Ernesto Guevara y León Rozitchner ante la ley. (Seis notas sobre la revolución latinoamericana) // Diego Sztulwark

La afirmación de Marx asentada en las primeras páginas de El Capital, sobre la incapacidad de la ciencia burguesa para criticarse a sí misma, utilizando en su lugar la apologética, puede aplicarse hoy, desgraciadamente, a la ciencia económica marxista”. Ernesto Che Guevara.

 

Nota 1. La Revolución Cubana se propuso atravesar la puerta de la ley. Los términos teóricos de ese atravesamiento de umbral fueron redactados por Ernesto Guevara en una carta publicada en marzo de 1965, dirigida al director del periódico uruguayo Marcha, Carlos Quijano, titulada “El socialismo y el hombre en Cuba”. Allí puede leerse cómo, una vez tomado el poder del Estado, y para que la revolución sea realmente una ruptura con la “vieja sociedad” capitalista, aún debía combatirse contra el papel determinante que la ley del valor ejerce sobre la subjetividad humana. Del otro lado del umbral habrían de reunirse las condiciones para construir una humanidad nueva, desprendida del “frío ordenamiento” mercantil que dirige al sujeto en todos los aspectos de su vida, sin que él pueda comprenderlo del todo. Pero, tal y como lo preveía Kafka, tras la primera puerta había una segunda y una tercera, cada una de ellas custodiada por un guardián más y más poderoso. Y la revolución no podía atravesar la primera puerta sin intentar atravesar ya la segunda: para consolidar el poder revolucionario era indispensable cortar ese “invisible cordón umbilical” que liga al individuo con la subjetividad mercantil. Sin interrumpir el efecto opresivo del peso espectral que lo muerto ejerce sobre lo vivo, no habría forma de avanzar hacia la nueva sociedad. La transformación de la sociedad –del Estado, y de la organización de la producción–, debía hacerse sentir también como emancipación respecto a la mercancía, “la célula económica de la sociedad capitalista”, en la conciencia de los sujetos. La nueva sociedad no debía edificarse con las armas “melladas que nos lega el capitalismo”. Guevara creía que el socialismo europeo, al asumir las categorías de “rentabilidad” e “interés” como palancas de desarrollo, ingresaba en un callejón sin salida: un poder político revolucionario regulando una “base económica” mercantilizada, en la que la ley del valor carcome –por medio de su “trabajo de zapa”– la subjetividad social, anticipando el triunfo restaurador del capitalismo.


Nota 2. Guevara entendía que ni la propaganda ni la educación por sí solas podían suscitar las fuerzas necesarias para revertir los efectos persistentes de las fuerzas alienantes que operan en estructuras sociales tan arraigadas. Alcanzado el poder político, y con ello la capacidad de reformar la ley jurídica, los revolucionarios aún se encontraban como el campesino ante el guardián. Sólo que para ellos, la espera no podía ser pasiva. La lucha contra la ley del valor precisa, como recurso principal, de la profundización de la “movilización de las masas” revolucionarias. Sólo el combate y la vibración colectiva intensa son capaces de conmover las invariantes arraigadas de las estructuras materiales y mentales de la sociedad. Al mismo tiempo era preciso rebelarse contra toda subordinación dogmática al nuevo poder social. De las tensiones que semejante proyecto despertaba en la sociedad cubana de los años sesentas habla la película Memorias del subdesarrollo (Gutiérrez Alea; 1968), que incorpora al guión un tramo del libro de León Rozitchner Moral Burguesa y revolución (1963) –“la verdad del grupo está en el asesino”–; así como un panel de discusión en el que David Viñas polemiza —“una contradicción fundamental, cuando se encarna, se transmuta en guerra”—con un exponente del comunismo dogmático europeo. El entusiasmo despertado por el éxito de la guerra revolucionaria contra las fuerzas batistianas que custodiaban las estructuras de la vieja sociedad, y la decisión de intensificar hacia adentro y de extender hacia afuera de la isla los procesos de liberación nacional y social, provocaron una novedad política en todo el continente. ¿Cómo harían las nuevas fuerzas revolucionarias para extender su influencia y superar la vigencia reaccionaria de la ley del valor en la sociedad socialista? Esta segunda puerta aún hoy no se ha vuelto a atravesar. 


