En cierto sentido, el primer efecto de la spanishrevolution ha tenido un carácter terapéutico: un bloqueo generalizado de las pasiones tristes. De un punto de partida reactivo a un infinito de creatividad y de posibilidades.
La Puerta del Sol de Madrid se ha convertido en el kilómetro cero de una redefinición generalizada del vivir. También en el epicentro de una redefinición extrema de la distancia. Estar allí estando aquí, estar aquí estando allí. Muchos hemos acampado en ese kilómetro cero aún estando a miles de kilómetros físicos, en otras ciudades, en otros países. Estos días nos hemos encontrado a las puertas de los consulados españoles de medio mundo o nos hemos escuchado en las conversaciones interminables que recorren las redes sociales en Internet. En algunas plazas hemos sido decenas. En otras centenares. Entre todas y todos somos miles. “También los exiliados estamos indignados”. Aquellos que estamos fuera, que un día nos fuimos de nuestro país, nos hemos hablado y hemos compartido la emoción, la alegría y la presencia. También el dato ya para siempre imborrable de que las distancias son siempre más afectivas que geográficas. Para muchos de nosotros y nosotras el 15 de mayo señala en el calendario la fecha de nuestro regreso. Una especie de enamoramiento: estar contentos del país en el que hemos nacido. Un gran giro. Un enorme y colectivo cambio de ánimo.
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Porque si algo está siendo la spanishrevolution es una celebración colectiva de la vida. De la vida y de la alegría. Los que nos encontramos en las plazas o en las redes estamos compartiendo sobre todo una profunda y enorme alegría. Resulta tremendamente interesante como del insoportable cúmulo de malestares compartidos que arrastramos ha nacido una alegría tan multitudinaria y un querer vivir tan potente. En cierto sentido, el primer efecto de la spanishrevolution ha tenido un carácter terapéutico: un bloqueo generalizado de las pasiones tristes. De un punto de partida reactivo a un infinito de creatividad y de posibilidades. Una alegría generalizada que parece expresarse más como un movimiento hacia el ser por venir, que como una fuerza de refundación de lo pasado. “Nada que defender, todo por construir”, propone un mensaje una y mil veces retuiteado en estos días. Un multitudinario ejército pacífico y desarmado sin tiempo para desfiles ni grandes ademanes, concentrado en sí mismo y consagrado a la libertad, que diría Lawrence. Porque sólo entre todos y todas sabemos y podemos todo. Sin miedos. Definitivamente la posibilidad de otra política y de otra vida. Y adelante con los faroles.
Ángel Luis Lara