Los cuarenta años de Cuba y el hombre nuevo // León Rozitchner

Cuando pienso en los cuarenta años de Cuba no puedo menos que recordar qué es lo que Cuba, con su existencia, sostuvo en uno durante todo este largo trecho de la vida. Y por lo tanto sostuvo también en tanta gente, en tanto pueblo sufriente, que sintió reverdecer en su epopeya inicial los anhelos de vida y de goce más intensos y esperan-zados como propios, y pudieron mantenerlos vivos porque en una parte del mundo, que era Cuba, habían adquirido la consistencia encarnada de realidades antes sólo soñadas, pero frustradas siempre. ¿Qué nos muestran los cubanos después de cuarenta años, qué nueva cifra descu­bren para los pueblos sometidos del mundo? Quizás sólo una cosa: que el socialismo vive y puede vivir pese a las penurias económicas si se mantienen vivas otras cualidades, antes despreciadas por el determi­nismo económico y político del ya derrumbado mundo socialista.

Lo que Cuba planteó con su revolución desde el comienzo fue resu­mido en una consigna decisiva: la creación de un hombre nuevo. Este concepto-límite, o esta idea-fuerza, significaba el predominio del valor personal en la transformación de las relaciones sociales y económicas. La historia calaba hondo en la subjetividad de cada hombre, reani-mando en la carne viva de cada cubano el ardor nuevo de un pasado de luchas ahora recuperado. Sólo allí podían asentarse y fructificar las ideas y las ganas: la conciencia era conciencia de un cuerpo sintiente, imaginario y pensante. Las ideas socialistas debían, aún en su abstrac­ción suma, movilizar el cuerpo vivo del que piensa. Una revolución que para nosotros concentraba, por fin, en su propuesta, la juventud y la adultez del marxismo: los Manuscritos del Marx joven junto con la teoría del “Capital” del Marx maduro.

Por una parte la revolución podía verificar en los dos extremos el planteo de Marx, que abarcan la transformación tanto de lo individual como de lo colectivo. Uno de los extremos que define a un sistema social, nos dice Marx, se verifica en la relación del hombre con los hombres en el campo de la producción económica con el mundo de las cosas, cuyo ejemplo negativo está presente en la oposición entre capitalistas y asala­riados. Pero por el otro lado, ese mismo sistema social se pone a prueba en la relación del hombre en directo contacto sensible y afectivo con el hombre, cuyo fundamento es la relación del hombre con la mujer la cual, en la sociedad burguesa, aparecía, nos dice, como presa y sierva de la voluptuosidad colectiva de los hombres. El sentido social se veri­fica entonces no sólo en la coherencia de la conciencia, sino material y sensiblemente en la relación cuerpo a cuerpo con otro, con el ser más diferente dentro de la semejanza de lo humano que es la mujer para el hombre. El hombre nuevo debe mantener vivas la coherencia socialista en ambas relaciones: en uno con uno, y en uno con todos.

Y fue en mi viaje a Cuba en 1962 cuando pude verificar que aquí las ideas de ese marxismo ortodoxo empobrecido, que excluían la obras de juventud de Marx donde planteaba el problema de lo subjetivo, se habían ampliado prácticamente, porque la revolución desde el comienzo puso el énfasis en la transformación cultural y personal de la población cubana, y reverdeció la noción del hombre nuevo prolongando en la práctica la desalienación individual cuya superación ya Marx había planteado como necesaria para crear una sociedad más justa.

Y cuando uno hace memoria piensa, por ejemplo, que la oposición a la política dogmática de aparato de Aníbal Escalante había conmo­vido en el 62 a toda la población cubana, reafirmando con su apoyo al gobierno un equilibrio entre los requerimientos organizativos de una transformación económica y social centralizada, pero sin dejar de lado las condiciones subjetivas del modelo humano de la revolución, que también debían ser satisfechas. Y todos participaron con entusiasmo.

Este énfasis en la producción de un hombre nuevo implicaba una profunda comprensión del poder social, de la base material, corpórea y por lo tanto humana de cada uno de los hombres del pueblo, sujetos como somos de la historia pero considerados también ahora, en nuestro irreductible ser personas, como lugares subjetivos donde se construye el poder efectivo y se verifica la coherencia de toda transformación social. Lo original de la revolución cubana desde que se produjo consistió, (y se diferencia de toda otra), en el modelo de vida, de pensamiento y de obra que desde sus dirigentes se expandía, porque iba hacia la gente y venía desde la gente. Cuba ha dejado sembrado un reguero de modelos de hombres revolucionarios en los que predominó siempre su sensibilidad humana.

