El asco como emoción política: El peronismo y la trampa del amor-odio // Josué Veloz Serrade
“La organización vence al Tiempo”- decía Perón.- Eso me parece bien pero ¿quién elige la “Mesa chica” de la Organización?
Conversación entre militantes, escuchada, al pasar.
El peronismo nunca se agotó en la forma partido. Desde sus orígenes articuló dimensiones como: organización, programa, representación, identificación y afecto. Fue una forma de hacer política capaz de producir simultáneamente una lectura de la sociedad, una estructura de organización y una comunidad afectiva. Su capacidad histórica de movilización excedió la lógica partidaria tradicional precisamente porque pudo convertir demandas materiales, categorías políticas y formas de pertenencia en una experiencia colectiva. El propio peronismo no se presentó únicamente como una doctrina ni únicamente como una experiencia de identificación: construyó un lenguaje político capaz de articular interpretación de la realidad, organización y pertenencia. La experiencia afectiva fue decisiva para convertir esa articulación en una comunidad política, pero no puede confundirse con la totalidad de la racionalidad que la sostuvo. Sin embargo en este ensayo trataremos de interrogarnos sobre esa dimensión afectiva trascendente de este movimiento. La pareja Perón-Evita condensó esa erótica del vínculo político; una figura casi parental en la que el amor podía convertirse en forma de principio de gobierno y la lealtad en un lazo que aspiraba a no admitir gradaciones. Esa matriz no constituye todavía un problema: durante décadas fue precisamente una de las fuentes de su extraordinaria capacidad expansiva, junto con una determinada forma de organización, una política de representación de intereses y un lenguaje capaz de dotar de sentido común a demandas sociales heterogéneas. El problema aparece cuando una forma histórica de articulación política comienza a perder capacidad para vincular organización, interpretación de la realidad e identificación en un horizonte común, y cuando la dimensión afectiva que antes contribuía a expandir esa articulación comienza a funcionar principalmente hacia adentro, como mecanismo de identificación, lealtad y exclusión.
Ernesto Laclau, cuya teoría de la hegemonía constituye una de las elaboraciones más influyentes sobre el populismo, ofrece una perspectiva que dialoga con este análisis afectivo. Para Laclau, el peronismo no fue únicamente una experiencia emocional: fue una construcción hegemónica capaz de articular demandas sociales heterogéneas bajo el significante «pueblo», produciendo una lectura común de problemas que inicialmente podían aparecer como demandas separadas. La dimensión afectiva no aparecía como un complemento psicológico del discurso, sino como parte de la investidura que hacía posible esa articulación. Pero esa investidura no sustituía la operación política de articulación: para que distintas demandas pudieran reconocerse como parte de un mismo campo era necesario también producir significaciones capaces de volverlas mutuamente inteligibles. Pero esta formulación deja abierta una pregunta que resulta decisiva para el presente: ¿Qué ocurre cuando la transformación de los sujetos modifica las condiciones mismas de esa articulación? No basta entonces con preguntar qué significantes pueden volver a interpelarlos, ni tampoco con pensar qué afectos podrían volver a vincularlos. Hay que preguntarse qué tipo de lectura de la realidad, qué lenguaje político y qué forma de propuesta pueden permitir que un sujeto vuelva a encontrar inteligibilidad en una experiencia colectiva antes incluso de reconocerse afectivamente en ella. El obrero, el empleado, el jornalero y el profesional podían reconocerse como parte de un mismo pueblo no solo porque compartieran determinadas reivindicaciones materiales, sino porque existía una operación política capaz de hacer legible la relación entre esas experiencias particulares y una estructura social más amplia. El salario, la vivienda, la educación o el trabajo no eran solamente necesidades que podían satisfacerse desde el Estado: podían ser comprendidos como dimensiones de una determinada concepción de justicia social, de ciudadanía y de soberanía.
El problema del presente no consiste en que el peronismo haya perdido la capacidad de producir afectos. Tampoco consiste simplemente en que esos afectos hayan perdido capacidad articuladora. El problema es más amplio: parece haberse debilitado la articulación entre las distintas dimensiones mediante las cuales una fuerza política produce adhesión —la organización, la representación de intereses, la interpretación de la realidad, la propuesta programática y la identificación afectiva. Identificación y adhesión no son necesariamente la misma cosa. La identificación puede producir pertenencia: “esto también soy yo”, “estos son los míos”, “esta historia me pertenece”. La adhesión puede producirse también a partir de otra operación: “esta interpretación de lo que me ocurre resulta inteligible”, “esta propuesta responde a un problema que reconozco como propio”, “esta política ofrece una salida que puedo considerar razonable”. Ambas dimensiones pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo.
Una parte del problema contemporáneo podría consistir precisamente en que el peronismo continúa disponiendo de una poderosa capacidad de identificación en sectores de su comunidad histórica, pero encuentra mayores dificultades para producir nuevas razones de adhesión entre quienes ya no comparten de entrada esa identificación. La conducción política del peronismo, o los distintos fragmentos de conducciones de espacios políticos, pueden no estar percibiendo que en ocasiones siguen apelando a la identificación pero sin producir adhesión en sectores que podrían no identificarse afectivamente con el peronismo pero sí encontrar razones para una adhesión. El peronismo no debe renunciar a la identificación, pero no puede hacerlo de un modo que cancele la adhesión de otros sectores que se sienten ajenos al tipo de confrontación interna que hoy insiste en proponer frente a la sociedad.
