Por Santiago Mayor
Publicado originalmente en Diario Red
Reinaldo Iturriza es un sociólogo, escritor y militante político venezolano. Durante los primeros años de la presidencia de Nicolás Maduro fue ministro, primero de Comunas entre 2013 y 2014, y luego de Cultura hasta 2016. Desde entonces ha vuelto al llano, dedicándose a la formación intelectual y política.
En ese marco creó, junto a Elías Jaua Milano, el Centro de Estudios para la Democracia Socialista (CEDES), con el objetivo de acompañar el complejo y convulsionado proceso de organización popular en su país.
Agudo y con el objetivo de aportar a la reflexión sobre el devenir de la Revolución Bolivariana, en esta entrevista no oculta sus críticas a un proceso que —según su perspectiva— padece en la última década un “deterioro de la vida democrática, con el debilitamiento progresivo de la clase política y de sus respectivas bases sociales de apoyo”.
Tampoco duda en calificar la agresión estadounidense del 3 de enero de 2026 —que terminó en el secuestro de Maduro y Cilia Flores— como una “invasión”. Al tiempo que señala que no tiene sentido hablar en términos de “traición o fidelidad”, respecto al gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y las condiciones que le ha impuesto Washington. Desde su punto de vista, el chavismo ha llevado adelante un “repliegue estratégico en toda regla”.
A lo largo de la conversación también desarrolla el concepto de “desafiliación política” y discute con la narrativa general sobre su país respecto a la polarización. También habla de la situación actual de las comunas y la organización del poder popular.
Finalmente aclara que “es imperativo construir un relato eficaz respecto de la Revolución Bolivariana” que no deje de señalar errores o limitaciones, pero que “ponga en su debido lugar” los aciertos. “Nuestro programa bien supo estar a la altura de su tiempo, ser coherente con nuestra cultura política y realizarse como democracia de alta intensidad”, sentencia.
—Si bien las agresiones estadounidenses contra Venezuela llevan décadas, lo que sucedió el 3 de enero de 2026 fue un hecho sin precedentes y en cierta medida desconcertante. Por el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, pero también porque no se trató de un golpe de Estado. Al menos no con el libreto habitual de la Casa Blanca que implica un cambio de signo político del gobierno. ¿Qué análisis hacés de lo que sucedió ese día?
—Lo que ocurrió ese día fue una invasión, con todas sus letras. Una flagrante y criminal violación de nuestra soberanía, que estuvo precedida de amenazas y provocaciones constantes, además del asesinato de decenas de pescadores en el Mar Caribe, a lo que hay que sumarle el centenar de efectivos militares venezolanos e internacionalistas cubanos a cargo de la custodia del presidente caídos en combate durante esa madrugada.
Respecto del cambio de signo político del gobierno, lo primero que revela tal desenlace, a mi juicio, es que es absolutamente falso que la agresión estadounidense estuviera motivada por algo siquiera remotamente relacionado con su preocupación por la democracia, de la misma manera que el asedio inmediatamente previo nunca tuvo nada que ver con los supuestos vínculos del gobierno venezolano con el narcotráfico.
Queda claro que el gobierno estadounidense actuó motivado por su interés en retomar el control de nuestros recursos estratégicos, comenzando por nuestro petróleo. Adicionalmente, mientras sopesaba opciones y manejaba escenarios posibles, llegó a la conclusión de que la manera menos traumática de lograr ese objetivo era preservar la estructura de gobierno casi inalterada.
—¿Cómo se llegó a este punto crítico?
—Solo una persona lega en política es capaz de atreverse a afirmar algo como que debemos agradecerle a Estados Unidos por haber dado los primeros y decisivos pasos para librarnos de una tiranía con 25 años en el poder que, de otra forma, hubiera podido prevalecer durante tiempo indefinido.
