El derecho a no aprender la lección de los perpetradores // Diego Sztulwark

Como alumnos incómodos intentamos no prestar atención a la clase que se nos imparte. Se nos repite: ¿vieron Gaza? ¿vieron Venezuela? Quien posee armas nucleares puede atacar a quien carece de ellas sin temor alguno. La lección es sencilla: no existe un derecho internacional que pueda proteger a los pueblos del mundo. Ninguna norma obliga a quien no deberá enfrentar las consecuencias por sus transgresiones. La ley sólo obliga cuando está articulada a la fuerza.

 

No es difícil. Tampoco es algo nuevo. Nadie debería asombrarse de que quien ejerce la fuerza imponga hasta cierto punto su voluntad. Lo propio de la fuerza es afirmarse a sí misma hasta donde puede. De modo que para quien la ejerce el hecho no se distingue del derecho. Y hasta lo engendra. Por eso la guerra funciona como poder constituyente. Crea un mundo sin mediaciones ni contrapoderes. A esta altura lo único que sorprende es que no nos asista siquiera el derecho a distraernos, a retirar nuestra atención del espectáculo de la remodelación bélica del mundo. A desviar la mirada de la transmisión que se repite día y noche. La única novedad es que ya no sea posible desatender, y que no lo sea por una razón muy sencilla. Porque que la amenaza existencial generalizada –económica, social, climática, ecológica, financiera, habitacional, militar y nuclear– se dirige a nosotros indisimuladamente. Lo que aún permite cierta apariencia de orden es el terror mismo, que se nos inocula por todos los medios habidos y por haber.

Según se nos enseña en toda clase de pantallas y pizarrones, el realismo político, neoconservador o neofascista, es un saber de lo fáctico. Una física de la fuerza pura que hace de la destrucción un momento de conservación del orden. Que acude a la guerra para romper ciertos equilibrios y fundar otros, para asegurar zonas de influencia antes esquivas y garantizar suministros, así como para afianzar controles y posicionarse ante rivalidades a los que hay que agobiar para lograr mejores negociaciones. No es un saber difícil. Se trata de considerar la fuerza ajena como un límite solo provisorio. Y de disponer toda escena en términos de suma claridad respecto de quien está en condiciones de

atacar, y quien de ser desposeído. Su fórmula última es: quien está dispuesto a matar debe mandar. Sólo allí donde la verticalidad no puede completarse, deben abrirse instancias de dialogo y acuerdo transitorios. El atractivo teórico del realismo político reaccionario está su aspecto crítico de la buena voluntad del derecho, que querría que la razón jurídica se abasteciera a sí misma para limitar el uso de la fuerza. Pero en los hechos ese filo sustituye el fetichismo del contrato por el de la imposición. De allí que al realista reaccionario sólo le quepa ridiculizar a quien esgrima derechos sin fuerza, y derrotar a quien le oponga una contra-fuerza. El poder de lo fáctico es para él la realidad como única verdad, sólo que esa verdad suya, por su propia fragua, queda miserablemente destinada a suprimir cualquier vestigio emancipatorio. Lo cual no hace más que demostrar que no habrá un realismo emancipatorio mínimamente atendible sin adquirir la fuerza capaz y dispuesta a enfrentarlo.

 

Pero ¿en qué puede consistir el enfrentamiento entre fuerzas tan desiguales? En todo aquello que evite la concreción de un politicidio, términos que utilizan algunos observadores del genocidio palestino. Resistir sería evitar la aniquilación de la capacidad colectivas de los pueblos, contracara directa de los mecanismos de valorización fundadas en las técnicas de control y desposesión. Para eso es necesario convencerse de que lo propio del politicidio no es reformar políticamente a los pueblos y gobierno contra los que actúa, sino desarmarlos precisamente como pueblos. Si a pesar de la impresionante militarización imperial aun no lo han logrado del todo, y si a pesar  de su poder irrefrenable de humillar y asesinar aparece por momentos más un matón desesperado a punto de perder el control del juego es, precisamente, porque ahí donde hay actividad política que no se le subordina, o pueblos que subsisten, el desafío no cesa.


Aquí y allá, se impone la lógica del verdugo. Miremos lo que ocurre estos días en el sur de nuestro país. Hace unos días circuló un comunicado (“Desalojo a punta de fuego) en el cual decenas de comunidades mapuches y organizaciones populares de la zona repudian al gobierno de Chubut por culparlos por los incendios en la región patagónica. El texto detalla las irresponsabilidades del gobernador en términos de falta de previsión, abandono de las viviendas destruidas luego del incendio del año pasado, precarización de los contratos de los trabajadores que combaten el fuego, manipulación de información oficial y retaceo de ayuda económica. Por reiterada, esta actitud de desidia ante el arrasamiento de miles de hectáreas parece menos un acumulado de errores que una “estrategia de gentrificación”. De modo previsible, el Ministerio de Seguridad informó también hace unos pocos dias que “los indicios preliminares indican que estos delitos estarían vinculados a grupos terroristas autodenominados mapuches. El Ministerio de Seguridad Nacional identificará, detendrá y llevará a la Justicia a los responsables. El que las hace, las paga”.

Los perpetradores difunden el terror como medio para obtener la parálisis social. Tienen la agudeza que da la experiencia. Prevén que el miedo y la sumisión son afectos que corroen cualquier tentativa de formación de cualquier tipo contrapoder institucional o social. Su saber consiste en separar el afecto de la fuerza, quebrando las energías colectivas y vaciando de autoridad a todo colectivo que pretenda poner en marcha una política que no se subordine a la acumulación ilimitada. Este ha sido siempre el contenido fundamental del colonialismo y del clasismo. Como contracara, igualmente antiguo es el saber que enseña que para despejar el miedo y la parálisis es necesario movilizar un afecto/fuerza de una magnitud mayor o igual pero en un sentido opuesto, capaz de transformar la situación. Este saber de contraofensiva supone recuperar el derecho a distraer nuestra imaginación y desplazarla hacia otras escenas, que por suerte no faltan, en las que –como vemos ahora mismo en ciudades de EE.UU contra las escuadras fascistas anti-inmigrantes de Trump, pero también en ciudades iraníes en donde las protestas ante una devaluación de la moneda se enlazan con aquellas que irrumpieron en 2022 al grito Jin, Jiyan, Azadi (mujeres, vida, libertad)– se forman multitudes en ejercicio de aprender a perder el miedo.

 

Sea la serie desplegada: la elección de octubre de 2025 donde la extorsión trumpista permitió salvar a Milei de la derrota, y la posterior militarización de las áreas de defensa e inteligenci y la agresión del 3 de enero a Venezuela y la posterior amenaza a Cuba, Colombia y México. Se hace claro que ni la invocación al puro derecho, ni el optimismo ingenuo emanado de la presencia de Rusia y China como rivales de EE.UU aportan de por sí elementos consistentes para recrear expectativas colectivas. Un poder común de regulación requiere apoyo permanente en el derecho natural (composición de deseo y potencias), del mismo modo que el derecho político sólo es democrático cuando es expresión de una fuerza plural capaz de crear momentos emancipatorios. Sólo una democracia hecha de contrapoderes es capaz desactivar la amenaza en ciernes.



 







 

 

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