nuestro país, con su violencia patriarcal, colonial, racista, etc. Aún no hay una organización que prefigure eso, estamos en un momento absolutamente embrionario, de gestación de esa nueva organicidad popular. Y por eso es tan importante preguntarnos dónde se están construyendo, en ese momento, las condiciones políticas para la pervivencia de alguna infraestructura mínima que nos permita enfrentar la crisis. Porque esta crisis es la apertura de un momento de irrupción política radical, pero probablemente vamos a conocer las dimensiones más profundas de esta crisis en la medida en que se desarrolle, que siga profundizándose. Solamente estamos asistiendo a un primer momento de su desarrollo, y va a ser necesario enfrentar el momento más avanzados con una mayor organicidad.
Y ahí nos estamos preguntando por las asambleas territoriales, por la posibilidad de su coordinación en niveles cada vez mayores, por qué lugar tiene el movimiento feminista. Son todas preguntas abiertas, todavía. ¿Cuál va a ser la organicidad que pueda expresar lo que se está abriendo en este contexto? Las organizaciones que tenemos hoy en día, incluso el Frente Amplio, son expresiones orgánicas y políticas de otro momento. Y no están pudiendo expresar lo que está pasando ahora, no están expresando lo que la gente está anhelando en este momento. Porque surgen de otras lecturas, porque surgen de otros escenarios políticos que plantearon otras tareas y que fueron interpretados de otro modo y que no pudieron prever esto. Nadie podía predecir que esto iba a ocurrir. Pero sí hay claves de lectura divergentes al interior del Frente Amplio, lo que lo llevó a una fractura. El Frente Amplio quedó desmembrado. Importantes sectores han salido y eso va a reconfigurar el escenario político y va a plantear también algunos problemas. ¿Cuál es la forma de organicidad que necesitamos? ¿Es un partido o no? ¿O tiene carácter de movimiento? ¿Cuáles van a ser las trayectorias del proceso de auto organización que estamos viviendo? No lo sabemos. Tenemos que ir inventándonos.
Nosotras creemos que el movimiento feminista innova, también, en alguna de esas formas de organización y de organicidad. Pero, bueno, en la medida en que no hay un plan prefigurado no tenemos claro de antemano hacia dónde tenemos que ir. Y eso está súper bueno, porque abre mucho más que lo que cierra. Pero deja planteado el interrogante: ¿cuál va a ser la organicidad que va a salir de este momento? A mí, por lo menos, es una pregunta que me atormenta todo el tiempo.
Dada la lectura que hacen del Acuerdo sobre la paz y la nueva Constitución imaginamos que no tienen excesiva expectativa en el llamado “por arriba” a una Convención Constituyente. Pero como Coordinadora feminista, ¿están pensando en alguna política específica vinculada ese proceso constituyente?
J.: Sí, sí, es algo que venimos pensando todos estos días. Venimos siguiendo también el hilo institucional propuesto por el Acuerdo aunque nos resulte bastante problemático. Incluso, a partir de la discusión sobre la paridad de género en la Convención, se terminó levantando la bandera del feminismo. Es decir, la idea de que haya escaños reservados para independientes, pueblos originario y mujeres. Pero es todo un modo de pensar el feminismo como sujetos sometidos. Son muy acotadas las posibilidades para la participación independiente. La participación que podemos tener como mujeres, por ejemplo. La paridad implica que no pueden haber listas solo de mujeres, lo que también nos parece problemático. Sin embargo, leemos el proceso constituyente en una clave que va más allá de la clave institucional en la que se está pensando el cambio de la Constitución. Nosotras pensamos que está en juego un sentido constituyente mucho más profundo y radical; que nos estamos constituyendo como movimiento, como pueblos; que nos estamos reconstituyendo en la posibilidad de politizarnos, de imaginar otra vida.
Entonces, lo que nos interesa profundizar es este proceso constituyente que se abrió el 18 de octubre –ese es su hito de inicio y a partir de ahí se desplegó en cada una de las asambleas territoriales, en cada uno de los encuentros impulsados por el estallido. Lo constituyente, en ese sentido, está ya declarado: no es nada más y nada menos que la posibilidad de pensar desde abajo la vida que queremos. Un proceso constituyente que es inmediatamente feminista, plurinacional, popular. Para nosotras es importante insistir en que lo que está en curso es mucho más de lo que se ofrece institucionalmente. Lo que está en curso es la posibilidad cierta de imaginar otra vida. Nuestra apuesta es profundizar esa construcción, profundizar procesos de deliberación política que se están generando desde abajo, desde los pueblos, en distintos puntos del país. Lo que se está constituyendo son esos movimientos que hoy día están levantándose en asambleas, que están levantando una voz. Hay un proceso constituyente de nosotras como feministas, como movimiento y nos hemos llamado a pensar esto como momento de imaginación política, como producción, como creación de alternativas. Tenemos algo que decir, tenemos idea de la vida que queremos construir. Y esa idea la levantamos, no desde un lugar de especialistas o técnicos, sino en asambleas. Pero también es una voz de impugnación a las formas en las que se ha conducido desde las instituciones esta vía pactada.
A.: Nuevamente, creo que la pregunta fundamental es qué forma está tomando este proceso en curso. No es que nosotras hagamos un llamado a que aparezca algo que no está, sino que hay que darle forma a esa impugnación de modo que pueda proyectar el proceso. Un proceso que acreciente la potencia de modo tal de subordinar los hitos del calendario. Así lo estábamos planteando en la asamblea: subordinar los hitos del calendario institucional a los hitos de un calendario popular como para poder preguntarnos en qué medida nos es útil el plebiscito. ¿Nos sirve, realmente? Sabemos que los pueblos, la gente, va a ir masivamente a votar ese plebiscito. Eso va a ocurrir sí o sí, porque de ese modo se ha conducido esta impugnación: por todas las formas posibles. Al mismo tiempo, es la misma gente la que corta la calle, la que está en las asambleas, la que está enfrentando a los pacos en la primera línea. Es la misma gente la que va a ir a votar al plebiscito, y va a hacer campaña por el plebiscito, y va a hacer campaña, probablemente, por una Constituyente.
Entonces, es fundamental primero, reconocer esa fuerza. Desde la institucionalidad, desde los medios, desde las fuerzas políticas se nos hace creer todo el tiempo que esa fuerza es menos de lo que es. Y nos hace imaginar que ese calendario es el único posible y que el nuestro va a tener que subordinarse a esas organizaciones temporales. Reconocer la potencia de esa fuerza nos implica, necesariamente ir avanzando a ciegas, a oscuras, porque no tenemos nadie que nos devuelva esa imagen; y tenemos pocos momentos en donde esa imagen la podemos producir para nosotras mismas: imágenes de nuestra propia masividad, de nuestra fuerza, de nuestra potencia. La pregunta es, entonces, una vez que despleguemos una forma que pueda canalizar esa potencia, ¿cómo vamos a organizar los marcos temporales de nuestro propio proceso, subordinando todos los hitos del calendario institucional al calendario popular? Esa es un poco la pregunta que nosotras nos hacemos.
Pero, ¿en qué consiste un calendario popular? No lo sabemos, no sabemos cuáles serían los hitos necesarios. Probablemente, mucho de eso ya está ocurriendo y no dependa de que nosotras, o alguien, lo decida. Hay que dar vuelta esa imagen de que son las decisiones políticas que tomamos en algún espacio, en alguna reunión, las conversaciones que vamos teniendo, las que van a resolver cómo se hacen las cosas. Si no, más bien, disponernos a mirar y escuchar de modo tal que podamos ir viendo surgir el proceso, y que podamos ir reconociendo la forma misma que va a asumiendo su propio desarrollo. Esa es la tarea que vamos a ir enfrentando. En cierto nivel, es un ejercicio de imaginación política, porque se trata de poder reconocer lo que ya está pasando y, al mismo tiempo, producir esos contornos, el carácter de ese proceso.
Al interior del movimiento feminista argentino –que fue, sin lugar a dudas, el movimiento más potente de los últimos años– hubo una línea que salió muy fuerte a enfrentar el endeudamiento popular. ¿También el movimiento feminista chileno pone en discusión la deuda?
J.: Una de nuestras primeras consignas fue “Nos deben una vida”. Nos deben una vida y la vamos a recuperar: de eso se tratado el proceso en curso. Su radicalidad sitúa la posibilidad misma de la vida en el centro de la discusión: “Hasta que valga la pena vivir”. Un sentido muy vitalista. Nosotras hablamos de la precarización de la vida, y eso significaba decir que “lo precario” no refiere solo a nuestros trabajos, sino a todos los órdenes de la vida, a nuestra forma de relacionarnos. Acá hay algunos movimientos que han comenzado a discutir la deuda, por ejemplo, la deuda educativa. Pero es muy profundo hasta dónde está metida la deuda en nuestra vida. Una imagen muy personal, familiar: cuando mi abuela murió no la podíamos enterrar en el cementerio porque tanto mi padre como sus hermanos –son siete hermanos—estaban todos en el DICOM, que es el registro de deudores, lo que les impedía acceder al cementerio donde ella podía ser enterrada. Se llega a ese nivel de violencia. Es muy doloroso, lo presente y naturalizada que está la deuda en nuestras vidas.
La deuda te permite leer muchas cosas, a diferentes escalas. Chile es un país brutalmente endeudado. Hasta el 18 de octubre primaba la sensación de que todos en Chile eran de clase media. La clase política se dirigía a la clase media, todos se reconocían como clase media. Pero esto era posible, precisamente, por una vida construida desde el crédito. La gente se endeuda para comer, se endeuda para educarse, se endeuda para tener salud, se endeuda para poder reproducir las condiciones mismas de su vida. La población se endeuda en el supermercado, en la farmacia, en cada lugar. Y es algo que nos atraviesa, es la profundidad del neoliberalismo en Chile. Es muy constitutivo. Aquí existe esa internalización de la deuda, y la vida que se sujeta en torno a ella. Si no fuera por el crédito la línea de pobreza estaría en otro lugar, el hambre estaría en otro lugar.
Una compañera nuestra habla de cómo se está constituyendo o subjetivando la clase en este momento. Y, como decía recién, el modo de subjetivación de clase media mediante el crédito entró en crisis. Por eso no me extrañaría que ese problema tan “privado” se comience a visibilizar. Creo que allí también radica la potencia del feminismo, en su capacidad para desprivatizar esos problemas, los problemas de la vergüenza. Eso, en este país, está muy internalizado: no hay nada más propio que la vergüenza de la deuda que se tiene. La forma de la deuda es que va constituyéndose, incrementándose, como que te endeudas para pagar otra deuda, y así se sostiene la vida –muy precariamente.
A.: La deuda es una dimensión de la carencia, pero también de la forma de lo que es accesible. Mucho de lo que antes no era accesible ahora lo es a través del crédito. En la medida en que se fueron desmantelando todos los servicios sociales se fue incorporando la deuda como un mecanismo paralelo que permitía resolver, de algún modo, el acceso a servicios que estaban siendo privatizados, en un proceso que fue muy brutal, de privatización de prácticamente todos los ámbitos de la vida. En esas condiciones de endeudamiento a lo que se accede no es más que a una miseria. La gente se endeuda para pagar un sistema de salud, por ejemplo, que es miserable, que llega tarde o que nunca llega. O que llega una vez que las personas murieron. Tenemos un sistema de salud que arroja a la muerte a un porcentaje altísimo de la población. Y muestra, también, el carácter sobrante de todo un sector de la población respecto del requerimiento de la organización capitalista de nuestro país. Tendería a pensar que eso es lo que ha aparecido más de relieve: el carácter crudo y sumamente violento de la existencia misma. El carácter sensible de esta crisis capitalista en nuestro país es la brutalidad con la que se ha instalado la miseria en la vida. No se trata, necesariamente, de hambre, pero sí se trata de la presencia inmediata de la muerte, la presencia inminente del terror respecto del futuro. De pronto se hizo visible una imagen que no se había configurado hasta ahora: se está jubilando la primera generación de las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP), es decir, la generación de nuestros padres: estamos viendo a nuestros padres y madres jubilarse en la miseria. Y, a la par, vemos nuestras propias condiciones precarias de existencia. Y estamos viendo la persecución política que está sufriendo la generación menor que la nuestra, nuestros hermanos menores, y en algunos casos hijos. La represión policial avanza sobre los espacios de mayor subjetivación política de los últimos años, los colegios.
Entonces, se hizo presente una imagen del conjunto del ciclo vital en todo su deterioro. Y esa es la imagen que cristaliza este momento: vemos nuestro propio futuro de miseria y vemos cada vez más mermadas las posibilidades de combatir esa situación. Creo que la visibilización de ese límite es el que arroja a la gente a las calles. Hasta que vivir valga la pena. O la idea de dignidad, que es una de las ideas más fuertes del estallido. La misma Plaza Dignidad. O “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Que no son ideas nuevas, son frases que existen desde antes del estallido. Pero que logran interpretar esta sensación de absoluta indignidad de las condiciones de existencia, incluso más que las condiciones de sujeción que implica la deuda.
[1] Feminista, vocera de la Coordinadora Feminista 8M de Santiago entre 2018 y 2020, Chile. Psicóloga clínica y parte del Grupo de Estudios Feministas (GEF), desde donde desarrolla iniciativas de traducción e investigación; junto al equipo buscan contribuir al desarrollo de un marco epistemológico feminista socialista sobre la violencia de género. Tuvo a su cargo la traducción y edición del dossier “Género y Capitalismo: Debate en torno a Reflexiones Degeneradas”. Militante de Solidaridad Feminista Comunista Libertaria.
[2] Feminista, vocera de la Coordinadora Feminista 8M de Santiago, Chile. Socióloga, archivera docente y curadora independiente. Investiga los cruces entre cultura visual, política y movimientos sociales desde los años 70 en América Latina. Co-autora del libro “Resistencia Gráfica. Dictadura en Chile. APJ y Tallersol” (LOM, 2016). Actualmente es coordinadora de la Red Conceptualismos del Sur e integrante del colectivo del Centro Social y Librería Proyección.
[3] Tres objetivos de trabajo guían desde 2018 a la Coordinadora: el primero, dinamizar desde el feminismo la articulación entre distintas organizaciones sociales –en un país muy fragmentado socialmente–. Segundo, transversalizar una perspectiva feminista al interior de los movimientos sociales y hacer que el feminismo dejara de ser un espacio entre otros muchos, sino que pudiera ser una fuerza proyectada en todos los espacios. Tercero: levantar una agenda común de movilizaciones contra la precarización de la vida.
Poema y política en León Rozitchner // Diego Sztulwark
Y entonces se recurre a “palabras de la lengua paterna que vienen desde el mundo histórico para superponerse y sobre-agregarse a otra lengua silenciada, la materna, un sentimiento enmudecido por el grito del Dios-Padre”. Por el contrario en el principio inmanente del “vivirás” se afirma, para Rozitchner, que “allí, en lo materno, no existe es cierto la Infinitud que la salvación en Dios-Padre pide y nos promete si renunciamos a su cuerpo. Pero en su cobijo y afecto estaba el germen de toda ética que tome a la mater-ialidad como punto de partida”.
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Héroe // Lobo Suelto
Un nuevo tipo de héroe nació en el Midtown Manhattan, frente al Hotel Hilton, la mañana del miércoles 4 de diciembre del
Venezuela, balance desde Argentina // Diego Sztulwark en Subversiones Radio (audio)
En una nueva intervención de Diego Sztulwark en Subversiones con la columna de Lobo Suelto, en diálogo con Pablo Ramos,
Para la tradición de los oprimidos el hambre es un crimen // Diego Sztulwark
La vigencia de la tradición de los oprimidos depende sólo de ellos mismos. Como queda hoy a la vista, no
Jajaja… Váyanse a la concha de su madre // Luciano Debanne
Jajaja… Váyanse a la concha de su madre.
Ustedes con su doble vara para juzgar amontonamientos, para definir qué es una fiesta y qué una afrenta; y sus adjetivos acomodaticios según la edad, y el objetivo, y las ideas de quién se junta, y el color del glitter.
Váyanse a cagar.
Si nada propusieron para los wachos, nada pensaron para las pibas. Nada. Salvo escuelas, que ni siquiera las pensaron, las hicieron andar a la que te pariste, así nomás, para que no se ofenda el viejo ortiva de Sarmiento y su cara de orto en el busto del patio de la escuela pública y la figurita mitrista de efeméride oficial.
¿Qué actividad propusieron que no esté planeada como piensan los padres apostólicos romanos de la familia tradicional, las directoras de escuela, el funcionario que no funciona, el psicólogo del ministerio y las trabajadoras sociales que solo promueven lo que está bien y nada de lo que está un poco mal?
Qué boquean si nada pensaron, salvo clases de sumar y restar en la televisión pública. Alfabetización a distancia nomás. Y la mayoría solo si la podías pagar, si tenías para los datos, si a tus viejos les alcanzó para tirarte el smart, si vivías en una ciudad.
Cuadernillos bajaron, como si ese incendio que es la juventud cupiera en unas hojas impresas y abrochadas en imprentas de capital federal.
Mientras ustedes decidían a mano alzada dejarse salir a correr, pasear al perro, jugar al tenis, al golf. Mientras ustedes se permitían ir a los velorios, a las marchas, hacer asados canutos, visitar a sus amantes; en auto, con permisos falsos, moviéndose de acá para allá.
Mientras ustedes y sus necesidades se hacían escenciales, derechos y humanos, y el resto que aguante: dejen de joder pendejos inverbes, fuera de las plazas, virósicos, virulentos, transmisores. Que no vea a la novia, al chonguito, que no salga, para qué va a jugar afuera, para qué quiere salir si lo único que hace es estar al pedo, boludeando de acá para allá, dejate de joder con la calle, con la esquina, con la cancha del fondo del barrio, con ranchear.
Todas boludeces para los parámetros gerontocráticos de la pandemia mundial, hechos de mirar la tele y coger muy de vez en cuando, dormir la siesta con pastillas recetadas, romperse la vida en un laburo de mierda, comprar online y tirar un par de wasap para conservar la amistad total con eso alcanza.
Parámetros sin urgencias, ni pasiones; sin sangre, ni hormonas, ni granos en toda la jeta por no culiar, ni ese fuego adentro. Ese fuego.
Váyanse a la mierda.
Si no les importó un carajo lo que le pasaba a los pibes y a las pibas, a los wachines y wachinas; si solo tiraron restricciones desde el principio hasta el final, todas correas y ninguna soga.
Si no hubo políticas, ni respuesta, ni interés. Si no hubo consultas, ni fue tenida en cuenta ninguna opinión.
Ahora se sorprenden, ahora se horrorizan, ahora se indignan y escriben posteos que se celebran entre ustedes con sus comentarios clase 76 y sus likes de manitos azules. Y la van de ejemplo. Hipócritas.
Venden una docilidad que no compran. Una atención que no brindan. Un modelo que no siguen.
A los pendejos de hoy no les importa nada, dicen. Apolíticos. Antisociales. Desinteresados. Ácratas.
¿Creen que cagarse de risa y hacer fiestas en las casas y arrobar al presidente, chupame un huevo Alberta, no es una reacción política, una reacción a la falta de politicas pensadas para los pibes y las pibas, y los wachines, y las wachinas?
Giles, ustedes, giles. ¿Qué esperaban sino la rebelión silenciosa, desfachatada, indiferente y apática de aquellos y aquellas a las que no quisieron dejar entrar? Si no te importo, no me importa; así de sencillo y básico y natural.
Nadie tuvo en cuenta a la pendejada en todo este caos, y ahora reclaman enojados porque a los pendejos y pendejas les importa un carajo lo que ustedes quieran opinar. E igual salen a romperse, a jugarsela a cambio de joda y cuerpos y cagarse de risa. Y qué esperabas si ser joven es ser inmortal, si para ellos la muerte no existe, y ustedes mueranse por ortivas y por no querer escuchar.
Vayanse a la concha de su madre, regresen ahí, renazcan. Recuerden, háganse niños, niñas, adolescentes, jóvenes. Rejuvenezcan.
Y después vuelvan, si acaso quieren, y recién entonces empiecen a opinar.
Casa de palos // Diego Sztulwark
Casa de palos es una película argentina recién estrenada, filmada justo antes de la pandemia. Acabo de verla y no quisiera dejar escapar lo que no pude dejar de pensar al verla. Trato de apresar una idea que -como diría Alain Badiou- “visita el film”. Una idea rara e interesante, que intento fijar de manera apretada, como si fuera el título de algo a desarrollar: “la naturaleza como teatro en el que el cuerpo humano es atrapado por unos celos no humanos”.
Durante el día y la noche, el bosque y sobre todo la casa hecha de palos del bosque, son tomados por un indetenible y misterioso sarpullido de signos ominosos. La hija adolescente de la familia está en trance, casi zombi. El bello perro que había desaparecido, reaparece con rabia, producto de una herida de murciélago. El hijo es herido por el perro rabioso. La casa es poblada de grietas, huellas macabras y tarántulas. Una presentación tormentosa de la naturaleza, que parece querer hacer valer sus derechos sobre la fragilidad de la vida humana.
En el bellísimo estudio sobre cine, La imagen tiempo, Gilles Deleuze escribe unas líneas sobre el papel del cuerpo en el pensamiento: es por medio del cuerpo que el pensamiento alcanza lo impensado, es decir, la vida. No es que el cuerpo piense, sino que es lo que fuerza a pensar eso que escapa al pensamiento. Y las categorías de la vida son las actitudes y posturas del cuerpo. Pensar es aprender lo que puede un cuerpo. Si hay un spinozismo del cine, estaría en las actitudes del cuerpo las que pone al pensamiento en relación con el tiempo.
El cuerpo arrebatado por las fuerzas enloquecidas de la naturaleza. Los dialogos apenas aportan algo. Todo se juega en la capacidad de elevación los sentidos: ver, oír. Incluso intuir. La naturaleza como fenómeno atmosférico, conflictivo, prepara la más violenta conversión de los cuerpos vivos sobre la base de una común animalidad hombre/Lobo.
¿Porqué celos? El citado Spinoza, que tenía el proyecto de comprender las pasiones sin juzgarlas, definía los celos como el “odio a la cosa amada unido a la envidia”, en la que el odio surge de imaginar a la “cosa amada” unida más estrechamente “a otro”, un tercero, induciendo en quien imagina una violenta fluctuación que va del amor al odio, sumado a la imagen de la unión de la cosa amada con el tercero envidiado. En los celos, la imaginación comunica su violencia a percepción. Se trata de captar un fenómeno oculto a partir de signos mínimos. Pero en Casa de palos, los celos no son humanos. Y no es Spinoza, sino Nietzsche el pensador invocado.
La cultura, dice Nietzsche, no es más que el intento de criar un animal: hacerle una memoria al humano, una capacidad de prometer. Neutralizar la espontánea facultad
de olvido, propio del animal bio-cósmico. Hacer cultural es adquirir una “activa memoria de la voluntad”, un disponer de antemano del futuro. Al humano le ha costado siglos de sangre y dolor convertirse en ese ser calculador y calculable, materia adecuada para la moral y el derecho.
La casa de palo presiente la fragilidad de esta humanidad, muy evidenciada en la pandemia. Fuerzas inescrutables golpean a la puerta. Nietzsche enseñaba que toda cosa vive expuesta a ser dominada por voluntades más poderosas. El arte más exigente es el del diagnóstico del presente. Captar el modo en que cierta voluntad de poder interpreta el mundo del que se apodera. Descifrar en jeroglíficos, leer en las nuevas funciones y sentidos, la calidad de las fuerzas que sobre la vida se enseñorean.
Aprender a respirar. Sobre Hacer vivir, hacer morir de #YoNoFui // Diego Valeriano
Este libro es hermoso, repugnante, abundante, triste, tierno, fiesta y promesa. Es bravo y es aire, es una nueva forma de aprender a respirar. Tiene algo que nos saca de la asfixia a quienes estamos afuera y a su vez nos ahoga. Me da miedo y coraje, me pone pillo y pollo. Es la red que no esperábamos, la que también necesitamos, ese salto al vacío que más tememos, el que nos despierta en medio de la noche. Es la alegría de la lucha, la necesidad de la lucha, y una tristeza llena de llantos de guachines, lágrimas tatuadas, verdades como puntazos, navidades adentro, poemas, paquetes rotos, requisas y portones que no abren.
La vida es un garrón –más garrón para ellas, más garrón para vos–, pero garrón al fin. Hacer morir, hacer vivir y los pliegues de un encierro que se extiende, que se mete adentro, que parece que no sale por ningún lado. Las pibas, las presas, los guachos, los que ya no pueden, las que se convirtieron en un despojo, las que se plantaron. Una astilla, un segundeo, un paquete con libros, un wasap lleno de besos, un aguante cuando ya no queda nada. Los talleres, las amigas y el recuerdo de un abrazo bien tibio. Escribir con todo el cuerpo, escribir con las amigas. El libro tiene varias capas: la militancia, la red que se teje, las pibas escribiendo, el segundeo, lo que nadie puede, el grito que no quieren escuchar, el aire que damos y recibimos al leerlo.
Leer y escribir cambia. ¿Es tan importante? No, pero cambia. Cambia como esa semilla de cactus, así nos cambia. Nos cambia como la primera pepa, como un beso, como cuando una piba dice basta, como el miedo. ¿Escribir es importante? No sé, a veces sí, a veces no, a veces más o menos. ¿Leerlas es importante? Me importa, me hace crecer algo acá de una manera que no imagino. Me pone en un tiempo, en una manija y en un lugar, ese tiempo, manija y lugar del que no podemos escapar si queremos vivir de manera genuina.
Presentación: Sábado 23 de enero, a las 21 hs. Vereda de Casa Brandon, Drago 236, Buenos Aires.
Lectura y conversación: Marie Bardet, Silvio Lang, Diego Valeriano, María Pía López y Colectivo Editorial Tinta Revuelta (YoNoFui)
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La huelga de hambre en las cárceles como un espejo social // Alejandra Rodríguez
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COMUNICADO URGENTE: BASTA DE VIOLENCIA Y REPRESIÓN SOBRE LOS CUERPOS DE LAS MUJERES PRIVADAS DE LIBERTAD – EL ESTADO ES RESPONSABLE // Colectiva YoNoFui
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Tesis sobre el cuento Los dos hilos: Análisis de las dos historias // Ricardo Piglia
En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.
Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.
Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.
II
El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.
El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.
III
Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.
IV
En “La muerte y la brújula”, al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. “Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim.” Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en “El Sur”, como la cicatriz en “La forma de la espada”) de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.
V
El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.
Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.
VI
La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.
La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.
VII
“El gran río de los dos corazones“, uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato.
¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.
VIII
Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo “kafkiano”.
La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.
IX
Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.
La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.
X
La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En “La muerte y la brújula”, la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en “El muerto”, con Nolam en “Tema del traidor y del héroe”.
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.
XI
El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. “La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato”, decía Rimbaud.
Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.
Mujeres que luchan, zapatismo y la grieta pospatriarcal anticapitalista // Xochitl Leyva Solano
Cómo y quiénes en medio de las guerras “ponen el cuerpo”; cómo esto se ha dado bajo el faro zapatista y el caminar de este movimiento junto con mujeres y jóvenes de las resistencias, con activistas alter y anti y con feministas comunitarias, post y decoloniales, de diversas partes del planeta Tierra, llegadxs a Chiapas –entre 1994 y 2018– atraídxs por dicho faro. Hago esta reflexión con motivo de los 25 años de la rebelión zapatista y a la luz del Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan, convocado por las mujeres zapatistas y realizado en su territorio autónomo en marzo de 2018. Escarbo en nuestra memoria colectiva, voy en espiral, tejo parte de nuestras experiencias organizativas que no paran, ya que seguimos buscando colectivamente la mejor manera de construir alternativas más allá del Estado-nación, del (hetero) patriarcado, de la democracia representativa y de la modernidad/colonialidad. Búsqueda que nunca se hubiera dado de no ser por el levantamiento zapatista y lo que en estos 25 años han construido: la autonomía zapatista de facto y sin permiso que ha servido de faro, literalmente, en los 5 continentes y a las luchas anti capitalistas y anti patriarcales del mundo.
Vale aclarar que cuando hablamos de lo que hemos caminado nosotrxs podríamos dar una idea equivocada, hacer pensar que ya hemos avanzado mucho, cuando en verdad son más bien las mujeres, lxs jóvenes, lxs niñxs, lxs mayorxs y los hombres de los pueblos indígenas, negros, campesinos en resistencia quienes nos llevan años luz en la creación de formas organizativas alternas; para muestra un botón: el EZLN, el Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Concejo Indígena de Gobierno (CIG). Ellxs y muchxs otrxs que aquí no menciono son quienes han puesto y continúan poniendo el cuerpo y lxs muertxs al enfrentarse, encarnadamente y a lo largo del Abya Yala, a las múltiples cabezas de lo que lxs zapatistas llaman “la Hidra Capitalista”; y también algunas feministas: la ofensiva globalizadora del capital expresada como guerra contra las mujeres, producto del daño cognitivo milenario (patriarcado).
Un mundo donde quepan muchos mundos no es un mero eslogan. Se hizo carne cuando las zapatistas nos convocaron al encuentro de las mujeres que luchan.
Treinta y un años han pasado desde mi llegada, por primera vez, a la selva Lacandona en aquel diciembre de 1987. Llegué respondiendo a un llamado de los campesinos habitantes de esa zona. Ellos preparaban clandestinamente el movimiento armado, pero en su dimensión pública convocaron a universitarixs para trabajar en el programa de desarrollo integral que estaban coordinando. Nos recibió un grupo de delegados, todos concentrados en el corazón de la Lacandona, en el ejido Guanal. Fue impresionante ver desde la avioneta reunidos a 250 delegados, 250 cuerpos de hombres tseltales, tsotsiles, choles y tojolabales representantes de 117 ejidos y 24 rancherías localizadas en un territorio en el que tenían, ya desde entonces, gran control y un sofisticado modo de gobernarse a nivel regional. A pesar de ello no había ni una sola mujer en la concentración que nos recibió y tampoco ninguna tomó la palabra durante la asamblea, aunque sí estaban presentes como parte fundamental de la comisión encargada de cocinar para todxs. Cruzamos miradas en la cocina pero no palabras, no porque ellas no hablaran español ni nosotras tseltal, sino más bien porque entonces la política era concebida y vivida como un asunto de hombres, entre hombres, para el bien común llamado “el comón”.
Por lo que me tocó vivir –entre diciembre de 1987 y diciembre de 1993– dentro de esa subregión de la selva, podría decir que entonces las mujeres adquirían diferenciadamente cierta voz en la casa y/o en la comunidad de acuerdo a su edad, su cargo, su situación económica y a la posición de su esposo en la estructura política y religiosa comunitaria. Tenían algo que podríamos llamar una voz delegada por los hombres de la comunidad. Hoy, en cambio, han construido, desde la resistencia zapatista, una potencia propia, un poder propio, dentro de un poder autónomo. Las mujeres, anteriormente, no tenían una mirada colectiva antisistémica –tampoco nosotras– y mucho menos la capacidad colectiva para convocar, como lo hicieron en diciembre de 2017, a las mujeres del mundo para luchar contra el “sistema capitalista machista y patriarcal”.
Tuvieron que pasar tres décadas, en las que se dio la emergencia del movimiento continental contra el V Centenario del “Descubrimiento de América”, en que el EZLN salió de su clandestinidad, en que levantaron la voz las insurgentas, milicianas y mujeres bases de apoyo zapatista haciendo carne y cotidianidad la Ley Revolucionaria de Mujeres. Tuvieron que pasar décadas en que emergieron y se fortalecieron por todo el continente los movimientos de mujeres indígenas y negras, floreció la autonomía zapatista en medio de la guerra contrainsurgente, de la guerra contra el narcotráfico y de lo que lxs zapatistas llamaron muy tempranamente “la guerra de exterminio contra los pueblos”.
En medio de la violencia y la muerte, emergen las prácticas autonómicas de las zapatistas, sus reivindicaciones de igualdad, diversidad y diferencia a la zapatista.
Todo eso y más tuvo que suceder para que ese 8 de marzo de 2018 viéramos y viviéramos en la misma selva Lacandona, pero ahora en el Caracol de Morelia, un despliegue impresionante de 2000 mujeres zapatistas tseltales, tsotsiles, choles, tojolabales y mestizas provenientes de los cinco Caracoles. Ellas fueron nombradas para recibir y convivir con las miles de mujeres del mundo quienes respondieron a la convocatoria del Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan. La convocatoria decía textualmente:
Si eres hombre, de balde estás escuchando o leyendo esto porque no estás invitado. A los varones zapatistas los vamos a poner a hacer lo necesario para que podamos jugar, platicar, cantar, bailar, decir poesías, y cualquier forma de arte y cultura que tengamos para compartir sin pena. Ellos se encargarán de la cocina y de limpiar y de lo que se necesite.
Y así sucedió. Esto, que podría ser reducido a la imagen de un mundo al revés, podría también ser visto como una grieta pospatriarcal poscapitalista en la que todas pusimos el cuerpo, la mente, el corazón, el hígado… para seguir construyendo las alternativas al capitalismo, a la democracia representativa, al patriarcado y al machismo. No pretendo homogeneizar, ni romantizar, ni “explicar”, sólo quiero señalar un par de elementos que pudieran ser relevantes para el argumento central de este breve texto.
La diversidad de las mujeres que respondieron al llamado de las zapatistas nos recuerda la existencia del pluriverso, o sea, la multiplicidad de mundos que coexisten. El pluriverso nos hace ver que el mundo –contrariamente a lo que la modernidad nos ha hecho creer– está compuesto de muchos mundos, de muchas galaxias como afirman lxs zapatistas. “Un mundo donde quepan muchos mundos” no es un mero eslogan: se hizo carne, nuevamente, cuando las zapatistas convocaron a este encuentro, desde una categoría incluyente muy propia de ellas que parafrasearon como “las mujeres que luchan”, señalando que se referían a todas las “que no están de acuerdo con lo que nos hacen como mujeres que somos”. Y agregaban: “Te invitamos a encontrarnos, a hablarnos y a escucharnos como mujeres que somos”.
Ahí estaban feministas y no feministas. Mujeres de los cinco continentes, de todas las edades, mujeres que eran jóvenes cuando el levantamiento de 1994 y que se iniciaron en la otra política con el zapatismo. Mujeres que nos reconocimos como mujeres al ver paradas frente a nosotras a las comandantas zapatistas. Mujeres que las han estudiado, que las han apoyado en cada una de sus iniciativas; mujeres curiosas que nunca las habían visto y hasta mujeres que sólo iban al zapatour. Mujeres del color de la Tierra, mujeres blancas y negras, lesbos, trans, queer, darketas, artivistas, cibernautas, campesinas, catequistas, religiosas del abajo, universitarias, docentes, hijas con sus mamás, lideresas, defensoras de derechos humanos, músicas, teatreras, payasas, bailarinas, esculturistas, fotógrafas, pintoras, etc…
Ahí estábamos poniendo nuestro cuerpo frente al despojo capitalista por medio de un acto colectivo de des-posesión voluntaria de lo que cargamos cada día: los títulos nobiliarios, las rutinas del trabajo asalariado, de la precariedad o de los paliativos neoliberales (pienso en lo inmediato para muchas de las asistentes: las becas de posgrado). Des-posesión voluntaria de las rutinas familiares, de las rutinas engendradas por la propiedad o por el “deber ciudadano”. Por cuatro días, muchas de nosotras logramos despojarnos de todo eso y nos quedamos con lo más elemental en nuestras “casas de campaña” clavadas por nosotras mismas en la tierra. Habitamos la casa zapatista: el Caracol, construido centímetro a centímetro por el esfuerzo autónomo de lxs zapatistas.
Desde ahí nos distanciábamos de nuestros hogares y familias clasemedieras al servicio del trabajo capitalista o aplastadas por el desempleo o por la precariedad emanada de ese mismo sistema. Tomábamos distancia, por ejemplo, del capitalismo académico que hoy rige no sólo en abstracto nuestros lugares de trabajo sino que ha ocupado exitosamente -en muchos casos- las mentes, los cuerpos y los corazones de muchas mujeres y hombres reproductorxs cotidianas de él. No fue casual que en uno de los talleres del encuentro, la facilitadora –feminista y académica– gritara con gran entusiasmo “¡muera la academia!” y con el mismo entusiasmo las asistentes –jóvenes universitarias en su mayoría– se unieran a la consigna de cara a un grupo de jóvenes zapatistas que seguían atentas y tomando notas en sus cuadernos.
Por las noches, otras de nosotras nos metimos en sacos de dormir tendidas encima de una tabla de madera, que lo mismo se usó para ese fin como para armar bancas, mesas o mamparas. Ahí, tendidas en el suelo conectamos con la Madre Tierra, oímos sus latidos que formaban un único ritmo con la música de la banda lesbofeminista que tocaba en la cancha del Caracol para festejar a todas las mujeres del mundo en pie de lucha y para honrar la memoria de las miles de asesinadas, desaparecidas, masacradas, encarceladas.
Y en medio de toda esa violencia y muerte, emerge y han emergido, por ejemplo, las prácticas autonómicas de las zapatistas, sus reivindicaciones de igualdad, diversidad y diferencia a la zapatista. Conceptualizaciones situadas y encarnadas de lucha que lxs zapatistas han ido tejiendo muy a su manera y desde su lugar. Se podría decir, teoría encarnada que, antes y hoy, le habla al mundo: como muestra retomo las palabras pioneras de la mayor Ana María expresadas a nombre del CCRI-CG del EZLN en la apertura del Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo celebrado en julio de 1996 en el Aguascalientes II-Oventik: “Bienvenidos a las montañas del Sureste mexicano. Bienvenidos a este rincón del mundo donde todos somos iguales porque somos diferentes. Bienvenidos a la búsqueda de la vida y a la lucha contra la muerte”.
Paso a paso, las zapatistas, desde hace dos décadas y media, vienen construyendo puentes entre ellas y con todas nosotras. Caminando a su lado muchas de nosotras hemos empezado a concientizarnos, a con-dolernos y a con-movernos desde lo que nos/era/es común en ese momento y aún ahora que escribo este texto: las violencias y la muerte producto de lo que hoy -ellas y nosotras- llamamos a voz en cuello y con todas sus letras: “el sistema capitalista patriarcal” y “el patriarcado capitalista”.
Posdata: les invito a leer no sólo el texto completo del que deriva este sino todas las contribuciones del libro que es parte para comprender mejor por qué homenajeamos en este su 25 aniversario a las, los, les zapatistas.
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Es que la mediatización no consiste solo en que las actividades y relaciones se efectúen mediante conexión virtual; damos forma a nuestras herramientas, y luego ellas nos dan forma a nosotros, decía McLuhan. En el uso de la técnica de comunicación instantánea se forja un tipo de sujeto. Más cuando la mediósfera es nuestro hábitat en última instancia. Si el campo producía campesinos, la ciudad ciudadanos, ¿qué tipo subjetivo produce la mediósfera? ¿Qué formas tiene el humano mediatizado?
Una forma cabizbaja, con la mirada clavada en la mano, una mano que no muestra ya su palma sino el aparato que la ocupa (ah, ¡el atávico gesto de mirarse la palma de la mano!). Una vida sin entres. Porque la conectividad tiende a un régimen de acoplamientos funcionales sin pérdida. Abundan las encuestas que muestran cuánto las empresas -y muchxs trabajadorxs- esperan seguir implementando teletrabajo, pero quienes aún se trasladen, tienen la pantalla celular para llenar ese entre. ¿Cuánta conexión hay al momento de despertar, cuánta justo antes de dormir, cuánta en el baño? ¿Cuánto se filtra la conectividad como líquido que llena todo entre o incluso se cuela si en principio no lo hay?
La economía de la atención es una guerra cuyo botín son los cuerpos vivos, y así los dispone: constantemente enganchados, sin instancias de silencio, de vacío, de flotación, de aburrimiento o vagancia (distraídos sí, libres no…). En este imperio de la luz sin entres, se atrofia el ensueño -el ensueño, tan bellamente teorizado por León Rozitchner en su Materialismo ensoñado como potencia subjetiva que logra ver las dimensiones de lo real no dispuestas ya en acto-.
Con el continuo conectivo como técnica central, vivimos el despliegue de un renovado modo de producción de sujetxs. Ignacio Lewkowicz decía que “una subjetividad consiste en un conjunto de operaciones necesarias para habitar determinada circunstancia histórica”. Vemos pues el muteo, el googleo, el multitasking, o el llamado hating, como ejemplos del vasto repertorio de operaciones de cuño mediático. Pero también operaciones menos obvias, como la indiferencia, en principio necesaria para tolerar la saturación de estímulos, pero luego instalada como modo de relación con los otros. Las operaciones propias de un entorno entrenan al cuerpo, le dan forma (los “gestos del trabajo y la vida cotidiana”, en palabras de André Haudicort), y así quedamos hechos, bichos humanos mediáticos. Bichos escroleros.
“Todo el día haciendo y al final no sentir ninguna cosa realizada”, sí, pero también su inversa: “hoy estuve todo el día sin hacer nada, y sin embargo llega la noche y estoy agotada como si hubiera hecho cosas sin parar”. Ambos testimonios son dos espejos que muestran opuestos costados de lo mismo: la dominación sensible del patrón temporal conectivo por sobre la experiencia de la singularidad de las cosas, incluido el reposo (o el “esparcimiento”, que también resulta acaparado por ofertas pantalliles). El continuo de la Actualidad es un operador de sujeción central de nuestra época, y el escroleo es una de las operaciones que reproducen su inserción en el cuerpo. El escroleo es una parte del dispositivo, que pone al cuerpo -único creador de valor- dispuesto para la Actualidad constante.
El capitalismo 24/7 (como lo llama Jonathan Crary) necesita esta suerte de tic masivo que nos mantiene disponibles. El escroleo mantiene activa la cinta del continuo. Con la vista encuadrada en la luminosa pantalla, y el dedo meta frotarla, incorporamos y reproducimos la matriz perceptiva de nuestro tiempo. El dedo manda al pasado lo ya visto, para traer rápidamente lo más nuevo… ¿después acaso lo que vemos en persona también empezamos a verlo como ya viejo, esperando rápido algo más actualizado? El dedo va pasando las imágenes, los mensajes, y si es por el dispositivo, la cinta vertical es sin fin, nunca llegamos a algún lugar donde estar. Es que el escroleo es el horizonte de nuestra cabizbaja época; o acaso el escroleo sirve para que nuestra época no tenga horizonte, especulando infinitamente la Actualidad.
Sin fin, pero no eterno, es el patrón conectivo. Lo eterno daría serenidad en vez de esta proliferante ansiedad. La ansiedad -otra pandemia- puede entenderse como la incorporación fisiológica del diseño de los dispositivos; como reflejo psíquico automatizado (es decir, que ya no requiere la presencia del artefacto). La ansiedad: una necesidad de actualización constante, que pase algo ya. Necesidad de producción de futuro inmediato ya -un futuro, pues, desfuturizado-. Sometido a rendir en la Actualidad.
Suele señalarse que las notificaciones y solicitudes virtuales generan un golpe de dopamina que vuelve a las redes y artefactos conectivos una fuente de adicción (por ejemplo, los escritos de la española Marta Peirano). El celu sería, en la praxis, menos teléfono que máquina tragamonedas (tal como las describe Andrés Fuentes en La cueva de los sueños. Precariedad, bingos y política): lo abro, escroleo a ver si esta vez pinta golpe de suerte…. Pero en las teorías de adicción por “chutes” de dopamina falta incluir, por un lado, la condición de los artefactos como pieza de un régimen económico general en cuyo sistema de alienación se integra (además, ¿pasaremos por alto que tanto el capital, como la mediósfera, son dos entidades abstractas que dominan lo vivo?). Y, además, en todo caso hay que pensar por qué produce la bendita dopamina (si es que sucede tal cosa), por qué excita y logra preeminencia.
En este punto, no podemos desentendernos, en este punto, de la herencia teológica de la pantalla y las redes conectivas. Su sacralidad, su condición divina, brillante, ultraterrena, omnisciente y paradisíaca (sugerida en la obra de Paul Virilio, por ejemplo, pero también en películas como Her). Son el aparato que nos religa. El celular es jackpot, sí; pero también es un rosario: objeto que agarramos y tocamos incluso “porque sí”, palpando en él una reconfirmación efímera de que sí, existimos; un módico sosiego por chequear que acá estamos -en tanto conectados a un más allá-.
Libertad Demitrópulos hace de la música verbal la clave de la historia // Ricardo Piglia
A pesar de nuestra pobre historia colonial —o a causa de ella—, la literatura argentina puede jactarse de tres obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata. Río de las congojas de Libertad Demitrópulos es una de ellas —quizá la más pasional y la más lírica—; las otras dos, inolvidables, son Zama de Antonio Di Benedetto y El entenado de Juan José Saer. Las tres forman una suerte de inesperada trilogía y se instalan en un territorio fantasmal, que está en el principio de nuestra memoria histórica, delimitado por Buenos Aires, Asunción y Santa Fe.
Escritas a la manera de las crónicas de Indias, sus procedimientos renuevan la forma de la narración apoyándose en tradiciones prenovelísticas. A diferencia de otras novelas que se detienen en la minuciosa reconstrucción de época, estos libros buscan sobre todo definir una voz y una entonación. Fue Marguerite Yourcenar quien planteó, en ese sentido, el problema de la novela histórica con mayor lucidez. “No se ha puesto de relieve que, aun cuando poseemos del pasado una masa enorme de documentos escritos y documentos visuales, nada en cambio nos queda de las voces anteriores a las primeras grabaciones fonoeléctricas de finales del XIX” (“Tono y lenguaje en la novela histórica”).
En la literatura, se sabe, el efecto de verdad depende del lenguaje. El estilo y las formas de enunciación de un relato definen mejor que nada la realidad de una trama que intenta reconstruir el pasado. El libro de Libertad Demitrópulos hace de la música verbal la clave de la historia, los narradores circulan y se intercambian y van construyendo una trama compleja y abierta. Blas de Acuña, centenario ya, rememora los hechos en la intemperie sin fin de un paraje desolado junto a las ruinas de la primitiva ciudad de Santa Fe. Junto con él —ya aludido en el título—, el río Paraná es uno de los protagonistas de la narración, y el fluir lento de la corriente se entrevera con el ritmo cadencioso de la prosa.
La heroína de la novela, la mestiza María Muratore, casada con Blas y amante de Garay, viaja con la expedición que va a refundar Buenos Aires. En ese itinerario, se disfraza de hombre, une el amor con la guerra y vive múltiples aventuras contadas con la rapidez y la vehemencia irónica de la mejor literatura picaresca. Participa en fugas, raptos, enfrentamientos, es vendida y comprada, huye y se pierde en el río pero reaparece vestida de soldado y muere con el nombre de Fernán Gómez. Su cuerpo de mujer —como en las grandes epopeyas mitológicas— persiste con la luminosidad final de la pasión. “Abrió la armadura, retiró la ropa y ahí fue que aparecieron las dos palomas de ojos rosados que eran sus tetitas. […] Sí, dos pechos de hembra, tibios y saltarines, bañándose de sangre. Fernán Gómez: mujer; hembra. […] Se intrigó: ¿por qué se hacía pasar por varón esa mujer? ¿Qué tanto hacía que ella se desvestía por las noches sintiéndose lo que era y ocultando sus ansias, sola, en la hamaca? ¿Qué tanto se ceñía el busto y achicaba las caderas y peinaba su pelo largo y negro en las oscuridades de la intimidad?”
Narrada con una prosa de gran intensidad, Río de las congojas revisa las tradiciones y las leyendas de nuestra ficción del origen. Sensible a los avatares, las estrategias de sobrevivencia y los modos de vida de los protagonistas secretos de la Historia, el libro de Libertad Demitrópulos me ha hecho recordar las preguntas del poema de Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?/ En los libros figuran solo los reyes./ ¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?/ […] Quienes edificaron la dorada Lima ¿en qué casas vivían?/ ¿Adónde fueron la noche que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?”.
¿Y a Buenos Aires, entonces, quiénes vinieron a fundarla de nuevo en 1580? ¿Qué hombres, y qué mujeres, a quienes la historia ha olvidado? Río de las congojas se plantea en sus páginas, implícitamente, esos interrogantes, y su respuesta es a la vez sentimental, poética y política.
Ricardo Piglia, 25 de agosto de 2014
Armar boquetes en estanques de agua. Sobre lugares que “tranquilizan” y otros devenires posibles // LTA
Tratamos de entender, asimilar desde el cuerpo, desde las entrañas. Buceamos y buscamos espacios de transformación que nos permitan desaprender y aprender otros modos de decirnos y con eso, también, otros modos de sentir(nos). Sabemos que es difícil porque los mecanismos de dominación y coerción son sutiles y principalmente se presentan como dados, por lo que frente a cada embate volvemos, juntas, a tensionar las cuerdas.
