Anarquía Coronada

Argentina. A través y más allá de la crisis (Marzo 2003) // Colectivo Situaciones

 

I

Las imágenes que han recorrido el mundo intentando representar la crisis argentina poco nos dicen acerca de su naturaleza y efectos.

Si algo es evidente es que la crisis profundizó una tendencia ininterrumpida de deterioro creciente de las condiciones de vida de sectores cada vez más amplios de la población. Tendencia que viene desplegándose desde la última dictadura militar (1976–83), cuando el terrorismo de Estado desapareció a 30 mil personas. Los gobiernos constitucionales posteriores transcurrieron sobre un cuerpo social aterrorizado y prolongaron los efectos inaugurados por la dictadura con una nueva modalidad: el terrorismo económico. En la década del 90 el proceso conocido como neoliberalismo expropió masivamente bienes y servicios colectivos (salud, educación, jubilaciones, transporte, etc.), devastando de manera dramática la capacidad inclusiva de un Estado –aún cuando se tratase de prerrogativas periféricas- que alguna vez produjo la sociedad más integrada de América Latina. En los últimos años, el mercado ha tomado a su cargo la regulación de los flujos económicos y la producción de la subjetividad contemporánea, relevando al Estado de muchas de sus antiguas funciones. Este último ha quedado cooptado por diversas bandas mafiosas que se articulan directamente con los capitales globales; precisamente estos son los sectores que se han beneficiado durante los últimos treinta años, incluso a partir de la crisis.

Sin embargo, y a contrapelo de las visiones más difundidas en los últimos tiempos –especialmente aquellas periodísticas y humanitarias-, hay otra percepción del proceso social y político argentino: una perspectiva que intenta situar la operación subjetiva capaz de anticipar, atravesar e ir más allá de la crisis. Es esta dimensión de la crisis la que emergió en las jornadas multitudinarias del 19 y 20 de diciembre de 2001, las cuales hicieron visible un nuevo protagonismo social que venía desarrollándose desde hacía algunos años a partir de ciertas experiencias radicales. Experiencias que, inmersas en una sociedad de mercado y en un entramado de poder posdiciplinario que ya no tiene al Estado como centro de la producción de subjetividades sujetadas, experimentan un pasaje al acto a partir de crear originales modos de lectura capaces de verificar y apropiarse de estas nuevas condiciones de partida. Si el nuevo protagonismo interviene sobre un suelo trabajado por las condiciones posmodernas –los requerimientos del mercado y las técnicas que emplea- rechaza, sin embargo, sus conclusiones: que la omnipotencia de los flujos de mercado (y las guerras que la acompañan) no dejarían lugar alguno para las luchas de liberación.

La crisis no inaugura un grado cero en la Argentina. Porque si por un lado no corresponde inscribir el significado de aquellas jornadas de diciembre de 2001 en una totalidad de sentido anterior, tampoco es posible disimular el largo período previo, en el que se forjaron las subjetividades capaces de producir la crisis, de atravesarla y, ahora, de ir más allá de las conductas que ella parece determinar.

Las jornadas de diciembre constituyen, antes que nada, una auténtica invitación a pensar la potencia de lo que allí ocurrió desde una perspectiva singular, constituida ella misma por los efectos de tales acontecimientos.

El 19 y 20 se trató -a falta de mejor nombre- de una insurrección de nuevo tipo; sin programa, sin promesas de modelos a aplicar, sin organizaciones centralizadas, ni “dirigentes destacados”. Una revuelta que destituyó el juego político de la posdictadura, al tiempo que producía el grito radical – verdadero leit motiv del movimiento emergente–: ¡Que se vayan todos!

Este protagonismo social está en la base de una nueva radicalidad política caracterizada por la valoración de la autonomía organizativa y de pensamiento, de la interdependencia horizontal, de una clara idea del conflicto social y político, y de una solidaridad aceitada entre grupos que no están llamados a coincidir más que en enfrentamientos puntuales contra la represión. Y sobre todo, por la sensación de haber producido –empleando para ello el máximo de los esfuerzos– una apertura y un ir más allá respecto de los saberes y las tradiciones instituidas del pensamiento y los hábitos de lo social y lo político. En palabras de Gilles Deleuze, la resistencia deja de ser pura reacción para volverse creación.

II

Desde entonces, ese movimiento ha tomado sus propias formas. Ha defraudado a quienes pretendían que se trataba de una situación pre-revolucionaria. En efecto, en Argentina no hay en marcha una revolución política (no, al menos, una clásica), sino una revolución en los modos subjetivos del hacer: Una miríada de experiencias que ya no tienen como objetivo la toma del poder del Estado –supuesto núcleo duro de las políticas emancipatorias de la modernidad-, sino la autoconstrucción de un devenir afirmador de nueva sociabilidad. Esta multiplicidad va componiendo la trama de una sociedad paralela, cuya textura se teje alrededor de problemas tales como la autogestión de recursos y saberes, en la perspectiva de una producción material de la vida a partir de estos nuevos focos de producción de valores.

Movimientos piqueteros de trabajadores desocupados; fábricas ocupadas autogestionadas por sus trabajadores; asambleas barriales que redefinen en los hechos los espacios públicos de la ciudad; microemprendimientos productivos de una economía solidaria; experiencias en salud, educación, derechos humanos y contrainformación; la producción de un nuevo arte capaz de problematizar desde lenguajes más densos estos tejidos emergentes, una nueva estética que logra presentar esta experiencia más allá de estereotipos y confirmaciones impuestas por la figura (espectacular) del espectador, y un nuevo lenguaje que renueva el sentido de una lengua saturada por expresiones provenientes de los mass media, de una academia irremediablemente alejada, y de una jerga política que entiende la palabra como objeto de manipulación; dan lugar a la composición de un nuevo paisaje socio-cultural.

