Anarquía Coronada

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Contra-Utilidad: ideas para evitar la trampa de los útiles // Francisco Pazzarelli y José María Miranda Pérez

Producir o morir es el lema de Occidente

Pierre Clastres

 

Nos quieren obligar a gobernar, no vamos a caer en esa provocación

El comité invisible

 

Puede que seamos de este mundo, pero ciertamente no estamos a favor de él

Andrew Culp

 

Las Ciencias Sociales y las Humanidades están siendo atacadas, desde hace tiempo, por su “inutilidad”. El pacto social con los Dueños del Mundo —sobre el que descansaba su legitimidad científica— está roto; pero esto no es nuevo. La ruptura se ha manifestado, a lo largo de las últimas décadas, de múltiples formas, y hoy se hace especialmente visible en la reducción global de las políticas públicas destinadas a su financiación. En la Argentina de Milei, el escenario tiende a un desmantelamiento progresivo y radical. Aunque este fenómeno podría interpretarse como una evidente —y cada vez más marcada— posición anticientífica del mundo, es decir, como un retroceso del propio pensamiento humano, en realidad revela algo más profundo. Hace más de una década, Fabián Ludueña Romandini ya nos alertaba sobre ello: la brutal intensificación de las condiciones cosmológicas del modelo de explotación y acumulación en el que vivimos, que exige, entre otras cosas, el abandono de las concesiones que en algún momento permitieron el surgimiento del pensamiento crítico en el seno de la Ciencia de Estado.

Como señala Bruno Latour, el pacto originario incorporó de lleno a lxs nuevxs científicxs como parte del frente de modernización occidental. Las Ciencias Sociales y las Humanidades asumieron un papel destacado al proveer conocimientos e instrumentos indispensables para la administración del orden —urbano y colonial— de los nacientes Estados-nación. A pesar de ese origen infame, y de la crítica exhaustiva que ellas mismas desarrollaron sobre su historia y responsabilidades, subsiste una relación que nunca fue suficientemente erosionada: la segregación entre “útiles” e “inútiles”, que marginó a los segundos al terreno de la charlatanería y convirtió a los primeros en necios. La identidad científica continúa, en este sentido, profundamente colonizada por su origen.

La “necedad” —esa figura destacada por Isabelle Stengers— no es otra cosa que nuestro olvido activo de que la utilidad fue el sayo que nos obligaron a elegir como el único vestido para hacer Ciencia. Decidimos olvidar que la utilidad, aun con sus mejores maquillajes, descansa sobre una convicción: este mundo —el que ofrece el maridaje entre los Estados modernos y el Capital— es el único posible, y nuestra tarea consistiría en identificar sus grietas y repararlas, cooperando en la gestión de los Caídos que exige su reproducción.

Este acuerdo tácito ha quedado atrás. Las oposiciones sobre las que nacimos han dejado de ser operativas para el mundo que viene, y el búmeran nos regresa: todos somos charlatanes. Y si bien esto impacta de forma más evidente a las Ciencias Sociales y a las Humanidades, que nadie se engañe: también irán por las “duras”. A pesar de ello, desde los primeros ataques mediáticos y políticos que se vivieron en Argentina durante el macrismo, hace ya una década, la estrategia de defensa predominante ha sido siempre la misma: oponerse a las acusaciones de inutilidad mediante la visibilización de aquello para lo que “servimos” (servir: del latín servire, “estar al servicio de”, “ser esclavo”). Este contraataque, sabido es, no ha surtido —ni parece surtir— mayor efecto. Todo ocurre como si estuviéramos aferrados a los escombros de un mundo del cual evitamos ver su final, o, peor aún, como si creyéramos que aún merece ser resucitado. En cualquiera de los casos, seguimos siendo los necios.

Que Utilidad e Inutilidad forman parte de la misma lógica lo confirma el hecho de que un término pueda transformarse en el otro. El espectáculo está montado. A través de una progresión evolucionista, los marginados pulen sus herramientas para mostrarse “necesarios” y así ganarse un lugar en el centro de la escena, compitiendo por el espacio de los útiles. La progresión adopta diferentes formas: explotar nuestros costados rentables para seducir a las agencias de financiamiento —públicas o privadas—; disputar “desde adentro” los propios conceptos de “utilidad”, “éxito” o “servicio”, para convencernos de que pueden significar otra cosa; abrazar las jerarquías del conocimiento y defender las investigaciones básicas como generadoras de insumos para las aplicadas, bajo cuya sombra sería posible sobrevivir; o producir charlas, encuentros, reels, jornadas, artículos y materiales de difusión que se pregunten, de forma explícita, “¿para qué servimos?”, en un intento de persuadir a la sociedad de que nuestro trabajo reflexivo debería ser un interés compartido.

            Por supuesto, podría decirse que, frente al despojo, toda arma es valiosa. Pero ¿es así, realmente? Las reglas del juego de lxs científicxs pertenecen a los Dueños del Mundo, de principio a fin. Si no fuera así, el gobierno de Milei no estaría gestionando actualmente el desmantelamiento de instituciones con indiscutible “utilidad pública” (INTI, INTA, Vialidad Nacional), sin distinguir entre propios y ajenos, como el pacto original suponía. Frente a estas situaciones, y siguiendo a Leonor Silvestri, debemos decir que la fantasía de inmunidad que sostiene nuestras estrategias es, por lo menos, enigmática.

Existe, sin embargo, un punto adicional de suma importancia por el cual la bandera de la Utilidad no puede ser flameada sin más. Al desear nuevamente un lugar en el pacto con el Poder, no hacemos más que ampliar la zona de sacrificio que, imaginamos, permitiría continuar sosteniendo a la Ciencia en el actual Modelo. Nos referimos concretamente a nuestra colaboración en la multiplicación de los Caídos: es decir, de todxs aquellxs que no puedan entrar en las enumeraciones de logros que intentan convencer de la importancia de su existencia; quienes no consigan encajar en una lista priorizada de asuntos dignos; y quienes, aun intentándolo en la desesperación del despojo, no encuentren filtros por los cuales pasar. Continuar apostando en la reivindicación de una identidad útil tiene como efecto el abandono inmediato de lxs frágiles: la cooperación —voluntaria o involuntaria, esa distinción poco importa ahora— en el sacrificio de aquellxs que nunca podrán jugar el juego (nuestrxs colegas, pero también lxs jubiladxs, “discapacitadxs”, indígenas). Esta es la trampa de los útiles.

Si estas estrategias son ineficaces como dispositivos de defensa, es porque se apoyan sobre aquella distinción originaria que resulta una mala forma de pensar y diagnosticar lo que estamos haciendo y podríamos hacer; y, sobre todo, una pésima cura para el veneno de las jerarquías que hemos aprendido a asumir como ineluctables. ¿No sería mejor, en cambio, convencernos de que la promesa que nos aleja de la charlatanería —es decir, el “privilegio” de ser científicxs—, es en realidad el obstáculo que nos impide identificarnos como trabajadorxs precarizadxs —como insisten lxs becarixs desde hace años? De otra forma, la necedad paralizante con la que protegemos la identidad científica continuará alimentando la tranquilidad moral de nuestras contradicciones (“hago Ciencia, pero no me gusta el Sistema”, olvidando que es imposible que uno exista sin el otro) o, incluso, repitiendo discursos disciplinadores (“si no les gusta, trabajen de otra cosa”, “agradezcan lo que tienen”).

La necedad muestra aquí su lado resignado —aunque siempre disfrazado de espíritu crítico— y obtura la posibilidad de cultivar cualquier pragmática capaz de instaurar nuevas relaciones y mundos posibles. Más que intentar reparar las dicotomías originarias que nos constituyen, aprovechemos la oportunidad para hacerlas trizas y huir de ellas lo más lejos posible.

 

Contra-Utilidad

 

Hace ya algunas décadas, Pierre Clastres mostró que el pensamiento indígena no podía ser determinado desde la perspectiva occidental, que clasificaba a los pueblos “primitivos” como “sin Estado”. En lugar de describirlos en el marco de una progresión evolucionista —es decir, como poseedores de una carencia eventualmente superable—, insistió en la necesidad de escucharlos desde su propia autodeterminación. Son pueblos, argumentó, “contra-Estado”: contrarios a la emergencia de formas jerárquicas de poder centralizado, como las que caracterizan a los Dueños del Mundo. Este rechazo se define positivamente, como una valiosa y poderosa potencia micropolítica que, como señala Marcio Goldman, también podemos encontrar y reactivar entre nosotrxs: apunta hacia una resistencia pragmática, dirigida simultáneamente contra las operaciones que tienden a concentrar el poder y contra la interiorización de los mecanismos de jerarquización. Este último aspecto debería interpelarnos con urgencia hoy, porque es con esta introyección que se nos delega la tarea de segregar entre útiles e inútiles.

El poder de los Dueños del Mundo, sabemos, no solo se encarna en los empresarios y políticos que garantizan que el Capitalismo, cada vez más brutalizado, se reproduzca de forma infinita. También fluye a través de la exigencia moral de obedecerlos. Como ha sido largamente señalado, los Dueños ya ni siquiera se asumen como responsables de gestionar la explotación: somos nosotrxs quienes debemos hacerlo. El binomio Utilidad-Inutilidad, en el marco de la ontología de la auditoría, es el dispositivo que permite deshacernos de todo aquello que no contribuye activamente a su propia explotación. Si no fuera así, ¿qué hacemos al defender la importancia de nuestros servicios, a sabiendas de que algunxs —o parte de nosotrxs— quedarán irremediablemente afuera? ¿Cómo llevamos adelante ese sacrificio sino operacionalizando, desde el interior de nuestras comunidades y prácticas, las jerarquías que nos gobiernan? Cuando decimos que el enemigo nos ataca desde afuera, nos volvemos incapaces de reconocer que el Modelo se organiza —hoy más que nunca— a través de nosotrxs.

            ¿Y qué podemos hacer? Cada vez que intentamos cortar los flujos de obediencia y jerarquías, la pregunta por el “qué hacer” se impone con fuerza. No debemos responderla, pues conlleva la creencia de que toda crítica debe ser “constructiva”: una que propone soluciones para reparar lo roto y así permitir que todo siga funcionando —aunque sea agónicamente, un poco más. Producir o morir (y dejar morir), de nuevo. Este tipo de interrogantes habla la lengua de los Dueños y encierra la trampa de los útiles, que nos insta a reemplazar una producción por otra, como si no existiera otra posibilidad que continuar haciendo lo mismo una y otra vez.

La Contra-Utilidad se define, en cambio, como una conjura contra ese tipo de hacer. No es una crítica constructiva, sino destructiva. Esa es su “propuesta”. No expresa resignación, sino un profundo inconformismo. Nos llama a responsabilizarnos y asumir nuestro papel en las relaciones que nos trajeron hasta aquí, y nos ayuda a describir el pozo en el que nos encontramos. La Contra-Utilidad nos pide detenernos: dejar de hacer (no hacer más de lo mismo), abandonar (no sostener lo poco que queda), interrumpir (no seguir como si nada estuviera pasando). Negarse a colaborar: retirarle el cuerpo y la palabra al Poder que nos somete.

            El esfuerzo constante por aferrarnos al lenguaje y a las prácticas que nos vuelven útiles como científicxs es equivalente al que podríamos dedicar a la instauración de un Otro Mundo. Debemos convencernos de que las energías están, que las capacidades creativas nunca nos abandonaron —aunque sea, de modo virtual. El problema es que hemos puesto esa potencia al servicio de los Dueños de Todo, atrapadxs en la idea de que solo este mundo, y ningún otro, merece nuestros esfuerzos. A esta altura de la tragedia, no queda más que dejarnos invadir por la rabia y la vergüenza de lo que fuimos obligadxs a elegir, para reencontrarnos con aquello que olvidamos que también nos habita: los espectros de lo posible.

¿Qué significa parar, entonces? Parar no es inmovilizarse, sino reactivar nuestras potencias creativas, y eso exige un acto destructivo. No se trata de saber “hacia dónde ir”; la Contra-Utilidad no es una nueva identidad a reclamar ni una receta para evangelizar. Lo sabemos bien: cada vez que alguien se adjudica el derecho a decidir “qué hacer”, la división entre quienes mandan y quienes obedecen, así como la elección por el hacer incesante, reaparece. Este mundo y todas las actualizaciones posibles del Capitalismo no permitirá el surgimiento de nada diferente si no es mediante el desmontaje radical de sus relaciones constitutivas. El acto de parar refiere, entonces, al cultivo de las condiciones para la emergencia de algo inédito, que no podemos anticipar. El principio especulativo de la Contra-Utilidad, su “no saber”, es lo que puede ayudarnos a habitar la incertidumbre de ese Otro Mundo, que supone el abandono de cualquier “dirección” prefabricada. No es la compra segura de ningún futuro mejor. En todo caso, nos advierte, como afirma Andrew Culp recuperando la ética punk, que “el único futuro que tenemos llegará cuando dejemos de reproducir las condiciones del presente”.

            El dualismo Útilidad-Inútilidad es una de las declinaciones del pacto originario, tal vez la más poderosa actualmente, que señala qué es digno de existir y qué no. La Contra-Utilidad opera desde el exterior, evitando esa diferenciación, pues sabe que ella no nos llevará a ningún lugar distinto. La salida está por fuera de lo que conocemos, en la posibilidad de trazar alianzas con sujetos y colectivos que se niegan a “producir” y que hacen de esta autodeterminación una herramienta para resistir el sometimiento y evocar las fuerzas desconocidas de un Otro Mundo. ¿Acaso no son estas fuerzas las que hacen temblar al Poder cuando lxs “inútiles”, exiliadxs de la “producción”, deciden parar, bloquear y gritar “¡váyanse todos!”? Podemos contagiarnos del rechazo puesto en movimiento por los grupos indígenas que se rehúsan a transformar los dioses de la Tierra en recursos para el desarrollo; dejarnos poseer por la rabia de los pueblos fumigados que no están dispuestos a sacrificar su salud; viralizar la insurrección de jubiladxs y discapacitadxs que se niegan a justificar su existencia. Reactivar nuestra creatividad supone hurgar y retomar nuestras partes no colonizadas para, desde allí, convocar a la desobediencia.

            La desobediencia, figura ampliamente recuperada por la filosofía contemporánea como el espacio privilegiado para dejar de hacer, encuentra en la huelga su dispositivo por excelencia. La huelga permite resistir al Poder mediante el bloqueo e interrupción de los flujos semiótico-materiales del Capital. La Contra-Utilidad acompaña la fuerza de este llamado, con la convicción de que este mundo solo se detendrá si somos nosotrxs quienes nos detenemos. Sin embargo, y este punto es crucial, extiende esta noción a la propia equivocación interna que habitamos como científicxs.

            Vale la pena insistir en qué significa para nosotros desobedecer: volvernos incapaces de cumplir con el sacrificio que se nos exige. La desobediencia que reclamamos es, entonces, un acto de indisciplina dirigido hacia nuestras prácticas y cuerpos, orientada a despojarnos de todo aquello que nos constituye como parte de esa Ciencia. En estos tiempos de volatilidad laboral extrema, donde el home-office amenaza las formas de colectivización y nos hace cargar el Sistema a cuestas, la desobediencia interna parece ser el primer paso para todo lo que pueda venir después. La Contra-Utilidad nos recuerda una y otra vez: ¡no somos solo lo que han hecho de nosotrxs! Podemos revitalizar nuestros fragmentos no colonizados y, desde allí, ensayar nuevas alianzas y voces.

            Ahora mismo, mientras escribimos y leemos estas palabras, la fuerza incorporada de los Dueños seguramente intenta apoderarse de nuestras voces y pensamientos. Procurará convencernos de que cualquier gesto que no sirva a la utilidad “es infantil, una utopía”; o, en todo caso, responderá con cinismo que “sabemos que hay algo mejor, pero ya es tarde para cambiar”, “estas son las reglas”.

Conocemos muy bien los efectos de estas ideas. Es momento de desobedecernos y ensayar otras.

 

 

 

 

 

Francisco Pazzarelli y José María Miranda Pérez

Spectra. Laboratorio de Antropología Especulativa

Julio de 2025. Córdoba, Argentina

 

 

 

De cómo aprender a estar solx (decaes): danza contra el «sálvese quien pueda» // Alejandro Dramis

Con obras que fueron seleccionadas a través de una convocatoria abierta, comienza este jueves el Festival ROJASDANZA 2025 bajo la dirección de Alejandro Cervera y una grilla de espectáculos contemporáneos que exploran la versatilidad de la danza, sus diversas perspectivas y las nuevas tecnologías junto a nuevas dramaturgias en relación al cuerpo, el espacio y el movimiento. En ese marco estrena «De cómo aprender a estar solx (decaes)», la nueva obra del artista interdisciplinario, director, coreógrafo, performer, músico y docente Patricio Suárez con protagónico de la actriz y bailarina Liza Taylor. 

Habiendo atravesado estos últimos años por los escenarios del Festival Iberoamericano de Teatro Independiente de Menorca y el Centro Cultural Reina 121 de Valencia en España y el Olaya Estudio de Buenos Aires, el devenir de la obra parece instalarse en el corazón del existencialismo contemporáneo, entre la clásica fórmula sartreana de «Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros» y las reflexiones psicopolíticas del filósofo norcoreano Byung-Chul Han, que hasta donde sabemos no vio esta obra pero debería hacerlo y con urgencia siguiendo sus propias palabras: «La permanente optimización personal, que coincide totalmente con la optimización del sistema, es destructiva. Conduce a un colapso mental. La optimización personal se muestra como la autoexplotación total”.

 
 

Caen las luces de la sala y subsisten los fríos rayos del proyector contra una pared de ladrillos que la descubren a ella, en soledad pero ocupada en encontrar mil maneras de justificarla. Una soledad no deseada ni voluntaria, habitada en medio de una forzada proactividad y un emprendedurismo optimista tan siglo XXI que busca, a toda costa, torcer la tragedia existencial en supuesta oportunidad, mediante el auto convencimiento de que todo marcha acorde al plan. 

Mientras tanto, detrás y sobre ella se proyectan elocuentes sentencias como «Un sistema de islas desiertas es un sistema que te protege», frase bonita en un contexto en el cual el autoaislamiento pospandémico, el individualismo extremo y el resurgimiento del egoísmo fascista atentan contra toda construcción de comunidad. Verborrágica, ella habla y habla al micrófono utilizando la retórica del exitismo de la autoayuda, aunque su voz se escucha cada vez más extrañada y siniestra. 

 

En simultáneo, su cuerpo se mueve como el sistema lo espera, coucheado como la fingida espontaneidad de políticos y empresarios, rodeada de escombros, martillo en mano, y bordeando los límites entre el afuera y el adentro, el desborde y el autocontrol, lo lleno y lo vacío, la construcción y la destrucción, la violencia y la fragilidad, la felicidad auto impuesta y la imposición de no cuestionarla. Comenzando antes de su comienzo, e invitando al público a atravesar carteles y slogans que, con reminiscencias brechtianas y estética publicitaria adelantan, activan el pensamiento y generan expectativas, el ingreso a la sala es precedido por frases como «Aislar mi isla es imposible«, «¡Muchas islas! ¡Ningún sistema!» “En mi isla mando yo” o “Mi isla es mi sistema”. Una vez adentro, piedras y tierra dispuestas en simetría y la mujer de trajecito-elegante-oficina dan la bienvenida mediante una construcción visual y sonora tan poderosa y seductora que conduce a una reminiscencia inevitable de los crudos manifiestos del Grupo Escombros, nacido de la década infame de los años 90 en la devastada ciudad de La Plata: «El artista es lo que sobrevivió de una cultura que fue reducida a escombros. En el mundo que viene nadie sobrevivirá por sí mismo. El individuo será el grupo”.

 

Espectral y vertiginosa, así se posa “DEACES” sobre el inestable suelo que transita, armada y desarmada como un unipersonal existencialista y absurdo, tragicómico, filosófico y sarcástico pero, por sobre todas las cosas, increíblemente vital, visceral, divertido y urgente. Partiendo de una mitología centrada en el imaginario de «la isla desierta», la obra ideada y dirigida por Patricio Suárez, coreografiada por Patricio Suárez y Liza Taylor junto a su protagónico y escrita por Rafael Casañ es un necesario balde de agua helada en estos tiempos de individualismo de Estado, de aislamiento atomizado y del abandono de la empatía social que promueve la ridícula y mentirosa libertad neoliberal. 

Transitando momentos de la danza contemporánea, del teatro posdramático, la performance y la instalación audiovisual para construir un manual de supervivencia colectivo, DECAES se crea, como toda gran historia, a partir de otra maravillosa que la inspiró: la biografía del soldado japonés Shoichi Yokoi quien, tras el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, permaneció oculto en la jungla cumpliendo con su tarea militar ignorando la capitulación de la guerra, temiendo salir de su escondite en el que se mantuvo en secreto y en soledad durante 28 años, sobreviviendo de la caza y de la pesca, vestido con ropa hecha con plantas silvestres y creyendo que las noticias del final de la guerra eran falsedades para hacerlo salir y asesinarlo, retornando finalmente a su tierra en 1972 y popularizando para siempre la frase que pronunció al reencontrarse con su gente: «Es un poco vergonzoso, pero he vuelto».

 

 

Única función: sábado 9 de agosto a las 19 en la sala Batato Barea del Centro Cultural Rojas, Av. Corrientes 2038. Entrada gratuita, hasta dos localidades por persona en la boletería del Rojas, desde una hora antes del comienzo de la función hasta agotar la capacidad de sala.

Fuente: Página/12

Imágenes: @aledcfotografa y @elrojas

Irreverencia del absurdo: el cine de Lucía Seles // Joaquín Alfieri

Se suele repetir, a veces con la pesadumbre típica de las repeticiones, que el arte es un lugar privilegiado para denunciar el carácter impostado de la realidad. El cine y el teatro, en particular, centrados en la destreza actoral y la imposición explícitamente guionada de la palabra, serían los principales recovecos artísticos para desmontar los constructos artificiales de la (mal) llamada “realidad”. Allí, en ese rodeo actuado donde el cuerpo y la lengua son desanclados de sus rituales cotidianos, donde se deshacen los automatismos de la carne y la conversación, emergen instancias especulares para reconocer los montajes y los simulacros bajo los cuales también discurre la propia vida. En ese juego de reflejos, actores y actrices apuntan con el dedo ante las pupilas espectadoras en una invitación amorosa e imperativa a reconocerse como el verdadero farsante de la sala. Quizás por tal motivo la actuación sea la más exigente de todas las prácticas artísticas, dado que -como frente a ningún otro observador- el actor o la actriz deben hacer algo que cualquier individuo del público es capaz de hacer: actuar.

En este sentido, la obra de Lucía Seles sabe de manera categórica cómo realizar esta denuncia donde la ficción imputa a la realidad. En particular, es en su filmografía (aunque también sus obras de teatro podrían ser ejemplos posibles si el escritor de este texto no estuviera recubierto por cierto halo perezoso) donde se revela la querella artístico-judicial que su obra lleva adelante contra la vida. En sus películas la denuncia opera evitando los dos extremos antagónicos entre los que se debate el cine argento-contemporáneo: no son ni las “historias mínimas” de Sorin, pero tampoco las “extraordinarias” de Llinás. Seles altera estas coordenadas con una operación singular sobre la percepción: una remisería del conurbano bonaerense o un tanque de agua en Monte Grande son susceptibles de ser observados con la contemplación parsimoniosa de una obra artística. Su visión de la realidad no necesita del dispositivo museo ni de la producción de marcos o pantomimas culturales para entrar en esa disposición anímica donde el ojo es capaz de conmoverse. Y en esta revulsiva percepción de las cosas se invierte la carga valorativa de la realidad, dejando al descubierto la existencia de zonas vitales que portan un valor ajeno al mercantil.

Sin embargo, no se trata de encontrar la belleza en los aspectos superficiales de la realidad, ni de estetizar a un trabajador japonés que limpia baños bajo el efecto terrorífico de pensar que la vida es como uno se la toma. A Seles sólo le interesa la realidad para molestarla o subvertirla; cada fragmento enfocado por su cámara recibe un plus de sentido, que obliga a confesar secretos desconocidos o presentar escorzos inadvertidos. Bajo su óptica, la realidad parlotea de forma desquiciada y termina por decir mucho más que aquello que le gustaría a su grisácea monotonía.

Esta capacidad enloquecedora de las coordenadas cotidianas opera mediante una utilización punzante del absurdo. En su obra, el sinsentido arremete con sus efectos distorsivos para producir mutaciones y transformaciones variopintas: allí, cuando la narrativa de Seles apunta contra la realidad lo nimio aparece como sustancial, lo feo deviene bello, lo grotesco parece maravilloso, y lo obvio se torna excepcional. Sus películas sacan las cosas de su eje, en un periplo donde el tren de los objetos descarrila de las vías para dibujar un surco sobre una tierra nueva, como quien abre el camino peluqueando los yuyos con la guadaña. Bajo su mirada todo aparece históricamente desenmarcado y las cosas mendigan por un patrón espacio-temporal distinto al de las coordenadas epocales que ahogan sus suspiros.

Por otra parte, sus películas superan con robustez el test “Lucrecia Martel”: ninguno de sus argumentos puede ser resumido en una embobante sinopsis. El espectador que ha disfrutado su filmografía y se disponga a gestar un ensayo comunitario de socialización a través de una afectuosa recomendación, se verá rápidamente atrapado en la imposibilidad de describir de qué se trata o de qué van sus películas. Son tramas sinuosas, errantes, revulsivas; y solamente se sostienen en una manera de contar que apela al berretín personal como mejor justificación para dar cuenta de los motivos o las razones que llevaron a producir semejante obra. Es decir, su cine es un gigantesco y saludable “porque sí”, una forma de hacer a la que no le gusta que le digan cómo hacerlo.

Y, sin embargo, a pesar de esta dificultad clasificatoria o descriptiva, en sus películas también se “entiende” todo. No hay mensaje encriptado, ni esnobismo, ni la llaga subliminal de un metalenguaje que solicita del espectador destrezas superlativas en el ejercicio del onanismo intelectual, es decir: Seles no ensucia el charco para que sus aguas parezcan más profundas1. Todos los elementos de su cine son extremada y exageradamente cotidianos: las conversaciones entre los personajes se centran en un circuito de asuntos habituales, la voz narradora apela a gestos de la realidad que están presentes para todo mortal, los escenarios filmados son exactamente los mismos que se enfrenta cualquier trabajador en su diaria, y el sonido habitual de sus películas no consiste en otra cosa que el murmullo rugoso del tráfico urbano. También tiene un metejón especial con los perros (o con “los dogs”, como los nombra en sus películas) que guarda su razón de ser en la insistencia por utilizar al conurbano bonaerense como paisaje predilecto, territorio donde la proporción demográfica entre canes y humanos es similar a la de vacas y gauchos en la pampa húmeda.

Su particularidad reside en que esta operación cinematográfica destaca siempre elementos cotidianos, aunque desatendidos. Es decir, su cine consiste en un trabajo de alquimia sobre la percepción, ofreciendo al espectador retazos de aquellas cosas que brillan en la oscuridad como el titilar de una luciérnaga bajo los efectos de una pena amorosa: Seles invita a mirar aquello que no vemos a pesar de tenerlo delante de nuestras narices, a escuchar esos sonidos que taponamos con el anestésico uso de auriculares, a encontrar flores en el desierto pavimentado que transitamos cotidianamente, en definitiva, a producir una mirada de la realidad que sea de autor, que se apoye en la arbitrariedad del propio sentir como mejor índice para definir el modo en que queremos transitar este pasajero y efímero acontecimiento que supone nuestra vida.

Es por eso que esta alteración de las latitudes cotidianas produce un movimiento de inversión sobre el espectador, quien comienza a advertir luego de la película que su percepción habitual de las cosas resulta sumamente absurda. Por fuera de los trámites, las obligaciones y las humillaciones diarias que exigen los imperativos sistémicos, quien se haya adentrado en la obra de Seles comenzará a sentirse interpelado por una serie de interrogantes distantes a la agenda impuesta por los patrones dominantes de la época; inclusive, uno puede irse a dormir con cierta congoja por no haber observado durante el día la cúpula de alguna arquitectura bonaerense, o no haber prestado mayor atención a los nombres de los negocios del barrio o a las querellas perrunas de los vecinos. Entonces, el ocaso diario estará invadido por inquietudes y ansiedades diversas a las propuestas por el sentido común vigente: las iglesias, los personajes barriales, el adoquín, la flora y fauna urbana, los camiones en las autopistas, la vestimenta citadina, son algunos de los elementos que Seles nos presenta enajenados de nuestra propia alienación, para que puedan volver a ser parte de un repertorio renovado donde nos volvemos capaces de esperar algo distinto a lo esperable.

No obstante, también es necesario amargar brevemente el regusto empalagoso que porta todo elogio: su obra no es universalmente querible. Es decir, es una pieza artística exigente y desafiante con el espectador, quien -posiblemente- experimente también sensaciones displacenteras con sus películas: incomodidad, perplejidad, o incluso aburrimiento son algunos de los afectos susceptibles de ser despertados al enfrentarse con su filmografía. A pesar de la ausencia total de elitismo, sin embargo, esa circunstancia no se traduce en una subestimación de sus interlocutores, quienes posiblemente se interroguen “¿con qué tenedor se come esto?” durante las primeras escenas observadas. Este carácter no complaciente de Seles con los demás en verdad desnuda otro rasgo fundamental de su producción: es una obra que asume un inmenso riesgo artístico. Y allí, frente al peligro del ostracismo o la amenaza de la marginalidad, se coquetea con la abyección gestando piezas que son para cualquiera y para nadie a la vez.

Asimismo, la irreverencia del absurdo que pone en práctica su obra tiene un medio predilecto para naufragar: la palabra. Todas las inversiones y los desplazamientos mencionados que producen sus películas se gestan a través de una singular (dis)torsión del lenguaje. Las faltas de ortografía, la mezcolanza entre la lengua inglesa y castellana, la utilización de expresiones ajenas al léxico argento (“me hace ilusión” para señalar expectativa o “me mola tal cosa” para anunciar satisfacción), conforman una particular manera de narrar y aprehender la vida, donde las cosas sólo pueden producir sentido porque son sentidas. Y en ese movimiento, Seles también invierte la carga de la prueba lingüística del espectador: luego del film, todas las conversaciones del cotidiano serán absurdas hasta que se demuestre lo contrario. “Y lo contrario” significa que en tanto los diálogos no se desarrollen como en sus películas, es decir, mientras las palabras no se encuentren al servicio del afecto y el detalle, serán mero ruido.

En las narrativas más ficcionales (en caso de que fuera posible establecer una clasificación semejante al interior de su obra) los personajes retratados también forman parte de este repertorio lingüístico (dis)torsionado. A pesar de portar marcas geográficas y temporales extremadamente precisas (si hay un sanjuanino en la película se sabrá desde su primera aparición), sin embargo, no hablan ni se asemejan a los guiones tradicionales de los transeúntes del transporte público, ni a los padecientes de la sala de espera en el consultorio médico, o a la clientela cotorrífera de la peluquería. Por el contrario, los actores y las actrices de las películas de Seles portan un uso maniático-afectivo de la palabra: se enroscan en temas o repeticiones y, por lo general, anuncian un querer antes de darle lugar al habla: “me gustaría decir tal cosa…”, “te quería contar…” son típicas expresiones utilizadas en una redundancia que se encuentra al servicio de enfatizar que las cosas necesitan ser dichas o nombradas porque parten de una solicitud afectiva previa. Entonces se descubre que la palabra no es más que un artilugio necesario para amarrar al horizonte o para desnudar un dolor.

Es en esta utilización maniática-afectiva de la lengua donde Seles también pone en escena una forma de subjetividad diversa a la del cotidiano. Sus personajes, en tanto individuos rotos, deshilachados, aparecen, sin embargo, zurcidos por la cámara. La narrativa les ofrece un remanso al estigma de sus manías y en esos diálogos delirantes se deja entrever la posibilidad de una conversación colectiva donde los rotos pueden armar comunidad con los descosidos, para que nadie se sorprenda con las puntadas de hilo dejadas por la huella de la aguja. Y a pesar de que en su extravagancia y chifladura los personajes parecieran encontrarse atrapados dentro suyo, no obstante, son sujetos ensimismados por algo distinto a ellos mismos. Su rotura les permite una apertura hacia los demás y todo lo que se dice en primera persona aparece como una manera de exorcizar la propia identidad, para resignificarla o desplazarla a partir de una intensidad afectiva que opera con la fuerza de un sismo. Por eso en sus películas Seles le regala al espectador una alternativa, un espacio donde el yo no es un yo-nki de su propia imagen, sino una instancia susceptible de estar atravesada por una lógica diversa a la del sacrificio cotidiano que nos exige el espejo. La película, al tornar difusa la división entre la verdad y la fábula, deja al descubierto que la primera ficción de la realidad lleva por nombre el monosílabo “yo” y que, como toda invención, es susceptible de una imaginación alternativa. Es decir, Seles nos recuerda que cuando los atuendos yoicos son demasiado pesados, siempre hay otros disfraces en el vestidor.

En definitiva, todos los desplazamientos mencionados definen a sus películas como una obra que se encuentra al servicio de la vida (y no al revés, donde el arte queda encorsetado en la estrechez de la propia vanidad). La experimentación de su filmografía ofrece al espectador la capacidad de una utilización alternativa de la palabra, una renovación perceptiva de la realidad o un reposicionamiento afectivo sobre el guion que cada individuo decide interpretar. Y esta operatoria donde el absurdo comanda la narrativa nos permite alterar momentáneamente las coordenadas valorativas de la realidad, para desestabilizar los cimientos de lo obvio y encontrar en ese movimiento tambaleante la posibilidad de inventarse una trama novedosa, como una forma de evitar las prácticas que nos invitan a la repetición y así aprender a nadar esquivando los numerosos anzuelos que flotan en la superficie.

1 Atahualpa dixit.

Desalojo ilegal, estigmatización y persecución política al tejido comunitario transfeminista: YoNoFui un SPA

Desalojo ilegal, estigmatización y persecución política al tejido comunitario transfeminista

Esta madrugada el Gobierno de la Ciudad desalojó uno de nuestros espacios colectivos y comunitarios que habitamos hace más de 20 años.Fue nuestro primer espacio, cedido en el año 2005 por el Taller Popular de Serigrafía, un lugar constitutivo para nuestro colectivo, un refugio en el que funcionó el primer taller de Poesía, Costura y Encuadernación para mujeres que recuperaban su libertad.

El procedimiento se llevó a cabo bajo el amparo del art. 12 de la Ley de Procedimientos Administrativos de CABA que faculta a la Administración a utilizar la fuerza, sin intervención judicial, sólo cuando exista riesgo de derrumbe o exista peligro por cuestiones de salubridad. Claramente, no es el caso.

Desde hace 3 años, a través del financiamiento del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación pudimos remodelar el espacio y comenzamos con los talleres de formación en estética y cuidados corporales donde se capacitaron las compañeras que dieron inicio a Bell, Toda belleza es política, un espacio cooperativo para mujeres y disidencias sexuales que recuperaban la libertad. Una herramienta de integración al medio laboral.

YoNoFui es una asociación civil sin fines de lucro  y una cooperativa de trabajo con 23 años de trayectoria acompañando mujeres y personas LGTBIQBN+ privadas de libertad y liberadas.En estos  23 años de activismo creamos una Escuela de Formación en Artes y Oficios con talleres dentro y fuera de las unidades, penales federales y provinciales; una Cooperativa de Trabajo con distintas unidades productivas y una Editorial autogestiva.  Construimos espacios de acompañamiento en Salud Mental, Gestión de Recursos, Asesoramiento Legal y Apoyo Mutuo que consisten en sostenernos en redes afectivas y materiales. El año pasado abrimos Casa Andrea, una casa de vida colectiva transfeminista, junto a la organización NoTanDistintes, donde actualmente viven 10 compañeres, entre ellas Sofía, la sobreviviente del lesbicidio múltiple de Barracas.

A lo largo de los años, hemos recibido apoyos de distintas organizaciones nacionales e internacionales, colectivos y dependencias estatales para poder llevar a cabo nuestro trabajo, contamos con financiamiento y reconocimiento nacional e internacional, ya que nuestras figuras jurídicas cumplen con todos los requisitos estipulados.

Hoy el desalojo se produjo sin aviso previo, sin intervención judicial y con un evidente ánimo de demonización de los espacios populares. El Gobierno de la Ciudad se excede en su facultades, viola el derecho a la defensa, al debido proceso y al principio de legalidad.

Una mínima búsqueda de información en la web, les hubiera dado el insumo para informar sobre nuestro proyecto cooperativo. Por el contrario, distintos medios decidieron “comunicar” que allí  funcionaba un “spa” de un movimiento social al que no pertenecemos. Nombrando referentes que no son nuestros, con el fin de usar el hecho como herramienta de campaña y persecución política.

Esto es un paso más en la estrategia de poner las fuerzas de seguridad al servicio de la represión a las expresiones populares mientras resguardan los capitales de la especulación inmobiliaria, en indudable continuidad con las políticas de vaciamiento del Estado y destrucción programada del lazo social. La demonización de un espacio de formación profesional para el trabajo cooperativo como Bell va en línea con otros discursos que alientan el odio: el supuesto prostíbulo en la UBA, la sala de baile en la Universidad de las Madres. Resistimos la política eugénesica de este gobierno de la crueldad y el descarte.

Ante la evidente intención de eliminar nuestra red comunitaria y pretender romperlo todo, sobretodo el intento de colectivizar nuestras prácticas, no vamos a parar, seguiremos existiendo, resistiendo y creando las vidas que queremos vivir.

Bell transmutará y seguirá funcionando en nuestro espacio de Flores. Así que allí les esperamos para seguir insistiendo en que toda belleza es política.

Colectivo YoNoFui

Notas sobre Bell, toda belleza es política (Colectivo YoNoFui)

La Nación

https://www.lanacion.com.ar/comunidad/recuperaron-la-libertad-estudiaron-y-abrieron-un-centro-de-estetica-en-palermo-hollywood-si-al-pais-nid03052024

https://www.lanacion.com.ar/comunidad/recuperaron-la-libertad-estudiaron-y-abrieron-un-centro-de-estetica-en-palermo-hollywood-si-al-pais-nid03052024

Tiempo Argentino

Página 12

https://www.pagina12.com.ar/726558-un-colectivo-anticarcelario-creo-una-cooperativa-de-estetica

El grito del Sur

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La mitad de un echarpe o un canto inconcluso // Horacio González

No es necesario preguntarse qué es lo que queda de la revolución. De la revolución nada queda. Porque la revolución, siempre, es lo que queda. Resto, excedente, sobra, la revolución no es lo que primero existe y después deja una aureola que sus hijos tratarán de asumir, encauzar o retomar. La revolución es precisamente ese algo que queda y que existe solo porque es la aureola, el contorno iluminado cuya única existencia real descansa en ser fugaz. Una moneda fugaz, que alguien tiene en sus manos, como depositario de un incómodo residuo. 

Luisa Michel, una militante de la Comuna de París, cuenta una historia que bien podría caber en una página dibujada por Hugo Pratt. Luego de haber fracasado el “asalto al cielo” de 1871, los communards sobrevivientes son deportados a la isla de Nueva Caledonia, una posesión francesa en la Polinesia. Pasan unos años más, y les toca asistir a una sublevación canaca: los nativos de la isla estaban cansados de los colonos franceses. Luisa Michel simpatizará con los canacos, no así los demás desterrados franceses. Luisa ya había asumido el anarquismo… 

Uno de los nativos canacos, Taiau, estaba empleado por la administración colonial francesa, encargado de llevar alimentos a los prisioneros de Comuna. Taiau se había comprometido con la rebelión y Luisa relata el momento en que se despide de él. El joven canaco iba a nadar bajo una tempestad, para unirse a los suyos. “Entonces, la banda roja de la Comuna, que yo había conservado a través de mil dificultades, la dividí por la mitad y se la di como recuerdo”, dice Luisa Michel.

 Esa banda era el símbolo de los revolucionarios parisinos, que la cruzaban sobre el pecho. Luisa divide esa célebre tiara. Partirá en dos el echarpe-emblema. Nada mejor para representar la idea de revolución como eso “que queda”, eso que excede y se transmite. No hay otra revolución que no sea la transmisión de un resto. Y en el caso de Luisa resulta patente esta situación, pues la escena es exótica e inesperada. Podía haber sido presenciada por el Corto Maltés. Una mujer del París occidental, capitalista, bonapartista y baudeleriana, una mujer anarquista, enérgica habitante de una gran urbe europea, le transmite la mitad de un objeto sagrado, un echarpe a un nativo polinésico en rebelión. ¿En cuál de las mitades escindidas está la revolución? En ninguna, porque la revolución es esa escisión, ese acto de transmitir. 

Preguntarse “qué queda de la revolución” lleva a la nostalgia, a la denuncia de un “desvío” o al anuncio de una “fidelidad” sempiterna. Si la revolución, en cambio, es “lo que queda”, evitamos ser pensionistas de lo que no fue y guardianes de lo que será. Y lo que queda, sin tener por detrás un arquetipo, es siempre múltiple, abierto, inesperado, ilegal, irregular, implanificado, imprevisible, irresuelto. Impensable. 

Muchos han dicho que “la revolución ha terminado”. Lo dijeron muchos de aquellos hombres de la Comuna, y fundaron partidos políticos. Lo dijeron, en 1917, mencheviques, populistas y laboralistas rusos, ante el ascenso implacable del leninismo. Y lo representó Yves Montand en aquella película que así se llamaba, tomada del libro que había escrito Jorge Semprún. He aquí una pareja, Montand-Semprún, asociada implacablemente a esa frase, “La revolución ha terminado”. Pero no es una frase justa, aunque sea sugestiva (pues sugestivo es siempre retratar a los hombres que alguna vez creyeron, en el momento en que ya no creen más). No es justa, porque la revolución nunca termina. Porque para existir, la revolución debe estar siempre en constante estado de despedida. 

Cuenta Trotsky en su Autobiografía que los revolucionarios de Smolny, en los primeros días de la revolución de Octubre, sin saber si iban a durar mucho o poco, se ocupaban de trazar grandes planes escritos de lo que sería la revolución. Si fracasaban, igual quedaban esas palabras “para la historia”. La revolución era eso: no saber si duraría, escribir hacia los vientos. Léase esa Autobiografía, un excepcional documento de nuestro tiempo, para comprobar hasta qué punto una revolución, más que tener un “canon” y luego una “traición”, es siempre esa situación de despedida. 

Despedirse constantemente es lo que siempre ha hecho Ernesto Guevara, revolucionario si los hay. No son apenas sus muy conocidas cartas de 1965 –a Castro, a sus padres y a su hija– las que revelan ese sentimiento. Es preciso leer lo que ha escrito en 1956, casi diez años antes, para saber hasta qué punto esa sensación del que “se va”, compone estrictamente un único retrato. En ese año tan temprano, había escrito a sus padres en Buenos Aires, ante el inminente desembarco en Cuba, que “se despedía en forma no muy grandilocuente pero sincera”, y cita un fragmento de Hikmet: “Solo llevaré a la tumba la pesadumbre de un canto inconcluso”. 

¿Puede asombrar entonces que después dijera, en la despedida postrera, que “he cumplido la parte de mi deber y me despido de ti” (a Castro). Todo era canto inconcluso, una única y entera despedida. La revolución es siempre despedirse. Un revolucionario escucha a Goyeneche cantando “primero hay que saber partir…” y sabe que en esa estrofa de Homero Espósito, hay algo que le atañe. Revolución es despedida que no tiene estada fija, es excedente que no tiene sustancia previa. De este modo, la revolución no es la obra del creyente que después encontrará su reverso, incrédulo, burlón o renegado. Porque si es siempre “lo que queda”, eso nos eximirá de buscar luego a los que la habrían traicionado.

 

* Publicado en la revista Fin de Siglo Nº 3, septiembre de 1987.

¿Requiem para cierta belleza? // Mirta Zelcer

 

    1. El concepto de belleza



El concepto de belleza fue variando en nuestra historia occidental junto con las culturas, la ciencia, la religión y también la filosofía. La belleza de la armonía y la proporción en las obras artísticas griegas quedó lejos del concepto de bellezas artística de los siglos XIX y XX en las que lo aberrante podía ser también expresión de lo bello. Sin detenernos en estos recorridos históricos, proponemos aquí una primera aproximación –parcial, atendiendo sólo a algunos aspectos– a lo que ocurre en nuestra contemporaneidad.



    1. Un lema en la génesis de la Edad Contemporánea



Resulta muy difícil especificar los comienzos y los finales de los períodos históricos. Sin embargo, pareciera haber una convención acerca de que la Edad Contemporánea comenzó en 1789 con la así llamada Revolución Francesa. Este acuerdo considera que la Edad Contemporánea se extiende hasta nuestros días. 

 

Ocurrió que el lema “Libertad, igualdad y fraternidad” se estrelló con las evidencias de la vida que el capitalismo generaba. Mediante la propiedad privada, la libertad de comercio y –sobre todo– con la Revolución Industrial en Inglaterra que trajo la producción en masa y también la explotación del asalariado, se fue intensificando la concentración de las riquezas y la expansión colonial. Todo ello consolidó la instauración del modo de producción capitalista tiñendo las subjetividades de los ciudadanos mediante los valores del mérito personal, la competencia y el individualismo. Este capitalismo se volvió una forma de vida dominante. Las personas se vieron enredadas entre las consignas del lema francés y la realidad de la brutal utilización de los cuerpos para el usufructo del capital. 

 

El divorcio entre la vigencia discursiva del lema y la realidad miserable de las vidas concretas de aquellos tiempos no fueron toleradas de manera pasiva. Así, se produjeron grandes revueltas sociales que fueron acalladas por la Gran Guerra. Aún no se sabía que los horrores de tales beligerancias contemporáneas recién comenzaban. La búsqueda de la dominación, junto con la necesidad que los hechos que estaban teniendo lugar fuesen aceptados, hicieron que la hipocresía impregnara todo tipo de comunicados. De modo tal que esa hipocresía tuvo una función práctica: la aceptación de esos mismos hechos.



    1. Lo minoritario y la aberrancia



Al abordar el concepto de lo minoritario, Deleuze y Guattari (Deleuze, Guattari, 2012) nos advierten que esta noción nada tiene que ver con el número; lo minoritario no es simplemente un grupo pequeño dentro de una sociedad, sino una forma de ser, un devenir. Se trata de aquello que aparece sin una predefinición, se presenta de manera intempestiva. Tal rasgo condiciona tanto un movimiento continuo con sus potenciales cambios, como la construcción de realidades insospechadas, lejos de las normas que homogenizan a las personas mediante sus representaciones y percepciones. Se trata de la aparición de pensamientos y conductas desviadas con respecto a las representaciones previas dominantes que uniforman los modos de percibir y de sentir (y entonces, de pensar y actuar en consecuencia). Lo minoritario aparece a partir de una transformación de aquello que se considera “normal”, descentrándose de lo habitual, alterando y desarticulando estructuras. Es, en el fondo, una lucha contra la subjetividad instituida. 

 

En la filosofía de Deleuze el concepto de lo minoritario está íntimamente entrelazado al de la aberrancia (Deleuze, 2012). Los movimientos aberrantes los descubre en los flujos vitales que terminan siendo disruptivos frente a los dispositivos del poder capitalista. Es una fuerza creativa que se aparta del orden instituido y que carece de las formas habituales de producción del arte. Nuestros autores encuentran este tipo de movimientos en la literatura kafkiana.



    1. Lo aberrante en las letras y la filosofía



4.1. Franz Kafka

 

La obra de Kafka estremece nuestra sensibilidad con interrogantes existenciales frente a la obligatoriedad cruel que impone el sistema social. ¿Qué sentido tiene la vida en esta sociedad que angustia y despersonaliza, que obliga a la obediencia a-crítica y opresiva? Una obediencia que no ofrece explicaciones, que aliena y que es injusta, que posee una lógica de procedimientos que encierra y no ofrece salida alguna. Nada se comprende. 

 

Ante estas confusiones no hay evasivas. Frente a tal omnipotencia sólo queda el acatamiento, la despersonalización o bien, como lo hizo Kafka, desertar de ella describiendo las conmociones que esta realidad social provoca. 

 

Los escritos de Kafka sólo traían inquietudes y angustias personales sin desenlaces de ningún tenor. La escritura de este autor resultó extremadamente controversial para su época: sus textos fueron considerados tan aberrantes que Kafka mismo no osó seguir publicándolos[1].

 

4.2. Antonin Artaud

 

La obra de Antonin Artaud, poeta y dramaturgo, también resultó controversial para su época. Lo fueron tanto sus obras teatrales como su poesía. Ese rechazo continúa aun hasta hoy.

 

¿Cuál fue la búsqueda de Artaud a través de su labor artística? Artaud desconfiaba del arte hegemónico, del que creía que sólo conseguía el endurecimiento de los sentimientos mediante el raciocinio. Desafiándolo, quiso que tanto el teatro como su poesía dejasen huellas emocionales que sensibilizaran las críticas sociales que en él anidaban. Cuerpo y emoción fueron indisolubles para Artaud. De allí, su invención del teatro de la crueldad con el uso del lenguaje no verbal. La desarticulación de la lengua en el teatro y en su poesía destrozaban los protocolos convencionales. 

 

Consideró la locura (su locura) como una especie de manantial del que surgían descubrimientos inesperados y sorprendentes, puesto que, en la locura, el mundo real aparece y se exhibe desenmascarado en su irracionalidad[2].

 

Además –y al igual que ocurrió con Kafka– creaba tensiones sin resolución. Su producción fue rechazada por escandalosa, por su crudeza y porque fue considerada aberrante[3]

 

4.3. Friedrich Nietzsche

 

La potencia de los escritos nietzschianos atravesó muchos otros espacios fuera del suyo propio. Incluso fueron usados políticamente. Considerado un “Anti Cristo”, tanto él como sus producciones fueron vistos como aberrantes. Su valoración negativa de la cultura occidental por su incapacidad de incorporar al caos en su pensamiento y en las ciencias, fue en contra de la racionalidad absoluta occidental. Nietzsche pensaba la exclusión del azar como una debilidad de los sujetos de esta cultura.

 

Sus críticas a la filosofía griega y a las religiones, en especial a la fe cristiana y su moralidad, cuyo efecto despreciable es la esclavitud psicológica, le valieron la impugnación absoluta de toda su obra. 

 

Derribando certezas, desechando la compasión y los resentimientos, produciendo un cambio en los valores establecidos (transvaloración), fue y es considerado un pensador que ataca los cimientos de Occidente.

 

Su método para entender los valores sociales y religiosos se valía de la investigación de los orígenes de estos valores, demostrando que se trataba de construcciones. Este hecho resultó ser una afrenta a la cultura occidental que se basaba –y se basa– en la trascendencia de los valores sociales y religiosos. Para Niestzche estos no eran eternos ni objetivos[4].

 

No sólo cierta literatura fue considerada aberrante. Veamos algunos casos de la pintura.



    1. Lo aberrante en la pintura



5.1. Edvard Munch

 

En los finales del siglo XIX, la situación general en Europa mostraba una inestabilidad creciente debido a huelgas de trabajadores, conmociones políticas, y la depresión económica a la que se le dio el nombre de “Pánico de 1893”. Ese mismo año, el noruego Edvard Munch presentó su obra El Grito. Esta pintura es una más de una serie llamada “Friso de la Vida” en la que el artista hace palpable las angustias que depara la modernidad en el amor y en la muerte. Sin embargo, en El Grito se evidencia la desesperación angustiante que provocaban los cambios sociales. Allí encontramos una figura humana aterrorizada a la que el miedo la deforma, que impacta con sus manos, sus ojos desorbitados y su boca abierta. 

 

 

También esta obra resultó escandalosa. Incluso, como en el caso de Artaud, el artista fue considerado fuera de quicio. Las duras críticas emergieron por el desconcierto y el rechazo que provocaba la presentación de una figura tan aberrante. Al igual que las demás producciones aquí señaladas, y por el rechazo en su aceptación inicial, podemos considerarla como un arte minoritario.

 

5.2. Pablo Picasso

 

Años antes del Guernica, también Picasso exhibió en sus obras la demolición de aquello que se consideraba coherente como forma de figurar tanto el cuerpo humano como los paisajes. En sus obras, las morfologías presentan un interior y un exterior simultáneos. Una de las formas es la aceptable socialmente. La otra, oculta en función del disimulo social, resulta monstruosa, atroz. La primera es consciente. La otra, velada para la persona misma, resulta casi amenazante. Ambas son nuestras, existen en todos los convivientes de nuestra civilización, y se encuentran entrelazadas en la vida sociopolítica. 

 

 

En 1937, con las ascensiones de los fascismos en los gobiernos europeos, realiza el Guernica en el que resume no sólo las atrocidades de las guerras, sino también la sociedad que las produce. Una sociedad que conlleva infelices desastres para las vidas que de ella dependen. Su obra, en un principio, resultó minoritaria, ya que fue una crítica a lo establecido y a los absolutismos. 

 

5.3. Otros casos

 

Podríamos agregar a Egon Schiele con sus rostros cadavéricos, a Vincent van Gogh con sus hermosos floreros con algunas margaritas fláccidas o una bella noche estrellada con un hálito siniestro que la recorre, etc.

 



    1. La belleza de lo atroz



¿Qué tipo de belleza puede tener lo que fue considerado atroz? Si observamos lo ocurrido con los casos revisados en este escrito, encontramos se trata de obras que se desvían de la belleza tradicional, armónica, narcótica y placentera. Figuras e imágenes sin proporciones fueron rechazadas por los críticos literarios y los del arte pictórico. 

 

Si hacemos un listado de los rasgos observables en las obras, tanto en la literatura como en la poesía podemos encontrar algunos tópicos que insisten: desde el dolor y el sinsentido de la vida de la modernidad, mostrando lo cruel y absurdo de su organización, hasta la burla de sus valores y sus normas. La rebeldía de tener que adecuarse a lo inadecuado y el sufrimiento subjetivo que este hecho suscita. Ninguno explica nada: sólo muestran dolorosamente que se trata de un sistema tenebroso. Es una belleza que duele, en la que hay torturas del alma y del cuerpo en las que los deseos no tienen lugar. Sólo muestran mutilaciones que no cesan, lesiones que no curan, putrefacción. Una intensidad inquietante que perturba, fastidia. Expresan un malestar colectivo desde la experiencia personal; sin embargo, todos coinciden en señalar la hipocresía social que incluye el sufrimiento subjetivo. Perceptos y afectaciones que conmueven a través de la visión y de la lectura.

 

Veamos qué ocurre con el concepto y los criterios de belleza en nuestra actualidad. 



    1. El cinismo y la hipocresía



Durante la presentación de su libro[5] Paula Sibilia[6] puntualizó algunos cambios civilizatorios de nuestra coyuntura. Una de las realidades consiste en que la tecnología abrió la laxitud en los tiempos y los espacios. Tan ilimitada es esta apertura que ya no se comparten realidades sociales. El deseo, afección que en la actualidad resulta abierta a lo infinitamente posible, sustituye al deber. 

 

Agrega Sibilia que el criterio de verdad es el “yo” como autorreferencia desde donde surge esta verdad. Tenemos numerosos ejemplos de gobernantes que administran según su propia “verdad” en la que advierten sólo sus deseos. Estas características fundamentan el nombre de su libro: De la vieja hipocresía al nuevo cinismo. Desde aquí nos preguntamos ¿Cuál es la diferencia de estas posturas?

 

Separadas ambas de cualquier ética, las diferencias basculan entre la moral y la verdad. El cinismo desprecia a ambas. No toma en cuenta ni le interesan los juicios ajenos a pesar de que lo que dice es injurioso, insultante, infame y humillante. Además de grosero. Es “honesto”, “sincero”. No finge. La hipocresía, en cambio, oculta su verdadera conducta e intención. Su apariencia es engañosa ya que exhorta a la conducta moral. 



    1. El descaro de lo aberrante



Desde aquí, podríamos decir que no toda la hipocresía mutó en cinismo. Este último enajena, aturde y desorienta la visión de la hipocresía, que se mantiene necesaria para que el texto enloquecido envuelva y dificulte la comprensión de lo básico: la concentración cada vez mayor de poder y de recursos apelando a cualquier medio por más letal que éste sea. Para sostener esto, en las nuevas políticas, las concretas vidas humanas no entran en consideración: son ignoradas. 

 

Ahora bien: si hemos visto que la belleza de las obras del siglo XIX y XX tiene que ver con el develamiento de la falsedad que la hipocresía social y política ocultaba, y que esta impostura estaba custodiada precisamente por toda la cultura mayoritaria, nos preguntamos en qué consistirá la belleza de las producciones contemporáneas, siendo que la “verdad y sinceridad” del cinismo es hegemónica en el mundo actual. 

 

Si la intencionalidad del sojuzgamiento y de la destrucción es manifiesta, pero textualmente el fingimiento de la acumulación de poder y riquezas está oculta, ¿cómo será la nueva producción de obras bellas? ¿Deberíamos complacernos viendo la exhibición del arte de la destrucción mostrado impúdicamente, tal como se lo está haciendo? Lo aberrante cambió de lugar y de sentido; ya dejó de ser minoritario: está gobernando, teñido de la omnipotencia que le otorga su cínico descaro.

 

Fuentes y referencias

 

Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas- Capitalismo y esquizofrenia. Traducción José Vázquez Pérez. Pretextos. España, 2012.

 

Nietzsche, F- Así habló Zarathustra : un libro para todos y para nadie. Editorial Alianza 1972

 

¿De la hipocresía al cinismo? Desplazamientos del suelo moral – FyP Abierto con Paula Sibilia // www.youtube.com/watch?v=wKBz7LGENzY

 

[1] En En la colonia penitenciaria la tortura del «aparato peculiar» que se describe consiste en la escritura en la carne humana de argumentos indescifrables e incomprensibles. Tan es así que los encargados de administrarlo se someten voluntariamente a él. En El proceso, manuscrito inconcluso de Kafka, el protagonista es encarcelado sin sentido ni razón conocida por él. Por lo tanto, no sabe de qué debe defenderse. La ley y la justicia resultan de ese modo inaccesibles. La opresión es absoluta. Fue escrito entre 1914 y 1915. Finalmente, en La metamorfosis la familia aparece como una hostil herramienta para la producción capitalista. Alienado en sus deseos, en su trabajo y en su corporeidad, queda aislado. Sin embargo, con sus pensamientos humanos consigue llevarnos a una profunda crítica social.

[2] A fines de los años ´60 y principios de los ´70 del siglo pasado, hubo, en el instituto di Tella, un colectivo teatral llamado Grupo Lobo que llevaba a cabo la experimentación escénica propuesta por Artaud.

[3] Dice en Para acabar con el juicio de Dios (1947): “No es verdad que la vida sea seria/ni que la muerte sea grave. /Lo grave es este cuerpo que no obedece/y esta lengua que no corta”. En El ombligo de los limbos (1925): “He nacido de una idea que no era mía, /me retuerzo en la niebla de un vientre que no deseé / y sin embargo, grito con la voz de todos los que/no pueden hablar”.

[4] Dice en Ecce homo: la moral de la decádence, la voluntad de final, vale como moral en síes el valor incondicional que se concede a lo no-egoísta. A quien esté en desacuerdo conmigo en este punto, a ese lo considero infectado…”. (pág. 115)

En Así habló Zaratustra un libro para todos y para ninguno formula: “Zaratustra descendió solo de la montaña, y a nadie encontró en su camino. Pero no bien se hubo internado en el bosque, se encontró con un anciano (…) «Y ¿qué hace, el santo en el bosque?»‘, preguntó Zaratustra. Y el santo contestó: «Hago canciones y las canto, y cuando las compongo, río, lloro y murmuro: y así alabo al Señor y murmuro: y así alabo al Señor. Cantando, riendo, llorando y murmurando. Alabo al Señor mi Dios. (…) Y en esto separáronse los dos, el anciano y el hombre, riendo como dos muchachos. Así que Zaratustra estuvo solo, dijo para su capote: «¿Pero es posible? ¡Este santo varón, aquí, en su bosque, no se ha enterado todavía de que Dios ha muerto!” (págs. 14 y 15).

Y luego: “Al conocer, siento la voluntad de crear y la alegría del devenir; y si hay inocencia en mi conocimiento, es porque en él existe la voluntad de crear. Esta voluntad es la que me alejó de Dios y de los dioses, porque ¿qué podría yo crear si hubiera Dios?” (pág. 70). 

Más adelante: “ahora yo quisiera, célebres sabios, que os despojarais de la piel del león y la arrojarais muy lejos. ¡La piel multicolor de la fiera y la velluda del investigador, del explorador, del conquistador! ¡Ah! ¡Para que yo crea en vuestra ‘veracidad’, debéis romper primero vuestra voluntad de veneración! La voluntad del león quiere ser hambrienta, violenta, solitaria y sin Dios. La voluntad del hombre veraz está emancipada de la felicidad del esclavo, está redimida de los dioses de las veneraciones, es intrépida y terrible, grande y solitaria. Los veraces vivieron siempre en el desierto” (pág. 85).

[5] Ver https://www.youtube.com/watch?v=wKBz7LGENzY

[6] Paula Sibilia es antropóloga. Investiga temas culturales contemporáneos, las subjetividades y su relación con lo mediático. Es doctora en Salud Colectiva por el Instituto de Medicina Social de la Universidad de Estado de Río de Janeiro y en Comunicación y Cultura por la Escuela de Comunicación de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Marx y Artaud en la espera // Diego Sztulwark

Desde Horror Vacui,  leí cada libro de Santiago López Petit como un acontecimiento único. Cualquiera que conozca o haya leído a López Petit podrá reconocer esa particular experiencia. Sus libros constituyen la zaga de lo que llama el querer vivir. Página tras página, se trata de mostrar que ese querer vivir se opone moralmente a la vida. Lo que parece un juego de palabras es un proceso de rigurosa diferenciación conceptual. Sus libros, sus clases –quizá también su modo de existencia– es la de un filósofo inmerso en procesos vertiginosos de politización. La Vida es aquello que se nos amenaza y aplasta cada vez que nos proponemos vivir una vida. Por el contrario, se trata de hacer del querer vivir un desafío contra esa Vida. La Vida es el orden que hace de nuestro vivir un término de su reproducción. La Vida se ha vuelto algoritmo. Tal el punto de partida de su último libro: Tiempos de espera. Marx, Artaud y la fuerza del dolor (Verso, 2025).

Creo entender de lo que habla Santiago. Leo: “el nosotros es en todo tiempo y lugar una victoria política”. Lo que leo es que el advenimiento del nosotros “es” una victoria (y no que el nosotros vencerá). Y esto es así porque la política (el hacer política) se opone a la politización (que no se deja separar ni representar). En otras palabras: la política instala un discontinuo que impide toda politización. De ahí que el nosotros victorioso se opone a la victoria del nosotros. El nosotros que toma el poder barre con el poder victorioso de un nosotros que es fuerza irreductible del querer vivir. No se trata de la Vida, sino de otra cosa. Esa otra cosa tiene entre sus nombres próximos la fuerza del dolor. Todo lenguaje que no arraigue en esa fuerza –todo discurso que no surge de una desesperación autentica– queda el lado del poder: del lado del desencuentro entre Marx y Artaud.

Hijos de la noche
fue publicado en Ed Bellaterra en Barcelona en 2014. Un año después lo editó Tinta Limón en Buenos Aires. A pesar del plural, ese libro describía en lo esencial un trayecto singular. La noche como única alternativa a una vigilia en la cual la única novedad epocal era “la nihilización de la vida”. “mi vida, es mi capital”. Vivir como un encierro del querer vivir “en una vida privada”. Frente a ello, Artaud representaba la resistencia mediante el propio cuerpo tal como es, sin pretender alguna de conocerlo más allá de su voluntad de resistencia cotidiana. Se trataba de leer a Marx desde Artaud. Es decir: tomar como punto de partida el agobio existencial. Sólo el sufrimiento  persiste ahí donde lo político neutraliza la vida pública. El malestar que produce la vida como único heredero del potencial radical-crítico del proletariado. Se trataba de hacer del dolor la base de operaciones para atacar la realidad. Marx con Artaud quería decir: más rabia y más estrategia. Artaud contra el aristocratismo de Niestzsche. Artaud, hijo prototípico de la noche. Artaud, “conatus materialista”, arraigo en el sufrimiento somático. Artaud, para romper mejor los marcos tradicionales de lo filosófico, y de lo político, respecto a las lecturas de la enfermedad. El libro terminaba afirmando: “pronto llegará la noche. No hay marcha atrás. Volveré a leer a Marx. La guerra continúa”.

Una década después, Marx y Artaud son recorridos, expuestos en sus proyectos, límites y fracasos. Dos vidas políticas con pocos puntos en común. No hay “y” que los unifique. Dos que nunca resultaron vencidos. López Petit opera respetando la distancia inabordable entre el autor de El capital y de El teatro y su doble. Los hace enfrentarse, hasta hacer emerger una zona de vacío -al que llama “entre”-, que permite retomar la fuerza de rechazo, de desafío, de nada y de dolor sin la cual las fuerzas productivas quedan objetivadas como capital y el impoder queda esterilizado como mera impotencia. Es preciso retomar el malestar social en lo más singular de cada quien, reanimar un teatro de la verdad capaz de recrear la sensación del peligro envuelto en la “mediación fascista”. Es preciso hacer de la revolución un impensado. Hacerle un cuerpo sin órganos al intelecto general. Fascista es la traducción de diferencia como jerarquía: es neutralización política. El neofascismo actual habita –al menos por ahora– la democracia. Frente a él resistir es crear espacios de subsistencia. Tiempos de espera fue escrito durante la cuarentena y es uno de los textos más conmocionantes de la pandemia. Leo: “nada es político, todo es politizable”; «espera es desesperación», es decir, “extraña alegría de luchar”. Me digo que la fórmula de la desesperación es kafkiana: buscar una salida donde no la hay. Creo entender a Santiago López Petit cuando escribe: “Supervivencia a la espera de la revolución”

Carta a las viejas y a las nuevas militancias // Emiliano Calarco y Matías Blaustein

Frente a un Capitalismo neoliberal y un Estado neofascista la alternativa es extraparlamentaria: la disputa es por construir poder directo del pueblo



La rabia impotente

Vivimos atravesados por una catarata interminable de análisis sobre la coyuntura. Todo es urgente, todo es inmediato. Apenas ocurre un hecho, ya hay un aluvión de lecturas, interpretaciones, opiniones que intentan decirnos qué pensar sobre lo que pasó. La velocidad de los acontecimientos viene acompañada de una velocidad igual —o mayor— en la producción de sentido. Cada evento político o social parece detonar una maquinaria automática de artículos, paneles, hilos y crónicas que se reproducen y se consumen casi al instante. Un público ya entrenado para estar “informado” los recibe, los digiere, los comenta, y también genera sus propias versiones —aunque más pequeñas y con menos alcance—. Pero todo eso dura poco. Unos días, a lo sumo. Luego aparece otro tema, otro escándalo, otro dato que nos exige atención y vuelve a activar la rueda. Esta lógica se parece mucho al chisme: un ciclo constante de novedad, reacción, olvido. Lo político se volvió espectáculo, y cada semana hay que ofrecer algo nuevo que capte la atención, aunque no cambie nada de fondo. Nos mantienen en vilo, pero sin movernos de lugar.

Pero más allá de su dinámica chimentera, más allá de los oportunistas que buscan sacar provecho de este modo intensivo de producción ¿a qué se debe su éxito? Arriesgamos: esta catarata de análisis se consume para ocultar nuestra impotencia frente a la realidad. Se relata una realidad como una forma ficticia de poder intervenir sobre ella, una forma segura de decir algo sin poner en juego ninguno de los límites establecidos, se dice (mucho) para no correr el riesgo de tener que hacer, porque en el riesgo del hacer, del unir el decir con el hacer, está el límite secreto de esta democracia. La vieja tesis 11 nos dice que la filosofía se encargó de interpretar la realidad cuando de lo que se trata es de transformarla. Podríamos cambiar la frase y decir la actual militancia se ha encargado de analizar, de comentar la realidad cuando de lo que se trata es de transformarla. Los excesivos análisis, inmediatos a los acontecimientos, la ensordecedora catarata de opiniones, no hacen otra cosa que ocultar nuestro estado de impotencia; al no poder actuar en la realidad de forma efectiva creemos que analizándola la podemos transitar.

Fuimos reducidos a ser espectadores individualizados, cuando mucho comentadores de nuestra propia realidad, estamos encerrados en un laberinto de imágenes que nos hablan todo el tiempo sobre nuestra impotencia y nos impiden salir de ella. Como paradoja del avance del liberalismo, autoproclamado libertad, la completa pérdida de agencia, la terrible sensación de no poder hacer nada frente a los genocidios y represiones hoy en día transmitidas en vivo y en directo. Es necesario entender cómo llegamos a este punto donde nuestras acciones oscilan entre ser espectadores y encontrarnos -en el mejor de los casos- a la defensiva. La gran pregunta que nos motiva es ¿cómo pasar de la pasividad a la acción agenciada, de una posición defensiva a una ofensiva, es decir como retomar la iniciativa en la lucha de clases? Para abordar esta pregunta resulta necesario repasar, repensar, en primer lugar, el camino que nos hizo llegar hasta aquí.



Milei, caos y confusión: caracterizaciones promedio en la Argentina, año 2025

¿Cómo fue que compramos tan fácil -podríamos decir alegremente- esta idea de que son libertarios y anti-estatistas quienes en realidad no han venido sino a fortalecer un Estado represor, ajustador, entreguista y negacionista que aniquila conquistas, derechos y libertades populares para garantizar la ganancia empresarial, el libre mercado y el capitalismo más brutal? Pongamos algunos ejemplos tan concretos como falaces a modo de ilustración:

Premisa A: Incendios forestales, alta incidencia de cáncer en pueblos fumigados.

Conclusión A: Estado ausente.

Premisa B: Desmantelamiento de la universidad, la ciencia, la salud y el sector público en su conjunto.

Conclusión B: Achicamiento y destrucción del Estado.

Premisa C: Negacionismo y destrucción de las políticas de DDHH, ambientales y de géneros.

Conclusión C: Ser libertario es sinónimo de negar derechos y libertades.

Premisa D: Ajuste a la clase trabajadora, represión a las y los jubilados.

Conclusión D: Votaron por esto, era lo que querían, hizo todo lo que prometió.

Estos conceptos, estas caracterizaciones, todas problemáticas, confusas, contradictorias, forman parte del actual sentido común, del imaginario colectivo de buena parte de quienes hoy se oponen a las políticas de Milei. Esto implica -por un lado- una victoria pedagógico-política de Milei (y podríamos decir de sus antecesores en el gobierno, una victoria de los partidos patronales) a la hora de generar subjetividad en las masas. Esto implica -por el otro- la necesidad urgente de recuperar conceptos y caracterizaciones generados por la propia clase trabajadora con el objeto de poder ubicarnos en mejores coordenadas para, si se pretende enfrentar a un enemigo poderoso, por lo menos entender de qué enemigo hablamos. Es hora de comenzar a separar la paja del trigo si no queremos seguir por un camino pantanoso en que a los neofascistas se los toma por libertarios, a los conservadores se los llama comunistas y a los troskistas se los denomina kirchneristas, solo por dar algunos ejemplos burdos de lo que se escucha en el día a día. Tuvo que resurgir de sus cenizas el viejo y querido Osvaldo Bayer, derrumbado su monumento, para que se recuperase la memoria sobre el verdadero significado del concepto de libertario.

Así las cosas…

¿Recuerdan cuando caracterizábamos la última dictadura militar como “Terrorismo de Estado”? Pareciera ser que según el actual sentido común reinante deberíamos haber hablado en realidad de un Estado ausente que no estuvo, o se olvidó de estar para evitar las detenciones, las torturas y las desapariciones.

¿Recuerdan cuando ante la desaparición y asesinato de Santiago Maldonado gritábamos “el Estado es Responsable”? Hoy parece que en realidad lo que quisimos decir es que -durante el macrismo- el Estado se achicó tanto que no pudo ayudar a Santiago Maldonado a no “ahogarse”.

¿Y cuándo hablábamos de extractivismo como política de Estado? Ahora en cambio los incendios, las inundaciones, las sequías, las contaminaciones, los enfermos y los muertos son testigos mudos de un Estado ausente, que no estuvo, jamás pasó por ahí a cuidarlos, a maternarlos. Parece que no hubo un Estado responsable de tales desdichas.

¿Recuerdan cuando libertario era sinónimo de anarquista, de apoyo mutuo, de solidaridad? ¿O se acuerdan de la firmeza del brazo libertario, aquella de “Hasta Siempre”, la canción de Carlos Puebla? Hoy unos y otros podrían -pareciera ser- haber militado en las filas de Milei, si tan solo fuera por lo rápido que el progresismo y buena parte de la izquierda ha decidido regalarle tan caro concepto a La Libertad Avanza.

¿O no se habla de Estado genocida para caracterizar hoy al de Israel, o ayer al de España y Argentina en relación con las mal llamadas “Conquista de América” “Conquista del desierto” o en relación con la Masacre Pilagá? Quizás, siguiendo el derrotero del revisionismo actual deberíamos llamarlos “Estados libertarios”. O quizás les convenga mejor el rótulo de “Estados ausentes”, aquellos que no pudieron evitar que se lleven a cabo tales catástrofes (seguimos en modo ironía ON, aclaramos).

¿Recuerdan cuando Milei prometió perseguir a los zurdos, acabar con la ideología de género, cerrar el CONICET, terminar con la casta, no descargar el ajuste sobre el pueblo, ni sobre los jubilados? ¿No será que prometió muchas y diferentes cosas -incluso contradictorias- como para luego cumplir aquellas que sirven a ricos y poderosos incumpliendo con aquellas que sonaban bien en los oídos del pueblo trabajador? ¿No habíamos escuchado ya antes el canto de las sirenas cuando aquello del “salariazo y revolución productiva”, o con eso de “terminar con esta fiesta para unos pocos”? Segmentar el discurso y mentir, nada nuevo bajo el sol: ajuste y palos para el pueblo, toda la casta de vuelta (Bullrich, Caputo, Scioli y tantos otros), juntándola en pala.



¿Destruir el Estado? Una polarización ficticia: lejos de un Estado ausente, lo que brilla es un estado de fuerte (y premeditada) confusión

Cada vez que una institución o espacio público está en juego vemos como se activa cierto sentido común que habla de achicamiento o retirada del Estado. Entendemos que esa idea caló hondo en el pueblo argentino y casi como un reflejo éste, incluida buena parte de una izquierda cada vez más desorientada, sale a defender al Estado -como si estuviera en riesgo- en lugar de defender al sector público, a sus laburantes. Como si no fuera el propio Estado quien destruye conquistas, derechos, vidas en connivencia con los intereses corporativos.

Este sentido común se sostiene en una idea de que existe una oposición natural entre el Estado y el Mercado a los cuales se le asignan categorías morales, uno es bueno y el otro es malo o a la inversa según quien cuente el relato. De este razonamiento se desprenden formas de lucha e imaginarios que terminan empantanando luchas y nos impiden una identificación real de nuestros enemigos, pero sobre todo de nuestros propios intereses de clase. Por más que para gran parte de lo que se llama el campo popular suene contraintuitivo hay que decirlo: el Estado no te cuida, el Estado no garantiza derechos, ni es una herramienta de igualación social. El Estado, en tanto que relación social de dominación de una clase minoritaria y privilegiada sobre una clase mayoritaria cada vez más pauperizada, es un elemento imprescindible para el funcionamiento del capitalismo, y lo es en todas sus versiones ya sea entregando recursos o realizando genocidios. Pero sobre todas las cosas sin Estado no hay dictadura del Mercado. Se sirven mutuamente.

Sabemos que los discursos de los políticos del régimen se apoyan en esta confusión, no es inocente. Todos saben que a ellos, los de arriba, el Estado sí los salva, garantizando la protección de sus privilegios.

Pensar que el “Estado presente” soluciona los problemas que tiene la clase trabajadora, que juega un rol “igualador” en la sociedad interviniendo en los mercados para “reparar sus fallas” es sólo una ilusión y no es menos fetichista que la idea de que el mercado se autorregula. Como tal, el fetichismo, lo que hace es transferirle propiedades a algo que en realidad no tiene, su función es mantenernos encadenados a una ilusión sin poder identificar el camino correcto. Pero este fetichismo estatal lo que realmente oculta es nuestra existencia en tanto trabajadores, en tanto clase social que está en lucha con otra, es decir oculta la lucha de clases, el verdadero terreno donde se consiguen conquistas y el único donde se le puede poner un límite al capitalismo.

Al soslayarse la lucha de clases, al fragmentarse la clase trabajadora, dispersa y desorientada, es presa fácil de las promesas y la ilusión de un Estado presente, de bienestar, identificándose con él. En esta operación de supervivencia hay una trampa: se reemplaza la lucha de clases por una lucha imaginaria entre Estado y Mercado. Se mutila nuestra imaginación política al punto de que no se pueda pensar en nada que no sea un “Estado presente». Ante el avance del neofascismo, sectores progresistas y de izquierda repliegan sobre el Estado en lugar de replegar sobre la clase. Y curiosamente, por más que lo nieguen quienes son parte de esta política estatista, quedan a merced de una curiosa pero antigua política individualista: las elecciones burguesas, que se presentan como única política valida, una suerte de sucedáneo de democracia que invisibiliza el proceso de delegación en los aparatos partidarios que sostienen tanto al Estado como a su socio, el propio capitalismo. Cómo decíamos más arriba no es algo inocente, es una operación política que tiene como objetivo eliminarnos a lxs trabajadorxs en tanto sujetos para poner en ese lugar al Estado, reduciéndonos al papel de espectadores y comentadores que ven la realidad a través de una pantalla, cual si fuera el fútbol de los domingos.