Esta vez tenemos ganas de meternos con el modo que a veces tenemos de resolver situaciones complejas o que generan mucha ambigüedad en las relaciones. Tenemos ganas de pensar en esas nominaciones a las que muchas veces acudimos, modos que si bien tranquilizan, como el agua en un estanque, al tiempito se pudren y nos dejan encerradas en circuitos del horror. Hablamos de los lugares de «víctima», de «pobre mina que se comió un viaje», de «perrito faldero», de «intensa», nominaciones que aunque la mayoría de las veces nos generen malestar y una incomodidad que nos pasa por el cuerpo, arman cierta tranquilidad (en quien las usa y también en quien las recibe) porque responden a dispositivos que vienen a resolver, a poner la palabra “justa” ahí donde hay ambigüedad, ahí donde está pasando otra cosa o en las que simplemente, está pasando algo. No nos gustan, no nos sentimos identificadas y, sin embargo, las tenemos naturalizadas. Sabemos a dónde van, nos peleamos con esa idea pero muchas veces partimos desde ahí. Es que hemos aprendido que tener palabras para nombrar lo que nos pasa nos salva de algunos huecos llenos de ansiedad e incertidumbre.
El asunto es ¿qué resuelven estas denominaciones?, ¿la ambigüedad de una situación? ¿Lo que se siente? ¿Qué es lo que tranquiliza? Creemos que de alguna forma restituyen esa presencia soberana que, aunque ficticia, tanto anhelamos. Si bien nos devuelven saber/poder sobre el mundo, las cosas, las situaciones, el tema es cómo lo hacen y qué restituyen. ¿Habilitan algo o solo devuelven esa ignorante tranquilidad que genera que “algo”diga por nosotrxs?
Es sutil la diferencia de armar algo distinto, animarse a decirle a le otre que eso que nos pasa es lindo y fuerte, a ser “la lanzada” que incomoda con sus afectaciones.
En ese punto, venimos pensando que sería interesante diferenciar el armado de lugares de calma, de aquellos que producen un aplanamiento mortífero sobre las incomodidades y tensiones que nos habitan. La calma en contraste con tranquilidades estancas.
Pensamos que es todo un tema ir conquistando la posibilidad de hacer parte a le otre de lo que nos va pasando sin que eso implique un cerramiento de sentido en esa enunciación. Hacer parte a le otre de lo que vamos sintiendo sin estar a la defensiva, intentando cuidarnos pero que eso no implique el cálculo y la estrategia. Ese trabajo, sobre una, es una primera cosa a mirar. Pero en las relaciones no estamos solas. Hay une otre. Y le otre, más allá de nuestra posición, puede resolver de muchas maneras eso que se le convida.
¿Qué y cómo hacer cuando la cuestión está librada y nuestros cuerpos son campo de batalla? ¿Cómo corrernos del lugar establecido de víctimas paralizadas o víctimas que devuelven el ataque? ¿Cómo salirse de estas categorías que nos tienen cautivas y como parte necesaria?
Situaciones ambiguas, aguas turbias y movidas. Cuerpos intranquilos, agrietados, perturbados, confundidos. ¿Qué hacemos con eso? ¿Hay otras opciones más que caer en esos lugares que tranquilizan tristemente?
Se nos ocurre pensar por lo menos en tres modos de hacer con esto. Creemos que es importante detenernos aquí porque, La Tenemos Adentro, y no da lo mismo qué hacemos frente a situaciones complejas en donde los cuerpos se nos movilizan. Los efectos y lo que puede devenir de cada situación, varían en relación a lo que podemos componer allí.
Explotar y volverse contra le otre
Cuando el cuerpo se pone duro y queda medio quebrado frente alguna situación, corremos el riesgo que ante cualquier movimiento, ese cuerpo casi cristalizado estalle en mil pedazos. La desestabilización se siente como una amenaza y la vulnerabilidad causa un terror que encuentra refugio en un modo reaccionario que explota y disemina odios, crueldades y tristezas para todos lados. Se tiene la ilusión que en esos desquites, que no reconoce al otrx, se encuentre potencia y unidad que no es tal, ya que al estar impulsada por pasiones tristes – diría Spinoza – ese movimiento no hace otra cosa que disminuir, siempre, nuestra potencia de obrar.
Esos revanchismos se expresan en esos modos históricos y hostiles de hablar de aquello que se lee como excesivo y no sujetable: ser “la loca”, “la calienta pija”, “la mambeada o limada”. Entendemos que estos son llamados a la regulación, a intentar parar algo que es inestable, indómito, incontrolable a partir de una supuesta “estabilidad” embanderada en la tristeza y la intolerancia. Entendemos que a veces eso que se presenta como “no sujetable” enoja y esos desquites aparecen como una de las opciones más tristes de vérselas con eso. Igualmente, ¿Por qué esta sería una salida? Hay que hacer un gran trabajo para recibir un embate de esa magnitud y que eso no lleve al replegamiento teñido de vergüenza y tristeza. No se trata de no tomar qué podría aturdir o inquietar al otrx, pero hay modos de la expresión de eso que inquieta que son esquirlas difíciles de tomar y pensar.
Deleuze dice que ser de izquierda es levantar problemas allí donde la derecha tiene el interés de decir que no hay ningún problema. Incomodar y preguntarnos, hacernos problemas por aquellos recorridos que parecen obvios, es parte de un hacer político allí, en nuestras acciones y modos de vida.
Salir a la búsqueda de chivos expiatorios
A veces se recupera esa supuesta “tranquilidad” matando al más débil. Se arma valor sobre eso/ese que por alguna razón está despotenciado. “Está siendo difícil el encuentro”, “algo se desarmó”, “algo ya no compone como antes” y ahí, justo ahí, cae sobre le más débil (que por lo general es quien presenta sus afectaciones, quien está buscando otro modo posible) el peso de toda una tradición heteronormada que nos da un guion de cómo salir del paso, exento, dejando a le otre con toda la responsabilidad (¿culpa?) de lo acontecido.
Ahí entonces, a quien sostiene la incomodidad, le caben esos lugares que tranquilizan cerrando: “Te pusiste muy pesada, pareces un perrito faldero”, “no puedo con tus mambos”, “siempre en ese lugar de víctima que pide más”. Le caben como operación de captura a esas afectaciones que andan dando vueltas y es allí donde vemos su principal dificultad para mantener un proceso abierto, como dice la Stengers, que haga existir la fuerza de experimentar, sus posibilidades de devenir en el aquí y ahora.
Contar con la incomodidad como un elemento de transformación
Si entendemos que tranquilizar es restaurar un “consenso” seguramente no estamos haciendo otra cosa que aplanar una situación. Nuestra intención no es hacer grandes teorías sobre cómo deberían ser las relaciones, pero sí encontrar algunas palabras que no aplasten las afectaciones, que no atenten contra lo que nos pasa y que acompañen la experimentación que siempre nos lleva a otras orillas.
¿Cuáles son esas otras orillas? Cualquier otra que nos permita extraer fuerzas de la experiencia de fragilidad, que nos permita un devenir otrx. Afirmarnos en esa fragilidad, llevarnos al límite y desde allí, buscar por los intersticios. Abrir boquetes y aprender a pensar por el medio.
Deleuze dice que “nadie, ni siquiera dios, puede decir de antemano si dos bordes se hilarán o constituirán una fibra, si tal multiplicidad pasará o no a tal otra, o si tales elementos heterogéneos entrarán ya en simbiosis, constituirán una multiplicidad consistente o de co-funcionamiento, apta para la transformación”. Nadie puede aseverar por dónde pasarán las líneas de fuga pero la propuesta es estar sensibles a eso, a los afectos, a “lo que puede un cuerpo” y también a las relaciones, a la experiencia situada en ese tiempo y espacio, no como algo extra, sino como dimensiones de multiplicidades.
Nuestra apuesta viene siendo el sostener esa ambigüedad, eso no resuelto, esa herida abierta. Mantener el movimiento que nos mantenga próximas a lo que esté deviniendo, y gracias a lo cual devenimos. Allí vemos como posible salida, la transformación, el cambio, la elaboración y no la neutralización. Creemos que es posible no estar en guerra en cada relación, midiendo quien da el primer ataque. Desjerarquizar las relaciones tiene que ver con romper el guión, ubicarnos a la par, cuidarnxs y devenir juntes.
Armar espacios de tranquilidad que no aplanen las existencias
Creemos que estos movimientos, estas salidas, estos modos, pueden coexistir, mutar, transformarse, mixturarse. Lo importante es ir abriendo y desarmando una a una las situaciones ya que por lo general lo que tenemos más a la mano frente a eso que no cuaja, son mecanismos sin paciencia con lo vulnerable.
Poder hacer otra cosa, no es progresar en el sentido evolutivo, no es “mejorar”, es poder devenir múltiple, mutar y eso no es sin cambio de naturaleza, sin salir otrx de la experiencia. Hacer otra cosa no es sin otrxs, sin alianzas. Deleuze se pregunta ¿Qué sería un lobo completamente solo? ¿Podría llamarse lobo? ¿En relación a quién, a qué? Por eso es tan importante pensarse con otrxs y tener presente que una no está sola en las situaciones. Una deviene con las personas que encuentra. Deleuze dice “haced rizoma, pero no sabéis con qué podéis hacerlo, qué tallo subterráneo hará efectivamente rizoma, o hará devenir, hará población en vuestro desierto. Experimentad”.
Estar tranquila no necesariamente implica que ocurra lo que una quisiera. A veces se parece más bien a una calma que acepta que para armar con otre éste debe dejarse tocar o afectar y hacer sus propios movimientos. No es esperar, ni calcular, ni soportar, ni resignar. No es estar a merced de le otre. No es aceptar la definición de “intensa”, o “perrito faldero” o “víctima” y esperar a que pase el garrón. Es reconocer que para armar modos de vida compartidos le otre tiene que tener disponibilidad para eso. A veces no hay coincidencia. Otras veces sí.
Si eso no ocurre, se puede armar una tranquilidad que reconoce que algunas cosas por el momento no son posibles. Esa tranquilidad no aplana la existencia. No vuelve un fallido o un error lo que una siente o desea. Es el cabal registro de reconocer al otre como otre y que eso implica saber de la posible no coincidencia. Se puede buscar, invitar, compartir pero los forzamientos son fallidos. ¿Quiero que le otre venga a mi encuentro por mi tristeza o por su deseo? ¿Qué implica si viene sólo para calmarme? A veces cuidar el deseo es ir eligiendo cómo componer con le otre y la calma radica en el cuidado de elegir un modo de estar con otres.
En este sentido, insistimos en diferenciar el armado de lugares de calma, de los que producen un aplanamiento mortífero sobre las incomodidades y tensiones que nos habitan. Estar atentas a qué se está componiendo y contar con que si algunos devenires no son posibles allí, lo serán en otros campos, con otrxs. Sofocar lo que incomoda con los guiones establecidos liquida la posibilidad de que germinen otros modos y mundos posibles.
Letra y letrina // Manuel Ignacio Moyano
Machine Sex Action. Pornografía juvenil. Miserables que flotan en las calles maquilladas por luces baratas de una ciudad. No elijas la vida. No elijas un trabajo. No elijas una carrera. No elijas una familia. No elijas un televisor grande donde cagarte. No elijas lavadoras, autos, equipos de música y abrelatas eléctricos. No elijas la salud, el colesterol bajo y seguros dentales. No elijas pagar hipotecas a interés fijo. No elijas una casa. No elijas a tus amigos. No elijas ropa deportiva y valijas de fuego. No elijas pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. No elijas bricolaje y ni si te ocurra preguntarte quién carajo sos los domingos por la mañana. No elijas una película de la adolescencia. Elegí la nada, el sexo, la muerte. Elegí comer basura. Elegí ser un viejo de mierda que se caga y mea encima en un asilo perdido, donde ningún familiar te visita porque nunca los tuviste. Tarde o temprano te van a reemplazar: esa es la falsa familia. No elijas tu futuro. No elijas Trainspotting. No elijas a Danny Boyle. Elegí la pornografía. Elegí la muerte, la nada, el sexo: la vida es una elegía psicotrópica… Yo la elegí y también elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tenés ACRODOXA? No elijas restos de historias que se cruzan en la vida de un tal Mick Juárez mientras corre. No elijas esto, porque acá comienza la máquina idiota de relatar.
El sexo era poco. Las drogas, muchas (esas raras drogas nuevas). Una música nacida del infierno y el Monstruo tecleaban los nombres de la realidad. Soledad dura, un cuerpo en el piso, un monoambiente en Txilon (ciudad fantasma) y el hastío que todo lo corroía. Mick había sido electricista y después se dedicó a la industria del porno. Mick era la estrella y desde el centro de su mundo se irradiaban las luces con las cuales se comercializaba la industria en la cumbre de su apogeo.
Corrían los años noventa. De esos años que comenzaron corriendo que uso para relatar, de ahí parte la profecía que en todas estas páginas voy a repetir: la distopía pertenece al pasado. En esos años, en alguno que es preciso no mencionar, Mick se despierta en su monoambiente con resaca (flujos de alcohol, botellas dispersas, líneas de ACRODOXA en polvo y jeringas; pero, lo central: el Monstruo durmiendo a su lado, en la cama de escamas). Mick se dirige al baño mientras la habitación pérfida se da vuelta a cada paso, tomando un giro de trescientos sesenta grados a cada paso, y recortándose en dos en cada nuevo intento de paso. Las matemáticas se convierten en bailarines eunucos entre sus parietales y se abren portales a una cuarta, quinta y séptima dimensión en su cráneo. Las paredes (mosaicos rotos, una inscripción en diarrea que dice: ¡VIVA LA ACRODOXA!, sin signos de exclamación, pero con la intención de ellos)… al fondo, el inodoro como en los bares de mala muerte —elegí siempre esos bares. Mick avanza tambaleándose. Se sostiene como puede e intenta lo que no puede. Mear.
A Mick Juárez, ex electricista y actual star del sistema porno (muchos videos, muchas fotos y poco sexo), le falta el órgano. Mick y la ACRODOXA son una misma sustancia cansina, que se revuelca en infiernos superpuestos sobre un fondo azul eléctrico donde cantan los soldados de la División de Joy. Esa sustancia no produce alucinación, sino defectos de realidad que se alean en trozos ajados de percepción. Es la puta realidad y Mick, Mick, Mick intenta salir de la compulsión, tomar su miembro con los dedos índice, medio y anular de la mano derecha, agarrarlo con su pulgar oponible, pero no hay miembro y el sistema de la pornografía trastabilla sobre el único escenario en el que puede sostenerse (les recuerdo que eran los noventa y la pija todavía no había sido deconstruida).
En el lugar de la cosa, no hay tajo ni cicatriz, sino una piel atizada por vellos dispares que revuelan la incertidumbre. Mick (a.k.a. ACRODOXA) desespera y se enjuga los ojos para mirar, para mirar de verdad porque lo que está viendo parece una ceguera que le viene desde el fondo de los miedos. Y lo que esas pupilas ven, rodeadas por dos escleróticas amarronadas, es que en lugar del trono hay una inmensa extensión donde el exceso y el descontrol fueron desterrados para siempre. Mick ve una llanura tupida como vista con binoculares en la noche de la locura. Ve la letra originaria: un alephante sin trompa ni marfil.
Suena el teléfono y el Monstruo ni siquiera se inmuta —sigue plácido, despatarrado sobre el colchón, respirando con la cabeza escondida en el antebrazo derecho y el cuerpo revuelto en las sábanas. Suena todavía el ring-ring de aquel teléfono noventoso y es el ruido permanente el que entra en las paredes del baño (hace daño) y tres palabras se escriben en un graffiti del infierno: paranoia, hastío, caos. La vida no vale la pena sin ACRODOXA.
La distopía pertenece al pasado y a eso me refiero cuando me sitúo en aquellos años con este relato. Corren los noventa y Mick desespera como en una mala película de acción. El contestador automático da el “beep” para que la voz del interlocutor se habilite y hable con la hondura que solamente una voz ajena puede tener en esa situación.
— Mick, ¡¿dónde carajo estás?! ¡Son más de las once y la grabación empezaba a las diez de la mañana!
La pérdida de todas las esperanzas está a la orden del día, es la historia genética del día a día, y yo no estoy a la altura de recitarla salvo en una estructura de excepción. No soy un narrador, soy un dongui y avanzo engullendo pedazos de ficción que no tienen sentido ni quieren tenerlo. Pienso que Mick quizás haya respondido o que quizás haya despertado al Monstruo para contarle la hecatombe y pedirle alguna pista sobre lo sucedido. Es como pedirle al sistema literario qué significa un relato, qué un poema, qué una letra compulsada tras la otra. Pero prefiero no pensar y sí imaginar que la ACRODOXA maneja cada movimiento cerebral y físico en Mick. Que lo lleva, en el colmo de la desesperación, al HOTEL GÓTICO (con su cartel escrito con letras verde botella) donde está el set de grabación en aquella mañana de los noventa. Un set agazapado como un puma que espera a su gran star: el hombre del momento y del miembro.
Todos los diálogos que suceden a continuación han sido expresados en un inglés de mucho slang, aunque yo por acá los reproduzca en mi lengua madre (la única abominable: ni los espejos ni los hombres lo son, solamente ella lo es).
— ¡Hijo de mil putas! ¡Hace dos horas que te esperamos! Mirá la cara de sorete destruido y corroído por la miseria, la noche y el espanto; mirá la cara que tenés, la de una bestia culeada por todos los orificios y emputecida por la fiebre idiota de existir.
— Director, tengo un problem.
— Sí, un problema y miles de problemas: yo soy tu problema, la cinematografía para adultos es tu problema, la incandescencia de las pantallas va a ser tu problema porque… escuchame bien hijo de la gran puta señora de todos los mares, escuchame bien: me voy a encargar de que nunca más te contrate nadie, vas a volver para siempre al sótano imbécil en el que naciste y nada ni nadie te va a recordar.
— Director, tengo un problem.
— Sí, el problema es que te voy a trocear el cuerpo y me voy a quedar con tu pija de trofeo para tirársela a los cerdos y que la devoren en dos segundos mientras se devoran tus problemas y los últimos pedazos de tu intrascendental existencia hasta que solamente quede alguito de piel que les será dejada a los gusanos y su tortura china, esa que te avanza en el cadáver mordisquito a mordisquito.
— Director, ese es mi problem. Ya no hay más pija. Ya no hay más carne. Un Monstruo me la comió.
La esencia soez de las letras y su tendencia natural a las letrinas ya no me espantan, por eso me atrevo a seguir a pesar de los pruritos que alguno padecerá. Todo es posible en el cine, ¿por qué no en la literatura? Esa es mi fe. El infierno de todas las posibilidades juntas, desgastándose en un último incendio. Ahora que me he declarado y desnudado, puedo decir que sí pienso en Mick —si es que por pensar se puede decir “delirar”. Pienso en su falsa tragedia y, en un eco psicoanalítico, me encargo de colgar la piedra que se balancea desde su cuello y lo condena desde las cervicales, colgarla en toda la existencia. Romantizo el infierno y lo prefiero así: romantizar significa asumir la putrefacción de las cosas en la médula espinal del escritor. El resto es moral dominguera. Recuerdo un poema que leí de un rabino acrodoxómano que decía más o menos así:
La existencia es nimia
al lado de la tragedia de ser
que carga toda criatura en sus espaldas
y que lleva a cada una
(en un camino irremontable)
hacia la nada, el sexo, la muerte.
En el fondo, creo que ahí reside el problema de Mick y su pija pérdida: nunca la tuvo, siempre fue un irrefrenable pedazo de carne que tendía al cero absoluto.
Ahora, cuando lo veo en imágenes borrosas de una película extraña, cuando lo veo ahí consultando con un astrólogo para solucionar su problema, o al menos hacer algo con eso que no se tiene, entiendo que su viaje estaba hecho solo para él —tal como la parábola kafkiana del campesino que llega a la puerta de la ley. Y ese viaje, en verdad, era un viaje a las estrellas, a los arquetipos que trascienden todas las infancias y se conectan con el polvo cósmico que relata, desde muy lejos, cada pequeña tragedia y cada pequeña mentira. La tuya y la mía. La de Mick. Una forma de la ciencia ficción de la que nacen repetidamente el sexo, la nada, la muerte.
Ahora, recuerdo también una sentencia: “el verdadero amor solo ama lo que no se tiene.” Y con la letra todavía apañada en su pequeñez de hez, la reescribo: “el verdadero amor es un monstruo dormido con el que soñás algunas noches y te matás las otras.”
Espectros de la catástrofe // Peter Pál Pelbart
1 / Cambiar de vida
Circula hoy el alerta de que después de la pandemia nada será como antes, de que tendremos que cambiar nuestra vida. Has de cambiar tu vida es un verso de Rilke que Peter Sloterdijk transformó en título de uno de sus libros. Según él, has de cambiar tu vida es un imperativo de elevación moral que atravesó la historia de Occidente en su conjunto, de Sócrates a Foucault, pasando por el estoicismo y por el cristianismo.[1] Pero después de Nietzsche, y de la muerte de Dios por él denunciada, ningún anhelo ascensional podría apoyarse en un ideal de trascendencia. El autor de Zaratustra persistió en la búsqueda de una autosuperación, pero impulsada por algo diferente de un “atractor” superior. Aquí es donde entra la imaginación filosófica de Sloterdijk, nada ajena a los días actuales: solo la Catástrofe, la climática, entre otras, en su dimensión sublime (inaprensible e irrepresentable), estaría en condiciones de ofrecer a los hombres un imperativo ético a la altura de su inconmensurabilidad. Finalmente, “mi vida” está ligada a la vida de todos los seres de la Tierra, humanos y no-humanos, inclusive los murciélagos y los pangolines comercializados en Wuhan: de aquí la propuesta de un “co-inmunismo” y una “co-inmunidad”. La resonancia con “comunismo” y “comunidad” salta a la vista, pero no es seguro que ella se justifique. Pues es poco probable que el verso de Rilke sea utilizado hoy en el sentido dado por el poeta, o luego por el filósofo. Por el contrario, la fórmula será usada para propalar la reactivación económica bajo exigencias aún más draconianas, preservando grosso modo la forma de vida vigente antes de la pandemia, en versión empeorada.
Es el peligro que Alain Brossat y Alain Naze[2] denominaron Restauración. La historia de las revoluciones muestra que a su agotamiento le sigue, en general, no un retorno al status quo anterior sino un avance doblemente agresivo y regresivo. Hoy, una Restauración significaría la reanudación del tren del progreso a una velocidad redoblada, inclusive para compensar esta interrupción “accidental”, pero siempre según el axioma de la productividad y del lucro, a favor de las corporaciones y del sistema financiero, en un ataque todavía más brutal contra los derechos de los trabajadores, la protección social, la preservación del medio ambiente, etc. Equivale, por lo menos en nuestro caso, en Brasil, a la profundización de lo que Vladimir Safatle llamó “desafección”, el afecto predominante en un contexto fascista.
2 / Destitución
En Guerra y paz de Tolstói, hay dos personajes contrastantes en medio de la invasión a Moscú por el ejército napoleónico y la catástrofe que la situación representa. El primero es el gobernador Rastopchin. Hace de todo con gran alborozo, y toma las decisiones más extravagantes en medio del caos: “bien repartía entre la chusma de borrachos armas inservibles, bien hacía salir en procesión las imágenes sagradas, bien prohibía al metropolitano Agustín que sacara las reliquias e iconos […] tan pronto insinuaba que incendiaría la ciudad, contando cómo prendió fuego a su propia casa, como escribía una proclama a los franceses para reprocharles solemnemente el saqueo de un hospicio”.[3]
El segundo personaje es el comandante del ejército ruso Kutúzov. Como dicen Stéphane Hervé y Luca Salza: “Kutúzov es presentado justamente como lo opuesto a Rastopchin. Si el gobernador predica la acción, Kutúzov se distingue por la inacción. Si Rastopchin es vivaz, enérgico, Kutúzov se adormece durante los consejos de guerra, marcha con paso incierto, no tiene ningún dominio sobre el caballo, no ve casi nada con su único ojo. Está siempre distraído, cansado. Un mariscal de campo inactivo es una figura, hay que admitirlo, inhabitual. Tolstói parece disfrutar de un placer particular al describir a este viejo hombre. A través de él quiere sobre todo llevarnos a reflexionar sobre las actitudes a tomar de cara al acontecimiento. Cuando un gran acontecimiento se produce, cuando la Historia se materializa, cuando se la ve pasar delante de nosotros, para retomar las palabras de un célebre alemán [Hegel viendo pasar a Napoleón], ¿qué hacer? En este caso, se trata de saber quién, entre Rastopchin y Kutúzov, aferra el acontecimiento. El narrador plantea la pregunta y da una respuesta. El activismo del conde Rastopchin no está a la altura de lo que allí sucede: el conde se piensa como un hombre que puede actuar en la historia, que puede intervenir en la historia, que puede hacer, mientras que el abandono, la deserción, el no-hacer que ‘personifica’ Kutúzov, en este caso preciso, son, según el narrador, la única respuesta posible de cara a la Historia. ‘Paciencia y tiempo’: es respondiendo en estos términos ‘inoperantes’ [désœuvrés] a la pregunta ‘¿qué hacer?’ que Kutúzov elabora una estrategia victoriosa frente a Napoleón”. [4]
Extraña teoría sobre la inoperancia. A primera vista, parece del orden de la mera pasividad, o de la renuncia. Blanchot fue uno de los que nos enseñó a ver en la “pasividad” algo totalmente diferente: una atención otra y distinta en relación con el Desastre. Sabemos que la interrupción, la detención, la suspensión, el freno del tren del progreso es, para muchos, la condición de posibilidad de un desplazamiento real frente al atropello ciego de lo que Jünger ya llamaba “movilización infinita”. Eso que es verdad para una guerra, un terremoto, un accidente atómico, ¿por qué no lo sería para una pandemia?
Svetlana Aleksiévitch describe así el mundo de Chernóbil: “¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar; así es como podemos definir hoy nuestro estado de entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos; aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía”. De ahí nuestro balbuceo, hoy, a pesar de la proliferación inaudita de palabras justas y análisis pertinentes. Es una “atmósfera” aún inabarcable.
La autora confiesa que la medida del horror en la antigua Unión Soviética siempre habían sido las guerras, pero era preciso distinguir guerra de catástrofe. En Chernóbil, la presencia de soldados, la evacuación, la destrucción del rumbo de la vida dificultaba el entendimiento de que “nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes”. Las vacas se apartaban del agua, los gatos dejaron de comer ratones muertos. “El hombre no estaba preparado como especie biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar […] los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida luchando o preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto! Ha cambiado la imagen del enemigo […] Ingresamos en un mundo opaco en el que el mal no da explicación alguna, no se pone al descubierto e ignora toda ley”.[5]
Salvando las distancias, y los contextos singulares, no podemos dejar de ver semejanzas y paralelos. Como dicen los autores del comentario a Tolstói: “La epidemia en curso nos enseña de una manera irreversible: vivimos en la catástrofe. La catástrofe no es para mañana, como nos repiten nuestros dirigentes para exigir de nuestra parte lo que llaman “adaptaciones” (ganar menos, trabajar más) o para culpabilizarnos por nuestros hábitos. Ya llegamos a ella. Esta vez, es un virus el que revela el desastre. En realidad, es todo un sistema, social, político, económico, moral, que está en una crisis profunda, que nos ‘sofoca’”.
En un contexto de aceleración total, detenerse equivale a una catástrofe mucho mayor que la epidemia y su montaña de muertos. No es de extrañar que cualquier interrupción de la producción sea vivida como un desastre, puesto que el único criterio universal de validación, supuestamente objetivo y mensurable, es la relación entre tiempo y lucro. Pero ¿y si todavía fuera posible alterar esa ecuación? ¿Y si solo a partir de una detención brusca nos fuera dado escrutar el montón de posibles aún disponible, o imaginar otras salidas hasta ahora impensables?
Sabemos cuán lejos estamos, con esta pregunta, del tablero político en el que nos movemos. Véase esta afirmación de Stéphane Hervé y Luca Salza, que suscitará, seguramente, las más variadas acusaciones, del derrotismo al escapismo. “No luchamos por un contrapoder, sino para afirmar el vacío del poder. Como Kutúzov, nos retiramos. Nos retiramos pues el capitalismo continuará avanzando y los mercados a distancia (enseñanza a distancia, medicina a distancia, consultoría a distancia, etc… a distancia) están abriéndose debido a esta epidemia. Pero no nos refugiamos en cabañas en el bosque, como eremitas o utopistas. Desaparecemos del juego, pero estamos acá, listos para no hacer nada. Retirarse es parte de la guerra, como aprendemos con otro gran general desertor, Espartaco. Fue porque no dejó de retirarse en su errancia inoperante, no queriendo nada pero exigiendo todo, que el poder de la oligarquía romana vaciló, y es porque fue convencido por sus compañeros de llevar adelante la lucha frontal que fue vencido, nos enseña Plutarco. La inacción es peligrosa, puesto que no es privativa, ya que hace sentir la pulsación infinita del mundo. En la inacción se percibe la multitud de las formas de existencia, se inventan otros mundos”.
3 / Movimiento
Tal margen de maniobra vital no parecer ser deseado ni tolerado por la cronopolítica vigente. Es lo que subraya André Lepecki en un artículo reciente, al establecer una diferencia entre interrupción, por un lado, y retirada por otro. Lo que ocurrió con la pandemia en la mayoría de los países fue una interrupción impuesta desde arriba. Otra cosa habría sido, si hubiese ocurrido, una retirada “movida por el deseo de actuar en ayuda mutua y una desaceleración del ritmo público de la vida cotidiana de modo de expresar el respeto fundamental y absoluto por la vida del otro”.[6] Desafortunadamente, no fue este principio ético el que triunfó, ni aquí ni en otras partes.
Según Lepecki, el inconsciente político cinético impone una coreografía social a la población en general. Cualquier suspensión o detención o pausa hacen que el capitalismo se asuste. Pero, como recuerda, el capital compensa la paralización física a través de una hiperactividad digital, y a favor de una aceleración mental productiva. O sea, todo paró, pero nada paró. No solo nada paró, sino que incluso, en cierto sentido, todo se aceleró. La cinética neoliberal, agrega Lepecki, ya no impone el movimiento desde afuera o desde arriba, sino que lo coloniza desde adentro, conduciéndolo según sus propios fines. Son, como dice el autor, “actividades extractivas totales sobre experiencias de movimiento individuales. No hay límite para esa colonización y monetización de lo cinético del individuo neoliberal”.
Si la tiranía de la velocidad moldeó la política como actividad, nada impide que lo político sea redefinido en función de una dimensión del movimiento diferente: a partir de la pausa. Como lo formula el autor: “La tarea pasa a ser encontrar otra física para el movimiento; encontrar, en la pausa, las fuentes para un movimiento colectivo no-condicionado e inmanente. Un movimiento en el cual la quietud sea simultáneamente rechazo, potencialidad y acción. Una coreopolítica diferente, un anti-coreovigilancia, donde la elección entre moverse y no moverse se vuelve secundaria, terciaria, irrelevante. Un movimiento que sabe desde dentro que, en la no-ley no-universal de la microfísica de la “pequeña danza” [en referencia a la contact improvisation, de Steve Paxton], el movimiento se funde con la inmanencia como la intensidad total de la sociabilidad contactual. Un movimiento lento que mueve la fugacidad y efectúa la amplificación de la movilización social contactual”.
4 / Toxicidad
Para esto, sin embargo, es preciso poder respirar. Y es lo que está cada vez menos garantizado. En Brutalismo,[7] Achille Mbembe describe la reconfiguración de la especie humana, efectuada, entre otras razones, por los cambios en la biosfera y en la tecnosfera. En última instancia, dice el autor, el proyecto del “brutalismo” consiste en transformar a los seres humanos en materia y energía disponibles para la extracción, tal como sucedió con el descubrimiento del gas de esquisto, en los Estados Unidos: perforación, creación de fisuras, extracción. Como si reactualizáramos lo que caracterizó un periodo de la colonización, “recrear lo viviente a partir de lo invivible”. Lo invivible actual, sin embargo, tiene nuevas características: tóxicas, neuronales, moleculares, dado el estado de “combustión del mundo” al que habríamos llegado.
Cabe retomar las sugerencias de Sloterdijk respecto de la misma cuestión, en el tercer tomo de Esferas. “El siglo XX se abrió espectacularmente revelador el 22 de abril de 1915 con la primera gran utilización de gases de cloro como medio de combate por un ‘regimiento de gas’ –creado expresamente para ello– de los ejércitos alemanes del Oeste contra posiciones franco-canadienses de infantería en el arco norte de Ieper [en Bélgica]. Durante las semanas precedentes en ese sector del frente soldados alemanes, sin que el enemigo se diera cuenta, habían instalado en batería al borde de las trincheras alemanas miles de botellas de gas escondidas de tipo desconocido hasta entonces. A las 18 horas en punto pioneros del nuevo regimiento, bajo el mando del coronel Max Peterson, con viento dominante del norte y nordeste, abrieron 1600 botellas llenas de cloro grandes (40 kg) y 4130 más pequeñas (20 kg). Mediante ese ‘escape’ de la substancia licuefactada unas 150 toneladas de cloro se desplegaron convertidas en una nube de gas de aproximadamente 6 kilómetros de anchura y 600 a 900 metros de profundidad. Una toma aérea conservó para la memoria el desarrollo de esa primera nube tóxica de guerra sobre el frente de Ieper. El viento favorable impulsó la nube a una velocidad de 2 hasta 3 metros por segundo contra las posiciones francesas; la concentración del gas tóxico se calculó en un 0,5 por ciento aproximadamente: durante un tiempo de exposición prolongado ello produjo daños gravísimos en vías respiratorias y pulmones”.[8]
El autor establece así una distinción entre esta lógica de exterminio y todas las técnicas anteriores. Se trata de volver imposible la supervivencia del enemigo “sumergiéndolo durante el tiempo suficiente en un medio sin condiciones de vida”. El objetivo es atacar las funciones vitales, sobre todo la respiración, regulaciones nerviosas centrales, condiciones de temperatura o de radiación insustentables para el cuerpo humano. Se trata de modificar las condiciones ambientales de vida del enemigo. Es una guerra de “atmósferas” (atmoterrorismo), en la que se muere por la mera “acción de respirar”: esto llevó a algunos a hacer del enemigo el responsable por su propia muerte, ya que quien activa la respiración es la propia víctima (!). Los respirantes se vuelven cómplices involuntarios de su propia extinción; como sí, en última instancia, cometiesen un atentado contra sí mismos al respirar, lo que exoneraría a los verdugos, inclusive del campo de concentración, de cualquier responsabilidad.
De allí deriva toda una climatología militar, una ciencia sobre las nubes tóxicas y, por extensión, estudios científicos sobre el uso de los gases tóxicos en la desratización de edificios públicos, en la eliminación de insectos y ácaros en escuelas, barracas, navíos, etc. En 1924 sale al mercado el Zyklon B, un producto ampliamente comercializado, dadas sus ventajas en espacios cerrados, su letalidad, su carácter inodoro, en suma, su eficacia antiparasitaria. ¿Cómo no ver que la extensión de esas técnicas en el contexto del nacional-socialismo desembocó en la eliminación de aquellos a quienes se comenzó a considerar como insectos a ser diezmados o parásitos del pueblo alemán, o portadores naturales de epidemias? El camino para las cámaras de gas estaba abierto.
La creación artificial de “microclimas”, la experimentación a gran escala del “aire acondicionado negativo”, se volvió entonces una verdadera industria de la muerte. Hasta entonces, recuerda Sloterdijk, el ser-en-el-mundo era un ser-al-aire-libre o, más exactamente, un ser-en-medio-de-lo-respirable: de allí surge toda una “aerología”, a veces de cuño poético o filosófico. Para el autor, esto apenas prefiguraba el “atmoterrorismo” por venir, y la cesura histórica allí presente. De allí en más, y también luego de Hiroshima y Nagasaki, la cuestión podría ser traducida de la siguiente manera: ¿cuáles son las condiciones de respirabilidad del aire? Investigaciones militares estadounidenses se concentraron, en los años noventa, en la “dominación del clima” como condición de una futura superioridad militar. El control del campo de batalla se daría por la producción de condiciones meteorológicas: armas ionosféricas. En todo caso, como dice el autor, el aire perdió su inocencia.
En un discurso pronunciado en 1936 sobre la obra de Broch, ya entreviendo lo que estaba por venir, Elias Canetti escribe: “El mayor de todos los peligros que haya surgido jamás en la historia de la humanidad ha elegido a nuestra generación como víctima. Y es de este desamparo de la respiración del que aún deseo hablar […] Es difícil hacerse una idea demasiado grande de él. A nada se halla el hombre tan abierto como al aire. En él sigue moviéndose como Adán en el Paraíso […] El aire es la última propiedad comunal. Les corresponde a todos los miembros. No ha sido previamente repartida: incluso el más pobre puede hacer uso de ella. […] Y este bien último que ha sido propiedad de todos, ha de envenenarnos a todos juntos. La obra de Hermann Broch se halla entre guerra y guerra, entre guerra química y guerra química. Es posible que aun descubra hoy día en más de un sitio las partículas venenosas de la última guerra […] Lo seguro es que él, que sabe respirar mejor que nosotros, se empieza a ahogar ahora con el gas que quién sabe cuándo nos impedirá respirar a todos los demás”.[9]
Claro está que no respiramos solo el aire, y mucho menos el aire puro, sino también el gas tóxico que exhalamos, en las comunicaciones, en la política, en el odio. La asfixia generalizada tiene la marca de lo crepuscular. Karl Kraus, en la misma época, decía: “Por todos los rincones penetran los gases provenientes del estiércol del cerebro del mundo, la cultura ya no puede respirar”.
Y es lo que nos ocurre hoy, que respiramos el veneno que nosotros mismos diseminamos, o aquel que nos viene de bandos políticos, milicias mediáticas, poderes económicos más o menos ocultos, además del contagio propiamente viral.
5 / Catástrofe
Finalmente podemos plantearnos la pregunta de manera más directa. ¿En qué consiste la catástrofe que hoy enfrentamos? ¿Es la pandemia, con sus muertos apilados? ¿Son las medidas de confinamiento, vigilancia y monitoreo tomadas por algunos gobiernos, con sus efectos probables sobre nuestros modos de vida? ¿Es la negligencia asumida como política oficial en Brasil, con sus consecuencias? ¿Es, en nuestro caso, el gobierno que está a cargo? ¿Son el sistema tecnocapitalista y la monocultura, que invaden ecosistemas protegidos, multiplicando los riesgos de zoonosis? ¿O incluso, retrocediendo un poco, el propio Antropoceno es ya la Catástrofe? ¿O la Colonización? ¿U Occidente en cuanto tal? ¿O, en el otro extremo del tiempo, el resultado inevitable del desastre climático?
Es muy probable que lo que produce nuestra inmensa perturbación sea la confluencia, en simultáneo, de estas diversas imágenes de la Catástrofe. La más visible, excepcional y espectacular, recientísima, sanitaria: la pandemia. La más naturalizada y cotidiana, que nos viene de lejos: la máquina del mundo girando aceitadamente, por lo menos desde la revolución industrial. Pero también es el riesgo de que, a partir de este contexto cruzado, de excepcionalidad y normalidad, las oportunidades de desvío se nos escapen de las manos: “la catástrofe: haber desaprovechado la oportunidad”, escribió Benjamin.[10] En otros términos, lo más desastroso sería que no aprovecháramos las brechas que se vislumbran. Tan confinados en el presentismo,[11] mal imaginamos cómo contrarrestarlo. Pues no basta con querer ir para adelante en lugar de ir para atrás. Todo presente está siempre compuesto de líneas procesuales cruzadas, no solo temporalidades singulares, sino también direcciones discordantes y, por lo tanto, desvíos posibles. A pesar del discurso hegemónico, es necesario sustentar ese rizoma temporal, en lugar de obstinarse en encajar los múltiples modos de existencia que pueblan Brasil en una única línea evolutiva y acumulativa, y recaer en los falsos dilemas que contraponen modernidad y arcaísmo. Son los antropólogos quienes mejor lo muestran. Nos ayudan así a pensar umbrales de ebullición bifurcantes que no dependen de una supuesta línea del tiempo.
En cuanto a un acontecimiento catastrófico, los psicoanalistas gustan de comparar el terror que suscita una catástrofe futura, temida, por venir, siempre amenazante, y el alivio que produce constatar que la catástrofe ya aconteció. Desafortunadamente, esto no nos es dado. Probablemente debido a lo que Benjamin intuyó: “Ella [la catástrofe] no es lo inminente en cada caso, sino lo que en cada caso está dado”.[12] Tal vez sea lo más difícil de captar, lo que está bajo nuestra nariz, o debajo de nuestros pies, o en marcha en nuestro presente más vivo/muerto.
Nietzsche consideraba el nihilismo “el más siniestro de los huéspedes”. No era una catástrofe que vendría a abatirnos desde afuera, y en un futuro distante, sino parte de la historia más íntima de Occidente, y desde su origen. Es lo que un pensamiento de la Catástrofe no podría dejar de constatar: ella no es solo nuestro futuro, sino el contenido de nuestro propio presente, y nos llega desde lejos. En otros términos, la Catástrofe no es solo la súbita Hecatombe, natural o histórica, sino la banalidad cotidiana (Arendt). El mismo razonamiento valdría para nuestro fascismo nacional. Catastrófica no es solo la elección, sino la banalidad cotidiana de cuño colonial y esclavista que la precedió por mucho y que persiste intacta.
“Que esto «siga sucediendo», es la catástrofe”, recuerda Benjamin.[13]
Pero ¿y entonces? ¿De nuevo saldremos con las manos vacías, llevando en el corazón nuestra agonía, en el rostro nuestro barbijo, en la mano nuestro alcohol en gel, en los sueños nuestras pesadillas? ¿Para qué nos sirven ahora los filosofemas, por más lúcidos y sutiles que parezcan? ¿Para mapear nuestra miseria, en la denuncia y en el lloriqueo? ¿O para profetizar por fin el inminente fin del capitalismo? Tal vez estamos condenados a movernos entre los dos extremos, en la escala de las tonalidades afectivas que nos ofrece el presente. El psiquiatra catalán Tosquelles notaba que, en las crisis psicóticas, al sentimiento de fin de mundo, crepuscular, donde nada más parecía posible, le seguía un giro en que súbitamente todo parece posible: una aurora radiante. No es muy diferente nuestro estado, en el que oscilamos entre el sentimiento de un colapso terminal y un resquicio de euforia. Del nada es posible al todo es posible y viceversa. La sensación del fin del mundo, por un lado, y la del fin de un mundo, por otro, junto con un eventual destello de un mundo otro.
En medio de todo esto, la pregunta que no deja de volver: ¿cuál es el tamaño del estrago que las diferentes medidas tomadas durante la pandemia provocarán sobre la afectividad individual y colectiva? ¿Sobre la relación con la muerte y el luto? ¿Qué efectos tendrán sobre el papel vital atribuido a las mujeres, dada la carga indiscutiblemente mayor que sobre ellas recae en el confinamiento doméstico, desde el cuidado de las criaturas, la preparación de la comida, las tareas de limpieza, sin contar con el trabajo eventual a distancia, esto último cuando es posible? ¿No se reveló aberrante todavía la naturalización de esta “función”? Un cuidado que consiste en la creación y la manutención de la propia vida ¿no debería ser de todas y de todos? ¿Y qué consecuencias tendrán sobre la vida estudiantil, cuya desaparición Agamben no dudó en decretar categóricamente, dado el predominio creciente y galopante de la educación a distancia? ¿Y qué efectos producirán sobre las formas de transmisión cultural, de formación ética, de sociabilización, dado el dominio de los algoritmos y de la teledistancia en prácticamente todas las esferas de la actividad humana? En resumen, ¿qué quedará de los modos de existencia múltiples, que ya antes de la pandemia mal conseguían una supervivencia, dado el predominio de una hegemónica y ya separada vida-para-el-mercado?
Pero también en la otra punta surge la pregunta: ¿cuál es el tamaño del estrago que, en nuestro caso, las medidas no tomadas durante la pandemia tendrán sobre nosotros? Puesto que, si en algunos países, toda suerte de regulación, control, monitoreo, vigilancia digital, policía y militar fue llevada a cabo, en lo que por algunos puede ser considerado una especie de ensayo general de las nuevas formas de ejercicio del poder o de exacerbación del estado de excepción que están por venir, a escala planetaria, en una sociedad de control elevada a la enésima potencia, lo inverso también es verdadero: allí donde la desregulación de las conductas, la oposición sistemática de las instancias federales a todo tipo de cuidado, individual o social, la alegada preservación de la libertad de ir y venir, de trabajar, de aglomerarse, de usar o no el barbijo, todo esto configura, bajo la excusa de la preservación de la libertad, no solo la más cínica desresponsabilización del poder público en relación a la salud de lo que aún se llama “la población”, sino simultáneamente una intoxicación mortífera que incide sobre el más elemental afecto social.
Entonces, ¿qué tipo de movilización convendría frente a tal contexto catastrófico? O, por el contrario, ¿qué tipo de desmovilización, deserción, abandono, inmovilidad, huelga humana, conjugada con una reinvención de la sociabilidad, cabrían frente al imperativo de la removilización generalizada que nos llega de todas partes?
6 / Un poco de posible
Nos referíamos, con Sloterdijk, a la verticalidad ascensional que caracteriza la historia de la antropotécnica occidental –aquellas tecnologías de “hominización” aplicadas por los humanos a sí mismos. Por ejemplo, los diversos ejercicios que desde los griegos, por lo menos, permitían a un individuo o minoría un repliegue, o una retirada, de cualquier modo un apartamiento de la vida mundana o del espíritu de rebaño, a favor de una elevación, filosófica, espiritual, contemplativa, del orden del desprendimiento entre los estoicos, del espíritu religioso en el cristianismo, humanista en el Renacimiento, revolucionario luego, o artístico más cerca de nosotros. Pero la generalización de esa acrobacia ascensional desembocó, en nuestro contexto, en su opuesto. Un emprendedurismo competitivo dejó de caracterizar a seres de excepción (los ejercitantes de otrora) para convertirse en el imperativo de una época: el atletismo planetario. Es una situación que recuerda a Alicia en el país de las maravillas: es preciso correr para permanecer en el mismo lugar, y correr cada vez más para conseguirlo.[14] Con la particularidad, en la huella de Lewis Carroll, de que la supuesta elevación, en el fondo, es descenso, degradación. En verdad, cuanto más alto uno piensa estar subiendo (por ejemplo, en dirección al progreso, o en una “escala social”), más bajo se está descendiendo: oportunismo, impostura, engaño, embotamiento, fragmentación social, blindaje sensorial. Alto y bajo, por lo tanto, se confunden, alcanzando lo que más temía Nietzsche: la chatura, la indiferenciación: cuando “nada vale”, entonces “todo equivale”, y “nada más vale la pena”, por lo que “vale todo y cualquier cosa”: nihilismo. ¿O posmodernidad? ¿O ultraneoliberalismo? ¿O capitalismo algorítmico? ¿O solo un episodio más de un largo arco histórico-filosófico, o político-metafísico, de desapego respecto de la Tierra? En este caso –¿será un irónico avatar de la trascendencia?– el desapego virtual de una plutocracia mundial, que deja en la carencia y en el pantano social a la mayor parte de la población, como dice Mbembe. Es el planeta Exit, como lo define Latour, y que tiene en la figura del multibillonario Elon Musk, que financia la colonización del espacio pero también, por lo visto, el golpe en Bolivia, su símbolo mayor.[15]
Al lado de tantos diagnósticos nada alentadores, aunque necesarios, cabría pensar a partir de las brechas, allí donde aparecen las fracturas, donde el barco cruje, como diría Kafka: “No vivimos en un mundo destruido, vivimos en un mundo trastornado. Todo se raja y estalla como en el material de un velero destrozado”.[16] Como recuerdan Deleuze y Guattari, a veces es a partir de fisuras, incluso moleculares, que un conjunto molar se derrumba. Potencia de lo micro, de lo menor, del desvío (clinamen).
