24 de marzo, memoria, redes y pandemia // Diego Sztulwark

00. Un 24 sin marcha
La pregunta sobre si el pasado tiende a repetirse cuando no se lo recuerda, o no se lo elabora, reaparece ahora ante un casi imperceptible desliz nostálgico -la plaza de mayo como recuerdo del lugar del recuerdo- de los tiempos en que aún hacíamos de la memoria una fuerza pública. El próximo 24 estará poblado de todo tipo de manifestaciones visibles, pero también deberá afrontar el desafío de procesar la incertidumbre de lo que ocurre cuando lo público sucede mayoritariamente a través de las redes virtuales.

01. Resistir la virtualización de la realidad.
No es este un desafío menor, sobre todo si consideramos que el ritual de las marchas de la memoria fueron durante décadas una gimnasia persistente de articulación entre cuerpos, símbolos y palabras. Es decir, una forma de resistir la tendencia arrasadora que mediatiza la escena pública, y nos incluye, por medio de la extensión del uso de las redes sociales, en una mera extensión autogestionada -a nivel de masas- de la virtualización del mundo.

02. El año que hemos vivido.
A un año de la primera cuarentena, la atendible preocupación por los cuidados comienza a enfrentar un problema mayor: el incremento de mediaciones virtuales sobre zonas cada más vastas de la existencia. La invitación a plegarnos voluntariamente a este nuevo régimen informacional de la realidad, se ha vuelto prácticamente irresistible. La indetenible marcha del mundo digitalizado, o telecapitalismo, no hizo sino aprovechar las restricciones impuestas por la emergencia sanitaria, para colonizar el medio en el que se despliegan las interacciones sociales. Hemos quedado en la incómoda o indigna posición en la que nuestras pasiones públicas y privadas, exteriores e íntimas -¿están vigentes esas distinciones?- alimentan la máquina sumaria de justicia que sentencia a priori conductas y lenguajes de personas, movimientos y gobiernos, sin que hayamos aprendido a defendernos de su pulsión devoradora.

03.  Gobierno de algoritmos.
Se ha escrito más sobre el gobierno de los algoritmos, que sobre el modo de resistirlos. La política convencional se ha subordinado casi sin resistencias a este nuevo régimen de la realidad, que representa los procesos vitales como si se tratase de unidades aislables de información recombinante. El telecapitalismo conquista las prácticas políticas imponiendo un tipo realismo de la imagen digital, incapaz de articularse con procesos de emancipación. A cada sentencia sin apelación del régimen de la realidad virtual los políticos de oficio responden, en el mejor de los casos, con acciones timoratas y un ostensible repliegue del lenguaje. No hay como situarse fuera de este tribunal computacional, del que participamos con nuestros dispositivos y pantallas portátiles.

04. Potencia de la memoria.
La política de la memoria, puesta de manifiesto cada 24 de marzo, constituye un perdurable ritual comunitario y transgeneracional, cuya potencia específica consiste en el ejercicio de una evaluación colectiva de los riesgos inminentes del presente. La dolorosa reflexión sobre el terrorismo de estado del pasado -Estado en sentido ampliado, que abarcó, como sabemos, participación civil, corporativa y eclesial-, se pone al servicio para la identificación del terror presente. La pregunta que vuelve cada año es ¿en qué condiciones es el recuerdo capaz de actualizar y nutrir prácticas de resistencia ante la reiteración del horror? Este modo de preguntar, hace de la memoria una práctica popular de diagnósticos del presente, un juego de identificación de aquello que conjuramos y sin embargo, no deja de volver con nuevos ropajes y por vías inesperadas.

05. Continuo guerra y política.
Según el teórico de la guerra Karl Von Clausewitz, «la guerra es la continuación de la política por otros medios». El doble interés de la frase radica en el continuo que establece entre términos que habitualmente se suponen mutuamente excluyentes. Y en la posibilidad de su reversibilidad, puesto que la política es también la continuación de la guerra por otros medios. El problema mayor que plantea este tipo de frases, es el tipo de cuestionamiento que carga sobre nuestro presente: ¿qué política es aquella que vemos hoy prolongarse como actos de guerra? ¿Qué guerra es aquella que actúa por debajo de lo que seguimos interpretando como actos políticos? La doble comprensión simultánea de política y guerra es un tema urgente de nuestra actualidad. Tema que la ideología de la transición democrática elaborada en la pos-dictadura en nuestra región no sabe pensar. Y que entre nosotrxs ha sido planteado por las luchas de la memoria. Son estas luchas, y no aquella ideología, la que puede ayudarnos a tocar la realidad con palabrassupone ir más allá del corset de lo políticamente correcto.

06. Desigualdad programada.
La desigualdad «planificada» (como resumía Rodolfo Walsh en su Carta a las juntas, del 77) se instala y avanza, incluso cuando no se recurre para ello a un golpe de estado comparable al del 76. Hemos aprendido marchando cada 24, que el recuerdo, elevado a potencia política, no es ritual muerto, sino reunión de fuerzas en torno a lo que es necesario rechazar del presente, mirando al futuro.

07. Políticas de la verdad.
El ejercicio político de la memoria ha sido entre nosotrxs algo más que el álbum de fotos en blanco y negro del pasado. Callejera y multitudinaria fue la constitución de una política de la verdad, tanto más verdadera y más política cuanto fue capaz de detectar las continuidades profundas entre aquel acto de guerra que fue el golpe del 76 y los violentos golpes “de mercado” del presente: desalojos en nombre de la propiedad privada, femicidios en nombre de una justicia divina y patriarcal, deportaciones en nombre del ser nacional, destrucción de todo sentido material igualitario en la aniquilación de lo público en nombre de equilibrios de cuentas públicas.

08. Pobreza y experiencia.
El contraste entre pobreza y experiencia no podría ser más claro. Mientras el mundo de los algoritmos procesa una desmaterialización -un empobrecimiento- de todo proceso existencial, discontinuando la relación entre información y vida real, las luchas de la memoria -aún con todo lo que cabe cuestionar en ellas, comenzando por sus lastres melancólicos-, enriquecen la materia subjetiva del sentido -que organiza objetivamente la existencia- creando enlaces y transiciones entre pasado y presente, entre luchas heterogéneas entre sí, entre cuerpos agredidos y actos de justicia. Esa formas de irrigar, de resistir, de invitar, de conectar, es, en su fragilidad, lo que merece el mayor de los cuidados.

La tecla Ñ

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