“Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar, por unos instantes. ¿Hay mayor piedad? Pero, además, suelen ser, como la flor en la planta: la combinación cálida, visible, armoniosa. Que puede cortarse con las manos y llevarse en el pecho, de una virtud vital.”
Alfonso Reyes, escuchado -creo- alguna vez a Javier Trímboli
I
Los libros de Sebastián Scolnik -ya en plural: éste nuevo Breve historia de lo imperceptible. 7 perspectivas sobre la realidad argentina y Nada que esperar- son perturbadores. En el fondo contienen una promesa metafísica: se embarcan en la imposible tarea de refutar el tiempo. Pero ¿Cómo no agradecer ese gesto cuando sabemos que, en realidad, es el tiempo el que nos refutó a nosotros y nosotras? Extraña y astuta tarea, Scolnik -más conocido como el ruso- somete afectuosamente a sus interlocutores y lectores a su misión de distorsionar los pasos del tiempo: ¿Lo hará por una tarea de auto-esclarecimiento personal? ¿Lo hará por la nostálgica alegría de recordar los años más intensos y, por tanto, para declarar a estos como oprobiosos, justificando un retiro? ¿Lo hará para demostrar que los caminos tomados fueron los correctos, que todavía siguen vigentes? Esa nube de sensaciones, muy afectuosa por cierto, es la que se atraviesa. El lector se encuentra tomado por una ambivalencia temporal: no sabemos si todo ya pasó, si el presente está abierto, si el futuro se abrirá recuperando los métodos anteriores. Cuando todo está por cerrarse en alguna forma tradicional del tiempo -el pesimismo, la nostalgia- aparece el ironista Scolnik, que remata con un chiste rompiendo su propia cápsula.
El Ruso, decía, arma y sostiene un libro incómodo porque a sus interlocutores los obliga a verse a sí mismos como dueños de sus decisiones y, por lo tanto, como poseedores de una biografía que nunca imaginaron. Narran los autores convocados -que son sus amigxs y compañerxs de tantos años: Diego Sztulwark, Maria Pía López, Javier Trímboli, Neka Jara, Mario Santucho, el Grupo de Arte Callejero (GAC) y Verónica Gago- con un dejo de apuro, queriendo por momentos sacarse de encima las preguntas y el Ruso insiste, recordando artículos y momentos fechados, obligando a explicitar la fragua con la cual estos lenguajes -el de los siete locos que son acá convocados- se fueron forjando. ¿Es la historia de estos personajes? ¿Es la historia de las luchas sociales de los últimos 30 años? ¿Es la historia, de nuevo, del Colectivo Situaciones? ¿Es la historia de las revistas y editoriales -El ojo mocho, La escena contemporánea, Ainda, De Mano en Mano, Revista y Editorial de La Biblioteca, Tinta Limón-? ¿Es la historia de un grupito, parte de una generación?
II
Creo que el valor secreto del libro no está en la palabra de sus autores -por más que las entrevistas sean precisas y lúcidas- ni cierta inquina por mostrar una lengua generacional sino en la capacidad de sostener un nosotros imposible, torpe, invertebrado, tenso, del cual nadie quiere hacerse cargo pero del que tampoco podemos escapar.
El Ruso los convoca a hablar de su biografía, a hablar en nombre propio y aparecen, además de las aventuras comunes, los silencios, las incomodidades y los pudores. No hay nosotros como un lugar preconstituido y habitable sino como producto de un esfuerzo rasposo de la memoria. Si tuviera que subrayar algo del libro sería ese gesto.
Me parece que es una pregunta política necesaria para el presente: cómo formular un nosotros espurio, sucio y contaminado. A su modo, Mario Santucho y Neka Jara dicen algo importante: necesitamos nuevas imágenes de lo colectivo y la comunidad porque sabemos que las actuales no funcionan. Sobre todo en una época que se caracteriza, como dice Verónica Gago, en que “cada vez es más complicado hablar”. Es evidente: pero, ¿de qué trata esa dificultad? ¿Qué es lo que hace más difícil la palabra en un momento que en otro? ¿Será la debilidad de nuestras palabras culpa de la poca fuerza con la que nos llega la tradición?
III
En esta contienda, el nombre de Horacio González aparece una y otra vez, sobre todo en la conversación del Ruso con María Pía López. Pero aparece justamente como gran animador de artefactos inviables y grupos sin destino. Pía lo dice así: “González era alguien que estaba todo el día en el modo instituyente de la vida sin instituir luego, porque estaba anclado en esa pasión de crear. La revolución permanente”. Y crear para González, dice Pía, era crear una revista.
La revista aparece siempre como el único dispositivo posible para eso. Un colectivo exige un “método”; una agrupación una “línea”. Ni linea, ni método, la revista requiere experimentar los límites del nosotros y las posibilidades del Yo. Javier Trímboli -quién en el último tiempo , dicen, hablaba con obstinación sobre la idea de hacer una revista- dice algo hermoso hablando de La escena contemporánea: hacer una Revista es cortar el aire de la época, proponiendo una epifanía bajo la cual nunca se está a la altura; una revista, dice Javier, es una promesa encarnada en un manifiesto desproporcionado que sostienen artículos menores.
