Saberes útiles contra el fascismo. Rita Segato y Toni Negri sobre Brasil // Diego Sztulwark

  1. Adentro y en contra del estado: la crítica a los gobiernos del PT

Las intervenciones de Rita Segato siguen siendo las más precisas. La sensibilidad y el rigor de su pensamiento hacen de ella una figura central a la hora de descifrar las complejas coordenadas de la coyuntura regional que conoce como pocos. Lo verifico una vez más leyendo sus reflexiones sobre los límites de los gobiernos del PT, de Lula y de Dilma. El texto, “Limitaciones de los gobiernos de Lula y Dilma” –en su versión original iba a titularse, sugestivamente, “Fe Histórica”– fue publicado en el número especial de Le Monde Diplomatique dedicado a la “Anatomía del neo-liberalismo”, en fecha coincidente con el reciente Foro de CLACSO. 

El artículo de Segato identifica los errores de concepción cometidos por las cúpulas de la izquierda brasileña, y el modo como esos errores los fueron debilitando hasta crear las condiciones de posibilidad para que sus enemigos avancen y los condujeran, finalmente, a una derrota catastrófica. La autora se refiere a Brasil, país donde enseña y vive desde hace años, pero sus observaciones se extienden hacia toda la región, y permite enhebrar críticas a procesos políticos que, con sus notables diferencias, se han desplegado durante la última década en el Cono Sur de América.

En un determinado momento, a comienzos de siglo, la dirección del PT decidió un giro hacia un tipo de realismo político tan ingenuo como ruinoso, que acabó por subordinar un rico proceso de construcción de una izquierda popular y democrática al objetivo superior de poseer el control de la maquinaria del Estado. Rita Segato considera errada esta táctica por varias razones. Una de ellas es su carácter ilusorio. El encandilamiento con la ocupación de las instituciones de la república impidió percibir hasta qué punto el Estado de derecho en Brasil sigue siendo un conjunto de estructuras neocoloniales más o menos formalistas, más o menos exteriores a la reproducción de la vida de pueblos enteros. Una apuesta tan lineal a la toma del Estado aisló al PT de las líneas de avances que requería la movilización popular y lo encegueció con respecto a las estrategias que las derechas más fascistas desplegaban de modo directo sobre el campo social.

Ese giro hacia el copamiento del Estado, como si en este anidaran para su despliegue fuerzas potentes de transformación social, acabó por dejar como secundarios los principios esenciales de la construcción democrática y la transparencia sobre los que el PT había insistido hasta entonces. Ese cambio, argumenta la autora, acabó por ser tan “ficcional” como “despolitizante”. La elección por el Estado acabó en farsa: ni apropiación del Estado, ni transformación desde arriba, ni reconstitución de la sociedad. Ni se hizo funcionar la máquina, ni se logró impulsar auténticos procesos de elaboración y discusión colectiva.

En tanto que síntesis neocolonial de la sociedad estratificada, los Estados no son ni lo suficientemente democráticos, ni lo suficientemente expresivos de las dinámicas populares, como para creer que su mera apropiación conlleva transformaciones favorables. Del mismo modo, las maniobras tácticas no necesariamente profundizan el debate y ejercitan la inteligencia de las multitudes: “hacer aliados circunstanciales para garantizar la ‘acumulación de fuerzas’ no significa estimular el debate”. El PT, que había nacido para renovar la izquierda por fuera de los marcos del llamado socialismo real, con la apuesta a una fuerte articulación con los movimientos sociales y populares del Brasil de los años 80, de las Comunidades Eclesiales de Base, del Movimiento de los Sin Tierra, pasando por las disidencias sexuales, los intelectuales democráticos de izquierda y la clase obrera reunida en el ABC de San Pablo, acabó atrapado en el más anunciado de los finales: sin “la acumulación de fuerzas ni la toma del Estado”. Como si la apuesta por el movimiento social y la creación de instituciones populares no hubiera estado, desde el comienzo, en el origen de ese saber fundamental sobre el cambio social que indica que “sin el trabajo afiligranado de transformación de la sociedad han llegado jamás a destino, en país alguno, en su propósito de reorientar la historia hacia un futuro de mejor vida para más gentes”. Segato concluye de manera contundente que, como muy bien lo sabe la derecha neoliberal y ahora fascista, “es en la sociedad que se cambia la vida, no en el Estado”. Ahora, dice amargada, “hemos perdido en el Estado y en la sociedad”.

