Anarquía Coronada

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El problema de los argentinos (y las argentinas). Relato dedicado a Facundo Burgo Ferreyra // Mariano Pacheco

No era un “inocentón”, no. Era un niño.

“Nuestras bellas almas son racistas”

Jean Paul Sartre

El problema son los choros. Y los ñoquis. Sí. Ahora. Ahora el problema son los choros y los ñoquis. Los ñoquis y los vagos. Los que piden monedas. Los trapitos. Los que venden estampitas. Que venden, va. Que te extorsionan con la imagen de un santo. O de la Virgen. Virgen deberían ser esas chicas. Esas mugrosas. ¡Que vayan a laburar! El problema es que no quieren laburar. Les das un trapo de piso y salen corriendo. Que se van a poner a limpiar. Igual hay que tener cuidado. Le das la mano y te toman el codo. Le abrís la puerta de tu casa y te roban. Las negras siempre roban. Te roban tu casa. Y si te descuidas te roban el marido. O te lo toman prestado. No te lo sacan del todo. Te lo llevan por un rato. Las negras se calientas con los tipos de guita. Se hacen la croqueta. Se piensan que ellas también serán como las negras de las novelas: lograr que un tipo lindo y de guita se enamore de ellas. Pero eso sólo se ve en las pantallas. Y las negras no son negras. Son blancas que actúan de negras. De provincianas. Igual también están los blanquitos que son negros de alma. Los que salen a la calle a hacer quilombo. Porque le dicen protesta pero es hacer quilombo. Una cosa es salir con una olla y una cuchara, como puede hacer una de nosotras, que se yo, a hacer un poco de ruido, y otra cosa es cortar una calle. Prender fuego. Los tipos sin remeras, todos sudados. ¡Que vayan a la-bu-rar! Pero que van a laburar estos… Queres un electricista y no hay. Querés un plomero, y no hay. Queres uno que te destape el baño al menos, tampoco hay. Siempre tienen otros trabajos “pendientes”, te dicen. Por una pendiente habría que tirar a todos esos negros de mierda. Y a las negras. Solo salen a pedir. O a “protestar”, como le dicen. Las minas llenas de críos alrededor. Claro, por unos mangos que les llueva de arriba las negras ya van y tiene hijos. No uno o dos. O tres. ¡No! ¡Un montón! Las negras se llenan de críos. Y de perros. Y de gatos. Se creen que todavía están esos ranchos del interior de donde vienen. Pero no. Están en la ciudad. Pero bueno. Esto no es de ahora. Antes también. Los negros se hacían los cocoritos en la época de la yegua. Decí que se murió. La mató el cáncer. Decí, que sino alguien igual la habría matado, a ese macho con polleras. Hubo blancos también igual he… Blancos que eran negros de alma. Nenes de mamá contaminados por los negros. Se hacían los héroes metiéndose en la guerrilla. Decí que los mataron a todos. Bueno, no. A todos no. A casi todos. Si los hubiesen matado a todos la cosa se habría terminado. Pero no se terminó. Los negros son así: se multiplican. ¡Otra que los panes de Cristo! Los panes, la harina y la grasa. Este país está lleno de grasa. Otra que tortafritas. Una torta de tortafritas se puede hacer con tanta grasa. Una gran torta. Este país está lleno de tortas. Y de putos. Sí, si ahora hasta se pueden casar. Y tener hijos. Y andar mostrando obscenidades por ahí. El otro día salí de casa y me topé con dos tortas de la mano, caminando como si nada. Y dos putos dándose un beso en medio de la plaza. Mirá si los ven los nenes. ¡Qué degenerados! Pero así estamos: rodeados de putos, de tortas, de cirujas, de negros, de grasas, de ñoquis. ¡Se podría poner un supermercado con todo eso! Pero no. Ni siquiera. Porque ni un negocio como se debe se puede tener en este país. Porque vienen las bolivianas y se te sientan a vender cosas en la puerta. Todo el día ahí sentadas las peruanas. Peruanas no. Bolivianas. Bueno, no sé, es lo mismo. Las negras esas olorientas. Y sus maridos. ¡Qué olor tienen esos tipos! Y sí. Habría que hacer un supermercado con toda esa grasa disponible. O no: se los podría sacar de la Villa y meterlos… En una gran villa. Sí. Pero todos juntos. Los negros, las negras, las tortas, los putos, los peruanos, las indias, las bolitas, los choritos, los que protestan, todos. Meterlos a todos en una villa y prenderla fuego. Para no andar gastando balas en matarlos de a uno. Y sí, que pase un avión y los rocíe de nafta y los mate a todos. Y a todas. De una vez. De una puta vez. A ver si así se dejan de joder…

Meschonnic y las micropolíticas // Diego Sztulwark

(Sobre Spinoza, poema de pensamiento[1])

I.

Los textos de Henri Meschonnic afirman una política del poema y de la traducción. Esa política concierne al lenguaje y a su potencia de transformación: a una interacción entre lenguaje, ética y política capaz de crear modos de vida.

Esa actividad concierne al sujeto del poema, que es diferente al sujeto del psicoanálisis o al de la filosofía (pero también al del “amor” a la poesía). El sujeto del poema se singulariza en la oralidad: carga al signo con las fuerzas del cuerpo e introduce afectos en los conceptos. En todo “nominalismo de los vivos” hay sujeto de poema. También lo hay en la risa ética de la teoría, que no es sino una reflexión sobre aquello que aún no sabemos. El sujeto del poema subjetiva el lenguaje contra el orden, transformando y transformándose: inventando vida virtuosa.

Esta política depende de una crítica; de una crítica del ritmo al signo. Del ritmo, sí, que es rastro del cuerpo en el lenguaje. Significante mayor: marca de las fuerzas que animan y hacen decir a las palabras. La crítica del ritmo se rebela contra el reino del signo autonomizado; contra el modo en el que el signo, separado, se vuelve borrante del cuerpo.

Crítica es guerra, sí: pero no polémica. Porque no se trata de vencer, sino de historizar, de mostrar funcionamientos y de inventar. Crítica del genio de la lengua (sea el hebreo o el griego, el alemán o el francés). Crítica del saber interpretativo que extrae sentido de la letra y la palabra. Crítica, en definitiva, del puro signo. Del modo en que el signo puro semiotiza lo social. Crítica de lo teológico político. Del modo en el que lo “semio” (signo espiritualizado) comanda el sentido.

Crítica y política constituyen el territorio de encuentro de Meschonnic con Spinoza en un bellísimo libro que Hugo Savino está terminando de traducir y que presentaremos en breve en Buenos Aires: Spinoza, poema de pensamiento.

II.

Meschonnic corta cabezas a mansalva. Es el escándalo mismo: un poeta masacrando filósofos. Roza lo insoportable. ¿Qué ve este poeta serial en Spinoza? Un antídoto contra la filosofía: el Lado Spinoza de la vida como antídoto contra el Lado Descartes (o el Lado Hegel) de la vida. Que es como decir: Lado Inmanencia contra Lado Trascendencia. Lado Natura (de la radical historización) contra Lado Teológico (en el que se funden lo sagrado, lo divino y lo religioso).

Spinoza como poema de pensamiento es una cima desde la cual reprocharle a la filosofía académica su tentativa por hacer del spinozismo un sistema explicativo, de hacer de Spinoza un hecho pedagógico; y a los intelectuales “comprometidos” (pero también a los estetizantes) por haber cedido a la separación entre política y lenguaje: política sin poema y lenguaje despolitizado son fórmulas de retorno a la heterogeneidad de las categorías de la razón, de inmersión en lo abstracto y de pérdida de potencia de transformación.

Meschonnic encuentra poema de pensamiento en el funcionamiento del lenguaje de Spinoza[2]: en la  la unidad  del afecto y el concepto; en la interacción entre lenguaje, ética y política. Encuentra allí la fórmula del antídoto contra la interminable insistencia que separa la vida humana en cuerpo y alma. Es una cuestión de lenguaje: no hay “unión” sino “unidad” entre cuerpo y alma. Este tipo de indicaciones vuelven atractivo al libro. Un libro que es también problemático porque cuestiona a los comentaristas y pensadores que nos han enseñado a amar a Spinoza.

III.

Leer a Meschonnic no es cosa sencilla. Él mismo enseña que el sujeto de la lectura sólo emerge en una segunda lectura. Dicho de otro modo: es en la relectura que se engendran las preguntas que nos detienen o aceleran, que nos obligan a hacer nuevas conexiones. Sin ese tiempo de las preguntas seríamos devorados por el texto. Por eso leer es entre otras cosas tomar conciencia de las citas con las que funcionamos; poner junto al texto problemas que no son del todo los del autor, o tal vez sí, solo que el lector está llamado a desplazarlos, a introducir su propio replanteo. Sin enfrentarlo a nuestras preguntas, sin confrontarlo con nuestras citas, ¿para qué Meschonnic?

Y el problema es el carácter teológico del signo que no deja pensar, ni saber que no se piensa. Y no se piensa porque este carácter teológico del signo supone una posposición eterna de la sensibilidad sin la cual no es posible la elaboración de nuestras verdades. Es esta eminencia espiritual del signo la que provoca la enemistad de Meschonnic y la que, para mejor comprenderla, me impulsa a extender el planteamiento por medio de citas que no le son afines y que me resultan indispensables. Meschonnic deviene así, un interlocutor tan inesperado como privilegiado para las micropolíticas (asunto que no debería sorprender en la medida en que las micropolíticas conciernen a la dimensión activa de la sensibilidad de toda política).

IV

Por ejemplo, Félix Guattari. También para él se presentaba la cuestión de los signos.  Hace décadas ya selañaba la afinidad entre máquinas semióticas de producción y orientación de flujos y formaciones capitalistas tanto a nivel de la constitución de lo social como del individuo mismo.[3] Era sumamente sensible a la actividad semiótica en el centro del funcionamiento del Capitalismo Mundial Integrado,  en que el signo independizado se torna materia espiritual y anima tanto el mundo imaginario postmoderno como las técnicas de control.[4]

Tras Guattari, Franco Berardi. Bifo retoma esta cuestión del semio-capitalismo como “régimen económico que se alimenta del trabajo mental de un número ilimitado de trabajos precarios y fractales”, una forma de capitalismo “conectivo” en el que la compatibilización digital tiende a colonizar la sensibilidad.[5] El semio-capitalismo define un modo de producción predominante en una sociedad en la que “todo acto de transformación puede ser sustituido por información y el proceso de trabajo se realiza atreves de la producción de signos”. La semiotización de lo social opera coaccionando: toda diferencia será festejada si abandona su capacidad para diferenciarse por su cuenta. Toda diferencia será alentada si se esfuerza por volverse código compatible.

Y Paolo Virno, claro. Interesado en Marx, Virno verifica el ingreso del lenguaje a la producción: “en el postfordismo –escribe– el general intellect no coindice con el capital fijo, sino que se manifiesta principalmente como interacción lingüística del trabajo vivo”.[6]

Conectividad y lenguaje aparecen, así, como operadores fundamentales en el semiocapitalismo. En el semio-capitalismo reina el signo. Y es solo a través del signo así sacralizado que se valoriza el capital, que se produce el mundo como capital.

En el mismo sentido funciona la noción de producción de pseudo-mundos en Maurizio Lazzarato. Para realizar una mercancía -escribe- el capital crea el mundo en el cual los posibles existen como signos (imágenes publiscitarias, por ejemplo) que se actualizan en los cuerpos bajo la forma de cambios en la sensibilidad.[7] La mercancía vale como signo de realización de ese mundo. Suely Rolnik muestra bien cómo la realización del mundo en la mercancía actualiza la promesa del paraíso de la religión.[8] Trabajamos por el éxito, el éxito es la adecuación a signos paradisíacos.

Y Christian Marazzi, que hace foco en cómo funciona el lenguaje en la organización del capital financiero, creando convenciones para que millones de ahorristas de todos los tamaños puedan orientarse sin apelar a referentes corpóreos. El virtuosismo del lenguaje –puesto a coordinar acciones estratégicas y especulativas– ordenando los flujos de inversión.[9]

El capitalismo se vuelve “semio” en el momento en el que el alma abandona al cuerpo, como dice Deleuze para referirse al momento en que la fábrica es abandonada por la empresa, y en particular, por el departamento de ventas.[10] El “semio”, del semio capitalismo, por todos lados.

V.

Walter Benjamin ya lo había visto cuando tituló unos apuntes breves: “el capitalismo como religión”: lo teológico político persiste secularizado. Persiste como política sin transformación y lenguaje ultra-retorizado. Sobre este punto insistía León Rozitchner en sus últimos escritos[11]. Hay una afinidad evidente entre su las críticas de su “izquierda sin sujeto”[12] y las retóricas que se acomodan a lo que Meschonnic ve como el discontinuo teológico, como discontinuo entre cuerpo y signo, como preeminencia del signo, del signo borrante del cuerpo (esa afinidad expresa una común incomodidad frente al estructuralismo).Para Rozitchner la espiritualización del signo, eso que Marx llamaba fetichismo, se opera –castrándolo- en el cuerpo afectivo. Cuerpo contra cuerpo entonces. Cuerpo-Afecto contra Cuerpo-materia devaluada por la exaltación de una razón separada. Cuerpo-Resistente historizado contra Cuerpo-Fetiche espiritualizado por medio de una estetización/semiotización generalizada.

Leer a Meschonnic con Rozitchner permite socializar la potencia política del poema contra aquello que Guy Debord llamaba en La sociedad del espectáculo la unión “de lo separado como separado”.

Me es imposible leer a Meschonnic sin ciertas citas.

VI

Spinoza, poema de pensamiento es el intento por refutar la idea según la cual una filosofía construida more geométrico (como está construida la Etica de Spinoza) excluye la hipótesis de un sujeto creador de sentido. Sólo que este sujeto ya no es el sujeto filosófico apegado a comprender el sentido por medio del signo, sino aquel que surge en la realización de la concatenación potencia-afecto, potencia-concepto, potencia-lenguaje. Es el gran combate del  Tratado Teológico Político: la desacralización de lo divino trascedente.

La vida que este libro de Meschonnic sobre Spinoza pueda tener entre nosotros es aún un misterio. Aunque no es difícil imaginarle vastos territorios sobre los que podría intervenir[13]. En primer lugar, el territorio de la reflexión sobre el lenguaje (una reflexión debilitada según Meschonnic, por el “giro lingüístico”), el terreno de la poesía, del ensayo y del psicoanálisis. En segundo lugar, el de la filosofía y, en particular, el de los estudios sobre Spinoza. En tercer lugar, el territorio del pensamiento político singado por la necesidad de su renovación, sobre todo allí donde los vientos de cambio corren serios riesgos de extraviarse en teorías formalistas, en retóricas declamacionistas y en encierros identitarios.

La actividad del Spinoza de Meschonnic en estos territorios tal vez permita trastocar, hacer trabajar el desencuentro entre el “izquierdismo del pensamiento y su propia incompatibilidad con el intocable signo”. Aprendiendo de Meschonnic a leer en Spinoza el lenguaje como “potencia en acto del intelecto” y como implicación entre “ética y acto de lenguaje”.

Es lo que entiendo cuando leo que el lenguaje vuelve a ser la guerra

[1] Henri Meschonnic, Spinoza, poema de pensamiento; Editorial Cactus y Tinta limón ediciones, Bs-As, 2015-

[2] En su modo de “mal tratar” -es decir, de bien-escribir- el latín

[3] Félix Guattari, Líneas de fuga, por otro mundo de posibles, Ed. Cactus, Bs-As, 2013.

[4] Francisco José Martinez; Hacia una era Post-mediática, ontología, política y ecología en la obra de Félix Guattari, Ed. Montesinos, España, 2008

[5] Franco Berardi (Bifo), Generación Postalfa. Patologías e imaginarios en el semio-capitalismo; Tinta Limon Ediciones, Bs-As, 2007.

[6] Paolo Virno, “Diez tesis sobre la multitud y el capitalismo postfordista”; en Gramática de la multitud.

[7] Mauricio Lazaratto, Políticas del acontecimiento, Tinta Limón Ediciones, Bs-As, 2006

[8] Suely Rolnik, “Geopolítica del rufian”, en Micopolíticas. Cartografia del deseo,  Tinta Limon Ediciones, Bs-As, 2005.

[9] Christian Marazzi, Capital y Lenguajehacia el gobierno de las finanzas; Tinta Limón Ediciones, Bs-As, 2013.

[10] Gilles Deleuze, “Postdata a la sociedad de control”, en Dos regímenes de locos, textos y entrevistas ()1975-1995), Ed. Pre-textos, Valencia, 2007.

[11] León Rozitchner, El materialismo ensoñado, Tinta Limon ediciones, Bs-as, 2011.

[12] León Rozitchner, “Izquierda sin sujeto”, http://www.redroja.net/index.php/pensando-criticamente/2036-la-izquierda-sin-sujeto

[13] Y antes casi no tuvo vida, sólo una pequeña tirada en francés, a cargo de una editorial ya desaparecida

Contra la religión. León Rozitchner y la crítica del marxismo religioso // Pierina Ferretti

“La rusticidad y la incomprensión consisten precisamente

en no relacionar sino fortuitamente

fenómenos que constituyen un todo orgánico”

Karl Marx

 

I

“[…] es el opio del pueblo” blasfemaba en 1844, desde las páginas de la “Introducción” a la Crítica de la filosofía del derecho y del Estado de Hegel, un joven Karl Marx autoexiliado en París. A partir de entonces, y más allá de que la formulación no le pueda ser atribuida exclusivamente[1], este epigrama se ha asumido como el núcleo esencial de la crítica marxista a la religión. Sin embargo, las cosas no son tan simples, ni menos pueden reducirse a la pura negación, cuando hablamos de relación urdida entre religión y marxismo desde los orígenes de la reflexión marxiana y a lo largo de la historia de las tradiciones que se reclaman tributarias del pensamiento de Marx[2].

Sintetizando exageradamente, y de acuerdo con las investigaciones existentes, podríamos decir que las posiciones ante el fenómeno religioso han oscilado entre el rechazo y la asimilación, pasando por un abanico de alternativas en las que estas posibilidades se combinan en distinto grado. Lenin, por mostrar uno de esos extremos, declaraba en 1909 lo siguiente:

“esta máxima de Marx constituye la piedra angular de toda la concepción marxista en la cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son órganos de la reacción burguesa llamados a defender la explotación y a embrutecer a la clase obrera”.

Mientras que casi veinte años después y desde este lado del Atlántico, José Carlos Mariátegui, admirador del líder ruso y de la gesta bolchevique, escribía en una dirección muy diferente:

“Sabemos que una revolución es siempre religiosa. La palabra religión tiene un nuevo valor, un nuevo sentido. Sirve para algo más que para designar un rito o una iglesia. Poco importa que los soviets escriban en sus affiches de propaganda que “la religión es el opio de los pueblos”. El comunismo es esencialmente religioso”.

Se aprecia entonces, que, si bien la beligerancia y la crítica radical hacia la religión han sido predominantes en el marxismo, se hallan igualmente, y en no menor medida, posturas que valoran ciertos aspectos de la religiosidad o que, derechamente, reivindican el carácter religioso del socialismo.

Entre los “clásicos”, autores como Friedrich Engels, Karl Kautsky y Ernst Bloch, prestaron atención al cristianismo primitivo, a las guerras campesinas en Alemania y a la figura de Thomas Mütnzer, llegando a la conclusión de que, en ciertas circunstancias históricas, la religión podía contener un potencial subversivo. Asimismo, intelectuales contemporáneos como Alain Badiou, Antonio Negri y Michael Hardt o Slavoj Žižek y John Milbank, han mostrado una sensibilidad particular hacia la cuestión religiosa, al punto de que es posible apreciar un nuevo impulso en la reflexión marxista sobre la materia, tal como sostiene Bruno Bosteels en su libro Marx y Freud en América latina…:

“En años recientes -apunta en su trabajo- toda una serie de pensadores del lado izquierdo del espectro político parecen sentir la necesidad no sólo de meterse con la religión y con la persistencia de cierta teología política en el pensamiento radical, sino también y especialmente de modelar nuevas formas de militantismo a partir de la figura del santo: desde San Pablo para Badiou y Žižek, a San Francisco de Asís para Hardt y Negri” [3]

Suscribiendo completamente la interpretación de Bosteels, nos gustaría sin embargo plantear que esa sensibilidad hacia la religión, que puede observase en el campo teórico de las izquierdas, adopta proporciones mayores en América latina, donde el llamado “cristianismo liberacionista”, la teología de la liberación y un conjunto de imágenes bien asentadas en la memoria colectiva refuerzan la fusión de marxismo y religión: Camilo Torres, el cura guerrillero, cayendo en combate; Fidel Castro reconociendo la posibilidad de que cristianos y marxistas se encuentren en las luchas revolucionarias; la iconología en torno al Ché que lo muestra como una suerte de Cristo revolucionario; la misma idea de “hombre nuevo” de inocultable raigambre religiosa; el movimiento Cristianos por el socialismo en Chile apoyando a Salvador Allende y los miles de creyentes combatiendo en el Ejército Sandinista de Liberación Nacional y participando constructivamente en el gobierno revolucionario, son solo algunos ejemplos de una lista podría alargarse enormemente.

Estas experiencias y elaboraciones teóricas han ayudado a erigir una manera de asociar militancia revolucionaria y religión que hace que no resulte problemático pensar al militante como un santo o un mártir[4], o que se considere que las metas del “cristianismo verdadero” (aquel encarnado por las comunidades cristianas primitivas, antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión del imperio) son las mismas que las de la revolución socialista; ideas que ya venían instalándose desde el siglo XIX pero cuya gravitación se acentúa en las condiciones históricas abiertas a partir de la segunda mitad del siglo XX en América Latina, en un terreno que había sido abonado desde antes por lecturas como las de José Carlos Mariátegui, quien, considerado como justicia como el primer marxista de América latina, reivindicó abiertamente y sin complicaciones, como vimos en la cita evocada más arriba, el carácter religioso del socialismo[5].

Pues bien, en medio de un clima intelectual y político propenso a fundir marxismo y religión y de experiencias históricas que reforzaron la convergencia entre cristianos y marxistas, la reflexión que desde mediados de los años sesenta fue desarrollando León Rozitchner se nos presenta como una interrupción radical de estas formas estabilizadas. Sus preocupaciones y desarrollos teóricos van a avanzar a contrapelo de las maneras típicas de pensar la relación entre marxismo y religión instaladas por la convergencia entre cristianos y sectores de izquierda en los procesos revolucionarios del continente y de las versiones liberacionistas de la teología y la filosofía, al tiempo que, retomando la crítica marxista de la religión, va a articular una compleja reflexión sobre la relación entre cristianismo y neoliberalismo, sobre las consecuencias negativas que para la izquierda ha tenido la adopción de modelos de militancia inspirados en el cristianismo y, en un sentido más amplio, sobre la persistencia de lo teológico en lo político.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, las líneas que siguen pretender apuntar algunos elementos de la crítica de Rozitchner a la religión que permitan relevar su lugar disrruptivo y desestabilizador de aquellos discursos, tan extendidos en América Latina, en que marxismo y religión se reconcilian, junto con sus aportes a la crítica marxista de la religión. Sin poder todavía realizar una interpretación general del conjunto de su obra, vamos centrarnos en dos momentos específicos: su polémica con el filósofo Conrado Eggers Lan en 1963 y su libro La cosa y la cruz: cristianismo y capitalismo. (En torno a las confesiones de San Agustín) publicado en 1996 [6].

 

II

En un texto bastante temprano, y antes de que el cristianismo liberacionista y la teología de la liberación se convirtieran en los puntos de referencia que son hoy en día, León Rozitchner sentaba las bases de una crítica demoledora a todo intento de lectura cristianizante del marxismo y esbozaba algunos ejes que permanecerían en su universo de preocupaciones teórico-políticas durante todo su itinerario intelectual. Se trata del artículo “Marxismo o cristianismo” publicado en Pasado y Presente en 1963[7], para discutir con el filósofo cristiano Conrado Eggers Lan, de quien se había publicado, en octubre de 1962, la entrevista “Cristianismo y Marxismo”[8]. El juego con el título, y la conjunción disyuntiva “o” elegida por Rozitchner, anuncia su convicción de que no existe posibilidad de conciliación entre cristianismo y marxismo que no signifique una pérdida para este último y que no genere repercusiones perjudiciales para las luchas sociales.

“Debemos formular previamente una salvedad -decía a modo de advertencia en los primeros párrafos de su artículo-: discutir con un creyente, sobre todo si es de buena fe, es siempre una tarea incómoda. Parecería que estamos asignándole culpas que no son suyas, ligándolo a pesar de sus propias declaraciones, y hasta acciones, con aquello que él mismo declara combatir. Es forzoso que esto suceda, sobre todo cuando el problema más importante alrededor del cual gira la discusión es el siguiente: comprender la significación que adquiere la subjetividad bien intencionada cuando se la confronta con actividades y resultados objetivos de los cuales ella misma expresó estar al margen. Y que, en nuestro caso, nos proponemos tenazmente conectar” (subrayados nuestros)[9].

Conectar la subjetividad bien intencionada con resultados objetivos y asociar elementos que en apariencia no están conectados para mostrar su relación es el ejercicio que se propone en el texto. Y lo que quiere conectar, a contrapelo de lo que Eggers Lan argumenta, es la imposibilidad de la emancipación social dentro de los márgenes del cristianismo. Eggers Lan, en una típica dirección socialcristiana, intentaba no solo subsumir al marxismo en el cristianismo (señalando que los objetivos del primero serían, en el fondo, los mismos que aquellos del “cristianismo verdadero”: instaurar un reino de justicia en la tierra, rebelarse contra los poderosos, combatir las estructuras opresivas, etc.), sino también corregir al marxismo de acuerdo con ideales cristianos, en particular el del amor, principio que, a su parecer, estaría ausente de la filosofía de Marx, provocando consecuencias regresivas.

“Es patente, no obstante -dice a este respecto-, que falta en Marx ese principio trascendente, humano-cósmico, esa fuerza de amor universal […] Lo cierto es que, a mi juicio, esa ausencia impidió la total coherencia de una doctrina que por su misma esencia reclamaba el amor, y ha dado origen así a las actitudes contradictorias (por ejemplo, la que en nombre del hombre y de la sociedad acepta y aún reclama la vía de la destrucción del hombre y de la sociedad) […] Y la contradicción que señalo no es meramente teórica, sino que se refleja en la praxis: impide, a mi juicio, consumar la revolución que Marx proclama (que en definitiva consiste en abolir las estructuras del imperio romano, que el cristianismo fue el primero en estremecer), y preserva, por el contrario, tales estructuras imperiales con todo su carácter cesáreo, por más cambios que puedan producirse dentro de ellas. Si el marxismo comprende esta contradicción y esta ambigüedad, habrá encontrado definitivamente el camino revolucionario” [10]

Así, Eggers Lan, juzga al marxismo desde el parámetro del amor cristiano y achaca a la falta de este principio las derivas autoritarias y destructivas ocurridas en los socialismos reales. Sin entrar a discutir aquí el desajuste entre la supuesta causa (falta de amor) y el efecto (los crímenes cometidos a nombre del socialismo), estas consideraciones críticas de Eggers Lan dan pie a una rica reflexión de Rozitchner, quien no desperdicia la ocasión para mostrar, entre otras cosas, los efectos conservadores que se desprenden del amor cristiano y de desarrollar la concepción del amor que puede derivarse del marxismo, otorgando en este ejercicio un rol primordial al odio en tanto disposición afectiva adecuada ante la opresión y la injusticia[11].

Desde un punto de vista general, para Rozitchner, cristianismo y marxismo implicarían “dos formas esencialmente diferentes de concebir la totalidad de los hombres”, que se traducirían, a su vez, en maneras opuestas de entender el amor. En el amor cristiano, donde lo espiritual y lo material se entienden como dimensiones separadas y jerarquizadas, la totalidad se concebiría “como una totalidad simbólica, abstracta, hacia la cual no existe un tránsito material inscripto en mi praxis cotidiana, modificadora de las condiciones sensibles que envuelven a los otros”[12], dando pie con ello a un amor abstracto, inmaterial, y que no persigue efectos en las condiciones concretas de existencia. Al contrario, para el marxismo, la totalidad, concebida como “una totalidad concreta, genérica, que está ligada a cada actividad singular y sensible de mis relaciones con los hombres”[13], conlleva un concepto de amor que involucra “la presencia de los otros en cada acto de mi sensibilidad humana” [14] y que implica la necesidad de transformar la realidad. Allí se encuentra una primera distinción entre amor cristiano y amor marxista que Rozitchner releva.

Por otra parte, y aquí fija otro punto importante, el desprecio por lo sensible del amor cristiano se traducirá en la negación de la lucha de clases y en la anulación de la respuesta afectiva adecuada a la injusticia, el odio.

“[…]el odio -señala en esta dirección-, la falta concreta de amor, no es el hombre sometido quien lo inventa: sólo es la reacción adecuada, precisa, que bordea con todo rigor el contorno del sometimiento. Es la estructura afectiva que su relación con un mundo de sometimiento decantó en él, esa que le permitirá templar el exacto acero para terminar con la impotencia a la que se los quiere reducir […]”[15] (Cursivas de Rozitchner)

Pero el cristianismo, con su amor abstracto, niega el valor del odio, convirtiendo así la fuerza de los oprimidos en impotencia. Citamos en extenso:

“la prédica cristiana impide que la contradicción material y mortal sea asumida en el mismo plano en el cual se ejerce el poder de sometimiento, es decir en el plano material. Aquí es donde la escisión entre espíritu y materia rinde su fruto político disfrazado de lo más alto: de puro amor. La lucha de clases en su específico plano de lucha histórico-económica resulta entonces no ser una lucha también espiritual. El amor universal actual, a su espiritual manera, pretende realizar la conversión de los hombres en el plano del espíritu, pero con ello quiere obtener sobre todo un resultado: convertir la fuerza revolucionaria en debilidad, la transformación de su materialidad humana en abstracción, la reducción de su eficacia creciente a una mera conducta simbólica. Así, a través del «espíritu» es la sangre lo que pretende sorber. Porque a través del «espíritu» despoja precisamente a los sometidos de su único tesoro, de su única brújula en el medio hostil que lo rodea: el odio, es decir la exacta respuesta para la exacta agresión que se les realiza […] ¿para quién va dirigido el llamado al amor? Pues para los que no tienen como único poder sino su odio. Para los que nada tienen, su única fuerza reside en la pasión que los mueve: en su afectividad que agita el músculo que valida el poder creador del cuerpo, que está tendido hacia su obstáculo que con toda precisión el odio, la ausencia de amor, les señala. Es aquí, en este hogar de la rebelión, donde el amor cristiano, disolvente del odio sólo en los sometidos, viene a intentar aplacar una vez más su rebeldía”[16] (Cursivas de Rozitchner).

Los fragmentos escogidos son lo suficientemente elocuentes como para requerir comentarios o explicaciones complementarias. Baste señalar, que estas potentes intuiciones de 1963 van a ir madurando en la reflexión de Rozitchner para alcanzar un grado de penetración mucho más fino en la década de los noventa, cuando aborda de lleno los efectos de la maquina teológico-política cristiana en la formación de la subjetividad moderna.

III

En 1996, León Rozitchner publica La cosa y la cruz: cristianismo y capitalismo. (En torno a las confesiones de San Agustín) (2001). El libro es una extensa reflexión sobre el sustrato teológico-político del capitalismo, desarrollada a partir del análisis de las Confesiones de San Agustín, a quien presenta como modelo de subjetividad necesario de ser constituido para la posterior instalación de la economía capitalista.

La tesis central del ensayo es, básicamente, que “el capitalismo triunfante, acumulación cuantitativa infinita de la riqueza bajo la forma abstracta monetaria, no hubiera sido posible sin el modelo humano de la infinitud religiosa promovido por el cristianismo, sin la reorganización imaginaria y simbólica operada en la subjetividad por la nueva religión del Imperio romano”[17]. Y, siguiendo esa premisa, Rozitchner ve la necesidad de volver a poner atención en la cuestión religiosa, retomando así la tradición de la filosofía moderna -y dentro de ella del marxismo-, que advirtió tempranamente que la tarea de poner en cuestión el conjunto del orden social debía comenzar por la crítica de la religión.  “No por nada -señala nuestro autor-, los análisis crítico-filosóficos que prepararon la transformación social del Estado moderno, y también el advenimiento de la revolución socialista comenzaron con la crítica a la religión como método de sujeción social”[18].

De esta manera, Rozitchner va a regresar a las más ricas intuiciones y desarrollos de Marx acerca de la religión; por ejemplo, al camino trazado de la crítica del cielo y la teología a la de la tierra y la política[19], o a su comprensión del efecto del cristianismo sobre la subjetividad[20] o a su entendimiento de la imbricación existente entre esta doctrina, con su culto al hombre abstracto, y el capitalismo[21], pero, al mismo tiempo, va a mostrar los límites de la crítica marxista a la cuestión religiosa y las consecuencias que ello implicó en la historia de las izquierdas y los socialismos reales, proponiéndose ir más allá de Marx y el marxismo. Dice sobre esto:

“La insuficiencia de esa crítica -la religión considerada en el marxismo sólo como hecho de conciencia- y la incomprensión cabal de la producción “material” (sensible) de hombres por la religión -que es previa a la producción de mercancías que El Capital describe- tiene mucho que ver, pensamos, con el fracaso del socialismo en el mundo, su acción política no alcanzaba el núcleo donde reside el lugar subjetivo más tenaz del sometimiento. Una transformación social radicalizada deberá modificar aquello que la religión organizó en la profundidad de cada sujeto -si no queremos repetir los sacrificios heroicos pero estériles de nuestro reciente pasado”[22].

Lo que Rozitchner reclama aquí es que la religión, y la ideología en general, sea valorada como lo que es: una fuerza material que produce sujetos –“producción “material” (sensible) de hombres por la religión”- y no un simple epifenómeno derivado de la estructura económica. Como vemos, se posiciona en el viejo debate de la relación entre estructura y superestructura tensionando el orden de la determinación en una dirección claramente anti-economiscista: la religión actúa como fuerza material, produce sujetos, y en la incomprensión de ello no solo radica un problema teórico, sino, y sobre todo, un problema político, que explicaría, entre otras cosas, los fracasos de los socialismos reales y de las experiencias revolucionarias en América Latina. Una política revolucionaria -piensa Rozitchner-, no puede soslayar esa fuerza material y sus consecuencias y tendrá que proponerse necesariamente modificar lo que ella organizó en el ser humano. Su mirada es por ello particularmente crítica de los efectos de esa incapacidad de las izquierdas y sus “sacrificios heroicos pero estériles”, realizados, en buena medida, por la permanencia acrítica del modelo de subjetividad cristiano en la militancia revolucionaria[23].

El ejercicio al que nos invita entonces, para ir más allá de lo avanzado por los análisis marxistas y lograr desmontar los efectos de la máquina teológico-política cristiana, es llegar al origen cultural del capitalismo, donde se hallan procesos de expropiación anteriores a los económicos. “¿Por qué necesitamos volver al origen cultural de nuestra historia occidental -se pregunta-, no ya sólo a la historia económica del capitalismo y de su origen, sino a la historia más densa de la configuración imaginaria y fantasmal de nuestra cultura?”[24]. Y adelanta una respuesta, que está a la base de su programa de investigación:

“Porque esta configuración sentida, más próxima a la carne sensible que al concepto abstracto, es anterior y prepara por tanto las relaciones económicas que el capitalismo instaura. El análisis marxista consideraba la expropiación del cuerpo del trabajador en el proceso productivo, pero no la historia previa de la expropiación mítico-religiosa del cuerpo vivo, imaginario y arcaico, que constituye -creemos- el presupuesto también de toda relación económica. Pese a saberlo, Marx se hacía ilusiones al respecto: pensaba que cuando triunfara la racionalidad científica la vigencia social de los mitos y de las religiones se desvanecería”[25].

Ir más allá de Marx en la crítica de la religión, significa entonces prestar atención a los procesos de expropiación simbólica operados por la religión y considerarlos elementos determinantes en la posibilidad del desarrollo de una economía sustentada en el valor de cambio y el trabajo abstracto. El ejercicio es, en el fondo, indagar en las formaciones psíquicas precapitalistas que produjo la religión.

“Las consecuencias de la aplicación del racionalismo patriarcal en la construcción social del cuerpo afectivo y consciente -apunta en esta dirección- requiere entonces ir a buscar sus antecedentes no sólo en las “formaciones económicas precapitalistas”, como lo hace Marx para la economía, sino también en las “formaciones psicológicas (subjetivas) precapitalistas” que están contenidas en los mitos “sagrados” de Occidente: en ambas biblias. Estas determinaciones simbólico-imaginarias religiosas son históricamente más estables y permanentes que las cambiantes relaciones económicas”[26].

Rozitchner emprende este cometido estudiando la figura de San Agustín, en quien halla el caso ejemplar para observar estos procesos.

“Si tomamos este modelo humano -explica-, considerado como el más sublime, y mostramos que allí, en la exaltación de lo más sagrado, también anida el compromiso con lo más siniestro, ¿no habremos con ello puesto al desnudo el mecanismo obsceno de la producción religiosa cristiana? Este es el desafío: comprender un modelo de ser hombre que tiene dieciséis siglos de sujeción sutil y refinada, brutal e inmisericorde”[27].

De allí entonces la importancia de centrarse en Agustín y de mostrar cómo en él opera la expropiación mítica del cristianismo que va a permitir la instalación del capitalismo. “En su economía libidinal teológica -sostiene Rozitchner- el santo nos proponía, desde muy antiguo, la inversión originaria más rendidora para acumular capital sagrado: “mediante el ahorro en carne podréis invertir en Espíritu”. El Espíritu cristiano y el Capital -concluye- tienen premisas metafísicas complementarias”[28]. Esas premisas metafísicas, y en esto se conecta con sus reflexiones de la polémica con Eggers Lan, descansan en el desprecio de lo sensible, del cuerpo, de la vida material, propio del cristianismo.

“Creemos que el cristianismo -apunta en esa dirección-, con su desprecio radical por el goce sensible de la vida, es la premisa del capitalismo, sin el cual éste no hubiera existido. Puesto que para que haya un sistema donde paulatinamente todas las cualidades humanas, hasta las más personalizadas, adquieran un precio -valor cuantitativo como “mercancía”, forma generalizada en la valorización de todo lo existente- fue necesario previamente producir hombres adecuados al sistema en un nivel diferente al de la mera economía. La tecnología cristiana, organizadora de la mente y del alma humana, antecede a la tecnología capitalista de los medios de producción y la prepara”[29] (Cursivas nuestras).

De este modo, si en su disputa con el socialcristianismo Rozitchner acusaba al amor cristiano de neutralizar el odio y la rebeldía de los oprimidos, treinta años más tarde, el cristianismo aparece como la premisa metafísica del capitalismo, preparando a los seres humanos para la explotación. Ese desprecio por el cuerpo, que redundaba en un amor abstracto, se muestra ahora como un desprecio por la vida, porque el cristianismo, al inventar tanto una vida como una muerte eternas, no hace sino provocar el desprecio por la vida concreta y sensible.

“El cristianismo -dice Rozitchner- abre una nueva vida, la eterna, pero en realidad lo hace para agregarle (eternamente) una segunda muerte a la verdadera vida, para hacernos renunciar a ella. No hay solo una muerte, ahora hay dos muertes, y la segunda es la verdadera, no la primera que realmente sufrimos en el cuerpo. La primera, que es la verdadera muerte, hay que sufrirla con contento, hay que sacrificarla ahora para alcanzar la vida eterna. Nos piden que aceptemos morir en vida, que seamos obedientes para ser eternos”[30].

Y sigue más adelante:

“Si hay dos muertes entonces también hay, hemos visto, dos vidas, una real y otra imaginaria. La vida eterna (fantaseada por la amenaza interna y por la regresión aterrada frente a la amenaza social) como “reino de los cielos” prevalece, como si fuera más valiosa que la vida real, la única que tenemos para ser vivida”[31].

Ahora bien, y para ir cerrando estas notas, con esa visión del rol que el cristianismo ha cumplido como máquina productora de espíritus sin carne y de cuerpos despreciados disponibles para la explotación, ¿qué pasa con los esfuerzos cristianos que se pretenden emancipatorios y con la historia de cristianismo liberacionista que caracterizó la segunda mitad del siglo XX en el continente? Esas experiencias, ¿no contradicen la tajante negativa de Rozitchner a reconocer en el cristianismo, y en la religión en general, posibilidades liberadoras? Al contrario de lo que podría pensarse, nuestro autor sigue convencido, y ahora con más y más densos argumentos, de que un cristianismo emancipador es imposible, a pesar de las buenas intenciones de los creyentes de izquierda, de toda la historia acumulada por los cristianos comprometidos con los procesos revolucionarios y de todos los mártires que esos procesos dejaron a su haber.

“nos preguntamos -señala en esta ocasión- si es posible que cada creyente con el contenido del imaginario cristiano, pese a sus buenas intenciones y aunque esté inscripto en la Teología de la Liberación, pueda hacer una experiencia política en su esencia diferente a la política que combate. Preguntamos: si todo el fundamento religioso cristiano no es necesariamente fundamento de dominación en lo que tiene precisamente de religioso. Más todavía: pensamos que aun los hombres no religiosos estamos determinados férreamente, más allá de nuestras decisiones conscientes en la conformación de nuestro imaginario más hondo, por la cultura cristiana de Occidente -judíos incluidos-. Y por eso, históricamente, el cristianismo aparece produciendo en masa a hombres subjetivamente sometidos, no sólo por el terror y la amenaza externa en sus cuerpos -que era la situación de los esclavos- sino en las marcas más elementales que organizan la singularidad de cada “libre” y democrático ciudadano posmoderno” [32] (Cursivas nuestras).

No existe la posibilidad de que con el contenido del imaginario cristiano pueda realizarse una experiencia política emancipatoria, a pesar de esa la densa trama histórica de cristianismo liberacionista tejida durante la segunda mitad del siglo XX, con esos potentes capítulos y figuras que mencionábamos al comienzo de estas líneas: la revolución sandinista, Camilo Torres, los Cristianos por el socialismo o las luchas por los derechos humanos en el contexto de las dictaduras militares, entre muchas otras más. La reflexión de Rozitchner impugna de cuajo la lectura más asentada del significado del cristianismo liberacionista y toda esa historia acumulada no hace que modifique su intuición inicial de la imposibilidad de un cristianismo emancipador y de la inconveniencia para el marxismo de asimilarse a modelos religiosos. Entendiendo que “todo el fundamento religioso cristiano … es necesariamente fundamento de dominación en lo que tiene precisamente de religioso”, la posibilidad de un cristianismo que, a final de cuentas y más allá de los deseos de bienintencionados creyentes, no sirva a la dominación del cuerpo por el capital, se anula. La religión es fundamento de dominación, precisamente, por ser religión y por ello es lo religioso lo que debe ser desalojado de la política que se proponga alcanzar la emancipación humana[33].

Esta lectura de Rozitchner, echa por tierra, o al menos tensiona enormemente, las hipótesis sobre el potencial subversivo de la religión, que animaran interpretaciones como las de Engels, Kautsky y Bloch sobre Thomas Müntzer y las guerras campesinas o el cristianismo primitivo, así como las afinidades entre religión y marxismo que Mariátegui celebraba cuando decía que el comunismo era esencialmente religioso y, también, los coqueteos actuales entre pensamiento radical y teología política. En el esquema de Rozitchner no hay cabida para esos intercambios, sino que, al contrario, su obra no hace sino interrumpir ese hilo de marxismo religioso tan arraigado en el continente y poner en cuestión el giro teológico político que observamos hoy.

Acertadamente señaló Alejandro Horowicz, discutiendo con ciertas lecturas que intentaban clasificar a Rozitchner como una suerte de teólogo [34], que “si algo hizo León es dinamitar sistemática y continuamente la teología”[35]. Y efectivamente, su obra insiste en la denuncia de la persistencia porfiada de lo teológico en lo político y en lo afectivo, y si se propuso buscar “el fundamento de lo político en lo más específicamente religioso”[36], fue, precisamente, para desanudar esa condición. En esta misma dirección, Oscar Ariel Cabezas, plantea que:

“su pensamiento no debe ser comprendido como la confrontación de una teología-política contra otra. La obra de Rozitchner no es teológica. Por el contrario, constituye una de las más intensas prácticas materiales de pensamiento deconstructivo de la teología en cualquiera de sus manifestaciones incluyendo, por cierto, la teología judaica. Rozitchner no es un teólogo, sino un filósofo político que reacciona contra la traducción de los hábitos seudo-seculares con los cuales las formas burguesas y/o abstractamente populistas de organización del socius articulan el poder de una milenaria teología que persiste desde la interioridad misma de la cultura”[37].

Puestas así las cosas, y más allá de los límites de estas líneas todavía muy tentativas, nos interesa rescatar a Rozitchner como un camino de salida para las derivas religiosas del marxismo, tan caras a ciertas tradiciones latinoamericanas, y mostrar cómo este aspecto de su pensamiento permite restituir la posibilidad de una política revolucionaria que se haga cargo de los límites del marxismo del siglo XX y que sea, de esta forma, adecuada a las condiciones actuales de terror cristiano-neoliberal.

[1] Siguiendo las anotaciones de Michael Löwy, constatamos que estos juicios de Marx sobre la religión no son producto de una síntesis original del autor, sino que más bien forman parte del universo cultural jovenhegeliano que todavía organizaba su comprensión de la realidad social por aquellos años. Incluso, la frase “la religión es el opio del pueblo”, considerada como la esencia de la crítica marxiana de la religión, no proviene precisamente de Marx y puede rastrearse en filósofos anteriores como Immanuel Kant, Johann G. Herder, y en varios de sus contemporáneos como Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer, Moses Hess y Heinrich Heine. Michael Löwy. “Marxismo y religión. ¿Opio del pueblo?” En Atilio Borón, Javier Amadeo y Sabrina Gonzalez (eds), La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. Bueno Aires: Clacso, 2006, pp. 281-296.

[2] El propio enunciado, “la religión es el opio del pueblo”, tiene un sentido ambivalente. Por una parte −y es lo que los intérpretes más han explotado−, denuncia su carácter de ideología legitimadora de las condiciones existentes: “La religión es la teoría general de este mundo, su suma enciclopédica, su lógica bajo forma popular, su point d’honneur espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general para consolarse y justificarse”. Pero, por otra, considera que es, al mismo tiempo, “la protesta contra la miseria real […] el suspiro de la criatura agobiada, el estado de alma de un mundo desalmado, porque es el espíritu de los estados de alma carentes de espíritu”. La religión encerraría, entonces, un sentido doble −de opresión y de protesta, de justificación y de rebeldía− que abre la posibilidad de una interpretación dialéctica del fenómeno religioso, la cual será ensayada por varios marxistas a lo largo del siglo XX.

[3] Bruno Bosteels, Marx y Freud en América Latina: Política, psicoanálisis y religión en los tiempos del Terror. Madrid: Akal, 2016, p. 141.

[4] Para el tema de los santos como modelo del militante ver el recién citado Marx y Freud en América Latina… de Bosteels.  

[5] Para un estudio sobre la cuestión religiosa en la obra de José Carlos Mariátegui ver Ferretti, Pierina (2016). Del misticismo decadentista a la religiosidad revolucionaria. Estudio de la dimensión religiosa en el pensamiento de José Carlos Mariátegui. Tesis para optar al grado de Magíster en Estudios Latinoamericanos. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Disponible en http://repositorio.uchile.cl/handle/2250/136671

[6] Este texto se enmarca en una investigación doctoral titulada “Religión y marxismo en América latina. Estudio de las políticas de la religión en José Carlos Mariátegui, José Revueltas y León Rozitchner”, desarrollada en el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile, bajo la dirección del Dr. Grínor Rojo. El sentido de incluir en este estudio la obra de León Rozitchner es, precisamente, poner de relieve la forma en la que este interrumpe las lecturas cristianizantes del marxismo y al propio cristianismo liberacionista. Esta investigación está todavía en curso y lo que se presenta en esta ocasión es una lectura muy parcial y tentativa de dos textos: “Marxismo o religión” y La cosa y la cruz. Queda pendiente un ejercicio que incluya otros trabajos que son imprescindibles para el tema que nos convoca, como, por ejemplo, “La cuestión judía”, “Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al no matarás patriarcal, Levinas o la filosofía de la consolación y los textos reunidos en Cuestiones cristianas.

[7] La polémica con Eggers Lan ha sido provechosamente analizada por Diego Sztulwark en “Lo que saben los cuerpos, amor e inmanencia en León Rozitchner”. Escrituras americanas. Vol. 1, n°. 2, pp. 2-33.

[8] Los argumentos de Eggers eran típicos de las perspectivas socialcristianas que muestran al cristianismo como un intento por liberar al ser humano de las estructuras sociales opresivas. Dice, por ejemplo, en esta entrevista: “Considero al cristianismo –en su aspecto histórico, y con prescindencia, por ende, de su significación transhistórica, a la cual, sin embargo, está esencialmente unida– como un movimiento cuyos esfuerzos se centran en la realización plena de la persona humana, y que procura, pues, su liberación de los factores que la esclavizan y degradan”. Conrado Eggers Lan, “Cristianismo y marxismo”. En Correo de C.E.F.Y.L, Buenos Aires, año 1, n° 2, pp. 1-2. Versión digital en http://www.filosofia.org/hem/196/96210cc.htm

[9] León Rozitchner “Marxismo o cristianismo” en Pasado y Presente. Revista trimestral de ideología y cultura. Año I, número 23, julio-diciembre, p. 113.

[10] Conrado Eggers Lan, “Cristianismo y marxismo”. En Correo de C.E.F.Y.L, Buenos Aires, año 1, n° 2, pp. 1-2. Versión digital en http://www.filosofia.org/hem/196/96210cc.htm

[11] Para la discusión que queremos relevar, vamos a concentrar nuestra atención en la crítica al concepto cristiano de amor por su desprecio de lo sensible, dejando pendiente una lectura más completa de este texto. Sin embargo, la polémica con Eggers Lan contiene un conjunto de temas sobre los que debemos volver, entre ellos, el problema de la teoría de la verdad en el marxismo y su relación con la transformación material del mundo, a partir de la crítica de Rozitchner a la lectura que Eggers hace de las Tesis sobre Feuerbach; la relación entre transformación social y autotransformación; la comprensión marxista versus la comprensión cristiana de la praxis y la contraposición entre método fenomenológico y método histórico-económico.

[12] León Rozitchner “Marxismo o cristianismo” en Pasado y Presente. Revista trimestral de ideología y cultura. Año I, número 23, julio-diciembre, p. 121.

[13] Ibíd.

[14] Ibíd.

[15] Ibíd, p. 125.

[16] Ibíd, pp. 125-126.

[17] León Rozitchner, La cosa y la cruz: cristianismo y capitalismo. (En torno a las confesiones de San Agustín. Buenos Aires: Losada, 2001, p. 9.

[18] Ibíd.

[19] Es la idea que Marx desarrolla en la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho y del Estado de Hegel: “La misión de la historia consiste, según esto, en descubrir la verdad más acá, una vez que se ha hecho desaparecer al más allá de la verdad. Y, ante todo, la misión de la filosofía, puesta al servicio de la historia, después de desenmascarar la forma de santidad de la autoenajenación del hombre, está en desenmascarar la autoenajenación bajo sus formas profanas. La crítica del cielo se trueca, de este modo, en la crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho. la crítica de la teología en la crítica de la política”. Karl Marx, “En torno a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción”. En Marx, Karl; Engels, Friedrich. Obras fundamentales. Tomo 1. Escritos de juventud de Carlos Marx, México: Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 492. Cursivas de Marx.

[20] El impacto del cristianismo, y en particular el protestantismo, en la formación de la subjetividad de los seres humanos, en tanto interiorización de mandatos, es captado tempranamente por Marx. “Lutero -dice en 1844- venció, efectivamente, a la servidumbre por la devoción, al sustituirla por la servidumbre en la convicción. Acabó con la fe en la autoridad al restaurar la autoridad de la fe. Convirtió a los sacerdotes en seglares, al convertir a los seglares en sacerdotes. Liberó al hombre de la religiosidad externa, al erigir la religiosidad en el hombre interior. Sacudió las cadenas del cuerpo, encadenando el corazón”. Karl Marx, “En torno a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción”. En Marx, Karl; Engels, Friedrich. Obras fundamentales. Tomo 1. Escritos de juventud de Carlos Marx, México: Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 498. Cursivas de Marx.

[21] La afinidad entre cristianismo y capitalismo fue planteada claramente por Marx en este pasaje de El capital que es retomado por Rozitchner. “Para una sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general de producción consiste en comportarse frente a sus productos como ante mercancías, o sea valores, y en relacionar entre sí sus trabajos privados, bajo esta forma de cosas, como trabajo humano indiferenciado, la forma de religión más adecuada es el cristianismo, con su culto del hombre abstracto, y sobre todo en su desenvolvimiento burgués, en el protestantismo, deísmo, etc.” Karl Marx, El capital, tomo 1, vol. III, México: Siglo XXI, 2005, pp. 1011-1012.

[22]  León Rozitchner, La cosa y la cruz… ed. cit., pp. 9-10.

[23] Para analizar este problema se vuelve fundamental la respuesta de León Rozitchner a Oscar del Barco a propósito del debate por la violencia revolucionaria que tuvo lugar en Argentina a propósito de las declaraciones de Héctor Jouvé sobre las ejecuciones ocurridas en la guerrilla. El texto de Rozitchner se titula “Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al no matarás patriarcal” y se publicó originalmente en la revista El Ojo Mocho de agosto de 2006.

[24] León Rozitchner, La cosa y la cruz… ed. cit., p. 12.

[25] Ibíd.

[26] Ibíd., p. 14.

[27] Ibíd., p. 10.

[28] Ibíd.

[29] Ibíd, p. 11.

[30] Ibíd., p. 411.

