Hay un fusilado que vive // Diego Sztulwark
La frase “hay un fusilado que vive” pudo llegarle a Rodolfo Walsh del pasado tanto como desde el futuro. Navegaba la eternidad antes que el escritor lograra fijarla en el papel, en el prólogo de Operación masacre. Año 1957. Mismo año en que, según Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López, una misteriosa encarnación interrumpió de madrugada el trabajo solitario de un guionista e historietista, convertido de golpe en testigo de un narrador absoluto, capaz de dar testimonio de las tragedias y las resistencias de todos los tiempos. Por comodidad, el insólito viajero elegía llamarse Juan Salvo. Aunque bien podría haberse hecho llamar Juan Carlos Livraga, sobreviviente de los fusilamientos clandestinos de José León Suarez. O Rodolfo Walsh, cuya escritura captó con exactitud los detalles de la masacre. El 57 fue un año de espiritismos. El film de Hugo Santiago, Invasión, transcurre en ese mismo año por sugerencia de Jorge Luis Borges, guionista del film, para quien el 57 era ideal para situar una ficción. Lo consideraba un año vacío de historia, desprovisto de significación política. Apto para recibir su sentido de otro tiempo. La carga esotérica del 57 proviene, sin embargo, del año 56. Es allí donde hay que posar la mirada. Si invertimos los números mágicos, daremos con los 75 años exactos que se cumplen hoy de aquellos fusilamientos –“diez fusilados inocentes por la policía provincial”, se lee en el diario de trabajo de la investigación de Operación masacre, de Enriqueta Muñiz- ocurridos la noche del 9 al 10 de junio. En el prólogo al diario de Muñiz, Daniel Link escribe sobre Walsh lo siguiente: “una inteligencia de izquierda no es algo a lo que se llega fatalmente sino un punto de vista que hay que construir y sostener cuidadosamente”. Una meticulosidad en la construcción de un difícil punto de vista de izquierda, de eso se trata.

Lo que se descubre allí es apasionante, sobre el registro de la historia tanto como en el de la actualidad. Porque la que se descubre es una historia poco conocida. Foucault muestra cuán equivocado es imaginar que una gran libertad pagana fue sofocada por una austeridad cristiana que supuestamente condenaba toda vida sexual. ¡Este no es el caso! Los filósofos de la antigüedad, desde Platón a Marco Aurelio, ya abogaban por una supervisión estricta de las prácticas sexuales. Las prescripciones cristianas no son, de golpe, más minuciosas ni más represivas. Al contrario: los Padres de la Iglesia a menudo toman y repiten al pie de la letra las frases de los filósofos. Conservan prácticas ya formuladas, tales como la condena del adulterio, del matrimonio en segundas nupcias, las obscenidades entre esposos… Sin embargo, hablan de otro tipo de experiencias: dejan de considerar las relaciones de los placeres y de la moral, para preocuparse de la carne y la concupiscencia. En lugar de codificar los comportamientos, focalizan su atención en la interioridad del sujeto, en su relación con su propio deseo, en el consentimiento íntimo o de renuncia al mal.