IV
Los libros van y vienen. Están rodeados de anécdotas, son protagónicos y secundarios, no se valen por sí mismos al mismo tiempo sostienen todas las conversaciones. Los libros justifican una obra o una bibliografía pero nadie quiere obra ni bibliografía y todos quieren vida. Cómo lo leíste, Por qué lo leíste así, Qué quisiste decir acá, Quién te lo mostró, Cómo hacían para… Son las preguntas de la sobremesa, la historia “imperceptible” de las maneras de narrar el mundo. Esa escena primaria sobre la cuál se trama la pasión por las cosas -también nuestra-, remitiendo al lenguaje como oficio o al oficio del lenguaje y a las decisiones formales como una política con otrxs y gracias a otrxs. Esa sabia confusión, tan argentina y siempre anacrónica, hace a la apuesta que bien explicita Javier Trímboli: somos los que estamos obstinados en que lo mejor de la tradición no termine de enfriarse. Pero siempre se enfría y siempre sobrevive. Su sobrevida depende de la secreta generosidad con la que se cuentan las historias y se comparten las lecturas que también hemos sufrido muchxs de parte de ellxs como amigxs, lectores, alumnos, compañerxs.
Si hay algo en común en la pandilla convocada es el forzamiento mediante el cual a toda apuesta política le corresponde una apuesta existencial y lingüística. No es algo propio, vale decir, de su generación. Se dicen en este libro otros nombres: León Rozitchner, David Viñas, Oscar Massotta, Eduardo Luis Duhalde, El “Negro” Molina, Alcira Argumedo, el Cura Raul Berardo, Rubén Dri, Oscar Terán y aún más insistentemente Hebe de Bonafini como nombres que transmitían una exigencia no sólo para aprender sino para medirse.
A cada quien ese forzamiento los lleva a caminos específicos: a Diego Sztulwark, Mario Santucho y Verónica Gago de la Universidad al Colectivo Situaciones; a Neka Jara -y Alberto Spagnolo y sus compañeros y familia- de la participación en la Iglesia Católica a las militancias piqueteras; al Grupo de Arte Callejero a un profundo cuestionamiento de las maneras en que el arte y sus lógicas se reproducen; a Pía y Javier de la sociología y la historia a un cuestionamiento profundo de las maneras de concebir el pensamiento político que tienen las ciencias sociales.
Si hacia los 2000 estos desplazamientos se producen hacia una “forma pura” -con una correspondencia entre concepto y experiencia- las décadas posteriores no guardan esa correlatividad entre práctica y lenguaje. Me corregirán y dirán que lo propio del ensayo y la investigación militante es su impureza. No importa aquí. Logran en esos años sostener sus apuestas conceptuales y colectivas en artefactos concretos -las formas del ensayo en El ojo mocho y La escena contemporánea; el Colectivo Situaciones la idea de contrapoder e investigación militante en experiencias y libros junto al MTD Solano y otros; las intervenciones artísticas del GAC durante los escraches de HIJOS-. Al mismo tiempo, Scolnik insiste en una continuidad entre las génesis (los noventas) y los desarrollos posteriores de sus biografias. Me parece que hay una pregunta necesaria también sobre cómo reconstruir esa cooperación, entonces, entre lenguaje y práctica en terrenos menos firmes.
V
Algunas exageraciones más: En los noventa era posible recrear estas prácticas porque las tradiciones derrotadas en el 76, aunque vencidas y dispersas, todavía emanaban un fuego sobre el cuál anclarse -el peronismo de izquierda, las organizaciones revolucionarias, las comunidades eclesiales de base, la historia del ensayo argentino-. Esto hoy no es así. Los viejos setentistas, vueltos del exilio muchos de ellos, no sólo estaban dispuestos a contar y narrar sino que estaban esperando para hacerlo.
Lo digo explicitando una provocación con los compañeros del Centro Cultural JJ, a riesgo de que no me dejen pasar más, quienes en el Prólogo se asumen como “militantes políticos”. Esa pureza conceptual, que tampoco puedo esquivar, me resulta incómoda. Me pregunto a mí mismo si no está acá nuestra ineficacia: en vivir evitando que nuestras propias palabras se las lleve la marea. No quiero con esto sacarle ninguna legitimidad a ninguna militancia, aclaro. Más bien me pregunto si la militancia, desde que ganó Milei, puso sus supuestos en crisis o todo siguió (casi) igual que antes.
