Anarquía Coronada

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Sobre la contraviolencia (y el no matarás). Lectura de León Rozitchner II // Diego Sztulwark

En el comienzo está la distinción: no hay una sola violencia, como se suele decir cuando se enuncia que se está a favor o en contra de “la” violencia ni, por tanto, una sola manera de dar cuenta de ella. En toda sociedad constituida sobre la base de la dominación de clases rige el principio de una irracionalidad opresiva que ningún discurso político dialógico, por parlamentario que sea, alcanza a recubrir. Y, por tanto, hay al menos dos lugares desde los cuales pensar el asunto: desde el modo –irracional– en que la sociedad está constituida, o bien, desde el deseo de no ser dominados que cada tanto se suscita en sectores más o menos mayoritarios de esa misma sociedad.

En nuestra nota anterior, decíamos que cuando la democracia aparece como medio de prolongar el antagonismo social (presentándose los hechos armados como emanaciones de un Estado que pretende el monopolio de la violencia legítima) los rastros de las prolongaciones entre guerra y política quedan borrados, escamoteándose el sentido histórico de sus sucesivos relevos. De ahí la importancia del postulado crítico según el cual “lo que la política hace es elaborar aquello que quedó pendiente en el desarrollo de la guerra misma”. Bajo su luz podemos comprender las razones por las que el orden constitucional alcanzado a fines de 1983 fue condición de posibilidad y no instancia de revisión del patrón de acumulación impuesto en el ‘76. Y por qué, a partir de la gobernabilidad progresista iniciada en 2003, no se fortaleció la autonomía de los contrapoderes visibilizados en 2001. Incluso se puede entender que el voto “anti-casta” de 2023 redundara en un reforzamiento de la dirección general de la sociedad. De este carácter engañoso de las superposiciones temporales, en que las determinaciones del antagonismo social se subliman en las del parlamentarismo, se preparan los discursos masticados sobre “la violencia”. La estructura de estos discursos funciona así: hay paz social en la dominación política; y “la violencia” solo surge en el momento en que una persona, grupo o clase social actúa en su defensa. Apenas se discute críticamente esta mistificación, propia de los discursos convencionales sobre la violencia, se accede a las condiciones para un pensamiento de la contraviolencia [1].

Decirlo todo

Partamos de la siguiente postulación de Rozitchner: “En el enfrentamiento a muerte, la contraviolencia debiera triunfar”. No se trata solo de desear un final feliz, sino de elucidar aquella posición en que la fuerza “débil”, aquella que no busca actuar a la ofensiva en el enfrentamiento, encuentra una eficacia en sus propios términos. La formulación permite extraer una secuencia: lo que en términos individuales es la autodefensa, en términos colectivos es la contra-violencia y en términos políticos son los contrapoderes. En los tres casos, la violencia defensiva se contrapone a la violencia ofensiva al punto que es posible hablar de violencias diferenciadas no por cuestión de grados sino de naturaleza. Ahí donde la fuerza que conquista va más allá de sí para subordinar o liquidar al otro, la estrategia de la que defiende consiste en movilizar de modo exhaustivo todos los factores de la existencia (población, moral y territorio) en función de una autoafirmación plena.

Para desarrollar las características de la contraviolencia en León Rozitchner, expondremos una serie de afirmaciones extraídas (y rescritas por mi) de una conversación que mantuvo en 2002 con el poeta Vicente Zito Lema en la Universidad de las Madres:

 La hipótesis de tipo rousseauniana sobre la bondad natural de los humanos, luego corrompida por la propiedad privada, es fantasiosa. Es una idea también presente en ciertas lecturas de la alienación de la conciencia en Marx, según la cual bastaría con transformar las condiciones de injusticia que pervierten a las personas (y en el extremo las vuelve asesinas) para que se agote la maldad en la historia. Nada de esto se corrobora en las experiencias llamadas socialistas del Siglo XX. Y, en cambio, sí se corrobora dolosamente que una gran cantidad de individuos son capaces de llegar a ser asesinos (y en el extremo, de gozar del crimen).

 De esta frustrante constatación deriva Rozitchner la hipótesis de una división entre dos disposiciones antagónicas: “la de la gente que no vacila en dar muerte a otro” y la de quienes “nos sentimos incapaces de poder producir la muerte de otro ser humano”. Parafraseando a Maquiavelo, para quien toda ciudad está dividida por humores o modos deseantes (los de quienes quieren oprimir y los de quienes no desean ser oprimidos), Rozitchner propone una tajante distinción entre propensiones “asesinas y no asesinas”.