Es sobre este mito del Estado presente desde donde se construye la idea del reformismo y el parlamentarismo (que contiene al peronismo, al radicalismo y a buena parte de la izquierda nacional), claro límite con el que nos encontramos quienes queremos construir una política de intención revolucionaria. El no emerger como sujetos, el delegar la política en el aparato estatal y en sus representantes, el pretender disputar el Estado (¿cómo podría disputarse una relación social de dominación burguesa?) en lugar de apostar a la lucha de clases, es el terrible aprendizaje del genocidio militar. Pero ¿por qué tiene tanto éxito el reformismo y la delegación en nuestro país? Porque el proletariado, cuando emerge como sujeto, como autoconciencia, como clase, cuando de forma autoorganizada toma en sus manos su destino une la palabra con la acción, así fabrica su verdad. Pero esta verdad resulta inaceptable para la clase dominante, en tanto y en cuanto conlleva un peligro de muerte y es por eso que centra buena parte de sus recursos en instalar una ilusión, una ficción, una fábula que nos es ajena, y que resulta sostén fundamental del actual sistema-mundo.



Las consecuencias de una historia sin nosotrxs

El Estado presente ha funcionado como una suerte de caballo de troya para (o contra) la clase trabajadora. En los últimos años fuimos testigos de situaciones realmente incoherentes en las que señalábamos al Estado como responsable por la desaparición y muerte de un compañero y a los días se hablaba de fortalecer al Estado para garantizar derechos, para recuperar la Nación. Estas incoherencias no fueron gratuitas y erosionaron la confianza en sindicatos, centros de estudiantes, corrientes políticas, etc. que priorizaron la vida política del Estado a la intervención dentro y para la clase trabajadora. Hablamos de paros selectivos según el gobierno de turno, de tolerancia extrema a la precarización de la vida, al aumento -gobierno tras gobierno- de la pobreza, con tal de no dañar la gobernabilidad, de garantizar años electorales, de no “hacerle el juego a la derecha”. Una parte no menor de la clase trabajadora escuchaba esos discursos y miraba las prácticas que de él se desprendían e intuitivamente desconfiaba. El laburante de a pie, por más que se lo subestime una y otra vez, tiene muchas veces formas más materialistas de pensar que las militancias que se encierran en relatos, ideologicismos y construcciones idealistas. Esto es un índice de hasta qué punto las tendencias políticas están colonizadas por el mito del Estado benefactor. Estas personas “sueltas” que no sostienen compromisos con corrientes políticas suelen tener menos problemas en percibir y señalar las incoherencias de los distintos discursos que circulan en el campo popular. El voto castigo, la bronca, el malestar habla más de la confusión en que se ha venido sumiendo el intelectual progresista y la socialdemocracia que de las equivocaciones o la presunta fascistización de un pueblo que encuentra en las elecciones la libertad de elegir entre el hambre y las ganas de comer. En definitiva, confundir al Estado con el cuerpo propio resulta letal. Pero entonces si el Estado, en definitiva, no es nuestro cuerpo, si no es cierto que el Estado somos todos ¿cuál es nuestro cuerpo? ¿Cuál es el colectivo del que formamos parte?

Nuestro cuerpo es un cuerpo colectivo, es el cuerpo de la clase trabajadora. La última vez que en nuestro país mostró su potencia sublevada fue en diciembre de 2001, el momento bisagra donde se corrieron los límites impuestos por la última dictadura militar, donde el pueblo deliberó y actuó, no a través de sus representantes sino a través del poder directo, recuperando el valor original del término democracia. Más allá de algunos dignísimos fogonazos acaecidos durante los gobiernos de Macri y Milei, en términos generales, luego del 2001 -y muy consciente de esto- la clase dominante decidió que teníamos que olvidar esa experiencia e incluso renegar de ella, transformando un hecho virtuoso, una pueblada contra el ajuste y el estado de sitio, en una historia de llanto. Fue cuando el reformismo tomó las riendas y reescribió el 2001 en formato de tragedia.

Estas formas de ver y hacer política se expandieron e hicieron mella en las conciencias, tal es así que durante los últimos momentos del kirchnerismo se tildaba a toda experiencia que no tuviera como objetivo y centro de gravedad al Estado como marginal. La militancia pasó de luchar y crear poder popular a aplaudir jefes y caudillos. La acción callejera, la acción directa encontró su techo en el marchódromo, una nueva institución cuyas tácitas reglas implicaron en la práctica el señalamiento como servicio de cualquiera que tirase una piedra, como infiltrado aquél que pintara un grafiti o prendiera un fósforo. Se extinguieron por completo los imberbes, devenidos en poco más que aplaudidores. La putrefacción del orden político arrastró a buena parte de la izquierda, que le encontró el gusto a ser furgón de cola en las elecciones burguesas, que se encontró cómoda y confortable en las tribunas del parlamento de una democracia de la derrota.

La eliminación de la historia del movimiento piquetero, el ocultamiento de su origen fue una técnica de desarme de la clase trabajadora por parte de la clase dominante. Lo sorprendente fue el éxito que tuvo, hasta qué punto penetró en las consciencias que se movilizaron durante la década del 90 y los primeros años 2000 y renegaron de sus propias experiencias. El desarme, el olvido de lo aprendido y de la propia capacidad de fuego fueron realmente profundos. Pero entonces, en definitiva ¿qué hacer para no repetir esa experiencia? E incluso una pregunta aún más delicada: ¿cómo hacer?

Si existen derechos es poque los precedieron las conquistas. Pretender que nos regalaron derechos es creer en una historia en la que lxs trabajadorxs estamos ausentes, es entregarse a una historiografía de derechas donde sólo los ricos y poderosos son relevantes. Si después del estallido del 2001 existió un periodo de cierta recomposición salarial para varios sectores de la clase no fue gracias a un gobierno ni al Estado, fue porque la revuelta popular corrió los límites de la opresión establecidos por la dictadura y no era posible gobernar sin hablar ni de derechos humanos ni sin modificar (mínimamente) la distribución del excedente. Agradecer nuestras conquistas a distintos gobiernos es no reconocernos en nuestro propio recorrido, en quienes lucharon antes. Nuestros derechos más recientes se los debemos a los muertos del 2001, a quienes lucharon en soledad en medio de la frivolidad de los 90, para todes elles nuestro reconocimiento. Si nuestro enemigo pudo avanzar tanto en el terreno simbólico es porque previamente fuimos expropiados de nuestra experiencia como clase, de poder reconocernos como parte de ella y de poder reconocer a otros también como parte de ella: rompieron la semejanza que podíamos tener. y de nuestra capacidad de producir nuevos símbolos. Esta expropiación vuelve a ocurrir en el 2019: se le adjudica nuevamente al peronismo, y a la visión estratégica de la jefa -al proponer la fórmula Fernández (A)-Fernández (C)-, la victoria sobre Macri. El albertismo y sus seguidores confundieron una victoria popular anti-macrista y anti-ajustadora, gestada a través de batallas que se dieron a lo largo de 4 años, con una victoria propia. El desastre todavía está a la vista. Es urgente ser protagonistas, romper con la delegación y la espectacularización de la política -la política transformada en espectáculo y en territorio de hiper especialistas-. De no poder romper el límite que nos impuso el neoliberalismo vamos a estar condenados al encierro cíclico que nos propone este esquema político.

Ese cuerpo ausente hay que rescatarlo de la historia reducida, recuperando a esos héroes y heroínas cotidianos que han venido haciendo política desde la base. El cuerpo de la clase trabajadora no es Estado ni es Capital, por el contrario es una colorida amalgama que despierta en las barriadas, que labura de sol a sol, incluso por las noches o con horarios rotativos, resiste en los territorios, sufriendo olvidos y extractivismo, duerme pocas horas intentando olvidar las opresiones diarias que se descargan en sus cuerpos. La clase trabajadora es lo otro de Estado y Capital. No tiene otra forma de ser.



Entonces ¿Qué es el Estado?

La visión aquí expuesta parte del entendimiento del Estado como una construcción social que implica, esencialmente, una relación social de dominación. Históricamente, la burguesía ha promovido la idea de un Estado neutral, árbitro de los conflictos sociales y garante de la conciliación entre clases, fomentando así la noción de “identidad nacional” y “unidad estatal”. Sin embargo, esta idea encubre su verdadero carácter: el de instrumento para organizar y legitimar las disputas internas entre fracciones de la propia clase dominante, que compiten por el control del aparato estatal sin cuestionar su existencia ni el orden capitalista que sostiene.

Se diferencia entre el Estado y el gobierno: mientras el primero es la estructura permanente garante de la dominación capitalista, el segundo es la gestión concreta y cambiante de esa estructura, determinada por la facción de la burguesía que logre hegemonía en determinado momento. Aun así, ambos están en constante relación dialéctica y deben ser comprendidos como partes de un mismo entramado. El gobierno no se limita a los actores visibles ni a los espacios formales de decisión, sino que incluye una red compleja de intereses, actores e influencias que disputan poder y sentido dentro del Estado.

El Estado no solo posee el monopolio legítimo de la violencia, sino también de la toma de decisiones, lo cual reduce la participación directa de la sociedad en los asuntos públicos y promueve la delegación política como forma de desmovilización. Este consenso social, construido ideológicamente, fortalece la legitimidad del Estado y su papel de mediador, aunque en realidad actúa como garante del orden capitalista. A través de su aparato disciplinador, el Estado otorga concesiones limitadas para evitar estallidos sociales, cambiando algo para que nada cambie. Un ejemplo de esto fue la recomposición estatal tras la crisis de 2001, cuando el kirchnerismo incorporó demandas del ciclo previo de luchas sociales para restaurar la institucionalidad, sin romper con la lógica del capital.

En esta concepción, el Estado es el garante de la reproducción de la relación capital-trabajo y, por ende, cumple un rol central en asegurar tanto la existencia del capital como la reproducción de la clase trabajadora. Desde su origen, el Estado moderno ha mercantilizado los elementos esenciales de la vida –tierra, trabajo, cuerpos, dinero– organizando la sociedad bajo las reglas del mercado. En este contexto, la fuerza de trabajo se convierte en mercancía, y el acceso a bienes básicos queda supeditado a la capacidad de insertarse en el mercado laboral.

El Estado puede intervenir en los procesos de mercantilización (cuando exige vender fuerza de trabajo para acceder a bienes y servicios) o desmercantilización (cuando garantiza derechos independientemente del salario). Esto depende de la lucha de clases y de las necesidades del capital. Así, existen políticas públicas que apuntan a sostener la fuerza de trabajo: transferencias monetarias, servicios colectivos como educación, salud y transporte, o subsidios. En momentos de mayor conflictividad, el Estado puede mejorar condiciones de vida para contener el malestar social; en momentos regresivos, como el actual, puede avanzar en la mercantilización y privatización.

Por este motivo nos alejamos de aquellas visiones que consideran que ante modelos con mayor énfasis (neo)liberal -como ahora con Milei- existirá un Estado ausente, una destrucción del Estado o un “Estado mínimo”, donde solo se aboca a cumplir la función de gendarme ante la protesta social. Uno de los momentos donde más intervención y actividad tuvo el Estado fue, justamente, durante las décadas en que se dieron las privatizaciones, la modificación nada menos que de la Constitución Nacional, el desmonte rápido y efectivo de las características que aún subsistían del “Estado benefactor”, la batería de medidas de flexibilización laboral, etc. Todas estas nos hablan de una dinámica de ofensiva del Estado; no pudiéndose hablar jamás de un “Estado ausente”. Bien vale esa caracterización para el actual gobierno de Milei. Para muestra basta un botón: ni las furiosas represiones del gobierno de Milei a los jubilados, ni la regulación del dólar, ni la estafa de las criptomonedas operan por fuera de la órbita del Estado. Por el contrario, este gobierno se vale de todos los engranajes del Estado para llevar a cabo sus políticas. El mito del Estado ausente, en definitiva, encuentra su precuela en aquella parodia del Estado maternal o del Estado que te cuida.



A correr el horizonte de lo posible: por una política de la clase trabajadora anticapitalista, antifascista y antiestatalista

La democracia que heredamos de la última dictadura resultó signada por una estrategia del poder para desactivar la movilización y disciplinarnos a delegar el poder en otros. Aprendimos a obedecer: no importa a quién se vote, el resultado es siempre el mismo: un proyecto de saqueo, extractivismo y ganancias para unos pocos. Una democracia de la derrota, donde los de abajo resultan convidados de piedra.

Cualquier proyecto que pretenda enfrentar este orden de manera decidida tiene que romper con las reglas del juego. No alcanza con oponerse a Milei: hay que oponerse con igual dureza a las condiciones que lo hicieron posible. La lucha real es contra el sistema que parió no solo a los Milei y a los Macri sino también a los Massa, los Scioli y los Alberto Fernández. Mientras tanto, la tarea es clara: movilizar, organizar, construir poder desde abajo, con una agenda propia, la de la clase trabajadora, la de los pueblos que no se resignan.

Sólo desbordando al Estado y al mercado podemos correr los límites de lo posible. Nuestras historias de lucha, nuestras resistencias siguen vivas y nos marcan el camino. Volver a mirar lo que hicimos y lo que nos hicieron es clave para entender cómo pelear hoy.

La oposición que necesitamos no es la que pide “más Estado” o la que sueña con un Estado benefactor, un Estado que rima con Patriarcado. No se trata nunca de un Estado ausente, se trata de un Estado que actúa —y mucho— pero siempre en favor de los poderosos. Es el mismo Estado que asesinó, que saqueó, que contaminó, que empobreció. El mismo que hoy sostiene a Milei para profundizar el ajuste y no para autodestruirse. No hay Estado neutral: hay Estado al servicio del capital.

Defender lo público no es pedir por más presencia estatal. Es construir lo común desde el pueblo, desde el abajo, con otras lógicas: de solidaridad, de afecto, de cuidado, de organización popular. Lo público, lo popular, lo comunal no se le suplica al Estado: se construye en los barrios, en las asambleas, en las luchas.

Es hora de abrir de nuevo un debate estratégico, de dejar de tapar los agujeros de un sistema que se cae a pedazos. No más parches ni “males menores”. La tarea es más profunda: reencontrarnos, reconstruir el tejido social, abrazarnos en la bronca y en la esperanza, y empezar de una vez por todas a levantar un proyecto nuestro. Popular, feminista, rebelde, comunitario. Una democracia verdadera, desde abajo. Para recuperar la vida y los sueños que nos arrebataron.

Es la hora de la militancia. De una militancia que no tiene como tarea sostener un orden político moribundo que se derrumba. De una militancia que sueña con un mundo nuevo y que hoy se vuelve a ilusionar.



El lenguaje del color (Blossoms Shanghai, 2023) // Moro Anghileri y Diego Sztulwark

Wong Kar Wai es un colorista de los sentidos. Trabaja el color de un modo único e inimaginable por fuera de él. Cada escena, cada rostro, cada palabra, están pintadas en primer lugar, por una luz que estalla un color específico. Rostros cálidos contra un fondo ocre para definir un tono (un placer) en el encuentro de dos que podrían ser enemigos, amantes, o vecinos, dejándonos inquietos por algunas razón que no terminamos de entender, porque empieza en un lugar que es difícil nombrar, pero parece tener la fuerza de una verdad. Es el lenguaje del color. Un lenguaje que en cada una de sus películas –y ahora serie– evoca tonos y sus matices impresos en nuestra memoria. Hasta qué punto los colores y las texturas están talladas en la organización de nuestros sentidos a través de experiencias escondidas en algún cajón de nuestro archivo sensorial. Y no es decoración, es sentido, sensualidad, pensamientos. Wong Kar Wai descubre que es posible tramitar la potencia de las cosas en el color, y luego lo demás. 

 

Blossoms Shanghai tiene la magia histórica de un giro clave en China, entramado en personajes adorables. El modo de apropiarse de mecanismos y reglas de géneros norteamericanos y de mezclarlos con el dialecto de los nuevos ricos emergidos de las reformas del camarada Deng Xiaoping, provoca una extrañeza familiar. Los vínculos sobrevuelan una cierta naturalidad, un universo de expresiones poco conocidas para occidente, tejidos con gracia en el mundo de los sentidos. Por momentos se tiene la impresión de estar asistiendo a un film noir impecable y en otros a un manga con sus ritmos, sus estallidos y sus looks. Un ritmo frenético en contraposición con los momentos pausados, realentados, cargados de elegancia y misterio que ya habíamos disfrutado en Con ánimo de amar.

 

Un protagonista que busca crecer de la mano de un anciano experto en el mundo de las finanzas –una suerte de señor Miyagi de los negocios– y luego en el del comercio exterior justamente cuando –tras un cambio notorio de política del Partido Comunista– la bolsa de valores pase a simbolizar el vuelco económico en un país que aun recordaba la Revolución Cultural y el capitalismo asome de un modo extraño -propiamente chino– en oposición (y en combinación) con los códigos socialistas que reinaban hasta hace un momento. En las primeras temporadas –hasta ahora se publicaron 15 de los 30 capítulos– el dinero se territorializa en la calle de los restaurantes, administrados por Madamas que llevan adelante la economía de los comercios. En ese tupido paraje de sabores y bussines hace su ingreso una pretenciosa recién llegada de Hong Kong que deberá pagar derecho de piso. Personajes serios, personajes sexys, personajes graciosos, personajes elegantes y grotescos que parecen salidos del comic, se ponen al servicio de una historia de intrigas que avanza entre astucias y ambiciones. La rivalidad, la sensualidad y el amor harán de campo de batalla pero también de indecisión, dilatando el tiempo y desdibujando  los límites precisos. La enérgica señorita Wang, empleada del departamento de comercio exterior, deberá encarnar los movimientos de la asociación mixta de lo público/privado, de amante o futura esposa, y de una agencia estatal incompatible con la apropiación privada del flujo de riquezas. El espacio mercantil, naciente, arrasa con los vínculos sometidos a una velocidad que se apodera de todo. 

 

La calle de las sabrosas serpientes y los sofisticados platos de arroz es un paraje recargado: fachadas imponentes y las luces estridentes conforman un exterior en el que se entrecruzan los dueños y empleados de los restaurantes con desparpajo y grandilocuencia.  Se contraponen los interiores de sus salones exclusivos, alquilados a precios exorbitantes – recintos adecuados para forjar grandes negocios– con las calles repletas, llenas de taxis que llevan y traen clientes. Si la globalización y la proliferación de plataformas vuelve parecidas las narraciones –los detalles del lenguaje, los vínculos, incluso las locaciones de algún modo se parecen (por el modo de ser filmadas)– y neutraliza la anunciada novedad consolidando una suerte de nada de acontecimiento en el panorama audiovisual, Wong Kar Wai, fanático de Puig, transforma géneros y modos Hollywodenses, haciendo de ellos  un medio capaz de retratar el florecer mercantilismo de los años 80s y 90s de su ciudad natal, haciendo de cada escena un juego sensorial que se enriquece con cada plato de comida, con especias de diferentes países, con la simpleza de una cultura que nunca se creyó a sí misma marginal y cuya grandilocuencia seduce y se hace desear. Los mismos recursos que en EE.UU retratan decadencia (Succession) en esta trama, con estos personajes y bajo la luz colorida de Wong Kar Wai reflejan inocencia y pujanza. Su mirada, casi publicitaria, se sitúa en el borde de una belleza exagerada, aunque el borde no se desborda: se detiene justo en el límite. Allí se rescata para darnos una escena sofisticada, contrastando formas y ritmos con sello de autor.

Entrevista a Christian Ferrer: Martínez Estrada y la amargura metódica // Pedro Yagüe

Mirada en ruinas, o realismo asombrado* // Agustín Valle

1- Lo que llaman “espoiler” pasa por un descuido, incluso una afrenta (algunos lo punirían), que como fenómeno cultural es parte de la televisión pero, sobre todo, de un tipo de temporalidad: el tiempo celularizado. El tiempo conectivo, donde la comunicación acontece -casi que la cosa pasa– cuando el usuario elije. Y se puede detener, eternizar en bucle, acelerar en 1.25, etcétera. Su origen acaso esté en las grabadoras vhs. El rechazo al “spoiler” busca sustraer una línea informacional de la dinámica general de tiempo desbordado; quiere cuidar el misterio de algo que sabe que ya se sabe. ¿Pero qué clase de obra pierde sentido por enterarte de algo que en ella acontece? Aunque quizá no sean tanto las obras, las “arruinables”; quizá la ruina es de un modo de mirar. Una mirada arruinada; estás arruinada, che mirada…

“Hacerle creer al espectador que una película es el argumento es atontarlo -dice Lucrecia Martel-. Es quitarle posibilidad expresiva a la imagen. Es… tener que aprender a usar mejor las cámaras, aprender a usar mejor las luces. Correrte del argumento te obliga a usar todo mejor. Porque la industria, más allá de sus malas intenciones ideológicas, es vaga. Es una industria de vagos”. Aprender a usar mejor: que las herramientas sean usadas estén subordinadas a la mano de un deseo, una búsqueda, un presentimiento. Si no, tenemos la autopista del consumo, con la estética estandarizada de las herramientas y sus automatismos. Prima allí la estética del dispositivo. Su tonalidad, su registro, su patrón. Inventar cómo y qué hacer con la herramienta es -también- la obra.

2- Una obra espoileable es una obra reducida a información. Ya enterados, disuelta queda la tensión deseante. La data deserotiza; suple la experiencia. Si ya estamos enterados, entonces lo que venga no informará; la cosa perdió su relieve. Alisada en el reduccionismo informacional, esta reunión podría ser un mail. ¿Existe algo insustituible de la experiencia, irreductible a información? Existe mirar un mirar que es meterse en; meterse en una película, por caso. Y de paso, la pantalla recupera una cualidad tridimensional, corpórea -en el sentido de que no es información que se recibe, sino realidad sensible que se presencia. Películas, historias, libros, son ambientes. Instancias habitables, donde se instauran modos de percibir, de sentir, de pensar. No pierden sentido aunque sepas el final; cosa mata dato, matadato. Meterse en una obra es viajar y no pierde todo sentido un viaje porque te anticipen lo que verás.

 

3- Pero quizá el viaje es una potencia subjetiva que puede, también, desmontarse. El viaje como capacidad de reambientación. Potencia de re-crearse. Aunque somos una especie migrante, también somo especie plástica (de plastilina), y bien puede haber subjetividades fijas, in-viajables. Un chabón inviajable… Atenciones encadenadas, verbigracia, en el régimen móvil, celular, conectivo. Pocas fijaciones lograron la eficacia que ostenta la móvil, celular, conectiva. Donde vaya el cuerpo, los ojos verán pantalla. La variación de lo visible es infinita -nada no ofrece la pantalla-, bajo un modo único de mirar. Ir a Madagascar para tener los ojos boleados (de boleadoras) por el celular. Bien por estar a cada rato mirándolo o bien por mirar cosas malgachas (gentilicio de Madagascar!) cosas con ojos de patalla… Esta minimización de la facultad de viajar, de experimentar variaciones cualitativas en los modos de sentir, la capacidad de extrañarse, haga síntoma, acaso, en el supremo culto al turismo como ideal. Búsqueda de descomprimir el quemante continuo conectivo -clave del modo de producción de la Actualidad-, se ofrecen imágenes de viajes, cada cual lo más lejos posible, para que quede bien, bien claro que sí somos viajeros.

4- Para el sensorio siempre atado a la Actualidad, claro, el espoiler es tremendo: le mata ese poquito de vida donde, aún, no sabe, ese, al menos, eructo con regusto a viaje; ese restito de agujero, de indeterminación. De suspenso en el sentido de que se suspende la codificación automática. Ese poquito de no saber es programado en el continuo de series.

¿Qué son las series, de qué subjetividad son agencia? Continuo serial (paradojal); tecnología de proyección temporal; en la domesticidad del capitalismo conectivo. Las series ofrecen un orden de tiempo segmentado. Una referencia temporal ante el caos dispersante de la sautración. Hay vidas -de pareja por ejemplo- que arman temporalidad con las series. También hay macro dosis donde se mira series durante horas, atracones con que el capitalismo conectivo ofrece -su- descanso al sujeto quemado por su continuo.

Un jefe de la plataforma más famosa dijo una vez que no competían con otras de su tipo sino con la almohada. Declaración de guerra contra el descanso (y la gesta onírica); o, más bien, confesión de un crimen; en fin. Y sin embargo compiten, también, las series, contra la distracción permanente. Contra el chequeo constante de la Actualidad. Ya cuarenta frenéticos minutos pueden ser algo demasiado lento, así que en el medio mientras tanto se miran otras cosas, la atención se va… La atención se va, tironeada por infinitos fantasmas de la Realidad, en un estado de tensión permanente.

5- Estado de tensión permanente: sujeto estresado y asustado. Capitalismo apocalíptico (Rita Segato). Informacionalización de las cosas: sujeto alisado. Todo el tiempo puede advenir novedad -tensión-, pero bajo la textura sensible del dato. Nada extraña, todo es probable; la actualidad puede shockear, no extrañar.

El sujeto conectivo, el sujeto del reduccionismo informacional, ya sabe, todo lo siente como ya sabiéndolo, como obvio (¡incluso lo que no puede creerse, lo que “cómo puede ser”!); y de allí, también, su tristeza. Ya sabe, el mundo viene ya hecho, fatal, cerrado en sus relaciones de poder. Todo es posible dentro del juego actual. Todo a una caricia pantallil. Digital infinito calculable, nada cambiará sensiblemente, nada cambiará el modo de sentir, la sensibilidad. La Realidad no guarda asombros en el nihilismo mercantil. Una Realidad sin sombra.

Encandila, más bien, el realismo capitalista, con su ilimitada especulación de luz. Acaso sea preciso un realismo asombrado. Un realismo asombrado capaz de ver más acá y más allá de lo obvio. Capaz de no-saber y querer; capaz de des-entender algunas cosas naturalizadas pero a simple vista insólitas, como el abismo de la desigualdad, o policías militarizados pegándole a ancianos -o a cualquiera-, por poner al azar algunos ejemplos de que cualquier cosa es admitible cuando lo real se vive sin hacer de ello experiencia (solo vivencia, consumo, cumplimento). Lo posible es lo técnicamente posible, cualquier cosa es igual a cualquier otra en tanto información. Necesitamos, quizá, un realismo asombrado, inocente, al que no le importe tanto el final como el durante.

 

6- Quizá este sea uno de los motivos por el que el año pasado causó tanto afecto Perfect Days, de Wenders, una película sobre las sombras (tributaria del clásico de Tanizaki, Elogio de la sombra, homónimo, por cierto, al poema excelso de Borges). Ofrecía un rato de reconciliación amante con las sombras, que son, en la sociedad conectiva, un accidente indeseado. El protagonista, vale la coloquialidad por la paradoja, flashea con las sombras. Con un tipo que tiene un cáncer terminal, juegan a la mancha con sus sombras, diciendo “tú la traes”, la mancha, la muerte, la sombra.

El cine, el cinematógrafo, era, es, un espacio donde la sombra es la clave; la sombra instaura la magia del cine. La sala en sombras, pero, también, la sombra como causa de la formación de imágenes en la pantalla; lo que vemos es luz, pero que se anima por sus interrupciones y matices. En ese claroscuro, el cine logra su potencia acontecimental afectiva. No encandila: el proyector no apunta a la cara. Eso lo hizo, recién, la tele: acaso el primer artefacto de la historia que emite luz no para iluminar otra cosa, sino para iluminar a los ojos sin mediación. Hasta entonces, los artefactos que emitían luz visibilizaban cosas; veíamos cosas mediante la luz, y la luz mediante cosas. A partir de la tele, la luz busca inmediatamente los ojos, y ella misma representa cosas.

Pero la luz no conviene mirarla de frente. De allí el gesto de techito con la mano sobre las cejas, como alerón de la frente. El ceño se comprime para apretujarse y rodear los ojos de más piel cubriéndolos de los rayos directos del sol (o la fuente lumínica que sea). Vemos gracias a la luz; vemos cosas por la luz que las ilumina. A muchos animales se los captura iluminándoles los ojos; la luz directa obnubila, atrae, petrifica. Así domina el capitalismo conectivo; así opera la sujeción celular: (re)presentando el mundo sin sombras, y saturando las pupilas de luz. Con el esfínter del alma dilatado hasta la distensión, sin matices, despojado de su capacidad de asombro, el ojo percibe todo como lo muestran las pantallas, es decir, cosas fugaces -ya yéndose- e inmediatamente inteligibles. Obvias. La enorme multiplicidad del mundo, aplanada en un regimen de identificación automática.

Al fuego lo miramos hace seguramente cientos de miles de años. El fogón, el hogar, la vela: eso sí miramos directo. Misterio eterno, símbolo del calor y del encuentro, el fuego humano es un atractor de mirada (las llamas que llaman…). Pero contrariamente a la pantalla donde todo es sabido, el fuego es un agujero en lo obvio: no sabemos qué es, qué significa, de qué está hecho. Fuego: otredad. Forma asombrosa de la luz. Ilumina sin disolver la sombra. Como el cine, requiere, incluso, de la sombra, para expresar su especificidad. La sombra, lo oscuro, es inherente a la existencia.

7- Hace pocos años Argentina salió campeón del mundo (es un eufemismo pero se entiende) y, durante algunos días millones y millones de personas convivimos festivamente en las calles del país. Salió a la luz una capacidad de alegría y convivencia que contrastó, flagrante, con la normalidad callejera cotidiana de conflicto, odios, recelos, envidias, resentimientos, miedos y demás, donde “cada cual tiene su vida” (verdad liberal) y, ergo, los demás son o recurso o escollo o competencia. Apareció un lado B oculto de hermandad, bajo el lado A de hastío. Una especie de inversión del doctor Jeckyll y el señor Hyde. Es que el sueño de la razón produce monstruos y la negación de las sombras también: así, bajo imperio de lo obvio y con una mirada extenuada por una luz obnubilante, el cuerpo social terminó organizando un alivio empoderando la oscuridad como forma de gobierno. Javier Milei se presentó como un personaje de terror. Tuvo la deferencia de espoilear, no ocultó que venía a traer dolor. Y fue un sinceramiento, una admisión de la obviedad: el dolor. Ya en pandemia se había asumido el dolor, y en el Mundial, los ídolos repetían que “somos argentinos, tenemos que sufrir”. Ya los cuerpos sabían que el dolor era la verdad sensible bajo las luces obnubilantes. Luminosa tautología de las fuerzas del cielo: capitalismo puro, desigualdad, crueldad como modo de producción. A cielo abierto, sabido. No espoileable. Para eso están las series.

Pero la figura de los hinchas de fútbol tuvo este año otra deriva; fue un sujeto politizado: hinchas apoyando a los jubilados. Eso no se sabía. Era algo en un pliegue, invisible a lo obvio, que los hinchas de fútbol podían poner su cultura como fuerza de ánimo presente contra la violencia oscurantista -sombras vueltas obvias- de las fuerzas del cielo. Eso generó asombro: no sabíamos que podíamos, no se sabía que eso era posible. Por eso -por traer una fuerza nueva- fue reprimido monstruosamente. Se le tiró el saber dado de lo obvio -quién manda-, para que no se desarrolle una historia que nadie sabe a dónde puede ir. El asombro no es el espanto, no es la indignación ni el estupor ni la perplejidad, tampoco es esotérico; es un realismo que descree que la única verdad sea la actual obviedad, que corre el ojo de las luces que representan y enceguecen, y mira acá, al costado, a la tierra, porque lo extraordinario -lo que interrumpe el orden- no está en objetos determinados objetos, ni se trata tanto de cosas oscuras o sombrías, sino que aparece como efecto de como de modos de mirar.

 

 

 

Gramsci y la cultura de derecha* // José M. Aricó

La difusión del pensamiento y de las elaboraciones gramscianas en la cultura política latinoamericana, y en particular en nuestro país a partir de la conquista de la democracia, ha provocado resistencias en aquellos sectores más íntimamente vinculados a la ultraderecha y sus expresiones en el seno de las Fuerzas Armadas y la Iglesia. Recordemos las protestas del arzobispo de San Juan y hasta ayer presidente de la Comisión de Pastoral Social del Episcopado Argentino, monseñor Ítalo Di Stéfano, cuya irritativa figura aparece como la quintaesencia de ese espíritu de cruzada que anima al integrismo ideológico de derecha. En declaraciones a Radio Continental del 21 de noviembre de 1985, Di Stéfano se pronunció en contra de la introducción de elementos ideológicos marxistas en el ciclo básico permitida por las autoridades universitarias, pero con particular vehemencia rechazó “la propagación de las ideas de ese comunista llamado Antonio Gramsci”. Ante la aclaración del periodista, que trató de hacerle saber que, además de marxista y de comunista, Gramsci fue un político que por sus dotes morales e intelectuales se había conquistado el respeto y la admiración de todos los italianos, Di Stéfano defendió la peregrina idea de que “un comunista no podía ser un hombre de cultura…”.

De haber quedado reducida a las desdichadas expresiones de un sacerdote ignorante, la anécdota no sería otra cosa que eso: un hecho circunstancial que sólo afecta al responsable del dislate. Por el contrario, fue probablemente el comienzo de una campaña pública contra Gramsci y “los gramscianos argentinos” que comprometió desde entonces a las fuerzas del revanchismo militar y reaccionarias, movilizadas, como se sabe, en favor de la erosión del sistema democrático y de su eventual derrumbe. Con la misma incomprensión, mala fe e ignorancia el diario La Prensa publicó dos series de artículos dedicados a establecer una directa relación identificatoria entre el pensamiento de Gramsci y el subversivismo de izquierda. El punto de arranque fue una nota de ese mismo Ramón J. A. Camps que tanta pasión puso en el exterminio de sus compatriotas. En “La república invadida” (La Prensa, 16/5/1987) Camps desarrolla su tesis de que “el fantasma gramsciano es una realidad en la Argentina contemporánea”. En su opinión, el intelectual gramsciano, que entre nosotros formaría todo un ejército, es “el funcionario que ocupa todos los niveles de la conducción del país”, dado que el propio Poder Ejecutivo es ejercido “por un típico representante del gramscismo vernáculo, aunque un tanto primitivo”. La construcción de la categoría de “intelectual gramsciano” y la determinación empírica de que a partir del 10 de diciembre de 1983 esos intelectuales se han hecho “cargo formalmente de las estructuras del poder político” pueden ser considerados, con estricta razón, elementos de un discurso paranoico. Pero en la medida en que tal discurso es compartido por figuras y corrientes del establishment, comenzando por el propio Di Stéfano, es algo más que la demencia de un genocida encarcelado por la democracia. Forma parte de una visión de la sociedad argentina que enquistada en los segmentos de tradicionales culturas autoritarias identifica al marxismo con los inevitables fenómenos de laicización y modernización de la vida nacional.

Según esta visión, en el pensamiento de Gramsci se condensan de una manera extremadamente peligrosa “todas las ideas disolventes que a modo de desechos van decantando de las sentinas de la modernidad decadente”. El propósito del intelectual gramsciano no puede ser otro, en consecuencia, que la destrucción del orden cristiano, considerado por Camps el único orden “genuinamente humano”. La función del intelectual gramsciano no es, en realidad, una función intelectual, “pues la noble y altisima actividad contemplativa” es sustituida “por una praxis revolucionaria que no busca entender el mundo sino transformarlo”; ni tampoco es la suya una tarea cultural pues representa “el ejército de la contracultura que corroe como una termita las indefensas sociedades que aún se llaman a sí mismas cristianas o tradicionales”. Demonizado de tal manera, despojado de todos los atributos de lo humano, el intelectual gramsciano constituye “la retaguardia de la subversión” y debe, por consiguiente, ser extirpado de la sociedad.

Partiendo de estas concepciones la subversión no es tanto una actividad terrorista encaminada, no interesa a partir de qué ideales, a destruir por la fuerza un sistema político democrático que asegura y legitima los derechos individuales en todas sus manifestaciones. Es fundamentalmente una concepción de la sociedad y una actividad cultural que se propone difundir ideas distintas y divergentes de aquellas a las que una corriente ultramontana, que se considera a sí misma custodia del ser nacional, considera las únicas admisibles, las únicas que una sociedad “cristiana” puede y debe admitir. De tal modo, se intenta imponer por sobre la sociedad un monolitismo cultural fundado sobre la identificación entre cristianismo y nación en el plano ideológico que conlleva como lógica consecuencia el privilegiamiento de la represión violenta en el plano de la práctica del poder. Se construye así un concepto de subversión que reclama necesariamente la abolición de la democracia.

Resulta curiosa la impermeabilidad de la cultura de extrema derecha argentina a ciertos cambios que se están operando en culturas del mismo tipo en Europa y que las distancian de sus filones más conservadores y reaccionarios. El elemento de novedad consiste en una mayor disposición de tales culturas a aceptar como terreno de confrontación el debate desprejuiciado con la cultura de izquierda. Aún siguen vivos los ecos del insólito coloquio entre Massimo Cacciari, filósofo y diputado comunista italiano, y algunos jóvenes exponentes de la derecha de extracción neofascista, realizado en Florencia a fines de 1982, que provocó enardecidas discusiones en los medios políticos y culturales pero que condujo finalmente a instalar un problema: el de si es posible, en qué condiciones y en torno de qué núcleos temáticos, superar los términos tradicionales en que se ha dado la contraposición entre derecha e izquierda.

Abandonando el proyecto de ocupación violenta del Estado en sociedades a las que se reconoce cada vez más estables y en condiciones de neutralizar las demandas sociales de poder, cierta derecha cultural europea, o por lo menos aquella que a partir de la experiencia francesa se llama hoy “nueva derecha”, intenta protagonizar un movimiento de modernización y de innovación radical de un patrimonio ideal afectado por una crisis semejante —aunque de distinto signo—a la que soporta la izquierda. Su propósito es el de promover un renacimiento cultural que rompa el enclaustramiento en el que por tanto tiempo se mantuvo el pensamiento conservador y esté en condiciones de confrontarse con las ideologías igualitarias hoy en crisis. Se trata, por tanto, de la refundación de una concepción del mundo renovada en sus dimensiones tradicionales y en condiciones de experimentar un proyecto de hegemonía cultural y social antes que política. “El desquiciamiento de las antítesis consolidadas (derecha/izquierda, conservación/revolución, tradición/ progreso, etc.), la radicalidad de la crítica al ‘estado de cosas existente’, la primacía del terreno de las costumbres y de la dimensión existencial respecto del político-existencial, constituyen los caracteres exteriores más evidentes de la nueva derecha” (Marco Revelli, “La cultura della destra”, Il pensiero politico contemporáneo, vol. I, Milán, Franco Angeli, 1985, p. 369).

Frente a los obstáculos insuperables que imposibilitan el viejo proyecto neofascista de penetración molecular en los aparatos estatales, y el fracaso de una estrategia dirigida a provocar procesos de desestabilización que posibilitaran a las pequeñas elites de iniciados la conquista del poder —apelando también, como es obvio, a la práctica terrorista—, se fue constituyendo y ocupando un espacio siempre mayor, una derecha de nuevo tipo. Revelli la define como “hegemónica” porque “persigue, gramscianamente, la conquista de la hegemonía en la sociedad civil apropiándose a fondo de las ‘problemáticas de la crisis’ y postulándose para representar culturalmente a esa oscura y lacerada maraña de actitudes, comportamientos, estados de ánimo y emociones que los trastornos y desgarramientos inducidos por la crisis van haciendo fermentar en el interior de la conciencia y del ‘imaginario colectivo’ contemporáneo” (op. cit., p. 395). Porque enfatizan la primacía de la sociedad civil y privilegian la conquista cultural de las masas sometidas al predominio intelectual de las concepciones igualitarias, los ideólogos de la “nueva derecha” europea prefieren denominarse “gramscianos de derecha”. Expresión esta que causaría el mayor de los estupores en los Camps, Di Stéfano, Beltrán y otros “ideólogos” —para darles un calificativo del que abusan— ultramontanos autóctonos.

Las tesis sobre el “gramscismo de derecha” se remontan a las elaboraciones de Alain de Benoist de los años 1972-1973. En una ponencia presentada en el Segundo Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura, realizado en Niza en septiembre de 1974, el autor de Vu de droite caracteriza del siguiente modo la gravitación de Gramsci: “El gran teórico de esta empresa de subversión de lo político con la cultura es el italiano Antonio Gramsci. En sus escritos de la cárcel él repiensa toda la praxis del marxismo-leninismo y reflexiona, en particular, sobre el gran descalabro socialista de los años veinte. Gramsci identifica sus causas en la confusión entre la sociedad política (económica y material) y la sociedad civil. El gran error consistió en creer que el Estado pueda reducirse a un simple aparato político. Ahora bien, el Estado es más que un aparato de coerción. Por su aparato ‘civil’ (intelectual y moral) que engloba la cultura, las ideas, las costumbres, la tradición, hasta llegar al sentido común (las verdades evidentes) él organiza la adhesión de los espíritus a una visión del mundo que los conforta en el ejercicio del poder y de la autoridad. Si Lenin pudo adueñarse del poder es sólo porque la sociedad civil en Rusia era inexistente. En una sociedad desarrollada la toma del poder político implica la toma preventiva del poder cultural. Ésta no pasa ni por el putsch ni por la confrontación directa, sino por la subversión de los espíritus… De esta oposición entre ‘cultural’ y ‘político’, revisada y corregida por Gramsci, nosotros podemos extraer una gran lección, comenzando por la conciencia de que una mayoría ideológica y cultural, en la actualidad, cuenta más que una mayoría parlamentaria. La primera anuncia la segunda, la segunda sin la primera no dura mucho” (tomado de Gianni-Emilio Simonetti, “Glosario: la nuova destra”, AlfaBeta, núm. 24, mayo de 1982, p. 21).

El núcleo central de esta nueva derecha pasa por consiguiente por la conquista del poder político a través de la conquista del poder cultural; soslaya por consiguiente los viejos temas del activismo irracionalista para alzarse contra el mito productivista, la dictadura del bienestar y de la mercantilización de la vida colectiva; el rechazo de los bloques y la falsa alternativa entre Oriente y Occidente, o entre los Estados Unidos y la Unión Soviética —identificados ambos como países imperialistas—. Pero en un plano positivo, el reconocimiento de los umbrales críticos de la modernización y la necesidad agudamente sentida por esta derecha intelectual de restituir un sentido a una sociedad que lo ha perdido genera una zona de confrontación con la cultura de izquierda. Para esta derecha que recupera a los pensadores de la derecha prefascista (Nietzsche, Spengler, Mosca, o el Thomas Mann de las Consideraciones de un apolítico), que lee con atención a los escritores de la Finis Austriae (Roth, Musil), o a los pensadores de la crisis, la frecuentación de Gramsci la afirma en la convicción de que cualquier proyecto político se torna impracticable si se muestra incapaz de asegurarse una amplia base de consenso y de identificación con la sociedad. Pero la extrema atención puesta en los problemas de la cultura y el papel determinante que se les asigna no puede menos que provocar un distanciamiento cada vez mayor de los métodos violentos y terroristas que constituyeron el núcleo central de la tradición de la ultraderecha. Imposibilitada de dejar de mirar hacia el pasado, la nueva derecha europea pareciera querer mirar también hacia el futuro o por lo menos vivir de manera más crítica y realista su presente. Como señala agudamente un observador de la evolución de la derecha italiana, al dejar de lado los mitos del pasado y cortar el cordón umbilical con sus padres, los jóvenes intelectuales de la nueva derecha han consumado “una rebelión generacional no distinta de la que realizaron los jóvenes de izquierda en el 68. Los extremos se tocan. Pero, de una vez para siempre, en un sentido menos trivial que el acostumbrado” (Massimo Fini, “Dopo i miti del ventennio”, Storia Illustrata, núm. 340, marzo de 1986, p. 20).

La derecha ultrancista argentina, en cambio, sueña con eliminar violentamente toda posibilidad de existencia de una cultura crítica denominándola como “gramsciana”. No pretende promover un renacimiento cultural de distinto signo, sino aniquilar la cultura como tal. El terrorismo ideológico que la posee hace aflorar en ella constantemente esa “terrible pretensión de negar al enemigo la cualidad de hombre” de la que nos habló Carl Schmitt. Mientras la nueva derecha europea cree poder encontrar en Gramsci motivaciones para pensar los nuevos caminos de acceso a esa Konservative Revolution irrealizada, la extrema derecha argentina pretende prohibir su lectura, destruir sus libros, disipar su memoria. Es cierto que la torsión impresa por la nueva derecha antiliberal y de origen neofascista a su propia práctica política es en muchos aspectos puramente instrumental. Pero el hecho de que en algunos lugares, como Italia, según hemos visto, haya surgido con el propósito más cultural que político de dar a la derecha una cabal escuela de pensamiento, volviendo a partir casi de cero en el plano teórico, filosófico y científico, la ha colocado objetivamente frente a la necesidad de entablar una confrontación abierta con las demás culturas y en primer lugar con la de izquierda. Una confrontación que, a su vez, no puede menos que provocar recíprocos condicionamientos, incontrolables “contaminaciones”.

¿Qué vinculaciones podrían establecerse entre el discurso de los Camps, los Di Stéfano o los Beltrán, y un Marco Tarchi, por ejemplo, ideólogo de la nueva derecha italiana? Buscamos —dice Tarchi— “favorecer la circulación de ideas y de valores que preparen, en la mentalidad colectiva, un cambio radical de los ordenamientos sociales, culturales, ‘políticos’ en sentido estricto. Nosotros luchamos contra la hegemonía de los bloques. Europa debe estar fuera de todo ‘occidentalismo’ subalterno. Luchamos contra la mentalidad, hoy como nunca expandida, que impulsa al hombre a tener como única meta el consumo de bienes materiales, luchamos contra la difundida apatía en las democracias liberales modernas. Estamos en búsqueda de nuevos métodos para volver más activa la participación popular en el gobierno de la cosa pública. En esta búsqueda, la nueva derecha va encontrando interlocutores preciosos: desde los ‘verdes’ hasta ciertas franjas no dogmáticas de la ex nueva izquierda, de Comunione e liberazione a los movimientos regionalistas. Los tiempos han madurado, existen los fermentos sobre los cuales asentar las bases de nuevas ideologías que superen las hoy agotadas categorías de derecha, centro, izquierda” (véase Storia Illustrata, ed. cit., p. 12).

Va de suyo que una cultura de izquierda debe medirse con el “pensamiento de la crisis” y con todas aquellas expresiones culturales que han intentado dar a todos los grandes temas que la crisis hizo emerger, soluciones distintas y hasta contrapuestas a las de la izquierda. Pero en esta relectura de las tradiciones culturales, incluidas las de derecha, la distinción entre cultura y política —como esferas comunicadas pero sustancialmente autónomas— no puede ser soslayada. Aceptar el terreno de la confrontación significa en cierto modo admitir que entre la cultura de derecha y la cultura de izquierda hay un punto de encuentro, la común necesidad de responder críticamente a la “anarquía del mundo burgués”. En torno de los nudos cruciales de aquellos umbrales críticos de la modernidad, de las que Bobbio llama “promesas incumplidas de la democracia”, se abren los espacios comunes de confrontación y de intercambio entre las culturas de derecha y de izquierda. Pero para que la cultura opere como corrosiva de las posiciones preconstituidas, de los compartimentos estancos, de las exclusiones que pretenden separar con una valla infranqueable lo que debe circular, es preciso arrancar de un terreno común, de un cemento de la unidad nacional, de una condición de permanencia de la república. ¿Qué otra cosa que un sentimiento democrático y antiautoritario puede fundar una forma de socialidad que profundice la laicización de la vida nacional? ¿Cómo es posible “favorecer la circulación de ideas y de valores” si no se acepta como imperativo moral el reconocimiento de la libertad de pensamiento y el principio de tolerancia? ¿De qué otro modo se puede garantizar la legitimidad de la confrontación y la civilidad del diálogo?

La derecha antiliberal argentina, o “ultraderecha”, ha contribuido a barbarizar la política con su espíritu excluyente y su recurrencia a la violencia y al terrorismo. No es ésta una característica únicamente suya. Los fenómenos de barbarización habitaron y aún siguen habitando a una parte de la izquierda argentina. La posibilidad de abrir un espacio cultural de plena confrontación de ideas supone una revisión política —lo cual tiene efectos inevitables sobre la propia cultura— de sus supuestos: la aceptación de la violencia y de la discriminación. Hasta que esta revisión no se produzca resulta impensable una ruptura de las aduanas culturales. Si el pensamiento de Gramsci cumplió en algunas partes el papel de mediador en un cruce de culturas irreconciliablemente separadas, es lógico que la irreductibilidad de la derecha argentina a la aceptación del principio de tolerancia y de libertad de pensamiento encuentre en el aniquilamiento de los “gramscianos” una manera de defender su identificación con la barbarie.

* Texto tomado de José M. Aricó, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005. El libro fue publicado originalmente por editorial Puntosur en 1988.

No queremos volvernos tan locos // Julián Doberti

“Envueltos en el torbellino de este tiempo (…), condenados a una información unilateral, sin la suficiente distancia respecto de las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan a consumarse y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos en desorientación sobre el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos”

Con estas palabras, escritas por Freud entre marzo y abril de 1915, comienza “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. La elipsis que indican los paréntesis refiere al estallido de la primera guerra mundial. Me interesa enfatizar la referencia a un presente que, si bien conoce las guerras, no deja de presentarse con la polisemia y la intensidad arrasadora de un torbellino que nos envuelve excediendo el marco puntual del conflicto bélico. Esa desorientación en la que caemos frente a las impresiones que nos asedian es un rasgo que cobra una actualidad notoria. Escribo en Buenos Aires, en 2025, en este invierno que estamos atravesando en medio de ataques constantes a la educación y la salud pública (hoy se anunció el proyecto de flexibilización laboral del sistema de residencias), con el encarecimiento vertiginoso del costo de vida, la circulación de discursos de odio validados desde el Estado, y un embrutecimiento general de los términos de la discusión pública.

En un acto de identificación desconcertante, el presidente dijo hace unos días: “sí, soy cruel”. El líder de un gobierno que atenta con saña contra las identidades minoritarias, hostigadas históricamente, desmantelando (¡y festejando esa vulneración!) programas de protección a las mujeres y la comunidad lgbt, encuentra el orgullo de la autopercepción en la crueldad. Una salida del armario á la Sade. Este oficialismo estaría en condiciones de organizar la primera marcha del orgullo cruel.

Volviendo a la cita de Freud, quizás llame la atención que no se mencione la palabra angustia. Esa ausencia resulta significativa: si la angustia implica una cierta expectativa (“expectativa angustiada”), una lógica temporal de anticipación del peligro y la correlativa posibilidad de resguardo, la desorientación y el asedio dan cuenta de otro tipo de coordenadas subjetivas, más próximas al aturdimiento que a la división subjetiva.

Marcelo Percia distingue, leyendo a Beckett y a Deleuze, entre las figuras del cansado, del agotado y del exhausto. Escribe: “el cansado siente su pequeño cuerpo amenazado. El agotado concluye su camino sin que pase nada. El exhausto está en el desastre”. La amenaza, la nada y el desastre podrían pensarse como figuras recurrentes de una contemporaneidad que duele. Si la amenaza señala la presencia de un peligro frente al que es preciso elaborar estrategias de prevención, la nada tiene otro estatuto. Con la nada, ese objeto que Lacan supo jerarquizar en la llamada anorexia mental, se trata de una objeción desesperada a una devoración que no cesa. Mientras la nada puede devenir causa de un vacío que es demanda de amor que no satisface ninguna necesidad y construye alguna versión del Otro, en el desastre no hay nadie: hay el desastre. Winnicott, en un escrito célebre, proponía que, a veces, se trataba de marcarle al “exhausto” que el desastre que lo aterrorizaba ya había ocurrido. Así, enfatizaba la importancia de restituir los bordes de una temporalidad que había estallado.

Louis Gluck, en su poemario Ararat, escribe: “Pensé que la muerte de mi padre/ liberaría a mi madre./ En cierto sentido, lo ha hecho:/ se va de viaje, contempla/ grandes obras de arte. Pero está flotando./ Como el globo de un niño/ que se pierde en cuanto/ dejan de sujetarlo./ O como un astronauta/ que pierde de algún modo la nave/ y tiene que vagar por el espacio/ sabiendo que, dure lo que dure,/ el resto de su vida será así; ella es libre/ en ese sentido,/ Sin relación alguna con la tierra.” Así, la poeta nos recuerda que hay libertades y libertades.

Retomando el escrito freudiano, hallamos esta idea: “parece que en esta época los pueblos obedecen más a sus pasiones que a sus intereses. Se sirven a lo sumo de sus intereses para racionalizar las pasiones; ponen en primer plano sus intereses para poder fundar la satisfacción de sus pasiones. ¿Por qué los individuos-pueblos en rigor se menosprecian, se odian, se aborrecen, y aun en épocas de paz, y cada nación a todas las otras? Es bastante enigmático. Yo no sé decirlo”. No se trata para Freud de despejar el enigma, como si fuera cuestión de develar la verdad última de lo humano, sino de constatar que nuestro saber no alcanza, que no sabemos –“yo no sé decirlo”- y es ese límite, precisamente, el que nos convoca a tomar decisiones sin garantías. De eso se trata la dimensión política y ética de nuestra experiencia. Porque no da todo lo mismo.  

Deleuze, en unas clases hermosas sobre la filosofía de Spinoza, construye un retrato muy particular de la figura del tirano. Para el filósofo francés “es alguien que ante todo tiene necesidad de la tristeza de sus súbditos porque no hay terror que no tenga como base una especie de tristeza colectiva (…) el tirano puede reír, y los consejeros, los favoritos del tirano ríen también. Pero es una mala risa. ¿Por qué? No es una mala risa por su cualidad, Spinoza no diría eso. Es una risa que precisamente no tiene por objeto más que la tristeza y la comunicación de la tristeza.” Esa relación entre tristeza y terror nos acerca a una política de los afectos que no tendría que reducirse a una moral de los estados de ánimo.

El título de este escrito es una desfiguración explícita de la canción de Charly García “Yo no quiero volverme tan loco”, un himno doloroso y vital escrito hacia el final de la última dictadura cívico-militar. Charly afirma en estribillo un yo no quiero que recorre las escenas de una sociedad enloquecida y lastimada (“están las puertas cerradas y las ventanas también/ ¿no será que nuestra gente está muerta?”), suspende momentáneamente la enunciación negativa para ensayar una hospitalidad festiva (“yo quiero ver muchos más delirantes por ahí/ bailando en una calle cualquiera”) mientras podemos imaginarlo recorriendo las calles (“la televisión está en las vidrieras”), dirigiéndose a una segunda persona que puede confundirse con la Argentina misma (“yo no quiero ya verte tan triste/ yo no quiero saber lo que hiciste/ yo no quiero esta pena en mi corazón”). El yo-no-quiero puede ser una brújula que, si toma también la primera persona del plural, (nos) reafirme colectivamente lo que nos duele, nos enoja, y nos importa defender. Lo que no estamos dispuestos a perdonar, ni a olvidar.

Recuerdo ahora, mientras suena la canción, una escena que relata Andrés Di Tella de un diálogo con Germán García sobre Macedonio Fernández. El analista le dice al cineasta: “a mí me parece que sólo hay locura si estás solo. Si hablas solo y nadie te entiende, entonces se puede decir que estás loco. Si hay alguien que te entiende, que cree en lo que estás diciendo, ya no hay locura”. Di Tella le pregunta: “¿O sea que Macedonio deja de estar loco en la medida que alguien lo lee?”, y García concluye, y con él este escrito: “Si son dos, no hay locura”.

 

¿Cómo hacemos otros mundos? Carta a los colectivos culturales // Tomas Schuliaquer*

Nos declaramos perdidos: no entendemos el mundo, el país, la ciudad, aunque algunas cosas del barrio, a veces, nos parezcan un poco más claras. Desde el Abasto nos es posible plantear algunos problemas y preguntas que nos parece importante explorar. Somos un colectivo político que lleva adelante varias cosas que giran en torno a nuestro centro cultural: JJ. Fundamos el espacio hace siete años y medio en el Abasto, Ciudad de Buenos Aires. En estos años atravesamos varias crisis, como una pandemia que nos obligó a cerrar y reinventarnos, o diferentes gobiernos de la ciudad y nacionales con los que nos vinculamos más o menos, pero con políticas destinadas a la cultura: hoy eso ya casi no existe, salvo por algunas contadas vías de financiamiento de la ciudad debilitadas y que parecen camino a la extinción  Estamos en un barrio dinámico, que cambió en estos años: más gente vive en la calle, aumentó la violencia, nos escracharon un par de veces por feminazis, abrió un espacio público hermoso recuperado por sus vecinos, el Parque de la Estación, entre otras cosas. Hay muchas otras transformaciones, más o menos tangibles, que nos cuesta dimensionar, pensar, reflexionar. En esta incomprensión colectiva, nos reúne sabernos a contrapelo de la historia, a contracorriente de estos tiempos. Y como plantea algún compañero, antes que pensarnos contra algo, nos resulta más interesante sabernos un grupo que quiere construir y habitar formas de vida alternativas a este sistema. Estamos contra el capitalismo salvaje individualista y nos gusta pensar que podemos prefigurar otras formas de vida. Asumimos y sabemos que es un objetivo difícil pero en esa búsqueda, quizás, estén las preguntas que tengamos que hacernos para mantener la vitalidad, ser frescos, impulsivos, imaginativos, cuando pareciera que después de más de siete años y en tiempos tan complejos, sentimos que la inercia nos tira a burocratizarnos o convertirnos en lo que el sistema necesita que seamos para seguir abiertos. Antes que traer respuestas, queremos hacernos las preguntas correctas para sobrevivir al mileísmo sin perder la construcción político cultural comunitaria.

            Estamos convencidos de que colectivos y organizaciones como el nuestro son imprescindibles para la imaginación política de un mundo distinto, y en estos tiempos estamos en silencio: cuando el pueblo tiene hambre, la cultura no es prioridad y nos cuesta decir lo nuestro, saber desde dónde hablar y para qué. Ahora que todo parece crujir y es urgente juntarnos para pensar la cosa, nos es difícil hablar-nos y hablar con otros. Pero si seguimos en silencio también corremos el riesgo de parálisis que provoca la angustia del peligro socioeconómico de dejar de ser, de ya no existir. Un peligro que en siete años nunca sentimos tan real. Es la preocupación de saber que para sobrevivir, a veces, tenemos tácticas lejanas a nuestro ideal de un centro cultural accesible, que piense a la cultura como derecho y tenga una propuesta para todes, interdisciplinaria, integrado a su territorio, con artistas que cobren por su trabajo, con trabajadorxs de la cultura que tengan un sueldo que les permita vivir una vida digna. La crisis nos fuerza a buscar propuestas mercantiles exitosas, como alquileres privados de eventos equis. A veces tenemos que hacer una fiesta de quince para después poder armar una propuesta de filosofía a la gorra, de jazz, una presentación de un libro o una proyección de una película. No queremos mercantilizar nuestra vida y, a la vez, tenemos que pagar los servicios y el alquiler, entre otros gastos que nos permitan seguir abiertos para en nuestra realidad, en nuestro espacio, hacer un mundo donde la cultura sea un derecho y un trabajo. Esas consignas que muchas veces completamos en proyectos de financiamiento, como la recomposición de los lazos sociales, el arte como modo de expresión, instrumento para transformar la realidad, a veces parecen vacías en este contexto que profundiza la distancia entre las palabras y las cosas. Queremos hacer y hacer, antes que decir consignas sin contenido. Quizás tengamos que recuperar la ironía para refrescarnos y renovar la distancia entre lo que decimos y hacemos.

            Por nuestra dificultad de hablar y reflexionar sobre lo que vivimos, porque estamos siempre agotados, preocupados y ocupados todo el tiempo por sobrevivir, sentimos la responsabilidad -y el privilegio- de escribir y plantear algunos de los dilemas,  problemas y desafíos que en estos tiempos enfrentamos, como centro cultural y como colectivo político militante, porque pensamos que pueden ser comunes a otros. La urgencia de sobrevivir, la depresión y el agotamiento hacen que sea difícil salir de nosotros mismos: aunque sabemos que la salida es colectiva -quizás tengamos que repetirlo menos y ejecutarlo más-, también hay que aceptar que hacerlo es ir contra la corriente, que lo colectivo nos cuesta. Quiero decir: escribir es una manera de reflexionar, comunicar lo que atraviesa un centro cultural de la Ciudad de Buenos Aires hoy, no para plantear respuestas, sino para colectivizar preguntas con la idea de construir conversaciones genuinas que puedan crear herramientas que nos permitan, de mínima, seguir existiendo. No queremos identidades firmes que defiendan su lugar con fundamentos que hoy no tienen respuestas a lo que vivimos: queremos discutir los problemas políticos que tenemos para buscar algunas pocas soluciones y muchas preguntas nuevas y correctas. Porque creemos que las organizaciones que son, como la nuestra, colectivas, están en riesgo. Y a la vez, son fundamentales si compartimos la necesidad de crear nuevas sensibilidades imaginativas. Hay ahí un hilo casi invisible pero firme, que esperamos reúna experiencias hermanas: colectivos culturales, artísticos, sociales, políticos, vecinales, de la economía popular, de los transfeminismos, entre otros. Hay una larga tradición, una historia compleja de otros que antes que nosotros construyeron de una forma similar, o con el mismo espíritu. Ese pasado nos permite imaginar un futuro: tenemos la responsabilidad de discutir por nosotros y para ayudar a los proyectos colectivos aún por nacer.

Entonces, si compartimos que experiencias como las nuestras son importantes porque intentan proponer alternativas, proponemos pensar con sinceridad el presente de nuestras construcciones colectivas en estos tiempos efímeros, fragmentarios, individualistas. No estamos afuera del mundo, somos parte de eso y para no ir hacia el lugar fácil de desintegrarnos y seguir nuestros caminos de forma individual, tenemos que discutir sin caretas, sin creernos más que nadie: tal vez sea momento de aceptar que en muchas cosas, los equivocados, somos nosotros.

 

 

 

¿Por qué escribimos?

 

Tenemos en nuestro país una tradición poco escrita de espacios autogestivos, colectivos artísticos, culturales, populares, militantes, experiencias no-oficiales. Hay hilos que traman unas experiencias con otras pero parecen, como dijimos, invisibles. Nuestra genealogía se construye en las charlas intergeneracionales, en las reuniones sectoriales, en los encuentros a lo largo y ancho del país, en las redes sociales, en todos los espacios de intercambio que construimos. Hay muchas experiencias colectivas que desconocemos, otras que escuchamos mencionadas al pasar. Es una tradición más que nada oral, de experiencias que son transformadoras aún sin saberlo, en la que podríamos inscribirnos, por la forma de organización, las preocupaciones, las convicciones, las propuestas y los problemas: son formas de vida que hicieron otros antes y que nos sirven para pensar los dilemas de este tiempo. Escribir sobre nuestra experiencia, mientras sucede, nos parece un aporte. La escritura es una forma que habitamos poco y que posibilita otro tipo de reflexión sobre nuestro propio funcionamiento, nuestros objetivos políticos y los desafíos de la etapa. Escribimos para habilitar otro tiempo porque, en lo efímero y lo abrumador de la exigencia cotidiana, la urgencia puede ganarnos: sabemos que esta vida puede rompernos. Nos asumimos desarmados por un sistema que no nos permite pensar por fuera de él, para frenar un rato, discutir entre nosotros y sobre todo con otros, con la idea de que narrarnos permite abrir instancias inesperadas, diálogos silenciados, que son centrales para la imaginación de futuros posibles donde el deseo, la solidaridad, la construcción para y con otros sean la hegemonía en nuestros espacios y, por qué no, en los otros. Queremos escribir algunas cosas de nuestra experiencia porque en un mundo contemporáneo donde pasan tantas cosas todo el tiempo tan rápido, es fundamental dejar registro de lo que estamos haciendo, como una forma de elaborar una trama de distintas experiencias militantes colectivas, comunitarias, culturales. Escribimos como una forma de fijar algunas ideas para pensar y reflexionar con más gente y, por lo tanto, mejor.

La potencia de esta escritura plantea complejidades: ¿cómo se cuenta una historia? ¿cómo un texto único puede ser digno representante de discusiones entre varios? ¿es posible hacer un texto que fije nuestras ideas dinámicas  cambiantes? Diego Sztulwark y el “Ruso” Scolnik escribieron el prólogo de un libro que presentamos, leímos y discutimos en JJ, La Biblio, esa historia de Marcelo Sevilla, sobre la experiencia de la Biblioteca Ameghino de Venado Tuerto en los años 80 y 90, una gran construcción político cultural de nuestro país. Diego y El Ruso afirman que “hay en Argentina una abundante tradición de pensamiento político que se produce en los márgenes de las instituciones, y por fuera de ellas, que testimonian los capítulos más bellos del pensar. Revistas, editoriales, cátedras libres, universidades autónomas, grupos militantes y culturales, son modos de ser que afirmaron sensibilidades críticas por fuera de las disposiciones clásicas del saber.” Nos interpelan esas sensibilidades críticas y para potenciarlas, antes que la planificación forzada de un futuro político hoy incierto, queremos construir con el impulso genuino de nuestras pulsiones por hacer, ser y estar con otros.

 

 

            ¿Cómo vivimos en tiempos mileístas?

 

            Es una época difícil: en el futuro vamos a recordar los años del mileismo como una era de crueldad, de banalización de la discusión pública, de privatización de la vida comunitaria, de represión, persecución y autoritarismo, de desfinanciamiento de la cultura, la educación y la salud. Pero también, a contrapelo de esta historia hegemónica, hay un proceso de las organizaciones que todavía construyen de otras formas: las de los trabajadores de la economía popular, los colectivos culturales y artísticos, los transfeminismos, los sindicatos combativos, los espacios de educación no formal, las universidades nacionales y una gran porción de la educación pública, ciertas organizaciones de los pueblos originarios, entre otras. Somos colectivos que podemos, por lo menos ahora, en 2025, pensar de otra forma, pero: ¿cuánto tiempo más vamos a poder pensar en hacer con otros si tanto nos cuesta vivir nuestras propias vidas? Somos colectivos compuestos por personas agotadas, rotas, estamos todo el tiempo conectados y solemos sentir que corremos atrás de cosas que no llegamos a hacer y que, peor, a veces no tenemos claro para qué las hacemos. Cuando termina el día, aunque nos hayamos movido poco, estamos cansados como si hubiéramos corrido una maratón. Hay ahí un desafío. Escribir abre un paréntesis para salir de esa cotidianidad abrumadora. Nuestros encuentros en JJ, cada vez que abrimos, también: es impensado, pero nos toca reivindicar la presencialidad como forma de resistencia y existencia. Incluso la presencialidad necesita ser reivindicada.

El repliegue implica dar las discusiones que en otros tiempos no supimos dar: reflexionar sobre lo que hicimos para llegar acá, sin defender una identidad fija, por la necesidad de volver a discutir casi todo. En nuestras experiencias hay aportes para, de esta forma, debatir alternativas. En el modo en que atravesemos el mileísmo y en las preguntas y debates que tengamos en nuestros espacios, puede haber un germen para construirla. En esa búsqueda, desde hace dos años en JJ profundizamos la programación de propuestas de debate en términos amplios: para diversificar las voces con las que discutir la complejidad de este mundo que se nos presenta inasible, difícil de comprender y asimilar. Sentimos que cuando abrimos, en 2017, éramos otro pueblo, uno más generoso y solidario, ¿habrá sido así? ¿seguirá siéndolo y no lo vemos? Apostamos a la discusión política desde la confianza y el compañerismo, asumiendo la incertidumbre y la incomprensión, para profundizar preguntas que por momentos nos dan vértigo. Postulamos dialogar con gente con la que antes no dialogábamos, que piensan distinto a nosotros, para estimular la posibilidad de crear otras formas.

 

 

 

El problema de la subsistencia económica

 

 

Si compartimos la importancia de que existan nuestros espacios, nos parece fundamental explicitar el problema de la supervivencia económica, que las experiencias comunitarias solemos silenciar pero es central en estos tiempos aunque queramos construir de otra manera. Hay que decir algunas cosas que no vamos a profundizar -nos cuesta hablar de plata-: tenemos una serie de gastos fijos (servicios, alquiler, sueldos, proveedores, etc.) que cubrimos con el ingreso del consumo de la barra, el 30% de las entradas en ciertas fechas y algunos pocos alquileres para eventos puntuales. Un  dato sabido es que los gastos de la vida aumentaron y la gente tiene menos plata. La salida a centros culturales, vinculados dramáticamente al ocio, es uno de los primeros recortes: antes que ir a ver una película o una banda, desde ya, priorizamos la comida. Los artistas independientes, que podríamos afirmar también son -y somos- gente, en general no viven de su arte, tienen menos plata, y están atravesados por la crisis. Hay menos proyectos artísticos independientes (sería bueno que existieran datos concretos al respecto, pero tenemos que decir que es una realidad palpable) y más todavía que puedan convocar una cantidad de gente acorde a un espacio como el nuestro, donde entran 250 personas. Queremos decir: hay eventos que antes programábamos -pueden ser fiestas, recitales o lecturas de poesía- a los que venía una cierta cantidad de gente que consumía una determinada cantidad de bebida y comida y pagaba una entrada. Eso permitía que los artistas cobraran por su trabajo, los trabajadores de barra, cocina, seguridad y sonido por el suyo, y hubiera plata suficiente para los costos de servicios y proveedores. Hoy esa cuenta ya no funciona, los números no cierran. Hay menos eventos convocantes y si bien por JJ pasan alrededor dos mil quinientas personas por mes, la afluencia de público también bajó. A su vez, quienes vienen consumen menos, es decir, a JJ le ingresa menos plata.

Por otro lado, si la respuesta para sobrevivir como centro cultural es subir los costos -que inevitablemente en parte lo es-, eso implica ir contra el derecho a la cultura, que pregonamos como bandera. No queremos que nadie quede afuera por falta de plata, y a la vez no podemos cerrar por no tenerla nosotros. Todo esto es muy problemático y no tiene una resolución sencilla. Intentamos que alquileres privados de fiestas y otros eventos nos permitan programar actividades de entrada libre y gratuita, o con alimentos no perecederos para comedores del barrio con los que articulamos. Antes esta cuenta funcionaba bien; ahora, solo algunas veces.

Sin profundizar en lo económico material, que es importante pero no es el centro de este texto, la emergencia provoca ciertos dilemas ¿cómo pensamos política cultural desde la responsabilidad, la angustia y la urgencia de que nuestro espacio sobreviva? ¿cómo los mismos que tenemos en nuestra espalda la responsabilidad de pagar el alquiler, los sueldos, los costos fijos, podemos pensar un proyecto político cultural transformador? Nos encanta discutir cultura, hacer propuestas hermosas, que los artistas cobren bien por su trabajo, sean bien atendidos, recibidos, puedan comer y tomar bien, que se sientan en casa. Pero la realidad a veces nos la pone difícil. Todas nuestras banderas políticas, si no llegamos a pagar el alquiler, serían consignas vacías que diríamos desde nuestras casas, o nuestros celulares. Si el relato no coincide con nuestra forma de ser, estaríamos en graves problemas, ya nos pasó en la política a nivel nacional. Profundizaríamos la distancia entre las palabras y las cosas si decimos que queremos una cultura para todes pero, para venir a JJ, hubiera que gastar alrededor de veinte mil pesos. Además, si solo pensamos en sobrevivir, ¿para qué seguir? ¿Por qué sostener un espacio que solo sea un comercio sustentable? Aunque no es nada menor, ¿nos conformamos con sobrevivir para dar trabajo?

Pensamos que el desafío es generar un hueco en la vorágine que habitamos, contra nuestra propia inercia, para crear propuestas político culturales superadoras que nos permitan sobrevivir, pero con el foco puesto en crear, experimentar e imaginar mundos alternativos. Sabemos la situación económica, sabemos la urgencia. Eso puede ser algo que nos reúna desde la angustia de sobrevivir, pero también podemos -y queremos- construir la épica de quedar en la Historia por haber superado el mileísmo con propuestas creativas, disruptivas, que nos permitan sobrevivir y a la vez hacer un aporte. La programación y el vínculo político afectivo con artistas, intelectuales y colectivos culturales militantes es imprescindible en esta búsqueda. Por eso, sin generar presión ni responsabilidad en quienes habitan JJ, nos parece importante compartirles la situación que atravesamos: es una forma de generar relaciones sinceras, compañeras y generosas con otros.

 

 

Un colectivo de individualidades

 

 Un problema que por momentos parece insalvable: las mismas personas que queremos hacer todo eso somos parte de este mundo. Si fuera cuestión de voluntad, sería muy sencillo, pero los problemas pareciera difícil siquiera pensarlos. Es complejo imaginar el fin del capitalismo, aún en esta crisis salvaje, también porque nuestras ideas surgen dentro de este mismo sistema. ¿Cómo pensar por fuera? ¿cómo construir otra cosa? ¿Cómo mantener el deseo genuino, la motivación y el impulso inicial de transformar el mundo, cuando no sabemos si nuestros compañeros van a cobrar por su trabajo? ¿cómo ser dinámicos, frescos y creativos cuando pareciera que ya nada importa? Creemos que esas preguntas son necesarias para movilizar y seguir encontrándonos. Para crear nuestras propias herramientas político culturales.

Venimos de militancias partidarias con una tradición de estructuras rígidas, lógicas cerradas que potenciaron proyectos políticos: gracias a eso, de hecho, nació JJ. Pero esas estructuras muchas veces “bajan” o “bajaron” lineamientos  “de arriba” con objetivos claros pero sin atender lo que pasaba en la militancia base. Frente a esto, los feminismos revolucionaron la forma de organizarnos: supimos que el sacrificio era necesario para una agrupación como la nuestra, pero también el deseo. De hecho, el sacrificio, imprescindible, tiene que motorizar desde el deseo y la convicción política. Somos un colectivo dinámico, que sostiene un centro cultural hace siete años y medio pero en este tiempo tuvimos mucho movimiento, cambió la gente que lo integra: de quienes hoy somos parte del espacio, la enorme mayoría no estuvo en su apertura ni está desde sus inicios. De las más de treinta personas que somos, el 94% nos sumamos una vez que el lugar ya estaba abierto: solo hay tres compañerxs que participaron de la construcción inicial de JJ. Eso plantea algunas inquietudes: ¿por qué las personas se van? o mejor ¿cómo construir un proyecto que pueda sobrevivir a las individualidades? Y en esa búsqueda, ¿cómo darle lugar a la singularidad de cada compañero y compañera que hace JJ? ¿cómo generar el espacio para que cada quien pueda aportar su conocimiento, su sensibilidad y sus deseos?

JJ tiene principios polìticos innegociables: entendemos a la cultura como un derecho y un trabajo, somos un espacio transfeminista, sostenemos la importancia de construir espacios solidarios y respetuosos con los artistas, los públicos, los vecinos y los trabajadores de la cultura, pensamos que cualquier proyecto cultural tiene que dialogar y construir con el territorio que habita, militamos por la libertad de ser quiénes somos, levantamos las banderas de los 30 mil compañeros desaparecidos, y elegimos a la cultura como forma habitar el mundo, entre otras cosas. Pero estos principios que compartimos también son consignas amplias: en la práctica, JJ es lo que quienes somos parte queremos hacer.  Por eso, si alguien se va o alguien llega, el proyecto cambia. Si en 2019 pensábamos políticas públicas culturales para la ciudad que queríamos ganarle al macrismo, hoy estamos más cerrados sobre nosotros mismos por la urgencia y el desgaste de tantos años: el impulso inicial de abrir para comerse el mundo, siendo una novedad, dio paso a otras formas de militancia y de construir el espacio con motivaciones nuevas que vamos creando. Hoy, ya establecidos y con una identidad construida, nuestros desafíos son otros. Por otra parte, si antes de la pandemia nos sumábamos a la militancia y a JJ para transformar el mundo desde la cultura, para vencer al macrismo, hoy nos suele pasar que militamos para construir una alternativa comunitaria, un refugio, un espacio de encuentro con otros. Y eso es interesante para pensar cómo sostenerse en el tiempo y a la vez valorar, potenciar y cuidar la singularidad de cada uno de nosotros. Si las personas que integramos el colectivo no pensamos en la Revolución, ¿para qué nombrarla como objetivo? En nuestro repliegue de estos tiempos gobernados por el individualismo y el egocentrismo, en una época de fragmentación, pensamos que integrar y sostener un colectivo desde una práctica militante es de por sí una propuesta alternativa. Sentimos que vamos contra nuestro tiempo cuando elegimos ser parte de un proyecto cooperativo que apueste por el encuentro entre las personas y cuando la fuerza de hacer cultura, de hacer JJ, es lo que elegimos todos los días hace 7 años: por convicción política, por sentido de pertenencia, por nuestras propias libertades y, cada vez más, para hacer que nuestras propias vidas sean vivibles.

 

 

 

 

¿Cómo nos organizamos?

 

En JJ, como antes dijimos, a partir de los feminismos y con lo que nos despertó la pandemia, decidimos poner en el centro la escucha a nuestros deseos para construir una organización más libre y flexible que le permita a cada persona participar con sus tiempos, intereses y ganas de hacer. Eso nos renovó y nos permitió crecer y comprometernos más entre nosotros. Intentamos, por intuición antes que por planificación, construir un colectivo en el que hablemos de cómo estamos, nos conozcamos más, nos acompañemos y sepamos quiénes somos, para plantear nuestros propios objetivos políticos en base a nuestras capacidades, fuerzas y posibilidades: una estructura conformada por sus personas, antes que un dispositivo dispuesto a cumplir objetivos estructurales impuestos. Desde la base de saber quiénes somos y qué queremos, propusimos exigirnos para potenciar JJ: así hacemos una gran cantidad diversa de cosas que nos llenan de orgullo y nos identifican, como cortes de calle, inversiones en sonido, la renovación de la carta de comida y bebida, tener una programación interdisciplinaria con especialistas pensando cada una de las propuestas, comprar una pantalla y un proyector, articular y armar actividades en JJ y el barrio con vecinos y organizaciones sociales y culturales del Abasto, hacer un taller de arte para las infancias de las escuelas públicas con frecuencia semanal, fundar una biblioteca, programar festivales en plaza junto a otros centros culturales, participar de ollas populares en nuestro territorio, ser vacunatorio de covid durante la pandemia para vecinos de inquilinatos populares a los que el Estado no lograba llegar, entre otras cosas.