[31] Ibíd., p. 414.

[32] Ibíd.p. 12.

[33] Las reflexiones de Rozitchner, se acercan a las de Walter Benjamin en “Para una crítica de la violencia” o en “Capitalismo como religión”, textos en los que este desenmascara la violencia mítica, fundadora del orden, y en los que penetra en la estructura religiosa del capitalismo, presentándolo como una máquina productora de culpa, deuda y servidumbre.

[34] Por ejemplo, Guillermo David, “León Rozitchner, teólogo marxista” en VVAA, León Rozitchner: contra la servidumbre voluntaria. Jornadas en la Biblioteca Nacional. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2015, pp. 163-167.

[35] Alejandro Horowicz, “Ser judío en Marx; ser judío en Rozitchner” en VVAA, León Rozitchner: contra la servidumbre voluntaria. Jornadas en la Biblioteca Nacional. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, p. 187.

[36] León Rozitchner, La cosa y la cruz…ed. cit., p. 12.

[37] Oscar Ariel Cabezas, “León Rozitchner, geofilósofo del presente” en VVAA, León Rozitchner: contra la servidumbre voluntaria. Jornadas en la Biblioteca Nacional. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, p. 224.

Empezar acabando: la marcha dice // Lucía Naser

El proceso hacia este 8 de marzo estuvo marcado por la organización de por un lado la movilización o marcha que hace algunos años se realiza; por otro la organización del Paro Internacional de Mujeres, una propuesta que desde la articulación internacional trabajó para aterrizar en varios países y contextos de formas muy diferentes.

El aterrizaje o traducción entre diversas orientaciones de los feminismos y el campo político local y global donde ellos se mueven, signó este día-acontecimiento que al crecer, hace leudar su potencialidad política y por ende multiplica con o sin quererlo las tensiones y debates que toda interna y externa de y entre organizaciones (que piensan diferente pero quieren hacer juntas) genera.

Como en todo proceso político – y artístico y afectivo – a veces el tiempo de llegar a es mucho más fundamental y potente que el instante en sí en que se llega. En este sentido y aunque fue políticamente tensa y disputada, la previa del 8M puso a discutirse temas fundamentales para el feminismo, sus aliadxs y sus contrarios. Temas que si por momentos fueron confundidos con banalidades organizativas, tocaban en la profundidad de la marea y su contra ola. De “no seas tan sensible” está hecho el ocultamiento de que en las microdecisiones también se juegan cosas grandes y fuertes para la vida de las mujeres. Y de todxs.

Si era una marcha de mujeres o de cualquiera que se llamara feminista; si era una marcha feminista o una de mujeres; si una marcha expresa la adhesión a una causa o la visibilidad del sujeto afectado por la causa que se defiende; si una marcha es la expresión de una demanda o un acontecimiento que en sí mismo ya está haciendo. Que si el paro es de todas o se suman hombres a las mujeres; que si organizaciones mixtas se suman o adhieren por fuera sus mujeres; que si la marcha debe ser convocada por organizaciones feministas o si convocan y organizan organizaciones de mujeres atravesadas por el tema; que si estrados con proclama o abrazos con lecturas colectivas; que si pedir al estado o fortalecer las redes autónomas de y entre mujeres.

Estas “minucias”, no lo son. En las discusiones sobre como movilizarnos en el 8M se abrieron y condensaron problemas fundamentales para el movimiento. Problemas de esos a habitar y no tanto a resolver apresuradamente. Mejores o peores tramitados, con o sin violencias, la organización de este 8M propuso y logró problematizar el modo de adherir de los hombres pidiéndoles no solo su apoyo sino que se pusieran a pensar su lugar en este proceso de transformación y movimiento. Logró problematizar que la dimensión económica del feminismo no es nada secundaria y que la opresión a las mujeres no sólo es afectiva y corporal sino que ella habilita y sostiene estructuras capitalistas que nos enseñaron a pensar “por fuera”. Logró despertarnos la mañana del 8M para mirar las relaciones que nos hacen bien o nos hacen mierda, para abrazar a las amigas, para abrazar desconocidas, para abrazar y también saber soltar (y que nos suelten) a los hombres que amamos.

El paro y la propuesta de que fuera solo de mujeres puso de manifiesto que cuando las mujeres nos retiramos para parar activamente, hay todo un sistema de división del trabajo que tambalea y afecta a mucho más que la rama productiva en la que nos desempeñemos; puso de manifiesto que no todas las mujeres en lucha son asalariadas o tienen vagina; puso de manifiesto todas las tareas que hace la mujer y que sostienen. Lo evidenciaron cuestiones tan simples como que si solo paraban mujeres surgían una infinidad de problemas y labores que quedaban desatendidas (y que a menudo no son remuneradas ni reconocidas). Que si paraban hombres y mujeres las mujeres quedaban igual a cargo de los hijos. Que si parábamos solas las mujeres que podíamos parar 24hs sin darse posibilidades de otras formas de ser parte, estaban quedando afuera un grupo gigante de mujeres. Que las clases sociales que habitamos no son un aspecto menor de cómo sufrimos el machismo y como participamos del movimiento. Parar activamente y como se pudiera fue la consigna y muchas muchisimas hicimos el máximo esfuerzo por visibilizar nuestra presencia ausentándonos (por las ausentes y por las que no podían hacerlo).

Se puso al ego de los varones a ocuparse de las tareas que hacemos nosotras todo el tiempo y no les gustó. Se les pidió silencio – y esta vez no no su voz fuerte diciendo que nos apoyan -, y no les gustó. Y a algunas mujeres tampoco les/nos gustó (si es que vale reconocer que existimos en subjetividad escindida en relación a algunos temas). Pero el hecho es que hacerlo abrió preguntas y pensamientos que justifican el desconfort. Nosotras nos bancamos tanta mierda y no hay espacios de discusión donde se nos pregunte si estamos de acuerdo. Generar espacios de preguntarnos qué queremos entre nosotras. Entre nosotras y antes – o aparte – de que vengan a ofrecernos soluciones que ya vimos que no, o la alternativa de una tibia inclusión en la agenda de derechos.

Es así que a medida que el movimiento crece se pone también en cuestión la relación entre mujeres de diferentes clases sociales, diferentes modos de entender y vivir ser mujeres, diferentes opresiones y privilegios que pueden ser reciclados para alimentar la lucha de las más débiles. La vanguardia del movimiento la tiene clara y propone consignas pensadas y fuertes pero tiene simultáneamente a su alcance hacer entrar a la ronda a muchas otras mujeres. ¿Cómo? Es quizás la pregunta del momento. Una pregunta a responder en la acción.

En la marcha los contingentes de las agrupaciones – esas que a veces parecen delimitadas  y separadas por cercos infranqueables – se disuelven un poco en la acción y con ellas las distancias ideológicas. Los varones se corren y en su lugar entran muchas mujeres, adolescentes, pibas que llegan con toda la fuerza, mujeres viejas viejas o quizás nuevas en el movimiento. “Quien no se mueve no siente las cadenas” dicen algunas. Enormes círculos se arman y detienen la procesión lineal frontal de la marcha. Círculos de mujeres se abren; nos miramos y es importante que bastemos nosotras para sentirnos fuertes. La casi ausencia de varones nos invita a mirarnos y reconocernos, a practicar una libertad que sabemos que cambia cuando hay hombres en la vuelta, cuando los cuerpos están si o si un poco más a la defensiva, quizás tirarte en la calle o abrazarse masivamente es algo que nuestros cuerpos asustados por los machos aprendieron a evitar como forma de autodefensa. Acá podemos hacerlo.

Diferentes colectivos participan desde diferentes ánimos y propuestas. Una batucada furiosa que encabeza; la danza poniendo cuerpo e invitando a la improvisación y la escucha como armas; cientos de mujeres siguiendo a los tambores tocados por ellas; ir al suelo para pulsar juntas; saber que no da para agredir a gente que viene a provocar, a traernos su violencia “pro-vida” que nos da más asco y pena que rabia con su intervención en nuestra marcha. Caminar, cantar y atacar a una iglesia, rabiosa pero coloridamente – disculpen pero a nuestro estilo les decimos que se pueden ir con sus cruces a la mierda. La apostasía es nuestra vocación porque queremos abortar una y mil veces a su moral represora de nuestros cuerpos. Aunque seamos nosotras a las que siempre nos toca sangrar. Más atrás organizaciones mixtas. Las mujeres somos protagonistas por una vez y se siente bien. La policía brilla por su ausencia. La organización Iglesia Misión Vida brilla por su presencia como brillan los soretes al sol. La organización le ha pagado a unxs pibxs re jóvenes y pobres para sostener sus carteles recién ploteados que dicen “femenina si, feminista no” con colores rosado y celeste de bebé. Están ahí estáticxs, plantados en una de las aceras del 18 de Julio invadiendo desde la lateral nuestro avance y movimiento, protestando porque hacemos con nuestros cuerpos lo que queremos. Están ahí y con los carteles se tapan la cara porque saben que aunque dicen que están para defender la vida, la vida está de nuestro lado. Les cantamos “mujer escucha únete a la lucha” y hacemos un abrazo de conjura y complicidad, de barrer el odio y plantarnos desde el canto y desde el grito ante esta violencia. La resistencia del presente es también ancestral y cuando cantamos abrazadas y por nosotras, son nuestras abuelas las que también se liberan. Aceptamos ese legado y lo transformamos: nos reconocemos mujeres pero para eso parimos con dolor y con alegría otra forma de ser mujeres. Eso o encontrarle otra palabra. Eso e inventarnos otros cuerpos.

El feminismo nos excede a todas – personas, organizaciones, instituciones, leyes –  pero también es cierto que no existe sin cada una y su fuerza. Para que cuando toquen a una nos toquen a todas es necesario sentir ese todas en nuestro cuerpo. Y ese todas vibra en mi cuando estoy junto a otras muchas. Ese todas enciende fuegos. Ese todas está en la calle este 8M.

 

En llamas

Se va a acabar esa costumbre de matar. Se va a caer el patriarcado. Y este paro empieza acabando.  El 8M arranca con un orgasmo: como subrayando la idea que también aplicamos al sexo de que no todo es por y termina en el orgasmo o acabada final, tan autocelebrada por el macho. A una orgasmatón de las 0hs convocaban las compañeras argentinas de Ni Una Menos. Empezar acabando y convertir el 8 de marzo en un acontecimiento que sucede por fuera de las casas y los regalos de felicitación. Este día que ha pasado cada vez más de ser un “dia de” a ser un día de lucha, en que los cuerpos de mujeres aparecen y se movilizan juntas en el espacio público. El orgasmo como comienzo. El orgasmo como momento climático pero sin embargo no el único; como momento íntimo pero no secreto ni tabú. El orgasmo – sexual o político – pensado sí como momento climático pero también pensado desde la sexualidad femenina en la que puede funcionar más como una activación del inicio del deseo que como instante final. Repensamos el orgasmo y la lucha desde nuestros cuerpos: de orgasmos múltiples, de sexo expandido desde el clítoris a toda nuestra piel y desde los bordes del cuerpo a un abrazo colectivo que abraza también a los dolores que se nos han metido en el cuerpo.

No solo nos enseñaron muy poco a tocarnos sino que nos enseñaron a tocarnos poco. En la activación de nuestro contacto y nuestro abrazo se deshacen cadenas de dependencia patriarcal. Se deshacen cadenas. Lloro al abrazar y tristeza y felicidad se vuelven indiscernibles.

El paro lo hace cada una como puede, desde las casas o desde la calle, vistiendo un lazo violeta o pidiendo a la pareja que hoy encare él las tareas, se hace discutiendo en grupos de whatsapp, infiltrando la pregunta allí donde nunca se toca el tema; esos espacios que les encantaría poder afirmar que feminismo es para las mujeres locas o en todo caso para esos lugares pretendidamente lejanos donde habitan monstruos violadores de esos que salen en canal 4.

A la marcha se viene a caminar pero también a cantar, a gritar, a llorar, a inventarnos la potencia, a ver como otras gritan basta y muestran las tetas, a sumarse a algo que no sabías, a proponer un canto, a seguir y ser seguida hasta no saber quién guía. Esta marcha se hace experimentando y sin miedo a salir de las fórmulas militantes exitosas o inteligibles. Se hace desde un deseo de probar qué sucede si……

Política experimento. Política inventándonos en el proceso. Movilización no como demostración sino como acto creativo. Manifestación como acto performativo. No estamos ahí para ser, sino que estamos ahí siendo, resistiendo. “Cambiamos el mundo sin pedir permiso” dice una pancarta.

La política es experimentación e importa mucho más lo que sucede y se experimenta ahí siendo que las lecturas de la marcha como discurso, como plataforma de reivindicaciones, como número final de asistentes dicho por el noticiero. Esta marcha tiene un cimiento ideológico pero es en sí misma acontecimiento. La marcha habla y dice que estamos juntas y somos fuertes y podemos estarlo aún más. La marcha dice que la mayor potencia política es la que se mueve hacia cosas que queremos y que nos liberan. Dice que aunque el feminismo crece (o no) en los espacios de nuestras decisiones más individuales, íntimas y cotidianas, es sumandonos, socializando nuestra fuerza y también nuestras miserias, que podemos convertir la rabia en grito y el dolor en movimiento.

Este 8M no lo marché con mis cómplices ideológicas más cercanas sino con mis compañeras de trabajo, de arte y de otras luchas que aunque no se llaman “feministas” tienen todo que ver con eso. La danza siempre es la conexión con una dimensión existencial atravesada de goce pero también de dolores, de violencia, de todo eso que vive en la palabra “cuerpo”.  El feminismo y la danza tienen en común que afectan profundamente nuestra percepción de una misma y del mundo. El cuerpo se vuelve un entramado de sensaciones y de afectos. Marcho ahí, entre cuerpos que veo moverse habitualmente, pero que hoy lo hacen por nosotras y por las que no están. Marchamos por Olga de 44 años que tan solo unas horas antes murió asesinada por su pareja de quien intentaba protegerse (con ayuda de un policía que murió también de bolea). Nos duele este “otra vez”, esta nueva muerte. Marchamos porque horas después de terminar la marcha nos enteramos de otro feminicidio: Mirtha Lorena de Rocha, embarazada de 5 meses, asesinada por su ex pareja sobre el que regía una orden de restricción de acercamiento por 120 días. Marchamos y duele constatar lo difícil que es detener esto y lo importante que es seguir y profundizar esta lucha. Para exorcizar la tristeza y sentir que sí podemos marchamos y bailamos con más fuerza que nunca. Bailamos como bailaría Olga o Mirtha si ahora pudieran vernos o sumarse. Marchamos y en nuestros cuerpos viven las mujeres que perdimos y que conocíamos (Nadia Vera sos mi compañera de luchas siempre) o no. Somos desconocidas pero enseguida nos reconocemos, nos encontrarnos con la mirada desde un canto que va tomando su ritmo y nos coreografía a todas. Decir que sí a una ronda que nace acá o allá, ser parte desde la acción y no solo desde el discurso. Dejarse afectar. Recibir el cansancio y aportar la fuerza que se tenga. Dejar llegar un cansancio físico que se va disipando a puro contagio de la fuerza de otras, que están ahí para sostener, para sostenernos.

Terminamos la marcha y mi cuerpo está (aunque sea por un rato) con más energía para correr y bailar que al principio. Y es que no estamos aquí solo para demostrar nuestras fuerzas e ideas o para hacer nuestros pedidos, o para llegar al final de la marcha y disiparnos tranquilamente. Estamos aquí para transformarnos en el encuentro, para ver qué nos pasa y qué nace de esta acción, que dice y hace mucho más que cualquier manifiesto.

Estamos empezando a acabar con el patriarcado y los machismos, pero sabemos que la transformación ya empezó, que no puede esperar a que termine de caer, que no puede esperar.

¿Qué subjetividad puede llevar adelante una revolución que sabe que implicará deshacer (para rehacer) parte de sí misma en el proceso?, o algo parecido me preguntaba hace un año en un artículo previo a ese 8M. Esa subjetividad la vi en la calle el jueves y no tiene cara individual ni nombre de agrupación, sino la forma de un abrazo que grita y que salta entrelazando; la temporalidad de un encuentro que dura unas cuadras pero te cambia para siempre; la expansión de una lucha que espera viva a ser activada en cada una de nuestras cuerpas. Y esa activación es únicamente colectiva. Esa activación empezó hace mucho y al mismo tiempo recién comienza.

Que alegría la de acabar empezando!

En Uruguay ya está convocada la próxima asamblea

No es gatillo fácil, son solo escenas repetidas de esta guerra. // Diego Valeriano

 

Casi nadie puede entender la bala en la nuca del Negrito, ni siquiera él que le disparó. Nadie lo felicita por ese disparo, ni una palmada en la espalda recibe esta noche. “Mataste un nene, pelotudo”, le dice un oficial en el patrullero, y él baja la vista mientras escucha lo pelotudo que es. No lo puede creer, no quiere creer que sea verdad. No puede creer que tenga la edad de su sobrino. Se sienta en la oficina del oficial principal, no quiere preguntar si está detenido pero se imagina que sí. Sabe cómo son los procedimientos, lo sabe porque no es la primera vez que dispara. Él sabe lo que es poner el pecho y se banca las consecuencias, pero no puede creer que sea un nene.Pidió llamar a su vieja y le hicieron señas para que use su teléfono.

El sabe lo que son los pibes en moto, lo que pueden, lo que hacen, el miedo que desatan cada vez. Lo sabe porque alguna vez trabajó con ellos. No quiso dispararle a un nene, pero sabe lo que hacen esos guachos con esas motos rompiendo la noche. Sabe cómo esos pibes en esas motos se escurren como agua entre esas calles donde ellos casi nunca llegan. Esos atrevidos rompen la noche y se nos escurren, se repite mentalmente de forma tal para que alguien lo entienda. Porque ese nene, ese pibito, estaba con los otros que en moto son capaces de todo. Porque esos pibes son sus enemigos, porque él no quiso que tenga 11 o 12, la edad de su sobrino. Él no quiso que ese negrito estuviera en esa moto. Él pensó que podía tener 15 o 20, como esos dos que agarraron la otra semana en el bajo y que terminaron cociéndose a tiros, o como esas pibas que les juraron que eran mayores y nadie iba a desmentirlas. Él pensó que era solo una noche más, una noche cualquiera, que los pibes eran chorros y donde él hacia lo que tenía que hacer. Pero el nene tenía 11. Él creyó ver el brillo de un fierro en la cintura de uno de ellos y esto lo va a jurar donde sea necesario.

Sabe que la cagada está hecha. Piensa que tal vez ni siquiera vayan a protegerlo, y un poco lo entiende, aunque después del reto el oficial dijo que ellos no dejan a nadie solo.Sabe que disparar es una orden no dicha, sabe que es un ruego silencioso, un grito ahogado, sabe que disparar es mejor que ser un gil, y que si no disparaba esos atrevidos no lo iban a respetar nunca. Sabe que se tiene que hacer respetar porque así es la calle, sabe que el miedo que genera es su mejor arma.

Siempre dispara, siempre hace lo que se le pide, siempre soporta, siempre cumple, siempre obedece, siempre calla todo lo que sabe, siempre cumple con los de arriba, siempre mantiene la cadena de mando, siempre es parte del todo, siempre es parte del problema y la solución, pero esta vez es un nene y se siente horrible, porque hasta en esta guerra está mal matar nenes.

El marxismo plebeyo de John W. Cooke // Diego Sztulwark

A Manuel, el Negro Molina

 

 El verdadero oximorón de nuestros días es el peronismo de base

Miguel Mazzo

 

La primera vez que escuché hablar de John William Cooke fue a través de dos personas que lo conocieron bien: Eduardo Luis Duhalde y Manuel “el Negro” Molina. Duhalde,  compilador de su Obra Completa en cinco tomos,[1] hablaba de “el Bebe” en charlas de “formación” en un local de la calle Perón, a fines de los años ochenta. Lo ubicaba como figura contrapuesta a Juan José Hernández Arregui; ambos representaban dos modos opuestos de cruzar marxismo y peronismo. El Negro, en cambio, hablaba en voz baja y en charlas de uno a uno.

 

El Negro, procedente de Mendoza, llegó a Buenos Aires a fines del primer peronismo. Una tarde de 1955, una requisa militar hizo bajar por la fuerza a un contingente de trabajadores que viajaba en colectivo por la zona de Plaza de Mayo, y el Negro se vio arrastrado a lo que sería su bautismo de fuego en la resistencia, rompiendo veredas y apedreando uniformados en defensa de Perón. Luego fue dirigente sindical de los barraqueros, en Avellaneda (donde Herminio Iglesias era su chofer y juntos salían a tirar “miguelitos”), y apoyó activamente la campaña de Andrés Framini como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1962. Mucho más adelante, participó en la fundación de SUTEBA (fue compañero de Mary Sánchez) y fue próximo al ignoto grupo Proa (Partido Revolucionario de los Obreros Argentinos).[2] Cooke aparecía siempre en sus conversaciones de los años noventa. El Negro estaba horneado en ese peronismo obrero referenciado en Amado Olmos y en un marxismo antiimperialista fuertemente moldeado por la Revolución Cubana. Él había sido parte de un grupo de trabajadores seleccionados por el propio Cooke para recibir formación política. Pablo Levin –varias décadas más tarde inspirador de Axel Kicillof– le daba clases sobre El Capital. Bajo el hechizo de las narraciones del Negro, no quedaba otra que sumergirse en la lectura atenta de los libros de Cooke y maravillarse con su escritura. El Negro siguió en contacto con los compañeros y compañeras de la ARP (Acción Revolucionaria Peronista), la organización fundada por Cooke a su vuelta de Cuba, hasta el final de sus días.

 

Durante la segunda mitad de la década de los noventa y como parte de la irrupción de los llamados “movimientos sociales”, comenzaron a circular numeroso trabajos sobre Cooke (recuerdo sobre todo los libros de Richard Gillespie, John W. Cooke. El peronismo alternativo;[3] de Norberto Galasso, Cooke, de Perón al Che;[4] y las páginas de Resistencia e integración de Daniel James[5]). Cooke era parte del debate militante universitario y de las organizaciones sociales. Manuel Gaggero, que lo había conocido bien, hablaba de él en las Cátedras Che Guevara, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Cooke impresionaba por el uso diestro del lenguaje, certero y literario, por su radicalidad política, sus tensiones con Perón y su amistad con el Che; también por la complejidad de su dialéctica en la que la lucha de clases era concebida como una contradicción entre peronismo y antiperonismo y, simultáneamente, como un antagonismo interno en el propio peronismo. Pero por sobre todas las cosas, cautivaba su tentativa de ligar teoría y práctica política en un mismo movimiento, un marxismo plebeyo (el célebre “hecho maldito del país burgués”) con eje en la experiencia concreta de la radicalización obrera de la época de la resistencia. Años más tarde, ya en medio del conflicto por la 125, Horacio González –siempre interesado por Cooke, y autor de un artículo mítico sobre la correspondencia con Perón publicado en la revista Unidos– le preguntó por Cooke al ex presidente Néstor Kirchner, en el transcurso de una de las asambleas de Carta Abierta, en la Biblioteca Nacional. ¿Era viable ese engarce entre cookismo y kirchnerismo? Otro que hablaba de Cooke era León Rozitchner: habían sido amigos en La Habana y polemizaron sobre peronismo y revolución en la revista La Rosa Blindada.[6]

 

En paralelo a estos recuerdos, el nombre de Cooke siempre estuvo en boca de Miguel Mazzeo: desde su militancia en el grupo Retruco y en el activismo universitario en La Mariátegui, hasta su participación en el Movimiento de Desocupados de la Zona Sur del conurbano y luego en el Frente Popular Darío Santillán, Mazzeo no dejó nunca de investigar y publicar sobre Cooke. Su libro El hereje, apuntes sobre John William Cooke[7] no es una tesis académica sino el resultado de una prolongada pasión intelectual y vital. Se trata de una biografía política y de una toma de partido en el campo de las ideas, de una investigación histórica y de una fuerte afirmación en las discusiones recientes sobre peronismo y revolución (subtítulo del libro Sublunar, de otro historiador de la UBA de la misma generación, Javier Trímboli[8]). Además del repaso sistemático y al detalle de los textos de Cooke en El hereje, Mazzeo realiza una serie de afirmaciones que permiten apreciar la calidad e incluso la vigencia de Cooke como pensador político argentino. Enumero algunas:

 

  1. Los planteos de Cooke no se adecúan a los planteos de la izquierda peronista que asumió como opción al kirchnerismo, ni a las teorías populistas a la Laclau.[9] Mientras que Cooke concibió la transformación social con la dinámica de radicalización popular, las teorías populistas identifican el cambio político con el control del Estado. El peronismo, al que el Bebe le reclamaba las tareas propias de un frente de liberación nacional y social, quedó reducido a un movimiento de regulación de la lucha de clases y, en versiones más progresistas –dice Mazzeo– a gestionar del modo más inclusivo posible los ciclos del capital.

 

  1. La práctica política de Cooke fue la de una pedagogía múltiple y dinámica, explicaba el peronismo a la izquierda y la izquierda al peronismo, y argumentaba ante el propio Perón sobre la necesidad de una palabra suya que autorizara a quienes como él sostenían posiciones socialistas. Esta pedagogía combinaba una fina percepción de la realidad argentina –y del peronismo– como una pluralidad en estado de desfasaje entre las palabras y las cosas, junto a una pasión intelectual por traducir fenómenos difíciles de armonizar en una estrategia revolucionaria (radicalidad obrera, burocracia sindical, ambigüedad entre el carácter encarnado y mítico del liderazgo). Para Cooke –no olvidemos que su muerte ocurrió en 1968–, el peronismo estaba recorrido por una tensión constitutiva que lo volvía incompatible objetivamente (radicalización obrera) y compatible subjetivamente (influencia de la burocracia) con el capitalismo. Se trataba, por lo tanto, de orientar esa subjetividad hacia la revolución (lucha de clases dentro del peronismo).

 

  1. El propio Cooke fue tomado por este proceso de radicalización plebeya que arrasaba el país y el continente. En una carta de 1961, le explica a Perón que en la Argentina “los comunistas somos nosotros”, los peronistas; cinco años más tarde, el mítico “delegado de Perón” sustituiría la conducción estratégica del general por la del Che Guevara (sin que quepa reducir este mix cookeano armado de guevarismo y peronismo a ninguna estrategia de tipo foquista).

 

  1. Si hubo algo así como un “cookismo” –y hasta un “walshismo” –, dice Mazzeo, resultaría completamente incomprendido sin reparar en el “grupo Avellaneda”, referenciado en Domingo Blajaquis y Raymundo Villaflor, emergentes de una cultura obrera autodidacta y politizada, que hacía su propia traducción plebeya del marxismo y que elaboró las premisas del alternativismo expresado por las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y el Peronismo de Base. Cooke converge con el grupo Avellaneda en la comprensión del peronismo como territorio de disputa entre autonomización y subordinación de contingentes obreros a la influencia de la burocracia –sindical, intelectual y política– que hizo del peronismo un fenómeno de contención de un amenazante movimiento obrero.

 

  1. Las aporías de Cooke se plantearon sobre todo con relación a los dobles de Perón: el Perón de carne hueso (cada vez más alineado con los valores occidentales) y el Perón mítico (invocado por todas las fracciones del movimiento). ¿Cuál de ellos podía ser utilizado a favor de la revolución? ¿Cuál de ellos la frenaba? Mientras que el lenguaje político de Perón era oscilante e “incierto” (finalmente decantó en posiciones abiertamente contrarrevolucionarias), el de Cooke era preciso y buscaba las definiciones que el general evitaba; mientras que la concepción de la política de Perón estaba dentro de los marcos del equilibrio y de la contención, la de Cooke era la del desborde y la ruptura.

 

  1. Si algo enseña la lectura de la lucha de clases en la Argentina de Cooke es a distinguir plebeyismo de populismo. El peronismo supo contener -sobre todo luego del 55, fecha a partir de la cual Cooke da por agotado el programa del 45- dos vertientes antagónicas de lo nacional-popular: una resistencia obrera antiimperialista en constante radicalización, y un sistema de liderazgos estratégicos conservadores, incapaces de ir más allá del horizonte burgués marcado por la intervención del Estado en la regulación del conflicto. Si el plebeyismo es un movimiento de descodificación y ruptura con el mando del capital, el populismo –lo nacional y popular desde arriba– es una praxis de imitación de captura de lo plebeyo y de imitación de lo popular desde abajo. El peronismo, dice Mazzeo, subsiste como fenómeno de simulación.

 

  1. Cooke se hizo marxista de adulto y fue un gran lector del Marx de la alienación y de Lukács. No fue leninista sino un crítico del centralismo y del elitismo de la vanguardia, más próximo a un luxemburguismo de la autodeterminación popular. Sí fue un prematuro gramsciano que concibió al intelectual como organizador de la hegemonía de las clases subalternas. Mazzeo no deja de señalar con razón que Cooke fue injustamente ignorado por los estudiosos del gramscismo en la Argentina, mayormente reformistas y populistas

 

Sobre el final del libro, los apuntes de Mazzeo trazan un perfil –los rudimentos de una biografía– de la compañera de Cooke, Alicia Eguren, una figura tan fascinante como eludida por buena parte de las militancias, y relata una triste escena ocurrida en 2014, en ocasión de la ceremonia durante la que se arrojaron las cenizas de Cooke en el Río de la Plata, con presencias del establishment peronista. Una cita de Horacio González le sirve para sintetizar un sentimiento: “Toda la política argentina media frente a Cooke muestra su carácter incompleto y desdichado”. El libro se abre con un prólogo de Guillermo Cieza y cierra con un epílogo a cargo de Mariano Pacheco: un modo de enlazar al menos tres generaciones en el interés por la singular figura de este  “Trotsky del peronismo”. El cookismo histórico que Mazzeo nos presenta en su articulación política puede valer, ante todo, como introducción a una comprensión actual de lo “plebeyo” como conjunto de desacatos al mando neoliberal y al paternalismo populista.

 

 

[1] Eduardo Luis Duhalde (comp.), Obras Completas de John W. Cooke (5 tomos), Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2007-2011.

[2] De Proa, organización clandestina que funcionó entre 1974 y 1977, sólo supe de oídas por Duhalde, Molina y otros amigos. Disponemos de la investigación de Gabriel Rot: Itinerarios revolucionarios, Eduardo L. Duhalde/Haroldo Logiurato. De la resistencia peronista  al Partido Revolucionario de los Argentinos, La campana de palo, Buenos Aires, 2016.

[3] Richard Gillespie, John William Cooke. El peronismo alternativo, Buenos Aires, Cántaro Ediciones, 1989.

[4] Norberto Galasso, Cooke, de Perón al Che. Una biografía política, Buenos Aires, Editorial Nuevos Tiempos, 1997.

[5] James, Daniel, Resistencia e integración: El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976, 2ª ed., Buenos Aires, Siglo Veintuno,Editores, 2010.

[6] En la compilación que hizo de la revista –La Rosa Blindada, una pasión de los ’60. Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1998- Néstor Kohan reproduce un fragmento de una entrevista con León Rozitchner en la que este último le cuenta sus conversaciones con Cooke en La Habana sobre Perón: “Él era muy crítico de Perón. Me mostró las cartas, tenía copia de todo. Lo único que no podía hacer, para seguir siendo peronista, era revelar la verdad y decir públicamente que Perón era un cabrón (…). Yo le planteé mis críticas en Cuba y él me reconocía que Perón era un hijo de puta pero que había que pincharlo al viejo para ver si podía inscribirlo en un campo determinado, diferente, de izquierda, y no de derecha. Y no fue viable porque Perón era de derecha. El punto ciego, no sólo de Cooke sino de toda la izquierda peronista, era que lo que decía no podía escribirlo y publicarlo”.

[7] Miguel Mazzeo, El Hereje, apuntes sobre John William Cooke, Buenos Airesel colectivo, 2016.

[8] Javier Trímboli, Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, Buenos Aires, Cuarenta Ríos, 2017.

[9] El populismo es, para Mazzeo, “una estrategia para diluir los contenidos populares más radicales en una totalidad que los incluye pero que los subordina a través de significantes flexibles”, una “estrategia de regulación de la lucha de clases” y un juego de “polarización social limitada y controlada”.

La carta de la abuela del niño asesinado en Tucumán «Debemos soportar infinidad de historias falsas»

 

Mataron a mi negrito

Por Mercedes del Valle Ferreira

«Ya no me quedan lágrimas. Nos destrozaron la vida. El Negro era un niño maravilloso, lleno de amistades, que no tenía problemas con nadie. Y anteayer a la madrugada, a pocas horas de su primer día en la secundaria, lo mataron, me lo mataron. Tenía 12 años: 12 años, tenía, ¿entienden? Un niño, hermanito de otras dos niñitas, de repente pasó a estar en el hospital Ángel Padilla, tirado en un rincón, con la cabeza destrozada… Era una criaturita, mi criaturita.

¿Cómo se hace? ¿Cómo hacemos? ¿Quién se lleva este dolor? Para colmo, debemos soportar infinidad de historias falsas, circulando por internet o televisión, porque no, nada hubiera justificado lo que hicieron, pero mi nieto no robaba, ni manejaba un revólver, como inventa la Policía. Había terminado la primaria en la escuela Miguel Lillo con muy buenas notas y estaba por arrancar su nuevo ciclo en la ENET Nº5. Ya tenía todos los útiles, la mochila preparada y su ropa lista. Es más, acabábamos de comprar unos zapatos que no le gustaban para nada, pero los necesitaba para arrancar el colegio. Vivía conmigo y con sus tíos, en mi casa, en el barrio Juan XXIII, conocido como Villa Bombilla, en Tucumán.

El miércoles a la noche, Facu salió en moto con Juan, un amigo dos años más grande, para ir a ver las picadas en el Parque 9 de Julio, como es común acá entre los changos… Al regresar, pasada la medianoche, unos uniformados les dispararon a quemarropa, así, ¡a quemarropa! No existió ningún enfrentamiento. Y en cuanto nos enteramos, salimos corriendo al hospital, donde nos recibieron con mentiras los voceros arreglados con las Fuerzas. “Sufrió un accidente vial”, nos dijeron. Y minutos después, la tomografía nos anunció que había fallecido por el tiro de un arma de 9 milímetros.

La versión oficial vino acompañada por un cordón policial, porque “íbamos a generar problemas”. Y entonces inmediatamente fuimos a la Comisaría 1ª, donde nos dijeron que los agentes ya estaban detenidos. Éramos dos mujeres y ellos un montón de hombres, apuntándonos con itakas. Nos ocultaron información y nos sacaron zamarreándonos de los brazos. Ahora, el barrio está lleno de patrullas y, mientras dejo caer estas palabras como lágrimas, comienza una razia en la otra cuadra, bajo la mira de un helicóptero policial que sobrevuela la zona.

El 7 de mayo, Facu iba a cumplir 13. Y sí, soñaba ser como Messi, para poder comprarle una casa a su mamá, que vive en Santa Fe. Allá, él había jugado al fútbol en Unión de Sunchales y tenía pensado volver en unos meses. ¡No podrá! Me parece verlo ahora, jurándonos que algún día nos iba a comprar “una mansión, para poder vivir mejor”. Lo pienso y todavía no entiendo. ¿Cómo que no volveré a ver a mi nieto? ¿Cómo que no volverá a correr hasta mis brazos, gritándome «Pachona, Pachona»? ¿Cómo que lo mataron, si nunca nadie dijo nada malo de mi negrito? No puedo explicar lo que siento aquí, en el pecho. ¡No saben cuántos amigos tenía! No saben cuántos niños había en su entierro.

¡Su entierro!

Ahora sólo nos queda luchar, yendo a Tribunales todos los días, caminando en los pies de todos ustedes, todas las veces que haga falta, porque nosotros no tenemos plata, pero tenemos dignidad. No entendemos y nunca podremos entender por qué hicieron lo que hicieron, pero no van a detenernos hasta que no se haga justicia, para que mi nietito pueda descansar en paz. Yo sigo llorando. No puedo parar. Siento un dolor inmenso, que ya no puedo calmar con sus abrazos…

Te juro, mi negrito, que no voy a bajar los brazos»

«El Paro Internacional de Mujeres no es un acontecimiento, sino un proceso» // Verónica Gago

 Fuente: el Especial 8M de La luna con gatillo

Entrevista realizada por Mariano Pacheco

El Paro Internacional de Mujeres no es un acontecimiento, sino un proceso, dice Verónica Gago, quien se posiciona desde un feminismo popular que, entiende, es un feminismo ligado a la conflictividad social y no de “cupo”, y que tiene la capacidad de conectar a distintas luchas populares.

Verónica Gago conversa con La luna con gatillo en un bar situado en La Chacarita, rato antes de dirigirse a una asamblea de mujeres convocada en el mismo  barrio porteño. Gago es investigadora y participa activamente de las asambleas de Ni Una Menos en Buenos Aires. Es autora del libro La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular y escribe con frecuencia en Página/12 y el Portal Lobo suelto. Antes de meterse en una charla acerca del 8M, sobre la reflexión en torno a conceptos como la economía popular o el feminismo popular, recomienda un libro publicado el año pasado por Tinta Limón, editorial que integra desde hace años. El libro se llama De #BlackLivesMatter a la liberación negra, nombre del “movimiento por las vidas negras importan a la liberación negra” escrito por la mujer negra norteamericana Keeanga-Yamahta Taylor, en el que construye “un mapa de la historia de la lucha de las mujeres negras en Estados Unidos”. También -a pedido de este cronista que siempre solicita a quienes entrevista que nombren un libro, una película y una canción- Gago recomienda ver el film original de El cuento de la criada (dirigido por Volker Schlöndorff) basado en la novela de ciencia ficción de la escritora canadiense Margaret Atwood que fue llevada a la pantalla chica en 2017, en formato serie, por HBO.

Atravesada por una coyuntura que la encuentra pensando en el fenómeno de cada vez mayor protagonismo de la mujer en la política argentina -a la vez que participando de él- Verónica Gago contribuye con esta conversación a seguir reflexionando sobre uno de los temas más candentes de la  escena contemporánea.

  • ¿Cómo pensar el contexto de este 8 de marzo, respecto de las luchas feministas, pero también, de las luchas más generales que viene librando el movimiento popular?

Me parece que lo primero sería pensar qué ha pasado desde el 8 de marzo de 2017 a hoy. Algo que estamos intentando pensar desde el movimiento feminista es que el Paro Internacional de Mujeres no es un acontecimiento, sino un proceso. ¿Esto que significa? En primer lugar que el paro no es una fecha en el calendario, sino un horizonte organizativo que nos permite desarrollar un proceso político. Y eso lo estamos sintiendo muy fuerte en la preparación de este paro porque, por un lado, se están realizando asambleas por todo el país, sean asambleas grandes en ciudades de otras provincias o bien algunas pequeñas en pueblos más alejados; por otro lado, en la Mutual Sentimiento, acá en el barrio de Chacarita, están viniendo a las asambleas de preparación del paro, todos los viernes, 1.500 mujeres, cuando el año pasado eran asambleas grandes, pero de no más de trescientas. Incluso decían algunas activistas sindicales que está habiendo asambleas en muchos lugares de trabajo. Creo que esto no es casual. Yo creo que desde el Colectivo Ni Una Menos en particular, pero sobre todo desde el movimiento feminista en general, hemos sabido desplegar durante todo el año pasado el dispositivo de la asamblea como un dispositivo que podía moverse después del paro, y también, como dispositivo de producción de una inteligencia colectiva para hacer un diagnóstico de ciertos problemas comunes. Por ejemplo: cuando hicimos la asamblea con las trabajadoras de Pepsico, luego de que fueran despedidas por la trasnacional de alimentos y montaran la carpa frente al Congreso de la Nación, junto con los trabajadores despedidos. Se pudo hacer allí algo así como el mapa de alianzas transversales que se habían construido para el 8 de marzo de 2017 y que veíamos que seguían vivas y con necesidad de encontrarse, de articularse y poder producir un diagnóstico conjunto de lo que estaba sucediendo en los lugares de trabajo, pero también, como eso que estaba pasando en los lugares de trabajo formal afectaba directamente a las trabajadoras de la economía popular. Es decir, que en esas asambleas se pudo ir produciendo una información sensible y de mucha importancia política en torno a cómo leemos la coyuntura a partir de situaciones muy concretas. Después de eso, a fines de septiembre, hicimos otra asamblea en El Bolsón, bajo la consigna “¿Dónde está Santiago Maldonado? Nuestros cuerpos, nuestros territorios”, con la idea de intentar pensar qué significa la ofensiva del capital en este momento, que avanza sobre los territorios y sobre el cuerpo de las mujeres (ofensivas que tienen en común el hecho de pensar el cuerpo de las mujeres como un territorio) y por qué hay una confluencia de una cantidad de luchas feministas, pero también de producción teórica feminista que tiene que ver con pensar la autonomía y la soberanía de los propios cuerpos, y como eso hoy conecta con luchas de territorios muy distintos que hoy están pensando su autonomía, su soberanía y su autodefensa. Esa asamblea fue muy importante, porque salió de ahí el mandato de no desacoplar la consiga de ese momento, que era “Aparición con vida de Santiago Maldonado” con la criminalización de las luchas mapuches. Pero también esta necesidad de muchas organizaciones feministas de encontrarse con las mujeres mapuches, que quizá en otro momento no se había producido una articulación directa. Después participamos de una asamblea en Jujuy, que se llamó Jaiahia de mujeres, en donde se reclamó la libertad de Milagro Sala y otros presos políticos. Me da la sensación de que todo esto que pasó no fueron hechos aislados, sino que es una situación que da cuenta de una inteligencia colectiva y un acumulado que se expresa ahora en la dinámica organizativa que se está produciendo en toda esta etapa previa al 8 de marzo de este año.

 

-Y de las dinámicas más generales del movimiento popular en este último tiempo, ¿qué pudiste ver?

-Me parece que fue importante ver en febrero, por ejemplo, que algunos dirigentes sindicales convocaran al Paro de este 8M. El año pasado era un reclamo desde el movimiento feminista hacia los sindicatos, y fue una discusión muy interesante porque mientras algunas cúpulas sindicales se rehusaban a que el movimiento de mujeres fuera el que convocara al paro (los sindicatos decían: “al paro lo convocan los sindicatos, no el movimiento de mujeres o los movimientos sociales”), hoy en día el paro ha sido reapropiado y reinventado por las mujeres, dando cuenta de una multiplicidad laboral que excede a los ámbitos sindicalizados. Creo que este año el sindicalismo está muy consciente de la fuerza que ha adquirido el movimiento feminista y por eso se ha plegado a la convocatoria. Y esto se debe en gran medida al enorme trabajo que vienen realizando muchas mujeres al interior de los sindicatos, abriendo espacios de discusión democrática y complejizando la discusión en torno a qué significa el trabajo desde el punto de vista feminista. Esto es, que pensado desde una perspectiva feminista, el trabajo incluye al reconocido y al no reconocido, al remunerado y al no remunerado, al registrado y sindicalizado y al doméstico y reproductivo. Entonces, me parece, esta discusión ha impactado en los sindicatos, y se está tejiendo con esas compañeras una alianza muy interesante. Después agregaría que esto de que el feminismo viene funcionando como caja de resonancia de todos los conflictos. Por ejemplo, acá en las asambleas que se vienen haciendo en La Chacarita, pasan las mujeres despedidas de la Casa de la Moneda, las de Hospital Posadas, las del INTI, las del Ferrocarril Sarmiento, las de Río Turbio. Es decir, puede verse que comienza a construirse un ámbito de escucha y de elaboración política. Y de esos relatos sobre la situación laboral también surgen otros que tienen que ver con la violencia de género, con el ajuste de distintos programas del Estado que impacta directamente en la calidad de vida y en la posibilidad de autonomía para las mujeres. Y también de los conflictos territoriales. Han venido compañeras de la Marcha Originaria de las Mujeres y pueblos indígenas a plantear su situación. Por eso creo que el feminismo está produciendo en estos momentos una capacidad de transversalidad que no están teniendo otras dinámicas políticas. Y esto creo que se está notando tanto en su capacidad de movilización callejera como en la trama cotidiana de organización. Hay una efervescencia de la discusión en torno a tratar de entender qué significa esta violencia contra las mujeres, contra los cuerpos feminizados en general, vinculando la violencia económica con la policial, la laboral o la violencia política en general. Y esto nos está dando mucha capacidad de hacer lecturas de lo que sucede en un barrio, en una escuela, con las familias que están estalladísimas. Y es un análisis que se está expandiendo cada vez más y que está funcionando como una suerte de alimento al interior de muchas organizaciones. En este sentido te diría, por último, que es muy potente esta capacidad que se está gestando de ligar la discusión en torno a la reproducción social con la discusión sobre el trabajo. Por ejemplo, en una de las asambleas que hicimos en estos días en la Villa 21-24 salía un interrogante colectivo en torno a qué significa parar en las condiciones en las que estamos. Y varias compañeras que atienden los comedores aclaraban que, para ellas, parar no podía ser dejar de dar de comer, pero sí elaborar estrategias determinadas para poder parar. “Que no se nos diga que como somos trabajadoras de la economía popular no podemos parar”, decían. Y agregaban: “podemos entregar crudo”. Y por si quedaban dudas aclaraban: “ese día podemos entregar la comida pero sustraer nuestro trabajo de cocinar, de servirla, de lavar los platos…”. Me pareció una síntesis muy brillante, de dar una respuesta a una responsabilidad de producción de valor social que tienen estos emprendimientos, como el comedor, y a la vez una gran imaginación política. Reflexión que culminó con la elaboración de un stencil que decía: “#8M: hoy entregamos crudo. #NiUnaMenos”.

Se habla mucho hoy del feminismo, pero es difícil pensar en una definición. Dentro de los feminismos se habla por ejemplo de un feminismo popular. ¿Qué reflexiones podrías compartirnos al respecto?

Me parece que sí, que en primer lugar hay que hablar de feminismos en plural, que da cuenta de una diversidad y pluralidad que es un punto de riqueza en este momento, porque no hay una doctrina feminista. Pero me parece importante pensar qué es esa diversidad. Las luchas del feminismo son globales en este momento, pero desde hace unos años América Latina está teniendo una importancia destacada en impulsar unas dinámicas que podríamos denominar como feminismo villero, feminismo comunitario, feminismo indígena, feminismo popular. Son nombres que se conjugan, que tienen su historia, su genealogía y tienen en común el hecho de ser un feminismo ligado a la conflictividad social. No es un feminismo estrictamente analítico, o académico o de las instituciones. Ese para mí es un primer punto. Después, me parece, en Argentina está siendo muy importante la discusión sobre el feminismo popular. Creo que distintas organizaciones y distintas compañeras lo venimos desarrollando en el sentido de eso que te decía antes respecto al paro: ¿qué significa esa ampliación del mundo del trabajo que nos permite hacer esa suerte de mapa del trabajo en clave feminista y que incluye el reconocimiento de tareas, de labores, de formas de hacer que tienen que ver con la reproducción social, es decir, lo que hacemos las mujeres todos los días para hacer posible la vida? Y eso en Argentina tiene una particularidad, que es que después de la crisis de 2001 y en continuidad con la irrupción de los movimientos sociales que politizaron la crisis, pero por sobre todas las cosas, que problematizaron acerca de qué significaba que entrara en crisis la reproducción social desde el punto de vista de estar desempleado o tener subsidios que apenas alcanzan, me parece que desde allí se desarrolló toda una trama de economías populares que se hacen cargo de pensar, de manera colectiva/comunitaria, qué es esa reproducción en términos sociales, populares, barriales, comunitarios. Experiencia que en Argentina tiene una escala de masas, porque está conectada con un qué-hacer cotidiano de comedores, merenderos, guarderías comunitarias, pero también se conectan con luchas que tienen que ver con la tierra, con la vivienda, por el territorio, contra la contaminación, contra los proyectos extractivistas. Es decir, que hay toda una interseccionalidad –para decirlo con un término viejo pero que ahora está puesto de nuevo un poco en juego– de las luchas que el feminismo conecta y que tiene que ver con una dinámica de la vida cotidiana de las mujeres y de los cuerpos feminizados pero también con una dinámica de resistir los despojos y las nuevas formas de explotación y que poco tiene que ver con cierta idea que a veces aparece relacionada con esto de que la mujer pueda tener más lugar en las listas electorales o las empresas. Me parece que eso es lo más potente que hoy por hoy se está desplegando en Argentina y en América Latina. Un feminismo radical que tiene en cuenta la dimensión de las luchas, de las rebeldías, de poner en juego la cuestión de los cuerpos, de plantear la discusión del aborto y, a la vez, conectar esas discusiones con la cuestión del trabajo, de la precarización de la vida en general. Si algo ha logrado el feminismo popular es tener un discurso en cuanto a cómo impacta la precarización de la vida en términos sociales, políticos, económicos y cómo eso es hoy una discusión clave en todos los territorios.

*Fotos: Ezequiel Moskovich, Resumen Latinoamericano

el día de las pibas // Diego Valeriano

No es una mujer palestina, pero sufre la ocupación territorial de la policía y de los pibitos que como roban se creen grandes y machos. Ambos con sus fierros y sus pijas desenfundadas. No es una estudiante heroica, jamás podría tomar el Nacional, quiere terminar la secundaria con el FinES en una Unidad Básica que está a dos cuadras. Y en una de esas puede conseguir laburo en algún lugar mejor.

Es perseguida desde antes de tener tetas. Sufrió el abuso del padrastro, la complicidad de la madre, el silencio de las hermanas mayores, la risa traidora de los hermanos. El vecino le muestra la pija desde que ella recuerda, el vecino envejece a fuerza de falopa y escabio, pero sigue ahí con su pija en la mano.

Nada heroico se asoma en ella. No hay lucha política en pintarse para ir a bailar, en clavarse el shorcito en acomodarse el escote, tomarse el tren y juntarse con sus amigos en el obelisco a escabiar, siempre con el cuidado suficiente de no ser violada por alguien si queda hecha un despojo. No es una comandante del EZLN, no es Ramona, no es reivindicada por nadie un 8 de marzo. En la jungla está sola, ella y su cuerpo.

A sus 14 tiene más vida sexual que la psicóloga que da el taller de sexualidad en el centro comunitario. Más conocimiento real de la justicia que el trabajador social que la citó al servicio social de la municipalidad. Más saber sobre política que la piquetera con el pañuelo palestino que anda dando vueltas en algunas fotos.

Y ahí va con su cuerpo, con su deseo, con su placer. Con la certeza de lo que un cuerpo puede a pesar de lo sufrido. Fiesta, viaje y consumo. Es permeable a cada mirada, crece con ellas, se fortalece, su poder interior se expande. Tiene el poder de la esponja. Camina y va acomodando su cuerpo a los horrendos gestos de aprobación que recibe de los otros. Con las miradas deja las frustraciones y tristezas bien atrás. Lejos de cualquier aplanamiento de su vida en un fetiche amoroso, este tipo de curiosidad expande su práctica hacia una multiplicidad de figuras corpóreas, para encontrar allí su tránsito hacia una pequeña trascendencia. Ninguna piba nace heroína, es solo un transitar.

Mi #8M // Maru

Escribí estas notas desordenadas en mi móvil para subir a Facebook. Porque es en Facebook adonde leo y leo esa pregunta que se repite y que me parece tan injusta: ‘¿por qué no lo dijo antes?’ Frente a la impotencia que me causa ese cuestionamiento embarrado del machismo imperante no encuentro mejores argumentos que hablar de mí.

Un día a los treinta y pico respiré y lo dije. Lo dije con las palabras que pude, entre un interminable llanto de odio, de tristeza, de culpa, de vergüenza… Después lo dije de nuevo y mi familia y mis amigxs me ayudaron a decirlo y lo supo mi psicóloga y lo supo mi psiquíatra.

Hacía años que vagaba de psicólogo en psicólogo, de psiquiatra en psiquiatra, de pastilla en pastilla… Respiré y lo dije y a los pocos meses no había más consultorios en el horizonte.

Y pienso junto a ustedes, ¿cómo pueden esos tantos cuestionar los tiempos? ¿Cómo se atreven a preguntar ‘por qué no lo dijo antes’?

Como sino haberlo dicho antes no nos hubiera generado bastante dolor, angustia, culpa…

A 30 años sólo se lo pude decir a un puñado de personas y convivo con el dolor de no saber que otros dolores podría evitar y haber evitado. ¿A cuántos les habrá cagado la vida este tipo? ¿A cuántos se las cagará ahora, en mi ciudad, cerca de mi casa, después de tocarle bocina a mi viejo que lo saluda desde la puerta?

¿Se le puede ocurrir a alguien que yo no lo quise decir antes o que yo no quisiera gritar su nombre y apellido, su dirección, decir dónde trabaja? Si tiene hijos y nietos y sobrinos y ahijados y es un tipo querido y reconocido.

Aún hay tres imágenes y cinco oraciones que me siguen despertando de noche o me hacen llorar en el colectivo o me sacan de una reunión de trabajo. En la justicia ya no se puede hacer nada. Ya pasó mucho tiempo. ¿Qué más quisiera yo que haberlo dicho antes y que pagara por tanto daño?

Los últimos #8M (afortunadamente) vienen cargados de una impronta de cambio, la sensación es que las mujeres no vamos a permitir que se reproduzcan las desigualdades y las afrentas que venimos padeciendo durante toda la puta historia.

Yo tengo un deseo y la obligación insoslayable de hacer todo para que se cumpla. No quiero que nos sigan preguntando por qué no lo dijimos antes. Así que si ustedes leen esa pregunta o la escuchan o ven que alguien la sugiere, inviten a esa persona a reflexionar, a ponerse en el lugar del otro. Tomen mi historia de ejemplo si quieren y háganlos imaginarse qué sentirían ellos si después de 30 años uno de sus hijxs les cuenta que fue vejados, una y otra vez, a metros de donde estaban ellos, por alguien que era de su confianza (o lo que es peor, lo sigue siendo). Y valga (n) la (s) redundancia (s), pregúntenles si les preguntarían ‘por qué no lo dijeron antes’ o si harían lo posible por sanarlos, aunque fuera imposible.

