Anarquía Coronada

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Llegada al País de los Moléculos (Derrames II, Editorial Cactus) // Gilles Deleuze

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El capital financiero vino a Argentina chorreando lodo y sangre // Entrevista a Bruno Nápoli

Entrevista realizada por León Lewkowicz y Facundo Abramovich

Bruno Nápoli es investigador en historia reciente y docente. Escritor, también, de un bello libro llamado En Nombre de Mayo, en donde selecciona puntos donde se tramó «nuestra» Patria, «nuestra» identidad nacional, dando cuenta la continuidad de una crueldad estatal que atraviesa la historia argentina. Recientemente, estuvo encargado de la edición de La Chispa de Osvaldo Bayer, diario que en Esquel había fundado el periodista e historiador anarquista para denunciar la miseria, la expropiación, el despojo -allí ya se denuncia el saqueo y la persecución a las comunidades mapuches como la Lof Cushamen-.

Nápoli desnuda el drama de nuestra historia reciente resumiéndoló en dos palabras: desaparición y deuda. Hablando sobre la continuidad de estas dos variables dijo: “Parece no tener fin”. Drama, entonces, pero que roza la tragedia, “parece” ser una tragedia. Financiarización de la economía y represión, esos son nuestros últimos 60 años. Así nos gobiernan y desde allí pensamos y vivimos. Leyes represivas y leyes económicas: dos caras de una misma moneda. Aquí no hay “gobiernos progresistas” y “gobiernos de derecha”, ni siquiera, dictadura y democracia. Casi sin interrupciones, gobierno tras gobierno, el diálogo entre economía y represión se mantuvo intacto. Bruno no da respiro, no da tregua, no concede ni perdona nada al enemigo, no hay “pero”: está en guerra. Característica fundamental para nuestra época. Por eso se enojan los peronistas, los radicales, los frondizistas, los kirchneristas, los peronistas, pero, también, la militancia de izquierda. Nápoli contra todos ellos reivindica al anarquismo.

Hablando sobre las tierras donde habitan las comunidades originarias dijo que es un “Un subsuelo muy rico, con gente muy pobre arriba”. Así también ve la historia: su “subsuelo” terrateniente, latifundista y empresarial con complicidad estatal. Pobreza, desaparición, crueldad estatal y asesinato arriba, en nuestras calles, en nuestros días. A excavar la historia y nuestro presente, el abajo y el arriba.

 

Lobo Suelto (LS, de ahora en más)- Vos estudias la historia económica reciente, en particular, al capital financiero, desde sus inicios hasta los días que hoy nos corren. Y en las últimas dos décadas -lo podemos rastrear de una manera fuerte en los 90s en el progresismo de la época, en los inicios de Página/12 o en libros como Robo para la corona de Verbitsky- el discurso sobre la corrupción ha causado fuerte impacto. Sabemos, en los últimos 10 años, dejó de ser bandera progresista para ser el discurso del cual la derecha, los discursos pro-empresariales, se apropiaron para atacar a los “gobiernos progresistas”, en todo Latinoamérica pero, en particular, en Argentina y Brasil es donde más hondo a calado ese discurso. ¿Cómo pensás ese fenómeno? ¿Qué es la corrupción? ¿Cómo se organiza, en qué consiste?

Bruno Nápoli (BN, de ahora en más) – Cuando se habla de corrupción y sistema financiero, el tema es difícil plantear: no se puede hablar de corrupción solamente como un grupo de personas que roba algo. En términos del delito en si, por ejemplo, un corrupto es alguien que vacía una empresa o una “sociedad comercial” adrede, la manda a la quiebra y fuga el dinero. Pero hay una dinámica del sistema financiero por su  auto-regulación que hace difícil seguir el delito: un sistema que tiene la posibilidad de generar presión a partir de grandes crisis económicas, de vaciar el sistema de liquidez (como hizo en 2001, cuando vació los bancos y giró el dinero al exterior), y luego, junto a los representantes del Estado, el mismo sistema financiero deroga leyes que castiguen el ilícito y arma leyes en función de lo que nosotros podemos pensar que es un delito de corrupción (como el salvataje a los bancos vía “blindaje”, o el pago a los ahorristas de lo fugado). Pero, en realidad, no es corrupción si es por cuestiones legales; una legalidad lograda con la ayuda de instituciones estatales (por caso, el Congreso de la Nación). Otro ejemplo: que el presidente de la nación o un ministro emitan deuda a nombre del Estado Nacional (deuda soberana) y que destinen parte de sus patrimonios personales a comprar esa deuda, no es ilegal. Es profundamente ilegítimo y desigual, pero no es ilegal. No hay legislación hasta ahora que prohíba esos actos. Hay un enorme retraso de la legislación en la persecución de lo que se puede llamar ‘conflicto de intereses’ –pero es un claro acto de estafa, una enorme estafa: yo nos endeudo a nombre de todos y luego yo compro la deuda; entonces todos ustedes me deben a mí. ¿Yo estoy dentro de esa deuda? Sí, porque soy parte del conjunto, pero tengo solo una mínima parte: los estafo de manera legal, pues ustedes no pueden esperar que yo haga eso. ¿Hay una ley que me lo prohíba? No, entonces es legal. Es ilegítimo, pero es legal.

 

LS – Mencionaste al sistema financiero. Allí hay una complejidad que desconocemos absolutamente. En alguna medida llegaron a ser cuestionados a principios de la década, pero en los últimos años ha vuelto a ser normal el banco, tener la plata ahí, cobrar ahí, depositar por home banking, realizar todo tipo de transacción. ¿Cómo funciona el sistema financiero? ¿Cómo se lo regula?

BN – El sistema financiero se mueve con sus propias reglas y leyes hechas a medida, en una legislación de varias décadas. Existe una ley general que regula todo el sistema financiero (entidades bancarias y no bancarias) –que es la Ley de Entidades Financieras del 14/02/77 LEY Nº 21.526 . Esa ley sigue vigente. ¿Cuál fue el espíritu de esa ley? Primero [hay que] entender que fue hecha en un contexto represivo. Segundo, que fue hecha en el contexto de un avance neoliberal que pretendía la concentración financiera (dejar el manejo del capital en pocas manos). Porque uno puede decir: “bueno, pero una ley es necesaria”. Por supuesto que una ley que regule el sistema financiero es necesaria, pero si vos lees la letra de la ley, apunta a la concentración financiera; y están los números: hace 40 años –cuando se sancionó la ley-, había en la Argentina mas de 800 entidades financieras, bancarias y no bancarias (bancos comerciales, bancos nacionales, bancos provinciales, casas de cambio, cajas de crédito, bancos cooperativos). Se sanciona esa ley y pasan a ser 600 a los dos años. 400 a los cinco años. Hoy, en la Argentina, hay 78 entidades financieras (bancarias y no bancarias) y tenés el doble de población (hace 40 años tenías 25 millones de habitantes, hoy tenés 44 millones de habitantes). ¿Concentra? Y, sí. Es una ley pensada para la concentración financiera; una ley que le permite a un grupo de prestamistas que sean dueños de casas de cambio o bancos (u otro tipo de entidad financiera) juntarse entre tres, cuatro, veinte, cuarenta incluso y formar un solo Banco. Es decir, cuarenta entidades financieras de distintos rubros se juntan, arman un banco y concentran los préstamos, los plazos fijos, las cuentas corrientes, las tarjetas de crédito. En la actualidad, de esas 78 entidades financieras, 63 son bancos. Y en 2016 esos bancos recaudaron 74.560 millones de pesos. Los números asombran: hay en la actualidad casi 37 millones de tarjetas de crédito en la Argentina, más 42 millones de cajas de ahorro, y unas 5 millones de cuentas corrientes. Tenés cerca de cien millones de instrumentos financieros manejados por muy pocas “personas jurídicas”. Una concentración de todo el dinero circulante. Las cuentas sueldo (cajas de ahorro también) es otro ejemplo: todas las cuentas sueldo de la Argentina obviamente pasan por un banco, en insistimos, son solo 63. Entonces, hablar de corrupción es complicado porque de lo que estamos hablando es de figuras que pueden ser delitos o estafas en otros países, pero muchas de ellas están legalizadas por la ley o permitidas por la ley, como las exorbitantes tasas de interés en tarjetas de créditos. La ley de entidades financieras empieza diciendo: “los bancos pueden hacer todo lo que no esté prohibido acá, en esta ley”. Así empieza: pueden hacer todo. Si vos no tenés otra legislación que la contrarreste, bueno, no hay casi nada prohibido entonces. Y además la ley encima es muy permisiva –no prohíbe casi nada-. Esto se complementa con las resoluciones que toma el Banco Central de la República Argentina, para fijar diariamente los “huecos” que van surgiendo en un sistema que inventa todo el tiempo nuevos instrumentos financieros, y que deben ser regulados de alguna manera; y si no derogas la Ley “madre”, tenes que hacerle constantes modificaciones, Desde los 90 hasta ahora tuvo 18 modificaciones (7 con Menen, 7 con De la Rua, 2 con Nertor Kirchner y 2 con Cristina Kirchner) y fue complementada con resoluciones del Central. Así funciona este pequeño grupo de entidades financieras que manejan todos los movimientos de dinero del país, interna y externamente.

LS – Hay, entonces, una comunión entre Estado – sistema financiero, es más, democracia representativa y sistema financiero. ¿En qué otras cosas se manifiesta? ¿Cuál es la figura legal que utilizan los bancos, avalados por el Estado, para hacer semejantes negocios?

BN – Ahora, pensaba esto, vos fíjate otra “trampa” de los bancos: ¿De qué “vive” un Estado? de cobrar impuestos por cada actividad comercial que se realiza, desde la compra venta de mercancías (cualquier tipo y rubro) hasta los intercambios de instrumentos financieros. Tanto las “personas jurídicas” (empresas) como las personas físicas, pagan por toda actividad realizada. Pues bien, la renta financiera en Argentina no paga impuestos. La rentita financiera, la que se hace por fuera de la Bolsa y realizada por personas físicas, sí, pero la realizadas por “personas jurídicas” no. ¿y qué pasa con los bancos? No pagan, entonces, ¿qué te dicen? “Nosotros no tenemos plata. Trabajamos con patrimonio neto negativo”.

LS- ¿Patrimonio neto negativo sería sólo con el dinero de los clientes?

BN – Exactamente. Lo que te dicen es: “toda la plata que tenemos es de los clientes”. ¿Y un capital inicial? Ya está puesto en el encaje que pide el BCRA. Luego tenemos gastos para mantener el sistema, el sueldo de los empleados, etc”. Con lo cual, tienen la excusa perfecta para no pagar impuestos. Y a la par, la renta es altísima. De 2012 al 2017 la única renta que creció es la renta de los bancos: es una línea ascendente y constante. Creció muchísimo, fueron los que más ganaron dentro de la economía local.

LS – Entonces, legalmente se presentan como deudores de los clientes

BN: Exactamente, exactamente. Yo no tengo dinero propio, tengo dinero de los clientes. Y, además, por cada peso que recibo de los clientes, una parte se la tengo que dejar al Banco Central como parte de un encaje bancario (y garantía). Los encajes bancarios son eso: yo recibo un plazo fijo y el 25% se lo dejo al Central como garantía, así el Central responde si yo no puedo responder. Ahora se bajó eso: el Banco Central lo bajó al 22%, es un montón de plata. No es poca plata: es muchísimo el dinero que le permite manejar a los bancos. Eso por un lado. Pero además, el Banco te dice “soy el tercero de confianza entre los que hacen operaciones, soy el garante de que la economía funcione cuidando el dinero de los demás”.

Por otro lado, el banco financieriza todo lo que toca: su motivación son los préstamos con interés. No importa si no llegas a fin de mes, el banco te refinancia, mientras seas “solvente”, y ser solvente no quiere decir ser rico. Ser solvente quiere decir que vos tengas un mínimo ingreso.  Por ejemplo, un plan social, una Asignación Universal por Hijo de $5000 o $7000. Bueno, para el banco sos solvente. ¿Qué hace el banco? Te da un préstamo. ¿Por qué? Porque si vos no lo podés pagar, puede accionar y quedarse con una parte de tu Asignación, ya que es el banco el que te la paga a fin de mes, y puede retenerte una parte con solo apretar un “enter”. No necesita que vos lo lleves a fin de mes: va y te lo saca antes de que vos lo cobres. Entonces vos en vez de cobrar $7000, cobrás $3000. ¿Por qué? Porque le debés al banco, que le pediste prestado y no llegaste a cumplir con las cuotas. Los sectores empobrecitos pero con asignaciones (sean jubilaciones mínimas, pensiones o planes) son los que están mas financierizados: el proyecto Argenta, que el Estado nacional sacó entre las PASO y el 22 de octubre, dio miles de créditos a los sectores más vulnerables. Porque está comprobado por que la “intención” de pago de los sectores vulnerables es muy rígida: el pobre quiere pagar, no quiere quedarse sin el crédito, quiere responder por lo que le dieron.  [El banco] le presta a los solventes. Al que no tiene nada no le va a prestar pero, aunque tengas una jubilación mínima, te financiariza. En los barrios más populares, el Banco Ciudad sacó préstamos personales para gente que tiene planes sociales. Y vas a ver, en estos días, una publicidad con gente muy humilde diciendo: “el banco es lo más importante que tenemos en el barrio”, “ahora tenemos un banco en el barrio”.

También los préstamos hipotecarios son parte de esta financierización, aunque no hay grandes líneas de préstamos hipotecarios. Las pocas que hay son un boom, pues todos quieren cumplir “el sueño del techo propio”. Pero son también bastante peligrosos porque cuando te prestan créditos UVA (unidad de valor adquisitivo) no debés pesos ni dólares: debés UVA que es una unidad de valorar asignada por el banco y que se va ajustando de acuerdo a la inflación y a las tasas que dicta el BCRA. Si vos a fin de mes no llegás a pagar, el banco te dice: “Ok, esta cuota no te la aumento. Pero te quedás un mes más conmigo”.  Si al año no podés pagar te dice: “Bueno, te extiendo el préstamo”. Lo que quiere el banco es que vos estés atado a eso. Además de eso, los bancos se están endeudando. Porque para prestar dinero o para darte dinero en dolares o en pesos, tiene que conseguir esos pesos o dolares: ¿De donde los saca? De otros ahorristas o dinero que puede traer del exterior. Por ejemplo, si vos querés un préstamo en dolares, el banco tiene que comprar los dolares, avisar al Banco Central que compró dolares y dartelos. Y vos tenés que poder devolverlos.

LS- Basta prender la televisión para escuchar a los periodistas y economistas que ofician como prensa oficialista justificando -por supuesto, en nombre de una Verdad científica económica- medidas de ajuste por el “déficit” que culpa de la “pesada herencia” recibió el gobierno de Cambiemos.  Entonces, mientras hacen su llamado a que los trabajadores “hagan un esfuerzo” -es decir, se caguen de hambre, se queden sin trabajo, sufran la precarización-, ¿Qué pasa con la plata? ¿Qué rol juegan los bancos?

La paradoja de esto es que en un momento donde los discursos políticos dicen que no hay dinero, que el deficit es alto, que el Estado está fundido, los bancos tienen más liquidez que antes. ¿Por qué? Porque están haciendo enormes negocios con las tasas altas que pone el Central en instrumentos financieros como las LEBACS, letras que el Central vende, ¿y quién las compra? Los BANCOS!. Con lo cual viven del negocio del Central y sus altas tasas, entonces hoy ves que los bancos ofrecen dinero en todo tipo de préstamos personales, y hay una catarata de publicidad invertida en estos instrumentos.

LS- Y, esto te lo deben preguntar mucho: ¿Qué sostenibilidad en el tiempo tiene esto?

BN – Sí, la pregunta del millón es ¿En qué momento esto puede reventar? ¿Cuándo la gente deje de pagar? No. Cuando los bancos decidan que las formas ficticias de estos instrumentos no tienen correspondencia con la forma de la economía real. Eso no lo decide ni el Estado ni la sociedad: lo decide el sistema financiero. ¡Cuando la diferencia ya es muy grande, entre todos los instrumentos financieros ficticios que inventó (préstamos personales, préstamos hipotecarios, préstamos argentos, préstamos a jubilados, préstamos para viaje, préstamos para refaccionar) y la economía real, el número de personas a endeudar es finito! Cuando todos esos instrumentos, ya son muchos y se hace una burbuja, y no se condicen con la economía real (que es que ya no hay tanto dinero para poder pagarlo, ni hay tanta gente), decide el mismo sistema financiero entrar en crisis. Se da en quiebra todo el sistema financiero, dice que no tiene más plata, la que tienen la fugan al exterior o a alguna guarida fiscal y esperan el salvataje de Estado. Y la rueda vuelve a girar….

LS – Digamos que, no es que los bancos dejen de ganar y por eso “quiebran” sino que “quiebran” en cuanto su tasa de ganancia ya no está a su querer

BN – Exactamente, cuando va a empezar a caer en los parámetros que ellos quieren -que no tiene que ver con que la gente pague o no, aunque después le echen la culpa a la gente diciendo «La gente sacó tanto y sabía que no iba a poder pagar, por eso quebramos»-. En realidad, cuando empieza a decrecer, cuando los instrumentos financieros no son tan rentables, fugan directamente. Así lo hicieron en Estados Unidos: vendieron instrumentos financieros y después le vendieron a otras personas seguros contra esos instrumentos financieros, que ellos mismos habían vendido. Es como que yo te venda un seguro para tu casa a vos y después lo agarro a otro y le digo: te vendo un seguro contra el seguro de casa que ya vendí, apostá contra eso porque quién compró el seguro para la casa no lo va a poder pagar, entonces cuando él no paga, vos cobras. Y los operadores cobran por los dos instrumentos financieros. Cuando los instrumentos financieros ficticios son tan grandes que se dislocan con la economía real, el sistema colapsa solo, se da la quiebra, se fuga el dinero y después espera el salvataje. Y el Estado lo que hace es aprobar una ley por el congreso diciendo que hay que salvar a los bancos, como en el 2001 acá, como pasó en el 2008 en Estados Unidos, en España, en Grecia, en Italia. En todos esos países, el sistema financiero se auto-colapsó, le echó la culpa a la gente de que no pagaba sus préstamos, giró el dinero a guaridas fiscales -por eso hay tantas guaridas fiscales en el mundo, tantas off-shore-, y los Estados inyectaron miles de millones de dolares para reactivar el sistema financiero. Porque el discurso estatal -y acá vuelvo a discutir el discurso de la «corrupción»-, es: sin sistema financiero, no hay economía posible porque los bancos le pueden prestar a los empresarios para que generen trabajo etc, entonces hay que darle plata a los bancos para que nos de plata a nosotros, es la excusa ideal: “todos ganan” según esta teoría (los banqueros, los empresarios, los laburantes, los jubilados, etc). Y seguramente, los políticos ganen mucho por el lobby que le hacen, como en Estados Unidos que hay 5000 cabilderos, tipos que tienen una tarjetita para entrar al congreso a negociar con legisladores. Acá hay decenas de lobbystas y todos entran a negociar con diputados y senadores. (Por ejemplo, cuando hay que aplicar una ley para medicamentos, los congresos municipales se llenan de “visitadores médicos” y representantes de laboratorios). Vuelvo con esto, si vamos a discutir “corrupción” y nos quedamos con “el funcionario chorro”, estamos fritos. Con un sistema financiero auto-regulado y con leyes hechas a su medida, todos esos “conceptos” del sentido común de corrupción son menores.

 

LS – ¿Qué son, entonces, los delitos económicos? ¿Cómo son sancionados?

Para hablar de delitos concretos tenés como el que hizo el presidente Macri con la compra-venta de acciones de Sevel: hizo comprar parte de las acciones de su propia empresa a un tercero de manera secreta, las acciones subieron tanto que muchos inversores hicieron lo mismo (en un mercado que se mueve por expectativas, esto es común, comienza a subir un “papel” y todos los inversores corren detrás de esa suba y comienzan a comprar el mismo papel antes que llegue a su pico máximo, para después vender en el “cenit” y ganar la diferencia). Después derrumbó el precio y cuando todos comenzaron a vender en baja, compró y ganó millones de dólares en el medio. Eso es un delito concreto, pero está penado sólo con una multa -que ahora las multas subieron a 180 mil pesos pero antes eran de 10 mil pesos por casos así. Pero aquí tenés otro problema: cuando vos demostrás estos delitos, se aplican multas (a no ser que demuestres asociación ilícita). Cuando se demostró esta estafa con acciones de Sevel, Macri padre e hijo, y el “inversionista fantasma” que los ayudo, recibieron una multa de $10.000 entre los tres, que encima apelaron para pagar menos.

Pero respecto del otro item, el «robo» dentro de la administración pública o de la privada de una persona física, no tenés la posibilidad de tocar los bienes robados porque la propiedad privada en Argentina es intangible. El caso más conocido es el de Maria Julia [Alsogaray]: se demostró que había robado por varios millones y cuando un grupo de abogados dijo «recuperemos el petit hotel que tiene y así recuperamos parte de lo que robo», no se pudo avanzar porque la propiedad privada es intangible, no se puede tocar. Entonces, vos sólo podés castigar penalmente a la persona física con una pena de cárcel por ejemplo o con una multa, nada más.

 

LS- Queríamos retornar un poco a la articulación entre lo jurídico y lo económico. Decís que hay una trampa “democrática” en la sanción de leyes, si querés desarrollar el romance que hay entre Casa Rosada, Congreso, municipalidades, legislaturas, consejalías y bancos.

BN- Este año se aprobó, el mismo día que se votó la prórroga de la Ley de Emergencia Territorial, la Ley de Responsabilidad Penal Empresarial. En nuestro país, hasta antes de la ley, si una empresa privada cometía un delito económico, vos podías perseguir a las personas físicas pero no jurídicas: podías perseguir al contador, al gerente,etc, pero no a la empresa. Con la nueva ley podés sancionar a la empresa, a la “persona jurídica”. Pero tiene un articulo que dice que si una empresa roba pero con el tiempo, luego de una investigación interna «descubrió» su delito, puede negociar con el Estado, intercambiar información, devolver lo que robó -puede haber robado 100 y decir que robó 50-, y allí se extingue la acción penal. Una ley del arrepentido, un premio. Sobre todo porqué -y volvemos a discutir «corrupción»-, el delito privado perfora el Estado y no al revés. Si vos querés encontrar delitos de corrupción, tenés que ir a las empresas privadas que coimean a un funcionario (por ejemplo, cuando quieren obra pública –dinero “limpio” pagado por el Estado a través del Banco Nación). Si vos te arrepentís de una coima, podes negociar con el Estado los nombres de los coimeados y si es “amigo” queda en la nada…. indulto empresarial. Repito: Todo delito privado perfora lo público, si hay empresario que robó es porque hay un funcionario que permitió. Y, por otro lado, la ley tiene un artículo que dice que en 6 años extingue la acción penal. Los delitos económicos son muy complejos de descubrir, muy complejos de investigar y, sobre todo, de demostrar. No alcanzan 6 años, deberían ser inextinguibles.  La ley se aprobó el mismo día que se aprobó una ley para las comunidades originarias, entonces todos votaron la ley de emergencia territorial -hasta el PRO, con discursos que parecían de Altamira, hay que escucharlos-, y acto seguido votaron la Ley de Responsabilidad Penal Empresaria (un intercambio de favores). Por eso decía que es complejo discutir corrupción, fue muy banalizada la discusión y centrada en lo público. Hay que pensar que existe un sistema legal armado para que puedas hacer este tipo de operaciones económicas y enriquecerte sin que sean ilegales, aunque sean ilegítimas o haya conflicto de intereses. A la par de esto, si sancionas a un funcionario, pero no investigas el delito privado, no sirve de nada, pues sacas a ese funcionario y lo hará otro. Incluso las causas contra funcionarios kirchneristas, mal que nos pese, todavía no tienen comprobado ningún delito. Y eso a mi me aterra. No por que no crea que son chorros (nadie puede multiplicar su patrimonio de la manera en que lo hicieron), algo hicieron, pero ¿Es un delito alquilar habitaciones de un hotel y dejarlas vacías? Eso no es un delito. A mi me paga el Estado por hacer una obra, dinero en blanco, y yo alquilo todo un hotel y no lo uso. Y bueno, puede ser que haya un conflicto pero no necesariamente es un delito eso. Los contratos de futuro de dolar son un instrumento legal de los Bancos en muchos países (de hecho en el Banco Nación, si vos sacás un préstamo UVA, te ofrecen en paralelo un contrato de dolar futuro porque si tardás mucho en conseguir tu casa, tu préstamo se desvaloriza, entonces para asegurar ese monto te ofrece futuros de dólar para ganarle a la inflación). Tenemos es una legislación tremenda que avala ese tipo de actividades y que la mayoría de personas desconoce. Por eso se pueden realizar, por eso un ministro de finanzas puede emitir deuda y después comprarla, todavía no está tipificado como delito. O sea, la corrupción está banalizada totalmente, hay que entender que hay un sistema legal, político, financiero y económico que está pensado para enriquecer a los que más tienen.

Podríamos agregar que respecto de la legislación para penalizar a “personas jurídicas” (Bancos, empresas de capital productivo, etc) no tuvimos ley durante 16 años. El antecedente para delitos económicos cometidos por “personas jurídicas” fue la ley 20.840 ( ley 20840/ 28-sep-1974. Ley de Seguridad Nacional, SUBVERSION ECONOMICA Y OTRAS), que hubiera permitido, por ejemplo, sancionar a los Bancos que fugaron sus capitales en 2001, pero fue derogada por el Congreso de la Nación para que esto no suceda, en una escandalosa sesión del 30 de mayo de 2002 donde radicales y peronistas, con la excusa de la “gobernabilidad”, derogaron la norma.

 

Vidas paralelas

LS- Desde que asumió Macri aumentaron la cantidad de trabajadores que pagan Impuesto a las ganancias. Ya pronunciar “ganancias” en una ley como esa, da escalofríos luego de hablar del capital financiero. También se paga el monotributo. Ahora: se han sacado las retenciones a sectores agrarios e impuestos a las mineras. ¿Cómo es en el caso de los bancos y las empresas?

BN – Lo que hay son “sistemas tributarios” paralelos: si sos monotributista, y te atrasas con tus pagos, en 6 meses, te dan de baja de oficio y si en los otros 6 meses no regularizas, te empieza a correr una multa que puede llegar a los 20 o 30 mil pesos. En cambio, si sos exportador de cualquier bien o servicio, cobras en divisas (dólares) y no pagas impuestos por tu operación comercial, pues podés dejar tu dinero en el exterior de por vida (con lo cual, al no ingresar esos dólares, el Estado no puede deducirte impuestos –ver Decreto 893/2017 Modificación de normas relativas a mercado de cambios, 01/11/2017-). Otra “vida paralela”: si sos juez, directamente no pagás impuesto a la ganancia ni impuesto al patrimonio y no tenés que mostrar tu declaración jurada. Ahí te mostré 3 sistemas tributarios diferenciados, para tres clases sociales diferentes. Entonces no sé si hay que hablar de corrupción: hay que hablar de un sistema armado, que beneficia a los que más tienen sobre los que menos, así se ha fundado y se sostiene nuestro Estado.

 

LS- Acá retornamos al principio: La corrupción termina siendo una excusa para la renovación del Estado y termina siendo un aliado de ese mismo sistema.

BN- Si, porque el sistema funciona así, no se lo tiene que llamar «corrupto», no vale la pena. El sistema funciona con la inequidad ante la ley. Hay que entender que no somos iguales ante la ley y que hay sistemas tributarios y penales diferenciados. Y eso que decís es cierto, el discurso de la «corrupción» termina siendo el ariete para que entren los que defienden el sistema tributario diferenciado, diciendo «esto es corrupción y lo vamos a limpiar». Lo que hay que hacer es una profunda modificación del sistema legal, del código civil y comercial que son los hacedores de este sistema económico, y del régimen penal, que posibilite ampliar las figuras del delito económico.

 

Nunca se sabe que puede un cuerpo. Pero si que hicieron de él -y que quieren hacer- el capital financiero y el Estado.

LS – Siguiendo con la historia reciente: vos ligás la financiarización progresiva, continua pero abrupta, de los últimos 60 años de la economía argentina con la de los cuerpos que producen, habitan y viven en nuestro país. Allí, encontrás otro dialogo, que es el rol de la represión en los últimos 60 años y, por tanto, cómo ha influido en los cuerpos la financiarización. Es decir, cómo vive un cuerpo financiarizado y qué pasa con los cuerpos que no quieren adaptarse a ese tipo de vida.

 

BN- Bueno, porque es muy importante entender que la legislación económica argentina de los últimos 60 años, implicó por un lado la concentración en pocas manos del dinero de todos (tanto público como privado). Por otro lado, esa misma legislación implicó una lenta pero irreversible valorización financiera de la economía, es decir, que el dinero no se oriente hacia la producción, sino que se oriente a instrumentos financieros para hacer especulación. Y eso comenzó hace 60 años: comenzó en 1956, cuando el Estado Nacional Argentino ingresa al Fondo Monetario Internacional por primera vez (decreto-ley Nº 7103, de fecha 19 de abril de 1956, del dictador Pedro E. Aramburu); se profundizó en 1957 cuando se pidió el primer préstamo al Club de París, que se terminó de pagar en Junio de 2017. Hace 60 años cada argentino debía alrededor de 80 dólares en concepto de deuda externa, hoy debemos 7 mil dólares cada uno por deuda externa acumulada. Hace 60 años -año 1957- la deuda externa era de 1.425 Millones de dolares, hoy en día tenés una deuda de 307.000.000 Millones de dolares. De Mil cuatrocientos Millones a Trescientos mil Millones: te endeudas y siempre pagás más, ¿por qué? Porque el negocio de la Deuda, para los Bancos internacionales, es que nunca puedas pagar así te ves obligado a pedir más deuda para pagar la anterior. Y para los bancos instalados aquí también es un negocio, pues cada colocación de Deuda se hace a través de Bancos locales, que cobran comisiones exorbitantes por cada operación. ¿Ahí hay corrupción? No: es la legislación la que permite la apertura de bienes y capital. Y esto es fundamental: el peronismo, tenía una política no aperturista de bienes y capitales. Es decir, por un lado, controlar qué ingresa (las importaciones), y por otro lado -es importante distinguirlos-, cuánto dinero entra y para qué. Al controlar la circulación de bienes y capitales, ponés restricciones a las inversiones, pues las utilidades que genera el capital extranjero, deben pagar impuestos pues es ganancia realizada con trabajo y producción local.  Esa es la restricción al ingreso de bienes y capitales. Vos ahí decidís tu comercio interno y externo. De eso depende que vos te industrialices y tengas mercado interno, es decir, que la gente trabaje porque vos producís los elementos que vos necesitas -no los importás-, y que la gente consuma, para fortalecer el mercado interno y el dinero siga circulando aquí y no se fugue. A partir de 1956 se ingresa al FMI, a la órbita de los acuerdos de Bretton Woods. El gobierno argentino comienza a ceder parte de su soberanía, diciéndole a un organismo como el fondo: «prestame plata y yo te dejo revisar mis cuentas». Así funciona. El FMI cuando visita viene a auditar, ver los balances del Banco Central, y da recomendaciones sobre como “ahorrar” para pagar (por ejemplo, recortar jubilaciones) Los organismos internacionales te prestan, pero te auditan cuando quieren, y pueden embargarte los bienes. Este es un problema interesante: ¿Qué hace el Estado con los recursos naturales, con los recursos propios? Cuando vos firmás acuerdos, generalmente incluye que un organismo internacional pueda laudar si vos no pagás. Y ponés, ahí, en juego los recursos naturales. El código civil y comercial establece que hay recursos del estado de uso público -el terreno de una escuela, por ejemplo- y recursos naturales de uso privado: estos últimos se pueden embargar -por ejemplo, la ladera de una montaña-. Ahí se empieza a entregar la soberanía, en terminos de recursos y territorios. Tenés un lago no navegable, lo podés entregar.

Cuando hay petroleo u otro combustible, tenés una discusión, primero con las provincias (el artículo 124 de la constitución  es muy claro: los recursos naturales de las provincias que son preexistentes a la Nación Argentina pertenecen a la provincia y ahí celebran sus propios acuerdos). Pero a nivel nacional el Estado negocia con las empresas que quieren explotar esos recursos. En el caso de Vaca Muerta, que es todo el subsuelo de Neuquen, parte de Mendoza, La Pampa, Rio Negro, todo ese subsuelo es la segunda reserva mundial de Shale oil (combustible). Solo 12.000 km, de los 30.000 km que ocupa Vaca Muerta, son los que puede explotar YPF. El resto ya está pactado, entregado a capitales extranjeros. Pueden ser no-embargables, pero pueden ser tranzables en un acuerdo comercial. Generalmente se entregan esos recursos a cambio de la “exploración”, pues la excusa siempre es no tener los recursos para perforar el suelo o cosas por el estilo. Y en los acuerdos, la mayor parte de la renta es para las empresas “exploradoras”.

Pero volvamos a la imaginaria “línea de tiempo”. Hace 60 años comienza algo que no había sucedido con el peronismo que es la apertura de bienes y capitales en la Argentina. Vos permitís ingresar bienes que ya dejás de producir poque decís «es mucho costo del trabajo” (me salen caros los obreros, las piezas, las máquinas, hay sindicatos, conflictos gremiales). Listo: cierro la fábrica e importo ese producto». Apertura de bienes. Y aperturas de capitales: las primeras leyes de apertura de capitales se producen con Frondizi, cuando empieza a pedir deuda vía préstamos Stand-By en 1958. Entonces ahí comienza una valorización financiera que «abre al mundo» a la Argentina -la famosa «apertura al mundo»- cuando ingresan bienes (te dejan sin laburo, sin fábricas) e ingresan capitales (que vienen a la argentina, invierten en un negocio y las utilidades las giran al exterior casi sin pagar impuestos y cuando ellos quieren).

LS – Digamos que 1956 sería un año de quiebre. Y esto derriba un mito de que empezó en los 90s.

BN – Eso es una idea errónea. Incluso es una idea errónea pensar que la dictadura comenzó con esto porque hay un breve lapso con Cámpora donde el intenta frenar esto promulgando una serie de leyes que apuntaban a evitar la fuga y la especulación, pero dura muy pocos meses el intento. Pero esto empieza 20 años antes de Videla, 40 antes de Menem.

LS- ¿Qué rol jugaría ahí el plan CONINTES?

BN- Es la primera respuesta a los cuerpos indóciles. Vos venís de 9 años de un gobierno peronista que es mercado-internista, es decir, gran producción de bienes sin libre circulación de capitales; de hecho, gracias a esa política la Argentina cancela, por primera vez, la deuda externa después de casi 130 años de Deuda constante. Argentina comienza a operar bajo la órbita de Gran Bretaña a los pocos meses de la revolución de Mayo: al año se instala la “primera casa de intercambio de papeles” inglesa en la Argentina: los ingleses comienzan a hacer operaciones bursátiles en el Río de la Plata en 1811. Y a los pocos años, en 1824, nos entregamos al empréstito de la Baring Brothers (para “modernizar” la provincia de Buenos Aires). Se pide un millón de libras esterlinas, 300 mil son para comisiones de bancos, 150 mil son para intereses cobrados por adelantos, y nos entregan 550 mil de libras esterlinas, es decir, un poco más de la mitad de lo que habíamos pedido. Eso se termina de pagar 80 años después, en 1904. Y ahí comienza otro proceso de endeudamiento a través de la oligarquía local, que llega a su cenit en la década de 1930, con el Pacto Roca-Runciman, que entrega directamente la producción ganadera y los transportes al comercio inglés. El Pacto Roca-Runciman (firmado el 1° de mayo de 1933 por Julio A. Roca (h)) establece que Argentina se obliga a exportar 400 mil toneladas de carne, que lo hace a través de frigoríficos ingleses y crea un ente controlado por ingleses para poder asegurar el transporte de esa mercadería al puerto y de allí a Inglaterra. Una vergüenza. Perón corta esa política. Pero 1955 con el derrocamiento de Perón, la dictadura de Aramburu ingresa al FMI y al Banco Mundial. La pérdida de empleos es tan grande y la pérdida de recursos naturales es tan grande que las primeras huelgas masivas las va a tener Frondizi: la gran huelga  de petroleros en Mendoza,  huelga de docentes, bancarios, ferroviarios. Ante esta apertura de bienes y capitales, y este nuevo esquema de valorización financiera, la reacción será resistencia. Y ¿Qué hace Frondizi? Plan CONINTES: militariza el país. Conintes es Conmoción interna del Estado, sacado en Agosto de 1958-, decreto secreto 9880, sacado en Agosto de 1958) Establece la división del país en zonas y subzonas -está el mapa-. En cada zona y subzona, las fuerzas militares deciden que se hace con los ciudadanos, y todo conflicto gremial y político se dirime en tribunales militares. Vos hacés una huelga no vas al Ministerio de Trabajo, no vas a la cartera laboral, vas directamente a un Tribunal Militar. Miles de ciudadanos, en un año y medio, entre Agosto de 1958 y Noviembre de 1961, entre 10 mil y 15 mil ciudadanos son detenidos, procesados por tribunales militares por hacer huelga y la cárcel de Ushuaia se llena de presos políticos. Argentina llena sus cárceles de presos políticos. Si recorren la superficie redaccional de los diarios de la época, en todas las manifestaciones obreras la primer consigna es «Libertad a los presos políticos», luego democratización de los sindicatos –que son intervenidos por el Estado – por último, aumento de salarios, trabajo, etcétera. Eso lo hizo el gobierno «democrático», esa fue la respuesta a la apertura de bienes y capitales. Y, para completar el panorama, Frondizi va a ser el primer presidente que va a permitir el ingreso de instructores franceses, que ponen una oficina en el Centro, para enseñar a torturar a las Fuerzas Armadas  Argentinas y policiales. Que terminan siendo tan buenos alumnos -y esto está en el informe CONINTES, que se desclasificó hace pocos años- que los militares argentinos terminan dando clases en todo Latinoamerica de las enseñanzas de la Escuela Francesa. Cuando llega Illia en el año 1963, intenta cortar con esta apertura de bienes y capitales y corta relaciones con el Fondo Monetario Internacional: dura dos años y medio. En el año 1966, Illia es derrocado, y lo primero que hace el dictador Juan Carlos Onganía es volver al FMI, hace un nuevo acuerdo con el FMI -y hay que leer el punto 8, que es el que comentaba antes, que es el que permite al FMI auditar todas las cuentas de la Argentina cuando y como quieran. Vuelve una resistencia a toda esa apertura de bienes y capitales, y Ongania va a sacar la ley 16.970, que es peor que Conintes . Toma lo peor de Conintes y la amplía, ya no es un decreto secreto sino que es una ley nacional que establece la represión de cualquier actividad que sea contraria al Estado, por ejemplo una huelga en fábrica central para la economía, puede ser, un trabajador, acusado de traidor a la patria; establece que tu casa puede ser tomada por las fuerzas de seguridad como centro de operaciones, que no te podés negar, que tenés que entregar todos tus bienes para hacer eso y que hay que detener a quienes sean considerados enemigos del Estado. Pero, no solamente a ellos sino a quienes estuvieran cerca y no los hayan denunciado. Es decir, es peor que Conintes . Y, a partir de esa represión, Ongania va a sacar la primera Ley de Entidades Financieras (Ley 18061). No existía, hasta ese entonces, una Ley de Entidades Financieras en Argentina. También sanciona la primera Ley de Mercado de Capitales -Ley 17811, año 1968- también la saca Onganía. Todas esas leyes de apertura al mercado de capitales y del sistema financiero en la Argentina, las hace Onganía. Con un proyecto de quedarse 100 años: él pone un militar en cada ministerio, en cada secretaría, y al lado un civil -muy preparado- que le enseñe todo sobre manejo del Estado. Ese era el plan. Fue sistemático en todo el Estado. Y crea consejos en todas las áreas económicas, esos consejos -en industria, en petroquímica, en agricultura, en ciencia y técnica- eran técnicos dirigidos por un militar. Un plan de un Estado autoritario, que pensaba quedarse y administrar la cosa pública con “mano dura” y tintes nacionalistas respecto de la administración del capital (por ejemplo, dirigiendo proyectos de inversión público-privada) pero que comienza con las primeras leyes del sistema financiero que incluso Frondizi no había promulgado.

LS- Llegamos a los 70s. Compleja década. En primer lugar, ¿Qué pasa con Cámpora en su breve gobierno?

BN – Llegados a la década de los 70s, la crisis es terminal en términos políticos, económicos, sociales. Hay un intento de Cámpora, que deroga varias de las leyes de Onganía, en el año 1973, y hace un quiebre en leyes económicas, de capitales extranjeros, de minería. Incluso, hace una Ley de centralización de depósitos, que es muy importante. ¿Qué quiere decir esto?¿Qué dice la ley de Cámpora? Toda la plata de los bancos, se la dan al Banco Central (centraliza los depósitos) y este la administra de acuerdo a las necesidades de la política monetaria de la Argentina. Con eso, vos capitalizás el Central, tenés reservas para responder y administras el dinero y la política cambiaria y monetaria. El Banco Central está para eso -determina política monetaria y cambiaria-, el Banco Nación es el pagador oficial del Estado. Ese es un intento de centralizar la economía. Es interesante porque Cámpora va a derogar casi todas las leyes económicas de Onganía, pero no va a derogar la ley 16970, la ley de represión. Esa ley va a ser utilizada por Cámpora, Perón e Isabel para reprimir a todos los opositores políticos. Y van a crear la Triple A en función de esa ley que da rienda suelta a la represión en pos de la “Seguridad Nacional”.  Una organización (la Triple A) que funciona con dinero del Estado para perseguir opositores políticos. Los primeros desaparecidos son de la época de Onganía, hay que decirlo. En el formato de desaparición forzada: zona liberada, acción de una agencia estatal, desaparecidos políticos. Con Levingston y Lanusse también hay desaparecidos. De hecho, hay muchas conferencias de prensas de la época de familiares que buscan a desaparecidos, hay un registro muy importante en Córdoba hecho por la UNC para un programa llamado “Crónicas de Archivo”, sobre esas conferencias de prensa. Y en esas conferencias dicen: lo vino a buscar la policía y no volvió más. Y ahí ya tenés un Estado que fue lentamente financiarizando la economía, entregandosé al crecimiento de la deuda -que ya es exponencial-, permitiendo que los privados se endeuden de manera indiscriminada -y esto es lo más peligroso porque terminan estatizando su deuda, como grupo SOCMA, Arcor, Bagó, Ledesma, BGH-. Todas esas empresas crecieron entre 1973 y 1983 entre un 10% y un 500%, porque se iban capitalizando y no devolvían los pagos. ¿Qué quiere decir que una empresa privada se capitalice? Pide un préstamo en dólares, que tienen que pasar por el Banco Central, el Banco Central paga los dólares para darlos en préstamo, y luego, a medida que se pagan esas deudas, Central y el Banco Central devuelve esos dólares. Ahora: ¿Qué pasa si vos dejás de pagar? Lo paga el Banco Central. ¿Ahí tenés «corrupción»? Sí, pero es legal. Que una empresa pueda pedir dólares en el exterior, por cualquier motivo y que después no los pague, es corrupción, es una estafa al Central. Y la empresa después dice «quebramos porque no pudimos asumir los costos porque los obreros son caros y la plata la usamos en todos los gastos», mentira, la plata está fugada. Después ves que tienen sub-grupos, es decir, que el mismo grupo económico, con otro nombre opera familiarmente. Es decir: ¿Cómo te multiplicaste de 7 a 47 empresas en medio de una crisis y sin poder pagar tus deudas? Es el caso del grupo SOCMA: en el año 1973 tenía 7 empresas de diferentes rubros y actividades. En el año 1983 tenía 47 empresas del mismo grupo. Y en el medio se declaró que no podía pagar los préstamos que había pedido, entonces los pagó el Estado. El Banco Central en noviembre de 1982, asumió la deuda en dólares de esta y otras tantas empresas (Ver: Comunicación «A»251 del 17 de noviembre de 1982, de Banco Central de la República Argentina)

 

Volvamos a la década de 1970. Ya vimos como respondió Frondizi a la apertura de bienes y capitales -con Conintes -, ya vimos cómo respondió Onganía al re-ingreso al FMI, con la Ley 16970, es decir, con la represión a los cuerpos indóciles, encarcelamiento, tortura, presos políticos, primeros desaparecidos. Cuando llega Cámpora, Perón e Isabel, la ley 16970 de Onganía la siguen usando y derogan leyes económicas. Pero la situación económica es desbordante y la indocilidad de los cuerpos va en aumento. Es el momento de auge de los grupos armados, de los grupos políticos y del enfrentamiento con un peronismo en el gobierno que se derechizaba. ERP, FAP, FAR, Montoneros, decenas de grupos guerrilleros que actuaban en el país en función de la utópica “patria socialista”. ¿Cómo va a responder el peronismo a eso? Deroga la ley de 16970 y en septiembre de 1974 saca la ley 20840, que es peor que las dos anteriores (la de Onganía y la de Frondizi). Cuando uno lee el articulado -es muy interesante leerla- la ley se llama: Ley de seguridad nacional o Ley de Penalidades para las actividades ideológicas en todas sus manifestaciones. Toma lo peor de las dos y aplica un plan sistemático de represión que deja entre 1973 y 1976 a 988 jóvenes desaparecidos y 1200 asesinados. Es decir, sube el número de desaparecidos que habían dejado Onganía y Lanusse y sube el número de asesinados, todos por fuerzas del Estado, por agencias estatales que eliminan cuerpos.

LS- 1976, sabemos, inicia la última dictadura, la de Videla. La pregunta es ¿Cómo se organiza la represión en el caso del genocidio de Videla?

BN- Cuando asume Videla, y este es uno de los mitos que hablábamos antes, no saca ninguna ley de represión. Videla, al contrario de lo que todos piensan, no inventa ninguna ley. Agarra Conintes , agarra la 16970, agarra la 20840, es decir, toda la legislación de Frondizi, Onganía e Isabel Perón y la aplica toda junta. Y con eso le alcanza para extender todos los campos de concentración en la Argentina.  No hay corte en las leyes represivas, usa la ley 20840. En base a esa ley puede eliminar a todos los que se le opongan. Por eso los números son tan desoladores.  Vos tenés miles de detenidos con Frondizi, miles de detenidos con Onganía y Lanusse -pero empieza a haber desaparecidos y asesinatos-, cuando llega Videla es un plan nacional de desaparición sistemática. Los centros clandestinos de detención son un invento de Onganía, se llamaban Centros de Reagrupamiento de Detenidos -CRD-, están en los manuales militares. Eso ya existía, existían también campos de concentración con el último peronismo -escuelita de Famaillá, Tucumán-. Lo que hace Videla es agarrar toda la legislación y aplicarla a todo el país, porque está permitido. Entonces, esa legislación le permite a él eliminar a todos definitivamente, a todos los que estuvieran en contra del Estado, e incluso los que estuvieran desactivados de sus organizaciones. Piensen que la represión de Videla se va a basar en el secuestro de personas de su casa o lugar de trabajo. Con lo cual ya no está en enfrentamientos armados, tienen que eliminar los focos rebeldes que han quedado de otros años y los elimina gracias a esa legislación. Vos tenés declaraciones en los Juicios de lesa humanidad de muchos milicos que hasta hace poco decían «no cometí ningún acto ilegal, me basé en Conintes o en la 20840» o «no cometí ningún acto ilegal, respondí a ordenes de la democracia con la 20840«, y es cierto. Fue todo legal, pero fue ilegítimo el armado de desaparición forzada. La represión la tenían permitida. Eso es muy interesante. Y te doy un dato más que reafirma esta hipótesis: los Organismos de Derechos Humanos son todos anteriores al golpe, no son una reacción a la desaparición de Videla. Todos los organismos de Derechos Humanos se fundan entre 1974 y 1976, antes del golpe. Menos Madres de Plaza de Mayo que se funda en 1977. Pero las Madres aparecen como Madres de Desaparecidos desde el año 1975, así lo registran las conferencias. Comienzan a reunirse sin el nombre Madres. ¿Por qué tenés el bloque de los organismos de Derechos Humanos entre 1974 y 1975? Por los 20 años anteriores: Conintes , 16970, 20840. Sin esos 20 años de represión sistemática, no podés entender como surgen los organismos previos al golpe -Movimiento ecuménico por los Derechos Humanos, SERPAJ, APDH, familiares de detenidos por razones políticas-. Ahora, eso le va a permitir a Videla entre Agosto de 1976 y Marzo de 1977 hacer todas las modificaciones vigentes de las leyes económicas que aún siguen vigentes en la Argentina.

LS- Y, en el plano económico, ¿Qué modificaciones realiza Videla y los genocidas acompañantes?

BN –  Lo primero que va a hacer es promulgar  la Ley de descentralización de depósitos, es decir, el Banco Central, que tenía toda la plata de los bancos, se la devuelve a los bancos, desfinancia al Banco Central y tiene que empezar a pedir deuda. La otra ley es la Ley de Inversiones extranjeras, que dice que cualquier capital extranjero está en igualdad de condiciones que capitales argentinos. Es una locura, un capital argentino no puede competir con uno extranjero. Lo dice textual. Iguala la legislación para ambos capitales y permite a los capitales extranjeros ingresar al país, generar utilidades y girar las utilidades al exterior cuando quieran. ¿Se entiende la gravedad de esto? Y la siguiente ley es la de febrero de 1977: Ley de Entidades Financieras  que permite la concentración financiera en la Argentina hasta nuestros días. Entonces, las leyes represivas son las que van a ir inclinando la balanza hacia la valorización financiera. Por eso hablamos de que los últimos 60 años fueron de “Desaparición y Deuda”. Cada vez que se generalizó la apertura de bienes y capitales y la valorización financiera, se fueron sancionando leyes (primero de ley de bancos, la de ley de Inversiones extranjeras, Ley de Entidades Financieras) y en paralelo leyes de represión salvaje. Videla generaliza todo eso en un nuevo programa económico y en una nueva legislación que sigue vigente.

LS- ¿Qué pasó, ya en los años “democráticos”, con las leyes elaboradas en el genocidio.

BN- La Ley de Inversiones extranjeras, sigue vigente, con una modificación de Menem, en el año 1993, que se derogó y se modificó con el decreto 1853. Pero cuando vos lees el decreto 1853 es exactamente igual de la Ley de Inversiones extranjeras de Martinez de Hoz, es el mismo articulado, es una copia. Dice que los capitales extranjeros pueden ingresar al país, se rigen igual que los capitales nacionales y pueden girar sus utilidades al exterior casi sin pagar impuestos o sin pagar directamente. Y esta sigue vigente.

Cuando llega la siguiente avanzada del liberalismo, que es el menemismo -es decir, 20 años después del inicio de la dictadura de la desaparición de personas-, lo que se va a hacer es legislación que favorezca la valorización financiera y la especulación financiera y, como existen las leyes de represión, lo que se van a hacer son protocolos de seguridad. Y esto es algo bastante olvidado: Menem lo primero que hace es protocolos de seguridad contra disturbios en la calle, contra los cortes de calle. Lo mismo que hizo el gobierno de Cambiemos apenas asumió: modificar los protocolos de seguridad -antipiquetes etc.- con la excusa del bien a resguardar que es lo material y la vida de las personas -en ese orden-. Continúa con esa escalada represiva.

LS- Los últimos 15 años, según Napoli.

BN- Primero que nada en ese marco de desarrollo de leyes represivas, tenemos una constante que nunca se afloja que es el crecimiento de la deuda. Salvo el salto que pega en 1963 con Illia, que es cuando se sale del FMI por dos años y medio, después sigue creciendo. Entonces tenés un acumulado de deuda, ya lo dijimos, de 1400 millones de dólares en 1946, a 307 mil millones de dólares en la actualidad. Cada proceso de aumento de deuda fue acompañado de leyes represivas y de miles de muertos y desaparecidos. Es algo que, además, parece no tener fin: ¿Por qué? La política del kirchnerismo respecto de recursos naturales y del extractivismo fue desoladora. Fue una defensa absoluta del extractivismo, del fracking, de la Barrick Gold. Recordemos las reuniones con el presidente de la Barrick Gold, derogando las leyes de glaciares para proteger el agua. ¿Esa política como se sostuvo? Con asesinatos. Entre 1983 y 2017 hubo 4900 asesinados por el Estado y 211 desaparecidos. El 70% de esos asesinados fueron en los últimos 15 años. Lo que tiene de característico este gobierno -el de Macri- es que subió el número de asesinados por fuerzas estatales a uno por día. Pero no es algo típico del macrismo. El kirchnerismo, ante una política extractivista, que beneficia a las mineras y a las grandes corporaciones, aplicó la represión. No olvidemos Andalgalá, los QOM, la represión en el sur, a los petroleros de Las Heras. Todas esas represiones fueron durante el kirchnerismo, no son un invento del macrismo. El macrismo lo que hace es profundizar eso y, a diferencia del kirchnerismo, lo acompaña de un discurso del ejecutivo que es directamente confrontativo con todos los grupos que se oponen a esta política extractivista. Por eso establece la posibilidad de que haya “grupos armados” actuando contra la nación argentina. Conintes:  su principal base discursiva y subjetiva, fue un ataque a la nacionalidad; la ley 16970 de Onganía se llamaba «Ley de seguridad Nacional». La 20840, «Ley de seguridad nacional y defensa nacional». Y el macrismo viene con un discurso que, a diferencia de los Kirchner -que tenían un discurso de empoderamiento de derechos, pero reprimieron más que Menem y que Alfonsín juntos-, con los votos y diciendo, nuevamente, que el problema es la seguridad nacional. Y que tenés grupos internos que afectan la integridad nacional y que defender esa nacionalidad es defender esos recursos y por eso son plausibles de ser eliminados. Por eso tenés los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Desde 2006, la Ley de Emergencia territorial dice que había que censar a 1532 comunidades originarias, con un presupuesto de 10 millones por año y en algunos años, doble presupuesto. En 11 años censaron 459 familias, que todavía no tienen título de propiedad, pero saben que están y lo que tienen y les falta. Este gobierno, el de Macri, a mitad de año sacó un decreto de censar a todas las villas de Argentina. En 90 días, censó 4050 villas. Y tiene los nombres de todos los que viven, quien trabaja, cantidad de hombres y mujeres, etc. Y ya empezó a urbanizarlas, está dando títulos de propiedad y les está poniendo servicios -agua, luz y gas-. En tres meses, 4050 villas y la gestión anterior no pudo con 1532 comunidades originarias, eso muestra el interés que tienen por devolver la tierra, defendiendo los recursos naturales. Ahí hay otro dialogo muy fuerte entre recursos naturales y políticas de seguridad.

¿Cómo pensas los censos y la urbanización que hace el macrismo, el manejo del territorio que tienen?

-Porque es una forma de securitizar la tierra, de valorizar. ¿Como los echas? Les doy el título de propiedad, les pongo dos servicios, lo urbanizo, la tierra vale. Vengo con un conglomerado inmobiliario y le digo a 50 familias les compro las casas. Con que la mitad la venda, me hago un edificio, la otra mitad me lo vende por presión. Ya no necesito echarlos, como a los indigenas que no van a aceptar irse de la tierra. Sectores empobrecidos que nadie defiende ante la presión de conglomerados inmobiliarios. Es una política económica-financiera: valorizar la tierra, financierizar y sacar gente así. Lo han hecho en los 90s ya.

En primer plano, la villa 31. De fondo, Puerto Madero, uno de los barrios más valorizados de Capital Federal, Argentina.

LS- Charlábamos antes de empezar del feminismo como irrupción fundamental de los últimos años. Nos decías que te parecía muy importante lo que proponía frente a la crueldad que se ha ejercido sobre los cuerpos.

BN- El tema del feminismo. Cuando vos ves la saga de ataques hacia el cuerpo, en los últimos 60 años, también tenes que ver los contextos políticos. Nosotros estudiamos historia económica y muchas veces se nos pueden pasar por alto muchas cosas. Queremos ver el dialogo entre leyes económico-financieras y leyes de represión de los cuerpos. Hay un diálogo constante y que podemos mostrar. En un contexto largo ves las reacciones por izquierda y por derecha. Desde la valorización financiera que empezó hace 60 años, tenés reacciones de la derecha intentando eliminar a los cuerpos, siempre intentan eliminar a los que se oponen y, a los que no se oponen, exprimirlos trabajando. Y ¿la izquierda que ha propuesto ante esto? La inmolación de los cuerpos: pelear y dar la vida por una Revolución. Ninguno de los dos sectores ideológicos cuidó el cuerpo. El feminismo viene a marcar una disrrupción muy grande, que es cuidar el cuerpo. El cuerpo es mío, a partir de aquí yo hago. Después decido si hago la revolución, si me caso con el mismo género, si tengo un aborto, lo decido yo, mi cuerpo es mío. Y lo primero que tengo que proteger es el cuerpo. El cuerpo como trinchera desde donde decidir qué hacer. En ese sentido, el feminismo es maravilloso: rompe con un discurso típico por izquierda y por derecha. Por eso, los encuentros feministas que juntan 50, 70, 90 o 100 mil personas, los partidos de izquierda no les pueden hacer entrismo, no los entienden. El peronismo mucho menos, porque para el peronismo las mujeres son la «rama femenina del partido”. El feminismo viene a decir: lo más importante, la muralla última, la trinchera, es el cuerpo. Es lo que hay que cuidar, la vida. Eso es un tiro por elevación a la derecha, que quiere exprimir los cuerpos -diciéndoles, además, lo que tienen que hacer en el trabajo o diciendo donde y como abortan-. Y un tiro por elevación a la izquierda que dice que hay que dar la vida por la Revolución, que hay que morir luchando. No hay que morir por una causa. Hay que vivir. Por eso del feminismo hay que aprender. Viene con un discurso que no se había tomado: la defensa del cuerpo. Y si analizamos la eliminación de los cuerpos indóciles, el feminismo viene a enseñarnos que son cuerpos indóciles pero que no quieren dar la vida sino generar vida. Son indóciles por la necesidad de vivir. Y eso es la peor indocilidad para el sistema: querer vivir. Y que quieras vivir sano y que quieras decidir por tu cuerpo.

LS- Habría una relación entre comunidades originarias y feminismo que puede ser pensada. Una defensa del territorio y de la vida, de lo propio, de lo históricamente explotado y maltratado.

BN- Sí, hay mucha articulación por el cuerpo ligado al territorio. Pero también porque los pueblos originarios no entregan la vida, no dicen «hay que luchar hasta morir». Para nada, se defienden nada más.

La pachamama como la figura femenina de la tierra. Distinta a la nuesta, porque la patria viene de Pater, padre. Es la enseñanza del españolismo que nos quedó. La patria es el suelo donde nacieron tus padres. Y para los pueblos originarios es la pachamama, la figura de mujer, que puede ser cogida y dar un fruto, da vida, hay que hacerle ofrendas y hay que cuidar. No hay que destrozar ese cuerpo con el extractivismo -que es agarrar un cuerpo y meterlo a trabajar 20 horas por día toda su vida, es destruirlo-. Hay una ligazón. Por eso es tan importante la defensa de su cuerpo que hacen los pueblos originarios, con piedras, palpando en los allanamientos que no tengan armas así no los matan: si quieren entrar a una comunidad, entren desarmados. No desconocen al Estado, estamos reconociendo nuestro cuerpo como la última trinchera, lo que nos queda. Hay que pensar en lo grave que es lo de los pueblos originarios: están sobre uno de los suelos más ricos del planeta, las poblaciones más empobrecidas. Si vos ves el censo nacional, los sectores más pauperizados, están sobre el suelo más rico. Sobre un suelo que puede dar de comer y tiene reservas de recursos naturales únicas en el mundo. Un subsuelo muy rico, con gente muy pobre arriba. Con una legislación que no los protege. A ningún político ni gobierno le ha interesado los pueblos originarios.

LS- ¿Cómo lees el macrismo? ¿Cómo transitás los últimos meses políticos? ¿Cómo ves al kirchnerismo en perspectiva?

BN- La sensación que te queda del kirchnerismo es: nos estamos bancando un discurso contra revolucionario, por una revolución que no hicimos. Nos están diciendo de todo y no llegamos a hacer casi nada. No llegamos ni a la pata civil de la dictadura.

LS- Es un revanchismo desmedido

BN- Sí, porque no hicimos ninguna revolución. Si la hubiesemos hecho, me banco el revanchismo. Pero no cambiamos la estructura económica, legal, que beneficia al sistema financiero, a los terratenientes, y que te mantiene un sistema tributario diferenciado. Ni siquiera eso cambiamos. Ni siquiera la ley de entidades financieras. Uno de los arietes que les permite ese revanchismo es la supuesta «corrupción», que no es otra cosa que un sistema legal armado para el sistema financiero, para los que más tienen. Un país fundado por terratenientes, armó leyes para terratenientes y latifundistas. Y esos terratenientes y latifundistas escribieron la legislación de todas las provincias entre 1850 y 1880 es en base al latifundio: ley de vagos, ley de conchavos, obligación de trabajar en mis campos, Rosas, Urquizas, López. Hasta 1900, Tucumán y Jujuy, tenían leyes de conchavo: si la policía te agarraba y si no demostrabas que laburabas para alguien te metían en cana y a la mujer la podían mandar de sirvienta, si no demostraba que tenían patrón. Hasta 1900. Las cambiaron por edictos policiales, que se institucionalizan con Perón. Es un Estado dirigido por terratenientes, latifundistas y empresarios siempre. Hoy lo que sufrimos no son actos de corrupción, son legislaciones absolutamente desiguales.

LS- Ya para terminar: atravesamos, en la conversación, gobiernos democráticos, golpes de estado, dictaduras y “democracias”. A la luz de lo que trabajás, pensás y estudiás, ¿Cómo ves la oposición dictadura y democracia?

BN- Esto no hay que tener miedo de plantearlo, hay que decir las cosas como son. Cuando uno analiza, como ya hicimos, la historia de las leyes represivas y económicas, la frontera, la línea, entre «dictadura» y «democracia» se disuelve. Es más, han sido complementarias porque una se sostuvo en las leyes de la otra. No hay diferencia. ¿Qué diferencia hay entre Frondizi y Onganía? Ninguna, son unos salvajes los dos. A parte uno se baso en otro, y la 20840 se baso en lo anterior. Y Videla se basa en lo anterior: encuentra los CRD de Onganía y tiene todo armado, divido en zonas y subzonas. Y la democracia desde 1983 mantuvo las leyes económicas de la dictadura, ley de Entidades Financieras, por ejemplo. Este es el Estado de Derecho que supimos conseguir. No tambalea por algunas detenciones, ni está en peligro. El “Estado de Derecho” es esto, un Estado Derecho y Rígido, hecho a medida de algunos sobre otros desde su fundación, pero con caracteristicas muy propias de los últimos 60 años producto

de este diálogo entre Desaparición y Deuda.

10/12/2017

Foto de Nair Castillo, tomada en el Centro cultural Almagro en la presentación de La Chispa

Tenemos // Diego Valeriano

Tenemos cosas que no sirven para nada, miles de marchas, posteos, banderas, lecturas e indignaciones. Tenemos la urgencia de decir algo, de acomodar lo que pasa a lo que ya creíamos, tenemos sábados enteros intentando que algo cambie, tenemos la necesidad de escucharnos y leernos. También tenemos remeras, un diciembre que casi se pudo, recitales gratuitos, mártires que ni conocimos y universidades populares.

Tenemos ganas de insistir a pesar de no ganar nunca, de festejar derrotas, de redimir a los demás, de hermanarnos con los oprimidos, de decir que nos gustaría vivir en La Matanza, de justificar cualquier cosa, de cometer delitos sin dejar de estar cómodos, de hacer talleres, de sentirnos bien diciendo que todo es político y también tenemos posteada una foto de una nena con un cartelito en la última marcha del 24.

Tenemos presos políticos, escritos urgentes sobre la revolución, militantes que dicen ser amenazados, desaparecidos, bibliotecas populares, discusiones estériles y un Che en algún rincón del departamento. Tenemos amigas que hablan de pedagogía, gente que habla por los demás, muestras de arte comprometido, miedo en Laferrere por la noche y la necesidad de mirarle la biblioteca cuando visitamos a alguien.

Tenemos que darnos cuenta de que los cambios nunca se producen como planificamos, que hay más vino y sustancia que otra cosa, que ya estás grande para sostener los dedos en v en cada foto. Tenemos que dejar de creer tanto en eso que leímos, en el heroísmo, en nuestra voluntad y más en los guachos. Tenemos que entender que solo somos parte de una constelación de afectos, que hay que estar para cuando sea necesario, que todo esto es pura suerte y que organizarse está bien, pero que tampoco es para tanto, solo hasta ahí nomás.

Tenemos dos años de Macri, que hacernos cargo que todo esto nos re cabió, que al final el gordo ortiba de la rotisería tenía razón, que nada alcanza, que nada sirve, que tal vez sea hora de cambiar porque ya no convencemos a nadie, aunque el algoritmo de Facebook nos haga creer otra cosa.

Democracia y revolución // Diego Sztulwark

El siguiente texto pertenece a la compilación de textos editada bajo el nombre «Democracia. Un estado en cuestión«. La tarea fue llevada a cabo por Guillermo Korn y Mariano Molina. Pertenece a una serie de cuadernos cuya edición y publicación debemos a Agencia Paco UrondoRelámpagosNegra mala testa. Agradecemos a ellxs, también, el permiso para reproducir el texto.

“Estamos introduciendo un cambio tecnológico más que ideológico”.

Marcos Peña

Dos períodos (1983/2001; 2003/2017)

Después de la última dictadura militar-corporativa y ya derrotadas las organizaciones revolucionarias, la democracia apareció como bandera de lucha contra el terror y al mismo tiempo como reivindicación del régimen parlamentario de gobierno. Aún hoy llamamos “alfonsinismo” a esa tentativa de conjugación que permanece irresuelta, en la medida en que la llamada democracia no es capaz de convertirse en un medio para desactivar el terror y deconstruir la concentración económica y el antagonismo social que se deriva de él. Las luchas de las Madres de Plaza de Mayo y los organismos de derechos humanos contra la impunidad, de las minorías contraculturales y las organizaciones sociales y gremiales contra el modo de acumulación neoliberal (ajuste, privatización, desempleo, pago de deuda externa, entre otras cuestiones) constituyeron las principales corrientes de democratización durante el período 1983-2001. La democracia se desdoblaba en dos sentidos diferentes. De un lado, el bipartidismo la entendía como defensa de la Constitución de 1853, eufemismo para sostener la tesis principal del programa de la derrota: la idea de una autonomía de lo político restringida por determinantes inamovibles proveniente del modo de acumulación económica, de las invariantes corporativas de lo social y de las restricciones impuestas por el plano internacional. Del otro, los movimientos surgieron como tentativas de romper el dispositivo de la derrota arraigada en las estructuras perdurables de poder. La movilización de Semana Santa contra los militares carapintadas fue el último momento de convergencia entre ambas comprensiones de lo democrático.

 

A partir de allí, la disyunción era inevitable en la medida en que el bipartidismo radical-peronista se comprometía con las políticas de impunidad y declinaba todo impulso autonomista respecto de las corporaciones económicas y los mecanismos de dependencia plasmados en la deuda externa (coyuntura bien descripta en La educación presidencial, de Horacio Verbitsky). El año 1989 fue un desquicio, sobre todo para la izquierda. El colapso de la cartografía de la “guerra fría” –la derrota del llamado “campo socialista”, en particular de la URSS– fue traducido a nivel local por los entusiasmos del Movimiento al Socialismo (MAS) con las masas activas en la Europa del Este –la idea fallida de una generalización de la “democracia socialista”–, el malabarismo del peronismo menemista que con patillas de caudillo federal se alineaba con el triunfador de la “guerra fría” sin ningún tipo de pudor, y la toma del cuartel de La Tablada en defensa de la democracia y sin olvido de la revolución.

 

2001 y el “que se vayan todos” sintetiza las frustraciones de la democracia sin potencia de transformación. La rebelión contra la depredación de lo colectivo dio lugar a la emergencia de unas subjetividades de la crisis. Estos nuevos sujetos, munidos de estrategias de supervivencia y de desacato, protagonizaron la destitución en las calles de la legitimidad del neoliberalismo. Si bien la pulsión insurreccional no desembocó en una nueva concepción del cambio radical, sí logró desconectar la coyuntura argentina (y sudamericana) del giro reaccionario que tomaba en Occidente en torno al 11-S. El fracaso de una estabilización reaccionaria intentada por el peronismo durante la breve presidencia de Duhalde se debe precisamente al choque con el bloque de las organizaciones populares y de derechos humanos que culminó con la Masacre de Avellaneda, el 26 de junio de 2002. Lo demás es muy recordado: el kirchnerismo se constituyó a partir de ese peronismo, munido de una lectura muy aguda de la extenuación del sistema político y de sus recetas neoliberales, y activando una interpelación capaz de movilizar a corrientes que no provenían del peronismo tradicional, como lo fueron algunos segmentos de la izquierda y sectores de trabajadores no sindicalizados.

 

Esta coalición sobrevivió hasta 2013, superando casi como un milagro el conflicto con el campo. Desde entonces, comienzan a abrirse las condiciones para que por primera vez llegue al gobierno, por medio de los votos, un partido político de derecha no peronista y concebido como una organización de intelectuales provenientes de –y ligados a– las empresas. Las instituciones más acertadas de esta transición surgieron hasta ahora del campo conservador antes que de los sectores de izquierda que lideraron la producción de retóricas igualitaristas desde el kirchnerismo, apoyados en la idea de que el Estado es un contrapoder o un generador de igualdad y de derechos para el pueblo. Cualquiera sea la caracterización que se haga de nuestro pasado inmediato, la voluntad de captar el pasaje del kirchnerismo al macrismo debe partir de la aceptación de que, al menos desde 2013, la derecha política se convierte en el principal articulador de la comprensión de las mutaciones en el campo social. Desde entonces el kirchnerismo no hace sino perder elecciones y capacidad de influencia sobre la sociedad. Si el gobierno de Macri introduce una novedad, esta es su dominio de la iniciativa, basada en su capacidad de articular una percepción de lo sucedido en el plano social durante el kirchnerismo. El macrismo es una voluntad de reescritura del campo social desde 2001 hasta la fecha, y en esa reescritura se inscribe la principal fuente de consentimiento de actores sociales y políticos, incluso de varios protagonistas de la era anterior.

 

Historicidad y contrarrevolución

El proyecto macrista no aspira a suprimir el Estado de derecho ni tiene rasgos de pseudo-dictadura política, sino que apunta a solidificar la alianza más descarada y consistente entre democracia y contrarrevolución. Se trata del intento más práctico y meditado de romper una densa historicidad emergente de las luchas protagonizadas por los movimientos de derechos humanos y sociales, como vertiente autónoma y radicalizada del proceso político durante el periodo 1977-2013. Su carácter contrarrevolucionario lo emparenta de modos diferentes con la última dictadura y con el menemismo. A diferencia de la primera, este proyecto no se da en el escenario de la “guerra fría”, así como tampoco se propone ninguna puesta en excepción del orden jurídico y, a diferencia del segundo, no se trata de una mera adecuación a un escenario internacional unipolar, ni de conjugar peronismo y liberalismo. Contra toda apariencia, la contrarrevolución macrista no surge como una respuesta directa al kirchnerismo que no aspiraba a activar la revolución sino la historia, tal como Javier Trímboli lo analiza en su libro Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución. La contrarrevolución macrista consiste, en todo caso, en una épica justiciera fundada en la decisión de las clases dominantes del país de ajustar los comportamientos sociales a las líneas de mando emergentes de las pulsiones del mercado mundial.

 

Hay, sí, por lo tanto, una idea de justicia que no surge ni de la tradición republicana a la que Maquiavelo definía como el poder de imponer la cosa pública al partido de los ricos, ni de una creencia en el orden legal donde la ley es invocada como elemento necesario para ordenar la situación, pero que es siempre demasiado exterior y represiva, es decir, insuficiente para el afán de modelización que se intenta poner en juego. La juridicidad relevante del proceso en curso opera –en una perspectiva más bien foucaultiana– sobre la trama vital de los actores a los que interpela. Surge así una infrajuridicidad inmanente, propia de la economía política, extendida a todas las conductas sociales e individuales. Se trata de la ley, en efecto, pero de la “ley del valor”, cuyo poder coactivo y subjetivador produce resonancias dentro de las potencias del estado neoliberal. De Lenin y Rosa Luxemburgo al Che y Cooke, los revolucionarios no han tenido que esperar a la filosofía posestructuralista francesa para entender hasta qué punto el problema de la creación de una nueva subjetividad pasa por desactivar ese encanto fetichista y esa materialidad coactiva de la producción fundada en la mercancía capitalista. El macrismo es la recuperación de todos aquellos saberes –un deseo de porvenir y de un diseño de nueva humanidad (dos tópicos propios de la revolución)– en términos de una confianza inercial en la alianza entre inversión de capitales y nuevas tecnologías. Los “medios”, tal como hoy los percibimos, se articulan como un efecto de esta alianza.

 

Claro que hablar de contrarrevolución tiene un inconveniente insalvable, puesto que no es posible identificar una revolución previa a la que se procura liquidar o absorber. El gesto futurista, que por momentos esboza la ofensiva actual de la derecha sobre el plano de la sensibilidad y de las ideas, es parte de una estrategia de inscripción violenta de todos aquellos rasgos de una nueva subjetividad en el orden del capital: entusiasmo, deseo de libertad, capacidad creativa, sentido comunitario, disfrutes vitales varios, asuntos retomados de la lengua de la emancipación revolucionaria y utilizados ahora como patrimonio exclusivo de la contrarrevolución en curso. Alejandro Rozitchner es probablemente el más claro entre los intelectuales oficialistas abocados a esta tarea. Quizás convenga decir, como Alain Badiou, que nuestro tiempo es “restauración” (rechazo de toda revolución). Marco Teruggi dijo hace poco que la situación en Venezuela era la de una revolución incompleta respondida por una contrarrevolución completa. Este sentido de la desproporción, sin embargo, no es elocuente sólo del rechazo a la revolución. También expresa algo sobre una cierta atracción reaccionaria que provocan los elementos de las subjetivaciones autónomas. Contrarrevolución, quizás, como labor continua de esterilización comunicacional y refuncionalización neoliberal de todo aquello que surge como elemento de fuga y resistencia a la coacción de la economía del valor.

La teorización de Félix Guattari sobre las “revoluciones moleculares” tal vez sea aún hoy las más acertada para describir una heterogénesis activa y proliferante que adopta la forma de luchas, fugas y transformaciones. El macrismo como fusión de democracia y contrarrevolución puede ser visto como una reacción activa y refundadora ante el influjo que mantuvieron durante las décadas pasadas los movimientos indígenas, comunitarios, de mujeres, de trabajadores de la salud, la educación, el arte, os trabajadores informales de la economía popular, entre otros, sobre un campo social vuelto campo de batalla fundamental, en el momento mismo en que lo neoliberal hace de la subjetividad su principal preocupación. Esta perspectiva permite ampliar el análisis, tanto a nivel regional como temporal. En casi todo el continente, la crisis de la democracia se dio como crisis del neoliberalismo provocada por movimientos sociales que cuestionaron la relación entre producción de valor y obediencia. El hecho de que los gobiernos llamados progresistas no hayan encontrado los medios para crear instituciones capaces de recrear la democracia y la centralidad plebeya, devolvió la iniciativa a la derecha, que pretende resolver definitivamente la crisis apropiándose de ella. La contrarrevolución democrática tiene a su favor imágenes y votos (una decepción con los discursos igualitarios) y encuentra su límite en la miseria de su propia vocación. Las consecuencias de sus políticas, las pasiones de odio de las que se sirven, las tácticas de “real politik” que emplean y la calidad de su personal político permite profetizar: remember 1945, remember 1969, remember 2001.

 

Ofensiva sensible // Diego Sztulwark

En este 2017 en que se cumplen 100 años de la revolución rusa y un siglo de obsesión con la revolución, nos encontramos en un momento de repliegue.1Replegarse no es desbandarse o desorganizarse, no es entrar en esa zona de lamentos en la que muchas veces nos encontramos. Replegarse es reconocernos dentro de una fuerza, dentro de una historicidad y pensar sobre qué lugar ocupamos, como fuerza, en esta coyuntura. Es dar un paso atrás para revisar estrategias. Para esto propongo que pensemos en cinco cuestiones.

DEL NEOLIBERALISMO. La idea de neoliberalismo que tenemos fue impuesta por la dictadura mediante el terrorismo de Estado y luego mediante los votos, durante el menemismo. Esa idea fue derrotada en las calles en 2001. Durante el kirchnerismo tuvimos un período sin retórica neoliberal. Sin embargo, el neoliberalismo está hoy entre nosotros; es más que aquella coyuntura de los años noventa. Una reevaluación crítica de la última década puede ayudarnos a entender mejor en qué consiste su eficacia.

Foucault describe al neoliberalismo como un gobierno de las conductas, de las almas, cuya premisa es que la potencia individual y colectiva se maximiza adoptando la forma empresa. Y que todo aquello que obstaculice esta diáfana forma empresarial del ser es patológica. El discurso actual del oficialismo considera peligroso –corrupción, mafia, terrorismo– todo lo que opaque mínimamente estas formas de hacer sociedad a partir de la forma empresa asociada a la libertad y al progreso.

El neoliberalismo, según Foucault, es la aplicación del cálculo económico a todo lo extraeconómico. Es decir, la ampliación del modelo de la racionalidad de la economía política hacia todos los aspectos no económicos de la vida. Ser neoliberal es calcular todos los aspectos de la existencia como si estuviésemos en el mercado. A la larga esta forma de cálculo nos condena a la obediencia de la coacción de la valorización neoliberal. Y la comprensión del mundo se moraliza.

El neoliberalismo es diferente del liberalismo del siglo XVIII, en el cual el Estado se abstenía de actuar para dejar actuar a los mercados. Lo neoliberal no tiene esa concepción naturalista de los mercados. Al contrario: el neoliberalismo es un fenómeno fuertemente estatal. Se trata de producir y sostener el medio como mercado y la vida como empresa. La concepción que opone Estado a mercado es demasiado simple y caricatural. Lo que vemos hoy es un Estado neoliberal presente y ultra activo.

Como forma de gobierno, el neoliberalismo pone en el centro a la libertad: se trata de una experiencia ambigua de la libertad que proviene de la libertad de mercado. Es una libertad (“nadie me dice lo que tengo que hacer, yo me valorizo a mí mismo”) que a cada paso se revierte como obediencia. La crítica meramente ideológica del neoliberalismo cae en la impotencia cuando se moraliza y pierde su carácter estratégico. Antes que un sistema de ideas, el neoliberalismo es un diagrama de poder sin afuera. Necesitamos pensarnos dentro y contra el neoliberalismo. El afuera del neoliberalismo se construye en luchas concretas, no preexiste. Más que demostrar su falsedad quizás haya que ver si somos capaces de desplazar sus reglas con base en otras estrategias.

Autores contemporáneos, como Franco Berardi, Rita Seagato, señalan que el neoliberalismo (semiocapitalismo, patriarcal) es un régimen de “desensibilización”. La desensibilización es la incapacidad general de comprender lo no dicho, de ir más allá de lo codificado, de tener empatía con los otros más allá de la norma, es la inaptitud para introducir la ironía en un código explícito estructurado. La desensibilización surge tanto de las exigencias de actualización empresarial de la vida (desposesión subjetiva) como del terror y la violencia que subyacen al régimen de la propiedad privada concentrada (desposesión objetiva).

DE LAS MICROPOLÍTICAS. Para indagar sobre estas cuestiones es importante pensar el espacio de las micropolíticas que el neoliberalismo coloniza. Félix Guattari sostiene la tesis de que el capitalismo es micropolítico (macro y micro, ambas cosas a la vez) en la medida en que como régimen de producción no se ocupa de las mercancías sin apuntar más profundamente a la producción de subjetividad. Cada vez más, producción económica y producción de subjetividad se equivalen. ¿Qué implica esto para nosotros?

Simplemente que nosotros: docentes, terapeutas, trabajadores sociales, artistas, periodistas, intelectuales, en la medida en que trabajamos con el lazo social estamos de lleno plantados en el terreno de la producción de subjetividad. Subjetividad es decir producción de modo de ser, modo de vida. Estamos en el centro del campo de batalla. En otras palabras, la creación de subjetividad se da en un campo polarizado. El polo propiamente neoliberal trabaja estandarizando la vida. El polo disidente singulariza, abre a nuevas experiencias y sentidos. Guattari fue sobre todo un inventor de cartografías, un investigador de los vectores de singularización.

Las micropolíticas designan una dimensión de la existencia en la que podemos experimentar –cartografiar y descubrir– procesos y líneas de singularización. Suely Rolnik afirma que la micropolítica es el espacio donde se producen nuevas percepciones y sensibilidades. Un campo de experiencias donde –es lo que propongo– podemos aprender a inventar nuevas estrategias. Si la micropolítica ha sido colonizada por el neoliberalismo, estamos, a nivel de modos de vida, ante una colonización de las estrategias de existencia en términos de obediencia: cuanto más libres somos más obedecemos. Se trata de la constitución de una obediencia voluntaria.

DEL NEOLIBERALISMO Y LAS FORMAS DE VIDA. Consideremos la idea de forma de vida. Hay un filósofo llamado Pierre Hadot, a quien cita Foucault, que habla de la filosofía como forma de vida. Tomo de él la siguiente historia. En un momento de su vida Hadot rompe con la Iglesia Católica francesa, a la que estuvo muy ligado, ya que no toleraba el modo en que procesaba los casos de pedofilia. Observa que en esos casos la Iglesia estaba menos preocupada por el daño comunitario que por la crisis de fe de los sacerdotes. Dado que el problema principal de la Iglesia se revela como una desconfianza en los recursos naturales de la vida humana, la salvación sólo es concebible como una experiencia sobrenaturalista. Sólo el más allá orienta una vida digna. Hadot no acepta esta idea e investiga en la tradición para descubrir modos de vida que traten la vida sin recurrir a una mistificación trascendente. Y descubre que eso está en los filósofos griegos. Ellos (sus diferentes escuelas) no estaban interesados en armar sistemas conceptuales coherentes, meramente intelectuales, sino que sus ideas se orientaban a guiar “ejercicios espirituales”, es decir, a articular enunciados teóricos con disposiciones vitales no discursivas (cómo tratar con el miedo o la muerte). Se trata del problema del conocerse y cuidarse a sí mismo.

La filosofía puede ser entendida entonces como fuente de una articulación entre instancias discursivas y no discursivas que pretende modificar la vida, o aprender a vivir. De lo que se desprende que no merecemos ninguna verdad si no tenemos prácticas de transformación. Esta es la idea de forma de vida. Y es justo lo contrario de lo que nos propone el capitalismo. Lo neoliberal dice: la vida es difícil, mejor obedecer, todo puede ser comprado, consumido. Estandarización pura. Es la redundancia de la forma empresa. No merecemos ninguna otra verdad. Toda pretensión de otra verdad nos condena al terrorismo.

El psicoanalista Jean Allouch vio bien todo esto y plantea una pregunta al psicoanálisis: ¿no son estos “ejercicios espirituales” la genealogía más potente del freudismo? Se trataría de desmarcar toda idea terapéutica y analítica de un mandato de adaptación. Al contrario: la teoría de la subjetividad se resuelve como teoría de la transformación. Es interesante que Hadot ironice sobre la idea de Foucault según la cual lo griego enseñaría a transformar la propia vida, como si se tratase de una obra de arte. El cuidado y el conocimiento de sí, advierte Hadot, no eran separables para los griegos de un cuidado y un conocimiento del cosmos y la comunidad. El problema de la forma de vida viene ligado entonces a la relación entre nuevas verdades y prácticas de transformación.

DE LA COYUNTURA. Intentemos introducir todo esto en la coyuntura regional y argentina. El año 2001 marca una deslegitimación de las políticas neoliberales (y siempre que diga Argentina voy a estar hablando de una buena parte de América Latina); visibiliza unas “subjetividades de la crisis”, nuevos modos de hacer que son producidos en, para y por la crisis. Se trata de un tipo de protagonismo social que liga un momento comunitario desde abajo con la destitución de la salida neoliberal. Y por tanto de experiencias fuertemente estratégicas. Del corte de ruta a la apropiación del plan, a las formas colectivas de hacerse cargo de la salud, del territorio, de la condena social en el caso de los piqueteros, o en el de los escraches, o el modo de hacerse cargo de las fábricas, reconstruir mercados. Se trata de figuras cuya potencia surge de saberes populares, de estrategias en y para la crisis, de una potencia popular.

Las estrategias puestas en juego en 2001 podrían ser pensadas como parte de un “ejercicio espiritual” plebeyo. Toda la dimensión comunitaria y de lucha –de la reorganización de una fábrica al corte de ruta, de la condena social a la invención de una moneda de trueque– implica transformaciones subjetivas significativas. Todas esas subjetivaciones fueron muy importantes y pueden marcarse en continuación con una línea roja que comienza en el 77 con las Madres de Plaza de Mayo, con la invención de figuras que a la larga van resensibilizando el campo social. Que van respondiendo una y otra vez a los efectos desensibilizantes de los poderes (que del terrorismo de Estado al neoliberalismo se nos proponen continuamente). Son figuras de la crisis, no son figuras de obediencia. No piden ser gobernadas sino que ponen límites, ensayan mecanismos diferentes de la decisión colectiva, crean estrategias.

El segundo momento al que me gustaría aludir es al kirchnerismo, al ciclo de los gobiernos llamados progresistas en buena parte de la región y que pusieron en juego una voluntad de inclusión. Es decir, movilizaron una vocación de reparación, con una idea muy fuerte de incluir a los excluidos en el consumo y en los derechos. Muy importante es, en el caso argentino, la conexión con los derechos humanos y con los movimientos sociales, que son dos creaciones de ese período sobre las cuales nos merecemos un balance desde la izquierda, porque lo que no podemos hacer es tener complicidad con los balances miserables que la derecha hace de estos procesos, destinados a aniquilar toda relación positiva futura entre Estado y derechos humanos; Estado y movimientos sociales. La derecha habla de corrupción y moraliza con el objetivo de destruir la historicidad de los movimientos sociales y los derechos humanos.

La conciencia colectiva de las aporías de la llamada “inclusión” por parte de estos gobiernos llegó tal vez demasiado tarde. Los gobiernos “progresistas” que incluyen a la gente en el consumo –algo que desde el punto de vista cuantitativo es enteramente reivindicable– no cuestionaron la calidad de los procesos de consumo. Quiero decir: un consumo es neoliberal por el modo en que subjetiva, en que se articula con determinadas micropolíticas neoliberales. De ahí la amarga reflexión de Álvaro García Linera: ¿cómo puede ser que sectores sociales plebeyos beneficiados con los procesos de inclusión social voten propuestas neoliberales? García Linera se preguntaba hace un par de años: ¿en qué nos equivocamos los gobiernos progresistas que cuando distribuimos riquezas lo que nos surge es un tipo de respuesta que no se puede gobernar en el marco de nuestras ideas y nuestros esquemas?

Arriesgaría que la misma cartografía de incluidos y excluidos implicaba ya un saber y una potencia en los sujetos estratégicos de la fase anterior. Que la idea de excluidos, aun si era verdadera desde el punto de vista del consumo y los derechos, no leía en todas sus posibilidades una cierta potencia popular. Ahí hay algo a revisar: ¿por qué esos sujetos que fueron tan centrales en destituir el neoliberalismo anterior no estuvieron en el centro de la toma de decisiones, en el centro de la nueva imaginación, y sobre todo en el centro de la determinación de lo que se llamó consumo? Porque seamos claros en que aumentos de consumo en países como el nuestro son fundamentales pero también es imprescindible pensar qué tipo de consumo, quién produce, qué empresas, qué modelos de felicidad, qué estrategias, quién toma las decisiones. No son cosas que estén separadas. La idea misma de “inclusión” es limitada cuando no se está dispuesto a plantear críticamente ese espacio en el cual se pretende incluir a los excluidos.

El kirchnerismo supo tratar con la crisis pero lo cierto es que lo hizo negativizándola. Es decir, restando valor a las potencias de la crisis, estimulando cierta idea de orden. La tesis de que recién con el kirchnerismo vuelve la política es errada. ¿Nadie recuerda cómo eran los piquetes del año 2001? ¿No había jóvenes ahí resistiendo y luchando? Hay un racismo interno que es preciso problematizar ahí. Porque hubo protagonismo popular y ese protagonismo tiene que ser reconocido. Finalmente, el kirchnerismo no se conectó ni escuchó a los intelectuales y los movimientos que estaban criticando al neoextractivismo. Ningunear a quienes luchan contra el modo de acumulación es un límite estructural para cualquier proyecto popular democrático.

Finalmente llegamos al macrismo, que plantea la ambigüedad que hay en la instauración de un orden completamente banal. Decir que el macrismo es una banalidad no quiere decir que sea un fenómeno trivial, sino que es un fenómeno de extrema redundancia (¡empresa y policía como receta para todos los problemas!). El macrismo es un problema serio con discurso banal. Es una reforma óptica que conduce todo a la transparencia empresarial. Toda opacidad, todo lo que va por fuera de su régimen óptico, es terrorismo. El caso de Santiago Maldonado fue la lección definitiva de lo que es el macrismo: una calificación del movimiento social desobediente como terrorista.

El macrismo es un fenómeno que supone un cierto fin de lo político, y de toda comprensión crítica de lo humano. Relacionado con el tema Maldonado está también el despliegue de una estética de la crueldad. Rita Segato habla de una pedagogía de la crueldad, que es el tipo de crueldad que se aplica no tanto por fines estratégicos sino sobre todo en términos pedagógicos. En los femicidios se ve con claridad: mostrar la capacidad de crueldad no solamente en lo que va a sufrir la víctima sino en lo que van a percibir todos los que están mirando esa escena. Es un espectáculo que comunica un lenguaje, un espectáculo que comunica quién tiene el poder. La estética de la crueldad que puso en juego el macrismo es también para pensar. Recuerden en marzo de este año el intento de los maestros de armar una carpa y haber sufrido una terrible represión; el encuentro de mujeres, la marcha de Ni Una Menos, la represión en el conflicto de los trabajadores de Pepsico. Son todas represiones a la luz del día. O en la 9 de Julio, mientras un movimiento piquetero está negociando con el gobierno, la policía reprime frente a las cámaras, y en ninguno de esos casos la represión es una necesidad. Es un gobierno que decidió poner en circulación la crueldad como forma de consumo. Me parece bastante difícil de entender lo que pasó con el caso Maldonado si no pensamos que lo que está ocurriendo no es sólo una política represiva sino una pedagogía gigantesca de la crueldad.

DEL REPLIEGUE SIN DESARME. Cuatro ideas de las que podemos partir para evitar que el repliegue devenga desbande.

  1. La unidad del análisis de lo micro y lo macropolítico. Es decir, en 2001 la discusión con muchos compañeros y compañeras era qué importaba, si lo macropolítico o lo micropolítico. Me gustaría ver si podemos pensar que macro y micropolítico son aspectos inescindibles de una misma realidad. Que son dos maneras de mirar que demandan articulación. Se trata de dimensiones distintas, no de ideologías diferentes. No es posible elegir entre una estrategia macropolítica o una estrategia micropolítica. Si queremos pensar el macrismo veremos hasta qué punto su triunfo se debe a la influencia de micropolíticas neoliberales.
  2. ¿Cuál es la imagen de potencia que podemos oponer a la imagen de potencia que el neoliberalismo moviliza, que es una imagen contundente, productivista? Es la idea de podemos más podemos todo. Tenemos que estar todo el tiempo presentándonos como sujetos productivos, plenos, creativos, valorizantes. La potencia es todo lo que podemos y podemos siempre y podemos más. Esto niega que la potencia real de la existencia, la capacidad de hacer y pensar de la que habla Spinoza, es siempre una potencia que está atravesada por lo frágil, atravesada por la angustia, por patologías, por no saber. Es una potencia sin imagen previa. No es el sí podemos, es el qué difícil que es todo. Los que estamos en experiencias colectivas, en militancias, trabajando con los lazos sociales, sabemos que no se puede. Sabemos lo que cuesta todo. No estamos como los idiotas cantando sí se puede, estamos todo el tiempo frustrándonos con todo lo que no se puede. Ese punto de la potencia creo que es un punto fundamental para restituir. Porque si no el tipo de potencia que está emergiendo es una potencia de compra de mercancía, que simplemente lo que va a hacer es liquidar todo el capital que tenemos para recuperar.
  1. La capacidad cartográfica desde abajo. Lo que enseñaron estos años los trabajadores de la economía popular o el movimiento de mujeres. Cartografiar procesos de singularización en la economía, a nivel de los afectos, cartografiar la sociedad, cartografiar las formas de poder, entendiendo que el problema del patriarcado no es un problema de género en sentido literal sino limitado. Que no es un problema de especificidad de una minoría de personas que son llamadas mujeres y que son maltratadas por un problema de formación de algunos hombres, sino que el patriarcado es estructurante de las relaciones, estructurante de las formas de castigo, estructurante de las formas de productividad, estructurante de la idea de premio y castigo. Esta capacidad de mapear desde sensibilidades desplazadas retoma el problema de la crisis, no como negativa sino como escenario fundamental para armar estrategias, para atacar todos los puntos de desensibilización que el patriarcado va produciendo en nuestra sociedad.
  1. La historicidad. El movimiento de derechos humanos se juega algunas disputas fundamentales en este momento. Es muy necesario ir más allá del papel tradicional de los organismos de derechos humanos, porque cambia la naturaleza de la violencia que tenemos que desactivar: la violencia actual es el racismo contra los pibes en los barrios, la violencia actual es el femicidio, son los trabajos precarios. Pero más allá de esta crítica posible, hay que retener que en la coyuntura actual está jugando muy centralmente el cuestionamiento que la derecha hace del rol que los organismos de derechos humanos han desempeñado estos años en términos de sostener la historicidad de las luchas en Argentina. Henry Meschonnic opone “historicidad” a “historicismo”. El historicismo es la capacidad de inscribir cualquier cosa en su fecha de origen; la historicidad es la capacidad de entender cualquier creación como manera de escapar a una época. La historicidad se liga siempre con una desobediencia. Traduce desobediencias pasadas en desobediencias actuales. Pero también crea espacios de sensibilidad para traducir luchas diferentes sin un lenguaje común. Ese es su peligro.

*    Diego Sztulwark es docente y editor. Coordina grupos de estudio de filosofía y pensamiento político. Es co-editor de la obra completa de Rozitchner. Editor del blog ¡Lobo suelto!, participante de la editorial Tinta Limón. Autor de varios libros, algunos de ellos junto al Colectivo Situaciones.

  1. Esta es una versión resumida de la charla “Neoliberalismo y formas de vida. Un repaso por la coyuntura argentina”, presentada el 10 de noviembre en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso, Argentina). El texto recibido por Brecha fue editado por Lucía Naser y es reproducido con autorización de su autor.