El significante «pueblo» continúa disponible, pero encuentra crecientes dificultades para condensar bajo un mismo nombre demandas sociales cada vez más dispersas y fragmentadas. El problema no es solamente que las demandas sean más heterogéneas; es también que resulta menos evidente qué interpretación común permite reconocerlas como partes de una misma experiencia política. El amor y el odio siguen organizando la vida interna del movimiento, produciendo lealtades, antagonismos y traiciones; sin embargo, ya no alcanzan para constituir un campo social más amplio. Los afectos continúan operando y pueden seguir produciendo comunidades políticas intensas. Lo que resulta menos evidente es su capacidad para producir, por sí solos, una ampliación del campo de interlocución. La dificultad, por tanto, no consiste únicamente en volver a producir afecto alrededor del significante «pueblo», sino en producir una racionalidad política capaz de explicar qué tienen en común experiencias que ya no se presentan espontáneamente como comunes. No porque las demandas hayan desaparecido, sino porque las formas de vida, las expectativas y las experiencias del daño se han fragmentado hasta volver menos evidente aquello que podía ser reconocido como una experiencia compartida. Cuando una cadena de equivalencias deja de resultar suficientemente inteligible para sujetos que viven experiencias cada vez más diferenciadas, el problema no es únicamente afectivo. También se vuelve un problema de interpretación: ¿qué lenguaje permite reconocer como parte de una misma estructura aquello que, en la experiencia cotidiana, aparece fragmentado? Allí comienza a aparecer el límite de una forma histórica de articulación que todavía puede producir pertenencia, pero encuentra mayores dificultades para producir expansión. El afecto puede mantener unido un nosotros existente; resulta más difícil utilizarlo, sin una nueva interpretación de la experiencia social, para construir un nosotros que todavía no existe.
En ese sentido, el peronismo constituyó desde muy temprano lo que Sandra Gayol ha denominado una comunidad emocional: un tipo de vínculo en el que la adhesión política, la representación de intereses y la experiencia afectiva podían articularse en una misma comunidad de sentido. Las miles de cartas enviadas tras la muerte de Eva Perón dan cuenta de ello. En ellas no se lloraba solamente a una líder política; se lloraba una pérdida vivida como íntima, casi familiar. La lealtad no era una virtud política entre otras, sino la forma en que el amor se convertía en vínculo, y el vínculo en identidad. Quizá sea esa misma matriz la que explique por qué el kirchnerismo pudo reactivarla con tanta potencia durante las primeras décadas del siglo XXI y, al mismo tiempo, por qué hoy comienza a encontrar allí uno de sus límites: no porque esos afectos hayan desaparecido, sino porque ya no bastan, por sí solos, para organizar el campo político.[1]
Esa matriz no fue una invención del peronismo. Como ha mostrado Sandra Gayol, los funerales de Hipólito Yrigoyen y José Félix Uriburu, a comienzos de la década de 1930, dejaron entrever dos formas muy distintas de construir el vínculo político y de habitar el espacio público. El de Yrigoyen se convirtió en una manifestación masiva de duelo popular: la multitud acompañó el féretro durante horas, buscó tocar el cuerpo del líder y transformó su muerte en una experiencia colectiva organizada por el afecto más que por el protocolo estatal. El de Uriburu, en cambio, estuvo marcado por la escenificación oficial, la presencia militar y el control del espacio público, manteniendo a los ciudadanos a distancia del cuerpo del difunto. No se trata todavía del peronismo, pero sí de una configuración afectiva que este heredaría, radicalizaría y convertiría en uno de los principios de su imaginación política: la construcción del pueblo no solo como sujeto de derechos o de representación, sino también como comunidad de afectos.[2]
Pero una comunidad afectiva nunca existe separada de los lenguajes mediante los cuales una sociedad interpreta sus conflictos. El problema, por tanto, no es elegir entre afecto y racionalidad, sino comprender cómo determinadas formas de interpretación consiguen —o dejan de conseguir— convertirse en experiencias comunes. La historia política argentina puede leerse, desde aquí, no solo como una sucesión de proyectos y conflictos, sino también como una historia de las formas en que los sujetos aprendieron a sentir políticamente. Pero también como una historia de las formas en que aprendieron a interpretar su lugar en la sociedad, sus intereses y las posibilidades de transformación de aquello que vivían como problema.
En el kirchnerismo esa lógica se radicalizó y se volvió más explícita. Una parte importante de su retórica política construyó la pertenencia alrededor de una comunidad afectiva capaz de distinguir entre quienes formaban parte de ella y quienes quedaban del otro lado de la frontera. El amor aparecía entonces como nombre de la pertenencia y la lealtad, mientras que el rechazo al adversario podía adquirir la forma del odio. Pero ese circuito afectivo no agotaba la racionalidad política del kirchnerismo: coexistía con interpretaciones de la realidad, posiciones programáticas, decisiones de gobierno y formas concretas de representación. Lo que interesa aquí es otra cosa: la manera en que esas dimensiones podían quedar recubiertas por una lógica de identificación en la que pertenecer significaba también reconocer un nosotros y distinguir a quienes quedaban fuera de él. El kirchnerismo no solo pidió votos: construyó buena parte de su identidad alrededor de una demanda de identificación afectiva. El amor funcionó así como criterio de pertenencia y el odio como reverso de esa pertenencia. El adversario podía quedar construido no solo como alguien que sostenía otra posición política, sino como alguien que no comprendía, que no reconocía aquello que para la comunidad aparecía como una verdad histórica y, por eso mismo, quedaba situado fuera de ella. El problema fundamental aparece cuando esa estructura afectiva empieza a cerrarse sobre sí misma y la pertenencia comienza a funcionar más como criterio de reconocimiento interno que como punto de partida para una nueva articulación política.
La transformación del amor en odio: el caso Axel
La hipótesis freudiana de que el odio puede constituir una transformación de la investidura amorosa permite leer de otro modo el conflicto alrededor de Axel Kicillof. Cuando Axel Kicillof pasó de ser una figura reconocida dentro del universo kirchnerista a ser objeto de la hostilidad de un sector de ese mismo espacio, no se produjo una simple desaparición del vínculo afectivo. La investidura cambió de signo.
