El VAR, dominio alienígena* // Agustín J. Valle
El dominio de la cámara, y su versión de la realidad, sobre lo que pasa en el verde césped, ejemplifica su dominio sobre lo que pasa en la tierra. Y alcanzó después un procedimiento más acabado. Fue con la imposición de la tecnología “VAR”. Algo similar ya se usaba en el tenis. Ante una duda, se deja de mirar la cancha, y se mira la pantalla, donde una animación, parece, devela la verdad inapelable.
Esta fe perceptual, que ya se ejercía en el tenis, es una cosa increíble: dejamos de mirar la tierra, damos atención a una pantalla, que con una animación sentencia si la pelota pasó la raya o no pasó la raya. La animación digital es la verdad; nuestro ánimo, nuestra alma, nuestro aliento, entonces, vale menos. Ver un juego deportivo en vivo es emocionante, pero las sensaciones que da nuestra percepción sensorial ocupan un nivel inferior en la escala de la realidad.
En el caso del fútbol, el juego más importante del mundo, es más interesante que el del tenis, porque el juez está en la cancha. El árbitro, dice Juan Villoro, es el que más ama la pelota: la quieren tanto, que admiten no tocarla y ser insultados masivamente con tal de estar cerquita de ella. El referí es el juez, el malo, el que se viste siempre de negro aunque disimule con colores, pero está adentro del juego. Los árbitros entre ellos se dicen “¿jugás el domingo?”. Juegan a arbitrar, es su rol en el juego. Pero lo que ya no son, es operadores del criterio de verdad. La verdad del terreno de juego ya no está depositada en el cuerpo que juega de juez. Desde que se impuso el VAR, el juez jugador suspende el juego, cuando por el intercomunicador una voz invisible se lo manda, para ir a consultar al dios pantalla. Es un dios contrario al de Nietzsche: si Zarathustra exigía una deidad capaz de bailar, el Dios pantalla domina porque detiene y descompone el movimiento, fragmentada y mecánicamente.
La supremacía de la pantalla opera descomponiendo la experiencia. Lo que el juez mira en el VAR no es siquiera la repetición. Mira la cámara lenta; más aún, mira un frame by frame, un cuadro a cuadro. El VAR interrumpe el juego porque su criterio de verdad se basa en una interrupción del continuo experiencial. El VAR entonces muestra que hay penal; sí, hay penal en el VAR. Eso no dice casi nada sobre la verdad del continuo orgánico; pelota y brazo se tocan, la mano prende la camiseta, pero ¿qué incidencia tiene en el sentido de la jugada? ¿Qué intención hay? ¿Qué intensidad? ¿Qué complicidad de la aparente “víctima” en el caso de una caída? La mano agarra la camiseta, el delantero cae, ¿pero cae a causa del agarrón? ¿Cómo huele un movimiento? Lo que queda depreciado es el sentido efectivo de un contacto en el interior del continuo del juego. La única jugada donde tendría propiamente sentido el VAR, es para ver si la bocha pasó la línea del arco o no -solo que se suplanta por la animación.
La experiencia en sí misma es sucia, impura; el continuo de la vida es difícil de gobernar, y entonces la verificación mediática introduce un discontinuo, donde segmentar y observar: toca o no toca. En el discontinuo reina la razón binaria: hay contacto, o no hay contacto; pasa o no pasa el electrón; es bueno o es malo (y si cae como malo, se lo cancela). Sí o no: sin ambivalencias, sin atender a los condicionamientos contextuales (¿o no es común que alguien sea malo en una circunstancia y bueno en otra?), y sin dudas. Como si la duda no fuera una instancia natural para la vida, una instancia que requiere un modo específico de ser habitada; se sacrifica el beneficio de la duda.
Recuerdo, en la pubertad, alquilar con amigos el VHS de Bajos instintos, y poner pausa en el instante preciso en que la cámara enfocaba la entrepierna de Sharon Stone mientras ella cambiaba el cruce de piernas ostentando desnudez interior. Detener la peli en ese instante preciso era difícil, pero algunas videocaseteras tenían una función para avanzar cuadro a cuadro, buscando la verdadera fuente de la excitación. ¡Ahí está, ahí está, es la concha! Había que detectar, frenar justo, y recortar la parte. Le hacíamos el VAR a la Stone. Esto debe haber causado, años después, más de una eyaculación precoz (quiero decir, una imposibilidad de habitar el encuentro en su integralidad continua), y más de una vinculación cosificante: porque ejercía una pedagogía del discontinuo orgánico. Según el VAR, casi que la mejor forma de ver si alguien es lindo, es su inmóvil cadáver, su materia sin ánimo, que pueda ser recortada en partes, congelada en su presunta verdad inerte. Basta advertir que en el juego de la pelota, de la sagrada esfera -fuente inagotable de posibles-, ahora, el juicio de la verdad se convoca trazando un cuadrado intangible con las manos en el aire (así es el gesto con que el juez anuncia que irá a ver el VAR).
- Este texto forma parte del libro «Jamás tan cerca. La humanidad que armamos con las pantallas».