En fin: sobre el suelo fragmentado de la Argentina actual se experimentan desplazamientos subjetivos y recorridos éticos que van más allá e impugnan la imagen de la víctima que padece. La crisis puede ser asumida no sólo en sus efectos devastadores y disciplinantes: el desierto puede ser también el terreno de agenciamientos de potencias productivas y subjetividades cooperantes.

Estas subjetividades antagonistas desarrollan un auténtico experimento de contrapoder a la vez que se constituyen en notables factores de alteración de todo proyecto de (re)normalización de la vida institucional del país.

Pero esta fortaleza no se da sin el correlato de una enorme fragilidad en la medida en que estas experiencias deben asumir la incertidumbre de pensar sin modelo, asumiendo un no saber fundamental que implica en cada lucha la formulación de hipótesis prácticas sobre qué significa la producción de nuevos lazos sociales en sus situaciones concretas. Y porque los riesgos no dejan de presentarse una y otra vez: la cooptación y la represión son los nombres de las reacciones del poder.

La guerra ha sido declarada. De allí la necesidad de extender redes concretas que protejan estos nuevos mundos. Si de un lado contamos con el peligro de una institucionalización que bloquee las capacidades creativas y los horizontes de expansión; del otro corremos un riesgo no menor en el llamado a reducir esta misma expansión a la “lógica del enfrentamiento”, que privilegia la estrategia del espejo frente al poder.

Es posible que el poder y el contrapoder convivan por un largo período sin que uno elimine al otro. Ambos tienen planteados un conjunto de problemas para estabilizarse, asumiendo esta coexistencia conflictiva. De allí que asumir la guerra sea, para los movimientos de contrapoder, la única forma de evitarla. Y para ello, se avocan a la construcción de una temporalidad propia, que se sustrae de los tiempos y las exigencias del poder, sin desconocerlo, pero acentuando sus propias posibilidades de consolidar esta experimentación.

III

Volviendo a la carencia expresiva de las imágenes de la crisis, nos hallamos frente a un obstáculo serio a la hora de presentar, en términos de imágenes, este proceso de emergencia de un nuevo protagonismo social. Las descripciones que se intentan caen a menudo en un reduccionismo extremo, producto de una vocación descriptiva que no se interroga por los límites de sus propios recursos representativos. De allí que sea imprescindible el desarrollo de un pensamiento estético capaz de reorganizar representaciones novedosas que escapen a las ya agotadas mallas conceptuales de interpretación política. Tal exigencia ha puesto en marcha una vasta operación de intervención-lectura o lectura-intervención, es decir, una torsión de los saberes que se disponen como inmediatamente operativos, desbloqueándolos respecto de la experiencia y haciendo del acto un pensamiento encarnado.

Surge, así, un nuevo territorio subjetivo, capaz de sostenerse por sí mismo y devenir fuente de juicios, enunciados, valoraciones, lecturas, actos, luchas, encuentros. Se trata de un territorio extraño, que se resiste a ser definido, reducido, objetivado. Una máquina capaz de seleccionar soberanamente su propio mundo relevante.

He aquí, entonces, una tesis: si todo agenciamiento produce sus propias condiciones, corresponde pensar la “crisis argentina”, o lo que ocurre bajo unos territorios que decidimos seguir llamando así, no sólo bajo la luz de las ciencias del mercado –esas profecías que nos hablan de los designios divinos de la diosa económica–, sino, y sobre todo, del brillo de estos movimientos de recomposición, verdadero mensaje de las luchas argentinas al resto del mundo.

IV

La crisis es, así, un oscuro punto de encuentro en donde se cruzan sin saludarse quienes, desde una vereda, conciben toda ruptura del orden –de la normalidad- como auténtica causa de la creación de nuevas subjetividades –agenciamientos– que surgen siempre como fuerzas segundas –reacciones, diría despectiva y agudamente Nietzsche–; mientras que, en la vereda de enfrente, se aglomeran aquellos que persisten en considerar la crisis como un acontecimiento extraño, ajeno e imprevisible. Nos interesan los primeros, porque son quienes tienen ojos para ver en la crisis un proceso de agotamiento de aquello que, precisamente, entró en crisis, y para verse como artífices y no víctimas de tal agotamiento.

Es cuestión metodológica esencial decidir si estas luchas serán consideradas un mero “efecto” (hurtando a los pueblos sus potencias, victimizándolos, realzando la oscura debilidad de los poderes de la separación de la vida) o si serán valoradas con justicia como procesos que atraviesan la crisis desde su origen –participando en la causa, transversalmente, produciendo subjetividades “en” la crisis– y “más allá” de ella misma, siendo fiel al deseo que las mueve.

La crisis no está hecha de desperfectos técnicos. Y si es cierto que activa gigantescos mecanismos de poder y disciplinamiento social, no lo es menos que la fascinación fetichista que genera esta imagen no logra ocultar la materialidad de las vidas resistentes involucradas en ella. No se trata sólo de dolor y miseria. También, y sobre todo, de dignidad, tal como afirman los zapatistas. En resumen, la crisis es un momento negativo hecho de una positividad difícil de advertir y mas aún de desplegar. La crisis adviene y se torna condición. Y, sin embargo, no es causa lejana. De hecho, se trata de interiorizarla, de introducirse en ella y desplegarla hasta el extremo, aún si su presencia nos aterra como una tormenta cuya temible independencia nos reduce a pura angustia.

Si ya no identificamos libertad con ausencia de tragedias, lo que nos exige la crisis no es tanto la necesidad de alejarla, como una indagación acerca de los modos en que es posible atravesarla.

Hasta siempre,

Colectivo Situaciones.

Buenos Aires, Marzo de 2003

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