En el peronismo la lealtad es un correlato del amor. Y la lealtad, como toda forma de amor político, exige proximidad, y pertenencia al cuerpo. Axel dejó de estar cerca de Cristina -o eso se leyó, o eso se construyó- y eso no generó indiferencia, lo que más provocó fue odio. Porque dentro de esa lógica afectiva la indiferencia resulta difícil de leer: cuando alguien deja de responder a los códigos de pertenencia, la retirada puede ser interpretada como traición, debilidad o deslealtad antes que como una posición política diferente. El kirchnerista que odia a Axel no lo ignora; lo denuncia y lo combate. Y lo quiere destruir políticamente. Eso sigue siendo política en el sentido clásico, porque hay confrontación y disputa. Y precisamente por eso el conflicto alrededor de Axel resulta revelador: mientras permanezca dentro de esa trama, incluso como objeto de odio, continúa siendo legible para el dispositivo afectivo del peronismo. El problema comienza cuando aparece la posibilidad de no responder en esos términos. Y esa lógica sigue funcionando hacia adentro. El problema no es que amor y odio hayan dejado de operar, sino que ya no alcanzan para organizar la relación con un campo social más amplio.
Los límites de la lógica amor-odio
Hay dos planos que debemos delimitar. El primero es el plano interno del peronismo, donde la lógica del amor y el odio continúa siendo estructurante y políticamente eficaz. El segundo es el de una sociedad más amplia, en la que aparecen sujetos cuya relación con la política ya no se organiza prioritariamente desde esos afectos. No es que hayan dejado de sentir: han dejado de reconocerse en ese circuito afectivo.
Sobre ellos, la armadura afectiva del peronismo pierde capacidad de interpelación. No porque exista un rechazo ideológico previo, sino porque esos sujetos ya no habitan el registro desde el cual esa lógica produce sus efectos.
El peronismo puede seguir generando amor, lealtad y antagonismo con toda la intensidad de su tradición afectiva. Lo que parece haber perdido es la capacidad de convertir esos afectos en un lenguaje políticamente universalizable. Y universalizar no significa aquí conseguir que todos amen al peronismo. Significa producir un lenguaje capaz de volver inteligibles experiencias sociales heterogéneas para sujetos que no comparten previamente una identidad peronista. Es como si careciera de categorías para comprender a quien experimenta rechazo hacia toda la escena política, incluida la propia tradición peronista. No sabe cómo hablarle a quien ya no desea ser convocado mediante la identificación afectiva. Mientras gran parte de su energía continúa consumiéndose en las disputas internas por la lealtad, la traición o la autenticidad, ese otro sector se aleja silenciosamente, sin que las categorías tradicionales alcancen a nombrar lo que allí está ocurriendo.
La crisis actual del peronismo quizá no consista, entonces, en haber perdido la capacidad de producir amor o de suscitar odio. Consiste en que esa lógica, todavía extraordinariamente eficaz hacia adentro, encuentra dificultades crecientes para producir una inscripción política hacia afuera. Allí donde continúa ofreciendo lealtad, pertenencia y antagonismo, emerge un sujeto que ya no espera ser convocado mediante esas formas de identificación. La crisis no es solamente afectiva. Es una crisis de interpelación que compromete también la capacidad de producir una lectura común de experiencias que ya no aparecen espontáneamente como comunes.
La ira ciega y lo que obtura
En ese contexto, la ira que ciertos sectores del kirchnerismo dirigen hacia Axel Kicillof no constituye únicamente una emoción políticamente costosa desde el punto de vista táctico. También obtura el análisis. Lo que impide pensar es, precisamente, la pregunta más incómoda: ¿y si el problema no fuera la supuesta traición de Axel, sino que el dispositivo afectivo con el que se intenta leer su posición ya no alcanza para comprender las condiciones de la época?
Nussbaum observa que la ira aspira siempre a una forma de rectificación. Freud permite agregar otra dimensión: la ira también conserva al objeto. Mientras puedo permanecer furioso con Axel, Axel continúa siendo para mí un objeto de investidura; negativa, ciertamente, pero investidura al fin. Los sectores que leen el conflicto exclusivamente en términos de lealtad y traición necesitan la figura del traidor tanto como antes necesitaron la del aliado. En ambos casos continúa funcionando la misma economía libidinal. El conflicto no se ha salido de la dialéctica amor-odio: permanece enteramente dentro de ella. ¿Qué pasa si el problema no consiste solamente en resolver el conflicto interno, sino en recuperar la capacidad de construir política hacia afuera, allí donde ya no alcanza la identificación previa?
Lo que la ira no permite advertir es que el campo político ha comenzado a desplazarse en un nivel que las disputas internas no alcanzan a resolver. Existe una crisis de interpelación que no se solucionará simplemente eligiendo un mejor candidato, imponiendo una unidad que silencie los antagonismos de fondo o reforzando un régimen de vigilancia identitaria. Si el lenguaje político de lo afectivo ha cambiado, también deberá transformarse el modo de construir comunidad política. Tampoco se resuelve simplemente encontrando un nuevo afecto capaz de reemplazar al anterior.
