Operación Fede Bal // Pedro Yagüe
A fines del 2018, Federico Bal estrenó una obra junto a su padre en la que pretendía mostrar una forma renovada del teatro de revista. Parte de la trama consistía en exhibir las diferencias generacionales en torno al humor. Lo interesante de la operación era que, durante la obra, Santiago Bal (el padre) contaba chistes escandalosamente machistas para luego ser criticado por su hijo, quien le explicaba las razones por las que ese comentario ya no causaba gracia. Lo cual en buena medida era falso, ya que el público disfrutaba tanto del chiste del padre como del comentario correctivo del hijo. Me acordé de esto por culpa de Alberto Fernández. La burrada que dijo sobre los barcos, los indios y Lito Nebbia, desató una ola de memes en los que todos pusimos en boca del presidente nuevos comentarios racistas que nos divertían. Es decir, llevamos a cabo la operación Fede Bal: encontramos el modo de enunciar libremente chistes xenófobos a partir de una lógica que nos pone en un lugar distante, como si los estuviéramos criticando. Quizás la operación Fede Bal sea algo característico de nuestra época. Una distancia irónica que nos permite disfrutar de aquello que supuestamente criticamos.

Lo que se descubre allí es apasionante, sobre el registro de la historia tanto como en el de la actualidad. Porque la que se descubre es una historia poco conocida. Foucault muestra cuán equivocado es imaginar que una gran libertad pagana fue sofocada por una austeridad cristiana que supuestamente condenaba toda vida sexual. ¡Este no es el caso! Los filósofos de la antigüedad, desde Platón a Marco Aurelio, ya abogaban por una supervisión estricta de las prácticas sexuales. Las prescripciones cristianas no son, de golpe, más minuciosas ni más represivas. Al contrario: los Padres de la Iglesia a menudo toman y repiten al pie de la letra las frases de los filósofos. Conservan prácticas ya formuladas, tales como la condena del adulterio, del matrimonio en segundas nupcias, las obscenidades entre esposos… Sin embargo, hablan de otro tipo de experiencias: dejan de considerar las relaciones de los placeres y de la moral, para preocuparse de la carne y la concupiscencia. En lugar de codificar los comportamientos, focalizan su atención en la interioridad del sujeto, en su relación con su propio deseo, en el consentimiento íntimo o de renuncia al mal.