Nota 3. En 1963 Oscar Masotta veía en León Rozitchner al filósofo en busca el contacto con la verdad “en torno a la guerra o el hecho de la muerte, la lucha, la violencia”. El arco histórico abarcado en esa sentencia va como mínimo de la Revolución Cubana a la guerra de Malvinas. El desafío insurreccional iniciado en el Caribe –es una idea a desplegar– comienza a cerrarse desde el Cono Sur de América con el terrorismo de Estado durante la segunda mitad de los años setentas. De ahí la frase del propio Rozitchner para pensar el año 83 argentino: la democracia no nacía del deseo sino del terror. Durante las dos décadas que van desde su llegada como profesor invitado a la Universidad de La Habana, a la derrota de la Junta militar argentina en el conflicto bélico del Atlántico Sur –sobre la que escribe desde su exilio en Caracas– Rozitchner trató de pensar la trama subjetiva puesta en juego en los hechos armados. Cinco años después del asesinato de Guevara en Bolivia, Rozitchner publica su libro Freud y los límites del individualismo burgués. Allí retoma cuestiones planteadas en la Cuba revolucionaria en torno a la densa trampa que las mallas del valor le tienden a la subjetividad: ¿cómo interioriza el sistema del capital sus propias premisas en lo más arcaico del sujeto, haciendo de ellos terminales adecuadas a su propia lógica? ¿hasta dónde debe profundizar la revolución en el sujeto para desactivar estos mecanismos profundos de la sumisión? Rozitchner redacta, entre Guevara y Freud, un manifiesto latinoamericano contra la servidumbre voluntaria (“creemos que aquí Freud tiene su palabra que agregar: para comprender qué es la cultura popular, qué es actividad colectiva, qué significa formar un militante. O, si se quiere, hasta dónde debe penetrar la revolución, aun en su urgencia, para ser eficaz”). En un fragmento de su libro, Rozitchner opone a Cristo y a Guevara. Guevara en Cuba fue la “forma humana” adecuada a la tarea de la revolución que permite al pueblo plantear de modo radical sus problemas en oposición a los símbolos promovidos por las políticas del consuelo que buscan eludir el planteamiento de problemas incómodos. Las políticas que buscan paliar en lo simbólico lo que no se atreven a plantear en la realidad proponen sólo “una salida simbólica para la situación simbólica”, y nunca una solución real para un problema real, dentro de una “situación real”. La figura de Guevara, en tanto que dirigente que contribuyó a inventar una salida efectiva, permite corregir las formulaciones puramente fantaseadas del problema humano y desplazarlo hacia un registro histórico-efectivo (el sistema de producción) en que el problema puede alcanzar una solución eficaz. El freudiano Rozitchner no busca al “hombre culpable”, sino la “estructura a desentrañar”. Ahí donde la burguesía nos sigue proponiendo un salvador puramente simbólico –el líder de una antigua rebelión transmutado en forma humana congruente con la realidad del sistema– que nos habla “con su carne culpable y castigada, de inconsciente a inconsciente, de cuerpo a cuerpo, en forma muda”, Guevara fue para el pueblo cubano una referencia directa a la eficacia histórico-concreta de la vía revolucionaria. Corresponde agregar que la “cristianización” de Guevara –la tentativa de recuperar su figura como un símbolo adecuado al sistema– se activó apenas fue asesinado. Hay un secreto kafkismo trabajando en la lectura que Rozitchner hace de Guevara. En su recurrencia a Freud arrima el planteo político de la ley a la intimidad del sujeto sometido y a sus posibilidades de enfrentar la sujeción. Lo kafkiano en Rozitchner es proliferante: la ley que somete actúa en el plano imaginario (Edipo), viene patriarcalmente concebido (monoteísmo, división en géneros), se organiza políticamente y militarmente (soberanía) y se fundada en economía (ley del valor). La filosofía argentina  –y latinoamericana– alcanza, en este planteo de Rozitchner, su cuádruple convergencia ante la ley del Padre, de Dios, del Estado y del Capital.


Nota 4. Durante la primera mitad del año 66 Guevara, luego de redactar en Tanzania sus notas sobre la fracasada incursión armada en África–Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo– viaja clandestino a Checoslovaquia y permanece aislado en una casona señorial en las afueras de la capital. En esa casa de seguridad -que los checos habían puesto a disposición de los cubanos luego de la revolución- el Che se la pasó escribiendo y escuchando música.