Todo eso fue fundamental y es fundamental y trajo nuevas preguntas en nuestras militancias: ¿cuál es el vínculo entre el sacrificio y el deseo? ¿Quiénes piensan, motorizan y acompañan los procesos de los compañeros que suman y participan de maneras distintas? ¿Cómo encontramos el lugar para que cada persona que se sume pueda militar con libertad, deseo y compromiso? ¿Cómo la horizontalidad en la construcción política se convierte en una horizontalización de las responsabilidades antes que en una concentración no dicha en pocas manos? Y por otro lado, ¿cuánto tiempo dedicamos a hablar de cómo estamos, olvidándonos de los objetivos políticos? Estas preguntas, para nosotros, son trascendentes.

Necesitamos construir organizaciones atentas a su tiempo, a las personas que las integran, y que al mismo tiempo puedan plantearse y construir objetivos políticos concretos para solucionar problemas específicos. Ante la falta de un horizonte común de emancipación, es central preguntarse qué aporte podemos hacer para construir el mundo alternativo que queremos. Pensamos que mientras las instituciones estén en crisis y no tengamos un rumbo político ordenador, JJ sirve para hacer, hoy, de una forma alternativa: cuando organizamos un festival por el 24 de marzo, preparamos un corte de calle, un locrazo, programamos de lunes a lunes, hacemos un aporte a la construcción comunitaria en nuestro territorio, entre otras cosas. Tener un espacio físico que sostener, que da trabajo a más de veinte personas y piensa propuestas político culturales efectivas para su barrio, construye una militancia concreta como respuesta a esa falta de horizonte político. El centro cultural nos obliga a ordenarnos y a pensar, en el hacer,  alternativas a este presente tan hostil. A la vez, en JJ, mientras hacemos cosas de distinto tipo todos los días -porque sostener un centro cultural como el nuestro es de verdad una tarea descomunal-, queremos discutir los grandes problemas de nuestro tiempo sin que eso nos paralice; por el contrario,  pensamos que eso nos motiva a encontrarnos como colectivo en la convicción que es importante sostener nuestro espacio: antes que por nosotros, por el aporte que podemos hacer en construir alternativas de vida.

 

            ¿Cómo estamos?

 

Atravesamos una pandemia de salud mental, nuestros síntomas muestran que no queremos ser parte de esta humanidad. Colectivos como JJ pueden hacer un aporte fundamental en este punto, porque nos sacan de nuestras casas, ya sea para discutir, vender locros, cubrir en un evento, cortar cebollas, acomodar el salón, pintar murales, lijar paredes. Si bien no es suficiente ,y no pretendemos curarnos ni curar a nadie, nuestros colectivos logran sacarnos a nosotros de nuestras propias angustias y tenemos el desafío de sacar a los que no pueden salir, para ser parte de algo colectivo. Ahí, es evidente, surge el problema de que la organización no sea una terapia, pero pensamos que, en tercera o cuarta instancia, no está mal que lo sea: no en el sentido de pensar tanto en uno mismo, sino al revés, alejarnos de nuestra propia cabeza cerrada en nosotros mismos, y así pensar y hacer en, para y con otros. Quienes integramos colectivos culturales tenemos una tarea política fundamental, ir a buscar a las personas que están que no pueden salir de sus lugares. Estamos convencidos que nuestra forma de construir es más linda, feliz y productiva, hay que compartir esa convicción con otros. Es un momento de decrecimiento de la participación en organizaciones colectivas. El pueblo, o podemos decir las personas, estamos angustiadas, deprimidas, perdidas. Como militantes tenemos el gran desafío de sacar gente de su casa y de sostenernos a nosotros mismos en esos lugares, porque también muchas veces nos cuesta seguir. Pensamos, a veces, para qué le dedicamos tanto tiempo a algo que, a simple vista, no nos da nada. Lo hacemos porque sabemos que que en la construcción colectiva encontramos nuestra felicidad a la vez que, tal vez sin ser conscientes, intentamos armar otras formas de vida. Pero dudamos. Muchas veces dudamos, y en nuestros compañeros está la fuerza que nos sostiene. Pero si los compañeros se cansan, si nos cansamos nosotros, todo eso puede terminarse sin que nos demos cuenta. Hay que ser conscientes de la importancia de acompañarnos. Tenemos que salir a buscar a otros. Ir a sus casas, convocarlos por las redes sociales, los celulares, para sacarlos de sus camas y traerlos a nuestras alternativas que, aunque minoritarias y en repliegue, son, para nosotros, las mejores. No es una tarea fácil ni significa una transformación social absoluta, pero es un aporte imprescindible y fundamental a la construcción de la vida en común.

Ahí, quizás, se presente el dilema o la paradoja más difícil de resolver: ¿cómo hacer todo esto, impulsar a otros, si por momentos nos cuesta tanto a nosotros mismos? En los diálogos, en las preguntas, en salir de nuestro lugar, en pensar con otros, en discutir los problemas que enfrentamos, hay una pista para poder, mientras hacemos nuestra militancia de todos los días, imaginar otras formas de vida posibles que incluyan cada vez más personas. Quisiéramos que este texto sea una herramienta para eso.

Parte de una historia

 

JJ, en su propuesta cultural diversa, busca generar un espacio de encuentro para dialogar con el público, los artistas, los vecinos, y entre nosotros mismos. En abril de 2024, con nuestra por entonces naciente Biblioteca Mañana de Sol, presentamos el libro de Sevilla que mencionamos al principio de este texto, sobre una Biblioteca popular de Venado Tuerto. Esa experiencia político cultural disruptiva inspiró la fundación de nuestra biblioteca. En Venado Tuerto, en los años de la primavera democrática y durante los años 90, un grupo de jóvenes, desde una Biblioteca Popular, transformó la ciudad y, en parte, nuestro país. Sin el libro de Sevilla, publicado en 2021, veinticinco años después del cierre de la Facultad Libre que ese colectivo fundó, no hubiéramos conocido su historia: por eso es importante escribir las nuestras. Después de esa presentación del libro en JJ, hablamos con Marcelo. Intrigados por los motivos que llevaron al final de esa construcción colectiva, le preguntamos por qué se había terminado. Marcelo nos respondió que en realidad nunca terminó, porque quienes habían sido parte y quienes habían sido atravesados por La Biblio, lo llevaban encima en su forma de vivir, en la manera de hacer las cosas que hacían. Hace cuatro años, en 2021, en Venado Tuerto se creó la Universidad Experimental, una propuesta construida por los hijos de los que habían hecho la Biblio. La experiencia colectiva de los 80 y 90 inspiró también una propuesta de educación que existe hoy en Venado Tuerto.

En la misma línea, en su libro Nada que esperar, nuestro amigo el Ruso Scolnik dice que la experiencia de El Mate, una agrupación que surgió en la Facultad de Sociales de la UBA y después tuvo una deriva como movimiento político social, “no se mide por la bronca o la tristeza que podamos haber sentido, sino por la capacidad de diluirse en otras experiencias realizando un aporte que de otra forma no hubiera habido”.

Mencionamos estos colectivos político culturales reales, comunitarios, como muestra de tantos otros que existieron y existen, para señalar la trama de nuestras experiencias de construcción comunitaria conectadas con una tradición anterior, que es fundamental revalorizar, recordar, porque eso también nos permite pensar nuestro presente. Digamos: qué lineas de continuidad, qué rupturas hay entre la forma de construir en los 80 y hoy, entre los 90 y hoy. Es una pregunta que nos invita a investigar la tradición alternativa de la que somos parte, y cómo hacemos para que ese hilo siga tirando, sobreviva a nuestras propias experiencias y construcciones, para que derive en propuestas colectivas futuras.

En su libro, Marcelo narra una de las clases de la Facultad Libre de Venado Tuerto: “entre la bondiola de cerdo y su charla abierta, Pancho Aricó nos dijo que había: una crisis que va más allá de los indicadores económicos -en Europa y en nuestro país- porque hace a la crisis de identidad, a la crisis de certidumbre en sociedades que no encuentran un destino cierto, un horizonte verdadero, con sociedades asistiendo a un proceso de privatización de la vida asociada de los seres humanos, que les impide hacerse cargo de los problemas… El capitalismo creaba una nueva pobreza: la pobreza narrativa. El esfuerzo y la educación podían no conducir a ningún lugar, no necesariamente coronaban. El discurso de esa parábola sería miserable, pero además, impotente. Luego, criatura, deberás elegir qué sueños soñar”. En otra crisis no tan nueva de nuestro mundo, contra estos tiempos neoliberales, nos plantamos convencidos de que nuestras organizaciones tienen la potencia de imaginar y hacer formas de vida alternativas: entre tanta crueldad y crisis económica, deseamos elegir nuestros sueños.

 

*Integrante del JJ, Centro Cultural del Abasto.

Foto de Agustina Minteguía

 

 

 

 

En un país muy lejano // Moro Anghileri y Diego Sztulwark

Los crímenes de Haparanda, una serie sueca  de 2024 basada en el libro “Verano de lobos” comienza con una intrigante investigación de unos lobos muertos alimentados con restos humanos. Pero ¿a quién le importa que comen los lobos? ¿Qué son los lobos, a parte de un paisaje, un dibujo, o un motivo temor para determinados turistas?. Sobre el final, un lobo retorna para dar una nota de cierre más que discutible (¿tiene gracia ese cierre?). Y sin embargo, con algo de paciencia, la trama y los personajes se tornan verdaderamente perturbadores.

 

Una asesina se desprende del típico intercambio en un aserradero o tosquera entre narcotraficantes de distinta calaña y procedencia, en este caso se trata de unos rusos y de unos finlandeses. Casi todos mueren de un modo u otro a los tiros, aunque alguno se transforma en alimento para perros salvajes. Sólo sobrevive un personaje sórdido, el más recio de todos ellos, una mujer flacucha, dura como el metal, que logra escabullirse. Mientras tanto, el pueblo de Haparanda sigue su vida de siempre entre policías, malandras de baja estirpe y paisajes nórdicos.

 

Entre los pueblerinos hay una policía de mediana edad –Hannah Wester– con un trauma a cuestas. Su existencia transcurre entre el trabajo y el amantazgo, con un matrimonio atascado en el pasado y pesadillas referidas a una historia sórdida de la que nos iremos enterando de a poco: una niña desapareció con sólo los 4 años de edad, dejando en su vida un agujero irreparable. La durmiente es una madre que supo organizar su desesperación, y continúa cargando con enorme dificultad recuerdos que la atormentan hace ya dos décadas.

 

Kat, la recia sobreviviente del tiroteo de la cantera, es una asesina con cuchillo a sueldo de un sindicato ruso, andrógina que no busca en ningún momento seducir, no transmite el menor sentimiento empático con ella. Semejante desapego la convierte en un ser despreciable y  atractivo a la vez. Sin efectos espaciales ni golpes bajos sabremos que ella es capaz de matar a cualquiera con o sin motivos.

 

Herida y despojada de las valijas con drogas que debía custodiar Kat se refugia en un bosque dentro de una cabaña desocupada, en el mismo bosque al que se ha retirado el marido de la Hannah (padre de la niña desaparecida), al enterarse de una enfermedad incurable. El encuentro entre ellos se produce como un encuentro entre vecinos, y extrañamente ella no lo mata. Él habla con ella con honestidad y empatía de tonterías. Una noche ella descubre en una pared la foto de su hijita desaparecida Elin y se interesa en ella al punto de robar la foto que no deja de mirar de modo obsesivo.

 

A esta altura el trauma toma la escena. Se percibe que algo difícil de describir sucede entre padres con hijos desaparecidos e hijos que perdieron a sus padres. Algo en la incomprensión más absoluta los une. Hay un imán de lo más intrigante. Un vacío de sentido. La primera regla de las que llamamos naturales es la que a un cachorro, pichón, bebito, esté con sus progenitores para que puedan abrigarlo, cuidarlo, enseñarle, amarlo. Si esto se quiebra algo resultará incomprensible para siempre. No tiene reparación. No hay remedio. No hay explicación que esté a la altura de esa falla. Ahí mismo algo se rompe y no volverá a soldar. La madre que perdió a su hija sin saber nunca qué ocurrió, qué fue de la pequeña, si está viva o muerta, continua fijada exactamente en el mismo lugar, y será evidente la fijación cuando algún indicio traiga cualquier dato posible de su pequeña.

 

De Kat es difícil saber mucho más (solo que se crio en un orfelinato). Pero queda atrapada por el magnetismo del imán, que la desvía de su tarea (recuperar la droga para su jefe ruso), y empieza a perseguir a Hannah, a espiarla. La foto de Elin despertó en ella una pregunta muda. ¿Se reconoció? ¿Le despertó recuerdos de sí misma? El nombre Elin abrió algún laberinto en su cabeza. En ese estado indescifrable busca acercarse a la policía.

 

Hanna, la policía que investiga los asesinatos de la cantera, y Kat, la mujer-sicario que sigue matando personas en Haparanda, se buscan, se escapan, se atraen. Las guía una desesperación entramada en un lugar curioso. ¿Una madre y una hija? ¿Una madre y una huérfana? Dos seres rotos, ¿dos seres sin alma: una policía habituada a resolver enigmas delictivos y una rusa despojada de palabras, que solo sabe asesinar? Dos seres que tomados por la creencia de que el otro podría resolver el sentido perdido de su existencia.

 

Entre montañas, árboles, viento frío y sol de invierno se tejen los destinos desesperantes de unas personas en apariencia apacibles. La llegada de la salvaje extranjera –que quizá no lo sea tanto– enciende entre Hanna y Kat un drama que destaca sobre fondo de las demás historias. Por detrás –y por encima– de la trama policial se despliega la incertidumbre de lo irreparable, el daño que ninguna justicia puede reparar, ni se puede explicar, ni decir, ni comprender. Una trama sobre el vacío (como el puente sobre el mar que cruza una y otra vez Hanna). Lo que sucede entre las mujeres no tiene respuesta ni solución. No hay lobo, símbolo que alcance para cerrar el abismo del desgarro que está más allá de la muerte y que ninguna metáfora puede aliviar. Hannah, madre, corre. Un cuerpo aturdido que no entiende, sin sentido, con los reflejos atontados. Corre porque no puede dejar de hacerlo. Por instinto. Se mueve para echar una mano, aun cuando no hay cómo hacerlo. Proust dijo que saber que no hay nada que esperar no nos impide seguir esperando. Los crímenes de Haparanda nos recuerda que esta espera sin solución es una especie de verdad absoluta que atraviesa las figuras más diversas de un pueblo cualquiera.

 

¿Y ahora qué?  Acerca de un artículo de Milena Jesenská // Cynthia Eva Szewach

Este escrito que transmitiremos a continuación, tan vigente y anticipado de Milena, fue publicado probablemente alrededor de 1934 y titulado con una pregunta: ¿Quién censura? [1] una interrogación de carácter ciertamente retórico.  Lo que le importa sin duda son los efectos adormecedores de la censura y las consecuencias de una determinada estetización de la política en lo creado, en este caso por la vía de la literatura y el cine. Milena se va a referir a la película alemana Hombrecito, ¿y ahora qué? de 1933 dirigida por Franz Wendhausen. El concepto original de la película era según se relata, adoptar un enfoque naturalista, similar al de la novela, homónima de Hans Fallada que el nazismo también “transforma”.  La película al parecer sufre cortes extensos, y quedan de esa manera afectada las versiones, romantizando la desesperación producto de la desocupación edulcorada con la inmutabilidad sentimental ocultando los horrores de lo inerme y del empobrecimiento desolador frente a la pérdida del trabajo. Un camino en las decisiones artísticas que continúan durante el régimen su peligrosa e influyente manipulación.  Una pregunta que nos aguijonea: ¿ahora qué?…

 

¿Quién censura? de Milena Jesenská

El film Kleiner Mann. was nun?  ¿Hombrecito, ahora qué?  Ilustra de maravilla la censura tácita que afecta incluso a los mejores libros cuando caen en manos de la industria cinematográfica. La encantadora novela de Fallada que lleva este título no es, desde luego, una obra revolucionaria. Su final feliz forzado contradice el desarrollo de la acción y no responde a la pregunta planteada por el título.

Un pequeño dependiente de tienda, el señor Pinberg, “un pequeño alemán medio” típico (digamos, típico en la gente sencilla de todos los países), un ser humilde, ama a una joven proletaria, una muchacha buena y valiente. Tras una serie de desgracias y humillaciones, el señor Pinberg pierde su empleo: con la pérdida de su trabajo y de su sustento, se ve también despojado de todos los modestos símbolos de privilegios imaginarios a los que se aferran los pequeños burgueses que se creen un poco por encima de los demás: pierde su buen abrigo, el respeto por sí mismo, la certificación de su respetabilidad; de hombrecillo que era, queda reducido a nada, a una sombra gris expuesta a todo tipo de vejaciones, sufriendo esa extraña timidez, esa amargura, esa vergüenza que engendra el hambre.

Al final del libro, vemos al señor Pinberg, harapiento y hambriento, sin cuello ni sombrero, frente a una vitrina rebosante de comidas suculentas, meditando sobre la crueldad de este mundo, y nosotros mismos nos hacemos la pregunta: Kleiner Mann, ¿was nun? (Hombrecito, ¿y ahora qué?).

Aparece un agente de policía y ahuyenta al señor Pinberg como a un vulgar ladrón; no, ni siquiera tiene derecho a contemplar toda esa comida. La pobreza no es solo una vergüenza, también es un grito.

Ahí está el escándalo, dice el autor, y el lector que se indigna ante la porra del policía, levantada sobre esa espalda honesta e inocente, cierra el libro con una punta de decepción, porque el propio señor Pinberg no se rebela, sino que cae en los brazos de su mujer. A pesar de este final que no lo es, el libro sigue siendo, no obstante, el relato del camino recorrido por el señor Pinberg, y que conduce al paroxismo de la humillación.

Este camino a través de la crisis describe con precisión la lenta decadencia de la que son víctimas miles de hombres y mujeres bajo el régimen capitalista. La rigurosidad de este relato es tal que, a pesar de la ausencia de una solución, el libro señala claramente el camino a seguir, aunque el autor se desvíe y casi caiga en el abismo. Si la película hubiera permanecido fiel al libro-quiero decir, no hay casi ningún riesgo para la ideología burguesa.

Porque el libro en sí, contiene un happy end forzado (tirado de los pelos, inverosímil) que, en un abrir y cerrar de ojos, convierte un caso típico en un caso particular, con el fin de no tener que responder a la gran pregunta que se les plantea a miles de personas que han sido expulsadas de su empleo: ¿Y ahora qué? Pero ahí está el problema: la película es aún menos audaz que el libro. sí, en la pantalla, vemos a la joven —“la corderita”, como él la llama— desnaturalizada en una pequeña burguesa, temblando por los ingresos de su marido, junto a un señor Pinberg que no pierde su empleo ni cae al fondo de la escala social: en realidad, no le sucede nada, salvo que la amenaza de un despido se cierne durante un tiempo sobre su cabeza y altera a su pequeña familia.

Como es imposible, incluso en este tipo de película, eludir los problemas actuales, éstos se resuelven según los cánones de la prensa burguesa: en un cincuenta por ciento, se admite la situación describiéndola tal cual es; en el otro cincuenta por ciento, se la deforma, se la manipula y pinta con los colores del optimismo, la presunta vía para salir de la crisis.

Esto da lugar a películas como Kleiner Mann, ¿was nun?, a películas como L’Aurore, ese kitsch que es una verdadera ofensa al espectador. Películas sobre desempleados que ni se inmutan, que duermen con alegría a la intemperie en los parques, cuya miseria posee el encantador aire bohemio de la vida sin ataduras, a quienes les suceden milagros justo cuando el crudo espectáculo de la realidad debería imponerse, y en las que amables millonarios ejercen de salvadores. O también informes sobre regiones enteras de las que se ha borrado cuidadosamente la verdad, donde personas ataviadas con galas desfilan ante las cámaras como en los filmes de Ulehla o Plicka, que convierten lo que informan en una repugnante caricatura de la realidad.

Y, por último —last but not least— pero no menos importante, descarguemos esta avalancha de películas de guerra y de espionaje donde una mujer, seductora y venenosa, demuestra de manera rotunda, a través de decenas de situaciones, que es valiente luchar por la patria, que es agradable sacrificarse por ella. En conjunto, se trata de intentos burdos y tendenciosos de atontar, embotar, a quienes conservan alguna conciencia de clase; cuanto más vislumbra la ideología burguesa el peligro de un naufragio total, más siente la necesidad de imponerse por doquier. En verdad, el cine burgués lo dice en lenguaje llano: «¡Circulen, aquí no hay nada que ver!».

[1] Este escrito sólo lo he hallado aún en la versión francesa Vivre, Bibliothèques 10/18, que no distingue años ni lugar de publicación, pero suponemos que se escribió enseguida luego del estreno y por supuesto antes de la detención de Milena en 1939. No pudimos hallar tampoco por ahora una exposición completa de la película y la novela. Agradezco la revisión de la traducción personal de la versión francesa a Pilar Shinji

“Hay que pensar juntos a El Eternauta y a Operación Masacre” // Horacio González

Entrevista: Juan Mattio, Pedro Perucca / Fotos: David Radosta

Sonámbula entrevistó a Horacio González, sociólogo y ensayista, a 60 años de la publicación de El Eternauta. Una conversación que se permitió pensar la historieta de Héctor Germán Oesterheld en relación con el imaginario peronista, Operación Masacre, Jorge Luis Borges, el positivismo y la veta folletinesca que cruza los textos de Perón y Evita.

-Alguna vez dijo que El Eternauta era una de las alegorías políticas más importantes del siglo XX. ¿Qué elementos le parece que hacen que sea una alegoría revisable y vigente?

-Tuvo la fuerza de una alegoría para nuestra generación y la sigue teniendo, lo cual revela que es una alegoría en el sentido de poder traspasar los tiempos con significaciones diversas. Ser siempre interpretable con mucha libertad pero al mismo tiempo queriendo decir algo que todos intuimos: que hay un esfuerzo, que involucra una voluntad común, para hacer en términos de una idea emancipatoria.

La situación de El Eternatura frente a la literatura no es exactamente igual a la de la tradición historietística mundial y tampoco la argentina. En realidad su mayor contacto con una fuente literaria es la reivindicación que Oesterheld hace sobre Robinson Crusoe y todos los grandes relatos de aventura como una creación colectiva, que al mismo tiempo tienen aspectos inesperados. No hay un heroísmo previo sino que los héroes se van haciendo a medida que van encontrando desafíos que descubren que pueden afrontar. El comienzo opera en una casa particular típica de clase media del norte del Conurbano jugando a las cartas.

Bueno, ahí, en un domicilio cualquiera, se da el inicio de algo tan extraordinario como la nevada mortal. De lo cotidiano se pasa a una situación inesperada. Ahí creo que sucede la descripción de los personajes, que también son pequeñas alegorías de la sociedad argentina de aquella época: Juan Salvo, Favalli, el profesor de Ciencias Exactas; Polsky, que es un jubilado polaco sobreviviente de los campos de concentración; Lucas, que es empleado bancario, un trabajador de cuello blanco. Los obreros aparecen después.

-¿Porqué El Eternauta, a 60 años de su edición, perdura y puede seguir generando tantas lecturas e interpretaciones?

-Está claro que el misterio de que El Eternauta siga siendo un espacio de encuentro en la lectura de los jóvenes porque es el atrevimiento del sobreviviente. El sobreviviente siempre tiene una marca específica, algo que lo destaca sobre el resto de los que no fueron sometidos al peligro. El sobreviviente inspira un poco de temor a los que no pasaron por eso y creen que ante esa situación no hubieran sobrevivido. Pero también inspira un respeto que el sobreviviente no quiere para sí, no tiene pretensiones de insertarse en la historia de ninguna manera en la que él sea revelado como un semidiós. Con un pequeño trazo Oesterheld destaca por sobre el grupo al dueño de la casa, Juan Salvo, que tiene un nombre que es portador de esa idea. Ahí hay una intención: el salvarse implica una misión. Los que se salvaron son estos hombres tan sencillos, que se pueden encontrar parados en cualquier esquina, que ahora están marcados por un toque de redención -redención laica, digamos-.

La marcha a través de la ciudad implica lo mismo. La ciudad es como un domicilio sin nada que sorprenda en el trayecto de la Avenida Libertador o la cancha de River. Todo habitual, ya visto. Pero ahora se convierte en una especie de vía regia, en la encarnación de un camino que podría ser el de Santiago de Compostela o el de alguna peregrinación de ese tipo. No saben bien lo que pasa y van a averiguarlo. En esa marcha también hay una visión de la ciudad como un domicilio vulnerado, profanado, donde todo adquiere una nueva significación: la pérgola de las barrancas de Belgrano, el estadio de River, el subterráneo, todos objetos cotidianos elevados a la condición de objetos resistentes y también, de alguna manera, sagrados, porque la cafetera que ve el Mano, saludada como un objeto artístico de enorme belleza, también sorprende, porque es la cafetera de todos los días. Entonces siempre es el mecanismo de algo cotidiano que se hizo extraordinario.

Y después está la cuestión de que la ciudad que pinta, aunque ha pasado más de medio siglo, sigue siendo reconocible. Pasa el colectivo 60, las paredes dicen “Vote Frondizi”. Por primera vez la historieta argentina transcurría en este sitio familiar. Yo la leí cuando iba al colegio secundario, cuando salía en entregas. No sé dónde estarán hoy esos compañeritos de colegio con los que las leíamos, pero circulaba mucha historieta, Hora CeroRayo RojoMisterix, que tenía el aporte de los historietistas italianos que eran medio fascistoides, entre ellos Hugo Prat que dibujaba al Sargento Kirk, entre otras cosas…

-Antes hablaba de la aparición de los obreros, como Medardo Sosa o Franco, ese tornero pleno de recursos que salva el día en más de una situación crítica…

-Ahí Oesterheld evidentemente está leyendo la literatura de la resistencia peronista en forma directa o indirecta. Dice que se inspira en Robinson Crusoe, pero al mismo tiempo creo que está inmerso en una historia que es la que en el mismo momento estaba escribiendo Rodolfo Walsh. Walsh también hace un relato extraordinario, en el sentido de que lo cotidiano se corta por una disrupción. También es ahí cerca, en Vicente López, y casi en la misma época. Mientras unos jugaban a las cartas otros escuchaban una pelea de box.

De modo que hay que pensar juntos a Operación Masacre y a El Eternauta. Pero El Eternauta no es un escrito cristiano y yo diría que Walsh por momentos sí lo era. Los prólogos y epílogos que Walsh va agregando a Operación Masacre, como el de Aramburu, son los más ligados a una conciencia reparadora, a una reivindicación justa en la medida en que, aunque encarnan una violencia muy explícita, el tema que quiere resolver es tan importante y grandioso que la violencia aparece como una vía necesaria. Puede asociarse con el pensamiento de los santos, que no rechaza ser partícipe de una violencia reparadora, ¿no? En El Eternauta, más que la redención de los sacrificados -como en Walsh-, aparece el planteo de que esto es lo que ocurre siempre. La idea de un tiempo cíclico.

Los Ellos. Es un nombre magnífico, hasta es probable que sea una influencia de Borges eso. Y toma, respira, el clima psicoanalítico que había en Buenos Aires. Ya habían sacudido el cosmos, ya venían de lejos con sus tropelías. Lo que también sería una especie de alegoría de un superimperialismo, una suma de todos los imperialismos posibles.

Juan Salvo, a su vez, es un personaje tipo Ulises, rodeado por otros de tipo bufonesco. Cuando digo esto no sé si Oesterheld los había leído, pero leer no es tener un libro en las manos, es un clima de época. Oesterheld era una persona de lecturas: Defoe, Swift y las grandes novelas de ciencia ficción. Pero también respira el clima de lo que ya se insinuaba como un tercermundismo. Y hay que agregar que termina con algo que compromete su vida entera, él mismo se convierte en ese tipo de personaje y con el sacrificio de toda su familia. ¿Qué podía haber en Oesterheld de peligroso para el Ejército? Es difícil saberlo. Se dice que le hacen escribir algo, dibujar una historieta, cuando estaba secuestrado, algo como burla, o algo a favor del Ejército.

-En la primera parte el guionista de historietas sólo escucha al Eternauta, pero en la segunda ya combate a los invasores en esta Buenos Aires postapocalíptica. El personaje que antes sólo escuchaba se involucra.

-Más interesante era que sólo escuchara. La pregunta final de la primera parte, “¿Será posible?”, implica una duda interesante. Y creo que es una duda generosa hacia el lector, que ya sabe que está leyendo algo imposible pero si se le pregunta si es posible es porque es serio y podría ocurrir.

-Es cierto que en la década del cincuenta ya aparecen las primeras revistas de ciencia ficción en Argentina.

-Bueno, también está muy vinculado El Eternauta con el guión de La invasión que hacen Borges y Bioy en 1963 para la película de Hugo Santiago. Como relato de ciencia ficción argentino, a la par de El Eternauta, está totalmente politizado sobre la base de grandes metáforas y alegorías. Y  por un lado, tienen como objetivo llegar a los lectores pero no dejan de ser muy artísticas. La invasión termina con una batalla en Boca. Ahí los invasores son los racionalistas, que son dominadores sobre la base de la técnica y los que resisten son criollos que usan chambergo. Ahí tenés una alegoría a favor de la resistencia peronista hecha por Borges. Pero no es tan simple. ¿Quién sabe qué pensaron él y Bioy? Lo cierto es que hay una resistencia que se llama así y una invasión de personajes blancos, vestidos con pilotos blancos, con armas modernas y pensamiento racional, mientras que los demás son personajes orilleros de tipo borgeano que resisten la modernización, el desarrollismo.

Lo de Oesterheld también se puede entender como una alusión a la resistencia peronista. Y hay que verlo en relación a la correspondencia Perón-Cooke. Respecto de eso me parece importante la otra versión que hace Oesterheld, que publica en la revista Gente en 1969 con dibujos de Breccia. Ahí hay cambios importantes que no sé si están bien. Porque una vez que hizo ese arquetipo, esa maqueta tan perfecta, decide ir de la insinuación a la explicitación. Los dibujos de Breccia son magníficos pero a mí los de Solano López me parecen mejores. Esa dureza expresionista los hace superiores. Y eso, a pesar de que es menos dibujante que Breccia. Pero ahí las modificaciones que hace del guión parece que quieren dejar todo más claro. Por ejemplo, la cuestión militar, que es importantísima, porque de la nevada mortal se salva un sector del regimiento de Campo de Mayo que después se va a encontrar con el grupo de Juan Salvo. Ahí tenés la unión pueblo-fuerzas armadas, que para esa época no era inverosímil. El pensamiento peronista y algún sector de la izquierda iba por ahí. En la historieta hay un sector del Ejército que no era gorila y va con los sobrevivientes a esa gran escena de Plaza Congreso. Pero la nueva versión ya es estrictamente tercermundista, como si la hubiera escrito Lumumba. Y ahí el capitán discute con un teniente en las inmediaciones de River si avanzar hacia el centro o retirarse a la periferia. El teniente sostiene que la estrategia correcta es retirarse a la periferia e ir de la periferia al centro -o sea, hablaba como Mao Tse Tung- y al fin el capitán lo mata. Es decir, el Ejército no sigue las lecciones de Mao.

-Lucrecia Martel quiso filmar El Eternauta y una de las modificaciones que proponía en el guión era que no hubiera militares en la resistencia sino que fuera integrada sólo por civiles.

-Le quita el elemento picante que tenía el hecho de que hubiera militares. Lucrecia Martel ahora que hizo Zama parece que también transformó mucho el texto. Pero ella es tan buena que por ahí hace una cosa más interesante aún. También hay en ese absurdo personaje de Zama, que es contemporáneo a El Eternauta, algo de resistente.

-Frederic Jameson tiene una lectura de la ciencia ficción que dice que como género permite pensar, con eventos metafóricos específicos, cosas que otros discursos no pueden pensar. Él da el ejemplo de la telepatía como forma de comunicación que supera el ego y va hacia lo comunitario. Y es, dice, una metáfora que sólo la ciencia ficción tiene disponible. En ese sentido, nos preguntábamos qué cosas pudo pensar El Eternauta que no pudo pensar el discurso político del momento.

-Lo de la telepatía no es tan así. Tiene su fuerte presencia en todo el positivismo, como la hipnosis. Los positivistas no creían que la telepatía fuera ciencia ficción. Más allá de eso, está bien la observación de Jameson. Siempre dice cosas interesantes. Juan Salvo sabe lo que ocurrió en el cosmos cuando termina en el escritorio del guionista y lo cuenta como si su cabeza tuviera una premonición o una profecía. Entre profecía y telepatía no hay tanta diferencia. La telepatía es un elemento científico de los años positivistas y el positivismo es una ciencia ficción. Es más interesante como ciencia ficción que como herramienta para resolver problemas, si es que alguna ciencia resuelve problemas.

-¿Qué tipo de relación se puede pensar entre los géneros populares -ciencia ficción, historieta- y el peronismo? Pensamos en Walsh, por ejemplo, que circula por primera vez Operación Masacre en revistas -aunque nacionalista- y por entregas.

-No, no “aunque”. Si no hubiera sido una revista nacionalista como Mayoría no sé quién hubiera editado eso. En relación al folletín también está en La razón de mi vida. Yo te diría que todo el peronismo tiene esos elementos: la caída, el rescate, la resistencia. Es un folletín con sangre, con vidas reales y con un personaje como Perón, que es difícil de definir, porque tiene muchos planos: la severidad, la cachada, el Viejo Vizcacha, el comandante militar. En ese sentido hay mucho de folletín cristiano y evangélico también. La razón de mi vida encima tiene el elemento de no haber sido escrito por Eva. Esto es interesante porque ella hablaba un poco así pero al mismo tiempo su lenguaje fue creado por el folletín radial. Eva ve nacer buena parte de su discurso en esos guiones de Muñoz Aspiri. Habla así, ella tiene esa dicción declamativa y dramática, con un toque agónico.

Muchos peronistas dicen: ¿Cómo que no la escribió ella? Porque el peronismo es también una ficción respecto a la autoría. No sé quiénes son peronistas hoy, pero si uno ve a los que se dicen peronistas, tengo dudas de que hayan pensado este problema. Sin embargo, el problema central del peronismo es que los textos no fueron escritos por los que se los atribuyeron. Algunos sí son de Perón pero son más bien textos orales y después está la correspondencia con Cooke y los Apuntes de historia militar. Eso sí tiene su sello, se lo nota en seguida en las frases de carácter épico, sentenciosas. Y después hay una cantidad enorme de escritos que asume él pero no escribe. Ese es un acto muy importante: el jefe asume escritos, no es que es un plagiario. Asume escritos como si fuera el conductor que también asume las vidas de otros, la vida de los escritos de otros. La comunidad organizada es un texto que tiene muchas manos, incluso hasta hoy no se sabe quién lo escribió, aunque algunos se lo atribuyen a Carlos Astrada. Junto a La razón de mi vida son los dos grandes textos peronistas. Eso es un poco lo que tiene el peronismo, una autoría anónima asumida con nombre y apellido por las dos máximas figuras. Eso lo hace más interesante, no menos, como creen los peronistas literales.

-Queríamos hablar del homenaje que hizo la Biblioteca Nacional para el 50 aniversario de El Eternauta para el que se hizo ese “episodio perdido” titulado “La Batalla de la Biblioteca Nacional”.

-Esa es una vuelta que le dio Sasturain. En realidad debo decir que fue idea mía. Como Solano López iba a la Biblioteca le contamos el proyecto y él se dispuso a dibujar. Y Sasturain hizo el guión. Le pedimos permiso a Elsa, que se mostró muy favorable. Y salió muy bueno. Yo había pensado que los personajes fueran por el subte y llegaran así a la Biblioteca. Claro, como no estaba ahí todavía la línea H había que hacer dentro de la ficción otro viaje al futuro. La escena que más me gustó es cuando uno de los Manos muestra una serie de libros desparramados y están el Facundo, está Walsh, Martínez Estrada. Toda la batería argentina, de un lado y de otro. Y dice: “Claro, con razón ustedes son tan incomprensibles, miren lo que leen”. Esa fue una gran idea de Sasturain.

-Un comentario de alguien que vio el dibujo original dice que también aparece Cortázar, que después en la edición final no se ve porque queda tapado por un globo de diálogo.

-No lo recuerdo, pero el original tendría que estar en la misma Biblioteca, en la Sala del Tesoro. Me parece que Solano López lo dejó ahí. Yo no entré más. Para entrar te fotografían el ojo. Ahora dirigen todo los Manos, ahí triunfaron.

El gran paladín contra la miserabilización de la lengua política // Sebastián Scolnik

“Las palabras tienen la extraña característica de burlarse de nosotros, sus tímidos usuarios. Hay un momento en que se apoderan de nuestras pobres lenguas y nos abandonan como niños de pecho, dejando que las sigamos usando aun cuando poco o nada signifiquen”.

Horacio González

Tal vez, lo propio de todo esfuerzo militante, en sus primeros bosquejos y tentativas, sea la búsqueda de una lengua política. Toda una curiosidad voraz se vuelca sobre la pregunta de qué hacer con el idioma recibido, cuánto de ese vocabulario es capaz de nombrar algo de una experiencia que se resiste a todo intento de hacerla encajar en las talegas conceptuales heredadas. Y, sin embargo, las palabras de antaño no cesan de aparecer como un instrumental a mano, disponible para la cita dramática con la historia. Solemos actuar bajo el peso de la costumbre, apresados en una gramática que nunca sabemos de qué manera fue concebida, para dar cuenta de qué situación específica. Esa tensión entre el pasado y las exigencias del presente está latente en toda inclinación práctica, especialmente aquella que no se percibe como una terminal de los saberes emanados de las estructuras partidarias. La pregunta sobre aptitud de las palabras y los conceptos para alumbrar las cosas —expresando sus potencias veladas—, y la posibilidad de tomar los caminos inimaginados por las cartillas programáticas, es una investigación que emerge de las propias entrañas del activismo político. No hay moda, pero tampoco tradición, que resuelvan por sí mismas lo que toca pensar. Esta reflexión fundamental no es una indagación sobre el mundo en general sino un pensamiento sobre sí mismo en el mundo, un autoconocimiento, exigido por las circunstancias concretas en las que se actúa; entre la urgencia de una situación desesperada y la opacidad de una época oscurecida por unos poderes que es necesario enfrentar.  

Atrapados en esos dilemas, promediando los años noventa, conocimos a Horacio González. Con su pintoresca figura deambulaba incesante por los pasillos de Marcelo T. De Alvear 2230, la vieja Facultad de Ciencias Sociales, munido de abundante bibliografía debajo de uno de sus brazos (que se relevaba con el otro cuando el peso de los libros y el andar fatigaba el cuerpo), y también por los bares que circundaban el edificio. Siempre conversando con ocasionales transeúntes o amistades con las que se proponía elaborar el sentido confuso y abierto de las cosas. Las mesas de bar eran verdaderos laboratorios donde los hechos y sus significados se hendían abriéndose a una perturbada indagación. En sus clases y en las célebres y recurrentes “mesas redondas”, Horacio frecuentaba el problema del lenguaje con minuciosa obsesión: para señalar sus compromisos con el cientificismo y la teleología progresista, con la lógica comunicativa y dineraria, con el utilitarismo eficientista, con la obediencia teológica y con las tentaciones de replicar las categorías abstractas que se multiplicaban en las citas autorales de la hora. Vicios y comodidades de la lengua académica y las jergas políticas. Lo hemos escuchado hablar de estos temas en múltiples encuentros, allí donde las juntadas no tenían el fatídico destino de organizarse en torno a las carreras personales ni a la acumulación de prestigios. Toda una gratuidad de la conversación se desplegaba alrededor del problema —fundamental para González— del habla política. Pues no habría, creo que pensaba el profesor, lucha valedera si esta no era capaz de nombrar los desgarros y deseos populares acudiendo a una renovada imaginación conceptual y poética. De ahí la politicidad de la lengua: de su forma de enlazar una voz colectiva tramada por los retazos de un archivo —al que había que rescatar de la tentación fetichista— y de la palabra crítica que surge de la incomodidad con la propia certidumbre que siempre nos ofrece cierta consistencia: algo abollada, sí, pero en general poco permeable a revisar los supuestos que la constituyen.

Escucharlo hablar, lo dijimos alguna vez, tenía algo de lisérgico. Uno debía entregarse al ritmo de conexiones insólitas entre problemas o campos de la experiencia sin relación aparente hasta que el chispeante orador nombraba algo que nos dejaba atónitos. Un vínculo entre órdenes heterogéneos que brillaba como un fogonazo del que no nos podríamos deshacer fácilmente. Esas convergencias entre partes distintas nos conducían a pensar que no había nada que pudiera sostenerse por sí mismo. Todo un andamiaje se revelaba por debajo de las evidencias cuando el punto de vista desde el que se pensaba era capaz de romper las clasificaciones disciplinarias o las especializaciones profesionales.

Para un grupo de jóvenes militantes universitarios, que oscilábamos entre la incredulidad y el ritualismo, estas cavilaciones retóricas suscitaban cierto recelo. ¿Estábamos ante un preciosismo estilístico que desviaba la atención respecto al núcleo último y acuciante de las luchas? ¿Era esta propensión al “barroquismo” un ejercicio de dandismo lingüístico o se trataba de otra cosa?  No es que el discurso político pueda prescindir de la belleza y la emoción que trasmiten las palabras. Tampoco de la profundidad de lo que nombran ni de su carácter indeterminado. El consignismo reiterativo y desencarnado siempre fue un modo de empobrecimiento que destruye la relación de la palabra con el pensamiento político. Después de todo, nos formamos en las lecturas de los libros de José Carlos Mariátegui, en las correspondencias y los apuntes de John William Cooke y también leyendo y discutiendo “La izquierda sin sujeto”, el vibrante ensayo de León Rozitchner. Todos textos también frecuentados y enfáticamente comentados por González. No puede decirse que se tratara de escritores pobremente consignistas ni entregados a sistemas categoriales simplificados. Más bien estábamos ante un refinamiento en el lenguaje y una sutileza en los conceptos en cuya entretela podía vislumbrarse aquello que algún día, finalmente, creímos comprender de las enseñanzas de Horacio: no hay lucha realmente efectiva si, al mismo tiempo, no se puede atravesar la complejidad de los mecanismos de sujeción, expresados principalmente en el lenguaje y las derrotas que suponen su reiteración mecanizada, confrontándolos con las formas sensibles y la lucidez que surgen del antagonismo y la disidencia. La escritura es también el campo de expresión de esa politicidad cuando logra atravesar las obviedades que los grandes aparatos del poder y del saber profesan; esas sentencias ruines a cuyos designios solemos entregarnos dócilmente.

Decir lo que se siente y creer en lo que se dice es el índice de evaluación de que la cosa va en serio. Ni pirueta discursiva, ni oropeles retóricos, ni parloteo grandilocuente. Tampoco recitados manualescos ni lisonjeras apelaciones a las tradiciones o adocenados fraseos provenientes del recetario de la corrección política.  Es necesaria una austeridad del lenguaje que señale que entre la palabra y la experiencia hay una correspondencia compleja que debe ser elaborada con la atención más dedicada. Tanto para evitar los atajos lingüísticos que suponen que los problemas se resuelven con solo nombrarlos, como para desandar ese relativismo que surge de la conversión de las palabras en mera equivalencia dineraria (circulante a través de los proliferantes mecanismos de propagación) que se despliegan autonomizadas de sus efectos concretos o de lo que sugieren esos enunciados. Una reivindicación política de la palabra vívida contra el vaciamiento y la instrumentalización del lenguaje.     

La insistencia gonzaleana era siempre fuente de intranquilidad. Porque no se trataba de festejar sus ocurrencias ni de emular su estilo, como si la singularidad de un pensamiento sofisticado fuera una aplicación que puede descargarse en el propio fraseo. Lo que su preocupación nos mostraba era que había que liberar el lenguaje de sus compromisos con la época, con los automatismos técnicos, jurídicos, burocráticos, mediáticos y políticos, para que las palabras pudieran rescatar a las cosas del fatigoso andar que corroe el tejido sensible del conocimiento.

Si nada es lo que parece, los hechos y las palabras precisan se recreados en nuestra propia experiencia. Porque, al fin de cuentas, el pensamiento es sobre todo una pregunta por quiénes somos y qué sentimos cuando somos hablados por el discurso disponible. O, en su reverso, cuando tomamos la palabra para nombrar eso que no sabemos bien como decir y que nos desafía en el núcleo íntimo de nuestras certezas. Solo hablando y escribiendo de otra manera sabremos quienes somos, lo que necesitamos y lo que podemos ser. De ahí la gran intuición del profesor González: la política emancipatoria es un llamamiento a asumir esos lugares oscuros en los que estamos atrapados cuando vivimos, sentimos y hablamos como si se tratara de planos independientes de la existencia. Lenguaje encarnado, siempre solemos decir para referirnos a la palabra considerada como algo más que un fenómeno de recubrimiento superficial. Un encadenamiento sonoro que surge de la materialidad de la experiencia, haciéndose cargo de la vacilación, pero también de la fuerza que surge de afirmar modos de vida.  

Qué pensaría Horacio…

Varias veces, perplejos por las distintas circunstancias que nos tocó atravesar en los últimos años, nos preguntamos qué pensaría González de tal o cual cosa. Tal vez porque echamos de menos su mirada que siempre ponía un ángulo impensado en la conversación, o porque seguimos haciendo el ejercicio de tener presente sus modos de razonar, como si estuviera acá, con nosotros. Y abusando de esa arbitrariedad, la de conjeturar lo que diría (o atribuirle lo que necesitaríamos escuchar de él), acudimos a ciertas marcas de su pensamiento. No para darnos citas de autoridad, sino para construir la fuerza que necesitamos cuando hace falta un coraje, que no siempre tenemos, para pensar problemas y decir las cosas que sentimos que hace falta decir. 

Así, lo supuse perturbado con la proliferación de categorías infinitas, muchas veces provenientes de las más altas academias mundiales, para clasificar las distintas formas de la existencia colectiva. La lengua clasificatoria acude presurosa frente al vacío de la palabra política. Y en esa sustitución, el sujeto político se transforma en sujeto de “derecho”, enclaustrado en una identidad cerrada sobre sí misma. Donde hay una etiqueta nace una “reparación”.

Lo noté ofuscado con la apropiación del vocabulario de la emancipación por parte de las fuerzas del orden, el despojo y la sumisión. También con el compromiso de ciertas capas dirigenciales con destrucción de lo público.

Lo imaginé incómodo con el retorno litúrgico de las simbologías de los ciclos políticos anteriores. Al peronismo, creo, lo hubiera supuesto como punto de partida y no como un límite perceptivo o la cristalización de una experiencia. Su imagen era la de un nuevo frentismo social y político que conociera sus capacidades y desplegara sus potencialidades en su propio devenir. Ese tránsito, regido tanto por la reelaboración de los mitos como por la recreación de los nombres, tiene más de incierto que de culto y reiteración. Pues el compromiso militante requiere abordar estos problemas sin suponer que los fantasiosos atajos imaginarios o las alquimias electorales (sostenidas en la propensión carrerista y los diseños de la política profesional) resolverán lo que toca asumir, todo aquello que se cifra en un tiempo que reclama nuevas osadías. 

Asistimos a una vertiginosa metamorfosis en las formas sociales. La trampa tecnológica se ciñe sobre nosotros colocando nuestras vidas como mera prolongación de plataformas y soportes automatizados. La distribución algorítmica de gustos y consumos nos convierte en eslabones inertes de un sistema pasivo de vinculación con el mundo. No hay mezclas ni conversación que no esté regida por nuestro propio encadenamiento al trabajo, al tiempo productivo, al agobio mediático, a la soledad y la dispersión. Ni siquiera contamos con las palabras para hacer frente a este abismo. ¿No sería, acaso, el nombre peronismo una conexión con esa angustia antes que un festival de selfies en la casa de la conductora? Los grandes movimientos populares siempre han establecido una línea de fuga respecto a su destino prefigurado. Sin transigir en la resistencia a la violencia técnica, jurídica y financiera, ni a los personajes abyectos que la encarnan, es necesario recrear una imaginación política, conceptual y narrativa.

No sabemos si Horacio pensaría todas estas cosas del presente. Pues siempre nos ha sorprendido con sus modos de elaborar el sentido de un ciclo histórico. Por debajo de las coyunturas, hacía emerger una perspectiva insólita, en cuyos filamentos se desgranaba su propia incomodidad con la situación. Pero, cuando no sabemos cómo pensar y como actuar, recordamos a este gran paladín, quien concibió la lucha por la justicia y la dignidad como una lucha contra la miserabilización de la lengua colectiva.  

*Este texto comenzó a escribirse en las vísperas del 22 de junio de 2025, fecha muy especial para tantos amigos y amigas. Las dificultades para dar con las palabras y para sobreponerse al tiempo que requiere la gestión de la vida cotidiana, demoraron su concreción. Tal vez estos obstáculos sean el síntoma del atolladero en el que nos encontramos, al que no desanudaremos si no somos capaces de enfrentarlo colectivamente, revisando nuestros propios compromisos y ataduras con el mundo contemporáneo.

Buscar una salida donde no la hay // Diego Sztulwark

Los ensayos que conforman este libro buscan orientación en donde no la hay. Spinozistas, pretenden recobrar la creencia en los cuerpos y afrontar la dificultad de reunir las propias fuerzas dispersas, resistiendo a la corrosión del lenguaje y la descomposición política. Afrontar la impotencia generalizada apelando a la fuerza de existir. Se esfuerzan por describir en voz alta los términos de una trampa. Sin ese poder de búsqueda, decía Ernst Bloch, no hay como “traspasar” verdaderamente el estado presente de las cosas y dar su “concepto combativo” a un nuevo posible.

El militante bolchevique Victor Serge reconoció el peso que tuvo en su formación cierto  sentimiento de extrañeza hostil hacia quienes logran instalarse en el mundo con comodidad. Experimentaba una “imposibilidad de evasión” que lo empujaba a luchar, kafkianamente, por una “evasión imposible”. Creer en los cuerpos supone introducir el absurdo –porque la vida excede la teoría–, asumir la adversidad –no hay armonía preestablecida–, así como dotarse de una subjetividad frente los poderes espectrales que enmudecen la potencia y la aprisionan. 

Buscar orientación supone, en este caso, situarse en el laberinto en el cual la sensibilidad y la dignidad de las cosas –humanas y no humanas– resultan recubiertas por una imperceptible película fantasmagórica que las lleva a moverse según las leyes del discurso económico. La trampa, espectáculo y desecación, concierne al gobierno de la producción de las riquezas que acude cada vez más a migraciones forzadas, comandos algorítmicos y patentamientos de los bienes comunes; a murallas, deportaciones y extractivismos; a masacres, limpiezas étnicas y a la amenaza del poder nuclear. Fetichismos y despojos. 

El laberinto y la trampa configuran una situación política caracterizada por el antagonismo con las fuerzas capaces de poner en marcha prácticas reparadoras. La agresión a toda mediación pública vinculada a la reproducción social, el vaciamiento de las instancias comunes y la verticalización del mando en la producción inducen un colapso de la cooperación social y un devenir fascista del mundo de la vida. La ascendente extrema derecha no es sino una puesta en escena torpe y atolondrada de una pseudo-revolución que se regodea en la catástrofe (regodeo desafiado en varias partes del mundo, sin que esos desafíos se propongan necesariamente proyectos emancipadores).

Al momento de redactar estas líneas no es posible eludir la palabra “fascismo”, que aquí nos ocupa como deriva inmanente de un neoliberalismo en crisis. No como retorno o copia de un fascismo de otro tiempo, sino como impotencia programada entre quienes odian a la explotación y la miseria de un capitalismo exasperado y decadente. Con el objetivo de despejar dudas se puede acomodar el nombre: neofascismo, fascismo postmoderno o fascismo 2.0. Lo que no se puede es restar gravedad a un proceso políticamente organizado de demolición de las capacidades perceptivas que permiten realizar lecturas –individuales y colectivas– de lo que nos ocurre. 

Más que un partido político o una formación bélica del siglo XX, lo fascista actual es un poder aceleracionista de los capitales y belicoso de los Estados, cuyo efecto es la inhibición de dimensiones de la sensibilidad sobre las que se organizaron en el pasado los contrapoderes y las respuestas colectivas. Fascistización es desertificación naturalizada y esterilización de la creencia en los cuerpos como instancia de comprensión crítica y de creación de estrategias sociales. Es endurecimiento en bloque de cualquier devenir, de cualquier verdadera ironía. Es corrupción de las palabras que podrían ayudarnos a desplegar una defensa efectiva.

 

Más que un partido político o una formación bélica, lo fascista actual es un poder de inhibición de dimensiones de la sensibilidad sobre las que se organizaron en el pasado los contrapoderes y las respuestas colectivas.

 

héroe de la sensibilidad
 

Kafka como estratega. La esperanza para él es pequeña y absurda, pero el héroe no renuncia a ella. No se deja amedrentar por su falta de comprensión de lo que le sucede. Por el contrario, busca reunir la desesperación de una vida que se sabe entrampada con una práctica de lectura de los signos ambiguos que organizan confusamente la situación. Los de Kafka fueron los años de juventud de la guerra europea, de la revolución y del fascismo. Entre estruendos, el escritor se volvió un solvente abogado defensor de la creencia en las cosas sensibles. Sus diarios y sus cartas, textos privados (íntimos) son medios para descubrir el cuerpo como fuente de significaciones. Su obra es un compendio de ejercicios de micropolítica: una analítica de las fuerzas que constituyen la existencia –la técnica, la burocracia, la guerra, el amor, el matrimonio, la paternidad, la familia, la religión, el trabajo–, realizada bajo la premisa de la no separación entre afecto y lenguaje. Llamó literatura a esa incesante evaluación, y suscitó en el lector una actitud suspicaz. En Kafka la potencia no es nunca dada de antemano: brota de la imposibilidad. Como estratega fue un hombre político. 

Leer a Kafka desde la Argentina actual es algo que se me impuso como una necesidad. Leer la Argentina actual desde Kafka fue el resultado de un rodeo, de una reflexión nunca del todo solitaria, casi siempre cotejada en grupos. Kafka fue, en estos años, un recurso para impedir que la tristeza política aplaste energías existenciales. David Viñas dijo entre risas que la K de Kafka ofrecía posibilidades críticas, modos de compromiso no oficialistas. Siguiendo esa indicación, la lectura afronta los motivos de la espera y la condena, del sujeto ante la ley y de la inscripción maquinal de la letra en el cuerpo como tormento, sobre la esterilidad de las retóricas y voluntarismos, sobre los modos de conocer propios del extranjero y de quien migra, en una rigurosa y por momentos desopilante puesta a prueba de gestos y palabras. Como dijo Camus, lo asombroso en Kafka es la falta de asombro de sus personajes ante el absurdo.

El héroe que actúa sobre fondo de lo popular disperso no se sumerge en la melancolía ni se paraliza por la ausencia de entusiasmo revolucionario. Se rebela ante la conjugación de la potencia en tiempo pasado. Es cierto que carece de la fuerza necesaria para transformar la situación injusta y opresiva contra la que se rebela. Que no dispone de súper poderes (no es un superhéroe). Si asume el riesgo de agitar un conflicto cuyas derivas no sabe prever, es porque sabe que no hay más salida que suscitar una lucidez y unas fuerzas que sólo pueden provenir del medio natural y social que habita. Lo heroico es, pues, la decisión de movilizar nuevos afectos, en sentido opuesto y más fuerte al que nos detiene. El militante es un ser entre potencias pasadas y futuras.

 

El héroe que actúa sobre fondo de lo popular disperso no se sumerge en la melancolía ni se paraliza por la ausencia de entusiasmo revolucionario. Se rebela ante la conjugación de la potencia en tiempo pasado.

 

la metamorfosis y el temblor
 

Un diario político de la perplejidad es también una praxis belli. La descomposición de un orden –que abarca un cierto modo de concebir la democracia– viene de lejos. En Argentina la crisis de 2001 fue un aviso y en cierto sentido una oportunidad perdida. Toda descomposición libera materia con la que ensayar nuevas composiciones. Hay, por tanto, un valor creativo en las ruinas y en los restos. Los sujetos de la crisis fueron en su hora leídos como víctimas del neoliberalismo, y no como términos desde los cuales experimentar una recomposición popular posible (un nuevo intento de creer en el mundo). La experiencia política posterior habló de los derechos de esas víctimas, pero se privó de la fuerza que la crisis desde abajo había desatado. La descomposición neoliberal carcomió ese tipo de habla –que muchos llaman hoy progresista, y que en sus formas más caricaturales devino arrogancia prescriptiva– y dio rienda suelta a su propio desparpajo. 

Hay todo un modo de agarrarse a categorías para soportar lo que el temblor tiene de refutación política. Hay también un modo de reducir el estupor a lo ocurrido en el país desde el arribo de la ultraderecha al poder. Son formas de eludir el dolor y la desorientación que genera la presunción de que ciertos modos de hacer política, que en el pasado se consideraron garantías de antifascismo puedan haber contribuido –aunque solo fuera por efecto de una subestimación, y todos sabemos que fue más que eso– a la gestación de lo odiado. La indignación sin lucidez combativa se torna complacencia. Por el contrario, lo que tambalea y causa temor, es también aquello que da lugar a una puesta en desafío, que nos devuelve a la conciencia de ser cosa entre cosas. Ritmo, duración. La comunicación con las fuerzas del tiempo viene del movimiento. El “movimiento real”, del que hablaba Marx, nos delimita como seres capaces de registro, de reflexión y de sorpresa. El temblor como retorno del cuerpo –y al movimiento– frente al estupor y el aplastamiento organizado.

Se ha insistido mucho ya: la pandemia, la precarización social, las nuevas mediaciones digitales, desplazamiento del eje del mercado mundial hacia oriente, la farsa política, la brutalización y la desigualdad social son factores a considerar para entender la metamorfosis padecida. Como Gregorio Samsa, estamos forzados a descubrir las posibilidades de este nuevo bicho en que nos hemos convertido. Una manera entre otras de comenzar la indagación es seguir un rastro. Las entradas del diario que pueblan las páginas de este libro intentan remontarse a las escenas que anunciaron hasta qué punto nuevas fuerzas golpeaban a la puerta. Elijo comenzar por el intento de asesinato a la entonces vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner ocurrido el 1 septiembre de 2022. El arma que falló, trastocó el crimen político en una performance. La imagen de la acción se difundió agrietando el lente con el que observábamos la realidad política. La reacción posterior, no alcanzó a revertir la sensación de abismo. De pronto se hizo evidente que una fosa separaba las representaciones políticas del período, del humor social (Maquiavelo decía que la ciudad estaba atravesada por “humores”, o deseos relativos a las relaciones de dominación).

Lo que vino luego, la impotencia política generalizada frente a las primeras iniciativas del gobierno de la extrema derecha no hizo más que despejar toda duda sobre la profundidad de la descomposición en curso. La ola ultra reaccionaria, lo sabemos, no es sólo un fenómeno supranacional. Es imposible caracterizar la sincronía entre las diversas ultraderechas sin considerar al detalle una historia social y política local. La mutación a la que asistimos, surgida de décadas de agresividad neoliberal, dio lugar a un cambio de humor. La capacidad del mileísmo para escenificar políticamente la humillación, la frustración y el malestar no se explica sin el bloqueo progresista previo. De ahí que la expresión “derechización”, que la política emplea para describir el cambio en la sociedad, suene demasiado autocomplaciente. El declive de la sociedad neoliberal, la fascistización de los resortes de poder, el desprestigio de los discursos igualitaristas, la forma paranoica que adopta la incapacidad del hacer común, resultan incomprensibles sin considerar los puntos ciegos del orden político previo.

Guerra racista global // Franco «Bifo» Berardi

Durante la última década, he usado con frecuencia el término «guerra civil global» para describir la tercera guerra mundial que se ha estado gestando desde 2022 y que se declaró oficialmente el primer día del verano de 2025.

Pero me equivocaba. No hay nada de civil en esta guerra fragmentada y omnipresente.

Una guerra civil es un conflicto en el que chocan dos ideologías, como en la Guerra Civil Española de 1936-1939.

Aqui no hay ideologia, solo ferocidad.

En 2022, comenzó la guerra interblanca: el nacionalismo ruso, provocado por el imperialismo de Biden, atacó a Ucrania, y la Unión Europea entró en una crisis terminal: la democracia liberal se defiende con una militarización acelerada del autoritarismo que se extiende dentro de las fronteras europeas.

Pero mientras Europa se desintegra, el genocidio desatado por Israel ha inaugurado la guerra global, y en los últimos meses ha salido a la luz la verdadera naturaleza de la guerra que probablemente está destinada a destruir la civilización.

Esta guerra no tiene características humanas: es feroz porque es propiamente bestial, en el sentido de Liu Cixin, quien en El Bosque Oscuro hace decir a Thomas Wade: «Si perdemos nuestra humanidad, perdemos algo; si perdemos nuestra bestialidad, lo perdemos todo».

Las bestias sionistas han logrado arrastrar al mundo a una guerra cuya naturaleza es racial.

Guerra racial global: esta es la abominación a la que el nazismo, resucitado con Israel, ha arrastrado al mundo.

En esta guerra, el genocidio se convierte en la norma. Gaza fue el primer capítulo, ahora le toca el turno a Irán: un país de noventa millones de habitantes que ha sido víctima tanto del colonialismo como del fundamentalismo islámico desde 1953, cuando el presidente democráticamente elegido Mossadeq fue ahorcado por intentar nacionalizar el petróleo arrebatándoselo a las empresas occidentales.

No creo que haya salida a esta guerra, no creo que la humanidad salga viva de ella.

Esta guerra es el último aliento del león colonialista, moribundo, pero aún capaz de aniquilar la vida en el planeta. Su naturaleza es, por lo tanto, esencialmente racial: la senescente raza blanca utiliza toda la fuerza de su exterminio para impedir que el frente de los nacionalismos revanchistas del sur conquiste el dominio sobre recursos cruciales.

En una entrevista con el Corriere della Sera, a la pregunta: «¿Por qué Israel puede tener la bomba atómica y los iraníes no?», Benny Morris responde: «Porque somos una sociedad democrática occidental y ellos un régimen islámico mesiánico y fanático».

Esto significa, en realidad: porque formamos parte de la raza blanca dominante y ellos son esclavos negros por naturaleza y destino: una respuesta hitleriana.

¿Qué podemos esperar en el futuro próximo?

¿Cuál será la respuesta de las personas no blancas en todo el mundo?

Temo que la respuesta sea el regreso del terror a una escala nunca antes vista. Y creo que las metrópolis occidentales serán el principal escenario de este terror.

Por otro lado, el terror que se avecina está inscrito en la existencia de la mayoría de los seres humanos: ya no tenemos vida que vivir, la guerra está destinada a precipitar el colapso climático y a empobrecer a la sociedad ya empobrecida por el neoliberalismo. Millones de personas en todas las ciudades del mundo se preguntarán: ¿por qué sobrevivir en la humillación y la miseria?

Hoy más que nunca, desertar es la única vía de escape posible para la humanidad. Minimizar la relación con la sociedad brutalizada, minimizar la necesidad de interacción económica, sobrevivir en escondites que puedan proteger nuestra existencia del horror en el que la historia está llegando a su fin.

Deserción frugalidad amistad para sobrevivir mientras la historia humana termina en horror.

El presente se organiza desde Gaza // Diego Sztulwark

Peter Pal Pelbart
Bombardeo sobre Gaza. Foto: AFP
Benjamin Netanyahu y Javier Milei.

Notas sobre Spinoza desde la óptica de Pablo Mendes // Grupo de lectura de los lunes*

Tras enterarnos del fallecimiento de nuestro querido compañero Pablo Mendes, desde el grupo de estudio sobre Spinoza recurrimos a las grabaciones de los dos últimos encuentros de los que participó Pablo y compusimos estas notas que subrayan su participación, habitualmente marcada por su interés en los aspectos  teóricos útiles para la acción concreta. Además de la dimensión técnica y estética propias de la formación personal de Pablo, resaltaba en sus intervenciones, una fuerte vocación ética y política.


Notas del lunes 12 de mayo
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Leemos: el orden y la conexión de la idea es igual al orden y conexión de las cosas. Tratamos de entender: la potencia de la naturaleza de obrar es igual a su potencia de pensar. Spinoza agrega que un cuerpo no limita nunca a una idea y una idea nunca limita a un cuerpo. Y pone el ejemplo la idea del círculo que podemos definir, y el círculo que podemos trazar en la arena. Se trata, nos dice, de un mismo círculo al que podemos aprehender ora como idea, ora como cuerpo.

Pablo Mendes, integrante de grupo, toma la palabra: “Está buenísima esta formulación sobre la potencia de obrar y de pensar, porque permite reunir la potencia con la Causa de Si. Ayuda a plantear el problema en Spinoza de una inmanencia entre Dios-naturaleza y Mundo sobre el plano de la existencia”. En la medida en que ese Dios Naturaleza se causa enteramente a sí, podemos pensar el mundo como aquello que se sigue necesariamente de ese movimiento de auto-causación sobre el plano de la existencia.

Esta base firme de la existencia coincide con la potencia de pensar que la acompaña, haciendo posible conocer incluso aquello que no se da de modo directo en la experiencia: al pensar algo por su potencia, se accede a una especie de eternidad.

Pablo concluye que si un cuerpo tiene un modo de existir en la duración; tiene al mismo tiempo la posibilidad de acceder a una idea eterna de sí mismo. Y puesto que en lo eterno nada pierde su potencia, pues la potencia del Dios-Naturaleza nunca disminuye, esa idea de sí mismo podrá permanecer aun cuando ese cuerpo ya no se encuentre en la duración. En el plano de la duración, la potencia de ese cuerpo fluctuará de acuerdo a sus afecciones, y esas fluctuaciones se expresarán en él bajo el modo de mutaciones que sufrirá a lo largo de una vida, sin por eso alterar su grado de potencia característico: “supongamos que esta mesa deja de existir, tenemos derecho a imaginar que ni bien se den las condiciones para ello, ella podría volver a existir. Esta es la idea que me hago de una potencia eterna”.

Nos preguntamos lo siguiente: cuando Pablo afirma que podemos conocer la potencia de una mesa que tenemos ante nosotros como un objeto físico que forma parte de nuestra experiencia, ¿estamos al mismo tiempo ante la posibilidad de acceder a la idea de la mesa tal y cómo existe eternamente en el Dios-Naturaleza? Parece que Pablo plantea que la idea que pensamos puede coincidir con la idea tal y como existe en la eternidad.

Pablo confirma que eso es exactamente lo que quiere decir. No es sólo que entiende así lo que dice Spinoza. Es también que a él le resulta un hallazgo pensar así.

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Notas del lunes 19 de mayo.
Leemos un comentario de Deleuze sobre Spinoza: “Un ser finito no existe bajo su propia esencia o potencia sino en virtud de una causa externa, no por ello deja de tener una potencia. Aunque esa potencia necesariamente es efectuada bajo la acción de causas exteriores”. Y bien ¿en virtud de qué condiciones le atribuimos un ser finito, incapaz de existir por sí mismo, una potencia de actuar idéntica a su esencia? La respuesta de Spinoza parece ser esta: “Afirmamos la potencia de un ser finito en la medida que consideramos este ser como la parte de un todo”. Y el mismo razonamiento vale para la potencia de pensar: “Atribuimos a una idea distinta una potencia de pensar pero solo en la medida que consideramos esta idea como la parte del todo, como el módulo del atributo pensado o como la modificación de una sustancia pensante que por su cuenta posee una potencia infinita de pensar…»

Nos preguntamos por la fuerza con que un ser finito persevera en su existir. ¿De dónde surge? Se trata, pensamos, de un ser que está preservando su potencia de vivir, lo que de algún modo quiere decir que ese ser está también de algún modo ya muriendo. ¿Es contra ese morir que el viviente se preserva, contra él persevera? Surgen al respecto dos razonamientos: por un lado, Spinoza dice que no es propio del ser viviente libre meditar sobre la muerte. Su meditación, se dice en Etica, es siempre sobre la vida. ¿Qué es lo que hace que pensemos en la muerte? Pero por otra parte, y olvidando por un momento a Spinoza: ¿a qué le llamamos exactamente “morir”? Si atendemos a que la vida pudo ser concebida como una suerte de resistencia frente al estar muriendo que le es propio, quizá podamos pensar que la vida es el ser capaz de seguir extrayendo un poco más de vida a la muerte. Si la vida fuera una conquista incensante de tiempos de existencia sobre un fondo mortalista, podríamos volver a Spinoza pensando que no hay que distraerse pensando en ese fondo, sino en las fuerzas que debemos extraer para nosotros sin interrupción. Desde ese ángulo podemos decir que nada nos está garantizado por alguna trascendencia. Quizá podamos decir que en la vida logramos siempre obrar una vez más, leer un libro más, tener una conversación más.

Descubrimos aquí la vitalidad de la cautela spinoziana. La ética como un aprendizaje y un principio de selección de los afectos alegres que surgen de cierto encuentros mundanos. No se trata sólo de evitar los encuentros que descomponen nuestras relaciones constitutivas. Se trata también, y sobre todo, de multiplicar los afectos que expresan nuestro poder de existir. La filosofía de Spinoza es un arte de las distinciones.

En otras palabras, encontramos en Ética una suerte de enseñanza del recurso pugilístico del saber «tomar la distancia». Spinoza como maestro en el arte de los aproximamientos. Aproximar, distanciar; acercar y reunir, discociar y diferenciar; arrimar y tantear; substraer y observar. Es este arte el que junto con Pablo y otrxs 26 compañerxs, nos reunimos desde hace meses a compartir estas lecturas.

En buscar incrementar nuestra potencia de afirmación y de cooperación.

Retomamos la lectura: Los seres finitos son condicionados, en tanto somos modificaciones de la sustancia o somos modos del atributo. La sustancia, por su parte es la totalidad incondicionada porque posee la infinidad de las condiciones. Y los atributos, por su parte, son las condiciones comunes, comunes a la sustancia que las posee colectivamente y a los modos que los implican distributivamente. Dios comunica a las criaturas mediante sus propios atributos, como condiciones comunes, la potencia de que las criaturas son provistas.

Se plantea la pregunta por cómo experimentamos, en tanto seres finitos, esas condiciones comunes. Surge la pandemia de los años recientes como campo de experiencias. Esa amenaza de muerte masiva, que fue superada por un esfuerzo de comprensión, de investigación, de cuidados. Ese esfuerzo supone un concatenamiento, una composición sin la cual los seres finitos que somos no podríamos quizas protegernos. El ejemplo de las vacunas remite a una cooperación intelectual de alcance trasnacional, que supone una cierta captación del orden y conexión de las cosas. Un orden que está, por cierto, políticamente manipulado, que gestiona la cooperación según los requisitos de ganancia.

Toma la palabra Pablo (que participa por zoom): “¿Se me escucha? Se me está explotando la cabeza Diego, con esa idea que me está pareciendo increíble. Que aparece en el ejemplo, pero que aparece también en lo que decías también de la potencia de pensar. La importante distinción entre capacidad de crear una idea y el hecho de que esa idea participe de una cierta potencia de pensar. Si hay un conjunto de cerebros –por ejemplo, unos científicos, ciertos laboratorios– que son capaces de comprender como funciona un organismo para anteponerle una cuestión química que le disminuya su existencia es porque hay una potencia de pensar; lo que me resulta muy interesante, como novedad de lo que estamos planteando, es esta distinción entre formación en el atributo de las ideas y la potencia que ellas pueden adquirir. Me parece que ahí hay algo que, no sé, me activa una línea que no la tenía”.

Retomamos una frase leída para extender un comentario: “todo modo finito tiene una potencia propia, idéntica a su esencia…». Parece que Spinoza cree que esta potencia propia está en la base de un derecho propio puesto que en otro lado ha escrito que el derecho de un existente es igual a su potencia. Se plantea un problema sobre cómo se accede a la propia potencia. Porque si la potencia es de obrar y de conocer, y de ella depende nuestro derecho, es fundamental saber cómo vamos a conocer y a acceder a nuestra potencia, que por cierto no nos es dada de modo inmediato. Deleuze propone pensar la potencia –el grado de potencia de cada quien– como un grado, una cantidad intensiva específica, que posee una suerte de umbral de máximo y de mínimo. Un cierpo espacio no extensivo que siempre está colmado, pero que puede llenarse de ideas adecuadas o inadecuadas.

Toma la palabra Pablo: “Sí, sí, está clarísimo. Es el hecho de que el modo no es causa de sí mismo. El modo está determinado por un contexto. Un contexto que, en realidad, es muy mucho más grande que él. Ahora, el modo tiene una potencia actual de existir. Y en el marco de esa potencia actual de existir, puede sufrir pasiones o acciones”. Pablo explica que la naturaleza es ese contexto mayor, que actúa sobre cada quien de un modo siempre superior a sus fuerzas, poniendo a prueba su poder de existir: “Puede sufrir pasiones o propiciar acciones. Ahí su potencia de pensar y de potencia de actuar se corresponden simultáneamente, disminuyendo o bien aumento de su potencia”.

Continuamos la lectura de Deleuze: «En Spinoza, la participación siempre será pensada como una participación de potencias, pero la participación de potencias no suprime jamás la distinción de esencias».

Comentamos: parece ser entonces que las potencias infinitas del Dios-Naturaleza no borran sus respectivos grados o partes intensivas, que son a su vez esencias. Este comentario recuerda la sorpresa que exponía el filósofo argentino León Rozitchner sobre el hecho de que una porción de materia del universo sea “yo mismo”. Ese yo subjetiva una parte irreductible, absoluta. Pero que sólo existe tomada en función de otra dimensión relativa de eso, es que eso no existe sino en relación con otras cosas.

Pablo: “-Diego, ese es el ejemplo, el mejor ejemplo de la potencia de pensar. Porque en algún momento todos nos preguntamos eso: ¿cómo es que yo soy yo y no soy otra cosa? Y esa pregunta remite la potencia de pensar, la pregunta. Al origen. Ahí se abre algo que puede como terminar siendo una gran filosofía”.

Nos preguntamos si este yo que se descubre en el modo del asombro es el que, por medio de preguntas, puede fundar un comienzo de un filosofar. ¿Puedo llegar desde mi a la causa de si y al Dios-Naturaleza? ¿O sin contar con un “método” de filosofar me pierdo en el camino?

Pablo: “-Ahí aparece, inevitablemente, el signo apabullante que es el cagazo que nos genera descubrir el carácter determinado de la sustancia. Porque ese camino es un camino de acción, en medio de la autodeterminación de la sustancia a trave nuestro”. 

Recordamos la proposición 36 de la parte 1 de Etica. Ahí Spinoza dice que todo modo finito produce efectos. De lo que deducimos que todo ser finito es igualmente causado y causa y en el extremo puede ser concebido como un momento de la “causa de si”. Si esto fuera así, podríamos concluir que desde cada ser finito capaz de interrogarse por su propia constitución y de acumular potencia de pensamiento interrogando aquello que se tiene en común con los otros podría convertirse en un filósofo spinozista. Es decir: se puede partir de la causa sui como una definición inicial o bien llegar a ella desde lo que somos. Este es quizá un camino dificil –nunca imposible ni cerrado de antemano a nadie–, del que Nietzsche en algún momento dice que incluye un momento de crueldad a sí mismo. Puesto que en mi libre imaginación, me gustaría imaginarme como hecho de imagen y semejanza a del Dios creador, pero el artista y el intelectual quieren darse formas, devenir creador de formas, y para eso aprenden a gozar de una suerte de crueldad autoinfligida. Sin esa crueldad sin la cual no se podría tener conocimientos serios sobre nada. Sin cierta crueldad auto-aplicada (que por ser un modo de conocimiento proporciona un afecto de alegría) no llegamos a salir de una imaginación vuelta sobre si para captar, para dar con el orden y conexión de las ideas y de las cosas, y a descubrirnos como causa inmanente en ese orden. 

Buenos Aires, 8 de junio de 2025


 

* El grupo de los lunes se reúne con la coordinación de Diego Sztulwark a estudiar el libro “Spinoza, el problema de la expresión”, de Gilles Deleuze. 

Para un teoría política de nuestros días // Diego Sztulwark

De todas las palabras afectadas por la indignidad de este presente político, democracia es la que sale más chamuscada. La tristeza –no sin furia contenida– del martes pasado en la calle Matheu habla de todo de esto. La proscripción de CFK no hace sino confirmar que el proyecto del bloque de poder avanza en su pretensión de aniquilar la ya de por sí maltrecha relación constituyente entre conflicto social e institución. Ese proyecto modela una república sin huelgas, sin tomas, sin calles, sin piquetes, sin memoria, sin discusiones colectivas, sin organización popular, sin discursos que rocen la historia, sin rupturas, sin rebelión, sin archivos, sin textos y (esta es la novedad más evidente) sin oposición política efectiva. El pronunciamiento de la Corte es, en este sentido, un borramiento de toda diferencia legible entre orden político legal y programa de las clases dominantes. La paradoja más obvia de la semana que termina puede formularse, entonces, con una pregunta ¿qué esperar, de aquí en más, de una democracia que ya no soporta siquiera su componente liberal, y restringe el orden político a un clasismo propietario estricto?

 
 


Horacio González decía que habría que teorizar lo más posible, crear teorías cotidianas, cada día. Entre los rudimentos para una teoría política de estos días habría que destacar: el modo en que lo jurídico se expuso como “política concentrada” (la fórmula de Lenin decía que la política era “economía concentrada”) delimitando –por medio de la manipulación de la legalidad– fuertemente el juego político; el significado de la proscripción de por vida de CFK como un paso más en la consagración de un república de las finanzas que funciona como un aceleracionismo que se exaspera incluso ante los residuos de liberalismo político y que ya no soporta ninguna otra cosa que no sea la suprimesión la diferencia que justifica la democracia como espacio de disputa (esto es, la distinción entre orden político legal y programa del bloque en el poder); la sacralización de una macroeconomía neo-extractiva que hace juego con una micropolítica de la desertificación, que esteriliza toda sensibilidad en el lenguaje (en el habla y en los cuerpos) destruyendo la posibilidad material de la emergencia de un colectivo capaz de gritar «no».