Fuente: Brecha, Uruguay.

Reseña de “Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución”, de Javier Trímboli + Entrevista a Trímboli // Mariano Pacheco

Reseña de “Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución”, de Javier Trímboli (Cuarenta Ríos) + Entrevista a Trímboli // Mariano Pacheco (La luna con gatillo)

 

“Rarísimo, por decirle de algún modo, lo que pasó en al historia del 2001 al 2015”.

 

Resulta interesante ver la operación de lectura que hace el historiador Javier Trímboli para comenzar su Sublunar: revisitar el emblemático número 7-8 de la revista Contorno para intentar ver qué pensaron los intelectuales de izquierda sobre el peronismo tras su derrocamiento, momento complejo por tratarse de advenimiento de la Revolución Libertadora (La Fusiladora, según Rodolfo Walsh). Lo interesante viene no tanto del hecho de que la situación post 1955 sea parecida a la post 2015 (el kirchnerismo no fue derrocado, perdió las elecciones; y la fuerza que conduce Cristina Fernández de Kirchner no promovió hasta el momento ningún proceso de resistencia popular a la restauración conservadora que se impuso) sino más bien porque hace algo que desde el kirchnerismo se supo hacer poco o no se hizo: situarse dentro de la historia. Resulta paradójico tratándose de un espacio que hizo de la historia el lugar de inspiración para nombrar muchas de sus agrupaciones.

 

Con buen tino, durante los años del kirchnerismo en el gobierno nacional a nadie se le ocurrió hablar de revolución”, escribe Trímboli mientras da el visto bueno a un antiguo compañero de ruta devenido funcionario amarillo que sostiene que en la actualidad quienes están pasándola mal (en términos políticos, no de calidad de vida) son quienes creen que el kirchnerismo “hizo una revolución” y, por lo tanto, piensan que “desde el 10 de diciembre viven una contrarrevolución”.

Diferencia y repetición

¿Puede hablarse de un proceso de contrarrevolución sin un momento previo de revolución? Capaz que sí, al menos si se piensa históricamente 2003, es decir, si se asume que no hay 25 de mayo sin 20 de diciembre. Contra todo el sentido común kirchnerista, Trímboli no coloca a 2003 en serie con 1973 y la fecha fundacional del kirchnerismo se presenta contaminada con la presencia de 2001. No es que 2001 haya implicado un momento revolucionario -no al menos en los términos clásicos- pero sí en tanto que las jornadas de diciembre habilitaron a repensar nuevamente qué entendíamos por política. Así al menos lo subrayó en su momento Raúl Cerdeiras desde las páginas de la revista Acontecimiento, publicación que Trímboli recupera, en su labor de genealogista, junto con los textos del Colectivo Situaciones y la revista La escena contemporánea. El 2003 en serie con el 2001  y las jornadas del 19 y 20 en serie con el proceso previo, al menos el que va desde Cutral Có hasta Puente Pueyrredón (1996-2002). La emergencia de los nuevos movimientos sociales en Argentina y el zapatismo en México, y toda una “sensibilidad anarquista” que recorre el mundo.

En los años del neoliberalismo los reflejos salieron a relucir para entremezclarse y sostener lo que quedaba de la revolución, cuando maltrecha no quería acomodarse del todo”.

En la coyuntura 2001, nos recuerda Trímboli, sin que se hablara de comunismo “se intentó pensar otra cosa” y esa otra cosa, por otra parte “sostenida en condiciones de vida y prácticas que lo hacían posible; y también señalaban sus límites”.

¿Qué pasó en 2001, entonces? La pregunta no deja de interpelar(nos).

Sublunar no sentencia al respecto y tal vez allí radique una de sus grandes virtudes, porque abre -o vuelve a recordarnos- algunos interrogantes que ante el cambio de coyuntura política se vuelven centrales. En este sentido no es un libro para la tribuna. Mucho menos para las sectas (o los aduladores de posiciones sectarias). Situación que no quita que Trímboli se posicione, como lo hizo cuando fue funcionario del Ministerio de Educación durante las gestiones de Néstor y Cristina.

Su ensayo es a la vez un testimonio singular de cómo vivió la “década ganada” -en términos subjetivos, políticos- y un intento por pensar esos años por fuera de la mito-manía. De allí que caracterice a “los años kirchneristas” como una experiencia “apenas reparadora, tibiamente redistributiva” pero con gran capacidad para leer la época. Y como si se propusiera abrir un diálogo, una polémica con las experiencias y la biblioteca autonomista -que cita asiduamente-, plantea: “tanto en 2009 como hoy dan ganas de conversar sobre las chances que había -si había alguna- para que en 2003 el antagonismo se siguiera expresando como movimiento de masas e incidiera en la sociedad”. Trímboli lo dice a propósito de algunos textos escritos por este cronista, así como por otros publicados por Diego Stulwark; pregunta ante la que él y tanto otros ensayaron una respuesta, presente en este libro bajo el modo de “fascinación” por la presencia de un Estado ante la tarea reparadora que se avecinaba.

Rearticulación temporal

La hipótesis central del libro ronda en torno a quienes que el kirchnerismo supo atraer y articular, definidos como aquellos que “habían estado bajo el signo de la revolución”. Sean porque la vivieron, es decir, porque fueron parte de la generación que quiso gestarla, sea porque crecieron bajo su sombra (la de la derrota de aquellas apuestas). Una derrota imposible de ser pensada en clave y perspectiva actual. De allí que Trímboli afirme:

Sólo al aceptar la derrota, pero al hacerlo con incomodidad y disgusto, se podía apreciar el pasaje de la revolución a la reparación no como maniobra distractiva de lo verdaderamente importante, tampoco como traición”. Reflexión a la que puede agregarse la siguiente: “imposible no observar que de la revolución a la reparación hay un largo camino, una indisimulable diferencia. Para que una tarea como esta -¿reformista?- nos convocara, además del agotamiento de la revolución en tanto meta y tarea, pasó la experiencia misma de ese largo maltrato, de esa sostenida ofensiva que se había padecido”.

Es en este sentido que para el autor el kirchnerismo tenga en su haber el hecho de haber podido articular tiempos generacionales largamente desarticulados y hacer que “por fin” coincidieran. Por eso la voz de Trímboli pasa de una oración a otra del singular al plural; porque ante ese llamado acudió él como tantos otros que se vieron convocados “en serio” por primera vez, por la política sublunar.

Ya se ha dicho algo respecto de 2001, ¿pero qué pasó con el kirchnerismo? Trímboli propone una lectura de algunos momentos fundamentales de la “década ganada”. Así, sobre la coyuntura 2008 el autor afirma que el campo supo entonces “articular una amplia oposición que aglutinó a los desafectados con los gobiernos kirchneristas”. Y agrega: “a la par, esa fuerza social desposeída, que había logrado hacerse escuchar y en un instante, sin percibirlo, también atemorizar y por lo tanto afectar a los intereses acomodados, se encontraba en otra situación, desactivada”. Imagen que puede ser leída con otra, ya hacia el final del ciclo largo de gestión del Estado (en el medio: los festejos del Bicentenrio; la coyuntura inmediatamente posterior a la muerte de Néstor; el 54% de los votos obtenidos en las elecciones generales de 2011). “Nuestra imagen de la multitud herida es incompleta, además de porteña, más de clase media, flamante y recompuesta”. Lo dice a propósito del 9 de diciembre de 2015, la fiesta de despedida de CFK mientras en Jujuy, seguramente, la Túpac Amaru estaría organizando ya el acampe que días más tarde culminaría con la detención de su principal referente: Milagro Sala.

Pensamiento crítico, TV y “batalla cultural”

Ya hacia el final de las intensas 164 páginas que tiene el libro, Trímboli se mete con una discusión que, a los ojos de este cornista, hoy resulta fundamental no sólo para los compañeros de ruta que uno puede encontrar en eso que ha dado en llamarse kirchnerismo sino también para todos los que nos encontramos de este lado de la barricada. Me refiero a la cuestión de la batalla cultural en un sentido amplio.

En primer lugar, cabe destacar la cuestión de la televisión, que junto al boom de las redes sociales virtuales se ha convertido en el tema respecto de las subjetividades hoy en día.

En 2004, al trabajar con maestros y profesores, concebimos que la televisión era un problema en sí mismo, basura por entero que había que tirar por la ventana de los hoteles” escribe Trímboli en una suerte de honestidad brutal. Sin embargo, reflexiona que tras la aparición de “un puñado de programas de la TV pública” y otros de Canal Encuentro, les hicieron ver que la “divina TV Fuhrer” tenía chances de convertirse en otra cosa. Allí se dispusieron a librar cierta lucha al interior de esos medios. “Encuentro y Paka Paka fueron el principal vector de masas, mucho más importante que cualquier libro, incluso los que, a tono con los tiempos, se llamaron de divulgación”.

El autor caracteriza así que esta serie de intervenciones, que se podrían simbolizar en el personaje de Zamba, fue la “alianza más complicada y necesaria” que produjo el kirchnerismo para constituirse. “A él y a su multitud”, agrega Trímboli.

¿Batalla insuficiente? ¿No alcanzaron Paka Paka, Carta Abierta, 678, Página/12, el Grupo 23 y la larga lista que podríamos agregar?

Se podría pensar que el kirchnerismo amortiguó y le puso malla a lo más salvaje del mercado y del capitalismo financiero a través del Estado, pero parece más atinado decir que lo suyo fue un desvío inevitablemente momentáneo” afirma el autor de Sublunar, quien polemiza con extraños pero también con los propios, como Eduardo Rinesi o los que como él -según Trímboli- cargan en la cuenta del Estado más de aquello que desde una perspectiva transformadora se podría. Es decir, para quienes le piden al Estado más de lo que un Estado puede dar. Cuestión central a pensar, sobre todo si tenemos en cuenta los modelos (de “desarrollo”) propios de los progresismos Latinoamericanos.

Para ello Trímboli cita al mismísimo vicepresidente de Bolivia:

“¿Cómo acompañar a la redistribución de la riqueza, a la ampliación de la capacidad de consumo, a la ampliación de la satisfacción material de los trabajadores con un nuevo sentido común?”. Y agrega Álvaro García Linera: “el socialismo no se construye por decreto ni por deseo, se construye por el movimiento real de la sociedad”. Reflexión a la que Trímboli le suma:

El movimiento de nuestras sociedades, o limitémonos a la Argentina, fue el de la época, consumista, productivista, con las inmersiones de política e ideología que la acompañaron hasta ahí”. Ausencia de norte transformador, entonces, más allá de los cambios de la década.

Hubo una renuncia a avanzar por este camino de la reflexión que de por sí es un camino político”, agrega Trímboli, para quien ni el debate que despertó la Ley de medios y otras iniciativas similares suplieron “la falta de reflexiones y definiciones sobre la sociedad que se quería construir” (socialismo o al menos transición desde el capitalismo hacia otra cosa, aclara luego).

Y otra vez la constelación de imágenes. El pasado y el presente que se entrecruzan. La actualidad junto con las reflexiones de mediana y larga duración. El auge de masas del movimiento popular en Argentina que se abre con el Cordobazo y que dura por lo menos hasta el retorno de Perón; el ciclo 2001-2015. El contraste es claro no sólo por las prácticas de un período y otro, sino también por algo tal vez más fundamental: mientras la lucha de calles de los años 70 se vio acompañada por una agitación de ideas (que no cesó de imaginar y nombrar aquello que se quería alcanzar socialmente), la primera década y media del siglo XXI careció de una reflexión profunda. “Incluso podríamos preguntar qué es la reflexión teórica o en qué se convierte cuando no hay objetivo estratégico”, apunta Trímboli.

Así llegamos al tramo final de Sublunar. Ya no aparecen los contornistas, ni los intelectuales setentistas, ni el peronismo. Aparecen Macri y Sarmiento. El eterno retorno o, tal vez, la pasión historiográfica puesta en juego por fuera de las rejas de la prisión de las lógicas académicas.

Funcionario de Estado, profesor universitario, Javier Trímboli logra sin embargo construir un ensayo en donde la biblioteca amplia y diversa que tiene se pone en juego no sólo en el intento de sostener la rigurosidad de lo que dice sino también en la composición formal del texto. No parece casual entonces la cita de Sarmiento: hombre político, teórico, escritor inclasificable.

Ir al fondo de la historia nacional, entonces, y a los cruces de género para poder escribir hoy y contribuir a la reflexión sobre la Argentina contemporánea.

 ENTREVISTA A Javier Trímboli

La resistencia mapuche por la vida // Alioscia Castronovo y Ana María Morales

LA RESISTENCIA MAPUCHE POR LA VIDA[1] 

 

Alioscia Castronovo y Ana María Morales

Hace pocos días las fuerzas especiales de prefectura mataron con armas de fuego al joven mapuche Rafael Nahuel en Villa Mascardi, cerca a Bariloche, Argentina. Esto se dio durante una represión orquestada por el gobierno que se sitúa en el marco de una escalada de violencias estatales y paraestatales que combinan elementos propios de lo colonial, lo racista y lo patriarcal en América Latina. Se puede ver esta avanzada en la criminalización, los ataques y la violencia hacia las poblaciones que resisten al despojo neoliberal en los territorios ancestrales, urbanos y rurales, particularmente los pueblos indígenas y los sectores populares. En este escenario conversamos con las voceras mapuche Moira Millán de Puelmapu (Argentina) y Ingrid Conejeros de Wulumapu (Chile) que encontramos en Buenos Aires para el acto de lanzamiento de la marcha transfronteriza del pueblo mapuche  que se llevará a cabo en Chile y Argentina el próximo 9 de diciembre.

Territorios, luchas y violencias neoliberales

Desde ya varios años los procesos de resistencia popular e indígena en defensa de sus territorios se han constituido como espacios estratégicos de lucha anticapitalista en toda América Latina, frente a las expansiones de las fronteras de explotación del medio ambiente, del agro negocio, de las mega mineras y las múltiples formas del saqueo financiero de los territorios y de la vida misma. Desde ese punto de vista emergen rasgos comunes entre estas luchas y los movimientos urbanos, feministas y las economías populares por su capacidad de imaginar modos de vida diferentes enfrentando el desafío de tejer nuevas alianzas para parar la ofensiva neoliberal, salir de la invisibilidad y resistir a las nuevas oleadas de violencias desplegadas sobre lo que podemos llamar los cuerpos-territorios. Como afirma Verónica Gago, estas luchas contra la privatizaciòn de espacios y recursos conectan “el cuerpo y el territorio como cuerpo-territorio: por eso permiten leer de modo encadenado las violencias contra los cuerpos feminizados y contra los territorios que sustentan otros modos de vida, otras autonomías”[2]. Asistimos efectivamente a un despliegue de violencias extremadamente intensas que se inscriben en lo que la antropóloga Rita Segato ha llamado pedagogía de la crueldad: las prácticas que se multiplican en los territorios urbanos y rurales como los feminicidios, las desapariciones, las torturas y los ataques paramilitares constituyen la guerra cotidiana que articula violaciones de cuerpos y de derechos para someter a las lógicas neoliberales los que resisten a la imposición de un mando y a la obediencia a un modo de vida. En el marco de una creciente “opacidad estratégica del poder”, retomando las palabras de Raquel Gutiérrez Aguilar, aparecen en los territorios múltiples violencias de agentes del Estado y paraestatales, paramilitares o narcotraficantes, muchas veces en complicidad entre ellos, que han transformado el escenario cotidiano de muchos habitantes pobres y empobrecidos de América Latina. Estas violencias buscan descomponer las resistencias desplegadas por los heterogéneos entramados de subjetividades, prácticas y conflictividades, procesos sociales y modos de vida comunitaria que disputan la riqueza socialmente producida cuestionando la autoridad y la impunidad de las empresas transnacionales, de los Estados y sus cuerpos policiales, militares y (narco)paramilitares. Estos procesos de lucha  que Raquel Gutiérrez Aguilar define comunitarios-populares exhiben una gran potencia transformadora y una significativa capacidad de desdibujar las fronteras entre lo político y lo social, lo económico y lo cultural, lo urbano y lo rural, cuestionando las jerarquías de género, de raza y de clase a partir de nuevas prácticas de organizaciòn social en un enfrentamiento continuo, complejo, ambivalente y articulado con la lógica de acumulaciòn del capital. Por estas razones en el marco de la crisis global las luchas de los pueblos indígenas se configuran como parte integrante y para nada marginal de un horizonte de transformación anticapitalista de lo existente, justamente por la potencia que nos muestran en la capacidad de crear proyectos de vida colectiva, de relación con la tierra y la naturaleza, de comunalidad, reciprocidad e interrelacionalidad cuestionando las lógicas de la explotación y competencia, del consumo y del individualismo. Lejos de esencializar o romantizar estas luchas, destacamos  sus rasgos comunes con otros procesos de conflicto social y a la vez sus especificidades, su potencia descolonizadora, su radicalidad, su capacidad de tejer otros mundos contribuyendo a dibujar un mapa de las resistencias al capitalismo contemporáneo a partir de los cuerpos racializados de hombres, niños y sobre todo mujeres, de su capacidad creativa de nuevas sociabilidades y modos de vida ante las crisis. Las recuperaciones de tierra del pueblo mapuche y las reivindicaciones de los pueblos indígenas, así como las heterogéneas luchas de las poblaciones afrodescendientes, de las mujeres, de los migrantes, de los trabajadores y trabajadoras de las economías populares, constituyen espacios de nuevas y renovadas (al mismo tiempo combinadas con saberes y prácticas ancestrales) estrategias de resistencias colectivas que tensionan y ponen en crisis un proyecto de sociedad basado en la sumisión del territorio y de la vida a las lógicas de las ganancias de las grandes corporaciones. Es fundamental situar las reivindicaciones indígenas en este contexto entendiéndolas como articulaciones de prácticas, imaginarios y luchas materiales ante una amplia avanzada neoliberal, al saqueo del territorio y  de los bienes comunes.  Particularmente en estos últimos meses en Argentina el aumento descomunal de la violencia colonial estatal y paraestatal hacia las comunidades mapuche se enmarca en un proceso de intensificación de un modelo que a la vez,  como afirma Darío Aranda, se ha configurado a lo largo de estas décadas como “política de Estado que atraviesa a todos los gobiernos: violar los derechos indígenas y beneficiar a petroleras, grandes estancieros, empresas del agronegocio y mineras”[3]. Un entramado de resistencias a un modelo de acumulación que combina financiarización, extractivismo y militarización de los territorios, centrado en el negocio, la renta y la especulación inmobiliaria.En la Patagonia frecuentemente ligada a los terratenientes nacionales y extranjeras y, al turismo que se ha transformado en una actividad de intensa extracción de valor, despojo y acumulación de capitales.

Crónica de un genocidio (anunciado)

Existe una campaña binacional del estado argentino y chileno  de criminalización, “cacería” y desterritorialización del pueblo mapuche. En Chile ha aumentado significativamente la cantidad de presos políticos mapuches, todos son detenidos con el amparo de la Ley Antiterrorista creada en la dictadura. Así permanecen años encarcelados sin recibir condena. Ingrid Conejeros, vocera de la Machi Francisca Linconao describió cómo en Temuco existe una cárcel de hombres mapuche exclusivamente. El escenario político actual está definido entonces por la continuidad del colonialismo interno y del genocidio que se conjugan con nuevas formas del aterrizaje de las finanzas en los territorios. Estos tres ejes nos permiten entender tanto la genealogía de la opresión y de la violencia estatal en contra de los sectores populares y de los pueblos indígenas, cuanto la importancia estratégica de la lucha indígena para todos los movimientos anticapitalistas. Desde finales del siglo diecinueve el Estado argentino se ha expandido al sur conquistando los territorios indígenas y apropiándose a través de la violencia militar genocida de  la Campaña del Desierto de Roca, de las tierras que desde el sur de Buenos Aires llegan a la Tierra del Fuego. Pasaron más de cien años y no se ha acabado la resistencia de los que “existimos y vivimos en estas tierra desde mucho antes de la formación de los Estados nacionales de Chile y Argentina”, como afirma Moira Millán. Durante los años noventa, empresarios como el inglés Lewis y el italiano Benetton se apropiaron de miles y miles de hectáreas de territorios indígenas que las comunidades disputan hasta la actualidad.

El 10 de enero del 2017 gendarmería realizó un operativo represivo en el Lof Cushamen donde robaron ganado, destruyeron casas, golpearon a mujeres, niños y niñas y, detuvieron a tres hombres. Ivana Huenelaf y otros de sus compañeros, quienes recurrieron a ayudar a estas personas fueron perseguidos por la policía y camionetas sin placas. Ivana recuerdasobre su detención: “nos torturaban, decían que era la caza, que había empezado la caza, que nos tenían que matar… nos encapucharon y nos vuelven a  torturar…”. Esta “cacería”, un lenguaje que reencarna la Campaña del Desierto que exterminó a cientos de poblados indígenas en Argentina, vuelve a accionar.

Ivana Huenelaf con Mirta Lavalle en el I Foro de Pueblos Originarios, Genocidio y Argentinización en Bahía Blanca. Fotografía: Marcha de Mujeres Originarias por el Buen Vivir.

Es así como en este último año se han allanado varias comunidades mapuche con modalidades que bien explican diversos mecanismos de violencia llegando a la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado en un operativo de gendarmería llevado a cabo en el Lof Cushamen.  Comunidades como Vuelta del Río que en los últimos días de septiembre de este año, casas de comuneros fueron quemadas a partir de que los mismos fueron a denunciar los violentos allanamientos que estaban sucediendo en sus comunidades y a exigir el cambio de juez que estaba encargado del caso de Santiago Maldonado. En este contexto,  la weychafe Moira Millán, guardiana, protectora y guerrera del pueblo mapuche, quien acompañó a la comunidad Vuelta del Río, luego de consensuar con la misma dijo a los policías que ingresarían con un fiscal y dos peritos a la comunidad Vuelta del Río: «con armas no» y se encargó de requisar de que ninguno entre armado[4]. Así, impidió que la policía ingrese armada a la comunidad. Esta es una decisión que toman las comunidades para protegerse, pues las fuerzas policiales no representan seguridad alguna, mucho menos si portan armas. Días después, Moira Millán recibió violentas amenazas  de muerte por teléfono y en su casa.

El 23 de noviembre fue allanada el Lof Lafken Winkul Mapu a treinta y cinco kilómetros de Bariloche, un territorio mapuche en proceso de recuperación. Al día siguiente del violento allanamiento se iba a llevar a cabo una mesa diálogo entre la comunidad e instituciones del gobierno. Además, en ese Lof, se iba a levantar una machi adolescente quien representa una sabia autoridad espiritual, volviéndose un hecho histórico ya que luego de diversas avanzadas genocidas quedaron pocas o ninguna machi en Puelmapu (Argentina). Cuando los policías escucharon a la machi hablar en mapuzungun le dijeron: “Te gusta la tierra? !Come tierra!”. Además la joven machi, autoridad espiritual mapuche, fue golpeada al negarse a arrodillar [5].Ante esto, las mujeres que fueron violentamente sacadas de sus casas, esposadas y detenidas con sus hijos e hijas cuentan que el operativo que actuó en su territorio lo realizaron cientos de policías. Una vez más, intentan arrancar a las mujeres del territorio que defienden y en él su vida.

Fotografía tomada de: http://www.po.org.ar/prensaObrera/online/libertades-democraticas/represion-y-detenciones-contra-comunidad-mapuche-en-bariloche

El 25 de noviembre, dos días después, mientras que en el pueblo bonaerense 25 de Mayo miles estaban despidiendo a Santiago Maldonado y acompañando a la familia durante el velatorio, los cuerpos especiales de la prefectura dispararon a la espalda asesinando al joven mapuche Rafael Nahuel, de 22 años, trabajador de la economía popular en Villa Mascardi. Una coincidencia paradigmática que bien nos muestra el nivel de crueldad desplegado hoy en contra de los indígenas y de cualquier persona que sea solidaria con sus luchas, como era Santiago y como era Rafael, mapuche  habitante de los barrios marginales de Bariloche que por solidaridad estaba acompañando a su familia en la comunidad. En total tres personas fueron disparadas con balas de plomo (una joven mujer y otro hombre), mientras en el mismo contexto detuvieron a dos testigos del asesinato, Lautaro González y Fausto Jones Huala (hermano de Facundo Jones Huala preso político en Argentina desde junio del 2017) quienes fueron liberados días después  tras haber realizado una huelga de hambre.

Sin lugar a dudas, esta campaña binacional de Chile y Argentina que avanza sobre territorio mapuche y busca criminalizar cada vez más profundamente a su población es parte de una campaña racista que busca destruir culturalmente al pueblo mapuche. Si algo queda claro es que en la defensa de su territorio está presente la defensa de su modo de vida acompañado por su espiritualidad. Por esta razón las estrategias son diversas, la invasión represiva estatal actúa con una campaña mediática de criminalización y burla del pueblo mapuche, justificando así la violencia y como ya muchos autores lo han marcado, buscando construir un enemigo interno ajeno a los proyectos de Estado- nación chileno  y argentino donde su modelo actual de “democracia” no es compatible con el modo de habitar el mundo mapuche. El racismo no sólo lo construyen los medios de comunicación y las declaraciones de funcionarios del gobierno, sino que permite que un profundo odio presente en ciertos espacios de la sociedad argentina pueda ser expresado. Obviamente esta avanzada actúa a través de intereses corporativos transnacionales, terratenientes extranjeros y la búsqueda de un  control inhumano de los recursos naturales.

 

 

El grito de dos defensoras: Ingrid Conejeros werken de la Machi Francisca Linconao y Moira Millán weychafe de la comunidad Pillán Mahuiza

 

El pasado 14 de noviembre en la Universidad Nacional de San Martín varios estudiantes, docentes e investigadores pudimos encontrar y escuchar a Moira Millán (weychafe mapuche de la comunidad Pillán Mahuiza de Chubut y coordinadora de la Marcha de Mujeres Originarias por le Buen Vivir) e Ingrid Conejeros werken (vocera) de la Machi Francisca Linconao, quieres llegaron de los dos lados de la Cordillera (Puelmapu y Wulumapu) seguidas por Nora Cortiñas de la Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Allí pudimos escuchar sus testimonios sobre la vida y la lucha de las comunidades criminalizadas y violentadas por los Estados, los medios de comunicación y la sociedad.

Moira, a partir de una conversación que tuvo hace unos años con un sabio, kinche, habló sobre un encuentro posible luego de siglos de desencuentros entre los pueblos. De esta manera explica todo lo que se defiende cuando las poblaciones resisten en sus territorios, en contra del intervencionismo del Estado y la necesidad de que el pueblo argentino los comprenda y apoye: “el pueblo mapuche está enfrentando la posibilidad de repensar la matriz civilizatoria, no se trata de una represión a nuestros derechos sino también de la idea de hacer desaparecer la esperanza. Lo estamos viendo en la recuperación de los territorios”. Ante esto Moira Millán explica que en la recuperación de los territorios se encuentra una recuperación y un fortalecimiento espiritual. Esto se ve claramente en el último allanamiento en el Lof Lafken Winkul donde no sólo se reprime a la comunidad sino que también se intenta humillar a la machi que se estaba levantando. No es casual el accionar colonizador y patriarcal del Estado, buscan una vez más desaparecer a las machis y la fuerza espiritual que representan para su pueblo.

En la segunda parte  del conversatorio, Ingrid Conejeros explicó cómo en Chile el pueblo mapuche no es negado como en Argentina. Ella piensa que con lo sucedido con Santiago Maldonado existen personas que se están dando cuenta de que el pueblo mapuche está en Argentina. Sobre esta realidad en Chile, comentó: “nos siguen negando, pero la opinión pública nos reconoce, así sea como nos tiran los medios de violentistas, terroristas y saben que existimos y que existimos antes que el Estado. No hay una negación de la historia”. En cuanto a los aspectos que comparten se encuentran los presupuestos de gobiernos para mantener campañas de militarización, “es una guerra contra un pueblo que no tiene armas, es una guerra muy desigual que va directamente al exterminio, es una guerra de baja intensdiad, el propósito no es que quieren establecerse en el territorio, porque lo están ocupando, sino que quieren exterminarnos”. Así nombró tres casos de adolescentes y jóvenes hombres asesinados por el Estado chileno. Para ejemplificar esta operatividad, Ingrid Conejeros comparte el caso de la Machi Francisca Linconao. Una mujer sabia, autoridad ancestral quien ha dedicado toda su vida a su rol de machi quien fue injusta e ilegalmente allanada y detenida por el caso Luxinger Makcay. Para comprender el motivo de la detención ilegal a la Machi Francisca, Ingrid contextualiza que años atrás la Machi Francisca denunció a uno de los terratenientes más poderosos de Chile por la protección de un cerro. Un cerro de donde “ella sacaba su lahuen, su remedio, no trabajan ni compran químicos, trabajan con plantas medicinales y agua de las vertientes”. Ella establece la demanda cuando ve que el cerro estaba siendo talado. La denuncia fue amparada en el Convenio a la 169 de la OIT y lograron proteger el cerro. Sin embargo, este triunfo fue una especie de condena para su persecución.  Así, Ingrid dice: “Desde ahí la Machi pasa a ser una mujer peligrosa para los intereses capitalistas en Wulumapu y se mete con la familia más poderosa, Alejandro Taladril fue presidente de la Multigremial que es una asociación que toma a todos los empresarios que tienen que ver con turismo, forestal, hidroeléctrica y otros más”. Fruto de esto las fuerzas policiales al encarcelar a la Machi Francisca “le quitaron su ropa, le sacaron su pañuelo, le deshicieron sus trenzas, le sacaron sus joyas y atuendo, la expusieron con una blusa larga, casi como una loca y le tomaron fotos, así la expusieron en la prensa como para inculpara en el caso Luxinger Mackay bajo la ley antiterrorista”. Luego de haber pasado nueve meses encarcelada, la Machi Francisca Linconao fue absuelta el 25 de octubre, emanando un grito de esperanza.

Ante esta realidad, la acción represiva impune del Estado argentino y chileno provoca que la población mapuche no cuente con un marco de derechos humanos al cual pueda apelar. Es decir sus derechos no sólo son invisibilizados sino que son negados/anulados. Las estrategias y mecanismos en que se lleva a cabo esta campaña nos recuerdan a momentos de siglos pasados donde las avanzadas coloniales en los territorios se llevaban adelante quemando casas, robando ganado, destruyendo medios de vida, reprimiendo, violentando, torturando tal cual lo hace hoy el Estado chileno y argentino sobre las poblaciones mapuches. Teniendo en cuenta además, que colonizaciones pasadas buscaron destruir la espiritualidad y las autoridades femeninas y masculinas. No es coincidencia lo sucedido en el Lof Lafken Winkul con la machi que se levantaría ni el injusto juzgamiento y encarcelamiento de la Machi Francisca Linconao en Chile.

Hacia la marcha transfronteriza del 9 diciembre

 

Las dos voceras brindaron el pasado 15 de noviembre una conferencia de prensa en Buenos Aires, a la cual participamos juntos a unos (pocos) investigadores, periodistas y activistas, frente a la estatua del genocida Roca, a pocos metros de Plaza de Mayo. Un lugar emblemático que Moira Millán e Ingrid Conejeros eligieron para el llamado al pueblo argentino, al pueblo chileno y al pueblo mapuche a realizar la Primera Marcha Transfronteriza que se llevará a cabo el 9 de diciembre en el contexto de la cumbre de la OMC en Buenos Aires. Dando la espalda a la estatua del genocida Roca, pocos minutos después del mediodía, Moira Millán afirma “menos de dos siglos de dominio del Estado argentino, un genocidio y territorios saqueados y contaminados. Nosotros no confiamos ni creemos ni queremos el tutelaje esclavista del Estado argentino”. Así, Moira hizo un llamado al pueblo argentino e internacional para que comprenda y defienda que: “el pueblo mapuche no es terrorista, no está en contra los intereses de los demás pueblos, el pueblo mapuche está con la vida. Lo que está haciendo este gobierno es crear un montaje” y denuncia la campaña de criminalizaciòn y creación del enemigo interno.

Finalmente, a una última pregunta sobre Benetton, Moira nos revela que“el empresario multimillonario italiano ha tenido otros casos de desaparición en sus tierras, Santiago Maldonado no es el primero. Eduardo Cañulef, un trabajador rural de la Estancia Leleque, en el 1996 fue desaparecido por pedir mejoras salariales, y nunca más apareció. Benetton siempre ha contado con el respaldo y complicidad de los gobiernos de turno para llevar adelante sus emprendimientos, no tiene  solo ovejas pastando en el lugar, sino intereses millonarios que tiene que ver con las mega mineras. La avanzada de Benetton sobre 1 million y 900 hectáreas del territorio mapuche implica la devastación de un territorio que va a ser dinamitado por extraer el oro, y entre sus tantas acciones es dueño de la autopista del Sol, para que Benetton tenga todos estos recursos hay un pueblo que sufre en carne propia el dolor del despojo, y es el pueblo mapuche”.

Al cerrar la rueda de prensa, Moira Millán aclaró lo siguiente: “Marichiweu, por uno que caiga, diez se levantarán, podrán extraditarnos a miles, podrán matarnos a miles, pero la lucha de la nación mapuche jamás va a terminar. Es la esperanza a la humanidad. La nación mapuche se para en esta crisis civilizatoria y le dice al mundo que es posible un buen vivir como derecho, es posible crear sociedades donde podemos respetarnos no solamente con los pueblos sino con la naturaleza. No hay moneda, no hay dólar o recurso que ellos tengan de su vil metal que pueda comprar el espíritu de la tierra”.

El 9 de diciembre será un día más de una resistencia que sigue desde hace más de cien años y que hoy teje nuevas alianzas políticas y humanas, solidarias y anticapitalistas para construir, como decían los zapatistas, un mundo donde quepan muchos mundos.

 

 

 

 

 

 

[1] El presente artículo fue escrito a partir de un conversatorio realizado en la UNSAM (Buenos Aires Argentina) el 13 de noviembre donde participaron Ingrid Conejeros, Moira Millán y diferentes investigadores. Además de la rueda de prensa brindada por Moira e Ingrid en la misma ciudad el 15 de noviembre. Algunos datos también han sido contextualizados a partir de comunicados que han enviado comunidades mapuches a partir de eventos específicos.

[2] https://lobosuelto.com/?p=13529

[3]http://www.lavaca.org/notas/que-hay-detras-de-la-campana-antimapuche-extractivismo-medios-y-un-genocidio-que-no-termina/.

[4]http://www.revistaanfibia.com/cronica/con-armas-no/.

[5]http://www.nuestrasvoces.com.ar/investigaciones/te-gusta-la-tierra-come-tierra/.

Hacer frente con nuestras espaldas // Marie Bardet

Notas antes y después del segundo encuentro de la Casa de Bajo Estudios – en la Cazona de Flores, el domingo 3 diciembre 2017, “Cuerpos, potencias, resistencias”, donde fui invitada junto a Verónica Gago, Amparo González, Alejandra Rodriguez, Nicolás Cuello; coordinación de Silvio Lang.

Porque sabemos que los ataques están viniendo por todos lados,

que focalizarnos los ojos en una pantalla haciendo de la trágica (anunciada) desaparición de un submarino una serie televisiva es una estrategia de anestesia,

que podemos mirar por los bordes, dejar entrar las intensidades que marcan grados de oscuridad/luminosidad cuando los párpados se entreabren, volver nuestras miradas tangibles y tangentes,

hacer de nuestras espaldas, frentes.

Lo mataron de espalda. A Rafael Nahuel lo mató el escuadrón Albatros con un tiro en la espalda.

Esto también lo sabemos y lo sentimos. Y no tenemos claro qué hacer con todo este saber-sentir. ¿Qué hacemos con este saber y sentir que sin embargo no nos deja muy claro el hacer?

Sí, sabemos que es el dato que constituye una prueba para un día que se haga justicia, cuando haya justicia, y no encubrimiento del proceso jurídico por el poder político, de que Nahuel murió en una cacería, una cacería racista que es la política de Estado.

Es también el dato que hace correr la vulnerabilidad absoluta de ese chico que huía bajo las balas sobre nuestra piel, y nos mete un poco más de miedo. ¿Qué hacemos con la piel erizada de horror y todo lo que sí sabemos?

Desde la piel que tiene esa potencia de escuchar y relacionar en todas direcciones nos preguntamos si la era de apelar a la vulnerabilidad (y vuelve una y otra vez en este punto la voz de Suely Rolnik) como estrategia política no llegó a su fin con el pasaje de umbral de la violencia y represión, muerte y desaparición, que estamos viviendo. Se vuelve insistente la pregunta: ¿no será tiempo de pasar a cómo armarnos caparazón? ¿Esa vulnerabilidad de la espalda puede ser una fuerza?

Si nos metemos precisamente no hablando sobre los cuerpos sino desde los saberes-sentires que circulan en las prácticas corporales y escénicas, la pregunta se agudiza: ¿podemos respaldarnos en nuestras espaldas que escapan al campo visual, que son zona de vulnerabilidad al ataque? Cuando la mirada focalizada en un punto central se descentra a lo largo de la piel, diseminándose por los bordes; cuando hacen alianza la piel y los ojos con los oídos (los de la escucha y los del meta-equilibrio propioceptivo), cuando se pone a circular la atención por los costados y el atrás, desorganizando así la frontalidad y la focalización clara y distinta como modo de conocimiento obligatorio, cuando nos autorizamos a conocer desde nuestras espaldas estremecidas… ¿se esbozan maneras de estar haciendo frente con nuestras espaldas?

Implica repensar lo que entendemos por vulnerabilidad, pero también por fuerza. La vulnerabilidad no es una apología de una gran fragilidad ni de una entrega a las cosas tales como están. No es sino asumir la fragilidad que conlleva el hecho de existir (Silvio Lang), y de ahí hace alianza con la insistencia de persistir a vivir.

Investigar esta pregunta por la vulnerabilidad en la potencia singular de los tejidos blandos que abren otro camino que el de la híper-elongación o el de la fuerza de la contracción blindada y la hipertrofia muscular; en el cuerpo/espacio voluminoso y redistribuido que ni suelta ni agarra: vibra (Amparo Gonzalez). Si de vulnerabilidad como estrategia de resistencia podemos seguir hablando, es tal vez en la medida en que no es ni porosidad, ni gran apertura beata; es en la medida en que no se opone a una gran fuerza bien activa porque ella sería una gran pasividad e la entrega, sino que socava en cada gesto, mirada, toma de palabra, el imperativo de la pregunta “y? activx o pasivx?” (que se declina perfectamente en “¿winner o looser?” que ordena los discursos y políticas neoliberales). Esa potencia que reconoce la posición de vulnerabilidad redistribuye roles y modos de tomar el espacio público, que no serían ni un repliegue absoluto, ni una avanzada obnubilada por la revancha final o el retorno del paraíso.

De la brújula estético-ética de lo abigarrado que Silvia Rivera Cusicanqui contó (en la Asamblea de Escuela de Prácticas Colectivas en abril 2017) haber recibido no bajo la mirada sino en la espalda de Rosa entre los roces y destellos de colores del aguayo, al pensamiento anal de panfletos de Preciado-Hocquenghem, pasando por los abrazos de las muchas plazas, los #acuerparnos tejidos en las marchas Ni una menos, los #estamosaparanosotras, los paros de mujeres desde hace más de un año… pero también pasando por todos los talleres de movimiento, de danza, de prácticas corporales y escénicas donde se tejen modos de conocer y de hacer alianzas desde gestos y saberes, podemos movilizar saberes de cuerpos que hacen de espaldas territorios de aprendizaje, autorizaciones para escapar a los órdenes de lo que se puede y debe, fugarse por los costados.

 

Si de “saber del cuerpo” se trata, es de un saber no que provendría de “el cuerpo” como súper fuente de verdad revelada, ni de un saber que sabría todo muy bien sobre el cuerpo (como si exisitiría tal “objeto” de conocimiento, y como si estuviera abstracto y universalizante de las trayectorias de vida que se/lo componen). Sino de un conocimiento del atrás, de una situación, de estar con atrás y para atrás, de no tener la mirada fija en una clara esperanza o promesa.

Avanzando hacia atrás o lateralmente como cangrejos, se desarma lo que creemos saber de la conquista de la verticalidad, de la correcta derechitud, y del buen eje, asumiendo mirar desde los bordes que no tiene por qué ser blandos o abiertos, sino que deshacen con paciencia los poderes de tenerlo todo claro y distinto. Se asume sentir, conocer y actuar en una opacidad, una claro-oscuridad tal vez, (justo antes que tome exactamente una forma, más bien en una tensión-alianza deforme entre el “derecho a la opacidad” del tratado de Todo-Mundo de Edouard Glissant anclado en las Antillas, y el Día de la Opacidad Gay de la mano de Nicolas Cuello y una banda ocupando la Plaza Giordano Bruno), de una extensión del dominio del pe(n)sar más allá de los límites del campo visual que organiza lo claro y lo distinto, lo bien aclarado y no borroso como únicos modos de conocer y de hacer.

 

Haremos de nuestras espaldas una frente, muchas frentes, donde no esperaremos que la vulnerabilidad se invierte en un caparazón todo poderoso, sino que sabremos y haremos circular todo lo que sabemos y tenemos por saber de las redes de cuidado alternativos que escapan y conectan a la vez de la guardia y hospital de día del Alvear, un cuidado que no es un repliegue ni un nuevo control bien-pensante sobre las propias prácticas guiado por la paranoia, sino un modo de meterse con la realidad, afirmando que algo de esa fragilidad puede también ser la fuerza misma de las transformaciones.

 

Implica repensar las temporalidades de nuestras acciones, cuando el paso para adelante dejó de ser un programa bien claro. ¿Cómo sigue? Haciendo la larga lista de todo lo que se hizo este año, la sensación de “todo lo que se hizo” contraviene a la sensación de impotencia absoluta (Alejandra Rodriguez). Nos preguntamos ¿qué ritmos? ¿cuánto dura? ¿qué modos de insistencias? Y en qué medida implican esas temporalidades desconocidas, que conectan también experiencias pasadas como futuro e imágenes del futuro como ecos pasados, anclarse en cierta relación concreta con estar ahora, con suspender algo de la ansiedad o de la proyección de resultados (Nicolas Cuello). También aparece la idea de que estas acciones, en cuanto escapan al gran relato de la victoria, pero también a ser solo actos repetitivos donde el ritual del espacio público se vuelve experiencia de la impotencia, tienden ante todo a inscribirse en prácticas largas de cocina (Verónica Gago), de maduración, con-spiración, conversación, en espacios menos visibles, más opacos, de invención de acciones que no presuponen diferencia jerárquica entre una investigación y una acción directa, o sostener una ocupación.

Y si de largo porvenir se trata, sabemos que no es fijando la mirada sobre el punto del paraíso futuro de mañanas perfectas sino “mirando atrás y adelante (al futuro-pasado) podemos caminar en el presente-futuro”[1].

Conocer, tejer, armar frentes con nuestras espaldas, juntas.

[1] Traducción del aforismo aymara “Qhipnayra uñtasis sarnaqapxañani”, en Silvia Rivera Cusicanqui, Sociología de la imagen, tinta limón.

6 de Diciembre, 2017.

Fotos: Emergentes

¿Quién necesita una revolución? (Serie completa) // Diego Sztulwark

Reflexionar sobre la revolución hoy. ¿Por qué? ¿Qué vigencia tiene esa palabra que no es sólo una palabra? ¿Tenemos una deuda con esa palabra-acontecimiento? ¿Es algo antiguo, que debemos olvidar, que ya no nos incomoda, no nos persigue ni la perseguimos, no nos deja insomnes como si lo hizo hasta fines del siglo pasado? ¿Era y es todo una mera ilusión, una fantasía, una Idea o tiene vigencia? ¿Es un deseo? ¿Qué podemos decir a 100 años de los diez días que conmovieron al mundo, del Año I de la revolución rusa? ¿Qué podemos decir a 50 años del asesinato a Guevara? ¿No nos siguen hablando? ¿Ya no nos obsesiona? ¿El enemigo ha vencido tanto que ya ni los muertos están a salvo? ¿Qué es una revolución?  ¿Es, como dicen Deleuze y Guattari, un movimiento de la tierra, una irrupción plebeya absoluta? ¿Las revoluciones están condenadas a fracasar? ¿Utopía o realismo? ¿Quién la necesita a la revolución? Los aniversarios no deben ser sino la excusa para actualizar problemas que nunca dejan de resonar, pensando desde y más allá de la propia coyuntura.  El retroceso rápido de los llamados gobiernos progresistas y frente a una posible -y temible consolidación de los procesos derechistas nos encuentra con un fuerte desconcierto estratégico. La pregunta leninista «¿Qué hacer?» nos deja sin dormir a muchos que anhelamos una coyuntura distinta a la que transitamos. Encontramos, entonces, una excusa para pensar y re-pensar nuestro tiempo histórico y, también, nuestras prácticas e intervenciones.
5 artículos de Diego Sztulwark problematizan en torno a estas y más preguntas. A continuación, la serie «¿Quién necesita una revolución?» completa en Lobo Suelto. De posdata, compartimos, también, un conjunto de «Clinamen», columna que Diego Sztulwark, Natalia Gennero y Diego Szkliar comparten en La mar en coche, transmitido por radio La Tribu y una entrevista a Diego Sztulwark que realizó La luna con gatillo, en Radio Eterogenia.

¿Quién necesita una revolución?  // Diego Sztulwark 

Parte (1/5)

Sobre la revolución se hacen toda clase de preguntas. Hace algo más de un año, en las paredes de la ciudad se podía leer: “¿dónde está la revolución?”, como si esta fuera, también, una desaparecida. No son pocas las páginas que se interrogan sobre cuándo fue que la revolución dejó de interesar, cómo y por qué se pudrió. También se han oído frases provenientes del lenguaje psicoanalítico que sugerían hacer duelo y pasar a otro modo de pensar lo político. La estrategia de Álvaro García Linera, profesor y actual vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, es ir derecho a la Idea, preguntar por la esencia. ¿Qué es una revolución? es el título de su reciente libro, escrito a un siglo de la toma del poder por parte de los bolcheviques. Se trata de un texto didáctico y severo que define el ser de la revolución -un fenómeno excepcional y que actúa por oleajes- en su actualidad, a partir de una minuciosa lectura de los textos que Lenin escribía desde la trinchera. Escrito sobre el fondo de lo que denomina “la revolución de nuestro tiempo”, es decir, una fase de repliegue de los gobiernos llamados progresistas en Sudamérica, la prosa de Linera se monta sobre la del líder bolchevique, particularmente sobre sus últimos textos, como modo de responder a sus críticos de izquierda, a quienes desdeña como intelectuales de café (o de capuchino).

La edición, a cargo de la editorial de la propia vicepresidencia, es realmente bella: una cubierta blanca y la estampa de una estrella roja y una hoz cruzada con un martillo. El epígrafe que inicia el libro es de Antón Semiónovich Makárenko. Se trata de una cita perteneciente a los álgidos meses de 1917, en la que afirma que estaban viviendo “tiempos salvajes”, que con la revolución sus vidas se “purificarían” y que las cosas mejorarían para los jóvenes. ¿Qué nos dicen estas palabras? ¿Son salvajes también nuestros tiempos? ¿No es precisamente esta concepción puritana de la revolución la que ha sido sustituida como gran imaginario colectivo por el del capitalismo como religión? ¿Qué es lo que esperan los jóvenes de hoy?

El encanto último de este texto proviene del estado de homenaje en el que trabajan las precisas categorías analíticas de García Linera. Es su propio papel histórico -intelectual a cargo de la argumentación del proceso en su fase estatal- el que busca impulso y orientación en repetir a Lenin: volver a escribir sobre el Estado y la revolución, el poder dual, los soviets, la guerra civil y, sobre todo, respecto al repliegue del último Lenin en la NEP (Nueva Política Económica). Un propósito y unos esquemas irreprochables, quizás en exceso. Sus tesis: la revolución es un movimiento tectónico, telúrico, volcánico, rarísimo, plural, plebeyo e intempestivo; el leninismo es, aquí, la voluntad política de conducir y, en definitiva, de convertir esas energías plebeyas y revocadoras del viejo orden en poder político centralizado (Estado revolucionario, dictadura democrática del proletariado) atravesando la guerra civil; la transición socialista es básicamente monopolio estatal, poder político en manos revolucionarias (poder estatal como modo transitorio, llamado a “extinguirse” con la generalización de nuevas relaciones de producción que crearán las masas a escala planetaria: el comunismo).  Es la subsistencia de la forma Estado que expresa la de la ley del valor en el socialismo: la estatalización de las energías populares se da en el terreno político y no necesariamente se traduce en una estatización de la economía. Lenin lo explicó en su balance del “comunismo de guerra” en 1921: la supresión coactiva de la ley del valor que rigió los primeros tres años del poder soviético no funcionó, se trató de un “salto” voluntarista que condujo al colapso. La gran enseñanza que García Linera extrae de Lenin se sintetiza en la fórmula control político y elementos de economía de mercado.

Hace poco más de un año, tras la derrota que Evo Morales y García Linera sufrieran en un referéndum acerca de la posibilidad de la reelección como presidente y vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, este último compartió una breve autocrítica en una de sus locuciones. Allí sostuvo que los gobiernos progresistas de la región habían sido eficaces en la tarea de incluir a millones de personas al consumo popular y a beneficiarlas con el otorgamiento de una trama de derechos antes negados, pero reconoció cierta incomprensión sobre el hecho de que segmentos de estas masas beneficiadas se subjetivaran de un modo neoliberal, asumiendo hábitos de clase media y aspiraciones elaboradas en los modos de individuación de las redes sociales virtuales. García Linera concluyó que había faltado trabajo ideológico. En otras palabras, en el socialismo la subjetivación de mercado es inevitable, aunque se puede contrarrestar a través del poder político organizado en el propio Estado.

El problema que García Linera busca entender es profundo y ninguna revolución parece haberlo resuelto de manera definitiva. ¿Cómo evitar que la acción de los flujos de capital, que el propio Estado socialista promueve para sostener la vitalidad de su economía, acabe influyendo sobre el comportamiento de las masas populares restituyendo en ellas un deseo de propiedad privada? La teoría clásica de la revolución responde con la tesis de una dictadura democrática. ¿Tenemos cómo pensar una dictadura democrática que no devenga una dictadura burocrática o directamente capitalista? Una vez que asume, como premisa, que el período revolucionario es el de la institucionalización inevitable de las energías volcánicas de la insurrección popular, lo que llevó a los bolcheviques a la estatización de los soviets de obreros, soldados y campesinos, se plantea de inmediato el problema de la sustitución del centro de gravedad: de arriba (cuadros de dirección) hacia abajo (masas trabajadoras). Del mismo modo, se plantea una aporía entre lo viejo –las formas de autoridad y de intercambio de la sociedad burguesa-, que no termina de morir y lo nuevo –formas de decidir y producir en común-, que no termina de advenir ya que no surge de la concentración burocrática del poder estatal. ¿No debería ser esta la tesis de la institucionalización de la revolución reformada en profundidad buscando colocar los impulsos de lo común en el centro de las instituciones del nuevo poder popular?

La teoría marxista distingue las revoluciones burguesas de las proletarias. Las primeras previamente generalizan sus relaciones de producción y toman el poder político sobre el final, casi como un corolario. Mientras que las segundas primero deben conquistar el poder político para apoderarse de los medios de producción y de cambio, para luego difundir relaciones sociales fundadas en lo común. ¿Cómo evitar, por lo tanto, que la transición socialista sea acosada por un poder dual invertido que brota precisamente de la vigencia de la producción de mercancías? En 1965, el Che Guevara se planteó estas mismas cuestiones acerca de la subsistencia de la ley del valor en el socialismo: “la base económica adoptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia”. Más que esperar el comunismo se trata de “construirlo”, de modo que “simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. ¿Qué está pensando Guevara cuando advierte que el socialismo no debería ser concebido como un tiempo de espera?

La respuesta de García Linera al “trabajo de zapa” de la ley del valor sobre la conciencia de la sociedad en revolución es la voluntad. No la voluntad de personas sueltas, ni la de las masas que es incalculable y opera por ofensivas y repliegues, sino la de una voluntad permanente, organizada, monopólica: la voluntad del Estado. La revolución depende, ni más ni menos, de esta instancia. Ni la insurrección -efímera, incalculable e incapaz de perdurar-, ni el comunismo -tiempo largo y creación radical de las masas- operan en el tiempo presente como fuerza continua en la lucha por defender la legalidad socialista.  La insurrección tiende a quedar atrás como fuente del poder constituyente del Estado. El comunismo tiende a quedar como utopía u horizonte, puesto que lo comunitario no se inventa desde arriba (Estado y comunidad son antítesis inconciliables, escribe Linera). La creación de asociaciones libres de productores a escala planetaria es cuestión de vitalidad popular, y de tiempo. El Estado socialista así concebido es una voluntad que protege las nuevas relaciones de fuerzas respecto de las viejas clases poseedoras desposeídas así como de la enorme influencia del mercado mundial capitalista, mientras gana tiempo para que maduren las nuevas relaciones que él no puede crear. El momento revolucionario es entonces, para García Linera, el de la voluntad férrea, el de la defensa y centralización, el del diseño y mantenimiento de la arquitectura de un nuevo poder que cristaliza las nuevas relaciones entre clases sociales. El problema con esa “voluntad” parece ser el de siempre, “el propio educador necesita ser educado”, decía Marx. ¿Dónde se educa esta voluntad? ¿A quién escucha? ¿Qué referencias prácticas la orientan?

¿Por qué evocar para una tarea actual a una revolución fracasada? Porque en su momento supo despertar unas “expectativas” únicas (aquello que Kant llamaba un “entusiasmo”) entre las clases subalternas del mundo, que se sintieron por primera vez “sujetos de la historia”. La revolución bolchevique ofreció carnadura material para un posible realizable en este mundo. Y si bien su fracaso estrepitoso devoró “las esperanzas de toda una generación”, el proceso revolucionario ruso fue un fenomenal y perdurable acto pedagógico. Su vigencia radica, dice Linera, en una universalidad ejemplar: sus potencialidades organizativas, sus iniciativas prácticas, sus logros, sus características internas y dinámicas generales “pueden volverse a repetir en cualquier nueva ola revolucionaria”. La revolución rusa ofrece la fisonomía de las revoluciones. No tanto el modelo para los levantamientos plebeyos, como la secuencia de hierro que hace que su triunfo dé paso al problema de su institucionalización. La inevitable fijación de lo fluido que consagra un nuevo estado de cosas a largo plazo. Se trata de un período en el cual el principal problema político pasa a ser cómo prolongar el protagonismo de lo plebeyo, amenazado por los cuadros de dirección (nuevo poder burocrático). En otras palabras, García Linera conserva el marco racional de la revolución sin imaginar en concreto –no es el tema de este libro- cómo las racionalidades vivas (comunidades indígenas y populares, por ejemplo) afectan y redeterminan la esencia misma de lo que considera una revolución en marcha.

La revolución definida en abstracto corre el riesgo de perder conexión con la pregunta, menos metafísica y más urgente, que el vice también se hace: ¿Quién necesita una revolución y qué revolución se necesita? Este modo de preguntar resta, seguramente, universalidad a la cuestión de la revolución, pero puede, quizás, permitir una relación distinta –no leninista- con Lenin y con el problema de la revolución. Como decía un malvado profesor: la vigencia de Lenin (la correlación entre formas organizativas y temporalidad de la acción) solo puede pasar por la heterodoxia más extrema, una dialéctica entreverada entre la continuidad del deseo subversivo y la discontinuidad material de los elementos que lo componen.

Quizás valga la pena conservar algunas preguntas, una cierta metodología (presente también en el libro de García Linera) que apunte a concretar un poco la cuestión revolucionaria. Una pregunta crítica: ¿Qué sujetos concretos expresan en la movilización la composición del trabajo “vivo” contra el mando del trabajo “muerto”? Una pregunta estratégica: ¿Cómo se confronta en las prácticas cotidianas el mando del valor de cambio a partir de una reivindicación de los valores de uso? Y una pregunta táctica: ¿Qué novedades emergen de la dinámica que correlaciona la temporalidad y la institucionalidad, en el proceso de radicalización plebeya, que llevan a ocupar el centro de la toma de las decisiones?

Las discusiones más apasionantes aparecen, en el mejor de los casos, cuando se intenta responder estas preguntas sin rodeos, en situaciones precisas, en las que las cuestiones de la esencia quedan relegadas por las cuestiones, más urgentes, de las existencias.

Álvaro García Linera, ¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos, Ediciones Vicepresidencia, 2017.

[2] Entre los libros a leer como parte la reflexión que suscitan cien años de la Revolución Rusa se encuentra La fábrica de la estrategia, 33 lecciones sobre Lenin”, lecciones universitarias impartidas en 1972 por el profesor Antonio Negri.

11 de Octubre, 2017.

La forma humana y el valor. Medio siglo sin el Che                                                                                Diego Sztulwark

Serie: ¿Quién necesita la revolución? (Parte 2/5)

A Fernando Martínez Heredia

El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada.

Che

Si la guerra está en la política como violencia encubierta en la legalidad, se trata de profundizar la política para encontrar en ella las fuerzas colectivas que, por su entidad real, establezcan un límite al poder. La guerra ya está presente desde antes, solo que encubierta. Por eso decimos: no se trata de que neguemos la necesidad de la guerra, solo afirmamos que hay que encontrarla desde la política, y no fuera de ella. Porque de lo que se trata en la política es de suscitar las fuerzas colectivas sin las cuales ningún aparato podrá por sí mismo vencer en la guerra.

León Rozitchner

El presente es lucha, el futuro es nuestro.

                                   Che

I

I

Un libro notable de Alain Badiou, El siglo,propone reflexionar sobre un lapso de tiempo que se pensó a sí mismo bajo la exigencia de transformar al hombre, intensificar la vida, dominar la historia. Entre 1917 y 1976 (la muerte de Mao), el siglo puede ser pensado como comunista, aunque también puede serlo como el siglo totalitario si se lo analiza como aquel cuyas categorías condujeron con reiteración al campo de la concentración y el exterminio. El siglo XX es pensable en simultáneo como el período en el cual las fuerzas del capital, la democracia y las sociedades de mercado se liberan triunfantes. En todos los casos, lo que está en juego de modos muy distintos es la idea misma de transformación. La idea de “hombre nuevo” -el Che Guevara no la inventó, pero le fue esencial- no se afirma en el siglo sino a partir de una acentuada desconfianza en la historia. Si el humano debe forzarse a sí mismo, modelarse en algún sentido, es porque ya no se espera que la historia por sí misma provea un sentido ni que lo lleve a su cumplimiento. Aun cuando hubiere un sentido en la historia, esta no posee los medios para realizarlo. Toda proyección política de una remodelación subjetiva parte de un estado agudo de sospecha, lo que en el caso del Che se acentuaba por su fuerte conciencia de la “excepcionalidad” de la Revolución Cubana.

II

En 1965, el Che Guevara publica “El socialismo y el hombre en Cuba”, en el semanario Marcha de Uruguay, donde plantea el papel de los aspectos llamados “subjetivos” en el proceso histórico de superación del capitalismo y de construcción de una nueva sociedad. Individuo y sociedad, subjetivo y objetivo, moral y material, cualitativo y cuantitativo, son los términos de una dialéctica que propone la cuestión del hombre nuevo como tarea principal de la revolución. “Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que construir al hombre nuevo”, y el instrumento adecuado para lograrlo, en el nivel de la “movilización de las masas”, debe ser de índole “moral”, sin despreciar el uso adecuado de los “estímulos materiales”, ya que la “más importante ambición revolucionaria” es “ver al hombre liberado de su alienación”.

La formación de unas masas no sumisas, que actúen por vibración y no por obediencia, constituye para el Che la fuerza principal del proceso revolucionario. Ellas son la fuente de un nuevo poder -coercitivo y pedagógico- imprescindible en la tarea de constitución de una subjetividad nueva, libre de la coacción que sobre la humanidad ejerce la forma-mercancía. Pero, advierte, esta fuerza nueva de unas masas revolucionarias constituye un fenómeno “difícil de entender, para quien no viva la experiencia de la Revolución”. Estas masas nunca fueron pensadas por Freud en su célebre estudio sobre las “masas artificiales”. Y no es que los movimientos de liberación que se dan dentro del sistema capitalista no deseen su transformación, sino que estos no devienen revolucionarios, dice el Che, porque viven lo que dura la vida del líder que los impulsó “o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el rigor de la sociedad capitalista”.

El freno a ese impulso es la persistencia de la ley del valor, fuente del “frío ordenamiento” que además de regir la producción de mercancías está en la base de un modo de individuación humana. Las masas revolucionarias poseen, para el Che, una potencia expresiva (y cognitiva) capaz de introducir al individuo, “el ejemplar humano, enajenado”, en la comprensión de ese “invisible cordón umbilical que lo liga a la sociedad en su conjunto”, a la ley del valor que actúa sobre todos los aspectos de su existencia (Spinoza había definido el poder de actuar del dinero como el “compendio de todas las cosas”). La conmoción que las masas revolucionarias provocan en el ser social, explica el Che, da inicio a nuevos procesos de individuación porque afectan al individuo en su doble faz de ser singular y de miembro de una comunidad, libera la forma humana y le devuelve a cada quien su condición “de no hecho, de producto no acabado”. No hace falta suponer que el Che conocía a su contemporáneo Gilbert Simondon para aceptar que su pensamiento se orientaba hacia una teoría política de la individuación socialista como apertura del individuo a un común preindividual, que el capitalismo esteriliza por medio de una continua prefiguración (modulación).

¿Qué es la ley del valor? Brevemente: las relaciones laborales de producción entre las personas en una economía mercantil-capitalista adquieren necesariamente la forma del valor de las cosas, y solo pueden aparecer bajo este modo material. El trabajo solo no puede expresarse más que a través de un valor dado. La ley del valor, en la tradición marxista, designa la teoría del trabajo abstracto presente en toda mercancía (en la que el valor de uso se subordina al de cambio), siendo el trabajo la substancia común de todas las actividades de la producción. La magnitud del valor expresa el vínculo existente entre una determinada mercancía y la porción de tiempo social necesario para su producción. La ley del valor es una parte de la ley del plusvalor (explotación) y manifiesta la existencia de un orden que dota de racionalidad a las operaciones de los capitalistas, así como a las acciones tendientes a conservar el equilibrio social en medio de los desajustes y estragos provenientes de la falta de una planificación racional de la producción.[1]

El Che Guevara comprende que el máximo desafío que enfrenta una revolución social tiene que ver con ese persistente mecanismo creador de subjetividad que actúa desde las profundidades del proceso de producción. Para interrumpir su influencia apela a la tensión socialista entre masas revolucionarias y nuevas instituciones, proceso de transformación económico y político que favorece la reapertura del proceso de individuación implicado en la idea de “hombre nuevo” (diremos de ahora en adelante: humanidad nueva). Se trata de una puesta en acto de la cuestión de la pedagogía materialista tal como Marx la esbozaba en 1845: el propio educador es quien debe ser educado. La educación de la nueva humanidad no queda a cargo de una instancia pedagógica esclarecida sino que surge del pliegue -o interacción- entre la vibratilidad de las masas y el carácter permanente inacabado de un individuo articulados en instituciones que conectan fronteras a la influencia de ley del valor.

Fidel Castro, discurso en Cuba

III

La revolución es un movimiento de la tierra. Deleuze y Guattari la llaman “desterritorialización absoluta”. La salida de la tierra de la esclavitud, el éxodo por el desierto, la promesa de una nueva tierra de libertad. La revolución es también un movimiento que afecta el tiempo, porque la constitución de un nuevo poder colectivo supone una nueva capacidad de crear un presente y un futuro. El sabio Maquiavelo decía que la unidad de la república consistía en la capacidad de los pobres en unirse en la formación de una potencia pública capaz de imponer en el presente un temor sobre el futuro a los poderosos. La nueva sociedad en formación, dice el Che, nace en una dura competencia con el pasado en el que arraiga la “célula económica de la sociedad capitalista”. Mientras estas relaciones persistan como un poder muerto del pasado sobre una tentativa vital del presente, “sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia”.

El sujeto de este proceso -las masas revolucionarias y el individuo capaz de creación- es percibido por el Che como liberación del trabajo, es decir, como capacidad de rebelión de lo que Marx llamaba el “trabajo vivo”, dado que esa liberación no se reduce a lo que el liberalismo entiende como juego democrático. La capacidad de romper las ataduras definidas por la ley del valor no se deciden en el plano restringido de la legislación jurídica, y la cuestión del Estado ya no será planteada en su pretendida autonomía, sino como forma colectiva correlativa a la ley del valor.

Esta comprensión marxiana de la ley del valor lo lleva a una comprensión más leninista que marxista de la ruptura revolucionaria. La revolución no surge, dice el Che, de una explosión producto de la maduración de las contradicciones que acumula el sistema capitalista (como creía Marx), sino de las acciones que “desgajan del árbol imperialista” a países que son como “sus ramas débiles” (como enseña Lenin). El capitalismo alcanzó un desarrollo en el que sus contradicciones y crisis no reducen su capacidad de organizar su influencia sobre la población de modo automático.

Durante el período de transición, dice el Che, se presenta la peligrosa tentación –la “quimera”- de acudir a las armas “melladas que nos lega el capitalismo” (las categorías que se desprenden de la forma mercancía: rentabilidad e interés material individual como palanca de desarrollo, etcétera). Orientado por estas categorías, el socialismo conduce a un callejón sin salida (¿está pensando el Che en la NEP de Lenin?) donde los revolucionarios conservan el poder político mientras que “la base económica adoptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia”. Para el Che, la construcción del comunismo no debe reducirse, por lo tanto, al estímulo de la base material sino suscitar, de modo simultáneo e inaplazable, al “hombre nuevo” (humanidad nueva). Para ello, la movilización de masas debe basarse en contenidos morales: “Una conciencia en la que los valores adquieren categorías nuevas”, dice el Che, afirmación que parece proveniente no solo de un lector de Marx sino también de Nietzsche, cuando unifica la idea de valor moral con la de valor económico. La crítica del Che fundada en la noción de valor (la reivindicación de los valores de uso junto a la inversión de los valores morales) trabaja en los efectos de las enseñanzas de los grandes maestros de la sospecha.

La revolución –y ya no la crisis- será entonces el espacio en el cual se planteará el problema más difícil: el de la disputa por la producción (material y subjetiva) de las mujeres y los hombres. El socialismo se da para el Che como fluidificación de lo fijo y articulación compleja entre multitudes que marchan al futuro, como espacio de experimentación de esta producción y creación de un complejo de instituciones revolucionarias a cargo de generar conductas libres de la coacción económica, en base a nuevas formas de cooperación y de toma de decisiones. Aun hoy esas formas permanecen relativamente increadas, si bien la experiencia de invención de fronteras al mando del capital es una práctica habitual y frecuente en las luchas sociales de diversas escalas (la lucha social como laboratorio). El propio Guevara era consciente de que esta tarea debía ser llevada a cabo, a pesar de que cierta izquierda escolástica aferrada a dogmas y a esquemas preformados había frenado el desarrollo de una “filosofía marxista”, dejando al socialismo huérfano de una economía política para la transición revolucionaria. (A esta última cuestión se dedicó el Che de un modo más sistemático de lo que en general se conoce.)

IV

La Revolución Cubana introdujo en el continente una polémica directa sobre la “forma humana” correspondiente a la superación del neocolonialismo y el capitalismo. Así lo comprendió Alberto Methol Ferré, pensador latinoamericano que se presenta como próximo a Jorge Bergolio y que fue un relevante asesor de Antonio Quarracino en la polémica contra la teología de la liberación a fines de los años 70. “La Iglesia –dice Ferré- rechazaba al marxismo esencialmente por su ateísmo y su filosofía materialista. No se le oponía en su vocación de justicia social. Y no hay que olvidar que el marxismo encarnó el despliegue en la historia del más amplio e intenso ateísmo conocido hasta el momento. Hasta que no fue sintetizado por el materialismo histórico marxista, el ateísmo no se convirtió en un movimiento histórico organizado”.[2]Ahora bien, en América Latina, recuerda Ferré, el marxismo “tiene el rostro de la Revolución Cubana”. Es ella la que lo torna “realmente significativo”. Cuba “representa el retorno de América Latina” y “Fidel Castro es el nombre de mayor influencia y de mayor repercusión que jamás haya habido en la historia contemporánea de América Latina”, superando incluso a Simón Bolívar. “Cuba fue una suerte de onda anómala”, en la que la “simbiosis Che-Fidel” obró como síntesis capaz de vincular los extremos geográficos del continente. Y fue también una “gigantesca revancha moral de la juventud de América Latina” que acabó por provocar “un holocausto de jóvenes latinoamericanos, fascinados por el Che, que terminaron perdiendo contacto con la realidad”.

Una Iglesia sin un enemigo principal, dice Ferré, se queda sin capacidad de acción. La “enemistad” para la Iglesia es inseparable de un “amor al enemigo”, que busca “recuperar al enemigo como amigo” reconociendo en el enemigo una verdad extraviada en su ateísmo. Y bien, una vez concluida la enemistad con el marxismo (que en América Latina se expresó para Ferré como guevarismo) a partir de su derrota del año 1989, la Iglesia procura recuperar para sí la crítica (ya no radical) del capitalismo y apropiarse de su áurea revolucionaria para combatir a un enemigo nuevo y temible, que ya no es el mesianismo marxista sino un nuevo ateísmo que se comporta como un “hedonismo radical” (un “agnosticismo libertino”): un nuevo consumismo infinito que renuncia a cualquier criterio de justicia y para el cual el único valor es el poder. Caído el marxismo, el enemigo ahora es el neoliberalismo, un ateísmo libertino que hace la apología de los cuerpos sensibles.

V

Un año después de la aparición de El socialismo y el hombre en Cuba, León Rozitchner publicaba en la revista La Rosa Blindada, de Argentina, y en la revista Pensamiento Crítico, de Cuba, “Izquierda sin sujeto”, un artículo que discutía con el peronismo revolucionario de su amigo John W. Cooke, donde contrapone dos modelos humanos a partir de sendos liderazgos de contenidos opuestos: Fidel Castro y Perón. Mientras el último era el “cuerdo”, ya que se inclinaba por conservar a la clase trabajadora dentro de los marcos de sumisión del sistema, el primero era el “loco”, puesto que había catalizado las insatisfacciones y disidencias dispersas en el campo social cubano y había operado, a partir de ellos, una revolución social. Según Rozitchner, la revolución no se consuma con ideas puramente coherentes en la teoría, ni tampoco por medio de logros materiales inmediatos en la práctica. Ambos aspectos deben ser replanteados en torno a una praxis que transforma al sujeto, una “teoría de la acción” que permite por fin un “pasaje a la realidad”. La tarea de crear un “hombre nuevo” (humanidad nueva) en torno a unas masas revolucionarias no era tarea sencilla en la Argentina, y para afrontar esas dificultades Rozitchner se sumerge en la obra de Freud.

Rozitchner había expuesto en sus libros Moral burguesa y revolución, y luego en Ser Judío, su comprensión muy temprana de lo que la revolución cubana ponía en juego en todo el continente; y su obra, al menos hasta el exilio, puede ser concebida como una confrontación filosófica y política sobre la forma humana a partir de una lectura encarnizada de Marx y Freud invocados desde América Latina para el despliegue de una nueva concepción de la subjetividad revolucionaria.

VI

Unos años después, en 1972 y ya pasados 5 años desde la muerte del Che, Rozitchner vuelve a tomar la Revolución Cubana como motivo de una contraposición entre “modelos humanos” antagónicos. En su libro Freud y los límites del individualismo burgués escribe: “Creemos que aquí Freud tiene su palabra que agregar: para comprender qué es la cultura popular, qué es actividad colectiva, qué significa formar un militante. O, si se quiere, hasta dónde debe penetrar la revolución, aun en su urgencia, para ser eficaz”. Y agrega que la teoría psicoanalítica debe volver a encontrar “el fundamento de la liberación individual en la recuperación de un poder colectivo, que solo la organización para la lucha torna eficaz”.

El revolucionario, dice Rozitchner en un apartado llamado “Transformación de las categorías burguesas fundamentales”, es un operador fundamental de la cura en tanto que trastoca la “forma humana” en la que se expresa e interioriza el conjunto de las contradicciones del sistema de producción social. El revolucionario, en la medida en que actualiza el enfrentamiento con lo que lo somete ya no solo en el campo de sus fantasías sino en el efectivo plano histórico, adopta la imagen de un “médico de la cultura”, y así se liga con la de las masas insurrectas que señalan la salida de las “masas artificiales” teorizadas por Freud.

Todo lo contrario de lo que ocurre en el plano religioso, según Rozitchner, en el que Cristo “nos sigue hablando, con su carne culpable y castigada, de inconsciente a inconsciente, de cuerpo a cuerpo, en forma muda”. En la religión “encontramos solo la salida simbólica para la situación simbólica, pero no una salida real para una situación real: nos da la forma del padre pero no la del sistema de producción, donde ya no hay un hombre culpable, sino una estructura a desentrañar”. Cristo forma sistema “con la fantasía infantil, pero no con la realidad histórica”. Rozitchner encuentra entonces en este Cristo de la religión el tipo de forma humana opuesto al del Che Guevara. En tanto que modelos de forma humana, el primero, perteneciente a lo religioso, funciona como el del “encubrimiento” y el segundo, próximo al psicoanálisis freudiano, como el del “descubrimiento”, considerando que los modelos son dramatizaciones, “como los dioses del Olimpo, de las vicisitudes de los hombres”, con diferentes potenciales de acceso al sistema de relaciones sociales que toda forma humana conlleva.

En efecto, para Rozitchner se destacan dos tipos de modelos: “los congruentes con el sistema, los que en su momento fueron creadores de una salida histórica y que sin embargo se siguen conservando más allá de su tiempo y del sistema que los originó, como si fueran respuestas siempre válidas, aunque en realidad ya no (la figura de Cristo, por ejemplo)” y aquellos que, actuales, asumen su tiempo “y la necesidad de su unilateralidad como aquellas cualidades que deberían conquistar por ser fundantes de otras (la figura del Che, por ejemplo)”. Estos últimos asumen su tiempo sin modelos verdaderos y deben enfrentar, por lo tanto, “la creación de nuevas formas de hombre” y de mujer en los que la “necesidad actual, determinada” se exprese. En este último caso, dice Rozitchner, no se trata de un superyó, porque el modelo humano carece “del carácter absoluto que adquieren los otros: la lejanía y la normatividad inhumana aunque sí entran a formar parte de la conciencia de los hombres, como formas reguladoras del sentido objetivo de sus actos”.

Esta distinción le permite a Rozitchner explicitar el carácter político que asume en Freud el superyó colectivo. Si toda forma humana evidencia un sistema histórico en sus contradicciones más propias, contradicciones que mujeres y hombres interiorizan, sin poder zafarse de ellas a no ser bajo la forma de la sumisión, la neurosis o la locura, entonces la única posibilidad histórica de cura sería el enfrentamiento también con los modelos culturales, que regulan las formas de ser individual como las únicas formas de humanidad posible.

El Che Guevara es tomado por Rozitchner, entonces, en 1972, como modelo revolucionario del superyó, contra el oficial. “Siguiendo el caso del Che Guevara, se ve claramente cómo su conducta aparece, en tanto índice de una contradicción cultural, asumida por él hasta el extremo límite del enfrentamiento” y se ve al mismo tiempo cómo, en la dinámica del enfrentamiento, Guevara suscita “la forma de hombre adecuada al obstáculo para que se prolongue, por su mediación, en los otros como forma común de enfrentamiento y lucha”. Rozitchner sostiene que este modelo guevariano, que enfrenta al sistema no en sus fantasías sino en el terreno del sistema de producción capitalista, abre “para los otros el sentido del conflicto y muestra a los personajes históricos del drama, en el cual cada uno debe necesariamente incluirse”.

 VII
A fines de los años 70, León Rozitchner (a quien seguimos tratando de mostrar que su filosofía contiene un dialogo y una elaboración de las más importantes intuiciones del Che) escribe 
Perón: entre la sangre y el tiempo.En este libro problematiza la relación de la izquierda argentina –peronista o no- con la violencia política como parte de una reflexión más amplia sobre la guerra y las ilusiones que conllevan a la derrota (esta cuestión se ahonda en su libro Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia y en su polémica con el filósofo Oscar del Barco). En el corazón de sus preocupaciones sobre el problema de la violencia, Rozitchner no se pliega a una condena a esta, sino que intenta pensarla desde la izquierda: no condenar la violencia por ser violenta sino por no haber hecho la distinción imprescindible entre violencia (de los poderes) y contraviolencia. Rozitchner lee los trabajos militares de Perón, pero también del teórico de la guerra Carl von Clausewitz, y elabora una filosofía de la guerra en la se puede distinguir la diferencia entre una violencia ofensiva, conquistadora, que tiende a utilizar la categoría de asesinato como categoría posible de la violencia; y lo que él llamará una contraviolencia de izquierda, que es siempre defensiva, que siempre parte de la movilización popular y que nunca incorpora como razonamiento fundamental el asesinato. Pasadas varias décadas, podemos corroborar que esas distinciones están más vigentes que nunca. El aumento de la violencia represiva, asesina, o la violencia loca no ha dejado de proliferar sobre el cuerpo de las mujeres, de los jóvenes en los barrios y, por lo tanto, también se activan movimientos de contraviolencia. Esta situación la vemos con claridad en el caso de la desaparición de Santiago Maldonado, como también en la irrupción activa del movimiento de mujeres y de los organismos de derechos humanos. El problema de la contraviolencia sigue planteado, y lo que hay que dilucidar es cómo se resiste a este tipo de violencia asesina. Cómo los cuerpos individuales y colectivos pueden tener categorías, elaboraciones, formas de componer una ética que corte con la violencia opresiva, que corte con la violencia asesina sin repetirla, sin copiarla, sin volverse ella misma asesina y loca, derechista. Se trata de la recuperación del problema de la relación entre violencia y obediencia, en un contexto nuevo donde problematizar estas cuestiones sea un modo de no acomodarse a la derrota. En ese intento de volver a plantear el problema de la violencia se juega la lectura que Rozitchner hace de la figura de Guevara. Frente a una reivindicación de tipo idealista del Che Guevara (la idea básica de un Guevara cristologizado, cuya verdad proviene de una supuesta disposición a hacerse matar), Rozitchner recupera su imagen justamente para analizar el modo de plantear el problema de la violencia en un campo de antagonismos, en el que la violencia asesina, siempre presente, no puede convertirse nunca en el modelo de la violencia revolucionaria.VII

VIII

El neoliberalismo de estos años invoca un cuerpo sensible que ya no aspira a ninguna idea de supresión de las estructuras de dominación –al contrario, para esa subjetividad estas resultan simplemente inexistentes- ni refiere su propia potencia a instancia colectiva o revolucionaria alguna -solo reconoce la empresa y la competencia como dinámicas colectivas legítimas-. Se trata de un ateísmo sin trascendencia –en palabras de Ferré-, aunque dispone de saberes prácticos sofisticados respecto de los procesos micropolíticos de la subjetivación. Unos saberes que excluyen y borran eso que Marx y Freud habían inventado, cada uno por su cuenta en sus respectivos campos: la escucha del síntoma –lucha proletaria o deseo- que conlleva una alianza con un proceso de verdad aún por concretar. La alianza con el síntoma, en el plano social e individual, daba lugar para las subjetividades críticas (que hoy se patologizan) a un nuevo modo de concebir la verdad como aquello a lo que solo se accede mediante la autotransformación del sujeto. Es este sujeto el sujeto de la investigación militante.  Es el sujeto que queda abolido por un nuevo sacerdocio –vaticano o neoliberal-, que vuelve a sujetarlo a su condición natural, orgánica y creada. Doble fijación: a una salud fundada en la estabilidad y a una visión moralista del mundo. El sujeto en tiempos de terror es el sujeto impotente con respecto a los fenómenos de violencia, capturado por la teología política de la propiedad privada, de la cual solo se discuten sus abusos y excesos.

La novedad con referencia a sus presentaciones anteriores es la pretensión de lo neoliberal de revestir las operaciones del capital con un llamado al disfrute, al goce, a la libre elección sobre la realización personal. Se propone una nueva manera de adhesión a la vida capitalista bajo el supuesto de que la vida crítica es difícil y triste, además de sospechosa. Quien no participe del juego transparente del amor a las cadenas es un inadaptado, alguien patológico, tal vez un terrorista. Si todo esto no termina de cuajar del todo es simplemente porque el discurso del capital es muy despótico y es poseedor de una violencia intrínseca fundamental.

La coyuntura argentina actual –últimamente discutida en términos de si la derecha en el poder es más o menos “democrática- quizás pueda ser entendida como la asunción, en el plano directo de lo político, de eso que ya ocurre desde hace tiempo al nivel de unas micropolíticas neoliberales: la disputa por la forma humana. Si prolifera la sensación de una contrarrevolución en marcha, tal vez sea por el modo como se retoman los elementos de esa “humanidad nueva” que para Guevara solo eran concebibles en la ruptura con la ley del valor, como parte de un proyecto de modelización comunista. El actual entusiasmo desbordante con la idea de un porvenir sin rupturas imagina el diseño humano confinado a los efectos de la alianza entre economía de mercado y nuevas tecnologías.

Claro que hablar de contrarrevolución tiene un inconveniente insalvable, puesto que no es posible identificar una revolución previa a la que se procura liquidar o absorber (la coyuntura del kirchnerismono fue revolucionaria). El gesto futurista, que por momentos esboza la ofensiva actual de la derecha sobre el plano de la sensibilidad y de las ideas, es parte de una estrategia de inscripción violenta de todos aquellos rasgos de una nueva subjetividad en el orden del capital: entusiasmo, deseo de libertad, capacidad creativa, sentido comunitario, disfrutes vitales varios, asuntos asociados en el pasado con el proyecto revolucionario -y con la ruptura de la ley del valor- se conciben ahora como sólo alcanzables en términos individuales por medios completamente adaptativos (la inercia que brota de los dispositivos comunicativos, tecnológicos y corporativos  que se trata de sostener a como de lugar).

Quizás convenga retomar el lenguaje de Alain Badiou y nombrar nuestro tiempo como restauración (rechazo de toda revolución). Marco Teruggi dijo hace poco que la situación en Venezuela era la de una revolución incompleta respondida por una contrarrevolución completa. Este sentido de la desproporción no habla sólo del rechazo a la revolución. Dice algo también sobre una cierta atracción reaccionaria que provocan los elementos de las subjetivaciones autónomas. Contrarrevolución, quizás, como labor continua de esterilización comunicacional y refuncionalización neoliberal de todo aquello que surge como elemento de fuga y resistencia a la coacción de la economía del valor. La teorización de Félix Guattari sobre las “revoluciones moleculares” tal vez sea aún hoy las más acertada para describir una heterogénesis activa y proliferante que adopta la forma de luchas, fugas y transformaciones. Los movimientos indígenas, comunitarios, de mujeres, de trabajadores de la salud, de la educación, del arte, de los trabajadores informales, de la economía popular, entre otros, constituyen un campo de batalla fundamental, en el momento mismo en que lo neoliberal hace de la subjetividad su principal preocupación, y permiten retomar en un nuevo contexto la cuestión guevariana de la ruptura entre ley del valor y obediencia.

[1] “En Marx, sin embargo, la ley del valor se presenta bajo una segunda forma, como ley del valor de la fuerza de trabajo” consistente en “considerar el valor del trabajo no como figura de equilibrio, sino como figura antagonista, como sujeto de ruptura dinámica del sistema” en la medida en que se considera –como lo hace Marx- a la fuerza de trabajo como “elemento valorizador de la producción relativamente independiente del funcionamiento de la ley del valor” como vector de equilibrio. (Toni Negri en “La teoría del valor-precio: crisis y problemas de reconstrucción en la postmodernidad, en Antonio Negri y Félix Guattari, Las verdades Nómadas y General Intellect, poder constituyente, comunismo, Akkla, Madrid, 1999). Negri escribe sobre el Che: “Es extraño pero interesante y extremadamente estimulante, recordar que el Che había tenido la intuición de algo de lo que ahora estamos diciendo. Esto es, que el internacionalismo proletario tenía que ser transformado en un gran mestizaje político y físico, que uniera lo que en ese momento eran las naciones, hoy multitudes, en una única lucha de liberación”. (Toni Negri, “Contrapoder”, en Contrapoder una introducción, Colectivo Situaciones y autores varios, Ediciones de mano en mano, Buenos Aires, 2001)  

[2] Las citas a Methol Ferré pertenecen al libro de entrevistas con Alver Metalli, El papa y el filósofo, Ed. Biblos, Buenos Aires, 2013.

El “gran culpable”, ¿Qué Lenin hoy? // Diego Sztulwark

Serie ¿Quién necesita una revolución? (parte 3/5)       

Ya era una transformación incorporal la que había extraído de las masas  una clase  proletaria en tanto  que agenciamiento de enunciación, antes de  que se dieran las condiciones
de aparición de un proletariado como cuerpo.     
G. Deleuze y F. Guattari

Claridad, a nombre de la vanguardia organizada del proletariado y de la juventud y los intelectuales revolucionarios del Perú, saluda la memoria del  gran maestro y agitador ruso.  

                                                                                                        José Carlos Mariátegui

   Para nosotros, los soviets no son importantes por sus formas: lo que nos interesa realmente es la clase de la que son expresión.                                                                                                            V. I. Lenin

El rechazo a Lenin es un signo de los tiempos y tal vez de lo que Walsh llamó “déficit de historicidad”. No hace falta escuchar a sus refutadores más encarnizados, a aquellos que lo asimilan al “totalitarismo”, como si el credo en la libertad del individuo resolviera el escándalo de la explotación social. Alcanza con escuchar a quienes lo reivindican para entenderlo. En el medio hay de todo: el peronismo festeja el óleo del pintor Daniel Santoro, que muestra a Eva Perón castigando a un Lenin bebé desnudo sobre su regazo, mientras que para el pensador post-obrerista italiano Franco Berardi (Bifo), Lenin es el exponente de un catastrófico Cristo oriental, cuya búsqueda de pureza –procedente del espiritualismo ruso- llevó al bolchevismo a desprenderse de las pulsiones del proletariado en favor de la encarnación de una Idea. Si para el peronismo, con la exclusión desde luego de John W. Cooke y del llamado peronismo revolucionario, Lenin es un impulso extremo incapaz de centro, para el postobrerista se trata de un sujeto en colapso psíquico, de una inteligencia depresiva resuelta por la vía de una aceleración voluntarista propiamente masculina. Y hay más. La crítica libertaria acentuará su autoritarismo, el comunismo de guerra, la represión de la rebelión de Kronstadt. No es el caso de Rosa Luxemburgo -asesinada por la socialdemocracia en 1919, cuando el leninismo de Estado aun no se había desarrollado lo suficiente-, cuya polémica sobre la espontaneidad de las masas se asentaba sobre otra base de afinidades comunes. Tampoco es el caso de León Trotsky, cuya profunda admiración por Lenin está reflejada en su extraordinario libro Mi vida. También es diferente el caso de el Che Guevara, que adopta de Lenin –más que de Marx- su compresión de la revolución como excepción, pero lo critica –lo llama “el gran culpable”- cuando estudia la bibliografía de los manuales procedentes de la URSS que circulaban en Cuba en los inicios de los años 60, apuntando sobre los peligros de la teorización leninista de la Nueva Economía Política, que hacía subsistir la ley del valor en el socialismo. ¿Cuándo comenzó a pudrirse la revolución? ¿Con la estatización de los soviets? ¿Con la burocratización del centralismo democrático? ¿Con la llegada al poder de Stalin? Todas las preguntas acumuladas a lo largo del siglo XX –siglo que culmina con la restauración- ahora se levantan contra él, acusatorias.

Como balance del ciclo de las revoluciones subsiste un reproche. La revolución sólo fue una ilusión, lo único real parecen ser sus costos. El realismo se ha vuelto antileninista. Y se llena la boca hablando de “Estado de derecho”. Sin importar lo que hay de ilusión en sus propios razonamientos. Sin pudor por sostener un ideal democrático castrado. Un realismo sin revolución cuyo único efecto verificable es el de incapacitar a la democracia para toda actividad igualitaria. La propia izquierda asume este balance cuando lee a Gramsci sin Lenin, y olvida que Lenin era para Gramsci la hipótesis misma del “príncipe colectivo”. Es la tesis de la traductibilidad. Gramsci interesa justamente por ser un leninista agudo. Es decir, por captar en Lenin a Maquiavelo. ¿Cómo hacen los profesores de teoría política para enseñar la grandeza del florentino sin mencionar al ruso? Hasta Karl Schmitt, el pensador extremo de lo político como comunidad estatal (la política como enemistad entre los Estados), proclamaba la genialidad de su principal enemigo, el inventor de una política distinta, “partisana”, capaz de destruir la politización del Estado por la vía de la politización del antagonismo de clases.

Foto tomada el 6 de octubre de 1918, en Moscú

La cuestión de un realismo político revolucionario proviene de Maquiavelo. Se trata justamente de comprender lo político como aquello que se pierde cuando se activan la ilusión y la utopía, cuestión esta última perfectamente clara para un Gramsci o un Schmitt. Como cualquier otra, la ilusión revolucionaria conduce a la desilusión, esteriliza la estructura cognitiva propia de lucha democrática (la crisis, la lucha de masas, la revolución son también experiencias epistémicas, modos de pensar). Según el autor de El Príncipe, lo propio de los sujetos consiste en proyectar sus deseos y confiar en ellos a costa de los signos que evidencian el peso imponente del orden real que desearían transformar. De allí que la política tenga algo de difícil, una ciencia (o un arte). Maquiavelo llama “fortuna” a esa red viva de encadenamientos causales, en continua recombinación, que determina mutaciones incalculables sobre las situaciones sobre las que se aspira a actuar. El choque entre lo continuo del deseo –ilusión- y la variabilidad de las determinaciones –fortuna- abre para Maquiavelo el saber propiamente político de la “virtud”, que no es otra cosa que la capacidad de activar una analítica parcial (fechada) y local (circunscripta) sobre aquellos movimientos que afectan la situación en el corto plazo, de modo que la acción se ajuste a los posibles que sugiere la cadena de determinaciones. ¿Y Lenin? Mediante su lectura de las luchas de fines del siglo XIX ruso y de La Lógica de Hegel y El Capital de Marx, el líder bolchevique actualiza la cartografía del saber político maquiaveliano, fundado siempre en el antagonismo, en la constitución de un “sujeto finito” -forjador de ideas de corto plazo-, y en un intenso anti-utopismo, como modo de prevenir la absorción de este saber provisorio y de tipo estratégico hacia un plano de trascendencia moral o teológico (“la fantasmagoría del deber ser”)[1].

Luego de décadas de glorificación sobrevienen décadas de demonización. La ortodoxia leninista en todas sus variantes deshistoriza en beneficio del antileninismo. Dos caras de un mismo borramiento. Salvo, quizás, que subsista una recuperación subversiva, libre y desobediente de toda mistificación, capaz de componer un Lenin más allá de todo “leninismo”. ¿Es posible concebir un Lenin cartográfico, fascinado con la espontaneidad de la lucha de masas? ¿Existió eso? Tal vez. Puede rastrearse, es solo un ejemplo, el bellísimo seminario que dictó Antonio Negri, en 1972, en el Instituto de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Políticas de Padua, publicado bajo el título La fábrica de la estrategia. 33 lecciones sobre Lenin. Debe haber más. ¿Un Lenin autonomista? Sí. Un Lenin que apuntó a la creación de una forma política a la altura de la espontaneidad de las luchas, de la complejidad de la formación social rusa, de la articulación entre lucha económica y política, y de la afirmación de deseos y aspiraciones proletarias y populares. No se trata de la vigencia eterna de Lenin, puesto que la estrategia se ajusta a una coyuntura y a una determinada “composición de clase” (y la teoría del partido de Lenin se corresponde, según Negri, con la fase de subsunción formal de trabajo en el capital), sino de una lectura que actualiza el punto de vista revolucionario. El Qué hacer debe ser traducido nuevamente. Se ha entendido todo mal. La tesis de una vanguardia “exterior” a la clase trabajadora hizo olvidar que dicha vanguardia es obrera, que la ciencia de partido es el punto de vista de la lucha plebeya -no un nuevo positivismo vulgar-, y que en el Occidente moderno –traductibilidad gramsciana-, donde la subsunción del trabajo al capital ha llegado a ser real, el análisis teórico no tiene porqué provenir de un grupo separado sino de los mismos movimientos en lucha. El propio centralismo democrático, dice Negri, no sería otra cosa que una necesidad dependiente del contexto de la autocracia rusa. Partido de la inmanencia como transición revolucionaria en que la vanguardia deviene “vanguardia de masas”. Un Lenin contemporáneo necesita de nuestra propia contemporaneidad, es decir, de una actualización cartográfica.

Lenin fue leído también como potencia nominalista, una de las “mil mesetas” de Deleuze y Guattari. En A propósito de las consignas (1917) los autores encuentran “un tipo de enunciado específicamente leninista en la Rusia Soviética”. Se trata, dicen, de una máquina de enunciación propiamente literaria. Como en Kafka: escribir es adelantar el reloj: huir, sostenerse y agarrar el mundo. La política trabajando el lenguaje desde su interior. Si la Primera Internacional “inventa” un nuevo tipo de clase (“Proletarios de todos los países del mundo, uníos.”), la ruptura leninista con la socialdemocracia inventa una segunda “transformación incorporal” que extrae de la clase proletaria una vanguardia como “agenciamiento de enunciación” (“a riesgo de caer en un sistema de redundancia específicamente burocrático”). Interesados por fechar acontecimientos, los autores citan a Lenin cuando afirma que la consigna “todo el poder a los soviets” solo fue válida entre el 27 de febrero y el 4 de julio de 1917. Es decir, fue útil para el desarrollo pacífico de la revolución pero ya no para la guerra. Y es que, dice Lenin,  “toda consigna debe ser deducida de la suma de particularidades de una situación política dada”. La idea de que la actividad política es capacidad de escucha y alianza con el síntoma presente en el campo social divido en clases es quizás la más pervertida por las tecnologías de los focus group.

Lo que nos separa de Lenin es demasiado, aunque su nombre permanezca como representante de un realismo revolucionario peligrosamente ausente. No es que no haya aparecido nada desde entonces, pero no es tanto lo que se hizo en nombre de la revolución por fuera del lenguaje leninista. Quizás por el lado de Félix Guattari se puedan encontrar síntesis originales. Su noción de “transversalidad” (y luego la de metamodelización) permite reunir radicalidades diversas. “Ecologías” las llama. Guattari supo sostener una atención múltiple a planos de existencia de los más variados. Su “revolución molecular” se nutría de procesos activos -movimientos sociales, tecnológicos, artísticos, salud mental, mundo “psi”, partido verde, feminismo, obrerismo italiano y un largo etcétera-, en diferentes lugares del mundo como en Brasil y Japón. Toda su obra es un intento de actualización cartográfica de los flujos del capital (Capitalismo Mundial Integrado, época de la subsunción de la vida en el capital) y de subjetivaciones deseantes. ¿Hay lugar en esta proliferación para un realismo revolucionario? ¿Es aún necesaria la organización y la estrategia cuando lo que ocurre es una pluralidad heterogenética que multiplica los posibles de intervención en un campo social tomado por el caos y la complejidad? Estimo que sí, que si la “caósmosis” guattariana acaba con el postulado de una instancia política como instancia privilegiada (fetichismo de lo político), no es porque renuncie al problema principal de la revolución –el antagonismo de clases en la relación social capitalista- sino porque se deshace de estereotipos y nostalgias.

