Barrido y limpieza // Diego Skliar
Así se barre, Oscar. O como te llames. Pegado firme al cordón, llevandote puestos los pies de quienes vamos a la Universidad del No Se Qué. Con la punta del escobillón pasando amenazante al ras de nuestros mentones. Empujando la pelusa de esta primavera con ánimo de inverno, las colillas, las latas, el volante de la pizzería que quebró. Así se luce la campera sucia que dice Higiene Urbana y el logo de la Ciudad Verde que no podés pagar. Con el auricular relleno de chamamé al palo de la provincia que también te expulsó. Esperando pegar la vuelta por el pasaje donde prendés la tuca que arrancaste saliendo del barrio al que volverás al atardecer, no sin antes pasar por el corralón a seguir quemando la de débito, porque antes del dólar a cincuenta querés terminar la pieza de arriba, Oscar. Un lugar para que tu hija pueda contener a tu nieto antes de que la yuta lo ponga. Porque ya avisaron Oscar: anda zarpado el pendejo.
Irak, cómo estas “armas inteligentes” funcionan como un nuevo modo de producción de imágenes. Las imágenes creadas por las máquinas se basan en procesos aritméticos, los cuales se reducen a algoritmos y operaciones técnicas para disparar. Como zombis, las imágenes se autonomizan de la vida humana y crean realidades sociales cruentas, sustituyendo a los antiguos mapas que demarcaban “teatros de guerra”. Las imágenes nos miran. Y no solo en las zonas de conflicto bélico, sino cada vez que encendemos nuestros teléfonos móviles donde quedan registradas nuestra ubicación y actividades. Nuestra realidad en zonas de paz está monitoreada por la NSA tanto como la de los habitantes de Irak. “Las máquinas se muestran unas a otras imágenes ininteligibles o, de modo más general, conjuntos de datos que no pueden ser percibidos por la visión humana”, plantea Steyerl 