Comento esto porque la sociedad venezolana no se caracteriza precisamente por su despolitización. A lo que apunto es a que se trata de una versión no solo interesada, sino muy peligrosa, que busca defender lo indefendible. Es una versión de los hechos que trata de abrirse paso a trompicones y que aspira a convertirse en sentido común. Por eso es imprescindible cerrarle el paso definitivamente.
Y esto pasa por subrayar que durante toda la primera década de este siglo, y aún durante la primera mitad de la década pasada, la venezolana se caracterizó por ser una democracia de alta intensidad, con muy notables avances en todos los órdenes de la vida material y espiritual de las mayorías populares. Lo que es necesario comprender es qué pasó aquí durante los últimos 10 años.
¿Cuándo se produjo el punto de inflexión? ¿Qué circunstancias incidieron en que dejáramos de tener una democracia de alta intensidad?
Me parece que Antonio Gramsci aporta claves analíticas invaluables para comenzar a comprender este devenir histórico. Lo que atestiguamos y padecimos no fue otra cosa que eso que el pensador italiano denomina “destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto”, con el consiguiente deterioro de la vida democrática, con el debilitamiento progresivo de la clase política y de sus respectivas bases sociales de apoyo.
En tal contexto es que se produce la intervención el 3 de enero del “centinela extranjero”, para seguir apelando a la terminología gramsciana. Un “centinela extranjero” que, dicho sea de paso, desempeñó un papel de primer orden en el conflicto, apoyando decididamente a una de las fuerzas y haciendo lo posible por socavar los cimientos de la economía nacional.
—Con el correr de las semanas quedó claro que el gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez ha aceptado en gran medida las condiciones impuestas por Estados Unidos. ¿Se trata de una “traición” o es un repliegue coyuntural con el objetivo de sostener a largo plazo el proceso bolivariano?
—Hablar en términos de traición o fidelidad a la causa aporta poco o nada a la comprensión de la situación. Las opiniones en un sentido u otro hacen parte de lo que por cierto el mismo Gramsci calificaba como “crítica política mezquina”. Tampoco ayuda, hay que decirlo, el abuso de las analogías históricas.
Recuerdo claramente que a propósito del acercamiento del gobierno a ciertas fracciones de la burguesía, durante todo 2016, y luego con motivo de la aplicación del programa ortodoxo monetarista, en 2018, orientado fundamentalmente a controlar la hiperinflación, lo que significó, entre otras cosas, la reducción del gasto público a niveles sin precedentes y el congelamiento de los salarios, algunos compañeros me preguntaban —de muy buena fe debo reconocer— si aquello se trataba de algo parecido a la Nueva Política Económica de Lenin o si, por el contrario, estábamos presenciando el arreo de las banderas programáticas estratégicas de la Revolución Bolivariana.
De manera más o menos invariable les comentaba que lo que correspondía era un análisis de las relaciones de fuerza y que, al margen de cómo se calificara aquello, el hecho incontrovertible es que se estaba produciendo una recomposición del bloque gobernante, y que la clase trabajadora, de manera lenta pero progresiva, comenzaba a dejar de ser la columna vertebral de dicho bloque de fuerzas, como indudablemente lo fue durante todo el período Hugo Chávez y aún durante los primeros años de Maduro.
Después del 3 de enero se ha apelado al Tratado de Brest-Litovsk para intentar explicar las razones tras la paz pactada con el gobierno estadounidense, más o menos de la misma forma que antes se justificó cualquier cosa apelando al Stalin que derrotó al fascismo porque nos estábamos enfrentando a la ultraderecha.
Resulta paradójico que durante los últimos 10 años fuimos capaces de estar en la situación de la Unión Soviética en marzo de 1921, luego en mayo de 1945, y finalmente en marzo de 1918, pero hoy no somos capaces de afirmar que, repliegue coyuntural tras repliegue coyuntural, el proceso bolivariano esté en mejores condiciones para afrontar el futuro.
En retrospectiva, los hechos parecen apuntar a un repliegue estructural o, con mayor precisión, a un repliegue estratégico en toda regla.
