Gesto y táctica // Diego Sztulwark

“Nada, si se piensa bien, puede tentarnos a querer ser los primero en una carrera”. Basta una frase de Kafka para introducir una conmoción cortante y conducirnos a otro mundo. Andrés Neuman, autor de la introducción a una nueva edición de los cuentos completos del célebre checo judío –publicado para su centenario en 2024– señala que el éxito a largo plazo de su obra es correlativa a su aversión al corto plazo. Y que la escritura kafkiana está filosóficamente agotada por todo aquello de lo que decidió abstenerse. Podríamos agregar a la cuestión del tiempo y la abstención la cuestión del clasismo: un viajante de comercio convertido en insecto, un campesino impedido de entrar en la ley por un guardián armado, la descripción del minero sobre los ingenieros (del menos conocido “una visita a la mina”) o los saberes silenciados del constructor de la muralla china ante los imperativos de “la conducción” introducen una politización que, renuente a resoluciones simples, se entremezcla con los órdenes más inquietantes de la existencia. Neuman cita estas palabras de Milena Jenseká: “fue demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de esos que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”.

Siguiendo la observación de Gilles Deleuze y Félix Guattari, que han visto en Kafka a un estratega, y un hombre político, pienso que podemos leer al autor de La metamorfósis como se lee El Príncipe de Maquiavelo, de quien Gramsci decía “es un libro vivo”. Es decir, un libro cuya actividad opera sobre el lector haciéndolo trabajar sobre su propio tiempo histórico. Un libro al que se ingresa con interrogantes clásicos sobre el poder y se sale con ideas inquietas que sólo pueden ajustarse en cierta relación esquiva con la época. Pero antes tenemos que responder a esta pregunta recurrente: ¿es posible no pertenecer al tiempo presente, o la renuncia a ocuparlo es ya un modo singular de pertenencia? Volvamos sobre el asunto kafkiano con ánimo político: si se piensa bien, la idea de triunfo que se nos propone es indeseable; No hay éxito posible a corto plazo; La única filosofía que nos será útil será aquella que esté agotada de aquello que el presente propone como mercancía, la que nos enseñe a desertar de esos imperativos epocales; El clasismo está presente en la existencia, es cuestión de no simplificarlo para que se acentúe hasta volverse omnipresente; Hacer sentir vergüenza a quien domina. Repaso: la no docilidad a la interpelación dominante, la renuncia a la victoria inmediata, el clasismo sin resolución sencilla y el poder de suscitar vergüenza por el orden del mundo surgen como componentes de un gesto político.

Se plantea entonces un problema que es necesario despejar. Ese problema se puede formular así: la reducción disolvente de la política democrática en política electoral. Lenin llamaba “cretinismo” a este tipo de reducciones en las que la riqueza táctica opera sobre una instancia o institución. Es célebre su expresión “cretinismo parlamentario”. El tacticismo electoral desconectado, o parlamentarismo aislado, “cretiniza” la política. Desde ya que el tacticismo –con su obsesión por las alianzas y los candidatos– es inevitable en un régimen de dominación parlamentaria. Pero la política opositora que reproduce y matiza las líneas de tal dominación se torna nula e impotente si no está precedida o comprometida con un gesto que oriente la dinámica política hacia otro lado. Un gesto tal –simple o complejo, uno o varios– no aspira a mera renovación de rostros y edades, sino a crear otro aire, un aire respirable. Un mundo vivible, en el que se puedan hacer cosas que valgan la pena, y no uno en extinción. Diría Walter Benjamin (lector de Kafka) que que el gesto en cuestión debe aspirar (que lo logre o no es otro tema) a descarrilar la locomotora del llamado “progreso”. Si una gestualidad que no alimenta tácticas podría agotarse en sí mismo, una táctica sin gesto se torna claudicante. Por supuesto, es más fácil diseñar una táctica que lanzar (o a recibir) un gesto que detiene el camino hacia la barbarie. Sobre todo porque la táctica se compromete con un modo fácil de la escucha, pero el gesto requiere de una escucha de lo que está por detrás, en las adyacencias, en el reverso mismo de la resignación. La táctica la define previsiblemente el político parlamentario (con rigurosa mediación de consultoras), pero ¿quién define el gesto, por naturaleza impredecible, que interrumpe –y reorienta– el juego? La pregunta es ya de por sí curiosa, por no decir absurda, dado que en cierto modo proliferan gestos de resistencia en todo el mundo. Y ni que hablar de profusión tácticas y de tácticos. Pero falta un pensamiento práctico de la enemistad no reaccionaria, una estrategia “antifascista” –decir “antiautoritaria” suena a poco– que reúna gesto y táctica. A esta indisposición a ligar los términos es a lo que nos referimos cuando lamentosos decimos: falta una política.

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