Ulises Estrada, entonces agente del ministerio del interior y uno de los contactos entre La Habana y el Che, dice lo siguiente sobre su estadía en Praga: “Le encontré un poco de yerba mate y también unos discos. Había dos, sobre todo, que le gustaban: los Beatles y Myriam Makeba, la cantante negra africana”. El testimonio fue dado por Estrada al periodista y diplomático francés Pierre Kalfon (Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo, 1997). El mismo año en que Kalfon publica su libro, se editó Cerca de la Habana, una compilación de crónicas escritas por Abel Gilbert, que fueron el resultado de su experiencia en Cuba entre 1988 y 1991. El autor escuchó una versión levemente diferente del relato musical. Estrada habría contado que le había llevado al Che el disco de los Beatles Revolver, y este último habría dicho que le parecía una porquería. Pero esa música lo habría ido envolviendo. Gilbert hace cuentas y advierte que ese disco no se editó hasta agosto del 66. Por lo que –deduce–, el vinilo en cuestión debió ser Robbe Soul. Y la canción tan envolvente “Nowhere Man”. (El mismo registro imaginario que le hizo escribir en una de sus crónicas “Ser K de La Habana cercada”, lo llevaba a concebir, en su reverso, a un hombre de ningún lugar conquistado por Lennon en Praga). 
Paco Ignacio Taibo II retrató al guerrillero argentino durante aquel “período frío” que va de marzo a julio como “deprimido y derrotado”, caminando por la ciudad “como poseído” (Ernesto Guevara, también conocido como el Che; 1997). Es posible. Preparaba por entonces la expedición a Bolivia y redactaba unas notas críticas al todavía vigente Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS (en su edición española de 1963). En línea con las posiciones que había sostenido en las polémicas económicas cubanas de los años 1963-64 en favor de la sustitución del cálculo económico por la planificación socialista (El pensamiento del Che Guevara, Michael Löwy, 1971), Guevara discutía en esos apuntes muchas afirmaciones del manual. Su crítica se dirigía sistemáticamente a la vigencia de la ley del valor en el socialismo, y al sombrío pronóstico en relación con el papel –y el futuro– de las potencias socialistas que recurren a ella y la emplean como criterio de intercambio incluso a la hora de brindar apoyo a los países que atraviesan guerras de liberación (como Vietnam). Así lo había expresado en público en febrero de 1965 : “el desarrollo de los países que empiezan ahora mismo el camino de la liberación, debe costar a los países socialistas”; “no puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal a la humanidad”; “no debe hablarse más de desarrollar un comercio de beneficio mutuo basado en los precios que la ley de valores y las relaciones internacionales del intercambio desigual, producto de la ley del valor, oponen a los países atrasados” (Discurso de Argel). 

 

Nota 5. Los apuntes checos del Che, conocidos como los “cuadernos de Praga”, sitúan al revolucionario que atravesó la puerta de la ley, como un profeta armado advirtiendo que para que el socialismo pueda germinar verdaderamente, y que otros pueblos puedan seguir ese camino, era indispensable atravesar una segunda, y quizás una tercera puerta. Entre la experiencia del fracaso en El Congo, la imposibilidad autoimpuesta de volver a Cuba sin contribuir previamente a liberar otras zonas del tercer mundo en lucha, y los preparativos de su incursión en Bolivia, Guevara escribe. A su manera, se sitúa también ante la ley. Ante la ley del valor.
Redacta en su cuaderno el Che: “Nos hemos hecho el firme propósito de no ocultar una sola opinión por motivos tácticos”; “la investigación marxista en el campo de la economía está marchando por peligrosos derroteros. Al dogmatismo intransigente de la época de Stalin, ha sucedido un pragmatismo inconsistente”; “en el curso de nuestra práctica y de nuestra investigación teórica llegamos a descubrir un gran culpable con nombre y apellido: Vladimir Ilich Lenin. Tal la magnitud de nuestra osadía” (a pesar del “el respeto y la admiración que sentimos hacia ese “culpable”, y hacia los móviles revolucionarios de los actos cuyos resultados últimos asombrarían hoy a su realizador”). Y sigue: “Nuestra tesis es que los cambios producidos a raíz de la Nueva Economía Política (NEP) han calado tan hondo en la vida de la URSS que han marcado el signo de toda una etapa. Y sus resultados son desalentadores: la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están volviendo a favor de la superestructura: se está regresando al capitalismo”.

Nota 6. La tentación de reunir en una misma escena a Kafka con el Che es grande. Guevara en Praga, encerrado en su habitación –¿enfermo, asmático?–, escribiendo. Procesando un fracaso, evaluando sus fuerzas, enfocado en el Cono sur de América. El Che Guevara en Praga, cuestionador. Severo crítico ante la ley (del valor). Consciente de la medida de “nuestra herejía”, elaborando estas notas como un “grito” desde el “subdesarrollo” contra la estrategia de “las principales potencias socialistas”. Mientras, prepara su marcha a América del Sur. Su objetivo: montar una retaguardia para preparar la guerra en Perú, Brasil y Argentina.  Preparar el enfrentamiento es ser consciente de la mutua dependencia entre Ley de valor y poder militar imperialista. Este Guevara fue relativamente poco explorado (la escena no aparece, como podría, en El último lector, de Piglia). En parte porque la historia de estas notas no fue pública sino muy tardíamente. Está esbozada en varias biografías de Guevara. Pero fue recién en 2001 que Orlando Borrego, íntimo colaborador de Guevara –en quien el argentino confió sus cuadernos checos– publicó Che. El camino del fuego; y hubo que esperar aún al 2006 para que se publiquen (también en Cuba) íntegramente los apuntes redactados en Tanzania y Praga durante los años 65 y 66 en Apuntes críticos a la economía política, a cargo de quien mejor conoce esta historia, la investigadora cubana María del Carmen Ariet. Guevara en Praga busca una salida donde no la hay.

 

El temblor de las ideas políticas. Buscar una salida donde no la hay (Planeta, 2025).

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