El hecho es que muchas modalidades de desvío y de deserción hoy nos llaman. Espontáneas (como en las protestas recientes a partir del asesinato por asfixia de George Floyd) u organizadas (autoorganización de las favelas, asentamientos, ocupaciones, agrupamientos que se desdoblan en redes de distribución de alimentos para personas en situación de calle, por ejemplo), de fuga colectiva (aldeas que se refugian en la selva, lejos de cualquier posibilidad de contagio) o atentados aislados (Glenn Greenwald y su bomba sobre el Lava Jato, Krenak y sus palabras nunca antes tan oídas y finalmente encontrando interlocutores) o zonas de autonomía temporaria (Notre-Dame-des-Landes era un territorio destinado a volverse aeropuerto, y fue ocupado por mucha gente con sus métodos alternativos de vida y producción). Para no mencionar experimentos a otra escala, como el de las y los zapatistas (¡cuánto tendríamos que aprender de ellos y de ellas!): la deserción del capitalismo, la desmonetización de la existencia, la desacralización del trabajo o de la productividad, la no-propiedad privada de la tierra, la evitación del enfrentamiento armado aliado a la disuasión militar en la defensa de un inmenso territorio “liberado”, el rechazo a “tomar el poder”, el subliderazgo no personalista, la democracia como conversación infinita, la imaginación performática en la conexión con la población mexicana o con las redes planetarias, la convivencia de las comunidades con sus diversas camadas temporales –en suma, una gramática política, social, subjetiva, ecológica, comunicacional, histórica, totalmente original.[17]
Salvando las distancias, es también lo que intenta decir Guattari a través de su triple ecología, social, mental, ambiental. A mi entender, ella no perdió para nada su actualidad. “Se necesita una inmensa reconstrucción de los mecanismos sociales para hacer frente a los estragos del CMI [Capitalismo Mundial Integrado]. Ahora bien, esta reconstrucción no depende tanto de reformas desde arriba, leyes, decretos, programas burocráticos como de la promoción de prácticas innovadoras, la proliferación de experiencias alternativas, centradas en el respeto de la singularidad y en un trabajo permanente de producción de subjetividad”.[18] Este giro ecosófico invita a la creación de territorios existenciales de lo más disensuales. Para conceptualizar este tipo de prácticas, el autor de La revolución molecular usó o inventó expresiones poco usuales –Eros de grupo, animismo maquínico, focos autopoiéticos, universos incorporales, báscula caósmica, aprehensión pática, lógica de las intensidades no discursivas, líneas de fuga procesuales– y reivindicó “un inconsciente cuya trama no sería más que lo precisamente posible, lo posible a flor de piel, a flor de socius, a flor de cosmos…”.[19] De este modo se deja ver todo un paisaje del pensamiento, a favor de un inconsciente desterritorializado, de una ontología constructivista, a través de una cartografía intensiva y afirmativa, apuntando siempre a la proliferación de diferencias: heterogénesis.[20] Esta terminología inusitada puede parecer de difícil digestión. Sin embargo es a tal punto inusitado nuestro contexto que no deberíamos tener miedo de nociones también inusitadas, en la medida que puedan enfrentar uno de los desafíos más urgentes: conjurar “el crecimiento entrópico de la subjetividad dominante”: la monocultura mental, subjetiva, axiológica.
Todo esto extrapola en buena medida aquello que le quedó a la izquierda como tarea. Cuán conservadora y tímida parece ella ante el fascismo: defender la institucionalidad de una tal “democracia” formal, o mitigar los efectos de un capitalismo creativo-destructivo. Es poco, es muy poco. Contra el caos producido por la extrema derecha, ¡nos convertimos en el partido del orden y el progreso! ¡Es necesario más, mucho más! ¡¡Y otra cosa!! Más invención táctica, más insubordinación efectiva, más dispositivos aptos para fabricar valores diferentes, más cuerpo a cuerpo, más máquinas de guerra artísticas, comunitarias, éticas, más arrojo en el pensamiento, más irreverencia filosófica, política, erótica, más pies-en-la-tierra, más pies-en-la-calle, más pies-en-las-estrellas, más asociación libre, más disociación asumida, menos normopatía y servilismo y cobardía, otra suavidad (Guattari), otra sensibilidad, otra afectibilidad, otra recepción de los traumas y colapsos, más espacios comunes, más hibridación, sexual, racial, generacional, otras formas de cuidado para con los enfermos, las criaturas, los locos, los animales, las plantas, las piedras, las montañas, las aguas, toda la corteza terrestre, la piel de la Tierra. Y, también, más creencia en la fuerza de las cosas y de los vivos, de la libido y de la palabra, de la levedad y del arrobo. ¿Cómo no ver que esta lista es infinita, y que, con las alianzas favorables, ella es capaz de modular la afectividad social, de redistribuir las cartas, tal vez de dar vuelta el juego, quién sabe si hasta de ayudar a dar vuelta la mesa? Precisamos un nuevo tablero donde otro juego pueda agenciar de modos diferentes las fuerzas vivas disponibles. Porque en la guerra entre formas de vida que ahora se explicita como nunca antes, en medio del culto a la fuerza bruta, del ímpetu viril y del resentimiento tóxico que disemina el fascismo, lo que intentan secuestrarnos cotidianamente es la fuente de lo posible: “el eterno retorno del estado naciente” (Guattari).
Contra la mandíbula trascendental que todo devora (el capital, decía Mbembe), una potencia pide paso, así como, en medio de la catástrofe y de la asfixia, el susurro de un negro afecta al mundo, a pesar de todo, diciendo simplemente, y de ese modo volviéndose portavoz de una época: “no puedo respirar”. ¿No será esta una de las figuras de la catástrofe –y de su envés–, alguien que, privado de su aliento vital, y en el límite de su existencia, suscita un tornado multitudinario de dimensiones planetarias? Hablamos de George Floyd, pero lo mismo debería valer para João Pedro y Ágatha Felix y miles de otras y de otros, que ni siquiera tuvieron el tiempo para decir, mientras jugaban o dormían, que perdían la respiración.
Contra la desafección que crece pavorosamente, ¡una defección generalizada! Desertemos de las guerras que no son nuestras, masquemos nuestra coca en las subidas lentas, y como el rebelde aymara que se sienta en el medio del camino, esperemos a que lleguen nuestras almas.
[Revisión afectiva de Mariana Lacerda – Este texto sería impensable sin todos los que lo antecedieron en esta serie “pandemia crítica”. A sus autoras y autores y autories, mi agradecimiento.]
NOTAS
[1] Peter Sloterdijk, Has de cambiar tu vida: sobre antropotécnica, Pre-Textos, Valencia, 2012.
[2] Alain Brossat y Alain Naze, “L’épouvantable restauration globale”, en https://ici-et-ailleurs.org/contributions/actualite/article/l-epouvantable-restauration.
[3] Liev Tolstói, Guerra y paz, trad. Lydia Kúper, El Aleph Editores/Muchnik, 2010.
[4] Stéphane Hervé y Luca Salza, “Kutuzov: pour une estratégie destituante aujourd’hui”, en https://lundi.am/Koutouzov-pour-une-strategie-destituante-aujourd-hui (trad. port. en https://n-1edicoes.org/122).
[5] Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, DeBolsillo, Barcelona, 2015, pp. 41-46.
[6] André Lepecki, “Movimento na pausa”, en https://n-1edicoes.org/114.
[7] Achille Mbembe, Brutalisme, París, La Découverte, 2020 (Brutalismo, en prensa en portugués por n-1edições).
[8] Peter Sloterdijk, Esferas III, trad. Isidoro Reguera, Madrid, Siruela, 2006, p.76 y ss.
[9] Elias Canetti, “Herman Broch. Discurso pronunciado en su quincuagésimo aniversario: Viena, noviembre de 1936”, en La conciencia de las palabras, trad. Juan José del Solar, México, Fondo de Cultura Económica, 1981.
[10] Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Madrid, Akal, N 10, 2, p. 477.
[11] Jerôme Baschet, Défaire la tyrannie du présent, París, La Découverte, 2018.
[12] Walter Benjamin, Libro de los pasajes, cit., N 9a, 1, p. 476.
[13] Ibíd.
[14] Nurit Bensusan, “Alice no país da pandemia”, en https://n-1edicoes.org/121.
[15] “Conflicts of planetary propositions – A conversation between Bruno Latour and Dipesh Chakrabarty”, en http://bruno-latour.fr/article.html.
[16] Gustav Janoush, Conversas com Kafka, Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 2008.
[17] Jerôme Baschet, A experiencia zapatista: rebeldia, resistência e autonomia, y Mariana Lacerda y P.P. Pelbart (org.), Uma baleia na montanha, recopilación de textos y documentos zapatistas, ambos en prensa por n-1 edições.
[18] Félix Guattari, Las tres ecologías, trad. José Vásquez Pérez y Umbelina Larraceleta, Valencia, Pre-Textos, 2000, p. 61.
[19] Félix Guattari, O Inconsciente maquinico, Campinas, Papirus, 1988, pp. 10-11.
[20] Félix Guattari, Cartographies Schizoanalytiques, París, Galilée, 1989 [Cartografías esquizoanalíticas, trad. Dardo Scavino, Buenos Aires, Manantial, 2000]. Véase también Guillaume Sibertin-Blanc, Direito de sequência esquizoanalítica contra-antropologia e descolonização do inconsciente, por n-1 edições (en prensa).
Traducción: Emilio Sadier
Fuente: https://sangrre.com.ar/2020/08/14/espectros-de-la-catastrofe/
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Primero de Enero del año 2021.
A LOS PUEBLOS DEL MUNDO:
A LAS PERSONAS QUE LUCHAN EN LOS CINCO CONTINENTES:
HERMAN@S Y COMPAÑER@S:
Durante estos meses previos, hemos establecido contacto entre nosotr@s por diversos medios. Somos mujeres, lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, travestis, transexuales, intersexuales, queer y más, hombres, grupos, colectivos, asociaciones, organizaciones, movimientos sociales, pueblos originarios, asociaciones barriales, comunidades y un largo etcétera que nos da identidad.
Nos diferencian y distancian tierras, cielos, montañas, valles, estepas, selvas, desiertos, océanos, lagos, ríos, arroyos, lagunas, razas, culturas, idiomas, historias, edades, geografías, identidades sexuales y no, raíces, fronteras, formas de organización, clases sociales, poder adquisitivo, prestigio social, fama, popularidad, seguidores, likes, monedas, grado de escolaridad, formas de ser, quehaceres, virtudes, defectos, pros, contras, peros, sin embargos, rivalidades, enemistades, concepciones, argumentaciones, contra argumentaciones, debates, diferendos, denuncias, acusaciones, desprecios, fobias, filias, elogios, repudios, abucheos, aplausos, divinidades, demonios, dogmas, herejías, gustos, disgustos, modos, y un largo etcétera que nos hace distintos y, no pocas veces, contrarios.
Sólo nos unen muy pocas cosas:
El que hacemos nuestros los dolores de la tierra: la violencia contra las mujeres; la persecución y desprecio a los diferentes en su identidad afectiva, emocional, sexual; el aniquilamiento de la niñez; el genocidio contra los originarios; el racismo; el militarismo; la explotación; el despojo; la destrucción de la naturaleza.
El entendimiento de que es un sistema el responsable de estos dolores. El verdugo es un sistema explotador, patriarcal, piramidal, racista, ladrón y criminal: el capitalismo.
El conocimiento de que no es posible reformar este sistema, educarlo, atenuarlo, limarlo, domesticarlo, humanizarlo.
El compromiso de luchar, en todas partes y a todas horas –cada quien en su terreno-, contra este sistema hasta destruirlo por completo. La supervivencia de la humanidad depende de la destrucción del capitalismo. No nos rendimos, no estamos a la venta y no claudicamos.
La certeza de que la lucha por la humanidad es mundial. Así como la destrucción en curso no reconoce fronteras, nacionalidades, banderas, lenguas, culturas, razas; así la lucha por la humanidad es en todas partes, todo el tiempo.
La convicción de que son muchos los mundos que viven y luchan en el mundo. Y que toda pretensión de homogeneidad y hegemonía atenta contra la esencia del ser humano: la libertad. La igualdad de la humanidad está en el respeto a la diferencia. En su diversidad está su semejanza.
La comprensión de que no es la pretensión de imponer nuestra mirada, nuestros pasos, compañías, caminos y destinos, lo que nos permitirá avanzar, sino la escucha y mirada de lo otro que, distinto y diferente, tiene la misma vocación de libertad y justicia.
Por estas coincidencias, y sin abandonar nuestras convicciones, ni dejar de ser lo que somos, hemos acordado:
Primero.- Realizar encuentros, diálogos, intercambios de ideas, experiencias, análisis y valoraciones entre quienes nos encontramos empeñados, desde distintas concepciones y en diferentes terrenos, en la lucha por la vida. Después, cada quien seguirá su camino o no. Mirar y escuchar lo otro tal vez nos ayudará o no en nuestro paso. Pero conocer lo diferente, es también parte de nuestra lucha y de nuestro empeño, de nuestra humanidad.
Segundo.- Que estos encuentros y actividades se realicen en los cinco continentes. Que, en lo que se refiere al continente europeo, se concreten en los meses de Julio, Agosto, Septiembre y Octubre del año 2021, con la participación directa de una delegación mexicana conformada por el CNI-CIG, el Frente de Pueblos en Defensa del Agua y de la Tierra de Morelos, Puebla y Tlaxcala, y el EZLN. Y, en fechas posteriores por precisar, apoyar según nuestras posibilidades, para que se realicen en Asia, África, Oceanía y América.
Tercero.- Invitar a quienes comparten las mismas preocupaciones y luchas parecidas, a todas las personas honestas y a todos los abajos que se rebelan y resisten en los muchos rincones del mundo, a que se sumen, aporten, apoyen y participen en estos encuentros y actividades; y a que firmen y hagan suya esta declaración POR LA VIDA.
Ranchar una época // Diego Valeriano
Ranchada, manija, fiesta, vagancia. Muchas formas de decir, nuevas formas de luchar. Se rancha una época, las aulas, los furgones. la tierra, los pasillos. Se detiene el tiempo, se pavea, se está en una. Se escapa de los modos de vida productivos, tan eficientes y obedientes. Se Rancha hasta que algo pase, hasta que sea ley, como otra forma de decirle hasta siempre al Diego. Se escabia, discute, se abraza, se suman, se busca aire frente a todo esto que tanto asfixia.
Los cuerpos fiesta, los cuerpos de las pibas y pibes que no hacen caso, que se la dan en la pera, que luchan. Son cuerpos vagabundos, indómitos, atrevidas. Los cuerpos fiesta son la contra figura subversiva de este tiempo cada vez más ortiba, controlador, politizado y frívolo. Son el verdadero enemigo, otra forma de fuga, una revolución inevitable, un tiempo desquiciado. Los cuerpos fiesta no aparentan normalidad, no flashean orgánica, tienen otras formas que ni sabemos.
Los pibes ranchan en la plaza de Libertad para torcer el destino de cooperativista, gato, preso o Rappi, las pibas ranchan y cambia el mundo entero, Se ranchó en Guernica para habitar una época nueva de recuperación de la tierra. Una nueva época, un nuevo tiempo. Ranchada, cuerpos fiesta, desobediencia como ejercicio destituyente, espiritual y vital. Este mundo y las formas de dominación cambian, pero las pibas y pibes siempre encuentran la forma de no hacer caso.
Lo sabe // Lila María Feldman
Lo sabe.
La marea verde, y en ella todas las herencias de luchas emancipatorias y revolucionarias, lo sabe. Lo supo antes que todas nosotras. Lo sabía desde nuestras madres, abuelas, bisas, tataras, estaba hundido en sus manos y sus desesperanzas, sus magníficas supervivencias. La multitud feminista se expande en todo el mundo, y se expande en nuestros cuerpos, con su flujo de verdades incorporadas en nuestra memoria de sangre y de huesos. Es también la puesta en relación entre las urgencias y las voces de hoy, con toda una historia, millones de historias, de silencios. Todos esos ancestrales silencios, con sus represiones, clandestinidades y sufrimientos, regresan en la multitud, liberando tantas veces los deseos y existencias carnales. Y entonces el aborto, tanto como el deseo de no maternar (“el deseo de no poder, como el poder de no desear”) pueden dejar de ser tabú: pecado, condena, vergüenza.
Pienso en mis abuelas, sobrevivientes del hambre, el desamparo, la guerra. Ser madres fue algo que les ocurrió mientras peleaban por hacerse una vida, con poco o con nada. Pienso en esa cadena de roturas y orfandades que recorre para atrás y para adelante, la vida de tantas mujeres.
Mientras converso con Cristina Lobaiza, tratando de poner palabras a este tremendo desajuste entre cabeza y cuerpo, desajuste (ella lo nombra dislocación) que solemos experimentar ante cada acontecimiento revolucionario, pienso que la ley, tan deseada y esperada, batallada y tramada, igualmente nos demanda absorberla, absorber lo que esa verdad desde hoy significa y significará en nuestras vidas. La esperábamos y exigíamos, y de pronto, hoy, ya es nuestra. Ese magnífico estupor me dice, me cuenta, me pide enterarme que el desconcierto es mío y es nuestro, que esa memoria y novedad reclaman palabras.
El aborto reubicado en la legalidad y en el derecho, en el marco de los ejercicios posibles de la propia e inalienable libertad, es también el nombre. Lo que nombra hoy la posibilidad de visibilizar y reparar tantos de los “dispositivos de producción de sufrimento humano” (me acota Lobaiza aquí también, porque el feminismo está hecho de calles y conversaciones interminables) de este tiempo. De todos los tiempos. El que ha perpetuado por todos los siglos la intromisión en los cuerpos de las mujeres, adolescentes, niñas, de mecanismos de dominación, control, censura, desposesión, culpa. “Las industriosas faenas del dolor”, poetizaba Lobaiza, que los han atravesado, que han marcado el compás y ritmo de los posibles e imposibles para las mujeres desde el nacimiento hasta la muerte.
Las mujeres, desamarradas del confinamiento al espacio doméstico y de los ideales que la ligaban centralmente a funciones de maternidad y cuidado, y en caso de transgresión y desobediencia: ligadas a la “envidia del pene”, marcada así nuestra sexualidad por la cultura, también -a veces- por la herencia psicoanalítica cuando permanece intocada y sacralizada, fálicas en tanto nos armamos de potencia, “poco femeninas” en nuestros desvíos y corajes, venimos transformando ideales, identificaciones, trayectos posibles. Esos trabajos psíquicos y corpóreos de mujeres y disidencias, junto con el trabajo de deslindar masculinidad de dominación, no serían posibles sin las transformaciones que pulsa la multitud. No son búsquedas solitarias, no son luchas individuales y personales únicamente. Son en cada una de nosotras, y en todas.
Inscribimos y escribimos en nuestros cuerpos y en nuestras vidas que la libertad y el Derecho a decidir la propia vida, son ya un hecho irreversible. No ocurre muchas veces, pero si ocurre, tenemos que enterarnos, porque algunos acontecimientos resignifican y reescriben todo. Para adelante, y para atrás también.
Hoy festejamos lo que la multitud feminista pudo y puede, a finales de este singular año 2020:
hacer de la lucha, ley.
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El ensayo distingue entre habitar y gobernar. Cómo interactúan estos términos? Coexisten o viven en tensión?
Los podemos pensar como dos maneras de relacionarte y mirar la realidad. La del habitar intenta actuar y pensar desde dentro de las cosas, dentro de la situación que vives y captar lo que pasa. Habitar es el profesor que está en clase e intenta escuchar a los alumnos, ver por dónde van sus deseos, sus ganas, sus inquietudes, sus preocupaciones. Partir de ahí y no del plan previo: habitar es escuchar con el cuerpo lo que está pasando. Vale para la política y para todo. Gobernar sería lo contrario, tener un plan de lo que debe pasar y aterrizarlo en la realidad, hacerlo caiga quien caiga. Es como el profesor que tiene el plan de estudios y le da igual lo que pueda pasar. Gobernar es partir de un plan a priori, habitar es escuchar.
¿Quien gobierna ahora mismo no habita?
Yo creo que no. Me parece que puede haber tensión entre ambos términos. En el libro se piensa en algún momento que puede haber un especie de cruce entre ambas cosas. Pensemos en la gestión de la pandemia. Por supuesto, me parece menos malo Pedro Sánchez que la alternativa, la derecha. Pero Pedro Sánchez dice: hay que quedarse en casa. ¿Y la gente que no tiene casa? Hay que escuchar qué es lo que pasa para poder actuar en ello. Si no se tiene en cuenta que hay gente que no tiene casa, que tiene problemas de trabajo, que vive en una casa pequeña, o que tiene algún tipo de cuestión psíquica que te impide estar en casa… Gobernar es violentar la realidad, contiene algo de violencia, y el habitar parte de algún tipo de escucha: está esto, está esta gente, están estas necesidades.
En la gestión de la pandemia, como dice, está el ejemplo. En la obra se insiste en la necesidad de repensar el sistema. Tras la enorme crisis, ¿podemos estar en el mejor momento?
Creo que estamos en un momento muy difícil de pensar, estamos todos perplejos. Me parece que la manera de habitar la situación sería no pensar que lo que está pasando es nuestro enemigo, a pesar de los males del virus. Para mí, al menos, el virus son unas lentes a través de las que mirar la realidad. Nos está diciendo mucho de cómo es nuestro mundo. La idea de que estamos en una guerra contra el virus y hay que aniquilarlo es un relato que no me convence. Me parece que el virus muestra cosas de la realidad, de como están hechas las residencias de mayores o la privatización de la sanidad. ¿Y si usamos el virus para mirar de qué están hechas las cosas? La palabra Apocalipsis significa revelación. Se revela lo escondido. Estamos en un momento en el que, a través de lo que nos muestra el virus, podemos repensar la realidad y transformarla.
Ha delatado a España como un país totalmente dependiente a nivel económico.
Sí, eso es algo que podemos ver gracias al virus. La catástrofe tiene consecuencias horribles, pero es también un agujero que te permite mirar lo que la superficie te oculta: cómo funcionamos como sociedad.
En el libro se habla del estallido del movimiento 15-M, derivado del descontento con la clase política. ¿Cabe esperar una reacción social similar tras esta crisis?
Fallo como profeta más que una escopeta de feria. Creo que la historia siempre es lo imprevisto, el virus nos viene a demostrar eso: la sociedad creía tenerlo todo bajo control, y surge de repente la partícula más pequeña del universo y lo pone todo en cuestión, lo interrumpe todo. La historia es lo imprevisto. El control que podemos ejercer sobre el mundo y el día a día falla. Ojalá surgiera un 15-M de la pandemia, pero creo que sería muy distinto al que conocimos. No podemos gobernar lo que pasa o encajarlo en una idea previa. Habitar es estar abierto a lo que venga.
Se pregunta también si la revolución es deseable. A día de hoy, ¿somos una sociedad desmovilizada, en cuestiones como la lucha de clases, o hipermovilizada en lo referente a nuevos movimientos que están ahora en auge?
No sé si es buena idea hacer un contraste con el pasado. Puede ser que ese contraste ponga un umbral en las cosas con respecto al que siempre estemos por debajo. Hay una política que se basa en un modelo del trabajo que siempre tiene un punto de tristeza, porque nunca estás a la altura. Eso nos deprime, en todas las dimensiones de la vida. El modelo nos pone por debajo. Hay que pensar en una política sin modelos, partir de lo que está pasando. Estamos en un momento en el que somos huérfanos del imaginario de la revolución. El de la Revolución Francesa tiene una vitalidad muy fuerte en los dos siglos siguientes. Ese imaginario empieza a perder vitalidad en el siglo XX por el fracaso de los regímenes soviéticos.
Ese imaginario no se adapta a las consignas de la realidad. ¿No habita?
Sí, ya no funciona. Ahora la idea de tomar el Palacio de Invierno no tiene mucho que ver con lo que hacemos y somos. Hay dos opciones: una es tener nostalgia del padre y de la madre, quedarse enganchado. Eso sería intentar gobernar la realidad. La otra manera sería asumir nuestra orfandad: no como una pérdida, sino como una posibilidad que nos abre a repensar y reimaginar la revolución. La opción del libro es esta segunda: asumir activamente, no nostálgicamente, la condición de huérfanos de una revolución que no tiene apego a la realidad.
Cualquier forma de revisar la revolución tiene sus detractores. Desde dentro de la militancia, se tilda de posmodernidad los nuevos movimientos sociales. Desde los estratos conservadores son también reacios a estos avances.
Sí. Hay dos fuerzas en contra de esa idea, que intento esbozar en el prólogo de los ‘niños perdidos’. No como algo malo; son niños perdidos que se han desprendido de sus padres y pueden empezar una nueva aventura. Para mí, asumir nuestra orfandad es comenzar una aventura nueva. Las posiciones nostálgicas que describes intentan revivir aventuras que no son las nuestras, son las del pasado, con una idea de fidelidad que no comparto: la idea de que fidelidad es repetición. La fidelidad es inventar una nueva manera de habitar tú mismo, ser capaz de escuchar lo que pasa. Esa idea de militancia nostálgica que dice que todo lo que no es el modelo es posmodernismo, es anclarnos a la tristeza y no escuchar lo que ocurre.
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“Hablar de aborto es un desafío enorme”, dice Bashe Nuhem. Ella es feminista, comunicadora y realizadora audiovisual, integrante del pueblo Qom en Castelli, un lugar del noreste argentino conocido como “El portal del Impenetrable” (un extenso y alguna vez denso bosque nativo).
“Trabajo en una radio indígena y tejemos palabras junto con otras compañeras. Desafiamos a los hombres que no quieren que hablemos [del aborto]. Sigue siendo un tema tabú”, explica Nuhem. Cuando conversamos, la Cámara de Diputados de Argentina debatía un proyecto para legalizar “la interrupción voluntaria del embarazo” hasta la semana 14. Ahora el texto se encuentra en el Senado.
El aborto es delito en Argentina, con algunas excepciones en casos de violación o si la vida o la salud de la persona gestante corre riesgo. “Yo celebro esta discusión más allá del resultado, porque antes ni se tocaba el tema en las comunidades”, dice Nuhem, que integra el Frente de Trabajadoras de la Comunicación de Chaco y la Asociación Comunitaria Indígena de Comunicación.
Para ella, el proyecto que el Senado debe votar antes de que termine 2020 “ha posibilitado empezar a hablar de los abusos sexuales que sufrimos las mujeres indígenas… Me incluyo, porque yo también he padecido un abuso”.
Si bien es un tema tabú, continúa Nuhem, “siempre se ha practicado el aborto dentro de las comunidades”, a cargo de las comadronas. Con la deforestación y el daño ambiental, dice, “las comadronas van desapareciendo. Mis hermanas se atienden en centros clandestinos y, ya sabemos cómo es, muchas mueren”.
“Si se legaliza y se aplica la ley, no les va a solucionar la vida, pero va a ser un respiro”, argumenta. ”El aborto aportaría más salud a las hermanas”, dice.
Nuhem asegura que se oponen a la ley sobre todo “las iglesias y los hombres”, y describe cómo hombres indígenas postean en las redes sociales whipalas (emblema de pueblos nativos americanos) con pañuelos celestes, símbolo de la campaña contra la legalización del aborto.
“Entonces les pregunto: ¿leyeron el proyecto de ley? No. ¿Saben cuáles son los principales pedidos? No. ¿Entonces a qué se oponen? Muchos se molestaron conmigo. Me da mucha bronca porque sé que hay dirigentes indígenas que obligaron a abortar a sus mujeres. ¡Terminemos con la hipocresía!”.
Desde que el Congreso retomó el debate en noviembre, se han realizado muchas marchas del histórico pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, mientras quienes se oponen usaron el pañuelo celeste, como lo vienen haciendo desde 2018, y se manifestaron con el lema “salvemos las dos vidas”.
En El Potrillo, pueblo de la norteña provincia de Formosa casi en el límite con Paraguay, una columna de mujeres wichí marcharon contra la legalización del aborto, con sus largas y coloridas polleras, algunas con alpargatas, otras descalzas. No había pañuelos celestes, pero sí carteles y mucha polvareda de caminar la tierra seca con 43 grados de calor.
Esas mujeres wichí son parte del 2,4% de los 40 millones de habitantes de Argentina que se definen como integrantes de alguno de los 36 pueblos nativos reconocidos por el Estado, según cifras del censo de 2010, si bien las organizaciones indígenas critican ese dato porque aseguran que no se llegó a relevar todos los territorios.
Tujuayliya Gea, primera médica wichí de este país, dijo a openDemocracy: “No todas las mujeres wichí quieren acceder a métodos anticonceptivos o hablar si continuar o no un embarazo, porque son muy fuertes las lógicas de las iglesias. Hay que trabajar mucho en la educación y en el acceso a la información para que podamos decidir, como en cualquier lugar del país, si tener o no tener hijos o hijas”.
Gea estudió en Cuba, trabajó en Buenos Aires y hace unos meses volvió a trabajar con las comunidades de su territorio, Santa Victoria Este, en la norteña provincia de Salta. Allí viven unas 13.000 personas, 75% indígenas. Es también el epicentro de las muertes por desnutrición de niñas y niños indígenas.
“En mi pueblo nos morimos de desnutrición y no hay pozos de agua. ¿Cómo hablamos de derechos sexuales si no se difunden monte adentro? Cuando yo era chica, el hospital donde trabajo ya existía. Y nunca se hizo una ILE (interrupción legal del embarazo) hasta hoy”, dice Gea en referencia a los abortos con causales contempladas por el código penal.
“¿Por qué? Yo creo que ni siquiera la han negado. La gente no sabe que puede acceder a ese derecho. Es una forma de negar”, afirma.
“Es una fantasía”, agrega, “pensar que se legaliza el aborto y todo se soluciona. Obviamente, queremos que sea legal. Pero primero tenés que reformar el sistema sanitario; sacar a la iglesia y al patriarcado de las cabezas de los profesionales”.
“Caminemos juntas”
Argentina es un Estado laico, pero la activista mapuche y psicóloga social Irma Caupán Perriot, del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, observa que las instituciones religiosas actúan de manera decisiva contra los derechos sexuales y reproductivos en los territorios indígenas.
“Hay una iglesia que reprime, que codifica, que determina y condiciona. Nosotras todavía no podemos hablarlo libremente. Tiene que ver con siglos de violencia, opresión, invisibilización”, sostiene Caupán Perriot.
Su historia personal está marcada por esos desafíos. “Mi madre biológica tuvo un bebé muerto, lo enterró en su patio, como algo ancestral, y por eso fue presa. Después fue violada dentro de la cárcel, y de ahí nací yo. En ningún momento ella tuvo derecho a nada. Era pobre, era indígena, era mujer”.
Las mujeres indígenas, dice, “no somos respetadas para el parto ni para nada. La violencia y el genocidio se ejercen en nuestros cuerpos. Nuestras hermanas no tienen traductores. Si van a una ‘salita’ (policlínica), no entienden la lengua que hablan. Entonces tampoco las atienden. Las tratan como ‘indias’, como si no fueran personas”.
Otra propuesta para legalizar el aborto logró llegar hasta el Senado en 2018, donde resultó derrotada. Aquella vez, ninguna mujer indígena pudo tomar la palabra en el Congreso. En cambio, en los debates de este año, Edith Martiarena, comunicadora wichí de la radio La Voz Indígena de Tartagal, provincia de Salta, pudo decirle a los legisladores que las mujeres y niñas indígenas “sufrimos en carne propia las desigualdades de la pobreza” que “nos obligan a ser madres forzosamente”.
Bashe Nuhem, de la comunidad Qom en el noreste argentino, añade: “Aun dentro de algunos colectivos feministas, no nos dan mucha importancia. Les cuento de una hermana que fue violada y nadie responde. Nos debemos que nos escuchen. Abrazamos la lucha de todas las compañeras, criollas, gringas… Pero es hora de que también escuchen a las mujeres indígenas. No nos coloquen para la foto. Caminemos juntas”.
OpenDemocracy
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Mis refranes a favor del aborto por libre elección // Rita Segato
Los bebés de probeta –fertilización in vitro- son descartables. No hay control claro sobre el destino de estas “vidas”. Por lo tanto, la ley legisla/habla sobre el cuerpo de la mujer que carga el embrión y no sobre el embrión. Esto prueba fehacientemente que la criminalización del aborto es una ley AD FEMINAM y no sobre la vida. Gran inconsistencia jurídica: hipercriminalización del aborto y vacío jurídico cuando los embriones están en probetas. ¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Por qué no dejan en un vacío jurídico el tema del aborto?
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El pañuelo azul y el pañuelo verde no son análogos: el azul impone a todos su creencia (que un embrión sin ningún grado de autonomía física o de consciencia es una persona), mientras el verde permite una decisión democrática: permite la pluralidad de creencias y conciencias. Se trata de sistemas de creencia y no de ciencia.
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Al respecto de la objeción de conciencia de los médicos: cabe sospechar que resulta de un resquemor con relación al prestigio adquirido por la profesión: “¿ahora tendremos que rebajarnos a hacer el trabajo que siempre estuvo en manos de parteras aborteras?”. Después de que una testigo amiga de la familia me contó que un célebre ginecólogo objetor de conciencia cordobés había realizado un aborto en su propia hija, al margen de que la historia me causó intensa náusea moral, pasé a sospechar que el escrúpulo “de conciencia” no es tal, sino muy otra cosa: o un escrúpulo de clase o, también, la protección de una fuente de ingresos por abortos clandestinos cobrados a precio de oro a las mujeres pudientes.
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La ley que criminaliza el aborto no tiene eficacia material porque no ha obtenido eficacia simbólica, es decir, persuasiva. La práctica del aborto continúa intocada por la ley. Las personas con recursos viajan a países en que pueden realizar un aborto seguro y legal, o pagan para hacerlo en una clínica clandestina, siempre cara. Quien no tiene recursos sufre físicamente –porque moralmente sufrimos todas-, y en no pocos casos se enferma y muere. Esto demuestra claramente que la ley está muy lejos de tener una relación causal y determinante de los comportamientos. Solo si persuade y disuade, es decir, si tiene eficacia simbólica, consigue la eficacia material. Y la ley contra el aborto nunca jamás accedió a esa condición sagrada de la ley: su función pedagógica, su capacidad de convencer de que lo que su letra dice tiene sentido.
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Nos damos cuenta de que la ley habla, en primer lugar, de quien tiene la potestad de escribirla. O sea, presenta y representa, exhibe el retrato de quien escribe las leyes en un país. En este caso, les parece de fundamental importancia situarse en la plataforma de poder determinar lo que nos sucede a las mujeres. La ley es una forma más del espectáculo de poder/dominación/dueñidad sobre el cuerpo de las mujeres.
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Las curias, las gerencias eclesiales, por ejemplo, quieren dejar claro que la Montblanc que escribe las leyes todavía está en sus manos. Siguiendo esa lógica, muchachas en la calle haciendo bullicio “no tienen autoridad para escribir una ley”.
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Este es un tema de violencia, poder, dominación y dueñidad sobre las mujeres. Les usurpa la soberanía sobre su propio cuerpo y destino. Y ese es el sentido y significado de esta maldita persecución. La hoguera de las brujas y su barbarie inquisitorial es la ley antiaborto del presente.
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Imitamos a los países europeos en todo. Somos colonizados y eurocéntricos. Pero no en lo que deberíamos imitarlos. Lo que merece imitación, justamente, queda fuera de la copia. Habría que preguntarse seriamente ¿por qué? ¿De dónde emana nuestro atraso?
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Obligar a una mujer a tener un cuerpo extraño, no deseado, dentro de sí, es una experiencia idéntica a la de una violación. Pero la peor de todas las violaciones: una violación de Estado. “Sáquenme esto que me puso adentro el viejo” había dicho la niña tucumana de once años que fue obligada a gestar y parir, luego de ser violada por el novio de su abuela. “Sáquenme esto de adentro” dice la mujer violada.
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Imaginación radical para crear un mundo Común // Brian Kreschuk
“Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes” de Silvia Federici, merecería un poco más que la simple descripción de sus contenidos o el formato clásico de una reseña. Nos enfrentamos a un documento abierto que tiene como intención cardinal presentarnos una serie de coordenadas programáticas y estratégicas, apoyadas en más de 30 años de estudios sobre las transformaciones generales del capital, la tierra, el trabajo, y las mujeres, desde su experiencia en África, América Latina y los Estados Unidos. Los artículos de este libro nos proponen un camino de salida, una contrafigura al imperio de las mercancías a través del principio político de lo común y el feminismo. Es por ello casas cooperativas, la defensa de experiencias económicas basadas en la agricultura familiar, todo el bagaje político-organizativo del feminismo popular, el reconocimiento del propio cuerpo, la capacidad reproductiva y de romper con los velos de la división entre lo público y lo privado que somete a las mujeres en la gratuidad del trabajo doméstico, se han generado las formas organizativas más radicales de los últimos treinta años.
La tesis que sostendrá el cierre del libro luego de una serie de debates con algunas ideas del Marxismo, especialmente aquellos pasajes en donde le atribuye a la tecnología un papel liberador, es que las luchas comunes por la reproducción de la vida serán el terreno central de nuestro futuro inmediato, la zona cero de la revolución. Reconociendo una crisis de reproducción expresada en el deterioro ecológico, el dominio sobre los cuerpos y el desencantamiento, son lo comunes los que pueden construir un nuevo escenario para la reproducción, resignificando la experiencia de vivir, la relación con los otros y el vínculo con la naturaleza. Y no desde la nostalgia o la búsqueda de un retorno a la ancestralidad comunal, sino en la búsqueda de un destino diferente para la humanidad desde la solidaridad, la cooperación y el autogobierno.
A modo de cierre
Existen tres elementos con los cuales podríamos aportar al debate con Federici: Sobre los significados de lo “común”, sobre el principio específico de lo común y sobre la idea de propiedad comunal.
En primer lugar el uso indiscriminado de lo común, bienes comunes, el bien común y lo comunal como partes de una visión integrada en el principio político confunde al lector dificultando diferenciar entre el aspecto político en términos de principio, el aspecto moral con la idea de “el bien común”, el aspecto económico mercantil con la idea de “bienes comunes” y la forma institucional de lo común en lo “comunal”. Podríamos preguntarnos ¿En qué momento pasamos desde la defensa del “bien” a la creación del común? Y en esta misma reflexión ¿Es la categoría de “bien” heredada de la visión mercantil de las cosas apropiada para describir lo que es común?
En segundo lugar, a la hora de explicarnos lo que se entiende por principio político de lo común encontramos pocas definiciones.
Federici apoyada en las recomendaciones de Massimo de Angelis establece una serie de criterios para definir los comunes. Lo central pasa por la generación de prácticas de autogobierno, en el marco de una comunidad compartida, que se basen en la cooperación y el beneficio sobre la propiedad compartida, que toma la forma de riqueza social. Luego da una serie de coordenadas como el acceso equitativo de los medios, contribuir a la generación de nuevos modos de (re)producción o la generación de códigos de derechos y obligaciones de los comuneros. Sin embargo, no encontramos en ningún momento una definición clara de lo que se afirma por principio político. Si entendemos por principio aquello hace existir desde el momento cero a lo común Silvia solo nos arroja un conjunto de características que hacen a lo común y a los comunes que ya han sido establecidos. Sin embargo, la cooperación y la coobligación en el marco de una comunidad compartida garantizando el derecho de uso a los comuneros podría destilarse para pensar el principio de la actividad de institución.
Por último, el problema más profundo que nos arroja el estudio del libro y que nos empaña a la hora de pensar lo común como forma organizativa diferente a las lógicas del capital, es la idea de propiedad comunal que tiene Federici.
Si algo ha logrado el neoliberalismo es establecer un modo vida basado en la posesión individual como elemento característico de la existencia. Tener cosas, o la noción de poder tenerlas guía la lógica expansiva de la propiedad. El mundo y sus riquezas medidas en términos de bienes o cosas adquiribles que pueden ser apropiables actúa como razón de base.
Silvia cuando debe hacer la diferencia entre propiedad privada y propiedad estatal lo tiene claro. La propiedad Estatal es un tipo especial de dominio privado, sin embargo la propiedad comunal pareciera tener una naturaleza diferente. La pregunta ante esto es ¿Es la propiedad comunal de Federici el resultado de la delegación individual de un tipo de propiedad privada o es la propia inexistencia de la propiedad individual en las comunidades lo que constituye el común? Si es la segunda, ¿Porque seguir hablando de propiedad, que guarda en su lógica la posesión individual, y no darle paso a un común desde lo inapropiable y el derecho de uso?
Para terminar, nada parece más acertado en estos tiempos de desesperanza y donde algunos nos sentencian un destino irrevocable de extinción, que Reencantar el Mundo. Reencantarlo en la solidaridad, en la negación de la propiedad, en el cuidado del humano, de los animales y de la naturaleza en su conjunto. Recuperar de esos movimientos en curso donde la vida se reconcilia diariamente con la existencia de una nueva institucionalidad, los motivos para seguir, la imaginación radical para crear y las armas para luchar por un mundo Común. Ese mundo que muchos llevamos dentro de nuestros corazones y que sin duda está creciendo en este instante.
Nos falta // Diego Valeriano
Nos falta su magia, esa manera de plantarse, de decir no, si, a veces, siempre, perdón. Eso nos falta. Un mes, un instante, un suspiro, algo que se fue para siempre. Eso que nos dio, eso único, fundamental en nuestras pobres vidas. La manera de gederla, la gilada, la pelota, todas esas noches sin dormir, las encerronas, los teléfonos que suenan y el departamento de Caballito como todo llanto. Sus gestos amorosos, su violencia, su cuerpo siempre cargado de imágenes del futuro. Afectos y hábitos propios de él, una percepción y una sensibilidad, unas capacidades y unas intolerancias, una forma de segundeo y la desmesura sin forma. Las lágrimas que nunca paran, el abrazo, los escrachos en todas las pieles de los guachos y un rumor de que algo va a pasar. Guerra, fiesta, revuelta, encuentro, saqueo. Nunca policía, nunca ortiba, nunca en patrullero señalando la vida de los demás. Nunca tuvo un cuaderno botón donde anotar las deudas, pero le saco la ficha a todos. Escapó siempre a la manija insaciable de juzgar que recorre las canchas, la tele, los posteos, la militancia. Nunca cómodo en este mundo careta, frívolo y vigilante. Su magia, su risa, esa manera de insistir, esos ojos duros, ese abrazo fiesta, ese meneo, esa ensoñación de escabio y pasta. Su forma de ser, eso que nos dio y ahora no sabemos cómo usarlo, su prepotencia, su vida, que ya no está, que no tenemos. Con su andar nos enseñó no tanto a imaginarnos seres mejores, sino más piolas. No tanto vivir dos vidas, como vivir intensamente la única vida que hay. No tanto huir hacia un mundo distinto sino a estar en una. Huyo siempre de ese juicio permanente que nos gana a diario, de ese dedo señalador, de esa ficha que siempre se nos activa, de los roles establecidos de antemano que fijan vidas. Siempre supo en la que se metia. Un mes, un instante, esto que es para siempre. Nos falta el Diego, sobran los vigilantes.
“Este país no es un país de mercenarios” // Julio César Guanche
En esta entrevista, el investigador y ensayista se refiere al Movimiento San Isidro y la noche del 27 de noviembre, hitos de la movilización de intelectuales y artistas cubanos por las libertades de expresión y creación en la isla. “Hay muchos motivos para el pesimismo en y sobre Cuba”, reconoce. “El optimismo en el que puedo creer es el que provenga de la sabiduría patriótica colectiva cubana”.
Por Faride Zerán
El 27 de noviembre último (27N), centenares de jóvenes protagonizaron en La Habana una inédita manifestación frente al Ministerio de Cultura como reacción ante el desalojo de un grupo de huelguistas de hambre del Movimiento San Isidro (MSI), una organización cultural que agrupa a artistas y creadores, algunos de los cuales se congregaban en su sede en protesta por la detención del rapero Denis Solís.
El acto, que congregó a más de 300 personas que pedían dialogar con las autoridades, exigiendo libertad de expresión y de creación, concitó el apoyo de figuras como la del músico Silvio Rodríguez, la presencia de cineastas como Fernando Pérez y Ernesto Daranas, y de actores como Jorge Perugorría, entre otros artistas e intelectuales que son parte del proceso cubano y que esa noche manifestaron públicamente su respaldo ya sea al movimiento o a la necesidad de dialogar.
Así, en las redes de Ernesto Daranas se podían leer frases como “el gobierno no es la Patria, pensar diferente al gobierno no es ser un traidor a Cuba y ceder frente a la intimidación es someterse a los intransigentes que han frenado los cambios que el socialismo cubano ha demandado”.
Entre estos artistas e intelectuales que se enfrentaban a la intolerancia de los burócratas de turno —o de “los burros”, como les decía en su cara el intelectual cubano ya fallecido, Alfredo Guevara, quien les enrostraba la frase “la revolución es lucidez”—, estaba el jurista e historiador Julio César Guanche, 46 años, doctor en Ciencias Sociales, profesor de la Universidad de la Habana por una década y visiting scholar y visiting professor en Harvard University, Northwestern University (Illinois) y Max Planck Institute for European Legal History (Frankfurt).
Guanche, quien trabajó por años en la Casa del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y ha publicado varios libros, no habla desde Miami, o desde quienes quieren derrocar al régimen cubano. Él, como tantos, asume que la crítica, el diálogo y la defensa de todas las libertades no pueden limitar con Miami sino con la esencia de toda revolución si de verdad -como decía Alfredo Guevara- “la revolución es lucidez”.
F.Z.—En un texto publicado en tus redes sociales titulado “La Cuba de anoche”, donde narras la manifestación frente al Ministerio de Cultura, escribes: “tenemos la obligación moral de entender la Cuba de anoche como algo que en ningún caso se trata de ‘una pandilla de contrarrevolucionarios haciendo causa común con terroristas’. El que sostenga y aliente esa narrativa tiene que saber que es culpable de proponer el escenario de futuro más horrible que podríamos tener por delante: el que asegura el espacio de ‘nosotros’ contra los demás”. Ese deseo no se está cumpliendo, pareciera que el Gobierno estaría cerrando filas en contra de los manifestantes y quienes los apoyan. Desde una óptica general, ¿qué está pasando en Cuba?
—La situación tiene algo de inédita y su origen puede leerse en varias claves. El actual escenario cubano expresa el cambio generacional, social y cultural que experimenta Cuba desde hace años. Expresa cómo la sociedad cubana comparte problemas y promueve agendas que están interconectadas con el entorno internacional, como lo son temas de derechos políticos y civiles, y demandas de clase, raza y género.
Ninguno de los que estuvo el 27N frente al MINCULT nació ese día a la vida política en Cuba, como tampoco los que protagonizaron las protestas del Movimiento San Isidro. Se trata de sujetos emergentes que no son iguales entre sí, pero comparten demandas que, en varios casos, son transversales. Estas, me parece, no se pueden reducir a una sola posición de izquierda o de derecha, y menos a la de “revolucionarios versus contrarrevolucionarios”.
Muchos de los presentes en el MINCULT estuvieron también en mayo de 2019 en la primera marcha independiente convocada en Cuba a favor del orgullo gay. Otros habían participado por años de un largo y problemático proceso de negociación con el Estado cubano en torno a la libertad creativa y el reconocimiento del cine independiente. Otros tienen militancia en organizaciones opositoras que niegan toda legitimidad al Estado cubano.
Unificar toda esa diversidad en una sola etiqueta no arroja luz sobre la situación.
En otros contextos, la diversidad de esas demandas ha encontrado representación en movimientos sociales o articulaciones gremiales autoorganizadas. Hasta el momento, todas esas formas son inexistentes en Cuba, un país cuya política oficial se sigue manejando en términos de partido único “de vanguardia” con el apoyo de “las organizaciones de masas”. En ello, ese discurso entiende que “revolucionario” es primariamente el hecho de participar de ese esquema.
Es muy peligroso unificar toda diversidad que pretenda expresarse fuera del Estado —o en combinaciones de dentro y fuera del mismo— como contraria al sistema político del país. Hacerlo es construir un arco “enemigo” que forme un espectro de casi 180 grados (izquierdas, derechas y variantes de cada una de ellas) a partir del hecho de recurrir a espacios de demanda y circulación de discursos alternativos a los aprobados por el Estado cubano.
Por ello, entiendo que lo que está sucediendo en la isla expresa el agotamiento, o al menos los gruesos límites, de los cauces de representación ofrecidos por el sistema político cubano y sus instituciones. En ello, aparece la pregunta por cuáles son las “mayorías” en Cuba, y sobre todo la pregunta de mayorías para qué. Es un hecho que una abrumadora mayoría aprobó la actual Constitución (2019) con el sistema socialista que consagra, pero es difícilmente aceptable que mayorías defiendan, por ejemplo, la política de construcción masiva de “enemigos” que, en nombre del “socialismo”, tiene consecuencias nefastas en términos de difamación, privación de puestos de trabajos por motivos ideológicos, recorte de derechos y exclusión política.
La actividad de la administración estadunidense para “capturar” la actual coyuntura a su favor se inserta en la larga historia de agresiones de ese régimen político contra Cuba y forma parte de la ecuación de análisis del presente. De hecho, en medio de la crisis de San Isidro y del 27N, la administración Trump ofreció grants por un valor de 1 millón de dólares para apoyar iniciativas de la sociedad civil frente al régimen político cubano. No es una cifra aislada: se suma a la de al menos 67 millones que en los últimos cuatro o cinco años han sido destinados a programas orientados a lograr la “libertad” de Cuba.
Ahora bien, el Estado y la sociedad cubanos, y todos los actores comprometidos con la soberanía nacional, tienen el compromiso de denunciar ese tipo de interferencia a la vez que el de reconocer la existencia de un espacio legítimo de confrontación dentro de Cuba. Ello debe llevar a identificar como manipulación política, de una moralidad inaceptable, el hecho de reconducir toda crítica realizada en Cuba a la “dependencia de la agenda imperialista”. No hacerlo forma también parte del agotamiento de los cauces de representación ofrecidos por el sistema político cubano y sus instituciones.