Bueno, me arrepentí y no puse estas líneas en Facebook. Y ojalá fuera por la floja redacción. No las puse porque aún tengo miedo (s). Miedo que de alguna forma se entere mi viejo que aún no lo sabe y que a sus 78 no sé cómo puede reaccionar, ni quiero saberlo… Y más miedo a que este tipo se asuste e intente que me olvidé del asunto a fuerza de violencia contra mí o mi familia. Ya fue demasiado sufrimiento para sumar más.

Que estas líneas no lxs pongan tristes. Yo no lo estoy. Me siento fuerte para andar por esta vida. Y esta fortaleza es gracias a ustedes que jamás me preguntaron por qué esperé 30 años. Es gracias a ustedes que me acompañaron, que me cuidaron y me revivieron.

El aborto y el privilegio del nonato sobre la vida de la madre // León Rozitchner

La dimensión de muerte que invadió la vida, que penetró hasta negarla en las profundidades materiales, engendradoras y uterales de la madre genitora, se muestra claramente en la posición que ante el aborto tiene la Iglesia Católica.

El no-nato es el símbolo del Espíritu que debe ser salvado: el Niño y la Virgen son su modelo. Si el niño, que es hijo de Dios, ha de nacer, debe ser salvado sin importar la vida histórica y corpórea de la madre engendradora (el padre ya ha sido primero suprimido como hombre carnal en el engendramiento divino; la madre lo es ahora en tanto virgen). Nace como hijo de Dios espiritual, no como hijo de la carne. Nace como Jesús-niño divino. AI condenar y prohibir el aborto, condena a la muerte a los cientos de miles de mujeres que mueren en los abortos clandestinos sólo para salvar la imagen del engendramiento divino en una Virgen. Por eso la Iglesia Católica es el fundamento de muerte y de dominio de todo otro poder humano sobre los hombres; se evidencia en que sacrifica a la materia engendradora, cuerpo de la madre pecadora, negado como lugar fundante de la vida. Todo para justificar a la virgen que engendró sin pecado. La vida es una gracia «divina», una gracia del poder de la Iglesia, no de la naturaleza de la mujer y del hombre. Es desde el vientre de la madre desde donde el privilegio de la espiritualidad santa, la negación de la mater-ia como fundamento del espíritu y de la vida engendradora, implica el renunciamiento previo a su cuerpo como vida despreciada. La mujer no es dueña de su cuerpo; aunque se arruine la vida debe tener todos los hijos que el pecado le acerca cuando goza como hembra y se descuida. Debe tenerlos aunque se destruya su vida como mujer histórica. Todo niño que vive, vive entonces sacrificando y distanciando el cuerpo pleno de la madre. Pero a los hijos que realmente nacen, a esos la Iglesia no los cuida: los incluye en el despiadado capitalismo de mercado que cobija. Mejor dicho; es sobre esta negación radical del cuerpo vivo y cualitativo como pudo instaurarse el capital, cuantificador abstracto de un cuerpo materno previamente negado y despreciado.

 

La cosa y la cruz

 

ATENCION FURILOFCHE Les 15 compañeres siguen detenides!

DIFUNDIR!!
ATENCION FURILOFCHE
Les 15 compañeres siguen detenides!
Lo que sucedió ayer fue una cacería de avanzada represiva! Persecución, aleccionamiento y criminalización de la protesta social, mapuche y feminista.
En la semana del 8M y camino al 7M, 4 compañeres lesbianas feministas detenides.
Se detuvieron compañeres desconcentrando, también se les llevó de adentro de un kiosco. Se les golpeó y violentó de diversas formas. No se respetó el protocolo una vez que estaban en la comisaría 2da. Durante horas, ni siquiera se permitió el ingreso de abogades aliades y se nos negó información sobre su estado de salud. Se detuvo a une menor de 14 años, a quien se le golpeó al grito de ‘indio maricon’ y ‘nenita’.
A partir de las 19hs pudimos verles, una persona por detenide. Escuchamos como les violentaron de su propia boca. Para demovilizarnos de la comisaría 2da y dividió y traslado a les detenides a 4 nuevas comisarías. El trato en las comisarías fue una violación a los derechos humanos.
Aún no se ha confirmado horario de audiencia.
El fiscal responsable de todas las causas provinciales es Lista. Intervienen también fiscales Bartolomé, Paolini y Losada.
Se les acusa de Intimidación Pública, daños agravados y lesiones.
Posiblemente, sean también imputados con una causa federal por daños al juzgado.
Sus nombres y ubicación actual:
Policía Federal (Tiscornia esq. Morales):
1 Florencia Fernández, transfeminista, Kontrakultura Mostra
2 Rocio Soya, transfeminista
3 Luciana Mosca, docente, feminista, Festivxl de la Diversidad Bolson
Comisaría 27 Melipal:
4 Luciano Beveraggi de Radio Piuké
5 Alejandro Gómez Peña
6 Emiliano Matías Nicolás Cayupul, compañero mapu
7 Gustavo Peña Ponce, docente de ATEN Neuquen
PSA Aeropuerto:
8 Lorena Claros de Cooperativa Radio Libre
9 María Fernanda Rival, artesana, feminista, Festivxl de la Diversidad Bolson
10 Gabriela Balmaceda de la Asamblea de Jáchal, San Juan
11 Silvia Romina Narvaez, transfeminista
Comisaría Segunda Centro Cívico:
12 Mario Fierro
13 Eduardo Druker, insulino dependiente docente de ATEN Neuquen
Comisaría 80:
14 Matías Otero, Acampe en solidaridad con la Lof Winkul Mapu
15 Cristian Teufer, Bachillerato Popular Bariloche
Llamamos a la movilización pidiendo la libertad de nuestros compañeres!
12.30hs concentramos en el Centro Cívico y marchamos al juzgado provincial para pedir información sobre la audiencia!

Nosotras nos cuidamos // Ni una menos

¡Basta de cacería, el Estado es responsable!
Nosotras Nos Cuidamos.

Ciudad de Buenos Aires, 5 de marzo de 2018.-
La Comisión de Seguridad y Cuidados de la Organización del Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans del 8M, representada por cinco integrantes entre activistas de diferentes organizaciones y representantes del Colectivo Ni Una Menos, volvió a reunirse hoy con las autoridades del Ministerio de Justicia y Seguridad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para reiterar y especificar las condiciones y requerimientos necesarios que garanticen el libre ejercicio de nuestros derechos constitucionales a manifestarnos, expresarnos en libertad y peticionar ante las autoridades que correspondan.
La reunión se llevó a cabo con  el Secretario de Seguridad, Marcelo D´Alessandro, y otros funcionarios
de ese ministerio, entre ellos el Superintendente de operaciones y servicios preventivos, Comisario
Alfredo Javier Zaracho. También participó la Defensoría del Pueblo en su carácter de veedora, representada por el Defensor Alejandro Amor, el Defensor adjunto Gabriel Fucks, María Rachid, Florencia Kravetz y María Elena
Naddeo. Entre los puntos principales que planteamos en la reunión:
1) informamos que la marcha se realizará en sentido de Plaza de Mayo hacia Congreso;
2) comunicamos que que el escenario estará ubicado sobre Plaza Congreso a la altura de Rodríguez Peña;
3) comunicamos el horario de concentración, movilización, lectura de documento y desconcentración que se extiende entre las 12 am y las 22pm;

4) presentamos un mapa confeccionado por nuestra comisión con el detalle del perímetro donde exigimos que se realice el corte de tránsito entre las Avenidas Belgrano y Corrientes y las calles Rincón/Junín y Defensa/Reconquista. También pedimos que se ubiquen allí las postas de salud, ambulancias del SAME, los puestos de agua potable y baños públicos;
5) pedimos que se informe qué fuerza de seguridad estará presente en el operativo y que se disponga que la misma esté ubicada a distancia de diez cuadras de las calles sobre las que se organiza el perímetro de la marcha indicado. El Secretario manifestó que el perímetro correspondiente a la calles es responsabilidad de la Policía de la Ciudad Motorizada, Policía de tránsito y Cuerpo de prevención del delito y se comprometió a informarnos en las próximas horas sobre el despliegue del operativo. Por motivos de emergencia del 911 se explicitó que existiría una presencia exigua de agentes debidamente identificados correspondientes a la Policía de la Ciudad.
6) al mismo tiempo se exigió garantizar la libre circulación de las/os manifestantes, sin obstruir la misma mediante la colocación de vallas o elementos similares al interior del perímetro;
5) Se exigió específicamente que se garantice la no circulación de personas por la Catedral para prevenir situaciones de provocación hacia les manifestantes. En este punto los representantes del Ministerio reponen que la custodia de los edificios federales le corresponde al Ministerio de Seguridad de la Nación, en este sentido, el Secretario de Seguridad Marcelo D’Alessandro nos informó que él, en tanto coordinador y responsable de Seguridad de la CABA, mantuvo conversaciones con la cartera Nacional a cargo de Patricia Bullrich, y que se habían comprometido a no desplegar efectivos federales ni camiones hidrantes en las adyacencias de la Plaza de Mayo y de la Catedral. Ante esta situación, reiteramos nuestra preocupación al respecto, dado que la presencia de las fuerzas federales no responde al Ministerio de Seguridad de la Ciudad y que pueden intervenir en el operativo de manera autónoma. Planteada esta situación, haremos una presentación formal al Ministerio de Seguridad Nacional en tanto institución responsable de la integridad física de las manifestantes.
Al finalizar la reunión el Secretario se negó a firmar la nota que llevamos en mano donde puntualizamos cada una de las exigencias, por lo que debimos ingresarla a través de mesa de entradas.
Exigimos el cumplimiento de nuestros planteos y de los compromisos contraídos por su Secretaría y hacemos responsable al Señor Secretario y al Ministerio de Seguridad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sobre cualquier situación o circunstancia que nos exponga y sea contraria al ejercicio de nuestros derechos de protesta.
Ni Una Menos,
¡Vivas Nos Queremos!
Colectivo Ni Una Menos
Números de contacto:
Alejandra Rodríguez – 1555021440
Ana Julia Bustos – 1521866723

Nosotras paramos // YoNoFui

Nosotras paramos por todas las mujeres presas en cualquier punto del territorio.

Paramos por las que zafaron antes de entrar, por las que entraron y salieron de institutos de menores, por las que no les quedó otra que volver a delinquir y regresaron a la cárcel, una y otra vez hasta creer que ése era su lugar.

Paramos porque la cárcel no puede ser nunca una casa para nosotras y nuestros hijes.

Paramos para visibilizar todas las violencias que sufren las mujeres adentro de la cárcel.

Paramos para decir basta a la discriminación y el estigma que marcan nuestros cuerpos por haber estado presas, lo que termina siendo una doble condena.

Paramos porque la cárcel destruye nuestros vínculos con el afuera, resquebrajando nuestros mundos afectivos y toda posibilidad de reorganización material de nuestra vida.

Paramos para exigir el arresto domiciliario a todas las mujeres madres con hijos menores de edad en contraposición a lo que hace la justicia patriarcal que no duda en otorgar el arresto domiciliario a los genocidas.

Paramos porque el mismo Estado que nos encierra, luego nos arroja a un afuera, en el que no hay lugar para nosotras.

Paramos porque no queremos que el delito sea nuestra opción, pero tampoco queremos seguir mendigando en los pasillos de los Ministerios Públicos para que nos digan que no mil veces, cuando se trata de reclamar por nuestros derechos.

Paramos porque no queremos que discriminen a nuestros hijes en las escuelas porque sus madres están presas.

Paramos porque estando presas y enfermas no recibimos atención médica, y somos tratadas como desechos.

Paramos porque en las cárceles provinciales vivimos amontonadas en lugares inmundos, con ratas, cables colgando y techos que se nos caen encima.

Paramos porque queremos trabajar pero no ser explotadas por el Servicio Penitenciario Bonaerense, que nos paga 16 centavos la hora de trabajo.

Paramos por las que sufrieron violencia obstétrica, maltratadas por el Servicio Penitenciario y los agentes de salud, y por las que parieron en los pasillos de un penal.

Paramos por las que fueron violadas y abusadas sexualmente en la cárcel y por las que sobrevivieron a ese infierno. Paramos por las que murieron asesinadas en la cárcel en manos del Estado.

Paramos porque no queremos negociar nuestros derechos ni adentro ni afuera. Paramos porque nuestros cuerpos también cuentan.

Paramos por las que se fueron sabiendo que una parte nuestra siempre se muere en el penal, pero que otra más fuerte toma su lugar cuando se convierte en lucha colectiva.

YoNoFui es una colectiva feminista que lucha por los derechos de las personas privadas de libertad. Trabajamos con talleres de artes y oficios en las cárceles de mujeres, y afuera una vez que recuperan la libertad. Somos además, una cooperativa de Trabajo. Contacto: Facebook: @yonofuiorg info@yonofui.org.ar

Las mejores armas de las pibas // Diego Valeriano

El desencanto que hoy siente Ailén no necesariamente afecta su necesidad de salir, de gozar, de pasar a buscar a las pibas, de caminar hasta la parada del bondi para viajar juntas y morirse de risa hasta Primera Junta, de guardar el rencor y transformarlo en un motivo más para irse de este lugar de mierda. Tiene mil historias y todas con ellas, todas de aguante y segundeo. Clínicas clandestinas,  agites en cualquier lado, farmacias de turno en Libertad, el 15 de Mari, una vez que se perdieron yendo a Flores, horas eternas en guardias de hospitales, la primera vez que pegaron un veinti, comer chocolates mirando series, llorar como solo lloran las amigas, mil selfies en el Sarmiento y esa vez en ese patrullero que solo recuerdan para no olvidar.

Ya no hay expectativas, ni cuentitos, ni chamuyos posibles. Hay sí, entre las pibas, cuidados, atención y momentos. Momentos en los que es imperioso bancar a Melli porque nadie la banca con Josué y hacer de tías es un gesto político, momentos de ir a encarar a los pibitos que para ser machos se hacen los atrevidos cuando ellas andan solas, momentos de acompañar las veces que sea necesario al juzgado, momentos de hablar, hablar y hablar hasta que no quede escabio. Ya no hay explicaciones, ni consejeros, ni buenas intenciones, ni un ortiba en patrullero que se hace el comprensivo y les habla que tienen que taparse más para no tener problemas. Ya no hay posibilidad de que cada agresión no sea respondida. Ya no hay contingencia en la que no se planten, ya no aceptan que se les prohíba nada, ya no arrancan si ellas no quieren. Ya no hay obediencia.

Tienen el grupo de wasap como gesto de alianza, se ríen y se cuidan, se preguntan cómo llegaron, se organizan para salir o para no volver solas. También afirman su alianza todos los miércoles a la noche, se juntan en lo de Priscila, escabian, fuman, se ríen, deliran sobre el mundo entero y hablan mucho de ellas. A veces el dolor se hace lugar y Ailén se acuerda de lo que le paso cuando empezaba el año. “Salir es estar en guerra”, dice, y se hace un breve silencio. “Quedarse también”, grita Milli, casi atragantada, desde el fondo de la piecita, tirada en la cama y sin sacar la vista del Instagram. Entre ellas discuten si es mejor el gas pimienta o la picana, y Mara insiste en que no hay como llevar una faca en la mochila. Igual saben que el aguante y el segundeo son las mejores armas de las pibas. También está el escrache a los giles y volver cuando ya salió el sol, o al menos eso dicen como excusa en casa. 

 

Foto: ww.sub.coop 

Sobre angustia e incertidumbre // Ignacio Lewkowicz

La frase de Deleuze que suelo citar contiene una ambigüedad. En la página 202 de Qué es la filosofía dice:

“No hay otra cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo. Las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos.”

La ambigüedad está entre doloroso y angustiante. Yo diría “nada más doloroso que la velocidad con que se nos escapa el pensamiento, nada más doloroso que el escaparse del pensamiento”.

La ambigüedad está en la equivalencia entre dolor y angustia. Parece que nada es más natural que llamar técnicamente angustia a la efectividad del dolor. Sin embargo, quisiera plantear que la angustia es un fenómeno más circunscripto, si se quiere más históricamente circunscripto que el dolor.

La angustia como forma histórica del dolor se relaciona con la problemática del objeto. El objeto lo hemos perdido, el objeto se nos presentifica, la presencia del objeto nos angustia, la ausencia del objeto nos angustia, la promesa del objeto nos angustia, la amenaza del objeto nos angustia. En definitiva tenemos toda una variación de angustias ligadas con el objeto. Sin embargo, en la frase de Deleuze el objeto ha desaparecido, y lo único que produce sufrimiento es la relación del pensamiento consigo mismo, su escaparse de sí; no es el objeto sino la velocidad del sujeto, no es el pensamiento que no puede agarrar algo sino el pensamiento que no puede agarrarse, que no puede alcanzarse a sí mismo. Esta figura, si se quiere sin objeto, del sufrimiento del puro sujeto, del sufrimiento del exceso de potencia del sujeto si llamamos sujeto al pensamiento, no debería llamarse angustia. Diría que se sufre de potencia, una potencia desmesurada del pensamiento respecto de sí. Pero si el pensamiento se ejerce sólo al capturarse, se sufre de contingencia. Puede capturarse y puede no capturarse. “Nada más doloroso que la velocidad con que se nos escapa el pensamiento” significa que la problemática en que estamos metidos es la de la velocidad del escaparse y no la de la pérdida del objeto.

La fluidez, la fluidez del pensamiento, la fluidez del sujeto, la fluidez implacable termina destituyendo la problemática del objeto en nombre de una problemática históricamente inédita del puro sujeto. En fluidez prima la incertidumbre por sobre la angustia. En fluidez prima la indeterminación del escaparse del pensamiento por sobre la inminencia, la proximidad o la ausencia del objeto del deseo.

La incertidumbre es el modo de relación con la potencia en la fluidez. La incertidumbre podría llamarse aquí contingencia del pensamiento.

«Un llamado a repolitizar la vida cotidiana” // Silvia Rivera Cusicanqui

La totalidad de la nota pertenece al sitio web amigo LA TINTA que la ha publicado el 27 y 28 de Febrero en dos partes (Parte 1: “Un llamado a repolitizar la vida cotidiana” y Parte 2: “Está momentáneamente adormecida la política de las calles en Bolivia”). Aquí publicamos ambas partes reunidas en una nota.

En La Paz, Bolivia, todos los años Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga, historiadora y ensayista integrante del colectivo Ch’ixi, lleva adelante una cátedra libre. “Sociología de la Imagen” se convierte así en un espacio de formación para descolonizar nuestras miradas. Estuvimos un mes compartiendo ese espacio y hacia el final del mismo, la entrevistamos con la intención de seguir comprendiendo nuestros feminismos latinoamericanos.

Por Redacción La tinta

Silvia Rivera Cusicanqui considera que su postura personal la ha colocado en cierto modo, “al costado” de toda la problemática planteada por el feminismo desde la década de 1960. “Digo al costado, no porque no me sienta interpelada por las ideas y esperanzas feministas, sino porque siempre he vivido la identidad femenina desde el interior histórico y político del colonialismo interno, donde la mujeridad se construye también colonizada”, narra Silvia en su libro Violencias (re) encubiertas en Bolivia.

En la entrevista que le realizamos, le preguntamos acerca de esto que ella nombra como una “forma práctica de ser mujer feminista, sin estar militando en grupos feministas”. Ella considera que ha sido, ante todo indianista, pensando que la opresión femenina y la opresión india son homólogas. Silvia nos planteó que hoy, el indianismo está totalmente abocado en un discurso nacionalista de buscar un estado aymara y una nación aymara y que para ella, “el nacionalismo es lo más antifemenino que hay. Es una vocación de poder totalmente centrada en un ethos masculino”. En esta primera entrega de la entrevista que le realizamos, conversamos con ella acerca de los encuentros y desencuentros entre indianismo y feminismo, los modos en que se estructura la violencia de género hoy y los vestigios coloniales que hay allí.

Nos gustaría comprender cómo identificas la presencia del patriarcado en distintos momentos históricos, cómo éste se fue exacerbando o constituyendo cada vez con mayor fuerza hasta la actualidad. Y en paralelo, pensar cómo se estructuró el poder y la supervivencia de las mujeres en estos siglos desde la conquista española.

Como les decía, hay elementos patriarcales en la estructura pre hispánica andina, pero yo creo que atenuado por el paralelismo de género, por el carácter bilateral de la autoridad y la existencia por un lado de panakas y aillus que permitían un espacio autónomo de las mujeres donde además el papel ritual que tenían ellas, era además un papel productivo: es un conocimiento de las recetas, de la chicha, de los tejidos, de las canciones y todo eso como un saber femenino reservado interiormente a las mujeres del cual no tenían conocimiento los varones. Por lo tanto había como una cierta autonomía y las fuentes de poder tenían esa doble naturaleza, el ancestro femenino y el ancestro masculino.

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Foto: Colectivo Manifiesto

Todo eso va a ser trastocado por la invasión, sobre todo la parte ritual, pero debido a la propia ceguera de los colonizadores que enfocaron todas sus herramientas de exacción sobre el varón como jefe de familia, hubo como cierta invisiblidad de las mujeres. El rol de ellas como ritualistas de los márgenes se trasladó al margen del comercio, en tanto el varón estaba desarrollando su actividad en el centro de la comunidad, en el espacio de la producción, la mujer cada vez más tendía a ir a intercambiar fuera de la comunidad. De eso surge toda esa presencia que les impresionaba a los españoles de las mujeres en los tambos. En el siglo XVII hubo un censo y ellos planteaban “esas mujeres qué hacen ahí, deben estar vendiendo sus cuerpos”. O sea, desde la experiencia de ellos en España, la presencia de mujeres en el espacio público sólo podía interpretarse como prostitución en tanto que en realidad, las mujeres fueron claves en el nexo entre la coca y la plata en Potosí y también en el Cuzco.

Entonces a lo largo del siglo XVII, XVIII, esta presencia femenina en las ciudades se estableció como una suerte de tercera república y permitió el surgimiento de ciudades matricentradas donde el papel de estas mujeres era central. Además había un proceso como de aculturación e imitación de las mujeres españolas que terminó generando una sociedad que se podía reproducir a sí misma y que estaba en el intersticio entre la sociedad comunitaria del campo y la sociedad estamental de las ciudades. Esta presencia ha sido persistente. Tu has visto en la rebelión de Tupac Katari, el papel militar, incluso de las mujeres, llegó a ser importante y a lo largo del siglo XIX también. Entonces esos momentos de crisis de la economía exportadora eran momentos de auge del mercado interior y ahí el papel de las mujeres era muy importante. En todo esto, obviamente se ha reproducido el patriarcado porque ha habido una suerte de alianza tácita entre los varones de la sociedad dominada y la sociedad conquistadora.

Entonces, en cada caso ha habido mecanismos como de defensa de todo tipo, pero el destino de las mujeres en las ciudades oscilaba entre el comercio y la servidumbre doméstica. Y ahí ya hay todo un fenómeno de mestizaje asociado a los hijos ilegítimos de mujeres que prestaban servicios en las casas y tenían hijos para el patrón. Entonces todo eso genera una sociedad despreciada por su promiscuidad y todos estos estigmas de género. Pero a la vez, una cierta fortaleza por el carácter colectivo que tenían estas opciones. Esto lo ves ya a principios del siglo XX con la fuerza que tienen los sindicatos de mujeres, tanto de las culinarias como de las vendedoras de los mercados, las lecheras, etcétera que van a constituir los sindicatos más fuertes y perdurables en su adhesión al anarquismo.

Va a llegar al punto en que en un tiempo post guerra del Chaco, las mujeres eran la columna vertebral de la Federación Obrera Local (FOL). La Federación Obrera Femenina (FOF), llegó a ser el principal aglutinante de las y los trabajadores una vez que varios gremios de los varones fueron cooptados por el Estado y por los partidos políticos. Ahí hubo como una cierta tenacidad de las mujeres de mantener su espacio de autonomía al punto que los varones tuvieron, de alguna manera, que plegarse a las luchas de las mujeres.

Todo eso se vino abajo con la Revolución del 52, que entre otras cosas instala la forma moderna del partido y de la sociedad basada en la división de lo público y lo privado y la reclusión femenina en los hogares, a pesar de que había un grupo que se llamaban las Barsolas que no eran más que una suerte de grupo de choque femenino. En realidad las mujeres terminaron siendo muy secundarias en la política hasta los años ochenta o noventa: esta presencia de las mujeres en la política era marginal y lo sigue siendo hasta cierto punto.

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Foto: Colectivo Manifiesto

Cuando vos nombrás la política, ¿a qué te referís? ¿A las formas de hacer política más autónomas?

—Al espacio público en general. Si bien hay una apertura a nuevas formas de trabajo fuera de la casa, son formas que reproducen los roles femeninos tradicionales: enfermeras, educadoras.

Vos nombrabas que en la Revolución del 52, la “higienización” fue una política de estado que apuntó a que la llevaran adelante las mujeres en el ámbito doméstico.

—Eso es una política estatal que viene de la época de la oligarquía de los últimos años, del Servicio Cooperativo Interamericano de Educación del departamento de Estado. Allí se introduce toda una cuestión de que la causa de la pobreza indígena es la mugre. Y además, esto viene a ser como un mercado para los detergentes, jabones y todo esto y tiene como efecto el intento de encerrar a la mujer en el hogar al cuidado de los niños y la limpieza del hogar para separar a las mujeres de las labores productivas. Obviamente que esto no lo logran de completo, porque es importantísima la labor productiva en la agricultura, la mujer es fundamental, pero de todas maneras hay un intento muy serio de instalar, pues, el american way of life generalizado a través de políticas higienistas.

En el artículo “Mujeres y estructuras de poder en los Andes: de la etnohistoria a la política”, vos hacés una historización acerca del papel de la mujer antes de la colonia, y marcás como la sociedad boliviana, es una sociedad que tiene una historia de la mujer habitando los espacios públicos de manera muy fuerte, cuestión que hoy pareciera ha quedado un poco oculta. Teniendo en cuenta esta historia de estas mujeres, nosotras nos preguntamos cómo construir hoy un feminismo “con los pies en la tierra”.


—Yo veo que el terreno de unión es la defensa de la madre tierra. Y el nexo con las luchas territoriales y ambientales sobre todo de indígenas de tierras bajas en Bolivia. Yo creo que ahí está el lugar del nexo más fructífero porque une las reivindicaciones feministas con las luchas más territoriales y ambientales de los pueblos indígenas. De hecho yo creo que en este gobierno van de la mano las agresiones a las comunidades y las agresiones a las mujeres, de la mano de un gran incremento de los femicidios, esto es impresionante.


Las mujeres son las que más están poniendo el cuerpo en las luchas socioambientales, no solamente acá en Bolivia sino en toda América Latina.

—Sí. Y es un nexo fructíferamente fuerte en términos teóricos. Se ha pensado siempre que el cuidado, el alimento, son las cosas del mundo privado, son las cosas de las mujeres y que las mujeres debían salir de eso, salir al mercado del trabajo… eso es un feminismo burgués, de la modernidad. Pero hoy en día, procurar el alimento tiene implicaciones cósmicas. Cuidar de la salud, del cuerpo y de la vida, son cosas de una implicación política mucho más grande a través de este nexo con el tema de la Madre Tierra. Una política de los afectos y del cuidado es hoy una forma de hacer política, es un llamado universal a repolitizar la vida cotidiana.

Inicio de PARTE 2:

Silvia Rivera Cusicanqui, es una de las voces críticas necesarias para comprender el momento social y político que está atravesando Bolivia. En esta segunda parte de la entrevista que le realizamos en La Paz, Bolivia en el mes de febrero de este año, indagamos en el vínculo entre patriarcado y Estado, el servicio militar que sigue siendo obligatorio en el Estado Plurinacional de Bolivia, la relación entre mujer y trabajo y los aportes de la mirada ch’ixi a los feminismos latinoamericanos.

Por Redacción La tinta

¿Por qué no podemos admitir que tenemos una permanente lucha en nuestra subjetividad entre lo indio y lo europeo? 
(Silvia Rivera Cusicanqui)

En un horizonte de lucha planetario y bioregional, invocando desde su chuyma la energía descolonizadora del sentir-pensando (amuyt’aña), Silvia Rivera Cusicanqui nos invita a reflexionar desde una mirada ch’ixi nuestras realidades y coyunturas latinomericanas. En su libro Sociología de la Imagen, plantea que lo ch’ixi “literalmente se refiere al gris jaspeado, formado a partir de infinidad de puntos negros y blancos que se unifican para la percepción pero permanecen puros, separados”.

Ella lo define como “un modo de pensar, de hablar y de percibir que se sustenta en lo múltiple y lo contradictorio, no como un estado transitorio que hay que superar (como en la dialéctica), sino como una fuerza explosiva y contenciosa, que potencia nuestra capacidad de pensamiento y acción”.

Lo ch’ixi se opone así a las ideas de sincretismo, hibridez, y a la dialéctica de la síntesis, “que siempre andan en busca de lo uno, la superación de las contradicciones a través de un tercer elemento, armonioso y completo en sí mismo”, escribe Silvia. Es entonces, desde esta mirada que reflexiona, en su libro “Mito y desarrollo en Bolivia. El giro colonial del gobierno del MAS” acerca del proyecto neodesarrollista del Estado Plurinacional y la episteme indígena a través de las luchas que varios pueblos están llevando adelante en defensa de la Madre Tierra.

Silvia escribe con la intención de inspirarnos a las lectoras un “optimismo cauteloso” o “pesimismo alegre” que permita “invocar la episteme indígena como parte esencial de un pensar propio y creativo, capaz de ir más allá de la caricatura folclórica estatal”. De la misma manera, sus lecturas nos inspiraron para reflexionar acerca de los vínculos entre patriarcado y Estado en Bolivia.

Nos gustaría que nombres los elementos patriarcales que vos identificás que han estado presentes en la conformación y continuidad del Estado Plurinacional de Bolivia

—Yo lo que veo, en términos fácticos, el nexo que hay, es el pacto entre los militares y el Movimiento al Socialismo (MAS). Eso viene desde el principio. La Fuerza aérea y la Fuerza naval tienen un poder inmenso, un poder de control territorial y de recursos, la impunidad, la corrupción y la tolerancia a la corrupción. Todo eso marca una herencia de la época del pacto militar-campesino, una especie de pacto militar-cocalero mafioso. Que es un elemento que trae graves consecuencias para las mujeres. Es ahí donde hay cuarteles, donde empiezan los prostíbulos, la trata de mujeres. Y todo eso es tolerado, fomentado por el Estado. Además de que la impunidad militar, es espantosa.

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Foto: Sofía Bensadon

El hecho mismo de que el servicio militar siga siendo obligatorio en Bolivia, es algo importante a analizar cuando una piensa los espacios de conformación de vínculos e identidades masculinas. Vos hablabas en uno de los encuentros de la Cátedra Libre de Sociología de la Imagen, que el servicio militar obligatorio, que se instala después de la Guerra del Chaco, pasa a ser un “rito”, una forma de “ciudadanización aceptada por las clases subalternas” y como espacio de conformación del “ser hombre”.

—Exacto. El servicio militar es un servicio colonial, de violentar los cuerpos. Realmente mueren muchos jóvenes por maltrato en el cuartel. Y el hecho de que hay una impunidad y un velo y una cantidad de privilegios y prebendas que gozan los militares, tiene efectos muy graves en la normalización del patriarcado y de la opresión y de la impunidad frente al femicidio.

Pensando en esto que trabaja Rita Segato sobre “la guerra contra las mujeres” en un momento en el cual, pensar las estrategias de supervivencia, es casi una necesidad básica para nosotras, es que nos preguntamos también qué posibilidades hay de pensar no sólo estrategias de supervivencia, sino también alternativas de emancipación. Vos hablabas de volver al vínculo con la madre tierra. En este contexto de crisis civilizatoria, cómo damos esos pasos, cómo construimos recordando a esas mujeres prehispánicas de los márgenes.

—Yo creo que hoy día hay muchas comunidades dispersas, pero que están haciendo cosas: agricultura, ecología. En las ciudades, en todos lados, en toda América Latina. Ahí se están retomando los vínculos prácticos entre el ser mujer y las políticas más amplias ambientales y de cuidado de la tierra. Yo creo que hay un momento.

Además, en algunos países como en la Argentina está súper activo el Ni una Menos y tiene un arraigo popular que no tiene en Bolivia. Acá en cambio es muy de ONG la cosa del Ni una Menos, las marchas son muy débiles. En cambio, allá casi se podría hablar de un movimiento social de mujeres. De todas maneras esto está momentáneamente adormecido, porque está momentáneamente adormecida la política de las calles en Bolivia, estamos muy adormilados.


Aquí han hecho la ley de igualdad de género donde se acepta el cambio de sexo y el transgénero, pero no se permite el matrimonio homosexual. En fin, son recortes muy formales, aflojar por un lado para ajustar por el otro. Entonces se afloja por ejemplo en tema de aborto pero se ajusta en el extractivismo y en toda la agresión que hay a los territorios indígenas.


En algún punto ¿podrían considerarse demandas liberales hacia el Estado?

—La lucha por el matrimonio me parece una barbaridad, heterosexual y homosexual. El matrimonio es una institución conservadora y reaccionaria. Pero acá se afloja en algunos términos para poder seguir con la política extractivista. Y ahí es donde las mujeres tenemos que estar más firmes que nunca.

En relación al vínculo entre mujeres y trabajo. Traíamos las reflexiones tuyas, escuchadas en la cátedra libre, acerca de lo que implicó la creación de un orden social tras la llegada de los colonizadores, basado en un mundo donde los que dominan, no trabajan. Vos planteabas que esto, para el mundo andino “es el mundo al revés”, donde el trabajo es visto como castigo, donde el trabajo es explotación. Esta vuelta de rosca de pensar cuán distinto es el trabajo en el mundo andino, cuando existe un vínculo con la Madre tierra, con la Pachamama.

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Foto: Sofía Bensadon

—Sí, en el mundo andino, el trabajo también está vinculado con las fiestas, con el mundo ético y con el cosmos.

Vemos que en Bolivia se da muy fuertemente que la mujer incursiona en rubros que en otras territorios, son roles ocupados por hombres, ahora e históricamente. Por ejemplo, en la construcción, es un trabajo que en muchas sociedades se lo considera sólo de hombres y acá se da hace bastante tiempo ya que la mujer ingresa a ese rubro y de alguna manera lo hace propio.

—Bueno eso ya comenzó en la Guerra del Chaco, habían maestras albañiles, masivamente las mujeres entraron en puestos de trabajo de varones y a través de toda una política de autoconstrucción. Porque la mayoría de los casos, cualquier obra estatal, el Estado ponía los materiales y la mujer el trabajo y ahí las mujeres estaban picando piedras y pavimentando. Pero hay en general una sensación de que no hay límites para las mujeres en término de tipos de trabajo. No hay tabúes.

Y crees que eso se puede dar acá en Bolivia por toda la historia de la mujer con el trabajo en el campo…

—Sí, absolutamente, porque la migración es diferencial. En las comunidades básicamente hay mujeres, viejos y niños. Entonces el grueso de la labor agrícola está en manos de mujeres. Aparte de que el trabajo es visto pues como algo absolutamente dignificante.

Por último, para cerrar, queríamos preguntarte cuáles son los aportes que el pensamiento ch’ixi tiene para hacer a los feminismos latinoamericanos.

La Gayatri Spivak decía que estamos cansadas de ser socias honorarias de los clubes masculinos. Yo pienso que tampoco queremos que los varones sean socios honorarios de los clubes femeninos. Y ahí es donde entra lo ch’ixi, la posibilidad a la vez de compatibilizar lo individual con lo colectivo, lo femenino con lo masculino. Y un poco eso lo hemos puesto en práctica aquí en el colectivo, nosotras no somos las que cocinamos y ellos hacen, sino que interactuamos en todos los terrenos. Pero también manteniendo ciertos espacios diferenciados. Entonces la idea es también, como coexistir entre diferentes estableciendo lugares en los que la diferencia no se disuelva con el sometimiento de uno al otro, sino que permanezca como cierta energía en el propio conflicto. Esta es una forma en la cual lo ch’ixi podría resolver esta paradoja.

“No sabemos lo que puede un pueblo”. Reseña de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia, de Diego Tatián // Mariano Pacheco

“No sabemos lo que puede un pueblo”. Reseña de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia, de Diego Tatián (editorial Las cuarenta)

Por Mariano Pacheco, La luna con gatillo

Los lectores de Diego Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos; sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante, pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. La situación vuele a repetirse con este nuevo libro, publicado hace unos meses por la editorial Las cuarenta, en el que Tatián reúne doce ensayos bajo el título de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia; textos en los que una cantidad de nombres propios y fechas claves nos ayudan a pensar una serie de temas como la universidad pública; la traducción; el ejercicio crítico de estudiar, escribir e investigar; la tensión entre la herencia y la invención; el rol del arte; el vínculo entre vida, muerte y filosofía y, como el título mismo del libro lo indica, entre filosofía y democracia.

Se reúnen así, en este libro, un conjunto de reflexiones teórico-políticas situadas, en donde puede visualizarse un doble esfuerzo. Por un lado, un esfuerzo narrativo, recuperando una vasta tradición que conecta a la filosofía con la literatura; por otro lado, un esfuerzo vinculado con la cuestión política, para conectar las grandes ideas de occidente con América Latina, pero también, con Argentina y la provincia que habita, que en las últimas décadas no deja de hacer gala de un provincianismo ramplón. Pensamiento situado, entonces, no cerrazón endogámica o apología de un esencialismo de pago chico.

NOMBRES

Decíamos que, quien se meta con este libro, se topará con una serie de nombres propios a partir de los cuales pueden pensarse una determianda cantidad de problemáticas. Así, se recupera a uno de los héroes de la gesta de mayo, vinculado a su preocupación por difundir El contrato social de Rousseau (“prologado, editado y quizá traducido por Mariano Moreno para ser usado como texto escolar”); libro que en nuestro país corrió la misma suerte que su difusor, aunque logró quedar inscripto en los catálogos de la Biblioteca Mayor de Córdoba. Y más allá del debate historiográfico/bibliográfico en torno a si efectivamente fue el Secretario de la Junta quien tradujo el texto de Rousseau, Tatián destaca el hecho de concebir el saber como bien de uso; en este caso un uso militante determinado por la urgencia de un contexto revolucionario. Moreno -dice Tatián- fue efectivamente un “traductor revolucionario”, porque concibió la tarea de “introducir y popularizar” las ideas ilustradas como parte de una obra política (y política aparece en itálicas en el libro, es decir, subrayada).

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Otro de los nombres propios a través de los cuales podemos pensar el vínculo entre Córdoba y parte de la tradición del pensamiento occidental es el de Rodolfo Mondolfo, aquel profesor italiano llegado a Buenos Aires en mayo de 1939, luego de ser expulsado de Europa por las leyes raciales promulgadas el año anterior por el régimen fascista.

Tatián reconstruye en su libro el paso de Mondolfo por Córdoba (1940-1947) apelando a datos de legajos internos de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) para situar el domicilio del pensador marxista y, a partir de ese dato, reconstruir imaginariamente los lugares por donde éste caminó, para reparar así en la paradoja de que el italiano pudo haberse cruzado gran cantidad de veces con los reformistas cordobeses, como Deodoro Roca, fallecido en 1942. “¿Hubo contanto entre Mondoldo y los intelectuales de la Reforma del 18?”, se pregunta el ex decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, para luego ir tras unas huellas que parecen desvanecerse sin dejar

rastros de dicho encuentro. Tatián repara también en los cruces entre Spinoza y Marx realizadospor el italiano y, a su vez, en la “presencia tangencial” del “pulidor de lentes” en la cultura reformista.

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Sarmiento y Tocqueville, otros nombres propios para pensar los nudos problemáticos del libro. Sarmiento viajero y traductor, sí, pero también coleccionista (de datos y documentos). “Volvió a la Argentina con un baúl lleno de documentos y textos útiles: estadísticas y censos acerca de la demografía, el crimen, la educación y la inmigración”, puede leerse en una nota al pie del libro en el que otros nombres aparecen como referencia para nuevos debates. Ya sea Walter Benjamin o el ya mencionado Deodoro Roca, Kant, Descartes o Kafka, lo que puede leerse a través de ellos son una serie de preguntas en torno a la filosofía, la política y los sitios que habitamos. En caso del autor de este libro, obviamente, la universidad, la UNC, no casualmente dentro del debate de los ideales reformistas Latinoamericanos hace 100 años atrás.

CONCEPTOS

“El tiempo es olvido, y es memoria”, supo escribir Jorge Luis Borges en su poema “Milonga d Albornoz”. ¿Qué es el tiempo?, se pregunta Tatian hacia el final de Lo interrumpido. “El tiempo es producción inmanente de deseo”, afirma Tatián, luego de argumentar que el tiempo no impone un curso necesario a los hechos del mundo, ni su condición mecánica, ni su experiencia puramente psicológica, ni su transcurso una serialidad cuantitativa trascendente a los acontecimientos e independiente de ellos. Y “la duración”, no solo un concepto cronológico. “La tarea de perseverar se pierde cuando su propósito es solo conservador y se realiza si incorpora rupturas e innovaciones”. Así, la “duratio democrática”, resulta de la autoinstitución ininterrumpida bajo el modo de la novedad que fue atesorada por la historia.

Para terminar, un retorno al principio, al menos de este libro.

Es en “Filosofía y democracia en América Latina”, el ensayo que abre esta publicación, donde Tatián se detiene más específicamente en una conceptualización política.

Recuperando el realismo materialista de Spinoza, nos interpela a los lectores a desenmascararnos del idealismo que postula por principio del pensamiento una representación de cómo los ciudadanos deberían ser. También rescata la idea de comunidad, de lo común como lo impropio, lo que no es propiedad de nadie. No algo dado, al alcance de todos sino lo común como opacidad, que necesita de un “trabajo” de descubrimiento o, más bien, de composición; una experiencia que a veces resulta una vida entera, según podemos leer (“no sabemos lo que puede un pueblo”).

De allí que se entienda a la democracia no tanto como “sistema de gobierno”, sino más bien como “decisión común” por mantener abierta la pregunta que interroga por lo que los cuerpos y las inteligencias pueden -ser y hacer-. Cerca de Alain Badiou (y también de Jaques Ranciere, a quien cita por ahí), Tatián entiende a la democracia como “una forma de sociedad que activa declaraciones de igualdad, y un régimen político que concreta esas declaraciones en instituciones sensibles a la novedad humana”. La referencia a “los cuerpos y las inteligencias” no sólo recupera el monismo spinozista y un legado inmanentista, sino que además pone en cuestión el “anti-intelectualismo” tan en boga en las últimas décadas (“pulsión anti-intelectual reaccionaria muy antigua que bloquea la experimentación con la lengua, la vitalidad de las formas y la invención de nuevas prácticas”). De hecho, la referencia al ser humano como una “cosa que piensa”, junto con la declaración de la necesidad de construir las condiciones de irrupción de un “poder popular y un intelecto general” para ganar y sostener conquistas, demuestran que en su concepción el pensamiento no es el saber exclusivo de un pensador sino un bien común, que necesita “cuidar y defender la interrogación por las ideas” (por supuesto, y así queda explicitado, esto no niega los oficios concretos, las horas destinadas a “lidiar con las palabras y con las ideas, con la interpretación de los sentidos y el desciframiento de los signos que entrega la época”). Lo común, entonces, es también la capacidad de resistir la imposición de una lengua única o bibaria, se aclara,

para rematar que el carácter comunitario o comunista del pensamiento es “el principio mismo de la democracia”.

Pero como decíamos al comienzo de esta nota, os lectores de Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos; sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante, pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. Y esta tensión se exacerba cuando se presenta la “cuestión democrática en Latinoamérica” como situación inscripta en un “entre” la política y el Estado. Es que luego de leer una cita de Antonio Negri, en donde se caracteriza al poder constituyente como “plural, multidireccional e indeterminado”, como fuerza que “irrumpe, interrumpe y desquicia”, nos encontramos con una reivindicación del Estado como “contrapoder instituido” (aunque se aclara: siempre y cuando emerja de los movimientos sociales y la vitalidad popular).

Sorprende un poco -al menos eso le ha pasado a este cronista- que la reivindicación de algunos de los gobiernos Latinoamericanos de los últimos tiempos pueda sostenerse desde algunas ideas-fuerza que aparecen en este libro, como aquella que sostiene sobre la igualdad. Y cito in extenso para que se entienda a qué me refiero:

“Igualdad significa asimismo que cualquiera es sujeto capaz de imaginar -entre otras muchas cosas- particiones de la riqueza diferentes a las inmediatamente dadas, y actuar para su puesta en obra; en este sentido, lo otro de la representación del individuo como mero objeto merecedor de una redistribución más conveniente decidida en otra parte y sin su intervención. Igualdad no es en principio una más justa redistribución de bienes sino un reconocimiento más intenso y más extenso de las personas como fuerzas productivas de pensamiento (palabras con la que incluyo aquí las acciones políticas) acerca de lo justo, y acerca de muchas otras cosas.

La institución de la igualdad comienza por una declaración que desmantela los órdenes jerárquicos legitimados como naturaleza de las cosas”

Como también sucede con algunos de los textos más lúcidos de Eduardo Rinesi, quienes no adherimos a los proyectos de los proyectos neodesarrollistas de la región (las más de las veces también “neoextractivistas”), pero leemos con entusiasmo teórico-político este tipo de reflexiones, quedamos pasmados ante ciertas premisas que se derivan de postulados que nunca imaginamos, al comenzar a leerlos, que podrían desembocar en apoyos activos a este tipo de gestiones progresistas del ciclo (que nunca dejaron de sostenerse, por otra parte, en fuertes mojones neoliberales). Por supuesto, la crítica no es moral sino política, y por lo tanto prescindiremos aquí de conceptos tales como “cooptación” o delimitaciones del tipo “buenos y malos”, porque de lo que se trata es discutir ideas y de ser coherentes con las posiciones que cada uno sostiene.

En este sentido, no puede negarse, Lo interrumpido no deja de ser un notable aporte al debate de ideas de la actualidad.

Barthes y la China // Simon Leys

En abril de 1974, Roland Barthes hizo un viaje a China con un pequeño grupo de sus amigos de Tel Quel. Esta visita había coincidido con una purga colosal y sangrienta, que el régimen maoísta desencadenó en todo el país – la siniestramente famosa “campaña de denuncia de Lin Biao y Confucio” (pi Lin pi Kong).

A su regreso, Barthes publicó en Le Monde un artículo que daba una visión curiosamente jovial de esta violencia totalitaria: “Su nombre mismo, en chino Pilin-Pikong, tintinea como un alegre cascabel, y la campaña se divide en dos juegos inventados: una caricatura, un poema, un sketch de niños en el transcurso del cual, de repente, una niñita maquillada corta entre dos ballets el fantasma de Lin Biao: el Texto político (pero únicamente él) engendra estos mismos happenings.”

En esa época esta lectura me trajo a la memoria un pasaje de Lu Xun – el panfletista chino más genial del siglo XX: “Nuestra civilización china tan elogiada no es más que un festín de carne humana condimentada para los ricos y los poderosos, y eso que llaman China no es más que la cocina en la que se elabora minuciosamente ese guiso. Los que nos alaban sólo pueden ser disculpados en la medida en que no saben de qué hablan, como hacen esos extranjeros que por su encumbrada posición y su existencia acomodada se volvieron completamente ciegos y obtusos.”

Dos años más tarde, el artículo de Barthes se reeditó en una plaqueta de lujo exclusiva para bibliófilos – con el agregado de un postfacio que me inspiró la siguiente nota: “(…) El señor Barthes nos explica aquí en qué consiste la contribución original de su testimonio (que algunos groseros fanáticos habían entendido muy mal en ese entonces): se trataba, nos dice, de explorar un nuevo modo de comentario, ″el comentario de tono no comment″ que sea una manera de ″suspender nuestra enunciación sin llegar a abolirla″. El señor Barthes, que ya tenía muchos títulos en la consideración de la gente culta, acaba tal vez de adquirir uno que le valdrá la inmortalidad, convirtiéndose en el inventor de esta inaudita categoría: el ″discurso ni asertivo, ni negador, ni neutro″, ″las ganas de silencio en forma de discurso especial″. Por este descubrimiento cuyo alcance no se revela de entrada, Barthes llega de hecho – ¿se dan cuenta de ello? – a investir con una dignidad enteramente nueva, a la vieja actividad, tan injustamente desvalorizada, del hablar-para-no-decir-nada. En nombre de las legiones de las ancianas señoras que, todos los días de cinco a seis, parlotean en los salones de té, queremos darle las gracias de manera emotiva. Por último, en este mismo postfacio, y sin duda es algo por lo que muchos deberán estarle agradecidos, el Sr. Barthes define con audacia lo que debería ser el verdadero lugar del intelectual en el mundo contemporáneo, su verdadera función, su honor y su dignidad: se trata, según parece, de mantener con coraje, hacia y contra todos la ″sempiterna parada del Falo″ de la gente comprometida y otros pérfidos defensores del ″sentido brutal″, ese chorreo exquisito de una canillita de agua tibia.“

Y ahora este mismo editor nos entrega el texto de los cuadernos en los que Barthes había consignado día a día los diversos acontecimientos y experiencias de este famoso viaje. ¿Esta lectura podría llevarnos a revisar nuestra opinión?

En estos cuadernos, Barthes anota en fila india, y muy escrupulosamente, toda la interminable perorata de propaganda que le sirven en el transcurso de sus visitas a las comunas agrícolas, a las fábricas, escuelas, jardines zoológicos, hospitales, etc.: “Legumbres: en el último año, 230 millones de libras + manzanas, peras, uva, arroz, maíz, trigo; 22000 cerdos + patos (…) Trabajos de irrigación. 550 bombeos eléctricos; mecanización: tractores + 40 monocultivos (…) Transportes: 110 camiones, 770 tiros de carros; 11000 familias = 47 000 personas (…) = 21 brigadas de producción, 146 equipos de producción”… Estas valiosas informaciones llenan 200 páginas.

Están mezcladas con breves anotaciones personales, muy elípticas: “Almuerzo: ¡sorpresa, papas fritas! – Olvidé de lavarme las orejas – Meaderos – Lo que extraño: no hay café, no hay ensalada, no hay flirts – Migrañas – Náuseas.” El cansancio, la monotonía, el aburrimiento cada vez más abrumador apenas si están matizados por escasos rayos de sol – por ejemplo un tierno y largo apretón de manos que le concede un “lindo obrero”.

¿El espectáculo de este inmenso país aterrorizado e idiotizado por la rinoceritis maoísta anestesió completamente su capacidad de indignación? No, pero se la guardó para denunciar la detestable comida que Air France le sirvió en el avión de regreso: “El almuerzo de Air France es tan repugnante (pancitos como peras, pollo informe en salsa con olor a fritanga, ensalada coloreada, repollo con fécula chocolateada – ¡y nada de champagne!) que ya estoy a punto de escribir una carta para protestar.” (El subrayado es mío.)

Pero no seamos injustos: cada uno de nosotros anota una montaña de tonterías para nuestro uso privado; no se nos puede juzgar sino por las tonterías que usamos públicamente. Sea lo que sea que pensemos de Roland Barthes, nadie podría negar que tenía ingenio y gusto. Y que también se abstuvo de publicar estos cuadernos. Entonces, ¿quién cuerno tuvo la idea de esta exhumación lamentable? Si esta extraña iniciativa proviene de sus amigos, esto me recuerda entonces el llamado de atención de Vigny: “Un amigo no es más malo que cualquier otro hombre.”

En el último número del Magazine Littéraire, Philippe Sollers estima que estos cuadernos reflejan la virtud que celebraba George Orwell, “la decencia ordinaria”. Al contrario a mí me parece que, en lo que allí se calla, Barthes manifiesta una indecencia extraordinaria. De todas maneras esta comparación me parece incongruente (la “decencia ordinaria” según Orwell se basa en la sencillez y el coraje; Barthes tenía por cierto cualidades, pero no ésas). Ante los escritos “chinos” de Barthes (y de sus amigos de Tel Quel), me viene a la memoria esta cita de Orwell: “Usted debe formar parte de la intelligentsia para escribir semejantes cosas; ningún hombre común podría ser tan estúpido.”

Esta lectura de Simon Leys fue publicada en La Croix del 9 de febrero del 2009 y es un comentario a la publicación del Diario de mi viaje a China de Roland Barthes.

Traducción: Hugo Savino

Fuente: Entrelazos

«8M | Constelación Feminista» // Verónica Gago, Raquel Gutiérrez Aguilar, Susana Draper, Mariana Menendez, Marina Montanelli y Suely Rolnik entrevistada por Marie Bardet


#ParoInternacionalDeMujeres.

Lanzamiento del libro «8M | Constelación Feminista»

Raquel Gutiérrez Aguilar, Susana DraperMariana Menendez, Marina Montanelli y Suely Rolnik entrevistada por Marie Bardet

El 8 de marzo convertido en paro internacional de mujeres abrió un nuevo terreno de práctica política a nivel global. ¿Cuál es el tiempo que produce la huelga de mujeres? ¿Cómo se conecta el paro con otras luchas? ¿En qué sentido elaboramos la violencia contra las mujeres como una ofensiva del capital? ¿Cómo respondemos a la normativa estatal que limita gestos y lenguajes? ¿Cómo fortalecemos las luchas feministas con un horizonte popular y autónomo?
Estas preguntas se enhebran, se amplían y se interseccionan en los textos de esta compilación. Un cruce de geografías (Argentina, México, Estados Unidos, Uruguay, Italia y Brasil). Una apuesta a la política del deseo que sentimos está tomando las calles y que nos impulsa a pensar la transformación radical como revolución existencial.

Conseguilo en La Periférica Distribuidora Cooperativa La AsambleariaBruxes Libreria y en mano en asambleas y calles.