Definitivamente, algo huele mal (desde hace rato) en Dinamarca. La tendencia creciente del ausentismo electoral en los comicios realizados en diferentes partes del país durante este año no hace sino confirmar, por medios silenciosos, lo que millones de personas piensan de la política realmente existente. Se trata de una tendencia demasiado pronunciada para ser ignorada. Y si a esta pasiva impugnación popular le sumamos lo que parecen pensar los que sí votan (no ocurrido hasta el momento ninguna derrota significativa del mileísmo), podemos dimensionar el abismo abierto entre aquellos discursos que hablan de y desde lo popular y las conductas efectivas de un pueblo esquivo.

 

La proscripción de CFK abre en toda su radicalidad una pregunta legítima (que hasta ahora encuentra una respuesta clara): ¿Se trata ahora mismo de reorganizar los términos de una izquierda del orden político que se impone, o bien de conectar con todo aquello que lo desprecia, buscando la manera de activar el descontento que se extiende perseverante a distancia de las retóricas y los modos habituales de participación política? ¿Cómo combinar la táctica electoral en la situación de ilegalización de la oposición política? De otro modo: ¿es lo mismo hacer, como se ha hecho mayoritariamente hasta aquí, del descontento y de la calle un momento de lo electoral, que hacer –como sin dudas también se viene intentando con dificultades– de lo electoral un momento de ese descontento y de esas calles? En definitiva, la sensación de que la pasividad expresada en el ausentismo no termina de enganchar con las muchas luchas y movilizaciones con fuerte presencia del activismo que se vienen dando en todo el país plantea preguntas urgentes: ¿qué nos dice el hecho que el descontento de millones que ni votan ni se movilizan? ¿Hay otra pregunta políticamente más decisiva que esa?

 

Por otra parte, resulta imposible soslayar la imbricación entre situación nacional y mundial. No es mera casualidad que la Corte sentencie a CFK en el momento en que Milei se encuentra abrazando al criminal de guerra Benjamin Netanyahu horas antes que de Israel ataque a Irán (hablamos de una guerra que roza el riesgo nuclear), y Trump moviliza a las fuerzas represivas de EE.UU para acallar la protesta de los migrantes frente a las deportaciones. La crisis provoca aquí y allá toda clase de delirios (Guillermo Moreno creyó posible y deseable que la vicepresidenta Victoria Villarruel indulte a Cristina mientras el presidente se encuentra en el exterior llorando teatralmente ante el Muro de los Lamentos, y entrando a la mezquita Al-Aqsa). El crimen político como medio para despejar espacios sin oposición política real al orden es la consigna de la hora. Las derechas extremas –el historiador Enzo Traverso habla de un fascismo del siglo XXI– no dudan en hacer vibrar cuerdas emocionales populares profundas, sea para emplearlas en su favor, sea para destruirlas sin más. Como los héroes de las novelas de Kafka nos encontramos, no en un laberinto sino ante un callejón sin salida. Como a ellos se nos impone crear una salida donde no la hay.

El concepto de subjetividad y el psicoanálisis // Mirta Zelcer

El yo y el Yo – El envés

Los conceptos teóricos en psicoanálisis recortan e iluminan fenómenos que, una vez enfocados, resultan manipulables como objetos posibles de ser identificados. En consecuencia, es posible operar sobre ellos clínicamente. Examinemos sucintamente un concepto específico.

El uso cotidiano que los psicoanalistas realizamos del término “yo” no siempre es claro. Esta opacidad deriva de la falta de nitidez en los escritos del mismo Freud respecto de su uso. Recorriendo su obra, nos preguntamos si el Yo del Yo y el ello (Yo con mayúsculas) es el mismo yo (con minúsculas) que usa desde sus escritos iniciales hasta los artículos finales. Expondremos brevemente nuestras suposiciones sobre estas diferencias, con la pretensión de ubicar las posibles oscilaciones del concepto, las confusiones que pueden haber acarreado en su uso teórico.

 

 

El Yo del Yo y el ello

Alrededor de 1920, Freud advierte que en la observación de la dialéctica en el conflicto neurótico existía un yo coherente y al mismo tiempo un yo inconsciente. A partir de sus enunciados en Más allá del principio del placer, reformula en 1923 la primera tópica del “aparato psíquico” (así denominó a la mente) en la que confluían tres sistemas: el consciente, el preconsciente y el inconsciente , y piensa el aparato psíquico con una estructura sencilla de formular, pero compleja en su dinámica. De las tres instancias que formula –Yo, superyó y ello– señalaremos apenas algunas características de una: las del Yo.

Su trazado –intervenido tanto por el ello como por el superyó– es preciso, incluso diseñable:

  • Surge del contacto del ello con el mundo;
  • Lo gobierna el principio de realidad;
  • En virtud de este rasgo, puede posponer la descarga;
  • Tiene, como hemos dicho, aspectos conscientes y aspectos inconscientes;
  • Reprime, ya que la realidad le impone restricciones al deseo;
  • De ahí sus vasallajes: tanto a la instancia superyoica que conlleva la moral y los castigos, como al ello que lo compulsa.

Ahora bien: este Yo, ¿abarca la totalidad del yo del que venía hablando (y del que siguió hablando)? Veamos someramente qué es lo que Freud dice acerca de este otro yo.

 

 

El yo

El uso del término yo (con minúsculas) –desde el principio y hasta el final de su obra– carece de visos psicoanalíticos, pues está empleado al modo tradicional de esa época. ¿Cuál era ese modo? En Estudios sobre la histeria nuestro autor utiliza los vocablos die Person y das Individuum. A partir de estas expresiones, nos arriesgamos a suponer que, desde nuestra representación actual, se podría entender este yo como la totalidad de la persona, o quizás como el tan controversial concepto de self. La noción de self está utilizada por autores psicoanalíticos como “algo” subjetivo, pero también objetivo, y en ese sentido, sujeto a la percepción de terceros. Lo hacen Kohut, Kernberg, Winnicot; Bion utiliza el término “personalidad”. Sin embargo, es particularmente Freud quien utiliza el “Ich-Gefühl” como sentimiento del … ¡yo! Es decir que tanto en la histeria como en la neurosis obsesiva y en las fobias, Freud siempre tuvo una perspectiva de la persona total. No sólo de su condición patológica, sino también de su sentimiento de sí, de las condiciones sociales –incluyendo las familiares– que las originaron.

Este yo indefinido fue tomado por Freud porque su uso extendido y público fue referencia y base elemental consabida sobre la que aplicar sus hallazgos. Sin embargo, a medida que fue descubriendo en el trabajo clínico las manifestaciones de las resistencias, de las identificaciones y debido a la inclusión del narcisismo en el movimiento libidinal fue necesario sistematizar tal complejidad, por el que este yo popular y convencional, el difundido socialmente, incluyó una segunda tópica con un tipo de sistematización distinta de la primera. Así es como en 1923 dibuja y presenta al Yo, al Ello y al Superyó, en este yo en el que Freud circunscribió su primera tópica y sus derivaciones. Sin embargo, el yo tomado implícitamente como persona total, nunca dejó de emplearlo. 

De resultas, este yo terminó siendo, para nuestro iniciador, un vocablo que contiene en forma implícita muchas y grandes variables. Sin embargo, a pesar de que este yo abarcaba cuestiones que excedían lo familiar, la operación psicoanalítica de Freud estuvo siempre representada en los conflictos individuales originados por la cultura social y que estuvieron referidos a la sexualidad. Entonces, ¿por qué siguió usando este término? ¿Por qué no le alcanzó la inclusión del Yo en la tópica estructural? ¿Qué cuestiones excedían a esta instancia?

 

 

La Subjetividad

Con la llegada del neoliberalismo también se abrió paso el concepto de subjetividad. Y resultó de esa manera porque los cambios socioeconómicos necesitaban de mutaciones subjetivas para sostenerlo. La subjetividad estatal que sostenía la democracia representativa, la familia nuclear burguesa y a la sociedad de la economía del primer capitalismo, ya era disfuncional y a todas vistas peligrosa para aquello que se estaba instalando ya no a fuerza de sangre y fuego sino por elección popular. Así fue que la importancia de este concepto en nuestro medio se produjo en el momento histórico de cambio político y social en el que el Estado dejó de cumplir la función de ser el donador de sentidos sociales para las personas. Veamos entonces, a qué nos referimos cuando aludimos a este concepto.

Sin lugar a dudas, se trata de un vocablo complejo por los múltiples significados y variables sociales que implica. Desde lo coloquial, aludimos con él a factores tanto simbólicos como emocionales que pueden estar o no en concordancia respecto del tejido social, y que tienen lugar en las acciones de todas las relaciones de una persona. Sin embargo, el sujeto habitualmente no es consciente de la subjetividad que sustenta las percepciones, las relaciones y las conductas que tiene en su vida. Siendo que hay siempre un componente inconsciente, podemos preguntarnos entonces si estas percepciones, relaciones y acciones tienen que ver con el psicoanálisis y su clínica.

Consideremos ahora dos abordajes que se suscitaron en el momento histórico de cambio político y social en el que el Estado dejó de cumplir la función de ser el donador de sentidos sociales para las personas.

1.

Al indagar acerca de la subjetividad, Ignacio Lewkowicz  (Lewkowicz, 2004) recurre a la historización como abordaje investigativo necesario para iluminar los procesos y procedencias que forman la percepción que se ajusta a la consideración de “la humanidad”, de “lo humano”. La historización es imprescindible porque es desde los incidentes históricos concretos que ocurren las mutaciones subjetivas: se trata de advertir, en cada momento, cuáles son las nuevas fuerzas que aparecen en el campo social, cultural y económico, cuáles se agotan y cuáles continúan pujando. Así, la subjetividad es siempre coyuntural, porque la maquinaria social promueve y produce el tipo de subjetividad acorde a las pretensiones que los dispositivos sociales originan en cada momento histórico.

La percepción de “lo humano” deriva directamente de estos contextos. Sin embargo, cada tipo de subjetividad no es absoluta ni pura, sino que contiene en forma manifiesta o latente pliegues de las subjetividades pretéritas de toda la historia social.

Como consecuencia, las subjetividades son concretamente los procedimientos que se realizan para vivir en las diversas coyunturas histórico-sociales-económico-político-culturales (conductas, actitudes, pensamientos, sentimientos y representaciones) en las que toque vivir. De esta manera, visto desde las subjetividades de cada época, los ordenamientos políticos, las jerarquías y las distribuciones de riquezas y de pobrezas de cada momento se ven naturales, razonables y justos. Así pensado, la percepción de “humanidad” nunca fue unívoca, sino que está en relación a los dispositivos de cada escenario histórico (se fueron construyendo así históricamente diversas subjetividades, como las de amo, esclavo, campesino, usuario, etc.). 

Las subjetivaciones implican estrategias. Hemos definido las estrategias de subjetivación como “la serie de operaciones de pensamiento y de intervención sobre una subjetividad determinada”. Se trata del implante de la subjetividad en los espacios en los que la política está fusionada a la economía y a la operatoria social. Si los modos de dominación varían, las viejas estrategias carecen de efectividad bajo las nuevas condiciones. La racionalidad pretérita no tiene lugar en los hechos ni en las subjetividades que asoman.  

Ocurre, sin embargo, que la lógica estatal permanece en el plano discursivo de los dominantes, como una suerte de estrategia persuasiva para incidir, de algún modo, en ideas, valores y conductas de las mentes formadas en aquella subjetividad. Dicho de otro modo, en este momento, mientras se despliegan estas nuevas subjetividades basadas sobre los valores tecno financieros mercantiles, los agentes del dominio utilizan formulaciones de la lógica estatal para atrapar justamente a las mentes de la subjetividad estatal. Precisamente por estas exposiciones, la fundamentación última permanece aturdida.

 

  1.  

Observando la producción de psiquismo y la producción de subjetividad, y tratando de especificar las diferencias entre el concepto de subjetividad y los conceptos que centralmente definen el psicoanálisis, Silvia Bleichmar ubicó cada uno de ellos en un eje distinto. Estos ejes, sin embargo, tienen intersecciones; a raíz del peso que cada uno de estos ejes tiene en cada persona, Bleichmar nos advirtió que toda subjetividad se inscribe en los contextos vinculares donde se las produce y dice: “sabemos que lo real de su engendramiento no ingresará sino atravesado por el imaginario parental, y tampoco se inscribirá sino en el engarce singular e histórico que propicien los enigmas que sus propias condiciones de nacimiento y vida imponen” (Bleichmar, 2004). Bleichmar advertía, asimismo, sobre el peligro de que la subjetividad, en lugar de ser investigada en su carácter concreto, sea referida y abordada desde una ideología política, religiosa, etc.

Para este cometido, define los universales del psicoanálisis en la constitución psíquica, al mismo tiempo que da a las condiciones sociohistóricas de producción de subjetividad un lugar limitado a la función de operadores que revisten el eje de producción psíquica (cuyas variables lo trascienden).

Para Bleichmar, la producción de subjetividad “incluye todos aquellos aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en términos de producción y reproducción ideológica y de articulación con las variables sociales que lo inscriben en un tiempo y espacio particulares desde el punto de vista de la historia política” (Bleichmar, 1999). El estudio de esta variable está comprometido con la discusión de la constitución de este  eje con otras disciplinas : la antropología, la educación, etc. 

Del lado de los conceptos que nos aproximan las teorías psicoanalíticas, sitúa la formulación de los modelos tópicos, los conceptos de pulsión, represión, defensa, la formalización del inconsciente como objeto científico que da cuenta de un existente real y al que define como “ajeno a toda significación, a toda intencionalidad, res extensa, no cogitation” (Bleichmar, 2004).

De este modo percibimos que la filiación de ambos ejes es mutua: así como el psiquismo se produce dentro de contextos sociales y políticos de un tiempo histórico, también las subjetividades se arraigan y sostienen en los funcionamientos psíquicos. Subjetividades y psiquismos se interpenetran e inciden unos con otros. 

Volviendo a la conceptualización de los ejes de los que hablaba Bleichmar, se puede decir que estas observaciones nos invitan a investigar los modos en los que se ensambla un eje con el otro.

 

 

El envés- el superyó

A pesar de haber publicado el escrito La negación en 1925, las elucubraciones y las aplicaciones de este trabajo las realiza sobre el yo, y no sobre el Yo de 1923. En este ensayo, Freud se centra en los movimientos entre aquello que quedó reprimido y la negación de este contenido cuando éste aparece. En caso que este pensamiento o imagen se presente, su condición es negarlo: “ese no soy yo. Esa idea no es mía”. “La negación es una forma de percatación de lo reprimido; en realidad, supone ya un alzamiento de la represión, aunque no, desde luego, una aceptación de lo reprimido. Con ayuda de la negación se anula una de las consecuencias del proceso represivo: la de que su contenido de representación no logre acceso a la conciencia.”(Freud, 1925). Podríamos decir entonces que, según Freud, desde la teoría psicoanalítica cualquier sujeto contaría con un envés, un reverso desde el cual, mediando la palabra o alguna acción, se le puede devolver su autenticidad oculta en el inconsciente

El interés que manifiesta Freud en este artículo radica en la gestación de la función del juicio en el yo porque considera que el “no” es el signo característico de la represión que se expresa mediante este enjuiciamiento. Esta función tiene una derivación significativa para la construcción subjetiva de aquello que es propio, de lo interior, y aquello que es ajeno y nocivo o sin nutrientes para el yo. Esto último termina siendo lo exterior a sí mismo. Para Freud el objetivo primordial del juicio consiste en la aseveración o el rechazo de los contenidos. Sin embargo, el juicio tiene algún tipo de concepción (aunque precaria) puesto que debe tomar decisiones respecto de esos contenidos.

La primera trata de negar o asignar una cualidad a una entidad cualquiera. Tal decisión está en función del Principio del Placer del yo primitivo. Aquello que allí está en juego es la oralidad, es decir la incorporación vs. la expulsión.  Freud lo interpreta (ya que esta dialéctica es anterior al lenguaje) y dice: “«Esto lo introduciré en mí» y «esto lo excluiré de mí.» O sea: «Debe estar dentro de mí» o «fuera de mí.»” (Freud, 1925). Aquello que el bebé escupe, pertenece a una entidad que encierra lo malo, lo ajeno al yo. Es exterior. Aquello que es concebido como lo bueno se traga y es parte del sí mismo. Son los inicios de los mecanismos de introyección y de proyección. 

La segunda decisión que debe tomar el juicio es “la referente a la existencia real de un objeto imaginado (test de realidad), es un interés del yo real definitivo, que se desarrolla partiendo del yo inicial regido por el principio del placer (1915). No se trata ya de si algo percibido (un objeto) ha de ser o no acogido en el yo, sino de si algo existente en el yo como imagen puede ser también vuelto a hallar en la percepción (realidad). Como puede verse, es ésta, de nuevo, una cuestión de lo exterior y lo interior.” (Freud, 1925)

Pero aquello que es “bueno”, lo nutriente, debería encontrarse en el mundo exterior que es el que nutre, el que es necesario para la continuación de la vida. De modo tal que, si aparece, si se lo reencuentra, es tomado como propio. Tal reencuentro sería el objetivo básico del examen de realidad del yo real definitivo

Finalmente, Freud define la función del juicio como “El juicio es el acto intelectual que decide la elección de la acción motora, pone término al aplazamiento debido al pensamiento y conduce del pensamiento a la acción.” (Freud, 1925).

Tal como lo plantea Freud en este escrito, la represión trata de lo que ocurre con aquello que el yo cree que puede nutrir, pero a lo que se debe renunciar para ser aceptado, querido, y tener un lugar en el ámbito de crianza. La educación y los traumas tienen que ver en forma directa con las represiones que son formas de conducir al deseo. Algunas disposiciones del yo quedaron postergadas, revertidas y permanecen en un envés subjetivo. La simbolización de este envés es tarea de la clínica psicoanalítica. 

Veamos a continuación algunas puntuaciones sobre la subjetividad considerados por el Grupo 12

Tomando nociones de Ignacio Lewkowicz (Lewkowicz, 1998), el Grupo 12 definió conceptos que pueden llegar a ser de interés para nuestro objetivo. 

Toda sociedad cuenta con dispositivos productores de subjetividad. Estos dispositivos intiman a los individuos a ser parte de las lógicas que sustentan a la sociedad de que se trate con el fin de que cada uno se considere parte de ella para poder habitarla. Por lo tanto, es necesario darle sentido a esa lógica. Las prácticas que impone el dispositivo necesitan de una suposición de sentido que hemos considerado como la primera operación subjetiva para orientarse en el recorrido de los lugares sociales. A su vez, en el trayecto por el que se circula socialmente, se encuentran y reafirman los sentidos supuestos. Las operaciones que son necesarias para ser parte de esa lógica y que permiten transitarla se designan como subjetividad instituida

Sin embargo, quizás por lo excesivo de las obligaciones que promueve el dispositivo, la subjetividad instituida produce, precisamente, un exceso, puesto que toda marca produce un plus invisible, impensado, inevitable, pero diverso a las lógicas que se instituyen. Este plus secreto e indeterminado es imposible eliminar. Por lo tanto, la subjetividad instituida no es asimilable a la persona en su totalidad. Lo hemos llamado envés subjetivo. Dijimos: “La postulación del envés subjetivo es un requisito necesario para dar cuenta de un efecto decisivo: las mutaciones tanto de lazo social como de la subjetividad socialmente instituida”(Grupo 12, 2003)

En el inicio, los agentes que están encomendados a introducir al bebe en la cultura son los encargados (de manera inconsciente) de implantar la subjetividad instituida. Estos actores pueden hacerlo con amabilidad o con violencia. En este último caso se inscribiría dentro de una experiencia traumática. Pero el plus de la subjetividad instituida tanto como los contenidos reprimidos, permanecen en la zona oscura del envés de un inconsciente sin simbolizar. Sin embargo, somos testigos que la subjetividad se construye también desde otros artefactos, otros módulos que no son los agentes clásicos a los que estamos habituados (familia, escuela, etc.).

Desde su lugar inconciente, el envés subjetivo tiene –presumiblemente- un arraigo diferente que el de la represión. Probablemente más primitivo y encarnado como “normal”, como si fuese parte de la naturaleza social, distinto del arraigo de la represión que entra en el terreno de la singularidad. Sin embargo, En caso de que no haya sido destruido por lesiones en el funcionamiento psíquico de manera irreversible, las sustancias que podría robustecer al yo, y a la que se ha renunciado para ingresar en la cultura y la sociedad, permanecen en el envés. 

En la actualidad, se trata de una mutación en los dispositivos tecno-sociales que producen subjetividad. Son estos dispositivos y las prácticas que implantan las que obligan a operaciones lógicas y afectivas inéditas que dejan marcas en los cuerpos, que moldean deseos y acciones. Sus efectos, aunque no ignorados, aparecen crudamente. Estas manifestaciones están aptas para ser examinadas en los rastros, ordenamientos y enveses que se revelan en el psiquismo. 

Según lo plantea el trayecto teórico-clínico del mismo Freud (desde El yo y el ello hasta El problema económico del masoquismo) el superyó está conllevando a la pulsión de muerte, es decir, a la imposibilidad de simbolizar. Se trata del superyó que infiltra toda la sexualidad, los pensamientos y conduce las acciones de las personas. De esto trata el envés, de aquello que permanece como sustento subjetivo pero ignorado. Posiblemente sea este superyó el que deba ser abordado como el punto de entrecruzamiento de ambos ejes. Se trata de nuestra ética psicoanalítica: abordar y operar sobre los efectos de aquello que se hizo con cada ser humano. 

 

Bibliografía y referencias

  • Bleichmar, Silvia- Entre la producción de subjetividad y la constitución del psiquismo- https://catedraedipica.wordpress.com/wpcontent/uploads/2020/08/4.-
  • Bleichmar, Silvia-Límites y excesos del concepto de subjetividad en psicoanálisis- https://www.topia.com.ar/articulos/l%C3%ADmites-y-excesos-del-concepto-de-subjetividad-en-psicoan%C3%A1lisis
  • Lewkowicz, Ignacio- Pensar sin estado. La Subjetividad en la era de la fluidez- 2004- Buenos Aires. Editorial Paidós
  • Lewkowicz, Ignacio/ Cantarelli, Mariana/ Grupo 12- Del fragmento a la situación- notas sobre la subjetividad contemporánea- 2ª. edición editorial Altamira- 2003
  • Moreno, Alfredo- El exterminio en Gaza, la IA y el renacimiento del Silicon Valley-https://esferacomunicacional.ar/el-exterminio-de-gaza-la-ia-y-el -renacimiento-del-silicon-valley/ enero 2025
  • Sennet, R- La corrosión del carácter- las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo- Anagrama- Barcelona- 1998 · Zelcer, M- Políticas Psicoanalíticas- https://www.topia.com.ar/articulos/politicas-psicoanaliicas
  • Zelcer, M- Subjetividades y actualidad https://www.topia.com.ar/articulos/subjetividades-y-actualidad

. Zelcer, M (2017)- “Políticas Psicoanalíticas”(2017)- https://www.topia.com.ar/articulos/politicas-psicoanaliicas- 2017

 

LOS FEMINISMOS Y TRANSFEMINISMOS POPULARES REPUDIAMOS LA PROSCRIPCIÓN POLÍTICA DE CFK

El ataque a Cristina es misógino y patriarcal desde siempre. Ahora más. Ponerla presa, inmovilizarla, es propio de una violencia machista que busca amedrentar y disciplinarnos. La corrupción, sabemos, es lo que hace este gobierno: entrega de territorios, de soberanía, de dignidad a cambio de deuda.
 
Mientras Milei va a saludar al hacedor del genocidio contra el pueblo palestino, se ratifica la proscripción política de CFK. La geopolíitca de la proscripción es evidente: la “condena” es una manufactura de una Corte Suprema que escribe lo que quieren los dueños del poder económico. Es una resolución dictada por la AMCHA (la Cámara de Comercio de EEUU en Argentina), la misma que persigue a lxs feriantes de La Salada. Es un texto a medida de los negocios de Macri y compañía.


Mientras la gente sale a las calles a repudiar lo que es vivido como un cepo al voto popular y a la democracia —sabemos: racista, clasista, sexista— pero aún así terreno de luchas abiertas justamente para hacerla más democrática, el gobierno de Milei anuncia más toma de deuda externa. Los dueños aceleran sus negocios, monigotes del imperialismo que apuestan a la guerra y el dólar, al empobrecimiento y la desesperación.

Nos queda activar desde las calles, desde la organización popular, transfeminista y transversal. Unir las luchas sigue siendo la tarea.
Nos toca convocar en asambleas, en las plazas, en nuestras comunidades y colectivos. Necesitamos hacer crecer la movilización y las acciones desde abajo.

 

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Carta a los judíos y judías de Brasil // Peter Pal-Pelbart

Carta abierta a los judíos de Brasil

El Rostro del Otro dice: ¡No matarás! Esta es la máxima expresión de la ética judía, dice el pensador Emmanuel Lévinas.

Lo que vemos hoy son los rostros de palestinos suplicantes que preguntan: ¿Por qué nos matan? Los palestinos de la Franja de Gaza están muriendo de hambre, sed, falta de medicinas, drones asesinos, bombardeos aéreos, desplazamientos forzosos, agotamiento, terror psicológico y físico…. Están enterrando a sus bebés por docenas cada día, a sus padres, a sus maridos, a sus esposas, a veces a familias enteras, y vemos devastación y revuelta, hambre y súplica en sus rostros cada día.

Imaginemos por un momento que dos millones de israelíes hubieran sido sometidos a un confinamiento equivalente por un Estado extranjero invasor. Si más de quince mil bebés judíos hubieran sido asesinados, otras tantas mujeres judías masacradas, vírgenes, embarazadas, ancianas, madres. Imaginen a dos millones de israelíes judíos rodeados por todas partes, muriendo de hambre, sed, enfermedades, falta de medicinas, en ciudades devastadas, sin electricidad, sin teléfonos, teniendo que desplazarse incesantemente de un lugar a otro, de una ciudad a otra, a pie, en busca de la ración ocasional, a merced de bombardeos aleatorios, sometidos a la humillación, el despojo, la destrucción de sus condiciones mínimas de existencia y la amenaza explícita que pende en el aire proponiendo su exterminio total. ¿No se levantaría el mundo occidental al unísono, denunciando un nuevo Holocausto, un Genocidio, una barbarie sin precedentes, y utilizando todos los recursos de presión económica, mediática, militar y atómica, si fuera necesario, para contraatacar y tratar de impedir a tiempo semejante Hecatombe? ¿No estarían Europa, siempre tratando de expiar sus culpas, y Estados Unidos, siempre aliado incondicional, enviando sus flotas navales a la región, equipadas hasta los dientes?

Me vas a decir que este escenario imaginado ocurrió realmente durante la Segunda Guerra Mundial, ¡¡¡y que nadie se opuso a tiempo!!! ¡Es verdad! Y esta mancha empañará la historia europea y americana para siempre. En aquella época, por lo que nos cuentan, la mayoría de la gente no sabía nada de los campos. Y los pocos que lo sabían, desde el Papa hasta el Presidente de los Estados Unidos, no hicieron nada. Y es verdad. Pero hoy TODOS NOSOTROS lo sabemos, lo vemos en directo y en color en la televisión y en las redes sociales, y sin embargo SEGUIMOS MIRANDO, como si no nos concerniera. ¡Pero lo sabemos! ¡Lo vemos! ¡Somos testigos! ¿Por qué guardamos silencio?

El gobierno israelí afirma estar defendiendo a Israel e impidiendo que vuelva a ocurrir un Holocausto: ¡NUNCA MÁS! Y afirma que lo hace en nombre de los judíos de todo el mundo. NO EN NUESTRO NOMBRE, gritaban hace meses estudiantes judíos en Berlín o Nueva York, antes de ser detenidos por la policía. El Estado de Israel no ha recibido ningún mandato de la diáspora judía para exterminar en su nombre a la sociedad palestina y expulsarla de su tierra, y mucho menos diezmarla. Los delirios de Trump sobre la Riviera de Oriente Próximo, así como los de los ministros del gobierno israelí que abogan por una Nakba definitiva, tendrán que ser juzgados todavía por la historia, junto con sus autores.

Cualquier judío, por muy alejado que esté de la vida de la comunidad judía, por muy liberado que se sienta de cualquier marca que se refiera a la vida judía en su dimensión cultural, religiosa o comunitaria, aún así, en la mayoría de los casos, ha sobrevivido de algún modo a una catástrofe colectiva dirigida explícitamente contra su ascendencia judía.

Por eso me gustaría dirigirme a todos y cada uno de los judíos brasileños que aún albergan sentimientos de repulsión hacia cualquier guerra genocida, y mucho menos hacia una cometida por judíos. También me dirijo específicamente a todos y cada uno de los judíos brasileños que tengan alguna influencia pública, escrita, oral, mediática, académica, institucional, científica, política, artística, religiosa o económica (y no son muchos, pero este llamamiento se extiende obviamente a todos), porque sé que nada molesta más al establishment israelí que las manifestaciones de protesta de judíos insumisos de todo el mundo. Las manifestaciones contra la política del gobierno israelí fuera de Israel son calificadas inmediatamente por la prensa israelí de antisemitas, e incluso se utilizan para reforzar la creencia encubierta de que «todo el mundo está contra nosotros». Pero cuando son llevadas a cabo por judíos, esta acusación no puede sostenerse: sus protagonistas serán a lo sumo tachados de traidores. Quizá sea éste el único elemento de presión que nos queda. Y si esta ola se extiende, ¡la coartada de que Israel actúa en nombre y defensa de todos los judíos se vendrá abajo! No, lo que está en juego no es la supervivencia del pueblo judío -que la política israelí pone en peligro frontalmente, inflamando el antisemitismo en todo el mundo-, sino la supervivencia del gobierno más truculento, fascista y corrupto de la historia de ese país. Y, obviamente, la supervivencia del pueblo palestino.

Por eso, consciente del poder multiplicador que el ascenso económico y la inserción social en las más diversas esferas de la sociedad brasileña han dado a sus judíos en las últimas décadas, creo que tenemos el deber ético de hablar públicamente y animar a la mayoría silenciosa a encontrar el coraje para desafiar la tutela ideológica y política que Israel ejerce sobre las instituciones y comunidades judías, silenciándolas u obligándolas a un alineamiento automático. Dos artículos recientes en Folha de São Paulo son una señal del giro interno que afecta a algunos judíos: el texto de Bruno Blecher del pasado domingo («Israel es como un hermano mayor que protege y decepciona») y el del hijo de Vladimir Herzog («El hijo de Herzog acusa a Israel de matar de hambre a los palestinos»). Que esas iniciativas aisladas se multipliquen y consigan resonar entre las voces progresistas locales y extranjeras, de judíos y no judíos, y de manifestantes en Israel, ya sería una ganancia.

Escribo en nombre propio, pero también en el de la editorial que ayudé a fundar hace 15 años, n-1 ediciones. Junto a nuestro catálogo, que está en sintonía con los temas que se arremolinan en torno al pensamiento contemporáneo, hemos tratado de intervenir en el debate público en ocasiones extremas, desde el abyecto asesinato de Marielle, el movimiento de los estudiantes de secundaria, hasta el macabro mandato de Bolsonaro, la tragedia de la pandemia, y varios otros episodios, vinculados sobre todo al fascismo creciente en todas partes.

Así que, llegados a este punto, no pudimos evitar proponer algunas acciones vinculadas al contexto actual. Organizamos una lectura pública del libro de Franco Berardi Bifo (Pensar después de Gaza) en el Teatro Oficina, así como un acto público contra la guerra y el genocidio en la Ocupación 9 de Julio. También hemos publicado varios textos sobre el tema en el dossier TERRA ARRASADA en https://n-1edicoes.org/leituras/terra-arrasada/.

Desde el pasado martes, publicamos un texto semanal en la subserie NAKBA NUNCA MÁS, en el mismo enlace. Se trata de «El luto como resistencia. Necropolítica de Israel, de Palestina al Líbano», de Dalia Ismail, y esta semana hemos subido el excelente “Todo pueblo tiene derecho a existir – pero no a cualquier precio”, de Étienne Balibar. Y vendrán muchos más.

Lo que antes era vergüenza se ha convertido en rabia. Aun así, todo esto nos parece insuficiente. Porque nuestra impotencia en el teatro del mundo es grande.

Peter Pál Pelbart

Peter Pál Pelbart es profesor de filosofía en la PUC-SP, coeditor de n-1 ediciones y coautor de The Post-Jewish Jew: Jewishness and Ethnocracy.

Darse a la clase // Marcelo Percia

 

1.

 

Misas, teatros, fiestas, aulas, componen rituales en los que soledades se aproximan para tratar de hacer algo con la vida inasible y pasajera.

 

En las aulas no sólo se dan clases: se da la vida.

 

Se la da con recato y desparpajo, con velos y crudezas. Se la da con promesas y decepciones. Se la da con cercanías amorosas y con exclusiones hirientes. Se la da con transmisiones apasionadas y con instrucciones sin afectividad.

 

No conviene al pensar que las clases se dicten sustraídas del vivir.

 

 

 

 

2.

 

Frialdad, desdén, desinterés: tres condiciones para que el deseo de darse se escarche. O se inhiba temeroso e inseguro. O se vuelva distante y solemne.

 

Deseos que se endurecen pierden ductilidad. Inflexibles y rígidos se transforman en exigencias, reproches, resentimientos.

 

 

 

3.

 

No siempre acontece lo común: se necesita una excitación que congregue confianzas y entusiasmos.

 

 

 

4.

 

Werner Jaeger (1942) en su libro Paideia: los ideales de la cultura griega explica que ese término helénico no se puede traducir con las palabras educación, civilización, cultura, tradición. Aunque las reúna a todas.

 

Una paideia sostiene ideales que forman espíritus.

 

Ideales que establecen compendios morales sobre cómo y qué sentir.

 

Se podría traducir paideia como camino hacia la virtud (palabra en la que sobrevive la primacía de la virilidad).

 

 

 

5.

 

El vocablo paideia se emplea para las crianzas.

 

Platón compara la pedagogía con el arte de adiestrar perros de raza noble.

 

Si se atienden valores exaltados en la Odisea se podrían subrayar, entre otros, fuerza, destreza, heroicidad, orgullo, honor, valentía, temeridad.

 

Valores que funcionan como paliativos de la debilidad, la vulnerabilidad, el desamparo, la soledad, el dolor.

 

Valores de una época. No cualidades personales. Valores que alguien podría encarnar elevándose hasta ellos. Aunque no por impulso propio, sino por inspiración de dioses o musas.

 

 

 

6.

 

¿La vida en común se aprende?

 

Una paideia forma lo informe. Nombra, instruye y organiza verosímiles sentimentales.

 

Disciplina al mismo tiempo que apacigua. Impone sacrificios y coerciones que protegen.

 

Calma desesperaciones del amor y la soledad bebiendo rutinas, contratos, rituales.

 

Exalta valores. Traza el perímetro de lo permitido y lo debido.

 

Una paideia practica el arte de la persuasión y el adormecimiento.

 

Se ofrece como música que encanta y aquieta pulsiones. Incluidas discrepancias, insumisiones, desencantos con las formas, dispersiones peligrosas, inclinaciones hacia las rarezas.

 

Una paideia declara, define y ajusta normalidades. Normalidades encaminan hormigas que se sienten a gusto en sus lugares en la fila.

 

¿Casi todo está dicho en La República y en los textos que le siguieron? ¿Qué se entiende por ideal comunitario? ¿Se llama comunidad a un artefacto que se impone como modelo, como representación verosímil y recomendada para la vida en común? ¿Un ideal de libertad dentro de una jaula?

 

 

 

7.

 

Una paideia está concebida para modelar sensibilidades.

 

Tal vez pensar quiera decir darse a una forma sin quedar cautivo de ella. Sostenerse en una idea, sin confinarse a sus enunciados. Habitar formas hasta que llegue el momento de partir.

 

Pensamientos se aposentan en las formas como descanso del pensar. La inconformidad fatiga.

 

El pensar pasa por las formas dejando anotaciones de un viaje.

 

Eso que Deleuze y Guattari llaman pensamientos nómades, se nombra aquí como nomadismo del pensar.

 

Dogmas echan raíces o se amurallan en una forma. Una forma inmovilizada se esclerosa. Pichón Rivière concibió la enfermedad como fijeza que protege haciendo sufrir.

 

La forma consagrada como normal considera monstruosas a las figuras y movimientos que no se les doblegan.

 

Llegará un día en que se conocerá una paideia de las rarezas.

 

Una paideia de las deformidades.

 

Una paideia de las debilidades anómalas.

 

Una paideia de los tránsitos y las mutaciones.

 

Una paideia en la que la mirada sobre lo único no se concentre en una forma, sino en el modo de pasar de una forma a otra, sin que la vida quede enquistada en ninguna de ellas.

 

 

 

8.

 

En su libro Proust y los signos, Deleuze (1964) advierte que, para el autor de En busca del tiempo perdido, el aprendizaje supone una decepción. Todo saber carga con una desilusión. Los entristecidos pensamientos que se heredan sólo importan por “lo que dan a pensar”.

 

Se lee: “…Proust opondrá a la pareja tradicional de la amistad y la filosofía, una pareja más difusa formada por el amor y el arte”.

 

Mientras la amistad acuerda el significado de las palabras y las cosas, el amor suelta gestos que sólo admiten interpretaciones silenciosas.

 

Mientras la filosofía se propone un ejercicio voluntario y premeditado del pensamiento, el arte impacta con signos inasibles y enigmáticos.

 

Se lee: “Lo que nos violenta es más rico que todos los frutos de nuestra buena voluntad o de nuestro cuidadoso trabajo. Y más importante que el pensamiento, reside en ‘lo que da a pensar’”.

 

Para Proust, tanto el amor como el arte rozan lo inasible. Pretender lo que no se alcanza: en eso reside la dicha y desdicha del pensar.

 

 

 

9.

 

Ante la pregunta sobre ¿en qué consiste enseñar?, De Brasi, luego de aludir a la necesidad de información sobre un tema, a la de aportar ideas sobre un asunto, a la de cultivar erudición, a la de proponer modelos de interpretación, concluye: “enseñar consiste en dejar aprender”.

 

Pero, ¿en qué consiste dejar aprender? De Brasi no lo dice.

 

La transmisión tiene eso en común con la clínica: proponerse algo que no se sabe.

 

Acaso dejar aprender, ¿signifique impedirse dañar, violentar, humillar, imponer, obligar?

 

 

 

10.

 

La de aprender a pensar compone una de las aspiraciones más hermosas y enigmáticas de las aulas.

 

Heidegger, a mediados del siglo veinte, vislumbra una paradoja del pensar que se podría presentar así: a pensar se aprende comenzando por admitir que no sabemos pensar.

 

Pichon-Rivière, para la misma época, entrevé que se aprende a pensar pensando en grupo.

 

Tal vez se pueda decirlo así: el acto de darse al pensar necesita tener con quienes pensar aquello que admitimos que no sabemos pensar.

 

 

 

11.

 

Encuentros en las aulas libran fabulosos malentendidos.

 

El deseo de decir no siempre coincide con el deseo de escuchar. El deseo de transmitir no siempre encaja con el deseo de recibir.

 

Ni coinciden ni encajan: las cópulas del deseo muchas veces no suceden en las aulas.

 

 

 

12.

 

Se diferencia entre dar clase y darse a la clase.

 

La clase se da dándose a ella. Entregándose al momento, confiándose a lo inesperado.

 

Darse, entregarse, confiarse: el pronombre reflexivo indica que una carnadura se zambulle en la acción sin precauciones.

 

El aula no suprime la soledad, la pone en peligro.

 

A la clase, a veces, le nacen manos que sostienen. O le crecen antenas que detectan ideas o escuchan voces en presencias calladas.

 

 

 

13.

 

La palabra lección (que proviene de un vocablo latino) nombra la acción de leer. Recuerda el momento en que se comparte lo que se aprende leyendo.

 

En la lectura reside la otra clase de la clase, la expansión del estar ahí, la ocasión en la que al deseo le crecen alas.

 

Lección puede emplearse, también, en el sentido de dar un escarmiento, enseñar a través del dolor o de la humillación.

 

 

 

14.

 

Un proverbio dice la letra con sangre entra. Alude a que resulta necesario un duro trabajo para aprender o avanzar. El refrán admite el castigo corporal como estímulo para aprender. En este sentido utiliza la sentencia Cervantes en el Quijote para ilustrar que Sancho necesita, para alfabetizarse, una disciplina de abrojos que se hagan sentir y no indulgencias.

 

En la memoria de la palabra disciplina sobreviven las acciones de someter, azotar, purificar a través del dolor.

 

Dos variantes moderadas de la antigua expresión: una, la letra con música entra; otra, la letra con sangre entra, pero con dulzura y amor, se enseña mejor.

 

 

 

15.

 

Kafka (1914), en La colonia penitenciaria, describe una máquina de tortura pedagógica con agujas que bordan en la piel máximas que disciplinan. En cada cuerpo condenado se graba la sentencia que corresponde. A quien se insubordinó: “Honrarás a tus superiores”.

 

Hay pensamientos que suplician vidas. Las fustigan con deberes y con hebras de culpa. No hace falta tatuarles máximas, contaminan el aire.

 

Algunas prisiones simulan aulas o parques abiertos. Se trata de estar ahí sin consentir lo que daña.

 

 

 

16.

 

Desde que Rembrandt (1632) retrata La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp una cátedra se piensa como teatro.

 

La disección de cadáveres delata una época que decide emplear el bisturí para investigar qué hay dentro de un cuerpo. Rembrandt retrata ese momento de profanación y aprendizaje, de excitación y morbosidad. La escena ocurre en un auditorio de Ámsterdam a pocas cuadras de donde vivió el joven Spinoza en tiempos de su excomunión.

 

Rembrandt concibe la lección como mostración, exhibición, espectáculo. Como celebración de autoridad y ejercicio de fascinación.

 

Darse a la clase supone participar de una performance. Una dramática del vacío y la promesa.

 

Críticas pedagógicas suelen ligar saber a poder. La acción que promete un vacío enlaza saber con desear. Acaso el deseo no nazca de la falta, sino del vacío.

 

 

 

17.

 

Leer, escribir, meditar, conversar: momentos únicos en los que la vida descansa sabiéndose cuidada.

 

 

 

18.

 

El acto de darse solicita un arrojo sin garantías. La vida no las ofrece.

 

Darse a la clase implica correr el riesgo de la tartamudez, de la no elocuencia, de tener que demostrar que “no somos un robot”.

 

A veces, la ilusión se retira de las aulas sintiendo lástima, desdén, frustración. Una clase sin ilusión “¿sueña con ovejas eléctricas?”.

 

 

 

19.

 

Darse a la clase supone recordar que se está avivando una utopía. Tentando, una vez más, el entusiasmo. La quimera de que pensar, entre concurrencias en un recinto, pueda cambiar la vida.

 

¿Salvar el mundo? ¿El mundo necesita que se lo salve en las aulas? ¿O solicita que se lo piense para interrogar las razones del daño?

 

 

 

20.

 

No se trata de pensamientos, sino del pensar. Un pensar que piensa sin consagrar ideas. Un pensar que, por momentos, admira y disfruta pensamientos como flores de un día.

 

Doctrinas malogran lo ya pensado. Pensamientos interesan sólo para recordar que hubo el pensar.

 

 

 

21.

 

A veces dan ganas de haber estado en clases en las que no se estuvo.

 

Imaginar la escena primaria del pensar. El fantasma de un nacimiento en el que hubiéramos querido estar.

 

¿Nos hubiera gustado estar en las clases de Pichon, de Lacan, de Deleuze, de Foucault? ¿Qué clases, de las que asistimos, marcaron nuestras vidas? ¿Sentimos gratitud por haber estado ahí? ¿Vivenciamos el acontecimiento de un común reír cómplice y soberano? ¿O la perseverancia de seguir escuchando a pesar de no estar entendiendo?

 

En este instante, en el silencio del día o en la calma de la noche hay alguien que se toma un tiempo para preparar una clase.

 

 

 

22.

 

Dibujar referencias, rastros, contraseñas, en un pizarrón. Anotar una palabra, rodearla con un círculo, conectarla con otra por medio de una línea.

 

Pizarrones se ofrecen como oportunidad para garabatear e improvisar ideas. Un espacio transicional entre el pensar y los pensamientos, entre balbuceos y enunciados.

 

Trazos en un pizarrón permanecen tanto como huellas en la arena.

 

 

 

23.

 

Darse a la clase pone en marcha conversaciones entre quienes están vivos y quienes están muertos, entre quienes duermen y quienes están despiertos, entre quienes piensan en una lengua y quienes piensan en otras, entre quienes viven en cercanías y quienes habitan mundos extraños, entre quienes creen saber y quienes saben el poco saber.

 

A veces, entrar en una clase se siente como introducirse en un torbellino que arrastra, da miedo, lastima, expulsa.

 

O, por momentos, la clase se siente como una conversación iniciada hace miles de años, sin que nadie se detenga para darnos la bienvenida o contarnos qué nos perdimos.

 

Se trata, si se decide no huir, de agarrarse de lo que se pueda para no volar como polvo en un tornado.

 

Hay clases que se ofrecen como visitas guiadas. El aula como sala de museo en la que alguien relata algo que alguna vez estuvo vivo.

 

 

 

24.

 

¿Cómo darse a la clase?, compone una pregunta tardía. Una interrogación que golpea cuando se está de partida.

 

Darse a la clase supone darse a una exposición sin resguardos, a un abandono, a una vulnerabilidad.

 

Exposición, abandono, vulnerabilidad: tres condiciones de un estar ahí dándose.

 

 

 

25.

 

Darse a la clase supone dejarse examinar por mudeces voraces y despiadadas.

 

Darse a la clase supone apelar a ocurrencias, a lecturas célebres, a entusiasmos fingidos, a bromas probadas.

 

Darse a la clase supone confiarse a presuntas simpatías que emergen en un mar de equívocos.

 

 

 

26.

 

Muchas veces la inquietud de la exposición se contrarresta con arbitrariedades de un poder de cátedra que controla la asistencia y somete a través de la nota.

 

Muchas veces vulnerabilidades se vuelven amargas y resentidas. Odian a las audiencias. Las acusan de miserables.

 

 

 

27.

 

Darse a la clase significa también darse a la soledad. Soledad que no se precipita como aislamiento, sino como arrojo en un aula poblada por expectaciones inconcebibles.

 

 

 

28.

 

Darse a la clase conlleva un peligro, pasar una prueba, someterse a una evaluación.

 

En concursos universitarios, la clase de oposición -ante un jurado- añade al examen, rivalidades y competencias, posibilidad de ganar una posición o perder un trabajo.

 

Entre las amenazas hay que contar favoritismos y sañas que se tejen entre poderes que conspiran en las instituciones.

 

El darse a la clase está precedido por grandes mezquindades. Instituciones universitarias están llenas de malicias. La constelación poder, prestigio, saber, levanta muros y resiente deseos.

 

Por eso, darse a la clase, como cualquier circunstancia de amor, supone incurrir en una imprudencia.

 

El don no tendría que pensarse como generosidad o inocencia, sino como contento y gratitud por todo lo que se ha recibido.

 

 

 

29.

 

En una entrevista en 1974, Osvaldo Lamborghini se refiere a la censura no sólo como represión de ideas, sino como el momento en el que el acto de pensar decide su propia castración

 

Darse a la clase requiere hacer algo con el miedo.

 

Hacer algo con lo que no se puede o no se quiere decir. Hacer algo con el fastidio, el enojo, la decepción.

 

A veces, dar clase supone sacrificar ideas para obtener aprobación.

 

Lo que dando clase se puede, dándose a la clase no se puede. No se puede la complacencia. No se puede evitar lo inconveniente. No se puede controlar lo que se está diciendo.

 

Irse de boca o hablar de más componen fatalidades del don.

 

 

 

30.

 

Vidas que profesan saberes traducen lenguas desconocidas, olvidadas, banalizadas, ante avideces que respiran en las aulas.

 

Darse a la clase supone traducir resguardando lo intraducible. Lo que se escurre entre los nombres conocidos.

 

Darse a la clase supone una traslación, pero no como acarreo o transporte de un lugar a otro, sino como portación de suspiros que migran.

 

El momento logrado de una clase no sobreviene cuando se cree entender algo, sino cuando toda el aula se contorsiona con la inquietud de seguir pensando.

 

 

 

31.

 

En la víspera de una clase, se asiste a estados de vértigo y aceleración que zarandean lo que no se sabe, lo que no se leyó, lo que no se preparó.

 

Tormentas que permanecen intactas o se agravan con los años.

 

Exhibiciones que presumen saber, esconden la inconmensurable extensión de lo que no se sabe.

 

No se trata de saber todo, ni siquiera admitir que sólo se sabe algo.

 

Tal vez se trata de estar ahí con poco saber.

 

Poco saber no equivale a saber poco. Poco saber alude a darse al estar ahí sabiendo lo ilimitado, lo inalcanzable, lo inconcebible. Estar en posición de poco saber quiere decir portar la herida del saber. Sirve como recordatorio de una desgarradura.

 

Escribe Alejandra Pizarnik (1963): “¿Y cómo es posible no saber tanto?”.

 

 

 

32.

 

No piensa una voluntad, piensa una herida.

 

 

 

33.

 

Semanas previas a la inscripción en materias, cada inicio de cuatrimestre, se desataban tempestades. Estudiantes escaseaban y se habían vuelto exigentes. Cátedras que no contaban con una inscripción mínima desaparecían por meses o para siempre. Saberes dubitativos, poéticos, ensayísticos, meditativos, visionarios, que confundían la política con la enseñanza y la enseñanza con una ceremonia del común pensar, vivían en un cadalso. Las campañas para conquistar voluntades daban vértigo. Bases de datos algorítmicas que seleccionaban gustos, inclinaciones, expectativas, de la población universitaria, salían mucho dinero. Las asignaturas buscaban sponsors o empresas que ofrecieran mecenazgos para financiarse. Al final, por selección natural, sobrevivían las cátedras que mejor respondían a las demandas del mercado.

 

 

 

34.

 

Desde hace un siglo se distingue entre enseñar y transmitir. Enseñar hace proximidad con instruir, adoctrinar, amaestrar. Incluso con exhibiciones que dejan auditorios con las bocas abiertas.

 

Se sabe de peces atraídos por sabrosas carnadas que recubren filosos anzuelos.

 

Se enseña lo que se sabe, se transmite lo que no se sabe. Se enseña una fórmula, un conocimiento, un dato, que se debe memorizar. Se trasmite un deseo.

 

 

 

35.

 

Se transmite un deseo, una intensión, un desvelo, una pasión.

 

Se transmite una descarga eléctrica.

 

Se trasmite algo de lo que nadie se puede apropiar.

 

Se trasmite el pensar huyendo de fórmulas que quieren detener su movimiento infinitivo.

 

 

 

36.

 

Saberes no se actualizan leyendo novedades. Se hacen presentes sintiendo y pensando la vida. Alojando heridas que nos pensaron.

 

Saberes no progresan ni se acumulan, pasan por cuerpos que los piensan: si no, cuelgan en el firmamento como datos.

 

 

 

37.

 

Darse a la clase supone dar lo que se lee.

 

No sólo se lee para saber, se lee para tener algo que contar. Se lee imaginando contar lo leído. Se lee disfrutando el momento en el que se va a narrar lo leído.

 

Darse a la clase dándose a lecturas olvidadas, omitidas, desestimadas, fuera del halo de prestigio de las modas universitarias o culturales. Darse a las lecturas desaforadas. Lecturas sin fueros, sin privilegios, sin poderes.

 

 

 

38.

 

Darse a la clase supone darse a un entusiasmo.

 

Pero no en el sentido de llevar un dios dentro o una exaltación o furor interior, sino en el de una común inspiración.

 

A veces, entusiasmos se confunden con ambiciones o nerviosismos excitados por alcanzar alguna cosa. Pueden tener, también, de eso; pero hay algo que los distingue: entusiasmos se encienden como infancias cuando encuentran con quienes jugar.

 

 

 

39.

 

Estar de pie frente a un aula expectante compone un momento de desamparo. Así se siente una clase hasta que una común soledad envuelve a toda el aula.

 

 

 

40. 

 

Tomar lista o controlar la asistencia pone a la vista por lo menos dos cuestiones: una, la del deseo de estar ahí; otra, la pregunta de si la clase se necesita.

 

Si no existiera una amenaza o coacción, ¿las aulas estarían desiertas?

 

¿Qué decir de quienes se van durante la exposición? ¿Se equivocaron de aula? ¿Tienen una urgencia? ¿Alcanzó con lo poco que escucharon para concluir que eso no les iba a servir?

 

¿Habrá que decir una cosa maravillosa por minuto para cautivar y retener audiencias?

 

 

 

41.

 

Se está presente muy de tanto en tanto.

 

La presencia sobreviene como albur, sorpresa, contingencia.

 

Dar el presente no se reduce a concurrir o juntarse en el mismo lugar: interroga el amor. En eso reside el sentido pretérito de la palabra filosofía.

 

Se necesita reponer amores en las aulas. Sensualidades que eroticen el acto de pensar.

 

 

 

42.

 

Se puede estar en un lugar sin estar.

 

A veces la clase se transita como un lugar de paso, como eso que Marc Augé llama no lugares, circunstancias de tránsito como aeropuertos o estaciones de trenes.

 

Un espacio en el que se está presente sólo mientras se espera que llegue el momento de irse.

 

 

 

43.

 

Al cumplirse la hora, en segundos, el aula queda despoblada, solo con algunos restos, residuos, indicios de una estadía fugaz. Están quienes se acercan al terminar para hablar. Preguntan si pueden cambiar de clase porque en ese horario no pueden o no les conviene. Y se entiende porque no saben a quién preguntar, pero queda la sensación de que estuvieron ahí todo el tiempo reuniendo valor para ir a contar que no pueden estar ahí.

 

El darse a la clase con amor no adquiere el derecho de reclamar reciprocidad.

 

 

 

44.

 

Darse a la clase supone darse a un momento también de ociosidad, un estado sin obligación ni premura por el rendimiento, sin cálculo de utilidad. Darse a la clase como sentarse a ver pasar la vida, como morada en la que se conversa de bueyes perdidos.

 

 

 

45.

 

El pizarrón está ahí como navegación, como cartel, como sección de informes. Como el fondo de una promesa que se renueva.

 

El pizarrón como la hoja en que se anotan ideas en borrador, bocetos de una exposición, reaseguros de una memoria falible.

 

 

 

46.

 

Lecturas despaciosas, ¿están a punto de extinguirse?

 

Curiosidades y fatigas lectoras, ¿necesitan un obstáculo, la suspensión de lo conclusivo, la incomodidad de lo raro, para aprender la lectura y activar imaginaciones flotantes?

 

Lecturas universitarias se reconocen por estilos llamados académicos. Por sus definiciones asertivas, por sus mundos descifrados, por el uso de términos técnicos, por fórmulas de redacción sin afectividad, por la precisa evitación de la ambigüedad.

 

 

 

47.

 

¿Cómo se llama a quienes están ahí? ¿Audiencia, público, estudiantes, participantes? ¿Curiosidades, avideces, indiferencias, especulaciones, complicidades?

 

¿Cómo se convoca o invita?, ¿Se pide que esperen y confíen? ¿Se ruega atención?

 

El amor de transferencia no se mendiga.

 

 

 

48.

 

Darse a la clase supone retóricas, poéticas atractivas, invocaciones al deseo antes que al interés. Una invocación a la curiosidad antes que a la conveniencia. Una invocación al no sé qué antes que a un beneficio o ganancia.

 

Tal vez no se trata de llamar al deseo, sino al desear.

 

A veces, martillazos de un pensar emocionado despiertan pasiones.

 

Entonces sensibilidades desean hablar y escuchar.

 

 

 

49.

 

Celulares prolongan la vista, el oído, el tacto. Extienden memorias y abrazos. También indiferencias y distracciones. Atraviesan muros.

 

Leyendas cuentan que se propuso, en un momento de la clase, sacar los celulares, abrir el whatsapp, elegir una sensibilidad de contacto que sepa que estamos en la Facultad. Enviar la pregunta que sigue: “¿Alguna vez estuviste en una clase en las que te sentiste pensando como si eso te ocurriera por primera vez? Tomate un momento, antes de responderme”. Se reenvían las respuestas, en forma anónima, al número anotado en el pizarrón. Se puede aclarar (o no) algo sobre quienes respondieron.

 

 

 

50.

 

A propósito de su formación escolar y universitaria, Héctor Libertella (2006) en La arquitectura del fantasma, escribe: ‘Sin duda algo o alguien me perseguía desde atrás como esas liebres locas que corren a campo traviesa; ojalá supiera qué o quién. Pero no voy a recurrir al psicoanálisis porque las liebres –se supone mal- no tienen inconsciente. Solo sé que, en su más vieja raíz etimológica, currículum quiere decir “carrera de carros en el Circo Romano’”.

 

Retengamos la figura de corriendo como liebres locas.

 

Las liebres no tienen inconsciente, pero lo diseminan en cada cacería.

 

Un refrán dice: “Donde menos se piensa, salta la liebre” para advertir la súbita irrupción de lo imprevisto en el paisaje de lo esperado.

 

 

 

51.

 

Darse a la clase supone darse al no saber, al poco saber, a un saber expósito, un saber en la intemperie. Un saber sin poder o sin otro poder que el de solo desear.

 

 

 

52.

 

John Dewey (1952) sostenía, a propósito del misterio de la enseñanza, que cada cual tenía que enfrentarse a un problema. Decía que sólo de una gran inquietud y una gran incomodidad provendría la urgencia de pensar.

 

Como se dijo antes: entre los labios de una herida se insinúa el pensar.

 

 

 

53.

 

En la enseñanza escolástica medieval europea se conoce el procedimiento de Abelardo (1142), el método del “sic et non” que consiste en ofrecer argumentos a favor y en contra de cada tesis. Abelardo tuvo una turbulenta historia de amor con Eloísa, una joven discípula.

 

Se conocen argumentos a favor y en contra del amor.

 

Proust creía que daban más que pensar los caprichos del amor que las certidumbres de la amistad.

 

¿Una clase que enamora invita a pensar o la fascinación impide pensar? ¿El amor moviliza o inmoviliza?

 

Oídos que aman embellecen las palabras, ojos que aman las hacen bailar.

 

 

 

54.

 

Darse a la clase consiste en darse a la lengua. Disputar los usos consagrados de lenguas que se presumen técnicas, especializadas, autorizadas. Consiste en discutir formas de hablar y pensar establecidas. Consiste en solicitar carnaduras apasionadas, furores en las palabras.

 

 

 

55.

 

Se suele considerar una clase como ocasión de una cita con las ideas. Hasta minutos antes se implora a la memoria o a la ocurrencia que nos provea de algo para pensar.

 

Acaso se necesite entrever que se trata más de una cita con la lengua: estar ahí en el momento en que ella se pone a hablar. No pasa lo mismo cuando se lee o se rememora una idea que cuando compadecemos ante una lengua que se está escuchando pensar.

 

 

 

56.

 

No se dice todo. Se insinúa lo insondable. Se da de beber lo inexpresable.

 

Voltaire (1778) advierte que un modo de aburrir a un auditorio consiste en decirlo todo. Previene los riesgos del sopor de un discurso completo.

 

El tedio de una enseñanza sin omisiones, sin huecos, sin lagunas, sin olvidos, sin desatenciones.

 

Aboga por lo sin decir siempre en vísperas de lo que se está por decir.

 

La inminencia de lo que no llega aviva el pensar.

 

 

 

57.

 

Habrá que decirlo más: darse a la clase convoca gratitudes. Celebraciones del don. Alegrías por haber tenido con quienes la soledad.

 

 

 

58.

 

Un aula no se reduce a una sala virtual o presencial en la que se dan noticias de conocimientos prescriptos y listas de lecturas obligadas. En un aula se da el estar, se da el pensar, se dan palabras a la vida. También en una clase -cuando se da el dolor, el miedo, la furia, el deseo de actuar, sabiéndonos en un común porvenir- se da la política.

 

 

 

59.

 

Creencias tienen las convicciones de la fe y las pertenencias. Conocimientos se apoyan en las certezas razonadas para construir datos ciertos. Saberes piensan en estado de conflicto con creencias, conocimientos y otros saberes.

 

Saberes sospechan de sí mismos. Habitan desencantos éticos y políticos.

 

 

 

60.

 

Darse a la clase quiere decir dar dándose, cada vez. Dar una idea, un relato, un habla que vacila; algo que encienda las ganas de pensar.

 

Darse a la clase supone abismarse como, dice Barthes, pasa con el amor.

 

Darse a la clase consiste, a veces, en hacer preguntas suspendiendo las respuestas

 

Darse a la clase implica darse a la digresión. La audacia de romper el hilo del discurso, la aventura de la deriva, el irse por las ramas como astucia de una búsqueda. No cumplir con el programa.

 

Darse a la clase supone darse a una sensibilidad dando una sensibilidad. Tal vez no se trata de enseñar, sino de sensibilizar. De invitar a sentir qué nos pasa estando en la vida.

 

Darse a la clase consiste en incitar. Incitar lecturas e incitar conversaciones.

 

La enseñanza, a veces, se reduce a una forma de divulgación. Como se dice: “divulgación científica”. O un control de lecturas obligatorias y comprensiones establecidas.

 

Se transmite una pasión, pero quienes solo pretenden obtener un diploma (cosa hasta cierto punto legítima), tal vez prefieran informaciones sin afectación.

 

 

 

61.

 

“No vale la pena ir a su clase: repite lo mismo que dice en el libro”.

 

Entregarse a la clase supone tentar lo irrepetible.

 

Uno de los temores del pensar consiste en repetir pensamientos.

 

Un momento de declinación en el que ya no ocurra el pensar.

 

 

 

62.

 

Pensamientos se gastan como se gastan las palabras.

 

 

 

63.

 

El sentido de la propiedad resulta devastador. No se trasmite el pensamiento de alguien, sino estadías en pensamientos que no pertenecen a nadie.

 

Pensar, a veces, consiste en pasar temporadas en una idea. Y muchas otras en vagar y vagar sin encontrar refugio en nada.

 

 

 

64.

 

La clase muerta de Tadeusz Kantor, una puesta en escena de 1975, ocurre en un aula escolar a la que llegan vejeces vestidas de negro cargando muñecos con rostros jóvenes.

 

Maniquíes como espectros de los años de aprendizaje, el salón de clase como encierro de vidas robotizadas.

 

Años antes, Kantor realiza El Happening panorámico del mar. Un concierto oceánico frente al Báltico. El director, vestido con traje de gala sobre una tarima, sumergida parcialmente a pocos metros de la playa, de espaldas al público, conduce con su batuta ritmos y movimientos, sonidos de las olas y silencios de las espumas. La audiencia, sentada en sillas playeras en la orilla, asiste al evento con trajes de baño.

 

Fiestas del absurdo dicen más que pantomimas de la solemnidad.

 

 

 

65.

 

La paradoja: haber dedicado muchísimos años a transmitir cosas que no se pueden transmitir.

 

¿Cómo se transmite una sensibilidad? ¿O un dolor de muelas?

 

Tal vez de eso se trata el acto de pensar: darse a una imposibilidad.

 

 

 

66.

 

Darse a la clase supone darse también a cábalas, supersticiones, creencias en los números y otras rarezas que conjuran posibles hostilidades de lo común.

 

Muchos años en el aula catorce conducen a la embriaguez: la clase como desvarío o borrachera del pensar.

 

 

 

67.

 

Iniciativas y propuestas docentes luchan contra el cronómetro institucional: “no tengo tiempo” expresa el traspié de la utopía docente; sin contar que, en los malabarismos organizativos, siempre las clavas terminan en el suelo.

 

El acto de darse al pensar corre riesgos en instituciones universitarias.

 

La promoción de encuentros abiertos intenta romper con los vicios del ensimismamiento de grupo, con exclusiones, amurallamientos. Invitaciones a presencias extrañas delatan malos hábitos, vicios de los poderes, malestares acallados, goces administrativos. Sacuden somnolencias.

 

Rutinas protegen y consumen energías. Hay que decidir licencias y remplazos, disgustos desencadenados por decisiones prolijas y desprolijas, cuestiones urgentes sobre cobros y rentas.

 

Así cuesta encantar lecturas y conversaciones.

 

Odios estallados o sin estallar se entraman en los bordes de las normativas, de las designaciones, de los concursos, de los reconocimientos y prestigios, en los salarios. ¿Hay manera de evitar esas tristezas?

 

Hay cosas que se hacen de onda; otras, con astucias; otras, como se puede; otras, se aplazan por negligencias. 

 

 

 

68.

 

Horacio González dijo una vez que “El examen introduce un momento en el que el saber se interroga a sí mismo”.

 

Discutir cómo evaluar no sólo significa indagar sobre qué procedimientos emplear en los exámenes, sino interpelar qué significa pensar en las aulas.

 

Raoul Vanegem (miembro de la internacional situacionista) sugiere que “La expresión someter a examen, es decir, proceder, en cuestiones criminales, al interrogatorio de un sospechoso y a la exposición de los cargos, evoca bien la connotación judicial que reviste el examen escrito y oral infligido a estudiantes”.

 

En las aulas, en la clínica, en la vida, no sabemos cómo evaluar lo que hacemos. Ese no saber expone una incomodidad con el saber y con el poder, pero no se desentiende de las consecuencias de sus actos.

 

Porque no sabemos cómo evaluar interrogamos lo que hacemos, cuidamos que no dañe, procuramos que dé qué pensar.

 

 

 

69.

 

Alejandra Pizarnik no completa estudios universitarios por muchas razones. Una de ellas reside en no soportar el arma de la calificación, la bala encarnizada de la evaluación, la hipocresía de las pruebas, la humillación de las aulas, la penitencia ante una autoridad.

 

Escribe en su diario el 4 de febrero de 1959: “Siento, simplemente, que el mundo me rechaza, que el mundo es un mar de aceite sucio e infinito que ya rebasa pues no puede contener nada más”.

 

 

 

70.

 

Al terminar la entrevista, Simone de Beauvoir le pregunta cómo va a seguir haciendo reportajes con tanta timidez. Alejandra se sonroja.

 

Muchas veces se identificó con esta línea: “El miedo pegado a mi rostro como una máscara de cera”.

 

En la carta a León Ostrov, escrita el 15 de julio de 1960, Pizarnik cuenta que el día del encuentro con la autora de El segundo sexo, amaneció con el corazón acelerado. Con un miedo sin metáforas.

 

Llega temprano a Les deux magots, uno de los cafés más antiguos de París, rogando que su voz saliera de su garganta cerrada.

 

La misma sensación que tenía en los exámenes.

 

Escribe: “Otra vieja frustración —y esta carta deviene crónica— es el estudio. Saber que lo necesito para mis poemas, lo necesito para justificarme. (No sé ante quién pero no deja de aterrarme que, en un sentido social, si yo leo a Góngora para mí estoy ‘perdiendo el tiempo’ mientras que si lo leo para un examen ‘trabajo’ y ‘me beneficio’). Además en tanto no finalice los estudios seré siempre una vagabunda. Pero cómo seguir si ‘el miedo se adhiere a mi rostro como una máscara de cera’ cuando pienso en los exámenes, en hablar en público. La primera solución que se me presenta es el psicoanálisis. Quizás me ayude a poder hablar sin miedo”.

 

Alejandra, para calmarse, se dice que su neurosis consiste en un anhelo empecinado de seguridad que se rehúsa a saber que la seguridad no existe.

 

 

 

71.

 

Rutinas evaluadoras en las aulas aplanan la imaginación. Consuman el desprecio por el acto de pensar: ¿no se nos ocurre otra cosa que hacer lo mismo de siempre?

 

 

 

72.

 

Leyendas recuerdan un examen en un aula multitudinaria. Se llamó: Dar la nota: la evaluación desquiciada.

 

La consigna se entrega por escrito. Dice: “El tiempo para escribir en el aula rondará los treinta minutos. Antes de ese momento, podrá consultar sus libros, cuadernos, apuntes; podrá conversar sobre el tema elegido con compañeras y compañeros que deseen o necesiten hacerlo con usted. Podrá, también, hacer preguntas y mantener diálogos con docentes presentes en la sala. Incluso salir del recinto para comunicarse con un especialista desde su teléfono celular. Simultáneamente, cada tanto, un docente tomará el micrófono para expresar, en pocos minutos, a partir de qué referencias abordaría la pregunta elegida. También, si presta atención, podrá asistir a la proyección en pantalla de un parcial que estará en ese momento siendo escrito (con vacilaciones, tachaduras y enmiendas) por un pequeño colectivo de docentes. Durante esta primera hora, usted podrá hacer un boceto o un borrador del texto por escribir. El escrito que terminará en clase, sólo podrá ocupar la extensión de una hoja.

 

Notas:

 

(1) si a usted esta propuesta no le conviene (porque es sensible a ruidos molestos y no disfruta de las interferencias) solicite los tapones de cera contemplados y ubíquese en el lugar más apartado de la sala.

 

(2) los últimos treinta minutos, ocurrirán en soledad y silencio. Soledad celebrada en compañía de otros. Silencio en el que las voces escuchadas esperan la oportunidad de posarse en una idea”.

 

 

 

73.

 

No se puede decir lo que acontece. Sin embargo, se puede intentar (una y mil veces) narrar esa imposibilidad. ¿Qué ocurrió en el aula? A pesar de haber estado allí, no lo sabemos.

 

Una crónica vislumbra el crujir de los huesos, flujos sanguíneos y sudores de siluetas conjeturales. Una crónica intenta captar barullos: ruidos que hacen algarabías cuando salen a jugar al patio.

 

Un verso de Celan, que se refiere al acontecimiento del horror, dice “Nadie testimonia por el testigo”.

 

Cuando se testimonia no sólo se informa que se tuvo conocimiento directo de algo. Testimoniar supone, también, dar una presencia afectada. Dar una sensualidad y una aspereza, dar una memoria y un olvido, dar un entusiasmo y un hastío. Dar un relato imperfecto de algo de lo que (nos) ocurrió.

 

 

 

74.

 

Una cátedra se podría describir como una complicidad de lecturas y conversaciones sobre esas lecturas.

 

No se trata de instruir o imponer qué leer y cómo leer, sino de cercanías que disfrutan pensando alrededor de lecturas que comparten.

 

 

 

75.

 

La expresión policía intelectual compone un oxímoron.

 

Los términos policía e intelectual se enfrentan, se oponen, se desconfían.

 

El deseo de pensar no congenia con el orden, la vigilancia, el control, la seguridad, el castigo, el encierro.

 

Sin embargo, la expresión policía académica se ha vuelto verosímil.

 

Una máquina que disciplina comportamientos y contenidos.

 

 

 

76.

 

¿Se podría oponer a la figura de programa o plan de estudios, la de una complicidad de lecturas?

 

¿No la adherencia a un conjunto de enunciados establecidos y sacralizados, sino la de un indisciplinado enjambre de libaciones inconcebibles no previstas en ninguna colmena?

 

¿Una complicidad de lecturas exceptuada de obligaciones, fidelidades, miradas reguladoras, celdas en paneles establecidos?

 

Algo así, ¿se podría en una cátedra universitaria infectada de jerarquías y direccionalidades? ¿Cátedras sujetan yugos a sus docentes y estudiantes? ¿Conducen obediencias? ¿Retuercen cuellos? ¿Administran rutinas y transforman pasiones en meras habilidades de convivencia?

 

Bajo el disfraz de la complicidad, a veces, asecha la indiferencia y la enemistad.

 

¿Consentimientos fingidos acumulan odios y mascullan venganzas? ¿Simulan participar de lo que no les importa ni entienden? ¿Acatan sonriendo?

 

Complicidades suceden como afinidades entre deseos que se aproximan porque sí para realizar el raro cometido de pensar contra la corriente.

 

No hay complicidades en aulas abatidas, desgastadas, maltratadas, despobladas de entusiasmos. Yermas.

 

Complicidades necesitan alborotos, rebeldías, fogosidades. Desparpajos de la proximidad.

 

 

 

77.

 

Aulas se transforman en audiencias, estudiantes en público.

 

La idea de público se lee por primera vez en la obra de Tarde. En 1898 escribe en Le public et la foule: “La psicología de las masas ha sido establecida; ahora debe establecerse la psicología de los públicos, concebida en este nuevo sentido, como una colectividad puramente espiritual, como una diseminación de individuos físicamente separados cuya cohesión es meramente mental”.

 

Las figuras de audiencia y público realizan una separación y consuman un aislamiento.

 

Asistimos a la escisión entre saber y vida, entre pensamiento y un común pensar.

 

 

 

78.

 

Se pueden alcanzar licenciaturas, maestrías, doctorados, adquiriendo el dominio de repertorios más o menos sofisticados de fórmulas.

 

Estudiantes dominan fórmulas, docentes formularios.

 

Fórmulas y formularios convienen al mundo de las simulaciones, las trampas, los cumplimientos. ¡Excelencias sin problemas!

 

 

 

79.

 

Incurrir en una trampa (contravención disimulada de la norma) no equivale al cometido de una astucia.

 

Mientras la trampa se propone zafar de la regla sin cuestionarla, la astucia intenta evitar que la norma cuestionada anule la potencia de la disidencia.

 

Una cátedra se podría pensar como el arte de sostener un semblante de autoridad para tentar potencias de deseo.

 

Astucia de una puesta en escena, no una trampa.

 

El imperio de una norma no tiene que importar más que la anomalía del contento de lo común.

 

Astucias simulan cumplir reglas, pero pretenden excitaciones o aguaceros del pensar.

 

Se finge acatar la norma para posibilitar juntadas que cuestionen imposiciones y reglas que hacen daño.

 

 

 

80.

 

Estados de comunión y alegrías de lo común pocas veces se dan en las aulas.

 

Tal vez se quedan en recreos y en bares, en estadios y recitales. En fiestas de alcoholes que sueltan lenguas que besan y hablan. En cuerpos que ríen y bailan.

 

 

 

81.

 

En otros tiempos, ingresar a una universidad no consistía sólo en entrar a una facultad, elegir una carrera, apostar a una identidad profesional. Antes que todo eso, suponía el deseo de ingresar a un movimiento estudiantil.

 

Un movimiento estudiantil como insidioso cuestionamiento de cátedras, de programas, de bibliografías, del aislamiento de las luchas sociales y los dolores de la vida.

 

No las apresuradas incursiones de las agrupaciones que, en época de elecciones, interrumpen clases para conquistar votos.

 

Un movimiento estudiantil como insurgencia, como solicitación de saberes, como pregunta por el porvenir. Como interpelación de violencias de las hablas académicas.

 

 

 

82.

 

Una escena se repite en los últimos años. Agrupaciones estudiantiles, en las vísperas de las elecciones de representantes, piden permiso para hablar en las aulas unos minutos. Dicen lo que creen que tienen que decir para recibir apoyos y se retiran. Casi nadie las escucha.

 

En medio de tanta apatía, se cuenta un sucedido.

 

Se formó una agrupación ficcional con el nombre Hagámoslo con gusto que se sumó, con sus carteles y volantes, a la campaña. Y que, también, con la misma estética y rituales de las agrupaciones empadronadas, ingresaba a las aulas para leer su proclama a viva voz.

 

“¡Compañeres! Pertenecemos a la agrupación ‘Hagámoslo con gusto’.

 

Urge que nos pronunciemos en este momento político crucial.

 

Nos cuentan sólo como ingredientes. Nos tratan como una mera pierna de cordero. Nos quieren aplastar como un diente de ajo, romper como ramas de tomillo y romero. No dudan en echarnos aceite, rebanarnos como zanahorias, hacernos puré y masajearnos con manteca para ablandar nuestra furia.

 

No nos engañan con sus mieles. Ni sus sales y pimientas. ¡Ay las caléndulas! Nos preparan para el horno.

 

¡Compañeres! No nos dejemos limpiar como a una pierna de cordero. Impidamos que desprendan las telas conquistadas que recubren nuestros músculos.

 

Digamos: ¡No! No nos manipularán y nos invadirán con el diente de ajo, la ramita de romero, el tomillo, las dos cucharadas de aceite de oliva.

 

No aceptaremos que nos adoben sin piedad.

 

Pretenden enjugarnos en la peor de las cocciones: las que comienzan lentas y con temperaturas bajas, pero constantes.

 

Y, ¿a esto llaman enseñanza? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar que nos pongan en una asadera? Tienen calculados los minutos que necesitan para tenernos a punto. ¿A punto de qué, preguntamos? Nos doran y tiran sus preparados encima.

 

Si no reaccionamos, nos harán puré de zanahorias.

 

¡Nos quieren vegetales!

 

¡Compañeres! Necesitamos saciar este hambre. No sólo votos.

 

¡Compañeres! No escuchemos sin reflexionar y criticar lo que nos dicen.

 

Las otras agrupaciones, sólo repiten recetas.

 

¿Creen que no nos damos cuenta?”.

 

Concluida la proclama, agradecían la atención y se retiraban. Algunas presencias se sonreían, pero otras no advertían la parodia en la que una agrupación de fantasía leía la receta del cordero patagónico.

 

El hábito, a veces, se impone en las aulas igual que el hastío a las horas olvidadas.

 

 

 

83.

 

Días previos y segundos antes de ingresar a un aula componen, con los años, momentos dramáticos. El nerviosismo de no saber qué decir. El desasosiego de volver a constatar un vacío que crece, la cabeza infecunda, la inconmensurabilidad de los libros sin leer. El vértigo de tener o no tener algo: una idea, una cita, una palabra no explorada. Y, encima de eso, la arrogancia o la solicitud, de que nos quieran.

 

Por suerte todo desaparece o queda en suspenso cuando comienza la clase: el estar ahí con. Entonces, puede ocurrir lo inexplicable: el momento de un común pensar.

 

Tal vez darse a la clase consista en prepararse para estar en esos momentos.