F.Z.—Entonces, ¿no es una cuestión exclusivamente cultural lo que está en discusión? ¿Qué más crees que forma parte de esta coyuntura?
—La situación tiene un componente central de demandas de artistas e intelectuales, vinculadas a exigencias de libertades de expresión y de creación. Sin embargo, la “sentada” frente al MINCULT del 27N se comunica también con otros problemas nacionales. Esa es una clave para entender por qué la protesta de San Isidro, y luego la del MINCULT, se esparcieron del modo en que lo hicieron, más allá de las diferencias entre ellas, hasta llegar a convertirse en un tema de conversación nacional y de atención internacional.
Entre esos problemas nacionales se encuentran las preocupaciones y las contestaciones frente al rumbo económico tomado por el país, con el aumento de la pobreza y la desigualdad, la enorme carestía de la vida cotidiana y la abrumadora dificultad para resolver carencias de primeras necesidades. Esos problemas enfrentan un amplio campo de críticas frente al ritmo de la toma de decisiones económicas por parte del Estado y al perfil de varias de las medidas que ha adoptado, como por ejemplo la inversión, muy desproporcionada, en materia turística en detrimento de la inversión en agricultura y de la producción nacional de alimentos.
Lo sucedido frente al MINCULT expresa también la toma de conciencia y la elaboración propia de un lenguaje de derechos y de repertorios de contestación hasta hace poco desconocidos en Cuba. Confirma el desplazamiento de la oposición tradicional —que nunca estuvo en el centro del escenario— y hace más visible una nueva zona crítica, parte importante de la cual no se identifica como “disidente” —etiqueta que otorga un margen de maniobra muy controlado por el Estado—, al tiempo que posee una visión cuestionadora del desempeño estatal.
Esta es una zona que sí puede ganar enorme protagonismo en el debate y la construcción política nacional, y es la razón por la cual la maquinaria propagandística más conservadora de la ideología cubana la ha tratado de reducir, de modo delirante, a la condición de “mercenarios” o personas al servicio de la CIA.
F.Z.—¿Qué tiene de diferente lo que ocurrió el 27 de noviembre con otros momentos o situaciones donde el Gobierno ha sido interpelado a través de manifestaciones populares ¿Qué hace tan singular esto? ¿Cómo proyectas este momento político en Cuba hoy?
—En concreto, lo que ha pasado después del 27 de noviembre tiene de “más de lo mismo”, a la vez que posee también novedades.
Por un lado, la situación actual viene de un contexto en que ya se estaban usando prácticas difícilmente legales de detenciones exprés, interrogatorios por parte de la Seguridad del Estado e imposición de multas sobre la base de muy dudosos fundamentos legales contra personas no sólo “disidentes”, sino también contra aquellos con perfil crítico pero sin causa jurídica alguna contra sí. Ahora, además, se han reiterado prácticas abiertamente ilegales de control de movimientos (arrestos domiciliarios a personas sobre las que no pesa causa pendiente) y de privación de comunicaciones (retirada selectiva de los datos móviles a personas específicas del servicio de telefonía y acceso a internet). Lo antes dicho ha ocurrido lo mismo con personas relacionadas con el Movimiento San Isidro como relacionadas con el 27N.
También ha existido, en parte, cooptación estatal de iniciativas autónomas de izquierdas, básicamente juveniles, como lo ocurrido con la cobertura mediática realizada sobre la “Tángana” del Parque Trillo. Asimismo, se han realizado reuniones con público selectivo —con invitaciones de “a dedo”— para tener encuentros con las autoridades culturales del país y afirmar que así se continúa el diálogo prometido el 27N. (Mientras tanto, no es raro que varias de las intervenciones producidas en ese tipo de encuentros hayan mostrado agendas en común con el 27N). Además, han ocurrido intentos de “asesinatos de reputación” en los medios estatales contra personas con perfil crítico, a las que se acusa sin prueba alguna ni derecho a réplica de estar subordinados a agendas externas de subversión contra Cuba.
Todo esto es “más de lo mismo”.
Sin embargo, también hay novedades. Instituciones oficiales, como las secciones de la UNEAC y de la AHS de la Isla de la Juventud, intervinieron en el debate con una imaginación muy diferente a la que usaron los medios estatales para impugnar todo lo relacionado con el 27N. Iniciativas de izquierda, como el proyecto La Tizza se opusieron a permitir “que la espontánea iniciativa de un grupo de compañeros sea secuestrada por los temerosos custodios de una fe que consideran feudo…” y convocaron espacios de reflexión sobre la democracia socialista en instituciones oficiales —como el Instituto Juan Marinello, un viejo bastión del pensamiento crítico dentro del país. Organizaciones de la sociedad civil cubana reconocida por el Estado, como el Centro Martin Luther King Jr., declararon a favor de la necesidad del “diálogo enfocado en el bienestar colectivo, en la inclusión, en la cooperación, para recrear un proyecto de justicia, equidad, paz, dignidad y libertad.” A la vez, están naciendo nuevos proyectos de articulación ciudadana, como “Articulación Plebeya”, comprometidos con la soberanía nacional a la vez que con la democracia política, social y cultural para Cuba, al tiempo que se multiplican cartas y declaraciones sobre la actual situación, que con diversos perfiles ideológicos, movilizan opinión y alianzas (entre ellas, cartas de residentes en el exterior, cartas de académicos, declaraciones de feministas, etcétera). En todo esto, hay novedades.
Para mí, lo más nuevo que estamos viviendo es que la política —entendida como demanda por crear el orden y no sólo como el hecho de participar del existente— ha irrumpido en Cuba de modos que resultan para muchos no acostumbrados. Esos modos también “han llegado para quedarse”.
F.Z.—En esa línea, ¿por qué valores esenciales como los que contiene la libertad de expresión pueden estar reñidos con la revolución? ¿Acaso las izquierdas no deben ser esencial e irreductiblemente libertarias?
—Permíteme repetir algo que escribí al día siguiente de esa noche frente al MINCULT: “Este país, y el país de anoche, no es un país de mercenarios. Lo que sucedió ayer fue todo lo contrario. Viví miedo y alegría, viví solidaridad, viví ayuda mutua concreta, vi a gente conversando normal en medio de todo. Esos son valores revolucionarios. Cuando salieron los que estaban en la reunión, y se dijeron palabras que nunca se habían dicho así en público, en un recinto público, vi respeto y vi esperanza. Esa esperanza es sobre Cuba, sobre el mejor futuro del que somos capaces. El futuro que nos merecemos. El que quiera pensar que es solo sobre San Isidro, puede hacerlo, pero se equivoca. El que sienta que debe defender “la revolución” contra lo que sucedió ayer, que lo haga, pero también se equivoca. La Revolución no está en un lugar, en un parque, en un acto. Está donde quiera que haya convicción moral por la justicia y pasión política por la libertad”.
No hay contradicción entre defender la libertad de expresión y la revolución. Más bien, es lo contrario. Sin defensa de los derechos universales, sin compromiso con su carácter interdependiente, sin lucha para hacerlos social y políticamente accesibles para todos, no hay revolución posible ni deseable. Las izquierdas cubanas que no afirmen que la democracia —entendida como capacidad de producir libertad y justicia en lo político, lo social y lo cultural, y no sólo como un recurso institucional para el manejo de lo político— es el camino de nuestras soluciones, están haciendo un pésimo “favor” a la revolución, o incluso están, peor aún, oponiéndose a ella.
F.Z.—¿Es optimista Julio César Guanche con el futuro de su país?
—Déjame, por favor, volver un poco al principio. Te decía que el cambio generacional, social y cultural experimentado por la sociedad cubana no encuentra espacio en la forma de hacer política en el país. No se trata sólo de la edad de los actores institucionales, sino de cuáles son los códigos que manejan.
Esos códigos mezclan nuevas y viejas ideas en un todo que se parece más a la necesidad de acomodar entre sí las distintas imaginaciones de los sectores con más poder en Cuba. Entre ellos, algunos son muy conservadores y otros más “modernizantes”, pero conviven entre sí sin dar muestras públicas de sus divergencias y sin hacer visible frente a la ciudadanía que sus conflictos son una clave de la toma de decisiones actuales, que pasa por “los peligros que enfrenta el país” pero también por la lucha interna por controlar poder.
En lugar de ese complejo de ideas y prácticas contradictorias entre sí —en la que algunos han visto una manera de traducir a la cubana la idea de “un paso adelante y dos atrás”—, debería poder visibilizarse un esfuerzo consciente de elaborar un renovado horizonte de futuro para el país que ofrezca esperanza y confianza. Sin ambos —esperanza y confianza— es muy difícil producir optimismo.
En concreto, algunos contenidos del discurso oficial apuntan hacia adelante. La consagración del Estado socialista de Derecho y la provisión de nuevos derechos y garantías en la recientemente aprobada nueva Constitución (2019), es parte de ello. Ese hecho toma conciencia de que la clave de renovar la hegemonía en Cuba no pasa por la legitimidad del liderazgo histórico —que en 2021 abandonará el escenario definitivamente tras el próximo Congreso del Partido Comunista, contando ya con más de noventa años de edad —, sino en la calidad de su desempeño institucional y en su capacidad para producir justicia social y generar inclusión política.
En sentido contrario, otros contenidos del discurso oficial apuntan hacia atrás. Se mantienen formas discursivas y organizativas hace mucho tiempo agotadas, que poco o nada tienen que decir a muchos actores de la renovada sociedad cubana. Por ejemplo, la pretensión de reconducir toda la agenda de demandas hacia el cauce de las instituciones existentes, sin reconocer la trayectoria de desgaste que poseen, junto a la gran dificultad existente para crear nuevas formas asociativas, la recuperación de “actos de repudio” para contener la protesta —entre otros recursos que muchos consideran desde hace tiempo inaceptables—, y la pervivencia de discursos sobre el “derecho de la revolución a defenderse” que desconocen el marco constitucional que el propio Estado califica de revolucionario y al cual está obligado como requisito primero de su legitimidad.
Soy, en verdad, poco optimista sobre nuestro futuro. El optimista puede ser un pesimista bien informado, dice una vieja frase. Gramsci hablaba del pesimismo de la razón frente al optimismo de la voluntad. Desde la razón, hay muchos motivos para el pesimismo en y sobre Cuba. Desde la voluntad, el optimismo en el que puedo creer es el que provenga de la sabiduría patriótica colectiva cubana.
De poder abrirse paso ella en esta situación —lo que significa la apertura y el desarrollo de espacios para su organización y su expresión tanto como la extensión de los diálogos que pueda establecer con el Estado y consigo misma—, es de donde puede provenir el optimismo deseable, el que es sinónimo de lucidez, el que entiende que la revolución es el camino abierto a la esperanza de que una Cuba mejor, también, es posible.
Faride Zerán
El año de la pandemia represiva // Revista Cítrica
Cuando Alberto Fernández asumió la Presidencia de la Nación, hubo un anuncio que pareció sepultar los cuatro años de la doctrina represiva sostenida por el macrismo como política de Estado. “Debemos escapar a la lógica del gatillo fácil y justificar las muertes por la espalda”, expresó el mandatario secundado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, y recibió un aplauso que bajó desde distintos rincones del Congreso Nacional. Aquel 10 de diciembre de 2019, cuando la pandemia no era un tema instalado en la agenda local, las palabras de Fernández trajeron cierto alivio. Pero transcurrido el primer año de gestión – con el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) y las medidas oficiales motivadas por el COVID-19 -, el rol represivo del Estado no ha variado demasiado: las fuerzas de seguridad se cobraron una vida cada 20 horas en la Argentina entre el anuncio de Fernández y el 19 de noviembre de 2020. El Informe de la Situación Represiva Nacional, que presenta desde hace 24 años de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI), aporta los datos actualizados al año de la pandemia: hubo 411 asesinatos estatales (a razón de 1,19 muerte por día) durante el primer año del Frente de Todos, de los cuales 348 ocurrieron después del inicio de la cuarentena (20 de marzo) y 63 previamente.
Así, el histórico Archivo de Casos de Personas Asesinadas por el Aparato Represivo del Estado de la Correpi acumula 7.587 muertes desde el inicio de la democracia hasta hoy, considerando que a la cifra de 2019 (7.091 casos acumulados) se le suman los 411 registros de 2020 y 85 casos de años previos que fueron incorporados en la reciente actualización.
La excepcionalidad de la cuarentena (con circulación limitada de la población, estrictos controles sanitarios y despliegue de las fuerzas de seguridad en los barrios), lejos de menguar el saldo mortal que ha caracterizado a los diversos gobiernos democráticos de las últimas décadas, agravó el control sobre la ciudadanía dando lugar a arbitrariedades y abusos de autoridad.
Tal vez los casos más aberrantes y resonantes hayan sido las desapariciones forzadas seguidas de muerte de Facundo Astudillo Castro (Mayor Buratovich, Buenos Aires, 30 de abril) y Luis Espinoza (Monteagudo, Tucumán, 15 de mayo), pero el mismo destino les tocó también a otras dos personas que no tuvieron tanta prensa: Carlos Orellano (Rosario, Santa Fe, 23 de febrero) y Francisco Cruz (Florencio Varela, Buenos Aires, 15 de mayo).
Si bien la Doctrina Chocobar impulsada desde el Ministerio de Seguridad por Patricia Bullrich en el período anterior dejó las cifras de asesinatos estatales más altas en democracia (1.831 muertes, a razón de una cada 18,34 horas y un promedio de 1,31 asesinatos diarios), el primer año de Gobierno de Fernández sostiene el piso de una vida humana que se pierde por día a raíz del aparato represivo. Por eso la consigna del Informe 2020 de Correpi grita: “Las necesidades del pueblo son esenciales, ¡la represión no!”.
La escena del crimen
El año de la pandemia confirma la regularidad histórica del archivo represivo en cuanto al contexto de las muertes, con el ítem “cárcel, comisaría o bajo custodia” en primer lugar. Se registraron 272 casos (66,18%) en lugares de encierro, con la particularidad –según el informe de Correpi– de que después de muchas décadas se registraron muertes en unidades penitenciarias causadas por disparos de arma de fuego de integrantes del servicio contra personas presas desarmadas.
Las víctimas fueron Federico Rey en Florencio Varela, José Candia en Corrientes, Marcelo Montenegro y Dardo Yapura en Jujuy, todos fusilados en la represión a los reclamos y protestas por la falta de respuesta oficial a la crítica situación en las cárceles.
Las otras modalidades de asesinatos son: gatillo fácil (103 casos, 25,06%), muerte intrafuerza o intrafamiliar (17, 4,14%), otras circunstancias (12, 2,92%; aquí se incluyen las desapariciones forzadas) y causa fraguada o consecuencia de otros delitos (7, 1,70%).
En cuanto a la participación de las distintas fuerzas, el ranking está integrado por: Servicio Penitenciario (237 casos, 57,66%), policías provinciales (120, 29,20%), Policía Federal Argentina (22, 5,35%), Policía de la Ciudad (22, 5,35%), otras fuerzas (6, 1,46%), Gendarmería Nacional (3, 0,73%) y seguridad privada (1, 0,24%).
Los registros de Correpi incluyen además los femicidios, es decir, los asesinatos cometidos por represión estatal con componentes de violencia machista y patriarcal. Los dos primeros casos registrados se remontan a 1992 y desde entonces el índice ha sido creciente, hasta llegar hoy a 389 femicidios sobre un total de 671 víctimas mujeres. Esa cifra convierte a los femicidios de uniforme en la primera causa de muerte de mujeres a manos del aparato represivo estatal.
También se han registrado 46 femicidios relacionados, es decir, hijxs u otrxs familiares o personas cercanas a la víctima asesinada en contexto de violencia machista, ya sea para castigar a la mujer o cuando intentaron defenderla. Casi un tercio de los femicidios relacionados tienen niños y niñas como víctimas.
Propuestas contra la represión
En su informe 2020, Correpi incluye una agenda antirrepresiva con medidas urgentes que debería adoptar el Estado para revertir el saldo mortal de cada año.
Detenciones arbitrarias:
*Cumplimiento de la sentencia de la Corte IDH en el Caso Bulacio vs. Argentina, del 18/09/2003, que ordenó la derogación de todas las facultades normadas y la eliminación de todas las prácticas no normadas de las FFSS federales y locales para detener personas fuera de las hipótesis constitucionales y de los convenios internacionales de orden judicial previa o delito flagrante.
*Cese inmediato del permanente y sistemático hostigamiento a las personas que se ven obligadas a sobrevivir con tareas precarias en la vía pública, como la venta ambulante, el arte callejero o servicios como el cuidado de autos, limpieza de parabrisas, etc.
Legislación y justicia:
*Derogación de las reformas regresivas que se llevaron adelante en los últimos años en toda la legislación represiva nacional, de las provincias y de la Ciudad, y de las incorporadas al Código Penal por las leyes antiterroristas entre 2004 y 2010.
*Retiro inmediato del proyecto de reforma del Código Penal elaborado por la comisión presidida por el juez Borinsky, revisado y presentado por el Poder Ejecutivo en marzo de 2019 en el Senado, que incrementa la criminalización de la pobreza y la protesta, consagra la impunidad de los represores y universaliza la prisión preventiva.
*Derogación del Decreto 489/2019 que creó el RePet (Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a actos de terrorismo y su financiamiento).
*Anulación del DNU 70/2017 que habilita la deportación exprés de migrantes.
*Derogación de la Resolución Nº 144/2020 del Ministerio de Seguridad que establece el protocolo de actuación para que las fuerzas de seguridad hagan «tareas de prevención» (espionaje) sobre plataformas y fuentes digitales públicas.
*Gratuidad para el acceso a la justicia de víctimas y familiares de víctimas de hechos represivos.
*Aplicación estricta de las medidas internas de suspensión del servicio de funcionarios de las fuerzas implicados en causas penales por hechos represivos.
*Eliminación de los protocolos de lógica bélica para la actuación de las fuerzas ante movilizaciones y manifestaciones.
*Prohibición de la portación y uso del arma reglamentaria fuera de servicio.
*Prohibición de requisas personales y de pertenencias por mera sospecha.
*Eliminación de los “Comandos Unificados” para la intervención conjunta de fuerzas federales y locales en las provincias y la Ciudad.
*Prohibición de la asunción de la defensa técnica de miembros de seguridad acusados por hechos represivos por los cuerpos profesionales de los ministerios de Seguridad nacional, provinciales y de CABA.
*Fin de la reestructuración de comisarías y alcaidías de la Policía de la Ciudad, que dilata entre 8 y 10 horas que los organismos de DDHH, las organizaciones antirrepresivas y hasta la Defensoría Oficial de la Justicia de la Ciudad y abogadxs particulares puedan confirmar una detención y ubicar a la persona arrestada para asistirla.
*Cese de la militarización de los barrios populares, con presencia masiva de fuerzas federales y locales, con su correlato de hostigamiento, detenciones arbitrarias y muertes por gatillo fácil.
Cuestiones presupuestarias:
*Derogación del Programa de Fortalecimiento de Seguridad para la provincia de Buenos Aires que destinó $38.000 millones de pesos para fortalecer el poder de fuego de la bonaerense.
*Retiro del “Plan de Infraestructura Penitenciaria” presentado a la Legislatura Bonaerense por el ministro de Justicia Julio Alak y el gobernador Axel Kiciloff para la construcción de más cárceles.
*Redirección de las partidas destinadas a esos planes y programas para mejorar las condiciones de habitabilidad en los lugares de detención.
La fábula de la experiencia: sobre Eduqué a mi hija para una invasión zombie de Diego Valeriano // Gerardo Muñoz
Desde hace mucho tiempo que nos sentimos cercanos a la escritura de Diego Valeriano. Cuando decimos escritura buscamos el énfasis: Valeriano no escribe libros o ensayos, poéticas o conceptos, ficciones o relatos en búsqueda de simpatías. Esta escritura es siempre la intensidad de un recorrido ante lo irreductible del mundo. Este mundo es el desdoblamiento de las vidas en el conurbano, pero a la distancia es también el lazzo de otras posibilidades. En realidad, es una invitación para que sus amigos persigan sus verdades. Valeriano no le escribe a un público lector, sino al reino de lo que llamamos “amistad”. En su Eduqué a mi hija para una invasión zombie (rededitorial, 2019) se persigue este vector: la desficcionalización deviene una fábula contra el apocalipsis . Dice Valeriano: “En este apocalipsis no hay proyectos, sino momentos; no hay expectativas sino cuidados y segundeos; no hay jerarquía, salvo la que genera los cuerpos bien plantados” (3). Fabular es entrar en relación con la ingobernabilidad de lo que amamos: una fiesta, un paisaje, unos libros, una conversación, una hija. ¿Cómo fabular con una hija en tiempos de guerra? Una guerra sui generis, pues no somos nosotros los partícipes, sino más bien quienes hemos sido arrojados. “Ser piba hoy es estar en guerra, es cruzar territorio enemigo…” (4). Dice Valeriano. Y así, la escritura va tomando espesor, la fábula va abriéndose sobre la cartografía de lo real.
Aclaremos esto. La fábula es un problema de visibilidad. Esto es, desde la “fábula” podemos ver mejor las cosas. No todas “las cosas” que se mezclan en la abstracción de “todo con todo” del monismo, y que hoy coincide con la estructuración de la cibernética del mundo. La fábula, como sabía un romántico hereje como Lessing, es lo que le da sentido a los posibles. Mientras la realidad no admite sombras, la fábula desrealiza su superficie en condicionales e incondiciales. Un incondicional: amar a una hija. Un condicional: saber que el amor no es el exclusivo que orienta mis percepciones del mundo. ¿Cuál es la inserción de esta guerra del mundo, pudiera preguntarse el lector? En realidad, no se trata de los oropeles de los viejos campos de batalla y sus muertos como en La Guerra y la Paz, sino de la especialización misma de la metrópoli y sus topoi: shopping mall, escuela, fiesta, calle, bondi, parque, tránsito. La metrópoli fomenta la guerra en nombre de una “guerra ortiba”; esto es, excluye el acontecimiento de una experiencia de vida. Pero para Valeriano la estrategia que no es la irse al campo, o hacer una comuna en los matorrales, o hacer compañía en el desierto; toda una serie de estrategias que sospechosamente comparten un olor de lo mismo: una nueva fundación de la polis. Al contrario, se trata de liberar el encuentro del afuera estando dentro. Incluso en lo más inaparente: “Esto es un campo de batalla construido a partir de la necesidad de revelarse. Pero un campo de batalla sutil, casi imperceptible. Deserción, huida, quedarse en la plaza gederla. Chamuyar es una disponibilidad inquieta que mata hasta perder la forma humana” . Se trata de una “decodificación” de toda la previsibilidad que produce la metrópoli como mirada oblicua en la noche. Esto puede forjar, nos dice Valeriano: “una acción política destituyente, resistente y arbitraria con solo viajar” .
Obviamente, política aquí ya no significa organización de las cosas, orientación, movimiento, liderazgos, y todas las cáscaras metafísicas que supuso la vieja política leninista de los fines. La estrategia de la deserción es también la huida de uno mismo hacia los posibles del mundo. En otras palabras, destituir las formas depredatorias con las que lidiamos con el mundo y sus cosas: “vagar siempre fue nuestro mejor encuentro” . Pero el vago no es quien ha devenido en un estado de planta, sino el posible de estar-ahí en el mundo con lo que amamos. En el caso de Valeriano se trata de las intuiciones y los silencios con su hija mientras que atraviesan todas las incertidumbres del presente para las que no hay formulas ni marcos compensatorios. La fabulación nos mantiene en el umbral donde lo esencial es más que el entramado ficcional de vida y política. Es el lugar del pensamiento: “El gesto de decir no, de atacar esto que les pasa, el rechazo posta de esta realidad cree un pensamiento. El no es posibilidad de pensamiento de pensar la propia vida” .
El no establece un “corte”. El corte reúne las cosas que me son propias en mi expropiación ante el mundo. Ya nada puede ser igual, pues el corte me dota de una separación que es anterior a la alienación de la especie. El arrojamiento es siempre violencia de una experiencia. ¿No es el acontecimiento de una verdad justo lo que aparece cuando atravesamos ese corte experiencial? ¿Pero quien está hoy dispuesto a tomar este camino? Haríamos mal en hablar de una paideia de Valeriano.
Es mejor hablar de una tonalidad de verdad, y que es acaso esta: “lo real cobra una dimensión única, contundente, fabulante…el apocalipsis como momento en que se pueden imprimir otras realidades al mundo. Como campo genuino de experimentación, fabulación y goce” . Pero esa posibilidad de pensamiento es también posibilidad que se abre como lo “impensable” El enigma inasible es como hacerlo sin degradar la génesis de nuestra presencia.
De ahí que libro (la escritura, sus recorridos, su fuerza física) de Valeriano se abra a lo que quizás sea la pregunta central de nuestro tiempo: ¿tiene el eros una chance en tanto que posibilidad de corte? ¿O es ya el eros mismo un corte suspendido que, en el momento de cisura se “metamorfosea” en una dádiva para la autoprotección antropológica? En otras palabras, lo impensable es que puede haber un corte fuera de la vida, que es trazo de la vía órfica, y cuya tropología transfigurada puede más que la compresión del vitalista del “amor” (siempre sospechosa de la ausencia de los nombres). Creo que esta es a la pregunta a la que nos arroja Valeriano. Y solo podemos responder a ella estando solos y mirando un mar azul que es huella de lo invivido en cada existencia . En este punto la fábula vuelve a comenzar.
2001: lo que aprendimos con la insurrección de diciembre // Mariano Pacheco (Instituto Generosa Frattasi)
Por Mariano Pacheco
(Director del Instituto Generosa Frattasi)
La mañana de aquel 20 de diciembre de 2001 nos encontró medio en comunidad, viendo las imágenes impactantes de los policías tirándole los caballos encima a las Madres de Plaza de Mayo en la histórica Plaza. Conmovidos, reunidos en torno al pequeño televisor que doña Yolanda encendió para que veamos las últimas noticias, nos apresuramos enseguida a realizar una recorrida por las casas de las compañeras y compañeros que vivían en los alrededores del campito del barrio Cerrito (en donde el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Almirante Brown tiempo después construyó su Galpón Popular), para reunirnos en una asamblea de urgencia, luego de una semana de intensas luchas.
Ante tamaño acontecimiento no podíamos (no queríamos) quedarnos de brazos cruzados viendo todo por TV, así que entonces cobró toda su importancia aquella apuesta que habíamos hecho dos años atrás desde un pequeño grupo militante: vivir en los mismos barrios en dónde militábamos. En la asamblea resolvimos dos cosas. Una: que teníamos que ser parte de lo que pasaba en Capital, pero que debíamos ir sin bandera.
Dos: que sólo fueran quienes estaban convencidxs, pero sobre todo, quienes pudieran correr.
Quedamos pocos con disposición y condiciones para ir, puesto que el movimiento estaba compuesto en su mayoría por doñas, pero en Brown el piberío militante era bastante más grande que en el resto de los movimientos. Así que allí fuimos: los más grandes y con mayor experiencia (con 21 años yo me encontraba entre ellos) y el resto: las pibas y pibes que habían terminado el secundario y se habían sumado a militar en los MTD, con 17, 18 años.(Imagen: Sub Coop)
Un grupo se encargo de preparar las mochilas y otros de coordinar para tratar de sumar más gente de los otros barrios del MTD de Brown y tratar de coordinar con las militancias de los otros movimientos de la Coordinadora Aníbal Verón.
Llegamos justo a tomar el último tren que salió de Burzaco para Constitución, porque después el Gobierno dio la orden de cortar el transporte desde el Conurbano hacia Capital. Logramos pasar el hall de Constitución sin ser detenidos por la policía, a pesar de la pinta que teníamos y el olor a nafta de nuestras mochilas.
Caminamos por la Avenida 9 de Julio distribuidos en parejas. Algunas reales, como la mía y la de Grillo, otras ficticias e incluso otras armadas como grupo de amigos, de a cuatro. Así, a ritmo acelerado, pasamos la avenida Belgrano y ya veíamos a lo lejos los gases lacrimógenos volando por los aires. Escuchábamos los tiros, que entonces pensábamos eran sólo de balas de goma y luego supimos que también eran de plomo, y que incluso ya teníamos las primeras bajas mortales entre nuestras filas, las filas del pueblo en lucha contra el mal gobierno.
Veíamos a muchos pibes y pibas con las remeras tapándose el rostro, corriendo ya para adelante con piedras en sus manos y la adrenalina comenzó a apoderarse de nuestros cuerpos. Apreté más fuerte la mano de mi compañera, nos miramos a los ojos y detrás de su rostro cubierto pude ver cómo sonrió. Miré para atrás, para los costados y allí estaban mis compañeras y compañeros del MTD, algunos con quienes habíamos comenzado años atrás en la agrupación 11 de Julio, apenas si soñábamos entonces con que algo así podía suceder en Buenos Aires.
Habíamos dicho que los barrios del Conurbano eran nuestra Sierra Maestra; habíamos escrito documentos explicando que era con los trabajadores desocupados con quienes había que priorizar el proceso de recomposición de las fuerzas populares en Argentina, porque era ese el sujeto social con mayor capacidad de confrontación con el poder; habíamos fantaseado con hipotéticos escenarios insurreccionales y habíamos intentado prepararnos para intervenir en ellos, pero nunca pensamos que se produciría algo así, y tan rápido, y mucho menos que sucedería en las calles mismas de la Capital Federal.
Eran momentos de radicalización política, de búsquedas de nuevos modos de organizarse y luchar y en los movimientos sociales emergentes, como los MTD, había mucho piberío entre sus militancias. Sin embargo, ese día no fueron los movimientos los protagonistas de la insurrección, pero sus militancias no fuimos ajenas. Ni en los días previos que fueron calentando el escenario ni en las luchas de calles de ese mismo 20 de diciembre.
Las molotov, en su mayoría, ese día no encendieron (las pelotitas de tergopol tenían por función adherir el fuego al asfalto, pero en exceso, anulaban la combustión); algunas gomeras se rompieron; los grupos se desarmaron y volvieron a armar muchas veces y con poca frecuencia la voz de mando pudo ejercer su rol en medio del descontrol.
Pero ese día aprendimos en unas horas mucho más de lo que habíamos aprendido en años. Aprendimos la importancia que tiene el hecho de ser consecuentes con las ideas que se sostiene; aprendimos la importancia que tiene la apertura a las sorpresas que depara la historia; aprendimos que esa consigna de Dignidad que sostenían nuestras banderas era un compromiso con nuestro pueblo, que había que sostener en los momentos grises y la acumulación lenta de una cotidianeidad adversa, pero también, en aquellos momentos en los que el tiempo se acelera. Momentos en los que la dignidad se mide en cada cuadra, en cada esquina, en cada barricada y en cada corrida, para atrás huyendo de la Policía, pero también, para adelante, cuando es la Policía la que tiene miedo, se ve sobrepasada y empieza ella misma a correr para atrás.
Fuente: Instituto Frattasi
EL ORGULLO DE MARÍA. El testimonio de María Santucho en el juicio contra el mayor Españadero // Diego Sztulwark
“Con orgullo debo decir que mi padre nos había preparado para la clandestinidad”, declara la “Negra” María Santucho, sobrina de Mario Roberto, ante el Tribunal Oral Federal N° 6 en el juicio Españadero Puente 12 II.
A sus sesenta años, María es abuela, y su vida transcurre entre Buenos Aires y La Habana, ciudad en la que reside hace décadas y donde desempeña una intensa actividad como productora cultural en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. En su testimonio, realizado el día 11 de diciembre de 2020 de manera virtual, retornan los días de horror vividos por parte de su familia y por ella misma hace exactamente 45 años.
A comienzos de diciembre del ’75 un allanamiento a cargo de un grupo de tareas secuestró a María, que entonces tenía 15 años, junto a su madre, Ofelia, a sus hermanas menores Susana (14), Silvia (13) y Emilia (10) y a sus tres primas Ana (14), Marcela (13) y Gabriela (11), también menores —hijas de Mario Roberto y Ana María Villarreal—, a Mario Antonio Santucho, bebé de 9 meses (hijo de Mario Roberto y de Liliana Delfino) y a Esteban Abdón, de 4 años (hijo de Esteban Abdón y Elba Balestri). Todos ellos llevaban nombres falsos y se encontraban en una casa de seguridad del PRT-ERP.
María recuerda perfectamente el momento en que escuchó decir a uno de los secuestradores: “Estos son Santucho”. Luego vinieron los golpes, los insultos y los traslados. Primero al Centro de Detención Clandestino llamado Protobanco, Cuatrerismo, hoy reconocido como Puente 12, donde fueron sometidxs a golpes, toqueteos e interrogatorios. Luego a una comisaría de Quilmes (Pozo de Quilmes), y a un hotel de la zona de Flores antes de ir a parar a la Embajada de Cuba, para salir, un año después, del país.
Entre sus recuerdos de aquella tenebrosa madrugada en Puente 12, hay un hombre que le baja la bombacha [1]. Otro que le dice con voz serena: “Yo la atendí personalmente a tu prima Graciela Santucho y ahora te voy a atender a vos”. Luego otra voz le grita: “Vos sos hija de Santucho”, y de inmediato recibe una patada en la boca del estómago. Su mente piensa aceleradamente, “esto hasta ahora es soportable”. Pero de inmediato alguien la toquetea y le advierte “te van a coger todos los soldados”. Recuerda la capucha, la venda, el pavor.
Pero sobre todo recuerda el trayecto que debió recorrer hasta entrar al despacho de alguien que se presentó como el mayor Peirano, quien luego de un breve interrogatorio, quedó a cargo de la supervisión de todos los traslados del grupo hasta la salida del país. Años después María se enteraría de que el mayor Peña o Peirano era en realidad uno de los jefes del Batallón de Inteligencia 601, llamado Carlos Antonio Españadero, a cargo de varias infiltraciones en las organizaciones guerrilleras de la época.
Hace unos pocos años, a instancias de amigxs y familiares, María obtuvo el domicilio de Españadero. ¿Qué hacer? Había sido formada en la idea de que con el enemigo no se habla, pero creía que saber le haría bien, quería la verdad y necesitaba sanar. Dejó en manos de los jueces lo relativo a la determinación de responsabilidades y penas y redactó una carta que dejó en la casa del represor. A los pocos días recibió una respuesta del agente de inteligencia, lo que dio lugar a un intercambio de correos electrónicos. María quería averiguar qué había pasado con tantos militantes y combatientes, quería información concreta. Al relatar este intercambio le dice al tribunal: “No alcanza con lo que se ha hecho, me voy a morir sin saber dónde están los restos de mi padre y de tantos seres queridos”.
Pero el intercambio no sólo no la sanó, sino que la hundió en una angustia aún mayor, puesto que Españadero negó haberla interrogado en Puente 12, y se dedicó a manipularla todo lo que puedo (“qué pensarán los tuyo de este intercambio”). En su notable libro Bombo el reaparecido, Mario Antonio Santucho, aquel primo de María secuestrado con sólo nueve meses, relata una entrevista con Españadero, a quien llama “El Embustero”. Españadero se negó a romper el pacto de silencio, no dio muestra alguna de arrepentimiento, ni ofreció pista alguna sobre los restos de sus familiares. En una entrevista reciente, a propósito de su libro, Mario reflexiona sobre esta actitud de Españadero con las siguientes palabras: “Mi impresión es que no pueden asumir realmente sus actos. No pueden hacer justicia con sus actos, no pueden sincerarse con lo que hicieron, compartirlo. Porque no estaban a la altura ética, y un poco mi experiencia fue esa, intentar hacerle unas preguntas a este personaje y claramente lo que encontré fue un modo de esquivarlas, no responder. Decir que no saben nada, un pacto de silencio que permanece. Esto me parece muy importante, porque hay un elemento fundamental en toda esta historia reciente y en toda esta discusión, que sigue viva, que sigue abierta, que es que no somos lo mismo, que hay una asimetría entre los que dieron su vida, que lucharon por cambiar la sociedad y los que entregaron su mano de obra y su ferocidad para defender un orden injusto y para servir y hacer servilismo al poder constituido”.
Pocos contactos con las palabras transmiten el poder de la verdad como los testimonios que quieren hacer algo con un pasado ominoso, del que es imposible escapar. De allí la pregunta que María no deja de formular a Españadero, al Tribunal, a la sociedad argentina: “¿Qué pasó con los que dejamos atrás?”. Hay un desgarro del sobreviviente, un dolor que no es culpa, pero sí es una lucha interminable por contar lo que pasó sin poder responder a la pregunta imposible sobre por qué se sobrevivió.
En 2016 María visitó a Ofelia, su madre —a quien tuve la suerte de conocer en el barrio de Alamar, en La Habana—, en un geriátrico de Buenos Aires. Su memoria había dejado escapar el pasado, sólo retenía aquel horror: “Mirá Negrita, me volvieron a atar las manos”, le dijo. Es que el “horror vuelve”, reflexiona María. Vuelve con el miedo de que le pueda ocurrir algo semejante a lxs hijxs, a lxs nietxs. Sanar, en cambio, hacer algo con el desgarramiento, dice María al tribunal con su pañuelo verde en la muñeca, es una forma de la dignidad que no alcanzan los perpetradores del terrorismo de Estado, a quien María dirige una última pregunta: “¿Dónde están nuestras muertitas y nuestros muertitos? Son nuestros”.
[1] Situación por la que la fiscal ofreció a María iniciar una investigación específica por agresión sexual.
La izquierda sin sujeto + Odisea 2001 // León Rozitchner
La izquierda sin sujeto
León Rozitchner
«En tanto que nosotros les decimos a los obreros: ‘Vosotros tendréis que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y guerras nacionales, no meramente para cambiar
vuestras condiciones, sino con el fin de cambiaros vosotros mismos y volveros aptos para el poder político'».
Marx, 15 de setiembre de 1850
La rigidez no es un atributo sólo de la derecha, así como el realismo no es una virtud que convenga siempre a la izquierda. Es fácil verificarlo: los que están a la izquierda —muchos de ellos— se complacen en hablar de las «leyes de la dialéctica», de las «leyes del desarrollo económico», de las «leyes de la lucha de clases» y de la «necesidad histórica de la Revolución», todo lo cual encuentra su término en una certeza final: el necesario tránsito del capitalismo al socialismo. La lógica es aquí de hierro: cada revolución que triunfa confirma el determinis-mo de la historia. Pero ¿esta certeza es para nosotros suficiente? Porque, cabe preguntarse: cada revolución que no llega a realizarse, cada revolución que fracasa, ¿qué determinismo niega? ¿A cuenta de qué irracionalidad debe ser colocada? ¿Quiere decir, en resumidas cuentas, que no era entonces necesaria?
No es que querramos convertirnos en una excepción a la ley histórica. Sucede solamente que por ahora nuestra propia realidad nacional, así ordenada y regulada por esa necesidad irónica a la que también estaríamos sometidos, se niega tenazmente a seguirla sin más, para cer- tificar lo cual basta una mera inspección de lo que a nuestro alrededor aparece dado. Pero lo dado, a pesar de que su rostro no sea el que promete la esperanza que racionalmente depositarnos en él, para el optimismo obcecado de cierta izquierda tiene necesariamente que dejarse regular por estas leyes y esta necesidad exterior la cual, sin embargo, no alcanzamos a ver ni cómo ni cuando orientarán y dirigirán un proceso que nada por ahora anuncia. ¿Deberán ellos, los optimistas, quedarse empecinadamente con la racionalidad, para permanecer nosotros, que señalamos la carencia, atados a lo irreductible, a lo irracional? El punto común de partida es el siguiente: el «deber-ser» está, por definición, en este ser actual. Hasta aquí se justifica la confianza en la razón. Pero confesemos lo que ellos no se atreven, lo que nos falta para dar término al proceso: que no sabemos cómo ponerla en marcha, cómo hacer para hacemos cargo y cumplir esta obligación de cuya realización estamos, unos a otros, todos pendientes.
Para salvar el escollo parecería que esta izquierda optimista también está teóricamente a cubierto y tiene a las «leyes de la dialéctica» de su lado: ¿acaso no hay —se dice— salto cualitativo del capitalismo al socialismo? Pera ni tanto ni tan poco: ese salto no es un brinco que con la imaginación vayamos a pegar sobre el vacío. Ése salto imaginado es un tránsito real que, de no ser enfrentado, encubre con su vacío el trabajo y la reflexión que todavía no fuimos capaces de crear. Constituye, digámoslo, el núcleo de irracionalidad vivida que nuestra izquierda es todavía incapaz de reducir, de convertir en racional.
Para no perturbar la certidumbre racional en la que se apoya la ineficacia de izquierda, y que de alguna manera nos alcanza su propio consuelo, ¿deberemos acaso ocultar el abismo que separa nuestras esperanzas de una realidad que no se deja guiar, lo comprobamos a diario, por el modelo con el que la pensamos? Porque el fracaso y los zig-zag de la izquierda, los seudopodios que emite hacia afuera para reconocer sus posibilidades de acción, la heroicidad individual o de grupo que segrega e intenta iniciar el proceso por su cuenta, vuelven a señalar la carencia de una elaboración común, de un sentido pensado en función de sus fuerzas y de su realidad: sacrificio estéril que puede ser grato al auto-aprecio que tenemos para con nosotros mismos, pero no ante la objetividad precisa de los hombres.
El hecho al cual llegamos, por demás decepcionante, es éste: par más que juntemos todas las racionalizaciones parciales de la izquierda, con todas ellas no hacemos una única racionalidad valedera. ¿No sera esta inadecuación la que impide que la realidad vaya a la cita que nuestra racionalidad quiso darle?
Debería ser evidente que las interpretaciones teóricas reducidas a lo político-socio-económico no bastan para justificar el hecho de que la revolución, tan esperada entre nosotros, no haya acudido a las innumerables citas que la izquierda le dio. Todas éstas son explicaciones con exterioridad, donde la distancia que media entre el contenido «objetivo» —datos económicos, políticos, históricos, etc.— hasta llegar a la densidad de nuestra realidad vivida, deja abierto un abismo de incomprensión que no sabemos cómo llenar. ¿Qué agregar a la necesidad ya descubierta a nivel teórico en la experiencia histórica del marxismo para que sea efectivamente necesaria? ¿Cómo llenar ese déficit de realidad por donde las fuerzas represivas y la inercia de la burguesía desbaratan, entre nosotros, toda teoría revolucionaria? ¿Cómo producir esa síntesis que nos lleve al éxito, cuya fórmula racional, el apriorismo revolucionario parecería habernos dado, pero que no nos llega con los detalles precisos que permitan encaminarla en la sensibilidad de nuestro propio proceso social? El problema sería éste: el marco «formal», teórico, de la revolución socialista, que juega para nosotros como un a priori — puesto que no surgió de nuestra experiencia sino de una ajena— está ya dado, para todos, en su generalidad. Pero su necesidad efectiva sólo aparecerá para nosotros aposteriort, cuando nuestra experiencia lo certifique: cuando realmente la revolución se haya realizado. Pero si vamos viendo que la racionalidad ya dada, tal cual la recibimos, no nos sirve para hacer el pasaje a la revolución ¿para qué confiar en ella, podría preguntarse, puesto que sólo se la descubriría como necesaria sólo una vez que la revolución fuese hecha, pero mientras tanto no? Entre lo pensado y lo real estamos nosotros, absortos en el pasaje. Así sucede con la «novedad» que nos sorprende en cada revolución inesperada: estalla allí donde la necesidad racional en la forma general con que la utilizamos, no establecía la imperiosidad de su surgimiento. ¿Cómo, entonces, fue posible? ¿Fue la suya una irrupción contra la razón? Y si no, ¿quién creó la nueva racionalidad de ese proceso innovador? ¿Cómo fue posible que nuestra racionalidad no la contuviera? Se entiende que con esto no queremos negar la racionalidad marxista; sólo queremos mostrar que una racionalidad a medias es a veces más nefasta que la falta completa de racionalidad. Y por eso nos preguntamos: ¿no será que pensamos la revolución con una racionalidad inadecuada? ¿No será que vivimos la racionalidad aprendida del proceso revolucionario fuera del contexto humano en el que la racionalidad marxista desarrolla su pleno sentido? ¿No será que estamos pensando la razón sin meter el cuerpo en ella?
La pregunta que me planteo, necesariamente teórica, es entonces ésta: ¿de qué modo comenzar a comprender esta realidad, de qué modo modificamos para hacer surgir en su seno ese futuro revolucionario que, preciso será reconocerlo, somos por ahora tan incapaces de pro-
mover como de despertar en los demás? ¿Cómo hacer para que lo que cada uno de nosotros asimila de esta realidad cultural nos hable, nos forme, nos prepare como hombres incompatibles con esta realidad misma que sin embargo nos constituye? El problema es temible: ¿cómo poder producir nosotros lo contrario de lo que el capitalismo, con todo su sistema productor de hombres, produce? Dicho de otro modo:
¿cómo remontar la corriente de la disolución, esta degradación de lo humano que parece estar inscripta en la necesidad de su desarrollo?
¿Cómo introducirnos nosotros en ese breve margen que, entre sístole y diástole, se abre en cada hombre como para que la revolución sea sentida como su propia necesidad?
I
Tratemos, a partir de este planteo, de comprender sintéticamente el problema que enfrenta toda «cultura revolucionaria». Si el objetivo que se persigue es la formación de hombres adecuados al trabajo de realizar la revolución, sabemos entonces proponer algunos supuestos básicos que no se detengan sólo en el plano político sino que deben alcanzar también al sujeto que interviene en él.
- La cultura capitalista es desintegradora, a nivel del individuo, del proceso de integración que, en niveles parciales, promueve. Esta distancia que media entre lo que el sistema de producción hace, y lo que el individuo conoce, le introduce este carácter disolvente de su propio sentido. A nivel individual significa que el proceso social, que se realiza merced a la contribución de todos los hombres que forman parle del sistema de producción, no puede ser aprehendido ni pensado en su unidad por ninguno de ellos: sería revelar el secreto de su desequilibrio y de su aprovechamiento. Pero esta unidad real que se oculta y] se deforma exige, para desarrollar sus contradicciones y objetivarse para los hombres, la toma de conciencia de quienes la integran. Más sucede que el sistema también formó al sujeto mismo que debe pensarlo-
La tarea no es simple: para lograrlo es preciso vencer el determinismo de clase que lo abstrajo al hombre de su relación con la totalidad del proceso: devolverle lo que el sistema le sustrajo. La eficacia que buscamos para actuar dentro del sistema capitalista requiere tornar evidente la estructura del campo total en el cual cada acto se inscribe.
- Las «soluciones» capitalistas mantienen la persistencia en el desequilibrio y la desintegración.
Esta necesidad de superar la contradicción en la que los individuos de una clase se encuentran respecto de otra, se halla sometida a formas de solución oficiales, respecto de las cuales las verdaderas soluciones aparecen como clandestinas y fuera de la ley. Las soluciones ratificadas por la cultura burguesa, adecuadas a sus categorías de ordenamiento y de acción; son las que mantienen, en vez de resolver, estos desequilibrios. El individuo sometido al sistema de producción capitalista — producción de objetos tanto como producción de ideas— encuentra preformados en la cultura que recibe —en sí mismo— aquellos modelos de solución que vuelven nuevamente a sumirlo en el conflicto y a condenarlo a la frustración y a la falta de salida.
- La desintegración producida por el sistema capitalista forma sistema con el hombre desintegrado en el cual el capitalismo se objetiva. Desintegrar al hombre significa introducir en él, como vimos, la imposibilidad de referirse coherentemente al mundo humano que lo produjo.
Es, por otra parte; impedirle tomar conciencia de su propia unidad como centro integrador de toda referencia al sistema que sin embargo pasa por él. El hombre escindido de la cultura capitalista —en cuerpo y espíritu, en naturaleza y cultura, en oposición a los otros, y todo dentro de sí mismo— sólo puede adaptarse y establecer escindidamente su coherencia con la estructura del mundo burgués al cual refleja. Esta falsa coherencia, la única ofrecida como posible, deja fuera de sí, como ilícita, la única esencialmente humana: la que se basa en el reconocimiento del hombre por el hombre.
Algunos niveles de este proceso de sometimiento están ya sujetos a la crítica —por ejemplo, en la estructura económica, política, pero aquí mantienen su sentido sólo dentro de la abstracción científica capitalista, sin sintetizarla a nivel humano. Por el contrario, en otros niveles este trabajo crítico todavía no fue hecho: aquél, por ejemplo, que analice la correspondencia y la homogeneidad que existe entre a) el individuo producido por la cultura burguesa y b) las formas justificatorias del proceso de explotación que esa cultura adopta a nivel de las formas de la afectividad, de las categorías de la acción y del pensar, etc. La dificultad de este análisis es evidente: significa la puesta en duda radical de uno mismo y reconocer hasta qué punto, profundamente, hemos sido constituidos por ellas.