Y cuando uno piensa que Cuba es un país pequeño, quizás el más pequeño de los que emprendieron este nuevo rumbo alumbrado por las ganas de vida y de verdad más hondas de este siglo, y que esa historia grande ha convergido en este pueblo tan pequeño para ser sostenida cuando a su alrededor casi todo se derrumba, como se derrumbaron esas revoluciones que cayeron vencidas no sólo por razones económicas aunque tuvieran en sus manos todo el poder de fuego del mundo, y enormes riquezas naturales y económicas, sino que cayeron vencidas, sin lucha, sobre todo porque sus dirigentes, y su organización política, cultural y económica, no supieron, ni pudieron, ni quisieron saber que el poder de una sociedad humana se sostiene por la profundidad hasta la cual han calado los modelos revolucionarios en los hombres del pueblo. Y que ese derrumbe tan monstruoso como inesperado de poblaciones de millones de hombres del llamado socialismo real, no pudo arrastrar ni hacer ceder la resistencia de un pueblo pequeño como es el cubano.

Y entonces asistimos a la primera y gran cruel demostración, la gran enseñanza póstuma de una lógica de este fin de milenio implacable. Porque así como el socialismo ruso templó el acero en la última guerra mundial contra el nazismo, debía haberse también templado el alma de la gente en la guerra fría de la vida cotidiana. Y no se hizo, porque permaneció en el interior de las relaciones sociales la misma rigidez y la misma disciplina que fue necesaria en la guerra defensiva y en los comienzos de su organización productiva. Pero nunca el énfasis en un hombre nuevo, como en Cuba, fue el objetivo de sus organizaciones políticas y culturales.

 

 

La caída de la URSS pudo explicarse por la preeminencia de un dogmatismo materialista sin sujeto, o un sujeto social pensado sólo como soporte de una determinación externa, sujeto pasivizado que ¿debía? defender al socialismo y que se quebró, deshaciendo el esfuerzo, el sacrificio y la pasión de tantos millones de hombres que habían dado su vida para que la revolución triunfara. El pasado heroico de la URSS, al ser culturalmente desactivado en el alma y el corazón de cada ciuda­dano, no sirvió para evitar su caída en el abismo del neoliberalismo: por el contrario, los precipitó en él de golpe.

Entonces podemos pensar que el socialismo llamado “real” no cayó sólo por razones económicas o deficiencias en el desarrollo tecnoló­gico: sin subestimarlas, podemos repetir, con lo mejor del marxismo, que el materialismo no abarca sólo la producción de cosas sino sobre todo la producción de hombres: la materialidad sintiente y pensante del cuerpo histórico de cada hombre vivo. Ese materialismo no sólo reconoce la historicidad objetiva de los procesos productivos colec­tivos. Para ser un materialista radical, el sujeto individual debería recu­perar el propio acceso a la historia desde el surgimiento de su propio cuerpo a la vida. Y reconstruir entonces, para su conciencia, la raciona­lidad conceptual y teórica desde el cuerpo sensible de la mater, quiero decir desde el cuerpo materno cuya impronta originaria el hombre conserva como origen y creación de todo sentido histórico. Por eso en Cuba la mujer ocupa un lugar tan importante.

Ese fue también el aporte convergente del Freud revolucionario que el socialismo real soviético también había rechazado: la conciencia alienada es para él, en su fundamento, la conciencia de un sujeto que ignora la historia de su propio surgimiento a la vida histórica. La conciencia, aún la científica, puede no tener conciencia de su propio origen histórico y ser entonces una conciencia falsa. Las categorías inconscientes de la dominación tienen una historia más profunda y escondida. ¿Cómo distinguir las categorías enemigas con las cuales pensamos, pese a que seamos revolucionarios? El dominio en el sujeto aparecía impuesto desde límites antes desconocidos, y en el socialismo,

 

 

nos decía Freud, el problema del capitalismo no podía ser reducido sólo al de la propiedad de las cosas, sin incluir otro más fundamental que supone a aquella: la apropiación del hombre por el hombre, más profunda e invisible desde el nacimiento mismo. Por eso explicaba cómo el hombre, en la sumisión política, puede dirigir la violencia contra sí mismo, desviándola de su verdadero enemigo.