CONVERSACIONES ANTE LA MAQUINA // El poder terapéutico. Conversación con Santiago López Petit

Para nosotros Florencio Varela, en el conurbano bonaerense, viene siendo un espacio a partir del cual pensamos la conflictividad social, las luchas populares, el devenir narco. Sin embargo, en estos días es noticia porque el intendente Julio Pereyra anunció que instalarán un barrio espiritual financiado por el cineasta David Lynch. Entonces recordamos que en los libros de Santiago López Petit aparece la idea del poder terapéutico. ¿Qué es eso, Santiago?
 
Podemos empezar diciendo que el poder terapéutico es una cara más del poder, que consiste en hacer persistir nuestras vidas en lo que son. Es como un poder que nos mantiene en vida para seguir funcionando dentro de la máquina. Pero no es simplemente un poder de medicalización, es muchas cosas a la vez: medicinas, terapias, un conjunto de prácticas que buscan que carguemos con nuestra vida. Yo lo empecé a teorizar a partir de una experiencia en una cárcel de Asturias, en España. En esta cárcel los presos de algún modo auto controlaban el espacio y los carceleros eran sustituidos por terapeutas. Quien entraba allí, firmaba un contrato en el que admitía que su vida fuera rehecha. Fue una experiencia exitosa y para nosotros fue la matriz para comprender cómo el poder terapéutico se extiende sobre toda la sociedad.
 
Pensábamos que al mismo tiempo hay una espiritualidad de los dirigentes. Ahora mismo, el Papa argentino tiene una importante influencia sobre las elites políticas y empresariales de la región.
 
Se los voy a decir un poco bestia, pero desde San Agustín se postula la existencia de un espacio interior en el hombre, cosa que no se había pensado antes. Un espacio interior en el que el hombre se encuentra a sí mismo. San Agustín lo construye como un espacio del miedo, en la medida en que en este espacio interior me veo ante Dios, que verá si me salva. En ese espacio entra toda la espiritualidad, que luego se hará control. Lo complicado es que el espacio interior, en estos momentos de sobreexposición, puede entenderse también como un lugar de resistencia. En la opacidad, es un salir fuera de una visibilidad absoluta bajo un ojo del poder. Pero abocarse a la meditación trascendental es absurdamente nefasto cuando lo que no hay son casas. Creer que la disposición de los muebles te hará más feliz me parece absolutamente vomitivo. Es el uso de la interioridad para ponerla en función de la propia máquina capitalista. El poder terapéutico busca neutralizar lo político y ubicar en conflicto en cada quién. Es la gestión de los residuos humanos por un lado, y de las vidas precarizadas por el otro. Funciona como un agarradero: en el fondo, con la auto contemplación te ofrecen un bloque de eternidad, lo cual para mucha gente es bastante. Sin embargo, hoy el espacio interior puede ser un lugar para partir, un punto para volver a atacar al mundo. Sospecho que hay algo en vaciarse que puede ser liberador, quitar el miedo y los deseos construidos por la publicidad.
 
¿Hay alguna relación entre esa parte positiva de la meditación, aquella que vacía la vida marca, y tu idea del “gesto político”?
 
Antes la gran dicotomía era “o ser una mercancía o vivir”. Esto era lo que planteaban los situacionistas y muchísima gente en los ‘70. Yo creo que hoy la dicotomía  a la que nos enfrentamos es “ser una unidad de la movilización o ser una anomalía”. Ser una pieza o ser alguien que no va a encajar en esto y que va a pagar por ello. Yo creo que ciertas terapias pueden ayudar a que esta anomalía, que uno debe ser si quiere enfrentarse al mundo, subsista de alguna manera y no se gire hacia la autodestrucción. Este es el punto crucial: si hay un criterio a la hora de cortar las terapias y plantear que pueden ser elitistas, nefastas, ligadas al capital. Ahora, cerrar los ojos ante esto también me parece equivocado. Hay una terapia que indica “relajarse bien para trabajar mejor”. Pero el gesto radical, el gesto revolucionario es dejar de ser uno mismo. O sea, en la política más radical ya hay una forma de terapia que es dejar de ser lo que la realidad te obliga a ser.
 
¿A qué llamás fascismo posmoderno y cómo se relaciona con el poder terapéutico?
 
El fascismo posmoderno es un espacio público pseudo privatizado, es la autogestión de tu propia vida, es un espacio de opinión y decisiones. Durante mucho tiempo para mí el fascismo posmoderno fue esta movilización en la que tú crees que diriges tu propia vida. El fascismo posmoderno, la máquina de la movilización, el vivir en esta sociedad destruye la mente, aniquila, en el fondo tu vida no vale nada. Entonces al poder terapéutico interviene como una aseguradora para que no te hundas. Te mantiene con el mínimo de vida para que puedas seguir vivo y trabajando. Entonces, ¿nos hacemos pieza de la máquina o intentamos en esta destrucción ser la anomalía que se pueda convertir en cierta potencia? Hay terapias que te reconducen dentro de la máquina y otras que pueden hacer de la propia enfermedad un arma. Aquí está la cosa: asumirse anomalía, asumirse una forma del dolor.
 

Plurinacionalidad y Vivir Bien/Buen Vivir. Dos conceptos leídos desde Bolivia y Ecuador post-constituyentes // Salvador Schavelzon

«En el contexto de los debates que acompañaron los procesos constituyentes y post-constituyentes recientes de Bolivia y Ecuador, revisaremos dos conceptos con lugar destacado en las discusiones: «Vivir Bien/Buen Vivir» y «plurinacionalidad». El recorrido por su genealogía nos llevará a preguntarnos por las lecturas que los componen entre el Estado y la comunidad, entre el discurso del desarrollo y la autonomía, entre el movimiento indígena y los gobiernos progresistas. Al mismo tiempo buscaremos dar cuenta de un momento de quiebre en que los gobiernos que impulsaron la inclusión de estos conceptos en las Constituciones aprobadas en 2008 y 2009 se alejan de sus aliados indígenas y de la implementación de los mismos, que ellos defendían. Es desde la dinámica cambiante de los procesos de ambos países que buscamos leer y recopilar significaciones de ambos conceptos, entendidos como espacio de combinación compleja de distintas miradas y experiencias políticas.»
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“No se necesita tener una alternativa para decir no” // Santiago López Petit:

El filósofo y químico Santiago López Petit (Barcelona, 1950) ha dedicado toda su vida a conocer en qué consiste ese concepto del “querer vivir”. Todos sus libros tienen esa coletilla final. Para él, finalmente se trata de un grito, un estado que hay que ejercer con radicalidad, sin esperar mucho a cambio. Quien nada espera es el que sale vencedor. Y mucho más en estos tiempos en los que la movilización debe venir acompañada de una reflexión. De todo esto habla en esta entrevista a raíz de su libro Entre el ser y el poder: una apuesta por el querer vivir.

 
 
Estamos inmersos en una avalancha de datos, previsiones, estadísticas, balances. En este universo de cifras parece que el espacio para la reflexión filosófica no tiene cabida. ¿Es así? ¿O sólo es una distorsión en muchos casos debida a la información que nos dan los medios?
 
 
La filosofía no tiene nada que ver con un saber hecho de estadísticas, balances… y datos que se manipulan como se quiere. Tampoco con defender una opinión en una mesa de tertulianos. La filosofía se ocupa de crear conceptos. Los conceptos permiten pensar la realidad y la propia vida. En este sentido me gustaría emplear dos metáforas para caracterizar rápidamente la filosofía. La primera, aunque suene un poco fuerte, sería afirmar que los conceptos son cócteles molotoff contra la realidad, armas con las que intervenir en el combate en el que todos estamos metidos: ¿quién y cómo se construye la realidad? Pero la filosofía, una constelación de conceptos, es también la pista del aeropuerto que puede permitirme levantar el vuelo, es decir, hacerme dueño de mi propia vida. Evidentemente, la filosofía entendida así no tiene lugar propio en el hilo musical que no cesa y nos encadena. Repito, no porque se ocupe de cosas extemporáneas, sino al contrario, porque indaga en lo esencial, en lo que verdaderamente nos importa. Los problemas filosóficos que son nuestros problemas, tienen a menudo una cara histórica y otra ahistórica. ¿Por qué esta realidad concreta nos aplasta? ¿Por qué la precariedad nos inocula miedo? Pero también ¿Qué sentido tiene la vida? La filosofía es subversiva, y va a la raíz de las cuestiones. Por eso su objetivo no es resolver problemas, es decir, ofrecer soluciones simples que acaban finalmente por cerrar la posibilidad de pensar. La filosofía ayuda a vivir porque no te hace fácil la vida.
 
 
Parece que, más que querer vivir, nos basta con sobrevivir, en contraste con años pasados hemos ajustado nuestras expectativas. ¿Puede que hasta ahora hubiésemos vivido en un engaño en el que el consumo era el fin último pero también el medio? Sabiendo que dedica todo un libro a este concepto, pero en pocas palabras ¿puede decirnos que es “querer vivir”?
 
 
 
Se dice a veces que un filósofo no tiene que pensar muchas cosas, le basta con pensar una sola idea. Ahora bien, esta idea hay que pensarla hasta el final, con todas sus consecuencias. En mi caso, he intentado pensar durante más de treinta años una sola idea:el querer vivir. Casi todos mis libros tienen como subtítulo: “una apuesta por el querer vivir”, “el querer vivir como desafío”, “el odio del querer vivir”. Y el libro sobre la noche en el que trabajo actualmente lleva por subtítulo “la enfermedad del querer vivir”. Mi reflexión acerca del querer vivir empezó al plantearme la pregunta ¿qué relación existe entre el Ser y el Poder? En el fondo de esta cuestión estaba fundamentalmente la constatación cotidiana de que no somos lo que podemos. Fue entonces cuando introduje un desplazamiento clave en mi opinión: la vida no existe, existe el querer vivir. La vida es sencillamente el nombre que damos a una constelación de cuerpos, cosas y palabras cuando nos posibilita conjugar el verbo querer vivir. El querer vivir es lo que nos constituye, lo que cada uno es más propiamente. Y sin embargo, no nos pertenece sino que lo compartimos porque es inmanente a la relación que establezco con el otro. El querer vivir es también una decisión, aunque lo es solamente cuando flaquea, por ejemplo, ante una enfermedad grave que nos amenaza. Si la vida es una palabra, el querer vivir es un grito. Ahora bien, como se anunciaba en la pregunta, el querer vivir es en sí mismo la pura ambivalencia. Lo mejor y lo peor del ser humano. Por eso mi objetivo ha sido siempre pensar ¿cómo hacer del querer vivir un desafío? La fuerza oscura que vive en el querer vivir se traduce ciertamente en ambigüedad política. Pero, justamente, es de esta extraña oscuridad, de esta opacidad tan impenetrable, de la que puede nacer un desafío.
 
 
 
Usted habla en el libro de la desarticulación de la clase obrera como objeto político. ¿No cree que en estos años se ha roto un poco la pasividad en la que estábamos inmersos y las protestas sociales han devuelto a la ciudadanía a la escena política?
 
 
 
La clase trabajadora protagonista del ciclo de lucha de finales de los años setenta fue derrotada. El Mayo del 68 francés, el largo mayo italiano desde el 69 hasta el 77, la transición política en España… son algunos de los momentos. La derrota política, económica, y cultural de la clase trabajadora supuso su desarticulación en tanto que sujeto político, y lo que se conoce como neoliberalismo que empieza con Thacher, Reagan y los demás, no es más que la prolongación de esta derrota. Descentralización productiva y fábrica difusa, trabajo negro, deslocalizaciones, precarización laboral (y existencial), hipotecas… se trata de una verdadera ingeniería social encaminada a destruir una clase trabajadora que había alcanzado demasiado contrapoder, a reconstruir la obligación del trabajo. Lo que se conoce como “la crisis” no es más que un nombre para un proceso de expropiación de la riqueza colectiva y de los derechos sociales conseguidos. Ciertamente se están produciendo reacciones ante este ataque. Pero, por ejemplo, lo primero que habría que aclarar es el mismo término ciudadanía. ¿Sirve el concepto de ciudadano para calificar esta fuerza colectiva que tomó las plazas? Yo creo que no. El ciudadano es la pieza esencial de lo democrático, y lo democrático es la forma fundamental de dominio. Sí que es verdad que hay una resistencia pero la desproporción entre el ataque y la respuesta es por desgracia apabullante.
 
 
 
¿El concepto de proletariado y lucha no ha quedado excesivamente difuminado en este modelo económico global?
 
 
 
En la época global, y podríamos escoger el 11-S del 2001 como el momento simbólico de su inicio, el capitalismo tiende a identificarse absolutamente con la realidad. En otras palabras, no hay afuera. Podríamos emplear una metáfora: vivimos dentro de la bestia que nosotros mismos alimentamos simplemente viviendo. Estamos en el corazón de lo insoluble. La consigna capitalista que funcionó en una parte del mundo durante años fue “paz social a cambio de dinero”. Patronal y sindicatos llamaban a esta transacción pacto social, política de rentas. Ahora la consigna capitalista que rige el mundo es simplemente “Esto es lo que hay”. Se trata de un nuevo escenario en el que el espacio de la negociación se ha ido apagando. Es fácil de entender. Como afirmaba recientemente uno de los hombres más ricos del mundo [Warren Buffet]: “¡Y tanto que existe la lucha de clases, pero la vamos ganando nosotros!”. En términos políticos podríamos calificar la situación en la que estamos como un impasse. La acción política que se quiere radical está abocada al siguiente dilema: si se concreta – y debe concretarse para hacerse efectiva – pierde consistencia política, se hace arbitraria y es absorbida por la propia realidad. Pero si no se concreta, para evitar caer en la trampa de la particularidad, permanece abstracta e incapaz de morder la realidad. Lo que es políticamente factible no cambiará nada, y las acciones que podrían traer consigo cambios realmente significativos son políticamente impensables. La reivindicación ciertamente necesaria parece agotada, abocada a un callejón sin salida. Las formas clásicas de lucha se topan con sus propios límites. Por ejemplo. ¿Para qué sirve una huelga general de un día? La reivindicación tiene que hacerse gesto radical. El gesto radical no tiene en cuenta la correlación de fuerzas porque se hace con un cuerpo que se resiste hasta el final. Por ejemplo, la plaza de Tahrir del Cairo.
 
 
 
¿A quién representa la política profesional? La gran mayoría de los ciudadanos no se ven representados por sus políticos, los vemos como meros defensores de intereses económicos.
 
En uno de sus libros más conocidos Platón cuenta el mito de la caverna. Lo resumo porque es muy conocido. En el interior de una caverna hay unos hombres encerrados que contemplan el paso de unas sombras. Así transcurre su vida. Es parecido a estar ante la televisión. Pero a uno de ellos se le ocurre que la vida no puede ser eso, y decide salir afuera. Allí descubre el Sol. Ahora no importa qué es el Sol. El hombre se encuentra bien en la intemperie iluminada y no tiene ganas de regresar a la caverna. Platón nos dice entonces que tenemos el deber de volver a la caverna. Aunque esto nos suponga el ridículo o la misma muerte. “Las cosas de los hombres no valen mucho la pena, pero no hay más remedio que preocuparse de ellas”. En definitiva, hay que ensuciarse las manos. Platón ofrece una solución en cierto modo autoritaria, si bien afirma algo fundamental: la política, en el mejor sentido de la palabra, es la administración colectiva de la vida, la autoorganización social en marcha y tenemos que contribuir a a su buen funcionamiento. Creo que es insuficiente criticar a los políticos y actualmente demasiado fácil. Por supuesto hay que gritarles “Que se vayan todos” o “Nadie nos representa”. Pero a continuación defender que la política se hace en el lugar de producción, en la escuela, en la calle… El movimiento del 15M con la toma de plazas supuso recuperar, aunque sólo fuera por unos momentos, un espacio político en el que la palabra era puesta en el centro y a disposición de todos. Evidentemente, la política de los políticos profesionales no tiene nada que ver con esto. Nosotros lo sabemos bien. La transición postfranquista fue, entre otras cosas, el secuestro de este espacio político real, su substitución por un espacio político ficticio, su transformación en Parlamento. La política, que está esencialmente ligada a la vida, fue convertida en el código gobierno/oposición. Este código del cual los políticos profesionales son sus gestores rige la sociedad. Todo lo que no se exprese en su lenguaje no existe, no puede existir. Los políticos profesionales, en el fondo, no son más que los meros guardianes de este código, de “lo democrático”, que por supuesto, no tiene nada que ver con la democracia. No es de extrañar, pues, que este modo de representación facilite y promueva la corrupción.
 
El capitalismo parece haber fracasado estrepitosamente y sin embargo esa profunda reforma que preconizaron políticos como Sarkozy no llega. Desterrado el comunismo, ¿es el capitalismo el único sistema viable?
 
 
 
A veces es necesario recuperar una mirada histórica sobre la realidad. Entonces nos damos cuenta de que nada es eterno. El capitalismo evidentemente tampoco. Se ha transformado mil veces, y lo ha hecho porque ha sido capaz de poner el desorden en su propio centro. Sólo así, admitiendo la inestabilidad podía ser innovador y persistir. Este “desorden” motor de su desarrollo fue denominado por Marx “trabajo vivo”, es decir, la clase trabajadora portadora de antagonismo y de creatividad. De aquí que, por definición el capitalismo sea sinónimo de crisis. Hasta ahora esta crisis era reconducida como un momento del ciclo económico y servía para “hacer limpieza” de las empresas poco competitivas, de todo lo que le suponía un obstáculo o una disfuncionalidad. En la actualidad estamos viviendo más bien una fuga hacia adelante que amenaza a la humanidad por su carácter fundamentalmente destructivo. Yo no sé si hay alternativa al capitalismo pero sí sé que este modo de producción que aúna la miseria de la abundancia y la abundancia de la miseria debe ser combatido. No se necesita tener una alternativa para decir No, para rechazar esta realidad detestable.
 
 
 
Cometemos un abuso del término nihilismo, muchos lo usan para desprestigiar la deriva de la sociedad actual sin conocer toda la profundidad que la palabra encierra. ¿Es esta una sociedad nihilista que ha rechazado, por ejemplo, el asidero de la religión? ¿Hemos renunciado a ciertos valores de lo absoluto?
 
El significado del concepto de nihilismo no es fácil de resumir ya que tiene una larga historia tras de sí. Nietzsche es quien formuló la definición posiblemente más útil, y a la vez, más cercana a nosotros: “Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al ¿para qué? ¿Qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizan”. El nihilismo implica decadencia, pesimismo etc. Según él, estos fenómenos surgirían como consecuencia de la muerte de Dios, aunque el cristianismo a causa de su desprecio de la vida ya los comportaba. Nietzsche nos propondrá girar la pasividad decadente del nihilismo en afirmación de la vida, en nihilismo activo. Más allá de la crítica que podamos efectuar a su concepción de lo trágico, y por tanto a su propuesta, su acierto es constatar la irrupción de la nada. No se trata de un problema intelectual. Un vagón de metro lleno de gente en silencio, sin mirarse porque sólo miran su móvil, es el mejor ejemplo de esta llegada del nihilismo. Nihilismo significa, en este caso, que ya “no hay nada” de relación social, puro autismo, o exposición del Yo en la red. El Estado-guerra, que mata a los enemigos que él mismo se construye, es nihilista. La movilización global en la que estamos metidos y que llamamos vida, es una maquina nihilista que tritura nuestras vidas. Podríamos seguir poniendo ejemplos de cómo el nihilismo triunfa, de la crisis de sentido que conlleva. No cabe, sin embargo, oponer valores absolutos a su avance. Todos nosotros sabemos que las religiones son un gran engaño, y a pesar de ello, es innegable la necesidad de creer. ¿Cómo poder luchar sin creer en algo? Por lo menos habrá que creer en nuestras propias fuerzas. Es aquí donde interviene para mí de nuevo el querer vivir. Creer en lo que nos hace vivir es un buen punto de partida para medirse con el nihilismo. Y lo que nos hace vivir ¿qué es sino el propio querer vivir?
 
 
 
Plantea usted que existen varios tipos de apuesta, la apuesta entre el miedo y la esperanza, la apuesta prevaricante, resistir sin esperar nada. ¿Entre qué dos términos podemos apostar actualmente? ¿Qué podemos esperar? ¿O no tenemos que esperar y ponernos manos a la obra?
 
Después de la derrota de los años setenta se abrió una larga travesía del desierto. No quise inventarme nuevos sujetos políticos. Sustituir el antiguo movimiento obrero por nuevos movimientos sociales cada uno con su reivindicación específica, y en mucho casos, identitaria. Preferí formular una apuesta loca, y que además socavaba lo más esencial de toda apuesta: la esperanza. La llamé apuesta prevaricante porque este término curiosamente recogía ambos significados. Esta apuesta consistía en resistir sin esperar nada. Gracias a ella pude seguir en pie. Y muchos como yo descubrimos que era posible luchar sin horizontes. Con esta apuesta intentaba acercar al máximo nihilismo y querer vivir, la radicalización del nihilismo y la afirmación del querer vivir. En estos momentos creo que esta apuesta tiene que ser pensada de nuevo. Sigo creyendo que sólo la potencia de la nada puede llegar a hundir esta realidad absolutamente capitalista. Una potencia de la nada que va asociada seguramente a una fuerza colectiva anónima. Ocurre, sin embargo, que es problemático pretender radicalizar el nihilismo cuando vemos que está extendiéndose por toda la sociedad. Cuando la realidad, al mostrarse en su máxima obscenidad (corrupción, miseria, injusticias…), parece haber encontrado paradójicamente una vía para su propio reforzamiento. “Esto es lo que hay”: nada de nada. El nihilismo se ha consumado. Lo que me pregunto, y aún no tengo respuesta, es si se puede abandonar el no-horizonte nihilista sin perder la potencia de la nada, esta fuerza oscura que está en todos nosotros y que es la única que verdaderamente puede hacer daño.
 
 
Julio Santamaría

Estamos en guerra // Diego Valeriano

 

Porque odiamos a los pibes, porque hay muertos por todos lados, porque es insoportable tener un transa en la esquina, porque tenemos el 911 fácil, porque andamos con miedo cuando baja el sol, porque no toman prisioneros, porque el vecino hizo una piecita arriba y nos tapó la poca luz que entraba, porque justificamos asesinatos a sangre fría, porque hay que esperar que amanezca para volver, porque ya no hay más bautismos que los bautismos de fuego. Estamos en guerra.

Cuando reconocemos que lo mejor de las situaciones extremas es que nos conducen a posiciones extremas, cuando el gordo de la rotisería acaricia el frio brillo de la 9mm cada vez que abre la registradora,  cuando salir a tomar el bondi requiere de estrategias defensivas, cuando la madre llora frente a las cámaras porque pasó lo que siempre pasa, cuando el guacho se desangra orgulloso camino al hospital. Estamos en guerra. Y  morir es devenir,   lastimar es posibilidad,   amor es arrancar, y  en lugar de hacer mundo cada vez, solo se hace campo de batalla.

Estamos en guerra por el consumo, por la fiesta, por deambular por la ciudad, contra la normalidad viciada que devuelve imágenes estáticas, por tanta falopa que anda dando vuelta, porque ya no creemos en nada, porque siempre es mejor morir que ser empleado, porque los pibitos se ríen de las maestras,  porque las pibas dijeron basta.

Estamos en guerra. Y no entendemos ni a Pablo, ni a Luis, ni sus viajes, frustraciones, dolores y encierros, ni a la vieja muerta de miedo que riega atrás de las rejas y ya casi no sale, ni a las nenas que ya vieron demasiado, ni a las víctimas de Once, ni al dolor de Matilde que solo puede sentir cómo sus hijos se le escurren entre los dedos, ni ese paredón infinito y oscuro donde la queda siempre alguien.

Poder, ética, transferencia: otro juego posible // Ignacio Lewkowicz

por Ignacio Lewkowicz

  1. Anticipo. Intento pensar la posible transformación contemporánea en los términos de la correlación poder-ética-transferencia. Conjeturo que esta transformación abre el campo de otro juego posible. Como el recorrido argumental requiere armar unas condiciones específicas de lectura, anticipo la tesis del texto.

Las alteraciones entremezcladas de la subjetividad y las teorías de la subjetividad contemporáneas determinan un cambio posible en los modos de pensar las relaciones entre poder, ética y transferencia. Las modalidades de pensar el anudamiento de ambos términos pueden esquematizarse en dos formulaciones. En la primera, la ética es un limitante razonable ante los abusos posibles de poder en la intimidad del campo transferencial. En la segunda, la ética es una indicación afirmativa – y no restrictiva – acerca de los poderes instituyentes – y no intrusivos – en el vínculo transferencial nuevo – y no repetitivo.

  1. Clima. Algo cambia. No cambia todo; tampoco es nada lo que cambia. Cambia algo. ¿Pero qué es lo que cambia? Se enfrentan dos posiciones al respecto. De un lado se anuncia una nueva era. De otro, se niega la supuesta novedad: se trata nada más que de la continuidad de la hegemonía del capital. En la hipótesis de la nueva era, los hombres, la subjetividad, las estructuras son pulverizados por la drástica mutación civilizatoria que atravesamos. En la hipótesis de la permanencia del mismo régimen, los hombres, la subjetividad, las estructuras transcurren en circunstancias diversas, con variaciones de énfasis y grado. Las teorías devienen obsoletas para la nueva era; en cambio, permanecen vigentes (aunque ideológicamente atacadas por los propagandistas de siempre) en la continuidad del capitalismo. Las estrategias de intervención están fatalmente condenadas a la inutilidad del museo de la historia en la nueva era; están llamadas a salvarnos de la ofensiva globalizante según la interpretación de la permanencia del mismo régimen. ¿Qué es lo que cambia y qué es lo que permanece? ¿Y qué valor adquiere lo que cambia por cambiar y lo que permanece por permanecer? Porque nada más sencillo que atribuirle a las permanencias el valor estratégico fundamental nada más que porque permanecen. La polémica ideológica así planteada no tiene mayor producción en el pensamiento. Ambas posiciones fingen observar el cambio desde fuera. Desde allí, describen cómo el mundo era, cómo es, cómo será. Pero no es más que una ficción. No existe ese tal fuera del mundo desde el cual podríamos describirlo. Nuestras categorías pertenecen a ese mismo mundo que cambia. No tienen el don trascendente de la observación. Habitan bajo la condición inmanente de la implicación. La alteración que analizan a la vez las altera.

  1. Perspectiva. Si algo cambia, el historiador se prepara a intervenir. Según su definición actual (recientemente aclimatada) su objeto no es el pasado de las sociedades humanas: su terreno de implicación es el cambio social. La historicidad actual es el sitio de intervención específico. La historicidad pretérita quizá no haya sido más que un campo de entrenamiento en el que se ha adiestrado para el uso de una serie de herramientas y estrategias de comprensión. En la historicidad pretérita los cambios ya han acontecido. En la historicidad actual, no disponemos del sitio trascendente – el resultado – desde el cual imaginar la posición de observador. Nuestras categorías proceden del mismo campo en el que trabajan. Están sometidas también a la historicidad del devenir. No disponemos de mejor herramienta para captar el devenir que el devenir mismo de las herramientas. El historiador que piensa el cambio lo está pensando precisamente desde el cambio mismo. Pero además lo está pensando mediante el cambio de las herramientas pertinentes para comprender ese cambio. El cambio cambia: las herramientas para pensarlo en una situación no son aptas para pensar el cambio mismo de esa situación por otra.

Algo cambia en la subjetividad. Ni todo ni nada. Algo cambia en la subjetividad. ¿Cambian también nuestros modos de pensar la subjetividad? Pues podría tratarse de un cambio en la subjetividad que estudiamos (la subjetividad objeto); pero también podría tratarse de un cambio en los modos de pensar la subjetividad: un cambio en los modos de pensar una realidad que no se ha alterado. Para los dos cambios tenemos esquemas: permanencia del objeto y cambio de la teoría, permanencia de la teoría y cambio del objeto. No es nuestra situación: no gozamos de los beneficios de la exterioridad mutua entre los términos supuesta en los dos esquemas. Los dos términos de la ecuación no son autónomos: el modo de pensar la subjetividad es un término de la subjetividad. Y si los dos términos varían y además no son independientes entre sí, estamos en una situación sin punto exterior fijo, una situación en principio caótica. Sin embargo, es preciso pensarla.

  1. Simplificación. La situación, extremadamente compleja, autoriza el recurso a las simplificaciones. Los términos implicados en la problemática del encuentro son infinitamente sutiles. No sólo pertenecen a campos disciplinarios diversos sino también a escuelas doctrinarias opuestas en el seno de los campos disciplinarios. La sociología, el psicoanálisis, la filosofía son campos vecinos del historiador. Sin embargo, la vecindad es litigiosa. Nunca termina uno por comprender cabalmente cómo funcionan los términos en el campo vecino.

La perspectiva de historiador se aproxima a los términos ética, poder, transferencia en una clave específica y con unos recaudos específicos. La clave es la transformación contemporánea de la subjetividad y su pensamiento. Los recaudos no atañen solo a la simplificacion forzada de los términos por la naturaleza disciplinaria de sus sutilezas. Tampoco atañen sólo a la diversidad de procedencia de cada uno de los términos. Quizá el recaudo principal se deba a la transformación misma en la que está implicado nuestro modo de pensar la transformación.

  1. Estrategia. En la perspectiva historiadora consignada, intento pensar la alteración de los tres términos en su mutua correlación estratégica y no en su autonomía. Contrapongo dos esquemas simplificados de anudamiento entre los términos y no dos concepciones de cada uno de los términos por separado. Los dos esquemas del nudo poder – ética – transferencia no describen dos realidades separadas por un abismo: describen dos modalidades de funcionamiento que bien pueden trabajar de forma simultánea y heterogénea en el mismo campo multiforme. Sin embargo, las dos configuraciones del nudo anticipado implican estrategia de intervención diferentes, según concepciones de la subjetividad diversas. Precisamente ese cambio en la concepción de la subjetividad es una de las principales transformaciones actuales[1]. Pues – en perspectiva de historiador – los modos de pensar son efecto de una subjetividad específica. Pero a la vez son instituyentes de una subjetividad específica.

  1. Monologismo. Los modos de pensar implicados en el primer nudo poder-ética-transferencia revelan a su vez un modo de pensar la constitución de la subjetividad. Presento un esquema simplificado de la configuración es este nudo. Las sutilezas – como había anticipado – han sido brutalmente suprimidas en nombre de la claridad del esquema.

Si la ética es la capacidad necesaria de limitación ante los abusos de poder siempre posibles en la transferencia, es porque así se configura una concepción a partir de unos recursos de pensamiento. Si la transferencia es reedición de un vínculo con unos objetos internos, o unos otros primordiales, ése que transfiere es un ser ya constituido que requiere de otro como término necesario para desplegar las determinaciones que lo constituían. Cualquier positividad específica de ese otro de la transferencia es una intromisión indebida en la lógica del término transferente. Las únicas determinaciones cuya entrada en escena son legítimas son las preconstituidas.

Pero este modo de pensar la subjetividad se corresponde, por un lado, con la institución moderna del sujeto fundado desde sí. Y por otro, con la institución clásica de una lógica monológica centrada en el principio de identidad. Descartemos desde ya que se trate de errores de comprensión de una naturaleza humana ya dada en sí: se trata de un modo entre otros de instituir prácticamente la naturaleza humana según los parámetros específicos de la situación en que se instituye.

El despliegue del uno constitutivo de cada configuración individual es la posibilidad de establecer las articulaciones coherentes de un discurso que ha sido perturbado en su principio de unidad. Los fragmentos dislocados de ese discurso, articulados (a partir de la transferencia) en su coherencia restaurada, ya no causarán el mismo sufrimiento psíquico que causaban. Los elementos sepultados de esa coherencia, cuya expulsión ocasionaba formas incomprensibles de padecimiento, una vez aflorados e insertados en su sitio pertinente, se integran en un logos que ahora sí se aproxima a su ideal. La armonía del logosaquí se obtiene – en la medida precisa en que sea posible – sin la introducción de ningún elemento nuevo. Nada ha de presentarse en acto que no estuviera ya situado en potencia en la organización subjetiva en cuestión. Desde allí – desde el despliegue de las potencias – se organiza la transferencia y la cura. La armonía posible del uno se conquista mediante la expulsión a priori de cualquier circunstancia exterior que pueda inmiscuirse en su despliegue. Cualquier presencia de un elemento exterior a ese uno en el campo transferencial es una irrupción intempestiva.

Como se ve, los recursos del pensamiento heredado (clásico y moderno) están presentes en esta configuración del nudo poder-ética-transferencia estableciendo una exigencia. Como el logos es logos precisamente por la exclusión de cualquier acto de fuerza, entonces el único modo de pensar el poder es como acto de fuerza exterior al logos que no puede más que dañarlo. Como el sentido procede del logos, el sinsentido procede de ese poder exterior que lo daña. Como la experiencia humana es la experiencia del sentido, la quiebra del sentido es la causa del sufrimiento. Cualquier forma de poder es una amenaza para el logos, el sentido, la curación.

Las condiciones transferenciales son condiciones de extrema sutileza y exposición del paciente. El afloramiento de lo que estaba sepultado es posible a partir de estas condiciones transferenciales. Estas condiciones constituyen a la vez la ocasión máxima y el riesgo supremo para la restauración (en la medida de lo posible) de la coherencia del logos que un individuo es. De ahí que la posición del psicoanalista deba ser rigurosamente custodiada para aprovechar la ocasión sin sucumbir ante los riesgos. La condición privilegiada del psicoanalista lo dispone como un ser dotado de enorme poderes de intromisión en el monólogo que es su paciente. Su capacidad legítima consiste el permitir y articular los términos dispersos de la serie constitutiva de su paciente. Su abuso de poder consiste en la introducción de elementos foráneos a la constitución psíquica del paciente, violentando así (para fines nobles o viles) la posibilidad de organización del logosque el paciente es. Su abuso de poder es condición del sufrimiento iatrogénico.

En consonancia con esta línea, la ética consistirá en impedir cualquier interferencia de los intereses, los valores, las pasiones, los ideales o los deseos del analista se presenten en el campo transferencial. La ética consistirá en limitar los abusos de poder siempre posibles en las explosivas condiciones transferenciales. En este esquema puede interpretarse una dimensión fundamental de las éticas psicoanalíticas que consistan en la observancia de las reglas técnicas de abstinencia o neutralidad, en la des-represión del deseo, en el despliegue simbólico o en el respeto del otro.

Este primer nudo entonces sitúa la transferencia como condición de apertura de la vida psíquica para un posible despliegue, el poder como puro riesgo de abuso iatrogénico, la ética como límite imprescindible para que el poder no ejerza la influencia deletérea del abuso.

  1. Alteración. Pero el campo parece haberse alterado. Las alteraciones se presentan en diversos registros, en principio descoordinados entre sí. ¿Se han alterado los modos de constitución subjetiva? Hace unos años, los encuentros psicoanalíticos transcurren en torno de lo nuevo. ¿Las novedades proceden de la alteración en la subjetividad o de ajusten en la comprensión psicoanalítica de estructuras clínicas establecidas? El vector de ingreso de la novedad alteradora ha sido el conjunto heteróclito de las llamadas “nuevas patologías”. ¿Se trata de nuevas formas de presentación de las entidades nosográficas intemporales o de nuevas entidades nosográficas? Y si se tratara sólo de nuevas formas de presentación, ¿las modalidades transferenciales son las mismas, independientemente de la alteración en los modos de presentación? ¿Los modos de operar en el campo transferencial están regidos por la misma ética de restricción de los abusos de poder? ¿El poder se concibe del mismo modo, como intromisión indebida en un campo cuya salud depende de su autoorganización clausurada a la intromisión exterior?

Naturalmente, el historiador no puede responder. Sólo puede señalar algunas condiciones que abonan el campo del problema.

  1. ¿Logos?. Una cadena, una estructura, un modelo, una organización, una configuración, un aparato, constituyen otros tantos modos de esquematizar las ligaduras entre los distintos componentes de unas representaciones, unos objetos o unos significantes. Las ligaduras son un núcleo etimológico del término lógica. Un cambio de lógica, en esta línea, en un cambio en los modos de ligar.

Ahora bien, en el campo del pensamiento contemporáneo, uno de los rasgos más notables es el retorno problemático sobre el núcleo ontología-lógica. Si el pensamiento se orienta a unos cambios en el ser y la lógica que le es consustancial es signo de que algo decisivo está cambiando en nuestra situación. Si los modos de pensar son constitutivos de la subjetividad y a la vez son un índice del tipo de subjetividad que se exige pensarlos, un cambio en el campo de la lógica es a su vez el índice de un cambio esencial en los modos de ligar propios de la subjetividad contemporánea.

Lo cierto es que en muy diversos planos ha estallado el problema de la nueva subjetividad. Esquemáticamente, y sólo para indicar el carácter multifacético de esta presentación, nombro tres dimensiones: la reflexión filosófica en el campo de la lógica-ontología; la reflexión histórico-social en el campo de las modalidades del lazo social y su soporte subjetivo; la reflexión psicoanalítica en torno de las nuevas patologías. Pero también es cierto que estas tres líneas de reflexión han permanecido relativamente desarticuladas entre sí. El núcleo sobre el cual confluyen las dimensiones onto-lógica, social y psíquica de las alteraciones es el posible campo de la nueva normalidad. Esa posible nueva normalidad radica en otro modo de ser, de ligar, de vincularse, de constituirse, de sufrir – y de curar[2]. Si se trata de interdisciplina – o mejor, de indisciplina – la confluencia de estas tres líneas parece el terreno más complejo y decisivo de nuestra coyuntura teórica. La filosofía piensa el cambio en el ser y la lógica – es decir : en el pensar – ; las ciencias sociales piensan el cambio en las prácticas y discursos constitutivos del lazo social y su soporte subjetivo; el psicoanálisis piensa el cambio en los modos de ligadura psíquica. Son tres vertientes para pensar la mutación. El lugar (vacío) sobre el que confluyen, ¿a qué disciplina pertenece?[3] Ese espacio in-disciplinario se constituye a partir de la alteración conjunta (sin punto exterior fijo para leerla) de los supuestos ejes independientes de los que hablaba recién.

Es en este campo que puede conjeturarse un modo distinto del anudamiento poder-ética-transferencia.

  1. Dia-logos. En la hipótesis monológica, el otro de la transferencia es un término esencialmente vacío, negado en su positividad, debidamente restringido en la presentación posible de su alteridad[4]. El poder ejercido es sinónimo del abuso de poder. La ética es la limitación correlativa del abuso siempre posible. El ideal es que de la suma de ética y poder resulte cero.

Ahora bien, diversos recorridos del pensamiento contemporáneo permiten jugar con los términos del nudo poder-ética-transferencia en otra estrategia[5]. La diversidad de estos recorridos no confluye en un torrente común. Sólo desde una exigencia práctica concreta (por ejemplo: clínica) pueden coordinarse entre sí según las funciones específicas para las cuales los convoca el problema en cuestión. Más claramente, los senderos de Foucault no son los de Badiou. Las peripecias del vínculo transferencial no son las del sujeto político. No se articulan sin más la temprana espiritualidad cristiana con los vericuetos contemporáneos de la relación analítica. Cualquier intento de sumatoria incurre en pecado de eclecticismo – pecado teórico mortal en el campo teórico. Pero otra cosa sucede si en lugar de intentar una vana articulación entre las teorías se intenta arrimar distintos esquemas de pensamiento en torno de un potente agujero problemático en una práctica específica. Quizá las dificultades actuales en la práctica psicoanalítica, ligadas no sólo con las nuevas patologías sino también con las dificultades para sostener los encuadres tradicionales en las actuales condiciones de la subjetividad constituyan semejante condición de necesidad para el recurso a herramientas conceptuales heterogéneas.

  1. Poderes. El recorrido en pensamiento de M.Foucault ha alterado las condiciones de pensabilidad del poder – o mejor, de las relaciones de poder[6]. Si el pensamiento occidental había abominado de las relaciones de fuerza en nombre de la consistencia armónica del logos, la fuerza debía permanecer en el campo de lo impensado, de lo carente de cualquier positividad, de una realidad puramente negativa. La reflexión sobre este mal en el campo del pensar no podía consistir en pensarlo sino en eliminarlo. El poder fue instituido tradicionalmente como una patología del pensar. Sin embargo, la sustancia del poder insistía en presentarse en los escenarios de los cuales supuestamente había sido eliminado. Una patología regular, ineliminable por los medios que el logos establece para su consistencia propia, introduce –una vez detectada su regularidad ineliminable – la sospecha de que no se trata sólo de una patología. Un mal que no puede ser eliminado mal se piensa bajo el equívoco nombre moral de mal. El poder cambia su rostro (no deviene benéfico, pero sí pensable) cuando se suspende la abominación espontánea. El poder no es lisa y llanamente el abuso de poder. El abuso puede ser una patología del poder, pero el poder no es una patología.

La intervención de Foucault instaura la noción de un poder instituyente. El poder no es una interferencia que impide sino una fundación que permite. No hay una subjetividad establecida naturalmente que venga a ser violentada por la indebida presencia del poder sino que las relaciones de poder instauran la subjetividad de los que están tramados por ese juego de relaciones. El logos no es la transparencia opuesta a la opacidad de los poderes sino que es también es despliegue de unos poderes. El discurso no es el despliegue del logos interferido por la instrusión del poder; el discurso es el logosespecífico posibilitado por las relaciones de poder específicas que están en juego en la enunciación de ese discurso. La subjetividad – efecto de discurso – es efecto de las relaciones de poder constitutivas de cualquier discursividad instituyente.

Las relaciones de poder requieren en esta línea otro esquema. Ya no se trata de una sustancia homogénea (el poder) que alguien detenta en detrimento de otros sino que estamos ante una producción en relación, que distribuye poderes específicos, diferenciales, heterogéneos. Si hace falta una ilustración esquemática, las relaciones de poder entre los géneros pueden resultar ejemplares. Poco se gana si en perspectiva tradicional uno imagina que el poder lo tiene uno u otro. Las relaciones efectivas distribuyen y producen cualidades heterogéneas de poder (femenino, masculina) según las circunstancias. No importa quién tiene el poder sino qué poderes específicos se producen en la relación de diferencia. El poder aquí no es sustancia sino verbo: qué puede cada uno en los términos específicos de la situación.

Sin embargo, el recorrido de Foucault no se ha detenido en esta postulación. Su último ciclo de pensamiento ha insistido en la aparición de otras formas de poder, de otras prácticas subjetivantes. Además de los dispositivos “sociales” de producción de subjetividad serial, en diversas situaciones existen dispositivos de subjetivación de esa subjetividad instituida por los dispositivos seriales o repetitivos. La relación con un maestro en la antigüedad filosófica o la relación con un guía espiritual en el temprano cristianismo constituyen el espacio de las prácticas de sí. Estas prácticas de sí instauran una relación específica de subjetivación mediante la relación con otro. Pero este otro no es otro neutro que permite la liberación de lo que estaba reprimido por la subjetividad instituida. Tampoco constituye un montaje alienante por el cual se prescriben nuevos modos de ser desde una heteronomía abusiva. Mediante la relación con un maestro o un guía, en relación con la verdad, se inventan modos de ser inéditos para el individuo en cuestión, se inventa otro que el que era sin que en ello medie inautenticidad alguna: se establece la posibilidad de devenir otro con otro. En esta vía de subjetivación, la relación de poder es central, sin que ello implique la anulación o la reducción subjetiva de uno de los dos polos de la relación. El poder activamente ejercido en el seno de una práctica de sí es un recurso fundamental de la subjetivación auténtica. El abuso de poder, patología de las relaciones de poder, aquí consiste – a la inversa del planteo tradicional – en la supresión de las capacidades de alteración de uno u otro de los términos de la relación.

La condición está puesta. Que sea de utilidad su relación con las dificultades de la práctica psicoanalítica depende de las exigencias específicas del campo clínico y de la habilidad para convocar los términos adecuados, desde el interior problemátoico del campo, para superar el impasse.

  1. Éticas 1. El recorrido de pensamiento de Levinas[7] ha alterado las condiciones de pensabilidad de la alteridad, núcleo de su reflexión sobre la Ética. El pensamiento tradicional tiene origen griego. El pensamiento griego tiene por base la ontología y la lógica. Las doctrinas del ser y del decir-ligando están basadas en el principio de identidad. La metafísica occidental es el despliegue ya agotado de las posibilidades de articulación de una identidad desplegada. Bajo el principio de identidad, la relación con los otros está comandada desde imperativos lógicos y ontológicos antes que éticos. La moral de raíz griega regula las relaciones con los otros en tanto que semejantes. Pero la regulación ética de respeto con el otro como semejante lo suprime como otro. Soporte y espejo de la identidad, el otro ahí no es otro sino una función de lo mismo. La identidad prima sobre la diferencia y la alteridad ha sido suprimida. Quizá se pueda encontrar en este imperativo de la identidad lógica y semejanza ontológica la raíz del pensamiento que sitúa el poder como abuso patológico. La presentación de la alteridad como alteridad suprime las condiciones de consistencia del logos, basadas en el principio de identidad. Esa irrupción de la alteridad impide la continuidad de la hegemonía del logosmonológico. La filosofía (el modo de pensar efecto y causa de nuestra subjetividad occidental) presionada desde siempre por el reaseguro de las identidades y las totalidades no abre ninguna posibilidad al pensamiento de otro como otro. Y la Ética comienza allí donde ya no puede sostenerse la identidad filosófica. La primacía de la ontología en el campo del pensamiento sólo puede conducir al exterminio de la alteridad en formas más brutales o más delicadas.

La subjetividad judía señala otro comienzo posible para el pensamiento, ya no bajo la primacía de la lógica-ontología sino bajo los imperativos de una ética de la alteridad – más allá de cualquier principio de semejanza que asegure las relaciones entre los términos vinculados. La eficacia de la alteridad del otro no consiste en un completamiento o una oposición en el mismo campo al que se completa o en el que se opone. Que otro sea otro significa que la totalidad del uno se abre al infinito. La infinitud es una función de la alteridad del otro. En tal caso, no hay posibilidad de establecer una ética de limitación de los poderes de uno sobre otro. Porque así se restablecería la hegemonía de la semejanza. Más allá del respeto, la alteridad del otro impone una consagración a las capacidades alteradoras de la alteridad. La infinitud de la alteración es la vía de una auténtica subjetivación de otro orden.

Nuevamente, se abre la posibilidad de devenir otro mediante la consagración a lo infinito de un vínculo de alteridad con otro. Que la relación transferencial pueda ser pensada y practicada bajo estas condiciones de alteridad depende, nuevamente, de los apremios de las situaciones clínicas y las orientaciones de pensamiento implicadas en la intervención.

  1. Éticas 2. El recorrido de pensamiento de A.Badiou[8] ha alterado las condiciones de pensabilidad de la verdad, núcleo de su reflexión Ética.

No basta con que haya carne humana implicada en una situación para que se pueda hablar de humanidad. En las situaciones normales, en las situaciones estructuradas, reguladas por algún mecanismo de homogeneización, campea el animal humano. Que el animal en su lucha por la supervivencia esté en posición de víctima o de victimario, en nada altera la situación. Las situaciones ordinarias transcurren bajo la regularidad de un patrón – la transgresión está también pautada por su regularidad. El juego de los intereses está más acá de lo verdadero y lo falso. Nada de lo que ocurre escapa al régimen preestablecido. Los hechos constituyen otras tantas variaciones en torno de invariantes inamovibles.

Más allá del animal humano, azarosamente, un acontecimiento dispone la condición absoluta para un devenir heterogéneo. Un acontecimiento no es un hecho regular; tampoco es un hecho espectacular. Es la irrupción evanescente de una heterogeneidad imposible en el campo de las regularidades dadas. El animal humano, en la traza del acontecimiento se humaniza. Porque humanidad no es otra cosa que una capacidad para las verdades. Y el acontecimiento es el punto de inicio de una verdad. Pues aquí la verdad no es ya la adecuación de lo que se dice con lo que es; la verdad no es un juicio descriptivo o explicativo de una supuesta realidad. El acontecimiento ha agujereado la consistencia de una situación revelando su inconsistencia puntual. El animal humano (la subjetividad instituida según los parámetros de regularidad dados) no dispone de recursos para hacerse cargo de esa inconsistencia supernumeraria. Deberá alterarse para trabajarse a partir de una ruptura. Pero la inconsistencia no prescribe ningún modo de continuidad. Por el contrario, en la medida en que delata la inconsistencia de base en la que estaba apoyada la situación, su ser inconsistente se revela como punto de partida de la verdad de la situación. La verdad arranca de ese punto de inconsistencia. No se trata entonces de describirla o conocerla: la dimensión epistemológica de la verdad se revela aquí como inoperante. Y no se la puede conocer, describir, explicar o comprender precisamente porque carece ontológicamente de cualquier consistencia. La consistencia de la verdad ha de ser heterogénea a los parámetros que hasta entonces regían la situación. La verdad habrá de ser fundada ontológicamente en el recorrido subjetivo que se inicia a partir de la irrupción del acontecimiento.

El azar de un acontecimiento ha abierto una situación en un punto de inconsistencia; los animales humanos que la habitan pueden humanizarse, pueden devenir sujeto en relación con la verdad de la situación que se inicia. La dimensión ética altera su carácter. No hay ética en las situaciones habitadas por el animal humano. Las prescripciones de limitación sólo operan en el espacio homogéneo compartido por víctimas y victimarios. No hay verdad (y por lo tanto, no hay ética posible) en el campo de las situaciones normales, que están más acá de lo verdadero y lo falso. La ética no es un contrapoder limitativo de los excesos de poder. La ética es la potencia afirmativa de una posibilidad de alteración. La ética se inicia cuando uno puede ser fiel a una verdad. Y como la verdad no es más que una ruptura, la ética se inicia cuando uno puede ser fiel a una ruptura.

Pero la fidelidad a una ruptura tiene una serie de características diferenciales respecto de otro tipo de fidelidades. La ética no es un regulador de la relación con otros sino un imperativo en relación con la verdad de una situación que altera a sus habitantes. Lo que ha acontecido era un imposible de la situación. Nadie sabía – de modo consciente o de cualquier otro – cuál era esa posibilidad abierta por el acontecimiento porque esa posibilidad sencillamente era imposible. La irrupción del acontecimiento y la verdad que se inicia destotaliza los saberes de cualquier índole. El imperativo ético de fidelidad a la verdad establece: persevera en lo que te ha atrapado y roto.Ya no se trata de la fidelidad al otro, inaccesible al cual uno podría consagrarse. En la fidelidad a la verdad de una situación que a ambos afecta por igual desde el sesgo de la inconsistencia, el problema consiste en cómo ser fiel a una ruptura. Y entonces no hay más posibilidad que inventar modos de ser y de hacer, modos de pensar para hacerse otro a la medida incierta de una verdad indeterminada y productiva.

Nuevamente, la ética no remite aquí a una estrategia prescriptiva de limitaciones ante abusos posibles sino que instaura una exigencia de fidelidad alteradora para los habitantes de una situación – situación clínica, por ejemplo – abriendo así y sólo así la posibilidad de la subjetivación.

  1. Transferencia. En nuestras condiciones subjetivas – de las cuales el pensamiento teórico es tanto un índice, como un sostén y una posibilidad – ¿la transferencia puede ser pensada bajo esquemas distintos[9]? El trabajo de I.Berenstein[10] así lo postula. La relación con un objeto suprime al otro en tanto que otro. La presencia del analista en este esquema es nada más que una ausencia. La condición ya estructurada del paciente obliga al analista a imponerse de modo una desaparición. El despliegue del mundo interno, la cadena significante o el universo de representaciones exige un observador tomado en el campo, pero tomado en tanto que observador. Las peripecias de la contratransferencia – o de sus diversas traducciones en otros lenguajes psicoanalíticos – testimonian la serie de dificultades que acarrea la suposición de una presencia ausente, una presencia vacía, una presencia exterior o trascendente.

Las distintas teorías de la constitución subjetiva confluyen en la misma estrategia de ausentamiento del analista. Si el sujeto se constituye desde sí, desde sus pulsiones, en analista será un representante sobre el cual desplegar los objetos internos resultantes del juego instintivo. Si el sujeto se constituye a partir de Otro, el analista ocupa el lugar de aquel Otro a partir del cual se ha constituido la cadena significante que se despliega en la situación analítica. En ambas líneas, la realidad efectiva del analista como otro (ni objeto ni el Otro) concreto, específico, etc., se ha evaporado saludablemente. La situación clínica, entonces, no es otra cosa que el despliegue del mundo interno o de la relación constitutiva con el Otro. En ningún caso se trata de una situación nueva, de un vínculo inédito, instituyente actual de subjetividad, al modo de las prácticas de sí, el encuentro con la alteridad o la fidelidad a la verdad de una situación.

Ambas líneas para pensar la transferencia remiten a una concepción semejante de la organización subjetiva. Partiendo desde el mundo instintivo o desde la estructura del orden simbólico, el sujeto psíquico es una entidad estructura en sus comienzos tempranos. En una entidad necesariamente estructurada que se relaciona con otros a partir de las determinaciones propias de esa estructuración, los encuentros no tienen capacidad de producción sino de despliegue de las determinaciones ya constituidas. Si los vínculos actuales no tienen capacidad instituyente, ¿de dónde podría obtenerla el vínculo analítico?

Para poder situar en el análisis una práctica instituyente de subjetividad, para poder otorgarle al vínculo analítico una capacidad de alteración, será preciso concebir de otro modo la organización de la subjetividad. No tendrá que ser originada a partir de sí ni a partir de Otro[11]. En rigor, no tendrá que ser originada. Tendrá que originarse a partir de cada encuentro, en cada situación, en cada dispositivo. No habrá ya un sujeto organizado a priori como centro de la diversidad de las experiencias sino una subjetividad que se organiza en situaciones a partir de los encuentros.