—Unos días después del 3 de enero escribiste un artículo en el que señalabas que la reacción popular después del secuestro fue de “silencio”. En ese primer momento no hubo festejos opositores, ni movilizaciones a favor del gobierno, si no que prevaleció un clima de “duelo por la patria humillada”. Y marcaste algo muy interesante al sostener que “lejos de significar consentimiento con lo ocurrido”, era manifestación de una disconformidad que no encontraba “vías de expresión”. Algo llamativo teniendo en cuenta la narrativa de polarización que rodea a Venezuela desde hace años que parece abarcar a toda la sociedad dividiéndola entre chavistas y antichavistas ¿Existe un vacío de representación política?
—En efecto, muy al contrario de las versiones al uso, la de los últimos 10 años es una sociedad venezolana crecientemente despolarizada, o quizá habría que trabajar con la hipótesis de que la polarización adquirió nuevos contornos: la mayoría de la población versus su clase política.
En varias ocasiones he planteado que durante este lapso temporal no se ha producido fenómeno político más importante, y con implicaciones más significativas, que el de la desafiliación política. Y no se trata, en modo alguno, de un “descubrimiento” reciente, lo planteé por primera vez en diciembre de 2015, a propósito de los resultados de las elecciones parlamentarias.
Cuando lo analizábamos a fondo saltaba a la vista que la derrota del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) obedecía al hecho de que en bastiones electorales del chavismo se había producido un voto castigo contra el gobierno.
No es un dato menor que, guardando las distancias históricas y tomando en cuenta las importantes diferencias de contexto, tal y como ocurrió el 3 de enero, aquella derrota no fue celebrada popularmente. Dicho voto castigo traducía una demanda de rectificación.
A ojos vistas de una parte muy importante de la base social de apoyo a la Revolución Bolivariana, dicha rectificación no se produjo. Todo lo contrario: justo a partir de entonces inició o se acentuó este proceso de recomposición del bloque de fuerzas al que ya he hecho referencia.
—¿Por qué considerás que se produjo esta desafiliación política?
—Trabajo con la hipótesis de que la masiva desafiliación respecto del chavismo, entendido aquí como identidad política, es directamente proporcional al gradual distanciamiento de la clase política oficial respecto de su origen de clase trabajadora. Dicho de otra forma, en la medida en que la identidad política dejó de encarnar los intereses de las mayorías populares, estas dejaron de sentirse representadas en la identidad política.
Se produjo lo que René Zavaleta Mercado denominó un vaciamiento político e ideológico de las clases populares. Dicho vaciamiento, por cierto, no puede confundirse con despolitización. El concepto alude más bien al hecho de que las principales ideas-fuerza que ordenan y dotan de sentido la manera como concebimos lo político dejan de estar asociadas a una identidad determinada.
Esto último está muy presente entre las personas más jóvenes: mi generación (y con mucho más ahínco las generaciones que nos preceden) suele lamentarse de la despolitización de la juventud. Y sí, hay despolitización. Pero no es tan infrecuente entablar conversación con algún joven de clase popular en sus veinte y darse uno cuenta de que varias de las ideas-fuerza que definieron históricamente al chavismo están allí, pero esas ideas no tienen hoy traducción política.
En todo caso, debo subrayar que este fenómeno está lejos de ser exclusivo de la juventud. En realidad describe la situación de la inmensa mayoría de la sociedad venezolana. Una mayoría que no consiente algo como una invasión, pero que no encuentra maneras de expresar su profunda disconformidad con el estado de cosas.
— Desde tú rol como ministro de Comunas entre 2013 y 2014, pero también como militante e intelectual, te has involucrado con el proceso de organización y construcción de las comunas. Una forma novedosa de organización popular propuesta por la Revolución Bolivariana y particularmente por Hugo Chávez. Para quienes no están familiarizados con el tema ¿qué son las comunas? ¿Cuál es su objetivo?