 Por supuesto, a partir de cada una de estas dos disposiciones se despliega toda clase de graduaciones. Entre los asesinos, de hecho, están los extremos –que gozan de asesinar– y quienes solo participan como espectadores cómplices, avalando y soportando el crimen. Del lado de los no asesinos habría que distinguir más de un modo de modo o grado de rechazo de la violencia asesina, de distanciarse afectivamente, hasta organizar formas de resistencias.

 Siguiendo este razonamiento, Rozitchner considera indispensable tomar en serio que el aniquilamiento se da cada vez más por medios económicos, y no solo por medios de la represión y de la guerra (que son ciertamente su complemento). Es a la luz de esta violencia principal que se pueden mapear las formas de complicidad y de resistencia con todas sus gamas de matices.

 Con respecto a las resistencias de quienes no desean asesinar ni ser asesinados, se plantea la cuestión del posible paso de la crítica a la violencia, a las premisas de la contraviolencia. Pues existe una violencia que no da muerte. Es a este tipo de violencia a la que Rozitchner llama no asesina. La expresión “contraviolencia” proyecta una política cuya lógica ética y jurídica es la de la autodefensa, en cuyo extremo se sitúa un matar no asesino (es decir, la acción defensiva extrema no movida por un deseo o intención de aniquilar). Se da, pues, una articulación interna entre autodefensa, violencia no asesina, contraviolencia y estrategia defensiva en la guerra. A esa articulación se la puede pensar como violencia de izquierda.

 Rozitchner alcanza a formular su definición de una “contraviolencia” como aquella estrategia que solo acude al matar en el extremo de la más radical falta de opciones, cuando ya no hay más distancia entre vivir y morir. La contraviolencia (no asesina) se define, por tanto, por un tipo de economía y de política cuyo contenido intencional excluye el deseo de matar. Su carácter de fuerza destructiva solo actúa en el plano de la organización de la defensa. Es decir: apunta a destruir aquello que amenaza con matarla.

 Aquí encontramos, pues, los dos rasgos definitorio polares de la contraviolencia: por un lado, el no gozar del matar, que supone un rechazo explícito a hacer de la muerte un recurso simbólico: no hacer política en complicidad con la muerte; por el otro lado, entrar al enfrentamiento a muerte de modo tal que la contraviolencia salga triunfando.

 Por supuesto que desde el momento en que se acepta que quien se defiende (quien lucha) puede matar, la muerte lo alcanza, lo tiñe y lo afecta. Incluso si el acto carece de intención asesina. La guerra a muerte entre la violencia agresora y defensiva supone que no es posible anticipar de antemano qué ocurrirá con la marca de la muerte. Y aun así, la contra-violencia solo obtiene su principio de justificación ética y de diferenciación política en el no asesinato. De modo tal que incluso en la situación de la guerra, se trata de evitar en todo lo posible la muerte propia, por supuesto, pero también la del otro.

La crítica de la violencia en la Argentina supone para Rozitchner aprender del secuestro y fusilamiento del general Aramburu. Al hacer uso simbólico del asesinato, se ingresa en el terreno categorial del enemigo, quien sí se encuentra en condiciones reales de juzgar a muerte y matar. La dimensión simbólica del matar –al tomar la vida por un símbolo– disocia ilusoriamente el campo de la realidad sin lograr destruir –en el atentado personal– la materialidad organizada de las fuerzas asesinas. El límite de la violencia vengadora es su supuesto: que asesinando a un asesino se ataca al conjunto de la fuerza opresora. En este punto Rozitchner plantea el problema de la ineficacia política de la violencia asesina en manos de los oprimidos: matar a un enemigo asesino no necesariamente debilita el aparato militar opresor y, en cambio, al asesinar, la acción se priva de ejercer (y de mostrar) una diferencia ética fundamental respecto del enemigo ante la población.

 Por lo tanto, Rozitchner procura distinguir defensa de venganza, pues se trata de principios distintos: la venganza supone tomar al individuo asesinado como soporte de una significación. Y, en el caso de ciertos vengadores, de unas “ganas de dar muerte” al asesino [2]. La lógica defensiva, en cambio, aspira a una eficacia política diferente, una de cuyas principales premisas es que la violencia solo es válida cuando destruye efectivamente (en una rigurosa evaluación de medios y fines) la eficacia de la fuerza enemiga.

 Y así como el crítico de la violencia puede ser llevado a defenderse y hasta a matar en defensa, una política de izquierda no puede ignorar la necesidad históricamente corroborada de prever una defensiva violenta. Pero incluso en el caso de una guerrilla, cree Rozitchner, es preciso que se trate por todas las vías posibles que su acción se desarrolle en el campo de la contraviolencia [3].