Este giro del PT implicó, para la autora, la despreocupación por el camino “de transparencia y total democratismo en sus métodos de conducción y toma de decisiones al interior y al exterior de las filas partidarias”, que fue sustituido por un “personalismo extremo y de las decisiones en petit comité [que] se hicieron visibles rápidamente. Aquel PT que se manifestaba en las calles y que era un mixto de movimiento social y partido político fue rápidamente descabezado –el movimiento social fue desestimulado y el partido político asalariado–”. Las consecuencias estratégicas de ese cambio táctico fueron ruinosas no solo para el Brasil, puesto que esta modalidad de maquiavelismo restringido –ética, política e intelectualmente limitado, casi castrado– se extendió hacia las elites de los gobiernos progresistas de la región.

Crítica a los errores del PT

Rita Segato hace una lista precisa de las debilidades del PT:

* En sus comienzos, el conjunto de fuerzas vinculadas al PT “se manifestaba en las calles y era un mixto de movimiento social y partido político”. Este mixto, está dinámica fue rápidamente descabezado, “el movimiento social fue desestimulado y el partido político asalariado”.

* El PT accedió, durante el pago de coimas del “menselao”, al “lenguaje contemporáneo de la política, reconfigurándose de forma adaptativa a un formato del campo político en que las metas ideológicas son desalojadas por la meta del poder”. Según Segato, “en las vísperas de las elecciones de 2002 fuimos espectadores de un importante cambio de rumbo de los sectores de izquierda que se agruparon en el PT. Sus líderes decidieron adaptarse al nuevo paradigma de la política, ahora de bajo perfil doctrinario, que acabaría fragilizando instituciones democráticas y ganando antipatías a un lado y al otro de la bipartición política de siempre”

 * Estas transformaciones implicaron la “supresión de la deliberación interna” profunda y cuestionadora, lo que llevó “a desoír y descartar asesorías que significasen mínimas disidencias”. De la mano de esta tendencia fue escogida Dilma, “una sucesora que era un cuadro técnico y uno político, y por lo tanto inhábil en la negociación y aún menos dispuesta que el propio Lula a debatir interna o externamente. No hubo más pluralismo ni debate de ideas al interior del partido”. Este nivel de encierro y de autocomplacencia fue paralelo, según Segato, a un afán por acumular poder, descuidando la calidad de las alianzas y desplegando una “ingenua fe en el discurso institucional de superficie”. Y todo ello condujo a “la fatal incapacidad de percibir el golpe que se gestaba debajo de las propias narices del gobierno, en su misma sede y por parte de sus más próximos ‘aliados’”.

* De modo paralelo, “el miedo al pluralismo y la disidencia llevó a no reforzar las estructuras colectivas no estatales que se encontraban vigentes y vitales en la sociedad”. Al romperse estas estructuras, “el individualismo cundió y se rompió la malla de relaciones y ayuda mutua que todavía existía en jirones de comunidad por el país afuera”. Lo que condujo a que los “recursos y derechos” otorgados a las comunidades dañaran “formas existentes de blindaje, arraigo territorial y reciprocidad”, aun cuando las intervenciones estatales fueran bienintencionadas.

* El sistema de la toma de decisiones vía consenso y lugar para disidencias “impidió que se corrigiera la confusión fatal entre la ampliación del consumo, de todos los tipos de consumo (desde celulares a viajes en avión) y la ampliación de la ciudadanía”. Esta confusión está en el corazón mismo del fracaso de la potencia política de los llamados gobiernos progresistas de la región. La confusión entre consumo y ciudadanía, dice Segato, permitió una relación nociva entre ampliación del consumo y reducción de la ciudadanía, desde el momento en que se priorizó “las aspiraciones de consumo como meta central”, rompiendo vínculos comunitarios “que podrían llevar a una real politización”, entendiendo que lo real de cualquier politización “requiere profundización del debate siempre”. En cambio, hoy vemos con tristeza “que la ampliación del consumo sin ampliación de la conciencia y comprensión crítica de los valores propios de la teología del capital tiene pies de barro”.

* Por otra parte, esta ampliación del consumo no surgió de una distribución de la riqueza, sino de un incremento en la exportación de commodities –soja, hidrocarburos, minerales–, que permitió un mayor bienestar social sin casi redistribución interna. Lo que no hizo sino aumentar el efecto de confusión entre las retóricas de ampliación de la ciudadanía y la ampliación real del acceso a los bienes sin que haya habido tentativas firmes de intervenir de forma alguna sobre la marcha de la concentración de la riqueza: “es así que se  concibió el Pacto de Aceleración del Crecimiento (PAC), vinculado al IIRSA en escala subcontinental, que llevó, entre otras cosas, la hidroeléctrica de Belo Monte en el Rio Xingú, que ni el gobierno militar había osado tocar”.