 

 

 

84.

 

En ocasiones, antes de ir a dar clase, surge la pregunta de si quisiéramos estar en otro lado haciendo otras cosas. Como si nos asaltara la prueba del eterno retorno de Nietzsche: “si te fuera dado vivir un solo momento por toda la eternidad, ¿elegirías este momento?”.

 

A veces, nos respondemos que sí; otras, que nos gustaría estar en otro lado o que querríamos llevar las aulas a otros lugares para pensar la vida fuera de espacios estrechos y cerrados.

 

Tal vez en una de nuestras tantas eternidades siempre sigamos entrando a las aulas. Y, en otras, sigamos preguntándonos si hacerlo o no. Y, en otras, sigamos encontrándonos con alguien que nos rescate. Y, en otras, sigamos proyectando encuentros en otros lugares.

 

 

 

85.

 

Fascinan los pizarrones en los que las palabras van dibujando una intrincada red de conexiones nerviosas como si se tratara de galaxias de tiza.

 

Escribe la palabra excavación, en un aula llena, con una falta de ortografía. Siente la ingravidez y la extrañeza de una impostura.

 

Darse al estar ahí desfalleciendo de vergüenza, exponiendo una falta, una incorrección, un engaño.

 

Habrá que decirlo más de una vez: al final, en todo darse, se da un desamparo.

 

 

 

86.

 

Darse a la clase conlleva saberse estando ahí como espantapájaros.

 

Una contextura frágil sostenida por un palo de escoba, vestida con camisas coloridas, pantalones con remiendos, sombrero de paja.

 

Espantapájaros que hubiera hecho falta a Van Gogh en su pintura del trigal amenazado por una tormenta y una inquietante nube con alas negras.

 

 

 

87.

 

Se recuerda la escena de la película de El Mago de Oz en la que Dorothy pregunta al muñeco de la cabeza hueca “¿Cómo podés hablar sin cerebro?”. A lo que el Espantapájaros responde: “No lo sé, pero muchas personas que no piensan hablan día y noche. ¿No es cierto?”.

 

Dorothy, la niña que termina en la tierra de Oz arrastrada por un tornado, mientras se encamina a pedir ayuda al Mago para volver a su mundo, se hace amiga del Espantapájaros que desea tener una cabeza para poder pensar, del Hombre de Lata que quiere tener un corazón, del León que quiere esconder su debilidad.

 

 

 

88.

 

El trance de darse a la clase se puede describir así: desear pensar, sentir un corazón que delira, saber la debilidad, entrar en un tornado que nos arrastra fuera del mundo sin que sepamos cómo volver a él.

 

 

 

89.

 

Oliverio Girondo publica Espantapájaros en 1932. Incluye allí un poema que se llama Yo no sé nada presentado en la hoja como un caligrama. El dibujo de un monigote hecho con letras. Un poema que delinea con palabras la figura de un muñeco rígido. Un escrito que se divide en tres partes: la cabeza, lugar de afirmación de ningún saber; el cuerpo, superficie de desorientación; las piernas, devenir aleatorio del cantar de las ranas.

 

Girondo, para publicitar su libro, ideó una de las primeras acciones de arte conceptual que se conocen en Buenos Aires. Confeccionó un muñeco grotesco vestido como un catedrático de la época para ironizar la vida académica. Y lo sacó de paseo en un carro fúnebre tirado por caballos durante varios días.

 

Antes de Kantor, Girondo expuso la clase muerta en las calles.

 

 

 

90.

 

Atrae la figura del espantapájaros, exótica y liviana, que sólo está ahí. Una imperturbable presencia, sin violencias con las aves, que procura que las semillas puedan tener una oportunidad.

 

Quizás darse a la clase suponga estar así, en una fatal desquicia, procurando pensar. Pensando sin poder pensar. Pensando, por momentos, sin ningún saber. Pensando con la cabeza hueca o repleta de lugares comunes. Con la superficie corporal perpleja y despistada. Saltando de piedra en piedra como las ranas. Creyendo en la magia de los libros y en el espíritu de las aulas. Practicando rituales secretos para hacernos nacer otras cabezas que puedan pensar otras vidas.

 

Estar ahí como espantapájaros: ternuras inmóviles que resguardan el secreto de las semillas.

 

 

 

91.

 

La revista Acéphale (Acéfalo) sólo tuvo cuatro números. El 24 de junio de 1936, Georges Bataille y Pierre Klossowski escriben para esa publicación La conjuración sagrada. Ese año, Mussolini llevaba trece en el poder; Hitler, tres; y, entre tanto, estalla la Guerra Civil española.

 

En ese tiempo, la revista se propuso pensar descabezada.

 

Acefalía no como carencia de racionalidad, ni como falta de unidad, ni como déficit de atención, sino como potencia. Como una erótica sin mando. Una anomalía sin parte superior a la que quizás, como a la Hidra de Lerma de la mitología griega, le crecen muchas cabezas.

 

 

 

92.

 

Sabiéndonos espantapájaros, ¿nos preservamos de soberbias y hazañas fabulosas?

 

 

 

93.

 

Si docencias no quedan maniatadas por la necesidad de reconocimiento, o de publicidad de un nombre, o de la solicitud de aplauso, o de la necesidad de conservar un empleo; se alzan en las aulas como tribunas urgidas.

 

Urgidas por vocalizar preguntas de una época. Urgidas por contar lecturas. Urgidas por estar con otras soledades. Urgidas por escuchar otras palabras y otros silencios. Urgidas por rescatar ideas que se hunden en el olvido. Urgidas por un pensar que reconforte lo vivo. Urgidas por la falta de respuestas. Urgidas por contar desarraigos e intemperies, confianzas y desconfianzas.

 

Urgidas de una pausa en un momento de peligro.

 

Quizás, al principio, se está en el aula para transmitir un saber, pero con el tiempo se permanece ahí para alojar la premura de pensar.

 

 

 

94.

 

Hay cosas que si no se cuentan se pierden.

 

Nunca habían enviado una carta. Al entrar al aula reciben un sobre con el sello de la cátedra. Anotan en el frente su nombre y apellido, su dirección, código postal, localidad. Con esas coordenadas consignadas vuelven a colocar los sobres vacíos en un buzón. Un rato después, cada cual retira uno al azar. Si sacan el propio, lo devuelven. Cuando todas las presencias tienen en sus manos un destino, eligen una pregunta entre veinte. Con ese interrogante escriben una carta dirigida a la persona que les tocó.

 

Querida María tengo que escribir sobre esta consigna: “Trate de pensar las vicisitudes de la correspondencia y la reciprocidad”.

 

Me gustaría relacionar la respuesta con cuatro ideas: “Amar es dar lo que no se tiene”. (Lacan) / “Todo encuentro supone un desencuentro”. (Pichon) / “La carta es un lugar de la escritura que se juega en la distancia, en la ausencia, en la espera y en la promesa”. (Derrida). / “La correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar”. (Piglia).

 

¿Me ayudás a armar una presentación? Me gustaría conocerte, te mando un beso. Sofi.

 

Cada escribiente coloca su solicitud dentro del sobre y lo cierra con cuidado. Anota en el reverso sus datos para poder recibir la respuesta. Las cartas se tienen que enviar ese mismo día y responder dentro de las setenta y dos horas. Al transcurrir, como máximo, diez días del sucedido cada participante entrega la carta que envió, la que recibió y su comentario final.

 

Las cartas fueron y vinieron según lo establecido.

 

 

 

95.

 

Sabidurías ancestrales no pertenecen a nadie. Se pasan de una vida a otra como semillas. No afirman yo soy o yo sé. No exhiben una posición, rememoran un gesto. Comienzan diciendo: quienes nos precedieron solían pensar…

 

 

 

96.

 

Fragmento de un manifiesto:

 

No importa tanto tener un deseo como tener con quienes desear.

 

Rehusarse a nombrar este mundo para recordar que no lo comprendemos ni lo aceptamos. Conservar esa vacancia para imaginar cómo volver a encantarlo.

 

Bautizarlo cada día con una ausencia o con la inminencia de un nombre que no llega.

 

 

 

Nadar contra la corriente cuando la corriente lleva al desagüe de las clases muertas.

 

Volar bajito para que los radares del desánimo no detecten potencias subversivas del contento que nos damos cada vez que nos juntamos.

 

Avivar el fuego afuera de las aulas para volver a ellas con eróticas que enciendan el acto de pensar.

 

 

 

97.

 

Pisó por primera vez el edificio de Independencia a los dieciséis años. No para escuchar una clase, sino para estar en una asamblea.

 

En ese tiempo, funcionaba la Facultad de Filosofía y Letras. Concurrió con un amigo con el que se reunía a leer la Historia Social de la Literatura y el Arte de Arnold Hauser.

 

Recuerda el colorido y la humareda del aula mayor llena. Todo latía.

 

En eso subió a la tarima un muchacho que vestía un sobretodo negro. Llevaba años estudiando El Capital. Hizo un prolongado silencio antes de comenzar, hasta que dijo:

 

“No nos temen por lo que pensamos. Nos temen por lo que podemos llegar a pensar”.

 

Desde entonces, el aula magna guarda esa confidencia.

Fuente: Revista Adynata

Imagen:

 
Tadeusz Kantor – «El Concierto del Mar» (El Acontecimiento Panorámico del Mar) – 1967 – Fotografía toma directa:Tadeusz Kantor. Link al Doc. Happening: https://vimeo.com/126380094
 
 
 
 
 

La gran deserción (epílogo) // Francesca Coin

Epílogo a la edición en castellano editado por Tercero Incluido Ediciones

Cambiar el trabajo para cambiar el mundo

En los meses que siguieron a la pandemia, se generalizó el temor de que esta provocase un aumento de los despidos, favorecido por el fin de las medidas que se habían introducido para limitar el impacto de la crisis sanitaria en las actividades de producción y en los niveles de empleo. Contra todo pronóstico, la pandemia provocó un fenómeno totalmente distinto, marcado por un aumento del número de bajas voluntarias. En Estados Unidos, unos cuarenta y ocho millones de personas renunciaron en 2021, según datos de la Bureau of Labor Statistics. Esta cifra alcanzó los cincuenta millones en 2022 y los cuarenta y cuatro millones en 2023, cuando «The New York Times» tituló célebremente que la Gran Deserción había terminado[426] En Italia, a pesar de un contexto económico diferente, las bajas voluntarias se acercaron a los dos millones en 2021, según datos de las Comunicaciones Obligatorias del Ministerio de Trabajo. Superaron este umbral en 2022, alcanzando los dos millones doscientos mil, y se mantuvieron casi constantes durante 2023, cuando se registraron dos millones ciento sesenta mil. Aunque los medios de comunicación han hecho poco hincapié en la Gran Deserción, y a pesar de los intentos de enfriar la economía con la subida de los tipos de interés, el crecimiento de la rotación voluntaria [turnover], la recuperación incompleta de la tasa de actividad, la reducción de las horas trabajadas y la dificultad para retener y contratar personal parecen destinados a continuar.
Desde la pandemia, la escasez de personal se ha convertido en un problema en toda Europa. En Alemania hay cerca de dos millones de vacantes, mientras que en Francia faltan un millón de trabajadores y otros tantos en Italia. Incluso en Suiza hay dificultades para encontrar personal: alcanzaron su punto más alto en 2022[427], y continuarán en 2023 tanto en la industria como en los servicios, sobre todo en hostelería, alta tecnología, sanidad, transporte, construcción y logística. En general, la escasez de trabajadores se atribuye a distintos factores, como la crisis demográfica, las políticas migratorias y el desajuste entre las cualificaciones requeridas para un puesto de trabajo y las cualificaciones de los trabajadores disponibles. Sin embargo, lo que subyace a las dificultades para retener y contratar personal es una desafección implacable respecto a un modelo de producción que ha demostrado ser insostenible.
Fue el antropólogo David Graeber quien puso de relieve estos problemas en su best seller Bullshit Jobs [428] En los últimos cincuenta años, escribió Graeber, los sondeos, los estudios y las encuestas han llegado a dos conclusiones opuestas sobre el trabajo. La primera es que la mayoría de la gente obtiene un sentimiento de dignidad y autoestima de su trabajo. La segunda es que la mayoría de la gente, a pesar de ello, lo detesta. David Graeber lo había llamado «la paradoja del trabajo contemporáneo», esa extraña contradicción por la que uno espera recibir reconocimiento de una actividad que considera «físicamente agotadora, aburrida, psicológicamente humillante o sin sentido». Graeber escribió estas palabras en 2018, poco antes del inicio de la pandemia. Unos años después de la publicación de su texto, tenemos que preguntarnos si sigue siendo cierto que la gente busca reconocimiento en el trabajo. Desde la pandemia, ha quedado claro que algo falla en el trabajo contemporáneo, ya que en lugar de responder a las necesidades de la sociedad, suele responder a la búsqueda de beneficios. En otros casos, desgasta la salud de quienes lo realizan; en otros, daña el medio ambiente, creando un conflicto de valores en la vida de los empleados; en otros casos, priva a los empleados de su autonomía o de la posibilidad de planificar su tiempo. Otras veces, simplemente, la compensación económica por el trabajo realizado es demasiado baja. De hecho, la desafección al trabajo es el epifenómeno de una serie de causas caracterizadas por el desmantelamiento progresivo de las formas de protección y de remuneración directa, indirecta y diferida que se introdujeron en el siglo pasado. En este contexto, el recurso generalizado al trabajo precario, a tiempo parcial o en negro, la tendencia omnipresente a recortar las plantillas al mínimo, la difusión de mecanismos digitales de retroalimentación capaces de hacer un seguimiento del rendimiento y el continuo aumento de la carga de trabajo, todo ello aderezado con salarios cada vez más bajos, ha contribuido a un enorme aumento de la insatisfacción, provocando un crecimiento tendencial de la rotación voluntaria que había comenzado mucho antes de la pandemia.
En los últimos meses se ha dicho repetidamente que este descontento afecta sobre todo a la generación más joven. No es así. En comparación con la generación que nació en el boom económico y creció en una época en la que el trabajo estaba protegido y se caracterizaba por la lealtad a la empresa, la Generación Z se incorpora al trabajo en un mundo lleno de incertidumbre. Ya no existen las protecciones de la época del boom económico. Tampoco la precariedad que caracterizó a la Generación X en los años noventa o el mundo de la Gig Economy con el que han crecido los milenials. La Generación Z se incorpora al mundo laboral en una época de crisis marcada por los trabajos esporádicos y los salarios bajos, en la que la capacidad para hacer frente al aumento del coste de la vida les obliga a realizar más de un trabajo para llegar a fin de mes. Es lo que se denomina «moonlighting» [pluriempleo]: la tendencia a combinar un trabajo secundario con otro principal, que suele realizarse durante el día. En este contexto, tener varios empleos es una opción necesaria para sobrevivir, especialmente en un momento en que el coste de bienes y servicios primarios como la vivienda, la sanidad y la educación está ejerciendo una presión sin precedentes sobre la generación más joven. No es de extrañar que la Gen Z experimente altos niveles de ansiedad y de preocupación (56%) o que tenga preocupaciones financieras «normalmente reservadas a la edad adulta», como observa el excelente informe de Ernst and Young [429] Así pues, está claro que la relación con el trabajo está cambiando. Si antes el sacrificio era la condición del éxito profesional y legitimaba la tendencia a trabajar duro para tener un empleo seguro, para la Generación Z el modelo de sacrificio ya no funciona. Lo que era un camino «tradicional» para las generaciones pasadas —ir a la universidad, graduarse, conseguir un trabajo y tener una carrera— corre ahora el riesgo de convertirse en un callejón sin salida debido al aumento de los costes de la universidad y al incierto entorno económico y geopolítico. La Generación Z, cuando mira al futuro, no tiene certezas. Por lo tanto, no siempre hacen inversiones a largo plazo e intentan mantener el control siempre que pueden, incluidos los horarios y las pautas de trabajo, los turnos y los salarios. En un mundo de incertidumbre, crisis, despidos y recesión, es necesario mantener el control, al menos sobre el propio trabajo, para limitar la sensación de estar a merced de acontecimientos difíciles de predecir.
Si este es el contexto en el que crece la Generación Z, sería un error suponer que el problema se limita a ella. Como hemos visto, el crecimiento de la rotación voluntaria está especialmente extendido entre los mayores de cincuenta años, al igual que crece entre ellos la tendencia a la jubilación anticipada. En Italia, el número de los que han obtenido prestaciones de jubilación anticipada ha crecido hasta un millón y medio en los últimos cinco años. Por tanto, mientras la edad de jubilación en Italia sigue aumentando, situando al país entre los que tienen la edad de jubilación más alta de Europa, el fenómeno de la jubilación anticipada crece, indicando la necesidad subjetiva de anticipar la salida del mercado [430].
A través de las generaciones, los experimentos para sobrevivir reduciendo el papel del trabajo en la propia vida se han multiplicado en los últimos años. Hay quienes han optado por trabajar a tiempo parcial, quienes han buscado formas autónomas de trabajar que tengan un impacto limitado sobre el medio ambiente o la salud mental y quienes pueden intentar trabajar menos y ayudarse, en la medida de lo posible, con pequeñas formas de ingresos, quizá alquilando una habitación o parte de una casa. Según algunos autores, todos estos experimentos hablan de una sociedad atravesada por formas espontáneas de «postrabajo».
En un artículo sobre el postrabajo para «The Guardian», el periodista británico Andy Beckett escribió que el trabajo ya no funciona como medio de subsistencia, ni como fuente de movilidad social y autoestima, puesto que es precario, está demasiado mal pagado e incluso es potencialmente perjudicial, dado su impacto sobre el planeta y la salud mental [431] Como señala Tedd Siegel, «contemplamos una tendencia kárstica hacia un mundo de postrabajo» [432]. Aunque todavía faltan estudios empíricos sobre las formas que adopta esta tendencia, lo cierto es que el tema del postrabajo se declina a menudo de forma diferente a como se hacía en el pasado. En una época, la idea del postrabajo describía la perspectiva a largo plazo evocada por textos clásicos, como el famoso «Fragmento sobre las máquinas» de Karl Marx [433] o el exitoso discurso de John Maynard Keynes en Madrid sobre «Las posibilidades económicas de nuestros nietos» [434]. En ambos casos, el postrabajo parecía describir el destino de la sociedad en una era en la que el trabajo estaría en gran medida automatizado. Hoy, en muchos casos, el postrabajo ya no describe un posible escenario futuro, sino la experiencia cotidiana de todos aquellos sectores de la población que intentan reducir el papel del trabajo en sus vidas. En las entrevistas que hemos leído, por ejemplo, la decisión de trabajar menos horas, de optar por la jubilación anticipada o de elegir un trabajo menos exigente en cuanto a responsabilidades y ritmo, representan, a todos los efectos, formas espontáneas de experimentar estilos de vida en los que el papel del trabajo queda marginado. Es decir, el trabajo se utiliza instrumentalmente como medio de subsistencia, pero ya no se considera un fin en sí mismo ni un instrumento de autorrealización. Al contrario, a menudo se percibe como el vestigio de una organización social que parece cada vez menos compatible con la vida humana y el planeta. En este contexto, el problema no es el crecimiento tendencial de las dimisiones voluntarias, sino el papel del trabajo en nuestra sociedad.
Desde que salió el libro, muchos empresarios y empresas me han preguntado cómo pueden retener o contratar personal. «No encontramos trabajadores», dicen. Primero, suelo preguntarles qué tipo de empresa tienen y, luego, qué tipo de contrato hacen a los trabajadores. Estas preguntas suelen bastar para formular una hipótesis sobre la causa del problema. Por ejemplo, cuando me dicen que la empresa es un centro de llamadas, les pregunto si alguna vez aceptarían trabajar por cuenta ajena en su propia empresa, en las condiciones que esta establece. Con razón, algunos dicen que no. En general, los elevados porcentajes de trabajadores insatisfechos o que desearían cambiar de empleo hablan de un cálculo coste-beneficio en el que el balance es negativo: de un trabajo que pide mucho aunque dé poco a cambio. Cuando se tiene la impresión de que el trabajo quita más de lo que da, la escasez es totalmente comprensible. Si el trabajo que realizamos no tiene sentido para la sociedad, si se paga a unos pocos euros la hora, si está desprotegido, si genera malestar físico, mental o medioambiental, si es precario, agotador o está mal pagado, no es de extrañar que las empresas tengan dificultades para encontrar o retener personal. Tampoco sorprende que, en distintos países, la lista de trabajos que la gente ya no quiere hacer siga creciendo. Antaño, el trabajo agrícola, agotador y mal pagado, era uno de los principales empleos para los que no se encontraba mano de obra. Hoy en día, a estos empleos se suman los de la hostelería y la restauración, la logística, la sanidad y el trabajo social, el comercio minorista, los servicios a las empresas, las consultorías, etcétera. El problema no es que haya cambiado el carácter generacional, ni que la gente se haya vuelto holgazana o perezosa. El problema es que, en diversos sectores, las condiciones de trabajo se han deteriorado hasta tal punto que ya no podemos permitirnos trabajar en ellos.
Este libro ha intentado arrojar luz sobre este deterioro. Y lo ha hecho adoptando el punto de vista de quienes, por una vez, han comprendido que su vida y su bienestar valen más que su empleo. Como dijo Dario Salvetti, portavoz del antiguo Collettivo di Fabbrica GKN, en un discurso público pronunciado en Florencia el 12 de julio de 2024, defender el tiempo de vida de uno exige tener presentes las dos caras de la cuestión. Por un lado, las relaciones de poder entre las clases en un momento histórico determinado, los contratos y las presiones antisindicales. Por otro, hay que tener una percepción de la preciosidad de la propia vida.

¿Quién fija el precio de tu fuerza de trabajo? ¿Quién fija el precio de tu tiempo de vida? Se establece en función de dos vertientes. Una son las relaciones de poder entre clases, los contratos, la precariedad, el chantaje, tu capacidad de organizarte y de resistir. Por un lado, defiendes así tu tiempo de vida, pero luego hay otro lado. Para defender tu tiempo de vida tienes que percibir la preciosidad de tu vida, y para percibir la preciosidad de tu vida tienes que escapar de su nada y tienes que utilizar esos instrumentos que la humanidad se ha dado para darse una vida bella: la literatura, el arte, la música, la ciencia, la posibilidad de planificar un futuro. Tienes que percibir que existe una vida bella para indignarte por el tiempo que les dedicas cuando vas a trabajar.

El crecimiento de la rotación voluntaria marca el momento histórico en que, para muchos trabajadores, ser explotado por un jefe ya no es aceptable, porque la propia vida vale más. La elección de irse, aunque no sea decisiva, indica la decisión de no adaptarse más a un trabajo que no está a la altura de la propia existencia. Desde este punto de vista, el crecimiento de la deserción es una buena noticia: porque la vida vale más que el trabajo. Desde otro punto de vista, es cierto que la mera sustracción, por sí sola, no basta para cambiar las cosas. Seamos claros: en muchos casos, la escasez de mano de obra ha puesto a las empresas en una situación difícil, obligándolas a ceder en derechos y salarios para encontrar personal. Sin embargo, es cierto que podremos pensar en cambiar realmente las cosas cuando la escasez de mano de obra y el absentismo se entremezclen con las huelgas, la organización y los disturbios. En los últimos años se ha producido un resurgimiento de la actividad sindical en muchos países. Por ejemplo, según la Bureau of Labor Statistics las huelgas en Estados Unidos han aumentado un 280%[435] desde la pandemia, principalmente en los sectores menos protegidos: servicios educativos, atención sanitaria y asistencia social, industria manufacturera, comercio minorista y restauración. Al mismo tiempo, aumentó la actividad sindical, sobre todo en aquellos sectores, como los servicios de alojamiento y alimentación, caracterizados por una elevada rotación voluntaria. Del mismo modo, hemos asistido a oleadas radicales de huelgas en el Reino Unido, Francia, China [436}, Brasil, México y Argentina, por citar algunos países. A pesar de la cínica habilidad de los movimientos de derechas para convertir la frustración social en una oportunidad de reclutamiento, es innegable que el deseo de transformación social impregna nuestras sociedades, con una visión del mundo transformadora, solidaria, incluso, diría, socialista, que es cada vez más explícitamente antitética a la visión del mundo neoliberal. Desde el punto de vista laboral, estas luchas nos obligan a repensar el modelo productivo de nuestra sociedad, empezando a pensar en cómo puede responder a las necesidades individuales, sociales y medioambientales. Dondequiera que me dirija, siento la misma necesidad de un trabajo que pueda tener un impacto positivo en las comunidades y el medio ambiente, y satisfacer la gran demanda de atención sanitaria y psicológica de jóvenes y ancianos. Un trabajo que esté a la altura de los retos actuales debería empezar por aquí, por reducir la carga de trabajo en los sectores asistenciales, aumentar el personal y los salarios. Y, luego, deshaciéndose de todas esas formas tóxicas de organizar el trabajo, como las introducidas por la New Public Management o la vigilancia digital. Además, están experimentos como la semana corta y el salario mínimo, la Renta Básica Universal, la posibilidad de reducir la edad de jubilación y aumentar las protecciones laborales, por no hablar de la necesidad de reforzar el welfare público, la vivienda pública, el transporte público, la educación pública y los servicios públicos. Si queremos imaginar un mundo nuevo, debemos ser ambiciosos. El deseo de formar parte activa de la sociedad también pasa por ahí.

Milán, 3 de septiembre de 2024.

427 https://www.gia.pr.it/download/29305/2016/07/Lavoro-in-Europa-record-di-posti-vacanti-e-dimissioni.-%C3%88-il-%C2%ABgrande-turnover%C2%BB-Il-Sole-24-ORE.pdf
428 Nota del traductor: traducción de Iván Barbeitos; Trabajos de mierda.
Una teoría, Ariel, Barcelona, 2018.

426 «The Great Resignation is Over», en https://www.nytimes.com/2023/07/06/ business/economy/jobs-great-resignation.html

429 https://www.ey.com/content/dam/ey-unified-site/ey-com/en-us/insights/ consulting/documents/ey-2307-4309403-genz-segmentation-report-usscore-no-20902-231us-2-vf4.pdf

430 https://www.wired.it/article/pensioni-minime-fornero-elezioni-2022-programmi-partiti/
431 https://www.theguardian.com/news/2018/jan/19/post-work-the-radicalidea-of-a-world-without-jobs
432 Siegel, T., Signs of the Great Refusal, punctum books, Goleta (CA), 2023.
433 En Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, vol. 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 1972, pp. 216-230.

434 Keynes, J. M., Las posibilidades económicas de nuestros nietos, op. cit.

435 https://www.epi.org/publication/major-strike-activity-in-2023/
436 https://clb.org.hk/en/content/after-years-pandemic-anomalies-worker-strikes-and-protests-are-rise-across-industries-china

 

Onetti sobre Arlt

Prólogo de Juan Carlos Onetti a una edición italiana de El juguete rabioso.


Quiero aclarar desde el principio que estas páginas se escriben, misteriosamente, porque el editor y el autor estuvieron de acuerdo respecto a su tono. Yo no podría prologar esta novela de ArIt haciendo juicios literarios, sino sociológicos; tampoco podría caer en sentimentalismos fáciles sobre, por ejemplo, el gran escritor prematuramente desaparecido. No podría hacerlo por gustos e incapacidades personales; pero, sobre todo, imagino y sé la gran carcajada que le provocaría a Roberto ArIt cualquier cosa de ese tipo. Oigo su risa desfachatada, repetida en los últimos años por culpa de exégetas y neodescubridores.
Por ese motivo no releí a Roberto ArIt, auncio que esta precaución es excesiva porque lo conozco de memoria, tantos persistentes años pasados. Tampoco quise mirar lo que se publicó sobre él y tengo en mi biblioteca. Supuse más adecuado un encuentro cara a cara, sin mentir ni tolerarle trampas. Creo que es una forma indudable de la amistad, si es que Roberto Arlt tuvo jamás un amigo. Estaba en otra cosa. En consecuencia, quiero pedir perdón por fechas equivocas, por anécdotas ignoradas, tal vez ya contadas.
En aquel tiempo, allá por el 34, yo padecía en Montevideo una soltería o viudez en parte involuntaria. Había vuelto de mi primera excursión a Buenos Aires fracasado y pobre. Pero esto no importaba en exceso porque yo tenía veinticinco años, era austero y casto por pacto de amor, y sobre todo, porque estaba escribiendo una novela “genial” que bauticé Tiempo de abrazar y que nunca llegó a publicarse, tal vez por mala, acaso, simplemente, porque la perdi en alguna mudanza
Ademas de la novela yo tenía otras cosas, propias de la edad, entre ellas un amigo, Italo Constantini, que vivía en Buenos Ai¬res y jugaba por entonces al Stavroguin.
Entre el 30 y 34 yo había leído, en Buenos Aíres, las novelas de Arlt —El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, algunos de sus cuentos—, pero lo que daba al escritor una popularidad incomparable eran sus crónicas. “Aguafuertes porteñas”, que publicaba semanalmente en el diario El Mundo.
Los aguafuertes aparecían, al principio, todos los martes y su éxito fue excesivo para los intereses del diario El director, Muzzio Sáenz Peña, comprobó muy pronto que El Mundo, los martes, casi duplicaba la venta de los demás días. Entonces resolvió despistar a los lectores y publicar los “Aguafuertes” cualquier día de la semana. En busca de Arlt no hubo más remedio que comprar El Mundo todos los días, del mismo modo que se persiste en apostar al mismo número de lotería con la esperanza de acertar.
El triunfo periodistico de los “Aguafuertes” es fácil de explicar El hombre común, el pequeño y pequeñísimo burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el dueño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y descreídos podían leer sus propios pensamientos y tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días. Además, el cinismo que ellos sentían sin atreverse a confesión: y, más allá, intuían nebulosamente el talento de quien les estaba contando sus propias vidas, con una sonrisa burlona pero que podía creerse cómplice.
Hablando de cinismo el mencionado Muzzio Sáenz Peña —a quien Arlt entregaba normalmente sus manuscritos para que corrigiera los errores ortográficos— se alarmó porque el escritor habla estado publicando crónicas en revistas de izquierda. Esta inquietud o capricho de ArIt preocupaba a la Administración del diario, temerosa de perder avisos de Ford, Shell, etcétera, encaprichada en conservarlos,
Muzzio llamó a ArIt y le dijo, no era pregunta:
-¿Te imaginás en qué lío me estás metiendo?
-¿Por eso? No te preocupés que te lo arreglo mañana (Jor¬ge Luis Borges, el más importArlte de los escritores argentinos de la época, dijo en una entrevista reciente que Roberto Arlt pronunciaba el español con un fuerte acento germano o prusiano heredado del padre). Es cierto que el padre era austriaco y un redomado hijo de perra: pero yo creo que la prosodia aritiana era la sublimación del hablar porteño: escatimaba las eses finales y las multiplicaba en mitad de las palabras como un tributo al espiritu de equilibrio que él nunca tuvo
Y al día siguiente, después de corregir Muzzio los errores gramaticales, las “Aguafuertes” dileron algo parecido a esto: “Me acerqué a los problemas obreros por curiosidad Lo único que me importaba era conseguir mas material literario y más
lectores”.
La anécdota no debe escandalizar a deudos, amigos ni admiradores. El problema ArIt persona en este aspecto es fácil de comprender. Arlt era un artista (me escucha y se burla) y nada había para él más importante que su obra. Como debe ser.
Ahora volvemos a Italo Constantini, a Tiempo de abrazar y a otra temporada en Buenos Aires. Harto de castidad, nostalgia y planes para asesinar a un dictador, busqué refugio por tres dias de Semana Santa en casa de Italo (Kostia); me quedé tres años
Kostia es una de las personas que he conocido personalmen¬te, hasta el límite de intimidad que él imponía, más inteligentes y sensibles en cuestión literaria. Desgraciadamente para él leyo mi novelón en dos días y al tercero me dijo desde la cama -reiterados gramos de ceniza de Player’s Mediurn en la solapa.
-Esa novela es buena. Hay que publicarla. Mañana vamos a ver a ArIt.
Entonces supe que Kostia era viejo amigo de ArIt. que había crecido con él en Flores, un barrio bonaerense, que probable¬mente haya participado en las aventuras primeras de El juguete rabioso.
¿Pero quién y cómo era Arlt? Lo imaginé como un compadrito porteño, definición que no puede ser traducida, que llevaría ho¬ras para ser explicada y tal vez sin acierto posible.
Por ahora, en la víspera de una entrevista que me parecía in¬verosímil, supe que Kostia, por lo menos, conocía a muchos pro¬agonistas de Los siete locos y Los lanzallarnas. Claro que Erdosain continuaba invisble, impalpable, porque era el fantas¬ma hecho personaje del mismo Arlt.
Siempre en la víspera, intentaba sondear mi futuro inmediato:
-Pero lo que yo escribo no tiene nada que ver con lo que hace Arlt. ¿Y si no le gusta? ¿Con qué derecho ,vas a imponerle que lea el libro?
-Claro que no tiene nada que ver -sonreía Kostia con dulzura. ¬ArIt es un gran novelista. Pero odia lo que podemos llamar litera¬tura entre comillas, Y tu librito, por lo menos, está limpio de eso. No te preocupes -vasos de vino y la solapa aceptando pacientes la misión de cenicero-; lo mas probable es que te mande a la mierda.
La entrevista en El Mundo resultó tan inolvidable como des¬concertante. Arlt tenía el privilegio, tan raro en una redaccion, de ocupar una oficina sin compartirla con nadie. Por lo menos en aquel momento, las cuatro de la tarde. Saludo a Kostia.
-Que hacés, malandra.
Y después de las presentaciones Kostia se dedico a divertirse en silencio y aparte El original de la novela quedó encima del escritorio. Roberto ArIt se adhirió a la quietud de su amigo, ape¬nas movió la cabeza para desechar mi paquete de cigarnillos. Tendría entonces unos treinta y cinco anos de edad, una cabeza bien hecha, pálida y saludable, un mechón de pelo negro duro sobre la frente, una expresión desafiante que no era deiiberada. que le habia sido impuesta por la infancia, y que nunca lo aban¬donaría.
Me estuvo mirando, quieto, hasta colocarme en alguno de sus caprichosos casilleros personales. Comprendi que resultaría inútil, molesto, posiblemente ofensivo hablar de admiraciones y respetos a un hombre como aquél, un hombre impredecible que “siempre estaría en otra cosa”
Por fin dijo:
-Assi que usted esscribió una novela y Kostia dice que está bien y yo tengo que conseguirle un imprentero
(En aquel tiempo Buenos Aires no tenia. prácticamente, editoriales. Por desgracia. Hoy, tiene demasiadas, también por des¬gracia.)
Arlt abrió el manuscrito con pereza y leyo fragmentos de pági¬nas, salteando cinco, salteando diez De esta manera la lectura fue muy rápida. Yo pensaba: demoré casi un año en escribirla Sólo sentí asombro, la sensacion absurda de que la escena hu¬biera sido planeada.
Finalmente ArIt dejó el manuscrito y se volvió al amigo que fumaba indolente sentado lejos y a su izquierda, casi ajeno
-Dessime vos, Kostia -preguntó-, ¿yo publiqué una novela este año?
-Ninguna. Anunciaste Pero no pasó nada
-Es por las “Aguafuertes”, que me tienen loco Todos los días se me aparece alguno con un tema que me jura que es genial. Y todos son amigos del diario y ninguno sabe que los temas de las ‘Aguafuertes” me andan buscando por la calle, o la pensión o donde menos se imaginan. Entonces, si estás seguro que no publiqué ningún libro este año, lo que acabo de leer es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año, Tenemos que publicarla.
La amnesia fue fingida tan groseramente que mi unica preocu¬pación era desaparecer.
-Te avisé -dijo Kostia.
-Sos como yo, no te equivocás nunca con los libros. Por eso no te muestro los originales, porque no quiero andar dudando.
Suspiró, puso la mano abierta encima del manuscrito y se acor¬dó de mi.
-Claro, usted piensa que lo estoy cachando y tiene ganas de putearme. Pero no es asi. Vea: cuando me alcanza el dinero para comprar libros, me voy a cualquier librería de la calle Co¬rrientes. Y no necesito hacer más que esto, hojear, para estar seguro de si una novela es buena o no La suya es buena y ahora vamos a tomar algo para festejar y divertirnos, hablando de los colegas.
Arlt entró al café Rivadavia y Río de Janeiro, haciendo cruz con el edificio de El Mundo. Era un hombre alto y por aquellos días jugaba a la gimnasia y la salud.
Acaso fuera aquél el mismo cafetín donde la mujer de Erdosain espiara el perfil inmóvil y melancólico de su marido, a través de los vidrios mugrientos, hundido en el humo del tabaco y la má¬quina del café.
Hablamos de muchas cosas y aquella tarde, hablaba él
Desfilaron casi todos los escritores argentinos contemporáneos y Arlt los citaba con precisión y carcajadas que resonaban extra¬ñas en aquel café de barrio, en aquella hora apacible de la tarde
-Pero mirá, un tipo que es capaz de escribir en serio una frase como ésta: Y venian la frase y la risa. Pero las burlas de ArIt no tenían relación con las previsibles y rituales de las peñas o capi¬llas literarias. Se reía francamente, porque le parecía absurdo que en los años treinta alguien pudiera escribir o seguir escri¬biendo con temas y estilos que fueron potables a principios del siglo. No atacaba a nadie por envidia: estaba seguro de ser superior y distinto, de moverse en otro plano.
Evocándolo, puedo imaginar su risa frente al pasajero trucho del boom, frente a los que siguen pagando, con esfuerzo visible, el viaje inútil y grotesco hacia un todo que siempre termina en nada. Arlt, que solo era genial cuando contaba de personas, situaciones y de la conciencia del paraíso inalcanzable.
Un recuerdo que viene al caso, para confundir o aclarar. Algu¬na vez nos dijo y lo publicó. Cuando aparece por la redaccion (del diario en que trabajaba), un tipo con su manuscrito o me piden que lea un libro de un desconocido que tiene talento, nunca procedo como mis colegas. Estos se asustan y le ponen mil trabas -muy corteses, muy respetuosos y bien educados- al re¬cién venido Yo uso otro procedimiento Yo me dedico a conse¬guirle al nuevo genio toda clase de facilidades para que publi¬que. Nunca falla: un año o dos y el tipo no tiene ya más nada que decir. Enmudece y regresa a las cosas que fueron su vida antes de la aventura literaria.’
Como el prólogo amenaza ser más largo que el libro cuento dos “aguafuertearitianas”
1) Una mañana sus compañeros de trabajo lo encontraron en a redacción (era otro diario, Crítica, donde Arlt estaba encarga¬do de la sección “Policiaies”) con los pies sin zapatos sobre !a mesa, llorando, los calcetines rotos Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. A las preguntas, a las angustias, contestó. ¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se esta muriendo?
Otra mañana estaba calzado pero semimuerto, el mechón de pelo en la cara, negándose a conversar. Acababa de ver el cuerpo de una muchacha, sirvienta, que se habia tirado a la calle desde un quinto o séptimo piso. Fue mudo y grosero durante varios días. Después escribía su primera y mejor obra de teatro Trescientos millones o cifra parecida, basado en la supuesta his¬toria de la muchacha muerta.
2) En aquel tiempo, como ahora, yo vivia apartado de esa con¬secuente masturbacion que se llama vida literaria. Escribía y escribo y lo demás no importa. Una noche, por casualidad pura me mezclé con Arlt y otros conocidos en un cafetín. El mons¬truo, antónimo de sagrado, recuerdo, no tomaba alcohol.
Tarde, cuatro o cinco de nosotros aceptamos tomar un taxi para ir a comer. Entre nosotros iba un escritor, también drama¬turgo, al que conviene bautizar Pérez Encina. En el viaje se habló, claro, de literatura. Arlt miraba en silencio las luces de la calle Cerca de nuestro destino -una calle torcida, un bodegón que se fingia italiano- Perez Encina dijo
-Cuando estrené La casa vendida…
Entonces ArIt resucitó de la sombra y empezó a reír y siguió riendo hasta que el taxi se detuvo y alguno pagó el viaje. Conti¬nuaba riendo apoyado en la pared del bodegón y, sospecho, todos pensamos que le había llegado un muy previsible ataque de locura. Por fin se acabó la risa y dijo calmoso y serio:
-A vos, Pérez Encina, nadie te da patente de inteligencia. Pero sos el premio Nobel de la memoria. ¡Sos la única persona en el mundo que se acuerda de La casa vendida!
La numerosa tribu de los maniqueos puede elegir entre las dos anécdotas. Yo creo en la sinceridad de una y otra y no doy opinión sobre la persona Roberto Arlt. Que, por otra parte, me interesa menos que sus libros.
A esta altura pienso que hay bastantes recuerdos y es, sería, necesario hablar del libro. Pero siempre he creído, además, que a los lectores, lo único que importa de verdad -y esto es de¬mostrable- no son niños necesitados de que los ayuden a atra¬vesar las tinieblas para esquivar las zanjas o llegar al baño. Ellos, los lectores, son siempre los que dicen la última, definiti¬va palabra después de la verborragia-critica que se adhiere a las primeras ediciones.
Esto no es un ensayo crítico -seria incapaz de hacerlo seria¬mente-, sino una simple semblanza, muy breve en realidad si la comparo con lo que recuerdo ahora mismo, esta noche de mayo en un lugar que ustedes no conocen y se llama Montevideo. Una semblanza de un tipo llamado Roberto ArIt, destinado a escribir.
Y el destino, supongo, sabe lo que hace. Porque el pobre hombre se defendió inventando medias irrompibles, rosas eter¬nas, motores de superexplosión, gases para concluir con una ciudad.
Pero fracasó siempre y tal vez de ahi irrumpieran en este libro metáforas industriales, químicas, geométricas. Me consta que tuvo fe y que trabajó en sus fantasías con seriedad y métodos germanos.
Pero había nacido para escribir sus desdichas infantiles, ado¬lescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban.
Todo Buenos Aires, por lo menos, leyó este libro. Los intelec¬tuales interrumpieron los dry martinis para encoger los hombros y rezongar piadosamente que ArIt no sabía escribir. No sabía, es cierto, y desdeñaba el idioma de los mandarines: pero sí do¬minaba la lengua y los problemas de millones de argentinos, in¬capaces de comentarlo en artículos literarios, capaces de com¬prenderlo y sentirlo como amigo que acude —hosco, silencioso o cinico— en la hora de la angustia.
Arlt nació y soportó la infancia en ese limite fijo que los estadigrafos de todos los gobiernos de este mundo llaman mi¬seria-pobreza: soportó a un padre de sangre pura que le decia, a cada travesura mañana a las seis te voy a dar una paliza. Arlt trató de contarnos, y tal vez pudo hacerlo en su pri¬mera novela, los insomnios en que miraba la negrura de una pequeña ventana, viendo el anuncio de la mañana implacable
Supe que leyó Dostoyevski en miserables ediciones argenti¬nas de su época. Humillados y ofendidos, sin duda alguna. Después descubrió Rocambole y creyó. Era, literariamente, un asombroso semianalfabeto. Nunca plagió a nadie; robó sin darse cuenta.
Sin embargo, yo persisto, era un genio. Y, antes del final, una observación: por si todavía quedan lombrosianos es justo decr que los huesos frontales del genio muestran una protuberancia en el entrecejo. En Roberto Arlt el rasgo era muy notable; yo no lo tengo.
Y ahora, por desgracia, reaparece la palabra “desconcertante’ Pero, ya que está expuesta, vamos a mirarla de cerca Corno viejos admiradores de Arli, como antiguos charlatanes y discutidores, hemos comprobado que las objeciones de los más cultos sobre la obra de Roberto Arlt son dificiles de rebatir Ni siquiera el afán de ganar una polémica durante algunos minutos me permitió nunca decir que no a los numerosos cargos que tuve que escuchar y que sin embargo, curiosamente, nadie se atreve a publicar. Vamos a elegir los más contundentes, los más definitivos en apariencia
1) Roberto Arlt tradujo a Dostoyevski al lunfardo, La novela que integran Los siete /ocos y Los lanza//amas nació de Los de¬monios. No sólo el tema, sino también situaciones y personajes. Maria Timofoyevna Lebiádkikna, “la coja”, es fácil de reconocer, se llama aquí Hipólita, Stavroguin es reconstruido con el Astrólo¬go; y otros; el diablo, puntualmente se le aparece tantas veces a Erdosain como a Iván Karamázov.
2) La obra de ArIt puede ser un ejemplo de carencia de autocrítica. De sus nueve cuentos recogidos en libro, este lector envidia dos: Las fieras, Ester Primavera y desprecia el resto.
3) Su estilo es con frecuencia enemigo personal de la gramá¬tica.
4) Las “Aguafuertes porteñas” son, en su mayoría, perfecta¬mente desdeñables.
Las objeciones siguen pero éstas son las principales y bastan. Los anteriores cuatro argumentos del abogado del diablo son, repetimos, irrebatibles. Seguimos profunda, detinitivamente con¬vencidos de que si algún habitante de estas humildes playas lo¬gró acercarse a la genialidad literaria, llevaba por nombre el de Roberto ArIt. No hemos podido nunca demostrarlo. Nos ha sido imposible abrir un libro suyo y dar a leer el capítulo o la página o la frase capaces de convencer al contradictor. Desarmados, he¬mos preferido creer que la suerte nos había provisto, por lo me¬nos, de la facultad de la intuición literaria. Y este don no puede ser transmitido.
Hablo de arte y de un gran, extraño artista. En este terreno, poco pueden moverse los gramáticos, los estetas, los profesores. O, mejor dicho, pueden moverse mucho pero no avanzar. El tema de ArIt era el del hombre desesperado, del hombre que sabe -o inventa- que sólo una delgada o invencible pared nos está sepa¬rando a todos de la felicidad indudable, que comprende que ‘es inútil que progrese la ciencia sí continuamos manteniendo duro y agrio el corazón como era el de los seres humanos hace mil años’.
Hablo de un escritor que comprendió cómo nadie la ciudad en que le tocó nacer. Más profundamente, quizá, que los que escri¬bieron música y letra de tangos inmortales. Hablo de un novelista que será mucho mayor de aquí que pasen los años -a esta carta se puede apostar- y que, incomprensiblemente, es casi descono¬cido en el mundo
Dedicado a catequizar, distribuí libros de Roberto Arlt. Alguno fue devuelto después de haber señalado con lápiz, sin distraccio¬nes, todos los errores ortográficos, todos los torbellinos de la sin¬taxis. Quien cumplió la tarea tiene razón. Pero siempre hay com¬pensaciones; no nos escribirá nunca nada equivalente a La ago¬nía del rufián melancólico, o El humillado o a Hafíner cae.
No nos dirá nunca, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir.
Y, en otro plano del arltismo: ¿quién nos va a reproducir la mejilla pensativa, el perfil desgraciado y cinico de Roberto Arlt en el sucio boliche bonaerense de Rio de Janeiro y Rivadavia, cuando se llamaba Erdosain?

El fin de la superioridad Moral: de Adorni a Gaza // Abel Gilbert y Diego Sztulwark

Imagen: Kaloian Santos Cabrera

La elección en la ciudad de Buenos Aires tiene trasfondos librescos y fílmicos que pueden ayudarnos mirar más allá de sus escalofriantes números. Comencemos con lo que nos agravia directamente por estas horas. Para empezar, un simple cambio de vocales y un salto: de Adorno a Adorni. Salto que retrasa, salvo para los mercados, nuestro verdadero parlamento. Sustitución de una “o” por una “i” que tiene la capacidad de revisar a la luz de los resultados un texto de 1950. La personalidad autoritaria fue un voluminoso trabajo de casi 900 páginas escrito por Theodor Adorno en colaboración con Else Frenkel-Brunswik y R. Nevitt Sanford. Se trataba de comprender qué tipo de subjetividad escondida en el corazón de la experiencia moderna había creado las condiciones para el advenimiento del fascismo.

Setenta y cinco años antes del acontecimiento Adorni, el libro de Adorno, basado en una larga investigación de campo, había establecido cuatro escalas de la personalidad autoritaria: antisemitismo (A-S), etnocentrismo (E), conservadurismo político-económico (PEC), y fascismo (F). Y si bien con el paso del tiempo el trabajo fue blanco de críticas metodológicas y conceptuales, el reverdecimiento de las fuerzas del mal y sus afectos en el sur del sur nos reencuentra con esos rasgos de la topología F: antiintelectualismo (acaban de promover un concierto sinfónico con Pimpinela en el ex CCK), superstición y ocultismo (consultan a oráculos), exaltación del poder y la dureza, la destructividad y el cinismo, la proyectividad y la preocupación exagerada por el sexo (sintagmas sobre el onanismo y la vejación), el resentimiento y, desde ya, la aceptación de una cultura autoritaria, una agresividad a flor de piel, la manipulación y la tendencia maniática e intolerante. ¿Cuántas de estas manifestaciones laten en este presente cada vez que se habla desde el púlpito de la ganancia y se aplaude con distintos grados de entusiasmo?

 Adorno y su equipo creían que el libro era un aporte a la tarea de desactivar el potencial fascista sobre la base de cambios educativos y culturales. Los deepfake y las milicias digitales son en cambio la gramática del escarnio. Y Adorni, el portavoz ágrafo de la regresión, el goce por lo procaz, quien establece un punto de corte político que no solo puede explicarse tampoco a partir de un antiperonismo visceral, el dólar barato y la oferta de reducción del precio de los IPhone. Hay un humus, una materia orgánica al servicio de la revolución. El contador Adorni es la metonimia. De su mano, y en medio de la desafección de la mitad del electorado, Milei ha convertido a la capital en cabeza de playa de su conquista nacional.

 

II

El optimismo que acompañó al candidato Leandro Santoro hasta que cantaron las urnas fue sincrónico con una ventisca cultural que invitaba a imaginar mejores escenarios que el presente. Hablamos de El Eternauta que acá merece un desdoblamiento clarificador. El Eternauta-libro es una narración de lo trans-temporal. Su comienzo –diferente de la serie de Netflix– es la aparición, ante el escritor Germán Oesterheld, de Juan Salvo, una especie de espectro de todos los tiempos. La transmutación del poder de relatar se da en ese inicio, en el que el guionista le comunica a su personaje el poder de narrar. Antes que protagonista, Salvo es el narrador que nos cuenta la historia de una invasión. Antes que héroe, Salvo es quien atesora y revela un relato de peligros y heroicidad colectiva. Oesterheld –años más tarde militante, combatiente, luego desaparecido junto con sus cuatro hijas– queda incluido en el libro como un personaje tácito (a él se le cuenta la historia). Esa es la estrategia de la resistencia: Salvo le susurra a Germán los acontecimientos espantosos y nobles que el guionista transcribe y López dibuja para que nuestra imaginación despegue.

La eternidad, aclara Spinoza, no es inmortalidad. Una cosa es durar ilimitadamente, y muy otra cosa es ser exterior respecto del tiempo. El caso del Eternauta-libro es, por lo tanto, el de quien recorre la historia –va y viene en ella– como mensajero de lo atroz y de la aventura popular. El Eternauta-serie realiza ese viaje como recorrido de la memoria: Salvo viene de –y vuelve a– Malvinas. Su percepción está transida por el sentimiento de lo ya vivido. Sus alucinaciones son mensajes viajeros a descifrar. Su amigo Favalli lleva consigo la memoria de 2001. Lo transtemporal es el modo de sentir de lo que resiste.

Cuando no queda otra que organizarse, y sólo resta descubrir la fuerza y la inteligencia colectiva crear es resistir y resistir, crear. Salvo, Favalli y sus compañeros buscan armas. No solo fusiles. También saberes. Leen, tratan de entender qué tecnologías funcionan en las nuevas condiciones en la que ya no hay wifi, redes ni celulares. El paso por Campo de Mayo –imposible eludir que fue el mayor campo de detención clandestina de personas de la última dictadura– es parte del shock inicial, la conmoción y la reacción propia de la catástrofe.

Pero la ficción (el streaming) no estructura realidades y El Eternauta-serie, con su lema “nadie se salva solo” tiene por ahora, y remarcamos la cuestión temporal, tanta eficacia como la tuvo en 2023 “el Estado te cuida”. La entrada en acción de un nosotros en la disputa es apenas una promesa para una próxima temporada de la serie. El primer tramo de los seis capítulos termina con el intento de Juan Salvo de mandarse solo. La irrupción de lo colectivo como factor capaz de derrotar el odio cósmico es una promesa que no tiene fecha de realización. Debe producirse.

III

A mitad de la historieta de Héctor G. Oesterheld y Solano López, es decir, cuando la nieve hizo su trabajo letal y comienza a esbozarse una “resistencia”, Salvo y Franco se encuentran en la Glorieta de Barrancas de Belgrano, que se muestra desde lejos en el último capítulo. Franco logra engañar al Mano que maneja todo desde una consola. El puñetazo lo desestabiliza por completo. Ya no es esa figura cruel. “Alcánceme esa escultura, por favor…. en la gracia de ese cuello hay siglos de arte”, pide, y el resistente lo corrige: “no es una escultura…es una cafetera”. El arte contemporáneo ha tenido numerosos equívocos de esa naturaleza (como si Oesterheld se hubiera tomado a la chacota a las postvanguardias neoyorquinas). Pero también podría señalarse: la humanización del Mano, el enemigo, viene de la mano del malentendido visual. El miedo a sentirse atacado activó en él una glándula artificial. Le cuenta a los terrícolas que, así como en los hombres se genera la adrenalina frente a ciertas situaciones, en los manos el terror segrega un veneno que los mata en unos minutos. Los amos suyos lo habían instalado bajo la certeza de que nadie querrá rebelarse. El Mano se despide cantando: mnimo athesa eiooo. Parece un canto de cuna. “No es tiempo de odiar, es tiempo de luchar”, dice Salvo. La tarea es sobreponerse al terror cuando ya no existe un Estado que te cuida, ni siquiera las Fuerzas Armadas con su mito fundante de haber nacido con la nación misma.

La glándula mileista secreta en parte de la sociedad el pánico a un kirchnerismo mitológico y comunizante, el horror a un ciclo inflacionario que se conjura resignando derechos en un intercambio tan desigual como invisible; miedo también a perder el derecho humano a atravesar el Atlántico en un avión y volver atiborrados de mercancías, pavor, por último, a que una disidencia, incluso mínima, sea criminalizada en el mundo virtual o de cuerpo presente. Antes de que nos arrobemos con la segunda y épica temporada en Nexflix, El Eternauta habilita una lectura política cargada de preguntas sobre los modos de desbaratar el terror inoculado y a la vez acerca de la construcción de una fuerza antagonista.

 

IV

El Eternauta cohabita por estas semanas el espacio virtual junto con una extraordinaria película sobre otras maneras de superar la glándula de terror, entendida como una disciplina reticular que atraviesa mentes y cuerpos. La semilla del fruto sagrado, de Mohammad Rasoulof cuenta la historia de una familia iraní cuya madre se dedica hasta dónde puede a articular lo imposible: la ficción de un ensamblaje familiar autoritario en pleno 2022 marcado por el movimiento de liberación de las mujeres en Teherán y más allá. El padre, mientras, hace carrera en el poder judicial, forzado a firmar sentencias de muerte sin leer siquiera las acusaciones. Las dos hijas –una mayor y otra adolescente– se van volcando a la causa que estalla en las calles. No hay poder fundado en la tradición que no merezca ser aplastado cuando su brutalidad sólo sirve para aniquilar el deseo de libertad de pueblos enteros. Pierre Hadot corregía la fascinación de Foucault por la libertad como cuidado de sí. Le recordaba que, para los antiguos griegos, las prácticas de uno mismo pasaban necesariamente por el cosmos y por la ciudad. La estúpida idea “anti woke” según la que los problemas de género y de raza deben ser subordinados a cuestiones previas no llega a captar la sabiduría da Hadot: el cosmos y la ciudad definen el carácter político del yo. Sea judía, shiíta, sunnita, marxista o cristiana: la idea patriarcal de un orden de sumisión pierde su legitimidad cuando las mujeres de la comunidad se le rebelan. Y eso se acelera cuando las hijas saben quién es un padre que, en su paroxismo, llega a someterlas a interrogatorios para dilucidar la suerte de su pistola extraviada. La madre, finalmente, se suma a la causa filial: ha podido superar la docilidad. La glándula del terror internalizado deja de funcionar a partir de que se concluye que no hay salvación individual. Sobreviene primero el desafío, luego la deserción abierta y, por último, el enfrentamiento. En la lucha del trío de mujeres se acumula un historial de décadas que las excede. El régimen iraní entendió la película y condenó a Rasoulof a ocho años de cárcel y latigazos. Partió al exilio junto con dos de las actrices. Una decidió quedarse y asumir el alcance de su acto.

 

V

Foucault define a la parresia como el coraje de pronunciar la verdad ante el poder, corriendo el riesgo “de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa”. Pero es también, dice, “el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha”. Rasoulof ha tenido ese coraje y lo tiene en especial Pnakaj Mishra. Si algo ayuda a pensar El mundo después de Gaza (2025) es lo que podíamos denominar el fin de la superioridad moral, posición según la cual la crítica se practica como juicio antes que como acto de comprensión. El juez debe guardarse de aquellas máculas que podían deterioriar su autoridad. En cambio, todos podríamos, llegado el caso, desear o incluso necesitar comprender y quizás ser comprendidos. Después de Gaza la superioridad moral no alcanza el rango de un mal chiste. El libro de Mishra no es un tratado sobre valores (ni un lamento sobre su tiranía), sino un extraordinario ejercicio de crítica intelectual y de valentía.

¿Cómo se anula un derecho? ¿Cómo es que se nos arrebata el derecho a comparar? Se nos prohíbe la analogía del Gobierno de Milei con la última dictadura, o el genocidio israelí en Palestina con la Shoá. Comparar no es, por supuesto, igualar. Se trata de extraer entre situaciones por fuera diferentes algunos rasgos comunes, alguna forma consistente de parentesco, de continuidad o de expresión común para iluminar una relación precisa o un aspecto inadvertido. La comparación es un instrumento elemental del proceso de producción de conocimiento. Milei tiene algo de la dictadura, cierto que en un contexto nuevo y por tanto de un modo muy diferente. Que no sean lo mismo –que no desaparezcan miles de personas, etc– no impide encontrar un rasgo común, un determinado contenido semejante. Situar a la Shoá/Holocausto en una comparación con las barbaries en Gaza (o con el apartheid sudafricano) no quiere decir relativizar su siniestra irreductibilidad. Sí quiere decir, en cambio, que es posible inscribir aquel horror nazi dentro de las practicas del exterminio colonial tanto previas como posteriores. Es lo que hacen Pankaj Mishra o Bentzi Laor Peter Pál Pelbart –en su libro Etnocentrismo judío. Líneas de fuga–, por poner dos ejemplos de escritos bien contemporáneos. En el caso del Laor y Pál Pelbart se trata de una apelación a los judíos que aún no se han vuelto reaccionaros a no ceder el derecho –moral e intelectual– a comparar.

Mishra hace de Gaza –del arrasamiento de la vida de un pueblo en vivo y en directo– un problema universal y actual, seguramente el más urgente y quizá también el más profundo en cuanto a sus implicancias históricas y éticas; se pregunta cómo funcionan las delimitaciones de la responsabilidad moral frente al poder en el mundo actual, es decir, luego de la crueldad –o genocidio– como respuesta a la masacre del 7 de octubre; hace un repaso preciso, delicado y erudito del nudo abierto por la Shoá/Holocausto desde una perspectiva que no es occidental ni de oriente medio, sino de un alto hinduismo con conciencia crítica, a la larga gandhiana; repasa las diversas interpretaciones que fueron sucediéndose del horror en los campos y los crematorios nazis, en la que se va incluyendo, como por capas, los diversos suprematismos –tanto de los colonialismos de la primera mitad del siglo XX, como de los nacionalismos de postguerra–; recoge la historia de las masacres hechas por los diversos nacionalismos en la India y en África, por los colonialismos inglés y alemán y por los imperialismos de EEUU y Turquía; estudia al detalle las diversas actitudes tomadas ante el genocidio Nazi por los diversos momentos del sionismo, el Estado de Israel, las víctimas de los Lager y los escritores de la diáspora (Primo Levi, Hannah Harendt, Jurek Brecker, Zygmunt Bauman, George Steiner, Marek Edelman, uno de los comandantes del levantamiento del Gueto de Varsovia, y sobre todo Jean Améry, sobreviviente de un campo, pero no sólo); es un tratado sobre los problemas ligados a la descolonización, la negritud y los estudios postcoloniales, y también sobre los nacionalismos de derecha extrema de Modi en India, Erdogan en Turquía y Putin en Rusia (en algún lado Mishra escribe: la revolución shiíta en Iran terminó con el tercer mundismo, y por eso no deja de ser notable la correspondencia con el filme de Rasoulof); es, además, una enorme reivindicación de la mínima esperanza que queda en el mundo, en los tan criminalizados movimientos universitarios que han denunciado la limpieza étnica y que piden –arriesgando sus carreras y proyectos vitales– frenar el saqueo y el exterminio de los palestinos. De los palestinos hoy, como de los judíos y los gitanos ayer, y de cualquier masa humana considerada indeseable en todo tiempo y lugar. Después de Gaza no enjuicia, comprende. Asume la complejidad y, a su modo, pega un alarido que parece decir: tenemos que ser capaces de hacer sentir a los perpetradores del horror sus enormes y repugnantes responsabilidades, y para eso tenemos que ser capaces de sentir cómo crece en nosotros otra clase de responsabilidad en nuestras vidas y en nuestras prácticas. En un punto es invertir el sentido de la flecha del tiempo: ir de un presente Adorni otra vez a Adorno y sus superaciones.

 

VI

Los rodeos del texto son aparentes. En la noche triunfal de la ultraderecha retumban los silencios sobre lo señalado. La naturalización del odio y la imagen recurrente de un ataúd al que le falta un último clavo es lo que hasta el momento coloca los deseos de supresión en un plano no letal como ocurre en Gaza. Pero, ¿cuánto de la pulsión destructiva que se descargó contra Jan Yunis, Wadi Gaza, Rafah o Deir al-Balah puede insinuarse remotamente en las incitaciones de un nuevo suprematismo de la ultraderecha argentino? “Haití está aquí/ Haití no está aquí”, cantaron en 1993 Caetano Veloso y Gilberto Gil a modo de breve y perplejo ensayo musical sobre una escena tremenda en Bahía, cuando los policías, todos afrobrasileños, golpean con saña a sus vecinos negros y mulatos. Es solo cambiar el nombre de las ciudades, jugar otra vez con las palabras, para reconocer instancias de peligro que se alejan y aproximan. La limpieza étnica en Gaza no ha merecido casi la reacción de la dirigencia política (hay un valioso artículo de Sebastián Lacunza al respecto). Solo conocemos avales y ceños fruncidos de solidaridad con Netanyahu. Una de las excepciones a la regla del mutismo y la indiferencia ha sido Vanina Biasi, quien acaba de ganar un lugar en la legislatura por el Frente de Izquierda. La parresia de Biasi. El locuaz Santoro no podría decir lo mismo –participa desde fines de abril de este año del Grupo Parlamentario de Apoyo al Estado de Israel junto a Ramiro Gutiérrez (UxP), Sabrina Ajmechet y (PRO), Fernando Iglesias (PRO), entre otros. Según una nota del portal de la Cámara de Diputados de julio de 2024, Santoro destacó ante el embajador de Israel en Argentina, Eyal Sela «la capacidad» de ese Estado segregacionista para «sobreponerse a los problemas». No conocemos expresiones posteriores de dolor, asco o perplejidad sobre la suerte de los palestinos. En esa aquiescencia ante el poder abrumador, Santoro está más cerca de Adorni que de cualquier glosa adorniana. Eso también se relaciona con la crueldad, una definición que ha articulado su campaña a modo de consigna. Seguramente le gustó mucho El Eternauta. ¿Es acaso un disparate señalar que la Buenos Aires distópica de la serie tiene hoy un lugar real a miles de kilómetros? ¿Dónde se lleva a cabo una invasión de absoluta superioridad tecnológica? ¿Qué debe hacer un grupo humano para enfrentarla? Mientras buena parte del mundo mira hacia otro lado, a sus pantallas, y le dicen, vía Netflix, que nadie se salva solo, allí, en Gaza, entre el polvo y las bombas, entre los niños fulminados y la hambruna, quieren que nadie se salve. Vivimos en una ciudad donde ganan las elecciones los que celebran el extermino que perpetran las FDI y preparan escarmientos y epítetos variados para los que se antepongan al reformateo profundo de este país.

 

 

 

 

Cuaderno número 2: la experiencia MLN-Tupamaros (Mayo 2001) // Colectivo Situaciones

Para leer el cuaderno número 2: CLICK AQUÍ

Entrevista a Diego Sztulwark // Blog Márgenes de la Filosofía

En 2023 entrevistamos a Diego Sztulwark en la Biblioteca de Humanidades y Artes de Rosario. Fue una mañana de mates, risas y preguntas —muchas preguntas— que Diego respondió con generosidad y lucidez. Hablamos de sus inicios en la universidad en los años 90, de su relación con la lectura y la militancia, el clima de época, y también de muchos autores que, desde Márgenes de la filosofía, también admiramos: Rozitchner, Marx, Foucault, Deleuze, Hadot, Benjamin, Horacio Gonzalez. Pero más allá de los nombres, lo valioso fueron las conversaciones que se tejieron. En esta publicación compartimos algunos fragmentos destacados, pero sobre todo, los invitamos a leer la entrevista completa en [margenesblog.com.ar] (link en bio).

 

La primera pregunta es un poco genealógica, es decir, busca retomar algo de tu paso por la academia en los años 90. ¿Cuál era tu relación entre la lectura y la militancia? ¿Cómo te vinculabas con el dispositivo académico en aquel entonces?

 

Yo entré a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA a comienzos de los años 90. Ya tenía una militancia política con las Madres de Plaza de Mayo y con un grupo de izquierda cuyo referente por aquel entonces era Eduardo Luis Duhalde, que muchos años después fue secretario de Derechos Humanos en el gobierno de Kirchner. Eran espacios donde nos relacionábamos con personas de generaciones anteriores, que nos pasaban lecturas. Entonces, cuando entro a Sociales, por ejemplo, ya estaba muy familiarizado con Antonio Gramsci, con Lukács, con John William Cooke… eran autores que los militantes ya conocíamos porque teníamos ese contacto con viejos militantes que nos acercaban textos, por ejemplo, Fanon, y por supuesto Marx. Esas eran lecturas que circulaban entre nosotros. Pero eran lecturas de tipo militante, que no es lo mismo que la lectura de tipo universitaria.

 

En mi caso, me anoté en la carrera de Ciencias Políticas porque tenía la idea —hoy me doy cuenta de que era una impresión equivocada— de que el alfonsinismo, y todo un movimiento intelectual que se había organizado en torno al alfonsinismo —particularmente en torno a lecturas de Gramsci (me refiero a la influencia de autores como Portantiero, que terminó siendo una figura canónica en la Facultad de Sociales)—, era algo así como la referencia teórica con la que correspondía discutir en ese momento. O sea, yo pensaba que nos íbamos a formar intelectualmente discutiendo con una versión gramsciana-alfonsinista de la democracia. Eso era lo que me imaginaba en aquel momento, y me parecía que lo correcto era inscribirse ahí y dar esa discusión desde adentro. Pero, a los pocos años, me di cuenta de que no era así. El menemismo ya empezaba a mostrar que no era simplemente una coyuntura pasajera. El menemismo era una alianza entre el peronismo y el neoliberalismo que venía a trastocar todo de una manera mucho más profunda, que se articulaba con una transformación incluso a escala mundial. Entonces, lo que correspondía no era tanto seguir discutiendo con esa socialdemocracia gramsciana, sino empezar a tomar en serio el debate neoliberal.

 

La verdad es que los debates que a mí me interesaban estaban más en la carrera de Sociología que en la de Ciencia Política. En Sociología había varios docentes que venían de sus exilios, de las militancias de los años 70, y eran justamente esos docentes los que a mí me interesaban.

 

Pero tampoco puedo abusar mucho del «a mí» o del «yo» para decir esto, porque en mi caso, toda esta entrada a la facultad se dio en paralelo con la conformación de un colectivo intelectual-militante. Un colectivo que compartía lecturas y que también se hacía preguntas muy prácticas. Estamos hablando de una época muy difícil para quienes teníamos una idea — idea más utópica del conocimiento, de la política y de las instituciones.

 

Fueron los años en que Menem, desde el gobierno, impulsa lo que finalmente fue la Ley de Descentralización Educativa —la Ley Federal de Educación—, por la cual, por ejemplo, las escuelas pasaban a manos de las provincias sin que se les transfiriera el presupuesto correspondiente. Entonces, en la Facultad de Ciencias Sociales se arma un cuerpo de delegados, porque el Centro de Estudiantes, que estaba en manos de la Franja Morada, nos parecía a todos completamente ineficaz para sostener una resistencia política en la calle.

 

Yo participé en una agrupación independiente llamada “El Mate” hasta que terminé la carrera, y después, un grupo de los que veníamos de “El Mate” nos desprendimos y —ya muchos años después— formamos un colectivo que se llama “Colectivo Situaciones”.

 

En la carrera de Ciencia Política yo no encontré demasiados estímulos. Son pocos los nombres de profesores que hoy puedo mencionar como marcas duraderas. El proyecto de la carrera de Ciencia Política nunca me gustó demasiado, nunca me interesó, así que me anoté en muchas materias de Sociología. Y, como ya les decía, para mí la experiencia fuerte con los libros estuvo marcada más por ese corredor alternativo de las militancias. En ese momento, uno suponía que podía encontrarse con los profesores que más le interesaban, pero de otra manera. De otra manera quiere decir: compartiendo una pasión político-intelectual que no pasaba exactamente por el parcial o por el programa de la materia. Entonces, yo diría que el tipo de lectura que aprendí en la facultad no fue académico, porque la academia supone un conjunto de reglas, y yo creo que toda la experiencia de lectura de la que puedo hablar —el “nosotros” que construimos— nunca fue muy dócil a ese sistema de reglas. Fue, más bien, una lectura que intentaba conectarse con el mundo de los años 70, que intentaba apropiarse de la práctica de lectura en un sentido mucho más… ¿cómo decirlo?… como quien se apropia de armas, y no de instrumentos para el mercado.

 

O sea, no nos estábamos preparando para ser politólogos o sociólogos, nos preparábamos para ser agentes activos de una cultura, pero de una manera crítica. Entonces, nos interesaba leer un montón de cosas que quizás no estaban en los programas, que quizás no encajaban con el tipo de país que soñaban las élites universitarias de ese momento.

 

Si tengo que pensar en la carrera de Ciencia Política, tengo un gran recuerdo de un profesor, que es Eduardo Grüner, que nos dio unas pocas clases. Pero claro, pocas clases que nos abrían un programa de lecturas extraordinario. Todavía hoy estamos intentando leer todas las cosas que Grüner, que en aquellos años, nos decía que había que leer. En Ciencia Política nos hablaba de psicoanálisis, nos hablaba de Estética, nos revelaba las lecturas de fondo detrás de Maquiavelo… en fin, una maravilla.

 

Otro profesor que, en mi caso, fue muy influyente es Rubén Dri, que al mismo tiempo es un gran referente de la teología de la liberación del movimiento Sacerdotes para el Tercer Mundo. Él nos enseñaba Hegel, nos enseñaba filosofía, nos enseñaba Kant, nos enseñaba Marx. Y para mí fue muy maravilloso esto, el hecho de que mi primera experiencia como docente fue en su cátedra, que era la cátedra de Filosofía de la materia Sociología. Muy motivados —no sé si por el plan de lectura, que para mí era muy nuevo leer a Hegel—, sino que lo más motivante era trabajar con alguien que tenía un proyecto de conocimiento completamente vinculado a una dimensión histórica, una dimensión territorial. Es decir, uno daba clases ahí con Dri, pero en el caso mío, después, con nuestro grupo de amigos y compañeros, nos vinculamos con el movimiento piquetero de Solano. Entonces, no estaba tan separado Hegel del movimiento piquetero. Ese tipo de cosas eran muy formativas, muy valiosas para nuestra manera de leer, de dar clase, de relacionarnos con nuestros docentes.

 

Esto es en Ciencia Política, pero después en Sociología (Rubén Dri estaba también en Sociología) había toda una camada de profesoras y profesores que uno iba conociendo en la facultad. Algunos teníamos la suerte de haber conocido sus nombres en militancias anteriores, pero ahí entramos en un contacto muy directo. El nombre de Horacio González, por ejemplo. Horacio González es una persona que hoy quizás ya triunfó en la cultura argentina, pero en aquel momento era un joven profesor que —yo no sé— tendría 40 años cuando lo conocí.

 

Y era maravillosa la experiencia de las revistas como El Ojo Mocho, donde escribían muchísimas personas (incluído Horacio Gonzalez). Una idea de gratuidad y de extensión en la escritura, y de poner en discusión todo. Entrevistas larguísimas.

Recuerdo la participación de esos docentes en nuestras acciones —hacíamos muchos cortes de calle, clases públicas— por diversos motivos. Estos profesores participaban, circulaban, estaban completamente abiertos a las iniciativas que hacíamos nosotros: charlas, actividades, algunas más teóricas, algunas más políticas. Con Dri, por ejemplo, hicimos todo un taller por nuestra cuenta. Se trataba de un taller libre que se hacía los lunes a las 10 de la noche para leer La Lógica de Hegel. Hacíamos desde eso hasta una discusión sobre el carácter represivo del gobierno de Menem.

 

Entonces, entre esas personas, por ejemplo, estaba León Rozitchner, que a la larga, para mí, se convirtió en un referente principal. Estaba Alcira Argumedo. A mí me tocó, gracias a la amistad que tengo con María Pía López, también dar algunas clases ahí, en la cátedra de Alcira Argumedo. Estaba Horacio Tarcus, dando Teoría del Estado. Es decir, podría seguir nombrando gente, pero lo que más me interesa no es la suma de nombres, sino decirles que el carácter prestigioso que tienen esos nombres no surge del hecho de que sean cuadros académicos formados de acuerdo a los criterios de los posgrados y los doctorados. Son más bien modos de conocer y modos de pensar que se forjaron en las militancias, en las contraculturas, en las revistas, en las editoriales, en todo tipo de prácticas de conversación.

 

Por eso, más o menos para la época en que murió Rozitchner, recuerdo muy bien una entrevista que le hicieron a Horacio González en Página 12 y que nunca más encontré (por lo cual, si algún lector o lectora de esta entrevista, de esta conversación, encontró el artículo y sabe de qué hablo, le agradecería un montón si me lo puede pasar). Es una entrevista larga, de dos páginas, en donde González dice algo así como que cuando mueren o son jubilados docentes que se han formado de esta manera que estoy diciendo —es decir, no cuadros académicos, sino cuadros contra-académicos que habitan la universidad; que se forman no de acuerdo a proyectos académicos, sino por medio de experiencias que no son dóciles a la academia e igual trabajan en la academia, que son una especie de afuera intelectual adentro de la institución—, cuando ya no están, no hay cómo reemplazarlos. No tienen reemplazo posible. La universidad no puede producir cuadros que tengan como su lugar de enunciación esas experiencias históricas, militantes, de pasión literaria. Eso no lo da ningún doctorado, ni lo da nada. No se pueden sustituir, no se pueden constituir mecánicamente.

 

Entonces, mi melancolía con la universidad está vinculada a ese espacio. Luego me pasó que no hice ni maestrías ni doctorados, y más bien, en lo personal, me pasó que nunca me llevé bien con el espacio de cursada, con estar sentado escuchando tanto tiempo, con leer de acá y acá para el examen. Nunca fui aplicado; nunca me imaginé que yo podía tener una vida en el interior de la institución.

 

Por suerte para mí, me encontré en un cierto momento con un historiador que es una persona que tuvo mucha influencia en lo personal, pero que tuvo también una influencia importante —aunque trágicamente interrumpida— en la cultura, que es Ignacio Lewkowicz. Un historiador de la UBA, que además de profesor de Historia, Psicología y Arquitectura, siendo muy joven, organizaba grupos de estudio. Tenía un pequeño estudio, un departamento de un ambiente en la calle Rivadavia y Medrano, y ahí coordinaba grupos de estudio. Lo conocí y me propuso formar parte —yo siendo 10 años más joven que él— de la coordinación de grupos de estudios, y a partir de ahí, toda la vida trabajé de eso.

 

Entonces, mi relación con la academia es contradictoria, porque sigo leyendo con mucho entusiasmo buenos libros universitarios. Por ejemplo, no sé, filósofos a los que yo leo con mucha obsesión: las cosas que se escriben sobre Spinoza. Yo agradezco muchísimo que existan estudios académicos rigurosos sobre Spinoza, porque si no, las fantasías intelectuales que yo tengo sobre Spinoza serían totalmente ilimitadas. Entonces, me es muy importante saber qué dijo una cosa o la otra, cómo discutía con Descartes, si leía o no leía a los estoicos, ¿no? Es totalmente imposible independizarse del registro técnico, del registro riguroso, historiográfico, de una imaginación muy desarrollada al interior de una tradición muy precisa. Pero a mi modo de ver, son insumos, no son el modelo de producción. Son libros que me resultan muy fundamentales como base, como recursos, como insumos. Pero los libros que a mí me terminan gustando son aquellos que están desbordados por la imaginación filosófica. El modelo extraordinario de Deleuze de relacionarse con la filosofía. De eso, digamos, en la facultad es rara la relación que la facultad tiene con esos autores. Por momentos los incorpora bajo la forma de una cátedra, por momentos los acepta como por una especie de presión, por momentos los detesta como si fueran modas extranjeras que vienen a cuestionar los modos pedagógicos.