Moral burguesa y revolución

Una de las conclusiones que se desprenden de las tesis sobre la contraviolencia es, pues, la no separación entre lo político, lo militar y lo económico. Del mismo modo que una economía de saqueo supone una determinada política y un uso correlativo de la violencia organizada, la contraviolencia supone contrapoderes sociales, estrategias políticas y una economía organizada en torno a la revalidación de lo común. Rozitchner viene pensando este problema ya desde la invasión de Playa Girón, Cuba, por parte de mercenarios preparados por la CIA en 1961. Sus libros sobre la guerra, desde Moral burguesa y revolución (1963) –un estudio penetrante (luego tomado por Han Magnus Enzenberguer) sobre los contenidos ético-políticos de aquel enfrentamiento– hasta el de Malvinas (ya comentado en la nota anterior), están subtendidos por dos grandes proposiciones: 1. la violencia fundamental del sistema ocurre al inficionar de muerte a toda la población por medio del despojo económico, y no solo por el terror militar que lo complementa (como sucede de modo evidente en el caso argentino luego de la última dictadura); 2. el único límite que que le puede imponer a ese poder económico y en última instancia al terror armado se da “allí donde todo un pueblo, toda una clase social dominada, a través de la tarea política, la transformación subjetiva y también personal, incluyendo al conglomerado colectivo que produce, pueda estar preparado para enfrentar el poder” (esta es una de las grandes enseñanzas de la Revolución Cubana). Desde este punto de vista, la participación política –incluso cuando se da como reflexión teórica– supone un modo particular y diferente de meter el cuerpo para “poder pensar y enfrentar” las “consecuencias de las ideas que se promueven”.

Primero hay que saber vivir

La cuestión de la contraviolencia vuelve a plantearse en la participación de Rozitchner en la querella del “no matarás”, la polémica que reunió a filósofos y militantes argentinos hace algo más de dos décadas (2004/2006). El origen de la controversia es el siguiente: durante 2004 la revista cordobesa La intemperie publicó una extensa entrevista realizada a Héctor Jouvé, en la que el veterano sobreviviente de la guerrilla del EGP, de Jorge Masetti -que a su vez respondía al Che Guevara- narra la historia del foco revolucionario instalado en Orán, Salta, durante los años 1963-64. El EGP no llegó a entrar en combate pero fusiló a “Pupi” (Adolfo Roblat) y “Nardo” (Bernardo Groswald), dos jóvenes guerrilleros que ya no estaban en condiciones de participar de los rigores de la guerrilla (se “quebraron” dice: “perdieron toda posibilidad de pensar”). Jouvé se había opuesto a los fusilamientos, pues veía en ellos la materialización de una pérdida del rumbo del colectivo. El debate se inicia cuando el filósofo Oscar del Barco envía una carta a la revista sobre la “responsabilidad inaudita” que experimenta él mismo por haber sido parte de quienes dieron alguna clase de apoyo a la lucha armada y, por tanto, al asesinato político. “Hay –dice Del Barco– el no matarás”. La frase puso título a una querella que duró algo más de un año y cuyos principales aportes fueron compilados luego en un libro de 2007, –de dos volúmenes– titulados extrañamente –abreviadamente– No matar. Sobre la responsabilidad.

La reacción de Rozitchner en el debate abierto tras la carta de Del Barco, –“Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al ‘no matarás’ patriarcal” (publicado originalmente en la revista El ojo mocho, 2006)– es un rechazo al tono teológico de la culpa y el mandamiento y un ejercicio de crítica de la violencia fundado en su concepto de contraviolencia. La cuestión planteada por Jouvé, dice Rozitchner, contenía ya una distinción en germen entre dos concepciones de la violencia (que se pierde en Del Barco). Rozitchner lee la entrevista como una tensión dramática entre Masetti, el jefe revolucionario para quien el fusilamiento preserva al grupo, y Jouvé, el guerrillero que, por el contrario, siente que esa muerte que viene de dentro del colectivo, lo malversa. La escena –casi teatral– permite poner la lupa en un conflicto cuya irresolución fue un anuncio trágico de lo que vendría. Porque al resolver matando, el revolucionario (Masetti dejará su vida en la guerrilla) actúa como si no hubiera ninguna otra opción (como si la prevención de Jouvé no anunciara una posibilidad diferente). De ese modo la guerrilla actúa con categorías de la derecha, suscitando la pregunta que ronda largamente al filósofo: ¿“Cómo distinguir las categorías enemigas con las cuales pensamos, pese a que seamos revolucionarios”? [4].