Cuba prueba con su difícil persistencia que no hay un determinismo sólo económico, pese a la importancia fundamental que la economía tenga; que la economía es economía política y ética, que el valor llamado moral es una condición también material –que se expresa en las ganas de los cuerpos conscientes– y que es la fuerza que también sostiene al socia­lismo. Y uno piensa que si Cuba ha podido quedarse resistiendo una vez más sola, en medio del triunfante capitalismo globalizador que arrolla y destruye todo a su paso, esa resistencia solamente puede residir en lo que esta revolución suscitó en su origen, que quedó decantado duradera-mente en el corazón y en el cuerpo de sus hombres y mujeres.

Entonces, cuando uno piensa en todo esto y compara, uno también piensa en el propio país, en la Argentina del ejercicio del terror geno­cida que barrió inmisericorde la vida de 30.000 ciudadanos, cuyos asesinos quedaron impunes. Y entonces uno piensa que también fue el coraje individual y subjetivo de unas madres locas –¿nuevas madres?–las que desafiaron la cobardía colectiva allí donde toda la población había defeccionado, aterrados o identificados sus habitantes, uno a uno, con los asesinos y con la economía de mercado. Y piensa también en los amigos argentinos que allí murieron, asesinados por resistentes, que estuvieron en Cuba trabajando por la revolución, con quienes compartimos estos mismos lugares, ahora más desiertos que nunca por sus presencias idas –digo Rodolfo Walsh, digo Paco Urondo, digo Diana Guerrero, digo John William Cooke–. Y uno recuerda que también por razones que la economía dictaba, nos quedamos solos, sin apoyo, enfrentando al gobierno genocida impuesto por los EE.UU. Y cuando pensamos que después de luchar durante cuarenta años por perseverar en su existencia frente al enemigo más temible del

 

 

mundo, Cuba debe continuar inventando su camino, ahora en medio de las incertidumbres más inesperadas y antes inimaginables, en un enfrentamiento donde no sólo amenaza el terror de las armas, sino que la materia de la insidia enemiga se infiltra en las necesidades de la vida cotidiana para corromper esta posibilidad y hacerla flaquear, vemos entonces, decíamos, que ese hombre nuevo prometido sigue presente en la voluntad convergente de gran parte de su pueblo donde hasta el núcleo más íntimo de cada uno, ese que lo inconsciente vela, debe estar puesto en juego para poder persistir resistiendo y encontrar nuevos e inéditos caminos.

Y uno piensa entonces que Cuba nos ayudó a pensar que no hay victoria definitiva, como tampoco hay derrota definitiva, sino que la victoria contra la inercia de la muerte se la vive día a día aún en los fracasos, en los diversos actos cotidianos que tejen la trama de la resis­tencia, que la victoria posible amanece en cada corazón como anhelo de una vida diferente con el que Cuba inició su camino, porque es allí donde se asienta y transita entre las generaciones el sentido de un mundo diferente. Y volver a ese descubrimiento primigenio que el racionalismo económico y político excluía: que la resistencia y la creación de un poder colectivo está amasado en cada hombre, como la poesía, con la materia encarnada de sus sueños.

Porque hay que insistir diciendo que la economía y la política forman con la subjetividad un mismo cuerpo denso que el raciona­lismo sin sujeto –sin cuerpo sintiente– escinde. Y que esta incidencia de los sujetos en la historia ninguna mente humana privilegiada puede desecharla en nombre de una estrategia a priori definida en términos presuntamente científicos. Marx como científico escribió El capital, no “El socialismo”. Para el socialismo no hay ciencia ni hay determinismo histórico: hay interpretación nueva elaborada entre todos frente a cada coyuntura. Y aunque compartamos los mismos principios fundamen­tales, como no hay una ciencia del socialismo, y por lo tanto no hay ciencia del proceso histórico futuro, no hay certidumbre objetiva que alguien o un grupo pueda arrogarse para que ésta, en nombre de una

 