- La salida de la contradicción en la que estamos viviendo no puede ser pensada con la racionalidad burguesa; debemos descubrir una racionalidad más profunda que englobe en una sola estructura, partiendo desde la experiencia sensible de nuestro propio cuerpo, nuestra conexión perdida con los otros.
La única salida —pensada a nivel teórico y más general— consiste en suplantar el ordenamiento humano burgués (contradictorio no sola- mente a nivel lógico, sino destructor del hombre a nivel humano) por una racionalidad y organización revolucionaria (coherente en ambos niveles) que le permita al individuo concebir ese comienzo de coherencia que dé sentido revolucionario a su actividad en todos los niveles de la realidad social. Este proceso no abarca sólo el sistema económico de producción, sino también el orden que aparece en las categorías de pensar y de sentir que genera a nivel individual.
Cuando hablamos de racionalidad no nos referimos entonces a la racionalidad abstracta, puro esquema ideal que ningún cuerpo anima; sino a una teoría que, en tanto esquema de conciencia, englobe lo sensible del individuo, su forma humana material, hasta alcanzar desde ella un enlace no contradictorio con la materialidad sensible de los otros. Esto requiere, como objetivo, el tránsito hacia un sistema humano de producción que le dé término.
- Es preciso que el individuo revolucionario se descubra como fuerza productora, pero no sólo en el nivel político-económico, para incorporarse materialmente a la crisis del
Marx no habla sólo de las condiciones materiales de producción en el sentido «economicista» de los términos: toda sociedad humana no es productora básicamente de cosas, sino productora de hombres. Todo sistema de producción entra en crisis porque su producción de
hombres, que involucra la producción de las cosas y las técnicas y las relaciones adecuadas (hombres divididos, hombres sin satisfacción, hombres sin objeto) producen la crisis. Fuerzas productivas y formas de producción son formas humanas. Es verdad que el sentido de la producción de hombres se revela en el modo como los hombres se objetivan en las cosas: en cómo las producen y son, indirectamente, producidos por ellas. Aquí nos volvemos a preguntar: ¿hemos desarrollado, nosotros, los que militamos en la izquierda, nuestra propia fuerza productiva? ¿O estamos, privilegiadamente, al margen del sistema de producción?
- El descubrimiento de la racionalidad revolucionaria requiere descubrir la contradicción instaurada por la burguesía en el seno del hombre revolucionario.
La cultura burguesa, se va viendo, abre en el hombre un ámbito privado, íntimo —unido a lo sensible— separándolo del ámbito social —el orden racional, lo externo— que sin embargo lo constituyó. Mantener esta separación en el militante de izquierda, dejar librado a la derecha lo que se piensa que es efectivamente el nido de víboras del sujeto, significa introducir y sostener un componente irracional en el seno de una racionalidad que engloba sin comprender, tanto lo objetivo como lo subjetivo. Y esto a pesar de que esta racionalidad pretenda pasar por revolucionaria. Semejante separación, en el centro mismo del hombre, lo desconecta del proceso histórico que lo produjo. Esta racionalidad al garete, excéntrica, que nunca encontrará entonces la tierra firme de una subjetividad, queda a merced de toda autoridad y sirve de ingenuo apoyo a toda política oportunista en el seno de la izquierda. Escisión que nos condena a buscar la coherencia racional en el orden social — proceso de producción económica, científica, etc.— sin poner la propia significación personal en el proceso, nos lleva a la búsqueda de una comunidad humana posible pero abstracta, sin contenido, que desaloja el índice subjetivo que aparece en lo sensible —a la persona misma en lo que tiene de más propio— como punto de apoyo para alcanzar los fines proclamados. Sólo le queda una racionalidad aprendida, coagulada, para alcanzarlo. Lo subjetivo, lo contenido, lo aparentemente irreductible a los otros porque se transforma en el lugar de la desconfianza, se convierte así, aún dentro de la izquierda, en un ámbito clandestino donde se elabora la dialéctica cómplice del compromiso, de lo no con-fesable ni transformable: aquello que persiste igual a sí mismo pese a todo proyecto político y a todo cambio social. Aquí se yerguen, indomables, las categorías burguesas que perseveran en el revolucionario de izquierda. Y son estas mismas categorías, que se pretendía haber radiado, las que siguen determinando la ineficacia de izquierda: porque nos dejan como único campo modificable lo que la burguesía estableció como objetivo, como visible, como externo: ese campo social sin subjetividad, sin humanidad, donde el hombre —a medias, incomprensible para sí mismo, inconsciente de sus propias significaciones y relaciones— mira y actúa sin comprender muy bien quién es ese otro con el que debe hacer el trabajo de la revolución. Así podremos darnos la presunción de actuar, hasta de jugarnos la vida, pero en realidad mantenemos tajante, burguesía mediante, la oposición creada entre el sujeto y la cultura, que es el fundamento de la alienación burguesa. La forma cultural burguesa nos separa, contra nosotros mismos, desde dentro de nosotros mismos.
- La incorporación del sujeto de la dialéctica revolucionaria es un I momento necesario en el descubrimiento de la verdad del
Toda cultura revolucionaria debe, entonces, volver a anudar esa relación fundamental quebrada en el sistema escindente y dualista de la burguesía para que el individuo pueda convertirse él mismo en índice cierto, en creador y verificador de la realidad.
El descubrimiento de esta relación que yace oculta en nuestra cultura no se da inmediatamente: es, como sabemos, producto del análisis, de una experiencia reflexiva que enlaza lo visible a lo invisible —quiero decir, a lo que por no verse tampoco se sabe. Pero es preciso agregar que no es producto de cualquier análisis, sino de aquél que liga al sujeto con la actividad transformadora de la realidad, cosa que sólo se logra en función de una organización racional revolucionaria. Porque esta organización es el único ámbito de conocimiento que, desbaratando los falsos límites racionales de la burguesía; comienza a elaborar una racionalidad adecuada a la – solución de sus contradicciones, puesto que es el único que contiene la necesaria modificación de todo el sistema para darles término.
- No hay tránsito de la racionalidad abstracta de la burguesía hacia la racionalidad concreta revolucionaria si el sujeto mismo no es el mediador en quien este nuevo ordenamiento comienza a surgir como
La organización revolucionaria que, concebida como organización política, gana paulatinamente todos los campos de la realidad social y los engloba en una actividad única —económicos, gremiales, científicos, familiares, etc.— no hace sino extender y prolongar esta racionalidad incipiente que tiene, en tanto proceso de verificación, la forma de hombre. Es precisamente en esta forma humana donde la necesidad sensible, pero acordada a los otros, verifica su entronque con las formas racionales de producción.
Sintetizando: toda cultura revolucionaria supone el descubrimiento de la escisión, de la incoherencia y del conflicto individual a nivel del sistema productor de hombres de la burguesía. Pero queremos acentuar aquí sobre todo otro aspecto: también supone descubrir la tenaz persistencia de las categorías burguesas en el sujeto revolucionario —y que no se corrigen por la sola participación en un proyecto político de mortificación del mundo. Este peligro caracteriza a nuestras formaciones de izquierda: como no hemos podido pasar a la realidad, nos encontramos aún realizando la tarea de tornar concreta nuestra decisión, eme se mantiene todavía a nivel imaginario: pasar de nuestra pertenencia a la burguesía hacia el ámbito de la revolución. Pero puesto que todavía no hemos encontrado cómo hacerlo y, por lo tanto, necesariamente formamos sistema con el sistema de burguesía, no hemos podido verificar la certidumbre de este pasaje. Lo que planteamos viene a querer decir lo siguiente: ¿cómo darnos un índice objetivo para leer nuestra inserción efectiva en el proceso revolucionario? Muchos, por el mero hecho de la militancia, ya lo tienen resuelto. Pero participar en las diversas organizaciones de izquierda no es una garantía para afirmar que estamos en la verdad del camino. Y podríamos agregar: la lectura «científica» de la realidad objetiva aunque sea «Marxista», tampoco es un signo suficiente, si bien es necesario, pues siempre será una lectura en perspectiva —para mí, para varios, para un partido— respecto de aquéllos en quienes esos índices adquieren relevancia y significación.
En este trabajo acentuaremos los caracteres que definen la actividad del sujeto. Este acentuamiento tal vez nos lleve a pecar por exceso, puesto que pondremos como fondo, sin destacarlos, las procesos colectivos ya suficientemente subrayados por la actividad crítica de la izquierda.
II
Por qué se necesita la radicalización de lo subjetivo en el proceso revolucionario.
Si creyéramos en la cultura revolucionaria a la manera como la burguesía cree y ejerce su poder de formación de hombres, la cosa sería fácil: bastaría con darle al sujeto aquello que, proviniendo de la cultura, sirve para ubicarlo en el proceso de la división del trabajo social, precisando su tarea y colocándolo en su sitio.
Pero no es ese el objetivo de la izquierda. Mediante este procedimiento los fines burgueses se logran, pero los fines marxistas se pierden: no se lo convierte al sujeto en activo reorganizador de la cultura que asimila. Por el contrario, se lo pasiviza. No hay misterio en este resultado: la ideología burguesa que atraviesa toda nuestra cultura es la contraparte necesariamente adaptada a un sistema de producción que requiere del sujeto una adhesión plena y limitada a los objetivos del sistema. Esta ideología se hace sustancia en el sujeto, se encarna como modo de ver en él: no le permite hacerse cargo de su propio proceso de formación. La ideología burguesa remacha la adhesión del sujeto al mundo que lo produjo, haciendo que su conciencia prosiga, inmutable, el camino de su «naturalidad»: su vida es directamente histórica, no toma conciencia de su llegar a ser consciente; refleja meramente el mundo que la produjo. Esta vida que se asienta en la ingenuidad de su cultura considerada como absoluta es la conciencia inmediata, sin reflexión, que no introdujo en su propia actividad consciente aquello que le permitiría su pleno ejercicio: el saber de la formación de sí misma. Queremos decir: no deshizo la trampa de la cultura que la formó. El sujeto no se convierte aquí en el lugar en el cual se elabora la verificación de la cultura. ¿Cómo podría hacerlo si la adecuación aparece para él invertida? Su persona no está adecuada al mundo, piensa porque el mundo la introdujo —lo cual le permitiría modificarla modificando al mundo— sino porque coincide, milagrosamente, desde el punto de vista del sujeto, con la estructura social. Tal para cual: la propia subjetividad es confirmación de la ancha y común objetividad. Este aparente milagro de la adecuación del individuo a la burguesía, que inmoviliza la subjetividad, encuentra su plácida confirmación en la afirmación de sí mismo como absoluto, certeza de ser que se confunde con la permanencia acorde del mundo objetivo capitalista.
Pero las cosas no varían solamente porque se haya cambiado la coincidencia «milagrosa» del sujeto con el mundo capitalista por la coin- cidencia «milagrosa» con el mundo de la revolución. Primero, porque el hombre que quiere hacer la revolución viene de la burguesía, y si hubiera coincidencia inmediata, sin proceso, entre lo subjetivo de la persona burguesa y lo objetivo de sus ideales revolucionarios, señal sería de que estamos en un equívoco: no podemos con el ser burgueses darnos sin más una estructura racional revolucionaria verdadera a nivel político: con el contenido sensible burgués no podemos encontrar la forma revolucionaria adecuada. Este tránsito es un trabajo, pero no de-legable: para realizarlo debemos participar en una dialéctica que elabore el pasaje y, movilizando las significaciones vividas en nuestra propia formación burguesa, las debemos hacer participar en un proceso paulatino de modificación. No hay una fórmula para todos; el tránsito es necesariamente único porque cada uno tiene, por sí mismo, que deshacer el sentido que aparece dado en un orden, e inscribirlo en otro. Aquí se abre el ancho mundo de las complicidades y renunciamientos, que no siempre nos atrevemos a enfrentar. Porque este proceso significa, al mismo tiempo, modificación de todo el contenido subjetivo, de las estructuras racionales y afectivas de toda la persona de izquierda, ¿cómo podríamos decir que hay una racionalidad que desde el individuo se prolonga para continuarse, coherente, con la revolución, si la razón no deshace las trampas de nuestra clandestinidad y nos ordena de otro modo? Esta clandestinidad que la burguesía
abrió en nosotros no es solamente el lugar de la complicidad: es la morada del deslinde histórico, de una temporalidad que sentimos infinita, radicalmente opuesta a la histórica, porque es el lugar de la ensoñación donde yacen todos los anhelos incumplidos, todas las frustraciones abandonadas (hacia afuera) pero conservadas (hacia adentro). Pasar de lo infinito a lo finito, de lo imaginario a lo real: esta tarea antes asignada a los dioses, esta conversión del cielo propio en la tierra común es, ni más ni menos, la cura que la revolución trae al hombre. Sí, es cierto que parece exagerado: pero ¿cómo el hombre enfrentaría por la revolución la muerte si en ello no le fuera la vida?
Volvamos nuevamente a la formulación más general: para ir con nuestra conducta incidiendo en el mundo de la burguesía para arrastrarlo hacia la revolución no hay otra salida: tenemos que convertirnos, a partir de las formulaciones más amplias que la teoría y la actividad revolucionaria nos adelante, en el lugar activo de la verificación de las estructuras burguesas sobre las cuales nos toca incidir. Y esa primera encarnación de la estructura burguesa que enfrentamos, ¿no lo somos acaso, nosotros mismos? ¿No somos, al mismo tiempo, obstáculo y remoción? ¿No hemos sido, de punta a punta, de pelos a uñas, hechos por ella? Pero no decimos que haya que modificarse primero uno, para pasar luego a lo otro. Decimos que en la modificación que perseguimos en el mundo debemos jugar nuestra propia transformación: debemos objetivarnos hasta tal punto en lo que hacemos como para enardecer las cosas del mundo, porque habremos pasado nosotros mismos a las cosas. Lo contrario sería condenarnos a la ineficacia, o creer que basta con el esquemita racional de la teoría marxista para actuar en la actividad política, mientras se posterga esa otra modificación sensible para tiempos de menor urgencia. Justamente lo mismo que hace la burguesía con los principios ideales siempre transgredidos: el ser del hombre podría esperar hasta que termine el proceso revolucionario y todo, entonces sí, esté preparado para recibirlo. Hasta que nos sorprenda la muerte.
Sospechamos que sin esta transformación el proceso no es efectivamente revolucionario. Sostengo que sin modificación subjetiva, sin ela- boración de la verdad de la situación total en la que participa el hombre, no hay revolución objetiva. En todo caso: no hay revolución en el sentido marxista.
Para resumirlo en pocas palabras: pasar de la cultura burguesa a la cultura revolucionaria significa enfrentar la siguiente dificultad básica:
- describir la contradicción del sistema burgués en todos los niveles de la producción social (económico, político, moral, );
- descubrir la permanencia de la contradicción, la permanencia de la estructura burguesa, en el individuo mismo que adhiere al proceso revolucionario.
Podríamos pensar que la primera dificultad; aunque parcialmente, se ha ido resolviendo. Pero el sentido con que fue resuelta depende, es forzoso, de cómo se haya enfrentado la segunda dificultad. Pensamos que si tampoco se realizó entonces bien la primera tarea, esto sucede porque de todo el proceso de tránsito de la burguesía a la revolución falta realizar el segundo movimiento: ver cómo la burguesía está en nosotros como un obstáculo para comprender y realizar el proceso revolucionario. Afirmo, en una crítica que también me incluye personalmente, que no hemos tornado a la propia transformación en campo de experiencia de la teoría y de la práctica revolucionaria. Que hemos permanecido, aceptémoslo o no, en la escisión.
III
La racionalidad teórica revolucionaria no establece la adecuación precisa del individuo a la historia; nos da sólo el esquema de una ade- cuación posible.
No se diga que esta necesidad —que el sujeto y lo subjetivo esté presente— es una complicación burguesa. Seamos coherentes. Si creemos que hay ya una racionalidad teórica revolucionaria que no requiere encontrar su término creador en el sujeto, ¿qué concepción del hombre aceptamos? Volvemos lisa y llanamente al dualismo que divide al hombre en sensibilidad propia y racionalidad externa, que abre un abismo entre lo subjetivo y lo objetivo. ¿Como enlazarlos luego, como hombres plenos, en el sistema de producción, en la creación del proceso histórico? Porque tanto en el burgués como en nuestro revolucionario el verdadero mundo no está todavía constituido: por más que el primero compense el déficit de una régimen humano siempre en defecto por medio de la exaltación de los principios, o por más que el segundo proyecte sobre esa misma realidad una modificación radical que la haga visible. Pero ambos nos asentamos, por ahora, sobre una misma realidad. La distancia que media entre el principismo burgués y la imaginación revolucionaria consiste en que el primero no se proyecta modifica-doramente sobre el mundo hasta encontrar las condiciones de su transformación, mientras que el revolucionario sí
¿Siempre sí? No; el hombre de izquierda sólo lo alcanza si en función de la racionalidad revolucionaria sujeta y extiende su imaginación hasta tornarla en cuasi-real, solamente si descubre el contenido de su imaginación en lo posible que la realidad sugiere, y que sería precisamente lo que le falta para transformarla en realidad plena. Se hace pasar lo interior a lo exterior si conecta lo imaginario con lo real. Pero esto sería válido si es la suya una imaginación que no retorna al infinito del intimismo burgués, si no recuesta sus anhelos uno a uno en los nichos de la intimidad donde yacen las ilusiones perdidas: si es la suya una imaginación que da la cara, la propia y se atreve a enfrentar afuera la carencia que antes se reservaba para adentro. En otras palabras: se adecúa al tiempo y espacio histórico preciso de la necesidad humana, aquello que desde los años y los días de los hombres desciende para insertarse en el latido del propio tiempo sensible. Por eso decíamos que había que poner el cuerpo: porque este tiempo y este espacio no es el de las «categorías a priori de la sensibilidad». Es el tiempo y el espacio con el cual la corporeidad, la experiencia sensible vivida en el medio de los otros, llena a la racionalidad abstracta con la sustancia de su propia vida: le da su propia forma y la hace descender entre los hombres.
Es lo que pasa, por ejemplo, con el estudio de la lógica formal cientificista y la lógica dialéctica. La primera puede ser estudiada con el fondo de neutralidad y objetividad científica de las ciencias exactas que analizan objetos naturales, pero la segunda sólo puede ser comprendida si el fondo implícito sobre el que se apoya su estudio es el sujeto mismo que analiza. El tronco del sujeto histórico se prolonga en las nervaduras que, desde él, sostienen la hoja menuda de su pensar. A la lógica formal podemos estudiarla teniendo presente sólo la forma de la cosa; el sujeto, personalmente, estorba. A la segunda sólo si partimos de la forma humana: básicamente, de aquél que la hace suya y la ejerce como prolongación de su propia eficacia. La primera se apoya en la escisión cuerpo-espíritu; la segunda requiere la solución del dualismo y la tensión hacia la unidad en el hombre que la piensa. Pensar es ya una praxis. Con la dialéctica del proceso histórico pasa lo mismo, podemos analizar un proceso con el cuento de cómo fue, y la teoría que me dictan de cómo hacerlo. Pero el tránsito hacia el entronque con la historia sólo se descubre desde el sujeto mismo que asume el proceso histórico, que enlaza el sentido de su conflicto individual con la experiencia social que los produce. Volvemos entonces a preguntarnos: ¿es acaso necesario este sujeto que
vuelve por sus fueros? ¿Podemos prescindir de él en el proceso político, conformándonos con que sólo se adecué a la racionalidad externa que sabemos, se le dice, es «científicamente verdadera», aunque sea marxista? Porque toda verdad humana es aproxima– da, pero en este sentido: que requiere que el hombre que la comprenda se aproxime al fenómeno. Y la aproximación al fenómeno, la adecuación que cierra el momento de la comprensión, consiste en que en el sujeto se une lo racional y lo sensible, él es en quien se complementa la universalidad de la teoría con la particularidad del acontecimiento. Esa «ciencia» que no requiere la forma del hombre histórico para encontrar su versificación es lo que se llama metafísica: mensaje que el hombre
emite pero no crea. Por eso el marxismo necesita, en cada momento de la acción, la actualización de la teoría y la práctica, de adecuadores de la forma teórica a la materia histórica. ¿Y si no, quién? ¿Ud., tal vez, que me está leyendo, y que por una extraña prerrogativa que nadie le concede, conforma en su cabeza la forma de mi destino?
Recordemos cómo comienza Marx su crítica a la economía política: «Nosotros, dice, partimos de un hecho económico contemporáneo». Partimos de lo contemporáneo ¿se entiende? De allí donde estamos, tanto Ud. como yo, reunidos, habitando con los otros un mundo co- mún. ¿Para qué esta contemporaneidad, esta reivindicación de lo perceptivo que nos enlaza en un común tiempo y espacio, a no ser que sea aquella que nos permite verificar, con nuestro propio enlace sensible, que nos enlaza a los otros, la máxima densidad de mundo frente un pasado que sólo la imaginación retiene y a un futuro que no existe todavía? Esta preeminencia de lo actual, que da sentido a todo proceso, señala la preeminencia del enlace material del sujeto con el mundo humano material, el lugar de la verificación común. Volvemos otra vez: quiero señalar este mismo sitio donde está Ud. y donde estoy yo junto con los demás. ¿Se entiende que Ud., tanto como yo de la suya, necesita de mi perspectiva para dar término a su conocimiento? ¿Que todos estamos en la historia por derecho propio?
¿Qué debe hacer aquél que pretende modificar la realidad? Básicamente lo siguiente: no guiarse simplemente por las prácticas ratificadas por la burguesía, puesto que éstas contienen sólo los caminos trillados: modos de acción definidos culturalmente en cuanto a los objetivos a obtener y a los medios que se deben emplear. Una especie, por lo tanto, de «instinto social». Negando este modo canónico de ser, debemos recuperar un contacto, una pregnancia con la realidad que no es la que se requiere para efectuar un acto a nivel de la práctica convencional. Diferenciemos entre práctica y praxis. La práctica se realiza mediante la lectura de índices de adecuación al objeto que presupone, como punto de partida/una concordancia básica con la cultura. Estos índices son saliencias indicadoras que, sin transformar nuestra propia realidad individual, nos permiten repetir conductas que hasta ahora han sido eficaces dentro del orden de mundo burgués. Pero si necesitamos modificarnos para poder emprender conductas que apunten a modificar toda la realidad, necesitamos entonces quebrar el marco que para las modificaciones meramente prácticas (congruentes con la estructura burguesa) nos impone su cultura. Ese marco, en el cual inscribimos nuestra eficacia, somos nosotros, individual o colectivamente, quienes lo proyectamos sobre la realidad, que en tanto tal da para todo: para continuar la forma de ellos, para construir tal vez la nuestra. Para quebrar ese camino debemos aprender a ver y a enseñar a ver: debemos romper sus índices de realidad, que son congruentes con el mantenimiento de su orden; debemos comprender, a la luz de la teoría y de la organización revolucionaria, la manera de hacernos converger a la realidad y ordenarla de otro modo. De allí la tarea tanto política como cultural que se requiere: hay que ir deshaciendo las significaciones coaguladas por la burguesía y con las cuales los hombres deforman su propia realidad y se perciben falsamente a sí mismos dentro de ella. Hay que ir detectando paso a paso los núcleos de
obstrucción racional sobre los cuales la burguesía se asienta, sobre los que todos reposamos, porque viven irreductiblemente tanto en ella como en nosotros. Hay que ir deshaciendo la «forma» burguesa, desmigajando su armadura hasta hacerla sensible e intolerante. Hay que volver a hacer sentir lo que se debe pensar, pero hay que volver a pensar profundamente para recomenzar a sentir y salir del entumecimiento.
Desde una perspectiva revolucionaria debemos crear entonces una nueva racionalidad que se adose a la materialidad de nuestra situación, abrace su forma y haga brotar de ella, como posible ya contenido, su futuro. Entonces los índices con que la percibimos ya no serán los mismos; ni el tiempo de la realización revolucionaria ni el espacio de su actividad serán aquellos que amojonaban el contorno vital de la burguesía. Ni siquiera entonces la percepción de nuestros propios límites serán idénticos: se abre aquí una experiencia que expande la contención que la burguesía anudó en nosotros para hacer acceder la posibilidad de un nuevo enlace. Con las categorías burguesas que ordenan nuestro modelo de ser personal no resulta posible pasar de la práctica burguesa a la praxis revolucionaria, aunque sólo sea porque en la segunda se abre un riesgo, un peligro, un fracaso posible que linda con la muerte y que la primera no contiene. En la burguesía la muerte es un accidente que sobreviene; en la revolución una posibilidad que vamos reparando.1
Pero a veces es también posible hacer como si hubiéramos pasado de la una a la otra: basta con ingresar a una comunidad revolucionaria institucionalizada donde la elaboración de las praxis, que viene dada
desde afuera, desde lo internacional, se confunde con la mera práctica: una adhesión más riesgosa pero que siempre, en última instancia, ocultará el riesgo de tener que destruir en sí mismo lo que más profundamente da miedo: los límites de la burguesía, que se confunden con nuestro propio ser.
Resumamos. En nuestra situación actual que pretende preparar el advenimiento de la revolución, ¿quiénes son los encargados de establecer la congruencia entre los índices de realidad y los objetivos revolucionarios que se persiguen?
Precisamente nosotros mismos que generalmente tenemos una estructura adecuada sólo a la realización burguesa de esos objetivos. No nos engañemos que la cosa no es tan fácil. La teoría revolucionaria requiere, para darse el campo de una actividad que persiga objetivos que no están inscriptos a nivel de los objetivos burgueses, modificar la propia estructura individual para buscar esa nueva adecuación. El individuo debe hacerse el mediador entre la racionalidad teórica y la realidad sensible: la hace acordar, penetrar, conformarse al aconteci- miento, la va llenando con su propia sustancia personal hasta hacer que adquiera realidad, hasta que se encarne en el proceso histórico. Porque en su generalidad, en su abstracción, la teoría revolucionaria no es sino un esquema formal cuya amplitud, de prolongarse sin esta adecuación, se adosaría a la realidad sin modificarla. ¿Es el resultado a que nos lleva? Muy semejante al que persigue la burguesía: una buena conciencia de izquierda más.
IV
Cada militante, en la organización, debería vivir la racionalidad revolucionaria asumiéndola como una actividad que él mismo contribuye a revelar. Esta racionalidad vivida carecería de la conciencia de sus propios objetivos si el sujeto, hemos dicho, no se hiciera cargo de su fun-
ción activa y creadora. Pero consideremos lo que comúnmente ocurre en nuestra izquierda. Bien puede darse, y se da de hecho, que las organizaciones de izquierda le propongan al militante actuar de modo tal que lo lleven a interiorizar la racionalidad revolucionaria en un solo nivel, en el aspecto político-social, ocultando así que la acción lo abraza en todos aquellos niveles personales que lo impulsaron a ella. Pero esta parcialización es ya entonces una modalidad específicamente burguesa: corresponde a una de las facetas de su división del trabajo alienada.
¿Cómo no ver que yo, tanto como Ud., nos movemos como un todo, una unidad en la cual la distinción inconsciente de un nivel es ya esci- sión, postergación de lo más propio? ¿Qué se logra con esto? Que la actividad subjetiva, relegada a lo «privado», no se incorpore activamente al proceso, no se vea arrastrada también ella en la actividad modificadora revolucionaria: se condena a la subjetividad a no aprehender su sentido en lo objetivo, a despojar a lo objetivo de su densidad. A lo sumo se socializa el ámbito privado, se le hace comprender su determinación política en el modo del renunciamiento, del sacrificio, pero con ello no se introduce la actividad subjetiva, privada, en la actividad política. Se permanece, como siempre, inscripto en un sistema que no resuelve la contradicción entre lo objetivo y lo subjetivo; sólo se cambia una objetividad por otra, una forma social por otra, pero ambas, tanto la burguesa como ésta, que presume de revolucionaria, deja a lo más propio condenado el azar: se permuta un determinismo por otro en el «interior» del sujeto mismo. Y aunque esta intimidad esté ahora al servicio de la buena causa, aunque trate de sentir buenos sentimientos socialistas que se confunden, no es de extrañar, con los buenos sentimientos burgueses, sigue siendo un reducto marginado que no participa en la dialéctica de lo real. A esta conciencia que se asienta en las sombras de la cual no termina por surgir sólo se la determinó en función de otros «valores»: se le solidificó en otro nivel. Porque no nos engañemos a nosotros mismos: es tener una forma racional, tener el concepto teórico de un hombre, no es tener al hombre mismo: es tener una promesa de hombre. Así con el nombre de izquierda: se lo hizo «bueno» como antes se lo hizo «malo»: siempre desde afuera, sin tener la clave de la transformación, el secreto del trabajo que lleva al camino. Por eso., este tránsito de la burguesía hacia la actividad revolucionaria que debemos realizar, no alcanza a convertirse en una verdadera transformación: de allí los re- nunciamientos, las decepciones, las actitudes que quedan luego como un cosquilleo primaveral. En tanto actividad personal la experiencia del militante —lo vemos continuamente—, queda tan muda como antes: no puede alcanzar su propia palabra porque seguirá hablando con la voz ajena, la de su máximo dirigente, o la del conductor de turno. Pero no habremos construido una perspectiva humana verificadora, correctora, creadora de significación a lo que todavía carece de ella.
Si la racionalidad que se revela en la actividad política de la izquierda es más eficaz que la racionalidad contradictoria de la derecha no es porque cambie de signo: es porque recupera todo el fenómeno humano, todas las significaciones convergentes antes separadas por la bru- talidad del abstraccionismo economista. Por eso puede decirse que la política burguesa es analítica, separadora, abstracta mientras que la de la izquierda sintética, concreta. Esta incorporación de significaciones antes insignificantes (prácticamente toda la vida del sujeto marginali- zada así del ámbito social, toda su efectividad desconocida) es la que le permite adherir plenamente al fenómeno humano destruyendo las categorías que se ceñían estrictamente al contorno del privilegio y del temor capitalista.
Vamos viendo entonces en esta recuperación del sujeto no es un requisito «moral» que la dura lucha y la cruda realidad en su urgencia hagan prescindible. En efecto ¿qué dicen los Manuscritos de Marx? Entre muchas otras cosas, la siguiente: que la verdad pasa por el sujeto,
se elabora en él; que la objetivación, que da forma al mundo humano, es la objetivación del hombre. Dice que la forma humana del otro es la que, a través de la mía, da sentido a todo enlace con el mundo. Dice además que la alienación no es un sello impuesto pasivamente sobre el hombre desde afuera; que la enajenación es, por el contrario, autoena-jenación. Quiere decir: nosotros mismos hemos realizado, contribuido, al trabajo social de enajenarnos, y hemos participado por lo tanto activamente en la nuestra propia, sistema de producción mediante, si, es cierto, se nos dirá, que no podíamos hacer otra cosa, que sólo así podíamos llegar a adquirir «realidad social», adecuarnos al sistema de producción, satisfacer nuestras necesidades. Pero eso, adecuarnos al sistema, sí lo hicimos. Pero dice además que el camino para suprimir la autoenaje-nación pasa por el cambio que nos llevó a la autoenajenación misma. De este trabajo de suprimir la propia autoenajenación el hombre de izquierda no está exento por el sólo hecho de serlo. La supresión de la autoenajenación no es entonces un proceso instantáneo: implica deshacer en nosotros mismos la separación que escindió lo sensible de lo racional; así como una cosa hecha mercancía se escinde en valor de uso y valor de cambio. Significa devolverle el sentido a las cosas adquiriéndolo propiamente, O simultáneamente, nosotros mismos. Decir autoenajenación quiere decir que hemos tenido que hacer, sometiéndonos, lo que el mundo burgués nos solicitaba para habilitar a vivir en él. Lo característico de la cultura burguesa consiste básicamente en esa adecuación que impone a cada recién llegado: hacerse contra sí mismo, lo que los otros ya son. ¿El tránsito hacia la revolución mantendrá necesariamente este «contra sí mismo» como irreductible?
Por eso, hablar de «cultura revolucionaria» significa comprender primeramente cuáles son los caminos que nos permitan desarmar la tram- pa que la burguesía tendió en nosotros. Y el obstáculo que descubrimos cuando buscamos la actividad eficaz es el siguiente: los únicos caminos transitables, inmediatamente dados, por los cuales se nos permite conducir la actividad de izquierda, son los caminos amojonados por los modelos burgueses de rebeldía. Modelos que circulan atentos a las luces rojas y verdes, pero que sólo llevan, por último, al fracaso y a la justificación. Aquí, en estos modelos burgueses de rebeldía residen los enlaces sociales tolerados dentro de una congruencia que no fuimos capaces de deshacer: entre nuestra propia individualidad, nuestra sensibilidad así conformada, y el orden del mundo del cual depende. Y si la realidad está ordenada a la derecha desde dentro de nosotros mismos, puestos que fuimos hecha por ella, ¿cómo llenar con un contenido de izquierda a la teoría revolucionaria que recibimos con cargo de hacerla pasar a la realidad? ¿Cómo imbricar a la racionalidad revolucionaria para que anime a esta realidad social si no somos capaces de encarnarla, de situarla en el centro mismo de nuestra individualidad, por ahora ocupada por los modelos y las categorías de derecha? Una cosa es al menos cierta: la modificación no puede ser proyectada sólo a nivel de la objetividad política —que es el plano de la máxima generalidad— sino también convertir en política la propia subjetividad. Es decir-, ser uno mismo el índice, el más cercano, de la imposibilidad de alcanzar la unidad de sí mismo dentro de la racionalidad burguesa, y del requerimiento tenaz de construir otro orden que nos contenga.
Nada más evidente, se dirá. ¿Acaso no estamos todos en esto? ¿Acaso no es ésta la experiencia cotidiana del hombre de izquierda? Me temo que no. La racionalidad burguesa, dijimos, tendió su trampa en nosotros, y no es una metáfora: puesto que aprendimos a pensar sin comprometer nuestro cuerpo en el proceso, parecería que el tránsito de la burguesía a la revolución puede hacerse siguiendo el mismo esquema escindido de la burguesía: adaptarse a una idea sin un cuerpo que resuene, que se ordene con ella. Pero este escamoteo es posible: a nivel de la burguesía porque la sensibilidad, así desdeñada, sigue aferrada a la tierra firme del mundo burgués que la sostiene: no necesita hacer el esfuerzo de sentir al mundo de otro modo porque ya, por su propio surgimiento, está afirmada sólidamente en la realidad. Los burgueses piensan en un nivel, pero sienten afectivamente en otro: están bien instalados en los dos. Tienen para ello la propiedad privada de la palabra, que les permite pensar, y la propiedad privada de las cosas, que les permite sentir, y todo sin mutua contaminación. Pero en el hombre de izquierda este equívoco, que a los otros aprovecha, no puede correr sin riesgo para la racionalidad revolucionaria misma. Vamos viendo por qué. Porque si no asentamos nuestra sensibilidad, nuestro cuerpo, en otro orden material que debemos crear, esta sensibilidad que no puede dejar de sentir como tampoco de ser material, quedará entonces necesariamente asentada en el orden material de la derecha.
¿Qué pasa si desconocemos que el primer cuerpo material sobre el cual se asienta la racionalidad revolucionaria es el «cuerpo propio» del revolucionario que la hace posible? Pasará que esta sensibilidad de derecha será el campo, en tanto que ella se prolonga en nosotros, sobre el cual se asentará la pretendida racionalidad de izquierda ¿Quién podrá, ingenuo, creer en su «verdad»? ¿Qué podría resultar de este dualismo sino una patraña más? Ya lo hemos visto: una racionalidad ascética, pura, incorpórea, inmaculada, que oculta la trampa que la formó y que en mérito a su permanencia pide que nos cerremos aún más. Lo contrario de una racionalidad marxista que adhiere a la «naturaleza» del hombre y la transforma. ¿No encontramos aquí alguna de las modalidades de la racionalidad vigente en la izquierda?
V
Función del modelo humano revolucionario en el proceso histórico.
Recapitulemos nuestro trayecto. Habíamos partido de la escisión que la burguesía introducía en el hombre, por lo tanto de la división que necesariamente formó en cada uno de nosotros. Pero vimos que esta escisión se prolongaba también en el militante de la izquierda. Y que la racionalidad que el sujeto adoptaba para leer el sentido del proceso revolucionario podía corresponder a un ejercicio de la capacidad de actuar y de pensar que, viniendo de la derecha como necesariamente venía, se prolongaba también en el hombre de izquierda manteniendo las mismas categorías adecuadas a la burguesía. Basta para ello con vivir apoyándose en un dualismo personal, hecho modo de ser, que a veces tanto el prensar como el hacer trata de encubrir: una razón, un modo de ordenar el mundo y la relación con los otros que no se hace cargo de la significación del propio proceso personal; de su relación con la forma sensible humana que le da sentido, puesto que se aleja del poder de transformación que reside en la experiencia, entre dolorosa y gozosa, del propio cuerpo que encarna las significaciones revolucionarias. Y esta pérdida de sí era posible: porque el hombre de izquierda no había enardecido su experiencia hasta modificar su sensibilidad que quedaba aferrada así al peso muerto de nuestra pasividad de derecha.
El problema quedaba restringido en señalar, para nuestra izquierda, el necesario retorno a un sujeto que colmara ese hiato abierto en él mismo por la burguesía. Y no por mera retórica intelectual. Este sujeto se revelaba como necesario, imprescindible, para poder darse a la tarea de hacer surgir, entre nosotros, una comprensión que adhiere y abrace la peculiaridad, lo específico, de nuestro propio proceso histórico. Pero esta comprensión no la agotaba la racionalidad pensante del dualismo burgués: no era un acto que residiera en ese pensar a la izquierda que no se hace cargo de la inercia del cuerpo que siente a la derecha. Para aspirar a expresar la forma de lo leal esta comprensión revolucionaria exigía, hemos visto, que el sujeto reflejara el mundo en la medida en que, en su vivir sensible y pensante, se
hacía cargo de él. ¿Qué sucedía entonces? Que esta comprensión, al hacerlo, transgrediera los límites de la pura racionalidad y apareciera ya como un obrar en el acto mismo de pensar. O, dicho de otro modo: la posibilidad de pensar radicalmente la situación en que nos encontramos sumergidos sólo podía surgir de la decisión de modificación —de la propia prolongándose hacia el mundo—, pues era la única que podía mostrarnos la racionalidad más aproximada al proceso al vivificar el sujeto su propio «aparato» perceptor adecuándolo a la tarea: al reconocer la estructura efectiva de su propio movimiento enlazado al mundo y a los otros.
Porque si queríamos salir de la cabeza y del cuerpo encallecidos del burgués simiente y pensante ¿habría de serlo para penetrar en el enca- necimiento y en el endurecimiento de ese «militante» o «pensador» de izquierda que dio término a la dialéctica, que pegó el salto y cree estar ya instalado en el orden del futuro? Entonces, frente a este dogmatismo de su propio pasaje, nos preguntamos: ¿Para qué habría de servir el sujeto que necesitamos recuperar para la revolución si volvemos nuevamente a meternos en el molde del obrar que conformó en nosotros el modelo de hombre proporcionado por la división del trabajo capitalista, por más que esté al servicio, ahora, de la «causa» socialista?
Hablábamos de la modificación del sujeto mismo, y esto no es meramente un esquema ideal: lo encontramos necesariamente —y aquí vemos despuntar la necesidad histórica no como una causa externa sino a nivel de la libertad del sujeto— allí donde todo proceso revolucionario efectivamente se realizó. Si el tránsito de la burguesía a la revolución aparece como una necesidad surgida desde el régimen capitalista mismo, esa necesidad racional debe ser leída comprendiendo en ella los aspectos humanos sensibles también necesarios que la hicieron posible, y que el dogmatismo y el oportunismo de izquierda abstraen como innecesarios: leen la racionalidad del proceso dejando fuera, como irracional, lo que no son capaces de asumir ni de modificar: el sujeto mismo, a sí mismos. Son, pese a todo, los que conservan en el interior de la izquierda el pesimismo y la desazón y la amargura de la derecha. ¿Cómo confiar entonces en esa racionalidad presuntamente de izquierda que ellos sostienen desde su propia materialidad de derecha? ¿Cómo confiar en sus «tácticas» y en sus «estrategias»? Lo que diferencia la izquierda de la derecha no es meramente la organización del sistema de producción económica: es el sistema productor de hombres. Por eso la organización revolucionaria, su modo de prepararse y obrar, es ya la prolongación que adquiere la racionalización revolucionaria, su modo de prepararse y de obrar, es ya la prolongación que adquiere la racionalidad revolucionaria cuando pasa a la realidad. Y decíamos al comienzo que también la estructura política revolucionaria se verifica a nivel del sujeto, puesto que el «determinismo» del proceso histórico no puede ser leído como necesario, y se convierte en irracional, si no integramos aquello que la racionalidad revolucionaria exige: al hombre revolucionario mismo, al «modelo» humano de pasaje de una forma histórica a otra, sin el cual la nueva forma social no podría anunciarse nunca entre los hombres. Digámoslo de una vez: el proceso revolucionario es necesario porque el sujeto mismo lo requiere para dar término a sus propios conflictos, para realizar al proceso que la lleve a su coherencia y su unificación. Se va viendo hacia dónde pretendemos ir: cuando hablamos de la «racionalidad revolucionaria» no queremos decir que el obrero se con- vierta en un intelectual, ni el intelectual en un obrero: con ser sólo lo que son, ninguno de ellos tiene el privilegio de la verdad. Nos referimos en cambio a lo que da término a la mera racionalidad del intelectual, o a la sensibilidad del obrero: al modelo humano en el cual el conflicto que ambos expresan halla su superación. Nos referimos al modelo humano de racionalidad hecha cuerpo, al nuevo ordenamiento hecho proyecto de solución, de esa organización de la realidad que aparece, como prototipo, en los conductores y dirigentes
de los movimientos revolucionarios. ¿Conductores?, se me dirá. ¿Acaso Perón no fue uno de ellos? ¿Acaso no tenía él también su esquema revolucionario, su propia racionalidad? Pero entendámonos: no me refiero a la validez separada ni de la teoría ni de la actividad práctica. La doctrina «justicialista», en tanto abstracción, no tiene validez en sí misma, como tampoco en sí misma la tiene la teoría marxista. El justicialismo no solamente es una falsa racionalización desde el ángulo de las ideas revolucionarias; no, aquí no reside la verificación de su verdad. Es falso, sobre todo, por el modelo de hombres que necesariamente lo encarnaron en tanto «modelos» que lo hicieron comprensible y en los cuales se encarnó como verdad histórica. La falsedad de esta teoría aparece ligada necesariamente a la «forma humana» condenada al fracaso que la produjo y cuyo sentido, en tanto actividad, con ser lo que fue, no se inscribió en la dirección de un proceso de modificación revolucionaria. Desde algunos ángulos el proceso peronista tuvo su positividad: no lo vamos a discutir aquí. Pero a nivel de nuestro análisis y de su fracaso es un buen ejemplo, sin embargo, en tanto forma humana propuesta, de eficacia negativa, que linda con la contrarrevolución.
Modelo de contención burguesa ese, siguiendo el ejemplo, que les acercó Perón. Modelo de racionalidad adecuada al capitalismo; que al mismo tiempo que les proporcionaba el sentimiento de su propio poder los sujetaba a las formas de dominio y de dependencia de los intereses globales contrarios a su clase. Este ordenamiento hecho sensibilidad en cada peronista, este modelo de humanidad que se les impuso y que significó el abandono de la propia autonomía, fue el más tenaz de los dominios. Ya sabemos por qué. Porque surgió de una forma humana sensible que al ser aceptada, los llevó a encontrar su término lógico en las estructuras del poder burgués fomentadas y enaltecidas por el modelo. Aquí se ve bien cómo la forma humana es la expresión adecuada a las formas de las instituciones y de las categorías racionales de una clase determinada. Trampolín que desde el modelo, a través de su modo de pensar y obrar, lleva a enlazarnos con las estructuras de producción y dominio, como vemos, el modelo individual que el obrero sintió como propio en Perón, como adecuado a la salida para su propio problema, era una trampa que la misma burguesía decantó en ellos mismos: adherir desde lo propio, desde lo más personal, a lo que sintió como homogéneo consigo mismo. Perón «estaba en el corazón del pueblo»: cada uno lo llevaba latiendo en sí como su propia forma. Sin darse cuenta sin embargo que esa homogeneidad sentida entre Perón y ellos, ese margen que la reflexión no delataba, era lo que tenían, en tanto obreros, en común con la burguesía misma: un sentido modo de adherir a una forma de vida que mantenía, como inamovible, la estructura global en la que cada cosa y cada acto cobraba su definitivo sentido. Así la conquista «material», efectiva con ser tan modesta, no revelaba un sentido humano: se inscribía con ligeras variantes en un mismo modelo de vida cuyos valores culminantes eran, exaltados para sí mismos ahora, los valores culminantes de la burguesía. La materialidad peronista era la misma materialidad abstracta del materialismo individualista burgués. Por eso el obrero no pudo sentir la diferencia de clase que Perón, como mediador, borraba. ¿Por qué? Porque esa diferencia era para ser sabida, racionalizada, no para ser sólo sentida. Aquí el orden afectivo del «sentir» permanece sin cobrar conciencia de la racionalidad muda que lo mueve, sin abrirse a un nuevo y distinto orden, aferrado a las categorías y al modelo de ser que la burguesía necesariamente conforma en todos sus hombres. El obrero sentía con todo lo mejor de sí mismo, tal vez, pero ese «mejor» sentido estaba modelado también por la contabilidad valorativa burguesa. De allí que esa complacencia que vivían a través de una imagen de sí mismos devuelta aduladoramente por Perón desde el poder fue una de las facetas del proceso que más daño le hicieron a la clase trabajadora: remachar la alienación condenándolos a perseguir la supresión del dominio capitalista
siguiendo el camino que los llevaba de nuevo a su punto de partida. Dicho de otro modo: no poder hacer el tránsito de la sensibilidad burguesa a la racionalidad revolucionaria. Con la imagen de Perón adentro no es muy ancho el camino de osadía y de reflexión que se podía seguir: un militar burgués que sigue latiendo adentro de cada uno señalando con su sístole y su diástole los límites de su irresponsabilidad: un «pobre de ellos» que se transformó en un «pobre de mí»: el despertar de un sueño ilusorio del que todavía no se salió. Pero este recurso a Perón no es más que un ejemplo en el camino que nos lleva a tratar de comprender que la racionalidad revolucionaria, la comprensión intelectual del proceso, debe encarnarse en la sensibilidad del hombre modelándola frente a estos nuevos objetivos que el descubrimiento intelectual le señalaba: que no hay cuerpo burgués, sensibilidad, sentir burgués que pueda proponerse, sin paralela mo- dificación, la racionalidad que buscamos para una transformación radical. Esta síntesis propia delegada en otro, este modelo de salida que fue Perón, que los llevaba a no desanudar el lazo de opresión sino a soslayarlo, fue una forma de tránsito aparente que contenía el fracaso como su límite, y es lo que nos muestra más claramente lo que queremos subrayar: la necesidad ineludible de la racionalidad también para la clase trabajadora, la ruptura para el oportunismo. Téngase presente que esta concepción que aquí desarrollamos no excluye la creación colectiva: sólo analiza uno de sus momentos. Por el contrario: si hay síntesis colectivas racionales éstas surgen como convergencia de síntesis parciales individuales que nacen de una acción común. Pero siempre hay alguien que las impulsa, algunos que la mueven, que las encarnan con mayor decisión. Esta síntesis vivida por todos debe verificarse como posible al menos en uno para alcanzar su dimensión de posibilidad humana: es la figura del héroe, del prototipo, que une en sí mismo lo racional con lo sensible y lo hace acceder, por su coraje, vividamente para los otros.
Hay uno que emerge haciendo visible, como forma humana de un tránsito real de la burguesía a la revolución, el camino hacia la transformación que todos podrán recorrer. Así adquiere forma humana sintética lo que hasta entonces era disgregación colectiva, anuncio vago, existencia virtual. El conocimiento, a nivel de la praxis social, siempre tiene «forma hombre» para poder ser vehículo de transforma- ción: siempre requiere tomar cuerpo en alguien para unificarse.
Sólo así se convierte en acceso a lo real la coherencia racional meramente pensada o sentida. Adquirir forma humana quiere decir que aquél que pensó y sintió necesariamente obró: que abrió el camino hacia la realidad al menos en su propia persona. Esta garantía mínima es una garantía revolucionaria: aquí no hay privilegios de extraterritorialidad para nadie. Entiéndase: el pensar y el sentir que se hacen obra, trabajo. Por lo tanto, que en cuanto pensar está ligado al de todos aquellos que piensan para abrir esta nueva racionalidad. Que en cuanto sentir está ligado a la carne de todos los que sufren el desequilibrio y fueron producidos por una estructura de dominio semejante. Y que en cuanto obrar trata de hacerlos acceder a esta dimensión de mundo que por su propia síntesis vivida prolonga. Así el modelo de hombre, ese esfuerzo de unificación de lo sensible y lo racional, significa el intento de abarcar concretamente al mundo: en lo que tiene de materia con sentido, de cuerpo con razón.
