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¿Cómo hacer de la democracia de la derrota un punto de partida? Lectura de León Rozitchner I // Diego Sztulwark

Entre la sangre y el tiempo

Tras la derrota política de las organizaciones revolucionarias y los movimientos populares en la Argentina, el filósofo León Rozitchner [1] escribió –exiliado en Caracas– una serie de libros importantes entre los cuales se encuentra Perón entre la sangre y el tiempo. Se trataba de organizar un balance que permitiese distinguir los modos de pensar comprometidos con la derrota, de aquellos otros que, en cambio, podían ser aprovechados para describir los antagonismos de una nueva apertura democrática. El libro traía una novedad teórica. Su reflexión nada complaciente sobre la figura de Perón venía acompañada por una relectura del pensamiento sobre la guerra del general Carl Von Clausewitz. Si bien fue publicado en 1985 –mismo año en que se publica su otro libro disidente, Malvinas de la guerra sucia a la guerra limpia–, a fines del año 1984 Rozitchner expuso sus meditaciones sobre la guerra y la llamada transición democrática en un encuentro de intelectuales argentinos celebrado en la Universidad de Maryland (su ponencia, “Exilio: Guerra y democracia: una secuencia ejemplar”, fue publicada junto al resto de las exposiciones por Saúl Sosnowski en un libro titulado Represión y reestructuración de una cultura: el caso argentino, 1988).

El punto de partida de la reflexión de Rozitchner eran unas conferencias brindadas por Perón sobre la teoría de la guerra de Clausewitz en el Consejo Superior de Guerra en 1932. En ellas, se exponía una concepción clásica de la guerra, concebida como un duelo entre dos jefes que actúan, respectivamente, a la ofensiva. Rozitchner objeta que ese era precisamente el modo en que los militares colonialistas franceses y alemanes –“desde Dudelford hasta el mariscal Foch”– practicaban y enseñaban la doctrina de Clausewitz, como un proceso de dominación y conquista, centrada en la “aniquilación del adversario”, “el ascenso a los extremos” y la “preeminencia de la guerra sobre la política”. ¿Cómo podía practicar la estrategia ofensiva un país dependiente en el que el ejército no desarrolla guerras de liberación sino tareas de represión interna? El genio de Perón no habría consistido en responder esta pregunta, sino en trasladar los principios de la teoría militar al campo de la política. Sustituyendo la sangre por el tiempo, el oficial del ejército argentino lograba conquistar a la gran masa del pueblo trabajador sin disparar un solo tiro. El nuevo espacio político así constituido permitía al proletariado argentino hacer uso hasta cierto punto de su capacidad de movilización, sin cuestionar los límites del poder impuestos por la clase dominante.

Esta movilización contenida dentro de parámetros precisos, impidió que la fuerza de los trabajadores se resistiera eficazmente al golpe del 55. Sólo una década y media después, cuando las organizaciones armadas comenzaron a luchar por su retorno, Perón aceptó que el juego de las armas pudiera jugar un papel táctico en su pulseada con los militares. Pero, incluso en este nuevo contexto, las juventudes militantes peronistas que estudiaban historia militar leían aquellas conferencias sobre Clausewitz y sobre la estrategia de guerra a la ofensiva.

El balance crítico

Estos son los términos del balance que hace Rozitchner del uso popular de la fuerza a partir del 76: quienes intentaron desarrollar la lucha armada al interior de la lucha de clases en los años setenta, adoptando la estrategia ofensiva acabaron mayormente encerrados en una comprensión unilateral de la fuerza, constituida por su dimensión técnico-militar. A una conclusión similar llegaba, desde el interior de Montoneros, Rodolfo Walsh. Los términos de la crítica son precisos: no se trata de un rechazo de la lucha armada, sino de la ineficacia demostrada en la práctica de una concepción ofensiva de la estrategia que subestimaba las dimensiones políticas del enfrentamiento.