 

validez universal y objetiva, sea impuesta como verdad para todos. La universalidad contenida en la noción de verdad histórica, siempre en movimiento, implica la participación activa, en la elaboración de su sentido, de todas las perspectivas humanas que se manifiestan en la totalidad de los hombres, ciudadanos activos, que componen al pueblo. Cuando uno piensa que Cuba sigue asediada por una potencia tan destructiva y sin escrúpulos como los EE.UU. desde hace ya cuarenta años, en una guerra no declarada pero insidiosa, donde todas las formas de agresión destructivas, sin pausa ni descanso, se han insta­lado, amenazantes, como un modo de ser en la vida cotidiana. Y que dentro de ese marco agresivo constante, sin respiro, Cuba tuvo que construir el socialismo, porque no había otra, y estuvo obligada a crear una forma de organización defensiva siempre alerta, para hacer frente a lo siniestro de la amenaza constante, coexistiendo entonces con el esfuerzo interno de defenderse y hacer posible la creación de una nueva forma de vida. Pero esta nueva forma de vida implicaba sin embargo, para ser eficaz, también a la libertad crítica y a la creación continua de un hombre nuevo como su elemento irrenunciable. Pero era ésta una ecuación difícilmente resoluble, dilema que convocaba a ambos términos de este enfrentamiento interno, siempre planteado aunque no resuelto. Entonces uno entiende esa tensión continua que atravesó todos estos cuarenta años a la sociedad cubana.

¿Cómo debe ser pensado el llamado hombre nuevo bajo las condi­ciones de la situación de guerra defensiva en la que se encuentra Cuba desde su nacimiento? Habría que pensar, creo, en estos dos extremos que están presentes en la sociedad cubana (y a su manera estuvo presente en toda la izquierda revolucionaria en América latina): por una parte el acentuamiento imperioso, frente al peligro, de una limi­tación interna y rígida que se endurece y se exaspera en la necesaria defensa organizativa, que puede llevar a algunos al dogmatismo. Pero por otro lado debemos pensar en ese otro extremo, el de la libertad de los sujetos, también defensores de la revolución, que con su crítica y su creatividad deben mantener también vivo ese lugar donde se elabora la verdad de una cultura política. Que el sujeto no es sólo, como lo pensaba Althusser, el soporte de una determinación que le viene impuesta desde afuera. Porque uno piensa, recordando también lo que nos pasó en la Argentina, que aún cuando busquemos la eficacia más extrema ese debate cultural, aún pensado en su urgencia, no debi­lita sino que también construye y fortalece estratégicamente el poder defensivo. La crítica, si seguimos el concepto de praxis, no es algo que se abra luego de una coyuntura histórica superada, en la paz política, sino que es el elemento, el medio en el cual la coyuntura, para ser eficaz, se elabora. Porque es aquí donde lo colectivo, al incluir la capacidad creativa de todos, y por lo tanto de cada uno, realmente se potencia.

Entonces uno piensa, tal como se ha expresado en Cuba, que el problema del dogmatismo en la revolución no sólo tiene importancia para los intelectuales que lo han sufrido. Roberto Fernández Retamar escribió, advirtiendo con fina sagacidad, que “el dogmatismo no es sólo una u otra etapa (las cuales, como todas, se extinguen), sino también una línea” (p. 192). Y que el dogmatismo, agrega, “llegó a implicar la marginación temporal de hombres y mujeres de cultura del país”, sobre todo en el llamado “Quinquenio gris”, modificado por el llamado “proceso de rectificación” que se dio a mediados de los 80. Pero nosotros podríamos agregar: el dogmatismo con su rigidez no sólo afecta a los hombres llamados de cultura. Como línea continua, resistente a toda prueba de realidad, el dogmatismo puede también llegar a ser una forma estratégica de organizar las fuerzas de los hombres del pueblo cuya dependencia es mantenida con las catego­rías de una cultura de la desconfianza hacia el pueblo en la política. En esta concepción pesimista a ultranza de los poderes creadores del pueblo, la preeminencia del sujeto creador y activo –por lo tanto la creación de un hombre nuevo que plantea Cuba– correría el riesgo de ser desplazada y sustituida por la inclusión pasiva de los militantes en un colectivo organizado sólo para la eficacia productiva y defensiva. Este problema, el del dogmatismo, que por delegación los latinoame­ricanos hemos sufrido tanto, puede llegar a prolongarse en las rela-

 

 

ciones entre dirigentes y dirigidos, entre vanguardia y masa, e implica una singular definición estratégica dentro de un contexto histórico, ideológico, económico, cultural y político.