Esto es lo que determinará para los otros el camino humano de una modificación efectivamente posible, porque ya está ciertamente hecha al menos en uno. La realidad tiene ahora su límite preciso; la ensoñación vaga pierde su desborde y adquiere el contorno que la promoción realizada por el héroe, por el militante creador, le señala. Y esto se consigue porque en la figura del hombre que osó la racionalidad revo- lucionaria se hizo humana, corpórea, porque emergió desde ellos, desde el sostén de la fuerza en la que el modelo se apoyó para vencer la
fuerza represora de la burguesía y concebir una posibilidad distinta. Para vencer hacia afuera una represión efectiva, hecha prisión o fusil, es preciso sentir en el proletariado o en otros hombres esa fuerza que, disponible y orientada ya desde su propia necesidad, podrá reconocerse en quien la encarne y la dirija. Un riesgo, ciertamente, que sólo la fuerza individual que comunica con esa fuerza contenida logra correr, pero que nunca surge de la sola teoría. Y así se produce este proceso de «masas» que la burguesía no quiso nunca explicar, pero que siempre utilizó: la síntesis que les alcanza a todos, por identificación, de forma ajena a forma propia, de cuerpo a cuerpo, desde adentro, como adecuada a cada uno.
De allí la dificultad del tema que desarrollamos. Tratar el problema de la cultura revolucionaria encubre una osadía que sin embargo de- bemos enfrentar, y es ésta: ¿cómo ayudarle al hombre argentino a constituir las condiciones de objetividad destruidas, coartadas, abstraídas en el proceso de producción de hombres de la burguesía? ¿Cómo devolverles, a través de otra forma humana, la capacidad de desalienar la suya propia?
El énfasis puesto en la idea de alienación, que tantos ahora citan de Marx, significa poner en el centro del análisis algo mucho más grave: ni más ni menos que la primacía de la forma humana revolucionaria, la destrucción necesaria del dualismo personal para acceder a la comprensión del proceso histórico. La incoherencia en las ideas, a nivel intelectual, no es sino otra modalidad del escamoteo, a nivel personal. Quiere decir: debemos poner en el centro del análisis la necesaria modificación del individuo para poder percibir revolu- cionariamente el acontecimiento que se quiere modificar. Pero esto que se produce a nivel personal tiene mucha importancia a nivel político, porque dependerá de cómo el militante o el dirigente se perciba a sí mismo para que, a su vez, la percepción de los otros, de aquellos con quienes pretende trabajar para efectuar la revolución, se modifique. La imagen de esta época de «masas» con la que algunos revolucionarios de izquierda trabajan no difiere mucho, en los hechos, de la imagen de la «masa» que la burguesía se formó: se la «trabaja» a nivel de lo que se cree son sus «intereses» porque no se tiene el coraje de proyectar sobre ella una posibilidad distinta. Se la percibe a nivel de las reivindicaciones burguesas, pero como si ese ser dependiente fuese para ellos una modalidad «natural»: como si no hubieran tenido que realizar el proceso de la autoalienación, de la penetración individual en el ser alienado de la burguesía. Por eso se es incapaz de proponerles, desde allí, una alternativa coherente que enlace ese proceso con una actividad efectivamente revolucionaria que les permite desandar el camino de la propia alienación. Así se piensa el resultado —los obreros— sin el proceso: la enajenación que llevó a ese resultado. De allí la falsa imagen que se dan: la masa, que no entiende; la masa, que tiene el líder que se merece; la masa, halagable y sensiblera: la masa, que persigue sólo lo útil, etcétera. Pero esta reducción empirista no es el fruto de una percepción objetiva de la realidad: es fruto de la propia proyección individual, de la propia pobreza y falta de confianza en los principios que, sólo racionalmente, se dice sostener. El desafío personal que lleva implícito pensar a los hombres de otro modo es el que impera allí donde el proceso revolucionario, ya en camino, ha permanecido fiel a la forma del hombre. Pienso, por ejemplo —y bastaría uno solo— en la revolución cubana. Sin excesiva idealización podemos afirmar que allí sus miembros son considerados como «personas», no son «meloneados» «ni manejados» por alguien que, más vivo, poseyera la clave de la inteligibilidad de los demás y, por lo tanto, conociera el «mecanismo» para hacerlos marchar. Pero no porque deje de habérseles, en grandes concentraciones, en común; tampoco porque no se los organice colectivamente; ni siquiera porque no se hagan mitines o reuniones donde, según supone, la burguesía, el individuo «espiritual» pierde sus condiciones específicas para
adquirir caracteres cercanos a la animalidad: el momento propicio en el cual sus bajas pasiones contenidas habrían de desatarse. La fuerza de la multitud,
en efecto, puede ser una fuerza revolucionaria o una fuerza burguesa: puede aullar retornando a la «animalidad» que la burguesía le adjudica como su objetivo, porque permanecen, en tanto salen de ella, dentro de los valores específicos de la burguesía. Entonces la multitud no hace sino querer unlversalizar de golpe lo que cotidianamente, en la clandestinidad del privilegio, los miembros de la burguesía quieren. Pero la fuerza de la multitud que puede desecharlos y querer objetivos que se le descubran como propios, y encontrar en su fuerza reunida, pero organizada, el descubrimiento de cómo alcanzarlos en la realidad. El problema de la diferencia entre un modelo revolucionario y un modelo burgués está en lo que se solicita de los hombres, en la imagen que se les devuelve de sí mismos a través de los modelos de hombres que los conducen. Esa fuerza que Fidel Castro suscitó, por ejemplo, le permitió a él llegar a unificar en su momento lo disperso y lo posible de la clase trabajadora, que se reconoció en su modelo de modificación, de coraje, de riesgo, de osadía, de pensamiento: de hombría hecho prototipo de la forma humana necesaria para alcanzar la transformación efectiva de una realidad nacional. Él hizo con su vida, como ejemplo saliente de lo que muchos otros hicieron en común, la demostración de que lo pensado era humanamente posible. Un loco antes que se convierte, por el trabajo, en el supremamente cuerdo, en el índice de lo que todos debemos comprender como real. Y pasemos ahora a lo nuestro: ¿Qué hizo Perón con su vida, qué imagen les devolvió a nuestros trabajadores a través de sí mismo, qué nuevos valores humanos hizo acceder a nuestra realidad, qué nueva síntesis nos expresó con su existencia política y su destierro, qué hizo de la fuerza humana sobre la que se apoyó?
VI
¿Y nosotros?
En función de este acceso vivido a la realidad, de esta síntesis de lo que fue disperso por la incongruencia de la actividad burguesa, el mo- delo revolucionario procura hacer acceder a la realidad. Una unidad posible que él ya esbozó a partir de sí mismo. Atrevámonos a decirlo: la izquierda, entre nosotros, no supo suscitar ningún modelo de hombres revolucionarios que contuviera, que constituyera en síntesis personal, ese ideal por ahora abstracto de la izquierda. Ni formó ni ayudó a formar: nuestra izquierda, desconfiada de sí misma, ni siquiera ha sabido enaltecer a sus héroes, hacerlos vivir más allá de sus muertes y de sus sacrificios, aunque los valores que crearan fueran, como necesariamente lo son, parciales. Esta mezquindad de nuestra izquierda, celosa del grupo propio, desconfiada y hostil del ajeno, ¿cómo podría comprender la realidad si no comprende lo que está más próximo a ella, si un primer acto consiste en endurecerse frente a otro hombre de izquierda, como si ese acentuamiento de lo propio significara necesariamente la negación completa de lo ajeno? Es extraño, y significativo, que sigamos reservando el proceso de la síntesis para los juicios, remitiéndolos al plano de lo conceptual, pero no nos preocupemos por hacerla visible a nivel del hombre mismo. Pero esta síntesis no sólo no se realizó en un hombre (señal de que sus dirigentes, o cualquiera de nosotros, carecimos hasta ahora de la fuerza de encarnación, de concreción, como para materializar en una forma humana la creencia en los ideales que sostenemos). Tampoco hemos sido capaces de extraer de nuestra dispersión la exacerbación de
esa fuerza que la izquierda podría haber alcanzado —si realmente creyera en lo que hace—. No hablemos ya de la desconfianza en nosotros mismos. Si realmente creyéramos en el proletariado, si realmente contáramos con su fuerza y no fuese la suya sólo una imagen psicológicamente enardecida para complementar nuestra incongruencia vivida a nivel de lo real, esa energía que teóricamente le asignamos al proletariado realmente hubiera pasado a nosotros: se hubiera hecho acto político, se hubiera hecho teoría nacional, se hubiera hecho literatura revolucionaria. En cambio hemos hecho de la actividad política nuestra «obra de arte», quiero decir nuestro complemento imaginario que compensara así una deficiencia real que no asumimos fuera de este plano simbólico a pesar de que lo vivimos como si fuese real. Nuestra izquierda, en su mayoría, es expresionista, lo cual es una manera de decir que actuamos, que representamos nuestro propio drama del imposible tránsito de la burguesía a la revolución, tal vez para no reconocerlo, para no enfrentar las condiciones de la realidad misma como doloroso y cruel punto de partida.
Dijimos que la falta de percepción de nuestra propia realidad individual necesariamente deforma, al adaptarla a sus propósitos, la realidad social sobre la que debemos actuar. ¿Vemos, acaso, realmente al proletariado cómo es? ¿Hasta qué punto no hemos deformado su realidad? Porque sucede que la fuerza del proletariado, en la cual apoyarnos, aunque no estuviese con nosotros pero estuviese en lo suya, podríamos haberla sentido como propia: hubiéramos vivido así, desde nuestro marginalismo burgués, la decisión proletaria. Pero es preciso entenderse: si la clase obrera está alienada, y nosotros no hemos podido hacer lo nuestro porque no contamos con su fuerza, más allá de la verdad de esta afirmación queda algo irreductible: tampoco sin embargo hemos sabido extraer esa fuerza al menos del ámbito en el cual vivimos nuestros propios conflictos de clase: de nosotros mismos. ¿Somos una fuerza o no? ¿Qué quiere decir entonces este conglomerado de izquierda que siempre mira de costado, más allá de sí mismo, hacia la clase trabajadora pidiéndole que ella sí haga la unidad, que ella sí supere su alienación, que ella sí realice los actos de pasar a la realidad, pero que no mira hacia sí mismo para ver nuestra propia dispersión, nuestra propia incapacidad de reunir esta energía desperdiciada e impulsar hasta constituirla en una efectiva fuerza que se juega en actos propios dentro de la realidad? ¿No jugará en unos y otros la misma represión? ¿No será la misma presencia del poder represivo que detiene la eficiencia de nuestros actos, la profundidad de nuestro pensamiento, el reconocimiento de una realidad que no puede ser asumida revolucionariamente sin poner de relieve lo que el poder oculta: el riesgo de la vida? Pero este riesgo de la vida, ya lo vimos, no es sólo —y especialmente para la izquierda— la presencia del fusil y la picana: son los límites que la burguesía estableció en nosotros, con sus categorías mentales y morales que señalan en cada acto nuestro el desvío sentido como peligroso, la presencia de lo desconocido que debemos afrontar: los límites de realidad que ella nos fijó como propios.
Y si fuéramos incapaces de asumir el riesgo, siquiera éste que tiende a desentrañar el sentido de lo real, entonces ¿para qué simularlo? Y cuando lo asumimos, la gratuidad misma del resultado inscripto en una realidad deformada por el temor, esa gratuidad ¿no nos muestra este drama del hombre de izquierda separado que todos alguna vez hemos sentido: el sacrificio estéril cuyo recuerdo se borrará para siempre de la memoria de los hombres? ¿Y si para no enfrentar aquello de lo que sí realmente somos capaces estuviésemos acentuando una diferencia sólo para sentirla, agrandando su imagen —la imagen de la revolución— pero para no construirla, paso a paso, en la realidad?
Por eso decimos que no se trata de crear voluntariamente al héroe: éste surge, y nunca solo, con su propio sacrificio comprometiendo el nuestro cuando las fuerzas de producción lo citan indirectamente, porque en esas circunstancias alguien gira su propia vida contra el futuro
que esa fuerza contiene. Estas fuerzas han creado el lugar humano en el cual logran sintetizarse y aparecer como hombre posible. Por lo tanto, como aquél hombre que va señalando con su actividad propia el modelo de un camino transitable, puesto que se evidencia como humano para todos. Ni la clase trabajadora ni la izquierda supo darse ni reconocerse en un «modelo» nacional revolucionario, y si el éxito aquí se confunde con las más profundas ambiciones burguesas de hacerle trampas a la realidad, de hacer las cosas como si se las hiciera verdaderamente, porque otros adquirieron así el poder, esto señala la persistencia entre nosotros de un modelo de tránsito, confesémoslo o no, burgués pero no revolucionario. Así con el modelo de Perón por ejemplo. La permanencia de la figura de Perón como modelo de tránsito hacia la clase trabajadora —eslabón hacia la revolución— que muchos utilizan todavía, es una resultante nuestra que qiferrámoslo o no, hemos necesariamente interiorizado. Esa imagen quedó entre nosotros como una imagen de éxito y de eficacia allí donde toda otra eficacia de tránsito hacia sus trabajadores, inscripta a nivel de una revolución verdadera, aparece con el rostro de una muerte posible que es necesario eludir. Por un motivo u otro el modelo de Perón fue nuestro. ¡Generación de Pepsi! ¡Somos la «generación de Perón»! De allí que su imagen sea la seducción inconfesa que todos, en la izquierda, hemos por un momento sentido: constituye, la suya, una categoría «nacional» que nos tenemos merecida. Si esta realidad lo hizo su héroe, si de su substancia está amasada, como imagen de triunfo y de eficacia, todo tránsito a la realidad, Perón tiene entonces la sacralidad que une lo finito y lo infinito: tiene para la izquierda la clave de un misterio —el tránsito al proletariado— que no pudimos de otro modo hasta ahora resolver. Porque debemos reconocerlo: algo, tiene Perón que no tiene la izquierda. Sí, efectivamente, algo tiene, que es necesario que nos lo saquemos definitivamente de la cabeza para pensar la realidad: la fuerza de la derecha, la no creación de un pasaje revolucionario a la realidad, la permanencia en lo homogéneo de la propia clase. Tiene aquello con lo que nosotros no podemos contar, a no ser que abandonemos el sentido de nuestros objetivos que contienen la destrucción de este modelo humano burgués como su necesidad.
Este esfuerzo de creación no puede sernos ahorrado. Y en última instancia, aunque nada es seguro, sabemos ya anticipadamente que este camino al menos lleva al fracaso y a la frustración. Consecuentemente, que sólo nos queda una salida. Y esa salida está por ser creada entre nosotros. ¿Seremos capaces de aceptar nuestro destino, de animar la densidad de la historia con la fugacidad de una vida?
* León Rozitchner, Doctor en Filosofía de la Universidad de París y Licenciado en la misma Universidad. Fue profesor en las Universidades: del Litoral, de La Plata, de La Habana y actualmente en la de Buenos Aires.
Autor de los libros Persona y comunidad (Eudeba), Moral burguesa y revolución (Lautaro), así como de ensayos y artículos sobre temas de filosofía y política. Formó parte de la dirección de la revista Contorno. Actualmente prepara un libro sobre Marx y Freud.
El artículo que presentamos formula una temática muy rica y nos obligamos a publicar circunstanciadamente en el próximo número, nuestra visión crítica del mismo. Entendemos que es útil debatir opiniones en este y otros campos, todavía insuficientemente despejados en nuestro país por la metodología marxista.
- Esta referencia a la norma «occidental» en la muerte burguesa es la que sirve para ocultar el escándalo cultural de la muerte que llega por la propia mano del hombre. Así como ese infeliz de Guillermo Martínez Márquez, colaborador naturalmente de La Prensa, que hace el siguiente cómputo sobre la muerte de los norteamericanos en Vietnam: «A pesar de la intensificación de las operaciones militares en Vietnam, bastaría comparar el caso con otro cualquiera para comprender que lo que está en juego no es tan importante desde el punto de vista material como moral. Por ej., durante el año 1965 los (norte) americanos muertos en accidentes de tránsito fueron 49000, mientras las víctimas de Vietnam ascendieron a 1.724. Los heridos en el tránsito llegaron a tres millones y medio, y en Vietnam a sólo 6.100. Y el costo de los accidentes llegó a cerca de 8 mil millones de dólares». (Z« Prensa, 2/II/66). Naturalmente, este cubano al servicio de sus amos no integra en sus cómputos de «pérdidas» la vida de los otros. Sólo se trata allí de la vida ajena. Véase cómo se ejerce así la destrucción del sentido cultural: la muerte intencional queda aquí reducida al residuo que deja una mera práctica social: lo accidental.
Tantas cosas, Diego… // Agustín Jerónimo Valle
1-Ah, son tantas cosas. Nunca en este país se lloró tanto en simultáneo, nunca hubo tanto llanto común. Seguro fue equivalente en proporción cuando murió Eva, quizá cuando murió Perón, cuando murió Gardel, no sé. ¿Son las mismas lágrimas saliendo por tantos ojos, es un mismo llanto en millones de cuerpos? ¿Desmiente, este llanto extenso, la individualidad separada de los cuerpos, de las vidas? ¿Y de qué son las lágrimas, qué se llora con Diego? ¡Son tantas cosas! Y muchos no pudimos nunca, ni una sola vez ver el segundo gol a los ingleses sin llorar. Tanto, todo, junto. Quizá las lágrimas, además de dolor, de tristeza, además de alegría, de “emoción”, quizá las lágrimas expresen el sentimiento al que accedemos precisamente de desborde de nuestro cuerpo individual, experiencia supra-yoica de ser parte de algo inmensurable. Nos experimentamos como parte de algo que nos excede y desborda -en llanto-. Esto es afectivo, es anímico (del alma como la imagen actual del cuerpo), pero a la vez concreto, materialista: Diego es el cuerpo y el nombre de una experiencia multitidunal de lo eterno y de lo sublime.
2- Tantas cosas: parece realmente que a la Policía -de la Ciudad, otrora Federal- de unos años a esta parte cada vez tiene más hondo el goce de dañar. No solo más preparada física y técnicamente para reprimir, sino para desearlo, para disfrutarlo; esperando el momento de que les saquen el bozal y puedan meter palo, bala, gas. Los más killers en un mundo bien killer, los más duros entre duros, la risa del mal suprema. Habría que pensar este tipo específico de goce estatal por el terror, bien distinto al de la Dictadura y también al de la post-dictadura. Pero más allá de esto, y asumiendo también una decisión política de llenar de violencia la escena del velorio maradoniano (pero qué, ¿se murió Diego, es verdad?), cabe preguntar: esa decisión, ¿a qué reprimió? No había una fuerza que amenazara físicamente a la Policía ni a su disposición, en la Nueve de Julio; entonces, ¿aué posibles fueron ahí reprimidos? Andrés Pezzola ilumina: la yuta, fija, flashaba que le pegaba a Diego. Y ¿qué efectos hubiera tenido que la ciudad -esta ciudad mediatizada, privatizada en lo más hondo de su fenomenología, esta ciudad que ya no es potestad de sus habitantes- hubiese sido copada larga y anchamente por el procesamiento colectivo de un dolor fraterno, dolor superado solamente por el amor y el agradecimiento a nuestro laico y barroso D10s? ¿Qué vinieron a impedir, esas balas?
3- ¡Tantas cosas! Por primera vez en toda la historia argentina, la Casa de Gobierno fue asaltada, tomada parcialmente por la preopotencia deseante de una horda jocunda, que forzó, según dicen, a que el Presidente y su Vice se replegaran a sectores más traseros del Palacio; por primera vez en la historia nacional la Casa Rosada sufrió la irrupción de una fuerza que venció sus bordes -otrora de alta firmeza simbólica-: ¡y lo hizo el maradonismo! Clavó su fiesta doliente y metió las patas en la fuente adentro de la Rosada.
4- Esto último le da una vueltita más al bastante consabido desplazamiento en la potencia simbólica del ex Estado-Nación; lo que se vio es que la despedida de Diego era un funeral de la Nación, y el Estado no pudo convertirlo en funeral de Estado. El Estado no estuvo a la altura de la Nación argentina. Como plantea Rubén Mira en uno de los textos más importantes de estos inolvidables días, el ritual de despedida de Diego mostró cómo las formas populares de tramitación de las necesidades tiene una distancia cualitativa con su presunta representación y gestión gubernamental; desde las necesidades habitacionales (Guernica) hasta las de procesamiento funerario. Los anti-todo acusan al peronismo de ser el espacio de los vagos, los negros, los rotos, los no-ordenados, pero acá se vio que al menos este peronismo -medio alfonsinoide- no pudo (o no quiso, da igual) encauzar los cuerpos y los modos de vida que se le endilgan. Queda pues, entre las fuerzas más conserva-reaccionarias, y este peronismo como interfaz entre las fuerzas democrático-populares y la razón de gobierno, un hiato, enorme, donde el deseo y la anímica multitudinal debe ir afirmándose por las suyas.
4- ¡Tantas cosas! No podemos creer que se fue Diego… Porque Diego es una parte de nosotros; porque no podemos a priori pensarnos sin Diego, y, como insistía Nacho Lewkowicz citando Kaos (esa obra maestra de los Taviani), porque sabemos que ahora ya nadie nos piensa como nos pensaba Diego. Nosotros lo alentamos a Diego (¡vaya si lo alentamos!), pero Diego también nos alentó a todxs nosotrxs.
5- Tantas cosas, carajo. El sentimiento compartido rompe con la forma de vida dominante, el liberalismo existencial, donde la verdad obvia es que cada quien tiene su vida, y ya. Diego nos encuentra como hermanos y hermanas. Pero, tal como se dice, y re dice, Diego no es ejemplo, no es modelo. Por eso es el D10s de la era posmoderna, el D10s parado en la muerte de Dios: porque es un ídolo que exhibe de modo flagrante sus impurezas, errores, verguenzas, sus debilidades, su fragilidad. Lo hemos visto llorar a Diego muchas veces. Y sí, hermanos: la idolatría es un esquema que reproduce la desigualdad jerárquica, la obediencia, entonces si hemos de tener un ídolo, ¡qué mejor que uno frágil, asediado por la enfermedad! Que la gloria, que la belleza máxima -la experiencia estética más elevada que gozó el pueblo argentino-, sea protagonizada por alguien muy barroso.
6- No une pues como un Líder, como un Gran Padre, no es Ejemplo ni Modelo; no nos une subordinándonos, inferiorizándonos. Nos une en afianzamiento de la fraternidad. Le leí a varias personas coincidir en esto, Maradona como hermano mayor. Diego puso su cuerpo para la fraternidad argentina; por eso incluso quienes lo detestan (por villero, por adicto, por atrevido), detestan en él cosas de la argentinidad. No quedamos en este sentido huérfanos; se nos fue el mejor hermano, el hermano más hermoso y más querido. ¿Qué pasará, sin él, con nuestra fraternidad? Sí fue un héroe, Diego, porque abrió puertas imposibles, donde pudimos entrar todxs y tocar el cielo con las manos. Esos goles guerrilleros pero también estacionar un Scania en Palermo Chico y responder las quejas de los vecinos diciendo: “cuando ellos muestren bien de dónde sacaron toda la guita, yo saco el camión”. Donde había una puerta jodida, Diego la iba a romper -¿es casual que se rompiera por él la puerta de la Rosada?-. Ahora Diego se murió, y como le leí a Pato Suárez, eso significa que nos toca a nosotrxs, pues, hacer cosas imposibles…
Conquistar el deseo por asalto. Una lectura de las cartas de amor de Rosa Luxemburgo // Pierina Ferretti
Para muchxs de nosotrxs es un verdadero placer conocer pasajes de la vida privada de nuestros personajes favoritos. Celebramos cada vez que se publican diarios íntimos, memorias o cartas que nos permiten acceder a episodios ocultos de sus biografías. Y si se trata de cuestiones amorosas, tanto mejor, pues allí reside buena parte de las historias que más saboreamos. Esto no ocurre solamente con las estrellas del rock, del cine o del deporte, también ciertas figuras políticas despiertan una fascinación parecida y, en algunos casos, se convierten en íconos contraculturales que atraviesan continentes y generaciones. Con Rosa Luxemburgo, la revolucionaria polaca asesinada hace cien años por paramilitares ultraderechistas, sucede algo así. Hoy en día, y a pesar de las máquinas ideológicas que se propusieron enterrar su legado, sigue despertando una admiración y un interés que desbordan el orden estrictamente político e intelectual. Por eso la publicación de Dime cuando vienes…, nueva compilación de su correspondencia amorosa, es un regalo para quienes quieran conocer el costado íntimo de quien fuera la mujer más importante del movimiento obrero europeo del primer tramo del siglo veinte.
Las cartas seleccionadas, traducidas y anotadas cuidadosamente por Ángelo Narváez, prologadas por Diamela Eltit y publicadas por Banda Propia editoras, son una puerta de entrada no sólo a los vaivenes y dramas de sus relaciones amorosas, sino, y sobre todo, a dimensiones menos exploradas de su biografía: sus gustos musicales y literarios, su interés en la pintura y la botánica, sus juicios estéticos, su sensibilidad hacia la naturaleza y su exquisito sentido del humor.
Es cierto que la vida personal de una mujer como Rosa Luxemburgo no puede escindirse de la política, que fue el indiscutible centro de gravedad en torno al que ella decidió hacer girar su vida. Sin embargo, esta selección privilegia el reverso de su vida pública e invita a aproximarse a la textura afectiva de su escritura, a las inflexiones de la lengua amorosa que inventaba en su correspondencia, y a los claroscuros anímicos que dejaba ver a sus amantes.
Lejos de una imagen monolítica de revolucionaria inexpugnable, en las cartas se aprecia una mujer tironeada por sus deseos personales y las exigencias de la vida militante que ha elegido. Siente ganas de tener tiempo para sus cosas; quiere alcanzar una “vida tranquila y pacífica”, una vida “normal” y constata a cada instante la incompatibilidad entre esos anhelos y su decisión de entregarse por entero a la política. “Cuando me senté a descansar por un momento, tan exhausta que estaba lista para abandonar el trabajo constante por la causa, dejé que mis pensamientos divagaran y tuve la sensación de que no tenía un rincón propio en ninguna parte, y que en ningún lugar existo y vivo por mí misma”, le escribe a uno de sus destinatarios. Las cartas abundan en este tipo de confesiones y quejas por el exceso de trabajo y la falta de tiempo; se repiten también las imágenes de un hipotético futuro familiar más reposado. “Sueño por ejemplo con que en nuestros tiempos libres podamos dedicarnos al estudio de la historia del arte, que tanto me atrae últimamente. Eso sería muy agradable, ¿no te parece? Así podríamos leer juntos historia del arte y visitar galerías y óperas después de nuestro trabajo serio”.
Las cartas guardan pliegues de su vida interior en los que podemos apreciar su empeño por crearse ese rincón propio deseado, planeando, por ejemplo, encuentros clandestinos con sus enamorados y permitiéndose cultivar sus gustos personales. Encuentra refugio en la literatura, la música, la pintura y la botánica. Es una amante de la primavera y del sol, elemento que persigue como si estuviera movida por un heliotropismo innato. Cuando se da esos tiempos para ella, siente la tensión entre las actividades que le brindan placer y el desgaste que le provoca su trabajo político. “Oh, Dudu -escribe a otro de sus compañeros sentimentales-, si tuviera dos años solo para pintar, me dedicaría por completo […] Pero esos son sueños locos. No puedo permitirme hacerlo porque ni siquiera un perro necesita mis miserables pinturas, aunque la gente sí necesita los artículos que escribo”.
La figura del político como artista frustrado es un tópico de la historia de la cultura que Rosa también encarna. Y no es un dato accesorio. La sensibilidad estética podría ser un buen índice de la sensibilidad política. Es impensable imaginar, por ejemplo, que las purgas de artistas e intelectuales que enturbian la historia de los socialismos reales hubieran contado con la complicidad de alguien como ella, que defendió tempranamente -ante los rasgos autoritarios que observó en los comienzos de la revolución Rusa-, la necesidad de asegurar la libertad de lxs que piensan distinto; la libertad, inalienable, de lxs disidentes. Sus criterios estéticos siguen también una línea coherente con ese espíritu libertario. Su juicio sobre Jean-Cristophe de Romain Rolland es indicativo de ello: “el libro -le comenta a un amante que le había recomendado su lectura- me pareció muy valiente y agradable, pero más un panfleto que una novela, no es una verdadera obra de arte. Soy tan implacablemente sensible con estas cosas que para mí incluso el trabajo tendencioso más bellamente escrito no sustituye la simple y divina calidad de la genialidad”.
En su economía íntima, sus intereses estéticos operaron como salvavidas. Por ejemplo, ante la enorme decepción que le provoca el que su partido, cediendo al nacionalismo alemán, apoyara la guerra en 1914, escribe: “hoy más que nunca tengo la convicción de que, si el hecho es que las cosas no pueden ir de otra manera, puedo encontrar todavía un encantador consuelo para mis modestas necesidades personales: un buen libro, un paseo por los prados de Südende en el hermoso clima otoñal, como en algún momento caminé contigo, Hannesle, por el rastrojo. ¡Y, por último, hay música también! ¡Ah, la música! ¡Cómo la anhelo, y qué doloroso es que nos la priven”. En la cárcel, lee, confecciona herbolarios y hace pequeños jardines en los espacios que encuentra. Cuando sufre rupturas amorosas, se refugia en la música o se abraza a su gata, Mimí.
Pero además de refugios, las pasiones que cultivó fueron para ella un trabajo interior, una batalla en el frente interno, cuyas conquistas excedían el campo específico de la actividad desarrollada. «Qué contenta estoy -cuenta desde la cárcel- de que hace tres años me sumergiera de repente en la botánica de la misma manera en que hago todo lo demás, de inmediato, con todo fervor, con todo mi ser […] Como resultado, ahora me siento en casa en el mundo de la vegetación. Lo he conquistado por asalto, porque lo que se enfrenta con pasión se arraiga firmemente dentro de uno». Sentirse en casa es lo contrario de vivir a la intemperie, de no tener un rincón propio. Rosa trabajó, y mucho, para construirse esos espacios. Lo que se conquista por asalto, lo que se enfrenta con pasión, se arraiga firme dentro de uno. Debiéramos recitarlo como un mantra.
Rosa Luxemburgo compone su mundo interior con cuidado, no por capricho, ni por distinción, ni para darse barnices culturales o el lujo de tener pasatiempos. Su cultivo interior fue su forma de rodearse de aquellas cosas que le hacían bien y que le ayudaban a recomponer su espíritu, atravesado, como ella misma describía, por una incesante oscilación entre “la esperanza y el desánimo”. Al mismo tiempo, la suya no es una invitación al abandono del mundo, a cambiar la acción política por una vida reposada y dedicada a la contemplación solitaria. Es más bien una invitación a templar la personalidad y el ánimo, y a cultivar la sensibilidad estética, para persistir en la acción política combinando firmeza y sensibilidad, intervención y escucha. Es, en definitiva, una invitación a trabajar hacia adentro el modelo de lo que queremos construir hacia afuera.
Las cartas seleccionadas terminan en 1917, en los albores del ciclo revolucionario que se extendería desde Rusia a varios países europeos en los años siguientes. En ese torbellino de la historia que determinó el derrotero de todo el siglo XX, se zambulló Rosa Luxemburgo apenas fue liberada de la prisión en la que estaba recluida por su encendida prédica contra la guerra. Al poco tiempo, la asesinaron y lanzaron su cuerpo a un canal. Apareció varios meses después.
Las cartas de Rosa Luxemburgo tienen una resonancia física, siguen vibrando en el cuerpo después de haberlas leído, mueven hilos internos, desentumecen el ánimo, como la buena literatura, como la música que nos gusta, como hablar con alguien que contagia pasión. Leer sus cartas hoy, atravesadxs como estamos por la intensidad de este momento excepcional, no es solo un homenaje a la grandeza de su existencia; es, sobre todo, una buena forma de recordarnos que el cultivo cuidadoso de nuestro rincón propio nos dará la fuerza y la sensibilidad necesarias para construir mundos a la altura del deseo de esas multitudes abigarradas que en distintos puntos del globo saltan torniquetes y se toman las calles. Y el deseo, lo dijo Rosa, se conquista con pasión y por asalto.
* La primera versión de este texto se publicó en el suplemento literario La Palabra Quebrada (@lapalabraquebrada) de noviembre de 2020.
Dime cuándo vienes. Cartas de amor, 1893-1917, Rosa Luxemburgo
Prólogo de Diamela Eltit
Traducción y selección de Ángelo Narváez León
Banda propia editoras, 2020
332 páginas
Publicación realizada con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo – Oficina Cono Sur
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí // Lila María Feldman
Separar Iglesia y Estado, cultura y religión, es un trabajo pendiente para la política y la cultura de este tiempo.
El feminismo es el nombre de la experiencia-revuelta hoy.
Separar, hoy, Iglesia de Estado es una operación que permitiría desarticular la función pastoral (que lo neoliberal reproduce y amplifica), en la regulación y acceso a recursos públicos, así como en la posibilidad de constituirnos en sujetos, todes, de Derechos. Es extraer del campo de la política buena parte del ordenamiento pastoral que regula en función de culpas y pecados, y divide en puros e impuros, prometiendo cielo o infierno según los grados de sumisión.
La revuelta tal vez permita, en eso estamos, que podamos revisar los fundamentos mismos del Estado. No solamente sus promesas.
Será realmente, verdaderamente, la objeción de conciencia, el pacto posible para mantener a los dinosaurios cercados? O -como todo «pacto social» que no se atreva a discutir y refundar los cimientos mismos de un sistema desigualante, apenas la promesa de mantener a la fiera a raya, porque en verdad nunca entraron en extinción? Siguen vivos.
Desde esa aparente extinción aún nos amenazan.
Será ley el aborto legal, seguro y gratuito. Y será, seguirá siendo militancia y batalla abierta, hacer de esa ley palabra viva, Derecho y conquista.
Separar Iglesia y Estado, el camino profundizado por el debate del Aborto, y por tantos otros que lo precedieron, para que la muerte y su poderosa maquinaria desigualante, entre finalmente en extinción.
Aquí estamos discutiendo el aborto. Pero más aún, una vez más, la diferencia entre potencia y poder.
Parafraseando a Freud, que el porvenir de una ilusión se reescriba en el porvenir de la política.
Perecer // Luchino Sívori
Hoy todos somos, aunque reneguemos de ello, postmodernos. No hay acto que no implique performance, perfil que no encubra disfraz, idea que no encierre elección. Pero sobre todo: no hay Fe que haya nacido, previamente, fuera del pensamiento.
El religioso hoy predica habiendo pasado antes por numerosas etapas de ensimismamiento. El militante no lleva una bandera si no es bajo la sombra de una duda, que le vuelve una y otra vez (por eso exagera, vociferante). Los que hacen, y hablan, lo hacen mientras se escuchan convencidos.
La consciencia de sí -es decir, perspectiva, es decir, premeditación- calcula. En categorías que saca de terapia o internet, o de alguna teoría normativa, la vuelven previsoramente ambiciosa. Siempre está definiéndose; es el síntoma de época. Hasta a la incertidumbre vuelve un PowerPoint.
Están (meta-taxonomía) los que se visten de Pasado, los neo-positivistas, el revival Namasté. Hasta los evangelistas se visten de creyentes.
Nadie en una cena familiar no piensa cómo llevar a cabo sus premisas de forma eficiente y eficaz. El lenguaje-algoritmo habla por nosotros.
El filósofo francés está en stories, y el cementerio de Maradona cae, solemne, en las garras del análisis somático. Lo racializado es blanco, y Pasolini viaja en el tren de Liniers para que Naty Peluso juegue con el lenguaje en Barcelona. Proxies rodeando la espontaneidad.
Y luego está la crisis: sin ontología, sin meta-relato, sin sujeto político, sin significante vacío, sin acontecimiento. El Excel, como el haiku, no son conmemorativos. Describen, interpretan, explican. La “irrupción del ser” convenientemente comunicada, para que lo parezca.
Donde hay énfasis hay enfermedad.
Requisitos // Marina Chena
La palabra busca su salida. No sabe morir. El silencio está hecho de palabras que aun no encontraron sus propios requisitos. Una boca donde hacerse cuerpo o una manada en frenesí, de la que solo se reconoce el aullido. La palabra busca su salida como el agua y para eso se vale del cauce que ella misma y la tierra ya formaron. Por eso cuando se desvía el curso natural de un río y después sucede la inundación, la memoria del agua con la tierra busca su sendero. A veces la palabra es como la inundación, encuentra su cauce natural a costa de una tragedia, de una herida, de algo que hay que romper.
John Berger dice que en las canciones, las palabras, son los sonidos íntimos de la lengua materna que invocan a todas las otras palabras que la conforman. Una arquitectura invisible que está allí antes que nosotrxs, nos antecede como promesa o como refugio. La lengua materna –dice León Rozitchner- es la del cuerpo y los afectos, la que aun no fue codificada por el lenguaje patriarcal. A esa lengua, a ese goce, a ese cuerpo se proponen legislar. La palabra femenina es goce y el goce asusta porque destituye todo lo que quieren reducir a palabras sin cuerpo. Como si no nos hubiesen visto estremecernos, ser el río que siempre encuentra su cauce torcido, ser la inundación.
La búsqueda de modular los cuerpos se funda en el miedo. Cómo se entiende si no la idea de una maternidad forzada como castigo? El castigo por gozar y no pedir disculpas, no solicitar permiso. La insurrección de los cuerpos que desean actualiza en cada gesto toda la historia antiesclavista, antirracista, antipatriarcal. En cada mujer que goza nace la fuerza redentora de nuestra historia.
Vamos a defender nuestro derecho al goce que es nuestro derecho a la palabra. Vamos a palpar el contorno de la noche buscando nuestra lengua. Vamos a caminar hasta que no sepamos cuál es el pie y cuál la huella. Vamos a encontrar los requisitos.
Quieren sujetarnos pero tenemos bocas y vamos a cantar una canción.
Hay que volver a construir una izquierda con pensamiento estratégico // Rodrigo Ruiz
Rodrigo Ruiz es antropólogo e integrante de Territorios en Red (TER) y parte del Gabinete político de la Alcaldía de Valparaíso. A comienzos de los años 90 fue uno de los fundadores del Movimiento SurDA. En 2012 fundó El Desconcierto, una revista de referencia para la izquierda chilena. Fue director y luego, coordinó un sello editorial lanzado por la propia publicación. En 2016 dejó el proyecto. Con anterioridad fue miembro de la dirección nacional del Movimiento Autonomista y formó parte de Convergencia Social hasta el 15 de noviembre de 2019, cuando presentó su renuncia –junto a varios militantes, entre los que se destaca el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp Fajardo– luego de que se firmara el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución: “Es contrario en esencia a las demandas que las diferentes y diversas manifestaciones han enunciado en las calles”, decía en la carta de renuncia. Sin embargo, cree que es preciso participar del proceso constituyente y “lograr que la Constitución tenga el contenido más radicalmente posneoliberal”.
Para Ruiz la revuelta expone que en Chile hay un debilitamiento de la dinámica institucional. El movimiento feminista es el que más claramente pone en escena un lenguaje en tensión con la matriz neoliberal. Expresa una fuerza destituyente contra esta forma neoliberal de concebir la vida. Están diciendo –sostiene–: este es el momento para cambiar profundamente las cosas porque estamos en riesgo como humanidad. “Probablemente estemos asistiendo a los prolegómenos de las revoluciones del siglo XXI”, asegura.
La impugnación total
Chile es el país pionero de la instalación del neoliberalismo en el mundo. Se ha hablado mucho de los treinta años, pero creo que es interesante hablar de los cuarenta años de neoliberalismo: diez años metidos dentro de la dictadura, como mínimo. Es decir, desde el giro que se da a finales de los ´70, en la dictadura de Pinochet, hacia la instalación del modelo como tal. Eso se expresa en una cantidad de políticas sociales, pero también en el comportamiento de los medios de comunicación masiva, y en la propia Constitución. También en la “gestión civil” del neoliberalismo desde 1990, con un proceso de, digamos, perfeccionamiento democrático en la posdictadura. Todo eso es lo que comienza a reventar el 18 de octubre.
Es muy difícil establecer una hipótesis clara respecto de qué ocurre en Chile hoy. Las manifestaciones son diversas, algunas muy disruptivas, y pasan muchas cosas en paralelo. Pero es evidente que hay un debilitamiento de la dinámica institucional. Eso se expresa en la parte política de la movilización, que va y ocupa las plazas, y en parte en conductas como el saqueo. Todo ello tiene un carácter político porque contiene una impugnación al Estado, y a la forma institucional que instala el neoliberalismo en Chile. Pero claro, el saqueo carece de una dimensión fundamental en la política en tanto no está vinculado con un ideal, un imaginario, y una forma de organización. Sobre todo porque no contiene una ruptura hacia un futuro posible.
Nosotros aquí hemos ido construyendo una lectura que le da mucha importancia a la noción de producción. Hemos leído a Marx desde ese lugar. También a Henri Lefebvre, que cuando habla de la producción del espacio subraya que el lugar teórico de la producción es ya muy fuerte en Hegel. En esta línea es muy interesante cuando Judith Butler dice que la producción del género debe entenderse como parte de la forma en que se producen los propios seres humanos en los marcos heteronormados actuales. Es desde allí que pensamos la construcción política: desde la producción del territorio, la transformación de los territorios, la nueva producción democrática socializada del territorio, donde no son las fuerzas tradicionalmente vinculadas al capital las que lo producen sino las vinculadas a la comunidad. Desde ese punto de vista también hay una comprensión del neoliberalismo como un espacio productivo: un régimen de producción de un nuevo tipo de subjetividad. Y cuando digo “subjetividad” no me refiero solo a modos de pensar, sino a existencias de los sujetos, formas materiales de construcción del sujeto. Eso es lo que está cayéndose, todo eso revienta en alguna medida.
Los estudiantes y el “no más lucro”
Esto empezó en 2006, con la “revolución pingüina”. Después fue muy fuerte el 2011, el 2012, cuando se levantó una consigna masiva: “no más lucro”, sobre todo en el plano de la educación. Una consigna estructural porque apunta a la matriz teórica básica, elemental, del neoliberalismo. Es decir, la idea de que las personas deben concebirse como empresas individuales y que la vida es una especie de proyecto de rentabilización individual del capital humano. Toda esa lógica en Chile está metida a fondo, dispone de un dispositivo de legitimación brutal, tanto por parte del Estado como del mundo privado y sus instituciones.
Todo el sistema educacional chileno está guiado por esa lógica, desde hace mucho. Por ejemplo, los sistemas de medición de “calidad de la educación” están vinculados a la lógica del capital humano. Es una cosa que no existe, a ese nivel, en ninguna parte de América Latina. En Chile hoy es absolutamente inimaginable una institución como la Universidad de Buenos Aires (UBA), o como la Universidad Autónoma de México (UNAM). No vas a ir a la UBA a decir esta es una mejor o una peor universidad en función de si forma un mejor o peor capital humano. Sería impensable, aún con Macri. En Chile eso es el pan de cada día. Te lo repite incluso gente de izquierda. La idea de la sociedad de las oportunidades, la idea del capital humano, está metido en ese nivel de la hegemonía, es brutal.
Entonces, creo que hay un reventón de esa matriz neoliberal que ha sido hegemónica durante los últimos 40 años. Es una revuelta que interroga y que interpela la forma del Estado, que interpela su producción de subjetividad. La gente está diciendo: “Ya no va más, no quiero vivir más de esa forma ni quiero pensarme a mí mismo de esa manera”. En ese marco, el movimiento feminista es el que más claramente pone en escena un lenguaje en tensión con esa matriz; lo verbaliza, lo articula de una forma muy clara cuando recorre todo el problema de la existencia humana: de la reproducción hasta el Estado. Es muy potente, lo pone en tensión desde una cultura nueva.
Revuelta y proceso constituyente
Nosotros pensamos que viene un proceso constituyente que tiene como base esta fuerza destituyente que expresa con especial potencia el movimiento feminista. Es una fuerza destituyente contra esta forma neoliberal de producir la humanidad. No es menos que eso; es una revolución tan profunda como eso. Probablemente estemos asistiendo a los prolegómenos de las revoluciones del siglo XXI. Que no van a ser de barbudos en la Sierra Maestra, van a tener otras formas. Pero son revoluciones en el sentido de que ponen en marcha una potencia destituyente que está enfocada hacia lo más profundo de la construcción del orden actual, hacia los elementos más estructurales. ¿Por qué la gente bota la estatua del conquistador, de Pedro de Valdivia, le arranca la cabeza y la pone en manos de un líder de la resistencia mapuche, de Caupolicán? La gente está diciendo: “Viejo, esto está mal desde que partimos”. Esto tiene 500 años de estar podrido. Es una movilización que se ha atrevido entonces a pensar con esta profundidad histórica.
Ahí viene la pregunta: está abierto un proceso constituyente, ¿qué vamos a hacer? ¿Vamos a construir una nueva forma de Estado como condición de totalización de esta movilización, como la forma de resolver la relación de esta movilización con la totalidad social? Creo que eso aun no es posible. Y eso se relaciona con el hecho de que en Chile no hay un líder. O sea, no hay un Evo Morales o un Kirchner o un Fidel. Y no hay que complicarse demasiado por eso. Hay que escucharlo. Creo es muy interesante. Tengo gran simpatía por los que acabo de mencionar, pero creo que la gente está diciendo: “No voy a resolver mi relación con la totalidad a través de fulanito como encarnación del Estado”. Entonces la lógica del populismo quizás habría que reverla.
A diferencia de la experiencia argentina, acá no hay una fuerza como la que encarnó el kirchnerismo; o sea, no hay un peronismo capaz de conducir una movilización en el pueblo, ni la posibilidad de intentar resolver la situación con este desplazamiento de lo popular hacia la totalidad a través de una experiencia “populista”, para llamarla de algún modo. La política argentina evidentemente sabe, o supo, cómo resolver una crisis política con una movilización de masas. La política chilena no.
Pero sobre todo y más importante, creo que la revuelta debe entenderse en un ciclo más largo y mucho más difícil de cerrar, de capturar. Pensando un ciclo corto, quizá la élite político-empresarial pueda apropiarse del proceso constituyente. De hecho, en ese punto fueron victoriosos: a espaldas de la gente lograron firmar el Acuerdo y diseñar el proceso constituyente. Creo que hay que saber leer cuándo la élite logra hacer su trabajo y encauza esto, y logran instalar esta idea, falsa a mi juicio, de que la Convención constituyente es lo mismo que la Asamblea constituyente.
Pero aun cuando comprendamos eso, el problema de fondo es que esa élite no tiene ninguna capacidad de procesar las demandas más profundas que están instaladas en la calle, que son las que en definitiva definen la temporalidad real de este proceso. No puede al nivel más elemental, en el nivel socioeconómico. La gente dice masivamente, con claridad, y desde hace varios años, “No más AFP”, no más a esa estafa que son las Administradoras de Fondos de Pensión. Pero el capitalismo chileno no tiene cómo diablos funcionar sin formas permanentes de acumulación originaria del tipo de las AFP. Por eso creo que el gobierno y la derecha montaron esa defensa doctrinaria ante el retiro del 10% del ahorro de la gente en las AFP, pese a que fue una forma de inyectar dinero a las economías familiares en medio de la crisis.
Esa gigantesca masa de capital disponible para las grandes empresas financieras, no es más que el dinero de los trabajadores, de sus sueldos. Le sacas esa forma de obtención de capitales a la economía chilena y entraría en crisis una hilera de cosas; entre ellas, el mismo sistema bancario. El otro día escuché que alguien decía: “Salvador Allende había acuñado la idea de que el cobre era el sueldo de Chile, pero ahora el sueldo de Chile es la economía financiera”: es cierto, la nuestra es una economía financiarizada hace rato. La economía chilena es, como muchas otras de América Latina, una economía extractivista. Pero la cuestión financiera es la que rige su funcionamiento. Y la gente tiene serios problemas con esa dinámica.
¿Cómo resuelves eso? ¿Cuál es el tipo configuración de la élite política que hoy día puede hacerse cargo de eso? No existe. Podemos llegar a redactar una nueva Constitución, pero mi temor es que no lleguemos a delinear los modos de superar un orden económico como el que ha regido por tantos años. Quizás hay otras temporalidades. A eso me refiero cuando digo que hay una corriente subterránea de larga duración que dice: “El neoliberalismo, tal como lo conocemos en Chile, se acabó, no funciona, ni va a funcionar bien de aquí en adelante en ningún momento más”. En cierto punto, esto no es nuevo, la crisis era y es el modo de existencia del neoliberalismo. Pero ahora parece que ya no le interesa funcionar con la fiesta en paz. O ya no puede hacer otra cosa. Quizá Mauricio Macri en Argentina fue eso: qué problema hay si después traemos al FMI y nos mete una inyección de plata, y tratan de salvar acá, y después se van donde sea que estalle la crisis: así funcionan las instituciones financieras a nivel mundial. Bueno, creo que la revuelta nos pone ante la necesidad de resolver ese tipo de cuestiones, nada menos. Así se dibujan los niveles de profundidad con que debiera trabajar la Constituyente.