En estas condiciones es posible pensar que la transferencia sea a la vez un hecho nuevo y una producción vincular. Ese vínculo inédito pondrá condiciones de emergencia de unas posibilidades subjetivas entes inexistentes. El campo de la transferencia será el de la experiencia de un vínculo nuevo, alterador, productor de subjetividad (¿en ambos polos de la relación?)

  1. Detención. En perspectiva historiadora, transcurrimos en un espacio de experiencia que está imponiendo transformaciones drásticas en los modos de ser, de hacer, de pensar. Los modos de organización de la vida colectiva han perdido su norte con el desvanecimiento de la potencia instituyente de los estados nacionales. Los referentes de la subjetividad estatal (ley, progreso, totalidad, identidad) se destituyen en la operatoria real del mercado que no segrega los ordenadores simbólicos supuestamente sustitutivos.

El lazo social centrado en el mercado instaura unos soportes subjetivos distintos que los del estado. La fluidez del devenir sin progreso impone una valoración distinta de la diferencia entre las situaciones originarias y las situaciones que actualmente se habitan. Si en un tiempo de progreso las invariantes subjetivas permanecen a lo largo de la existencia con su valor estructurante, en el mundo fragmentado que habitamos nada garantiza que la organización originaria no tenga que ser re-originada en diversas situaciones. Los modos de constitución subjetiva que ya no se basan en la omnipotencia de las circunstancias originarias impiden que pueda pensarse cómodamente el sujeto centrado en sí mismo o centrado en otro. La subjetividad actual induce un descentramiento subjetivo más radical que el que había establecido el psicoanálisis con su irrupción. Pues no se trata de un descentramiento que dé lugar a un nuevo recentramiento sino de un descentramiento que da lugar a una serie descentrada de descentramientos: el descentramiento se convierte en el modo estable de ser en las situaciones heterogéneas en que se organiza la experiencia de un mundo fragmentado (un mundo que ya no es uno de ninguna manera).

Si la experiencia no se organiza ni desde sí ni desde el otro, si la experiencia no se organiza desde en comienzo, si la experiencia se reorganiza radicalmente en diversas circunstancias, la constitución subjetiva no es ya algo que ha acontecido en un supuesto origen a develar sino algo que se está produciendo en cada situación subjetivamente heterogénea.

Estos cambios en la dimensión socio-histórica de la subjetividad sugieren también la posibilidad de una correlación activa con la alteración en los modos de pensar los términos del nudo cuyo devenir actual analizamos. Brevemente, el nudo poder-ética-transferencia transcurre ahora en otro mundo, ¿puede transcurrir por otros andariveles?

[1] A lo largo del escrito proliferan los términos cambio, mutación, transformación, alteración. En este contexto, trabajan como sinónimos estrictos. No ignoro que en campos específicos designan distintas profundidades para los efectos del devenir. Sin embargo, en la medida en que el presente escrito no postula uno u otro de los modos específicos del devenir, la dispersión terminológica indica con precisión la vaguedad del campo al que se refieren.

[2] Naturalmente, el término nueva normalidad tiene sus bemoles – sobre todo los bemoles del término normalidad. Y más aún si se trata de una nueva. Porque nada – salvo los hábitos- autoriza a suponer que el reparto normal-patológico sea el modo de clasificación propio de esta supuesta nueva normalidad.

[3] Nuevamente, una advertencia. Partimos de las disciplinas existentes tal como están constituidas. Así, el espacio es interdisciplinario, transdisciplinario o interdiscursivo (según la nomenclatura adoptada). Pero no es aventurado vaticinar que una mutación tan drástica como la que estamos sondeando termine por disolver el esquema disciplinario propio de de la subjetividad moderna hoy en crisis.

[4] La contraposición entre las figuras monológica y dialógica procede de la reflexión ¨sociolingüística¨ de Bajtín. De ahí tomo el esquema de las figuras puras. La tesis se refiere al esquema puro de pensamiento y no a los vericuetos técnicos y teóricos que se han desarrollado activamente en las distintas corrientes psicoanalíticas respecto del concepto estratégico de transferencia a partir del esquema de referencia.

[5] Última aclaración. La designación de pensamiento contemporáneo, tan vacía como se quiera, apunta a afirmar la indistinción disciplinaria de los territorios en los que se han dado las transformaciones del campo conceptual. Lamentablemente, aquí es inevitable el recurso a nombres propios. La confusión propia de nuestra circunstancia sobrevalúa el papel de los nombre propios. En ausencia de ordenadores simbólicos de la coyuntura teórica, un nombre bien puede ser una ubicación: “Este texto nombra a los autores A,B,C. Por lo tanto pertenece a tal grupo”. Así, los nombres funcionan como signos de pertenencia y no como referencias conceptuales específicas. Antes que el recurso a tal o cual concepto para pensar tal o cual problema, nuestra recepción espontánea codifica los nombres como pura toma de partido. De más está decir que lo nombres que de aquí en más aparezcan no constituyen nombres de partidos a los que uno estuviera afiliado sino sólo localización de unas formas de pensar que a priori se presentan como activas respecto de la mutación que estamos intentando pensar.

[6] M.Foucault. Hermenéutica del sujeto, Altamira, Buenos Aires.

[7] E.Levinas. Totalidad e Infinito. Sígueme, Salamanca, 1987.

[8] A.Badiou. La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal. En revista Acontecimiento 8, Buenos Aires.

[9] En este punto es más clara la dificultad del historiador para proseguir en el recorrido. Las sutilezas del concepto de transferencia serán completamente evitadas, como señalara en el punto 4.

[10] I.Berenstein. Transferencia: hecho nuevo y/o repetición, producción vincular y/o individual. En Psicoanálisis de las configuraciones vinculares 1-XXII-1999.

[11] Aunque ignore el reso de los asuntos, no ignoro aquí dos hechos. El primero es que el eje repetición-transformación es el núcleo más conflictivo en el campo psicoanalítico,una zona de impasses lógicos transitados siempre clínicamente: la teorización de la interrupción de las repeticiones en nombre de una transformación terapéutica se topa regularmente con inconsistencias lógicas en este punto (inconsistencias del tipo: “repetición y tambiéntransformación”). En segundo lugar, aunque aquí también funcionen como sinónimos equívocos, tampoco ignoro que la subjetividad no es el sujeto según las distintas corrientes analíticas. Pero nuevamente queda en suspendo el pensamiento sobre esta relación subjetividad sijeto, más allá de la declaración sobre la diferencia. Porque de ninguna manera puede tratarse de una diferencia inerte (“como la subjetividad no es el sujeto, nada de la alteración de la subjetividad trabaja sobre el mopdo de pensar el sujeto”). Pero de declarar que la diferencia no es inerte a haber pensado los modos de intrincación entre una y otra hay más de un paso – paso que aún no hemos dado. Como se ve, la última aclaración había sido penúltima – por ahora.

Sindicalismo turbio // Jun Fujita Hirose en diálogo con Diego Sztulwark

El 22 de febrero, Jun Fujita Hirose, filósofo japonés autor de varios libros -entre ellos Cine- Capital-,[1] envió un “comentario a tu texto” a propósito de la publicación de Vitalismo “turbio” o los movimientos aberrantes en Gilles Deleuze.[2] Un intento de leer políticamente la filosofía de Deleuze a propósito de la salida del libro Deleuze: los movimientos aberrantes, de David Lapoujade.[3] Fujita retoma la noción de un vitalismo “turbio” que reencuentra en uno de los últimos textos de Guattari a propósito de una experiencia sindical chilena, y nos entrega una reflexión que cobra sorprendente utilidad cuando la leemos en la Argentina, unos días después del acto gigantesco del 21F, y mientras se prepara el Paro Mundial de Mujeres para el 8M.

Diego Sztulwark

 

Intentaré retomar desde el punto de vista guattariano la cuestión que planteaste de la aberrancia, a partir de tu lectura del libro de David Lapoujade sobre la filosofía de Gilles Deleuze.

En uno de los últimos escritos antes de su muerte, en 1992, Felix Guattari se mostró muy interesado en las experiencias sindicales de nuevo tipo que se estaban desarrollando por entonces en Chile: “Los militantes del ‘sindicalismo territorial’ no se preocupan únicamente de la defensa de los trabajadores sindicalizados, sino también de las dificultades que encuentran los desocupados, las mujeres y los niños del barrio en el que está ubicada la empresa. Participan en la organización de programas educativos y culturales, se implican en problemas de salud, de higiene, de ecología, de urbanismo” (“Una refundación de las prácticas sociales”, Plan sobre el planeta,[4] p.130). Este es un buen ejemplo de los “movimientos aberrantes”. Imagino que es algo semejante a lo que llamas “plebeyismo obrero” a propósito de la propuesta de John W. Cooke. Es un sindicalismo “turbio”. Guattari añade: “Esta ampliación del campo de competencias de la acción obrera no está muy bien vista por las instancias jerárquicas del aparato sindical” (ibid). El aumento aberrante de la potencia de actuar es así lo que la estructura sindical clásica no puede soportar en el sindicalismo territorial, al cual podríamos calificar de “esquizoide” o de “maquínico”, según la terminología guattariana.

La oposición que Guattari estableció entre “estructura” y “máquina” es conocida. Un sistema maquínico se desarrolla de modo disyuntivo, polifónico (polívoco), es decir, en diálogo permanente con un Todo Afuera, a diferencia de lo estructural cuya articulación es conjuntiva, biunívoca. En una organización sindical «limpia», modelada según la representación estructuralista, los agentes colectivos de enunciación deben quedar sometidos al sujeto del enunciado, es decir, a la conciencia en la cual se encarna el interés de clase (“Nosotros, obreros, reclamamos…”).

Un grupo estructuralmente organizado determina su potencia a partir de la lógica de “ser” (un obrero es obrero), con el objeto de producir un robusto (contra-)poder homogéneo (imponer el reconocimiento del interés de clase al Estado como “modelo de realización” de la axiomática capitalista mundial), mientras que un grupo maquínico busca ampliar o aumentar a lo infinito su propia potencia según la lógica de “y” (los obreros y los desocupados y las mujeres y los niños y…), produciendo de cero una nueva subjetividad a cada adición transversal. Retomando la distinción sartriana, Guattari llama «grupo sometido» a lo primero y «grupo-sujeto» a lo segundo, pero al mismo tiempo dice que, incluso en un grupo sometido, siempre hay líneas de fuga por las cuales los agentes colectivos de enunciación se desterritorializan en o, lo que es lo mismo, se reterritorializan sobre conexiones disyuntivas, procesos maquínicos. Es decir, la estructura es una particular “economía restringida” en la “economía general” maquínica de los flujos. Guattari afirma así la primacía ontológica del “proceso” maquínico sobre el “estado” estructural (incluso allí donde la relación de primacía aparece a la inversa desde el punto de vista epistemológico, tal como se da en el caso de una organización sindical clásica).

El sindicalismo territorial chileno conectó un “medio” barrial con un “plan de consistencia”, y se reterritorializó sobre o creó un nuevo concepto de tierra. Precisamente en este sentido se llamó “territorial”. Sobre el plan de consistencia así creado, la potencia sindical se aumenta a lo infinito en su articulación disyuntiva, maquínica: un obrero se desterritorializa en un devenir-todo-el-mundo, mientras todo el mundo (los obreros, los desocupados, las mujeres, los niños) se reterritorializa(n) al mismo tiempo sobre un devenir-revolucionario, es decir, sobre un proceso deseante no sometido a ningún sujeto de enunciado.

En “El abecedario”[5], Deleuze dice que uno entra en un devenir-todo-el-mundo a partir del momento en el que “percibe el horizonte” y “(se) percibe al horizonte”. ¿Qué se debe entender por “percibir el horizonte”? Es percibir, por ejemplo, el hecho de que en el sistema capitalista el interés de clase obrero no es compatible con el de las mujeres. Como nos repite Silvia Federici, los obreros masculinos no pueden establecer su alianza social con los capitalistas sin esclavizar a las mujeres, sin colonizar los úteros. En este sentido, el devenir-mujer de un obrero es una catexis inconsciente de deseo “contra naturaleza”. Pero la percepción del horizonte también concierne a las propias mujeres. Si bien es cierto que las mujeres necesariamente luchan por su interés (“nosotras, mujeres, reclamamos…”), no lo es menos que en su lucha llega un momento en que perciben el hecho de que su reterritorialización sobre un estado mayoritario no se puede hacer sin dejar que la axiomática capitalista cree otras minorías explotadas y dominadas. Las mujeres mismas deben entrar en un devenir-mujer y, a través de este, en un devenir-desocupado, en un devenir-niño, etcétera. Solamente se pueden hacer estallar los engranajes de la axiomática capitalista mundial cuando todo el mundo se reterritorializa(n) en un devenir-minoritario, en un movimiento aberrante o en un proceso esquizoide, invirtiendo cada uno la subordinación paranoica de la producción deseante a la catexis preconsciente de interés”.

Jun Fujita Hirose, 22 de febrero de 2018

[1] Jun Fujita Hirose, Cine-Capital: cómo las imágenes devienen revolucionarias, Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones, 2014.

[2] (https://lobosuelto.com/?p=18771)

[3] David Lapoujade, Deleuze: los movimientos aberrantes, Buenos Aires, Cactus, 2016.

[4] Felix Guattari, Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Buenos Aires, Traficantes de Sueños y Tinta Limón Ediciones, 2016.

[5] https://www.youtube.com/watch?v=zmxB7FBvj7w

 

¿Por qué paramos? // Flores para acabar – Asamblea feminista

Paramos para darnos espacio, debatirnos, pensarnos, acariciarnos y reconocernos.
Paramos para organizarnos, porque no hay paro sin organización.
Paramos para dejar de querer gustar y empezar a gustarnos, para reinventar el lenguaje y recrearnos, para hacer la puebla en la calle. 
Paramos porque sentimos y confiamos que hay posibles sin marido, sin amo y sin estado, porque lo inaudito nos habita y grita fuerte en nuestros pechos y porque la complicidad existencial nos palpita.
Porque queremos acabar con la jerarquía invisible que nos pone debajo de los varones en nuestros lugares de trabajo. Porque no queremos voces que hablen en nuestro nombre y sí ser nosotras quienes nos nombramos: lesbianas, travestis, bisexuales, putas y aborteras.
Paramos para para sentir la fuerza que tenemos juntas, sin miedo, con amor.
Paramos con nuestra marea feminista porque el mundo no se nos acomoda y porque todo el tiempo somos las que nos faltan, por las que se fueron, por las que murieron en las cárceles, por aquellas que no están comprendidas en ninguna ley y porque la cárcel no sirve para nada y ninguna mujer debería estar allí.
Paramos para decir en voz alta que una mujer recibe mayor pena que un hombre por una misma carátula, porque en los medios de comunicación se visibiliza con bombos y platillos un delito que comete una de nosotras por sobre los cientos de femicidios y travesticidios.
Paramos por las que vendrán.
Paramos para convertir la bronca en grito que hermana nuestras gargantas para quebrar el silencio. Paramos porque nos podemos enojar.
Porque migrar no es un delito y porque ninguna es ilegal.
Paramos en contra del mandato social que nos ordena tener hijos, para dejar de parir.
Paramos alerta porque sabemos que el neoliberalismo está siempre listo para atacar.
Porque le gritamos a la luna nuestros deseos orgásmicos que no vamos a negociar. No más orgasmos postergados ni interrumpidos por los tiempos del otre, modelados según las imágenes de películas porno, simuladas para satisfacer egos ajenos.
Paramos para acabar cómo, dónde y cuándo queremos.
Paramos porque nos estamos moviendo
Paramos y es una fiesta.
Paramos para acabar.

Hegemonía: Gramsci, Togliatti, Laclau // Toni Negri

El discurso de Laclau representa para mí una variante neo-kantiana de lo que se podría definir como socialismo post-soviético. Ya en la época de la II Internacional el enfoque neo-kantiano funcionó como aproximación crítica en relación al marxismo: el marxismo no era considerado el enemigo, sino que la aproximación crítica, más bien, intentó sujetarlo y, en cierto modo, neutralizarlo. El ataque estaba dirigido contra el realismo político y la ontología de la lucha de clases. La mediación epistemológica consistía, entonces, en ese uso y abuso del trascendentalismo kantiano. Mutatis mutandis, esto es lo que me parece también, si nos situamos en época post-soviética, la línea de pensamiento de Laclau, considerada en su movimiento. Permítanme ser claro, aquí no se discute el revisionismo en general, a veces útil, a veces insoportable. Se discute el esfuerzo teórico y político de Laclau, en la época post-soviética, para confrontarlo con la contemporaneidad.

Partamos de un primer punto. La multitud caracteriza a las sociedades contemporáneas –nos dice Laclau–, pero la multitud no conoce determinaciones ontológicas y, mucho menos –hoy– reglas que puedan presidir su composición. Sólo desde el exterior (acorde con su naturaleza) será posible recomponer la multitud. Es la operación kantiana del intelecto que se enfrenta con la “cosa en sí”, irreconocible de otra manera que bajo el sello de la “forma”. La operación es la de la síntesis trascendental.

¿Es posible y deseable que subjetividades sociales heterogéneas se organicen espontáneamente a sí mismas o deben, en cambio, ser organizadas? La pregunta es insistente y está en la base del criticismo. A esta cuestión Laclau responde que hoy no existe ningún actor social para sí, “clase universal” (como era definida marxianamente la clase obrera) y ningún sujeto producto de la espontaneidad social, de una self-organization, podría siquiera reclamar hegemonía. Entonces, el marxismo clásico había operado una simplificación de la lucha social de clase bajo el capitalismo y había construido un sujeto, un actor de la emancipación, en el que coincidían autonomía y centralidad. Pero en la actualidad es precisamente ese terreno el que se descompone. Se impone, en cambio, un terreno compuesto de heterogeneidad: solo una construcción política puede hoy moverse en este espacio de no homogeneidad social (cuando se entiende por “homogeneidad” tanto aquello que se debería presuponer como cuando se limita a la constatación de lo que existe: en ambos casos la homogeneidad desaparece). He aquí lo que la teoría laclauniana de la hegemonía se propone abordar. Ésta no niega que haya momentos de autonomía auto-organizada ni subjetividades fuertes que surjan del momento histórico: descubre entre estas figuras subjetivas una “tensión” – e incluso piensa que ellas deberían ser “puestas en tensión”. Laclau considera esta tensión “constitutiva”.

Es la imaginación trascendental en acción. Laclau –me parece– considera que el contexto político se presenta como un Jano de dos caras y sitúa la tensión entre estas dos caras, como si se tratase de espacio y de lugar, como tejido y trama, que cada construcción de poder debe recorrer y trascender, resolver y determinar. Nace, así, la hegemonía/poder.

Segundo punto. Debe quedar claro que la inmanencia, la autonomía y la pluralidad constitutiva de la multitud no sólo son incapaces de construir poder, sino que representan verdaderos obstáculos para la constitución de cualquier escena política. Por este motivo, prosigue Laclau, si la sociedad fuese totalmente heterogénea, la acción política requeriría que las singularidades fuesen capaces de desarrollar, sobre un plano de inmanencia, un proceso de “articulación” con el fin de estructurar aquella tensión a la que referí brevemente y definir, entre las singularidades, las relaciones políticas. Pero ¿son éstas capaces?

La respuesta de Laclau es negativa. Y esta negación reenvía a un motor trascendental. La articulación es situada, así, sin alternativa posible, sobre un terreno formal, entendiendo bien que “forma” no significa en este caso “algo vacío”, sino más bien “envoltorio constitutivo”. A fin de que sea posible una articulación de la multitud, Laclau insiste en el hecho de que debe surgir una instancia hegemónica por encima del simple plano de inmanencia –una instancia hegemónica que sea capaz de dirigir el proceso y que funcione como centro de identificación de todas las singularidades. “No existe hegemonía sin la construcción de una identidad popular a partir de la pluralidad de demandas democráticas”.

Si el contexto social se configura a partir de una multitud des-homogénea, es necesario establecer una fuerza de articulación entre las diferentes partes de esta deshomogeneidad para garantizar su propia integración. La insistencia en la auto-organización o la remisión a sujetos preconstituidos no deben eliminar ni olvidar la necesidad de crear temas comunes y lenguajes homogeneizantes que circulan a través de las diferentes organizaciones locales. Tal articulación/mediación no puede en ningún caso repetir los viejos modelos de las “fuertes” organizaciones tradicionales (partido, iglesia, corporaciones, etc.). Esta articulación/mediación debe ser abordada, sobre todo, a partir de la noción de “significante vacío”. Ya habíamos precisado que “significante vacío” no significa aquí formas vacías de unidad dogmáticamente ligadas a un significado preciso, significa  más bien “envoltorio constitutivo”. No estamos más sobre el terreno kantiano de la estética o de la analítica, sino sobre el de la imaginación trascendental.

Hay un momento en el que Laclau, desde un enfoque diferente, vuelve a proponer el tema del significante “flotante” y “vacío” frente a la heterogeneidad de lo social en términos muy potentes –yo diría, si no fuera un forzamiento, ontológicamente productivo. Cuando Laclau aborda el tema de la “articulación” de diversas luchas sociales, ese momento (ya caracterizado en Hegemonía y estrategia socialista, en 1985) es un modelo de “antagonismo constitutivo” –casi un  doble poder “débil” que, surgiendo del conflicto y la disgregación, sobre una  frontera “radical”, constituye de conjunto una síntesis entre los viejos derechos de la soberanía y los derechos democráticos de autogobierno. Lo subrayaron bien Mezzadra y Neilson en La frontera como método (Duke University Press, 2013). Acercándose a la idea de una dialéctica de contrapoderes en conflicto, Laclau interpretaba entonces un primer pasaje, mejor, una primera emergencia, de un sentir común de los militantes socialistas, implicados en la crisis de la izquierda, desde los años ‘70, que se negaban a ver su caída a un ritmo implacable. En esa condición, dada la insuficiencia de instrumentos dialécticos, se volvía necesario reconstruir “un pueblo”, producir la unidad: esto será reconocido por Laclau como acto político “por antonomasia”. En 1985 se pregunta, con fuerza y ​rebelándose contra un amplio consenso, si la apertura de lo social a lo político era más que una “estructura discursiva”, una “práctica de articulaciones” que constituye y organiza las relaciones sociales. Pero este punto de vista será pronto invertido. Cito a Laclau: “En las sociedades industriales avanzadas se individualiza una asimetría fundamental entre la proliferación creciente de las diferencias –un excedente de significado de lo “social”– y las dificultades que enfrenta cualquier discurso que intenta fijar estas diferencias como momentos de una estructura estable de articulaciones”. Entonces, es necesario distanciarse de la noción misma de sociedad como una “totalidad autodefinida” en la que lo social se fija a sí mismo. Por lo general, se identifican “puntos nodales” que producen sentidos y direcciones parciales y le permitan cobrar forma a éstas o a aquellas formaciones de lo social. Se tratará cada vez más, por lo tanto, de rechazar toda solución dialéctica propuesta por conceptos como “mediación” o “determinación”. “La política emerge como problema de las condiciones trascendentales del juego entre articulaciones y equivalencias que se constituyen en lo social. La identidad de las fuerzas en lucha está sujeta a mutaciones constantes y exige un incesante proceso de redefinición”.

El equilibrio de esta articulación es, sin embargo, difícil de determinar. Se expone a dos peligros. Al primero lo llamaría “deriva de la demanda” o, mejor, deriva de la inconclusividad del encuentro de los equivalentes. Véase –veinte años después deHegemonía–, La razón populista, de 2005. Allí el discurso comienza otra vez con una inmersión en lo social, construyéndose alrededor de estímulos, de conatusmultitudinarios que impulsan hacia lo político. “Ahora –escribe Laclau– la unidad más pequeña de la que partiremos corresponde a la categoría de demanda social”. Por supuesto, esta demanda, por un lado, empuja hacia la profundización de las lógicas de formación de la identidad; por el otro, abre al antagonismo. El problema ahora deviene el siguiente: ¿cómo transformar la competición, el antagonismo dislocado y en continua proliferación, en un antagonismo visible y dualista? La “cadena de equivalencias”, ¿no se agota en una proliferación de la que se desconoce el final? El mismo Laclau parece tomar conciencia de esto: “la especificidad de la equivalencia es la destrucción de significado a través de su misma proliferación”. Este indefinido de las potencias de la inmanencia pone en riesgo (y ciertamente  amenaza) la construcción trascendental del significante.

La segunda dificultad está directamente relacionada a la consolidación definitiva del equilibrio tal y cual se presenta en el concepto de “hegemonía”.

Un pequeño paréntesis a propósito de esto. El concepto de hegemonía en Laclau se construye con referencia a Gramsci. Pero las cosas no son así de simples. Peter D. Thomas nota que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en Hegemonía y estrategia socialista, de 1985, sustituyen el dispositivo político de la hegemonía –tal como era definido por la tradición leninista— por un concepto discursivo, completamente formal. Estamos, según Thomas, en una fase de reflexión teórica del “eurocomunismo” que se desarrolla bajo la forma de un gramscismo “blando” y que señala el pasaje de una política radical a una democrática post-marxista. Más allá de si se está de acuerdo o no con el punto de vista de Peter Thomas, es necesario recordar aquí, en todo caso, que el pensamiento de Gramsci se organiza desde una posición marxista y leninista en la que la dictadura se presenta no como comando totalitario, sino precisamente como hegemonía; es decir, como la construcción orgánica de un poder constituyente revolucionario. No se puede negar que la referencia a Gramsci de Laclau es, en este sentido, más bien débil,  búsqueda retórica de una supuesta herencia más que verdadera filiación ontológica. El concepto de hegemonía en Gramsci (de la práctica turinesa de los Consejos a la teoría del nuevo Príncipe) se construye sobre la lucha de clases, mantiene una “solidez” materialista y produce un dispositivo de poder de los trabajadores en sentido comunista. El concepto gramsciano de hegemonía no puede, en ningún caso, reinterpretarse bajo la modalidad teorizada por Norberto Bobbio, es decir, como un producto superestructural de la “sociedad civil”, donde sociedad civil es un concepto reducido a la acepción hegeliana.

Además, lo que resulta extraño aquí es cómo en Laclau el concepto de hegemonía  –al que ya se le sustrajo la potencia gramsciana– puede ser referido a las políticas del Partido Comunista de Togliatti: en este punto, el equilibrio entre autonomía de base de los movimientos y Partido, como significante  por momentos “flotante” –pero ciertamente nunca “vacío”– podía aún orientarse hacia la izquierda, dado que el Partido se encontraba anclado a las políticas soviéticas. De esta manera, el eje de las abscisas hegemonía/sociedad y las coordenadas izquierda/derecha podían mantenerse en equilibrio debido a la imposibilidad del “significado” de volverse Estado –Yalta lo impedía. Repito: en Togliatti, en el comunismo italiano, lo “nacional-popular” pudo ser interpretado por izquierda (con los límites que, de todos modos, tenía toda acción opuesta a la lucha de clases) sólo porque el Partido Comunista no podía acceder al poder y hasta tanto y en cuanto, transformándose, accediera. Aquí, paradójicamente, el concepto de hegemonía se convierte en concepto de “centralidad” política.

En resumen: la figura y la función de la hegemonía de Laclau nos parece equivocadas: en lugar de analizar cómo funciona el capitalismo establecen cómo nos gustaría que funcionase una sociedad política que no conoce el capitalismo, o la confunden con una necesidad. Creo que se puede decir lo mismo para “pueblo”: brecha en el bloque hegemónico que Laclau llama “significante vacío”, el pueblo representa la ocupación del Estado por parte de un grupo capaz de determinar una nueva universalidad, pero esto no es del todo claro. Parece más bien que, por un lado, el pueblo es una deriva causada por la lucha de distintas facciones y que, por  otro, termina por representarse como una nueva cristalización de identidades políticas.

Por ello es que, en la filosofía de Laclau, el significante vacío representa una abstracción estructuralista que pierde de vista un hecho sin duda central: que lo que considera vacío es producto de un “éxodo” y no de una modificación estructural (como bien lo analiza Bruno Cava, un activista brasileño que estudió bien a Laclau). “Si hay algo hoy del todo evidente cuando se consideran las actuales formas de la política, es el distanciamiento del “pueblo” de las funciones de participación que le fueron consignadas en el derecho público moderno. El significante vacío se vacía aún más en la situación actual; no  muerde la multitud, sino que es fagocitado por fuertes poderes que no tienen nada que ver con el pueblo, la nación y todas las bellas palabras de la política de la modernidad. En cuanto a los movimientos, viven en la consistencia de una “universalidad concreta” que tiene la función de suturar y articular los significantes: sin embargo, su potencia reside en la multitud, que es un concepto de clase”.

Otra consecuencia. Es claro, entonces, que el pensamiento de Laclau se sitúa en una especie de era post-ideológica, donde la lucha de clases cede su lugar central a diversas y múltiples identidades (que se pueden investir según varias declinaciones). Pero me parece que este pensamiento no puede conducir a nada específico o, más bien, que conduce a un resultado nulo en el marco de las coordenadas a las que hicimos referencia anteriormente: el eje de abscisas hegemonía/sociedad y el eje de ordenadas derecha/izquierda. Esta mutación que des-ontologiza los sujetos, en este sistema de coordenadas, podría muy bien regirse sobre singularidades que colaboran de manera transversal y construir así, sobre un plano maquínico (para decirlo con Deleuze-Guattari), las variadas máquinas de guerra sociales diversas. “Máquinas de guerra” que no serían en ningún caso efecto de la urgencia de consolidar los contornos de una “hegemonía” o de una “nación”. La mutación puede representarse, entonces, como una ilusión. Nuevamente debemos preguntarnos si el “significante vacío”, sometido a estas tensiones, además de ser reducido a una figura “centrista” de la organización del poder, no sufre otra deriva: la de inmovilizar el proceso político debido a que su dinamismo, desplazado hacia el centro, es ahora incapaz de producir potencia. La síntesis trascendental, en este caso, está totalmente privada de movimiento.

De este modo llegamos aquí a un último y crucial punto: la concretización históricamente determinada de la forma trascendental.

El significante vacío opera en el terreno nacional. Para Laclau, no se puede aceptar un discurso cosmopolítico, ni siquiera como horizonte. Luego de haber eliminado todo otro punto de apoyo, el poder tiene necesidad, para tener una consistencia real, de la identidad nacional. Incluso en la globalización, cuando el poder del Estado nación declina, el concepto de Estado-nación no puede ser, sin embargo, abandonado. Abandonarlo no significa solo situarse sobre un terreno poco realista, sino sobre todo, peligroso. Sin la unidad nacional, la expansión horizontal de la protesta social y la verticalidad de una relación con el sistema político serían imposibles. E insiste Laclau, la experiencia de América Latina en los años ‘90/00 demuestra ampliamente esta condición.

Por el contrario, nos parece que el movimiento progresista que sacudió a América Latina en el veinteno que cabalga sobre los dos últimos siglos estuvo fuertemente comprometido con la superación, “hacia afuera”, de un ámbito nacional en el que, uno a uno, los Estados se doblegaron bajo el dominio norteamericano y sus valores imperialistas; y “hacia adentro” de América Latina, donde la horizontalidad de los movimientos se puso a prueba a gran escala, a veces anticipando y a veces siguiendo un nuevo espíritu continental que animó a los gobiernos populares y les permitió superar cualquier chovinismo –reaccionario tanto en la tradición latinoamericana como en la europea. Pero el nacionalismo de Laclau, es necesario reconocerlo, no puede soslayarse. Data del comienzo de su obra. En Política e ideología en la teoría marxista, de 1977, en contra de Althusser, ya sostiene que la clase obrera tiene una irreductible especificidad nacional. Y resalta la experiencia del peronismo que “tuvo un éxito innegable en la constitución de un lenguaje democrático-popular unificado a nivel nacional”.

Con esta opción nacionalista, según Stuart Hall, la posición discursiva de Laclau corre el riesgo nuevamente de perder toda referencia a la práctica el material y a las condiciones históricas de la lucha de clases: su potencia es neutralizada, por así decirlo, en referencia al contexto nacional. No se puede considerar a la sociedad como un campo discursivo completamente abierto y, sobre esto, fijar la hegemonía política en un horizonte nacional-popular: esta operación no puede producir un asalto a Fort Apache por parte de las otras fuerzas sociales en juego, como sucedió en Argentina. Consecuencia: el esquema laclauniano muestra también aquí que solo es capaz de disponerse como figura “centrista” de gobierno. No puede sino ofrecerse –tal como lo hace— como un positivismo de la soberanía ejercida por una autoridad centralmente eficaz. Es, de hecho, una trascendencia formal la que materialmente pone y justifica el poder.

Y aún hay que destacar que en el último Laclau la trascendencia del comando deja de representarse en términos estrictamente nacionales y en nombre de un centralismo estatal demasiado aparatoso. Se puede ver, incluso, cierto distanciamiento de la concepción original hobbesiana que veía el poder con capacidad de formar el pueblo. Y, no obstante, emerge de pronto una paradoja: si en efecto la trascendencia del comando, la tentación hobbesian se atenúa –porque siempre existirán, en la contemporaneidad, irregularidades crecientes del poder en las relaciones sociales–, incluso esta “imposibilidad trascendental” de nuevo se concretiza en la obra de Laclau, no buscada pero encontrada, no construida sino impuesta por la mecánica misma del trascendentalismo. En lugar de la síntesis de la multitud, el enfoque trascendental, para fundar lo político, verá compactarse cada vez más, en la emergencia del “pueblo”, un significante “pleno”. ¿Pasaje de criticismo a una concepción definitivamente entregada al idealismo objetivo?

Lo que podemos concluir es que, si Laclau demuestra de forma brillante que el pueblo no es una formación espontánea ni natural, sino que es constituido por mecanismos representativos que traducen la pluralidad y heterogeneidad de las singularidades en unidad; y si esta unidad, a través de la identificación con un líder, un grupo dominante y, en algunos casos, con un ideal, se convierte en realidad, esta visión parece aún tributaria, a pesar de todo, de una idea “aristocrática”, en lugar de democrática, que repite las declinaciones más profundas y continuas de la historia moderna del estado. Quizás aquí realmente hay una confirmación de un pasaje del criticismo al idealismo objetivo. La centralidad, para Laclau, de la función de los intelectuales y de la comunicación en la organización política es expresiva de esta desviación. Es completamente superado, de este modo, el concepto gramsciano de “intelectual orgánico”, dado que se asume una función autónoma del intelectual como una fuerza auxiliar en la construcción de hegemonía –¿o de leadership? Es exactamente eso lo que Laclau se negó a hacer durante toda su vida como militante democrático y socialista – démosle por ello un caluroso reconocimiento. Y, entonces, ¿por qué esta unidad de la  “autonomía de lo político” y del leadership intelectual?

Para concluir digamos que este cuerpo a cuerpo con el pensamiento de Laclau se fue repitiendo en los últimos veinte años. Lo digo con franqueza, como se lo dije a él directamente: creo que su pensamiento, la misma concepción de populismo, son el producto de una reflexión, más que sobre el poder, sobre el concepto de transición, y del poder en la transición en diferentes periodos de su organización. El populismo de Laclau es la invención de una forma móvil de mediación, de la y en la transición de los regímenes políticos –sobre todo, pero no sólo, de los sudamericanos. Una forma que yo aún considero débil, no conceptualmente sino por la realidad que registra, porque aquel “vacío” que él asume como problema, a menudo no es un vacío que llenar, sino un abismo en el que es probable que se caiga. Y esta debilidad se acentúa en Laclau por el hecho de que, al negarse a abrir una indagación ontológica y después de dar sentido a la emergencia de lo nuevo, incluso admitiendo que la governancede una transición no puede ser constituyente, esta constitución incierta acaba paradójicamente por repetir modelos de la modernidad. En particular, rechaza toda tensión emancipatoria. Al aceptar situarse en la tensión entre espontaneidad y organización, pero borrando las dimensiones materiales de la lucha de clases, Laclau termina regresando a algunos aspectos muy problemáticos del derecho público europeo. Por ejemplo: cuestionando el tema de los movimientos sociales, Carl Schmitt define su figura mediante el reconocimiento de que estos constituyen la trama de la composición popular del Estado –reconocimientode arriba a abajo que politiza la sociedad a fin de construir una identidad nacional. O, por otro lado, la definición schmittiana del lugar de la representación política como “presencia de una ausencia”; ausencia a llenar si se quiere que el Estado exista, presencia a vaciar si se quiere que el Estado se sitúe por encima de las partes,super partes. ¿Hasta qué punto el “significante vacío” repite el modelo schmittiano de representación? Pero lo que estamos subrayando son interferencias impropias –seguramente, para Laclau, simples instrumentos recuperables de los archivos del derecho público europeo. Porque –y esto es lo que creo– la importancia o, más bien, la grandeza del pensamiento de Laclau no consiste tanto en resolver la cuestión del significante político vacío, o por el contrario (visto desde la derecha), en la negativa a confiar en la lucha de clases y el conflicto social para llenarlo. Consiste más bien en haber vivido dentro de ese problema. Esa cosa flotante que vislumbró delante de sí, aquel truc, aquella machin que no era el viejo modelo de Estado, el Estado moderno, sino una cosa nueva. Hay una tensión constituyente que se extiende sobre el terreno de la crisis del estado democrático de la modernidad. No se trata de descubrir que ese Estado que teníamos se agotó, sino de construir otro. Inventarse un nuevo para una transición radicalmente democrática. Que el criticismo se exalte en su significado originario, no como eje de construcción trascendental del Estado, sino como un investimento problemático de su crisis.

Si se me permite este pequeño apéndice, quisiera concluir señalando algunos trastornos brutales de la enseñanza de Laclau. Cuando, por ejemplo, se impone un techo a los movimientos reales, no como si el techo, sino como si la medida fuese el problema: es lo que sucede a menudo en el actual debate español. O cuando, en nombre de Laclau, se remite –para purificar la sucia vitalidad del movimiento– a la imagen del viejo Partido Comunista Italiano como modelo de escucha y dirección de la palabra del pueblo, como es cada vez más frecuente, un poco en todos lados, en la izquierda europea y latinoamericana. Y en miles de otros casos que, incluso con las distorsiones que sufre, evidencian la extraordinaria vitalidad del pensamiento de Ernesto.

Traducción: Diego Picotto y Verónica Gago

 

Los mil colores de la unidad // Alejandra Dandan

El parlante abierto de una radio portátil retransmitía la voz de Hugo Moyano, a unos cien metros de los ingresos a la 9 de Julio, con bocacalles imposibles de cruzar y camioneros que pelaron cueros y tatuajes en el universo de gremios en conflicto, despedidos, jubilados, maestros, bancarios y dos mujeres desde el escenario que se alternaron en la conducción para subrayar diversidad. Moyano habló después de las tres de la tarde. Más de 400.000 personas en la calle, según datos de la organización. Envió los mensajes que tenía que enviar. Dijo que no estaba ahí solo, y lo dijo al comienzo, en un escenario que mostró lo que muchos entienden como un hito en el proceso de articulación popular abierto desde hace meses en Argentina y con punto de inflexión en diciembre pasado. Dijo que estaba ahí. Y con él, la parte del león de la CGT. Dijo que no estaba ahí por las causas judiciales, que no necesita nada de todo eso para defenderse porque “siempre puse las que tuve que poner”. Y en otro diálogo directo con el gobierno, dijo: “Esto es lo que venimos a decirle al gobierno: no amenazamos, no somos antidemocráticos, no somos desestabilizadores. Somos hombres y mujeres de trabajo que venimos a decirle basta a las políticas que hambrean a la gente”.

Moyano volvió a decir “no somos golpistas, como no somos aliados del golpe”. Y el dueño de la radio portátil dijo que los golpistas están en la casa Rosada. Moyano dijo mucho de lo que dijo con contraplano fornido de su tropa de camioneros. Le habló al gobierno, pero detrás de cada párrafo usó la palabra compañeros. Dijo que hacía mucho que no hablaba en público y que por eso estaba un poco deshilvanado, pero no se notó. Que el hombre común ya no le cree al gobierno. Que el gobierno “no le teme a los dirigentes, le teme a los trabajadores”. O: “No tengo miedo de ir preso” y “estoy dispuesto a dar la vida por los trabajadores, lo digo de corazón porque así lo siento”. “Por más que digan lo que digan, no me voy a ir del país, no tengo plata afuera como me quisieron inventar estos señores, a los modelos económicos que aplican ni ellos le tienen confianza, sino traerían la guita para invertir en el país”. Y dijo que quería dejarle una frase al presidente, una frase de un premio Nobel de México a quien no nombró:

Toda victoria es relativa. Y toda derrota es transitoria.

Lo dijo despacio. Y lo dijo otra vez:

Toda victoria es relativa. Y toda derrota es transitoria.

Al rato Omar Plaini informó en las redes sociales que la frase era de Octavio Paz. Como si Moyano hubiera citado a Borges. ¿Por qué no? El 21F daba para todo.

“Por eso, compañeros —siguió—, cuando llegue el momento vamos a mostrar la voluntad de saber elegir, y los que se pueden haber equivocado, piensen que los gorilas nunca pueden estar en la conducción de este país”. Estaba casi terminando. Se oían los bombos. A una cuadra de distancia, llegaba el eco de la voz ensamblada a la radio. El hombre de la portátil, Néstor Sinatra, campeón en primera división cincuenta años atrás, de Villa del Parque, solitario asistente de todas las marchas de los últimos diez años, entonces, también dijo: Eso que está haciendo es un mea-culpa.

A las once del día, las organizaciones comenzaron a acercarse a la avenida 9 de Julio de acuerdo al mapa que terminó de definirse la noche previa. El escenario quedó en esquina con avenida Belgrano, de espaldas a Desarrollo Social y enmarcado en el aire por la bella imagen de Evita. Camioneros y la CGT, básicamente Camioneros, ocuparon el centro del bulevar con paraguas, banderas fileteadas y parafernalia completa. Allí fue también la Corriente Federal de Sergio Palazzo. Sobre Lima se agruparon  la CTA de Hugo Yasky, ATE Capital, el Frente Milagro Sala y La Cámpora, entre otros. Y del otro lado de la avenida, sobre Bernardo de Irigoyen, ocuparon espacios los movimientos sociales de la CTEP. Atrás marcharon las organizaciones y partidos de izquierda. No hubo ni policías ni gendarmes a la vista. Camioneros se encargó del operativo de seguridad. Un cordón que buscó proteger las primeras líneas del escenario para evitar viejas escenas del queremos paro general o tensiones que aguaran los consensos. La noche previa, la mesa de trece organismos de derechos humanos también llamó a la convocatoria. Desde el escenario saludaron las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Hebe de Bonafini llegó en la combi de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo. Hubo una bandera de HIJOS en la esquina de Independencia y 9 de Julio, detrás de Unidos y Organizados y La Cámpora.

Al mediodía la circulación todavía tenia espacios vacíos. Y al escenario iban subiendo buena parte de los referentes que mapeaba la calle. “Esta convocatoria que inicialmente fue impulsada por Camioneros sumó luego a la CTA de los Trabajadores, a sindicatos de la CGT, a la Corriente Federal de los Trabajadores, a la CTA Autónoma, a organizaciones sociales, a la Cámara de la pequeña y media empresa y al movimiento de Mujeres”, diría más tarde Estela Díaz, secretaria de Género de la CTA. Y una de las dos voces de mujer que ¡por fin! condujeron las horas de espera en clave de género y una línea que buscó mostrar el 21 F como parte del camino de articulaciones para el paro internacional del 8 M. Estela intercaló lugares con Claudia Lazzaro del gremio de curtidores y Pablo de Camioneros. “¡No paran de llegar los y las trabajadoras de todo el país!”, dijo. “Porque unidos somos invencibles, exigimos paritarias libres”, volvió a decir cuando el Frente Milagro Sala avanzaba desde la calle Salta.

“Venimos después de la marcha de los ingenios azucareros del norte, y ahora acá vamos a agregar los reclamos por la reforma laboral, los despidos del Estado y del sector privado, para decirles que frenen la mano”, dice Juan Manuel Esquivel, diputado de la Túpac. Recién llegado de Jujuy, repasa agenda de conflictos de Río Turbio a Ledesma. “Han intentado a través de todos los medios desacreditar esta convocatoria, para decir que esta marcha es de los camioneros, que es por Moyano, y lo que hoy se va a demostrar es que Moyano es un actor más, que hoy somos los trabajadores con conciencia los que sabemos dónde tenemos que estar”.

El escenario pidió un abuelo para un niño perdido. “Estamos teniendo un problema: ¿dónde están los bombos que no se oyen?”, dijo Estela. “¿A ver, cómo se escuchan los trabajadores y las trabajadoras? Ahí vemos a la Asociación Bancaria, ¡fuerza en la lucha!”, gritó. “Están los camioneros de Santa Fe: a ver que no se escuchan, ¡flameen las banderas! ¡A ver los bocinazos de los camiones!”

Y sonaron las bocinas

En una esquina un grupo se le arremolinó a Raúl Eugenio Zaffaroni. A otro con pecheras de Judiciales lo atajaron para una foto. Luis Zamora pasó de ida y de vuelta. “¡Esto es una cosa increíble!”, explicó. Y una mujer, Graciela Altamirano, barrio Monserrat, en equilibrio entre torrentes de pecheras gremiales, se sorprendía porque “los medios se la pasaron diciendo que iban a haber problemas con la policía”. A unas cuadras avanzó un sobreviviente de Mansión Seré, Carlos García: “Yo por Moyano no estoy acá, estoy por la unidad, por el desastre de este gobierno”. Al lado, con la pechera de Suteba Lanús, Estela Gareis, hija de un obrero de la Ford secuestrado hace cuarenta años, decía que por eso había tanta gente. “Gente que la está pasando muy mal, y además acá hay que saber diferenciar y leer entrelineas: porque el enemigo es otro, es este neoliberalismo que nos deja rengo de las patas”.

Arrrrrriba esa bandera. ¡Revvvvienten los bombos!

Se escuchó. Y ahora era Pablo, varón de Camioneros, co-conductor del escenario. “Seguro que los medios no van a decir todo esto”, retomó Estela. “Pero no importa”, dijo. “Acá tenemos la presencia de miles de trabajadores, miles de trabajadoras, miles de dirigentes”. Y dijo: “En la avenida mas ancha del mundo, la unidad de los trabajadores”. Y él: “Porque no queremos que los ricos sean ricos a costillas de los trabajadores”. Y ella: “Acá no hay divisiones: el pueblo salió a gritar unido. ¡Que flameen las banderas, y si lo medios quieren invisibilizarnos, usemos las redes, usemos Facebook, usemos Instagram!”

La combi de las Madres intentó avanzar pero no pudo, frenada por la marea. Alicia les hizo el aguante. “Néstor nos prometió un sueño, Macri una pesadilla —dijo—: ninguno de los dos dejó sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno. Pero hoy, acá, tenés a la gente que está despertando”.

El fin del sueño o pesadilla comenzó en diciembre. Para varios, eso explica la marea. Moyano no estuvo en diciembre en la calle. Tampoco el triunvirato de la CGT. Estuvo la Corriente Federal, que es parte de la CGT, pero también es otra cosa. Pero Moyano, dicen, entendió la calle. Coco Garfagnini es coordinador nacional de la Túpac. “Creo que lo que sucedió en diciembre hace que hoy Moyano pueda plantearse confrontar contra el gobierno”, dice a El Cohete A la Luna. “Diciembre fue muy fuerte. Lo que se fue generando en la calle desde el espacio de una multisectorial que reúne a la Corriente Federal, ATE Capital, APYME, nosotros, los grupos de izquierda, producto de haber juntado a esos distintos sectores y lo que configuró, hace que hoy Moyano pueda cambiar de lugar. Moyano tiene olfato. Y vio que lo que ocurrió en diciembre fue una pueblada y que además vamos a entrar en una situación de conflictividad muy grande todo este año. Y lo sabe. Y sabe que el gobierno en algún momento se va a terminar. Los que venimos peleando desde hace dos años ahora lo vamos a acompañar porque se suma a un esquema de enfrentamiento con el gobierno. Y en ese contexto, le damos la bienvenida”.

Al escenario subieron los cinco oradores del día. Pablo Micheli de la CTA Autónoma dijo: “Si no paran con el ajuste, con los despidos, y no dan una respuesta, hay que planear la continuidad de esta lucha. Hay que construir un paro nacional”. Juan Carlos Schmid de la CGT dijo: “En estos dos años, lo único que logró este gobierno es que los trabajadores perdieran poder adquisitivo. El Gobierno logró endeudar al país de manera infinita, y que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres”. Sergio Palazzo de los Bancarios: “Pueden faltar dirigentes de algunas organizaciones, pero los trabajadores están acá, en la calle, diciendo basta al ajuste”. Hugo Yasky de la CTA: “Si quieren buscar ladrones, le pasamos una dirección: Balcarce 50. En la Rosada están los ladrones y ahí los tienen que ir a buscar”. Pero también dijo que esto era el comienzo de una nueva unidad sindical, que es algo más de la unidad en la acción. Y habló Esteban Castro de la CTEP.

El escenario volvió a pedir por el abuelo de Luisito. Clamó por las trompetas de ATE Avellaneda. Aplaudió las bocinas de camioneros. Y se también se sumaron al camioneeerros, vamos camioneeeerosvamos camioneeros. Alguien entró a una torre de sonido. El escenario pidió cuidado. El conductor pidió la intervención de los delegados. Y Estela dijo: “Cuidémonos compañeros. Cuidémonos solos. Hoy tenemos que cuidarnos entre todos y entre todas”.

Al final subió Hugo Moyano. Abajo estaban los trabajadores de Recolección, Larga Distancia, Aguas y Gaseosas, Remiseros, diarios y revistas, Lácteos. Pasó un heladero. “¡Helado!” —dijo—. ¡Vamos que se va Macri, helados!”

 

El Cohete a la Luna El Cohete a la Luna

Como libera la marea feminista // Alejandra Rodríguez

Seguimos elaborando el tiempo del paro internacional de mujeres del 8M, muchas intensidades atraviesan nuestros cuerpos, porque este tiempo de preparación es también un tiempo de revolución política y vital.

Los encuentros feministas se multiplican, al igual que las desobediencias y los gritos de furia y rebelión. Nos encontramos en distintos lugares a pensarnos, a decir basta y a componer juntas las formas, los colores y los sonidos de nuestra resistencia. Las asambleas son herramientas desde las cuales nos reafirmamos en nuestra capacidad colectiva, afectiva y política. Nos reinventamos desde las heridas singulares a la vez que colectivas. Nos reconocemos en las marcas de dolores presentes y pasados desde los cuales construimos la fuerza para abrazar luchas y deseos postergados.

Esta semana salimos a las calles para agitar los pañuelos verdes y gritar a favor del aborto legal, seguro y gratuito. No se acallarán nuestras voces hasta que el Congreso apruebe la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Porque son años, historias y vidas las que resuenan desde nuestra gargantas. Porque sobre nuestros cuerpos queremos decidir nosotras.

Paramos porque queremos transformarlo todo. Nos movilizamos este 21F contra el ajuste macrista y los despidos que nos atraviesan. A la política del empresariado y del orden le oponemos transversalidad y resistencia feminista. Hoy estuvimos en las calles porque todas nos reconocemos trabajadoras en nuestra diversidad de experiencias de trabajo: asalariado, formal, informal, de cuidados, precario y doméstico.

En esos palcos que gesticulan oratorias de unidad, aun están ausentes nuestras voces, mientras nuestros cuerpos desbordan calles, enfrentan múltiples violencias y están al frente de innumerables conflictos. El tiempo de desobediencias al patriarcado ya está en marcha, y aunque intenten silenciarnos y negarnos, el 8M resonó hoy en ese escenario repleto de varones.

Nosotras nos seguimos organizando. En las villas, las escuelas, las oficinas, las fábricas y las plazas vamos entrelazando recorridos vitales, afectivos y amplificando nuestras voces que crecen e irrumpen con la fuerza que despliega la marea. No tenemos estrados. Nuestros escenarios son circulares y los construimos con cuerpos vibrantes y retoricas de revuelta. En este feminismo popular y heterogéneo no hay jerarquías, todas las palabras y los cuerpos cuentan porque estamos para nosotras.

Ser travesti es una fiesta, mi amor // Camila Sosa Villada

Angie Desireé era la travesti más linda del parque. No volví a ver a una travesti tan bella como ella en mi vida. Delgada, alta, siempre vibrando, siempre en movimiento como un hermoso árbol que jamás está quieto. No supe nunca su edad, era de esas travestis en las que calcular una edad es casi imposible. Una belleza joven la auspiciaba pero tenía una sabiduría de vieja que la precedía como un aura.

Cuando la conocí no tenía cirugías. Se depilaba mucho las cejas, finitas, como en los años ochenta. Tenía el pelo corto y contaba con mucha gracia que los hombres le decían Araceli González y era cierto porque era así de bonita. Había que ser muy bonita para ser travesti y andar con el pelo corto por ahí, mientras todas invertían en pelucas y extensiones, ella llevaba el pelo muy corto y mal teñido de rubio. Pero esto, lejos de afearla, la volvía más salvaje, más dañina incluso.

Andaba siempre con su primo, un maricón de 16 años que por las noches aprovechaba y se montaba entre los árboles del parque. En realidad, su travestismo consistía en soltarse el pelo negro y lacio como de indio que tenía, atarse la remera con un nudo que le dejaba toda la panza al aire, chata y lustrosa, se tiraba unas gotitas de perfume de Avon, un poco de brillo de labios y salía a cazar como una amazona de mucho más allá de la Circunvalación.

Tenía muchísimo éxito debido a su juventud el primo y se había elegido un nombre conforme a su ascendencia aborigen: Aylén. A veces el primo de Angie tomaba como un triunfo el hecho de no ser travesti y hacer más dinero que varias de nosotras juntas. Agarraba los billetes todos pegados y te daba cachetaditas y te decía y ahora nos vamos a tomar un helado y nos invitaba a su prima y a mí a tomar helado a una heladería al frente de la Plaza España. Todos nos miraban entonces y nosotras hacíamos la comedia de lamer el heladito como si estuviéramos felando a Marlon Brando, hasta que alguien nos insultaba y la cosa se ponía amarga. Y es que éramos chicas con poca paciencia.