La proliferación de movimientos y subjetivaciones que recorrió el territorio sudamericano durante la última década corre riesgos de perderse, si no emerge un realismo revolucionario capaz de volver a trazar una correlación entre la materialidad de las luchas, las formas de reproducción material y la naturaleza de las instituciones. La revolución no es tanto el diseño  de una voluntad como el movimiento absoluto de la tierra. Movimientos tan reales como incalculables (“fortuna”). El pensamiento político y filosófico de ese absoluto (“virtud”) solo puede ser vivido como algo raro e inminente. De ahí el estado anacrónico de “preparación” en que vive el revolucionario. Prepara una figuración inédita: La de un “príncipe” (como decía del poder colectivo el comunista Gramsci; una “entidad emergente-heterogénea”, siguiendo a Guattari) capaz de dramatizar la afirmación de una autonomía que haga de lo común el fundamento de la “República”. No se trata por tanto de evocar a Lenin eludiendo toda definición sobre nuestra relación con él. No. A Lenin lo necesitamos aún cuando ya no lo asumamos como premisa, como un sistema de fidelidades, citas o esquemas a presuponer. Lo que nos liga a él es una confrontación íntima e inacabada sobre la forma política que permite la afirmación de la autonomía del trabajo vivo. Esa forma política que articula, habilita la decisión colectiva y puede ensayar formas de neutralizar la violencia represiva, sigue pesando, en su ausencia, sobre nuestra coyuntura.

[1] Ver Gabriel Albiac, Sumisiones voluntarias. La invención del sujeto político: De Maquiavelo a Spinoza. Tecnos, Madrid, 2011.

5 de Noviembre, 2017.

Bajo el signo de la distopía // Diego Sztulwark

Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, de Javier Trímboli. Editorial Cuarenta Ríos

Serie: Quién necesita una revolución (parte 4/5)

Diego Sztulwark

En un repliegue la disciplina debe ser más consciente, y es cien veces más necesaria, porque cuando todo un ejército retrocede no sabe o no ve claramente dónde debe detenerse. Se ve solamente el retroceso; en tales circunstancias bastan en ocasiones algunas voces de pánico para la primera desbandada.

V. I. Lenin

La inteligencia, de los otros, no termina nunca de ser antídoto contra la tristeza, nuestra.

Javier Trímboli

 

Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, es un libro-pensamiento que habla de y desde un “nosotros” de periferia variable: “nosotros” abarca, en principio, a quienes pensamos bajo la influencia de la revolución derrotada de los años 70. Que sea Javier Trímboli quien asuma esa tarea narrativa constituye un doble acierto. Acierto de los editores (Gabriel Diorio y Diego Carames, Editorial Cuarenta Ríos) al identificar que ese “nosotros” tiene un trayecto colectivo –¿generacional?- para contar: tramado entre la desazón de los años 90 y la actual. Sin un nosotros capaz de pensarse, no hay cómo habitar la escena contemporánea. Y acierto del propio Trímboli, quien propone el signo de la distopía para dar cuenta del trayecto de quienes llegábamos demasiado tarde a la cuestión de la revolución (es decir, la de los años 70) pero demasiado temprano para adiestrar nuestros hábitos al renaciente mundo del mercado. Quizás el acierto sea triple. Esto lo aclara desde el inicio el prólogo de Jens Andermann: Trímboli, historiador, sabe cómo trabajar el archivo para contar la experiencia de este paréntesis.

Ese archivo son las lecturas que Trímboli repone para entender aquellos años. Los años 90, en los que leer era pensar qué hacer con los fragmentos de la derrota: buscar en Rodolfo Fogwill (la vida después de la revolución fallida); investigar la superposición de los 70 en los 90 en los textos de Roberto Jacoby; huir de los balances geométricos sin residuos de Beatriz Sarlo; y, sobre todo, descubrir Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX, el gran libro de Horacio González. 2001, en estado de perplejidad ante la aparición de un movimiento de masas que da sus espaldas al peronismo; y desconcierto ante el carácter lejano de esta irrupción: los movimientos nacen alejados de la vida intelectual y universitaria. Distancia geográfica y de clase. El archivo de Trímboli: Mariano Pacheco, Colectivo Situaciones, Ignacio Lewkowicz, María Moreno, Maristella Svampa. De los lejanos inicios del kirchnerismo. 2003: año de la convocatoria “sublunar” de Néstor Kirchner a “una parte importante de estas limaduras desperdigadas”. La línea principal de lecturas aquí parece ser Nicolás Casullo. Sobre estos andariveles transcurre la primera parte del libro.

Sublunar quiere decir sin Utopía. Mundo desprovisto de purezas formales y morales. Delimitación de un ámbito de elucidación de la experiencia de quienes persiguiendo los flecos de la revolución fueron adentrándose en el kirchnerismo. Se trata de indagar las razones internas que llevaron a ese nosotros (que por momentos se reduce al autor mismo) a tomar parte activa del Estado durante el gobierno de CFK. Un balance, bien hecho, en la medida en que ofrece las claves para comprender qué cuerdas tocó en ellos el llamado de Néstor Kirchner. No tanto la revolución como la historia. En otras palabras: no hubo conversión sino convergencia. Por razones diversas, se trataba para unos y otros de hilvanar hilos destejidos, de recobrar la dimensión colectiva de la política. En suma: de salir de los 90, vividos como un círculo vicioso entre vidas al borde del desperdicio y política desangelada (aquí el archivo es Fabián Polosecky).

Historia más que revolución. Porque la revolución había dejado de tener realidad práctica. Sentido sin tarea o bien tarea sin sentido. Y solo la historia conservaba el contacto con eso que se deseaba y se quería seguir pensando. En un contexto en el que resonaban –tan graves como hoy- las palabras de Walter Benjamin sobre el peligro que corren nuestros muertos cuando el enemigo no deja de vencer. Este acento benjaminiano es el más fuerte del libro. Y el más interesante. Sobre el final, esta línea se aclara. Es Benjamin y es Karl Schmitt tal y como los lee y presenta Paolo Virno (el Virno más agambeniano): las potencias sublunares provienen de motivos enteramente negativos. Ya no se trata del paraíso en la tierra, sino de evitar el mal. No de la victoria siempre, sino de suspender el movimiento hacia la catástrofe, de interrumpir todo lo que se pueda el avance enemigo. El kirchnerismo, para Trímboli, fue una experiencia de esa índole. No el “entusiasmo” que produce la revolución (según Kant) sino un pensamiento que vale la pena sostener en su ausencia (y un rechazo al refugio reaccionario en un utopismo que conserva los valores renunciando a la fuerza efectiva).

Libro-pensamiento, porque trabaja sobre las interpretaciones de los hechos. Se ocupa de episodios develando la luz bajo la cual fueron pensados. Una historia que apunta al nexo íntimo que constituye a los sucesos cuando se los lee a partir de las ideas que los trabajan. Lo más interesante del modo de trabajo de Trímboli es esa manera de concebir el archivo: la curiosidad del historiador se orienta hacia la detección de ese pliegue de pensamiento inmanente a los acontecimientos. Ese método es la estructura misma del libro. En primer lugar, para pensar la revista Contorno como inicio del planteamiento de la cuestión “peronismo y revolución” inmediatamente anterior a los primeros ecos de la Revolución Cubana. Y luego, sí, Cooke. Aunque un Cooke más restringido a Perón, lo que no está mal. Aunque se pierde algo importante con relación al Che, que queda una vez más reducido al foco. Otra opción posible hubiera sido seguir las pistas que ligan al Che con las luchas de los trabajadores de la carne, vía Cooke. Ese tipo de enlaces existieron y permiten tensar más aún la “y” (de peronismo “y” revolución). También en Cooke.

La derrota produce un defecto óptico. Lo perdido idealizado bloquea un tratamiento “sublunar” de los asuntos de la revolución. Escinde lo que es necesario sostener al mismo tiempo: mito y razón. Hablamos de la escritura de José Carlos Mariátegui, citado en el libro. En palabras de Alberto Flores Galindo: de crear “otra manera de aproximarse al país”, “otro lenguaje”, en el que sea posible la conexión entre “indigenismo y marxismo”. La derrota depende del modo en que resulta pensada. Aquí el material de archivo es la Carta a las Juntas, de Rodolfo Walsh: la derrota militar no es total si se es capaz de desplazarse, un repliegue en las resistencias populares. Pero ¿hasta dónde y hasta cuándo el repliegue? Para plantear la elaboración de estas cuestiones (la derrota como defecto óptico, el repliegue como fijación), Trímboli plantea dos fechas claves: 1989 –el “congelamiento general de la revolución”- y 2001 -efecto del “éxodo de la política”. 1989, año de la desbandada general, y del menemismo leído como desencadenamiento de una guerra –que no cesa- entre villa y policía y el derroche en el consumo (el archivo aquí es Cristian Alarcón). Y 2001: la lucha de clases pensada como motín, el hartazgo de lo político y emergencia de una sensibilidad anarquista. Las lecturas del zapatismo. Acá Trímboli tiene en mente las discusiones en la revista La Escena Contemporánea. Hay una cuestión óptica en juego, todo el tiempo. El repliegue conserva –congelada- una imagen del cambio que no permite “ver” la mutación de las figuras de la rebelión, la irrupción de nuevas fuerzas o modalidades. 2001 no es un regreso de la revolución, sino otra cosa. Algo que no se entiende desde la revolución congelada. La derrota tiene su carga epistemológica. Y la crisis de 2001 trae una experiencia cognitiva nueva (para esta relación entre crisis y recomposición epistémica, Trímboli utiliza interesantísimas citas de René Zabaleta).

Libro-pliegue contra libro-acontecimiento. La inspiración sublunar es otro nombre para un historicismo radical, que en este caso tiene la enorme ventaja de plantear la importantísima cuestión de la relación entre kirchnerismo y 2001 (cuestión negada por las exaltaciones -¿aún se recuerdan?- de un Néstor mitológico como un “viento que vino del Sur”. Una Ruptura desde la Nada). La impresión -dice Trímboli- es que “es imposible entender de qué se trató el kirchnerismo si se elude eso”. La crisis de 2001 –continúa- “posee una densidad tal que hace que esa luz se vuelva a ver”. Efecto óptico del 2001: permite ver de otro modo. Trímboli destaca allí “esa militancia que se puso al frente de la protesta social de la segunda mitad de la década de los noventa”. E indica que parte de esa militancia “alimentó al kirchnerismo”. Indica la cuestión, pero no avanza más allá. Es decir, no queda lo suficientemente planteada la pregunta sobre qué sucedió (y qué se perdió) cuando aquellas luchas debieron reacomodarse al subperíodo que se abre en 2003. Dice, sí, que con el nuevo gobierno comienza el fin de una sensibilidad autonomista: los hitos de ese desplazamiento son la presencia de Fidel en la asunción de Kirchner, las jornadas de rechazo al ALCA y la llamada “crisis del campo”. Todo el proceso de inclusión del “nosotros” al campo político en vías de reestructuración. En otras palabras: el llamado de Néstor ensambla por fin sentido y tarea: “La política sublunar por primera vez nos atrajo. Leíamos como nunca los diarios; hicimos cálculos electorales de todo tipo; no faltó quien se entrevistara con un barón del conurbano y nos sentamos en despachos de ministerios; gastamos tiempo –demasiado ¿no?- en entender cómo funciona la Corte Suprema de Justicia”. 2003 –masacre de Kosteky y Santillan mediante- concreta el pasaje del pueblo-insurrección a lo que se suponía era el retorno del pueblo-peronista. Y el historiador resalta la naturaleza sublunar del peronismo. Con lo cual 2001 vuelve a quedar donde estaba: encarnando el grado cero de lo político (un estado de pre-política). ¿Qué es 2003? No la revolución sino la reparación. Gobernar es “normalizar”, “reencauzar”. Trímboli cita al Morales Solá -siempre idéntico a sí mismo- de aquellos años, quien explica que el “incordio mayor, el intruso a derrotar” no es “el gobierno de Kirchner” porque resulta “relativamente confiable para acabar con la presencia ya prolongada de este sujeto social –entre zombis y cavernícolas embozados- que saltó a la palestra con el cambio del siglo”.

La gran bifurcación se produce para Trímboli en 2008, con la crisis abierta por la resolución 125 (el gobierno contra “el campo”). La reacción de una parte esencial de las clases dominantes depura y aclara la línea roja. Ya no es la misma del período 2001-2008. Las derechas poseedoras retoman por su cuenta las formas de movilización del 2001. Como sucederá luego con los caseroleros de 2013, se apropian de las formas callejeras y horizontales. No son sino dramatizaciones de las jerarquías propietarias más exasperantes, pero evocando un pueblo. Uno pueblo contra otro. Y ahora sí ese otro es un kirchnerismo lanzado a realizar una política de derechos, inclusión y consumo. Beatriz Sarlo vio en esta dinámica -en los festejos del Bicentenario- la realización de una “hegemonía cultural”. Trímboli se mofa de Sarlo. La regaña. “No olvidábamos que la cancha en la que jugábamos era enteramente la del capitalismo”. Aunque sí admite –recordando aquellos años- un sentimiento distorsionado, una sobreestimación del Estado. El interlocutor en este punto es Eduardo Rinessi. Se trató de un estado de ánimo errado, escribe Trímboli: “convencidos de que el Estado era un sujeto todo poderoso, fascinados por estar recreando su momento peronista, incluso un poco también –pero menos porque era sin masas, también porque avergüenza- el roquista. Nos contentó suponer que calzábamos bien en el Estado, que había compatibilidad”.

El libro funciona disparando toda clase de preguntas y conversaciones abiertas. Trímboli da en el clavo al tomar como un período único el tramo 2001-2015. Un proceso con inflexiones internas, pero un mismo proceso. ¿Cómo resistir la tentación de extender esa unidad heterogénea hasta 2017? ¿No sería aún más desafiante asumir 2015 como una inflexión más del proceso iniciado en 2001? ¿No es posible y hasta necesario aplicar el mismo rigor de las inflexiones y las continuidades internas, que funcionan para explicar el pasaje de la sensibilidad anarquista a la política en 2003, al pasaje de una sensibilidad consumista a una ultra ordenancista en 2015? Entiendo que para el pensamiento bajo el signo de la revolución, el año 2015 le resulte impensable como parte de esta misma secuencia. Pero ¿y si el “macrismo” fuera también un capítulo de esta misma saga bajo el signo de la contrarrevolución? ¿Qué es lo que no funcionó en esta experiencia? ¿Qué le impide al autor leer este trayecto, 2001-2015, como “revolucionaria” (como sí lo hace Álvaro García Linera para el caso de Bolivia)? El historiador responde: la carencia de objetivos estratégicos. Y es que el rechazo de la Revolución como Utopía y luz lunar no liquida el asunto mismo de la revolución, que retorna. Vuelve como ausencia que bloquea la política democrática. Y lo cierto, dice Trímboli, es que el “movimiento real de nuestras sociedades, o limitémonos a la Argentina, fue el de la época, consumista”. Este movimiento real guarda todas las razones de la apuesta a una economía llamada neoextractiva.

¿Sabe el kirchnerismo replegarse? El libro termina justo ahí. Trímboli se declara satisfecho de una experiencia que lo descubrió “clavado en el presente”. Solo que en este presente –lo sabemos bien- ya no es la derecha conservadora la que intenta frenar la revolución, sino que la revolución misma parece haberse convertido en un esfuerzo monumental por interrumpir el tiempo histórico y “postergación del fin del mundo”. El cierre del libro es bello: evoca los efectos durables de los desvíos breves pero intensos. Ellos suelen influir los procesos largos: “veremos”. (Y es cierto. Se trata de volver a “ver”. La persistencia de un “nosotros” depende de la disposición a volver a pulir los lentes).

12 de Noviembre, 2017. 

La travesía de Naruto  (notas sobre el deseo y la decepción política)

Serie: Quién necesita una revolución (parte 5/5)  Diego Sztulwark

I. La tierra

Si uno abandona el marxismo, abandona las últimas esperanzas que se tienen.

Gilles Deleuze

Una serie japonesa de dibujos animados, Naruto, destaca a los ninjas como capaces de ver “a través de la decepción”. Se trata de ir a fondo, de aprender a percibir en la noche cerrada, en medio del triunfalismo enemigo, y de mantenerse activo incluso en la quietud. A ideas parecidas se llega leyendo a Nietzsche: ir a fondo en lo que sea, atravesar el desencanto con los propios ideales, incrementar la potencia afrontando la desilusión. Y puesto que, según Spinoza, querer y pensar son una misma cosa, se puede concluir que el problema de la decepción remite a la constitución y la vitalidad de las fuerzas. Atravesar la decepción, renunciar al discurso utópico, superar las buenas intenciones, desplazarse del moralismo a la estrategia. ¿O acaso el deseo de revolución es deseo de ilusión?

En ¿Qué es la filosofía?, Deleuze y Guattari enseñan a plantear el problema de la revolución de otro modo. Ya no planteando la cuestión del Porvenir de la revolución sino a través de los devenires revolucionarios de la gente. No se trata de una elusión de lo colectivo (pueblo, clase) sino de un cambio de perspectivas más profundo. Cuando la filosofía renuncia a pensar a partir del par “sujeto objeto”, descubre la tierra y sus movimientos. Y los movimientos de la tierra pueden ser “relativos” –regulados por el capital– o “absolutos”, es decir, conmoción plebeya y desvío capaz de crear una nueva tierra. Cierta decepción es necesaria para ir más allá la posición sujeto objeto y para hacernos descubrir los movimientos terrestres. Ideas, afectos y percepciones son asuntos de dinamismo, de velocidades, de aptitudes de las fuerzas. Tierra y conceptos son aspectos de un mismo Pensamiento-Naturaleza (de allí todo ese trabalenguas de territorializaciones, desterritorializaciones y reterritorializaciones). Lo que intentan Deleuze y Guattari es una “geofilosofía”, es decir, una orientación del pensamiento que se atreve a anticipar el desvío plebeyo, por medio de una serie de evaluaciones colectivas, de un sinnúmero de devenires.

La geofilosofía no concibe al pensador como un erudito, un maestro de cátedra o un intelectual de Estado, sino como ser de percepción: un vidente. Un viviente capaz de sentir destellos virtuales. El pensador es una criatura de plegados. Todo en él es al mismo tiempo idea y movimiento de la tierra. De allí la idea de anticipo y de escritura que Deleuze y Guattari atribuyen a lo que llaman “máquinas de guerra”. Escribir es prolongar estas Ideas-Movimientos de la tierra, contactar con el caos, ir al encuentro de las fuerzas que golpean a la puerta, adentrarse en el afuera, crear posibles. Kafka y Foucault: se escribe para conjurar dispositivos de poder, para desensamblarlos. Convertir en absoluto cada movimiento relativo.

Escuchar la tierra supone un desencanto, una crítica, un desmoronamiento de las idolatrías, un no estilo, un más allá de las expectativas y las proyecciones. Una voluntad de perder la voluntad. La “georevolución” como fenómeno de una vida capaz de perder la forma humana se vuelca enteramente del lado de un materialismo radical (Deleuze escribía sobre Marx al final de su vida).

Nietzsche condenaba a los despreciadores del cuerpo y de la tierra. A los amantes de los ideales, a los creyentes del sentido. La risa de Zaratustra es removedora, un anticristo. Cuando se erigen sobre el mundo unos valores superiores, decía, se crea una realidad suprasensible que reviste lo sensible y lo devalúa (Marx también lo decía sobre el fetichismo, pensando en el cuerpo de la mercancía, ese sensible revestido de poderes suprasensibles). Cuando la ilusión se deshace ya no se reconocen valores en lo mundano previamente degradado. De la ilusión a la desilusión, la vida transcurre sin afirmaciones terrenales y el querer, que no encuentra nada válido en qué creer, solo puede querer su propia sobrevida. Cierta decepción se vuelve entonces condición de posibilidad para crear nuevos lazos con el mundo. Ni un realismo sin devenir (decepción de derecha) ni unas creencias en ideales desconectados con los movimientos de la tierra (ilusión desvitalizada de las izquierdas). Ni una cosa ni otra. La fórmula la aporta François Zourabichvili: “cierta decepción”.

II. El deseo

Abandonar la revolución debía tener la misma intensidad que bregar por ella.

Tomás Abraham

 

El deseo de revolución se titula un reciente libro del filósofo Tomás Abraham sobre la relación entre la filosofía francesa –con repercusiones argentinas– y una sed de transformación de la vida. Es decir, sobre Sartre. El tono de Abraham es conocido (no sé cómo calificarlo: ¿transgresor?, ¿“niño terrible”?) puesto que se trata de un personaje público o mediático. El tono del libro es otra cosa. Menos sentencioso y autorreferencial. Un modo narrativo ágil que permite al autor reseñar con conocimiento y gracia los diferentes capítulos de la filosofía francesa desde de la galaxia Sartre (Georges Bataille, Simone de Beauvoir, Maurice Merleau-Ponty, Raymond Aron, Albert Camus, Benny Lévy) pasando por la generación de los Althuser (con su descendencia: Alain Badiou, a quien detesta, Jacques Rancière y Pierre Macherey), Barthes, Foucault y Deleuze (Deleuze sin Guattari), hasta la generación de los nuevos filósofos (de Jean-Claude Milner a André Glucksmann) pasando por la filosofía de inspiración religiosa de Emmanuel Levinas.

Sin confundirlos –ama a Deleuze, detesta a Badiou, etcétera–, Abraham los considera a todos ellos –la entera filosofía francesa posterior a la liberación– como grandes maestros que han ido tramando la ilusión –primero del compromiso, luego del saber, finalmente de los derechos humanos– con consistencia académica. Artistas sublimes que han sostenido la cuestión revolucionaria –¿que viene de Kant? – junto con un virtuosismo arraigado en la tradición de la enseñanza universitaria europea. Abraham admira las piruetas de los franceses. Y eso que los conoció de cerca. La Francia de Abraham es seguramente el último capítulo admirable de los europeos. Uno podría admirar a los italianos (sobre todo a Negri, pero está también Agamben), pero no. No es el caso de Abraham. Lo que le interesa es la estela sartreana y su capítulo argentino resuelto a partir de perfiles desiguales de un puñado de filósofos argentinos (David Viñas y León Rozitchner están mejor retratados por Piglia en los Diarios de Renzi; de Oscar Massota, Carlos Correa y Juan José Sebrelli, se dicen cosas más interesantes; Juan Carlos Portantiero está apenas reseñado por su relación con Gramsci; y a Oscar del Barco se lo considera sobre todo a partir de su carta “No matarás”, en la estela de la obra de Levinas).

Lo que a Abraham le interesa señalar es el carácter “sublime” del acto revolucionario. Se trata de un “deseo” que “como tal no tiene fecha de vencimiento”. La “ilusión”, en cambio, sí es “una entidad perecedera”. Inobjetable. Hay deseos que son capaces de subsistir a la decepción, creando un problema “que no se resuelve con la facilidad con la que Freud conjugó el principio del placer con el principio de realidad”. Quizás la filosofía posrevolucionaria deba afrontar los desatinos a los que conduce una y otra vez este deseo rebelde. El libro de Abraham pretende trazar “un obituario de una insistencia deseante”. ¿Cómo entender esta pretensión? Obituario o no obituario, el interés del libro está en su propósito explícito: “mostrar los modos en que el deseo de revolución se manifestó en la filosofía francesa contemporánea”. Cada capítulo (Ser, Hacer, Deber, Saber, Poder, Creer) es un “calendario de las decepciones”. La filosofía francesa como una anatomía de Sartre. Cada capítulo coincide, en la lectura de Abraham, con las obsesiones del fundador de Les temps modernes, incluyendo la vejez y esa horrible relación final con el célebre líder maoísta Pierre Victor (devenido filósofo judío con su verdadero nombre Benny Lévy) en la que no se entiende –y esto parece complacer de algún modo a Abraham– si el filósofo busca conectar con nuevas rebeliones o abjurar de todas ellas.

III. El saber

Todas las cosas de los hombres están en movimiento, y no pueden jamás quedar quietas.

Nicolás Maquiavelo

Lo que está en cuestión es, entonces, el deseo de revolución. Al cabo de un tiempo posterior a la salida de su libro, Abraham dio una entrevista en la TV, en el canal de La Nación. Allí respondió a la pregunta sobre su propio deseo de revolución, advirtiendo que las revoluciones reales implicaban la guerra civil. Querer la revolución es desear la guerra. En otras apalabras: no es posible pensar la revolución sin asumir la cuestión de la violencia y el terror.

Amador Fernández-Savater ha escrito recientemente contra la imagen de la revolución como obstáculo para reconocer procesos actuales de cambio. La revolución como deseo parece estar sometida al más duro de los exámenes. Ya no se la asocia con la más aguda comprensión crítica de lo real, la que elucida y cuestiona las relaciones de explotación, sino con una distorsión cognitiva. Las preguntas se agolpan: ¿quién desea una revolución y qué revolución se desea? ¿El deseo de revolución es patológico? ¿Y cuáles serían los deseos más adecuados en el terreno histórico-político?

El saber político, tal y como lo expuso Maquiavelo, constituye un arte de reforma del pensamiento. A la virtud política se puede aplicar la última frase de la Ética de Spinoza: “Todo lo excelso es tan difícil como raro”. Contra el pensamiento político conspiran tanto el peso de qué ilusión tiene en la experiencia humana del contacto con lo real –los sujetos suelen quedar atrapados en el orden originado en su propia imaginación proyectada sobre un orden de real–, como el hecho de que lo real mismo actúa mediante una red viva de encadenamientos causales en continua recombinación, determinando mutaciones incalculables sobre las situaciones sobre las que se aspira a actuar (eso que Maquiavelo llamaba “la fortuna”). En otras palabras: el saber político (“la virtud”) surge del desprendimiento que podamos efectuar bajo fondo del choque entre lo continuo del propio deseo (ilusión) y la variabilidad incalculable de las determinaciones (fortuna).

Para Maquiavelo, el saber político no se resuelve nunca en una comprensión total y duradera sino como la capacidad para activar una analítica parcial y local sobre los movimientos de la tierra. La política maquiaveliana se origina en una doble postulación: constitución de un “sujeto finito”, de saberes locales y de corto plazo, adiestrado en la sospecha de su propia imaginación, y un intenso anti-utopismo que rechaza la absorción de este saber provisorio y de tipo estratégico en un plano de trascendencia moral o teológico (la fantasmagoría del deber ser).

El filósofo –francés- en el que piensa Abraham es también, aunque de un modo menos directo, un pensador de las coyunturas (la Liberación; la Revolución Cultural China; Argelia; Mayo del 68, etcétera). El filósofo se inscribe en ellas de un modo u otro. Y al tomar partido corre riesgos muy concretos. Uno de ellos es el moralismo, procedente de la ambición de un saber trascendente, que escape o pretenda controlar ese real ilimitado y mutante que escapa (la fortuna). Si la filosofía de Deleuze, Guattari o Foucault sigue siendo productiva para los no filósofos, tal vez se deba precisamente a su énfasis en la estrategia, la crítica de la moral, la fuga, la cartografía, la creación de territorios existenciales. Por fuera de estas indicaciones –que refieren al movimiento y a la tierra–, el filósofo se convierte en alguien que tiene un saber infatuado sobre la vida y la política. O bien un saber cínico, confinado a manipular la imaginación popular (identificación, interpelación, fijación imaginaria que obra como sucedáneo de la realidad) con el solo fin de reconstruir el monopolio de la política en manos del Estado como fundamento para el orden y la obediencia. Todo lo contrario a un maquiavelismo, es decir, a un dispositivo que apela a la imaginación popular articulándola con una analítica del presente dentro de un horizonte anti-utópico de constitución de fuerza democrática.

¿Es aún capaz de política el filósofo? ¿No fue la revolución, por debajo de las imágenes míticas que de ellas nos hacemos, la más lograda inmanencia del pensamiento al movimiento sin reticencias? ¿Persiste el deseo más como perturbación subjetiva que como capacidad de afrontar problemas históricamente planteados, los más difíciles? ¿La revolución será sepultada como cadáver del idealismo de la voluntad o en la fosa común que comunica con las pulsiones de los vivos, pulsiones sin imagen previa ni modelo que no deja de retornar cuando los desvíos se aúnan en nueva fuerza? Quizás se pueda decir del deseo lo mismo que de la filosofía: solo deviene crítica y libre con relación a problemas concretos. No la libertad, sino la creación de una salida.

IV. Las moléculas

¿De qué sirve ser desdichado?

Jean Paul Sartre

Abraham intuye que su libro desemboca en la cuestión de la creatividad del político. No es reprochable que el maquiavelismo no sea aquí su asunto, pero apena el ninguneo de Félix Guattari, perdido en los mil pliegues del nombre Deleuze. Lo que se pierde con el nombre Guattari es una consideración de la intuición de una “revolución molecular”.  Una mutación desobediente de todo aquello que el capitalismo sostiene en una estratificación continua. No importa cuan fluida es la sujeción capitalista, se trata siempre de desterritorializaciones “relativas”. Lógica axiomática del capital. Guattari se ha esforzado como nadie en recuperar y traducir la pragmática revolucionaria a las condiciones del capitalismo mundial integrado. El movimiento es doble: liberar las multiplicidades de las potencias de la trascendencia (El Estado, La Política), y retomar las funciones que Lenin adjudicaba al partido centralizado (la teorización, la conciencia, la voluntad) para recrearlas en una multiplicidad de focos capaces de singularizar las prácticas de producción de subjetividad.

La revolución molecular parte de un diagnóstico maquiaveliano/marxiano sobre la doble condición de lo real histórico como dinamismo (Polo Singularización: movimiento, flujos) y estratificación (Polo Estandarización: territorialización, codificación). El capitalismo como encuentro entre flujo de riquezas y de trabajo, determinación recíproca sobre el cuerpo del dinero. Mientras que el capital es la subsunción real de la vida y la conjunción axiomática de flujos, la actividad vital se recrea en una pluralidad de prácticas “heterogenéticas”, introductoras de caos y complejidad. El problema de la revolución resulta plenamente retomado a partir de la proliferación de movimientos y subjetivaciones que incluya una analítica molecular de las causas y determinaciones y que cuestione la separación entre objetivo y subjetivo que priman en una lectura reaccionaria o conservadora de la política en Maquiavelo.

El nombre de Guattari importa porque permite concebir de otro modo el deseo y la revolución.  Como importa el nombre de León Rozitchner, cuando le responde a Oscar del Barco que hay razones más importantes para no matar que las del mandamiento paterno (Rozitchner explica que los dos extremos de la violencia de la derecha, esa que repudiamos junto a Del Barco, surge de no criticar a fondo el sacrificio –razones para hacerse matar– y el aniquilamiento físico del enemigo: las razones para no matar surgen de un deseo diferente de vida, un divino-inmanente, antes que de una orden de Dios. Con Rozitchner aprendemos un modo diferente de la guerra en la que no se trata de morir ni de matar). Guattari y Rozitchner juntos, sí: la guerra civil no es una consecuencia de las revoluciones moleculares sino el fantasma que no dejan de agitar los poderes asesinos y su perversa ecuación entre lo racional y lo bestial (claramente expuesto por el político florentino). En la constelación que estamos sugiriendo entre la revolución molecular, el materialismo ensoñado y el problema de la constitución del príncipe colectivo se abren las condiciones para pensar/desear la revolución como el conjunto de las rupturas de que somos capaces, mas allá de la revolución (idealizada) y de los lamentos justificados en supuestas derrotas.

3 de Diciembre, 2017.

Posdata radial:

1 – «¿Qué Lenin hoy?» en Clinamen

2 – Sublunar: entre el kirchnerismo y la revolución // Clinämen (conversación con Javier Trímboli)

3 – ¿Quién necesita una revolución? // Clinamen

4 –  Homenaje al Che: Conversaciones con Diego Sztulwark // La luna con Gatillo

¿Quién es Simondon y para qué nos sirve hoy? // Clinämen

Conversación con Pablo “Manolo” Rodríguez, doctor en Ciencias Sociales, ensayista y docente. El filósofo francés Gilbert Simondon como llave para ingresar por otro lado a la discusión sobre la técnica. La charla sucede a partir del lanzamiento del libro de Muriel Combes, “Simondon: una filosofía de lo transindividual”.

La travesía de Naruto (notas sobre el deseo y la decepción) // Diego Sztulwark

Serie: Quién necesita una revolución 

I. La tierra

Si uno abandona el marxismo, abandona las últimas esperanzas que se tienen.

Gilles Deleuze

Una serie japonesa de dibujos animados, Naruto, destaca a los ninjas como capaces de ver “a través de la decepción”. Se trata de ir a fondo, de aprender a percibir en la noche cerrada, en medio del triunfalismo enemigo, y de mantenerse activo incluso en la quietud. A ideas parecidas se llega leyendo a Nietzsche: ir a fondo en lo que sea, atravesar el desencanto con los propios ideales, incrementar la potencia afrontando la desilusión. Y puesto que, según Spinoza, querer y pensar son una misma cosa, se puede concluir que el problema de la decepción remite a la constitución y la vitalidad de las fuerzas. Atravesar la decepción, renunciar al discurso utópico, superar las buenas intenciones, desplazarse del moralismo a la estrategia. ¿O acaso el deseo de revolución es deseo de ilusión?

En ¿Qué es la filosofía?, Deleuze y Guattari enseñan a plantear el problema de la revolución de otro modo. Ya no planteando la cuestión del Porvenir de la revolución sino a través de los devenires revolucionarios de la gente. No se trata de una elusión de lo colectivo (pueblo, clase) sino de un cambio de perspectivas más profundo. Cuando la filosofía renuncia a pensar a partir del par “sujeto objeto”, descubre la tierra y sus movimientos. Y los movimientos de la tierra pueden ser “relativos” –regulados por el capital– o “absolutos”, es decir, conmoción plebeya y desvío capaz de crear una nueva tierra. Cierta decepción es necesaria para ir más allá la posición sujeto objeto y para hacernos descubrir los movimientos terrestres. Ideas, afectos y percepciones son asuntos de dinamismo, de velocidades, de aptitudes de las fuerzas. Tierra y conceptos son aspectos de un mismo Pensamiento-Naturaleza (de allí todo ese trabalenguas de territorializaciones, desterritorializaciones y reterritorializaciones). Lo que intentan Deleuze y Guattari es una “geofilosofía”, es decir, una orientación del pensamiento que se atreve a anticipar el desvío plebeyo, por medio de una serie de evaluaciones colectivas, de un sinnúmero de devenires.

La geofilosofía no concibe al pensador como un erudito, un maestro de cátedra o un intelectual de Estado, sino como ser de percepción: un vidente. Un viviente capaz de sentir destellos virtuales. El pensador es una criatura de plegados. Todo en él es al mismo tiempo idea y movimiento de la tierra. De allí la idea de anticipo y de escritura que Deleuze y Guattari atribuyen a lo que llaman “máquinas de guerra”. Escribir es prolongar estas Ideas-Movimientos de la tierra, contactar con el caos, ir al encuentro de las fuerzas que golpean a la puerta, adentrarse en el afuera, crear posibles. Kafka y Foucault: se escribe para conjurar dispositivos de poder, para desensamblarlos. Convertir en absoluto cada movimiento relativo.

Escuchar la tierra supone un desencanto, una crítica, un desmoronamiento de las idolatrías, un no estilo, un más allá de las expectativas y las proyecciones. Una voluntad de perder la voluntad. La “georevolución” como fenómeno de una vida capaz de perder la forma humana se vuelca enteramente del lado de un materialismo radical (Deleuze escribía sobre Marx al final de su vida).

Nietzsche condenaba a los despreciadores del cuerpo y de la tierra. A los amantes de los ideales, a los creyentes del sentido. La risa de Zaratustra es removedora, un anticristo. Cuando se erigen sobre el mundo unos valores superiores, decía, se crea una realidad suprasensible que reviste lo sensible y lo devalúa (Marx también lo decía sobre el fetichismo, pensando en el cuerpo de la mercancía, ese sensible revestido de poderes suprasensibles). Cuando la ilusión se deshace ya no se reconocen valores en lo mundano previamente degradado. De la ilusión a la desilusión, la vida transcurre sin afirmaciones terrenales y el querer, que no encuentra nada válido en qué creer, solo puede querer su propia sobrevida. Cierta decepción se vuelve entonces condición de posibilidad para crear nuevos lazos con el mundo. Ni un realismo sin devenir (decepción de derecha) ni unas creencias en ideales desconectados con los movimientos de la tierra (ilusión desvitalizada de las izquierdas). Ni una cosa ni otra. La fórmula la aporta François Zourabichvili: “cierta decepción”.

II. El deseo

Abandonar la revolución debía tener la misma intensidad que bregar por ella.

Tomás Abraham

El deseo de revolución se titula un reciente libro del filósofo Tomás Abraham sobre la relación entre la filosofía francesa –con repercusiones argentinas– y una sed de transformación de la vida. Es decir, sobre Sartre. El tono de Abraham es conocido (no sé cómo calificarlo: ¿transgresor?, ¿“niño terrible”?) puesto que se trata de un personaje público o mediático. El tono del libro es otra cosa. Menos sentencioso y autorreferencial. Un modo narrativo ágil que permite al autor reseñar con conocimiento y gracia los diferentes capítulos de la filosofía francesa desde de la galaxia Sartre (Georges Bataille, Simone de Beauvoir, Maurice Merleau-Ponty, Raymond Aron, Albert Camus, Benny Lévy) pasando por la generación de los Althuser (con su descendencia: Alain Badiou, a quien detesta, Jacques Rancière y Pierre Macherey), Barthes, Foucault y Deleuze (Deleuze sin Guattari), hasta la generación de los nuevos filósofos (de Jean-Claude Milner a André Glucksmann) pasando por la filosofía de inspiración religiosa de Emmanuel Levinas.

Sin confundirlos –ama a Deleuze, detesta a Badiou, etcétera–, Abraham los considera a todos ellos –la entera filosofía francesa posterior a la liberación– como grandes maestros que han ido tramando la ilusión –primero del compromiso, luego del saber, finalmente de los derechos humanos– con consistencia académica. Artistas sublimes que han sostenido la cuestión revolucionaria –¿que viene de Kant? – junto con un virtuosismo arraigado en la tradición de la enseñanza universitaria europea. Abraham admira las piruetas de los franceses. Y eso que los conoció de cerca. La Francia de Abraham es seguramente el último capítulo admirable de los europeos. Uno podría admirar a los italianos (sobre todo a Negri, pero está también Agamben), pero no. No es el caso de Abraham. Lo que le interesa es la estela sartreana y su capítulo argentino resuelto a partir de perfiles desiguales de un puñado de filósofos argentinos (David Viñas y León Rozitchner están mejor retratados por Piglia en los Diarios de Renzi; de Oscar Massota, Carlos Correa y Juan José Sebrelli, se dicen cosas más interesantes; Juan Carlos Portantiero está apenas reseñado por su relación con Gramsci; y a Oscar del Barco se lo considera sobre todo a partir de su carta “No matarás”, en la estela de la obra de Levinas).

Lo que a Abraham le interesa señalar es el carácter “sublime” del acto revolucionario. Se trata de un “deseo” que “como tal no tiene fecha de vencimiento”. La “ilusión”, en cambio, sí es “una entidad perecedera”. Inobjetable. Hay deseos que son capaces de subsistir a la decepción, creando un problema “que no se resuelve con la facilidad con la que Freud conjugó el principio del placer con el principio de realidad”. Quizás la filosofía posrevolucionaria deba afrontar los desatinos a los que conduce una y otra vez este deseo rebelde. El libro de Abraham pretende trazar “un obituario de una insistencia deseante”. ¿Cómo entender esta pretensión? Obituario o no obituario, el interés del libro está en su propósito explícito: “mostrar los modos en que el deseo de revolución se manifestó en la filosofía francesa contemporánea”. Cada capítulo (Ser, Hacer, Deber, Saber, Poder, Creer) es un “calendario de las decepciones”. La filosofía francesa como una anatomía de Sartre. Cada capítulo coincide, en la lectura de Abraham, con las obsesiones del fundador de Les temps modernes, incluyendo la vejez y esa horrible relación final con el célebre líder maoísta Pierre Victor (devenido filósofo judío con su verdadero nombre Benny Lévy) en la que no se entiende –y esto parece complacer de algún modo a Abraham– si el filósofo busca conectar con nuevas rebeliones o abjurar de todas ellas.

III. El saber

Todas las cosas de los hombres están en movimiento, y no pueden jamás quedar quietas.

Nicolás Maquiavelo

Lo que está en cuestión es, entonces, el deseo de revolución. Al cabo de un tiempo posterior a la salida de su libro, Abraham dio una entrevista en la TV, en el canal de La Nación. Allí respondió a la pregunta sobre su propio deseo de revolución, advirtiendo que las revoluciones reales implicaban la guerra civil. Querer la revolución es desear la guerra. En otras apalabras: no es posible pensar la revolución sin asumir la cuestión de la violencia y el terror.

Amador Fernández-Savater ha escrito recientemente contra la imagen de la revolución como obstáculo para reconocer procesos actuales de cambio. La revolución como deseo parece estar sometida al más duro de los exámenes. Ya no se la asocia con la más aguda comprensión crítica de lo real, la que elucida y cuestiona las relaciones de explotación, sino con una distorsión cognitiva. Las preguntas se agolpan: ¿quién desea una revolución y qué revolución se desea? ¿El deseo de revolución es patológico? ¿Y cuáles serían los deseos más adecuados en el terreno histórico-político?

El saber político, tal y como lo expuso Maquiavelo, constituye un arte de reforma del pensamiento. A la virtud política se puede aplicar la última frase de la Ética de Spinoza: “Todo lo excelso es tan difícil como raro”. Contra el pensamiento político conspiran tanto el peso de qué ilusión tiene en la experiencia humana del contacto con lo real –los sujetos suelen quedar atrapados en el orden originado en su propia imaginación proyectada sobre un orden de real–, como el hecho de que lo real mismo actúa mediante una red viva de encadenamientos causales en continua recombinación, determinando mutaciones incalculables sobre las situaciones sobre las que se aspira a actuar (eso que Maquiavelo llamaba “la fortuna”). En otras palabras: el saber político (“la virtud”) surge del desprendimiento que podamos efectuar bajo fondo del choque entre lo continuo del propio deseo (ilusión) y la variabilidad incalculable de las determinaciones (fortuna).

Para Maquiavelo, el saber político no se resuelve nunca en una comprensión total y duradera sino como la capacidad para activar una analítica parcial y local sobre los movimientos de la tierra. La política maquiaveliana se origina en una doble postulación: constitución de un “sujeto finito”, de saberes locales y de corto plazo, adiestrado en la sospecha de su propia imaginación, y un intenso anti-utopismo que rechaza la absorción de este saber provisorio y de tipo estratégico en un plano de trascendencia moral o teológico (la fantasmagoría del deber ser).

El filósofo –francés- en el que piensa Abraham es también, aunque de un modo menos directo, un pensador de las coyunturas (la Liberación; la Revolución Cultural China; Argelia; Mayo del 68, etcétera). El filósofo se inscribe en ellas de un modo u otro. Y al tomar partido corre riesgos muy concretos. Uno de ellos es el moralismo, procedente de la ambición de un saber trascendente, que escape o pretenda controlar ese real ilimitado y mutante que escapa (la fortuna). Si la filosofía de Deleuze, Guattari o Foucault sigue siendo productiva para los no filósofos, tal vez se deba precisamente a su énfasis en la estrategia, la crítica de la moral, la fuga, la cartografía, la creación de territorios existenciales. Por fuera de estas indicaciones –que refieren al movimiento y a la tierra–, el filósofo se convierte en alguien que tiene un saber infatuado sobre la vida y la política. O bien un saber cínico, confinado a manipular la imaginación popular (identificación, interpelación, fijación imaginaria que obra como sucedáneo de la realidad) con el solo fin de reconstruir el monopolio de la política en manos del Estado como fundamento para el orden y la obediencia. Todo lo contrario a un maquiavelismo, es decir, a un dispositivo que apela a la imaginación popular articulándola con una analítica del presente dentro de un horizonte anti-utópico de constitución de fuerza democrática.

¿Es aún capaz de política el filósofo? ¿No fue la revolución, por debajo de las imágenes míticas que de ellas nos hacemos, la más lograda inmanencia del pensamiento al movimiento sin reticencias? ¿Persiste el deseo más como perturbación subjetiva que como capacidad de afrontar problemas históricamente planteados, los más difíciles? ¿La revolución será sepultada como cadáver del idealismo de la voluntad o en la fosa común que comunica con las pulsiones de los vivos, pulsiones sin imagen previa ni modelo que no deja de retornar cuando los desvíos se aúnan en nueva fuerza? Quizás se pueda decir del deseo lo mismo que de la filosofía: solo deviene crítica y libre con relación a problemas concretos. No la libertad, sino la creación de una salida.

IV. Las moléculas

¿De qué sirve ser desdichado?

Jean Paul Sartre

Abraham intuye que su libro desemboca en la cuestión de la creatividad del político. No es reprochable que el maquiavelismo no sea aquí su asunto, pero apena el ninguneo de Félix Guattari, perdido en los mil pliegues del nombre Deleuze. Lo que se pierde con el nombre Guattari es una consideración de la intuición de una “revolución molecular”.  Una mutación desobediente de todo aquello que el capitalismo sostiene en una estratificación continua. No importa cuan fluida es la sujeción capitalista, se trata siempre de desterritorializaciones “relativas”. Lógica axiomática del capital. Guattari se ha esforzado como nadie en recuperar y traducir la pragmática revolucionaria a las condiciones del capitalismo mundial integrado. El movimiento es doble: liberar las multiplicidades de las potencias de la trascendencia (El Estado, La Política), y retomar las funciones que Lenin adjudicaba al partido centralizado (la teorización, la conciencia, la voluntad) para recrearlas en una multiplicidad de focos capaces de singularizar las prácticas de producción de subjetividad.

 

La revolución molecular parte de un diagnóstico maquiaveliano/marxiano sobre la doble condición de lo real histórico como dinamismo (Polo Singularización: movimiento, flujos) y estratificación (Polo Estandarización: territorialización, codificación). El capitalismo como encuentro entre flujo de riquezas y de trabajo, determinación recíproca sobre el cuerpo del dinero. Mientras que el capital es la subsunción real de la vida y la conjunción axiomática de flujos, la actividad vital se recrea en una pluralidad de prácticas “heterogenéticas”, introductoras de caos y complejidad. El problema de la revolución resulta plenamente retomado a partir de la proliferación de movimientos y subjetivaciones que incluya una analítica molecular de las causas y determinaciones y que cuestione la separación entre objetivo y subjetivo que priman en una lectura reaccionaria o conservadora de la política en Maquiavelo.

El nombre de Guattari importa porque permite concebir de otro modo el deseo y la revolución.  Como importa el nombre de León Rozitchner, cuando le responde a Oscar del Barco que hay razones más importantes para no matar que las del mandamiento paterno (Rozitchner explica que los dos extremos de la violencia de la derecha, esa que repudiamos junto a Del Barco, surge de no criticar a fondo el sacrificio –razones para hacerse matar– y el aniquilamiento físico del enemigo: las razones para no matar surgen de un deseo diferente de vida, un divino-inmanente, antes que de una orden de Dios. Con Rozitchner aprendemos un modo diferente de la guerra en la que no se trata de morir ni de matar). Guattari y Rozitchner juntos, sí: la guerra civil no es una consecuencia de las revoluciones moleculares sino el fantasma que no dejan de agitar los poderes asesinos y su perversa ecuación entre lo racional y lo bestial (claramente expuesto por el político florentino). En la constelación que estamos sugiriendo entre la revolución molecular, el materialismo ensoñado y el problema de la constitución del príncipe colectivo se abren las condiciones para pensar/desear la revolución como el conjunto de las rupturas de que somos capaces, mas allá de la revolución (idealizada) y de los lamentos justificados en supuestas derrotas.

Color tierra // Verónica Gago

NUEVA CAZA DE BRUJAS El racismo, siempre negado o minimizado en nuestro país, apareció como si se explotara un grano –la metáfora desagradable es apropiada– en la Patagonia, lugar de refugio de nazis de la Segunda Guerra Mundial, a propósito del conflicto por los territorios mapuches que ya dejó dos muertos: Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Las mapuches lo relatan cada vez que dan cuenta del modo en que se las reprime y desde las máximas autoridades de la Nación se justifica ese accionar cumpliendo con el guión de esa ideología: convirtiendo a los cuerpos racializados en peligrosos, ajenos a la sociedad, amenazantes. Como en Estados Unidos con la campaña de denuncia #BlackLivesMatter –las vidas negras importan– son mujeres jóvenes las que con más fuerza llevan adelante la denuncia, aquí voceras de las comunidades en conflicto.

“Tanto les gusta la tierra, comé tierra.” Así le decían a la adolescente mapuche, considerada por su comunidad como una figura de autoridad espiritual y médica, mientras estaba detenida, a la vez que le pegaban en las piernas para forzarla a arrodillarse cuando ella se negaba a hacerlo frente a las fuerzas represivas. Según cuentan las mujeres mapuches, ella es la primera machi de este lado de la cordillera en casi un siglo, lo que hace más vívida la evocación de las escenas de caza de brujas que relata la feminista italiana Silvia Federici para explicar cómo esas mujeres fueron castigadas para desprestigiar su saber comunitario y su poder político. Sólo así fue posible la expropiación de las tierras para lanzar la acumulación originaria en los inicios del capitalismo, dice Federici. Pero esto sucede aquí y ahora: esta práctica de tortura fue en el marco de la detención de mujeres y niñxs mapuche el pasado fin de semana, tras el desalojo en la Lof Lafken Winkul Mapu (lago Mascardi), a quienes obligaron a estar cinco horas al lado del cuerpo muerto de Rafael Nahuel, asesinado por esa misma fuerza. Así lo relató la abogada Sonia Ivanoff, Vicepresidenta de la Asociación de Abogadxs de Derecho Indígena de la República Argentina (AAD).

Esta escena, además, se encadena a otras que no dejan de sucederse a ritmo de galope: el fusilamiento del joven de 22 años por la espalda, la detención y represión en las comunidades, la militarización de la zona, los retenes interrumpiendo el tránsito en la ruta 40, la impunidad sobre la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado –y que se conectan con una lista olvidada de muertes indígenas en la última década en las provincias de Chaco, Santiago del Estero y Formosa en enfrentamientos con terratenientes o sus mandatarios.

El hilo común que ahora emerge con inusitada fuerza es el racismo como lenguaje privilegiado de la guerra social y el racismo, entonces, como organizador de una nueva economía   de la violencia.

La crueldad, los abusos, las torturas y el despojo que se acumulan y se propagan mediáticamente van construyendo las condiciones de posibilidad para que ahora el Estado fusile a un pibe mapuche de 22 años por la espalda y que la vicepresidenta Gabriela Michetti hable de la nueva doctrina de seguridad nacional que otorga “el beneficio de la duda” a las fuerzas de seguridad. Que se militarice el Hospital de Bariloche a la espera de que lleguen heridos y que se mantenga presos a quienes llevaron el cuerpo de Rafael (Fausto Horacio Jones Huala y Lautaro Alejandro González). Que se retenga como cautivos a niños y niñas durante horas. Que la ministra de seguridad Patricia Bullrich propague la idea de que hay armas que nadie vio ni fueron encontradas en las comunidades mapuche para justificar el asesinato.

Rafael Nahuel condensa muchas imágenes. Es un mapuche-villero, un pibe de gorra: cuando se lo asesina a él, se repite también el gatillo fácil de las periferias de las ciudades, pero al mismo tiempo marca un nuevo umbral de impunidad por el sentido explícito y aterrorizante con que se montó la cacería represiva y por la militarización de la zona y el lenguaje de guerra puesto a circular.

La operación mediática y militar unifica entonces raza, criminalidad y peligrosidad para hacer de estxs jóvenes lxs nuevxs “condenadxs de la tierra” (para citar el célebre libro de Frantz Fanon). Por eso, en el conflicto en el sur, la cuestión colonial emerge por su punto histórico más fuerte: la propiedad de la tierra. Como lo dijo una mujer de la comunidad desalojada en un video casero que se viralizó: la lucha con el empresario Luciano Benetton por los alambrados y por forzar a las familias a vender la tierra es constante. Que Benetton compra tierras con casas mapuche y las exhibe como un museo viviente, diciendo que respeta a la población originaria. Ella lo sintetizó también al describir Bariloche: “Bariloche es nazi, por eso nos quieren matar a todos nosotros”.

La ciudad, conocida por albergar jerarcas nazis, ha hecho de los llamados “barrios altos” (las periferias) una suerte de patio trasero de la postal turística patagónica. Fue la zona que estalló en 2010, cuando la policía mató a Diego Bonefoi, de 15 años y no dejaron desde entonces de sucederse conflictos sociales, allí donde el racismo potencia la ideología de la (in)seguridad hasta confines inimaginados.

Esos conflictos de la periferia urbana están directamente ligados a una generación joven que politiza la discusión sobre el territorio, el derecho a la ciudad y la propiedad de la tierra (en los barrios y en las montañas y los lagos). Es justamente ese vínculo el que se quiere borrar cuando se utiliza desde el gobierno el “cliché” de la ancestralidad para simultáneamente acusar a los pueblos mapuche de no ser “verdaderamente” ancestrales y de tener “gritos ancestrales de guerra” (como describía el perverso comunicado del Ministerio del Interior para justificar el “enfrentamiento” que terminó con el asesinato de Rafael Nahuel).

Así, se imprime sobre el conflicto la calificación del terrorismo para hablar de comunidades que reclaman sus tierras, para dar rienda suelta a la ilegalidad de las fuerzas estatales en su accionar mientras se fomenta el policiamiento (o “engorramiento”) social y, de paso, evocar la escena setentista de una violencia armada organizada para movilizar todos los fantasmas del enemigo interior.

La novedad es cómo ahora juega la cuestión de la raza en esta nueva edición de la conquista del desierto, un tema que en nuestro país siempre se intentó eludir, ocultar, minimizar.

Este andamiaje institucional y discursivo se debe a que este gobierno ha marcado un rumbo que coloca en otro nivel la alianza empresarial y represiva. Y que consiste en disponer al conjunto de las fuerzas estatales a la defensa cerrada de las transnacionales propietarias que son las nuevas figuras terratenientes, legitimando la cacería como parte de un racismo institucional, y coronando una fase ascendente del agronegocio (ahora manejado por la propia Sociedad Rural Argentina desde el Ministerio de Agroindustria con el nombramiento de Luis Miguel Etchevehere) con la especulación inmobiliaria turística.

No es casual que pueda hacerse un paralelismo con lo que relata la activista    y escritora Keeanga-Yamatha Taylor para hablar del surgimiento del movimiento #BlackLivesMatter (#LasVidas NegrasImportan), ya que el asesinato de jóvenes negros a manos de la policía pone en marcha una forma de terrorismo policial que explicita cómo la división de clase es una división racista y sexista: esto quiere decir que las desigualdades raciales y económicas legitiman un sistema judicial dual y un sistema legal que organiza la represión sobre los más pobres (De #BlackLivesMatter a la liberación negra, Tinta Limón Ediciones 2017). Las políticas que emergieron en la ciudad estadounidense de Ferguson, cuando se asesinó a sangre fría al joven Mike Brown, “fueron encarnadas por la aparición de las mujeres jóvenes como una fuerza fundamental de la organización”, escribe Taylor. Y pusieron en marcha un movimiento anti-racista desde las calles con la capacidad de decir ¡Ya Basta! Dando cuenta de opresiones multidimensionales que impulsaron una nueva generación de activistas, ellxs escribieron tomando las palabras de uno de los pibes antes de morir para convertirlas en palabras de lucha y en un texto que titularon “Sobre este Movimiento”, concluyen: “No podemos respirar. Y no vamos a parar hasta la Libertad”.

Cuando se fusila, se tortura, se encarcela y se criminaliza a la comunidad mapuche lo que se pone en funcionamiento es una máquina racista-policial sobre toda la población. Es un amedrentamiento y una forma de terror dirigido a todos y a cada una. Intentan activar el inconsciente colonial que hoy traduce en miedo e inseguridad personal y privada la falta de trabajo, de acceso a servicios públicos gratuitos, y la incertidumbre por el futuro cercano.  Las luchas por el territorio anudan diversas luchas por la no privatización de los espacios y recursos públicos y comunes. Son luchas que, además, vienen conectando el cuerpo y el territorio como cuerpo-territorio: por eso permiten leer de modo encadenado las violencias contra los cuerpos feminizados y contra los territorios que sustentan otros modos de vida, otras autonomías.

Dal Maseto y la literatura como oficio y cada libro como un nuevo territorio a conquistar: Reseña de Antonio, de Guillermo Saccomanno // Mariano Pacheco

Un hombre se encuentra caminando solo, por el bosque y la playa, mientras conversa con su amigo muerto. La escena, repetida por días, se transforma en punto de partida de este relato que Guillermo Saccomanno le dedica a Antonio Dal Masetto, el “pequeño Giotto”, a quien reconoce como su maestro: “hablo de tu influencia, ese ejercicio pudoroso de lo pedagógico en la amistad que puede haber entre un maestro y su discípulo”.

Saccomanno habla de su amigo-maestro recientemente fallecido y, en esa conversación-monólogo reconstruye su vida –la de Antonio-, pero también la suya, y ciertos trayectos compartidos.

“Debe haber sido a mediados de los 80. Te veía a veces en una fonda del Bajo. Una noche me animé a acercarme a tu mesa, te acerqué un ejemplar de mi primera novela… Parabas en esa zona, el Bajo. Los bares donde se juntaban marginales, yiros, artistas, viejos melancólicos”.

Por prepotencia de trabajo

Por Saccomanno nos enteramos de la infancia de Dal Maseto, una coyuntura en donde en Italia mandan los fascistas y reina la guerra. Un padre obrero que desafía el toque de queda para no dormir en la fábrica y poder retornar a su casa. El autor de Antonio logra captar toda la sencibilidad del mundo que rodea a Giotto, lejos de cualquier pretensión de heroicidad. Así leemos: “Vuelve esquivando los tiros. No le importan. Cualquiera puede pensarse que es un valiente, uno que se arriesga por la resistencia. Pero no. Es un montañés tozudo. Su única razón es que quiere dormir en su cama”.

También nos enteramos por Saccomanno que primero el padre y un tío de Antonio vinieron para este continente a trabajar en una carnicería, y más tarde él, con su madre y una hermana. Qué Giotto trocó los zapatos por las alpargatas; que comenzó a trabajar en el reparto del negocio familiar; que hacerse entender en un nuevo idioma fue uno de los mayores desafíos. Y del comienzo de todo el mundo que rodea al Dal Maseto escritor también nos enteramos: “a veces, de noche, en la llanura, en esa casa baja, una luz permanece encendida. Sos ese pibe que lee hasta que el gallo cante”.

El pibe se hace adolescente y migra a la gran ciudad. Tiene 17 años, llega en micro al barrio porteño de Once con unos pocos pesos, se instala en una pensión y comienza a trabajar en una tienda (enrolla las telas que despliegan las clientas). “Desde entonces trabajaste sin parar. De cualquier cosa. Lo que vos querías era pintar, pero dónde ibas a guardar un caballete, los cuadernos, las paletas, los pomos, los pinceles. Ser pintor era caro. Entonces agarraste un cuadernito y empezaste a escribir”.

La escritura como oficio

Cuando las dictaduras golepearon sobre el cuerpo social, y por ende también sobre el ambiente literario, Antonio interrumpió la escritura (con excepción de palabras sueltas escritas en papelitos que, guardados en una caja, años más tarde se constituyeron en la materia prima con la que construirá una nueva novela) y volvió al trabajo manual: pintar paredes, por ejemplo.

En el medio, la escritura entendida como oficio, lejos de cualquier idea romántica de inspiración.

Escribir una novela, escribir para un diario o una revista, lo mismo da. Lo importante es captar la singularidad del acontecimiento escritura, las potencialidades que se despliegan en el movimiento de las manos sobre un cuaderno o una máquina de escribir.

Dal Maseto participó de Eco contemporáneo, junto con Miguel Grinberg y Jorge Di Paola, revista que contó con el apoyo –entre otros– de Julio Cortázar. También –de la mano de Miguel Briante– trabajó en Confirmando, donde trabó amistad con Osvaldo Soriano. Años más tarde publicó columnas en el diario Tiempo argentino. “Empezando el 2000, dejás de escribir contratapas. Vas al diario, anunciás tu retirada. Tus textos de los martes ya son un clásico, se recopilaron en libros. No puedo seguir. Son más de diez años. Uno debe darse cuenta cuando se repite. Entonces hay que parar”.

La fidelidad a la escritura, la incomodidad, no pensar en el qué pensarán antes de comenzar a exteriorizar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se imagina.

Una novela centrada en un pueblo que se parece demasiado a Salto, donde se crió Dal Maseto. Un texto que no deja bien parados ni a los poderosos ni a sus vasallos del lugar. “Un fresco de pago chico”, escribe Saccomanno. Y agrega: “pero el pueblo olvida pronto su indignación al enterarse que la novela será película. El cine llega al pueblo. Llegan los técnicos, los actores. Y los periodistas. Por unos minutos de fama todos olvidan la denuncia de sus agachadas y complicidades. Ahora sos una estrella”.

Una escuela literaria

Este libro habla de Antonio, sí, pero no sólo de él, sino también de su autor, del vínculo entre ambos, y de ese pliegue profundo que los unió: la literatura. El texto funciona así como una máquina de lectura y de crítica en el testimonio vivo de cómo un escritor se hace, con todo lo tormentoso que eso puede llegar a ser: “cuando decidí ser escritor sabía que no tenía por delante una vida fácil, decías. Me esperaban dificultades, penurias, el riesgo del hambre. No me importaba. Era joven. Estaba dispuesto a todo, pero nada me importaba, nada iba a detenerme”.

“Los libros sirven para romper la soledad”, escribe, en alguna otra parte, el autor de El pibe, quien afirma que es en el insomnio en donde suele encontrar “la palabra perdida, la frase fugitiva”, más allá de que recuerda que su amigo Antonio cultivaba una idea de la escritura como oficio, tal como ya hemos remarcado.

El libro, entonces, como construcción oficiosa, pero también, como esa otra tierra en donde los escritores (siempre extranjeros) podemos reconocernos (“escribir es averiguar, me decís. Te parafraseo: cada libro es un territorio a conquistar”. El autor de La lengua del malón da un paso más, y define el estilo de Dal Masetto como “literatura de la experiencia”. “Hay que observar a la naturaleza, me decías. Siempre enseñaba algo que uno por lo general ignora. Y que no tiene por qué saber. El secreto es que el lector se dé cuenta de eso sin que uno lo señale, me decís”.

Y más adelante agrega: “de hecho, la literatura que nos gusta se suele nutrir de la realidad así se trate de una novela de aventuras”. La literatura como aventura, entonces, y como conquista. Y como juego (un gran tablero sobre la mesa), en donde el escritor juega a ese juego que es escribir para encontrarse. “Quiere expresar otra cosa. No le convence decir lo que ya dijo. Aunque consiga decirlo bello y sublime, no le alcanza. Como el jugador, necesita seguir apostando”.

Aunque también, tal como aparece narrado en Antonio, la literatura puede ser “vicio absurdo”, una práctica que –se asume– puede que no pueda nada, o al menos que pueda hacer muy poco contra la injusticia, en un mundo en el que crece cada día la tendencia del “limitado valor de lo que hacemos”, pero que –sin embargo– se emprende igual, con obstinación.

“Entonces me pregunto en qué consiste la necesidad de escribir, este impulso”, escribe Saccomanno. Y como en una suerte de homenaje al maestro, y a sí mismo, y todos los que escribimos, remata: “no digo que la escritura sane, pero apuesto a que predispone la resistencia”.

Reivindicar diciembre // Diego Valeriano

Reivindicar que las pibas quieren ser grandes, que el calor subleva, que los chinos tienen miedo, que cuando cruzás el Camino de Cintura sentís que un nervio espacial se activa, que sube la temperatura en el 338 y que a los guachines no los para nadie. Reivindicar que los veranos son más veranos en el Reconquista, las piletas de agua salada de Ruta 4, los camping sindicales, la pelopincho en la vereda, los asado de falda casi imposibles, el corte de Vergara para que venga Edenor y las cervezas hasta atontarnos en el quiosco de Raquel.

Reivindicar que pibas y guachos se segundean, que les gusta escuchar historias del 2001, que merodean el COTO de Ciudadela, que sueñan con que se la van a dar. Reivindicar la complicidad silenciosa de los gedientos, que la maestra, el educador y la trabajadora social están en modo vacaciones y ya no molestan, que la policía está preocupada para ver si le saca unos mangos a alguien, que el deambular de los pibes es peligroso, que los parientes se juntan, que sale Yamil, que en la unidad básica ahora venden cohetes, que van a bajar mercadería al barrio y que la militancia también es mercadería.

Reivindicar que diciembre puede ser de la pibas y pibes, que no se van a quedar quietos, que todo puede ser posible, que en sus nervios hay mensajes urgentes del futuro. Reivindicar las motos tirando corte el domingo a la madrugada, el vodka con jugo en la plaza, los shorcitos diminutos y desafiantes, la violencia insurreccional que se desata en un 15 en Castillo, los saqueos sin códigos a los comercios del barrio. Reivindicar el neoliberalismo de los pibes como un ataque a muerte a la realidad, como un intento de abandonar las formas de vida careta que gobiernan. Reivindicar que un pibe en un saqueo dice mucho más de política que cualquier discurso, que cualquier político en un panel de canal de noticias, que cualquier posteo.

 

Reseña de La verdadera vida (un mensaje a los jóvenes), de Alain Badiou // Mariano Pacheco

Libros para el cambio social

 

Ocho puntos a modo de recomendación de un libro que hace pensar, sentir e incita a la acción transformadora.

Por Mariano Pacheco (La luna con gatillo)

 En una cuidadísima edición de tapa dura, editorial Interzona publicó recientemente La verdadera vida (un mensaje a los jóvenes) de Alain Badiou, texto en el que el pensador francés de ochenta y nueve años vuelve a definir la tarea de la filosofía como una actividad para “corromper” a la juventud, a quien interpela a romper con la “falsa vida” para poder adentrarse en la aventura de conquistar la vida verdadera, en alianza con los más viejos, hoy descartados por una sociedad que no hace más que trazar continuamente una línea de “culto a la juventud”.

1 – ¿Qué es una verdadera vida?

Tal el tema y única pregunta de la filosofía, dice Badiou, quien define la misión del filósofo como la de “corromper a la juventud” (lejos del poder, el dinero y los placeres, esta corrupción sólo tiene por objeto mostrar a la juventud que hay algo superior a todo eso y que vale la pena ser experimentado). “Fundamentalmente, corromper a la juventud significa una sola cosa: tratar de hacer que la juventud no entre en los caminos trillados, que no sea simplemente consagrada a una obediencia a las costumbres de la ciudad, que pueda inventar algo, proponer otra orientación por lo que respecta a la verdadera vida”.

2 – ¿La vida verdadera está ausente?

Partiendo de la afirmación del poeta francés Rimbaud, Badiou destaca que la filosofía muestra que la verdadera vida no siempre está presente pero tampoco  -nunca- completamente ausente. La “vida falsa”, entonces, es lo que reduce la existencia a la lisa y llana satisfacción de las pulsiones inmediatas.

3 – Los enemigos de la verdadera vida

Badiou señala por lo menos dos:

En primer lugar la pasión por la vida inmediata, la que presenta un porvenir oscuro o invisible, una vida desprovista de significado.

En segundo lugar la pasión por el éxito, la que propone encontrar un buen lugar en el orden existente (régimen del proyecto eficaz, bien construido). “La vida se convierte entonces en la suma de las astucias para estar bien establecido”.

4 – El culto actual a la juventud

Badiou plantea que hoy en día atravesamos un momento histórico en el que se ha invertido el antiguo culto a los ancianos, a quienes se equiparaba con sabios. Y si bien en la práctica se concentra el poder en personas de mayor edad, la ideología de la época es juvenilista. Los viejos quieren permanecer jóvenes más que los jóvenes volverse adultos, señala el autor de El ser y el acontecimiento quien -para graficar lo que escribe- pone como ejemplo la frase “estar en forma”: sea haciendo gimnasia, realizándose cirugías estéticas o lo que fuera.

 

A diferencia de épocas anteriores, hoy ya no habría un momento de “iniciación” en la vida adulta (como antes lo era el servicio militar o el casamiento, y para el 90% de la población, el ingreso a la fábrica). Esta situación, por lo tanto, arroja a la juventud a una suerte de “adolescencia infinita” así como empuja a los adultos a una suerte de estado de “puerilización”, plenamente atado a una lógica de mercado. “El adulto se convierte en aquel que tiene un poco más de medios para comprar más juguetes de los que tiene el joven. La diferencia es más cuantitativa que cualitativa”, destaca Badiou.

5 – El reverso del culto juvenil

La misma sociedad que idealiza la situación juvenil es la misma que termina tomada por un miedo a la juventud, sobre todo a la juventud de los sectores populares. Se les teme, insiste el ex filósofo maoísta, por su errancia y desorientación (no se sabe qué es, y sobre todo, qué puede). De allí que una amplia franja de la juventud de las grandes ciudades sea considerada un grave problema. “La cantidad de leyes represivas, de prácticas policiales, de pequeñas encuestas, de procedimientos expresamente destinados a tratar ese miedo a la juventud es un síntoma totalmente considerable” insiste.

6 – La imposición de la lógica del dinero

La salida del mundo jerarquizado de la tradición no propuso una simbolización no jerárquica, arriesga Badiou quien sostiene que -ante esta situación de desorientación de la juventud- se nos propone al dinero como referente universal. Propuesta que se desarrolla por una doble vía. Por un lado, con la apología ilimitada del capitalismo y sus libertades vacías. Por otro lado, con el deseo reactivo de un retorno a la simbolización tradicional (jerárquica). ¿Qué hacer entonces?

7 – Una idea militante

El autor de Manifiesto por la filosofía propone tejer una alianza entre los más jóvenes y los más viejos. “Los más rebeldes de los menores de treinta y los más duros de los mayores de sesenta, contra los cuarentones y los cincuentones bien instalados” (¿qué haremos los que pasamos los treinta y no hemos llegado a los cuarenta? De eso no dice nada el filósofo contemporáneo).

8 – Una tarea en medio de la crisis

La tarea del mundo que vendrá será encontrar lo que podría ser una libertad creadora, afirmativa” sostiene Badiou, quien caracteriza el momento actual como el de una situación de crisis que sacude y destruye los últimos restos de la tradición pero sin dejar ver la vertiente positiva de esa crisis (libertad bajo el modo de ausencia de ciertas prohibiciones). Esta libertad consumista que nos atraviesa no parecería fijar ninguna orientación hacia una idea nueva de la verdadera vida. Nuevamente: ¿qué hacer entonces? El autor de El siglo insiste en la necesidad de emprender la tarea de invención de una nueva simbolización igualitaria (la convicción de la “idea comunista”, según la define) que se plante contra la rutina de lo simbólico “en el agua helada del cálculo capitalista”. Y finaliza con una interpelación directa a las y los jóvenes que lo lean, afirmando que si bien está aquello de lo que son capaces, también está aquello de lo que no saben todavía que son capaces, eso que define como “lo más importante”, a saber: lo que se descubre cuando se encuentra algo imprevisible.

Y remata: “Está lo que ustedes quieren construir; aquello de lo que son capaces, pero también los signos de aquello que los invita a partir, a ir más allá de lo que ustedes saben hacer, construir, instalar. El poder de la partida. Construir y partir. No hay contradicción entre ambos. Saber renunciar a lo que se construye porque algo distinto les hizo una señal en dirección a la vida verdadera”.

Con estas líneas hacemos esta recomendación de un libro que, entendemos, hace pensar, sentir y también, incita a la acción transformadora de lo dado.

 

Sublunar: entre el kirchnerismo y la revolución // Clinämen

El historiador Javier Trímboli analiza qué implicó trabajar en el Estado durante el kirchnerismo y analiza el escenario actual: ¿Un Nosotros en repliegue o en desbande?

Cataluña como laboratorio político // Santiago López Petit

Finalmente el Régimen del 78 tampoco ha muerto esta vez. Las luchas obreras autónomas de los setenta fueron derrotadas con muertos y mediante los Pactos de la Moncloa firmados por los mismos sindicatos de clase. El movimiento del 15-M que elaboró una crítica radical de la representación política, se lo calló empleando como armas efectivas el ridículo y el aislamiento. La rebelión catalanista que, por unos momentos, ha parecido arañar los fundamentos del Régimen, también ha sido derrotada. En realidad, este tercer intento no ha tenido eco en España donde ha predominado la perplejidad cuando no lo ha hecho una total incomprensión. El llamamiento al orden mediante la aplicación del artículo 155, ha bloqueado todo intento de cambio. El presidente Rajoy lo ha afirmado con su habitual capacidad argumentativa: “El Estado se defiende de los ataques de quienes lo quieren destruir”. Y ha añadido la pequeña puntualización que el artículo 155, aunque un día deje de aplicarse, nunca dejará de funcionar. Es el que se denomina “Hacer cumplir la Ley”. El aviso es inequívoco. La represión y la humillación contra la Cataluña que ha pretendido rebelarse serán grandes.

Pocas veces ha sido tan evidente que la defensa de la Ley (con mayúscula) suponía una declaración de guerra. Esto es una cosa que los juristas tertulianos tan presentes actualmente en los medios difícilmente pueden llegar a entender. La ley es una correlación de fuerzas. Ha ganado Foucault por goleada ante los Habermas y compañía. Un amigo jurista me dijo un día: “Pues si así son las cosas, ya podemos plegar”. El poder es, siempre y en última instancia, poder matar; el Estado de Derecho sirve para encubrirlo. Usualmente, y para afirmar lo mismo aunque de manera más sofisticada, se habla que el Estado posee el “monopolio de la violencia física legítima”. Esta verdad del Estado de Derecho es con la que se toparon los miembros del gobierno catalán. Cuando uno de ellos afirma que la Generalitat no estaba preparada para desarrollar la República “haciendo frente a un Estado autoritario sin límites para aplicar la violencia”. O cuando el portavoz de los republicanos nos dice que: “Ante las pruebas claras que esta violencia podría llegar a producirse, decidimos no traspasar esta línea roja” y acaba con una confesión estremecedora : “Nunca quisimos poner en riesgo a los ciudadanos de Cataluña”. La respuesta es de acuerdo. Muchas gracias. A nadie le gusta morir. Pero aquí hay gato encerrado. Dicho con otras palabras: ¿los miembros del Gobierno son unos ingenuos o son unos ineptos?

Spinoza tiene en su Ética una frase que se ha hecho muy conocida: “No sabemos lo que puede un cuerpo”. Sustituir “cuerpo” por “Estado” es útil para explicar los hechos. El gobierno no sabía qué puede hacer realmente un Estado. Pero el gobierno quería construir un Estado propio ¿verdad? Nadie puede negarles experiencia. Incluso una persona perdió un ojo debido a una bala de goma. Digámoslo claramente: lo que no creían es que la represión del Estado español pudiera llegar a la que denominan la “buena gente”. A los radicales sí… pero a personas pacíficas y cívicas! Es lo que el Consejero de Sanidad reconoce cuando asegura que “la hoja de ruta de Junts pel Sí no tuvo en cuenta la violencia del Estado”.
Efectivamente el gobierno acabó siendo un gobierno posmoderno. Prisionero de su propio aparato de comunicación, creaba la realidad, y la misma realidad retroalimentaba un aparato que veía así confirmada su apuesta.

La participación masiva en tantas efemérides no permitía ninguna duda y el camino hacia la independencia parecía abierto. Hasta que la crueldad y el sadismo de la maquinaria jurídico-represiva del Estado español ahogó en lágrimas el anhelo de libertad de algunos e hizo nacer una rabia inmensa en muchos. ¿Baño de realidad? Depende de para quien. Para el gobierno, ciertamente. Dentro de su burbuja autocomplaciente no podía comprender el asalto que se ponía en marcha y el desconcierto empezó a abrumarlos. Fueron incapaces de reaccionar ante dos hechos fundamentales: la fuga de empresas, que es una de las expresiones actuales de la lucha de clases, y la  presencia de otra Cataluña que también expresa la lucha de clases aunque a menudo de una manera perversa. Fue, pero, la extraña proclamación de la DUI (Declaración Unilateral de Independencia), el acontecimiento que acabó por convertir al gobierno en un auténtico gobierno posmoderno obligado a emplear un lenguaje teológico para poder salvarse. Por esta razón la DUI tuvo un carácter inefable: ¿realidad o ficción?

Dejemos de lado las peripecias concretas (secretismo, aplazamientos, desaparición del gobierno, etc.). A partir del momento en que aparece la represión brutal del Estado Español, el único objetivo de los partidos independentistas se reduce a pensar la acción política exclusivamente en función de sus efectos penales. Seguramente es correcto actuar así. No queremos mártires y hay que evitar la prisión siempre que se pueda. A pesar de todo, surge una sombra de duda. Cuando una convicción, es decir, una verdad política, no se defiende hasta las últimas consecuencias por las razones que sean: ¿esta verdad se ve de alguna manera afectada en ella misma? Pongo un ejemplo. Cuando Galileo jura ante sus jueces y admite que la Tierra no gira alrededor del Sol, la verdad científica no se ve en absoluto afectada por su decisión. En cambio si la presidenta del Parlamento no va a la manifestación por la libertad de sus compañeros -porque así se lo aconseja su abogado- a pesar de no existir ninguna condición judicial explícita: ¿su retracción tiene el mismo valor que en el caso anterior? Se podrían traer a colación otros ejemplos de esta estrategia “preventiva” que va desde aceptar pagar multas elevadísimas hasta refugiarse en frases ambiguas. El problema es hasta qué punto una estrategia de este tipo no contamina finalmente el mismo discurso, y lo debilita al extender una sensación de confusión. El gobierno español y sus adlátares han aprovechado enseguida la ocasión para hablar de cobardía y de engaño. El gobierno catalán nos habría engañado a todos los catalanes y a todas las catalanas.

No hay que perder mucho tiempo a denunciar el cinismo asqueroso de quien ataca y después reprocha al atacado la falta de valentía. Vamos al esencial. No. No fuimos engañados. El gobierno, en cambio, sí que se va autoengañar. Creyó en la política. Se obstinó a jugar a ver quién era lo más demócrata cuando la democracia no existe. Existe lo democrático. Lo democrático es la forma como hoy el poder ejerce su dominio. Tiene dos caras: estado-guerra y fascismo posmoderno, heteronomia y autonomía, control y autocontrol. El diálogo y la tolerancia remiten a una pretensa dimensión horizontal. La existencia de un enemigo interior / exterior a eliminar, remite a una dimensión vertical. “lo democrático” vacía el espacio público de conflictividad, lo neutraliza política y militarmente. Lo democrático es esta Europa, auténtico club de estados asesinos, que externaliza las fronteras para no ver el horror. No hubo fracaso de la política como a los bienpensantes les gusta decir ahora. La política democrática consiste en callar y acallar las disonancias que podrían amenazar la orden. El gobierno catalán incapaz de entender el funcionamiento real de lo democrático, se vió abocado a un camino lleno de incoherencias. Por eso es de agradecer la honestidad de Clara Ponsatí cuando desde el exilio se atrevió a decir: “No estábamos preparados para dar continuidad política a lo  que hizo el pueblo de Cataluña el 1-O”. Fue muy atacada, pero afirmó la verdad inevitable: el Gobierno no supo estar a la altura del coraje y de la dignidad de la gente que puso sus cuerpos para defender un espacio de libertad. Por supuesto, sin sacralizar las urnas, es evidente que lo que pasó aquel día marca un antes y un después. Pero ¿qué sucedió exactamente?

Por unos momentos la política con su juego de mayorías, con sus correlaciones de fuerza, etc. quedó relegada, y lo que tuvo lugar fue un auténtico desafío colectivo. Un desafío que se prolongó en la impresionante manifestación del 3 de octubre para rechazar la represión. Es difícil  analizar la fuerza política inmensa, y a la vez, escondida que había en esta manifestación. Allá empezó a formarse un sujeto colectivo que desbordaba el paralizante “un solo pueblo”. ¿Cómo podemos denominar a este sujeto político? Eran unas singularidades que, habiendo dejado el miedo en casa, no estaban dispuestas a claudicar fácilmente. Un pueblo que estalla en miles de cabezas capaces de expulsar a los fascistas infiltrados con exquisita violencia. La sospecha que toma más fuerza es si el miedo del gobierno, no era tanto en cuanto a la acción del Estado, como respecto al que esta gente un día pudiera llegar a hacer. Gente que era una amalgama entre la irreducible consistencia del catalanismo popular y el malestar social existente. Por eso, resultan empalagosos tantos llamamientos al civismo, a la buena gente, y a las sonrisas en unos momentos de represión desbocada. Me sabe mal. Cuando siento la palabra “civismo” pienso automáticamente en las normativas cívicas que sirven para limpiar el espacio público de residuos sociales de todo tipos.

Sorprende, después de todo lo que ha pasado, la facilidad con que los partidos políticos independentistas han aceptado una convocatoria de elecciones directamente impuesta. Sorprende esta rápida adaptación a un nuevo escenario a pesar de existir presos políticos. El planteamiento es bastante ilusorio: las elecciones son ilegítimas pero con nuestra elevada participación conseguiremos legitimarlas (y, por lo tanto, legitimarnos ante el mundo). El discurso independentista o bien se hace necesariamente autocontradictorio, o bien tiene que aceptar explícitamente una renuncia a la independencia. “Seremos independientes si somos perseverantes y conseguimos una mayoría. ¿Cuándo? No lo sabemos. Antes de independentistas somos demócratas. Y antes de demócratas, somos buena gente”, asegura un importante político republicano.

¿Y si probáramos a ser, por una vez, “malos” y, en vez de aspirar a ser un país normal con su pequeño estado, quisiéramos ser una anomalía que no encaja? Liberar Cataluña de este horizonte independentista que siempre acaba para ahogarla -puesto que todo horizonte siempre encadena- quizás podría abrir una vía inédita. En una anomalía hacia todo el que el catalanismo hegemónico ocultaba. Desde la fuerza del dolor de la Cataluña interior pobre, hasta los silencios de las periferias. Nos querían presentables ante una Europa que, sin embargo, mira hacia otro lado. Por qué emperrarse a ser presentables? Los partidos políticos de cualquier color corren apresurados hacia las subvenciones. Pero ante estas elecciones impuestas, había la posibilidad de sabotear con una abstención masiva y organizada. Empezar a desocupar el Estado español, y extender la ingovernabilitad de la autoorganización. ¿También en España? Cataluña como esta anomalía irreducible que escapa, mientras en su fuga ensaya otras formas de vida.

El laboratorio político “Cataluña” momentáneamente se cierra. Esto está claro. Cuando lo democrático es el marco de lo pensable y el que está permitido vivir: ¡qué difícil es cambiar algo! Desde una lógica de Estado (y de deseo de Estado) nunca se podrá cambiar la sociedad. Pero el que se ha vivido, el atrevimiento de transgredir juntos, la fuerza colectiva de un país que nadie puede representar y la alegría de resistir … No se olvidan nunca. La dignidad y la coherencia no se negocian.

Fuente: Comite disperso

Entrevista a Joao Pedro Stedil // MST (Movimiento Sin Tierras) – Brasil

ENTREVISTA A JOÃO PEDRO STEDILE

ECONOMISTA, MIEMBRO de la COORDINACION NACIONAL

DEL MOVIMIENTO DE LOS TRABAJADORES RURALES SIN TIERRA (MST), de la via campesina Brasil  y de la articulación de movimientos populares hacia una asamblea internacional de fuerzas populares

 

29 SEPTIEMBRE DE 2017-

 

 

 

1.- El MST, desde sus inicios trazó políticas reivindicativas de altísimo contenido agrario y, en la actualidad, continúa reclamando una nueva y profunda política redistributiva de tierras. ¿Cuál es la real dimensión de la concentración de tierras y/o el problema agrario en Brasil? ¿Qué elementos debe tener cualquier reforma agraria inclusiva y justa, que favorezca a las mayorías? ¿Cómo califican, en términos políticos, económicos, sociales y ambientales, los efectos del agro-negocio local?

 

Bueno, Brasil es el país del mundo de mayor desigualdad social.  De mayor diferencia entre el uno por ciento más rico  y los 80% más pobres.  Y eso se refleja en la propiedad de la tierra.  Somos el país más latifundista del mundo.  Menos de uno por ciento de propietarios, que son unos 36 mil familias retienen el 52% de todas las tierras del país, alrededor de 300 millones de hectáreas.  Por acá tenemos empresas con un millón de hectáreas.  Del otro lado de la moneda, 4 millones de familias de campesinos sin tierra, 5 millones de obreros agrícolas y unos 4 millones de campesinos con poca tierra.

Además, en las últimas dos décadas el campo brasileño fue apoderado por el capital financiero y las empresas transnacionales que impusieran su modelo de producción agrícola que es el agro-negocio.    El agro-negocio significa la imposición del monocultivo en escala elevada, mecanización intensiva, uso de semillas transgénicas, como forma de control de la producción y elevado grado de utilización de agro-toxicos como forma de librarse de la mano-de-obra.   Y la mayor parte de la producción son solo commodities agrícolas para exportación.

 

Frente a esa realidad surgió en la década del 80 nuestro movimiento, como un movimiento campesino, que luchaba por la distribución de la tierra.  Así, la reforma agraria era sinónimo de la consigna zapatista: “tierra para quien la trabaja!”.   Y para esa lucha anti-latifundista adoptamos la forma de tomas de tierras. Hemos hecho más de 5 mil tomas de tierras en esas tres décadas de existencia.  Hemos conquistado asentamiento para más de 300 mil familias de sin tierras.    Pero, eso es insuficiente.   Frente a la metamorfosis del capital en el agro y frente a las demandas de una vida digna en el campo.

Así, hemos ajustado nuestro programa agrario, y ahora resumimos en la idea de una REFORMA AGRARIA POPULAR, o sea, que los cambios estructurales en el campo deben atender a toda población, de ahí el popular y no más solo campesina.

Un programa así, quiere decir que cambiaron los paradigmas, y ahora no es solo apenas tierra para trabajo, para el campesino.  Eso sigue.   Pero incluimos la idea de que nuestro objetivo mayor debe ser tierra para producir alimentos sanos para todo el pueblo.   Para eso debemos abandonar los agro-tóxicos, los transgénicos y adoptar la matriz de producción agroecológica.  Que es también un nuevo paradigma para el campo.

Debemos producir en equilibrio con todos los seres vivos que hay en la naturaleza.

Debemos desarrollar las fuerzas productivas con organización de la agroindustria en forma cooperativa.  Porque sin agroindustria no habrá aumento de renta. No es posible transportar los alimentos y conservarlos.  No habrá empleo para la juventud, que no quiere ser solo campesina, trabajar la vida entera con azada, pero quiere vivir en el campo, estudiar, tener renta.

Incluimos el paradigma de la universalización de la educación, luchando por escuelas en todos los niveles, desde la infancia hasta la universidad para todos los hijos de campesinos.  Y en esos años hemos logrado formar más de 5 mil egresos de universidades sin salir de campo, utilizando el método de cursos con enseñanza alternativa.  Dos meses intensivos en la universidad, dos meses en su comunidad.   Así no pierde las raíces, los vínculos sociales y se mantienen en el campo después de formados.

Incluimos el tema de la valoración de la cultura del campo, desde la culinaria, la música, el respecto a las creencias, etc.

Y con ese nuevo programa agrario, logramos ahora enfrentar al proyecto del capital que es el agro-negocio.   Solo con tomas de tierras no es suficiente para derrotarlos.

 

 

2.-A fines del pasado mes de julio unos 15 mil miembros del MST tomaron fincas y haciendas de altos personeros de Gobierno, de hecho, ocuparon tierras del ministro de Agricultura, Blairo Maggi, en el estado de Mato Grosso, y del propio Michel Temer, en São Paulo. ¿Qué otras formas de lucha, legales e ilegales, emplea el MST? ¿Cuál es su base de apoyo?

 

Brasil vive tiempos difíciles porque la burguesía tomo de asalto al gobierno federal con un golpe.   El golpe fue para que la burguesía, vinculada a las transnacionales se logre salvar sola, frente a la grave crisis económica, social, ambiental y política que vivimos. Y para que ellos puedan salir de la crisis, necesitan poner todo el costo social a las espaldas del pueblo, de los trabajadores.

Ante eso, la táctica principal de todos los movimientos populares que nos aglutinamos en la FRENTE BRASIL POPULAR, es derrocar el gobierno y recuperar el derecho de elegir nuevos mandantes, democráticamente.

Nuestra jornada de tomas de tierras de políticos corruptos, que están en el gobierno fue para denunciar al pueblo, el grado de degeneración, de corrupción que envuelve los actuales mandatarios.   Todos, todos ellos corruptos, y muchos de ellos, incluso el señor Michel Temer, ponen parte de sus corrupciones comprando haciendas, para disfrazar a la población.  Por eso ya hemos tomado tres veces la hacienda de Temer, y la seguiremos tomando, hasta que se vaya.

 

Nuestras formas de lucha, a lo largo de las tres décadas han sido muy amplias, hacemos desde las tomas de tierras de forma masiva, con toda la familia campesina, desde niños a ancianos, para aumenta la fuerza social y poder desarrollar conciencia social de los que participan en la lucha concreta.  Hacemos marchas masivas y de larga distancia, que aprendimos con los pueblos andinos.   Ya hicimos en 1997 una marcha con 2 mil kilómetros, con más de 5 mil militantes.

Hacemos tomas de escuelas, de organismos públicos, destruimos campos de reproducción de semillas transgénicas, etc.

Pero hacemos luchas también propositivas, como son las luchas por conquistar clases campesinas en la universidad, construcción de viviendas en el campo, etc.

Y desarrollamos en todo el país, escuelas de Agroecología  y ferias de productos agroecológicos en las grandes ciudades para concientizar la gente que es posible producir alimentos sanos y a precios accesibles.

Todas las formas de lucha son necesarias y buenas, desde que las hacemos de forma masiva, con amplia participación de la gente.  ¡Y como dice el dictado popular, “solo pierde quien no lucha!”

 

3.-Además, si pudiera referirse sintéticamente al proyecto político del MST, la presencia territorial a nivel nacional, así como a alguna experiencia concreta de empresas socializadas o cooperativas que administren como movimiento.

 

Bueno, el movimiento tiene presencia en casi todo el territorio nacional, pero más en la región noreste y sur del país, donde predominan los campesinos sin tierra.  En la amazonia despoblada y centro oeste, que hace frontera con Bolivia, casi no tenemos gente, ni lucha.  Aunque predomine el latifundio.  Pero sin mucha gente no logramos avanzar.    Así, en la amazonia, apoyamos la causa indígena, y defendimos que se desarrollen proyectos de preservación del medio ambiente  y de respecto a nuestras reservas mundiales de agua  dulce, de biodiversidad  y de oxígeno.    La amazonia representa el 60% del territorio nacional.

 

En cuanto a avances que tenemos en otras formas organizativas productivas, hemos desarrollado, a lo largo de esos años, muchas formas de cooperación agrícola.   Que estimulan la división del trabajo, la agroindustria y el desarrollo de las fuerzas productivas en el campo, pero bajo el control de los campesinos.    Todas las formas de cooperación agrícola son necesarias y diversas.  Porque dependen de distintos niveles de acumulación de capital y trabajo y de niveles de consciencia organizativa distinta.  Y esas dos condiciones objetivas y subjetivas son las que, en efecto, determinan la forma que cada comunidad /asentamiento va adoptar.

Hoy tenemos desde grupos comunitarios informales, para organizar una feria agroecológica, utilizar un tractor de forma colectiva, hasta cooperativas de alto nivel organizativo, que industrializan más de tres millones de litros de leche por semana, con sus subproductos de leche larga vida, queso, yogures, mantequillas, bebidas lácteas, etc.

Pero, nuestro orgullo mayor, es nuestro sector de arroz orgánico.  Hoy somos el mayor productor de Latinoamérica de arroz orgánico, con la producción anual de 600 mil sacas de arroz agroecológico. Y lo industrializamos y ponemos en la merienda escolar de nuestro país y exportamos para Europa y Venezuela.

También tenemos una gran planta de jugo de uva, natural.

 

[Represión a MST]

4.-El 4 de noviembre de 2016, la policía civil  de Mogi das Cruzes, irrumpió violentamente en la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF) en Guararema, São Paulo, sin orden judicial y efectuando algunos disparos. ¿Cuál es el estado actual de los movimientos sociales en Brasil en cuanto a padecimiento de “criminalización de la protesta”, represión, etc.?

 

El episodio de invasión armada de nuestra escuela nacional de formación de cuadros fue extemporáneo, un error de la policía, que aglutino solidaridad de todo el mundo, y por eso se volvió contra la propia policía y el gobierno golpista.

Pero, más allá de eso, hay una violencia estructural en el campo que es practicada sistemáticamente por el latifundio y las fuerzas que lo defienden, sean milicias privadas sea la policía militar local, que siguen sus órdenes.

En general esa violencia es practicada de forma localizada contra los líderes   individuales que no están acostumbrados a hacer luchas de masa. Y por eso el latifundio se aprovecha.  Y por eso ocurren en las regiones más alejadas, de la amazonia.   Dos estados son los campeones nacionales de violencia contra campesinos: Para e Mato grosso.

Por lo general tenemos alrededor de 50 asesinatos por año.  En los últimos años incluso, líderes indígenas han sido las principales víctimas de ellos.  Y también afro-descendientes.  Porque esos dos grupos sociales están en la frontera agrícola, y el capital quiere avanzar sus propiedades con su modelo de agro-negocio y se encuentra con esas comunidades tradicionales, y de eso resulta el conflicto.  Que el latifundista se cree con el derecho de resolverlo de forma armada.

En el MST nos hemos protegido contra eso, con luchas de masa.  La lucha de masa altera la correlación de fuerzas en el campo y pone los latifundistas en defensa.

Por otro lado, con el golpe hay una persecución política, contra la organización de los trabajadores.  Así, los aparatos de inteligencia, de persecución judicial son los más activos contra nosotros.

Y también, la más peligrosa es la represión mediática.  Los medios televisivos de la burguesía, que mantienen el monopolio de la información en Brasil,  hacen la represión previa.  Nos acusan, mienten y con eso  intentan poner la población de la ciudad contra nosotros, y generar las condiciones propicias para los procesos represivos  de su poder judiciario, que también es un monopolio de la burguesía.

