El odio colonizado // Rodrigo Fedele

 

¿Puede este sentimiento convertirse en un terreno público a través de la política? ¿O está condenado a ser un espacio de negación popular y saqueo privado?

Si hay algo que el estado neoliberal sí regula, eso es el odio. Detrás de la mascarada de libertades individuales y democracia subyace un cúmulo de pulsiones de muerte y deseos de exterminio. Tales líneas de fuerza son las que construyen el verdadero contenido putrefacto que se encapsula en la política de las formas y el marketing indiscriminado.

En primera instancia, eso estriba en el nivel de desarrollo que ha alcanzado el capitalismo en la actualidad, en su etapa financiera de crisis y revisión de modelos. La experticia en las prácticas comunicacionales y tecnológicas son el gran valor para reproducir lo establecido y potenciar la acumulación de todos los tipos de capitales imaginables. También debería serlo para socavar el sistema, pero el nivel de complejidad desarrollada a través de siglos de asimetría es tal que la búsqueda de alternativas reales significa un desafío sin precedentes.

En ese sentido, podemos entender al odio como un capital universal, acumulable, multiplicable y, lo más importante, susceptible de ser regulado si se tienen las herramientas a disposición.

Por supuesto que el odio puede ser un elemento clave para sostener las relaciones de poder y construir un discurso que apele a vincularse con las masas (no hablamos de subjetividades porque, justamente, el contacto es únicamente con la emocionalidad, esquivando todo tipo de posibilidades críticas). De hecho, una performance de esas características (basada en el rencor y el resentimiento) es la única forma de movilizar voluntades religiosamente y a favor de un Mesías que da sobradas pruebas materiales de jugar en contra.

No importa que perjudiquen los intereses de los fieles, las figuras de los salvadores se sustentan sobre promesas de paraíso inmediato, invisibilización de la opresión y ataques evangélicos contra el otro, el odiado. En general, las personas y las organizaciones susceptibles de ser odiadas son aquellas que pueden ser asociadas con transformaciones en las costumbres y las comodidades, las ramas subversivas que amenazan con revolver el agua del tanque.

Porque el odio es conservador y sólo puede entenderse a través del miedo. Y sí creemos que la idea del “cambio” argentino resulta una paradoja, podemos pensar lo siguiente: se basa en construir una ficción del deseo cumplido, un holograma con final feliz de eso que, en realidad, no está visto como permisible (¿Quizás por trabajoso? ¿Quizás por promover la crisis?).

En la actualidad política, “cambio” indica continuidad y refuerzo opresivo. Quien lo apoya lo sabe, está implícito. La idea falsa de revolución optimista, el cartón pintado, funciona como una glándula que segrega opio y relaja porque cubre virtualmente ese faltante de felicidad, lo niega.

Hacerse cargo significaría reconocer –y, sobre todo, poder enunciar- la aceptación de la desigualdad, de la represión, de la violencia; significaría elaborar críticas personales, revolverse las tripas. Y ahí el miedo tomaría protagonismo. Nadie quiere eso, porque el miedo duele, es frío y lacerante. Pero, ¡cuidado!, tapar con tierra ese pánico, consentir la entrega del odio, puede llevarnos a perder la empatía y no ver el terror en los demás. Claro, la pregunta es: ¿por qué la advertencia si esto también está implícito?

Entonces, en ese momento, cuando el caldo hierve, una construcción política que predique sobre la unión, la armonía y la paz pero represente todo lo contrario puede aparecer para cerrar el círculo. Porque la solidaridad, el respeto y la eliminación de las pobrezas materiales y espirituales son valores de nuestra sociedad, nos representan moralmente a todos.

¡Compremos, entonces! Es mejor dejar a la conciencia tranquila, evitar la sospecha de considerarnos seres terribles y, así, perder el paraíso. El problema es que, para hacerlo, se alimenta al odio con el engaño propio, y eso, a su vez, multiplica el miedo.

Así funcionó la estrategia fabulosa y carente de toda ética que utilizó Cambiemos en su campaña electoral: tomar una sumatoria de demandas y exigencias de diversos sectores (aunque todas alimentadas por la animadversión y el terror) para ofrecer una respuesta mágica y, a todas luces, falsa.

Es deducible que muy pocos de los que apoyan al gobierno creyeron alguna vez en una verdadera transformación de las condiciones existentes. Era fácil dilucidar que la propuesta siempre fue sostener y profundizar la desigualdad. Incluso cuando los resultados ya son innegables, criticar al gobierno a través del cuentito “me traicionaron” puede seguir siendo una estrategia para engañarse, domar la conciencia y conservar un lugar en el paraíso.

¿Cuál es, entonces, la alternativa a ésta encerrona de sufrimiento? “Lo que está y no se usa nos fulminará”, escribió  Luis Alberto Spinetta en Elementales leches.  Reconocer nuestros odios, compartirlos, interpretarlos y vivirlos de modo consciente siempre es un gesto de lucha por la vida, de humanidad. Y si lo que queremos es que el mundo sea un lugar mejor, ser humanos es una tarea impostergable.

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