— Las Comunas, y antes que estas, los consejos comunales, pueden ser entendidas como la fórmula política ensayada por el liderazgo bolivariano, y en particular por Hugo Chávez, para organizar fundamentalmente a esa fracción de la clase trabajadora que llegó a constituir la columna vertebral del movimiento: el subproletariado, entendiendo por tal a los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza medios suficientes para asegurar su reproducción en tanto fuerza de trabajo.
En otra parte he desarrollado con más detalle lo que ahora solo planteo de manera muy sumaria: el subproletariado es el sujeto de la rebelión popular del 27 de febrero de 1989 [se refiere a las protestas conocidas como Caracazo]. Durante la década de 1990, neoliberalismo mediante, el subproletariado pasó a representar la fracción más numerosa de la clase trabajadora venezolana.
Excluido del mercado, de la política y de la ciudadanía, se politizó bajo el liderazgo de Chávez. Hizo lo posible por llevarlo al poder. Defendió la democracia cuando estuvo amenazada por las elites y protagonizó las masivas manifestaciones callejeras que lograron revertir el golpe de Estado de 2002. Meses después, hizo parte de la primera línea de resistencia al paro-sabotaje de la industria petrolera y el lock out empresarial: la Revolución Bolivariana no sería derrotada por hambre y desempleo.
En un país al borde de la ruina económica, fue testigo de la recuperación de la industria petrolera y vivió los efectos de las primeras tentativas de redistribución democrática de esa renta, una experiencia que resultaba totalmente ajena al subproletariado de más reciente data.
La ciudadanía y el mercado dejaron de ser territorios vedados: tuvo acceso progresivo a la salud, a la educación, a la alimentación. Sus barrios comenzaron a aparecer en los mapas oficiales. Millones pudieron acceder por primera vez a la cédula de identidad. Obtuvo su victoria política más rutilante en el referendo de 2004, donde se decidía la continuidad o no de Chávez en el poder.
En 2005, el liderazgo bolivariano se enfrenta al problema de cómo organizar a un subproletariado que, por definición, no está en la fábrica, que por cultura política desconfía de las formas más tradicionales de intermediación política, y que además manifiesta una enorme vocación por la experimentación política.
La respuesta, a grandes rasgos, es que había que impulsar la creación de autogobiernos populares en los territorios, que estos autogobiernos debían, entre otras cosas, identificar las potencialidades productivas de dichos territorios, y organizarse para desarrollar dichas potencialidades.
En este contexto se crean los primeros consejos comunales. Más tarde, en 2008, allí donde se identifica mayor cualificación política de las experiencias de autogobierno, se redobla la apuesta, ensayándose la creación de las primeras Comunas.
Las Comunas fueron concebidas como espacios con autonomía relativa. Esto quiere decir que no debían estar subordinadas a ningún poder formal, pero tampoco funcionar como pequeñas comunidades autárquicas, como pequeñas islas en el mar del capitalismo.
En palabras de Chávez, debían ser capaces de organizarse de manera reticular, “como una gigantesca telaraña cubriendo el territorio de lo nuevo”, pero en ningún caso al margen del horizonte estratégico de la Revolución Bolivariana. En tal sentido, representaban una suerte de avanzada popular en el proceso de realización, en el territorio, del programa de cambios.
—¿Cuál es la situación actual de la organización comunal en Venezuela en relación a años anteriores? ¿Cómo se ha visto afectado el proceso durante los últimos años?
—Es una buena pregunta, sobre todo porque se hizo costumbre en los últimos años apelar a la existencia de las Comunas como una suerte de reserva política e incluso ética que eventualmente podía hacer de contrapeso a tendencias más autoritarias o conservadores a lo interno del chavismo.
Como una especie de aliciente: es cierto que las cosas no marchan muy bien que digamos, y es igualmente cierto que las perspectivas no son nada alentadoras, pero al menos existen las Comunas.