Así, ojo, la peor represión es la mediática-judicial, porque  intentan condenarnos previamente frente la opinión pública, frente al pueblo.  Para aislarnos de ese pueblo.

 

[Golpe a Dilma Rousseff]

5.-Hace trece meses el Parlamento brasilero, tras acusarla de “pedaladas fiscales, corrupción en Petrobras y crímenes de responsabilidad”, destituyó a Dilma Rousseff. ¿Qué ocurrió en el país para que la derecha materializara constitucionalmente un golpe de Estado contra una presidenta electa en las urnas? ¿Cuáles son los errores del PT, y en general de las fuerzas aliadas a los petistas, que impidieron la consolidación y defensa del Gobierno de Dilma? ¿Por qué la bonanza económica de la última década no estuvo acompañada de procesos de movilización y participación de las masas así como de un serio trabajo de concientización anticapitalista?

 

Vamos por partes.  En el periodo de 2003-2010 Brasil vivió un boom económico, la economía creció a 6, 7%.  Y eso permitió tener un excedente económico.  Con el gobierno Lula y el primer mandato de Dilma, era posible entonces aplicar una política de conciliación de clases, donde todas las clases podían ganar, aunque los banqueros ganasen más, como advertía Lula.  Y a ese programa se llamó de neo-desarrollista. Crecimiento económico con distribución de renta (no de riquezas patrimoniales) y un rol importante de las políticas públicas, del estado.

En eso periodo, el PT  y los partidos de izquierda que estaban en el gobierno, se volvieron prepotentes, se creían invencibles, abandonaron el estímulo a la organización  y concientización de las masas.  Y no quisieron enfrentar a la burguesía promoviendo reformas estructurales.  Porque la economía crecía, sin reformas y porque el gobierno era de conciliación.  La burguesía tenía fuerte presencia en el gobierno, por general controlando los ministerios de la economía y de las comunicaciones.   La izquierda se quedaba con los ministerios de área social y política externa.

Y como ese modelo lograba resultados electorales, los que estaban en el gobierno no aceptaban críticas de los movimientos populares, donde estábamos nosotros.

 

Pero, en 2008 vino la crisis, que Lula la enfrentó con políticas públicas y logro detenerla temporariamente, hasta que volvió con fuerza en 2010 a 2014.   Y entonces con la estagnación económica, de no haber excedentes para repartir, hubo el rompimiento de la conciliación de clases.   Y la burguesía abandono el gobierno.   Y Dilma no tenías el liderazgo popular de Lula, para poder aglutinar fuerzas sociales y las masas, para hacer reformas.

En las elecciones de 2014, la burguesía tomo la decisión de apoderarse de los cuatro poderes de la república, para tener la hegemonía del poder absoluto y así enfrentar la crisis, salvándose y poniendo todo el costo sobre las espaldas de la clase trabajadora.

Utilizando la metáfora del Titanic. La economía y la sociedad brasileña estaban ahogandosé, y la burguesía trató de salvarse sola, busca los botes salva-vidas para ella, y juega al mar, para ahogarse, a la “segunda clase y tercera clase”, o sea los trabajadores.

Así, financiaron a peso de oro y gastaron más de dos mil millones de dólares para elegir al nuevo congreso. No hay paralelo en el mundo de una burguesía gastar tanto dinero para elegir sus diputados.   Y lo lograron, tenemos el peor parlamento de toda historia.  ¡Un bando de conservadores, corruptos, una cuadrilla!

Pensaban derrotar también a Dilma en las urnas, pero no lograron.   Y al otro día empezaron a conspirar.

Dilma cometió un error más, asumió el gobierno, y traiciono su programa de campaña y entrego la política económica a la burguesía que puso un banquero de ministro.  La crisis económica se ha profundizado, y el resultado es que las masas que habían elegido a Dilma, ahora le dieron la espalda.

Cuando los medios se dieron cuenta de eso, fue solo cuestión de tiempo y de buscar una fórmula jurídica para tumbarla y se aglutino entonces el poder judicial, el congreso y  los medios masivos, aislaran la presidenta  y le dieron el golpe.

Nosotros de los movimientos populares salimos a la calle, pero el pueblo no salió.  Nos dejó solos.

Así, fue la novela de la lucha política que resulto en el derrumbe del gobierno Dilma. Un golpe de la burguesía, sin que el pueblo haya reaccionado.

 

 

6.-Además, ¿inscribiría el golpe patronal a Dilma en el marco de la contraofensiva restauradora neoliberal en el continente u obedece más a dinámicas históricas y políticas locales? 

 

Claro, hay una crisis económica que es del modo de producción capitalista a nivel internacional.  Brasil y Latinoamérica estamos en la periferia del sistema. Cada vez que hay una crisis en el centro, las fuerzas del capital se mueven, para venir a la periferia sacar más ganancias, para poder enviar más recursos a sus matrices, y recuperarse con más rapidez en el centro del capitalismo.

Y así fue, por acá operaron, los bancos, las agencias informativas y claro también los organismos de inteligencia de los gringos apoyando, financiando, haciendo encuestas de apoyo para la derecha.   Pero, eso es complementario, el principal fue la derrota que tuvimos en la lucha de clases, por no haber comprendido la naturaleza de esa lucha de clases sobre todo a partir del 2013 para aquí.

 

[Gobierno de Temer]

7.-Una mirada, desde el exterior, a la administración Temer, se sorprende por la vertiginosa y eficaz contraofensiva neoliberal que, en materia económica, en menos de un año, a través, por ejemplo, de la Enmienda Constitucional 95, ha resucitado el Consenso de Washington, afectando a las mayorías y, particularmente, a la clase trabajadora criolla. ¿Efectivamente asistimos a una especie de “refundación neoliberal” en Brasil? ¿Qué clases y/o grupos económicos son los que sostienen a Temer? ¿Cuáles calcula serán los efectos de esta oleada privatizadora, represiva y que violentan los derechos de las capas sociales más pobres? 

 

Primero, veamos la coyuntura continental. No creo en una nueva hegemonía neoliberal en Latinoamérica. Y tampoco en una derrota histórica, que muchos sectores de izquierda utilizan, a veces para justificar “su nada a hacer”.

Veamos.  En la década de 90, si hubo una hegemonía total del neoliberalismo o sea de la forma del capital dominar Latinoamérica.  Fruto también de la derrota socialista del 89.    Y eso resulto en gobiernos de derecha en todo continente.

Luego a partir de la victoria de Chavez, tuvimos en la década de 2000, el avance de las fuerzas progresistas.  Y el surgimiento, de dos nuevos proyectos, el neo-desarrollismo, que era una propuesta de conciliación de clases para el crecimiento económico con distribución de renta, que se aplicó en Brasil, Argentina, Uruguay y en chile de Bachelet.  Y el proyecto de ALBA, que proponía una política anti-imperialista y de integración  continental.  Que fue adoptado por Venezuela, cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador..

Durante esos 15 años, hubo una disputa permanente entre los tres proyectos: neoliberalismo, del imperio, el neo-desarrollismo y el proyecto ALBA.   En ese periodo, cada proyecto eligió diversos gobiernos, a veces perdía, a veces avanzaba.  Había una disputa y un equilibrio de las fuerzas permanente a nivel continental.

Con la crisis económica internacional, que afecto duramente a todo el continente, ¿Qué paso?   Todos los tres proyectos entraron en crisis.   Todos ellos perdieron posiciones.   Y por lo general, resulto una situación en que ninguno de los proyectos tiene esperanza y apoyo popular, masivo,  con excepciones de  Bolivia, Cuba e Venezuela.   Ninguno de los proyectos tiene hegemonía continental.   Y, por lo tanto, tenemos un equilibrio en la derrota de los tres.

Y de parte de las masas, hay todavía un escepticismo en esas vías.

Por eso, podemos decir, que tendremos un largo periodo, de recomposición de fuerzas, hasta que logremos avanzar para la retomada del re ascenso del movimiento de masas, que pueda alterar la correlación de fuerzas continental a nuestro lado.

 

Segundo, a nivel de Brasil  y de la naturaleza de las políticas económicas del capital.   No hay mucha novedad en lo que están haciendo.  Ellos necesitan salir de la crisis económica.  Para eso, necesitan salvar las grandes empresas, vinculadas también al capital extranjero.

El guion para lograr los “bote-salvavidas” en el naufragio del titanic capitalista, es claro:

  1. Recuperar la tasa de ganancia adentro de las empresas, y para eso necesitan, despedir gente, disminuir los costos de mano de obra, quitar derechos conquistados por los trabajadores. O sea hay una disputa mayor, más violenta por la plusvalía, dentro de las empresas.
  2. Apoderarse de la plusvalía social recaudada por el estado. Por eso necesitan de gobiernos serviles, bajo su control absoluto.  Con eso disminuyen programas sociales, de distribución de renta, y concentran los recursos en la recuperación de las empresas, disminución de impuestos, etc.
  3. Apoderarse de los recursos naturales, como agua, petróleo, minería, biodiversidad, florestas y hasta oxigeno por la vía de los créditos de carbono.   Los recursos naturales no tienen valor, porque no son resultado del trabajo humano, pero al volverse mercancías en el mercado adquieren precios, muy arriba de su costo, y eso genera una renta extraordinaria para su explotación.   Por eso necesitan privatizar el control de esos recursos.     Aquí se habla incluso ahora de privatizar las grandes haciendas para el capital extranjero.  O sea, la burguesía nativa está entregando todos los recursos naturales para sus socios externos.
  4. Privatizar los servicios públicos, que pueden dar buenas ganancias, como la seguridad social privada, los servicios de salud, transporte, aeropuertos, etc…   Quieren privatizar el servicio de energía eléctrica con la Eletrobras, servicios bancarios del Branco do Brasil y de la CAIXA económica, que son bancos públicos.

Por aquí se habla incluso, de privatizar el servicio de correos,  y hasta la casa que fabrica la moneda, el dinero.   Brasil es uno de los pocos países que pueden hacer papel moneda.  Y quieren entregar a los gringos, porque es un servicio de alta renda.

  1. Por último, necesitan reubicar nuestras economías en la órbita de los intereses de la economía y de las empresas gringas.

Eso es el manual del capital.    No necesariamente es una ofensiva neoliberal.  Eso lo que siempre hacen en las crisis.   Pero eso tiene contradicciones  graves,  y por eso no se transforman en hegemonía neoliberal.   Las contradicciones, son que esa política salva algunas y las principales empresas, pero no salva la economía como un todo.    La contradicción es que al afectar a todo pueblo, le quita apoyo y hegemonía.  Hoy nuestro gobierno tiene solo el 3% de apoyo popular.  O sea, ni la clase media los apoya.  Esta avergonzada porque tumbaron a Dilma y ahora tienen un gobierno peor.

En la misma orbita subordinada a la economía gringa no les dio ganancia. Porque como la crisis es mundial, los gringos sacan ganancias de Latinoamérica, y no invierten, en proyectos productivos.  Y con eso la crisis se profundiza.

Los niveles de desempleo son los más altos de la historia, en Brasil, y creo en casi toda Latinoamérica.

Concluyendo, tenemos una hegemonía política del capital, en los poderes de la república, pero no en la economía y mucho menos en la sociedad.  Y eso significa que la crisis seguirá por años, hasta que las masas se acuerden y se levante.

 

 

[Presidenciales 2018]

8.-Durante el primer semestre, la casi totalidad de las empresas encuestadoras sitúa como favorito en intención de voto a Lula para las presidenciales de octubre del próximo año. ¿Qué representa la figura del ex presidente para la población brasileña? ¿Qué proyecto político enarbola Lula? ¿Cuáles son los desafíos que debiera enfrentar en caso de resultar ganador? ¿Cómo ve el MST la eventual postulación del ex sindicalista metalúrgico?

 

Lula es símbolo, encarna la clase trabajadora, el pueblo brasileño como un todo.  Él es mayor que el PT, es mayor que una simple alternativa electoral.  Frente a la ofensiva de la burguesía, la clase trabajadora, el pueblo dice, entonces necesitamos de Lula, para derrotarlos.

Por eso, ahora la burguesía quiere, de todo modo, encarcelarlo e impedir su candidatura.

Nosotros de los movimientos populares decimos que Lula, tiene que juzgar en ese momento un rol, de agitador de las masas, para ponerlas en contra el plan golpista de la burguesía.   Y anunciar que es posible otro modelo, otra forma de enfrentar los problemas de la gente.

Defendimos que él sea candidato, aunque en la cárcel, como ocurrió con Mandela.   Y lo sacaríamos de las urnas para el Palacio del Planalto.

Pero, tenemos mucha lucha todavía.   Primero, tenemos que dar una lucha en defensa de nuestros derechos, que están quitando, en defensa de la soberanía nacional y popular, en defensa de los recursos naturales. O sea, tenemos que estimular todo tipo de luchas de masas, para mantener movilizadas las masas.    Y al mismo tiempo ir discutiendo, construyendo colectivamente un programa popular para el país.   Un programa que enfrente la crisis económica, salvando la clase trabajadora y quitando los barcos a la burguesía.   En eso estamos.

Lula ahora, será portavoz de la clase trabajadora, ya no puede y no tiene espacio para ser el conciliador de las clases como fue de 2003-2010.   El modelo del neo-desarrollismo ya no cabe.

Claro que el programa no será solamente resultado de debates y construcción colectiva que estamos haciendo en la FRENTE BRASIL POPULAR, sino que será fruto de la correlación de fuerzas.  Pero, vean, la victoria electoral de Lula, no es una campana electoral normal, será una verdadera y conflictiva lucha de clases.

Así, les informo que tendremos muchos años por delante de agudización de la lucha de clases, en Brasil  y en toda América latina.   Y eso es bueno.

 

9-Igualmente, ¿cuánto ha pesado en el deterioro de la imagen de Lula la ofensiva política-mediática-judicial que lo acusa, entre otras cosas, de corrupción y formar parte de una “organización criminal”, al interior del PT,  con el objetivo de beneficiar, mediante concesiones fiscales,  a determinadas empresas a cambio de dinero y bienes?   

 

Acá en Brasil, el proceso político-electoral es una vergüenza, la burguesía secuestro las elecciones, gasta millones de dólares y elige a quien quieren.   La democracia formal burguesa está en crisis y desmoralizada.   Y la izquierda necesita hacer una crítica dura a esa forma de democracia, y no intentar buscar espacios, para ella misma hacer las mismas prácticas de la burguesía.

Por eso, defendimos acá en Brasil convocar con el próximo gobierno Lula, una asamblea constituyente para hacer una reforma política y del poder judiciario, de fondo.

La gente ya no cree en elecciones, porque sabe que su voto no pesa, no cambia la realidad.

La democracia burguesa, del voto, es una farsa en todo el mundo.  Y necesitamos debatir  y buscar nuevas formas de participación popular  y de ejercicio de las masas en los espacios institucionales.

 

Ahora, en el caso de Lula, desde que salió del gobierno en 2011,  la burguesía lo ataca todos los días, por todos los medios.    Pero la realidad  es más real do que la propaganda. Y Lula ha mantenido la credibilidad  y la confianza de las masas. Por eso, ahora intentan impedir  que dispute las elecciones.

El PT a principios tuvo  dificultades, creo que perdió credibilidad frente a la juventud.   Pero el descredito de la juventud, infelizmente es contra todos los partidos  y no solo el PT.    Yo creo que la juventud esta desesperanzada, y con razón, de las estrategias electorales,  y quiere señales de cambios estructurales en la sociedad.

Entonces, los verdaderos retos que tenemos en la izquierda, en los movimientos populares, no es solo hacer autocrítica o analizar los errores del PT, del Gobierno Dilma, sino que debatir una nueva estrategia de disputa del poder político en la sociedad.  Y de allí, creo que  Gramsci, el más auténtico santo italiano, nos puede ayudar mucho, cuando desarrolla la tesis del estado ampliado, señalando para la izquierda, para los socialistas, que deberíamos disputar todos los espacios de poder políticos que haya en la sociedad, como en una fábrica, una radio, un sindicato, una iglesia, una universidad  y no solo se quedar con la idea única de disputar gobiernos.

Por otro lado, tenemos el reto de estimular grandes luchas de masa.  Sin luchas de masas no hay cambios.    O sea, necesitamos organizar el pueblo para que luche.

 

[Mapa continental]

10-En menos de cinco años, una mirada rápida al mapa político continental, nos mostraría fehacientemente un “cambio de colores”. Electoralmente acceden al gobierno proyectos reaccionarios como el de Macri en la Argentina y Kauczynski en Perú, obtienen victorias parciales la derecha en Venezuela y Bolivia, se destituye ilegalmente a presidentes progresistas en Brasil y Paraguay, se consolida la Alianza del Pacífico y comienzan a tambalear alternativas integradoras como ALBA, UNASUR y CELAC. ¿Qué ocurre con la izquierda sudamericana? ¿Carecemos de proyectos políticos atractivos a las mayorías? ¿Dónde debe hacer hincapié para  ensanchar sus bases de apoyo y a través de qué formas? ¿Cuáles son las “tareas pendientes” en la región más desigual del planeta?

 

Como hable en otras preguntas, claro que hubo cambios en todo el continente.  Pero estamos en un periodo de disputas, y todos proyectos están en crisis.      La derecha y el capital no lograran imponer con legitimidad y apoyo popular su proyecto.

Si quieren, vean la situación económica, social e política de México, Colombia, Guatemala, donde ellos tienen sus gobiernos hace anos…

Claro que están tratando de destruir todo lo que era parte del proyecto ALBA de integración popular, como es ALBA, CELAC, UNASUR, etc.  Pero es parte de la lucha.   Vean tampoco han logrado hegemonía con OEA, o el gobierno Trump, que no tienen ningún apoyo en latinoamericana.

Por otro lado, claro, la izquierda necesita  renovarse.   Hay necesidad de renovación en términos de debate de estrategia política.  No podemos más seguir siendo rehenes de estrategias electorales, de solo pensar en ganar las próximas elecciones.  Y para ganar se tiene que hacer todo tipo de alianzas oportunistas y con clases antagónicas… Necesitamos estrategias de acumulo de fuerza popular, de organización para disputar el poder político en la sociedad, para transitar para sistemas post-capitalistas.

Y necesitamos renovar nuestros métodos de trabajo, nuestro que-hacer-político.  Me refiero, a la necesidad de hacer trabajo de base, ir conversar, convencer  y organizar la gente, en sus espacios de vivienda, de trabajo, en las escuelas, universidades, campos, etc.

Necesitamos retomar la necesidad de organizar luchas de masa, confiar que solo la lucha de masas son la fuerza de la clase para alterar la correlación de fuerzas.

Necesitamos retomar la formación política de militantes y cuadros. ¿Cuantas escuelas de cuadros tenemos en nuestros países?   Y sin formar militantes, cuadros, no tendremos la clareza ideológica de poder enfrentar y derrotar nuestros enemigos de clase.

Y necesitamos desarrollar nuevos métodos de comunicación de masas.  Para enfrentar, hacer la contra-hegemonía que los grandes medios televisivos hacen.    Pero ellos no pueden hablar de la realidad.   Nosotros si podemos hablar de la realidad con la gente.    Para eso, debemos desarrollar los medios relacionados con la cultura de la gente, por la música, el teatro, las pintas, consignas, etc.

Desarrollar nuevos métodos de con vencimiento de la gente, los discursos ya no convencen a nadie.   Nuestro proyecto de liberación tiene que revestirse de mística, de simbología, de esperanzas… para aglutinar sobretodo la juventud.     La juventud entre la clase trabajadora, en las periferias de las grandes ciudades, es la única posibilidad de cambios.

 

Ya ven que tenemos mucho trabajo.   Sabemos lo que tenemos que hacer, pero nos cuesta cambiar la forma de trabajar.   La izquierda esta burocratizada, todavía ilusionada con pequeños espacios de poder en la institucionalidad.    Como decía Gramsci, “ilusionada con la mediocridad de la pequeña política”.   Lo que cambia la política es el pueblo organizado en movimiento.

 

11-En entrevistas concedidas a otros medios Ud. se ha referido a la relación gobierno-Estado-movimientos populares, en este periodo de la historia reciente. ¿Cuáles fueron los errores cometidos en esta relación durante los gobiernos de fuerzas progresistas y de izquierdas en Nuestra América? ¿Cómo mantiene la “autonomía” un movimiento popular respecto al Estado y Gobierno cuando un líder popular accede al poder? ¿Están al debe los “movimientos sociales” en la construcción de una alternativa anticapitalista? ¿Cree que el límite del progresismo fue su propuesta anti neoliberal que, paradójicamente, terminó reproduciendo el capitalismo? ¿Qué es ser anticapitalista hoy?

 

Hay muchos errores  y aciertos  en cada experiencia en cada uno de nuestros países.   Es difícil sacar lecciones  universales o continentales.    El principal es que la izquierda y los movimientos populares se propongan a hacer un análisis autocritico de la experiencia reciente.  Para sacar enseñanzas positivas  y no repetir  los mismos errores.

Nosotros, siempre defendimos y practicamos la autonomía de nuestro movimiento frente a los partidos, a los gobiernos, de todo tipo, y al estado.    Tuvimos suerte, que nuestra generación en la historia de la izquierda después de la derrota de la dictadura militar,  nos constituimos las diferentes formas de organización de forma autónoma.  Acá hubo una autocrítica, y el PT siempre respecto la autonomía de los movimientos.  O sea rompimos con la tradición de la izquierda de que los movimientos eran simples correas de transmisión del partido, como sus frentes de masa.   Sé que en Brasil y muchos países esa política todavía sigue.   Pero creemos que nos es la más saludable, para ampliar la organización de la gente.

El proyecto DE TRANSFORMACION de la sociedad tiene que ser común, porque es de toda clase, pero las formas de organización  y decisión política, tiene que tener autonomía en cada espacio, sindical, popular, eclesial, y partidario.

Hubo muchos errores, de confundir gobierno con poder político.

Hubo errores de subordinarse a la política del gobierno de conciliación de clases, y algunos sectores abandonaron la lucha de masas contra la burguesía.    Nosotros nos salvamos de eso.  El gobierno Lula ponía latifundistas en los ministerios, pero nosotros seguimos, en su gobierno tomando tierras de los latifundistas.  Así, como muchos sindicatos seguirán haciendo huelgas contra burgueses que estaban en el gobierno.

Creo que hubo mucha confusión y falta de comprensión.  Muchos líderes populares ascendieron a puestos en el gobierno.  Eso es normal  y necesario.  Pero ese líder, no puede querer subordinar su movimiento o clase. Debe haber una separación de espacios.

Pero, creo que el problema mayor fue, respetando los limites, de los espacios institucionales, no haber hecho esfuerzos para que poner recursos en la formación de cuadros.    No hacer esfuerzos para confiar en la movilización de masas, como una fuerza necesaria para alterar la correlación de fuerzas dentro del gobierno.

 

Es muy difícil decir lo que es ser anticapitalista en esos tiempos.  Porque la hegemonía ideológica en la sociedad es de la clase dominante, que es la burguesía, los capitalistas.   Entonces las masas son involucradas por falsos valores capitalistas, del consumismo, individualismo  y egoísmo.

Creo que no debemos desanimar y seguir nuestras tareas permanentes, como comentamos en el punto anterior.   Organizar la gente, organizar la lucha de masas, formar cuadros, hacer la disputa ideológica con nuevos métodos culturales, enfrentando a los medios televisivos, y con eso ir acumulando fuerzas, para  cambiar la sociedad.

Sera un largo camino, y por eso necesitamos ser persistentes.

Por lo general la pequeña burguesía  ha tenido mucha influencia en las organizaciones de la clase trabajadora, sus sindicatos  y partidos, y confunde discurso anticapitalista, teoricismo, con  prácticas políticas anticapitalistas   y de acumulo de fuerzas de la clase trabajadora.

La pequeña burguesía es muy inmediatista  y oportunista, quiere llegar al gobierno pronto…  la clase trabajadora necesita cambiar la forma de funcionar la sociedad, que es un proceso más largo, más difícil, do que simplemente llegar al  gobierno.

 

[Revolución Bolivariana]

12-Para terminar, desde hace algunos años pareciera ser que en Venezuela, a ojos de muchos militantes de la izquierda, el progresismo y en general de compañeros de movimientos sociales,  se juega la consolidación o no del proyecto emancipador anticapitalista más importante del siglo XXI en América del Sur. Ante la arremetida norteamericana y de la burguesía autóctona venezolana y continental, ¿qué lecturas hacen desde el MST de este proceso? ¿Cuáles son los aportes que la revolución bolivariana ha hecho a las fuerzas anticapitalistas del continente? ¿Cuál fue la importancia de Chávez y su legado? ¿Qué balance hacen del gobierno de Nicolás Maduro? Y, por último, ¿qué mensaje pudiera entregar a nuestros lectores en Venezuela? 

 

Hay muchos  aspectos involucrados en tu cuestión.   Hablo como militante brasileño, aunque he tenido el privilegio de hacer muchos viajes  y de tener amistades personales con el comandante Chavez, Maduro  y otros dirigentes del proceso venezolano.

Venezuela tiene problemas estructurales históricos, que restringen el ritmo de cambios hacia una sociedad  socialista.   El siglo XX de dependencia del petróleo, de esa renta petrolera,  la ausencia de  la industrialización nacional, la ausencia de una cultura del trabajo productivo.  La dependencia de la importación. La cultural del consumismo engendrado por la renta petrolera. La urbanización excesiva de la población, concentrada en algunas regiones.   Una clase media-pequeña burguesía totalmente colonizada, de espalda para su pueblo.   Todo eso es condicionante, objetivo, que dificulta cambios estructurales, que no dependen de voluntades políticas o de gobierno.

Por otro lado, el imperio identifico desde Chavez como su enemigo principal en Latinoamérica.   Y en esos años aplico allá todas las formulas clásicas de los manuales de la CIA.    La fórmula panameña, golpe clásico y después llevo a la muerte el comandante Chavez, que parece ahora, comprobado, lo que todos creíamos, que le fue inoculado algún virus, en forma de nanotecnología, que impidieron los resultados de los medicinas para combatir su enfermedad.

Aplicaron la formula chilena, de boicot de mercancías,  manipulación del cambio, durante los últimos anos, que lograron derrumbara a Allende.

En los últimos meses, de abril a agosto, aplicaron la formula Ucraniana, de promover el terror.   Mercenarios,  lumpenes venezolanos pagos a cien dólares al día, eran financiados para cometer todo tipo de barbarie, dese asesinatos hasta  jugar  bombas molotov, en escuelas infantiles.  Mataron a más de cien personas, que nada tenían con el conflicto.

Y todas esas taticas fracasaron.    Increíblemente fracasaron, lo que nos lleva a una admiración a ese pueblo venezolano, por su nivel de consciencia  y movilización.

Vean la comparación con Brasil, con toda nuestra soberbia, de más grande en todo, de un gobierno famoso internacionalmente con Lula-Dilma, en seis meses nos tumbaron…  Los venezolanos resisten hace  17 años.!!   Por lo tanto a pesar de todas las  dificultades que todavía tienen, son victoriosos contra el imperio.

Creo, desde lejos, que la formula  principal de las fuerzas  bolivarianas, fue la transparencia con el pueblo.  Siempre me quedo admirado, como el gobierno habla de todo, todo el día, para el pueblo. No hay jugada, secretos… Todo el pueblo acompaña por televisión.

Y el segundo aspecto, confiar solo en la fuerza movilizadora del pueblo.  ¿Cuantas movilizaciones, marchas, acciones de masas hicieron en esos años? Incontables.

Ahora, persisten problemas  graves que el gobierno necesita dar respuestas, que es consecuencia de la crisis económica local  y sus vínculos con la crisis internacional del capitalismo,  la dependencia del precio del petróleo, el descontrol del cambio…  Y sobre eso no me atrevo a opinar, creo que ni Jesucristo  y la virgen María  sabrían como enfrentar  tamaños problemas.

Pero la formula anterior puede ser el camino,  hacer un amplio debate con las masas.   Quizá la asamblea constituyente sea un espacio  donde se pueda profundizar también ese debate,  dada su elevada representación y legitimidad popular.

 

Como militante de movimientos populares, brasileño, veo el legado de Chavez para Latinoamérica, sobretodo en su visión de estadista, y su práctica permanente en dos campos:  la construcción de procesos de integración latinoamericana, de gobiernos, de espacios populares.   Con el nació las ideas de CELAC, de UNASUR, del banco del sur, de Telesur, del ALBA,

Con el construimos la idea de una articulación de movimientos populares hacia el proyecto de ALBA, pero autónomo, independiente de los gobiernos, aunque también estuviese en ALBA.

El otro legado fue su visión de solidaridad latinoamericana.   Me impresionaba la osadía de Chávez, nunca vacilo, frente a los golpes de Honduras, Paraguay.   Nunca  vacilo para ayudar a Cuba, Nicaragua.

Todos los países de Caribe, solo pueden andar de carro  y tener luz eléctrica gracias a la solidaridad del pueblo de Venezuela, a través de su gobierno.

La forma como se indignaba contra cualquier injusticia en cualquier parte del mundo.  Chávez fue un verdadero hijo del Che.   Podría haber sido biológicamente, en los tiempos históricos,  pero fue un hijo dedicado, por su praxis cotidiana.

Recogimos también de Chavez y de su espirito, la idea del internacionalismo.  Siempre me comentaba, Joao, como me trataba, “necesitamos construir una nueva internacional de los pueblos”.    Y ahora, después de su partida, se está materializando, con la convocatoria de una Asamblea internacional de movimientos y organizaciones populares de todo el mundo.   Ya estamos realizando encuentros preparatorios en todos continentes  y en marzo/18 haremos la asamblea en Caracas,  e iremos allá en la cuartel de la montaña, prestar nuestras homenajes y nuestras tareas  y ver la sonrisa conspirativa…de su legado.

A pesar de los momentos difíciles, no son de derrotas, son de equilibrios de fuerzas, en nuestro continente, si confiamos en la organización de nuestros pueblos, encontraremos las verdaderas salidas, más temprano de lo que mucha gente cree.

Clases sobre las máquinas de guerra y los aparatos de Estado // Gilles Deleuze

Clase número 1:

Clase número 2:

Desobediencia: Hay cuerpos que resisten la confusión neoliberal // Nuestra violencia es existir #3

Rafael Nahuel // Diego Valeriano

Nahuel corre por el bosque, por los pasillos del bajo, a todo ritmo en la Honda 100 por Ruta 4, salta del  Urquiza en movimiento, esquiva los de seguridad del Sarmiento, se planta unos pares de veces con lo de la local. Corre y le quema la garganta de odio, está  agitado pero no puede detenerse.

Tiene un disparo de prefectura que le quema desde abajo, un puntazo en las costillas que le dieron en Olmos, los ojos blancos de fumar base, tiene bastonazos de la montada cada vez que intenta ir a ver a Boca, un acuerdo con los de la primera para trabajar para ellos, tiene una marca en el hombro de cuando vendía plantas, también tiene los ojos que le explotan por las lágrimas contenidas cuando la mamá le jura que ahora su novio cambio.

Nahuel tiene un hijo, la necesidad de pelear, el ceño fruncido, varias noches encerrado, muchos golpes, la duda de cuál fue la suerte de una pibita que no vio más, tiene una bala alojada en el cuerpo, amigos muertos, corazones ortiba que lo señalan, apenas una casilla en el fondo y el cuero curtido de tantas mentiras.

Nahuel tiene una pelea casi perdida, tiene esa certeza cuando ve a los camiones, las tanquetas y el armamento, cuando vuela en la moto con los dos patrulleros atrás, cuando corre y sabe que ya lo alcanzan y lo linchan. Nahuel tiene la necesidad de no rendirse, convicciones urgentes, el mismo enemigo en cada lugar. Tiene un nombre y pasado del que está orgulloso y un abuelo que según le contaron tuvo su misma suerte.

 

Por un Arte Erótico Estratégico // Entrevista a Silvio Lang

Vitrina Dystópica / FiFTijuana 2017

Entrevista colaborativa y trans-fronteriza realizada por el Colectivo organizador del Festival Internacional de Fotografía de Tijuana (México) y el Colectivo Vitrina Dystópica (Chile) al artista y activista Silvio Lang (Argentina), en el contexto de su segunda edición #FiFT2017 bajo la temática “Desplazamientos”.

Conocemos tu trayectoria como artista, dramaturgo, investigador y activista en Argentina. Desde ese territorio situado nos has permitido ahondar en las transformaciones sociales y políticas que van dando cuenta de una nueva cartografía de la violencia, o como tú haz definido, una nueva estética de la crueldad o del odio con que las sociedades latinoamericanas se van reorganizando de acuerdo a una nueva programación subjetiva del capitalismo que tiene como principal característica un protagonismo excesivo de nuevas tecnologías telemáticas basadas en un registro sensible sujeto principalmente al poder de las imágenes. ¿Cuál podría ser el diagnóstico que en clave estética podríamos realizar del contexto actual que vivimos a nivel   g-local en Latinoamérica, considerando con ello, un nuevo tipo de relación que vincula al continente con las operaciones tecno-políticas que vemos acontecer también en Europa y Estados Unidos?.

— El totalitarismo de la tecnología digital y el poder de mando financiero que gobiernan nuestras vidas en la nueva fase del Capital hacen una separación entre sus valores economicistas de transparencia, productividad, competitividad, rédito, emprendedurismo, mérito y acumulación que producen una ganancia subjetiva en cada un* de nosotr*s y; por otro lado, una estética comunicacional y cultural de la violencia represiva estatal y punitivista de la sociedad, que producen unas ganas locas de matar a otros. Pero, en realidad, se trata de lo mismo: el racismo del orden. Este proceso comienza con un sinceramiento comunicacional de las prácticas neoliberales que organizan nuestro cotidiano, y la expectativa social de inclusión competitiva que bloquea cualquier capacidad crítica de nuestro deseo y el deseo amo del Capital, que nos pone a trabajar y explota nuestra capacidad de actuar, de hablar, de crear, de pensar, y de empatizar con otros. El racismo del orden es un totalitarismo porque ansía controlar, programar y reprogramar, mediante automatismos tecnológicos, cada aspecto de nuestras vidas. El racismo del orden supone que cada un* de nosotr*s quiere algo y está dispuesto a dárnoslo. Nos codifica como demandas vivientes y responde con ofertas de formas-de-vida. Sin embargo, este código racista del orden no soporta ninguna insumisión, ningún cuerpo indócil, ninguna diferencia a la forma de vida despótica que promueve. El código es amenazado ante cualquier fluctuación, variación, desviación o desconexión y entra en alerta. Su veta de violencia represiva a lo inadaptado cumple, al menos, dos propósitos: por un lado, una función comunicacional de producir imágenes-acciones de castigo que satisfacen, por un ratito, el goce de sanción o punitividad de quienes sí pudieron adaptarse al código; por otro lado, la función de proveer a es*s adaptad*s imágenes-acciones para performatear en sus vidas cotidianas para linchar, violar, torturar y matar a l*s inadaptad*s. El racismo del orden produce con su economía de vida una cultura del orden alimentada por el deseo de genocidio en la población plantetaria.

En la entrevista que tuviste con el programa radial Vitrina Dystópica hace unas semanas atrás, parte importante del diagnóstico, del nuevo contexto de violencia que vivimos en el mundo, lo propusiste abordar desde una lectura a contrapelo de las representaciones con que a través de distintas dimensiones, específicamente las del arte y la estética, se distribuyen los cuerpos de acuerdo a determinadas funciones normativas que tienden a totalizar la vida actual bajo un principio de abstracción productiva sujeta al capitalismo. Esa normativa totalizante y representacional, señalaste, funciona como una máquina de hacer visible y de “hacer mirar”, al mismo tiempo, que produce un deseo al orden que tiende a docilizar la imaginación de los espectadores frente a una estructura binaria codificada por el mercado y la gobernanza. Frente a ella sugerías llevar adelante algo así como una exigencia política para la dimensión del arte que proponías como Arte Erótico Estratégico. ¿Cuál es la función de ese arte erótico estratégico y frente a cuál dimensión del arte se enfrentaría?

— Dije en la entrevista con l*s amig*s de Vitrina Dystópica “A por un arte erótico estratégico”, de manera inconsciente. Pero, ahora, que lo recuperan ustedes caigo en la cuenta que es el motor de mi lenguaje de guerra artístico. Entonces, no sé lo que dije, pero voy a tomar posición. “Para saber hay que tomar posición”, escribió George Didi Huberman. Mi intuición es que en medio de la captura generalizada del capitalismo totalitario a nuestra fuerza viva de actuar, de pensar, de percibir, de sentir, de conocer se vuelve necesario devenir máquinas de guerra sensibles y diabólicas. Lo que explota el capitalismo actual es la mente, lo dice Franco Berardi “Bifo”, y eso se siente en los órganos de nuestro sistema nervioso, de nuestro sistema respiratorio, de nuestro sistema digestivo, y en el órgano de la piel, que son la carne que somos arrojada al mundo. La carne, no la de Cristo, si no como aparato de registro de las sensaciones que nos produce el mundo. En el capitalismo actual no se nos sustrae tanto nuestra fuerza de trabajo, sino nuestra capacidad para respirar, para vivir y crear en común, nuestra fuerza viva para existir en el mundo con otr*s. El capitalismo nos impone un ritmo de existencia insoportable. Nuestros cuerpos no dan más.

Hace dos años que hago una preparación física con d*s amig*s, Amparo González y Juan Onofri, con quienes integramos el colectivo Escena Política  y en sus clases trabajamos con principios tenségricos y osteopáticos y circuitos de alto rendimiento deportivo que expanden los tejidos de la carne y danzamos desde esa potencia. Se trata de producir potencia desde la sensación en los tejidos carnales que somos. Siempre he gozado de las clases y los intercambios artísticos e intelectuales con much*s colegas de la danza contemporánea y la performance de Latinoamérica -Diana Szeinblum, Lucia Russo, Celia Argüello Rena, Alina Folini, Natalia, Tencer, Paulina Mellado, Cecilia Priotto, Paula Giuria, Florencia Martinelli, Javier Contreras Villaseñor, Lucas Condró, Matthieu Perpoint, Rodolfo Opazo… Como, también, han sido fundantes mis alianzas con los amigos investigador*s experimentales y militantes autonomistas Verónica Gago y Diego Sztulwark, como las alianzas políticas y las luchas feministas con las compañeras travestis y lesbianas. Y siempre contar con amigos y amigas poetas, artistas visuales y compositor*s. Al mismo tiempo, hace años, que elaboro una crítica práctica a la producción escénica de Argentina, donde detecto una obediencia respecto del modo en que nuestros cuerpos son constituidos, pensados, hablados, imaginados por el “pensamiento heterosexual”. Hay una colonización heterosexual en la práctica escénica como en todas las demás prácticas sociales. El “pensamiento heterosexual” es el mismo que concibe, planea y ejecuta el estado-nación policial, el capitalismo totalitario y su racismo del orden; no tiene nada que ver con el objeto de deseo de las personas heterosexuales, si no, en el modo en que fue constituido históricamente el deseo y se interviene en el campo social modalizando y explotando la capacidad de desear de otras personas. Es un pensamiento racionalista, falocéntrico, logocéntrico, egocéntrico, representativo, ordenancista, policial, colonizador, racista, binario, excluyente, paranoico, totalizador, explotador, punitivo y represivo. Lo que excluye ese pensamiento es el caos vital: del pensamiento inconsciente, de la experiencia, de la sensación, de los afectos, de los cuerpos mezclándose… Todas esas fuerzas sensibles que actúan sobre la existencia y desordenan, alteran e histerizan el código existencial del “pensamiento heterosexual”, son las “fuerzas diabólicas” que imaginaba Kafka y que Deleuze/Guattari y Suely Rolnik le dieron rango de teoría práctica, desde una perspectiva spinozista y feminista.

Entonces, el teatro que hacía, -que ni ya lo llamo teatro, aunque podría insistir tan solo para disputarle al “pensamiento heterosexual” esa hermosa palabra de la Antigua Grecia repleta de maricas y hedonistas-, no encajaba de ninguna manera en la producción cultural de este fascismo teatral costumbrista y realista a la norma heterosexual. No sólo tenía que crear las condiciones de producción de mi lenguaje escénico expresivo, sino los discursos, los públicos y l*s performers para desplegarlo. Había que elaborar una escritura, es decir, un conjunto de formas de expresión que afectaran mi entorno. Convertir mis alianzas y mis producciones artísticas y políticas en máquinas de guerra que se fugan del dispositivo del “pensamiento heterosexual”, que lo corran, que lo desobedezcan, que lo desborden, que lo agranden, lo saturen, lo aceleren hasta deformarlo. Arruinarle la forma despótica al poder del “pensamiento heterosexual” en la cultura. Reventar sus clichés, meterme en sus intersticios y llevarlos más allá, al desierto de los signos para producir insolvencias semióticas y un exceso de imaginación. Destituir el “pensamiento heterosexual” en el cual estamos ontologizados y colonizados para experimentar otro modo de relacionar las cosas y los seres. Crear y cuidar las formas sensibles -espacialidades, temporalidades, ritmos, usos del cuerpo, figuras- que están ahí, en una intensidad menor, invisibles, inaudibles, inconceptualizables fugándose del dispositivo de poder que nos gobierna. Eso es un Arte Erótico Estratégico. Un arte que está en posición de convocar y crear la carne de un pueblo que viene.

Como artista, desde muy temprana edad, haz estado ligado al teatro, sin embargo, tu propuesta creativa se desplaza de forma in(ter)disciplinada por ámbitos de la invención y de la expresión como lo es la filosofía, la literatura, el sicoanálisis, entre otras. De igual forma, tu trabajo de montaje escapa siempre de la hegemonía de la representación textual en el teatro y aborda los planos de las intensidades lumínicas, musicales, gestuales, fotográfica que componen, antes que un guión en obra, una experiencia sensible en des-obra. ¿Cuáles son las potencias interdisciplinarias, o indisciplinadas, de las dimensiones creativas ligadas al arte en este contexto que hemos ido describiendo y caracterizando en la entrevista?.

— Propongo lo transversal ante lo interdisciplinario. En el deseo de orden que la cultura del capitalismo totalitario modaliza en cada un* de nosotr*s importan la experiencia y la aventura de un pensamiento transversal. Mezclar lo inmezclable. Ensayar la puesta en relación de los elementos, planos, personas, intereses, prácticas que el código operacional del Capital registra como incompatibles. El racismo del orden del capitalismo totalitario actual es un odio al fracaso de la relación de lo heterogéneo. Lo que no soporta es su propia incapacidad para hacer co-existir y co-producir las diferencias críticas. Odia cualquier otra forma-de-vida que no sea la de la estructura de obediencia del presente. Pero resulta que la existencia es un caos de fuerzas heterogéneas desordenadoras que están actuando continuamente; ¡ser es un quilombo! Lo que el racismo del orden odia es la existencia, así nomás, que algo vital trastorne y transforme una vida adherida al dispositivo de mando que articula cuerpos y enunciados guionados. Cuando los gerentes del orden hablan de “reforma permanente” o adaptaciones al “cambio” o a las “incertidumbres” se refieren a la variabilidad prevista en la fuga de capitales de los ricos pero no a las fugas de nuestras políticas de deseo. Cuando desclasificamos el código con nuestras mezclas transversales producimos un acontecimiento y un sentido crítico en los cuerpos que se ríen de las conexiones estúpidas, de las reglas espurias y del ensamblaje canalla que impone el Partido de los Ricos. Entonces, se trata con el arte, en alianza con otras prácticas sociales, de inocular intensidades disruptivas y dichosas en la experiencia del campo social.

La línea curatorial del FIFT 2017 es “Desplazamientos”, sin querer reducir la figura sólo a la migración, fenómeno que constituye la experiencia de frontera de nuestra ciudad en Tijuana y que muchas veces sólo puede ligar la imagen del desplazamiento a experiencias negativas relacionadas a violencia, pobreza y precariedad, sino también a una fuerza más bien afirmativa del desplazamiento, como podríamos señalar lo es el acercamiento y la promiscuidad interdisciplinaria a la que referíamos en la pregunta anterior. Con respecto a estos desplazamientos, tu trabajo ha construido alianzas que muchas veces se desplazan entre la academia, el teatro, la calle y los movimientos sociales, principalmente el movimiento feminista y kuir de Argentina. ¿Qué podrías decir con respecto a esta inclinación estratégica con que antes de cristalizar el espacio creativo en un espacio específico e institucional, pareciera ser, más bien se juega su proceso y su potencia en la capacidad de desplazamiento y alianza que puede llegar a tener con otros lugares de enunciación y producción creativa?, ¿Qué nos jugamos cuando ponemos como espacio de creación artística y expresiva los enunciados de la calle, el malestar de los grupos sociales en (des)-obra?.

— El arte, decíamos, es erótico y estratégico. Primero, comenzar a considerar al arte no como una serie de obras de arte si no como una actividad, como una práctica que un* hace. La práctica artística como una máquina de guerra sensible, que primero te afecta a vos mismo y en ese movimiento afecta a tu entorno. La práctica artística es una experimentación de un cuerpo nuevo, el ensayo y el aprendizaje de un cuerpo, que se desdobla o actualiza en lo que aún no es. Hay un movimiento subjetivo de trastorno y transformación en la actividad artística, tanto para el artista como para el público. No importa si, en la actualidad, como describe Boris Groys, hay más artistas que gente apreciando el arte. Lo que tiene un valor de deseo y una dignidad para mí es qué pasa en el movimiento de esa actividad. Si somos capaces de introducir intensidad insumisa en lo que hacemos cuando devenimos artistas. El problema de la práctica del arte neoliberal (existe un arte neoliberal, es la mayoría) como cualquier práctica neoliberal es que tiene una fuerte relación del artista consigo mismo pero sin ocuparse de los demás. Ahí la necesidad estratégica de provocar esos “Desplazamientos”, que ustedes, desde el FIFT están arengando. ¿Qué sería incorporarse y singularizarse en un arte no-neoliberal? Es un gran trabajo. Empezamos por las prácticas desplazadas, en la perspectiva de un pensamiento transversal. Seguimos con el erotismo. Habría que poder volver a asociar al arte a la potencia de lo sensible de la sinestesia (mezcla de sensaciones) y la morfógenesis (creación de formas) que producen la carne y el sentido del mundo. ¿Cómo producir sentido o mundo desde lo sensible, desde lo que pasa en la carne, a través y entre las carnes y no desde una operación racional dogmática y una hermenéutica sobrecodificante? No sólo sería una nueva política del arte si no una novedad política, que el movimiento feminista actual está comprediendo y desplegando. Es un trabajo de historicidad que viene haciendo Jacques Rancière: la política y el arte se interseccionan en “el reparto de lo sensible”. Lo que está en juego son las formas sensibles: qué cuerpos, qué capacidades, qué funciones, qué espacios, qué tiempos, qué imágenes, qué acciones son posibles en el mundo del presente y cómo disputarlas. El sentido del mundo es su sensorio y es un arte fabricarlo. Lo estratégico es hacer crecer esas formas sensibles o materiales insumisas y dichosas del mundo. Un pensamiento artístico estratégico detecta los enunciados y cuerpos esamblados en el dispotivo de dominación e investiga y arriesga las salidas para desplazarlos hacia una “tierra nueva”, transformados en una materialismo sensible ensoñado. Un Arte Erótico Estratégico, desplazado y transversal, es la actividad de crear un afuera desde adentro, a la altura de las fuerzas del mundo que nos afectan.

 

*Silvio Lang. Director, investigador, docente y experimentador escénico, integrante de la Organización Grupal de Investigaciones Escénicas (ORGIE).

**Vitrina Dystópica. Órgano de difusión radiofónica del Grupo de Estudios Experimentales “Paul K. Feyerabend”

Fuente: http://www.fiftijuana.com/

Actuar en la dispersión // Bruno Nápoli

El momento político de dispersión nos tiene desacorralados. No hay forma material posible de acorralar algo en la dispersión. Ya no estamos “unidos y organizados” en ningún lugar placentero de nuevas subjetividades. Nada nos convoca a una sola plaza o a un solo relato. Ya no. Es un momento político extenso que nos ha dispersado de manera regular. Nos sentimos solos y atravesados por la imposibilidad de hablar en conjunto al conjunto, de hablar en masa a la masa. Pues a tomar por culo, pues ya no hay masa, no hay conjunto que enfrente a otro conjunto. No hay un relato que enfrente a otro. El que conocimos hasta ayer resulto precario en todos sus aspectos y fue barrido fácilmente en los primeros días de la actual gestión. Los gestores del anterior relato se retiraron rápidamente a cuarteles de invierno a especular, esa regular y ya familiar forma de entender la política: jugar acá para mover por allá, apostar a esto para luego conseguir aquello, sumar con este (menos malo) para luego ir por y con los buenos a hacer quien sabe que…..Eso no es la política. La política es ocuparse de las cosas materiales e ir por muchas formas de resolverlas, materialmente. Pero nos han relatado mil formas de conspiración para lograr empoderar a los muchos que esperan y siguen esperando vivir un poco mejor, y no han mejorado en nada. Todo se desmadró en pocos meses, y los especuladores siguen especulando, mientras los miles o millones a los que nos jodieron con los cambios ocurridos seguimos escuchando a los grandes especuladores de la política (los mismos que hacían cuentas ficticias de entregar el gobierno por cuatro años para volver con el llamado de los más necesitados –sin importar las muertes que sufren los más necesitados y el hambre que pasan los más necesitados-). El momento político nos muestra qué juego hace cada uno de los especuladores: los que gobiernan, y los que gobiernan diciendo que no gobiernan –pues apoyan, acompañan, aseguran gobernabilidad, e incluso no apoyan sabiendo que otros lo harán y las cosas se harán igual.

Es un momento de transparencia en la cara y discurso de cada uno. Ya podemos observar, y esto nos dispersa mas aun, que juego parejo hacen todos en este juego, donde una casta política se asegura su lugar en el estado (sea en la rosada o en el congreso o en las intendencias o en las gobernaciones o en los concejos deliberantes, no importa, un lugar en el Estado y un lugar en los medios para seguir en el candelero y en la intención televisiva del voto). Todos los representantes hacen su juego y ya, pues el único mal recuerdo que tienen es el 2001 (ese patético grito clasemediero que reaccionó cuando le tocaron sus ahorros pero nos regaló como yapa el “que se vayan todos”, el no poder salir a la calle sin ser insultados. Y el buen recuerdo que tienen los políticos del 2001 es la represión y el tendal de 39 asesinados por el estado para que la política –la especulación, tal cual la entienden ellos- regrese a sus causes normales. Y ante este momento político que parece desesperante, nos sentimos dispersos, sin posibilidad de aunar esfuerzos, sin la posibilidad de actuar en conjunto. Aplacados y acallados por un coro de alcahuetes que al unísono dicen enfrentamiento cuando deben decir represión, que dicen reforma cuando deben decir reducción de derechos, que dicen conflicto de intereses cuando deben decir robo y estafa. Y los especuladores de la clase política están a la altura de las circunstancias. Y lo demuestran cada vez que hablan, pues no dicen, especulan: si apoyamos acá, obtenemos allá, si jugamos con este, relanzamos a aquel, si acompañamos esto vamos por aquello –ahora resulta que son todos genios de la política, todos Churchil al cuadrado-.

Ante este desmadre nos sentimos dispersos, pues no encontramos nada que nos una, ni nadie que nos guié. Pues no vemos aun que la única opción siempre ha sido actuar en la dispersión. No hacen falta grandes y grandilocuentes acuerdos donde unos muchos, en interminables encuentros “políticos” nos pongamos de acuerdo en un solo relato, ya lo pasamos mal y muy precariamente con estos relatos precarios. Lo que hace falta es actuar en la dispersión. Volver a ese instinto que nos dice que una represión es una represión y un asesinado es un asesinato y una desaparición es una desaparición. Y no necesitamos convencer a nadie de esto. Lo sabemos. Allí actúa nuestro instinto de animales politizados y experimentados en vivir. Vivir lo vivido y actuar sobre lo que sabemos que debemos hacer. Pues sabemos que debemos actuar, y eso ya es mucho. Pero debemos actuar en la dispersión, sin necesidad de juntarse en muchedumbres a enfrentar algo que además nos constituye, pues cuando queremos en masa enfrentar al estado, nos enfrentamos a nosotros, a los especuladores (que cuando nos ven juntos se acercan para la foto y nos dicen que nos acompañan y nos apoyan –y como son buenos oradores /viven de eso, de ser buenos oradores/ les creemos, y nos vuelven a engañar pues cuando regresan a sus puestos, hacen todo lo que esté a su alcance para no soportar otro 2001, otro “que se vayan todos”).

Por eso, la acción en la dispersión es hoy la única opción. Y ¿Cómo hacerlo? Pues ahí está depositado nuestro intelecto, en saber actuar ante la casta transparentada que votará todas las leyes que nos denigraran de aquí y en muchos años, “para no hacerle el juego…” esta vez ya no saben a quién. En esta dispersión que sentimos y sufrimos en el cuerpo, hay que preparar acciones pedagógicas, políticas, sociales, económicas, todas directas y contundentes. El no de cada uno a lo que se impone es una acción en la dispersión. La desobediencia a lo dicho por la casta y sus repetidoras es una acción concreta en la dispersión. Dejar de creer en cada uno de los “representantes” de la especulación política es una acción en la dispersión. No permitir que nos convoque ningún político (aunque nos duela, porque en algún lugar les “creemos”) es una acción en la dispersión que obligará a esos “representantes” a hacer otra cosa. Actuar en cada lugar donde esté nuestro cuerpo, con actos que repudien la acción represiva/discursiva de un Estado defendido por cada miembro de la casta política es una acción en la dispersión. Estamos dispersos, si, muy dispersos, y muchos nos sentimos “solos” ante el avance de una gestión que tiene el apoyo de toda la casta política (aunque muchos digan que no lo hacen, pues lo hacen, por eso votarán las peores leyes de los últimos 40 años en bloque –y a no engañarse, las “honrosas excepciones” están calculadas, pues quienes voten en contra lo hacen sabiendo que las leyes salen, y si les toca gobernar, el “trabajo sucio” ya está hecho y le echarán la culpa a otro –“fueron los anteriores, es la herencia que nos dejaron y no podemos cambiarla de un día para el otro”…)

En esta dispersión hay que actuar, repudiando cada dicho, cada declaración de un representante, cada acción de represión con actos que saboteen el entendimiento de lo que hacen. Decir no a toda la ficción es una forma de actuar en la dispersión. Hacer pedagogía en cada lugar que uno ocupa es actuar en la dispersión. Desandar cada ruta marcada por la casta es actuar en la dispersión. Y armar pequeños grupos de acción en la dispersión también es actuar en la más amplia dispersión. ¿No importa una convocatoria “unificada” a una plaza… desde cuando son efectivas? Y vemos que se pierde un tiempo increíble discutiendo entre miles de grupos si hay que hacer tal o cual cosa, y siempre mirando de “no hacerle el juego a…”. Ya basta con esa forzada unidad en la acción. La acción en la dispersión demuestra miles de unidades y voluntades que, accionando en miles de formas cotidianas, o en miles de pequeños grupos que no necesitan estar en contacto entre ellas, pueden significar una unificación de acción por acción atomizada y que reproduzca los miles de actos que saboteen el sentido común. Es hora de la acción en la dispersión, y que cada uno desde su lugar o cada pequeño grupo, sin necesidad de coordinar miles de voces, actúe, sabiendo que otros harán lo mismo en miles de lugares, en pequeños grupos o de manera individual, pero eso conforma un mar de acciones que en la dispersión conforman un movimiento que hace, no discute para ponerse de acuerdo con otros miles, simplemente hace. Y su orientación será hacer lo que se deba hacer ante la violencia, la injusticia, la inequidad. Sin necesidad de discusiones semánticas, que no conducen a nada, pues solo la acción conduce, el resto es el decorado de la casta.

Miles de acciones directas en la dispersión desobediente nos mantendrán en contacto.

Saber de miles de acciones que desarmen el andar común de las cosas. Una acción enorme englobada en miles de acciones en la dispersión que disloquen lo resuelto por el sentido común. Lo demás no importa nada.

 

Fotos prestadas por el colectivo EMERGENTES https://emergentes.com.ar

De la autopsia a la cartografía // Diego Sztulwark

A fines de los años setenta se redefine el potencial cartográfico del pensamiento. Quizás el hecho más conocido sean los ahora célebres cursos de Foucault: Seguridad, territorio, población y Nacimiento de la biopolítica. Toda la retórica crítica actual sobre el neoliberalismo y los dispositivos de gubernamentalidad surge de ellos.

En simultáneo, Deleuze continuaba su curso sobre los conceptos que estaba elaborando con Guattari y que desembocarían en la escritura de Mil mesetas. Dicho curso fue editado recientemente por Cactus bajo el título Derrames II. Aparatos de Estado y axiomática capitalista. Neoliberalismo y gubernamentalidad, en Foucault, y axiomática capitalista, en Deleuze, son conceptos que intentan forzar una nueva actividad teórica en relación con los modos de comprender el presente.

En la Argentina de esos años, David Viñas publicó Indios, ejército y frontera, un libro histórico que cartografía y desmonta el dispositivo de poder llamado Estado roquista; ese mismo que denuncian hoy las comunidades mapuches en lucha. El roquismo como historia es el prolongador de la conquista española con la colonización criolla de la Patagonia (tierras indias). Dicho dispositivo de apropiación y concentración de la tierra se produce de modo simultáneo con la formación de las categorías positivistas de las clases dominantes argentinas de 1880: el intelectual colonial es inseparable de la subordinación de la nación a los requerimientos del mercado mundial de materias primas. De un modo más profundo, Viñas supone en su texto que tierra y pensamiento son dos aspectos de una misma realidad. Estas descripciones e ideas poseen una vigencia incontestable, aunque no siempre sepamos partir de ellas. Lo que Viñas cuenta es la historicidad de unas fronteras mentales, territoriales, étnicas, lingüísticas y económicas que aun hoy determinan las posibilidades de la lucha de clases.

 

Tierra y pensamiento son un mismo movimiento también para Deleuze y Guattari. Su filosofía es la de los movimientos de la tierra, con sus desterretorializaciones y reterritorializaciones. Movimientos relativos –controlados por el capital–, o absolutos –desbordes plebeyos, nueva tierra–. Deleuze describe en sus clases el capitalismo entero como una axiomática elaborada a nivel del mercado mundial y efectuada por Estados nacionales, diferentes entre sí (según prime el polo socialdemócrata de adjunción o el polo totalitario de substracción de axiomas), pero isomorfos con el capital global. Una axiomática que conjuga flujos descodificados bajo la preeminencia de la ley del valor. Los avatares de la tierra sometida al dinero, y a la violencia apropiadora (violencia que se aplica en nombre de la Paz y el Orden). ¿No es esta lógica la que Jorge Lanata explicaba en un reciente reportaje con Jones Huala?

 

El crimen de Santiago Maldonado , y la que suma ahora la masacre de Bariloche, conjuga todas estas cuestiones y nos coloca ante la necesidad de actualizar estas lecturas de un modo práctico. Los resultados de la autopsia (agregando lo que vamos sabiendo de la salvaje represión de ayer) difundidas el viernes permiten comenzar a armar un rompecabezas confuso. Sin orden judicial y con el apoyo del poder político, fuerzas estatales –Gendarmería– reprimieron una comunidad mapuche en lucha por la tierra y la autonomía. Santiago Maldonado muere en medio de aquella violencia. Lejos de investigar esa muerte, las agencias estatales y de los grandes medios de comunicación ocultaron los hechos y desinformaron durante meses. La guerra de comunicación en torno al caso Maldonado fue perversa se la mire por donde se la mire. El rigor investigativo y comunicativo es la primera baja en la lucha política. Quizás sea hora de desplazar nuestras estrategias. Ya no limitarnos a denunciar la mentira, sino intensificar nuestros instrumentos cartográficos, combinando precisión informativa con actualización de categorías, sensibilidad con las luchas y pragmática con respecto a los niveles jurídicos y comunicativos. Capacidad de movilización con investigación. O dicho de otro modo: llegó la hora de dejar atrás el lamento y pasar del plano moral al estratégico.

26/11/2017

Desobediencias: Fusiladxs de la nueva campaña del desierto // Nuestra violencia es existir #2

Una conversación sobre Derrames II // Diego Sztulwark y Mariano Pacheco

Un curso de Gilles Deleuze, dictado en la Universidad de Vincennes entre noviembre de 1979 y marzo de 1980, es publicado en la Argentina por editorial Cactus, en su serie Clases, bajo el título:Derrames II: aparatos de Estado y axiomática capitalista.
Resulta complejo, un poco difícil reseñar un libro de más de cuatrocientas páginas, con tanta densidad conceptual en un bloque radial. Pero desde la trinchera radiofónica no queríamos limitarnos al comentario de blog, en palabra escrita, y quisimos traer ante nosotros, y nuestro oyentes, la palabra de quien consideramos uno de los grandes filósofos del siglo XX. Y de nuestro siglo, podríamos agregar siguiendo las pistas de su amigo y compañero de ruta Michel Foucault, quien supo arriesgar: “el siglo XXI será deleuziano”.
Estas clases, de algún modo, pueden funcionar como puerta de entrada y de salida de lectura de Mil mesetas, el segundo tomo deCapitalismo y esquizofrenia, uno de los cuatro libros escritos de conjunto entre Deleuze y Félix Guattari; particularmente de sus últimos tres capítulos, a saber: “Tratado de nomadología: la máquina de guerra”, «7.000 a. J.C: Aparato de captura” y “1440: lo liso y lo estriado”.
El libro muestra de algún modo cómo los cursos pueden funcionar no sólo como espacio de lecturas y debates sobre determinados temas sino también como lugar de experimentación, puesto que muchos de los temas que aparecen en los mencionados capítulos deMil mesetas son trabajados en estas clases de una manera mucho más extensa y profunda.
Para compartir una mirada sobre esta publicación compartimos un diálogo con Diego Sztulwark, quien visitará la provincia hoy viernes 24 de noviembre para presentar este libro, entre otras propuestas.
Fuente: https://lepondregatilloalaluna.blogspot.com.ar/

Desobediencia // Nuestra violencia es existir #1

NUESTRA VIOLENCIA ES EXISTIR

La izquierda al diván: entrevista a Lucía Naser // Hemisferio Izquierdo

Hemisferio Izquierdo (HI): En este número de HI, la izquierda al diván, queremos repensarnos como sujetos políticos. Nos interesa hacer un recorrido por el mundo de las izquierdas y que no se salve nadie de la crítica y la autocrítica. ¿Qué crítica/autocrítica se puede hacer sobre las diferentes tradiciones/espacios de izquierda que existen en Uruguay?

Lucía Naser (LN): Creo que considerando el panorama actual la mayor crítica que podríamos hacernos es que no hemos dedicado suficiente energía a crear posibilidades de articulación entre diferentes izquierdas. La izquierda mainstream del gobierno se dedicó a hacer alianzas que han tratado a diferentes sectores sociales con un igualitarismo injusto, como si bastara negociar para resolver desigualdades estructurales que hace que a la hora de negociar las clases bajas siempre inicien y acaben en desventaja, y se han dedicado sobre todo a satisfacer la demanda de crecimiento o estabilidad económica sin percibir que esa misma estabilidad es la que asegura que las cosas van a seguir indefinidamente como están. La izquierda agrupada bajo el FA y pienso acá más que en las elites gobernantes en sus bases, viene acallando su descontento con el gobierno de tal modo que va a olvidarse (si ya no lo hizo) de los horizontes transformadores y emancipadores que inspiraban sus luchas. Las izquierdas más radicales – que ya viven una distancia profunda respecto al resto del campo político – se replegaron en sus trincheras sintiéndose doblemente distantes ya no solo del sistema político, sino de la izquierda que se adaptó a sus lógicas más jodidas camaleónicamente, rápidamente, demasiado rápidamente y sin intentar, al ocupar el poder, cuestionar sus lógicas de funcionamiento. Me parece que las izquierdas nuevas o jóvenes son las que están moviéndose por pasiones más alegres, quizás con la liviandad que da no hacerse del todo cargo de un pasado traumático: no se sienten herederos de algunas de las heridas que inmovilizan por la vía melancólica o resentida a ciertas generaciones de izquierda, y aunque reconocen el campo de lucha que las antecede, están pensando activa y propositivamente. Me refiero a feminismos, movimientos ambientales, movimientos culturales que también tienen la responsabilidad de no perder de vista que sin articulación entre diferentes actores, su efervescencia va a ser menos potente que con ella.

Esta guerra de posiciones traba mucho las posibilidades de autocrítica porque nadie quiere (o puede) mostrarse vulnerable cuando tiene – real o imaginariamente – un enemigo relojeándole la yugular. El modo en que la autocrítica es una práctica bastante censurada en el mundo político siempre me ha desestimulado bastante; como si la necesidad de obtener logros, generar unidad y juntar ánimos en un panorama claramente desfavorable (incluso con un gobierno por un partido de izquierda es claro que somos contra-hegemonía) hiciera que no exista otra opción que aparecer con opiniones firmes y cerradas y a la defensiva. En ese sentido, si la política pudiera contaminarse un poco del pensamiento artístico, especulativo, filosófico, (auto)crítico creo que le haría muy bien. Y por otra parte está la necesidad poco atendida de pensar en qué sería una ética política de izquierda y cómo estos cambios que tenemos como horizonte utópico necesitan traducirse a los sujetos reales, sus experiencias de vida, sus formas de vida, sus necesidades, sus urgencias, los modos en que está formateado el deseo. Creo que hemos pensado poco en los aspectos subjetivos del poder y que inclusive lxs militantes necesitamos hacer esta autocrítica, no para autoflagelarnos. No puede ser que encontremos espacios intermedios entre sentirnos lo mejor de este mundo o sentirnos la peor mierda. Necesitamos un poco de terapia. Necesitamos entender qué tecnologías de producción de subjetividad están operando y cuáles podemos crear, necesitamos entender que la disputa por las formas de vida no solo son un asunto de la política “micro”, que es pensada demasiado peyorativamente si tenemos en cuenta lo importante que es. Las formas de vida es el campo de batalla que hoy me parece prioritario y en ese campo la oposición entre micro y macro (entre otras) no aplica. ¿Cómo podemos encontrar un mejor equilibrio entre movimientos sociales y políticos? ¿entre utopismo y realidad? ¿Cómo podemos ser honestos con lo real – como dice Marina Garces – sin volvernos pragmáticos-progresistas, izquierdosos-adaptados, reformistas-conformados? Estoy pensando esto junto – o inspirada por – con un montón de pensadorxs activistas, desde Rivera Cusicanqui, Raquel Gutiérrez, Verónica Gago, Mauricio Lazzarato, Diego Sztulwark, colectivos como Lobo Suelto!, el Comité Invisible, y tantos otrxs que hace tiempo vienen señalando el aspecto molecular del poder, el modo en que el neoliberalismo adopta formas abigarradas y complejas. Necesitamos leer más a esta gente en Uruguay y a las preguntas que están planteando.

HI: Parece que actualmente la izquierda uruguaya en sus orgánicas políticas, o bien es la pata subalterna de una alianza policlasista (el Frente Amplio) que empieza a tensionarse con el fin de la bonanza económica de la última década, o bien ocupa un espacio marginal del tablero político (la llamada “izquierda radical”), configurando un escenario nada prometedor. ¿Comparte este diagnóstico? ¿De qué forma se puede destrabar esta situación?

LN: No sé si se puede destrabar. A mi ese diagnóstico me plantea más bien una cierta neutralización de los actores identificados (o identificables) en ese mapa que ustedes plantean (que es un mapa centrado en el sistema político). Es necesario situarse en mapas y es claro que rinde pensar en esos términos para entender relaciones complejas entre actores diferentes, pero también creo importante no olvidar que esos mapas no están fijos, que quizás sus límites y formas pueden cambiar, que a veces las coordenadas que nos servían para orientarnos ya no sirven más, y que tal vez a veces es mejor reconocerse perdidxs.

Creo que la izquierda más potente hoy no se está organizando en partidos o en grupos institucionalizados sino en redes de pensamiento y de afecto, espacios de encuentro y de acontecimiento que no es claro qué son pero dan signos de ser generativos de algo, de formas de accionar que aveces ni aparecen como “políticos” pero que dan cuenta de que se están repensando de forma que ponen entre paréntesis su ubicación en el espectro ideológico o saltaron un poco fuera del sistema político, o nunca estuvieron directamente adentro. Pienso en aquella idea de que quizás la sublevación surja ahí donde no hay consciencia de clase. Pero también pienso en ejemplos como el Mercado de Subsistencia, o colectivos artísticos que buscan desprivatizar sus obras y sus formas de producción, la Garganta Poderosa, o Ni una Menos, o Asamblea Nacional Permanente, espacios como HI, Zur o Entre, la Propia Cartonera, Rebelarte, y seguro podría extender esta lista mucho más porque es una lista en expansión.

Estamos en un momento en que creo necesario desorientarnos para orientarnos porque si no podemos atravesar la desorientación es que no podemos dar ni siquiera cuenta de que estamos en un mundo al que no comprendemos o en todo caso estamos deseando estar en un mundo que no es este que existe y que nos constituye.

Hay muchas experiencias colectivas que deberían ser escuchadas y pensadas como políticas pero son expulsados de ella porque no se condicen con los imaginarios hegemónicos sobre el sujeto político como alguien en control, unitario y coherente, dueño de sí mismo, soberano (y si, no uso x en este caso es porque sus lógicas tienen mucho de masculinas). Anda por ahí la idea de una política en femenino: cómo sería no lo sabemos. Es una investigación en proceso y como en toda investigación hay zonas de saber y espacios de no saber. Lidiar con lo que no sabemos tiene que ser parte del entrenamiento de un activista en el presente en el que todo se transforma a una velocidad de vértigo; casi tan importante como saber argumentar una posición o estar informadxs o tener contactos y redes, o lograr que se apruebe una ley.

Que la necesidad de defender la distinción entre izquierda y derecha – ya que la negación de esta categoría le sirve a la derecha y por eso la defienden – no nos haga olvidar que en la realidad esa categoría es compleja, se mueve y se reinventa todo el tiempo. El rol por ejemplo de los trabajadores en las luchas de izquierda ha cambiado mucho porque el precariado entra cada vez con más fuerza a ser protagonista de las relaciones de poder del neoliberalismo. Eso no quiere decir que los movimientos de trabajadores no sirven más, pero ¿cómo dialogan con situaciones donde las estructuras clásicas del trabajo no aparecen más? Estos desafíos los viene encarando gremios como Fuecys por ejemplo, que está todo el tiempo reinventando formas de luchar en una disputa con poderes en movimiento. Por ejemplo, en este momento integro la directiva del gremio de la danza (ADDU) y observo también esa complejidad: el trabajo de los artistas tiene algo de común con el del resto de los trabajadores pero algo también inconmensurablemente diferente en su forma de producir y de reproducirse; en esa cosa que produce y que venimos llamando capital simbólico. Si por ejemplo se crean herramientas como la Ley de Artistas y Oficios Conexos que buscan ecualizar la situación de los artistas a los de otros trabajadorxs pero no da cuenta de las formas en que estos son contratados, o de que el estado tiende a ser el mayor vulnerador de sus derechos laborales (por ejemplo los aportes sociales salen todos del bolsillo del artista que es cada vez más un trabajador zafral, y casi nunca salen del empleador), entonces estamos como desesperados intentando organizarnos hacia objetivos trazados en un mapa que no se condice con la realidad. Y la desesperación, aún cuando tenga buenas intenciones, no puede dar nada muy bueno.

HI: ¿Visualiza un proceso de agotamiento en la actual configuración política en las izquierdas? De la mano de esto, ¿comienzan a haber actores emergentes y nuevos espacios de politización?

LN: Yo creo que hay que empezar a experimentar con verbos como comunicación, experiencia, preguntarnos qué subjetividades se producen y dónde y cómo. Retomar aquello de la necesidad de que los fines dialoguen con los medios. No irnos demasiado rápido a lo nuevo ni tampoco quedarnos queriendo reconstruir lo que ya no. Creo que si algo está agotado son las promesas de la democracia liberal, que por otra parte fue la que logró un consenso entre tantos sectores y la que permitió la “paz” y por eso da miedo cuestionarla. Porque enseguida viene todo lo que no es democracia que ya conocemos. Y da miedo. Nos enseñaron a tener miedo y aprehendimos. Pero si solo nos quedamos en lo que conocemos le damos poco espacio a lo que puede surgir que no conocemos. Sueno utópica o romántica y si, deseo que la izquierda recupere un poco de esos elementos de su personalidad. Se ha vuelto todo demasiado racionalista e instrumental, y se dejan de lado los efectos subjetivos de cierto romanticismo que puede también tener consecuencias materiales. Por ejemplo, el principal problema de la democracia liberal representativa quizás no es que los representantes tienden a volcarse rápidamente hacia la funcionalidad pro sistémica sino la subjetividad política que produce, que es desmovilizadora y que por desmovilizadora es entonces resentida y que por resentida está energéticamente más cerca de la impotencia que de activar las fuerzas sociales que podrían crear las condiciones para una transformación radical y colectiva.

Quizás hay que dejar de desear la unidad de la izquierda y pluridimensionar el campo, habitar la crisis, practicar las preguntas, soltar un poco los dispositivos conocidos. Entender que no hay ya un sujeto de izquierda que podamos recuperar, que nunca existió, solo fue parte de una narrativa que necesitamos en un momento dado. Algunas cosas que emergen y que creo que hay que prestarles atención son: nuevas formas de aparición y manifestación de los cuerpos en el espacio público real y en el virtual, luchas organizadas en torno a aspectos vitales como la sexualidad, el agua, la tierra, derechos básicos, que ponen en el centro de la política a cuestiones mucho más fundamentales que las que la agenda política oficial tiende a reconocer como prioridades.

Creo que los agotamientos tienen que ver con crisis generadas por la subestimación que la izquierda hizo de la transformación cultural; la crisis generada por la subestimación que las elites políticas hicieron de las éticas y las relaciones; la pérdida de contacto del progresismo con bases populares que aunque son carenciadas, están organizándose para rechazar el pensamiento economicista que ha drogado a la izquierda institucionalizada como si la necesidad fuera gritar que no sólo la guita importa (aún cuando el grito venga a veces de quien más la necesitaría); el miedo radical de la izquierda uruguaya al populismo y a su propio pasado que la acecha como un trauma mal procesado que es barrido sistemáticamente abajo de la alfombra; el descuido radical de relaciones sur-sur que en un momento se planteaban como horizonte promisorio en la política latinoamericana. Hoy Uruguay solo piensa en cómo salvarse solo de la catástrofe que azota a sus vecinos y la mala noticia es que no, no nos salvaremos solos.

La izquierda social ha sido instrumentalizada por la izquierda institucionalizada y eso se está agotando y cuando se termine de agotar no vamos a tener tantas diferencias con los escenarios de, por ejemplo, la política brasilera donde se le pidió al pueblo apoyo “contra la derecha”, se le pidió sacrificio, pero quienes ven los frutos son sistemáticamente las clases gobernantes, empresariales y medias altas. El extractivismo del esfuerzo social de las clases populares también trae catástrofes socioambientales que la izquierda tradicional en Uruguay no está sabiendo vislumbrar. Se sigue tirando de la cuerda como si el miedo a la derecha garantizara un escenario de adhesión incondicional a actores como el FA, que no se dan cuenta que esa adhesión no es tal porque él mismo ya no es “de izquierda”. Yo me formé políticamente como militante del FA y acompañé al partido por mucho tiempo. Pero hace ya mucho tiempo que algo se empezó a romper, hace quizás unos 10 años ya. Lo que emerge es una enorme necesidad de reaccionar. Y reaccionar es quizás habitar la crisis que la izquierda está atravesando en vez de querer negarla con “que no se detenga” y marketing publicitario. Creo que el imaginario internacional sobre Uruguay le ha hecho y le sigue haciendo muy muy mal a la izquierda uruguaya: nos tomamos demasiado en serio las falsas ideas que el exterior tiene de nuestra “pequeña aldea” y eso también es una forma de continuidad de la (auto)colonización. La promesa de que somos mejores y que somos diferentes y únicos es la promesa que viene moviendo a la idiosincracia europeísta uruguaya desde principios del siglo pasado hasta hoy. En ese sentido hay continuidades – y no solo rupturas – que necesitan ser pensadas para afinar nuestras respuestas ante la pregunta ¿qué hacer?

Y las respuestas demandan abandonar algunas de las oposiciones que hemos reproducido o bien ideológicamente o bien en nuestras prácticas. Es hora de dejar de pensar que lo micro es vs macro, o que la vanguardia es el único lugar de lucha política efectiva, o que la imaginación es un verbo a practicar únicamente a la hora de recrearnos o distraernos. No siempre lo que parece efectivo es útil; no siempre lo vivible es lo único posible: la resistencia puede organizarse de formas no tan condicionadas por el poder.

¿Cómo cabe la fluidez de nuestros cuerpos (y deseos, y urgencias) movedizos en la rigidez de los procesos institucionalizados de la democracia liberal? Es decir, si nos ponemos demasiado ansiosas con responder qué empieza nos vamos a perder de las continuidades, de hurgar en las ruinas. El tema es cómo hurgamos sin entregarnos a la tristeza de la derrota. Cómo dar cuenta de que hay algunos dolores colectivos que creímos superados pero hay que retroceder unos casilleros y volver ahí. Como paciente, la izquierda partidaria (y sus círculos más próximos) es un cuerpo que quiere negar sus heridas y seguir para adelante como sea y no. Ni el cuerpo ni los afectos van a resistir. La ansiedad no resuelve los problemas. Sería como decirle a un sujeto traumado por sus padres que cuando vaya a terapia hable de otra cosa, que ya es grande.

En lo que hace a la autocrítica que el arte (campo en el que trabajo) necesita hacerse hay mucho trabajo por hacer. La reconceptualización de la política del arte de la mano de filósofos como Rancière y compañía ha generado un consenso bastante generalizado entre los artistas contemporáneos sobre que el arte es político. Pero distanciándome un poco de la interna del campo y mirando qué relaciones y reverberaciones y capacidad de comunicación está teniendo el arte contemporáneo o la danza contemporánea, me parece que es hora de desidealizar un poco el rol que estamos teniendo. Es decir, no veo que estas representaciones que tenemos lxs artistas sobre nuestro trabajo estén plasmándose en la realidad. Me parece que estamos demasiado entregados a un mercado artístico que nos garantiza poder seguir haciendo lo que hacemos y en un contexto cada vez más neoliberalizado de la cultura, fuimos bajando progresiva y progresistamente nuestras expectativas respecto a la incidencia política de nuestros trabajos. La política cultural del FA es en parte responsable de esto pero la mayor responsabilidad está entre las manos de la comunidad artística, una comunidad que está mucho más dispersa, desorganizada y despolitizada que hace 30 o 20 años en Uruguay. Cada vez soy más escéptica de que estemos logrando una “redistribución de lo sensible”. Me parece que hay una producción de saberes muy potente que el campo del arte contemporáneo está haciendo pero que hay una enorme incapacidad de socializar ese conocimiento, de ponerlo a trabajar en procesos de democratización y transformación social en el sentido expandido de la palabra. La microcomunidad nos está comiendo, la endogamia nos está cegando.

El campo artístico es hoy en día, como lo predijo Lygia Clark para su futuro, un “ingeniero de los placeres del futuro, actividad que en nada afecta el equilibrio de las estructuras sociales” [1]. Sin embargo, seguimos sosteniendo discursivamente y sin fisuras que lo que hacemos es relevante y subversivo. Y quizás podría serlo, pero creo que es hora de cuestionar ese discurso que a esta altura está automatizado. En este sentido hace tiempo pienso (y lo he trabajado conmigo misma, con colegas, en forma de talleres, en trabajos académicos, en el sindicato, etc) que el artista necesita (necesitamos) terapia, sobre todo para poder sincerarse consigo mismo sobre esta distancia entre lo que decimos de nuestro arte y lo que nuestras creaciones efectivamente hacen. Mucho tiempo fue necesario legitimar la importancia de lo que hacemos y lo sigue siendo, pero esa afirmación tiene que dialogar con un contexto que ha cambiado mucho en los últimos 10-15 años. Esa relevancia necesita ser actualizada para mantenerse viva, sino solo se vuelve una autopropaganda. La posibilidad de parar de defender al arte en su especificidad política y pensar si está sucediendo algo disruptivo o transformador es algo que me parece urgente. Creo que lo mismo necesitan hacer los militantes de izquierda. Y los académicos de izquierda. Y es un poco lo que estamos intentando hacer en Entre, es decir, generar espacios de diálogo donde poder hablar analíticamente pero también integrando los planos afectivos, personales, los sensoriales, integrando las contradicciones que nos atraviesan. Decir que somos sujetxs contradictorios es mucho más fácil que hablar en concreto de en qué consisten esas disyunciones, porque ahí es donde una se tiene que vulnerabilizar, remangar la camisa del orgullo y darle compartir con otros eso que apenas aceptamos para nosotras mismas. Darle nombre a estas contradicciones es esencial para empezar a tratarnos. Escribiendo un texto en colectivo sobre lo que empieza y lo que termina (el tema de una revista que sacaremos a fin de año) con lxs amigues de Entre llegamos al término “sujeto escindido en lucha adentro” para hablar de cómo nos sentimos. La lucha adentro no es ni hedonista ni individualista: es un espacio fundamental donde se juegan batallas muy importantes que si no visualizamos pronto nos remitimos a ser solamente sujetxs escindidos. De ahí esta necesidad de terapia, casi de grupo de rehabilitación, o confesionario pero sin gran hermano. Atender estos problemas del sujeto de izquierda no es contrario a pensar a este sujeto siendo-en-común con otrxs. Entonces: ¡todxs al diván!

De lo que soy más descreída – o al menos no he encontrado pistas de cómo hacerlo – es de las posibilidades de un proceso terapéutico para los gobernantes y para quienes están en espacios de poder. Su propio rol les impide cuestionar su rol. Es importante decirles (aprovechando que en muchos casos se trata de amigues, de excolegas o compañerxs de militancia) que no nos traten como materia de persuasión, que no somos material convencible sino sus cómplices. Necesitamos terapia y complicidad. Eso.

Para eso explorar otros formatos de comunicación es vital. Ayer mismo tuve una experiencia maravillosa, casi reveladora. Fue en el cierre de un festival de danza contemporánea (Panorama) en Río de Janeiro, Brasil, país donde se vive un momento de claro avance de la derecha, de claro retroceso de los derechos, de una guerra mediática de desprestigio a las luchas sociales y a los derechos conquistados, de un incremento del poder de las vertientes más reaccionarias que se esconden bajo el nombre de religión e incluso de “liberalismo”. Fue la mejor performance que vi en mucho tiempo: se llamaba “Culto” (del grupo Brecha). En un domingo donde veníamos de pasar por un sinfín de iglesias caseras y oficiales llenas de gente en un país hecho mierda, un dúo subió al escenario de “Circo Voador” y apropiándose del formato de misa empezó a predicar la fe de la teoría crítica: amen! Más amor y más crítica. De a poco la misa iba incorporando fieles conversos que contaban sus historias. Lo que estaba siendo adorado era nada menos que derechos humanos, que derechos básicos sobre nuestros cuerpos. Lo que estaba siendo anunciado era el eterno retorno de la diferencia. Esto fue hecho sin distancia irónica; apropiándose seriamente del formato espectacular de sermón evangélico o pastor Jiménez. Salí de ahí pensando que tenemos que reinventar las formas de convencer a la gente de que nuestras ideas son importantes. No podemos sentarnos a odiar a la gente que no piensa como nosotros. Si la izquierda tiene que subirse a un escenario a hablar con los fascistas e intentar convencerlxs pues vamos para ahí, hagámoslo. Quizás no sabemos cómo hacerlo, quizás estamos llenxs de prejuicios y es hora de deconstruirlos. Quizás, además de la necesidad de diseminación ideológica la lucha tiene que adoptar otras formas menos discursivas, más combativas. Quizás necesitemos ponerle el cuerpo. ¿Cómo y dónde poner el cuerpo cuando el neoliberalismo nos inculca permanentemente la lógica de privatización de nuestra existencia?

En los momentos de crisis y desbordes el arte se funde con la política. En países vecinos esto ya se está viendo: de uno y otro lado ya empezó la guerra. ¿Cómo podemos adelantarnos a la llegada de la catástrofe a Uruguay y al mismo tiempo apoyar a las izquierdas que resisten los procesos regionales que están sucediendo? ¿Cómo pensamos juntxs y en movimiento? Es hora de dejar se esperar que el sistema político resuelva porque ya vimos que no. Necesitamos el encuentro y articulación entre subjetividades, cuerpos, formas de goce, formas de resistencia, sujetos en lucha. Necesitamos recuperar la experiencia de movernos juntxs porque esa experiencia política es vital para enfrentar este presente. La palabra experiencia es clave. La forma en que se encuentran los votos en una urna no tiene nada que ver con lo que produce la fenomenología de la movilización en colectivo. En este punto la política se parece bastante a la danza, uno puede bailar sola la misma partitura que cuando es bailada con otrxs genera una experiencia totalmente diferente. Creo que lo que emerge va a tener que tener más en cuenta las experiencias políticas de los sujetos reales que van a vivir y llevar adelante transformaciones profundas. No una idea (moralista) abstracta de esos “sujetos de izquierda” sino un contacto real con la vida de personas desfavorecidas por el orden actual de las relaciones de poder. Las respuestas probablemente no van a venir de de los políticos ni de los intelectuales.

Nuestra responsabilidad en este momento es más que hablar, escuchar y para escuchar otras voces que no sean siempre las mismas tenemos que exponernos, dislocarnos, salir de nuestro lugar de confort. La aceptación de esta incomodidad es una condición necesaria para que acompañemos lo que sea que está emergiendo.

* Investigadora, creadora, bailarina en el área de danza contemporánea y performance. Licenciada en Sociología por Udelar, Master en Artes Escénicas por PPGAC- UFBA, Doctora en la Universidad de Michigan. Colaboradora en la diaria e integrante del colectivo Entre http://entre.uy/

Notas:

1. La cita completa dice: «No próprio tempo em que o artista é cada vez mais digerido por esta sociedade em dissolução, resta-lhe, na proporção de seus meios, tentar inocular uma nova forma de viver. No próprio momento em que ele digere o objeto, o artista é digerido pela sociedade que já encontrou para ele um título e uma ocupação burocrática. E ele será engenheiro dos lazeres do futuro, atividade que em nada afeta o equilíbrio das estruturas sociais. Isso quer dizer: ele fica muito respeitado, eventualmente bem-pago, sendo incorporado dentro do establishment”. Lygia Clark

FUENTE:  https://www.hemisferioizquierdo.uy

Entrevista a Arturo Escobar // Tinta Limón

Pragmatismo, utopismo y la política de lo real: hipótesis para el posdesarrollo

Por Tinta Limón

 Arturo Escobar: Unas breves palabras antes de comenzar. Primero que todo, mis agradecimientos a todo el grupo por acoger la propuesta de publicar el libro en Tinta Limón y por la sugerencia de incluir esta entrevista como una especie de prefacio a la edición argentina. Me siento muy honrado por la publicación. Pienso que la entrevista me servirá para clarificar algunas dudas, enfatizar ciertas ideas claves, y rearticular algunos conceptos de manera menos titubeante, más definida. Me parece que todas las preguntas están atravesadas por algunas preocupaciones fundamentales para las cuales es hoy difícil tener respuestas contundentes. Esto también quiere decir que podríamos comenzar con cualquiera de las preguntas y, donde quiere que sea que salgamos, habremos tocado varios o todos estos temas. Las respuestas que siguen, de esta forma, deben tomarse más bien en el espíritu de las variaciones musicales, y menos como comentarios sobre temas independientes y discretos. En las dos o tres primeras respuestas, las más extensas, se encontrarán las semillas de las demás. Sin duda persistirán algunos “nudos”, y quizás habré creado otros, pero confío en que algunas de las preocupaciones que bien expresan las preguntas hayan sido al menos mitigadas.

 

Tinta Limón: Hablás de un diseño de transición que invoca desde la “reinvención de lo humano” a la profundización de formas comunales de vida. Te proponés una conjunción llamativa que es colocar el diseño como un problema de la autonomía. ¿Qué significa pensar en un diseño y en una transición sin reponer modelos racionalistas y/o ideales de comunidad o comunalidad? ¿Se puede diseñar el cambio?

Pienso que la pregunta tiene dos partes: si el diseño realmente puede escaparse a los dictámenes de la racionalidad objetivante e instrumental y la teleología propias de la modernidad; segundo, si puede lograrlo sin postular visiones a-históricas (modelos ideales) de comunidad. Abordaré la primera parte con cierto nivel de detalle en esta primera respuesta, y dejaré la segunda para una pregunta posterior bastante relacionada.

La pregunta me da pie para volver sobre una de las observaciones y preguntas “en abierto” que planteo en la Conclusión, sin duda de forma muy breve, aquella de si las “comunidades tradicionales” (o digamos, mejor, los grupos históricamente comunalizados) diseñan o no. Si aceptamos que la vida es siempre movimiento, flujo, impermanencia y creación de formas desde el interior de esta dinámica, ¿no nos refiere el diseño necesariamente a un régimen de verdad y acción muy diferente? ¿No es la noción de “cambio” inevitablemente cómplice de una voluntad de poder anclada en los imperativos modernos?

Para acercarme a esta pregunta, quisiera explorar dos conceptos in tandem: relacionalidad fuerte, teleología débil, y su opuesto: relacionalidad débil, teleología fuerte (que sería el caso de la modernidad, con su relacionalidad dualista “débil”, su onto-epistemología de sujetos y objetos pre-constituidos y su temporalidad lineal). Creo que el concepto de relacionalidad fuerte, o radical, queda suficientemente explicado en el libro; es aquella donde las entidades no son pre-existentes a la relación sino que esta las constituye, todo es mutuamente constituido. Como explico, encontramos expresiones relativamente similares de esta idea en una serie de fuentes, desde el budismo (“co-emergencia dependiente” e “inter-ser”), la complejidad (emergencia) y la antropología, entre otras. Ahora bien, me gustaría dar una explicación adicional de esta noción apoyándome en la re-elaboración del concepto de ayllu que hace Marisol de la Cadena en su libro más reciente, pues es una de las exposiciones más claras de la idea de relacionalidad radical que he leído en mucho tiempo.

No podré dar un recuento adecuado del libro en esta corta entrevista, pero se centra en las conversaciones que la autora mantuviera por espacio de una década con dos especialistas rituales (“chamanes”) indígenas en la región de Cuzco, Mariano y Nazario Turpo, y en la cual Ausangate, una “montaña sagrada” o tirakuna (ser-tierra),[1] amenazada por la minería a gran escala, también juega un papel preponderante. El ayllu es una noción casi mítica en la antropología latinoamericana que Marisol reinterpreta de forma novedosa desde la perspectiva de una filosofía no eurocéntrica de la relacionalidad, a partir de sus conversaciones con Mariano y Nazario. Ser “en-ayllu”, dice Marisol, va mucho más allá de la propiedad colectiva de la tierra y ciertas tradiciones religiosas y formas de parentesco, como generalmente se lo entiende. El ayllu, por el contrario, “es el colectivo socionatural de humanos, los otros-no-humanos, animales y plantas conectados inherentemente de tal forma que nadie ni nada dentro de él escapa a esta relación” (p. 44). Esta definición, como diría Marisol, es solo nuestra incompleta traducción de lo que en realidad es toda una fenomenología no antropocéntrica del ser, estar, hacer y habitar que no puede ser reducida a explicaciones, pues solo existe en su continua enacción. En-ayllu es una composición continua donde están involucrados los tirakuna (como Ausangate o algunas lagunas y ríos), los runakuna (los indígenas), los animales, plantas, etc. Ser en-ayllu conlleva una coincidencia ininterrumpida entre tierra, territorio y lugar; significa ineluctablemente “ser el territorio”, “ser el lugar”. No hay separación aquí entre humanos, no-humanos y “lugar”. A través de sus prácticas en-ayllu, tirakuna y runakuna “ocurren” (“toman-lugar”).

Para ponerlo en términos de la ontología política, en-ayllu supone una “relacionalidad fuerte” que no opera bajo la separación occidental de naturaleza y humanidad, aunque también esté entreverada con esta. Por tanto, traducir “tirakuna” como ser vivo, como ser cognosintiente (sentient being), o, para el caso de Ausangate, como “montaña sagrada”, solo puede ser una traducción parcial, ya que nos remite a un mundo en el que los seres-tierra no pueden co-ser o co-existir con runakuana (humanos) en mutua e incesante co-creación. Toda traducción de esta multiplicidad relacional a una ontología de humanos y no-humanos separados y pre-constituidos solo puede conducirnos a representar estos seres-tierra en términos de “creencias”, o prácticas culturales particulares, o atavismos, o como reflejo de la ignorancia, y por tanto los extrae de su capacidad de ser-siempre en continua co-emergencia con runakuna. La lucha de muchas décadas de Mariano por la recuperación de la tierra fue en parte esto, pero no solamente; también, y con mayor relevancia, fue por la pervivencia de ser en-ayllu. Aunque Mariano y su comunidad, como lo pensara la izquierda de los años sesenta y setenta, eran “campesinos luchando por la tierra”, la práctica runakuna claramente excedía estos términos, pues al mismo tiempo sus acciones eran (y surgían de) ser-en-ayllu. Este “exceso ontológico” es fundamental para entender buena parte de mi argumento sobre la reapropiación del diseño, como iré explicando en el resto de esta respuesta y en mi discusión de las demás preguntas. Al movilizarse por la tierra, o por la defensa de la “montaña sagrada”, estamos ante verdaderos mundos en movimiento, como explico en el Capítulo 5 (en el lenguaje de la ontología política, estamos hablando de conflictos ontológicos).

Dada esta conceptualización radicalmente relacional de “ser en-ayllu”, tiene absoluto sentido resistirse a la idea del diseño, como lúcidamente me lo argumentaron las estudiantes de doctorado en Popayán en octubre del 2015. Allí la discusión se dio entre dos preguntas contrastantes: “¿diseñan las comunidades tradicionales (tales como las comunidades nasa y misak de la región aledaña a Popayán)?”. Segunda pregunta: “¿pueden las comunidades (darse el lujo de) no diseñar?”. Intento una respuesta a este dilema en la sección de la Conclusión a la que he aludido, en parte apoyándome en Maturana y Verden-Zöller, cuya noción de que las comunidades no patriarcales “simplemente vivían en una interconectividad sistémica y dinámica con el cosmos” me parece consistente con la noción de “en-ayllu”. Quisiera ahora intentar otra aproximación, y de nuevo Marisol me proporciona un punto de entrada.