El descubrimiento de la estrategia defensiva

Es en el contexto de este balance preciso que Rozitchner releía a Clausewitz y descubría en él una segunda teoría de la guerra, a la que el prusiano dio el nombre de “extraña trinidad”, y cuyos componentes son: un pueblo, fuerza natural ciega; un gabinete político que racionaliza el proceso de la guerra; y un jefe de guerra que proporciona un alma y articula la racionalidad política con la fuerza natural. Esa segunda teoría, al introducir lo popular y lo político como cualidades esenciales de la fuerza, hacía posible concebir al factor moral y la relación con el territorio como elementos constitutivos de una estrategia defensiva, útil para constituir una política de cara a la naciente democracia argentina, nacida antes de la derrota que del deseo.

Leído en ese contexto y en esa nueva perspectiva, el tomo VI de De la guerra –“La defensa”– se abría de un modo nuevo, ofreciendo elementos para una nueva concepción estratégica de las fuerzas populares que Rozitchner elaboraba de cara a la transición política de comienzos de los años ochenta. Partiendo de la inversión de la fórmula clausewitziana según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, se trataba de pensar la democracia no como el fin del enfrentamiento –en el que las fuerzas populares habían sido derrotadas–, sino como un momento específico –caracterizado por la suspensión del uso abierto de las armas–, de tregua entre fuerzas enemigas. Si la democracia naciente era presentada por los vencedores –los beneficiarios de la dictadura– como una gracia ofrecida a los vencidos, esto es, como un pacto que instauraba un nuevo espacio de convivencia sin aniquilación, regido por la Constitución nacional, que reemplazaría la guerra por la paz, entonces la estrategia de la defensiva popular debía despertar en los derrotados la comprensión crítica sobre el carácter ilusorio de semejante promesa de una política sin dominación. Que buena parte de la sociedad aceptara los términos de ese pacto se explicaba por la sencilla razón de que aquellos eran los términos que en aquellas circunstancias hacían la diferencia entre la vida y la muerte. Lo que, en todo caso, concernía a la estrategia de la defensiva popular era mostrar que aquella paz ofrecida como gracia era un momento de la dominación de clases que cristalizaba una correlación de fuerzas lograda por medio del terror armado. Si la paz se imponía como un valor compartido, resultaba imperioso entenderla como un nuevo punto de partida, desde el cual reelaborar la comprensión no armada del enfrentamiento social por medios exclusivamente políticos.

Malvinas como método

Si la derrota de los militares argentinos en la guerra de Malvinas contenía el germen del llamado a elecciones, la aparición previa de las Madres de Plaza de Mayo señalaba la presencia en el país de los fundamentos para concebir la estrategia popular defensiva. Pensar Malvinas era afrontar el “punto ciego” de la “crítica política” que había llevado a núcleos importantes del progresismo y de la izquierda en el exilio a apoyar con argumentos diversos la guerra contra los ingleses encabezada por la junta militar: ¿cómo era posible suponer al general Galtieri al frente de guerra anticolonial, mientras la juventud llamada a protagonizar ese tipo de gestas emancipatorias estaba siendo destrozada en los sótanos de la ESMA y Campo de Mayo? ¿qué fuerza material daría sustento a aquella retórica de la recuperación de la soberanía nacional, simbolizada en las islas, si ni siquiera se expropiaban las riquezas nacionales en manos de las potencias imperiales a las que se decía enfrentar? Si la guerra es siempre una prolongación de la política por otros medios, no podía pasarse por alto que la de Malvinas no revisaba en lo más mínimo la constitución del Estado terrorista.
El punto ciego consiste nada más ni nada menos que en saltearse esta continuidad material, en nombre de razonamientos de tipo ideológicos-estratégicos de origen izquierdista, sin procesar (por doloroso que fuera hacerlo) las razones profundas que hacían de esa guerra -en esas circunstancias, en esos términos precisos– una empresa herméticamente hostil a cualquier propósito emancipatorio. Horacio González ha escrito que Rozitchner debió pagar un alto costo por criticar “la totalidad de la empresa militar y sus apoyos”. Y, más en general, por practicar un estilo de intervención que no hacía concesiones sino que, más bien, se colocaba como “sombra doliente de lo popular”. Rozitchner reclamaba a la izquierda que volvía luego de la guerra al país que elaborase en su reingreso en la política un balance de Malvinas, de modo de impedir que ese dramático episodio quedara congelado como un fragmento impensado, sin conexiones, nunca integrado a una comprensión de la experiencia colectiva y, por lo tanto, disponible para narraciones patrioteras al servicio de las derechas.