Asimetría entre izquierda y derecha

Esta cuestión de las categorías de la derecha presentes en la actividad de la izquierda precisa que esclarezcamos brevemente a qué venimos llamando, con Rozitchner, categorías “de derecha” y “de izquierda”. Como derechista podemos agrupar las diversas formas de asumir una coherencia siempre ya dada entre aquello que aparece como la realidad exterior del sujeto y su mundo interior, a la vez que entre su modo de sentir y pensar. La derecha es, en este sentido, un estado de resolución sin contradicciones. De derecha es el tipo de saber obtenido de antemano (y un deseo) de aceptación de las cosas que el sistema de poder organiza. Al partir de la adecuación individual al sistema del que forma parte, todo encuentro con un otro que asuma el mismo grado de adaptación al mismo será vivido como una potencial interferencia, obstáculo o incluso amenaza a la propia coherencia. De derecha es, por tanto, el modo de sentir –y de pensar– que hace de lo no funcional a la dinamica del sistema un dato segundo de la experiencia –y exterior a la norma–, y por tanto eliminable (sujeto de despido, exclusión, exilio, asesinato) en cuanto que pieza no esencial a la realidad que le da existencia –y coherencia– a él y a los suyos. Izquierdista, por el contrario, sería quien procura alcanzar una concordancia inestable –nunca nada como premisa, siempre a crear– con la realidad exterior y con los propios afectos, de modo de poder lidiar con su falta de adecuación al orden que el sistema de la realidad organiza. En su intento de conformar una contra-coherencia, el sujeto de izquierda busca una convergencia entre deseo y eficacia de un pensamiento y una acción transformadora, que solo pueden darse como parte de la constitución de una fuerza colectiva antagonista lo más amplia posible dado que sin la activación de las fuerzas populares no hay cómo provocar cambios sustantivos. De ahí que razón y sensibilidad coincidan, en la izquierda, como reconocimiento de un tejido común en el que los otros forman parte desde el comienzo de la propia existencia, que debe ser preservada como condición de la vida individual más propia.

La presencia de la categoría de derecha en el sujeto de izquierda entorpece la elaboración de su propia contra-coherencia dificultando la creación de una fuerza de naturaleza diferente, la única eficaz para la guerra asimétrica. ¿Fue propia del guevarismo esta presencia de una concepción de derecha en la izquierda? Ciro Bustos, ex combatiente de la guerrilla del Che, relata que las primeras palabras de Guevara en el encuentro inicial con el grupo del EGP –del que también formó parte– habrían sido: “Bueno, aquí están: ustedes aceptaron unirse a esto y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir de ahora consideren que ya están muertos. Aquí la única certeza es la muerte” [5]. ¿Cómo lee Rozitchner estas palabras atribuidas a Guevara? Señalando que ese “ya están muertos”, con el que el antiguo combatiente recibe a los nuevos en la ley de la guerrilla, incluye a quien la enuncia (el jefe se somete a ella junto a todo el grupo). Son las cuestiones que el filósofo subraya: en primer lugar, que la muerte no funciona como motor de la acción, sino como sanción irremediable que viene de afuera (a manos del enemigo) y cae como condena sobre quienes se comprometen en el compañerismo a sostener la lucha; y, segundo, que la muerte advendrá como consecuencia de la eficacia al que aspira su deseo de transformación social.

Rozitchner encuentra, pues, en el reclamo de Jouvé una resonancia de las palabras del Che. Pues su oposición a los fusilamientos se hace, no en nombre de un “no matar” absoluto, sino de la compatibilidad combatiente y situada entre el colectivo revolucionario y la preservación posible de cada uno de sus miembros. Y por eso lee en Jouvé la presencia de una concepción de la violencia defensiva que se hace fuerte en el principio de “el valor de la vida y de la población mayoritaria”. Y lamenta aquellos fusilamientos como el signo de un extravío en la comprensión de la cualidad diferencial que distingue la violencia de la contraviolencia. Perdido el elemento diferencial, la violencia aparece como una realidad puramente cuantitativa, que puede ser utilizada en un sentido o en otro, y ya no como el principio de otro tipo de eficacia sin la cual no es posible enfrentar la “disimetría de las fuerzas” reales que debía enfrentar el proyecto revolucionario. Ahí donde se escamotea el carácter cualitativo de la disimetría se debilita la acción rebelde cuya afirmación solo puede resultar eficaz si su fuerza (y por tanto su violencia) se da como una actividad colectiva mayoritaria, indisociable de un deseo de preservación de la vida (propia y agenda) en el sentido de un disfrute ampliado.

Contraviolencia y subjetividad de izquierda

El problema de la contraviolencia en Rozitchner surge como una crítica de la violencia, que consiste en denunciar la violencia opresiva y asesina y en distinguir de ella un ejercicio defensivo constituido sobre premisas opuestas. La crítica, sin embargo, va más allá del balance a lo actuado por la izquierda armada de las décadas de los sesenta y setenta y se sitúa como principio de distinción de un “ser de izquierda” en el que converge un deseo vitalista (que consiste en un spinoziano querer vivir dignamente) y un pensamiento político sobre la constitución de una fuerza eficaz para producir transformaciones sociales. Querer vivir y política popular devienen así convocatoria y apertura a “todo el espectro del campo popular, y no solo de él”, disolviendo dogmatismos y creando en tal sentido nuevos puntos de acuerdos.

