“Las palabras tienen la extraña característica de burlarse de nosotros, sus tímidos usuarios. Hay un momento en que se apoderan de nuestras pobres lenguas y nos abandonan como niños de pecho, dejando que las sigamos usando aun cuando poco o nada signifiquen”.
Horacio González
Tal vez, lo propio de todo esfuerzo militante, en sus primeros bosquejos y tentativas, sea la búsqueda de una lengua política. Toda una curiosidad voraz se vuelca sobre la pregunta de qué hacer con el idioma recibido, cuánto de ese vocabulario es capaz de nombrar algo de una experiencia que se resiste a todo intento de hacerla encajar en las talegas conceptuales heredadas. Y, sin embargo, las palabras de antaño no cesan de aparecer como un instrumental a mano, disponible para la cita dramática con la historia. Solemos actuar bajo el peso de la costumbre, apresados en una gramática que nunca sabemos de qué manera fue concebida, para dar cuenta de qué situación específica. Esa tensión entre el pasado y las exigencias del presente está latente en toda inclinación práctica, especialmente aquella que no se percibe como una terminal de los saberes emanados de las estructuras partidarias. La pregunta sobre aptitud de las palabras y los conceptos para alumbrar las cosas —expresando sus potencias veladas—, y la posibilidad de tomar los caminos inimaginados por las cartillas programáticas, es una investigación que emerge de las propias entrañas del activismo político. No hay moda, pero tampoco tradición, que resuelvan por sí mismas lo que toca pensar. Esta reflexión fundamental no es una indagación sobre el mundo en general sino un pensamiento sobre sí mismo en el mundo, un autoconocimiento, exigido por las circunstancias concretas en las que se actúa; entre la urgencia de una situación desesperada y la opacidad de una época oscurecida por unos poderes que es necesario enfrentar.
Atrapados en esos dilemas, promediando los años noventa, conocimos a Horacio González. Con su pintoresca figura deambulaba incesante por los pasillos de Marcelo T. De Alvear 2230, la vieja Facultad de Ciencias Sociales, munido de abundante bibliografía debajo de uno de sus brazos (que se relevaba con el otro cuando el peso de los libros y el andar fatigaba el cuerpo), y también por los bares que circundaban el edificio. Siempre conversando con ocasionales transeúntes o amistades con las que se proponía elaborar el sentido confuso y abierto de las cosas. Las mesas de bar eran verdaderos laboratorios donde los hechos y sus significados se hendían abriéndose a una perturbada indagación. En sus clases y en las célebres y recurrentes “mesas redondas”, Horacio frecuentaba el problema del lenguaje con minuciosa obsesión: para señalar sus compromisos con el cientificismo y la teleología progresista, con la lógica comunicativa y dineraria, con el utilitarismo eficientista, con la obediencia teológica y con las tentaciones de replicar las categorías abstractas que se multiplicaban en las citas autorales de la hora. Vicios y comodidades de la lengua académica y las jergas políticas. Lo hemos escuchado hablar de estos temas en múltiples encuentros, allí donde las juntadas no tenían el fatídico destino de organizarse en torno a las carreras personales ni a la acumulación de prestigios. Toda una gratuidad de la conversación se desplegaba alrededor del problema —fundamental para González— del habla política. Pues no habría, creo que pensaba el profesor, lucha valedera si esta no era capaz de nombrar los desgarros y deseos populares acudiendo a una renovada imaginación conceptual y poética. De ahí la politicidad de la lengua: de su forma de enlazar una voz colectiva tramada por los retazos de un archivo —al que había que rescatar de la tentación fetichista— y de la palabra crítica que surge de la incomodidad con la propia certidumbre que siempre nos ofrece cierta consistencia: algo abollada, sí, pero en general poco permeable a revisar los supuestos que la constituyen.
Escucharlo hablar, lo dijimos alguna vez, tenía algo de lisérgico. Uno debía entregarse al ritmo de conexiones insólitas entre problemas o campos de la experiencia sin relación aparente hasta que el chispeante orador nombraba algo que nos dejaba atónitos. Un vínculo entre órdenes heterogéneos que brillaba como un fogonazo del que no nos podríamos deshacer fácilmente. Esas convergencias entre partes distintas nos conducían a pensar que no había nada que pudiera sostenerse por sí mismo. Todo un andamiaje se revelaba por debajo de las evidencias cuando el punto de vista desde el que se pensaba era capaz de romper las clasificaciones disciplinarias o las especializaciones profesionales.