Pero la tensión entre la organización política de un colectivo que era necesario mantener cohesionado, pensado con las categorías de un materialismo mecanicista, no pensado por lo tanto, como decía Marx, de un modo subjetivo, ese materialismo sin mater, cuya rigidez doctrinaria estaba en consonancia con la concepción del socialismo real en la Unión Soviética, que ahora sabemos fracasada, en Cuba esa tensión no excluyó de la revolución a quienes querían mantener vivo ese otro extremo crítico que incluyera lo subjetivo. Aquí la subjetividad pensante contra el fracasado determinismo puro de las llamadas leyes objetivas de la historia, que los revolucionarios críticos sostenían, no se oponía a la construcción y organización de las fuerzas colectivas: ponían su énfasis en las capacidades creadoras del hombre nuevo, personalizado, pero siempre dentro de la revolu­ción, nunca fuera de ella.

Porque ahora, sabemos, estamos ante un enfrentamiento radical­mente nuevo que la economía del capital financiero que viene impuesta de afuera impone, (pero no sólo al pueblo cubano). La economía y la cultura sin sujeto, que era lo que antes nos llegaba desde el socialismo de la Unión Soviética, y que había planteado esa tensión viniendo desde un socialismo externo que intentaba determinar el desarrollo del socialismo en Cuba, era una oposición que, pese a todo, se mantenía dentro de términos bien definidos y aceptados: dentro de la revolu­ción todo, contra la revolución nada. Y eso aunque la revolución fuese considerada en ambos casos en forma diferente, pues ambos también buscaban su desarrollo y permanencia.

La nueva oposición que después de cuarenta años de socialismo enfrenta Cuba, pensamos, y que viene ahora desde un afuera impuesto por el dominio del capitalismo, y que se opone radicalmente a la revolución por lo tanto, es otro modo de guerra y de violencia, radi­calmente diferente de aquella otra primera tensión interna entre diversos socialismos, a la cual nos referimos antes. Antes ese debate interno era entre socialismos diferentes, ahora el enfrentamiento interno es entre socialismo y capitalismo.

La oposición que viene desde afuera, al penetrar aunque acotada, crea ahora, dentro de la cohesión colectiva, como bien sabemos, el surgimiento de los intereses individualistas que el mercado acentúa, pues tiende a imponerse –tal es su lógica estricta– como la única sociabilidad posible. Entonces es necesario decir que, a diferencia de las tensiones anteriores, esta nueva sí enfrenta de manera innegable, para intentar destruirlo, al colectivo revolucionario. Y en esto se dife­rencia de la oposición entre lo colectivo y lo individual a la que nos referimos antes. Y vemos que Cuba tiene conciencia de este nuevo desafío y de esa diferencia.

Porque ya sabemos que este hombre cubano, al que el mercado capi­talista tratará de corromper enfrentándolo con sus propios intereses colectivos, deberá profundizar sus cualidades como hombre nuevo: su entereza frente a las opciones que le son ofrecidas será seguramente incrementada por la elaboración política y cultural colectivas. El capi­talismo sí conoce el poder del cuerpo subjetivo: todo en él está orga­nizado para vencer corrompiendo la voluntad de los hombres. Por eso, para enfrentarlo, los cubanos saben que los caracteres de ese hombre nuevo tendrán que ser acentuados aún más en las nuevas condiciones. Porque este individualismo obsceno, con el que tienden a atraerlo basándose en necesidades realmente insatisfechas cuya satisfacción ellos mismos impidieron, recurrirá a nuevas y poderosas sutilezas, tratando de penetrar para desarmar con su insidia todos los valores que hasta ahora constituyen el poder del pueblo.