 

Yo no leí a Deleuze en la facultad, por ejemplo. Solamente en una cátedra de marxismo nos daban a Deleuze como el ejemplo de lo posmoderno, de lo casi neoliberal de una generación, como lo que había que refutar. Me acuerdo con mucha vergüenza haber hecho una monografía leyendo a Perry Anderson sin haber leído a Deleuze, diciendo: “No, Deleuze es un posmoderno”. Hay que refutarlo antes de leerlo, ¿no? (risas)

 

A partir de una frase de tu libro La ofensiva sensible —“Encontrar un lenguaje es encontrar un mundo”—, queríamos preguntarte, en relación a todo lo que venís planteando: ¿ese lenguaje puede encontrarse o contruirse dentro de la academia, en sus márgenes o necesariamente por fuera de ella? ¿Cómo lo ves?

 

No me acordaba de esa frase que citás, pero intuyo que debe estar en relación con un autor que a mí me importa mucho. Se llama Henri Meschonnic. Es, por otro lado, más bien un poeta, un ensayista sobre el lenguaje y un teórico de la traducción. Es un personaje que conocí casi de casualidad (llamando “casualidad” al hecho de que una vez León Rozitchner me dijo: “Leé esto”). Hay muy pocos libros traducidos de él. Algunos amigos, como Eduardo Rinesi, también lo citaban. Entonces, en Tinta Limón Ediciones junto con Cactus, tradujimos dos libros suyos, particularmente uno que me obsesionaba, que es Spinoza: poema del pensamiento.

 

Alguien dijo que Meschonnic es una metralla que dispara contra todo el mundo. El dice cosas como, por ejemplo, que en torno al lenguaje hay una disputa política fundamental. Se pregunta si el lenguaje es un conjunto de signos, o si el lenguaje es más bien la manera en que esos mismos signos son cargados de efectos corporales. Llama poema al hecho de que el lenguaje esté cargado de corporalidad, y llama puro signo a un régimen más bien teológico, según el cual la letra, la frase, tendrían una consistencia en sí mismas —no deberían remitir a ningún exterior afectivo. Y él también dice que los modos de vida crean lenguaje. Es decir, el lenguaje crea formas de vida, y las formas de vida crean lenguaje. Hay ahí una tensión sobre cómo se crea existencia, que me parece fundamental. Tomado así, el lenguaje es el espacio en el que se singularizan existencias.

 

El otro aspecto desde el que yo puedo haber pensado esa frase tiene que ver con el hecho de que, muchas veces, cuando uno aprende y se fascina con un autor, queda alienado en el lenguaje de ese autor. Pasa con Lacan, con Derrida, con Deleuze y Guattari, con toda una parte de la filosofía francesa. Cuando uno los estudia y se fascina, empieza a repetir la jerga. Y es una época un poco innoble de todos nosotros, medio vergonzosa. Vivimos diciendo “el objeto a”, o “la différance”, o “el cuerpo sin órganos”. Creo que es más o menos inevitable que, en el momento en que uno se fascina entendiendo esos textos, quede un poco repitiéndolos.

 

Pero finalmente, la cuestión del lenguaje propio me parece que pasa por el modo en que uno llega a un momento en el que los mastica a su manera, como puede, con el tiempo que puede, y los convierte en su propio lenguaje. Porque los pone a trabajar en relación con los otros lenguajes de la ciudad, y con los problemas. Entonces, también en ese sentido, descubrir un lenguaje sería no quedar demasiado subordinado a lenguajes teóricos, que son importantes en la medida en que transportan pensamientos muy relevantes de la tradición filosófica, pero que, si uno queda capturado por un lenguaje técnico-administrativo, repitiendo una jerga filosófica, se priva del uso posible que esas ideas podrían tener en situaciones como las nuestras.

 

En el Teeteto, Platón señala que, en tiempos de crisis —como la guerra, la enfermedad o la tormenta—, los hombres depositan su esperanza de salvación en quienes se les supone que saben algo. En tu libro La ofensiva sensible, mencionás que Hadot le reprocha al cristianismo su sobrenaturalismo: una confianza en una salvación trascendente que implica, a la vez, desconfianza en la vida y desvalorización de la naturaleza. A partir de esto, ¿de qué modo podría pensarse al neoliberalismo como una teología político-económica? ¿Qué vínculo guarda con esta lógica salvífica que describías?

 

Pierre Hadot tiene una experiencia personal por la cual fue prácticamente rescatado por la Iglesia, y formado como intelectual dentro de ella. Tiene un conocimiento muy erudito de idiomas y de fuentes clásicas. Pero, al mismo tiempo, Hadot entra en crisis con la institución eclesiástica cuando descubre cómo la Iglesia Católica solía proteger a funcionarios, a sacerdotes que estaban implicados en situaciones extremas (por ejemplo, abuso de menores en la comunidad). Hadot se sorprende y se decepciona porque ve que la Iglesia protege la relación de fe que liga al sacerdote con la trascendencia. Eso es lo que le preocupa a la institución, más que el daño comunitario que esa situación causa.

 

Entonces, Hadot llega a la conclusión de que la Iglesia Católica con la que él estaba comprometido considera que la naturaleza humana es perdición, y que solo a través de una trascendencia —de un más allá de la naturaleza— estaría la salvación. Pero, releyendo los textos clásicos, Hadot descubre que eso no era así en los griegos. Con lo cual, ahora habría que volver sobre Platón con ese descubrimiento de Hadot.

 

Hadot dice que, si uno lee las escuelas del pensamiento griego antiguo, se va a dar cuenta de que no hay un modelo de verdad cerrado. No son textos que intentan capturar la realidad, sino discursos para enseñar a vivir. Con lo cual hay toda una dimensión de discurso, de enseñanza al discípulo, de discurso sobre la ciudad. Si hay que enseñar a vivir, es porque no se sabe vivir. Porque el ser humano, por sí solo, no sabe vivir. Entonces, la filosofía habría tomado muy tempranamente a su cargo un discurso que enseña a vivir. Una serie de ejercicios espirituales, dice Hadot.

 

Cuando pasamos a la tercera estación de este razonamiento —que es el neoliberalismo— y leemos, por ejemplo, los trabajos de Foucault sobre el tema, vemos que el neoliberalismo no es solamente, como a veces dicen nuestras izquierdas, un programa económico de las élites que el Fondo Monetario Internacional difunde desde el Consenso de Washington. Es evidente que es eso, pero quizás sea mucho más que eso, el paso del tiempo nos está mostrando hasta qué punto es mucho más que eso.

 

¿Qué quiere decir que es más que eso? Que entre sus múltiples dimensiones, una sería también, una idea sobre la vida. Es decir, que el neoliberalismo tendría también una propuesta sobre la vida “como algo a organizar”. Algo a organizar bajo la forma de una protocolización de la existencia, tomando como instrumentos redes sociales, aplicaciones… Y esas aplicaciones son ejercicios, no espirituales, pero sí prácticos, sobre qué hacer con cada cosa.

 

También hay una farmacología. Hay todo un diseño sobre cómo estabilizar subjetividades precarizadas. Y también creo que hay una propuesta de modo de conocimiento que hoy, en la política argentina, vemos groseramente desplegada a partir del hecho de que una figura como Milei —esto lo destaca mucha gente—, a diferencia de otras derechas, incluso del mundo, habla de autores. En televisión, Milei habla de autores, habla de libros, explica fragmentos de teoría. Es como si hubiera una obsesión por decir: la relación con el conocimiento tiene que ser esta. Y esa relación con el conocimiento —fíjense— desborda ampliamente el discurso económico.

 

No estamos hablando de un Cavallo, no estamos hablando de un economista clásico. No estamos hablando de alguien que haya triunfado gestionando situaciones económicas. Estamos hablando de un difusor de ideas, que se hace fuerte en un punto: la idea de que los modos de conocimiento dependen completamente de una instancia llamada «mercado». Y que es esa instancia la que orienta. Orienta en todos los sentidos: en términos de psicología individual, de problemas de seguridad urbana… Es decir, prácticamente no hay nada que escape a un tipo de racionalidad —que ya nos viene hecha, que nos viene dada— llamada «de mercado», a la cual hay que despejarle todos los obstáculos: la casta, los funcionarios, los políticos, los movimientos sociales, la justicia. Todo eso debería ser eliminado. La justicia social, por ejemplo, aparece como un paradigma que obstaculiza el modo de conocimiento del mercado.

 

Y es el mercado el que, una vez bien instalado, nos informa quiénes somos. No solo quiénes somos, sino también qué merecemos. Es el gran distribuidor de lo que nos corresponde. Entonces, si usted es una persona fracasada, que no le aporta nada a la sociedad, el mercado se lo va a comunicar. Y si usted es una persona exitosa, cuyos esfuerzos son altamente valorizados por el mercado, usted tiene derecho a practicar prácticamente cualquier cosa —y el mercado se lo comunicará.

 

Me parece que es más que un plan económico. Me parece que es más que una operación mediante la cual el capital racionaliza su propia vocación de aumentar su tasa de ganancia, extrayendo valor de la naturaleza y de la sociedad. Es un plan de vida, es un plan de conocimiento. Y me parece que esta vieja discusión —por un lado, que no sabemos vivir; por otro, que apelamos al pensamiento, a los modos de problematización, a las formas de conocimiento para inventarnos, a través del lenguaje, modos de vida— está hoy seriamente amenazada por esa dimensión del neoliberalismo.

 

Rozitchner dice: “cuando el pueblo no lucha, la filosofía no piensa”. Si, como vos decís, “pensar de otra manera” requiere “sentir de otra manera”, entonces a la batalla de la idea debería precederla —o al menos acompañarla— una ofensiva sensible. ¿Qué relación hay entre lucha, sensibilidad y pensamiento?

 

Hay una tesis muy buena, como todas las que escribió Walter Benjamin sobre el concepto de historia. Empieza con una cita de Hegel que dice algo así como: “primero tendrán el pan y después accederán al cielo”. Y después viene la tesis. Ahí Benjamin dice: “para las clases dominantes, lo espiritual tiene la forma de un botín de guerra”. Es decir, se presenta como una mercancía de alta gama, digamos. Mientras que para los oprimidos, lo espiritual aparece en los rasgos que emergen en la lucha por el pan. Se da bajo la forma del coraje, del humor, de la confianza, de la ironía.

 

Entiendo que lo que Benjamin está diciendo es que la idea que tenemos de una lucha por cosas muy elementales es, en sí misma, un desafío a la forma de mirar esas luchas. Uno puede verlas simplemente como luchas puntuales por cuestiones básicas, o puede verlas como experiencias en las que se juegan nuestras primeras vivencias libres dentro del lazo social. Y por lo tanto, como momentos en los que se empieza a cuestionar el orden institucional. Un cuestionamiento en doble sentido: por un lado, se impugnan esas instituciones —quizá por el nivel de injusticia al que nos someten— y, por otro, se las conoce con cabeza propia. Se entienden sus mecanismos, se comprende cómo se genera una fuerza propia. Se empieza a entender toda esa situación compleja en la que nos entendemos, no nos entendemos, nos peleamos, nos aliamos, chocamos con textos, discursos… Todo eso ocurre en el marco de las demandas más elementales. Me parece una forma de romper con la idea de una “alta cultura” separada, y una “cultura baja” a la que solo le corresponde pedir pan. Me parece una buena forma de entrarle al tema.

 

Una segunda entrada posible es ir directo a Rozitchner. Iba a pasar por Lukács, pero mejor vamos directo a Rozitchner, porque no se trata de un problema de autores.

 

Cuando Rozitchner dice que la filosofía piensa bajo condición de lucha social, creo que está buscando reintroducir ese saber artificialmente separado —el universitario, el académico— en los grandes dilemas de la ciudad. Y uno puede suponer que incluso en Sócrates eso ya era así, ¿no? Los grandes temas del pensamiento son los grandes temas de la polis. La filosofía no es tanto un pensamiento estructurado “aparte”, sino un sistema de interrogaciones en torno a las distintas figuras de lo urbano.

 

Entonces, la idea de que una lucha despierta a la filosofía, la llama, la activa, le impone problemas, la obliga a salir de su autocomplacencia, se liga muy bien con una manera de leer a Spinoza. Porque Spinoza dice que hay dos atributos que se dan en paralelo. No usa exactamente la palabra “paralelo”, pero sus comentadores sí, para referirse al atributo de la extensión (que corresponde a los cuerpos) y el del pensamiento (que corresponde a las ideas). Ambos siguen el mismo orden y conexión. Es decir, que la forma en que las ideas se concatenan es la misma en que los cuerpos se relacionan. Por lo tanto, lo que podemos comprender como naturaleza desde los cuerpos es lo mismo que podemos comprender como naturaleza desde las ideas.

 

Ahora bien, Rozitchner lo historiza, y al atributo extenso lo llama “lucha”. Es decir: ¿qué pasa cuando la concatenación entre los cuerpos es la del aumento de la potencia, la democratización, el cuestionamiento al terror y al poder? ¿Y qué pasa cuando eso mismo —con el mismo orden de conexión— se da en el pensamiento? Ahí, el pensamiento mismo se involucra con la práctica de desarmar las formas del terror, los dogmatismos, y se abre a una consideración libre del mundo y a un cuestionamiento de sus formas guionadas.

 

Me parece que esa es una fórmula filosófica y, al mismo tiempo, una fórmula política que tiene la virtud de integrar conocimiento y ciudad, pensamiento y lucha social. También permite evitar una doble reducción: la que encierra al pensamiento en un salón de libros viejos, separado del resto de las cosas, y la que reduce la lucha a algo puramente automático, pobre, encerrado en una jerga, destinado a unos militantes que habrían renunciado a la complejidad. ¿Cómo evitar esa doble reducción y reencontrarse, de otra manera?

 

Ahora bien, ¿qué es la sensibilidad? Yo creo que en los últimos años se pensó mucho ese tema entre nosotros. Hay tres autores que, para mí, son claves en ese camino: Rozitchner, Rita Segato y Franco “Bifo” Berardi, que han trabajado la cuestión de la sensibilidad de manera muy potente.

 

Franco Berardi dice que la sensibilidad es una capacidad amenazada del ser humano, que nos permite entender lo “no dicho”. Es la capacidad de leer afectos que no se expresan directamente bajo la forma de consignas. Entonces, en la medida en que la universidad y las formas de conocimiento se reducen a captar consignas, a captar “lo dicho”, lo codificado, lo previamente compatibilizado… cuando nos limitamos a captar un sistema de informaciones, lo que se pierde es ese trasfondo afectivo que es el verdadero dador de sentido.

 

La sensibilidad, por lo tanto, adquiere una importancia enorme cuando entendemos que el valor de las cosas no está en su contenido meramente informativo o asertivo, sino en nuestra capacidad de percibir la dimensión existencial de lo que vivimos, atravesada por afectos.

 

Creo que las formas más radicales e interesantes del feminismo, de los derechos humanos, del ecologismo, del trabajo precario, etcétera, insisten mucho en retomar esa conexión sensorial, sensual o erótica del pensamiento como una dimensión fundamental para provocar y captar sentido, para crearlo.

 

La idea de que la sensibilidad es objeto de una ofensiva en su contra me parece clave. Desde el terrorismo de Estado hasta el neoliberalismo, siempre se ha atacado la sensibilidad. Ya sea bajo la forma del terror militar o bajo la forma del terror implícito en la economía política o en las formas de precarización.

 

Y si pensamos en los grandes momentos de esta ciudad —Buenos Aires, Rosario, nuestro país en general—, creo que hay que partir del modo en que ciertas formas de resistencia se convirtieron en formas de rehabilitación de una sensibilidad.

 

Voy a tomar solo el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo, porque ellas retrabajan la sensibilidad en dos direcciones fundamentales. Una, en relación con las luchas del pasado. Poder entender las luchas del pasado es, precisamente, lo que la derecha argentina quiere cortar y atacar una y otra vez. Que no haya posibilidad de una comprensión actual sensible respecto de esas luchas.

 

¿Por qué digo sensible? Porque si uno toma el texto estricto de las luchas del pasado, casi que queda obligado a repetir lo mismo que se decía en otra época, a organizarse igual, a vestirse igual. Y eso es absurdo, es una caricatura. Cuando decimos sensible, nos referimos a captar ese mundo de organización afectiva que le da sentido a esos enunciados. Nuestro mundo de preocupaciones sensibles necesita otros enunciados, pero en conexión con aquel mundo. Así es como conocemos posibilidades, nos inspiramos en continuidades que no son formales, ni lingüísticas, ni organizativas, ni estéticas. Entonces, en torno a las Madres de Plaza de Mayo, nosotros podemos recuperar —Benjamin diría “a través de imágenes dialécticas”— el pasado.

 

A eso le llamo sensibilidad. Y también le llamo sensibilidad al hecho de que, en el periodo de 2001, por ejemplo, los movimientos piqueteros, los movimientos de desocupados, encontraban en las Madres un espacio de reconocimiento. ¿Qué significa “espacio de reconocimiento”? Un espacio de encuentro entre luchas distintas: podían ser las de los hijos de desaparecidos, las de fábricas recuperadas, o tantas otras luchas parciales sin un lenguaje político común articulado. Es decir, fragmentos que hablaban idiomas distintos podían encontrar, en el espacio que abrían las Madres, un lugar sensible para comprenderse y empezar a construir un lenguaje compartido.

 

Ahí hay un modelo de politización que a mí me parece fundamental.

 

A la agresión que se le hace a la dimensión sensible, le responde una contraofensiva también sensible, que después el feminismo retomó, y que hoy —me parece— es fundamental que volvamos a poner en juego.

 

Espectaduría del genocidio viral // Agustín Valle

1- Es el primer genocidio transmitido en vivo y en directo, mundialmente visible mientras sucede, y esto marca un quiebre, un hito: la ruptura de un pacto moral que duró ochenta años, desde el fin del Holocausto, y convenía que un genocidio era algo tabú, que estaba mal, que no se podía estar a favor de una masacre genocida, una limpieza étnica, la destrucción de una ciudad, de un pueblo. Esto era un consenso sensible al menos en Occidente; por cierto que el caso de Palestina-Israel es al respecto también muy peculiar, porque el judaísmo es una religión de -Medio- Oriente que, a la vez, constituye una raíz central de Occidente. Borges: todo occidental tiene algo de judío y algo de griego. Israel es Occidente en Oriente… (¿será uno de los motivos del odio antisemita, que los judíos desmintamos la pureza occidental como negación de lo oriental?)

Después del Holocausto, después de la Shoa, nadie en Occidente se atrevió a asumir el genocidio como política. Asumir: justificar, propagandizar, declararse agente de la matanza, darle hasta épica, hacer cultura genocida (bromas, canciones, rituales) como vemos que hacen tantos soldados y colonos israelíes y fanáticos sionistas en otros lugares del mundo también. Solo en nombre de las víctimas de aquel genocidio pasado pudo asumirse la ruptura del pacto moral y cultural con que se zanjó subjetivamente. Solo a título de víctima se puede desmontar la regla armada para protegerte. Aunque ochenta años es una generación: están los descendientes de las víctimas. Pienso en mis antepasados, que vinieron a este remoto sur del mundo escapando de los pogroms: su legado llama a defender a los más frágiles contra las grandes máquinas del poder. Quienes hoy expanden su poder masacrando un pueblo, si lo hacen amparados por la shoa, habilitados por la shoa, entonces son beneficiarios de la shoa.

2- ¿Está lejos Gaza? Imágenes metidas en nuestra cama, nuestro baño, nuestro lugar de trabajo. ¿Qué mata el genocidio en sus espectadores? Dimensiones de quienes miramos, dañadas, disueltas, por este genocidio viralizado.

Nos acostumbramos a las imágenes del genocidio. Van formando parte del paisaje cotidiano, normal. Esto, claro, para quienes estamos dispuestos a ver. A todos se nos ofrecen burbujas que nos inmunizan a las evidencias que no queremos. Pero a quienes sí estamos dispuestos a ver las imágenes de niños siendo asesinados por balazos en la cabeza de francotiradores profesionales, o chicos que perdieron su familia entera y ahora viven a cada rato sin agua ni medicinas ni ni ni ni, o colonos sionistas asesinando palestinos desarmados, o un sinfín de imágenes del horror y la desproporción, imágenes crudas, precarias, filmadas en movimiento, las vemos envueltas entre imágenes de recetas de bastones de chia y zapallo, o del Diego hablando con Perfumo, propagandas de remeras o secuencias para lograr un abdomen perfecto en treinta días, calamidades locales, memes que nos hacen reír de garrones…

La espectaduría conectiva del genocidio no logra, por ahora, interrumpirlo, y en cambio normaliza sus imágenes en el régimen de ansiedad y aburrimiento nervioso generalizado. El embotamiento las pone en serie con cualquier otra cosa visible bajo el mismo patrón. Un genocidio que se termina tolerando por el tedio y el cansancio que produce el infinito de imágenes; una crueldad que se naturaliza como parte de lo que quema la cabeza. Algo más que reconfirma lo adverso del mundo; quizá lo más extremo. Una imagen horroriza unos segundos, un minuto, y el dedo digita su desaparición; así, el ojo actualiza su contenido, y la actualización que sostiene la conexión. Una espectaduría horrorizada donde el horror se anestesia en el armado de cadenas de percepción eslabonadas con criterio puramente conectivo, sin línea de sentido, sin hacer con eso experiencia alguna. Un horror sin experiencia. Que atrofia aún más la potencia experiencial, si como dice Bifo, tras cada gran horror, la humanidad da un salto de abstracción. El espanto del mundo -mediatizado en el celular- empuja más a protegerse del mundo -y apegarse al brillo de lo virtual-.

3- Como pedagogía global, el genocidio cumple una función en el estadío actual del capitalismo: declara que ya no existe más la semejanza. Un rostro ya no dice no matarás, como quería Levinas. Lo posible es lo técnicamente posible, y nada hay sagrado en la condición humana (ni sagrado ni supremo); no en cuanto tal. La humanidad -prácticamente- no existe: no hay nada en común. La capacidad de sentir -“en lo más hondo”- el dolor de los demás es contingente. Esto impacta en la autopercepción multitudinal de todxs en tanto humanos, pues sabemos que no encarnamos ni portamos nada sagrado, ni siquiera respetable, en tanto humanos.

Vale como advertencia: la humanidad efectivamente humana no es para todos. A algunos les toca el escarnio, puede caberles cualquier tipo de atrocidad y que sea aceptado, y hasta festejado; crueldad es cuando el dolor ajeno causa alegría, como cuando caga fuego el malo de las pelis yankis infantiles. Pedagogías de la crueldad que tienen una función productiva: establecen que la condición de semejanza humana es contingente, y por lo tanto, ¿alguien se va a quejar de la desigualdad?

El genocidio en vivo publicita hasta qué punto no somos iguales: ni semejantes, somos. Contentate con la desigualdad; agradecé que se le reconoce a tu vida algún valor. El genocidio viralizado refirma el fin de la semejanza y eso es productivo, produce la naturalización crónica de la desigualdad. En el fondo de la desigualdad, está la crueldad.

Y así se refuerza también cierto realismo, como otra premisa efectivamente verdadera, que afirma que el estado de cosas actual, las relaciones de poder, el modo de producción, el sentido del valor -de las cosas y la vida-, son fatalidad inamovible. Una multitud mundial horrorizada no logra incidir en un genocidio cotidiano. Así de poco nuestro es el mundo, así de poco podemos darle forma a la realidad: imágenes que afirman nuestra impotencia. El genocidio a cielo abierto es una jactancia del orden dominante. Sin embargo miles y miles se mueven, hacen cosas, agitan: molestan. Allí las imágenes ya no mediatizan -no nos dejan como espectadores envenenados y aturdidos nomás-, sino que median. Median entre una realidad y otra producción de realidad; un medio entre una acción y otra acción; entre un crimen y una subjetivación activa de testigo. La movilización les devuelve a las imágenes otro estatuto, ya no mero “contenido” -subordinado al dispositivo reproductor-, sino mecha, chispa, prueba, conmoción, estímulo a movimientos -físicosas, discursivos, anímicos- que interrumpen la totalización del horror.

La guerra («comercial») contra China //  Maurizio Lazzarato 

La continuidad de las administraciones estadounidenses se define por su enfoque hacia China, considerada —al menos desde Obama— el enemigo absoluto del “mundo libre y democrático”. El Occidente del hombre blanco, tras su derrota estratégica frente a Rusia, profundiza su violento declive declarando la guerra a China, a los BRICS y al Sur global. Las barreras arancelarias de Trump —cuyo blanco principal siempre ha sido China— no solo afectarán a los países a los que se impone, sino quizás, de manera más radical, a los propios Estados Unidos. Es una auténtica apuesta arriesgada: si fracasa, acelerará drásticamente procesos a mediano plazo y podría llevar a:

 –   El debilitamiento del dólar como moneda internacional, erosionando su “privilegio exorbitante” de comprar bienes a cambio de papel sin valor (la principal “producción industrial” de Estados Unidos durante décadas ha sido imprimir dólares).

 –   La cuestionamiento de la financierización que garantizó la hegemonía de Estados Unidos y Occidente.

 –   La fragmentación de la globalización basada en el dólar y el control financiero estadounidense, ahondando la brecha con los BRICS y el sur del mundo.

 –   El posible “colapso” de este capitalismo construido sobre una acumulación financiera especulativa, desconectada de la producción real de riqueza y basada en el empobrecimiento general y el endeudamiento infinito.

No me malinterpreten: el “fenómeno Trump” ha creado posibilidades que antes no existían, abriendo un período cargado de kairós, de oportunidades por aprovechar. Podría actuarse sobre estas fisuras (el colapso de este capitalismo financiarizado) para reorientar la correlación de fuerzas, ahora en movimiento constante. Así razonaban los revolucionarios de principios del siglo XX: el estallido de las contradicciones capitalistas no es más que la condición para la toma del poder, cuyo éxito no lo garantiza ninguna filosofía de la historia, sino una estrategia política y una lucha sin cuartel. Mao podía decir “la situación es excelente” porque tenía un partido, un ejército y una voluntad de ruptura sistémica con los imperios coloniales. El capitalismo ha cambiado, pero nos arrastra a esta aceleración del tiempo donde hay que decidir.

 Hace días, Larry Fink —director del fondo de inversión más grande del mundo (BlackRock, con 12 billones de dólares)— envió una carta a sus clientes advirtiendo:

 –   La insostenibilidad de la deuda pública y privada de Estados Unidos.

 –   El posible fin del dólar como moneda de intercambio y de reserva internacional, reemplazado por criptomonedas como Bitcoin (que es una moneda privada).

 –   Un nuevo –y positivo– rol de Europa, donde el mismo fondo de inversión está actuando para construir una burbuja armamentística. Una vez que los capitales quieran salir de la burbuja estadounidense que Trump está haciendo estallar, necesitarán un refugio.

 – La extensión de la democratización de las finanzas –es decir, la “finanza para todos”–, porque Trump, con sus políticas de industrialización, arriesga a destruir sus propios cimientos.

La nota sobre Europa de Larry Fink merece una primera precisión. Todo avanza con rapidez, todo cambia en cuestión de días: ”el tiempo ha salido de sus goznes”. La carrera armamentística de la Desunión Europea y de los fondos de inversión estadounidenses —ante el primer sacudón bursátil provocado por los aranceles de Trump— ha demostrado su fragilidad. Los valores de las industrias bélicas se desplomaron como los demás. Los capitales ya no saben adónde dirigirse; ni siquiera el oro vale hoy como refugio seguro.

En Alemania, único país europeo con capacidad financiera para rearmarse de verdad, surgen también graves problemas políticos. La Unión Demócrata Cristiana (CDU) se hundió en las encuestas tras anunciar el gran endeudamiento impulsado por Merz. Según algunos sondeos, los conservadores están al nivel de los fascistas; otros incluso sitúan a Alternativa por Alemania (AfD) por encima de la CDU. Los electores no perdonaron el giro: Merz había prometido en campaña no contraer nueva deuda.

El proyecto de construir una financierización alrededor del rearme (es decir, una nueva burbuja), un mercado único de capitales (como quería Draghi) y canalizar hacia allí el ahorro europeo, queda ahora reducido.

Es difícil definir el escenario porque enfrentamos un cambio histórico, demasiado grande es la indecisión de la Casa Blanca sobre las políticas a seguir. Avanzamos algunas hipótesis que habrá que precisar, siguiendo los pasos del enemigo de clase.

Nunca entendí por qué, tras 2008, muchos seguían hablando de neoliberalismo cuando era evidente que estaba muerto. Ahora, las barreras arancelarias han celebrado el entierro definitivo del mercado, de la competencia, del libre comercio, todas ideologías que ocultan la mayor concentración monopólica de la historia del capitalismo y que incubaron todo tipo de guerras.

La situación actual es hija de la crisis financiera de 2008, determinada por la locura capitalista de creer que un problema social (“vivienda para todos”) podía resolverse mediante la finanzas (hipotecas subprime). Las políticas de intervención estatal y de los bancos centrales no dieron los resultados esperados. La crisis financiera de Estados Unidos no se resolvió, solo se  emparchó, haciéndosela pagar al resto del mundo. Repetir esa operación hoy sería mucho más difícil, si no imposible. Al final, los trapos sucios salen a la luz. En el capitalismo, hay un “eterno retorno” de guerras para salir de crisis sistémicas.

Las barreras arancelarias han celebrado el entierro definitivo del mercado, de la competencia, del libre comercio, todas ideologías que ocultan la mayor concentración monopólica de la historia del capitalismo y que incubaron todo tipo de guerras.

Trump heredó una economía con todas las variables “fundamentales” en rojo: balanza de pagos y exposición financiera neta en negativo, enorme deuda pública, empresarial y familiar —índices descontrolados, en aceleración constante. La prensa del régimen no solo mintió sobre Ucrania, sino también sobre la economía estadounidense, elogiando su desempeño bajo Biden. Lo único que funcionó fue inflar la burbuja high-tech, junto a una pauperización creciente de la población: el “sueño americano” es que el 44 por ciento de la población no puede afrontar un gasto imprevisto de 1000 dólares.

La exposición financiera neta negativa (que registra el déficit con el exterior) confirma el fracaso de Biden, incapaz de revertir la tendencia. El pasivo financiero con el exterior alcanzó 26,2 billones. Para dimensionarlo: la Desunión Europea derribó a Berlusconi por un pasivo de 300.000 millones, reemplazándolo con el ”técnico” Mario Monti, que recortó todo el gasto social posible y apostó por las exportaciones.

Pero lo asombroso es la aceleración: en el último trimestre, el pasivo aumentó más de dos billones. Como referencia: Trump se jacta de las promesas de inversión de los Emiratos Árabes (1,5 billones en 10 años), una cifra que la economía de Estados Unidos devora en un trimestre.

El Secretario de Comercio, Howard Lutnick, hace el siguiente diagnóstico:

“Hay que redefinir las relaciones de Estados Unidos con aliados y enemigos. La idea de que todos los países pueden acumular superávits y comprar nuestros activos es insostenible. En 1980 éramos inversores netos; hoy, los extranjeros poseen 18 billones más que nosotros (en realidad, 26 billones). Somos deudores netos. La situación empeora cada año, y pronto ya no seremos dueños de nuestro país”.

Los déficits de Estados Unidos no son fruto de ”injusticias” del resto del mundo, sino de la financierización y dolarización que ellos mismos impusieron durante 50 años, viviendo por encima de sus posibilidades y a costa de los demás.

La guerra de los aranceles

Trump (o cualquier otro presidente en su lugar) no podía no intervenir. Lo ha hecho acelerando y radicalizando el conflicto, tanto interno como externo. Ha declarado sin ambages que la finanza ha arruinado la economía estadounidense, convirtiéndola en una gran burbuja especulativa, desmantelando la industria, destruyendo empleos, generando desigualdades masivas y pobreza —la del proletariado blanco, el único que le preocupa—.

Pero la receta “de los aranceles” podría acelerar el fin del Imperio en lugar de reconstruir la “manufactura”, su principal objetivo declarado. El proyecto de relocalizar la producción deslocalizada, de instalar empresas en Estados Unidos mediante subsidios y financiación pública, ya fracasó con los demócratas. Estados Unidos carece de cadenas de suministro e infraestructura industrial, pero, sobre todo, ha perdido todo el saber industrial y no tiene mano de obra cualificada en ningún nivel. Solo el 7% de los estudiantes estadounidenses estudian ingeniería, frente al 25% en Rusia o los millones que salen de las universidades chinas. Para enfatizar su voluntad reindustrializadora, Trump, en la conferencia del 2 de abril donde anunció los aranceles, estuvo acompañado por un obrero de Detroit. Su éxito parece muy improbable y, en todo caso, requeriría años de esfuerzo.

La segunda estrategia trumpiana podría centrarse en los servicios. La jugada del magnate, hasta la fecha, parece toda concentrada en los bienes y parece ignorar el sector terciario. Si la importación de los primeros convierte a Estados Unidos en un país deficitario, la exportación de los segundos tiene amplio superávit.

A cambio de una reducción de las barreras aduaneras, Trump podría pedir una penetración de las finanzas, de las aseguradoras, de los bancos estadounidenses en el circuito de los diversos países, para una ulterior y definitiva depredación. Privatizar los servicios y apropiarse de todo el ahorro (recordemos: los estadounidenses no ahorran, viven a crédito) para invertirlo en seguros privados de salud, para las pensiones, etc., eliminando el cada vez más deteriorado welfare. El propio Larry Fink, en su carta, ha definido la nueva frontera de la apropiación: los monopolios naturales (gestión del agua, etc.) y los servicios públicos municipales (gestión de residuos, etc.).

Se podría interpretar en este sentido la declaración de Trump “estamos abriendo China”, es decir, una vez dentro, saquear sus ahorros y las empresas más rentables. Lo que no soportan los estadounidenses es que China, controlando los flujos de capital, no esté disponible a dejarse saquear como todos los demás países por los nuevos ejércitos coloniales de las finanzas. China ya ha hecho saber que “combatirá hasta el final” contra el “típico caso de unilateralismo, proteccionismo y bullying económico” de Trump.

El de Trump es un unipolarismo aislacionista muy agresivo que no deja presagiar nada bueno, porque cuando se confronte con la realidad de las relaciones de fuerza en el mercado mundial, ya está en el camino que conduce a la guerra entre grandes potencias.

El magnate había dado la impresión de querer reconocer a las otras potencias mundiales, de aceptar el multipolarismo. Inicialmente parecía que quería llevar a cabo el saneamiento de la economía estadounidense a través de negociaciones con China, Rusia, etc. En cambio, hoy afirma que Estados Unidos puede hacerlo solo porque es el país más fuerte.

Autarquía contra la globalización. Un unipolarismo aislacionista muy agresivo, fundado en el presunto superpoder estadounidense, que no deja presagiar nada bueno porque cuando se confronte con la realidad de las relaciones de fuerza en el mercado mundial, ya está en el camino que conduce a la guerra entre grandes potencias. Después de menos de una semana, Trump ha tenido que dar un paso atrás, llegando finalmente al núcleo de la estrategia de todas las administraciones de ultramar: la guerra contra China. 

Existe un alto riesgo de perderla –así como Biden perdió con Rusia– porque Estados Unidos no tiene nada más que ofrecer al resto del mundo que no sea su propia hegemonía y el restablecimiento de una economía depredadora e imperialista, desarrollando incertidumbre, caos e imprevisibilidad. La guerra declarada a China es la guerra declarada a los BRICS y al sur global que tiene la arrogante pretensión de no estar más disponible a la esclavitud. Nos espera otra campaña mediática de desinformación, de falsedades y de vulgaridad sobre China, después de la de Rusia. La Desunión Europea deberá alinearse con sus amos, en otra guerra perdida de la “democracia contra la autocracia”, de la “libertad contra la dictadura”.

Conflicto entre oligarquías y con los BRICS

Trump ya tiene serios problemas en casa. El desplome bursátil impacta directamente en la vida de millones de estadounidenses: en una economía financierizada, las pérdidas en bolsa afectan a las clases medias-altas, cuyo tercio de los ingresos depende del rendimiento financiero. Wall Street es su INPS (la institución que distribuye las jubilaciones), su ministerio de salud y su welfare. Cuando la bolsa cae, se desploman también los fondos de pensiones, seguros médicos y demás.

La estrategia de sustituir el welfare por inversiones en acciones (a través de seguros individuales), impulsada por Biden, infló la burbuja estadounidense hasta el borde del estallido. Desinflarla es necesario, pero ¿cómo hacerlo sin destruir las jubilaciones, la salud y el pseudo-welfare financierizado?

Trump tiene las manos atadas por las políticas monopolísticas de los fondos de inversión que recogen el ahorro mundial y que no comparten sus decisiones de industrialización, al igual que la Fed, que no obedece sus órdenes. BlackRock y JP Morgan han atacado directamente su política acusándolo de arruinar a millones de ahorristas, manifestando un enfrentamiento cada vez más violento dentro de las oligarquías estadounidenses.

La batalla entre la “industria” (Trump) y las finanzas (fondos de inversión) fue ganada por estas últimas, que en cuatro o cinco días de caída de los títulos (y la evolución de los intereses sobre la deuda) obligaron al presidente a retroceder. Los motivos por los que fue elegido (recuperar la industria y el empleo) han sido cancelados. El proyecto de Trump es altamente contradictorio, porque para industrializar –admitiendo que aún haya tiempo para hacerlo– necesitaría un gran welfare que abaratara todos los costos (educación, comunicaciones, infraestructuras, etc.) para las empresas. En cambio, lo está destruyendo.

Estados Unidos no resolverá ninguno de sus problemas y, como todo Occidente, corre el riesgo de implosionar más rápido de lo previsto. La situación se vuelve cada vez más peligrosa. Las graves divergencias entre las oligarquías se allanan y sus voluntades convergen, en cambio, cuando se trata de la hostilidad contra China. Sueñan con apropiarse de su producción, de sus bienes, de sus capitales, según las reglas del más clásico de los imperialismos, que resolvería todos sus problemas.

Las barreras comerciales deberían aportar 600.000 millones de dólares al año a las exangües arcas de Estados Unidos, 6 billones en diez años. No creo que la administración actual esté formada por idiotas: por lo tanto, saben muy bien que la economía mundial se vería completamente trastornada con consecuencias impredecibles.

Hago notar que Francia y el Reino Unido se encuentran en la misma situación deficitaria que Estados Unidos. La primera, con un pasivo de 800.000 millones de dólares de exposición financiera neta, está prácticamente quebrada, sostenida solo por capitales alemanes; el segundo, con 1,6 billones, se encuentra en una situación aún peor. El “regime change” operado por la guerra en Ucrania no funcionó con Rusia, sino con Alemania. Privada de la energía rusa barata, en recesión, los alemanes pasaron del ordoliberalismo del equilibrio presupuestario –según el cual el principal enemigo era la deuda– que impuso austeridad, pobreza y expropiación de recursos a toda Europa, a la financierización de su economía y a la suscripción de astronómicas deudas para el rearme.

El belicismo europeo, que tendrá en su centro el peligrosísimo chauvinismo alemán (en Alemania ya se habla de dotarse de la bomba atómica), no rompe en absoluto con Estados Unidos. A su vez, todos anticipan que las recetas trumpianas no salvarán a Occidente, por lo que se desató una carrera armamentística. ¿Para qué se preparan entonces?

La gran incertidumbre y confusión que envuelven las estrategias de Trump encuentran su razón en una situación inédita en la que se encuentra actuando: las relaciones de fuerza radicalmente cambiadas en el mercado mundial son el resultado de las revoluciones del siglo XX (la soviética fomenta el socialismo de los “pueblos oprimidos” y abre a la revolución china, vietnamita, a las revoluciones africanas y sudamericanas) que destruyeron la división colonial sobre la que se fundaba el dominio occidental desde la conquista de América. Las revoluciones socialistas del siglo XX han terminado, pero las relaciones de fuerza entre el norte y el sur han cambiado para siempre. Trump finge que no pasa nada, pero debe gestionar la derrota estratégica de su país en la guerra de Ucrania, que ha mostrado al sur del mundo la debilidad también militar de Occidente, proporcional solo a su arrogancia.

La comparación con la primera crisis hegemónica de Estados Unidos a caballo de los años sesenta y setenta es muy significativa. La economía estadounidense ya entonces no lograba mantener el ritmo de la competitividad de Alemania y Japón. En 1973, Nixon no solo decidió la inconvertibilidad del dólar en oro, transformándolo en moneda fiduciaria totalmente política a disposición de los yanquis, sino que impuso barreras aduaneras del 10 por ciento para negociar e imponer la voluntad del Imperio, exactamente igual que Trump. Cuatro meses después, todos los vasallos occidentales aceptan una apreciación de sus monedas. Por no hablar de Japón que, en 1985, acepta revaluar, siempre para salvar la competitividad estadounidense, haciéndose el harakiri, porque desde ese momento su economía nunca más se recuperará. Japón era la China de la época desde el punto de vista de la productividad y la innovación. Pero China no es un país ocupado militarmente y subyugado como el Japón de los años ochenta.

Aunque los yanquis pueden chantajear al resto del mundo, porque funcionan como “importador de última instancia” de bienes, su acción se despliega en un mundo de relaciones de fuerza radicalmente cambiado. A principios de los setenta, Occidente detentaba lo esencial de la producción mundial y de la invención tecnológica. Hoy China y los BRICS son potencias industriales y tecnológicas, comparables a Occidente, y poseen gran parte de las materias primas y energéticas, y no tienen ningún interés en salvar la piel del imperialismo occidental saneando el pasivo de la balanza de pagos estadounidense, devaluando sus monedas, destruyendo su economía, abriendo las puertas a las finanzas de Wall Street. No son vasallos del Imperio como los europeos. A Estados Unidos no le queda más que desollar a Europa, siempre dispuesta al sacrificio, pero es demasiado poco. Incluso Japón parece haber entendido la jugada después de treinta años y, junto con Corea del Sur, teje relaciones con China.

Occidente está condenado por Trump a un mayor aislamiento, porque los BRICS y el sur global continuarán desarrollando cadenas productivas y comerciales alternativas, buscando una moneda de sustitución al dólar, incrementando patentes, tecnologías, etc., como hicieron con motivo de la guerra en Ucrania.

Guerra y lucha de clases

Antes de la guerra comercial contra el mundo entero, había dos alternativas sobre el terreno: por un lado, los demócratas apuntaban a la guerra mundial, de la que sembraron las premisas con Ucrania y el genocidio de Gaza (el New York Times publicó una investigación donde demuestra que la guerra en Ucrania fue gestionada en primera persona por Estados Unidos, todos los objetivos y las estrategias fueron definidos por Estados Unidos, cuya finalidad era experimentar un nuevo tipo de guerra, integrando de hecho a Ucrania en la OTAN); por otro lado, Trump que apuntaba más bien hacia una guerra civil interna.

La guerra civil en Estados Unidos es racial, desde los orígenes de la República. A partir del New Deal, también está en el centro de la estructuración del welfare porque cualquier extensión del mismo corre el riesgo de hacer saltar las jerarquías de raza sobre las que se organiza la “única verdadera democracia” (cita de Hanna Arendt). Ya en la época de la “Gran Sociedad” de los años sesenta, las políticas sociales habían suscitado el odio racial de los blancos, porque veían en ellas la reducción de las diferencias entre ellos y los negros. Incluso el timidísimo Obamacare (y el propio Obama) había suscitado reacciones de este tipo. Los “proletarios” blancos que están con Trump reaccionaron sintiéndose y pensándose “raza blanca”. La financierización ha suavizado las jerarquías raciales empobreciendo a los blancos, haciéndolos cada vez más cercanos a los “negros”, desatando nuevas formas de fascismo y racismo.

Los recortes en el gasto social que Musk está programando deben ir acompañados del restablecimiento de jerarquías raciales (y de género). La reorganización del gasto social es capitalista-racial y la reindustrialización será, si la hay, dominada por la raza blanca. Si en cambio el objetivo es la mega depredación financiera, el proletariado estadounidense en su conjunto será reducido a “plebe”. Cuando el imperialismo occidental se radicaliza, la “raza blanca” es el sujeto que apoya el conflicto con el resto del mundo (véase el genocidio supremacista en Palestina).

La guerra, como siempre, sigue siendo la mejor solución para los capitalistas y sus Estados

Como se ve, las dificultades externas –los BRICS– e internas –las “minorías” raciales se están convirtiendo en mayoría, el enfrentamiento entre oligarquías– son enormes y todas políticas. Trump quiere la industrialización, pero no quiere –o mejor dicho, no puede– soltar las finanzas y el dólar que han causado la deslocalización de la producción. Quiere un dólar depreciado, pero que siga siendo la moneda de los intercambios mundiales. Quiere industrializar y quiere las finanzas que capturen capitales y los canalicen hacia Estados Unidos.

Si estamos inmersos en un régimen de guerra es porque las dificultades económicas estadounidenses y las contradicciones que generan parecen insuperables y la guerra, como siempre, sigue siendo la mejor solución para los capitalistas y sus Estados: hacer saltar la banca y que “Dios reconozca a los justos”. Sin embargo, para utilizar el mismo lenguaje de Trump, Estados Unidos ya no tiene todas las “cartas en la mano”, como las tenía Nixon.

Todos estos bonitos razonamientos de geopolítica hacen sus cuentas sin el tabernero —como es propio de los análisis que parten de las grandes potencias económico-político-táctiles e ignoran el conflicto de clases—. Las fuerzas movilizadas en Estados Unidos durante las protestas del 5 de abril (1.400 en todo el país) contra las políticas de Trump parecen ser las únicas capaces de evitar el desenlace catastrófico que seguirá al probable fracaso del salvataje de Occidente. La jugada arriesgada del capitalismo podría abrir un frente de lucha de clases inédito en Estados Unidos, haciendo saltar por los aires el pacto racial —más importante aquí que en ningún otro lugar—, aunque la radicalización del conflicto encuentra a los movimientos completamente desprevenidos, tanto política como teóricamente.

El pensamiento crítico, pero también la acción de los movimientos, ha extendido la lógica del capitalismo a toda relación social (cognitiva, biológica, imaginaria, sexual, racial, ecológica, etc., hasta el infinito), pero de manera irresponsable, por no decir oportunista, ha eliminado la guerra y la guerra civil, que están en la base de las divisiones de clase, raza y género. No logra asumir que el siglo XX estableció que guerra y paz, economía y guerra, política y guerra, militar y civil, política y economía, coexisten determinando una “dimensión intermedia” donde los opuestos conviven. Carl Schmitt, desde un punto de vista conservador, llega a conclusiones muy similares a las de Rosa Luxemburgo (ya citada anteriormente):

 “La guerra se hace ahora en un plano nuevo, intensificado, como activación ya no sólo militar de la hostilidad (…) sino en ámbitos de la realidad de suyo no militares (economía, propaganda, energías psíquicas y morales de los que no combaten) se ven involucrados en la confrontación hostil. El paso más allá de lo puramente militar (…) no supone una atenuación, sino una intensificación de la hostilidad”.

Pero ni la economía ni la crítica de la economía política parecen capaces de integrar esta realidad.

 Del mismo modo, es difícil deshacerse de los análisis psicologizantes. Es inútil examinar el comportamiento de las élites con esas categorías, como ahora se estila. Si las clases dirigentes capitalistas de la posguerra parecieron más racionales, fue solo porque sus políticas llegaban tras dos guerras mundiales, tras haber estado la financierización —en los años veinte del siglo pasado— a punto de derrumbar el capitalismo, y sobre todo tras haber sido las revoluciones las que (parcialmente) impusieron la razón a la racional irracionalidad del capitalismo, que alcanza su cúspide con la finanza. Eliminada la fuerza del enemigo revolucionario, las élites volvieron a ser las del primer imperialismo —muy similares a las actuales—, es decir, racionalmente irracionales.

La estrecha relación entre capital y Estado —existente desde los albores de la acumulación capitalista y que se ha reafirmado y profundizado continuamente, sin llegar a identificar las dos lógicas (la del beneficio y la del poder)— demuestra cómo, en períodos de “acumulación originaria” como el actual, el plusvalor económico necesita del plusvalor político (brillante definición de Schmitt, derivada del concepto marxiano) para imponer un nuevo orden, una nueva división internacional del trabajo y de la renta. El capitalismo financierizado, al desarrollar contradicciones insalvables, no puede mutar, transformarse ni generar lo nuevo desde su propia ‘producción’, sino únicamente mediante la violencia extra-económica de la guerra militar y comercial, de la guerra civil o del genocidio. El plusvalor político está al servicio del plusvalor económico futuro, pero no son de la misma naturaleza. Solo una vez que el plusvalor político ha establecido un nuevo orden, nuevas reglas y nuevos poderes (quién manda y quién obedece) en el mercado mundial, puede producirse el plusvalor económico.

El posible fin del capitalismo (frente a la ideología irresponsable que reza: “es más probable el fin del mundo”) que preocupa a nuestros dirigentes, debe volver a entrar en la órbita perceptiva, cognitiva y política de los “movimientos”, porque el capitalismo no caerá por sí solo, sino únicamente si una voluntad organizada lo hace estallar.

 

Fuente: Tinta Limón Blog

¿Queremos seguir abandonando a Lenin en manos del enemigo? // Jun Fujita-Hirose

Reseña de Oscar del Barco en el país de los soviets de Oscar Ariel Cabezas

El nuevo libro del filósofo chileno Oscar Ariel Cabezas, Oscar del Barco en el país de los soviets (Ediciones La Cebra, 2024), tiene como subtítulo «Entre Lenin y Heidegger».

   En primer lugar, «Lenin», porque el filósofo argentino Oscar del Barco, fallecido unos meses antes de la salida del libro de Cabezas, hizo una crítica iconoclasta a Lenin a principios de los años ochenta, acusándolo de haber concebido y puesto en práctica las «premisas teóricas» que ya con antelación habría traicionado el «proyecto originario» de la Revolución Rusa y, por tanto, habría fundado el inevitable y entonces observable «fracaso» de la Unión Soviética y los demás Estados socialistas: Lenin habría sido «el principal responsable de la catástrofe de los socialismos reales».

   En segundo lugar, «Heidegger», porque del Barco definió el proyecto originario y su traición leninista en términos de crítica heideggeriana a la metafísica como «olvido del ser» y a la manifestación moderna de esta en la tecnificación del mundo de vida. Según del Barco, el proyecto originario de la Revolución Rusa habría consistido en la rebelión de las masas con anhelo de acceso al «ser» contra el orden metafísico y técnico del mundo moderno, en la voluntad de las masas rebeldes de formar un Volk (pueblo) como campo de acción de las potencias del ser, y en la constitución del Estado como expresión y realización de esta voluntad colectiva. A propósito de las premisas teóricas leninistas, en cambio, del Barco sostiene que en estas el Estado originariamente proyectado como Volksgemeinschaft (comunidad popular), el único que mercería el nombre de Estado socialista, habría «degenerado», «incluso desde antes de la revolución», en un Estado moderno, metafísico, técnico, burgués, entre los demás.

   Y, en tercer y último lugar, «entre», porque al rechazar la «crítica destructiva» de del Barco a Lenin, el libro de Cabezas presenta a este último como quien supo situar el proceso revolucionario socialista en la cresta-bisagra que se abre y traza entre la formación «social» de un Volk anti-moderno por las masas rebeldes, por un lado, y, por otro, la necesidad «política» situacional o coyuntural del uso «perverso» del poder estatal moderno para crear la «hegemonía» del Volk a escala nacional e internacional. A la pregunta de del Barco: «¿era Lenin un perverso?», Cabezas responde con un , al liberar el término «perverso» de su tono acusatorio. 

    El error fundamental que cometió del Barco en su crítica a Lenin, desde el punto de vista gramsciano de Cabezas, es equivocar lo social con lo político, o, mejor dicho, la ética con la política, y reducir por tanto la revolución socialista a su aspecto ético. La aspiración colectiva de las masas rebeldes al bien común y la formación de una comunidad a partir de esta son asuntos de ética. La política, por su parte, comienza cuando la rebelión de masas se encuentra con el enemigo interno y externo, que la ataca para aplastarla. Para resistir y derrotar los ataques físicos y morales del enemigo, la rebelión debe organizar y establecer su hegemonía en las correlaciones nacional e internacional de fuerzas antagónicas.

   Lo importante es notar que la cuestión de hegemonía o de poder político no emana de la estructura ética de la rebelión, sino que proviene del encuentro con el enemigo, es decir, de fuera de la fogosidad rebelde, y conlleva su propia estructura, metafísica, técnica u óntica por excelencia, y por tanto contradictoria, incompatible o irreconciliable con la anhelación ética o existencialista de las masas rebeldes por el acceso al ser y por el bien común ontológico. Desde el punto de vista ética o rebelde, de cierto se puede hablar de «degeneración» a propósito de la política, y de «perversidad» a propósito del recurrir al poder político, puesto que la política es asunto de los entes como tales, mientras que la ética, del ser de estos. Sin embargo, sería erróneo representarse, como hizo del Barco, el leninismo como vector lineal que va de la rebelión ontológica a su perversión o conversión óntica. El leninismo es un doble proceso ontológico-óntico, en el cual el Estado socialista se considera a la vez como la comunidad popular anti-metafísica y como el poder hegemónico metafísico de esta. Cabezas llama nuestra atención sobre el «más» de la famosa ecuación formulada por Lenin en 1920: «El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país, ya que la industria no puede desarrollarse sin electrificación», y nos invita a leerlo como signo de la duplicidad leninista del proceso revolucionario. Por «poder soviético (советская власть)» se debe entender el auto-poder ontológico popular, propiamente heideggeriano, en contra de la interpretación que el propio Heidegger hizo de esta ecuación en su crítica al socialismo, mientras que la «electrificación» es metonimia de la estructura técnica, metafísica, políticamente necesaria para que se establezca la hegemonía del auto-poder soviético a niveles nacional e internacional. El leninismo consiste en seguir la línea de cresta sin caer ni en el olvido ético de la política ni en el olvido político de la ética: lo revolucionario no se reduce ni a lo ético ni a lo político, sino que es un proceso propio, que avanza resolviendo de modo «accional» la serie interminable de problemas irresolubles que se generan entre lo ético y lo político. El leninismo es enfrentarse con un más «incalculable». Según Cabezas, el fracaso que con razón observó del Barco de los socialismos reales en los años ochenta no tiene como origen el leninismo en cuanto tal, sino su abandono estalinista, que consistió en reducir el Estado socialista a su función política.

    El problema fundamental que Cabezas destaca de la crítica de del Barco a Lenin es su ceguera absoluta ante el inevitable encuentro de la rebelión de masas con el enemigo. ¿De qué sirve una teoría de revolución que no tiene en cuenta la existencia poderosa del enemigo, sobre todo cuando el propio enemigo está instaurando su nueva hegemonía en el mundo? De nada o solo de condición favorable suplementaria para esa instauración. La fidelidad ciega a la crítica apolítica de Heidegger al socialismo y la consecuente pérdida de vista del enemigo no solo hicieron al filósofo del «no matarás» que cayera en el olvido ético de la política, sino que también lo convirtieron en cómplice de facto del enemigo, ya fuera involuntariamente o no. Se trata de esta complicidad, al menos objetiva, cuando Cabezas señala la contemporaneidad de la crítica de del Barco a Lenin con el ascenso mundial de la hegemonía neoliberal: «Los años en que Oscar del Barco prepara lo que debe de ser la mejor crítica al pensamiento político de Lenin son los años de ascenso, asentamiento ideológico y posicionamiento político en los Estados de una nueva operación que intensifica el nihilismo profundo y desata la naturalización, sin oposición, al Capitalismo Mundialmente Integrado (CMI).» Quizá no sea casualidad que en este párrafo Cabezas se refiera a Félix Guattari, quien precisamente en la primera mitad de los años ochenta se entusiasmó con el entonces naciente PT (Partido dos Trabalhadores), en el cual observó la dualidad molecular-molar del proceso revolucionario.

   ¿Se puede «cambiar el mundo sin tomar el poder», como nos quiere hacer creer una ya clásica corriente de teoría de revolución, cuyo origen se podría situar en el llamado «renacimiento spinozista» francés de los años sesenta y setenta, que propuso lecturas «políticas» de la Ética de Spinoza y, en particular, de su concepto de «nociones comunes»? La crítica de Cabezas a del Barco dice que no. Para cambiar el mundo, si bien es cierto que es necesaria la formación rebelde del «antipoder» popular, ético, ontológico o molecular, no es menos cierto que también es necesaria la toma del poder político, óntico, molar o metafísico, a través de la cual el propio antipoder establece su hegemonía intra-nacional y transnacional. ¿Acaso Donald Trump o Javier Milei están cambiando el mundo sin tomar el poder? ¿No saben librar sus batallas en dos frentes discrepantes, molecular y molar? ¿Queremos seguir abandonando a Lenin, Gramsci o Maquiavelo en manos del enemigo? Hoy, si el feminismo constituye el más potente movimiento revolucionario, lo hace porque es propiamente leninista, en cuanto que está llevando a cabo su lucha a la vez en el frente ético de la formación de una nueva comunidad anti-patriarcal y en el frente político de la toma del poder estatal, al asumir la «diferencia originaria», solo resoluble de forma creativa y no doctrinal, entre estos dos frentes heterogéneos. Lo «originario» de todo proceso revolucionario, según el Lenin de Cabezas, no se halla en lo ético, que del Barco y los teóricos spinozistas y anarquistas contemporáneos confunden con lo político, sino en la diferencia o «différance», entendida como identidad siempre ya diferida, entre lo ético y lo político.

Un filósofo judío entre fedayines // Diego Tatián

En septiembre de 1982, Jean Genet fue uno de los primeros extranjeros en entrar al campo de refugiados de Chatila en Beirut, apenas sucedida la masacre en la que allí y en Sabra murieron cientos de palestinos de manera atroz, a manos de milicias cristianas habilitadas para ello por las fuerzas de ocupación israelíes (“En Chatila, en Sabra, unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?”, dirá cínicamente días después el primer ministro Begin ante el parlamento israelí). La operación estuvo coordinada por el futuro primer ministro Ariel Sharon, en ese momento ministro de defensa. El hecho sería calificado como un acto de genocidio por la Asamblea de las Naciones Unidas.

               Bajo estado de conmoción Genet redacta un texto tremendo, de amplia repercusión internacional, que titula Cuatro horas en Chatila (“—¿Viene de allá? (su dedo apuntaba a Chatila). —Sí. —¿Ha visto? —Sí. —¿Va a escribirlo? —Sí. Me devolvió el pasaporte. Me hizo una señal para que me fuese. Los tres fusiles se bajaron”). Años más tarde vuelve a escribir sobre la causa palestina en Un cautivo enamorado (Un captif amoureux) -publicado póstumo a partir de los manuscritos en los que trabajaba al momento de morir en 1986. Se trata de una memoria de sus encuentros con los fedayines (combatientes), junto a los que había vivido dos años en 1970 en los campos de refugiados de Jordania (“he vivido la época jordana como un cuento de hadas”, escribe luego de Chatila).

               Este apunte nace por la curiosidad de una mención extraña. La que testimonia la presencia de Spinoza, uno de los mayores tesoros culturales del pueblo judío, en los campamentos palestinos. En Un cautivo enamorado el nombre de Spinoza aparece en dos ocasiones. En la primera a través de Alí, un muchacho que moriría en la masacre de Tel al-Zaar, en agosto de 1976. Genet pone en su boca que “En Tel al-Zaatar los jefes -dice los jefes, no los responsables- hablan entre ellos por lo bajo, a veces en voz muy alta, como si fuéramos incapaces de entender lo que dicen. Desarrollan elevadas especulaciones en las que Spinoza está siempre presente a pesar de sus orígenes… Nosotros, los simples fedayines, nos callábamos para escuchar” (Cemal Bali Akal recuerda este pasaje en un precioso libro reciente sobre la pintura holandesa del siglo XVII y la filosofía spinozista).

               Poco más adelante, se evoca nuevamente a Spinoza en boca de Moubarak, un fedayín palestino negro proveniente de Sudán, con quien Genet mantenía largas conversaciones sobre la negritud (“Los negros -le dice en una de ellas- no podemos existir por nuestra inteligencia. Sólo podemos decir que existimos si nos metemos bajo la piel de otros”). Y luego: “Como negro, me forzaron [a aprender la lengua árabe], pero soy animista. El único jefe que admito es un judío, Spinoza”.

 

               Después de haber sido abandonado por su madre y conocer desde niño la vida en correccionales, orfanatos y prisiones, Genet desarrolló el arte de sobrevivir al margen de la ley sin dejar de mostrar la sordidez de los “normales” y la criminalidad de los valores socialmente admitidos. Quizá ese malditismo ya no es sostenible para nosotros por haberse convertido en una ingenuidad -en el mejor de los casos. Pero importa detenerse en un motivo extraño que, aunque poco advertido, aparece muy recurrente bajo la pluma de genetiana: la belleza, el contenido político de la belleza, “la fuerza de esa dicha de ser [que] también se denomina belleza”.

               Esta palabra, a la que adjudica un sentido complejo, quizá sea la que orienta su compromiso y su búsqueda de un arte de vivir (es decir de hacer algo con lo que hicieron de nosotros, como quería Sartre): “En las bases palestinas, durante la primavera de 1971, la belleza estaba sutilmente difusa en un bosque animado por la libertad de los fedayines. En los campamentos de refugiados la belleza se establecía como el reino de las madres y los hijos, y era diferente, un poco más ahogada”. El propósito de la revolución no es -escribe en el texto sobre Chatila- la libertad o la virtud como propone Arendt. Más bien, “haría falta tal vez reconocer que las revoluciones y liberaciones se dan (en el fondo) con el fin de encontrar o reencontrar la belleza”, pero en un significado no habitual de la palabra: “por belleza entendemos una insolencia reidora a la que desafían la miseria pasada, los sistemas y los hombres responsables de la miseria y de la vergüenza, pero una insolencia reidora que percibe que el estallido, lejos de la vergüenza, era fácil”.

               El estallido, sin embargo, no es fácil. Tampoco sabemos ya si es deseable, en caso de haberse desvanecido todo horizonte emancipatorio que pudiera dotarlo de sentido. Solo sabemos que es inevitable cuando se produce, e imposible si no lo hace. Tal vez el signo que el nombre de Genet encripta -el elogio del mal y la transgresión- sea objeto de una obsolescencia. No así las condiciones que motivaron su tan singular escritura, su compromiso con las vidas breves y su repulsa de tanto daño.

               En tanto, es hermoso imaginar que el nombre de Spinoza es atesorado por millones de judíos que en Israel y en todo el mundo se oponen a la masacre de Gaza, tanto como entre quienes se resisten a ser destruidos y encuentran en sus ideas cosas que pensar, y en él a un compañero.

              

[En la imagen, Genet en un campo de refugiados palestino de Jordania, 1971]

 

Fábrica de adicciones digitales: un laboratorio de diseño de conducta para el sometimiento // Enrique Aurelli

Comprender que, si hablamos de tecnología,  no solo lo estamos haciendo de aparatitos y programas, es la primera premisa. Desde una perspectiva, todo lo que comprendemos como instrumento de “progreso” de la humanidad esta munido de alguna clase de tecnología. Desde el manejo del fuego, la escritura, la producción y conservación de alimentos, los sistemas políticos, la medicina y mas.

En este siglo, la tecnología ha dejado de ser una mera herramienta que manejábamos para convertirse en una extensión de nuestra propia existencia, existencia que alguien maneja. Las pantallas nos acompañan desde que despertamos hasta que dormimos, mediando nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestro ocio y nuestra forma de entender eh interactuar con el mundo.  

Existen algunas preguntas fundamentales que pocos se atreven a formular: ¿qué ocurre cuando estas tecnologías no son instrumentos pasivos, (nunca lo fueron), sino que están diseñadas activamente para moldear nuestra conducta? Y ¿Cómo influyen las estrategias de diseño de comportamiento en nuestra subjetividad y en la forma en que construimos nuestra realidad?

Pretendemos con este texto adentrarnos en el controvertido campo del diseño de la conducta social, intentando darle puntapié inicial y revelando cómo los laboratorios de investigación, las grandes corporaciones tecnológicas y los intereses geopolíticos convergen para crear un ecosistema digital que influye en nuestras decisiones, hábitos y percepciones. A través de un análisis crítico, examinaremos el trabajo del Stanford Behavior Design Lab, liderado por B.J. Fogg, y su impacto en  las personas, las democracias actuales, y como mediante el desarrollo de plataformas digitales como Facebook e Instagram, nos afectan, desentrañando las implicaciones éticas y políticas que estas prácticas tienen para la soberanía de los pueblos, particularmente desde la perspectiva crítica de los pueblos siempre explotados de Suramérica.

De Zimbardo a Fogg: vector del diseño de conducta.

La historia comienza en los pasillos de la Universidad de Stanford, donde el joven Brian Jeffrey Fogg, tras escuchar una conferencia del psicólogo Philip Zimbardo —conocido por el infame «Experimento de la cárcel de Stanford»— decidió estudiar ciencias del comportamiento. Zimbardo había demostrado en 1971 cómo las situaciones podían transformar drásticamente la conducta humana, llevando a personas comunes a comportarse de manera autoritaria y cruel cuando se les asignaba el rol de guardias en una prisión simulada. Un experimento largamente usado por las dictaduras de derecha en el Sur Global.

Este experimento, financiado por el gobierno estadounidense con el pretexto de entender el origen de los conflictos en su sistema penitenciario, tuvo que suspenderse por los altos niveles de conductas abusivas que rápidamente se convirtieron en sádicas. La conclusión a la que se arribó es demoledora: la situación influye en la conducta humana; poner a personas buenas en un lugar malo las hace actuar mal o resignarse a ser maltratadas, a punto tal que Zimbardo afirmó: «la mayoría de nosotros podemos ser seducidos para comportarnos de una manera totalmente atípica con respecto a lo que creemos que somos».

Fogg, quien tuvo como asesor de su proyecto doctoral a Zimbardo, junto con Clifford Nass, Byron Reeves y Terry Winograd, absorbió estas lecciones y las llevó a un nuevo terreno: el de la tecnología digital. En 1997, presentó como trabajo final de estudios el concepto de «Captología», definida como la forma de mantener más tiempo a una persona delante de una pantalla de ordenador mediante técnicas de captación de la atención.

El potencial de este enfoque no pasó desapercibido para Stanford, que le ofreció abrir un laboratorio que inicialmente se llamó «Laboratorio de Tecnología Persuasiva». Este centro de investigación se convertiría en el epicentro de una revolución imperialista silenciosa en el diseño de comportamientos humanos a escala global.

brica de adicciones digitales: El Laboratorio de Diseño de Conducta para el sometimiento.

El Stanford Behavior Design Lab (anteriormente conocido como Stanford Persuasive Technology Lab) se fundó en 1998 como parte del Instituto de Investigación Avanzada de Ciencias y Tecnologías Humanas (H-STAR) de la Universidad de Stanford. Su objetivo declarado era investigar cómo los productos informáticos, desde sitios web hasta software para teléfonos móviles, podían diseñarse para cambiar lo que la gente cree y hace.

Este laboratorio no operaba en el vacío. Se insertaba en una tradición iniciada por Fred Terman, decano de Stanford en 1951, quien comprendió que la inversión del estado federal en investigación había sido clave para la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Terman desarrolló el Parque Industrial de Stanford en Palo Alto, California, estableciendo un modelo tripartito: «Está el dinero del gobierno, está la universidad y la industria. Quería un vínculo estrecho entre la industria y la universidad con el dinero del gobierno apoyando la educación de los estudiantes que luego ingresarían a la industria».

Por este laboratorio pasaron figuras que transformarían el panorama tecnológico global. Mark Zuckerberg visitó sus instalaciones buscando formas de potenciar Facebook. Uno de los alumnos de Fogg, Joshua Reeves, creó una aplicación para felicitar cumpleaños en Facebook, característica que contribuyó significativamente al crecimiento de la plataforma. Otro discípulo, Mike Krieger, desarrolló una aplicación para compartir fotografías y recibir «likes» que inicialmente llamó «Mirando al sol» (suena canción fascista española, ¿no?) y que hoy conocemos como Instagram.

Con el tiempo, Fogg modificó su terminología, abandonando el término «Captología» por «Behaviour Design» (Diseño de Conducta), y rebautizó su centro como «Laboratorio del Diseño de Conducta». Este cambio no era meramente semántico, sino que reflejaba una comprensión más profunda y sistemática de cómo modificar el comportamiento humano a través de la tecnología.

El modelo alienante de Fogg: La arquitectura de la persuasión digital.

La herramienta conceptual clave desarrollada por Fogg es su modelo de comportamiento, resumido en la fórmula B=MAP. Según este modelo, un comportamiento (B) ocurre cuando convergen simultáneamente tres elementos:

  • Motivación (M): El deseo de realizar una acción. Puede ser intrínseca (la persona ya quiere hacer la acción), extrínseca (hay beneficios o consecuencias) o contextual (surge del entorno).
  • Habilidad (A): La facilidad para realizar la acción. Depende de factores como el tiempo disponible, los recursos económicos, el esfuerzo físico y mental requerido, y la integración con la rutina existente.
  • Desencadenante (P): La señal que activa el comportamiento. Puede ser un facilitador (alta motivación, baja capacidad), una señal (alta capacidad, alta motivación) o una chispa (alta capacidad, baja motivación).

 

Las plataformas digitales utilizan este modelo para diseñar experiencias que fomenten la participación, la interacción,  el consumo y dependencia. Las notificaciones constantes, los sistemas de recompensas, la personalización algorítmica y la simplificación de las acciones son estrategias derivadas de este modelo para influir en el comportamiento de los usuarios.

En 2012, Facebook llevó estas técnicas a un nuevo nivel al manipular a 700.000 usuarios sin su consentimiento para obtener evidencias de contagio emocional a escala masiva. La compañía generó estímulos específicos para que los usuarios produjeran publicaciones con contenido positivo o negativo, demostrando su capacidad para influir en los estados emocionales colectivos al mejor estilo del condicionamiento clásico de Pavlov.

Este experimento reveló algo perturbador: las plataformas digitales no solo registran nuestros comportamientos, sino que pueden moldearlos activamente. Como señala el filósofo Byung-Chul Han, estamos ante un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación, un conocimiento de la dominación sobre la psiquis en un nivel prerreflexivo.

La frontera imperial: Colonización de la subjetividad.

La implementación masiva de estas tecnologías persuasivas constituye lo que podríamos denominar una «colonización de la subjetividad». Nora Merlín, Magister en Ciencias Políticas y discípula de Ernesto Laclau, afirma que el neoliberalismo (y por extensión el concepto del anarco-capitalismo) opera como un régimen de colonización de la subjetividad que obtura, con objetos tecnológicos y sus productos asociados, la falta estructural del sujeto y de lo social.  Le podemos integrar la sobre produccion de dopamina que estimula y produce adición a los usuario, sobe todo en las  niñeces.

Esta colonización se manifiesta en varios niveles:

  1. Adicción y pérdida de control: Las plataformas digitales están diseñadas para captar nuestra atención y mantenernos enganchados. Los bucles de retroalimentación, las recompensas intermitentes y la sensación de conexión social pueden generar adicción y dificultar el control sobre nuestro tiempo y nuestra conducta.
  2. Manipulación y desinformación: Las tecnologías persuasivas pueden ser utilizadas para manipular nuestras emociones, difundir desinformación y polarizar la opinión pú Los algoritmos de recomendación pueden crear burbujas de información que refuerzan nuestros sesgos y limitan nuestra capacidad crítica.
  3. Pérdida de autonomía: El diseño de la conducta puede socavar nuestra autonomía al influir en nuestras decisiones de manera sutil e inconsciente. Podemos terminar actuando de una manera que no refleja nuestros verdaderos deseos o valores.
  4. Vigilancia y control: La recopilación masiva de datos y el uso de algoritmos de inteligencia artificial permiten a las plataformas digitales conocer nuestros gustos, preferencias y comportamientos. Esta información puede ser utilizada para vigilarnos, controlarnos y predecir nuestras acciones.

El resultado más preocupante de esta colonización es el rechazo a «lo que hace límite o funciona como imposibilidad», lo cual condiciona la construcción de vínculos comunitarios. En términos concretos, se traduce en individuos cada vez más aislados, incapaces de organizarse colectivamente para defender sus intereses comunes, atrapados en una ilusión de conexión que en realidad profundiza su soledad.

y la geopolítica del diseño de conducta: El poder blando.

El diseño de la conducta no es solo un fenómeno tecnológico, sino también un instrumento de poder geopolítico. Langdon Winner, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Berkeley, afirma en su texto «¿Tienen política los artefactos?» que los objetos tecnológicos poseen propiedades políticas de dos formas: condicionando los usos (educando al ciudadano en tanto la tecnología tiene una determinada forma de utilizarse) y condicionando la forma de vida íntegramente en pos de una producción basada en artefactos tecnológicos.

A estas dos consideraciones podemos sumarle una tercera: la del condicionamiento de la forma de vida íntegra mediante tecnologías persuasivas que proyectan trastornos del comportamiento en una población objetivo. Estas tecnologías se caracterizan por generar la necesidad compulsiva e incontrolable de estar conectado a las redes sociales, lo que lleva a una pérdida del control y una interferencia significativa en la interpretación, narración y comprensión de la vida diaria, creando una ausencia total del entendimiento del entorno.

Estados Unidos, a través de instituciones como la Universidad de Stanford y el financiamiento de investigaciones por parte del Departamento de Defensa, ha sido un actor clave en el desarrollo y la difusión del diseño de la conducta. Las plataformas digitales se utilizan como herramientas de poder blando para exportar valores culturales, promover el consumo y moldear la percepción del mundo.

La estrecha relación entre el gobierno estadounidense y estos centros de investigación quedó evidenciada en octubre de 2023, cuando la Universidad de Stanford fue condenada por el Departamento de Justicia a pagar una multa de US$ 1,9 millones por tener investigadores y asistentes que habían recibido compensación del extranjero por su trabajo en 16 proyectos con financiación del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, la NASA y la Fundación Nacional de Ciencias.

Esta relación simbiótica entre el estado norteamericano y el sistema universitario está sistemáticamente controlada con la intención de crear sentido en las poblaciones objetivo y sostener herramientas de poder blando autosustentables. Estas herramientas, mediante su programación, pueden inducir a las comunidades a tomar decisiones contrarias a su propio beneficio como sociedad.

De la caverna de Platón a la meritocracia de falsa bandera.

La competencia global por el dominio de la inteligencia artificial y las tecnologías persuasivas se ha convertido en un campo de batalla geopolítico, donde los Estados compiten por la influencia y el control. En este contexto, el diseño de conducta emerge como una forma de dominación más sutil pero no menos efectiva que las formas tradicionales de poder.

Esta nueva forma de dominación opera sobre la psiquis humana a un nivel prerreflexivo, condicionando nuestra percepción de la realidad y nuestras posibilidades de acción. Como los prisioneros de la caverna de Platón, somos manipulados para ver solo las sombras que los controladores de la tecnología quieren que veamos, mientras la realidad queda oculta tras la pantalla.

La Universidad de Stanford, mediante la aplicación de proyectos de investigación en los productos de la industria de la comunicación digital, genera cambios de conductas en los usuarios de esas herramientas a escala global. Estos cambios están dentro del marco de lo que puede considerarse adicciones, ya que las plataformas están diseñadas para fomentar y multiplicar su uso.

El mito de la meritocracia funciona como una «falsa bandera» que oculta las verdaderas relaciones de poder. Mientras el discurso neoliberal promueve la idea de que cualquiera puede triunfar si se esfuerza lo suficiente, las estructuras tecnológicas diseñadas para moldear conductas perpetúan y profundizan las desigualdades existentes, beneficiando a quienes ya se encuentran en posiciones privilegiadas.

Una perspectiva.

Desde la perspectiva de pueblos siempre explotados, estas tecnologías persuasivas representan una nueva forma de colonialismo, que ya no se limita a la explotación de recursos naturales o la ocupación territorial, sino que se extiende a la ocupación de la subjetividad misma.

Este tecno-feudalismo, como lo han denominado algunos teóricos, está conduciendo a una híper liberalización ultra neoliberal que profundiza la alienación, debilita los lazos comunitarios y erosiona la solidaridad. La consecuencia es una pérdida del compromiso con otros seres humanos y sus comunidades, así como de la necesidad de organizarse en espacios físicos comunes para cambiar lo que no beneficia a todos dentro de una democracia.

Uno de los efectos más perniciosos de esta colonización subjetiva es la fijación de la incorrecta idea de que la política es inherentemente corrupta, lo que deriva en un macartismo renovado y la persecución sobre los políticos populares y críticos. Esta persecución es instrumentada por las derechas y los fascismos, que son utilizados como bestias de carga por las élites oligárquicas planetarias del imperialismo.

El objetivo final parece ser la neutralización de cualquier mirada tercermundista, cualquier perspectiva desde el sur global que esté formada y que crea en la justicia social, la soberanía política y la independencia económica de los pueblos. Las tecnologías persuasivas sirven así como herramientas para desarticular las resistencias, atomizar las luchas y dificultar la emergencia de alternativas al orden neoliberal global.

Soberanía mental para el uso de lo digital: Alternativas y resistencias.