Puesto que en la democracia, tal y como la concibe el capitalismo, se bloquea la constitución de un “nuevo poder” desde los propios cuerpos, afectos y conciencias de la multitud, y se mantiene a los sujetos separados de ese nuevo poder virtual, se vuelve necesario, dice Rozitchner, una reunión de fuerzas ahora dispersas, que permita reunirlas a todas para poder ejercerlas en el plano político a partir de ciertos acuerdos básicos pese a las diferencias que nos han separado. Es pues de esta multitud, entendida como fundamento posible de la transformación de la “democracia” en “democracia efectiva” –estrategia que Rozitchner sugiere a la izquierda– que debe surgir la respuesta a la pregunta práctica: “¿Reconocemos o no el poder real de la gente o los seguimos meloneando creyendo que desde la izquierda le vamos a transformar la cabeza y el actuar con categorías ineptas y estériles?” [6]. O, para exponerlo en términos formales: ¿cómo pasamos de un realismo que solo se regula por las contradicciones estratégicas en el nivel económico-político, a un contra realismo que reconozca el papel activo que lo subjetivo y lo imaginario juega como índice de nuestra inserción en cada acontecimiento? El hecho económico, político o incluso militar, recobrados por una potencia imaginativa de las fuerzas populares, adquieren nuevos sentidos, menos opresivos. Para ejercer este nuevo realismo Rozitchner preservaba en su hora la palabra izquierda.

NOTAS AL PIE

[1Algunos de los principales textos de León Rozitchner sobre la contraviolencia son: Freud y el problema del poder, curso realizado en México y publicado en Argentina en 2003; “Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al no matarás patriarcal”, compilado en León Rozitchner, Levinas o la filosofía de la consolación, Biblioteca Nacional (2013) y “Violencia y contraviolencia”, compilado en León Rozitchner, Escritos políticos, Biblioteca Nacional (2015).

[2Rozitchner traza sin embargo su homenaje a los anarquistas vengadores en la figura de Severino Di Giovanni: “¿Por qué un individuo pudo concentrar dentro de sí, en su propia subjetividad, el máximo de tensión social, hasta el punto de reunir en él solo la furia vengadora allí donde en la sociedad no existe ninguna instancia de que asuma el castigo de quienes se deleitan y se complacen con el crimen?”; en “Severino Di Giovanni: el amor y la justicia ausentes” (compilado en El terror y la gracia; 2023). Una pregunta similar puede disparar hoy la figura de Luigi Mangione.

[3Entrevista de Vicente Zito Lema a León Rozitchner en el marco de un coloquio realizado en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo en 2002.

[4“Los cuarenta años de Cuba y el hombre nuevo”, discurso pronunciado en La Habana y compilado en el ya citado Escritos políticos.

[5Ciro Bustos, El Che quiere verte, 2007.

[6Ver conversación con Zito Lema ya citada.
 

¿Cómo hacer de la democracia de la derrota un punto de partida? Lectura de León Rozitchner I // Diego Sztulwark

Entre la sangre y el tiempo

Tras la derrota política de las organizaciones revolucionarias y los movimientos populares en la Argentina, el filósofo León Rozitchner [1] escribió –exiliado en Caracas– una serie de libros importantes entre los cuales se encuentra Perón entre la sangre y el tiempo. Se trataba de organizar un balance que permitiese distinguir los modos de pensar comprometidos con la derrota, de aquellos otros que, en cambio, podían ser aprovechados para describir los antagonismos de una nueva apertura democrática. El libro traía una novedad teórica. Su reflexión nada complaciente sobre la figura de Perón venía acompañada por una relectura del pensamiento sobre la guerra del general Carl Von Clausewitz. Si bien fue publicado en 1985 –mismo año en que se publica su otro libro disidente, Malvinas de la guerra sucia a la guerra limpia–, a fines del año 1984 Rozitchner expuso sus meditaciones sobre la guerra y la llamada transición democrática en un encuentro de intelectuales argentinos celebrado en la Universidad de Maryland (su ponencia, “Exilio: Guerra y democracia: una secuencia ejemplar”, fue publicada junto al resto de las exposiciones por Saúl Sosnowski en un libro titulado Represión y reestructuración de una cultura: el caso argentino, 1988).