Para un grupo de jóvenes militantes universitarios, que oscilábamos entre la incredulidad y el ritualismo, estas cavilaciones retóricas suscitaban cierto recelo. ¿Estábamos ante un preciosismo estilístico que desviaba la atención respecto al núcleo último y acuciante de las luchas? ¿Era esta propensión al “barroquismo” un ejercicio de dandismo lingüístico o se trataba de otra cosa? No es que el discurso político pueda prescindir de la belleza y la emoción que trasmiten las palabras. Tampoco de la profundidad de lo que nombran ni de su carácter indeterminado. El consignismo reiterativo y desencarnado siempre fue un modo de empobrecimiento que destruye la relación de la palabra con el pensamiento político. Después de todo, nos formamos en las lecturas de los libros de José Carlos Mariátegui, en las correspondencias y los apuntes de John William Cooke y también leyendo y discutiendo “La izquierda sin sujeto”, el vibrante ensayo de León Rozitchner. Todos textos también frecuentados y enfáticamente comentados por González. No puede decirse que se tratara de escritores pobremente consignistas ni entregados a sistemas categoriales simplificados. Más bien estábamos ante un refinamiento en el lenguaje y una sutileza en los conceptos en cuya entretela podía vislumbrarse aquello que algún día, finalmente, creímos comprender de las enseñanzas de Horacio: no hay lucha realmente efectiva si, al mismo tiempo, no se puede atravesar la complejidad de los mecanismos de sujeción, expresados principalmente en el lenguaje y las derrotas que suponen su reiteración mecanizada, confrontándolos con las formas sensibles y la lucidez que surgen del antagonismo y la disidencia. La escritura es también el campo de expresión de esa politicidad cuando logra atravesar las obviedades que los grandes aparatos del poder y del saber profesan; esas sentencias ruines a cuyos designios solemos entregarnos dócilmente.
Decir lo que se siente y creer en lo que se dice es el índice de evaluación de que la cosa va en serio. Ni pirueta discursiva, ni oropeles retóricos, ni parloteo grandilocuente. Tampoco recitados manualescos ni lisonjeras apelaciones a las tradiciones o adocenados fraseos provenientes del recetario de la corrección política. Es necesaria una austeridad del lenguaje que señale que entre la palabra y la experiencia hay una correspondencia compleja que debe ser elaborada con la atención más dedicada. Tanto para evitar los atajos lingüísticos que suponen que los problemas se resuelven con solo nombrarlos, como para desandar ese relativismo que surge de la conversión de las palabras en mera equivalencia dineraria (circulante a través de los proliferantes mecanismos de propagación) que se despliegan autonomizadas de sus efectos concretos o de lo que sugieren esos enunciados. Una reivindicación política de la palabra vívida contra el vaciamiento y la instrumentalización del lenguaje.
La insistencia gonzaleana era siempre fuente de intranquilidad. Porque no se trataba de festejar sus ocurrencias ni de emular su estilo, como si la singularidad de un pensamiento sofisticado fuera una aplicación que puede descargarse en el propio fraseo. Lo que su preocupación nos mostraba era que había que liberar el lenguaje de sus compromisos con la época, con los automatismos técnicos, jurídicos, burocráticos, mediáticos y políticos, para que las palabras pudieran rescatar a las cosas del fatigoso andar que corroe el tejido sensible del conocimiento.
Si nada es lo que parece, los hechos y las palabras precisan se recreados en nuestra propia experiencia. Porque, al fin de cuentas, el pensamiento es sobre todo una pregunta por quiénes somos y qué sentimos cuando somos hablados por el discurso disponible. O, en su reverso, cuando tomamos la palabra para nombrar eso que no sabemos bien como decir y que nos desafía en el núcleo íntimo de nuestras certezas. Solo hablando y escribiendo de otra manera sabremos quienes somos, lo que necesitamos y lo que podemos ser. De ahí la gran intuición del profesor González: la política emancipatoria es un llamamiento a asumir esos lugares oscuros en los que estamos atrapados cuando vivimos, sentimos y hablamos como si se tratara de planos independientes de la existencia. Lenguaje encarnado, siempre solemos decir para referirnos a la palabra considerada como algo más que un fenómeno de recubrimiento superficial. Un encadenamiento sonoro que surge de la materialidad de la experiencia, haciéndose cargo de la vacilación, pero también de la fuerza que surge de afirmar modos de vida.