Ante la colonización de la subjetividad, es fundamental construir una soberanía digital que nos permita recuperar el control sobre nuestras vidas y nuestras sociedades. Esto implica desarrollar alternativas tecnológicas, promover la educación crítica, impulsar políticas públicas y construir espacios de resistencia comunitaria, pero no solo cuando recuperemos el estado, hay que poner recursos hace 20 años atrás…

  1. Tecnologías libres y descentralizadas: El uso de software de código abierto, plataformas autogestionadas y redes descentralizadas puede reducir nuestra dependencia de las grandes corporaciones tecnológicas y permitirnos tener un mayor control sobre nuestros datos y nuestras interacciones. Si su uso no fuera una gran barrera para el comun denominador de la población alfabetizada digital mente o no, tal vez funcionaría. Lo que es cierto es que aun no se extiende pues el modelo vigente sigue siendo el del dominador. La mayoría de habituales usuarios aunque activistas muchos, no dejan de alguna forma de responder al modelo de éxito/meritocratico/ego/incel que plantean las ultra proyectadas imágenes de los exitosos tecno feudalistas de los últimos 45 años…
  2. Educación crítica y alfabetización digital: Es fundamental desarrollar habilidades para analizar críticamente la información, identificar las estrategias de persuasión y proteger nuestra privacidad en el entorno digital. Claro que se debería, desde las organizaciones libres del pueblo, conformar y garantizar espacios físicos con los recurso necesarios para afrontar la formacion de cuadros tecnológicos para la liberacion, cosa que no se hizo.
  3. Regulación y políticas públicas: Los Estados, particularmente en el Sur Global, deben implementar regulaciones que protejan los derechos de los usuarios, promuevan la competencia y fomenten el desarrollo de alternativas tecnológicas que respondan a las necesidades y valores locales. Los estados Nacionales y Populares digo.
  4. Resistencia comunitaria: La organización y la acción colectiva son fundamentales para resistir la colonización de la subjetividad y construir un futuro digital más justo y equitativo. Es necesario recuperar los espacios físicos de encuentro y debate, fortalecer los lazos comunitarios y construir redes de auto formacion y solidaridad que trasciendan lo virtual, el gran desafío. En lo personal creo que la creación y conducción de estos espacios formativos transdiciplinarios solo se pueden dar por parte de la generación bisagra, la con una pata en cada siglo, con experiencia en el cuero, con años vividos en cada crisis desde la década 1970 hasta la actualidad, puede afrontar el reto.  Generación bisagra a la que nadie le va contar lo que es cagarse de hambre y tener que organizarse para mofar o lo que sea. Eso si, ninguna generación esta exenta de runflas y mal aprendidos.

 

La urgencia de recuperar el control.

La colonización de la subjetividad representa uno de los mayores desafíos de nuestra época. El diseño de la conducta, las tecnologías persuasivas y el poder de las grandes corporaciones tecnológicas amenazan nuestra autonomía, nuestra libertad y nuestra capacidad para construir un Democracia popular.

Lo que comenzó como una investigación académica en los pasillos de Stanford se ha convertido en un sistema global de dominación, sometimiento y manipulación conductual que sirve a los intereses geopolíticos de las potencias hegemónicas y las élites económicas transnacionales. Este sistema no solo profundiza las desigualdades existentes, sino que dificulta e impide el surgir de alternativas al orden ultra neoliberal global.

Aunque B. J. Fogg promueva la idea de «hábitos mínimos» para generar «cambios positivos», nuestra perspectiva crítica nos obliga a cuestionar profundamente quién establece los parámetros de ese «cambio positivo» y si estas metodologías, aparentemente inocuas, no pueden ser instrumentalizadas para consolidar conductas que favorecen intereses particulares, a menudo en detrimento de las mayorías. La delgada frontera entre la asistencia para alcanzar objetivos personales y la manipulación con fines ajenos es un punto central de nuestra preocupación.

 

Debemos recordar brevemente en qué consisten los «hábitos mínimos» según Fogg. Basándonos en su libro «Hábitos mínimos: Pequeños cambios que lo transforman todo»y la explicación de su modelo de comportamiento (B=MAP), la propuesta se centra en iniciar con acciones diminutas, fáciles de realizar y gratificantes, que se integran en la rutina diaria para generar cambios de comportamiento a largo plazo. Fogg sugiere una fórmula donde el comportamiento (C) ocurre cuando la motivación (M), la habilidad (H) y el estímulo (A) convergen. La clave está en la simplicidad y la celebración inmediata del pequeño logro

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Ahora bien, la pregunta fundamental es: ¿quién define qué se considera un «cambio positivo» que se debe promover a través de estos «hábitos mínimos”?. Fogg y su laboratorio operan desde la Universidad de Stanford, un epicentro de la innovación tecnológica en Estados Unidos. Esta institución tiene vínculos históricos y financieros con el poder estatal de seguridad y la industria sobre todo militar. Por lo tanto, los «cambios positivos» que se buscan impulsar podrían estar alineados, consciente o inconscientemente, con los intereses y la cosmovisión de ese contexto geopolítico y económico dominante.

  • Soberanía y Autodeterminación: Desde nuestra perspectiva, la definición de «progreso» y «bienestar» debe emanar de nuestras propias realidades, necesidades y cosmovisiones como pueblos suramericanos.

. Si un laboratorio en un centro de poder global define qué «hábitos» son «positivos» para nosotros, ¿no estamos ante una nueva forma de colonización, no ya territorial, sino conductual y subjetiva?

. ¿Se están considerando nuestras historias de resistencia, nuestras luchas por la independencia política y económica, o se nos está imponiendo un modelo de «cambio» funcional a otros intereses del imperialismo pero con juguetes nuevos?

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Justicia Social y Equidad: El concepto de «cambio positivo» debería estar intrínsecamente ligado a la reducción y eliminación de las desigualdades, la promoción de la justicia social y el empoderamiento de las comunidades marginadas. Si los «hábitos mínimos» recomendados por Fogg se aplican sin una conciencia crítica de las estructuras de poder existentes, corremos el riesgo de que refuercen las dinámicas desiguales. Por ejemplo, ¿se están promoviendo «hábitos» que fomentan el consumo de productos de ciertas corporaciones, o se están impulsando prácticas que fortalecen la autonomía y la economía nacional popular?

 

La delgada línea entre ayudar y manipular se vuelve especialmente borrosa cuando consideramos el poder de las «tecnologías persuasivas» desarrolladas y estudiadas en el laboratorio de Fogg.  Estas tecnologías están diseñadas para influir en nuestras actitudes y comportamientos, a menudo aprovechando sesgos cognitivos y creando bucles de retroalimentación que fomentan la adicción y el uso continuado. Si se aplican los principios de los «hábitos mínimos» en este contexto, ¿no podrían estar dirigidos sutilmente a mantenernos enganchados a ciertas plataformas, a consumir ciertos contenidos, o a adoptar ciertas conductas que benefician a las empresas tecnológicas y a sus inversores, en lugar de nuestro bienestar genuino? Ósea luego terminan votando como en argentina en 2015 o 2023…

 

La actividad humana, impulsada por el conocimiento científico aplicado, genera objetos prácticos con fines específicos dentro de un sistema social y económico . Las tecnologías persuasivas, y por extensión las metodologías de diseño de comportamiento como la de Fogg, son ejemplos claros de diseños destinados a obtener un comportamiento determinado de los usuarios, modelando su percepción de lo que es posible o restringido.

 

Debemos preguntarnos si estos «hábitos mínimos» no son una nueva herramienta para la «colonización de la subjetividad», donde se nos induce a adoptar ciertos comportamientos que, aunque parezcan pequeños e individuales, contribuyen a un orden social y económico que no necesariamente nos beneficia.

 

El neoliberalismo utiliza objetos tecnológicos para obturar la falta estructural del sujeto y condicionar la construcción de vínculos comunitarios. Los «hábitos mínimos» podrían ser una manifestación de esta lógica, ofreciendo soluciones individuales y fragmentadas a problemas que son, en realidad, estructurales y colectivos.

 

Se nos impulsa a cambiar pequeños hábitos personales, mientras se mantienen intactas las estructuras de poder que generan las desigualdades y la injusticia.

 

Por lo tanto, si bien la idea de generar cambios positivos a través de pequeños pasos puede tener un atractivo inicial, debemos ser profundamente escépticos y analíticos sobre quién define esos «cambios positivos», con qué intereses están alineados, y si las metodologías propuestas no son, en última instancia, una forma sutil y efectiva de perpetuar la dependencia y la subordinación en el ámbito digital y, por extensión, en la vida social y política.

 

La clave está en desarrollar nuestras propias definiciones de bienestar y progreso, basadas en nuestra historia, valores comunitarios y necesidades, y en construir colectivamente caminos de transformación que realmente nos empoderen como pueblos.

 

A pesar de los habituales emergente del imperialismo, la resistencia y el combate siempre son posibles. A través de la educación crítica, la organización colectiva y la acción política podemos recuperar el control sobre nuestras subjetividades,  construir un entorno humano y digital que responda a las necesidades y valores de nuestros pueblos. La lucha por la soberanía tanto de sentido como la digital es, en última instancia, una lucha por la autodeterminación de los pueblos en la era de la hiper información tecno feudal y de Novos fascismos.

Frente a un sistema diseñado para atomizarnos, alienarnos, explotarnos y controlarnos, debemos responder con acción, solidaridad, organización y conciencia crítica. Solo así podremos transformar las tecnologías, (no solo los aparatos electrónicos digo, sino toda la tecnología) de la dominación en herramientas para la emancipación, recuperando el control sobre nuestras vidas y nuestras sociedades.

Y para ello solo hace falta una cosa,  juntar los cuerpos y emprender acciones.

 

 

 

Referencias

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No soy un libro // Diego Sztulwark

Santiago Caputo no es un personaje interesante. Dice de sí: «yo no soy un libro». Es un consultor, un emergente de las redes y las encuestadoras, que soñó con ser espía y quedó a cargo de un gobierno. Su paso por la Facultad del Ejército y por Ciencia Política de la UBA no le dieron a este sobrino radical de Dante Caputo una formación particular. Su paso por la Facultad de Sociales consistió en rechazar la bibliografía y militar a Franja Morada. Fue Yacobitti quien lo rescató para la política sin ciencia. Maia Jastreblansky y Manuel Jove (ella de La Nación, él de TN) han escrito un libro sobre él. La llamaron El monje. Marketing previsible (comprensible: no lo iban a llamar «el hombre que se creía Lönnrot»). Allí cuentan que el joven radical, enfrentado a leer a Ernesto Laclau o a Walter Benjamin, escapó hacia las series norteamericanas de plataformas. La imagen que se hacen de Caputo es la que Caputo quiere difundir: alquien cuya imaginación no es teórica sino mítica. Escribir sobre Caputo, ¿por qué no? Todo personaje tiene su lugar en el drama de una historia, a condición de detectar los puntos de intensidad que lo hacen formar parte de esa trama. No es el caso. El monje es un libro de un cierto periodismo que acumula entrevistas y redacta perfiles de figuras de «actualidad», sin reparar en las cuestiones dramáticas de los fenómenos en torno a los cuales estos personajes cuentan. En más de una oportunidad los autores aciertan al decir que las consultoras son investigación del mundo social, productoras de un conocimiento sin el cual no hay verdadera escucha de lo popular. Pero el problema que así presentan se va, se les escapa, o no les interesa. Pero ¿por qué importa Santiago? La respuesta que da el libro es que este miembro de la parte no macrista del clan Caputo se vio incluido en el «triángulo de hierro» –Milei dixit– que gobierna hace casi año y medio el poder ejecutivo. ¿Y por qué quedó allí incluido? Las razones parecen ser tres: entiende como nadie a un ser incomprendido que gobierna un país; se fascina el rol de guionista libertariano (guiona discursos presidenciales, dispositivos de poder y a jóvenes influencers), y porque tolera realizar tareas vidriosas. Si algo interesa del personaje y del libro es la sugerencia según la cual para la política 2.0 guionar es gobernar. ¿Qué espesor real tiene esta idea? Caputo llegó a Milei vía la consultora Move Groups, ex Durán Barba. La venta estándar del pack está hecho de encuestas, focus, análisis de redes y asesoría en táctica electoral. Move Groups ha sabido situarse en el corazón promiscuo de la política: en 2023 trabajó para el mileísmo, el macrismo, el massismo y el kirchnerismo (y La Cámpora). En cuanto al título del libro: la figura del «monje» remite al sigilo y la retracción, a la creencia y a la sabiduría. Caputo es un consultor al que le toca guionar un gobierno desde adentro. Que casi no muestra su rostro en público ni se le conoce la voz (quizá porque vale más hacer creer que hay algo que se oculta cuando no hay demasiado que mostrar). La pasión política del consultor no está ligada a fe alguna, sino al pacto de saber técnico de venta de candidatos por dinero. La sabiduría que ostenta este monje 2.0 carece de esoterismos que no sean surgidos de películas y publicaciones de la derecha extrema nortemamericana. Excepto por su evocación a Parravicini, de quien surge el nombre Faro, de la fundación oficial que recauda dinero para las elecciones 2025. Caputo no es tampoco hombre de acción, salvo que por tal se entienda el oficio del operador político que aprieta legisladores y nombra funcionarios en la SIDE. Demasiado burocrática su idea de la aventura. Frente al modelo del hombre de acción que perturba los ideales del siglo XX -un Limónov- Caputo no pasa de la categoría de funcionario llibertariano.

‘Adolescence’: el fracaso de la mirada adulta // Amador Fernández-Savater

¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.

¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.

Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.

Las instituciones adultas

En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.

La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.

La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?

En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo.  Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.

Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos

Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.

¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.

El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.

El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida

Explicar sin escuchar

¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.

El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.

Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.

 

La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.

Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien… Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos

La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.

No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.

Escucha, amor y deserción

Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.

Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.

Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.

El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.

¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.

Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.

“Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle. 

La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención. 

El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todas las AMPAS, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.

La verdadera catástrofe es que todo siga igual.  

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* Este texto fue escrito tras largas conversaciones sobre la serie con Lula Amir. Lo leyeron, comentaron y discutieron también Álvaro García-Ormaechea, Raquel Mezquita, Lucía Currás, Vanesa Jiménez y Patricia Ruiz. Estar, conversar, pensar. 

Darse al pensar // Marcelo Percia

  1. La expresión darse a… repone la cuestión del don en el corazón del pensar.
 

El don no como acción que crea deuda, obligación o demanda de reciprocidad. El don no como extorsión velada o acuerdo de intercambio. No el dar, ni obsequiar, tampoco enseñar pensamientos, sino el acto del darse al pensar o de darse en el pensar.

 

Un momento apasionado en el borde de la emoción y el miedo. Una entrega que no se guarda nada, pero que, sin embargo, vacila. Una decisión que confía en el pensar, a la vez que sospecha de confusiones y desquicias de los pensamientos.

 
 
 

2.

 

Darse al pensar, a veces, acontece como demora, como orilla de un abismo prometedor, como asomada a un vacío que atrae, como llamado al abrigo de lo común, como gratitud y alegría de tener con quienes.

 

Darse al pensar condensa todas las formas del darse.

 

Pensar necesita de la amistad, de la escucha, del abrigo, de la profanación, de la cita, de la lectura, de la inspiración…Y así.

 

Darse al pensar equivale a darse a lo común: todo pensar se realiza como un común pensar.

 

Un común pensar que antepone lo común al pensar. Un común que prevalece al acto de pensar. Un común gestante.

 
 
 

3.

 

¿Qué empuja a pensar?, ¿un amor, una urgencia, un interés?, ¿la necesidad de abrigo, de sosiego, de respuestas?, ¿responsabilizarnos por actos que realizamos?, ¿haber llegado hasta un punto en el que se vuelve imperioso desaprender pensamientos que nos hacen sufrir?

 

Juan Carlos De Brasi (2015) anota que pensar supone hacer la experiencia de despertenecerse.

 

Tal vez, hacer el aprendizaje de que no tenemos propiedad ni domino sobre lo que nos pasa. Lo que no significa que no nos concierna o que no tengamos incumbencia.

 

Despertenecerse como abandono de arrogancias posesivas.

 

Despertenecerse como apertura de una jaula, de una ventana, de una posibilidad. Como fuga del territorio alambrado del yo sé.

 

Tal vez pueda concebirse un pensar clínico como desencierro o confianza en el desasimiento.

 

Un pensar que sondea ideas que abusan y encantan vidas. Un pensar que desentumece la disponibilidad de darnos a lo impensado.

 

El acto de pensar puede incurrir una y otra vez en lo ya pensado y, a veces, asomarse a lo todavía no.

 

4.

 

Muchas veces el acto de pensar acontece en silencio. Necesita de un tiempo sin apremios. Sin resultados e incluso sin pensamientos. En ocasiones leyendo o conversando sobrevienen ocurrencias que pueden pasar inadvertidas. Una de las labores del pensar consiste en detectar curiosidades, rarezas, nacimientos. Y proveerles silencio como si se tratara de una cuna.

 
 
 

5.

 

Tanto en un diálogo clínico, como en una conversación amorosa, cuando hablantes se sumen en el silencio, se suele preguntar: ¿en qué te quedaste pensando? Se imagina el silencio como el tiempo del pensar. Y, aunque se sospeche que no, se puede pensar en nada o ver pasar pensamientos como paisajes deshabitados.

 

(Aunque sabemos que pasajes deshabitados pueden estar, para otros ojos, repletos de vida).

 
 
 

6.

 

Se conoce el Popol Vuh, esa belleza de las letras de la antigüedad maya. Allí se cuentan los comienzos como tiempos de meditaciones entre criaturas divinas.

 

Se lee: “…todo estaba en suspenso, en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo. No había todavía vida, ni humana, ni animal, ni nada. No habían pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No había la tierra. Sólo el mar en calma y la esfera celeste inmóvil”.

 

Así estaba todo hasta que las divinidades iniciantes llegaron con la palabra. Vinieron desde la oscuridad “… y hablaron entre sí. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y sus pensamientos”.

 

O más adelante se lee: “…conferenciaron sobre la vida y la claridad, sobre cómo ocurrirá que aclare y amanezca, sobre cómo sucederá que se produzcan alimentos y sustentos”.

 

O se lee: “Como neblina, como nube y como polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas”.

 

El comienzo se narra como una conversación entre divinidades en la que las palabras se unen con los pensamientos, cuando todavía el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida bajo las aguas.

 
 
 

7.

 

Nos piensan antes de nacer. Luego, desde que hablamos, pensamos.

 

En las íntimas entrañas del pensar, sin embargo, entre tantas bellezas abundan argumentos y razonamientos que amenazan, engañan, hacen sufrir.

 

Se dice que Demócrito, infatigable pensador de los tiempos de Sócrates, se arranca los ojos para pensar sin distracciones. O que Tiresias, sabio ciego de la literatura helénica, tiene visiones de tiempos pasados, presentes, futuros. O se recuerda que Edipo, al final de la tragedia de Sófocles, se quita los ojos para evitar que los dioses lo vuelvan a confundir valiéndose de su sentido más confiable.

 

No hacen falta mutilaciones para evitar fascinaciones y estafas, pero sí saber obnubilaciones que perturban.

 
 
 

8.

 

Algunos pensamientos sobrevienen como agua que refresca, otros como sentencias que martirizan.

 

Conversaciones clínicas celebran el acto de pensar, pero toman precauciones y ponen bajo sospecha altiveces que nos piensan.

 
 
 

9.

 

Desde comienzos del siglo veinte, se sabe lo que siempre se supo: pensar supone un trabajo. Pero, no se explica cómo hacerlo.

 

El marxismo alertaba sobre una falsa conciencia que llamó ideología. Nietzsche advertía sometimientos a la moral de la época y vanidades de la primera persona del singular. Freud observaba indicios de un habla inconsciente en la formación de síntomas, sueños, olvidos, actos fallidos. Izquierdas del psicoanálisis constataban que angustias y temores personales expresaban, también, angustias y temores de una época.

 

El acto de pensar acontecía como hermenéutica contra el sentido común o como paranoia crítica por tomar la expresión de Dalí.

 

Pensar también requería auscultar palabras. Entrever que cada vocablo, como sugería Carroll, se comportaba como una valija repleta de historias apretujadas. O que los significantes, como entendía Lacan, no sólo se soldaban a significados, sino que se aferraban a fantasmas.

 

El deseo de pensar, por donde se mirara, presumía engaños y confusiones.

 

Hubo quienes probaron escuchar pensamientos como Perseo cuando se enfrentó a la mirada petrificante de Medusa. Y se entrenaron para hacerse invisibles, para dejarse crecer alas en los pies y para defenderse con la oblicuidad de los espejos.

 

Hubo quienes probaron pensar como si estuvieran metidos en el cuadro de las Meninas de Velázquez analizado por Foucault: se miraron pensando y se escucharon pensar con oídos no calculados.

 

Hubo quienes probaron pensar emociones como si se tratara de criaturas vivas con intenciones y voluntades y, así, se entrenaron a escuchar angustias, dolores, tristezas, rencores, perplejidades, injusticias, ingratitudes. Aprendieron a oír confusiones, agotamientos, demasías.

 

Hubo quienes probaron sumergirse en esos afectos hablantes y procuraron estar no sólo presentes en las sesiones, sino en estremecimientos, enredos, ambigüedades. Se propusieron conversar aun sintiendo ganas de salir corriendo o llorar.

 

Hubo quienes probaron vaciarse de pensamientos para llegar a pensar. Invitaban a la conversación presencias queridas. Decían: Freud no dejaría pasar esto que acabamos de escuchar; si estuviera acá Lacan subrayaría; en este punto Kafka preguntaría; Cortázar intentaría jugar con esta idea. O Clarice, Alejandra, Idea, Silvina, recordarían otros lados de la vida. O cualquiera que arribara en este momento, escuchando los últimos diez segundos, opinaría que estamos exagerando. O Macedonio diría que las contingencias portan muchas alegrías, aunque sin abstenerse de terribles tristezas.

 

También se supo de intervenciones que se excusaban por haber tenido ocurrencias inconvenientes antes de decirlas en voz alta.

 

Y, así, un montón de cuidados para procurar el acto de pensar que, no obstante, al cabo, ocurre sin que lo sepamos o sabiéndolo después, pero nunca mientras está aconteciendo.

 

Una colección de astucias para pensar estando en la conversación sin estar sólo en los pensamientos que colonizan la conversación.

 
 
 

10.

 

Necesitamos vaciarnos de pensamientos o de sentencias personalizadas para darnos al pensar.

 

Necesitamos sentir angustias no sedadas y, al mismo tiempo, no arrasadoras.

 

Necesitamos hacer huecos en el alma, en el corazón, en el pecho, en el vientre, en los puntos de apoyo de cada pensamiento.

 

Necesitamos interrogar en qué reside el poder que tienen.

 

Necesitamos perdernos no pudiendo pensar, hasta llegar a pensar sin poder hacerlo.

 
 
 

11.

 

Cuando se dice en una conversación clínica “No sé cómo pensar lo que te está pasando”, no se trata de la asunción de una derrota, sino del trazado de una línea de comienzo.

 
 
 

12.

 

¿Conversaciones clínicas? ¿Hablas que se inclinan sobre sensibilidades cansadas, convalecientes, expectantes, descolocadas?

 

En esos momentos (que no sabemos cómo nombrar), cada tanto, se distinguen sentimientos. Digamos: entre revancha y venganza, entre cálculo y deseo, entre culpa y responsabilidad, entre depresión y tristeza. Y, así.

 

Distinciones no pretenden fijar ni definir afectos: se ofrecen como pausas o vacilaciones del pensar.

 
 
 

13.

 

Se trata de darse al pensar sabiendo lo que nos excede.

 

Se lee en Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar tu filosofía”. La sentencia anuncia un límite y, a la vez, lo inconcebible.

 

La necrosis de una idea se llama certeza. Esa fijeza argumentada que protege de las avalanchas de lo impensado.

 
 
 

14.

 

Pensar lo que sentimos, sentir lo que pensamos”, escribe Miguel de Unamuno (1923). Pero ese deseo noble de conciliación puede, en otro plano, consumar un encierro. Perplejidades clínicas asisten, una y otra vez, a una misma circunstancia: se puede vivir en el malestar y pensar que ese malestar resulta inevitable.

 

En el mismo poema, Unamuno sugiere que pensar equivale a esculpir en la niebla.

 

Eso pasa en cada sesión: se reinicia un tallado en el aire, un grabado en la bruma, una escritura en el agua. Tal vez no se esculpa, talle, grabe o escriba nada. Pero cuenta el gesto: un intento de imaginar otras historias.

 
 
 
 
 
"Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
«Pensando en las orillas» por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
 
 
 

15.

 

Con hambre no se puede, en la sola angustia tampoco, en una urgencia mejor actuar, bajo presión resulta difícil, sintiendo miedo y en el solo aislamiento se empobrece.

 

¿Qué condiciones hacen falta para darse al pensar?

 
 
 

16.

 

Fernando Pessoa publica en 1918 en lengua inglesa treinta y cinco sonetos.

 

Se lee en el V: “¿Cómo voy a dejar mi pensamiento / libre para la acción que el alma espera, / cuando debo pensar, cada momento, / en esa angustia que olvidar quisiera?”.

 

El autor portugués confirma que en estado de angustia no se puede pensar lo que “el alma espera”. Y, a la vez, en el mismo soneto expresa esa angustia que no deja pensar para escucharse decir ese no poder y, quizás, entonces, pensar sin poder hacerlo.

 

Se lee en el final de XVI: “La mayor prueba para el pensamiento / no es pensar, es sentir esta amargura”.

 

El responsable de El libro del desasosiego sugiere que uno de los desafíos de pensar, a pesar de la amargura, consiste en no pensar sólo cosas amargas.

 
 
 

17.

 

Darse al pensar supone darse al silencio de no saber pensar.

 

Suspender arrogancias afirmativas del “yo pienso”.

 
 
 

18.

 

Conocemos la excitación del suspenso. El aplazamiento y preparación de una largada. La señal que avisa el momento en el que se suelta la acción. Se dice: “A la una, a las dos y a las…dos y un poquito… a las dos y un poquito más… a las dos y media… a las dos y más de la mitad… a las dos casi tres…”. Y, así, se demora la inminencia. Se alarga el momento. La expectación se vuelve parte del juego.

 

Quizás así ocurra el pensar: como un antes de que los pensamientos salgan corriendo o salten sobre los cuerpos.

 
 
 

19.

 

Heidegger en las lecciones del invierno de 1951-1952, reunidas bajo el título ¿Qué significa pensar?, sostiene que aprender a pensar supone desaprender los modos en que pensamos.

 

Para el autor de Ser y Tiempo pensar consiste en saber que no sabemos pensar.

 
 
 

20.

 

Se conoce algo peor que no saber pensar: no tener ganas de pensar. El abatimiento y la rumia de amarguras maceradas, el hastío de una musculatura inmovilizada y la desolación de un paisaje que expulsa emociones o las apaga para no sentir nada.

 
 
 

21.

 

A veces, ante lo insoportable, se prefiere no pensar. Entonces, ¿qué se hace con la angustia? ¿Con lo que fastidia, enoja, desespera? ¿Con lo que no podemos sacarnos de la cabeza? Cada cual hace lo que puede. Si no, una cultura que anestesia, cada vez más, ofrece espectáculos que eximen de tener que pensar.

 
 
 

22.

 

En ¿Qué significa pensar?, dice Heidegger: “Solo podemos aprender si a la vez desaprendemos”.

 

Tal vez aprender a pensar supone desaprender el sentido común y las sentencias coaguladas de una época. Supone habitar el aturdimiento, la modorra, la perplejidad, de no saber pensar.

 

Darse al pensar equivale a dar a probar lo que no se sabe, lo que sorprende, lo que invita. Portar una llave que abre una puerta que no existe. Que abre zozobras, frustraciones, imposibilidades.

 
 
 

23.

 

Tal vez pensar se pueda describir como desconcierto de la desnudez. Inquietud indecisa entre la perplejidad y el asombro, entre el estupor y el alivio, entre la irresolución y la indeterminación.

 
 
 

24.

 

Blanchot (1959) subraya que pensar sobreviene (siempre) como no poder pensar todavía. Una proposición del impoder en la que el adverbio afirma la imposibilidad a la vez que anuncia lo venidero.

 
 
 

25.

 

Ya se ha hablado de la figura que se emplea en las despedidas clínicas: “seguimos con esto la próxima”.

 

Invitación a un pensar que vendrá. Promesa extendida a una próxima vez. Continuidad de una espera que renueva su cita. Despedida que traza la línea móvil de eso que todavía no.

 
 
 

26.

 

Aludiendo a la obra de Artaud, escribe Deleuze (1968) en Diferencia y repetición: “Sabe que pensar no es innato, sino que debe ser engendrado en el pensamiento. Sabe que el problema no es dirigir ni aplicar metódicamente un pensamiento preexistente por naturaleza y de derecho, sino hacer nacer lo que no existe todavía…”.

 

Pensar, entonces, hacer nacer lo que no existe todavía. Detonar larvas pensantes aun sin forma.

 

Pensar, también, gusanear pensamientos en descomposición.

 
 
 

27.

 

Aquella vez, en un encuentro con una comunidad mapuche en la ciudad de Trelew, en un momento en el que se advertía que las autoridades se rehusaban a escuchar sus memorias, una voz calma dijo: “Nos reunirnos en el mientras tanto. Aun cuando nadie nos sepa, cultivamos el derecho a pensar”.

 
 
 

28.

 

Al cabo, quizás, dos preguntas conciernen a la clínica: ¿cómo estoy viviendo? Y ¿cómo viviré el tiempo de la muerte?

 

Si llegara el día en el que estas preguntas no hicieran falta, un pensar clínico tampoco se necesitaría.

 
 
 

29.

 

Se está matando la vida.

 

Urge, como dice Walter Benjamin (1942), detener la locomotora sin freno de una época que se está estrellando. Impedir la destrucción.

 

Darse al pensar supone una demora, una interrupción, una frenada. La pregunta sobre ¿qué nos está pasando?, no importa tanto por su respuesta como por la detección de un ardor que solicita tiempo. Ni más ni menos que eso: parar para hablar.

 

Escribe Benjamin: “Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia. Pero tal vez se trata de algo diferente. Acaso las revoluciones actúen como el manotazo de la vida humana, que viaja en ese tren, para accionar el freno de emergencia”.

 

Pero, ¿cómo llamar a detener la destrucción a quienes sienten sus vidas ya destruidas? ¿Podrían imaginar algo peor? Y, si lo hicieran, ¿por qué les importaría si ya se sienten en la muerte o en el convencimiento de que sus vidas no valen nada?

 

La catástrofe ya aconteció solo que los efectos todavía no se sienten fatales en los vagones de atrás. Los acolchados de privilegios.

 
 
 

30.

 

¿Se puede pensar lo acontecido?

 

Lo acontecido no se guarda nada. Lo acontecido hace nudos en los pañuelos de la eternidad. Así lo vivido sorbe gotas de lo acontecido. Con eso le alcanza para insinuarse y dejarse contar estrechándose con las sombras del olvido.

 
 
 
 
 
"Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
«Pensando en las orillas» por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
 
 
 
 
 

31.

 

Pensar supone rehusarse al abuso de la anécdota personal. Abstenerse de la celebración de sí. Entregarse al silencio que sobreviene tras esa privación.

 

La expresión pensar supone dejar bajo sospecha lo que está por decirse. La suposición no se excusa por no tener pruebas que conduzcan a la verdad. La suposición no la pretende. Se desentiende de esa cuestión. La suposición sólo aspira a poner en movimiento el acto de pensar bajo sospecha.

 
 
 

32.

 

Rilke percibía que no podíamos sentirnos a gusto en un mundo colmado de interpretaciones. En un paisaje atiborrado de cartelitos con pensamientos colgados sobre las cosas.

 

Tampoco nos sentimos a gusto en las envolturas porosas que nos protegen: llevamos labradas en la piel sentencias de una época.

 

Pero, ¿cómo des-imprimir el sentido común que protege, contiene, da seguridad?

 

El sentido común reúne colecciones de pensamientos que nos eximen de pensar, que ofrecen algo ya pensado como consuelo y destino posible.

 

El sentido común actúa como un invisible que avala y normaliza el pensar.

 
 
 

33.

 

Portamos signos sin descifrar: cada cual tiene derecho a una vida sin interpretar.

 

El pensar clínico piensa contra pensamientos acabados que tienden a develar enigmas o anticipar desenlaces.

 

Si no lo hiciera, un vetusto afán de cientificidad terminaría con el amor y las demás pasiones.

 

Si concedemos la posibilidad de un pensar clínico, éste procura otra cosa: alojar vacancias que no se completen nunca.

 
 
 

34.

 

El sentido común selecciona pensamientos que sentimos que nos pertenecen. Hay un sentido común para mayorías y hay un sentido común para cada minoría. No se toleran sensibilidades sueltas. Rarezas no nombradas ni clasificadas.

 

Pensar supone enrarecer lo pensado. Pensamientos se acomodan al sentido común, pero pensar desacomoda sentimientos de pertenencia a lo consagrado.

 
 
 

35.

 

Estamos condenados a opinar. Opiniones funcionan como contraseñas de intercambio, como credenciales de identificación, como automatismos de adhesión. Sin esas opiniones no sabríamos qué decir.

 

El deseo de pensar nos sitúa en un torbellino.

 

En épocas de aturdimientos, se necesita tener con quienes entrar en ese vendaval.

 
 
 

36.

 

¡Ay, este tiempo! Suspiros sueltan pensamientos que se escabullen en el aire sin que nadie los piense.

 

Pensar tiene más relación con suspirar, aun sin pensamientos, que con afirmar, persuadir, demostrar o razonar.

 
 
 

37.

 

Roberto Juarroz (1958) escribe que pensar en otra vida se asemeja a salvarla.

 

Tal vez uno de los secretos de la clínica consista en eso: contar con una intimidad que nos piensa.

 

Sin embargo, pensar en una vida no equivale a salvarla. Cobijos, abrigos, abrazos, del pensar dan momentos de calma. Saber que alguien nos piensa ofrece un gran sosiego. No salvación: una soledad habitada.

 

Una soledad habitada amorosamente, porque sabemos y no olvidamos, soledades habitadas por crueldades y mortificaciones.

 

La vida no necesita que el pensar la salve, alcanza con que los pensamientos no la dañen.

 
 
 

38.

 

Pensamientos venideros se posan como pájaros sobre cables de luz. A veces, esperan allí hasta secarse sin que nadie los piense.

 
 
 

39.

 

¡Ay…la costumbre malsana de tratar de ordenar pensamientos antes de comenzar la sesión!

 

Y aunque los pensamientos se ordenen o algo así, el pensar necesita volver a mezclarlos como cartas en un juego sin reglas.

 

Darse al pensar en la clínica, a veces, consiste en no ceder a la tentación de organizar lo fragmentario.

 

Escribe Juan José Saer (2000) en su novela La pesquisa: “Ustedes se deben estar preguntando, tal como los conozco, qué posición ocupo yo en este relato, que parezco saber de los hechos más de lo que demuestran a primera vista y hablo de ellos y los transmito con la movilidad y la ubicuidad de quien posee una consciencia múltiple y omnipresente, pero quiero hacerles notar que lo que estamos percibiendo en este momento es tan fragmentario como lo que yo sé de lo que estoy refiriendo…”.

 

Como dice Saer se necesita darse a pensar en un hablar fragmentario, sin organización, en el que se pierde la posición y el hilo de lo que se está diciendo. Como si, por momentos, se diera la impresión de que se sabe poco sobre la vida que se está viviendo. Lo que, por cierto, ocurre.

 
 
 

40.

 

Dice Paul Valery citado por Blanchot en La literatura del desastre: “Pensar…pensar hasta perder el hilo”.

 

Un gran alivio que Valery pudiera decir que “perder el hilo” no indica la desgracia o el fracaso del pensar.

 

Se dice: “No se vaya por las ramas”. “¿A dónde va con tantos rodeos?”. “¿A qué apunta?”. “Por favor redondee”. “Me perdí, ¿en qué estábamos?”. “Pero ¿qué relación hay entre una cosa y la otra?”. “¿Puedo contar algo que no tiene nada que ver?”.

 

Tal vez perder el hilo como insumisión temática.

 

O un pensar que da puntadas sin hilo. Puntadas que atraviesan emociones sin anudarlas a un pensamiento. Puntadas que sólo dicen algo que sienten al pasar por ahí: un temblor, una aspereza, una expulsión, una sensación para la que no encuentran palabras.

 
 
 

41.

 

Según una leyenda helénica, fruto de una traición, una venganza, una pasión inexplicable, nace el Minotauro. Una criatura desmesurada con cuerpo humano y cabeza de toro. Un monstruo condenado a vivir prisionero para siempre en un laberinto perfecto. Una existencia horrorosa que cumple con el hábito de alimentarse con catorce jóvenes atenienses cada año. Un tributo de guerra del que goza el rey Minos.

 

Teseo se ofrece como voluntario para acabar con la crueldad mecánica de la criatura. Aun sabiendo que si lograra matarlo no tendría forma de salir del laberinto. Sin embargo, gracias al amor de Ariadna consigue lo imposible. Ella lo provee de un maravilloso ovillo de hebras de oro. Lo instruye, con ternura, de que tiene que atar la punta en la puerta de entrada desenredando el hilo a cada paso por los sinuosos pasillos hasta dar con la morada del Minotauro. Y, en caso de lograr el cometido, volver siguiendo el hilo hasta la salida.

 

Tal vez el pensar clínico piensa y piensa hasta perder el hilo sí, pero conservando siempre el conjuro o alivio de una salida: ¿dejamos por hoy acá?, ¿nos quedamos por ahora con esto?, ¿trazamos una marca en este momento para retomar?

 
 
 

42.

 

Tener una emergencia no tiene relación con ordenar, sino con no saber qué hacer con lo que se nos impone. Ante la imposición se necesita actuar procurando que la premura no añada error al daño.

 
 
 

43.

 

Muchas veces se necesita hablar y hablar para poder pensar.

 

El habla clínica compone un habla de iniciación.

 

Se trata de aprender a hablar una lengua no sólo impropia, sino también inapropiada. Una lengua inadecuada e inconveniente.

 

Aprender hablar una lengua fragmentaria y monstruosa.

 

Incluso aprender la soledad de la lengua.

 
 
 

44.

 

Increíble Freud, a comienzos del siglo veinte, sumergido en el imperio del racionalismo de la filosofía alemana, atender pensamientos que se nos imponen más allá de la voluntad. La conjetura del inconsciente como una máquina que piensa sola. Como red de arrastre que captura pensamientos que navegan aguas pretendidamente personales que componen también mares de la historia.

 
 
 

45.

 

Borges (1937) en La máquina de pensar de Raimundo Lulio, ironiza sobre el arte combinatorio de atributos y predicaciones del artefacto concebido, en el siglo XIII, por el alquimista y cabalista español Raymundo Lulio.

 

Pero máquinas sofisticadas que producen enunciados cada vez más exhaustivos, no piensan. No tienen el don del silencio.

 
 
 

46.

 

Winnicott observa que infancias conciben juguetes no como objetos, sino como amistades y amores. El psicoanalista, que muere en Londres en 1971, consideraba que la paradoja del juego consistía en «crear lo dado».

 

Tal vez en eso resida una de las condiciones primeras del pensar.

 
 
 

47.

 

El psicoanálisis hace tambalear la racionalidad moderna con la idea de inconsciente. Inventa artificios para un pensamiento clínico: el diván, la asociación libre, la atención flotante.

 

Pichon-Rivière, décadas después, propone la conversación grupal como una condición del aprender a pensar. Escucha pensamientos como voces superpuestas que pertenecen a una época. Considera a las vidas hablantes portadoras de esas voces. Concibe el pensar como cucharón que revuelve el caldero de lo común. Como revoltijo, revuelta, revolcón.

 
 
 

48.

 

Bion (1962), en un texto que se llama Teoría del pensamiento, considera que el pensar no produce pensamientos, sino que sobreviene para poder hacer algo con pensamientos que nos hablan o se expresan sin que los podamos pensar.

 

¿Sufrimos por lo que pensamos o sufrimos por no saber cómo desactivar pensamientos que lastiman, vigilan, ultrajan?

 

Tal vez pensar quiera decir revocar el poder de pensamientos que se nos imponen.

 

Para Bion el pensar comienza cuando hacemos algo con la frustración y la decepción. Con angustias todavía no cubiertas de palabras.

 
 
 

49.

 

André Green (2002) publica un libro con el título de El pensamiento clínico. Observa numerosos desacuerdos entre clínica y pensamiento. Se pregunta qué tipo de pensamiento supone la racionalidad psicoanalítica a partir de la idea de inconsciente. La clínica observa, deduce, interpreta, reconoce cuadros clínicos y sus transformaciones, interviene, acumula experiencias, ¿la clínica no piensa?

 

Tal vez convenga distinguir pensamientos clínicos de momentos en los que en la clínica se piensa. Pensamientos construyen puertos desde los que vuelve a partir el pensar.

 

En conversaciones clínicas, el acto de pensar no compone tanto con los infinitivos eslabonar, enlazar, encadenar. Sobreviene más como momento de indecisión o asombro. Instante en el que no sabemos cómo seguir. Un hasta aquí llegamos, sin llegar a pensar por ahora eso que, sin embargo, vislumbramos como cosa que no sabemos pensar todavía.

 
 
 

50.

 

Sesiones clínicas no se reducen a un análisis. Intentan algo todavía más inquietante e inasible: pensar sin poder pensar. El acto de pensar dándose tiempo de estar no pudiendo pensar. Un pensar sin saber pensar que, no obstante, piensa sin poder hacerlo.

 
 
 

51.

 

Elías Canetti (1979), en La lengua absuelta, se pregunta: “¿Habrá alguna idea que no merezca pensarse de nuevo?”.

 

Pensar reside en volver a pensar lo impensado en lo ya pensado.

 
 
 

52.

 

Pensar tiene más relación con improvisar que con conocer. El coreógrafo David Zambrano dice: “improvisar consiste en el arte de entrar y salir de lo ya conocido”. Tal vez aprender el pasaje.

 

No encajar lo no conocido en lo conocido. No volver a recrear lo conocido en lo desconocido. Soltar lo conocido aun temiendo ya no poder volver.

 

A veces, el pensamiento clínico no sólo improvisa. También piensa: enrarece lo conocido hasta desconocerlo.

 

Un pensar que parte sin saber hacia dónde, con el riesgo de extraviar el camino.

 
 
 

53.

 

Habitamos dispersiones disciplinadas por una lengua, porosidades por las que pasan océanos, composiciones caprichosas, perplejidades aferradas a unas cuantas ficciones, tangentes que copulan y se separan. Pero se sigue llamando a esas tensiones inconcebibles: el sujeto.

 

Algunos pensamientos reinan durante siglos. Respaldan y reciben respaldo de algún poder. Hay una geopolítica colonial de los pensamientos.

 

Se trata de hacer la prueba de pensar profanando pensamientos sagrados: pensar la vida sin la idea de sujeto, de ser, de identidad, de yo, de psiquismo. Pensar en contra de la inercia de lo establecido.

 
 
 

54.

 

Pensar la vida no quiere decir ponerle un espejo delante para sumirla en un reflejo ni cavar hendiduras en lo visible. Pensar la vida, vivirla en el cuerpo que late y respira, agasajarla con el lenguaje que la delira.

 

Tal vez llamamos reflexión a pensamientos que gozan admirándose frente a los espejos. Pero, cada tanto, el pensar pasa del otro lado. Se asoma a un más allá extraño o ajeno que (a veces) regocija y calma.

 
 
 

55.

 

En ocasiones imaginación y fantasía acontecen como películas en las que el pensar se abandona a no pensar. O a pensar sin saber que se está pensando.

 
 
 

56.

 

Se conoce la palabra cerrazón. Una inmensa oscuridad que precede tempestades que cubre el cielo con nubes negras.

 

Clínicas imaginan llaves para las cerrazones. Un pensar que no abre ni cierra cerraduras de zonas blindadas o inexpugnables. Llaves que no abren, sino que piensan.

 

El estribillo de Luna tucumana, la zamba de Atahualpa Yupanqui dice: “Perdido en las cerrazones, / quién sabe, vidita, por dónde andaré… / Mas cuando salga la luna / cantaré, cantaré…”.

 

Llaves que, sin embargo, sirven como inspiración de una puerta por venir o amuleto de las aperturas.

 
 
 

57.

 

Mientras pensamientos atestiguan o pretenden que alguien tuvo algo que decir, la condición primera del pensar reside en no tener nada que decir.

 

No sólo la angustia no se puede decir. Muchas emociones nos dejan sin palabras o hacen nudos en las gargantas. ¿Cuántas veces el amor no puede decirse o se dice sin decirse de tantos modos?

 

A veces, el pensar sobreviene como silenciosa dicha que no sabe cómo agradecer la vida y otras nos llega como horror que enmudece negándose a tener que decir otra vez lo que tanto nos duele.

 

Se lee en Adagia de Wallace Stevens (1955): “No tener nada que decir y decirlo en forma trágica, / no es lo mismo que tener algo que decir”.

 

Vivimos en una época que suele confundir la abundancia de pensamientos trágicos con la cruda y suave lucidez del pensar.

 
 
 

58.

 

Pensar no interesa sólo como producción de pensamientos, sino como movimiento gestante de posibilidad.

 

Se podría intentar distinguir entre lo no posible y lo imposible. Lo no posible compone un asunto cerrado, mientras la imposibilidad, en ocasiones, se ofrece como punto de partida o llamado de posibilidad.

 

Llamamos impoder al gesto que no obstante procura lo posible de la imposibilidad.

 

Escribe Musil (1942): “El sentido de la posibilidad se podría definir como facultad de pensar en todo aquello que podría ser, sin considerar lo que es más importante que lo que no es”.

 
 
 

59.

 

Rigideces y acartonamientos, no componen durezas circunstanciales del pensar, sino vicios que lo entumecen.

 

No sabemos los pensamientos que vendrán. Pero, como diría Cortázar (1973), nos gustaría que nazcan del erotismo, del juego, de la alegría.

 
 
 

60.

 

Pensar consiste en introducir tiempo en una vida apremiada por pensamientos desquiciados.

 
 
 
"Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
«Pensando en las orillas» por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico
 
 
 
 

61.

 

Darse al pensar supone una magia que nadie posee ni se sabe de antemano. Una magia que, si se da, se da como una voluptuosidad entre lo aleatorio y lo destinado, entre lo contingente y lo deseado.

 

Pero, sobre esa magia queda casi todo sin decir.

 

Quizás darse al pensar suponga eso: dar lo que queda sin decir.

 

Dar la insinuación dando lo venidero.

 

Tal vez se trate de darse a una insinuación.

 

Insinuación que da a entender algo que no se completa. Que sugiere algo que, por discreción y delicadeza, tiene la prudencia de no decirse.

 

(Se conoce este fragmento de Heráclito: “La naturaleza tiene el pudor de ocultarse”; que quizás podría glosarse así: La vida tiene la sabiduría de insinuarse).

 

La insinuación no se contiene de decir, recuerda que lo que queda sin decir resulta infinitamente más que lo que puede llegar a decirse.

 

La insinuación introduce silencio en el acto de pensar.

 

La insinuación provoca, a veces, fastidio, ofuscación, molestia, pedido de aclaración.

 

¿Qué quiso decir? ¿Podría desarrollar más? ¿A dónde pretende llegar? 

 

La insinuación inspira y seduce. Anuncia algo que no se termina de expresar. Mantiene pendiente, en vilo, en expectación. Enciende una espera. Hace rodeos alrededor de algo velado o no decible.

 

La insinuación llega hasta el umbral de lo indecidible. Resguarda la primicia del próximo paso.

 

La insinuación no pierde el hilo, lo corta justo cuando dan ganas de seguir.

 
 
 

62.

 

La expresión darse a la insinuación no se reduce a una práctica de la sugerencia.

 

Insinuar supone dar a entender algo que no se termina de completar por precaución, por indecisión o porque incita más a medias o apenas asomado.

 

Darse a la insinuación solicita otra cosa: entregarse a sentir la vida apenas expresada. Como manifestación siempre inconclusa.

 

La vida no se presenta en partes para que completemos sus intenciones. Se presenta no presentándose del todo porque no hay todo en la vida en tanto está aconteciendo.

 
 
 

63.

 

Una delicadeza del pensar clínico reside en la insinuación. Suavidad que se aproxima a lo impensado no como secreto a revelar, sino como encanto del acto de pensar.

 
 
 

64.

 

Darse al pensar compromete una apertura y una suspensión de lo ya pensado. No alcanza con admitir influencias y afluencias. Ni declarar adhesiones. Se necesita entrar en un tembladeral. Abandonarse y dejarse llevar por una corriente sin saber hacia dónde. Tal vez a un sitio de desesperación, de agotamiento, de encierro. O, quizás, a un refugio o abrigo habitado por otras perplejidades.

 
 
 

65.

 

Tarde o temprano, darse al pensar choca con la muerte. Entonces, sobreviene la pregunta de si podremos hacer algo o no con ese golpe.

 

¿Reconforta pensar que la vida seguirá aun cuando ya no estemos para pensarla? ¿Gratitud anticipada por un porvenir en el que no viviremos?

 
 
 

66.

 

Una cosa tener pensamientos, otra pensar. Pensamientos tiene cualquiera. Ocurrencias o instantes de chispa: eso, mal que bien, puede suceder.

 

Pensar implica atravesar momentos de pasmo e indecisión. Pensar entraña un peligro o un salto al vacío.

 

Se cuenta que Enrique Santos Discépolo se refirió al tango como a “un sentimiento triste que se baila”.

 

Darse al pensar se aproxima más a eso: a bailar un pensamiento antes que a repetir el pensamiento que nombra a ese sentimiento.

 
 
 

67.

 

Muchas veces se vuelve a la premisa de Descartes “pienso, luego existo”.

 

En los últimos días del hospital psiquiátrico, en una reunión de equipo, una voz clínica explicó que atendíamos existencias amenazadas de no existir. Dijo: “Para quienes sobreviven, el día a día se reduce solo a una prueba: consumo, luego existo”.

 

Y, así esa vez, cada cual dibujó formas de existencia: bailo, luego existo; lucho, luego existo; sufro, luego existo; me quejo, luego existo; me victimizo, luego existo; me río, luego existo; tengo con quienes, luego existo.

 

Consumir, bailar, luchar, sufrir, quejarse, victimizarse, reír, tener con quiénes, tal vez tengan que considerarse prefijos del pensar.

 
 
 

68.

 

Se podría decir que el pensar que nos gusta acontece en las orillas. En un límite, borde o banda estrecha que sabe los costados: de un lado, dolores de un mundo en ruinas y, del otro, amores, amistades, sueños, canciones, risas.

 
 
 

69.

 

La pregunta sobre el pensar, como sostiene Heidegger en sus lecciones, apunta más a lo no pensando que a lo ya pensando.

 

El contento de la clínica reside en dar con eso que no había pensado, con eso que no había tenido en cuenta, con eso que no se le había ocurrido.

 

Lo no pensando no expone un defecto del pensar, sino su condición habilitadora de lo por venir.

 

Cuando se dice desactivar pensamientos o revocar el poder de los pensamientos que se nos imponen, no se pretende suprimir lo que nos lastima o hace sufrir. Se aspira a que lo ya pensado no alambre el territorio del pensar. Que los pensamientos de siempre, que se golpean como moscas encerradas contra un vidrio, no impidan la apertura del pensar.

 

A veces pensar requiere descongelar pensamientos que, a lo largo de muchos años, helaron hasta las lágrimas.

 
 
 

70.

 

Pensar equivale a escuchar silencios que asoman sus cabezas en pensamientos compactos y aplanados.

 

Pensar solicita abismarse en las grietas y rajaduras que el tiempo inflige a los pensamientos macizos.

 
 
 

71.

 

La pose de pensar no equivale a pensar. No se podría asegurar que la figura de El pensador de Rodin, proyectada a fines del siglo diecinueve, esté pensando. El acatamiento de un canon no significa pensar. Entre erudición y solemnidad e invención y juego, se mueve el pensar. Entre la seriedad y la risa. Entre la meditación y la conversación, se mueve el pensar. Entre lo correcto y esperado y entre la inadecuación y la inconveniencia, se mueve el pensar. Entre la ley y la transgresión. Entre el respeto y la irreverencia, se mueve el pensar. Entre lo sagrado y lo profano. Entre el tribunal y la revuelta, se mueve el pensar.

 
 
 

72.

 

En la clínica, el acto de pensar muchas veces acontece inadvertido mientras se está hablando. No interesan tanto los pensamientos previos, sino el pensar diciéndose. La expresión: “Estoy pensando en voz alta” anuncia un pensar ahora.

 

No se trata de analizar discursos como si se tratara de mariposas disecadas, ¿se apuesta al fluir desconcertante de una conversación viva?

 
 
 

73.

 

El narrador de Casa tomada, el cuento de Cortázar (1951), dice en un momento: “Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”.

 

Se puede vivir sin pensar, pero ello implica renunciar, sacrificar, abandonar territorios posibles. Se han hecho ciento de interpretaciones sobre el cuento. Eso ahora no importa. Sabemos la vivencia de tener la cabeza tomada. De no poder pensar ni dormir y, tampoco, poder huir cerrando la puerta y tirando la llave por la alcantarilla.

 

Se saben muchos actos extremos para escapar de pensamientos que asedian.

 
 
 

74.

 

Estancias clínicas intentan pensar desde el desamparo, desde el miedo, desde la confusión, desde el extremo cansancio.

 

Desde la no ganas de pensar. Procuran pensar estando ahí: en esos sentimientos que impiden pensar.

 

Tener pensamientos: no supone pensar. Estancias clínicas intentan pensar sabiendo pensamientos automáticos y autónomos. Pensamientos que lastiman de un modo encantador. Pensamientos que torturan acogiendo con explicaciones y sentencias. Pensamientos que no se dejan pensar.

 
 
 

75.

 

Cuando no podemos o no sabemos pensar lo que nos está pasando, sobrevienen aturdimientos que adormecen o a aceleraciones que provocan sopor.

 

No conocemos bien cómo ni por qué, pero sabemos que pensamientos que nos martirizan, a veces, también, atraen y embriagan.

 

¿Esos pensamientos persuaden que nos protegen de algo peor? O, ¿calman asegurando que fuera de ellos ya no podrá haber al que nos dañe más?

 
 
 

76.

 

Se dice en El Rey Lear: “Somos para los dioses como las moscas para los niños: nos matan por diversión”.

 

En esa clave shakesperiana, se lee en Lacan (1966) que una vida puede consumirse como juguete de malicias que nos piensan. Que nos analizamos para impedir que esos pensamientos abusen, parasiten, gocen, nuestras breves existencias.

 
 
 

77.

 

Acaso, ¿preferible la mansedumbre del malestar antes que el vacío de pensar?

 

Una canción de Charly García (1982) que se llama Inconsciente colectivo advierte que también escuchamos pensamientos como voces de una época. Algunas nos llegan como pan o como susurros gustosos. Otros como chicharras en los aleros del pensar. Otros viniendo de un transformador que consume vida, tira para atrás y pide más y más.

 

Se dice: “Nace una flor, todos los días sale el Sol / De vez en cuando, escuchas aquella voz / Cómo de pan, gustosa de cantar / En los aleros de la mente con las chicharras

 

Pero, a la vez, existe un transformador / Que se consume lo mejor que tenés / Te tira atrás, te pide más y más / Y llega un punto en que no querés…”.

 

El transformador se presenta como voracidad que traga, como máquina de crueldad, de apremio, de demanda. Tal vez el pensar se podría imaginar, en ocasiones clínicas, como ecualizador que intenta bajar el volumen de pensamientos que lastiman.

 
 
 

78.

 

Pensamientos que mortifican, ¿protegen de ferocidades que mortifican más?

 

A veces, llamamos angustia ¿a un sin sentido, un vacío, un impensable, que se vuelve ensañamiento?

 
 
 

79.

 

Abismos dan miedo y atraen.

 

¿Qué se hace ante una hondura sin fondo? ¿Asomarse a lo insondable?, ¿tener la precaución de alejarse?, ¿construir una baranda segura?

 

O, como dice Valery que haría Leonardo, ¿diseñar un puente o inventarse alas de pájaro?

 

Hermes, dios del que proviene la palabra hermenéutica, suele representarse como un personaje con los pies alados.

 
 
 

80.

 

En 1947, Tosquelles formula la idea de pensar con los pies. Dice: “Cuando paseamos por el mundo, lo que cuenta no es la cabeza, son los pies. Saber dónde pisas”. Considera que los pies ayudan a leer el mundo.

 

Pensar desde los pies, desde una uña encarnada, desde un dolor de muelas, desde el sufrimiento de alguien a quien se ama, desde un país en llamas, desde la última caricia, desde te extraño o desde te quiero. Pensar sin tener que ir a ninguna parte. Pensar desde la espuma, desde el viento, desde el mundo que duele. Incluso desde el temor, desde la despedida, desde la cercanía de la muerte. Pensar desde el agotamiento de los pensamientos que nos piensan.

 

Pensar desde innumerables líneas de partida que sobrevienen de un silencio.

 
 
 

81.

 

Pocas figuras sobre el pensar como la de los “pensamientos descalzos” que Felisberto Hernández (1964) esboza en un libro que no llega a publicar: Tierras de la memoria. Un pensar desvestido de palabras. Un pensar que sobreviene cuando la inteligencia se retira de los ojos. Un pensar que sabe los dolores del cuerpo. Un pensar siempre recién llegado.

 

Se lee: “A veces mis pensamientos están reunidos en algún lugar de mi cabeza y deliberan a puertas cerradas; es entonces cuando se olvidan del cuerpo. A veces el cuerpo es prudente con ellos y no los interrumpe; se limita a mandar noticias de su existencia cuando está cansado, cuando está triste o cuando le duele algo. Yo no sé quién lleva estas noticias ni qué caminos ha tomado para llegar a la cabeza. El recién llegado llama suavemente, empuja la puerta donde los pensamientos están reunidos, e inmediatamente el que va se transforma en otro pensamiento: este se entiende con los demás y da la noticia: allá lejos en un pie, una uña está encarnada. Al principio los otros pensamientos no hacen caso al recién llegado, le dicen que espere un momento y hasta se enojan con él; pero el recién llegado insiste y los otros tienen que suspender la reunión de mala gana y hacer otra cosa: tienen que volverse otros pensamientos y preocuparse por el cuerpo. El cuerpo, a su vez, tiene que molestar a todas las demás regiones, entonces el cuerpo se levanta y va rengueando a calentar agua, la pone en una palangana y por último mete adentro la uña encarnada. Después vuelven los pensamientos a ser otros, a ser los que estaban reunidos a puerta cerrada y se olvidan del cuerpo y de la uña que ha quedado dentro de la palangana.

 

Yo creo que en todo el cuerpo habitan pensamientos, aunque no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos. Cuando los ojos parecen estar ausentes porque su mirada está perdida y porque la inteligencia se ha retirado de ellos por unos instantes y los ha dejado vacíos, y mientras los pensamientos de la cabeza deliberan a puerta cerrada, los pensamientos descalzos suben por el cuerpo y se instalan en los ojos”.

 
 
 

82.

 

Pensar supone decidirse por algo sabiendo lo mucho que se deja de lado.

 
 
 

83.

 

Tres condiciones del pensar: el asombro, las preguntas que no cesan, las palabras que simulan respuestas que las palabras no tienen.

 
 
 

84.

 

Un pensar clínico procura que la vida entre en conversación. No se contenta con la reiteración de pensamientos que pretenden explicarla.

 

Pero ¿en qué consiste conversar la vida? Tal vez en hablar, hablar, hablar, hasta escuchar sus silencios.

 
 
 

85.

 

El desafío de pensar no reside en no saber qué hacer con las incertidumbres que crecen, sino en cómo hacer para desprendernos de las certezas a las que nos aferramos con obstinación.

 
 
 

86.

 

Dos condiciones del pensar: transitoriedad y conjetura.

 

Transitoriedad que recuerda la caducidad de cualquier reinado. Conjetura herida por la refutación.

 

Otra condición del darse al pensar: escuchar, más allá de eso que creemos saber, de eso que nos gustaría oír, de eso que estamos impacientes por decir.

 
 
 

87.

 

Darse al pensar supone acudir a una cita con la vida. Sin demandar o pretender más u otra cosa que lo que la vida da.

 

Paul Celan, al recibir en 1958 el premio de literatura de la ciudad de Bremen, comienza su discurso recordando que en lengua alemana las palabras pensar y agradecer (denken y danken) provienen de un mismo lugar.

 

En ese discurso, Celan agradece que, en medio de todas las pérdidas de la guerra, todavía quede la lengua. Una lengua que sobrevivió a las hablas mortíferas. Una lengua que aguardó enmudecida y sin respuestas. Una lengua que, a pesar de tanto horror, no desertó de la ilusión de pensar.

 

Si la vida pensara lo que estamos haciendo con ella, no alcanzarían todas las gotas del océano para sus lágrimas.

 
 
 

88.

 

Oración laica:

 

Que los tiempos políticos que corren no nos priven de imaginar un mundo de cercanías de cuidado, amorosas y sensibles.

 

Que las actuales limitaciones que tenemos para vivir y pensar de otro modo, no limiten porvenires de lo común.

 

Que el deseo de pensar prevalezca sobre el deseo de poder.

 

Que tengamos con quienes pensar, aun no sabiendo qué.

 

Que no olvidemos que un común pensar, a pesar de que no consiga explicar nada, al cabo suaviza lo inexplicable.

 

Que sepamos que, mientras juntadas para pensar sigan ocurriendo (como deseo, como fantasía, como conversación), “no merecerá el Mundo el fin del mundo”.

 

Que no sintamos que se ha hecho demasiado tarde para pensar: una tardanza dolida que sabe crueldades y devastaciones, a veces, impulsa todavía más el deseo de pensar.

 

Que nos permitamos pensar aun sabiendo que podemos no estar sabiendo pensar.

 

Que sigamos pensando con la prudencia del poco saber, pero sin miedo.

 

Que nos animemos a pensar sin delegar ni confiar en buenas influencias.

 

Que todavía podamos pensar sin internet.

 

Que volvamos a pensar como si nos tocara hacerlo por primera vez.

 

Que insistamos en pensar sin la creencia de un “sí mismo” que piensa por cuenta propia.

 

Que probemos pensar imitando desvaríos y ocurrencias de los sueños.

 

Que el acto de pensar no se confunda con descifrar. Tampoco con opinar o aconsejar.

 

Que el acto de pensar cobije lo irreductible y lo indecidible.

 

Que el acto de pensar no pretenda mostrar. Que conserve la potencia de la insinuación que se abstiene a cualquier demostración.

 

Que recordemos que no alcanza con pensar «que estos tiempos políticos nos afectan un montón», para tener una idea de cuánto nos afecta todo lo que (nos) está pasando: las consecuencias del horror van más allá de lo que creemos saber sobre qué nos hace el horror.

 

Que consideremos que el darse al pensar no se reduce a tener pensamientos. Pensamientos relucen como cicatrices del pensar.

 

Que hagamos nuestra la cercanía de los infinitivos pensar y agradecer. Que nunca renunciemos al acto de pensar para agradecer la vida, ni dejemos de agradecer el don de pensar.

 

Que tengamos presente que, a veces, pensar sucede como espera sin pensamientos. Como estiramiento del cuerpo sin pensamientos. Como honda respiración que nos hace cerrar los ojos sin pensamientos. Como interrogación de un horizonte mudo. Como disolución de sí. Como intento de preservar el presente de su inmediata e instantánea desaparición.

 
 
 

89.

 

Verter silencio en el cuenco de lo ya pensado: en eso reside darse al pensar.

 

En Vermeer, escribe Wislawa Szymborska: “Mientras esa mujer del Rijksmuseum / con esa calma y concentración pintadas / siga vertiendo leche de la jarra al cuenco / no merecerá el Mundo / el fin del mundo”.

 
 
 

90.

 

Horacio González (1996) lo dijo: “Deberíamos pensar otra cosa y no sabemos qué. Ese no saber es lo que nos interesa”.

 
 
 
 
 
Sergei Eisenstein - El acorazado Potemkin - (fotograma) 1925
 
Sergei Eisenstein – El acorazado Potemkin – (fotograma) 1925
 
 
 
 
 

¿Hacia una batalla cultural en clave materialista? // Amador Fernández-Savater

Somos una derrota que gobierna”. Leo esta dura caracterización del presente en el último libro del filósofo Juan Manuel Aragües, Gramática de los dioses. Sirve para España, pero también sirve para describir en general la situación de tantos gobiernos progresistas aupados al poder por procesos de revuelta popular (como el 15M español, o el estallido chileno).

Los impulsos de cambio desde abajo se congelan, las políticas de izquierda se limitan (en el mejor de los casos) a medidas de contención, incapaces de revertir las desigualdades estructurales, la derecha y la extrema derecha retoman la iniciativa en el plano social, anímico, callejero.

 

¿Por qué la iniciativa y las energías cambian de bando? Una respuesta que aparece entre los actores progresistas o de izquierda implicados en lo que se conoce como batalla cultural es la siguiente: “la derecha tiene más dinero, más medios y más talento comunicativo”. Ese “más” explicaría la influencia de los discursos de odio, sobre todo entre los más jóvenes, la propagación de las fake news, el debilitamiento de los mensajes alternativos y los horizontes de esperanza.

Pero, ¿acaso hubo más dinero, más medios y mejores estrategias mediáticas antes, cuando el deseo de cambio se extendió hasta el punto de crear incluso las condiciones para victorias electorales progresistas inesperadas? ¿Y si no se están pensando bien cuáles son las fuerzas en juego, asumiendo que todo es una cuestión cuantitativa y de poder, de técnicas e ingeniería social?

El desafío político, dice Juan Manuel Aragües, es también filosófico, tiene que ver con maneras de pensar. Hay modos de pensar que llevan en sí mismos la derrota. ¿Es la batalla cultural una disputa de mensajes contra mensajes, con los medios y las redes sociales como terreno único o privilegiado? ¿Todo se juega en ver quién coloca mejor el mensaje? ¿Podría pensarse de otra manera la comunicación?

Idealismo y materialismo

El libro de Juan Manuel Aragües reivindica la tradición materialista de pensamiento para las prácticas de emancipación. Una constelación de la que forman parte desde Epicuro hasta Gilles Deleuze, pasando por Spinoza Marx, opuesta resueltamente al idealismo. ¿Qué dice el idealismo? Aragües lo resume así: es la creencia de que un “etéreo mundo de nombres” define la realidad, tiene la verdad de lo real. El fundador de la corriente idealista sería Platón, con su famosa teoría de un mundo de ideas que rige por encima de la imperfecta materia.

¿Cuál es el problema del idealismo? Ese “etéreo mundo de nombres” simplifica (hasta el borramiento) la complejidad y riqueza de lo real, que consiste en la emergencia continua de diferencias imposibles de captar (sin mutilación) en las ideas, los conceptos o esquemas a priori. El idealismo es una “lógica representativa” que pretende dar cuenta de la realidad, como si de un espejo se tratara, pero no consigue captar su dinamismo de cambio y movimiento.

De la filosofía a la política. La batalla cultural, tal y como hoy se plantea, ¿no sería profundamente idealista? La verdad se sitúa en la teoría o los relatos, se trata de transmitir esa verdad a las masas/ audiencias a través de la persuasión (en el caso de la izquierda progresista más clásica) o de la seducción (en el caso de la izquierda populista). En los dos casos, se concede a lo ideal -la teoría o los relatos- el privilegio de definir el sentido de lo material. Los constructores de explicaciones y narrativas, los intelectuales o storytellers, tienen el poder y la agencia en esta concepción de la política.

¿Cómo pensar en clave materialista? La verdad no se sitúa por encima de la materia, en un cielo abstracto de ideas o relatos, sino en la materia misma, en su perpetuo movimiento, en su producción continua de singularidades, en la trama de relaciones entre ellas en que consiste la vida. La materia se define de este modo como un “tejido de diferencias”. También la materia de la sociedad, la materia social.

Hay singularidad y hay diferencia, cada uno de nosotros es una perspectiva del mundo, un lector único e irrepetible de la realidad. La percepción es activa, los sentidos no sólo reproducen o reflejan lo que hay, sino que lo recrean. Pero, al mismo tiempo, esa diferencia y esa singularidad, la de cada uno de nosotros, es relacional, es decir, entra en contacto y diálogo con los otros, dejándose afectar y afectando, cambiando a través de los encuentros.

Pero, ¿qué importa todo esto? ¿De qué sirven estas filosofadas? ¿No se trata finalmente de tener más dinero, más medios y más eficacia en términos de mensaje? La diferencia es decisiva. Si pensamos en clave idealista, el emisor (que tiene la verdad de la teoría o el relato) se dirige a un receptor aislado y pasivo. La comunicación se convierte en un bombardeo de informaciones hacia un conjunto de individuos atomizados, cada cual encerrado en sí mismo y sin relación con los otros.

 

Es exactamente así cómo el mercado practica la comunicación. La debilidad de la batalla cultural hoy en día, tanto de la izquierda clásica (que quiere convencer) como de la izquierda populista (que quiere seducir), es hacer de la comunicación una práctica de mercado, que presupone un conjunto de consumidores aislados, sin percepción activa, sin conversación o lazos entre sí. Estaciones repetidoras de estereotipos, de memes, de contenidos virales.

Cuando se plantea la batalla cultural, la disputa en el terreno de las ideas, sobre la base del mercado, pensando exactamente igual que el mercado, es el mercado quien gana. La principal debilidad no es que el adversario tenga más dinero, más medios y más expertos influencers, sino que se está copiando su modelo, imitando su eficacia, pensando en espejoen simetría con él.

La cuestión de la práctica

El idealismo, tal y como lo explica Juan Manuel Aragües, es la creencia de que primero va la conciencia, las ideas, el lenguaje y sólo después la vida. El “etéreo mundo de nombres” da sentido, orientación y dirección a la vida.

El materialismo afirma algo muy distinto: la práctica, la experiencia, tiene un efecto determinante sobre la conciencia. Las prácticas y las experiencias de vida pueden generar nuevas miradas, nuevas ideas, nuevas maneras de pensar.

¿Por qué la derecha lleva la iniciativa en la disputa de las ideas? Podríamos pensar: no sólo porque tenga más dinero, más medios y más talento comunicativo, sino porque las prácticas y las experiencias de vida están de su lado. ¿A cuáles me refiero? A las más diarias y cotidianas: desde el supermercado a la tarjeta de crédito, pasando el entretenimiento y el turismo, la vida hoy está enteramente organizada por el mercado.

Es decir, el mensaje de la derecha prende porque resuena y sintoniza con los miedos y las esperanzas de una vida inmersa en el líquido amniótico del mercado. La izquierda se ríe altanera de los disparates de Trump Milei, pero ellos conectan con deseos, formas de vida y lenguajes comunes. La derecha hoy es materialista, tiene las prácticas de vida mayoritarias de su lado. Es un materialismo cínico, un materialismo de lo dado, de lo que que hay, de lo establecido, pero arraigado en lo real.

La batalla cultural no es sólo cuestión de ideas, de teorías, de relatos seductores, de significantes, de mensajes a colocar, sino que tiene que ver con prácticas, con experiencias, con sacudidas de la vida capaces, según explica la tradición materialista, de generar nuevas visiones del mundo. ¿No fue esa por ejemplo la fuerza del 15M español o el estallido chileno? Sin dinero, sin medios, sin argumentario ninguno, pero apoyados en prácticas de vida diferente, que contagiaban afectos y valores diferentes, ambos fueron capaces de cambiar la mirada de un país.

Razones y pasiones

Por último, el idealismo, según lo caracteriza Juan Manuel Aragües, desconoce el carácter pasional y deseante de la materia humana. Un miedo al cuerpo, un desconocimiento de los saberes del cuerpo, lo acompañan desde siempre, al menos desde el momento en que Platón decidió expulsar a los poetas de su ciudad ideal.

La batalla cultural idealista piensa la eficacia de una verdad discursiva depurada de pasiones. En el caso de la izquierda clásica, es la confianza en la pedagogía, la ideología, los argumentarios. La izquierda clásica piensa la batalla cultural como una gran pizarra donde los expertos (que saben) enseñan a las audiencias (que no saben) aquello que debieran saber.

 

En el caso de la izquierda populista, las emociones se tienen en cuenta, es un cierto avance con respecto a la izquierda clásica, pero se piensan como meras identificaciones. La emoción es aquello que hay que captar o suscitar para “colocar” mejor el mensaje.

En ambos casos se desconoce la capacidad motora de los afectos, su gran fuerza de desplazamiento, la potencia que tienen para movernos y conmovernos. Los afectos no son ni una interferencia en el pensamiento correcto, ni tampoco la emoción pasiva que se adhiere o no a los significantes propuestos, sino una intensidad vital que puede producir nuevas miradas y nuevos sentidos para la vida.

La batalla cultural pensada en clave materialista no sólo es asunto de ideas puras, ni de ideas envueltas en ropajes sexys y atractivos, sino de ideas afectantes. Ideas capaces de afectar los cuerpos -tocarlos, moverlos, conmoverlos- porque ellas mismas nacen desde los cuerpos, en ciertas temperaturas vitales muy distintas al frío glacial del cálculo (político, estadístico, de marketing). La tradición materialista ha llamado a estas ideas “nociones comunes”, imágenes compartidas de mundo que brotan del encuentro de los cuerpos, de las prácticas de vida comunes.

La batalla del pensamiento

Singularidad y relacionalidad, percepción activa y creadora, tejido de diferencias, prácticas de vida, carácter pasional y deseante de lo humano… Desde estas claves, ¿podría pensarse una batalla cultural diferente? ¿Cómo sería?

La imagino en primer lugar como la apertura de espacios de conversación. Sin división tajante entre emisores y receptores, creadores de contenidos y consumidores pasivos o repetitivos. La conversación como ida y vuelta de la palabra en igualdad, como ejercicio de atención y de escucha, no mediado por ningún algoritmo, guion o protocolo rígidos, sino sostenida por los propios participantes.

Espacios de conversación, de palabra recíproca, ni monólogo ni guerra entre posiciones cerradas, sino una trama a la vez común y diversa, singular y colectiva. Una conversación que se alimente de las prácticas de vida (o sea incluso capaz de suscitarlas), que resuene con nuestras experiencias más cotidianas y pueda afectar por ello a nuestra mirada sobre el mundo. Espacios de encuentro, de pensamiento, de deliberación, de participación auténtica.

Allí donde somos convocados a pensar desde lo que nos importa y nos toca, desde lo que vivimos y nos implica vitalmente, se despliega siempre una inteligencia. Somos materia que piensaLa confianza en la igualdad de las inteligencias, en la inteligencia de cualquiera, es un presupuesto materialista. ¿Es posible dirigirse al otro, hablar con el otro, no para convencerle o seducirle, sino para pensar juntos?

La batalla cultural en clave materialista es una batalla del pensamiento. Juan Manuel Aragües la piensa como construcción de un conatus. El conatus es un concepto del filósofo Spinoza que designa el esfuerzo que hace cada cosa y cada criatura por perseverar en su ser. Pero ese conatus, que Spinoza considera como una fuerza primordial, un punto de partida, Aragües lo piensa más bien como un desafío, una construcción, un punto de llegada.

Lo dado no es el conatus, como muestra el mundo actual, sino la pulsión suicida. La pulsión suicida del capitalismo en forma de guerra, de agresión a la naturaleza, de ceguera voluntaria con respecto a todas las señales de alarma. La pulsión suicida de cada uno de nosotros como individuos aislados, sin relación, atomizados. Idiotas, en el sentido griego de la palabra, autorreferentes, encerrados en nosotros mismos, incapaces de encuentro con los otros. La pulsión de muerte freudiana viene redefinida en clave materialista como pulsión idiota.

 

Construir un conatus para sobrevivir, para plantearnos un horizonte de supervivencia humana en un planeta vivo. Hay que escapar para ello de la idiotez, de la superioridad moral, del identitarismo, de todo lo que nos haga incapaces de encuentro y composición con los otros. Construir el conatus es construir lo común, un salida y un éxodo de la pulsión suicida del capitalismo neoliberal, hoy ya brutalismo.

Contra la pulsión suicida, contra la pulsión idiota, contra la vida-mercado y su falsa comunidad de individuos atomizados, la batalla cultural en clave materialista, la construcción de un cuerpo colectivo, un espacio de conversación, un tejido de diferencias.

Armarse para salvar el capitalismo financiero! (La lección de Rosa Luxemburgo, Kalecki, Baran y Sweezy) // Maurizio Lazzarato

«Por grande que sea una nación, si ama la guerra perecerá;
por pacífico que sea el mundo, si olvida la guerra estará en peligro»

(«Wu Zi», antiguo tratado militar chino).

«Cuando decimos sistema de guerra nos referimos a un sistema como el vigente que asume la guerra, aunque sólo sea planeada y no combatida, como fundamento y vértice del orden político, es decir, de la relación entre los pueblos y entre los hombres. Un sistema en el que la guerra no es un acontecimiento sino una institución, no una crisis sino una función, no una ruptura sino una piedra angular del sistema, una guerra siempre obsoleta y exorcizada, pero nunca abandonada como posibilidad real». (Claudio Napoleoni, 1986).

El advenimiento de Trump es apocalíptico, en el sentido literal que significa deshacerse de lo que oculta, sacar el velo, desvelar (?!). Su convulsa agitación tiene el gran mérito de mostrar la naturaleza del capitalismo, la relación entre guerra, política y beneficio, entre capital y Estado habitualmente cubierta por la democracia, por los derechos humanos, por los valores y la misión de la civilización occidental.

La misma hipocresía está en el corazón de la narrativa construida para legitimar los 840.000 millones de euros para el rearme que la UE le impone mediante el recurso al estado de excepción a los Estados miembros.

Armarse no significa, como dice Draghi, defender «los valores que han fundado nuestra sociedad europea» y han «garantizado durante décadas a sus ciudadanos la paz, la solidaridad y, con el aliado estadounidense, la seguridad, la soberanía y la independencia», sino salvar el capitalismo financiero.

Ni siquiera hacen falta grandes discursos ni documentados análisis para desenmascarar la pobreza de estas narrativas, bastó otra masacre de 400 civiles palestinos para sacar a la luz la verdad de la indecente cháchara sobre la exclusividad la y supremacía moral y cultural de Occidente.

Trump no es un pacifista, se limita a reconocer la derrota estratégica de la OTAN en la guerra de Ucrania, mientras las élites europeas rechazan la evidencia. La paz para ellos significaría volver al estado catastrófico al que han reducido a sus naciones.

La guerra debe continuar porque para ellos, como para los demócratas y el Estado profundo estadounidense, es el modo de salir de la crisis iniciada en 2008, como ya ocurrió con la gran crisis de 1929.

Trump piensa resolver la cuestión privilegiando la economía sin renegar de la violencia, del chantaje, de la intimidación, de la guerra. Es muy probable que ni el uno ni los otros tengan éxito en el intento porque tienen un enorme problema: el capitalismo, en su forma financiera, está en profunda crisis y precisamente desde su centro – EEUU – llegan señales «dramáticas» para las élites que nos gobiernan. En lugar de converger hacia EEUU, los capitales huyen hacia Europa.