El punto de partida de la reflexión de Rozitchner eran unas conferencias brindadas por Perón sobre la teoría de la guerra de Clausewitz en el Consejo Superior de Guerra en 1932. En ellas, se exponía una concepción clásica de la guerra, concebida como un duelo entre dos jefes que actúan, respectivamente, a la ofensiva. Rozitchner objeta que ese era precisamente el modo en que los militares colonialistas franceses y alemanes –“desde Dudelford hasta el mariscal Foch”– practicaban y enseñaban la doctrina de Clausewitz, como un proceso de dominación y conquista, centrada en la “aniquilación del adversario”, “el ascenso a los extremos” y la “preeminencia de la guerra sobre la política”. ¿Cómo podía practicar la estrategia ofensiva un país dependiente en el que el ejército no desarrolla guerras de liberación sino tareas de represión interna? El genio de Perón no habría consistido en responder esta pregunta, sino en trasladar los principios de la teoría militar al campo de la política. Sustituyendo la sangre por el tiempo, el oficial del ejército argentino lograba conquistar a la gran masa del pueblo trabajador sin disparar un solo tiro. El nuevo espacio político así constituido permitía al proletariado argentino hacer uso hasta cierto punto de su capacidad de movilización, sin cuestionar los límites del poder impuestos por la clase dominante.

Esta movilización contenida dentro de parámetros precisos, impidió que la fuerza de los trabajadores se resistiera eficazmente al golpe del 55. Sólo una década y media después, cuando las organizaciones armadas comenzaron a luchar por su retorno, Perón aceptó que el juego de las armas pudiera jugar un papel táctico en su pulseada con los militares. Pero, incluso en este nuevo contexto, las juventudes militantes peronistas que estudiaban historia militar leían aquellas conferencias sobre Clausewitz y sobre la estrategia de guerra a la ofensiva.

El balance crítico

Estos son los términos del balance que hace Rozitchner del uso popular de la fuerza a partir del 76: quienes intentaron desarrollar la lucha armada al interior de la lucha de clases en los años setenta, adoptando la estrategia ofensiva acabaron mayormente encerrados en una comprensión unilateral de la fuerza, constituida por su dimensión técnico-militar. A una conclusión similar llegaba, desde el interior de Montoneros, Rodolfo Walsh. Los términos de la crítica son precisos: no se trata de un rechazo de la lucha armada, sino de la ineficacia demostrada en la práctica de una concepción ofensiva de la estrategia que subestimaba las dimensiones políticas del enfrentamiento.

El descubrimiento de la estrategia defensiva

Es en el contexto de este balance preciso que Rozitchner releía a Clausewitz y descubría en él una segunda teoría de la guerra, a la que el prusiano dio el nombre de “extraña trinidad”, y cuyos componentes son: un pueblo, fuerza natural ciega; un gabinete político que racionaliza el proceso de la guerra; y un jefe de guerra que proporciona un alma y articula la racionalidad política con la fuerza natural. Esa segunda teoría, al introducir lo popular y lo político como cualidades esenciales de la fuerza, hacía posible concebir al factor moral y la relación con el territorio como elementos constitutivos de una estrategia defensiva, útil para constituir una política de cara a la naciente democracia argentina, nacida antes de la derrota que del deseo.

Leído en ese contexto y en esa nueva perspectiva, el tomo VI de De la guerra –“La defensa”– se abría de un modo nuevo, ofreciendo elementos para una nueva concepción estratégica de las fuerzas populares que Rozitchner elaboraba de cara a la transición política de comienzos de los años ochenta. Partiendo de la inversión de la fórmula clausewitziana según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, se trataba de pensar la democracia no como el fin del enfrentamiento –en el que las fuerzas populares habían sido derrotadas–, sino como un momento específico –caracterizado por la suspensión del uso abierto de las armas–, de tregua entre fuerzas enemigas. Si la democracia naciente era presentada por los vencedores –los beneficiarios de la dictadura– como una gracia ofrecida a los vencidos, esto es, como un pacto que instauraba un nuevo espacio de convivencia sin aniquilación, regido por la Constitución nacional, que reemplazaría la guerra por la paz, entonces la estrategia de la defensiva popular debía despertar en los derrotados la comprensión crítica sobre el carácter ilusorio de semejante promesa de una política sin dominación. Que buena parte de la sociedad aceptara los términos de ese pacto se explicaba por la sencilla razón de que aquellos eran los términos que en aquellas circunstancias hacían la diferencia entre la vida y la muerte. Lo que, en todo caso, concernía a la estrategia de la defensiva popular era mostrar que aquella paz ofrecida como gracia era un momento de la dominación de clases que cristalizaba una correlación de fuerzas lograda por medio del terror armado. Si la paz se imponía como un valor compartido, resultaba imperioso entenderla como un nuevo punto de partida, desde el cual reelaborar la comprensión no armada del enfrentamiento social por medios exclusivamente políticos.

