El feminismo como aventura existencial y política. // Alejandra Rodríguez

El feminismo es transversal porque ensancha, abre e integra luchas más allá de las estructuras sindicales, partidarias y otras formas de la política tradicional. No tenemos línea, ni plataforma, ni orgánica, ni encuadre, ni representación. El feminismo esta en las calles radicalizando los conflictos. Nos hermana y reúne los que nos duele y enfurece. Nuestra lucha es contra el orden que se impone sobre nuestras existencias, porque la economía política es sobre todo economía subjetiva, una racionalidad que nos quiere obedientes, sumisas y endeudadas.

La tierra tiembla, lo experimentamos en los distintos pliegues de la vida y mientras la marea crece se interrogan las estructuras del poder y los think tank del pensamiento patriarcal y capitalista. La política de los cuerpos, de la calle, del deseo, irrumpe, desestabiliza, cuestiona, y sobretodo despliega otras formas de pensar hoy lo político. ¿Cómo se interrumpe la producción de subjetividad capitalistica sino es haciendo acciones, gestos que produzcan otros modo de vivir lo colectivo?

Las violencias que nos marcan son múltiples porque el patriarcado se camufla en gestos, palabras, normas, leyes y arrasa nuestras vidas como máquina de guerra.  A la intemperie como destino inexorable, le respondemos ampliando las tramas de afectos y experiencias tejidas a la luz de la furia y de la fiesta.

Nuestra lucha se sostiene en puntos de inestabilidad propios de una fuerza viva y en la  certeza de que el feminismo es, ante todo, cuerpos en las calles. Nos contiene la inestabilidad, esa es nuestra potencia, porque nadie sabe lo que puede un cuerpo y no queremos reconfirmar lo que nos lastima y nos sujeta ¡Que todo eso arda! La única certeza es la gestualidad compartida y las formas que reinventamos para mezclar y transformarlo todo. Desde esa certeza en la inestabilidad componemos y hacemos la historia a nuestro modo.

Somos vulnerables a las tormentas del odio,  pero sabemos muy bien que esas tormentas nos ponen en relación con el mundo, y reconocer esa fragilidad nos permite construir nuevas formas de vivir, otros territorios de existencia donde el amor es fuerza que nos alberga y nos empuja.

La política en femenino no se revela como totalidad, como estrategia eficaz ni forma acabada. No sabemos que será, ni que nos depara el futuro, porque devenimos marea feminista, no hay después que pueda ser pensado a priori, estamos en tiempo presente, en sintonía con todo los que nos afecta.

Nos acuerpamos y alimentamos el fuego donde quemar cada una esas llagas que nos duelen como esquirlas. Así, mutamos los dolores en revuelta colectiva. Los nombramos y hacemos el pasaje del relato singular a la lucha compartida. Los nombramos y construimos otra temporalidad porque el mundo que queremos vivir se hace acto, se vuelve realidad presente. Al igual que la  China Iron, nuestra fuga es poética y existencial, una aventura colectiva que nos permite escapar a lo que se espera de nosotras. Hacemos juntas esta exploración política y afectiva, descubrimos palabras, sonidos, sabores y texturas que antes no existían y que hoy le dan espesor a nuestra revolución.

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