* Estas políticas, continúa Segato, tornaron inevitable “el despojo y  el desarraigo comunitario y territorial de  pueblos, con su forma de vida alternativa y sus metas divergentes con relación al proyecto histórico del capital. Durante la gestión PT murieron asesinados más indígenas y líderes comunitarios que en todos los gobiernos democráticos anteriores. Un camino al menos anfibio, con una distribución de fichas puestas al mercado global y fichas puestas en la protección de las economías locales y regionales hubiera sido mucho más propicio”.

* “En el campo jurídico, no se tomó la iniciativa de judicializar el negacionismo de la dictadura, ni la Comisión de la verdad llegó muy lejos. Se fortaleció el punitivismo jurídico en los tribunales, en el ministerio público y en la Policía Federal, de lo cual Lula acabó siendo también una víctima, y crecieron exponencialmente las cárceles”, y “en el campo de la educación se procedió a la inclusión pero de una forma no muy distinta a lo que sucedió con la ampliación del consumo: fue algo otorgado, pero sin el debido trabajo de ampliación de la conciencia crítica y sin una promoción del debate sobre el modelo mismo de las instituciones a las que se estaba accediendo”.

* “No hubo una real comprensión del aumento del crimen organizado y de su impacto en la economía y la política, pues ni se percibió la magnitud del vínculo entre la acumulación, las oportunidades en la política y la actividad criminal. De esa forma se dejó de entender que el crimen organizado es una de las formas de ataque a la posibilidad de la democracia en cualquier país, ya que la acumulación que procede del crimen organizado captura inevitablemente la política”.

* “En la política internacional, nunca se abandonó un nacionalismo simplón, y se traicionaron de diversas maneras las alianzas intracontinentales con los países aliados, siempre en búsqueda de una supremacía del Brasil. Eso impidió, por ejemplo, que Brasil acompañara a la Argentina en su proyecto de ley de medios, o que tornara Telesur accesible, aunque sea por cable, al telespectador brasileño”.

*  “Y por encima de todo, no se tocó el orden patriarcal. No olvidemos que ese orden político es arcaico y fundacional para todas las formas de opresión en la larga prehistoria patriarcal de la humanidad que llega hasta el presente. Son nuestros antagonistas de proyecto histórico quienes nos lo están diciendo con su reacción fundamentalista.  Esa base, ese cimiento, esa plataforma, no puede ser tocada, y hasta ahora el ideario socialista puesto en práctica no lo ha hecho, pues no es meramente emplazando mujeres en los recintos estatales que se logra –el Estado, con sus protocolos, siempre acaba capturándonos, institucionalizándonos–. Debemos entender bajo esta luz el significado de la irrupción del feminismo en las calles como la entrada en escena de una nueva forma de la política que parte de la sociedad y recupera una historia de politicidad comunal, represada por todo el tiempo de la colonial modernidad”.

Luego del discurso de Cristina durante el Foro organizado por CLACSO en Ferro, uno de los más sofisticados admiradores de la ex presidenta intervino en la discusión producida en las redes sociales, argumentando que en ocasiones la crítica (en este caso las críticas dirigidas a Cristina, o a Lula y Dilma) eran refugios de almas bellas.[1] En el Foro de CLACSO, Rita Segato recibió el Premio Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales, CLACSO 50 Años, e hizo también uso de la palabra con una crítica importante a los gobiernos progresistas de América del Sur.[2] ¿Qué dice esa crítica? Que, a pesar de algunas de sus victorias electorales, la derrota de esos gobiernos se había producido por la acción directa de las fuerzas reaccionarias sobre el campo social: “demasiadas fichas al Estado”, demasiado pocas a la inteligencia colectiva y a las tramas comunitarias. Se atendió poco a la estrategia fascistizante con que se acorrala a la democracia, a través de un auténtico complot de doble pinza, consistente en la instauración en todo el continente de un fundamentalismo cristiano (católico o protestante) y del incremento intencional del crimen organizado (modos paramilitares de control de la vida). Fundamentalismo y paramilitarismo son operaciones de guerra contra las aspiraciones populares, basadas en el reforzamiento del “mandato de masculinidad”, es decir, en el desprecio de los cuerpos feminizados y en los territorios comunalizados.