El desacato: ¡Basta!
La clave es lo que está diciendo el de abajo. Y el de abajo está diciendo: “Basta, esto ya no más”. ¿Qué pasa cuando miles de egresados universitarios dejen de pagar su deuda con el sistema privatizado de financiamiento de la educación? ¿Qué va a pasar si la gente dice “no pago más, se acabó, métanme un juicio, métanme preso, me da lo mismo, no voy a pagar?”. Empieza a haber una situación con ese nivel de anomalía, de disfuncionamiento del sistema. Es un misterio por qué todos pagábamos nuestras cuotas anuales de la deuda de la educación cuando todos sabemos que es una gran injusticia. Pero las pagábamos.
Entonces, hay un momento en que alguien dijo: “No pago más, andate a la mierda, no pago más y se acabó”. Y hoy decimos: “No paguemos más, no paguemos más”. O nos dicen: “Oye, tienen que irse de la plaza”. Y la multitud responde: “No me voy de la plaza, no me quiero ir de la plaza, la plaza es mía, y no me voy, y no me voy, y no me voy”. Y no se fueron. Pero, ¡están apuntando a los ojos! Hay un chico con un ojo menos, dos, diez, cien, doscientos. Y “no me voy de la plaza”. En suma, es impresionante la voluntad popular que dice: “No acepto más que esto funcione como venía funcionando”, aunque no sepa mucho más que eso. Creo que ahí estamos, no sabemos mucho más que eso, pero lo que había no lo aceptamos. Y en segundo lugar, no aceptamos que venga nadie a decirnos cómo tienen que ser las cosas. Esas dos cosas están instaladas radicalmente en la situación de hoy día en Chile, y representan un tremendo desafío para quienes estamos intentando la acción política.
Ahora, que tendrá que haber un nuevo presidente en Chile, obviamente; van a tener que haber parlamentarios, alcaldes; van a tener que haber constituyentes. No se trata de desconocer una dinámica de ese tipo, no van a desaparecer las instituciones, ni es deseable que eso ocurra. Nosotros no somos anti-instituciones; se trata, más bien, de pensar que Chile va a tener que entrar en una especie de proceso de reinstitucionalización. Pensamos que en ello la clave es avanzar hacia una forma más radicalizada de participación social. Es decir, una democracia con real profundidad social.
Las formas de participación política
Desde que llegamos al gobierno local de Valparaíso, desde el día uno, hemos estado impulsando un proceso participativo. Las tres o cuatro grandes cosas más relevantes que ha hecho esta administración, las ha hecho así. Y ese es un proceso para nada sencillo, no es fácil poner entre paréntesis el propio poder político. En 2014, para un libro que luego publicamos, le hicimos una entrevista a Álvaro García Linera donde planteaba esta lógica del Estado y de cómo pensar un socialismo no estatista. ¿Cómo recuperar el imaginario del socialismo, pero no desde la centralidad del Estado? Una centralidad que, además, nunca tuvo, sino que fue algo que se inventó después por necesidad práctica. Un socialismo que tiene como clave la acción de la comunidad organizada y la transferencia de poder a esta instancia. Un Estado que va retrayéndose en beneficio de esa participación. Si pensamos en la red de servicios de salud que articulamos desde la alcaldía en Valparaíso, lo que vemos es un servicio público no estatal, basado en formas de participación profunda, se podría decir. Porque la gente participa, incluso, de la designación de los funcionarios que se van a contratar en ese lugar para trabajar. Entonces, no es una ficción de la participación, sino que tienen decisiones concretas.
Entonces, respecto de los desafíos del momento actual, no se trata de ir a organizar a nadie. Es decir, no creo que tengamos ni la habilidad, ni el conocimiento, ni la potestad, para poder ir a organizar a otro. La primera línea es un ejemplo impresionante. Es una forma de organización que no viene de ningún arriba. Nadie pueda arrogarse la conducción o autoría de semejante cosa, ni se le ocurrió a un partido o a una fuerza “x”. Pero seguramente allí están corriendo ríos subterráneos de memorias históricas, de cuentos de abuelos, de aprendizajes del movimiento popular chileno de tantos años. Pero tampoco sería correcto decir lo contrario: “Bueno, asumamos que ahora es la gente, nosotros retraigámonos”. Este “la gente” es un significante vacío, “la gente” no existe, “la gente” somos nosotros también. Ahora, con eso se juega en el Frente Amplio de una manera un poco tramposa cuando se dice “nosotros hemos estado con la gente en la calle”, “estamos caceroleando junto a la gente”. No, no vengas a joder, caceroleamos todos. El problema es que el Frente Amplio debería ser hoy un artefacto político que radicalice una lógica de la participación, no de repliegue.
Naturalmente, no es fácil encontrar los mecanismos para llevar adelante formas de participación profunda. Pero lo que hay, por ejemplo, en Plaza de la Dignidad es un gran parlamento que funcionó durante varios meses en Chile. Allí la gente hablaba, parlamentaba de formas distintas, con las canciones y consignas. Se puede sacar un promedio al final del día, o de la semana, sobre lo que hay que hacer solo escuchando lo que ahí ocurre. No es necesaria una encuesta, la gente lo indica de alguna manera. No sé cómo en algún momento pasamos de todos los días en todos lados a los viernes en la Plaza de la Dignidad, por ejemplo. ¿Quién instituyó eso? ¿Quién se lo imaginó? No tengo idea, pero ahí está, y funcionó. Hay una lógica organizativa, que, sin embargo, no se puede pensar que esté coordinada en el sentido conspirativo en que lo cree la imaginación del gobierno; esa imaginación medio tremebunda de que hay un poder oscuro detrás de todo esto que digita las acciones a través de las redes sociales. ¡Falso! Es no entender nada. Aquí está pasando otra cosa que tiene que ver, más bien, con una idea diferente de la democracia de la que impusieron en la posdictadura.
Tenemos que ponernos en ese lugar y avanzar sobre un asunto muy relevante. Nos preocupan los déficits de conducción que tiene la revuelta. Ese es un problema real, del que no hay que hacer omisión a partir de una lectura romántica de la movilización. De la capacidad de construir una dirección política para el proceso, que hoy todavía no tiene, va a depender la salida que tenga. Es un problema de la mayor importancia. Y creo que solo se puede resolver si las distintas opciones transformadoras escuchamos lo que está en la calle y nos ponemos a su servicio con más humildad. De lo contrario, la separación entre las distintas izquierdas y la movilización se puede profundizar, se puede prolongar, se puede agravar. Hay que hacerse cargo, sin esconder ese hecho ni por un minuto, de que la movilización no tiene pre constituida una relación orgánica con ningún sector de la política, con ninguno.
La potencia destituyente: de Allende al 18
Tenemos que pensar en serio en la magnitud de la potencia destituyente. El 18 de octubre abrió un ciclo largo. Nosotros siempre dijimos: “el reventón de octubre es una apertura”. Pero decir que es una apertura podría ser un lugar común, algo obvio. Algo menos obvio es decir que, en el marco de ese reventón, no se va a producir un cierre. O sea, no hay que pedirle a ese ciclo corto el cierre grande, porque ahí nos equivocamos. Efectivamente, tienes cierres parciales, como podría ser el Acuerdo por la Paz y la nueva Constitución. Pero lo fundamental es el proceso que se abrió para el pueblo de Chile.
Es interesante volver a hablar del pueblo o, mejor, de los pueblos de Chile. Porque está el pueblo mapuche, y por otro lado, en “el pueblo chileno” no siempre estuvieron realmente contadas las mujeres. Hay muchos pueblos. Todos esos pueblos están diciendo que quieren avanzar hacia una forma de vida diferente. Quienes mejor expresan esto, sin duda, son los más jóvenes. Particularmente las mujeres, porque les toca vivir la vida de una manera más profundamente desigual. En ellas se expresa una suerte de condensación, de cristalización de un imaginario del futuro que se hace cargo, por ejemplo, de que el planeta, así como está, en cincuenta años puede ser inhabitable. Están más conscientes de los problemas de la socialización actual. Están diciendo que este es el momento para cambiar profundamente las cosas porque estamos en riesgo como humanidad. Lo viven así, punto. Y andan en bicicleta por eso, no porque sea más entretenido. Andan en bicicleta también porque piensan en el combustible fósil.
En Chile, ese ciclo largo revienta en nuestra cara el 18 de octubre. Hay que leer lo que está ocurriendo de esa manera. Es un ciclo largo y profundo, que se remonta a cuando se instaló el modelo neoliberal en nuestro país; o mejor, que se remonta a la derrota del otro gran momento de imaginación política que tiene este país, que es el gobierno de Allende. Es decir, cuando Chile se atreve a pensar en un camino al socialismo que no existía en el mundo. “La revolución con empanadas y vino tinto”, una imaginación a escala global. “Vamos a inventar una cosa nueva, punto”.
Ustedes saben que el Che le regaló a Allende –que viajó a Cuba a los pocos días de la revolución– uno de los primeros ejemplares de La guerra de guerrillas. Y en la dedicatoria le puso: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo”. Me parece tonto pensar que la distinción a la que se refería allí es entre lucha armada o lucha electoral. Más bien le dice: “tú y yo estamos pensando en cómo construir una vía latinoamericana distinta a la soviética”. Se sabe que el Che tenía eso en la cabeza. Allende a su manera, por cierto también. Ese proyecto fue derrotado. Cuarenta años de construcción de clase, de levantamientos populares, fueron destruidos en el ’73. Es la contrarrevolución histórica que instala el modelo neoliberal y que destroza un nivel de imaginación histórica que había comenzado a construirse desde los años ’20, cuando entra en crisis la dominación oligárquica en Chile. Bueno, lo que estamos viendo hoy, de nuevo, es una ruptura. Esta vez la posibilidad de una ruptura con esa línea larga, que en América Latina tampoco es tan larga, que instituye su última fase en Chile con la derrota del ‘73. Estamos en un momento que tiene la profundidad histórica que tuvo la década del ´20, del ´30, que es cuando surge la izquierda chilena, se fundan el Partido Comunista y el Partido Socialista, o aquel en que se construye el modelo de la Unidad Popular y el gobierno de Allende, con la idea del socialismo y la revolución con empanadas y vino tinto. Está empezando a madurar una fuerza histórica que tiene esa profundidad. Es una crisis de época; es una posibilidad de apertura de otra época. Que sin embargo, no tiene nada asegurado.
Al lado de eso, no me vengan a joder con el sentido histórico del Acuerdo de Paz, es de otra escala. Volvamos al Frente Amplio y al tipo de responsabilidad histórica que le cabe. Yo creo que debería haberse puesto al frente de este proceso, esa era su responsabilidad histórica, en lugar de intentar cierres pequeños. El Frente Amplio andaba preocupado por cómo salíamos de la crisis en lugar de acompañar y ver cómo la crisis maduraba y se dirigía hacia alguna parte. ¿Cómo va a producir entonces una salida a la crisis por arriba? ¿Qué es eso? ¿A quién le importa hacer eso? A la clase dominante, toda la vida. Cuando el Frente Amplio intenta hacer eso está pensando, muy erróneamente, como clase dominante. No está pensando como pueblo. Esa es quizás la gran equivocación de su participación en el famoso Pacto.
Evidentemente, no es sencillo traducir esto en acción política inmediata. Hay que volver a construir una izquierda en Chile con pensamiento estratégico. El gran problema de la izquierda chilena, después de la derrota del ´73, es que no ha logrado impulsar un proyecto con vocación estratégica –como sí se pararon los comunistas, los socialistas, los anarquistas de principios del siglo XX. Un proyecto estratégico que se pare frente a la historia, que se pare frente al capitalismo del siglo XXI y diga: “Bueno, a ver, ¿cómo le hago?”. Hay que volver a procesar estas ondas largas en función de cómo construimos un proyecto de lucha y de nueva sociedad. La situación está abierta hacia ese lugar. Para eso las izquierdas requieren repensarse y reconstruirse desde adentro.
En otro plano, hay un cierre inmediato, la coyuntura corta se tiene que cerrar de alguna manera. Seguramente, el cierre de la coyuntura va a ser el proceso constituyente. Pero, a su vez, eso abre un nuevo momento importante, que es un poquito más largo, con sus discusiones, con formas de organización específicas. Por ejemplo, me resulta hasta divertido que se hable de “los independientes”, del lugar que ocupan los independientes en el proceso constitucional, como si “los independientes” no fuésemos casi todos, sino una especie de minoría nueva a la que hay que reservarle de forma paternalista unos espacios especiales.
Ahora, el pueblo de Chile se llama “los independientes”, es decir, todos los que no son ellos, todos los que tenemos la desgracia de que no somos de la clase política. Bueno, ¿cómo nos organizamos? Debemos articulamos con ese mundo en condiciones que no elegimos. Esta es la cancha, no la diseñamos nosotros, no dispusimos las reglas del juego ni el tiempo que dura el juego, pero vamos a ir a jugar ahí y vamos a tratar de ganar el campeonato. ¿Y qué significa eso? Que la constituyente que emerge de ese proceso sea lo más cercana al imaginario destituyente que está puesto hoy día en la movilización. Punto. Es decir, que tenga el contenido más radicalmente posneoliberal, si lo queremos decir de otra manera.
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DEL NEW DEAL A LA PANDEMIA: UNA BREVE HISTORIA DEL TRABAJO DOMÉSTICO // Marta Vallvé
El confinamiento fue una situación difícil para todas, pero mientras muchas de nosotras pasábamos nuestros monótonos días enviándonos memes, entre aburridas y ansiosas de no estar haciendo nada, otras muchas tenían hijas o personas dependientes a cargo y estaban absolutamente desbordadas. Muchas madres, además de estar encerradas en casa como todas, tuvieron que compatibilizar jornadas completas de teletrabajo con jornadas completas de trabajo de cuidados. El hecho es que, en esta pandemia, se ha intensificado la carga del trabajo doméstico al reducirse – prácticamente suprimirse, durante el confinamiento – los cuidados socializados, con la excepción de residencias, hospitales y poco más. Escuelas, extraescolares y centros de día cerrados, la posibilidad de compartir el cuidado de las niñas con familiares, amigas o canguros anulada. La carga entera de la reproducción social recaía sobre las familias y, dentro de las familias, como siempre, generalmente sobre las espaldas de las mujeres. Justo cuando nos empezábamos a dar cuenta, como sociedad, de que el trabajo de cuidados es, en efecto, trabajo esencial en el sentido literal de la palabra, cosa que muchas mujeres ya sabían – entre ellas, las trabajadoras domésticas (Pimentel et. al., 2020) –, atendíamos a un drástico incremento del desamparo de los cuidados, tanto de las personas que necesitan cuidados especiales como de las personas que llevan a cabo estas tareas.
Si el trabajo doméstico familiar ha sido una pesadilla, no han tenido mejor suerte las trabajadoras domésticas asalariadas. Hace cosa de un mes, la BBC sacó un pequeño reportaje sobre la situación de las trabajadoras domésticas en España durante la pandemia con testimonios de trabajadoras internas que seguían aún confinadas en noviembre: a muchas no les han permitido salir de la casa donde trabajan desde marzo por temor al contagio. Mencionan también la despedida masiva de trabajadoras domésticas que, además, como señala Rafaela Pimentel en una entrevista de Edu de Olga y Antxon Arizaleta, no han podido acceder a ningún tipo de ayuda pública ni cuentan con indemnizaciones o paro, dado que mayoritariamente trabajaban sin contrato.
En resumidas cuentas, el panorama es el siguiente: madres absolutamente desbordadas, trabajadoras domésticas internas secuestradas en sus lugares de trabajo, trabajadoras domésticas despedidas sin ayudas ni derecho a paro… ¿Qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Para entender esta situación, tendríamos que analizar de dónde venimos y en qué condiciones tenían lugar los cuidados. En primer lugar, debemos advertir que nada de esto es completamente nuevo: las madres o personas con familiares dependientes a cargo ya estaban desbordadas antes de la pandemia, las trabajadoras domésticas ya estaban precarizadas y desprotegidas y las trabajadoras domésticas internas ya estaban prácticamente secuestradas en casas ajenas.
Las madres o personas con familiares dependientes a cargo ya estaban desbordadas antes de la pandemia, las trabajadoras domésticas ya estaban precarizadas y desprotegidas y las trabajadoras domésticas internas ya estaban prácticamente secuestradas en casas ajenas.
Este desamparo respecto de los cuidados y las personas que se responsabilizan de ellos, especialmente en el caso del trabajo doméstico, no ha surgido de la pandemia. Lo único que ha hecho la pandemia es llevar todo esto al extremo. Varias autoras llevan años analizando estos fenómenos, entendiendo nuestra situación como una crisis de los cuidados. Cristina Carrasco, Cristina Borderías y Teresa Torns lo explican así:
“El incremento en la esperanza de vida y el envejecimiento de la población en los países ricos, junto a la cada vez mayor participación laboral de las mujeres y la escasez de oferta pública de servicios de cuidados, han provocado lo que ha venido a denominarse “la crisis de los cuidados”, poniendo de manifiesto que la oferta de los cuidados de las mujeres no es infinita (…) De forma más amplia, la crisis de los cuidados se entiende como un complejo proceso de reorganización de los trabajos de cuidados, que continúa descansando mayoritariamente sobre las mujeres, pero que cada vez más es incapaz de responder a las necesidades de cuidados de las personas”.
Básicamente, el tema es el siguiente: ¿Qué pasa cuando las mujeres, que somos quienes tradicionalmente nos hemos ocupado del trabajo doméstico de forma gratuita y sin reconocimiento, entramos masivamente al mercado laboral? Como nadie asume las tareas que realizábamos, lo que nos encontramos es, por una parte, este desamparo de muchas de las personas que requieren cuidados especiales y, por otra parte, esta doble jornada de trabajo para muchas mujeres, mientras que en las familias de clases acomodadas se externalizan estas cargas a otras mujeres (migrantes y de clases más bajas), a menudo en unas condiciones precarias y de aislamiento que fomentan todo tipo de abusos.
Como señalan las autoras antes citadas, la crisis de los cuidados en los países del Norte ha originado procesos migratorios de mujeres de los países del Sur Global hacia países más ricos ofreciendo trabajo de cuidadoras en lo que vendría a ser un expolio de cuidados de los países de la periferia por los países del centro. A su vez, este expolio provoca lo que Silvia Federici llama una crisis dentro de la reproducción social de las poblaciones de África, Asia y Latinoamérica. Se trata de “una nueva división internacional del trabajo que se aprovecha del trabajo de las mujeres de estas regiones en beneficio de la reproducción de la mano de obra «metropolitana»”. Tal y como argumenta la autora, esta apropiación por parte de los países del centro del trabajo reproductivo de las mujeres de los países de la periferia habría permitido “liberar” a ciertas mujeres para producir más trabajo exo-doméstico a costa de encerrar a otras mujeres, las migrantes, para cubrir las necesidades de cuidados de las clases acomodadas de los países ricos dejando desatendidas estas mismas necesidades en las poblaciones de otros países.
La crisis de los cuidados en los países del Norte ha originado procesos migratorios de mujeres de los países del Sur Global hacia países más ricos ofreciendo trabajo de cuidadoras en lo que vendría a ser un expolio de cuidados de los países de la periferia por los países del centro.
Con todo, lo único que ha ocurrido en esta pandemia es que el confinamiento ha intensificado una crisis y unas problemáticas que ya arrastrábamos desde los años 70-80. Pero… ¿De dónde viene esta crisis de los cuidados? ¿Qué sucedió en los años 70-80? ¿Dónde nos encontrábamos antes? Para comprender la complejidad de la situación actual respecto al trabajo doméstico y la crisis de los cuidados, debemos remontarnos mucho más atrás e incluso intentar comprender el origen del trabajo doméstico tal y como lo conocemos y su lugar en nuestro sistema económico.
En contra de lo que se podría pensar, el trabajo doméstico no es un trabajo inmutable que haya existido desde el principio de los tiempos ni una reminiscencia precapitalista, sino una forma históricamente específica de trabajo que, según Silvia Federici (2018: 69-70), se habría originado en su forma actual a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Para Federici (2018: 60), el trabajo doméstico es un producto histórico fruto de la separación entre producción y reproducción, trabajo retribuido y no retribuido, que no habría existido en sociedades precapitalistas que no estaban gobernadas por la ley del valor de cambio. En efecto, en una economía de subsistencia, todo el trabajo (o, al menos, el núcleo de la economía) está destinado a la reproducción de la vida y no a la acumulación, es decir, no se trabaja produciendo mercancías a cambio de un salario sino produciendo valores de uso para el autoconsumo, de manera que, aunque pueda haber una división sexual y social del trabajo, no existe esta separación y diferenciación entre el trabajo reproductivo y productivo (no existe esta barrera que dicta el salario).
Aunque esta separación entre producción y reproducción se impone con el inicio del capitalismo, la figura del ama de casa, trabajadora doméstica familiar a tiempo completo, no aparece hasta una fase más madura de este sistema, coincidiendo con lo que Marx analiza como el paso del plusvalor absoluto al plusvalor relativo (Federici, 2010 [1998]: 151). A pesar de que Karl Marx no analizó el nacimiento de la figura del ama de casa, ya que apenas empezaba este proceso estando él en vida, sí supo ver cómo se comenzaba a dar el paso de un tipo de explotación que producía plusvalor mediante la máxima prolongación de la jornada laboral (plusvalor absoluto) –y, añado yo, del máximo número de personas, incluyendo mujeres y niñas– a un tipo de explotación cuyo plusvalor surgía de la reducción del tiempo de trabajo necesario resultante del incremento en la productividad (plusvalor relativo) (Marx, 2017 [1867]: 388) y que, añado, permitía reducir el número de personas trabajando directamente para el capital, renunciando a la explotación directa de mujeres y niñas. Con todo, se trataba de una mejora en las condiciones de trabajo sin una reducción en la tasa de ganancia de los capitalistas.
Aunque esta separación entre producción y reproducción se impone con el inicio del capitalismo, la figura del ama de casa, trabajadora doméstica familiar a tiempo completo, no aparece hasta una fase más madura de este sistema.
Aunque esto estaba posibilitado por el progreso técnico (vinculado a un mayor grado de explotación de la naturaleza), este cambio se debía también a la posición que había logrado ocupar la clase obrera en la lucha de clases: la organización y las insurgencias de la clase obrera y, finalmente, sus revoluciones en varios países del mundo forzaron a la clase capitalista a hacer concesiones importantes a las demandas de las organizaciones obreras. Además, como señala Hobsbawm (2012 [1994]), las catástrofes económicas internacionales de principios de siglo XX, a las que solo la URSS parecía ser inmune, hicieron quebrar la doctrina de la no intervención del liberalismo clásico e impulsaron la introducción de mecanismos de planificación o intervención estatal en la economía de los países capitalistas.
En este contexto, los sindicatos y las fuerzas políticas socialdemócratas pudieron encontrar un terreno común con la clase capitalista para fundar un nuevo régimen basado en el salario familiar (salarios suficientemente altos para poder mantener a toda la familia solo con el sueldo del hombre) y la exclusión de las mujeres del trabajo asalariado (con la excepción de los periodos de guerra). Su exclusión del mercado laboral no solo ayudaba a que los salarios no fueran a la baja sino que permitía una posición mucho más cómoda a los hombres obreros casados, que tenían una trabajadora doméstica a su disposición a tiempo completo. Desde el punto de vista de los capitalistas, esto representaba, además, una inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo que podía repercutir, a corto plazo, en la productividad de los obreros y que, a largo plazo, podía suponer un incremento de la fuerza de trabajo disponible. En un texto titulado Women, the Unions and Work, or… What is Not to be Done, Selma James relata cómo los sindicatos escoceses habían impulsado un acuerdo con las patronales para que no les diesen trabajo a las mujeres casadas, planteando además que esto no era una rareza de Escocia sino una estrategia generalizada de los sindicatos, que habrían estado protegiendo a la clase a expensas de las mujeres. Dejando atrás sus altas tasas de participación en el trabajo asalariado en los inicios de la revolución industrial, las mujeres de las incipientes clases medias perdieron su independencia económica y pasaron a trabajar en sus casas en condiciones de aislamiento: es el momento fundacional del ama de casa a tiempo completo. Para que nos situemos, un momento culminante de este proceso de transición hacia el nuevo régimen basado en el salario familiar es el New Deal en los Estados Unidos.
¿Qué hizo acabar con el régimen del salario familiar? Por una parte, Silvia Federici (2018: 63) muestra cómo el avance del movimiento feminista y las luchas de las mujeres a escala internacional en los años setenta quiebran este “contrato social” que se había consolidado con la estrategia fordista y el New Deal al impulsar la entrada masiva de las mujeres en el mercado laboral. Por otra parte, a partir de los años 70-80, se empieza a construir un nuevo orden económico internacional neoliberal en respuesta a la crisis del petróleo del 73, a la que parecía imposible aplicar soluciones keynesianas, así como al derrumbe del denominado “socialismo real”. Aunque este proceso es mucho más complejo y hay muchos más factores que intervienen, el caso es que hay un retroceso en el poder de presión de la clase trabajadora respecto de las condiciones laborales y, con el avance del neoliberalismo (y, más adelante, con la crisis del 2008), una parte importante de las clases medias (de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía) se empiezan a proletarizar. En esta situación, pues, ya no hay lugar ni para el salario familiar ni para el ama de casa, pues, como sabemos todas, un salario simplemente ya no da para tanto.
Federici muestra cómo el avance del movimiento feminista y las luchas de las mujeres a escala internacional en los años setenta quiebran este “contrato social” que se había consolidado con la estrategia fordista y el New Deal.
Sabiendo como todo esto termina en las crisis dentro de la reproducción social de las que hablábamos antes –con el desamparo de las personas que requieren cuidados especiales, la doble explotación de mujeres con hijas o personas dependientes al cargo, el expolio de cuidados de la periferia por el centro, los abusos laborales a las mujeres migrantes que trabajan en hogares, etc. – no parece que la incorporación de las mujeres al mercado laboral fuese una opción liberadora, especialmente si no iba acompañada de una reestructuración económica y social que tuviera en cuenta la reproducción social. Como ya venía avisando Mariarosa Dalla Costa en 1972 en su influyente texto Las mujeres y la subversión de la comunidad, aunque las condiciones laborales de aislamiento de las amas de casa y su separación respecto a la producción socializada directa dificultasen su rebelión, tampoco convenía seguir el mito de la liberación a través del trabajo:
“El capital se está apoderando del ímpetu mismo que creó un movimiento –el rechazo de millones de mujeres del lugar tradicional de la mujer– para rehacer la fuerza de trabajo incorporando cada vez a más mujeres (…) El reto que enfrenta el movimiento de mujeres es el de encontrar formas de lucha que, a la vez que liberen a las mujeres de la casa, eviten, por un lado, una esclavitud doble y, por otro, nos impidan llegar a otro nuevo grado de control y regimentación capitalista. Esta es, en definitiva, la línea divisoria entre reformismo y política revolucionaria dentro del movimiento de las mujeres” (Dalla Costa, 1979[1972]: 63-64).
La situación actual demuestra que Dalla Costa estaba en lo cierto. Debemos, pues, retomar estos esfuerzos de liberación aprendiendo de las experiencias del pasado y entendiendo la situación en la que nos encontramos hoy a la hora de plantear horizontes feministas para el futuro
Para hacer frente a estas derechas, no alcanza con la defensa de la democracia y los gobiernos llamados progresistas // Entrevista a Diego Sztulwark
Pandemia e interrupción
¿Qué desafíos habitan este tiempo de pandemia a nivel social, esta interrupción omnipresente?
No creo que haya habido realmente una “interrupción”, aún si la pandemia ha afectado nuestra vivencia del tiempo histórico. En lo inmediato, los automatismos financieros, comunicacionales e informacionales siguen dominando el cotidiano de muchas personas. Y no han aparecido mecanismos de reproducción social alternativos al neoliberal. Si la noción de “interrupción” me sigue pareciendo importante es en el nivel de una indagación. Porque es evidente que algo ha sucedido, algo ha cambiado. Quizás sea un cambio en el nivel de las creencias. Lo vemos en lo relativo a la tan esperada “vuelta a la normalidad”, o bien a las tentativas de una “nueva normalidad”. En las enormes dificultades de instalación de esa anhelada normalidad. Se ha vuelto esquiva, intangible. Hay un elemento de no certeza, una mayor conciencia de la fragilidad de nuestra existencia.
La “interrupción” no da cuenta de un final, pero sí nos recuerda del carácter finito y no asegurado de la vida individual y colectiva. Por lo que, si vamos a usar la noción de interrupción para describir la experiencia de la pandemia, me parece que habría que considerarla menos una noción descriptiva del estado de cosas, menos como llave de un discurso crítico, y más como una afección de la percepción de la realidad. Lo que sí es posible es que esa afectación de la percepción traiga consigo un potencial reflexivo, ético y político, en la medida en que favorezca ciertos interrogantes sobre la naturaleza de los mecanismos de reproducción, sus límites, sus efectos indeseables. Mi impresión es que el nivel de reflexión y ético de esta experiencia -la falta de reposo en el carácter automático de la realidad- se expande en una infinidad de conversaciones sobre el cotidiano. En esas conversaciones anida quizás la capacidad de una nueva narrativa sobre los cuidados, sobre lo público, sobre la relación con el dinero y con el tiempo. Pero por el momento no veo que esas conversaciones encuentren traducciones interesantes -ni tampoco da lugar a nuevas síntesis colectivas- en el plano de la política convencional.
Derechas y desafíos
Pareciera haber un devenir hacia posiciones más radicalizadas de extrema derecha a nivel global, en algunos casos, fomentadas también desde los grandes emporios mediáticos, con ingredientes xenofóbicos, racistas, nacionalistas y ultra conservadores que promueven abiertamente la dimisión de los gobiernos «constitucionales». En este sentido: ¿Es suficiente manifestar el compromiso de defender el «sistema democrático» por parte de las fuerzas progresistas?, ¿Es esperable una recreación de los gobiernos populistas de la década pasada con otros rostros?, ¿O se impone, a través de diversas fuerzas sociales, una nueva forma de vida, que no tiene nombre aún, y a su vez, no cuenta con el poder suficiente para hacerse escuchar y ver?
Cada vez más se habla de estos nuevos rostros de las derechas, que a veces ganan elecciones (Trump, Bolsonaro), otras organizan golpes (Bolivia) y muchas otras, intervienen como discursividad intolerante (Argentina). Pienso que este tipo de fascismo tan particular podría ser estudiado desde la lógica del miedo, de un delirio de los propietarios, un tipo de racionalización de la crisis en términos de asegurar el orden, la propiedad y las jerarquías. Este delirio de los propietarios se extiende a todo aquel que acepta vivir la fragilidad de los enlaces y las estructuras en términos de amenaza de sus derechos y/o posesiones. La experiencia de la posesión, en ese sentido, atraviesa a todas las clases sociales. Se trata de un delirio transversal, aunque particularmente encendido entre las clases dominantes. Me pregunto si ese miedo no dio lugar ya a un nuevo tipo de comportamiento dominado por el anhelo del aseguramiento: aseguramiento de la tasa de ganancia decreciente; de los consumos a las mercancías, del control del aparato represivo, de la subordinación de la fuerza de trabajo cada vez más precarizada. Estas dinámicas de la seguridad parecen estar actualizando las formas más brutales de la violencia sobre la tierra y sus derivados, sobre las comunidades y los cuerpos. Las formas más groseras de sexismo, clasismo y racismo son reavivadas en estas tentativas de aseguramiento.
¿Y de qué formas se enfrenta a este nuevo formato ideológico de las derechas?
Me parece que para hacer frente a estas derechas, no alcanza en lo más mínimo con la defensa de la democracia y los gobiernos llamados progresistas, por la sencilla razón de que estas fuerzas aseguradoras no hacen sino desinhibir los pactos preexistentes a nuestras democracias. No hacen sino sacar a la luz las desigualdades que las democracias no quieren, no saben o no pueden cuestionar. El repliegue sobre lo políticamente correcto y la defensa de la democracia son signos de impotencia, que no permiten encarar aquello que en las nuevas derechas es agresivo y desafiante. Me resulta absurdo responder a la movilización desfachatada del odio, que se presenta a sí misma como transgresión al orden, con una apelación abstracta a la igualdad, o al respeto de las leyes y las instituciones. Como si no fuera esta misma idea puramente retórica de la igualdad y el carácter completamente retrógrado del aparato jurídico lo que efectivamente hay que cuestionar.
¿Cómo debería jugar «lo político» frente a esto»?
Sucede que lo político se encuentra en retraso respecto de estas tareas. Y ese retraso se torna muy peligroso. De hecho, la falta de reacción política en un sentido de transformación estructural, no hace mas que regalarle a la derecha el lugar de la disidencia y el procesamiento del malestar, lo que no deja de ser completamente absurdo dado que la derecha no es transgresora sino exhibicionista, no cuestiona nada, solo reivindica y exhibe aquellas jerarquías que la llamada democracia no se atreve a revisar. Si miramos de cerca el panorama de las últimas semanas en la Argentina, por ejemplo, se ve con claridad la dificultad en la que quedan colocados los gobiernos llamados progresistas.
Veamos lo que ocurrió por ejemplo con el tratamiento que dio el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires a la toma de tierras ocurrida en la localidad de Guernica…
Desalojo en Guernica, Buenos Aires
¿Cuál es tu mirada al respecto en cuanto al proceder del gobierno bonaerense?
Vemos que ha sido incapaz de entrar en diálogos con las organizaciones de la toma, el gobierno eligió el camino de hacer cumplir la orden de desalojo promovida por el poder judicial. El desalojo quedó a cargo del ministro de seguridad, Sergio Berni, quién utilizó el hecho para lanzar su campaña política con el discurso del aseguramiento militar de la propiedad privada (https://www.clarin.com/politica/video-spot-sergio-berni-desalojo-guernica_3_P_yyCDdZX.html). Lo de Guernica es sólo un ejemplo, aunque un ejemplo especial, puesto que permite plantear interrogantes fundamentales sobre el futuro. La dinámica del proceso cambia de naturaleza cuando los gobiernos acompañan en la formación de organización y extraen de ahí una narrativa histórico política, o cuando conceden a las fuerzas conservadoras, que tanto peso tienen sobre la realidad, políticas represivas de la conflictividad social, asumiendo una narrativa fundada en la pulsión aseguradora que recorre por dentro a todas las fuerzas en el gobierno. Cuando hablo de cambio de naturaleza me refiero a la idea misma de la democracia: no es igual una democracia que se abre como una posibilidad para expandir las luchas, y encuentra ahí ocasión para su propia innovación institucional, que una vivida como puro formalismo jurídico y aplicación de las leyes vigentes.
Reflexionar sobre el Todo
Me interesó un concepto tuyo, vertido en una entrevista reciente y es el de «lo dado» como forma de control y aceptación social. ¿Podrías sintetizarlo?
Es un poco el mismo razonamiento que hacíamos sobre la democracia. La gestión de lo dado se justifica en la complejidad de la situación, y en la dificultad de producir transformaciones desde la gestión del estado. De ahí la idea de una democracia a defender, o unas instituciones a respetar. Y no a crear.
Si la política se torna pura gestión, pura defensa, pura adecuación, puro respeto a reglas, deja de inventar, de traducir lo que se produce en el campo de la innovación colectiva. ¿Cómo se ve esto? Cada vez que se desoyen las luchas populares como si fueran pre políticas, inmaduras, incapaces de tener en cuenta la realidad. La política agobiada por la crisis se torna impotente y tiende a blanquear -y no a transformar- las relaciones de fuerzas provenientes de la dinámica de la acumulación del capital.
El filósofo Henry Bergson, que escribió su obra a comienzos del siglo XX, hacía esta distinción entre un Todo dado y un Todo Abierto. Para él, los movimientos de la realidad expresaban siempre un cambio en el Todo. La naturaleza Abierta del Todo exigía un acto de creación. Mientras que el Todo dado, cerrado, sería mas bien una ficción, una representación reaccionaria de la realidad. Tal vez esta reflexión sobre el Todo permita organizar el esquema que venimos planteando: la percepción afectada por una cierta fragilidad, una cierta sensación de “interrupción”, podría animar una nueva comprensión de la naturaleza Abierta, mientras que las dinámicas del “aseguramiento” actúan en el sentido de reforzar la experiencia del Todo-ya-dado. Y se plantean actuar de modo tal que ese Todo no sea nuevamente abierto.
Medios masivos de manipulación
Hay una tendencia no nueva a pensar que lo que «nos muestran» los medios es lo que pasa y es de lo que importa hablar. Esto se ve mucho actualmente en las redes y lo vivo como un profundo síntoma de reducción de la palabra y el pensamiento de muchas personas que, incluso, tienen buenos valores y están comprometidas socialmente. ¿Qué elementos se te ocurren interesantes para romper esa inercia y cómo los aplicarías?
No me parece muy interesante la teoría de la manipulación, según la cual los medios de comunicación mienten y crean una realidad que las personas consumimos pasivamente. No me parece que se corrobore en el espacio político. Por supuesto que hay mucha mentira y mucha manipulación, pero evidentemente el fenómeno es bastante más complejo. De hecho, la mediatización abarca todos los niveles de la experiencia, y no solo el consumo de información política. Si volvemos a lo que reflexionábamos sobre el Todo-dado o el Todo Abierto, seguimos siempre tomados por el mismo tipo de desafío: ¿Cómo romper el efecto del Todo-dado, reforzado por cierto uso masivo de medios y redes?
Me parece que las experiencias de politización, del pasado y del presente, tienden a problematizar y a inventar una relación abierta entre capas de realidad. Una relación abierta en el sentido de hacerlas interactuar, dando lugar a zonas híbridas o mixtas de elaboración de sentido y de experiencia.
Diversidad y resistencia
Siempre rescatás esa especie de hilo conductor histórico que existe en la Argentina entre grupos revolucionarios de los 70, movimientos de derechos humanos contra la dictadura, ruptura en 2001 y aparición de movimientos sociales, feminismos, etcétera como tensiones y oportunidades. ¿Cómo pensás que actuó el kirchnerismo con esa herencia emocional y por qué?, ¿tienen margen de maniobra los movimientos que se hicieron oficialistas entre 2003 y 2015?
El rescate de una línea de tiempo fundada en desobediencias y rebeliones nace de una cierta manera de atravesar la llamada “transición democrática” argentina a partir de la dinámica viva de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y los organismos de derechos humanos y atraviesa la experiencia de la llamada crisis del 2001. Lo que hay de vivo y oxigenado en la Argentina de las últimas décadas proviene de esa línea de tiempo. En torno a lo que llamás “kirchnerismo” se articularon algunas personas, grupos y movimientos que aspiran a traducir en la política convencional esa línea de tiempo. Desde mi punto de vista, el hecho que esa traducción haya sido débil y no haya producido transformaciones de fondo, implica dos tipos de consecuencias.
¿Cuáles serían las principales consecuencias sobre este punto?
Por un lado, que la política convencional implica lidiar con relaciones de fuerzas imposibles de modificar desde la gestión de lo existente. Y en segundo lugar, que es preciso contactar con un reverso de lo político donde personas y grupos crean sensibilidades y estrategias diferentes. El problema de los movimientos que se vuelven oficialistas es que maltratan este reverso. Lo consideran pre-político. Y se dedican a infantilizarlo. Pienso que la agresividad capitalista en aumento tiende a escindir a las fuerzas políticas transformadoras en dos movimientos disociados: por un lado, a nivel de lo político convencional, la participación en frentes políticos defensivos, por otro, a nivel de un reverso de lo político, una resistencia a los modos de mando y de vida propiamente neoliberales que no encuentra expresión, traducción ni representación propiamente política.
Paulo Freire ya hablaba en los años 60 de la necesidad del ascenso social de los trabajadores, pero teniendo en cuenta que había una construcción pedagógica que hacía que, al ascender, se volvieran conservadores para cuidar sus bienes y eso se verificaba en sus elecciones políticas futuras. ¿Aprendimos la lección?
Lo que aprendimos, me parece, es que el problema de la educación y de la toma de conciencia se ha vuelto más complejo, y que las formas pedagógicas de la emancipación son ineficaces cuando están separadas de experiencias más generales de cuestionamiento al orden. Lo hemos visto en torno al consumo.
En 2015, cuando Macri ganó las elecciones, muchas personas razonaron que el problema fue la falta de explicaciones ligadas a los beneficios materiales de la década previa. Estas personas pensaban que la experiencia política consistía en el lazo entre dos procesos complementarios: por un lado, el acceso al consumo, y por otro, las explicaciones pedagógicas que apuntan a la conciencia. Y bien ¿Dónde estuvo el error, según este modo de pensar?
¿En dónde ves estos «errores» que comentás?
Algunos concluyeron que falló la explicación (¡la gente no supo “entender”, por fallas del maestro!). Otros directamente echaron la culpa a los supuestos beneficiados (el pueblo se mostró desagradecido con quien lo benefició). Hubo finalmente, quienes concluyeron que los beneficios, quizás no fueron tantos, ni tan sostenidos. En todos los casos, aquella derrota política quizás nos permita plantear el problema de otro modo: las modalidades de consumo son ya, ellas mismas, explicaciones sobre el mundo, la sociedad y el deseo. Y no hay modo de sustituir estas explicaciones por otras, sin afectar los modos mismos en que se produce y se organiza la experiencia neoliberal del consumo.
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El silencio sobre la desaparición de Facundo Astudillo Castro es uno de los silencios más ruidosos que escuchamos en mucho tiempo. Silencio, militancia, posteo, funcionaria, pandemia. Es un silencio raro en un año en el que todos opinamos, en el que no nos callamos nada, en el que no le dejamos pasar nada a nadie. Es un silencio llamativo entre tanto griterío vigilante, encerrona, anti trosko, anti cheto. Silencio luchón, desconcierto, burocracia. Silencio gato de Berni, condescendiente con Axel, traidor a la mamá de Facundo.
Los silencios, nuestros silencios, tienen certezas, razones, motivos. Todo silencio es político, entonces poco importa el dolor y la fuerza de la mamá, el acoso al abogado, la tortura al cuñado, la complicidad con esos fiscales, jueces y periodistas tan ortibas siempre. Poco importan Ludmila, el Negrito, María, Luciano. Lo que importa es lo que creemos, lo que nos hace sentir bien, cómodos, conformes. Lo que importa es el encuadramiento, el cargo, la próxima elección, no hacerle el juego a la derecha, ser parte de algo grande, hacer caso. No importa la víctima, sino quién es el victimario.
Todo silencio es político, lo policial es político y la política anda en patrullero. El patrullero nos educa, nos corrige, nos llama a silencio. Dice que sí y que no. Impide la fiesta, el vagar, juntarse. El patrullero odia a los pibes. La política en patrullero no entiende de tonos, momentos o historias, no le importa. Es pura herramienta de gobernabilidad. No entiende de ideas, es la idea. No entiende de palabras, es el silencio.
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Gilles Deleuze encuentra en el cine un poco tiempo en estado puro. Se puede escapar de la unidimensionalidad televisiva del presente viendo y leyendo las imágenes creadas por los grandes cineastas. El cine introduce el movimiento en la imagen, y en el pensamiento. De ahí el juego que permite ir del cine a la filosofía y de la filosofía al cine. Lo que importa es ese ir y venir.
Con Bergson, Deleuze introduce en el cine la noción de movimiento como acceso a un Todo-Abierto, que se vuelve visible a partir de sus cambios continuos. La exigencia creativa le viene al cine precisamente de ser el arte de la imagen-movimiento, que expresa al todo que muta. Esta búsqueda del tiempo desde el movimiento implica un descubrimiento propiamente cinematográfico del cuerpo tomado en su actividad perceptiva, afectiva y actuante. Y el acceso directo de la imagen al tiempo ofrece un segundo descubrimiento, el cerebro en la pantalla: para lo peor (circuitos hechos de bajeza cerebral, sexo y violencia en la representación) o para lo mejor (nuevos circuitos mentales, en los que el sexo y violencia circulan al nivel de las velocidades del pensamiento).
El discurso del cine remite, para Deleuze, a una materia de signos específica, anterior al lenguaje: bloques de movimiento y duración que surgen de las combinaciones y variantes en el uso de la luz, del espacio y del sonido. Si la imagen cine resulta no solo visible, sino también legible, es porque ya no está atrapada en el presente: ella es, en sí misma, un conjunto de relaciones de tiempo (o de “movimientos aberrantes”). Y su función estética es, precisamente, hacer sensibles, visibles, legibles las relaciones de tiempo irreductibles al presente.
Si el cine involucra desde siempre una política, es por su doble compromiso, siempre renovado, con una industria capitalista de la imagen (que tiende a la unidimensionalidad del tiempo-espectáculo en un presente continuo), y con una liberación de las dimensiones de la imagen, y sus devenires revolucionarios.
Las fuerzas del tiempo se hacen visibles apenas lxs cineastas convierten la luz, el sonido y el espacio en objetos de una creación. En este sentido se dice del cine: es la presión del tiempo sobre el plano. A diferencia del teatro, el cine produce los cuerpos con granos del tiempo. Esa materia granular, virtual, cristalina, apenas si comienza a ser explorada. En ella el pensamiento descubre para sí mismo una nueva imagen, poblada de intersticios, series y disyunciones. La imagen-cine activa una creencia en el mundo como “duraciones coexistentes”.
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La pedagogía de Roberto Rossellini // Diego Sztulwark
La última década del trabajo de Roberto Rossellini no transcurrió en el cine sino en la TV italiana. Durante los primeros años setenta, filmó al menos cuatro series dedicadas a la vida de filósofos europeos clásicos. En ellas, Sócrates, Agustín de Hipona, Blas Pascal o René Descartes son tratados con máxima ternura. Los personajes suelen aparecer hablando un italiano suave, dulce, ambientados en ciudades y épocas bien definidas y rodeados de amigos (seguidores, discípulos, adversarios). Viven una vida desajustada a su tiempo, envueltos en conflictos que apenas soportan, como si los distrajeran, y de los que finalmente se apropian, incapaces de permanecer –como quisieran– en la eternidad del pensamiento.
León Rozitchner insistía con que, un día la obra de los más importantes pensadores vendría acompañada de una biografía, un estudio de lo que el pensar debía enfrentar en una vida. Según parece, durante mucho tiempo en Europa los textos de Spinoza circularon de ese modo, junto a una “vida de Spinoza”, concebida como inseparable de su filosofía. Rozitchner creía que escribir era revolver en la formación de la propia conciencia, una indagación en el particular ingreso de cada quien, a la cultura y, a la vez, una tentativa por constituir en este mundo un tipo de coherencia nueva. Ignoro si Rozitchner llegó a apreciar estas series sobre la vida de filósofos de Rossellini, aunque los puntos de contacto parecen grandes. Una de sus pasiones de los últimos años era precisamente contemplar durante horas los rostros de distintos pensadores y escudriñar en sus textos el modo en que en ellos se harían presentes las determinaciones de tipo inconscientes. Su último libro de largo aliento, La cosa y la cruz, era una confrontación de este tipo, con las confesiones –precisamente– de Agustín.
La serie fue tomada muy en serio por Gilles Deleuze, quien no dejó de referirse a ella en varias ocasiones, siempre refiriéndola a una serie de problemas que le preocuparon durante sus últimos años, en torno a la relación entre el cine y la TV. En una carta al crítico de cine Serge Daney titulada “Optimismo, pesimismo y viaje” –carta publicada por Daney como prefacio de uno de sus libros, Ciné-Journal)–, Deleuze se refiere a las muertes y a las resurrecciones del cine. El cine no deja de morir y renacer. Murió una vez en manos del fascismo –Hitler como cineasta, sobre fondo de los campos de exterminio–, y de Hollywood –América como un sueño–. Pero conoció también su resurrección en el cine neorrealista italiano y en la nouvelle vague francesa de la postguerra (Resnais “ha resucitado a los muertos del cine”). Si alguien amenaza nuevamente con matar al cine, dice Deleuze a Daney, es la televisión. No porque ella carezca de posibilidades estéticas, sino porque ha renunciado a ellas en función de una peligrosa “función social”. Ahí donde la función estética crea dimensiones y desplazamientos de imágenes, la función social, aplana y concentra, unificando todas las imágenes en una sola. Es una función de sincronía entre imagen y espectador. La TV engendra un espectador controlado. Las técnicas visuales eliminan intervalos e intersticios en función de un flujo de percepción único.
Esta muerte televisada del cine consiste, ante todo, entonces, en eliminar definitivamente todo “suplemento” –el término es de Daney– o desajuste entre imagen y espectador, en la que “el alma del cine” –expresión de Deleuze– estaba comprometida hasta al menos los inicios de los años ochenta. Sincronía vs suplemento, es un modo de identificar un problema político –relativo a las formas de control y a las libertades de crear– en torno a la experiencia del tiempo. El cine procura salvarse creando un tiempo que “dura y coexiste” –función estética–, ante la avanzada de la TV que actualiza los poderes de control que por su intermedio se tornan “inmediatos y directos”.