En las conversaciones, Diego Sztulwark y Mario Santucho dicen algo que me interesa mucho: si hay algo propio de los noventas, y que vale la pena rearmar, es una ética militante que, en palabras de Diego, consiste en “no creer que los triunfos son victorias ni en hacerse ilusiones con tomar el poder”. Es evidente que la riqueza de los «movimientos sociales» más intensos de estas décadas, parten de estas premisas éticas que se constituían al mismo tiempo que se recuperaba una historia bloqueada en el año 1976 o 77. Sin embargo, no nos sirve más partir de la derrota del 76 para pensar. Necesitamos un nuevo punto de partida que no sea 1976. Necesitamos partir de otra cosa que la derrota porque hubo generaciones previas que se hicieron cargo -bien o mal- de este problema. En estas conversaciones, está muy bien contado cómo era la militancia con las Madres de Plaza de Mayo en los noventa, los vínculos con los setentistas sobrevivientes y cómo se armó la organización HIJOS y sus escraches a genocidas. Necesitamos, al menos, establecer una relación nueva con los setenta. Evidentemente 1976 organiza la sociedad argentina hasta el día de hoy, y mil y un líneas de continuidad merecen ser dichas y repuestas; pero una recreación política requiere medirse con otros acontecimientos que no sean estos. Tampoco imagino el 2003 como el punto de partida adecuado -la gestión del estado como modelo de verdad- y, creo, por eso no hay un legado kirchnerista. No hay un legado porque no está construído, no porque no se lo merezca. Un legado no es la reivindicación de un conjunto de medidas sino construir una manera de hablar, narrar y vivir que conecte una época con otra. El legado del peronismo no es sólo los derechos de los trabajadores sino un conjunto de símbolos y prácticas que rodean, por ejemplo, a esos derechos. Ese trabajo con el kirchnerismo no fue hecho salvo por el peronismo más bien conservador que salva a Néstor a través del discurso económico que se escuchó tanto estos años -crecimiento, superávits e inclusión sin inflación-.
Me parece una pregunta importante la de la ética militante -más interesante que la ochentosa pregunta por la «cultura política»- sobre todo porque allí donde nosotrxs leíamos una dignidad de nuestras tareas, una parte importante de la sociedad -Milei mediante- cuando escucha militante escucha «casta» y «privilegio». Neka Jara se pregunta algo fundamental: cómo pensar una imagen de la comunidad si “estamos todos completamente rotos” -frase que se escucha mucho. ¿Cómo construir una ética a partir de esa premisa? Quisiera ir un poco más allá de lo roto. ¿Cómo pensar una ética de lo quebrado? Lo roto es un nombre para nombrar un punto de llegada producto de algo externo. Lo roto se rompió por algo: por ajuste, por la pandemia, por la represión estatal, por la angustia, por las violencias, por el desamparo. Todas razones justas y ciertas. Lo roto además remite a una estabilidad previa. Pero una ética de lo quebrado debe pensarse como una condición existencial y remite a la posibilidad de pensar un nuevo tipo de lazo no sólo basado en los valores de la justicia, la solidaridad, el cuidado, la horizontalidad, etc., sino poroso a las asperezas, las distancias, los malentendidos y la maldad. El «militante» no puede partir de que representa una idea de justicia, la tiene que fundar y construir la imagen de justicia. Porque la idea de que el militante/activista representa algo completo, justo, Bueno, sacrificial y que proyecta sobre distintas imágenes del «Pueblo» -idea que la militancia parece tener sobre sí misma muchas veces- no sólo me parece ineficaz sino que produce una gran fiesta mileísta. La fiesta de las víctimas. Al partir de una identidad transparente, se construye un discurso de que hay quienes son «crueles» y quienes somos «víctimas»: cada quién con su discurso, con sus explicadores, con sus streams, con sus símbolos, donde todos ganan diferencialmente. No digo, es evidente, que no las haya. Pero partir de imágenes tan puras sobre nosotrxs mismos nos impide construir imágenes más reales de lo que sucede. Lo “colectivo” y la “comunidad” tal y como lo enunciamos es inhabitable: desde una apuesta política tomada por los empresarialismos personales hasta un barrio atravesado por la violencia y la inseguridad, nuestra convocatoria a “lo común” y «lo colectivo» no es deseable ni erotizante siquiera para nosotrxs mismos.
Me gusta algo que dice José Carlos Aguero, historiador y poeta peruano: debemos ser capaces de “sostener o fundar lazos que nos duelen, que nos ofenden, que nos rebelan, que nos aterran, que son, en suma, retos difíciles”. No solo se está roto porque nos rompió el mundo como está hecho sino que, peor aún, además somos incapaces de reconstituirnos de modo duradero. Verónica Gago lo dice así: “el pluriempleo es la contrarrevolución”: ni siquiera hay tiempo para las militancias/los activismos de la manera en que la concebimos. Si no pensamos una nueva ética con toda la maldad del mundo, con los daños del mundo, con el pluriempleo del mundo, con la violencia del mundo, estamos perdidos.
*Palabras dichas el 3 de diciembre de 2025 en el JJ Circuito Cultural junto a Julia Rosemberg, Carolina Musacchio y Sebastián Scolnik