“El ayllu es como un tejido”, le dice Justo Oxa, un maestro de escuela quechuo-parlante, a Marisol, “y todos los seres del mundo –gente, animales, montañas, plantas, etc.– son como los hilos, todos somos parte del diseño. Los seres de este mundo no están solos; de la misma forma que un hilo por sí solo no forma un tejido, los tejidos existen con los hilos; un runa siempre es en-ayllu, con otros seres –esto es ayllu–” (de la Cadena 2015: 44). En otras palabras, las entidades que conforman el ayllu (runakuna, tirakuna, plantas y animales) son tan parte de este como el tejido es parte de ellos (p. 101). Por lo tanto, la única práctica que tiene sentido dentro de esta visión relacional es la de cultivar la vida –la “crianza” mutua de la vida–. Como lo afirma Oxa, “la Pachamama nos cría, los Apus nos crían, nos cuidan. Criamos nuestros hijos y ellos nos crían… Criamos las semillas, los animales y las plantas, y ellos también nos crían” (103). ¿Será demasiado atrevido ver en estas declaraciones instancias de diseño de otro modo, o diseño con otro nombre, como argumentaría Alfredo Gutiérrez dentro de su conceptualización de diseños del sur (ver Conclusión)? ¿Por qué no pensar que en los conceptos de la vida como tejido (igualmente central a la cosmovisión nasa y misak) y de la crianza mutua de la vida yace una imaginación no-dualista de diseño?[2]

De ser así, diríamos que todo diseño tiene que surgir de “ser en-ayllu” (metafóricamente hablando, es decir, del pluriverso comunalitario), pues fuera de este nada puede ser. En última instancia, diría que no se trata de “diseñar el cambio”: se trata de ayudar a crear las condiciones para el proceso continuo de mundificar la vida siempre desde la relación, para enactuarla de tal forma que podamos ejercer con dignidad el conocer~ser~hacer ininterrumpido en los mundos que habitamos. (Esta idea resuena con la “utopía” de Gatt e Ingold, que cito en la Conclusión: “El diseño, en este sentido, no transforma el mundo; es, más bien, parte del mundo que se transforma a sí mismo”). Desde esta perspectiva, cuando se planteen actividades de diseño autónomo, hablaríamos no tanto de “proyectos” sino de “procesos en entramados”, sin separación entre medios y fines. No se trata de una voluntad proyectual lineal, esencial para el concepto de “cambio social”, si bien cierto tipo de pensamiento proyectual “débil” continúe siendo parte importante del diseño, incluyendo del diseño autónomo, en forma limitada, como discutiré en la siguiente respuesta.

La coyuntura actual nos insinúa que estamos abocados a re/diseñar la urdimbre de la vida, a retejer y reparar, a re-unir lo separado, a re/inventar formas otras de habitar, de lugarizarse, de comunalizarse; y todo esto (¡quizás la parte más difícil!) en contextos de mundos que involucran entramados de humanos y no humanos, en conexión parcial con muchos otros mundos, incluyendo aquellos mundos que no se quieren relacionar sino asimilar o destruir. El diseño entonces emerge como espacio de pensamiento-acción –de cosmoacción, como lo dice el Plan de Viva misak (Capitulo 2)– para mundificar la existencia de acuerdo a la forma-Tierra de la vida, para construir territorios de re-existencia en los intersticios de los entramados entre mundos que perseveran en su diferencia. Este “estar abocados a” puede resumirse en la expresión: “¡A rediseñar! ¡A redisoñar!”, de acuerdo al doble mandato de la Liberación de la Madre Tierra y del principio de la recomunalización.

Para terminar, una breve referencia a aquello de “colocar el diseño como un problema de la autonomía”. Tenemos que pensar también en la otra dirección: la autonomía como un problema de diseño. Ambos enunciados se refieren al mismo proceso, con énfasis diferentes. Sobre la primera mitad: el diseño ha sido, por supuesto, militantemente heterónomo. Esta fue una de las principales denuncias de Ivan Illich, toda su crítica a las tecnologías incapacitantes y desempoderadoras de la modernidad. Plantear la posibilidad de “herramientas conviviales” fue, para Illich (como lo sigue siendo para illicheanos como Gustavo Esteva, Silvia Marcos, Jean Robert, Barbara Duden y Wolfgang Sachs, entre otrxs, todos ellos autores profundamente comunalitarios) una de las rutas más importantes para recuperar la autonomía personal y colectiva. En términos de la segunda, es la noción más política e importante del libro, desarrollada en el Capítulo 6 en particular. Reconozco el carácter casi que inevitablemente oximorónico del concepto de “diseño autónomo”; confío haberlo planteado al menos como hipótesis a ser explorada, especialmente a través de prácticas otras de diseño, como intento enfatizar en estas respuestas.

 

En este mismo sentido, ¿cómo se conjuga tu trabajo sobre la auto-organización, la auto-poiesis y la emergencia con la apuesta a un diseño que sugiere una planificación, y que en ese sentido parecerían nociones bastante divergentes? O dicho de otro modo: ¿por qué asociar la noción de diseño con la de composición de lo emergente?

 

Lo emergente, por definición, no se diseña. Esta es una de las proposiciones primordiales de la ciencia de la complejidad y el fundamento de su crítica a la “ciencia reduccionista” y a la cibernética clásica basada en el problema del “control”. La simple fórmula de la teoría de sistemas, que se aplica al concepto de la emergencia, de que “el todo es mucho más que la suma de las partes” sugiere que esos “todos” que encontramos a lo largo del espectro de la vida natural y social (desde la célula hasta la cuenca amazónica, los mercados y los estados-nación) no solo no pueden ser conocidos en su totalidad a partir del conocimiento de las partes, sino que, por ende, no podemos ni predecir su emergencia y comportamiento ni prescribir las formas que podrían tomar a través del diseño. El desconocimiento de este hecho ha sido el talón de Aquiles de la ciencia moderna y una de las fuentes de la crisis ambiental. Ahora bien, esto no quiere decir que lo emergente sea meramente “espontáneo”. Para el caso de los movimientos sociales, como sugerí en Territorios de diferencia (Cap. 6),[3] podemos hablar de dos dinámicas: auto-organización, y “alter-organización”; en esta última entrarían todas aquellas prácticas donde la acción del humano juega un papel importante (tanto las problemáticas, como las “jerarquías”, como las “mallas” o meshworks). Para mí, la clave es cómo armonizar estos diversos tipos de auto y alter-organización. En sus mejores momentos, los movimientos sociales logran algo de esta armonización, convirtiéndose en sociedades y mundos en movimiento. Se me ocurre que esta es una de las lecciones más dicientes del excelente libro de Raquel Gutiérrez Aguilar, Los ritmos del Pachakuti.[4] Pero antes de decir algo sobre este libro, valga la pena una aclaración inicial sobre algunos de los puntos fuertes, en mi opinión, del pensamiento de la complejidad.

La pregunta clave de la teoría de la complejidad es cómo surge el orden a partir de la dinámica compleja de la materialidad –su “desdoblamiento” o despliegue dinámico– a través de procesos inusitados que no pueden ser comprendidos con base al entendimiento de las propiedades de los elementos que componen la entidad o sistema en cuestión. La complejidad es la ciencia de las formas emergentes, de cómo estas alcanzan coherencia y consistencia a pesar de todo, de la danza entre orden y desorden (Notemos de paso que la teoría social ya no se hace esta pregunta; una vez abandonados el concepto de “totalidad”, las nociones orgánicas de sociedad y abstracciones tales como las de estructuras sociales, nos quedamos sin teorías fuertes sobre las entidades observables que pueblan el universo de lo social. Hace tiempo, por ejemplo, no se habla seriamente de “hegemonía”, quizás desde el importante libro Hegemonía y estrategia socialista, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, de hace ya tres décadas). La emergencia de lo vivo y de lo social involucra procesos tanto lineales (relaciones de causa efecto) como no-lineales (caos), lo cual conduce a situaciones donde no hay predictibilidad ni control, pero sí inteligibilidad, a un alternar entre convergencia (alrededor de un atractor) y divergencia dentro del dominio demarcado por este (podemos pensar en la relación entre mundos parcialmente conectados en términos de esta dinámica de convergencia y divergencia). Un corolario importante de este enfoque es que el control de los fenómenos naturales, como lo pretendía la ciencia reduccionista, se nos escapa de las manos, dada la no predictibilidad de los procesos. De esta realización, los biólogos Solé y Goodwin derivan una conclusión importante: “Hay otras opciones, tales como participar en vez de controlar, es decir, reconocer que podemos ejercer influencia sobre estos sistemas complejos, y proceder con cautela en esta tarea dada la no predictibilidad de nuestras acciones y sus consecuencias. (…) La complejidad nos muestra que vivimos en un universo fascinante pero contra-intuitivo. (…) El estudio de la complejidad y los fenómenos emergentes está abriendo las puertas a una biblioteca nunca antes explorada, llena de libros increíbles con ideas inesperadas” (2000: 28, 303). ¿Aplicará esto en alguna medida a la teoría social y al diseño?[5]

Hablemos por un momento de Los ritmos del Pachakuti en este contexto. Con frecuencia me encuentro recomendando el libro de Raquel como el mejor tratado para pensar sobre las posibilidades de transformación social en el continente –por ejemplo, para abordar la pregunta de si podría ocurrir un Pachakuti como el que se dio en Bolivia entre el 2000 y el 2005 en países como México y Colombia–. No es una hipótesis descabellada, me parece, dado el estado de crisis y desestructuración de instituciones y discursos en ambos países. Más allá de esta pregunta, releer este libro a la luz de las nociones de la complejidad es todo un descubrimiento. No debemos olvidar que Raquel ya nos había preparado para ello con su crítica al “paradigma moderno-mecánico” en sus anotaciones sobre las nuevas filosofías de la ciencia en su penetrante y clarividente recuento de su actividad política, ¡A desordenar! Por una historia abierta de la lucha social,[6] que muy probablemente la remontó a sus estudios tempranos de matemáticas. No podré detenerme en detalle en su argumento, pero diría que su estrategia teórica, cuidadosamente elaborada en el Prefacio, y su insistencia en “la comprensión práctica” de los acontecimientos insurreccionarios del 2000-2005 detenta las marcas del pensamiento de la complejidad. Así, al afirmar que “[e]xisten momentos históricos en los que los conflictos, antagonismos y desgarramientos internos en una sociedad desbordan todo el andamiaje diseñado para su administración y encauzamiento” (19), nos está hablando de dinámicas no lineales, de la dialéctica del orden y el desorden, del “trastrocamiento y fuga” con respecto a los órdenes instituidos y la emergencia de modos de autorregulación de la convivencia social más allá del estado y del capital. Apela, de hecho, al concepto de “cambio de estado” en la transformación sustancial de las configuraciones sociales. Al hacerse la pregunta, en cada uno de los rigurosamente documentados capítulos empíricos, de “¿quiénes se movilizan?, ¿qué hicieron? y, ¿qué buscaban” (59), se acerca a ciertas metodologías de las ciencias de la complejidad. Cada serie de eventos, podríamos decir, nos adentra en la dinámica de auto-organización y alter-organización que desembocaron en el Pachakuti que terminara con la elección de Evo Morales, y que eventualmente se re-compusiera alrededor del atractor capital-estado, sin lograr estabilizar aquel otro modo de regulación social por fuera, contra y más allá del orden social establecido (p. 46).

Los ritmos del Pachakuti nos deja una serie de metodologías y preguntas claves planteadas de forma lúcida y contundente, incluyendo aquellas de cómo “construir y pensar maneras de desconfigurar permanentemente el orden instituido desde distintos niveles y en distintas cadencias pero, eso sí, de manera expansiva y permanente aunque discontinua, es decir, pautando ritmos, generando cadencias” (21) y sobre “la posibilidad de alterar la realidad social de manera profunda para conservar, transformando, mundos de la vida colectivos y antiguos y para producir formas de gobierno, enlace y autorregulación novedosas y fértiles” (351). Pensar en Colombia y México desde esta perspectiva requeriría adaptaciones pero sería un ejercicio fructífero. ¿Se podrían estar asentando en estos dos países las condiciones para un Pachakuti?[7]

Exploré otras posibles aplicaciones de los enfoques de la complejidad y los entramados (assemblages) en el último capítulo de Territorios de diferencia, particularmente la “ontología social” de Manuel de Landa y el enfoque de redes de Tiziana Terranova. Allí ya aparecían los conceptos de agencia distribuida, la política de lo virtual y una discusión inicial del giro ontológico desde la perspectiva de complejidad y redes, donde hablaba de “actores-redes subalternas”. Quise demostrar, aunque sin duda con demasiada rapidez, por qué la trayectoria del PCN (Proceso de Comunidades Negras) podía entenderse como una articulación entre auto y alter-organización la cual, hasta cierto punto, ha funcionado, aunque requiriendo un esfuerzo inmenso y a veces altos costos. Hoy quizás hablaría de una rizomática subalterna, y me atrevería a vislumbrar algunas nociones para el diseño, tales como la “interoperabilidad entre mundos” (acople estructural), procesos auto-catalíticos en la conformación de mundos, etc. Menciono esto para preguntarme, ¿nos estaremos acercando a una práctica donde articulemos de forma más reflexiva –e, idealmente, efectiva– auto-organización y alter-organización? ¿Podríamos pensar en “mundos distribuidos” en el pluriverso movidos por procesos de conver/diver-gencia y de los cuales podría depender la constitución política del futuro, los futuros, la futuralidad? [8]

Quisiera, para terminar esta segunda respuesta que ya se alargó bastante, volver sobre un tema relacionado pero poco explicado en el texto, y es el lugar del pensamiento racional y la voluntad proyectual dentro de los procesos de diseño autónomo y en el trabajo con colectivos comunalitarios. Mencioné en varias partes, sin enfatizarlo, que tanto autores como Illich, Varela, Ingold, Plumwood y Leff como los proponentes de las transiciones no descartan las prácticas de ser, hacer y conocer que acompañan las ontologías dualistas y de la separación, tales como el conocimiento abstracto, las representaciones objetivantes, las relaciones causa-efecto, y tecnología en sí –más bien rechazan su hegemonía y la marginalización de otras formas de ser~conocer~hacer que efectúan, mientras que visibilizan sus limitaciones para entender la experiencia y, en última instancia, la vida–. Su objetivo, entonces, es resituar estas prácticas como opciones onto-epistémicas y sociales particulares. Al resituarlas, se re-dimensiona su posible uso, siempre y cuando se subordinen a los principios del sentipensar y el hacer relacional. Hay, sin duda, una tensión inherente a este posicionamiento, que Varela por ejemplo busca abordar a través de su noción de “reflexividad encarnada”.

La activista e intelectual nasa Vilma Almendra ha propuesto recientemente una noción que me parece muy sugerente. Al preguntarse por el papel del pensamiento crítico entre las comunidades indígenas afirma: “El pensamiento crítico, como lo vemos y como se expresa en nuestra comunidad, es uno de los flujos de vida de la Madre Tierra, es decir, que el pensamiento crítico comunitario nos ha permitido estar en movimiento”.[9] El pensamiento crítico, en otras palabras, surge de la misma dinámica de la vida, y, en algún momento, se convierte en herramienta esencial para continuar siendo un pueblo en movimiento, para “[p]ensar críticamente, no solamente ver y actuar contra el enemigo externo, sino también identificar el enemigo interno y reconocernos en la hidra que nos habita” (62). De allí surgen los mandatos nasa de “ser, pensar y actuar”, “palabra y acción en el espíritu de la comunidad” y “caminar la palabra”. La idea la continúa Manuel Rozental en su discusión del desafío ante la hidra capitalista que se agudiza: “el desafío que nos convoca a unir palabra y acción es el reconocimiento y abordaje de temas o asuntos críticos, amenazas y alternativas de las que depende nuestra pervivencia y la de la vida misma en cada territorio y en todo el ámbito de la Madre Tierra”.[10] Me parece que aquí hay tres formas de pensamiento en juego: el pensamiento que toma distancia del mundo a conocer (cartesiano, especialmente en relación al “enemigo”); la reflexión encarnada; y el sentipensar continuo con la Tierra-comunidad que surge del dolor y que alimenta la esperanza, quizás el ancla más importante para el deseo de pervivir como pueblo comunalitario. Este trasegar onto-epistémico parecería caracterizar muchas luchas de los pueblos-territorio hoy en día.

El pensamiento crítico de las comunidades surge entonces de las entrañas de las situaciones que viven. ¡Claro! Surge como necesidad de las dinámicas comunalitarias, del ser-comunal, de la historicidad de los mundos relacionales, quizás como un salto en complejidad-conciencia,[11] ubicando a los pueblos-territorio en un lugar muy especial dentro del pensamiento crítico. Es por esto que la epistemología del diseño autónomo tendrá que ser una “epistemología otra”, una epistemología apropiada ya no a la forma-Hombre sino a la forma-Tierra de la vida. Desarrollo esta idea en un texto reciente basado en el enunciado nasa, históricamente novedoso, de “La Liberación de la Madre Tierra”. Muy brevemente: si con el fin de la Época clásica (en el análisis foucaultiano de las epistemes) las fuerzas de lo humano cesaron de producir la forma-Dios para enactuar la forma-Hombre, ¿por qué no atreverse a pensar que con la activación política de las configuraciones onto-epistémicas a la cual asistimos en el presente, y de la cual el pensamiento nasa y de los pueblos-territorio son enunciados contundentes, empezamos nuestro viaje hacia la era de la “forma-Tierra”, la forma-Pacha, la forma Gaia, la era Ecozoica, o era de la casa de la vida? Ya no hablaríamos de Incipit Homo, como dice Deleuze (“aquí comienza el Hombre”)[12] como en la modernidad, sino Incipit Terra, propio de la formación onto-epistémica Ecozoica: estaría comenzando, finalmente, la era de la Tierra. Las fuerzas de lo humano estarían entrando en relación con otras fuerzas del afuera, y estas no pueden ser otras que las de la tierra liberada. Se plegarían a una nueva dimensión de la finitud, pero desde la relacionalidad y la vida, no desde la finitud definida por las concepciones modernas de historia y economía con su noción de acumulación y su marcada teleología.

Hacia el final de su libro sobre Foucault, Deleuze se pregunta si la forma-Hombre, tan detalladamente mapeada por Foucault, “ha sido buena” para la vida. Se pregunta: ¿Ha servido para evitar que los hombres existentes tengan una muerte violenta? (…) Si las fuerzas en el hombre solo componen una forma al entrar en relación con fuerzas del afuera, ¿con qué nuevas fuerzas corren el riesgo de entrar en relación ahora, y qué nuevas formas pueden surgir que ya no sean ni Dios ni el Hombre?” (167, 168). A la segunda pregunta, sobre las nuevas fuerzas con las que entra en contacto ahora el llamado “Hombre”, podemos sugerir que esta es la fuerza de la Tierra, y que los pueblos-territorio están mejor sintonizados con ella; no es “el Hombre” quien liberará la vida, sino estos pueblos quienes al liberar la Tierra liberarán la vida, como bien lo dicen tantas frases del archivo nasa como las que usé en el libro.[13]

 

Por momentos, la noción de la comunidad que trabajás aparece casi sin fisuras. Hablás, sin embargo, de la realización de lo comunal como formas no liberales de la política y la organización social y das cuenta de una de las discusiones que creemos más interesantes y productivas de América latina en este momento. ¿Cómo hacer para no proyectar una imagen idealizada? Justamente nos interesa pensar esos “modos amplificados de cooperación no estatista” en sus mixturas, contradicciones, problemas y no como espacios límpidos.

 

Soy consciente de este problema y de no haberlo tratado adecuadamente en el libro. Parte del problema se debe a haber utilizado ejemplos “gruesos” de las ontologías relacionales comunalitarias, sin mayor detalle, aunque va más allá de esto (creo que también apunta a ciertos problemas en la teoría social actual y sin duda a apegos y trabas personales). Así que acojo esta pregunta para clarificar algunas cosas. Invocaré varios conceptos-métodos no esencialistas que nos permiten investigar los nuevos regímenes culturales de persona y comunidad que emergen en los territorios del Sur Global de manera particularmente rica, incluyendo los siguientes: el afropolitismo (Achile Mbembe); sociedades abigarradas, economías barrocas y pragmatismo vital (Silvia Rivera Cusicanqui y Verónica Gago); múltiples mundos en conexión parcial (Marisol de la Cadena); y “captura colonial-moderna del mundo-aldea”, de Rita Segato. Estos dos últimos los reseño muy brevemente en la Conclusión e Introducción del libro, respectivamente, pero quisiera volver por un momento sobre ellos en el contexto de la pregunta.

Achile Mbembe, el teórico camerunés de la poscolonia africana, ha acuñado un término que me parece apto para empezar a discutir la pregunta, el “afropolitismo”, el cual caracteriza de la siguiente manera: “la conciencia de la imbricación del aquí y el allá, la presencia del allá en el aquí y viceversa, la relativización de las raíces y de las formas primordiales de pertenencia, así como cierta forma de acoger, con plena conciencia de su proveniencia, lo extranjero, lo extraño y lo distante, esa capacidad para reconocerse a uno mismo en la cara de otro y de valorar las trazas de lo distante en lo próximo, para domesticar lo no-familiar, para lidiar con todo tipo de contradicciones, en resumen, esa sensibilidad cultural, histórica y estética, esto es lo que sugiere el término ‘Afropolitismo’”.[14]

¿Cómo no aceptar que esta apertura es hoy en día, y desde hace mucho tiempo, parte integral de la gran mayoría de los grupos sociales del mundo? Uno de los conceptos más dicientes a este respecto en nuestro continente es el de comunidades y modernidades “abigarradas”, cuyo desarrollo por Silvia Rivera Cusicanqui discuto de forma muy parcial en el libro. Quisiera aquí mencionar otra fuente que me parece de suma importancia con relación a la pregunta que nos atañe, y es el libro reciente de Verónica, La razón neoliberal (Gago 2014). Desafortunadamente, cuando este libro llegó a mis manos Autonomía y diseño ya estaba en imprenta, pues me hubiera servido mucho para trabajar estos temas. El libro conversa y se complementa con la obra de Silvia, particularmente su noción de las lógicas abigarradas, que Verónica encuentra en las “economías barrocas” de las grandes ferias informales populares, tales como La Salada, en la periferia de Buenos Aires. Estas “neo-comunidades transnacionales” que Verónica describe en su inspirador libro, las encontramos a lo largo y ancho del continente, y las ferias –con frecuencia creadas por migrantes indígenas, campesinos y de otros sectores populares– son quizás los espacios por excelencia de su despliegue. Sus “microeconomías proletarias” dejan entrever un tipo de cálculo racional que sin embargo no es el mismo cálculo liberal, ya que entreteje los deseos personales y familiares con las prácticas comunitarias, creando una nueva especie de personas transindividuales, siempre construidas en relación. Las ferias son simultáneamente actividad precaria e innovadora, y de ellas podría decirse que están al mismo tiempo dentro y fuera del capitalismo. Con su pluralización de lógicas barrocas económicas y sociales, las ferias nos presentan otra cara (y una cara “otra”) de la flexibilización posfordista.

Las racionalidades populares que habitan las ferias propician ensamblajes heterogéneos que a su vez constituyen una heterotopía labrada a partir de transacciones abigarradas donde ciertos valores de la modernidad, tales como la inclusión, se desmoronan y reinventan, a medida que la gente intenta crear sus propias formas de bienestar. Entender la complejidad operativa de estos entramados requiere atención a las contradicciones y tensiones cotidianas, donde las reglas se alteran incesantemente en una especie de acumulación fractal que recorre el planeta, pues con su pragmatismo vital estos ensamblajes forman redes globales de informalidad. En ellas, la cohesión la marcan las fiestas y rituales, enactuando un anacronismo absolutamente contemporáneo que desafía todo modelo de mestizaje e hibridez, toda resistencia anti-moderna a ultranza, y que sin lugar a duda no tiene nada que ver con el discurso arcaizante de lo originario.[15] “La feria”, para resumir, “es un espacio espeso, de múltiples capas, sentidos, transacciones. Un espacio abigarrado que simultáneamente abriga tradiciones y es herético respecto de muchas de ellas, que se dispone como ámbito celebratorio y de disputas, como momento de encuentro, consumo y diversión. (…) [L]o abigarrado aquí no es, sin embargo, un rasgo cultural o una diferencia colorida, sino el sustento de la desmesura de estas economías” (p. 80, 81); refleja, por así decirlo, “la eterna ironía de la comunidad” (103).

Pasemos al tercer concepto-método para la investigación de lo comunal, su potencial y transformaciones. Queda muy claro, en el trabajo de Marisol de la Cadena, que no hay ninguna separación tajante entre el ayllu y los mundos dominantes. Los runakuna participan en las formas occidentales de economía, de temporalidad, de institución de lo social. Pero esto no es solamente lo que define a estas comunidades. Aquí entran a jugar un papel importante tres conceptos novedosos para entender la inter-relación e inter-afectación de los mundos ayllu y modernos: conexiones parciales, “pero no solamente” y divergencia entre mundos. El concepto de conexiones parciales (derivado principalmente de la antropóloga inglesa Marilyn Strathern) “hace posible el análisis de cómo ellos [los diversos mundos] aparecen los unos dentro de los otros y al mismo tiempo continúan siendo distintos” (2015: 33). Nos permite conceptualizar los mundos (por ejemplo, indígenas y no-indígenas) con todas sus relaciones íntegramente implicadas, sin dividirlos en partes separadas y antagónicas.

Algo parecido sugiere Mariano Turpo a la antropóloga con la expresión “pero no solamente” en varias de sus conversaciones –por ejemplo, que su lucha era por la tierra, o enactuaba prácticas que el estado reconocía, o que Ausangate es una montaña o un ser sagrado, a todos los cuales Mariano le agregaría, “pero no solamente”–. Este “no solamente” nombra el “exceso” donde reverbera todo aquello que el estado, la modernidad y los expertos no pueden reconocer porque surge de una formación onto-epistémica radicalmente diferente, aunque siempre en conexión parcial con los mundos modernos. Este exceso constituye el fundamento de la diferencia radical, aquella que no puede ser acomodada dentro de las nociones modernas de la ciencia, la política, o lo real. Excediendo toda traducción, “estas prácticas [en-ayllu] continúan construyendo mundos locales, usualmente en interacción y co-habitación mutua con prácticas representacionales” (p. 99).[16] Una consecuencia fundamental son los “desacuerdos ontológicos”, los cuales “surgen de prácticas que hacen que los mundos diverjan aun en el mismo movimiento por el cual continúan conectándose los unos a los otros” (279). Estas prácticas de “divergencia” (concepto que presta de Isabelle Stengers) nos permiten pensar en las múltiples formas en que muchos mundos subalternos rehúsan convertirse a los términos modernos (ej., la separación entre humanos y no-humanos) aunque al mismo tiempo participen en ellos. La divergencia, por último, nos ofrece un criterio para una política (y diseño) decolonial.

Es aquí donde encuentro de gran valor los aportes de Rita Segato, cuyos libros cayeron en mis manos después de haber concluido Autonomía y diseño.[17] Menciono brevemente en la Introducción la distinción que hace Rita entre “mundo-aldea” (comunal) y “mundo-estado”. Lo interesante en su concepción de lo comunal es que llega allí al resituar la explotación de la mujer (el patriarcado) “del borde al centro”. Su investigación del tránsito de las sociedades comunalizadas a la colonialidad-modernidad la lleva a concluir que la “minorización” de la mujer involucrada por dicho tránsito es la dinámica central de la des-comunalización y des-domesticación de la vida social, además del eje principal de múltiples violencias. Esta conceptualización nos ayuda a mantener abierta la viabilidad histórica de aquellas sociedades “regidas por patrones comunitarios y colectivistas de convivencia o en las cuales todavía puede ser encontrado el tejido comunitario, si no ileso, por lo menos reconocible y vital” (2016: 93). Más resistentes a la captura por el diagrama patriarcal, las mujeres –que en el mundo-aldea estaban co-constituidas con el hombre en una dualidad recíproca y fluida, así fuera subordinada– están hoy en día en la avanzada de esta lucha teórico-política, como lo demuestran las comunidades autónomas zapatistas entre otras, donde es la re/construcción diaria del tejido comunalitario por las mujeres la que crea las bases reales de la autonomía. En el mundo-aldea, los espacios femeninos, aunque pudieran estar “subordinados en prestigio” a los masculinos, eran “ontológicamente plenos”, es decir, no estaban “englobados” por los espacios masculinos ni reducidos a su lógica (94, 95). A medida que la colonialidad-modernidad gana terreno, estarán cada vez más definidas por las prácticas patriarcales, “pero no solamente”. “Es por esto”, concluye, “que deberíamos poder reclamar la restitución de la plenitud ontológica de los espacios de la vida femenina y la capacidad del derecho de las mujeres de hablar al interés general desde su parcialidad” (95). Hay aquí un importante principio de diseño.

La lectura histórica animada por estos conceptos-método sugiere que la comunalidad es producto de la relación entre mundos parcialmente conectados, que son al mismo tiempo relaciones de poder. Por eso en el libro preferí hablar de “lo comunal” más que de lo “comunitario” y el neologismo “comunalitario” me parece aún más apto para desplegar la fenomenología de las experiencias no-dualistas o parcialmente no-dualistas en toda su amplitud. Como bien lo dice el intelectual Oaxaqueño Arturo Guerrero en un texto reciente, “La comunalidad es el predicado verbal del Nosotros. Nombra su acción y no su ontología. Verbos encarnados: comer, hablar, aprender… realizados colectivamente sobre un suelo. Sólo existe en su ejercicio. (…) La comunalidad sólo puede ser entendida en su relación con el exterior no comunal, es decir, con la sociedad económica. Esta es la espiral afuera: inicia con una imposición externa, la cual desata, o no, una resistencia interna, y deriva en una adecuación. Este resultado es lo propio y el Nosotros.” De esta visión derivan sugerentes conceptos para el diseño y la acción política, tales como los de “compartencia”, “comunalicracia” y “hospedaje mutuo” entre mundos.[18]

Frente a los diseños que separan mundos –literalmente a través de muros, como en Gaza, Ceuta y Melilla, la Jungla de Calais, y por supuesto la frontera entre México y Estados Unidos, y, de maneras más o menos explícitas a través de todo diseño concebido dentro de las ontologías de la separación– surgen otros principios para el diseño relacional y autónomo. Ya sea que se trate de “runakunas” que co-existen y co-emergen con seres-tierra; de neo-comunidades transnacionales rurales o urbanas o de aquellas que pueblan, así sea transitoriamente, sus múltiples interfaces; de economías y comunidades abigarras; o de colectivos intensamente comunalitarios o en proceso activo de re-comunalización y quizás de re-domesticación de la vida –en todas estas instancias, queda claro que estos diseños siempre involucrarán más de un mundo, es decir, que tendrán lugar en entramados de divergencia y convergencia–. De allí la importancia de mantener perspectivas intra e inter-ontológicas en toda práctica de diseño.

Dejemos que sea Rita Segato quien elocuentemente nos resuma y amplíe algunos de los argumentos sobre lo comunal:

 

Hay que rehacer las formas de vivir, reconstruir comunidad y vínculos fuertes, próximos, al estilo y con las “tecnologías de sociabilidad” que comandan las mujeres en sus dominios, localmente arraigados y consolidados por la densidad simbólica de un cosmos alternativo, disfuncional al capital, propio de los pueblos en su camino político, estratégico e inteligente, que les permitió sobrevivir a lo largo de quinientos años de conquista continua. Hay que hacer la política del día a día, por fuera del Estado: retejer el tejido comunitario, derrumbar los muros que encapsulan los espacios domésticos y restaurar la politicidad de lo doméstico propia de lo comunal. (…) Elegir el camino relacional es optar por el proyecto histórico de ser comunidad. (…) es dotar de una retórica de valor, un vocabulario de defensa al camino relacional, a las formas de felicidad comunales, que pueda contraponerse a la poderosa retórica del proyecto de las cosas, meritocrático, productivista, desarrollista y concentrador. La estrategia a partir de ahora es femenina (2016: 106; mis cursivas).

La reorientación del diseño que te proponés, ¿envuelve un balance de la noción de diferencia? ¿En esta perspectiva debe entenderse la idea de un diseño ontológico?

 

La diferencia, o quizás más acertadamente la diferenciación, es el principio de la vida. A veces digo que la problemática de la diferencia (más allá de la “diversidad”) es la que siempre ha animado mi trabajo, desde los movimientos sociales por la diferencia y la preocupación por la biodiversidad biológica hasta, más recientemente, la ontología como un lenguaje de la diferencia más radical que el de “cultura”. De lo biológico y lo social a lo ontológico, la diferencia nos remite a las formas del ser pero fundamentalmente al devenir. Hoy en día, como he enfatizado en las respuestas anteriores, la problemática de la diferencia tiene dos de sus discursos de articulación más fuertes en la comunalidad y la autonomía.

Hay siempre una tensión entre ser/estar y devenir. En las últimas décadas, muchos movimientos sociales han intentado desplazarse inteligentemente a lo largo de esta tensión, navegando del mejor modo posible la dialéctica de la igualdad y la diferencia. Es el caso del PCN (Proceso de Comunidades Negras) que analizara en Territorios de diferencia (Capítulo 5); fecundado desde sus inicios por una verdadera pasión por la diferencia, poco a poco ha ido articulando la lucha por la diferencia con la preocupación por los derechos y la igualdad, especialmente en su lucha contra el racismo. Esta rearticulación no significa que su nueva meta sea la “inclusión”; su voluntad sigue siendo decididamente “minoritaria”, es decir, resistente a su recodificación por la axiomática capital-estado-ciudadanía, aun en medio de múltiples tropiezos.

Pero me parece que la cuestión de la diferencia nos transporta, si así lo deseamos, a pensar la relación entre lo real y lo posible de otra forma, hacia nociones más abiertas de lo posible. Lo resumo con la siguiente frase: Otro posible es posible, y lo explico. Por un lado, podemos hablar de la liberación del campo de lo virtual de su encerramiento por visiones estrechas de lo posible. Uno de los argumentos más fuertes del neo-realismo y de la apertura al lenguaje de múltiples mundos o pluriverso, me parece, ha sido precisamente redefinir la política de lo real. La política de lo real redefine la política de lo posible, y viceversa. Al adoptar una perspectiva de diferencia radical, anclada a su vez en una visión de relacionalidad fuerte, nos vemos obligados a multiplicar los reales y, por tanto, a redibujar el mapa de lo posible. De forma más desprevenida, diría que los posicionamientos que las y los lectores encontrarán en este libro oscilan entre pragmatismo y utopismo. Otros posibles son posibles.

Situarse en el “locus fracturado” del cual nos habla María Lugones, por otro lado, nos hace increíblemente conscientes de los “otros reales” donde habitan los subalternos. El hecho de que con frecuencia (no siempre) estos otros reales estén marcados por una relacionalidad fuerte, con todas sus contradicciones, nos conmina a abandonar “el real” único de la modernidad capitalista patriarcal. Otros reales están siendo enactuados siempre, de forma más visible en el fragor de las luchas ontológicas, como las que encontramos en tantos casos de conflictos territoriales y ambientales. Atreverse a pensar en esos otros posibles, con la certeza de que serán descalificados por muchos como localistas, insuficientes, no realistas o románticos, es en sí mismo un acto político importante, cuando lo que impera (desde la derecha y las izquierdas convencionales) es un tipo de “realismo crónico” que atrapa a sus sujetos en la re-enacción de lo conocido a partir de una noción bastante empobrecida de lo real.

Las y los activistas e intelectuales indígenas, de quienes aún tenemos tanto que aprender, con frecuencia nos ilustran esta praxis de la diferencia, la cual es tanto afirmación como apertura, divergencia y convergencia. Más que cosmovisión per se, enfatizan la cosmoexistencia, la cosmoviviencia, la cosmoacción, el cosmoser, el sentipensar y el co-razonar, es decir, prácticas de conocimiento y re-existencia “otras” que enactúan una comunalidad sin banderas.[19]

 

Ha sido muy importante tu crítica temprana a la ideología del “desarrollo” para el tercer mundo y en particular la fábula de poblaciones fracasadas que necesariamente implicaba. ¿Cómo explicar tu recorrido de la “crítica al desarrollo” a la noción de “diseño para la autonomía”? ¿Es también un debate con los impulsos neo-desarrollistas del presente?

 

No traté de actualizar en el libro los debates sobre el desarrollo y el posdesarrollo, con excepción de la discusión sobre el Buen Vivir y las alternativas al desarrollo en el Capítulo 5, en buena medida porque es un tema que he tratado extensamente en escritos anteriores. Quisiera resaltar la enriquecedora renovación de estos debates en América latina por intelectuales como Eduardo Gudynas, Maristella Svampa, Gustavo Esteva, Alberto Acosta y Edgardo Lander y por los colegas congregados alrededor del Grupo Permanente de Trabajo sobre Alternativas del Desarrollo, patrocinado por la Fundación Rosa Luxemburgo de Quito. Hay aquí una gran riqueza de pensamiento crítico y propositivo que no encuentra parangón en ninguna otra región del mundo, aunque continúa habiendo cierto debate sobre el posdesarrollo en la academia anglo-americana.

En una conversación reciente con Gustavo Esteva, resaltábamos la importancia de renovar la pregunta de qué significa “estar más allá del desarrollo”.[20] Allí, planteaba la existencia de tres modelos de cooperación; frente a la primera, la “asistencia para el desarrollo” (tipo Banco Mundial y ONG convencionales), decía que hay que ser firmes en seguir cerrándole las puertas en toda comunidad. La parodia de preocupación social llamada “los objetivos del desarrollo sustentable” promovida por estas instituciones es solo el barniz de un despojo cada vez más profundo y descarado; refuerza procesos colonialistas. (Las visiones neo-desarrollistas en el continente caen en esta categoría). En segundo lugar, hay un cierto tipo de “cooperación como, o para, la justicia social” (tipo Oxfam), cuya intención es promover la justicia social, la sostenibilidad ambiental y los derechos humanos a través de proyectos con grupos de base. En este caso yo diría: mantengamos la puerta abierta para ellos, mientras presionamos para que se movilicen hacia la tercera opción. Esta última opción podría denominarse “cooperación para las transiciones civilizatorias,” o “cooperación para la autonomía”, aunque tal vez ni siquiera deberíamos llamarla cooperación; las organizaciones interesadas en esta opción serían, a mi parecer, los aliados naturales del posdesarrollo. Esta forma superaría el binario “nosotros” (los que tenemos) y “ellos” (los que necesitan) y abarcaría a todos los lados en el mismo, aunque diverso, movimiento de transiciones civilizatorias desde una perspectiva de inter-autonomías, es decir, de coaliciones y redes de colectivos y comunidades autónomas, tanto del Norte global como del Sur global. No hay modelos disponibles para este tercer tipo de cooperación solidaria, aunque aquí y allá hay grupos que se acercan (como algunos que conozco en Cataluña).

Regresemos al “ser en-ayllu” una vez más para darle un giro a este debate. Está claro que muchas de las luchas populares, como las lideradas por Mariano y Nazario Turpo, están movidas por “un profundo deseo de reemplazar la biopolítica del abandono” por parte del estado con otra que, en vez de dejar que los runakuna simplemente mueran, reconozca que sus vidas importan; al fin y al cabo lo que está en juego en la relación con el estado es la supervivencia (de la Cadena 2015: 158). Hay dos cosas más que podemos decir a este respecto: primero, la paradoja que yace en el hecho de que los términos que el estado ofrece para remediar este abandono (desarrollo y modernización), desconocen por completo la relacionalidad radical del mundo-ayllu. Entramarse con el estado en estos términos, que también son términos runakuna, es una tarea necesariamente insuficiente para lograr este reconocimiento. Segundo, que mientras que el estado y el aparato del desarrollo son absolutamente incapaces de entender los mundos comunalitarios, estos con frecuencia tienen un entendimiento sofisticado de cómo estos aparatos de poder funcionan, por un lado, y una conciencia desarrollada de que sus mundos no son el mundo-estado. Hago estas últimas anotaciones porque con frecuencia encuentro en ciertos intelectuales una crítica descontextualizada de toda relación entre movimientos sociales u organizaciones de base y el estado como inevitablemente comprometida o una cooptación contraproducente, lo cual también puede serlo, pero no solamente. Habría mucho más que decir sobre esto pero por lo pronto lo dejo allí.

Como lo anota Marisol, la relación entre runakuna y el estado “incluye el deber del estado de modernizar el campo y por tanto de deshacer aquello que no puede reconocer, saltándose el paso de reconocer su existencia” (249). Los runakuna, en otras palabras solo pueden existir como objetos de un mejoramiento futuro. En resumidas cuentas la misión del estado es “dejar que los runakuna mueran, para así hacerlos vivir como ciudadanos modernos” (p. 249). Que en el encuentro con el estado, por ejemplo, los campesinos se auto-describan como “sonsos” o como “viviendo en la ignorancia” no debe tomarse literalmente; como lo analizara lúcidamente la antropóloga boliviana Carmen Medeiros en su tesis doctoral hace más de una década, estas declaraciones revelan la colonialidad del conocimiento y del poder, siglos de férreas jerarquías y de promesas de inclusión y desarrollo no cumplidas.[21] En su relación compleja con el desarrollo y con las entidades que lo agencian –estado, ONG, corporaciones– muchos grupos comunalizados, de este modo, aceptan y rechazan el imperativo biopolítico de “desarrollarse”. La hipótesis que alumbro en el libro es si el diseño puede operar como una tecnología política para el posdesarrollo y el Buen Vivir, dada toda esta complejidad.

El diseño tal como lo proponés toma la tecnología en un sentido opuesto a su unilateralidad capitalista (“economía política del diseño”) y la vinculás con lo que surge de las luchas territoriales de América latina en respuesta a lo que llamás “crisis civilizatoria”, una crisis que da cuenta, sobre todo, de que estamos inmersos en prácticas que implican un vínculo no virtuoso con la naturaleza; pero esta inmersión pone en juego algún tipo de deseo (no es mera imposición externa y unilateral de lógicas del capital). ¿Qué herramientas, armas o fuerzas en concreto da el diseño tanto contra los nuevos ataques y despojos a lo colectivo que denunciás, como contra este costado “activo” (a nivel deseante, a nivel subjetivo, a nivel de “funcionamiento”) de las dinámicas de consumo que funcionan acopladas al extractivismo?

 

Con esta pregunta continuamos algunas de las temáticas de la anterior. No se ha escrito mucho sobre el deseo en el campo del desarrollo. La investigación del antropólogo colombo-holandés Pieter de Vries durante la década pasada, de inspiración deleuziana, fue importante con respecto a esto. Más recientemente, el politólogo hindú-canadiense Ilan Kapoor ha abordado este tema desde una perspectiva lacaniana, como una crítica a las perspectivas posdesarrollistas precisamente por obviar la importante cuestión del deseo por el desarrollo. El problema, como bien sugiere la pregunta, es mucho más amplio, pues involucra toda la estructura del sujeto deseante de la modernidad capitalista patriarcal. Con la expansión del consumo en las últimas décadas en el Sur Global, y la “mallificación” de América latina (América latina es la región del mundo donde más rápidamente se han estado expandiendo los centros comerciales o “malles” tipo USA, como lo ha mostrado la antropóloga puertorriqueña Arlene Dávila en un reciente libro), la pregunta es cada vez más apremiante.[22]

Para críticos como Gustavo Esteva, el “desarrollo” indudablemente ha llegado a definir la norma universal de la buena vida para muchos, independientemente de la medida en que experimenten sus consecuencias negativas día a día. Es un ejemplo de la persistencia de ciertas ideas que, aunque se desmientan constantemente, siguen tan campantes. Por eso podemos llamarlas “creencias”. Sospecho, sin embargo, que con frecuencia lo que aparece como “deseo por el desarrollo” es tan solo parcialmente esto, porque también es el deseo de poder vivir con dignidad, de sentir un respiro de la opresión constante por sistemas terriblemente injustos, de tener un sustento confiable y, en el mejor de los casos, de que persevere un mundo marginado. En una sesión reciente donde se discutía la ponencia de Ilan Kapoor sobre este deseo, alguien de la audiencia preguntó: “¿Es el deseo por una lavadora de ropa, deseo por el desarrollo?”. Me parece que con esta pregunta del deseo por el desarrollo caemos demasiado rápidamente en la posición conocida de que todo contacto con la mercancía convierte a la persona inevitablemente en capitalista. Aunque hay que tomar este deseo en serio, hay que ir más allá, pues hay mucho más en juego.

Esta es una primera precaución con respecto a la pregunta sobre el deseo por el desarrollo. Una segunda aproximación nos la proporcionan las geógrafas feministas Julie Graham y Catherine Gibson (Gibson-Graham 2006, 2013). Una de sus preguntas claves apunta a la reconstitución de la subjetividad. ¿Cómo podemos cultivarnos, preguntan, como sujetos que deseen algo más que el capitalismo, que deseen otra economía, quizás aún una economía no-capitalista? Los procesos de re-subjetivación de que hablan nos atañen como teóricas/os, pues igualmente preguntan: ¿Cómo podemos cultivarnos como “teóricos de lo posible”, más que simplemente de la crítica? ¿Podremos llegar a leer el texto social tanto por instancias de dominación (la tendencia prevalente en las teorías criticas) como por instancias de diferencia y, por tanto, de posibilidad? Lo que estas teóricas sugieren es que hay un vínculo entre práctica política, ética de vida y postura teórica que no siempre tenemos presente. Tomar en serio este vínculo, no está por demás decirlo, requiere que abandonemos nuestras pretensiones “duras” de realidad –es decir, que dejemos de ser los “realistas crónicos” de que hablara con anterioridad–.

¿Puede el diseño ayudar a construir sujetos de otro modo? Entre el sujeto del diseño y el diseño del sujeto (soy consciente de que esto debe “chirriar” en muchos oídos) se abre todo un espacio de práctica, de praxis transformadora, con un amplísimo rango de acción: desde los diseños más modestos y mundanos que pudieran cultivar otras subjetividades, hasta las transiciones civilizatorias. Con Braudel aprendimos que las transformaciones culturales son las más lentas y las menos perceptibles de la historia. Los pueblos indígenas y afrodescendientes han mantenido viva esta conciencia, y es indudablemente lo que mueve a algunas feministas como Rita Segato, Claudia von Werlhof, Betty Ruth Lozano, y Silvia Rivera Cusicanqui a volver una vez más sobre la cuestión del patriarcado desde una mirada histórica profunda. Se trata de tejer de otro modo como bien nos lo dicen Yuderkis Espinosa, Diana Marcela Gómez, Karina Ochoa y sus colegas en su importante compendio (2013) –verdadera cartografía de los feminismos autónomos y decoloniales actuales en el continente–. El mismo vocablo de Abya Yala que engalana y demarca el subtítulo del libro es un reflejo de que estamos hablando de transformaciones que van desde la subjetividad y el deseo individual y colectivo hasta las transiciones civilizatorias. No hay que escoger entre unas y otras, hay que hacer todo al tiempo.

 

Más allá de la referencia a algunos movimientos urbanos, los escenarios por los que discurre el libro y que te sirven para pensar la relación entre diseño y autonomía son escenarios rurales, o semi-rurales. ¿Cómo poner en juego tus hipótesis en ciudades latinoamericanas abigarradas? ¿Cómo pensar las formas de vida que quedan en zonas grises (entre la ciudad y lo rural, entre lo comunitario y la privatización de la vida, etc.), formas de vida que no descansan en redes comunales, en experimentaciones comunitarias o contactos con prácticas alternativas?

 

La cuestión de lo urbano y su lugar en la reorientación ontológica del diseño es uno de los talones de Aquiles más notorios de esta obra, y no podré agregar mucho más en esta breve respuesta. Concuerdo, hasta cierto punto, con que hay una “ruralización” y “etnización” de los estudios sobre resistencia y movilización social, como bien lo ha analizado el teórico colombiano de los estudios culturales Eduardo Restrepo. Mea culpa. Como es cada vez más aceptado, la separación entre lo urbano y lo rural es espuria. El reciente libro del urbanista y diseñador Felipe Correa demuestra con creces la relación indisoluble que ha existido entre las economías de extracción de recursos y las ciudades –desde la época colonial hasta el febril imaginario híper-modernista de la “integración física de América del Sur”, IIRSA– donde diversas zonas de frontera, muchas de las cuales han dado lugar a grandes desarrollos urbanos, han jugado un papel preponderante.[23] Pero aun así, y estando conscientes del gran desafío que representan las ciudades, hoy en día se habla de “nuevas ruralidades” (uno de cuyos rasgos es ver lo rural en su relación con la ciudad), pero rara vez de “nuevos urbanismos”, con excepción de algunas tendencias en los estudios urbanos, interesantes pero aun en su mayoría de corte modernista-ecologista. Necesitamos nuevas teorías críticas de lo urbano que construyan pero que vayan más allá de los estudios de la relación entre espacio, lugar y poder producidos por la geografía marxista de los años noventa. Intento, en el primer capítulo, una tímida aproximación a esta cuestión en términos de las nuevas formas de habitar que serán necesarias para enfrentar las difíciles situaciones creadas por el cambio climático y las migraciones masivas, pero es claramente insuficiente.

Pienso que los imaginarios urbanos oscilan entre dos extremos: por un lado, a la ciudad se la imagina como la gran caja de pandora de donde sale todo el mal, especialmente desde la perspectiva ambiental –la ciudad como máquina de producción-consumo desmesurado y fuera de control, especie de agujero negro que todo lo engulle, la gran causa del calentamiento global–. Por el otro, la ciudad como la única fuente de innovación, cultura y creatividad. No nos sirven estos extremos, o al menos hay que buscar sinergias entre la ciudad como máquina de insostenibilidad que debemos transformar y la ciudad como sitio de innovación que nos debemos reapropiar: ¿innovación para qué? El enfoque metodológico desarrollado por Verónica en La razón neoliberal proporciona guías para pensar los tipos de diseño que tendrían sentido en los tan importantes espacios urbanos periféricos; por ejemplo, ¿cómo pensar lo común que emerge en estos espacios, especialmente aquello que en vez de fragmentar, recomunaliza la vida? ¿Cómo direccionar economías auto-organizadas que, aunque participen en procesos transnacionales de des-localización, también re-localicen lo económico a través de modos de circulación del excedente re-comunalizantes? Y, de modo algo más existencial quizás, ¿qué significará reconstruir territorios urbanos como espacios vivos para “habitar”, más que como superficies inertes para “ocupar”? Se me ocurren tres requisitos para abordar estos interrogantes: 1) reconocernos como individuos desterritorializados y descomunalizados, en la justa medida que lo seamos; 2) cultivar colectivamente el pensamiento relacional y comunalitario vinculado a la función de habitar; y 3) reconstruir espacios lugarizando la construcción a través de todo tipo de prácticas, desde las formas vernáculas de construcción hasta las ciberculturas de las redes, pero siempre teniendo como criterio importante la autonomía y la relacionalidad.

Pienso en Cali, mi cuidad. Podría decir mucho sobre ella pero me limitaré a narrar brevemente un evento reciente (la menciono de paso en el Capítulo 6, donde imagino un ejercicio de diseño de transición para la gran región del valle del río Cauca, cuyo epicentro es Cali, ciudad de más de 2,5 millones de personas). Hay en Cali un gran “distrito” llamado Aguablanca; surgió como “ocupación” hacia 1980 y hoy tiene cerca de 700.000 habitantes, muchos de ellos afrocolombianos desplazados del Pacífico y del Norte del Cauca por todas las violencias, incluyendo la expansión agroindustrial de las últimas siete décadas. Pues bien, hace una década comenzó a realizarse allí el Festival de Cine y Video Comunitario de Aguablanca, FESDA, organizado por varios colectivos de jóvenes interesados en los medios visuales. Con raíces en el potente movimiento de comunicación popular que se iniciara en los años ochenta, uno de los objetivos principales del Festival es promover la creación audiovisual comunitaria como medio para incentivar la participación política de los jóvenes en un sector de la ciudad duramente marcado por el racismo y la pobreza. En la convocatoria para una de las ediciones recientes leemos lo siguiente:

 

Nuestro tema de este año [2014] será “El barrio” como expresión de lo comunitario, lo urbano, lo popular y la comunidad cultural, la calle, los amigos, la olla, el perro, el gato, los vecinos, nuestros recuerdos individuales y grupales, la abuela, las fotos, la tienda, el parque, la intervención política, las delimitaciones, el grafitti, todo lo que es propio y lo que no, lo que sucede al interior de las grandes y pequeñas ciudades en esas comunidades organizadas a las que llamamos barrios.[24]

 

El barrio, en resumidas cuentas, como espacio donde incesablemente se teje y remienda la urdimbre de la vida, el barrio como espacio de reflexión encarnada, de diseño relacional, de re-comunalización activa; el barrio como territorio para la paz y la convivencia, como enfatizaron varias de las artistas que hablaron en una sesión a la cual asistí dentro del VIII FESDA en octubre del 2016; el barrio como espacio para volver a pensar en comunidad, donde podría construirse una gran minga del pensamiento y de la acción (“Cómo contagiar a la sociedad para que se piense en minga”, decía Yesid Bubo, joven cineasta nasa, en la misma sesión, sugiriendo que la ciudad también puede ser un espacio vital para “declararse en minga permanente” con los otros humanos y la naturaleza); el barrio, finalmente, como espacio para la auto-representación a través de los medios como parte esencial de la autonomía, como lo sugiriera ese mismo día la antropóloga Xochitl Leyva con base en su experiencia con un colectivo de videastas y artistas de Chiapas.

Pienso que en este tipo de actividad hay semillas de pensamiento de diseño que desafían los esquemas de planificación urbana en boga, tan centrados en lo económico y lo tecnológico. ¿Podría ser que las ciudades del Sur Global, con frecuencia objeto de las representaciones más desesperanzadoras, estén emergiendo como espacios de rediseño ontológico, en toda su multiplicidad y pluriversalidad glocalizada? (“La potencia del plural es un ejercicio natural”, decía perspicazmente uno de los slogans del octavo Festival que acabo de mencionar). Hay aquí un vasto laboratorio para explorar muchas de las nociones del diseño ontológico, para la tarea urgente de transformar las formas de diseño coloniales y poscoloniales con toda su modernizante ontología, a través de las cuales se han ido desarrollando nuestras ciudades, para construir espacios que auspicien la inter-relación entre formaciones onto-epistémicas diferentes a través del diseño de espacios públicos y privados, donde las formas vernáculas se renueven en el encuentro con las posibilidades tecnológicas de las nuevas arquitecturas atentas al cambio climático, donde se creen nuevas maneras de habitar que propicien formas más localizadas de economía y comunalidad, donde se de contenido específico y concreto al imaginario del Buen Vivir-en-la-ciudad.

 

Finalmente, y más allá de la consistencia conceptual y política de tu planteo, nos gustaría que desarrolles la cuestión de cómo lidiar con el peligro de que los discursos y las elaboraciones alternativas (cosmovisiones, preguntas, discursos e imágenes no-occidentales, etc.) queden a merced de fuerzas banalizadoras o estetizantes (lo alternativo como consumo o como culto vacío). Sobre todo porque, sabemos, se trata de un peligro, o de fuerzas, que no son solo exteriores.

 

Hay dos grandes peligros para todo proceso que intente des-centrar una hegemonía: deslizarse de nuevo hacia esta –rendirse frente a su intensificación y nuevas artimañas, perder el aliento, desorientarse frente a las divisiones internas y la cooptación por parte del sistema dominante, etc–. Algo de esto discuto en alguna parte del libro. El segundo peligro es la banalización de los esfuerzos, que puede operar a través de la estetización y en última instancia el aplanamiento de las alternativas, es decir, su domesticación ontológica y la reducción de su potencia al plano de lo conocido.

No hay ejemplo más claro hoy en día de ambas dinámicas como el Buen Vivir en Ecuador y Bolivia. En una reciente charla en Chapel Hill, los intelectuales indígenas ecuatorianos Alicia Rosa Alvarado y Armando Mayulema hablaban de cómo “el gobierno ocupó nuestro discurso”.[25] Tanto el Buen Vivir como la inter-culturalidad –dos de las tres piedras angulares de la novedad de los regímenes progresistas y de las demandas fundamentales de las organizaciones (el tercero son los derechos de la naturaleza)– según argumentaron, no existen más que en el papel. No son las organizaciones las que ejecutan estos imaginarios novedosos, sino el estado. El resultado ha sido derechos sin autonomía ni auto-determinación. Han perdido su carácter crítico, pasando a ser elementos importantes en el proyecto de homogenización desde arriba.

Para estos intelectuales, si bien hubo un pensamiento crítico que se desarrolló y teorizó en las comunidades, a estas les faltó “personal preparado” para defender e implementar sus visiones. Derivo algunas lecciones de este ejemplo (así como de aquellos Planes de Vida que recaen en el desarrollismo y la “proyectitis”, o en el “solucionismo” que denuncia Ezio Manzini como uno de los enemigos principales del diseño para la innovación social): los diseños tienen que ser resultado de procesos serios, claros, sostenidos y profundos, y los diseñadores deben actuar más como agitadores que como “gestores” culturales.

Segundo, para evitar la captura los diseños requieren de una cierta sistematización, y esta puede darse a partir de la sistematización de archivos culturales (saberes y prácticas de re-existencia onto-epistémicos), como lo sugiere el teórico de la interculturalidad y activista cultural de la Universidad del Cauca en Popayán Adolfo Albán Achinte. Esto no necesariamente es tan racional como suena (y añado que hay que liberar el lenguaje de la “sistematización” de su captura moderno-economicista), pues la agitación cultural bien puede también surtirse de una cierta “pedagogía de la corridez”, término inventado por una maestra de pueblo del valle del Rio Patía en el suroccidente colombiano en su intento por generar una praxis pedagógica profundamente colaborativa y enraizante. Esta sistematización se hace preguntas tales como: ¿Qué se ha hecho? ¿Qué se ha logrado? ¿Qué se ha vivido? ¿Hacia dónde se camina? ¿Qué ha significado el proceso? ¿Por qué hemos hecho lo que hemos hecho? Para Albán, este trabajo crítico es esencial para crear nuevos conocimientos y avanzar en el diseño de lo comunal.[26]

Para los grupos subalternos, vivir con el hecho de la dominación y perdurar en medio de ella conlleva necesariamente tanto resistencia como novedad e innovación. Persistir, perseverar requiere mantener los apegos, transformándolos desde adentro, pero también abrir nuevos caminos. Aunque está claro que estos caminos pueden desembocar en desarrollo y modernidad y que están expuestos a la banalización de toda propuesta, pueden devenir en algo más que contribuya a realzar el pluriverso. Paralelamente al diseño de herramientas, infraestructuras y prácticas efectivas que sirvan de soporte para la creación de sustentos y vidas dignas y el buen vivir, estas son preguntas que las/los diseñadores y agitadoras/es culturales deben abordar con los grupos con los cuales trabajan.

Quizás la pedagogía de la corridez es una tecnología del diseño y la disoñación. En esto las perspectivas críticas del diseño, como discuto en este libro, le llevan la delantera a la academia en su fase actual de aparente repliegue neoliberal híper-academicista e individualizante. Quizás porque el diseño está ineluctablemente orientado a la práctica y siempre implicado en la construcción de mundos, hoy en día pudiera estarse posicionando como un importante espacio de praxis teórico-política que podría ser apropiada por los pueblos en camino, o por aquellas y aquellos que decidan, como estos, caminar –y diseñar y disoñar– preguntando.

 

 

Mayo de 2017

 

[1]. Tirakuna es una palabra quechua difícil de traducir; es el plural de “tierra”, entonces equivaldría a “tierras”. He optado por traducirlo como “seres-tierra”, que es la traducción literal del término usado por Marisol en su libro en inglés. Estrictamente hablando, tirakuna solo existe en una ontología radicalmente relacional. Así, se dice que no hay separación entre la entidad y su nombre. Nombrarlas es enactuar todo un mundo otro. Podemos decir, siguiendo la teoría contemporánea, que son seres con agencia, pero es más que esto. Nombrarlas es ser-con-ellas.

 

[2]. Desde final de los años ochenta el grupo peruano PRACTEC (Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas) ha mantenido un valioso esfuerzo por impulsar el concepto de “crianza mutua” como alternativa para el mundo andino frente a la avalancha desarrollista. Información sobre su trabajo y múltiples publicaciones en: <http://pratecnet.org/wpress/>.

 

[3]. Territorios de diferencia: lugar, movimiento, vida, redes, Popayán, Envión, 2010.

 

[4]. Raquel Gutiérrez Aguilar, Los ritmos del Pachakuti, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2008.

 

[5]. Hay muchísimos conceptos de la complejidad (especialmente biológica) que son bastante sugerentes para la teoría social; pocos de ellos han sido explorados desde esta perspectiva (ej., sensibilidad a las condiciones iniciales; path-dependence; power laws; self-organized criticality (criticalidad auto-organizada); cambio de fase o de estado; espacio de posibilidad; excitable media; co-evolución; simbiosis; feedback positivo; symmetry breaking; etc.) Me intrigó por un tiempo la noción de “estigmergia”, por ejemplo, que sugiere la existencia de mecanismos de cooperación espontánea entre agentes que propician acciones recursivas en las cuales la estructura emergente misma en proceso (por ejemplo, un hormiguero que empieza a conformarse) se convierte en una fuente importante de información para los agentes individuales. Para el caso de movimientos sociales o momentos de insurrección, esto sugeriría que ciertos tipos de coordinación descentralizada basada en actividad estigmérgica hace que los participantes responda a estímulos generados por las formas emergentes (no solamente en base a la coordinación directa entre los miembros del movimiento o entre los diversos movimientos u organizaciones). La idea de procesos sociales “en construcción” adquiere así otras facetas. Sobre el concepto de estigmergia en sistemas biológicos, véase Camazine, Scott, et al., Self-Organization in Biological Systems, Princeton University Press, 2001.

 

[6]. Raquel Gutiérrez Aguilar, ¡A desordenar!, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2016.

 

[7]. Los trabajos de Félix Patzi Paco, Raúl Zibechi y Pablo Mamani sobre los mismos procesos o procesos relacionados en Bolivia resuenan con el enfoque de Gutiérrez Aguilar, aunque más directamente surtiéndose de la teoría de sistemas, Maturana y Varela, o Deleuze y Guattari.

 

[8]. Sé que todo esto suena mucho a “ciencia”, o quizás a un conocimiento científico arcano o esotérico. Soy consciente de la presencia de los fantasmas de la socio-biología, el reduccionismo genético y las interpretaciones eugenésicas de la raza, todos estos problemas que comenzaron en la biología y se instalaron en lo social. Digamos, en el espíritu del constructivismo posestructuralista, que aprender de las ciencias de la complejidad involucra pensar en ensamblajes construidos desde un continuo de la experiencia y la materia donde no hay separación entre lo biológico y lo social. De ser así, las lecciones vendrían simplemente de un tipo de teoría y estudio (la complejidad) a otro (la teoría social) y no de un ámbito pre-constituido (“lo natural”) del cual las ciencias de la complejidad tendrían la nueva verdad (Escobar 2010: 322).

 

[9]. V. Almendra, “Una mirada al pensamiento crítico desde el hacer comunitario”. En: J. Regalado, coord., Pensamiento crítico, cosmovisiones y epistemologías otras, para enfrentar la guerra capitalista y construir autonomía, pp. 61-78, Universidad de Guadalajara, 2017, p. 61

 

[10]. M. Rozental, “¿Guerra? ¿Cuál guerra?”. En: J. Regalado, coord., Pensamiento crítico, cosmovisiones y epistemologías otras, para enfrentar la guerra capitalista y construir autonomía, pp. 93-124, Universidad de Guadalajara, 2017, p. 65.

 

[11]. Como pudieran haber dicho Teilhard de Chardin o Maturana y Varela.

 

[12]. Gilles Deleuze, Foucault, Barcelona, Paidós, p. 163.

 

[13]. Ver A. Escobar, “La forma-Tierra de la vida: el pensamiento nasa y los límites del episteme de la modernidad”, Coloquio Internacional “Saberes Múltiples y Ciencias Sociales y Políticas”, Universidad Nacional, Bogotá, oct 18-21, 2016.

 

[14]. De su obra, Sortir de la grande nuit: Essai sur L”Afrique decolonisée, Paris, Editions de La Découverte, citado en Ryan T. Skinner, Bamako Sounds: The Afropolitan Ethics of Malian Music, University of Minnesota Press, 2015, pp. 1-2.

 

[15]. En relación a este discurso hago una aclaración: el concepto de lo “ancestral” (importante para movimientos afrocolombianos entre otros, y que discuto en relación a la autonomía en el Capítulo 6), no pertenece a la misma formación de lo “originario”. Como lo dicen a veces los activistas, la esencia de lo ancestral es mirar hacia el futuro.

 

[16]. Aquí debo resaltar otra consecuencia: mientras que el estado (y la teoría social) se mueve en el dominio de la representación, las prácticas en-ayllu incluyen tanto prácticas representacionales como no-representacionales. La negación de estas últimas, o su reducción a términos estabilizados dentro de la modernidad en toda traducción, surge como una dimensión importante de la colonialidad.

 

[17]. Ver especialmente Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de sueños, 2016.

 

[18]. Arturo Guerreo, “Communality”, en: A. Kothari, F. Demaria, A. Acosta, A. Salleh y A. Escobar, editores. The Postdevelopment Dictionary: A Guide to the Plurivese. Londres: Zed Books, en preparación.

 

[19]. Algunos de estos puntos los discuten en una conversación reciente la poetisa y machi Mapuche Adriana Paredes Pinda y el intelectual indígena ecuatoriano Patricio Guerrero. Ver: <https://www.youtube.com/watch?v=tAv2qHLDCCE&t=135s>.

 

[20]. Gustavo Esteva y Arturo Escobar, “El posdesarrollo a los 25: sobre “estar estancado” y avanzar hacia Adelante, hacia los lados, hacia atrás y de otras maneras”, Revista Polisemia, Fundación UniMinuto, Bogotá (en imprenta).

 

[21]. Carmen Medeiros, The Right to Know “How to Understand”: Coloniality and Contesting Visions of Development and Citizenship in the Times of Neo-Liberal Civility, tesis doctoral, Departamento de Antropología, City University of New York, CUNY, 2004.

 

[22]. A. Dávila, El Mall: The Spatial and Class Politics of Shopping Malls in Latin America, University of California Press, 2016.

 

[23]. F. Correa, Beyond the City: Resource Extraction Urbanism in South America, University of Texas Press, 2016.

 

[24]. Ver <https://fesvideocomunitario.wordpress.com/5o-festival-2012/>. Los temas los dos últimos años han sido “Comunidad y Memoria, un solo rollo” (2015) y “El cine: Entre historias de resistencia y construcciones de Paz” (2016).

 

[25]. Seminario informal el día 23 de marzo del 2017.

 

[26]. Taller sobre la sistematización de archivos por organizaciones comunitarias o en el trabajo con estas, presentado por Adolfo Albán Achinte y organizado por Olga Eusse, directora del Área Cultural del Banco de la Republica, Cali, diciembre 2-3 del 2016. El término “corridez” en Colombia es sinónimo de “locura creativa”, y la pedagogía de la corridez es adoptada por Albán como criterio serio para el trabajo inter-cultural.

 

La experiencia del barrio Cano // Clinämen

Un territorio feminista y autónomo, que desde la conformación de una feria piensan cómo construir una micropolítica no neoliberal. La experiencia del Barrio Cano en Mendoza, en la voz de la activista Alicia Maldonado.

Lo único que realmente empuja // Diego Valeriano

Desde el desalojo de Once, Rosa y Abdoulaye casi que ni se ven. Él no pudo más y hace pozos para una contratista de Edenor, y ella, cansada del Sarmiento, cuida a una señora en Merlo. A veces se encuentran los sábados o domingos en algúna parte de la ciudad, en Liniers o en Puerto Madero. Pasean, se ríen, a veces lloran, a veces duermen la siesta juntos. De la pensión de Constitución a Mariló hay mucho más que subtes, trenes y bondis. Hay un mundo inmenso que los distancia, los une y los consolida en sus creencias. Nunca les gustó mucho recordar, pero cuando se ven les vuelve esa sensación de cuando se encontraban en la recova. Ahí debajo y de espaldas a Jujuy, todo arrancaba. Saben que cualquier barrio de Asunción es África, y también Libertad, Bañado Norte, Catán o Leloir cuando el 269 lo pasa de punta a punta, cuando cruza el Reconquista. Senegal está lejos, muy lejos, y Abdoulaye ya aprendió que no puede volver, pero siempre puede wasapear con su hermano que está en Barcelona.

Ciertas vidas caretas no entienden que deambular es un delirio que estructura ideología. Viaje, formación y acción que se formulan interrogantes, que resisten de verdad, que hacen que se pelee la calle como si la revolución fuera posible. Se sale de una manera y se llega con otra plenitud distinta de la que se salió, aunque nunca se llega del todo. Las ideas son fáciles, pero de una construcción riesgosa. Lo que saben los cuerpos solo lo aprenden deambulando.

La guacha le da besos y ya casi no lo tolera. Él insiste en bajar en Flores, que ella lo espere y él se meta en los pasillos para hacer lo que tiene que hacer.  Los dos se sientan entre las bicicletas mientras dejan pasar las estaciones y la Champion satura desde el teléfono. Vienen desde Casanova y seguro que esa afinidad que los entrelaza la construyeron en un viaje. Tal vez se queden en la plaza de Flores y jamás lleguen al Bajo, tal vez sigan sin rumbo de manera inquieta, tal vez vuelvan a Casanova donde la mamá espera.

Lo que se cree, se vive, se arma o desarma es en función de modos de viajar, es efecto de los avatares del deambular. Las raras esperanzas anudadas de La Paz a Olmos, tomar un café con leche en Retiro stalkeando a los que se quedaron en Lima, ranchar en Paternal porque a Sol y Verde casi que no se quiere volver, los miles de kilómetros con el corazón en la mano, la certeza de que mirar para atrás es claudicar cuando se observa el mar en el invierno de Gessel, extrañar a Rosa cada sábado que no la ve es asumir sin andar diciéndolo por ahí que deambular es lo único que realmente empuja a resistir de manera genuina, a construir verdaderas ideas transformadoras, a ser vanguardia de las luchas futuras, a traspasar los propios límites.

2017-11-21

Neoliberalismo y formas de vida. Un repaso por la coyuntura argentina // Diego Sztulwark

Conversación en FLACSO, Noviembre 2017.

Abecedario // Gilles Deleuze

https://www.youtube.com/watch?v=zmxB7FBvj7w

La actualidad política del pensamiento de León Rozitchner // Pedro Yagüe

*Ponencia escrita para las Jornadas de Sociología realizadas en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en Septiembre 2017. Mesa 25: ¿Cómo (y desde dónde) criticar en la actualidad? Dilemas teóricos de la crítica social.

Durante estos años de mi vida académica me tocó escribir algunos artículos y ponencias en los que se repitió la misma estructura: una introducción en la que se anuncia lo que se va a decir, un texto en el que –en el mejor de los casos– se dice algo, y una conclusión en la que se repite lo que ya se dijo. Imagino que a nadie sorprenderá esta secuencia que suele ocultar los tiempos lógicos y problemáticos de un pensamiento. Tiempos lógicos y problemáticos, digo, que no pueden sino desarrollarse al calor de otras preguntas. ¿Cómo llega uno a decir lo que dice? ¿Por qué y desde dónde se escribe? ¿Contra qué o quién? ¿Tiene uno realmente algo para decir? Si escribo estos interrogantes, si menciono estos problemas, es porque hoy, en esta ponencia, decidí empezar por un comienzo más sincero.

Desde septiembre del 2015 estoy haciendo mi doctorado con una beca de la UBA. Eso explica, en buena medida, la existencia de este texto. En tanto becario contraje el compromiso (implícito desde el punto de vista su enunciación, explícito desde el punto de vista de sus efectos) de participar de estos espacios a los que a veces llamamos jornadas, congresos o simposios. No digo nada sorprendente: uno tiene que escribir dos o tres ponencias por año, no importa lo que se diga (de allí la libertad que siento al escribir estas líneas, sabiendo que probablemente casi nadie las lea). Entonces, decía, uno tiene que publicar dos o tres ponencias por año. ¿Y qué hace el becario promedio (en este caso yo) frente a esta situación? Tiene dos caminos: o bien se anota en una mesa de gente cercana, gente conocida con la que trabaja, o bien examina uno a uno los títulos de las mesas pensando cuál de ellas tendrá algo que ver con lo que uno hace, cuál de ellas tendrá algo que ver con las propias ganas. Así, a partir de un paneo general como quien busca una mirada en el colectivo, elegí participar de esta mesa. Me gustó el título. Y es allí por donde, pienso, debería empezar.

¿Cómo (y desde dónde) criticar en la actualidad? Ésa es la pregunta con la que la mesa nos invita, pregunta con la que se intenta marcar un sendero por el que los ponentes deberemos transitar. No es ésta una tarea sencilla ni evidente. Diversas bifurcaciones parecieran abrirse a partir del interrogante. Distintos caminos aparecen como posibles. Debemos, por lo tanto, tomar una decisión. ¿Cómo (y desde dónde) criticar en la actualidad? Comenzaremos, entonces, por mencionar dos problemas que marcarán el rumbo de estas páginas.

La pregunta de la mesa lleva implícita una afirmación: no sabemos cómo ni desde dónde emprender una crítica que esté a la altura del presente. Éste será uno de los problemas que deberemos hacer resonar a lo largo de estas páginas. Tenemos la necesidad –si es que se quiere evitar la simulación, la impostura– de repensar los términos en que la crítica teórica y política se desarrolla en la actualidad. Hay cierta insuficiencia que se respira en el ambiente académico y cultural que nos obliga a preguntarnos por las carencias de la razón con las que nos pensamos.

Surge aquí el habitual problema del pensamiento crítico. Parafraseando a Descartes se podría decir que el pensamiento crítico es lo que mejor repartido está en el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que incluso los más quejosos respecto a cualquier otra cosa no suelen desear más del que ya tienen. Todos parecieran estar conformes con la cuota de pensamiento crítico que les toca. Resulta casi imposible hablar de él sin caer en la autocomplacencia. ¿De qué hablamos, entonces, cuando hablamos de crítica? Podríamos arriesgar una rápida definición: el pensamiento crítico es aquel que disminuye la distancia que nos separa de la realidad material y, al hacerlo, enfrenta las contradicciones teóricas y políticas del presente. El pensamiento crítico hace pensar lo que no se sabe que se piensa, hace sentir lo que no se sabe que se siente. Busca tener arraigo en la materialidad de nuestros problemas, de nuestra experiencia. Nada más lejano a la repetición vacía, a la palabra muda de la misa académica.

Si nos preguntamos esto es porque, como señalé, las categorías con las que pensamos nuestro presente parecieran carecer de esa eficacia a la que –por seguir la pregunta de la mesa– llamaremos “crítica”. Eficacia conceptual para abrir un campo de teoría pensable, eficacia política para abrir un espacio de experiencia posible. El pensamiento en el que nos vemos incluidos, aquel que repetimos hasta el cansancio, no está a la altura del presente que nos avasalla. Señalar la necesidad de una oxigenación en la crítica implica afirmar la necesidad de volver a pensar en su movimiento los problemas que nos preocupan, aquellos en que se nos va la vida. Un ejemplo: la infatigable repetición de la figura del “empresario de sí” para comprender la subjetividad neoliberal. Foucault desarrolla esta figura de una manera brillante, envidiable. Sin embargo, no pareciera ir más allá de la mera descripción: no analiza el tránsito por el que los hombres asumen como propio el principio económico de la satisfacción, no piensa las resistencias históricas concretas que pudieran poner esta subjetividad en entredicho, no le interesa la experiencia contradictoria y dolorosa que esta racionalidad desata en el sujeto. Es una verdad meramente descriptiva, cuyas carencias mantienen cierta relación con la pasividad de los lectores y especialistas, casi siempre relegados al papel de “aplicadores” del concepto. Todo queda en la descripción por la descripción misma y allí nada pasa. Falta algo. Este algo que falta es lo que me preocupa, y sobre lo que la mesa nos invita a reflexionar.

Este primer problema que enuncio nos conduce a una segunda pregunta. ¿De qué hablamos cuando hablamos de la actualidad de una crítica, de la actualidad de un pensamiento? Pienso que para responder esta pregunta debemos partir de una afirmación: no hay teoría actual sino teoría actualizada. Esto nos conduce a realizar, por lo menos, dos señalamientos: en primer lugar, debemos señalar el carácter procesual de toda actualización (no hay teoría que sea de por sí actual); en segundo lugar, que esta actualización se da necesariamente a partir de la relación histórica que un sujeto –o, en el mejor de los casos, que un conjunto de sujetos– establece con una producción teórica. Es desde los problemas históricos del sujeto actualizante que la teoría actualizada adquiere cuerpo. Otro ejemplo: la difícilmente cuestionable actualidad del pensamiento de Marx. Ella no va de suyo sin una vida que reclame en sus textos la solución para los problemas del presente. Requiere, para adquirir vigor, para hacerse cuerpo, ser actualizada por sujetos que reconozcan en la teoría marxiana la posibilidad de pensar la propia vida. Y la vida, claro está, es impensable sin su historicidad. Por eso es que no hay teoría actual sin un proceso singular de apropiación. Actualizar una teoría será hacerla propia. Lograr animar las ideas, los conceptos, en los problemas políticos del sujeto. En nuestros propios problemas. Actualizar un pensamiento será encontrar en él las condiciones que permitan iluminar nuestros errores y dependencias; animarnos a nosotros mismos en las ideas y a las ideas en nosotros mismos, para así arrancar a la teoría de la quietud en la que se encuentra. Es, en algún punto, un ejercicio de doble traducción: se traducen los conceptos en la vida, y la vida en los conceptos.

A través de estos problemas quisiera introducir el pensamiento de León Rozitchner. Para hacerlo, claro está, no puedo ignorar la necesaria arbitrariedad que toda actualización (en este caso la mía) implica. Son los problemas que me preocupan, que me movilizan, los que me conducen a asumir la necesidad de apropiarme de sus conceptos. Hay algo en la obra de Rozitchner que no cesa de cautivarme. Algo de la forma en que problematiza, en que escribe, en que logra hacer de su voz viva el medio mismo de su pensamiento. Pero para que esta sensación no quede en la mera arbitrariedad con la que uno se acerca o distancia de un autor, habrá que ver en esa especie de seducción el índice de una verdad. Hay algo verdadero en sus textos que reclama desde otro tiempo la necesidad de su actualización en el presente. Algo que, intuyo, podría ayudar a nuestra sofocada crítica.

Haciendo, tal vez, un abuso del esquematismo quisiera remarcar algunos aspectos de la filosofía de Rozitchner que, según entiendo, nos hablan de su alcance crítico en la actualidad. Tres problemas que, sin tener un lugar destacado en la razón con la que pensamos, nos permiten reconocer el carácter políticamente actual de su pensamiento. Estos puntos son: el lugar otorgado a la experiencia, la idea del sujeto como núcleo de verdad histórica, y la categoría de guerra y su relación con la eficacia política.

En primer lugar: la experiencia. Para referiros al lugar que ésta ocupa en el pensamiento de Rozitchner (y al que ocupa en los actuales debates) debemos remontarnos al contexto político e intelectual de la Francia de posguerra. Después de la segunda Guerra Mundial se desarrollaron dos vertientes teóricas, ambas desarrolladas al calor de una especie de alianza entre la reflexión filosófica y ese amplio espacio político al que llamamos izquierda. Una de ellas, fuertemente ligada a la fenomenología, cuyas principales figuras fueron Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir; la otra, no tan nucleada aunque más expandida, giró en torno a lo que se llamó estructuralismo, con sus posteriores vertientes “post” (largo campo que va de Claude Lévi-Strauss a Gilles Deleuze, pasando por Jacques Lacan). Hoy, algunas décadas más tarde, podemos afirmar que la vertiente estructuralista fue la gran vencedora: pocos se interesan hoy por los escritos de Sartre o Merleau-Ponty. Han desaparecido casi totalmente de las currículas académicas. Y con ellos parece haber desaparecido también la pregunta política por la experiencia.

¿Qué tiene que ver León Rozitchner con todo esto? En 1948, a sus veinticuatro años, Rozitchner decidió partir hacia Francia para ingresar a la carrera de Filosofía en La Sorbonne. En Paris asistió a los cursos de los principales profesores del momento: Piaget, Bachelard, Jean Wahl, Hippolyte, Ricoeur y Merleau-Ponty. Fue la vertiente fenomenológica la que mayor impresión generó en él. Luego de presentar su tesis doctoral (bajo la dirección de Jean Wahl y con Lucien Goldmann en el jurado) sobre la significación ética de la afectividad en la fenomenología de Max Scheler, el joven Rozitchner regresaría a Buenos Aires donde, en la escuela de la revista Contorno, empezaría a desplegar los conceptos aprendidos a la luz de los problemas de su tierra y de su tiempo. Aquí, en Buenos Aires, traduciría libros de Merleau-Ponty y Jules Vuillemin, entre otros. Esta alianza entre fenomenología y marxismo era introducida por Rozitchner en la Argentina de los años sesenta. Años en los que se comenzaría a forjar el núcleo de su problemática filosófica.

Ambos libros de Merlau-Ponty fueron traducidas por León Rozitchner

 

Desde su tesis doctoral sobre Scheler hasta el final de su vida León Rozitchner estableció una estrecha relación entre política y experiencia. No hablamos aquí de la experiencia en tanto acervo de conocimientos que uno tiene por la condensación del paso del tiempo, sino de la experiencia como experiencia sensible. Hay en el cuerpo un saber que no es aprendido, que no se incorpora a través de la razón. Y es de esta experiencia de la que, una y otra vez, nos habla Rozitchner. Podríamos pensar a la obra de León Rozitchner como un enorme esfuerzo por hacer del cuerpo vivido, de la experiencia, el lugar en el que la razón penetra y, que al penetrar, se modifica. Por eso hablamos de una estrecha relación entre experiencia y política: porque hay algo de lo político que sólo la experiencia vivida puede poner de manifiesto. Es un tipo de introspección semejante a la que el poeta realiza a la hora de elaborar su poesía, o a la que el narrador lleva a cabo cuando escribe. Tal vez sea en este sentido que Merleau-Ponty señala que la fenomenología “es laboriosa como la obra de Balzac, la de Proust, la de Valéry o la de Cézanne: con el mismo género de atención y de asombro, con la misma exigencia de consciencia, con la misma voluntad de captar el sentido del mundo de la historia en estado naciente” (Merleau-Ponty, 1993: 21). Por eso es que el fenomenólogo francés señala que no hay otra manera de conocer el cuerpo que no sea vivirlo. Que no hay otra manera de conocer el mundo que no sea vivirlo. Y que, por lo tanto, no habrá otra manera de conocer aquello que llamamos política que no sea vivirla.

Esto es justamente lo que las teorías estructuralistas y pos-estructuralistas no pueden pensar. El estructuralismo desecha la vivencia como lugar de la elaboración de una verdad: hace del cuerpo humano el mero soporte de fuerzas anónimas. Tal vez sea por eso que, como señalamos, las actuales reflexiones estructuralistas y pos-extructuralistas sobre lo neoliberal no alcancen más que a describir funcionamientos. La filosofía de Rozitchner incorpora otra pregunta: la pregunta por el tránsito que el cuerpo humano tuvo que hacer para tener acceso a una razón histórica. Esta problemática abre una vía diferente. Una vía que obliga a pensar la infancia, obliga a pensar al cuerpo como cuerpo afectivo, vivido, y obliga a pensar el proceso que todo hombre tuvo que atravesar hasta ser lo que hoy es. Esta pregunta, esta forma de problematización, habilita un camino distinto para pensar nuestro presente político. Habilita un punto de vista: el de la experiencia[1].

No habría que confundir la importancia –por así decirlo– epistemológica de la experiencia con una concepción de la verdad como inmediatez. Rozitchner nos habla de un trabajoso movimiento por el que el sujeto hace de su experiencia el espacio a partir del que una verdad posible pueda ser elaborada. Si la experiencia fuera el lugar inmediato de la verdad, quedaría el hombre condenado a ser el reflejo pasivo de la realidad que la produjo. Aquí no hay nada de eso. Aquí la experiencia aparece como trabajo, como irrupción: “un ser que se estruja para decir su ser” (Rozitchner, 2015c: 117). Rozitchner le asigna un rol activo al sujeto en esta dialéctica productiva que lo vincula con su experiencia. Hay un conjunto de vivencias, de significaciones, que permanecen como el subsuelo de una conciencia que no dice ni piensa (pero siente) la materialidad sobre la que se construyó. Rozitchner nos habla de la necesidad de desandar estas vivencias, de la necesidad de abrir un nuevo horizonte sensible sobre el que fundar una racionalidad diferente.

El problema de la experiencia en el pensamiento de Rozitchner, claro está, merecería un desarrollo mucho más extenso. Teniendo en cuenta la extensión correspondiente al género “ponencia” voy a limitarme a señalar algunos puntos. La importancia política de la pregunta por la experiencia ya se encontraba presente en los primeros escritos de Rozitchner para la revista Contorno. En su artículo “Experiencia proletaria y experiencia burguesa” de 1956 afirma en relación con la experiencia peronista:

 

Lo que constituye un laborioso aprendizaje en la lucha, la superación de los obstáculos, la discriminación del enemigo, el discernimiento de la realidad que no se lee en los libros y que el obrero aprende en su historia, en cada una de las coyunturas que la rebeldía enseña al organizarse, todo eso se evitó. Se quiso eludir el drama. Obtener lo que se obtiene con el esfuerzo, pero sin el esfuerzo y creer que es lo mismo. Que lo mismo da hacer una huelga en el miedo y en el terror porque se dispone del ímpetu que vence al miedo y al terror, que recibir la orden de huelga que todo favorece, diligenciada por la policía, y salir a gritar lo que se pide. Este camino de pantomima, esta simulación de la tragedia que se vive como una comedia, esta facilidad organizada carecía de porvenir porque no era dueña de sí misma, porque su fuerza le venía de otro lado: de un poder conferido sin contraparte y sin reciprocidad. (Rozitchner, 2015b: 278)

En este pasaje puede verse cómo, para Rozitchner, la experiencia de un proceso político se encuentra directamente relacionada con su eficacia. No importa sólo lo que se haga, lo que se consiga, sino el tránsito vivido hacia la acción. Dentro de esta misma línea problemática se inscribe su clásico artículo de 1966 “La izquierda sin sujeto”, resultado de una discusión implícita a John William Cooke. En dicho texto Rozitchner se propone advertir sobre las dificultades presentes en el tránsito que la izquierda argentina buscaba hacer desde la racionalidad burguesa hacia una diferente. Tránsito imposible, señala Rozitchner, si no se logra abrir el drama que dicha racionalidad desata al interior de cada sujeto. Imposible, decimos, si no se logra asumir activamente la experiencia de la contradicción entre lo que se es y lo que se quiere dejar de ser.

 

La salida de la contradicción en la que estamos viviendo no puede ser pensada con la racionalidad burguesa; debemos descubrir una racionalidad más profunda que englobe en una sola estructura, partiendo desde la experiencia sensible de nuestro propio cuerpo, nuestra conexión perdida con los otros. (Rozitchner, 2015b: 25)

 

Queda aquí resonando un problema: el de la experiencia de nuestra conexión perdida con los otros. Esto es fácil de enunciar pero, ¿cómo recuperar la conexión perdida con los otros si no es abriendo el drama de esa pérdida al interior del propio cuerpo? Rozitchner señala un problema teórico y político: el de la relación conflictiva entre lo que se dice y lo que se siente. El teórico de Chivilcoy intenta señalar cómo la burguesía está en nosotros como un obstáculo a enfrentar. Cómo los hombres se encuentran sitiados al interior de sí mismos. No es éste un llamado al subjetivismo sino un grito de alerta sobre las consecuencias políticas del menosprecio de las cuestiones subjetivas. “Con las categorías burguesas que ordenan nuestro modelo de ser personal no resulta posible pasar de la práctica burguesa a la praxis revolucionaria, aunque sólo sea porque en la segunda se abre un riesgo, un peligro, un fracaso posible que linda con la muerte y que la primera no contiene” (Rozitchner, 2015b: 37) (si a alguno, por razones de moda, de costumbre, le resultan ajenas las palabras “burguesa” y “praxis revolucionaria”, cámbiese ellas por “neoliberal” y “transformación social” respectivamente: el problema seguirá siendo el mismo).

Algunos años más tarde, en Filosofía y emancipación. Simón Rodríguez: el triunfo de un fracaso ejemplar León Rozitchner señalará a la experiencia de la empatía como condición de posibilidad para el conocimiento –aquel que, señalamos, disminuye la distancia con lo real– y para la práctica política. En este libro puede leerse:

 

la experiencia desde la cual accedemos al saber reposa en ese sentimiento: no sabe el que quiere saber sino el que se atrevió a sentir el sufrimiento ajeno como propio. Porque por mucho que “sepan” serán siempre ignorantes: ignorarán en su cuerpo el sentir del otro sobre el cual el verdadero saber se desarrolla en su verdad. Y no en la mentira de los que, al ocultarlo, deberán siempre simular que no son lo que en realidad sienten: que en verdad no sienten profundamente nada, salvo la angustia de la propia muerte que los acompañará para siempre, porque cada cuerpo insensible es el lugar que encierra un muerto en sus entrañas. (Rozitchner, 2012: 25)

 

A lo largo de las páginas de este libro León Rozitchner insistirá en la idea –directamente vinculada con su trabajo Freud y los límites del individualismo burgués– de la necesidad de expandir los límites del propio cuerpo hacia el de los otros como experiencia política irrenunciable. No hay pensamiento político real sin una voluntad de recuperar la experiencia perdida de la conexión con los otros. Sentir al otro en uno, sentir el sufrimiento ajeno como propio, será condición de posibilidad para la teoría política. Sin este acto de empatía fundamental los conceptos serán solo maquillaje, simulación, palabras muertas que no podrán penetrar en el núcleo de lo real. Es que, en última instancia, la pregunta que me preocupa es ésta: ¿cómo puede la teoría social pensar sin pensarse? ¿Y cómo pensar sin pensar pensarse en relación con los otros? ¿En qué piensan los aplicadores de conceptos, los exégetas, que no se atreven a animar sus palabras con la propia experiencia? Hacia allí nos dirige la filosofía de Rozitchner: no sabe el que quiere saber, sino el que se atrevió a sentir al otro en uno.

Esto es lo que quería decir sobre el problema de la experiencia. Problema político que, como señalé, pareciera ausente en la teoría contemporánea. El desarrollo no fue lo extenso que el asunto se merece, pero, en el contexto de esta ponencia, espero que haya servido para señalar una forma en que la teoría social y política puede ser pensada. Directamente ligado con el lugar que Rozitchner le asigna a la experiencia, aparece el segundo punto que me gustaría mencionar. En su obra de 1972 Freud y los límites del individualismo burgués encontramos una definición que se repetirá posteriormente a lo largo de su obra: el sujeto es núcleo de verdad histórica. Al decir que el sujeto es núcleo de una verdad Rozitchner nos invita a pensar que en lo más profundo de cada uno se produce saber sensible relativo al mundo y a los otros. La idea del sujeto como núcleo de una verdad histórica que en él se elabora, implica un movimiento teórico a través del que Rozitchner buscó romper con las tradiciones estructuralistas que veían en cada individuo el mero soporte de un poder anónimo. Hay efectivamente una determinación histórica que organiza al sujeto como sometido, pero también hay oposiciones que hacen de ese cuerpo el lugar contradictorio y productivo de una resistencia. Cada uno de nosotros es el lugar humano en el que la verdad de lo colectivo, con sus tensiones, se elabora.

Aquí se hace evidente cierta distancia entre su lenguaje y el de alguno los autores contemporáneos. Rozitchner nos habla de sujeto. En su primer libro sobre Freud el filósofo argentino intenta señalar la importancia política de esta categoría. Frente al cientificismo marxista althusseriano que veía en dicho concepto un residuo de las tradiciones idealistas, el teórico de Chivilcoy se propuso reivindicar dicha categoría advirtiendo sobre las consecuencias políticas de su abandono.

 

La ciencia “no tiene sujeto”, se nos dice. Pero sabemos que la política sí. Más allá del sujeto negado, ¿quién sufre?, ¿quién soporta la tortura? La política tiene la tortura y la muerte, puesto que nunca el dolor y el término de la vida son anónimos, a pesar de que el intento del represor consista, también el suyo, en aniquilar al sujeto. En su caso límite la política muestra los dos extremos disociados, cosa que el “científico” –tanto como el policía– elude en su espiritual y anónima práctica: la unión de lo más individual y de lo más colectivo. (Rozitchner, 2013: 24)

 

El sujeto, para Rozitchner, es un cuerpo sintiente que vive, y que al vivir elabora un sentido y significaciones nuevas de su propia experiencia. Esta idea de Rozitchner debe entenderse 1) a partir del carácter indisociable de lo individual y lo colectivo; y 2) junto a la necesidad de que el hombre se haga cargo activamente de ese proceso. Aquí aparece la importancia de su definición del sujeto como un absoluto-relativo. Si el hombre fuera un mero absoluto (como en la metafísica cristiana de Scheler) no habría, entonces, lugar para la asunción de la propia existencia como el lugar de la producción de una verdad posible. El hombre quedaría separado de los otros y del mundo. Si el hombre fuera una mera relatividad, un mero soporte en el que los poderes anónimos de la historia se despliegan, tampoco cabría pensar el reconocimiento de la propia existencia en su productividad. Es justamente la idea del hombre como absoluto-relativo la que le permite a Rozitchner pensarlo como el lugar tensionado y contradictorio de una verdad posible que busca prolongarse de una manera diferente en los otros y el mundo.

De allí, una vez más, la importancia de la experiencia. La vivencia, angustiante, dolorosa, de la verdad histórica que cada hombre encarna, reclama desde la incoherencia sentida con el mundo la exigencia de su transformación. Ésta es la dialéctica frente a la que nos ubica Rozitchner: un sentir real que, en su carácter de verdad histórica, lleva en sí el germen de su destrucción. Un malestar que señala la necesidad de dejar de ser lo que se es. Este movimiento nos ubica frente a dos caminos: la asunción activa de esa insatisfacción vivida o el ocultamiento, el refugio, en los agujeros negros de la imaginación. ¿Se escuchan los ecos de la categoría marxiana de “praxis revolucionaria”?

Para Rozitchner resulta impensable la praxis sin entender el malestar que produce la incoherencia vivida con el mundo. De allí surge la voluntad de transformar la realidad, aquella que el malestar señala como un obstáculo. Por eso es que el sentir y el pensar abstracto anestesian la verdad del sujeto y cancelan, por lo tanto, el movimiento de la praxis. La negación de la experiencia del cuerpo niega también la actividad humana mediante la que el hombre transforma la realidad histórica y se transforma a sí mismo. Detiene un estado de cosas en el tiempo. Decir que la praxis es el más alto grado de conciencia implica la afirmación de un doble ser consciente: por un lado, el de la conciencia y asunción activa del sentir, de la experiencia; por el otro, del reconocimiento de la necesidad de transformar el fondo histórico-económico sobre el que ese sentir se constituye. Es en la praxis, como dice Marx en la segunda de las Tesis sobre Feuerbach, donde el hombre demuestra la verdad, donde el hombre se descubre a sí mismo como el lugar de la elaboración de una verdad.