Gran novedad, síntoma de rupturas imprevisibles que corren el riesgo de ser catastróficas. El capital financiero no produce mercancías, sino burbujas que se inflan todas en Estados Unidos y estallan en detrimento del resto del mundo, demostrando ser armas de destrucción masiva.

La finanza estadounidense chupa valor (capital) de todo el mundo, lo invierte en una burbuja, que tarde o temprano estallará, obligando a los pueblos del planeta a la austeridad, al sacrificio para pagar sus fracasos: primero fue la burbuja de internet, luego la burbuja de las subprimes que provocó una de las mayores crisis financieras de la historia del capitalismo, abriendo la puerta a la guerra.

Intentaron incluso la burbuja del capitalismo verde que nunca despegó y, por último, la burbuja incomparablemente mayor de las empresas de alta tecnología.

Para tapar los agujeros de los desastres de la deuda privada descargada sobre la deuda pública, la Reserva Federal y la banca europea inundaron los mercados de liquidez que en lugar de «gotear» en la economía real, sirvió para alimentar la burbuja de la alta tecnología y el desarrollo de los fondos de inversión conocidos como los «Tres Grandes», Vanguard, BlackRock y State Street (el más grande monopolio de la historia del capitalismo, gestiona 50 billones de dólares, accionista mayoritario de todas las empresas cotizadas más importantes). Ahora incluso esta burbuja se está desinflando.

Si dividimos por dos toda la capitalización de la lista de la Bolsa de Wall Street, todavía estamos muy lejos del valor real de las empresas de alta tecnología, cuyas acciones han sido infladas por los propios fondos para mantener altos los dividendos para sus «ahorradores» (los demócratas contaban incluso con sustituir el bienestar por las finanzas para todos, como antes habían delirado con la vivienda para todos los estadounidenses).

Ahora la diversión llega a su fin. La burbuja ha llegado a su límite y los valores caen con riesgo real de un colapso. Si a esto añadimos la incertidumbre que las políticas de Trump – representante de unas finanzas que no son las de los fondos de inversión – introducen en un sistema que éstos habían conseguido estabilizar con la ayuda de los demócratas, comprendemos el temor de los «mercados».

El capitalismo occidental necesita otra burbuja porque no conoce sino la reproducción de lo mismo de siempre (el intento trumpiano de reconstruir la industria manufacturera en Estados Unidos está destinado a un fracaso seguro).

La identidad perfecta de «producción» y destrucción

Europa, que hoy ya gasta más del 60% que Rusia en armas (la OTAN representa el 55% del gasto mundial en armas, Rusia el 5%) decidió un importante plan de inversión de 800.000 millones de euros para seguir aumentando el gasto militar.

La guerra y la Europa donde siguen activas las redes políticas y económicas, centros de poder que remiten a la estrategia representada por Biden, derrotada en las últimas elecciones presidenciales, son la ocasión para construir una burbuja basada en el armamento para compensar las crecientes dificultades de los «mercados» estadounidenses.

Desde diciembre, las acciones de las empresas armamentísticas son objeto de especulación, yendo de subida en subida y fungiendo de refugio seguro para los capitales que ven la situación estadounidense demasiado riesgosa.

En el centro de la operación están los fondos de inversión, que también figuran entre los principales accionistas de las grandes empresas armamentísticas. Poseen participaciones significativas en Boeing, Lockheed Martin y RTX, influyendo en la gestión y las estrategias de estas empresas.

También en Europa están presentes en el complejo militar-industrial: Rheinmetall, empresa alemana que fabrica Leopard y que ha visto subir el precio de sus acciones un 100% en los últimos meses, tiene como principales accionistas a Blackrock, Société Générale, Vanguard, etc.

Rheinmetall, el mayor fabricante de municiones de Europa, ha superado en capitalización al mayor fabricante de automóviles del continente, Volkswagen, la última señal del creciente apetito de los inversores por los valores ligados a la defensa.

La Unión Europea quiere recoger y canalizar el ahorro continental hacia el armamento con consecuencias catastróficas para el proletariado y una mayor división de la Unión. 

La carrera armamentística no podrá funcionar como «keynesianismo de guerra» porque la inversión en armamento interviene en una economía financiarizada y ya no industrial. Construida con dinero público beneficiará a una pequeña minoría de particulares, mientras empeora las condiciones de la inmensa mayoría de la población.

La burbuja armamentística sólo puede producir los mismos efectos que la burbuja de alta tecnología estadounidense. Después de 2008, las sumas de dinero captadas para la inversión en la burbuja de alta tecnología nunca han «goteado» hacia el proletariado estadounidense.

Por el contrario, han producido una desindustrialización cada vez mayor, empleos precarios y poco cualificados, salarios bajos, pobreza rampante, la destrucción del escaso bienestar heredado del New Deal y la posterior privatización de todos los servicios. Esto es lo que sin duda producirá en Europa la burbuja financiera europea.

La financiarización conducirá no sólo a la destrucción completa del Estado del Bienestar y a la privatización a ultranza de los servicios, sino a una mayor fragmentación política de lo que queda de la Unión Europea. Las deudas, contraídas por cada Estado por separado, tendrán que ser reembolsadas y habrá enormes diferencias entre los Estados europeos en cuanto a su capacidad para honrar las deudas contraídas.

El verdadero peligro no son los rusos, sino los alemanes con su rearme de € 500.000 millones y otros € 500.000 millones para infraestructuras, financiación decisiva en la construcción de la burbuja.

La última vez que se armaron combinaron desastres mundiales (25 millones de muertos sólo en la Rusia soviética, la solución final, etc.), de donde surgió la famosa declaración de Andreotti contra la unificación alemana: «Amo tanto a Alemania que prefiero dos».

A la espera de los desarrollos ulteriores del nacionalismo y de la extrema derecha ya al 21 %, que inevitablemente producirá «Deutschland ist zurück», Alemania impondrá su habitual hegemonía imperialista a los demás países europeos.

Los alemanes han abandonado rápidamente el credo ordo-liberal que no tenía ninguna base económica, sólo política, y abrazan a ultranza la financiarización angloamericana, con el mismo objetivo, dominar y explotar Europa.

El Financial Times habla de una decisión tomada por Merz, el hombre de Blackrock, y Kukies, el ministro del Tesoro, hombre de Goldman Sachs, con el aval de los partidos de «izquierda» PDS y Die Linke, que, como sus predecesores en 1914, asumen una vez más la responsabilidad de la futura carnicería.

Si el anterior imperialismo alemán se fundaba en la austeridad, el mercantilismo de exportación, la congelación salarial y la destrucción del Estado del Bienestar, éste se fundará en la gestión de una economía de guerra europea jerarquizada en los diferenciales de tipos de interés a pagar para reembolsar la deuda contraída.

Los países ya muy endeudados (Italia, Francia, etc.) tendrán que encontrar quién compre sus bonos emitidos para pagar su deuda, en un «mercado» europeo cada vez más competitivo. A los inversionistas les convendrá más comprar bonos alemanes, bonos emitidos por empresas armamentísticas sobre los que jugará la especulación al alza, y títulos de deuda pública europea, sin duda más seguros y rentables que los bonos de los países super-endeudados.

El famoso «diferencial» (spread) seguirá desempeñando su papel como en 2011. Los miles de millones necesarios para pagar a los mercados no dejarán de estar a disposición de los Estados del Bienestar. El objetivo estratégico de todos los gobiernos y oligarquías desde hace cincuenta años, la destrucción de los gastos sociales para la reproducción del proletariado y su privatización, será alcanzado.

Veintisiete egoísmos nacionales lucharán entre sí sin nada en juego, porque la historia, que «somos los únicos que sabemos lo que es», nos ha arrinconado, inútiles e irrelevantes tras siglos de colonialismo, guerras y genocidios.

La carrera armamentística va acompañada de una machacona justificación de «estamos en guerra» contra todo el mundo (Rusia, China, Corea del Norte, Irán, los Brics) que no puede abandonarse y que corre el riesgo de llegar a buen puerto porque esta delirante cantidad de armas aún debe «consumirse».

La lección de Rosa Luxemburgo, Kalecki, Baran y Sweezy

Sólo los ingenuos pueden asombrarse de lo que está ocurriendo. Todo se repite, sólo que dentro de un capitalismo financiero y ya no industrial como en el siglo XX.

La guerra y el armamento estén en el centro de la economía y de la política desde que el capitalismo se hizo imperialista. Y son también el centro del proceso de reproducción del capital y del proletariado, en feroz competencia entre sí.

Reconstruyamos rápidamente el marco teórico proporcionado por Rosa Luxemburgo, Kalecki, Baran y Sweezy, firmemente plantado, – en contraste con las inútiles teorías críticas contemporáneas –, sobre las categorías de imperialismo, monopolio y guerra, que nos ofrece un espejo de la situación contemporánea.

Empecemos por la crisis de 1929, que tuvo sus raíces en la Primera Guerra Mundial y en el intento de salir de ella activando el gasto público mediante la intervención del Estado. Según Baran y Sweezy (en adelante, B&S) el inconveniente del gasto público en los años 30 era su volumen, incapaz de contrarrestar las fuerzas depresivas de la economía privada.

«Visto como una operación de rescate de la economía estadounidense en su conjunto, el New Deal fue, por tanto, un fracaso estrepitoso. Incluso Galbraith, el profeta de la prosperidad sin compras bélicas, reconoció que en la década 1930 – 1940, ‘la gran crisis’ nunca terminaba».

Saldrá solo con la Segunda Guerra Mundial: «Luego vino la guerra, y con la guerra la salvación (…) el gasto militar hizo lo que el gasto social no había conseguido hacer», porque el gasto público pasó de 17.500 millones de dólares a 103.100 millones.

B&S demuestran que el gasto público no dio los resultados que dio el gasto militar porque estaba limitado por un problema político que sigue siendo el nuestro. ¿Por qué el New Deal y su gasto no consiguieron un objetivo que «estaba al alcance de la mano, como demostró más tarde la guerra»?

Porque sobre la naturaleza y composición del gasto público, es decir, la reproducción del sistema y del proletariado, se desata la lucha de clases.

«Dada la estructura de poder del capitalismo monopolista estadounidense, el aumento del gasto civil casi había alcanzado sus límites extremos. Las fuerzas que se oponían a una mayor expansión eran demasiado poderosas para ser superadas».

El gasto social competía o perjudicaba a las corporaciones y oligarquías, arrebatándoles poder económico y político.

«Como los intereses privados controlan el poder político, los límites del gasto público se fijan rígidamente sin preocuparse de las necesidades sociales, por vergonzosamente evidentes que sean».

Y estos límites valían también para el gasto, la sanidad y la educación, que en aquella época, a diferencia de hoy, no competían directamente con los intereses privados de las oligarquías.

La carrera armamentística permite aumentar el gasto público del Estado, sin que esto se transforme en un aumento de los salarios y del consumo del proletariado. 

¿Cómo se puede gastar el dinero público para evitar la depresión económica que conlleva el monopolio, evitando al mismo tiempo el fortalecimiento del proletariado? «Con armamento, con más armamento, con más y más armamento».

Michael Kalecki, trabajando sobre el mismo periodo pero sobre la Alemania nazi, consigue dilucidar otros aspectos del problema. Contra todo economicismo que amenaza siempre la comprensión del capitalismo incluso por las teorías críticas marxistas, pone en evidencia la naturaleza política del ciclo del capital: «La disciplina en las fábricas y la estabilidad política son más importantes para los capitalistas que los beneficios corrientes».

El ciclo político del capital, que ahora sólo puede ser garantido por la intervención del Estado, debe recurrir al gasto armamentístico y al fascismo. Para Kalecki, el problema político también se manifiesta en la «dirección y los fines del gasto público». La aversión a la «subvención del consumo de masas» está motivada por la destrucción que provoca «de los fundamentos de la ética capitalista ‘ganarás el pan con el sudor de tu frente’ (a menos que vivas de las rentas del capital)». 

¿Cómo conseguir que el gasto estatal no se convierta en aumento del empleo, del consumo y de los salarios y, por tanto, en fuerza política del proletariado?

El inconveniente para las oligarquías se supera con el fascismo porque la maquinaria estatal está entonces bajo el control del gran capital y de la dirección fascista, con «la concentración del gasto estatal en armamento», mientras que «la disciplina de fábrica y la estabilidad política se garantizan mediante la disolución de los sindicatos y los campos de concentración. La presión política sustituye aquí a la presión económica del desempleo».

De ahí el inmenso éxito de los nazis entre la mayoría de los liberales británicos y estadounidenses.

La guerra y el gasto en armamento ocupan un lugar central en la política estadounidense, incluso después del fin de la Segunda Guerra Mundial, porque es inconcebible una estructura política sin una fuerza armada, es decir, sin el monopolio de su ejercicio.

El volumen del aparato militar de una nación depende de su posición en la jerarquía mundial de explotación. «Las naciones más importantes serán siempre las que más necesiten, y la magnitud de sus necesidades (de fuerza armada) variará en función de que entre ellas haya o no una lucha encarnizada por el primer puesto».

Por lo tanto, el gasto militar sigue creciendo en el centro del imperialismo: «Naturalmente, la mayor parte de la expansión del gasto público tuvo lugar en el sector militar, que pasó de menos del 1% a más del 10% del PNB, y que representó alrededor de dos tercios del aumento total del gasto público desde 1920. Esta absorción masiva del excedente en preparativos militares ha sido el hecho central de la historia estadounidense de posguerra».

Kalecki señala que en 1966 «más de la mitad del crecimiento de la renta nacional se traduce en el crecimiento de los gastos militares».

Ahora, en la posguerra, el capitalismo ya no puede contar con el fascismo para controlar el gasto social. El economista polaco, «alumno» de Rosa Luxemburgo, señala: «Una de las funciones fundamentales del hitlerismo fue superar la aversión del gran capital a la política anticoyuntural a gran escala. La gran burguesía había dado su asentimiento al abandono del laisser-faire y al aumento radical del papel del Estado en la economía nacional, a condición de que el aparato estatal estuviera bajo el control directo de su alianza con la «dirección fascista» y de que el destino y el contenido del gasto público estuvieran determinados por el armamento.

En los Treinta Gloriosos, sin el fascismo asegurando la dirección del gasto público, los Estados y los capitalistas se vieron forzados a un compromiso político. Relaciones de poder determinadas por el siglo de las revoluciones obligan al Estado y a los capitalistas a concesiones que, en cualquier caso, son compatibles con beneficios que alcanzan tasas de crecimiento desconocidas hasta entonces.

Pero incluso este compromiso es demasiado porque, a pesar de los grandes beneficios, «en tal situación los trabajadores se vuelven ‘recalcitrantes’ y los ‘capitanes de la industria’ se muestran ansiosos por ‘darles una lección’».

La contrarrevolución, desplegada a partir de finales de los años 60, tendrá en su centro la destrucción del gasto social y la feroz voluntad de orientar el gasto público hacia los intereses únicos y exclusivos de las oligarquías. 

El problema, a partir de la República de Weimar, nunca fue una intervención genérica del Estado en la economía, sino el hecho de que el Estado haya sido investido por la lucha de clases y haya sido obligado a ceder a las exigencias de las luchas obreras y proletarias.

En los tiempos «pacíficos» de la Guerra Fría, sin la ayuda del fascismo, la explosión del gasto militar necesita una legitimación, asegurada por una propaganda capaz de evocar continuamente la amenaza de una guerra inminente, de un enemigo a las puertas dispuesto a destruir los valores occidentales:

«Los creadores oficiosos y oficiales de la opinión pública tienen preparada la respuesta: los Estados Unidos deben defender el mundo libre de la amenaza de agresión soviética (o china)».

Kalecki, para el mismo período, precisa:

«Los periódicos, el cine, la radio y la televisión que trabajan bajo la égida de la clase dominante crean una atmósfera que favorece la militarización de la economía».

El gasto en armamento no sólo tiene una función económica, sino también de producción de subjetividades sometidas. La guerra, al exaltar la subordinación y el mando, «contribuye a crear una mentalidad conservadora».

«Mientras que el masivo gasto público en educación y bienestar tiende a socavar la posición privilegiada de la oligarquía, el gasto militar hace lo contrario. La militarización favorece a todas las fuerzas reaccionarias (…) se determina un respeto ciego a la autoridad; se enseña y se impone una conducta de conformidad y sumisión; y la opinión contraria se considera un acto antipatriótico o directamente una traición.»

El capitalismo produce un capitalista que, precisamente por la forma política de su ciclo, es un sembrador de muerte y destrucción, más que un promotor del progreso.

Richard B. Russell, un senador conservador del sur de EEUU en los años 60 citado por B&S, nos dice:

«Hay algo en los preparativos para la destrucción que induce a los hombres a gastar el dinero más descuidadamente que si fuera para fines constructivos. No sé por qué ocurre esto; pero durante los treinta años que llevo en el Senado, más o menos, comprendí que al comprar armas para matar, destruir, borrar ciudades de la faz de la tierra y eliminar grandes sistemas de transporte, hay algo que hace que los hombres no calculen los gastos con el mismo cuidado que cuando se trata de pensar en una vivienda digna y en la atención sanitaria para los seres humanos».

La reproducción del capital y del proletariado se politizó con las revoluciones del siglo XX. La lucha de clases, ocupando también esta realidad hizo emerger una oposición radical entre la reproducción de la vida y la reproducción de su destrucción que desde los años 1930 no ha hecho sino profundizarse.

¿Cómo funciona el capitalismo ?

La guerra y el armamento, prácticamente excluidos de todas las teorías críticas del capitalismo, funcionan como discriminadores en el análisis del capital y del Estado. Es muy difícil definir el capitalismo como un “modo de producción”, como hizo Marx, porque la economía, la guerra, la política, el Estado y la tecnología son elementos estrechamente entrelazados e inseparables.

La “crítica de la economía” no basta para producir una teoría revolucionaria. Ya con el advenimiento del imperialismo se produjo un cambio radical en el funcionamiento del capitalismo y del Estado, puesto de manifiesto claramente por Rosa Luxemburgo para quien la acumulación tiene dos aspectos.

El primero «se refiere a la producción de plusvalía – en la fábrica, en la mina, en la explotación agrícola – y a la circulación de mercancías en el mercado. Considerada desde este punto de vista, la acumulación es un proceso económico cuya fase más importante es una transacción entre el capitalista y el asalariado».

El segundo aspecto tiene como teatro el mundo entero, una dimensión mundial irreductible al concepto de «mercado» y a sus leyes económicas.

«Aquí los métodos empleados son la política colonial, el sistema internacional de créditos, la política de esferas de interés, la guerra. La violencia, el engaño, la opresión, la depredación se desarrollan abiertamente, sin máscara, y es difícil reconocer las estrictas leyes del proceso económico en el entrelazamiento de la violencia económica y la brutalidad política».

La guerra no es una continuación de la política, sino que siempre coexiste con ella, como muestra el funcionamiento del mercado mundial. Aquí, donde la guerra, el fraude y la depredación coexisten con la economía, la ley del valor nunca ha funcionado realmente. El mercado mundial tiene un aspecto muy diferente del esbozado por Marx. Sus consideraciones parecen ya no ser válidas, o mejor dicho, son precisadas: sólo en el mercado mundial el dinero y el trabajo devendrían adecuados a su concepto, haciendo realidad su abstracción y su universalidad.

A contrario, lo que podemos constatar es que el dinero, la forma más abstracta y universal del capital, es siempre la moneda de un Estado.

El dólar es la moneda de Estados Unidos y reina sólo en cuanto tal.

La abstracción del dinero y su universalidad (y sus automatismos) se los apropia una «fuerza subjetiva» y son gestionados según una estrategia que no está contenida en el dinero.

Incluso la finanza, como la tecnología, parece ser objeto de apropiación por parte de fuerzas subjetivas «nacionales», muy poco universales.

En el mercado mundial, ni siquiera el trabajo abstracto triunfa como tal, sino encontrando en su lugar otros trabajos radicalmente diversos (trabajo servil, trabajo esclavo, etc.) y es objeto de estrategias.

La acción de Trump, – caído el velo hipócrita del capitalismo democrático –, nos revela el secreto de la economía: sólo puede funcionar a partir de una división internacional de la producción y la reproducción definida e impuesta políticamente, es decir, mediante el uso de la fuerza, que implica también la guerra.

La voluntad de explotar y dominar, gestionando simultáneamente las relaciones políticas, económicas y militares, construye una totalidad que nunca puede cerrarse sobre sí misma, sino que siempre permanece abierta, escindida por los conflictos, las guerras, las depredaciones. En esta totalidad escindida, convergen y se gobiernan todas las relaciones de poder.

Trump interviene sobre el uso de las palabras, pero también sobre las teorías de género, al mismo tiempo que quiere imponer un nuevo posicionamiento global, político y económico, de los Estados Unidos.

De lo micro a lo macro, acción política que los movimientos contemporáneos están lejos sólo de pensar.

La construcción de la burbuja financiera, proceso que podemos seguir paso a paso, tiene lugar del mismo modo. Los actores que intervienen en su producción son múltiples: la Unión Europea, los Estados que deben endeudarse, la Banca Europea, el Banco de Inversiones europeas, los partidos políticos, los medios de comunicación y la opinión pública, los grandes fondos de inversión (todos estadounidenses) que organizan el trasiego de capitales de una Bolsa a otra, y las grandes empresas.

Sólo después de que el choque/cooperación entre estos centros de poder haya dado su veredicto, la burbuja económica y sus automatismos podrán funcionar.

Hay toda una ideología sobre el funcionamiento automático que hay que desmentir. El «piloto automático», sobre todo a nivel financiero, existe y funciona sólo después de que ha sido instituido políticamente. No existía en los 30 gloriosos porque se decidió políticamente en ese sentido. Funciona desde finales de los 70 por voluntad política explícita.

Esta multiplicidad de actores que llevan meses agitándose se mantiene unida por una estrategia. Hay, pues, un elemento subjetivo que interviene de manera fundamental. De hecho, dos. Desde el punto de vista capitalista, hay una lucha feroz entre el «factor subjetivo» Trump y el «factor subjetivo» de las élites que fueron derrotadas en las elecciones presidenciales, pero que todavía tienen una fuerte presencia en los centros de poder en los EEUU y Europa.

Pero para que el capitalismo funcione debemos tomar en consideración también un factor subjetivo proletario.

Éste desempeña un papel decisivo porque, o bien se convertirá en el portador pasivo del nuevo proceso de producción/reproducción del capital, o bien tenderá a rechazarlo y destruirlo.

Constatada la incapacidad del proletariado contemporáneo, el más débil, el más desorientado, el menos autónomo e independiente de la historia del capitalismo, la primera opción parece la más probable.

Pero si no logra oponer su propia estrategia a las continuas innovaciones estratégicas del enemigo, capaces de renovarse continuamente, caeremos en una asimetría de las relaciones de poder que nos retrotraerá a antes de la revolución francesa, a un nuevo/ya visto «ancien régime».

Notas

Apocalipsis
Aquellos que saben, pretenden que la palabra “apocalipsis” – en el griego cristiano antiguo – evoca una revelación. Es el sentido utilizado en el texto. Para este modesto editor la significación conocida es la de la RAE, es decir Fin del mundo, una Situación catastrófica, ocasionada por agentes naturales o humanos, que evoca la imagen de la destrucción total.

Capital financiero
El capital financiero suele ser un espejismo, como el dinero que se supone lo constituye. Desde la elección de Trump, la “riqueza” de media docena de oligarcas (Musk, Bezos, Zuckerberg…) se incrementó en varios centenares de miles de millones de dólares (sin que se hubiese creado un céntimo de valor añadido…), para luego desaparecer tan rápidamente como había llegado (sin que se destruyese ni un céntimo de valor…). El autor de la nota se refiere a este moderno fantasma que, a su vez, recorre en mundo. El capital financiero es, efectivamente, un arma de destrucción masiva, en la medida en que muchos líderes contemporáneos y los países que regentan son sensibles a los espejismos…

Deuda pública
O deuda soberana. Proviene del derecho de cada Estado a emitir dinero sin contrapartida real. El dólar es la moneda de todos los récords, y de la más gigantesca irresponsabilidad monetaria desde que Richard Nixon decidiera abandonar el respaldo oro (15-08-1971). De ahí en adelante los EEUU han emitido dólares sin límites y sin respaldo, exportando inflación a todo el planeta. Se trata de la llamada “liquidez” que no es sino un “pase mágico”. Emitir dinero sin respaldo significa aumentar la cantidad de dinero en circulación sin incrementar la cantidad de bienes y servicios disponibles en la economía. Los EEUU pagan con papelitos verdes que no valen la tinta con la que fueron impresos. La deuda pública yanqui supera el 120% del PIB de los EEUU. Y subiendo… Expresar el “valor” de una empresa en dólares truchos (monnaie de singe), es una forma (otra forma) de estafa.

Gasto militar
El autor se enreda en las verdes mallas del camuflaje. Lo que hay que retener es que la OTAN gasta el 55% de lo que el planeta gasta en instrumentos de destrucción. Rusia gasta un 5% de ese monto. En el año 2024 el gasto militar de la Unión Europea, más el Reino Unido, alcanzó U$ 457 mil millones. El gasto militar ruso fue estimado en U$ 462.000 millones de dólares (según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, cuya confiabilidad es vecina a la de las previsiones meteorológicas). Para equilibrar las cosas, la UE se propone gastar € 850.000 millones más (o sea U$ 914.000 millones). EEUU, solito, gasta esa suma cada año.

Financiación del rearme
Hasta antes de ayer en la UE no había dinero para financiar la Salud (sólo en Francia se han suprimido 48 mil camas en los hospitales), ni para financiar la Educación (miles de clases no tienen todos sus profesores y sus salarios son miserables). Y he aquí que en 48 horas cronometradas la UE enconttó € 850 mil millones para financiar la compra de armamento. Digan lo que digan, el modelo social pagará las habas que se comerá el burro.

Consecuencias del rearme
Gastar la enorme suma de € 850 mil millones en armas generará empleos bien pagados, y la colaboración de parte del proletariado (amén de ganancias extraordinarias para el gran capital). La industria armamentística tiene un detalle: para crecer requiere el consumo de lo ya producido, o sea… una guerra lo más destructiva posible. En ese sentido se trata de la peor corrupción en extensión, volumen y profundidad. La propaganda que debe convencer a los europeos de la necesidad de la guerra ya está entre nosotros, día y noche… Heil!

La pregunta // Franco «Bifo» Berardi

Hace unos días recibí la invitación de una asociación estadounidense para participar en una convención que se celebrará en Chicago los días 5, 6 y 7 de abril. El tema de la convención es “¿Existe una izquierda en el siglo XXI?”. Respondí rápidamente:

“Por desgracia, mi salud es tan precaria que no puedo abordar el viaje a Chicago. Así que no podré estar con ustedes en persona. Sin embargo, escribiré un texto y lo publicaré antes de abril para que puedan leer mis reflexiones si les interesa conocer mi opinión. Gracias por la invitación”.

Francamente (más allá de mi fragilidad física), no tengo ningún deseo de ir a Estados Unidos, a ese país aterrador donde una mafia de racistas agresivos gobierna a una población de individuos infelices que viven en una frenética competencia por la supervivencia. 

Sin embargo, la cuestión que se debatirá en dicha convención es un buen punto de partida para una reflexión muy necesaria sobre el futuro (o el no futuro) de la subjetividad social en este siglo. Aqui esta mi respuesta.

Una pregunta equivocada

El significado mismo de la palabra “izquierda” se ha perdido

¿Existirá la izquierda en el siglo XXI? Mi respuesta es: esta pregunta no me parece interesante. El significado mismo de la palabra izquierda se ha perdido porque, con la excepción quizás de algunos países como España, la mayoría de quienes han formado parte de gobiernos de centroizquierda en los últimos treinta años han traicionado completamente a la clase trabajadora y a la sociedad en general. Además, el mundo en el que la palabra izquierda significaba algo ha desaparecido.

 

En Estados Unidos, en el Reino Unido y en la mayoría de los países europeos, la izquierda ha sido la punta de lanza de la devastación neoliberal de la vida social. La función de Blair, Schröder, Hollande y los demás socialdemócratas que gobernaron en los años noventa y en la primera década del nuevo siglo fue devastar las condiciones de vida de la sociedad en favor del lucro y la competitividad, privatizar los servicios públicos y favorecer la transferencia de dinero de los trabajadores a los ricos. También la política racista de rechazo a los inmigrantes ha sido concebida y diseñada por políticos como el italiano Marco Minniti (excomunista, entonces ministro del Interior en un gobierno de centroizquierda, arquitecto de la política de deportación de los migrantes que inspira a Meloni y a Trump).

En Estados Unidos, los gobiernos de Clinton, Obama y Biden se han alineado perfectamente con la política conservadora de agresión imperialista. Como resultado, se puede decir que en todo Occidente el centroizquierda ha sido responsable de la desilusión generalizada que llevó a muchos votantes a abandonar la izquierda y a volcarse al nacional-liberalismo emergente que finalmente culminó en la furia trumpista.

¿Por qué debería preocuparme por el destino de una clase política que, autodenominándose de izquierda, ha seguido las mismas políticas de la derecha?

Los nazi-libertarios están restaurando un régimen esclavista y empujando a Occidente hacia la agresividad nacional y la guerra. Pero la razón del ascenso de esta ola ultrarreaccionaria reside en la traición de la autodenominada izquierda. Por lo tanto, ¿por qué debería preocuparme por el destino de una clase política que, autodenominándose de izquierda, ha seguido las mismas políticas de la derecha?

La pregunta interesante hoy no es: ¿existe una izquierda en nuestro futuro? La pregunta interesante es si nuestra existencia social encontrará o no una manera de escapar de la agresión en curso y del retorno de la esclavitud, del terror social, de la militarización y de la guerra. ¿Encontrará la vida social una vía para la subjetivación social? ¿Surgirá un movimiento (consciente, colectivo y solidario) en el contexto actual de competencia, depresión, pánico y deserotización de la vida social? Esta es la interesante pregunta que intento contestar.

Pánico

Una ola psicótica recorre la sociedad occidental: la causa de la psicosis de pánico masiva es una especie de colapso senil de la mente occidental.

¿Qué es el pánico? En el último capítulo de ¿Qué es la filosofía? Deleuze y Guattari reflexionan sobre el envejecimiento y hablan de la senescencia en términos de la relación entre el orden y el caos: “ (…) Un poco de orden para protegernos del caos. Nada es más angustioso que un pensamiento que se escapa a sí mismo, que las ideas que se escapan, que desaparecen apenas formadas, ya erosionadas por el olvido o precipitadas en otras que ya no dominamos (…) infinitas variabilidades, cuya aparición y desaparición coinciden (…)”.

“Caos” se define aquí en términos de velocidad, de aceleración de la infoesfera en contraposición a los ritmos lentos de la razón y de la mente emocional

“Caos” se define aquí en términos de velocidad, de aceleración de la infoesfera en contraposición a los ritmos lentos de la razón y de la mente emocional. Cuando las cosas empiezan a fluir tan rápido que el cerebro humano se vuelve incapaz de elaborar el significado de la información, debido al caos, entramos en el estado de pánico. Pánico es la incapacidad de tomar decisiones porque lo que sucede a nuestro alrededor es demasiado rápido, demasiado complejo, y por lo tanto indecidible.

El pánico explica el comportamiento actual de la Unión Europea inconsistente hasta el punto de la demencia. Para complacer al amo estadounidense (Biden), hace tres años los líderes europeos decidieron empujar al pueblo ucraniano a la guerra contra Rusia. Rompieron el vínculo económico con Rusia y se pusieron en modo belicista, apoyando y armando el nacionalismo ucraniano. Fue una decisión suicida porque el propósito de Biden era romper la relación económica entre Europa y Rusia, y derrotar a Alemania. Alemania ha sido derrotada, Ucrania ha sido destrozada. Europa ha sido empujada al borde del abismo.

Los ucranianos están derrotados, empobrecidos y humillados

Luego, el amo estadounidense (Trump) traicionó la causa ucraniana y abandonó a los europeos a su suerte. Millones de personas han abandonado Ucrania, innumerables jóvenes han muerto en las trincheras del Donbás. Los ucranianos están derrotados, empobrecidos y humillados. Los europeos se encuentran en una trampa. Tras caer en una crisis de pánico, Macron, Starmer, Merz y Ursula von der Leyen decidieron hacer algo inútil, peligroso, destructivo y autolesivo: una enorme inversión de dinero para el rearme del continente.

¿Qué hacer en una situación de pánico? Mi sugerencia es que no se tomen decisiones, que no hay que centrarse en el torrente de información, sino que hay que respirar hondo y renunciar a la acción. Los líderes europeos, por el contrario, decidieron lanzar un plan masivo de rearme y reconversión militar de la industria automotriz.

¿Se quedarán los rusos de brazos cruzados mientras los europeos se arman hasta los dientes, o decidirá Putin atacar a Europa antes de que esté lista para la guerra?

La rusofobia generalizada de los líderes europeos corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida

La rusofobia generalizada de los líderes europeos corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida. Mientras los europeos se apresuran a tomar las armas por temor a la agresividad rusa, tengo miedo de que los rusos no se queden esperando perezosamente el rearme completo de los europeos.

Depresión

Según los psiquiatras, la depresión es la patología predominante de la generación que aprendió más palabras de una máquina que de la voz de su madre. La depresión es desagradable, es dolorosa; bueno, la depresión es depresiva. Así que harías casi cualquier cosa para liberarte de sus garras. Resulta que la movilización agresiva de energías mentales puede ser una terapia para la depresión.

La autoidentificación agresiva, la movilización nacionalista y el patriotismo actúan como una terapia de anfetaminas para la mente deprimida

Hitler lo sabía. A los alemanes deprimidos, humillados tras la Primera Guerra Mundial, les dijo: “No se consideren trabajadores derrotados, considérense guerreros. No se consideren humillados. Considérense humilladores”. Él ganó las elecciones, y los alemanes arrastraron a Europa a la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

La autoidentificación agresiva, la movilización nacionalista y el patriotismo actúan como una terapia de anfetaminas para la mente deprimida. Esta terapia funciona por un tiempo. Luego, se cae en tragedias abismales. Por eso la ola psicótica de la senescente cultura occidental converge con las decisiones políticas de una parte importante de la nueva generación.

Como pueden ver, la pregunta interesante no es si existirá la izquierda en el siglo XXI, sino cómo escapar de la reacción del ciclo pánico-depresivo que estalló abruptamente en 2025.

¿Es posible iniciar un proceso de subjetivación consciente y autonomía social?

Deserción masiva

Mis viejos amigos pacifistas expresan su consternación porque no hay movilización política contra el rearme de la Unión Europea ni manifestaciones masivas contra la creciente militarización de la economía y del discurso público.

Entiendo su consternación, pero sé que desde el 15 de febrero de 2003, tras la enorme movilización mundial contra la guerra de Irak, el movimiento pacifista se ha disuelto. En aquella ocasión, el pacifismo no pudo detener la guerra, y hoy cuesta creer que las manifestaciones y las protestas sean útiles para frenar el frenesí.

Lo que la vida social necesita es una forma de escapar de la militarización de la sociedad europea

La locura de los belicistas europeos no tiene su raíz en una estrategia política, sino en el colapso mental de la cultura occidental, incapaz de afrontar su propio declive irreversible. Y (obviamente) tiene su raíz en los intereses del complejo militar industrial.

Lo que necesitamos es mucho más que manifestaciones y protestas. Lo que la vida social necesita es una forma de escapar de la militarización de la sociedad europea. Lo que se necesita es una ola masiva de deserciones. Deserción de la guerra, pero también deserción de la economía de guerra y de la obsesión nacionalista.

Obsesión

El año 2025 marca un antes y un después. En el siglo pasado, el marco de la subjetivación social era la lucha de clases: el internacionalismo y la solidaridad obrera contra la explotación.

Ya no. El marco ha cambiado porque la conciencia social se ha hiperfragmentado, el tiempo social se ha celularizado y el semiocapital ha transformado el proceso de producción en una recombinación de fractales vivos. La solidaridad se ha borrado de la vida social debido a la precarización del trabajo.

La precariedad, el aislamiento y la soledad han desatado una ola de angustia mental y de disforia. La subjetivación social ha pasado del ámbito del conflicto social al de la psicobiopolítica. A nivel global, la identificación biológica (racial, étnica, nacional) ha sustituido a la solidaridad social. La pertenencia ha sustituido a la conciencia. La ferocidad y la lucha por la vida han sustituido al conflicto para la redistribución de la riqueza social. En consecuencia, la supervivencia y el genocidio son los puntos cardinales del nuevo mapa biopolítico.

Consciencia y psicosis

La conciencia (conciencia de sí mismo y del otro) está criminalizada: woke es la palabra clave de esta criminalización. Estar despierto (consciente) significa ser débil: la generación que algunos sociólogos llaman “generación del copo de nieve” [en España es más usual el término “generación de cristal”] es tan frágil porque los jóvenes asumen la responsabilidad de la colonización blanca y piensan en la sexualidad en términos de elección y no en términos de la supremacía natural del hombre.

Si quieres ser fuerte, olvídate de la conciencia, confía en Trump y en el dinero. Si quieres ser fuerte, olvídate del pensamiento y cree (en Dios, en la nación, en la supremacía blanca, en la civilización superior de Occidente).

Todo el mundo sabe lo que sucedió en Europa después de 1919. Un siglo después, estamos en el mismo punto

En 1919, Sandor Ferenczy dijo que el psicoanálisis era incapaz de tratar la psicosis de masas. La política también. Todo el mundo sabe lo que sucedió en Europa después de 1919. Un siglo después, estamos en el mismo punto. Ahora surge una pregunta: ¿es invencible el Reino de Trump? No lo creo. Creo que los monstruos no van a triunfar para siempre porque en todo el mundo han puesto en marcha un proceso de desintegración general: la desintegración del Estado, la desintegración de la civilización social, la desintegración del medio ambiente.

El orden occidental se está desmoronando y se derrumbará. La cuestión que tenemos que investigar es la siguiente: ¿puede surgir una subjetividad colectiva y solidaria desde las ruinas de la civilización?

Desintegración

Desintegración del mapa geopolítico, del sistema social y del cerebro senil de Occidente. La integración económica del Sur (BRICS) es un peligro para el senil mundo occidental. La inminente crisis del dólar como centro del sistema financiero global y el declive demográfico del hemisferio norte han empujado a Estados Unidos a abandonar el proyecto de globalización que fue el eje estratégico de los últimos treinta años (el llamado Imperio). Ahora apuestan todo a la alianza con Rusia por la supremacía blanca.

La integración económica del Sur (BRICS) es un peligro para el senil mundo occidental

El trump-putinismo es el proyecto de restauración del suprematismo blanco, la división del mundo en zonas de influencia hipercolonialista, la liquidación de la democracia liberal y el inicio de un proceso de devastación extractiva de los recursos del planeta.

Genocidio, deportación y detención de la población migrante, esclavitud masiva, destrucción definitiva del medioambiente: todo esto ocurrirá bajo la hegemonía de Trump-Putin.

¿Funcionará este proyecto? ¿Controlará la mafia depredadora los flujos caóticos de terror, sufrimiento y guerra que implica la desintegración en curso?

Desmoronamiento del orden, colapso inminente del medioambiente y de la economía. Trauma: este es el panorama del siglo.

Trauma

La generación disfórica está traumatizada por la indescriptible percepción de una catástrofe inminente

En la densa red de la obsesión, es posible percibir las señales de un colapso inminente, un trauma del futuro. El trauma suele estar vinculado a una experiencia pasada de pérdida o violencia. Ahora, por primera vez, nos enfrentamos a un trauma inverso: el trauma del colapso inminente e inevitable que atormenta la mente y el cuerpo de los jóvenes de todo el mundo.

La generación disfórica, que ha crecido en un estado de aislamiento físico y parálisis emocional, está traumatizada por la indescriptible percepción de una catástrofe inminente. Saben que el planeta es cada vez más incompatible con la vida humana. Sienten que los adultos se han vuelto incapaces de evitar el catastrófico cambio climático. Sufren su condición de soledad y son cada vez más incapaces de gestionar su propio cuerpo sexual. Finalmente, se ven abrumados por la intensificación de la estimulación infoneural.

La generación del copo de nieve está traumatizada por algo que aún no ha sucedido, pero que se percibe como inminente, y un proceso de subjetivación solo puede basarse en esta experiencia común del trauma futuro. El desenlace de todo ha provocado un trauma que es el punto de partida del siguiente proceso de subjetivación.

¿Cómo construir un sujeto activo y consciente a partir de un trauma?

¿Hay alguna manera de escapar de la espiral de demencia suicida que emana de la senescencia de Occidente?

Esta es la pregunta que necesita respuesta.

Cómo dejar de ser víctimas de la espera // Santiago López Petit

Acerca de Las sublevaciones de la tierra

Estamos a la espera. Día y noche. Los acontecimientos se suceden unos a otros, y los deglutimos sin apenas protestar. Pandemia del covid, guerra de Ucrania, genocidio de Palestina, catástrofes naturales que asolan la Tierra… Tragamos todo lo que nos echen, incapaces de vomitar, encadenados a una impotencia de la que no conseguimos deshacernos. Lo posible distrae durante unos instantes y, finalmente, siempre ahoga. Lo imposible no es más que esta realidad despótica que, poco a poco, se ha impuesto. Estamos a la espera. Depositamos una esperanza absurda en un colapso final. Nos hundimos en una noche teñida de melancolía. El mundo se ha cerrado sobre sí mismo, y los inquilinos de la casa nos conocemos muy bien. Los fantoches neofascistas han cerrado la puerta de salida, mientras se apresuran a dividir la tierra en zonas de influencia.

La revolución conservadora supone la culminación de la etapa neoliberal del capitalismo que se inicia después de la derrota obrera de finales de los setenta.

La revolución conservadora supone la culminación de la etapa neoliberal del capitalismo que se inicia después de la derrota obrera de finales de los setenta. Ya no somos los espectadores entretenidos de la antigua sociedad del espectáculo, ahora se nos reserva el estatuto de víctima en el interior de un espacio horadado por las fronteras. Los Estados-guerra con aspiraciones imperialistas se combaten entre ellos, mientras cae la lluvia ácida, el hielo ártico se funde y gigantescos incendios no perdonan ni las casas de los ricos. La militarización del territorio y la despolitización de la sociedad trabajan conjuntamente para agrandar el desierto circular. Nosotros, a cambio, sobrevivimos. Tenemos la seguridad que nos dan las pequeñas jaulas en las que estamos metidos, y también el espejismo que ofrece la idea de pertenencia a una nación. La ley de la selva se cumple a la perfección cuando las víctimas se disputan una migaja de reconocimiento.

El gran éxito de la actual revolución conservadora consiste en presentar su avance como portador de una irreversibilidad que no admite discusión. Es más, el neofascismo, y eso ocurre en sus distintas variantes, posee una inmensa capacidad de ridiculización y menosprecio. Cuanto más banal, estúpido, y criminal, más difícil resulta de contrarrestar porque -tenemos que reconocerlo- el capital ha sabido apropiarse de las palabras con las que nombrábamos tanto la subversión como la libertad. La partición efectuada ha sido implacable. Supervivientes son quienes se han ganado un puesto en el mercado de la Vida y se merecen una existencia. Víctimas son quienes, desposeídos de la fuerza de dolor que les habita, han interiorizado el miedo y la culpabilidad. Su odio de clase se ha extraviado y apunta al otro. La obviedad hecha de mentiras repetidas que caracteriza el neofascismo aniquila su pensamiento. Solo aspiran a que se les deje vivir. Porque no esperan ya nada, están a la espera.

La condición de víctima que la revolución conservadora impone amordaza también al propio pensamiento crítico y bloquea las prácticas de transformación social

La condición de víctima que la revolución conservadora impone amordaza también al propio pensamiento crítico y bloquea las prácticas de transformación social. Cuando se acepta el terreno de juego que el neofascismo establece- por ejemplo, que la inmigración es un problema o que la emergencia climática no es tan grave- es muy difícil impugnar la realidad y plantear algún modo de resistencia. La renuncia a toda experimentación, la desconexión respecto a la memoria histórica y, sobre todo, la falta de osadía, conducen necesariamente a adaptarse. A buscar excusas en la confusión. A bajar la cabeza y a cubrirse los ojos. “Quien no espera lo inesperado no llegará a encontrarlo por no ser ni escrutable ni accesible” afirmaba Heráclito hace mucho tiempo. No sabemos qué es lo inesperado ni tampoco si al interrumpir la marcha suicida del mundo, podría salvarnos. Lo que sí sabemos muy bien, es que la política no puede aprehenderlo. La política en la actualidad funciona como esencialmente despolitizadora y no es algo muy distinto de una gestión empresarial. El neofascismo al concebir, por su parte, la política como guerra y utilizar a su favor las estructuras formales de la llamada democracia representativa, anula aún más si cabe la existencia del espacio político. No hay margen para la negociación. El posibilismo que carga con el miedo y la ausencia de ideas no puede morder la realidad ni detener a una extrema derecha que se ríe a carcajadas.

Lo inesperado está ahí escrito en el muro cuando se agrieta: «Somos las sublevaciones de la tierra»

Y, sin embargo, lo inesperado está ahí escrito en el muro cuando se agrieta: “Somos las sublevaciones de la tierra. Somos la tierra que se subleva”. Para encontrar lo inesperado no hay que desenterrarlo, pues no está oculto bajo las ruinas. Basta escuchar el grito de la sangre anonadada. Abandonar el lugar de víctimas de la espera que se nos asigna y acoger la fuerza del dolor. Eso es lo que ha hecho y hace el movimiento francés de Les Soulèvements de la terre. Contra los dueños del ruido no han opuesto palabras de súplica que demandan comprensión. Tampoco un silencio que callaría demasiado. Lo que han realizado es una crítica de la política basada en el desafío. Pero hay que explicar antes que nada cuál es el origen de los Soulèvements de la terre. Este movimiento no se crea en ninguna mesa de partidos ni como resultado de una decisión burocrática. Se formó a partir de las primeras 200 personas que el año 2021 se constituyeron en una ZAD (Zona a Defender) y lucharon para evitar la construcción de un aeropuerto en Notre-Dame-des Landes. Cuando el 25 de marzo del año 2023 se reunieron para impedir la construcción de un megaembalse en Sainte-Soline, el número de manifestantes alcanzaba ya los 30.000. Reprimidos brutalmente durante horas, las fuerzas del orden causaron más de doscientos heridos, cuarenta manifestantes gravemente mutilados y dos personas en estado de coma. A los pocos días, el Estado francés reaccionó planteando la ilegalización del movimiento. ¿Por qué se produjo ese crecimiento inaudito y la posterior propuesta de ilegalización que, finalmente, fue suspendida debido a las reacciones suscitadas?

La respuesta es compleja y, a la vez, simple. Compleja porque habría que tener en cuenta tanto la crisis de la izquierda francesa como las numerosas luchas (ZAD diversas, chalecos amarillos etc.) que, de alguna manera, son antecedentes de este movimiento. Simple porque su práctica, al estar completamente separada de toda política vieja o nueva, consiste sencillamente en poner el gesto radical en un primer plano. Pero ese gesto radical que inventan no se despliega en un ámbito simbólico, sino que se concreta en tres tipos de acciones que, como ellos afirman, “bajan la ecología” al mundo real: 1) Bloqueo de las infraestructuras que permiten los desastres ambientales. 2) Desmantelamiento colectivo y festivo de las industrias tóxicas. 3) Ocupación de tierras.

El gran mérito suyo es haber sabido sustentar el gesto radical sobre una composición de las diferencias que tiene que ser inteligente y, a la vez generosa

De esta manera el gesto radical, situado y multiplicado, se transforma en acción directa y de masas. Se trata de “Golpear fuerte y dónde haga daño”, aseguran en su manifiesto. Huir de los desfiles reivindicativos que sólo amplifican la resignación y nos condenan a ser víctimas de la espera. Combinar alegría y desesperación para conseguir, por lo menos, pequeñas victorias que empujen a seguir adelante. La pregunta tradicional acerca de quién es el sujeto político queda borrada, como asimismo la cuestión de la violencia. Les Soulèvements de la terre no defienden la naturaleza, son la naturaleza que se defiende. Red, movimiento, y también, organización política. Todo a la vez. El gran mérito suyo es haber sabido sustentar el gesto radical sobre una composición de las diferencias que tiene que ser inteligente y, a la vez generosa. No en vano, rechazan ser un frente o una alianza de grupos políticos. Marx defendía que “la revolución social del siglo XIX no puede extraer su poesía del pasado, sino sólo del futuro.1 No puede ella misma dar comienzo antes de desprenderse de toda la superstición del pasado”. Por unos momentos, y esa es la enseñanza fundamental, parece que Les Soulèvements de la terre han hallado modos concretos para deshacerse de estas supersticiones que, en el fondo, no son más que repeticiones cansadas de caminos cerrados.

  1. El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Madrid, 2003, pg. 37. 

Fuente: Zona de Estrategia

12 de marzo, día de la hinchada // Diego Sztulwark

Hace más de un año que el país tolera masivamente el ajuste, los jubilados protestan y la policía los reprime miércoles tras miércoles. Sin que haya una reacción de partidos ni sindicatos. Ayer, miércoles 12 de marzo, los hinchas de todos los equipos de fútbol se convocaron para apoyar el reclamo. El gobierno, que hace del aguante un llamado a tolerar la motosierra (poda del gasto público) y la licuadora (pérdida de ingresos populares), choca de frente con el sentimiento y el habla de la hinchada, que vive el aguante no como sumisión indigna sino como banque popular a los colores amados. Vote a quien vote el hincha no es mileísta sino maradoniano.

Por la tarde, mientras las primeras multitudes se acercan al Congreso el gobierno miente y demoniza: «no son jubilados, sino barras». Y ordena reprimir salvajemente para evitar la concentración. Los grandes medios acompañan la versión criminalizante. El salvajismo policial arroja un símbolo: esta hora el fotógrafo Pablo Grillo lucha por su vida. A nadie puede sorprender que la Ministra Bullrich haya dado semejante orden, ni que mienta descaradamente ni que hable de “golpe de Estado”. Más difícil de creer es, en cambio, que las bancadas mayoritarias en el Congreso no fuercen su renuncia.

Ayer vimos nítidamente entonces dos dinámicas: de un lado la reaparición del plebeyismo y la calle, del hartazgo y la justa furia: un cambio de clima social. Del otro el aparato represivo cebado, la descomposición política e institucional del equipo de gobierno, y su intento -su única apuesta- de continuar acelerando por arriba.

Se adivinan, de nuevo, dos países.

De hecho, tenemos la sensación de que la situación ha cambiado. Ya nada será lo mismo. Desde la asunción de Trump, Milei ha tropezado en su intento de intensificar su modo de ejercer el poder. Ese modo es: acelerar imprimiendo a la velocidad torpeza, ilegalismo e impunidad. Lo que antes le salía, ahora le cuesta. Durante 2024 parecía monopolizar la escena. Sin embargo, este año las cosas se dan de otro modo. La marcha del orgullo antifascista y antiracista del 1 de febrero fue una respuesta contundente a sus palabras ofensivas pronunciadas en Davos: dividió al país en dos. Como se dijo en aquella convocatoria, si vamos a hablar de género, en la Argentina sólo hay fascistas y antifascistas. Luego vinieron las memecoin (y el intento de nombramiento de los jueves para cubrir el escándalo de las memcoin), y a eso le siguieron las desopilantes argumentaciones del personal gubernamental -anunciando que al gobierno no le corresponde poner dinero y construir obra pública- como toda reacción al desastre ocurrido en la ciudad de Bahía Blanca. Ayer, en medio de una Buenos Aires regada de gases lacrimógenos, podía verse por la TV a diputados mileístas a las trompadas dentro del Congreso.

Por supuesto, lo previsible es que el gobierno siga su curso, cada vez más veloz; que a la agenda anti woke le siga el acuerdo con el FMI y, sino, alguna otra. Es posible también que una parte nada insignificante del país lo apoye. Y que la crisis política general siga jugando en favor de una sensación de falta de alternativas que le sirva a Milei para encarar las elecciones legislativas de este año. Pero Milei ya no controla sus agendas, del mismo modo que no controla la calle. Y la aceleración sin rumbo puede conducirlo a cualquier lado. En este contexto, la reanimación de la CGT y los partidos, es poco menos que una obviedad exasperante. Pero la sola idea de un sindicalismo que actúa para “contener”, y de una política que actúa para “representar” el descontento por la vía de un frente electoral de tipo republicano -y no anti neoliberal- podría ahondar más la fosa entre la calle y las estructuras. En la Argentina no hay política sin conflicto, historia sin antagonismo, ni política popular sin componente plebeyo. Y en la Argentina posterior al 12 de marzo se plantean urgencias indisimulables, como neutralizar la acción del aparato represivo y volver a imaginar una sociedad capaz de resistir al brutalismo libertariano. Ojalá la hinchada vuelva a convocar.

La lógica de los disturbios // Paolo Virno

Foto: Rodrigo Ruiz

Actualmente, la única política fina y clarividente reside en los disturbios callejeros. El resto es danza de la lluvia, cuentos de un loco contados por un borracho, pequeñeces, Veltroni.[1] Veamos el grand tour de los últimos meses. Londres endulzada por los disturbios contra el aumento de las tasas de matrícula, Atenas, Túnez, El Cairo, la «genealogía de la moral» reescrita en la Plaza del Sol de Madrid, los rostros altivos y fraternales de los setecientos detenidos por la policía en el puente de Brooklyn, el camión de los carabinieri incendiado el 15 de octubre en Roma. Este es el catálogo, podría decir un Leporello[2] finalmente no servil. Estamos ante una especie de G7 extraestatal, que mantiene a raya con cierta rudeza a ministros marginados y policías pendencieros, empeñados en violar a toda costa la «zona roja».

Utilizo a propósito un término anticuado, e incluso desacreditado, como «disturbio». Lo utilizo para distinguir claramente este tipo de conflicto de las insurrecciones proletarias del siglo XX, pero también de cualquier forma de protesta exacerbada y, sin embargo, fisiológica. No se trata de ensayos generales de una revolución encaminada a una gestión diferente de los aparatos del Estado, pero tampoco de frenéticos asaltos a los hornos.[3] Esta dimensión intermedia, constituida por explosiones concentradas en el tiempo, debe ser cuidadosamente investigada, y definida positivamente, con categorías apropiadas. Hasta que descubramos, tal vez, que la agitación no tiene nada de «intermedio», sino que es un prototipo original. Se dirá: la crisis económica segrega sus efectos, y ahora, en lugar de escrutar la «opinión de los mercados» con devoción canina, los poderosos de la tierra tienen que lidiar con la reacción impaciente de la multitud. Cierto, pero eso no es todo: en las revueltas actuales, que emanan de un río cárstico hasta ahora no detectado y que, a veces, retornan presurosas, hay algo más y algo diferente. Algo que atañe al núcleo duro de la filosofía política moderna.

Llamo disturbio a la forma de acción política que revoca el pacto de obediencia al gobernante de turno. También llamo disturbio a la declaración de un estado de excepción por parte de los oprimidos. Llamo disturbio, por último, al episodio crucial de un éxodo, al momento en el que la multitud decidida a abandonar el Egipto del trabajo asalariado se enfrenta a las tropas del faraón. Para aclarar estas tres afirmaciones, es necesario detenerse en algunos conceptos generales.

La paradoja de la obediencia

¿Por qué hay que obedecer? Esta es la única pregunta que importa a la hora de reflexionar sobre las instituciones políticas. Quienes respondieran: porque la ley lo exige, se condenarían a un regreso al infinito. De hecho, es demasiado fácil preguntar a su vez: bien, pero ¿por qué hay que obedecer a la ley que impone la obediencia? ¿Acaso en nombre de otra ley anterior o más fundamental? Pero es evidente que la pregunta inicial se aplicaría también a esta última. Así, yendo paso a paso, nunca se llega a un resultado concluyente. ¿Y entonces?

El problema que se plantea con respecto a la obediencia no tiene nada de extraordinario. La posibilidad de un regreso al infinito caracteriza la vida del Homo sapiens en todas partes. Nuestro pensamiento, nuestra praxis y nuestros afectos pueden precipitarse en cualquier momento en una interminable marcha atrás, sancionada por la fórmula «y, así, sucesivamente». Algunos ejemplos, para entendernos. Pensemos en el niño que pregunta la razón de un determinado acontecimiento y, luego, la razón de esta razón, y de nuevo la razón de la segunda y más fundamental razón, etc., dando lugar así a una vertiginosa jerarquía ascendente de «¿por qués?». Y pensemos en el desarrollo de una emoción: siento vergüenza de hacer el ridículo, pero luego siento vergüenza de sentir vergüenza y, por qué no, también ocurre que siento vergüenza de sentir vergüenza, y, así, sucesivamente. Y he aquí un caso en el que los filósofos se han roto la cabeza: intento describir mi yo; para ello, sin embargo, debo describir también el yo que está investigando el yo; idearé una segunda descripción que incluya también el yo que indaga, etc., etc. Aquí, estas espirales de espirales cada vez más amplias son una especie de estribillo, a la vez familiar e inquietante, que acompaña, y hasta cierto punto condiciona, toda experiencia. En términos muy generales, podríamos decir que nos encontramos con una regresión al infinito cuando la solución de un problema no hace más que volver a plantear el mismo problema, aunque a un nivel más abstracto.

Sin embargo, está claro que no podríamos vivir ni un solo día si estuviéramos a merced del «y, así, sucesivamente, ad infinitum». Para hablar y actuar con eficacia, tenemos que detener la marcha atrás del «¿por qué?», tenemos que mantener a raya la ilimitación que brota de nuestro propio pensamiento. Lo que realmente caracteriza la vida humana no es la regresión al infinito como tal, sino las numerosas técnicas que nos permiten truncarla o inhibirla. La interrupción de la regresión al infinito es, quizá, el modelo de lo que llamamos «decisión». Al fin y al cabo, decidir significa precisamente truncar, acortar. Contrariamente a la creencia popular, la decisión no es una prerrogativa aristocrática, sino un humilde movimiento adaptativo, sin el cual no podríamos salir adelante.

Volvamos ahora a la cuestión que nos interesa: ¿por qué obedecer? Hay que formular una respuesta que pueda truncar la regresión al infinito asociada a la búsqueda de una ley que fundamente la obediencia. La obediencia a las normas no puede basarse en una norma; la aplicación de las normas no puede justificarse por una norma. Pero aquí está el punto: hay diferentes maneras, de hecho, diametralmente opuestas, de interrumpir la regresión al infinito. Está la solución propuesta por Hobbes, es decir, por la teoría moderna de la soberanía estatal (quien quiera puede leer «Sarkozy» o «Blair» o «Mubarak» en lugar de «Hobbes»). Pero también está la solución que se vislumbra en las recientes revueltas de Londres, Túnez, Roma, Madrid y Nueva York. La alternativa está entre dos tipos contrapuestos de «basta ya», entre dos tipos incompatibles de decisión.

Para Hobbes, la obediencia a las leyes se justifica por un hecho, en sí mismo inconmensurable para cualquier orden normativo: el paso del «estado de naturaleza» al «estado civil». Con una advertencia: por «estado de naturaleza» no debe entenderse una realidad prehumana, sin lenguaje ni regulación. Nada de eso: el llamado «estado de naturaleza» se compone de deseos, intereses, costumbres y discursos que son propiamente humanos, pero que aún no tienen un estatus jurídico. Aunque existen todo tipo de normas, no hay certeza de que se apliquen de forma automática y uniforme. Veamos ahora cuál es el razonamiento de Hobbes. Salir del «estado de naturaleza» y entrar en el «estado civil» significa, en su opinión, comprometerse a obedecer antes incluso de saber lo que se ordenará: «La obligación de obediencia, en virtud de la cual las leyes civiles son válidas, precede a toda ley civil». Por tanto, no se encontrará ninguna ley particular que ordene explícitamente no rebelarse. Si la aceptación incondicional del mandato no estuviera ya presupuesta, las disposiciones legales concretas (incluida, por supuesto, la que reza «no te rebelarás») no tendrían validez. Hobbes sostiene que el vínculo original de la obediencia deriva de la «ley natural», es decir, del interés común por la autoconservación y la seguridad. Sin embargo, se apresura a añadir que la ley «natural», es decir, la superley que exige el cumplimiento de todas las órdenes del soberano, solo se convierte en ley «cuando se ha salido del estado de naturaleza, por tanto, cuando el estado ya está establecido». He aquí la paradoja de Hobbes: la obligación de obediencia es, al mismo tiempo, causa y efecto de la existencia del Estado; se sustenta en aquello de lo que es fundamento; precede y sigue al mismo tiempo a la formación del «imperio supremo».

Los disturbios callejeros del 15 de octubre en Roma, y más aún los de Madrid y Nueva York, apuntan a la obediencia preliminar y sin contenido sobre cuya base se rige la máquina estatal. Sería un disparate creer que una revuelta implica una desobediencia perpetua, una ausencia total de reglas. Incluso en las barricadas obedecemos órdenes, instrucciones y preceptos. Ni que decir tiene que no se puede prescindir de reglas más o menos vinculantes y de una cierta disciplina en su cumplimiento. Solo un terrateniente, o un artista que no tiene ni idea de lo que es el arte, puede abogar por una arbitrariedad sin límites. La partida se juega en la génesis de las reglas, en la posibilidad de transformarlas, en su aplicación variable a casos individuales. Los disturbios hacen añicos la obligación preventiva de obedecer las leyes y, de este modo, dan lugar a una forma distinta de concebir tanto las leyes como la obediencia.

Los disturbios también interrumpen el regreso al infinito inherente a la pregunta «¿por qué obedecer?». Pero la interrumpen de un modo que, repito, está en las antípodas de lo propuesto por Hobbes y sus descendientes. En las insurrecciones se siente todo el peso de la vida prejurídica, es decir, del «estado de naturaleza». Es más, las insurrecciones muestran claramente la imposibilidad de salir del «estado de naturaleza» y, por tanto, la inseparabilidad entre las condiciones reales de existencia y las normas. Cuando una norma es controvertida, es necesario volver por un momento más allá de ella, adoptando como sistema de referencia lo que Wittgenstein llamaba «el modo de comportarse de los humanos». El recurso al «modo de comportarse común a la humanidad» desactiva el regreso al infinito, pero, atención, lo desactiva instalando la vida natural, es decir, los deseos y hábitos colectivos, en el corazón mismo de las instituciones históricamente determinadas. El «modo de comportarse común a los humanos» se convierte en el criterio decisivo para determinar si, y hasta qué punto, deben obedecerse las normas hasta ahora vigentes.

El estado de excepción de los oprimidos

Es bien sabido que en tiempos de crisis el soberano puede suspender las leyes ordinarias y proclamar el estado de excepción. ¿En qué consiste? Bien mirado, el estado de excepción no es otra cosa que el procedimiento por el cual el propio poder constituido permite que el «estado de naturaleza» irrumpa en el «estado civil», por un momento, y en su propio beneficio. En esa coyuntura, toda cuestión de derecho vuelve a ser una cuestión de hecho. Dicho más sencillamente: las iniciativas concretas del soberano adquieren un valor normativo inmediato, desaparece toda distinción entre norma y decisión ocasional.

Es bien cierto que el estado de excepción proclamado por el soberano es muy temible. Y es bien cierto que es el expediente para confirmar el pacto preliminar de obediencia. Uno se pregunta, sin embargo, si el estado de excepción no contiene en su seno ciertos principios que pueden beneficiar también al funcionamiento normal, fisiológico, de las instituciones no estatales, de las que dejan de lado toda forma de soberanía. Una cuestión crucial, creo, en una fase histórica en la que el estado de excepción es instituido cada vez más por los disturbios de la multitud.

En resumen: tanto en el estado de excepción como en los disturbios, toda norma es, sí, un criterio para medir las elecciones y los comportamientos, pero, también, al mismo tiempo, algo que a su vez debe ser medido, sometido a verificación, eventualmente modificado. Las normas que hay que obedecer son siempre contingentes, como contingentes son los acontecimientos que marcan nuestra vida. Se podría decir que las normas son hechos empíricos que durante un tiempo se vuelven rígidos, convirtiéndose en los raíles sobre los que discurren las acciones, las experiencias y los deseos. Pero lo que se ha vuelto rígido, tomando forma de norma, sigue siendo un hecho empírico, ciertamente, no algo necesario o trascendente. Por lo tanto, puede volver a un estado fluido, dando paso a otros raíles-normas, que también son provisionales y reversibles. Obedecer una norma siempre va acompañado de la posibilidad de cambiarla. En la república que ya no es estatal, prefigurada por la política previsora y afinada que conforman los actuales disturbios callejeros, el tenor contingente de las normas pasa a primer plano tanto como el alcance regulador de las acciones contingentes.

Rodrigo Ruiz / @ardianrodrigoruiz

Éxodo

Decía al principio que las convulsiones contemporáneas no tienen nada que ver con las revoluciones proletarias del siglo XX. Más bien se inscriben en un patrón de transformación radical de lo existente que, a falta de un nombre mejor, denomino «éxodo». Me gustaría ahora aclarar, al menos a grandes rasgos, el significado que atribuyo a este término, que es bíblico y, sin embargo, muy actual.

Entre las muchas formas en que Marx describió la crisis del proceso de acumulación capitalista (sobreproducción, caída tendencial de la tasa de ganancia, etc.), hay una que pasa casi desapercibida: la deserción obrera de la fábrica. Marx habla de una desobediencia febril y sistemática a las leyes del mercado de trabajo en la fase inicial del capitalismo norteamericano cuando su análisis del modo de producción moderno se topa con la epopeya del Oeste. Las caravanas de colonos que se dirigen a las Grandes Llanuras y el individualismo exasperado del frontiersman aparecen en sus textos como una señal de dificultad para Monsieur le Capital. La «frontera» se incluye de lleno en la crítica de la economía política.

La pregunta de Marx es sencilla: ¿cómo ocurrió que le resultara tan difícil al modo de producción capitalista imponerse precisamente en un país que tenía la edad del capitalismo, nacido con él, sobre el que no pesaba la viscosa herencia de los modos de producción tradicionales? En Estados Unidos se daban en toda su pureza las condiciones para el desarrollo capitalista y, sin embargo, algo no funcionó. No bastaba con que el dinero, la fuerza de trabajo y la tecnología fluyeran en abundancia desde el viejo continente, no bastaba con que las «cosas» del capital se reunieran en una tierra sin nostalgia. Las «cosas» se quedaron como estaban, durante mucho tiempo no se convirtieron en una relación social. La causa de este impasse paradójico reside, según Marx, en el hábito contraído por los inmigrantes de abandonar la fábrica al poco tiempo, dirigiéndose hacia el Oeste, hacia la frontera.

La frontera, es decir, la presencia de un territorio ilimitado por poblar y colonizar ofrecía a los trabajadores estadounidenses una oportunidad verdaderamente extraordinaria de hacer reversible su condición de partida. Cuando se cita la famosa «riqueza de oportunidades» como raíz y blasón de esa nueva civilización, se suele olvidar subrayar la oportunidad decisiva, que marca una ruptura con la historia de la Europa industrial: la de huir en masa del trabajo asalariado.

La disponibilidad de tierras libres hace que el trabajo asalariado se vuelva una red de amplias mallas, un estatus temporal, un episodio limitado en el tiempo. Ya no es una identidad perenne, un destino irrevocable, una condena a cadena perpetua. La diferencia es profunda, y nos habla de hoy. La dinámica de la frontera, o el enigma americano, constituye una poderosa anticipación de los comportamientos colectivos contemporáneos. Agotadas todas las salidas espaciales, en las sociedades del capitalismo tardío retorna, sin embargo, el culto a la movilidad, la aspiración a escapar de una condición definitiva y la vocación de desertar del régimen fabril.

A diferencia de lo que ocurrió en Europa, en los albores del industrialismo americano no hubo campesinos reducidos a la pobreza que se convirtieron en obreros, sino jornaleros adultos que pasaron a ser agricultores libres. El problema del autoempleo adquiere aquí una conformación insólita, que tiene también muchas notas de actualidad. En efecto, el trabajo autónomo no es un vestigio encogido y asfixiado, sino que arraiga más allá del sometimiento asalariado (o, al menos, a su lado). Representa el futuro, lo que sigue y se opone a la fábrica. Además, en lugar de ser tachada de idiotismo e impotencia, la relación con la naturaleza adquiere los rasgos de una experiencia inteligente, precisamente porque viene después de la experiencia de la industria.

El paradigma de la deserción, que surgió por primera vez cerca de la «frontera», abre perspectivas teóricas imprevistas. Ni el concepto de «sociedad civil» elaborado por Hegel, ni el funcionamiento del mercado esbozado por Ricardo ayudan a comprender la estrategia de la fuga. Es decir, una experiencia de civilización basada en la continua evasión de los papeles establecidos, en la inclinación a trucar la baraja mientras se juega. La «frontera» se convierte en un arma crítica tanto contra Hegel como contra Ricardo, porque sitúa la crisis del desarrollo capitalista en un contexto de abundancia, mientras que el «sistema de necesidades» hegeliano y la caída ricardiana de la tasa de ganancia solo son explicativos en relación con la escasez dominante.

Hoy, el equivalente de las tierras libres que permitieron el éxodo de la fuerza de trabajo hacia Occidente, lejos del régimen fabril, está constituido por lo que llamamos «bienes comunes». O, mejor, por esos bienes comunes excepcionalmente importantes que son el pensamiento, el lenguaje, el conocimiento y la cooperación social. La «frontera» a colonizar coincide con el general intellect del que hablaba Marx, con ese «cerebro social» que comparten todos los miembros de la especie sin pertenecer a nadie en particular. La abundancia potencial del general intellect permite, hoy, la salida del Egipto del trabajo asalariado. La correlación de fuerzas entre clases también se define ahora por la evasión, en definitiva, por la existencia de vías de fuga. El nomadismo, la libertad individual, la deserción y el sentimiento de abundancia alimentan el conflicto social actual.

La cultura de la defección, es decir, del éxodo, es ajena a la tradición democrática y socialista. Esta última ha interiorizado y vuelto a proponer la idea europea de «confín» frente a la idea estadounidense de «frontera». El confín es una línea en la que detenerse, la frontera es una zona indefinida en la que avanzar. El confín es estable y fijo, la frontera móvil e incierta. Uno es un obstáculo, la otra una oportunidad. La política democrática y socialista se basa en identidades fijas y delimitaciones seguras. Su objetivo es restringir la «autonomía de lo social», haciendo exhaustivo y transparente el mecanismo de representación que vincula el trabajo al Estado. El individuo representado en el trabajo, el trabajo en el Estado: una secuencia sin fisuras, basada como está en el carácter sedentario de la vida de los individuos.

Se comprende así que el pensamiento político democrático haya fracasado frente a los movimientos juveniles y las nuevas inclinaciones del trabajo dependiente. Por decirlo en los términos de un excelente libro de Albert O. Hirschman (Exit, Voice and Loyalty, 1970),[4] la izquierda no vio que la opción exit (abandonar, si es posible, una situación desventajosa) se volviera preponderante sobre la opción voice (protestar activamente contra esa situación). Al contrario, denigró moralmente el comportamiento de «salida». La desobediencia y la huida no son, sin embargo, un gesto negativo que exima de la acción y la responsabilidad. Al contrario. Desertar significa cambiar las condiciones en las que se desarrolla el conflicto, en lugar de estar sometido a ellas. Y la construcción positiva de un escenario favorable exige más ingenio que la confrontación en condiciones predeterminadas. Un «hacer» afirmativo cualifica la defección, dándole un sabor sensual y operativo para el presente. Se entra en conflicto a partir de lo que se ha construido huyendo, para defender relaciones sociales y formas de vida nuevas, que ya se están experimentando. La antigua idea de huir para golpear mejor se combina con la certeza de que la lucha será tanto más eficaz cuanto más se tenga algo que perder más allá de las propias cadenas.

Escrito en el año 2011

(Este texto forma parte de la selección de artículos recopilados en La sustancia de lo que se espera)

 

[1] N. del T.: Se refiere a Walter Veltroni (1955), quien fuera Secretario General del PD, alcalde de Roma y Ministro en el gobierno de Romano Prodi, entre otros cargos. Es decir, uno de los mayores representantes de la socialdemocracia italiana de los últimos tiempos.

[2] N. del T.: Se refiere al sirviente de Don Giovanni, en la ópera homónima de Mozart.

[3]N. del T.: Se refiere al conocido como el «disturbio del pan» que Alessandro Manzoni narra en el capítulo XII de I promessi sposi [Los novios, Akal, Madrid, 2015], un clásico de la literatura italiana. Una multitud hambrienta asalta un horno de pan de Milán llamado «delle grucce», pero, para incredulidad de Renzo, el protagonista de la novela junto a su novia Lucía, los asaltantes queman lo obtenido en el saqueo en la plaza de Roma de la ciudad transalpina.

[4] N. del T.: Ed. cast., Salida, voz y lealtad. Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y Estados, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1977.

Fuente: Tercero Incluido Blog

Represión preventiva. Belleza y espanto. // Agustín Valle

En la cercanía entre una belleza extrema y un espanto monstruoso se apoya el intento de los medios de deformación de confundir ambos polos. La hermandad entre los hinchas de todos los equipos del fútbol argentino tiene un afluente certero: Diego Maradona, mayor ícono de nuestra cultura popular, poderoso porque la gente lo quiere. Maradona y su legado, el ímpetu solidario de poner el cuerpo para fortalecer a los más frágiles y animarse a la pelea contra los más poderosos. Pero acaso la conmovedora reunión de ayer, decidida fraternidad entre los que jugamos muy en serio a ser rivales (pero guardando una moral anti-policíaca, el hinchismo, como pocos espacios sociales guardan), y que fuimos juntos con miedo, a pesar del miedo, haya sido también efecto indirecto, subterráneo, de lo que las mujeres, lo femenino, los feminismos, generaron en las sensibilidades argentinas en la última década; quizá. Hermandad igualitaria, fiesta y coraje contra los poderosos de siempre. Abuela la la la la la.
Fiesta de belleza era por sí misma la reunión multitudinaria de ayer, futboleros bancando ancianos. La barra del abuelo. Poesía pura. Pero llegábamos antes del horario pautado y ya en el andén del subte había gas lacrimógeno y el eco de las herramientas de dañar en que invierte el Estado nacional sus ajustados recursos. El gobierno implementó una represión preventiva. No querían que se reuniera la gente frente al Congreso. Entonces agredían en todas las direcciones, excéntricamente. Para esto ubicaron a sus agentes del daño en posición deliberadamente rodeada por la multitud; una estrategia que necesitaba y producía una crispación agresiva lo más alta posible de los represores. Inundaron de violencia la escena antes de las cinco de la tarde para amedrentar y que mucha gente que estuviera yendo se asustara y volviera a su casa. Muchos en efecto lo hicieron. Sin embargo éramos muchos miles. ¿Convocados por quien? ¿Organizados por quien? Por nadie, por todxs. Ninguna estructura, ningún partido, ninguna organización definida, ningún líder fetiche -solo Diego, que estás en la tierra-. La convocatoria multitudinaria de ayer no tiene propietario. Por eso los medios de deformación intentan asignarle dueños demonizados: kirchnerismo, barra brava, izquierda.
Pero la violencia salvaje que buscaba evitar que la gente llegara y, además, que que se reuniera toda junta, que los muchos fuéramos uno, es signo inequívoco del miedo que le tienen a la movilización multitudinaria. Sobre todo a la movilización multitudinaria sin jefatura: a la cultura autónoma de resistencia multitudinal argentina.
Desde el comienzo de este nuevo gobierno de la derecha se ven despliegue represivos impresionantes, que mucha gente calificó de “desproporcionados” o “desmedidos”. Pero no, no son desproporcionados: guardan proporción con lo que la movilización multitudinaria ha demostrado en la historia reciente que es capaz. La represión preventiva quiere evitar que les pase lo que les pasó en diciembre 2017, cuando la movilización social le atestó una estocada al gobierno de Macri de la que nunca se recuperó y desembocó, luego, en su estrepitosa derrota electoral. De hecho tanto el contrabandista hijo de Franco como la fanática del poder y la violencia que convierte al ministerio de Seguridad en ministerio de Represión a la protesta, varias veces dijeron que querían volver al gobierno para que no les vuelva a pasar lo que ellos nombran como “14 toneladas de piedras”. Recuerdan por supuesto también el 2001, cuando la movilización multitudinal autónoma derrocó no solamente a un gobierno, sino una política, a una forma de gobernar.
La política es entre otras cosas la distribución de los miedos (¿quién tiene miedo? ¿El laburante, de perder el laburo? ¿Los privilegiados, en cuanto tales? etc). Éste es un gobierno terrorista: triunfará si la multitud incorpora miedo y renuncia a su cultura de resistencia. Tiene dos ejes centrales el actual gobierno: la programática represión preventiva a la potencia de la movilización social, y la subordinación de la economía argentina (es decir de las fuerzas vivas que pueblan esta tierra) a los centros de poder financiero globales (particularmente yanquis, patéticos lamebotas). Huelga decir que ambos ejes son caras de una memecoin. Por eso también el presidente festeja el proteccionismo adoptado por Trump, tan contrario a la ideología que fanáticamente pregona: porque su pasión en verdad es política, y toda la ideología de la austeridad liberal, presuntamente técnica, no es sino un modo económico de reproducir cierto régimen de relaciones de poder: la desigualdad totalitaria. Robarle la calle a la movilización, que la calle ya no sea de la multitud, es parte del régimen de extractivismo extremista de plusvalor de las vidas.

Pero la gente libera las calles. Y ellos, los monstruos, los que se disfrazan de monstruos, actúan como monstruos, se convierten en monstruos, también se cansan, también se asustan, también se queman. No tienen el coraje que mostró ayer el pueblo argentino. No tienen el amor puro que mostró ayer el pueblo argentino: sus alegrías son reactivas, dependen y son inseparables de sus odios, de sus tristezas; necesitan estructuralmente la violencia; por eso son crueles: necesitan demostrar ejemplarmente la destitución de la semejanza. Hay que cuidarse tanto como no rendirse. No pasarán.

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