Es en este contexto que Deleuze dedica un largo párrafo de su estudio sobre cine a estas series del último Rossellini. Las ve como el más simple y decisivo trabajo didáctico, una “gran pedagogía” sobre las palabras y las cosas destinada a edificar un “nuevo régimen de la imagen”. Rossellini habría intentado crear “una escuela primaria absolutamente necesaria”, en la que las cosas y las palabras luchan por hacer emerger lo nuevo: cada discurso trae “un nuevo estilo de acto de habla” en lucha con el viejo, y “entre las cosas” procura surgir un espacio nuevo (una concepción arqueológica, próxima a la de Foucault). Esta pedagogía tiene por objetivo edificar un “nuevo régimen de la imagen”, que ya no consiste en responder a la pregunta ¿qué nos muestra la imagen?, ni a esta otra pregunta: ¿qué otra imagen hay que ver detrás de la imagen? El nuevo régimen de la imagen –según escribe Deleuze en carta a Daney– remite a la cuestión ¿cómo insertarnos en la imagen?, ¿cómo desplazarnos en ella? dado que lo propio de toda imagen, en el nuevo régimen, consiste en deslizarse hacia otras imágenes (rivalizando con la naturaleza misma).
Para desplegar las posibilidades de este nuevo régimen –función estética–, Deleuze confía en las capacidades resistentes del cine. Cree que el cine debe meterse en la TV misma y alcanzar en ella el núcleo más íntimo del ensamble entre la técnica visual y formas del control. Solo haciendo suyo el problema del control, el cine podría desactivar e invertir esa relación amenazante. La política de Deleuze se encuentra en este punto con la de Rossellini. La intervención del cine sobre la TV debe darse en torno al video. Contra la TV del Gran hermano, los programas de concursos y los noticieros, el video tiene la capacidad –cinematográfica– de descomponer y recomponer las imágenes. Una pedagogía de y desde la imagen. El carácter estratégico de la disputa tiene por finalidad última el valor político de la pantalla. No en el sentido que la contra-información hace de ella: la mera interpelación a los medios para que asuman determinada posición ante tal o cual conflicto político. Sino en el sentido, quizás más profundo y radical, de descubrir la pantalla como otra cosa que un mero tablero de información. Se trataría de hacer de la pantalla una membrana para el cerebro-ciudad, tironeado al límite entre sus posibilidades de actuar creando nuevos circuitos de percepción-pensamiento (pantalla-membrana; tiempos no sincronizados) o bien caer cada vez en nuevas capturas –cantinelas del mercado–, suscitando en el cerebro solo reacciones conocidas o reflejos automáticos.
¿De dónde viene la palabra? // Julián Doberti
Para saber lo que sucede con la transferencia, hay que saber lo que ocurre en el análisis. Para saber lo que ocurre en el análisis, hay que saber de dónde viene la palabra.
Lacan
I
Las palabras viajan, se duelen, atraviesan la piel, humedecen la mirada, irritan la sensibilidad, deliran y alivian delirios, se desgarran en la angustia, martirizan ciertos insomnios, acontecen inesperadas en el amor, nos siguen nombrando más allá de la muerte (la muerte, también, es una palabra).
En el epígrafe Lacan no se pregunta de qué están hechas las palabras, ni cómo se combinan, ni qué significan, ni cuál es su origen o su final: nos invita a interrogar de dónde vienen, quizás para poder alojarlas como se aloja a quien convoca nuestra hospitalidad.
En la hospitalidad, precisó María Moreno, se trata menos de acoger que de dejar continuar, construir un espacio para que el movimiento sea posible.
II
Recuerdo un diálogo clínico con una mujer que me contaba un sueño reciente: era una niña que estaba con su madre en la playa. Se metían juntas en el mar y la madre la sostenía mientras ella flotaba y sentía el suave contacto del agua en el cuerpo. En un momento, los brazos de la madre dejaban de mantenerla a flote y parecían hundirla.
Cuando Lacan insiste en separar el significante del significado no hace lingüística, enseña a escuchar. Los brazos de una madre pueden significar protección y, también, peligro.
¿De dónde vienen las palabras que cuentan un sueño?
Hay palabras que vienen del temor, del odio, del tedio, de un dolor que ya no se puede callar, de una madre muerta hace años que sigue intentando ahogar a una hija que no deja de soñarla.
III
Cuando Lacan señala que el deseo es impronunciable no lo ubica más allá de las palabras. El deseo está -no es- entre las palabras, cuando alguien puede escucharlo. No hay deseo sin una escucha que permita leerlo. Todavía cuesta pensar que la lectura no está en relación al ver sino al escuchar. Como dice Peter Orner: “leer, creo, es una forma de escuchar”.
IV
Ricardo Piglia escribió en Los diarios de Emilio Renzi: “cuánto más dura y despótica es la situación política, más se habla de cualquier cosa, como si repitiéramos la frase de Joyce: ‘ya que no podemos cambiar la realidad, cambiemos de conversación’.”
No es lo mismo hablar de cualquier cosa que hablar de otra cosa. Ocurre que cambiar de conversación no es tan sencillo. Cuando la realidad resulta insoportable, lo insoportable también se apodera del lenguaje. Quizás la posibilidad de cambiar de conversación indique un margen de libertad imprescindible para que la vida sea vivible. ¿Con qué palabras hablar de otra cosa? El psicoanálisis no es ajeno a esa pregunta.
V
Alguna vez le preguntaron a Jean Allouch qué era para él la salud mental. “Poder pasar a otra cosa”, respondió. Octave Mannoni tituló uno de sus textos más bellos “La otra escena”.
Las palabras vienen de otras escenas, de otros tiempos, de otros cuerpos y siempre hablan de otra cosa. Pasar a otra cosa no es curarse, ni adaptarse a los ideales de moda, ni alcanzar la salvación. A veces es darse la posibilidad de un silencio que suspenda el ruido del mundo.
Como cantaba Federico Moura:
vuelve el deseo y la ansiedad
de este cuerpo
mi boca quiere pronunciar
el silencio.
En la canción las palabras avanzan por una autopista junto al mar. Hay un cuerpo, una boca, un silencio que quiere ser pronunciado. En ese querer insistimos, aunque sigamos sin saber de dónde viene la palabra.
Imagen: Lluvias, de Victor Hugo Zayas
Crimen y castigo // Lila María Feldman
Las mujeres nunca pudimos hacer, desear ni pensar cualquier cosa. Nuestra potencia ha sido y sigue siendo –por ahora- conquista.
Conquista y potencia del cuerpo de las mujeres para desprenderse de las figuras del cuerpo del delito, y del campo de la prueba.
¿De qué maneras, de cuántas maneras, el cuerpo de las mujeres es capturado por un deseo ajeno? Cuerpo de las mujeres condenado a un destino ligado a la ficción de naturaleza femenina, y a la representación que fija lo femenino a ser madre. Cuerpo de las mujeres condenado a ser también objeto de posesión exclusivo para el deseo del hombre, para la sumisión, para la violencia, o para la muerte.
Quiero decir: ¿Cómo despegar el encuentro sexual de una presunción de peligro, de un estado básico de alerta, hacia el ejercicio de una sexualidad que tenga los mayores grados de libertad posible, en los modos singularísimos con los que cada una tendrá que resolver ese enigma que la sexualidad siempre representa? Que la sexualidad pueda ser enigma y no lugar hipersaturado de sentidos.
¿Cómo continuar separando sexualidad y castigo? todavía en este siglo, no hay avance tecnológico, ni científico, ni político, que haya logrado desarmar esa soldadura. Aún.
Usamos -cada vez más- las mujeres, la palabra para defendernos, y vaya que la usamos, a contramano de otras palabras, prácticas y poderes. Pero ¿cómo usamos el cuerpo? El cuerpo colectivo aloja, acompaña y posibilita el intento por inscribir el cuerpo de las niñas, adolescentes y adultas, de cada una de ellas, de otras maneras.
En los albores del descubrimiento freudiano, las mujeres casi exclusivamente contaban con su cuerpo, como manifestación atrapada en la crisis histérica, o el síntoma histérico. Freud, alejándose progresivamente del saber médico de su tiempo, inventa un nuevo dispositivo, que consolida el pasaje del método hipnótico y la cura catártica al método de la asociación libre y la escucha analítica. Freud libera al cuerpo de la fijeza en la conversión histérica y la actuación, de la condena a expresarse en una escena «loca» y sujeta a la examinación médica, y sitúa la resolución del enigma en el terreno de la palabra, generando nuevos posibles enlaces.
Es un largo capítulo el de las vicisitudes por las que avanzará esa escucha, y allí lo que Freud y su tiempo pudo, y hasta dónde, pensar. Un capítulo en pleno trabajo de reescritura y reformulación, en el mejor de los casos. Por ejemplo, de la trama que subjetivó a las mujeres como castradas y envidiosas, y allí situó la configuración de sus fantasmas primordiales y de las posibilidades de acceder, progresión mediante, a ecuaciones simbólicas capaces de encauzar los deseos –por supuesto- a la maternidad. O la inexistencia de representación del placer femenino en el encuentro sexual. Aun hoy se escuchan y verifican, en particular en el consultorio, las esquirlas vivas de esa no existencia, toda vez que para cada mujer es un trabajo arduo el de inscribir su placer, y no ya la “aprobación”, en el cuerpo propio y en los encuentros con otros. Cuantas veces nos toca escuchar que la sexualidad femenina es posible únicamente como soporte y garante, o como anexo de la masculina…
¿Cómo recuperar, hoy, entonces, la palabra y el cuerpo para vivir una sexualidad no peligrosa ni culpable? ¿Cómo arrancar nuestro cuerpo de «el cuerpo del delito», como poderosa representación dominante? Me refiero de este modo al peso que «la prueba» cobra en el cuerpo de las mujeres. Pruebas que verifican a su vez la magnitud y algunos de los alcances de nuestra captura en el régimen patriarcal, ese sistema que opera legitimando y reproduciendo su propia violencia, como si ella fuera natural.
Esta es nuestra agenda de pruebas:
- «La prueba de amor», con las obligatoriedades que se imponían, en nombre del amor, inscribiendo el inicio sexual en una lógica de dominación.
- El embarazo: «la prueba del delito», el delito de ser mujer y desear.
- El daño y la urgencia médica: la «prueba del aborto clandestino», realizado en condiciones indignas, desamparadas y en soledad.
- La prueba de que la decisión de una mujer es el “único y último recurso, justificado medicamente”, por ejemplo para decidir ligarse las trompas. Único modo de traspasar el argumento de la “objeción de conciencia”, con el que los cirujanos muchas veces se oponen a realizar una práctica que ya es es un derecho. Un ejemplo nomás de que la vida no es la preocupación de quienes se oponen al acceso y ejercicio de nuestros derechos sexuales y reproductivos, y que el derecho de las mujeres de gobernar la propia vida no es en lo más mínimo un punto de partida.
- La prueba de la “buena madre”, la “madraza”, aquella que deja y posterga todo por cuidar y criar a sus “cachorros”.
- El cuerpo seductor, como la «prueba de la provocación» que autorizaría, siempre, el avance o la intromisión del hombre. El derecho del hombre a imponer su deseo allí.
- «La prueba judicial»: la prueba que logre determinar la existencia de la violación y el abuso.
- La aprobación social y el espejo como prueba de ajuste del cuerpo a la hegemonía normativizante de la imagen.
- La prueba del “buen feminismo”, cada vez que el feminismo entrega su sensibilidad al manual de la moral feminista. Sabemos que la moral pertenece ella misma, en su misma genealogía, a la lógica patriarcal (La narración de “Tótem y tabú” es un buen testimonio de ello, de ese anudamiento entre moral patriarcal y origen mítico de la cultura). Ahí, entre los márgenes de la pedagogía y el punitivismo, perdemos el rumbo, si ocurre que hay afectos permitidos y otros que no lo son. Podemos sostener un discurso feminista y reproducir al mismo tiempo algunas de las violencias que nosotras mismas combatimos.
Entonces, ¿cómo seducimos hoy las mujeres sin ser putas ni víctimas? tanto de otrxs, por empezar, pero además víctimas de nuestras propias representaciones, representaciones psíquicas y sociales, singulares y colectivas, cuando suponemos, en particular las más jóvenes, que el avance erótico siempre es potencialmente amenazante o peligroso.
¿Cómo desarmar la idea de «hombre supuesto atacante«? ¿Y la representación de «mujer deshecho«? (Se usa y se tira, en un plano metafórico y en otro bien concreto y real).
¿Cómo lograr que crimen y castigo no sean la perpetuidad moralizante tejida en saberes y prácticas que posibilitan aun hoy que las mujeres sigamos suponiendo que somos nosotras mismas las responsables de la opresión padecida, por haberla provocado, propiciado o deseado? ¿Cómo desamarrar nuestros cuerpos de esos discursos del Poder que todavía lo marcan? ¿Cómo liberar al cuerpo de la búsqueda de aprobación y de la amenaza del oprobio?
El cuerpo de las mujeres se enfrenta cada día al trabajo de desasirse de esas representaciones de cuerpos que funden sexualidad, delito y prueba. Representaciones ligadas a los afectos de culpa y vergüenza.
Tenemos el desafío de construir para la sexualidad un campo de paridades. Pero sobre todo de alegres maneras, maneras de probar y explorar que no queden aplastadas por otras «pruebas» que capturen en la dominancia de unx por sobre otrx, o en la exigencia en nombre de ningún valor o ideal.
Que probar pueda ser eso: ser sujetos capaces de experimentar, tener derecho y libertad de hacerlo -con el cuerpo y con las palabras: ambos son la materialidad de nuestro capital libidinal y deseante, con ellos decidimos el rumbo de nuestra vida- y no ser objetos de pruebas, de aprobación, ni de oprobio. Volver para ser mujeres, llegar a serlo: dejar atrás la agenda de las pruebas, que nuestro tiempo sea siempre, y cada vez más, nuestra potencia y conquista.
Que sea ley la decisión indiscutible sobre nuestra propia vida.
Por último, un poema de Luciana Reif.
Otra vez un chico en mi cama,
es tan dulce su rostro contra la almohada,
parece que no respira o que respira apenas
como un silencio sutil.
Me gusta verlo ensimismado en sus secretos,
tan desnudo que abruma, mientras miro distraída
el techo de mi cuarto, la puerta entreabierta;
afuera el living, la cocina, el baño.
De repente me encuentro imaginando
una posible forma de escapar,
no tengo razón para pensar en eso, pero lo hago:
cientos de mujeres fueron asesinadas
este último año, no entiendo por qué este chico
no habría entonces de meterme un palo
entre las piernas. Pienso en ellas,
esposadas al respaldo de una cama
por sus novios, por sus padres, por sus amantes.
¿Cómo es que alguna vez encontraron consuelo
en sus anchos hombros?
Imagino sus rostros desencajados,
sus muñecas atadas, tensas hasta la sangre.
¿En qué momento su cuarto se convirtió en una prisión
y su novio en el carcelero que entra
sin pedirles permiso en mitad de la noche?
Vuelvo la cara contra mi chico,
él descansa y entredormido me abraza,
la bruma de mis miedos lo tapa.
Su ternura, como una gema,
resplandece en el cuarto.
(Agradezco a Claudia Masin y a Cristina Lobaiza, dos maestras, que acompañaron y estimularon la reescritura de este texto).
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Sobre La ofensiva sensible, Diego Sztulwark (Caja Negra, 2019)
Según su maestro Ignacio Lewkowicz, Diego Sztulwark practica un “modo piojoso” de leer y escribir. ¿En qué consiste? Es una manera de decir lo que uno quiere decir a través de las palabras y el pensamiento de otro. Un contrabando de las intuiciones más propias bajo capa de citas académicas o eruditas convenientemente deformadas. Es el “método” con el que ha sido escrito La ofensiva sensible. El resultado es muy rico, porque regala al lector una gran cantidad de referencias potentes -la “plebe” de Lefort/Maquiavelo, la “forma de vida” de Pierre Hadot, los “saberes del cuerpo” de León Rozitchner, etc.- y a la vez hace pasar sin estridencias un pensamiento original que las retuerce productivamente en el sentido deseado.
Aún así, por alguna razón que no desvela, Diego considera que este “método” es “seguramente insatisfactorio” para dar cuenta “de la exigencia que todo acontecimiento singular impone”. A la espera de una nueva tentativa creadora en el orden del pensamiento y la escritura, vamos a reseñar este libro de un modo “piojoso” también, pero al revés. Si Diego hace pasar sus intuiciones a través de las ideas de otros, nosotros haremos pasar las ideas de Diego a través de algunas palabras e imágenes propias. Un ejercicio de parafraseo. Pero el objetivo es siempre el mismo: mantener las ideas en movimiento, traducirlas y reapropiárnoslas sin fetichismo ni veneración, algo que hemos aprendido en muy buena medida del autor.
Batalla somática
Agarramos un hilo posible de lectura piojosa entre otros: la cuestión del cuerpo. El neoliberalismo según Diego Sztulwark no es una cuestión solamente política, económica o ideológica, no tiene que ver exclusivamente con políticas de austeridad, planes de ajuste o fe en el libre mercado, sino también, a la vez, al lado y a través de todo ello, con la producción y reproducción cotidiana de un tipo de cuerpo.
En el corazón de la pelea por conservar o transformar el estado de cosas hay por tanto una dimensión somática fundamental, pero a la que se presta muy poca atención. Hay un límite muy severo en las políticas que no tocan los cuerpos, en las políticas que le dicen a los cuerpos: “no te muevas, no te preocupes, quédate quieto, yo me encargo de dar la pelea por ti”. ¿De qué límite se trata?
Podemos tener a la vez un gobierno anti-neoliberal o pos-neoliberal y una sociedad profundamente neoliberal, cuyos cuerpos y las relaciones que mantienen entre sí y con el mundo están organizados por dispositivos que reproducen un modo de existencia basado en calcular y extraer beneficio de cada encuentro, de cada vínculo, de cada situación, de cada gesto.
El neoliberalismo -noción que el autor considera “insatisfactoria” y sólo útil provisionalmente- no sólo “desciende” del mando político, sino que también “asciende” desde la sociedad al poder a través de los modos de vida. La victoria electoral y el gobierno de Macri -y de otros gobiernos similares- puede entenderse de ese modo como un concentrado, un reflejo, un holograma del triunfo de los modos de vida neoliberales, del cuerpo neoliberal.
El cuerpo flexible
A partir de la lectura del libro propongo tres imágenes para contribuir a dar visibilidad e importancia a esa dimensión somática de la transformación social: el cuerpo flexible, el cuerpo agrietado y el cuerpo vagabundo. Son cuerpos en disputa entre las fuerzas en presencia en la coyuntura actual. En medio estarían los agujeros.
El cuerpo flexible es el cuerpo neoliberal, el cuerpo que estamos presionados a darnos a nosotros mismos en tanto que empresarios de sí, gestores de un capital humano que debemos valorizar constantemente, yoes-marca. Es un cuerpo ideal e idealizado de omnipotencia (“sí se puede”), independencia (“yo puedo solo”) y disponibilidad total (“siempre puedo”). Según Diego Sztulwark, esa flexibilidad es en realidad pura docilidad a los dispositivos neoliberales de valorización del mercado. Nada que ver con una plasticidad interesante, una porosidad deseable, una apertura al lado salvaje y desconocido de la vida.
Tres apuntes sobre ese cuerpo neoliberal. En primer lugar, se reproduce a través de todo tipo de dispositivos que funcionan más allá o más acá de la esfera estatal: viajando en Uber, comunicando en Facebook, comprando en el súper, ligando en Tinder, etc. En segundo lugar, se consume más que inventarse. El neoliberalismo propone “modos de vida” ya hechos, listos para “bajarse”, si uno tiene para pagarlos, claro. Cada problema existencial tiene su solución, su receta, su app. Hay una diferencia fundamental entre “modo de vida” (que se consume) y “forma de vida” (que se crea). En tercer lugar, el neoliberalismo es un poder de homologación, de estandarización, de abstracción, nunca de singularización. La única singularización admitida es la “libre elección” de tal o cual perfil en Facebook o en Tinder, de tal o cual producto en el supermercado. Es un error fatal entregarle la palabra “singularidad” al neoliberalismo, que sólo conoce el esfuerzo por distinguirse de las mercancías idénticas.
Por último, el cuerpo flexible neoliberal -que somos cada uno de nosotros- es tan frágil como el cristal. A diferencia de muchos libros de pensamiento crítico, Diego no se regodea en describirnos cómo el neoliberalismo nos tiene atrapados y más atrapados aún cuanto más creemos rechazarlo. No cae en la fascinación del “crimen perfecto” que impregna hoy en día tantas denuncias sofisticadas. Este es un libro estratégico, escrito desde el punto de vista de las resistencias. Porque la crítica no pasa tanto por lo que se dice, como por desde donde se mira.
Los agujeros
Describir el neoliberalismo desde el punto de vista de las resistencias pasa por verlo enteramente agujereado. El tejido biopolítico neoliberal -que se presenta como total, pleno, acabado- está en realidad agujereado por todas partes. Tenemos el cuerpo, como dicen los compañeros de Córdoba, hecho un colador.
Una crisis de sentido es un agujero.
Una catástrofe social o ambiental es un agujero.
Una revuelta es un agujero.
Tal vez la afirmación más fuerte de este libro sea la siguiente: sólo es posible ver, pensar y transformar algo a partir de los agujeros. Los “síntomas”, en el lenguaje del autor.
Un enunciado difícil de acoger porque esos agujeros son nuestras heridas. Sólo podemos ver, pensar o transformar algo a partir de heridas íntimas y colectivas, pero eso supone mantenerlas abiertas y duele.
El cuerpo flexible neoliberal, que aspira a la omnipotencia, la independencia y la disponibilidad, es en el fondo frágil como el cristal. Con seguridad más frágil que otros formas de subjetivación dominantes en el pasado. El yo neoliberal se presenta como un conquistador, pero está siempre al borde de la depresión, a punto de venirse abajo, a un par de crisis de convertirse en un payaso como el Jóker.
¿Qué vamos a hacer con nuestro cuerpo agujereado? Esta pregunta es una encrucijada crucial en el libro. ¿Vamos a darnos desde ahí un cuerpo nuevo o vamos a dejarnos ganar por el miedo, a tratar de recobrar la normalidad, a cerrar como podamos los agujeros?
La época, y cada uno de nosotros, recorre esa cuerda floja.
El cuerpo agrietado
Empecemos por la segunda opción: el cuerpo agrietado(1). El cuerpo agrietado es un cuerpo agujereado pero que se ha quedado sin recursos -fuerzas propias, redes, alianzas- para darse un cuerpo nuevo, para efectuar transformaciones. Puede ser un cuerpo individual o colectivo, un sujeto o una sociedad, no hay diferencia.
Este cuerpo ya no es el cuerpo flexible neoliberal -triunfador, energético, optimista-, pero no inventa tampoco forma de vida. Está paralizado, muerto de miedo.
Es un cuerpo (que se percibe) de cristal, a punto de estallar en mil pedazos al más mínimo contacto. Huye como de la peste de cualquier encuentro que le ponga a prueba, de cualquier encuentro con algo que no entiende ni domina. Sólo quiere repetir las escenas conocidas, donde sabe desenvolverse, donde sus grietas no se ven desde el exterior.
Se defiende de los agujeros al menos de tres maneras:
-recurriendo a todo tipo de prótesis. La prótesis es la manera de aparentar normalidad cuando ya no existe, cuando todo vacila o se derrumba. Es un dispositivo de orden en el desorden, de equilibrio en el desequilibrio, de control en el caos. Diego enumera: “Tinelli, porno, timba, series, evangelismo, fútbol”. Podríamos añadir: terapias, pastillas, mindfulness… En realidad cualquier cosa puede ser una prótesis, también la militancia política, porque no la configura como tal su consistencia objetiva, sino agarrarnos a ella como un estabilizador, un reparador de sentido, una máscara sin juego.
-la retirada o la ausencia, todas las formas de “desaparición de sí” que describe el libro del mismo nombre de David Le Breton, es decir, todos los modos de desaparecer del mundo y desertar de los afectos, todas las formas de anestesia e insensibilización. Es el Jóker cuando después de sufrir varios tropiezos un día cualquiera, llega por fin a casa, saca cuidadosamente todos los productos del congelador y se mete dentro.
-la victimización, la búsqueda de un culpable de lo que me pasa, la idea de que puedo cerrar el agujero de la crisis localizando y neutralizando a un enemigo, a un chivo expiatorio cuyo sacrificio nos devolverá a la normalidad: mujeres demasiado empoderadas, migrantes, jóvenes de las periferias, etc. Hay que pensar por ahí la capacidad inédita de la derecha actual para provocar daño con sus políticas de depredación y a la vez canalizar el malestar -incluso la protesta- contra ese daño.
El cuerpo agrietado gira hoy a derecha por todas partes, pero no se trata de interpelarlo desde la izquierda, de prometer desde la izquierda una protección real que la derecha sólo fingiría dar, como piensa el populismo de izquierda, sino de salir de él, de salir de nuestra condición victimizada y espectadora, siempre a la espera de algo o alguien que -sin tocar nuestro cuerpo, mediante la delegación y la representación- nos salve de los peligros que nos acechan.
El cuerpo vagabundo
La activista brasileña Alana Moraes llama la atención (2) sobre lo siguiente: Bolsonaro ganó las elecciones de 2018 con un campaña dirigida contra los vagabundos. Los vagabundos son en primer lugar los sin techo, sobre los que sectores de la policía quieren tener derecho de disparar impunemente, pero no sólo. Vagabundos son también los indígenas, los negros, las mujeres que se mueven de su lugar, los profesores que enseñan “lo que no deben”… Es decir, cualquiera que no encaje o cuestione la norma de productividad total.
Es vagabundo todo lo que se cuela, todo lo que se escapa, todo lo que se escurre por los agujeros. Todas las formas de vida heterogéneas en algún punto a la norma de productividad total. Todos los otros modos de relacionarse consigo mismo (no como empresario de sí), con los demás (no como obstáculos o competidores) y con el mundo (no como territorio de depredación). Lo vagabundo no evita los agujeros, sino que los atraviesa y pasa, seguramente no a otra dimensión, pero sí a otro plano de percepción.
El vagabundo deserta. El desertor fue la figura subversiva por excelencia de la sociedad disciplinaria: lo que se fugaba del molde principal de todas las disciplinas, el ejército. Lo que se escapaba de la “movilización total” de la sociedad por la guerra. Fueron desertores los judíos, los homosexuales, los gitanos… Pero cuando el capital asume su forma neoliberal, la vida es de nuevo movilizada. Ahora por la guerra económica. Cada aspecto y cada momento de la existencia es susceptible de generar valor, ese es el capitalismo depredador contemporáneo. Lo vagabundo que Bolsonaro quiere eliminar es lo que deserta de la productividad total, de la guerra y el fascismo posmoderno.
Podemos aprender mucho de esos cuerpos vagabundos si nos ponemos a la escucha: es una invitación apremiante de este libro. Aprender y contagiarnos de esas “subjetividades de la crisis” o “subjetividades plebeyas” que saben hacer sin garantías, hacer con poco, habitar la incertidumbre. El fascismo neoliberal -el fascismo como prótesis del cuerpo agrietado- no quiere eliminar los cuerpos vagabundos porque sí, porque sean débiles, como a veces se dice de las mujeres, de los migrantes o de los pobres. Todo lo contrario: los quiere eliminar porque son fuertes en su vulnerabilidad asumida, porque pelean e inventan formas de vida en medio de arenas movedizas.
Jack Kerouac, que vagabundeó mucho él mismo, tiene páginas hermosas sobre los vagabundos norteamericanos: sin idealizarlos, nunca los mira simplemente como figuras desgraciadas de la carencia y falta. Hay un “orgullo” del vagabundo, dice Kerouac, hay un deseo y una pulsión por el vagabundeo. Es el orgullo de una forma de vida soberana, en el sentido de que no recibe su valor de otra parte, sino que crea valor desde sí misma y sobre la marcha, on the road.
Ese es el orgullo que los pone en el punto de vista de los fascismos que emergen hoy. Precisamente quien no se deja sacrificar, quien no quiere sacrificar su vida en el altar de la patria-empresa, se vuelve sacrificable por otros. Es el “parásito”, el “enemigo”, cuya eliminación traerá supuestamente de nuevo la prosperidad y la normalidad.
Vagabundo es una falla en la identificación completa entre vida y capital que pretende el neoliberalismo. Es cualquiera de nosotros cuando elabora una crisis de sentido en términos de una transformación de las formas de vida.
Resensibilizar el cuerpo agrietado
Una esperanza para nuestro cuerpo agrietado: los movimientos.
Es muy pobre entender los movimientos simplemente desde la sociología política, como “movimientos sociales” o incluso como “contrapoderes”. Si el corazón de la disputa política es nuestro cuerpo, ¿qué efectos tienen sobre ellos los movimientos? Efectos de resensibilización nos dice este libro, en la estela de Franco Berardi (Bifo) o de Rita Segato. ¿Qué quiere decir esto?
Un movimiento es lo que nos permite sanar nuestro cuerpo agrietado sin recurrir a prótesis estabilizadoras, sin anestesiarnos o borrarnos del mapa, sin entregarnos a la rabia reactiva que busca culpables de nuestro malestar. Sanar aquí es justamente lo contrario de reparar, de negar y parchear los agujeros. Es ganar en plasticidad. Es saber hacer con el no saber. Es hacer de la crisis una palanca para la transformación íntima y social.
Allí donde hay miedo, resentimiento o rabia reactiva, un movimiento puede injertar en el cuerpo individual y colectivo un gusto, un deseo, una apertura y una disponibilidad al encuentro, al movimiento, al pensamiento, a la creación. Allí donde el otro se nos presenta como aquello que amenaza nuestro cuerpo frágil y agrietado, un movimiento puede traer empatía, solidaridad, confianza en que la única salvación posible pasa justamente por el contacto, por entrar en contacto.
Leo este libro desde Europa que ahora mismo me aparece como un gran cuerpo agrietado. Que rechaza por ejemplo a los migrantes que podrían ser -y de hecho son ya, a muchos niveles- un factor de rejuvenecimiento, de enriquecimiento y de revitalización del cuerpo agrietado.
A izquierda y derecha, todos los discursos políticos interpelan al cuerpo-víctima, al cuerpo sufriente, al cuerpo agrietado que pide protección y seguridad. Con diferentes significados, todos los discursos políticos ofrecen prótesis y señalan a algún chivo expiatorio culpable de nuestros agujeros (los migrantes, la élite política, los dos). La derecha es muy eficaz en este discurso, cierta izquierda babea de envidia y coquetea incluso con el racismo y la xenofobia para parecerse a ella.
Los movimientos abren otros caminos, por fuera de esas alternativas infernales. Afirman y despliegan potencias que no son sólo de protección vertical y de tutela, sino de bifurcación cultural, existencial. No simplemente contener con parches la crisis civilizatoria, sino hacer palanca en ella para girarla hacia una mutación civilizatoria. No sólo volver a la normalidad, sino crear nuevas formas de vida. No sólo tapar los agujeros sino mirar, pensar y crear a partir de ellos. Ensanchar las grietas.
En estos movimientos encontramos alianzas entre cuerpos agrietados -que se desagrietan por el camino, pasando de víctimas a afectados- y cuerpos vagabundos a la búsqueda de otras formas de vida. Es mi percepción de los chalecos amarillos franceses por ejemplo. Pero no esperemos ninguna pureza o coherencia en estos movimientos, porque la materia con la que trabajan es el malestar y la energía que elaboran sale de sus heridas, no de la ideología, la conciencia, un programa o un modelo alternativo de de sociedad. ¿Cuanta impureza podemos sostener?
Son movimientos vagabundos ellos mismos porque no saben adónde van, adónde vamos, a diferencia seguramente de otros tiempos cuando existía, fuese contestado o no, una alternativa social como la ofrecida por la URSS. Politizaciones impuras en los que se trata principalmente de estar, implicado, en contacto, a la escucha, aprendiendo, transformándose. Y a cuya lenta construcción de otro vocabulario, de otras formas de acción y de otras imágenes de cambio quiere contribuir este pequeño gran libro de Diego Sztulwark.
Intervención en la presentación de La ofensiva sensible en la librería La casa del árbol de Buenos Aires el jueves 5 de diciembre junto con Diego Genoud, Lila Feldman y Diego Sztulwark.
(1) Sobre esta figura del cuerpo agrietado, puede leerse algo más en Introducción a la guerra civil de Tiqqun.
(2) Por ejemplo aquí: http://www.ihu.unisinos.br/159-noticias/entrevistas/583308-a-polarizacao-politica-as-paixoes-da-sociedade-e-a-disputa-pelos-rumos-do-neoliberalismo-entrevista-especial-com-alana-moraes
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La amistad y la fidelidad // Gilles Deleuze en el Abecedario (Letra F)
F- Fidelidad
Claire Parnet:
Bueno, pasemos a «F».
Gilles Deleuze:
Sí, pasemos a «F».
Claire Parnet:
Para «F», he elegido la palabra «fidelidad». Fidelidad para hablar de la amistad, porque desde hace treinta años eres amigo de Jean-Pierre Braunberger, y no pasa un día sin que os llaméis u os veáis, y es como una pareja. De todas maneras, eres fiel en la amistad; eres fiel a Félix Guattari, a Jérôme Lindon, cito a algunos: a Elie, a Jean-Paul Manganaro, a Pierre Chevalier; tus amigos son muy importantes para ti. Y a François Chatelet o Michel Foucault, que eran tus amigos, les has rendido homenaje como amigos con una gran fidelidad. Entonces, quisiera preguntarte si consideras justa la impresión de que para ti la fidelidad está forzosamente ligada a la amistad, ¿o es a la inversa?
Gilles Deleuze:
No hay fidelidad, sí, es fácil, porque es una «F»…
Claire Parnet:
Sí, y además la «A» ya está hecha. ¡Así que estamos en la arbitrariedad total!
Gilles Deleuze:
… pero es algo distinto de la fidelidad, sí, es algo distinto de la fidelidad, sabes. La amistad, ¿por qué se hace uno amigo de alguien? Para mí, es un asunto de percepción. En este caos también, se trata… no de tener ideas comunes, sino, ¿qué quiere decir tener algo en común con alguien? Es –digo banalidades– cuando uno se entiende sin tener que explicarse. No es partir de ideas comunes, sino que se tiene un lenguaje común, o un prelenguaje común. Hay gente de la que no comprendo nada de lo que dice, aunque digan cosas sencillas, aunque digan: «Páseme la sal», tengo que preguntarme: «¿pero qué están diciendo?». Por el contrario, los hay que me hablan de un tema sumamente abstracto y no estoy de acuerdo con ellos, pero lo entiendo todo. En fin, entiendo lo que me dicen. Lo que quiere decir que yo tengo algo que decirles y ellos tienen algo que decirme, ¿no? No se trata en absoluto de la comunidad de las ideas que… en ello hay un misterio. Es esa especie de fondo indeterminado que hace que…
Gilles Deleuze:
Bueno, sí, es verdad que en ello hay un gran misterio; el hecho de tener algo que decir a alguien, de entenderse tan bien sin ideas comunes, sin que pueda atribuirse a… Tengo una hipótesis: cada uno de nosotros es apto para aferrar un determinado tipo –nadie aferra todos los tipos a la vez– un determinado tipo de encanto. Hay una percepción del encanto. ¿A qué llamo encanto? Aquí no se trata de historias con las que pretendo introducir la homosexualidad en la amistad, no en absoluto, sino que un gesto de alguien, un pudor de alguien, son fuentes de encanto, pero que entonces llegan a la vida hasta tal punto, hasta a la raíces vitales, que de tal suerte uno se hace amigo de alguien. Hay… si tomas frases, incluso, de alguien; hay frases que sólo pueden ser dichas si la persona que las dice es vulgar, o innoble. Un tipo de frase –habría que buscar ejemplos, pero no tenemos tiempo, y además cada cual cambiaría de ejemplos… Pero, por lo menos, para cada uno de nosotros, cuando escucha una frase de ese tipo uno se dice: «¡Dios mío! ¿Qué estoy oyendo? ¿Qué es esta inmundicia?», ¿no? No vale pensar que uno puede decir una frase como esa al azar y luego enmendarla: hay frases que no pueden… y, a la inversa, en lo que respecta al encanto, hay frases insignificantes que tienen tal encanto, que dan fe de tal delicadeza que piensas inmediatamente: «ése es mío», no en el sentido de propiedad, «es mío, y yo espero ser suyo». En fin, en ese momento nace la amistad, puede nacer. Así que se trata ciertamente de una cuestión de percepción, de percibir algo que te conviene o que te enseña, que te abre, que te revela algo, sí.
Claire Parnet:
¿Se trata, siempre, de descifrar signos?
Gilles Deleuze:
¡Eso es, eso es! Tienes toda la razón: sólo se trata de eso. Alguien emite signos, uno los recibe, uno no los recibe… pero, a mi modo de ver, todas las amistades se asientan en esas mismas bases: ser sensibles a los signos que alguien emite. Dicho esto, creo que eso es lo que explica que uno pueda pasarse horas con alguien sin decir una palabra, o preferentemente diciendo… no sé, diciendo cosas completamente insignificantes, diciendo, por regla general, diciendo cosas… La amistad es lo cómico, vaya…
Claire Parnet:
Eso es. A ti te gustan mucho los cómicos de pareja de amigos, como Bouvard et Pécuchet, o Beckett… Mercier y Camier…
Gilles Deleuze:
Yo, con Jean-Pierre, pienso: en fin, sí, somos pálidas reproducciones de Mercier y Camier, sí. En efecto, Jean-Pierre es… yo estoy todo el tiempo cansado, tengo una salud frágil; Jean-Pierre es hipocondríaco, y en efecto nuestras conversaciones son muy del tipo Mercier y Camier –como decíamos, uno le dice al otro: «¿Cómo andas?». Y el otro responde: «Estoy que reviento, ¡pero no de entusiasmo!». Ante todo es una frase tan encantadora que uno ama al que la dice… «¿Cómo andas?». «Como un corcho bamboleado por el mar»; en fin, son frases estupendas. Con Félix es diferente. Con Félix yo no sería Mercier y Camier: sería más bien, no sé, Bouvard y Pécuchet, poco más o menos.
Claire Parnet:
¡Bouvard y Pécuchet sobre el mundialismo!
Gilles Deleuze:
Con todo y con eso, nos hemos lanzado, en todo lo que hemos hecho juntos, en nuestro trabajo, a una tentativa enciclopédica, que a decir verdad es del tipo: «Anda, mira, tenemos la misma marca de sombrero, sí», y luego la tentativa enciclopédica de construir un libro que aborde todos los saberes, ¿no? Con otro, seríamos las pálidas réplicas de Laurel y Hardy. No quiero decir que haya que imitar a esas grandes parejas, sino que la amistad es eso, vaya. Los grandes amigos son Bouvard y Pécuchet, Camier y Mercier, Laurel y Hardy, aunque riñan y se peleen, eso no tiene mucha importancia. Sí, es… Bueno, evidentemente, en la cuestión de la amistad hay una especie de misterio. Quiero decir que atañe estrechamente a la filosofía. Porque la filosofía, como todo el mundo señala, contiene «amigo» en la palabra. Quiero decir que el filósofo no es en primer lugar un sabio, lo que haría reír a todo el mundo. Se presenta, literalmente, como «amigo de la sabiduría». Ahí aparece «amigo». Lo que los griegos inventaron no es la sabiduría, sino esa idea tan rara del «amigo de la sabiduría». ¿Qué puede querer decir «amigo de la sabiduría»? Éste es el problema del «¿Qué es la filosofía?»: ¿qué puede ser «amigo de la sabiduría», qué quiere decir? Quiere decir que: ¡el amigo de la sabiduría no es un sabio! Entonces, claro, hay una interpretación fácil: tiende hacia la sabiduría. Pero así no se entiende nada, ¿no? ¿Qué es lo que inscribe la amistad en la filosofía y qué tipo de amistad?
Gilles Deleuze:
Bueno, evidentemente, en la cuestión de la amistad hay una especie de misterio. Quiero decir que atañe estrechamente a la filosofía. Porque la filosofía, como todo el mundo señala, contiene «amigo» en la palabra. Quiero decir que el filósofo no es en primer lugar un sabio, lo que haría reír a todo el mundo. Se presenta, literalmente, como «amigo de la sabiduría». Ahí aparece «amigo». Lo que los griegos inventaron no es la sabiduría, sino esa idea tan rara del «amigo de la sabiduría». ¿Qué puede querer decir «amigo de la sabiduría»? Éste es el problema del «¿Qué es la filosofía?»: ¿qué puede ser «amigo de la sabiduría», qué quiere decir? Quiere decir que: ¡el amigo de la sabiduría no es un sabio! Entonces, claro, hay una interpretación fácil: tiende hacia la sabiduría. Pero así no se entiende nada, ¿no? ¿Qué es lo que inscribe la amistad en la filosofía y qué tipo de amistad? ¿Es preciso… ha de darse en relación con un amigo, qué era esto para los griegos, qué quiere decir «amigo de»? Insisto de nuevo: si interpretamos «amigo» como aquél que tiende hacia… Ciertamente, es aquél que pretende a la sabiduría sin ser un sabio. Ahora bien, ¿qué quiere decir pretender a la sabiduría? Quiere decir que hay otro que pretende a ella, que uno nunca es el único pretendiente. Si hay una pretendiente de la muchacha, entonces hay varios pretendientes, la muchacha tiene varios pretendientes… bueno.
Claire Parnet:
Lo importante es que no eres el prometido, no eres el prometido de la sabiduría, eres tan sólo «pretendiente de la sabiduría».
Gilles Deleuze:
Yo no soy el prometido de la sabiduría, sino que pretendo a la sabiduría, ¿no? Entonces, bueno, hay pretendientes a la sabiduría, y los griegos, ¿qué inventaron? En efecto, a mi modo de ver esa es la invención de los griegos. En su civilización, inventaron el fenómeno de los pretendientes. Es decir, es enorme; lo que inventaron es la idea de que había una rivalidad de los hombres libres en todos los dominios. En otros lugares no existe la idea de la rivalidad de los hombres libres, pero en Grecia sí: la elocuencia… de ahí que sean tan pleitistas. Se trata de la rivalidad de los hombres libres, los amigos se ponen pleitos, bueno, muy bien… El muchacho o la muchacha tienen pretendientes, los pretendientes de Penélope, en fin, hay pretendientes. Éste es el fenómeno griego por excelencia. Para mí el fenómeno griego no es el milagro, sino la rivalidad de los hombres libres. Entonces, eso explica al «amigo»… pretenden a la filosofía, hay una rivalidad hacia algo, ¿hacia qué? Bueno, podemos interpretar, si consideramos la historia de la filosofía, hay aquellos para quienes, en efecto, la filosofía está ligada a ese misterio de la amistad. Hay aquellos para quienes está ligada al misterio del noviazgo, pero tal vez no andemos muy lejos: Kierkegaard, Las cartas del noviazgo, no hay filosofía sin Las cartas del noviazgo. Sin el primer amor.
Claire Parnet:
Regina…
Gilles Deleuze:
Pero, como decíamos antes, el primer amor tal vez sea la repetición del último, tal vez sea el último amor… La filosofía, en fin, tal vez la pareja tenga una importancia en la filosofía, es muy curioso. Yo creo que no se sabrá lo que es la filosofía hasta que no hayan resuelto las cuestiones de la novia, del amigo: ¿qué es el amigo? En fin, todo eso. ¡Eso es lo que me parece, al fin y al cabo, muy interesante!
Claire Parnet:
Y Blanchot, en La Amistad, tenía una idea…
Gilles Deleuze:
Ah, Blanchot, sí, tiene que ver con esto. Blanchot y Mascolo son típicamente los dos hombres actuales que, en relación con la filosofía o incluso con el pensamiento, dan importancia a la amistad. Pero en un sentido muy particular, ya que no nos dicen: hay que tener un amigo para ser filósofo o para pensar; sino que consideran que la amistad es una categoría o una condición del ejercicio del pensamiento. Eso es lo importante: no el amigo de hecho, sino que la amistad como categoría es una condición para pensar. De ahí la relación Mascolo-Antelme, por ejemplo; de ahí la relación con o las declaraciones de Blanchot sobre la amistad, sin que importe gran cosa que… En fin, yo mi idea sería más bien que… a mí me encanta desconfiar del amigo; para mí, el amigo es la amistad, es la desconfianza.
Claire Parnet:
Ése es tu lado litigante, pleitista, griego.
Gilles Deleuze:
Bueno… hay una hora –hay un verso que me encanta, que me gusta mucho, que me impresiona mucho, de un poeta alemán, que está entre dos luces, la hora en la que él define… entre dos luces, la hora en la que hay que desconfiar incluso del amigo. Hay una hora… en la que hay que desconfiar incluso del amigo. Yo desconfío de mi Jean-Pierre como de la peste, desconfío de mis amigos. Pero desconfío con tanta alegría que no pueden hacerme ningún daño, porque, ya pueden hacerme lo que quieran que lo voy a encontrar gracioso, muy bien, muy… Hay tal entendimiento, tal comunidad entre amigos… o con la novia, o con: a mí me parece muy bien todo eso, pero, si quieres, no hay que creer que, con estos acontecimientos, se esté tratando de pequeños asuntos privados. También en este caso, cuando se dice «amistad», cuando se dice «la novia perdida», etc., se trata de saber: ¿bajo qué condiciones puede ejercer el pensamiento? Por ejemplo, Proust considera que la amistad ¡no es nada! No sólo para él, en lo que le concernía, sino porque, para el pensamiento, no había nada que pensar en la amistad. En cambio, hay materia para pensar en… el amor celoso. Esa es la condición del pensamiento.
Claire Parnet:
Quisiera plantearte la última cuestión breve acerca de tus amigos: me parece que con Foucault –Chatêlet es otro caso, porque tú ya eras su amigo en la Liberación e hicistéis vuestros estudios juntos. Pero con Foucault tuviste una amistad que no era la de una pareja, que no era la que tienes con Jean-Pierre, o con Félix, o con Elie, o con Jérôme (ya que hablamos, como en una película de Claude Sautet, de los demás), pero con Foucault la amistad era muy profunda, y sin embargo era distante, tenía algo de… mucho más formal para alguien que fuera exterior…
Gilles Deleuze:
Sí, sí.
Claire Parnet:
Así, pues, ¿qué era esa amistad?
Gilles Deleuze:
Sin duda él era el más misterioso.. para mí, tal vez nos conocimos demasiado tarde, tal vez… Foucault fue un gran pesar para mí, y, como le tenía un respeto enorme, no intenté… he de decir precisamente cómo le percibía. Se trata de uno de esos raros casos de ser humano que… entraba en una habitación y cambiaba la atmósfera. Foucault no es sólo una persona –por otra parte, nadie de nosotros es una persona. Era verdaderamente como si entrara otro aire, vaya. Como si fuera una corriente de aire especial, las cosas cambiaban, ya no había… era verdaderamente atmosférico; había una especie… o de emanación, había una emanación Foucault; había… lo que alguno ve… una irradiación; había algo. Bueno, dicho esto, en fin, él responde a lo que decía antes, es decir, una… no había ninguna necesidad de hablar con él, no hablábamos nunca más que de las cosas que nos hacía reír, sí. Casi como si ser amigos fuera ver a alguien y pensar, incluso sin tener que decírselo: ¿qué es lo que nos hace reír hoy? Al fin y al cabo, prácticamente pase lo que pase, ¿qué nos hace reír en todas esas catástrofes?; ¿qué nos hace…? En fin, eso es, ¿qué nos hace…? Sin embargo, para mí Foucault era y es el recuerdo de alguien que, –sí, bueno, cuando hablo del encanto de alguien, de un gesto de alguien: los gestos de Foucault eran asombrosos, en cierto modo eran gestos de metal y de madera seca; eran gestos muy extraños, gestos fascinantes, gestos muy hermosos, muy…
Lo difícil de entender es que la gente no tiene encanto sino gracias a su locura. Es el lado… es el verdadero encanto de la gente; es el lado en el que pierden un poco los estribos, es el lado en el que ya no saben muy bien dónde están. Eso no quiere decir que se desplomen –antes bien, se trata de gente que no se desploma, pero… si no aferras la pequeña raíz o el pequeño grano de la locura de alguien, no puedes amarle. Se trata del lado en el que él es completamente, en alguna parte –en fin, somos todos un poco dementes. Si no aferras el pequeño punto de demencia de alguien… entonces, tengo miedo o … por el contrario, estoy muy contento… el punto de demencia de alguien llega a ser la fuente misma de su encanto, sí, vaya… ¡Y pasemos a la «G»!
Fuente: ESTAFETA