Malvinas como método

Si la derrota de los militares argentinos en la guerra de Malvinas contenía el germen del llamado a elecciones, la aparición previa de las Madres de Plaza de Mayo señalaba la presencia en el país de los fundamentos para concebir la estrategia popular defensiva. Pensar Malvinas era afrontar el “punto ciego” de la “crítica política” que había llevado a núcleos importantes del progresismo y de la izquierda en el exilio a apoyar con argumentos diversos la guerra contra los ingleses encabezada por la junta militar: ¿cómo era posible suponer al general Galtieri al frente de guerra anticolonial, mientras la juventud llamada a protagonizar ese tipo de gestas emancipatorias estaba siendo destrozada en los sótanos de la ESMA y Campo de Mayo? ¿qué fuerza material daría sustento a aquella retórica de la recuperación de la soberanía nacional, simbolizada en las islas, si ni siquiera se expropiaban las riquezas nacionales en manos de las potencias imperiales a las que se decía enfrentar? Si la guerra es siempre una prolongación de la política por otros medios, no podía pasarse por alto que la de Malvinas no revisaba en lo más mínimo la constitución del Estado terrorista.
El punto ciego consiste nada más ni nada menos que en saltearse esta continuidad material, en nombre de razonamientos de tipo ideológicos-estratégicos de origen izquierdista, sin procesar (por doloroso que fuera hacerlo) las razones profundas que hacían de esa guerra -en esas circunstancias, en esos términos precisos– una empresa herméticamente hostil a cualquier propósito emancipatorio. Horacio González ha escrito que Rozitchner debió pagar un alto costo por criticar “la totalidad de la empresa militar y sus apoyos”. Y, más en general, por practicar un estilo de intervención que no hacía concesiones sino que, más bien, se colocaba como “sombra doliente de lo popular”. Rozitchner reclamaba a la izquierda que volvía luego de la guerra al país que elaborase en su reingreso en la política un balance de Malvinas, de modo de impedir que ese dramático episodio quedara congelado como un fragmento impensado, sin conexiones, nunca integrado a una comprensión de la experiencia colectiva y, por lo tanto, disponible para narraciones patrioteras al servicio de las derechas.

Democracia como tregua

La democracia nacida de la derrota –de la doble derrota– se proponía a sí misma como una política sin guerra y como institución capaz de excluir el conflicto: consolidaba los resultados del enfrentamiento reciente, y los proyectaba como base implícita de un pacto duradero según el cual los vencidos ya no eran una fuerza (laboral y potencialmente política) sino victimas que debían agradecer a los vencedores el no haber sido completamente aniquiladas. La escena de la transición democrática confinaba a las fuerzas populares en un espacio meramente jurídico de lo político, formalidad despojada de cualquier posibilidad de revisar o transformar el diseño del patrón de acumulación impuesto por la dictadura.

La propuesta política formulada por Rozitchner suponía entonces asumir las premisas de la estrategia defensiva de las fuerzas populares, haciendo de la democracia originada en la derrota una tregua a partir de la cual ampliar la movilización política. Amador Fernández-Savater, que desarrolló este planteo para pensar la experiencia española del 15-M, habla de la fuerza de los débiles para dar cuenta del carácter aparentemente paradojal de una fuerza de los vencidos que, al concebirse como fuerza de otra naturaleza –fuerza del territorio, fuerza de la cooperación social, fuerza de la multitud, fuerza de los cuidados, fuerza del trabajo– irrumpen en la escena exhibiendo una materialidad diferente cuyos contenidos políticos y morales ya no es reductible a la dimensión técnica de la fuerza. Esta fuerza popular defensiva que quita a los derrotados de su lugar de víctimas, introduce una concepción nueva de la enemistad (no identitaria, no fascista) en democracia. El recurso a la enemistad es, en primer lugar, de tipo cognitivo. Su utilidad es desactivar tres grandes trampas: la ya citada ilusión de una política sin fuerza, o formalista, concebida como pura representación pacificada (alfonsinismo); la movilización popular restringida a simulacro de enfrentamiento, una y otra vez subordinado a la política electoral en un marco neoliberal (peronismo); y la política guerrerista, que permitiría a la derecha reabrir el campo del enfrentamiento armado en los términos de una superioridad militar ya demostrada (izquierda). La eficacia de una comprensión del enfrentamiento en democracia resulta inseparable por tanto de una comprensión del problema de la contra violencia, sin la cual la eficacia de la materialidad redescubierta (corporalidad multitudinaria articulada) se neutraliza y queda capturada por la violencia asesina del sistema (sobre esta cuestión de la contra-violencia volveremos, si es posible, en próximas notas).