Hasta aquí el problema del sujeto. El tercero de los puntos que me propongo mencionar no se encuentra explícitamente relacionado con los anteriores. Me refiero al problema de la guerra que Rozitchner elabora a partir de su lectura de Clausewitz a comienzos de los años ochenta. El pensamiento de la guerra aparece en la filosofía de Rozitchner a partir de la necesidad de analizar la capacidad política de las propias fuerzas. ¿Por qué aparece este problema en este momento de su obra? Principalmente a partir de la necesidad de pensar las razones de la derrota política de los setenta, las razones que volvieron ineficaz la enorme contraviolencia de aquellos años. Rozitchner advierte la existencia de una radicalización abstracta en buena parte de la izquierda argentina. Abstracta en tanto incapaz de medir las propias fuerzas en relación con las del adversario, incapaz de analizar relaciones de fuerza, condenada, por sus propias fantasías, a dirigirse sacrificialmente hacia la muerte. Por eso Clausewitz: por que la lucha de clases no es una lucha, un duelo, sino una guerra. Y la guerra implica táctica, estrategia y análisis. El general prusiano aparece en la obra de Rozitchner como un extraño puente que vincula a Freud con Marx. ¿Qué de su enseñanza permite vincularlos? La relación que establece entre fuerzas populares y enfrentamiento armado.

Todo esto comienza, por así decirlo, a partir de la capacidad del general prusiano de hacer de su experiencia el camino hacia una teoría. Clausewitz había visto con sus propios ojos la abdicación prusiana frente a Napoleón. El ejército popular creado a partir de la Revolución Francesa había logrado vencer las capacidades de resistencia de las monarquías que hasta ese entonces parecían indestructibles. ¿Cuál era la ventaja que Napoleón había logrado capitalizar? La participación del pueblo, de su movilización radical, en la guerra. A partir de sus vivencias Clausewitz realizará posteriormente una teoría de la guerra en la que las masas ocuparán un rol fundamental en el combate. Su teoría fue olvidada durante años, hasta que Lenin y Mao la retomaron, convirtiéndolo en el teórico de la guerra de las revoluciones.

Hay una pregunta en la filosofía de Rozitchner que vincula a Clausewitz con los desarrollos freudianos y marxianos. O mejor dicho, hay un mismo problema que conduce a Rozitchner hacia estos autores: la pregunta por las condiciones de la eficacia política. ¿Bajo qué condiciones se torna eficaz una acción política? Allí aparece el problema de la subjetividad y el problema de la guerra, el problema de cómo lo subjetivo se prolonga en lo colectivo. El problema de la guerra es recuperado en los escritos freudianos a partir de una lectura del Edipo en la que, a diferencia de Lacan, Rozitchner resalta el papel del enfrentamiento y la resistencia. Pero no sólo eso: también en su lectura del mito de la horda primitiva y de la alianza fraterna es recuperada la imagen del enfrentamiento a muerte en relación con la figura del padre. Con respecto a Marx el enfrentamiento es evidente: la lucha de clases, la expropiación del contenido y la forma de la riqueza colectiva. Rozitchner recupera el pensamiento de Clausewitz –pensamiento anterior a Marx, anterior a Freud– para trabajar sobre el problema que vincula a ambos: el de la violencia y la dominación. Y todo eso a partir de la pregunta señalada: ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de la eficacia de una acción política que pueda poner la dominación en entredicho? ¿Bajo qué condiciones existe una contraviolencia eficaz?

Clausewitz, Marx y Freud, en la lectura de Rozitchner, nos ubican frente a la evidencia de que la guerra se encuentra siempre presente, aunque a veces encubierta. Aquí aparece la idea del enfrentamiento explícito como prolongación de la política estatal burguesa por otros medios. La paz política, la tregua –que hoy llamaríamos democracia–, aparece cuando el vencedor logra imponer sus leyes al vencido. Por eso dice Rozitchner que la tregua es “una transacción, y continúa ahora el conflicto por medio de la política, como si la violencia hubiera desaparecido ya y en su lugar imperara la ley, no del vencedor, sino de la justicia universal” (Rozitchner, 2015a: 143). ¿De qué conflicto nos habla Rozitchner? De la lucha de clases (por las dudas, vuelvo a aclarar: si las actuales costumbres, modas, o lo que fuera consideran anacrónico el uso de la noción de lucha de clases, habrá que preguntarles a los actuales administradores del lenguaje qué sociedades conocen donde los conflictos políticos fundamentales no sean aquellos que enfrentan a los poseedores de los medios de producción con los desposeídos que sobreviven a partir de la venta de su fuerza de trabajo). A partir de esta lectura que vincula la lucha de clases con la teoría de la guerra, Rozitchner problematizará a la democracia como tregua, pero valorándola estratégicamente y entendiéndola como algo deseable cuando la relación de fuerzas no da para una victoria en el enfrentamiento directo. La tregua, nos dice Rozitchner, es el único momento en el que puede cambiar la relación de fuerzas, ya que en el plano de la política democrática se pueden reagrupar fuerzas sin una lucha abierta. Pero esto sólo es posible si no se desconoce el fundamento violento sobre el que la tregua se funda.

¿Cómo se relaciona este problema con el de la eficacia política? Rozitchner dirá, siguiendo a Clausewitz, que la eficacia de las masas napoleónicas, que el poder de las fuerzas populares, se fundó en una concepción de la guerra desde la defensiva y no desde la ofensiva. Estas dos categorías (“defensiva” y “ofensiva”) serán fundamentales. La tregua se abre cuando la ofensiva del fuerte encuentra su límite en la defensiva del dominado. Hasta ahí llega el enfrentamiento, enfrentamiento que no tiene como finalidad la aniquilación del otro, sino su dominación. Por eso es que la defensiva, nos dice Rozitchner, es siempre la defensiva popular. La ofensiva represiva del Estado llega hasta donde las clases populares lo permiten. Quisiera insistir en este punto: León Rozitchner recurre a estas categorías para pensar las razones de la derrota política de la contraviolencia de los años setenta.

La teoría de la guerra de Clausewitz permite pensar que la defensiva popular es el verdadero fundamento de la eficacia de toda contraviolencia. Rozitchner dirá que buena parte de la izquierda pensó durante los años setenta a la lucha de clases con las categorías del duelo (dos adversarios enfrentados a muerte, el uno con el otro) y no con las de la guerra (donde se pone en juego el problema de la dominación y una “extraña trinidad” compuesta por las masas populares, el general militar y el Estado). En su libro Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política, el filósofo argentino escribe:

 

La concepción imaginaria de la guerra como duelo, individualista y abstracta, es la que sigue imperando pese a todo en nuestro inconsciente, no sólo en el militar sino también en el militante de izquierda. Es la misma que circulaba –pero ya no como fórmula inconsciente– en la concepción de la política y de la guerra en Perón. Es esa misma concepción la que estaba presente, como fue posible verlo, en el proyecto de la guerrilla en los Montoneros. Porque pese a tener como contenido fantaseado las fuerzas de la clase obrera, seguían aceptando y confirmando con sus categorías tanto políticas como militares la idea de la guerra como duelo: sin ejército popular real, sin dirección efectivamente política, sólo con jefes de guerra. No desde la defensiva estratégica sino desde la ofensiva. No desde los fundamentos materiales y morales de la nación, sino desde la movilidad de los grupos de acción. Sin retaguardia, sin suelo propio al cual retirarse, sin apoyo popular en el cual cobijarse y con el cual nutrirse, sin modelo humano que le sirviera de guía salvo ese que la burguesía represora y asesina le ofrecía en la figura de Perón. Por eso imperó sólo la destrucción simbólica del enemigo (Aramburu, Rucci, por ejemplo).

Las categorías que ordenan el campo político de quienes pretenden realizar una revolución no pueden apoyarse en las mismas categorías de acción que organizan la represión de la política oficial. Cada muerte que la izquierda produce, regulada aun por la fantasía lógica del duelo, se inscribe sólo en el campo simbólico de la “representación” de la guerra, porque ese simbolismo destructivo no tiene campo propio en el cual inscribir la realidad de lo que quiere significar: no destruye al sistema ni construye una opción. Y si adelanta alguna, sólo encuentra el campo ilusorio del cual por otra parte se partió. La burguesía fascista sí lo logra a su manera, porque cada asesinato suyo resta poder real, por medio del terror, a la fuerza popular que la izquierda quiere suscitar. Pero en la destrucción simbólica del poder por medio del asesinato la izquierda sólo actualiza, entonces sí, la violencia desatada y enloquecida del sistema, que encuentra la necesidad de emerger desnudamente con toda su saña asesina como terror generalizado, y ejerce entonces realmente en todos los ámbitos de la realidad su fuerza represiva. A ese poder real sólo cabe oponerle otro poder real, y no una fantasía peronista o socialista de poder: el trabajo lento y paciente de la creación de un poder que le sea adecuado. (Rozitchner, 1998: 156-157)

 

Aquí aparece la relación entre el problema de la guerra y los dos que anteriormente mencionados: el de la experiencia y el del sujeto como núcleo de verdad histórica. Toda política de izquierda, toda contraviolencia que se pretenda eficaz, debe organizar desde su propia experiencia nuevas categorías políticas, diferentes a las que la burguesía plantea. Otra concepción del juego democrático, otra concepción del enfrentamiento armado. Cuando se organiza la realidad con las categorías del enemigo no hay eficacia posible que pueda abrir un espacio nuevo en la experiencia política. El sujeto, dice Rozitchner, debe hacer ese tránsito a partir de su encuentro con los otros, debe asumirse a sí mismo como el lugar de elaboración de una verdad posible, y así romper con aquello a lo que el orden social lo relega. La contradicción entre lo que se es y lo que se quiere dejar de ser debe romper con las fantasías que alejan a las prácticas políticas de la realidad material.

La teoría de la guerra, nos dice Rozitchner, es un modelo de ciencia social. La teoría de la guerra exige otro nivel de rigurosidad: aquí no se puede pensar impunemente sin consecuencias. Implica otro tipo de exigencia. El combate se verifica en la batalla, y allí la derrota es la muerte. Este modelo es doblemente indisociable de la experiencia. En primer lugar porque no es una teoría que pretenda hablar desde una supuesta exterioridad, sino que se encuentra sumergida en el combate mismo, calculando efectos, analizando estrategias, enfrentando adversarios. Pero también porque la producción misma de la teoría resulta indisociable de un sujeto que busca prolongarse en un lenguaje como medio para producir aquella verdad que el malestar le señala como posible. Aquí la teoría aparece como un camino hacia la praxis, y la praxis viene desde y va hacia la experiencia.

Hasta aquí llega lo que me había propuesto. Quise señalar tres elementos de la filosofía de Rozitchner que nos hablan de su actualidad. O mejor dicho: que nos hablan de la necesidad de su actualización en el presente. Sus palabras nos ayudan a ventilar esta época asfixiada por la exégesis y el comentario. ¿Cómo (y desde dónde) criticar en la actualidad? La respuesta Rozitchner no pretende ser exhaustiva ni exclusiva. Pretende señalar algunos puntos, algunos caminos que nos permitan encontrar aquella voz que nos anda faltando.

 

 

Bibliografía citada

 

Marx, K. (1973). “Tesis sobre Feuerbach”, en La ideología alemana. Buenos Aires: Pueblos Unidos.

Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción. Buenos Aires: Planeta.

Rozitchner, L. (1998). Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política.  Capital Federal: Catálogos.

Rozitchner, L. (2012).  Filosofía y emancipación: Simón Rodríguez, el triunfo del fracaso ejemplar.  Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

Rozitchner, L. (2013).  Freud y los límites del individualismo burgués.  Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

Rozitchner, L. (2015a).  Escritos psicoanalíticos.  Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

Rozitchner, L. (2015b). Escritos políticos. Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

Rozitchner, L. (2015c). Marx y la infancia. Buenos Aires: Biblioteca Nacional.

[1] La pregunta por el tránsito es en la filosofía de Rozitchner tan importante como la pregunta por la experiencia. Son, de hecho, problemas inescindibles. Por una cuestión de extensión me limitaré a la problemática de la experiencia, dejando el desarrollo de la pregunta por el tránsito para otra ocasión.

Debate Agustín Tosco y José Rucci, año 1973

Entrevista televisiva realizada al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci y al dirigente gremial clasista, Agustín Tosco. Sucedió el martes 13/02/73, en el programa «Las dos campanas», por los entonces periodistas Gerardo Sofovich y J. Conti en Canal 11.
GERARDO SOFOVICH: Antes de entrar de lleno en el debate quiero rendir un homenaje a la coherencia de los dos entrevistados. Tanto el señor José Ignacio Rucci como el señor Agustín Tosco no perdieron la oportunidad de aceptar públicamente este desafío de enfrentarse, dialogando uno con el otro, y eso no se da en la vida pública argentina muy comúnmente.
Rucci, ¿las diferencias que tiene con Tosco son un problema de tipo ideológico, de tipo personal, o ambas cosas a la vez?

RUCCI: Quiero aclarar que cuando se trata de debatir los grandes problemas del movimiento obrero, de ninguna manera deben privar los problemas de tipo personal. Quiero decir que este aspecto queda perfectamente aclarado. La diferencia está en la forma de encarar el movimiento obrero en su conducción orgánica. Yo sostengo que el movimiento obrero sindicalmente organizado se encuentra en la Central Obrera y que las delegaciones regionales de todo el país deben a la Central Obrera todas aquellas exigencias que le imponen los estatutos. En consecuencia, creo que el compañero Tosco no está dentro de estos requisitos que, por supuesto, no son míos sino de los congresos nacionales de la entidad madre, es decir, la CGT.
 
—Señor Tosco, ¿qué puede decir al respecto?
 
TOSCO: Nosotros conceptuamos al movimiento obrero como una práctica eminentemente democrática, como una democracia que surge de las bases. Sostenemos que todo compañero que es representante de una organización obrera debe mirar más hacia las bases que hacia la cúspide. Más hacia el contenido de lo que reclaman los trabajadores, los sectores populares, que a las formalidades. Por otra parte, hemos dejado bien en claro, siempre, que la CGT de Córdoba está dentro de la CGT nacional. No pretendemos ni como CGT de Córdoba, ni como Movimiento Nacional Intersindical, ni como Sindicato de Luz y Fuerza, constituir un ente paralelo a la CGT. Lo que sí reivindicamos es nuestro derecho a la crítica, nuestro derecho a ir contra el burocratismo, nuestro derecho a que surja desde las bases, ya sea desde la Capital Federal o desde el interior, el mandato a que nosotros nos debemos. Si los trabajadores de Córdoba luchan, si los compañeros, por los problemas que padecen, exigen plenarios de gremios confederados, nosotros ¿qué decidimos?, pues ir a la lucha y realizar los plenarios confederados; todo por la defensa de la clase trabajadora. Y eso es lo principal, y no estar al margen de la Central Obrera, sino tener una Central Obrera similar a la CGT de Córdoba. Y eso es lo que nos guía a nosotros.

—¿Acaso José Rucci no fue elegido casi por unanimidad en el seno de un Congreso de la CGT?

T: Nosotros hemos cuestionado permanentemente una práctica en las organizaciones sindicales que no permite la expresión auténtica de los trabajadores. Hay sobrados ejemplos: uno clásico, como es el de la Unión Ferroviaria. De ahí que seguimos insistiendo en que el mandato de las bases no se da en los congresos de la CGT, sino en las bases mismas, que es donde actuamos y donde no hemos observado que la mayoría de los dirigentes que están en la CGT realicen esa práctica.

—Rucci, creo que la posición de Tosco es bastante clara.

R: Sí, clara pero no compartida. Porque se supone que cualquier institución de bien público, en este caso la CGT, tiene que regir su cometido a través de cartas orgánicas que son legisladas precisamente por los representantes de los trabajadores. En consecuencia, esa expresión, que puede causar mucho efecto, de consulta a las bases, es una expresión que no cabe dentro de un movimiento sindicalmente organizado porque la CGT tiene secretario, un Consejo Directivo y un Comité Central Confederal.

—Concretamente, ¿usted está contra las bases o no?

R: El Comité Central Confederal es el conducto hacia las bases y, cuando la Central Obrera toma una resolución, no es que la toma Rucci ni el Consejo Directivo, sino que es la resultante de las resoluciones que toma el Comité Central Confederal integrado por todas las organizaciones sindicales del país.

—Sin embargo, el señor Tosco acusa a la CGT de no escuchar las críticas.

R: ¿Y a usted le parece que la CGT no es criticada? La CGT es un organismo que tiene setenta y cinco delegaciones regionales en el interior del país. Desde que yo he sido el secretario general he sido el que más ha convocado plenarios de las delegaciones regionales del interior. Jamás el compañero Tosco se hizo presente una sola vez en la CGT para debatir este tipo de problemas con sus pares.

—¿Ustedes lo han invitado?

R: Por supuesto. Todas las regionales deben concurrir a la CGT cuando son convocadas. Yo, honestamente, todavía no he visto al compañero Tosco participar de un debate de los delegados regionales del interior del país frente al Consejo Directivo.

—¿Por qué se abstiene usted de participar en esos debates?

T: Porque nosotros respondemos a las decisiones de las bases y de los cuerpos orgánicos. Los que deciden quiénes deben concurrir al plenario de delegaciones regionales son los compañeros cordobeses, y a mí no me han designado hasta el presente, sino que han designado a otros compañeros. Si me designaran, vendría.

—El señor Rucci señaló recién la verticalidad de la estructura de la CGT, pero la sospecha de que esa verticalidad es burocrática se alimentó en muchos sectores ante la idea de que las grandes movilizaciones populares, incluyendo los episodios de Córdoba y Mendoza, no surgieron de una decisión orgánica de la CGT ni sindical.

R: ¿Me permite que lo corrija? Lo de Mendoza no es exacto porque contó con el aval, el apoyo, de la Central Obrera.

—Según mi conocimiento, es un aval a posteriori o cuando la gente ya estaba en la calle. El Sr. Fiorentini, de la CGT de Mendoza, consultó por teléfono.

R: Exacto.

—Y el episodio de Córdoba fue previo a una decisión de la CGT. La impresión de mucha gente es que en la CGT no se puede resolver una movilización ni pararla. Entonces surge la pregunta de ¿cuál es la estructura vertical?

R: No es exacto. La CGT en estos momentos está en condiciones de paralizar el país si su estrategia, dentro del concierto político que está viviendo el país, así lo señalara.

—¿En la época de Onganía también estaba en condiciones?

R: En la época de Onganía yo no era el secretario de la CGT. Era un humilde dirigente de quinta categoría.

—Si se obligara a que el Frejuli no se presentara a elecciones, si fuera proscripto, ¿la CGT podría paralizar el país en horas?

R: Si el gobierno adoptara un hecho de esa naturaleza, indudablemente se plantearían en el país situaciones sumamente serias y graves. Y frente a esto, yo no creo que ningún argentino pueda marginarse de expresarse dentro de los medios que considerare más oportunos.

—Y usted, Tosco, ¿qué haría en ese caso?

T: Sería consecuente como siempre, con la lucha de la clase obrera y el pueblo. Siempre, y particularmente desde el 28 de junio de 1966, del golpazo de la dictadura de Onganía, hemos luchado por la libre expresión política de la clase obrera y del pueblo. Nosotros hemos luchado y hemos señalado desde el primer momento que reivindicaremos el derecho político de los argentinos, general y no corporativo y fascista, como pretendía Onganía, de expresarse. Nosotros reivindicamos los plenos derechos democráticos en los que están incluidos el general Perón y el Frejuli, y en los que deberían estar incluidos aquellos que también están proscriptos de esta elección tramposa, amañada, fabricada por la dictadura.

—¿Al Partido Comunista se refiere usted?

T: Al Partido Comunista y a todos aquellos argentinos que estén proscriptos por las leyes y el Estatuto de los Partidos Políticos. Nosotros no hacemos diferencia de ningún tipo.

—Y ya que la elección es fraudulenta, como ha declarado, ¿usted piensa que hay que ir a la abstención?

T: Hay distintos caminos, y nosotros no hacemos de esta elección una cuestión de vida o muerte. Creemos en la lucha del pueblo, que está más allá de un día en que se pone una boleta. Yo no planteo una abstención, incluso he dicho que respeto a todos aquellos que desde dentro del proceso plantean un cambio a fondo, una transformación revolucionaria de este sistema. De allí que de una u otra manera nosotros siempre –tanto como contra los cinco puntos de la cúspide militar como contra la proscripción del Frejuli o la de los compañeros peronistas– hemos de luchar y estamos dispuestos a luchar y vamos a promover la lucha. Esperamos que otros, que en general sostienen esos mismos criterios, también lo lleven a la práctica. Seríamos nada más que consecuentes con nuestra práctica.

—Tosco, usted ha formulado declaraciones en las que expresó su apoyo a la fórmula del Frejuli en el ámbito provincial. ¿Cuál es su posición frente a la fórmula del peronismo en el ámbito nacional?

T: Nosotros damos nuestra identificación –y la doy personalmente– con la fórmula “Obregón Cano – López”, porque queremos ser consecuentes con una línea de unidad combativa que ha sido práctica en la CGT, de la cual es secretario general el compañero Atilio López; del peronismo y del sector combativo, como también de otros sectores de izquierda. De ahí que no podríamos reflejar en este proceso electoral otra actitud que nuestra propia práctica, identidad y objetivos sancionados en el Plenario de Gremios Confederados de la CGT de Córdoba. En cuanto al orden nacional, no tenemos el mismo concepto por la propia composición del Frejuli, por la presencia de Solano Lima, por lo que significa Frondizi, su Conintes, su entrega del petróleo. Y aún en este momento debatimos con nuestros compañeros cuál ha de ser esa actitud, pero tenga la seguridad de que ella ha de ser consecuente con nuestra trayectoria de unidad combativa, de unidad de todas las fuerzas democráticas, populares, revolucionarias y antiimperialistas de la Argentina.

—Cabe preguntarle lo mismo a Rucci, es decir, que haga una definición concreta acerca del Frente.

R: Yo voy a recoger la misma pregunta y si me permite daré la respuesta de un militante peronista y de un trabajador. Nosotros los peronistas apoyamos un programa, al que lo sostiene el Frente Justicialista de Liberación. Ese es el programa que nace de un movimiento, que es el Movimiento Peronista, y nosotros no podemos admitir como valedero que esa filosofía solamente sea sostenida por determinados candidatos, cualesquiera sean sus matices; tendrán que cumplirlo porque el pueblo así se lo va a exigir. Otro tipo de planteo con respecto al Frente constituiría un factor de perturbación al proceso que va a enfrentar ese sector político.

—Usted ha acusado a Tosco públicamente y en repetidas oportunidades de ser antiperonista. ¿Insiste en esa acusación?
 
R: Insisto.

—¿Y Tosco se considera antiperonista?

T: Nosotros creemos que hay sugestivos motivos por los cuales se quiere dividir al país en peronistas y antiperonistas. Con el mismo derecho nosotros señalamos que la división que debe hacerse no es así, sino entre quienes están consecuentemente con la lucha del pueblo y quienes están con la entrega.

—Pero eso ya lo dijo Perón.
 
T: Yo no soy antiperonista, siento un gran afecto por muchos compañeros peronistas, convivo con ellos y lucho con ellos. Y a su vez, en perspectiva, pretendo esa unidad combativa con los compañeros peronistas, con las fuerzas de izquierda y revolucionarias. Eso no está aquí, pero sí en la CGT de Córdoba, y creemos que en el plano político en general, por eso no nos detenemos en el 11 de marzo, porque la historia está más allá de esa fecha y se construirá con todos los que hemos luchado juntos: peronistas y no peronistas, radicales, marxistas, cristianos, ateos, comunistas; se construirá de esta manera como se está construyendo en Latinoamérica, pero no con alianzas que evidentemente le dan un carácter espurio a ese programa.

—Correcto, Tosco, pero usted se escapa un poco. Hace muy poco tiempo dijo: “Si nos proclamamos socialistas no podemos tener un líder como Perón”. Quiere decir que usted está marginado totalmente y al decir que siendo socialista no puede tener un líder como Perón, está del otro lado.
 
T: Si yo le hablo de que debemos constituir una unidad combativa, la unidad popular, los líderes serán todos aquellos que la…

—A usted le gusta mucho hablar de “unidad popular”…

T: Sí, me gusta, y apoyo al gobierno de la Unidad Popular que transita hacia el socialismo en la hermana República de Chile. Y a todos los movimientos de latinoamericanos que levantan el socialismo, incluida Cuba.

—¿Y no tiene miedo a cierto tipo de ententes que han hecho durante mucho tiempo los frentes populares, como por ejemplo la Unión Democrática en 1945?

T: Bueno, usted le da ese nombre de “frente popular” a la Unión Democrática, no soy yo quien se lo está dando. Por otra parte, la historia está llena, en todos lados, de imperfecciones, y el propio pueblo va superando esas imperfecciones y va a construir la unidad popular (se llame así o no se llame así) de nuestro pueblo, para liberarnos de la explotación de la oligarquía y de las clases dominantes y del imperialismo. En eso tengo fe, para eso trabajo, con la perspectiva histórica en que está planteada en Argentina y en Latinoamérica.

—Hace un momento Rucci dijo que si se llegara a declarar o sacar del ámbito político al Frejuli, se movilizaría la CGT.

R: No dije tal cosa.

—Pero dio a entender que se llamaría a la lucha. ¿Por qué, si la CGT se declara peronista, no se movilizó cuando se lo proscribió a Perón?

R: Es muy difícil poder aceptar para quien no es peronista la estrategia que tiene el peronismo dentro de los problemas políticos que se debaten en el país. Porque el peronismo no es un partido político, es un movimiento que, como lo dijo el compañero Tosco, tiene un líder, tiene mentalidad revolucionaria y si se encaja como partido político es para enfrentar la batalla dentro de un proceso y asumir el poder. Lo que implica que cuando se entra en este juego, se hace lo que conviene por la sencilla razón de que una actitud emotiva, o una actitud justificada, puede ser el factor o elemento que perturbe esa estrategia y no se logre el objetivo.

—¿Qué es la revolución para usted, Rucci?

R: La revolución es la que se plasmó en 1946 cuando el peronismo, prácticamente por sus votos, barrió la alianza nefasta de la Unión Democrática.

—Pero con eso no la define…
 
R: Bueno la revolución es… Es decir, la revolución, mejor dicho una revolución, creo que no es ninguna novedad saber lo que es una revolución… Una revolución puede ser cruenta o incruenta. La revolución es provocar el gran cambio que entierre esta estructura que somete a los pueblos; estructuras que someten a los trabajadores y que colocan al país en el terreno de la dependencia. Revolución es liberación; la forma de encarar la revolución, la forma de llevarla y concretarla, eso depende…

—¿Pero si usted dice que la propiedad de los medios de producción debe ser de los particulares, del Estado o del…?

R: No. La revolución que sostenemos los peronistas no es la revolución de decir aquello que tenés vos es mío y vos hoy no tenés nada. Es decir, acá no se trata de apropiar nada. Acá la revolución tiene que tener como objetivo fundamental el respeto a la dignidad humana. Punto segundo: que el capital cumpla una función social y se integre a las necesidades del país.

—¿Usted entiende que en los países socialistas no hay respeto por la dignidad humana?

R: Si usted me dice que Rusia es un país socialista yo le digo que es uno de los pocos países, quizá el único en el mundo, donde el sindicalismo no existe. No hay libertad sindical sino que los dirigentes son funcionarios del gobierno, lo que implica…

—Le estoy hablando de Cuba, Rucci.

R: Bueno, yo diría que el fenómeno de Cuba es la lógica consecuencia que se plantea en el momento en que vivimos.

—Concretamente, sin tantas palabras…

R: Soy un admirador de la revolución cubana.

—¿Adoptaría ese tipo de salida para la Argentina?

R: Yo apoyaría toda revolución destinada a la liberación del pueblo.

Entonces, ¿cómo tendría que ser la liberación del pueblo en un futuro inmediato?

R: La liberación del pueblo en un futuro inmediato se puede dar a través del proceso que el Movimiento Peronista ha optado: las elecciones. Lo que no implica de manera alguna que ése sea el único hecho idóneo para una revolución. Optamos por el camino incruento. Hay un proceso que se gesta en el mundo que nada ni nadie podrá detener.

—¿Todos los sindicalistas optan por ese camino, o hay otros que están buscando la conspiración para entenderse con un sector militar?

R: En este aspecto creo que lo fundamental para mí, por lo menos como secretario general de la CGT, es mantener la vida orgánica, y si algún dirigente ilusoriamente cree que él o algunos más pueden torcer este proceso en el cual está empeñado el movimiento obrero, se equivoca.

—¿Por la vía orgánica de la CGT se puede acceder al poder?

R: Nosotros entendemos que el movimiento obrero debe participar en el gobierno.

—¿Pero no se plantea nunca la toma del poder?

R: Escúcheme, permítame, puede ser a través de las elecciones. En 1946 se concretó a través de las elecciones.

—Tosco, ¿por qué cuando estuvo detenido rechazó los pedidos de libertad que se hacían por parte de la CGT? ¿Porque los hacía Rucci?

T: No. Nosotros no aceptamos el pedido de libertad sino que reclamábamos la libertad de todos los compañeros presos, políticos, gremiales y estudiantiles, entre los cuales me encontraba yo. Y porque nosotros, en este momento, no le pedimos a la dictadura la libertad de los presos sino que luchamos. El paro que hemos hecho en la CGT de Córdoba; nuestros pronunciamientos categóricos donde exigimos la libertad de todos los compañeros presos, políticos, gremiales y estudiantiles, son elocuentes…

—Pero Rucci, como máximo dirigente de la CGT, tenía la obligación de pedir por su libertad.

T: Yo creo que la obligación que tenía Rucci era la de luchar por nuestra libertad, no la de pedirla…

—¿Por qué Rucci no luchó por la libertad de Tosco?

R: Yo quiero aclarar que también he sido tirado a las mazmorras de las cárceles, yo también he sido tirado a la bodega de un barco. En aquella oportunidad el compañero Tosco era dirigente y yo no creo que haya hecho nada, tampoco por la libertad de los presos que estábamos en aquella época, en 1955 y 1956.

—¿Qué dice Tosco a eso?
 
T: Yo tengo el honor de decir que jamás decliné la realización de un paro y siempre estuve adelante, impulsando la lucha por la libertad de los presos. Y en aquel momento evidentemente estábamos en la lucha y no tal vez con el conocimiento que hoy tiene la gente de nuestra actitud, pero sí permanentemente estuvimos en la lucha.

—Es decir que usted nunca ha claudicado...

T: Yo creo que tengo, como el común de la gente, errores e imperfecciones. Conscientemente jamás lo haré.

—¿Usted, Rucci, se siente claudicante?

R: Yo nunca he claudicado. No hay razones ni motivos para claudicar. Porque en este momento en que se plantean tantos problemas al país, sería muy cómodo irme de la CGT, pero asumo la responsabilidad y he tenido el gran honor de que los trabajadores me hayan colocado al frente de la CGT. Y ahí voy a estar.

—¿Usted tiene algo que ver con esa famosa frase que se le adjudica de que Tosco es “el dirigente de la triste figura”? Ocurre que estamos portándonos como chicos buenos de colegio, cuando en realidad ustedes se han enfrentado con unas solicitadas tremendas. Además, usted dijo, Rucci, que en el movimiento peronista había “infiltrados asquerosos bolches”, aludiendo directamente a Tosco y otros dirigentes…

R: No… No… Yo puedo haber dicho eso, pero de ninguna manera ese tipo de calificativos o agravios pueden haber sido dirigidos a determinadas personas del movimiento… Está dirigido este calificativo a quienes solapadamente se esconden detrás de un bombo o se infiltran en el movimiento peronista, gente que nada tiene que ver con el movimiento obrero. Me parece que he sido claro porque en ningún momento he mencionado nombres, por lo menos con ese tipo de agravios.

—¿Qué es infiltrarse en el movimiento obrero? ¿Qué haya gente que no piensa como usted?

R: No… De ninguna manera. El compañero Tosco ha dicho una cosa con la que yo estoy completamente de acuerdo: “El peronismo no es sectario”. Incluso el Partido Comunista, en la época de Perón, tenía personería jurídica y votaba.

—Si es así, ¿por qué usted los trata como “asquerosos bolches”?
 
R: Porque todo aquel que atenta contra la unidad orgánica del movimiento obrero, que no es un invento de Rucci, ni un invento de Tosco, sino un invento de los trabajadores, a través de sus cuerpos orgánicos, que se han organizado y tienen una central obrera. De este modo quienes atenten contra esa unidad con slogans que nada tienen que ver con los trabajadores son infiltrados.

—Usted, Tosco, ¿atenta contra la unidad del movimiento obrero?

T: ¿Cómo? ¿De qué forma atento? Como directivos de la CGT nosotros acatamos resoluciones de los cuerpos orgánicos. Y cuando estamos en la lucha siempre hemos cumplido. La CGT de Córdoba jamás dejó de cumplir un paro… Rucci no es el dueño de la CGT. No hay máxima autoridad para nosotros. Sólo hay cuerpos orgánicos democráticamente constituidos y todas las resoluciones se dan en ese carácter, que es lo único que respetamos. Córdoba jamás ha dejado de cumplir un paro, ha hecho muchos más paros que la CGT. Porque la CGT nacional se ha limitado a una serie de paros, y nosotros creemos que se puede ir mucho más allá, como lo hemos probado.
 
—Tosco, ¿me permite? Nosotros creemos que Córdoba es un caso atípico dentro del movimiento obrero del país. Con todo, es posible que para la unidad del movimiento obrero, con una sutura de las 62 Organizaciones, se consiga una unidad que englobe a no peronistas como usted y peronistas como Rucci. ¿Puede funcionar en la práctica?

T: Córdoba no es una isla, ni está fuera del país ni del mundo. Creemos que con buena voluntad, con comprensión, con espíritu de lucha, se puede llegar a una unidad. Córdoba no es una isla y el “Cordobazo”, al contrario, expresa la avanzada de las luchas obreras y populares argentinas que luego se dieron en Tucumán, Rosario, Malargüe, Trelew… es porque tiene ese papel, y detrás de esto –no con un sentido de subordinación sino como expresión de un proceso histórico– se va dando la lucha de todo el movimiento obrero y se va a dar en el orden nacional.

—Para usted, Rucci, ¿la CGT de Córdoba es una isla dentro del movimiento obrero?

R: Yo no diría eso. Pero la CGT de Córdoba tiene una característica muy particular. Yo soy un ferviente defensor del movimiento obrero, del debido respeto a los cuerpos orgánicos que han elegido los congresos. He dicho hace un rato que hay setenta y pico de delegaciones regionales en todo el país. Todas cumplen y consultan a la Central Obrera para tomar cualquier determinación. La única CGT y los únicos dirigentes que no han consultado jamás para tomar actitudes son los de la CGT de Córdoba. Si lo hubieran hecho, como lo hizo Mendoza, que consultó y la CGT de inmediato se puso del lado de los trabajadores de Mendoza e intervino en el conflicto e hizo todo el aporte necesario para…

—¿Le parece que era necesario que consultara, cuando la gente ya estaba en la calle?

R: ¿Cómo cuando la gente estaba en la calle? Sí, la gente de Mendoza estaba en la calle, pero el compañero Fiorentino inmediatamente se comunicó con la CGT para decir la actitud de la gente y…

—¿Para pedir permiso? ¿No será que la CGT de Córdoba es rebelde? ¿No tendrá motivos?

R: Yo no diría que es rebelde. Más bien diría, como lo señala el compañero Tosco, que su forma de conducir al movimiento no es la misma que nosotros queremos imponer a las otras delegaciones del interior del país. A pesar de que se dice lo contrario, cuando se habla de unidad, no se conciben dos centrales obreras, y nadie puede admitirlo, aunque los hechos y la forma como se llevan a cabo ciertas actitudes están demostrando que realmente quieren dos centrales obreras.

—¿No es una acusación un poco corporativista?

R: No. Es el resultado de normas que fueron legisladas por los congresos nacionales de la CGT. En el supuesto caso de que no sean útiles, será un congreso el que reformará, pero hasta el momento, ése es el estatuto de la Central Obrera y como dirigentes disciplinados a ese estatuto nos debemos ajustar.

—Esa rebeldía de la CGT-Córdoba, ¿a qué se debe? ¿A la directiva de Rucci o a un problema del Consejo Directivo?

T: A que la CGT-Córdoba interpreta el mandato de las bases. A que está ligada a las aspiraciones de los trabajadores. Quieren luchar y la CGT-Córdoba lleva a la práctica esa lucha, cosa que no hace la CGT nacional.

—Aquí Rucci quiere aclarar algo…

R: La CGT cumple estrictamente con el mandato de los trabajadores. Acá nadie puede sentirse, menos en el caso de dirigentes como el compañero Tosco, dirigente auténtico, que responde a las bases, porque el Comité Central Confederal es el genuino cuerpo que está ligado a las bases integrado por los secretarios generales de todo el país, incluso por el secretario general de su gremio, Luz y Fuerza.
 
—¿La CGT es un factor de poder, Tosco?

T: Está encuadrada en el concepto de defensa del sistema. Para nosotros, el movimiento obrero y la CGT deben ser una palanca para transformaciones revolucionarias en esta sociedad capitalista.

—¿Rucci, entonces, está defendiendo el sistema?

T: Si entiende que es un factor de poder, la coloca dentro del sistema.

R: Cuando a un hombre dice lo que yo he dicho en el reportaje en Nueva Plana y en la revista Mayoría, indudablemente parece que estamos muy lejos de estar defendiendo el sistema.

—En esos reportajes, Rucci, usted dijo, hablando de la Juventud Peronista, que en ciertos aspectos tiene razón. ¿Qué quiere significar con eso? ¿En qué falla la JP? ¿Es una actitud paternalista, de poner la mano en el hombro…?

R: Eso de poner la mano en el hombro es un juicio suyo. El sentido de lo que dije es otro. La Juventud Peronista hace críticas a determinados dirigentes gremiales, yo me animo a admitir que ciertas críticas son valederas cuando digo que en cierta forma tienen razones.

—¿Se hace una autocrítica?

R: No en este momento, dije que soy consciente de mis responsabilidades y las he asumido íntegramente. Y me consta que mis actitudes pueden ofrecer conceptos contrarios a la honestidad y lealtad de los trabajadores.

—¿La Juventud Peronista lo apoya, Rucci?

R: Soy muy amigo de infinidad de compañeros de la Juventud Peronista…

—Cuando Tosco estuvo en la cárcel, dio a conocer a la opinión pública una serie de críticas a su persona. Usted trató de lograr un pedido de amnistía. ¿Debe interpretarse esa actitud suya como demagógica?

R: Quiero aclarar que me siento un hombre con dignidad. Y que merecen mi mayor respeto aquellos que caen presos aun por un ideal que yo no comparto. El compañero Tosco, a pesar de estar en la cárcel, podía criticar todos los días en la prensa al secretario general de la CGT. Y permanecí mudo. Recién cuando el compañero Tosco salió en libertad, en igualdad de condiciones, entonces, yo recién dije lo que era mi verdad.

—¿El sistema lo defendía a él mandándolo preso?

R: Yo no he dicho que el sistema lo defendía mandándolo preso. Pero fíjese que resulta sospechoso que cuando un hombre está detenido tenga la facilidad de dar comunicados a la prensa y la prensa de publicárselos. Yo no voy a decir que está en el sistema, pero sí que con esos comunicados estaba sirviendo al sistema, porque esos comunicados atentaban contra la unidad de la CGT.

—Pero usted, ¿está en contra o a favor del sistema?

R: Soy un peronista con una postura bastante conocida y definida. No cabe ese tipo de preguntas, no tienen sentido. No estoy con el sistema, ni comparto el sistema.

—Aquí Tosco quiere aclarar.

T: No es tal el silencio en cuanto a que nosotros estábamos presos. Aquí tengo yo una carpeta firmada por el Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba y la Federación Gráfica Bonaerense donde refuta los conceptos de Rucci y en la cual acusa al compañero Raimundo Ongaro de ser “trosko” y de que yo estaba en la cárcel como medio de promocionarme. Esto, además de injusto, es arbitrario. Las pocas cartas que sacamos de la prisión eran transmitidas en los locutorios por nuestros abogados, que las sacaban en sus portafolios que son inviolables. Y me significaron nueve sanciones, tanto en Devoto como en Rawson. Incluso, una vez, no pude ver a mis familiares porque estaba sancionado. Este documento pueden requerirlo al Servicio Penitenciario. Sin embargo, nuestra actitud fue, aun desde la cárcel, seguir defendiendo nuestras posiciones, y si teníamos que hacer acusaciones o críticas sobre la CGT también las hacíamos, o al imperialismo, o a la dictadura, a todos esos factores que hacen a la situación actual de dependencia, de opresión, de explotación de nuestro pueblo y a nuestra patria.

—Rucci, ¿por qué los trabajadores no peronistas deben soportar que sus gremios estén adheridos a las 62 Organizaciones, un nucleamiento partidario?

R: Es que no es un nucleamiento partidario. ¿Quién le dijo eso?

—Es el brazo gremial del movimiento peronista…

R: Las 62 Organizaciones mantienen una filosofía que se plasma dentro del movimiento peronista. No se cierran dentro de un esquema partidario.

—¿Qué opina de las 62 Organizaciones, Tosco?

T: Es un nucleamiento sindical que levanta las banderas del peronismo. No pertenezco a él. Levanto yo las del Movimiento Nacional Intersindical.

—¿Qué ideología tiene ese nucleamiento?

T: El MNI es socialista, levanta la bandera de la liberación nacional y social.

—¿A través del marxismo?

T: Yo tengo raíz marxista. Pero el socialismo, en la Argentina, tiene una raíz heterogénea. Hay compañeros que levantan desde el peronismo al socialismo. Y, evidentemente esos compañeros peronistas van asumiendo el socialismo en unidad con los demás sectores.

—¿Sostiene la lucha de clases el MNI?

T: Más que sostener, interpreta un hecho histórico que es la lucha de clases.

—¿El peronismo plantea la lucha de clases?

R: Plantea la unidad de todos los sectores… No plantea la lucha de clases. Bien lo ha dicho el general Perón cuando estuvo acá. Esta no es una cuestión de partidos políticos sino que ésta es una cuestión programática nacional en la cual tienen participación todos los que estén dentro de esta filosofía en lo que respecta al socialismo. El peronismo no es un movimiento estático. Evoluciona, y dentro de esta evolución da lugar a un proceso que va a terminar en el socialismo nacional.

—¿Podría definirlo?

R: El socialismo tiene, en distintos países del mundo, diversos matices. El socialismo que yo planteo es una integración de una sociedad donde, por sobre los sectores o grupos, prive el respeto a la dignidad y priven también los fundamentos en que está basada nuestra sociedad.

T: Nosotros queremos rescatar los medios de producción y de cambio que están en las manos de los consorcios capitalistas, de los monopolios, para el pueblo. Socializarlos y ponerlos al servicio del pueblo. Deben desaparecer las clases y debe existir una clase, la de quienes trabajan. Y no como ahora, que existe la de los explotados y la de los explotadores.

R: Eso no es socialismo…

—¿Le tiene mucho miedo al marxismo, Rucci?

R: No, no le tengo miedo. Pero considero que el marxismo ya no tiene más vigencia en el mundo.

—¿No cree que el marxismo puede ser un aporte para el peronismo?

R: El peronismo puede tener aporte de todas las ideologías, siempre y cuando encajen dentro de la filosofía que plantea el peronismo.

—¿Cuál es la tarea concreta del secretario general de todos los trabajadores?

R: El dirigente gremial que se limita a plantear reivindicaciones sociales es un mentiroso. Las reivindicaciones sociales son la resultante de la justicia social. Y únicamente para lograr la justicia social hay que asumir el poder. El dirigente gremial tiene que estar perfectamente esclarecido. El planteo que se formula en este momento es asumir el poder. Integrados todos aquellos que se dispongan a defender los intereses de la nación, sean peronistas o no.

—¿Usted cree, como Tosco, que existen explotados y explotadores?

R: Existen explotados y explotadores. Y nosotros tenemos que plantear la cuestión para que desaparezcan los explotados y los explotadores dentro de una sociedad integrada, cada uno con sus obligaciones y sus derechos, pero jamás como está ocurriendo en este momento. Un millón y pico de trabajadores prácticamente sin la posibilidad de llevar sus salarios a sus casas… Todo eso es el resultante, no –como muchos suponen– de la actitud de la CGT; esto tiene origen en un sistema que, aunque muchos dicen que lo combaten, se complican con el sistema, combatiendo a la Central Obrera. Nosotros estamos en la lucha por la asunción del poder. Hemos optado, como hombres del peronismo, por el camino de las elecciones. Pero ahí no termina.

—¿Usted identifica el concepto de explotados y explotadores con el sistema capitalista?

R: En este momento se plantea una cuestión de dependencia. Y no solamente la presencia de monopolios en nuestro país, sino de argentinos cipayos que se ofrecen a esos monopolios. Lo primero que hay que plantear cuando el gobierno asuma el poder es la defenestración de todos aquellos capitales que no están al servicio de la Nación y que no se integran dentro de la comunidad. Como hay industriales mercenarios que se ofrecen con generosidad a los capitales extranjeros, también hay industriales que son argentinos y tanto o más nacionalistas que nosotros.
 
—¿Cuál es su opinión, Tosco?

T: El movimiento obrero no puede menos que plantearse, en esta etapa, los grandes problemas que surgen de la dependencia. La liquidación del dominio imperialista en nuestro país sobre la base de medidas concretas y, al mismo tiempo, en estrecha solidaridad con los movimientos de liberación, como en el caso del gran triunfo del pueblo vietnamita y la lucha de los pueblos de África y Asia, que también levantan estas banderas de independencia. Quien se queda en los estrechos márgenes del economicismo del movimiento obrero que demanda solamente aumentos de salarios va a ser permanentemente un apéndice del sistema, pero ésas son banderas que se levantan desde hace mucho tiempo en el movimiento obrero. Por otra parte, le diré que donde hay un asalariado y hay un capitalista, hay explotados y explotadores. Lo que no quiere decir que en el proceso de liberación nacional y social, no haya etapas que debemos cubrir en alianza con aquellos sectores de la pequeña y la mediana burguesía que estén dispuestos a enfrentar esa penetración imperialista.

—¿Aun dentro del radicalismo? Porque a usted siempre se lo vincula con el radicalismo. Incluso hace muy poco tiempo le preguntaron qué opinaba del doctor Balbín y usted dijo que no lo conocía. Eso parece un chiste. Porque, aunque no lo conozca personalmente, no es necesario para opinar sobre él.

T: Yo he dicho que Balbín representa el sector de derecha, el sector conservador del radicalismo. Y ese planteo lo ratifico aquí. El doctor Illia es un amigo personal al cual respeto. He tenido contacto epistolar con él. No lo niego. Lo asumo con toda honestidad. Sin que ello signifique que comparta la política y la ideología del doctor Illia.

—¿Con los dirigentes de la Alianza Popular Revolucionaria, Oscar Allende y Horacio Sueldo, se siente identificado?

T: Los conozco también. No soy demócrata cristiano ni del Partido Intransigente. Creo que hay una serie de programas que, como en el caso del peronismo, levantan reivindicaciones fundamentales antiimperialistas. También me siento identificado con puntos fundamentales de la plataforma de la APR.

—Usted ha dicho que tanto la fórmula Cámpora-Lima como la radical de Balbín representan los márgenes de derecha del peronismo y del radicalismo…

T: Así es. Y en el caso del peronismo, particularmente con el doctor Solano Lima, que ha dicho en Resistencia que si acceden al poder van a erradicar al marxismo porque pregona la lucha entre los hombres. No. No pregona la lucha entre los hombres, y si es entre los hombres, va contra aquellos que por la vía militar o por la explotación capitalista se sirven de esos otros hombres.

—Es decir que, a pesar de Solano Lima, ¿usted encuentra en el peronismo coincidencias con la ideología que sustenta?

T: Evidentemente. Con el peronismo combativo, con nuestros hermanos peronistas con los que estamos todos los días, no sólo nos sentimos identificados, sino hermanados como clase obrera para la lucha común y esperamos esa gran unidad con ellos a la que ya me he referido.

R: Acá estamos para esclarecer, ¿no es cierto? A mí no me gusta que me coloquen donde yo no estoy. Se pretende colocarme donde yo no estoy. En primer lugar, soy un hombre muy respetuoso de cualquier ideología. No soy antimarxista, ni anticomunista, ni anti nada. Soy peronista y respeto la ideología de todos. Y creo que en un proceso como éste todos tienen derecho a votar y a dar sus opiniones. Yo voy a votar Cámpora-Solano Lima.

—Cuando usted estuvo en España, se le atribuyó haber declarado que cuando regresara a la Argentina iniciaría una campaña por la erradicación de la infiltración marxista del movimiento obrero…

R: Es totalmente falso. No soy de aquellos que dicen, como mucho se ha dado en decir, que pretendo hacer discriminaciones ideológicas en la CGT, donde hay miembros que no son peronistas. Hay dirigentes comunistas que van al Comité Central Confederal y son respetados. No se trata acá de señalar una cuestión de carácter ideológico. Aquí se trata de que esa ideología no sea el caballo de Troya para tratar de perturbar y desunir al movimiento obrero. O de torcer el camino que se ha dado como objetivo.

—Pero si la gente quiere torcerlo…

R: Hay cosas que usted no tiene la obligación de saber porque no milita en el movimiento obrero. Ahí cerca se reunieron 700 delegados que se desparraman a lo largo y a lo ancho del país, 500 delegados que vinieron en representación de los trabajadores del interior del país. Y fueron ellos los que eligieron en la asamblea de la CGT a Rucci, con sus votos. Sería desmerecer mucho a los trabajadores pensar que cometieron tal error de elegir como sus dirigentes a traidores.

T: Yo no creo que se trate de un error de los trabajadores, sino de la imposibilidad de expresarse democráticamente por la intervención de las patronales, del Ministerio de Trabajo y de las burocracias.

—Rucci, ¿hay burocracia?

R: Yo quisiera discriminar, porque a veces las palabras están ligeramente expresadas y suenan a hueco. ¿Qué es la burocracia sindical? ¿Qué es lo que hay que hacer para no ser burócrata sindicalmente?

—Vamos a preguntárselo a Tosco.

T: La burocracia sindical es el ejercicio de los cargos sindicales con el criterio de reducir todo al sindicalismo; de administrar desde posiciones de poder los beneficios sociales; de discutir especialmente los convenios colectivos de trabajo; de quedarse gobernando al movimiento obrero desde posiciones administrativas. Es decir, desde el mismo término burocrático surge: gobierno de empleados. Significado gramatical que trasladada al campo sindical significa no asumir esa proyección general de la lucha del movimiento obrero como factor de liberación nacional y social.

R: Tengo derecho a la réplica. Eso es burocracia, pero eso no alcanza al sindicalismo argentino. Porque gracias al sindicalismo argentino, podemos decirlo así, donde están los burócratas, según algunas calificaciones, tenemos un movimiento obrero politizado que sabe lo que quiere y adónde va. Esos calificativos son elementos rebuscados para efectuar ataques sin sentido. Si hay un hombre al cual no le cabe ese calificativo, es al secretario general de la CGT, que hace escasamente dos años ha asumido la conducción. Y nace desde abajo, ¡eh!, porque nadie me colocó en un sillón y soy el que menos estoy en la CGT.

—No conozco un pronunciamiento claro y terminante del secretario general de la CGT sobre la economía del país. Tosco ha sido muy claro: dominio del crédito, nacionalización bancaria…

R: Permítame. Parece que acá se lee lo que se quiere leer y lo que no se quiere leer no se lee. La CGT, a los tres meses de asumir el Secretariado y el Consejo Directivo, produjo un documento que denominó “Proclama y convocatoria”, donde se sintetizan las aspiraciones del movimiento obrero y de todo el país. Documento que mereció el elogio de muchos sectores, incluso que no comulgaban con el planteo de la CGT.

—¿Usted se queda contento porque lo elogió “La Prensa”?

R: Bueno, es muy difícil que el diario La Prensa… Todos sabemos que La Prensa responde a intereses contrarios a los que sostenemos los argentinos, cualquiera sea nuestra ideología.
 
—Tosco, ¿qué dice?

T: Que la CGT debe cumplir una función de coordinación orientadora, de promoción en la lucha del movimiento obrero. Y volviendo al caso, la CGT de Córdoba levanta con sus pronunciamientos, con su coordinación, con la convocatoria a los cuerpos orgánicos para debatir los problemas de la clase obrera. Nosotros hemos reclamado insistentemente a la CGT nacional la convocatoria del Comité Central Confederal. No nos hemos largado solos, nos hemos largado las veces que eran necesarias pero, previamente, hemos reclamado la convocatoria del Comité Central Confederal.

R: Quiero aclarar. Quizá nunca el Comité Central Confederal se reunió más veces que siendo yo secretario general. Lo que ocurre es que el Comité Central Confederal, integrado por cuatrocientos secretarios generales, donde también está el compañero Tosco, tomó resoluciones de acuerdo con la estrategia que se imponía ese Comité Central Confederal. Lo que implicaría que si el compañero Tosco hubiera ido tendría que aceptar lo que se resolviera.

—El señor Tosco se ha definido en una serie de medidas de tipo económico a establecer en forma inmediata en el país: control de cambios, dominio del comercio exterior…

R: De acuerdo.

—Manejo de las importaciones y exportaciones…

R: De acuerdo.

—Nacionalización de la banca…

R: Nacionalización de la banca.

—Nacionalización del crédito…

R: Es decir, recuperar la soberanía del país en todos los niveles fundamentales en lo económico. Totalmente de acuerdo.

—¿Y en qué no está de acuerdo con Tosco?

R: Si ése es el esquema que se plantea en un proceso que permita recuperar la entidad soberana al país, creo que en eso…

—¿Y en el traspaso de las fuentes de trabajo?

R: No. En eso no estoy de acuerdo. Estoy de acuerdo con un capital al cual el gobierno le haga ajustar las reglas del juego para que ese capital esté al servicio de la comunidad y cumpla una función social.

—José López Rega dijo alguna vez que el socialismo nacional podía parecerse, de alguna manera, al nacionalsocialismo. Parece peligrosa la afirmación de López Rega y quisiera que usted, Rucci, como cabeza del movimiento obrero, diga si cree que el socialismo nacional se parece en algo al nazismo.

R: Cada pueblo, en materia de socialismo, ajusta más que nada a su idiosincrasia los matices del socialismo. Probablemente este proceso nos lleva a características socialistas. Y va a ser el resultado del pensamiento, del sentido de los argentinos.

—Pero no me ha contestado la pregunta.

R: Le estoy contestando en el sentido de que el nazismo no tiene nada que ver con el socialismo que nosotros podemos plantear en la Argentina.

—Usted ha estado recientemente con Perón. ¿Perón va a regresar? Sí o no. En caso afirmativo: ¿cuándo?

R: ¿Usted ha escuchado en alguna oportunidad que el general Perón haya dicho que no va a regresar?

—¿Usted, Tosco, cree que el general Perón va a regresar?

T: Yo creo que Perón tiene derecho, como todo argentino, a regresar al país y hacer valer con plenitud sus atribuciones ciudadanas. Pero no puedo oficiar de adivino. No sé si va a volver.

—Según insistentes versiones de estos últimos días, se habría ofrecido a Rucci el Ministerio de Trabajo si ganara el Frejuli.

R: No es cierto.

—¿Y si se diera, aceptaría?

R: Yo me debo a mi movimiento y eso, en su oportunidad, determinará mi respuesta por sí o por no. Pero quiero que quede perfectamente en claro que es una versión totalmente infundada.
 
—¿Habló con Perón de eso?

R: No se habló con el General.

—Vamos entonces a las conclusiones, por favor.

R: En alguna medida este programa ha pretendido ser útil a la opinión pública, para que conozca lo que yo sostengo como la verdad de lo que represento y creo en este aspecto el resultado puede ser positivo.

T: Agradezco la oportunidad de haber podido exponer ante la opinión pública y el pueblo el punto de vista que no es mío sino de la clase obrera y el pueblo de Córdoba.

—¿Cree, Rucci, que queda algo por decir?

R: Coincidir también con lo que dice el compañero Tosco, que estoy convencido de que lo que yo he expuesto no es solamente el punto de vista del pueblo de Córdoba sino que incluyo al pueblo de Córdoba en el pueblo de todo el país.

—¿Puede ser que a partir de ahora no haya más solicitadas entre ustedes?

R: Cada uno sabe de su obligación y asume las responsabilidades. Yo sé de mi obligación como secretario general de la CGT y he asumido esa responsabilidad.

T: En tanto y en cuanto sea necesario fijar las posiciones de lucha de la unidad combativa, nosotros hemos de continuar con esta misma práctica del movimiento obrero.

Recuperado de:  Agencia Paco Urondo

Notas sobre género en El capital de Marx // Silvia Federici

Al tiempo que se renueva el interés en el marxismo y el feminismo y la mirada de Marx sobre “género” recibe una nueva atención, emergen nuevos consensos entre las feministas que también moldean mi abordaje del tema.1/ En primer lugar, mientras que en los trabajos tempranos de Marx pueden encontrarse denuncias sobre las desigualdades de género y el control patriarcal en la familia y en la sociedad, es de común acuerdo que “Marx no tenía mucho para decir sobre el género y la familia” (Brown, 2012:143)2/ y que, incluso en El capital,su mirada al respecto debe reconstruirse de observaciones dispersas.

No obstante, el trabajo de Marx ha sido de gran contribución para el desarrollo de la teoría feminista, aunque no se basa en su totalidad en sus pronunciamientos directos sobre el tema. No solo su método histórico materialista ha ayudado a demostrar que las jerarquías e identidades genéricas son constructos (Holmstrom, 2002a), sino que su análisis de la acumulación capitalista y la creación del valor ha dotado a las feministas de mi generación con poderosas herramientas para repensar tanto las formas específicas de explotación a las que las mujeres han sido sometidas en la sociedad capitalista como la relación entre sexo, raza y clase (James, 1975). Sin embargo, el uso que las feministas han hecho de Marx las ha conducido en el mejor de los casos en una dirección diferente de la que él trazó.

Escribir sobre género en El capital es reconciliarse con dos Marx diferentes y, agrego, dos puntos de vista diferentes sobre género y la lucha de clases. De acuerdo con esto, se observan dos partes a continuación. En la primera parte, examino la mirada de Marx sobre el género tal como la articula en el volumen 1 en su análisis sobre el empleo de mujeres en el trabajo industrial. También comento sus silencios, especialmente en relación con el trabajo doméstico, ya que resultan elocuentes respecto de las inquietudes que estructuraban su pensamiento en el momento en que escribió.

Aquí, mi idea principal es que Marx no teorizó sobre género porque, en parte, la “emancipación de las mujeres” tenía una importancia periférica en su trabajo político; es más, él naturalizaba el trabajo doméstico y, tal como el movimiento socialista europeo en su conjunto, idealizaba el trabajo industrial como la forma normativa de producción social y como potencial nivelador de las desigualdades sociales. Entonces, consideraba que, eventualmente, las distinciones en torno al género y a la edad se disiparían. No logró apreciar la importancia estratégica, tanto para el desarrollo del capitalismo como para la lucha en su contra, de la esfera de actividades y relaciones por las cuales se reproducen nuestras vidas y la fuerza de trabajo, comenzando por la sexualidad, la procreación y, primero y principal, el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres.

Estos “descuidos” sobre la importancia del trabajo reproductivo de las mujeres implican que Marx, pese a su condena de las relaciones patriarcales, nos ha dejado un análisis del capital y de clase conducido desde una perspectiva masculina –la del “hombre que trabaja”, el asalariado industrial en cuyo nombre se formó la Internacional, considerado el portador de la aspiración universal a la liberación humana–.

Asimismo, implican que muchos marxistas se han visto justificados en tratar el género y la raza como temáticas culturales, disociándolas de la clase, y que el movimiento feminista ha tenido que comenzar con una crítica a Marx.

Entonces, mientras este artículo se enfoca en el tratamiento del género en el gran texto de Marx, en la segunda parte reviso brevemente la reconstrucción de las categorías de Marx desarrollada por las feministas en la década de 1970, especialmente en el “Movimiento a favor del Salario por el Trabajo Doméstico”, del cual fui parte. Sostengo que estas feministas encontraron en Marx el fundamento para una teoría feminista centrada en la lucha de las mujeres en contra del trabajo doméstico no remunerado porque leímos su análisis del capitalismo de modo político, que provenía de la experiencia personal directa, en busca respuestas para nuestro rechazo de las relaciones domésticas. En aquel entonces pudimos llevar la teoría de Marx a lugares donde Marx había permanecido oculto. A la vez, leer a Marx en clave política reveló las limitaciones de su marco teórico, lo cual demostró que una perspectiva feminista anticapitalista no puede ignorar su trabajo, al menos mientras el capitalismo sea el modo de producción dominante (Gimenez, 2005: 11-12), pero debe ir más allá de él.

 

1.Marx y el género en el área de producción industrial

Los límites del trabajo de Marx sobresalen de modo claro en el volumen 1 de El capital, ya que allí examina por primera vez la cuestión de “género” no en relación con la subordinación de las mujeres dentro de la familia burguesa, sino respecto de las condiciones del trabajo fabril de la mujer en la revolución industrial. Esta era la “querella de las mujeres” de la época,3/ en ambos lados del canal, en contra de la cual economistas, políticos y filántropos clamaban por la destrucción de la vida familiar que producía, la nueva independencia que confería a las mujeres, y su contribución a la protesta de los trabajadores, expresada en en el ascenso de sindicatos y el cartismo.

Por lo tanto, para el momento que Marx comenzó a escribir, las reformas ya estaban en marcha, y contaba con copiosa literatura sobre el tema, que consistía en informes de los inspectores fabriles que, en la década de 1840, el gobierno inglés empleaba para que se cumpliera el límite impuesto a las horas de trabajo de mujeres y niños.4/

El volumen 1 cita páginas enteras de estos informes, especialmente en los capítulos sobre “La jornada de trabajo” y “Maquinaria y gran industria”, que ilustran las tendencias estructurales de la producción capitalista –las tendencias a extender las horas de trabajo hasta el límite de la resistencia física de los trabajadores, a devaluar la fuerza de trabajo, a extraer el máximo de trabajo del número mínimo de trabajadores– y denuncian los horrores a los que mujeres y niños eran sometidos en cada etapa del desarrollo industrial.

Ellos nos informan sobre las costureras que morían por exceso de trabajo y falta de aire y alimento (Marx, 1995: 198), sobre muchachas que trabajaban sin alimentarse catorce horas por día, o que se arrastraban semidesnudas en las minas para llevar el carbón a la superficie, sobre niños a los que a medianoche se los sacaba de su cama “y se les obliga a trabajar para ganarse un mísero sustento” (ibíd.: 188): “se llevaba a los niños al matadero” ( Ibíd.: 233) [donde/ máquinas vampíricas consumían sus vidas “mientras que quede un músculo, un tendón, una gota de sangre que chupar” (ibíd.: 241).

Debe reconocerse que pocos escritores políticos han descripto sin hacer concesiones, como lo ha hecho Marx, la brutalidad del sistema capitalista –por fuera de la esclavitud–. Particularmente impresionante es su denuncia de la barbarie de la explotación del trabajo infantil, sin par en la literatura marxista. Pero pese a su elocuencia, su explicación es más descriptiva que analítica y llama la atención la ausencia de la discusión de las problemáticas de género.

No se nos informa, por ejemplo, cómo el empleo de mujeres y niños en las fábricas afectó las luchas de los trabajadores, qué debates motivó en sus organizaciones, o cómo afectó las relaciones entre mujeres y hombres. Tenemos, en cambio, varios comentarios moralistas tales como que el trabajo fabril degradaba el “carácter moral” de las mujeres al promover conductas “promiscuas” y las hacía descuidar sus deberes maternales. Casi nunca se retratan mujeres como actores capaces de pelear por sí mismas.5/ Generalmente, aparecen como víctimas, aunque sus contemporáneos notaron su independencia, su conducta estrepitosa y su capacidad de defender sus intereses en contra de los intentos por parte de los dueños de las fábricas de reformar sus costumbres.6/

En la explicación de Marx sobre el género en el área de producción también falta un análisis de la crisis que la extinción del trabajo doméstico en las comunidades proletarias provocó a favor de la expansión de relaciones capitalistas, y el dilema que el capital enfrentó –en aquel momento como en la actualidad– respecto del lugar óptimo y del uso del trabajo de las mujeres. Estos silencios son especialmente significativos ya que los capítulos que mencioné son los únicos en los que las problemáticas en torno a las relaciones de género tienen presencia.

Las problemáticas de género tienen un lugar marginal en El capital. En un texto de tres volúmenes de miles de páginas, solo unas cien refieren a la familia, la sexualidad, el trabajo de las mujeres, y estas son observaciones al pasar. Faltan referencias al género incluso donde más se las espera, como en los capítulos sobre la división social del trabajo o sobre los salarios.

Solo al final del capítulo “Maquinaria y gran industria” encontramos algunas pistas sobre políticas de género que sabemos que Marx defendía en su quehacer político, como secretario de la Primera Internacional, en calidad de lo cual se opuso a los intentos de excluir a las mujeres del trabajo fabril.7/ Esto es coherente con su creencia de toda la vida de que el capitalismo –pese a toda su violencia y brutalidad– era un mal necesario y una fuerza progresiva, dado que el verdadero capitalista obligaa […] desarrollar las fuerzas sociales productivas y a crear las condiciones materiales de producción que son la única base realpara una forma superior de sociedad cuyo principio fundamental es el desarrollo pleno y libre de todos los individuos (Marx, 1995: 499; cursivas en el original).

Aplicado al género, esto significaba que, al “liberar” el trabajo de las limitaciones de la especialización y de la necesidad de la fuerza física, y al incorporar a mujeres y niños en la producción social, el desarrollo capitalista y la industrialización en particular allanaban el camino para relaciones de género más igualitarias. Por un lado, liberaban a las mujeres y niños de la dependencia personal y explotación parental de su trabajo –distintivas de la industria nacional–; por otro, les permitía participar en igualdad de condiciones con los hombres en la producción social.

Tal como él lo plantea al discutir la introducción de la educación básica para los niños que trabajaban en la fábrica:

Y, por muy espantosa y repugnante que nos parezca la disolución de la antigua familia dentro del sistema capitalista, no es menos cierto que la gran industria, al asignar a la mujer, al joven y al niño de ambos sexos un papel en los procesos socialmente organizados de la producción, arrancándolos con ello [de] la órbita doméstica, crea las nuevas bases económicas para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos (ibíd.: 410).

Cómo sería esta nueva familia, cómo reconciliaría “producción con reproducción” no es algo que Marx investigue. Solo agregó con cautela que:

la existencia de un personal obrero combinado, en el que entran individuos de ambos sexos y de las más diversas edades –aunque hoy, en su forma primitiva y brutal, en que el obrero existe para el proceso de producción y no este para el obrero, sea fuente apestosa de corrupción y esclavitud–, bajo las condiciones que corresponden a este régimen se trocará necesariamente en fuente de progreso humano (íd.).

Para la suposición de Marx de que el desplazamiento de lo doméstico a la gran escala industrial produciría una sociedad más humana era clave, indudablemente, aunque no se articulara de manera explícita, la idea (a la que él retornaba en varias secciones de El capital) de que el trabajo industrial es más que un multiplicador del poder de producción y (supuesto) garante de la abundancia social. Es –potencialmente– el creador de un tipo diferente de asociación cooperativa y de un tipo diferente de ser humano, libre de la dependencia personal y no “determinado” para un tipo particular de habilidades, capaz, por lo tanto, de involucrarse en un amplio rango de actividades y de asumir el tipo de conducta requerido por una organización “racional” del proceso de trabajo.

Concomitante con su concepción de comunismo como el final de la división del trabajo, y con su visión en La ideología alemana de una sociedad donde uno pescaría y cazaría por la mañana y escribiría poemas por la tarde (Marx y Engels, 1974: 34), puede resultar seductora la idea de una sociedad industrial, cooperativa e igualitaria, donde (parafraseando un pronunciamiento provocativo en el Manifiesto comunista)8/ las diferencias de género hayan perdido toda “validez social” en la clase trabajadora. No sorprende que esta idea haya inspirado a generaciones de activistas sociales, incluidas las feministas.

No obstante, como descubrieron las feministas en la década de 1970, esta perspectiva tiene importantes limitaciones. Vale la pena mencionar cuatro de ellas, todas con implicancias más allá del género, relacionadas con el concepto de Marx en torno a la industrialización y al desarrollo capitalista como fuerzas emancipadoras y condiciones para la liberación humana.

Al celebrar la industria moderna por liberar a las mujeres de las cadenas tanto del trabajo doméstico como del régimen patriarcal y por hacer posible su participación en la producción social, Marx supuso que:

a) las mujeres nunca antes se habían involucrado en la producción social, es decir, el trabajo reproductivo no debería considerarse una labor socialmente necesaria; b) lo que ha limitado en el pasado su participación en el trabajo ha sido la falta de fuerza física; c) el salto tecnológico es esencial para la igualdad de género; d) lo que es más importante, en anticipación de lo que los marxistas repetirían por generaciones: el trabajo fabril es la forma paradigmática de producción social, en consecuencia, la fábrica, no la comunidad, es el sitio de la lucha anticapitalista.

Deben plantearse preguntas a cada uno de estos puntos.

Podemos deshacernos rápidamente del argumento de la “fuerza física” como explicación de la discriminación basada en el género. Basta con decir que la propia descripción de Marx de las condiciones de empleo fabril de mujeres y niños es un contraargumento, y que los informes fabriles que él citó dejan en claro que se empleaban mujeres para el trabajo industrial no porque la automatización disminuía la carga de su labor (Marx, 1995: 331), sino porque se les pagaría menos, se las consideraba más dóciles y con mayor tendencia a dejar todas sus energías en su puesto. También debemos disipar la idea del confinamiento de mujeres a las tareas del hogar antes del advenimiento de la industrialización. La industria doméstica de la cual las mujeres se liberaron empleaba una pequeña parte del proletariado femenino, y era en sí misma una innovación relativamente reciente que resultó del colapso de las agrupaciones de artesanos.9/ En realidad, antes de la revolución industrial, y durante ella, las mujeres desempeñaron diferentes trabajos, desde agricultura hasta comercio, servicio y trabajo domésticos. Por lo tanto, como lo documentaron Bock y Duden, no hay base histórica para la idea –a la que Marx y otros socialistas han suscripto– de que “el desarrollo del capitalismo, con su trabajo crecientemente industrial (“productivo”) para las mujeres, las liberó y las libera de la edad de los reinos feudales de trabajo doméstico y del tutelaje de los hombres” (1980: 157).

Marx también minimizó, en su concepción de la industria a gran escala como un igualador de distinciones biológicas y sociales, el peso de las jerarquías sexuales heredadas y reconstruidas que aseguraban que las mujereas experimentarían el trabajo fabril de modos específicos, distinto de los modos de los hombres. Él notó que los supuestos sobre el género mantendrían su prominencia en el trabajo industrial –utilizados, por ejemplo, para justificar el menor salario de las mujeres en comparación con el de los hombres– y que las condiciones laborales “promiscuas” podrían significar una vulnerabilidad al abuso sexual, que con frecuencia resultaba en el embarazo a una temprana edad (Marx, 1995: 591). Pero, como hemos visto antes, él supuso que esos abusos se superarían cuando los trabajadores tomaran el poder político y redirigieran los objetivos de la industria hacia su bienestar. Sin embargo, luego de dos siglos de industrialización, podemos ver que, mientras no se vislumbra el fin del capitalismo por ningún lado, la igualdad en el ámbito del trabajo ha sido un producto de las luchas de las mujeres y no un regalo de las máquinas.

Más crucial resulta que la identificación por parte de Marx de la labor industrial con la forma normativa de trabajo y el sitio privilegiado para la producción social no deja ningún espacio para la consideración de actividades reproductivas domésticas, que, como ha señalado Fortunati, Marx solo mencionó para notar que el capital las destruye al apropiarse de todo el tiempo de las mujeres.10/

Hay un contraste interesante con el trabajo de Alfred Marshall, el padre de la economía neoclásica, respecto del abordaje de la relación entre la fábrica y el hogar. La mirada de Marx de la labor industrial como un tipo de trabajo más racional recuerda la “habilidad general para trabajar” de Marshall, que describió como una nueva capacidad con la que [en aquel momento] contaban pocos trabajadores en el mundo: “no específica de cualquier ocupación, pero deseada por todos, que permite a los trabajadores sostener por un largo período de tiempo cualquier tipo de trabajo, tener en cuenta muchas cosas a la vez, acomodarse rápidamente a los cambios en los detalles del trabajo realizado, mantenerse estable y ser confiable” (Marshall, 1890: 206- 207).

Marshall, sin embargo, en línea con los reformistas contemporáneos, creía que el mayor contribuyente a la producción de esta “habilidad general” era la vida hogareña y especialmente la influencia de la madre (ibíd.: 207), por lo que se oponía firmemente al empleo exterior de las mujeres. Marx, por el contrario, presta poca atención al trabajo doméstico. No hay una discusión al respecto en su análisis sobre la división social del trabajo, donde solo afirma que la división del trabajo en la familia tiene una base fisiológica.11/ Más llamativo resulta su silencio sobre el trabajo doméstico de las mujeres en su análisis de la reproducción de la fuerza de trabajo en su capítulo “Reproducción simple”.12/

Aquí apela a un tema crucial para la comprensión del proceso de la creación del valor en el capitalismo: la fuerza de trabajo, nuestra capacidad de trabajar, no nos es dada. Consumida a diario en el proceso de trabajo, debe (re)producirse constantemente, y esta (re)producción es tan esencial a la valorización del capital como lo es “la limpieza de las máquinas” (Marx, 1995: 481), dado que “es producción y reproducción del medio de producción indispensable para el capitalista, del propio obrero” (Íd).

En otras palabras, como también sugirió en las notas luego publicadas bajo el título de Teorías acerca de la plusvalía13/ y en El capital, Marx indica que la reproducción del trabajador es parte esencial y condición de la acumulación de capital. No obstante, solo la concibe bajo el aspecto de “consumo” y coloca su realización solamente dentro del circuito de producción de mercancías. Los trabajadores –según Marx– usan su salario para comprar las necesidades de la vida y, al consumirlas, se reproducen a sí mismos. Es literalmente la producción de asalariados por medio de las mercancías producidas por los asalariados.14/ Por lo tanto, “el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de su poseedor” (ibíd.: 124; cursivas en el original), y se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción de mercancías que los trabajadores consumen.

En ninguna parte de El capital Marx reconoce que la reproducción de fuerza de trabajo supone el trabajo no remunerado de las mujeres –preparar comida, lavar la ropa, criar a los niños, hacer el amor–. Por el contrario, insiste en retratar al asalariado como reproductor de sí. Incluso al considerar las necesidades que el trabajador debe satisfacer, lo retrata como un comprador de mercancías autosuficiente; enumera entre otras necesidades para la vida la comida, vivienda, vestimenta, pero omite extrañamente el sexo, ya sea obtenido dentro de la configuración familiar o comprado, lo cual sugiere que la vida del trabajador es inmaculada mientras que la mujer solo es moralmente mancillada por la labor industrial (íd.). A la prostituta se la niega como trabajadora, y se la relega a un ejemplo de la degradación de la mujer; solo se las representa como pertenecientes a “los últimos despojos de la superpoblación” (ibíd.: 545), ese “lumpenproletariado” (íd.) que en El Dieciocho Brumario de Louis Bonaparte él había descripto como “escoria de todas las clases” (1972: 80).

Son los pocos pasajes en los que Marx se aproxima a romper su silencio y admitir implícitamente que lo que se presenta como “consumo” al asalariado puede ser trabajo reproductivo desde el punto de vista de su contraparte femenino. En una nota al pie a la discusión sobre la determinación del valor de la fuerza de trabajo, en “Maquinaria y gran industria”, escribe: “basta con lo dicho para observar cómo el capital usurpa en su propio provecho hasta el trabajo familiar indispensable para el consumo” (Marx, 1995: 324). Y agrega:

Como en la familia hay ciertas funciones, por ejemplo la de atender y amamantar los niños, que no pueden suprimirse radicalmente, las madres confiscadas por el capital se ven en mayor o en menor medida a alquilar obreras que las sustituyan. Los trabajos impuestos por el consumo familiar, tales como coser, remendar, etc. se suplen comprando mercancías confeccionadas. Al disminuir la inversión de trabajo doméstico, aumenta, como es lógico, la inversión de dinero. Por tanto, los gastos de producción de la familia obrera crecen y contrapesan los ingresos obtenidos del trabajo. A esto se añade el hecho de que a la familia obrera le es imposible atenerse a normas de economía y convivencia en el consumo y preparación de sus víveres (íd.).

No obstante, no se dice nada más de este trabajo doméstico “que no pued[e] suprimirse” y que debe reemplazarse por bienes adquiridos. Y además nos resta preguntarnos si el costo de la producción solo aumenta para el trabajador o también para el capitalista, supuestamente a través de las luchas que los trabajadores emprenderían para obtener salarios más altos.

Incluso cuando se refiere a la reproducción generacional de la fuerza de trabajo, Marx no menciona la contribución de las mujeres, y descarta la posibilidad de tomas de decisiones autónomas por su parte en lo que respecta a la procreación, a la que se refiere como “el crecimiento natural de la población” (ibíd.: 537). Comenta que “el capitalista puede dejar tranquilamente el cumplimiento de esta condición al instinto de propia conservación y al instinto de perpetuación de los obreros” (ibíd.: 481-482) –una contradicción con el comentario anteriormente citado sobre el descuido de los deberes maternales por parte de las mujeres trabajadoras fabriles, que equivale prácticamente al infanticidio–. También sugirió que el capitalismo no depende de la capacidad reproductiva de las mujeres para su propia expansión, dada la creación constante de población excedente a partir de las revoluciones tecnológicas.

En el intento de dar cuenta de la ceguera de Marx sobre la ubicuidad del trabajo reproductivo, que debió haberse desplegado a diario bajo sus ojos en su propia casa, he enfatizado en ensayos anteriores su ausencia en los hogares proletarios en la época en la que escribe, dado que la fábrica empleaba a la familia entera de sol a sol (Federici, 2012: 94). El mismo Marx sugiere esta conclusión cuando, al citar a un médico enviado por el gobierno inglés para evaluar el estado de salud de los distritos industriales, notó que la clausura de los molinos de algodón causada por la Guerra de Secesión estadounidense había tenido al menos un beneficio. Las mujeres

Disponen ahora del tiempo necesario para dar el pecho a sus niños, en vez de envenenarlos con Godfrey’s Cordial (una especie de narcótico). Disponen de tiempo para aprender a cocinar. Desgraciadamente, el tiempo para dedicarse a las faenas de la cocina coincidía con unos momentos en que no tenían que comer […] La crisis a la que nos referimos se aprovechó también para enseñar a las hijas de los obreros a coser en las escuelas. ¡Fue necesario que estallase en Norteamérica una revolución y se desencadenase una crisis mundial para que aprendiesen a coser unas muchachas obreras, cuyo oficio consistía en hilar para el mundo entero! (1995: 324)

Pero la reducción abismal del tiempo y recursos necesarios para la reproducción de los trabajadores que Marx documentó no era una condición universal. Los empleados fabriles eran solo el 20% -30% de la población de mujeres trabajadoras. Incluso entre ellas, muchas mujeres abandonaban el trabajo fabril una vez que tenían hijos. Además, como hemos visto, el conflicto entre el trabajo fabril y los “deberes reproductivos” de las mujeres era un problema clave en la época de Marx, como demuestran los informes fabriles que citó y las reformas que produjeron.

¿Por qué, entonces, esta exclusión sistemática? ¿Y por qué Marx no podría darse cuenta de que la tendencia parlamentaria de reducir el trabajo fabril en mujeres y niños pergeñaba una nueva estrategia de clase que cambiaría el rumbo de la lucha de clases?

Sin dudas, parte de la respuesta es que, como los economistas políticos clásicos, Marx no consideraba las tareas del hogar como un tipo de trabajo históricamente determinado con una historia social específica, sino como una fuerza natural y una vocación femenina, uno de esos productos de esa gran alacena que la tierra, arguyó, es para nosotras. Cuando, por ejemplo, comentó que el trabajo en exceso y la fatiga producían un “aborrecimiento” (ibíd.: 327) entre las mujeres trabajadoras fabriles y sus hijos, apeló a una imagen de maternidad que condecía con una concepción naturalizada de los roles de género. Posiblemente contribuyó a ello que en la primera fase del desarrollo capitalista el trabajo reproductivo de la mujer estaba, según su terminología, “formalmente subsumido” en la producción capitalista,15/ es decir, no se había moldeado para adecuarse a las necesidades específicas del mercado de trabajo. Sí, un teórico tan poderoso y orientado a la historia como Marx debería haberse dado cuenta de que el trabajo doméstico, aunque aparecía como una actividad de antaño, que satisfacía puramente “necesidades naturales”, su forma era en realidad una forma de trabajo históricamente específica, producto de la separación entre producción y reproducción, trabajo remunerado y no remunerado, que nunca había existido en sociedades precapitalistas o sociedades no reguladas por la ley de valor de cambio. Luego de habernos advertido en contra de la mistificación producida por la relación salarial, debería haber visto que, desde su origen, el capitalismo ha subordinado las actividades reproductivas –en la forma de trabajo de mujeres no remunerado– a la producción de fuerza de trabajo y, en consecuencia, el trabajo no remunerado que los capitalistas extraen de los trabajadores es mucho más conspicuo que el extraído durante la jornada de trabajo remunerado, dado que incluye los quehaceres domésticos no remunerados de mujeres, incluso reducidos a un mínimo.

¿El silencio de Marx sobre el trabajo doméstico era a causa de que, como ya se ha sugerido, “no consideraba que las fuerzas sociales eran capaces de conducir el trabajo doméstico en una dirección revolucionaria”? Esta es una pregunta legítima si “leemos a Marx de modo político”16/ y consideramos que sus teorizaciones siempre se ocupaban de sus implicancias organizacionales y su potencial.17/ Se abre la posibilidad de que mantuvo reserva en torno a la cuestión de los quehaceres domésticos porque temía que la atención a su trabajo le hiciera el juego a las organizaciones de trabajadores y a los reformistas burgueses que glorificaban el trabajo doméstico para excluir a las mujeres del trabajo fabril. Pero para las décadas de 1850 y 1860 los quehaceres domésticos y la familia habían estado por años en el centro de una acalorada discusión entre socialistas, anarquistas y un emergente movimiento feminista, y se experimentaban reformas en el hogar y los quehaceres domésticos.18/

Debemos concluir que su desinterés en el trabajo doméstico tiene raíces más profundas, que nacen tanto de su naturalización como de su devaluación, que la hicieron en apariencia –en comparación con el trabajo fabril– una forma arcaica que pronto sería superada por el progreso de la civilización. Sea como fuere, la consecuencia de la falta de teorización de Marx del trabajo doméstico es que su explicación de la explotación capitalista y su concepción de comunismo ignoran la actividad más extendida del planeta y una causa mayor de las divisiones dentro de la clase trabajadora.

Hay un paralelo aquí con el lugar de la “raza” en la obra de Marx. Aunque reconocía que “el trabajo de los blancos no puede emanciparse allí donde está esclavizado el trabajo de los negros” (ibíd.: 239), no dedicó demasiado análisis al trabajo esclavo y al uso del racismo para ejecutar y naturalizar una forma de explotación más intensa. Su trabajo, por lo tanto, no pudo desafiar la ilusión –dominante en el movimiento socialista– de que el hombre blanco asalariado representaba los intereses de la totalidad de la clase obrera –una mistificación que en el siglo XX condujo a luchadores anticoloniales a concluir que el marxismo era irrelevante en su lucha–.

Más cerca de casa, Marx no anticipó que las formas brutales de explotación que con tanta fuerza describió serían en breve parte del pasado, al menos en gran parte de Europa. Amenazada por un conflicto armado entre clases y la posible extinción de la fuerza de trabajo, la clase capitalista, en complot con algunas organizaciones de trabajadores, se embarcaría en un nuevo rumbo estratégico, incrementando la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo y el salario de los asalariados hombres, enviando a las mujeres de regreso al hogar para hacer tareas domésticas y, en este proceso, cambiando el curso de la lucha de clases.

Aunque Marx era consciente del gran desperdicio de vida que el sistema capitalista producía y estaba convencido de que el movimiento de reforma fabril no procedía de inclinaciones humanitarias, no se percató de que lo que estaba en juego en la “legislación protectora” era más que una reforma del trabajo fabril. Reducir las horas de trabajo de mujeres era el camino para una nueva estrategia de clase que reasignaba a las mujeres proletarias al hogar para producir no mercancías físicas sino trabajadores.

Mediante esta estrategia, el capital logró disipar la amenaza de la insurgencia de la clase trabajadora y crear un nuevo tipo de trabajador: más fuerte, más disciplinado, más resiliente, más apto para hacer suyos los objetivos del sistema; el tipo de trabajador, de hecho, que considera los requisitos de la producción capitalista como “las más lógicas leyes naturales” (ibíd.: 627). Este era el tipo de trabajador que permitió que el capitalismo británico y norteamericano de fin de siglo pasara de la industria liviana a la pesada, de la industria textil a la siderúrgica, de la explotación basada en extensión de la jornada laboral a una basada en la intensificación de la explotación. Esto implica que la creación de la familia trabajadora y el ama de casa proletaria de tiempo completo fueron una parte esencial y una condición de la transición desde un excedente absoluto a uno relativo. En este proceso, los quehaceres domésticos atravesaron un proceso de “subsunción real”, convirtiéndose por primera vez en objeto de una iniciativa estatal específica que los ligó más fuerte a la necesidad del mercado de trabajo y la disciplina de trabajo capitalista.

En consonancia con el apogeo de la expansión imperial británica (que trajo numerosas riquezas al país, aumentando el sueldo de los trabajadores), a esta innovación no puede atribuírsele solo la pacificación de la fuerza de trabajo. Pero fue un acontecimiento de época, que inauguró la estrategia que más tarde culminó con el fordismo y el New Deal, por los que la clase capitalista invertiría en la reproducción de trabajadores para adquirir una fuerza de trabajo más disciplinada y productiva. Este fue el deal que se extendió hasta la década de 1970 cuando el surgimiento internacional de la lucha de mujeres y el movimiento feminista le dieron un punto final.

 

2. Feminismo, Marxismo y la cuestión de la “reproducción”

Mientras Marx, como propulsor de “la emancipación de la mujer” mediante su participación en la producción social entendida como trabajo industrial, inspiró a generaciones de socialistas, las feministas descubrieron en la década de 1970 un nuevo Marx: en contra de los quehaceres domésticos, la domesticidad, la dependencia económica de los hombres, apelaron a su trabajo en busca de una teoría capaz de explicar las raíces de la opresión de la mujer desde una perspectiva de clase. El resultado fue una revolución teórica que cambió tanto al marxismo como al feminismo.

El análisis de Mariarosa Dalla Costa sobre el trabajo doméstico como un elemento clave en la producción de la fuerza de trabajo,19/ la localización por parte de Selma James de la ama de casa en un continuum con los no asalariados del mundo20/–quienes, aun así, han sido centrales en el proceso de acumulación de capital–, la redefinición a cargo de otros activistas del movimiento de la relación salarial como un instrumento de naturalización de áreas enteras de explotación, y la creación de nuevas jerarquías dentro del proletariado: todos estos desarrollos teóricos y las discusiones que generaron se han descripto en ocasiones como el “debate sobre el hogar”, supuestamente centrados en la pregunta sobre si los quehaceres domésticos son productivos o no. Pero esta es una gran distorsión. Lo que se redefinió al percibirse la centralidad del trabajo no remunerado de la mujer en el hogar en lo que respecta a la producción de la fuerza de trabajo no fue solo el trabajo doméstico, sino la naturaleza del capitalismo y la lucha en su contra.

No sorprende que la discusión de Marx sobre la “reproducción simple” fue una iluminación teórica en este proceso, tal como la confirmación de nuestra sospecha de que la clase capitalista nunca hubiese permitido que tanto trabajo doméstico sobreviva si no hubiese visto la posibilidad de explotarlo. Leer que las actividades que reproducen la fuerza de trabajo son esenciales para la acumulación capitalista sacó a la luz la dimensión de clase de nuestro rechazo. Mostró que este trabajo tan despreciado, siempre naturalizado, siempre desdeñado por parte de los socialistas por retrógrado, ha sido en realidad el pilar de la organización capitalista del trabajo. Esto resolvió la polémica cuestión de la relación entre género y clase, y nos dio herramientas para conceptualizar no solo la función de la familia, sino la profundidad del antagonismo de clase en las raíces del capitalismo. Desde un punto de vista práctico, confirmó que, como mujeres, no teníamos que unirnos a los hombres en la fábrica para ser parte de la clase trabajadora y librar una lucha anticapitalista. Podíamos luchar de manera autónoma, comenzando por nuestro propio trabajo en el hogar, como el “centro nervioso” de la producción de la fuerza de trabajo.21/ Y nuestra lucha tenía que librarse primero en contra de los hombres de nuestras familias, dado que por medio del salario de los hombres, el matrimonio y la ideología del amor, el capitalismo ha permitido que los hombres dirigieran nuestro trabajo no remunerado y disciplinaran nuestro tiempo y espacio.

Irónicamente, entonces, nuestro encuentro con Marx y nuestra apropiación de su teoría sobre la reproducción de la fuerza de trabajo, de algún modo consagrando la importancia de Marx para el feminismo, también nos ofreció la evidencia concluyente de que debíamos poner a Marx patas para arriba y comenzar nuestro análisis y nuestra lucha precisamente a partir de la parte de la “fábrica social” que él había excluido de su trabajo.

Descubrir la centralidad del trabajo reproductivo para la acumulación de capital también condujo a la pregunta de cómo sería la historia del desarrollo del capitalismo si no se viera desde el punto de vista de la formación del hombre proletario asalariado, sino desde el punto de vista de las cocinas y los dormitorios donde la fuerza de trabajo se produce a diario, generación tras generación.

La necesidad de una perspectiva de género para la historia del capitalismo –más allá de la “historia de mujeres” o la historia del trabajo asalariado- es lo que me condujo, entre otras cosas, a repensar la explicación de Marx sobre la acumulación originaria y descubrir la caza de brujas en los siglos XVI y XVII como momento fundacional en la devaluación del trabajo de la mujer y el surgimiento de una división del trabajo sexual específicamente capitalista.22/

La percepción, en simultáneo, de que, al contrario de la anticipación de Marx, la acumulación originaria se ha tornado un proceso permanente también pone en tela de juicio su concepción sobre la relación necesaria entre el capitalismo y el comunismo. Invalidó la mirada de Marx sobre la historia en términos de estadios, en la que el capitalismo se retrata como el purgatorio que necesitamos habitar de cara al mundo de la libertad y el rol liberador de la industrialización.

El surgimiento del ecofeminismo, que conectó la devaluación por parte de Marx de las mujeres y la reproducción con su mirada de que la misión histórica de la humanidad es la dominación de la naturaleza, fortaleció nuestra posición. Especialmente importantes han sido los trabajos de Maria Mies y Ariel Salleh, que han demostrado que el acto por parte de Marx de borrar las actividades reproductivas no es accidental, contingente a las tareas que él asignó a El capital, sino sistemática. Como lo señala Salleh, todo en Marx establece que lo que es creado por el hombre y la tecnología tiene un mayor valor: la historia comienza con el primer acto de producción, los seres humanos se realizan a sí mismos a través de su trabajo. Una medida de la realización de sí es su capacidad de dominar la naturaleza y adaptarla a las necesidades humanas. Y todas las actividades transformativas positivas se conciben en masculino: el trabajo se describe como el padre, la naturaleza como la madre, la tierra también se concibe como femenina (Salleh, 1997: 72-76). Madame la Terre, la llama Marx, en oposición al Monsieur le Capital.

Las ecofeministas han demostrado que existe una profunda conexión entre el desdén de los quehaceres domésticos, la devaluación de la naturaleza y la idealización de lo que la industria humana y la tecnología producen.

Este no es el espacio para reflexionar sobre las raíces de la mirada antropocéntrica. Basta con decir que el gran error de cálculo que Marx y las generaciones de marxistas socialistas han cometido en relación con los efectos liberadores de la industrialización hoy son muy obvios. En la actualidad nadie se animaría a soñar, como hizo August Bebel en Woman Under Socialism, en el día en que la comida sería producida químicamente y en el que “todos llevarían una pequeña caja de químicos en su bolsillo con la que satisfacer su necesidad de nutrientes provenientes de la clara, la grasa y los hidratos de carbono, sin importar la época del año ni la estación de lluvia, sequía, escarcha, granizo e insectos destructivos” (1910: 391).

Mientras la industrialización avanza sobre la tierra y los científicos al servicio del desarrollo del capitalismo están jugando con la producción de vida por fuera de los cuerpos de las mujeres, la idea de extender la industrialización a todas nuestras actividades reproductivas es una pesadilla peor de la que estamos experimentando con la industrialización de la agricultura.

No es sorprendente que en círculos radicales hemos sido testigos de un “cambio de paradigma”, mientras que la esperanza puesta en la máquina como una fuerza para el “progreso histórico” se reemplaza por una refocalización del trabajo político en problemáticas, valores y relaciones vinculados con la reproducción de nuestras vidas y la vida de los ecosistemas en los que vivimos.

Nos han dicho que Marx en los últimos años de su vida reconsideró su perspectiva histórica y, al leer sobre las comunidades igualitarias y matrilineales del noreste de América, comenzó a reconsiderar su idealización del desarrollo industrial y capitalista y a valorar la fuerza de la mujer.23/

No obstante, la mirada prometeica sobre el desarrollo tecnológico promovido por Marx y toda una tradición marxista, lejos de perder su atractivo, está de regreso. En él, la tecnología digital juega para algunos el mismo rol emancipador que Marx le asignó a la automatización, por lo que el mundo de la reproducción y trabajos de cuidado, que las feministas han valorizado como un terreno de transformación y lucha, se encuentra nuevamente en riesgo de que se le reste importancia.

Esta es la razón por la que, aunque Marx dedicó poco espacio a las teorías de género en su trabajo, y supuestamente cambió parte de su mirada en sus últimos años, es todavía importante discutirlas y enfatizar, como he intentado hacerlo en este trabajo, que sus silencios al respecto no son descuidos, sino el signo del límite que su trabajo teórico y político no pudo superar, pero que nosotros debemos hacerlo.