El mecanismo que se devora a sí mismo
Hay una ironía estructural en lo que está ocurriendo dentro del kirchnerismo. La lógica de la purga interna —la expulsión del traidor, la demarcación del cuerpo legítimo, la vigilancia permanente de la lealtad— puede producir efectos de exclusión que recuerdan, en su forma, a la operación que Milei despliega hacia afuera. No porque ambas operaciones sean equivalentes, sino porque producen un efecto comparable de reducción del campo político mediante la exclusión. El peronismo no se vuelve mileísta por excluir a sus traidores: continúa operando dentro de la relación amor y odio. Lo que cambia es el lugar de la frontera. Milei construye un afuera contaminante que debe ser expulsado para preservar la pureza del cuerpo social. La lógica interna del kirchnerismo, en cambio, convierte al traidor en un objeto de odio precisamente porque todavía pertenece al campo de la investidura. El primero busca eliminar un cuerpo concebido como extraño; la segunda expulsa a quien ha dejado de ser reconocido como miembro legítimo del cuerpo propio. Hay, por tanto, una homología en el efecto de exclusión, pero no una identidad en la estructura afectiva que lo produce. El riesgo aparece cuando una política que históricamente construyó comunidad mediante la pertenencia comienza a sostener su identidad cada vez más por la delimitación de quienes ya no pertenecen.
Cada expulsión reduce el cuerpo político. Cada purga estrecha el círculo de quienes permanecen reconocidos como portadores legítimos de la identidad colectiva. Llega entonces un punto en que esa identidad corre el riesgo de sostenerse menos por su capacidad de incorporar diferencias que por su capacidad de establecer fronteras internas. El conflicto deja de orientarse hacia la construcción de una comunidad política más amplia y se concentra en preservar las fronteras internas que definen quién pertenece y quién queda fuera. Una comunidad política puede conservar una intensa capacidad de reconocimiento interno y, al mismo tiempo, perder capacidad para producir nuevas razones de adhesión fuera de sus fronteras históricas.
Cristina Fernández de Kirchner ocupa en este esquema una posición paradójica. Continúa siendo el gran principio de cohesión afectiva del kirchnerismo: mientras su figura conserve esa centralidad simbólica, existe un núcleo alrededor del cual organizar la pertenencia política. Pero esa misma potencia puede dificultar, para algunos sectores, la elaboración de una transformación más profunda. Mientras la figura de Cristina garantice que esa forma histórica de construcción política —la fuerte identificación con el liderazgo, la centralidad de la lealtad y la vigilancia de las fronteras identitarias— continúa vigente, resulta más difícil reconocer que esa forma de construcción, decisiva para una etapa histórica, puede resultar insuficiente para las condiciones actuales. Lo que allí aparece no es simplemente la necesidad de un reemplazo generacional, sino la exigencia de un duelo político: aceptar que una forma de vínculo que produjo una identidad poderosa quizá ya no alcance para producir una nueva.
Lo que está en juego detrás de Axel
Ya hay sectores que empujan la idea de que Axel se baje de cualquier candidatura, aun cuando él no haya dicho que quiere serlo. O que se busque un candidato unificador que salga de la lógica de la confrontación fratricida. Esa operación tiene una lógica que podemos enunciar como la búsqueda de un simulacro de unidad que evita confrontar los antagonismos de fondo. Puede recomponer momentáneamente una frontera interna sin resolver las condiciones que hicieron que esa frontera se volviera necesaria. La unidad que se busca no resuelve nada porque el problema no es la fragmentación en la superficie. Tampoco parece suficiente recuperar, sin más, las viejas formas de interpelación popular. El problema no consiste en que el peronismo haya olvidado cómo producir identificación, sino en que las condiciones sociales sobre las que esa identificación podía expandirse han cambiado. No se trata entonces de volver a hacer lo mismo con un lenguaje más eficaz, sino de comprender qué tipo de sujeto político existe hoy y qué formas de reconocimiento pueden volver a vincularlo con una experiencia colectiva. Lo que está en juego es el tipo de adhesión política que el peronismo necesita transformar, y esa transformación no se produce eligiendo una figura que nadie rechace demasiado.
Axel no produce unanimidad. Eso es cierto y es su límite visible. Pero interpela al campo peronista en el corazón de su anudamiento pasional; en el punto exacto donde la lealtad, la traición y el amor político se anudan. Renunciar a esa figura es renunciar a confrontar ese nudo, y a su vez no resolverlo. Es esquivar la pregunta más incómoda que el peronismo tiene por delante: si puede pasar de un tipo de adhesión mesiánica clásica, donde el líder encarna el movimiento, a un modo de identificación más colectiva donde el poder no dependa de un cuerpo singular que lo ocupe y lo garantice.
Hay una figura de Horacio González que permite pensar lo que Axel Kicillof ensaya, quizá sin proponérselo: la del filósofo cesante. En El filósofo cesante. Gracia y desdicha en Macedonio Fernández.[3] Horacio, no describe una estrategia política ni al intelectual simplemente desplazado del poder. A partir de la figura de Macedonio Fernández, construye una imagen del pensamiento cuando este ha perdido las garantías de un lugar desde el cual hablar con autoridad. Si se desplaza libremente esa figura hacia el presente, la cesantía puede leerse como una posición desde la cual la política consigue pensar aquello que su propia inmediatez le impide advertir. No se trata de una renuncia, sino de una distancia crítica. En ese sentido, puede leerse en algunos gestos de Kicillof —sin atribuirle necesariamente una estrategia consciente— una posición semejante. No abandona la pelea; se sustrae del terreno donde la pelea ya ha sido organizada para que cualquier movimiento reproduzca el guion del adversario. El filósofo cesante no es un escéptico ni un cínico: comprende que existen coyunturas en las que aceptar las reglas del combate equivale a haberlo perdido de antemano.