Democracia como tregua

La democracia nacida de la derrota –de la doble derrota– se proponía a sí misma como una política sin guerra y como institución capaz de excluir el conflicto: consolidaba los resultados del enfrentamiento reciente, y los proyectaba como base implícita de un pacto duradero según el cual los vencidos ya no eran una fuerza (laboral y potencialmente política) sino victimas que debían agradecer a los vencedores el no haber sido completamente aniquiladas. La escena de la transición democrática confinaba a las fuerzas populares en un espacio meramente jurídico de lo político, formalidad despojada de cualquier posibilidad de revisar o transformar el diseño del patrón de acumulación impuesto por la dictadura.

La propuesta política formulada por Rozitchner suponía entonces asumir las premisas de la estrategia defensiva de las fuerzas populares, haciendo de la democracia originada en la derrota una tregua a partir de la cual ampliar la movilización política. Amador Fernández-Savater, que desarrolló este planteo para pensar la experiencia española del 15-M, habla de la fuerza de los débiles para dar cuenta del carácter aparentemente paradojal de una fuerza de los vencidos que, al concebirse como fuerza de otra naturaleza –fuerza del territorio, fuerza de la cooperación social, fuerza de la multitud, fuerza de los cuidados, fuerza del trabajo– irrumpen en la escena exhibiendo una materialidad diferente cuyos contenidos políticos y morales ya no es reductible a la dimensión técnica de la fuerza. Esta fuerza popular defensiva que quita a los derrotados de su lugar de víctimas, introduce una concepción nueva de la enemistad (no identitaria, no fascista) en democracia. El recurso a la enemistad es, en primer lugar, de tipo cognitivo. Su utilidad es desactivar tres grandes trampas: la ya citada ilusión de una política sin fuerza, o formalista, concebida como pura representación pacificada (alfonsinismo); la movilización popular restringida a simulacro de enfrentamiento, una y otra vez subordinado a la política electoral en un marco neoliberal (peronismo); y la política guerrerista, que permitiría a la derecha reabrir el campo del enfrentamiento armado en los términos de una superioridad militar ya demostrada (izquierda). La eficacia de una comprensión del enfrentamiento en democracia resulta inseparable por tanto de una comprensión del problema de la contra violencia, sin la cual la eficacia de la materialidad redescubierta (corporalidad multitudinaria articulada) se neutraliza y queda capturada por la violencia asesina del sistema (sobre esta cuestión de la contra-violencia volveremos, si es posible, en próximas notas).

Postdictadura en democracia

La democracia en la Argentina, al menos hasta la rebelión de 2001, fue postdictadura. Al decir de Alejandro Horowicz: parlamentarización del juego político incapaz de revisar el patrón de acumulación de la dictadura; participación social reglada por los efectos del terror heredado, y recreado por las condiciones de competencia neoliberal. Rozitchner elaboró la naturaleza represiva de este terror como un obstáculo subsistente tanto en el nivel los cuerpos como en el de los pensamientos, en la dimensión colectiva tanto como en la individual. El terror es la presencia del miedo directo a la supresión y a la muerte prolongado en sumisión. Su interiorización bloquea la comprensión sobre la articulación de la realidad y priva a la democracia de la capacidad de movilización pública para su transformación. La producción del sujeto aterrorizado –objetivo de toda política de derecha– consiste en substraerlo del campo de resonancias populares en que todo cuerpo prolonga su fuerza en la de los otros y elabora la significación de su experiencia en la de los otros. Al sujeto aterrorizado se le ha expropiado el espacio material de verificación en lo colectivo. El abismo actual que separa palabra de sentido, y anula toda repercusión afectiva de la sensibilidad, y que hoy detectamos en las tecnologías digitales –que al decir de Guy Debord, unen “lo separado como separado”– prolongan lo que fue instaurado previamente por medios militares y económicos. Elaborar los fundamentos políticos del terror como desposesión del cuerpo colectivo –núcleo común último de la dictadura y la democracia neoliberal– es un modo de combatirlos, y de ejercitarse en los saberes de una política que se resiste a la anulación tecno-fascista. 