 

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Notas

1/ Las publicaciones recientes de Heather A. Brown, Marx on Gender and the Family (2012), y de Shahrzad Mojabed, Marxism and Feminism (2015) –publicado junto con la conferencia sobre el tema organizado por la fundación Rosa Luxemburgo el mismo año–, son signos de este nuevo interés en la teoría de género de Marx.

2/ Estas y todas las traducciones de la bibliografía en inglés pertenecen a la traductora.

3/ Sobre el debate en torno a las consecuencias del trabajo industrial de mujeres tales como “la querellas de las mujeres” en la Inglaterra del siglo XIX, ver Judy Lown, Women and Industrialization: Gender at Work in Nineteenth-Century England(1990). Sobre los mismos debates en Francia, ver, especialmente el capítulo 7 en Gender and the Politics of History, de Joan Wallach Scott (1988).

4/ Para la reforma sobre el trabajo de mujeres e infantile en Inglaterra, además del volumen 1 de El capital, ver Judy Lown (1990) y Laura Levin Frader (1987).

5/ La única referencia a la lucha de mujeres fabriles menciona que las tejedoras del telar mecánico realizaron una huelga por el problema en torno al control de horas trabajadas (Marx, 1995: 352).

6/ Ver Lown, que habla de la oposición de las mujeres asalariadas a las leyes fabriles de 1830 (1990: 214) y de lucha de las trabajadoras de la seda “por mantener control sobre aquellos aspectos de la vida que siempre habían sido centrales para la experiencia de las mujeres trabajadoras: cuidado de los niños, higiene personal y vestimenta” (ibíd.: 162). Sobre las muchachas fabriles “que representan una independencia recientemente descubierta y la libertad para las mujeres”, ver Lown (Iníd.: 43 y ss.) y Seccombe (1986: 121).

7/ Ver Brown (2012: 115).

8/ Marx agrega que, en consecuencia, “[l]os intereses, las condiciones de vida del proletariado se nivelan cada vez más a medida que la maquinaria va borrando las diferencias entre los trabajos” (2008: 36).

9/ Sobre este tema, ver Bock y Duden (1980) y Henninger (2014: 296- 297).

10/ Fortunati agrega que Marx concebía el trabajo reproductivo de las mujeres “a partir de la lectura de los informes del gobierno, que había percibido mucho antes el problema planteado por la usurpación que el trabajo fabril hacía sobre los quehaceres domésticos” (1997: 169).

11/ “Dentro de la familia, y más tarde, al desarrollarse esta, dentro de la tribu, surge una división natural del trabajo, basada en las diferencias de edades y de sexo, es decir, en causas puramente fisiológicas” (Marx, 1995: 285-286).

12/ Ver el capítulo 23 de la parte 7, del volume 1 de El capital (Marx, 1995).

13/ En la primera parte de Teorías acerca de la plusvalía, Marx afirma: “El trabajo productivo sería aquel que produce mercancías o directamente produce, forma, desarrolla la fuerza de trabajo en sí misma” (1969: 172). Como veremos luego, las feministas tomaron esto para indicar que el trabajo doméstico es “trabajo productivo” en el sentido marxiano.

14/ La referencia aquí es a Piero Sraffa y su Production of Commodities by Means of Commodities (1960).

15/ Marx emplea el concepto de subsunción formal versus subsunción real para describir el proceso por el cual en la primera fase de acumulación capitalista el capital se apropia del trabajo “tal como lo encuentra”, “sin ninguna modificación de la naturaleza real del proceso de trabajo” (1021). Por el contrario, existe subsunción real cuando el capital moldea el trabajo/producción para sus propios fines.

16/ Aquí me refiero al trabajo de Harry Cleaver, Reading Capital Politically (2000).

17/ Sobre esto insiste Negri en Marx Beyond Marx (1991).

18/ Al respecto, ver el trabajo de Dolores Hayden, The Grand Domestic Revolution (1985).

19/ Ver “Women and the Subversion of the Community” en The Power of Women and the Subversion of the Community (1975).

20/ Ver Sex, Race, and Class (James, 1975).

21/ Ver Fortunati (1997).

22/ Ver Caliban and the Witch. Women, the Body and Primitive Accumulation (2004).

23/ Ver la discusión de Heather Brown sobre The Ethnological Notebooks of Karl Marx (Krader, 1974) en sus capítulos 6 y 7 (2012).

 

Fuente Herramienta

Reimaginar la revolución // Amador Fernández-Savater

Dice el filósofo Gilles Deleuze: “hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar”. Es decir, tenemos imágenes de lo que supone pensar (un esfuerzo de la voluntad, un trabajo académico) que bloquean el pensamiento. ¿Podríamos decir igualmente que hay “imágenes de cambio” que nos impiden cambiar? Imágenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o político) que bloquean en la práctica el cambio mismo.

Estas “imágenes” de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una función de orientación: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brújula.

Hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imágenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depósitos o semilleros de imágenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brújulas.

La imagen revolucionaria de cambio

La imagen de cambio por excelencia durante al menos dos siglos -pongamos, desde 1789 hasta 1976- ha sido sin duda la imagen revolucionaria. Nunca consistió en una sola imagen, sino más bien en una constelación: imagen de cambio, pero también de militancia, de conflicto, de objetivo, de organización, etc. Es decir, una determinada concepción de la transformación social implica una red o un haz entero de imágenes: modalidades de compromiso, formas de antagonismo, figuras del enemigo, esquemas organizativos, etc. La imagen de cambio es siempre imagen de imágenes.

¿Cómo caracterizar la imagen revolucionaria de cambio? Podemos tomar un primer apoyo en Hannah Arendt. En los primeros capítulos de su libro On revolution, al preguntarse por el significado de la revolución, Arendt destaca dos detalles de la Revolución Francesa: la ejecución del rey y el nuevo calendario (como se sabe, abolido el viejo mundo, la Revolución marca el año I de la nueva era y cada mes es rebautizado: Brumario, Pluvioso, Germinal, Termidor, etc.). Esos dos símbolos (bien materiales) nos remiten muy directamente a una cierta imagen del cambio revolucionario: consiste en el derrocamiento del orden antiguo y en un nuevo comienzo, un comienzo absoluto.

La imagen revolucionaria de cambio está determinada por un corte, una discontinuidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Todo ello atravesado por la idea de “necesidad histórica” que Arendt detecta en las metáforas de los discursos revolucionarios: “corriente irresistible”, “tempestad irrevocable”, “vendaval imparable”, etc. La revolución es un cambio radical y al mismo tiempo necesario.

No por casualidad la filosofía hegeliana será el “lenguaje del cambio” durante dos siglos: su “sistema de imágenes” (dialéctica, negación, superación) permite sostener y resolver esa aparente paradoja de un cambio absoluto y a la vez absolutamente necesario. Mi amigo Juan Gutiérrez habla del “pasodoble del No” marxista y hegeliano: la negación de la negación (la negación de lo que niega la humanidad) nos conduce a la afirmación (un mundo y un hombre nuevos).

Las utopías pedagógicas de la Revolución Francesa

En los trabajos del historiador Bronislaw Baczko sobre las utopías pedagógicas de la Revolución Francesa, podemos encontrar algunos desarrollos empíricos concretos a los análisis de Arendt. Aunque la mayoría de proyectos educativos revolucionarios sólo se pusieron en práctica con posterioridad (y con las mil limitaciones y contradicciones que impone lo real a los sueños), las utopías pedagógicas nos dan a ver muy claramente cuáles y cómo eran las imágenes revolucionarias en acción entonces.

¿Cuál es el mayor desafío de la Revolución? La revolución es ruptura y discontinuidad radical, pero para persistir, reproducir y durar tiene la necesidad de crear “un pueblo nuevo”, un pueblo completamente emancipado del peso del pasado. El objetivo principal de la Revolución es “formar al Hombre nuevo para la Ciudad regenerada”. Hombres nuevos liberados al fin de los prejuicios, hechos a la medida del tiempo que se abre, modelados como arcilla por una potencia educativa considerada casi omnipotente.

El primer paso es eliminar los viejos errores, las viejas supersticiones, los viejos tabúes. Sólo así puede edificarse un mundo enteramente purificado, en todos sus detalles. “Hay que destruir el pasado hasta en sus últimos vestigios…”. No se trata de unos cuantos cambios, de un puñado de reformas. Por cualquier mínima rendija puede colarse el viejo mundo de nuevo, con su lote de ignorancias y opresiones. De hecho, los revolucionarios nunca dejaron de achacar el “fracaso” de sus aspiraciones al complot siempre renovado de lo viejo (que justificaba el recurso terrorista a la guillotina como pedagoga suprema).

Es en la Escuela donde se juega el porvenir de la República. Allí se corregirán los errores y se transmitirán nuevos saberes. Pero no sólo: la Escuela debe apoderarse de la imaginación y las pasiones humanas, generar nuevos comportamientos: “maneras francas, lenguaje sin grosería, el temperamento y el porte de un hombre nuevo”.

Un debate crucial se abre enseguida: el sueño de formar al hombre nuevo presupone al formador ideal, pero ¿dónde encontrarlo? ¿Quién instruirá a los instructores? Algunos van todavía más allá: ¿no es la misma idea de Escuela otro “vestigio del pasado”? Es lo que argumentan los más radicales seguidores de Rousseau: la sociedad (revolucionaria) misma es la mejor escuela. El nuevo orden debe poder “respirarse” a cielo abierto, en las asambleas revolucionarias y las sociedades populares, en el nuevo calendario y la nueva toponimia, en las fiestas cívicas y el recién creado sistema de pesos y medidas. La educación del “hombre nuevo” no debe tener límites espaciales ni temporales, sino poder “absorberse” directamente de las cosas, en lugares de formación permanente, ser ubicua.

En cualquier caso, la escuela (como modelo de sociedad, sostenida en una fuerte organización estatal y una nueva élite de maestros-legisladores ilustrados) y la sociedad revolucionaria (como escuela de costumbres) asumen el principal reto revolucionario: romper con la “vida orgánica” (la familia, las comunidades de nacimiento) y “elevar las almas al nivel de la Constitución”; colmar la brecha o el intervalo entre el hábito y la ley, entre la vida como es y la vida tal como debiera ser; “imaginar la perfección y realizarla enseguida”.

Los niños, la infancia, serán el objeto principal de las utopías pedagógicas revolucionarias, como “página en blanco” sobre la que puede escribirse infinitamente. El niño como  pueblo por venir. El pueblo como el niño que educar (o reeducar). La Revolución Francesa es, según Michelet, “la gran revolución de la infancia”.

El ángel de la Revolución Cultural china

La idea-imagen de la revolución inaugurada en 1789 no se agota allí, sino que impregna (como modelo de referencia e inspiración) dos siglos de tentativas revolucionarias de transformación social (en muy diferentes versiones, según los contextos).

Acerquémonos por un lateral a la Gran Revolución Cultural China de Mao-Zedong. En 1975, dos intelectuales y militantes maoístas franceses, Guy Lardreau y Christian Jambet, publican El Ángel, un libro que se plantea hacer balance de la experiencia del maoísmo francés. Una experiencia que se vuelve masiva curiosamente después de la revuelta profundamente libertaria de Mayo del 68. Cientos de jóvenes rompen entonces con su medio (familiar, geográfico, social) e ingresan en las fábricas francesas, donde tratan de mezclarse con el proletariado industrial y ayudarle a superar el marco organizativo clásico de la CGT, el corsé que había asfixiado la potencia subversiva del Mayo.

En 1974 se disuelve la gran experiencia organizativa maoísta de la Gauche Prolétarienne (Izquierda Proletaria) y la crisis de sentido se apodera de los militantes prochinos. Enseguida empezarán a llegar y socializarse además los testimonios disidentes sobre la China que ellos idealizan, pues se relacionan más con un mito inspirador que con una realidad histórico-social. El Ángel pretende ser al mismo tiempo una revisión autocrítica (pero no arrepentida) de la experiencia y una reactualización de su apuesta: “el Ángel que anunciamos ha sido siempre vencido, terminará triunfando en una revolución inaudita”. Un libro extraño y original, violento e intenso, hermoso a su manera (fría, metálica…) que nos permite captar algunas imágenes de cambio del maoísmo.

Para elaborar el balance, los autores toman apoyo en una relectura de los textos del cristianismo antiguo, planteando una analogía entre la experiencia maoísta y la de los primeros cristianos. ¿En qué sentido? En ambos casos estamos ante movimientos de masas: uno (ascético) en el mundo helenístico, otro (político) en el capitalismo moderno. Los dos consisten en una revolución cultural -más allá de la revolución política e ideológica- que pretende “alcanzar al hombre en lo que tiene de más profundo”. Y en ambos hay una visión dualista/maniquea del mundo según la cual existen dos Vías y dos Espíritus (la Luz y las Tinieblas) y entre ellas se trata de zanjar, decidir.

No hay que esperar el comunismo como desenlace automático de la dinámica de los modos de producción, la revolución es el gesto colectivo que rompe en dos la historia del mundo: ese voluntarismo radical es la diferencia entre el maoísmo y otras corrientes marxistas-leninistas.

Entonces, por un lado, violencia y furor en la inversión deliberada de todos los valores, lucha sin cuartel contra los restos ideológicos del viejo mundo. Un esfuerzo titánico por extirpar aquello que se reproduce desde la noche de los tiempos, anti-cultura radical donde la posición del revolucionario se confunde en un primer momento con lo salvaje y lo asilvestrado. En el caso del cristianismo, la furia destructora pasa por el rechazo del trabajo, el odio al cuerpo y al sexo mismo; en el caso del maoísmo, por el odio al Pensamiento (el deseo de saber por saber, la curiosidad vana), el olvido de los padres y el desasimiento del Yo.

“Teníamos el deseo de amnesia soberana (…) Hubiésemos deseado quemar la Biblioteca Nacional para sufrir como es debido (…) Convocábamos a todos aquello de los que se podía esperar la amnesia. Decíamos con Mao: “dejad que se acerquen a mí los niños, que son como el sol a las ocho o nueve de la mañana”.

Por otro lado, voluntad de pureza absoluta. El combate se libra en el interior del ser humano, “cada alma se desgarra en dos, que combaten la una contra la otra”. No hay instante indiferente en la lucha contra “las viejas cosas, las viejas ideas”. Como nadie es rojo (o santo) de nacimiento, todo el mundo tiene necesidad de ser reeducado. El mundo, la carne, está en manos del demonio (capitalista), hay que marcharse al desierto o a las fábricas. La libertad es un ejercicio radical de desarraigo de los órganos y lo orgánico. Entre los cristianos, pasa por el rechazo del matrimonio y la procreación, la práctica de la caridad; entre los maoístas, por el rechazo de los valores burgueses del egoísmo, el distinguirse y la vanagloria, la práctica de la crítica y la autocrítica, el auto-examen permanente.

¿Y cómo orientarse, cómo elegir entre “los dos mundos, las dos ciudades, los dos señores”? Cualquier militante maoísta puede llegar a ser un héroe de la revolución mediante el estudio del pensamiento mao-zedong y emulando a otros héroes (que a su vez emularon a otros y así hasta llegar al héroe por excelencia: el propio Mao). El pensamiento de Mao se resume en el famoso libro rojo, prácticamente un manual para la vida diaria del militante escrito a base de sentencias semi-poéticas: los logia o logiones, “piedras preciosas de la concisión”.

Simplicidad y pureza: en el pensamiento mao-zedong “no queda ya nada del mundo antiguo”. Hay que rumiarlo incesantemente: ante cualquier problema, ante cualquier dificultad, ante cualquier decisión (“si no estudiáis al Presidente con asiduidad/ viviréis en la oscuridad/ Estudiad bien sus obras de verdad/ y un sol rojo iluminará vuestros pensamientos”). Pero es un pensamiento que no puede entenderse si primero no se siente. “Lo que hace falta para comprender el pensamiento Mao no es saber, erudición, inteligencia, sino fe en la vía”. En verdad, el pensamiento de Mao no es el criterio para elegir el camino, sino el camino mismo.

Desplazamiento

La Revolución Cultural China funciona como analizador-revelador por su extrema radicalidad. Las cosas no llegaron tan lejos en la URSS: el debate entre Lenin y el proletkult se resuelve a favor del primero (naturalmente). No es posible crear de la nada un orden nuevo, dice Lenin, hay que edificarlo a partir del tesoro del pasado: la cultura burguesa. Y el propio Stalin responde la demanda de crear una nueva lengua que lanza Maiakovski. Si la infraestructura ha cambiado, argumenta el poeta llevando el marxismo al extremo, ¿cómo no va a hacerlo la superestructura? Stalin contesta: el lenguaje está más allá de la lucha de clases. Y fin de la discusión.

Haría falta más trabajo y espacio para asentar bien estas intuiciones. Pero por ahora se trata sólo de señalar algunas de las estrellas que conforman la constelación de la imagen revolucionaria de cambio: la revolución es una guerra a muerte entre dos mundos; el militante es la fuerza de voluntad que empuja lo que es hacia lo que debe ser; el objetivo es el Hombre Nuevo; la organización es la vanguardia consciente (organizada en Partido, embrión de Estado) con visión de conjunto y de la finalidad; el tiempo de la revolución es pensado como discontinuidad radical, a la vez absolutamente necesaria; etc.

Ciertamente, no pueden confundirse las imágenes de cambio revolucionario y lo que efectivamente es la revolución misma, un proceso siempre impuro, contradictorio, imperfecto, imprevisible, incontrolable. Pero lo que nos interesa aquí son las lentes y las brújulas. El objetivo no es juzgarlas o analizarlas críticamente (por su responsabilidad en el terror de Estado, por ejemplo), sino entenderlas. El balance de las revoluciones del siglo pasado lo dejamos pendiente para otro momento y lugar. En todo caso, puede decirse (con Alain Badiou) que ese balance habrá de ser necesariamente “interno” para quienes nos colocamos subjetivamente del lado de las revoluciones y no aceptamos la conclusión de que la misma idea de transformación radical de la sociedad es indeseable y criminal. Lo que ha quedado definitivamente enterrado bajo los desastres del comunismo autoritario no es la idea de cambio social, sino la vieja constelación de la vanguardia consciente, el cambio planificado desde arriba, la tábula rasa y el Hombre nuevo. Ahora no nos interesa tanto la crítica como proponer un desplazamiento.

Imágenes-zombi

En la Puerta del Sol recién ocupada por lo que luego se conocerá como movimiento 15M, alguien saca un cartel que pronto se hará célebre (viral): “nobody expects the spanish revolution”. ¿Significa esto la revitalización del imaginario revolucionario, tras décadas de consenso en torno al “fin de la Historia”: la democracia representativa y la economía de mercado como horizonte insuperable de la humanidad? No lo creo. La frase es sólo un desvío humorístico de un famoso sketch de los Monty Python: “nobody expects the spanish inquisition”. Esta manera metafórica, vago e irónica de hablar de la revolución es más bien síntoma de un agotamiento, el agotamiento de un imaginario de dos siglos.

¿Entonces? ¿Podemos decir que los movimientos políticos actuales (como el 15M y el resto de “movimientos de las plazas”) son movimientos simplemente “reformistas” que buscan algunos pequeños cambios en el marco dado de lo posible? ¿O bien este agotamiento del imaginario revolucionario debe conducirnos al pesimismo (“ya no es posible cambio alguno”)? Ni una cosa ni la otra, ambas son de hecho tributarias de la centralidad del imaginario revolucionario.

Pensamos más bien (con autores como Alain Badiou o Santiago López Petit) que atravesamos un “periodo de intervalo” o un “impasse”. Ese intervalo o impasse tiene que ver con un “desacople” entre las nuevas formas de politización y los imaginarios existentes de cambio. Las prácticas colectivas experimentan nuevas vías, pero casi a tientas. Y las viejas imágenes de cambio, aún saturadas y agotadas, siguen sobrevolando las cabezas y los cuerpos, como imágenes-zombi.

¿Cuál sería el problema de este “desacople”? Por un lado, mirándose en el espejo-modelo de las viejas imágenes revolucionarias, los movimientos obtienen de sí mismos un reflejo desvalorizante, despotenciador, entristecedor. Las imágenes-zombi separan a las experiencias vivas de lo que son y de lo que pueden.

El mismo 15M nos ofrece un ejemplo muy claro: a pesar de ser uno de los movimientos con mayor impacto en la sociedad española de los últimos 40 años (cuestionando profundamente la arquitectura política y cultural heredada de la Transición, desplazando los umbrales de percepción y sensibilidad social, neutralizando la tentación fascistoide que crece en toda Europa), el lamento y la queja nunca han dejado de acompañarlo: “no ha cambiado nada”. Sin otras lentes y otras brújulas, apegados a las antiguas imágenes, se reenvía una y otra vez la capacidad de transformación social a las formas y fórmulas ya conocidas: el partido que, tomando el poder (por vía electoral esta vez), cambia las leyes y los marcos jurídicos, la macropolítica. El cambio social es un cambio por arriba o no es.

Por otro lado, las imágenes-zombi debilitan las prácticas efectivas y las experiencias vivas dando valor sólo a ciertos aspectos de las mismas en detrimento de otros: se privilegia lo masivo, los momentos de insurrección abierta, lo épico, lo híper-visible, etc. Se hace necesario y urgente otro imaginario de cambio. Imágenes adecuadas para ver y pensar un cambio social complejo, no lineal, con sus mareas altas y bajas, procesos y eventos, continuidades y discontinuidades. Capaces de dar valor y visibilidad a las transformaciones invisibles y silenciosas, intersticiales e informales, imprevisibles e involuntarias, micropolíticas y afectivas, bastardas e impuras. Imágenes en las que encontremos compañía, valor y potencia.

Y no sólo necesitamos nuevas imágenes, sino también otra relación con ellas. Los viejos imaginarios revolucionarios cristalizaron demasiadas veces en un “mito tecnificado” (Furio Jesi): trascendente, rígido, inmóvil. Precisamos entonces, no tanto de un “sistema de imágenes” (acabado y coherente), como más bien de una especie de tejido, un patchwork infinito y en construcción permanente, siempre susceptible de ser modificado y alterado, donde todo suma y nada sobra, porque cada jirón (cada imagen) puede tener su momento y su ocasión. De hecho, ni siquiera se trata de negar o descartar las viejas imágenes revolucionarias de cambio (pueden ser un jirón más del patchwork), sino de complementar, multiplicar y enriquecer el repertorio de lo posible.

La “guerra de posiciones” según Antonio Gramsci

¿Dónde podríamos empezar a buscar imágenes inspiradoras para reimaginar el cambio social? Propongo ahora, simplemente a modo de indicación, tres fuentes posibles. Voluntariamente, se trata de tres experiencias del pasado. La imagen revolucionaria de cambio fue tal vez hegemónica pero no la única y el pasado es un depósito de saberes siempre actualizable desde el presente. El nuevo imaginario de cambio no necesita cortar con el pasado, sino más bien aprender a recrearlo, traducirlo y resignificarlo.

La primera fuente de inspiración posible es la obra de un autor: Antonio Gramsci, el filósofo-militante italiano. Gramsci es un nombre completamente interno al pensamiento marxista-leninista, pero sin embargo su obra es un terreno fecundo en claves nuevas. ¿Cómo es posible? En parte se lo debemos a Mussolini. Gramsci tuvo que inventar un lenguaje encriptado para esquivar la censura en las cárceles del fascismo italiano: hablaba de “filosofía de la praxis” para referirse al marxismo, etc. Ese mismo lenguaje encriptado nos llega hoy, décadas después, como lenguaje poético con multitud de lecturas y significados posibles. Eso mantiene a Gramsci a salvo de convertirse en una “lengua muerta”, como ocurre con la mayor parte del marxismo-leninismo.

Otra razón de la actualidad de Gramsci es su concepción del cambio social. En la cárcel, Gramsci reflexiona largamente sobre un fracaso repetido. La revolución pensada como “guerra de movimiento” (caracterizada por la velocidad, el asalto frontal al poder, su carácter minoritario) ha funcionado muy bien en Rusia, pero choca contra un muro en Europa occidental: aplastamiento de la revuelta espartaquista en Alemania, de los consejos obreros en Italia, etc. ¿Qué ocurre?

La guerra de movimiento, piensa Gramsci, sólo tiene éxito allí donde la sociedad es relativamente autónoma del Estado y la “sociedad civil” (las instituciones que construyen el consenso social: medios de comunicación, etc.) es “primaria y gelatinosa” (como en la Rusia zarista). Sin embargo, en Europa occidental la sociedad civil es sólida y protege el orden del Estado como una “robusta fortaleza de casamatas”, resistente a las “irrupciones catastróficas del elemento económico inmediato: crisis, depresiones, etc.”

Ni “misticismo histórico” (la revolución como fulguración milagrosa), ni determinismo económico (el hundimiento económico desencadena el proceso revolucionario), Gramsci propone reimaginar la revolución como “guerra de posiciones”. El rasgo clave de la guerra de posiciones es la afirmación y el desarrollo de una nueva visión del mundo. En cada gesto de la vida cotidiana hay una visión del mundo implícita. El proceso revolucionario consiste en difundir una nueva visión del mundo (y por tanto otros gestos) que vacía y desplaza poco a poco el poder de la antigua. Es lo que Gramsci llama “construcción de hegemonía”: no hay poder sin hegemonía, sin control sobre los gestos de la vida corriente. Sería un poder sin legitimidad, reducido a pura represión, al miedo. A la toma del poder le debe preceder, concluye Gramsci, una “toma” de la sociedad civil.

Para ilustrar esta otra idea de revolución, Gramsci recurre al ejemplo de la Revolución Francesa. Su mirada contrasta con la de Arendt: Gramsci no se fija en la ejecución del rey y el nuevo calendario, sino en el movimiento previo de la Ilustración. Durante décadas, a través de los salones, los clubs y las enciclopedias, la Ilustración disemina la idea de una igual dignidad de las personas en tanto que seres dotados de razón. La nueva concepción del mundo desplaza a la antigua, minando los pilares del Antiguo Régimen sin que nadie se de cuenta. Finalmente, cuando se hace la Revolución, viene a decir Gramsci, se ha ganado ya antes. La dominación carece de legitimidad, es sólo una cáscara vacía que de desploma al primer golpe.

Es verdad que en Gramsci funcionan todavía ideas muy clásicas: el Partido como cerebro que dirige un cuerpo, “pregonero y organizador” de la nueva visión del mundo, intelectual colectivo. Pero la imagen de la guerra de posiciones puede resultarnos hoy muy inspiradora: como una infiltración más que un asalto, un lento desplazamiento tectónico más que una acumulación de fuerzas, un movimiento colectivo y anónimo más que una operación minoritaria y centralizada, una forma de presión indirecta, cotidiana y difusa más que una insurrección concentrada y simultánea (aunque Gramsci no excluye el recurso a la insurrección, lo subordina a la construcción de hegemonía).

La revolución se gana antes de hacer la revolución, en el proceso de elaboración y expansión de una nueva definición de la realidad: lo que cuenta y lo que no cuenta, lo que que vale y lo que no vale. Definición no escrita en los libros, es decir, no sólo ni principalmente cuestión de “ideas”, sino inscrita en los gestos, en los comportamientos, en las relaciones entre los seres, con las cosas y el mundo.

La “revolución social” anarquista

La segunda fuente de inspiración posible es una filosofía en movimiento: el anarquismo. Nos interesa ahora tal y cómo ha sido releída y traducida al presente por Daniel Colson, filósofo e historiador libertario.

En su Pequeño léxico filosófico del anarquismo, Colson recuerda cómo los anarquistas se alejaron muy pronto de la idea-imagen de Revolución, demasiado asociada para ellos a un golpe de Estado, a la transformación social pensada como toma del poder y cambio de régimen constitucional (proceso constituyente, etc.). A la Revolución política, los anarquistas opusieron su “revolución social”. El adjetivo indica un cambio de sentido. En tres aspectos por lo menos.

En primer lugar, la revolución social nace y se desarrolla en el interior mismo de la sociedad: “en el terreno de las clases y las diferencias, de la propiedad y la justicia, de las relaciones de autoridad y las modalidades de asociación, ahí donde se juega el orden o equilibrio de la sociedad, de una multitud de maneras y a través de una transformación de conjunto (multiforme)”. No se trata de derribar o apoderarse del Estado, ni de desposeer a los propietarios del capital a través de una dictadura de los representantes del proletariado: la revolución social es un cambio desde dentro de las mismas relaciones sociales y de poder.

En segundo lugar, la revolución social, a diferencia de la revolución política, no se identifica única, exclusiva o principalmente con episodios excepcionales, movilizaciones callejeras, coyunturas insurrecionales, sino también con procesos silenciosos y cotidianos (creación alternativa de instituciones, relaciones sociales y subjetividades) de los que en último término depende la eficacia de transformación. La “Grand Soir” (gran noche) del imaginario anarquista no remite al corte (brusco, inmediato, instantáneo) entre lo viejo y lo nuevo. Es más bien la expresión o la manifestación final de una potencia acumulada con anterioridad. Como el fruto que el árbol madura, no como un relámpago en el cielo vacío o el asalto voluntarista de una minoría al poder.

Por último, la revolución social no depende de una estrategia clásica (la lógica medios-fines) que unos diseñan y otros ejecutan (la vanguardia consciente y las masas). Es más bien un proceso horizontal y no segmentado jerárquicamente entre lo principal y lo secundario, la táctica y la estrategia. Donde cada momento y cada situación valen por sí mismos y en sí mismos, no como partes de un todo o momentos de una línea del tiempo, ni con arreglo a su posición en un mapa diseñado desde el exterior. Cada lugar y cada instante tienen un valor “prefigurativo” (lo que queremos  es ya lo que hacemos) y no “transitivo” (lo que pasa aquí no tiene más valor que el llevarme allí). La estrategia anarquista no consiste en ordenar, segmentar y dirigir, sino en amplificar y conectar las distintas situaciones hasta conseguir una vibración de conjunto.

Recapitulando, la imagen anarquista de la revolución es 1) social y no política, se da en el interior mismo de la sociedad como campo de fuerzas (no única o principalmente en el poder político o los aparatos del Estado), 2) es un proceso y no  un evento, la “gran noche” es la precipitación final de una condensación de potencia (no el origen, la causa, el “momento de la verdad”); y 3) es horizontal y prefigurativa , sin jerarquía estratégica, remite a otra racionalidad y a otra ética. La gran aportación del pensamiento anarquista a la estrategia (que desbarata todas las estrategias) es la indistinción radical entre los fines y los medios.

La revolución cultural de las mujeres

La tercera fuente de inspiración posible son los movimientos de mujeres durante el siglo XX (como movimientos y como pensamiento: el feminismo). Sin organización única o centralizada, sin toma alguna del Palacio de Invierno, los movimientos de mujeres han desencadenado transformaciones político-antropológicas de una magnitud inaudita, redefiniendo radicalmente las relaciones hombre-mujer y, con ello, el orden masculino de lugares, funciones y cuerpos: lo público y lo privado, lo personal y lo político, la producción y la reproducción, etc.

Lo que nos interesa aquí ahora es resaltar cómo, en sus formas mismas de acción y organización, los movimientos de mujeres proponen un “más allá” del imaginario revolucionario clásico: el sujeto (heroico) contrapuesto al mundo y que lo empuja en la buena dirección; la libertad entendida fundamentalmente como desarraigo radical de “la vida orgánica”; la realidad como arcilla o página en blanco a nuestra disposición, para moldear o escribir en ella infinitamente; la acción como intervención exterior que “modela” y da forma; el cambio revolucionario como “producto” de una técnica revolucionaria, etc.

Es decir, los movimientos de mujeres no sólo plantean una renovación radical de los contenidos, sino del paradigma mismo de la acción política revolucionaria, viril y masculino. ¿Cómo? Me limito tan sólo a dar cinco apuntes.

Haciendo palanca en la pluralidad. La diversidad de corrientes, versiones, grupos, revistas del movimiento feminista ha sido enorme. Siempre en tensión y disputa, pero sin voluntad de unificación en una sola Visión u Organización, sino buscando más bien un equilibrio dinámico y conflictual, un equilibrio de lo heterogéneo.

Cambiando la vida desde la vida. Dando la pelea en el tejido mismo de la vida cotidiana (sin aceptarlo tal y como es, pero sin buscar tampoco un mundo ideal aparte): trastocando los espacios domésticos, los lugares de trabajo, las relaciones amorosas, el cuerpo y la maternidad, la sexualidad, los cuidados y la reproducción de la vida…

Vinculando el pensamiento a la experiencia. El feminismo es un pensamiento que elabora la experiencia vivida. El esfuerzo por dar nombre, concepto y relato a los malestares comunes y cotidianos (en los grupos de autoconciencia, etc.). Se deconstruye así la relación jerárquica entre el pensamiento (como proyección de modelo, de ideal, de deber ser) y la acción (como ejecución, como realización).

Poniendo el cuerpo. El feminismo cuestiona radicalmente el primado de la conciencia de la teoría política clásica. El cambio no puede fiarse sólo a un cambio ideológico, sino que pasa por la alteración de los comportamientos cotidianos. El cuerpo no es lo que hay que domeñar (la “organicidad” que se trata de someter a la razón y al ideal), sino la fuerza (vulnerable) de la que partir.

Dando valor a lo invisible. La política de transformación no obedece el mandato hollywoodiano “luces, cámara y acción”. Las prácticas de resistencia son muchas veces cotidianas, invisibles, calladas: la “anestesia sexual” practicada informalmente por muchas mujeres como control informal de la natalidad, la huelga sexual, la huelga de vientres, etc. El feminismo permite ver y valorar también como “luchas” prácticas de abstención, de sustracción, de silencio.

Los movimientos de mujeres han engendrado, en definitiva, una verdadera “revolución cultural”, una auténtica mutación antropológica que va mucho más allá de un mero cambio político o ideológico, pero evitando justamente todo lo que hizo de las revoluciones culturales del pasado una empresa normativa, coactiva y finalmente terrorista: el primado del ideal y del modelo al que hay que someter la realidad.

Repensar el conflicto y la enemistad

Gramsci, el anarquismo y los movimientos de mujeres: tres fuentes que pueden contribuir a elaborar otra racionalidad y otra imaginación política, más compleja, más rica y menos lineal, capaz de acompañar un cambio social sin sujeto (como causa o autor), sin espacios o tiempos privilegiados, sin fe en un corte mayor en la historia (aunque haya discontinuidades y estas sean decisivas).

En las tres insisten (de modos distintos) algunas ideas-fuerza importantes para nutrir una concepción pos-revolucionaria de la transformación social:

la afirmación: no surge otro mundo posible de la negación del viejo (la violencia liberadora, la negación de la negación como afirmación), sino más bien de una redefinición de la realidad (encarnada en nuevas maneras de hacer, ver y vivir) que se amplifica, expande y propaga por todas partes.

lo indirecto: los momentos épicos y visibles son “puntas de iceberg”, “concentrados” y “compuestos” de otras cosas, espuma que corona una ola de fondo. Resultantes indirectos (involuntarias, no intencionales) de luchas y cambios procesuales, cotidianos.

la multiplicidad: el cambio se desarrolla en una pluralidad de tiempos y espacios, a través de una diversidad de actores y escalas, que no se trata de “unificar”, sino de “equilibrar”. Un equilibrio siempre conflictual y dinámico que no busca “resolver” las contradicciones, sino elaborarlas como tensión productiva.

En las tres fuentes hay también elementos para repensar el conflicto, el antagonismo y la figura del enemigo (problemas políticos de primer orden). En la lógica tradicional, la existencia de un mundo pasa por la destrucción total del otro: es la polarización viejo/nuevo, antiguo régimen/ciudad ideal, burguesía/proletariado. El conflicto se imagina como gesto radical de corte y separación. Por ejemplo, un autor contemporáneo como Zizek, que trabaja en el reciclaje de las viejas imágenes de cambio, lo piensa a menudo de ese modo: un Acto (así en mayúsculas) de autonomía y desconexión.

En cambio, Gramsci propone una “inclusión subordinada” del adversario: ya no se trata de eliminarle, sino de poner su fuerza al servicio de otros fines (de otra visión del mundo). El anarquismo, tal y como lo explica Colson, funciona según una lógica “situacional” de la enemistad y el conflicto: no hay enemigo en lo absoluto, sino obstáculos a la propia potencia que aparecen en tal o cual situación. Amigo y enemigo (alianzas y obstáculos) dependen de la situación y pueden cambiar, redistribuirse de otros modos. Finalmente, los movimientos de mujeres no señalan al hombre como su enemigo, sino más bien a las condiciones y estructuras (patriarcales) que determinan y sostienen la desigualdad. Los hombres concretos pueden ser amigos y aliados.

Se trata de otro imaginario del cambio: ya no es la guerra de dos mundos entre los que hay un  antagonismo absoluto, sino que hay un “solo mundo común” en el que los diferentes tenemos que convivir en igualdad. El otro ya no es un Otro absoluto que se trata de excluir o eliminar, sino que estamos vinculados a él por una cierta relación de interdependencia y reciprocidad.

Imágenes rebeldes de cambio

Se pueden investigar también imágenes pos-revolucionarias de cambio en autores contemporáneos. Pienso por ejemplo en la “lógica de red” según Margarita Padilla, en la “estrategia sin estrategas” de Foucault, en las “grietas” de John Holloway, en las “potencias de variación” de Lazzarato, en los “procesos recombinantes” de Franco Berardi (Bifo) y un largo etcétera a explorar.

O también en movimientos. El zapatismo, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo enorme por nombrarse y contarse con palabras propias, por destilar su experiencia en conceptos, por elaborar y compartir nuevas imágenes de cambio. Por ejemplo, la distinción entre el “rebelde social” y el “revolucionario”: “Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revés del rebelde social. El revolucionario se plantea: “vamos a hacer un movimiento de rebeldía, tomo el poder y desde arriba transformo las cosas”. Y el rebelde social no. El rebelde social va planteando demandas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse el tema del poder”. O la concepción anti-vanguardista, incluyente y colectiva de la transformación social: “Todos los métodos tienen su lugar, todos los frentes de lucha son necesarios y todos los grados de participación son importantes. El problema de la revolución [ojo con las minúsculas] pasa de ser un problema de la organización, del método y del caudillo [ojo con las minúsculas] a convertirse en un problema que atañe a todos los que ven esa revolución como necesaria y posible, y en cuya realización todos son importantes”.

Me pregunto, ya para acabar, si las imágenes que necesitamos no remiten a un desplazamiento radical de perspectiva, “civilizatorio” incluso. Una salida de cierto paradigma occidental. En sus libros, el filósofo y sinólogo francés François Jullien explora una y otra vez el contraste entre (lo que podríamos llamar) la “imagen griega del mundo” y “la imagen china del mundo” (en relación al tiempo, el pensamiento, el arte, el cuerpo, la estrategia y la eficacia, etc.).

Occidente, explica Jullien, divide el mundo en dos: lo que es y lo que debe ser. Es el gesto platónico por excelencia La idea occidental de eficacia se deriva de aquí: se trata de proyectar sobre la realidad lo que debe ser (en forma de Plan o Modelo) y tratar de materializarlo (llevarlo a la práctica, aterrizarlo). Entre el ser y el deber media la voluntad humana de colmar esa brecha y “enderezar la realidad” (ponerla derecha, es decir, según el Derecho, la Ley, lo que debe ser). El entendimiento abstrae y modeliza, la voluntad aplica y ejecuta. En el caso del arte militar de la guerra, el Estado Mayor propone el Plan y los ejercitos rompen las resistencias que opone la realidad. La batalla campal donde se lucha por aniquilar completamente al enemigo es el momento decisivo en el que se juega todo: la “esencia” de la guerra.

También la revolución se ha pensado desde ese molde: la vanguardia (que posee la ciencia de la sociedad y la historia) desvela y decreta lo que debe ser, la revolución es la “lucha final” en la que impondremos el plan a la realidad. De hecho, en un artículo de los años 80 publicado en la revista aut aut, el italiano Lapo Berti argumenta que la idea moderna de revolución es un concepto tributario del modelo científico propio de la mecánica clásica: la sociedad es una máquina que tiene leyes propias que se trata de conocer para poder desde ahí planificar un conjunto de acciones (estrategia) con fines de cambio.

La imagen china del mundo, según François Jullien, propone una inspiración muy diferente: no se trata de proyectar un plan y ejecutarlo (“imaginar la perfección y realizarla enseguida”, como se decía en la Revolución Francesa), sino de activar todos los sentidos para captar las potencias que ya trabajan lo real y acompañarlas, desplegarlas con cuidado, sin voluntarismo alguno.

Si pensamos el cambio social con la imagen china que nos propone Jullien, la constelación de imágenes que resulta es muy diferente: el militante ya no sería la fuerza de voluntad que colma, mediante un esfuerzo agotador, la brecha entre el ser y el deber ser, sino quien está comprometido o implicado en una situación particular y con unas potencias particulares; la vanguardia se transforma más bien en “retaguardias” capaces de detectar y acompañar procesos que ellas no dirigen ni crean; la estrategia es un trabajo de cuidado, como el de un jardinero; la organización política es la serie de dispositivos que justamente “dejan pasar” la potencia, sin trabarla al someterla a un ideal previo; la temporalidad de cambio es el tiempo de un proceso, el tiempo adecuado a la maduración de un potencial de situación, sin “batalla final”; el conflicto es el desbloqueo de la fuerza afirmativa, no la negación de la negación que trae un mundo nuevo, etc.

Y la sensibilidad sería la cualidad principal del rebelde, como la fuerza de voluntad lo fue del revolucionario, porque ya no se trata de imponer a lo real un sentido previo, sino de abrirse a sentir por dónde circula la potencia y ser capaz de acompañarla sin forzar, con tacto.

Referencias:  

Sobre la revolución, Hannah Arendt, Alianza Editorial (Madrid, 2013).

“Utopies pédagogiques de la Révolution française”, Bronislaw Baczko, revista Libre (París, 1980).

El Ángel; por una cinegética de la apariencia, Christian Jambet y Pierre Lardreau, Ucronía (Barcelona, 1979).

El siglo, Alain Badiou, Manantial (Madrid, 2008)

Guerre de mouvement et guerre de position, Antonio Gramsci & Razmig Keucheyan, La Fabrique (2012).

El capítulo “El compromiso de Antonio Gramsci” en el libro En compañía de los intelectuales, Michael Walzer, Nueva Visión (1993).

Petit lexique philosophique de l’anarchisme, Daniel Colson, Le livre de poche (2001).

Revolución en punto cero, Silvia Federici, Traficantes de Sueños (Madrid, 2013).

Mujeres en el mundo; historia, retos y movimientos, Mary Nash, Alianza (Madrid, 2012)

EZLN: documentos y comunicados (tomo 5: la marcha del color de la tierra), EZLN, Editorial Era  (México DF, 2003).

Tratado de la eficacia, François Jullien, Siruela (Madrid, 1999).

“Rivoluzione o…? Considerazioni sul problema della trasformazione sociale”, Lapo Berti, en aut aut, n. 179-180 (1980).

Y, sobre todo, las conversaciones con Franco Ingrassia, Juan Gutiérrez, Leónidas Martín y las compañeras de la Escuela de Afuera.

Macri nos re cabió // Diego Valeriano

Nos re cabió porque no entendemos, no sabemos, no queremos corrernos de la comodidad militante. Porque nos importa la víctima según quien sea el victimario, porque justificamos atrocidades espantosas y hasta las perdonamos. Porque hablamos de Clarín, porque no supimos dejar de cantar canciones que estaban bien hace 20 años, pero ya no. Porque mientras matan a una pibita hablamos del codificado.

Macri nos re cabio porque no sabemos escuchar a los que no hablan florido, porque manejamos planes, bolsones y subsidios, porque leemos cosas que ya son inverosímiles, porque despreciamos el miedo de una vieja cuando baja el sol en Morris. Porque de modernos que somos ya somos antiguos, porque queremos querer vidas heroicas. Porque Macri es la cultura y nosotros solo posteadores seriales de temas que no sabemos.

Nos re cabió porque creemos que si una vida es política tiene más valor, porque decimos cuadro político, compañero, estadista y algunos dicen jefa. Porque no nos reímos tanto, porque somos banales. Porque cuando el carnicero dice que hay que matar a todos le hablamos de derechos, escuela pública y posibilidades. Porque movilizamos como antídoto de todo, porque la revolución dejó de tener realidad práctica, porque estamos atravesados por una cantidad demente de palabras e imágenes.

Y porque casi que no dijiste nada por Luciano, porque usaron a Dario y Maxi. Porque por cualquier cosa hablamos de la dictadura, porque estamos solos, porque decimos demasiadas veces neoliberalismo, porque no entendimos y ellos sí, por eso nos re cabió. Porque es la tecnología y no la ideología. Porque creímos que todas nuestras miserias políticas eran buenas en pos de algo superior, porque hablamos en nombre de los otros. Porque creemos en la educación como herramienta de transformación, porque tercerizamos supuestos dolores, porque hacemos talleres en los barrios una vez por semana, porque casi todos nosotros somos empleados estatales.

Macri nos re cabió porque no todo se discute. Porque perdimos espontaneidad, porque hay sensibilidades que no se explican y sin embargo están, porque no vimos las constelaciones de afectos posibles. Porque desaprovechamos la oportunidad que tuvimos ese diciembre, porque todo esto es pura suerte, porque resistir es algo más de lo que estamos haciendo y porque no nos hacemos cargo de que hay lugares a los que nunca volveremos, aunque siempre volvamos.

2017-11-14

El joven Karl Marx, película subtitulada en Español // Lobo Suelto

LINK A LA PELÍCULA:

Sinopsis: Juntos, entre la censura y las redadas policiales, los disturbios y motines que presidirán el nacimiento del movimiento obrero que hasta entonces había sido mayoritariamente improvisado y desorganizado. Hasta convertirse en la más completa transformación teórica y política del mundo desde el Renacimiento impulsado, contra todas las expectativas, por dos jóvenes brillantes, insolentes y agudos procedentes de buena familia.

El joven Karl Marx
Título original
Der junge Karl Marx
País
Alemania, Francia, Bélgica
Estreno en Alemania
02/03/2017
Productora
Agat Films & Cie, Velvet Film, Rohfilm, Artémis Productions
Distribuidora
Neue Visionen Filmverleih
Distribuidora en España
Pirámide Films
Director
Raoul Peck
Guión
Pascal Bonitzer, Pierre Hodgson, Raoul Peck
Reparto
August Diehl, Stefan Konarske, Vicky Krieps, Olivier Gourmet, Hannah Steele, Eric Godon, Rolf Kanies, Stephen Hogan, Niels-Bruno Schmidt, Ulrich Brandhoff, Denis Lyons, Damien Marchal, Aran Bertetto, Wiebke Adam, Annabelle Lewisto

ACONTECIMIENTO MEYERHOLD // Silvio Lang

 

El nombre del director escénico, ruso y comunista Vsevold Meyerhold (1874-1940) anuda cuatro movimientos de la historia del siglo XX que elaboraron lo colectivo contemporáneo: la revolución bolchevique donde se juega la creación del “hombre nuevo” y el protagonismo de las masas; las primeras vanguardias estéticas que mezclan arte y vida; el terror del Estado estalinista que reacciona, captura y asesina ese proceso de “revolución permanente”; y el giro performático en el teatro, que libera de la totalización de la representación obligada. Meyerhold significa el acontecimiento cultural que produce ese anudamiento entre política, arte, vida y revolución.

 

Víctima de la estafa de los Juicios de Moscú, en 1940, y rápidamente fusilado por Stalin, es el primer hombre de teatro asesinado por el Estado. Sus posiciones estéticas y políticas y su producción escénica eran una amenaza al totalitalismo cultural y político estalinista.

 

Muchos nombres de la saga revolucionaria y del arte contemporáneo acompañaron a Meyerhold en sus creaciones: Maiacovsky, Eisenstein, Vertov, Tchaicovsky, Debussy, Mussorgsky, Malevich, Maeterlinck,  Popova, Stepanova. Y muchos otros influenciaron sus elaboraciones estéticas: Wagner, Strauss, Gluck, Trosky, Chaplin, Appia, Craig, el jóven Marinetti, Vajtángov…

 

Varios desplazamientos produjo Meyerhold en la historia del arte escénico y la producción cultural hacia un comunismo pagano –la igualdad festiva de todos los seres y las cosas-:

  • una nueva actuación, basada en la capacidad del actor y su relación con lo imposible de hacer, donde el actor es el creador que organiza su materialidad y dirige su performance. Para ello, la formación de los actores y las actrices requiere de una educación política que considere la práctica como arma;
  • un nuevo espectador, copartícipe y creador del goce de la nueva vida revolucionaria;
  • un pensamiento constructivista, que implique la construcción de nuevos edificios teatrales para el teatro del futuro; el develamiento de la maquinaria teatral; la “cineficación” -o tecnificación- del teatro como espectáculo de masas al igual que el cine;
  • una rematerialización de las superficies o formas sensibles de la puesta en escena, que recree las nuevas formas de vida que trae la revolución.
  • un devenir musical del lenguaje escénico, mediante un “teatro asociativo” o de la sensación que mezcle las energías, las expresiones y los estilos urbanos del pasado y del presente,

 

Con estos desplazamientos Meyerhold produce algunas ideas-teatro:

  • la democratización o un comunismo de las formas en una permanente reconstrucción del teatro;
  • la organización estratégica de toda la producción, incluso la recepción, a través del ritmo;
  • la producción del presente colectivo en escena;
  • la investigación autónoma experimental de l*s creadores/as escénicos/as.

 

 

La obra escénica Meyerhold. Freakshow del infortunio del teatro, estrenada en Buenos Aires en 2014, fue una tentativa combativa de inteligir los nudos conceptuales del acontecimiento Meyerhold, a través de las flexiones que su pensamiento produjo en la práctica escénica del siglo XX, y ponerlos en relación con las trascendencias de la producción actual del teatro argentino.

 

Las fuerzas productivas de la escena como organización y transformación del presente colectivo del público; el teatro puesto en relación con algo más que el teatro; la potencia de la producción material de la corporalidad del actor y los otros elementos sensibles de la puesta en escena; la música como recomposición del mundo actual; y el desborde de la arquitectura de la sala, fueron algunos de los ejes conceptuales que experimentamos de su pensamiento y consideramos como armas posibles para discutir con el teatro que hacemos hoy en Buenos Aires y las provincias.

 

La historicidad -potencia de lo que pasó actuando hoy- es una actitud en presente. Es decir, un desbordamiento de la historia para pensar cuál es el campo actual de lo posible, cuáles son las chances de franqueamiento de los límites históricos y cómo romper la normatividad del presente irrespirable.

 

 

* Dossier del espectáculo Meyerhold. Freakshow del infortunio del teatro, de Silvio Lang: http://campodepracticasescenicas.blogspot.com.ar/2017/01/corpus-meyerhold-freakshow-del.html

Link: https://www.youtube.com/watch?v=aJ2G_3rDTZ0

Crédito foto: UNTREF

2017-11-12

Bajo el signo de la distopía // Diego Sztulwark

Serie: Quién necesita una revolución

Diego Sztulwark

En un repliegue la disciplina debe ser más consciente, y es cien veces más necesaria, porque cuando todo un ejército retrocede no sabe o no ve claramente dónde debe detenerse. Se ve solamente el retroceso; en tales circunstancias bastan en ocasiones algunas voces de pánico para la primera desbandada.

V. I. Lenin

 

La inteligencia, de los otros, no termina nunca de ser antídoto contra la tristeza, nuestra.

Javier Trímboli

 

Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, es un libro-pensamiento que habla de y desde un “nosotros” de periferia variable: “nosotros” abarca, en principio, a quienes pensamos bajo la influencia de la revolución derrotada de los años 70. Que sea Javier Trímboli quien asuma esa tarea narrativa constituye un doble acierto. Acierto de los editores (Gabriel Diorio y Diego Carames, Editorial Cuarenta Ríos) al identificar que ese “nosotros” tiene un trayecto colectivo –¿generacional?- para contar: tramado entre la desazón de los años 90 y la actual. Sin un nosotros capaz de pensarse, no hay cómo habitar la escena contemporánea. Y acierto del propio Trímboli, quien propone el signo de la distopía para dar cuenta del trayecto de quienes llegábamos demasiado tarde a la cuestión de la revolución (es decir, la de los años 70) pero demasiado temprano para adiestrar nuestros hábitos al renaciente mundo del mercado. Quizás el acierto sea triple. Esto lo aclara desde el inicio el prólogo de Jens Andermann: Trímboli, historiador, sabe cómo trabajar el archivo para contar la experiencia de este paréntesis.

 

Ese archivo son las lecturas que Trímboli repone para entender aquellos años. Los años 90, en los que leer era pensar qué hacer con los fragmentos de la derrota: buscar en Rodolfo Fogwill (la vida después de la revolución fallida); investigar la superposición de los 70 en los 90 en los textos de Roberto Jacoby; huir de los balances geométricos sin residuos de Beatriz Sarlo; y, sobre todo, descubrir Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX, el gran libro de Horacio González. 2001, en estado de perplejidad ante la aparición de un movimiento de masas que da sus espaldas al peronismo; y desconcierto ante el carácter lejano de esta irrupción: los movimientos nacen alejados de la vida intelectual y universitaria. Distancia geográfica y de clase. El archivo de Trímboli: Mariano Pacheco, Colectivo Situaciones, Ignacio Lewkowicz, María Moreno, Maristella Svampa. De los lejanos inicios del kirchnerismo. 2003: año de la convocatoria “sublunar” de Néstor Kirchner a “una parte importante de estas limaduras desperdigadas”. La línea principal de lecturas aquí parece ser Nicolás Casullo. Sobre estos andariveles transcurre la primera parte del libro.

 

Sublunar quiere decir sin Utopía. Mundo desprovisto de purezas formales y morales. Delimitación de un ámbito de elucidación de la experiencia de quienes persiguiendo los flecos de la revolución fueron adentrándose en el kirchnerismo. Se trata de indagar las razones internas que llevaron a ese nosotros (que por momentos se reduce al autor mismo) a tomar parte activa del Estado durante el gobierno de CFK. Un balance, bien hecho, en la medida en que ofrece las claves para comprender qué cuerdas tocó en ellos el llamado de Néstor Kirchner. No tanto la revolución como la historia. En otras palabras: no hubo conversión sino convergencia. Por razones diversas, se trataba para unos y otros de hilvanar hilos destejidos, de recobrar la dimensión colectiva de la política. En suma: de salir de los 90, vividos como un círculo vicioso entre vidas al borde del desperdicio y política desangelada (aquí el archivo es Fabián Polosecky).

 

Historia más que revolución. Porque la revolución había dejado de tener realidad práctica. Sentido sin tarea o bien tarea sin sentido. Y solo la historia conservaba el contacto con eso que se deseaba y se quería seguir pensando. En un contexto en el que resonaban –tan graves como hoy- las palabras de Walter Benjamin sobre el peligro que corren nuestros muertos cuando el enemigo no deja de vencer. Este acento benjaminiano es el más fuerte del libro. Y el más interesante. Sobre el final, esta línea se aclara. Es Benjamin y es Karl Schmitt tal y como los lee y presenta Paolo Virno (el Virno más agambeniano): las potencias sublunares provienen de motivos enteramente negativos. Ya no se trata del paraíso en la tierra, sino de evitar el mal. No de la victoria siempre, sino de suspender el movimiento hacia la catástrofe, de interrumpir todo lo que se pueda el avance enemigo. El kirchnerismo, para Trímboli, fue una experiencia de esa índole. No el “entusiasmo” que produce la revolución (según Kant) sino un pensamiento que vale la pena sostener en su ausencia (y un rechazo al refugio reaccionario en un utopismo que conserva los valores renunciando a la fuerza efectiva).

 

Libro-pensamiento, porque trabaja sobre las interpretaciones de los hechos. Se ocupa de episodios develando la luz bajo la cual fueron pensados. Una historia que apunta al nexo íntimo que constituye a los sucesos cuando se los lee a partir de las ideas que los trabajan. Lo más interesante del modo de trabajo de Trímboli es esa manera de concebir el archivo: la curiosidad del historiador se orienta hacia la detección de ese pliegue de pensamiento inmanente a los acontecimientos. Ese método es la estructura misma del libro. En primer lugar, para pensar la revista Contorno como inicio del planteamiento de la cuestión “peronismo y revolución” inmediatamente anterior a los primeros ecos de la Revolución Cubana. Y luego, sí, Cooke. Aunque un Cooke más restringido a Perón, lo que no está mal. Aunque se pierde algo importante con relación al Che, que queda una vez más reducido al foco. Otra opción posible hubiera sido seguir las pistas que ligan al Che con las luchas de los trabajadores de la carne, vía Cooke. Ese tipo de enlaces existieron y permiten tensar más aún la “y” (de peronismo “y” revolución). También en Cooke.

 

La derrota produce un defecto óptico. Lo perdido idealizado bloquea un tratamiento “sublunar” de los asuntos de la revolución. Escinde lo que es necesario sostener al mismo tiempo: mito y razón. Hablamos de la escritura de José Carlos Mariátegui, citado en el libro. En palabras de Alberto Flores Galindo: de crear “otra manera de aproximarse al país”, “otro lenguaje”, en el que sea posible la conexión entre “indigenismo y marxismo”. La derrota depende del modo en que resulta pensada. Aquí el material de archivo es la Carta a las Juntas, de Rodolfo Walsh: la derrota militar no es total si se es capaz de desplazarse, un repliegue en las resistencias populares. Pero ¿hasta dónde y hasta cuándo el repliegue? Para plantear la elaboración de estas cuestiones (la derrota como defecto óptico, el repliegue como fijación), Trímboli plantea dos fechas claves: 1989 –el “congelamiento general de la revolución”- y 2001 -efecto del “éxodo de la política”. 1989, año de la desbandada general, y del menemismo leído como desencadenamiento de una guerra –que no cesa- entre villa y policía y el derroche en el consumo (el archivo aquí es Cristian Alarcón). Y 2001: la lucha de clases pensada como motín, el hartazgo de lo político y emergencia de una sensibilidad anarquista. Las lecturas del zapatismo. Acá Trímboli tiene en mente las discusiones en la revista La Escena Contemporánea. Hay una cuestión óptica en juego, todo el tiempo. El repliegue conserva –congelada- una imagen del cambio que no permite “ver” la mutación de las figuras de la rebelión, la irrupción de nuevas fuerzas o modalidades. 2001 no es un regreso de la revolución, sino otra cosa. Algo que no se entiende desde la revolución congelada. La derrota tiene su carga epistemológica. Y la crisis de 2001 trae una experiencia cognitiva nueva (para esta relación entre crisis y recomposición epistémica, Trímboli utiliza interesantísimas citas de René Zabaleta).

Libro-pliegue contra libro-acontecimiento. La inspiración sublunar es otro nombre para un historicismo radical, que en este caso tiene la enorme ventaja de plantear la importantísima cuestión de la relación entre kirchnerismo y 2001 (cuestión negada por las exaltaciones -¿aún se recuerdan?- de un Néstor mitológico como un “viento que vino del Sur”. Una Ruptura desde la Nada). La impresión -dice Trímboli- es que “es imposible entender de qué se trató el kirchnerismo si se elude eso”. La crisis de 2001 –continúa- “posee una densidad tal que hace que esa luz se vuelva a ver”. Efecto óptico del 2001: permite ver de otro modo. Trímboli destaca allí “esa militancia que se puso al frente de la protesta social de la segunda mitad de la década de los noventa”. E indica que parte de esa militancia “alimentó al kirchnerismo”. Indica la cuestión, pero no avanza más allá. Es decir, no queda lo suficientemente planteada la pregunta sobre qué sucedió (y qué se perdió) cuando aquellas luchas debieron reacomodarse al subperíodo que se abre en 2003. Dice, sí, que con el nuevo gobierno comienza el fin de una sensibilidad autonomista: los hitos de ese desplazamiento son la presencia de Fidel en la asunción de Kirchner, las jornadas de rechazo al ALCA y la llamada “crisis del campo”. Todo el proceso de inclusión del “nosotros” al campo político en vías de reestructuración. En otras palabras: el llamado de Néstor ensambla por fin sentido y tarea: “La política sublunar por primera vez nos atrajo. Leíamos como nunca los diarios; hicimos cálculos electorales de todo tipo; no faltó quien se entrevistara con un barón del conurbano y nos sentamos en despachos de ministerios; gastamos tiempo –demasiado ¿no?- en entender cómo funciona la Corte Suprema de Justicia”. 2003 –masacre de Kosteky y Santillan mediante- concreta el pasaje del pueblo-insurrección a lo que se suponía era el retorno del pueblo-peronista. Y el historiador resalta la naturaleza sublunar del peronismo. Con lo cual 2001 vuelve a quedar donde estaba: encarnando el grado cero de lo político (un estado de pre-política). ¿Qué es 2003? No la revolución sino la reparación. Gobernar es “normalizar”, “reencauzar”. Trímboli cita al Morales Solá -siempre idéntico a sí mismo- de aquellos años, quien explica que el “incordio mayor, el intruso a derrotar” no es “el gobierno de Kirchner” porque resulta “relativamente confiable para acabar con la presencia ya prolongada de este sujeto social –entre zombis y cavernícolas embozados- que saltó a la palestra con el cambio del siglo”.

La gran bifurcación se produce para Trímboli en 2008, con la crisis abierta por la resolución 125 (el gobierno contra “el campo”). La reacción de una parte esencial de las clases dominantes depura y aclara la línea roja. Ya no es la misma del período 2001-2008. Las derechas poseedoras retoman por su cuenta las formas de movilización del 2001. Como sucederá luego con los caseroleros de 2013, se apropian de las formas callejeras y horizontales. No son sino dramatizaciones de las jerarquías propietarias más exasperantes, pero evocando un pueblo. Uno pueblo contra otro. Y ahora sí ese otro es un kirchnerismo lanzado a realizar una política de derechos, inclusión y consumo. Beatriz Sarlo vio en esta dinámica -en los festejos del Bicentenario- la realización de una “hegemonía cultural”. Trímboli se mofa de Sarlo. La regaña. “No olvidábamos que la cancha en la que jugábamos era enteramente la del capitalismo”. Aunque sí admite –recordando aquellos años- un sentimiento distorsionado, una sobreestimación del Estado. El interlocutor en este punto es Eduardo Rinessi. Se trató de un estado de ánimo errado, escribe Trímboli: “convencidos de que el Estado era un sujeto todo poderoso, fascinados por estar recreando su momento peronista, incluso un poco también –pero menos porque era sin masas, también porque avergüenza- el roquista. Nos contentó suponer que calzábamos bien en el Estado, que había compatibilidad”.

 

El libro funciona disparando toda clase de preguntas y conversaciones abiertas. Trímboli da en el clavo al tomar como un período único el tramo 2001-2015. Un proceso con inflexiones internas, pero un mismo proceso. ¿Cómo resistir la tentación de extender esa unidad heterogénea hasta 2017? ¿No sería aún más desafiante asumir 2015 como una inflexión más del proceso iniciado en 2001? ¿No es posible y hasta necesario aplicar el mismo rigor de las inflexiones y las continuidades internas, que funcionan para explicar el pasaje de la sensibilidad anarquista a la política en 2003, al pasaje de una sensibilidad consumista a una ultra ordenancista en 2015? Entiendo que para el pensamiento bajo el signo de la revolución, el año 2015 le resulte impensable como parte de esta misma secuencia. Pero ¿y si el “macrismo” fuera también un capítulo de esta misma saga bajo el signo de la contrarrevolución? ¿Qué es lo que no funcionó en esta experiencia? ¿Qué le impide al autor leer este trayecto, 2001-2015, como “revolucionaria” (como sí lo hace Álvaro García Linera para el caso de Bolivia)? El historiador responde: la carencia de objetivos estratégicos. Y es que el rechazo de la Revolución como Utopía y luz lunar no liquida el asunto mismo de la revolución, que retorna. Vuelve como ausencia que bloquea la política democrática. Y lo cierto, dice Trímboli, es que el “movimiento real de nuestras sociedades, o limitémonos a la Argentina, fue el de la época, consumista”. Este movimiento real guarda todas las razones de la apuesta a una economía llamada neoextractiva.

 

¿Sabe el kirchnerismo replegarse? El libro termina justo ahí. Trímboli se declara satisfecho de una experiencia que lo descubrió “clavado en el presente”. Solo que en este presente –lo sabemos bien- ya no es la derecha conservadora la que intenta frenar la revolución, sino que la revolución misma parece haberse convertido en un esfuerzo monumental por interrumpir el tiempo histórico y “postergación del fin del mundo”. El cierre del libro es bello: evoca los efectos durables de los desvíos breves pero intensos. Ellos suelen influir los procesos largos: “veremos”. (Y es cierto. Se trata de volver a “ver”. La persistencia de un “nosotros” depende de la disposición a volver a pulir los lentes).

 

12 de Noviembre, 2017.

Reseña de El psicoanálisis en la revolución de Octubre // Mariano Pacheco

Reseña de El psicoanálisis en la revolución de Octubre, editorial Topía

Especial 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo

 

La intrepidez de un pensamiento audaz como el psicoanálisis y una época de expansión de la idea comunista. ¿Qué pasó con la práctica y los postulados impulsados por Sigmund Freud en las tierras en donde por primera vez las ideas de Karl Marx funcionan como usina para poner en marcha la maquinaria de construcción de una nueva sociedad?

 

 

Por Mariano Pacheco

 

 

“El coraje es necesario para un hombre de acción, pero parece que es necesario un monto mucho mayor de audacia para pensar”

Prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer

(Lev Vygotski y Alexander Luria)

 

 

Cinco autores ensayan cinco textos diferentes para abordar el vínculo entre marxismo y psicoanálisis, en este año plagado de aniversarios fundamentales para la cultura de izquierdas en el mundo: 50 del asesinato de Ernesto Che Guevara, 150 de la publicación de El capital de Marx y, finalmente, 100 de la Revolución Rusa, acontecimiento sobre el que se concentra este libro. Publicado recientemente por editorial Topía, El psicoanálisis en la revolución de Octubre (compilado por el director de la revista Topía, Enrique Carpintero), cuenta con textos del propio Carpintero, Eduardo Gruner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz y Juan Carlos Volnovich. El libro tiene además un apéndice donde se reproduce el prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer (emblemático libro de Sigmund Freud), escrito por Lev Vygotski y Alexander Luria; texto presentado por Juan Duarte, quien realizó la traducción del ruso al castellano.

 

Reconstrucción de un imaginario revolucionario

En su texto titulado “De Rusia: ¿con amor? Luces y sombras de la Revolución de Octubre”, Eduardo Gruner contextualiza la situación de los primeros años del proceso soviético y su posterior decadencia, ascenso del stalinismo de por medio. El autor de El género culpable problematiza la relación entre memoria y olvido en el mundo contemporáneo, llamando la atención sobre el “prestigio desmedido y peligro” que adquirió el concepto de memoria en el actual discurso de la “corrección democrática” y advierte asimismo sobre lo problemático de la estrategia del olvido del Ser de las revoluciones promovida por el poder: recordar todo el tiempo que estos procesos no valen la pena de ser recordados y mucho menos repetidos, colocando al fracaso de las apuestas revolucionarias como destino ineluctable de los procesos de transformación. Gruner se pregunta por qué se ha mitigado entre las masas el imaginario revolucionario, y afirma que hay que volver a discutir “el horizonte revolucionario como tal”. Recordando una frase del escritor Gilbert Chesterton sentencia: “las causas perdidas son precisamente las que podrían haber salvado al mundo”.

En “Los freudianos rusos y la Revolución de Octubre”, Carpintero destaca por su parte el hecho de que la revolución bolchevique haya abierto “el camino de la creatividad” en todos los ámbitos, al romper con la rígida censura religiosa (en especial en las manifestaciones artísticas y científicas), y reconstruye el ingreso del psicoanálisis en Rusia a partir de una figura (Osipov) que, si bien tuvo sus posiciones políticas conservadoras (cuando triunfa la Revolución del 17 emigra a Praga, sin ir más lejos), fue una figura muy importante en el período pre-revolucionario. Osipov, reseña Carpintero, fue un psiquiatra que había sido encarcelado en 1897 por haber participado del movimiento estudiantil, y luego expulsado de la Universidad de Moscú, donde estudiaba Medicina (estudios que continúa luego en Alemania y Suiza). Años después (1906), al regresar a Rusia, Osipov trabajó en la clínica de la Universidad de Moscú, donde enseñó y practicó la terapia impulsada por Freud, con quien poco después estudió en Viena, convirtiéndose a su vez en uno de sus traductores al ruso. En 1910, junto con Moshe Wulff (el primer médico que practicó el psicoanálisis en Rusia), Ospiv funda Psikhoterapiia, una revista en la que publica algunos artículos sobre teoría freudiana. Aparecieron 30 números de esta publicación desde su fundación hasta 1914, cuando deja de salir por razones económicas vinculadas al contexto de inicio de la 1° Guerra Mundial, tras la que Wulff se establece en Moscú para abrir un departamento especializado en el abordaje de enfermos mentales desde una perspectiva psicoanalítica en una una clínica psiquiátrica. A diferencia de Ospiv, Wulff sí fue partidario de la Revolución de Octubre, aunque luego (1927) tuvo que emigrar producto de la persecución stalinista (su estadía en Berlín dura unos años, tras los cuales debe emigrar nuevamente, ésta vez producto de la persecución del nazismo).

En su ensayo, Carpintero también realiza una reivindicación de mujeres que fueron fundamentales en esta historia de vínculos entre el marxismo y el psicoanálsis, como Alexandra Kollantai, la primera mujer en participar de un gobierno y la primera en ejercer la función de representante ante un gobierno extranjero. “Con el nuevo gobierno fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública, desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres”, descata Carpintero, quien recuerda que fue la “Rusia de los Sóviets” el primer lugar en el mundo en donde se estableció total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito (medidas anuladas luego por el stalinismo, quien se propuso afianzar la figura de la familia tradicional). También es recordada Tatiana Rosenthal, formada en el feminismo, el freudismo y el marxismo, quien llegó a participar de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, mujer que formó parte del “comité de bienvenida” a Lenin en abril de 1917 y dos años más tarde, fue designada médica principal y supervisora de la sección clínica del Instituto de Patología Cerebral. Finalmente, Carpintero rescata a Sabina Spierein, mujer que estudió medicina, se analizó con Jung y fue discípula de Freud, además de tener como paciente a Jean Piaget; figura también reivindicada por Juan Carlos Volnovich en su texto “Sabina Spielrein. Expropiación intelectual de la historia del psicoanálsis” en donde, entre otras cuestiones, recuerda que Sabina, al llegar a Moscú, fue recibida con todos los honores por las autoridades del Partido, por ser considerada la psicoanalista mejor  formada en el país (luego integró la presidencia de la Unión Psicoanalítica y co-dirigió el Hogar psicoanalítico, además de ejercer la docencia en la Universidad de Moscú y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, la única institución estatal de psicoanálisis en el mundo).

 

 

El ocaso de los ídolos

En “La Revolución Rusa y sus resonancias entre psicoanalistas europeos. La construcción de una izquierda freudiana”, Alejandro Vainer se propone romper con dos mitos fundamentales: el que coloca a Freud como un héroe (en sentido grandilocuente de “genio”) y el que restringe al psicoanálisis como una práctica específicamente burguesa.

Vainer destaca el carácter colectivo de los inicios del psicoanálisis, en el cual maestros, pares y discípulos jugaron un rol fundamental dentro del “movimiento”, emergente a su vez de una sociedad y una cultura determinada. “La visión liberal burguesa del genio es la de un individuo, y no la del pico más alto de un movimiento que es histórico social, encarnado en lugares y en una producción colectiva de grupos de trabajo”, destaca Vainer, argumentando contra la idea que coloca a Freud en el lugar de un “héroe iluminado” que creó, él sólo, el psicoanálisis.

Operación de lectura que realiza el coordinador general de la revista Topía cuando también desmitifica el carácter exclusivamente burgués del psicoanálisis. Y lo hace rescatando un texto del propio Freud, de 1918, titulado Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica, en donde el profesor vienés afirma que los psicoanalistas pueden atender a las clases acomodadas de la sociedad, haciendo poco por las capas populares, cuyo sufrimiento neurótico es “enormemente más grave”. “Esta ponencia de Freud fue muchas veces repetida y citada. Pocas veces puesta en su materialidad histórica y las consecuencias concretas para el movimiento psicoanalítico”, sostiene Vainer, antes de rescatar la experiencia de la “Budapest pre-revolucionaria” donde tuvo origen el proyecto de fundación de Clínicas Psicoanalíticas Gratuitas (12 expandidas por Europa), que también tuvieron carnadura  en centros neurálgicos como Berlín (1920) y Viena (1922), en momentos claves de sus procesos históricos, con intentos revolucionarios en Alemania (como los encabezados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de la Liga Espartaquista previos a la República de Weimar) y en medio de la “Viena roja” gobernada por el “austro-marxismo” que, entre otras cosas, llevó adelante una audaz política de salud pública en el marco del cual se desarrolló la experiencia del Ambulatorium. En Berlín, por ejemplo, el Poliklinik tuvo como política establecer los honorarios de acuerdo a las posibilidades que los pacientes manifestaban en su primera entrevista. Con instalaciones montadas a partir de la fortuna personal donada por Maz Eitingon, el lugar fue acondicionado por Ernest, el hijo arquitecto de Freud, y llegó a contar no sólo con habitaciones con divanes sino también con modernas técnicas de aislamiento acústico. Por allí pasaron 969 varones y 989 mujeres, la mayoría trabajadores, desocupados y estudiantes, en una quinta parte analizados gratuitamente (algo similar pasó en Ambulatorium, por donde pasaron 800 mujeres y 1445 varones).

Ambas experiencias cayeron al son del tambor de los nuevos aires de la historia. El avance del stalinismo en Rusia fue acompañado por el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Tal como destaca el autor, en la década del 30 “el giro a la derecha  de la Asociación Psicoanalítica Internacional terminó de consumarse”.

 

 

Encuentros y desencuentros

Cabe destacar el aporte realizado por Hernán Scorofitz  a esta publicación, quien en su ensayo “León Trotsky, el freudiano de la revolución de octubre”, realiza un recorrido por las posiciones del jefe del Ejército Rojo en relación a la disciplina fundada por Sigmund Freud (esto dicho con todos los reparos ya mencionados por Vainer).

En este texto, Scorofitz recuerda que Trotsky comienza a interesarse por el psicoanálisis en los años inmediatos a la revolución de 1905, mientras permaneció exiliado en Viena y frecuentó tertulias en cafés donde asistían personas pertenecientes al núcleo íntimo de Freud. Si bien el teórico de la revolución permanente tuvo momentos de mayor y menor entusiasmo frente a los postulados freudianos (una de sus hijas que frecuentaba divanes se suicidó), nunca consideró al psicoanálisis como “incompatible” con el marxismo, como sí lo hizo la posición oficial del stalinismo, quien consideró al freudismo como “desviación burguesa”, algo de lo que muy bien da cuenta en su texto  Volnovich, quien recuerda que así como en 1923 la Unión Psicoanalítica Rusa se incorpora a la Asociación Psicoanalítica Internacional (convirtiéndose el Instituto Psicoanalítico de Moscú en el tercer instituto de formación de psicoanalistas reconocido por Freud en el mundo, tras el de Viena y Berlín), al año siguiente –tras la muerte de Lenin– trotsky cae en desgracia y el psicoanálisis pierde a su protector. Tiempo después de desmantelan instituciones de vanguardia, como el Hogar de niños y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, proceso que se acrecienta en 1930 cuando el Primer Congreso de Psicología de la Unión Soviética denuncia al freudismo como teoría reaccionaria y disuelve la Unión Psicoanalítica Rusa y, finalmente, en 1933 se prohíba el psicoanálisis en la URSS.

Coincidiendo con el centenario de la gesta de aquel pueblo que supo dar figuras como la de Vladimir Lenin y poner en marcha la construcción del primer Estado Obrero en el mundo, la salida de este libro en Argentina contribuye a repensar los vínculos entre las apuestas de los procesos de transformación material de la sociedad (hoy tan vigentes como hace un siglo) en serie con los procesos de transformación subjetiva, es decir, la relación existente entre el cambio en las relaciones de producción y las relaciones de los hombres y las mujeres (los devenires diversos en realidad) consigo mismo y con los demás.

100 años de la revolución rusa: una mirada desde aquí // Salvador Schavelzon

Hoy, 7 de noviembre de 2017, se cumplen cien años de la Revolución Rusa, algunos nos preguntamos si es posible hacer una lectura de ese acontecimiento más allá de lo conmemorativo, interesada en la actualidad que esa revolución pueda tener en un momento en que cuesta encontrar caminos eficaces de contestación al poder constituido y de construcción de un mundo nuevo. Para los que se movilizaron y organizaron en 1917 estas dos cosas parecían posibles. Ellos estaban mejor que nosotros y no contaban con los fracasos de las experiencias socialistas del siglo XX, ni con el agotamiento de la propia propuesta política de la izquierda. Era solo cuestión de avanzar por el camino que estaba ahí, ya dado.

El proyecto de izquierda construido en los cien años anteriores a 1917, mientras el mundo liberal burgués se consolidaba en Europa, entusiasmaba espíritus sensibles y críticos de la sociedad. Hoy esos espíritus prefieren hacer otra cosa, o no hacer nada. Si ese proyecto fracasó, entretanto, junto con la idea de ciencia y de sociedad que portaba, estamos también mejor que los bolcheviques. Imaginen si fuésemos capaces de volver al momento de la revolución rusa, pero esta vez con un siglo de experiencia encima. Posiblemente pensaríamos antes en la acción que en la conmemoración, en cambiar la vida antes que en cambiar el mundo. Intentaríamos estar abiertos y sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor, más que en intentar transformar a los otros, usarlos como base u objeto de nuestra revolución.

Inclusive, si tomamos distancia de todo lo hecho por los revolucionarios rusos en aquella ocasión, y especialmente por la izquierda que hasta hoy carga con esa referencia respecto del “qué” y del “como” hacer la lucha política, hay algo de este acontecimiento que sobrevive a todo revisionismo y tentativa de explicación reductora. Algo muy fuerte acontecía en la fuerza de la organización autónoma que se opuso al orden conservador-burgués entonces dominante. Los que no tenían nada consiguieron cambiar el juego y desarmar el sistema de dominación del modo en que estaba establecido por el imperio y su continuidad liberal progresista.

Comencemos con asumir que Kronstadt y el Gulag hacen siempre parte de la discusión abierta por la Revolución. Incluso porque hay revolucionarios que fueron masacrados y que merecen ser recordados. No se acomodaron al régimen, que siempre ofrece la posibilidad de dejarse asimilar. Podemos hacer una evocación romántica que silencie todo desvió para quedar con la imagen gloriosa de 1917, sin manchas. El Lenin cristificado, o el Trotsky fundamental injusticiado, y aun más, los soviets anarquistas que fueron reprimidos o aniquilados. La izquierda occidental ya intento atribuir los errores de la revolución a la tradición despótica asiática, o a las características de la psicología personal de Stalin. No es suficiente. Apreciar la densidad de la revolución exige asumir la experiencia política completa, con tragedia, farsa y toda una problemática, como dificultades que no se resuelven en una escisión que proponga comenzar de un nuevo lugar, separando el bien del mal y poniéndose a salvo del conflicto. Así nos conectamos con el acontecimiento y con la revolución como idea. Y de este modo hacemos de ella un problema político que se conecta con los de cualquier época: el problema de cuando la ruptura con el orden se torna un orden nuevo, la revolución se burocratiza, sus precursores son excluidos mientras que las autoridades se imponen de forma parecida a lo que motivó la revolución. El problema puede llevar al fatalismo. Pero el desafío es entender cómo la lucha política debe siempre encontrar nuevas formas y caminos.

Si los bolcheviques expresaban rasgos asiáticos, sean ellos bienvenidos, porque precisamos de la diferencia, cuando es el exceso de aridez occidental hoy aquí nuestro problema. Traigan chamanes de la estepa rusa, nómades afganos o los métodos comunitarios de los campesinos eslavos que sin duda enriquecieron las estructuras de poder dual de los soviets en Octubre. Los problemas de la izquierda y de la derecha del poder son, hoy, bien occidentales. Como fueron también para la Unión Soviética. El estalinismo es la exacerbación de la represión política de la disidencia, opositores políticos purgados y enviados a hacer trabajos forzados como en los tiempos del Zar. Y esto ocurrió con la revolución francesa, con el macartismo en los Estados Unidos, y en las dictaduras latinoamericanas. Hoy en los Estados Unidos, en Rusia o en Brasil, un régimen carcelario perverso funciona como forma de gobierno de los pobres y marginales. Pero el estalinismo es más que eso.

Sin socialismo soviético, Rusia se encuentra con EEUU y Europa en más de lo que se separa. No es casualidad. Fue construido, allá, en nombre de la revolución, un sistema de trabajo y producción que caminó en paralelo a los occidentales. Un sistema social, con poblaciones encuadradas y socializadas en el consumo y sueños de bienestar familiar, que pasaría también por la flexibilización del burocratismo fordista para hoy integrarse en el neoliberalismo global sin nación ni Estado, como debía haber sido el poder proletario. Control policial interno y geopolítica de la guerra de naciones militarizadas en el ámbito externo, ya en el camino emprendido por los bolcheviques después de la revolución, como nuevo poder estatal de los soviets incorporados como órganos de gestión de ese mismo sistema de trabajo.

A los liberales les gusta presentar a la Unión Soviética de Stalin como el régimen opuesto a la democracia del libre mercado. Pero no es incorrecto decir que la Rusia soviética era un régimen anti-marxista y anti-comunista, habiendo incorporado mucho de los dos regímenes con los que rivalizaba: el occidental liberal capitalista y el del Imperio autocrático que lo antecedió. Todavía con Lenin, y en las propuestas económicas de los trotskistas, es adoptado el camino modernizador de la industrialización y crecimiento económico como la producción rural a gran escala, modo escogido de generar riqueza y gerenciar la vida social, implantado sin evitar la violencia y destrucción de los mundos que esos procesos tuvieron en occidente y en todo lugar. Difícil pensar cómo hubiera podido ser diferente, y las consecuencias de otro camino para el papel crucial de la Unión Soviética en la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial y el atendimiento de la nueva población urbana proletarizada.

La URSS fue un gran Estado de Bienestar. Pero hoy es importante, sí, una crítica que viene ganando cuerpo a partir de la década del ’60, a pesar de expresiones minoritarias de la misma ya en la época de la Revolución (con Bujarin y otros), sobre la necesidad de pensar alternativas a un modelo que es al mismo tiempo horizonte del desarrollismo capitalista y, aquí entre nosotros, el programa de la izquierda estatal y partidaria latino americana. El crecimiento y la alianza con los industriales, y los empresarios del agro negocio de expansión etnocida fue para varios economistas del PT en el gobierno de Dilma Rousseff, la alternativa para salir del modelo neoliberal más ortodoxo. La retórica de la industrialización, no realizada, fue también lo que se constituyó como proyecto político de Evo Morales después de romper con los movimientos indígenas. Una evocación de la Revolución Rusa hoy debe abordar el problema del modelo económico, y también de la democracia, aspecto inseparable y que también dirigentes como Trotsky y Luxemburgo alertaran, por ejemplo respecto de la Asamblea Constituyente y la necesidad de aprobación de la toma del poder por parte de los proletarios, antes de que la misma se concretara, aunque Trotsky después le daría la razón a Lenin en sentido contrario.

La revolución rusa, de hecho, continúa entre nosotros con sus tragedias, lenguajes y posibilidades de ruptura. Es necesario pensarla para encontrar lugares políticos donde todo parece estar cerrado, en los debates de la izquierda, o cuando incluso cuando se trata de una fuerza política de fuera del gobierno, vemos los proyectos de este campo apoyados en el soberanismo welfarista, más cerca de la madre patria, con aquella famosa imagen de Stalin pilotando el barco que sería la URSS, que del internacionalismo y ruptura con la burguesía. Dilma Rousseff como madre de los brasileros, en la campaña electoral de 2014, o la unidad de todos para hinchar juntos por la selección, en el mundial, simultáneamente a la agenda de los banqueros presentada como inexorable, en Brasil de 2015, o con la capitulación de Syriza después de un referéndum que autorizaría al gobierno a intentar otro camino que el de sublevarse a la troika. También vemos este cierre que encuentra un momento que en Rusia fue posterior a la consolidación del nuevo Estado, en los tempranos intentos de Podemos, en España, para encontrar un atajo hacia el poder buscando un acuerdo de gobierno con el PSOE, o gobernando con este en las ciudades, y aceptando preservar los consensos del ’78 contra los que habían nacido en 2014. 1917 y la posición bolchevique en el contexto de Europa es ruptura con respecto a los nacionalismos y las socialdemocracias acuerdistas, en una estela internacionalista y proletaria, que desconfía de los acuerdos con la burguesía nacional y ubica el centro político con los trabajadores.

No es suficiente conformarnos con el mantra de “otro tiempo, otra realidad”. Si rescatamos la Revolución Rusa, es necesario que nos conectemos con su potencia, la que derivaba de situaciones políticas bien concretas. El poder de los soviets y, ahí sí, la apertura hacia lo indeterminado y salvaje que difícilmente podamos traducir. El poder para los soviets, en 1917, no significaba necesariamente colectivización forzada, industrialización acelerada con metas alienantes, y carrera militarista con occidente. Significaba no apoyar el gobierno provisional formado por liberales y progresistas, a pesar de ser un avance respecto de las posiciones “fascistas” del zarismo, pero como bloqueo, que Lenin y Trotsky, como jacobinos sensibles, vieron como traducción política del comunismo posible: el poder para los trabajadores, para los de abajo, reorganizando el sistema y direccionamiento social. La revolución mostró, de este modo, un camino que posiblemente hoy pueda ser imaginado sin jacobinos, y sin proletarios, como cuerpos y sociedades que se constituyen como único poder político sin mediaciones y con autonomía. Pero era también la concreción de lo que antes sólo había sido ensayado sin éxito o imaginado, y en ese sentido lo que deja la revolución es una página en blanco, para ser escrita cada vez por otro camino. De ruptura, sin embargo, y difícilmente de asimilar los métodos de quienes se busca desplazar.

Si tuviésemos que quedarnos apenas con un gesto, un movimiento para entender la singularidad de la revolución de octubre, tal vez podamos ir hacia una situación política clara, donde el gobierno provisorio se negaba a detener la participación de Rusia en la guerra, y atrasaba las reformas y las medidas sociales con las que se había comprometido. Los bolcheviques sabían que los moderados nunca harían las reformas prometidas, porque eso implicaría, para ellos, perder el poder. El destello lúcido, que era minoritario y contrario inclusive a la posición adoptada por el partido bolchevique, era la firmeza de no colaborar con ese gobierno y defender la posición que apostaba a los soldados, obreros y campesinos movilizados. En un telegrama de marzo de 1917, Lenin era claro: “Nuestra táctica: absoluta desconfianza, ningún apoyo al nuevo gobierno, sospechemos sobre todo de Kerenski, armamento proletario única garantía, elección inmediata Duma de Petrogrado, ninguna aproximación a los otros partidos…” Y la estrategia? No importa, porque son las tácticas correctas las que consiguen las cosas y abren caminos.

Trasladando a nuestra realidad esta ruptura que se abre hacia lo imponderable, aun con el riesgo de que todos los que defienden esa posición sean fusilados, recordamos dos debates brasileños de 2016 en que las tendencias marxistas del PT razonaba como si Dilma Rousseff tuviese que ser defendida porque hacía las veces de Kerenski, paso obligatorio sin el cual una posterior revolución no sería posible. Recordando los raciocinios mecanicistas de la ortodoxia marxista, la idea es que la revolución se estudia paso a paso y que sin Kerenski (Dilma) no podría haber paso posterior posible. Sin embargo la revolución es justamente jugar en un vacío de insurrección que pueda abrir lo que está cerrado, como el golpe al gobierno provisional, para los bolcheviques, pero también como junio de 2013 para la juventud de Brasil que sabía que el PT era un límite que no podría dejar de actuar de forma coordinada con la clase dominante, y los partidos conservadores con los que había aceptado gobernar. La interrupción del gobierno con mecanismos ilegales, así, entendidos como parte normal del funcionamiento de un sistema de governance al cual la izquierda y la derecha se entregaron.

Además de la idea PT, que aún algunos sostienen y revitalizan, incluso fuera del partido, el momento de ir más allá del gobierno provisional en Brasil fue no sólo desoído, sino también reprimido por la izquierda en el poder. A partir de ahí el consignismo apelativo «golpe», «fuera temer», «directas ya», «Lula 2018» aparece como un letargo discursivo, sin cuerpo, ni pueblo movilizado que se proponga hacerlo efectivo. Independientemente de poder ser asumido o no como una posición correcta, en determinado momento, las consignas elevadas por la izquierda y los aparatos de la órbita lulista, se muestran como el revés del “Pan, Paz y Tierra”, lema que nombraba lo que antes era imposible (salir de la guerra, resolver el hambre), pero que sin embargo en el curso de los acontecimientos pasa a marcar el nuevo ritmo del tiempo político, mientras el mundo en que lo nuevo era imposible se desplomaba, a partir de conectar, la diferencia de los eslóganes en Brasil, con las energías circundantes de la confección de un «nosotros» colectivo que al mismo tiempo nació de, e hizo posible la revolución. Estas energías vitales faltan a la izquierda que se proyecta contra junio de 2013, en la elección de 2014, en la Copa y hoy nuevamente en pactos electorales con la derecha, reivindicando como lugar de poder el llamado a un derecho adquirido de ser el Estado y la legalidad, en el control de las narrativas de la izquierda, aunque de ese lugar no sea posible cambiar los condicionantes de lo real.

Esta lectura, que busca puntos de apoyo en las luchas y comunes posibles, era de consenso en 2013 y hoy divide a la izquierda, con buena parte de ella dependiente de las agendas electorales, con pocos hombres hablando de arriba y lejos, en el teatro de las instituciones que los transforman a ellos más de lo que permiten ser transformadas. El ciclo progresista sudamericano genero una mística que aun cautiva, con la imagen positiva, especialmente a la distancia, de Mujica, Chávez, Evo Morales, o del gobierno de Lula, en Brasil, que reunifica la izquierda del gobierno inclusive con sus críticos y disidentes anteriores, en el frente del avance y victoria electoral de oposiciones de derecha.

No analizaremos aquí esas experiencias de gobierno. Pero cabe señalar que la idea de revolución es apropiada por la experiencia progresista para describir un ciclo de bonanza económica que favoreció a bancos, grupos empresarios y liberó un proceso de intensificación de la explotación de recursos minerales, de la agricultura y del petróleo, con amplio impacto sobre las poblaciones y pero como base necesaria para garantizar estabilidad económica para los negocios, que se traducía en estabilidad política, e incluso sin lugar para transformaciones estructurales, o de profundidad, que por ejemplo reorganizara la educación, promoviendo un sistema diferente, en lugar de ampliar la matrícula por el camino del soporte de universidades privadas de mala calidad; o sin cuestionar la organización capitalista y segregadora de la ciudad; la seguridad y la violencia policial como herramienta de contención social; o un consenso de civismo que impida la represión y persecución de activistas y protestas sociales. Aunque hubo programas sociales ampliamente extendidos, y diferentes niveles del gobierno pudieron tender a promover un gobierno social, antes que neoliberal, o neoliberal con un Estado presente, el desafío político que una crítica política revolucionaria de izquierda nos evoca, nos debe llevar a decretar que el camino progresista mostró su límite y, por tanto, difícilmente pueda ser pensado hoy como solución electoral que debería organizar en su favor a toda la izquierda, a riesgo de ser denostada, con el código de la izquierda del siglo XX, como trotskista, anarquista o cómplice de la burguesía.

La defensa de los progresismos podría decir: eso es lo que era posible, ser revolucionarios en los años 2000 fue hacer lo que estos gobiernos hicieron. Pero no. La revolución rusa no fue sólo el aprovechamiento puntual de una coyuntura, que se alcanzaría más o menos de acuerdo con la situación política o alineación de los astros. El poder proletario, la revolución donde todo se abre y pasa a ser discutido fue un acontecimiento único que mostró que la historia y el poder pueden ser desafiados. Era posible, entonces, pedir más a los gobiernos progresistas latinoamericanos. Y precisamente eso fue junio de 2013 en Brasil; las marchas campesinas y de trabajadores en Ecuador; las asambleas de 2002 en Argentina, después del fracaso del gobierno que iba a sacar al país del neoliberalismo; o la Bolivia de la guerra del agua y del desafío indígena al poder estatal, incluso, por algunos momentos, dentro del Estado.

El final del progresismo, en Brasil y en otros lugares, es constatado en la nostalgia y debilidad política, que una y otra vez se expone en el movimiento de una izquierda de aparatos y grupos que gritan en el micrófono y se colocan de forma autoflageladora, victimizadora y victima al mismo tiempo arrogante, sin haber podido dar lugar a un ciclo de movilización que se oponga al frágil gobierno Temer, ni a una mística de resistencia más allá de algunas expresiones estéticas, sino bien lejos de imaginar una nueva sociedad, como las artes y técnicas en la Rusia de la revolución, a pesar de la represión y represalias que vendrían a los que se atrevieron a pensar o crear por fuera de los canales autorizados de la izquierda oficial.

Es difícil no volver, entonces, a la tradición de la izquierda que se referencia en la revolución rusa, cuando lo que está en pauta, en Brasil y en el mundo, es una disputa que se continúa dando en el lenguaje del siglo XX, y encuentra de un lado una derecha furiosa que, se imagina una izquierda socialista conspiradora, a punto de implementar un programa de comunismo de guerra (posición atribuida incluso hasta para keynesianos o nacionalistas estatistas); frente a una reacción de la izquierda que responde atrincherada en las banderas rojas, como si estuviera dentro de una película de Eisenstein, o bien el revés, en su variante populista, acercándose al adversario desde el amor a la patria y las instituciones, la búsqueda de complicidad con militares y empresarios, desde una actitud de respeto al orden implementado desde arriba hacia abajo, como si la forma de combatir el xenófobo intolerante que en Grecia, Rusia y otros lugares muestra expresiones abiertamente nazis, sea disputar los bajos instintos de un pueblo formateado por el Estado; en lugar de desafiar el tiempo, superar las formas dadas; multiplicar las luchas y deseos allí donde las izquierdas y derechas del Estado se ocupan en domesticarlas.

En el campo político ocupado por la derecha social, llamada liberal, incluso cuando muestra un foco en posiciones moralistas bien conservadoras, y la izquierda vieja y nueva, en perfiles identitaristas o del Estado como respuesta para todo, vemos dos parcelas de expresión política polarizada reproduciéndose de forma desconectada del día a día de la población, como un debate espectacular sin ancla en la vida de las personas y, sin embargo, en una ilusión de totalidad, como si estuviésemos de hecho disputando toda la sociedad en esas discusiones, en una batalla de Leningrado o en la resistencia contra el nazismo, donde todo o nada estaría en juego todo el tiempo, mientras que en el campo de las materialidades la izquierda que pretende salvar a Brasil del fascismo recién terminó de co-gobernar con sus ahora enemigos. La pretensión de representar en la piel el destino de la nación, la izquierda no hace más que continuar asimilando formas de funcionar y de pensar de las élites, como quedó claro en la imposición de un proyecto político que no fue votado y que no evitaba la austeridad, el ajuste y el corte de derechos sociales, las alianzas con pastores homofóbicos y la relación de protección con la política que asesina. En definitiva, con lo que ahora llaman fascismo, que es también lo que nos lleva a recuperar la Revolución de Octubre.