Son palabras verdaderas sobre fenómenos verdaderos. El valor de este tipo de crítica es ostensible no solo por su contenido, sino también por su tono. La propia Rita termina su artículo sobre el PT con estas palabras: “Es doloroso, pero la autocrítica y el conocimiento de la historia son la única garantía de poder caminar hacia una sociedad de mayor bienestar para más personas. Sin hacerlo andaremos en círculos convencidos  de que tomando el Estado, por las armas o por las urnas, podremos reorientar la historia en otra dirección. Nunca se ha probado cierto. En ningún lugar. Aníbal Quijano, el gran sabio peruano recientemente fallecido, tenía una fórmula para la acción en el campo estatal: adentro y en contra.  Yo creo que el camino es anfibio también en la política. Dentro del Estado, que siempre acaba traicionándonos, buscar las brechas, las fisuras, para convertirlas en clivajes capaces de romper el cristal institucional, siempre colonial en América Latina, es decir, siempre exterior en su gestión de la vida de los pueblos y territorios. Pero no olvidar que el cambio se hace en la sociedad y lo hace la gente. Y eso es lo que ha fallado: no se trabajó la conciencia colectiva, no se cambió la gente, a pesar de que se mejoró la vida de las mayorías”.  Adentro y en contra, entonces…

 

  1. Mujeres, Negros y Comunistas: Toni Negri

En el texto “Primeras observaciones sobre el desastre brasileño”, Toni Negri ensaya una caracterización del “golpe”, llevado a cabo en tres tiempos, desde el interior del proceso constitucional o del Estado de derecho: Negri afirma que el “golpe de Estado” fue proseguido por una cuestión que no es irrelevante, “la aprobación inmediata, por parte del Congreso, de algunas leyes características de un régimen neoliberal [entre las que resalta la que prohíbe el aumento del gasto público por un largo período] que, de manera expeditiva y traicionera, revocaron los paradigmas ‘materiales’ de la Constitución vigente”. Enfatiza así esta conexión (continuidad) entre “el impeachment de Dilma por razones político-morales (corrupción) y la liquidación de la orientación política de su gobierno a través de la afirmación constitucional de un principio neoliberal”, para concluir que “su destitución tuvo un carácter político partidista, lo que la califica como un ‘golpe de Estado’”.

Se trata de un golpe de Estado provocado por las propias instituciones del Estado de derecho, en el cual “en apoyo de la continuación de una política liberal y, por lo tanto, en la línea de una renovación de las políticas estatales por fuera (y antes) de una legitimación popular, el poder judicial se movilizó a través de la condena y el encarcelamiento de Lula y, posteriormente, a través de su exclusión del ‘voto pasivo’ (o sea, de la posibilidad de ser votado). No es casual que ese poder judicial haya sido inmediatamente cooptado por el gobierno de Bolsonaro”. Si el primer tiempo es el impeachment, y el segundo la reforma neoliberal a cargo de un gobierno sin la legitimidad del voto popular, el tercer acto lo encarnaron las elecciones que se llevaron a cabo “bajo la amenaza –una vez más, no ‘externa’ al proceso institucional– de una intervención del ejército nacional, en caso de que la izquierda triunfara en las elecciones. En este punto, fue elegido el nuevo presidente, un ‘fascista del siglo XXI’, restaurándose de este modo, a posteriori, la legitimación democrática del poder. Una restauración muy dudosa y, sin embargo, efectiva. En el gobierno que asumirá a comienzos de año, además del juez de la Lava Jato (la operación que, como ha declarado expresamente el juez Greco, nada tiene que ver con Mani Pulite), habrá un Chicago Boy al mando de las Finanzas y la Economía, en la Cancillería, un hombre ligado a la alt-right y a las políticas de Trump, mientras que al ejército le serán atribuidas las funciones del Ministro de Interior, un Ministerio del Orden”.  

Caracterizado el golpe, Negri se pregunta por la naturaleza del fascismo a la brasileña, es decir, por el camino que va de la democracia al fascismo. Un camino que cuestiona la idea misma de democracia, puesto que este fascismo no es sino su radicalización perversa: “La ‘democracia directa’ es de hecho asumida, de manera masificada y mistificada, por estos líderes fascistas, siendo transformada de “modo de gobierno” en “figura de legitimación” del gobierno. Los tweets de Trump interpretan esta conversión. Las redes sociales y los medios institucionales se vuelcan voluntariamente sobre esta función de legitimación”. El autor califica este proceso como la adjunción de la libre expresión al poder, y concluye que “una fuerza política que quiera salir del fango en el que democracia y fascismo se encastran”, debe plantear este problema de una esfera expresiva autónoma “como el primero a resolver”. A continuación, Negri formula dos preguntas precisas: “¿Cómo el fascismo se establece en y a través de las instituciones democráticas? Y, en segundo lugar, ¿qué es exactamente esta insurgencia fascistizante?”. La hipótesis de Negri es que este “extraño fascismo” es expresión directa de la debilidad del neoliberalismo, que representa todo lo que le cuesta a este último no ya proponer modelos de equilibrio político e institucional, sino sostenerse a sí mismo en medio de la crisis, ante niveles crecientes de resistencia. La ya citada articulación entre fascismo y neoliberalismo, entonces, es el punto de partida de esta caracterización: “Es importante subrayar esta usual deformidad: la fuerza del autoritarismo es convocada para sostener la crisis del liberalismo”, en otras palabras, “el fascismo parece presentarse (aunque no solamente) como la fase dura del neoliberalismo, como una fuerte recuperación del soberanismo, como la inversión del slogan ‘primero el mercado, después el Estado’, en varias figuras, en los puntos donde el desarrollo choca con dificultades máximas, o donde sus dispositivos se quiebran, o mejor, donde enfrenta la emergencia de fuertes resistencias”.