Me parece que este es otro desafío que tiene nuevamente a Cuba como la avanzada de un dilema de cuya solución dependen también los otros pueblos, que ven en el resultado de su lucha el modelo posible de la propia. Los otros países ya están entregados por el poder polí­tico mayoritario: no tienen ni un Estado socialista como el de Cuba ni un pueblo preparado por una experiencia revolucionaria. En los demás países de Latinoamérica el neoliberalismo se impuso porque previamente el terror, el asesinato, la tortura, el genocidio y las perse-cuciones más monstruosas disolvieron toda resistencia colectiva y penetraron escindiendo la subjetividad de cada ciudadano de los lazos solidarios que la sostenían. El empobrecimiento subjetivo sirvió para incrementar el empobrecimiento objetivo hasta límites antes descono­cidos. Es el pavor y el miedo el que separa a los hombres y los disuelve: los torna aptos para el mercado. Sin el terror impuesto por los gobiernos militares dentro de la estrategia del imperialismo norteamericano, segu­ramente estos pueblos hubieran resistido y no se hubieran entregado.

Cuba es el contramodelo del neoliberalismo. Sabemos que Cuba –luego de estos cuarenta años de vida– necesita de nuevos aliados, la construcción interna y externa de nuevas fuerzas de resistencia y de cambio. Pero ¿podemos decir acaso que este primer momento de estupor de los pueblos, que los inmoviliza y los corrompe, sea indefi­nido, y que la historia se haya detenido porque las leyes de la economía y del mercado y la exclusión de millones de hombres, en este nuevo giro histórico, haya dejado a Cuba sola para siempre, sin aliados? Sabemos que no es posible. Es por eso que pensamos, siguiendo la historia de este desarrollo interno de su historia, que sólo luchando contra el determinismo histórico del economicismo y de sus leyes presuntamente inexorables, reafirmando hoy más que nunca la fuerza de creatividad que le da a Cuba la formación del hombre nuevo, Cuba seguirá venciendo como hasta ahora lo hizo.

Y permítanme una referencia personal al pasado. Fue en la revista Pensamiento Crítico, que dirigía Fernando Martínez, donde en un artí­culo llamado “La izquierda sin sujeto” nos planteábamos, allá por el 65 creo, una pregunta cuya respuesta Cuba nos da ahora. “Si las revolu­ciones que triunfan verifican las leyes (económicas) de la historia, las revoluciones que fracasan, ¿qué leyes niegan?”, nos preguntábamos en ese entonces. Ahora tenemos la respuesta: las revoluciones que fracasan niegan, en los hechos, las leyes de un determinismo que excluyó a los hombres como sujetos creadores de la historia. Y justamente porque Cuba no es una revolución que fracasó allí donde otras más poderosas y seguras de su determinismo histórico sí lo hicieron, podemos pregun­tarnos nuevamente: la revolución triunfante de Cuba frente a tantos fracasos y derrumbes, sola con su resistencia, ¿qué nuevas cualidades antes desconocidas, qué nuevos valores, qué nuevos derroteros está afirmando o creando como necesarios para que los pueblos resistan y triunfen? Y pensamos entonces que esa tensión interna entre el pensa­miento crítico y las certidumbres del determinismo económico y de la eficacia necesaria, que abrió en Cuba el espacio de una conciencia revolucionaria renovada, movida por la razón, el afecto y la fuerza de cuerpos de hombres y mujeres cubanos resistentes, sólo puede darse porque han dejado abierta esa dimensión de ganas de la vida y de resis­tencia que en otros pueblos fueron reprimidas por el terror a sangre y fuego. Cuba está abriendo en la práctica lo que ni la política ni el pensamiento económico, desligado de las fuentes vivas de las que Marx hablaba, habían logrado: hacer frente a lo desconocido con la cualidad de esa fuerza humana transformada, sin la cual no puede ser pensada ninguna modificación duradera de los pueblos.

Y nos vino de pronto a la mente el título de un libro de Guillén, su libro de poesía más cubano: “El son entero”. Y me parece que ese título sintetiza, en lenguaje popular, lo que estoy diciendo. El “son entero” de los cubanos, sin abstracción ninguna, incluyendo todos sus ritmos y melodías en la unidad sensible de su poesía, es el que muestra con qué se llena una expresión teórica, el materialismo histó­rico: con el “son entero” del cuerpo sintiente, imaginante y pensante de cada cubano que vive, resiste y crea día a día la difícil existencia de la revolución en Cuba. Moviendo lo entero en el hombre, no dejando nada afuera, ese “son entero” de los cubanos, pensamos, es el que realmente está llenando y puede, en su densidad para muchos impensada, mantener también la historia entera y por lo tanto la revolución triunfante en Cuba.

*Discurso leído por Rozitchner en La Habana al cumplirse cuarenta años de la Revolución.

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