Vivían ambas en Alta Gracia y cada noche se tomaban el colectivo para venir al parque y por la mañana, cuando el cielo se ponía rojo volvían juntas, Angie Desireé muy apresurada porque tenía que hacerle el desayuno al novio que era albañil y entraba muy temprano a trabajar.

Con ellas nos habíamos conocido en las escalinatas del parque, una noche en la que me había ido a llorar en soledad, como solía llorar en ese entonces. Ahí con alguna pena de amor supongo, empecé a oír carcajadas de travestis que ocupaban el parque como un grito. Se reían con todo ese cuerpo flaco que tenían y bajaban las escaleras sin mirar los escalones, tal como cuando veía por la televisión a las modelos que desfilaban en Donna Sotto L’Estele. Cuando me vieron sola, a la madrugada, en las escalinatas, supieron que podían seguir divirtiéndose. Ese fue el bautismo para una larga y tierna amistad. Las palabras que bautizaron esa amistad entre Angie Desireé, su primo transformista llamado Aylén y yo fue la letanía que siempre repetería Angie Desireé hasta el cansancio: “Yo me hice travesti porque ser travesti es una fiesta”.

Entonces para toda enfermedad ella lanzaba ese antídoto: ser travesti es una fiesta. Y ella lo vivía así, supongo que había nacido así. Como una flor carnosa y anaranjada brillando en medio de un aburrido desierto. “Pero no mi vida, no llorés por ese tipo que no te da nada, ser travesti es una fiesta mi vida, disfrutalo”.

Y aplicaba su filosofía al pie de la letra. Siempre sonriendo, siempre generosa, siempre llena de caramelitos en los bolsillos. Ella me pegó la costumbre de comer caramelitos durante el trabajo, porque suavizaban el aliento que venía regado de marihuana, alcohol y tabaco y también porque decía que practicarle sexo oral a un tipo con un caramelo de menta fuerte en la boca hacía que ellos te amaran más.

Tenía un novio que era albañil que aceptaba sin dramatismos la profesión de su novia y vivían juntos en Alta Gracia en una casita que había levantado él con sus propias manos y en la que Angie Desireé dejaba todo su sueldo. Nos invitaron a comer en algunas ocasiones, lástima que el talento que tenían para el amor y la vida no lo tenían para la cocina. Angie Desireé trabajaba mucho y ahorraba mucho también. Estaba dispuesta a tener todas las comodidades a su favor y había empezado por ponerse de novia con el minotauro más lindo que había podido comprar con el aleteo de sus pestañas y el veneno de su cariño.

Su chongo era el hombre más guapo que habían visto nuestros transexuales ojos. Era un moreno de ojos grises que parecía construido con ladrillos. Lo cierto es que no era objeto de deseo sólo por eso. Había salido con otras trans antes y se lo habían disputado a muerte más de una vez con navajas incluidas. Se decía que era dotado como un mulo y dulce como la miel. Yo intuía que esos dos estaban muy enamorados. Verdaderamente enamorados el uno del otro. Y ella que era una fiesta literalmente, por hermosa, por feliz, por imprevisible, era una cosita imposible de no adorar. En el parque había una reina. Y era ella.

Se reía y movía la cola orgullosa, porque en esa tierra de desposeídas ella tenía la más valiosa posesión: alguien que la esperaba en su casa con el corazón sobre la mesa. Una ternura como esa la he vivido muy pocas veces y ya de grande, algún amor de verano me acarició el rostro como el chongo de Angie Desireé tocaba el suyo y entendí por qué meneaba la cola como una perra contenta. En este mundo donde todo hueco se debe llenar con algo, una caricia viene a ponerlo todo plano, como una playa pacífica cuando baja la marea y no hay huecos que llenar sino una inmensa llanura donde dormirse al sol.

Un día con su prima Aylén tuvimos que intervenir en una pelea en la que ella iba perdiendo evidentemente porque se había enterado que tal travesti le había estado mandando mensajes a su hombre y la había ido a ajusticiar y a exigirle una satisfacción. No contaba con que la otra travesti era enorme y forzuda como un fenómeno de circo y que al primer revés de la zurda la tumbaría y le haría golpearse la cabeza con la raíz de un árbol. Ahí en el piso la había agarrado a patadas y nosotras que oímos los gritos nos fuimos a separarlas y yo a usar todo el poder de mi retórica para calmarla. Cuando finalmente la furia se disipó la travesti infiel le dio una sentencia: “No te hagás tanto la loca, amiga, porque no sabés qué clase de loca te podés cruzar en la calle”.

A mí no me gustó verla a Angie Desireé golpeada y asustada y mucho menos acompañarla al Hospital de Urgencias porque el golpe con la raíz había sido bravo y le sangraba un poco la sien. Era un poco traumático ver vulnerable a una heroína que una creía invencible. De todos modos, en parte porque vivíamos drogadas y al whisky lo tomábamos con clonazepam, ella se iba riendo y estaba segura de que su chongo jamás se acostaría con una travesti que tuviera tan feos bigotes.

Sólo una vez la ví llorar. No soportaba llorar ni que lloren y eso era un problema porque en ese tiempo las travestis éramos muy lloronas. Cuando alguna de nosotras estaba triste por algo, ella te invitaba a comer a Mc Donalds y te decía que ser travesti era una fiesta mi amor, sino mirá todas ellas que nos miran así (y señalaba a las chicas espantadas en la calle que nos miraban como si nosotras fuéramos extraterrestres) ya quisieran dar el placer que nosotras damos, mi vida, si ser travesti es una fiesta. Nosotras damos amor mi vida, les decía en la cara, y a mí el corazón se me hacía chiquitito como una pasa de uva porque admiraba la determinación con la que vivía y la simpleza con que auspiciaba sus razones.

Una noche, dos chicos muy bonitos, de esos chicos bonitos de los que siempre hay que desconfiar porque nadie tan bello puede tener un corazón bueno, nos invitaron a subir a su Kangoo, a hacer una fiesta con ellos. A mí las fiestas no me gustaban porque me ponía incómoda tener a otra travesti desnuda al lado, pero como a las cosas las había arreglado Angie, sabía que había buen dinero y que la fiesta no era tal, que cada una hacía su trabajo por su lado. Eran como las cuatro de la mañana de un sábado y nosotras sabíamos que era una hora peligrosa porque los muchachos empezaban a salir de los bailes y de los boliches y andaban muy borrachos y con muchas ganas de cruzar límites, con muchas ganas de ser los más rápidos del oeste, con muchas ganas de hacer daño, de vengarse. Era una hora peligrosa, pero también era una hora en que llegaban los mejores especímenes de chongos habidos y por haber. Los solitarios. Y nosotras nunca queríamos perdernos a los solitarios. Con los solitarios siempre todo iba bien, como si existiera la buena suerte y como si eso que decía Jesús de que los últimos serán los primeros, se estuviera cumpliendo en ese momento.

Madrugada. Nosotras duras como la estatua del Dante y heladas, sintiendo un frío que nos hacía doler la espalda, nos subimos a esa camioneta tentadas con estos hombrecitos tan bellos. Sabíamos que ese tipo de chicos pasan muy de cuando en cuando y los quisimos aprovechar. Dos principitos dorados un poco borrachos, bien vestidos y perfumados y con dinero en los bolsillos. Pero nos aprovecharon ellos, porque cuando nos subimos a la parte de atrás de la Kangoo y ellos vinieron con nosotras, se dejaron coger bien cogidos y luego, a la hora de pagar, nos dijeron que ellos por travestis no pagaban.

Angie Desireé se lo tomó como un insulto y dijo con su voz de travesti más desafinada que obvio mi amor que nos iban a pagar porque nosotras no les habíamos mentido y ellos dijeron que sí, que los habíamos embaucado porque no les habíamos aclarado que éramos putos y entonces yo quise mediar con mi retórica pero uno de los chicos le pegó en la boca a Angie y el otro chico me agarró del cuello y me empezó a pegar en la cabeza y empezamos a gritar y pedir auxilio y se armó un verdadero tole tole en el que Angie Desireé intentaba encontrar su navajita en el bolsillo de su jean y yo gritaba por favor auxilio y sentía que de ahí no íbamos a salir vivas y entre que nos pegaban en la panza y en la cara y en los huevos veo que la puerta de la Kangoo se corre y el cielo del parque entra por ahí, donde nos estaban haciendo conocer la fiesta que era ser travesti y aparece Cleopatra que era una travesti de un metro ochenta subida a unos tacos de diez centímetros y saca de la pierna al que me estaba pegando a mí y lo tira al suelo y empieza a darle piñas y patadas y a decirle que le iba a curar la malacostumbre de pegarle a una trava y en ese momento de confusión Angie Desireé encuentra su navaja y le corta la cintura al otro chico y me doy vuelta y la encuentro a ella con la cara ensangrentada y al chico lloriqueando como una nena de mamá agarrándose la panza y Cleopatra que nos grita “Salgan pelotudas” y vemos a una horda de travestis que vienen en nuestro rescate y lo sacan de adentro de la Kangoo y todas descargan su furia. La larga furia travesti acumulada por años y años. Los niños dorados esa noche aprendieron una lección y yo también.

Angie Desireé tenía una navaja muy especial que se había hecho ella misma y que consistía en un jaboncito de hotel con una hoja de Gillette agarrada con una gomita para el pelo. La podías llevar en la manga, en la cartera, en el bolsillo. Una noche me regaló una y me dijo “Ay amiga…” y me dio una navajita casera hecha con un jaboncito que olía a coco. Con esa navajita le dejó una cicatriz en la cintura al chonguito que nos había pegado en el parque sin muchas explicaciones. Me gusta pensar que como El Zorro con su espada dibujaba una z en cualquier camisa, ella le había escrito Angie Desireé con ese navajazo inesperado a nuestro agresor.

Esa noche Angie Desireé, mientras nos tirábamos agua mineral helada en los golpes me miró a los ojos y me dijo ay amiga y lloró. No se bien qué habrá pasado por su cabeza que se le acabó la fiesta de ser travesti, pero me miró a los ojos con los dientes manchados de sangre como quien se mancha con lápiz de labios y se tapó la boca mientras decía ay amiga y yo la acompañé a tomarse el colectivo a la terminal y ella me dijo gracias amiga y me dijo que me iba a invitar a comer a su casa la semana que viene, que su novio iba a hacer un asado.

Angie Desireé murió de SIDA y muchas de nosotras la vimos morir. Fue muy rápido, se puso flaca y verde y un día desapareció del parque. Su primo transformista me contó la desgracia con cierta indolencia que no me gustó nada y me dijo que no la veía desde hacía bastante pero que la tenían internada en el Rawson.

Cuenta la leyenda que murió tomada de la mano de su novio que no se separó de ella ni un minuto. A veces la iba a visitar antes de irme a la facultad y me lo encontraba sentado en las escaleras del Rawson llorando como un nene. Era muy joven, creo que tenía 19 años y estaba a dos pasos de convertirse en viudo. Un día me pidió plata para pagar el cable porque como no podían ir a trabajar estaban en la pampa y la vía y se la presté pensando que le estaba dando algo que llevarse a la muerte que era irse de este mundo sin deudas.

A mí me ponía el ánimo muy por el piso y a veces tenía que hacer grupos de estudio en la facultad y las niñas bonitas con las que me juntaba a estudiar tenían problemas que hubiera adorado tener. A los veintitantos años no es justo que una amiga se te muera por el bicho.

También cuenta la leyenda que su novio se casó con una chica y tuvo hijos. Las travestis dejaron de desearlo porque sospechaban que Angie Desireé le había pegado el bicho y entonces dejó de ser el sex symbol que nos ponía los pelos de punta para estar marcado como un portador indeseable. Era muy injusto, lo cierto es que nunca más lo vi.

Admiraba el amor que se tenían y no era cuento que me hayan contado. Era cierto el amor y era cierto que se daban la mano durante las horas de visita y era cierto el niño hermoso llorando y secándose las lágrimas con las manos cuarteadas por la cal. Creía que eran hermosos y que se cuidaban y que su corta vida había sido una fiesta y que él la había amado como merecen amarse ciertas cosas sagradas del mundo. Como ella, que era libre y sagrada.

Su primo no apareció más por el parque. Se lo tragó la tierra, decían algunas.

Cuando Angie murió me fui del parque. No era lo mismo sin ella. Nosotras, siempre con la petaca en la mano, peleando por los clientes, peleando por el dinero, discutiendo entre nosotras sobre De la Rúa y los patacones, queriendo siempre tener la pija más grande que la otra, nos habíamos olvidado de lo importante: que ser travesti era una fiesta y mi querida amiga Angie Desireé, la travesti más bella que vieron estos ojos, ya no estaba ahí para recordárnoslo.

Parallax

Vitalismo “turbio” o los movimientos aberrantes en Gilles Deleuze // Diego Sztulwark

Solo el náufrago devuelve a la isla su desierto, para hacer de ella nuevamente una tierra sin hombres.

  1. Devolver a los sonidos y a las imágenes su capacidad de lucha contra los poderes. Redescubrir las potencias de la tierra y sus poblaciones contra el paradigma securitista de despoblamiento. Tomar la palabra para hablar solo por aquello que permanece imperceptible, minoritario, contra aquellos que representan a los otros o hablan de sí mismos. Orientar el pensamiento hacia el sin fondo que se eleva junto con los trozos de ser –simulacros, fallas, partículas– que pueblan, irregulares, las superficies, contra los que pretenden un fundamento (o bien celebran el desfundamento como tal). Dotar de consistencia toda esa inestable heterogeneidad: ni caos ni orden, caósmosis. Tal el programa deleuziano de una anarquía coronada que David Lapoujade reconstruye minuciosamente (en colaboración con Felix Guattari), con elegancia y sin estridencias, en el libro Deleuze, los movimientos aberrantes.[1]

¿Por qué el autor –compilador de dos libros fundamentales de Deleuze: La isla desierta y Dos regímenes de locos– ha creído necesario o simplemente útil volver sobre el archiconocido arsenal de “acontecimientos”, “devenires nómades”, “cuerpos sin órganos”, “planos de inmanencia” y “rizomas”, tan celebrados como inofensivos, que sobreabundan desde hace años en la retórica de medios alternativos, militancias y universidades? ¿Y qué sentido de la oportunidad hay en la reedición de un discurso que pareciera ser parte de la promesa incumplida de la filosofía y la política radical a las rebeldías que animaron a buena parte de la  región sudamericana?

Lo primero que habría que decir es que el Deleuze de Lapoujade es sorprendente. Un abogado, un pensador del derecho volcado sobre cuestiones de jurisprudencia, preocupado por fundar los principios de legitimidad de lo que existe. Un lógico, un maestro de la razón suficiente capaz de dar cuenta de la génesis y el despliegue de todo aquello que escapa a las estructuras y formas acabadas, dedicado a la formalización en los más diversos campos: una lógica del sentido, otra de las sensaciones, otra más para el deseo y una para las multiplicidades. Y finalmente un agrimensor, un filósofo de la tierra y las poblaciones, cuya política pasa por el desierto y las ciudades, lo nómade y lo sedentario, lo molar y lo molecular, lo liso y lo estriado. En Deleuze y en Guattari, pensar y desterritorializar constituyen un mismo movimiento.

Un libro así vale por sus pretensiones. Pero quizás lo que en verdad importa sea el valor de uso que pueda tener para quienes necesitamos sobreponernos del agotamiento de un dispositivo de lectura apoyado en un ciclo de luchas –el de los llamados “movimientos sociales”– que pide ser recompuesto por entero. La filosofía puede animarnos a atravesar una cierta decepción –fracasar más, de otro modo– y proveernos de una sabia suspicacia para abrirse paso entre el orden y el nihilismo pasivo en el que arraiga. Tal el valor de estos movimientos aberrantes: nos hacen entrar en contacto con una nueva fuente del derecho de existir.

  1. Desarmar y recomponer dispositivos colectivos de lectura es un arte directamente político. No porque refiera a los avatares del Estado, sino porque conduce a la génesis de las fuerzas, a la naturaleza misma de lo político como mixto de potencia y legitimidad que afecta todo lo que existe. Los movimientos aberrantes remiten al problema de los pueblos, clases, sexos y formas de vida que permanecen imperceptibles, desconsiderados bajo el imperio del derecho tal y como resulta deducido de la axiomática del capitalismo mundial integrado.

El capitalismo, tomado como máquina global que funciona concretamente a partir de axiomas (que se adjuntan o substraen), oscila entre dos polos: uno flexible y socialdemócrata –o populista–, reconocible por la formación de un mercado interno y por su mejor recepción de las demandas y luchas populares; y otro más rígido y totalitario, que hace depender el funcionamiento social de unos pocos axiomas orientados al mercado exterior y al poder del Banco Central de controlar la inflación. Situar lo político como práctica que hace causa común con todo aquello que no se adecúa al sistema de legitimidades deducidos de la axiomática capitalista (el modo de distribución de la tierra y de las ideas, de los signos y de los cuerpos, del tiempo y de la información) nos introduce en una política –una lógica y una reivindicación– propiamente aberrante.

Esta cuestión afecta de lleno el pensamiento, tomado por las mismas existencias menores, el mismo abismo a-lógico del que emergen cada una de las pretensiones territoriales, catastrales y mentales. El pensamiento en Deleuze, anuncia Lapoujade, se efectúa entonces como un combate que se libra en al menos tres líneas. La primera de ellas se desarrolla en los frentes activos: materialismo vs. idealismo, empirismo vs. racionalismo, spinozismo vs. cartesianismo, etc.; y luego, en alianza con Guattari: esquizoanálisis contra el psicoanálisis, en defensa de un inconsciente fábrica. Se trata de una toma de partido que delimita un campo enemigo y uno de aliados. La segunda es completamente diferente. Ya no se trata del pensamiento tomando partido en un enfrentamiento, sino del modo singular en que se distribuyen las ideas en el propio pensamiento: es el combate que se traba con lo impensado del propio pensamiento, la sensibilidad con que se perciben ciertos problemas, el modo de desplazamiento de esos problemas. En este segundo nivel, más solitario quizás al inicio, pensar es comprender estos desplazamientos, descubrir las coordenadas de un movimiento del que se es paciente más que agente, sin disponer de soluciones preexistentes, y acompañado  por unos aliados que deben ser creados gradualmente. A diferencia de las tomas de partido que establecen posiciones relativamente fijas, este nivel de la lucha nos hace ocupar posiciones nuevas. Se ve con claridad que los combates del pensamiento son en realidad un asunto que concierne a la vida como tal. Esto se torna muy evidente en un tercer nivel, el más peligroso y el más característico de los movimientos aberrantes: en tanto que fenómenos de desborde, estas existencias anómalas o problemáticas traspasan los límites y arrojan el pensamiento hacia una línea de abolición, por la vía de una experimentación/despersonalización en la que la propia vida resulta amenazada. Vitalismo “turbio” de Deleuze –según Lapoujade–, en el que los movimientos aberrantes atañen de modo directo al fluir de la existencia sin eludir la cuestión central de la crueldad y la muerte.

La relación entre vida y muerte está captada en la fórmula con la que Deleuze explica a Foucault: “Un vitalismo sobre fondo de un mortalismo”. También en Nietzsche: la versión del eterno retorno deleuziana, dice Lapoujade, consiste en un doble movimiento mediante el cual la forma personal –con su arraigo territorial– debe morir (lo “mismo” es lo que no retorna) para que las potencias puedan afirmarse libres (nueva vida) como diferencia. Cambio de piel o renacimiento, o Acontecimiento. Se produce entonces una redistribución de las potencias –afectos, gustos, percepciones– sin respetar en lo más mínimo las consistencias o coherencias del pensador (crueldad mortecina de la vida sobre el viviente). Salvador Benesdra nos dice en su novela El traductor:[2] “Lo que quería era acabar con mi vida. Es decir, conmigo, con la vida que llevaba hasta entonces, con mi persona, con mi identidad. Con las cosas en las que había creído, con los gustos que había tenido. Para que cuand o todo acabara de derrumbarse volviera a aparecer esa última compañía infaltable que solo se avergonzaba de mis propias vergüenzas, que solo despreciaba mi propio desprecio de mí mismo, que solo me culpaba por mis sentimientos de culpabilidad, que solo aplaudía como cumbre de todos mis aciertos esa hazaña puramente casual de no haberme pegado un tiro. Quería empezar de veras de cero, aún con toda la arbitrariedad que había en poner en esa cifra el marcador cuando ya había recorrido 37 hitos del camino y me faltaban tan pocos para el final”.

El papel de lo negativo es el de lo insoportable, la incapacidad de tolerar la potencia vital con los cuerpos organizados y los pensamientos ya formados, el presentimiento de que para encontrar la vida hay que atravesar desorganizaciones, muertes. No se trata de la muerte empírica y orgánica –la que “viene de afuera”–, sino de una muerte de las formas personales, un “ya no” destructivo que señala la afirmación de una nueva vitalidad, “vida inorgánica” indiferente a los cuerpos que atraviesa y a los que arrastra y que, siguiendo a Salvador Benesdra, se confunde con el suicidio. Pero solamente se confunde, porque de derecho se trata de un combate múltiple –contra las tesis enemigas, contra nuestras propias formas, contra la deriva suicida de la pasión de abolición–, grito y guerra, fuerza crítica demoledora contra un régimen de muerte, una voluntad de control y de seguridad, un esclavismo maquínico y un despoblamiento de la tierra específicamente capitalista.

  1. ¿Es el pensamiento de Deleuze más oscuro de lo que muchos creíamos? Es preciso que así sea para que nos siga acompañando en una coyuntura más reaccionaria en la que ya no funciona la identificación rápida entre movimientos sociales y ser del devenir. Una buena parte de las luchas del ciclo autónomo que precedió al 2001 comprometió sus esfuerzos posteriores en el terreno de la adjunción de nuevos axiomas (“derechos”). Axiomas que hoy hay que defender ante el vuelco totalitario del Estado. ¿Cómo se lee la filosofía de Deleuze, filosofía orientada a trazar mapas y conectar con lo imperceptible, tan repulsiva de la forma humana –los cuerpos “organizados”, desechos de Edipo, y subjetivados bajo la interioridad propia del Aparato de Estado–, que solo le canta al “pueblo por venir” y a la “tierra que falta”? La noción de movimientos aberrantes permite recorrer el camino imposible, realizar las torsiones necesarias para conjugar una estrategia popular defensiva –defensa de axiomas, de derechos– junto a una ruptura del horizonte de posibles derivados de la máquina axiomática. Del movimiento social a los movimientos aberrantes se produce esta mutación conceptual: la emergencia de nuevos enunciados y visibilidades permite acentuar el carácter de ruptura y disidencia de las luchas defensivas respecto del régimen de sujeción. La “aberrancia” es una noción límite, puesto que nos hace pasar del mundo dado (mundo reconocible de los sujetos y las formas) al de los desvíos (en el cual se hacen perceptibles las potencias y las conexiones moleculares). Se trata de una noción fuertemente política –no es un concepto moral–, un modo de ser extraño a aquellos que se derivan –que extraen su legitimidad– del derecho provisto por los axiomas del capital. Ni neoliberalismo ni socialdemocracia –aunque no den igual–, ni mundo de las formas ni disolución en el caos –que no son lo mismo– sino un “entre” que no surge de la polémica entre los polos sino de seguir la línea sinuosa, un “ni…ni…” capaz de elaborar los “protocolos” de deserción de la forma humana, la ley soberana y el límite descendido de los cielos. Lapoujade comenta estos procedimientos perversos –invertir, plegar, crear simulacros, trazar dobles liberados de sus límites, contra-efectuar– y los compara con los esquizos –huir, fugar, vaciar, tender al límite– que aniquilan los posibles-dados en la medida en que ya no se soportan, parar abrir nuevas combinaciones (“¡un posible, o me ahogo!”). Perversos y Esquizos son los héroes de Lógica del sentido, los creadores de sinsentido –nuevos posibles– en las zonas paradójicas o ciegas del ser, inoculadores de anarquismo en medio de las individuaciones modelizadas emanadas de la axiomática capitalista.

La filosofía de Deleuze no es un optimismo (más bien pesimismo con lo humano), ni un pesimismo (más bien un asombro por “lo que el cuerpo puede”, a pesar de todo). Ni una cosa ni la otra, sino línea spinozista que pasa entre las formas haciendo causa común con todo aquello que es capaz de remontar el pensamiento para plantear nuevos problemas (fascinación de Deleuze por los grandes creadores). Quizás el libro de Lapoujade quiere decirnos una única cosa: en Deleuze no se da un Todo Abierto (un Interior en conquista de su Exterior, ni una “filosofía de lo Uno” como cree Badiou), sino un Todo Afuera, en el que solo hay Todo coincidiendo con el Afuera (sentido de la fórmula deleuziana de univocidad del ser). Los movimientos aberrantes dramatizan esta presencia del Afuera “en” el Todo, la acción de “entre” (o “ni, ni”) y los fenómenos de deformación y subversión asociados a su nueva comprensión de la noción de “límite”.

Esta dialéctica Todo Afuera trae aparejada, además, una nueva percepción del espacio del pensamiento: sustituye la imagen evolutiva por la de las coexistencias, en las que realidades diferentes (como por ejemplo Aparatos de Estado y Máquinas de Guerra) se afirman al mismo tiempo. El Afuera ya no es un mero exterior, sino aquello inconcebible, heterogéneo e informe que, sin embargo, participa de la existencia, incluso en lo más próximo o íntimo. Es lo impensado que el pensamiento no sabe pensar, y al mismo tiempo aquello que solo puede ser pensado bajo su influjo o provocación. Aquello que solo puede ser pensado cuando el pensamiento es llevado hacia sus límites (y lo mismo cabe decir de la sensibilidad:  es el “afuera” o lo insensible que la sensibilidad no sabe captar, y que solo puede ser sentido cuando una violencia la fuerza a llegar a su propio límite). El pensamiento por lo tanto viene de afuera. No es mero funcionamiento de una facultad. Es el producto de una violencia e implica siempre un trastorno, el atravesamiento de una zona de impotencias. François Zourabichvili[3] describe bellamente las figuras que adopta el pensamiento empantanado en esa impotencia: el Idiota no sabe, no puede hacer lo que todos saben (Proust, Kafka o Piglia declaran que no pueden escribir, mientras todos escriben); el Celoso se ha enterado, gracias a signos aleatorios que lo han perturbado, de una presencia inquietante, un problema o una idea, y se obsesiona con ellos. En otras palabras, las potencias se engendran sobre un fondo de impotencias, así como las ideas o las sensaciones se forman a partir de un fondo a-lógico y una materia intensiva. De allí la acertada aclaración de Lapoujade: cuando Deleuze escribe “lógica” hay que comprender “génesis”. Aclaración que tal vez se pueda extender del siguiente modo: cuando aparezca la palabra “potencia” habrá que ser capaz de leer “síntesis disyuntiva inclusiva”, es decir, aparición de ese Todo Afuera, capacidad de conectar lo heterogéneo, “encuentro” como instauración de relación entre cuerpos o términos que hasta el momento no lo tenían. Es la lógica del acontecimiento.

  1. Si interesa este vitalismo “turbio” es porque el vitalismo limpio no ha dejado de caracterizar al discurso del amo, prefiguración neoliberal, performatividad del capital: “crear mundos”, “superar límites”, “vivir auténticamente” son consignas emanadas de una razón mercantil exacerbada cuyo único propósito es hacer de la existencia un continuo de consumo, un consumo no de tal o cual producto, sino de vida como tal. Lo turbio caracteriza una potencia defectuosa, una vida inadecuada al régimen de visibilidad deducido de la axiomática capitalista. Una potencia que se engendra sobre un fondo de impotencias, una vida afectada de improductividad por la fragilidad, la enfermedad y la muerte. La potencia, tal y como la concibe el capital, es la idealización que desde este se hace del trabajo vivo como esclavitud motivada. La potencia de un vitalismo turbio, en cambio, existe en su reverso como crisis de esa idealización, como autonomización de la actividad humana respecto de todo modelo. Un vitalismo turbio se engendra en las zonas de inactividad capitalista. El desarrollo del capitalismo depende de un ejercicio continuo de superación-desplazamiento de sus propios límites (como lo explicaba Marx con su ley sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia), que consiste en la destrucción de parte del capital y en la creación de nuevas zonas de negocios –una axiomática global, engendrada a nivel del mercado mundial y efectuada en cada uno de los Estados nacionales–. Entre destrucción –descodificación– y creación –nuevas codificaciones–, a la axiomática del capital se le escapan flujos de existencia: unas vidas, unas poblaciones, unas tierras que se valorizan por sí mismas. Los movimientos aberrantes nombran aquellas existencias no deducibles del capital. Su misma existencia plantea entonces un conflicto en el nivel del derecho. ¿A qué derecho pueden aspirar estas existencias “menores” que no son reconocidas en el juego de la axiomática capitalista?[4] Desprovistos de un reconocimiento por parte del sistema de legitimidades fundado en la axiomática (derechos); imperceptibles dentro del rango de percepción que a partir de la axiomática se modula, el espacio formado por los flujos descodificados se puebla de enunciados indecidibles (potencialmente revolucionarios), un desvío sucio –simulacros, dobles perversos, realidades truchas– con respecto a la potencia pura como semblante del dinero.

Atravesando todo tipo de crisis, la lógica del capital aparenta una inconmovible fuerza evolutiva, colonización de un adentro –en el que el trabajo es determinado por cierta relación con el dinero– y un afuera siempre por conquistar –nuevas oportunidades y desafíos–. Una interioridad que los Estados organizan con los restos siempre reconstituidos de un poder soberano –estriamiento del espacio, puesta en resonancia de sus términos– y un exterior que amenaza como destrucción. A este par interior/exterior le corresponde una temporalidad como crisis/innovación, alternativa dramática de la axiomática global (derecho convencional).

Si algo distingue a la axiomática del capital de las existencias menores es la diferencia con relación al límite. Mientras el ensamble capital-Estado organiza un interior regular contra un exterior salvaje, desplazando una y otra vez sus fronteras, los movimientos aberrantes o existencias menores derivan el límite de su propia potencia (llevan lo que pueden al límite); su relación con el límite es de tipo membrana o filtro, es decir, de relación selectiva/creativa con su afuera, con el que no dejan de comerciar bajo todas las formas imaginables. Instauran relaciones fantásticas allí donde no hay relación entre términos, relaciones imperceptibles –pura audición, o visión–, expresiones de un sin fondo, de un Afuera Todo, esbozos de un nuevo derecho.

En otras palabras, la jurisprudencia como fuente del derecho –la expresión de conflictos del y en el propio derecho– revela la presencia de reivindicaciones y luchas que implican nuevas relaciones con la tierra, el cuerpo y el lenguaje. Nuevas poblaciones –no importa cuán minoritarias ni cuan antiguas– que Deleuze piensa como “devenires”, es decir, como mutación, descentramiento de la forma humana, creación de posibles. Esto es así en Diferencia y repetición, donde la diferencia se diferencia de sí misma a partir de una serie de repeticiones excéntricas; pero también en Mil Mesetas, donde las multiplicidades y sus “máquinas abstractas” tienen siempre una cara (o “punta”) desterritorializante, desestratificante. Dos modos de concebir la totalidad. La primera, soberana, que solo se abre para desplazar sus límites con el afuera. La segunda –la “máquina de guerra”, el esquizoanálisis– que actúa instaurando membranas, alisando el espacio, conectando con el afuera. Todo Abierto –apertura relativa– o Todo Afuera –apertura absoluta–. A cada uno de estos modos le corresponde una forma de desterritorialización: la relativa, propia del capitalismo (descodificación y desterritorialización de flujos de riqueza y de actividad humana, conjunción axiomatizada sobre la base de las conexiones del cuerpo social dominado por el dinero, del impulso del dinero-capital por ampliar sus límites), versus la otra, la absoluta (o “nueva tierra”, o “pueblo por venir”; libre conexión entre flujos que huyen de la axiomática del capital).

  1. Lo “turbio” en Deleuze no es un detalle menor, sino lo que puede permitirnos una reformulación del dispositivo crítico de lectura. Lo turbio se impone a la vida en la medida en que ella está afectada desde el inicio por una muerte. La vida “turbia” indica la presencia de la muerte, de la impotencia en la potencia, del sin fondo sobre la superficie. Como lo ha indicado Franco “Bifo” Berardi en varios de sus textos, el capital –de modo privilegiado en su versión norteamericana– es puritano y lee todo barroquismo o pliegue de lo real como distorsión y señal de fracaso tanto social como psíquico. El semio-capital depende de su capacidad de codificar las diferencias, extirpando cada una de las impurezas que obstaculicen la perfecta compatibilidad entre signos. En el mundo “peludo” del espesor de la materia, de las existencias corpóreas, los signos son a descifrar y requieren, por lo tanto, una aptitud sensible o sensual para la comprensión de lo no dicho, puesto que ni los signos ni la relación entre ellos han sido previamente programados. La “muerte” deleuziana (esa muerte no-empírica, que no hay que confundir con la que viene de afuera aunque a veces coincidan) es la distancia o el más allá respecto de este espacio-tiempo preformado o modélico, la percepción íntima de un Afuera heterogéneo, la exploración de relaciones inéditas, la comunicación contra natura entre singularidades propias y ajenas (devenires), la soledad, poblada o desértica, como inmanencia absoluta, plano de partículas-luz de las que se deducen los cuerpos como pura potencia. Ya es difícil entender que en Deleuze ser “de izquierda” sea adoptar las disposiciones necesarias para “querer el acontecimiento”. ¿Hay que agregarle a la fórmula una dificultad extra? Parece que sí, que “ser de izquierda” también puede decirse en el sentido de “querer lo turbio” o “querer la muerte” (en un sentido similar al que se suele atribuir a la idea de “muerte del hombre” en Nietzsche). La distinción entre ambas muertes es entonces fundamental: la muerte que se invoca en la filosofía de Deleuze es el punto exacto en el que el morir es destituido, momento de la “transmutación” donde la muerte es sustituida por una nueva figura vital.

De allí la sensación de falsedad que provocan las izquierdas cuando compiten por la pureza de la vida alternativa o de la potencia auténtica, con consignas que apelan al consentimiento de la voluntad (como “podemos” o “se puede”), que a la larga se adecúan mejor al discurso del tipo coaching. Las existencias “menores” –modos de vivir, de pensar– expresan el punto de vista de aquellos flujos de riqueza y de actividad humana no perceptibles, que han abandonado la forma –han muerto– en provecho de potencias –aberrancias– incapaces de legitimarse desde el punto de vista de la axiomática capitalista.  Quizás haya que leer así la célebre frase de Mil Mesetas: “Antes del Ser, está la política”. Piqueteros y Movimiento de Mujeres en Lucha,[5] Sin Tierra, Zapatistas y Mapuches no valen como renovación de un impulso de las vanguardias del autonomismo –modelos alternativos listos para usar o desafiar políticamente a las elites–, sino como salientes de un subdesarrollo plebeyo (o “runfla”) que atraviesa con potencia toda vida de un nuevo modo –abierto, “disyunción incluyente”– de hacer síntesis (y percibir multiplicidades) que escapan a la dialéctica convencional de las izquierdas; salientes que contactan a partir de sus distancias con otras tantas reivindicaciones minorizadas.

  1. Hay un trasfondo teológico del que la filosofía, la ética y la política (¿y el psicoanálisis?) no acaban de independizarse. La buena forma, la invariancia estructural, lo bien constituido, la idea acabada, la individuación cerrada sobre sí misma: el fundamento. Son otras tantas máscaras de la presencia del buen dios, principio trascendente e instancia garante del orden. Dios Creador, Dios Organizador. Ese dios exige evolución, salud, buena disposición, proyectos sustentables. Es ante él que la pura vitalidad deviene vitalidad pura. Todo orden responde a –y precisa de- una teología.

Tras la muerte de dios nacen las nuevas síntesis disyuntivas inclusivas. El eterno retorno ha destruido la síntesis por convergencias (Dios-Mundo-Yo). La dialéctica concierne ahora al Todo Afuera de la multiplicidad y la disparidad, y se da por igual dentro y fuera del pensamiento, ya que en el nivel de los cuerpos y de las ideas encontramos el mismo proceso de determinación. Este último se inicia por lo indeterminado entendido como coexistencia virtual de diferencias afirmadas en su disparidad; materia continua en la que los términos indeterminados se muestran también como determinables en la medida en que entran en relaciones de determinación recíproca que engendran las formas individuales. A la determinabilidad virtual y la determinación recíproca de la forma individual, Deleuze agrega la determinación completa o acontecimiento ideal, de la que cada individuo no es sino una cierta variación.

Con su habitual ironía, Slavoj Žižek cree ver en Deleuze un “paganismo”. También en Spinoza. Henri Meschonnic sostiene que Spinoza ha inmanentizado la divinidad –el principio de dar vida–. A ese registro –“línea de brujería”– pertenece la lógica de los movimientos aberrantes o demoníacos. Bajo el nombre de acontecimiento se agrupan una serie de fenómenos que manifiestan por su cuenta un poder temporalizante que consiste en redistribuir potencias, siendo el tiempo repetición a-centrada que decide un “antes”, un “durante” y un “después-abierto” a esta redistribución. Una línea diagonal  vuelve coexistente estos tres tiempos. Una actividad turbulenta que sustituye el “porvenir” (personal) por el “devenir” (impersonal). El acontecimiento es diabólico por cuanto hace coexistir en sí mundos “incomposibles”.

De modo que el ser es tiempo acontecimental, distribución impersonal de las potencias. Sucede que nos descubrimos incapaces de amar, de actuar políticamente, de escribir. Esta impotencia es ya una posición ante una tarea que nos importa y frente a la cual no podemos nada. Un “antes” propio del acontecimiento. Luego devenimos capaces cuando ya no dependemos de nuestras capacidades previas, gracias a una redistribución sorprendente que se produce en nosotros. Un  “durante” del acontecimiento. Por fin, notamos que esa nueva distribución de potencias no ha tenido la más mínima consideración por nosotros, algo “ha pasado” a nuestras espaldas, ya no somos los mismos. Un “después” del acontecimiento. El acontecimiento es la diagonal de tiempo que hace coexistir la redistribución entera. Y su forma subjetiva es el “presentimiento”, una cierta capacidad para sentir la simultaneidad diferencial que se activa cada vez que se introduce un fragmento de acontecimiento futuro. El presentimiento capta la influencia de lo que aún no existe sobre lo que existe, y acompaña un movimiento de deserción de la libido respecto del círculo de lo que existe (un asesinato del yo). La percepción del acontecimiento, en el presentimiento, es bajo la forma de la pregunta “¿qué ha pasado?”, y su abordaje antropológico –según dice Deleuze, en una de sus clases–[6] es un ejercicio de “estimación colectiva” (una lógica del presentimiento).

El acontecimiento se revela así como crueldad de la vida. Una destrucción que se lleva a cabo a nuestras espaldas. De pronto ya no queremos ni podemos lo que antes (“¿qué ha pasado?”). Eso que éramos ha muerto. Aspecto aniquilador con el que se afirman potencias de vida sin ninguna clase de consideración por la coherencia en la que nos afincamos. La crueldad es esta desconsideración respecto de aquellos objetos (y formas) a los que se aferran los sujetos. Si lo propio de esta afirmación de lo que difiere es deshacer todo lo que impide la distribución renovada de las potencias, el papel de lo negativo (lo “turbio”) en esta filosofía, dice Lapoujade, es la del duelo por el desgarramiento. Solo que este duelo y este desgarramiento son pensados como la autodestrucción que vuelve posible una nueva circulación para la vida. En todo caso, aquí el arte será el de evitar que este flujo destructivo se vuelva por entero sobre el sujeto aniquilándolo.

Arruinar el juicio de Dios, esa totalidad articulada en base a un fundamento del que se desprenden principios de distribución y selección, que a su vez aseguran –por la vía de la exclusión de lo divergente y de lo que difiere– conexiones legítimas de convergencia de los flujos, de políticas de población de la tierra. Aún cuando ese Dios esté muerto y en su lugar actúe una instancia muy diferente: un sorprendente “proceso maquínico” de producción de orden. Tal es, para Deleuze y Guattari, la originalidad de la noción de axiomática capitalista. Ya no se trata de un principio trascendente exterior-superior, sino de uno que actúa al mismo nivel de lo distribuido. Se trata de una trascendencia inmanentizada.

El acontecimiento vacía el efecto de sistematicidad de la realidad, arruina las síntesis convergentes y reenvía a un plano de inacabamiento y subdesarrollo, a una lógica en la cual las síntesis conectan lo que diverge –series o flujos–, e instaura así relaciones a través de sus distancias. Se trata de la ruina misma de la razón colonial, tan progresista ella, de un afuera como espacio a conquistar desde un adentro siempre incuestionado. La síntesis disyuntiva –capaz de afirmar al mismo tiempo lo que diverge– incluye y ensambla aquello que difiere en su diferencia y que por lo tanto otorga derechos. Anticristo, descodificación, o bien irrupción de una actividad plebeya autónoma que lleva los principios de la desterritorialización relativa –regulación burguesa de los flujos– a desterritorialización absoluta –aberrancia coronada–.

  1. Si todo acontecimiento es político puesto que implica un conflicto de potencia y legitimidad con el orden –fundamento, principio de distribución–, hay también un acontecimiento propiamente político cada vez que lo que está en juego es la adquisición de una potencia de actuar. ¿Cómo devenimos capaces de actuar (políticamente)? Evitemos la respuesta más obvia. El activismo de Deleuze, mucho o poco, ha sido atribuido al encuentro con Félix Guattari. Se trata de una narración que descuida las necesidades interiores del trabajo de Deleuze que condujeron a ese encuentro. Más allá de la historia romántica de un Guattari militante que se asocia a un Deleuze sistematizador, del hombre práctico que se unió a uno teórico, relato promovido entre otros por François Dosse,[7] Lapoujade sostiene que Guattari le permitió a Deleuze encontrar una salida para el impasse de su propio sistema filosófico. Si en Lógica del sentido –escribe Lapoujade– sobrevivían dos planos, uno correspondiente a las profundidades de los cuerpos desde donde se oía la voz esquizo de Artaud y otro a las superficies y al sentido donde jugueteaba Lewis Carroll, la irrupción de Guattari implica una reformulación de la totalidad de su arquitectónica a partir de la introducción del “cuerpo sin órganos” en el corazón del sistema. Se trata de un cuerpo de puras conexiones que rechaza toda unidad organizada. En El Antiedipo, primer trabajo conjunto, se impone un plano único de inmanencia en el cual también se elimina la distinción entre profundidades y superficies; se liquida el problema del sentido en beneficio de la noción pragmática de “uso”; se opera el tránsito del estructuralismo al maquinismo; y se consagra definitivamente el héroe esquizo, aquel que “pasa su tiempo en hacer morir un cuerpo para hacerse otro”, en detrimento del perverso. Es en este sentido que hay política en el encuentro con Guattari.

La potencia de actuar remite a la creación de “espacios-tiempos”, lo que Deleuze llama “posibles”. No los posibles que se nos ofrecen –prolongaciones de la axiomática del capital– sino aquellos que surgen del choque con la imposibilidad, creaciones de posibles justo donde lo imposible resulta insoportable. Junto a Guattari, Deleuze ha remitido esa formación de posibles a los movimientos de la tierra. A partir de allí nace una “geofilosofía”. La tierra, la “desterritorializada”, escriben Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, será contraintuitivamente no lo más fijo sino lo más fluido. Ya no lo más formado, “estratificado”, sino lo más informal. La Tierra es ese Todo Afuera, un magma de partículas que no deja de estratificarse por la vía de la molarización (fenómeno estadístico de articulación molecular que da lugar a grandes conjuntos con sus reglas fijas), Tierra a la que se le hacen territorios, Vida Afuera atrapada en la forma de vidas personales. Y al mismo tiempo, ese magma de partículas no cesa de dibujar líneas de fuga, movimientos de desterritorialización, no cesa de sacudirse sus fijaciones. La tierra –el desierto, la isla desierta, la tierra previa a lo humano– se pliega una y otra vez sobre sus poblaciones, de modo tal que Tierra Población desplaza la clásica relación sujeto-objeto. La “geofilosofía” deviene auténtica geopolítica que se ocupa de seguir los movimientos de un Pensamiento Naturaleza en sus territorializaciones y desterritorializaciones, creación de una Tierra Nueva, solo entre-vista por los movimientos plebeyos (de la desterritorialización absoluta). Como lo explica Jun Fujita Hirose,[8]la geofilosofía distingue, dentro de los movimientos de la tierra, desterritorializaciones relativas –reguladas por la burguesía–, absolutas –descodificación general, crisis de la lógica axiomática–, o de auténtico desvío –terremoto o temblor volcánico–. Este más allá de la regulación burguesa puede asumir el nombre de plebeyismo, o multitud que reclama su legitimidad sin pretender derivarla de un fundamento (el náufrago y la isla desierta). Algo que entre nosotros supo percibir John W. Cooke, quien esperaba que ese “gigante invertebrado y miope” declinara hacia un plebeyismo obrero y no hacia la integración en el juego de la axiomática capitalista.

  1. ¿Con qué derecho se afirma lo que se afirma? Deleuze ha compuesto un compendio general de los movimientos que no obedecen a la Forma o al Modelo. Su política opera desde las grietas y las fisuras, violentas por donde se las mire; desde un “por todos lados” propio de los movimientos aberrantes. Las “existencias menores” no son pretensiones –no aspiran al reconocimiento por parte de los principios jurídicos vigentes–, sino expresiones, es decir, testimonios de la presencia de lo anómalo. No hay movimiento social revolucionario, solo movimientos aberrantes. Movimientos portadores de una violencia de arrasamiento, deserción y desertificación que no se dejan confundir con su opuesto, esa violencia asesina y de derecha cuyas categorías son el sacrificio heroico y el aniquilamiento del otro anómalo, una violencia monopolizada que se ejerce en nombre de la Paz del Orden Global.

La violencia del Todo Afuera, afección de las fuerzas sobre los cuerpos, no es destructiva sino deformante (diferencia entre las dos muertes). Teratología micropolítica. Los cuerpos resurgen como monstruos en contacto con el Afuera: es el anticolonialismo de Deleuze. Se trata de una violencia sin la cual no hay idea (violencia del pensamiento) ni ser de sensación (violencia de la sensibilidad). Conceptos, afectos y perceptos son ante todo “gritos”. Y toda creación artística o filosófica supone una relación de forzamiento o perforación de los propios límites (perforar las barreras, el espacio, la propia tierra: buscar lo que yace, yacimientos), comunicación con el afuera, tiempo diagonal del acontecimiento, devenires no humanos de lo humano, muertes impersonales. Un ser de sensación, una idea que se forma a partir de relaciones de determinación recíproca entre partículas virtuales que emergen del sin fondo, requiere del sujeto que siente y piensa una involución, un subdesarrollo, un devenir larvario, una extrema pasividad y paciencia para soportar los retorcijones que liberan al cuerpo de su “organización”, al espacio de sus estriamientos. Solo una rebelión tal ante las facultades y de los órganos permite pensar lo impensable, sentir lo insensible. Es en ese más allá del límite donde pensamiento y sensibilidad se comunican esa violencia, y se plantean problemas inexplorados (en función de disparidades que aparecen como visiones y/o audiciones directas).

Esa violencia –esa aberrancia– es el testimonio de la presencia del otro ya no como un ser del mundo sino como aquel que permite extenderlo. El otro lo es en la medida en que estructura mi percepción envolviendo otro mundo posible: si desaparece, con él se evapora la categoría misma de lo “posible” y el mundo se desmorona. El otro como actividad del Todo Afuera que desmaleza (o bien hacer crecer la hierba). Que invita a desplegar un mapa de comunicaciones transversales, destituyendo las pretensiones de los “sujetos privilegiados”. Más que una búsqueda de sujetos de la emancipación, se trata de hacer causa común con las existencias minoritarias (seres de sensación, ideas; toda la enciclopedia de aberrancias que pueblan la tierra, a pesar de todo). El otro, así concebido –concebido casi al nivel de las partículas–, conlleva el trazado de alianzas insólitas, y escapa al vuelco etnográfico (o narcisista, al decir de Viveiros de Castro) de las prácticas de la investigación militante. Por lo mismo que lo aberrante es el reverso del espacio colonial, su lenguaje no puede ser el de la antropología o la sociología. Sea por exceso o por defecto, por substracción o por desvío, las existencias menores escapan al reportaje periodístico y a todo género de ficción. Lo suyo parece ser más bien la fabulación, un “hacer y hablar por los devenires” en torno a nuevos enunciados y visibilidades presentes en el campo social, bajo la forma de delirios que se desvían respecto del delirio soberano que interpela a sus poblaciones como derivando de un fundamento.

Los movimientos aberrantes, libres, materia no formada, constituyen el objeto cartográfico por excelencia y el contenido mismo de las ideas. Siguiendo su decurso, se abandona el canto a la gloria del cielo que engloba (o funda) y se adentra en los sacudimientos provenientes de la tierra. Más allá de los vaivenes de la axiomática. De los límites y posibles que ella regula. Lo que Lapoujade parece decirnos al oído es que son las percepciones micropolíticas las que engendran la potencia de actuar.

[1] David Lapoujade, Deleuze, los movimientos aberrantes, Editorial Cactus, Buenos Aires, 2016.

[2] Salvador Benesdra, El traductor, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2012.

[3] François Zourabichvili, Deleuze, una filosofía del acontecimiento, Amorrortu Ediciones, Buenos Aires, 2004.

[4] Lapoujade no profundiza en la lectura original que Deleuze y Guattari hacen de Marx. Por eso quizás convenga leer de modo simultáneo el libro de Guillaume Sibertin-Blanc, Política y Estado en Deleuze y Guattari: ensayo sobre el materialismo histórico-maquínico (Universidad de los Andes, Bogotá, 2017), que trabaja en detalle, además, la atención de los autores con respecto a la coyuntura política de los años ochenta. Lapoujade remite continuamente a los trabajos de Sibertin-Blanc, sin dejar de señalar cierta incomprensión althusseriana sobre el continuo de los saberes propio de Mil Mesetas, así como el hecho de considerar solo una mitad de los puntos de vista que Deleuze y Guattari asumen en sus libros conjuntos: el de las “síntesis” (y los maquinismos). El otro punto de vista, el de las “multiplicidades”, según Lapoujade, es mejor captado por Eduardo Viveiros de Castro en Metafísicas caníbales. Líneas de antropología postestructural (Katz Ediciones, Buenos Aires, 2011).

[5] A propósito del movimiento de mujeres, Lapoujade recuerda las célebres líneas sobre el “devenir mujer” del capítulo diez de Mil Mesetas, y su distinción entre una dimensión macropolítica, estratégica o reivindicativa (sujeto de enunciación), y un nivel propiamente molecular, una “microfeminidad” que pasa por debajo de la política molar: “la mujer como entidad molar tiene que devenir-mujer, para que el hombre también lo devenga o pueda devenirlo”. Devenir molecular quiere decir “emitir partículas que entran en relación de movimiento y de reposo” lindantes a esa microfeminidad, que le evita a la mujer quedar atrapada en una máquina dual que la determina en su forma, sus órganos y sus funciones, que la asigna como sujeto.

[6] Gilles Deleuze, Derrames II. Aparato de captura y axiomática capitalista, Editorial Cactus, Buenos Aires, 2017.

[7] François Dosse, Gilles Deleuze y Felix Guattari: biografía cruzada, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009.

[8] https://lobosuelto.com/?p=7600

Deodoro y el pasamontañas // Diego Tatián

Cien años de la Reforma Universitaria. Sería lindo poder decir: “un fantasma recorre Córdoba…”, pero en Córdoba el espectro de la Reforma y el de Deodoro están ausentes. Al menos, la conmemoración del Centenario en el momento de máxIma expresión del conservadurismo cordobés -el mismo contra el que se alzaron los reformistas en 1918-, nos da la oportunidad de una tarea: ser justos con alguien cuyo pensamiento corre el riesgo de una monumental malversación. Deodoro fue muchas cosas pero jamás un conservador. Fue antiimperialista, anticapitalista, anticlarical, antirracista, antifascista, creador del primer organismo de derechos humanos, defensor de presos políticos, indigenista, obrerista, latinoamericanista, socialista; un militante continuo (generador de muchas instituciones políticas contra los poderes fácticos de su tiempo). Despreció con toda su alma a la clase dominante, a la vulgaridad de los ricos, a la oligarquía… No es una herencia intelectual irrelevante cuando en la Argentina han vuelto los encarcelamientos políticos, la persecución de las comunidades originarias, el racismo social y cultural, la represión de militantes, el desdén hacia los pueblos latinoamericanos, las relaciones carnales con los poderosos del mundo y el capitalismo más predador y depredador que pudiéramos haber imaginado.
Pero además: la Reforma no fue un mero episodio retórico, respetuoso de las formas y de la autoridad –“democrático” en el sentido más anémico que suele adjudicársele a la palabra, como equivalente de “respeto de la ley”. Fue un hecho violento y una reivindicación de la violencia. Puede no gustarnos la violencia (a mí, por ejemplo, no me gusta), pero el alzamiento estudiantil de 1918 lo fue. ¿Por qué reivindicamos un hecho de hace cien años que fue cualquier cosa menos pacífico, “tolerante”, “respetuoso”, “pluralista” y demás conceptos que suelen pronunciarse en las homilías republicanistas? ¿Es necesario ocultar su naturaleza y presentarlo como lo que no fue para que tal reivindicación sea posible?
Si solo nos atenemos a sus palabras (tantas veces invocado y tan pocas veces leído), el Manifiesto dice: “La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta, porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y porque era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contra-revolucionarios de Mayo”. Y también: “Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas…”. Pocos meses más tarde, en un discurso en El Ateneo de Buenos Aires, Deodoro autointerpreta el espíritu de la Reforma como sigue: “[los estudiantes] fueron contra la universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado. Había estallado la revolución en las conciencias, una verdadera revolución… Una revolución se encausa en las grandes corrientes de la vida. Por eso la Iglesia, la familia, la propiedad y el Estado debieron replegarse, tocados en su injusticia”. ¿La crítica de la propiedad privada en el centro del ideario reformista? ¿La revolución en el corazón de la Reforma?¿Qué hacemos con esto? ¿Lo tomamos en serio? La Reforma Universitaria no fue sustantivamente un hecho puramente universitario que buscaba reformar planes de estudio (cosa que también, por supuesto, fue). Sino sobre todo un acontecimiento emancipatorio orientado por la justicia social que buscaba subvertir los valores (y no solo) de una sociedad injusta -y que tomó una de sus mayores inspiraciones en la Revolución Rusa. Los protagonistas de la Reforma estaban muy lejos del “reformismo” (de igual modo que Marx dijo alguna vez “solo sé que no soy marxista”, Deodoro hubiera podido decir “yo no soy reformista” –de hecho en la década del 30 lo dijo claramente: “no habrá reforma universitaria hasta tanto no haya reforma social”).
¿Qué es tomarse en serio la Reforma? ¿Una megacolación en la que se entregarán miles de títulos es la mejor manera de conmemorar una experiencia de rebeldía que se alzó contra la Universidad como “fábrica de títulos”? ¿Es la mejor manera de recordar al autor del Manifiesto Liminar, quien siendo Consejero egresado de su Facultad propuso la eliminación del Doctorado en Derecho con ironía formidable (“Todas las soluciones parten de que el doctorado es una institución seria. Yo pienso, en cambio, que debe ser suprimida. El ‘doctor’ es una cosa sin significación vital alguna, muerto que está insepulto, asunto que no atañe en realidad a la cultura. Se llega a ser doctor como se llega a ser mayor de edad: sin que el interesado pueda evitarlo”)?
Todas estas tribulaciones para llegar a un objeto. En diciembre último, la artista María Cristina Roca (nieta de Deodoro) intervino con un pasamontañas una cabeza de su abuelo realizada hace muchos años por el escultor español Emiliano Barral, y la expuso en el Museo Genaro Pérez. En mi opinión, esa imagen logra restituirle a Deodoro Roca lo que le era más propio y una persistente operación de negacionismo cultural se empecina en sustraerle.
A veces el arte alcanza a mostrar verdades de manera más contundente que cualquier trabajoso resguardo intelectual de las herencias.