¿Y qué ocurriría si Cristina Fernández de Kirchner, la figura política más decisiva del peronismo contemporáneo, pudiera asumir -en un sentido libre del que le dio Horacio González- la posición del filósofo cesante? No se trataría de abandonar la política ni de abdicar del liderazgo, sino de sustraerse, aunque fuera momentáneamente, al circuito pasional en el que ha quedado inscripta: por un lado, la identificación absoluta de quienes encuentran en ella la condensación de un proyecto histórico; por otro, el odio político que llegó incluso a intentar segarle la vida y que reactualiza una larga tradición de antagonismo de las élites argentinas hacia toda experiencia popular. Ese doble circuito produce una repetición que termina clausurando la posibilidad misma de una novedad política. Salir de él no significaría retirarse de la escena, sino cambiar el lugar desde el cual intervenir en ella. Precisamente porque su posición dentro del dispositivo afectivo que describe este ensayo es difícilmente sustituible, un gesto de esa naturaleza tendría una potencia que ningún relevo generacional podría producir por sí mismo. La cuestión no sería entonces retirarse de la escena, sino modificar el lugar desde el cual intervenir en ella y, con ello, abrir la posibilidad de una relación distinta entre liderazgo, identificación y comunidad política. Y quizá únicamente ella podría abrir, desde esa distancia, un espacio de interlocución con quien hoy parece comenzar a ensayar otra forma de conducción.
La apuesta de no jugar
Una dimensión persistente de la política argentina, y particularmente de ciertas formas de la cultura política peronista, funciona mediante un circuito afectivo que podríamos llamar de la canchereada. No se trata aquí simplemente de una actitud de arrogancia individual, sino de una forma de relación política donde el reconocimiento se obtiene mediante la demostración de fuerza, la capacidad de imponerse y la exposición pública de la superioridad frente al otro. Es la rivalidad que busca imponerse, el gesto de dominación y la exposición pública de la capacidad de vencer al otro; una forma de reconocimiento que transforma el amor en demanda de pertenencia y el odio en mecanismo de sanción. Pero ese reconocimiento solo funciona mientras quienes participan comparten las reglas del juego y aceptan que ese juego constituye una forma legítima de relación política. En ese circuito no existe una verdadera neutralidad. El que está adentro pelea; el que se retira puede ser leído como traidor, cobarde o gil.
Esta lógica no es nueva ni exclusiva del peronismo. El duelo criollo fue durante décadas un ritual establecido que permitía dirimir disputas entre iguales sin recurrir a la ley. Pero solo entre iguales. El duelo no resolvía conflictos con cualquiera: resolvía conflictos entre quienes compartían un mismo círculo de honor y reconocimiento. [4]Al otro -al que no era par, al que no podía entrar en esa escena- no se lo desafiaba; se lo ignoraba o se lo expulsaba. El duelo presupone, en definitiva, que existe un mundo compartido por quienes se enfrentan.
La canchereada peronista reactualiza, sin proponérselo, esa estructura afectiva. Es un duelo entre hermanos que se baten por el amor del padre -o de la madre-, pero que pierden eficacia cuando deben enfrentarse a quien ya no pertenece al círculo de reconocimiento compartido. Por eso el peronismo puede ser extraordinariamente eficaz para organizar la disputa interna y, al mismo tiempo, encontrar enormes dificultades frente al desafiliado que ya no participa de su comunidad afectiva. Al desafiliado no se lo puede convocar a duelo porque ya no comparte el código del honor peronista. Lo más difícil de asumir es que, en algunos casos, ni siquiera entiende de qué se está hablando.
Ese circuito es funcional hacia adentro del peronismo. Organiza lealtades, distribuye reconocimiento, marca posiciones y permite que la disputa interna conserve intensidad política. Su límite aparece cuando se enfrenta a sujetos que ya no comparten el código mediante el cual esa disputa adquiere sentido. El desafiliado no está esperando que el peronismo resuelva sus conflictos internos para regresar; en muchos casos, precisamente ha dejado de reconocerse en ese lenguaje de pertenencia, lealtad y rivalidad.
Por eso la canchereada no interpela al sujeto desafiliado: confirma su distancia. Cada pelea interna, cada drama de lealtades y cada disputa por la autenticidad puede ser leído desde afuera como una nueva demostración de aquello de lo que ese sujeto decidió apartarse. El problema, entonces, no es que el peronismo haya perdido su capacidad de producir intensidad afectiva. Es que esa intensidad puede estar quedando encerrada dentro de un círculo cada vez más estrecho.
La no-respuesta de Axel
En algunos círculos políticos y en los medios corre una lectura: Axel Kicillof no responde. No responde a las críticas del kirchnerismo duro, no responde a los ataques internos, no entra en el circuito de la rivalidad que lo señala como traidor. Y esa pasividad genera dos interpretaciones que circulan con igual convicción: o es un gil que no entiende la pelea, o es alguien que debería salir a responder porque de lo contrario la sociedad lo lee como débil.
Esas dos interpretaciones comparten un supuesto que podríamos examinar; el de que el silencio es siempre una forma de derrota. Ese supuesto es el de la cultura política de la canchereada, donde no responder es desaparecer afectivamente, y desaparecer afectivamente es peor que traicionar, porque en rigor es no existir. En el universo peronista, la política es presencia. Perón era presencia masiva, carnal y física. Cristina es presencia mediática, permanente e inagotable. El peronismo no tolera el silencio porque su lógica afectiva se basa en la investidura recíproca: yo te amo/me debes amor; yo te odio/ me debes odio. El silencio rompe el contrato afectivo tradicional y tácito. El problema es que, dentro de esa lógica relacional, el silencio difícilmente aparece como una forma legítima de intervención: necesita ser traducido como debilidad, cálculo, cobardía o derrota.
Pero hay otra lectura posible. Quizás Axel no está siendo un gil. Quizás está intuyendo, aunque no necesariamente de manera articulada, que responder significa aceptar el campo de juego en el que el peronismo está condenado a repetirse: un campo que convoca a quienes ya están adentro, pero que tiene cada vez menos capacidad para interpelar a quienes se han desafiliado de él.