Postdictadura en democracia

La democracia en la Argentina, al menos hasta la rebelión de 2001, fue postdictadura. Al decir de Alejandro Horowicz: parlamentarización del juego político incapaz de revisar el patrón de acumulación de la dictadura; participación social reglada por los efectos del terror heredado, y recreado por las condiciones de competencia neoliberal. Rozitchner elaboró la naturaleza represiva de este terror como un obstáculo subsistente tanto en el nivel los cuerpos como en el de los pensamientos, en la dimensión colectiva tanto como en la individual. El terror es la presencia del miedo directo a la supresión y a la muerte prolongado en sumisión. Su interiorización bloquea la comprensión sobre la articulación de la realidad y priva a la democracia de la capacidad de movilización pública para su transformación. La producción del sujeto aterrorizado –objetivo de toda política de derecha– consiste en substraerlo del campo de resonancias populares en que todo cuerpo prolonga su fuerza en la de los otros y elabora la significación de su experiencia en la de los otros. Al sujeto aterrorizado se le ha expropiado el espacio material de verificación en lo colectivo. El abismo actual que separa palabra de sentido, y anula toda repercusión afectiva de la sensibilidad, y que hoy detectamos en las tecnologías digitales –que al decir de Guy Debord, unen “lo separado como separado”– prolongan lo que fue instaurado previamente por medios militares y económicos. Elaborar los fundamentos políticos del terror como desposesión del cuerpo colectivo –núcleo común último de la dictadura y la democracia neoliberal– es un modo de combatirlos, y de ejercitarse en los saberes de una política que se resiste a la anulación tecno-fascista. 

Del kirchnerismo al tecnofascismo

Diversos movimientos gremiales, culturales, piqueteros, de derechos humanos y feministas, han puesto en marcha la hipótesis de la estrategia defensiva que, de un modo u otro, aún reconoce como momento de enorme intensidad la rebelión de 2001 (cuya lectura por parte de Rozitchner será posiblemente también motivo de notas próximas). Hipótesis que también se puede formular así: la democracia es una dinámica de construcción de contrapoderes. Luego de 2003, Rozitchner lee al kirchnerismo a partir de un gesto fundamental: el retiro del cuadro de Videla del Colegio Militar. Lo interpreta como una denuncia de la complicidad reciente entre la dirigencia política y el terror militar. Ese gesto, escribió por entonces (“Cuando el pueblo no se mueve, la filosofía no piensa”, entrevista con el Colectivo Situaciones), debería prolongarse, para no cerrarse en su símbolo aislado y reversible, en un señalamiento capaz de desandar la estructura del país emergida en el ’76. Cuestión que la derecha parece haber comprendido mejor que el propio kirchnerismo y las demás fuerzas progresistas en ocasión del conflicto con la patronal del campo por la resolución de la 125.

¿Qué sucedió, entre tanto y desde entonces, con la hipótesis de una democracia como campo de lucha en la que toca a los contrapoderes elaborar programas que cuestionen los patrones de acumulación y los formatos culturales que colonizan los modos de conocimiento? La ofensiva ultra-reaccionaria actual expone como nunca antes la crisis de estrategia de los progresismos y las izquierdas. Al punto que incluso hablar de democracia, mientras se instaura a nivel global, una dictadura financiero-algorítmica, puede resultar anacrónico. ¿Es posible actualizar el gesto de hacer de la democracia un punto de partida para construir fuerza del pueblo y los trabajadores en un sentido emancipatorio? ¿Es posible sin enfrentar el capitalismo predatorio y belicista que aniquila las condiciones elementales de eso que venimos llamando democracia? Y, ¿cómo podría haber una intervención política efectivamente democrática que no se proponga alterar fuertemente las reglas de juego reduciendo la brecha cada vez más enorme entre participación popular y toma de decisiones que se acepta dócilmente en la competencia electoral? Una izquierda maquiavélica, que sepa que el fundamento del poder político es el poder social, y por eso convoque al pueblo disperso para crear un nuevo proyecto de Estado, es inviable sin una idea política sobre cómo romper la subordinación de la reproducción social a la de las relaciones sociales capitalistas. Esa idea no puede ser exigida exclusivamente a partidos de izquierda, como si esa idea y su desarrollo no concerniesen ampliamente a todas las partículas dispersas –actuales y virtuales– de izquierdismo que circulan en la polis. Para que el despliegue de esa idea progrese es preciso retomar un lenguaje de la explotación, concepto contra el cual se alza en batalla cultural el hermético conjunto de la comunicación político-electoral del presente.

NOTAS AL PIE

[1Si todo va bien, esta es la primera entrega de una serie de notas que tienen por objetivo exponer a la luz de nuestras coyunturas aspectos del pensamiento político del filósofo argentino León Rozitchner (2024-2011). Los textos citados están incluidos en León Rozitchner, Escritos políticos (Biblioteca Nacional, 2015). El libro forma parte de La obra casi completa que compilamos junto a Cristian Sucksdorf, durante la gestión de la Biblioteca en los tiempos en que Horacio González era su director y Sebastián Scolnik dirigía la editorial.

 
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