No obstante, hay que subrayar algunas cosas que ya he referido: los últimos 10 años son tiempos de recomposición del bloque de fuerzas gobernante, de desafiliación política masiva, de una política económica que no tiene como prioridad los intereses de la clase trabajadora. Son tiempos de administración del estado de cosas, lo que significa que el margen de experimentación política se ha reducido a mínimos históricos.
A lo anterior habría que sumarle, por supuesto, que después del 3 de enero es el gobierno estadounidense el que en última instancia administra y decide de qué manera se emplean nuestros ingresos. Es decir, ya el problema ni siquiera es el margen de actuación de las Comunas sino el margen de soberanía de la República.
Esta cuestión de la autonomía relativa de las Comunas se nos presenta hoy día en un contexto radicalmente distinto: está por verse si, más allá de la posibilidad de administrar cantidades muy limitadas de recursos para la ejecución de cantidades muy limitadas de proyectos locales, el liderazgo comunal cuenta con la voluntad y la capacidad de reafirmar su autonomía no ya frente a las instituciones del Estado o el partido, sino principalmente frente a un “centinela extranjero” que pretende decidir los destinos de la nación.
—En relación a esto último que mencionas, la ofensiva de Donald Trump hacia América Latina, en un contexto global de escalada militar y crecimiento de la extrema derecha, plantea un escenario muy complejo para los gobiernos, movimientos y organizaciones de izquierda. A la agresión a Venezuela se suma el recrudecimiento del bloqueo a Cuba y la presión sobre los gobiernos progresistas de la región. ¿Cómo ves el futuro del chavismo y la Revolución Bolivariana en este contexto?
—Permíteme apelar nuevamente a Gramsci: el análisis que he intentado hacer aquí no es un fin en sí mismo. No tiene como objeto demostrar lucidez, elocuencia o cualquier cosa por el estilo. Dicho análisis sólo tiene sentido si apunta a crear las condiciones de viabilidad política de “una iniciativa de la voluntad”.
La arremetida de la ultraderecha a escala global no puede ser respondida con voluntarismo o con pragmatismo ingenuo. No hay aliciente más eficaz que desarrollar la capacidad de realizar análisis de correlación de fuerzas lo más rigurosos y descarnados posible. En los momentos de repliegue, la prioridad debe estar puesta en la organización de la contraofensiva. Y tal cosa es imposible partiendo de análisis autocomplacientes o dirigidos a reafirmar nuestra condición de víctimas.
En el terreno de la batalla de las ideas, es imperativo construir un relato eficaz respecto de la Revolución Bolivariana. Uno que no escatime en el señalamiento de nuestros errores o limitaciones, pero al mismo tiempo, y apelando a la abundante evidencia histórica, que ponga en su debido lugar nuestros numerosos aciertos, comenzando por el hecho de que logramos perfilar un horizonte programático que hicieron suyo las mayorías populares, que por primera vez en mucho tiempo se sintieron dueñas de su destino.
Uno que apunte a señalar que el actual estado de cosas no es la consecuencia inevitable de un programa anacrónico, extraño a nuestras ideas y costumbres, y que arrastraba desde sus inicios el germen del autoritarismo. Todo lo contrario, nuestro programa bien supo estar a la altura de su tiempo, ser coherente con nuestra cultura política y realizarse como democracia de alta intensidad. Habrá que dar cuenta de las múltiples causas de diversa índole que determinaron la interrupción del proceso de realización de dicho programa.
Lo anterior habrá de tener lugar en un contexto de profunda crisis de representación política, por lo que muy probablemente tendremos que estar dispuestos a presenciar e incluso suscitar la emergencia de una nueva identidad política que no reniegue de su carácter nacional, popular y, por qué no, anticapitalista.
En el corto plazo, lo indispensable es la confluencia de todas las fuerzas de distinto signo, contrarias a la imposición de condiciones de tutelaje sobre nuestra nación. Estamos a las puertas de nuevas batallas por recuperar nuestra plena soberanía. Esto apenas empieza.