Lefort y el lugar vacío del poder
Para entender lo que está en juego en esa apuesta queremos acudir a Claude Lefort. Lefort pensó la democracia moderna como el régimen que instituye un lugar de poder vacío[5]; ningún cuerpo, ningún líder, ninguna facción puede ocuparlo de manera permanente sin destruir la lógica democrática misma. En las sociedades pre-modernas el poder se encarnaba en el cuerpo del rey, que era al mismo tiempo cuerpo mortal y cuerpo político, cuerpo individual y cuerpo del pueblo. La revolución democrática, para Lefort, es la que separa esos dos cuerpos y deja el lugar del poder vacío; disponible, disputado pero nunca definitivamente ocupado. La cuestión no consiste, por tanto, en oponer mecánicamente liderazgo y democracia, como si toda conducción política fuera incompatible con el lugar vacío del poder. Se trata de pensar qué ocurre cuando una identidad política histórica encuentra dificultades para separar la función de conducción de la encarnación singular de esa identidad.
Lo que Lefort permite pensar en el caso del peronismo es algo que las disputas internas tienden a encubrir: la dificultad para separar la identidad política de la encarnación del poder en un cuerpo singular. Perón primero, Evita como intensificación de esa encarnación, Néstor como refundación y Cristina como continuidad de una tradición de liderazgo fuertemente personalizado. Cada vez que ese cuerpo desaparece o pierde centralidad, el peronismo enfrenta una crisis que no es solamente política: es también afectiva, identitaria y de sentido. La sucesión aparece entonces menos como una transición institucional que como un problema de duelo.
Esa dificultad no es exclusivamente peronista. Los proyectos históricos populares y revolucionarios han tenido siempre una relación conflictiva con los líderes, con el culto a la personalidad, con las sucesiones. La cohesión afectiva que permite movilizar masas tiende a condensarse en una figura, y esa condensación es al mismo tiempo la fortaleza del movimiento y su punto más vulnerable. Cuando la figura falta, el movimiento no sabe cómo seguir siendo el mismo sin ella.
Lo que Lefort sugiere, sin romantizarlo, es que el pasaje a una identificación más colectiva -donde el poder no dependa de un cuerpo singular que lo ocupe y lo garantice- es la condición de posibilidad de una democracia que no se destruya en sus propias crisis de sucesión. Aplicado al peronismo, no se trata de encontrar el próximo mesías que ocupe el lugar que Cristina deja, sino de aprender a hacer política desde un lugar que ningún cuerpo ocupa definitivamente.
La lectura de Lefort resulta especialmente fecunda para pensar los límites de la encarnación del poder en las democracias contemporáneas. Sin embargo, observada desde la tradición del pensamiento nacional argentino, requiere un desplazamiento. Autores como Juan José Hernández Arregui[6] interpretaron el liderazgo de Perón no como la supervivencia de una forma premoderna de autoridad, sino como la expresión política de una voluntad popular que había permanecido históricamente excluida de la representación efectiva. La centralidad del líder no remitía, en esa lectura, a la figura del monarca, sino al modo en que el pueblo lograba hacerse visible en un sistema político que durante décadas había restringido los canales de su incorporación. La dificultad del peronismo para procesar la sucesión no puede comprenderse únicamente como un problema afectivo derivado de la pérdida del cuerpo que encarna el movimiento; expresa también la crisis de una forma de representación cuya legitimidad fue persistentemente disputada por amplios sectores de las élites argentinas.
Si el peronismo encuentra dificultades para pensar el poder sin una figura de fuerte condensación simbólica, ello no obedece necesariamente a un residuo arcaico. Puede leerse también como el resultado de una trayectoria histórica en la que las instituciones políticas nunca terminaron de estabilizar una forma de representación capaz de sostener, más allá del liderazgo personal, la incorporación política de los sectores populares. La encarnación del liderazgo no fue solamente una operación carismática; respondió también a las condiciones históricas bajo las cuales el movimiento logró constituirse y disputar el poder. Por eso, el problema no consiste en oponer abstractamente liderazgo y democracia, sino en preguntarse qué ocurre cuando una forma histórica de representación que alguna vez permitió ampliar el campo de lo popular comienza a dificultar su renovación. Es también un problema de representación: quién puede volver a encarnar, traducir y organizar demandas populares cuando la forma histórica mediante la cual esas demandas encontraban representación ya no funciona de la misma manera.
La travesía
Lo que Axel tiene por delante no es una estrategia ni un cálculo, es una travesía. Y una travesía tiene riesgos en los dos lados, no solo en uno. El primer riesgo es la incorporación decorativa. Una parte del circuito pasional kirchnerista no solo quiere incorporar a Axel al cuerpo, quiere decorarlo, despojarlo de su potencia y singularidad propias. La diferencia no es menor. Incorporarlo sería integrarlo como parte viva, con agencia propia, con capacidad de modificar el cuerpo que lo recibe. Decorarlo es otra operación: convertirlo en ornamento, en garantía simbólica de unidad, vaciarlo de contenido propio para que ocupe el lugar que el kirchnerismo le asigna. Un candidato de unidad que no produce ninguna transformación real del dispositivo afectivo corre el riesgo de convertirse en un cuerpo político sin agencia. Existe formalmente, tiene nombre, ocupa el lugar, pero ya no tiene agencia. Ceder a esa incorporación es la derrota más silenciosa, la que no se parece a una derrota hasta que ya es irreversible.
El segundo riesgo es el simétrico: destruir al hermano. El kirchnerismo como identidad política no es un adversario externo para Axel, es su origen matricial. Y hay una tentación comprensible, ante la agresión sostenida, de responder construyendo identidad propia sobre la destrucción del que no acepta el lugar identificatorio que hoy Axel ocupa. Ese movimiento también es un callejón sin salida. No porque sea moralmente incorrecto sino porque reproduce exactamente la lógica que necesita ser trascendida, que sintetizaría en el gesto tradicional de identidad que a veces se expresa como relación de sometimiento, y en lo fundamental el círculo que se achica. Destruir al hermano sería reproducir el mismo dispositivo de filiación que se pretende superar: convertir la diferencia en una prueba de pertenencia y hacer de la expulsión una garantía de identidad.