Favorecidos por la plataforma de disputa electoral y la difusión de esa oposición en compartimentos de redes sociales y plataformas de comunicación vía celular, los herederos de la revolución y del fascismo o catolicismo conservador no se aproximan hoy a la ruptura, sino al perfeccionamiento del orden, en sus variantes progresista o conservadora-liberal, en una burbuja inflada de retórica y deshonestidad política de parte de la izquierda que pide el voto nuevamente, o de la derecha que señala a los gobiernos de izquierda por prácticas que la constituyen. Existe el fascismo en la misma medida en que la izquierda encarna la revolución. Es decir, como gestos, deseos íntimos, propuestas y visiones de mundo, pero eso no significa que ese sea el cuadro que describa el orden social posible. El opuesto de 1917, donde el nuevo orden evitaba el surgimiento de un fascismo, la restauración autocrática o una república burguesa estándar.

Cuando una formación política de izquierda se entrega a la administración de los asuntos de la burguesía, sin buscar alternativas políticas anti capitalistas o anti neoliberales, sólo cabe el rompimiento, caminar en el desierto o apostar a las luchas vivas, aunque decretadas como menores, «sólo sociales» y no políticas, o que no serían estratégicas porque se oponen a la máquina de desarrollo o al anhelo de retomar el crecimiento y avance de las empresas nacionales. El chantaje de lo «posible», la izquierda con posibilidades de frenar el fascismo, es el obstáculo para otra política que supere el fascismo políticamente, en la construcción de un mundo donde no tiene sentido.

En consecuencia, y honrando la vigencia del corte en el tiempo abierto por la revolución de octubre, la izquierda demuestra poder entrar nuevamente en un modo de funcionamiento estalinista, neutralizador de las energías revolucionarias, burocratizante y autoritario. En frente del fascismo, a veces explícito, a veces proyectado como amenaza y auto-legitimación para pedir apoyo electoral, o para llamar a una plaza que permanece vacía, o se llena con funcionarios estatales, la izquierda latinoamericana viene mostrando reacciones de ese tipo. Así se excluyen de la prensa progresista o directamente difamadas posiciones de ambientalistas u organizaciones indígenas históricas en Bolivia y Ecuador, o se reclasifica junio de 2013 en Brasil, impulso vital, transformado en responsable del odio contra el PT, así como ya en aquella época, grupos anarquistas y autónomos o Black Blocs, fueron criminalizados por referentes intelectuales de izquierda y miembros del gobierno, como reacción a lo que veían correctamente como expresión política que los impugnaba.

La pregunta que queda en el aire es hasta qué punto fascismo y estalinismo se necesitan y se construyen mutuamente. Pensando en la Unión Soviética y aquí, ¿qué caminos políticos garantizan combatir el fascismo de forma más eficiente? Cuando dentro de la izquierda encontramos tendencias que detrás de la oposición retórica muestran una afinidad (industrialismo, nacionalismo, verticalismo, represión de la disidencia) vemos no sólo que si hubiéramos tenido un gobierno de izquierda revolucionario, muchas acciones podrían haber sido hechas contra un fascismo micropolítico que, evidentemente refleja el pensamiento conservador de buena parte de la población, y la subjetividad neoliberal que no es desarmada con las políticas públicas del progresismo. Si nuestra sensibilidad de izquierda nos moviliza contra el fascismo, no era para haber buscado caminos diferentes que alianzas con el gran capital financiero? Con modelos de producción que destruye los bosques y la vida en el campo? Con la ocupación de Haití y una relación de potencia imperial con países hermanos?

En vista de la situación, no es posible saber si es posible otra izquierda. No tiene sentido preguntarse sobre qué posiciones son más revolucionarias. Muchas revoluciones fueron hechas por casualidad, por quien no debía o estaba preparado para asumir un papel revolucionario. La revolución cambia las personas y el mundo, y por eso tiene sentido hoy pensar la política como relacionada con otros mundos, aquellos que no separan naturaleza y sociedad y en el pensamiento indígena, pero también en proyectos urbanos y en la experimentación de laboratorio muestran que la sociedad que los siglos XIX y XX imaginaron está siendo superada en varios lugares.

Cómo pensar hoy el sujeto de la revolución? En este siglo hubo cambios en el capitalismo, en el trabajo, en la subjetividad y en la visión que tenemos sobre el mundo, existente y deseado, hasta el punto de ser necesario abrir un debate no sólo sobre las condiciones para la revolución, sino también sobre quién, debería hacer una revolución hoy, si eso es políticamente necesario y posible. No se trata sólo de adecuar la idea de clase a las condiciones de trabajo fuera de la fábrica, como los teóricos del trabajo inmaterial y el capitalismo cognitivo ya lo hicieron. Se trata también de entender una realidad donde la propia idea de hombre, se encuentra transfigurada, afectada por tendencias post-humanistas; de incorporación de los no humanos al entendimiento del juego político; y de la percepción de muchos de que el mundo; no es más un ambiente físico inerte donde se desarrollaría la acción del hombre como sujeto histórico y predestinado a algo, en una «sociedad» o «civilización» que lo contendría.

No hay teleología que pueda sostenerse hoy sin conflicto, no hay sujeto ni historia que pueda ser entendida de forma iluminista y estable. Esto nos lleva, por un lado, a las márgenes, a las comunidades, a los sujetos excluidos de la narrativa moderna, por ser híbridos, desasociados, mezclados, invisibles para los códigos y formas de percepción anterior, incluso o especialmente de la izquierda. Los movimientos territoriales, étnicos, etc., no organizados desde el lugar de trabajo, ya han sido incorporados por la teoría y práctica de la izquierda. También la izquierda los ha capturado, manipulado o utilizado como base para los mismos fines que antes partidos de masa o sindicatos fueran burocratizados. La idea de sujeto histórico, sin embargo, inseparable de la vanguardia que se vuelve ese sujeto, lo conduce u orienta, continúa presente en las formas de acción política. No buscamos aquí dar cuenta de ese debate, pero es válido registrar que después de cien años de la revolución rusa, no sólo el concepto de revolución no describe el tipo de transformación que muchos revolucionarios están buscando, sino también que el que, cómo, para qué y, adonde de la revolución, están hoy abiertos y tensionados. Devenires antes que movimientos y sentidos de los procesos, conexiones antes que organizaciones y agenciamientos vividos en lugar de marchas históricas. En lugar de golpes y rupturas de violencia militar la revolución se plantea como imposible si no se piensa como afectos, relaciones, contestación del orden, no sólo político-económica (como si fuera poco!) Sino también de los principios autoritarios de una sociedad capitalista que, separa mucho de lo que puede permanecer junto, privatiza, mercantiliza y bloquea flujos vitales de un mundo que puede ser otro, aún hoy.

Sin claridad sobre el sujeto, el futuro, el espacio territorial de la revolución, veamos si al menos conseguimos pensar hoy ese poder social popular que fue la base de la revolución de 1917. Los Soviets, que no dejaron de encontrar internamente un agotamiento y refuncionalización cuando el poder del estado soviético los colocó para trabajar. La falta de claridad, aquí, puede ser virtud y no diletantismo o falta de comprensión de los devenires sociales. La falta de claridad es adecuada en la falta de forma y carácter fluido que sustituye a las formas del trabajo, participación política, organización colectiva y afectiva. Este poder de abajo, que nada puede representar, menos aún las formas republicanas y liberales dirigidas hacia el individuo propietario hasta ahora. Sin una forma de lucha por caminos previsibles (aquel llamado eterno para una huelga general revolucionaria que cuando sucede encuentra fuera de ella a la izquierda que siempre la buscó); sin posibilidad ni voluntad para un movimiento que se oponga al Estado en el campo de los armamentos y dispositivos de represión y seguridad militar, lo que tenemos es lo que está sucediendo. Las luchas.

Comunidades y Quilombos reconstituidos que se organizan contra agronegocio y empresas mineras que invaden sus tierras. Ocupaciones de escuelas, de terrenos, de edificios, de espacios institucionales, de calles, de propiedades ociosas, de lugares del Estado. La sexualidad vivida de una nueva manera, o el arte significativo fuera de los circuitos comerciales. Territorios ancestrales, que son re-ocupados, o aún ocupados, con otras lógicas diferentes a las que mandan los poderosos. Territorios que no se venden, como la familia de pastores que se niega a entregar el último pedazo de tierra en el sector controlado por la empresa minera Yanacocha, en Cajamarca, Perú.

Crear poder territorial, y nuevas instituciones, horizontales y libres, en los barrios, en las comunidades, en la red de computadoras. Los sin techo o los estudiantes que ocupando empiezan a construir la educación o la ciudad que quieren. Las fábricas, aún, porque la revolución proletaria aún existe donde tiene trabajo para ser reapropiado, o interrumpido por huelgas que ciertamente hoy están mucho más abiertas a convertirse en luchas que se conectan con un rechazo del mundo de la explotación del trabajo, con huertas comunitarias, luchas de periferias o centros. Si partidos y naciones hacen hoy algún sentido es para ser ocupados. Un problema de los progresismos latinoamericanos es que perdieron esa connotación. No eran indios, trabajadores, campesinos, mujeres, militantes de derechos humanos ocupando instituciones. Se convirtieron en una nueva elite, generalmente blanca, dejando a indios y sin tierra lejos de las decisiones, convirtiéndose en el Estado que muchos de ellos siempre fueron, en el pequeño poder de sindicatos, universidades, carreras políticas. Otros dejaron de luchar aceptando la fuerza de procesos que, sin contrapoder y resistencia, transforma hasta los mejores intencionados en piezas de una máquina de administración.

Los soviets son trabajadores organizados contra el patrón, ocupaciones libertarias y también una plataforma en línea que pueda hacer confluir energías de ruptura. El desafío es sintonizar, todos con todos contra el poder, y activando un poder multitudinario que mostró, en varios lugares, que cuando despierta puede todo y después permanecerá como marca. El poder dual de los bolcheviques, que se ha convertido en un nuevo Estado, puede hoy estar en otro nivel, porque el capitalismo está al mismo tiempo más distante, articulado globalmente con una rapidez difícil de neutralizar por los medios tradicionales, de forma inmaterial y también más cerca, dentro de nosotros, con dispositivos de deuda, aislamiento, y neoliberalismo en las relaciones, derechos y formas de vida. En lugar de crear un Estado, un banco, un partido, conseguir estar más allá, y, sin embargo, involucrar en ese más allá de nuestras vidas, que puedan empezar a funcionar con otra lógica, del común, de las tácticas que neutralizan el poder, incluso en la ciudad y en el centro de la producción capitalista. La revolución rusa tuvo éxito en imponerse como nueva realidad para todos los que antes se creían súbditos del zar. En el mundo de hoy pensar más allá de la mercantilización de la vida y el neoliberalismo dentro de nosotros es posible también.

Como contra poder, con instituciones nuevas del común y armas para disputar una subjetividad formateada por el capital que construye otro mundo, mientras decreta la obsolescencia de lo que le precedió. Lo importante de los soviets es como se constituyen como nueva realidad, antes invisible o reprimida por el poder anterior, pero haciéndose realidad cuando pasó a tener las respuestas que los trabajadores movilizados querían oír. Los soviets serían también reprimidos, invisibilizados, refuncionalizados después de que se creara un poder soviético. Y ese quizás sea el problema que se plantea para los espíritus libertarios de hoy. ¿Es posible soviets sin Estado soviético? ¿Existe posibilidad de «todo el poder para los soviets» sin que una instancia separada, autónoma del movimiento, una nueva burocracia que diga representarlos tome su lugar, será posible?

La revolución rusa es la creación de condiciones para que suceda lo imposible. Ella desafió la historia, y no era el producto de un proceso que la tenía por fin. Se produjo contra lo más esperable: el establecimiento de una república burguesa en Rusia, como las de Europa occidental, o la represión del movimiento radicalizado en las calles, como ocurrió meses antes de octubre, y en 1905. La revolución rusa es también la revolución que no se produjo antes en Alemania, y que tampoco fue el detonante de una revolución mundial. Ella sucedió contra la repetición y el poder, y eso es lo que ningún poder conseguirá hacer que no suceda más. Donde hay poder hay resistencia, y todo poder en algún momento cae. El fascismo existe, pero nuestro objetivo principal no es derrotarlo. Nuestro objetivo anterior es hacer nuestra revolución, y eso es lo que va a imposibilitarlo.

Sao Paulo,

Martes 7 de noviembre de 2017

 

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Nuestro Lenin // Mariano Pacheco

Máquinas de lectura // Oscar Ariel Cabezas

Una conversación con Oscar Ariel Cabezas, a propósito de los 150 años de ‘El capital’, de Karl Marx.

GUILLERMO GARCÍA PÉREZ 

Óscar Ariel Cabezas (El Salvador, Chile, 1972) es sociólogo y doctor en Estudios de la Cultura Latinoamericana por la Duke University (EEUU). Autor de Postsoberanía. Literatura, política y trabajo (2013) y coeditor de Efectos de imagen. ¿Qué fue y qué es el cine militante?, de 2014. El mismo año publicó Consignas, junto a Miguel Valderrama. En el año 2000 compiló el volumen Gramsci en las orillas.

¿Qué tipo de libro dirías que es El Capital (1867)? Por la multiplicidad de sus métodos y herramientas (análisis económico, reflexión filosófica, arenga política) parece más bien una maquinaria, un dispositivo. ¿En qué se distingue no sólo de otras obras de economía política, sino de otros libros de filosofía y, en general, de otras obras literarias, entendidas en su sentido más amplio?

El capital es un libro fundacional de la economía política moderna. Sus impresionantes modos de trabajo con el lenguaje de la economía clásica lo convierten en, lo que podríamos denominar, el primer libro de deconstrucción categorial de la economía política clásica. Pues se trata, efectivamente, de un dispositivo formado por un conjunto de enunciados que inventan un tipo de lectura, no hecha antes de Marx. El texto ineludible de Louis Althusser, Para leer El capital (1965), da cuenta, por ejemplo, de que El capital no es solo un libro de economía política, sino que representa un modo distinto de lectura. Para leer El capital propone una teoría de la lectura radicalmente distinta de la idea de manual o guía propedéutica, pues Althusser entiende que las categorías de la economía política clásica son modos de ver el funcionamiento de la producción capitalista. Y propone que Marx ve lo que los economistas clásicos no ven. Es decir, la circulación de mercancía, la organización del trabajo, la extracción de plusvalía o la teoría del valor son reinterpretadas en virtud de una nueva mirada, de una nueva lectura o dispositivo. La especificidad de El capital es la fuerza de esa mirada y su enorme voluntad para comprender el proceso de producción, circulación y reproducción ampliada o global del capital. Esta voluntad de lectura se logra mediante lo que llamas «la multiplicidad de sus métodos», pero que muchos especialistas han interpretado bajo la consigna del método dialéctico. Creo que por todos los escollos teóricos de la dialéctica es más interesante hablar de que El capital está recorrido por esa multiplicidad y de la dialéctica como una más de las miradas que Marx ensaya. En cualquier caso, respecto de sus contemporáneos, la lectura de Marx representa un giro copernicano. Este giro está dado, siguiendo la teoría de la lectura de Althusser, por lo que supone habitar un campo de enunciación de manera crítico-deconstructiva. Por eso, más allá del método y del laboratorio escritural que Marx ensaya, la pregunta que seguramente todos nos hacemos respecto del dispositivo óptico que lo lleva a escribir El capital es la siguiente: ¿qué es lo que Marx ve? O, lo que es lo mismo, ¿qué es lo que los economistas clásicos no ven y Marx sí puede ver? Para responder esta pregunta, y con ello a las que tú sugieres, habría que decir que El capital no es exactamente un libro cuya fuerza argumental reside en haber descifrado las leyes de la economía. Por el contrario, se sustrae de lo inmediato de las categorías económicas para ver que el capitalismo no es un conjunto de leyes para el funcionamiento de una sociedad, sino un modo de producción de la existencia. Marx puede ir más lejos puesto que entiende que trata con un modo universal de producción de la vida de la especie humana. El capital pone en crisis la idea de que las sociedades deban su existencia a lo local y de que la existencia de hombres y mujeres se produzca singularmente, y propone que esta producción se da en el marco de inscripción de las tendencias universales del capitalismo. De manera que con Marx ya no es posible entender que las relaciones sociales bajo el capitalismo estén constituidas por una simple sumatoria de leyes que rigen, morfológicamente, la economía.

A 150 años de su publicación, El capital sigue siendo leído, por la ceguera ortodoxa de algunos, como si se tratara de una Biblia en el que se encuentra la ciencia nomotética del capitalismo. Aquí hay que recordar que en el dispositivo de lectura del célebre artículo de Antonio Gramsci, “La revolución contra El capital” (1918), éste no arremete contra los postulados del libro, los cuales, como sabemos, le interesan bastante. Lo que la lectura de Gramsci critica es la canonización teológico-política del libro de Marx, es decir, critica el mito de la lectura de leyes exactas e inmutables de la historia, leyes cifradas por una supuesta naturaleza del capital. En esta crítica, el preso de Turi no solo habla del entusiasmo por la Revolución Rusa, de la pasión de los bolcheviques que se saltaron todas las fórmulas de la marxología de la época, sino que, también, inventa un modo de leer. La lectura de Gramsci permitirá pensar que, más allá de lo formulaico de las leyes del capital, se encuentra el fenómeno de la pasión política como pasión colectiva y cuya potencia está enclavada en la imaginación de la organización de los bolcheviques. No obstante, El capital se sostiene en y a través de la imaginación de ciertas categorías, como posibilidad de organizar una máquina de lectura que es, al mismo tiempo, política y literaria. En la obra de Marx, la literatura no solo informa y ejemplifica datos empíricos de la realidad, sino que teje la escritura a partir de eso que el caraqueño Ludovico Silva llama «el estilo literario de Marx». No habría que confundir el estilo, sin embargo, con la reducción de la escritura a referencias literarias –en este caso, Homero, Cervantes o Shakespeare, por no mencionar a Jonathan Swift, comparable a Marx desde lo satírico. Sin duda, se podría decir que El capital puede ser leído como una gran novela social o gótica en la que el personaje principal es el vampiro del capital y los obreros la presa. Pero habría que ir un poco más lejos y afirmar que El capital no solo es un dispositivo que lee y ve la fuerza del capital en la potencia de la ficción, sino también la potencia de la escritura como crítica de esta ficción. Sin ir más lejos, dos de los más importantes problemas teóricos que Marx plantea son: el fetichismo como el secreto de la mercancía y el valor de uso y el valor de cambio en los procesos de producción capitalista como parte de la historia de las ficciones producidas por la especie humana. Esto nos debería hacer pensar que El capital, sin ser un libro inscrito en el registro de la literatura, funciona como un dispositivo que desoculta, descubre, levanta el manto de las capas de naturalización de una realidad social que solo puede sostenerse por la fuerza de sus ficciones. De manera que si hay alguna semejanza de El capital con la literatura entendida en sentido amplio, pero también en un sentido muy específico, es en el hecho de que Marx comprende que valorizar los objetos, poner precio al trabajo social, es inherente al orden de la ficción social. Por eso me atrevería a decir que en El capital el modo de producción capitalista está recorrido por personajes conceptuales, algunos provenientes del lenguaje filosófico de Hegel (inmediato, inmediatez, absoluto), pero también del de Ovidio, puesto que Marx es sobre todo un pensador de las metamorfosis de lo social. En este sentido, la literatura abriría en la máquina de lectura que Marx inventa un campo de enunciación no literario en medio de una potencia que es literaria, es decir, Marx no puede escribir sin imaginar los personajes que hacen posible la explotación capitalista. El capital es un libro de filosofía con la potencia imaginal de la literatura. Pienso que en ello reside su potencia, su herencia, su legado como el gran libro que desoculta los mecanismos de un modo de producción que oprime y explota a condición de expandir su dominio a través de la estructura de las fantasías que dan forma a la vida social que nos trama como habitantes de las sociedades capitalistas de hoy.

Fotograma de ‘Nosferatu’ (1979), de Werner Herzog

Entonces, ¿hasta qué punto nos sirve El capital para explicar el presente? Si es obvio que la lógica del capitalismo no ha hecho más que agudizarse, ¿qué nuevas características ha ganado que el libro de Marx no pudo entrever o no atinó a explicar? Esto puede entroncarse con otra visión de Marx: en las Tesis sobre Feuerbach, al defender que la filosofía debe aspirar a transformar el mundo, acusa a Feuerbach de ser un “materialista contemplativo”. Me parece una afirmación desafiante, porque obliga a reconsiderar toda la labor de la intelectualidad y la escritura. Más allá de la obviedad de que el escritor también pueda ser un activista, ¿qué incidencia efectiva puede tener la escritura en la realidad?

Lo peor que le ha sucedido a El capital –y creo que le seguirá sucediendo– es haber caído en manos de lo que Jorge Luis Borges llama «los teólogos». Estos señores que levantan sus espadas contra la posibilidad de que proliferen máquinas de lectura no son solo aquellos que leen con sotana y crucifijo en la mano. Por el contrario, los teólogos son aquellos que no logran entender que el acto de lectura es por excelencia un acto profano y radicalmente heterodoxo. Nadie puede leer sin alterar lo leído. Todo acto de lectura es un acto de traducción, porque la traductibilidad es el modo en que el lenguaje y la escritura experimentan la contingencia y la deriva de ese otro acto que es el del pensar. Hay toda una tradición de marxismo militante que hace imposible que el acto de pensar a través de la lectura tome lugar. Es un marxismo enmohecido y ortodoxo que funciona como el policía de la imaginación política y teórica. No hay nada más nefasto e insulso que los custodios teológicos de una lectura. Aunque a través de posiciones encontradas, el desplazamiento de las mistificaciones de la lectura de El capital es algo que, de manera extraordinaria, realizan dos de los más importantes marxistas del siglo XX que ya hemos mencionado. Gramsci desplazó la canonización de El capital por considerar que la «momificación» del libro y sus contenidos paralizan la posibilidad de la revolución. Althusser, en nombre de la ciencia marxista, deconstruyó la lectura teológica porque ésta se circunscribe en una lectura mistificada del texto e inhabilita el acto de ver en el no ver de los místicos (hegelianos, dirá el francés). Estos temas siguen siendo importantes para responder por la actualidad de El capital. A primera vista, es obvio que un libro escrito en pleno fulgor del siglo xix no puede describir el devenir exacto de nuestros mundos sociales y económicos. Sin embargo, no es posible interpretar las enormes transformaciones en la división internacional del trabajo, esto es, en la reproducción ampliada del capital a escala planetaria, sin recurrir a Marx. Los libros de David Harvey, por ejemplo, no son solo lecturas exegéticas y rigurosas de El capital, sino también modos de actualizar la potencia interpretativa de un libro que a su vez interpreta lo que Bolívar Echeverría, teórico barroco de la teoría del valor, llama la modernidad capitalista. El libro de Fred Jameson Representar El capital. Una lectura del tomo i (2011) no solo propone leer El capital desde un cierto retorno a la dialéctica hegeliana, sino también considerándolo como un libro importante sobre el problema del desempleo. La lectura de Jameson es una excelente y provocadora máquina de relectura de los «personajes conceptuales» de El capital. Jameson se atreve a decir que el tomo i carece por completo de conclusiones políticas. Esta tesis es interesante porque de alguna manera está respondiendo –sin responder, claro– a la inquietud de tu pregunta con respecto a lo que El capital habría o no podido entrever o, incluso, habría o no atinado a explicar. Para Jameson, el primer tomo no entrega las conclusiones políticas que para los “teólogos” de la política se deben seguir de la lectura de Marx; esto hace colapsar la idea de que el tomo i es la Biblia de la clase obrera. Al proponer que El capital es un libro sobre el ejército de reserva, es decir, sobre los obreros desempleados, introduce una temática contemporánea que es la de las perversiones de la globalización. La globalización capitalista deja enormes poblaciones en el extremo del horror y la crueldad de una división internacional del trabajo y de un régimen de acumulación que a escala mundial produce y expone la vida desnuda a las hambrunas, a la ociosidad forzada y a las guerras racistas provocadas por los fenómenos migratorios del capitalismo contemporáneo. Más allá de si la interpretación es o no socialdemócrata, Jameson hace derivar una interesante política del empleo a escala planetaria al señalar que El capital no es un libro de política, o sobre el trabajo, sino sobre el desempleo provocado por la lógica perversa del capitalismo globalizado. Podemos estar de acuerdo o no con la interpretación de Jameson y, sin embargo, no podríamos desconocer que el autor norteamericano hace de El capital un libro de actualidad otorgándole a Marx la cualidad de un pensar vivo.

Como lo han venido haciendo grandes teóricos contemporáneos, El capital y el pensamiento de Marx deben ser actualizados por fuera de la beatificación militante. El mundo en el que escribió Marx es el mundo del siglo xix. Se trata del mundo social en el que surgió, de la mano de la burguesía, una poderosa clase obrera que hoy se ha desvanecido a través de las transformaciones del trabajo capitalista. De hecho, la clase obrera industrial ha dejado no solo de ocupar un lugar privilegiado como sujeto político de la transformación social, sino también y, sobre todo, ha dejado de ocupar un lugar privilegiado en la división social del trabajo. La crisis de la clase obrera ha sido interpretada como una crisis del trabajo moderno y en particular del trabajo taylorista y fordista. El trabajo vinculado a la fábrica y a la cadena de montaje ha sido tendencialmente destruido por un capitalismo de nuevo tipo. Este capitalismo del presente es el que hoy aparece categorizado como sociedad postfordista, capitalismo del postrabajo o del fin de trabajo moderno, capitalismo mediático, capitalismo financiero y de acumulación flexible. Todas estas formas de conceptualización no serían posibles sin el acontecimiento escritural de la máquina de lectura que Marx ofrece en El capital y, sobre todo, sin la reflexión sobre el problema de la relación entre tiempo y trabajo. Hay que decir también que El capital, siendo un libro del siglo xix, es, ineludiblemente y parafraseando a Mallarmé, un «instrumento del espíritu» de la emancipación como posibilidad material replegada en la clase obrera como sujeto político. Es en el apogeo novecentista de la industria moderna y de la liberalización de la fuerza de trabajo que El capital, como libro, vehiculiza el espíritu de los que deberán dar sepultura a los opresores, a la clase burguesa de capitalistas modernos. Pero el impulso de los espíritus libres se halla hoy enfermo o, quizás, siempre haya estado medio enfermo. Lo cierto es que toda la historia de los ensayos y experimentos de los espíritus libres fueron derrotados o, como ocurrió con la revolución bolchevique, fueron diluidos por la poderosa máquina del paradigma moderno y produccionista de los capitalismos de estados socialistas.

Las famosas Tesis sobre Feuerbach (1845) que mencionas son todo un tema a discutir, porque si bien son una crítica al espíritu enfermo de los filósofos, es decir, al espíritu de esos que en vez de dedicarse a transformar el mundo solo se dedican a interpretarlo, la hipótesis del materialista contemplativo es el intento de Marx por devolver el análisis a las prácticas sociales como una forma de salir de aquellas filosofías de la contemplación, del misticismo existencial, del abandono de la interpretación y, así, de la escritura como topología que es interna a las prácticas sociales. En otras palabras, Marx está pensando que la escritura no solo incide sino que debe incidir en los procesos de comprensión material de la existencia y en las formas que estas toman en el seno de la vida social. En el contexto novecentista la Tesis sobre Feuerbach son claramente el momento en que la filosofía de Marx advierte que es necesario tomar distancia de la contemplación para pasar al acto. En nuestro contexto, esta idea sigue siendo muy importante, pero hay diferencias históricas sustantivas respecto de la posibilidad o imposibilidad que los espíritus libres tienen de triunfar. Para Marx era claro que el motor de la transformación, el sujeto de la revolución, eran los obreros modernos debido al lugar que ocupaban en la cadena de la producción. Esto hoy ha cambiado y en medio de este cambio ha cambiado también la consigna de Marx. Hoy es muy importante interpretar, interpretar e interpretar lo que más se pueda de nuestras condiciones materiales de existencia, porque estamos lejos de entender todos los engranajes de las máquinas que reproducen la dominación contemporánea. En medio de la naturalización de los engranajes de la máquina capitalista, la contemplación y la interpretación son más necesarios que nunca. La escritura es un componente de la realidad e incluso, se podría decir, es lo que le da forma. Gracias a los descubrimientos de Derrida, sabemos que no hay práctica social que ocurra por fuera de la escritura. No hay pueblos sin escrituras –como pensaba Hegel– porque toda huella, toda traza hecha por una práctica social es escritura o archiescritura. Pero entiendo que la pregunta es por la escritura como la actividad de una comunidad de letrados que escriben, más o menos, profesionalmente. Esa escritura no debe caer presa de las estéticas neutralizadoras que se obsesionan con el estilo, con el enemigo teológico del mundo, con el narcisismo patético del que escribe por miedo a la muerte pensando que dará el salto a la inmortalidad. La escritura muerta es la que se agencia a los modos de la contemplación narcisista sin ninguna potencia para afectar la realidad porque es parte de la realidad que se ha naturalizado como orden. La escritura muerta es la escritura que se subordina a las lógicas narcisistas de la hegemonía neoliberal. Hay, por supuesto, todavía la escritura viva que des-trabaja estas formas de la escritura y que sin duda está comprometida con la traza crítica del legado de Marx. La escritura viva potencia modos de des-narrativización del paradigma cultural de la hegemonía neoliberal y, por lo tanto, se agencia a los espíritus libres del siglo XXI que no han sido derrotados. Estos espíritus libres des-trabajan o más bien rechazan el trabajo capitalista porque logran entender y sentir que el neoliberalismo es un modo de teología política en que la adoración por lo más abstracto del capitalismo debe ser puesto en tensión por modos complejos de escritura e interpretación. La interpretación viva de la escritura cambia estados de habla y modos de ver, es decir, cambia los habitus, como diría Bourdieu, que reproducen el orden. El que escribe de manera no patológica lo hace porque ha decidido pasar al acto contra las formas de la escritura muerta que domina de cabo a rabo nuestra hegemónica cultura neoliberal.

‘Clear Sky Black Cloud’ (2006), de Cai Guo-Qiang. Pieza comisionada por The Metropolitan Museum of Art. © Hiro Ihara

Has dicho, en otro contexto, que «la estetización de la teoría política es intento por neutralizar la política y su agencia en los movimientos sociales». ¿De qué forma opera esa estetización? Y, por otro lado, ¿qué se pierde si se deja de lado una visión estética sobre la realidad política?

La estetización adquiere hoy uno de los lugares fundamentales de ejercicio complejo de la dominación capitalista. Hay que entender esto no solo en términos de los viejos usos del concepto de ideología que se puede hallar en ciertas lecturas de Marx, sino de los mecanismos enunciativos (teóricos) que se dan en el interior de comunidades académicas cerradas y que tienen una incidencia importante en las formas en que hoy se produce el desencantamiento de los «espíritus libres» o el reencantamiento que, camuflado en el lenguaje crítico, mistifica comunidades de saber que reproducen el orden (sin duda, criticándolo todo, pero sin alterar ni una pestaña de los engranajes de la dominación contemporánea). La investigación teórica nunca ha sido más importante y más necesaria que hoy. Los mundos complejos que se hallan subordinados a la lógica del capitalismo necesitan de la teoría para ser descifrados y revelados como mundos que podrían dejar de estar articulados por las hegemonías culturales y políticas del capital. Sin embargo, muchas veces comunidades de investigación teórica aparecen agenciadas a lo que el historiador hindú Ranajit Guha llama «la prosa de la contrainsurgencia». La teoría política estetizada y autorreferencial, sin afuera político, sin agencia en los movimientos sociales de lucha por el presente es ciega y la ceguera hace que la actividad teórica funcione como prosa de la contrainsurgencia, es decir, como un ideologema más de la reproducción de las hegemonías (universitarias, científicas, culturales y políticas) del capital. Por eso, la teoría no puede ni debe pretender ocupar una jerarquía especial considerándose a sí misma como el instrumento abstracto que puede conducir procesos culturales, políticos y sociales a distancia y de mejor manera que los actores mismos de un movimiento de alteración de los habitus sociales. La arrogancia de la teoría o de los rumiadores de ésta, es típica de los teólogos y de las formas estetizantes de la política. Lejos de esta posición, está la consideración de que la teoría es más bien suplementaria de la comprensión de procesos políticos y culturales que se dan en las antípodas de las hegemonías o «visiones estéticas» del mundo administradas por la subjetividad del capital. El papel suplementario de la teoría es el de trabajar descubriendo, desocultando las articulaciones y engranajes del funcionamiento de la dominación del capitalismo para poner la crítica y sus descubrimientos a disposición de los movimientos de contra-poder. La estetización de la teoría tiene que ver con procesos subjetivos que han internalizado la competitividad neoliberal en sus prácticas sociales e investigativas. Se trata generalmente de grupos cerrados y sedimentados en instituciones de reproducción de los saberes, de las artes, de la política, de la cultura agenciada a la casi imperceptible empresa neoimperial de un sector importante de la intelectualidad liberal de la academia norteamericana. En estos espacios, la teoría social, literaria, cultural y política pierde su acoplamiento con aquellos movimientos sociales que desestabilizan el funcionamiento de la dominación, deviene estéril o, como decíamos respecto de la escritura, deviene teoría muerta porque su pulsión es la de neutralizar, estetizar, coaptar los desbordes, los derrames movimentistas que alteran las tramas del poder. La vida erótica de la teoría, su fertilidad, su pasión, su vida sensitiva y su salud dependen de la relación e intensidad de sus acoplamientos con los movimientos sociales. La pulsión erótica de la teoría está compuesta por la politicidad que entraña su potencia de afectar y ser afectada por los mundos sociales que la inspiran y a los cuales ella les habla por fuera de cualquier posición de jerarquía aristocratizante y masculina. En este sentido, la única posibilidad que tiene el arte de la teoría de desarrollar la vida sensual de los mundos estéticos alterativos contra los mundos abstractos de la desafección del capital, es acoplada en las luchas sociales. Este acoplamiento debería ser su «visión estética» y, a la vez, su compromiso con todas las luchas, sin jerarquizarlas según el patrón ortodoxo de las teorías que definen, desde un a priori conceptual, el sujeto de la política o de las artes que resisten la dominación capitalista. Pero lo que suele ocurrir es lo contrario, la teoría trabaja acoplada en procesos de desafectación y desensibilización de las luchas sociales y políticas. Cuando las investigaciones teóricas creen, por ejemplo, tener todo resuelto, cuando en la práctica teórica no hay tragedia ni contradicciones irresolubles, lo que toma lugar es una estética que valoriza lenguajes cerrados en sí mismos. Cuando el lenguaje cerrado de una teoría y de sus “chamanes” han entrado en los misterios del saber y suponen que nadie más que ellos pueden acceder a la revelación es porque estamos en presencia de una estética de la desafección política. Pues la estetización es un modo de la agrupación cerrada que comienza a funcionar como mecanismo de organización de los prestigios y reproducción de élites académicas que acompasan el orden del capital, camuflados de teóricos críticos y/o de aristócratas del saber que custodian feudos teóricos asociados a la legitimidad de la autoría de importantes filósofos.

Pero aquí no habría que confundir, por ningún motivo, la crítica a la estetización de la teoría con la obtusa crítica a favor de los afectos (y contra la teoría) que hacen los lerdos del pensamiento, cuyos ideologemas no se diferencian mucho ni del melodrama lacrimógeno de la prensa sensacionalista ni de la administración de los afectos de la industria del espectáculo. Las emociones, los afectos y sobre todo la mercantilización de las tragedias humanas del presente son uno de los lugares que con mayor facilidad controlan la industria del espectáculo. La estetización de la teoría política y la crítica de los lerdos del pensamiento a lo que la teoría tiene de genuino resultan en la neutralización de políticas emancipatorias. Por lo mismo, la teoría como arma al servicio de procesos de subjetivación de contra-poder se opone radicalmente al pensamiento en términos de la plaga afectiva con la que las hegemonías de la cultura capitalista administran los deseos y las pasiones de la subjetividad que siente de manera no abstracta el lugar del que sufre, el lugar del oprimido por la realidad del capitalismo. Así que tal como es necesario defender a los movimientos sociales de la estetización de la teoría, al mismo tiempo hay que defender el trabajo teórico de acoplamiento en los movimientos sociales de la plaga afectiva del humanismo del capital. No hay que olvidar que el nazismo fue una ideología humanista que implementó una política de masas en la que la plaga de la afectividad estaba estetizada desde la administración estatal del arte. De ahí que se entiende que contra la estetización de la política llevada a cabo por la lógica cerrada del Nacionalsocialismo Benjamin propuso, desde un acoplamiento político en el comunismo, politizar el arte. Contra la estetización de la teoría como subterfugio de la relación entre el pensamiento teórico y la organización de la pasión política, Gramsci propuso, desde una filosofía de la praxis, construir y disputar la hegemonía. Despachar a Benjamin o a Gramsci a la ligera es despachar no solo la posibilidad de pensar estéticas sociales de resistencia a la mercantilización de la política, del arte, de la ciencia, de la cultura, sino también despachar la herencia del clamor por la «crítica de la crítica» que animaba el trabajo teórico de Marx. Así, podemos decir que el peligro de la estetización contemporánea es la desafección, la indiferencia como sentimiento afectivo de época. Por eso, si la teoría, el arte, la investigación científica, la política, la cultura devienen modos de ser del objeto estético-mercantil, material o inmaterial, su destino no es otro que el de la reproducción de la estructura del intercambio de mercancía y, por lo tanto, su finalidad sensitiva o estética se subordina a la reproducción de las instituciones que operan al servicio de la dominación contemporánea del capitalismo.

La estetización de la teoría, en suma, es un régimen de desafección que comienza cuando la obsesión por las abstracciones conceptuales abandonan la relación con los mundos sociales y comienzan a girar en el cierre de una estética para el consumo de la comunidad académica. Cuando esto ocurre, lo que domina la práctica teórica es la pérdida del afuera, es decir, la teoría estetizada ya no logra comunicar nada hacia fuera y, probablemente, tampoco hacia dentro. Por lo tanto, pierde su capacidad para afectar el mundo porque deviene un objeto de consumo y de circulación en espacios segmentados de profesionalización de la crítica académica. En este sentido, pienso que una teoría o filosofía social que no se abra a los mundos sociales, a sus luchas, a sus afectos no solo es estéril respecto de aquello que desea criticar, proponer o (d)enunciar sino que, además, se «desensibiliza», es decir, pierde su relación con la dimensión estética y sensitiva de la actividad sensorial que emana del cuerpo social.

‘Pjevaj! (¡Canta!)’ (1980), de Mladen Stilinović

En Postsoberanía, al analizar el dinamismo del capital, afirmas, primero, que «la plusvalía del signo captura y convierte en mercancía la fuerza afectiva». Después, que «nada que sea cultural y diverso le es extraño al capitalismo». ¿Qué le resta a los campos afectivos y sensitivos cuando sus movimientos son capturados y funcionalizados con una facilidad pasmosa?

Postsoberanía (2013) es un diálogo con hipótesis importantes de distintos autores de la filosofía contemporánea y la literatura hispanoamericana. Y, en efecto, algunas de esas hipótesis giran en torno al modo en que el capitalismo organiza la producción y, por lo tanto, organiza modos de acumulación de capital produciendo plusvalía, es decir, produciendo un excedente a partir de la explotación del trabajo obrero. Pero la extracción de plusvalía con base en el trabajo del cuerpo del obrero moderno ha cambiado de manera sustantiva porque la extracción de plusvalía no es igual en todos los momentos de la historia del disciplinamiento y control de la fuerza laboral. Hoy no podemos hablar de que la explotación capitalista se despliegue solo a través de la explotación de los obreros industriales. De hecho, sabemos que la tendencia hegemónica del capitalismo de acumulación flexible, o capitalismo financiero, es la de destruir lo que modernamente fueron los ejes de la articulación capital-trabajo. La industria es casi como el estadio de fútbol en Esse est percipi, el cuento de Borges y Bioy Casares. En este relato el personaje principal es el fin del estadio de River Plate como lugar de la experiencia deportiva. A partir de los impulsos digitales y la transformación de las comunicaciones, Borges y Bioy Casares problematizan el fenómeno de la percepción y del agotamiento de la realidad. Se trata del fin de la realidad sin mediaciones tecnológicas y del ascenso radical de la ilusión como único soporte de una hiperrealidad en el que los cuerpos se desmaterializan. Por eso, uno de los personajes dice: «no hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos». Lo mismo ocurre con la realidad del mundo industrial: la industria de los siglos XIX y XX es una demolición que se cae a pedazos. La fábrica no es ya el lugar de esa poderosa clase obrera que se agrupaba en los sindicatos y que podía pactar el orden o el caos de los proyectos de soberanía nacional. Los años ochenta son los más terribles para el movimiento obrero que se había opuesto históricamente, desde la socialdemocracia o desde el comunismo, a la extracción desalmada de plusvalía. Con Thatcher, Reagan y Kohl la derechización de los ochenta es brutal y marca el punto de arranque de una transformación profunda en las formas de explotación del capital. La construcción del proyecto hegemónico del neoliberalismo comienza a dar resultados con el complemento del garrote, asesinatos y genocidios como los que orquestó la política Reagan en Centroamérica. El triunfo de la hegemonía neoliberal destruyó a la clase obrera moderna y desterritorializó las soberanías nacionales mediante la liberalización de los mercados. Este fenómeno, impulsado por una hegemonía militarizada económica y políticamente, ocurre en el interior de la revolución tecnológica que fuerza a desterritorializar el mundo industrial del trabajo capitalista. La crisis de la cadena de montaje de la empresa fordista aparece también como una crisis en el tiempo del trabajo socialmente necesario para producir desde autos hasta maquinaria y herramientas de aseguramiento de lo industrial. La digitalización cambia el modo de producción transformando el trabajo socialmente necesario para producir y, por lo tanto, cambia también los modos de articulación de la división social del trabajo. El obrero industrial pasa a un segundo y hasta tercer plano en la cadena de la producción capitalista. Esto hace que la extracción de plusvalía deje de operar sobre la energía que antes se le expropiaba directamente al cuerpo del obrero y comience tendencialmente a concentrarse en las capacidades intelectuales del obrero del mundo posfabril. Cambian también los privilegios en los objetos de consumo e intercambio mercantil hasta el punto en que se impone la tendencia del trabajo inmaterial por sobre el trabajo material, es decir, empezamos a desear objetos “intangibles”, digitalizados, que comprometen la materialidad de trabajo del obrero fabril. Esta transformación del mundo del trabajo prepara la hegemonía total y sin quiebre en lo inmediato de la ilusión mercantilizada y mediada técnicamente por los aparatos tecnológicos, tema problematizado por el cuento de Borges y Bioy Casares. Pero, sobre todo, el dominio que autores italianos como Toni Negri han pensado como el tránsito de las tesis de El capital a las de los Grundrisse (1857-8), esto es, la comprensión de subsunción completa del trabajo social cooperativo en la lógica del capital.

Este panorama puede ser pesimista y apocalíptico para los “espíritus libres”. Si la subsunción es total, todo lo que permite comunicarnos en comunidad, toda nuestra actividad sensorial y afectiva estaría capturada por los flujos extractivos de la plusvalía de signo que expropia los lenguajes de los mundos artísticos, culturales y, sin duda, los mundos de la afectividad íntima. De hecho Negri, para “salvarnos” de esta caída completa en el capital, elabora la hipótesis de la posibilidad de resistencia a partir de una reapropiación del trabajo cooperativo que depende de la comunicación, es decir, del trabajo que depende del General Intellect y sin el cual el capitalismo contemporáneo no podría funcionar con el éxito que tiene hoy. La consiga de Negri es apropiarse de los lugares en los que los flujos comunicacionales operan subordinados a la lógica del capital. No obstante, el problema de la comunicación es que está tomada por las formas afectivas producidas por la subjetividad fetichista que administra el capital. En Postsoberanía hay la sospecha de que la comunicación y lo que tú señalas como campos sensitivos y afectivos no pueden ser emancipados sin establecer un elogio profano de los afectos, porque estos están todavía de cabo a rabo comprometidos con la afectividad cristiana. La deconstrucción de los restos de cristianismo que componen las lógicas culturales del capitalismo son absolutamente necesarias para liberar los campos sensitivos y afectivos de la subjetividad fetichizada y, por lo tanto, colonizada por el universo del lenguaje y de la comunicación mediada por la mercantilización tecnopolítica de la vida. La subjetividad está capturada con una facilidad pasmosa. Se trata de la subjetividad que, habiendo internalizado los modos residuales del cristianismo, se subordina a los modos afectivos que reproducen los deseos mediados por el universo plural de las mercancías. El capitalismo y sus tendencias universales descansan sobre la universalidad fragmentada y residual de un cristianismo que ya no domina como un poder estatal y, sin embargo, su carácter residual permite, por ejemplo, asegurar que los sentimientos de caridad y culpa reproduzcan la dominación. La caridad funciona en virtud del humanismo filantrópico y falsamente solidario de la buena conciencia que da lo que le sobra a las clases empobrecidas de la sociedad. Toda la política de la pobreza descansa en este sentimiento afectivo, victimista y lastimoso que hace de las clases subalternas un rebaño dócil y adecuado a la naturalización de las injusticias sociales. La culpa es todavía más compleja como residual cristiano que opera en la subjetividad mediada por la estructura mercantil del capitalismo. La culpa es el lugar de espiritualización de la deuda y aquello que hace posible entender la fuerza que hasta el día de hoy tiene la idea weberiana de la ética protestante y el espíritu del capitalismo. A la pregunta de por qué pagamos nuestras deudas, la subjetividad afectiva del capitalismo financiero responde: ¡si no pagamos sentimos culpa! El impacto de Weber en la lectura de Walter Benjamin le permitirá decir que el capitalismo es una religión de puro culto sin dogma. Es el carácter cultual sin verdades ni dogmas lo que permite afirmar que todo el discurso de la diversidad cultural se subsume en el nuevo espíritu del capitalismo. En este sentido, la diversidad no es el enemigo del capital, por el contrario, es el lugar de realización de su lógica acumulativa. El pluralismo del capital es infinito. De manera que para liberar los campos sensitivos y afectivos del capitalismo hay que trabajar en la deconstrucción de los restos vivos en nosotros del cristianismo y elaborar una teoría profana de los campos sensitivos y afectivos. Ésta es, por ejemplo, la tarea que se dio a pensar un filósofo latinoamericano como León Rozitchner.

Acudiendo a la idea de Agamben de «la comunidad que viene», escribes que «una comunidad del rechazo al trabajo capitalista» necesitaría retirar la atadura de ese trabajo con el lenguaje. ¿En qué fuerzas materiales tendría que anidarse ese lenguaje de forma que no terminara por volatilizarse?

El rechazo al trabajo capitalista es una de las premisas de cualquier intento por pensar condiciones de emancipación. No logro imaginar una política emancipadora que no tenga en la base una relación de destrucción de la división social del trabajo capitalista. Por eso, en algún momento del libro Postsoberanía acudo a la frase de Borges, que le atribuye a Descartes, sobre esos monos que saben hablar pero que no lo hacen porque no quieren ser obligados a trabajar. Hay algo interesante en esta idea que nos debería llevar a pensar tanto el orden del lenguaje hablado como el orden del lenguaje escrito. El trabajo capitalista se apropia de ambos, pero con intensidades distintas. El habla que rechazan los monos, y que solo es posible en virtud del órgano de la laringe y de la boca, está inscrita en la historia del trabajo humano. El habla es el medio de comunicación que permite que el trabajo ocurra componiendo comunidades. Pero cuando el tiempo de trabajo ha concluido, el habla puede replegarse en las experiencias íntimas de la amistad o del amor, es decir, de la conversación que pertenece más bien al ocio como tiempo que se sustrae del trabajo. Se podría decir que en esos espacios de experiencia del habla el trabajo capitalista no la ha colonizado y que hablamos para comunicar algo que no pertenece al dominio del trabajo. Los monos que callan no tienen tiempo de ocio porque no se puede vivir en el ocio pleno. La característica del ocio es precisamente que no es pleno. Para los obreros modernos, tal como lo representa Tiempos modernos, el filme de Chaplin, el habla aparece como el mandato del gerente de la fábrica pero también como el lugar de la experiencia de la amistad, el amor o la organización sindical. La escritura es secundaria y el analfabetismo no condiciona la oralidad de sus experiencias por fuera del mundo laboral. El habla no es necesaria, como sucede con el obrero mudo de Chaplin, porque los movimientos de los órganos del cuerpo están acoplados al quehacer de las máquinas industriales. El habla queda así en una especie de resguardo contenido por el tiempo de ocio. Una vez ganadas las ocho horas de trabajo, el ocio será el espacio de tiempo no controlable por el capitalista. El disciplinamiento laboral solo operaba en el espacio de lo fabril, pero fuera de este espacio el burgués dejaba de tener el control. Sin embargo, el burgués ha contado siempre con la policía y la escritura de la ley de su lado. Durante la modernidad temprana, la escritura aparecerá como proyecto civilizatorio y aseguramiento del derecho burgués a la propiedad privada. El ingreso de la escritura en el mundo de los sindicatos es el ingreso de los obreros en las negociaciones en el marco de la legalidad del derecho burgués. En los sindicatos la escritura y el habla se correlacionan como posibilidad de pactar con el orden de la burguesía. De hecho, se podría decir que son muy pocas o casi nulas las experiencias del rechazo al trabajo por parte del mundo sindical moderno. La lucha es por el mejoramiento del trabajo asalariado. Pero este trabajo es la esencia misma del trabajo capitalista. El rechazo al trabajo capitalista supone la destrucción del trabajo asalariado.

Es muy probable que Bartleby (1853), el personaje del cuento de Melville, sea el complemento de los monos de Borges y de la frase de Rimbaud –«no usaré mis manos»– que abre la poesía hacia el fin de la manualidad. Sin duda, en virtud de esa frase de Rimbaud, habría mucho que pensar sobre el rechazo al trabajo manual o, como ha hecho Kristin Ross, pensar a Rimbaud como un poeta de La Comuna. Pero interesa, por el momento, la consigna del escribano: «I would prefer not to». Esta consigna, como sabes, ha sido leída por la filosofía contemporánea y reescrita, entre otros, por la literatura de Enrique Vila-Matas. En el libro Consignas (2014), que escribimos a modo de conversación con el historiador y filósofo Miguel Valderrama, intentamos sugerir, sin concluir y sin plantear una hipótesis cerrada, que la figura del escribano de Wall Street es una figura trágica del rechazo a la lógica del trabajo industrial. En el lenguaje de la frase elegante y protocolar de Bartleby se moviliza la parálisis del trabajo de la escritura de la ley que vincula las operaciones del derecho burgués del siglo xix con la protección de la propiedad privada. En Bartleby, la consigna del rechazo al trabajo, por cierto, está enunciada desde el lenguaje de las clases medias educadas, es decir, no se trata de una consigna emanada del mundo popular de la clase obrera. Esto me parece importante porque cuando la consigna aparece en los militantes del movimiento Occupy Wall Street (2008), la frase fue enunciada por un movimiento de clase media que poco o nada tiene que ver con la clase obrera del mundo industrial. Sin embargo, la consigna los identifica, quizá, como obreros de cuello blanco del mundo postindustrial del trabajo. Estos obreros, jóvenes en su mayoría, hablan el lenguaje culto de las clases medias educadas. Se trata, sin duda, del lenguaje que habla el escribano que paraliza el trabajo de la oficina en la que se firman documentos legales y en la que lo han contratado por su amabilidad y calma. A través del rechazo a trabajar Bartleby marca la pasividad activa del militante que anónimamente va a la cárcel y muere porque complementa la consigna «I would prefer not to» con la huelga de hambre consumada. Podemos imaginar que en la soledad de la cárcel el escribano lleva a su extremo el lenguaje de las clases cultas y educadas y transforma el lenguaje del rechazo a la comunidad del trabajo en la consigna «I would prefer not to eat». En el extremo del lenguaje del rechazo al trabajo aparece inevitablemente la muerte, porque la decisión de Bartleby es la de una militancia sacrificial. ¡Bartleby es el Cristo del rechazo al trabajo! Esto podría funcionar, lo pienso ahora, como el anuncio de una comunidad que viene. El único problema que vislumbro es que este anuncio de un por venir de la comunidad del rechazo al trabajo pasa necesariamente por la invención de un lenguaje que debe sustraerse al lenguaje estable de las clases medias que estabilizan, además, las formas del derecho burgués protegiendo la base sagrada del capitalismo industrial de los siglos XIX y XX, pero también, y quizá sobre todo, al lenguaje del capitalismo postindustrial del siglo XXI. El límite de Bartleby como figura sacrificial es que su salida, es decir, la puerta de escape a la Cárcel es el fin del lenguaje y, por lo tanto, el fin de la posibilidad no solo de inventar otros lenguajes, ajenos a la conciencia y la moralidad cristo-burguesa de nuestra época, sino también a la invención de una pasión que en y desde la lengua reinvente la militancia no-sacrificial. El pequeño libro del escritor y filósofo Federico Galende, Modos de producción. Notas sobre arte y trabajo (2011), siendo un libro que piensa el lenguaje de las vanguardias y del arte en relación al eje de configuración predominante del mundo fabril moderno, puede ser interpretado como el intento por des-estetizar las formas en que a través del arte se pensó la crítica al trabajo capitalista. Modos de producción es, así, un libro insoslayable porque aunque su tema no sea directamente el rechazo al trabajo, Galende piensa no tanto en actualizar la casi agotada consigna de Benjamin sobre la politización del arte sino, más bien, en politizar el rechazo al trabajo capitalista. Pero politizar el rechazo al trabajo no es hoy una tarea del arte ni de figuras sacrificiales como las de Bartleby. En un primer nivel, la sospecha que podríamos sostener es que el rechazo al trabajo y su politización debe encontrar en la interioridad del leguaje de Bartleby la actualización de las tesis de Paul Lafargue o de Bertrand Russell sobre el derecho a la pereza y la ociosidad como retirada de lo sacrificial. No el Cristo de la comunidad del lenguaje de la clase media que entrega su vida por el rechazo al trabajo, sino el perezoso y el ocioso como figuras que en el restarse al trabajo capitalista preparan el camino de otro lenguaje, diferente al del derecho burgués y su base sagrada e intensamente naturalizada en nuestras sociedades del fin tendencial del trabajo industrial. El ocioso y el perezoso, quizá, pertenecen a la comunidad por venir y a los lenguajes que deben ser inventados en el interior de prácticas sociales de politización del rechazo al trabajo capitalista. La pereza y el ocio son figuras rechazadas por el espíritu del capitalismo del mundo industrial y radicalmente desplazadas por la sociedad del postrabajo capitalista en la que vivimos. Pereza y ocio deberían componer el lenguaje de una comunidad que interrumpe el hiperproductivismo de nuestra sociedad. Es probable que el lenguaje que buscamos pueda anidar, sin volatilizarse en los flujos del capital, en la pereza y el ocio como nuevos modos o campos de sensitividad y afectividad del cuerpo social, pues, se trata de figuras hasta el día de hoy proscritas por la hiperproductividad del capitalismo. En un segundo nivel de interpretación, es decir, en el nivel en que el lenguaje de la comunidad del ocio y la pereza no pueden pensarse como el único eslabón de la politización del rechazo al trabajo habría que actualizar el comunismo como comunidad de lo que aún no ha tenido lugar. El comunismo no tanto como un fantasma que acosa los poderes del capitalismo, más bien el comunismo como instancia jurídica de ruptura y oposición radical a la juridicidad del derecho burgués. La politización del rechazo al trabajo debe pensarse por fuera del orden jurídico del presente, cuya trama sigue siendo la condición sacra de la propiedad que faculta la capacidad que, en nombre de lo privado, tiene hoy el capitalismo trasnacional, financiero y postsoberano de moverse a escala planetaria, explotando y usufructuando la vida de hombres y mujeres que ocupan una posición extrema de desigualdad en la división global del trabajo. Junto a esto, el comunismo del trabajo o del fin del trabajo capitalista debería ser capaz de imaginar, al igual que lo hizo la burguesía en virtud de la apropiación romana del derecho, algo así como un lenguaje jurídico de la propiedad común. Quizá, todo lo que haya que pensar hoy es el comunismo republicano como juridicidad que frena el poder ideológico de las comunidades fundadas por el trabajo capitalista.

Recuperado de: https://www.latempestad.mx/

¿Quién necesita una revolución? // Diego Valeriano

Sin duda alguna los guachines, que de sueltos que andan molestan por igual a caretas y piolas, necesitan una revolución contra el adultismo agobiante que hace y habla por ellos, que los quiere proteger y siempre les recabe. Necesitan una revolución para correr el camión regador en las tardes de calor, para trepar al tren en cualquier estación, para seguir haciendo cualquiera en la escuela, para no aburrirse en esos talleres tediosos, para bajar a piedrazos a los que se suben al patrullero y proyectan de manera altruista futuro, amor del más puro, cuidados y educación. Necesitan una revolución sangrienta que termine de una vez por todas con la psicóloga, el trabajador social, la secretaria del juzgado y el educador militante.

Alejandra también la necesita, antes que nada para vengar la muerte de Marquitos y Lucas, para que alguien le crea alguna vez, porque le duele y sabe quién fue. Porque ella, de sincera que es, a veces miente o fabula que no es igual pero muy pocos entienden la diferencia. Necesita una revolución y así poder juntar a todos los pibes que ranchan en las estaciones del San Martín. Necesita una casa más grande, más vínculos collage, postear su dolor, que entiendan su deambular y sus ganas de festejarle los 15 a la Mili aunque ya tenga 18.

La nena de 9 que solo quiere crecer para vengarse, los transas, los delivery, el pibe que junta los bidones de pis de las viejas, el gede que pasea perros para seguir insistiendo en la fiesta, las chicas que esperan en Zeballos, Milton que hace de campana, las turras que desertan, la parejita de pibitos que se daban besos y odiaban con la misma intensidad de Morón a Flores, los que venden pollitos pintados en la estación de José C. Paz y la doña que se hizo cargo de todo el negocio cuando el hijo le quedó preso necesitan una revolución. Pero esta vez y de una vez por todas necesitan una que sea inmediata, voraz, genuina y ante todo una fiesta, porque para sacrificios, esperas y giladas ya tienen sus días.

¿Qué Lenin hoy? // Clinämen

Diego Sztulwark reflexiona sobre qué es posible recuperar de Lenin en la actualidad. Ya no se trata de repetir citas y modelos que el revolucionario dijo o hizo -el llamado «leninismo»- sino pensar un realismo revolucionario que sea capaz de actualizar las cartografías, articulando lucha política, social y económica. Lo que nos liga a Lenin, en definitiva, es una confrontación íntima e inacabada sobre la forma política que permite la afirmación de la autonomía del trabajo vivo. “La revolución no es tanto el diseño de una voluntad como el movimiento absoluto de la tierra”.

“El nuevo Palacio de Invierno son los bancos centrales”. Entrevista a Toni Negri

por Roberto Ciccarelli

Traducción: Verónica Gago y Diego Picotto

Cuando nos sentamos alrededor de una mesa larga de su departamento en París, Toni Negri, 84 años, tiene entre manos abundantes apuntes, mirada tensa, actitud exigente. El resfrío que lo fastidia desde que regresó de un viaje a Brasil donde presentó Assembly, recién publicado en inglés por Oxford University Press (cuarta parte de la investigación común escrita con el filósofo norteamericano Michael Hardt después de Imperio, Multitud y Común) lo tiene impaciente: «No logro trabajar como quisiera», dice. Filósofo discutido a nivel mundial, ahora está trabajando en la segunda parte de su autobiografía –la primera tiene un título emblemático: Historia de un comunista. Ya está proyectado un nuevo volumen a cuatro manos con Hardt. Deseo spinozista, práctica marxista, con Negri no es tiempo de recuerdos, nos encontramos conversando al interior de una tendencia.

En una palabra como «revolución» hoy solo parecieran creer los “spin-doctor”, los agentes de propaganda pagados para confeccionar un programa electoral. Pero para vos que creíste intensamente en una revolución al punto de cambiar radicalmente tu existencia, ¿qué significa esta palabra?

Para mí significa que a la revolución no se la hace, sino que te hace. Es necesario dejar de mitologizarla: la revolución es vivir, construir continuamente momentos de novedad y de ruptura. La revolución es una ontología, no un acontecimiento. No se encarna en un nombre: Jesucristo, Lenin, Robespierre o Saint Just. La revolución es el desarrollo de las fuerzas productivas, de los modos de vida del común, el desarrollo de la inteligencia colectiva. Nunca pensé en hacer la revolución y llegar al poder el día después.

Cuando era joven pensaba que el comité obrero de Marghera habría organizado la sociedad en torno al consejo obrero y a sus ideales a partir de la fábrica. Entonces eran los años setenta. Hoy es muy distinto, sobre todo porque existe otro modo de producción: se puede organizar la sociedad a partir de la renta básica, de las nuevas figuras del trabajo, de las nuevas escuelas y de las formas asociativas, de nuevos loisirs, nuevos ocios, saliendo del aburrimiento y la desesperación en la que vivimos. Nunca pensé que la revolución fuera una cosa que te lleva al poder, sino que cambia al poder. Significa tomar el poder de manera diferente. Es una diferencia fundamental: no queremos tomarlo desde arriba, sino desde abajo.

La revolución existe cuando se es capaz de demostrar que el común emerge del modo de producción que inviste la vida. Es el/la niñx quien tiene hoy el fórceps en las manos, no el obstetra de la historia.

Respecto al lenguaje, y al imaginario que fluye en tu perspectiva es y fue, por decir poco, discordante. Siendo gentiles, usualmente, se te responde que sos optimista, utopista, visionario. La izquierda tiene siempre esa actitud oscura, realista, empeñada en el esfuerzo voluntarista de unidad o en la evocación de los sujetos que faltan. ¿Cómo te ubicas en este horizonte?

Te respondo con un episodio muy práctico. Hace pocos días Michael presentó Assembly en Londres. Se encontró con «Momentum», la red de base que apoya al laborismo y a Corbyn. Lo que es impresionante es el encuentro entre los jóvenes y los viejos corbynianos, personas que hicieron el ‘68 y las luchas de los años ‘70 y hoy están arrastrados por el entusiasmo de jóvenes que han hecho las luchas anti-globalización y de Occupy, las últimas luchas de esta generación. Falta toda la gente de entre 35 y 60 años, la generación blairiana. Aquí es donde se forma la nueva izquierda y con esta realidad hoy reencontramos y superamos los viejos bloqueos de la cultura socialdemócrata.

En el libro describen la extraordinaria, y dramática, emergencia del movimiento norteamericano Black Lives Matters. ¿Cómo se vinculan con esa fuerza que hizo que se hablara mucho de Bernie Sanders? 

Estamos en contacto con una compañera que está en la dirección del movimiento de Sanders. A partir de sus relatos comprendemos que el partido demócrata norteamericano es una máquina de poder terriblemente gubernamental, que no reacciona ante la novedad, que retoma asuntos socialdemócratas clásicos que no funcionan. Black Lives Matters es el futuro. Es la expresión de un movimiento sin leadership (liderazgo). Son muchos en el mundo y la izquierda debe comprenderlos a fondo: los movimientos indígenas, por ejemplo, que apuntan sobre la propiedad común, son experiencias formidables. Y los nuevos movimientos feministas y su fuertísima subjetividad. Es la forma misma del capitalismo que revela estas nuevas fuerzas productivas y estas experiencias de ruptura. No es solo un discurso marxista, es un discurso realista, sobre todo si se quiere salir del «siglo corto» de una vez para siempre, cortar con su agonía.

Hablan siempre desde el punto de vista de los movimientos. En Assembly analizan, sin reticencias, su crisis y sugieren no menospreciar «el poder duradero de quienes combaten y de sus derrotas». ¿Qué quieren decir?

Volvamos a la paradoja de Corbyn: los del ‘68 que se reencuentran con los jóvenes de hoy. Basta un silbido, entonces, y vuelven aquellos que fueron derrotados. Porque han aprendido en las luchas la generosidad, la cooperación, porque han hecho triunfar la solidaridad. Estos son vicios que una vez adquiridos no te abandonan más. Si se pudiese hacer una historia foucaultiana de los movimientos en Italia se comprendería de qué cantidad de «cínicos», de militantes comunistas enojados está lleno el paisaje: entiendo por esto gente que se hacía construir por la «voluntad de saber» y por la acción revolucionaria, y así amaba a lxs otrxs y a la vida.

Escriben que del 2001 a hoy los movimientos han afirmado un nuevo inicio para la izquierda, pero que evidencian «pobreza organizativa» y que no han podido estar a la altura del problema que pusieron. ¿No existe el riesgo de repetir las viejas derrotas sin avanzar un milímetro?

Es necesario, de una vez por todas, liberarse de la ilusión de que de los movimientos se deba extraer cualquier cosa. Casi siempre los movimientos expresan el fin de un discurso, no producen un acontecimiento, sino que lo terminan. El ‘68 no ha sido un acontecimiento, sino una construcción. Porque detrás estaban los años ‘60, existía desde hacía tiempo una política de masas a nivel mundial. En Italia esta política ha sido tan potente que duró diez años, pasando al movimiento de 1977. Los movimientos hoy no comprenden que deben construir, no que deben obtener algo.

Escuché compañerxs que salían de Génova, de las luchas de la universidad, decir que después de las manifestaciones era el momento de hacer una organización. Pero si no la habían creado hasta entonces, ¡no la iban a hacer jamás! Habrían sido solo identificados por la policía como personas a abatir. Es necesario romper esta idea de que el movimiento forma el partido, la coalición, un séquito. Los movimientos forman la fuerza, y esta fuerza es reconocida. Los movimientos son la estrategia. No nacen por infusión del espíritu, o por un misterio que se encarna en la sociedad, se construyen concretamente, paso tras paso, junto a miles de personas, cada uno a partir de sí. La política se construye juntxs.

Los Soviet para nosotros siguen siendo un modelo a pensar: nacidos de un modo de producción específico, ensamblando fuerzas productivas y sociales. En un mundo completamente diverso, siguen siendo un dispositivo potente.

¿Los Soviet son actuales?

 

Hoy se deben construir instituciones no soberanas y no propietarias. Funcionarían como la gestión del agua como bien común, como en la batalla contra la violencia policial en Francia o en los Estados Unidos, como en las grandes luchas indígenas en América Latina, como en las luchas feministas.

La invención de una nueva estructura política no puede nacer más que de la coalición entre estas fuerzas. La institución no nace del soberano, sino de la necesidad de estar juntxs, de producir y de vivir juntxs. Esta era la idea fundamental de los Soviet: organizar el modo en el que estar juntxs en una sociedad industrial, donde la cooperación social es avanzada y tiene la capacidad de ejercitar poder a través de la construcción política de una fuerza productiva.

Para describir esta construcción en el libro usan una expresión curiosa: «emprendedorialidad del común». ¿Qué significa?

 

En algunas reseñas anglosajonas se nos reprochó este concepto: que la empresa no puede ser arrancada al neoliberalismo. En cambio, pienso que hoy la relación entre emprendedorialidad e institución –lo instituere, lo instituyente– es una cosa que tiene que ser estudiada a fondo. El trabajo es siempre istitutio (capacidad de instituir). Esta capacidad hoy está masacrada y, dicho de otro modo, escondida bajo un falso concepto de libertad. Crear una empresa significa dejar libre a la fuerza de trabajo para organizarse. Es este el discurso político que el capitalismo secuestra a lxs trabajadorxs. Nosotros, en cambio, creemos que se empieza a hacer política cuando la fuerza de trabajo conquista la capacidad de organizarse productivamente.

¿Todo esto pasa por un partido? ¿Es esto lo que lo sostiene?

Absolutamente no. Hoy la autonomía de lo político no es más aquella leninista, hoy es el populismo. En cada época la autonomía de lo político se cualifica de un modo, si se quiere evitar asumirla en términos genéricos. Y hoy la autonomía de lo político ha sido reducida a un juego discursivo que usa las categorías institucionales y que tiene el objetivo de construir un pueblo sometido.
Leo lo que sucede en Italia donde la ley electoral ha devenido desde hace un tiempo el lugar central de este uso discriminatorio de lo político. Es una manipulación pura del pueblo y del consenso. No solo está en juego un criterio mínimo de representación, que me parece cada vez más en crisis, sino algo más profundo: se quiere impedir a las personas experimentar nuevos modos institucionales y productivos para gobernarse a sí misma.

La socialdemocracia está en crisis y muchos creen que puede ser superada por una declinación populista de ‘izquierda’. ¿Crees que Podemos o el laborismo de Corbyn pueden interpretarse de esta manera?

El de izquierda es un caso de populismo de “sustitución”. Dudo de que esta lógica, teorizada por el filósofo argentino Ernesto Laclau, pueda alguna vez reinventar fórmulas distintas a las del «socialismo nacional». En España, Podemos ha desarrollado un gran debate sobre este tema. Y ganó la tendencia nacional-popular. La controversia se dio con los movimientos sobre la función del partido: si apoyar los movimientos y crear una coalición o ser un partido clásico que inventa su pueblo. Venció el proyecto de sustitución de la socialdemocracia, no un proyecto de innovación de la izquierda.

En el otro extremo del populismo, Alice Weidel del Afd en Alemania es un caso clamoroso de inversión de las instancias de los movimientos: lesbiana, casada con una ciudadana de Sri Lanka, trabajó para Goldman Sachs y Allianz, partidaria de políticas xenófobas e islamofóbicas, está en contra de los matrimonios homosexuales. ¿Qué representa una figura como ésta?

Representa el vacío que se reproduce. Al igual que otros personajes, no es un sujeto, sino un producto. Nace invocando los peores instintos y alcanza las contradicciones más brutales respecto a lo que su vida realmente es. Esto implica, finalmente, el populismo: crear un pueblo incluso contra lo que éste es. Esta contradicción se vincula con el concepto de nación y luego, en el mismo orden, con el de pertenencia regional y familiar. Se articulan de esta manera formas de propiedad y de frontera. Y el gran riesgo es el de la corrupción. En mi vida he visto a muchísimas personas hacer cosas terribles en nombre de la familia, incluso las peores formas de corrupción. Detrás de estas afiliaciones solo hay barbarie y tribalismos.

¿Cuáles son los otros populismos?

Trump es un ejemplo clarísimo. A su manera, Macron en Francia se le parece, aunque se comporte como un tecnócrata que gestiona la centro derecha e izquierda de acuerdo con el proyecto conservador de Alain Juppé. A la derecha y a la izquierda, hay populismos «lavados». En el grupo Mediaset, en el caso de Berlusconi; en la red, en el caso del movimiento de las Cinco Estrellas. Melenchon en Francia distingue entre la soberanía popular –la de la Revolución de 1789– y el soberanismo, que sería un concepto de derecha; entre el ideal de “nación” y el “nacionalismo como etnicismo”. En éste y en otros casos –como por ejemplo en muchos de los populismos sudamericanos– no se reflexiona lo suficiente sobre el hecho evidente de que son los sectores dominantes y los ricos los que conducen el proceso y hablan en nombre de los muchos.

Incluso es posible que esta idea de “populismo” produzca un contragolpe a los movimientos, particularmente a los de migrantes, amplificando un sentido común xenófobo y racista. Un riesgo que se puede entrever, incluso, en el laborismo inglés o en la Die Linke alemana. ¿Cómo explicar esta ambivalencia?

Hay dos ideas en las que no logramos superar la socialdemocracia heredera del “siglo corto”: las ideas de propiedad y de frontera. Son una bacteria mortal, implantada hoy en el corazón de Europa, cuando se construyen muros o cuando se desplazan las fronteras a través del Mediterráneo, mandando a morir a los migrantes a Lager, en Libia. Rousseau decía que el delincuente más grande fue aquel que dijo: «Esto es mío». Pero hay un delincuente aún peor, Romulus, que dijo: «Esta frontera es mía». Son lo mismo: propiedad y fronteras.

La democracia social ha madurado esta cultura desde 1848, con la revolución romántica. Pienso en Mazzini: él fue, desde este punto de vista, el primer socialdemócrata: apoyaba la República Popular y la centralidad nacional, dos elementos que siempre han tenido una síntesis reaccionaria, nacional-popular. La segunda Internacional Socialista fue atravesada por este espíritu contra el internacionalismo comunero e intentó combinar la nacionalidad y la revolución. Por el contrario, el bolchevismo fue formidable desde el punto de vista de la revolución mundial porque unificó el comunismo, el antiimperialismo y el anticolonialismo. La tragedia del anti-colonialismo fue el retorno del nacionalismo. Esto dio lugar a un error de envergadura y aún hoy en día recurrente en las declinantes políticas centristas: pensar que la alianza del proletariado con las clases medias y progresista es un paso estratégico, y no meramente táctico. Las declinaciones del populismo actual repiten el mismo error: creen que el concepto de nación cancela el de clase. Es un problema con el que todavía tendremos que confrontar.

Cada vez más se dice que la alternativa al neoliberalismo y a la crisis es el trabajo, el pleno empleo, el keynesianismo, las nacionalizaciones. ¿Son éstas soluciones?

Son hipótesis que quedan confinadas a la agonía del “siglo corto” en el que aún nos encontramos. Todavía discutimos alternativas que se destruyen: socialismo estatal y nacional o liberalismo propietario y privado. Seguimos siendo rehenes de la distinción entre lo privado y lo público, y no vemos lo que ha pasado por abajo, y ha atravesado, el periodo que va del siglo XX al presente.

¿Qué ha pasado?

La derrota de la ideología de lo privado y de lo público debido a la transformación del modo de producción. Hay un nuevo ensamblaje de las fuerzas productivas determinado por la transformación del trabajo que lo ha vuelto común y singularizado, eliminándolo de lo privado y de lo público. Es una fuerza de trabajo que solo trabaja cooperativamente. Es decir, de una manera cada vez más común. Hoy el problema es la organización de la producción social y la distribución del ingreso, no el pleno empleo. La distinción entre trabajo/empleo y nueva capacidad laboral y cooperativa es el elemento central del debate e implica consecuencias radicales de carácter fiscal, de políticas sociales e industriales que son profundamente diferentes respecto del pasado.

La izquierda y los sectores sindicales sostienen que un Estado “innovador” será capaz de crear tecnologías revolucionarias en la green economy, en las telecomunicaciones, en la nanotecnología, en la farmacología. Las nuevas instituciones de las que hablan en Assembly van más allá del Estado, ¿en qué relación están con esta categoría que vuelve a tener éxito?

Bueno, que venga este estado, le deseo buena suerte. Sin embargo, permítaseme señalar que estos sectores no son más que el mercado, organizados como máquinas de extracción de valor producido socialmente, y en cuanto tales protegidas, incluso precariamente, por el Estado. En Assembly nos preguntamos si estas maravillas pueden estar sometidas a elecciones y decisiones democráticas. Respondemos que no. No hasta que se reconozca el sistema de explotación extractivo y propietario (patentes, rentas financieras, organizaciones monetarias) en el que operan estas industrias; y hasta que de este reconocimiento no se siga un proceso democrático de reapropiación de los bienes comunes. Ahora es el momento de reapropiación del común por parte de sus productorxs, y de reorientación democrática de la gestión del común: no es el Estado, sino que son lxs productorxs los que tienen que decir para qué sirven estas tecnologías, qué beneficios y qué desventajas conllevan.

La fuerza laboral está cada vez más organizada por plataformas digitales: Uber, Deliveroo o Task Rabbit. El poder de los «señores del silicio» es tan amplio que se puede creer que el algoritmo transmite una idea popular y transparente de la democracia. ¿A esto conduce la revolución digital?

¡En estas plataformas, lxs trabajadorxs no esperan disfrutar de un mayor grado de democracia! Luchan y resisten una explotación bestial. Es importante, sin embargo, precisar el problema: ¿es posible revertir el funcionamiento del algoritmo de comando de las plataformas digitales? Lejos de imaginar utópicas reversiones de las plataformas digitales en circuitos de cooperación, solo será posible dominar esos monstruos mediante el desmantelamiento de las condiciones políticas en las que el algoritmo es impuesto: las del derecho privado y su legitimación estatal.

Mark Zuckerberg, de Facebook, admitió la importancia de la renta básica. ¿Silicon Valley logrará lo que suele llamarse una utopía concreta?

Zuckerberg nos obliga a estudiar las formas en las que las tecnologías y la actividad laboral se entrelazan en la producción y el uso de las redes sociales. Es allí, en ese espacio, que paradójicamente se nos indica la posibilidad de reconstruir la democracia. Creo que es sobre este espacio que se va a reabrir la búsqueda de lxs revolucionarixs: es el espacio que, por ejemplo, hace 150 años Marx analizó en el primer volumen de El Capital. Es allí, donde el hombre se encuentra con la explotación de nuevas máquinas y de nuevos jefes, que renace la clase y se propone la revolución.

Entonces, ¿estás convencido de que solo una renta básica nos salvará?

Para nada, es obvio que en sí misma no puede resolver el problema. Es el elemento preliminar, y aún central, para la reorganización social basada en el común y la superación de las categorías de propiedad privada y pública. Es sobre el terreno financiero que es necesario confrontar. El problema es el comando de las finanzas. El Palacio de Invierno hoy son los bancos centrales.

[fuente: Il Manifesto, 4.11.2017]

¿Cuál es tu huelga? // Verónica Gago

“Y en la oscuridad le sonrío a la vida, como si supiera algún secreto mágico que pudiera desmentir todo lo malo y lo triste, y lo convirtiera en mucha luz y felicidad. Y busco la razón para tener tanta alegría. No encuentro nada y tengo que reírme otra vez de mí misma. Yo creo que el secreto no es otra cosa más que la vida misma”. Con estas palabras de Rosa Luxemburgo (1871-1919) se cierra la novela gráfica La Rosa Roja que la artista y activista británica Kate Evans le dedica, con entrañables dibujos y rigurosos diálogos, a la revolucionaria polaca.

Estas palabras que enlazan oscuridad y risa, felicidad y secreto, condensan en profundidad, ternura y serenidad, la construcción que Rosa fue haciendo de sí misma, a los saltos entre los mítines donde su palabra encendía el entusiasmo obrero, las horas dedicadas al estudio, la pasión organizativa siempre hambrienta, su compromiso con amantes e iniciativas políticas diversas, los sufrimientos que se acumulan especialmente tras cada estadía en la cárcel, el combate frente a los nacionalismos alimentados por la guerra, incluso en controversia con los propios amigos y compañeros.

Publicada originalmente en inglés por la editorial Verso y la Fundación Rosa Luxemburgo, aparece en castellano gracias a Ediciones Instituto de Pensamiento Socialista (IPS). Y, en este octubre que rememora el centenario de la Revolución Rusa, es momento de leerla y celebrarla. Pero no solo con un deseo de historia, sino para recordar el futuro.

 

#LaPróximaPrimavera

La novela presenta en dibujos de historieta la agitada vida de Luxemburgo: desde su niñez en el pueblito de Zamość (nacida el mismo año de la Comuna de París) hasta su viaje sola a estudiar a la Universidad de Zurich, la única donde se admitían mujeres; desde su amistad con la dirección del Partido Socialdemócrata (SPD) hasta sus debates furiosos; desde la escritura de folletos, libros y artículos hasta la pena de no tener un hijx; desde sus momentos de desdicha y de derrota hasta la renovada euforia de hablar ante las multitudes y así siguiendo hasta el final de sus días.

Pero en la novela no hay estrictamente final: no se cierra con el asesinato de Rosa a manos de sicarios del ejército de extrema derecha llamados “cuerpos francos” que la arrojaron a un canal helado después de pegarle un culatazo y un tiro. Sus páginas últimas son las de una Rosa transfigurada en una militante joven que, sentada al costado de su tumba en el cementerio Friedrichsfelde de Berlín, tuitea: #rebelión, #ocupación, #comunicación, #revolución.

El verdadero cierre del libro es la promesa de una cita: #LaPróximaPrimavera. Es una frase, devenida en las páginas de Evans un hashtag, que hace referencia a lo que Rosa argumentó cuando pidió que en su tumba sólo se escribiera: “zwi-zwi”. Son dos palabras que reproducen el canto de pájaro que, con ese sonido, anuncia la primavera que está por llegar. Fue ese pájaro, un herrerillo azul, el que Rosa escuchó y aprendió a reconocer –e incluso a imitar– en la cárcel. Le escribía desde el encierro a su amiga y trabajadora social Mathilde Wurm: “En mi tumba, como en mi vida, no habrá nunca frases rimbombantes”. Le cuenta a renglón seguido del pequeño gorjeo, de una aterciopelada voz de pecho. “¿Sabés lo que eso significa? Es la primera manifestación de la próxima primavera. A pesar de la nieve, de las heladas y de la soledad creemos –los herrerillos y yo– en la próxima primavera”. Rosa se aferra a una obstinada creencia en la apertura de lo que viene, aún en medio del encierro y la guerra y ese es uno de sus más poderosos legados.

Su relación con la botánica y en particular con los pájaros la salvaron en los momentos más duros de la cárcel. Llevó por entonces un meticuloso diario donde dibujaba, pegaba y anotaba las especies que lograba mantener en su pequeño jardín en la prisión de mujeres berlinesa de Barnimstraße.

“Generalmente antes del encierro nocturno, salgo a regar las flores de mi cantero. Voy con una pequeña regadera y camino un poco por el jardín. Esta hora vespertina tiene una atracción muy particular. El sol aun calienta y sus rayos oblicuos queman cual beso en la nuca y las mejillas”. Sólo después de ese respiro se sentía capaz de volver “a tocar con los diez dedos las teclas del piano de la Historia del Mundo de modo tal de producir un verdadero estruendo” aun si también se sentía “dada de baja” mientras estaba recluida y reía de que la historia avanzara sin ella. Su diario vegetal, con sus collages, dibujos y anotaciones, fue editado por primera vez recién el año pasado, en una bella edición de Dietz Verlag Berlin, con el título de “Herbarium”.

Allí también están sus cartas de la época donde, por ejemplo, le confiesa a su amiga Louise Kautsky que durante cuatro meses no hizo prácticamente otra cosa que dedicarse a las plantas, lo cual no deja de inquietarla y darle placer: “No es algo que se corresponda a una persona seria, de la cual –por desgracia– siempre se espera algo inteligente”, le confesaba.

Las flores de su cantero minúsculo, la atracción muy particular de la luz de cierta hora que se filtra entre los muros y el oído exquisito estampan trazos de una conducta de vida muy peculiar, que atraviesa la disciplina socialista y partidaria siempre practicada por Rosa, y que la hace fértil justamente porque produce en ella una multiplicidad de variaciones. La seriedad de la herboristería no tiene jerarquía con la seriedad con que Rosa tomará la tarea, en distintos momentos, de editar un periódico clandestino o de estudiar datos económicos: es en su combinación que se dibujan otras políticas posibles y que funcionan como exigencia tanto para la política de su partido como para la poética de su existencia.

 

La huelga de masas

Retratada en sus momentos eufóricos y en sus momentos íntimos, la Rosa dibujada aparece, por ejemplo, haciendo investigación para reconstruir los antecedentes del levantamiento ruso de 1905. Así se la ve entrevistando a mujeres de avanzada edad y a delegados obreros y tomando notas. Finalmente aparece un lienzo donde todos los datos y acontecimientos se reúnen: desde la huelga de lxs trabajadorxs textiles de Petroburgo por la jornada laboral de 11 horas a otras que se siguen en 1902 de desempleados del petróleo, pasando por una sentada en las vías de Kiev de mujeres, niños y ferroviarios en 1903, en el mismo mes de julio que la huelga en Odessa paraliza la ciudad hasta que, dos años después, en septiembre de 1905 una huelga de masas en Varsovia se declara en protesta por la ejecución de un líder socialista.

Rosa va uniendo los elementos para caracterizar la huelga de masas como un proceso y no como un acontecimiento aislado. Salarios de hambre, trabajo a destajo, desalojos, desempleo, malnutrición, impuestos y muchas cuestiones más aparecen bordados como “múltiples factores que se entrelazan: económicos, políticos, materiales y psíquicos”.

Su hipótesis es que la acción de la huelga contiene un pensamiento político que hay que poder teorizar. Y cuando ella describe la extensión misma de ese proceso de huelga aparece una geografía acuática. “Ora se extiende por todo el imperio como una ancha ola de mar, ora se divide en una red gigantesca de estrechos riachuelos; ora brota de las profundidades como un fresco manantial, ora se hunde completamente en la tierra”. Está dando cuenta sin dudas de una multiplicidad de acciones para concluir que “todo esto fluye caóticamente, se dispersa, se entrecruza, se desborda; es un océano de fenómenos, fluctuante y eternamente en movimiento”. Así aparece escrito en su hermoso texto “Huelga de masas, partido y sindicatos”, publicado en 1906.

El movimiento fluctuante de un proceso que tiene momentos de repliegue y de ebullición la llevan a la idea de que “no se puede llamar a la huelga general cuando uno quiere. No se puede planificar o decidir”. Las críticas hacia el “espotaneísmo” que ha recibido su pensamiento desprecian su propia conceptualización de la espontaneidad que no es ingenua ni contraria al trabajo organizativo: “La espontaneidad desempeña un papel prominente”, escribirá en esas mismas páginas.

En la novela gráfica, algunas de las ideas que después irán a aquel texto emblemático aparecen discutidas en la cama con su querido Leo Jogiches, revolucionario judío lituano con quien Rosa tendrá una larga relación: muchas escenas de sexo que el libro retrata (donde se la ve con el pelo suelto y no con su clásico rodete) van acompañadas por los pensamientos de Rosa, en una ilustración de su pasión que es a la vez política, intelectual, amorosa. Por ejemplo, en las páginas dedicadas a la huelga, los dibujos eróticos se despliegan a la par de reflexiones que hacen de la huelga un momento de ritmos diversos, que narran a la huelga como un cuerpo vivo: “La huelga de masas: nos encontramos con el latido de un cuerpo vivo, de carne y sangre que está conectado con todas las partes de la revolución por miles de vasos comunicantes. Si el propósito de una teoría sofisticada es hacer una inteligente disección de la huelga de masas, esta no permitirá percibir el fenómeno en su esencia viva…, simplemente lo matará”.

Para hacer el mismo salto temporal que la novela gráfica: con los paros recientes, teniendo el horizonte pasado y cercano del Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo, podemos actualizar la teoría de Rosa desde su invitación muy precisa (que es como la cita con la primavera): ¿qué significa desplegar el pensamiento político de la huelga que nos toca vivir? Tal vez no sea casual que, desde algunas intervenciones, se halla empleado la metáfora acuática de la “marea” para hablar del movimiento de huelgas del último tiempo, justamente en este ‘17.

 

La correspondencia

Ardiente escritora de cartas, Rosa le dedicaba mucho tiempo a compartir opiniones, discutir y narrar el cotidiano con amigas, amigos, intelectuales y dirigentes. Hay una muy famosa que le escribe a Jogiches, donde le dice estar cansada de su tono instructivo y donde luego habla de su deseo de maternidad. De nuevo aparece una Rosa que sabe mezclar registros con sutileza: “ …tus cartas no contienen nada, absolutamente nada, salvo lo referente a Causa Obrera, críticas sobre lo que hice e instrucciones sobre lo que debía hacer. Pareces no darte cuenta de que todas tus cartas son sistemática y tremendamente desagradables; en resumen no son más que una extensa e insípida guía de conducta, como las cartas de un maestro de escuela a su alumna favorita. De acuerdo, formulas comentarios críticos; de acuerdo, por lo general son útiles y en algunos casos hasta indispensables, pero por amor de Dios, a esta altura todo el asunto se ha convertido en una enfermedad, una adicción. No puedo poner una sola idea o hecho en el papel sin provocar una arenga aburrida y fastidiosa.  Escriba sobre lo que escriba, mis artículos, mis visitas, mis suscripciones a los periódicos, mi ropa, mis relaciones familiares, cualquier cosa que me importa y que comparto contigo, nada escapa a tus consejos e instrucciones. Me escribes que aún somos jóvenes y podemos encaminar nuestra vida juntos: podríamos vivir abiertamente como marido y mujer en nuestro propio, pequeño departamento, con nuestros propios, lindos muebles. Recibiríamos gente, iríamos a la ópera, daríamos paseos, pasaríamos las vacaciones de verano en el campo. ¡Ambos trabajaremos y nuestra vida será perfecta! Ninguna pareja en la tierra tiene la oportunidad que tenemos nosotros… seremos felices, debemos serlo. ¿Y quizás hasta un bebé, un bebé pequeñito? ¿Es que nunca será posible? ¿Nunca? Dyodyo, ¿sabes lo que se me ocurrió de pronto durante un paseo al Tiergarten?: una niñita tropezó conmigo, de tres o cuatro años, rubia, con un bonito vestido, y se me quedó mirando. Sentí la compulsión de secuestrarla, de salir corriendo a casa y conservarla a mi lado. Oh, Dyodyo, ¿nunca tendré una criatura mía? Siento constantemente la necesidad de un hijo: A veces se torna insoportable. Es probable que tú no puedas entenderlo…”

Evans utiliza las correspondencias de Rosa para narrar la biografía dibujada y al final del libro recopila también las citas textuales de las que nutrió las escenas, además de un detallado listado de bibliografía. Son recurrentes las viñetas del libro donde se la ve a Rosa con la espalda semi doblada, inclinada sobre esa carta que mientras se la contesta se reflexiona sobre la vida cotidiana y las últimas actividades políticas, bajo la mirada atenta de su gata Mimi –cuando lo hace en su casa–, o como un desahogo imprescindible cuando lo hace desde la cárcel.

En sus cartas hay imágenes privilegiadas de cómo Rosa anudó el compromiso con la revolución, el internacionalismo y el antimilitarismo con un pensamiento radical sobre la democracia y como cada una de estas cuestiones tenían que ver con un deseo vital de libertad e irreverencia que le permitía también discutir dentro de las estructuras de las que formaba parte.

 

Contra la guerra

Los dibujos de Evans son preciosos (puede verse más de su trabajo en: ‘Cartoon Kate’ http://www.cartoonkate.co.uk/). Pero el de la tapa del libro es uno de los más llamativos: sobre el rodete de Rosa se dibuja un campo de batalla, con trincheras y explosiones donde se ven cadáveres por doquier, mientras por su espalda ascienden más soldados, enfilados a la muerte. Aviones sobrevuelan unos nubarrones oscuros que se ciernen sobre la cabeza gacha de Rosa. La guerra le pasa por el cuerpo y aprieta su cabeza, al punto que le hace cerrar los ojos y fruncir el ceño en un gesto de angustia y desesperación.

Rosa Luxemburgo fue contundente contra la guerra de 1914 y llamó a los trabajadores a no enlistarse. Escribió militantemente una y otra vez subrayando su fin fundamental: la guerra se hace para desarmar las luchas obreras y para relanzar la acumulación capitalista en momentos de crisis. Combatió a los nacionalismos en tanto mujer, judía, polaca, migrante, señalando que los fervores chauvinistas cumplían el papel objetivo de combatir el internacionalismo y la solidaridad proletaria.

Fundamentaba sus posicionamientos con los argumentos que había desarrollado y probado tanto en mítines como en la escuela del partido, donde daba clases de economía y política. Su crítica a la guerra se enraíza además en uno de sus mayores aportes teóricos: la crítica a la expansión colonialista e imperialista como modo de expansión del capitalismo y superación de sus crisis. Es un famoso folleto firmado Junius, de 1915, y único texto que se publica (en fragmento) como tal dentro del libro, se lee esa condena con palabras contundentes: “El asesinato en masa se ha convertido en una tarea monótona, pero la solución final no parece estar más cerca. El capitalismo ha quedado atrapado en su propia trampa y no puede exorcizar el espíritu que ha invocado”.

Entusiasta de la Revolución Rusa de 1917 – escribe que es “el acontecimiento más grandioso de la guerra mundial“–, no deja de lanzar críticas a varias de sus medidas planteando el problema de la relación entre democracia y socialismo de manera tal que pone en cuestión el sentido mismo de la revolución como acontecimiento y su capacidad de abrir el verdadero proceso de transformación.

La revolución alemana de 1918 la encuentra otra vez empujando un proyecto político de profundización del cambio, al lado de obreros y soldados. Junto a su amiga Clara Zetkin y a Karl Liebknecht, entre otrxs, ese mismo año funda el movimiento espartaquista, más conocido como Liga Spartakus y luego devenido Partido Comunista Alemán (KPD).

Los meses vertiginosos que llevan finalmente a la insurrección espartaquista de enero 1919 son vividos por Rosa con una pasión abrumadora (y así son retratados en las viñetas de Evans). Sin embargo, su lúcida lectura de la coyuntura, la llevaba a dudar de las perspectivas de ese movimiento en Berlín, sin dejar de apoyarlo.

La asesinan el 15 de enero de 1919, apenas unos meses después de salir de la cárcel de Breslau, gracias a la presión popular que había reclamado su libertad. Lo asesinan también a Liebneck. El fascismo por entonces se propagaba hasta en las paredes. Se cuenta que en las calles de Berlín se leían pintadas que decían: “Si quieres tener pan, trabajo y paz, mata a Liebknett y Rosa Luxemburg”.

 

Rosa roja y feminista

Es conocida la amistad de Rosa con Zetkin, editora del periódico feminista Die Gleichheit (La igualdad) y madre soltera de Kostya (que se convertiría en un joven amante de Rosa y cuya correspondencia se publicó recién en los años 90).

Con ella, desarrolló muchos de los debates feministas de la época. Pero ya Rosa escribía en 1902: «La emancipación política de las mujeres tendría que hacer soplar una fuerte oleada de viento fresco incluso en la vida política y espiritual [de la socialdemocracia], que eliminará el hedor de la hipócrita vida familiar actual que, de modo inequívoco, permea incluso a los miembros de nuestro partido, tanto trabajadores como dirigentes».

El legado de Rosa Luxemburgo tiene, como lo sugiere el libro de Evans, una riqueza que le permite ser una cita entre generaciones. Los movimientos feministas, en la multiplicidad del aquí y ahora, podemos retomar su crítica a la guerra justamente para pensar la llamada “guerra contra las mujeres”. Claro que se trata de escenarios bélicos muy diferentes pero sus reflexiones siguen brillando para pensar qué se quiere desarmar cuando se promueve una guerra.

Del mismo modo puede ser reapropiada y actualizada su teoría sobre el imperialismo en relación a la necesidad constante del capital de extender sus fronteras y, en el caso del trabajo de cuerpos feminizados, pensar cómo la violencia del proceso de acumulación impacta especialmente en las economías protagonizadas por mujeres.

Finalmente, su teoría de la huelga como proceso no deja de ser una clave para desear el futuro y estar atentas a la próxima primavera.

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