Durante 2017 se cometieron 292 femicidios en Argentina // Redacción La tinta

El Observatorio de Femicidios del Defensor del Pueblo de la Nación dio a conocer el número de femicidios perpetrados el año pasado en el país. Se relevaron asesinatos cometidos por hombres caratulados como femicidios o muerte dudosa bajo sospecha de femicidio, contra mujeres (niñas, adolescentes y/o adultas) y mujeres trans, incluyendo los casos de femicidios vinculados.

Mientras que en 2016 el número había sido de 290, según La Casa del Encuentro, en el 2017 aumentó y la provincia con más cantidad de casos fue Buenos Aires, con un total de 119 en el año. Le siguió Córdoba con 26 casos; Salta y Santa Fe con 24 cada una y Santiago del Estero con 19. En el resto de las provincias también se verificaron un número significativo de hechos, sobre todo en la región del norte y centro del país.

El Observatorio, que tiene entre otras funciones, la de impulsar el desarrollo de estudios e investigaciones sobre la evolución, tipos y modalidades de violencia contra las mujeres, informó que entre el 1 de enero y el 31 de diciembre del 2017, el 17% de las víctimas de violencia machista fueron menores de 18 años – con una incidencia de casos de niñas de muy corta edad entre las cuales puede incluirse a menores de 4 años. El 33% fue de entre 19 y 30 años, el 34% de entre 31 y 50 años y el 15% fueron mujeres mayores de 50 años. De los 292, 5 víctimas fueron transfemicidios y 31 femicidios vinculados -homicidios cometidos contra personas que mantienen un vínculo familiar o afectivo con la mujer, para castigarla-.

A su vez, mientras que del total el 16,2% habían denunciado, en el 51,2% de los casos no se registró información. Sin embargo del 32,7% que no había realizado denuncias, testigos allegados a las víctimas reconocieron episodios de violencia previos.

En general, los femicidas fueron mayores de edad y utilizaron armas de fuego o apuñalamiento. Otras modalidades fueron la golpiza o el estrangulamiento.

De cara al Paro Internacional de Mujeres que se realizará el 8 de marzo y en relación con las cifras que dio a conocer, la Defensoría del Pueblo de la Nación se comprometió a redoblar sus esfuerzos y poner a disposición todas “las herramientas legales que tiene a su alcance y los compromisos internacionales que ha asumido”, para trabajar en casos de violencia de género.

latinta.com.ar

¿Quién es y cómo piensa Bifo? // Verónica Gago

 

Franco Berardi -más conocido por su seudónimo “Bifo”- (Bolonia, 1949) participó del movimiento insurreccional italiano del ’68 como estudiante de Letras y Filosofía. En 1970 publicó su primer libro, Contro il lavoro (Feltrinelli) y en 1975 fundó la revista A/traversa. Un año después participó de la fundación de Radio Alice, una de las más emblemáticas experiencias de comunicación libre. Cuando habla de aquella iniciativa recuerda: “La exigencia era intervenir sobre las formas del imaginario social, de poner en circulación flujos delirantes, es decir, capaces de des/lirar el mensaje dominante del trabajo, del orden, de la disciplina. Radio Alice nació conscientemente ‘fuera’, mejor dicho, ‘contra’ las teorías militantes y dialécticas: nuestra intención no era hacer una radio para adoctrinar o para hacer emerger la conciencia de clase escondida tras los comportamientos cotidianos”. A fines de los ’70, en el marco de las persecuciones contra militantes de la autonomía obrera, fue arrestado. Más tarde la radio fue clausurada por la policía y Bifo se refugió en París. Allí frecuentó a Félix Guattari y a Michel Foucault. Durante los años ’80 vivió entre Italia y Estados Unidos, donde colaboró con varias revistas y empezó a escribir sobre el cyberpunk. En los ’90 regresó a Italia y en 2002 fundó TV Orfeo, la primera televisión comunitaria italiana, experiencia de la que surgió su libro Telestreet – Macchina immaginativa non omologata (edición castellana en El Viejo Topo, 2003). Actualmente trabaja como docente en el Instituto Aldini Valeriani, una escuela media de Bolonia. Su investigación se desarrolla alrededor de un problema cada vez más presente: la compleja relación entre procesos sociales y la mutación tecnológica en curso, así como la lógica “recombinante” del capitalismo contemporáneo, teniendo en cuenta sus efectos sobre las subjetividades y los imaginarios sociales. La semana pasada estuvo por primera vez en Argentina para presentar su nuevo libro, Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (Tinta Limón Ediciones).

“La felicidad es subversiva”

Dice que la “deserotización” de la vida cotidiana es el peor desastre que la humanidad pueda conocer. Es que se pierde -explica- la empatía, la comprensión erótica del otro. Franco Berardi, antiguo militante insurreccional en Italia, analiza aquí, como en su obra toda, la compleja relación entre procesos sociales y los cambios tecnológicos en curso.

-Usted caracteriza el momento actual como “semiocapitalismo”. ¿Por qué?

-Semiocapitalismo es el modo de producción en el cual la acumulación de capital se hace esencialmente por medio de una producción y una acumulación de signos: bienes inmateriales que actúan sobre la mente colectiva, sobre la atención, la imaginación y el psiquismo social. Gracias a la tecnología electrónica, la producción deviene elaboración y circulación de signos. Esto supone dos consecuencias importantes: que las leyes de la economía terminan por influir el equilibrio afectivo y psíquico de la sociedad y, por otro lado, que el equilibrio psíquico y afectivo que se difunde en la sociedad termina por actuar a su vez sobre la economía.

-Precisamente usted habla de la economía actual como “una fábrica de la infelicidad”. ¿Podría especificar esta idea?

-Los efectos de la competencia, de la aceleración continua de los ritmos productivos, repercuten sobre la mente colectiva provocando una excitación patológica que se manifiesta como pánico o bien provocando depresión. La psicopatía está deviniendo una verdadera epidemia en las sociedades de alto desarrollo y, además, el culto a la competencia produce un sentimiento de agresividad generalizado que se manifiesta sobre todo en las nuevas generaciones. Recientemente la Durex, la mayor productora mundial de preservativos, encargó una investigación al Instituto Harris Interactive. Fueron elegidos veintiséis países de culturas diversas. Y en cada país fueron entrevistados miles de personas sobre una cuestión simple: qué satisfacciones experimentaban con el sexo. Sólo el 44 por ciento de los entrevistados respondió que experimentaba placer a través de la sexualidad. Esto significa que ya no somos capaces de prestarnos atención a nosotros mismos. Pero tampoco tenemos tiempo suficiente para prestar atención a aquellos que viven alrededor nuestro. Presos de la espiral de la competencia ya no somos capaces de entender nada del otro.

-Es lo que usted denuncia como “deserotización” de la vida cotidiana…

-La deserotización es el peor desastre que la humanidad pueda conocer, porque el fundamento de la ética no está en las normas universales de la razón práctica, sino en la percepción del cuerpo del otro como continuación sensible de mi cuerpo. Aquello que los budistas llaman la gran compasión, esto es: la conciencia del hecho de que tu placer es mi placer y que tu sufrimiento es mi sufrimiento. La empatía. Si nosotros perdemos esta percepción, la humanidad está terminada; la guerra y la violencia entran en cada espacio de nuestra existencia y la piedad desaparece. Justamente esto es lo que leemos cada día en los diarios: la piedad está muerta porque no somos capaces de empatía, es decir, de una comprensión erótica del otro.

-¿Cuál es la conexión entre estos fenómenos con la actual dinámica del capital?

-Creo que tenemos que tener en cuenta la relación entre ciberespacio -en constante ampliación y en constante aceleración- y cibertiempo, es decir, el tiempo de nuestra mente entendida en sus aspectos racionales y afectivos. El capitalismo empuja a la actividad humana hacia una aceleración continua: aumentar la productividad para aumentar los beneficios. Pero la actividad es hoy, sobre todo, actividad de la mente. Quien no logra seguir el ritmo es dejado de lado, mientras que para quienes buscan correr lo más velozmente posible para pagar su deuda con la sociedad competitiva, la deuda aumenta continuamente. El colapso es inevitable y de hecho un número cada vez más grande de personas cae en depresiones, o bien sufre de ataques de pánico, o bien decide tirarse debajo del tren, o bien asesina a su compañero de banco. En Inglaterra, la violencia homicida se está difundiendo en las escuelas, donde en los últimos meses ha habido una verdadera hecatombe: decenas se suicidaron con un tiro de revólver. La guerra por doquier: éste es el espíritu de nuestro tiempo. Pero esta guerra nace de la aceleración asesina que el capitalismo ha inyectado en nuestra mente.

-Ante este “diagnóstico”, ¿usted encuentra una relación entre política y acción terapéutica?

-Creo que la política no existe más, al menos en Europa y en Estados Unidos. El discurso es diferente tal vez para los países de América latina, donde se asiste a un retorno de la política que es muy interesante, pero es una contratendencia respecto del resto del mundo. Lo vemos muy bien en Italia, donde hay un gobierno de centroizquierda que hace exactamente la misma política que la derecha. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué los partidos que se proclaman socialistas o comunistas están constreñidos a aceptar una política económica hiperliberal? Porque la democracia representativa ya no cuenta más y las opciones fundamentales son impuestas desde los grandes grupos financieros, económicos y militares. El vacío de la política puede ser rellenado solamente por una práctica de tipo terapéutico, es decir, por una acción de relajación del organismo consciente colectivo. Se debe comunicar a la gente que no hay ninguna necesidad de respetar la ley, que no hay ninguna necesidad de ser productivo, que se puede vivir con menos dinero y con más amistad. Es necesaria una acción de relajamiento generalizado de la sociedad. Y es necesaria una acción psicoterapéutica que permita a las personas sentirse del todo extrañas respecto de la sociedad capitalista, que les permita sentir que la crisis económica puede ser el principio de una liberación, y que la riqueza económica no es en absoluto una vida rica. Más bien, la vida rica consiste en lo contrario: en abandonar la necesidad de tener, de acumular, de controlar. La felicidad está en reducir la necesidad.

-¿Qué significa la pregunta por la felicidad como desafío político?

-La cuestión de la felicidad no es sólo una cuestión individual, más bien es siempre una cuestión de lo más colectiva, social. Crear islas de placer, de relajación, de amistad, lugares en los cuales no esté en vigor la ley de la acumulación y del cambio. Esta es la premisa para una nueva política. La felicidad es subversiva cuando deviene un proceso colectivo.

-Ahora, ¿en qué consisten los movimientos de resistencia hoy? ¿Cuál es el papel de lo que usted llama “medioactivismo”?

-El medioactivismo es la acción autónoma de los productores semióticos liberados de las cadenas de la sumisión al trabajo. La nueva generación ha adquirido competencias de producción semiótica, técnica, informática, comunicativa, creativa, que el capital quiere someter a su dominio. Pero los productores semióticos pueden organizar sus competencias por fuera del circuito de la producción capitalista y pueden crear espacios de autonomía de la producción y también de la circulación cultural. Los centros sociales, las radios libres, los blogs alternativos, la televisión de calle (TV comunitaria) son esos espacios de autoorganización del trabajo semiótico.

-Usted declaró que los movimientos como los de Seattle, que se hacían “por los otros”, estaban destinados al fracaso. ¿Cuál es la crítica a ese modo de acción?

-El movimiento antiglobalización ha sido muy importante, pero no ha logrado transformar la vida cotidiana, no ha logrado crear autonomía en las relaciones sociales entre trabajo y capital. El sábado por la tarde éramos en una plaza miles de personas y al lunes siguiente todos regresábamos a trabajar en la fábrica o en la oficina y a someternos al comando del capital. Los movimientos logran producir efectos de verdadera transformación social cuando su energía deviene autonomía respecto de la explotación, cuando la energía que se acumula el sábado por la tarde en la manifestación se transfiere al lunes por la mañana en organización autónoma sobre el puesto de trabajo.

-¿Qué diferencia hay entre los nuevos espacios autónomos y los espacios autónomos creados en la década del ’70? ¿Se trata de diversas nociones de autonomía?

-Autonomía significa la capacidad de la sociedad para crear formas de vida independientes del dominio del capital. Sobre este punto hay una continuidad en la historia de los movimientos. Los movimientos son eficaces cuando no se limitan a protestar, a oponerse, y logran construir espacios liberados y, sobre todo, cuando logran hacer circular formas de pensamiento y de acción que sustraen la vida cotidiana al modo de la ganancia capitalista. En este sentido no veo diferencia entre aquello que la autonomía significaba en los años ’70 y lo que significa hoy. El problema es que hoy es mucho más difícil crear una autonomía del trabajo porque la precariedad obliga a los trabajadores a depender del despotismo del capital para poder sobrevivir. Sobre este punto es necesario afinar nuestros argumentos organizativos, para crear formas de vida y de acción que permitan a la comunidad obtener una renta sin deber pagar las ganancias del trabajo precario.

-Al mismo tiempo, usted dice que no tiene sentido oponerse al proceso de flexibilización del trabajo. ¿Por qué?

-La flexibilidad está implícita en la nueva organización tecnológica del trabajo. La red crea las condiciones para una fragmentación del trabajo, para una separación del trabajo respecto del trabajador. El capitalista ya no tiene necesidad del trabajo de una persona, pero necesita de los fragmentos temporales que la red puede recombinar. ¿Cómo se les puede impedir a los capitalistas que busquen el trabajo en las áreas pobres del mundo, donde los salarios son los más bajos? No hay ninguna posibilidad de controlar legislativamente esta precarización del trabajo. Hay un solo modo de oponerse a los efectos de la precariedad, para liberarse del miedo y de la sumisión: crear espacios de autonomía del trabajo y crear formas de vida en las cuales la propiedad esté administrada colectivamente. Los trabajadores precarios necesitan espacios colectivos y necesitan poder apropiarse de las cosas indispensables para la vida. El capitalismo obliga a aceptar trabajos según sus exigencias de flexibilidad, pero nosotros podemos sustraernos a su dominio si somos capaces de crear espacios autónomos que unan a los trabajadores y que permitan a los trabajadores precarios tener aquello que necesitan. ¿Los capitalistas no respetan el derecho de las personas a tener un ingreso? Nosotros debemos aprender a no respetar la propiedad de los capitalistas. Los trabajadores precarios tienen derecho a apropiarse de aquello que es necesario para su sobrevivencia. Si no tenemos salario debemos ir a tomar aquello que nos hace falta en el lugar donde eso esté.

-¿Usted cree que es posible una acción política desde el discurso de la precariedad?

-La acción política de organización de los trabajadores precarios es nuestra tarea principal. La derrota social que hace treinta años obliga a los trabajadores a la defensiva y permite al capital chantajear a los trabajadores depende propiamente del hecho de que el trabajo precario parece, hasta este momento, inorganizable. Pero verdaderamente aquí está el punto: ¿cómo es posible organizar el trabajo precario no obstante la falta de puntos de agregación estables? ¿Cómo es posible conquistar autonomía no obstante la dependencia que el precariado provoca en el comportamiento de los trabajadores? Hasta que no logremos responder a esta pregunta, hasta que no encontremos la vía de organización autónoma de los trabajadores precarios, el absolutismo del capital devastará la sociedad, el ambiente, la vida cotidiana.

-Usted considera que las nuevas generaciones son “post-alfabéticas”: es decir, que ya no tienen afinidad con la cultura crítica escrita. Entonces, ¿la politización tendría que valerse de otros medios?

-Marshall McLuhan, en un libro de 1964, Understanding media (Comprender los medios de comunicación, Paidós, Barcelona, 1996), había ya notado que la difusión de las tecnologías electrónicas habría de provocar una verdadera mutación. El pasaje de la tecnología de comunicación alfabética (la imprenta, lo escrito) a las tecnologías de comunicación electrónica habrían provocado un pasaje de las formas secuenciales a las instantáneas y una transición de un universo crítico a un universo neomítico. Hoy todo esto lo vemos bien en el comportamiento comunicativo y psíquico de la nueva generación, que se puede definir post-alfabética porque ha pasado de la dimensión secuencial de la comunicación escrita a la dimensión configuracional de la comunicación videoelectrónica y a la dimensión conectiva de la red.

-Pero, ante la “disneyficación del imaginario colectivo” que usted señala, ¿qué tipo de imaginarios cree que son movilizadores hoy en un sentido emancipatorio?

-No creo que haya imaginarios buenos e imaginarios malos. El imaginario es un magma en el cual nuestra mente se orienta gracias a selectores de tipo simbólico. La pregunta entonces debe ser reformulada en este sentido: ¿qué formas simbólicas tienen hoy la capacidad de orientar en sentido emancipatorio el imaginario social? La atención se vuelca así hacia la producción artística, literaria, cinematográfica. No intento, por cierto, reproponer la idea que sostiene que el arte se juzga sobre la base de criterios políticos. Intento solamente decir que el arte tiene a veces la capacidad de funcionar como factor de redefinición del campo imaginario. En la producción contemporánea existen autores que tienen esta capacidad, pienso en escritores come Jonathan Franzen o como Amos Oz, pienso en cineastas come Kim Ki duk o como el Ken Loach de It’s a free world (Este mundo es libre). Pero la relación entre factores de orientación simbólica e imaginario colectivo es una relación asimétrica, impredecible, irreductible a cualquier simplificación o a cualquier moralismo.

Entrevista a Franco Berardi “Bifo”

Por el Colectivo Situaciones
(Pubicado como prólogo al libro Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, editado por Tinta Limón ediciones, Buenos Aires, octubre de 2007)

En la introducción hablás del carácter rapsódico y no orgánico de este libro, pues recoge intuiciones y preocupaciones surgidas en épocas distintas y las desarrolla según campos disciplinarios diversos. Según argumentás, éste es el modo de composición que mejor expresa la investigación que venís desarrollando, que a veces percibe aperturas inusitadas y otras constata el cierre de las posibilidades existentes. Sin embargo, aquel carácter rapsódico es también, sospechamos, un rasgo fundamental del método recombinante que vos proponés como imagen del pensamiento en la sociedad contemporánea. Teniendo en cuenta que éste sería el primer libro tuyo que se edita en Argentina, nos parece oportuno que comentes brevemente los que consideres las principales características de esta modalidad del pensar.

La historia de los movimientos revolucionarios del siglo XX se funda en un método cognoscitivo y estratégico de tipo dialéctico. Totalidad contra totalidad. Afirmación, negación e inversión. Aquella visión estaba vinculada con una forma simple de la contradicción social en la industria: clase obrera contra burguesía. Pero la filosofía dialéctica se fundaba sobre una reducción de la complejidad real del mundo y abría el camino a formas de subjetivismo totalitario, como hemos visto en la historia del socialismo realizado.

Luego de la gran explosión social de los años ’60 y ’70, la reestructuración capitalista produce una pulverización de la relación entre capital y trabajo: flexibilidad, deslocalización, precarización, etc. Ya no existe ninguna posibilidad de describir el mundo en términos dialécticos, ya no existe la posibilidad de una estrategia de oposición simple, frontal. Ya no existe tampoco la posibilidad de pensar una inversión totalizante.

La nueva forma productiva se funda sobre un principio tecnológico que sustituye a la totalización por la recombinación. Informática y biogenética -las dos innovaciones tecnológicas de fines del siglo XX- están fundadas sobre un principio de recombinación: unidades capaces de multiplicarse, proliferar, recombinarse que se sustraen a la totalización. El plano de consistencia de la informática es un plano infinito, no totalizable, proliferante. Un nuevo signo puede cambiar el significado de todo el cuadro. Puede recombinarlo.

No era así el universo industrial territorializado y totalizable. Ahí un nuevo signo se agregaba a otros sin recombinar el efecto de significado. Era necesario atesorar fuerzas lentamente, transformar conciencias, acumular fuerzas políticas y militares hasta el asalto final en el que se conquistaba el Palacio de Invierno.

En la esfera recombinante, el poder es inaprensible, porque no está en ninguna parte y está en todas al mismo tiempo. Pero esto posibilita, también, transformar todo el cuadro a partir de una nuevo elemento, un signo, un virus.

La historia es un proceso generalmente imprevisible, pero existen grados diversos de imprevisibilidad. En la esfera industrial se podían hacer análisis de la situación objetiva de los cuales sacar conclusiones estratégicas para la acción y se actuaba en consecuencia. Los procesos de agregación subjetiva eran largamente previsibles, el comportamiento de las clases sociales era previsible y el ciclo económico también. Los factores de imprevisibilidad eran rupturas políticas turbulentas. Se podría pensar en la decisión de Lenin: tomar el poder en el país más atrasado. La imprevisibilidad (la locura) de la acción de Lenin cambia -después del ’17 y en el mundo entero- todos los términos del problema.

Hoy, el conjunto del sistema entró en una condición de imprevisibilidad mucho más radical, porque los actores se han multiplicado y el cuadro es infinitamente más complejo. Y, sobre todo, porque el funcionamiento viral no se puede reducir a ningún modelo determinista. Piensen en la actual crisis de las Bolsas, el desplome de las hipotecas subprime (préstamos hipotecarios de riesgo) en el mercado inmobiliario norteamericano. Los efectos son imprevisibles porque nadie puede decir con exactitud dónde acabarán los fragmentos de capital financiero basados sobre deudas ya no exigibles.

En esta situación, las estrategias totalizantes están destinadas al fracaso, a la ineficacia más absoluta. La acción debe ser de carácter puntual, viral, contagioso.

En el libro proponés la siguiente afirmación: “se puede llamar recombinante al capital financiero que asume un rol central en la política y la cultura de los años noventa”. Teniendo en cuenta la pregunta anterior, ¿cómo entender esta homología entre los funcionamientos del neoliberalismo y del pensamiento crítico? ¿Se trata de encontrar al interior de este terreno común los signos de un nuevo conflicto o es más bien esta “adecuación” del pensamiento al capital el principal nudo a desatar?

Hablan de homología entre el funcionamiento del capitalismo y del pensamiento crítico. Realmente es necesario encontrar esta homología si queremos lograr comprender el objeto sobre el que estamos hablando, el objeto que queremos deconstruir, el objeto del cual queremos sustraernos.

¿Existe una homología entre el análisis que Marx hace sobre el trabajo abstracto y el proceso de abstracción progresiva del trabajo? Verdaderamente existe. Sin esta homología la crítica de la economía política no es posible y se queda en el socialismo utópico pre-científico.

El pensamiento crítico se debe dar sobre el plano de consistencia del proceso real, de lo contrario se vuelve una forma de obsesión moralista sin base cognoscitiva ni práctica. Me explico. El movimiento obrero, los partidos comunistas europeos (como Refundación Comunista en Italia) se oponen a la flexibilidad del trabajo, a la precariedad. Con justicia, refutan los efectos sociales de la flexibilidad. Pero la oposición a la flexibilidad no puede funcionar. En el mejor de los casos, se trata de una forma de resistencia que puede retardar la afirmación del modelo flexible de producción.

Es necesario, en cambio, adecuar nuestros instrumentos analíticos a la realidad de la producción flexible. No sirve de nada lamentarse por lo que ha ocurrido, es necesario comprender las nuevas formas y deconstruir cognoscitivamente su funcionamiento; por lo tanto, encontrar su punto de debilidad y actuar sobre él.

Una de las líneas más audaces del libro es el esfuerzo que hacés para brindar una interpretación panorámica pero eficaz del devenir (post)humano en la actualidad, teniendo muy en cuenta la mutación radical (antropológica). Como parte de esta tentativa esbozás elementos de una periodización que nos gustaría que perfiles más claramente, aún si esto conlleva un alto riesgo de esquematización. Una aclaración de este tipo podría ordenar mejor una serie de recorridos de mucho interés.

Periodizar la transición post-humana es, realmente, una tarea peligrosa, porque se corre el riesgo de considerar la mutación antropológica como un proceso asimilable a la historia política, con sus fechas, sus plazos, sus revoluciones y sus restauraciones. Naturalmente, no es así: se trata de un fenómeno esencialmente cultural que trabaja al interior de la composición social.

Esto no nos impide ensayar una periodización basada en momentos de revueltas políticas, pero tiene que ser capaz de señalar, también, las corrientes de mutación profunda.

Partimos de los años ’60, que fue el periodo en el que la composición social industrial-obrera alcanza su plenitud, y vemos emerger -en el movimiento estudiantil del ’68- una nueva fuerza social: el trabajo intelectual de masas o cognitariado. En los años ’70, y particularmente en el año de la revuelta del ’77, veo una especie de fractura entre la historia moderna (céntrica, subjetivable, humanística, dialectizable) y el delinearse de una post-modernidad proliferante, irreducible a la ideología.

No por azar en aquellos años comienza la ofensiva liberal, puesta en marcha por Nixon con el desprendimiento del dólar del régimen de cambios fijos (1971), luego relanzada por Thatcher y por Reagan a comienzos de los años ’80. Los años ’80 son el periodo en el que la contraofensiva liberal se entrelaza con la efervescencia de un movimiento deseante ya completamente difundido en la vida cotidiana. Liberalismo (capitalista) y liberación (social, sexual, expresiva) son dos intencionalidades bien distintas y contrastantes; sin embargo, en la fenomenología de la cultura de los años ’80 las vemos entrelazadas.

El ’89 liquida definitivamente la descripción dialéctica del mundo, la bipolaridad desaparece y la proliferación toma su lugar. Utopía de un pluralismo pacífico rápidamente desmentida por el retorno de la guerra. El fin del industrialismo había señalado una desterritorialización social, productiva, cultural. 1989 lleva esta desterritorialización hasta la forma geopolítica del mundo.

No existe más la marca bipolar del territorio-mundo.

Pero, llegado este punto, se ponen en movimiento fuerzas inmensas de reterritorialización. La necesidad identitaria se apodera de las masas populares incapaces ya de reconocerse como clases sociales (revolución komeinista en Irán, puesta en marcha del integrismo islámico, reemergencia del nacionalismo en el este europeo, guerra serbo-croata, etc.). El capitalismo mundial se reterritorializa en torno a la guerra. Al mismo tiempo, la inmensa revolución de la red está tomando forma en la tecnología, y se difunde en la esfera de la cultura, del deseo, del consumo, de la producción. Un nuevo y potente movimiento de desterritorialización impulsado por la cibercultura y por la ideología felicista (optimista) que la acompaña.

En las últimas dos décadas del siglo se verifican dos procesos gigantescos y complementarios con un potente efecto psico-mutágeno: la introducción masiva de las mujeres en el circuito de la producción global y la difusión de las tecnologías video-electrónicas y, luego, conectivas. Este doble fenómeno -movilización productiva de la cognición femenina, sometimiento asalariado de la afectividad, el deseo puesto a trabajar y, al mismo tiempo, exposición de la mente infantil a un flujo maquínico de información, de formación, de modelación psico-cognitiva- transforma la consistencia antropológica profunda del campo social: el lenguaje, la relación entre lenguaje y afectividad y, por consiguiente, la capacidad de abrirse a lo social, a la solidaridad social.

Durante la lectura del libro nos llamó la atención ciertos tránsitos de ilusión-decepción, y el modo en que son relatados. Podríamos nombrar dos. El primero tiene que ver con el año 89 y la valoración de aquella coyuntura como una apertura democrática: la caída de los socialismos reales es interpretada como el desplome del “Imperio del Mal”. Luego, en la década de los 90, siempre según tus palabras, se habría establecido una alianza virtuosa entre el capital recombinante y el trabajo creativo inmaterial (o cognitariado), cuyo agotamiento coincide con la crisis de las empresas “punto.com” (2000) y con la crisis global de la “seguridad” (2001).

En ambos casos, y quizás por el hecho de habitar el contexto latinoamericano, nos produce curiosidad la forma en que valorás el elemento subjetivo. Por ejemplo, entre nosotros la exaltación de las transformaciones de la vida cotidiana y los intentos democratizadores de los países del llamado socialismo real nunca fueron considerados al margen del paralelo desencadenamiento de fuerzas extremadamente favorables al dominio capitalista de un mundo “rendido” a la hegemonía de los EE.UU. En el segundo caso, los años 90 en Latinoamérica fueron ante todo la década donde el neoliberalismo reinó con extremo salvajismo, subordinando toda expresión autónoma o resistente de la fuerza intelectual, política y laboral.

Lo que nos interesa indagar es qué teoría de la subjetividad se pone en juego en este contraste. Y por lo tanto: ¿qué factores tenemos en cuenta para construir nuestros proyectos políticos?

¿Cómo funciona la centralidad que solemos otorgarle a los modos de producción en esta consideración de lo subjetivo?

El circuito ilusión-decepción del cual ustedes hablan es el alma de la sucesión histórica y de la relación entre intención subjetiva y devenir del mundo. Toda estrategia (política, afectiva) es una ilusión, porque en el mundo real prevalece la heterogénesis de los fines, es decir, la sobredeterminación recíproca de las intencionalidades diferentes. En particular, en la historia social del siglo XX, la “ilusión” obrera ha producido desarrollo capitalista, ha producido industrialización forzada pero, también, ha producido escolarización de masas, aumento del consumo de bienes culturales, aumento de la esperanza de vida.

En el curso de mi vida militante, partiendo de 1968, cuando formaba parte de un colectivo estudiantil de Filosofía y Letras de Bolonia, he visto muchas ilusiones y muchas desilusiones, pero quiero continuar así. La ilusión es una intención situada. La desilusión es el efecto de transformación que tu intención ha producido encontrándose con las intenciones de infinitos otros actores. Es importante no transformar tus ilusiones en ideología y no tomar las desilusiones como la forma definitiva del mundo.

¿La ilusión del 89 se transformó en la desilusión de la guerra? Sí y no, porque se transformó, también, en la sorpresa de la proliferación de red.

¿La ilusión de los años ’90 y de la alianza entre trabajo cognitivo y capital recombinante se trasformó en la desilusión de la era Bush? Sí y no, porque la era Bush es, tal vez, el comienzo del derrumbe de la hegemonía norteamericana, y porque la historia del trabajo cognitivo no terminó, sólo está comenzando.

Nos interesa mucho presentarte nuestro contexto a la hora de compartir tus reflexiones sobre los dilemas constituyentes de la mente colectiva en sus dimensiones tecnológicas y afectivas. En Argentina, la crisis del 2001 operó como un masivo investimento del plano social a partir de la desvinculación previa de un importante segmento de la clase trabajadora que había quedado literalmente al margen de la institución laboral. El desenganche de las clases medias del mercado financiero alimentó, a su turno, este proceso. La sensación de que podía desarrollarse un espacio por fuera de los límites de la estatalidad y de la racionalidad del valor de cambio, sin embargo, fue dando lugar a un comportamiento más próximo al estándar subjetivo de la era del mercado global: la segmentación de las vidas, el apego a una interioridad fundada en el consumo de los más variados servicios, la psicologización de las patologías sociales, el consumo de pastillas y un compromiso particularmente intenso con el trabajo de cada quien.

¿Cómo percibís este proceso de normalización tras la aguda crisis de legitimidad del neoliberalismo, y qué relación podrías establecer con el contexto europeo?

No estoy en condiciones de analizar la diferencia entre la situación europea y la situación latinoamericana, que en este período aparece como una excepción, como un fenómeno de contratendencia. No estoy en condiciones de hablar porque no conozco suficiente la realidad sudamericana, y por eso estoy muy contento de ir a Buenos Aires y de conocer a los compañeros y amigos.

Lo que dicen respecto de la situación argentina luego de 2001 es interesantísimo. Por un lado, la ilusión (fecunda) de poder realizar formas de vida más allá del régimen de valor de cambio; por el otro, el proceso (claramente neoliberal) de la segmentación de las vidas. En esto, la situación argentina es asimilable a lo que se vio en Europa en los años ’80 y ’90. Pero en la situación argentina (y de manera distinta, también, en la situación venezolana, boliviana y, de manera nuevamente distinta, en la brasilera) está en curso una experimentación política de nuevo tipo que podría llevar a una fractura profunda entre “necesidad” económica impuesta por el capitalismo global y espacios de libertad social y cultural. Pero no puedo hablar de esto antes de haberlo conocido y antes de hablar con ustedes.

A menudo explicitás tus dudas sobre la factibilidad de seguir pensando políticamente los problemas que han emergido de la mutación de los últimos años. En el centro de esta incertidumbre aparece el problema de la relación entre las generaciones modernas y las que definís como generaciones post-alfabéticas. Todo parece indicar que el destino de la política misma se juega en la transmisión de una herencia que quizás hoy resulte obsoleta: la memoria de luchas y de creaciones culturales, pero también una sensibilidad que parece quedar en el olvido (el vínculo, por ejemplo, entre el lenguaje y los afectos). En la introducción de este libro afirmás que el desafío es complejo pues se trata de traducir un mensaje cuyo sentido no está en el contenido de lo que se dice.

En la Argentina la discusión sobre cómo politizar la memoria ha sido muy importante en los últimos años. Sin embargo, no estamos seguros de haber asumido el tipo de dilema que vos presentás y la inflexión que proponés. ¿Podrías contarnos mejor en qué consiste esta imagen de la transmisión?

La cuestión de la transmisión cultural es fundamental, tanto desde el punto de vista de la historia obrera y progresiva del siglo XX como desde el punto de vista de cultura laica iluminista y humanista que ha marcado el curso de la modernidad. Pero el problema de la transmisión es enormemente delicado, complicado. No puede ser reducido a un problema de transferencia de contenidos de la memoria política (la historia de la resistencia pasada, etc.). No puede reducírselo a un problema de transferencia intergeneracional de “valores”, porque esto es inevitablemente moralista y los valores no significan nada por afuera de las condiciones sociales, técnicas, antropológicas dentro de las que se modela el comportamiento humano.

Por lo tanto, entonces, ¿qué es el problema de la transmisión? Por cierto es importante narrar la historia de las revueltas pasadas, es importante la memoria histórica y política. Para esto sirve mucho más la literatura que la política. Pero es idiota pensar que narrando la historia de la autonomía del pasado se pueda transmitir un know how autónomo para el tiempo presente. No funciona así.

La cuestión de la transmisión es, sobre todo, un problema ligado a la sensibilidad. La historia de la modernidad es la historia de una modelación de la sensibilidad, de un proceso de refinamiento (pero, también, un proceso de disciplinamiento), el desarrollo de formas nuevas de tolerancia y de creatividad (pero, también, el desarrollo de nuevas formas de barbarie y de conformismo). La pregunta que debemos hacernos y, sobre todo, que debemos hacer a la gente que se está formando hoy, a los chicos, a la nueva generación, se refiere al placer, a la belleza:

¿Qué es una vida bella? ¿Cómo se hace para vivir bien? ¿Cómo se hace para estar abierto al placer? ¿Cómo se goza de la relación con los otros? Esta es la pregunta que debemos hacernos, una pregunta que no es moralista y que funda la posibilidad misma de un pensamiento ético.

Pero la pregunta que debemos hacernos es, sobre todo, ésta: ¿qué cosa es la riqueza? Es sobre este plano que el capitalismo venció la batalla del siglo XX.

¿Riqueza significa quizás acumulación de cosas, apropiación de valor financiero, poder adquisitivo? Esta idea de la riqueza (que es propia de la ciencia triste, la economía) transforma la vida en carencia, en necesidad, en dependencia. No tengo la intención de hacer un discurso de tipo ascético, sacrificial. No pienso que la riqueza sea un hecho espiritual. No, no, la riqueza es tiempo: tiempo para gozar, tiempo para viajar, tiempo para conocer, tiempo para hacer el amor, tiempo para comunicar.

Es precisamente gracias al sometimiento económico, a la producción de carencia y de necesidad que el capital vuelve esclavo nuestro tiempo y transforma nuestra vida en una mierda. El movimiento anticapitalista del futuro en el cual yo pienso no es un movimiento de los pobres, sino un movimiento de los ricos. Aquellos que sean capaces de crear formas de consumo autónomo, modelos mentales de reducción de la necesidad, modelos habitables a fin de compartir los recursos indispensables serán los verdaderos ricos del tiempo que viene. A la idea adquisitiva de la riqueza es necesario oponer una idea derrochativa, a la obsesión es necesario oponerle el goce.

En tu trabajo enfatizás la imagen de un cambio antropológico que se va acentuando en generaciones sucesivas, cada una de las cuales se desarrolla en un nuevo contexto tecnológico. A nosotros nos ha impresionado mucho tu idea de una modificación en la matriz cognitiva y afectiva de las generaciones pos-alfabéticas. ¿No existe, sin embargo, el riesgo de acudir a un determinismo tecnológico para explicar las transformaciones de los imaginarios y la modalidad de los vínculos?

A propósito de esta inquietud, en una escuela de la periferia de nuestra ciudad (donde solemos conversar sobre estos problemas) recibimos el siguiente comentario: “sí, es cierto que hay un cambio en los modos de atención y en el comportamiento de los chicos; pero no es fácil atribuir esta permuta al vínculo con las tecnologías digitales ya que en general los niños de nuestros barrios no están muy en contacto directo con las máquinas”. A partir de esta acotación: ¿te parece que en regiones donde la existencia de las tecnologías digitales no se han difundido como en Europa o Estados Unidos es posible pensar los dilemas y las nuevas figuras subjetivas en los mismos términos que describís o más bien creés que es preciso introducir matices?

La cuestión del determinismo está presente. En Mc Luhan, un autor para mí importantísimo que permite comprender buena parte de la transformación del último medio siglo, hay un riesgo de tipo determinista. Existe el riesgo de identificar una relación directa entre cambio tecno-comunicativo (de las tecnologías alfabéticas a las tecnologías electrónicas, por ejemplo) con un cambio de tipo cultural. Una relación entre técnica y cultura naturalmente existe, pero no es directa ni determinista.

Ciertamente, la constitución cognitiva de la generación que recibe las informaciones en el formato simultáneo de la electrónica es distinta a la constitución cognitiva de las generaciones alfabéticas. Pero en este pasaje se abre una bifurcación, esto es, la posibilidad de reconstruir condiciones lingüísticas, comunicacionales, afectivas, que produzcan autonomía, incluso al interior de un modelo técnico transformado. Es el problema esencial del mediactivismo contemporáneo, del subvertizing, de la creación de red. Vuelve aquí el problema de la transmisión intergeneracional. No se trata de transferir mecánicamente nociones, memorias, sino que se trata de activar autonomía dentro de un formato cognitivo transformado. Esto es verdaderamente difícil, dado que aún no hemos elaborado las técnicas capaces de restituir autonomía a organismos concientes y sensibles que se han formado según modelos esencialmente an-afectivos. Pero el punto de bifurcación está precisamente en el sufrimiento, en el sentimiento de incomodidad, de depresión. La pregunta a formular a la nueva generación no se vincula a los valores (¿sos solidario o egoísta?, ¿sos crítico o conformista?). Se vincula con la sensibilidad: ¿sos feliz o infeliz?

Es desde aquí que debemos partir, y entonces veríamos bien que la comunicación política hoy debe ser, ante todo, una acción terapéutica. Crear las condiciones de posibilidad de una felicidad del existir, de una felicidad de la relación con el otro, esta es la vía de la organización política en el tiempo que viene.

Respecto a lo que me cuentan en la segunda parte de la pregunta, naturalmente existen grados diferentes de integración con el sistema tecno-comunicativo global, existen grados diferentes de “aculturación electrónica”, etc., pero yo no nunca dije que la mutación corresponda solamente a una cuestión cuantitativa de exposición a la tecnología.

En esta objeción veo precisamente un dejo de determinismo. El problema no es si un chico usa el celular o navega en Internet, sino dentro de qué ambiente cultural y afectivo se encuentra en sus años de formación, en sentido acotado: familiar, pero también en sentido amplio: en la relación imaginaria con sus coetáneos del todo el planeta, en las modas culturales, musicales, consumistas.

En ese sentido, yo creo que la mutación tecnocomunicativa puesta en marcha en los años 80 con la difusión de la televisión, de las series televisivas, de la telenovela, de la videocassettera, de los videojuegos y, luego, del reality show ya había tenido un grado de homogeneidad planetario y una rapidez de difusión que no tiene comparación con épocas pasadas. En este sentido, la primera generación videoelectrónica alcanzó una relativa homogeneidad cultural en tiempos mucho más breves de lo que ocurría en épocas pasadas por medio de procesos de aculturación alfabética.

Aún más rápido se vuelve el tiempo de homologación de la generación conectiva, aquella que gracias a Internet y al teléfono videocelular ha podido entrar en circuitos globales incluso antes de haber formado una sensibilidad localizada. Este proceso prescinde en cierta medida de la cantidad de horas de exposición al aparato televisivo o telemático.

Durante los años 2000 y 2001 parece haber un cambio profundo en las fuerzas que dan forma a las subjetividades colectivas. Pero la era Bush está ligada a una remilitarización de buena parte del planeta. ¿Cuál es tu lectura de este proceso? ¿Lo percibís como una interrupción restauradora de la economía del petróleo y la industria fordista o, más bien, como el relanzamiento (ahora blindado) de la colonización del mundo por parte de la racionalidad imperial?

La figura política de George Bush II se recorta sobre el panorama histórico como un enigma extraordinario. Bush representa explícitamente los intereses de un sector agresivo, ignorante, oscurantista: los petroleros, el sistema militar-industrial.

Pero la narrow-mindedness (mentalidad estrecha) de este sector se está revelando como un clamoroso gol en contra para el sistema norteamericano. En mi opinión, los EE.UU. no se recuperarán de la catástrofe político-militar (e imaginaria) que la presidencia de Bush ha provocado. La derrota en Irak no es como la de Vietnam. En el 75 la guerra se concluye, la bandera norteamericana es izada en los edificios de la embajada, y todo termina allí (no realmente para la población vietnamita, para los locos de los boat people, etc.). Pero después de Irak no existe retiro militar. No es posible.

Los EE.UU. no pueden renunciar a la hegemonía sobre medio oriente. Pero la guerra iraquí mostró que esta hegemonía está perdida, es irreparable. Luego de Irak está el Irán de Ahmadinejiad, el Pakistán de Musharraf, bombas de tiempo incrustadas en la geopolítica mundial por una política no menos estúpida que criminal. La guerra infinita que los neoconservadores han concebido y que Bush ha provocado es la arena movediza en la que el más grande sistema militar de todos los tiempos está inexorablemente hundiéndose.

En el 2000, la victoria de Bush (mejor, el golpe de estado de Bush) desalojó el cerebro de la cumbre del mundo. El sector cognitario, el trabajo virtual, la ciberinteligencia fueron desalojados por la victoria de los músculos, los petroleros y los generales. Pero sin cerebro no se gobierna el mundo, como máximo se puede incendiarlo.

El final de esta alianza entre cognitariado y capitalismo recombianante que se había establecido de manera frágil, contradictoria, pero dinámica durante los años 90, ha marcado el regreso de un capitalismo idiota, representado por el sector mafioso y guerrero que guía las grandes potencias del mundo en el presente: Cheney, Putin, y todo lo que les sigue.

El grupo dirigente norteamericano se formó sobre el mesianismo apocalíptico de cuño cristiano, pero también sobre el pensamiento de James Burnham, un sociólogo de formación trotskista de los años ’30, y también sobre una recuperación del concepto de exportación de la revolución (no olvidemos que Pearle, Kristoll, el propio Wolfowitz tienen sobre sus espaldas una formación trotskista). Sería interesante estudiar también este aspecto: en qué medida la experiencia del terrorismo bolchevique (el terrorismo del materialismo dialéctico estalinista, pero, también, el terrorismo de la revolución permanente trotskista) se ha transferido al pensamiento estratégico imperialista (norteamericano, pero también francés).

Luego de ser depurada de sus elementos comunistas y obreros, la tradición bolchevique se ha vuelto parte de la cultura del capitalismo global, no solamente en la Rusia gobernada por la KGB redenominada FSB, sino también en los EE.UU. neoconservadores, o en la Francia sarkoziana esponsorizada por Glucksmann y por Kouchner.

Finalmente querríamos preguntarte por la dimensión política de la noción de autoorganización. En algún lugar enunciás que el antagonismo es una imagen política inútil para la situación presente, pues el deseo social se desplaza en paralelo a la innovación de la economía. Pero si el deseo no necesita contraponerse a lo que existe para proliferar, ¿qué lo llevaría a radicalizarse hacia horizontes de autoorganización? ¿Cómo percibís o imaginás ese impulso?

Creo que debemos reflexionar nuevamente sobre la noción de deseo. La lectura de Deleuze y Guattari por parte del pensamiento del movimiento a menudo ha malinterpretado la noción de deseo como si éste fuese una subjetividad, una fuerza positiva. Admito que alguna ambigüedad sobre este punto se encuentra en los textos de ambos filósofos, y en mi trabajo de “vulgarización movimentista” (si me permiten la expresión) he a veces identificado el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta.

El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

El campo del deseo es lo central en la historia, porque sobre este campo se mezclan, se superponen, entran en conflicto las fuerzas decisivas en la formación de la mente colectiva, por lo tanto la dirección predominante del proceso social.

El deseo juzga la historia, ¿pero quién juzga al deseo?

Desde que las corporaciones de la imageneering (Walt Disney, Murdoch, Mediaset Microsoft, Glaxo) se han apoderado del campo deseante, se han desencadenado la violencia y la ignorancia, se han cavado las trincheras inmateriales del tecno-esclavismo y del conformismo masivo. El campo del deseo ha sido colonizado por esas fuerzas.

Sobre este plano debe actuar el movimiento deseante. Y cuando usamos la expresión “movimiento deseante” no entendemos “subjetividad deseante que se hace movimiento”, que por el simple hecho de tener deseo es positiva, como si no hubiese deseo también en la violencia.

“Movimiento deseante” significa un movimiento capaz de actuar eficazmente en el campo de formación del deseo, un movimiento conciente de la centralidad del campo del deseo en la dinámica social.

El movimiento es una fuerza, el deseo un campo.

www.lavaca.org

DESCARETIZAR LA FIESTA // Silvio Lang

El mercado de la noche ha sometido nuestro deseo de fiesta a la propiedad del Yo: seducir; vestirse bien; reventarse con drogas y alcohol; exhibir los logros del gym, ahora, del crossfit; pagar entradas costosísimas mientras lxs laburantes de la noche están mal pagados; ser aceptades o excluídes según la apariencia de clase; contreñir el cuerpo en la dictadura del paso de baile; sacarse selfies; “hacer rostro”, dicen en el pueblo. Son las “rostricidades” de la fiesta del capitalismo totalitario, que se infiltra y modaliza cada plano de nuestras vidas. Pero quizás, la fiesta luego de las liberaciones e imaginaciones sexuales-políticas y las revoluciones sociales del siglo XX se trata de otra cosa. De una fábrica de sensaciones colectivas. De tráfico de sudores, de posibilidades de extender partes del cuerpo en otros fragmentos de cuerpos; de abrir, desplazar y desenrollar y maquinar un uso del espacio juntos; de experimentar la carne, los tejidos, la piel, sin significante familiar represivo; de descubrir y probar una manera de mover algo que no te imaginabas; de gritar, de cantar, de corear una canción de protesta mientras suena un reggaetón; de agotar la danza, reciclar y seguir un poco más con la fuerza que te dan les otres; de erotizarse con cualquier género y clase social sin imagen visual previa, con un ritmo, con una manera de tocar, con varios engarces; de devenir masa física y ritmo; de individualizarte colectivamente como no lo haces en ningún otro ámbito salvo un piquete o un motín; de agrandar tu cuerpo y sentir su ontología múltiple; de conversar desde la experiencia enfiestada. El cuerpo de nuestra fiesta es un cuerpo agigantado de salidas y entradas que hacen pasar gestos, figuras, palabras, ritmos, saberes técnicos de cuerpos múltiples. La coreografía no es para nosotros esa práctica de ordenamiento y moldeado de los cuerpos si no la capacidad técnica de crear y cruzar umbrales de intensidades, de concatenar fuerzas que actúan sobre y entre los cuerpos. Como en una “escena política” se trama una asamblea bailable desbordada donde puede entrar y salir cualquiera para componer en común.

Texto escrito sobre las experiencias del ciclo “Entrenar la fiesta”, organizado por ORGIE- Organización Grupal de Investigaciones Escénicas

Multiplicar y transversalizar las desobediencias // Alejandra Rodríguez

 

Viernes 9 de febrero, casi las seis de la tarde. El predio que rodea la Mutual Sentimiento se ensancha cada vez más para hacernos lugar. Cerca de 1500 mujeres nos encontramos en esta segunda asamblea hacia el 8M. Somos muchas y diversas.
En este feminismo abierto, heterogéneo y popular, entramos todas y ahí estamos: las negras, las putas, las que pasaron por la cárcel, las mujeres trans, las travas, las discapacitadas, las hijas de represores, las sindicalistas, las sueltas, las lesbianas, las trabajadoras de la economía popular, las villeras, las artistas, las desocupadas. Nos reconocemos en los hartazgos y furias, en la fuerza de las apuestas vitales y afectivas, alojadas por la marea feminista y por el deseo que nos mueve a transformarlo todo.
Nuestra herramienta política es la asamblea, nuestros cuerpos vibran en todas las voces, la emoción de sabernos juntas y decididas a parar con este neoliberalismo patriarcal y capitalista que intenta despojarnos de nosotras mismas. Nos encontramos para producir el tiempo del paro, tenemos matices, recorridos y luchas diversas, pero integramos esas diferencias como punto de partida para componer juntas la fuerza que necesitamos. No unificamos. Nos pensamos en situación, con una mirada transversal y múltiple, desde ahí ponemos en común los dolores, enlazamos luchas y reinventamos las vidas que queremos vivir.
Las desobediencias son múltiples, sobre cada dolor se imprime un gesto libertario, amoroso y deseante. Estamos para nosotras. No tenemos a priori, solo la certeza de las heridas históricas y la confianza en la soberanía del acto asambleario que se cocina desde las entrañas.
La apuesta desde el feminismo nunca será una unidad rancia, que gesticula desde la inercia impotente. Lo nuestro es movimiento y agite, palabra colectiva abierta, múltiple y gesto desobediente. No hablen por nosotras. Estamos vivas, libres y en asamblea permanente en cada barrio, en cada casa y en todos nuestros territorios existenciales, desde ahí construimos e irradiamos potencia, porque son nuestras vidas las que están en juego. Llevamos mucho tiempo imaginando esta revolución.

 

¿Vivimos aquí y ahora? // Amador Fernández-Savater

Nuestro problema no es vivir excesivamente instalados en el presente, sino en un tiempo contraído entre la lista de los pendientes y la proyección de los posibles.

Esta contracción del presente tiene que ver con la expansión “totalitaria” de las relaciones de mercado a toda la vida social: cualquier espacio, cualquier momento se vuelve una “ocasión de negocio”. Nunca es lo que es, sino lo que podría ser.

Vivir el presente pasa por percibirnos inscritos en situaciones y vinculados con otros, engarces de una inmensa malla donde también tejemos y destejemos. La fragmentación actual del mundo es una oportunidad para percibir con más claridad los aquí y ahora concretos que nos constituyen.

La potencia de transformación late en esas situaciones de vida y no “en otra parte”. Pero la concepción clásica de la política redirige siempre nuestra atención y nuestro deseo hacia un “más allá”: más lejos, más arriba, más tarde.

«Lo político” es más un adjetivo que un nombre. Una cierta elaboración de las situaciones. ¿Cuál? La fuga de la economía: la desmercantilización radical de la vida y el mundo. La experiencia del comunismo.

En el raso, Etchecolatz // Agustín J. Valle

“Hay que pudrirla en todos lados”; pudrirla de un modo que desconcierte un poco, desde posiciones no clicheteadas. Hace un tiempo entonces que vengo tirando, en todos los espacios públicos que puedo (una estación de servicio en Paternal, una florería en Chacarita, el subte, el bondi, un bar de minutas en Monte Grande, la caja del coto…), cosas como «juntemos todas las boletas de servicios y se las pasamos a los votantes de macri para que las paguen», o «ah, ¿billete de mil?, a ver cuándo se sinceran y ponen al gato matón…». Mi favorito, y más repetido por lejos, es «Gente, ¿vieron?, para todos los que votaron a Macri salió una amnistía: los perdonamos, arrepientansén tranquilos, ahora«.