Sostener la travesía es entonces no ceder a ninguno de los dos: ni a la decoración que lo vacía ni a la destrucción que lo contamina. Eso es un equilibrio difícil porque los dos peligros tiran en direcciones opuestas y cualquier movimiento hacia uno activa el otro. No se trata de confrontar con el origen matricial, pero tampoco de dejarse absorber por él: sostener una posición en la que la diferencia no tenga que convertirse ni en traición ni en subordinación. En ese sentido, la distancia no equivale todavía a una nueva política: es apenas la condición desde la cual podría comenzar a construirse otra relación con el campo.
El relato que todavía falta
Pero la travesía tiene una segunda parte que el gesto de no-respuesta, por sí solo, no puede cumplir. Sostener la distancia respecto del circuito pasional es una condición necesaria, pero no suficiente. El desafiliado atrapado en el asco no se repolitiza simplemente porque alguien renuncie al drama o al conflicto fratricida permanente. Necesita algo más: un relato capaz de conectar su experiencia concreta con una propuesta que no le exija pasar primero por el amor para poder escuchar. El sujeto desafiliado necesita un relato capaz de conectar su experiencia concreta con una propuesta política sin exigirle una identificación afectiva previa. Quizá la política tenga que comenzar hoy allí donde comienza el desamparo: en la respuesta a una necesidad concreta, en la reconstrucción de un primer lazo que no presuponga todavía pertenencia, confianza ni identificación.
Ese relato tendría que operar en dos registros simultáneamente. El primero es político-estructural: mostrar los costos verificables del modelo de Milei, lo que está ocurriendo materialmente en la vida de quienes más pierden y la distancia entre la purificación prometida y sus efectos concretos. Ese registro existe y tiene evidencia acumulada. Lo que falta es una forma de enunciarlo que no suene a la queja opositora de siempre ni active nuevamente el asco hacia la política.
El segundo es propiamente interpelante: rutas concretas de salida que nombren el daño sin romantizar el pasado ni proponer simplemente un regreso a lo anterior. Es el registro más difícil porque exige hablarle a alguien que desconfía de cualquier oferta política y puede convertir cualquier promesa en una nueva fuente de rechazo. No se lo interpela con amor porque ese registro ya no alcanza. Se lo interpela, si es posible, desde la experiencia compartida del daño: reconociendo que la política le falló antes de Milei y proponiendo algo concreto en lo que pueda reconocerse sin tener que comprometer previamente su confianza.
Ese relato no puede ser puramente afectivo ni puramente técnico. La cuestión es que ninguno de los dos registros alcanza por separado. Los datos materiales sin interpretación no producen necesariamente adhesión; pero una interpretación sin anclaje en la experiencia material corre el riesgo de convertirse nuevamente en una retórica de identificación. Es una tarea de articulación: convertir experiencias dispersas en problemas reconocibles, y esos problemas en una hipótesis de transformación que pueda ser discutida, compartida y eventualmente sostenida colectivamente. La tradición del pensamiento nacional ofrece aquí menos una receta que una pregunta por el modo de volver inteligible una experiencia social. Arturo Jauretche había encontrado, en otras condiciones históricas, una forma particularmente eficaz de hacerlo: mostrar que aquello que el trabajador, el empleado o el estudiante vivían como un problema individual respondía a una estructura histórica de dependencia. No buscaba suscitar adhesión sentimental antes que comprensión; buscaba producir reconocimiento. El lector debía poder descubrirse a sí mismo en el relato antes de aceptar una consigna política.[7] Jauretche no necesitaba comenzar pidiendo una identificación afectiva. Partía de la experiencia concreta y producía una operación de inteligibilidad: aquello que el sujeto vivía como problema individual podía ser reconocido como efecto de una estructura social y política más amplia.
El desafío actual, sin embargo, no consiste en pedirle al peronismo que repita aquella operación. Las condiciones históricas que hicieron posible su eficacia ya no son las mismas. Se trata de recuperar su función: producir inteligibilidad antes que adhesión, hacer visible una experiencia común sin presuponer la identidad política de quien la vive.
El relato que hoy falta debería permitir que el desafiliado reconozca que su precarización no constituye una suma de fracasos individuales ni un simple efecto de la gestión de turno, sino la expresión de una estructura de dependencia que precede a Milei y que su gobierno profundiza mediante nuevas formas de subordinación financiera, productiva y tecnológica.
Pero -y aquí reside la dificultad- ese reconocimiento ya no puede formularse en el lenguaje político tradicional. Si suena a nostalgia de un pasado idealizado, activa inmediatamente el rechazo. Si adopta el tono de una nueva promesa tecnocrática de eficiencia, produce el mismo efecto. Tal vez deba construirse en otro registro: el de la soberanía vivida en la experiencia cotidiana. ¿Quién decide el precio de los alimentos? ¿Por qué una deuda externa condiciona el salario? ¿Qué significa, en la vida de una familia, que el Fondo Monetario Internacional determine los márgenes del presupuesto nacional? El desafío consiste en hacer visible esa trama sin exigir previamente una adhesión afectiva. No se trata de pedir confianza, sino de ofrecer inteligibilidad. Antes que decir «confía en mí», la política tendría que ser capaz de decir: «esto que te ocurre tiene una historia, tiene responsables y puede ser transformado».