 

A diferencia del fascismo de las décadas de los años 1920 y 1930, el fascismo actual –que prolifera en los EE.UU. y en Europa, y no solo en América Latina– más que una técnica totalitaria, intenta utilizar mecanismos flexibles para la transformación autoritaria del Estado como salvataje del programa neoliberal. La hipótesis sobre el fascismo postmoderno, es decir, correspondiente a la época en que el desarrollo del modo de producción “ha puesto a la multitud en el centro de la lucha de clases”, es la siguiente: “la multitud es un conjunto de singularidades, ligadas por la cooperación social. El elemento de la cooperación es para la multitud (especialmente en las metrópolis) el punto central de su existencia de clase. En términos productivos, ese poder cooperativo conduce a la multitud hacia lo común. Sin embargo, cuando intervienen fuertes tensiones que actúan sobre las singularidades (que componen la multitud) en términos, por ejemplo, de inseguridad económica o ambiental y de miedo al futuro, entonces la cooperación multitudinaria puede implosionar como defensa de la identidad. El fascismo del siglo XXI parece sostenerse sobre tales incidentes de la naturaleza cooperativa de la multitud”.

Entonces, la función de este “extraño fascismo” es, según Negri, la de adjuntar la democracia y la libre expresión a un mero dispositivo de legitimación (es decir, transformar la fisonomía de los Estados) de un neoliberalismo que ya no puede gobernar desde el centro político (sobre todo luego de la crisis financiera global de 2007-2008), sino solo y cada vez de modo más agresivo desde la ultra derecha. El comando neoliberal deviene entonces poder destructivo de la democracia. Solo que esta agresividad puede ser vista como un momento de fuerte debilidad: “el neoliberalismo se encuentra en una situación desesperada, si es que pretende restablecer el equilibrio. Habiendo dislocado o rechazado el viejo equilibrio constitucional democrático, ahora está expuesto al vacío”.

Agresividad y debilidad ofrecen, a los ojos de Negri, un panorama desastroso, pero no irreversible. Bolsonaro “es incapaz de desarrollar otro proyecto político que no sea una razzia contra los pobres, los negros y, de manera general, un programa antisocial (como lo muestra su propuesta ultraliberal). Militarista, homofóbico, machista, guiado por el odio hacia una población mayoritariamente negra (estamos muy lejos del 54% de blancos del censo de 2000), Bolsonaro se verá expuesto al empuje demográfico no-blanco, que no para de crecer. El desastre que se avecina es enorme, y sus consecuencias serán prolongadas”. Ante lo grave de la situación, Negri propone el spinocista “dejar de llorar” y confortarse con la conciencia de que “el cuadro fascista aún es débil”, y lo es porque se apoya en el miedo, “despierta y cultiva el miedo del negro y del comunista. Pero esta dupla es símbolo de la vida, y su lucha es señal de liberación”. Se trata de pasar de la izquierda, ya agotada, a las mayorías populares: “Los partidos de izquierda, comenzando por el irrecuperable PT, están en crisis. Es en la relación y en la recomposición política de los negros y los comunistas que una izquierda radicalmente antifascista puede ser construida. Este pasaje es fundamental. No hay antifascismo en Brasil sin una recomposición política de los comunistas blancos y de la población negra. Es innecesario agregar que la chispa de esa recomposición, hoy, son los movimientos feministas. Son movimientos mayoritarios, y la mayoría no tiene miedo”.

 

[1] https://lateclaenerevista.com/el-prestigio-moral-de-la-critica-por-jorge-aleman/

[2] https://lobosuelto.com/?p=22275&fbclid=IwAR02Ab-4xeo00NiYj4tlfAD1xyDw7X_uPBsphXp3YrYu9dbghxG_f4GIRP4

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