Qué pensaría Horacio…
Varias veces, perplejos por las distintas circunstancias que nos tocó atravesar en los últimos años, nos preguntamos qué pensaría González de tal o cual cosa. Tal vez porque echamos de menos su mirada que siempre ponía un ángulo impensado en la conversación, o porque seguimos haciendo el ejercicio de tener presente sus modos de razonar, como si estuviera acá, con nosotros. Y abusando de esa arbitrariedad, la de conjeturar lo que diría (o atribuirle lo que necesitaríamos escuchar de él), acudimos a ciertas marcas de su pensamiento. No para darnos citas de autoridad, sino para construir la fuerza que necesitamos cuando hace falta un coraje, que no siempre tenemos, para pensar problemas y decir las cosas que sentimos que hace falta decir.
Así, lo supuse perturbado con la proliferación de categorías infinitas, muchas veces provenientes de las más altas academias mundiales, para clasificar las distintas formas de la existencia colectiva. La lengua clasificatoria acude presurosa frente al vacío de la palabra política. Y en esa sustitución, el sujeto político se transforma en sujeto de “derecho”, enclaustrado en una identidad cerrada sobre sí misma. Donde hay una etiqueta nace una “reparación”.
Lo noté ofuscado con la apropiación del vocabulario de la emancipación por parte de las fuerzas del orden, el despojo y la sumisión. También con el compromiso de ciertas capas dirigenciales con destrucción de lo público.
Lo imaginé incómodo con el retorno litúrgico de las simbologías de los ciclos políticos anteriores. Al peronismo, creo, lo hubiera supuesto como punto de partida y no como un límite perceptivo o la cristalización de una experiencia. Su imagen era la de un nuevo frentismo social y político que conociera sus capacidades y desplegara sus potencialidades en su propio devenir. Ese tránsito, regido tanto por la reelaboración de los mitos como por la recreación de los nombres, tiene más de incierto que de culto y reiteración. Pues el compromiso militante requiere abordar estos problemas sin suponer que los fantasiosos atajos imaginarios o las alquimias electorales (sostenidas en la propensión carrerista y los diseños de la política profesional) resolverán lo que toca asumir, todo aquello que se cifra en un tiempo que reclama nuevas osadías.
Asistimos a una vertiginosa metamorfosis en las formas sociales. La trampa tecnológica se ciñe sobre nosotros colocando nuestras vidas como mera prolongación de plataformas y soportes automatizados. La distribución algorítmica de gustos y consumos nos convierte en eslabones inertes de un sistema pasivo de vinculación con el mundo. No hay mezclas ni conversación que no esté regida por nuestro propio encadenamiento al trabajo, al tiempo productivo, al agobio mediático, a la soledad y la dispersión. Ni siquiera contamos con las palabras para hacer frente a este abismo. ¿No sería, acaso, el nombre peronismo una conexión con esa angustia antes que un festival de selfies en la casa de la conductora? Los grandes movimientos populares siempre han establecido una línea de fuga respecto a su destino prefigurado. Sin transigir en la resistencia a la violencia técnica, jurídica y financiera, ni a los personajes abyectos que la encarnan, es necesario recrear una imaginación política, conceptual y narrativa.
No sabemos si Horacio pensaría todas estas cosas del presente. Pues siempre nos ha sorprendido con sus modos de elaborar el sentido de un ciclo histórico. Por debajo de las coyunturas, hacía emerger una perspectiva insólita, en cuyos filamentos se desgranaba su propia incomodidad con la situación. Pero, cuando no sabemos cómo pensar y como actuar, recordamos a este gran paladín, quien concibió la lucha por la justicia y la dignidad como una lucha contra la miserabilización de la lengua colectiva.
*Este texto comenzó a escribirse en las vísperas del 22 de junio de 2025, fecha muy especial para tantos amigos y amigas. Las dificultades para dar con las palabras y para sobreponerse al tiempo que requiere la gestión de la vida cotidiana, demoraron su concreción. Tal vez estos obstáculos sean el síntoma del atolladero en el que nos encontramos, al que no desanudaremos si no somos capaces de enfrentarlo colectivamente, revisando nuestros propios compromisos y ataduras con el mundo contemporáneo.