Ese relato todavía no existe. El problema es que ese relato todavía no parece haber encontrado una forma política suficientemente articulada. No lo tiene Axel articulado, no lo tiene el peronismo, no lo tiene ninguna fuerza política argentina con capacidad real de gobierno. Pero la travesía que Axel tiene por delante —si logra sostenerla sin ceder a la decoración ni a la destrucción del hermano— puede abrir una posición desde la cual ese relato comience a construirse. No porque Axel sea el mesías que lo trae consigo, sino porque su posición actual permite ensayar una forma de conducción menos atrapada en la lógica que dificulta volver a interpelar a esos sectores.
El problema inmediato de la apuesta es su invisibilidad en el corto plazo. En una sociedad política donde la canchereada sigue siendo el idioma dominante, no responder es sinónimo de debilidad. La lectura que exige que Axel responda no es equivocada dentro del registro del amor y el odio: allí, el silencio puede ser una forma de derrota. Lo que esa lectura no alcanza a ver es que responder también puede serlo, solo que de manera más ruidosa: reproduce la lógica que agota, confirma al desafiliado en su asco y devuelve al peronismo al circuito donde solo habla con quienes ya están adentro.
Milei, por su parte, parece operar de otra manera dentro de este registro. Cuando no responde a una crítica del peronismo no parece un gil: parece alguien que no se ensucia. Su silencio selectivo no es leído necesariamente como impotencia porque su legitimidad no depende del reconocimiento del adversario, sino de la distancia que mantiene respecto del cuerpo que presenta como contaminante. Pero no se trata del mismo tipo de distancia. El silencio de Axel aparece dentro de una tradición política que todavía espera reciprocidad, reconocimiento y respuesta; la distancia de Milei puede funcionar, en cambio, como una forma de no reconocer al adversario como interlocutor necesario. La semejanza está en la ruptura del intercambio afectivo tradicional, no en el significado político de cada posición.
Esa asimetría es real y hay que sostenerla sin ilusiones. Axel opera en un campo donde el silencio todavía cuesta, donde la base espera señales afectivas, donde no responder tiene un precio político inmediato. La apuesta de no jugar puede ser la salida, o puede ser la prueba de que ya no hay salida desde adentro del peronismo. La pregunta decisiva no es quién logrará imponerse dentro del campo afectivo que ya conocemos, sino quién será capaz de inventar una forma de relación política allí donde hoy solo quedan distancia, rechazo y expulsión.
La figura del «filósofo cesante» que este ensayo desplaza hacia Axel Kicillof —esa distancia respecto del circuito de la canchereada y de la compulsión a responder— encuentra, sin embargo, un límite que la propia tradición peronista obliga a pensar. El peronismo nunca construyó su fuerza desde la distancia, sino desde la presencia. Perón no organizó un movimiento retirándose del conflicto, sino haciendo del contacto con el pueblo una forma de producción política. La cuestión, entonces, no es si el peronismo puede simplemente abandonar el amor y el odio, sino si puede transformar la forma de presencia política que esos afectos hicieron históricamente posible.[8]
Tal vez la alternativa no consista en elegir entre el silencio y la confrontación permanente, sino en inventar otra forma de presencia. No una presencia sostenida por la exigencia de lealtad ni por la repetición del antagonismo, sino capaz de volver inteligible la experiencia cotidiana de quienes hoy habitan el desafiliamiento político. Si el diagnóstico de este ensayo es correcto, la tarea no consiste en restaurar el antiguo circuito afectivo, sino en producir las condiciones para que vuelva a ser posible un lazo político. Donde las viejas formas de identificación ya no alcanzan para organizar la relación con la política, y donde la distancia, el rechazo y la desafiliación comienzan a adquirir nuevas formas, el desafío no consiste en encontrar un afecto que reemplace al amor o al odio. Consiste en construir otra forma de presencia política: una capaz de producir inteligibilidad, representación y adhesión allí donde la pertenencia ya no puede darse por supuesta.
[1] Sandra Gayol, Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2020).
[2] Sandra Gayol, «Dos funerales, dos culturas políticas: Yrigoyen y Uriburu», en Marcela Ternavasio y Laura Cucchi (eds.), La política en el espacio público. Culturas políticas y experiencias de la vida republicana en la Argentina de los siglos XIX y XX (Rosario: Prohistoria Ediciones, 2016)
[3]Horacio González, El filósofo cesante. Gracia y desdicha en Macedonio Fernández (Buenos Aires: Atuel, 1995). Se retoma aquí libremente la figura del “filósofo cesante”, desplazándola de su elaboración original sobre Macedonio Fernández hacia una reflexión sobre la distancia crítica como posición política.
[4] Sandra Gayol, Honor y duelo en la Argentina moderna (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2008)
[5]Claude Lefort, La invención democrática, trad. Irene Agoff (Buenos Aires: Nueva Visión, 1990).
[6] Juan José Hernández Arregui, La formación de la conciencia nacional (Buenos Aires: Ediciones Periferia, 1973 [1957]). Véase especialmente su análisis de la relación entre conciencia nacional, oligarquía y emergencia histórica del peronismo como forma de incorporación política de las masas populares.
[7] Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas (Buenos Aires: A. Peña Lillo, 1968). La crítica de las «zonceras» constituye una forma de pedagogía política destinada a transformar la experiencia cotidiana en un problema de comprensión histórica, haciendo visible la estructura de dependencia que organiza la vida social argentina.
[8] Sandra Gayol, A la mesa con Perón: sociabilidad, género y política en el peronismo (Buenos Aires: Prometeo, 2019); Mariano Ben Plotkin, Mañana es San Perón: A Cultural History of Perón’s Argentina (Wilmington: SR Books, 2003). La investigación histórica sobre el primer peronismo ha mostrado que buena parte de su capacidad de interpelación descansó en formas de proximidad, sociabilidad y ritualización de la presencia del líder, así como en una intensa producción simbólica que inscribía la política en la vida cotidiana.