Del kirchnerismo al tecnofascismo

Diversos movimientos gremiales, culturales, piqueteros, de derechos humanos y feministas, han puesto en marcha la hipótesis de la estrategia defensiva que, de un modo u otro, aún reconoce como momento de enorme intensidad la rebelión de 2001 (cuya lectura por parte de Rozitchner será posiblemente también motivo de notas próximas). Hipótesis que también se puede formular así: la democracia es una dinámica de construcción de contrapoderes. Luego de 2003, Rozitchner lee al kirchnerismo a partir de un gesto fundamental: el retiro del cuadro de Videla del Colegio Militar. Lo interpreta como una denuncia de la complicidad reciente entre la dirigencia política y el terror militar. Ese gesto, escribió por entonces (“Cuando el pueblo no se mueve, la filosofía no piensa”, entrevista con el Colectivo Situaciones), debería prolongarse, para no cerrarse en su símbolo aislado y reversible, en un señalamiento capaz de desandar la estructura del país emergida en el ’76. Cuestión que la derecha parece haber comprendido mejor que el propio kirchnerismo y las demás fuerzas progresistas en ocasión del conflicto con la patronal del campo por la resolución de la 125.

¿Qué sucedió, entre tanto y desde entonces, con la hipótesis de una democracia como campo de lucha en la que toca a los contrapoderes elaborar programas que cuestionen los patrones de acumulación y los formatos culturales que colonizan los modos de conocimiento? La ofensiva ultra-reaccionaria actual expone como nunca antes la crisis de estrategia de los progresismos y las izquierdas. Al punto que incluso hablar de democracia, mientras se instaura a nivel global, una dictadura financiero-algorítmica, puede resultar anacrónico. ¿Es posible actualizar el gesto de hacer de la democracia un punto de partida para construir fuerza del pueblo y los trabajadores en un sentido emancipatorio? ¿Es posible sin enfrentar el capitalismo predatorio y belicista que aniquila las condiciones elementales de eso que venimos llamando democracia? Y, ¿cómo podría haber una intervención política efectivamente democrática que no se proponga alterar fuertemente las reglas de juego reduciendo la brecha cada vez más enorme entre participación popular y toma de decisiones que se acepta dócilmente en la competencia electoral? Una izquierda maquiavélica, que sepa que el fundamento del poder político es el poder social, y por eso convoque al pueblo disperso para crear un nuevo proyecto de Estado, es inviable sin una idea política sobre cómo romper la subordinación de la reproducción social a la de las relaciones sociales capitalistas. Esa idea no puede ser exigida exclusivamente a partidos de izquierda, como si esa idea y su desarrollo no concerniesen ampliamente a todas las partículas dispersas –actuales y virtuales– de izquierdismo que circulan en la polis. Para que el despliegue de esa idea progrese es preciso retomar un lenguaje de la explotación, concepto contra el cual se alza en batalla cultural el hermético conjunto de la comunicación político-electoral del presente.

NOTAS AL PIE

[1Si todo va bien, esta es la primera entrega de una serie de notas que tienen por objetivo exponer a la luz de nuestras coyunturas aspectos del pensamiento político del filósofo argentino León Rozitchner (2024-2011). Los textos citados están incluidos en León Rozitchner, Escritos políticos (Biblioteca Nacional, 2015). El libro forma parte de La obra casi completa que compilamos junto a Cristian Sucksdorf, durante la gestión de la Biblioteca en los tiempos en que Horacio González era su director y Sebastián Scolnik dirigía la editorial.

 
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