Hago esto porque creo que hay que poder hablar con cualquiera -pero sobre todo con cualquiera a título de cualquiera: no hablar con la posición de alguien. La posición lleva a un repertorio sabido. Y hay que poder señalar motivos de desprecio -y de ridículo- sin sentar posición.

Además, hago esto porque aún creo en lo que pasa «por abajo»; y no me refiero a «las capas más postergadas de la sociedad», sino al llano de los intercambios y encuentros. Al ras. La discreta pero inmensurable cocina de los ánimos multitudinales. En realidad no existe el panorama, no hay punto panorámico; nadie sabe, nadie tiene saber. Los puntos que logran darse una panorámica, tienen el panorama de ese punto.

Sí hay observación atenta y constante: después de la marcha y la represión del 18/12, llamó a mi casa una «breve encuesta sobre seguridad», donde una máquina preguntaba «cómo califica usted el accionar de las fuerzas de seguridad el pasado lunes 18 en las inmediaciones del Congreso», e, incluso, «Si usted dirigiera las fuerzas de seguridad, ¿daría la orden de que reaccionen cuando son agredidas con piedras y palos? ¿O cuando hay destrozos en el espacio público?”. La encuesta trata -eficazmente- a la población como audiencia. Audiencia que tramita su resentimiento con un botoncito del teléfono que deviene gatillo sin dejar pólvora en las manos -gatillo para que alguien sea lastimado oficialmente-. Y demuestra, no obstante, que para el Gobierno, el consenso represor general no es inamovible. Deben relevarlo constantemente: ¿cómo están las ganas de ver sangre?, ¿sigue liderando el rating el deseo de crueldad?

Pero quería contar otra cosa. En una mini heladería de Chapadmalal, donde había esa noche una también mini peña, con un grupo de folclore, escucho que una señora, de unos sesenta años, pedía indicaciones para ir al bosque Peralta Ramos. Tenía unos sesenta años, maquillaje y bijuterí; no demasiado. Me metí: «¿Va a ir al bosque? Ojo que está peligroso, hay un violador, asesino, torturador y ladrón de bebés…». «Ah», me interrumpió en medio de mi frase: «¿violador? ¡Entonces voy! Ya no se puede andar eligiendo…».

La violencia, en una sociedad de cuerpos mediatizados, espectadores hiperactivos, no es solo fruto de la indiferencia producida por el régimen del contacto y la conexión; no es, tampoco, la violencia, solo un artefacto político que instaura otredad eliminable (y un nosotros incluido); es, también, la violencia, un deseo de los aburridos, una forma de que pase algo que aún estando quemados podamos sentir…

Los pibes son los enemigos // Diego Valeriano

Si los enemigos no son los pibes ¿por qué se pide la pena de muerte? ¿Por qué se festeja su fusilamiento? ¿Por qué el presidente recibe al que tiró por la espalda? Si ellos no lo son ¿por qué los asesinan, los golpean, los suben al patrullero y le ponen la 9mm en la pierna mientras le prometen que si vuelve a dar vuelta por acá se lo devuelven a la vieja con una gamba menos? ¿Por qué llenan cárceles e institutos? ¿Por qué sabés que tenés que cruzar cuando vienen de frente? ¿Por qué cuando llegás caminando a tu casa y escuchás una moto en el medio de la noche rogás que sea un delivery? ¿Por qué los desaparecen?

Son los enemigos porque viven a todo ritmo, no negocian, saben lo que puede un cuerpo y empastillados tiran hasta el lunes. Porque aman, arrancan, odian, se plantan, tiran. Porque andan en shores con el fierro en el cintura tan sueltos de cuerpo, tan naturales, tan brutales y temerarios. Porque son unos atrevidos.

Si no son las enemigas ¿por qué les dan tantos talleres en los centros comunitarios, tantos programas del PNUD? ¿Por qué planificás una y otra vez? ¿Por qué un área específica en desarrollo? ¿Por qué se les prohíbe ir con shorcitos a la escuela? ¿Por qué intentás darles voz, explicarlas, representarlas? ¿Por qué intentás planificarles la vida? ¿Por qué vas al barrio los sábados a dar talleres? ¿Por qué te asustan esos ojos negros que te buscan en el bondi?

De tan enemigas ni lo saben, de tan atrevidas ni lo piensan. Tampoco les importa demasiado. Deambulan por ahí, corren el  que creen que es el último 166, dan vueltas demás hasta la estación  para esquivar giles, hacen cosas que no pueden contar por escabio, se ríen de los que marchan, son voraces y descanseras. Asumen lo vertiginoso de vivir acá sin tanta bandera. Aman, arrancan, odian, se plantan y también tiran. Le clavan por la espalda dos cuchillos al novio de la mamá.

 

 

La policía también va al muere // Sabina Frederic

¿Será el respaldo del gobierno de Macri al policía Chocobar, procesado por “exceso en la legítima defensa”, solo señal de apego al punitivismo y confrontación política con el garantismo? ¿O se trata en rigor de una impugnación a la ley y la administración de justicia? ¿No hay en el gesto presidencial una exaltación de la venganza que implica el homicidio de un joven a manos de otro? Sí hay algo claro es que no hay ley vigente en Argentina, ni en buena parte del mundo occidental, que ampare la actuación de Luis Chocobar como funcionario policial.

Estamos en presencia de un manifiesto del poder ejecutivo nacional de descreimiento y rechazo a la justicia, a ese cúmulo de acuerdos escritos convalidados por rigurosos procedimientos oficializados que nos regulan, aunque personalmente puedan disgustarnos. Al margen del derecho penal, proponer que la policía no es culpable en un enfrentamiento, como dijo Patricia Bullrich, es respaldar la conducta vengativa y revanchista, el “ojo por ojo” como régimen policial. Perseguir a un ladrón que hirió a un turista para rematarlo por la espalda cuando ya estaba caído y no representaba una amenaza, es venganza. Y la venganza viene cargando la atmósfera del clima de época, alimentando una cosmovisión que quienes nos gobiernan en Argentina no han perdido oportunidad para subrayar. Recordemos la prisión preventiva dictada y sostenida solo a funcionarios políticos del anterior gobierno, y el escarnio contenido en esas imágenes especialmente tomadas durante el momento de su detención, para el goce mediático de una parte la audiencia.

Macri y Bullrich conocían los detalles del expediente judicial mediante el cual el juez procesó y embargó al policía Luis Chocobar. También habían visto el video. Y aun así, recibieron al policía. Estaban plenamente convencidos de que era importante apoyar su conducta y desafiar lo que el Jefe de Gabinete denominó el “prejuzgamiento de la justicia”. Se refería a que la justicia al detener y embargar a Chocobar, velaba por los derechos del delincuente, en este caso asesinado, y no por los del policía. Si tomamos en serio la afirmación, por qué no hacerlo, el funcionario en cuestión (y el Gobierno) consideran que hay paridad entre la persona del delincuente y la persona del policía. Y la hay, son humanos, eran vecinos de la Boca, jóvenes. Pero el policía está investido por el Estado, actúa en nombre de este y ejerce una fuerza delegada, es decir una fuerza que no le es propia. Esta condición diferencial lo somete a numerosas y rígidas obligaciones impuestas a los integrantes de una institución del poder ejecutivo nacional según las leyes vigentes.

En fin, como todo acto de venganza, la propuesta es dejar fuera de juego la actuación judicial. “Cambió la doctrina, la Policía no es culpable en un enfrentamiento”, dijo Bullrich. Y agregó que es algo que “los jueces no entienden” y que terminaría en una reforma del código penal. Las imágenes del video niegan un enfrentamiento y el eufemismo nos retrotrae a los años de plomo. Así, el gobierno reivindica el derecho del policía a ejecutar extrajudicialmente y empuja a todas y todos los uniformados a ejercer esa fuerza delegada en casos de flagrancia como este.

El homicidio se convierte en el castigo merecido por el delincuente. Las persecuciones y tiroteos en plena ciudad quedarán justificados, aunque en la correría se hiera a ciudadanos “de a pie”. Como ocurrió cinco días después del caso Chocobar en la zona de Tribunales y en la misma jornada en que Bullrich redobló su apuesta. La Policía de la Ciudad se sintió “libre” o “alentada” a faltar al protocolo de actuación urbana que pondera daños y prohíbe la persecución en zonas de concentración de personas. ¿Justifica el robo a una joyería dejar tres personas heridas, entre ellas el delincuente, e instalar el pánico en la ciudad?

Pero los golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrado este gobierno no son señales evanescentes, se inscriben en una cosmovisión que los precede y a la vez, subrayan, profundizan y adornan. Basta ver las reacciones en las redes sociales luego del encuentro de Macri y Chocobar para constatar el numeroso público que aplaudió y defendió el gesto presidencial, y quiere ir por más: es el goce de algunos en identificar y condenar a los que no merecen la vida y para quienes la cárcel es poca condena. Es el goce de excluir a los no elegidos al reino de lo no humano hasta provocar su deceso, que les garantizará que no volverán a tocar el patrimonio ni el cuerpo de quienes lo supieron conseguir con esfuerzo y/o sabiduría. A la defensa del patrimonio de la víctima de un robo como al ataque de quien desespera por obtenerlo a cualquier precio, los une el valor simbólico que instala la profunda desigualdad.

La política de la venganza es parte del clima de época y de un proceso social de individuación y desconfianza interpersonal. Pero no es igual en todas partes, asistimos a profundas incertidumbres por derrumbe de idearios y proyectos colectivos que enlacen el pasado con el presente y el futuro. El gobierno anterior consiguió introducir a un porcentaje de la ciudadanía en un proyecto, mientras el otro se sostenía en su rechazo acérrimo. Este gobierno, al contrario, no produce un proyecto con pasado, presente y futuro, no tiene tradición, se alimenta de la desconfianza, la individuación y la revancha, mientras troca proyecto soberano por “cambio”, “creencias” y “doctrinas” del equipo de gobierno.

Vengadores  o policías

Chocobar dejó de comunicarse por Twitter y reza sin poder regresar a su casa. Bullrich declama un cambio de doctrina que proteja a Chocobar de la sanción legal. Pero él teme una represalia, ella no, claro. Ella sabe que por más protección local que exista al tipo de acciones de “ejecución extrajudicial” que el derecho humanitario internacional condena, la lógica de la venganza no recaerá sino sobre los policías. Los policías saben muy bien que no se puede volver a casa cuando se conoce el domicilio del funcionario que mató a un delincuente. Chocobar deberá esconderse mientras no esté detenido, por su seguridad y la de su familia.

La propuesta de exterminar al delincuente y proteger al policía para darle mayor eficiencia al “combate el delito” también actúa como una ideología de Estado. La lógica de la vendetta en ausencia de justicia está sostenida en ciclos interminables de homicidios que envuelven a las partes afectadas. Esta es la misma trama de venganzas que permite entender los homicidios entre bandas rivales que disputan negocios ilegales, inhabilitados para recurrir a la justicia y dirimir un conflicto. El honor, la reputación no están ausentes de la búsqueda de venganza, se ganan a través de ella. Así se alimenta el mundo simbólico de ciertos grupos.

La historia de la humanidad está plagada de épocas y escenarios donde imperó la venganza. Se cobró cientos de vidas y está demostrado que no fue posible sin la presencia del Estado. Estamos más familiarizados con el fenómeno por historias que nos llegan de otros territorios y envolvieron la dinámica social de algunas regiones en Brasil, México, Chicago o Nueva York. Como demostró Michel Misse para Brasil la policía militar es parte activa de la revancha.  Es que la espiral de violencia que implica la lógica de la venganza no sucede entre dos personas: aunque eso parezca a simple vista, implica necesariamente a los colectivos de los que la víctima y el victimario ocasional se sientan miembros (bandas narco, familias mafiosas, policías, empresarios o funcionarios).

Ahora bien, nada más lejos de la “nueva doctrina” que la enseñanza impartida a las policías en la Argentina. Ni en el curso más breve como aquel con el que egresaron 16.000 Policías Locales de las más de 50 escuelas de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 2014 y 2016; ni en la instrucción más sofisticada de las tropas de elite (Grupo Halcón, GEOF, Albatros o Alacranes) se al imparte. Esta dinámica que quiere imponer el gobierno aclamado por el goce desenfrenado -siempre que no tengan que ensuciarse las manos claro está- de quienes defienden la conducta de Chocobar, está en las antípodas de las declamaciones de una policía profesional. La propia política de formación, reentrenamiento y capacitación de la gestión de Bullrich tiene profundas continuidades con la gestión anterior: sigue orientada al conocimiento profundo de la ley, los derechos humanos y el uso proporcional y racional de la fuerza.

Además, hay muchos uniformados que rechazan ese respaldo a la conducta de la ley como ocurrió en los operativos contra los mapuches en la Patagonia y en la represión de diciembre en la Ciudad de Buenos Aires. Hubo integrantes de la policía y de la gendarmería que frenaron el descontrol de abajo y las órdenes políticas desmedidas de arriba.

La sobreactuación protectora de nuestros actuales gobernantes a las fuerzas policiales debería poner a los uniformados en alerta. Este apoyo anudado en la venganza es un camino hacia el descarte de sus integrantes. Total entrarán otros jóvenes a las policías y fuerzas de seguridad, buscando alejarse de quienes eran como ellos cuando no contaban con un destino auspicioso. La policía es desde hace un tiempo la vía privilegiada de los sectores bajos y medios bajos para acceder al empleo público, a una carrera sin riesgo al despido, un horizonte y un ámbito de pertenencia y reconocimiento social. Los riesgos son otros y en el reino de la venganza correrán peor suerte los y las uniformados/as. No conviene hacerles creer que el honor se gana matando delincuentes, porque ese reconocimiento les llegará a muchos después de muertos.

*Este artículo fue publicado en la revista ANFIBIA el 8 de febrero de 2018.

Feministas del mundo: unías!

ASÍ NOS ORGANIZAMOS

Las actividades de previa del #8M ya comenzaron! Conocé todos los puntos de movilización. Así nos organizamos! Queŕes sumar tu punto de encuentro? Escribinos a lainternacionalfeminista@gmail.com

🌐 ENERO

23/1

🔸Invitación Construcción #8M/ Belém, Brasil

🔸Reunión Construcción #8M /Manaus, Brasil

🔸Tertulia #HaciaLaHuelgaFeminista / Badajoz, España https://www.facebook.com/events/170768670352252/

🔸Segunda reunión de organización #8M /Chaco, Argentina

24/1

🔸Vaga General Feminista/ Barcelona, España https://www.facebook.com/events/1784684431833307/

🔸Plenaria #8MPy/ Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🔸Plenaria #8MPy/ Pilar, Paraguay

25/1

🔸Asamblea #8M /Corrientes, Argentina.

🔸Asamblea #8M / Biblioteca departamental, 17:30 hrs /Cali, Colombia

26 y 27/1

🔸Primer Encuentro de Mujeres de Amambay/ Pedro Juan Caballero, Paraguay

26/1

🔸Asamblea de Mujeres, Lesbianas y Trans/ Plaza de Cagancha, Montevideo, Uruguay. https://www.facebook.com/events/453566441738078/

27/1

🔸8 de Marz0 — Vem Construir/ Recife, Brasil

28/1

🔸Plenaria #8MPy /Ciudad Este, Paraguay

29/1

🔸 Segunda asamblea #8M, 17 h/ La Toma, Rosario, Argentina

30/1

🔸Primera Reunión para el #8M/ Rio de Janeiro, Brasil https://www.facebook.com/events/319024545254168

31/1

🔸Organización 8 de Marzo / Vitória, Brasil https://www.facebook.com/events/749113861945151/

🔸Asamblea #8M/ Salon de la Asociación se Trabajadorxs de Prensa, Tucumán, Argentina.

🔸Plenaria#8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🌐 FEBRERO

1/2

🔸Reunión Construcción #8M, 19.30 h/ Escuela Primaria N°118, Neuquén, Argentina

🔸 2da reunión articulación 8M, 17:30 h/ Biblioteca departamental, Cali

🔸Asamblea, Montevideo Uruguay, 19:30hs

2/2

🔸Primera reunión para el #8M/ Petropolis, Brasil https://www.facebook.com/events/146396996020267/

🔸Primera Asamblea #8M/ Buenos Aires, Argentina https://www.facebook.com/events/209720442917946/

🔸Asamblea, Petropolis Brasil, 18 hs
https://www.facebook.com/nosotrasparamos/photos/a.590440388014730.1073741828.588941878164581/599648080427294/?type=3&theater&notif_t=feedback_reaction_generic&notif_id=1517255158482190

3/2

🔸Primera Asamblea #8M en el Oeste/ El Transformador de Haedo, Buenos Aires, Argentina

🔸Asamblea #8M, 17:30h/ Calatayud, España

🔸Asamblea, La Paz Bolivia,Av 6 de agosto entre JJPerez y Aspiazu N548 APDH-LP 17 hs

🔸Segunda Reunión Cali, Colombia

🔸Primer plenaria abierta, Uruguay Montevideo

🔸Venezuela, reunión #8M

5/2

🔸Feministas del Abya Yala, 17.30 h /Buenos Aires, Argentina

🔸 Nosotras Paramos, 18 h/Local del PIP, Puerto Rico

🔸 Asamblea Ni una menos, 17 h / Rosario, Argentina

🔸Asamblea Ni una menos, Italia

🔸Tercer Plenaria, #8M Rosario Argentina

6/2

🔸 Reunión colectiva, 16.30 h / “La Chocolatada Popayán”, Colombia

🔸Acciones #8F, 14.30 h / San Pedro Sula, honduras

🔸Brasil, 2 reunião preparatória do #8M

🔸Reunión en Río de Janeiro, #8M

7/2

🔸Primera Asamblea #8M/ Córdoba, Argentina

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🔸 Primera Asamblea #8M, 17 h / Piacoteca, Pasto, Colombia

🔸 Reunión de organización colectiva, 20 h / Local AEBU, Maldonado, Uruguay

🔸4ta Asamblea Vaga Feminista, 19.00 hs/ Ca La Dona, Barcelona, España

🔸Organizaciones colectivas y procesos nos unimos entorno al #8M, Bogota Colombia, Cra. 8 #19–45 Plazoleta de las nieves

🔸 Costa Rica, Reunión abierta, Ni una menos, 7pm, Bar Acapulco

8/2

🔸Mateada feminista, 17.30 h / Campus UNGS, Los Polvorines, BsAs, Argentina

🔸 Volanteada feminista, 18 h/ Rambla Catalunya, Rosario, Argentina

🔸Río Negro, Fray Bentos: jueves 8 de Febrero primer reunion de coordinacion abierta en Plaza de las Mujeres a las 19 hs.

🔸Reunión salto Uruguay, 18 hs

🔸Santa Catarina/ Brasil 18–21 hs, tercera reunión #8M SC 2018

9/2

🔸 Segunda Asamblea, 17.30 h / Galpón frente a Mutual Sentimiento, BsAs, Argentina

🔸Río Negro, Young: Viernes 9 de Febrero, Casa de la Cultura en Young a partir de las 19 hs.

11/2
Reunión en Lago Pueblo, 18 hs en Lago Pueblo en la costa del lago, del muelle a la derecho
🔸Argentina

10/2

🔸Asamblea Labora, l0h/ Casa de la Solidaritat C/ Barcelona , España

14/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

15/2
🔸Reunión de construcción nio nes marcha #8M, Universidad Central Del Ecuador, 5pm

21/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

28/2

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

🌐 MARZO

7/3

🔸Plenaria #8MPy, 18 h /Asunción, Paraguay https://www.facebook.com/parointernacionaldemujeresparaguay/

8/3

🔸#8M Recife/ Recife, Brasil https://www.facebook.com/events/209778092925252/

Fuente: La Internacional Feminista

Bloquear y transformar // Verónica Gago

#NosotrasParamos La voz colectiva que construye el internacionalismo de la medida del paro de mujeres para el próximo 8 de marzo. Transversalidad, alianza y transformación de un tiempo que ha dado tanta fuerza como malas noticias: la feminización de la pobreza aumenta, los femicidios no paran y la visibilidad de los casos de abuso demuestra que la impunidad ha sido la norma.

El paro internacional de mujeres de este 2018 nos vuelve a dar una cita, un punto de encuentro, donde convergen experiencias, militancias, espacios comunitarios, asambleas, reclamos y deseos. El paro expresa, otra vez, un horizonte organizativo aquí y ahora, construido desde abajo: como acción que ha revitalizado el amplio movimiento de mujeres, trans, lesbianas y travestis desde 2016 en Polonia y en Argentina, no ha dejado de crecer, de ampliarse y diversificarse. En América latina y el Caribe su fuerza se conjuga siempre como duelo y como lucha: en marzo recordamos un nuevo aniversario del asesinato de Berta Cáceres que hoy vive en las luchas hondureñas contra el gobierno del recién asumido Juan Orlando Hernández y también a las niñas fallecidas en el hogar de Guatemala, cuyos nombres suenan en la campaña global #NosDuelenLas56.

En 2017, hicimos paro en 55 países devolviendo al 8M su memoria obrera, acuerpándonos con las trabajadoras textiles de todas las épocas, con una memoria insurgente que está tramada de resistencias cotidianas. Arrancamos la fecha de un calendario que quería convertirlo en un ritual melancólico y formal. A través del paro revolucionamos nuestra práctica como movimiento al mismo tiempo que revolucionamos la herramienta misma del paro, clásicamente asociada sólo al estrecho mundo obrero masculino y asalariado.

¿Por qué?

  •  Porque el paro nos dio una práctica de transversalidad para poder justamente ser parte de una medida de fuerza organizada en común desde las diversas situaciones que habitamos como mujeres, lesbianas, trans y travestis. Desde el movimiento feminista, parar no es sólo dejar un trabajo o ausentarse de él, sino suspender, bloquear y sabotear todo tipo de tareas que históricamente han quedado a cargo de los cuerpos feminizados, de modo casi siempre invisible, no remunerado o mal remunerado. Tareas en general despreciadas políticamente pero que son la base de la reproducción de la sociedad en su conjunto.
  •   Porque el paro nos permite una doble dimensión: bloquear y transformar. No se trata de una acción puramente negativa, sino que a partir de la acción de parar, la pregunta sobre qué hacer se vuelve más rica, más importante, más colectiva. Queremos cambiarlo todo, hemos dicho. ¿De qué maneras concretas construimos esa transformación desde nuestras prácticas?

Como lo señala Silvia Federici en un video que será lanzado por la campaña del colectivo NiUnaMenos: “Parar significa no solo interrumpir ciertas actividades laborales, sino que significa también comprometernos en actividades que tengan algo transformador, que en cierta manera nos llevan más allá de las ocupaciones rutinarias y de la vida cotidiana y que contienen en sí mismas otras posibilidades”.

  •   Porque el paro fue también la clave de conexión entre países, regiones, y escalas muy diversas, dando a lo global una materialidad. Entonces: es una conexión territorial que significa una conexión entre luchas. Pero también una conexión de temporalidades: tiempos de las horas de paro, tiempos de insumisión que desbordan las horas de paro, tiempos de organización que van construyendo el paro, tiempos personales y colectivos, tiempos generacionales y de distintas luchas históricas y tiempos de rumiar cómo seguimos nutriendo la marea de feminismos. Por eso es una conexión de tiempos que significa una conexión entre historias heterogéneas. Así, la huelga es diferencia y conexión. Porque contiene y se nutre de la multiplicidad de tiempos y territorios (de nuestras labores, situaciones vitales, experiencias, organizaciones, y demandas) a la vez que las conecta en un mismo plano, donde la diferencia no es un fragmento sino una fuerza constituyente de lo que tenemos en común.
  •   Porque el paro se hace fuerte como proceso internacional, transnacional. Entre una fecha y otra no ha sido un tiempo vacío, de espera entre “acontecimientos”: hemos visto desplegarse un proceso de acumulación de fuerzas, de movilizaciones, de encuentros, de batallas, de campañas, de desafíos y desacatos. También notamos el empeoramiento de las condiciones de nuestras vidas. Como acaban de escribir feministas norteamericanas del 99% como Angela Davis, Nancy Fraser y Keeanga-Yamahtta Taylor <https://www.theguardian.com/profile/keeanga-yamahtta-taylor> entre otras varias firmantes (latfem.org/necesitamos-un-feminismo-para-el-99-por-eso-las-mujeres-haremos-huelga), hay que denunciar en concreto lo que significa el primer año de gobierno de Trump al mismo tiempo que valorizar la viralización de la campaña #MeToo, #UsToo y #TimesUp de denuncia de abusos. Estos testimonios, en su proliferación, fueron capaces de ir más allá de la enunciación personal. Es fundamental además remarcar –como ellas argumentan– que la violencia racializada es internacional y que, por tanto, también lo tiene que ser la campaña en su contra; también que la violencia en los campus universitarios tiene todo el aparato legal a favor de su encubrimiento; y que es el mismo estado el que financia a Israel contra la militante Ahed Tamimi y su familia y el que encarcela sobre todo a mujeres afroamericanas.
  •   Porque construimos una voz colectiva que insiste y persiste: #NosotrasParamos. Como expresan también de modo contundente en este texto las compañeras desde Estados Unidos, la voz colectiva va tomando fuerza en la medida que denunciamos y conectamos los silencios de los abusos con los abusos en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las cárceles y en la frontera. Esto además lo vamos construyendo en alianzas concretas que se ponen en marcha acá y allá y producen escenas de esta coalición ya en marcha. Por ejemplo, el domingo pasado se lanzó en Nueva York la huelga. Ya se había volanteado en la Women’s March. En el acto participaron Jeannette Vizguerra, luchadora migrante que logró evitar ser deportada; Lamis Deek, activista palestina y abogada de derechos humanos; María Inés Orjuela, trabajadora del Hotel Hilton, donde acaban de organizar un sindicato; Farah Tanis, fundadora de la organización Black Women’s Blueprint, entre otras.
  •   El paro deviene así una manera de conectarnos entre nosotras, una herramienta colectiva, capaz de asumir que parar es habilitar socialmente las condiciones para que todas podamos parar y narrar qué significa, desde cada situación concreta, reinventar la huelga. En esa inspiración y resonancia que nos va entrelazando, acabamos de saber que el Movimiento de Mujeres de Kurdistán toma la campaña del Paro Internacional de Mujeres en todos sus territorios (divididos entre cuatro países: Irán, Irak, Turquía y Siria). Lo hacen mientras la ciudad de Afrin (en el Kurdistán sirio) está siendo bombardeada por el estado de Turquía. Allí también se dice NiUnaMenos. Sabemos que no estamos solas cuando en cada territorio se inventa y se experimenta ese grito común que nos hace fuertes: ¡VivasYLibresNosQueremos!

 

LAS 12

https://www.pagina12.com.ar/93009-bloquear-y-transformar

El odio colonizado // Rodrigo Fedele

 

¿Puede este sentimiento convertirse en un terreno público a través de la política? ¿O está condenado a ser un espacio de negación popular y saqueo privado?

Si hay algo que el estado neoliberal sí regula, eso es el odio. Detrás de la mascarada de libertades individuales y democracia subyace un cúmulo de pulsiones de muerte y deseos de exterminio. Tales líneas de fuerza son las que construyen el verdadero contenido putrefacto que se encapsula en la política de las formas y el marketing indiscriminado.

En primera instancia, eso estriba en el nivel de desarrollo que ha alcanzado el capitalismo en la actualidad, en su etapa financiera de crisis y revisión de modelos. La experticia en las prácticas comunicacionales y tecnológicas son el gran valor para reproducir lo establecido y potenciar la acumulación de todos los tipos de capitales imaginables. También debería serlo para socavar el sistema, pero el nivel de complejidad desarrollada a través de siglos de asimetría es tal que la búsqueda de alternativas reales significa un desafío sin precedentes.

En ese sentido, podemos entender al odio como un capital universal, acumulable, multiplicable y, lo más importante, susceptible de ser regulado si se tienen las herramientas a disposición.

Por supuesto que el odio puede ser un elemento clave para sostener las relaciones de poder y construir un discurso que apele a vincularse con las masas (no hablamos de subjetividades porque, justamente, el contacto es únicamente con la emocionalidad, esquivando todo tipo de posibilidades críticas). De hecho, una performance de esas características (basada en el rencor y el resentimiento) es la única forma de movilizar voluntades religiosamente y a favor de un Mesías que da sobradas pruebas materiales de jugar en contra.

No importa que perjudiquen los intereses de los fieles, las figuras de los salvadores se sustentan sobre promesas de paraíso inmediato, invisibilización de la opresión y ataques evangélicos contra el otro, el odiado. En general, las personas y las organizaciones susceptibles de ser odiadas son aquellas que pueden ser asociadas con transformaciones en las costumbres y las comodidades, las ramas subversivas que amenazan con revolver el agua del tanque.

Porque el odio es conservador y sólo puede entenderse a través del miedo. Y sí creemos que la idea del “cambio” argentino resulta una paradoja, podemos pensar lo siguiente: se basa en construir una ficción del deseo cumplido, un holograma con final feliz de eso que, en realidad, no está visto como permisible (¿Quizás por trabajoso? ¿Quizás por promover la crisis?).

En la actualidad política, “cambio” indica continuidad y refuerzo opresivo. Quien lo apoya lo sabe, está implícito. La idea falsa de revolución optimista, el cartón pintado, funciona como una glándula que segrega opio y relaja porque cubre virtualmente ese faltante de felicidad, lo niega.

Hacerse cargo significaría reconocer –y, sobre todo, poder enunciar- la aceptación de la desigualdad, de la represión, de la violencia; significaría elaborar críticas personales, revolverse las tripas. Y ahí el miedo tomaría protagonismo. Nadie quiere eso, porque el miedo duele, es frío y lacerante. Pero, ¡cuidado!, tapar con tierra ese pánico, consentir la entrega del odio, puede llevarnos a perder la empatía y no ver el terror en los demás. Claro, la pregunta es: ¿por qué la advertencia si esto también está implícito?

Entonces, en ese momento, cuando el caldo hierve, una construcción política que predique sobre la unión, la armonía y la paz pero represente todo lo contrario puede aparecer para cerrar el círculo. Porque la solidaridad, el respeto y la eliminación de las pobrezas materiales y espirituales son valores de nuestra sociedad, nos representan moralmente a todos.

¡Compremos, entonces! Es mejor dejar a la conciencia tranquila, evitar la sospecha de considerarnos seres terribles y, así, perder el paraíso. El problema es que, para hacerlo, se alimenta al odio con el engaño propio, y eso, a su vez, multiplica el miedo.

Así funcionó la estrategia fabulosa y carente de toda ética que utilizó Cambiemos en su campaña electoral: tomar una sumatoria de demandas y exigencias de diversos sectores (aunque todas alimentadas por la animadversión y el terror) para ofrecer una respuesta mágica y, a todas luces, falsa.

Es deducible que muy pocos de los que apoyan al gobierno creyeron alguna vez en una verdadera transformación de las condiciones existentes. Era fácil dilucidar que la propuesta siempre fue sostener y profundizar la desigualdad. Incluso cuando los resultados ya son innegables, criticar al gobierno a través del cuentito “me traicionaron” puede seguir siendo una estrategia para engañarse, domar la conciencia y conservar un lugar en el paraíso.

¿Cuál es, entonces, la alternativa a ésta encerrona de sufrimiento? “Lo que está y no se usa nos fulminará”, escribió  Luis Alberto Spinetta en Elementales leches.  Reconocer nuestros odios, compartirlos, interpretarlos y vivirlos de modo consciente siempre es un gesto de lucha por la vida, de humanidad. Y si lo que queremos es que el mundo sea un lugar mejor, ser humanos es una tarea impostergable.

Pensó que podía // Diego Valeriano

Pensó que podía. Como había podido con los dos guachos cerca de la estación la primera vez, como había podido con la pibita que le dijo que hacía cualquier cosa para que el viejo no se enterara mientras lo miraba con esos ojos negros enormes, como puede ahora cuando le pone el fierro en la boca a ese gil que se creía poronga y le dice que le diga pitufo. Como ellos pueden cuando dejan liberada ciertas zonas. Él siempre pudo, siempre caminó orgulloso con su uniforme, siempre creyó que hay que ser bien macho y tener huevos para andar enfierrado. Siempre lo creyó, siempre lo quiso. No cualquiera es policía local y se hace respetar así, piensa mientras camina haciendo algún trabajito extra en el centro de Avellaneda. No cualquiera se hace respetar a pesar de ser de la local, de esa boina de mierda que no quiere usar. A pesar de ser pitufo, de ser un poco gordo, de no ser policía del todo. No cualquiera sabe caminar de tal manera que el jefe de calle de la 1ra. confíe en él. No cualquiera ante un grito lleva la mano a la cintura, apunta y tira. Todo transcurre en un segundo. Grito, mano a la cintura, no duda y listo.

Él puede, ellos pueden, siempre se puede. Así lo aprendió desde hace cuatro años cuando se metió en la local y todo mejoró. Dejó de cortar pasto, empezó a tener un sueldo y algunos mangos extras, pudo por fin viajar y visitar a su hermano en Salta. Luis camina hacia el pibe que se desangra en la calle, apenas puede respirar y siente como todo el cuerpo se le llena de sangre.

Pablo mira que a unos metros un gordito con una 9 mm le sigue apuntando y camina hacia él. No puede creer que ese gordo cara de gil sea quien lo hizo perder, ni rati parece, parece ¿a quién se parece? ¿Por qué la va de justiciero? Intenta moverse, el cuerpo ya no responde. Piensa en Ivonne, en cómo la hace renegar, en las cosas que le va a decir cuando vuelva a la casa. También piensa en Valentina aunque hace mucho que no la ve. Piensa que ahora está solo. Piensa que no le duele nada. Siente mucho frío a pesar de la sangre hirviendo que corre por todo su cuerpo para escaparse. Siente orgullo también, no lo agarraron como a un gil. Y él vuelve mejor, vuelve grande. Va a caminar por esos pasillos que siempre soñó, con dos tiros. Va a caminar erguido, bien plantado, lo van a respetar. Va a ser paciente, va a conocer gente grande, va a aprender a escuchar, y después de unos pares de años va a volver al barrio, pero con un nombre, listo para lo que sigue.

Sí, los odiamos // Mariana Sidoti

 

Preguntás si el feminismo es odiar a los hombres. Y no es políticamente correcto decirlo, pero la verdad es que sí: te odiamos. Odiamos cuando levantás la ceja mientras una mujer habla de los abusos que sufrió, como si te correspondiera determinar cuán verosímil es su experiencia para brindarle apoyo o quitárselo del todo. Odiamos, también, cuando tildás a las minas de exageradas por sentirse ofendidas de que les toquen el orto, las tetas, la concha en un boliche. Odiamos cuando saltás y no hay charquito; “no todos somos iguales”, decís, como si ser buena persona significara que el mundo entero es buena gente. “No todos somos iguales”, decís e invalidás la opresión de la mitad de la población mundial porque en tu casa todos lavan los platos en partes igualitarias.

Hacenos el favor y pensá, en pleno siglo XXI y con Dios Google casi que podés saber cualquier cosa, por ejemplo qué es el feminismo. Incluso podés sacarte dudas usando el sentido común: buscá en los diarios los siguientes títulos: “Horda de feministas prende fuego a un varón violento”; “Feministas radicales  atacan club de fútbol”, “Hombre descuartizado en un basural: sospechan de feministas”, “Lesbianas violaron en grupo a un hombre en Lanús”. Cuando encuentres estos titulares, y seas vos el que tenga miedo de salir de noche y sea tu amigo el que sufrió una violación; cuando una mujer te manosee en la oscuridad de un bar y vos no puedas identificar quién fue, y seas vos el encargado de cocinar, atender a los pibes y a la abuela cada día después de trabajar; cuando regulen tu forma de vestir con adjetivos denigrantes y hagan lo mismo con todos tus amigos, desde los 5, 6 o 7 años, ahí, entonces, quizá podamos hablar de odio hacia los hombres. Mientras tanto, te duela o no, te sientas parte o no, los varones siguen cometiendo crímenes de odio. Los cometen contras mujeres, lesbianas, travestis y transexuales; matan, violan, acosan, tocan, opinan sin ningún permiso, nos niegan derechos usando de modo ignorante y retorcido las palabras “biología” y “natural” ¿sin saber? que la naturaleza tiene  hembras asesinas, machos que engendran crías, homosexualidad y sexo no monógamo, entre otras antinaturalidades. Por eso no tienen de dónde agarrarse y se aferran al “odio”.

Preguntás si el feminismo es odiar a los hombres y es otra muestra de tus privilegios: pocas periodistas mujeres preguntan por TV si los varones nos odian a todas, incluso ante el femicidio más sangriento. Preguntás si el feminismo es odiar a los hombres porque el peor futuro al que puede aspirar una mujer en este sistema es, precisamente, una odia hombres a la que ningún hombre va a querer jamás. Mientras, los delitos feministas se reducen a pintar paredes y prender fuego patrulleros  sin ningún policía adentro. Para variar un poco la pregunta: ¿Por qué no deberíamos odiarte?

Entre explosivos. Así se vive y se muere en Valle del Jordán // Jessica García

Odey solía ir a pastorear los animales de su familia al mismo lugar todos los días. Muchas veces había encontrado explosivos dejados por las fuerzas militares israelíes luego de sus entrenamientos en el área. Nunca antes los había tocado. El último día de su vida se encontró con una mina que acabó con ella. Tenía sólo 16 años.

Odey vivía en Ibziq con sus padres y hermanxs. La ambulancia tardó alrededor de dos horas en llegar al lugar donde él se encontraba, pues Ibziq es una comunidad palestina en el noroeste del Valle del Jordán a la que se accede por caminos de tierra en muy mal estado[1]. Sin embargo, recién fue declarado muerto en el Hospital Turco de Tubas, pues todavía estaba vivo cuando la asistencia llegó.

Ninguna autoridad israelí se presentó ante la familia ni se ordenó una investigación. Lo que sí hizo el ejército ocupante fue seguir con los entrenamientos militares en la comunidad, en el mismo lugar donde los explosivos dejados por sus soldados provocaron la muerte de Odey.

En Ibziq, al igual que en otras tantas comunidades de la Palestina ocupada, hay entrenamientos militares[2] constantes, con tanques o  sin tanques, con helicópteros o sin helicópteros. A veces dejan “solamente” los restos de explosivos ya utilizados, pero a veces son nuevos[3], listos para ser usados en quienes osen tocarlos. Es común ver granadas en los campos donde los pastores llevan sus animales. Si ya han explotado o no, es mejor no comprobarlo.

También es muy común ver a lxs niñxs jugar con esos restos de explosivos. Son parte del paisaje de muchas comunidades. Como en el campo jugábamos con las latas que encontrábamos en los patios de nuestras casas, en la Palestina ocupada lxs niñxs juegan con las latas y las granadas ya explotadas y otros tantos restos de explosivos de los cuales solamente quienes los utilizan saben su nombre.

Además de los muertos y heridos como consecuencias de los restos dejados por los entrenamientos militares, también hay muertos y heridos durante el transcurso de los entrenamientos, pues se realizan con municiones reales y zonas habitadas por comunidades palestinas. A ello se suman los distintos problemas psicológicos para los niñxs a causa de dichos entrenamientos.

De acuerdo a HALO Trust[4], en 2017 cinco personas fueron heridas y una perdió la vida, Odey, como consecuencia de explosivos sin detonar en el Valle del Jordán[5].

Odey fue quien murió como consecuencia del explosivo pero uno de sus hermanos y un primo estaban presentes cuando ocurrió la explosión. Desde entonces ambos han debido recibir asistencia psicológica.

La familia de Odey es otra familia palestina destruida como consecuencia de la ocupación israelí. No obstante, la resistencia continúa. Su madre ha dicho que permanecerán allí porque es la tierra donde Odey nació y creció, el único lugar que conoció. En su memoria  construyeron un monumento en el lugar donde murió y en su memoria seguirán viviendo allí. La memoria también es resistencia.

[1] Dado que la comunidad se encuentra en el área C de Cisjordania, es decir, bajo control civil y militar israelí, la Administración Civil Israelí debería ser la responsable de su mantenimiento. Sin embargo, por esas rutas no se accede a ningún asentamiento israelí, así que para ésta no hay ninguna necesidad de resolverlo.

[2] Desde 1970  Israel ha declarado el 18 por ciento de Cisjordania o alrededor del 30 por ciento de la Zona C como zonas de entrenamiento militar. Hay alrededor de 38 pequeñas comunidades con alrededor de 6.200 personas en estas zonas aun cuando está prohibida su presencia excepto que medie un permiso especial. Sin embargo, muchas de estas comunidades ya existían antes de que estas zonas fuesen declaradas de entrenamiento militar (UNOCHA, 2017). Ver informe completo en: https://www.ochaopt.org/content/firing-zones-and-risk-forcible-transfer

[3] Generalmente lxs palestinxs que encuentran explosivos sin detonar en sus comunidades no denuncian dicha situación ante la Administración Civil Israelí (que de hecho es militar) porque temen ser acusados de terroristas.

[4] HALO Trust es una organización no gubernamental internacional cuya misión es liderar los esfuerzos para proteger la vida y restaurar el estilo de vida de aquellxs afectadxs por la guerra. Su trabajo principal sigue siendo el desminado pero también están incrementando su rol en el manejo de armas pequeñas y artefactos explosivos sin detonar. HALO Trust trabaja en 15 países y cuatro territorios, entre los que se incluye Cisjordania (Palestina). Más información en: https://www.halotrust.org/what-we-do/

HALO Trust comenzó a trabajar en el Valle del Jordán en 2014. Desde ese momento alrededor de 2000 ítems han sido localizados pero solamente 1000 han sido destruidos por el ejército israelí. Entre la notificación al ejército israelí y la destrucción de tales artefactos transcurren entre tres y cuatro semanas (información proporcionada por el trabajador el HALO Trust responsable de la localización de explosivos en el Valle del Jordán).

De acuerdo a la página web de la organización, el programa de HALO Trust en Cisjordania se enfoca en el desminado de un área de alrededor de 50 hectáreas y un sector del río Jordán de minas dejadas por las fuerzas jordanas antes de 1967. Sin embargo, según el trabajador de HALO Trust en el Valle del Jordán también informan sobre los explosivos sin detonar dejados por el ejército israelí luego de sus entrenamientos militares.

[5] Información proporcionada por el trabajador el HALO Trust responsable de la localización de explosivos en el Valle del Jordán.

Aprender de los guachines // Diego Valeriano

Hay que aprender de esas pibas que se toman el 269 en el Cruce, corren el último tren a Once y en Liniers se toman otro bondi para llegar a una fiesta a la que no fueron invitadas. Aprender de su andar a esas horas muertas de risa, con ese top, con esos ojos negros, con esa confianza desconfiada, con esa prepotencia. A mentir, a engañar, a clavar el visto, a plantarse como lo hacen ellas, a correr sin mirar atrás, a volver juntas. Aprender de sus miradas, de su prepotencia, de su fiesta que libera, de ese deambular que hace mundo.

Ni trabajadoras, ni pase a planta permanente, ni lucha, ni solidaridad de clase, ni formación política, ni ir a marchas, ni neoliberalismo. Desobediencia de toda regla, pero sin transgresión, sin andar diciéndolo por ahí, sin autoafirmación ideológica, sin tanta bandera. Desdén desde el carro, pulular por la ciudad hasta que pase algo, bajar en Flores, en Morris, en Paternal y perderse en los pasillos. Sentir miedo, tener la certeza de lastimar si es necesario. Gederla fuerte, escabio, papeo y sustancia.

Hay que aprender de los pibes dónde están las cámaras del monitoreo, hasta dónde puede la Local, cuál de los chinos es el que está enfierrado, cómo tramitar una pensión, cómo negociar con los de la Tercera, cómo jurarle a la trabajadora social que esta vez sí, que esta vez se va a rescatar. Hay que cruzar de vereda cuando vienen de frente pero seguir su itinerario y observar su caminar, su prepotencia, sus marcas, sus escrachos, ese apuro que los empuja sin saber adónde ir con una incertidumbre que se convierte en estilo.

Ni futuro, ni quejas, ni curriculum, ni asamblea, ni dignidad trabajadora, ni diseño de rutinas, ni boletín, ni presos políticos, ni ascenso social, ni inclusión como excluidos: segundearse es el único gesto válido. Una búsqueda de atajos permanente, un kiosco abierto las 24 horas, un tanteo intuitivo, un tiempo desquiciado, una lectura del mientras tanto para ir traspasando los límites.

Hay que aprender de los guachines qué hacer en un allanamiento, quién es el tranza de la cuadra. Aprender a ser malditos, a aguantar las trompadas del padrastro y el miedo de la madre, a no creer en ningún adulto desde muy chicas. Aprender cuáles son los talleres donde dan las becas de desarrollo, a poner esa cara, aprender de memoria la clave de la tarjeta de la abuela, los pasos de las chicas de Pasión de Sábado, que ya no van a ser princesas, que el centro comunitario es un negocio de la coordinadora y algunas más. Que casi siempre están solos, que el mar es inmenso y azul aunque nunca lo vieron.

ACÁ ESTÁN, ESTÁS SON, LAS MARICAS DE EL BOLSÓN // Silvio Lang

 

 

 

“-¡Qué se corre la bola/qué se corre la bola/al patriarcado lo matamos con la cola!”. Así, con ese cántico maricas-tortas-travas-trans y no-binares dan por inaugurado el 10º Festivxl de la Diversidad de El Bolsón. Ante la  extorsión de la Municipalidad de no autorizar el escenario del acto de cierre si marchábamos a torso descubierto resolvimos, en el fogón de bienvenida, marchar culo al aire. Era el primer miércoles del 2018 y desde la mañana una Cumbre Trans había tenido lugar en el Centro Integrador Comunitario del barrio Primavera. Las travas más curtidas se encontraron con millennials trans que se reconocían como no-binares: ni femenino, ni masculino. Sólo el bautismo del nombre propio que emerge de la resistencia por existir. Ya para la tarde habían llegado cumpas de las provincias. El camping “Ni Nada” es el asentamiento amigo. El resplandor del fogón hace visible esa fragmentariedad que somos para devenir territorio afectivo, comunidad de fraternidades y sororidades. “La sororidad marica”, le encanta decir a Larry, que tiene tatuado “Puta”, en las costillas. Ha borrado su nombre de nacimiento por mil nombres de batalla. En las asambleas de AMMAR, las compañeras le llaman Juan Ejemplo. El grupo organizador se presenta alrededor del fuego. Están con miedo de que repriman el día de la marcha. Uno de ellos, Nehuen, mapuche hermoso, describe, con voz de Zitarrosa, la agenda del Festivxl. Radio abierta; talleres autogestivos; recitales lesbo-punk y cumbia-marica; varieté folklórica; fiesta en los bosques; picnic político; marcha por las calles y show en la plaza. Como todos los años, la ronda se abre para quien quiera presentarse. Habla un pibe de Quilmes, Juano. Conoció a su compañero, July, pasando música en la fiesta “Relax”. Dejaron el Conourbano y se fueron a vivir a El Bolsón: “Acá, está lo que necesito: la lucha, la montaña y está él, ¡qué más quiero!”. Se presenta una piba, activista antinuclear, de Sierra Grande, pueblo fantasma saqueado por Joseph Lewis. El activismo feminista mezcla todo, eso es lo bueno: expropiar la tierra es expropiar la potencia de los cuerpos. La Mati de la Asamblea de Maricas y Bisexuales, emponchada, pide la palabra para ubicar a unos héteros que cayeron de sopetón y tomaron la palabra: “Que los paquis, en nuestros espacios, aprendan callados, acompañen y nos abracen”. “¡Lo dijo/lo dijo!”, corean unas tortas. La noche sigue rancheándose entre carpas. Led multicolores, barra de sonido y “el perreo se organiza”, gritá Shibre, torta reguetonera. Guiso, luces y glister son los recursos comunitarios para las fiestas campamento. “¡Nunca vi tanta mariconeada en mi país!”, dice Analia, pionera del Festivxl.

 

El jueves se arma la primer maricoteca en la historia de la comarca. En la disco “442” tocan Las Grasas Trans, Horregias, Negra Liyah y Sudor Marika. Animan Las Carmelitas, maricas clown, reideras y calenturientas. El lesbo-punk reanima mi adolescencia dark. Susy Shock sube al escenario y canta en coro con Sudor: “Dejáme sentir que siento,/dejáme y hacé silencio./Dejáme vivir sin nombres,/ya no los quiero”. Los putos autogestionamos un besazo en la pista. “En cada espacio hétero llevar lo marica”, dice Ezequiel, militante de La Cámpora y referente de la diversidad en ATE. Antes de incandilarnos con los cuarzos de salida la DJ Petra Diphusa, salta de la cabina con el virtuosismo de terrorista drag, plataformas blancas, tocado naranja, vestido negro. Con la belleza de Isabel Adjani baila posesa “Fiesta en el infierno”, de Fangoria. Los ojos se le blanquean; repercute en espasmos; salta y se tira al piso en cuclillas y rebota. La vitoreamos. Queremos devenir Petra.

 

Nos depertamos pasados de pepa, besos y alcohol. La Actibanda tribaliza el campamento. Nos sumamos a sus canciones de protesta, piezas históricas de la humanidad que viene: “Somos la cuerpa amoral/Mutante y voraz/Por nuestra monstruosidad encarnamos el mal/Aborteras, tortas, putas, parias disidentes, trans/travas, chongas y maricas/La manada a marchar/Hacemos orgias al sol/Nos gusta bailar/La fiesta ritual, el exceso/Y su lengua bestial”. Quimey, una chica trans, plantea en la asamblea picnic que si algune tira una piedra en la marcha que lo piense antes, que se puede organizar y ser una decisión grupal. Porque no todes podemos o tenemos ganas de correr, o defendernos de la represión. “Estamos violentas: si no hay amor hay furia”, dice una marica. “Esta marica piquetera sabe morder”, dice la Campa de sí, y todas nos reímos. Mosquito Sancineto es presentadora del varieté de la noche. El público se abre en dos. Nuestra lideresa Marlene Wayar atraviesa el salón como el río Quemquemtreu El Bolsón. “El capitalismo divide entre los que comen pan y los que comen mierda. Nosotras no mandamos a comer mierda a nadie. Por eso nuestro enemigo no es lo ‘cis’, sino el ‘hétero winca’ -el blanco conquistador-, como dicen las compañeras mapuches”, arenga la Wayar, más Titánica que nunca. Nico Darchi y Duo Microcentro devuelven el floklore y la ópera mariconeada. “Nosotras tomamos la tradición patriarcal pero primero la mariconeamos, la torteamos y la travestificamos y luego cada cual hace el ismo que quiera”, dice Susy Shock, entre canción. “Este festival no es como cualquier otro, acá nos recargamos para seguir luchando todo el año”, tira Susy y rompemos en aplausos. Canción, fiesta, sexo, amor, discusiones políticas en fogones y rancheadas tejen la potencia de las situaciones que nos atraviesan. “Nuestra riqueza son utedes, las pendejas y los pendejos, que podamos aún seguir mirándoles a los ojos, sin vergüenza, después de tantos años de militancia”, nos dice Susy. Y se adentra en la masa del público con las maricas cantoras. Entonan a capela las coplas: “La soledad es cosa rara/con tanta gente sola/si los solos se juntáran/la soledad queda sola”. Entonces, llorosas nos entreveramos bailando las Lechiguanas de Dani Umpi.

 

Un paisaje lesbo-marica-travesti-trans, junto al río, con guitarra eléctrica y parlante portátil; suspensores; tetas al sol; adolescentes entangados; masajes osteopáticos y amasados; lecturas y conversaciones de la biografía de nuestras pieles; cordero asado comido con las manos; petes en el bosque; garches simultáneos en cama-cuchetas, son el después de la intempestiva marcha. “Aquí están/ estas son/las maricas de El Bolsón”, avanza la caravana de mostras por las calles hasta la plaza. “En la calle me siento libre. No puedo estar en una oficina atendiendo el teléfono”, dice la puta Michelle, tras renunciar como asesora de un legislador del Movimiento Evita e irse de la orga. “Lo que se puede hacer con todas nuestras redes disidentes es más intenso”, declara con espíritu de Berkins. “¡Beso negro”, proclama Susy y las que estamos en culo nos inclinamos para que nos besen nuestro lugar de enunciación. Bailamos y nos besamos al frenesí de las Kumbia Queer y la Umpi. En el espacio público, ahora, ocupado por nuestra imaginación político sexual. Desplazarse de los propios conformismos; salirse del tiempo uberizado; torcer el punto de mira; escuchar de otro modo para encontrarse en una poética social de la desobediencia existencial.

https://www.pagina12.com.ar/89796-aca-estan-estas-son-las-maricas-de-el-bolson

EL SIDA ES UNA GUERRA // Silvio Lang

 

No hay comunidad si no en las relaciones singulares. Por eso la lucha política se funda en las alianzas afectivas. Todo contacto es un contagio. Infectadxs de lxs otrxs vibrando en uno. Sororidad marica; sororidad feminista. Nuestra lucha actual se debilita en su asepsia e higiene afectiva. Lo supimos en los 90 cuando nos plantaron la guerra del sida a los putos, a las prostitutas, a los drogadictos, a las travas y a las tortas. Fuimos cumpas de les jóvenes de ACT UP: en la Marcha de los Barbijos; en la Red Nacional de Personas Viviendo con VIH-SIDA; en la recorrida de los hospitales; en los grupos de ética y contención… Vayan a ver esta peli wachxs: 120 PULSACIONES POR MINUTO. No des-historicemos nuestras formas-de-vida.

 

120 pulsaciones por minuto (Robin Campillo) ⭐️ 7.8/10

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